Dejaron a mi hijo debatiéndose entre la vida y la muerte, bañado en su propia sangre. Se rieron en mi cara y me amenazaron. Cometieron un error garrafal: no sabían que yo, su padre, soy un ex-militar de élite entrenado para la guerra, y que no iba a descansar hasta desatar el infierno sobre cada uno de ellos.

Parte 1

Capítulo 1

El olor. Eso fue lo primero que me golpeó, anclándome a la cruda y miserable realidad de mi situación. No era un olor simple; era una sinfonía nauseabunda compuesta por décadas de sufrimiento. La nota más alta y penetrante era la del cloro barato, un intento fútil y agresivo de desinfectar un lugar que estaba permanentemente manchado por la desgracia. Debajo de esa, flotaba el aroma metálico y dulzón de los medicamentos, un recordatorio constante de la fragilidad de la carne. Y al fondo, como una base pesada y pegajosa, estaba la esencia del miedo humano. Un miedo rancio, acumulado, que se había filtrado más allá del linóleo desgastado y las paredes pintadas de un blanco enfermizo; se había metido en el alma misma del edificio.

Llevaba sentado tres horas, o quizás cuatro. El tiempo había perdido su significado, disuelto en un ciclo interminable de segundos que se estiraban con una lentitud agónica. Mi silla, una pieza de plástico duro y frío moldeada en un color beige que alguna vez fue optimista, era un instrumento de tortura diseñado para recordarle a mi cuerpo el dolor que mi mente intentaba reprimir. Mi mirada estaba perdida en el suelo, siguiendo las grietas del linóleo como si fueran los afluentes de un río de mugre, un mapa de todas las vidas que habían transitado por ese pasillo, dejando un rastro de su angustia.

A mi alrededor, el hospital seguía su propio ritmo indiferente. Las enfermeras, con sus uniformes blancos impecables, se deslizaban por el pasillo como fantasmas eficientes. Sus rostros eran máscaras de profesionalismo, pero sus ojos, cuando creían que nadie las veía, delataban un cansancio profundo, una compasión erosionada por la exposición diaria al dolor. Ninguna se atrevía a cruzar mi mirada. Desviaban sus ojos hacia sus tablas, hacia el suelo, hacia cualquier punto en el universo que no fuera mi rostro. Conocía esa evasión. Era la misma mirada que había visto en los rostros de los subalternos antes de una misión suicida, la mirada del que sabe un secreto terrible y carga con el peso de no poder compartirlo. Ellas ya sabían el veredicto sobre mi hijo. El hospital entero, con sus muros que todo lo oyen, probablemente ya lo sabía. El único que vivía en la ignorancia era yo.

Mis manos, esas mismas manos que habían ensamblado rifles de asalto en la oscuridad total y que habían acabado con vidas para proteger otras, descansaban sobre mis rodillas. A simple vista, parecían tranquilas, casi relajadas. Pero era una farsa. Por dentro, cada músculo, cada tendón de mi ser, se estaba comprimiendo como un resorte de acero. Sentía la tensión acumulándose en mi pecho, una energía violenta que amenazaba con liberarse, con estallar y reducir a escombros ese pasillo, ese hospital, el mundo entero.

Cincuenta y tres años. Una vida entera. Y la mayor parte de ella la había pasado en lugares donde el valor de un hombre se medía por su capacidad para soportar el dolor y para infligirlo. La selva de Chiapas, oliendo a vegetación podrida y a pólvora. Los desiertos de Chihuahua, donde el sol es un martillo y la noche una navaja de hielo. Las calles olvidadas de ciudades fronterizas donde la ley era una broma de mal gusto. Había enfrentado hombres armados con la certeza de la muerte en sus ojos, había caminado a través de campos minados, había dormido con el sonido de los morteros como canción de cuna. Y nunca, ni en el peor de los infiernos, me había sentido tan completa y absolutamente indefenso como en ese momento, sentado en una silla de plástico, bajo la luz fluorescente de un hospital civil. Allá, en la guerra, el enemigo tenía rostro y yo tenía un arma. Aquí, mi enemigo era una palabra en la boca de un médico, y mi única arma, la esperanza, se estaba desvanziando.

Un recuerdo fugaz, no deseado, asaltó mi mente. Toño, con cinco años, en el pequeño patio de la casa. Le estaba enseñando a andar en bicicleta sin las rueditas de entrenamiento. Él tenía miedo, sus pequeños nudillos blancos de tanto apretar el manubrio. “No te voy a soltar, campeón. Confía en mí”, le había dicho. Y él, con esos ojos grandes y confiados, había asentido. Pedaleó, y yo corrí a su lado, sosteniendo el asiento, hasta que, sin que él se diera cuenta, lo solté. Y voló. Su risa, una explosión de pura alegría, resonó en el patio. “¡Lo estoy haciendo, papá! ¡Estoy volando solo!”.

Lo había soltado entonces para que aprendiera a volar. ¿Y ahora? Ahora sentía que lo había soltado en un mundo lleno de monstruos, y no había estado allí para sostenerlo.

El chirrido pesado de las puertas dobles del quirófano me arrancó de mi agonía. Un olor a ozono, el hedor estéril de la tecnología médica, se mezcló con una bocanada de sangre fresca y caliente. Un hombre emergió de ese umbral. El cirujano. Se quitó el cubrebocas verde, revelando un rostro pálido, perlado de sudor frío. Era un hombre de mi edad, quizás un poco más joven, pero sus ojos… sus ojos parecían milenarios. Eran los ojos de un hombre que había pasado demasiadas horas mirando dentro del abismo de la anatomía humana, presenciando la batalla entre la vida y la muerte en su forma más cruda. Lo que sea que hubiera visto en esa plancha de operaciones lo había afectado profundamente.

No se acercó de inmediato. Se detuvo a unos metros, secándose la frente con el dorso de la mano, como si estuviera reuniendo no solo las palabras, sino la fuerza necesaria para pronunciarlas. Era un verdugo reacio, un mensajero que odiaba su mensaje.

Finalmente, caminó hacia mí, sus pasos resonando en el silencio expectante del pasillo. Se detuvo frente a mí, pero su mirada se clavó en un punto indefinido sobre mi hombro.

“Hicimos todo lo que fue humanamente posible, Don Sergio”, dijo, y su voz era un murmullo hueco, despojado de toda emoción, como si el simple acto de hablar le costara un esfuerzo físico inmenso. “Su estado es crítico, pero logramos estabilizarlo. Por ahora”.

La palabra “estable” era una balsa diminuta en un océano de malas noticias. “Tiene múltiples fracturas de costillas, cuatro de ellas desplazadas. Una le perforó el pulmón izquierdo, por eso está conectado a un respirador. El bazo estaba reventado, tuvimos que extirparlo. El traumatismo craneoencefálico es severo; hay una hemorragia interna que estamos monitoreando. Si la presión aumenta, tendremos que volver a operar”.

Hizo una pausa, tragando saliva. El sonido fue obscenamente alto en el silencio. Se frotó los ojos, como si intentara borrar las imágenes grabadas en su retina. “Y las piernas… ambas están rotas. Fracturas conminutas. Es como si hubieran usado un martillo para pulverizar los huesos. Honestamente, Don Sergio, en mis veinticinco años de carrera… jamás había visto una paliza tan salvaje. Parece que lo pasaron por un molino de carne”.

Escuchaba cada diagnóstico, y cada palabra era un clavo más en el ataúd de mi compostura. Mi Toño. Mi muchacho. El que soñaba con construir puentes. Ahora, él mismo estaba roto, un puente derrumbado.

El doctor se inclinó un poco, su voz bajó a un susurro conspirador, como si temiera que las paredes lo oyeran. “Esto no fueron puños. Por el tipo de heridas, los cortes profundos y los patrones de los hematomas… utilizaron algo pesado y flexible. Cadenas de motocicleta, o tal vez varillas de construcción. Lo golpearon con la intención no solo de herirlo, sino de destruirlo”.

Mi hijo. Mi Toño, que acababa de cumplir veintiún años. El atleta que se levantaba a las cinco de la mañana a correr, el que nunca había probado una gota de alcohol ni un cigarrillo. El estudiante brillante de tercer año de ingeniería. El chico noble que una vez trajo a casa un perro callejero herido y gastó todos sus ahorros en el veterinario. Ese era mi hijo. Y unas bestias lo habían convertido en un catálogo de heridas mortales.

Recordé cuando le enseñé a pelear. Le colgué un costal de boxeo en el garaje y le mostré cómo poner los nudillos, cómo mover la cintura, cómo mantener la guardia alta. “La mejor defensa es la inteligencia, Toño. Nunca busques pelea. Pero si alguien te acorrala, si no tienes otra salida, golpeas primero, golpeas fuerte y no dejas de golpear hasta que la amenaza desaparezca”. Le enseñé a defenderse. Pero nunca le enseñé a enfrentarse a una manada de chacales. Ningún padre puede preparar a su hijo para eso.

Un sonido gutural escapó de mi garganta. “¿Puedo verlo?”. Mi propia voz me sonó extraña, como la de un desconocido, un eco rasposo proveniente de una cueva oscura y profunda.

El médico, por puro reflejo profesional, comenzó a negar con la cabeza. “Está en un ambiente estéril, es muy arriesgado…”. Pero entonces, sus ojos finalmente se encontraron con los míos. Y se detuvo. Debió ver algo en mi mirada, una desolación tan absoluta, una promesa de violencia tan primitiva, que todas las reglas del hospital se volvieron irrelevantes. Vio a un hombre al borde de un precipicio, y supo que un “no” podría ser el empujón final.

Asintió lentamente, derrotado. “Solo un minuto”, susurró. “A través del cristal. Venga conmigo”.

Y lo seguí, sintiendo como si caminara hacia mi propia ejecución.

Capítulo 2

El doctor me guio por un corto pasillo hasta una gran ventana de doble cristal que daba a la Unidad de Cuidados Intensivos. El interior de la sala estaba bañado en una luz fría y azulada, salpicada por el parpadeo de innumerables monitores. Y allí, en el centro de esa telaraña de tecnología y desesperación, estaba él. Mi hijo.

Lo que vi me robó el aliento. Me lo robó y lo reemplazó con un trozo de hielo afilado que se alojó en mis pulmones. Aquel cuerpo en la cama, enredado en una maraña grotesca de tubos y cables, apenas se parecía al joven vibrante y lleno de vida que había salido de casa esa misma mañana. Su rostro, el rostro que yo había besado cada noche cuando era un niño, era ahora una masa hinchada e irreconocible, un mapa de dolor pintado en tonos morados, azules y negros. Su cabeza estaba envuelta en un turbante de gasas blancas, pero en varios puntos, el rojo ya se abría paso, una mancha húmeda que crecía lentamente, como una flor macabra.

Un tubo grueso salía de su boca, conectado a una máquina alta y delgada que respiraba por él. El ventilador mecánico. Un silbido sibilante al inhalar, un clic metálico al exhalar. Era el ritmo monótono de la vida artificial, un metrónomo que marcaba cada segundo de su precaria existencia. Cada sonido de esa máquina era un martillazo en mi cráneo, un recordatorio brutal de que mi hijo no podía realizar por sí mismo el acto más básico y fundamental de la vida. Estaba suspendido entre dos mundos, y esa máquina era el único ancla que lo mantenía en este.

Fue en ese preciso instante, con la frente pegada al frío del cristal, que sentí cómo algo se rompía dentro de mí. No fue un quiebre ruidoso, sino un colapso silencioso y definitivo. El padre que había soñado con llevar a su hijo al altar, el que se imaginaba jugando con sus nietos en el jardín, ese hombre murió en ese momento. Murió junto con el ciudadano que creía en las instituciones, el que respetaba la bandera y pagaba sus impuestos con la ingenua convicción de que contribuía a una sociedad justa. El veterano que había luchado por su país, creyendo defender un ideal de orden y ley, se desvaneció, dejando tras de sí solo cenizas.

Cerré los ojos con fuerza, pero la imagen estaba grabada a fuego en el interior de mis párpados. La cara destrozada de Toño, los tubos, el parpadeo de las luces. Cuando los abrí de nuevo, la figura que me devolvía el reflejo en el cristal ya no era la de Sergio Ramírez, el jubilado que podaba las rosas. El hombre del reflejo tenía los ojos vacíos, fríos y letales. Era una mirada que yo conocía bien, la había visto en el espejo muchas veces antes de salir de misión, en las profundidades de la selva o el desierto. Era la mirada de “El Lobo”, el apodo que me habían dado mis hombres. Y El Lobo solo entendía un lenguaje: el de la retribución. Solo sabía hacer una cosa, una sola cosa que había perfeccionado hasta convertirla en un arte macabro: aniquilar al enemigo. Sin piedad, sin remordimiento, sin dejar rastro.

Una mano tocó suavemente mi brazo. Me giré, y una enfermera de mediana edad, con ojos amables y llenos de una tristeza genuina, me tendió una bolsa grande de plástico transparente, de esas que usan para las pertenencias de los pacientes. Llevaba una etiqueta con el nombre de mi hijo: Antonio Ramírez.

