
CAPÍTULO 1: SANGRE EN EL PISO DE MÁRMOL
El silencio en la mansión Harrington no era paz; era ese tipo de calma tensa que sientes antes de que se suelte un tormentón en pleno agosto. Era un silencio caro, de esos que solo el dinero puede comprar, aislado del ruido del tráfico de la ciudad, de los cláxones y de la vida real que sucedía allá afuera, donde la gente como yo se parte el lomo para sobrevivir.
Llevaba apenas un mes trabajando allí, en esa fortaleza de Las Lomas, rodeada de muros altos y guardias de seguridad que te miraban como si fueras a robarte los cubiertos con solo respirar. Me llamo Maya. Tengo 29 años, y la única razón por la que aguantaba la humillación diaria, las miradas de desprecio y el dolor de espalda, era mi madre. Su tratamiento de diálisis no se pagaba solo, y el salario que ofrecían los Harrington era el doble de lo que ganaba en cualquier otro lado. Así que aprendí a ser invisible. Aprendí a tragarme el orgullo cada vez que la señora Camila me chasqueaba los dedos como si fuera un perro. Aprendí a decir “sí, señora”, “enseguida, señora”, mientras por dentro me imaginaba mandándola muy lejos.
Esa tarde, el aire acondicionado estaba tan fuerte que me calaba los huesos a través del uniforme. Llevaba una bandeja de plata —pesadísima, por cierto— con el juego de té de porcelana que costaba más que la casa donde crecí. Mis pasos sobre el mármol pulido eran lo único que se escuchaba. Tac, tac, tac. Un ritmo hipnótico que me ayudaba a no pensar en las facturas vencidas que había dejado sobre la mesa de mi cocina esa mañana.
Y entonces, sucedió.
No fue un llanto normal. No fue el berrinche de un niño que quiere un juguete. Fue un grito. Un alarido agudo, roto, lleno de un terror que ningún bebé de un año debería conocer jamás.
—¡Maldita gata igualada, juro que vas a pagar por cada gota de sangre!
La voz de Camila siguió al llanto del niño, rasgando el aire como un cuchillo oxidado.
Me quedé helada a mitad del pasillo. Las tazas de porcelana chocaron entre sí en la bandeja, clin-clin-clin, delatando el temblor de mis manos. Conocía los gritos de la señora Camila; solía gritarle al servicio, a su marido por teléfono, incluso a su propia imagen en el espejo cuando la ropa no le quedaba bien. Pero esto… esto tenía un tono diferente. Había una viscosidad en su voz, una arrastrada de palabras que me puso la piel de gallina.
El instinto me gritó: No te metas, Maya. Date la vuelta. Si entras ahí, te van a correr y tu mamá se queda sin medicinas.
Pero luego escuché el golpe. Un ruido seco. Pum. Y el llanto de Noah se cortó de golpe, convirtiéndose en un gemido ahogado, como si le faltara el aire.
A la mierda el trabajo. A la mierda el protocolo.
Solté la bandeja sobre una consola de caoba —probablemente rayándola, y no me importó— y eché a correr. Mis zapatos de suela de goma chillaron contra el piso mientras me lanzaba hacia la puerta entreabierta de la habitación del bebé.
Lo que vi al cruzar el umbral se me va a quedar grabado en la retina hasta el día que me muera.
El cuarto era un paraíso de tonos pastel y juguetes importados, pero olía a infierno. Había un hedor químico, dulce y picante, mezclado con el olor metálico de la sangre.
Noah, el pequeño Noah de apenas un año, estaba tirado en la alfombra blanca de lana virgen. No se movía mucho. Estaba hecho un ovillo, temblando. Un hilo de sangre oscura y espesa bajaba desde su frente, cruzando su ceja y manchando esa alfombra impoluta.
Y de pie sobre él, como una gárgola enloquecida, estaba Camila.
Llevaba una bata de seda color champán que se le resbalaba por un hombro. Su cabello, usualmente perfecto de peluquería, estaba enmarañado, pegado a su frente por el sudor. Se balanceaba. Sus ojos… Dios mío, sus ojos. Estaban abiertos de par en par, pero no miraban nada. Las pupilas eran dos puntos negros inmensos que se comían el iris. Estaba ida. Completamente drogada.
A su lado, en el suelo, brillaba una jeringa vacía. Y sobre la mesita de noche, junto a la lámpara de diseño, había una bandeja con espejo y residuos de polvo blanco.
El tiempo se detuvo. Mi corazón latía en mi garganta, un tambor frenético que dolía.
—Señora… —susurré, dando un paso adelante.
Camila giró la cabeza hacia mí con un movimiento brusco, casi mecánico. Tardó un segundo en enfocarme. Cuando lo hizo, su rostro se contorsionó en una máscara de odio puro. No era solo enojo; era ese asco clasista que gente como ella siente por gente como yo.
—¡No lo toques! —chilló, abalanzándose hacia mí. Tropezó con sus propios pies descalzos y casi cae sobre el niño—. ¡Es mi hijo! ¿Me oyes, gata asquerosa? ¡Mío!
Me agaché instintivamente para cubrir a Noah, pero ella me manoteó el aire.
—Está sangrando, señora Camila —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque por dentro estaba temblando del miedo—. ¡Mírelo! Se golpeó la cabeza. Necesita un médico, ¡ya!
—¡Cállate! —Me gritó, escupiéndome saliva en la cara—. ¡Tú no sabes nada! ¡Seguro fuiste tú! ¡Tú entraste y lo tiraste!
—¿Yo? —La indignación me subió por el pecho como lava—. ¡Acabo de entrar! ¡Usted está…!
No terminé la frase. No me atreví a decir “drogada” en voz alta, aunque la evidencia estaba ahí, gritando en la habitación.
En ese momento, la sombra de Lidia apareció en el umbral. Lidia, la ama de llaves principal. Una mujer de sesenta años que llevaba toda la vida sirviendo a los ricos y que había aprendido que su supervivencia dependía de enterrar los secretos de sus patrones. Lidia, con su uniforme siempre almidonado y su cara de piedra.
Esperé que ella viera la sangre. Esperé que viera a la madre intoxicada y al bebé herido y que su instinto humano despertara.
Qué ingenua fui.
Lidia barrió la habitación con una sola mirada clínica. Vio la jeringa. Vio el polvo. Vio la sangre. Y luego, me miró a mí con ojos de tiburón.
—Conozca su lugar, señorita Maya —dijo, con una frialdad que helaba más que el aire acondicionado—. Salga de aquí inmediatamente.
—¿Qué? —La miré, incrédula—. ¡Lidia, el niño está herido! ¡Mire a la señora! ¡Necesitamos llamar a una ambulancia!
—¡Le dije que salga! —Lidia entró al cuarto, pero no fue hacia el bebé. Fue hacia la mesita de noche. Con una rapidez practicada, tomó una toalla y cubrió la bandeja con el polvo blanco. Ocultando la evidencia—. Los asuntos de la familia no son de su incumbencia. Si se mete, se va a buscar un problema del que no va a poder salir.
Noah soltó un gemido. Fue un sonido bajito, húmedo. Como si se estuviera apagando.
Ese sonido rompió algo dentro de mí. Rompió el miedo a perder el trabajo. Rompió el miedo a no pagar la diálisis. Rompió la sumisión que me habían enseñado desde niña.
—¡A la mierda con su lugar! —grité.
Crucé el espacio que me separaba de Noah. Me arrodillé en la alfombra, ignorando el grito de protesta de Camila, y levanté al niño con todo el cuidado del mundo. Su cabecita cayó pesada contra mi hombro. Estaba ardiendo en fiebre o por el shock, no lo sabía, pero sentí la humedad pegajosa de su sangre manchando mi uniforme.
Saqué mi celular del bolsillo del delantal con una mano, mientras con la otra sostenía a la criatura contra mi pecho.
—¿Qué estás haciendo, maldita india? —Camila se tambaleó hacia mí, con los ojos inyectados en sangre. El olor químico que emanaba de ella era insoportable.
—Llamando al 911 —dije, marcando los tres dígitos con dedos temblorosos pero decididos—. Niño de un año. Traumatismo craneoencefálico. Madre posiblemente bajo efectos de estupefacientes. Residencia Harrington en Las Lomas. ¡Vengan ya!
Camila soltó un alarido animal.
—¡Eres una mentirosa! ¡Sucia mentirosa! —Se lanzó sobre mí.
Sentí el impacto antes de verlo. Su mano, cargada de anillos pesados de oro y diamantes, cruzó mi rostro con una fuerza brutal. Crack. Sentí cómo se me rompía el labio. El sabor metálico de mi propia sangre llenó mi boca. El golpe fue tan fuerte que me fui de espaldas, chocando contra los barrotes de la cuna.
Me aferré a Noah como si fuera un salvavidas. Si lo soltaba, ella lo mataría. Lo sabía. En su locura, lo pisaría o lo dejaría caer de nuevo.
—¡Dámelo! —aulló Camila, jalándome del brazo con sus uñas de manicura perfecta clavándose en mi piel como garras—. ¡Es mi hijo!
—¡Lidia! —grité, buscando ayuda, aunque sabía que no la tendría—. ¡Ayúdeme! ¡Lo va a matar!
Lidia se acercó, pero no para quitarme a Camila de encima. Me agarró del otro brazo, inmovilizándome.
—Suéltelo, muchacha estúpida —siseó Lidia al oído—. ¿No ves lo que estás haciendo? Estás arruinando tu vida. El señor Ricardo te va a destruir.
—¡Me vale madre el señor Ricardo! —Jaloneé con todas mis fuerzas, soltándome del agarre de Lidia y empujando a Camila con el hombro. Ella, en su estado, perdió el equilibrio y cayó sentada sobre la alfombra, riendo y llorando al mismo tiempo, una escena grotesca de decadencia—. ¡El niño se está muriendo!
—¡Estás tratando de robarme a mi esposo! —balbuceaba Camila desde el suelo, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Lo veo! ¡Veo cómo lo miras, zorra trepadora! Quieres mi dinero. Quieres mi casa. ¡Pero siempre serás una gata! ¡Una gata negra y sucia!
Las sirenas.
Gracias a Dios, las sirenas.
El sonido aullante se acercaba por la avenida principal, cortando la atmósfera viciada de la casa. Los paramédicos no pidieron permiso. La puerta principal debía estar abierta o el guardia los dejó pasar al oír la emergencia. Escuché botas pesadas subiendo las escaleras a toda prisa.
—¡Aquí! —grité con lo que me quedaba de voz—. ¡Aquí arriba!
Dos paramédicos entraron a la habitación, seguidos por un policía. La escena que encontraron debió parecerles una pesadilla: una sirvienta sangrando del labio abrazando a un bebé inconsciente, una mujer de sociedad tirada en el suelo gritando incoherencias, y una ama de llaves tratando de esconder toallas manchadas.
—¡Demen al niño! —ordenó el primer paramédico, un hombre joven con cara seria.
Se lo entregué con manos que no dejaban de temblar. Al sentir mis brazos vacíos, me invadió un frío terrible.
—Revísenle las pupilas —jadeé—. Cayó fuerte. Y ella… —señalé a Camila— ella tiene una jeringa ahí tirada.
El policía miró a Camila, luego a la jeringa. Lidia intentó interponerse, poniendo su mejor cara de dignidad ofendida.
—Oficial, no es necesario todo esto. La señora Harrington tuvo una crisis nerviosa, se tomó un calmante y se mareó. La muchacha está exagerando, es nueva y muy dramática.
—¿Dramática? —El paramédico levantó la voz—. Señora, este niño tiene una contusión severa y posible fractura. Nos lo llevamos a urgencias ahora mismo. Y reportamos esto como posible violencia doméstica y negligencia.
—¡No! —gritó Camila, tratando de levantarse—. ¡Nadie se lleva a mi hijo! ¡Esa gata lo tiró! ¡Ella lo lastimó!
El policía me miró. Yo me limpié la sangre del labio con el dorso de la mano.
—Yo no fui —dije, sosteniéndole la mirada—. Hágale un toxicológico a ella. Vea lo que hay en esa mesa.
Lidia me lanzó una mirada que prometía muerte.
Se llevaron a Noah. Se llevaron a Camila en otra camilla, atada porque intentaba morder a los enfermeros, gritando que iba a hacer que me deportaran, que iba a hacer que me mataran.
Me quedé sola en el pasillo, con Lidia respirándome en la nuca.
—Empaca tus chivas —dijo Lidia en voz baja. Ya no había furia, solo una sentencia fría—. Tienes diez minutos antes de que llegue el señor Ricardo. Y te juro por lo más sagrado, Maya, que si abres la boca, te vas a arrepentir. En este país, la cárcel es muy fría para las mentirosas pobres.
—No soy una mentirosa —repliqué, aunque sentía las piernas de gelatina.
—Eres nadie —dijo ella—. Y nadie le gana a los Harrington.
Bajé a mi cuarto de servicio, ese pequeño cubo sin ventanas en la parte trasera de la cocina. Mis manos temblaban tanto que no podía cerrar la maleta. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a pagar el hospital de mamá mañana? Pero no me arrepentía. La imagen de Noah sangrando me daba vueltas.
Apenas había metido mi uniforme en la bolsa cuando escuché el motor de un auto de lujo rugir en la entrada. Un frenazo. Portazos.
Ricardo Harrington había llegado.
Subí las escaleras, no porque quisiera verlo, sino porque la salida estaba por ahí. Me lo topé en el vestíbulo principal. Era un hombre imponente, siempre en trajes italianos a medida, con esa aura de poder que hace que la gente se haga pequeña a su alrededor. Pero ahora estaba pálido, despeinado.
—¿Dónde está mi hijo? —bramó, su voz rebotando en las paredes de doble altura.
—En el hospital San Esteban, señor —dije. Mi voz sonaba pequeña.
Él giró hacia mí. Sus ojos eran hielo azul.
—Lidia me llamó —dijo, avanzando hacia mí como un depredador—. Me dijo que tuviste un altercado con mi esposa. Que empujaste a Camila y que Noah se cayó en la confusión.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada.
—¡Eso es mentira! —Grité, olvidando el protocolo—. ¡Su esposa estaba drogada, señor! ¡Había una jeringa! ¡El niño estaba en el suelo sangrando cuando yo entré! ¡Yo llamé a la ambulancia!
Ricardo se detuvo a un centímetro de mi cara. Podía oler su colonia cara y el miedo que emanaba de él.
—¿Estás acusando a mi esposa, la madre de mi hijo, de ser una drogadicta? —Su voz bajó a un susurro peligroso—. ¿Tú? ¿Una empleada que lleva aquí cuatro semanas?
—Le estoy diciendo la verdad. Vaya al cuarto. Vea la alfombra.
—Lidia ya limpió el desastre que tú causaste —cortó él—. Escúchame bien. No quiero volver a ver tu cara en mi propiedad. Si te acercas a mi familia, si dices una sola palabra a la prensa o a la policía sobre estas… calumnias, te juro que te destruyo. Tengo abogados que pueden hacer que pases el resto de tu vida en la cárcel por intento de secuestro.
