
CAPÍTULO 1: El Encuentro en el Cruce del Diablo
Me llamo Leonardo. En los círculos altos de la Ciudad de México, donde el aire huele a loción importada y el silencio se compra con dólares, mi nombre pesa. Pesa tanto como el concreto y el acero que mis empresas vierten sobre esta ciudad monstruosa todos los días. Soy un “self-made man”, como dicen los gringos. Un hombre que se hizo a sí mismo. No heredé ni un centavo. Nací en una colonia donde el agua faltaba tres días a la semana, y ahora, a mis 35 años, ceno en restaurantes donde una botella de vino cuesta más de lo que mi padre ganaba en un año.
Tengo un penthouse en Polanco con vista al parque Lincoln, tres camionetas blindadas nivel 5, y una soledad tan grande que hace eco en los pasillos de mármol de mi casa. La gente piensa que ser millonario es la gloria. Piensan que te levantas feliz. La verdad es que te levantas vacío, revisas el precio del dólar, te tomas un café que no te sabe a nada y sales a conquistar un mundo que ya te aburrió.
Aquel miércoles, el calor en la CDMX estaba para derretir el asfalto. Era uno de esos días pesados, con el cielo gris por la contingencia ambiental, donde el sol no quema, pica.
—Señor Leonardo, tenemos la inspección en la zona industrial de Iztapalapa en cuarenta minutos —me dijo Ramírez, mi jefe de seguridad, mientras me abría la puerta de la Suburban negra.
—Vámonos, Ramírez. Y pon el aire acondicionado al máximo, que este calor de perros me tiene de malas.
La caravana se puso en marcha. Dos escoltas adelante, mi camioneta en medio, dos atrás. Íbamos rompiendo el tráfico como Moisés abriendo el Mar Rojo, solo que el mar aquí eran peseros oxidados, taxistas mentando madres y motociclistas suicidas. Yo iba atrás, revisando correos en mi tablet, ignorando la ciudad que pasaba por mi ventana blindada. Para mí, la ciudad era solo un mapa de inversiones. Zonas de plusvalía y zonas de riesgo. Íbamos a una zona de riesgo.
Había comprado un terreno enorme en un cruce infame conocido como “El Crucero de Silverline”. Planeaba demoler todo: las vecindades viejas, los talleres mecánicos, los puestos de garnachas. Iba a levantar un centro logístico de última generación. “Progreso”, le llamaba yo. “Gentrificación”, le llamaban los activistas. Me daba igual. El dinero no tiene sentimientos.
Llegamos al cruce. El ruido golpeó la camioneta incluso con los vidrios arriba. Bocinas, cumbias a todo volumen saliendo de bocinas distorsionadas, gritos de vendedores.
—Señor, la zona está asegurada, pero está muy “caliente”. Hay mucha gente. Le sugiero no tardar —dijo Ramírez por el intercomunicador.
—No me digas qué hacer, Ramírez. Solo cuida que no me roben el reloj.
Bajé del auto. El golpe de calor fue inmediato. Olía a aceite quemado, a cilantro, a smog y a drenaje. Mis zapatos italianos de piel brillaban ridículamente contra el suelo lleno de baches y basura. Mis ingenieros ya estaban ahí, sudando la gota gorda con sus cascos blancos, sosteniendo planos que a nadie le importaban.
Caminé hacia el centro del terreno baldío, rodeado de mis guaruras que miraban a todos lados con lentes oscuros, intimidando a cualquiera que se atreviera a mirar feo. La gente del barrio nos miraba con mezcla de odio y curiosidad. Éramos los invasores. Los “fresas” con dinero que venían a comprar su miseria.
—Aquí va la entrada principal —señalé con desgana, apuntando a un poste de luz lleno de diablitos—. Quiero que tiren esa barda y…
No terminé la frase.
De la nada, entre el caos de los microbuses y los puestos de discos piratas, salió disparada una pequeña figura. Era una niña. No tendría más de siete años. Llevaba un vestido rosa que había visto mejores tiempos, ahora manchado de tierra y grasa, y unos huaraches de plástico que le quedaban grandes. Corría como si el diablo la persiguiera.
—¡Cuidado! —gritó uno de mis escoltas, llevando la mano a su arma.
Pero la niña fue más rápida. Se escabulló entre las piernas de Ramírez y se estrelló contra mí con la fuerza de un tren de juguete descarrilado.
—¡Papá! —gritó con una voz aguda que me perforó el tímpano—. ¡Papá, ayúdame!
Me quedé helado. Sentí sus bracitos flacos rodear mi cintura, aferrándose a mi saco de lana virgen como si fuera su único salvavidas en medio de un naufragio. Temblaba. Podía sentir su corazón latiendo a mil por hora contra mi pierna.
—¡Por favor, papi! —sollozó, escondiendo su cara sucia en mi ropa impecable—. ¡Esa vieja loca me quiere matar!
Mis escoltas estaban en shock. Estaban entrenados para detener balas y secuestradores, no para despegar a niñas mugrosas de las piernas del jefe. Ramírez intentó agarrarla del brazo.
—¡Hey, niña, suelta al patrón! —ladró.
—¡No! —La niña se aferró más fuerte, clavando sus uñitas—. ¡No dejes que me pegue!
Levanté la vista para ver de qué huía. Y entonces la vi.
Era una fuerza de la naturaleza. Una señora del mercado, ancha como un ropero y brava como un toro de lidia. Venía corriendo con un mandil que alguna vez fue blanco, el rostro rojo de la ira y, lo más aterrador, empuñando un cucharón de madera gigante como si fuera una espada vikinga.
—¡Ven acá, escuincla del demonio! —bramaba la mujer, escupiendo saliva—. ¡Te voy a enseñar a respetar el trabajo ajeno! ¡Te voy a romper la jeta!
La escena era surrealista. Yo, el multimillonario Leonardo, parado en medio de un barrio popular, con una niña desconocida pegada a mi pierna y una doña a punto de atacarnos con un utensilio de cocina.
Me interpuse instintivamente entre la niña y la señora. Levanté una mano, mi Rolex brillando bajo el sol inclemente.
—¡A ver, señora! —grité, usando mi voz de mando, esa que uso para despedir ejecutivos incompetentes—. ¡Baje el arma! ¿Qué demonios pasa aquí?
La mujer frenó en seco, jadeando. Me miró de arriba abajo, vio a mis escoltas armados, vio mi traje, y aunque bajó un poco el cucharón, no bajó la guardia. En el barrio, el miedo se huele, y esta señora no tenía miedo, tenía coraje.
—¿Usted quién se cree que es, el rey de Roma? —me gritó—. ¡Quítese o le toca cucharazo a usted también, güerito! ¡Esa niña es una ratera! ¡Una criminal en potencia!
Sentí a la niña encogerse detrás de mí.
—No soy ratera… —susurró la niña con un puchero dramático—. Fue un accidente, papi. Dile que fue un accidente.
—¿Papi? —La señora abrió los ojos como platos—. ¿Usted es el papá de esta calamidad? ¡Con razón! ¡De tal palo, tal astilla! ¡Seguro usted le enseña a venir a jodernos la vida!
—Yo no soy su… —empecé a decir, pero me detuve. Miré hacia abajo. La niña me miró. Tenía unos ojos enormes, oscuros, profundos. Había miedo en ellos, sí, pero también había una inteligencia chispeante, una picardía callejera que me resultaba extrañamente familiar.
—Señora, cálmese —dije, suspirando. Sabía que esto solo se arreglaba de una forma—. Dígame qué hizo la niña.
—¿Qué hizo? —La mujer señaló hacia su puesto de comida—. ¡Vino a pedir dinero, como siempre! ¡Se mete entre las mesas, molesta a los clientes! Y hoy, el muy desgraciado de “El Brayan” la empujó, y esta niña torpe cayó encima de mi canasta de huevos. ¡Rompió todo! ¡Eran huevos de rancho, oiga! ¡Carísimos!
La niña asomó la cabeza por mi costado.
—¡Mentira! —chilló—. ¡Solo fue uno! ¡Uno solito! Y el Brayan me quería robar mis cinco pesos. Yo soy la víctima aquí, pero como soy chiquita, nadie me cree. ¡Es injusticia social!
Casi me río. ¿Injusticia social? ¿De dónde sacaba esas palabras una niña de la calle?
—¡Cállate, hocicona! —gritó la vendedora—. ¡Me debes 600 pesos! ¡La canasta entera se contaminó! ¡Y quiero mi dinero ahora, o te cobro a puros cinturonazos!
Miré a mis ingenieros. Estaban aguantando la risa. Miré a Ramírez, que tenía la mano en la frente, avergonzado.
600 pesos. Para esa mujer, 600 pesos eran la ganancia de dos días. Para esa niña, era una deuda impagable. Para mí, era lo que me costaba un aperitivo.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi saco. Saqué mi cartera de piel.
—¿Seiscientos pesos por unos huevos? —pregunté, arqueando una ceja—. Ni que fueran de oro, señora.
—Son huevos orgánicos, libre de pastoreo, patrón. Y aparte el susto que me dio, y la falta de respeto. Eso se cobra aparte. —La señora ya le había bajado al tono al ver la cartera.
Saqué un fajo de billetes. Eran de a quinientos. Ni siquiera los conté. Agarré un puño. Debían ser unos cinco o seis mil pesos.
—Tenga —dije, extendiéndole el dinero—. Aquí hay para sus huevos, para la canasta, para el susto y para que invite a todos los de aquí a un refresco.
La señora soltó el cucharón. Sus ojos brillaron más que mi reloj. Agarró el dinero con una rapidez impresionante, se lo metió en el escote y sonrió, mostrando un diente de oro.
—¡Ay, patrón! ¡Así sí nos entendemos! —Su cara cambió de odio a adoración en un segundo—. Usted sí es un caballero. Perdone la exaltación, es que el calor lo pone a uno loco.
—Sí, sí, como sea —dije, sacudiendo la mano—. Solo déjela en paz.
—¡Claro, jefe! ¡La niña es una santa! ¡Dios lo bendiga!
La mujer se fue corriendo, gritando a sus comadres que “el güero millonario disparó la cuenta”.
El silencio volvió al grupo. Mis escoltas se relajaron. Yo me sacudí el pantalón, intentando quitar las manchas de tierra que la niña me había dejado.
—Bueno, asunto arreglado —dije, dándome la vuelta para irme a mi camioneta. Ya había tenido suficiente “barrio” por un día.
—¡Oiga! ¡Espere!
Sentí un jalón en el saco. Volteé. Era ella otra vez. Margarita. Ya no lloraba. De hecho, tenía las manos en la cintura y me miraba con una expresión de desaprobación total.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté, impaciente—. Ya pagué tu deuda. Eres libre. Vete a tu casa.
La niña negó con la cabeza, haciendo chasquear la lengua.
—Tss, tss, tss. Usted es muy malo para los negocios, ¿verdad, papá falso?
—¿Disculpa?
—Esa vieja bruja pidió 600 pesos. Usted le dio un fajo así de gordo —hizo un gesto con las manos—. Ahí iban como cinco mil varos. Mínimo debimos pedir cambio. Ese dinero se desperdició.
Me quedé perplejo.
—¿Me estás regañando por salvarte el pellejo?
—Le estoy dando asesoría financiera gratuita —respondió ella, muy digna—. Usted tira el dinero como si creciera en los nopales. Con ese cambio yo hubiera comido un mes, hubiera comprado libretas, y hasta me sobraba para unos Cheetos. Pero no… el señor “soy rico y no cuento el dinero” tenía que lucirse.
Uno de mis ingenieros soltó una carcajada ruidosa y tuvo que fingir un ataque de tos cuando lo miré feo.
Me agaché. Quedé cara a cara con ella. De cerca, vi que tenía una mancha de salsa en la mejilla y el cabello enredado, pero olía a jabón barato, como si alguien se hubiera esforzado por bañarla aunque la ropa estuviera vieja.
—Eres una malagradecida, ¿lo sabías?
—Soy realista —dijo ella, cruzándose de brazos—. Y soy una mujer de negocios. Me llamo Margarita, pero aquí la banda me dice “La Jefa”. ¿Y usted cómo se llama, señor Billetera Floja?
—Leonardo.
—Mmm. Leonardo. Suena nombre de telenovela. ¿Y por qué no está trabajando, Leonardo? ¿Por qué anda aquí paseando en horario laboral?
—Estoy trabajando —dije, señalando el terreno—. Voy a comprar todo esto. Voy a tirar todo y a construir algo nuevo.
—¿Va a tirar el puesto de Doña Pelos? —preguntó, señalando a la señora de los huevos.
—Sí.
—Bien. Eso me gusta. Es usted vengativo. Me cae bien.
Sonreí. No pude evitarlo. Esa niña tenía más personalidad en un dedo meñique que todas las mujeres con las que salía en Polanco.
—¿Y tú por qué no estás en la escuela, Jefa? —pregunté, poniéndome serio—. Una niña tan lista no debería estar aquí peleando con vendedoras de huevos.
Su rostro cambió. La máscara de niña ruda cayó por un segundo, dejando ver una tristeza profunda, antigua.
—Una chica tiene necesidades —dijo, bajando la voz—. Tengo cuentas que pagar. Soy una emprendedora del sector informal.
—¿Y tus papás? ¿Qué clase de padres dejan a su hija de siete años sola en este infierno?
Fue como si hubiera presionado un botón. Sus ojos lanzaron fuego. Dio un pisotón en la tierra, levantando polvo sobre mis zapatos.
—¡No hable de mi mamá! —gritó, apuntándome con su dedo índice todo sucio—. ¡No se atreva! Mi mamá es una santa. Es la mujer más trabajadora, más bonita y más inteligente del mundo. Ella hace lo que puede. ¡Usted no sabe nada! ¡Usted no la conoce!
Me sorprendió su furia. Estaba defendiendo a su madre con la vida.
—Tranquila, tranquila —levanté las manos en señal de rendición—. No quise ofender. Solo preguntaba. ¿Y tu papá?
La niña bajó el dedo. Su mirada se perdió en el tráfico de la avenida.
—No tengo papá. Mi mamá dice que mi papá se fue a comprar cigarros antes de que yo naciera y se perdió en el camino. Dice que era un hombre muy listo pero muy tonto del corazón.
Sentí un pinchazo extraño en el pecho. Un hombre listo pero tonto del corazón. Esa frase resonó en mí.
—Ya veo… —dije, sintiendo una incomodidad que no podía explicar. Saqué otro billete de quinientos pesos de mi bolsillo—. Ten. Toma esto. Para que recuperes lo que perdiste hoy. Pero prométeme que te vas a ir directo a tu casa. Nada de “negocios” por hoy.
Ella tomó el billete. Lo miró a contraluz del sol para ver la marca de agua, lo frotó para sentir el relieve.
—Es verdadero —dictaminó—. Gracias, Leonardo. Hoy fuiste un buen papá falso. Te doy cuatro estrellas de cinco en mi reseña.
—¿Por qué no cinco?
—Porque te falta barrio. Te ves muy fresa. Y porque le diste mucho dinero a la vieja. Eso baja puntos.
Se acomodó sus huaraches, se guardó el billete en el calcetín y me dio una última mirada.
—Adiós, papá falso. Cuídate de los rateros. Aquí no todos son tan amables como yo.
Se dio la media vuelta y echó a correr, perdiéndose entre la gente, esquivando puestos y perros callejeros con la agilidad de quien ha crecido en la jungla de asfalto.
Me quedé ahí parado, viendo el lugar por donde había desaparecido. El calor seguía siendo insoportable, el ruido ensordecedor, pero yo sentía un frío extraño en la nuca.
—¿Señor? ¿Todo bien? —preguntó Ramírez, acercándose—. ¿Quiere que sigamos con la inspección?
No respondí de inmediato. Mi mente estaba repitiendo la escena. El abrazo. El grito de “Papá”. Los ojos. Esos malditos ojos.
Yo conocía esos ojos.
Hace siete años, vi esos mismos ojos llenos de lágrimas, pero no en una niña sucia, sino en el rostro de la única mujer que alguna vez amé de verdad.
