
CAPÍTULO 1: EL PURGATORIO EN LA CARRETERA FEDERAL
La espiral de la vieja parrilla eléctrica parpadeaba con un rojo agónico e intermitente, luchando por mantenerse encendida, como si, al igual que todo en esa maldita fonda de carretera, se resistiera a seguir funcionando un día más. No era solo una estufa vieja; era un monumento a la decadencia. Cada vez que la resistencia zumbaba, sonaba como un insecto moribundo atrapado en ámbar, un sonido que se te metía en los dientes.
El aire dentro de la cocina del “Palacio del Sabor” —un nombre tan pretencioso que parecía un chiste de mal gusto— era una mezcla asfixiante y densa. Olía a manteca quemada de hace una semana, a cebolla rancia, a humedad que se filtra por las paredes y a esa desesperanza pegajosa que solo se encuentra en los lugares olvidados por Dios a la orilla de la carretera federal México-Puebla. Afuera, el rugido constante de los tráileres de doble remolque hacía vibrar los cristales sucios de las ventanas, levantando nubes de polvo que se colaban por las rendijas, cubriéndolo todo con una fina capa de tierra gris.
Valentina estaba de pie frente a la mesa de trabajo, una tabla de madera llena de tajos profundos y cicatrices de cuchillos que habían pasado por ahí durante décadas. Llevaba un delantal que alguna vez, quizás en otra vida, fue blanco, pero que ahora lucía un gris percudido, manchado de salsa guajillo y grasa, un mapa de la miseria en la que vivía. Se ajustó el trapo que llevaba en la cabeza para ocultar la parte izquierda de su cuello y su mejilla, sintiendo el sudor correr por su espalda como una gota fría.
Frente a ella, sobre la mesa, yacía el pescado. Lo acababa de sacar de una hielera de unicel rota que goteaba agua tibia al suelo. Apenas se reconocía que era un huachinango. El pobre animal la miraba con su único ojo nublado, una mirada muerta, lechosa y resignada que encajaba perfectamente con ese lugar. Parecía decirle: “Ya valió madres, ¿verdad?”.
Valentina suspiró. Sus manos, rojas y agrietadas por el agua jabonosa y el cloro barato, acariciaron las escamas con una delicadeza que no pertenecía a ese lugar. Esas manos… esas mismas manos habían sostenido trufas negras en la Provenza, habían fileteado rodaballo con cuchillos japoneses de mil euros, habían sido besadas por críticos gastronómicos con estrellas Michelin. Ahora, sostenían un pescado de tercera para hacer un caldo que probablemente nadie agradecería.
De pronto, la puerta de vaivén de la cocina se abrió de un golpe brutal, azotando contra la pared descascarada y haciendo saltar a tres cucarachas que corrían por el marco de la puerta.
Entró Don Pedro. El dueño. El tirano.
Pedro era un hombre inmenso, una montaña de carne mal distribuida. Su barriga, tensa y redonda como un tambor, desafiaba la gravedad y colgaba peligrosamente sobre un cinturón de hebilla plateada con forma de herradura que parecía pedir auxilio a gritos. Su cara estaba permanentemente roja, inyectada de sangre, como si estuviera a punto de explotar por su propia bilis o por un infarto fulminante provocado por los chicharrones que desayunaba a diario.
—”¿Dónde chingados se metió esa inútil?” —bramó Pedro. Su voz era un trueno rasposo, cargado de flemas y desprecio. Escupió un poco de saliva al hablar mientras sus ojos pequeños y porcinos barrían la pequeña cocina buscando una víctima.
Al ver a Valentina encogida en su rincón, le apuntó con un dedo grueso como una salchicha de asar.
—”¡Tú! ¡Ponte las pilas, carajo! Se supone que sirves para algo más que estorbar y asustar a los clientes con esa cara de espanto, ¿no? ¡Órale, muévete, que no te pago para que te hagas pendeja mirando al pescado!”
Se acercó a ella con pasos pesados, haciendo retumbar el suelo de losetas rotas. Invadió su espacio personal sin ningún pudor, envolviéndola en una nube tóxica de olor a tabaco barato, loción “Siete Machos” y ese hedor agrio del sudor rancio de quien no se ha bañado bien en dos días.
Valentina se encogió instintivamente, un reflejo condicionado por meses de gritos y maltrato psicológico. Bajó la mirada, clavándola en las escamas plateadas del huachinango.
—”Ya estoy limpiándolo, Don Pedro…” —murmuró ella con voz ronca, apenas un susurro que se perdió entre el zumbido del refrigerador.
—”¡Más te vale!” —gruñó él, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. “Escúchame bien, ‘Llorona’, y abre bien las orejas porque no lo voy a repetir. Hoy no es un día cualquiera. ¿Oíste? No es día para tus pendejadas de siempre”.
Pedro se inclinó hacia ella, bajando la voz a un tono conspiratorio y amenazante, como si le fuera a revelar un secreto de estado.
—”Acaban de frenar afuera unas camionetas. De esas negras, blindadas, grandotas. Suburbans del año, güey. Bajaron unos tipos de traje, chilangos de dinero, de esos banqueros mamones que mueven la lana del país. Se sentaron en la mesa tres, la que tiene vista a la carretera, y ni pidieron la carta. El más viejo, uno con cara de que huele a mierda todo el tiempo, me dijo: ‘Queremos caldo de pescado y filete, pero lo queremos bien hecho. Estilo rico. Nada de tus porquerías de rancho grasosas'”.
Valentina sintió un escalofrío. No por miedo a cocinar, sino por la ironía. Ella sabía exactamente lo que esos hombres querían. Conocía ese lenguaje. Era el lenguaje de su vida anterior.
—”¿Y… y el Chef Rogelio?” —se atrevió a preguntar, aunque ya sabía la respuesta. Rogelio era el cocinero oficial de la fonda, un hombre que sabía freír milanesas y poco más, pero que al menos mantenía a Pedro alejado de ella.
Don Pedro soltó una risotada amarga que terminó en un ataque de tos seca y cavernosa.
—”¡No me hables de ese cabrón! ¡Ese borracho inútil lleva tres días perdido en el mezcal! Seguro anda tirado en alguna zanja de Tlaxcala o abrazado a una botella en el burdel del pueblo. ¡Me dejó tirado! ¡Tú eres lo único que queda en la trinchera, desgraciadamente!”
Pedro la agarró del hombro con fuerza, clavándole los dedos en la carne. Valentina contuvo un gemido de dolor.
—”Así que más te vale que te luzcas, ¿me oyes? No quiero excusas. Si esos señores se quejan, si devuelven un solo plato, si hacen una sola mueca de asco… te juro por mi santa madre que te vas a arrepentir. Te largo a la calle ahorita mismo, de noche y sin pagarte la quincena. ¡Y sabes perfectamente que nadie más te va a dar trabajo con esa facha de monstruo que te cargas!”
La crueldad de sus palabras flotó en el aire, densa y tóxica. Pedro sabía dónde golpear. Sabía que Valentina no tenía a nadie, que era una sombra huyendo de un pasado que ardía más que el fuego que le marcó la piel.
—”La puerta está ahí, muy grande y muy abierta” —remató Pedro, señalando la salida trasera que daba al basurero—. “Tú decides si quieres comer mañana o si quieres largarte a pedir limosna”.
Dicho esto, Pedro dio media vuelta, su enorme barriga rozando el borde de la mesa, y salió hecho una furia hacia el comedor, gritando: “¡Leo! ¡Leo, pendejo, tráeles las bebidas a los señores, muévete!”.
La puerta de la cocina volvió a azotarse, y el silencio cayó de nuevo, solo roto por el zumbido eléctrico y el lejano claxon de un camión.
Valentina se quedó inmóvil, respirando agitadamente. El calor era insoportable. Sentía que las paredes se cerraban sobre ella. Miró a su alrededor. Estantes oxidados. Frascos de mayonesa reutilizados llenos de especias que habían perdido su color hace años. Un bote de sal sin tapa donde seguramente habían caminado insectos. Un limón tan seco en la esquina que parecía una piedra pómez.
