
PARTE 1
CAPÍTULO 1: La Llamada que Rompió el Silencio
Todo comenzó con el sonido seco y vibrante de mi celular sobre la madera vieja de mi escritorio. Eran las 3:17 de la madrugada. Nadie te marca a esa hora para darte buenas noticias, güey. Nadie. El corazón se me subió a la garganta antes de siquiera ver la pantalla.
Vivía en la Ciudad de México desde hacía diez años, huyendo de los fantasmas de mi pueblo, San Juan de las Nubes, un lugar olvidado por Dios en la sierra de Veracruz. Me había prometido a mí mismo que nunca regresaría. “Ni madres”, me decía cada vez que la nostalgia pegaba. Pero la sangre llama, y esa madrugada, la sangre gritó.
Contesté con la voz rasposa.
—¿Bueno?
—¿Julián? —la voz al otro lado era un susurro tembloroso. Era Tía Lupe. La reconocí al instante, aunque sonaba como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo—. Tienes que venir. Es tu mamá. Se nos va, mijo. Se nos va.
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Mi mamá, doña Elena, la mujer de hierro, la que sacó adelante a tres escuincles vendiendo tamales y lavando ropa ajena, se estaba muriendo. Y yo, su hijo “prodigo”, el que se fue a la capital a estudiar leyes y se olvidó de mandar dinero los últimos meses, no estaba ahí.
—¿Qué pasó, tía? Hablé con ella la semana pasada y se oía bien…
—No hay tiempo para explicaciones, Julián. Deja de hacer preguntas y vente ya. Pero escúchame bien… —su voz bajó de tono, volviéndose casi inaudible, cargada de un miedo que me heló la sangre— no le avises a nadie más. Ni a tus hermanos, ni a nadie del pueblo. Solo ven tú. Y ten cuidado con el Doctor Rivas.
—¿El Doctor Rivas? ¿El director de la clínica? ¿Por qué? Tía, ¡no me espantes!
—¡Solo ven! —colgó.
Me quedé mirando el teléfono como pendejo, con la pantalla iluminando mi cuarto oscuro. El silencio de la CDMX a esa hora es pesado, pero el silencio en mi cabeza era un caos. ¿Cuidado con Rivas? Ese tipo era una institución en el pueblo, casi un santo. ¿Qué tenía que ver él con que mi mamá estuviera enferma?
Agarré una mochila, aventé dos cambios de ropa, mi cartera y las llaves del coche. Ni siquiera me lavé la cara. Salí de mi departamento en la colonia Roma sintiendo que el piso se movía. La carretera hacia Veracruz es larga y, de noche, es una boca de lobo. Pero no me importaba. Pisé el acelerador de mi Tsuru viejo hasta que el motor rugió como si fuera a explotar.
Durante las cinco horas de camino, mi mente no paraba. Recordaba a mi madre. Su olor a masa y canela. Sus manos ásperas acariciándome la cara cuando me dio fiebre de niño. Y también recordaba sus silencios. Esos silencios largos, incómodos, cuando alguien mencionaba a mi padre, un hombre que nunca conocí y del que estaba prohibido hablar en la casa. “Se fue al norte y se perdió”, era la única frase que soltaba antes de ponerse a fregar los platos con una furia que daba miedo.
Llegué a San Juan cuando el sol apenas empezaba a pintar de naranja los cerros. La neblina cubría las calles empedradas, dándole al pueblo un aspecto fantasmagórico. Todo parecía igual y, al mismo tiempo, diferente. Más gris. Más triste. O tal vez era yo.
Fui directo a la clínica del pueblo. No era un hospital grande, apenas un edificio de una planta pintado de un verde pistache descarapelado. Estacioné el coche malamente y corrí a la entrada.
En la recepción no había nadie, solo el zumbido de una lámpara fluorescente que parpadeaba, a punto de fundirse.
—¿Hola? —grité. El eco de mi voz rebotó en las paredes vacías.
De pronto, una enfermera salió de un pasillo. No la conocía. Era joven, con cara de no haber dormido en días.
—Oiga, joven, no puede gritar aquí. Hay pacientes descansando.
—Busco a Elena Ramírez. Soy su hijo. Me llamaron de urgencia.
La enfermera me miró raro. Bajó la vista a una libreta que tenía en el mostrador, pasó el dedo por los nombres y luego, lentamente, cerró la libreta.
—El Doctor Rivas está con ella ahora mismo. No se permiten visitas.
—¿Cómo que no se permiten visitas? —sentí que la sangre me hervía en las sienes—. ¡Me dijeron que se está muriendo! ¡Soy su hijo, carajo!
—Baje la voz o llamo a seguridad —dijo ella, pero noté algo en sus ojos. No era enojo. Era nerviosismo. Estaba asustada.
En ese momento, la puerta doble del fondo del pasillo se abrió. Salió él. El Doctor Anselmo Rivas.
Habían pasado diez años, pero el tipo seguía igual. Alto, con ese porte de hacendado antiguo, el cabello canoso perfectamente peinado y esa bata blanca inmaculada que parecía repeler la suciedad de aquel pueblo polvoriento.
Me vio y se detuvo en seco. Una sonrisa que no llegó a sus ojos se dibujó en su rostro.
—Julián… Vaya, el hijo pródigo regresa.
—¿Dónde está mi madre? —no estaba para sus juegos.
—Tranquilo, muchacho. Tu madre está… estable, dentro de la gravedad. Pero necesito hablar contigo antes de que la veas. En privado.
Me señaló su consultorio. Mi instinto me gritaba que no fuera, que corriera a la habitación de mi madre. Recordé la voz de mi Tía Lupe: “Ten cuidado con el Doctor Rivas”. Pero necesitaba respuestas. Y él era el único que las tenía.
Entré a su consultorio. Olía a alcohol y a algo más… ¿tabaco fino? Rivas cerró la puerta con llave. El clic de la cerradura sonó como un disparo en el silencio del cuarto.
—Siéntate —ordenó, más que invitó.
—Prefiero estar de pie. Dígame qué tiene mi madre.
—Tu madre tiene muchas cosas, Julián. Un corazón débil, pulmones cansados… pero lo que realmente la está matando es el peso de la verdad.
—¿De qué chingados está hablando? Déjese de rodeos.
—Hablo de tu padre.
Me quedé helado.
—Mi padre se fue al norte antes de que yo naciera. Eso es lo que siempre se dijo.
Rivas soltó una carcajada seca, sin humor. Se sirvió un vaso de agua de una jarra de cristal, tomándose su tiempo, disfrutando de mi confusión.
—Ay, Julián. Tan inteligente para los libros y tan ciego para la vida. Tu padre nunca se fue al norte. Tu padre nunca salió de San Juan.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Pude ver las venas rojas en sus ojos.
—Tu madre no te llamó para despedirse, Julián. Te llamó porque ya no aguanta la culpa. Y si entra en esa habitación y empieza a hablar… nos va a destruir a todos. A ella, a mí… y a ti.
—¿A mí? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en sus mentiras?
—Tú eres la mentira, Julián. Tú eres la prueba viviente del pecado de este pueblo.
Antes de que pudiera procesar lo que decía, se escuchó un grito desgarrador proveniente de las habitaciones. Era la voz de mi tía Lupe.
—¡Julián! ¡Julián, corre! ¡Se la están llevando!
Empujé a Rivas con todas mis fuerzas. El viejo trastabilló y golpeó el escritorio, tirando la jarra de agua. No esperé a ver si se levantaba. Abrí la puerta de una patada y corrí hacia el pasillo.
Al fondo, vi a dos camilleros empujando una cama rodante hacia la salida trasera de la clínica. Mi tía Lupe estaba forcejeando con uno de ellos, pero el tipo la aventó contra la pared como si fuera una muñeca de trapo.
—¡Mamá! —grité.
Corrí como nunca en mi vida. Los pulmones me ardían. Llegué justo cuando subían la camilla a una ambulancia vieja, sin logotipos.
Vi el rostro de mi madre por un segundo. Estaba pálida, casi gris, con una mascarilla de oxígeno que se empañaba con su respiración agitada. Abrió los ojos y me vio. Intentó levantar la mano, intentó decir algo, pero la puerta de la ambulancia se cerró de golpe en mi cara.
—¡Abran! ¡Abran la maldita puerta! —golpeé el metal con los puños hasta que me sangraron los nudillos.
La ambulancia arrancó, levantando una nube de polvo y grava que me cegó.
Me quedé ahí, parado en medio de la calle, tosiendo, con el sabor a tierra y desesperación en la boca. Mi tía Lupe llegó cojeando a mi lado, llorando.
—Te lo dije, mijo… Te dije que tuvieras cuidado. Se la llevaron a “La Esperanza”.
—¿Qué es “La Esperanza”? ¿Otra clínica?
Mi tía me miró con terror puro en los ojos. Me agarró del brazo con una fuerza sorprendente.
—No es una clínica, Julián. Es la finca vieja de los Rivas en el monte. De ahí… de ahí nadie sale vivo.
Miré hacia donde se había ido la ambulancia, perdiéndose en la neblina de la sierra.
—Pues yo sí voy a salir —dije, sintiendo cómo el miedo se convertía en una rabia fría y peligrosa—. Y voy a sacar a mi madre, aunque tenga que quemar todo este maldito pueblo.
Me di la vuelta y vi al Doctor Rivas parado en la entrada de la clínica, limpiándose una mancha de agua de su bata. Me sonrió y levantó la mano en un gesto de despedida burlón.
En ese momento supe que esto no era solo una enfermedad. Esto era una guerra. Y yo acababa de llegar al campo de batalla sin armas.
Subí a mi coche. Mis manos temblaban tanto que me costó meter la llave. Tía Lupe se subió de copiloto, secándose las lágrimas con su rebozo.
—¿Sabes llegar? —pregunté.
—Sí. Pero Julián… si vamos allá, nos van a matar.
—Ya estamos muertos si no hacemos nada, tía. Agárrate fuerte.
Arranqué el Tsuru, dejando marcas de llanta en el pavimento. Mientras aceleraba persiguiendo el rastro de polvo de la ambulancia, una sola pregunta retumbaba en mi cabeza, más fuerte que el motor: ¿Quién diablos es mi padre y por qué su secreto vale más que la vida de mi madre?
La respuesta estaba allá arriba, en el monte. Y juro por Dios que la iba a encontrar, o me moría en el intento
CAPÍTULO 2: La Boca del Lobo
El viejo Tsuru rugía como una bestia herida mientras subíamos por la carretera de terracería. La suspensión chillaba con cada bache, y sentía el volante vibrar violentamente bajo mis manos sudorosas, como si el coche mismo tuviera miedo de a dónde íbamos. Delante de nosotros, la estela de polvo que había dejado la ambulancia empezaba a disiparse, tragada por la neblina espesa que bajaba de los cerros de Veracruz a esa hora de la mañana.
—¡Más despacio, Julián, nos vamos a matar! —gritó mi tía Lupe, aferrada al tablero con una mano y con la otra apretando un rosario de madera contra su pecho. Sus nudillos estaban blancos.
—¡No puedo ir más despacio, tía! Si los perdemos de vista en el cruce de “Las Animas”, ya valió madre. No sabremos si agarraron para el monte o para la carretera federal.
Pisé el acelerador a fondo. El motor tosió, pero respondió. Mi mente era un torbellino. Las palabras del Doctor Rivas resonaban en mi cabeza como un disco rayado: “Tú eres la prueba viviente del pecado”. ¿Qué chingados significaba eso? ¿Qué pecado? Yo solo era un abogado de oficio que vivía al día en la Roma, peleándome con el tráfico y comiendo tacos de canasta. Mi vida era aburrida, predecible. O al menos eso creía yo hasta hace una hora.
Miré de reojo a mi tía. Lupe siempre había sido la hermana callada, la sombra de mi madre. Mientras mi mamá era fuego y carácter, Lupe era agua estancada. Pero ahora, viéndola temblar, me di cuenta de que ella sabía mucho más de lo que aparentaba. El miedo en sus ojos no era nuevo; era un miedo viejo, añejado, como si hubiera estado esperando este momento durante décadas.
—Tía… —dije, bajando un poco la velocidad para esquivar una piedra enorme que había en medio del camino—. Tienes que decirme la verdad. Ahora mismo. Nada de cuentos, nada de “eres muy chico para entender”. Tengo treinta años, carajo.
Lupe tragó saliva. Miró por la ventana hacia el barranco que se abría a nuestra derecha. Abajo, el río Pantepec se veía como una serpiente plateada y furiosa.
—No es mi secreto para contarlo, mijo. Se lo prometí a Elena. Se lo juré ante la Virgen.
—¡La Virgen no está aquí manejando este coche, tía! ¡Soy yo! Y mi mamá está en esa ambulancia secuestrada por el médico del pueblo. Así que o me dices qué está pasando, o te juro que doy la vuelta y vamos directo a la policía estatal.
—¡No! —gritó ella, volteando a verme con los ojos desorbitados—. ¡A la policía no! Rivas los tiene comprados a todos, desde el comandante hasta el último policía de tránsito. Si vas a la policía, nos entregan en bandeja de plata. No entiendes el poder que tiene esa gente aquí. Tú te fuiste, Julián, te escapaste a la ciudad, hiciste tu vida… se te olvidó cómo funcionan las cosas en San Juan. Aquí no manda el gobierno. Aquí manda “La Familia”.
—¿La Familia? ¿De qué hablas? ¿Narcos?
—Peor —susurró, persignándose—. Los dueños de la tierra. Los dueños de la sangre. Los Rivas y sus socios. Ellos fundaron este pueblo hace cien años. Creen que somos de su propiedad.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire frío de la sierra. Recordé mi infancia. Recordé cómo, en la escuela, los niños Rivas (los sobrinos del doctor, los hijos de los hacendados) siempre tenían los mejores lugares, los uniformes nuevos, y cómo los maestros se deshacían en halagos con ellos. A mí, en cambio, me trataban con una mezcla extraña de desprecio y… ¿temor? Nunca lo había analizado hasta ahora. No era solo porque fuera pobre. Era algo más.
—¿Qué tengo que ver yo con ellos, tía? Rivas dijo que mi padre nunca se fue. Dijo que estaba aquí.
El silencio de Lupe fue más ruidoso que el motor del coche.
—Tía… —insistí, con la voz quebrada—. ¿Quién es mi papá?
Lupe cerró los ojos y dos lágrimas gordas rodaron por sus mejillas arrugadas.
—Julián… tu madre era muy hermosa de joven. La mujer más bella de la sierra. Tenía ojos que brillaban como el café recién tostado y una sonrisa que paraba el tráfico. Trabajaba en la Casa Grande, la hacienda de los Rivas, ayudando en la cocina. Tenía diecisiete años. Era inocente, mijo. Creía en los cuentos de hadas.
Apreté el volante hasta que me dolieron las manos. Ya sabía hacia dónde iba esto. Era la historia más vieja de México. La historia que se repite en cada pueblo, en cada telenovela, en cada familia rota. El patrón y la sirvienta. El abuso de poder disfrazado de romance, o a veces, ni siquiera disfrazado.
—¿Fue Rivas? —pregunté, sintiendo una náusea repentina—. ¿El doctor es mi padre?
Lupe negó con la cabeza frenéticamente.
—No, no, Dios nos libre. Anselmo Rivas es un diablo, pero no es tu padre. Él solo es el guardián de los secretos. Tu padre… —tomó aire, como si le faltara el oxígeno— tu padre era el hermano mayor. Don Fausto.
Frené de golpe. El coche derrapó en la grava, quedando cruzado a mitad del camino, levantando una nube de polvo que nos envolvió por unos segundos. El motor se apagó. El silencio de la sierra cayó sobre nosotros como una lápida.
—¿Don Fausto Rivas? —repetí, incrédulo—. ¿El cacique? ¿El que murió hace cinco años y le hicieron una estatua en la plaza principal?
—Ese mero —dijo Lupe, sin mirarme—. Él se encaprichó con tu madre. La persiguió, la acorraló… y bueno, tú naciste. Cuando su esposa, la Doña Catalina, se enteró de que la sirvienta estaba embarazada, se armó el infierno. Querían… querían deshacerse de ti antes de que nacieras.
Me llevé las manos a la cara. Sentía que la cabeza me iba a estallar. Toda mi vida pensando que mi padre era un mojado cualquiera que nos abandonó por el sueño americano, y resultaba que era el hombre más poderoso y temido de la región. El hombre cuya estatua yo escupía a escondidas cuando era niño porque representaba todo lo que odiaba: la riqueza arrogante.
—¿Por qué me dejaron vivir? —pregunté, con la voz sorda.