—¿Secuestro? —Las lágrimas de impotencia me quemaban los ojos—. ¡Le salvé la vida!
—¡Lárgate! —gritó, señalando la puerta—. ¡Fuera!
Salí corriendo. La puerta pesada se cerró detrás de mí con un sonido definitivo.
Me encontré en la calle, bajo la lluvia que empezaba a caer, sin dinero para el taxi, con la cara golpeada y el corazón roto. Caminé hasta la parada del autobús, sintiendo cómo el agua mezclada con mis lágrimas me empapaba.
Me senté en la banca de metal frío, temblando. Se acabó, pensé. Perdí. Camila ganó. Lidia ganó. El dinero ganó.
Pero entonces, mientras revisaba mis bolsillos buscando monedas para el pasaje, mis dedos rozaron algo duro en el forro de mi suéter. Me detuve.
Mi mente viajó atrás, a dos días antes. Había estado limpiando el cuarto del niño. Había visto al técnico de seguridad instalando algo en el techo. “Una cámara nueva”, me dijo, guiñándome un ojo. “Conexión directa a la nube, pero también guarda respaldo local en esta tarjeta por si se va el internet”.
Me había mostrado la ranura.
Y esa noche… esa noche, cuando subí a buscar mis cosas… antes de que Lidia me corriera…
No. No lo tenía. Recordé que había subido corriendo a la habitación del bebé después de que se llevaron a Noah, buscando mi celular que se me había caído en el forcejeo. Había visto la cámara en el techo. Había visto la ranura abierta.
Lidia.
Lidia se me había adelantado. Cuando me dijo “la señora Harrington pidió esto por privacidad”, tenía una pequeña funda de plástico en la mano.
Me llevé las manos a la cabeza, jalándome el pelo mojado. Tenían la evidencia. Tenían el video. Lo iban a borrar. Iban a borrar la única prueba de que yo no era la villana de esta historia.
—No —dije en voz alta, mi voz perdiéndose en el ruido de la lluvia y los truenos—. No, ni madres.
Pensé en mi mamá, conectada a esa máquina de diálisis, diciéndome siempre: “Maya, la verdad siempre flota, hija. Aunque le pongan piedras, flota”.
Camila me había dicho que yo era tierra bajo sus zapatos. Que era una rata.
Bueno, las ratas sobreviven. Y la tierra, cuando se moja, se convierte en lodo. Y el lodo te puede hacer resbalar y caer muy duro.
Saqué mi teléfono barato, con la pantalla estrellada. Tenía un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abrí.
Era una foto. Una foto borrosa tomada desde lejos, de mi mamá en el hospital. Y un texto abajo: Cállate la boca o ella paga.
El miedo se transformó en algo más. Algo frío y duro en mi estómago.
Me levanté de la banca. No iba a tomar el autobús a mi casa. Iba a ir al Hospital San Esteban. Iba a buscar a las enfermeras que vieron a Camila. Iba a buscar al técnico de las cámaras.
Me habían declarado la guerra. Y yo no tenía nada que perder. Y eso… eso me hacía más peligrosa que cualquier millonaria drogada.
—Prepárate, Camila —susurré al viento—. Porque la “gata” acaba de sacar las uñas.
CAPÍTULO 2: LA PRUEBA OCULTA
La lluvia en la Ciudad de México tiene una forma cruel de limpiarte las lágrimas mientras te ensucia el alma con lodo y smog.
Caminé sin rumbo fijo durante lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo treinta minutos. Mis zapatos, esos que había comprado “buenos y cómodos” para el trabajo, chapoteaban en los charcos sucios de la banqueta. Mi uniforme estaba empapado, pegado al cuerpo como una segunda piel fría, y mi labio roto palpitaba al ritmo de mi corazón.
En mi cabeza, la voz de Ricardo Harrington se repetía en bucle: “Lárgate”. Y la de Camila: “Tierra bajo mis zapatos”.
Tenía dos opciones: subirme a un pesero, irme a mi casa, llorar en el hombro de mi vecina y empezar a buscar trabajo de lavaplatos mañana… o pelear.
Miré el celular. La foto de la amenaza seguía ahí. Cállate la boca o ella paga.
Esa amenaza fue su error. Si solo me hubieran despedido, tal vez, solo tal vez, me habría ido por miedo. Pero amenazar a mi madre… eso encendió una mecha que quemó todo mi miedo y dejó solo una rabia pura, blanca y caliente.
Me dirigí al Hospital San Esteban. No tenía dinero para un taxi, así que caminé hasta que mis piernas ardieron, colándome en el metro y aguantando las miradas de la gente que veía mi cara golpeada y mi ropa mojada de sirvienta.
Llegué al hospital tiritando. El aire acondicionado de la sala de espera era brutal. Me acerqué al mostrador de informes, tratando de parecer digna a pesar de parecer un perro callejero atropellado.
—Disculpe —dije a la recepcionista, que ni siquiera levantó la vista de su computadora—. Busco información sobre el niño Noah Harrington. Ingresó hace unas horas.
—Solo familiares directos —dijo ella, mascando chicle con desgano.
—Soy… soy su niñera. Estaba con él cuando pasó. Solo quiero saber si está vivo.
La mujer me miró con fastidio.
—Señorita, si no es familia, no puedo…
—¡Maya!
Una voz a mis espaldas me hizo girar. Era una enfermera joven, con el uniforme azul pálido y cara de cansancio. La reconocí de inmediato. Era la que había recibido a Noah en la ambulancia. Elena.
—Elena —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Cómo está?
Elena se acercó rápidamente, me tomó del brazo y me llevó a un rincón, lejos de los oídos curiosos.
—Está estable —susurró—. Tiene una contusión severa, pero los escáneres salieron limpios de hemorragia interna grave. Va a estar bien.
Solté un suspiro que pareció vaciarme los pulmones. Me recargué en la pared fría, cerrando los ojos.
—Gracias a Dios.
—Maya… —Elena bajó aún más la voz, mirando a los lados—. Escuchamos lo que pasó. Los paramédicos, el doctor de guardia… todos vieron en qué estado venía la señora Harrington.
Abrí los ojos.
—Ricardo no me creyó —dije con amargura—. Me corrió. Cree que yo lo tiré.
Elena negó con la cabeza, indignada.
—Esa mujer olía a una farmacia ambulante. Y vimos la bandeja que traía el paramédico, la que agarraron de la mesa de noche antes de que la otra señora, la ama de llaves, intentara esconderla. Había residuos. Cocaína, casi seguro, o algo peor.
—¿Lo reportaron?
—Lo pusimos en el informe médico —dijo Elena firmemente—. “Madre con signos visibles de intoxicación y comportamiento errático”. Pero Maya… tú sabes cómo funciona esto. El señor Harrington llegó con sus abogados hace una hora. Están hablando con el director del hospital. El dinero borra muchas cosas.
Sentí un frío en el estómago. Claro. Iban a comprar el silencio del hospital.
—Necesito pruebas, Elena. Pruebas que el dinero no pueda borrar.
—¿Qué vas a hacer?
—Hay un video —dije, recordando el domo negro en el techo—. Pero Lidia, la bruja del ama de llaves, quitó la tarjeta de memoria.
—Entonces estás jodida —dijo Elena con tristeza—. Esa gente no deja cabos sueltos.
—No —dije, y una idea cruzó mi mente como un relámpago—. El técnico. Mitchell. El tipo que instaló las cámaras la semana pasada. Me dijo que había un respaldo en la nube.
—¿Y tú crees que te lo va a dar? —preguntó Elena escéptica—. Ese tipo trabaja para ellos.
—Va a tener que dármelo. O le armo un escándalo que le cierra el changarro.
Elena me miró con una mezcla de sorpresa y respeto. Sacó un billete de doscientos pesos de su bolsillo y me lo puso en la mano.
—Para el taxi. Ve. Y Maya… cuídate la espalda. Esa mujer, Camila… tiene mirada de loca.
El local de Mitchell estaba en una plaza de tecnología en el centro, de esas que huelen a soldadura, plástico quemado y comida china barata. Eran las siete de la noche y ya estaban bajando las cortinas metálicas.
Lo vi justo cuando iba a cerrar su pequeño local de seguridad y vigilancia.
—¡Mitchell! —grité, corriendo hacia él antes de que bajara la cortina por completo.
El hombre, un tipo flaco con lentes y chaleco de fotógrafo, saltó del susto. Me miró, confundido por mi aspecto.
—¿Señorita Maya? —preguntó, reconociéndome—. ¿Qué le pasó? Parece que se peleó con un microbús.
—Necesito tu ayuda. Ahora.
—Ya cerré, güerita. Venga mañana.
—No tengo mañana. —Me metí por debajo de la cortina, obligándolo a entrar conmigo a su pequeño cubículo lleno de monitores y cables—. Necesito el video de la cámara del cuarto del niño Harrington. De hoy a las cuatro de la tarde.
Mitchell se puso pálido.
—Oiga, no. No, no, no. —Levantó las manos como si yo tuviera una pistola—. Me enteré de que hubo lío allá. La señora Lidia me llamó hace rato. Me dijo que borrara todo el servidor de hoy. “Mantenimiento”, le dijo.
—¿Y lo borraste? —Sentí que el mundo se me caía encima.
—Pues… ella paga las facturas. Bueno, el señor Ricardo paga, pero ella manda.
—Mitchell, escúchame bien. —Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal. Olía a miedo—. Esa mujer drogada casi mata a su hijo. Y me echaron la culpa a mí. Si ese niño hubiera muerto, tú serías cómplice por borrar evidencia de un crimen. ¿Quieres ir al reclusorio por encubrimiento de homicidio imprudencial?
—¡Yo no hice nada! —chillo él.
—¡Borrarlo es hacer algo! —Golpeé el mostrador—. Pero los servidores en la nube no se borran tan fácil, ¿verdad? Siempre hay una papelera de reciclaje, un respaldo de seguridad de 24 horas. Tú me lo explicaste, presumiendo tu sistema “infalible”.
Mitchell tragó saliva. Sudaba a chorros.
—Si se enteran… me demandan. Me arruinan.
—Si no me lo das, yo voy ahorita mismo a la policía y les digo que tú tienes la evidencia y la estás ocultando. Y créeme, Mitchell, no tengo nada que perder. Me quitaron mi trabajo, me golpearon y amenazaron a mi madre. Estoy muy, muy enojada. Y una mujer enojada es más peligrosa que los abogados de Harrington.
Me sostuvo la mirada unos segundos. Vio el moretón en mi pómulo, la sangre seca en mi labio y la desesperación en mis ojos. Suspiró, derrotado.
—Maldita sea. —Se giró hacia su computadora y empezó a teclear frenéticamente—. Si el señor Harrington pregunta, yo no le di nada. Usted me hackeó. Usted me robó.
—Lo que tú digas.
La barra de descarga avanzaba agónicamente lenta. 50%… 75%… 99%…
—Aquí está —dijo, pasándome una memoria USB barata—. Es el clip de diez minutos. Desde que empezó el llanto hasta que llegaron los paramédicos.
Apreté el USB en mi puño tan fuerte que me lastimé la palma.
—Gracias, Mitchell. Acabas de hacer lo correcto.
Salí de ahí corriendo, paré el primer taxi que vi y le di la dirección de Las Lomas. El taxista me miró por el retrovisor, dudando si yo tendría para pagarle. Le mostré el billete de Elena.
—Vuele, jefe. Es de vida o muerte.
La mansión estaba iluminada como un palacio cuando llegué. Había patrullas afuera, pero silenciosas, solo las luces girando. Los Harrington manejaban todo con discreción.
El guardia de la caseta, Don Beto, me vio llegar y salió de su cabina.
—Maya, hija, no puedes estar aquí —dijo con voz compasiva—. Tienen orden de no dejarte pasar. Dijeron que si venías, llamara a la patrulla para que te llevaran.
—Don Beto, por favor. —Me pegué a la reja—. Tengo que hablar con el señor Ricardo. Tengo pruebas. Él tiene que ver esto.
—No puedo, Maya. Lidia está ahí parada en la entrada, vigilando como halcón.
Miré hacia la casa. Efectivamente, Lidia estaba en el pórtico, hablando con un oficial. Me vio. Su sonrisa fue casi imperceptible, pero ahí estaba. La sonrisa de quien cree que ganó.
—Dígale que tengo el video —grité, sabiendo que no me escucharía, pero Don Beto sí—. Dígale al señor Ricardo que tengo el video de la nube. Que si no me recibe en cinco minutos, se lo mando a todos los noticieros de la ciudad. A ver cómo le gusta a su reputación que todo México vea a su esposa drogada pateando a su hijo.
Don Beto abrió los ojos como platos.
—¿Tienes eso?
—Y copia de seguridad.
Don Beto tomó su radio. Habló en voz baja. Vi a Lidia tensarse en el pórtico cuando el guardia le transmitió el mensaje. Ella intentó decir algo, negar el acceso, pero entonces la puerta principal se abrió de golpe.
Ricardo salió. Ya no llevaba el saco. Tenía la camisa arremangada y se veía diez años más viejo que esta mañana. Lidia intentó detenerlo, susurrándole algo al oído, pero él la apartó con un gesto brusco de la mano.
Caminó hasta la reja. La lluvia había parado, pero el suelo seguía mojado y reflejaba las luces de seguridad.
—¿Es cierto? —preguntó. Su voz era ronca.
Saqué el USB y lo levanté.
—Está todo aquí. Lo que Lidia borró de la tarjeta. Lo que Mitchell “perdió”.
Ricardo miró a Lidia, quien se había quedado pálida bajo la luz del pórtico. Luego me miró a mí.
—Abre la reja —ordenó a Don Beto.
—Señor, la señora Camila dijo… —empezó Lidia, acercándose.
—¡Dije que abras la maldita reja! —rugió Ricardo.
Entré. No como sirvienta esta vez. Entré como verdugo.
Caminamos en silencio hasta su estudio. Lidia nos seguía a distancia, como una sombra nerviosa. Ricardo se sentó tras su escritorio y extendió la mano. Le di el USB.
Lo conectó a su laptop. El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por el zumbido del ventilador de la computadora.
Dio click.
El video empezó a reproducirse. Yo no podía ver la pantalla, pero no necesitaba hacerlo. Lo viví. Escuché el audio, claro y brutal, saliendo de las bocinas.
El llanto de Noah. El golpe seco. La voz pastosa de Camila: “¡Cállate, mocoso!”. El sonido de la jeringa cayendo. Mi entrada corriendo. Camila gritando: “¡Gata igualada!”. Y luego… el sonido inconfundible de la bofetada. Y Camila tropezando y cayendo casi encima del bebé herido.
Ricardo veía la pantalla sin parpadear. Su rostro se fue transformando. La ira fría se desmoronó, reemplazada por un horror genuino y luego, por una vergüenza profunda. Vio a su esposa, la mujer con la que compartía la cama, convertida en un monstruo. Y me vio a mí, la empleada a la que había corrido como a un perro, protegiendo a su hijo con mi propio cuerpo mientras recibía golpes.
El video terminó.
Ricardo cerró la laptop lentamente. Se cubrió la cara con las manos.