“Son las cosas de su hijo”, dijo con una voz suave, cargada de una compasión que me resultó casi insoportable. “La ropa… tuvimos que cortarla toda. Estaba pegada a las heridas. Estaba… empapada en sangre. Lo siento mucho”. Hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas. “Pero en el bolsillo interior de su chamarra, encontramos esto. Estaba bien protegido”.

De un bolsillo más pequeño de la bolsa, sacó un objeto diminuto y se lo puso en la palma de la mano. Era una memoria USB. Negra, simple, como cualquier otra. La que Toño usaba para sus trabajos de la universidad. Mi mente, ahora fría y analítica, empezó a funcionar a toda velocidad. Debió haberla sacado de la cámara del coche, la “dashcam” que le regalé en su cumpleaños. Quizás lo hizo en el último segundo, un acto de presencia de ánimo en medio del terror. O quizás la cámara se rompió en la golpiza y la memoria simplemente cayó en su mano, un golpe de suerte en medio de la tragedia. Un último acto de desafío.

La tomé y cerré el puño alrededor de ella. Los bordes afilados del plástico se clavaron en la piel de mi palma, un dolor agudo y real que me ancló, que me enfocó. Este pequeño pedazo de plástico era más que un dispositivo de almacenamiento. Era la caja negra del desastre. Era el único testigo imparcial. La única voz que esos animales no habían podido silenciar.

Salí del hospital como un autómata, moviéndome a través de los pasillos sin ver, sin oír. Me subí a mi vieja Cherokee, un vehículo tan lleno de cicatrices como yo. La llovizna persistente golpeaba el parabrisas, y las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas. Pero ninguna lluvia podía limpiar la mugre que sentía en el alma. Esa clase de suciedad no se lava con agua; se purga con fuego.

Conecté la memoria al puerto USB de la laptop que, por vieja costumbre militar, siempre llevaba en el asiento del copiloto. La pantalla cobró vida, parpadeando mientras reconocía el dispositivo. Un solo archivo de video apareció en la carpeta. Hice doble clic.

Lo que vi en los siguientes tres minutos hizo que mis dientes rechinaran con una furia tan volcánica que sentí el esmalte astillarse.

La grabación comenzaba en una carretera secundaria, de esas que serpentean entre campos de maíz y pueblos olvidados. Toño conducía su Tsuru, el coche que había comprado con sus propios ahorros, escuchando una canción de rock que le gustaba. Conducía con calma, respetando los límites de velocidad. Delante de él, una imponente Suburban negra, con los vidrios tan polarizados que parecían placas de obsidiana, se movía erráticamente, invadiendo el carril contrario con una arrogancia descarada.

De repente, la Suburban frenó en seco, sin motivo aparente. La puerta trasera derecha se abrió un instante y una chica joven, no tendría más de dieciséis años, intentó saltar del vehículo. Llevaba una blusa blanca de uniforme escolar, desgarrada del hombro. Antes de que pudiera escapar, una mano la agarró brutalmente del cabello y la jaló hacia adentro con una violencia escalofriante.

Y entonces, mi hijo hizo lo que yo le había enseñado. Lo que esperaba que cualquier hombre de bien hiciera. No lo dudó ni un segundo. Pisó el acelerador, rebasó a la Suburban y le cerró el paso con su modesto Tsuru, bloqueando el camino. Un ratón deteniendo a un elefante.

Saltó del coche con la llave de cruz en la mano, un arma improvisada, un símbolo de su determinación. Se plantó frente a la camioneta, un joven David contra un Goliat motorizado, listo para defender a esa chica desconocida.

Las puertas de la Suburban y de una segunda camioneta, una Lobo que la escoltaba, se abrieron casi simultáneamente. De ellas se derramó una plaga de hombres. Conté seis, no, siete. Rostros morenos, curtidos, la mayoría con barbas descuidadas y la mirada vacía de los depredadores. Gruesas cadenas de oro falso colgaban de sus cuellos. Eran la definición perfecta de la escoria. Dos de ellos, los más grandes, desenrollaron de sus manos cadenas de motocicleta, el metal brillando bajo el sol.

Toño, valiente hasta la médula, logró golpear al primero que se le acercó, un golpe seco y preciso en la mandíbula que lo hizo tambalearse. Por un instante fugaz, una oleada de orgullo me inundó. Ese era mi chico. Pero la ventaja numérica era abrumadora. Lo rodearon como una manada de hienas a un león solitario. Lo derribaron. Y entonces comenzó la masacre.

La cámara, desde el interior del coche, grabó la escena con una claridad insoportable. Los golpes con las cadenas, el sonido húmedo y repugnante del metal impactando contra la carne y el hueso. Los que no tenían cadenas usaban sus botas, pateando su cuerpo caído una y otra vez. Se reían. Escuché sus risas, sus gritos de júbilo animal mientras lo destrozaban.

Le siguieron pegando mucho después de que dejara de moverse, mucho después de que su cuerpo fuera solo un bulto inerte en el asfalto. Era un frenesí de crueldad, un ritual de poder sádico. Lo último que la cámara captó, antes de que una bota con punta de acero la reventara, fue el rostro del que parecía el líder. Un hombre gordo, sudoroso, con una sonrisa de satisfacción absoluta en su cara, la sonrisa de un hombre que se sabe impune, que disfruta del poder de destruir a otro ser humano.

Cerré la laptop con un golpe seco. El silencio en el coche era total, roto solo por el golpeteo de la lluvia. La calma que descendió sobre mí era aterradora, antinatural. Era la calma del ojo de un huracán. La rabia hirviente se había solidificado, transformándose en un bloque de hielo negro en el centro de mi ser.

Ahora lo sabía todo. Mi hijo no había sido la víctima de un estúpido pleito de tránsito. Había sido un héroe. Se había interpuesto en el camino de unas bestias para salvar a una inocente. Había hecho exactamente lo que yo, su padre, le había enseñado a hacer: proteger al débil, enfrentarse a la injusticia.

Y por ese acto de decencia, por ese acto de valor, lo habían dejado como un despojo, luchando por cada aliento en una cama de hospital.

Arranqué el motor de la Cherokee. El rugido del V8 sonó como el gruñido de una bestia despertando de un largo sueño. La justicia ya no era una opción que se buscaba en los tribunales. Esto ya no era un asunto para la policía.

Esto era una guerra. Y yo iba a ser el único ejército.


Capítulo 3

El motor V8 de la Cherokee rugió, un gruñido bajo y gutural que pareció resonar en mi caja torácica. Puse la transmisión en “Drive” y me incorporé al asfalto mojado. La ciudad, mi ciudad, se deslizaba por las ventanas como un espectro borroso. Las luces de neón de las taquerías y farmacias 24 horas sangraban sobre el pavimento negro y brillante, creando charcos de color artificial. El mundo seguía girando, ajeno a la tormenta que se había desatado en mi interior. La gente caminaba bajo los portales, se reían dentro de los coches, vivían sus vidas insignificantes y preciosas, sin tener la menor idea de que a pocos kilómetros de allí, un joven héroe luchaba por respirar a través de un tubo de plástico, y su padre, un fantasma de guerras pasadas, conducía hacia la oscuridad para desatar una nueva.

Ya no era el padre afligido que había llegado al hospital. Ese hombre se había quedado atrás, hecho pedazos en el reflejo de la ventana de la UCI. El que conducía ahora era diferente. Era una versión de mí mismo que había mantenido encerrada bajo llave durante dos décadas, alimentándola solo con los recuerdos amargos de la guerra. Era “El Lobo”. Y El Lobo no sentía dolor; lo procesaba. No sentía pena; la convertía en combustible. No sentía miedo; lo analizaba y lo usaba como un arma.

Mi cerebro, entrenado durante años para la planificación táctica en condiciones extremas, se había reiniciado. Las emociones, el caos del duelo y la ira, estaban siendo canalizadas y reordenadas en un flujo de información lógica y fría. La imagen del rostro destrozado de mi hijo no desaparecía, pero ahora no era solo una fuente de agonía. Se había convertido en el “Objetivo Primario de la Misión”: su supervivencia. Y de ese objetivo principal, se desprendía un “Objetivo Secundario Táctico”, tan vital como el primero: la neutralización total y absoluta de la amenaza.

La Suburban negra. Las placas. Los rostros de los agresores. La cara gorda y satisfecha del líder. La memoria USB en mi bolsillo era el dossier de inteligencia. El primer paso era claro: presentarlo ante la estructura de mando local, la policía. Era un formalismo, un paso necesario en el protocolo. Había que darle al sistema una oportunidad de funcionar, aunque cada fibra de mi ser, cada lección aprendida a base de sangre y traiciones, me gritaba que el sistema estaba irremediablemente roto.

Conducía con una precisión mecánica, mis manos firmes en el volante. No había furia en mi manejo, solo una eficiencia implacable. Cada semáforo, cada cruce, era un obstáculo táctico a superar. Mientras conducía, mi mente trabajaba, construyendo un árbol de decisiones, un mapa de posibilidades.

  • Posibilidad Alfa: La policía es honesta. Toman la evidencia, identifican a los sospechosos y montan un operativo. Los arrestan. Se enfrentan a la justicia. (Probabilidad: Menos del 5%. Una fantasía de civil).
  • Posibilidad Bravo: La policía es incompetente. Toman la evidencia, abren un expediente, lo archivan bajo una montaña de burocracia y no hacen nada. El caso se enfría. Los criminales siguen libres. (Probabilidad: 25%. El escenario más común y frustrante).
  • Posibilidad Charlie: La policía es corrupta. Toman la evidencia. Alertan a los criminales. La evidencia “se pierde”. Me convierto en un objetivo. (Probabilidad: 70%. El escenario más realista y peligroso).

Estaba preparado para la Posibilidad Charlie. De hecho, contaba con ella. Porque si el sistema me daba la espalda oficialmente, entonces las reglas del juego cambiarían por completo. Ya no estaría limitado por los protocolos de un ciudadano. Podría operar bajo mis propias reglas. Las Reglas de Enfrentamiento del Lobo.

La comandancia de la policía municipal era un edificio de concreto de dos pisos, un ejemplo brutalista de la arquitectura gubernamental de los años setenta. La lluvia había dejado vetas oscuras en sus paredes, como si el edificio mismo estuviera llorando mugre. El escudo nacional, pintado sobre la entrada, estaba descolorido, el águila parecía cansada y la serpiente, victoriosa. Estacioné la Cherokee en un espacio vacío, lejos de las patrullas estacionadas, y apagué el motor. El silencio repentino fue ensordecedor. Por un instante, la máscara de El Lobo vaciló, y el padre regresó, un grito ahogado en el pecho. Toño… hijo… Sacudí la cabeza, forzando la emoción a retroceder a su jaula. No ahora. La debilidad es un lujo que conduce a la muerte.

Entré. El aire interior era aún más opresivo que el olor del hospital. Era una mezcla de café requemado, el humo rancio de innumerables cigarrillos baratos y ese olor particular a papel viejo y sudor humano que impregna las oficinas gubernamentales de bajo presupuesto. El zumbido de las lámparas fluorescentes era el único sonido, un mantra deprimente.

Detrás de un mostrador de fórmica rayada, un oficial con sobrepeso y un bigote descuidado leía una revista de deportes, ajeno a mi presencia. No levantó la vista hasta que estuve directamente frente a él.

“Buenas noches”, dije. Mi voz sonó plana, sin inflexiones.

Levantó la cabeza con la lentitud de un animal perezoso. Sus ojos, pequeños y aburridos, me recorrieron de arriba abajo, registrando mi ropa mojada, mi expresión sombría. “¿Qué se le ofrece?”, preguntó con un tono que dejaba claro que mi presencia era una interrupción indeseada.

“Vengo a presentar una denuncia. Intento de homicidio”, dije, sin rodeos.

El oficial suspiró, un sonido de profundo fastidio. “Eso es con el Ministerio Público, jefe. Aquí nomás tomamos reportes de faltas administrativas. Vuelva mañana”. Y bajó la vista de nuevo a su revista.

Me quedé quieto. No me moví. No dije nada. Simplemente lo miré. Dejé que el silencio se alargara, que se volviera pesado e incómodo. Dejé que sintiera el peso de mi mirada. Era una vieja técnica. La gente normal no soporta el silencio expectante. Se sienten obligados a llenarlo. Después de diez segundos que parecieron una eternidad, el oficial empezó a inquietarse. Movió los pies. Carraspeó. Finalmente, levantó la vista de nuevo, esta vez con un destello de irritación nerviosa.

“¿Sigue ahí?”.

“El Teniente de turno. Ahora”, dije. No fue una petición. Fue una orden. Mi voz no fue alta, pero cortó el aire viciado de la recepción.

Algo en mi tono, o quizás en la absoluta falta de miedo en mis ojos, lo descolocó. Parpadeó. Me miró más de cerca, como si de repente se diera cuenta de que yo no era el típico ciudadano quejumbroso. Vio algo que no entendió, pero que instintivamente respetó.

“La última puerta a la derecha”, murmuró, señalando con un movimiento de cabeza por el pasillo. “Teniente Sánchez”.

Caminé por el pasillo, mis botas dejando huellas húmedas en el suelo de terrazo. La puerta indicada estaba entreabierta. Toqué dos veces con los nudillos y entré sin esperar respuesta.