Elena.
Recordé el día que la dejé. Recordé cómo elegí mi carrera, mi ambición, mi futuro brillante, y tiré a la basura lo que teníamos. Recordé que ella estaba embarazada. Y recordé que yo, en mi infinita estupidez y egoísmo, le di dinero y le dije que “resolviera el problema”.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Ramírez —dije, con la voz ronca.
—¿Sí, jefe?
—Cancela la inspección. Nos vamos.
—¿A la oficina, señor?
—No. Llévame a casa. Necesito pensar. Y Ramírez…
—¿Sí?
—Quiero que averigües quién es esa niña.
—¿La niña de los huevos, señor?
—Sí. Margarita. Quiero saber dónde vive, quién es su madre, quiero saberlo todo. Y lo quiero para ayer.
Subí a la camioneta. El aire acondicionado me golpeó, pero no pudo quitarme la sensación de que mi vida perfecta acababa de estrellarse, igual que esa niña contra mis piernas.
Mientras la camioneta avanzaba alejándose del barrio pobre, miré por la ventana. En algún lugar de ese laberinto de miseria, había una niña que se parecía a mí, que tenía mi sarcasmo, mi inteligencia… y tal vez, solo tal vez, mi sangre.
El motor rugió, pero yo solo escuchaba una palabra rebotando en mi cabeza: Papá
CAPÍTULO 2: Fantasmas en el Penthouse y la Pequeña Empresaria
Esa noche, el silencio en mi penthouse de Polanco no era paz; era ruido blanco. Un zumbido constante que me taladraba el cerebro.
Llegué a casa, aventé el saco de setenta mil pesos sobre un sofá de piel italiana que costaba más que la casa de mis padres, y me serví un whisky doble. Blue Label, sin hielo. Quería que me quemara la garganta. Quería sentir algo físico que apagara lo que sentía por dentro.
Caminé hacia el ventanal de piso a techo. La Ciudad de México se extendía ante mí como una alfombra de luces infinitas. Desde el piso 40, la ciudad se ve hermosa, casi pacífica. No se ven los baches, no se huele la basura, no se escucha a la gente peleando por un lugar en el metro. Desde aquí arriba, uno se siente un dios. Pero esa noche, me sentía más pequeño que una hormiga.
La voz de esa niña. Margarita.
—Papá… ayúdame.
La palabra rebotaba en las paredes vacías de mi sala. No era solo la palabra. Era el tono. Era la desesperación fingida que escondía una necesidad real. Y sus ojos. Maldita sea, sus ojos.
Intenté trabajar. Abrí mi laptop para revisar los planos del proyecto Silverline. Tenía que aprobar la demolición de la zona. Pero cada vez que miraba la pantalla, los números se borraban y aparecía la cara sucia de esa niña.
—¡Maldita sea! —Grité, cerrando la computadora de golpe.
El eco de mi propia voz me asustó. Estaba perdiendo la cabeza.
Me tiré en la cama, mirando el techo. El insomnio, mi fiel compañero desde que hice mi primer millón, se acomodó a mi lado. Y con él, llegaron los recuerdos. Recuerdos que había guardado en una caja fuerte mental, cerrada con siete llaves, en el fondo de mi conciencia.
La mente me llevó de un jalón siete años atrás. No al lujo de Polanco, sino a un departamento húmedo y pequeño cerca de Zacatenco, donde estudiaba ingeniería.
Recordé el olor a humedad de esas paredes. Recordé los libros apilados en el suelo porque no teníamos para muebles. Y la recordé a ella.
Elena.
Elena no era de mi mundo actual. No usaba ropa de marca ni sabía distinguir vinos. Elena usaba jeans desgastados, playeras de grupos de rock y tenía una risa que podía iluminar un apagón. Éramos “la pareja de oro” de la facultad. Yo, el genio mecánico obsesionado con crear el motor perfecto. Ella, la estudiante de administración que organizaba mi vida y me recordaba comer.
El recuerdo se volvió nítido, doloroso como una herida abierta.
Fue una tarde lluviosa. De esas lluvias chilangas que inundan todo en cinco minutos. Yo estaba frenético. Había logrado una reunión con inversionistas para mi prototipo. Era mi boleto de salida, mi oportunidad de dejar de ser pobre. Estaba revisando planos, gritando al teléfono, estresado.
Elena entró. Estaba pálida. Se sentó en la orilla de la cama, con las manos temblando.
—Leo… tenemos que hablar.
—Ahora no, Elena —le ladré sin mirarla—. Mañana presento el motor. Si esto sale bien, nos vamos para arriba. Si sale mal, nos quedamos en este hoyo.
—Leo, es importante. —Su voz se quebró.
Me giré, molesto por la interrupción.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Ella respiró hondo, cerró los ojos y soltó la bomba.
—Estoy embarazada.
El mundo se detuvo. El sonido de la lluvia desapareció. Solo escuché un pitido agudo en mis oídos.
—¿Qué dijiste? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría.
—Tengo dos meses, Leo. Vamos a tener un bebé.
El pánico me invadió. No sentí alegría. No sentí amor. Sentí terror. Terror puro y egoísta. Un bebé significaba pañales, llanto, gastos, tiempo. Un bebé significaba que mi carrera se acababa antes de empezar. Un bebé era un ancla que me hundiría en la pobreza de la que tanto quería escapar.
—No —dije. Fue lo primero que salió de mi boca.
—¿Cómo que no? —Elena abrió los ojos, asustada.
—No podemos tenerlo. No ahora. ¡Mírame, Elena! —Grité, señalando el cuarto desordenado—. ¡No tengo dónde caerme muerto! ¡Mañana me juego mi futuro! ¡Un niño arruinaría todo!
—Es nuestro hijo, Leo…
—¡Es un error! —La corté, cruel, frío—. Es un error de cálculo. Y los errores se corrigen.
Elena se puso de pie, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Me miró como si fuera un monstruo. Y en ese momento, lo era.
—¿Me estás pidiendo que lo aborte?
—Te estoy diciendo que seas realista —Fui a mi cajón, saqué el poco dinero que tenía ahorrado para la presentación, unos cinco mil pesos, y los puse en la mesa—. Toma. Resuélvelo. No tengo tiempo para esto. No tengo tiempo para distracciones.
Ella miró el dinero. Luego me miró a mí. Su mirada cambió. El dolor se convirtió en decepción. Una decepción tan profunda que dolía más que el odio.
—Me das asco, Leonardo —susurró.
No tomó el dinero. Agarró su mochila, su chamarra, y caminó hacia la puerta.
—Si cruzas esa puerta, Elena, no vuelvas —le advertí, impulsado por mi ego herido—. Yo voy a ser grande. Con o sin ti.
Ella se detuvo en el marco de la puerta, sin voltear.
—Vas a ser rico, Leo. Pero vas a ser el hombre más pobre del mundo.
Y se fue.
Se fue bajo la lluvia y yo no la seguí. Me quedé ahí, convencido de que había tomado la decisión “lógica”. La decisión de un hombre de negocios.
Al día siguiente presenté mi motor. Fue un éxito rotundo. Los inversionistas se pelearon por mí. En un año, ya tenía mi primera empresa. En tres años, ya era millonario.
Pero Elena tenía razón.
Me revolví en la cama, sudando frío.
Meses después de que me hice rico, la busqué. La culpa me alcanzó cuando la adrenalina del éxito bajó. Fui a la universidad, busqué a sus amigos, contraté gente. Pero nadie sabía nada. Se había esfumado. Como si la tierra se la hubiera tragado.
Siempre me pregunté: ¿Lo tuvo? ¿Me hizo caso y se deshizo de él?
Margarita.
Esa niña tenía siete años. Las matemáticas cuadraban. El tiempo cuadraba. Y esa frase… “Un hombre listo pero tonto del corazón”. Eso es algo que Elena diría. Eso es algo que Elena me dijo.
Miré el reloj digital en mi buró. 5:00 AM.
No iba a poder dormir más.
Me levanté, me di una ducha helada para quitarme los fantasmas de encima, y me vestí. Nada de trajes hoy. Me puse unos jeans oscuros, una playera polo negra y una gorra. Quería pasar desapercibido, aunque mi porte y mi reloj gritaban dinero.
A las 8:00 AM en punto, marqué el teléfono de Ramírez.
—Señor, buenos días —contestó al primer tono, profesional como siempre—. ¿Necesita la camioneta?
—Sí. Pero no quiero escoltas. Solo tú y yo. Trae el coche discreto. El Jetta blindado.
—¿A dónde vamos, jefe?
Respiré hondo.
—Al cruce de Silverline. Tengo que encontrar a esa niña.
El cruce a esa hora era el infierno en la tierra. Si ayer era caótico, a las 9 de la mañana era una zona de guerra. El humo de los escapes formaba una niebla gris que irritaba los ojos. Había mares de gente corriendo para tomar el camión, vendedores de tamales gritando “¡Ricos tamales oaxaqueños!”, y el sonido constante de los cláxons.
Ramírez estacionó el auto en una esquina, cerca de una farmacia.
—Señor, no es seguro que baje así. Esta zona es brava —me advirtió, mirando por el retrovisor.
—Quédate aquí, Ramírez. Si pasa algo, te grito.
Me bajé y me mezclé con la gente. Caminé hacia donde había visto a Margarita el día anterior. Mi corazón latía rápido, no por miedo a que me asaltaran, sino por miedo a encontrarla… o a no encontrarla.
Escaneé la multitud. Vi a la señora de los huevos (Doña Pelos), que atendía a tres albañiles con una sonrisa de oreja a oreja. Seguramente seguía feliz con mi dinero.
Y entonces, la vi.
Estaba sentada en una banqueta rota, cerca de la parada de los peseros. Llevaba el mismo vestido rosa sucio, los mismos huaraches. Tenía un tazón de plástico agrietado frente a ella.
No estaba llorando. Estaba sentada con las piernas cruzadas, la espalda recta y la barbilla en alto, observando a la gente pasar como si fuera una reina evaluando a sus súbditos, solo que su trono era una banqueta y su reino un basurero.
Me acerqué despacio. Ella estaba distraída contando unas monedas de a peso.
—Buenos días, Jefa.
Margarita dio un respingo. Levantó la vista y sus ojos se abrieron al reconocerme. Por un segundo, vi una chispa de alegría, como si le diera gusto verme. Pero fue fugaz. Inmediatamente, su cara se transformó en una máscara de sospecha. Frunció el ceño y cruzó los brazos sobre su pecho flaco, protegiéndose.
—¿Usted otra vez? —dijo, arrastrando las palabras—. ¿Qué trae conmigo, señor? ¿Me está siguiendo? Mire que si es un robachicos, le advierto que yo muerdo y tengo hepatitis, así que no le convengo.
Tuve que morderme el labio para no reír.
—No soy un robachicos, Margarita. Y no creo que tengas hepatitis.
—¿Y usted qué sabe? Soy una bomba de tiempo viral. —Me miró de arriba abajo—. ¿Vino a pedirme su cambio? Porque ya me lo gasté. Invertí en activos fijos: dos tortas de jamón y un jugo.
Me agaché junto a ella, ignorando la suciedad del piso.
—No quiero el cambio. Vine a ver cómo estabas. Me quedé preocupado.
—¿Preocupado? —Soltó una risita sarcástica—. Los ricos no se preocupan, se ocupan. Eso lo escuché en la tele. Oiga, ya en serio… quítese de ahí.
—¿Por qué?
—Porque me está tapando el changarro —dijo, haciendo un ademán para que me moviera—. Usted parece guardaespaldas. Si la gente lo ve ahí parado todo grandote y bien vestido, van a pensar que soy hija de un político o que tengo seguridad privada. Y si piensan que tengo dinero, nadie me echa ni un peso en el tazón. ¡Me está arruinando el marketing, Leonardo!
Esta niña era increíble. Tenía una lógica empresarial impecable.
—Perdón —dije, moviéndome un poco—. Pero sigo sin entender. Ayer me dijiste que tenías necesidades. ¿Por qué no estás en la escuela? Hoy es jueves. Todos los niños están en clase.
Ella resopló, harta de mi insistencia.
—Ya le dije, señor preguntón. Una chica tiene cuentas. La escuela está bien para los que tienen la vida resuelta, pero aquí… aquí el tiempo es dinero. No puedo estar sentada haciendo planas de la letra “A” mientras hay gente aquí tirando monedas.
—Eres muy lista, Margarita —le dije, y lo sentía de verdad. Su inteligencia era afilada como una navaja—. Demasiado lista para estar aquí.
—Eso dicen todos —replicó ella con una mueca—. “Ay, qué niña tan viva”. Pero nadie me da chamba de gerente, ¿verdad? Así que, a menos que me vaya a dar dinero, mejor vaya a inspeccionar sus terrenos y déjeme trabajar.
Me miró a los ojos, retadora.
—¿Va a cooperar con la causa o va a seguir bloqueando el tráfico?
Suspiré. No podía dejarla ahí sin nada. Hice una señal discreta hacia el auto. Ramírez, que nos vigilaba como halcón, se acercó con el paso rápido.
—¿Jefe?
—Trae un paquete —le ordené.
Ramírez fue al auto y regresó con un fajo de billetes que yo siempre tenía para “emergencias”. Me lo dio.
Margarita vio el dinero y sus ojos brillaron, pero no con avaricia, sino con alivio. Como si viera un salvavidas.
—Ten —le dije, poniendo el dinero en su tazón.
La niña no lo agarró a lo loco. Lo tomó, se mojó el dedo con saliva y empezó a contarlo con una velocidad que envidiaría cualquier cajero de banco. Sus labios se movían contando: “mil, dos mil, tres mil…”.
Cuando terminó, asintió con la cabeza, satisfecha.
—Muy bien. Gracias, Leonardo. Con esto ya cubrí la cuota de la semana y me sobra para el fondo de ahorro. Hoy es usted mi cliente VIP.
—¿Ya te vas a ir?
—Claro. En este negocio hay que saber cuándo retirarse. Ya saqué el día. Ahora puedo cerrar temprano. Mi horario es de 6 a 4, pero hoy salgo a las 10 gracias a su generosidad.
Se levantó, sacudió su vestido y guardó el dinero en una bolsita de tela que llevaba amarrada a la cintura, debajo de la ropa.
—Oye… —intenté detenerla—. ¿Siempre vienes sola?
—¡Ay, qué necio! —rodó los ojos—. Ya parecen interrogatorio judicial. ¿Es usted policía o periodista? Al rato me va a preguntar de qué color son mis calzones. Es usted muy metiche, ¿sabía?
Me reí.
—Solo me preocupo. Eres muy pequeña.
—Soy pequeña, pero picosa. Sé cuidarme. —Se ajustó los huaraches—. Bueno, gracias por el patrocinio. Y gracias por espantar a la Doña de los huevos ayer. Me cae que sí impone respeto con esa cara de enojado que se carga.
—¿A dónde vas ahora? —insistí. Necesitaba saber.
Ella me miró con desconfianza.
—A mi casa. A mi mansión con alberca invisible. Y no, no le voy a decir dónde es. Mi mamá me dijo que no le de mi dirección a extraños, aunque sean guapos y tengan dinero. Especialmente si tienen dinero.
—¿Tu mamá te dijo eso?
—Mi mamá es sabia. Dice que los hombres con dinero creen que pueden comprarlo todo. Y nosotras no estamos en venta.
Esa frase me golpeó como un ladrillo. Creen que pueden comprarlo todo. Eso era exactamente lo que yo había hecho hace siete años. Intentar comprar mi libertad. Intentar comprar su silencio.
—Dile a tu mamá… —empecé, pero no supe qué decir—. Dile que tiene una hija muy inteligente.
—Ya lo sabe —dijo Margarita, guiñándome un ojo—. Adiós, Leonardo. Y recuerde: para la próxima, traiga cambio. No siempre voy a aceptar billetes grandes, luego es un lío cambiarlos en la tienda. Y nada de transferencias, puro efectivo.
