
CAPÍTULO 1: EL PESO DEL SILENCIO
El motor de la Grand Cherokee rugió con una ferocidad contenida, un sonido grave y poderoso que resonó dentro de la cochera como un animal salvaje despertando de un largo letargo. Alejandra apretó el volante forrado en cuero hasta que sus nudillos se pusieron blancos, sus ojos fijos en el portón eléctrico que se elevaba con una lentitud exasperante. Cada segundo que pasaba ahí, atrapada entre esas cuatro paredes de concreto pulido y lujo minimalista, sentía que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Ábrete, maldita sea, ábrete —murmuró entre dientes, su voz temblando con una mezcla de ansiedad y desesperación.
El sol de la tarde golpeó el parabrisas en cuanto salió a la calle, una luz cegadora, blanca y cruel, típica del norte de México en plena canícula. Alejandra no miró atrás. No se atrevió a mirar hacia la fachada de la mansión estilo contemporáneo que había comprado hace cinco años, esa fortaleza de mármol y cristal que se suponía sería su nido de amor y que se había convertido en su mausoleo personal.
Si miraba por el retrovisor, temía convertirse en estatua de sal. O peor, temía ver a Gerardo asomado por la ventana del segundo piso, con esa copa de whisky en la mano a las dos de la tarde, mirándola con esa expresión de desdén que se había tatuado en su rostro. Esa mirada que decía: “Vete, igual vas a regresar. No eres nada sin mí. No eres nadie”.
Pisó el acelerador a fondo. Las llantas chirriaron brevemente sobre el asfalto caliente de la zona residencial privada, un sonido agudo que rompió el silencio perfecto de aquel barrio de gente rica y vidas rotas. Necesitaba distancia. Necesitaba kilómetros de tierra y olvido entre ella y su realidad.
El aire acondicionado zumbaba al máximo, luchando contra los cuarenta grados que marcaba el tablero, pero Alejandra sentía un frío glacial que le nacía en el estómago y se extendía por sus venas. Era el frío del miedo. Miedo a lo que dejaba atrás, pero también miedo a la soledad inmensa que se abría frente a ella como la carretera interestatal.
Hoy era sábado. Se suponía que era un día para descansar, para ir al club, para cenar en algún restaurante de moda en San Pedro o Polanco. Pero para Alejandra, el sábado era el día más difícil. Era el día en que la ausencia de ruido laboral dejaba al descubierto el vacío de su vida. En la oficina, siendo la directora general de una de las importadoras más grandes del país, era una leona. Daba órdenes, cerraba tratos millonarios, movía contenedores de China a Manzanillo con una llamada. Allá afuera era “La Licenciada Alejandra”, respetada, temida, admirada.
Pero en casa… en casa era solo “la seca”.
La palabra resonó en su mente, cruel y afilada como un cuchillo cebollero. Así le había dicho Gerardo anoche, en medio de una de sus borracheras “depresivas”.
“—¿A dónde vas tan arreglada, Ale? —le había balbuceado él, tirado en el sofá de piel italiana que costó más que un coche compacto, con la camisa desabotonada y el olor a mezcal barato impregnando la sala— ¿Al trabajo? Claro, al trabajo. Es lo único que sabes hacer. Producir dinero. Porque hijos… hijos no sabes producir. Eres una tierra seca, mi amor. Un desierto. Bonito por fuera, pero muerto por dentro.”
Alejandra sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, nublando la carretera. Se las limpió con rabia, casi golpeándose la cara. No iba a llorar. Ya no. Se había prometido que esta salida no era una huida de cobardes, sino un retiro estratégico. Necesitaba pensar. Necesitaba entender en qué momento su vida se había convertido en este infierno climatizado.
Llevaba conduciendo dos horas cuando la ciudad quedó atrás, convertida en una mancha grisácea de smog y edificios en el espejo retrovisor. El paisaje se abrió, vasto y árido. Cerros pelones, mezquites retorcidos y el cielo azul, inmenso e indiferente. Puso música, una lista de reproducción de baladas viejas que solía cantar cuando era universitaria y tenía sueños, no solo metas financieras. Pero la voz de Juan Gabriel cantando sobre el amor eterno solo sirvió para avivar el dolor.
Gerardo no siempre fue así. Esa era la trampa de la nostalgia. Alejandra recordaba al Gerardo de hace siete años, el arquitecto apasionado, el hombre que le llenaba la oficina de rosas rojas sin motivo, el que la besaba bajo la lluvia y le prometía que juntos se comerían el mundo. Eran la “pareja dorada”. Éxito, dinero, juventud, belleza. Lo tenían todo.
Y entonces, llegó el embarazo.
Fue la época más feliz de sus vidas. Alejandra recordaba acariciar su vientre frente al espejo, hablándole a esa pequeña chispa de vida que crecía dentro. “Vas a ser una guerrera, mi niña. Vas a tener todo lo que mamá no tuvo”. Gerardo estaba extasiado, pintando el cuarto, comprando cunas importadas, eligiendo nombres. Decidieron llamarla Sofía.
Pero Sofía nunca llegó a casa.
El recuerdo del hospital la golpeó con la fuerza de un tráiler. El dolor repentino, la sangre, la carrera en la madrugada. Gerardo manejando como loco, no al hospital de siempre, sino a una clínica privada en las afueras porque “el tráfico estaba imposible” y su amigo el Dr. Cárdenas estaba de guardia ahí. Alejandra estaba demasiado aturdida por el dolor para discutir.
Y luego, el vacío.
Despertar en una habitación blanca, aséptica, con el cuerpo adolorido y el vientre plano, trágicamente ligero. Gerardo estaba a su lado, llorando, con los ojos rojos y una expresión que Alejandra nunca había podido descifrar del todo. ¿Era dolor? ¿Era culpa? ¿Era miedo?
“—Se fue, mi amor. Se fue —le dijo él, agarrándole la mano con una fuerza que lastimaba—. Nació muerta. El cordón… se asfixió. No pudimos hacer nada.”
Alejandra quiso gritar, quiso verla, quiso cargarla aunque fuera un segundo para despedirse. Pero Gerardo se lo negó.
“—No, Ale. No te hagas eso. Estaba… estaba mal. No estaba formada bien. Es mejor que la recuerdes como en los sueños. Yo ya me encargué de todo. No te preocupes por nada. Descansa.”
Y ella, débil, drogada por los sedantes y devastada por el dolor emocional, se dejó caer en el abismo. Nunca vio el cuerpo. Nunca vio un certificado de defunción claro. Solo firmó papeles que Gerardo le puso enfrente, papeles borrosos a través de sus lágrimas. “Trámites del hospital”, dijo él. “Para que no sufres más”.
Desde ese día, Gerardo murió también. O al menos, el hombre que ella amaba. En su lugar quedó este espectro amargado, este parásito emocional que usaba la muerte de Sofía como un cheque en blanco para su propia autodestrucción. Dejó de trabajar. “¿Para qué construir casas si no tengo una familia que poner adentro?”, decía. Empezó a beber. Empezó a desaparecer días enteros. Y cuando volvía, traía consigo el olor a perfume de mujer barato y la factura de sus culpas, que siempre, invariablemente, pagaba Alejandra.
—¡Maldita sea! —gritó Alejandra dentro del coche, golpeando el volante con la palma de la mano.
El sonido de su propia voz la asustó. Estaba sola en medio de la nada. La carretera se había vuelto una línea recta hipnótica. Un letrero verde pasó fugazmente a su derecha: “Poblado La Esperanza – 10 km”.
La ironía del nombre la hizo soltar una risa seca, sin humor. Esperanza. Eso era lo único que ya no tenía en su inventario.
Miró el teléfono, que descansaba en el asiento del copiloto. Tenía diez llamadas perdidas de su asistente y tres mensajes de Gerardo. No los leyó, pero podía imaginarlos.
“¿Dónde estás? Necesito que me deposites, la tarjeta no pasa en el casino.”
“No seas ridícula, contesta.”
“Te odio.”
Era un ciclo. Un ciclo vicioso de abuso narcisista del que ella no encontraba la puerta de salida. Porque en el fondo, una pequeña, estúpida y masoquista parte de ella se creía lo que él decía. Tal vez sí es mi culpa. Tal vez mi cuerpo falló. Tal vez no merezco ser feliz porque no pude proteger a mi hija.
De repente, el motor de la camioneta tosió.
Alejandra frunció el ceño, bajando la música. El ronroneo poderoso del motor V8 tuvo un tartamudeo, luego otro. La aguja de la temperatura estaba normal, la gasolina estaba llena.
—No, no, no. Ahora no, por favor —suplicó, acariciando el tablero como si fuera un caballo asustado—. No me hagas esto aquí.
Pero la máquina no entendía de súplicas. La camioneta perdió potencia. El volante se puso rígido. Las luces del tablero parpadearon como un árbol de Navidad en corto circuito y, con un último suspiro metálico, el vehículo se detuvo suavemente, rodando por inercia hacia el acotamiento de grava.
El silencio que siguió fue absoluto.
Alejandra se quedó sentada, con las manos aún aferradas al volante inútil. El calor comenzó a filtrarse rápidamente dentro de la cabina ahora que el aire acondicionado había muerto.
—Perfecto. Simplemente perfecto —dijo en voz alta, mirando al techo.
Intentó encenderla de nuevo. Nada. Ni siquiera el clic del arranque. Estaba muerta. Una camioneta de dos millones de pesos, muerta en medio de la sierra madre, rodeada de nada más que matorrales y zopilotes que empezaban a trazar círculos en el cielo, como si supieran que ahí abajo había carroña emocional.
Bajó del auto, azotando la puerta. El golpe de calor fue físico, como abrir un horno de panadería. El aire olía a polvo y a hierba seca. Se quitó los lentes oscuros de marca y miró a su alrededor. La carretera estaba desierta en ambas direcciones.
Sacó su celular. “Sin Servicio”.
—Genial. De verdad, Diosito, te estás luciendo hoy conmigo —bufó, caminando alrededor del vehículo, pateando una llanta con sus tacones de diseñador.
Estaba atrapada. Sola, indefensa y atrapada. Y, curiosamente, no sintió pánico. Sintió… alivio. Por primera vez en años, nadie podía encontrarla. Ni su asistente, ni los proveedores, ni Gerardo. Estaba desconectada del mundo que la asfixiaba.
Se recargó en el cofre caliente de la camioneta y miró el horizonte. A lo lejos, muy a lo lejos, se veía una columna de humo delgada subiendo hacia el cielo. Donde hay humo, hay gente. Tal vez ese pueblo, “La Esperanza”, no estaba tan lejos. O tal vez era solo alguien quemando basura.
Decidió esperar. Alguien tenía que pasar. Era una carretera estatal, no un camino de cabras.
Pasaron diez minutos. Veinte. El sudor comenzaba a correr por su espalda, arruinando su blusa de seda. Se sentó en la defensa trasera, abanicándose con la mano.
Fue entonces cuando vio algo en la distancia, al otro lado de la carretera, bajo la sombra raquítica de un árbol solitario que parecía haber sobrevivido a un incendio. No era humo lo que había visto, era polvo. Y bajo el árbol, había una mancha de colores.
Aguzó la vista. Parecía un puesto. Un puesto improvisado, de esos que ponen los lugareños para vender tunas, quesos o miel a los viajeros perdidos.
La sed la golpeó de repente, feroz. No había traído agua. En su prisa por huir, había olvidado lo más básico. Su garganta se sentía como si hubiera tragado un puñado de arena.
Miró su camioneta inútil, luego miró el puesto a lo lejos. Debían ser unos quinientos metros.
—Pues ni modo, Alejandra. A caminar se ha dicho —se dijo a sí misma.
Cerró la camioneta con el seguro manual, tomó su bolso —instinto de ciudadana desconfiada— y comenzó a cruzar la carretera. El asfalto irradiaba calor, deformando el aire. Sus tacones se hundían ligeramente en la brea derretida y luego en la tierra suelta del acotamiento. Se sentía ridícula. Una mujer vestida para una junta de consejo, caminando entre cardos y piedras en medio de la nada.
A medida que se acercaba, la figura bajo el árbol se definió. Era una mujer mayor. Una anciana, sentada en una silla de plástico blanca que había visto mejores tiempos. Frente a ella, una mesa de madera plegable cubierta con un mantel de hule floreado. Sobre la mesa, varias cubetas tapadas con trapos bordados y frascos con conservas.
La anciana no se movió cuando Alejandra se acercó. Estaba tejiendo algo, sus manos moviéndose con una destreza automática, sin mirar las agujas. Llevaba un vestido sencillo de algodón con flores pequeñas, un delantal azul y el cabello, completamente blanco, recogido en dos trenzas largas que caían sobre su pecho.
Alejandra se detuvo a unos pasos, jadeando un poco por el esfuerzo y el calor.
—Buenas… buenas tardes —dijo, su voz saliendo rasposa.
La anciana levantó la vista.
Alejandra se quedó helada por un segundo. Los ojos de la mujer eran de un color café claro, casi ámbar, y brillaban con una lucidez impresionante. No había desconfianza en ellos, ni miedo. Solo una curiosidad tranquila y una calidez que Alejandra sintió físicamente, como si le hubieran puesto una cobija encima en una noche fría.
—Buenas tardes tenga usted, hija —respondió la anciana. Su voz era suave, pero tenía esa firmeza de la gente de campo, gente que ha hablado con el viento y la lluvia—. ¿Se le quedó su mueble? —preguntó, señalando con la barbilla hacia la camioneta abandonada al otro lado.
—Sí… se murió. Simplemente se apagó —Alejandra se pasó una mano por la frente sudorosa—. Y no tengo señal en el celular. Y tengo una sed que me mata.
La anciana sonrió. Y en esa sonrisa, Alejandra vio algo que no había visto en años: sinceridad absoluta. No había segundas intenciones, no había interés en su dinero o su estatus. Era la sonrisa de una abuela recibiendo a un nieto.
—Pues llegó al lugar indicado para la sed, aunque para la mecánica no le sirvo de mucho —dijo la anciana, dejando su tejido a un lado—. Tengo agua de horchata. Fresca, rica. La hago con arroz, canela y leche de mis vacas. Y tengo hielo.
La palabra “hielo” sonó como música celestial para Alejandra.
—¿Hielo? ¿Aquí? —preguntó incrédula, mirando alrededor del desierto.
—Tengo mis mañas, hija. Congelo el agua en bolsas de plástico toda la noche, las envuelvo en periódico y trapos de lana, y mire… —destapó una de las cubetas. Un vaho fresco salió de ella. Dentro, flotaban trozos de hielo cristalino en un líquido blanco y cremoso—. Aguanta hasta que cae el sol. ¿Gusta un vaso?
—Por favor. Le pago lo que quiera —dijo Alejandra, buscando su cartera en el bolso Louis Vuitton que parecía tan fuera de lugar allí.
La anciana negó con la cabeza mientras servía el líquido en un vaso grande de plástico desechable.
—Guarde eso. Primero beba, que se ve que se nos va a desmayar. Ya luego hablamos de pesos y centavos.
Le tendió el vaso. Alejandra lo tomó, sintiendo el frío en sus dedos. Se lo llevó a los labios y bebió.
Fue una revelación. El sabor era dulce pero no empalagoso, con un toque fuerte de canela y vainilla natural. Estaba helada. Sintió cómo el líquido bajaba por su esófago, enfriando su cuerpo desde adentro, calmando no solo su sed física, sino también, inexplicablemente, la ansiedad que le oprimía el pecho.
Bebió hasta la última gota, cerrando los ojos. Exhaló un suspiro largo y tembloroso.
—Dios mío… esto es lo más rico que he probado en mi vida —dijo, abriendo los ojos.
La anciana la observaba con ternura.
—Es que cuando uno tiene sed de verdad, hasta el agua de charco sabe a gloria. Pero me alegra que le guste mi horchata. Siéntese, ande. Ahí en ese tronco. No se me vaya a asolear más.
Alejandra obedeció. Se sentó en un tronco de árbol pulido por el uso, bajo la sombra del mezquite. Se sintió pequeña. Se sintió humana.
—Soy Alejandra —dijo, sintiendo la necesidad de presentarse.
—Mucho gusto, Alejandra. Yo soy Remedios. Doña Remedios, me dicen en el pueblo. O Doña Reme, los más confianzudos.
—Doña Remedios… —repitió Alejandra, probando el nombre. Le gustaba. Sonaba a cura, a solución—. ¿Usted vive muy lejos? Porque creo que voy a necesitar una grúa, y si no hay señal aquí…
—El pueblo está adelantito, metiéndose por esa brecha de allá —señaló un camino de tierra que Alejandra no había notado, oculto entre la maleza—. Unos cinco kilómetros. Ahí sí agarra un poco la señal, a veces, si te subes al campanario de la iglesia. Pero si quiere, al rato pasa Don Chuy con su camioneta lechera, él la puede jalar o llevarla a que hable por teléfono.
Alejandra asintió, sintiéndose extrañamente tranquila ante la perspectiva de estar varada.
—No tengo prisa —se escuchó decir a sí misma, y se sorprendió de que fuera verdad—. De hecho… no quiero que llegue nadie todavía.
Doña Remedios la miró fijamente. Sus ojos parecían leer el alma de Alejandra como si fuera un libro abierto.
—Huye de algo, ¿verdad? —no fue una acusación, fue una constatación suave.
Alejandra bajó la mirada a sus manos, que aún sostenían el vaso vacío.
—Huyo de todo, Doña Remedios. De mi casa, de mi marido… de mi vida.
La anciana asintió lentamente, tomando un huevo duro de un canasto y empezando a pelarlo.
—A veces el alma se cansa, hija. Y cuando el alma se cansa, las piernas caminan solas buscando dónde descansar. Tenga, coma un huevito con sal. Le va a caer bien. Anda muy pálida.
Alejandra aceptó el huevo. No tenía hambre, pero no podía rechazar nada de esa mujer.
—¿Y usted? —preguntó Alejandra para desviar la atención de su dolor—. ¿Está aquí sola todo el día? ¿No le da miedo?
—¿Miedo? ¿De qué? —rio Doña Remedios, una risa cantarina—. Los vivos son los que dan miedo, no los muertos ni el campo. Y aquí todos me conocen. Además, no estoy sola del todo. Tengo a mi ángel que me espera en casa.