—Porque tu madre amenazó con matarse —dijo Lupe, sollozando—. Se puso un cuchillo en la panza frente a Don Fausto y le dijo que si no te dejaban nacer y vivir en paz, ella se mataba ahí mismo y su sangre mancharía la Casa Grande para siempre. Don Fausto… tenía sus supersticiones. Tenía miedo de la mala suerte. Así que hicieron un trato.
—¿Qué trato?
—Tu madre se quedaba en el pueblo, callada. Tú nacías, pero sin apellido. Eras un bastardo, un “hijo de nadie”. A cambio, ellos nos dejaban vivir y nos daban una pequeña pensión mensual, que Rivas entregaba en sobres cerrados. Pero la condición era que nunca, jamás, podías saber la verdad. Y tú… tú tenías que irte en cuanto pudieras. Por eso tu madre te empujó tanto a estudiar, a irte a la CDMX. No era solo para que progresaras, mijo. Era para salvarte. Para alejarte de ellos.
Golpeé el volante con rabia.
—¡Maldita sea! ¡Todo es una mentira! ¡Mi vida entera ha sido una mentira pagada con el dinero de ese viejo asqueroso!
—No juzgues a tu madre —me regañó Lupe con una fuerza que no sabía que tenía—. Ella se tragó su orgullo, su dignidad y su vida entera para que tú respiraras. Ella se vendió al diablo para comprarte un futuro.
Me quedé callado, respirando agitadamente. La imagen de mi madre, fregando pisos, vendiendo tamales, siempre cansada pero siempre sonriendo cuando yo le traía buenas calificaciones, cobró un nuevo sentido. No era sacrificio ordinario. Era penitencia. Era supervivencia.
Y ahora, Rivas se la había llevado.
—¿Por qué ahora? —pregunté, encendiendo el coche de nuevo. El motor tosió antes de arrancar—. Si el viejo Fausto ya murió, ¿por qué se la llevan ahora?
—Porque Don Fausto dejó un testamento —dijo Lupe, bajando la voz—. Un testamento secreto que solo se podía abrir diez años después de su muerte, o… si aparecía un heredero varón legítimo. Resulta que sus hijos oficiales… todos fueron mujeres. O murieron chicos. No hay varones Rivas para heredar el imperio. Solo quedas tú.
Sentí que el mundo se me venía encima. No se trataba solo de un secreto del pasado. Se trataba de dinero. De tierras. De poder. Rivas no estaba protegiendo el honor de la familia. Estaba protegiendo la herencia. Si mi madre moría, el único vínculo, la única testigo que podía probar quién soy yo, desaparecía. Y si yo desaparecía… Rivas y los suyos se quedaban con todo.
—La van a matar —dije, sintiendo un frío gélido en las entrañas—. La llevan a La Esperanza para asegurarse de que muera antes de que pueda hablar. Y luego van a venir por mí.
Pisé el acelerador a fondo. El Tsuru rugió, lanzándose hacia adelante con una furia renovada. Ya no me importaban los baches. Ya no me importaba el barranco. Solo veía rojo.
—Agárrate, tía. Vamos a llegar a esa maldita finca.
El camino se volvió más estrecho y la vegetación más densa. Los pinos altos bloqueaban la luz del sol, creando un túnel de sombras verdosas. Pasamos el cruce de Las Animas y vimos las marcas frescas de neumáticos en el lodo. Habían girado hacia el monte, hacia “La Esperanza”.
La finca “La Esperanza” era una leyenda en el pueblo. Se decía que ahí se hacían fiestas donde bajaban políticos de la capital y pasaban cosas innombrables. Se decía que en los tiempos de la Revolución, los Rivas emparedaban a sus enemigos en los muros. Yo siempre pensé que eran cuentos para asustar a los niños. Ahora, viendo la reja de hierro forjado que se alzaba ante nosotros, de casi tres metros de altura, con puntas de lanza oxidadas apuntando al cielo, los cuentos me parecían advertencias.
Frené el coche a unos cien metros de la entrada, metiéndolo entre unos matorrales densos para que no se viera desde el camino.
—Hasta aquí llega el coche —dije, apagando el motor. El silencio regresó, pero ahora estaba cargado de electricidad, como el aire antes de una tormenta.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lupe, temblando.
—Voy a entrar.
—Estás loco. Hay guardias. Tienen perros. Tienen armas.
—Conozco este monte, tía. Venía a cazar conejos aquí cuando era chavo, aunque mi mamá me lo prohibía. Sé por dónde meterme.
Bajé del coche y abrí la cajuela. Saqué la llave de cruz y una linterna vieja. No era un arma, pero pesaba lo suficiente para romper una cabeza si era necesario.
—Tú quédate aquí. Cierra los seguros. Si no regreso en una hora… —saqué mi celular y se lo di. No tenía señal, pero servía de algo— si no regreso, bajas al pueblo caminando, te escondes en la iglesia y esperas a que amanezca para irte a Xalapa. No pares hasta llegar a la capital.
—¡No te voy a dejar solo! —sollozó ella.
—Tienes que hacerlo. Alguien tiene que contar la historia si yo no salgo.
Le di un beso rápido en la frente, algo que no hacía desde que era niño. Olía a hierbas y a miedo.
Cerré la puerta y me interné en la maleza.
El bosque estaba húmedo y frío. Las ramas me golpeaban la cara, arañándome la piel, pero no sentía dolor. La adrenalina bombeaba por mis venas como gasolina. Me moví agachado, siguiendo el perímetro de la barda de piedra que rodeaba la finca. Recordaba un lugar, cerca del arroyo seco, donde la barda se había derrumbado hacía años por una tormenta. Esperaba que los Rivas fueran tan arrogantes como para no haberla reparado.
Después de diez minutos de caminar entre espinas y lodo, lo encontré. Un hueco en la mampostería, cubierto por una enredadera espesa de hiedra venenosa. Me importó un carajo la picazón. Aparté las ramas y me deslicé por el agujero.
Caí del otro lado, en el jardín trasero de la finca.
Lo que vi me dejó sin aliento. No por el lujo, sino por la decadencia. El jardín, que alguna vez debió ser un paraíso de rosales y fuentes, estaba cubierto de maleza. La piscina estaba vacía, llena de hojas podridas y basura. Y la casa… la Casa Grande se alzaba frente a mí como un monstruo moribundo. Era una construcción colonial enorme, de cantera rosa, pero las ventanas estaban sucias, algunas rotas, y la pintura se caía a pedazos.
Sin embargo, en la planta baja, había luz.
Vi la ambulancia estacionada cerca de la entrada de servicio. Las puertas traseras estaban abiertas y vacías. No había nadie cerca.
Me pegué a la pared, sintiendo la textura fría y rugosa de la piedra en mi espalda. Mi respiración era lo único que escuchaba. Inhala. Exhala. No te mueras.
Avancé hacia una ventana que estaba entreabierta. Escuché voces.
Me asomé con cuidado, apenas levantando la cabeza por encima del marco.
Era una cocina enorme, con azulejos de talavera y una mesa de madera larga en el centro.
Ahí estaba.
Mi madre yacía sobre la mesa, todavía con la ropa de hospital puesta. Estaba inconsciente, conectada a un suero que colgaba de un candelabro de hierro.
Alrededor de ella estaban tres hombres.
Uno era el Doctor Rivas, que estaba preparando una jeringa con un líquido amarillento.
Los otros dos no los conocía. Eran tipos grandes, con sombreros tejanos y pistolas al cinto. “Guaruras”, pensé. Matones a sueldo.
—¿Estás seguro de que esto no deja rastro, Anselmo? —preguntó uno de los matones, con voz ronca.
—Seguro —respondió Rivas, dando un golpecito a la jeringa para sacar el aire—. Un paro cardíaco fulminante. Común en mujeres de su edad con antecedentes de hipertensión. Mañana firmamos el acta de defunción, la enterramos rápido y se acabó el problema.
—¿Y el hijo? —preguntó el otro.
Rivas sonrió. Esa sonrisa me heló la sangre más que la noche.
—El hijo viene en camino. Lo conozco. Es impulsivo, sentimental. Va a venir a buscarla. Y cuando llegue… bueno, la propiedad es privada. Tenemos derecho a defendernos de intrusos, ¿no? Un tiro en la oscuridad, un accidente lamentable… y la familia se reúne en el cielo.
Sentí que el mundo se detenía. Iban a matarla ahí mismo. En esa mesa de cocina, como si fuera un animal enfermo.
Miré la llave de cruz en mi mano. Era un pedazo de metal oxidado contra tres hombres armados. Las matemáticas no daban. Iba a morir.
Pero luego miré a mi madre. Vi su pecho subir y bajar débilmente. Recordé lo que dijo Lupe: “Se puso un cuchillo en la panza… se vendió al diablo para que tú respiraras”.
Ella había dado su vida por mí antes de que yo naciera. Ahora me tocaba a mí devolver el favor.
No pensé. No planeé. Simplemente actué.
Busqué en el suelo y encontré una piedra del tamaño de una pelota de béisbol.
Me levanté, tomé impulso y lancé la piedra con todas mis fuerzas contra el vidrio de la ventana contigua, lejos de donde yo estaba.
El estruendo del cristal rompiéndose fue explosivo en el silencio de la casa.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó uno de los matones, desenfundando su arma.
—¡Viene de la sala! —gritó Rivas—. ¡Vayan a ver!
Los dos gorilas salieron corriendo de la cocina hacia el pasillo. Rivas se quedó solo un segundo, dudando, con la jeringa en la mano, mirando hacia la puerta por donde se fueron sus perros de presa.
Era mi oportunidad.
Salté por la ventana de la cocina, cayendo sobre el piso de mosaico con un ruido sordo. Me levanté antes de que Rivas pudiera reaccionar.
El doctor se giró, con los ojos abiertos como platos.
—¡Tú! —gritó, levantando la jeringa como si fuera un puñal.
Me abalancé sobre él. No fui abogado, ni civilizado. Fui un animal. Le estampé la llave de cruz en el hombro derecho. Se escuchó un crujido asqueroso de hueso rompiéndose. Rivas aulló de dolor y soltó la jeringa, que rodó por el suelo hasta romperse.
Cayó de rodillas, agarrándose el hombro.
Lo pateé en la cara, tirándolo al suelo. La sangre manchó su bata blanca inmaculada. Se sintió bien. Dios, se sintió demasiado bien.
Me giré hacia mi madre.
—¡Mamá! —la sacudí suavemente—. ¡Mamá, despierta!
Ella abrió los ojos apenas una rendija. Estaban vidriosos.
—¿Julián? —susurró, con voz pastosa—. ¿Estoy muerta?
—No, jefa. Todavía no. Nos vamos de aquí.
Intenté levantarla, pero era peso muerto. Estaba muy débil.
Escuché pasos pesados corriendo de regreso por el pasillo. Los matones volvían.
—¡Ahí está! —gritó uno.
Miré alrededor, desesperado. La puerta de servicio estaba bloqueada por la camilla. La única salida era por donde entraron ellos… o…
Vi una puerta pequeña de madera en el rincón, medio oculta tras una alacena. Una despensa. O tal vez un sótano.
No había opción.
Cargué a mi madre en brazos, sintiendo cómo mis músculos gritaban bajo el esfuerzo. Arrastré a Rivas por el cuello de la bata y lo puse frente a mí como escudo humano.
—¡Si disparan, se muere el doctor! —grité con toda la fuerza de mis pulmones.
Los dos matones frenaron en seco en el umbral de la cocina, con las armas apuntándome.
Rivas gemía, medio inconsciente, sangrando por la nariz y la boca.
—¡Baja al doctor, cabrón! —gritó el del sombrero negro.
—¡Atrás o le reviento la cabeza! —presioné la llave de cruz contra la sien de Rivas.
Retrocedí paso a paso hacia la puerta pequeña, arrastrando a mi madre con un brazo y sujetando al doctor con el otro. Era una maniobra imposible, torpe.
Llegué a la puerta. La paté para abrirla. Estaba oscuro adentro. Olía a humedad y a tierra vieja. Escaleras hacia abajo.
—No lo hagas, muchacho —balbuceó Rivas, escupiendo sangre—. Si bajas ahí… no hay salida. Es el viejo túnel de escape de la Revolución. Está derrumbado. Serás una rata en una trampa.
—Prefiero ser una rata que un perro faldero como tú —le dije al oído.
Lo empujé con fuerza hacia los matones. Rivas voló contra ellos, haciéndolos trastabillar.
Aproveché la confusión. Me metí a la oscuridad con mi madre en brazos y cerré la puerta de un portazo, corriendo el cerrojo de hierro oxidado justo cuando una bala atravesaba la madera, pasando a centímetros de mi oreja.
Estábamos dentro. Atrapados en la oscuridad. Con dos asesinos al otro lado de la puerta intentando derribarla a patadas. Y mi madre apenas respiraba en mis brazos.
Encendí la linterna. El haz de luz iluminó unas escaleras de piedra empinadas que descendían hacia las entrañas de la tierra.
—Agárrate, mamá —le susurré, sintiendo cómo las lágrimas me picaban los ojos—. El viaje apenas empieza.
Bajé el primer escalón hacia la oscuridad total, sin saber si íbamos hacia la salvación o hacia nuestra propia tumba.
CAPÍTULO 3: Las Entrañas del Diablo
El sonido de la madera astillándose a mis espaldas fue el detonante. Arriba, en la cocina de la hacienda, los guaruras de Rivas habían comenzado a patear la puerta del sótano. Cada golpe retumbaba en las escaleras de piedra como un cañonazo, haciendo caer polvo y telarañas sobre nosotros.
—¡Ábrela, maldita sea! —escuché gritar a uno de ellos, su voz distorsionada por el grosor de la puerta—. ¡Sabemos que están ahí, ratas!
No me detuve a contestar. Con mi madre en brazos, descendí los escalones de piedra caliza, resbalosos por décadas de humedad y abandono. La linterna que llevaba en la mano temblaba, proyectando sombras danzantes y grotescas en las paredes estrechas. El aire ahí abajo era pesado, denso, con un olor penetrante a moho, tierra mojada y algo más… algo dulzón y podrido que me recordaba a los animales muertos que a veces encontraba en la carretera.
—Julián… —susurró mi madre. Su cabeza descansaba contra mi pecho, y podía sentir el calor febril que emanaba de su cuerpo a través de la bata de hospital—. Déjame aquí, hijo. Pesas mucho. No vas a poder correr conmigo.
—Cállate, mamá. Por favor, cállate —le contesté, jadeando. El sudor me corría por la frente y me entraba en los ojos, ardiendo—. Si salimos de esta, salimos los dos. O nos morimos los dos. Pero no te voy a soltar. Nunca más.
Llegamos al final de la escalera. El haz de luz de la linterna reveló un pasillo largo, abovedado, construido con ladrillos rojos antiguos, muchos de ellos ya desmoronados. El piso era de tierra apisonada, irregular y lleno de charcos de agua estancada.
Rivas había dicho la verdad: era un túnel de la Revolución. En Veracruz, muchas haciendas antiguas tenían estas rutas de escape para que los patrones huyeran cuando los rebeldes o los federales venían a quemar las casas. Pero Rivas también había dicho que estaba derrumbado. “Una trampa para ratas”, lo llamó.
Recé un Padre Nuestro mentalmente, algo que no hacía desde la primera comunión. Que no esté bloqueado. Por favor, Diosito, que no esté bloqueado.
Arriba, un estruendo metálico indicó que la cerradura había cedido. La puerta se abrió de golpe, y una luz potente inundó la parte superior de la escalera.
—¡Ahí están! —gritó una voz.
—¡Tírales, Beto! ¡Tírales a las piernas!
Me lancé hacia la oscuridad del túnel justo cuando el primer disparo resonó. La bala rebotó en la pared de piedra donde había estado mi cabeza un segundo antes, soltando chispas y esquirlas de roca que me rozaron la mejilla. El sonido del disparo en ese espacio cerrado fue ensordecedor, me dejó un pitido agudo en los oídos.
Corrí. Corrí con una fuerza que no sabía que tenía, impulsado por el terror puro. Mis botas chapoteaban en el lodo. Mi madre se aferraba a mi cuello con sus manos débiles, enterrando la cara en mi hombro para no ver.
El túnel no era recto. Serpenteaba como una lombriz bajo la tierra, siguiendo quizás alguna veta de roca o algún antiguo cauce de agua. A cada pocos metros, había vigas de madera podrida sosteniendo el techo, arqueadas bajo el peso de toneladas de tierra.
—¡Cuidado la cabeza! —murmuré, agachándome para pasar bajo una viga caída.