—Dios mío… —susurró—. Noah…
—Le dije la verdad —dije, mi voz temblando por la adrenalina—. Nunca le mentí.
Ricardo levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos.
—Lidia —dijo, sin gritar, pero con un tono que hizo que el aire se congelara.
Lidia entró al estudio, con las manos entrelazadas, tratando de mantener la compostura.
—Señor, tiene que entender, yo solo trataba de proteger la privacidad de la familia… la señora estaba indispuesta…
—Sabías —dijo Ricardo—. Viste la sangre. Viste las drogas. Y la encubriste. Y dejaste que yo corriera a la única persona que ayudó a mi hijo.
—Señor, ella es solo la sirvienta…
—¡Ella salvó a mi hijo! —Ricardo golpeó el escritorio tan fuerte que una pluma de oro saltó al suelo—. ¡Tú eres cómplice de abuso infantil!
En ese momento, se escucharon tacones en el pasillo. Camila.
Había regresado del hospital, probablemente sedada y dada de alta bajo su propio riesgo, o quizás nunca la admitieron y solo le dieron algo para bajarle el “avión”. Entró al estudio, todavía con la ropa de hospital puesta, luciendo desorientada pero arrogante.
—Ricardo, cariño, ¿qué hace esta… cosa aquí? —Me señaló con desdén—. Te dije que la corrieras.
Ricardo se puso de pie. Fue un movimiento lento, cargado de amenaza.
—Vi el video, Camila.
Camila se detuvo en seco. Su rostro perdió el poco color que tenía. Miró a Lidia, buscando apoyo, pero Lidia estaba mirando al suelo, derrotada.
—Eso… eso está manipulado. Seguro ella lo editó. Esos indios saben trucos…
—¡Cállate! —La voz de Ricardo retumbó en las paredes—. ¡No hables más! ¡Me das asco!
—Ricardo, soy tu esposa…
—Ya no. —Ricardo caminó hacia ella—. Te quiero fuera de esta casa. Ahora.
—¿Qué? No puedes… Noah es mi hijo.
—Si intentas acercarte a Noah, si intentas entrar a esta casa, le entregaré este video a la fiscalía y te aseguro, Camila, que te pudres en la cárcel. Drogas, agresión, negligencia criminal. Pruébame.
Camila retrocedió, chocando contra el marco de la puerta. La realidad de su situación finalmente la golpeó. Se giró hacia mí, y la máscara de dama de sociedad se cayó por completo. Lo que quedó fue una bestia herida y venenosa.
—Esto es tu culpa —siseó, acercándose a mí. Ricardo hizo ademán de detenerla, pero ella solo se inclinó cerca de mi cara. Su aliento olía a mentas tratando de cubrir el vómito y el alcohol—. Maldita gata negra. Juro que vas a pagar por cada gota de sangre. Me quitaste mi casa. Me quitaste a mi hijo.
—Tú perdiste a tu hijo sola —le dije, mirándola a los ojos por primera vez como una igual—. Yo solo lo levanté del suelo donde tú lo dejaste tirado.
—Eres una rata rastrera —escupió—. Y las ratas mueren aplastadas. Esto no se queda así. Te voy a cazar, Maya. Voy a hacer que desees no haber nacido.
—¡Largo! —gritó Ricardo.
Camila salió del estudio como un torbellino de furia. Escuchamos sus gritos mientras subía las escaleras, probablemente para agarrar joyas antes de irse. Lidia se escabulló detrás de ella, sabiendo que su tiempo también se había acabado.
Me quedé sola con Ricardo. El silencio volvió, pero ahora era pesado, cargado de culpa.
—Maya… —Ricardo no sabía qué hacer con las manos—. Yo… no sé cómo disculparme. Fui un imbécil.
—Sí, lo fue —dije. No iba a sobarle el ego—. Casi me destruye la vida hoy. Y lo hizo sin dudar, solo porque ella es rica y blanca, y yo soy la sirvienta.
Ricardo asintió, aceptando el golpe.
—Tienes razón. Tienes toda la razón. Te pagaré lo que sea. Te daré una recomendación…
—No quiero su dinero —mentí, porque lo necesitaba desesperadamente, pero mi dignidad valía más en ese momento—. Quiero mi trabajo. Quiero cuidar a Noah. Porque está claro que en esta casa llena de gente, soy la única que realmente lo ve.
Ricardo me miró sorprendido.
—¿Te quedarías? ¿Después de todo esto?
Pensé en Noah, solo en ese hospital frío. Pensé en la amenaza de Camila. Si me iba, ella ganaba. Si me iba, Noah quedaba desprotegido.
—Me quedo —dije firmemente—. Pero las cosas van a cambiar, señor Harrington. Nadie me vuelve a poner una mano encima. Y Lidia se va.
—Hecho —dijo él sin dudar—. Lidia se va esta noche.
Salí del estudio. Mi cuerpo dolía, estaba cansada hasta el hueso, pero cuando caminé por el pasillo de mármol esta vez, mis pasos sonaron diferentes. Ya no eran los pasos de un fantasma. Eran los pasos de alguien que acaba de ganar una batalla.
Pero mientras veía las luces de la patrulla afuera, escoltando a Camila fuera de la propiedad, sentí un escalofrío. Su amenaza resonaba en mi cabeza.
“Te voy a cazar, Maya”.
Sabía que esto no era el fin. Era solo el comienzo de una guerra mucho más oscura.
CAPÍTULO 3: LA GUERRA FRÍA
La semana siguiente a la expulsión de Camila, la mansión Harrington se sintió menos como un hogar y más como un campo de batalla donde acababan de recoger los cadáveres, pero el olor a pólvora seguía flotando en el aire.
Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero en Las Lomas, la calma es una mentira cara. Es un silencio comprado. Los pisos de mármol brillaban más que nunca porque el nuevo personal de limpieza, contratado de urgencia tras el despido fulminante de Lidia, se esmeraba en tallar hasta su propia sombra por miedo a ser los siguientes en la calle.
Yo ya no era invisible. Antes, era “la muchacha”, “la nueva”, un mueble más con uniforme gris. Ahora, cuando entraba a la cocina por un vaso de agua, las conversaciones se cortaban de golpe. Las cocineras bajaban la mirada, el chofer carraspeaba y se iba. Me había convertido en una leyenda urbana dentro de esas paredes: la sirvienta que tumbó a la patrona. Para algunos era una heroína; para otros, una bruja trepadora que le había hecho vudú al señor Ricardo.
Noah había vuelto del hospital dos días después del incidente. Tenía un vendaje en la cabecita y estaba más mimoso que de costumbre, aferrándose a mí como un monito cada vez que me veía. Ricardo cumplió su palabra: Lidia se había ido esa misma noche, arrastrando su maleta y su dignidad por el camino de grava, escoltada por seguridad. Pero su fantasma seguía ahí, en el orden obsesivo de la despensa, en el miedo que le tenían los jardineros.
La ausencia de Camila no era un vacío; era una presencia oscura. Era como saber que hay una víbora de cascabel en el cuarto, pero no saber debajo de qué mueble se metió.
—Se ve muy tranquilo el patrón, ¿no? —me dijo Jaime, el jardinero más joven, mientras yo sacaba a Noah a tomar un poco de sol al jardín trasero. Jaime era el único que me hablaba sin miedo. Era un chavo de Iztapalapa, leal y sin pelos en la lengua.
—Demasiado —respondí, ajustándole el gorrito a Noah—. Y eso me da mala espina.
—Aguas, Maya. —Jaime bajó la voz, recargándose en su rastrillo—. En el cuarto de choferes se dicen cosas. Dicen que la señora Camila no se fue a chillar a un rincón. Dicen que se instaló en un pent-house en Polanco y que contrató al bufete de abogados “Garrido & Asociados”.
Sentí un escalofrío, y no era por el viento de otoño.
—¿Garrido? —pregunté.
—Los tiburones, güera. Esos que defienden narcos y políticos corruptos. Si contrató a esos, es porque no quiere dinero. Quiere sangre.
Esa noche, la guerra fría comenzó oficialmente.
Ricardo me mandó llamar a su estudio después de la cena. El hombre se veía desgastado. Las ojeras bajo sus ojos azules eran profundas, y había una botella de whisky medio vacía en su escritorio. Ya no me miraba con desprecio, pero tampoco con calidez. Me miraba con la resignación de un general que sabe que está perdiendo la guerra.
—Siéntate, Maya —dijo, señalando la silla de cuero frente a él. Era la primera vez que me invitaba a sentarme—. Tenemos problemas.
—¿Noah está bien? —pregunté de inmediato, lista para correr escaleras arriba.
—Noah está bien. El problema eres tú. Y yo. —Ricardo deslizó un sobre manila grueso sobre el escritorio hacia mí—. Llegó esta tarde. Un mensajero privado.
Tomé el sobre. Pesaba. Lo abrí con cuidado. Eran documentos legales, llenos de términos que apenas entendía, pero el encabezado estaba claro: DEMANDA CIVIL POR DAÑOS MORALES, DIFAMACIÓN, ALLANAMIENTO, ACOSO Y ALIENACIÓN PARENTAL.
DEMANDANTE: Camila Valentina De la Garza de Harrington. DEMANDADO: Maya Williams.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Me está… me está demandando? —balbuceé.
—A ti y a mí —dijo Ricardo, frotándose las sienes—. Alega que conspiramos. Dice que el video está manipulado, creado con inteligencia artificial. Dice que tú tienes un historial de manipulación y que has estado lavándole el cerebro a Noah y a mí para sacarla de la jugada y quedarte con su fortuna.
—¡Eso es una estupidez! —exclamé, aventando los papeles sobre la mesa—. ¡Yo salvé a su hijo! ¡Ella estaba drogada hasta las cejas!
—Lo sé. Tú lo sabes. Pero la verdad en un juzgado no importa tanto como lo que puedes probar o lo que puedes hacer creer al jurado. —Ricardo me miró fijamente—. Camila no está jugando limpio. En la demanda, cita “testigos” del servicio que afirman haberte visto maltratar a Noah en secreto.
—¿Qué testigos? —La indignación me quemaba la garganta—. ¡Si todos vieron cómo lo cuido!
—El dinero compra muchas memorias, Maya. Y el miedo, más. Lidia ha estado haciendo llamadas. Contactando al personal antiguo.
Me dejé caer en el respaldo de la silla, sintiéndome minúscula. Yo no tenía dinero para abogados. Apenas tenía para la medicina de mi mamá.
—¿Qué va a pasar? —pregunté, con la voz rota—. ¿Me va a despedir para protegerse?
Ricardo se sirvió otro trago. El líquido ámbar brilló bajo la luz de la lámpara.
—Hace una semana, lo habría hecho —admitió con brutal honestidad—. Te habría dado un cheque y te habría mandado lejos para apagar el fuego. Pero… —suspiró y miró una foto enmarcada de Noah en su escritorio—. Pero vi el video, Maya. Vi cómo te pusiste entre mi hijo y los golpes. Si te corro, ella gana. Y si ella gana, Noah vuelve con ella. Y la próxima vez, tal vez no haya nadie para cacharlo cuando lo deje caer.
Se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los míos.
—No te voy a correr. Mis abogados te van a representar. Vamos a pelear esto. Pero necesito que entiendas algo: Camila va a intentar destruirte. Va a sacar cada trapo sucio de tu pasado, real o inventado. ¿Estás lista para eso?
Pensé en mi vida. En la pobreza, en las carencias, en los trabajos mal pagados. No tenía grandes secretos, solo la vergüenza de ser pobre en un país que castiga la pobreza.
—No tengo nada que esconder, señor —dije—. Y no le tengo miedo a ella.
—Deberías —dijo Ricardo sombríamente—. Porque una madre a la que le quitan a su hijo es peligrosa. Pero una narcisista a la que le quitan su estatus… esa es capaz de quemar el mundo entero con tal de no verse mal.
Los días siguientes fueron una tortura psicológica. La casa se sentía vigilada. Cada vez que salía al jardín con Noah, sentía ojos en mi nuca. Un coche negro con vidrios polarizados pasaba lento por la reja principal a horas extrañas. El teléfono de la casa sonaba y colgaban.
Pero yo tenía una misión. Ricardo dijo que Camila alegaba que el video era falso, “Inteligencia Artificial”. Necesitaba blindar esa prueba.
Aproveché mi tarde libre para volver al centro, a la plaza de tecnología. Mitchell, el técnico, casi se infarta cuando me vio entrar de nuevo a su local.
—¡Ya le di todo! —chilló, escondiéndose detrás de una torre de computadoras viejas—. ¡No me meta en más broncas, señorita! ¡Lidia me ha estado llamando amenazándome!
—Tranquilo, Mitchell —le dije, poniendo las manos sobre el mostrador—. No vengo a pedirte nada ilegal. Al contrario. Vengo a protegerte.
—¿Protegerme? —Me miró con desconfianza.
—La señora Camila dice que el video que me diste es falso. Que lo hicimos con computadora. Si eso procede, van a venir a investigar tu equipo, tus servidores, todo. Y van a decir que tú eres un falsificador.
Mitchell se puso pálido. Su reputación era lo único que tenía.
—¡Eso es original! ¡Salió directo del servidor de respaldo! Tienen los metadatos, la hora, el IP…
—Exacto. Eso es lo que necesito. —Saqué una hoja que el abogado de Ricardo me había preparado—. Necesito que firmes esto. Es una declaración jurada técnica. Certificas que el video es auténtico, sin ediciones, y que proviene del sistema de circuito cerrado de la casa Harrington.
Mitchell dudó. Tomó la pluma, le temblaba la mano.
—Si firmo esto… Lidia me va a matar.
—Si no lo firmas, te vas a la cárcel por fraude cuando los peritos analicen tus servidores y vean que manipulaste o borraste cosas bajo presión —le recordé suavemente—. Pero si firmas, tienes a los abogados de Harrington de tu lado. Tú eliges: ¿el equipo ganador o la señora que está demandada por maltrato infantil?
Mitchell firmó. Me dio la hoja y un USB adicional con los registros del sistema (“logs”) que demostraban que nadie había alterado el archivo.
—Váyase, por favor —me suplicó—. Y no vuelva.
Salí de ahí con el documento apretado contra mi pecho como un escudo. Tenía la verdad blindada. Ahora solo faltaba sobrevivir a la tormenta.
Regresé a la mansión al anochecer. El ambiente estaba pesado, esa electricidad estática que te eriza los vellos de los brazos. Ricardo había salido a una cena de negocios obligatoria —aparentar normalidad ante la sociedad— y me había dejado a cargo de cerrar la casa.
Hice mi ronda habitual. Cerré las cortinas de terciopelo, apagué las luces de los pasillos, revisé que la alarma perimetral estuviera activada. Todo estaba en silencio.
Subí a ver a Noah. Dormía como un ángel, ajeno al huracán que llevaba su apellido. Le di un beso en la frente y salí al pasillo.
Fue entonces cuando lo olí.
No era el olor a lavanda de los productos de limpieza. Era algo más pesado. Dulce, caro y químico. Chanel No. 5 mezclado con el olor agrio de un cigarrillo mentolado.
El perfume de Camila.