La oficina era un reflejo perfecto del hombre que la ocupaba. Pequeña, claustrofóbica, con pilas de expedientes amarillentos apilados en cada esquina, amenazando con derrumbarse. El aire olía a polvo y a derrota. En un rincón, una planta de hojas caídas agonizaba en una maceta de plástico. En la pared, un calendario barato de una refaccionaria mostraba la foto de una modelo junto a una llanta.

El Teniente Sánchez era un hombre joven, probablemente no mayor de treinta años. Delgado, con un uniforme que le quedaba un poco grande y unos ojos huidizos que parecían dos insectos asustados. Estaba sentado detrás de su escritorio metálico, haciendo girar un bolígrafo entre sus dedos con una energía nerviosa. Cuando entré, se sobresaltó, y el bolígrafo cayó al suelo con un ruido seco.

“¿Sí?”, dijo, su voz un poco más aguda de lo normal.

Cerré la puerta detrás de mí. El clic del pestillo sonó como el cerrojo de una celda. Me acerqué al escritorio y, sin decir una palabra, saqué la memoria USB de mi bolsillo y la coloqué en el centro de su escritorio, sobre un papel membretado.

El pequeño objeto de plástico negro parecía absorber toda la luz de la habitación. Era una bomba sin estallar.

Sánchez miró la memoria USB como si fuera una serpiente. “¿Qué es esto?”.

“La grabación”, dije en voz baja y firme, mi mirada fija en la suya. “Del ataque a mi hijo, Antonio Ramírez, esta tarde en la carretera a San Isidro. Se ven las placas de las camionetas. Se ven las caras de los agresores. Mi pregunta es sencilla, Teniente. ¿Ya los detuvieron?”.

Sánchez se puso pálido. Su mirada saltó de la memoria a mi rostro, y luego a la puerta cerrada, como si temiera que alguien nos estuviera escuchando. Se pasó la lengua por los labios secos. “Mire, señor Ramírez… eh… Don Sergio… lamento mucho lo de su hijo, de verdad, pero estos procedimientos son complicados, toman tiempo…”.

“No le pregunté si era complicado”, lo interrumpí, mi voz cortante como el hielo. “Le pregunté si ya los habían detenido”.

El teniente se levantó de un salto, un movimiento brusco y torpe. Le dio la espalda y caminó hacia la pequeña ventana de su oficina, que daba a una pared de ladrillos. Se quedó allí, mirando la nada, su silueta recortada contra la luz sucia que se filtraba.

“Don Sergio, por favor… escúcheme… no como policía, sino como… como un amigo, como un ser humano”, comenzó, y su voz tembló de una manera tan vergonzosa que sentí una oleada de puro desprecio. “Lo mejor que puede hacer… es olvidar esto. Retire la denuncia. Déjelo por la paz. Es un caso perdido”.

Un caso perdido. La frase resonó en el silencio de la oficina. La confirmación oficial de la Posibilidad Charlie. La ira fría que había sentido antes comenzó a calentarse, a hervir bajo la superficie.

Me incliné lentamente sobre su escritorio, apoyando mis puños cerrados sobre la superficie metálica. El metal crujió bajo mi peso. La habitación pareció encogerse, el aire se volvió más denso.

“Teniente”, dije, y mi voz era ahora un susurro peligroso, cada sílaba enunciada con una precisión mortal. “En esa memoria hay un intento de secuestro de una menor de edad. Hay un intento de homicidio con saña y ventaja, perpetrado por un grupo de siete hombres. Mi hijo, un estudiante de veintiún años, está en terapia intensiva, debatiéndose entre la vida y la muerte. ¿Y usted tiene el descaro de pararse frente a mí y decirme que es un caso perdido?”.

Sánchez se estremeció como si le hubiera dado una descarga eléctrica. Se giró, sus ojos desorbitados por el pánico. “¡Usted no lo entiende!”, siseó, su fachada de profesionalismo completamente destrozada. “¡No sabe con quién se está metiendo!”.

“Ilústreme”, dije, mi voz sin cambios.

“¡Es la gente de Don Ramiro Valdivia!”, soltó, como si el nombre fuera una maldición. “¡Don Ramiro es el dueño de esta región! ¡De todo! Las tierras, el agua, la policía, los jueces. ¡Todo! Le paga a todo el mundo, desde el fiscal hasta el mero jefe en la capital del estado. ¿Cree que esa memoria sirve de algo? ¡Tienen un ejército de abogados de Polanco que pueden hacer que esa grabación sea ilegal, que la desestimen, que digan que fue alterada! ¡Deshacen cualquier caso antes de que llegue a un juez!”.

Su voz se convirtió en un susurro frenético. “Y si por un milagro no lo deshacen, los testigos… simplemente desaparecen. ¿Recuerda a ese periodista que andaba investigando los despojos de tierras ejidales hace un año? Su coche apareció en el fondo de la presa, y el informe oficial dijo que fue un accidente. ¿Quiere que le pase un accidente a usted, Don Sergio? ¿Quiere que su casa se queme una noche con usted adentro?”.

Lo miré. Observé a ese hombre patético, un oficial de la ley que se había convertido en un simple perro asustado, lamiendo la mano del amo que lo aterrorizaba. Él no era el enemigo. Era solo un síntoma de la enfermedad, un tumor sin importancia en un cuerpo canceroso.

“¿Dónde se esconden?”, pregunté, mi voz volviendo a su tono plano y frío.

Sánchez me miró con incredulidad. “¡Por Dios, no ha escuchado nada de lo que le dije! ¡No cometa una locura! ¡Su rancho es una fortaleza! Está en lo alto de la Mesa del Coyote. Bardas de cuatro metros, cámaras por todos lados, guardias con ‘cuernos de chivo’ hasta en los baños. ¡Es un ejército privado! Si se acerca por allí, lo van a cazar como a un animal y lo van a enterrar donde nadie lo encuentre jamás. ¡Nadie!”.

Se acercó al escritorio, suplicante. “Y su ‘padrino’… su protector en la Ciudad de México… es tan poderoso, tan intocable, que da miedo hasta decir su nombre en voz alta”.

Me enderecé. Lo miré fijamente. “Deme el nombre”, exigí.

El teniente dudó. Su mandíbula temblaba. Podía ver la lucha en sus ojos: el terror a decirlo contra el terror que yo le estaba inspirando en ese momento. Mi terror ganó.

Soltó el aire en un siseo, como si se estuviera desinflando. Miró a ambos lados del pasillo imaginario y susurró el nombre como si fuera veneno. “Becerra. El General Miguel Becerra. Del Estado Mayor Presidencial”.

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. Un puñetazo que me robó el aire. Becerra. Miguel Becerra. Mikey.

Y de repente, ya no estaba en esa oficina polvorienta. Estaba veinte años atrás, en el polvo y el calor del Cañón de las Ánimas, en Guerrero. El aire olía a cordita y a sangre. El sonido de los disparos de AK-47 rebotaba en las paredes de roca. Mikey, entonces un joven capitán, yacía a mi lado, gritando, con la pierna destrozada por una bala de calibre .50. Lo había echado sobre mis hombros, su sangre caliente empapando mi uniforme, y había corrido bajo el fuego enemigo, cargando con sus 80 kilos de peso muerto durante casi dos kilómetros hasta llegar a la zona de extracción. Más tarde, escondidos en una cueva mientras esperábamos el rescate, habíamos compartido la última cantimplora de agua, que sabía a metal y a desesperación. Y él, con los ojos vidriosos por el dolor y la morfina, había tomado mi mano y me había dicho: “Me salvaste la vida, Sergio. Esto… esto nos hace hermanos de sangre. Te debo una. Para siempre”.

Hermandad de sangre.

Una sonrisa amarga, una mueca de puro cinismo, se dibujó en mi rostro. Debió ser una visión aterradora, porque Sánchez retrocedió un paso. Así que eso era todo. Mi “hermano de sangre”. El joven y valiente capitán se había convertido en un general corrupto, un protector de narcotraficantes y asesinos. El honor de un oficial, la deuda de vida que tenía conmigo, todo se había vendido por maletas llenas de lana sucia.

“Gracias, Teniente”, dije, y mi voz era ahora sorprendentemente tranquila. Tomé la memoria USB del escritorio. No iba a dejar la única pieza de evidencia en manos de este cobarde. “Usted ya hizo su trabajo. Me ha dejado muy claras las cosas”.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta.

“¡Espere!”, gritó Sánchez. “¿Qué va a hacer?”.

Me detuve con la mano en el pomo. No me giré. “Lo que el sistema no puede hacer”, respondí. “Voy a hacer el mío”.

Salí de la oficina y cerré la puerta suavemente detrás de mí. No con un portazo de ira, sino con la finalidad silenciosa de un enterrador que sella una tumba. La rabia ya no hervía. Se había transformado en algo mucho más peligroso: un propósito. Un propósito frío, absoluto y cristalino. El tablero de ajedrez estaba claro. Conocía al rey local, Don Ramiro. Y ahora, gracias al Teniente Sánchez, conocía al jugador que movía sus piezas desde la sombra: el General Becerra.

Mi hermano de sangre.

La guerra ya no era solo por mi hijo. Ahora, era personal. Y El Lobo estaba a punto de empezar a cazar.


Capítulo 4

Conduje a través de la ciudad dormida, pero no la veía. Mi Cherokee se deslizaba por las avenidas desiertas y mojadas, un depredador de acero moviéndose a través de un mundo de sombras, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, en otro plano de existencia. Estaba en la “burbuja”, ese estado de hiperconciencia que precede al combate, donde el tiempo se deforma y los sentidos se agudizan hasta un punto doloroso. El sonido de los neumáticos sobre el asfalto era un siseo constante, un ruido blanco sobre el cual mi cerebro trabajaba con una claridad aterradora.

El plan que se estaba formando en mi cabeza no era un producto de la ira ciega. La ira era el combustible, sí, pero el motor era la lógica fría y brutal que me habían inculcado en los cursos de fuerzas especiales. La venganza, como me enseñó un viejo instructor, es un postre que se sirve caliente y a lo tonto. Es emocional, caótica. La venganza te hace cometer errores. Un hombre vengativo quiere gritar, quiere que su enemigo sepa quién lo está hiriendo y por qué. Un hombre vengativo es predecible.

Yo no buscaba venganza. Lo que estaba diseñando era una operación punitiva. Una campaña de guerra psicológica. Una “limpieza de zona”. El objetivo no era simplemente matar. Matar era fácil, casi trivial. El objetivo era desmantelar. Destruir su mundo desde los cimientos. Quitarles no solo la vida, sino su sensación de poder, su arrogancia, su impunidad. Quería que sintieran el mismo terror y la misma impotencia que mi hijo había sentido en esa carretera. Quería que murieran mil veces en su mente antes de que su corazón dejara de latir.

Mi cerebro, como un superordenador, procesaba variables.

  • El Terreno: El rancho de Don Ramiro en la Mesa del Coyote. Terreno elevado, ventaja defensiva. Acceso principal vigilado. Punto débil: la barranca trasera. El análisis del Teniente Sánchez, aunque producto del miedo, era tácticamente valioso.
  • El Enemigo: Aproximadamente veinte hombres armados. “Pies planos”, como los llamábamos en el ejército. Matones, no soldados. Disciplina de fuego nula, sobreconfiados, probablemente con alcohol y drogas en el sistema. Su fuerza era su número y su brutalidad, no su habilidad. El líder, Don Ramiro, un gordo cobarde protegido por sus perros. El verdadero enemigo, el “jugador”, era el General Becerra, a cientos de kilómetros de distancia, moviendo sus piezas desde un escritorio en la Ciudad de México.
  • Activos Propios: Uno. Yo. Pero yo contaba como diez. Mis habilidades: infiltración, combate cuerpo a cuerpo, guerra de guerrillas, demoliciones improvisadas, y lo más importante, la capacidad de manipular el miedo. Equipo: lo que llevaba en la mochila de combate. Sorpresa: mi principal activo. Nadie esperaba que un “viejito” jubilado fuera un lobo con piel de oveja.
  • El Factor Civil: La chica secuestrada. Desconocida. Probablemente aterrorizada y silenciada. No podía contar con ella como testigo. Los familiares de la chica, si es que sabían algo, estarían demasiado asustados para hablar. Los vecinos del fraccionamiento de lujo eran irrelevantes; el miedo y el dinero los mantenían sordos, ciegos y mudos. Yo estaba solo. Era perfecto.

Llegué a mi calle. Las casas estaban a oscuras, sus habitantes sumidos en sueños tranquilos. Mi casa, al final de la calle sin salida, me esperaba en silencio. La construí yo mismo, ladrillo por ladrillo, hace casi treinta años. La diseñé para mi esposa, para ver crecer a mi hijo. Cada viga, cada ventana, era un testamento de mi amor por ellos, un santuario contra el mundo violento del que yo venía. Ahora, al entrar, el silencio me golpeó con la fuerza de una explosión. Era un silencio denso, pesado, lleno de fantasmas.

La casa estaba fría. No encendí la luz principal, solo una pequeña lámpara en la sala. Su luz ámbar dibujaba largas sombras que danzaban como espectros. Sobre la chimenea, una foto de mi esposa, Elena. Sonreía, sus ojos llenos de una luz que siempre lograba calmar mis demonios. Parecía mirarme, una pregunta silenciosa en su rostro. “Lo siento, mi amor”, susurré al retrato. “Pero le hicieron daño a nuestro niño. Y un hombre debe proteger a su familia”.