Detrás de nosotros, veía los haces de luz de las linternas tácticas de los matones barriendo las paredes, acercándose. Eran más rápidos que yo. Ellos no cargaban a una mujer moribunda.
—¡Julián, el pozo! —gritó mi madre de repente, con una lucidez que me asustó.
Frené en seco, derrapando en el barro.
Frente a mis pies, el suelo desaparecía.
Un agujero negro, circular, de unos dos metros de diámetro, se abría en medio del túnel. Alumbre hacia abajo. No se veía el fondo, solo negrura absoluta. Tiré una piedra pequeña. Tardó tres segundos en escucharse el plop lejano al caer en agua.
—¿Cómo sabías que estaba esto aquí? —pregunté, girándome para ver si nos alcanzaban. Las luces de los perseguidores estaban a una curva de distancia. Se escuchaban sus botas pesadas y sus respiraciones agitadas.
—Don Fausto… —dijo mi madre, con la voz entrecortada—. Él me trajo aquí una vez. Cuando estaba embarazada de ti.
—¿Te trajo aquí? ¿Para qué?
—Para asustarme. Para enseñarme dónde terminaban los que lo traicionaban. Dijo que este pozo conecta con un río subterráneo que nunca ve la luz del sol.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi padre. Ese monstruo me había engendrado. La ira volvió a encenderse en mi pecho, dándome calor en medio de ese frío sepulcral.
—Pues hoy no nos toca caer ahí —gruñí.
El túnel tenía un borde estrecho, de apenas treinta centímetros, que rodeaba el pozo por la izquierda. Era un paso de la muerte. Si resbalaba, ambos caeríamos al vacío.
—Agárrate fuerte, mamá. No mires abajo. Mírame a mí.
Pegué la espalda a la pared curva del túnel. Pasé a mi madre a mi costado izquierdo, sosteniéndola con mi brazo derecho rodeando su cintura, apretándola contra mí como si quisiera fusionarla con mi cuerpo.
—Un paso a la vez. Uno, dos…
Empecé a avanzar lateralmente. El borde estaba resbaloso por el musgo. Sentí cómo la suela de mi bota derecha perdía tracción por un milímetro, y mi corazón se detuvo. Unas piedritas cayeron al abismo.
—¡Ahí están! —la voz del matón resonó justo en la curva detrás de nosotros.
—¡Quietos o disparo!
No me detuve. Estaba a mitad del pozo.
—¡Si disparas y caigo, me llevo a la vieja y se quedan sin su rehén! —grité, esperando que la lógica funcionara con esos animales.
El matón se detuvo en el borde del pozo, iluminándonos con su linterna. La luz me cegó por un momento.
—El patrón la quiere muerta de todos modos, pendejo —dijo el hombre, levantando su arma.
Era el fin. No tenía dónde cubrirme.
Pero entonces, sucedió algo que no esperaba. Un chillido agudo, penetrante, llenó el túnel.
Miles de murciélagos, perturbados por la luz y el ruido de los disparos anteriores, se desprendieron del techo abovedado justo encima del pozo.
Fue una nube negra y frenética de alas y dientes. Los animales, ciegos y asustados, se lanzaron contra la fuente de luz: los matones.
—¡Ahhh! ¡Quítamelos! ¡Mis ojos! —gritó el hombre armado, manoteando al aire mientras los murciélagos lo envolvían.
En su desesperación, dio un paso en falso.
No hubo tiempo de nada. Su pie resbaló en el borde del pozo.
—¡Beto, no! —gritó su compañero.
Pero fue tarde. El matón cayó hacia atrás, gritando, mientras su linterna giraba en el aire iluminando las paredes del pozo hasta que la oscuridad se lo tragó. El grito se fue apagando hasta convertirse en un eco lejano, seguido de un chapoteo sordo.
El otro guarura se quedó paralizado, pegado a la pared, cubriéndose la cabeza de los murciélagos que seguían revoloteando.
Aproveché el caos.
—¡Corre! —me dije a mí mismo. Terminé de cruzar el borde del pozo de un salto desesperado, aterricé en tierra firme y seguí corriendo hacia la oscuridad.
Ya no escuchaba pasos detrás de mí. El miedo al pozo y a los murciélagos había detenido al segundo hombre, al menos por ahora. Pero sabía que no tardaría en reponerse o en llamar refuerzos por radio.
Avanzamos unos cien metros más hasta que el túnel se ensanchó. El aire cambió. Ya no olía a humedad, sino a polvo seco y a incienso viejo.
Llegamos a una cámara circular.
Me detuve, jadeando, y dejé resbalar a mi madre suavemente hasta el suelo, recargándola contra una columna de piedra.
—Descansa un poco, jefa. Ya los despistamos.
Alumbré alrededor con la linterna. Mi boca se abrió de asombro.
No era una simple cueva. Era una capilla subterránea.
Las paredes estaban llenas de nichos, y en cada nicho había urnas de madera y metal. En el centro, un altar de piedra con una cruz de hierro oxidada y varias velas derretidas hace años.
—La cripta de los Rivas —susurró mi madre, abriendo los ojos y mirando alrededor con una mezcla de reverencia y horror—. Aquí están enterrados los ancestros. Y aquí… aquí traía Don Fausto a sus “invitadas” especiales.
Me acerqué al altar. Había inscripciones en la piedra. Fechas de 1800, nombres de generales, de hacendados. Era la historia del poder de Veracruz escrita en sangre y piedra.
Pero algo no cuadraba. En una esquina de la habitación, había una puerta de metal moderna, pesada, con una combinación digital, incrustada incongruentemente en la pared de piedra antigua.
—¿Qué es eso? —pregunté, acercándome.
—La caja fuerte —dijo mi madre. Su voz era cada vez más débil. Empezó a toser, una tos seca y dolorosa—. Julián, acércate. No me queda mucho tiempo.
—No digas eso, mamá. Vamos a salir. Solo necesito encontrar la salida de este lugar. Debe haber ventilación, el aire aquí es más fresco.
Me arrodillé a su lado, tomándole las manos. Estaban heladas.
—Escúchame bien, hijo. Rivas no quiere matarme solo por el pasado. Me quiere matar por lo que sé del futuro.
—¿El testamento? —pregunté.
Ella asintió levemente.
—Don Fausto era un hombre malo, Julián. Pero al final… al final tenía miedo del infierno. Cuando se estaba muriendo, me mandó llamar. Yo fui a la Casa Grande, a escondidas. Él estaba en su cama, podrido de cáncer. Me pidió perdón.
—¿Le creíste?
—No importa si le creí o no. Lo que importa es lo que me dio. No me dio dinero. Me dio un número. Y una llave.
Mi madre se llevó la mano al pecho, buscando dentro de su ropa. Sacó una pequeña cadena de oro viejo que siempre llevaba puesta, de la que colgaba una medalla de la Virgen de Guadalupe. Pero esta vez, vi que detrás de la medalla, había algo pegado con cinta adhesiva.
Despegó la cinta con dedos temblorosos y sacó una llave pequeña, plana, de esas que se usan para cajas de seguridad bancarias o… para puertas de alta seguridad.
—Esta llave abre esa puerta —señaló la puerta de metal en la pared—. Y el código… el código es tu fecha de nacimiento, Julián.
Me quedé mirando la llave en mi mano. Era pequeña, insignificante, pero pesaba toneladas.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo que las lágrimas me nublaban la vista—. ¿Por qué me dejó esto a mí?
—Porque tú eres su único hijo varón. Y porque sabía que Anselmo Rivas, su hermano, se iba a robar todo y a destruir el legado de la familia. Don Fausto quería que tú fueras el que decidiera el destino de “La Esperanza”. Quería que tú tuvieras el poder de destruir a Anselmo.
Me puse de pie, sintiendo una mezcla de vértigo y poder.
Caminé hacia la puerta de metal. El teclado numérico estaba cubierto de polvo, pero parecía funcionar con batería interna, o tal vez estaba conectado a una línea de emergencia.
Limpié los botones.
Mi fecha de nacimiento. 15 de octubre de 1994.
1-5-1-0-9-4.
Un pitido. Una luz verde parpadeó en la oscuridad. Se escuchó el clac pesado de los pernos retrayéndose.
La puerta se abrió con un chirrido agudo.
Dentro no había oro, ni joyas. Había estantes llenos de carpetas. Archivadores. Y en el centro, sobre un pedestal, un libro de cuero grueso y una laptop vieja.
Entré, iluminando con la linterna. Tomé una de las carpetas al azar.
“Pagos Comandante Policía Estatal – 2018”.
Tomé otra.
“Acuerdo Tráfico de Tierras – Ejido San Miguel”.
Y otra más.
“Lista de Desaparecidos – Pozo 4”.
Se me heló la sangre. Esto no era solo un testamento. Esto era el seguro de vida de Don Fausto. Era la evidencia de décadas de crímenes, corrupción, asesinatos y robos cometidos por la familia Rivas y sus socios. Con esto, Anselmo Rivas no solo perdía la herencia; se iba a la cárcel de por vida. O lo mataban sus propios socios.
—Es todo, mamá —dije, volteando hacia ella con la carpeta en la mano—. Tienen todo registrado. Con esto podemos hundirlos. Podemos ir a la prensa, a la federación…
Pero mi madre no contestó.
Su cabeza había caído hacia un lado. Sus ojos estaban cerrados. Su pecho ya no se movía.
—¿Mamá? —solté la carpeta. Las hojas se esparcieron por el suelo—. ¡Mamá!
Corrí hacia ella. Me tiré al suelo, raspándome las rodillas.
—¡Mamá, no! ¡No ahora! ¡Ya lo tenemos! ¡Ganamos!
Le tomé el pulso en el cuello. Nada. Puse mi oído en su pecho. Silencio.
—¡No, no, no, no! —empecé a hacerle RCP, presionando su pecho con desesperación. Uno, dos, tres, cuatro… Vamos, respira. Respira, por favor.
Mis gritos rebotaban en las paredes de la cripta, burlándose de mí.
—¡No me dejes solo con esto! ¡Mamá!
Seguí presionando hasta que mis brazos ardieron, hasta que el sudor me cegó. Pero ella ya no estaba. Se había ido. Había aguantado hasta entregarme el secreto, hasta asegurarse de que yo supiera la verdad. Y luego, simplemente se soltó.
Me dejé caer sobre su cuerpo, abrazándola, llorando como un niño. El dolor era físico, un agujero en el pecho que me impedía respirar. La mujer que me había dado todo, que se había sacrificado cada día de su vida, había muerto en una cueva sucia, huyendo como una criminal, mientras el verdadero criminal dormía en una cama de seda arriba.
El odio reemplazó al dolor. Un odio frío, negro, absoluto.
Me levanté lentamente. Limpié mis lágrimas con la manga de mi chamarra sucia de lodo y sangre.
Cerré los ojos de mi madre y le di un beso en la frente.
—Te prometo, jefa —le susurré al oído—, que no vas a morir en vano. Voy a usar todo lo que hay en ese cuarto. Voy a destruir a Anselmo Rivas. Voy a destruir su apellido, su dinero y su maldito pueblo. Lo voy a quemar todo.
Tomé la laptop y todas las carpetas que pude meter en mi mochila. El resto, las apilé en el centro de la habitación.
Busqué en mis bolsillos y saqué mi encendedor Zippo, un regalo de un cliente que no pudo pagarme con dinero.
Arranqué unas hojas de los archivos antiguos, papel seco que prendería rápido.
Prendí fuego a la pila.
Las llamas iluminaron la cara pálida de mi madre, dándole un aspecto de paz angelical.
—Descansa, mamá. Yo me encargo del resto.
Salí de la cámara acorazada y cerré la puerta de la cripta, pero dejé el fuego ardiendo dentro. El humo empezaría a subir por los conductos de ventilación pronto. Rivas sabría que estuve ahí.
Ahora tenía que salir.
Exploré el fondo de la cripta. Detrás del altar, había una corriente de aire fresco. Moví la cruz de hierro oxidada y descubrí un pasadizo estrecho que subía. Debía llevar a algún lugar en el monte, tal vez a las caballerizas viejas o al cementerio del pueblo.
Me colgué la mochila al hombro. Sentía el peso de los secretos de mi padre golpeando mi espalda.
Empecé a subir por el pasadizo estrecho, arrastrándome sobre codos y rodillas.
No sabía qué hora era. No sabía si afuera era de día o de noche.
Pero una cosa era segura: El Julián que entró a ese túnel había muerto junto con su madre. El hombre que iba a salir era otro. Era un Rivas. Y iba a reclamar lo que era suyo a sangre y fuego.
El ascenso fue brutal. La tierra se me metía en la boca, en los ojos. Varias veces pensé que me quedaría atascado, enterrado vivo como tantos otros enemigos de mi padre. Pero la rabia me empujaba. La imagen de la cara de Rivas cuando le rompí el hombro me daba fuerzas.
Finalmente, vi una luz tenue arriba. Una rejilla cubierta de hojas secas.
Empujé con el hombro. La rejilla cedió, oxidada.
Salí al aire libre, tosiendo, aspirando el aire frío de la sierra como si fuera el elixir de la vida.
Estaba en medio del bosque, lejos de la casa principal. A lo lejos, podía ver las luces de la hacienda “La Esperanza”. Y vi algo más.
Humo.
Humo negro saliendo de una de las chimeneas de la casa, pero también humo saliendo de las ventilaciones del jardín. El fuego que encendí en la cripta estaba creciendo.
Me puse de pie. Mis piernas temblaban, pero me mantuve firme.
Miré hacia el pueblo, hacia San Juan de las Nubes, que brillaba a lo lejos como un nacimiento navideño.
—Prepárate, Anselmo —dije en voz alta, mi voz ronca sonando extraña en el bosque silencioso—. Porque el diablo acaba de salir de su agujero. Y tiene hambre.
Saqué el teléfono de mi tía, que todavía tenía en el bolsillo. Apenas una barra de señal. Suficiente.
Marqué un número que me sabía de memoria. No era la policía. No era un abogado.
Era “El Chino”, un viejo amigo de la facultad de derecho que había dejado las leyes para dedicarse al periodismo de investigación en la Ciudad de México. Un tipo que vivía buscando escándalos para tumbar políticos.
—¿Bueno? —contestó la voz adormilada del Chino.
—Despierta, cabrón —dije—. Tengo la historia de tu vida. Y necesito que traigas a todo el mundo. Cámaras, prensa, lo que tengas.
—¿Julián? ¿Qué pedo? ¿Dónde estás? Son las 5 de la mañana.
—Estoy en el infierno, Chino. Pero acabo de encontrar las llaves. Ven a Veracruz. Te voy a mandar una ubicación. Y Chino… trae chaleco antibalas.
Colgué.
Miré por última vez hacia donde supuse que estaba el cuerpo de mi madre, bajo toneladas de tierra y piedra.
—Adiós, mamá.
Me di la vuelta y me interné en el bosque, cojeando, sangrando, pero más vivo que nunca. La cacería había cambiado de bando.
CAPÍTULO 4: Cacería de Brujas en la Niebla
El amanecer en la sierra de Veracruz no es como en la ciudad. En la CDMX, el sol sale y ya, ilumina el smog y el concreto. Aquí no. Aquí la luz pelea para entrar. La niebla se agarra a los pinos como si tuviera garras, y el frío te muerde los huesos antes de que te des cuenta.
Salí del bosque tambaleándome, con la mochila llena de evidencias golpeándome la espalda en cada paso. Sentía las piernas como de plomo, y el hombro me punzaba donde me había golpeado contra las piedras del túnel. Pero el dolor físico era lo de menos. Lo que realmente me pesaba era el vacío. El saber que, apenas unos metros bajo mis pies, el cuerpo de mi madre se enfriaba en la oscuridad de esa cripta maldita.
Me detuve un momento recargado en un encino viejo para recuperar el aliento. Desde mi posición, en una loma alta, podía ver el camino de terracería que llevaba a la entrada de “La Esperanza”.
Lo que vi me heló la sangre más que el viento de la montaña.
No eran patrullas de policía. Eran camionetas. Pickups blindadas, negras y grises, sin placas. Vi a hombres bajando con armas largas. Cuernos de chivo, R-15. No eran los guaruras de pueblo con pistolas viejas que había visto en la cocina. Estos eran profesionales.
—La maña —susurré.
Rivas no solo tenía comprada a la policía. Tenía al crimen organizado de su lado. O peor aún, él era parte de la organización.
Vi cómo rodeaban mi Tsuru, que seguía escondido (o eso creía yo) entre los matorrales donde había dejado a mi tía Lupe.