Me detuve en seco. Mi corazón dio un vuelco doloroso. Imposible, pensé. Tienen órdenes de restricción. Los guardias no la dejarían pasar.
Pero el olor estaba ahí, flotando en el pasillo del segundo piso, cerca de la escalera de servicio. Esa escalera que Lidia usaba. Esa escalera que daba al patio trasero, donde había una puerta que a veces, solo a veces, los del servicio olvidaban ponerle el cerrojo doble.
—¿Hola? —susurré. Qué estupidez. Como en las películas de terror.
Nadie respondió. Solo el crujido de la madera vieja de la casa.
Bajé las escaleras de servicio despacio, con el celular en la mano listo para marcar al 911. Llegué a la cocina. Estaba vacía, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por el ventanal que daba al jardín trasero.
Y ahí la vi.
No estaba adentro, gracias a Dios. Estaba afuera. De pie en la terraza de piedra, pegada al cristal del ventanal.
Camila.
Llevaba un abrigo negro largo con el cuello levantado y lentes oscuros, aunque era de noche. Parecía un espectro. Una aparición de alta costura.
Me vio. Sabía que me vio porque se quitó los lentes lentamente. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de maquillaje oscuro corrido, como si no hubiera dormido en días. Pero la mirada… la mirada era pura maldad concentrada.
Me acerqué al vidrio, temblando, pero asegurándome de que el seguro estuviera puesto.
Ella levantó una mano y apoyó la palma abierta contra el cristal. Luego, con un dedo lleno de anillos, golpeó suavemente. Toc. Toc. Toc.
Abrí la puerta corrediza solo una rendija, manteniendo la cadena de seguridad puesta. Sabía que era una estupidez, pero necesitaba saber qué quería. Necesitaba mirarla a los ojos y demostrarle que no me iba a esconder debajo de la cama.
—Estás violando la orden de restricción —dije. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Los guardias están a un botón de distancia.
Camila sonrió. Fue una sonrisa torcida, rota.
—Los guardias son hombres, Maya. Y a los hombres se les puede distraer, o comprar. Lidia tenía razón sobre ti. Eres valiente. O estúpida.
—Vete, Camila. Ricardo no está. Y Noah está dormido.
—No vine por ellos. Vine a verte a ti. —Se acercó más a la rendija. El olor a alcohol y perfume me golpeó—. Quería ver la cara de la rata que se metió en mi nido.
—No soy una rata. Soy la mujer que está cuidando a tu hijo mientras tú te drogas.
Su rostro se contorsionó. Por un segundo, pensé que iba a intentar romper el vidrio.
—¿Crees que ganaste? —susurró con veneno—. ¿Crees que porque tienes un videíto y a mi marido comiendo de tu mano ya eres la señora de la casa? Eres una moda, Maya. Eres la obra de caridad de Ricardo. Él se siente culpable, eso es todo. En cuanto se le pase la culpa, te va a ver como lo que eres: una sirvienta sin educación que huele a cloro.
—Prefiero oler a cloro que a decadencia —repliqué.
Camila soltó una carcajada seca, sin humor.
—Disfruta tu momento, cenicienta. Pero recuerda algo: las ratas como tú propagan enfermedades. Y yo soy la fumigadora. Ya empecé, Maya. Ya empecé a escarbar. Sé de tu madre. Sé del hospital de beneficencia donde la atienden. Sé de las deudas.
Me tensé.
—No te metas con mi madre.
—¿O qué? ¿Me vas a pegar? ¿Me vas a grabar? —Camila sacó un cigarrillo y lo encendió con manos temblorosas, echándome el humo en la cara a través de la rendija—. Voy a hacer que te quiten todo. Voy a hacer que te deporten a la miseria de donde saliste. Y cuando estés en la calle, pidiendo limosna, voy a pasar en mi coche y te voy a aventar una moneda.
—Ya vete —dije, cerrando la puerta de golpe y pasando el cerrojo.
Camila se quedó ahí parada, al otro lado del vidrio, fumando y sonriendo mientras la lluvia empezaba a caer de nuevo. Levantó la mano y me dijo adiós con los dedos, un gesto infantil y terrorífico.
Luego, se dio la vuelta y se desvaneció en la oscuridad del jardín, hacia donde sabía que había un punto ciego en las cámaras, un punto que solo Lidia conocía.
Me recargué contra la puerta, respirando agitadamente. Mis piernas finalmente cedieron y me deslicé hasta el suelo de la cocina.
El ataque legal era solo la distracción. La verdadera guerra era esta: el terror psicológico. Ella no quería ganarme en un tribunal. Quería quebrarme. Quería que yo saliera corriendo por mi propio pie.
Pero mientras miraba la oscuridad donde ella había desaparecido, sentí algo nuevo. No era miedo. Era claridad.
Ella había venido hasta aquí, arriesgándose a ser arrestada, solo para asustarme. Eso significaba una cosa: ella tenía miedo. Tenía miedo de mí. Tenía miedo de lo que yo representaba.
Me levanté del suelo. Fui al panel de seguridad y marqué el código de emergencia silenciosa para alertar a la compañía de seguridad externa, sin despertar a Noah.
—Ven con todo lo que tengas, bruja —susurré a la habitación vacía—. Porque yo no me voy a ir a ningún lado.
A la mañana siguiente, la guerra subió de nivel.
Estaba desayunando un café rápido en la cocina cuando Jaime entró corriendo, con la cara pálida. Traía un periódico sensacionalista en la mano, de esos de “nota roja” que venden en los semáforos.
—Maya… tienes que ver esto —dijo, poniendo el periódico sobre la mesa como si fuera una bomba.
Miré la portada.
Había una foto mía. Una foto vieja, de mi perfil de Facebook que no usaba hace años, mal editada para que me viera vulgar. Y al lado, una foto de Ricardo.
El titular, en letras amarillas y rojas, gritaba: “¿EL MAGNATE Y LA MUCAMA? EL ESCÁNDALO SEXUAL QUE DESTRUYÓ A LA FAMILIA HARRINGTON”.
Y abajo, en letras más pequeñas: “Fuentes aseguran que la empleada drogó a la esposa para quedarse con la mansión y el millonario”.
Sentí náuseas. Jaime me miraba con lástima.
—Ya está en internet también —dijo—. En Twitter es tendencia. Te están despedazando, Maya. Dicen cosas horribles.
Camila había cumplido su promesa. La fumigación había comenzado. No necesitaba ganarme en la corte; quería lincharme en la plaza pública.
Tomé el periódico. Mis manos temblaban, pero esta vez no era de miedo. Era de pura adrenalina.
—¿Ah, sí? —dije, arrugando el papel—. Pues si quieren un show, les vamos a dar un show. Pero no el que ellos creen.
Subí al estudio de Ricardo. Él estaba ahí, viendo las noticias en la televisión, con el rostro desencajado.
—Lo siento, Maya —dijo cuando me vio—. Intentamos detener la publicación, pero…
—No lo sienta —lo interrumpí—. Úselo.
—¿Qué?
—Ella quiere jugar sucio en la prensa. Quiere que yo me esconda. Quiere que me avergüence. Pues no. —Me acerqué al escritorio—. Vamos a dar una conferencia de prensa. Usted y yo. Juntos.
—Te van a comer viva —advirtió Ricardo—. Los reporteros son buitres.
—Que vengan. Tengo la verdad, tengo el video certificado, y tengo a las enfermeras del hospital que ya dijeron que van a hablar. Si Camila quiere una guerra de relaciones públicas, vamos a ver quién tiene la cara más limpia.
Ricardo me miró. Por un momento, vi al tiburón de los negocios, al hombre que había construido un imperio, despertando de su letargo depresivo. Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, peligrosa.
—Harris —llamó a su jefe de seguridad por el intercomunicador—. Prepara el coche. Y llama a mis publicistas. Maya tiene una idea.
La Guerra Fría se había acabado. El fuego acababa de empezar.
CAPÍTULO 4: EL CONTRAATAQUE
El miedo tiene un sabor específico. Sabe a óxido, a bilis y a café frío de las seis de la mañana.
Estábamos en la “sala de guerra”, como Ricardo había bautizado a su estudio. Eran las ocho de la mañana del día siguiente a la publicación del artículo difamatorio. Harris, el jefe de seguridad —un exmilitar que parecía hecho de granito y pocas palabras— estaba revisando los puntos de entrada del Hospital San Esteban, donde daríamos la conferencia de prensa.
—Van a estar como zopilotes —advirtió Harris, ajustándose el auricular—. La prensa de espectáculos huele sangre. Camila y sus abogados ya soltaron el rumor de que Ricardo te compró un departamento en Miami para callarte.
—Que digan misa —dije, alisándome la falda del traje sastre negro que Ricardo había mandado traer para mí. Me sentía disfrazada. Yo era mujer de jeans y tenis, o de uniforme gris. Este traje de lana fina me picaba, pero me hacía ver como lo que necesitaba ser: intocable.
Ricardo entró ajustándose los gemelos de la camisa. Se veía decidido, pero había un temblor casi imperceptible en sus manos.
—¿Estás lista, Maya? —preguntó—. Una vez que salgamos ahí, no hay vuelta atrás. Tu cara va a estar en todos lados. Ya no serás anónima.
—Mi cara ya está en todos lados, señor, y con mentiras —repliqué, tomando mi bolso—. Prefiero que me conozcan por decir la verdad que por ser la “amante trepadora” que inventó su exmujer.
Subimos a la camioneta blindada. El trayecto hacia el hospital fue silencioso. Yo miraba por la ventana polarizada la Ciudad de México, gris y caótica, pensando en mi mamá. La habíamos trasladado anoche a una clínica privada con seguridad 24 horas, cortesía de Ricardo. “Para su protección”, dijo él. “Para que no sea un blanco”, entendí yo.
Al llegar al hospital, el flashazo de las cámaras fue cegador. Eran decenas. Micrófonos con logotipos de todas las cadenas, bloggers con celulares, gente gritando preguntas obscenas.
—¡Ricardo! ¿Es verdad que dejaste a tu esposa por la niñera? —¡Maya! ¿Cuánto cobraste por el video falso?
Harris y sus hombres nos abrieron paso a empujones hasta el podio improvisado en la escalinata. Las enfermeras del turno de aquel día, incluida Elena, estaban ahí paradas, con sus uniformes blancos, como un muro de contención moral. Ellas eran mi ejército.
Ricardo tomó el micrófono primero. El murmullo cesó.
—No vine a hablar de chismes —dijo con esa voz de barítono que usaba en las juntas de consejo—. Vine a hablar de hechos. Y el hecho es que esta mujer… —me señaló, y sentí el peso de cien miradas— …esta mujer salvó la vida de mi hijo.
Un reportero gritó: —¡Su esposa dice que ella lo tiró!
Harris dio un paso al frente y proyectó en una pantalla LED que habían instalado el video certificado por Mitchell. No todo, solo los fragmentos clave. La caída. La negligencia. La jeringa.
El silencio que cayó sobre la multitud fue sepulcral. Se oía hasta el tráfico de la avenida lejana.
Luego, fue mi turno. Me acerqué al micrófono. Me temblaban las rodillas, pero me acordé de Noah sangrando. Me acordé de Camila riéndose detrás del vidrio.
—No soy una actriz —dije, y mi voz retumbó en las bocinas—. No soy millonaria. Soy una trabajadora. Vine a esa casa a limpiar y a cuidar. Y cuando un bebé lloró de dolor, no pensé en mi sueldo, ni en mi reputación. Pensé en salvarlo.
Miré directo a la cámara de la cadena nacional.
—La señora Camila dice que quiero su vida. Se equivoca. No quiero su dinero, ni su casa, ni a su marido. Solo quiero que su hijo llegue vivo a los cinco años. Y si eso me convierte en la villana de su telenovela, que así sea.
Los flashes estallaron de nuevo, pero esta vez, las preguntas cambiaron de tono. Ya no había burla. Había asombro.
Esa noche, la narrativa cambió. Los noticieros estelares pasaron el video. Los comentaristas destrozaron a Camila. El hashtag #JusticiaParaNoah se hizo tendencia número uno, desplazando al escándalo sexual prefabricado.
Habíamos ganado la batalla de la opinión pública.
Pero Camila no era de las que aceptan la derrota. Era de las que patean el tablero cuando van perdiendo.
Dos días después, llegó la invitación.
Un sobre color crema, con letras doradas en relieve. La Fundación Corazones de México invita al Sr. Ricardo Harrington y acompañante a la Gala Benéfica Anual.
—No vas a ir —dije, poniendo la invitación sobre la mesa de la cocina mientras le daba de cenar a Noah.
—Tengo que ir —dijo Ricardo, aflojándose la corbata—. Soy miembro del consejo. Si no voy, parecerá que me estoy escondiendo. Que me avergüenzo.
—Pues vaya solo.
—No. —Ricardo me miró—. Quiero que vengas conmigo.
Casi se me cae la cuchara de papilla.
—¿Perdón? Señor, con todo respeto, ¿se golpeó la cabeza? Acabamos de desmentir que somos amantes. Si me lleva a una gala de etiqueta, ¿qué cree que van a pensar?
—Que eres mi invitada. Que eres parte de mi círculo de confianza. —Ricardo se acercó—. Además, Harris tiene información. Camila va a estar ahí.
Me quedé helada.
—¿Camila? ¿Con la orden de restricción?
—Es un evento público en un hotel. Sus abogados encontraron un vacío legal. Ella compró una mesa. Va a ir para hacerse la víctima, para llorar ante sus amigas de la alta sociedad y decir que yo soy un monstruo que la alejó de su hijo.
—Entonces con más razón no debo ir. Si me ve, va a armar un escándalo.
—Exacto —dijo Ricardo, y sus ojos brillaron con una astucia fría—. Eso es lo que queremos. Harris dice que ella es resbaladiza. Necesitamos que cometa un error grave. Un error público e innegable que viole la orden de restricción y nos permita revocarle la libertad condicional de una vez por todas.
—Me quiere usar de carnada —comprendí.
—Quiero terminar con esto, Maya. Ella no va a parar hasta que esté tras las rejas o sin un peso. ¿Me ayudas a ponerle la trampa?
Miré a Noah, que jugaba con su comida, feliz y ajeno a todo. Si Camila seguía libre, él nunca estaría seguro.
—Está bien —dije, sintiendo un hueco en el estómago—. ¿Qué me pongo?
La noche de la gala, me sentí como Cenicienta, pero en una versión retorcida donde el príncipe azul solo quiere usarte para cazar a la bruja.
Llevaba un vestido azul marino de seda, sencillo pero elegante, que Ricardo había mandado traer. Me habían peinado y maquillado. Al verme en el espejo, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. No parecía la sirvienta que talla pisos. Parecía una guerrera con armadura de satén.
El salón de baile del hotel en Polanco era un océano de diamantes, esmóquines y hipocresía. Candelabros gigantes, música de orquesta, meseros con guantes blancos. Entramos y sentí cómo cien pares de ojos se clavaban en nosotros. Los murmullos eran como un zumbido de abejas.