—¿Su esposo?
—No, ¡qué esperanza! Mi viejo se murió hace diez años, que en paz descanse el borrachín. Vivo con mi nieta. Mi niña. Ella es mi luz.
Alejandra sintió una punzada de envidia. Una nieta.
—Debe quererla mucho.
—Es mi vida entera. Es… especial. Un regalo que me mandó Dios cuando ya pensaba que solo me quedaba esperar la muerte.
Alejandra notó un cambio en el tono de la anciana. Había amor, sí, mucho amor, pero también una sombra de tristeza o preocupación.
—¿Cuántos años tiene?
—Cinco. Acaba de cumplirlos en febrero.
Alejandra se tensó. Cinco años. Febrero.
Su mente, traicionera, viajó de nuevo a esa fecha. Febrero. El mes en que su Sofía debería haber nacido. El mes en que su vida se rompió.
—Mi hija… mi hija tendría cinco años también —soltó Alejandra, la confesión saliendo de sus labios sin permiso.
Doña Remedios detuvo sus manos por un instante y la miró con una compasión infinita.
—¿Tendría?
—Murió. Al nacer.
El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Fue un silencio de respeto. El viento movió las ramas del mezquite, haciendo bailar las sombras sobre la mesa.
—Lo siento mucho, hija. No hay dolor más grande que ese. Perder a un hijo es como si te arrancaran un pedazo de corazón y te dijeran que sigas respirando.
Alejandra sintió que las lágrimas volvían, pero esta vez no las contuvo. Dejó que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.
—Mi esposo dice que es mi culpa. Que no soy mujer completa.
Doña Remedios frunció el ceño, y por primera vez, Alejandra vio un destello de furia en esos ojos ámbar.
—Pues su esposo es un pendejo, con todo respeto —dijo la anciana con firmeza, golpeando suavemente la mesa—. Nadie tiene la culpa de la muerte, y menos una madre. Dios da y Dios quita. Y un hombre que dice eso no es hombre, es un animal herido que muerde para no sentir su propio dolor. O simplemente es malo.
Alejandra se sorprendió por la franqueza de la mujer, y luego, soltó una risita nerviosa.
—Sí… creo que tiene razón. Es un pendejo.
Ambas se miraron y sonrieron. Una complicidad instantánea, femenina y antigua, se tejió entre ellas.
—Mire, Alejandra —dijo Doña Remedios, limpiándose las manos en el delantal—. Ya va a caer la tarde. Don Chuy no debe tardar. Pero si no quiere volver a su casa hoy… si de verdad quiere huir un ratito… mi casa es humilde, de adobe y teja, pero es grande. Y tengo un catre limpio y caldo de pollo.
Alejandra miró hacia la carretera vacía. Luego miró a la anciana.
La lógica le decía que esperara a la grúa, que volviera a su vida de lujos, que enfrentara a Gerardo o se encerrara en su cuarto de huéspedes. Pero su instinto, ese instinto que había estado dormido durante cinco años, le gritaba que aceptara. Que había algo en esa mujer, algo en ese pueblo “La Esperanza”, que ella necesitaba desesperadamente.
—Doña Remedios… —dijo Alejandra, tomando una decisión que cambiaría su destino para siempre—. ¿Aceptaría usted que me quedara unos días? Le pago. Le pago muy bien. Solo quiero… quiero estar en un lugar donde nadie me conozca. Donde no sea “la seca”.
Doña Remedios sonrió, y sus ojos se arrugaron en las esquinas.
—Aquí nadie la conoce, hija. Y aquí nadie juzga. Véngase. Vamos a recoger el puesto. Hoy nos vamos temprano.
Mientras ayudaba a la anciana a guardar las cubetas y los frascos en cajas de cartón, Alejandra sintió una extraña ligereza. Su camioneta de lujo seguía muerta al otro lado del camino, un monumento a su vida anterior. Pero ella, cargando una caja de quesos y caminando junto a una desconocida hacia un camino de tierra, se sentía, por primera vez en mucho tiempo, viva.
Lo que Alejandra no sabía, mientras el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y violeta, era que no estaba caminando hacia un descanso. Estaba caminando hacia la verdad. Una verdad que tenía ojos color miel y una risa que le rompería el alma para luego volver a armarla.
La camioneta de Don Chuy, una vieja Ford de los setenta, apareció en el horizonte, levantando polvo.
—¡Ándale! —dijo Doña Remedios, haciéndole señas con la mano—. ¡Ahí viene nuestro carruaje!
Alejandra sonrió. Sí, ese era su carruaje. Y estaba lista para el viaje.
CAPÍTULO 2: EL PUEBLO DONDE SE DETUVO EL TIEMPO
La camioneta de Don Chuy, una Ford del 79 que alguna vez fue roja y ahora era de un color óxido indefinido, se detuvo detrás de la inmaculada Grand Cherokee de Alejandra con un rechinido de frenos que hizo espantar a un par de zopilotes posados en un poste cercano. El motor de la camioneta vieja tosió dos veces antes de callar, dejando un silencio repentino que fue roto por el sonido de una puerta pesada abriéndose.
De la cabina bajó un hombre robusto, de bigote espeso y canoso, sombrero de paja maltratado y unas botas que llevaban más tierra que cuero. Se limpió las manos llenas de grasa en un trapo que colgaba de su cinto.
—¡Quihubo, Doña Reme! —gritó el hombre con esa voz potente de quien está acostumbrado a hablarle al ganado—. ¿Qué pasó? ¿Ya se nos amoló la venta o qué?
Doña Remedios se levantó del tronco, sacudiéndose las migajas de pan del delantal.
—¡Qué va, Chuy! Aquí la señorita, que trae una nave espacial que no quiere jalar. A ver si tú, que le mueves a los fierros, le echas un ojo.
Don Chuy se acercó a Alejandra, tocándose el borde del sombrero con respeto, pero con esa mirada franca y sin filtros de la gente de campo.
—Buenas tardes, patrona. A ver, déjeme ver qué trae su mueble. ¿Le dio calentura o nomás se hizo el muertito?
Alejandra, sintiéndose un poco fuera de lugar con su ropa de marca frente a aquel hombre curtido por el sol, le entregó las llaves.
—Simplemente se apagó. Las luces parpadearon y murió.
Don Chuy soltó una risa grave mientras abría el cofre del vehículo de lujo.
—Mmm, puras computadoras y sensores, oiga. Estos carros ya no los hacen para aguantar, los hacen para presumir. A ver…
El hombre metió la cabeza y las manos callosas entre los componentes relucientes del motor. Alejandra observó la escena: el contraste entre la tecnología de punta y las manos rudas de un ranchero en medio de la nada. Era una metáfora de su propia vida en ese momento; todo su dinero y estatus no servían de nada si un cablecito decidía fallar.
Pasaron unos minutos tensos. Alejandra cruzó los brazos, sintiendo el sudor correr por su espalda. Si no arrancaba, tendría que subir a la camioneta vieja de Don Chuy, y la idea, aunque pintoresca, le causaba cierta ansiedad higiénica.
—¡Ah, qué caray! —exclamó Don Chuy, enderezándose y sacando una llave de tuercas de su bolsillo trasero—. Mire nomás. Es la terminal de la batería, oiga. Está sulfatada y floja. Con los baches de la carretera se desconectó la corriente. Puro falso contacto.
Con un par de movimientos hábiles, raspó el metal con una navaja, apretó la tuerca y golpeó la terminal con el mango de un desarmador.
—A ver, patrona, dele marcha.
Alejandra subió al asiento del conductor, conteniendo la respiración. Presionó el botón de encendido. El motor V8 rugió al instante, potente y estable. El aire acondicionado volvió a soplar vida fría sobre su rostro.
—¡Milagro! —gritó Doña Remedios, aplaudiendo como una niña.
Alejandra bajó del auto, sonriendo con un alivio genuino. Sacó su cartera y extrajo dos billetes de quinientos pesos.
—Don Chuy, no sabe cómo se lo agradezco. Tenga, por favor.
El hombre miró el dinero y luego miró a Alejandra con una ceja levantada. Negó con la cabeza.
—Guarde eso, oiga. No hice nada, nomás apreté una tuerca. Aquí en el rancho no cobramos por ayudar al que se queda tirado. Eso es de mala suerte. Mejor cómprele todos los quesos a Doña Reme, que esos sí valen la pena.
Alejandra se quedó con la mano extendida, sorprendida. En su mundo, nadie hacía nada gratis. Incluso los favores venían con una factura oculta.
—Pero… es su tiempo…
—Mi tiempo es mío y yo decido en qué lo gasto —dijo él, guiñando un ojo—. Ándele, váyanse con cuidado que ya va a oscurecer. Nos vemos en el pueblo, Doña Reme. Salúdeme a la huerquilla.
Don Chuy subió a su camioneta vieja y se alejó levantando polvo, dejando a Alejandra con una lección de humildad que le costó tragar junto con el nudo en la garganta.
—Es buena gente el Chuy —dijo Remedios, subiendo sus cajas al asiento trasero de cuero impecable de la Grand Cherokee—. Un poco brusco, pero de buen corazón. ¿Nos vamos, hija?
Alejandra asintió.
—Nos vamos.
El trayecto hacia el pueblo “La Esperanza” fue un viaje sensorial. Alejandra conducía despacio, cuidando la suspensión de su camioneta en el camino de terracería, pero también porque no quería llegar. Quería alargar ese limbo en el que se encontraba.
Dentro del auto, el silencio era cómodo. Doña Remedios iba mirando todo con los ojos muy abiertos, tocando el tablero suave, acariciando la piel del asiento.
—¡Válgame! Si esto está más suave que el sillón del padre Anselmo. Y qué fresco. Allá afuera es el infierno y aquí adentro parece que estamos en Alaska.
Alejandra sonrió.
—Sí… es cómodo. Aunque a veces se siente un poco solitario.
Remedios la miró de reojo.
—La soledad no está en los asientos vacíos, mija. La soledad se lleva en el pecho. Yo he visto casas llenas de gente donde nadie se habla, y he visto a mi nieta jugar sola en el patio hablando con las hormigas, más feliz que una lombriz. Todo depende de con qué llenes el hueco.
—Yo he tratado de llenarlo con trabajo —confesó Alejandra, su voz bajando de volumen—. Con dinero. Con cosas.
—Las cosas se rompen, oiga. O se pierden. O se las roban. Lo único que no se puede perder es lo que uno da.
El camino comenzó a ascender entre cerros cubiertos de huizaches y cactus gigantes. La luz del atardecer bañaba todo de un color dorado, casi irreal. El polvo que levantaban las llantas brillaba como oro molido en el aire.
—¿Falta mucho? —preguntó Alejandra.
—Ya merito. Pasando esa loma, bajamos al valle y ahí está el pueblo. Es chiquito. Antes había mucha gente, pero los jóvenes se fueron al norte o a la ciudad. Quedamos los viejos y los recuerdos. Y bueno… mi Lupita.
Al mencionar el nombre de la niña, la voz de la anciana se suavizó, adquiriendo un matiz de dulzura infinita.
—Me hablaba de ella hace rato… —Alejandra sintió curiosidad—. Dijo que la encontraron.
—Sí. Fue un milagro y una tragedia al mismo tiempo —Remedios miró por la ventana, perdida en el recuerdo—. Alguien sin alma la dejó en una caja de cartón, como si fuera un perrito sarnoso. Estaba moradita del frío. Era febrero, y aquí en la sierra el febrero muerde.
Alejandra apretó el volante. Sus nudillos volvieron a blanquearse.
—¿Febrero?
—Sí. Hace cinco años. Yo digo que la Virgen nos la mandó para que no nos sintiéramos tan solos. Ella le dio vida al pueblo otra vez. Todos la cuidan. El panadero le guarda la concha más dulce, el Chuy le trae leche bronca… es la hija de todos.
Alejandra sintió una opresión en el pecho. La historia era conmovedora, pero había algo más. Una coincidencia dolorosa en las fechas. Su mente racional le decía que era imposible, que su hija había muerto en una clínica de lujo a cientos de kilómetros de allí, rodeada de máquinas y doctores, no en una caja de cartón en la sierra. Pero el corazón… el corazón tiene una lógica estúpida y esperanzada.
Al llegar a la cima de la loma, el paisaje se abrió. Alejandra soltó el aire.
—Dios mío…
Abajo, en un pequeño valle rodeado de montañas azules, descansaba el pueblo. Parecía una pintura al óleo. Techos de teja roja, paredes blancas y ocres, calles empedradas que serpenteaban hacia una plaza central donde una iglesia de piedra se alzaba orgullosa. El humo de las chimeneas de leña subía recto hacia el cielo, indicando que no había viento y que las mujeres ya estaban preparando la cena.
—Bienvenida a La Esperanza —dijo Remedios con orgullo—. No sale en los mapas, pero aquí estamos.
Alejandra bajó la camioneta con cuidado por la pendiente. Al entrar en las primeras calles, sintió que cruzaba un portal en el tiempo. La gente que estaba sentada en las puertas de sus casas —ancianos en su mayoría— se giraba para ver pasar el lujoso vehículo negro. No miraban con envidia, sino con curiosidad. Algunos saludaban al ver a Doña Remedios en la ventana.
—Es ahí, mija. Donde está el árbol grande de guamúchil y la cerca de piedras. La casa verde.
La casa de Remedios era sencilla, pero hermosa. De adobe pintado de un verde limón deslavado por el sol, con un corredor amplio al frente lleno de macetas: geranios, helechos, “teléfono”, y botes de chiles. Un perro mestizo, viejo y de color canela, estaba echado en la entrada y apenas levantó una oreja al verlas llegar.
Alejandra estacionó el vehículo bajo la sombra del árbol. Apagó el motor. El silencio del pueblo la envolvió de inmediato. No había ruido de tráfico, ni sirenas, ni el zumbido constante de la ciudad. Solo el canto de los grillos que empezaban a despertar y el lejano tañer de una campana llamando al rosario.
—Llegamos —dijo Remedios, abriendo la puerta—. ¡Lupita! ¡Hija! ¡Ya llegó tu abuela!
Alejandra bajó del auto. Sus tacones hicieron un sonido extraño sobre la tierra apisonada del patio. Se sentía como una intrusa, una extraterrestre que acababa de aterrizar en un planeta más puro. Miró la casa. Las ventanas tenían cortinas de encaje blanco. Olía a leña quemada y a frijoles hirviendo con epazote. Olía a hogar. Un olor que ella no recordaba haber sentido en su propia mansión.
—¡Abuelita! —se escuchó un grito desde el interior de la casa. Una voz infantil, cristalina, llena de una alegría desbordante.
Alejandra se quedó paralizada junto a la puerta de su camioneta. Su corazón dio un vuelco. Esa voz.
Se giró hacia la entrada de la casa, donde una cortina de tela se movía.
—¡Ya voy, ya voy! —gritó la niña de nuevo. Se escucharon pasos rápidos, un correr desordenado de pies pequeños sobre un piso de loseta.
Doña Remedios sonrió, abriendo los brazos.
—¡Ven acá, mi cielito! ¡Mira a quién te traje!
Y entonces, la niña salió.
El tiempo, que ya parecía ir lento en aquel pueblo, se detuvo por completo para Alejandra. El mundo se redujo a un túnel de visión donde solo existía esa pequeña figura en el umbral de la puerta.
Era una niña delgada, menuda, con las rodillas raspadas y un vestido amarillo sencillo que le quedaba un poco holgado. Tenía el cabello oscuro, alborotado, cayéndole sobre los hombros en ondas rebeldes. Pero cuando levantó la cara para buscar a su abuela, Alejandra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
La niña tenía unos ojos enormes.
No eran ojos negros, como la mayoría en la región. Eran color miel. Un ámbar claro, líquido, enmarcado por unas pestañas tan largas y rizadas que proyectaban sombras sobre sus pómulos.
Alejandra dejó caer su bolso al suelo. No se dio cuenta. Sus manos volaron a su boca para ahogar un grito.
Eran sus ojos.
Eran los ojos que ella veía cada mañana en el espejo cuando era niña. Eran los ojos de su madre, que había fallecido años atrás. Esa forma almendrada, esa pequeña mancha café más oscura en el iris izquierdo…
Alejandra sintió un mareo violento. Tuvo que recargarse en el metal caliente de la camioneta para no caer.
La niña corrió hacia Remedios y se abrazó a sus piernas, pero luego, notando la presencia de la extraña, giró la cabeza.
Ladeó el rostro un poco hacia la izquierda, observando a Alejandra con una curiosidad intensa y seria. Hizo un gesto con la boca, frunciendo ligeramente los labios mientras pensaba.
Ese gesto.
Alejandra sintió un escalofrío eléctrico recorrerle la espina dorsal. Gerardo siempre se burlaba de ella por hacer exactamente ese mismo gesto cuando estaba concentrada o confundida.
“Ya estás haciendo tu cara de pato, Alejandra”, le decía él.
Y ahí estaba. En la cara de una niña de cinco años, en un pueblo perdido en la sierra de México.
—Abuelita… —susurró la niña, sin dejar de mirar a Alejandra, como si ella también reconociera algo, como si un hilo invisible vibrara entre las dos—. ¿Quién es la señora bonita?
Doña Remedios, ajena al terremoto interno que estaba destruyendo y reconstruyendo a Alejandra en ese preciso instante, acarició el cabello de la niña.
—Es una amiga, mi vida. Se llama Alejandra. Vino a quedarse unos días con nosotras.
Alejandra no podía hablar. Tenía la garganta cerrada, seca. Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera detenerlas, quemándole las mejillas. Quería correr hacia ella, quería tocarla, quería revisar si tenía el lunar en forma de estrella en el hombro que ella había soñado tantas veces que su hija tendría. Pero estaba petrificada por el miedo y la incredulidad.
—Hola… —logró decir Alejandra, su voz rompiéndose en mil pedazos—. Hola, preciosa.
La niña, lejos de asustarse por las lágrimas de la extraña, se soltó de las faldas de su abuela y dio un paso adelante. Con una inocencia que desarmó cualquier defensa, se acercó a Alejandra.