Se dio la vuelta y se echó a correr, culebreando entre la gente, desapareciendo en el mar de cabezas y puestos ambulantes.
Me quedé ahí parado, sintiendo una mezcla de admiración y terror. Esa niña era una sobreviviente. Pero no debería tener que serlo. No a los siete años.
Saqué mi teléfono. Mis manos temblaban ligeramente. Marqué el número de un contacto que tenía guardado como “Seguridad Especial”. Era una agencia de investigadores privados, ex-policías que hacían el trabajo sucio que la ley no podía.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca.
—Salazar, soy Leonardo. Te necesito.
—Dígame, señor.
—Estoy en el cruce de Silverline. Acaba de salir una niña de aquí. Vestido rosa, unos siete años, cabello negro, corre rápido. Va hacia el norte, hacia la zona de las vías.
—¿Quiere que la traigamos?
—¡No! —Grité—. No la toquen. Quiero que la sigan. Discretamente. Quiero saber dónde vive. Quiero saber quién vive con ella. Quiero nombres, apellidos, historial médico, todo. Y Salazar…
—¿Sí?
—Si alguien se le acerca, si alguien intenta hacerle daño mientras la siguen… intervengan. Cuídenla como si fuera mi propia hija.
—Entendido, señor.
Colgué el teléfono.
Miré hacia donde se había ido Margarita. El sol ya estaba alto y quemaba la piel. Me sentí expuesto. Me sentí vulnerable.
Si esa niña era mi hija, yo era el peor ser humano sobre la faz de la tierra. La había dejado sola. Había dejado que creciera aprendiendo a defenderse con piedras y sarcasmo en lugar de jugar con muñecas.
Subí al auto.
—¿A la oficina, señor? —preguntó Ramírez.
—No. Llévame a un bar. Necesito un trago.
—Son las 10 de la mañana, señor.
—Me importa un carajo la hora, Ramírez. Arranca.
Mientras el auto se alejaba, no podía dejar de pensar en la sonrisa chimuela de Margarita y en la tristeza oculta en sus ojos. Iba a descubrir la verdad. Y tenía un miedo mortal de lo que esa verdad pudiera hacerme. Porque si Elena estaba ahí, si Elena había sobrevivido y criado a esa niña sola en la miseria… yo no merecía perdón. Yo merecía el infierno. Y tal vez, solo tal vez, ya estaba viviendo en él, rodeado de mis millones.
CAPÍTULO 3: El Descenso a los Infiernos de la Ciudad
La semana siguiente fue una tortura china, lenta y dolorosa. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas. Diez mil ochenta minutos de mirar el teléfono esperando una llamada que no llegaba.
En mi oficina de Reforma, con vista al Castillo de Chapultepec, el aire acondicionado zumbaba silenciosamente, manteniendo la temperatura en unos perfectos 21 grados, pero yo sudaba como si estuviera en un sauna. Mi secretaria, una mujer eficiente llamada Claudia que llevaba conmigo cinco años, entró con una tablet en la mano.
—Señor Leonardo, los inversionistas japoneses están en la sala de juntas. Llevan quince minutos esperando.
Levanté la vista de mi escritorio, donde tenía un plano arquitectónico que no había mirado en dos horas.
—Cancélalo, Claudia.
Ella parpadeó, confundida.
—Pero señor, es el proyecto de la Torre Mitikah II. Son millones de dólares en juego.
—¡Que lo canceles, carajo! —Grité, golpeando el escritorio de caoba con el puño—. ¡Diles que me dio diarrea, diles que se murió mi abuela, diles lo que quieras, pero sácalos de aquí!
Claudia dio un paso atrás, asustada. Nunca le había gritado. Respiré hondo, pasándome las manos por la cara.
—Perdón. Claudia, perdón. No me siento bien. Reprograma para la próxima semana. Y que no me pasen llamadas a menos que sea… a menos que sea Salazar.
Ella asintió y salió disparada, cerrando la puerta con cuidado.
Me quedé solo. Me serví un vaso de agua, pero mis manos temblaban tanto que derramé la mitad sobre los documentos legales.
Margarita.
Esa niña se me había metido bajo la piel como una astilla infectada. Cerraba los ojos y veía su sonrisa chimuela. Escuchaba su voz ronca diciéndome “Papá, ayúdame” . Y luego, inevitablemente, el recuerdo de Elena se superponía. La forma en que Elena se mordía el labio cuando estaba preocupada. La forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de sus sueños. Sueños que yo aplasté con un fajo de billetes y una puerta cerrada en la cara.
Si esa niña era mi hija… Dios mío. Había pasado siete años construyendo un imperio sobre los cimientos de una traición imperdonable.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio. El sonido me hizo saltar de la silla.
Miré la pantalla. “Salazar – Investigador”.
Agarré el teléfono como si fuera una granada sin seguro.
—Dime —contesté, sin preámbulos.
La voz de Salazar sonaba grave, con el ruido de fondo de un perro ladrando y música de banda a lo lejos.
—Señor Leonardo. La tenemos.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones y se iba al mismo tiempo.
—¿Dónde está? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—No le va a gustar, jefe. Está refundida en el fin del mundo. Vive en la zona irregular de “Las Vías”, pegado al canal de desagüe, allá por los límites con el Estado. Es una zona de paracaidistas, señor. No hay pavimento, no hay luz legal. Es… es feo, señor. Muy feo.
Cerré los ojos. Imaginé a Elena, la chica brillante de la universidad, viviendo en un lugar así.
—¿Y ella? —pregunté, con un nudo en la garganta—. ¿La madre?
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado.
—Señor… mis hombres han estado vigilando. La niña, Margarita, es la que sale y entra. Es la que trae la comida. A la madre apenas la hemos visto asomarse. Los vecinos dicen que está enferma. Muy enferma. Dicen que lleva meses sin salir de la casa. Parece que… parece que se está apagando, señor.
El mundo se detuvo. Se está apagando.
—Voy para allá —dije, y mi voz sonó extraña, metálica.
—Señor, no le recomiendo que venga. Ya está oscureciendo. Si entra un auto de lujo ahí, lo desvalijan en dos minutos con usted adentro. Deje que nosotros…
—¡Cállate, Salazar! —Lo corté—. Mándame la ubicación por WhatsApp. Voy para allá. Espérame en la entrada de la colonia. Y si alguien se le acerca a esa casa antes de que yo llegue, le disparas. ¿Entendido?
Colgué.
No llamé a mi chofer. No quería testigos. No quería protocolos de seguridad. Esto era personal. Esto era un ajuste de cuentas con mi propio destino.
Me quité el saco Armani y lo tiré al suelo. Me quité la corbata de seda y casi la arranco del cuello. Me quité la camisa blanca almidonada. Fui a mi baño privado, donde guardaba ropa de “emergencia” para visitas a obras sucias. Me puse unos jeans negros, una playera polo azul marino sin logotipos y unos tenis viejos . Me miré al espejo. Seguía pareciendo rico. La piel hidratada, el corte de cabello perfecto, la mirada de alguien que nunca ha tenido hambre. No podía disimular lo que era, pero al menos no parecería un banquero perdido.
Bajé al estacionamiento privado por el elevador de servicio. Me subí a mi auto personal, un coche deportivo negro que casi nunca usaba. El motor rugió, un sonido potente y agresivo que hacía eco de mi propia furia interna.
Salí a Reforma. Eran las 6 de la tarde. La hora pico. El tráfico era una serpiente roja de luces traseras que se extendía hasta el infinito.
Manejé como un loco. Me metí al carril del Metrobús, me pasé dos altos, esquivé repartidores de Uber Eats. Cada minuto que pasaba en el tráfico sentía que Elena se me escapaba un poco más.
El paisaje urbano empezó a cambiar. Dejé atrás los rascacielos de cristal y acero. Dejé atrás las avenidas arboladas y las cafeterías de especialidad. Entré a la otra ciudad. La ciudad gris. Los puentes de concreto manchados de hollín, las paredes pintadas con propaganda política vieja, los cables de luz enmarañados como telarañas negras contra el cielo naranja del atardecer.
Seguí el GPS. Me llevó cada vez más lejos, hacia la periferia, donde la ciudad deja de ser ciudad y se convierte en una herida abierta.
Llegué a “Las Vías”. El pavimento se terminó de golpe. Mi auto deportivo, diseñado para autopistas alemanas, golpeó contra la terracería llena de piedras y basura. Tuve que bajar la velocidad.
El lugar olía a quemado. Olía a basura fermentada al sol. A los lados del camino, casuchas hechas de madera podrida, láminas de cartón y plásticos azules se amontonaban unas sobre otras . Perros flacos y sarnosos ladraban a las llantas. Niños descalzos jugaban con una pelota desinflada entre los charcos de agua negra.
Vi una camioneta gris estacionada junto a un poste de luz chueco. Salazar estaba afuera, fumando un cigarro, con la mano cerca de la cintura donde guardaba la pistola.
Frené junto a él. Bajé la ventanilla.
—Súbete —le dije.
Salazar tiró el cigarro y lo pisó. Se subió al asiento del copiloto. Me miró con preocupación.
—Jefe, neta… este lugar está cabrón. No debería haber venido solo.
—¿Dónde es? —pregunté, ignorando su advertencia.
—Siga derecho tres cuadras, luego a la izquierda en el callejón donde está la virgen pintada en la pared. Es al fondo.
Avancé despacio. La gente salía de sus casas al escuchar el motor. Hombres con camisetas de tirantes y tatuajes carcelarios me miraban con ojos depredadores. Mujeres con bebés en brazos me miraban con resentimiento. Yo era el invasor. El turista de la miseria.
—Ahí, señor. Donde está la lámina roja —señaló Salazar.
Frené.
La casa era apenas un cuarto. Las paredes eran de bloques de cemento sin repellar, manchadas de humedad verde y negra. El techo era una mezcla de láminas de zinc oxidadas sostenidas por piedras y llantas viejas . La puerta era una tabla de madera despintada que parecía que se iba a caer con un estornudo.
Apagué el motor. El silencio repentino fue abrumador, solo roto por el sonido de una televisión lejana y el llanto de un bebé.
—Espere aquí, yo voy primero —dijo Salazar, abriendo la puerta.
—No —lo detuve, agarrándole el brazo—. Tú quédate en el coche. Vigila que nadie se acerque. Esto lo hago solo.
Bajé del auto. Mis tenis caros se hundieron en el lodo. El olor a desagüe me golpeó la cara, un recordatorio físico de dónde estaba.
Caminé hacia la puerta. Cada paso pesaba una tonelada. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta. ¿Qué iba a encontrar? ¿Qué le iba a decir? “Hola, soy el desgraciado que te arruinó la vida, vengo a ver si la niña que pide dinero en la calle es mía”?
Llegué a la puerta. Había grietas en la madera por donde se colaba la oscuridad de adentro.
Levanté la mano. Dudé un segundo. Mi mano temblaba. Yo, el hombre que firmaba contratos de mil millones sin pestañear, estaba aterrorizado de tocar una puerta de madera podrida.
Toqué.
Toc. Toc. Toc.
El sonido fue seco, hueco.
Esperé. Nada.
Volví a tocar, más fuerte.
—¿Quién? —preguntó una voz desde adentro.
Era una voz suave, temerosa. No era la voz de Margarita. Era una voz adulta, pero sonaba rota, débil, como si hablar costara un esfuerzo inmenso .
Se me heló la sangre. Reconocería esa voz en cualquier parte, aunque estuviera distorsionada por el dolor y el tiempo.
—Soy yo… —dije, y mi voz salió estrangulada—. Busco a Margarita.
Escuché el sonido de un cerrojo oxidado moviéndose. La puerta rechinó agónicamente y se abrió despacio.
La penumbra del interior contrastaba con la poca luz que quedaba afuera. Una figura apareció en el umbral.
Me quedé paralizado. Mi cerebro tardó unos segundos en procesar lo que mis ojos veían.
Era Elena.
Pero no era mi Elena. No era la chica de mejillas sonrosadas y cabello brillante que yo recordaba. La mujer frente a mí era un espectro.
Estaba envuelta en un rebozo gris. Su cuerpo era esquelético; la clavícula marcaba la piel pálida y traslúcida como si quisiera romperla. Sus pómulos sobresalían afilados en un rostro consumido . Su cabello, antes una cascada de vida, estaba opaco, amarrado en un chongo descuidado.
Pero eran sus ojos. Esos ojos color miel, grandes y expresivos… ahora estaban hundidos en cuencas oscuras, rodeados de ojeras moradas que hablaban de noches sin dormir y de un dolor crónico.
Ella me miró. Entornó los ojos, tratando de enfocar en la penumbra.
—¿Quién…? —empezó a decir.
Entonces me vio bien. Vio mi cara.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El color, el poco que le quedaba, desapareció de su rostro. Se llevó una mano huesuda a la boca.
—¿Leo? —susurró. Fue un sonido tan frágil que pareció que se iba a romper en el aire .
—Elena… —di un paso hacia adelante, involuntariamente.
—No… —Ella retrocedió, chocando contra el marco de la puerta—. No puedes ser tú. Estoy alucinando. Es la fiebre.
—Soy yo, Elena. Soy Leonardo.
Nos quedamos mirando. El tiempo se detuvo. El ruido del barrio desapareció. Solo existíamos nosotros dos y el abismo de siete años que nos separaba. Vi en su mirada el shock, la incredulidad, y luego, una oleada de dolor antiguo que emergió desde el fondo de su alma .
—¿Qué haces aquí? —preguntó, y su voz ganó un poco de fuerza, impulsada por la rabia—. ¿Qué haces aquí después de tanto tiempo?
—Te encontré… encontré a la niña… a Margarita…
Al escuchar el nombre de su hija, el instinto maternal se encendió en sus ojos, pero su cuerpo no pudo más.
Elena se tambaleó. Sus rodillas se doblaron como si fueran de papel. Sus ojos se pusieron en blanco .
—¡Elena!
Me lancé hacia adelante justo cuando ella caía. La atrapé a centímetros del suelo fangoso .
Su cuerpo en mis brazos no pesaba nada. Era aterradoramente ligera. Sentí sus costillas a través de la tela delgada de su ropa. Su piel estaba ardiendo en fiebre.
—¡Salazar! —Grité con todas mis fuerzas, un rugido animal que salió de mis entrañas—. ¡Salazar, trae el coche! ¡Rápido!
Salazar ya venía corriendo. Vio a la mujer desmayada en mis brazos y su cara de policía duro se transformó en pura alarma.
—¡Abra la puerta de atrás! —le ordené, cargando a Elena como si fuera una muñeca de trapo .
Los vecinos empezaron a salir. Murmullos. “¿Qué le pasó a la vecina?”, “¿Se la llevan?”, “¿Quién es ese güey?”.
No me importó. Puse a Elena en el asiento trasero de mi coche deportivo con un cuidado que nunca había tenido con nada en mi vida. Me subí junto a ella, sosteniendo su cabeza en mi regazo.
—¡Salazar, tú maneja! —le grité, tirándole las llaves—. ¡Sácanos de aquí! ¡Al hospital ABC, ahora!
—Pero jefe, su coche… no sé manejar este tipo de…
—¡Arranca el maldito coche o te mato!
Salazar arrancó. Las llantas patinaron en el lodo y luego agarraron tracción, lanzando piedras hacia atrás . El coche salió disparado por el callejón, esquivando baches y perros.
Yo miraba a Elena. Estaba inconsciente, respirando con dificultad, un silbido rasposo salía de su pecho. Acaricié su frente sudorosa, apartando mechones de cabello pegados a su piel.
—No te mueras… —le susurré, con las lágrimas nublándome la vista—. Por favor, Elena, no te mueras ahora que te encontré. No me hagas esto. No te vayas sin dejarme pedirte perdón.
El coche volaba por las calles de la periferia, rompiendo todos los límites de velocidad, rumbo a la ciudad, rumbo a la esperanza, mientras yo sostenía en mis brazos el peso de mis pecados y el amor de mi vida, rezando a un Dios en el que no creía para que no fuera demasiado tarde.