“Es ella… la niñera…” “Dicen que es la heroína…” “Dicen que es una cualquiera…”
Mantuve la cabeza en alto, agarrada del brazo de Ricardo, aunque por dentro estaba temblando. Harris y sus hombres estaban dispersos por el salón, vestidos de etiqueta, mezclándose con la multitud, pero con los auriculares puestos.
Y entonces, la vi.
Estaba junto a la fuente de champaña, rodeada de un grupo de señoras enjoyadas que la escuchaban con atención fingida. Llevaba un vestido verde esmeralda que gritaba dinero y un collar de diamantes que probablemente valía más que toda mi colonia.
Camila.
Se veía radiante, como si no hubiera pasado los últimos días drogada o conspirando. Esa era su magia: podía ponerse la máscara de sanidad en un segundo.
Me vio.
Su sonrisa no vaciló, pero sus ojos… sus ojos lanzaron dagas. Se disculpó con sus amigas y empezó a moverse entre la gente. No venía hacia nosotros directamente; se movía como un tiburón, dando vueltas, acercándose en círculos.
—Ahí viene —le susurré a Ricardo.
—Tranquila. Sigue el plan. Sepárate de mí. Ve a la terraza. Ahí están las cámaras de Harris.
—No me deje sola mucho tiempo —le pedí, sintiendo el pánico subir.
—Harris está contigo. Ve.
Me solté de su brazo y caminé hacia las puertas de cristal que daban a la terraza. El aire de la noche estaba fresco. La terraza estaba semivacía, solo algunas parejas fumando lejos. Me acerqué al barandal de piedra, mirando las luces de la ciudad, esperando.
No tuve que esperar mucho.
Escuché el clic de unos tacones acercándose. El olor a Chanel No. 5 y cigarrillo mentolado invadió el aire puro.
—Vaya, vaya… —La voz de Camila goteaba sarcasmo—. Miren nada más. La gata se vistió de seda.
Me giré lentamente. Estábamos solas en ese rincón de la terraza. O eso creía ella. Sabía que Harris estaba escondido detrás de unas macetas grandes de palmas, y que las microcámaras estaban grabando.
—Buenas noches, señora —dije.
—No me digas señora. No eres digna ni de dirigirme la palabra. —Camila dio un paso hacia mí. Sus ojos brillaban con una mezcla de alcohol y locura—. ¿De verdad crees que ponerte un vestido caro cambia lo que eres? Eres una sirvienta, Maya. Siempre vas a oler a trapeador sucio.
—Estoy aquí como invitada.
—Estás aquí como un chiste. Todos se están riendo de ti allá adentro. Ricardo se está riendo de ti. Eres su juguete nuevo para molestarme a mí. En cuanto se aburra, te va a tirar a la basura, igual que hizo conmigo.
—Él no la tiró —repliqué, siguiendo el guion para provocarla—. Usted se cayó sola cuando eligió las drogas sobre su hijo.
El rostro de Camila se deformó. La máscara cayó.
—¡Tú no sabes nada! —siseó, acorralándome contra el barandal—. ¡Ese niño es mío! ¡Tú me lo robaste! ¡Te metiste en mi casa, te metiste en mi cama y me quitaste mi vida!
—Nadie se lo robó. Usted lo lastimó. Y lo voy a seguir protegiendo de usted.
—¿Protegerlo? —Camila soltó una carcajada histérica—. Pobre estúpida. No tienes idea de con quién te metiste. Tengo amigos que pueden hacerte desaparecer. Un día vas a salir a comprar leche y nadie te va a volver a ver. Y Noah… Noah va a volver conmigo, quiera o no. Y cuando lo tenga, le voy a enseñar a odiarte.
Dio otro paso. Estaba invadiendo mi espacio personal, violando claramente los 500 metros de la orden de restricción.
—Aléjese —advertí—. Está muy cerca.
—Me importa una mierda la orden. Aquí mando yo. —Camila me agarró del brazo. Sus uñas se clavaron en mi piel a través de la seda del vestido. Me jaló con violencia hacia ella, sacudiéndome—. ¡Escúchame bien, negra asquerosa! ¡Te voy a destruir! ¡Te voy a matar si es necesario!
¡Bingo!
—¡Suelte a la señorita Williams! —La voz de Harris tronó desde las sombras.
Camila saltó como si le hubieran dado un toque eléctrico. Soltó mi brazo y se giró, con los ojos desorbitados. Harris salió de detrás de las palmas, seguido por dos oficiales de policía uniformados que habían estado esperando la señal.
—Queda detenida, señora De la Garza —dijo Harris, mostrando su placa—. Violación flagrante de una orden de restricción, agresión física y amenazas de muerte. Todo grabado en audio y video de alta definición.
—¿Qué? —Camila miró a Harris, luego a mí, luego a las cámaras ocultas en las macetas. La comprensión la golpeó como un mazo—. ¡Es una trampa! ¡Maldita perra, me tendiste una trampa!
Los policías la agarraron por los brazos. Ella empezó a patalear y a gritar, perdiendo toda la compostura elegante con la que había llegado.
—¡Suéltenme! ¡Saben quién soy! ¡Ricardo! ¡Ricardo!
Ricardo apareció en la puerta de la terraza. La gente del salón se había aglomerado en los ventanales, viendo el espectáculo con la boca abierta. Ricardo miró a su exesposa forcejeando, con el rímel corrido y gritando obscenidades.
—Se acabó, Camila —dijo él, con una frialdad absoluta—. Te lo advertí.
Se la llevaron arrastrando. Pasó junto a mí, esposada. Se detuvo un segundo, respirando agitadamente. Su cabello estaba deshecho, su vestido arrugado. Ya no parecía una reina. Parecía un animal acorralado.
Se inclinó hacia mí, y a pesar de los policías sujetándola, susurró con una voz que me heló la sangre hasta los talones:
—Crees que ganaste la guerra… pero solo encendiste la mecha. Voy a quemarlos. A ti, al niño, a todos. Sobrevive al fuego si puedes.
La metieron a la patrulla entre flashes de cámaras. Esta vez, no eran fotos de sociedad. Eran fotos de nota roja.
Me quedé en la terraza, temblando. Ricardo me puso su saco sobre los hombros.
—Estás bien —dijo—. Ya se fue. Va a estar encerrada un buen tiempo. Sin fianza esta vez.
Asentí, pero no podía dejar de temblar. Me toqué el brazo donde ella me había agarrado. Mañana tendría moretones.
—”Sobrevive al fuego” —murmuré.
—¿Qué dijo?
—Nada —mentí, porque Ricardo ya tenía suficiente carga—. Vámonos a casa. Quiero ver a Noah.
Regresamos a la mansión en silencio. La victoria debería saber dulce, pero me sabía a ceniza. Habíamos ganado, sí. Camila estaba presa. La opinión pública estaba de nuestro lado.
Pero mientras entrábamos por la reja de seguridad, miré hacia la oscuridad de los jardines. Sentía que algo se había roto esa noche. Camila ya no tenía nada que perder. Y una enemiga sin nada que perder es la cosa más peligrosa del mundo.
Esa noche, soñé con fuego. Soñé que la mansión ardía y yo corría por los pasillos buscando a Noah, pero todas las puertas estaban cerradas con llave y se oía la risa de Camila a través de las llamas.
Desperté sudando a las tres de la mañana. Fui al cuarto de Noah. Él dormía plácidamente. Me senté en la mecedora, vigilando la puerta, con un bate de béisbol que le había pedido a Jaime “por si las moscas”.
No sabía que mi sueño era una premonición. No sabía que, aunque Camila estaba en una celda, sus tentáculos eran largos. Y el dinero… el dinero compra muchas cosas. Incluso venganza desde la cárcel.
La verdadera pesadilla apenas estaba por comenzar.
CAPÍTULO 5: LA SOMBRA DE LA IMPUNIDAD
Dicen que la justicia en México es ciega, pero yo creo que más bien se hace de la vista gorda cuando le ponen suficientes billetes enfrente.
Habían pasado apenas veinticuatro horas desde la gala. Veinticuatro horas desde que vi a Camila ser arrastrada por la policía, gritando amenazas y perdiendo su zapato de tacón en el proceso. Yo había dormido esa noche con una paz que no sentía hace meses, pensando que el monstruo estaba encerrado en una jaula de concreto.
Qué ilusa fui.
Amaneció un martes gris, de esos días en los que el smog de la ciudad no deja ver ni el cerro. Bajé a la cocina con el ánimo arriba, tarareando una canción mientras preparaba el desayuno de Noah. Me sentía ligera. Me sentía a salvo.
Pero en cuanto entré al comedor principal, supe que algo estaba podrido.
Ricardo estaba sentado a la cabecera de la mesa, pero no estaba desayunando. Tenía el teléfono pegado a la oreja y una vena le latía furiosamente en la sien. Harris, el jefe de seguridad, estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle con binoculares, tieso como una estatua.
—…es inaceptable, licenciado. ¡Inaceptable! —gritaba Ricardo al teléfono—. ¡Violó una orden de restricción frente a cincuenta testigos! ¡Hay video!
Colgó el teléfono con tanta fuerza que temí que rompiera la pantalla.
—¿Señor? —pregunté, dejando la charola con el café sobre el aparador—. ¿Pasó algo?
Ricardo me miró. Tenía los ojos rojos, inyectados de rabia e impotencia.
—Salió —dijo. Una sola palabra que cayó como una lápida en medio del cuarto.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Cómo que salió? —Mi voz salió en un hilo—. ¿Se escapó?
—No hace falta escaparse cuando tienes el dinero de los De la Garza —escupió Ricardo—. Sus abogados tramitaron un amparo a las tres de la mañana. Alegaron detención ilegal, fallas en el debido proceso y “crisis nerviosa”. Un juez federal, casualmente amigo de su padre, le otorgó la libertad bajo fianza mientras dura el juicio.
—Pero… ella me atacó —balbuceé, tocándome el moretón que empezaba a florecer en mi brazo—. Me amenazó de muerte.
—Lo sé. Y el juez dijo que “considerando su arraigo en la comunidad y su estado de salud mental”, no representa un riesgo de fuga. Le pusieron un brazalete electrónico y le prohibieron salir de la ciudad. Eso es todo.
Me dejé caer en una silla. Un brazalete. Una pulsera de plástico era lo único que se interponía entre esa mujer y nosotros.
—No puede acercarse a la casa —dijo Harris, girándose desde la ventana—. El brazalete tiene GPS. Si se acerca a menos de 500 metros, la alarma suena en la central de policía.
—¿Y cuánto tarda la policía en llegar, Harris? —pregunté, sintiendo cómo el pánico empezaba a burbujear en mi estómago—. ¿Veinte minutos? ¿Treinta? En treinta minutos ella puede quemar esta casa con nosotros adentro.
—Hemos doblado la seguridad —aseguró Ricardo—. Contraté a cuatro hombres más. Dos en el perímetro, dos adentro. Nadie entra sin identificación biométrica. Estás segura, Maya. Te lo prometo.
Pero las promesas de un hombre rico no detienen las balas, ni el veneno.
Los días siguientes fueron una tortura china. La casa se convirtió en un búnker de lujo. Las cortinas siempre cerradas. Guardias armados patrullando el jardín con pastores alemanes. Noah no podía salir ni a tomar el sol al patio sin que tres adultos lo rodearan.
Y aunque Camila no se acercaba físicamente, su presencia estaba ahí. Era como una humedad que se filtra por las paredes.
Empezó con las llamadas.
El teléfono fijo de la casa sonaba a todas horas. Cuando yo contestaba, solo había silencio. Un silencio pesado, rasposo, donde podía escuchar una respiración al otro lado. A veces ponían música clásica de fondo. A veces, una risa grabada.
—Rastréalo —le exigía Ricardo a Harris.
—Son números desechables, señor. O llamadas encriptadas desde internet. No podemos ubicar la fuente.
Luego llegaron los “regalos”.
El jueves por la mañana, llegó un paquete por mensajería a nombre de Ricardo. El guardia de la entrada lo pasó por el escáner de rayos X y parecía seguro. Lo trajeron al estudio.
Yo estaba ahí, limpiando el polvo de los libros, cuando Ricardo lo abrió.
Dentro de la caja, envuelto en papel de seda negro, había un peluche. Era el conejo favorito de Noah, uno que se había perdido hacía semanas, antes de que me corrieran la primera vez.
Pero no estaba como antes.
Le habían arrancado un ojo. Y el peluche beige estaba manchado de pintura roja, fresca y pegajosa, simulando una herida mortal en el cuello.
Ricardo soltó la caja como si quemara. El olor a pintura llenó el cuarto.
—Dios mío… —susurró.
No había nota. No hacía falta. El mensaje era claro: Puedo llegar a lo que más aman.
—Ella nos está diciendo que puede acercarse —dijo Ricardo, con la voz temblorosa de furia—. O que tiene a alguien adentro. ¿Cómo consiguió este muñeco? Estaba perdido dentro de la casa.
Miré a mi alrededor. A los nuevos empleados de limpieza, a los guardias. ¿En quién podíamos confiar? Camila tenía dinero infinito. Podía comprar a cualquiera.
—Tenemos que irnos —dije—. Sacar a Noah de aquí.
—Si nos vamos, ella gana —dijo Ricardo, golpeando la mesa—. Esta es mi casa. Es la casa de mi hijo. No voy a dejar que una terrorista me saque de mi hogar.
Esa misma tarde, el terror se volvió personal.
Estaba en el jardín interior, el único lugar “seguro” porque estaba en el centro de la casa, rodeado de muros de cristal. Noah jugaba con unos bloques, riendo, ajeno a que su padre estaba a punto de colapsar y su niñera dormía con un bat de béisbol.
Mi celular vibró en mi bolsillo.
Número desconocido.
Normalmente no contestaba, pero esperaba una llamada del doctor de mi mamá para confirmar su cita de la próxima semana.
—¿Bueno? —dije.
Hubo una pausa. Y luego, esa voz. Esa voz suave, educada, que escondía navajas en cada vocal.
—¿Disfrutando de tu nueva vida, sirvienta? —preguntó Camila.
Sentí que la sangre se me iba a los talones.
—¿Cómo tienes este número? —pregunté, mirando a todos lados como si ella pudiera verme.
—Tengo todo, Maya. Tengo tus registros, tus cuentas, tus secretos. —Se rió suavemente—. Te ves linda hoy con ese uniforme azul. Aunque te queda un poco apretado, ¿no? Has subido de peso con la comida de mi despensa.
Me giré, buscando una cámara, un dron, algo.
—¿Dónde estás? —grité—. ¡Deja de esconderte!
—No me escondo, querida. Estoy observando. —Su tono bajó, volviéndose gélido—. Estás jugando a la mamá con un niño que no es tuyo. Crees que Ricardo te va a proteger siempre. Pero los hombres se cansan. Y cuando él se canse… yo voy a estar ahí para recoger los pedazos.
—No le tengo miedo —mentí. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el teléfono.
—Deberías. Porque no voy a parar. Voy a quitarte todo, pieza por pieza, hasta que no quede nada más que esa niñita asustada que siempre has sido. ¿Crees que tu madre está segura en esa clínica privada?
El mundo se detuvo.