—¿Por qué lloras? —preguntó Lupita, acercándose hasta quedar frente a ella—. ¿Te duele la panza? A mí también me duele a veces.
Alejandra cayó de rodillas. No le importó ensuciar sus pantalones de lino blanco en la tierra. Quedó a la altura de la niña. De cerca, el parecido era innegable, brutal. Era como verse a sí misma en un video casero de hace treinta años.
—No… no me duele la panza —dijo Alejandra, temblando, estirando una mano vacilante para tocar la mejilla de la niña. La piel era suave, cálida. Real. No era un fantasma. Estaba viva—. Lloro porque… porque eres muy bonita.
Lupita sonrió, y en esa sonrisa faltaba un diente de leche.
—Tú también eres bonita. Tienes los ojos como yo. De gato.
La frase golpeó a Alejandra como un mazo. “Ojos de gato”. Así le decía su padre.
Alejandra sintió que le faltaba el aire. La realidad de lo que estaba sucediendo comenzaba a asentarse en su mente con un peso terrorífico. Febrero. Cinco años. Una niña abandonada. El parecido físico. Las mentiras de Gerardo. La tumba que nunca vio.
—Lupita… —la llamó Remedios desde atrás, un poco extrañada por la intensidad del momento—. Deja a la señora que respire, mija. Ven, vamos a meter las cosas.
Pero Alejandra no podía moverse. Estaba atrapada en la gravedad de esos ojos color miel.
—¿Me ayudas? —le preguntó a la niña, desesperada por mantener el contacto, por no romper el vínculo—. ¿Me ayudas con mi bolsa?
Lupita asintió con entusiasmo y recogió el bolso de diseñador del suelo, cargándolo con esfuerzo con sus bracitos delgados.
—¡Pesa mucho! —rio la niña.
Alejandra se puso de pie, sintiéndose como si caminara sobre nubes de tormenta. Mientras seguía a la niña hacia la casa de adobe, una certeza fría y terrible se instaló en su corazón. Gerardo no solo era un mal esposo. Gerardo era un monstruo.
Y ella… ella acababa de encontrar lo que ni siquiera sabía que estaba buscando.
Entró a la casa, y el olor a hogar la golpeó de nuevo. Pero esta vez, el olor venía mezclado con el aroma a jabón barato que emanaba del cabello de la niña.
Alejandra cerró los ojos un momento antes de cruzar el umbral.
“No te voy a soltar”, pensó con una ferocidad que la asustó. “Quien quiera que seas, o de donde hayas venido, no te voy a soltar nunca”.
La puerta se cerró detrás de ellas, dejando fuera el atardecer y encerrando dentro un secreto que estaba a punto de estallar.
CAPÍTULO 3: LA SOMBRA DE LA DUDA Y LA LUZ DE LA VERDAD
La noche en el pueblo de La Esperanza no era como la noche en la ciudad. En la ciudad, la oscuridad nunca es completa; siempre hay un resplandor anaranjado de las farolas, el parpadeo de letreros de neón o los faros de los autos que cortan las persianas. Pero aquí, en este rincón olvidado de la sierra, la oscuridad era absoluta, densa y pesada como una manta de lana negra.
Alejandra yacía en un catre angosto, cubierto con sábanas que olían a jabón de pasta y lavanda seca. El colchón era delgado y se sentían los resortes, pero extrañamente, su cuerpo, acostumbrado a camas King Size con sábanas de hilos egipcios, no se quejaba. Era su mente la que no encontraba descanso.
Miraba hacia el techo de vigas de madera, apenas iluminado por una veladora que Doña Remedios había dejado encendida frente a una imagen de la Virgen de Guadalupe en la esquina del cuarto. La llama bailaba suavemente, proyectando sombras largas que parecían espectros danzando en las paredes de adobe.
Alejandra no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos de Lupita.
Esos ojos color miel. Esos ojos que eran suyos.
Se giró en el catre, haciendo que los resortes chirriaran en el silencio sepulcral de la casa. Afuera, el coro de grillos y ranas era ensordecedor, interrumpido ocasionalmente por el aullido lejano de un coyote o el ladrido de los perros del pueblo que se comunicaban en clave morse a través de los cerros.
—No puede ser… te estás volviendo loca, Alejandra —susurró para sí misma, llevándose las manos a la cabeza—. Es el estrés. Es el odio hacia Gerardo lo que te hace ver cosas. Es el deseo desesperado de ser madre.
Intentó racionalizarlo. ¿Cuántas niñas de cinco años había en México? Millones. ¿Cuántas podían tener ojos claros y cabello oscuro? Miles. El parecido físico podía ser una coincidencia cruel del destino. La genética es caprichosa.
Pero luego venían los otros datos, golpeando como martillazos en su lógica empresarial.
La fecha. Febrero. Hace cinco años.
El abandono. Una niña dejada en una caja, sin nombre, sin pasado.
La mentira de Gerardo. “No la veas, es mejor así. Yo me encargo de todo”.
Alejandra se sentó en la cama, con el corazón latiendo desbocado. Recordó el certificado de defunción. Lo había visto, sí. Pero ahora que lo pensaba con la claridad fría del insomnio, recordaba que la firma del médico era ilegible, un garabato apresurado. Y el nombre de la clínica… “Clínica San Gabriel”. No era el hospital de renombre donde tenían su seguro. Era esa clínica pequeña, privada, propiedad de un amigo de póker de Gerardo.
Sintió náuseas. Un asco profundo que le revolvió el estómago. Si sus sospechas eran ciertas, si existía aunque fuera un 1% de probabilidad de que esa niña durmiendo en el cuarto de al lado fuera su Sofía… entonces Gerardo no solo era un mal esposo. Era un criminal. Un psicópata.
Se levantó y caminó descalza sobre el piso frío de loseta. Necesitaba agua. Pero más que agua, necesitaba verla otra vez.
Salió al pasillo con sigilo. La puerta del cuarto de Doña Remedios estaba entreabierta. Desde allí se escuchaba un ronquido suave, rítmico, de la anciana. Alejandra se asomó con el corazón en la garganta.
La luz de la luna entraba por la ventana sin cortinas, bañando la habitación en plata. En una cama matrimonial grande, Doña Remedios dormía de lado. Y junto a ella, hecha un ovillo pequeño, estaba Lupita.
Alejandra se quedó en el umbral, conteniendo la respiración. La niña dormía con la boca ligeramente abierta, abrazada a un oso de peluche que había visto días mejores; le faltaba un ojo y tenía el relleno saliendo por una costura del brazo.
Alejandra dio un paso dentro. El piso crujió. Se congeló. Nadie se movió. Avanzó otro paso hasta quedar al pie de la cama.
Ahí estaba. La niña que el destino le había puesto en el camino. Dormida, se veía aún más frágil. Sus pestañas negras descansaban sobre sus mejillas pálidas. Alejandra sintió un impulso abrumador de cargarla, de envolverla en sus brazos y salir corriendo, subirla a la camioneta y no parar hasta llegar a la frontera o al fin del mundo.
Pero no podía. No aún. Necesitaba certeza. Necesitaba una prueba irrefutable.
Se inclinó un poco más. Quería verle el hombro derecho. Cuando Alejandra nació, tenía un pequeño lunar rojo, una mancha de nacimiento en forma de fresa en el hombro. Con los años se le había desvanecido hasta casi desaparecer, pero su madre siempre le decía que era la marca de la familia.
Estiró la mano, temblando, hacia el hombro de la niña que asomaba por encima de la colcha tejida. Estaba a centímetros de tocar la tela de su camisón para moverla suavemente…
—¿Agua? —murmuró la niña en sueños, moviéndose bruscamente.
Alejandra retiró la mano como si se hubiera quemado, el corazón a punto de salírsele por la boca. Lupita no despertó, solo se acomodó, dándole la espalda.
Alejandra retrocedió, saliendo de la habitación con el pulso acelerado. Volvió a su cuarto y se dejó caer en el catre. No iba a poder dormir. Mañana. Mañana buscaría esa marca. Mañana haría preguntas. Mañana empezaría la investigación más importante de su vida.
El amanecer llegó con el canto de los gallos, un sonido que Alejandra había olvidado que existía fuera de las películas. La luz del sol se filtraba por las rendijas de la ventana de madera, dibujando líneas de polvo dorado en el aire.
Se levantó, se lavó la cara con el agua fría de una jofaina de peltre que estaba sobre una mesita y se vistió. Se puso unos jeans y una blusa sencilla de lino, lo menos ostentoso que traía en su maleta de fin de semana.
Al salir a la cocina, el olor la golpeó: café de olla con piloncillo y canela, y el aroma inconfundible de tortillas de maíz recién hechas a mano.
—¡Buenos días, dormilona! —saludó Doña Remedios desde el fogón. Estaba palmeando una masa blanca con una destreza hipnótica, pasándola de una mano a otra hasta formar un disco perfecto que luego depositaba suavemente sobre el comal caliente—. ¿Cómo amaneció el cuerpo? ¿No la picaron las chinches? —bromeó.
Alejandra sonrió, sintiéndose un poco más centrada con la luz del día.
—Buenos días, Doña Remedios. Dormí… bien. El silencio ayuda. Y no, ninguna chinche, gracias a Dios. Huele delicioso.
—Siéntese, ande. Aquí el desayuno es sagrado.
En la mesa pequeña de madera, cubierta con un hule de frutas, ya estaba sentada Lupita. Tenía el cabello alborotado y los ojos aún hinchados de sueño. Estaba jugando con una cuchara dentro de un plato de atole de avena.
—Buenos días, Lupita —dijo Alejandra, sentándose frente a ella. Trató de que su voz sonara natural, pero la emoción le apretaba la garganta.
La niña levantó la vista y sonrió, una sonrisa chimuela que iluminó la cocina.
—Buenos días, señora bonita. ¿Dormiste con los angelitos o con los ronquidos de mi abuela? Porque mi abuela ronca como tractor.
—¡Lupita! —reprochó Remedios riendo, mientras servía un jarro de café humeante frente a Alejandra—. No le creas, son calumnias.
El ambiente era cálido, familiar. Alejandra tomó un sorbo de café. Estaba dulce, especiado, reconfortante. Pero su atención estaba fija en la niña.
Notó algo preocupante. Lupita no estaba comiendo. Solo revolvía el atole.
—Cómetelo todo, hija. Necesitas fuerzas —dijo Remedios, poniendo una tortilla con sal y queso fresco en un plato—. Y un pedacito de queso.
Lupita hizo una mueca.
—No quiero, abue. Me raspa.
—Tienes que comer, mi vida. Aunque sea poquito. Mastica bien despacito, hazlo puré en tu boca.
La niña obedeció a regañadientes. Tomó un pedazo pequeño de queso y se lo metió a la boca. Alejandra observó con atención. Lupita masticó mucho tiempo, con una paciencia inusual para una niña de su edad. Luego, llegó el momento de tragar.
Alejandra vio cómo el pequeño cuello de la niña se tensaba. Vio el esfuerzo físico, el gesto de dolor fugaz en sus ojos, y luego una tos seca. Lupita se llevó la mano al pecho, golpeándose suavemente, y tomó un trago largo de agua. Sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias.
—¿Estás bien? —preguntó Alejandra, alarmada, soltando su taza.
Remedios se acercó rápidamente y le sobó la espalda a la niña.
—Ya pasó, ya pasó, mi cielo. Despacito. Con agua.
Cuando la crisis pasó, Lupita respiró hondo, con un silbido leve en su pecho.
—Ya —dijo la niña con voz ronca—. Ya pasó la comida.
Alejandra miró a Remedios, buscando una explicación. La anciana tenía una sombra de tristeza profunda en la mirada.
—Vete a jugar al patio, hija. Ve a ver si la gallina puso huevos. Ahorita te alcanzo con tu medicina.
Lupita se bajó de la silla y salió corriendo, recuperando su energía infantil en un segundo, como si el episodio de ahogo no hubiera ocurrido.
Cuando quedaron solas, Alejandra se inclinó sobre la mesa.
—Doña Remedios… ¿qué tiene? Eso no fue normal. Le costó mucho trabajo pasar un simple pedazo de queso.
La anciana se sentó, suspirando pesadamente. Se limpió las manos en el delantal y miró hacia la puerta por donde había salido la niña.
—Estenosis esofágica, le dicen los doctores. Su esófago, el tubito por donde pasa la comida, está muy estrecho. Y tiene cicatrices por dentro. Dicen que tal vez nació así, o tal vez… —la voz de Remedios tembló— tal vez algo le pasó antes de que la encontráramos. Alguna quemadura, algún reflujo muy fuerte que no se curó.
Alejandra sintió un escalofrío.
—¿Y tiene cura?
—Sí. Operación. Tienen que meterle un globito para abrirle el paso, o de plano cortarle el pedazo malo y unirlo. Pero es delicado. Y es caro. Muy caro para nosotros.
—¿Cuánto? —preguntó Alejandra. En su mente, ya estaba sacando la chequera.
—Nos piden casi doscientos mil pesos en el hospital de la capital. Eso sin contar los viajes, la estancia, las medicinas. Aquí en el pueblo hemos hecho de todo. Rifas, kermés, Don Chuy vendió dos vacas… tenemos guardados ochenta mil pesos en la caja de ahorro de la iglesia. Pero nos falta mucho. Y el tiempo corre, Alejandra. Cada vez le cuesta más comer. Se me está quedando muy flaca. A veces en la noche le falta el aire porque se le regresa la comida.
Doscientos mil pesos.
Para Alejandra, esa cantidad era lo que costaba uno de sus viajes a Europa. O un par de bolsos de los que tenía arrumbados en el closet. Era nada. Era un insulto que la vida de una niña dependiera de una cantidad que su esposo probablemente se gastaba en una noche de casino.
Sintió un impulso feroz de decir: “Yo lo pago. Yo pago todo. Vámonos ahora mismo”.
Pero se mordió la lengua. Si ofrecía esa cantidad de golpe, una extraña aparecida de la nada, generaría desconfianza. O peor, Remedios podría sentirse ofendida por la caridad agresiva. Tenía que ser inteligente.
—Debe ser muy difícil —dijo Alejandra suavemente—. Pero usted es una guerrera, Doña Remedios. Y Lupita también.
—Dios proveerá, hija. Siempre provee. A veces tarda, pero llega. Usted llegó ayer y me compró toda la venta. Eso ya es una ayuda para las medicinas de esta semana. Son unas pastillas carísimas para que no se le queme la garganta con el ácido.
Alejandra asintió, trazando un plan en su mente. Primero, confirmar la identidad. Segundo, salvar a la niña. Tercero, destruir a quien fuera responsable de esto.
Más tarde, Doña Remedios se ocupó en lavar ropa en el lavadero de piedra del patio trasero. Alejandra se ofreció a cuidar a Lupita.
Estaban sentadas en una alfombra vieja bajo la sombra del guamúchil. Lupita tenía una colección de muñecas hechas con olotes (el corazón de la mazorca de maíz) y trapos viejos.
—Esta es la mamá, y esta es la hija —explicaba Lupita, moviendo los muñecos—. La hija se va a la escuela y la mamá le hace trenzas.
Alejandra sintió una punzada en el corazón.
—¿Te gustan las trenzas, Lupita?
—Sí, pero mi abuela tiene las manos ya duritas, le duelen los dedos por la “artritis”, dice. Y me jala mucho cuando me peina.
Alejandra vio su oportunidad.
—Yo soy muy buena haciendo peinados. ¿Quieres que te haga una trenza francesa? Es como una corona de princesa.
Los ojos de la niña se iluminaron.
—¿De princesa? ¡Sí!
Lupita se sentó de espaldas a Alejandra, entre sus piernas. Alejandra soltó el cabello de la niña. Era suave, fino, oliendo a campo y sol. Comenzó a desenredarlo con sus dedos, con un cuidado reverencial.
Mientras sus manos tejían el cabello oscuro, Alejandra sentía una conexión eléctrica. Era como si sus manos recordaran haber hecho esto, aunque nunca lo habían hecho.
—Oye, Alejandra… —dijo la niña bajito.
—Dime, pequeña.
—¿Tú tienes hijitas?
La pregunta flotó en el aire caliente de la tarde, pesada y dolorosa. Alejandra detuvo sus manos un segundo.
—Tuve una hijita… —dijo con la voz quebrada—. Pero se fue al cielo antes de que yo pudiera peinarla.
Lupita se giró un poco, mirándola por encima del hombro con esos ojos penetrantes.
—¿Se murió?
—Sí, mi amor. Se murió.
Lupita se quedó pensativa, haciendo ese gesto de ladear la cabeza y fruncir la boca que era idéntico al de Alejandra.
—A lo mejor está jugando con mis papás —dijo la niña con una lógica aplastante—. Mi abuela dice que mis papás también están en el cielo. Que no me quisieron dejar, que se tuvieron que ir. Pero yo a veces creo que…
—¿Qué crees? —Alejandra contuvo el aliento.
—Creo que a lo mejor se perdieron. Como los perritos cuando se salen del corral. Y que a lo mejor un día encuentran el camino de regreso.
Alejandra sintió que se rompía por dentro. Las lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas.
—A lo mejor sí, Lupita. A lo mejor solo están perdidos.
Volvió a concentrarse en el peinado para ocultar su emoción. Apartó el cabello del cuello de la niña para hacer la trenza.
Y entonces lo vio.
No en el hombro, como esperaba. Sino un poco más abajo, cerca del omóplato derecho.
Una pequeña mancha de nacimiento. Café rojiza.
No tenía forma de fresa, como la suya. Tenía una forma irregular, como una pequeña nubecita o… una mariposa.
Alejandra dejó de respirar. Recordó algo que Gerardo le había dicho una vez, meses antes del parto, cuando fueron a un ultrasonido 4D de alta definición.
“Mira, Ale, el doctor dice que tiene una manchita en la espalda, se ve en la pantalla. Dice que es un angioma, que es normal”.
Ella lo había olvidado. Con el trauma, con el dolor, con las pastillas para la depresión, ese detalle se había borrado de su memoria consciente. Pero ahora, viéndolo ahí, en la piel dorada de esa niña, el recuerdo volvió con la fuerza de un tsunami.