El trayecto al hospital fue una pesadilla borrosa. Salazar manejaba como un piloto de Fórmula 1 poseído, cortando tráfico, tocando el claxon, pasándose los semáforos en rojo. Yo iba atrás, inclinado sobre Elena, sintiendo cada respiración irregular de ella como una cuenta regresiva.
—Aguanta, Elena. Aguanta, mi amor —le repetía al oído, usando palabras cariñosas que no había pronunciado en siete años.
Llegamos a la rampa de urgencias del hospital privado más exclusivo de Santa Fe. Los neumáticos chillaron al frenar.
—¡Ayuda! —grité antes de que el coche se detuviera por completo, abriendo la puerta.
Un equipo de enfermeros y camilleros salió corriendo al ver el auto y mi estado de desesperación.
—¡Traigan una camilla! ¡Está inconsciente! ¡Tiene fiebre alta! —ladraba órdenes mientras la sacaba del auto con cuidado.
La pusieron en la camilla. Vi cómo le ponían una mascarilla de oxígeno inmediatamente.
—Señor, tiene que esperar aquí —me detuvo una enfermera cuando intenté seguirla a la zona de trauma.
—¡Es mi mujer! —grité, aunque no lo era. O tal vez sí. Siempre lo fue—. ¡Tengo dinero! ¡Pagaré lo que sea! ¡Quiero a los mejores doctores! ¡A los mejores, ¿me oye?!
—Entendemos, señor. Haremos todo lo posible. Por favor, llene los formularios en recepción.
Me quedé parado en medio del pasillo blanco y brillante, con mi ropa negra manchada del lodo de la vecindad, viendo cómo las puertas automáticas se cerraban, tragándose a Elena.
Me dejé caer en una silla de plástico duro. Mis manos estaban manchadas de tierra… y me di cuenta de que también temblaban incontrolablemente.
Pasaron horas. O minutos. El tiempo en los hospitales no funciona igual. Es elástico y cruel.
Caminé de un lado a otro. Me tomé cinco cafés horribles de la máquina. Salazar se quedó en la entrada, haciendo llamadas, gestionando la seguridad, manteniendo el mundo real a raya mientras yo vivía en este limbo.
Finalmente, un médico salió. Llevaba bata blanca impecable y cara de noticias serias.
—¿Familiares de la señora Elena?
—Yo —dije, saltando de la silla—. Soy yo. Leonardo.
—Señor Leonardo. Soy el Doctor Valdés, oncólogo.
La palabra “oncólogo” me golpeó como un mazo en el pecho.
—¿Cáncer? —pregunté, sintiendo que las rodillas me fallaban.
—Sí. Encontramos una masa en el estómago. Es cáncer gástrico .
El mundo se volvió negro por los bordes.
—¿Se va a morir?
—Está en una etapa avanzada, pero es tratable —dijo el médico rápidamente, viendo mi estado—. El problema real, señor, no es solo el cáncer. Su cuerpo está devastado. Tiene desnutrición severa grado tres. Anemia crítica. Deshidratación.
El médico me miró con severidad, juzgándome sin saber la historia completa.
—Básicamente, señor, su cuerpo se ha estado comiendo a sí mismo para sobrevivir. No ha recibido tratamiento, ni medicinas, ni comida adecuada en meses. Su sistema inmunológico está por los suelos. Si hubiera llegado una semana más tarde… no habría nada que hacer.
Me tapé la cara con las manos. Elena se había estado muriendo de hambre. Literalmente. Mientras yo cenaba caviar y tiraba botellas de champaña a medio terminar, ella se moría de hambre en una choza de lámina. Y lo hacía para que Margarita comiera.
—Haga todo —dije, quitándome las manos de la cara. Mis ojos ardían—. Todo. Tráigala de vuelta. No me importa cuánto cueste. Traiga especialistas de Suiza, compre máquinas nuevas, lo que sea. Sálvela.
—La hemos estabilizado. Está en una habitación privada ahora. Le estamos pasando nutrientes y antibióticos por vía intravenosa. Necesita descansar y recuperar fuerzas antes de que podamos pensar en operarla o darle quimioterapia.
—¿Puedo verla?
—Solo cinco minutos. Está muy débil.
Entré a la habitación. Era una suite de lujo, con paredes color crema y un sofá cama para visitas. Olía a limpio, a antiséptico y a flores caras que yo no había ordenado pero que el hospital ponía por defecto en las suites VIP .
Elena estaba en la cama, pequeña, frágil entre las sábanas blancas. Los monitores pitaban rítmicamente a su lado, la única prueba de que seguía viva.
Me acerqué y me senté en la orilla de la cama. Tomé su mano. Estaba fría, llena de pinchazos de agujas y moretones.
—Perdóname —susurré, besando sus nudillos huesudos—. Perdóname, Elena.
Ella se movió. Sus pestañas aletearon. Abrió los ojos despacio. La confusión inicial dio paso al reconocimiento, y luego, a esa mirada dura que me había dado en la puerta de su casa.
Retiró su mano de la mía con la poca fuerza que tenía.
—¿Qué… qué haces aquí? —graznó, con la voz rasposa por la sequedad .
—Te desmayaste. Te traje aquí. Estás a salvo.
Ella miró alrededor, viendo el lujo de la habitación, los aparatos.
—No… no tenemos dinero para esto… sácame de aquí… Margarita… tengo que ir con Margarita…
—Yo pago todo. No te preocupes por el dinero. Nunca más te vas a preocupar por el dinero.
Elena me miró con furia. Una furia que le daba vida a sus ojos muertos.
—¿Ahora? —susurró con veneno—. ¿Ahora vienes a jugar al salvador? ¿Dónde estabas hace siete años, Leonardo? ¿Dónde estabas cuando nació? ¿Dónde estabas cuando nos corrieron del cuarto porque no tenía para la renta? ¿Dónde estabas cuando ella lloraba de hambre?
Cada pregunta era una puñalada. Y me las merecía todas.
—Fui un cobarde —admití, con la voz rota—. Fui un estúpido ambicioso. Escogí mi carrera. Te dije que… que abortaras.
Ella cerró los ojos y una lágrima solitaria rodó por su mejilla hacia la almohada .
—Me diste dinero… como si fuera una basura que querías borrar .
—Lo sé. Y me he odiado cada día desde entonces. Te busqué, Elena. Te lo juro. Cuando tuve dinero, te busqué. Pero desapareciste.
—Desaparecí porque tenía que hacerlo —dijo ella, abriendo los ojos de nuevo—. No tenía a nadie. Mis padres me dieron la espalda por el embarazo. Tú me diste la espalda. Tuve que esconderme. Tuve que sobrevivir.
Me incliné hacia ella, desesperado.
—¿Es mía? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Necesitaba oírlo de ella—. Margarita… ¿es mi hija?
Elena miró al techo un largo rato. Parecía estar debatiendo si darme esa verdad o negármela para siempre como castigo.
—Yo la crié —dijo finalmente—. Yo la limpié, yo la alimenté, yo le enseñé a hablar. Ella es mía. Mía primero .
—Lo sé. Eres su madre y eres una heroína. Pero… ¿tiene mi sangre?
Elena giró la cabeza hacia mí.
—Sí. Desgraciadamente, sí.
Bajé la cabeza, sollozando de alivio y dolor. Tenía una hija. Una hija a la que había condenado a la pobreza.
—Déjame arreglarlo —le supliqué—. Déjame cuidarlas. A las dos. Por favor, Elena. Dame una oportunidad. Solo una.
Ella me miró largo y tendido. Luego, giró la cara hacia la ventana, dándome la espalda.
—Vete —dijo—. Estoy cansada.
No dijo que sí. Pero tampoco me echó a patadas. Era una rendija. Una pequeña rendija de esperanza.
Me levanté, limpiándome las lágrimas.
—Voy a salir. Pero voy a volver. Y Elena…
Me detuve en la puerta.
—Voy por ella. Voy por Margarita. No voy a dejar que pase una noche más en ese lugar sola.
Salí de la habitación. Salazar estaba en el pasillo.
—Jefe, ¿cómo está?
—Mal. Pero viva.
Me pasé la mano por el cabello, recuperando un poco de mi compostura habitual. El Leonardo hombre de negocios estaba despertando, pero ahora tenía una misión diferente.
—Salazar, dame las llaves del coche.
—¿Va a regresar a su casa, señor?
—No —dije, y mis ojos brillaron con una determinación nueva—. Voy a regresar a “Las Vías”.
—¿Qué? ¡Señor, es de noche! ¡Es un suicidio!
—Mi hija está ahí —dije, y la palabra “hija” se sintió poderosa en mi boca—. Margarita está sola en esa casa. Debe estar aterrorizada. Voy a ir por ella. Y si todo el barrio se me pone enfrente, los compro o los atropello, pero no voy a dejar a mi hija sola ni un minuto más.
Le arrebaté las llaves y caminé hacia la salida. La noche de la Ciudad de México me esperaba, y esta vez, no le tenía miedo. Tenía algo por qué luchar.
CAPÍTULO 4: Lágrimas de Habanero y Promesas de Cristal
La noche en la periferia de la Ciudad de México no es negra; es de un color naranja sucio, teñida por las lámparas de vapor de sodio y el reflejo de la contaminación. Manejé mi Audi R8 negro como si fuera un tanque de guerra entrando en territorio enemigo. El motor rugía, un sonido gutural que rebotaba en las paredes de ladrillo gris y lámina oxidada de “Las Vías”.
Salazar se había quedado en el hospital gestionando la seguridad de Elena. Yo estaba solo. Y por primera vez en mi vida, no me importaba si me asaltaban, si me secuestraban o si me mataban. Lo único que me importaba era llegar a esa puerta de madera podrida antes de que el miedo consumiera a la niña que esperaba detrás de ella.
El contraste era brutal. Hacía menos de una hora estaba en una suite climatizada de un hospital en Santa Fe, rodeado de mármol y silencio. Ahora, mis llantas de perfil bajo trituraban basura y piedras en un callejón donde la ley de Dios no entraba y la del hombre se había olvidado hacía mucho.
Estacioné frente a la casucha. Apagué las luces, pero dejé el motor encendido.
El barrio estaba despierto. En estas zonas, la vida nocturna no es de fiesta, es de supervivencia. Ojos curiosos me miraban desde las ventanas sin cortinas. Un grupo de cholos en la esquina dejó de pasar caguamas para mirar el “nave” espacial que acababa de aterrizar en su lodo. Si supieran que el hombre al volante estaba más roto que sus banquetas, tal vez no me mirarían con tanta envidia.
Bajé del auto. El aire frío de la noche olía a leña quemada y a drenaje a cielo abierto.
Caminé hacia la puerta. Estaba entreabierta, tal como la habíamos dejado al llevarnos a Elena. Mi corazón dio un vuelco. Maldita sea, dejamos la puerta abierta. Cualquiera pudo haber entrado.
—¿Margarita? —llamé, empujando la tabla de madera.
El interior estaba en penumbras, iluminado apenas por la luz de la calle que se colaba por las rendijas.
—¡Lárgate! —gritó una vocecita desde la oscuridad.
Algo voló hacia mi cabeza. Me agaché por instinto y una lata de frijoles vacía golpeó contra la pared detrás de mí.
—¡Margarita, soy yo! ¡Soy Leonardo! —grité, levantando las manos.
Escuché un jadeo. Una sombra se movió en el rincón donde estaba un colchón viejo tirado en el suelo.
—¿El señor Billetera? —preguntó la voz, temblorosa pero desafiante.
—Sí, soy el señor Billetera. Soy el papá falso.
Margarita salió de las sombras. Llevaba una playera que le quedaba de vestido y sostenía un palo de escoba roto como si fuera un bat de béisbol. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Había estado llorando, pero ahora me miraba con esa fiereza de animal acorralado que me rompía el alma.
—¿Usted otra vez? —bajó un poco el palo, pero no lo soltó—. ¿Qué hace aquí? ¿Vino a burlarse? Llegué de la escuela y mi mamá no estaba. La puerta estaba abierta. ¡No está! ¡Alguien se la llevó!
La angustia en su voz era palpable. La niña ruda de la calle, la “Jefa”, había desaparecido. Solo quedaba una niña de siete años aterrorizada porque su mundo se había desvanecido.
—Margarita, escúchame… —Me arrodillé en el piso de tierra, sin importarme mis jeans—. Tu mamá… tu mamá se puso muy malita.
Ella soltó el palo. El ruido de la madera contra el suelo fue seco.
—¿Se murió? —susurró. Fue la pregunta más dolorosa que he escuchado en mi vida.
—No, no, no —me apresuré a decir, acercándome un poco, como si me acercara a un gato asustado—. No se murió. Se desmayó. Yo vine… yo vine a buscarla porque supe que estaba enferma. La llevé al hospital. A uno muy bueno. Los doctores la están cuidando ahora mismo.
La cara de Margarita pasó del miedo a la furia en un segundo.
—¿Usted se la llevó? —gritó, retrocediendo—. ¿Usted se robó a mi mamá? ¡¿Qué le hizo?! ¡Ella estaba bien en la mañana! ¡Solo le dolía la panza! ¡¿Por qué se la llevó?! ¡Yo le dije que no necesitábamos su ayuda! ¡Le dije que se fuera!
Empezó a golpearme. Pequeños puños cerrados golpeando mi pecho, mis hombros. No dolían físicamente, pero cada golpe era una acusación directa a mi conciencia.
—¡Es su culpa! —lloraba, golpeándome sin parar—. ¡Usted vino a nuestra casa y ahora mi mamá no está! ¡Devuélvamela! ¡Quiero a mi mamá!
Me quedé inmóvil, recibiendo el castigo. Me lo merecía. Me merecía cada golpe, cada lágrima, cada grito.
—Lo siento… lo siento tanto… —murmuré, y sentí que algo se rompía dentro de mí.
La represa que había construido durante siete años, esa pared de cinismo, dinero y frialdad, se derrumbó. Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos sin que pudiera controlarlas. No era un llanto discreto. Era un llanto feo, ruidoso, doloroso.
Lloraba por Elena, muriéndose en una cama de hospital por mi culpa. Lloraba por Margarita, viviendo en la miseria por mi culpa. Lloraba por mí, por el hombre miserable en el que me había convertido.
Al verme llorar, Margarita se detuvo. Sus puños se quedaron suspendidos en el aire. Me miró con extrañeza. Los adultos en su mundo no lloraban; gritaban, pegaban o bebían, pero no lloraban así.
Se sorbió la nariz y ladeó la cabeza, observándome con curiosidad clínica.
—Oiga… —dijo, bajando la voz—. ¿Por qué chilla? ¿Le pegué muy fuerte? ¿Le duele?
Me limpié la cara con la manga de mi playera, avergonzado. Un millonario llorando en el suelo de una chabola frente a una niña de siete años. Patético.
—No… no me duele —dije, con la voz entrecortada—. Estoy bien.
—No está bien —replicó ella, cruzándose de brazos—. Tiene los ojos rojos como tomate. ¿Qué le pasó? ¿Se le metió chile del que pica en los ojos? ¿O es por el smog?
Solté una risa involuntaria, una mezcla de sollozo y carcajada. Chile del que pica. Incluso en su dolor, tenía esa chispa, ese humor defensivo tan mexicano.
—Sí… —mentí, sonriendo tristemente—. Creo que se me metió una basurita. O tal vez fue chile habanero.
Margarita suspiró, como si estuviera lidiando con un niño berrinchudo. Se acercó y, con sus deditos sucios, me dio una palmadita torpe en el hombro.
—Ya, ya. No sea chillón. Los hombres no lloran, eso dice el vecino. Aunque el vecino es un borracho, así que quién sabe.
Me puse de pie, sintiéndome extrañamente reconfortado por su gesto.
—Margarita, te voy a llevar con tu mamá. ¿Quieres ir?
Sus ojos se iluminaron.
—¿En serio? ¿Ahora?
—Sí. Ahora mismo. No te voy a dejar aquí sola.
—Espere —dijo.