Era una burla. Todo esto era una broma cruel y macabra del destino.
Cerró los ojos un momento y, de repente, el olor a grasa rancia desapareció. Por un segundo, su mente viajó tres años atrás.
Aix-en-Provence. El sur de Francia.
El aire olía a lavanda, a tomillo fresco y a pan recién horneado sacado de un horno de leña. La luz del sol entraba suavemente por los ventanales de Le Papillon, su restaurante. Ella no era “la lavaplatos deforme”. Ella era Madame Valentina. Llevaba una filipina blanca inmaculada con su nombre bordado en hilo de oro.
Recordaba el tacto de los manteles de lino egipcio, tan suaves bajo sus dedos. El brillo de la cubertería de plata real que ella misma insistía en pulir a veces. El sonido de las copas de cristal de Baccarat chocando en un brindis elegante.
—“Chef, el Duque ha pedido felicitarla personalmente por el confit de pato” —le decía su sous-chef, un joven parisino talentoso que la miraba con admiración absoluta.
—“Dígale que saldré en un momento, Pierre” —respondía ella con una sonrisa segura, la sonrisa de una mujer que tiene el mundo a sus pies.
Su restaurante tenía lista de espera de tres meses. Los críticos gastronómicos de Le Monde y The New York Times viajaban en tren solo para probar su “Loup de Mer al hinojo salvaje”. Recordaba la portada de la revista Saveur: una foto de ella, hermosa, radiante, con el titular: “La Mexicana que conquistó el corazón y el paladar de Francia”.
Tenía fama. Tenía dinero. Y tenía a Jean-Luc.
Jean-Luc… Su esposo. El hombre alto, rubio, encantador, con esa sonrisa torcida que la derretía. Él administraba las finanzas. Él le juraba amor eterno cada noche bajo las sábanas de seda. “Eres mi musa, Valentina. Sin ti, no soy nada”, le decía.
Valentina abrió los ojos de golpe. La cocina sucia del “Palacio del Sabor” volvió a materializarse frente a ella, golpeándola con su realidad miserable.
Jean-Luc. El traidor.
La noche del incendio no fue un accidente. Ahora lo sabía, aunque no podía probarlo. El fuego se lo llevó todo. Cuando las llamas empezaron a devorar la cocina de Le Papillon, ella no corrió hacia la salida. Corrió hacia la oficina, intentando salvar los libros de recetas de su abuela, el único legado que tenía de su tierra veracruzana.
Fue ahí donde el techo cedió. Una viga ardiendo le rozó la cara, el cuello, el hombro. El dolor fue blanco, absoluto, un grito que se tragó su conciencia.
Despertó semanas después en un hospital de Marsella, vendada como una momia, drogada con morfina. Y cuando preguntó por Jean-Luc, solo encontró silencio.
Los abogados llegaron después.
—“Madame, el seguro ha sido cobrado. La transferencia se hizo a una cuenta en las Islas Caimán hace dos días. Su esposo… no aparece”.
Se lo llevó todo. El dinero del seguro, los ahorros, la dignidad. Y le dejó las deudas. Deudas millonarias por negligencia criminal, acusaciones de haber provocado el incendio ella misma.
Valentina huyó. No tuvo opción. Con el rostro desfigurado y el alma rota, regresó a México escondiéndose como una criminal. Intentó buscar trabajo en la Ciudad de México, en los grandes restaurantes de Polanco y la Roma.
—“Tu currículum es impresionante, Valentina, pero…” —decían los gerentes de Recursos Humanos, desviando la mirada de su cicatriz—. “Buscamos una imagen diferente para nuestra cocina abierta. Quizás en el área de lavado… o en el turno de noche donde nadie te vea”.
La humillación fue peor que el fuego.
Terminó aquí. En esta carretera perdida, trabajando por menos del salario mínimo, aguantando los gritos de un cerdo como Don Pedro solo para tener un techo de lámina donde dormir y algo que comer.
—”¡Muévete, chingada madre!” —el grito de Pedro desde el salón la sacó de sus recuerdos.
Valentina miró sus manos. Temblaban ligeramente.
Pero entonces, miró el pescado.
No era el rodaballo de Francia. Era un huachinango triste de Veracruz.
Pero era comida. Y ella… ella seguía siendo una cocinera.
Respiró hondo. El aire caliente le quemó la garganta, pero esta vez, encendió algo más dentro de ella. Una chispa.
No iba a cocinar para Don Pedro. No iba a cocinar para esos banqueros arrogantes.
Iba a cocinar para demostrarse a sí misma que el fuego no lo había quemado todo.
Agarró el cuchillo. Ya no temblaba. Su postura cambió. Enderezó la espalda, ignorando el dolor de las viejas quemaduras.
—”Está bien, cabrones” —susurró en español, con ese acento fuerte de su tierra que había recuperado—. “Quieren comer bien. Pues van a comer como nunca en su perra vida”.
Se acercó a la estufa vieja. Giró la perilla. La espiral roja brilló con más fuerza, reflejándose en sus ojos. La batalla había comenzado.
CAPÍTULO 2: ALQUIMIA ENTRE LAS CENIZAS
Valentina exhaló un suspiro largo y tembloroso, expulsando el aire viciado de la cocina como si con él pudiera sacar también el miedo que se le había incrustado en los huesos durante los últimos tres años. Abrió los ojos. Ya no eran los ojos de una mujer derrotada; había un brillo febril en ellos, una chispa antigua que el fuego del accidente no había logrado consumir del todo.
El “Palacio del Sabor” desapareció de su mente. Las paredes manchadas de grasa, el techo con humedad, el zumbido de las moscas… todo se desvaneció en un segundo plano borroso. Ahora, su universo se reducía a la tabla de picar, el fuego y los ingredientes.
—”Muy bien, ma chérie… vamos a bailar” —susurró, mezclando inconscientemente el idioma de su pasado glorioso con la determinación de su presente brutal.
Tomó el cuchillo cebollero. Era una hoja barata, de acero inoxidable de mala calidad, con el mango de plástico negro astillado. “Una vergüenza para cualquier chef”, pensó. Pero sus manos, esas manos llenas de cicatrices y callos, se cerraron alrededor de la empuñadura con una familiaridad aterradora. Lo pasó dos veces por la piedra de afilar desgastada que guardaba en un cajón. Shhhk, shhhk. El sonido fue metálico, agresivo, una declaración de guerra.
Volvió su atención al pescado. El huachinango.
Ya no lo veía con lástima. Ahora lo veía con respeto clínico. Con un movimiento fluido, casi invisible, deslizó el cuchillo desde la cola hasta la cabeza. Las escamas saltaron como pequeñas monedas de plata, pero ninguna cayó al suelo; Valentina trabajaba con una limpieza obsesiva. Hizo una incisión precisa en el vientre, retirando las vísceras con un solo tirón limpio, sin romper la hiel, sin manchar la carne blanca.
En cualquier otra fonda, la cabeza y el espinazo del pescado habrían ido directo al bote de basura, comida para los gatos callejeros. Pero Valentina sabía que ahí, en esos “desperdicios”, residía el alma del sabor.
—”Aquí no se tira nada” —masculló.
Encendió la hornilla más grande de la vieja estufa. La llama salió amarilla y débil, tosiendo gas. Valentina maldijo por lo bajo en francés —“Putain de merde”— y ajustó la válvula con un golpe seco hasta que logró una llama azul, decente. Colocó una olla grande, abollada por años de maltrato, y esperó a que se calentara. No le puso aceite de inmediato. Esperó hasta que el metal casi humeaba.
Entonces, echó las cabezas y las espinas del pescado.
¡Tsssss!
El sonido fue violento, satisfactorio. El aroma a mar tostado golpeó el aire al instante. No era olor a pescado podrido; era el olor de la proteína caramelizándose, el principio de la magia. Valentina se movía rápido, ignorando el dolor en su pierna (las varices de estar parada diez horas al día) y el ardor en la piel cicatrizada de su cuello debido al calor de la estufa.