El corazón se me paró.
—¡Tía! —quise gritar, pero la garganta se me cerró.
Vi a uno de los sicarios romper la ventana del conductor con la culata de su rifle. Abrieron la puerta y sacaron a alguien a estirones.
Era Lupe.
La vi pequeña, frágil, envuelta en su rebozo azul. La aventaron al suelo. Uno de los tipos le apuntó a la cabeza mientras otro revisaba el coche.
Me llevé la mano a la boca para no vomitar. Si bajaba a ayudarla, nos mataban a los dos. Si me quedaba aquí, la mataban a ella.
Pero entonces, vi llegar otra camioneta. Una Suburban blanca. De ella bajó el Doctor Rivas. Llevaba el brazo en cabestrillo (mi obra maestra con la llave de cruz) y la cara hinchada. Caminó hacia Lupe y le hizo una señal al sicario para que bajara el arma.
Rivas se agachó y le dijo algo a mi tía. Ella negó con la cabeza y escupió al suelo, cerca de los zapatos del doctor.
Rivas se levantó y le dio una patada en las costillas. Lupe se dobló de dolor.
Luego, Rivas señaló hacia el monte. Hacia donde yo estaba.
Estaban peinando la zona. Me estaban buscando. Y usaban a Lupe como cebo. La subieron a la Suburban a empujones y la camioneta arrancó rumbo al pueblo, seguida por dos de las pickups con sicarios. Las otras dos camionetas se quedaron, y los hombres empezaron a desplegarse hacia el bosque con perros.
Tenía que moverme. Ya.
El plan de regresar al coche estaba muerto. El plan de salvar a Lupe en ese momento era un suicidio. Tenía que sobrevivir para poder usar lo que traía en la mochila. Esa era mi única arma.
Me interné más en el monte, alejándome del camino principal. Conocía estos cerros, o al menos los recordaba de mi infancia, cuando me escapaba de la escuela para ir a cortar café o a nadar al río. Sabía que si cruzaba la cañada del “Muerto”, podía llegar a la carretera federal sin pasar por el pueblo. Eran unos diez kilómetros de terreno quebrado, lleno de barrancas y vegetación cerrada.
Empecé a caminar. O más bien, a huir.
Cada sonido del bosque me hacía saltar. Una rama que se rompía, el aleteo de un pájaro, el viento entre las hojas… todo sonaba a pasos, a botas militares, a perros jadeando.
Después de una hora de caminata brutal, llegué a un claro donde había una choza vieja de madera y lámina de cartón. Salía humo de una chimenea improvisada. Me acerqué con cautela, agachado entre los cafetales. El olor a café de olla y tortillas quemadas me golpeó el estómago. No había comido nada en casi 24 horas.
Un perro flaco y sarnoso salió de abajo de la choza y empezó a ladrar.
—¡Cállate, firulais! —salió un viejo de la choza. Llevaba un machete en la mano y un sombrero de palma deshilachado. Tenía la piel curtida como el cuero viejo y los ojos nublados por las cataratas.
Me apuntó con el machete, aunque no parecía ver bien.
—¿Quién anda ahí? ¡Lárguese o le suelto plomo! —gritó, aunque claramente solo tenía el machete.
Salí de entre los cafetales con las manos en alto.
—Tranquilo, jefe. No busco problemas. Solo quiero agua.
El viejo entrecerró los ojos, tratando de enfocarme.
—Esa voz… tú no eres de aquí. Hablas como chilango. Pero tienes cara de… —se acercó unos pasos, bajando el machete lentamente—. Te pareces a la Elena. La de los tamales.
Me quedé helado. En un pueblo chico, el anonimato no existe.
—Soy su hijo. Julián.
El viejo soltó el machete y se persignó.
—¡Válgame Dios! Julián… el “hijo del pecado”. Pensé que te habías ido para siempre. Dicen en el pueblo que Rivas anda como loco buscándote. Dicen que mataste a alguien.
—No maté a nadie, abuelo. Rivas mató a mi madre.
El viejo se quedó en silencio. Escupió un gargajo negro de tabaco al suelo.
—Ese perro desgraciado. Sabía que algún día la iba a alcanzar. Pásale, muchacho. Aquí no te van a encontrar los de la maña. Esos no se ensucian las botas de lodo si no es necesario.
Entré a la choza. Era un solo cuarto con piso de tierra. Había un catre, un fogón y una mesa chueca. El viejo, que dijo llamarse Don Goyo, me sirvió un jarro de café negro y me dio unas tortillas duras con sal. Me supieron a gloria.
—Don Goyo, necesito salir de aquí. Necesito llegar a Xalapa o a algún lugar donde haya internet y señal buena.
—Está difícil, mijo. Los Rivas cerraron las salidas. Pusieron retenes en la carretera vieja y en el puente. Dicen que buscan a un “narco peligroso”. Así te pintaron.
—Tengo pruebas, Don Goyo. —Le di una palmada a mi mochila—. Aquí traigo todo. Los papeles de Don Fausto. Si logro sacarlos, Rivas se hunde.
Los ojos del viejo brillaron con una mezcla de miedo y esperanza.
—¿Los papeles del Patrón Grande? —chifló bajito—. Con eso no solo hundes a Rivas. Hundes a medio estado. Pero salir está cabrón. A menos…
—¿A menos qué?
—A menos que te vayas por el río.
—¿El río? Está crecido, Don Goyo. Y no tengo lancha.
—No necesitas lancha. Necesitas valor. Hay un paso viejo, el que usaban los contrabandistas de aguardiente. Cruza por debajo del puente federal, donde los retenes no ven. Te lleva a la gasolinera de “Los Mangos”. Ahí paran los traileros que van para el norte. Si te subes a uno, la libras.
Era arriesgado. Pero quedarme ahí era muerte segura.
—Gracias, Don Goyo.
Saqué mi cartera. Tenía unos tres mil pesos en efectivo. Se los puse en la mesa.
—No, mijo. Tu dinero no me sirve. Si Rivas se entera que te ayudé, me quema el rancho con todo y yo adentro. Guarda eso para el coyote o para el trailero. Solo te pido una cosa.
—Lo que sea.
—Cuando chingues a ese cabrón… asegúrate de que sufra. Por tu madre. Y por las tierras que nos robó a todos nosotros.
Asentí solemnemente.
—Lo prometo.
Salí de la choza con renovadas fuerzas. Don Goyo me había dado un rumbo.
Bajé hacia el río Pantepec. El sonido del agua rugiendo se hacía más fuerte a cada paso. La vegetación era densa, tropical. Helechos gigantes, lianas, mosquitos que zumbaban como sierras en mis oídos.
Cuando llegué a la orilla, entendí a qué se refería Don Goyo con “valor”. El río era un torrente de agua color chocolate, arrastrando troncos y ramas. Cruzar a nado era imposible. Pero vi el “paso”. Era un cable de acero oxidado tensado entre dos ahuehuetes gigantes de una orilla a la otra. Colgando del cable, una canastilla de madera podrida que se usaba para pasar carga.
—No mames —susurré.
Miré hacia el puente federal, que se alzaba unos doscientos metros río arriba. Veía las luces de las patrullas bloqueando el paso. No me veían, pero estaban cerca.
Me subí a la canastilla. La madera crujió ominosamente.
Me impulsé jalando el cable con las manos. Los guantes de cuero que traía puestos (por suerte no me los quité al salir de la CDMX) me salvaron de cortarme las manos con el acero deshilachado.
Avancé metro a metro, suspendido sobre el agua furiosa. A mitad del camino, la canastilla se detuvo. Una de las poleas se atoró.
Quedé colgando en medio del río, visible para cualquiera que mirara hacia abajo desde el puente.
El viento mecía la canastilla. Sentí el pánico subir por mi garganta.
—¡Muévete, chingada madre! —golpeé la polea con el puño.
Nada.
Arriba, en el puente, una luz de búsqueda barrió el agua. El haz de luz pasó a unos metros de mí. Me hice bolita en el fondo de la canastilla, rezando para que la madera podrida me ocultara.
La luz pasó.
Respiré.
Tomé la mochila, la abracé contra mi pecho y empecé a jalar el cable con todo el peso de mi cuerpo, haciendo rebotar la canastilla.
¡Crack!
La polea se destrabó con un chirrido metálico que sonó como un disparo. La canastilla se deslizó rápido hacia la otra orilla, golpeando contra el tronco del ahuehuete con fuerza.
Casi salgo volando, pero logré agarrarme.
Estaba del otro lado. Fuera del cerco inmediato de Rivas.
Corrí hacia la gasolinera “Los Mangos”. Eran ya las 2 de la tarde. El sol estaba alto y picaba en la piel. Me quité la chamarra de cuero para no llamar la atención y me quedé con una playera gris, sucia de tierra y sangre seca, pero que pasaba más desapercibida entre los trabajadores y camioneros.
Me metí al baño de la gasolinera. Me lavé la cara y los brazos en el lavabo mugriento. Me miré al espejo. Tenía ojeras moradas, un corte en la mejilla y los ojos inyectados en sangre. Parecía un loco. O un prófugo. Justo lo que era.
Me encerré en un cubículo y saqué la laptop de la mochila. Necesitaba ver qué tenía.
La batería marcaba 15%. Mierda.
La encendí. No tenía contraseña. Don Fausto quería que esto se viera.
El escritorio estaba lleno de carpetas. Abrí una llamada “Nómina Especial”.
Era un archivo de Excel. Cientos de filas.
Nombres. Cargos. Montos.
“Juez Tercero de Distrito – $50,000 mensuales”.
“Comandante Zona Norte – $80,000 mensuales”.
“Diputado Local (Campaña) – $2,000,000”.
Bajé más. Había videos.
Hice clic en uno. Era una grabación de cámara de seguridad granulada. Se veía una oficina. Reconocí a Rivas, más joven. Estaba entregando una maleta a un hombre de traje. El hombre de traje era el actual Gobernador del Estado, cuando era candidato.
Cerré la laptop de golpe. Las manos me temblaban.
Esto era dinamita pura. Si esto salía a la luz, caía el gobierno estatal. Rivas era solo la punta del iceberg. Por eso me querían muerto. Por eso mataron a mi madre. Ella sabía demasiado. Ella fue testigo de esas reuniones en la Casa Grande cuando servía café.
Guardé la laptop. Tenía que irme. Ya.
Salí del baño y caminé hacia los tráileres estacionados. Busqué uno con placas de la CDMX o del Estado de México.
Vi un Kenworth rojo. El chofer, un tipo gordo con bigote de morsa, estaba revisando las llantas.
Me acerqué.
—Buenas tardes, jefe. ¿Para dónde va?
El tipo me miró de arriba abajo, desconfiado.
—Para Puebla. ¿Qué se te ofrece?
—Me asaltaron, jefe. Me quitaron todo. Necesito llegar a Puebla. Le pago.
Saqué dos billetes de quinientos pesos.
El chofer los vio, luego me vio a mí. Vio la sangre seca en mi playera.
—Te ves de la chingada, carnal. ¿No traes broncas? No quiero pedos con la federal.
—Ninguna bronca. Solo quiero llegar a casa. Mi mamá… mi mamá falleció y necesito llegar al velorio.
Mentira y verdad al mismo tiempo. La mejor clase de mentira.
El tipo se ablandó un poco.
—Súbete. Pero te vas en el camarote y no haces ruido. Si nos paran, tú no existes.
Me subí a la cabina. Olía a diesel y a cigarro. Me escondí en el camarote detrás de los asientos, cubriéndome con una cobija vieja.
El tráiler arrancó. Sentí la vibración del motor gigante debajo de mí como un arrullo.
Saqué el teléfono de mi tía. Tenía dos rayas de señal.
Entraron mensajes de golpe.
Treinta llamadas perdidas del Chino.
Mensajes de voz.
Abrí WhatsApp.
Chino: “Wey, ¿dónde estás? Ya llegué a Poza Rica. No me dejan pasar a San Juan. Hay retenes del ejército. Dicen que hay un operativo contra huachicoleros. ¿Qué está pasando?”
Escribí rápido, con los dedos entumidos.
Yo: “No entres. Es una trampa. Tienen todo cerrado. Yo ya salí. Voy en un tráiler rumbo a Puebla. Te veo en la caseta de Cantona. Chino, es enorme. Tengo videos del Góber recibiendo lana. Tengo la nómina del narco. Mataron a mi mamá.”
La respuesta llegó al instante.
Chino: “¡No mames! Julián… lo siento un chingo, hermano. Te juro que los vamos a joder. Escúchame: NO vayas a Puebla capital. Es peligroso. Te veo en la gasolinera de la caseta de Cantona en 3 horas. Voy con dos unidades móviles y enlace satelital. Vamos a transmitir en vivo desde ahí. Si subimos esto a la nube, ya no te pueden tocar.”
Suspiré, dejando caer la cabeza contra la almohada sucia.
Tres horas. Solo tenía que aguantar tres horas más.
El tráiler avanzaba lento por la carretera sinuosa. Cerré los ojos, intentando no pensar en mi madre muerta en la cripta, ni en mi tía Lupe en manos de Rivas. Pero era imposible. Las imágenes me asaltaban.
De repente, el tráiler frenó bruscamente.
Escuché el sonido de sirenas.
El chofer maldijo.
—¡Puta madre! Retén.
Me tensé. Mi mano se fue instintivamente a la mochila.
Escuché golpes en la puerta del conductor.
—¡Buenas tardes! Revisión de rutina. Bájese del vehículo y abra la carga.
Esa voz.
No era un federal.
Era la voz ronca del matón que había perdido a su compañero en el pozo de los murciélagos.
—También queremos revisar la cabina —dijo otra voz.
Me habían encontrado. ¿Cómo?
Entonces recordé. El teléfono de mi tía. El GPS.
“Pendejo, pendejo, pendejo”, me dije a mí mismo. Rivas había rastreado el celular de Lupe.
Miré alrededor del camarote. No había salida. Estaba en una caja de metal.
Escuché cómo el chofer abría la puerta.
—Oiga oficial, no traigo nada, solo verduras…
Se escuchó un golpe seco y el cuerpo del chofer cayó al asfalto.
—Sabemos que estás ahí, Julián —gritó el matón—. Sal por las buenas y tal vez no te cortemos en pedacitos… todavía. Queremos la computadora.
Miré la laptop. Miré mi teléfono.
No iba a salir. No les iba a dar el gusto.
Envié un último mensaje al Chino.
“Me agarraron. Carretera federal km 40. Tienen el archivo. Si no te vuelvo a escribir en 10 minutos, suelta lo que sepas. Haz ruido.”
Busqué algo con qué defenderme. Había un extintor pequeño debajo del asiento. Lo agarré.
Le quité el seguro.
Si iban a entrar por mí, se iban a llevar una sorpresa.
La puerta del pasajero se abrió lentamente.
Vi el cañón de un rifle asomarse.
—¡Sal, rata!
Grité con toda mi rabia y vacié el extintor directo a la cara del tipo que se asomó. Una nube de polvo químico blanco llenó la cabina.
El tipo tosió y disparó a ciegas. ¡Bang! ¡Bang!
El parabrisas estalló.
Salté sobre él, golpeándolo con el extintor en la cabeza. Cayó del estribo hacia el asfalto.
Salté detrás de él, cayendo al suelo rodando.
Estaba rodeado.
Había tres camionetas bloqueando el tráiler. Seis hombres armados.
Me levanté, cubierto de polvo blanco, con el extintor en una mano y la mochila en la otra.
Rivas estaba ahí. En la camioneta del centro.
Bajó la ventanilla.
—Impresionante, Julián. Tienes el espíritu de tu padre. Una lástima que tengas que morir como tu madre.
—¡Si me matas, todo se sube a internet! —grité, mintiendo. No tenía señal suficiente para subir los videos pesados.
Rivas se rió.
—No tienes señal aquí, muchacho. Bloqueamos las antenas de la zona hace media hora. Crees que eres listo, pero nosotros somos dueños del juego.
Hizo una seña con la mano.
—Agárrenlo. Y recuperen esa mochila.
Los hombres se acercaron. No iban a disparar. Querían la laptop intacta.
Eso me daba una ventaja. Pequeña, pero ventaja.
Miré hacia el barranco al lado de la carretera. Eran unos cincuenta metros de caída hacia el bosque.
Era saltar o morir.
Pero antes de que pudiera moverme, un sonido agudo y creciente llenó el aire.
No venía de la carretera. Venía del cielo.
Un helicóptero.
Pintado de azul y blanco. Con logotipos de noticias.
“TV AZTECA” o “TELEVISA”, no distinguí bien, pero era prensa.
El Chino.