Le temblaron las manos tanto que tuvo que soltar el cabello.
—¿Qué pasa? ¿Te cansaste? —preguntó Lupita.
—No… no, mi amor. Es que… vi que tienes un lunar muy bonito aquí. Como una mariposita.
Lupita intentó mirarse la espalda, girando el cuello de forma cómica.
—Ah, sí. Mi abuela dice que es donde me besó un ángel para que no me sintiera sola cuando me dejaron en la caja.
Alejandra sintió una mezcla de amor infinito y furia asesina.
Era ella.
Ya no había espacio para la duda racional. Su instinto de madre, ese que le habían dicho que estaba muerto, rugía como una leona. Esa era su hija. Su sangre. Su carne.
Gerardo la había robado. La había tirado como basura. Le había dicho que estaba muerta para castigar a Alejandra, o quizás simplemente porque no quería la responsabilidad de una niña, o porque sabía del problema médico y no quería lidiar con “defectos”.
La maldad de ese acto era tan inmensa que Alejandra sintió vértigo.
Terminó la trenza mecánicamente, besó la cabeza de la niña y se puso de pie, tambaleándose.
—Voy… voy al baño, Lupita. Ahorita vengo.
Caminó rápido hacia la parte trasera de la casa, donde estaba el baño rústico. Entró y cerró el pestillo. Se miró en el pequeño espejo manchado de óxido.
Su reflejo le devolvió una mirada que no reconocía. Ya no era la mirada triste y vacía de la “Licenciada Alejandra”. Era la mirada de una mujer que acaba de descubrir que su vida ha sido una mentira, pero que ha encontrado la verdad. Y esa verdad le daba un poder aterrador.
Sacó su celular. Aún sin señal.
—Maldita sea.
Salió del baño. Tenía que ir al pueblo, donde Doña Remedios dijo que había señal. Necesitaba hacer una llamada. No a Gerardo. A su abogado. Y a un laboratorio de genética.
Encontró a Doña Remedios tendiendo sábanas blancas que ondeaban al viento como banderas de rendición.
—Doña Remedios —dijo Alejandra, tratando de controlar el temblor de su voz—. Necesito ir al centro del pueblo. Necesito hacer una llamada urgente de trabajo. ¿Cree que pueda ir y volver rápido?
—Claro, hija. Vete en tu camioneta, nomás ten cuidado con los burros que se cruzan. ¿Todo bien? Te ves pálida otra vez.
—Todo bien —mintió Alejandra. Nunca había estado mejor—. Solo… cosas de la oficina que no pueden esperar.
—Anda, ve. Aquí te guardamos la comida. Hice mole. A Lupita le encanta el mole, aunque le pique un poquito.
Alejandra caminó hacia su camioneta. Al pasar junto a Lupita, que seguía jugando con su trenza nueva, se detuvo.
—Lupita.
La niña la miró.
—¿Mande?
—No te muevas de aquí, ¿ok? No te vayas a ningún lado hasta que yo regrese. Te prometo que te voy a traer una sorpresa.
—¿Un dulce?
—Algo mejor. Mucho mejor.
Alejandra subió a la Grand Cherokee. Al encender el motor, miró por el retrovisor hacia la casa. Veía a su hija. Su hija viva.
Arrancó el vehículo y salió disparada hacia el camino principal, levantando una nube de polvo. Mientras conducía hacia la iglesia del pueblo, donde supuestamente había señal, comenzó a hablar sola, gritando dentro de la cabina cerrada.
—Te voy a matar, Gerardo. Te voy a destruir. Me vas a pagar cada lágrima, cada segundo que me robaste con ella. Me vas a pagar los cinco años de infierno.
Llegó a la plaza del pueblo. Estacionó frente a la iglesia. Sacó el celular y vio una barra de señal. Una sola, precaria y débil, pero suficiente.
Marcó el número de su abogado personal, un hombre tiburón que le debía su carrera a ella.
—Contesta, Ricardo, contesta…
—¿Bueno? ¿Alejandra? —la voz sonó distorsionada—. ¿Dónde estás? Gerardo me ha llamado diez veces preguntando por ti. Dice que estás loca.
Alejandra respiró hondo. Su voz se volvió hielo.
—Escúchame bien, Ricardo. No le digas nada a Gerardo. Si le dices que hablaste conmigo, te despido y te hundo. ¿Me entiendes?
—Alejandra, me estás asustando. ¿Qué pasa?
—Necesito que prepares una demanda de divorcio. Pero no solo eso. Necesito que investigues algo para mí con total discreción. Necesito los registros de nacimiento y defunción de mi hija. Los originales, Ricardo. No las copias que Gerardo me dio. Quiero saber quién firmó, quién estaba de guardia, todo. Y quiero que consigas un equipo para una prueba de ADN urgente.
—¿ADN? ¿De quién? Alejandra, tu hija falleció…
—¡Haz lo que te digo! —gritó ella, golpeando el volante—. Y otra cosa… prepara una transferencia grande. De mis cuentas personales, las que Gerardo no toca. Voy a necesitar mucho dinero en efectivo.
—Alejandra, por favor…
—Ricardo, voy a volver a la ciudad en unos días. Y cuando vuelva, quiero que tengas todo listo para meter a ese bastardo a la cárcel. Empieza a moverte. Ahora.
Colgó el teléfono. Se quedó mirando la cruz de la iglesia.
—Gracias —susurró, no sabiendo si le hablaba a Dios o al destino.
Luego, marcó otro número. El de la mejor clínica pediátrica de la Ciudad de México.
—Buenas tardes. Quiero hablar con el Director de Cirugía. Soy Alejandra Montemayor. Sí, la de Grupo Montemayor. Dígale que tengo un paciente urgente. Una niña. Y que el dinero no es un problema.
Mientras hablaba, Alejandra sentía que la armadura de “mujer de negocios” volvía a su cuerpo, pero esta vez no para protegerse, sino para atacar. Iba a usar cada centavo, cada contacto y cada gramo de su poder para salvar a esa niña y recuperar lo que era suyo.
El camino de regreso a la casa de Doña Remedios se le hizo eterno. Ya no era una invitada. Era una madre en una misión de rescate.
Pero lo que Alejandra no sabía era que el destino aún tenía una carta cruel bajo la manga. Mientras ella planeaba su venganza y la salvación de Lupita, en la ciudad, Gerardo, desesperado por la falta de dinero y el silencio de su esposa, había empezado a rastrear el GPS de la camioneta.
Y el punto rojo parpadeaba, quieto, en medio de la sierra.
CAPÍTULO 4: LA TORMENTA QUE SE AVECINA
Alejandra condujo de regreso a la casa de adobe con una sensación que no había experimentado en toda su vida adulta: una claridad feroz. El camino de tierra, que horas antes le había parecido pintoresco y ajeno, ahora se sentía como el sendero hacia su propio corazón. Cada bache que la suspensión de la Grand Cherokee absorbía suavemente era un recordatorio de la realidad tangible de lo que estaba ocurriendo.
No estaba loca. Estaba despierta. Por primera vez en cinco años, Alejandra Montemayor estaba completamente despierta.
Al estacionar bajo el árbol de guamúchil, vio que el sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un violeta profundo, casi místico. En el patio, Lupita seguía sentada sobre la alfombra vieja, pero ahora Doña Remedios estaba a su lado, desgranando maíz en una cubeta de lámina. El sonido rítmico de los granos secos cayendo contra el metal —trac, trac, trac— era la música de fondo de una vida sencilla que Alejandra estaba a punto de alterar para siempre.
Bajó del vehículo. Su bolso de diseñador, que antes cargaba con indiferencia, ahora contenía algo invaluable: un pequeño kit de recolección improvisado que había comprado en la farmacia del pueblo junto con unos dulces. Unas bolsas Ziploc, unas pinzas para depilar nuevas y un cepillo.
—¡Ya llegaste! —gritó Lupita al verla, poniéndose de pie de un salto. La trenza francesa que Alejandra le había hecho seguía intacta, dándole un aire de realeza campesina.
Alejandra sintió que las rodillas se le doblaban al verla. Era su hija. Lo sentía en la sangre, en el útero, en cada fibra de su instinto. Pero necesitaba ser fría. Necesitaba ser la estratega que había levantado una empresa millonaria, no la víctima que Gerardo había moldeado.
—Llegué, mi amor —dijo Alejandra, esforzándose por mantener la voz estable—. Y te traje lo que te prometí.
Sacó de la bolsa una barra de chocolate Carlos V y un libro de colorear que encontró en la papelería junto a la iglesia. Los ojos de Lupita se abrieron como platos.
—¡Chocolate! ¡Abue, mira!
Doña Remedios se limpió las manos en el delantal y sonrió, aunque sus ojos escudriñaron el rostro de Alejandra con esa sabiduría que no necesita palabras.
—La vas a malcriar, Alejandra. Apenas te conoce y ya la tienes comprada.
—Se merece todo, Doña Remedios —respondió Alejandra, sosteniendo la mirada de la anciana—. Se merece el mundo entero.
Esa noche, la cena fue un evento silencioso pero cargado de electricidad. Alejandra apenas probó los frijoles de la olla. No podía dejar de mirar a Lupita. Observaba sus manos pequeñas partiendo la tortilla, la forma en que soplaba el té de canela, la manera en que sus pestañas proyectaban sombras en sus mejillas a la luz de las velas.
Cada gesto era una confirmación. Alejandra recordaba fotos de su propia infancia; la misma forma de agarrar la cuchara, el mismo remolino rebelde en el nacimiento del cabello.
Pero también observaba con dolor la enfermedad. Lupita comía con miedo. Masticaba cada bocado cien veces, tragaba con los ojos cerrados, esperando que el dolor no apareciera. En una ocasión, se llevó la mano al pecho y tosió levemente. Alejandra sintió el impulso de saltar sobre la mesa y arrancarle el dolor con sus propias manos.
—Mañana… —empezó a decir Alejandra, rompiendo el silencio—. Mañana me gustaría llevarlas a pasear. Quizás a la ciudad más cercana. A comprarle ropa a la niña, zapatos nuevos.
Doña Remedios la miró con cautela.
—Alejandra, eres muy generosa. Pero no queremos abusar. Ya has hecho mucho comprando la venta y pagando la estancia.
—No es abuso, Doña Remedios. Es… cariño. Siento que Dios me trajo aquí por una razón. Déjeme hacerlo, por favor.
La anciana suspiró y asintió, aunque la duda persistía en su mirada.
—Está bien. Pero solo si Lupita quiere.
—¡Sí quiero! —exclamó la niña—. Quiero unos zapatos que brillen. Como los de las princesas.
Alejandra sonrió, pero por dentro estaba llorando. Le compraría zapatos de diamante si ella se los pidiera.
Más tarde, llegó la hora del baño. En el pueblo no había regadera con agua caliente corriente; Doña Remedios calentaba agua en cubetas sobre la estufa de leña y llenaba una tina de plástico grande en el cuarto de lavado.
—Yo le ayudo —se ofreció Alejandra rápidamente—. Usted descanse las manos, Doña Remedios. Se ve que le duelen hoy.
La anciana, cansada por la jornada, aceptó agradecida.
—Gracias, hija. Es que cuando entra la humedad del sereno, los huesos me rechinan. Ten cuidado con el agua, que no esté muy caliente.
Alejandra entró al pequeño cuarto de baño improvisado con Lupita. Cerró la puerta y el mundo exterior desapareció. Solo estaban ellas dos, el vapor del agua caliente y el olor a jabón Zote.
—A ver, princesa, vamos a quitarte esa ropa —dijo Alejandra con voz suave.
Ayudó a la niña a quitarse el vestido gastado. Cuando Lupita quedó en ropa interior, Alejandra pudo ver con claridad la delgadez extrema de su cuerpo. Se le marcaban las costillas. Sus bracitos eran como ramitas frágiles. La desnutrición causada por su dificultad para comer era evidente. La furia volvió a encenderse en el pecho de Alejandra, caliente y roja. Todo esto se pudo evitar. Todo esto es culpa de él.
Lupita se metió en la tina, chapoteando feliz.
—¡Está calientita!
Alejandra tomó una esponja y comenzó a tallar suavemente la espalda de la niña. Y ahí estaba de nuevo. La marca. El angioma en forma de mariposa deforme cerca del omóplato. Alejandra pasó la yema de su dedo sobre la mancha, sintiendo la textura ligeramente elevada de la piel.
—¿Te duele aquí? —preguntó.
—No. Son mis alas —dijo Lupita riendo—. Dice mi abuela que se me cayeron cuando bajé del cielo y solo me quedó esa manchita.
Alejandra tuvo que morderse el labio para no sollozar.
—Tu abuela tiene razón. Eres un ángel.
Con manos temblorosas pero decididas, Alejandra procedió a lavar el cabello de la niña. Mientras enjuagaba la espuma, desenredó suavemente los mechones oscuros. Con las pinzas que había escondido en su bolsillo, aprovechó un momento en que Lupita se tallaba los ojos con jabón.
—Quieta, mi amor, hay un nudo…
Tiró rápido. Arrancó tres cabellos desde la raíz.
—¡Au! —se quejó Lupita.
—Perdón, perdón, era un nudo muy feo. Ya pasó.
Alejandra guardó rápidamente los cabellos en la pequeña bolsa Ziploc y la metió en su bolsillo. Ya tenía la muestra. Ya tenía la llave para destruir a Gerardo y reclamar legalmente a su hija.
Al terminar el baño, envolvió a Lupita en una toalla grande y esponjosa que había traído de su camioneta. La cargó en brazos. La niña pesaba tan poco… Alejandra recargó su barbilla en la cabeza húmeda de la pequeña y cerró los ojos, inhalando su aroma.
—Te prometo que nunca más vas a pasar frío, mi vida. Nunca más.
Mientras tanto, a quinientos kilómetros de distancia, en la ciudad de Monterrey, la atmósfera era muy distinta.
Gerardo Montemayor estaba en la sala de la mansión, rodeado de botellas vacías y cajas de pizza. La casa estaba hecha un desastre, reflejo de su estado mental. Llevaba dos días intentando contactar a Alejandra sin éxito. Sus tarjetas de crédito habían sido rechazadas esa mañana en el club de golf. “Fondos insuficientes o cuenta congelada”, le había dicho el mesero con pena ajena.
—Maldita perra… —masculló Gerardo, lanzando el vaso de whisky contra la pared. El cristal estalló, dejando una mancha ámbar escurriendo por el papel tapiz importado.
Ella nunca había hecho esto. Alejandra era dócil. Alejandra era culpable. Él la tenía controlada con el látigo de la culpa desde hacía años. ¿Qué había cambiado?
Se acercó a su computadora portátil, abierta sobre la mesa de centro. En la pantalla, un mapa satelital mostraba un punto rojo parpadeando estáticamente. El localizador GPS de la Grand Cherokee.
—¿Qué chingados haces en medio de la sierra? —se preguntó en voz alta, haciendo zoom en el mapa.
“Poblado La Esperanza”. Ni siquiera aparecían calles en Google Maps. Solo una mancha gris en medio de la nada.
Su mente paranoica comenzó a trabajar a mil por hora. ¿Tendría un amante? ¿Estaría escondiendo dinero? ¿Se habría ido a suicidar?
La última opción no le preocupaba tanto, excepto por el hecho de que si ella moría sin dejar un testamento claro, las cuentas mancomunadas podrían quedar congeladas un tiempo. Pero las otras opciones… esas sí le aterraban.
Si Alejandra se estaba rebelando, si estaba planeando dejarlo y cortarle el grifo del dinero, él estaba acabado. Debía mucho dinero. Debía dinero a gente que no aceptaba “mañana te pago” como respuesta.
Gerardo tomó las llaves de su auto deportivo.
—Vamos a ver qué escondes, Alejandra. Vamos a ver.
Abrió el cajón de su escritorio y sacó una pistola pequeña, una calibre .38 que guardaba “por seguridad”. La metió en la pretina de su pantalón. El alcohol en su sangre le daba una valentía estúpida y peligrosa.
Salió de la casa dando un portazo. El viaje sería largo, pero la furia era un combustible potente.
De vuelta en La Esperanza, la noche había caído completamente. Lupita ya dormía en la cama de Doña Remedios. Alejandra estaba sentada en el pórtico, envuelta en un rebozo que la anciana le había prestado. El aire de la sierra era frío, cortante.
Doña Remedios salió con dos tazas de té de limón. Se sentó en una silla mecedora de mimbre junto a Alejandra. El rechinido de la madera era el único sonido en la noche.
—No puedes dormir —dijo la anciana. No era pregunta.
—Tengo muchas cosas en la cabeza, Doña Remedios.
La anciana sopló su té, mirando hacia la oscuridad donde se adivinaban las siluetas de los cerros.
—Esa niña te movió el tapete, ¿verdad?
Alejandra giró la cabeza para mirarla. La luz de la luna iluminaba el rostro arrugado y bondadoso de la mujer. Decidió que no podía mentirle del todo. Esa mujer había salvado a su hija. Esa mujer la había amado cuando ella no pudo.
—Doña Remedios… ¿usted cree en los milagros?
—Vivo de ellos, hija. Que amanezca cada día es uno. Que Lupita siga viva con ese problema que tiene, es otro.
Alejandra tragó saliva. Su corazón latía fuerte.
—Cuando la vi… sentí algo que no puedo explicar. Usted me dijo que la encontraron en febrero. Hace cinco años.
—Así es.
—Yo perdí a mi hija en esas fechas. O al menos… eso me dijeron.
Doña Remedios detuvo el meceo de la silla. Se quedó muy quieta. Giró lentamente la cabeza hacia Alejandra.
—¿Qué estás diciendo, muchacha?
—Digo que… —la voz de Alejandra se quebró— que Lupita tiene los mismos ojos que mi madre. Que tiene un lunar en la espalda que mi bebé tenía en los ultrasonidos. Que mi esposo es un hombre capaz de cualquier cosa con tal de hacerme infeliz.
El silencio se alargó, denso y pesado. Doña Remedios miró hacia adentro de la casa, donde dormía la niña, y luego volvió a mirar a Alejandra. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dios santo… —susurró la anciana, santiguándose—. Yo siempre pensé… siempre sentí que esa niña no era de nadie y era de alguien al mismo tiempo. Siempre rezaba para que su madre apareciera. Pero nunca imaginé algo así. ¿Tú crees que él…?