Necesitaba aromáticos. Miró a su alrededor con desesperación controlada. La despensa de Don Pedro era un chiste: sacos de arroz barato, frijoles con gorgojo y latas de chiles en vinagre.
—”Piensa, Valentina, piensa. Eres Valentina de la Rosa. Has cocinado banquetes con menos que esto en medio de huelgas de proveedores en París”.
Corrió hacia la caja de verduras “de desecho” que estaba bajo el fregadero. Ahí iban a parar las cosas que ya no servían para las ensaladas de los camioneros. Rebuscó con frenesí.
Encontró una cebolla blanca que estaba blanda por fuera, casi podrida. La tomó. Con el cuchillo, eliminó las capas exteriores babosas hasta llegar al corazón: blanco, firme, picante.
—”Sirves” —dijo.
Encontró unos tallos de apio que ya no tenían hojas y parecían cuerdas viejas. Los olió. Todavía tenían vida.
—”Adentro”.
Y ajos. Una cabeza de ajos vieja, con los dientes ya brotando tallos verdes. Perfectos. No los peló. Simplemente los aplastó con el lado plano del cuchillo, ¡Pum!, rompiendo su estructura para liberar los aceites esenciales.
Echó todo a la olla junto con las espinas tostadas. El aroma cambió. Ya no era solo mar; ahora era tierra, huerto, hogar.
Pero faltaba algo. Faltaba el alma. El “Palacio del Sabor” no tenía vino blanco Chardonnay, ni Pernod, ni Brandy para flambear.
La puerta de la cocina se abrió tímidamente, interrumpiendo su trance.
Era Leo.
Leonardo, o “Leo”, era el mesero nuevo. Un chico de apenas 18 años, flaco como un fideo, con el uniforme de mesero (un chaleco negro que le quedaba tres tallas grandes) colgándole de los hombros huesudos. Tenía cara de niño asustado y ojos grandes que siempre parecían estar pidiendo disculpas por existir.
—”Doña Vale…” —susurró Leo, asomando apenas la cabeza, como si temiera que Don Pedro estuviera escondido detrás de la estufa—. “El patrón… Don Pedro está que se lo lleva el diablo. Dice que si ya mero está la comida. Los señores de las camionetas están revisando sus relojes. Tienen relojes de oro, Doña Vale, de esos que cuestan más que mi casa”.
Valentina no se giró. Seguía removiendo el fondo de pescado con una cuchara de madera, concentrada en raspar el fondo de la olla para levantar el fond, lo quemadito que da sabor.
—”Dile que se espere, Leo” —dijo ella con una voz que el chico no reconoció. No era la voz sumisa de la mujer que lavaba los platos en silencio. Era una voz de mando—. “La comida sale cuando yo diga que sale, no cuando sus relojes de oro lo digan”.
Leo parpadeó, confundido.
—”Pero… Doña Vale, Don Pedro me va a madrear si le digo eso”.
Valentina se giró bruscamente. El sudor le pegaba el cabello a la frente, y la luz cruda del neón acentuaba la cicatriz roja que le cruzaba la mejilla y el cuello. Por un momento, parecía una bruja de cuento. Pero sus ojos… sus ojos eran de una generala en plena batalla.
—”Escúchame, chamaco” —dijo Valentina, acercándose a él. Leo retrocedió un paso, intimidado—. “Necesito que me ayudes. Si quieres que esos tipos no se levanten y se vayan, y si quieres que Pedro no nos corra a los dos esta noche, necesito que consigas cosas. Ahora”.
Leo tragó saliva y asintió frenéticamente.
—”¿Qué… qué necesita?”
—”Vino. Necesito vino blanco. Seco. No me traigas esa porquería de sidra dulce que venden para Navidad”.
Leo abrió los ojos como platos.
—”¡No manches, Doña Vale! Aquí no vendemos vino. Puro trago corriente, tequila y cerveza”.
—”Piensa, Leo. Piensa” —le urgió ella, chasqueando los dedos—. “¿No sobró nada de la fiesta de fin de año del diputado? ¿Esa que hicieron en el privado hace seis meses?”
La cara de Leo se iluminó.
—”¡Ah, sí! Creo que… creo que Don Pedro guardó una botella que dejaron a medias en su oficina. La tiene escondida detrás de los libros de contabilidad”.
—”Ve por ella. Róbatela si es necesario. Que no te vea”.
—”Pero si me cacha…”
—”Si no la traes, estamos muertos de todos modos. ¡Corre!” —gritó Valentina, y el chico salió disparado como si tuviera cohetes en los zapatos.
—”¡Y un limón!” —le gritó ella antes de que la puerta se cerrara—. “¡Un limón que no esté podrido! ¡Arráncalo del árbol de la vecina si hace falta!”
Valentina volvió a la olla. El fondo estaba seco. Necesitaba líquido urgentemente para detener la cocción y crear el caldo. Agarró una jarra de agua purificada y la vertió. El vapor subió en una nube blanca y densa que le envolvió la cara. Inhaló profundamente.
Ahí estaba. La base. Pero era plana. Le faltaba acidez, le faltaba misterio.
Empezó a rebuscar en los estantes superiores, esos que nadie tocaba nunca porque estaban llenos de telarañas. Movió latas oxidadas de puré de tomate del año pasado. Tosió por el polvo.
Detrás de una caja de maicena vieja, encontró un pequeño frasco de vidrio, sucio por fuera. Lo tomó y limpió la etiqueta con el dedo húmedo.
Sus ojos se abrieron. El corazón le dio un vuelco.
Era azafrán.
No azafrán real de La Mancha, por supuesto. Era una marca barata, “Tipo Azafrán”, probablemente colorante con un poco de estigmas reales. Pero al abrirlo, el olor inconfundible, metálico y floral, todavía estaba ahí. Alguien, quizás un cocinero ambicioso que pasó por aquí hace años antes de rendirse, lo había dejado olvidado.
—”Dios aprieta pero no ahorca” —susurró Valentina, sintiendo una lágrima de emoción picarle en el ojo.
La puerta se abrió de nuevo. Leo entró derrapando, jadeando como un perro tras una liebre. Traía una botella de vino verde polvorienta apretada contra el pecho y dos limones verdes, brillantes y duros en la otra mano.
—”¡Lo tengo! ¡Lo tengo!” —jadeó—. “El patrón estaba en el baño. Entré y salí de volada”.
Valentina le arrebató la botella. Era un Sauvignon Blanc chileno, barato, abierto hace meses y vuelto a tapar con el corcho al revés. Lo olió. Estaba un poco oxidado, picado, pero conservaba la acidez.
—”Perfecto. Eres un genio, Leo”.
El chico se sonrojó hasta las orejas. Nadie le había dicho genio en su vida.
—”¿Y ahora qué, jefa?” —preguntó, y la palabra “jefa” salió de su boca con naturalidad, reemplazando el “Doña Vale”.
—”Ahora observa y aprende, porque no lo voy a repetir”.
Valentina vertió un chorro generoso de vino en la olla hirviendo. El alcohol se evaporó al instante, golpeando sus narices. Luego, agregó el agua necesaria. Bajó el fuego.
Mientras el caldo burbujeaba suavemente (blop, blop, blop), Valentina tomó los filetes de huachinango que había reservado.
En Le Papillon, ella los habría cocinado sous-vide o pochados en mantequilla clarificada. Aquí, no tenía nada de eso. Pero tenía algo mejor: el instinto mexicano.
—”Leo, pásame esa rama de epazote que vi tirada en la mesa de entrada. La que trajiste para el té de tu abuela”.
—”¿El epazote? Pero eso es para los frijoles, Doña Vale. O para el dolor de panza”.
—”Dámela”.
Valentina lavó las hojas verde oscuro, de olor penetrante y gasolina, tan característico de México. En Francia usaba estragón. Aquí usaría epazote. Era arriesgado. Si se pasaba, sabría a medicina. Si ponía lo justo, sería un perfume exótico que esos banqueros jamás habrían probado en sus viajes a Europa.
Echó dos hojas al caldo, junto con una pizca del azafrán polvoriento.