—¡Cabrón loco! —reí histéricamente.
El helicóptero bajó en picada, levantando polvo y viento, pasando rasante sobre las camionetas de los sicarios.
Una voz amplificada por un megáfono tronó desde el aire.
—¡ESTAMOS TRANSMITIENDO EN VIVO A NIVEL NACIONAL! ¡BAJEN LAS ARMAS! ¡ESTÁN SIENDO GRABADOS!
Los sicarios de Rivas dudaron. Miraron al cielo, tapándose la cara. No esperaban esto. Una cosa es matar a un nadie en el monte, y otra es ejecutar a un hombre en vivo en el noticiero de la tarde.
Rivas se puso pálido dentro de su camioneta. Subió la ventanilla frenéticamente.
—¡Vámonos! ¡Retirada! —gritó por el radio.
Los sicarios corrieron a sus camionetas.
—¡La mochila! —gritó uno.
—¡Olvídala! ¡Vámonos!
Arrancaron las camionetas, rechinando llantas, huyendo como cucarachas cuando prendes la luz de la cocina.
Me quedé ahí, parado en medio de la carretera, con el extintor vacío en la mano y el corazón a punto de explotar.
El helicóptero aterrizó en medio de la carretera, parando el tráfico que empezaba a acumularse.
La puerta se abrió y saltó el Chino, con una cámara en la mano y un chaleco que decía “PRENSA”.
Corrió hacia mí y me abrazó.
—¡Te dije que traía a la caballería, güey!
Me dejé caer de rodillas. La adrenalina se esfumó y solo quedó el cansancio infinito.
—Grabaste todo? —pregunté.
—Todo. La cara de Rivas, las armas, las placas. Y estamos en vivo. Millones de personas acaban de ver esto.
Le entregué la mochila.
—Cuídala con tu vida, Chino. Aquí está la tumba de todos ellos.
—¿Y tú? ¿Estás bien?
Miré hacia el sur, hacia donde quedaba San Juan de las Nubes.
—No. No estoy bien. Tienen a mi tía. Y mi madre…
Me puse de pie, tambaleándome.
—Esto no se acaba con un noticiero, Chino. Rivas va a huir. Tiene aviones, tiene dinero. Se va a ir del país antes de que la fiscalía mueva un dedo.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó el Chino, preocupado por la mirada que tenía yo en los ojos.
—Voy a regresar.
—¿Estás pendejo? Ya ganaste. Ya lo expusiste.
—No he ganado nada hasta que mi tía esté libre y mi madre tenga un entierro digno. Préstame tu teléfono satelital y consígueme un arma de verdad. Voy a volver a San Juan. Y esta vez, no voy a esconderme.
El Chino me miró y entendió que no podía detenerme.
—Ok. Pero no vas solo.
Señalo hacia el helicóptero.
—El piloto es ex-militar. Y traemos a dos “asesores de seguridad” que contrató el canal para protegernos. Si vas a volver… vamos con todo.
Miré el helicóptero. Miré la carretera.
La guerra había dejado de ser una persecución. Ahora era una invasión.
—Vamos por ellos —dije.
Subí al helicóptero. Mientras nos elevábamos, vi cómo el sol empezaba a ponerse sobre la sierra, tiñendo el cielo de rojo sangre.
Muy apropiado. Porque esta noche, la sangre de los Rivas iba a regar la tierra que tanto robaron.
PARTE 3: La Revolución de los Nadie
CAPÍTULO 5: El Regreso del Hijo Bastardo
El ruido de las aspas del helicóptero cortaba el aire como un machete gigante, un taca-taca-taca rítmico que resonaba en mi pecho más fuerte que mi propio corazón. Abajo, la sierra de Veracruz se extendía como un mar de olas verdes y negras, tragándose la luz del atardecer. El cielo sangraba en tonos violetas y naranjas, un presagio de lo que venía.
Iba sentado en el borde de la puerta abierta, con las piernas colgando hacia el vacío, asegurado por un arnés. El viento me golpeaba la cara, secando las lágrimas y la sangre, dejándome la piel tirante, como una máscara de guerra. En mis manos no llevaba la laptop; esa la tenía el Chino, transmitiendo datos como loco vía satélite. En mis manos llevaba un rifle de asalto AR-15 que me había pasado “Delta”, el asesor de seguridad del canal.
—¿Sabes usar esa madre, Julián? —me gritó Delta por el intercomunicador de los audífonos. Era un tipo enorme, ex GAFE (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales), con la cara pintada de camuflaje y una calma que daba miedo.
—Mi abuelo me enseñó a cazar venados con un Mauser de la Revolución —respondí, mi voz sonando metálica en los audífonos—. El principio es el mismo: apuntas, respiras y jalas el gatillo.
—Los venados no disparan de vuelta, güey —replicó Delta con una media sonrisa—. Pero no te preocupes. Tú solo cúbrete. Nosotros abrimos camino. Nuestra misión es sacar a la rehén y proteger al equipo de prensa. Rivas es tuyo.
Miré hacia atrás. El Chino estaba pálido, tecleando furiosamente en su equipo, con la camarógrafa, una chica bajita pero brava llamada Sofía, ajustando el lente de su cámara enorme.
—¡Julián! —gritó el Chino—. ¡Es tendencia mundial! #JusticiaParaElena es número uno en Twitter. El Gobernador acaba de sacar un tuit diciendo que va a investigar “hasta las últimas consecuencias”. ¡Se están lavando las manos! ¡Están dejando solo a Rivas!
—Las ratas siempre abandonan el barco cuando huele a humo —dije, mirando hacia abajo. Ya se veían las luces de San Juan de las Nubes.
Desde el aire, el pueblo parecía una maqueta inofensiva. La iglesia con su cúpula azul, la plaza principal con el kiosco, las calles empedradas trazadas hace siglos. Y allá, en la loma más alta, dominando todo como un castillo feudal, la Casa Grande de la hacienda “La Esperanza”.
Vi movimiento alrededor de la hacienda. Camionetas bloqueando la entrada. Hombres armados en los techos. Nos estaban esperando.
—Piloto, bájanos en la plaza principal —ordené.
—Negativo —contestó el piloto—. Es zona caliente. Hay cables de luz y edificios. Es mejor aterrizar en las afueras, en el campo de fútbol.
—¡No! —insistí—. Tenemos que aterrizar en la plaza. Necesito que el pueblo nos vea. Necesito que vean que no tenemos miedo. Si aterrizamos fuera, nos emboscan en el camino. Si caemos en el centro, frente a la iglesia, tenemos testigos. Rivas no se atreverá a disparar un misil en medio del pueblo con las cámaras rodando.
Hubo un silencio en la línea. Delta miró al piloto y asintió.
—El cliente manda. Vamos a la plaza. ¡Sujétense los huevos, cabrones!
El helicóptero se inclinó bruscamente hacia la izquierda, descendiendo en espiral. La sensación de caída libre me revolvió el estómago, pero la adrenalina la suprimió de inmediato.
Vimos a la gente en la plaza correr, dispersándose como hormigas. Puestos de tacos volando por el aire debido a la fuerza del rotor. Perros ladrando.
Aterrizamos con un golpe seco justo entre el kiosco y la iglesia.
—¡Fuera, fuera, fuera! —gritó Delta.
Salté al empedrado, apuntando con el rifle. Delta y su compañero, un tipo llamado Bravo, bajaron cubriendo los flancos. El Chino y Sofía bajaron detrás, corriendo agachados, pero grabando todo.
El polvo se asentó.
El silencio que siguió fue irreal.
Estábamos en el corazón del pueblo. Cientos de ojos nos miraban desde las ventanas, desde las esquinas, desde las puertas de los negocios cerrados.
Nadie se movía.
De pronto, las sirenas de la policía municipal rompieron el silencio. Tres patrullas viejas entraron a la plaza derrapando, con las torretas encendidas. Se bajaron seis policías, gordos, mal uniformados, apuntándonos con escopetas y revólveres viejos.
El comandante Treviño, un tipo con bigote de morsa y fama de corrupto, se adelantó con un megáfono.
—¡Tiren las armas! ¡Están rodeados! ¡Esto es una alteración del orden público!
Delta ni se inmutó. Levantó su rifle, que tenía mira láser, y el punto rojo bailó en el pecho de Treviño.
—¡Prensa Nacional! —gritó Delta con voz de mando—. ¡Estamos transmitiendo en vivo! ¡Cualquier agresión será considerada un ataque a la libertad de expresión y será respondida con fuerza letal!
Treviño dudó. Miró la cámara de Sofía, que tenía la luz roja de “REC” encendida. Miró el helicóptero detrás de nosotros. Miró a sus policías, que temblaban visiblemente. Sabían que no eran rivales para ex militares con equipo táctico.
—¡Julián! —gritó Treviño, buscándome con la mirada—. ¡Hijo de la chingada, estás cometiendo un error! ¡El Doctor Rivas es la autoridad aquí! ¡Entrégate y tal vez te perdonen la vida!
Di un paso al frente. Bajé el rifle, pero no lo solté. Me quité los audífonos y miré a Treviño a los ojos. Luego, miré a la gente. A mis vecinos. A la señora de los elotes que se escondía tras una columna. Al panadero. A mis ex compañeros de primaria.
—¡No vengo a entregarme, Treviño! —grité, y mi voz retumbó en la plaza sin necesidad de megáfono. La rabia me daba volumen—. ¡Vengo a decirles la verdad!
Caminé hacia el centro de la plaza, ignorando las armas de los policías.
—¡Escuchen todos! —grité, girando para ver a todas las ventanas—. ¡Durante cien años, los Rivas nos han tenido con la bota en el cuello! ¡Nos robaron las tierras del Ejido San Miguel! ¡Desaparecieron a nuestros hermanos en el monte! ¡Y hoy… hoy el Doctor Anselmo Rivas asesinó a mi madre, Elena Ramírez, porque ella sabía la verdad!
Un murmullo recorrió la plaza. Mencionar a Elena, la tamalera querida por todos, fue como tocar un cable pelado.
—¡Es mentira! —gritó Treviño, pero su voz sonaba débil—. ¡Es un delincuente! ¡Dispárenle!
Nadie disparó. Los policías bajaron las armas, mirándose entre ellos.
—¡Tengo las pruebas! —continué, señalando al Chino—. ¡Tengo la nómina donde dice cuánto te paga Rivas al mes, Treviño! ¡Treinta mil pesos por hacerte de la vista gorda cuando pasan los camiones con droga! ¡Tengo los videos! ¡Todo México lo está viendo ahora mismo!
Treviño se puso pálido. Dio un paso atrás.
—¡Rivas se acabó! —grité, levantando el puño—. ¡El Gobernador lo abandonó! ¡Está solo en esa casa grande! ¡Tienen a mi tía Lupe secuestrada! ¡Voy a subir a buscarla! ¿Quién está conmigo? ¿Van a seguir siendo peones de un cacique muerto o van a recuperar su pueblo?
El silencio se alargó por unos segundos eternos.
Entonces, se escuchó un ruido metálico.
Uno de los policías jóvenes, un chavo que no tendría más de veinte años, dejó caer su escopeta al suelo. Se quitó la gorra con el escudo del municipio y la tiró al piso.
—Yo no me metí a esto para proteger asesinos —dijo el chavo, cruzando la línea hacia nosotros.
—¡González, regresa a tu puesto! —bramó Treviño.
—¡Chingue a su madre, comandante! —le contestó el muchacho.
Fue la chispa.
La gente empezó a salir de las casas. Primero uno, luego diez, luego cincuenta. Hombres con machetes, mujeres con piedras, jóvenes con palos. La rabia contenida por generaciones se desbordó.
Treviño vio a la multitud avanzando y entendió que su autoridad se había evaporado. Corrió hacia su patrulla, se subió y arrancó, huyendo del pueblo antes de que lo lincharan. Los otros policías tiraron las armas y se mezclaron con la gente o corrieron.
Un viejo se me acercó. Era Don Goyo, que había bajado del monte.
—Te lo dije, mijo —me dijo, dándome una palmada en el hombro—. Solo necesitaban una chispa.
—No es una fiesta, Don Goyo —le dije, serio—. Rivas tiene sicarios profesionales allá arriba. Esto se va a poner feo. Dígale a la gente que no se acerque a la línea de fuego. No quiero mártires.
—Esta gente ya no te va a obedecer, Julián —dijo Don Goyo mirando a la multitud que gritaba “¡Justicia! ¡Justicia!”—. Ya no eres el hijo de la tamalera. Ahora eres el líder. Guíanos.
Maldije por lo bajo. No quería ser Pancho Villa. Solo quería a mi tía. Pero no tenía opción.
—Delta —dije—. Organiza esto. Que la gente rodee la hacienda para que nadie escape, pero que mantengan distancia. Nosotros entramos por el frente.
—Recibido. Esto es una locura, pero me gusta —sonrió Delta—. ¡Vámonos!
Empezamos a subir la cuesta empedrada hacia la Casa Grande. Éramos una procesión extraña: dos mercenarios tácticos, un abogado con rifle, un periodista aterrado, una camarógrafa valiente y detrás, a unos cincuenta metros, una turba de trescientas personas con antorchas y machetes. Parecía una escena de una película de Frankenstein, pero versión mexicana.
La entrada de la hacienda estaba bloqueada por una barricada de costales de arena y dos camionetas cruzadas.
Desde el techo de la casona, un reflector nos iluminó, cegándonos.
—¡Alto ahí o abrimos fuego! —gritó una voz amplificada.
—¡Apaguen esa luz! —ordenó Delta.
Bravo, el otro ex militar, se arrodilló y disparó una sola vez con su rifle de francotirador.
El reflector estalló en mil pedazos, sumiendo la entrada en la penumbra de nuevo.
La multitud detrás de nosotros vitoreó.
—¡Rivas! —grité—. ¡Sal! ¡Se acabó! ¡Entrégame a Lupe y nadie más tiene que morir!
Una ráfaga de ametralladora respondió desde el balcón principal. Las balas picaron el empedrado a mis pies, sacando chispas. Me tiré al suelo detrás de un muro de piedra bajo.
—¡Contacto! —gritó Delta—. ¡Fuego a discreción!
El infierno se desató.
Delta y Bravo abrieron fuego con una precisión quirúrgica, disparando ráfagas cortas hacia los destellos en el techo y las ventanas. Los sicarios de Rivas, aunque tenían armas pesadas, disparaban a lo loco, sin disciplina.
—¡Chino, agáchate! —le grité a mi amigo, que intentaba grabar asomando el celular por encima del muro.
—¡Esto es oro puro, güey! ¡Estamos en 3 millones de espectadores! —gritó él, eufórico y aterrorizado a la vez.
—Julián —me dijo Delta, arrastrándose a mi lado—. No podemos quedarnos aquí intercambiando plomo. Tienen ventaja de altura. Si sacan un lanzagranadas o un calibre 50, nos hacen picadillo. Tenemos que flanquear.
—Conozco una entrada lateral —dije, recordando mis incursiones de niño para robar mangos—. Por las caballerizas. El muro ahí es bajo.
—Bien. Bravo se queda aquí haciendo fuego de supresión para mantenerlos ocupados. Tú, yo, el Chino y la cámara vamos por el flanco. ¡Muévanse!
Corrimos agachados, pegados a la pared perimetral, mientras las balas silbaban sobre nuestras cabezas y el sonido de los disparos de Bravo retumbaba como truenos. El olor a pólvora quemada llenaba el aire, mezclándose con el olor dulce de los jazmines que colgaban de los muros de la hacienda. Una ironía cruel.
Llegamos a la zona de las caballerizas. Efectivamente, el muro era más bajo y viejo.
Delta me hizo “piecito” con las manos.
—Sube y checa.
Me asomé. El patio de las caballerizas estaba oscuro. Los caballos relinchaban, nerviosos por el ruido. No se veía a nadie.
Salté al interior. Delta subió después, jalando al Chino y a Sofía.
Avanzamos entre los establos. El olor a estiércol y paja seca era intenso.
De pronto, una puerta se abrió a nuestra derecha. Un sicario salió, subiéndose el cierre del pantalón, con un cigarro en la boca. Nos vio y se quedó pasmado un segundo.
Ese segundo fue su error.
Antes de que pudiera gritar o sacar su pistola, Delta se le echó encima como un jaguar. Le tapó la boca con una mano y con la otra le clavó un cuchillo táctico en el cuello. Un sonido gorgoteante, un espasmo, y el tipo cayó al suelo, muerto.
El Chino se tapó la boca, con los ojos desorbitados. Sofía bajó la cámara por un momento, temblando.