Corrió hacia el rincón, revolvió entre un montón de ropa vieja y sacó una mochila de “Dora la Exploradora” que estaba más remendada que entera. También agarró una muñeca a la que le faltaba un brazo y tenía el pelo trasquilado.
—Ya estoy lista. Vámonos antes de que regresen las ratas. Las de cuatro patas, digo. Las de dos patas están en la esquina.
Salimos de la casa. Cerré la puerta con el candado viejo, sabiendo que probablemente nunca volverían a vivir ahí si yo tenía algo que ver en el asunto.
Cuando Margarita vio mi coche, se quedó con la boca abierta.
—¡No manches! —exclamó—. ¿Ese es su carro? Parece el Batimóvil. ¿Vuela?
—Casi —dije, abriéndole la puerta—. Sube, princesa.
—No soy princesa, soy la Jefa —corrigió ella, subiéndose con cuidado de no ensuciar, aunque sus zapatitos estaban llenos de lodo.
El camino de regreso al hospital fue silencioso al principio. Margarita miraba por la ventana, fascinada por la velocidad y las luces de la ciudad que cambiaban de la oscuridad del barrio al brillo de las avenidas principales.
—Oiga, Leonardo… —dijo de repente, rompiendo el silencio.
—Dime.
—¿Mi mamá se va a morir?
Apreté el volante hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
—No. No voy a dejar que eso pase. He contratado a los mejores médicos del mundo. Vamos a pelear. Ella es muy fuerte, ¿verdad?
—Sí —asintió Margarita, abrazando a su muñeca manca—. Mi mamá es de hierro. Aguanta todo. Aguanta el hambre, aguanta el frío, aguanta a la Doña de la renta. Si aguanta eso, aguanta lo que sea.
Tragué saliva. Aguanta el hambre. Esa frase me perseguiría hasta la tumba.
Llegamos al hospital. Entramos por urgencias. La gente se nos quedaba viendo. Yo, con mi ropa sucia y cara de haber llorado. Ella, con su vestido mugriento y su mochila vieja. Éramos un espectáculo.
—Señor Leonardo —nos interceptó una enfermera en el pasillo—. La paciente despertó hace un rato. Está muy agitada. Quiere irse.
—¿Irse? —Margarita se adelantó—. ¡No! ¡Si está malita!
Corrimos hacia la habitación.
Cuando entramos, la escena era tensa. Elena estaba tratando de arrancarse las vías del suero. Dos enfermeras intentaban calmarla suavemente.
—¡Suéltenme! —decía Elena con voz débil pero furiosa—. ¡No tengo para pagar esto! ¡Tengo que ir por mi hija! ¡Déjenme salir!
—¡Mami! —gritó Margarita.
Elena se congeló. Giró la cabeza y vio a la pequeña figura parada en la puerta.
—¡Margarita! —Su rostro demacrado se transformó en puro alivio.
Margarita corrió hacia la cama. Las enfermeras se apartaron. La niña se subió a una silla y abrazó a su madre con cuidado de no tocar los cables.
—Mami, mami… —lloraba Margarita, hundiendo la cara en el pecho de Elena—. Pensé que te habías ido. Pensé que me habías dejado solita.
—Nunca, mi amor. Nunca te dejaría —Elena besaba su cabeza frenéticamente, oliendo su cabello sucio como si fuera el perfume más caro del mundo—. Perdóname por asustarte.
Yo me quedé en el marco de la puerta, sintiéndome un intruso en ese momento sagrado. Elena levantó la vista y me vio. Su mirada se endureció de nuevo, pero había gratitud mezclada con el rencor.
—Gracias por traerla —dijo secamente—. Ahora, por favor, ayúdame a levantarme. Nos vamos.
—¿Qué? —di un paso adelante—. Elena, estás loca. No puedes irte. Te acabas de desmayar. Tienes… tienes una condición grave. Necesitas tratamiento. Ya pagué todo.
—No quiero tu dinero, Leonardo —escupió ella—. No quiero deberte nada. Ya me quitaste suficiente hace años. No voy a dejar que compres mi dignidad ahora. Vámonos, Margarita.
Intentó sentarse, pero hizo una mueca de dolor y se llevó la mano al estómago. El monitor cardíaco aceleró su ritmo: bip-bip-bip.
—¡Mami, no! —Margarita la empujó suavemente hacia atrás—. ¡Acuéstate!
—Hija, nos tenemos que ir. Este lugar no es para nosotras. Es muy caro.
—¡No me importa! —gritó Margarita, y las lágrimas volvieron a brotar—. ¡Mami, por favor! ¡Quédate! ¡El señor Billetera ya pagó! ¡Él dijo que no importa!
—Margarita…
—¡Por favor, mami! —suplicó la niña, juntando las manos como si rezara—. Siempre me dices que hay que ser valientes, pero yo tengo miedo. Tengo mucho miedo. No quiero que te mueras. Si nos vamos a la casa, te vas a poner mal otra vez. Aquí te dan comida rica y hay airecito fresco. ¡Déjate cuidar, mami! ¡Por favor! ¡Te prometo que me porto bien, te prometo que como todas las verduras, pero no nos vayamos!
Elena miró a su hija. Vio el terror en sus ojos. Vio lo pequeña y vulnerable que era.
Luego me miró a mí. Yo sostuve su mirada, suplicándole en silencio. Déjame hacer esto. Por ella. Si no es por mí, que sea por ella.
Elena cerró los ojos y suspiró. Un suspiro largo, cargado de derrota y amor.
—Está bien —susurró—. Me quedo.
Margarita soltó un grito de alegría y volvió a abrazarla.
—Gracias, mami. Gracias.
Elena me miró por encima del hombro de Margarita. Sus ojos lanzaban dagas.
—Me quedo por ella —dijo, con voz de acero—. No por ti. No creas que esto cambia nada. No creas que te he perdonado.
—No espero que lo hagas —respondí humildemente—. Solo quiero que vivas.
—Voy a vivir —aseguró ella, apretando los dientes—. Voy a vivir solo para ver cómo te hago pagar cada centavo. Voy a vivir para enseñarle a este chivo terco una lección amarga.
Asentí. Si su odio era lo que la mantenía viva, entonces yo sería el combustible de su odio con gusto.
—Descansen —dije—. Voy a estar afuera. Cualquier cosa que necesiten… lo que sea… estoy aquí.
Salí de la habitación y cerré la puerta. Me recargué contra la pared fría del pasillo y me deslicé hasta quedar sentado en el suelo.
Estaba exhausto. Física y emocionalmente destruido. Pero mis “chicas” estaban a salvo. Estaban juntas, en una cama limpia, con médicos cuidándolas.
Esa noche no regresé a mi penthouse. Dormí en la sala de espera, en una silla incómoda de vinil, con el saco hecho bola como almohada. Fue la mejor noche de sueño que había tenido en siete años, porque por primera vez, sabía exactamente dónde estaba mi corazón.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina extraña.
Elena fue sometida a cirugía tres días después. Fue una operación larga, de seis horas. Yo caminé un agujero en el piso de la sala de espera. Margarita estaba conmigo. Le compré un libro de colorear y crayolas. Se sentaba en el suelo, pintando furiosamente, sacando la lengua por la concentración.
—Oiga, Leonardo —me dijo, sin levantar la vista de su dibujo de un unicornio morado—. ¿Usted no trabaja? Lleva tres días aquí pegado como chicle. ¿No se van a enojar sus jefes?
—Yo soy el jefe —dije, tomando un café aguado.
—Ah. Entonces es usted un jefe muy flojo. Debería estar produciendo capital.
Sonreí.
—Estoy invirtiendo en lo más importante ahora.
Cuando el cirujano salió y nos dijo que habían podido remover el tumor y que el pronóstico era bueno gracias a que su cuerpo había respondido mejor de lo esperado a los nutrientes previos, Margarita y yo gritamos. Ella saltó a mis brazos.
Fue un acto reflejo. Ella saltó, yo la atrapé. La abracé fuerte, oliendo su cabello que ahora estaba limpio y olía a shampoo de fresa (yo mismo me había encargado de que las enfermeras le dieran acceso a las duchas).
Por un segundo, sentí lo que era ser padre. Sentí ese peso precioso, esa responsabilidad absoluta.
Luego ella se dio cuenta de lo que hacía y se soltó, bajándose rápidamente y alisándose el vestido nuevo que le había comprado.
—Bueno… qué bueno que salió bien —dijo, tratando de recuperar su postura de “Jefa”—. Ya me estaba preocupando.
Durante la recuperación de Elena, yo me convertí en el proveedor oficial de caprichos.
Llegaba en la mañana con tamales gourmet (que Margarita decía que sabían a cartón y que prefería los de la esquina). Llegaba al mediodía con frutas exóticas. En la noche traía cenas de los mejores restaurantes de Polanco: lasaña, cortes de carne, sushi.
Elena comía. Al principio por obligación, luego con apetito real. El color volvía a sus mejillas. Pero su actitud hacia mí seguía siendo una muralla de hielo.
Margarita, sin embargo, empezaba a sospechar.
Una tarde, mientras yo acomodaba un arreglo floral gigante que parecía una selva, Margarita me interceptó. Se paró con las piernas abiertas y los brazos cruzados, bloqueándome el paso.
—A ver, a ver, a ver —dijo, moviendo la cabeza—. ¿Qué onda con usted?
—¿Qué pasa, Jefa?
—Usted siempre está aquí. Trae comida. Trae flores. Paga las cuentas. Me compra ropa. Duerme en la silla. ¿Usted vive aquí o qué?
—Solo quiero que estén cómodas.
—Nadie es tan buena gente gratis —entornó los ojos—. Ya dígame la neta. ¿Usted conoce a mi mamá de antes? ¿Es su novio? ¿O… es usted mi papá?
El jarrón de flores casi se me cae de las manos. Me congelé.
Elena estaba despierta en la cama, fingiendo leer una revista, pero vi cómo se tensaba.
Miré a Margarita. Sus ojos oscuros me taladraban, buscando la verdad.
Solté una risa nerviosa, de esas que delatan culpabilidad a kilómetros.
—¿Tú qué crees? —le devolví la pregunta, cobardemente .
Margarita me escaneó. Miró mis zapatos, mi reloj, mi cara. Luego miró a su mamá.
—Pues… —dijo, llevándose un dedo a la barbilla—. Si fuera el novio de mi mamá, no está tan mal. Se viste bien, aunque a veces combina raro. Y huele mejor que el Don Evaristo, el vecino que huele a patas y cebolla. Podría aceptarlo como padrastro.
Elena soltó un bufido desde la cama, tratando de no reírse.
—¿Ah, sí? —pregunté, divertido.
—Sí. Pero con condiciones —Margarita levantó el dedo índice—. Solo lo acepto si sigue trayendo esa cosa… ¿cómo se llama? ¿Lasaña? Y si me deja subirme a su coche Batman otra vez.
—Trato hecho —dije, estrechándole la mano.
Margarita sonrió y se fue a jugar con su tablet nueva (otro regalo mío que Elena había intentado rechazar pero que Margarita había defendido con uñas y dientes).
Pero la risa se apagó cuando miré a Elena. Ella me miraba fijamente, y en sus ojos vi una advertencia clara: No te emociones. Todavía no ganas nada.
Me acerqué a la cama.
—Elena… —empecé, bajando la voz para que Margarita no escuchara—. Sé que me odias. Y tienes razón. Sé que lo que hice es imperdonable. Pero por favor… déjame ser parte de su vida. Ella se merece saber la verdad. Se merece saber que su padre está vivo y que se arrepiente cada segundo de su existencia.
Elena dejó la revista. Suspiró, y por primera vez, no hubo odio en su voz, solo cansancio.
—Tienes suerte de que te deje entrar a este cuarto, Leonardo. Tienes suerte de que no le haya dicho quién eres realmente para que te odie tanto como yo.
—Lo sé. Soy un suertudo miserable.
—Haz lo que quieras conmigo —dijo ella, mirando hacia Margarita, que estaba absorta viendo videos de YouTube—. Pero no la lastimes. No la ilusiones para luego irte cuando te aburras de jugar a la casita. Si le rompes el corazón a ella, te juro que te mato con mis propias manos, aunque esté conectada a este suero.
—Nunca me iré —prometí—. Nunca más.
—Veremos —dijo ella—. Veremos si aguantas. Ella es intensa. Sacó tu carácter podrido.
—Y tus ojos hermosos.
Elena se sonrojó levemente y volteó la cara rápido hacia la ventana para ocultarlo.
—Cállate y pásame el agua.
Sonreí. Era un avance. Un milímetro de avance, pero un avance al fin y al cabo.
Días después, cuando Elena estaba lo suficientemente fuerte para sentarse sin dolor, llamó a Margarita.
—Bebé, ven acá —dijo con voz suave .
Margarita dejó sus juguetes y corrió a la cama.
—¿Qué pasó, mami? ¿Te duele algo? ¿Te vas a morir? ¡No te mueras, por favor! —Los ojos de Margarita se llenaron de lágrimas instantáneamente. El trauma seguía ahí, a flor de piel .
—No, tonta —Elena rió débilmente, limpiándole una lágrima—. No me voy a morir. Todavía no. Tengo que enseñarle una lección a un chivo terco antes de irme.
Margarita rió, confundida.
—¿Cuál chivo?
Elena respiró hondo. Me miró a mí, que estaba parado en la esquina del cuarto, conteniendo la respiración. Me hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Es hora.
—Ese hombre… —señaló hacia mí—. Ese hombre que ha estado trayéndonos comida y durmiendo en la silla…
—¿El señor Billetera?
—Sí. Leonardo. Él… él es tu papá.
El silencio en la habitación fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado. Margarita giró la cabeza lentamente hacia mí, como en una película de terror, y luego de vuelta a su madre.
—¿Mi qué? —susurró.
—Tu padre —confirmó Elena. Y procedió a explicarle, con palabras sencillas y sin veneno (lo cual le agradecí eternamente), que hace años “sucedieron cosas de adultos”, que nos separamos, y que ahora yo había vuelto porque quería conocerla.
—¿Entonces… —Margarita frunció el ceño, procesando la información a mil por hora—… él es el que se fue a comprar cigarros y se perdió?
—Algo así —dijo Elena.
Margarita se bajó de la cama. Caminó hacia mí. Yo estaba temblando. He cerrado tratos con tiburones de Wall Street sin sudar, pero esta niña de siete años me tenía aterrorizado.
Se paró frente a mí, manos en la cintura, mirándome hacia arriba.
—¿Eres mi papá de verdad? ¿De sangre y todo?
—Sí, Margarita. Soy tu papá.
—¿Y por qué tardaste tanto? ¿Había mucho tráfico o qué?
Me arrodillé para mirarla a los ojos.
—Fui un tonto. Me perdí. Pero te busqué. Y ahora que te encontré, no me voy a ir nunca.
Ella me miró con desconfianza.
—Mi mamá dice que eres un chivo terco. ¿Eres malo?
—Fui malo. Pero quiero ser bueno. Quiero cuidarlas. Quiero… quiero ser tu papá, si tú me dejas.
Margarita miró a su mamá. Elena solo observaba, neutral.
—En la escuela se burlan de mí porque no tengo papá —dijo Margarita en voz baja—. Yo les inventé que eras un superhéroe secreto. Que estabas en una misión en el espacio.
Sonreí con dolor.
—No soy un superhéroe. Soy solo un ingeniero. Pero puedo intentar ser tu héroe.
Margarita suspiró, como si tomara una decisión ejecutiva de alto nivel.
—Ok. Pero no va a ser fácil, eh. No crea que porque ya dijo “soy tu papá” ya la hizo.
Se volvió hacia Elena.
—Mami, tengo una idea.
—¿Cuál idea? —preguntó Elena.
—Vamos a ponerlo a prueba. Como en los trabajos. Un periodo de prueba.
—¿De cuánto tiempo? —preguntó Elena, divertida.
—Tres meses —dictaminó Margarita, levantando tres dedos—. Tres meses de “probación”. Si se porta bien, si no te hace llorar, si paga la lasaña y si nos trata como reinas… se queda. Si no… —hizo un gesto de cortar el cuello con el dedo—… ¡Cuello! Lo corremos a patadas.