El líquido comenzó a teñirse de un oro pálido, hermoso.
—”Pruébalo” —ordenó Valentina, metiendo una cuchara y ofreciéndosela a Leo.
El chico dudó. Miró el líquido amarillento con desconfianza.
—”¿A poco sí sabe chido?”
—”Pruébalo”.
Leo sorbió tímidamente.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se quedó quieto un segundo, saboreando.
—”No… no manches…” —murmuró, mirando a Valentina como si fuera una extraterrestre—. “Esto sabe… sabe a mar, pero… pero rico. Como cuando fuimos a Veracruz de vacaciones hace cinco años, pero mejor. No sabe a pescado muerto. Sabe… limpio”.
Valentina sonrió. Una sonrisa torcida por la cicatriz, pero genuina.
—”Se llama Fumet, Leo. Y es la base de todo. Ahora, pásame el colador. Rápido”.
Filtraron el caldo, separando las espinas y las verduras recocidas, dejando solo el “oro líquido”. Valentina volvió a poner el caldo limpio al fuego.
Ahora venía el toque final.
En una sartén aparte, puso un poco de aceite (el menos quemado que encontró). Cuando estuvo humeando, colocó los filetes de pescado por el lado de la piel.
¡Tsssss!
La piel se contrajo y se doró al instante, volviéndose crujiente como una galleta. Valentina contó mentalmente los segundos. Uno, dos, tres… treinta.
Le dio la vuelta. La carne estaba blanca, nacarada, jugosa.
Sacó el pescado y lo puso en los platos hondos. No eran platos de porcelana fina; eran platos de cerámica gruesa, despostillados en las orillas, con dibujos de florecitas cursis.
—”Qué platos tan horribles” —pensó ella—. “Pero el contraste será mejor”.
Sirvió el caldo dorado y humeante alrededor del pescado, con cuidado de no mojar la piel crujiente. El aroma llenó la cocina por completo, desplazando el olor a grasa vieja. Ahora olía a restaurante de lujo, a brisa marina, a azafrán y epazote.
Cortó unas rodajas finísimas del limón que trajo Leo y las colocó decorando, junto con una hoja fresca de cilantro que rescató de un manojo.
Se limpió las manos en el delantal. Respiró hondo. El corazón le latía en la garganta.
Eran las ocho en punto.
La puerta se abrió de golpe y Don Pedro entró, rojo como un tomate a punto de reventar.
—”¡Ya se están levantando! ¡Dicen que ya se van! ¡Maldita sea, Valentina, te dije que…!”
Pedro se calló de golpe.
Su nariz se movió, olfateando el aire como un sabueso confundido.
—”¿Qué… qué es ese olor?” —preguntó, bajando la voz. No olía a la “sopa de pescado” grasosa y roja que él solía servir. Olía… caro.
Valentina señaló los seis platos alineados en la mesa de servicio.
—”Están listos, Pedro. Que Leo los lleve. Con cuidado”.
Pedro se acercó a los platos. Los miró con desconfianza. El caldo transparente, el pescado perfecto, el toque verde. Parecía comida de revista, servida en sus platos corrientes.
—”¿Qué chingados es esto? Parece agua sucia” —gruñó, aunque sin mucha convicción, porque el olor le decía lo contrario.
—”Es lo que pidieron” —dijo Valentina con frialdad—. “Si no les gusta, me corres. Pero que salgan ya”.
Pedro miró a Leo.
—”¡Órale, pendejo! ¡Llévatelos! Y si se les cae una gota, te lo cobro”.
Leo cargó la charola enorme con un equilibrio precario. Le temblaban los brazos, no por el peso, sino por la responsabilidad. Salió de la cocina.
Valentina y Pedro se quedaron solos. El silencio era denso.
Pedro la miró de reojo, evaluándola, tratando de encontrar una falla.
—”Más te vale que se lo coman” —amenazó, pero se quedó pegado a la puerta, espiando por la ventanilla redonda de cristal sucio hacia el comedor.
Valentina se recargó en la mesa, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bajar, dejándola temblando. Se miró las manos. Estaban manchadas de azafrán y carbón.
Lo había hecho. Había cocinado. De verdad.
Por primera vez en tres años, no se sintió como una víctima quemada. Se sintió como ella misma.
Pedro, pegado al cristal, empezó a narrar lo que veía, casi para sí mismo.
—”Ya llegaron… se los puso en la mesa… El de pelo blanco está mirando el plato… pinche viejo mamón, tiene cara de que va a vomitar…”
Valentina cerró los ojos, apretando los dientes.
—”Agarró la cuchara… la metió… la olió primero… Uy, hizo una jeta rara…”
El corazón de Valentina se detuvo un instante.
—”Se la metió a la boca…” —Pedro hizo una pausa larga, angustiante.
Valentina contuvo la respiración. En su mente, escuchaba el veredicto: “¡Asqueroso! ¡Llamen al gerente!”. Se imaginaba saliendo por la puerta trasera con su bolsa de plástico con ropa, caminando sola por la carretera oscura bajo la lluvia.
—”¡No mames!” —exclamó Pedro de repente, pegando la cara al vidrio hasta aplastar su nariz.
Valentina abrió los ojos.
—”¿Qué? ¿Qué pasó?”
—”Se… se quedó quieto. El viejo se quedó quieto. Tiene los ojos cerrados”.
—”¿Está… está bien?”
—”No sé, parece que le dio el tramafat… ¡Ah, no! ¡Espera! Está… le está diciendo algo a los otros. Les está señalando el plato”.
Pedro se giró hacia Valentina, con una expresión de desconcierto total en su cara sudorosa.
—”Se lo están tragando, Valentina. ¡Se lo están tragando como si no hubieran comido en una semana! El gordo de la esquina ya se acabó el suyo y está agarrando el pan para limpiar el plato”.
Valentina soltó el aire que tenía contenido. Sus rodillas flaquearon y tuvo que sostenerse del borde de la mesa.
No fue alivio lo que sintió. Fue reivindicación.
Fue la confirmación de que el fuego le había quitado la belleza, le había quitado el dinero, le había quitado al marido… pero no le había quitado el don. Eso era suyo. Intocable.
—”Pues ahí está tu comida ‘estilo rico’, Pedro” —dijo ella, recuperando la compostura y volviendo a lavar los trastes sucios como si nada hubiera pasado—. “Ahora déjame terminar mi turno”.
Pero la noche apenas comenzaba. Pedro seguía mirando por la ventana, y su cara cambió de sorpresa a codicia.
—”Oye… oye, ‘Llorona’. El viejo se está levantando. Viene para acá. Viene hacia la cocina”.
Valentina se heló.
—”¿Qué?”
—”Que viene para acá, te digo. ¡Y viene con cara de pocos amigos! ¡Seguro encontró un pelo o una espina! ¡Te dije que tuvieras cuidado, maldita sea!” —Pedro entró en pánico instantáneo, volviendo a su modo agresivo—. “¡Si me hace un pedo, tú tienes la culpa! ¡Tú!”
La puerta de la cocina se abrió.
No era Leo.
Era el hombre de cabello plateado. El traje impecable de Hugo Boss contrastaba violentamente con la grasa de las paredes. Detrás de él, se asomaban los rostros curiosos de los otros comensales.
El hombre se detuvo en el umbral. Sus ojos azules, inteligentes y agudos, barrieron la cocina, ignorando a Pedro que balbuceaba excusas, hasta posarse en la figura encorvada de Valentina junto al fregadero.
—”¿Quién?” —preguntó el hombre con una sola palabra, suave pero autoritaria.
Pedro se adelantó, temblando.
—”Señor, mil disculpas si algo no estaba bien, esta mujer es solo la lavaplatos, yo…”
—”Cállese” —dijo el hombre sin mirarlo. Dio un paso hacia Valentina—. “Le he preguntado quién cocinó ese fumet“.
Valentina se secó las manos en el delantal sucio y se giró lentamente para encararlo. Sabía que su rostro causaría repulsión. Siempre lo hacía.