—Bienvenidos a la guerra —susurró Delta, limpiando el cuchillo en la ropa del muerto—. No hagan ruido.
Seguimos avanzando. Cruzamos el patio de servicio y llegamos a la cocina… la misma cocina donde horas antes había visto a mi madre.
La ventana que yo había roto seguía igual.
Entramos.
La cocina estaba vacía, pero había rastros de la batalla anterior. Sangre seca en el suelo donde Rivas había caído. La jeringa rota.
Sentí un nudo en la garganta. Aquí había empezado todo. Aquí había terminado mi inocencia.
—¿Dónde tendrían a la rehén? —preguntó Delta en un susurro.
—Si Rivas es tan sádico como creo… la tiene en el despacho de Don Fausto. En el segundo piso. Desde ahí se ve todo el pueblo. Le gusta tener público.
—Arriba entonces. Escaleras de servicio.
Subimos sigilosamente. La casa era un laberinto de pasillos oscuros y muebles antiguos cubiertos de polvo. Se escuchaban los disparos afuera, constantes, y los gritos de la gente.
Llegamos al pasillo del segundo piso. Al fondo, una puerta doble de caoba estaba cerrada.
Había dos guardias frente a la puerta.
—Dos tangos —marcó Delta con los dedos—. Yo el de la izquierda, tú el de la derecha. A la cuenta de tres.
Asentí, sudando frío. Apunté con el AR-15. Mis manos temblaban un poco. Nunca había disparado a una persona.
—Uno… dos… tres.
Disparamos al mismo tiempo.
El sonido fue ensordecedor en el pasillo cerrado.
Mi guardia cayó hacia atrás, agarrándose el pecho. El de Delta cayó fulminado con un tiro en la cabeza.
Corrimos hacia la puerta.
Delta le dio una patada a la cerradura. La puerta se abrió de par en par.
Entramos apuntando.
La escena que vimos se me grabó en la retina para siempre.
Era un despacho enorme, lujoso, con alfombras persas y libreros llenos de enciclopedias que nadie había leído nunca. Un ventanal enorme daba hacia la plaza, y desde ahí se veía el resplandor de las antorchas y las luces de las patrullas.
En el centro del cuarto, sentado en un sillón de cuero alto, estaba Anselmo Rivas.
Se había cambiado la bata manchada de sangre por un traje negro impecable, aunque el brazo lo tenía en un cabestrillo de seda negra.
En su mano sana, sostenía una pistola dorada, una Colt .45 de colección.
Y frente a él, arrodillada en el piso, con las manos atadas a la espalda y la boca tapada con cinta gris, estaba mi tía Lupe.
Rivas le apuntaba a la cabeza de Lupe.
—¡Alto! —gritó Delta—. ¡Suelta el arma!
—Llegan tarde —dijo Rivas con una calma escalofriante. Su voz era suave, casi cortés—. La fiesta ya empezó.
Me miró a mí, ignorando a los militares y a la cámara.
—Julián… sobrino. Te ves bien con ese rifle. Te pareces mucho a tu padre cuando se enojaba. Tenía esa misma mirada de perro rabioso.
—Suelta a mi tía, Anselmo —dije, dando un paso al frente. El punto rojo del láser de Delta estaba fijo en la frente de Rivas, pero Rivas estaba medio oculto detrás de la silla y de Lupe. Si Delta disparaba, el riesgo de darle a mi tía era alto. O el reflejo de Rivas podría hacer que apretara el gatillo al morir.
—¿Para qué? —sonrió Rivas—. Ya todo se acabó, ¿no? Vi las noticias. Soy el hombre más odiado de México. Mis cuentas están congeladas. Mis socios no me contestan el teléfono. Incluso el cártel me ha puesto precio a la cabeza por “calentar la plaza”. No tengo a dónde ir.
—Entonces entrégate. Púdrete en la cárcel. Es lo que mereces.
—¿La cárcel? —se rió—. No, mijo. Los hombres como nosotros no van a la cárcel. Don Fausto no fue a la cárcel. Yo no iré a la cárcel.
Martilló la pistola. El clac resonó seco.
—Pero no me voy a ir solo. Me voy a llevar lo último que queda de esa sirvienta malagradecida.
—¡No! —grité.
El tiempo se ralentizó.
Vi el dedo de Rivas apretarse en el gatillo.
Vi los ojos de terror de Lupe cerrándose.
Vi a Delta tensarse para disparar.
Pero yo estaba más cerca.
No disparé. No confiaba en mi puntería con los nervios destrozados.
Me lancé hacia adelante. No hacia Rivas, sino hacia Lupe.
Me tiré al suelo, deslizándome como portero de fútbol, chocando contra mi tía para tirarla hacia un lado.
¡BANG!
El disparo de la Colt tronó como un cañón.
Sentí un ardor repentino en el costado izquierdo, como si me hubieran puesto un hierro caliente.
Caí sobre Lupe, cubriéndola con mi cuerpo.
Escuché dos disparos más, secos y controlados. ¡Pum! ¡Pum!
Fueron los de Delta.
Se hizo el silencio.
Solo se escuchaba mi respiración agitada y el zumbido en mis oídos.
—¡Julián! —gritó el Chino.
Me levanté con dificultad. Me toqué el costado. Mi mano salió roja. La bala me había rozado las costillas. Dolía como el demonio, pero estaba vivo.
Miré hacia el sillón.
Anselmo Rivas estaba recostado hacia atrás, con la cabeza inclinada en un ángulo antinatural. Tenía dos agujeros negros en el pecho, justo sobre el corazón. La pistola dorada había caído de su mano a la alfombra. Sus ojos estaban abiertos, mirando al techo, con una expresión de sorpresa eterna.
El cacique estaba muerto.
Me giré hacia Lupe. Le quité la cinta de la boca.
—¡Julián! ¡Julián! —lloraba ella, abrazándome—. ¡Estás sangrando!
—Estoy bien, tía. Es solo un rasguño. Se acabó. Ya no nos pueden hacer daño.
Delta se acercó y verificó el pulso de Rivas.
—Objetivo neutralizado. La zona está segura.
El Chino se acercó con la cámara. Estaba llorando.
—Lo grabamos, Julián. Todo el país vio cómo te lanzaste para salvarla. Eres un héroe, cabrón.
Me apoyé en el escritorio de caoba. Miré por el ventanal.
Abajo, los disparos habían cesado. La gente estaba entrando al patio de la hacienda. Veían las luces encendidas arriba.
Caminé hacia el balcón. Abrí las puertas de cristal.
Salí al aire fresco de la noche. El viento movía mi cabello. La herida me ardía, pero me sentía extrañamente ligero.
La gente abajo me vio. Se hizo un silencio expectante.
Levanté la mano, manchada de mi propia sangre y de la sangre de los Rivas.
—¡Se acabó! —grité con lo que me quedaba de voz—. ¡El tirano ha muerto! ¡San Juan es libre!
Un rugido subió desde la multitud. Un grito de júbilo, de llanto, de liberación que hizo temblar los cimientos de la Casa Grande. Las campanas de la iglesia empezaron a repicar a lo lejos.
Me dejé caer de rodillas en el balcón, agotado.
Lupe salió y me abrazó. El Chino y Sofía grababan el momento: el hijo bastardo, herido y sucio, arrodillado frente a su pueblo liberado, con la casa de su padre conquistada a sus espaldas.
Miré al cielo negro.
—Descansa, mamá —susurré—. Ya pagué la deuda.
Pero mientras la euforia llenaba la plaza, una sombra de duda cruzó mi mente. Había matado al monstruo, sí. Pero ahora… ahora yo era el dueño de todo esto. El dueño de la Casa Grande, de las tierras, de los secretos.
La sangre de los Rivas corría por mis venas.
¿Podría ser diferente a ellos? ¿O el poder terminaría corrompiéndome también?
Miré mis manos ensangrentadas.
Esa era una pregunta para mañana. Hoy, solo quería dormir.
CAPÍTULO 6: Heredero de Cenizas
Dicen que la adrenalina es la droga más potente del mundo, pero tiene un defecto cabrón: cuando se acaba, te deja caer desde un décimo piso sin paracaídas.
Eso sentí cuando los paramédicos de la Cruz Roja me cortaron la camisa para curarme la herida del costado. El dolor, que antes era un ardor lejano, se convirtió en una llamarada blanca que me hacía apretar los dientes hasta que me dolía la mandíbula. Estaba sentado en la parte trasera de una ambulancia, estacionada justo frente a la puerta principal de la Casa Grande.
La plaza de San Juan de las Nubes ya no era un campo de batalla, sino un hormiguero caótico.
Habían llegado los Federales (Guardia Nacional), tarde como siempre, para poner orden cuando los plomazos ya habían terminado. Camiones blindados color arena bloqueaban las salidas, y soldados con caras de niños y rifles alemanes patrullaban las calles, empujando a los curiosos.
—Quieto, jefe. La bala solo rozó la costilla, pero te arrancó un buen pedazo de carne. Va a necesitar unos diez puntos —me dijo el paramédico, un chavo que me miraba con una mezcla de admiración y miedo, como si estuviera cosiendo a un monstruo de película.
Miré a mi alrededor.
El cuerpo de Anselmo Rivas ya lo habían sacado en una bolsa negra, cargado por los forenses bajo los flashes de las cámaras.
Mi tía Lupe estaba en otra ambulancia, siendo atendida por crisis nerviosa, con el Chino a su lado, que no soltaba el teléfono ni para respirar.
—¿Cómo va la cosa, Chino? —le grité, haciendo una mueca cuando la aguja me atravesó la piel.
El Chino se acercó, con los ojos rojos de cansancio pero brillando de euforia.
—Es una locura, Julián. El video del asalto tiene doce millones de vistas. Doce millones. Te están llamando “El Vengador de Veracruz” en Twitter. La Fiscalía General de la República ya atrajo el caso. El Gobernador está dando una conferencia de prensa ahorita mismo, diciendo que él “siempre sospechó” de Rivas y que colaborará con la investigación. ¡Son unos cínicos hijos de la chingada!
Me reí, y me dolió el costado.
—Así es la política, Chino. Si no puedes tapar la mierda, finges que tú trajiste la escoba.
—Oye… —El Chino bajó la voz, mirando a los soldados cercanos—. Hay un tipo de traje allá, junto al comandante de la Guardia Nacional. Preguntó por ti. Dice que viene de la Secretaría de Gobierno. Trae una cara de pocos amigos.
Miré hacia donde señalaba. Un hombre de unos cincuenta años, impecable en un traje gris marengo que costaba más que mi coche, zapatos italianos llenos de polvo y un peinado engominado que no se movía ni con el viento de la sierra. Nos miraba fijamente.
—Dile que si quiere hablar, que venga aquí. Yo no me muevo.
El paramédico terminó de vendarme.
—Listo. Trata de no hacer corajes ni cargar cosas pesadas. Y toma esto para el dolor —me dio dos pastillas blancas.
Me las tragué en seco.
El hombre del traje se acercó, caminando con esa arrogancia típica de los burócratas de alto nivel de la CDMX.
Se paró frente a mí, sin extender la mano.
—Julián Ramírez… o debería decir, Julián Rivas —dijo, con una voz suave, educada, pero fría como un témpano.
—Ramírez está bien. ¿Quién es usted y qué quiere?
—Soy el Licenciado Montemayor. Represento los intereses del Estado en este… lamentable incidente. Vengo a negociar tu rendición.
Solté una carcajada seca.
—¿Rendición? Oiga, Licenciado, creo que vio otra película. Yo soy la víctima aquí. Ese tipo —señalé la mancha de sangre en el balcón— secuestró a mi tía y mató a mi madre. Yo actué en legítima defensa y en defensa de terceros. Y tengo tres millones de testigos en vivo que lo vieron.
Montemayor sonrió levemente, como un maestro paciente con un alumno tonto.
—Legalmente, sí. Pero políticamente… eres un problema, Julián. Entraste a una propiedad privada con armas de uso exclusivo del ejército, incitaste una revuelta popular, causaste daños a la propiedad y, técnicamente, lideraste un linchamiento. Podríamos meterte al bote veinte años si quisiéramos.
Me puse de pie, tambaleándome un poco, para quedar a su altura.
—Podrían. Pero no lo van a hacer.
—¿Ah, no? ¿Y por qué tanta seguridad, muchacho?
—Porque tengo la mochila —dije, señalando la mochila negra que el Chino tenía colgada al hombro como si fuera un bebé—. Tengo la laptop de Don Fausto. Tengo la nómina. Tengo los videos del Góber recibiendo maletas de efectivo en esta misma casa. Tengo las grabaciones de las llamadas con el Comandante de la Zona Militar.
La sonrisa de Montemayor desapareció. Se ajustó la corbata.
—Esas son… acusaciones graves. Difamar a las instituciones es un delito.
—No es difamación si es verdad. Y escúcheme bien, Licenciado: Esos archivos ya están en la nube. Están en servidores en Suiza, en Estados Unidos y en la computadora de tres periodistas internacionales amigos del Chino. Si a mí me pasa algo, si me detienen, si me resbalo en la ducha… todo eso se hace público. Sin filtros. Nombres, cuentas bancarias, fechas. Se cae el gobierno estatal y se lleva entre las patas a medio gabinete federal.
Montemayor me sostuvo la mirada unos segundos. Calculando. Evaluando el riesgo. Era un jugador de póker, y sabía que yo tenía una escalera real.
Suspiró y sacó un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente.
—Bien. Entiendo. ¿Qué quieres?
—Quiero inmunidad total. Para mí, para mi tía, para el Chino y su equipo, y para Delta y Bravo. Quiero que se reconozca que Rivas era el criminal y nosotros detuvimos una amenaza.
—Eso es complicado…
—Y quiero el cuerpo de mi madre. Ahora mismo. Quiero enterrarla con dignidad. Y quiero que la Guardia Nacional se largue de la plaza y deje a la gente en paz. No quiero represalias contra el pueblo.
Montemayor asintió lentamente.
—Puedo conseguirte la inmunidad. Podemos manejarlo como un “operativo ciudadano de autodefensa”. Está de moda eso. Pero la Guardia se queda. Por tu propia seguridad.
—¿Mi seguridad?
—Julián… acabas de matar al jefe de la plaza. Rivas no trabajaba solo. Tenía socios. Socios muy peligrosos en el norte y en el sur. Creen que tú tienes su dinero y sus rutas. Si nos vamos, esta noche te cuelgan de un puente.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Había olvidado a los “socios”. El Cártel.
—Trato hecho —dije—. Pero yo me quedo en la Casa Grande. Es mi herencia, ¿no? Soy el único heredero vivo de Fausto Rivas.
Montemayor alzó una ceja.
—Técnicamente, tendrás que pelear el juicio de sucesión intestamentaria, pero con las pruebas de ADN… sí. Es tu casa. Una casa manchada de sangre, pero tuya.
Me dio una tarjeta.
—Llámame si necesitas algo. Y Julián… un consejo de amigo: El poder no se comparte. Si vas a quedarte con el trono de tu padre, más te vale que aprendas a ser tan cabrón como él. O te van a comer vivo.
Se dio la media vuelta y se fue, ladrando órdenes a los soldados.
Me dejé caer en la camilla de la ambulancia.
—¿Lo grabaste? —le pregunté al Chino.
—Audio y video, papá. Desde la ambulancia de tu tía.
—Bien. Tenemos seguro de vida. Al menos por hoy.
Dos horas después, la plaza se había calmado. La gente se había ido a sus casas, agotada pero expectante.
Yo entré a la Casa Grande.
Esta vez no entré por la ventana de la cocina, ni disparando por el pasillo. Entré por la puerta principal, de roble tallado, que mis ancestros (qué raro sonaba esa palabra) habían traído de Europa.
El interior olía a pólvora y a muerte, pero debajo de eso, olía a cera para muebles y a dinero viejo.
Caminé por el vestíbulo. Mis botas llenas de lodo manchaban el mármol italiano.
Delta y Bravo estaban revisando las habitaciones, asegurando el perímetro.
—Limpio —dijo Delta, bajando las escaleras—. Hay comida en la despensa, agua caliente y camas limpias. Te sugiero que descanses. Nosotros haremos guardias de dos horas.
Subí al despacho principal. El cuerpo de Rivas ya no estaba, pero la mancha de sangre en la alfombra seguía ahí, húmeda y oscura.
Me senté en el sillón de cuero. El sillón del Patrón.
Era cómodo. Demasiado cómodo.
Miré el escritorio. Había fotos. Fotos de Don Fausto a caballo. Fotos de Rivas con políticos. Y una foto vieja, en blanco y negro, escondida en un rincón bajo unos papeles.