—Creo que me la robó. Creo que la tiró como si fuera basura porque venía enferma o simplemente para castigarme.
Doña Remedios se llevó las manos a la boca, horrorizada.
—¡Animal del demonio! ¿Cómo puede haber gente así?
—Doña Remedios, voy a hacer una prueba de ADN. Ya tomé una muestra. Pero mi corazón ya no necesita pruebas. Es ella. Es mi Sofía. Aunque para mí siempre será Lupita también, porque usted le dio ese nombre y esa vida.
La anciana comenzó a llorar en silencio. Era un llanto de dolor, pero también de miedo. Miedo a perder a la niña que amaba como propia.
—¿Te la vas a llevar? —preguntó con voz temblorosa.
Alejandra se arrodilló junto a la mecedora y tomó las manos callosas de la anciana entre las suyas, esas manos suaves de ciudad que ahora apretaban con fuerza.
—Doña Remedios, escúcheme bien. Si esa niña es mi hija, yo soy su madre. Pero usted… usted es su mamá también. Usted le salvó la vida. Usted le dio hogar. Yo nunca, jamás, la voy a separar de usted. Si nos vamos, nos vamos las tres. Usted es mi familia ahora. Donde yo viva, usted tiene casa.
La anciana la miró, buscando la verdad en sus ojos. Y la encontró.
—¿Las tres? —sollozó Remedios.
—Las tres. No la voy a dejar aquí sola. Usted ya no tiene que vender quesos en la carretera. Usted va a ser la abuela consentida. Se lo juro por mi vida.
Se abrazaron bajo la luz de la luna, sellando un pacto sagrado entre dos madres. Una biológica, una del corazón.
Pero la paz del momento se rompió abruptamente unas horas después.
Eran cerca de las tres de la mañana cuando un sonido terrible despertó a Alejandra. Era un sonido húmedo, agónico, como alguien tratando de respirar bajo el agua.
Saltó del catre y corrió a la habitación de al lado.
Doña Remedios ya estaba de pie, gritando.
—¡Lupita! ¡Lupita, respira! ¡Dios mío, respira!
Alejandra encendió la luz. La escena era una pesadilla.
Lupita estaba sentada en la cama, con los ojos desorbitados por el pánico. Su rostro estaba poniéndose de un color azulado. Se agarraba el cuello con las manitas, abriendo la boca desesperadamente, pero no entraba aire. Un hilo de saliva y vómito salía de sus labios.
—¡Se está ahogando! —gritó Remedios—. ¡Se le regresó la comida y se le cerró la garganta! ¡El Vick VapoRub, pásame el Vick!
—¡Eso no va a servir! —gritó Alejandra, el pánico frío apoderándose de ella.
Corrió hacia la niña. La tomó en brazos. Lupita estaba flácida, luchando por cada milímetro de oxígeno. El estrechamiento del esófago, combinado con el reflujo nocturno, había provocado un espasmo laríngeo o una broncoaspiración. Se estaba asfixiando.
—¡Tenemos que irnos! ¡Ya! —ordenó Alejandra, cargando a la niña—. ¡Agarre sus cosas, Remedios! ¡Al hospital, ahora!
—¡Está muy lejos! ¡No vamos a llegar! —lloraba la anciana, buscando sus huaraches con manos temblorosas.
—¡Vamos a llegar! ¡En mi camioneta vamos a llegar!
Alejandra salió corriendo de la casa con Lupita en brazos, descalza, en pijama. La niña daba boqueadas agonizantes.
—Mírame, mi amor, mírame —le decía Alejandra mientras corría hacia la camioneta—. Respira conmigo. No te duermas. No me dejes ahora que te encontré. ¡No te atrevas!
Abrió la puerta trasera de la Grand Cherokee y depositó a la niña en el asiento de piel. Doña Remedios llegó corriendo con una bolsa de plástico donde había metido unos papeles y un suéter. Se subió atrás con la niña, sollozando y rezando el Ave María a gritos.
Alejandra saltó al asiento del conductor. Encendió el motor. Esta vez no le importó la suspensión, ni los baches, ni la oscuridad.
Pisó el acelerador a fondo. La camioneta rugió, levantando piedras y polvo.
Salieron del pueblo como un bólido.
—¡Agárrense! —gritó Alejandra.
Conducía como poseída. Las curvas de la sierra pasaban volando. Los faros LED cortaban la oscuridad. Alejandra iba rezando, maldiciendo, suplicando.
—Aguanta, mi niña. Aguanta.
Miró por el retrovisor. Remedios le daba respiración boca a boca a la niña, o intentaba calmarla. Lupita ya no se movía tanto. Sus ojos estaban perdiendo brillo.
—¡NO! —gritó Alejandra, golpeando el volante—. ¡NO TE VAS A MORIR!
Y en ese momento, en una curva cerrada de la carretera estatal, unos faros potentes aparecieron en sentido contrario. Un auto deportivo venía a toda velocidad, invadiendo el carril.
Alejandra dio un volantazo instintivo hacia la derecha, las llantas derrapando peligrosamente cerca del barranco. El otro auto pasó zumbando, un destello rojo y plata.
Alejandra recuperó el control del vehículo de milagro, el corazón martilleando contra sus costillas.
No reconoció el auto en la oscuridad y la velocidad. Pero el conductor del otro auto sí reconoció la Grand Cherokee.
Gerardo frenó en seco, haciendo rechinar los neumáticos sobre el asfalto a cien metros de distancia. Miró por el retrovisor las luces rojas de la camioneta de su esposa alejándose a toda velocidad hacia la ciudad.
—Ahí estás… —susurró Gerardo, con una sonrisa torcida.
Dio una vuelta en U agresiva, quemando llanta, y aceleró para perseguirla.
Alejandra no sabía que el diablo venía detrás de ella. Solo sabía que su hija se estaba muriendo en el asiento trasero y que tenía que llegar a la clínica antes de que fuera demasiado tarde. La carrera por la vida había comenzado, y la muerte venía pisándole los talones en un auto deportivo.
CAPÍTULO 5: CAZADOR Y PRESA
El velocímetro de la Grand Cherokee marcaba ciento sesenta kilómetros por hora. El motor V8 rugía como una bestia herida, devorando la cinta de asfalto que serpenteaba peligrosamente entre los barrancos de la sierra. Las luces LED de la camioneta cortaban la oscuridad absoluta como cuchillos de luz blanca, revelando apenas segundos de carretera antes de cada curva ciega.
Alejandra no sentía sus manos. Estaban fusionadas al volante, blancas por la presión, moviéndose con un instinto que no venía de su cerebro racional, sino de una parte primitiva y feroz de su ser que acababa de despertar. No conducía una empresaria; conducía una madre.
—¡No respira bien, Alejandra! ¡Se me está yendo! —el grito de Doña Remedios desde el asiento trasero fue un latigazo en la columna de Alejandra.
Alejandra miró por el retrovisor. En la penumbra intermitente de las luces del camino, vio a la anciana inclinada sobre el pequeño cuerpo de Lupita. La niña estaba flácida, su cabecita oscilando con los movimientos bruscos del vehículo.
—¡Manténla despierta, Remedios! ¡Pellízcala, háblale, grítale, pero que no se duerma! —ordenó Alejandra, su voz sonando gutural, irreconocible.
—¡Lupita! ¡Mi niña, mírame! —lloraba la anciana, dando palmaditas en las mejillas pálidas que empezaban a tornarse de un gris azulado aterrador—. ¡Reza conmigo, hija! Dios te salve María, llena eres de gracia…
Alejandra pisó más el acelerador. El vehículo derrapó ligeramente en una curva cerrada llena de gravilla suelta. El control de tracción parpadeó en el tablero, corrigiendo la trayectoria milimétricamente antes de que cayeran al vacío. Alejandra ni parpadeó.
—Aguanta, mi amor. Aguanta, Sofía —susurró Alejandra, usando el nombre que le había dado al nacer, el nombre que le habían robado—. Mamá te va a salvar. Te lo juro por mi vida que te voy a salvar.
Fue entonces cuando vio las luces.
Un destello potente, xenón azulado, inundó el espejo retrovisor, cegándola momentáneamente. Un vehículo se acercaba a una velocidad suicida, pegándose a su defensa trasera como un depredador oliendo sangre.
—¿Qué chingados…? —masculló Alejandra.
Pensó que era algún borracho de la zona, algún narquillo local jugando carreras en la sierra. Giró el volante bruscamente para darle paso, invadiendo el carril contrario en una recta corta.
—¡Pásale, imbécil! —gritó.
Pero el auto no la rebasó. Se mantuvo pegado a su cola, tan cerca que Alejandra no podía ver ni sus faros, solo el resplandor fantasmagórico iluminando el interior de su camioneta.
Entonces, el auto de atrás encendió las luces altas y bajas en una ráfaga agresiva, y luego golpeó.
¡BAM!
El impacto sacudió la Grand Cherokee. Doña Remedios gritó, protegiendo el cuerpo de Lupita con el suyo.
—¡Virgen Santísima! ¿Qué pasa? ¡Nos van a matar!
Alejandra sintió el volante vibrar violentamente. Miró por el retrovisor de nuevo, tratando de enfocar la silueta del agresor. Era un auto deportivo, bajo, ancho. Un Porsche plateado.
El aire se congeló en sus pulmones.
Conocía ese auto. Conocía esa placa personalizada. Conocía al monstruo que iba al volante.
—Gerardo… —el nombre salió de sus labios como una maldición.
El pánico inicial se transformó instantáneamente en una furia fría y calculadora. Él estaba ahí. Él las había encontrado. Y no venía a hablar. Venía a destruir. Gerardo, en su mente retorcida y probablemente alcoholizada, debía pensar que ella huía con un amante o con el dinero. No sabía que llevaba a su hija moribunda en el asiento de atrás. O tal vez… tal vez sí lo sabía y venía a terminar el trabajo que empezó hace cinco años.
—¡Agárrese fuerte, Doña Remedios! —gritó Alejandra—. ¡No suelte a la niña!
—¿Quién es? ¿Son ladrones?
—¡Es él! ¡Es mi marido!
El Porsche volvió a embestir, esta vez con más fuerza, tratando de desestabilizar la camioneta en la entrada de una curva. El auto deportivo era más rápido, sí, pero la camioneta de Alejandra era un tanque de dos toneladas y media con tracción en las cuatro ruedas.
Gerardo, dentro de su cabina de lujo, reía con una mueca demencial. Tenía los ojos inyectados en sangre, la botella de whisky rodando en el piso del copiloto. La adrenalina y el alcohol le habían borrado cualquier rastro de moralidad.
—¡Párate, maldita perra! —gritaba solo dentro del auto—. ¡Nadie se burla de Gerardo Montemayor! ¡Nadie me deja!
Aceleró, poniéndose al lado de la camioneta en pleno carril contrario, ignorando que venían en una zona de curvas ciegas. Bajó su ventanilla eléctrica y, con una mano en el volante, sacó la pistola calibre .38.
Alejandra vio el cañón negro brillando bajo la luz de la luna a su izquierda.
—¡Al suelo! —chilló Alejandra.
¡BANG!
El disparo rompió la ventana trasera del lado del conductor. Los cristales de seguridad estallaron en mil pedazos, lloviendo sobre el asiento vacío junto a Remedios. La anciana gritó de terror, cubriendo completamente a Lupita con su cuerpo, sollozando histéricamente.
—¡Hijo de tu puta madre! —rugió Alejandra.
El miedo desapareció. Ya no había miedo. Solo había instinto de supervivencia. Alejandra miró el auto deportivo a su lado, frágil en comparación con su camioneta blindada. Gerardo le apuntaba de nuevo, gritando cosas que el viento se llevaba.
—¿Quieres jugar, Gerardo? Vamos a jugar.
Alejandra esperó. Vio que se acercaba una curva cerrada hacia la derecha, bordeada por un talud de tierra y rocas. Gerardo estaba en el carril izquierdo, el exterior de la curva.
Alejandra fingió frenar. Gerardo, sorprendido, se adelantó unos metros, quedando ligeramente por delante de ella.
En ese instante, Alejandra pisó el acelerador a fondo y giró el volante hacia la izquierda.
—¡Muérete!
La defensa de acero reforzado de la Grand Cherokee impactó contra el costado trasero del Porsche a ciento cuarenta kilómetros por hora.
El sonido fue ensordecedor. Metal contra metal, chillido de neumáticos, y el crujido seco de la fibra de carbono rompiéndose.
El auto deportivo perdió la tracción. Salió disparado hacia el acotamiento, girando como un trompo descontrolado. Alejandra vio por el retrovisor cómo el Porsche se salía de la carretera, chocaba contra un montículo de tierra y daba una vuelta de campana espectacular, aterrizando sobre sus ruedas en una nube de polvo y humo.
Alejandra no se detuvo a mirar si estaba vivo o muerto. No le importaba.
Enderezó la camioneta, que ahora hacía un ruido extraño en la rueda delantera, y siguió acelerando.
—¿Están bien? —gritó, con la respiración entrecortada.
—¡Sí! ¡Sí, pero la niña no reacciona! ¡Alejandra, ya no tose! —la voz de Remedios era un hilo de angustia pura.
Alejandra miró el reloj del tablero. Faltaban diez minutos para llegar a la ciudad. Diez minutos eternos.
—Háblale al oído, Remedios. Dile que la amamos. Dile que ya casi llegamos. ¡No dejes que se vaya!
La entrada a la ciudad fue un borrón de semáforos ignorados y cláxones furiosos. Alejandra conducía con una mano en el claxon, abriéndose paso entre el tráfico nocturno como una ambulancia sin sirena.
Vio el letrero luminoso: “HOSPITAL ÁNGELES – URGENCIAS”.
Entró en la rampa de emergencias derrapando, subiéndose a la banqueta. Frenó en seco frente a las puertas automáticas de cristal, casi atropellando a un guardia de seguridad que saltó a un lado.
Alejandra bajó del auto antes de que el motor se detuviera. Abrió la puerta trasera y, apartando los vidrios rotos con las manos desnudas sin sentir los cortes, sacó a Lupita.
La niña estaba inerte. Su piel tenía un tono ceroso, azulado bajo las luces de neón del hospital. Sus bracitos colgaban como muñeca de trapo.
—¡AYUDA! ¡MI HIJA NO RESPIRA! —el grito de Alejandra desgarró el aire estéril de la entrada.
Doña Remedios bajó tras ella, temblando, con el rebozo arrastrando por el suelo, las lágrimas corriendo por su rostro lleno de polvo y arrugas.
Un equipo de enfermeros y un médico de guardia salieron corriendo con una camilla.
—¿Qué pasó? —preguntó el médico, un hombre joven pero con mirada alerta, mientras le arrebataba a la niña de los brazos y la ponía en la camilla.
—Estenosis esofágica. Broncoaspiración. Dejó de respirar hace… no sé, diez minutos venía luchando, pero hace cinco minutos que no la oigo —soltó Alejandra, la información médica saliendo de su boca con precisión militar a pesar del shock.
—¡Código azul en pediatría! —gritó el médico—. ¡Vamos, rápido! ¡Preparen intubación difícil!
Corrieron empujando la camilla. Alejandra intentó seguirlos, pero una enfermera la detuvo en las puertas batientes.
—Señora, no puede pasar. Tienen que dejarlos trabajar.
—¡Es mi hija!
—¡Por eso mismo! Si entra, nos estorba. Déjenos salvarla. Llene los papeles en recepción.
Las puertas se cerraron, tragándose a Lupita y al equipo médico.
Alejandra se quedó parada en el pasillo frío, con la ropa llena de polvo, sangre de los cortes en sus manos y sudor. Doña Remedios llegó a su lado y se derrumbó en una silla de plástico, escondiendo la cara entre las manos.
—Se nos fue, Alejandra… se nos fue… —gemía la anciana.
Alejandra se giró, agarrando a la anciana por los hombros con fuerza, sacudiéndola.
—¡Cállese, Remedios! ¡No diga eso! Ella es fuerte. Ella aguantó cinco años de abandono, aguantó el frío, aguantó el hambre. No se va a morir ahora que tiene a su madre. ¡No se va a morir!
Se abrazaron en medio del pasillo aséptico, dos mujeres de mundos opuestos unidas por el mismo dolor visceral.
Alejandra miró sus manos. Temblaban incontrolablemente.
Necesitaba control. Necesitaba asegurarse de que nadie, absolutamente nadie, interfiriera.
Fue al mostrador de recepción. La recepcionista la miró con una mezcla de susto y desdén por su apariencia desaliñada.
—Necesito registrar a la paciente.
—Sí, señora. ¿Nombre de la niña?
Alejandra dudó un segundo.
—Sofía… —empezó a decir, pero se corrigió—. Guadalupe. Guadalupe… Montemayor.
La recepcionista tecleó.
—¿Montemayor? ¿Como…?
—Sí. Soy Alejandra Montemayor. Quiero al mejor especialista aquí en diez minutos. Quiero una habitación privada blindada. Y quiero seguridad en la puerta. Nadie entra si yo no lo autorizo. Pago en efectivo lo que sea necesario.
Sacó su tarjeta Black American Express y la azotó sobre el mostrador con una mano ensangrentada. La recepcionista tragó saliva y asintió rápidamente, cambiando su actitud de inmediato.
—Enseguida, Licenciada.
Pasó una hora. Una hora que duró un siglo.
Alejandra y Remedios estaban en la sala de espera privada. Remedios rezaba el rosario en voz baja, un murmullo constante y tranquilizador. Alejandra caminaba de un lado a otro como un tigre enjaulado. Había llamado a su abogado para que le enviara seguridad privada, pero tardarían en llegar.
La puerta de la sala de espera se abrió.
El médico joven salió. Se veía agotado, sudando, quitándose el cubrebocas.
Alejandra se lanzó sobre él.
—¿Cómo está?
El médico suspiró.
—Está viva.
Alejandra soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y se apoyó en la pared. Remedios soltó un “¡Gracias a Dios!” sonoro.