—¿Qué dijiste?
—La Clínica Santa Fe, habitación 304. Linda vista al jardín. Lástima que la seguridad sea tan… relajada en el turno de la noche.
—¡Si la tocas te mato! —grité, olvidando quién era yo, olvidando todo—. ¡Te juro que te mato!
—Oh, qué vulgar. —Camila hizo un sonido de desaprobación—. No necesitas matarme, Maya. Tú te vas a destruir sola por él. Solo observa.
La línea se cortó.
Me quedé parada en medio del jardín, con el sol dándome en la cara, pero sintiendo un frío mortal. Noah me miró y estiró los brazos para que lo cargara.
—Maya, ¿tas bien? —balbuceó.
Lo abracé tan fuerte que protestó.
—Sí, mi amor. Todo bien.
Corrí a buscar a Ricardo. Le conté de la llamada. Le conté de la amenaza a mi mamá.
—Manda seguridad a la clínica —ordenó Ricardo a Harris—. ¡Ya! ¡Dos hombres en la puerta de su madre, 24 horas!
Pero esa noche, cuando regresé a mi habitación después de acostar a Noah, vi algo blanco asomando por debajo de mi puerta.
Un sobre.
Nadie había entrado al pasillo de servicio. Las cámaras no habían registrado nada. Y sin embargo, ahí estaba.
Lo recogí con la punta de los dedos, como si fuera radiactivo. Lo abrí.
Era una fotografía.
Era reciente. De hoy mismo. Mi madre, sentada en su silla de ruedas en el jardín de la clínica, tomando el sol con los ojos cerrados, viéndose frágil y pequeña.
Y al fondo, al otro lado de la reja de la clínica, desenfocada pero inconfundible… estaba Camila.
Estaba sentada en una banca, con lentes oscuros y una mascada en la cabeza, mirando directamente hacia mi madre.
Al reverso de la foto, con esa caligrafía elegante y cursiva que yo había aprendido a odiar, había una sola frase:
“El fuego ya empezó. ¿A quién vas a salvar primero?”
Me deslicé por la puerta hasta el suelo, abrazando la foto contra mi pecho. Las lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.
El sistema legal nos había fallado. El brazalete GPS era una broma; ella se lo había quitado o había encontrado la forma de burlarlo, o simplemente no le importaba. Estaba cazándonos. Estaba jugando con nosotros como un gato con ratones aturdidos.
Me di cuenta entonces de que Ricardo tenía dinero, tenía abogados y tenía guardias, pero Camila tenía algo más peligroso: obsesión. Y locura.
Y yo… yo tenía que dejar de jugar a la defensiva.
Si ella quería fuego, tendría fuego.
Me sequé las lágrimas con rabia. Miré la foto de mi madre una vez más. Camila había cruzado la última línea. Ya no se trataba de probar mi inocencia o de salvar mi trabajo. Se trataba de supervivencia pura y dura.
Me levanté. Fui a mi armario y saqué la vieja mochila que usaba cuando vivía en el barrio. Saqué mi ropa de civil. Jeans, sudadera negra, tenis.
Si la ley no podía detenerla, yo tendría que hacerlo. Tenía que encontrar cómo estaba metiendo estas cosas en la casa. Tenía que encontrar a su cómplice. Porque esa foto no llegó debajo de mi puerta por arte de magia. Alguien la puso ahí.
Alguien que dormía bajo este mismo techo.
Salí de mi cuarto en silencio, caminando como una sombra por los pasillos de la mansión dormida. Iba a revisar cada rincón, cada cuarto de servicio, cada sótano. Iba a encontrar a la rata.
Y cuando la encontrara… Camila sabría lo que es meterse con una mujer que ya no tiene nada que perder.
CAPÍTULO 6: EL ENEMIGO EN LOS MUROS
La casa respiraba.
Sé que suena a locura, a cuento de viejas, pero a las tres de la mañana, cuando el silencio es tan espeso que te zumban los oídos, una casa tan vieja y grande como la mansión Harrington deja de ser un edificio y se convierte en una bestia viva. Las vigas crujen como huesos acomodándose, las tuberías gimen, y el viento silba por las rendijas de las ventanas como una respiración asmática.
Yo caminaba descalza por el pasillo de servicio, con el bat de béisbol de aluminio en una mano y el celular en la otra, usando la linterna en su intensidad más baja. No quería alertar a nadie. Ni a Ricardo, que dormía (o fingía dormir) en el ala este, ni a los guardias que patrullaban el perímetro exterior, ni a… quien fuera que estuviera adentro.
La foto de mi madre seguía quemándome en el bolsillo del pantalón. Alguien la había deslizado bajo mi puerta. Alguien había caminado por este mismo pasillo, se había agachado y la había empujado hacia adentro mientras yo dormía a dos metros de distancia. Esa idea me daba más miedo que cualquier golpe de Camila. Significaba que mi santuario, mi cuarto, ya no era seguro.
Revisé la cocina. Nada. Revisé la lavandería. Nada. Revisé el cuarto de máquinas. Solo el zumbido de la caldera.
Me detuve frente a la puerta del sótano, esa que daba a la cava de vinos. Nadie bajaba ahí. Ricardo había dejado de beber sus vinos caros desde que Camila se fue, como si el sabor le recordara a ella. La puerta de roble macizo estaba cerrada, pero cuando acerqué la mano a la perilla, sentí una corriente de aire frío.
Y algo más.
Ese olor.
Era tenue, casi imperceptible, enterrado bajo el olor a humedad y polvo del sótano, pero mi nariz lo reconoció al instante, activando una alarma primitiva en mi cerebro. Chanel No. 5 y tabaco mentolado.
El perfume de Camila.
El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Me pegué a la pared, apagando la linterna del celular. La oscuridad me tragó.
Creek.
Un sonido abajo. En la cava. No fue el asentamiento de la casa. Fue el sonido de madera raspando contra piedra. Alguien había movido algo pesado.
Bajé los escalones. Uno. Dos. Tres. Tratando de ser ingrávida, de ser aire. Mi mano sudaba sobre el mango del bat. Si ella estaba aquí, si Camila había logrado burlar la seguridad biométrica, las cámaras y los perros… entonces no era humana. O tenía ayuda desde el mismísimo infierno.
Llegué al final de la escalera. La cava era un laberinto de estantes de madera oscura, llenos de botellas polvorientas que valían más que mi vida entera. La oscuridad era casi total, rota solo por una luz temblorosa, anaranjada, que venía del fondo, detrás de los estantes de las cosechas francesas.
Una vela.
Alguien había encendido una vela ahí abajo.
Avancé, agachada, usando los estantes como cobertura. El olor a perfume se hacía más fuerte, mezclándose ahora con el olor a cera quemada. Escuché un susurro. No, no un susurro. Una respiración.
Me asomé por el borde del último estante.
Lo que vi me paralizó, pero no porque viera a Camila. No había nadie visible. Solo había un estante de vinos, uno enorme, de piso a techo… que estaba entreabierto.
Como una puerta secreta.
El estante había girado sobre unos goznes ocultos, revelando un hueco negro en la pared de piedra. Un pasadizo.
Recordé algo que Jaime, el jardinero, me había contado una vez mientras podaba los rosales: “Esta casa es viejísima, Maya. La construyeron sobre los cimientos de una hacienda colonial. Dicen que tiene túneles de cuando la Revolución, rutas de escape para los patrones”.
Túneles.
Por eso las alarmas no sonaban. Por eso los guardias no veían nada. Mientras nosotros vigilábamos las puertas y las ventanas, ella se movía por las entrañas de la casa como una infección.
El miedo me decía corre, ve por Ricardo. Pero la rabia me decía entra. Necesitaba saber. Necesitaba ver qué tan profundo llegaba la madriguera del conejo.
Me deslicé por la abertura.
El aire dentro del túnel era rancio, pesado. El techo era bajo, obligándome a encorvarme. El suelo era de tierra apisonada. Caminé unos metros, guiada por la luz de la vela que parpadeaba más adelante.
El túnel se ensanchaba en una pequeña cámara, un cuarto oculto que debió ser una despensa o un refugio hace cien años.
Y ahí estaba el “nido”.
No era solo un escondite. Era un centro de comando.
Había una mesa de madera vieja en el centro. Sobre ella, una vela consumiéndose a la mitad. Había envolturas de comida rápida, botellas de agua vacías y una colchoneta sucia tirada en un rincón. Alguien había estado viviendo aquí. Durmiendo aquí. Debajo de nuestros pies.
Pero lo que me heló la sangre fue lo que había pegado en las paredes de piedra.
Fotos. Cientos de fotos.
Fotos de Ricardo durmiendo. Fotos de mí cocinando. Fotos de Noah jugando en su corral. Fotos tomadas desde ángulos extraños, desde arriba, desde esquinas oscuras.
Y en la mesa, brillando con luces LED verdes y rojas, había una hilera de pequeños monitores portátiles.
Me acerqué, sintiendo náuseas. Las pantallas mostraban imágenes en vivo, en visión nocturna verdosa.
Monitor 1: El cuarto de Noah. Podía verlo respirar en su cuna. Monitor 2: La cocina. Monitor 3: El pasillo fuera de mi habitación. Monitor 4: El estudio de Ricardo.
Cámaras ocultas.
No solo se metía. Nos vigilaba. Nos veía las 24 horas del día. Había convertido la mansión en su propia casa de muñecas macabra.
Vi un pequeño dispositivo negro sobre la mesa, junto a los monitores. Lo reconocí. Era una cámara de bebé, de esas que se conectan al wifi, pero modificada.
—Dios mío… —susurré.
—Sorpresa.
La voz vino de la entrada del túnel, a mis espaldas.
Me giré tan rápido que casi me caigo. Alcé el bat, lista para romper cráneos.
En la entrada del pasadizo, bloqueando mi única salida, había una figura. La luz de la vela iluminó su rostro desde abajo, dándole un aspecto espectral.
No era Camila.
Era Lidia.
La ex ama de llaves. La mujer que Ricardo había despedido y humillado. Llevaba ropa negra, pegada al cuerpo, y guantes. Ya no tenía su chongo perfecto; su pelo gris estaba suelto, salvaje. Y en su mano no tenía un plumero, sino una linterna pesada de metal.
—Lidia… —dije, bajando el bat un centímetro por la sorpresa—. ¿Tú?
—¿Esperabas al fantasma de la ópera? —Lidia sonrió, pero no había humor en sus ojos. Solo un odio frío y calculador—. Eres difícil de matar, cucaracha. Te hemos echado insecticida, te hemos pisado, y sigues aquí, husmeando donde no te llaman.
—Tú pusiste la foto de mi madre —dije, conectando los puntos—. Tú entras y sales por aquí. Eres su mula de carga.
—La señora Camila es una reina —escupió Lidia—. Esta es su casa. Siempre será su casa. Tú solo eres una intrusa temporal. Una mancha de grasa en el mantel.
—Ella te está usando, Lidia. Estás cometiendo delitos graves. Allanamiento, acoso, espionaje. Cuando te agarren, ella te va a dejar sola.
—No me van a agarrar. Porque esta noche se acaba el problema.
Lidia dio un paso hacia adentro. Levantó su linterna como un garrote. Era una mujer mayor, sí, pero era grande, fuerte por años de cargar cosas pesadas, y estaba impulsada por un fanatismo ciego hacia su antigua patrona.
—¿Dónde está ella? —pregunté, retrocediendo hasta chocar con la mesa de los monitores—. Sé que está cerca. Huele a ella.
—Está esperando —dijo Lidia—. Esperando a que yo limpie el camino. El plan era sedar al señor Ricardo y llevarse al niño tranquilamente por el túnel mientras tú dormías. Pero tenías que despertar. Tenías que bajar. Siempre arruinas todo.
Lidia se abalanzó sobre mí.
Fue rápido. Me lanzó un golpe con la linterna directo a la cabeza. Me agaché justo a tiempo y sentí el aire del golpe pasar zumbando sobre mi oreja. Respondí con el bat, golpeándola en las costillas. Lidia soltó un gruñido de dolor, pero no se detuvo. Me empujó contra la pared de piedra. El aire se me salió de los pulmones.
—¡Muérete de una vez, maldita india! —gritó, agarrándome del pelo y tratando de estrellar mi cabeza contra la piedra.
El dolor estalló en mi cuero cabelludo. Solté el bat. Arañé su cara, buscando sus ojos. Lidia gritó y me soltó por un segundo.
Aproveché para darle una patada en la rodilla. Se tambaleó.
—¡Ricardo! —grité con todo lo que tenía, aunque sabía que estábamos bajo tierra, insonorizados—. ¡Seguridad!
—Nadie te oye aquí abajo —jadeó Lidia, recuperando el equilibrio. Sacó algo de su bolsillo. Un frasco pequeño y un paño. Cloroformo. O ese sedante del que habían hablado—. Vas a dormir, Maya. Y cuando despiertes, Noah ya no estará. Y tú vas a tener una nota de suicidio al lado.
El terror me dio una fuerza que no sabía que tenía. No iba a dejar que tocaran a Noah. No iba a dejar que me “suicidaran”.
Me lancé contra ella, no para pegarle, sino para tirarla. Chocamos y caímos al suelo de tierra, rodando entre la basura y las envolturas. Lidia era pesada, pero yo era más rápida. Logré ponerme encima de ella y le sujeté las muñecas contra el suelo.
—¡Ya basta! —le grité en la cara—. ¡Se acabó, Lidia!
En ese momento, uno de los monitores en la mesa emitió un pitido agudo.
Miré de reojo.
En la pantalla número 1, la del cuarto de Noah, se veía movimiento. La puerta se estaba abriendo.
Una figura entró en el cuarto del bebé. Una figura con un abrigo largo y negro. Se acercó a la cuna.
Camila.
No estaba esperando afuera. Ya estaba adentro. Mientras yo peleaba con Lidia en el túnel, Camila había usado otra entrada, o simplemente Lidia era la distracción.
El pánico me explotó en el pecho.
—¡Noah! —grité.
Solté a Lidia, le di un último empujón para aturdirla y salí corriendo del túnel. Escuché a Lidia gritarme algo, tratando de agarrarme el tobillo, pero me solté de una patada y corrí por el pasadizo oscuro, golpeándome los hombros contra las paredes, tropezando, raspándome.
Salí a la cava de vinos. Subí las escaleras de dos en dos, ignorando el ardor en mis pulmones.
Llegué al pasillo principal.
—¡Ricardo! ¡Harris! —Mis gritos resonaron en la casa vacía, rompiendo el silencio sepulcral—. ¡Está en el cuarto! ¡Está con Noah!
Las luces del pasillo se encendieron de golpe. Escuché puertas abrirse. Pasos pesados corriendo desde el ala de seguridad.
Llegué a la puerta del cuarto de Noah. Estaba cerrada.
Giré la perilla. Con llave.
—¡Abre! —Golpeé la madera con los puños—. ¡Camila, aléjate de él!
Escuché la voz de Camila al otro lado, amortiguada por la madera, pero clara como el cristal. Estaba cantando. Una canción de cuna.
“Duérmete niño, duérmete ya…”
—¡Ricardo! —grité de nuevo.