La tomé.
Era mi madre. Muy joven, con trenzas largas y una sonrisa tímida. Estaba parada en este mismo jardín, sosteniendo una canasta de flores. Y detrás de ella, mirándola con una intensidad que daba miedo, estaba Don Fausto.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Lupe entró al despacho. Se había lavado la cara y tomado un té de tila, pero seguía temblando.
Se sentó en una silla frente a mí.
—Esa casa está maldita, Julián. Vámonos. Vámonos lejos.
—No podemos, tía. Si nos vamos, nos cazan. Aquí al menos tenemos muros altos y a estos soldados afuera. Además… —pasé la mano por la madera del escritorio—. Esta casa se construyó con el sudor de los abuelos de todos en el pueblo. Con el trabajo de mi madre. No se la voy a regalar al gobierno ni a los narcos.
—¿Te vas a quedar? —me miró con terror—. ¿Te vas a volver uno de ellos?
—No. Voy a cambiar las cosas. Voy a usar este dinero y este poder para arreglar lo que rompieron. Voy a devolver las tierras. Voy a…
Lupe se rió. Una risa amarga, rota.
—Ay, mijo. Qué inocente eres. Crees que puedes agarrar al diablo por los cuernos y que no te queme. Tu padre decía lo mismo cuando empezó. Decía que iba a traer progreso al pueblo. Y mira cómo terminó.
—Yo no soy mi padre.
—Tienes sus ojos. Y tienes su rabia. Lo vi hoy, cuando le apuntabas a Anselmo. Lo disfrutaste, Julián.
Me quedé callado. Tenía razón. Por un segundo, antes de que Delta disparara, yo quería jalar el gatillo. Quería verlo morir.
—Vete a dormir, tía. Mañana enterramos a mamá.
El entierro de Elena Ramírez fue el evento más grande que había visto San Juan de las Nubes en cincuenta años.
No hubo misa en la iglesia porque el cura, un tipo miedoso que siempre comía en la mesa de los Rivas, se había encerrado en la sacristía “indispuesto”.
No importó.
La gente llevó el ataúd en hombros desde la morgue improvisada hasta el panteón municipal.
Yo iba al frente, cargando una de las asas de la caja de madera sencilla. El dolor en mi costado era insoportable, pero no solté la caja.
A mi lado iba Lupe, y detrás, un río de gente. Mujeres con rebozos negros cantando alabanzas desafinadas pero sentidas. Hombres con sombreros en la mano. Niños con flores silvestres.
Llegamos al hoyo, cavado en la tierra roja bajo un framboyán enorme.
No hubo discursos políticos.
Solo Don Goyo se acercó y tiró un puño de tierra sobre la caja.
—Descansa, Elena. Ya nadie te va a hacer daño. Y tu muchacho… tu muchacho salió bravo.
La gente empezó a pasar, dejando flores, velas, comida. Tamales.
Alguien puso una olla de tamales sobre la tumba recién cubierta. Lloré. Lloré como no había podido llorar desde que empezó todo esto. Me abracé al Chino y solté todo.
De regreso a la Casa Grande, el ambiente cambió.
El atardecer trajo sombras largas y una neblina espesa que cubrió el pueblo.
Delta me interceptó en la entrada.
—Julián, tenemos un problema.
—¿Qué pasa? ¿Montemayor regresó?
—No. Es una entrega. Llegó un paquete a la reja principal. Nadie vio quién lo dejó. Los soldados dicen que una moto pasó rápido y aventó una caja.
—¿Es una bomba?
—Ya la revisamos. No tiene explosivos. Pero tiene un mensaje.
Me llevó al vestíbulo. Sobre la mesa de mármol había una caja de zapatos envuelta en papel regalo infantil, de esos con ositos y globos. Macabro.
Saqué mi navaja y corté la cinta.
Abrí la caja.
Adentro había un teléfono celular barato, de los desechables. Y una mano.
Una mano humana, cortada a la altura de la muñeca. Tenía un anillo de graduación en el dedo anular.
Sentí náuseas violentas.
—¿De quién es? —pregunté, tapándome la boca.
El teléfono empezó a sonar.
Vibraba contra la mano muerta con un zumbido asqueroso.
Miré a Delta. Él asintió.
—Contesta. Pon el altavoz.
Agarré el teléfono con dos dedos, cuidando de no tocar la carne pálida.
—¿Bueno?
Una voz distorsionada, digitalizada, contestó.
—Felicidades por la herencia, “Patroncito”.
—¿Quién habla?
—Somos los amigos de tu tío. Los amigos del norte. Estamos un poco molestos, Julián. Tu tío Anselmo nos debía un embarque. Cinco toneladas que tenían que salir de tus bodegas ayer. Y ahora tú hiciste un desmadre, llenaste el pueblo de soldados y nos calentaste la ruta. Eso cuesta dinero. Mucho dinero.
—Yo no soy Anselmo. Yo no hago negocios con ustedes.
—Ah, qué tierno. Crees que puedes heredar la casa pero no las deudas. Así no funciona el mundo, abogado. Esa mano que ves ahí es del contador de Anselmo. Él cantó antes de morir. Nos dijo que tú tienes los archivos.
—Si se acercan, publico todo —amenacé, usando mi única carta.
La voz se rió. Una risa seca, sin alma.
—Publícalo. A nosotros nos vale madre el gobierno. Los políticos se compran o se reemplazan. Pero si publicas nuestras rutas y nuestras cuentas… entonces vamos a matar a todo el pueblo. Empezando por los niños. Vamos a entrar a San Juan y no vamos a dejar piedra sobre piedra. Tienes 24 horas, Julián.
—¿Qué quieren?
—Queremos nuestra mercancía. Está en los sótanos de la secadora de café, en el Ejido. Y queremos los archivos originales. Nada de copias. Nos los entregas mañana a medianoche en el Puente del Diablo. Vas solo. Sin soldados, sin prensa. Si vemos un helicóptero, empezamos la matanza.
—No puedo sacar la mercancía con la Guardia Nacional aquí.
—Ese es tu problema, socio. Eres el Rivas ahora. Resuélvelo. O San Juan se convierte en un cementerio.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando la mano en la caja. El anillo… reconocí el anillo. Era del Licenciado Pérez, el notario del pueblo. El que había llevado los papeles de la familia por años.
Delta rompió el silencio.
—Son Los Zetas o algo peor. No están jugando, Julián.
—¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo que el mundo se me cerraba de nuevo.
—Tenemos dos opciones —dijo Delta, analítico, frío—. Opción A: Le entregamos todo a la Guardia Nacional, pedimos protección de testigos y huimos a Estados Unidos esta noche. Dejamos que el pueblo se las arregle.
—No puedo hacer eso. Masacrarían a la gente.
—Opción B: —Delta sacó su pistola y revisó el cargador—. Peleamos. Pero esta vez no es contra unos matones de pueblo. Es contra un ejército paramilitar. Necesitamos más gente. Necesitamos armar al pueblo.
Miré por la ventana. La gente en la plaza estaba encendiendo velas por mi madre. Veía las luces parpadear en la oscuridad. Ellos creían que la guerra había terminado. Creían que yo los había salvado.
Si me iba, los condenaba.
Si me quedaba, los convertía en soldados.
Recordé lo que me dijo Don Goyo: “Ya no eres el hijo de la tamalera. Ahora eres el líder.”
Y recordé lo que me dijo Montemayor: “Si vas a quedarte con el trono… aprende a ser tan cabrón como tu padre.”
Cerré la caja de zapatos.
—Delta, llama al Chino. Que apague las cámaras. Esto no puede salir en la tele.
—¿Qué vas a hacer?
—Vamos a la secadora de café. Vamos a ver qué tanta droga hay ahí.
—¿Y luego?
Me giré hacia él, y sentí que mi cara cambiaba. Sentí que mis facciones se endurecían, que algo dentro de mí, esa parte suave y civilizada del abogado de la Roma, se moría definitivamente.
—Luego… vamos a preparar una trampa. Si quieren guerra, les voy a dar el infierno. Voy a usar sus propias drogas para destruirlos.
Caminé hacia la pared donde colgaba un rifle antiguo, una carabina 30-30 que había pertenecido a mi abuelo. La descolgué. Pesaba. Olía a aceite y a historia.
—Bienvenido a la familia, Julián —me dije a mí mismo.
Salí del despacho.
La noche apenas comenzaba, y iba a ser muy, muy larga.
CAPÍTULO 7: La Pólvora y la Sangre
La madrugada en la sierra tiene un sonido particular. No es silencio. Es un coro de insectos, de viento rozando las hojas de los cafetales y, esa noche en particular, el sonido distante de las botas militares de la Guardia Nacional patrullando el empedrado.
Estábamos en el sótano de la “Secadora”, la planta procesadora de café que pertenecía a la hacienda, ubicada a unos dos kilómetros de la Casa Grande, pegada al monte. Habíamos llegado ahí arrastrándonos como culebras por las acequias de riego para evitar los retenes de los soldados.
Delta encendió una luz química verde. El resplandor fantasmal iluminó el tesoro maldito de los Rivas.
No eran sacos de café.
Apilados hasta el techo, camuflados detrás de costales de grano de exportación, había cientos de paquetes rectangulares envueltos en cinta canela y plástico al vacío.
—Cocaína —dijo Delta, cortando uno con su navaja. Probó el polvo blanco con la punta de la lengua y escupió—. Y de la pura. Sin cortar. Aquí hay, bajita la mano, unos cincuenta millones de dólares.
Bravo chifló bajito.
—Con razón los del norte están tan enojados. Esto no es un “pedido”. Esto es la reserva federal del cártel.
Yo miraba la montaña de droga con asco. Eso era lo que había pagado mis estudios, mi ropa, mi vida en la Roma. Cada gramo de eso representaba un muerto, una familia destruida, un adicto en algún callejón. Mi herencia era veneno puro.
—¿Cuál es el plan, Julián? —preguntó Delta—. Tenemos cinco toneladas. No podemos mover esto sin camiones pesados. Y si encendemos un motor grande, los federales nos caen en tres minutos. Y si no lo movemos, a medianoche los Zetas entran y masacran el pueblo. Estamos entre la espada y la pared.
Me pasé la mano por el pelo, sudando a pesar del frío.
—No vamos a mover todo —dije, sintiendo cómo mi cerebro de abogado empezaba a pensar como criminal—. Ellos pidieron la mercancía y los archivos. Pero no saben exactamente cuánto hay aquí. Saben que hay “un chingo”. Vamos a darles una muestra. Un camión.
—¿Y el resto? —preguntó el Chino, que estaba sentado en un bulto, pálido como la cera.
—El resto lo quemamos. Aquí mismo.
—¡Estás loco! —saltó Bravo—. Si quemas esto, el humo va a drogar a medio pueblo y la columna negra se va a ver hasta Xalapa. Los federales van a venir corriendo.
—Exacto —sonreí, una sonrisa que sentí tirante en mi cara—. Necesitamos que los federales vengan aquí. Necesitamos distraerlos. Si la Guardia Nacional está ocupada apagando el incendio del siglo aquí en la Secadora, el camino hacia el “Puente del Diablo” queda libre para que yo pase con el camión trampa.
Delta me miró con respeto por primera vez. No como a un protegido, sino como a un estratega.
—Un señuelo. Sacrificas la reina para mover el alfil. Me gusta. Pero, ¿qué vas a hacer en el puente? ¿Entregarles el camión y esperar que te den las gracias y se vayan?
—No —dije, acariciando la culata del rifle 30-30 de mi abuelo—. Voy a volar el puente. Con ellos encima.
El silencio en el sótano fue absoluto.
—Julián… —intervino el Chino—. Eso es… eso es terrorismo, güey. Vas a matar a mucha gente.
—Son sicarios, Chino. Son los que cortaron la mano del notario. Los que iban a matar a niños. No son gente. Son plagas.
—Necesitamos explosivos —dijo Delta, pragmático—. Y no traemos suficiente C4 para volar un puente de concreto y acero. Es un puente federal.
—No necesitamos C4 —señalé hacia el rincón de la bodega—. Ahí. Esos costales con letras rojas. Fertilizante. Nitrato de amonio. Y afuera hay tanques de diesel para la maquinaria.
—ANFO —dijo Bravo, sonriendo—. La bomba del pobre.
—Mi abuelo usaba eso para abrir caminos en la piedra —dije—. Sé cómo mezclarlo. Si llenamos el doble fondo del camión con eso y le ponemos un detonador remoto… tenemos una bomba rodante de tres toneladas.
—Es muy arriesgado —dijo Delta—. Tienes que manejar ese camión hasta el punto de encuentro. Si te disparan al tanque, vuelas en pedazos. Si caes en un bache fuerte, vuelas. Si te miran feo, vuelas.
—¿Alguien tiene una mejor idea? —pregunté.
Nadie contestó.
—Bien. Manos a la obra. Bravo, prepara la mezcla. Delta, necesito que consigas un camión de volteo de los de la hacienda y lo prepares. Chino… tú tienes la tarea más difícil.
—¿Qué? ¿Grabar mi testamento?
—No. Necesito que bajes al pueblo. Busca a Don Goyo. Dile que necesito diez hombres de confianza. Pero de confianza ciega. Gente que haya perdido a alguien por culpa de Rivas. Vamos a necesitarlos para contener a los federales cuando empiece el fuego.
El día pasó en una neblina de actividad febril.
Escondidos en la Secadora, trabajamos como hormigas obreras del infierno.
El olor a diesel y fertilizante se mezclaba en el aire, picando la nariz. Era una mezcla volátil, inestable.
Bravo era un experto. Convirtió bidones de plástico en cargas dirigidas. Conectó cables, baterías de coche y celulares viejos para los detonadores.
A mediodía, tuvimos una visita inesperada.
Estaba yo revisando el motor del camión Torton viejo que íbamos a usar, cuando escuché el crujido de ramas afuera.
Levanté el rifle. Delta desenfundó.
La puerta de lámina se abrió chirriando.
Era Don Goyo. Y detrás de él, no venían diez hombres.
Venían cincuenta.
Hombres viejos con sombreros gastados, jóvenes con pañuelos en la cara, mujeres con garrafas de gasolina.
—Me dijiste diez, Don Goyo —le reclamé, bajando el arma.
—Pos sí, patrón. Pero en este pueblo el chisme corre más rápido que el agua. Y cuando la gente supo que “El Joven” iba a pelear contra los del norte… pues todos quisieron venir.
Se acercó un hombre robusto, con cicatrices de viruela en la cara. Lo reconocí. Era Pancho, el mecánico del pueblo.
—Rivas mató a mi hermano hace dos años por no pagar piso —dijo Pancho, con voz ronca—. Dígame qué tengo que hacer, y lo hago. Aunque me muera.
Sentí un peso enorme en el pecho. No era solo mi guerra. Era la guerra de todos ellos.
—Pancho, revisa los frenos de este camión. Tienen que estar al puro centavo. Y refuerza la defensa delantera con placa de acero. Vamos a necesitar empujar si nos bloquean.
—A la orden.
—Los demás —me dirigí al grupo—. Escuchen bien. Esto no es un juego. A medianoche, esto va a ser zona de guerra. Su trabajo no es pelear contra los narcos. Su trabajo es hacer barricadas. Quiero que bloqueen todas las entradas al pueblo excepto la carretera al puente. Usen árboles, piedras, lo que sea. Que los federales no puedan mover sus vehículos. Si la Guardia Nacional intenta salir hacia el puente, los detienen. Sin dispararles, si es posible. Quemen llantas, hagan humo. Confundan.
—¿Y si nos disparan? —preguntó una mujer.
—Si les disparan… corran al monte. No quiero mártires. Solo necesito tiempo. Media hora. Con eso me basta.
La tarde cayó pesada, gris. La lluvia empezó a tamborilear sobre el techo de lámina de la Secadora, un sonido hipnótico que disfrazaba el ruido de nuestros preparativos.
A las 6:00 PM, el camión estaba listo.
Era una bestia. Un Torton rojo, despintado, pero con el motor rugiendo parejo.
En la caja, visible, habíamos puesto dos toneladas de cocaína.
Debajo, en un compartimento falso soldado por Pancho, había mil kilos de explosivo casero ANFO, conectados a tres detonadores independientes.
Era una bomba nuclear táctica sobre ruedas.
Me senté en un bulto de café a comer un taco frío de frijoles que alguien había traído.
El Chino se sentó a mi lado. Ya no grababa. Tenía la cámara guardada.
—Julián… ¿y si sale mal?
—Si sale mal, no nos vamos a enterar. Vamos a ser polvo cósmico antes de sentir dolor.