Caminé por el pasillo hacia el cuarto de Toño. Su cama estaba perfectamente tendida, como la había dejado esa mañana. Sus libros de ingeniería estaban apilados en el escritorio. Un póster de una banda de rock en la pared. El olor de su loción aún flotaba débilmente en el aire. Apoyé la mano en el marco de la puerta, y una ola de dolor, puro y sin diluir, me atravesó. El padre, el hombre que amaba a ese chico más que a su propia vida, gritó en silencio dentro de mí. Quería derrumbarme allí mismo, hacerme un ovillo en el suelo y llorar hasta secarme.

Pero la voz de El Lobo, fría y sin piedad, se impuso. El dolor es una distracción. Úsalo. Conviértelo en un arma. Cada recuerdo es una razón más. Cada lágrima que no derramas es una gota de combustible para el fuego que viene.

Me di la vuelta y entré en mi estudio. Esta era mi cueva, mi santuario personal. Las paredes estaban cubiertas de libreros llenos de historia militar, filosofía y poesía. En una pared, un mapa del mundo con chinchetas marcando los lugares olvidados por Dios donde había servido. Cerré la pesada puerta de roble, el sonido amortiguado sellando el mundo exterior.

Me arrodillé y moví una sección del librero. Detrás, incrustada en la pared, estaba la puerta de acero de una caja fuerte. No era un modelo digital moderno, sino una vieja caja de combinación mecánica. Mis dedos, moviéndose por pura memoria muscular, giraron el dial. Derecha, 23. Izquierda, 5. Derecha, 81. El año en que conocí a Elena. Un mecanismo interno hizo un clic satisfactorio y profundo. El sonido de un secreto a punto de ser revelado.

Abrí la puerta. El aire que salió olía a metal, a aceite y a tiempo. Dentro, en la repisa superior, había documentos: escrituras, mi testamento, el acta de nacimiento de Toño. En la repisa inferior, no había joyas ni dinero en efectivo. Solo había una mochila. Mi vieja mochila de combate de lona verde olivo, la que me había acompañado en cada infierno. Estaba desgastada, manchada, pero intacta. “La Inseparable”, la llamaban mis hombres, porque nunca me la quitaba.

La saqué con una reverencia casi religiosa y la puse sobre mi escritorio de caoba. El olor se intensificó. Olía a lona encerada, a aceite de armas CLP, a sudor seco, a tierra de diez países diferentes. Olía a guerra. Olía a mi verdadera naturaleza.

Durante un largo momento, solo la miré. Luego, saqué de un cajón un viejo teléfono Nokia, un “ladrillo” de la vieja escuela. Un teléfono de combate. Imposible de rastrear, con una batería que duraba una semana. Le puse un chip nuevo, que saqué de un sobre sellado. Lo encendí. No tenía contactos. Pero había un número que no necesitaba estar escrito. Un número grabado en mi memoria con ácido.

Marqué los once dígitos. El tono de llamada sonó tres veces, un pitido electrónico que parecía viajar a través de décadas de historia compartida.

“Diga”, contestó una voz autoritaria, impaciente. La voz del poder. La voz de Miguel Becerra.

No dije mi nombre. No era necesario. “Hola, Mikey”, dije. Mi voz era tranquila, casi casual.

Silencio. Un silencio absoluto, tan denso que podía sentirlo presionar contra mi oído a través del teléfono. Podía imaginarlo al otro lado de la línea, en su lujosa oficina en la Ciudad de México, su rostro congelándose, su mente acelerada tratando de procesar esa voz del pasado.

“Sergio…”, dijo finalmente, su voz apenas un susurro. “¿Eres tú? No esperaba tu llamada. ¿Cuántos años han pasado?”.

“Demasiados, Miguel. Y no te llamo para recordar viejos tiempos. Tus protegidos, aquí en mi ciudad, casi matan a mi hijo hoy”. Fui directo al grano. Sin rodeos. Una declaración de hechos.

Pude oír su respiración entrecortada. El general estaba perdiendo la compostura. “Espera, ¿qué protegidos? ¿De qué estás hablando, Sergio? Debe haber un error”.

“No hay ningún error”, continué, mi voz tan fría como la tumba. “Los Valdivia. Un cacique de mierda llamado Don Ramiro. Me han dicho que tú eres su padrino. Que tu nombre es el que los hace intocables”.

Empezó a tartamudear, a buscar una salida, el político en él tomando el control. “Sergio, escúchame, las cosas aquí son complicadas… hay muchos intereses, es política, tú no entiendes los equilibrios…”.

“Corta la mierda, Miguel”, lo interrumpí, y esta vez mi voz tenía el filo del acero. “Voy a ser muy claro. Tienes hasta la medianoche, hora local. Quiero a los hombres que golpearon a mi hijo en una celda. No a sus chivos expiatorios. A ellos. Especialmente al que usaba la cadena y al gordo que los lideraba. Tienes mis respetos, Miguel, por lo que fuiste. Por eso te doy esta única oportunidad de hacer lo correcto”.

Hice una pausa, dejando que mis palabras se hundieran. “Pero si te interpones, si intentas protegerlos, si mueves un solo dedo para ayudar a esa escoria… te juro por la memoria de mi esposa, Miguel, que voy a recordar el 94. Voy a recordar el Cañón de las Ánimas. Y créeme cuando te digo esto: no iré por ellos. Iré por ti. Y tú sabes que yo sí sé cómo llegar”.

No esperé una respuesta. Corté la llamada. Abrí el teléfono, saqué la tarjeta SIM, la partí en dos con mis uñas y la dejé caer en el cenicero. Luego, rompí el teléfono mismo contra el borde del escritorio hasta que la carcasa se hizo añicos.

Los puentes habían sido quemados. La llamada no era una negociación. Era una declaración de guerra. Y también, una maniobra táctica. Le había dado a Becerra un falso sentido de control, un plazo. Pensaría que tenía tiempo para mover sus piezas, para hacer llamadas, para contener la situación. Mientras él estaba ocupado jugando a la política, yo estaría moviéndome en el terreno.

Ahora, a lo que importaba. Abrí la mochila de combate. El contenido estaba exactamente como lo había dejado hace veinte años, cada objeto en su compartimento, envuelto en trapos aceitados. Esto no era un arsenal; era el kit de herramientas de un fantasma.

  • Un chaleco táctico negro, ligero. No blindado. No esperaba recibir disparos, planeaba no ser visto. Sus bolsillos estaban llenos de herramientas, no de munición.
  • Un pasamontañas negro. La máscara que borraba a Sergio Ramírez y daba vida a El Lobo.
  • Un par de guantes de cuero con inserciones de Kevlar en los nudillos. Para proteger mis manos, y para romper huesos si era necesario.
  • Varios rollos de sedal de pesca de alta resistencia. Fino, casi invisible en la oscuridad, pero capaz de soportar más de cien kilos de presión. Perfecto para trampas no letales pero incapacitantes.
  • Un pequeño juego de ganzúas.
  • Varios cinchos de plástico de alta resistencia, de los que usa la policía.
  • Y al fondo, envuelto en una gamuza suave, mi viejo cuchillo de combate K-Bar. El pavonado negro estaba desgastado en los bordes, revelando el acero plateado por debajo. El mango de cuero prensado se ajustaba a mi mano como si hubiera nacido allí. En la hoja, cerca de la guarda, había doce pequeñas muescas, grabadas con la punta de otro cuchillo. Doce recuerdos. Doce fantasmas. Doce razones por las que era bueno en esto. Saqué el cuchillo de su vaina. El sonido del acero deslizándose fue un susurro mortal. Lo sentí en mi mano, pesado, equilibrado. Un apéndice de mi propia voluntad.

Ellos pensaron que le habían arruinado la vida a un estudiante. Pobres diablos. No sabían que habían despertado a un monstruo.

Me quité la ropa de civil y comencé el ritual. La ropa interior térmica, ajustada a la piel. Los pantalones tácticos de lona negra, con sus múltiples bolsillos. Las botas de combate, atando los cordones con fuerza, sintiendo el soporte en mis tobillos. El chaleco táctico sobre una camiseta negra de manga larga. Cada movimiento era deliberado, preciso, una coreografía que mi cuerpo recordaba a la perfección.

Me paré frente a un espejo de cuerpo entero que tenía en el estudio. Y me miré. El hombre que me devolvía la mirada ya no era un padre de familia. Era más delgado de lo que recordaba, las canas en mi cabello eran más pronunciadas, las arrugas en mi rostro eran más profundas, un mapa de todas las preocupaciones y las pérdidas. Pero mis ojos… mis ojos eran los mismos que en los viejos tiempos. Fríos, enfocados, vacíos de todo excepto de propósito.

Me puse el pasamontañas. Mi rostro desapareció. Solo quedaron los ojos. El Lobo había regresado.

No iba a llevar un arma de fuego. La idea me repugnaba en este contexto. Una bala es un acto impersonal, casi cobarde. Es demasiado rápido. Demasiado limpio. Ellos no habían sido rápidos ni limpios con mi hijo. Lo habían golpeado con cadenas. Habían disfrutado de su dolor, de su sufrimiento. Querían que sufriera. Bien. Yo les daría sufrimiento. Pero no solo eso. Les daría algo peor. Les daría miedo. El miedo puro, animal y primigenio del que no sabe qué lo está cazando. El terror de la presa que escucha una rama romperse en la oscuridad y sabe que su tiempo se ha acabado.

Sería su sombra. Su aliento en la nuca. Su pesadilla hecha carne.

Miré el reloj en la pared. Eran las ocho y cuarto de la noche. La medianoche era la hora cero. Me quedaban menos de cuatro horas. Tiempo suficiente.

Salí del estudio, cerrando la puerta detrás de mí. Apagué la lámpara, dejando la casa en la oscuridad protectora. Fui a la puerta principal, la abrí y respiré el aire frío y húmedo de la noche. La lluvia había parado. El cielo se había despejado, y una luna casi llena colgaba en el cielo, bañando el mundo en una luz pálida y fantasmal. La luna del cazador.

Miré hacia el cielo y pensé en Elena. Perdóname, amor mío. El hombre que tú amabas, el hombre de paz, tiene que hacerse a un lado por un tiempo. Pero te juro que cuidaré de nuestro hijo.

Bajé los escalones del porche. El motor de la Cherokee cobró vida con un rugido que prometía violencia. La operación “Justicia” estaba en marcha. Y el infierno venía conmigo.


Capítulo 5

La Cherokee devoraba el asfalto de la carretera que salía de la ciudad, dejando atrás el resplandor anaranjado de las luces urbanas. A medida que me adentraba en la oscuridad del campo, el paisaje cambiaba. Las modestas casas de los suburbios daban paso a terrenos más amplios, y la carretera principal se bifurcaba hacia un camino privado, perfectamente pavimentado, cuya entrada estaba marcada por un arco de piedra absurdamente grande que decía “Fraccionamiento Mesa del Coyote”. Era como cruzar una frontera invisible, dejando atrás el México real para entrar en un enclave artificial de riqueza y poder.

Aquí, las casas ya no eran casas; eran declaraciones. Mansiones de estilos arquitectónicos discordantes—falsos chalets suizos junto a réplicas de haciendas coloniales y monstruosidades modernistas de vidrio y concreto—competían entre sí por la atención, separadas por céspedes tan verdes y perfectos que parecían de plástico. Pero incluso aquí, en este zoológico de la opulencia, la propiedad de Don Ramiro era inconfundible.

Aún a un kilómetro de distancia, podía sentirla. Una vibración sorda y palpitante que se transmitía a través de la noche: el bajo de una banda sinaloense tocando a un volumen para reventar tímpanos. A medida que me acercaba, el olor a leña quemada y a carne asada se mezclaba con el aroma de los pinos que bordeaban el camino, una combinación extraña de naturaleza y glotonería.

La “casa” de Don Ramiro estaba al final del camino, en el punto más alto de la mesa, dominando todo el valle. No era una casa, era una ofensa. Un monumento al mal gusto, una fortaleza construida con dinero sucio. La barda de ladrillo rojo, de al menos tres metros y medio de altura, no estaba diseñada para la estética, sino para la defensa. Estaba coronada no con tejas, sino con una triple hilera de alambre de púas y, como había sospechado, aisladores cerámicos que indicaban una cerca eléctrica. Cada veinte metros, una cámara de seguridad con domo oscuro giraba lentamente, un ojo electrónico sin párpados barriendo el perímetro. La arrogancia y la paranoia vivían juntas en este lugar.

Y luego estaba el portón. Una monstruosidad de hierro forjado, pintado de negro y dorado, con dos leones rampantes, también dorados, que parecían más caricaturas que bestias heráldicas. Detrás de ese portón, la fiesta estaba en pleno apogeo. Las risas estridentes de los borrachos, los gritos de los niños y la música atronadora se derramaban por encima de los muros, una cacofonía de celebración obscena. Celebraban. Mientras mi hijo yacía entubado, ellos celebraban. La imagen mental me provocó una oleada de bilis en la garganta. La tragué, convirtiendo el sabor amargo en una piedra fría en mi estómago.