Ricardo apareció al final del pasillo, con una pistola en la mano, seguido por Harris. Estaba pálido, con los ojos desorbitados.
—¿Qué pasa?
—¡Está adentro! —señalé la puerta—. ¡Camila está adentro con Noah! ¡Lidia me atacó en el sótano, hay un túnel!
Ricardo no preguntó. No dudó. Apuntó al cerrojo de la puerta.
—¡Aléjate, Maya!
Me tiré al suelo.
Bang. Bang.
Dos disparos ensordecedores. La madera alrededor de la cerradura estalló. Ricardo corrió y pateó la puerta. Esta se abrió de golpe, chocando contra la pared.
Entramos en tropel.
La ventana estaba abierta de par en par. Las cortinas volaban con el viento frío de la noche.
La cuna estaba vacía.
No.
No vacía.
Me acerqué, temblando.
En la cuna, donde debería estar Noah, había una muñeca antigua de porcelana, con la cabeza rota. Y una nota clavada con un alfiler en el vestido de la muñeca.
Ricardo tomó la nota. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el papel. Harris corrió a la ventana y miró hacia afuera, maldiciendo por la radio.
—¡Perímetro roto en el sector oeste! —gritó Harris—. ¡Veo un vehículo saliendo por el camino de servicio!
Ricardo leyó la nota en voz alta. Su voz se quebró en la última palabra.
“Te dije que ganaría. Si quieren verlo de nuevo, vengan solos. Tú y la sirvienta. Sin policía. Esperen mi llamada.”
Me dejé caer de rodillas junto a la cuna vacía. El olor a Chanel No. 5 todavía flotaba en el aire, mezclado ahora con el olor a pólvora de los disparos.
Se lo había llevado. A pesar de los guardias, de las cámaras, de los muros. Había usado nuestra propia casa en nuestra contra.
Lidia apareció en la puerta, esposada por uno de los guardias que la había encontrado saliendo del sótano. Tenía la cara sucia de tierra y sangre, pero sonreía. Una sonrisa de triunfo demencial.
—Se los dije —dijo Lidia, jadeando—. La sangre siempre gana.
Ricardo se giró hacia ella. Por un segundo, pensé que iba a matarla ahí mismo. Pero Harris se interpuso.
—La necesitamos viva, señor. Ella sabe a dónde van.
Ricardo me miró. Yo me levanté del suelo. Ya no había lágrimas. Ya no había miedo. Solo había un vacío frío donde antes estaba mi corazón, y una determinación que pesaba más que el plomo.
—Vamos por él —le dije a Ricardo.
—Sin policía —dijo él, mirando la nota—. Si ve una patrulla…
—Lo sé. Vamos nosotros.
Esta ya no era una batalla legal. Ya no era una guerra de relaciones públicas. Ahora era personal. Era primario.
Miré a la noche oscura a través de la ventana abierta.
—Voy por ti, Noah —susurré—. Aguanta, mi amor. Voy por ti.
CAPÍTULO 7: LA BOCA DEL LOBO
El motor de la camioneta blindada rugía como una bestia herida mientras devorábamos el asfalto de la carretera hacia el Ajusco. Ricardo manejaba con los nudillos blancos, aferrado al volante como si fuera lo único que lo mantenía atado a la realidad. Yo iba en el asiento del copiloto, con el celular en la mano, esperando esa llamada maldita, mientras la lluvia golpeaba el parabrisas con furia bíblica.
Atrás habíamos dejado el caos de la mansión. Harris se había quedado interrogando a Lidia. No quise ver lo que hizo, pero antes de subirnos al coche, el jefe de seguridad salió con la camisa arremangada y una dirección anotada en un papel.
—Tiene una casa de campo vieja —nos dijo Harris—. Propiedad de su abuela. Está en ruinas, en la zona boscosa. Ahí es a donde va.
—Sin policía —recordó Ricardo, con la voz muerta—. Si ve luces azules, le hace algo a Noah.
—Lo sé, señor. Yo iré por mi cuenta, sin sirenas, con un equipo táctico a distancia. Pero ustedes tienen que entrar solos. Es lo que ella quiere. Un sacrificio.
Y ahora estábamos aquí, subiendo por caminos de terracería, rodeados de pinos oscuros que parecían lanzas apuntando al cielo negro.
—Maya —dijo Ricardo, rompiendo el silencio espeso del coche—. Si esto sale mal…
—No va a salir mal —lo corté. No podía permitirme pensar en eso—. Vamos a entrar, le vamos a dar lo que pida, y vamos a sacar al niño.
—Ella no quiere dinero. —Ricardo negó con la cabeza—. Me quiere a mí destruido y a ti muerta. Eso es lo que quiere.
El celular sonó.
El tono de llamada resonó como un disparo en la cabina cerrada. Contesté y puse el altavoz.
—¿Están solos? —La voz de Camila se oía distorsionada, pero tranquila. Demasiado tranquila.
—Estamos solos, Camila —dijo Ricardo—. Vamos en camino. No le hagas daño. Por favor. Es tu hijo.
—Era mi hijo —corrigió ella—. Hasta que tú dejaste que esa sucia lo tocara. Ahora está… contaminado. Pero no te preocupes. Lo estoy purificando.
Se me heló la sangre. “Purificando”. Esa palabra en boca de una narcisista inestable podía significar cualquier cosa, desde un baño hasta… algo definitivo.
—Ya estamos cerca —dije, tratando de sonar sumisa, aunque por dentro quería arrancarle la cabeza—. ¿Qué quieres que hagamos?
—Dejen el coche en la entrada de piedra. Caminen hasta la casa principal. Y Maya… espero que hayas traído zapatos cómodos. El camino al infierno es largo.
Colgó.
Llegamos a la entrada. Era una reja oxidada, medio caída, tragada por la maleza. Ricardo detuvo la camioneta. La lluvia caía a cántaros ahora, convirtiendo el suelo en un lodazal.
Bajamos. El frío de la montaña calaba hasta los huesos. No traíamos armas. Harris nos había ofrecido chalecos antibalas, pero Ricardo dijo que si Camila notaba algo abultado bajo la ropa, podría reaccionar mal. Así que íbamos a pecho descubierto. Yo solo traía mi determinación y una pequeña navaja suiza que le había robado a Jaime el jardinero y que escondía en mi bota. No era mucho contra una loca, pero era algo.
La casa principal se alzaba al final del camino como un cadáver arquitectónico. Era una casona colonial que alguna vez fue majestuosa, pero ahora tenía las ventanas rotas, el techo hundido en algunas partes y las paredes manchadas de humedad negra. Parecía una calavera mirando a través de la neblina.
—Conozco este lugar —murmuró Ricardo—. Veníamos aquí cuando éramos novios. Ella odiaba el campo. Decía que era para gente pobre.
—Pues ahora es su castillo —dije.
Caminamos hacia la puerta principal. Estaba entreabierta, invitándonos a pasar a la oscuridad.
Entramos.
El olor a humedad y madera podrida era intenso, pero debajo de eso, persistía ese rastro enfermizo de Chanel No. 5. La casa estaba en penumbras, iluminada únicamente por decenas de velas repartidas por el suelo del vestíbulo. Las sombras danzaban en las paredes, creando formas grotescas.
—¡Camila! —gritó Ricardo—. ¡Estamos aquí!
—En el salón de baile —respondió su voz, resonando desde el fondo del pasillo—. Donde solíamos bailar, mi amor.
Avanzamos. El piso de madera crujía bajo nuestros pies. Cada paso se sentía como caminar sobre vidrio roto.
Llegamos al salón. Era un espacio enorme, con un candelabro de cristal sucio colgando peligrosamente del techo. Las ventanas estaban tapiadas con tablas. Y en el centro de la habitación, había una escena que parecía sacada de una pesadilla victoriana.
Camila estaba sentada en un sillón de terciopelo rojo, raído y polvoriento, como una reina en el exilio. Llevaba el mismo vestido de noche verde esmeralda de la gala, ahora manchado de lodo y rasgado en el dobladillo. Tenía una tiara de plástico en la cabeza, probablemente un juguete viejo que encontró por ahí.
Y a sus pies, sobre una alfombra persa, estaba Noah.
Estaba dentro de un corralito portátil de viaje. Estaba despierto, pero extrañamente quieto. No lloraba. Solo miraba a su madre con ojos grandes y asustados, chupándose el dedo.
—¡Noah! —Grité, dando un paso adelante.
—¡Ah, ah, ah! —Camila levantó una mano. En ella sostenía un encendedor de plata. Y en la otra mano, tenía una botella de alcohol industrial—. Un paso más, sirvienta, y prendo fuego a todo. La alfombra está empapada en gasolina. ¿No lo huelen?
Me detuve en seco. Ahora que lo decía, el olor a combustible era penetrante, apenas disimulado por el perfume.
—Camila, baja eso —suplicó Ricardo, levantando las manos—. Ya estamos aquí. Tienes lo que querías. Déjalo ir.
—¿Lo que quería? —Camila soltó una risa aguda que rebotó en las paredes desnudas—. ¿Tú crees que quería esto, Ricardo? ¿Vivir en la ruina? ¿Ser perseguida como una criminal? Yo quería ser adorada. Quería ser la señora Harrington. Pero tú… tú me cambiaste por eso.
Me señaló con el encendedor. La llama bailó peligrosamente.
—Por una gata. Una nadie. Una mujer que huele a cloro y a pobreza.
—Ella no tiene nada que ver —dijo Ricardo—. Yo te dejé porque estabas enferma. Porque lastimaste a nuestro hijo.
—¡Mentira! —chilló Camila, poniéndose de pie. Se tambaleó. Estaba drogada otra vez, o quizás la adrenalina y la locura eran su nueva droga—. ¡Ella te envenenó la mente! ¡Ella planeó todo! ¡Ese video, el hospital, todo fue un montaje para robarme mi vida!
Se acercó al corralito. Noah se encogió.
—Míralo —dijo ella, mirando al niño con una mezcla de posesión y asco—. Me tiene miedo. Su propia madre. ¿Y sabes por qué? Porque ella le enseñó a temerme.
—Él te tiene miedo porque le gritaste —dije, incapaz de quedarme callada. Sabía que provocarla era peligroso, pero necesitaba que su atención estuviera en mí, no en el niño—. Te tiene miedo porque lo dejaste caer y sangrar en el piso. Te tiene miedo porque hueles a locura.
Camila giró la cabeza hacia mí tan rápido que se escuchó un crujido en su cuello.
—¿Te atreves a hablarme en mi casa? —susurró.
—Esta no es tu casa, Camila. Es una ruina. Igual que tú.
—¡Maya, cállate! —me siseó Ricardo.
—No —le dije a él, sin dejar de mirar a Camila—. Ella quiere ser la protagonista, ¿no? Quiere el drama. Pues dáselo. Camila, si tanto me odias, aquí estoy. Deja ir a Noah. Deja ir a Ricardo. Esto es entre tú y yo. De mujer a mujer… aunque tú de mujer tienes poco, y de madre, nada.
El rostro de Camila se transformó. La rabia deformó sus facciones bellas hasta volverlas irreconocibles.
—¿Crees que eres valiente? —dijo, caminando hacia mí, dejando el corralito atrás—. Eres estúpida. Crees que puedes salvarlos a todos.
—Creo que puedo salvarlo a él.
Camila se detuvo a dos metros de mí. El olor a gasolina me mareaba.
—Vamos a jugar un juego —dijo, sacando algo del bolsillo de su vestido. No era el encendedor. Era la jeringa. La misma jeringa vacía que había visto esa primera noche, o una nueva, llena de un líquido transparente—. Se llama “El Sacrificio”.
Levantó la jeringa.
—Esto es fentanilo puro. Un regalito de mis amigos. Suficiente para dormir a un caballo. O para parar el corazón de una sirvienta entrometida en diez segundos.
Miró a Ricardo.
—Tú eliges, mi amor. O ella se inyecta esto ahora mismo y muere aquí, a mis pies, como la rata que es… o le prendo fuego al niño.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se oía la lluvia afuera y la respiración entrecortada de Noah.
Ricardo me miró. Estaba pálido como un papel.
—Camila, no puedes hablar en serio…
—¡Elige! —gritó ella—. ¡Tienes diez segundos! ¡Uno!
Miré la jeringa. Luego miré a Noah.
No había elección. Nunca la hubo. Desde el momento en que levanté a ese niño del suelo sangriento hace un mes, mi destino estaba atado al suyo.
—Dámela —dije.
Ricardo me agarró del brazo.
—¡No! Maya, no lo hagas.
—Suélteme, señor —dije con calma, soltándome de su agarre—. Es la única forma.
Di un paso hacia Camila. Ella sonrió. Era la sonrisa del diablo.
—Mira nada más —dijo—. La mártir. Siempre queriendo ser la heroína. Ten.
Me extendió la jeringa.
La tomé. El plástico estaba frío. El líquido dentro parecía agua, pero era muerte líquida.
—Hazlo —ordenó Camila—. En el cuello. Quiero verte apagarte. Quiero ver cómo se va la luz de tus ojos sabiendo que perdiste.
Me arremangué la sudadera. Busqué una vena en mi brazo, aunque ella dijo el cuello. Mis manos no temblaban. Estaba extrañamente tranquila. Mi mente trabajaba a mil por hora.
Distancia: dos metros. Objetivo: Camila. Obstáculo: El encendedor en su otra mano.
Si me inyectaba, moría. Si no lo hacía, ella quemaba a Noah.
Pero había una tercera opción. Una opción arriesgada, estúpida y desesperada. La opción de la calle.
Miré a Noah una última vez. “Te prometí que te cuidaría”, pensé.
Levanté la jeringa hacia mi cuello. Camila miraba fascinada, sus pupilas dilatadas, el encendedor bajando ligeramente mientras se concentraba en mi inminente muerte. Bajó la guardia. Solo un milímetro.
—Espero que te pudras en el infierno —le dije.
Y entonces, en lugar de clavar la aguja en mi piel, me lancé hacia adelante.
No hacia ella. Hacia el encendedor.
Fue un movimiento explosivo. Le di un manotazo a su mano derecha. El encendedor salió volando, girando en el aire, una moneda de plata brillante en la penumbra.
—¡NO! —chilló Camila.
El encendedor cayó.
El tiempo se alentó. Vi el encendedor caer hacia la alfombra empapada de gasolina. Si tocaba el suelo encendido, volábamos todos.
Me lancé al piso, deslizándome como una jugadora de béisbol robando base. Estiré la mano.
Atrapé el encendedor a centímetros del suelo empapado. Me quemé la palma con la llama que aún estaba viva, pero cerré el puño y la ahogué.
Oscuridad. Dolor agudo en la mano.
—¡Maldita! —Camila se abalanzó sobre mí.
Ya no tenía el fuego, pero tenía las uñas, los dientes y la locura. Cayó encima de mí como una fiera. Me golpeó la cara, me jaló el pelo. Yo intenté usar la jeringa como arma, pero ella me golpeó la muñeca contra el suelo y la aguja salió rodando lejos, perdiéndose en la oscuridad.