Elena soltó una carcajada genuina, la primera que escuchaba en años.
—Me parece un trato justo. Tres meses. ¿Aceptas, Leonardo?
Miré a mis dos juezas. Una mujer a la que había destrozado y una niña que apenas me conocía. Tenía la oportunidad de mi vida frente a mí.
—Acepto —dije solemnemente—. Tres meses. Voy a ser el mejor padre y el mejor… compañero… que hayan visto.
Margarita asintió y me extendió la mano.
—Trato hecho, señor Papá. Pero póngase las pilas, porque soy una jefa muy exigente.
Le estreché la mano pequeña y suave. En ese momento, supe que el contrato más difícil de mi vida acababa de empezar. Y estaba dispuesto a perderlo todo con tal de ganarme ese puesto.
CAPÍTULO 5: La Verdad Duele Más que el Hambre
Elena cumplió su amenaza. En cuanto los doctores le dieron el alta, apenas capaz de caminar sin marearse, exigió volver a su casa. A su “cueva”, como yo la llamaba en mi mente.
Intenté convencerla. Le ofrecí un departamento en la Condesa, le ofrecí un hotel, le ofrecí mi casa de huéspedes.
—No —dijo ella, cerrando su maleta vieja con manos temblorosas—. No quiero deberte ni un peso más, Leonardo. Ya pagaste el hospital. Eso es suficiente deuda para una vida.
Así que la llevé de regreso. El viaje en el auto fue silencioso y tenso. Margarita iba atrás, pegada a la ventana, viendo cómo los edificios bonitos daban paso otra vez al gris del cemento y al polvo de la periferia. Su carita reflejaba una decepción que intentaba disimular, pero que a mí me partía el alma.
Cuando llegamos a la vecindad en “Las Vías”, el contraste fue brutal. Después de estar una semana en una suite climatizada con sábanas de hilo egipcio, el olor a drenaje y el calor sofocante de la lámina se sentían como un castigo físico.
Ayudé a Elena a bajar. Se apoyó en mi brazo solo porque no tenía otra opción, pero su cuerpo estaba rígido, rechazando mi contacto.
—Gracias —dijo secamente en la puerta—. Ya puedes irte.
—Elena, por favor… no tienes luz, no tienes agua corriente. Acabas de salir de una cirugía mayor. Déjame contratar a una enfermera, déjame traer un generador…
—Dije que te fueras —me cortó, cerrando la puerta en mi nariz.
Me quedé parado en el callejón, viendo la madera astillada, sintiéndome el hombre más impotente del mundo con mi American Express Centurion en el bolsillo.
Los siguientes días fueron una guerra fría.
Yo no me rendí. Acepté el reto de los “tres meses de prueba” como si fuera la licitación más importante de mi carrera. Iba todos los días.
Llegaba a las 7 de la mañana con desayuno caliente. Elena no me abría. Dejaba la comida en la puerta. Regresaba a las 2 de la tarde para ver si Margarita había llegado de la escuela (o eso creía yo). Regresaba a las 8 de la noche para intentar verlas.
Las vecinas chismosas de la vecindad ya me conocían. Me llamaban “El Gringo” (aunque soy mexicano, mi ropa y mi coche me hacían extranjero en ese barrio). Se asomaban por las ventanas, cuchicheando. “Ahí viene otra vez el rogón”, decían. “Pobre, la Elena lo trae cortito”.
Elena me trataba con la punta del pie. Si me dejaba pasar, era solo para que Margarita me viera un rato. Ella se sentaba en una silla de plástico, cruzada de brazos, lanzándome miradas que, si fueran balas, me habrían dejado como coladera.
—¿Qué haces aquí otra vez? —me espetaba—. ¿No tienes empresas que dirigir? ¿No tienes novias modelos con las que salir?
—Mi trabajo es este —le respondía yo, aguantando vara—. Mi trabajo es asegurarme de que coman.
Ella resoplaba y miraba hacia otro lado. Su orgullo era su armadura. Odiaba sentirse endeudada. Odiaba depender del hombre que la abandonó. Y yo lo entendía, pero eso no hacía que doliera menos.
Un martes, decidí cambiar la estrategia. Esperé a que Margarita se fuera a la escuela y llegué a la vecindad a media mañana. Iba vestido sencillo: jeans, playera blanca, tenis. No llevé el deportivo; llevé una camioneta familiar discreta.
Bajé cargado con bolsas de supermercado. Leche, huevos, carne, verduras, jugo, pan dulce. Cosas básicas que sabía que les faltaban.
Toqué la puerta.
Elena abrió. Llevaba una bata vieja y se veía cansada. Las ojeras seguían ahí, marcadas como tatuajes. Al verme con las bolsas, su cara se contrajo en una mueca de fastidio.
—¿Otra vez tú? —suspiró—. ¿Qué parte de “déjanos en paz” no entiendes, Leonardo? ¿O es que el dinero te tapó los oídos?
—Buenos días a ti también, Elena —dije, intentando sonreír—. Traje despensa. Margarita necesita proteínas para crecer. Y tú también.
—No queremos tu caridad —intentó cerrar la puerta, pero puse el pie (zapato Ferragamo contra puerta de madera podrida, una metáfora de mi vida).
—No es caridad. Es responsabilidad. —Empujé suavemente y entré.
Puse las bolsas en la pequeña mesa de plástico que servía de comedor, escritorio y almacén. La casa estaba limpia, impecable dentro de su pobreza, lo cual hablaba de la dignidad inquebrantable de Elena.
—Escúchame, por favor —le dije, girándome hacia ella—. Sé que estás enojada. Tienes derecho a odiarme hasta el día del juicio final. Fui un imbécil. Tomé la peor decisión de mi vida hace siete años y no hay día que no me arrepienta.
Ella se quedó parada junto a la puerta, con los brazos cruzados, protegiéndose el pecho.
—Las palabras se las lleva el viento, Leo. Y tú eres puro aire caliente.
—Lo sé. Por eso estoy aquí, haciendo méritos. Pero Elena… tenemos que hablar del futuro. De Margarita.
—Margarita tiene futuro. Va a la escuela, es inteligente, va a salir adelante conmigo. Como siempre.
—Elena… —di un paso hacia ella, suplicante—. Mírate. Miren dónde viven. No tienen seguridad social. Si te enfermas otra vez, ¿qué va a pasar? Margarita se merece algo mejor. Se merece una buena escuela, clases de natación, ropa que no le quede chica. Yo tengo todo eso. Tengo millones.
Elena se puso tensa. Sus ojos lanzaron chispas.
—¿Me estás diciendo que no soy buena madre porque soy pobre? —siseó—. ¿Me estás insultando en mi propia casa? ¿Crees que porque no tengo tu mansión mi hija es una infeliz?
—No, no es eso. Es que no es justo para ella. No es justo que… que tenga que salir a pedir dinero.
El silencio que siguió fue absoluto. Se escuchaba gotear una llave de agua al fondo.
Elena parpadeó, confundida.
—¿Qué dijiste? —preguntó, bajando la voz.
—Dije que no es justo que Margarita esté pidiendo limosna en la calle.
Elena soltó una risa nerviosa, incrédula.
—¿De qué estás hablando? Margarita va a la escuela. Yo pago la colegiatura de una escuela privada pequeña aquí en la colonia. Me mato trabajando de mesera para pagarla. ¿Qué estupidez estás diciendo?
Suspiré. Esta era la parte difícil. La parte que iba a doler.
—Elena… ¿cómo crees que te encontré?
Ella me miró, esperando la respuesta.
—La conocí en el cruce de Silverline. En la zona industrial. Ella estaba ahí, entre los coches. Estaba pidiendo dinero con un tazón de plástico.
Elena palideció. Se apoyó en la pared para no caerse.
—Mientes —susurró—. Ella me dijo… ella trae comida a la casa, trae medicinas… me dijo que el pastor de la iglesia nos las mandaba. Me dijo que eran donaciones de la parroquia.
—No era el pastor, Elena. Era ella. “La Jefa”. Así le dicen en el crucero. Lleva meses yendo ahí en lugar de ir a la escuela. Se pelea con los vendedores, esquiva los camiones… Elena, la vi enfrentarse a una señora con un palo por unos huevos rotos. Es una sobreviviente, pero es una niña de siete años arriesgando la vida todos los días por ti.
Elena se llevó las manos a la boca. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, pero no eran de tristeza, eran de horror puro.
—¡Dios mío! —gimió—. ¡Mi bebé! ¡Pudo haberla atropellado un coche! ¡Pudieron robársela! Y yo… yo creyendo que estaba estudiando…
Se dejó caer en una silla, derrotada. La realidad de su situación la golpeó más fuerte que el cáncer. Su hija, su pequeña niña, se había convertido en el hombre de la casa a los siete años.
—Ella lo hizo por amor —le dije suavemente, arrodillándome a su lado—. Te vio enferma. Te vio sin dinero. Y salió a cazar para traerte comida. Es igual de terca que tú.
Elena lloró en silencio durante un largo rato. Yo no la toqué. Dejé que procesara la verdad. Sabía que este era el punto de quiebre. Su orgullo podía aguantar el hambre propia, pero no podía aguantar el riesgo de su hija.
A las 2:30 de la tarde, la puerta se abrió.
Margarita entró cantando bajito, con su mochila puesta.
—¡Mami, ya llegué! —anunció alegremente—. Hoy aprendí mucho en la escuela, la maestra dijo que…
Se detuvo en seco al verme sentado en la mesa. Y luego vio a su madre, con los ojos rojos e hinchados, sentada frente a mí.
La mochila de Margarita cayó al suelo. Su instinto callejero le dijo que la fiesta se había acabado.
—Ups… —murmuró, cubriéndose la boca—. Creo que se me cayó el teatrito.
—Siéntate, Margarita —dijo Elena. Su voz era firme, la voz de “madre encabronada” que todos los mexicanos conocemos y tememos .
Margarita caminó despacio hacia la silla, mirándome con traición. “Soplón”, decían sus ojos. Yo me encogí de hombros, pidiéndole perdón en silencio.
—¿Por qué? —preguntó Elena, mirándola fijamente—. ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué me dijiste que ibas a la escuela cuando estabas pidiendo dinero en la calle? ¿Sabes lo peligroso que es?
Margarita bajó la cabeza. Sus pies, colgando de la silla, se balanceaban nerviosos.
—Mami… teníamos hambre —dijo en un susurro—. Tú estabas muy malita. Vomitabas la comida. Llorabas en la noche pensando que yo estaba dormida. El dinero no alcanzaba. La renta se vencía. Yo… yo solo quería ayudar.
Elena cerró los ojos, conteniendo un sollozo.
—Soy una niña lista, ma —continuó Margarita, levantando la vista con orgullo—. Soy una hustler. Hice buena lana. Nos mantuve, ¿no?
—¡Eres una niña! —explotó Elena, golpeando la mesa—. ¡No es tu trabajo mantenerme! ¡Es mi trabajo cuidarte a ti! ¡Si algo te hubiera pasado… me muero! ¡Me muero, Margarita!
—Perdón, mami —Margarita empezó a llorar—. Ya no lo voy a hacer. Te lo juro. Ya no necesito ir al crucero. Ahora está mi papá. Él es rico. Él paga.
Margarita me señaló con su dedito.
—¿Verdad, pa? ¿Verdad que tú nos vas a dar todo? ¿Verdad que ya no vamos a ser pobres?
Esa pregunta quedó flotando en el aire. Era el jaque mate.
Elena me miró. Yo la miré. En sus ojos vi cómo se rompía su última resistencia. Estaba cansada. Cansada de luchar contra la corriente, cansada de contar monedas, cansada del miedo.
—Sí, princesa —le respondí a Margarita, sin dejar de mirar a Elena—. Yo les voy a dar todo. Quiero que se vengan a vivir conmigo. A una casa segura. Donde nadie les grite por la renta. Donde haya comida siempre.
Margarita se secó las lágrimas y sus ojos brillaron con codicia infantil.
—¿Tu casa tiene tele grande? ¿Como las del cine?
—Más grande. Del tamaño de esta pared.
—¿Tiene alberca?
—Sí. Y tiene calefacción para que el agua esté calientita.
—¿Y tengo cuarto propio? ¿Con princesas?
—Puedes tener el cuarto que quieras y lo pintamos como tú digas.
Margarita soltó un grito ahogado de emoción. Se giró hacia su madre, agarrándole las manos.
—¡Mami, por favor! —suplicó—. ¡Vámonos con él! ¡Tiene alberca! ¡Tiene tele! ¡Ya no quiero vivir aquí! ¡Aquí huele feo y el vecino grita! ¡Vámonos a la casa del rico! ¡Es un buen negocio!
Elena miró a su hija. Vio la esperanza desesperada en su carita. Luego miró alrededor, a las paredes húmedas, al techo de lámina que crujía con el calor.
Suspiró. Un suspiro profundo que salió desde el fondo de su alma cansada.
—Está bien —dijo en voz baja—. Nos vamos.
Margarita saltó de la silla gritando “¡Sí! ¡Sí! ¡Ganamos la lotería!”.
Yo sentí un alivio tan grande que casi me mareo. Pero Elena levantó la mano para detenerme.
—Nos vamos por ella —dijo, mirándome a los ojos con frialdad—. No te confundas, Leonardo. No me estoy vendiendo. Lo hago porque no voy a permitir que mi hija vuelva a pisar una calle para pedir dinero. Pero tú y yo… tú y yo seguimos en periodo de prueba. Y la cuenta sigue corriendo.
—Entendido —dije.
La mudanza fue rápida. No había mucho que llevar. Ropa vieja, algunos juguetes rotos, fotos, documentos. Lo material cabía en tres maletas.
Cerrar la puerta de esa vecindad por última vez fue simbólico. Elena dejó las llaves sobre la mesa y no miró atrás.
Subimos a mi camioneta. Margarita iba saltando en el asiento trasero, probando todos los botones, bajando y subiendo la ventana eléctrica.
—¡Mira, mami! ¡Esto es magia! —gritaba.
Manejé hacia Polanco. El trayecto fue como viajar entre dos planetas. Dejamos atrás el gris, el polvo, los cables colgando. Entramos a Periférico, subimos al segundo piso. Los edificios de cristal empezaron a aparecer. Los árboles verdes, las calles limpias.
Cuando entramos a la privada de mi residencia, Margarita pegó la cara al vidrio.
—¡No manches! —exclamó—. ¿Aquí vive puro rey o qué? ¡Mira esos coches! ¡Mira esa casa!
Llegamos a mi mansión. Los portones eléctricos se abrieron. El personal de servicio estaba esperando en la entrada, alineados como había ordenado.
Bajamos del auto. Margarita corrió hacia la entrada, girando sobre sí misma, con los brazos abiertos.
—¡Es gigante! —gritó—. ¡Mami, mira! ¡Es como en las novelas! ¡Soy rica! ¡Voy a decirle a todos en la escuela que mi papá es millonario y que tengo alberca!
Elena bajó del auto despacio. Miró la fachada imponente de la casa, el jardín perfectamente cuidado, la fuente de piedra. Se sentía pequeña, fuera de lugar.
Me acerqué a ella.
—Bienvenida a casa —le dije.
Ella me miró, abrazándose a sí misma.
—Esta no es mi casa, Leonardo. Es una jaula de oro. Pero es una jaula segura para mi hija. Y con eso me basta.
Entramos. Margarita ya estaba inspeccionando la sala.
—¡Papá! —me gritó desde el sofá—. ¿Puedo brincar en los sillones?
—Puedes hacer lo que quieras, Jefa.
—¿Cuándo puedo usar la alberca? ¿Tengo que pagar entrada o es gratis por ser hija del dueño?
—Es gratis de por vida —le aseguré, riendo.
Margarita se paró en medio de la sala, con las manos en la cintura, mirando el candelabro de cristal.
—Oiga, ¿y aquí nos van a dar de comer o tenemos que trabajar? Porque yo ya me retiré del negocio de las calles, eh. Ahora soy una mantenida.