Estacioné la Cherokee a unos cien metros de la entrada, bajo la sombra protectora de un viejo pirul. Apagué el motor y me sumí en el silencio relativo de mi cabina, un puesto de observación móvil. Durante cinco minutos completos, no hice nada más que observar y escuchar. Mi mente militar, un instrumento afinado por años de práctica, se activó, diseccionando la escena.

Los guardias de la entrada. Dos de ellos. Eran la primera línea de defensa. Corpulentos, con el cuello ancho y la mandíbula cuadrada de los levantadores de pesas. Vestían guayaberas negras, un intento patético de uniforme. Se movían con una lentitud perezosa, la confianza de quienes saben que tienen el poder. Uno de ellos fumaba, el punto rojo de su cigarrillo brillando en la oscuridad. El otro se apoyaba en el marco de la puerta peatonal, mirando su teléfono. No eran soldados. Eran matones. Carne de cañón con ínfulas.

Mi mirada barrió el perímetro visible. Analicé el patrón de las cámaras. La del domo principal giraba 180 grados, se detenía cinco segundos y regresaba. La cámara fija sobre el portón apuntaba directamente a la zona de acceso. Había un punto ciego. Siempre hay un punto ciego. Estaba en la esquina sureste, donde la barda se encontraba con una formación rocosa natural. Demasiado difícil de iluminar, demasiado difícil de cubrir sin instalar un poste adicional, y la pereza siempre supera a la seguridad.

Respiré hondo. Era hora. Bajé de la camioneta. No llevaba armas visibles. Mi única arma era la percepción que ellos tendrían de mí. Un viejo con una chamarra de cuero desgastada, el pelo cano, los hombros ligeramente caídos por un peso que ellos no podían ver. Caminé hacia el portón, no con la vacilación de un intruso, sino con el paso lento y deliberado de un hombre que tiene una cita, de alguien que tiene derecho a estar allí.

A unos diez metros, el guardia que fumaba me vio. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota. Se enderezó, adoptando una postura de confrontación. El otro guardó su teléfono y se unió a él, cruzando los brazos sobre su pecho macizo.

“¡Quieto ahí, jefe! ¿A dónde cree que va?”, ladró el primero, su voz un gruñido ensayado. Levantó una mano ancha como un sartén, la señal universal de “alto”. “Propiedad privada. Dese la vuelta y circúlele si no quiere que le ayudemos a circular”.

Me detuve exactamente a dos pasos de la barrera invisible que habían creado. Ni un centímetro más cerca, ni un centímetro más lejos. No respondí de inmediato. Los miré. No con desafío, no con miedo. Los miré como un entomólogo mira a un par de escarabajos interesantes. Directamente a los ojos. Dejé que mi mirada, esa mirada que había hecho que hombres armados se lo pensaran dos veces, hiciera su trabajo. Vi un parpadeo de incertidumbre en los ojos del primer guardia. Esperaba un civil asustado, un borracho perdido. No esperaba… esto. No sabía qué era, pero no estaba en su manual.

“Busco a Don Ramiro”, dije finalmente. Mi voz era tranquila, baja, sin una pizca de emoción. No era la voz de alguien que pide permiso.

El segundo guardia soltó una risa burlona. “El patrón está muy ocupado. Tenemos fiesta. Y usted no tiene cara de estar en la lista de invitados. Así que mejor váyase por donde vino”. Jugueteaba con un tolete que colgaba de su cinturón, un gesto de intimidación tan sutil como un martillazo.

Ignoré al segundo guardia por completo, manteniendo mi mirada fija en el primero, el que parecía tener un poco más de autoridad. “Díganle que ha venido el padre del muchacho al que golpearon hasta casi matarlo esta tarde en la carretera”, dije, mi voz sin alterar su tono monótono y frío. “Díganle que le traje un regalo”.

Los dos guardias intercambiaron una mirada. Una chispa de reconocimiento brilló en sus ojos, seguida de una sonrisa fea y cómplice. Así que todo el personal lo sabía. Era un motivo de celebración.

“Ahhhh, con que usted es el papacito del héroe”, dijo el primer guardia, el desprecio goteando de cada palabra. “Debió enseñarle a su escuincle a no meterse donde no lo llaman”. Se rió, mostrando unos dientes manchados de tabaco. “Pues pásale, pues. Ya que se tomó la molestia de venir. Al patrón le gustan los invitados con agallas. O con muy poca cabeza”.

Abrieron una pequeña puerta peatonal integrada en el enorme portón de hierro. El chirrido del metal fue como el sonido de una jaula abriéndose. Al pasar junto a ellos, me dieron unas palmadas “amistosas” en la espalda, un poco más fuertes de lo necesario, un último recordatorio de quién tenía el control. Dejé que lo hicieran. Dejé que se sintieran superiores. La arrogancia es el mejor camuflaje para la incompetencia.

Entré. La puerta se cerró a mi espalda con un golpe metálico y el sonido de un cerrojo. Estaba dentro. En la boca del lobo. Pero ellos no sabían que yo era el verdadero lobo.

El patio era una explosión de vulgaridad. Era enorme, pavimentado con lajas de cantera rosa. En el centro, la mansión de tres pisos se erigía como un pastel de merengue arquitectónico, con columnas griegas falsas, balcones de hierro forjado y grandes ventanales que vomitaban luz y música. El césped, donde lo había, estaba cubierto por un mosaico de coches de lujo. Vi al menos tres Escalades, varias Land Cruiser, un par de BMWs y un Porsche Panamera que parecía completamente fuera de lugar. Y allí, estacionada con arrogancia cerca de la entrada principal, estaba ella. La Suburban negra. Tenía el faro derecho roto y una fea abolladura en la defensa delantera. Y sobre el cofre, bajo la luz de los reflectores, pude ver unas manchas oscuras y opacas que mi cerebro identificó al instante. Sangre. La sangre de mi hijo.

Un calor blanco y cegador subió por mi cuello. Mis manos se cerraron en puños tan apretados que las uñas se me clavaron en las palmas. No ahora. Respira. Eres hielo. Eres piedra. Eres un fantasma. Me obligué a relajar los dedos, a respirar lenta y profundamente. La emoción era el enemigo. La misión era todo.

Mi mente se convirtió en una cámara, registrando todo. La disposición del patio. Las mesas largas, cubiertas con manteles de plástico de colores brillantes, gemían bajo el peso de la comida: montañas de carne asada, ollas de barro llenas de carnitas, tazones de guacamole, pilas de tortillas. Mujeres con vestidos ajustados y tacones que se hundían en el césped iban y venían, sirviendo platos. Niños pequeños corrían entre las mesas, gritando, mientras sus padres, los hombres, se congregaban alrededor de sofás de terciopelo rojo que habían sacado de la casa y puesto directamente sobre el pasto. Fumaban puros cuyo humo apestoso se mezclaba con el del carbón. Bebían tequila directamente de botellas de Don Julio 1942, derramándolo, riendo a carcajadas.

Era una escena de decadencia grotesca. La celebración de una tribu de bárbaros.

Cuando comencé a caminar hacia el centro del patio, la música no se detuvo, pero se formó un murmullo. Las conversaciones titubearon. Las miradas se volvieron hacia mí. Docenas de ojos, curiosos, hostiles, burlones. Para ellos, yo era una anomalía, un error en su perfecta burbuja de poder. Un viejo, solo, caminando con una determinación silenciosa hacia el centro de su universo.

Y en ese centro, en un sillón que era más un trono que un mueble, estaba él. Don Ramiro Valdivia. Era exactamente como lo recordaba de la grabación, pero más grande, más real, más repulsivo. Un hombre corpulento de unos cincuenta y tantos, con una papada que se derramaba sobre el cuello de su camisa de seda. Su rostro, hinchado por el alcohol y la mala vida, tenía el color rojizo de la hipertensión. Sus ojos eran pequeños, casi perdidos en la masa de su cara, pero brillaban con una astucia cruel y porcina. En sus dedos gordos y cortos, varios anillos de oro con grandes piedras destellaban bajo la luz. Una cadena de oro, tan gruesa como mi dedo meñique, descansaba sobre su pecho. Sostenía una pierna de pavo en una mano y le daba enormes mordiscos, la grasa escurriéndole por la barbilla.

Al verme, se detuvo a mitad de un bocado. Dejó la pierna de pavo en un plato, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una expresión de leve fastidio, como si yo fuera una mosca que había osado posarse en su comida.

“¿Y este viejo qué? ¿Quién chingados dejó entrar al abuelo de Heidi?”, preguntó en voz alta, su vozarrón gutural diseñado para que todos lo oyeran.

La corte de aduladores que lo rodeaba estalló en risas forzadas.

“Es el padre del morro de la carretera, patrón”, respondió uno de los guardias que me había dejado entrar, dándome un ligero empujón para que me acercara más. “Dice que le trae un regalo”.

La risa de Don Ramiro se convirtió en una carcajada plena, un sonido parecido al de un cerdo revolcándose en el lodo. “¡No me digas! ¡El papito vino a defender el honor de su cachorrito! ¡Qué huevos!”. La multitud aulló de risa. Estaban disfrutando del espectáculo. Pensaban que había venido a rogar, a pedir clemencia o dinero. Era un entretenimiento para ellos, una distracción en su aburrida noche de borrachera.

“A ver, acércate, suegro”, dijo Don Ramiro, haciéndome un gesto displicente con su mano enjoyada. “No me muerdo. A menos que me paguen. Venga, dígame. ¿Qué se le ofrece? ¿Quiere una lana para las medicinas de su niño? O a lo mejor viene a disculparse, porque el pendejo de su hijo me abolló mi camioneta nueva”.

Caminé hacia él hasta que solo dos pasos nos separaron. Estaba tan cerca que podía olerlo: una mezcla agria de sudor, loción cara, tequila y carne. El olor de la corrupción.

Lo miré directamente a los ojos, ignorando a todos los demás. “No vine por dinero”, dije, mi voz tan tranquila que él tuvo que inclinarse un poco para oírme. “Vine a darte una oportunidad”.

La diversión se desvaneció de sus ojos, reemplazada por una curiosidad perpleja. “¿Una oportunidad?”, repitió, soltando una pequeña risa incrédula. “¿Oportunidad de qué, pinche viejo loco?”.

Me incliné yo también, cerrando la distancia entre nosotros. “De que tú y todos tus perros sigan vivos para ver el amanecer”, susurré.

Y el mundo, para él, se detuvo.


Capítulo 6

El silencio que siguió a mi susurro fue más ensordecedor que la música de banda que acababa de cesar. Fue un silencio instantáneo, antinatural, como si alguien hubiera apretado un botón de pánico universal. Las risas se ahogaron en las gargantas. El tintineo de los vasos de cristal se detuvo. Incluso la brisa pareció contener la respiración. En ese breve instante, el universo entero del rancho Valdivia se contrajo hasta el pequeño espacio de dos metros que nos separaba a Don Ramiro y a mí.

La sonrisa de borracho se congeló en el rostro de Ramiro. Sus pequeños ojos porcinos, que segundos antes nadaban en la autocomplacencia, se enfocaron en los míos con una intensidad repentina y sobria. Vi un destello de algo primario en ellos: confusión, seguida por una fugaz sombra de miedo. Fue un parpadeo, nada más, pero lo vi. Vio al lobo detrás de los ojos del viejo. Fue la primera grieta en su armadura de impunidad.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se echó ligeramente hacia atrás en su trono de terciopelo, un movimiento instintivo de retroceso. Los gorilas que lo flanqueaban, sus “perros de guerra”, sintieron el cambio en su amo. Sus posturas relajadas se tensaron. Las manos que antes sostenían vasos de cerveza ahora se movían instintivamente hacia las hebillas de sus cinturones, cerca de las armas que sin duda ocultaban bajo sus guayaberas.

Pero el miedo es inaceptable para un hombre como Ramiro. Su poder no reside en su inteligencia ni en su fuerza, sino en la percepción de su invencibilidad. Mostrar miedo, aunque sea por un segundo, es mostrar una debilidad que su manada de chacales podría explotar. Así que, con un esfuerzo visible, aplastó esa chispa de temor y la reemplazó con una máscara de furia ultrajada.

Se inclinó hacia adelante de nuevo, su rostro congestionándose hasta adquirir un tono púrpura. La vena en su sien comenzó a palpitar. “¿Tú… me estás amenazando a mí?”, siseó, su voz un gruñido bajo y peligroso. “¿En mi propia casa? ¿Delante de mi gente?”.

Se puso de pie. Fue un esfuerzo, un movimiento pesado y torpe. El trono de terciopelo crujió en protesta. Una vez erguido, parecía aún más grande, una montaña de carne y arrogancia. Se irguió sobre mí, intentando usar su tamaño para intimidarme. Yo no me moví. Me quedé allí, un roble viejo contra un vendaval.

“¡Miren a este pinche viejo loco!”, gritó, dirigiéndose a su audiencia de parásitos, que ahora nos rodeaba en un semicírculo tenso. “¡Viene a mi casa a decirme que me va a matar! ¡A mí! ¿Tú sabes quién soy yo, pedazo de mierda?”.