—Pero está grave —continuó el médico, serio—. La obstrucción fue severa. Tuvimos muchos problemas para intubarla debido a la estenosis y al tejido cicatrizado en su esófago y garganta. Su saturación de oxígeno bajó mucho tiempo. Ahora está en coma inducido y conectada a un ventilador. Necesitamos estabilizar sus pulmones de la neumonía por aspiración y luego… luego tendremos que operar el esófago. Es urgente. Si no lo corregimos, esto volverá a pasar y la próxima vez no llegará.
—Opérela —dijo Alejandra sin dudar—. Traiga a quien tenga que traer.
—Necesitamos estabilizarla primero, unas 24 horas. Pero señora… notamos algo más.
El médico la miró con curiosidad.
—Hicimos análisis de sangre completos. La niña tiene una anemia severa y signos de desnutrición crónica, eso ya lo sabíamos. Pero su tipo de sangre… es O negativo. Un tipo difícil. Necesitaremos transfusiones para la cirugía.
Alejandra levantó la vista.
—Yo soy O negativo.
El médico asintió.
—Eso ayuda. Pero… señora, disculpe la pregunta, el registro dice que es su hija, pero no hay historial previo aquí. Legalmente…
—Legalmente es mi hija —cortó Alejandra con una mirada que podría congelar el infierno—. Y si tiene alguna duda, puede hablar con mis abogados que vienen en camino. Ahora, lléveme a verla.
El médico asintió, intimidado.
—Solo una persona a la vez. Terapia intensiva.
—Ve tú, Alejandra —dijo Remedios, levantándose con dificultad—. Tú eres su mamá de sangre. Yo aquí la espero rezando. Dile que su abuela la espera para hacer tortillas.
Alejandra entró a la unidad de cuidados intensivos. El sonido de los monitores —bip… bip… bip— era la única música.
Ahí estaba. Tan pequeña en esa cama gigante. Llena de tubos, cables, parches. Un tubo salía de su boca. Su pecho subía y bajaba rítmicamente gracias a la máquina.
Alejandra se acercó. Le tomó la manita fría, evitando las vías intravenosas.
—Hola, mi amor. Aquí estoy.
Se quedó ahí, observando cada rasgo, prometiéndose a sí misma que compensaría cada día de sufrimiento con una vida de felicidad.
De repente, un estruendo se escuchó afuera, en el pasillo de la sala de espera. Gritos. Golpes.
—¡SUÉLTENME! ¡SÉ QUE ESTÁ AQUÍ! ¡ALEJANDRA!
Alejandra se tensó. La sangre se le heló en las venas y luego hirvió.
Gerardo.
Estaba vivo. El maldito había sobrevivido al choque y había llegado hasta aquí.
Alejandra besó la frente de Lupita.
—No tengas miedo. Mamá va a sacar la basura.
Salió de la habitación de terapia intensiva, cerrando la puerta tras de sí. Caminó por el pasillo hacia la sala de espera.
La escena era caótica. Dos guardias de seguridad del hospital intentaban contener a Gerardo.
Gerardo se veía terrible. Tenía una brecha sangrando profusamente en la frente, la camisa de marca rota y sucia de tierra, y caminaba cojeando. Olía a alcohol y a gasolina quemada. Pero su furia le daba una fuerza sobrenatural.
Había empujado a Doña Remedios, que estaba en el suelo, asustada.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?! —gritaba Gerardo, con los ojos desorbitados.
Al ver a Alejandra salir, se zafó de un guardia con un codazo y se abalanzó hacia ella.
—¡Maldita loca! ¡Casi me matas! ¡Destruiste mi coche! ¡Te voy a matar!
Alejandra no retrocedió. Se plantó firme en medio del pasillo.
Cuando Gerardo levantó la mano para golpearla, Alejandra reaccionó. Años de ira contenida, años de sumisión y miedo, se canalizaron en un solo movimiento.
Esquivó el golpe torpe y borracho, y le dio una bofetada con todas sus fuerzas. El sonido crack resonó en el pasillo. Gerardo, inestable por el golpe en la cabeza y el alcohol, trastabilló hacia atrás.
—¡No me vuelvas a tocar en tu vida, Gerardo! —gritó Alejandra. Su voz no tembló. Era acero puro.
Gerardo se tocó la mejilla, aturdido. La miró, y por primera vez, vio algo diferente en los ojos de su esposa. Vio odio. Un odio puro y peligroso.
—¿Qué te pasa? ¿Estás loca? ¿Por qué huyes? ¡Regresa a la casa ahora mismo!
—No voy a regresar a ningún lado contigo. Se acabó.
Gerardo rio, una risa maníaca.
—¿Se acabó? Tú no eres nada sin mí. Yo te hice. Yo te controlo. Y más te vale que me des las llaves de la camioneta y me firmes un cheque ahora mismo, porque mi coche es pérdida total.
—Tu coche es lo menos que vas a perder —dijo Alejandra, dando un paso adelante, invadiendo su espacio personal—. Vas a perder todo. Tu libertad, tu dinero, tu nombre.
—¿De qué hablas?
—Hablo de Sofía.
El nombre cayó como una bomba. Gerardo palideció visiblemente bajo la capa de sangre y suciedad. Sus ojos se movieron nerviosamente.
—¿Qué…? ¿Qué dices? Sofía está muerta. Tú la mataste, ¿recuerdas? Tu útero inútil…
—¡CÁLLATE! —el grito de Alejandra hizo que hasta los enfermeros se detuvieran—. Deja de mentir. Sé la verdad. La encontré, Gerardo. Encontré a la niña que tiraste en la sierra hace cinco años. Está en esa habitación, luchando por la vida que tú le quisiste quitar.
Gerardo retrocedió un paso, como si le hubieran dado un golpe físico.
—No… eso es mentira. Estás alucinando. Estás loca.
—Tiene mis ojos, Gerardo. Tiene el lunar. Y tengo su ADN en mi bolsillo. Se acabó tu juego.
En ese momento, la puerta del elevador se abrió. Ricardo, el abogado de Alejandra, salió acompañado de cuatro hombres corpulentos vestidos de traje negro: seguridad privada de alto nivel. También venían dos policías municipales que el hospital había llamado por el alboroto.
Alejandra señaló a Gerardo.
—Oficiales, quiero poner una denuncia. Ese hombre intentó matarme en la carretera hace una hora. Me persiguió, me disparó y chocó mi vehículo. Tengo a mi suegra de testigo y los daños en mi camioneta afuera. Además, está armado.
Los policías miraron a Gerardo, que tenía la mano cerca de la cintura donde, efectivamente, aún traía la pistola fajada, aunque probablemente ya sin balas o trabada por el golpe.
—Señor, levante las manos —ordenó uno de los policías, desenfundando su arma.
Gerardo miró a su alrededor, acorralado. Miró a los guardias, miró a Alejandra. Su narcisismo se quebró, dejando ver al cobarde que había debajo.
—¡Es una mentira! ¡Es mi esposa! ¡Está histérica! ¡Ella me chocó a mí!
—¡Al suelo! —gritó el policía al ver el bulto del arma en su cintura.
Lo sometieron. Gerardo gritaba y pataleaba mientras lo esposaban en el suelo frío del hospital.
—¡Alejandra! ¡No puedes hacerme esto! ¡Soy tu esposo! ¡Te amo! ¡Fue un error!
Alejandra se acercó a él, mirándolo desde arriba con un desprecio infinito.
—No, Gerardo. No fue un error. Fue una elección. Y ahora vas a vivir con las consecuencias.
Se giró hacia su abogado.
—Ricardo, que no salga. Úndelo. Quiero una orden de restricción, quiero el divorcio exprés y quiero que lo denuncien por intento de homicidio, abandono de menor y secuestro.
—Entendido, señora —dijo Ricardo, impresionado por la transformación de su jefa.
Mientras se llevaban a Gerardo arrastrando, gritando amenazas y súplicas, Alejandra corrió hacia Doña Remedios, que seguía en el suelo, temblando. La ayudó a levantarse con ternura.
—Ya pasó, Remedios. Ya pasó. El diablo ya no está.
—¿Ese era…? —preguntó la anciana, con los ojos muy abiertos.
—Sí. Ese era.
—Pues qué bueno que le diste su cachetada. Se la merecía desde hace cinco años.
Alejandra sonrió entre lágrimas, una sonrisa cansada pero victoriosa.
—Ahora solo nos queda una batalla, Remedios. La más importante.
Miró hacia las puertas de Terapia Intensiva.
La guerra contra Gerardo había terminado, pero la guerra por la vida de Lupita apenas comenzaba. Y Alejandra estaba dispuesta a pelearla hasta el último aliento.
CAPÍTULO 6: LA BATALLA POR LA VIDA
El silencio en la sala de espera de Terapia Intensiva era engañoso. Parecía tranquilo, con el zumbido constante del aire acondicionado y el parpadeo de las luces fluorescentes, pero para Alejandra, el aire estaba cargado de una electricidad estática insoportable. Habían pasado veinticuatro horas desde que internaron a Lupita. Veinticuatro horas desde que Gerardo fue arrastrado fuera del hospital, gritando amenazas que ahora parecían lejanas e insignificantes.
Alejandra estaba sentada en un sillón de vinipiel incómodo, con una taza de café frío en las manos. No se había cambiado de ropa. Seguía con los jeans manchados de polvo y sangre seca, la blusa arrugada. Se negaba a irse. Se negaba a cerrar los ojos por más de cinco minutos, temiendo que si lo hacía, la realidad se desmoronaría.
Doña Remedios dormitaba en el sillón de al lado, envuelta en una cobija que una enfermera piadosa le había traído. La anciana murmuraba en sueños, sus manos moviéndose como si estuviera desgranando maíz o acariciando una cabeza pequeña.
La puerta de la UCI se abrió. Alejandra se puso de pie de un salto, derramando un poco de café.
El Dr. Salazar, el especialista que Alejandra había mandado traer desde la Ciudad de México en un jet privado, salió con el rostro serio. Era un hombre mayor, canoso, con esa autoridad tranquila de quien ha visto a la muerte a los ojos muchas veces y le ha ganado la partida.
—Señora Montemayor —dijo él, acercándose.
—Dígame, doctor. ¿Cómo está? ¿Ya podemos operar?
El Dr. Salazar se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.
—La neumonía está cediendo. Los antibióticos están funcionando y sus pulmones se ven mejor en las radiografías. Ya la despertamos del coma inducido hace una hora para evaluar su estado neurológico.
Alejandra sintió un vuelco en el corazón.
—¿Y? ¿Me reconoció?
—Está muy sedada todavía, confundida. Pero responde a estímulos. Mueve las extremidades, sigue con la mirada. Eso es bueno. No parece haber daño cerebral por la falta de oxígeno. Fue un milagro que llegaran tan rápido.
Alejandra soltó un suspiro tembloroso.
—Gracias a Dios.
—Pero… —el “pero” del médico cayó como una losa—. No podemos esperar más para la cirugía del esófago. Intentamos darle un poco de alimento por sonda, pero el reflujo es inmediato y violento. Su esófago está casi cerrado por completo, Alejandra. Hay tejido cicatrizal muy antiguo y denso. Si no operamos hoy, corre el riesgo de otra aspiración, y sus pulmones no aguantarían otra crisis.
—Opérela. Ya le dije que tiene mi autorización.
—El riesgo es alto —advirtió el doctor, mirándola fijamente—. Es una cirugía mayor. Tenemos que resecar la parte dañada del esófago y subir parte del estómago para conectarlo. Es una reconstrucción completa. Ella está débil, anémica y desnutrida. Su cuerpecito… bueno, no tiene muchas reservas para pelear.
Alejandra sintió que el miedo le mordía las entrañas, pero lo aplastó.
—Ella es fuerte, doctor. Usted no sabe lo que ha aguantado. Sobrevivió cinco años en la sierra sin medicinas. Sobrevivió a un hombre que la quiso matar antes de nacer. Ella va a aguantar.
—Necesitamos sangre. Mucha sangre. Ya tenemos las unidades listas, pero usted mencionó que es compatible.
—Estoy lista. Sáqueme toda la que necesite.
—Bien. Prepárese. La llevaremos a quirófano en dos horas. Puede verla unos minutos antes.
Entrar a la habitación de Lupita fue como entrar a un santuario. La luz estaba atenuada. La niña estaba despierta, aunque sus ojos color miel estaban vidriosos por los sedantes. Ya no tenía el tubo en la boca, solo una mascarilla de oxígeno transparente.
Alejandra se acercó a la cama, sintiéndose indigna de tanta fragilidad y tanta fuerza.
—Hola, princesa —susurró, acariciando su manita, que estaba tibia.
Lupita giró la cabeza lentamente. Enfocó la mirada en Alejandra. Parpadeó despacio.
—Señora… bonita… —su voz era un susurro ronco, apenas audible.
A Alejandra se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí, mi amor. Soy yo. Soy Alejandra.
—¿Dónde… abue?
—Tu abuela está afuera, descansando. Está muy bien. Te manda muchos besos. Oye, Lupita… te van a llevar a un cuarto especial para curarte la garganta. Te van a dormir un ratito y cuando despiertes, ya no te va a doler comer. Vas a poder comer todo el chocolate que quieras.
Lupita intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.
—Tengo miedo…
Alejandra se inclinó y besó su frente.
—No tengas miedo. Yo voy a estar ahí. Te voy a dar un poquito de mi sangre para que tengas fuerza. Vamos a ser hermanas de sangre, ¿te gusta la idea?
La niña asintió levemente.
—¿Y mi abuela?
—Ella también va a estar aquí cuando despiertes. Nadie se va a ir. Te lo prometo.
Lupita cerró los ojos, agotada.
—Quiero… a mi mamá…
La frase fue un puñal y una caricia al mismo tiempo. Alejandra no supo si se refería a una fantasía, a la Virgen, o si en su subconsciente sabía la verdad.
Alejandra se acercó a su oído y le susurró el secreto que había guardado cinco años.
—Tu mamá está aquí, mi vida. Soy yo. Nunca te voy a dejar ir. Descansa.
Las horas de la cirugía fueron una tortura china. Cinco horas.
Alejandra donó sangre, vio cómo las bolsas rojas se iban hacia el quirófano, llevando su vida hacia la de su hija. Luego, se sentó junto a Doña Remedios, que rezaba sin parar.
—¿Y si no aguanta, Alejandra? —preguntó Remedios en un momento de debilidad, con la voz quebrada—. Está tan chiquita…
—Va a aguantar. Tiene que aguantar. No la encontré para perderla otra vez.
Para distraerse, Alejandra revisó su celular. Tenía decenas de mensajes de Ricardo, su abogado.
“Gerardo está detenido. El juez dictó prisión preventiva oficiosa por intento de homicidio y portación de arma de fuego. No sale bajo fianza.”
“Ya iniciamos los trámites de la prueba de ADN. El juez familiar ordenó tomar la muestra de la niña en cuanto sea médicamente posible.”
“Congelé todas las cuentas mancomunadas. Él está en bancarrota técnica.”
Alejandra leyó los mensajes con una satisfacción fría. La justicia humana estaba en marcha. Ahora faltaba la justicia divina en ese quirófano.
De repente, las puertas batientes del área quirúrgica se abrieron.
Salió el Dr. Salazar. Su bata verde tenía manchas oscuras de sangre. Se veía exhausto.
Alejandra y Remedios se levantaron al unísono, conteniendo la respiración.
El médico se quitó el gorro quirúrgico y suspiró. Luego, sonrió levemente.
—Salió bien.
Alejandra soltó un grito ahogado y abrazó a Remedios, quien comenzó a llorar a gritos dando gracias al cielo.
—Fue complicado —explicó el doctor—. El tejido estaba muy dañado. Tuvimos que reconstruir más de lo esperado. Hubo un momento en que la presión bajó peligrosamente, pero… resistió. Su sangre le ayudó mucho, señora Montemayor. Ahora está en recuperación. Pasará a terapia intensiva un par de días más por precaución, pero lo peor ya pasó. Su esófago es funcional. Podrá comer. Podrá vivir una vida normal.
Alejandra se dejó caer en el sillón, tapándose la cara con las manos, llorando de alivio, de agotamiento, de felicidad pura.
—Gracias… gracias, doctor. Le debo la vida.
—No me debe nada. Esa niña es una guerrera. Cuídenla mucho.
Tres días después.
Lupita estaba en una habitación privada, ya fuera de peligro. Tenía color en las mejillas. Estaba sentada en la cama, rodeada de globos, peluches gigantes y flores que Alejandra había mandado comprar.
Doña Remedios le estaba dando gelatina de limón con una cuchara.
—A ver, abre la boca grande, avioncito… —decía la anciana.
Lupita abrió la boca y tragó la gelatina. Esperó el dolor habitual. No llegó. Sus ojos se iluminaron.
—¡No duele! —exclamó con voz rasposa pero feliz—. ¡Abue, ya no duele!
Alejandra, que observaba desde el sofá, sintió que el corazón le estallaba de amor.
—Te lo dije, princesa. Eres mágica.
En ese momento, la puerta se abrió. Entró Ricardo, el abogado, con una carpeta bajo el brazo y una expresión solemne. Detrás de él, entró una mujer con traje sastre y un maletín: una notaria pública y perito genético.
—Buenos días, Alejandra. Buenos días a todos —saludó Ricardo.
Alejandra se puso seria. Sabía lo que venía.
—¿Tienen los resultados?
Ricardo asintió.
—Sí. El laboratorio trabajó tiempo extra. Comparamos tu muestra con la de la niña tomada durante la cirugía. Y también… conseguimos una muestra de Gerardo de la base de datos de la policía.
Doña Remedios dejó la gelatina en la mesa y se persignó. Lupita miraba a los adultos sin entender mucho, pero sintiendo la importancia del momento.
La perito abrió el maletín y sacó un documento con sellos oficiales.
—Señora Alejandra Montemayor —dijo la mujer con voz formal—. El análisis de marcadores genéticos STR confirma con una probabilidad del 99.9999% que usted es la madre biológica de la menor conocida como Guadalupe.
Alejandra cerró los ojos, asintiendo. Ya lo sabía, pero escucharlo era como si el universo se reordenara.
—Y… —continuó la perito— el análisis también confirma que el señor Gerardo Montemayor es el padre biológico con la misma probabilidad.