Levantó la cara. La luz le dio de lleno en la cicatriz.
El hombre no hizo mueca de asco. Al contrario. Entrecerró los ojos, como si estuviera resolviendo un rompecabezas imposible. Olfateó el aire de la cocina, detectando el rastro fantasma del azafrán y el epazote.
—”Esa técnica…” —murmuró el hombre, avanzando hasta quedar a un metro de ella—. “Esa reducción… la piel crujiente sobre el caldo sin mojarla…”
Valentina sostuvo su mirada, desafiante y vulnerable a la vez.
—”La piel se debe mantener seca hasta el último momento, Monsieur, para aportar textura” —dijo ella, su francés saliendo fluido, impecable, oxidado pero elegante.
El hombre jadeó audiblemente. Se llevó una mano a la boca.
—”Esa voz… esos ojos…” —dio un paso más, incrédulo—. “En 2018. Aix-en-Provence. Restaurante Le Papillon. Filete de rodaballo con costra de almendras y salsa de vainilla. Yo estuve ahí. Fue la mejor cena de mi vida”.
El silencio en la cocina era absoluto. Hasta el zumbido de la estufa parecía haberse detenido. Pedro miraba de uno a otro con la boca abierta, sin entender nada.
—”¿Madame Valentina?” —preguntó el hombre, con un tono de reverencia que hizo temblar las paredes de lámina.
Valentina sintió que las lágrimas, esas que había contenido durante tres años de infierno, finalmente se desbordaban. Asintió levemente.
—”Sí. Soy yo”.
El hombre sonrió. Una sonrisa amplia, genuina. Y entonces, hizo algo impensable. En medio de esa cocina sucia, llena de grasa y cucarachas, el millonario de la Ciudad de México juntó sus palmas y comenzó a aplaudir.
Clap. Clap. Clap.
Un aplauso lento, sonoro, lleno de respeto.
Desde la puerta, sus socios se unieron. Y luego Leo, emocionado sin saber por qué, también aplaudió.
Valentina de la Rosa, la “Llorona”, la lavaplatos deforme, estaba de pie entre la basura, recibiendo la ovación que la vida le debía.
Y Don Pedro, el tirano, se empezó a hacer muy, muy pequeño en su propia cocina.
CAPÍTULO 3: EL CONTRATO DE LAS CENIZAS Y EL FINAL DEL TIRANO
El sonido de los aplausos en aquella cocina miserable era algo surrealista, casi alucinatorio. No sonaba como una ovación en un teatro de ópera, ni como el bullicio de un estadio. Sonaba seco, íntimo y pesado, rebotando contra los azulejos grasientos y las ollas abolladas. Era el sonido de la verdad abriéndose paso entre toneladas de mentiras y mugre.
Valentina permanecía inmóvil, con las manos todavía húmedas y manchadas de carbón, apretadas contra su delantal sucio. Sentía que el suelo de cemento se tambaleaba bajo sus pies desgastados. ¿Era real? ¿O era un sueño febril provocado por el calor de la estufa y el agotamiento crónico?
El hombre de cabello plateado, aquel que había iniciado el aplauso, dejó de batir las palmas lentamente, pero su mirada no se apartó de ella ni un segundo. Había un brillo de reconocimiento en sus ojos, una mezcla de admiración y de algo que Valentina no había visto en años: respeto profesional.
Don Pedro, por otro lado, parecía un animal acorralado. Su cara roja pasaba por una gama de colores enfermizos, del púrpura de la ira al pálido del miedo financiero. Sus ojos porcinos iban de los trajes impecables de los banqueros a la figura encorvada de Valentina, tratando de calcular cuánto dinero le costaría este malentendido o, en su mente retorcida, cuánto dinero podría sacar de él.
—”Caballeros, caballeros…” —intervino Pedro, con una risa nerviosa que sonó como el chillido de una rata—. “Veo que les gustó el caldito. Ya les decía yo, aquí en el ‘Palacio del Sabor’ cuidamos la calidad. Esta mujer… Valentina, es una de mis… eh… colaboradoras más leales. Yo mismo la entrené, ¿saben? Le enseñé a manejar los tiempos, a no desperdiciar…”
El hombre de cabello plateado levantó una mano, un gesto imperioso y elegante que cortó el aire y silenció a Pedro al instante. Ni siquiera lo miró. Su atención seguía fija en la mujer cicatrizada.
—”Valentina” —dijo el hombre, dando un paso más hacia ella, ignorando el charco de agua sucia en el suelo que amenazaba sus zapatos italianos de piel—. “Permítame presentarme adecuadamente. Soy Alejandro Vargas. Quizás no reconozca mi nombre, pero yo soy dueño de Grupo Horizonte. Hoteles, resorts, y ahora… un proyecto gastronómico que lleva dos años estancado porque no encontrábamos el corazón del lugar”.
Valentina tragó saliva. Su garganta se sentía como papel de lija.
—”Señor Vargas…” —su voz salió rasposa, pero firme. El francés había desaparecido, volviendo a su español nativo—. “Yo… yo no soy chef. Ya no. Solo soy la lavaplatos de este lugar. Lo que usted probó fue… suerte”.
—”¿Suerte?” —Alejandro soltó una carcajada suave—. “La suerte no reduce un fumet a la perfección. La suerte no sabe equilibrar la agresividad del epazote con la sutileza del azafrán. Eso, Madame, no es suerte. Eso es maestría. Eso es dolor convertido en arte”.
Alejandro se metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una tarjeta de presentación. Era negra, mate, con letras doradas en relieve. Parecía pesar una tonelada.
—”Voy a ser directo, Valentina. No me ando con rodeos. Estamos abriendo ‘Obsidiana’. Será el restaurante insignia de la Torre Reforma en la Ciudad de México. Piso 50. Vista a todo el valle. Queremos recuperar la cocina mexicana, pero no la de los libros de texto, sino la que tiene alma, la que cuenta una historia de resurrección”.
Hizo una pausa, mirando la cicatriz de Valentina sin morbo, sino como quien lee un mapa.
—”He entrevistado a veinte chefs. Jóvenes, arrogantes, llenos de tatuajes y con títulos de escuelas suizas. Todos cocinan perfecto. Todos cocinan aburrido. Ninguno ha sufrido lo suficiente para entender lo que es la comida de verdad. Usted… usted tiene el fuego en la cara y en las manos”.
Pedro, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos y que los millones se esfumaban, se lanzó al ruedo con la desesperación de un vendedor de autos usados. Se interpuso físicamente entre Alejandro y Valentina, inflando el pecho.
—”¡Oiga, don Alejandro! ¡Qué propuesta tan interesante! ¡Qué honor para mi humilde establecimiento!” —Pedro sudaba a chorros—. “Mire, Valentina es como de mi familia. Yo la recogí cuando nadie le daba ni un vaso de agua. Tiene un contrato conmigo, ¿sabe? Un contrato… eh… verbal, muy estricto. Si usted la quiere para su restaurante allá en la capital, tenemos que negociar su traspaso. Como en el fútbol, ¿no? Jaja. Y ya que estamos en eso, hablemos del terreno. Mi terreno es clave para su fábrica, y si me compran el restaurante, les incluyo a la cocinera en el paquete. ¿Qué le parece? Unos cinco milloncitos por todo y cerramos trato ahorita mismo”.
El silencio que siguió a las palabras de Pedro fue absoluto. Fue un silencio frío, cortante, que bajó la temperatura de la cocina diez grados.
Alejandro Vargas bajó la mirada lentamente hasta encontrar los ojos de Pedro. Lo miró como se mira a un insecto que acabas de pisar y que manchó tu suela.
—”¿Traspaso?” —repitió Alejandro, con una voz tan suave que resultaba aterradora—. “¿Usted cree que esta mujer es una propiedad? ¿Un mueble que puede vender junto con sus estufas oxidadas?”
—”Pues… pues es mi empleada. Yo le doy de tragar. Sin mí se muere de hambre” —balbuceó Pedro, perdiendo la confianza por segundos.