Me arrodillé frente a ella y le besé la frente.
—No tienes que trabajar nunca más, princesa. Tu único trabajo es ser niña. Jugar, ir a la escuela y ser feliz. Yo me encargo del resto.
Margarita sonrió, satisfecha.
—Me gusta este trato. Buen servicio, cinco estrellas.
Elena se quedó en una esquina, observando la escena. No sonreía. Estaba vigilante. Como una leona que acaba de entrar a la guarida de un león extraño y no sabe si va a ser comida o reina.
Esa noche, les mostré sus habitaciones. Margarita gritó al ver su cama con dosel y los juguetes que había comprado. Elena, en cambio, aceptó su habitación de huéspedes con un asentimiento mudo y cerró la puerta con seguro.
Me quedé solo en el pasillo.
Había logrado traerlas. Estaban bajo mi techo. Estaban a salvo. Pero sabía que la parte más difícil apenas comenzaba. Tenía que convertir esa “jaula de oro” en un hogar. Tenía que derretir el hielo en el corazón de Elena. Y tenía tres meses para hacerlo, o perdería lo único que realmente importaba.
Me fui a mi cuarto, pero no pude dormir. Escuchaba los pasos de Margarita corriendo por el pasillo de arriba y, por primera vez en siete años, el silencio de mi casa se había roto. Y sonaba a gloria.
CAPÍTULO 6: La Jaula de Oro y el Corazón de Hielo
La vida en la mansión de Polanco no se convirtió en un cuento de hadas de la noche a la mañana. Más bien, se transformó en una extraña comedia de situación, una mezcla entre “La Cenicienta” y “Guerra de Vecinos”.
Margarita se adaptó al lujo con una velocidad aterradora. Para ser una niña que hace una semana peleaba por monedas en un crucero industrial, ahora se movía por los pasillos de mármol como si hubiera nacido con una cuchara de plata en la boca.
—¡Ramírez! —gritaba desde la sala—. ¡Prepara el Batimóvil! ¡Se nos hace tarde para la escuela!
Mi jefe de seguridad, un hombre que había protegido a diplomáticos y políticos, ahora sonreía como bobo y le abría la puerta trasera del auto con una reverencia.
—A la orden, Jefa Margarita.
Yo, por otro lado, estaba aprendiendo a ser papá a marchas forzadas. Descubrí que cerrar un negocio de millones de dólares es fácil comparado con peinar a una niña de siete años que no se quiere estar quieta.
—¡Ay, me jalaste! —se quejaba Margarita frente al espejo—. Papi, tienes manos de albañil, no de estilista. Hazme una trenza francesa.
—¿Una qué? —preguntaba yo, con el cepillo en una mano y una liga en la boca—. Margarita, con trabajos sé hacer un nudo de corbata. Te vas a ir con cola de caballo y agradece que no pareces puercoespín.
Ella rodaba los ojos, ese gesto que había perfeccionado y que sacó idéntico a su madre.
Elena era la pieza que no encajaba. Mientras Margarita y yo jugábamos a la casita feliz, Elena seguía siendo un espectro vigilante. Se recuperó físicamente con rapidez asombrosa; la buena comida, las medicinas a tiempo y el descanso obraron milagros. Sus mejillas recuperaron el color, su cabello volvió a brillar, y esa delgadez cadavérica empezó a desaparecer, revelando de nuevo a la mujer hermosa de la que me enamoré.
Pero por dentro, seguía blindada.
Se pasaba el día observando. Se sentaba en la terraza con un libro, pero yo sabía que no leía. Nos miraba. Me miraba a mí nadando con Margarita, me miraba ayudándola con la tarea, me miraba intentando hacerla reír. Y su mirada no era de amor; era de auditoría. Estaba contando mis errores. Estaba esperando a que me cansara.
El “periodo de prueba” de tres meses pendía sobre mi cabeza como una espada de Damocles.
Una mañana, el conflicto estalló en la cocina.
Yo había decidido, en un ataque de optimismo estúpido, preparar el desayuno. Quería ganar puntos. Despedí a la cocinera por la mañana y me puse el delantal.
Hice huevos revueltos. O al menos, algo que se parecía a huevos revueltos.
Elena bajó a la cocina. Llevaba unos jeans y una blusa sencilla que le había comprado Margarita (porque lo que yo le compraba, lo dejaba en la caja). Se veía espectacular.
—Buenos días —dije, sirviéndole un plato con mi mejor sonrisa—. Desayuno especial del Chef Leonardo.
Elena miró el plato con sospecha. Margarita ya estaba comiendo, haciendo muecas raras.
—¿Qué es esto? —preguntó Elena, pinchando un trozo de huevo con el tenedor.
—Huevos a la mexicana. Pruébalos.
Elena se metió un bocado a la boca. Masticó despacio. Su expresión no cambió, pero vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas… y no de emoción.
Tragó con dificultad y tomó un vaso entero de agua de un solo trago.
—Leonardo —dijo con voz estrangulada—. ¿Estás tratando de matarnos de hipertensión para quedarte con el seguro de vida?
—¿Por qué? ¿Están salados?
—¿Salados? —Margarita intervino, sacando la lengua—. Papi, esto no es huevo con sal, es sal con huevo. Sabe a agua de mar concentrada. ¡Guácala!
Me probé un bocado y casi lo escupo. Estaba incomible.
—Perdón —dije, avergonzado, retirando los platos—. Pediré Uber Eats.
Elena se levantó, negó con la cabeza y se sirvió cereal.
—No te esfuerces tanto, Leonardo. No eres cocinero. Eres ingeniero. Zapatero a tus zapatos.
—Solo quería tener un detalle.
—Los detalles no borran el pasado —dijo ella, fría como el hielo, y se llevó su tazón al jardín.
Ese era mi día a día. Intentaba, fallaba, y ella me recordaba que seguía en la lista negra. Le compraba zapatos caros; ella los dejaba en la entrada y seguía usando sus tenis viejos. Le compré un iPhone de última generación para que estuviera comunicada; lo encontré una semana después guardado en el fondo del clóset, todavía en su caja sellada.
—No quiero tus regalos —me dijo cuando la confronté—. No soy una muñeca que puedes vestir. Soy la madre de tu hija, nada más.
Un par de semanas después, cuando Elena estaba totalmente recuperada, soltó la bomba durante la cena.
—Voy a buscar trabajo.
Dejé caer mi tenedor. Margarita, que estaba contándonos sobre cómo “El Brayan” (su némesis del barrio, al que extrañamente extrañaba) le había mandado un mensaje por Facebook, se calló.
—¿Trabajo? —pregunté—. Elena, no necesitas trabajar. Yo cubro todos los gastos. Tienes tarjetas de crédito a tu nombre que ni siquiera has activado.
—No quiero ser una mantenida —respondió ella, cortando su carne con precisión quirúrgica—. Ya te lo dije. Acepté vivir aquí por Margarita, por su seguridad. Pero no voy a pasarme la vida tomando sol en tu alberca mientras tú pagas mis calzones. Tengo manos. Tengo cerebro. Quiero trabajar.
Suspiré. Sabía que discutir con ella era inútil. Era terca como una mula, rasgo que, lamentablemente, nuestra hija había heredado con creces.
—Está bien —dije, intentando ser diplomático—. Te entiendo. Mira, en Grupo Silverline necesitamos una gerente de logística. Tienes experiencia administrando… bueno, administrando la escasez, que es más difícil. Te ofrezco el puesto. Buen sueldo, horario flexible para que estés con Margarita…
—No —me interrumpió antes de que terminara.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero trabajar para ti. No quiero que nadie diga que la ex-novia del jefe tiene puesto asegurado. Quiero conseguirlo yo misma.
Y lo hizo. Al día siguiente salió vestida formal, con su currículum impreso en una carpeta. Regresó en la tarde con una sonrisa triunfal que no le veía desde la universidad.
—Conseguí trabajo.
—¿En serio? —me alegré—. ¿En dónde? ¿En algún despacho? ¿En una escuela?
—En “Los Bisquets de Obregón”. De mesera.
Sentí que me daba un infarto.
—¿De mesera? —pregunté, incrédulo—. Elena, por el amor de Dios. Vives en una mansión de cinco millones de dólares y te vas a ir a servir café y pan dulce por el salario mínimo.
—Es un trabajo honesto —dijo ella, levantando la barbilla—. Y las propinas son mías. Nadie me las regala. Empiezo mañana. Turno de la tarde.
Margarita aplaudió.
—¡Bien, mami! ¡Trae bisquets gratis! A mí me gustan los de mermelada.
Yo me quedé callado, derrotado. Mi mujer (bueno, mi ex-mujer, mi “roommate” hostil) iba a ser mesera mientras yo cerraba tratos millonarios. El universo tiene un sentido del humor muy retorcido.
Y así empezó su rutina. Yo la llevaba al trabajo en mi Audi R8 deportivo. Ella me pedía que la bajara dos cuadras antes para que nadie la viera llegar en un “coche de narco”. Yo, por supuesto, la dejaba justo en la puerta para molestarla.
—Que tengas buen turno, mi amor —le gritaba por la ventana para que todos oyeran.
Ella se ponía roja de furia, me fulminaba con la mirada (esa mirada de “te voy a matar mientras duermes”) y entraba corriendo.
Yo disfrutaba esos momentos. Eran los únicos en los que interactuábamos como una pareja normal, aunque fuera una pareja que se odiaba.
Pero el verdadero punto de quiebre llegó un sábado por la tarde.
Margarita, que se había convertido en la directora de entretenimiento de la casa, decretó que era día de cine.
—Quiero ir a ver la nueva de Disney —anunció durante el desayuno—. Y quiero que vayamos los tres. Juntos. Como familia. Nada de que “tengo junta”, papá. Y nada de que “estoy cansada”, mamá.
Nadie le decía que no a la Jefa.
Fuimos a un centro comercial exclusivo. Margarita iba en medio de los dos, agarrándonos de la mano. Yo sentía la mano de Elena tensa, sudorosa, pero no se soltó por darle el gusto a la niña.
Compramos el paquete más grande de palomitas, refrescos gigantes y nachos. Entramos a la sala VIP, esa que tiene sillones reclinables de piel.
La película era sobre familias mágicas y amores eternos. Margarita estaba fascinada. Elena y yo estábamos en esa incómoda cercanía que da la oscuridad del cine. Nuestros brazos se rozaban en el reposabrazos compartido. Cada vez que nos tocábamos, sentía una descarga eléctrica, y notaba que ella se alejaba un milímetro, pero luego volvía.
A la mitad de la película, en una escena donde los protagonistas se casan y viven felices para siempre, Margarita se inclinó hacia nosotros. Su voz resonó en el silencio de la sala VIP.
—Oigan… tengo una duda.
Elena y yo nos inclinamos hacia ella.
—¿Qué pasa, princesa? —susurré.
—Mis amigas de la escuela nueva… —empezó Margarita, con la boca llena de palomitas—. Dicen que sus papás y sus mamás están casados. Que viven juntos porque se dieron un beso en la iglesia y firmaron un papel.
Sentí que se me helaba la sangre. Miré a Elena. Ella estaba paralizada, con un nacho a medio camino de su boca.
—¿Y? —preguntó Elena con cautela.
—Pues nosotros vivimos juntos —continuó Margarita, con su lógica implacable—. Dormimos en la misma casa. Comemos juntos (aunque el papá cocine horrible). Pero ustedes no se dan besos. Ni duermen en el mismo cuarto.
Margarita nos miró alternativamente, sus ojos brillando en la oscuridad.
—Entonces… ¿Ustedes se van a casar? ¿O qué onda? ¿Son novios? ¿Amigos con derechos? ¿Socios comerciales?
Elena se atragantó con el nacho. Empezó a toser violentamente. Yo, por el susto, apreté el vaso de refresco y se derramó un poco de Coca-Cola en mis pantalones.
—¡Margarita! —tosió Elena—. ¡Esas no son cosas que se pregunten aquí!
—¿Por qué no? —insistió la niña, sin bajar la voz—. Quiero saber. ¿Voy a tener hermanitos? Porque si van a tener otro bebé, quiero que sea niño para mandarlo por las tortillas.
—¡Nadie va a tener bebés! —susurró Elena, roja como un tomate—. Y no, no nos vamos a casar. Tu papá y yo… somos… co-padres.
—¿Co-padres? —Margarita arrugó la nariz—. Eso suena a nombre de medicina. Suena aburrido.
—Es complicado, hija —intervine yo, limpiándome el refresco—. Tu mamá y yo nos estamos conociendo otra vez. Estamos viendo si… si nos caemos bien.
—Pues se tardan mucho —resopló Margarita, cruzándose de brazos y recostándose en el sillón—. Yo quiero una familia de verdad. No esta familia de “truco de cámara”. Quiero que se den besos y que seamos felices como en la película. Ya me cansé de explicarles a mis amigas que mis papás viven en cuartos separados como si estuvieran peleados.
La sala se quedó en silencio. La película seguía, pero Elena y yo ya no la veíamos. Nos miramos el uno al otro por encima de la cabeza de Margarita.
En los ojos de Elena vi vergüenza, pero también vi algo más. Vi una pregunta. ¿Qué somos?
Yo no aparté la mirada. Por primera vez en meses, sostuve su mirada con honestidad brutal. Quiero que seamos eso que ella dice, le dije con los ojos. Quiero ser tu esposo. Quiero ser tu familia.
Elena tragó saliva y miró hacia la pantalla, pero noté que su mano, la que estaba en el reposabrazos, temblaba ligeramente. Y esta vez, no la quitó cuando mi brazo rozó el suyo. Se quedó ahí. Un contacto mínimo, pero que para mí fue como un terremoto.
Al salir del cine, el ambiente había cambiado. Ya no era solo tensión hostil. Era una tensión diferente. Una tensión cargada de posibilidades.
Margarita iba dormida en el asiento trasero del coche. Elena iba de copiloto, mirando por la ventana las luces de la ciudad.
—Lo que dijo Margarita… —empecé a decir, rompiendo el silencio.
—Es una niña, Leo. Fantasea.
—No es solo fantasía, Elena. Tiene razón. Vivimos juntos, tenemos una hija… parecemos una familia.
—Parecer no es ser —dijo ella suavemente, sin mirarme—. Para ser una familia se necesita confianza. Y esa… esa la rompiste hace mucho.
—La estoy reconstruyendo. Ladrillo por ladrillo. Desayuno salado por desayuno salado.
Elena soltó una risita suave. Fue un sonido maravilloso.
—Tus huevos estaban horribles, de verdad.
—Lo sé. Prometo no volver a cocinar.
—Más te vale.
Frené en un semáforo rojo y la miré.
—Elena… quedan dos meses de mi periodo de prueba. ¿Cómo voy?
Ella se giró y me miró. Sus ojos ya no tenían el hielo del principio. Seguían cautelosos, seguían heridos, pero la muralla tenía grietas.
—Sigues vivo —dijo—. No te he corrido. Eso ya es ganancia.
—¿Tengo posibilidades? —pregunté, arriesgándome.
Elena miró hacia atrás, hacia donde Margarita dormía con la boca abierta, soñando con princesas y familias perfectas.
—Por ella… —susurró—. Por ella, tal vez. Pero tienes que trabajar mucho, Leonardo. Tienes que demostrarme que el hombre que me abandonó está muerto y enterrado.
—Lo maté el día que las encontré en esa vecindad —dije con firmeza.
El semáforo cambió a verde. Avancé.
Esa noche, cuando llegamos a casa, cargué a Margarita hasta su cuarto. Elena me siguió para arroparla. Nos quedamos los dos parados junto a la cama, viendo a nuestra hija dormir.
Nuestras manos se rozaron accidentalmente sobre el barandal de la cama. Esta vez, Elena no se alejó. Dejó que su meñique tocara el mío durante cinco segundos eternos antes de decir “buenas noches” y retirarse a su habitación.
Me quedé en el pasillo, sonriendo como un idiota. Cinco segundos. Había logrado cinco segundos de contacto voluntario.