Un silencio denso llenó la habitación.
—Entonces es oficial —dijo Alejandra, abriendo los ojos—. Él sabía. Él la abandonó. Es su hija y la tiró.
Ricardo carraspeó, incómodo.
—Hay más, Alejandra. Revisé las actas de defunción falsas. La firma del médico es de un tal Dr. Cárdenas. Ya está detenido. Cantó como un canario en cuanto lo apretaron. Gerardo le pagó cincuenta mil pesos para que te sedara, se llevara a la niña y te dijera que nació muerta. El plan de Gerardo era dejarla en un orfanato lejano, pero al parecer, cuando vio que la niña tenía problemas para respirar en el camino, se asustó o simplemente le dio flojera hacer el trámite, y la dejó en la carretera pensando que moriría esa misma noche.
Un jadeo de horror escapó de la garganta de Doña Remedios.
—¡Monstruo! ¡Es el diablo!
Alejandra sintió una calma fría, mortal.
—Se va a pudrir en la cárcel, Ricardo. Quiero que te asegures de que le den la pena máxima. Quiero que pierda todo.
—Ya estamos en eso. Con estas pruebas de ADN y la confesión del médico, Gerardo no va a ver la luz del sol en cuarenta años.
Alejandra se levantó y caminó hacia la cama. Se sentó junto a Lupita, que la miraba con curiosidad.
—Lupita… —dijo Alejandra, tomándole las manos—. Tengo que decirte algo muy importante.
La niña ladeó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Alejandra miró a Remedios, pidiendo permiso con la mirada. La anciana asintió, llorando silenciosamente, sonriendo.
—Esos papeles dicen que… dicen que yo soy tu mamá. Tu mamá de verdad. La que te tuvo en la panza.
Los ojos de Lupita se abrieron enormes. Miró a Alejandra, luego miró su propia mano, luego a Remedios.
—¿Tú eres mi mamá? —preguntó en un susurro.
—Sí, mi amor. Me robaron cuando naciste. Me dijeron que te habías ido al cielo. Pero yo no sabía que estabas aquí. Te busqué en mis sueños todos los días. Y ahora te encontré.
Lupita procesó la información con su mente de cinco años.
—Entonces… ¿ya no estoy perdida?
Alejandra sintió que se rompía. La abrazó con fuerza, enterrando la cara en su cuello.
—No, mi vida. Ya no estás perdida. Estás en casa.
Lupita devolvió el abrazo, apretando con sus bracitos débiles.
—Mamá… —dijo la niña, probando la palabra. Le gustó cómo sonaba—. Mami.
En la habitación del hospital, entre el olor a desinfectante y flores, una familia se reconstruía sobre las ruinas de una tragedia.
Una semana después.
El alta médica llegó. Alejandra había transformado su mansión en la ciudad. Había quitado todos los muebles oscuros y minimalistas que le gustaban a Gerardo. Había pintado una habitación de color lavanda, llenándola de juguetes, libros y una cama con dosel de princesa. Y había preparado una habitación en la planta baja, con vista al jardín, para Doña Remedios.
Salieron del hospital por la puerta principal. El sol brillaba. Alejandra empujaba la silla de ruedas de Lupita (aunque la niña insistía en que podía caminar), y Doña Remedios caminaba al lado, maravillada con el edificio.
—¿A dónde vamos ahora, mami? —preguntó Lupita.
Alejandra se detuvo antes de subir a la camioneta nueva que había comprado (una blindada, por si acaso). Se agachó frente a su hija.
—Vamos a casa. Pero no a la casa aburrida. Vamos a empezar una vida nueva. Las tres. Sin miedo. Sin dolor.
Subieron al auto. Mientras Alejandra conducía hacia su nuevo futuro, miró por el retrovisor. Lupita iba cantando una canción que Doña Remedios le había enseñado, y la anciana iba mirando la ciudad con ojos de turista.
Alejandra sonrió. Gerardo estaba en una celda fría, enfrentando su infierno. Ella estaba en su paraíso.
Pero la historia no terminaba ahí. Aún quedaba cerrar un ciclo. Aún quedaba enfrentar los fantasmas del pasado y asegurarse de que el futuro fuera inquebrantable.
—Remedios —dijo Alejandra—. Antes de ir a la casa… quiero ir a un lugar.
—¿A dónde, hija?
—Quiero ir a la iglesia. Quiero dar gracias. Y quiero que Lupita conozca a su abuelo.
—¿Su abuelo? —preguntó Remedios confundida.
—Mi papá. Murió hace años, pero está en el cementerio familiar. Quiero presentarle a su nieta. Quiero que vea que sus ojos siguen vivos.
El auto giró hacia el cementerio antiguo de la ciudad. Era hora de conectar todos los puntos. Era hora de que Lupita supiera quién era, de dónde venía y todo el amor que la rodeaba, no solo en la tierra, sino también desde el cielo.
CAPÍTULO 7: DOS MUNDOS, UNA FAMILIA
El cementerio privado “Jardines del Recuerdo” era un lugar de paz artificial, diseñado con la precisión de un campo de golf: pasto inglés cortado al ras, lápidas de mármol pulido y árboles importados que daban una sombra perfecta. No se parecía en nada al panteón del pueblo de La Esperanza, donde las tumbas eran montículos de tierra con cruces de colores, llenas de flores de cempasúchil y papel picado.
Alejandra caminaba de la mano de Lupita, quien miraba todo con ojos desorbitados, aún débil pero curiosa, vestida con un conjunto nuevo de mezclilla y una chamarra rosa que le quedaba un poco grande. Doña Remedios caminaba un paso atrás, persignándose cada vez que pasaban frente a una estatua de ángel.
—Aquí es, mi amor —dijo Alejandra, deteniéndose frente a un mausoleo de granito negro con letras doradas: FAMILIA MONTEMAYOR.
—¿Aquí vive tu papá? —preguntó Lupita con inocencia.
Alejandra se agachó, acomodándole el cuello de la chamarra.
—Su cuerpo descansa aquí, pero él vive en el cielo, igual que los angelitos que te cuidaron en la sierra. Él es tu abuelo, Don Arturo. Era un hombre grandote, con bigote, y tenía un carácter fuerte, pero conmigo era puro corazón de pollo.
Lupita se acercó a la piedra fría y tocó las letras doradas.
—Hola, abuelito Arturo. Soy Lupita… digo, Sofía. Mi mami dice que tengo tus ojos.
Doña Remedios sollozó suavemente, sacando un pañuelo de tela de su manga.
—Ay, qué cosa tan bonita. Los muertos siempre escuchan a los niños.
Alejandra sintió una paz profunda. Por años, venir a este lugar había sido un recordatorio de su soledad. Ahora, se sentía como una presentación oficial.
—Papá, aquí está. Te prometí que no me rendiría hasta ser feliz. Bueno, me costó mucho, y casi pierdo el camino, pero aquí está tu nieta. Cuídanos desde allá arriba, porque el camino que sigue no va a ser fácil.
El viento sopló, moviendo las hojas de los árboles como un susurro de aprobación.
La llegada a la mansión de Alejandra fue el verdadero choque cultural.
La camioneta blindada entró por el portón de hierro forjado, recorriendo el camino de entrada rodeado de fuentes iluminadas.
Doña Remedios se pegó a la ventana, con la boca abierta.
—¡Válgame Dios, hija! ¿A poco todo esto es tuyo? ¡Si parece el palacio de gobierno! ¿Aquí vive el presidente o qué?
Alejandra rio, una risa ligera que no había usado en años en esa casa.
—No, Remedios. Es solo una casa. Grande y fría, si le soy sincera. Pero eso va a cambiar hoy.
Al entrar, el eco de sus pasos resonó en el vestíbulo de doble altura con pisos de mármol de Carrara. Todo era blanco, gris y negro. Minimalista. Elegante. Y terriblemente impersonal.
Lupita se aferró a la pierna de Alejandra, intimidada por el espacio.
—Parece un museo, mami. ¿Se puede tocar? —susurró la niña.
—Se puede tocar todo, mi amor. Se puede correr, se puede gritar y se puede brincar en los sillones. Esta es tu casa. Mía y tuya. Y de tu abuela Remedios.
Alejandra las guió escaleras arriba. Abrió la puerta de la habitación que había preparado en tiempo récord con la ayuda de su asistente y decoradores que trabajaron 24 horas seguidas.
Cuando Lupita vio el cuarto, soltó la pierna de su madre y caminó despacio, como si entrara a un sueño.
Paredes color lavanda suave. Una cama con dosel de tul blanco y luces de hadas. Una casa de muñecas de madera más grande que ella. Estantes llenos de cuentos. Y en el centro, sobre la alfombra peluda, un oso de peluche gigante.
—¿Es para mí? —preguntó, girándose con lágrimas en los ojos.
—Todo es para ti. Para recuperar el tiempo perdido.
Lupita corrió y se lanzó sobre el oso gigante, riendo a carcajadas. Doña Remedios se recargó en el marco de la puerta, sonriendo, pero con una sombra de tristeza en la mirada. Alejandra lo notó.
—Venga, Remedios. Su cuarto está abajo, para que no tenga que subir escaleras con sus rodillas. Tiene salida directa al jardín de las rosas.
La habitación de Remedios era cálida, con muebles de madera rústica y edredones de colores vivos, tratando de imitar un poco el estilo de su casa en el pueblo, pero con el lujo de la ciudad.
—Es muy bonito, Alejandra… demasiado bonito para una vieja de rancho como yo —dijo Remedios, sentándose en la orilla de la cama King Size, que parecía tragarla—. Me siento… me siento como mosca en leche.
Alejandra se sentó a su lado y le tomó las manos.
—Remedios, escúcheme bien. Usted no es una invitada. Usted no es el servicio. Usted es la matriarca de esta familia. Sin usted, mi hija no estaría viva. Sin usted, yo seguiría muerta en vida. No se sienta menos. Usted tiene más dignidad y más clase en su dedo meñique que todas mis “amigas” de la alta sociedad juntas.
—Pero hija… yo no sé usar los tenedores esos chiquitos, ni sé hablar bonito. Me va a dar vergüenza con tus visitas.
—Pues que se aguanten. Y si a alguien no le parece, se va. Aquí mandamos nosotras. Y le voy a decir una cosa: me tiene que enseñar a hacer ese mole, porque el chef que tengo aquí solo sabe hacer cosas francesas que saben a nada.
Remedios soltó una carcajada.
—¡Ah, eso sí! Un buen mole mata a cualquier crepa de esas.
Pero la felicidad doméstica tenía un contrapeso oscuro. La realidad legal.
Dos días después, Alejandra tuvo que dejar a Lupita y Remedios al cuidado de su personal de confianza (a quienes había amenazado con el despido inmediato y demanda si algo les pasaba) para ir al Reclusorio Norte.
Tenía que verlo. Necesitaba verlo.
Ricardo, su abogado, la acompañó.
—No tienes que hacer esto, Alejandra. Ya firmó el divorcio. Ya renunció a la patria potestad a cambio de que no lo refundiéramos en una celda de máxima seguridad con los narcos pesados, aunque igual le van a caer treinta años.
—Necesito cerrar la puerta, Ricardo. Necesito ver que el monstruo es solo un hombre.
Entraron en el área de locutorios. El olor a desinfectante barato y humedad era penetrante. Alejandra se sentó tras el cristal blindado.
Minutos después, trajeron a Gerardo.
El cambio era brutal.
El hombre que siempre vestía trajes italianos a la medida, que se ponía botox cada seis meses y que olía a loción Tom Ford, ahora era un espectro. Llevaba el uniforme beige de los internos, sucio y arrugado. Tenía el cabello rapado (probablemente por higiene o castigo), ojeras profundas y un moretón en el pómulo derecho. Le faltaba la soberbia. Le faltaba el alma.
Se sentó al otro lado del cristal, arrastrando las cadenas de los pies. Tomó el teléfono con manos temblorosas.
Alejandra levantó el suyo.
—Alejandra… —su voz sonaba rasposa, rota—. Gracias por venir. Sabía que vendrías. Sabía que no eras tan cruel.
Alejandra lo miró con una frialdad que la sorprendió a ella misma. No sentía miedo. No sentía amor. Ni siquiera sentía odio. Sentía asco.
—No vine por piedad, Gerardo. Vine a ver.
—¿A ver qué? ¿A ver cómo me destruiste? —intentó sonar agresivo, pero su voz se quebró—. Me golpearon, Alejandra. Los otros… saben quién soy. Saben que tengo dinero… o que tenía. Me piden cuota de protección. Tienes que ayudarme. Por los viejos tiempos. Por el amor que nos tuvimos. Deposítales algo, lo que sea.
—No tienes dinero, Gerardo. Y yo no te voy a dar ni un centavo. Todo lo que estaba a tu nombre ha sido embargado para el fideicomiso de la niña. De tu hija. La que intentaste matar.
Gerardo golpeó el cristal débilmente con la frente.
—Estaba borracho… no sabía lo que hacía… ella estaba enferma, iba a sufrir… lo hice por nosotros, Ale, para que siguiéramos siendo libres…
—Lo hiciste porque eres un egoísta patológico. Porque una niña enferma no combinaba con tu estilo de vida. Porque querías seguir siendo el playboy sin responsabilidades.
—¡Me equivoqué! —gritó él, llorando lágrimas que parecían de cocodrilo—. ¡Perdóname! ¡Sácame de aquí! Me voy a morir aquí adentro, Ale. Me juraron que me van a matar si no pago la semana.
Alejandra se inclinó hacia el cristal.
—Entonces reza. Reza como nunca rezaste por tu hija cuando la dejaste en la carretera en febrero.
—Alejandra, por favor… soy el padre de tu hija.
—No. Tú fuiste el donante de esperma. Su padre fue un pueblo entero que la cuidó. Su padre fue el hambre que la hizo fuerte. Tú no eres nadie.
Alejandra colgó el teléfono.
Gerardo gritaba del otro lado, golpeando el vidrio, con la boca abierta en una mueca de desesperación silenciosa. Los guardias lo agarraron y lo arrastraron hacia la oscuridad del pasillo.
Alejandra se levantó, se alisó el saco de su traje sastre y miró a Ricardo.
—Vámonos. Tengo que llegar a cenar con mi familia.
Al salir del penal, el aire de la calle, lleno de smog y ruido, le pareció el aire más puro del mundo. La jaula de cristal se había roto, y ahora, la jaula de hierro se había cerrado sobre quien la merecía.
La adaptación no fue sencilla. Las cicatrices del trauma no se borran con juguetes caros.
Una semana después, la primera crisis llegó.
Era una noche de tormenta. La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión con furia. Alejandra dormía en su habitación, conectada a la de Lupita por una puerta interna.
Un grito desgarrador la despertó.
—¡NO! ¡FRÍO! ¡NO ME DEJES!
Alejandra saltó de la cama y corrió al cuarto de su hija.
Lupita estaba sentada en la cama, empapada en sudor, gritando con los ojos cerrados. Estaba teniendo un terror nocturno.
—¡Está oscuro! ¡Tengo hambre! ¡Abuelita!
Alejandra intentó abrazarla, pero la niña manoteaba, perdida en la pesadilla de sus recuerdos en la caja de cartón.
—¡Suéltame! ¡Duele!
—Lupita, despierta, soy mamá. Estás segura.
En ese momento, Doña Remedios entró corriendo, a pesar de sus rodillas malas.
—¡Aquí estoy, mi cielo! ¡Aquí está tu abuela!
Entre las dos, lograron calmarla. Remedios comenzó a tararear una canción de cuna indígena, una melodía antigua y repetitiva, mientras le sobaba la espalda en círculos. Alejandra la abrazaba por el frente, meciéndola.
Poco a poco, los gritos cesaron y se convirtieron en sollozos. Lupita abrió los ojos, desorientada.
—¿Mami? ¿Abue?
—Aquí estamos —dijeron las dos al mismo tiempo.
—Soñé con el hombre malo. Soñé que me metía en una bolsa negra.
Alejandra sintió un escalofrío. Gerardo.
—El hombre malo nunca más va a volver, mi amor. Está encerrado en una caja muy fuerte de donde no puede salir. Aquí estás con nosotras. Mira las luces. Mira tu oso.
Lupita temblaba.
—No quiero dormir sola. Es muy grande el cuarto.
—No tienes que dormir sola —dijo Alejandra.
Esa noche, terminaron las tres en la cama King Size de Alejandra. Lupita en medio, Remedios a un lado roncando suavemente, y Alejandra al otro, velando el sueño de ambas.
Mirando el techo, Alejandra se dio cuenta de que la mansión ya no se sentía vacía. Estaba llena de miedos, sí, pero también de amor real, sudor, lágrimas y ronquidos. Estaba llena de vida.
El siguiente desafío fue social.
Alejandra decidió que no iba a esconder a su familia. Había rumores en la alta sociedad. “La loca Montemayor adoptó a una niña de la calle”, “Dicen que metió a una sirvienta a vivir de patrona”, “Dicen que el marido se fugó con el dinero”.
Alejandra decidió cortar los chismes de raíz.
Organizó una comida pequeña. No una gala, sino un almuerzo en el jardín. Invitó a sus socios más cercanos, a un par de amigas que realmente la apreciaban y, crucialmente, al consejo directivo de su empresa. Necesitaba mostrar fuerza y estabilidad.
—No sé qué ponerme, hija —decía Remedios, nerviosa, mirando los vestidos que Alejandra le había comprado—. Con todo me veo disfrazada.
—Póngase ese vestido azul bordado, el que compramos en la boutique artesanal. Se ve preciosa. Es elegante y es usted. Y póngase su rebozo favorito.
—¿Y si tiro la copa? ¿Y si no sé qué decir?
—Si tira la copa, nos reímos. Y si no sabe qué decir, les cuenta la historia de cómo hace el mejor queso de la sierra. Créame, esta gente está aburrida de hablar de acciones y viajes a Miami. Les va a encantar escuchar algo real.
El almuerzo comenzó tenso. Los invitados miraban con curiosidad disimulada a la anciana de trenzas sentada a la cabecera junto a Alejandra, y a la niña que corría por el jardín con un vestido de lino.