—¡Ricardo, saca al niño! —grité, tratando de quitarme a Camila de encima. Pesaba más de lo que parecía, o tal vez era la fuerza histérica.
Vi a Ricardo correr hacia el corralito. Cargó a Noah en brazos.
—¡Vámonos, Maya! —gritó él.
—¡Vete tú! —le grité, recibiendo un puñetazo en el pómulo—. ¡Sácalo!
Camila vio que Ricardo se llevaba a Noah. Soltó un aullido inhumano.
—¡No te lo lleves!
Me soltó y trató de correr tras ellos. Yo me agarré de su tobillo.
—¡Tú no vas a ningún lado! —gruñí.
Ella cayó de boca al suelo. Se giró y me pateó en la cara. Sentí mi nariz crujir. La sangre brotó caliente. Me pateó de nuevo en las costillas. El dolor me cortó la respiración.
Se puso de pie, buscando algo en su vestido.
Sacó otra cosa.
No era una jeringa.
Era una pistola. Pequeña, plateada, de esas que caben en un bolso de noche, pero que matan igual.
—Si no es mío, no es de nadie —dijo, apuntando hacia la espalda de Ricardo, que corría hacia la salida con Noah en brazos.
El terror me inyectó una última dosis de adrenalina.
Me levanté del suelo, ignorando el dolor, ignorando la sangre que me cegaba un ojo. No iba a llegar a tiempo para quitarle el arma. Estaba demasiado lejos.
Solo podía hacer una cosa.
Me puse en la línea de fuego.
—¡Camila! —grité para que me mirara.
Ella giró el arma hacia mí.
—Adiós, sirvienta.
Apretó el gatillo.
El estruendo fue ensordecedor en el salón cerrado. Vi el fogonazo. Sentí el impacto.
Fue como si un mazo invisible me golpeara en el hombro izquierdo. La fuerza me tiró hacia atrás. Choqué contra la pared y me deslicé hasta el suelo.
El brazo se me durmió al instante. Luego vino el ardor. Un fuego líquido que se extendía desde mi clavícula.
Camila sonrió, satisfecha. Volvió a apuntar hacia la puerta, donde Ricardo se había detenido al oír el disparo, girándose con horror.
—Ahora tú, mi amor —dijo ella.
Pero antes de que pudiera disparar de nuevo, el ventanal tapiado del salón estalló hacia adentro.
Vidrios y madera volaron por todas partes.
Figuras oscuras entraron columpiándose desde el techo o saltando por las ventanas. Puntos rojos láser bailaron sobre el vestido verde de Camila.
—¡POLICÍA! ¡SUELTE EL ARMA! —La voz amplificada por megáfono retumbó.
Harris había llegado.
Camila miró a su alrededor, rodeada. Miró a Ricardo, abrazando a Noah. Me miró a mí, sangrando en el suelo.
Por un segundo, vi la duda en sus ojos. ¿Rendirse? ¿O terminar el show?
Se llevó la pistola a la sien.
—¡No! —gritó Ricardo.
Pero antes de que pudiera jalar el gatillo, un disparo seco sonó desde la ventana rota. Un francotirador.
La bala golpeó la mano de Camila. La pistola voló lejos. Ella gritó, agarrándose la mano destrozada, y cayó de rodillas.
El equipo táctico se abalanzó sobre ella, inmovilizándola contra el suelo sucio.
Todo se volvió borroso para mí. Los sonidos se alejaron, como si estuviera bajo el agua. Vi a Ricardo correr hacia mí, con Noah todavía en un brazo, arrodillándose a mi lado.
—¡Maya! ¡Maya, mírame! —Gritaba, pero su voz sonaba lejana.
Sentí que me levantaban. Vi luces azules girando. Oí sirenas.
Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara fue a Noah, mirándome con sus ojitos grandes, estirando su manita hacia mí.
“Te salvé”, pensé.
Y luego, me dejé ir.
CAPÍTULO 8: EL AMANECER DESPUÉS DEL FUEGO
La primera cosa que sentí no fue dolor. Fue sed. Una sed seca, rasposa, como si me hubiera tragado un desierto entero.
Traté de abrir los ojos, pero los párpados me pesaban toneladas. Escuchaba un pitido rítmico. Bip. Bip. Bip. Ese sonido de hospital que te dice que sigues vivo, aunque te sientas medio muerto.
—…dijo que la bala no tocó la arteria por milímetros. Es un milagro.
Esa voz. Era Ricardo. Sonaba ronca, cansada, pero extrañamente suave.
Forcé mis ojos a abrirse. La luz blanca me lastimó, pero poco a poco el mundo cobró forma. Paredes blancas. Tubos. Una ventana con las persianas cerradas. Y sentado en una silla incómoda junto a mi cama, con la misma ropa sucia y arrugada de la noche anterior, estaba el magnate de Las Lomas.
—Señor… —intenté decir, pero mi voz salió como un graznido.
Ricardo saltó de la silla como si tuviera resortes.
—¡Maya! —Se acercó a la cama, pero dudó en tocarme, como si fuera de cristal—. No hables. No te esfuerces. Estás en el Hospital Ángeles. Te operaron.
—Noah… —susurré. Era lo único que importaba.
—Está bien. —Ricardo sonrió, y fue una sonrisa real, de esas que llegan a los ojos, aunque estuvieran llenos de lágrimas—. Está perfecto. Está con mi hermana en su casa, protegido por un ejército. No tiene ni un rasguño, gracias a ti.
Cerré los ojos, sintiendo un alivio tan profundo que dolió más que la herida en mi hombro.
—Le di… le di con el encendedor… —balbuceé, medio delirando por la anestesia.
—Lo hiciste. —Ricardo tomó mi mano sana. Su agarre era firme, cálido—. Eres la mujer más valiente y más loca que he conocido en mi vida. Te pusiste enfrente de una bala por mi hijo.
—Era mi chamba —dije, tratando de bromear, aunque me salió una mueca de dolor.
—No. Eso no es chamba. Eso es amor. Y eso no se paga con ningún sueldo.
La recuperación fue lenta y dolorosa. Pasé dos semanas en el hospital. La bala había destrozado el hueso de la clavícula y dañado músculo, pero como dijo el doctor: “Yerba mala nunca muere”. Y yo, según Camila, era yerba de la peor calaña.
Pero algo había cambiado. Ya no era la “paciente de la habitación 304”. Era la celebridad. El cuarto se llenó de flores. Arreglos gigantescos de gente que ni conocía. “Gracias por salvar al niño”, decían las tarjetas. La historia se había filtrado (probablemente Harris tuvo algo que ver para limpiar mi nombre definitivamente) y ahora México me veía no como la villana del cuento, sino como la heroína que se enfrentó a la “Bestia de Las Lomas”.
Incluso mi mamá, que seguía en su tratamiento, fue trasladada a una suite en el mismo hospital para que pudiéramos vernos. Ricardo se encargó de todo. No preguntó, no ofreció; simplemente lo hizo.
Cuando finalmente me dieron el alta, no tomé un taxi ni un pesero. Ricardo fue por mí personalmente.
—¿A dónde vamos? —pregunté cuando la camioneta blindada tomó la avenida hacia Las Lomas—. Se supone que ya no trabajo ahí. Técnicamente estoy de incapacidad.
—Vamos a casa —dijo él.
Al llegar a la mansión Harrington, sentí un nudo en el estómago. La última vez que estuve ahí, había descubierto un nido de espías en el sótano y casi me matan. Pero al cruzar la reja, noté la diferencia.
Ya no se sentía como una fortaleza opresiva. Las ventanas estaban abiertas. Entraba luz. Y en la entrada, formado como si fuera a recibir a la realeza, estaba todo el personal nuevo.
Jaime, el jardinero, dio un paso al frente con un ramo de flores silvestres.
—Bienvenida a casa, jefa —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Y entonces, un pequeño tornado salió corriendo por la puerta principal.
—¡MAYA!
Noah.
Venía corriendo con sus piernitas torpes, riendo. Me agaché, ignorando el piquete de dolor en mi hombro, y dejé que se estrellara contra mi lado bueno. Lo abracé, oliendo su cabello de bebé, sintiendo su corazoncito latir contra el mío.
—Te extrañé, changuito —le susurré, conteniendo las lágrimas.
Ricardo nos miraba desde atrás, con las manos en los bolsillos. Por primera vez, esa casa enorme, fría y llena de mármol, se sentía cálida.
Pero la paz no es completa sin justicia. Y la justicia llegó un mes después, fría y contundente como un martillazo.
El juicio de Camila De la Garza fue el evento del año. Sus abogados, los famosos “tiburones”, intentaron todo. Alegaron locura temporal. Alegaron contaminación de pruebas. Alegaron que yo la había provocado.
Pero esta vez, el dinero no pudo tapar el sol con un dedo.
Yo testifiqué. Me paré en el estrado, con mi brazo en cabestrillo, y conté todo. Desde el primer grito hasta el último disparo. No me quebré. No lloré. La miré a los ojos todo el tiempo.
Camila estaba sentada en la mesa de la defensa. Ya no llevaba vestidos de diseñador ni joyas. Llevaba el uniforme beige del reclusorio y tenía el pelo sin teñir, mostrando raíces oscuras. Se veía pequeña. Vieja. La maldad la había consumido por dentro hasta dejar solo un cascarón amargo.
Cuando proyectaron el video del secuestro, grabado por las cámaras del equipo táctico de Harris, el jurado no necesitó ver más.
El juez fue implacable.
—Camila Valentina De la Garza —dictó la sentencia, golpeando el mazo—. Por los cargos de secuestro agravado, intento de homicidio, lesiones calificadas y violencia familiar, la sentencio a cuarenta años de prisión sin posibilidad de libertad condicional.
Lidia tampoco se salvó. Le cayeron quince años por complicidad, allanamiento y encubrimiento.
Cuando los alguaciles levantaron a Camila para llevársela, ella se giró hacia mí una última vez. Esperaba un grito, una maldición, ese veneno de siempre.
Pero no dijo nada. Solo me miró con una expresión vacía, muerta. Se dio cuenta, al fin, de que yo no era la tierra bajo sus zapatos. Yo era el muro contra el que se había estrellado.
Salió de la sala y de nuestras vidas para siempre.
Esa tarde, Ricardo me invitó a la terraza. El sol se estaba poniendo sobre la ciudad, tiñendo el cielo de naranja y morado. Noah jugaba en el pasto con un perro nuevo que Ricardo había adoptado, un labrador dorado que no paraba de mover la cola.
Ricardo me sirvió un té helado.
—Se acabó —dijo, mirando el horizonte—. De verdad se acabó.
—Sí —respondí, tomando un sorbo—. Se siente raro. Como si me faltara algo. Me acostumbré a estar mirando por encima del hombro.
—El trauma tarda en irse —dijo él—. Pero se irá.
Se quedó callado un momento, jugando con el vaso entre sus manos. Se le veía nervioso, algo raro en él.
—Maya, tenemos que hablar de tu futuro.
Me tensé. Aquí venía. El cheque de agradecimiento. El “gracias por todo, pero ya no te necesitamos”. La liquidación generosa para que me fuera a vivir mi vida lejos de los recuerdos dolorosos.
—Entiendo, señor —dije, preparándome—. Ya estoy buscando departamento. En cuanto el doctor me dé el alta completa, puedo empezar a buscar otro trabajo…
—¿De qué estás hablando? —Ricardo me miró confundido, y luego soltó una risa incrédula—. ¿Irte? ¿Estás loca?
—Pues… ya se acabó el peligro. Noah tiene a su papá. Usted contratará nanas profesionales, de esas con títulos y uniformes blancos que no se meten en problemas…
—No quiero nanas con títulos —me cortó—. Quiero a la persona que ama a mi hijo.
Ricardo dejó el vaso en la mesa y se giró hacia mí, poniéndose serio.
—Maya, no te estoy ofreciendo tu antiguo trabajo. No quiero que seas la sirvienta. Ese uniforme se quemó, metafóricamente hablando.
Sacó un sobre del bolsillo de su saco. Pero no era un cheque. Eran papeles legales.
—Quiero que seas la tutora legal de Noah.
Me quedé boquiabierta.
—¿Qué?
—Si algo me pasa a mí… un accidente, una enfermedad, lo que sea… no quiero que Noah vaya a sistemas de acogida ni con parientes lejanos que solo quieren mi dinero. Quiero que se quede contigo. Quiero que tú tomes las decisiones sobre su educación, su salud, su vida. Porque sé que tú siempre vas a poner su bienestar primero.
—Señor, eso es… eso es una responsabilidad gigante. Yo no soy de su mundo. No tengo apellido, no tengo…
—Tienes lo único que importa: integridad. Y coraje. —Ricardo me puso la mano en el hombro sano—. Eres parte de esta familia, Maya. Te lo ganaste con sangre. Literalmente.
Miré a Noah, que rodaba por el pasto riendo. Pensé en todo lo que habíamos pasado. El miedo, el dolor, la incertidumbre. Y supe que no podría irme aunque quisiera. Ese niño tenía un pedazo de mi corazón.
—Acepto —dije, con la voz quebrada por la emoción—. Pero con una condición.
—La que quieras. ¿Más sueldo? ¿Coche nuevo?
—No. —Sonreí—. Que dejemos de usar el “usted”. Y que me dejes estudiar. Siempre quise ser enfermera, pero no tuve la lana.
Ricardo sonrió.
—Hecho. Trato hecho, Maya.
EPÍLOGO: TRES AÑOS DESPUÉS
La vida es curiosa. Un día estás limpiando migajas debajo de una mesa, y al otro estás sentada en esa misma mesa ayudando a un niño a hacer su tarea.
Estoy terminando mi carrera de enfermería. Ha sido pesado, estudiar y “maternar” a Noah al mismo tiempo, pero Ricardo ha cumplido su palabra. Me apoya en todo. Nuestra relación es… compleja. No somos pareja, aunque los chismes de sociedad a veces digan lo contrario. Somos algo más fuerte. Somos socios. Somos sobrevivientes. Somos familia.
Camila sigue en el penal de Santa Martha. Dicen que se ha vuelto muy religiosa, o muy loca, depende de a quién le preguntes. Nunca la he ido a visitar. No le debo nada. Ni siquiera mi odio. El odio pesa mucho, y yo prefiero viajar ligera.
Noah ya tiene cuatro años. Es un niño feliz, ruidoso y con las rodillas siempre raspadas. A veces pregunta por su mamá. Nosotros le hemos dicho que está enferma y que no puede verlo, pero que él es muy amado. Algún día sabrá la verdad completa, pero por ahora, su infancia es sagrada.
Hoy, mientras veo el atardecer desde la terraza, pienso en aquella chica asustada que llegó a esta casa con una maleta llena de deudas y miedos. Pienso en el grito que lo cambió todo.
Camila me dijo una vez que yo era tierra. Que era suciedad.
Tenía razón.
Soy tierra.
Pero la tierra es donde se construyen los cimientos. La tierra es la que aguanta las tormentas y absorbe la sangre y hace que crezcan las flores de nuevo.
La tierra es fuerte.
Y yo, Maya Williams, sigo aquí de pie.
[FIN]