El periodo de prueba estaba funcionando. La jaula de oro empezaba a sentirse, poco a poco, como un hogar. Y el corazón de hielo de Elena estaba empezando a derretirse, gota a gota.
Pero yo sabía que no podía confiarme. Porque en la vida, como en los negocios, un solo error puede costarte todo lo que has ganado. Y yo no estaba dispuesto a perderlas otra vez.
CAPÍTULO 7: El Precio del Perdón y los Zapatos de Mesera
El tiempo es un concepto extraño. Cuando eres pobre, el tiempo es un enemigo que te pisa los talones: la renta que vence, el transporte que tarda, las horas extras que no pagan. Cuando eres rico, el tiempo es un lujo que se desperdicia en juntas inútiles. Pero viviendo con Elena y Margarita, descubrí una tercera dimensión del tiempo: la espera.
Estaba esperando a que Elena me mirara sin recordar el pasado. Estaba esperando a que el “periodo de prueba” de tres meses, impuesto por mi hija de siete años, llegara a su fin sin que me corrieran a patadas de mi propia casa.
La rutina se había asentado como polvo fino sobre nosotros. Elena seguía trabajando en “Los Bisquets de Obregón”. Se levantaba a las 5:00 AM, se ponía su uniforme (una falda negra y una blusa blanca que odiaba con toda mi alma porque representaba mi fracaso como proveedor) y se iba a servir café con leche a señoras copetonas que no le daban los buenos días.
Yo la llevaba en las mañanas. El silencio en el coche era espeso.
—No tienes que hacer esto —me decía ella, mirando por la ventana—. Puedo tomar el metro.
—El metro en hora pico es zona de guerra, Elena. Déjame llevarte. Es lo menos que puedo hacer.
—Lo menos que puedes hacer es dejarme ser —respondía, pero no se bajaba del coche.
Por las tardes, yo pasaba por ella. Y aquí es donde mi paciencia de millonario se ponía a prueba.
Llegaba en mi Audi, me estacionaba en doble fila (con las intermitentes puestas y una mordida lista para el de tránsito) y la veía salir. A veces salía sonriendo, contando sus propinas. A veces salía con los pies arrastrando, con esa fatiga profunda que se te mete en los huesos cuando has estado parada ocho horas aguantando groserías por un salario mínimo .
Un viernes lluvioso, la vi salir cojeando.
Me bajé del auto y corrí hacia ella con el paraguas.
—¿Qué te pasó? —pregunté, cubriéndola de la lluvia.
—Nada. Son los zapatos. Están viejos. La suela se rompió y estuve pisando chueco todo el día.
Me fijé en sus pies. Llevaba unos zapatos negros desgastados, de esos baratos que venden en el mercado.
Esa noche, hice algo estúpido. Fui a mi clóset, donde guardaba regalos de “emergencia”, y saqué una caja de zapatos ortopédicos de diseñador, de esos que cuestan lo que ella ganaba en tres meses, pero que parecen sencillos. Se los dejé en su cama con una nota: “Para que pises firme, Jefa II”.
A la mañana siguiente, encontré la caja en la puerta de mi cuarto. Intacta. Con una nota encima: “No necesito que me compres zapatos. Necesito caminar sola” .
Me dolió. Me dolió en el ego y en el corazón. Pero entendí el mensaje. Elena no quería cosas. Elena quería respeto. Quería demostrarse a sí misma (y a mí) que no me necesitaba para sobrevivir. Ya lo había hecho siete años en la miseria; ahora lo hacía por orgullo.
El calendario avanzaba implacable. Faltaba una semana para que se cumplieran los tres meses. Margarita llevaba la cuenta en un calendario de princesas pegado en el refrigerador, marcando los días con una “X” roja.
—Te quedan siete días, papá —me advirtió una mañana mientras comía cereal—. Y vas bien, pero no te confíes. Mi mamá todavía te mira feo cuando dejas la toalla mojada en la cama.
—Estoy tratando, Jefa. Estoy tratando.
Esa tarde, decidí jugármela el todo por el todo. No podía llegar al final del plazo sin saber dónde estaba parado. Necesitaba hablar. Necesitaba romper el muro.
Elena llegó del trabajo más cansada de lo habitual. Se quitó los zapatos en la entrada (esos malditos zapatos rotos) y se dejó caer en el sofá de la sala. Margarita estaba en su cuarto haciendo tarea (o viendo TikToks, uno nunca sabe).
Me acerqué a Elena con dos copas de vino tinto. Un Cabernet Sauvignon reserva que había estado guardando.
—Toma —le dije, extendiéndole una copa.
Ella la miró, dudó un segundo, y la aceptó.
—Gracias —murmuró.
Me senté en el sillón de enfrente, no a su lado. Respetando el espacio vital.
—Elena… ¿podemos hablar? —pregunté, sintiendo que me sudaban las manos más que en mi primera entrevista de trabajo .
Ella tomó un sorbo de vino, cerró los ojos disfrutando el sabor, y asintió.
—Habla.
Respiré hondo. Aquí vamos. Sin red de seguridad.
—Sé que soy el idiota más grande que ha pisado la tierra —empecé, mirándome las manos—. Sé que no merezco tu perdón. Sé que cada vez que me ves, ves al cobarde que te dio la espalda cuando más lo necesitabas .
Elena no dijo nada. Solo me miraba con esos ojos color miel que habían visto demasiado dolor para su edad.
Me levanté del sillón. No podía decir esto sentado cómodamente. Me acerqué a ella y, rompiendo mi propia regla de distancia, me arrodillé en la alfombra, a sus pies. Quedé a su altura, vulnerable.
—Te abandoné. Abandoné a nuestra hija. Elegí mi carrera, elegí el dinero, elegí el miedo. Y me he arrepentido cada maldito día desde entonces .
Tomé sus manos. Estaban ásperas por el trabajo, con las uñas cortas y sin pintar. Eran las manos de una guerrera.
—Te busqué, Elena. Cuando tuve dinero, te busqué. Pero no te encontré porque no merecía encontrarte. La vida me castigó con tu ausencia. Y ahora… ahora que están aquí… me aterra perderlas. Me aterra que se acaben los tres meses y me digas “gracias por la alberca, adiós”.
La voz se me quebró. Apreté sus manos con fuerza.
—Por favor… no te pido que me ames como antes. Eso sería mucho pedir. Solo te pido que me perdones. De verdad. Que me des la oportunidad de ser el hombre que debí ser hace siete años.
Elena me miró. Una lágrima solitaria se escapó de su ojo izquierdo. Dejó la copa de vino en la mesa con cuidado, liberando una mano para acariciar mi mejilla. Su toque fue eléctrico.
—Leo… —susurró.
—Dime que me odias si quieres, pero dímelo a la cara.
Elena negó con la cabeza suavemente.
—No te odio, tonto.
—¿No?
—Te perdoné el día que vi a Margarita por primera vez —dijo ella, y su voz tembló—. Cuando nació… estaba sola en un hospital público, sin dinero, asustada. Pero cuando me la pusieron en los brazos y abrió los ojos… vi tus ojos.
Me quedé helado.
—Tiene tus labios, tu nariz chueca, incluso tu terquedad insoportable —continuó Elena, sonriendo entre lágrimas—. Verla crecer cada día era como verte a ti. No podía odiarte, Leo, porque amarla a ella significaba amarte a ti también, en cierta forma.
Sentí que el corazón se me salía del pecho.
—Ella fue mi salvación —dijo Elena, bajando la voz—. Cuando me dejaste… perdí mi beca. Tuve que dejar la escuela. Trabajé limpiando casas, lavando platos… pensé en darla en adopción. Pensé que no iba a poder. Pero la miraba y sabía que no podía rendirme. Ella se convirtió en mi mundo.
Me incliné y besé sus manos, una y otra vez, mojándolas con mis propias lágrimas.
—Gracias —sollocé—. Gracias por no deshacerte de ella. Gracias por ser fuerte cuando yo fui débil. Gracias por criar a la niña más increíble del universo.
Elena me levantó la barbilla para que la mirara.
—Ya pagaste tu deuda, Leonardo. Conmigo y con la vida. Has estado aquí. La has cuidado. Me has cuidado a mí, aunque te trato como trapo viejo. Eso demuestra que ya no eres ese niño asustado. Eres un hombre.
—¿Entonces? —pregunté, con un hilo de esperanza.
—Entonces… creo que el periodo de prueba se acabó antes de tiempo.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. La tensión en el aire cambió. Ya no era dolor, era gravedad. Una fuerza que nos atraía inevitablemente.
Me acerqué lentamente. Ella no se alejó. Cerró los ojos.
Nuestros labios se tocaron. Fue un beso suave, tímido, con sabor a vino tinto y a lágrimas saladas. No fue un beso de película de Hollywood; fue un beso de reconciliación, de dos sobrevivientes que se encuentran en medio de los escombros y deciden reconstruir.
Cuando nos separamos, Elena sonrió. Una sonrisa de verdad, sin armaduras.
—Pero no te emociones —advirtió, recuperando su tono de jefa—. Sigues durmiendo en el cuarto de huéspedes. Roma no se construyó en un día.
Me reí, aliviado, feliz.
—Lo que tú digas, jefa. Lo que tú digas.
Esa noche marcó el inicio de la “Fase 2”, como la llamaría Margarita.
Las cosas empezaron a fluir. Ya no había silencios incómodos. Empezamos a compartir cosas pequeñas. Noches de películas en el sofá (sin la barrera de seguridad de Margarita en medio). Copas de vino en el jardín hablando de nuestra época universitaria, riéndonos de lo mal que vestíamos en los 2000.
Elena dejó de devolverme los regalos, aunque seguía insistiendo en pagar sus propias cosas personales. Aceptó que yo pagara la colegiatura de Margarita en el colegio más prestigioso de la zona (“El Peterson”, nada menos), bajo la condición de que ella supervisara las tareas.
Y Margarita… Margarita estaba en el cielo.
Un domingo por la mañana, estábamos desayunando hot cakes (hechos por la cocinera que recontraté, gracias a Dios). Margarita nos observaba con ojos de águila mientras Elena se reía de un chiste malo que yo acababa de contar.
—Oigan… —dijo Margarita, bajando el tenedor .
Aquí vamos otra vez. Las preguntas de la Jefa.
—¿Qué pasa, monstruo? —le dije.
—¿Tú estás enamorada de mi papá otra vez, mami?
Elena casi escupe el jugo de naranja. Yo me atraganté con el pan tostado .
—¿Por qué preguntas eso? —dijo Elena, limpiándose la boca con la servilleta, roja como una fresa.
—Porque he notado cosas —dijo Margarita, enumerando con los dedos—. Uno: te ríes de sus chistes y son malísimos, eso es amor o demencia senil. Dos: te pones el labial rojo, ese que tenías guardado. Tres: ya no lo miras con ojos de pistola, lo miras con ojos de… de comercial de pasta de dientes.
Me eché a reír a carcajadas.
—Tiene razón, Elena. Tus ojos de pistola han desaparecido.
Elena se cubrió la cara con las manos, avergonzada pero riendo.
—Es por mi papá, ¿verdad? —insistió Margarita, implacable—. Te estás arreglando para él.
—Bueno, tal vez tu papá… ya no me cae tan mal —admitió Elena, mirándome de reojo.
Margarita soltó un grito de victoria y levantó los brazos.
—¡Lo sabía! ¡Soy cupido! Ustedes deberían casarse ya. Es más, ya le dije a mis compañeros del salón que van a ser pajes en la boda.
—¡Margarita! —exclamó Elena—. ¡Todavía no somos ni novios oficialmente!
—Detalles, detalles —descartó la niña—. El trámite es lo de menos. Lo importante es que ya no duermen peleados.
Miré a Elena. Ella me miró a mí. En ese intercambio de miradas, bajo la luz del sol de la mañana de la Ciudad de México, se dijeron mil palabras sin pronunciar una sola.
—Bueno —dije, aclarando mi garganta—. Si la Jefa ya dio la autorización… tal vez deberíamos formalizarlo.
Me levanté de la mesa, caminé hacia Elena y le di un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios.
—Elena, ¿quieres ser mi novia… otra vez?
Elena sonrió, esa sonrisa que había extrañado durante siete largos años.
—Sí, chivo terco. Sí quiero.
Margarita aplaudió y empezó a cantar la marcha nupcial con la boca llena de hot cakes.
Los meses siguientes volaron. Elena dejó su trabajo de mesera (finalmente) y aceptó un puesto en una fundación que ayudaba a madres solteras en situaciones vulnerables. Era perfecta para el trabajo; tenía la empatía de quien ha vivido el infierno y la fuerza de quien ha salido de él.
Yo seguí haciendo negocios, pero mi prioridad cambió. Ya no me quedaba hasta las 10 de la noche en la oficina. A las 5 p.m. cortaba todo. “Tengo una cita con mis chicas”, les decía a mis socios, y me iba.
Seis meses después de esa conversación en el jardín, decidí que era hora.
Llevé a Elena y a Margarita a cenar al restaurante “El Lago”, en Chapultepec. Tenía vista al lago iluminado, música de piano en vivo… todo el cliché romántico. Margarita iba vestida con un vestido de lentejuelas que ella misma eligió (“porque tengo que brillar, pa”) y Elena llevaba un vestido azul noche que le quedaba espectacular.
Esperé al postre.
Margarita estaba devorando un volcán de chocolate cuando hice la señal al mesero. La música cambió. El pianista empezó a tocar “Nuestra canción” (una balada vieja de los 2000 que escuchábamos en la universidad).
Elena me miró, sorprendida.
—¿Te acuerdas? —pregunté.
—Claro que me acuerdo. Es la canción que sonaba cuando nos besamos por primera vez en la parada del pesero.
Me levanté. Saqué la cajita de terciopelo. Margarita dejó caer la cuchara. Sus ojos se abrieron tanto que pensé que se le iban a salir.
Me arrodillé. No por culpa esta vez, sino por amor.
—Elena… hemos pasado por el infierno y regresamos. Hemos cometido errores, bueno, yo cometí errores. Pero me has enseñado lo que es el perdón, la fortaleza y el amor incondicional. No quiero pasar ni un día más sin que seas mi esposa.
Abrí la caja. Un anillo de diamantes brilló bajo la luz tenue. No era ostentoso, era elegante, clásico. Eterno.
—¿Te casarías conmigo?
La gente en el restaurante se quedó callada. Los meseros se detuvieron.
Elena se llevó las manos a la boca. Lloraba, pero eran lágrimas de luz.
—Sí —dijo, con la voz quebrada—. Sí, sí, sí.
Le puse el anillo. Nos besamos y el restaurante estalló en aplausos.
Pero el aplauso más fuerte, el grito más agudo, vino de mi lado derecho.
—¡Vivan los novios! —gritó Margarita, subida en la silla—. ¡Y vivan los pajes! ¡Y viva la Jefa que lo hizo posible!
Nos abrazamos los tres. Un abrazo apretado, caótico, lleno de amor.
Nos casamos dos meses después en una hacienda en Cuernavaca. Fue una ceremonia pequeña, emotiva. No hubo prensa, no hubo socios de negocios. Solo amigos cercanos y familia.
Elena caminó hacia el altar, radiante, libre de rencor, libre de pasado. Yo la esperaba al final, llorando como Magdalena (sí, otra vez, ya me había hecho fama de chillón).
Y ahí estaba Margarita, nuestra hija, nuestra “flower girl”, tirando pétalos con una actitud de estrella de rock, robándose el show, saludando a la cámara, guiñando el ojo.
Cuando el juez dijo: “Puede besar a la novia”, y besé a Elena, supe que mi vida, mi verdadera vida, acababa de empezar.
Había sido un camino largo y doloroso desde ese cruce sucio en la zona industrial. Había costado lágrimas, orgullo y muchos, muchos errores. Pero al final, el hombre que pensaba que podía comprarlo todo descubrió que lo único que vale la pena no tiene precio: el perdón de una mujer buena y el abrazo de una hija que te llama “papá”.
Y todo empezó, irónicamente, con un huevo roto.
FIN