Alejandro se giró hacia sus socios, que observaban la escena con los brazos cruzados, apoyando a su líder como una manada de lobos silenciosos.
—”Señores” —dijo Alejandro—, “¿Recuerdan el plan original de comprar este terreno para el centro logístico?”
—”Sí, señor” —respondió uno de los hombres.
—”Cancélenlo”.
Pedro palideció.
—”¿Qué? ¡No, no, espere! ¡Podemos bajar el precio! ¡Cuatro millones! ¡Tres y medio!”
Alejandro lo ignoró y volvió a mirar a Valentina.
—”Valentina, tengo una oferta para usted. Le ofrezco el puesto de Chef Ejecutiva de Obsidiana. Salario base de ciento cincuenta mil pesos mensuales, más bonos por desempeño y porcentaje de las ganancias. Además, el grupo le proporcionará un departamento en la Condesa y un seguro médico de cobertura total, que incluye a los mejores cirujanos plásticos reconstructivos del país, si usted decide que quiere usarlos. Si no, no importa. Su cara es su historia”.
Se escuchó un jadeo colectivo. Leo, el mesero, que seguía en la puerta abrazando la charola vacía, soltó un “¡A la madre!” que se escuchó clarito.
Ciento cincuenta mil pesos. Valentina ganaba mil doscientos a la semana, y eso cuando Pedro no le descontaba por “romper platos” imaginarios.
Pedro sintió que le daba un infarto. Se agarró el pecho, boqueando.
—”¡Eso es un robo! ¡Me la está robando! ¡Ella no puede irse! ¡Me debe dinero! ¡Le presté para sus medicinas!” —gritó, mintiendo descaradamente.
Alejandro se giró hacia Pedro por última vez. Su expresión se endureció, convirtiéndose en piedra.
—”Cállese la boca. He visto sus libros contables mientras esperaba en la mesa. Los dejó abiertos en el mostrador. Usted no le paga el seguro social. Usted le paga por debajo del mínimo. Usted la tiene trabajando en condiciones de esclavitud moderna. Si quiere, puedo llamar ahora mismo a mi equipo legal y a la Secretaría del Trabajo. Le aseguro que le clausuran este chiquero antes de que salga el sol y usted termina en la cárcel por evasión fiscal y abuso laboral. ¿Quiere que haga la llamada?”
Pedro se encogió. Se hizo pequeño, diminuto. Su bravuconería se desinfló como un globo pinchado. Negó con la cabeza, temblando.
—”Y sobre su terreno…” —continuó Alejandro, implacable—. “No lo vamos a comprar. Mis socios acaban de revisar el catastro en sus teléfonos. El terreno de enfrente, el baldío cruzando la carretera, está en remate bancario. Lo compraremos por la mitad de lo que usted pide. Y ahí, justo enfrente de su nariz, construiremos el paradero más moderno de la autopista. Con baños limpios, seguridad, y un restaurante de comida rápida decente. Nadie, absolutamente nadie, volverá a detenerse en este nido de ratas. Su negocio está muerto, señor Pedro. Disfrute la quiebra”.
Fue el golpe final. La sentencia de muerte. Pedro se recargó contra la pared, deslizándose hasta quedar en cuclillas, derrotado, sudando frío.
Alejandro volvió a sonreír a Valentina, extendiéndole la mano.
—”¿Qué dice, Madame? ¿Nos vamos?”
Valentina miró la mano extendida. Era una mano cuidada, limpia. Miró sus propias manos, llenas de cicatrices, quemaduras y grasa.
Miró a Pedro, derrumbado en el suelo.
Miró la estufa vieja donde acababa de cocinar el mejor plato de su vida.
Lentamente, se desató el nudo del delantal gris y sucio. Se lo quitó, sintiendo que se quitaba una piel muerta, pesada y asfixiante. Lo dobló con una calma ceremoniosa y lo dejó caer sobre la mesa de trabajo, justo al lado del cuchillo barato.
—”Acepto” —dijo ella. Su voz sonó clara, resonante.
—”Excelente” —Alejandro asintió—. “El chofer la espera afuera. ¿Tiene cosas que recoger?”
—”Pocas” —respondió ella.
Valentina caminó hacia el pequeño cuarto trasero que Pedro le “rentaba” (descontándole del sueldo). Era un cubículo sin ventanas, con un colchón en el suelo y una caja de cartón como mesa de noche.
No tenía mucho. Un par de cambios de ropa desgastada. Una foto arrugada de sus padres, ya fallecidos. Y un pequeño libro de cuero, chamuscado en las orillas: el recetario de su abuela, lo único que salvó del incendio en Francia.
Metió todo en una bolsa de plástico de supermercado. No tenía maleta.
Al salir del cuarto, se encontró con Leo. El chico tenía los ojos llenos de lágrimas.
—”Doña Vale… ¿se va de a de veras?” —preguntó con la voz quebrada.
Valentina se detuvo. Le dolía dejar al chico. Era el único que la había tratado como a un ser humano en ese infierno.
—”Me voy, Leo. Y tú también deberías. No te quedes aquí viendo cómo se hunde el barco”.
Metió la mano en su bolsillo y sacó un billete de quinientos pesos que tenía escondido en el zapato para emergencias. Era todo su ahorro.
—”Toma. Vete a Puebla. Busca trabajo en el restaurante ‘El Mural’. Di que vas de parte de Valentina de la Rosa. Quizás no se acuerden de mí, pero si les dices que sabes hacer un fumet como te enseñé hoy, te darán una oportunidad”.
Leo tomó el billete, sollozando, y la abrazó. Un abrazo torpe, rápido, oliendo a sudor y a cariño.
—”Gracias, jefa. Gracias por todo”.
Valentina se separó suavemente y caminó hacia la salida.
Al pasar por la cocina, vio a Pedro todavía en el suelo. El tirano levantó la vista. Ya no había odio en sus ojos, solo un miedo profundo y patético.
—”Valentina…” —balbuceó—. “No me dejes así… somos… somos paisanos…”
Ella se detuvo. Lo miró desde arriba.
—”No somos nada, Pedro. Y te dejo una recomendación: limpia la trampa de grasa. Apesta”.
Empujó la puerta de vaivén y salió al comedor. Los socios de Alejandro la esperaban de pie. Le abrieron paso como si fuera la realeza.
Al salir del restaurante, el aire de la noche la golpeó. Hacía frío, pero ella sentía calor.
Frente a la fonda desvencijada, con su letrero de neón parpadeando y zumbando, había tres camionetas negras Suburban, brillantes, con los motores encendidos ronroneando suavemente.
Un chofer de uniforme corrió a abrirle la puerta trasera de la camioneta central.
Valentina dudó un segundo. Miró sus zapatos viejos y sucios.
—”Voy a ensuciar la alfombra” —dijo.
Alejandro, que venía detrás de ella, sonrió.
—”Valentina, esa camioneta es suya por hoy. Si quiere llenarla de lodo, hágalo. Se puede lavar. El talento no se compra, se cuida. Suba, por favor”.
Valentina subió. El interior olía a cuero nuevo y a aire acondicionado limpio. El asiento la abrazó. Era suave, cómodo, seguro.
La puerta se cerró con un sonido sólido, hermético, dejando fuera el ruido de la carretera y los gritos fantasmales de Pedro.
La caravana arrancó, levantando polvo, alejándose del “Palacio del Sabor”.
Valentina miró por la ventana polarizada. Vio cómo la fonda se hacía pequeña en la distancia, una mancha de luz triste en la inmensidad de la noche, hasta que desapareció en una curva.
Se recargó en el asiento y cerró los ojos.
Su mano tocó el pequeño libro de recetas chamuscado en su regazo.
—”Se acabó” —susurró—. “Se acabó el miedo”.
Alejandro, sentado frente a ella en el asiento contrario, le ofreció una botella de agua mineral fría.
—”Descanse, Valentina. El viaje a la ciudad es largo. Mañana empieza la verdadera batalla. Pero esta vez, tendrá un ejército a su lado”.
Valentina abrió los ojos y tomó la botella.