Lupita, sin embargo, no tenía los complejos de los adultos.
Se acercó al Presidente del Consejo, un hombre de sesenta años, serio y multimillonario, que estaba bebiendo whisky.
—Hola, señor. ¿Usted por qué está tan serio? ¿Le duele la panza? —preguntó Lupita, plantándose frente a él.
El hombre, Don Roberto, bajó su vaso, sorprendido.
—Eh… no, pequeña. Solo estoy pensando en negocios.
—Mi abuela dice que pensar mucho seca el cerebro. Tenga.
Lupita sacó de su bolsillo una flor aplastada que había arrancado del jardín.
—Es para que se ponga feliz.
Don Roberto miró la flor, miró a la niña y luego soltó una carcajada genuina que hizo voltear a todos.
—¡Tienes toda la razón, niña! Muchas gracias.
Se puso la flor en la solapa de su traje italiano de tres mil dólares.
El hielo se rompió.
Doña Remedios, animada por la actitud de su nieta, empezó a platicar con la esposa de un banquero. Al principio tímida, luego con soltura. Les contó sobre la vez que una vaca se metió a su cocina. Las señoras de sociedad reían encantadas, fascinadas por la autenticidad de esa mujer que no fingía nada.
Alejandra observaba la escena desde lejos, con una copa de vino en la mano.
Su asistente, Clara, se acercó.
—Señora, todo es un éxito. Están encantados con la niña y con su… suegra.
—No es mi suegra, Clara. Es mi madre. De corazón, pero lo es. Y sí, son un éxito. Porque son de verdad.
Alejandra se dio cuenta de que ya no le importaba el qué dirán. Gerardo vivía de las apariencias y murió socialmente por ellas. Ella había elegido la verdad, y la verdad la estaba recompensando.
Pero el momento más significativo ocurrió una tarde, meses después.
La salud de Lupita estaba restablecida al cien por ciento. Ya había ganado peso, sus mejillas estaban sonrosadas y corría sin cansarse.
Alejandra llegó temprano del trabajo. Encontró a Remedios en la cocina, enseñándole a las empleadas domésticas (que ahora la adoraban) a hacer tortillas a mano.
—¡Mami! —gritó Lupita al verla entrar.
—Tengo una sorpresa —dijo Alejandra—. Empaca tus cosas de nadar. Y usted también, Remedios.
—¿A dónde vamos? —preguntó la anciana.
—Vamos a cerrar el círculo.
Viajaron a la playa. Pero no a un resort de lujo impersonal. Fueron a una casa privada en una playa tranquila de Oaxaca.
Alejandra quería que Lupita conociera el mar.
Cuando llegaron a la arena, al atardecer, Lupita se quedó paralizada. El inmenso océano Pacífico rugía frente a ella.
—Es mucha agua… —susurró.
—Es el mar, mi amor. Es infinito. Como lo que siento por ti.
Lupita corrió hacia las olas, gritando y riendo, persiguiendo la espuma. Remedios se sentó bajo una palapa, suspirando con la brisa marina en su rostro.
—Nunca pensé ver el mar antes de morirme —dijo la anciana—. Ya me puedo ir tranquila.
—No se vaya a ningún lado todavía, Remedios. Nos faltan muchos viajes.
Alejandra caminó hacia la orilla. Se quitó los zapatos y dejó que el agua mojara sus pies.
Miró al horizonte.
Pensó en la mujer que era hace seis meses: triste, sola, atrapada en un matrimonio abusivo, creyendo que era estéril y seca.
Y miró a la mujer que era ahora: madre, protectora, libre.
Lupita vino corriendo y le saltó encima, mojándola entera.
—¡Mami, el agua está salada! ¡Sabe a sopa!
Alejandra la cargó y la hizo girar en el aire.
—¡Sí! ¡Sabe a vida!
Esa noche, hicieron una fogata en la playa. Quemaron bombones.
Alejandra sacó una foto de Gerardo que había encontrado en su cartera vieja.
—¿Qué es eso? —preguntó Lupita.
—Es el pasado, mi amor. Y el pasado, a veces, hay que quemarlo para que nazca el futuro.
Lanzó la foto al fuego. El papel se enroscó, se puso negro y desapareció en cenizas que el viento se llevó hacia el mar oscuro.
Remedios asintió, aprobando el ritual.
—Lo malo se va, lo bueno se queda.
Alejandra abrazó a las dos mujeres de su vida.
El capítulo del dolor se había cerrado. La pesadilla de la huida, de la persecución y del hospital había terminado. Ahora, solo quedaba escribir el final feliz. Un final que no sería de cuento de hadas, porque la vida real es más complicada, pero sería un final lleno de amor inquebrantable.
CAPÍTULO 8: LA COSECHA DE LA ESPERANZA
El tiempo, dicen en la sierra, no cura nada por sí solo; es lo que haces con ese tiempo lo que cierra las heridas. Y Alejandra Montemayor había aprovechado cada segundo de los últimos dos años para coser, con hilo de oro y paciencia, los pedazos de su vida y la de su familia.
Era un sábado de febrero, pero no un sábado cualquiera. El aire estaba fresco, y el jardín de la mansión —que ya no parecía un museo minimalista, sino un vergel lleno de buganvilias desbordadas, columpios y juguetes dispersos— estaba listo para una celebración que prometía ser legendaria.
—¡Mamá! ¡Abuela Remedios se quiere poner los huaraches viejos para la fiesta! —gritó Lupita (ahora Sofía Guadalupe, legalmente, aunque para el corazón de la casa seguía siendo Lupita) corriendo por la escalera con la energía de un torbellino.
Alejandra, que estaba terminando de arreglar unos centros de mesa con flores silvestres, sonrió. A sus treinta y tantos años, se veía más joven que nunca. Las líneas de amargura alrededor de su boca habían desaparecido, reemplazadas por arrugas finas en las comisuras de los ojos, marcas de reír mucho y llorar de felicidad.
—Déjala, mi amor. Tu abuela es la jefa. Si quiere salir en huaraches o descalza, es su fiesta —respondió Alejandra, atrapando a su hija en un abrazo al vuelo.
Lupita había crecido. A sus siete años, ya no era la niña esquelética y temerosa que Alejandra encontró en la carretera. Estaba alta, fuerte. Su cabello oscuro brillaba y sus ojos color miel, esos ojos que fueron la brújula que guio a Alejandra a la verdad, resplandecían con inteligencia y picardía. La cicatriz de la cirugía en su cuello era apenas una línea fina, un recordatorio de la batalla que ganó.
—Pero van a venir los del periódico, mami. Y el alcalde —insistió la niña, preocupada por las apariencias como solo una niña que escucha demasiado a los adultos puede estarlo.
Alejandra se puso seria, se agachó y la miró a los ojos.
—Escúchame bien, Sofía. Nunca, jamás te avergüences de dónde venimos ni de quiénes somos. Los huaraches de tu abuela valen más que todos los zapatos de marca de esa gente. Esos huaraches caminaron kilómetros para vender quesos y comprar tus medicinas. Son sagrados. ¿Entendido?
La niña asintió, comprendiendo la lección profunda detrás del regaño suave.
—Sí, mami. Son sagrados.
La fiesta no era un cumpleaños. Era la inauguración oficial de la “Fundación Remedios y Sofía”.
Alejandra había cumplido su palabra. No solo había salvado a su hija, sino que había decidido salvar al pueblo que la cuidó. Durante los últimos dieciocho meses, maquinaria pesada pagada por el Grupo Montemayor había entrado a la sierra. Habían pavimentado el camino de terracería que casi destruyó su camioneta aquel día fatídico. Habían remodelado la escuela, llevado internet satelital y, lo más importante, habían construido una clínica rural completa, con un médico de planta y una ambulancia todo terreno, para que ningún niño tuviera que depender de un aventón en una camioneta lechera para salvar su vida.
Los invitados comenzaron a llegar. Y era una mezcla que solo Alejandra podía orquestar.
Por un lado, entraban los autos de lujo: socios, políticos, la élite de la ciudad que ahora respetaba a Alejandra no solo por su dinero, sino por su ferocidad y filantropía.
Por otro lado, llegaban autobuses rentados. De ellos bajaban Don Chuy (con un sombrero nuevo), el panadero del pueblo, las señoras del rosario y todos los habitantes de La Esperanza, vestidos con sus mejores ropas de domingo, mirando la mansión con asombro pero entrando con la confianza de saberse invitados de honor.
Doña Remedios salió al jardín. Llevaba un vestido de seda azul rey, hermoso, pero en sus pies, efectivamente, llevaba sus viejos huaraches de cuero. Caminaba con la cabeza en alto, apoyada en un bastón de madera tallada.
Cuando los habitantes del pueblo la vieron, estalló un aplauso espontáneo.
—¡Doña Reme! ¡Mírela nomás, parece artista de cine! —gritó Don Chuy, abrazándola con fuerza.
—¡Ay, Chuy, no me aprietes que me desarmas! —rio ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Bienvenidos, bienvenidos todos a su casa.
Alejandra observaba la escena desde la terraza. Sentía una plenitud que le hinchaba el pecho.
Su abogado, Ricardo, se acercó con una copa de champaña.
—Lo lograste, Alejandra. Es un evento espectacular.
—No es un evento, Ricardo. Es justicia. Es devolver un poco de lo mucho que me dieron.
Ricardo bebió un sorbo y se puso un poco más serio.
—Hablando de justicia… tengo noticias. De él.
El nombre no necesitaba ser mencionado. Gerardo.
Alejandra mantuvo la vista en su hija, que jugaba a las traes con los hijos de los empresarios y los niños del pueblo, sin hacer distinción alguna.
—¿Qué pasó?
—Le dictaron sentencia definitiva ayer. Treinta y cinco años. Sin posibilidad de libertad condicional por los agravantes. El juez fue implacable. Lo encontraron culpable de sustracción de menores, falsificación de documentos, violencia familiar e intento de homicidio. Además, Hacienda le cayó encima por lavado de dinero. Lo perdió todo, Alejandra. Absolutamente todo.
Alejandra asintió lentamente. Esperaba sentir satisfacción, o alegría. Pero solo sintió indiferencia. Gerardo era un fantasma. Un mal recuerdo que ya no tenía poder para lastimarla.
—Que Dios lo perdone, Ricardo. Porque yo ya no gasto energía en eso. Él es el pasado. Ese jardín de ahí abajo… ese es mi futuro.
El momento culminante de la tarde llegó con el discurso.
Se montó un pequeño escenario bajo los árboles. Alejandra subió, tomando el micrófono. El murmullo de las doscientas personas se apagó.
—Gracias a todos por venir —comenzó Alejandra, su voz clara y potente—. Muchos de ustedes conocen la historia. Algunos la leyeron en los periódicos como un escándalo, otros la vivieron en carne propia. Hace dos años, yo era una mujer que lo tenía todo y no tenía nada. Estaba muerta en vida, atrapada en una mentira.
Miró a Doña Remedios, que estaba sentada en primera fila, sosteniendo la mano de Lupita.
—Un día, el destino, o Dios, o la casualidad, rompió mi coche en medio de la nada. Y ahí, bajo un mezquite, encontré agua para mi sed. Pero no solo sed física. Encontré a la madre que necesitaba y a la hija que me habían robado.
Un silencio emotivo recorrió el jardín. Algunos sacaron pañuelos.
—Aprendí que la sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia. Aprendí que el dinero no sirve de nada si no puedes usarlo para evitar que una niña sufra dolor al comer. Por eso, hoy nace esta clínica en La Esperanza. Para que nunca más una madre tenga que rezar porque no tiene para la medicina. Para que la esperanza no sea solo el nombre de un pueblo, sino una realidad.
Alejandra hizo una pausa y extendió la mano hacia su hija.
—Ven acá, Sofía Guadalupe.
Lupita subió al escenario, un poco tímida al principio, pero luego sonrió al ver tantas caras amigas.
—Esta niña es mi milagro —dijo Alejandra, abrazándola—. Y ella me enseñó que las cicatrices no son feas. Las cicatrices son el mapa de lo que hemos sobrevivido. Así que, a todos los que están pasando por un momento oscuro, les digo: no se rindan. A veces, cuando crees que te estás perdiendo, en realidad estás yendo directo a donde tienes que estar.
El aplauso fue estruendoso. Lupita, en un impulso, tomó el micrófono.
—¡Y gracias a mi abuela Reme por hacerme atole cuando me dolía la panza! —gritó con su voz infantil.
Las risas y los aplausos se redoblaron. Fue el broche de oro perfecto.
La fiesta continuó hasta que cayó la noche. Se encendieron series de luces en los árboles. Hubo mariachis, hubo mole (el famoso mole de Remedios, preparado por ella misma con ayuda de un ejército de cocineros que seguían sus órdenes aterrorizados pero fascinados), y hubo baile.
Alejandra bailó. Bailó con Don Chuy, bailó con Ricardo, bailó con Lupita hasta que le dolieron los pies y se quitó los tacones, terminando descalza en el pasto, igual que Remedios.
Cuando el último invitado se fue y el silencio volvió a la mansión, las tres mujeres de la casa se quedaron sentadas en la terraza, mirando las estrellas. El cansancio era feliz.
—¿Te gustó tu fiesta, Remedios? —preguntó Alejandra, recostada en un camastro.
La anciana suspiró, sobándose las rodillas.
—Ay, hija. Nunca en mis setenta años pensé ver algo así. Ver a mi pueblo tan contento, ver a mi niña tan sana… Ya le dije a Diosito que no me lleve todavía, porque quiero ver qué sigue. Quiero verla graduarse. Quiero verla ser doctora, o ingeniera, o lo que se le dé la gana.
—Va a ser lo que ella quiera —dijo Alejandra, mirando a Lupita, que se había quedado dormida en el sofá de exterior, con la boca abierta y los brazos y piernas desparramados, agotada de felicidad.
—Oye, Ale… —dijo Remedios, cambiando el tono a uno más confidencial—. Hay algo que no te he dicho.
Alejandra se incorporó un poco, alerta.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
—No, no es eso. Es que… el otro día, cuando fuimos al pueblo a supervisar la clínica, fui al panteón. A ver a mis muertos. Y pasé por donde encontramos la caja aquella vez, hace años.
Alejandra sintió un escalofrío al recordar el origen de todo.
—Ajá…
—Y encontré esto atorado entre las piedras del muro viejo. Seguro lleva años ahí, pero con las lluvias y el viento, se desenterró. Nadie lo había visto.
Remedios metió la mano en el escote de su vestido y sacó una pequeña cadena de oro, sucia y ennegrecida por el tiempo y la intemperie. Tenía una medalla.
Se la entregó a Alejandra.
Alejandra la tomó y la limpió con su dedo. Al verla bajo la luz de la lámpara, el aire se le fue de los pulmones por un segundo.
Era una medalla de San Benito. Pero no cualquier medalla.
En el reverso, tenía grabado un nombre y una fecha diminuta.
“Gerardo y Alejandra – Amor Eterno”.
Era la medalla que ella le había regalado a Gerardo en su primer aniversario. Él le había dicho que la había perdido en un viaje de negocios.
La había perdido el día que fue a tirar a su hija. Se le debió caer en el forcejeo con su propia conciencia, o tal vez se le atoró al dejar la caja.
Era la prueba física final. La prueba de que él estuvo ahí.
Alejandra sostuvo la medalla en su puño cerrado. Sintió el metal frío.
Podría haber sentido rabia. Podría haber revivido el odio.
Pero en lugar de eso, se levantó y caminó hacia la orilla del jardín, donde había una pequeña fuente de piedra.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Remedios.
—Lo que se hace con la basura —dijo Alejandra.
Lanzó la medalla al agua. Hizo un pequeño plop y se hundió hasta el fondo, entre el limo y las monedas de los deseos.
—Que se quede ahí. Que se ahogue en el olvido. Nosotras estamos aquí, respirando.
Regresó con Remedios y se sentó a su lado.
—Ya no hay fantasmas, abuela. Solo nosotros.
EPÍLOGO: CINCO AÑOS DESPUÉS
Sofía Guadalupe Montemayor cumplía doce años. Ya no era una niña, estaba entrando en la adolescencia. Era alta, inteligente y tenía un carácter que era una mezcla peligrosa de la terquedad de Doña Remedios y la astucia empresarial de Alejandra.
Estaban en el aeropuerto.
—¿Llevas el pasaporte? ¿El suéter? ¿Las medicinas de la abuela? —preguntaba Alejandra, revisando todo por décima vez.
—Sí, mamá, tranquila. No nos vamos a Marte, nos vamos a Disney —respondió Sofía rodando los ojos, típico gesto adolescente.
Doña Remedios iba en una silla de ruedas eléctrica moderna que manejaba con la destreza de un piloto de carreras, esquivando turistas.
—¡Apurémonos, que quiero ver al ratón ese! —gritaba la anciana, que a sus casi ochenta años tenía más vitalidad que muchos de veinte.
Alejandra las miró avanzar hacia la puerta de embarque.
La vida no había sido perfecta. Habían tenido sus enfermedades, sus pleitos, sus días malos. Alejandra había tenido que trabajar duro para mantener la empresa y la fundación. Había tenido que aprender a ser madre soltera de una preadolescente. Había tenido que cuidar los achaques de Remedios.
Pero cada noche, al llegar a casa, había paz.
No la paz del silencio vacío de antes. Sino la paz ruidosa de una familia real.
Antes de cruzar la puerta de seguridad, Sofía se detuvo y miró hacia atrás.
—¿Vienes, ma?
Alejandra sonrió.
Recordó aquel día en la carretera, sedienta, desesperada, pidiendo un vaso de agua fría. Si alguien le hubiera dicho que ese vaso de agua le costaría su matrimonio, su estatus y su vida anterior, pero le daría esto… lo habría pagado mil veces.
—Sí, mi amor —respondió Alejandra, caminando hacia ellas—. Voy justo detrás de ti. Siempre detrás de ti.
Cruzaron el umbral juntas, dejando atrás las sombras de México para volar hacia nuevas memorias. Y aunque volaran lejos, siempre llevarían consigo la lección de La Esperanza: que incluso en la tierra más seca, si se riega con amor, pueden nacer las flores más resistentes.
FIN