Se golpeó el pecho con un dedo gordo y enjoyado. “¡Soy Ramiro Valdivia! ¡Esta tierra que pisas es mía! ¡El agua que bebes en este puto pueblo pasa por mis manos! ¡El jefe de la policía come de mi mano! ¡El presidente municipal es mi ahijado! ¿Crees que me asustas?”.

Se rió, una carcajada forzada y estridente que no llegaba a sus ojos. “Te voy a decir quién me cuida la espalda, para que te eduques, abuelo. ¿Has oído hablar del General Miguel Becerra? ¿Del Estado Mayor? ¡El General es mi compadre! ¡Mi compadre! ¡Bebemos juntos! ¡Hacemos negocios juntos! Una llamada mía, ¡una!, y manda a los soldados a tu casa. No a arrestarte. A borrarte del mapa. Y en el informe dirán que eras un narco, que te resististe al arresto. ¿Entiendes, imbécil? ¡Yo soy el puto sistema!”.

Confirmación. Me lo había dado en bandeja de plata. No solo confirmó su conexión con Becerra, sino que fue tan estúpido y arrogante como para gritarlo delante de treinta testigos. Cada palabra que salía de su boca era un clavo más en su propio ataúd. Yo permanecía impasible, mi rostro una máscara de neutralidad. Dejaba que hablara, que se enredara en su propia soberbia. Mi silencio lo enfurecía aún más.

Se acercó otro paso, su rostro a centímetros del mío. Su aliento apestaba a alcohol rancio. “Tu cachorro”, escupió la palabra, “se sintió muy chingón. Se quiso pasar de héroe. Y en mi territorio, los héroes terminan en el panteón o en una silla de ruedas. Dale gracias a Dios y a mí que el tuyo todavía respira. Porque mi gente quería dejarlo tirado en el monte para los coyotes. Yo fui el que les dijo que lo dejaran. Fui misericordioso”.

Miré más allá de su rostro deformado por la rabia. Mi cerebro estaba trabajando, escaneando, grabando. Observación: el sujeto, “Ramiro”, responde a la amenaza percibida con una escalada de agresión verbal y una exhibición de poder. Confirma la inteligencia previa sobre la corrupción de alto nivel. Táctica: mantener un perfil no amenazante para fomentar su exceso de confianza. Dejar que subestime el objetivo.

“Te voy a dar una lección, viejo”, gruñó. Juntó saliva en su boca y, con un sonido gutural, me escupió en la cara.

El proyectil tibio y espeso me golpeó en la mejilla y resbaló lentamente hacia mi barbilla. Un silencio sepulcral cayó sobre la multitud. Fue el máximo acto de humillación, la profanación definitiva. Esperaban una reacción. Esperaban que me limpiara, que gritara, que intentara golpearlo y que sus gorilas me destrozaran.

No hice nada.

No parpadeé. No moví un músculo. Dejé que su saliva colgara de mi rostro, un trofeo de su propia bajeza. Lo miré directamente a los ojos, y en mi mirada no había ira, ni humillación. Había algo mucho peor: lástima. Una lástima fría, clínica, como la que se siente por un animal rabioso que está a punto de ser sacrificado.

Mi falta de reacción lo descolocó por completo. Fue como golpear una pared de granito. Su acto de poder se había disuelto en la nada, haciéndolo parecer pequeño y patético.

Para recuperar el control, buscó otro objetivo. Sus ojos vieron mi mano derecha, que había mantenido abierta a mi costado. Lentamente, metí la mano en el bolsillo de mi chamarra y saqué la memoria USB. La sostuve entre mi pulgar y mi índice, levantándola a la altura de sus ojos.

“Esto”, dije con calma, mi voz resonando en el silencio, “es la verdad. Aquí está tu gente cometiendo un crimen. Aquí estás tú, siendo cómplice. Esto va a llegar a un juez”.

Ramiro miró el pequeño trozo de plástico como si fuera la última ofensa. Soltó una carcajada que sonó rota y falsa. Chasqueó los dedos. Uno de sus matones, el mismo que reconocí de la grabación por la cicatriz en la ceja, me arrebató la memoria de la mano de un manotazo.

La memoria cayó al suelo de lajas, rebotando con un pequeño sonido plástico.

Y entonces, Ramiro, con una sonrisa teatral de triunfo, levantó su bota de piel de avestruz y la dejó caer sobre la memoria USB, aplastándola con un crujido audible. Giró el talón sobre los restos, moliendo el plástico y el circuito hasta convertirlo en polvo.

“No hay grabación”, dijo, jadeando un poco por el esfuerzo. “No hay héroe. No hay crimen. Solo hay un viejo estúpido y un hijo pendejo que aprendió una lección. Y si no te largas de mi casa ahora mismo, te juro que el próximo regalo que le voy a mandar a tu hijo al hospital va a ser tu cabeza en una caja de cartón”.

Asentí lentamente. “Entendido”.

El gesto lo desarmó de nuevo. Esperaba súplicas, ira, desesperación. Mi aceptación tranquila era incomprensible para él. Pero para mí, todo estaba hecho. La misión de reconocimiento había sido un éxito rotundo.

  • Evaluación final:
    1. Confirmación visual de los objetivos principales (“Cicatriz”, “Ramiro”).
    2. Confirmación verbal de la corrupción sistémica (General Becerra).
    3. Análisis psicológico del adversario: arrogante, impulsivo, subestima las amenazas no convencionales, su poder se basa en la intimidación pública. Es un matón, no un estratega.
    4. Reconocimiento del terreno completado: localización de puntos vulnerables (garaje, cocina, cuadro eléctrico, depósito de combustible para el generador junto a la caseta de servicio).
    5. El enemigo ha destruido la única evidencia “legal”, quemando sus naves y justificando un protocolo de respuesta no convencional.

El diálogo había terminado. Ya tenía todo lo que necesitaba. Ahora solo quedaba la declaración final. La semilla del terror que iba a plantar.

“Cometiste un error fatal, Ramiro”, dije, y mi voz, por primera vez, tuvo un filo de acero que hizo que varios de los presentes dieran un paso atrás. “No fue casi matar a mi hijo. Fue creer que podías aplastar la verdad con tu bota”.

Lo miré, pero ya no lo veía a él. Veía a través de él, hacia el futuro inmediato, hacia las siguientes horas. “Ahora escúchame tú a mí, y escúchame bien. Tienes hasta la medianoche. Exactamente hasta la medianoche”.

Hice una pausa, dejando que la especificidad del tiempo se clavara en sus mentes. “Si para ese momento, el hombre con la cicatriz en la ceja y los otros que usaron las cadenas no están entregados, en una celda de la policía municipal, esperando al Ministerio Público, entonces yo voy a volver”.

La sonrisa de Ramiro regresó, esta vez genuina, llena de incredulidad y diversión.

“Y cuando vuelva”, continué, mi voz bajando a un susurro que, sin embargo, todos escucharon, “te doy mi palabra de que para el amanecer, de esta casa, de tus coches, de tu poder… no quedará ni el polvo. No quedará piedra sobre piedra”.

Durante un segundo, el silencio fue absoluto. Y luego, Ramiro estalló en la carcajada más fuerte y genuina de la noche. Se dobló por la mitad, agarrándose el estómago, las lágrimas de risa corriendo por sus mejillas hinchadas. Su manada, al ver a su líder reír, lo siguió, y una ola de burlas y carcajadas resonó por todo el patio.

“¡Este viejo es una película!”, aulló Ramiro, secándose las lágrimas. “¡Una película de Cantinflas! ¡’Ahorita te agarro a balazos’!”.

Se enderezó, su rostro todavía rojo por la risa, y le hizo un gesto a los guardias. “¡Ya! ¡Sáquenme a este payaso de aquí! ¡Me está arruinando la digestión! ¡Denle una patada en el culo para que agarre vuelo! Y si vuelvo a ver su pinche carcacha cerca de mi propiedad, ¡la quiero hecha cenizas! ¡Con el ruco adentro si es posible!”.

Dos de los gorilas más grandes me agarraron bruscamente por los brazos. No me resistí. Dejé que mi cuerpo se relajara, convirtiéndome en peso muerto. Era parte del acto: el viejo débil y derrotado. Me arrastraron por el patio, entre las risas y las burlas de los invitados. “¡Váyase a dormir, abuelo!”, “¡Tómese un chocho para los nervios!”, “¡Dígale a su hijo que no llore como una nena!”.

Dejé que su desprecio me bañara. Era un escudo. Su arrogancia era mi mejor aliado. Me arrastraron hasta la puerta peatonal y me empujaron con fuerza hacia la calle. Tropecé, pero no caí. Recuperé el equilibrio y me quedé de pie en la oscuridad, fuera de los muros de su pequeño reino.

Escuché el cerrojo de la puerta cerrarse con un sonido definitivo. Desde adentro, todavía podía oír la música reanudándose y las carcajadas disminuyendo. Me di la vuelta y caminé lentamente hacia mi Cherokee. No miré atrás.

Me subí a la cabina y me quedé quieto por un momento, la oscuridad y el silencio envolviéndome. El olor a ozono después de la lluvia llenaba el aire. La máscara del viejo indefenso se desvaneció de mi rostro. La humillación, la saliva en mi mejilla, la memoria aplastada… no eran derrotas. Eran permisos. Eran la justificación final. El sistema me había escupido en la cara. La ley estaba muerta, aplastada bajo una bota de piel de avestruz. Bien. Eso significaba que ya no tenía que jugar con sus reglas.

Giré la llave. El motor cobró vida, un rugido contenido, una bestia esperando ser desatada. Me alejé lentamente, sin prisa. En el espejo retrovisor, vi el resplandor de la fortaleza de Ramiro, una isla de luz y corrupción en medio de la noche.

La trampa se había cerrado. Pero, como un idiota, él pensaba que yo estaba afuera y él adentro. No entendía que yo no era el ratón. Yo era la serpiente que se había deslizado dentro, había contado a sus crías, había probado su veneno, y ahora se retiraba solo para volver y quemar el nido hasta los cimientos.

Conduje un par de kilómetros por el camino principal y luego me desvié hacia una brecha de terracería que se perdía en la oscuridad del monte. Apagué las luces y avancé lentamente hasta que los árboles me ocultaron por completo de la carretera. Apagué el motor. Saqué del bolsillo un pañuelo limpio y, metódica y lentamente, me limpié la saliva de Ramiro de la cara. No con asco, sino con la frialdad de quien limpia un arma después de usarla.

El tiempo de las palabras había terminado. Ahora comenzaba el tiempo del fuego, el acero y el miedo. El Lobo estaba listo para cazar.


Capítulo 7

La oscuridad bajo la arboleda era casi total, una negrura espesa que la pálida luz de la luna no podía penetrar. Apagué el motor de la Cherokee y el silencio cayó como un manto, interrumpido solo por el canto de los grillos y el lejano y sordo palpitar de la música de la fiesta. Para cualquiera, este sería un lugar para el miedo, para la incertidumbre. Para mí, era una oficina. Un puesto de comando avanzado.

Me quité la chamarra de cuero y la camiseta, y comencé el meticuloso proceso de armarme, no con armas, sino con herramientas de caos. Abrí la mochila de combate sobre el capó del coche. Cada objeto fue sacado y colocado en un orden preciso, una liturgia que no había realizado en veinte años, pero que mis manos recordaban como si hubiera sido ayer.

Primero, el chaleco táctico. No era un chaleco antibalas pesado, sino un arnés ligero de nylon balístico, diseñado para distribuir el peso y mantener el equipo accesible. Comprobé cada bolsillo. En uno, un pequeño set de ganzúas de acero templado. En otro, un rollo de cinta aislante negra y un cortador de alambre. En un bolsillo más grande, un puñado de balines de acero de media pulgada, pesados y perfectamente esféricos, munición para mi resortera. En otro, los cinchos de plástico, mi versión de las esposas. Y finalmente, la resortera misma: un modelo profesional con un marco de aluminio de aviación y ligas de látex de alta potencia. En las manos equivocadas, un juguete. En las mías, un arma silenciosa capaz de romper un pómulo o reventar un ojo a veinte metros.

Luego, las “bombas”. Las había preparado antes de salir de casa, en la soledad de mi garaje. Cuatro botellas de vidrio de cerveza, vaciadas y limpiadas. Las llené con una mezcla que habíamos perfeccionado en los campos de entrenamiento: dos partes de gasolina por una de aceite de motor usado. El aceite hacía que el fuego fuera más denso, más negro y más duradero. Y el ingrediente clave: trozos de unicel disueltos en la mezcla hasta que alcanzaba la consistencia de un jarabe espeso. Un napalm casero. Al impactar, el líquido pegajoso se adheriría a cualquier superficie, ardiendo con una ferocidad imposible de apagar fácilmente. En la boca de cada botella, un trozo de trapo de algodón bien apretado, la mecha. Eran armas feas, brutales, pero increíblemente efectivas para un propósito: sembrar el pánico.

Revisé mi cuchillo K-Bar, asegurándome de que estuviera bien sujeto en su vaina, invertido en mi chaleco, listo para ser desenfundado con la mano izquierda. Finalmente, me puse el pasamontañas, estirándolo sobre mi cabeza hasta que solo mis ojos quedaron expuestos. La transformación estaba completa. Sergio Ramírez, el padre, el jubilado, había desaparecido. Solo quedaba El Lobo.