—Hablo en serio. ¿Qué pasa después? Supongamos que matas a los líderes en el puente. El Cártel no perdona. Van a mandar a más.
—El Cártel es un negocio, Chino. Entienden de pérdidas y ganancias. Si San Juan se convierte en un lugar donde pierden millones de dólares y ejércitos enteros… dejarán de venir. Buscarán rutas más fáciles. La paz no se pide, se arrebata. Tenemos que ser tan peligrosos que les salga muy caro meterse con nosotros.
Delta se acercó, limpiando su rifle.
—Hora de moverse, Julián. Faltan dos horas para medianoche. El camino está lodoso por la lluvia. Tardaremos una hora en llegar al puente.
—¿Y el incendio?
—Bravo se queda. Él va a iniciar la quema a las 11:30 PM en punto. Justo cuando tú estés llegando al puente. Los federales verán el fuego y vendrán hacia acá como moscas a la miel. Tú tendrás vía libre.
Me levanté. Me dolía la herida, me dolía el alma, pero me sentía fuerte.
Me colgué la mochila con la laptop y los archivos originales. Los Zetas los querían. Se los iba a dar. Iban a ser el cebo final.
Subí a la cabina del camión. Olía a tabaco viejo y a grasa.
Delta se subió al asiento del copiloto.
—¿Qué haces? —le pregunté—. Tú te quedas a coordinar la defensa.
—Ni madres. Bravo se queda. Yo voy contigo. Necesitas a alguien que cubra tu espalda mientras negocias. Además… —sonrió, mostrando los dientes blancos en la oscuridad— quiero ver la explosión de cerca.
—Si vienes, probablemente mueras.
—Soy un soldado de fortuna, Julián. Morir es parte de la descripción del puesto. Arranca esa madre.
Encendí el motor. El rugido del diesel llenó la bodega.
Pancho abrió el portón grande.
La lluvia caía a cántaros. La noche era perfecta. Oscura, ruidosa, caótica.
Saqué el camión despacio, sin luces.
Avanzamos por el camino de terracería trasero, bordeando el pueblo.
Veía las luces de las casas a lo lejos. Veía las fogatas de mis vecinos, de mi gente, preparándose en las barricadas.
“Por ustedes”, pensé.
El camino al “Puente del Diablo” era una pesadilla. Curvas cerradas al borde del precipicio, lodo resbaloso, piedras que golpeaban el chasis.
Manejé con los nudillos blancos, peleando contra el volante. El camión pesaba demasiado con la carga y los explosivos. En las bajadas, los frenos chillaban y olían a quemado.
—Tranquilo —decía Delta, mirando el GPS—. Vamos a tiempo.
—¿Detectas algo?
—Nada en el radar térmico. Parece que se tragaron el anzuelo de que estamos atrincherados en la Casa Grande. Los federales tienen rodeada la mansión, no saben que salimos.
A las 11:25 PM, vimos el resplandor a nuestras espaldas.
Una columna de fuego naranja se alzó hacia el cielo, iluminando las nubes bajas. Bravo había encendido la Secadora.
Era un espectáculo dantesco. Cinco toneladas de droga y café ardiendo.
Inmediatamente, el radio de Delta, sintonizado en la frecuencia de la Guardia Nacional, cobró vida.
“¡Central! ¡Incendio masivo en el sector norte! ¡Parece un ataque! ¡Todas las unidades, muévanse al sector norte! ¡Repito, código rojo!”
—Funcionó —dijo Delta—. Se están moviendo. El camino está solo.
Aceleré. El camión rugió, devorando los últimos kilómetros.
A las 11:50 PM, llegamos a la curva final antes del puente.
El “Puente del Diablo” es una estructura vieja, de los años 50, que cruza una garganta profunda de unos ochenta metros. Abajo, el río Pantepec ruge con furia. Es la única conexión entre la sierra alta y la costa norte. Un cuello de botella perfecto.
Frené antes de entrar al puente.
Apagué el motor un segundo para escuchar.
Silencio. Solo la lluvia y el río.
—¿Están ahí? —pregunté.
—Están —dijo Delta, mirando por unos binoculares de visión nocturna—. Veo tres camionetas Suburban blindadas del otro lado del puente. Y… madre mía.
—¿Qué?
—Tienen un camión monstruo. Un blindado artesanal. Con torreta calibre .50.
Tragué saliva.
—Bien. Vamos a bailar.
Encendí las luces altas del camión. Los haces de luz cortaron la oscuridad y iluminaron el puente.
Del otro lado, respondieron encendiendo una barra de luces LED cegadora.
Arranqué y avancé despacio, deteniendo el camión justo a la mitad del puente, sobre la parte más alta del abismo.
—Tú quédate aquí abajo, cubierto —le dije a Delta—. Si empiezan a disparar antes de tiempo, detona la carga y nos vamos todos al infierno juntos.
—Entendido. Suerte, patrón.
Bajé del camión. La lluvia me empapó al instante.
Caminé hacia el frente del vehículo, con las manos en alto, sosteniendo solo la mochila negra.
Desde el otro lado del puente, tres figuras avanzaron caminando.
Dos eran guaruras enormes, armados hasta los dientes.
El de en medio era bajo, delgado, vestido con un impermeable amarillo que parecía ridículo, pero su forma de caminar irradiaba poder.
Nos encontramos a unos diez metros de distancia, en la mitad del puente mojado.
El del impermeable se bajó la capucha.
Era una mujer.
Joven, bonita, con facciones finas y ojos negros, fríos como la obsidiana. La conocía de vista. Era la hija de un diputado federal. La “Licenciada”, le decían. Así que ella era el enlace del Cártel.
—Llegas puntual, Julián —dijo, con una voz dulce que daba más miedo que los gritos del teléfono—. Y veo que trajiste mi regalo.
Señaló el camión.
—Ahí está. Dos toneladas de lo mejor que tenía mi tío. Y aquí… —levanté la mochila— están los archivos. Los originales. Nombres, cuentas, rutas. Todo.
Ella sonrió.
—Muy bien. Eres un hombre razonable. No como tu tío, que se volvió codicioso y estúpido.
Hizo un gesto y uno de los gorilas se acercó a mí, arrebatándome la mochila. La abrió y revisó la laptop.
—Está todo, jefa.
—Perfecto.
—Ahora, lárguense —dije—. Tienen lo que querían. Dejen a San Juan en paz.
La mujer se rió. Una risa cantarina que se perdió en el viento.
—Ay, Julián. Qué ingenuo. ¿De verdad creíste que te íbamos a dejar vivo después de todo el escándalo que hiciste? Eres un cabo suelto. Y a mí no me gustan los cabos sueltos. Además… necesito dar un ejemplo. Nadie roba al Cártel y vive para contarlo.
Chasqueó los dedos.
Detrás de ella, las luces del camión monstruo se encendieron más fuerte. Escuché el clack-clack de la ametralladora calibre .50 cargándose.
—Mátalo —ordenó ella, dándose la vuelta para caminar hacia sus camionetas.
—¡Espera! —grité.
Ella se detuvo.
—¿Últimas palabras?
—Solo una pregunta. ¿Te gusta volar?
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿Qué?
Saqué de mi bolsillo el detonador. No era un celular. Era un disparador de radiofrecuencia de minería, un control remoto industrial, robusto y rojo.
—¡Delta, ahora! —grité por el micrófono que llevaba oculto en el cuello.
Pero no esperé a Delta. Apreté el botón yo mismo.
El tiempo se estiró.
Escuché el click del interruptor.
Vi la cara de la mujer transformarse de arrogancia a terror puro al entender lo que pasaba.
Me di la vuelta y me lancé hacia el barandal del puente.
No hacia el camión. Hacia el vacío.
Era mi única oportunidad. El río estaba crecido. Ochenta metros de caída. Probablemente me mataría el impacto, o me ahogaría, o me rompería todos los huesos.
Pero era mejor que la bola de fuego que venía.
Salté.
Mientras caía en la oscuridad, suspendido en la nada, el mundo arriba de mí se desintegró.
¡BOOOOM!
La explosión fue tan fuerte que no la escuché, la sentí. Una onda de choque brutal me golpeó en la espalda como un mazo gigante, acelerando mi caída.
El cielo se iluminó de naranja y blanco.
Vi pedazos de concreto, metal retorcido y cuerpos volando por el aire a mi alrededor, envueltos en llamas.
El camión bomba había detonado.
El puente se partió en dos. El camión monstruo, las camionetas, la droga, los archivos, la “Licenciada”… todo cayó al abismo conmigo, en una lluvia de fuego.
El agua negra del río subió rápido a recibirme.
Cerré los ojos e impacté contra la superficie helada.
Todo se volvió silencio y frío.
La corriente me arrastró, girando, golpeando, hundiéndome.
No supe si estaba vivo o muerto.
Solo sabía que había cumplido.
San Juan estaba a salvo.
Y yo… yo estaba en manos de Dios, o del Diablo.
CAPÍTULO 8: El Rey del Café
Dicen que cuando mueres ves una luz blanca al final del túnel. Yo no vi ninguna luz. Yo vi lodo.
Desperté tosiendo agua sucia, con el sabor a tierra y a sangre en la boca. Me dolía cada centímetro del cuerpo, como si me hubieran apaleado entre diez hombres. Mis oídos zumbaban, un pitido agudo y constante que no me dejaba pensar.
Abrí los ojos. Estaba tirado en una orilla pedregosa del río, varios kilómetros aguas abajo del puente.
Era de día. El sol brillaba alto, fuerte, indiferente a mi tragedia.
Intenté moverme y grité de dolor. Mi pierna derecha estaba torcida en un ángulo raro. Rota. Mi hombro izquierdo, dislocado.
—¡Ayuda! —quise gritar, pero solo salió un graznido ronco.
Me arrastré fuera del agua, dejando un rastro como de caracol herido en la arena.
Miré hacia arriba. Zopilotes volaban en círculos. Esperando.
“No hoy, cabrones”, pensé.
Me desmayé de nuevo.
La siguiente vez que desperté, no estaba en el río. Estaba en una cama limpia, con sábanas que olían a lavanda.
Vi un techo de vigas de madera.
Escuché voces bajas.
—Ya lleva tres días dormido, doctor. ¿Cree que despierte?
Esa voz… era Lupe.
—Tiene una contusión cerebral severa y múltiples fracturas. Es un milagro que no se haya ahogado o muerto de hipotermia. Ese muchacho es de hule.
Abrí los ojos. La luz me lastimó.
—Tía…
Lupe soltó un grito y corrió a abrazarme, llorando.
—¡Julián! ¡Julián, mijo! ¡Pensamos que te habíamos perdido!
Traté de sentarme, pero el doctor (un médico nuevo, joven, que no conocía) me detuvo.
—Quieto, campeón. Tienes la pierna enyesada y tres costillas rotas. No vas a ir a ningún lado.
Miré alrededor. Estaba en mi cuarto de la Casa Grande.
—¿Qué pasó? —pregunté, con la voz pastosa—. ¿El puente? ¿Los del norte?
La puerta se abrió y entraron Delta y el Chino.
Delta traía el brazo vendado y cojeaba un poco, pero se veía entero. Había sobrevivido.
—El puente ya no existe, Julián —dijo Delta, sentándose en una silla—. Lo volaste completo. Y con él, a toda la cúpula de mando de la zona. Encontramos los restos de las camionetas y… bueno, lo que quedó de ellos, río abajo.
—¿Y tú? —le pregunté—. Pensé que habías muerto.
—Casi. La onda expansiva me aventó hacia el bosque antes de que el puente colapsara. Me rompí una pierna, pero logré arrastrarme hasta la carretera. Bravo me encontró.
—¿Y el pueblo? —pregunté, temiendo la respuesta.
El Chino sonrió de oreja a oreja.
—El pueblo está intacto, hermano. Cuando los federales llegaron a la Secadora por el incendio, no encontraron nada más que cenizas y humo. Para cuando se dieron cuenta de la explosión en el puente, ya era tarde. Los narcos que quedaban en la zona huyeron como ratas cuando supieron que su jefa había muerto. San Juan está limpio.
Suspiré, dejando caer la cabeza en la almohada.
Había funcionado. El plan suicida había funcionado.
—¿Y la ley? —pregunté, mirando a la puerta por si entraba la policía.
—Montemayor cumplió —dijo el Chino—. Declararon oficialmente que fue un “enfrentamiento entre grupos criminales” y que tú fuiste una “víctima colateral” que sobrevivió de milagro. Nadie va a investigar quién apretó el botón. Les conviene que los narcos estén muertos y que el caso se cierre. Eres libre, Julián.
Lloré. No de tristeza, sino de alivio. Un alivio tan profundo que me limpió el alma.
Pasaron seis meses.
La recuperación fue lenta y dolorosa. Tuve que aprender a caminar de nuevo con muletas, luego con bastón. La cicatriz de la bala en mi costado y las de la explosión se convirtieron en mi mapa personal, un recordatorio de lo que costó la libertad.
Pero San Juan de las Nubes también cambió.
Con la herencia de Rivas, que legalmente pasó a mis manos tras un juicio rápido (ayudado por las presiones del Chino en la prensa), empecé a cumplir mis promesas.
No regalé el dinero. Eso hubiera sido pan para hoy y hambre para mañana.
Invertí.
Restauré la Secadora de café, pero esta vez como una cooperativa. “Café La Esperanza”, propiedad del Ejido San Miguel. Todos los trabajadores ahora eran socios. Don Goyo cortó el listón inaugural, llorando de orgullo.
Construí una clínica nueva, digna, y contraté al médico joven que me salvó la vida para dirigirla. Le pusimos “Clínica Elena Ramírez”.
Y las tierras… las tierras robadas fueron devueltas a sus dueños originales, hectárea por hectárea, con escrituras nuevas y legales.
Yo me quedé con la Casa Grande. Pero ya no era una fortaleza.
Abrí los jardines al público. Los fines de semana, los niños venían a jugar en las fuentes que volví a llenar de agua limpia. La biblioteca de Don Fausto se convirtió en la biblioteca municipal, donde los chavos venían a hacer la tarea con internet satelital gratuito.
Una tarde, estaba sentado en el balcón, tomando un café recién tostado, mirando la plaza.
Ya no había patrullas, ni sicarios. Había vida.
El Chino vino a visitarme. Ahora trabajaba como corresponsal fijo en Veracruz, y había escrito un libro sobre nuestra historia: “La Rebelión de los Nadie”. Era un best-seller.
—Te ves bien, patrón —bromeó, sirviéndose una taza.
—Me siento viejo, Chino. Tengo treinta años y me duelen los huesos cuando va a llover.
—Es el precio de ser leyenda. Oye… Delta me mandó saludos. Está en Ucrania ahora, entrenando soldados. Dice que extraña los tamales de aquí.
Nos reímos.
—Julián… —El Chino se puso serio—. ¿Nunca piensas en irte? ¿Regresar a la CDMX? Tienes dinero para vivir donde quieras. ¿Por qué te quedas en este pueblo?
Miré hacia el cementerio, donde la tumba de mi madre siempre tenía flores frescas.
—Porque aquí pertenezco, Chino. Aquí están mis muertos. Y aquí están mis vivos. Además… alguien tiene que cuidar que el diablo no regrese.
—El diablo está muerto.
—El diablo nunca muere, Chino. Solo cambia de cara. Pero mientras yo esté aquí… esta puerta va a estar cerrada para él.
Me levanté, apoyándome en mi bastón de madera tallada.
—Vamos a la plaza. Hoy hay baile y Lupe dice que va a hacer mole.
—¿Mole de doña Lupe? ¡Vámonos!
Bajamos las escaleras de la Casa Grande. No como dueños arrogantes, sino como vecinos.
Al salir a la calle, la gente me saludaba.
—¡Buenas tardes, Don Julián!
—¡Hola, Licenciado!
No había miedo en sus ojos. Había respeto. Y cariño.
Llegamos al kiosco. La banda municipal tocaba un danzón desafinado pero alegre. Las parejas bailaban. Los niños corrían.
Me senté en una banca de hierro forjado, viendo la escena.
Era un pueblo normal. Pobre, sí, con problemas, sí. Pero libre.
Y eso… eso valía cada cicatriz, cada pesadilla y cada lágrima.
Miré al cielo, que empezaba a pintarse de estrellas.
—Gracias, mamá —susurré—. Lo logramos.
Cerré los ojos y escuché la música.
Ya no era el hijo bastardo. Ya no era el abogado fracasado.
Era Julián Ramírez. El hombre que incendió el infierno para salvar su pedazo de cielo.
Y por primera vez en mi vida, fui feliz.
FIN