—”No tengo miedo a la batalla, Señor Vargas. Vengo del infierno. El fuego ya no me quema”.
La camioneta aceleró, devorando kilómetros de asfalto hacia la Ciudad de México, hacia las luces que brillaban en el horizonte como promesas de oro.
Atrás quedaba la “Llorona”.
Adelante, iba Valentina de la Rosa, la Chef que resurgió de sus propias cenizas para reclamar su trono.
PARTE 2: LA JUNGLA DE CRISTAL Y ACERO
CAPÍTULO 4: ESPEJOS ROTOS EN LA TORRE REFORMA
El viaje hacia la Ciudad de México fue un túnel de silencio cómodo y luces fugaces. Valentina, agotada por la adrenalina y años de mala alimentación, se quedó dormida apenas la camioneta tocó la autopista de cuota. Soñó con fuego, como siempre, pero esta vez el fuego no la quemaba; ella lo sostenía en sus manos, moldeándolo como si fuera caramelo caliente, creando esculturas de luz que la gente aplaudía.
Despertó cuando el movimiento suave del vehículo cambió por el frenado constante del tráfico capitalino. Abrió los ojos desorientada. Por la ventana polarizada, la ciudad se alzaba como un monstruo de mil cabezas brillantes. Rascacielos iluminados, ríos de luces rojas y blancas, anuncios espectaculares gigantes. Era un mundo ajeno al polvo y la mugre de la carretera federal.
—”Bienvenida a casa, Valentina” —dijo Alejandro Vargas, quien no había dormido. Estaba revisando correos en una tablet, iluminado por la luz azul de la pantalla—. “Llegamos en diez minutos a su hotel. Por esta noche se quedará en la suite presidencial del Hotel St. Regis. Mañana veremos lo de su departamento”.
Valentina se enderezó, sintiendo un nudo en el estómago. Miró su reflejo en el cristal oscuro de la ventanilla. Ahí estaba ella: el cabello grasoso recogido en un chongo deshecho, la ropa vieja y holgada que olía a fritanga, y la cicatriz… esa marca roja y rugosa que la luz de la calle hacía ver aún más profunda.
—”Señor Vargas…” —empezó a decir, con la voz temblorosa—. “No puedo entrar al St. Regis así. Míreme. Parezco una indigente. No me van a dejar pasar por la puerta principal”.
Alejandro apagó su tablet y la miró con seriedad.
—”Valentina, usted entra conmigo. Y en mi mundo, nadie le dice que no a mis invitados. Además…” —sonrió levemente—, “la elegancia es una actitud, no un vestido. Usted camine con la cabeza alta, como si fuera la dueña del lugar. Porque pronto, en cierto modo, lo será”.
La camioneta se detuvo frente a la entrada monumental del hotel en Paseo de la Reforma. Los botones, vestidos impecablemente, corrieron a abrir las puertas.
Al bajar, el aire frío de la ciudad la golpeó. Olía a lluvia y a gasolina.
Valentina bajó, aferrando su bolsa de plástico con sus pocas pertenencias como si fuera un salvavidas. Sintió las miradas.
Los botones, entrenados para ser discretos, no pudieron evitar abrir un poco más los ojos al verla bajar de la camioneta del dueño. Una mujer con ropa de tianguis y cara quemada, bajando junto al magnate Alejandro Vargas.
¿Era una broma? ¿Una obra de caridad?
Valentina sintió el impulso de agachar la cabeza, de esconderse tras su cabello. Era un reflejo de supervivencia aprendido en la fonda. Pero entonces recordó las palabras de Alejandro. Recordó el sabor de su fumet. Recordó el aplauso.
Enderezó la espalda. Levantó la barbilla, exponiendo su cicatriz a la luz de los candelabros del lobby.
Caminó.
Alejandro la guio hasta el elevador privado.
—”Descanse. Mañana a las 9:00 AM paso por usted. Iremos a la Torre. Tiene que conocer su cocina”.
Esa noche, Valentina no durmió en el colchón de plumas de ganso de la suite de lujo. Durmió en el sofá, acurrucada, porque la cama le parecía demasiado grande, demasiado suave, demasiado para ella. Se duchó tres veces, restregándose la piel hasta enrojecerla, tratando de quitarse el olor a grasa rancia de Don Pedro.
Al mirarse al espejo del baño, enorme y brutalmente iluminado, tocó su cicatriz.
—”Ya no eres una víctima” —se dijo a sí misma—. “Eres una guerrera. Y las guerreras tienen marcas”.
A la mañana siguiente, el mundo cambió de velocidad.
A las 7:00 AM, un equipo de estilistas y asistentes de vestuario tocó a su puerta. Enviados por Alejandro.
No la trataron con lástima, sino con eficiencia profesional. Le cortaron el cabello, limpiando las puntas quemadas y dándole forma, dejándolo suelto de un lado para enmarcar su rostro, sin tratar de ocultar la cicatriz, sino integrándola a su imagen.
Le dieron ropa. No un vestido de gala, sino ropa de trabajo de alta gama: pantalones negros de corte recto, una blusa de seda blanca, zapatos cómodos pero elegantes, y un abrigo color camello.
Cuando se vio en el espejo de cuerpo entero, apenas se reconoció.
Ahí estaba Madame Valentina. Un poco más vieja, un poco más marcada, pero con una mirada de acero que antes no tenía.
A las 9:00 AM, Alejandro la recogió.
Fueron directo a la Torre Reforma. El edificio era una aguja de cristal y concreto que desafiaba el cielo. Subieron al piso 50 en un elevador que te tapaba los oídos por la velocidad.
Las puertas se abrieron y Valentina contuvo el aliento.
El lugar estaba en obra negra, pero se veía la magnitud. Ventanales de piso a techo que mostraban toda la ciudad a sus pies: el Castillo de Chapultepec, el Ángel de la Independencia, los volcanes a lo lejos.
Había polvo de construcción, cables colgando y decenas de obreros trabajando.
Pero en el centro, como un altar, ya estaba instalada la cocina.
Era una bestia de acero inoxidable brillante. Hornos Convotherm de última generación, parrillas de inducción, una mesa de pase de granito negro de diez metros de largo, cámaras de refrigeración walk-in. Era más grande que todo el restaurante de Don Pedro junto.
—”Bienvenida a Obsidiana” —dijo Alejandro, extendiendo los brazos—. “Este es su laboratorio. Su escenario. Su campo de batalla”.
En medio de la cocina, había un grupo de personas esperando. Eran diez cocineros jóvenes, todos con filipinas blancas impecables, cuchillos propios y caras de arrogancia mal disimulada.
Eran el equipo preliminar que Alejandro había contratado. Egresados del Cordon Bleu, del Culinary Institute of America. Chicos y chicas “bien”, de familias acomodadas, que jugaban a ser chefs.
Al ver entrar a Valentina, el murmullo cesó.
Las miradas fueron una mezcla de curiosidad y rechazo. Vieron la cicatriz. Vieron que no era “una de ellos”. No tenía el porte de chef internacional de revista. Tenía el aire de alguien que ha pelado papas en el infierno.
Un joven alto, con barba de diseñador y tatuajes de vegetales en los brazos, dio un paso al frente. Era Sebastián, el Sous-Chef que había estado a cargo hasta ahora.
—”Señor Vargas” —dijo Sebastián, ignorando a Valentina—. “Nos dijeron que traería al nuevo Chef Ejecutivo. Estamos listos para recibir a… ¿quién es? ¿Es extranjero?”
Alejandro sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—”Sebastián, equipo. Les presento a su Jefa. La Chef Valentina de la Rosa”.
Hubo un silencio incómodo. Sebastián soltó una risita nerviosa.
—”¿Es… es una broma, verdad? Quiero decir… sin ofender, señora, pero este es un restaurante de alta gama. Necesitamos a alguien con experiencia en cocina molecular, en vanguardia. No a una… cocinera tradicional”.
La palabra “cocinera” salió de su boca como un insulto, como si fuera sinónimo de “sirvienta”.
Los otros chicos del equipo intercambiaron miradas burlonas.