Miré mi reloj. 10:15 PM. Una hora y cuarenta y cinco minutos para la medianoche, mi Hora Cero autoimpuesta. Era hora de preparar el teatro de operaciones.

Mi primer objetivo era logístico: cortar su ruta de escape. Dejé la camioneta oculta y me moví a pie, con una agilidad que desmentía mis 53 años, siguiendo un curso paralelo a la carretera de acceso al rancho. En mi mano llevaba un rollo de cable de acero trenzado, fino pero increíblemente resistente. Lo encontré en mi garaje, un resto de algún proyecto de construcción olvidado. Ahora tendría un nuevo propósito.

Elegí un punto en el camino a unos 500 metros de la entrada principal del rancho, una curva cerrada bordeada por árboles gruesos a ambos lados. La oscuridad aquí era profunda. Trabajando rápidamente, anclé un extremo del cable a la base de un roble macizo. Luego, crucé el camino y, usando toda mi fuerza, tensé el cable hasta que quedó rígido como una cuerda de piano, a una altura de unos 50 centímetros del suelo. Lo aseguré al otro árbol con un nudo de tensión que se apretaría aún más con el impacto. Para un conductor que huyera en pánico, a toda velocidad y en la oscuridad, el cable sería invisible. El resultado sería catastrófico: el tren delantero de cualquier vehículo sería arrancado de cuajo, los neumáticos reventarían, el coche volcaría o se estrellaría sin control. La carretera de salida estaba cerrada.

Mi segundo objetivo era el sistema nervioso del enemigo: la electricidad. Di un amplio rodeo, moviéndome por el monte, mis botas apenas haciendo ruido sobre la tierra húmeda y las hojas secas. Usando el zumbido de alto voltaje como guía, localicé la subestación que alimentaba no solo el rancho de Ramiro, sino todo el lujoso fraccionamiento. Era una pequeña caseta de concreto rodeada por una cerca de alambre. La puerta de la cerca estaba asegurada con un candado comercial barato. Saqué mis ganzúas. En menos de treinta segundos, el candado cedió con un clic suave.

Dentro de la caseta, el zumbido era un rugido contenido. El aire olía a ozono. No era un experto electricista, pero entendía los principios básicos de un cortocircuito. No iba a destruirlo, solo a interrumpirlo temporalmente. Usando mi cortador de alambre, preparé una “trampa” simple, un puente entre dos fases que se activaría con un temporizador de reloj de cocina que había modificado. Un dispositivo crudo, pero fiable. Lo programé para las 12:00 AM en punto. Cuando el temporizador llegara a cero, un pequeño interruptor se cerraría, el puente se completaría, y el sistema se sobrecargaría, botando los fusibles principales y sumiendo a toda la Mesa del Coyote en una oscuridad medieval.

Con el perímetro asegurado, regresé a mi puesto de observación cerca de la barranca trasera, el punto débil que había identificado. El tiempo se movía con una lentitud exasperante. Me tumbé en la maleza húmeda y fría, mi cuerpo inmóvil, convirtiéndome en parte del paisaje. Desde allí, a través de las rendijas de la barda de ladrillos, tenía una vista parcial pero clara del patio.

La fiesta había degenerado. La música era más fuerte, las risas más chillonas. El alcohol había erosionado las últimas apariencias de civilidad. Vi a Ramiro, todavía en su trono, bebiendo directamente de una botella de coñac, sus movimientos volviéndose más torpes, su voz más pastosa. Vi al hombre de la cicatriz en la ceja tratando de bailar con una mujer que claramente no estaba interesada, su agresión apenas disimulada. Estaban borrachos, confiados, estúpidos. Eran presas perfectas.

Mientras esperaba, mi mente no estaba en blanco. Repasaba el plan una y otra vez, buscando fallos, anticipando contingencias. ¿Qué pasaría si la policía local aparecía antes de tiempo? Improbable. Sánchez estaba demasiado asustado. ¿Qué pasaría si Becerra enviaba a su propia gente? Posible, pero no llegarían tan rápido. Y mi llamada había sido una distracción, diseñada para hacerlo reaccionar burocráticamente primero.

Y pensaba en Toño. No permitía que el dolor me abrumara, pero usaba su imagen como un ancla. Recordaba su rostro en la ventana de la UCI. Recordaba el sonido del ventilador. Cada segundo que pasaba, cada risa que escuchaba del otro lado del muro, afilaba mi determinación. Esto no era solo por justicia. Era por equilibrio. El universo estaba fuera de quicio, y mi tarea era enderezarlo por la fuerza.

El viento cambió, trayendo consigo fragmentos de una conversación de dos guardias que fumaban cerca de una puerta de servicio trasera.

“…este ruco está completamente zafado”, decía uno. “Venir a amenazar al patrón en su propia casa…”.

“Bah, un pobre diablo”, respondió el otro, soltando una bocanada de humo. “El patrón ya dio la orden. Mañana un par de muchachos le van a hacer una visita. Para ‘explicarle’ cómo funcionan las cosas. Le van a quemar el jacal y a él lo van a ‘suicidar’. Otro pendejo que no entendió”.

Apreté el mango de mi cuchillo K-Bar con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Así que ese era su plan. No había piedad, no había segundas oportunidades en su mundo. Solo la eliminación de cualquier problema. No tendrán un mañana, pensé. Su futuro termina esta noche.

Los minutos se arrastraban. 11:50. 11:55. Mi corazón latía a un ritmo constante y tranquilo, unos 60 latidos por minuto. Mi ritmo de combate. La adrenalina aún no había llegado; por ahora, era pura concentración. Cerré los ojos e hice un último recorrido mental por el rancho, visualizando cada puerta, cada ventana, cada posible ruta de escape.

11:59. Mi teléfono de combate, que había mantenido en silencio en mi bolsillo, vibró una vez. Corto y seco. Mi alarma personal. La Hora Cero.

Abrí los ojos.

Y en ese preciso instante, como si Dios mismo hubiera accionado un interruptor, ocurrió. Un sonido sordo y distante, un “thump” eléctrico, y la Mesa del Coyote se sumió en una oscuridad absoluta y sofocante. La música de banda se cortó a mitad de una nota, reemplazada por un coro de gritos confusos y chillidos de pánico. Las luces de la mansión, los reflectores del patio, las farolas de la calle… todo se apagó. La única luz que quedaba era la pálida e insuficiente luz de la luna.

El espectáculo estaba a punto de comenzar.

“¿Qué pasó, patrón?”, susurré a la oscuridad, una sonrisa fría dibujándose bajo el pasamontañas. Saqué la primera botella Molotov. El trapo estaba empapado en el líquido inflamable. Saqué un encendedor Zippo, su llama surgiendo con un clic metálico familiar. Acerqué la llama a la mecha. El trapo se encendió instantáneamente, una pequeña antorcha danzante en mi mano, su luz reflejándose en mis ojos. “La discoteca apenas comienza”.

Me puse de pie, tomé impulso y lancé la botella con un movimiento fluido y potente, perfeccionado en cientos de lanzamientos de práctica. La botella voló en un arco perfecto sobre la alta barda, una estrella fugaz de fuego y vidrio. Su objetivo: el garaje de lujo, donde Ramiro guardaba sus trofeos de cuatro ruedas.

El sonido del vidrio rompiéndose fue seguido instantáneamente por un “whoosh” gutural. El napalm casero se encendió y se extendió por el techo de tejas como un líquido infernal. Una enorme llamarada anaranjada iluminó el patio por un instante, congelando a la gente en siluetas de pánico. Gritos de terror genuino reemplazaron la confusión. El caos había sido sembrado.

No me detuve a admirar mi trabajo. Inmediatamente, me moví diez metros hacia la derecha, manteniéndome en las sombras de la barranca. Saqué la segunda botella y repetí el ritual. Encender, apuntar, lanzar. Esta vez, el objetivo era una de las grandes ventanas de la sala de estar del primer piso.

El proyectil atravesó el cristal con un estruendo. Escuché los gritos agudos de las mujeres desde dentro. La botella explotó contra una pared interior, y las llamas se aferraron a las cortinas de terciopelo y a un sofá de aspecto caro. En segundos, el fuego no solo estaba fuera, sino también dentro de la fortaleza. El horno había sido encendido.

El pánico se convirtió en una histeria colectiva. Hombres que momentos antes eran matones arrogantes ahora corrían sin rumbo por el patio, tropezando en la oscuridad, gritando órdenes contradictorias. La ilusión de su poder, tan dependiente de la luz y la rutina, se había hecho añicos.

La seguridad, o lo que pasaba por ella, finalmente reaccionó de la única manera que sabían: con violencia ciega. Las ráfagas de AK-47 comenzaron a rasgar la noche. Disparaban a las sombras, al aire, a la barda. Los fogonazos de sus rifles eran como pequeños relámpagos que me revelaban sus posiciones exactas. Uno en la esquina del porche. Otro cerca de la piscina. Dos más junto al portón principal. Eran idiotas. Estaban revelando sus ubicaciones a un enemigo que no podían ver.

Mientras ellos hacían ruido, yo permanecía en silencio. Saqué la pequeña caja negra de mi chaleco: el bloqueador de señal celular. Apreté el botón. La pequeña luz verde parpadeó y se apagó. En un radio de cien metros, toda comunicación electromagnética estaba muerta. No habría llamadas al General Becerra. No habría pedidos de refuerzos. Estaban aislados. Atrapados en su isla de oscuridad y fuego.

Podía oír a uno de los guardias gritando a su teléfono, su voz llena de pánico. “¡Bueno! ¡Bueno! ¡No hay señal, chingada madre! ¡No sale la llamada!”.

Bienvenido a mi mundo, pensé. Aquí no hay líneas externas.

Cambié de posición de nuevo, moviéndome con la fluidez de un espectro. Ahora estaba frente a la entrada principal, al otro lado del patio, usando la esquina de una caseta de servicio como cobertura. Era hora de la guerra psicológica.

Saqué la resortera y coloqué un balín de acero en el asiento de cuero. La tensé al máximo, la goma estirándose hasta tocar mi mejilla. Mi objetivo: el guardia más cercano al porche, el que intentaba organizar a los demás. No apunté a su cabeza ni a su pecho. Eso sería demasiado rápido. Apunté a su rodilla.

Solté. El silbido del balín fue casi imperceptible, un susurro en el aire. Fue seguido por un golpe sordo y un aullido de dolor animal que cortó el aire. El guardia se derrumbó, agarrándose la rodilla destrozada. Su rifle cayó al suelo con estrépito.

“¡Un francotirador!”, gritó, su voz rota por el dolor mientras rodaba por el suelo. “¡Nos están tirando con un sniper! ¡Cúbranse, pendejos, al suelo!”.

La palabra mágica. Francotirador. Evocaba imágenes de un asesino profesional, invisible, letal, a cientos demetros de distancia. El pánico se multiplicó por diez. Los hombres que aún estaban de pie se lanzaron al suelo, buscando una cobertura que no existía. El patio, iluminado por el fuego creciente del garaje, se había convertido en un campo de tiro expuesto.

El espectáculo era magnífico. El fuego rugía, el humo negro se elevaba hacia el cielo estrellado, los hombres más temidos de la región se arrastraban por el suelo como gusanos. Y yo, solo, invisible, era el titiritero que movía los hilos de su terror. La cacería acababa de comenzar.


Capítulo 8

La palabra “francotirador” se esparció por el patio como un reguero de pólvora, un veneno auditivo que paralizó a los hombres de Ramiro. El miedo a un enemigo invisible es mil veces más potente que el miedo a uno que puedes ver. Yo no era un hombre; era un fantasma con un rifle de alta potencia, un espectro en la oscuridad que podía arrancarles la vida desde medio kilómetro de distancia. O eso creían ellos. Y en la guerra, la percepción es la realidad.

Desde mi cobertura, observaba el caos con una satisfacción fría y distante. El fuego en el garaje había alcanzado una furia incontrolable. Las llamas, de un naranja intenso y hambriento, lamían el cielo nocturno. De repente, el tanque de gasolina de la Escalade más cercana al fuego explotó. No fue como en las películas. Fue un “BOOM” gutural y profundo que sacudió el suelo, seguido de una bola de fuego que se elevó treinta metros en el aire, lanzando un géiser de chispas y metal ardiente. La onda expansiva barrió el patio, reventando las ventanas restantes de la mansión y derribando a varios hombres que intentaban ponerse de pie. El calor, incluso a mi distancia, se volvió intenso, una caricia infernal en mi rostro.

El pánico se transformó en histeria pura. Vi a las mujeres y a los niños, que se habían acurrucado cerca del portón principal, gritar de terror. Mi guerra no era con ellos. Eran víctimas colaterales, peones en el tablero de ajedrez de la brutalidad de sus hombres. Intentaban desesperadamente abrir el pesado portón de hierro, pero la cerradura eléctrica, muerta sin energía, los mantenía atrapados. Su jaula de oro se había convertido en una trampa mortal.

“¡¿Dónde chingados está el patrón?!”, gritaba el jefe de seguridad, el que ahora tenía la rodilla destrozada, mientras intentaba arrastrarse hacia la casa.

Pero Don Ramiro no aparecía. La rata más grande se escondía en lo más profundo de su madriguera, esperando que las paredes de concreto lo salvaran. No entendía que su fortaleza se estaba convirtiendo en su tumba, un horno de ladrillo y mortero que pronto se llenaría de humo y fuego.

Era hora de hacerlo salir.

Saqué mi tercera botella Molotov. Di un amplio rodeo, moviéndome por el perímetro exterior de la barda, usando la oscuridad y la confusión como mi manto. Llegué a un costado de la casa, donde había una gran terraza de madera que conectaba con la cocina y el comedor. Era la ruta de servicio, menos protegida.

Encendí la mecha. El pequeño fuego danzó, iluminando mi máscara. Lancé. La botella se estrelló contra los pilares de madera de la terraza. La madera seca, curada por años de sol, se prendió como si fuera papel de periódico. El fuego trepó por la estructura, y una espesa columna de humo negro comenzó a ser succionada hacia el interior de la casa a través de las ventanas rotas. En cuestión de minutos, el aire adentro sería irrespirable.

Ahora, la fase final de la trampa. Me moví de nuevo, rápido y en silencio, hacia mi punto de llegada original: la barranca en la parte trasera del rancho. Conocía la psicología de este tipo de hombres. Su instinto no sería correr hacia la entrada principal, hacia un bloqueo policial imaginario, hacia el “francotirador”. Su instinto de rata sería huir por la puerta de atrás, hacia la oscuridad, hacia el monte, donde creían que podrían desaparecer. Correrían directamente hacia mí.

Me aposté en una pequeña hondonada natural, a unos veinte metros de la salida trasera de la propiedad. La maleza me cubría por completo. Desde aquí, podía ver el patio sumido en el caos. Algunos de los guardias, presas del pánico, habían comenzado a disparar a los arbustos, a las sombras, a cualquier cosa que se moviera. Las balas silbaban sobre mi cabeza, cortando ramas que caían a mi alrededor. Permanecí inmóvil, mi respiración lenta y controlada. Me fundí con la tierra.

De repente, la puerta trasera de la mansión se abrió de una patada. Una nube de humo negro y acre salió, seguida por un grupo de figuras que tosían y tropezaban. En el centro de ese grupo, con un pañuelo de seda presionado contra su boca y nariz, estaba Don Ramiro. Ya no era el rey en su trono. Era un animal asustado. Su camisa de seda estaba manchada de hollín, su rostro perlado de sudor y terror. En una mano, agarraba con fuerza un maletín de aluminio, sin duda lleno de dinero y documentos. En la otra, una pistola que sostenía con mano temblorosa. Tres de sus matones más leales lo rodeaban, actuando como un escudo humano, barriendo la oscuridad del bosque con las luces de sus linternas tácticas.

“¡A la carretera!”, jadeaba Ramiro, su voz ronca por el humo. “¡Nos vamos por el monte! ¡Que nos recojan en la carretera!”.

Comenzaron a correr, torpemente, directamente hacia mi posición. Hacia la trampa final. A unos cinco metros frente a mí, donde la maleza era más alta, había tensado el fino sedal de acero, invisible en la oscuridad, a la altura de los tobillos.

El primer guardaespaldas, el que iba a la cabeza, corría con su linterna apuntando hacia adelante, buscando amenazas a la altura de los ojos. No miraba al suelo. Su pie se enganchó en el alambre. Se oyó un “¡crack!” seco cuando su tobillo se torció, y se fue de bruces con un grito ahogado, rodando por el suelo. Su linterna salió volando y aterrizó en la hierba, apuntando hacia arriba, creando un escenario perfectamente iluminado desde abajo.

El segundo guardia, que corría justo detrás, tropezó con el cuerpo de su compañero caído, creando una caótica pila de hombres.

Ramiro se detuvo en seco, a unos diez metros de mí, jadeando, sus ojos desorbitados. “¡¿Quién anda ahí?!”, gritó, agitando su pistola hacia la oscuridad. Su voz era un chillido de pánico. “¡Sal de donde estés, cabrón! ¡Te doy lo que quieras! ¿Cuánto? ¡Un millón de dólares! ¡Dos! ¡Oro! ¡Lo que sea, pero déjame en paz!”.

Aún creía que todo tenía un precio. No entendía que hay deudas que solo se pueden pagar con sangre y miedo.

Me levanté lentamente de la maleza, como una aparición. La luz del incendio a mi espalda me recortaba, convirtiéndome en una silueta negra, sin rostro, más alta y ancha de lo que era en realidad. Para ellos, yo era un demonio surgido de la tierra.

“Tu dinero se va a quemar contigo, Ramiro”, dije. Mi voz, distorsionada por la máscara, sonó profunda y antinatural.

“¡Dispárenle!”, aulló Ramiro, y él mismo apretó el gatillo. La detonación fue ensordecedora en la quietud del monte. Pero la bala se enterró inofensivamente en el suelo a mis pies. Yo ya no estaba allí.

En el instante en que vi su dedo tensarse, me moví. Un impulso lateral, un quiebre de la silueta. El entrenamiento se apoderó de mí. El primer guardaespaldas, el que había caído, intentaba levantarse. No le di la oportunidad. Un solo paso y una patada brutal con la punta de mi bota en su sien. El sonido fue sordo, húmedo. Se desplomó sin un gemido. Menos uno.

El segundo guardia se giró hacia el sonido del impacto, levantando su rifle. Fui más rápido. En dos zancadas estuve sobre él. Sujeté el cañón de su arma con mi mano izquierda, desviándolo hacia el cielo, mientras mi mano derecha, con el borde endurecido, golpeaba su garganta. Un golpe de karate, simple y devastador. El hombre soltó un gorgoteo ahogado, dejó caer su arma y se llevó ambas manos al cuello, luchando por respirar. Menos dos.

Solo quedaba el tercero. Y era él. El de la cicatriz en la ceja. El que había usado la cadena contra mi hijo. En sus ojos no había miedo, solo una furia asesina y estúpida. Sacó un cuchillo grande, de tipo militar, y se abalanzó sobre mí. Era grande, era fuerte, pero era lento. Era un peleador callejero, acostumbrado a la fuerza bruta y a la intimidación. No sabía nada del arte de matar.

Hizo un amplio y torpe tajo dirigido a mi estómago. El error de un novato. En lugar de retroceder, di un paso hacia él, entrando en su guardia, anulando el alcance de su arma. Mi antebrazo izquierdo bloqueó su brazo, mientras mi mano derecha agarraba su muñeca. Giré mi cuerpo, usando su propio impulso contra él. Un movimiento de palanca, una técnica de Aikido. Se oyó un crujido seco y nauseabundo, el sonido inconfundible de un hueso rompiéndose. Su codo se había dislocado en la dirección equivocada. Un aullido de dolor puro rasgó la noche. El cuchillo cayó de sus dedos inertes. Antes de que pudiera recuperarse, lo agarré por el pelo y estrellé su cara contra mi rodilla levantada. El sonido de su nariz rompiéndose fue como morder una manzana. Lo solté y se derrumbó, un saco de carne rota.

Ahora, estábamos solos. Ramiro y yo.

Estaba de espaldas a un árbol, su cuerpo temblando incontrolablemente. Intentaba disparar su pistola, pero solo se oía el clic metálico del percutor golpeando una recámara vacía. Se había quedado sin balas, o el arma se había encasquillado. El terror en su rostro era absoluto. Había visto cómo yo, un solo hombre, había desmantelado a sus tres mejores perros guardianes en menos de quince segundos.

“¿Qué… qué eres?”, susurró, su voz un hilo de baba y miedo. “No eres un hombre… eres el diablo”.

Lentamente, me llevé las manos a la cabeza y me quité el pasamontañas. Dejé que la luz del fuego iluminara mi rostro. Mis canas, mi piel arrugada, y mis ojos, que no contenían nada más que el reflejo de las llamas y la promesa de un juicio final.

“Soy un padre”, respondí.

El reconocimiento lo golpeó como una pared de ladrillos. Sus ojos se abrieron de par en par, las pupilas dilatadas por el puro terror. Comprendió. Comprendió que su dinero no significaba nada. Que el nombre de Becerra era solo un susurro inútil en este monte. Que sus matones estaban rotos y sangrando a su alrededor. Comprendió que estaba solo en la oscuridad con el monstruo que él mismo había creado.

El maletín y la pistola cayeron de sus manos. Se deslizó por el tronco del árbol y cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. Y empezó a arrastrarse hacia mí.

“¡No me mates!”, gimió, la voz rota en un sollozo infantil. Las lágrimas se mezclaban con el sudor y el hollín en su rostro, creando surcos asquerosos. “¡Por favor! ¡Te lo suplico! ¡Te daré todo! ¡Mi dinero, mis casas, todo! ¡Construiré un hospital para tu hijo! ¡Lo mandaré a Alemania, a Estados Unidos! ¡Perdóname, por favor! ¡Fue el diablo que se me metió! ¡Fue un error!”.

Lo miré desde arriba, un insecto patético y suplicante. Una parte primitiva de mí, el lobo herido, quería pisarlo. Quería hacerle exactamente lo que él y sus hombres le habían hecho a Toño. Quería que sintiera el dolor, el miedo, la humillación. Pero entonces, la imagen de mi hijo en la cama del hospital volvió a mí. Mi hijo era un héroe. Yo no podía convertirme en un monstruo. No del todo.

La muerte sería un regalo para él. Una salida demasiado fácil.

“Levántate”, ordené. Mi voz era plana, sin emoción.

No se movió, continuó sollozando.

“¡LEVÁNTATE!”, rugí, y mi voz estalló con tal fuerza que pareció sacudir las hojas de los árboles.

Se puso de pie de un salto, tropezando, temblando como una hoja. “De espaldas. Manos en la nuca”, ordené.

Obedeció al instante. Saqué dos cinchos de plástico de mi chaleco. Le sujeté las muñecas a la espalda, apretando el plástico hasta que se hundió en su carne grasa.

“¿A dónde… a dónde vamos?”, gimió, su voz temblorosa. “¿Me vas a torturar?”.

Le di un empujón en la espalda. “No, Ramiro. La tortura es para los débiles. Tenemos un largo camino por delante. Vamos a hacer un peregrinaje. Vamos a volver a la luz. A ti te encanta ser el centro de atención, ¿no? Te encanta que la gente te vea, que te tema. Pues esta noche, vas a tener la audiencia más grande de tu vida”.

Lo empujé a través del monte, de vuelta hacia donde había dejado mi camioneta. Detrás de nosotros, el fuego rugía, un monstruo devorador. Escuché el estruendo de una parte del techo de la mansión derrumbándose, enviando una lluvia de chispas al cielo. El imperio de Ramiro Valdivia se estaba convirtiendo en cenizas. Pero para él, el verdadero infierno apenas comenzaba.

Llegamos a la Cherokee. Saqué el grueso cable de remolque de la parte trasera. Sujeté el gancho de acero a los cinchos que ataban sus manos. El otro extremo lo aseguré firmemente al enganche de remolque de mi camioneta.

“¿Qué haces, estás loco?”, gritó, comprendiendo al fin mi plan. “¿Me vas a arrastrar?”.

No respondí. Me subí al asiento del conductor, encendí el motor y las luces. El haz de los faros iluminó el camino de tierra. Bajé la ventanilla.

“Corre, Ramiro”, dije con calma. “Corre por tu vida”.

Puse la camioneta en marcha y empecé a moverme, lentamente. Vi por el espejo retrovisor cómo intentaba resistirse, clavando los talones en la tierra, pero el poder del V8 era demasiado. El cable se tensó y lo arrastró unos metros. Entonces, entendió. Y empezó a correr. Una carrera torpe, desesperada, para mantenerse a la par de la camioneta y no ser arrastrado por el suelo pedregoso.

Salí a la carretera principal, la que llevaba de vuelta a la civilización. Aceleré a 20 kilómetros por hora. Una carrera ligera para un hombre en forma. Un tormento inhumano para un cerdo gordo y sedentario.

Dentro de la cabina, sonó mi teléfono de combate. El que había apagado después de hablar con Becerra. Lo había vuelto a encender. La pantalla mostraba un número desconocido de la Ciudad de México. Era él. Becerra.

Contesté y puse el altavoz. “¡Petrov!”, gritó su voz, ahora despojada de toda autoridad, llena de un pánico apenas contenido. “¿Qué demonios estás haciendo? ¡Me están reportando un incendio, disparos! ¡Esto es una locura! ¡Suelta a ese hombre! ¡Resolveremos esto! ¡Te doy mi palabra de oficial, lo meteré en la cárcel!”.

“¿Tu palabra de oficial, Mikey?”, pregunté, mi voz tranquila mientras miraba a Ramiro tropezar y caer por el espejo retrovisor, antes de levantarse y seguir corriendo, sus pantalones de seda ya hechos jirones. “Tu palabra, Miguel, se quemó junto con esa casa. Se hizo cenizas. Y llegas tarde. Ya no estoy solo. Todo el pueblo me está esperando”.

Corté la llamada y arrojé el teléfono por la ventana, viéndolo desaparecer en la oscuridad. A lo lejos, las luces rojas y azules de las patrullas comenzaban a parpadear. El bloqueo. La confrontación final. El verdadero juicio estaba a punto de comenzar. Y el acusado iba a llegar a pie. O, más bien, corriendo.

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