Valentina sintió el golpe. Conocía a estos tipos. En Francia había lidiado con ellos. Niños ricos que creían que cocinar era poner flores comestibles sobre un plato con pinzas, pero que llorarían si tuvieran que limpiar una trampa de grasa o desollar un conejo caliente.
Alejandro iba a intervenir, pero Valentina le puso una mano en el brazo para detenerlo.
—”Déjemelo a mí” —murmuró.
Caminó lentamente hacia el grupo. Sus pasos resonaron en el piso de concreto pulido. Se detuvo frente a Sebastián, invadiendo su espacio personal tal como Don Pedro solía hacerlo con ella, pero sin agresividad, solo con presencia.
Lo miró a los ojos. Sebastián, que le sacaba una cabeza de altura, intentó sostener la mirada, pero parpadeó.
—”Tienes razón, Sebastián” —dijo Valentina con voz suave—. “No sé mucho de nitrógeno líquido. Y hace tres años que no toco una esfera de alginato”.
Sebastián sonrió con suficiencia, mirando a sus compañeros como diciendo “Ya ven, se los dije”.
—”Pero…” —continuó Valentina, y su voz bajó un tono, volviéndose peligrosa—. “Sé exactamente cuánto tarda en coagular la proteína de un huevo a 63 grados sin termómetro, solo tocando el cascarón. Sé cómo aprovechar cada gramo de un animal para que el costo de tu plato no quiebre al restaurante. Y sé algo más…”
Se giró hacia una de las estaciones de trabajo donde había una canasta con cebollas. Tomó una.
—”Sé picar una cebolla en brunoise perfecto en diez segundos con los ojos cerrados. ¿Tú puedes?”
Sebastián se rió.
—”Por favor, eso es técnica básica de primer semestre. Cualquiera puede…”
—”Demuéstralo” —lo cortó Valentina.
Lanzó la cebolla al aire y Sebastián la atrapó por reflejo.
—”Tienes diez segundos. Si lo haces mejor que yo, te dejo mi puesto ahora mismo y me voy por donde vine”.
El reto estaba lanzado. El aire en la cocina se tensó. Los obreros dejaron de taladrar para mirar. Alejandro se cruzó de brazos, divertido, recargado en una columna.
Sebastián, con el orgullo herido, agarró su cuchillo japonés de acero Damasco de diez mil pesos. Puso la cebolla en la tabla.
—”Reloj” —pidió.
Uno de los chicos sacó su celular.
—”¡Ya!”
Sebastián era rápido, sin duda. Tac-tac-tac-tac. El cuchillo volaba. Pero la prisa lo hacía impreciso. Los cubos no eran idénticos. Algunos trozos salieron volando. Terminó en 8 segundos, jadeando un poco.
—”Listo” —dijo, señalando su montoncito de cebolla picada con orgullo—. “Ahí está. Tu turno, ‘Jefa'”.
Valentina tomó otra cebolla.
No pidió reloj.
Sacó un cuchillo viejo de su bolsa. No el barato de Don Pedro, sino uno que Alejandro le había conseguido esa mañana, un cuchillo francés Sabatier clásico, pesado, de acero al carbono.
Cerró los ojos.
De verdad los cerró.
El equipo contuvo el aliento. “¿Está loca? Se va a cortar un dedo”.
Valentina empezó.
No fue un tac-tac-tac frenético. Fue un ritmo. Un latido. Shhhk-shhhk-shhhk. El cuchillo se deslizaba, no golpeaba. Era una danza. Sus dedos guiaban la hoja por el tacto, sintiendo las capas de la cebolla, respetando su estructura.
Abrió los ojos justo al dar el último corte.
Siete segundos.
Sobre la tabla, había una montaña de cubos de cebolla.
Valentina tomó un puñado y lo dejó caer sobre la mesa. Eran joyas. Cada cubo era idéntico al otro, milimétrico, perfecto. Sin jugo derramado. La cebolla no había “sangrado” porque el corte fue tan limpio que no rompió las paredes celulares innecesariamente.
Sebastián miró la cebolla de Valentina. Luego miró la suya, que parecía un puré mal hecho a su lado.
Se puso rojo.
Valentina limpió su cuchillo con un trapo que llevaba en el cinto.
—”La técnica no es velocidad, Sebastián. Es respeto. Respeto al ingrediente. Respeto al comensal. Y respeto a ti mismo”.
Miró al resto del equipo. Ya nadie se burlaba. Había miedo, sí, pero también había admiración. Habían reconocido a un depredador alfa.
—”A partir de hoy, olvidan lo que aprendieron en la escuela de niños ricos” —dijo Valentina, su voz resonando en la cocina vacía—. “Aquí no vamos a jugar a ser artistas. Aquí vamos a cocinar. Vamos a quemarnos, vamos a cortarnos y vamos a llorar. Pero cada plato que salga de esa barra va a tener alma. El que no esté dispuesto a dejar la piel en el asador, la puerta es muy ancha. El que se quede, aprenderá a hacer magia”.
Nadie se movió. Nadie se fue.
Sebastián bajó la cabeza, guardó su cuchillo y murmuró:
—”Sí, Chef”.
Alejandro Vargas comenzó a aplaudir lentamente, rompiendo la tensión, tal como lo había hecho en la fonda.
—”Bien” —dijo—. “Creo que ya tenemos líder. Ahora, a trabajar. Tenemos una inauguración en un mes y quiero que el menú esté listo para la prueba de degustación en tres días. Invitaré a los críticos más feroces de la ciudad. No fallen”.
Los siguientes tres días fueron un borrón de actividad frenética.
Valentina no salió de la Torre. Dormía tres horas en un sofá de la oficina de obra. Comía de pie.
Estaba diseñando el menú.
No quería hacer “comida mexicana moderna” cliché. No quería esferas de aguacate ni espumas de cilantro.
Quería rescatar los sabores de su dolor y de su gloria.
El plato fuerte sería una reinterpretación de aquel fumet que le salvó la vida, pero elevado a la enésima potencia. Lo llamó “Resurrección”: un filete de pescado de profundidad, cocinado a baja temperatura en hoja santa, servido sobre un espejo de caldo clarificado de azafrán y epazote, con aire de limón real y ceniza de tortilla.
La ceniza representaba el incendio. El caldo, el oro. El pescado, ella misma.
Pero no todo era miel sobre hojuelas.
El tercer día, mientras Valentina probaba una salsa de chiles secos, la recepcionista de la obra entró corriendo a la cocina.
—”Chef… hay alguien en la entrada. Dice que es su esposo”.
Valentina soltó la cuchara. La salsa salpicó su filipina inmaculada.
El mundo se detuvo. Un pitido agudo le llenó los oídos.
¿Jean-Luc? ¿Aquí? Imposible. Nadie sabía dónde estaba.
—”¿Cómo… cómo se llama?” —preguntó, sintiendo que le faltaba el aire.
—”No dijo su nombre. Dijo que vio la noticia en el periódico de hoy sobre la nueva Chef de Obsidiana y que necesitaba verla. Es un señor extranjero, rubio, alto”.
Valentina sintió que las piernas le fallaban. Se agarró de la mesa de granito.
El pasado no estaba enterrado. El pasado acababa de subir por el elevador.
Sebastián, que estaba a su lado limpiando unos camarones, notó su palidez.
—”Chef, ¿está bien? ¿Quiere que llame a seguridad?”
Por primera vez, Sebastián la miraba con preocupación genuina, no con arrogancia.
Valentina cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. Olio el chile quemado, el ajo, el maíz. Olores de su tierra. Olores que le daban fuerza.
Abrió los ojos.
—”No, Sebastián. No llames a seguridad. Déjalo pasar”.
Se quitó el delantal manchado y se puso uno limpio. Se alisó el cabello.
Si el diablo venía a visitarla, lo recibiría en su infierno, rodeada de cuchillos y fuego.
Estaba lista.
La puerta de la cocina se abrió.
Y ahí estaba él.
No era Jean-Luc.
Valentina parpadeó, confundida.
El hombre que entró no era su exesposo francés. Era un hombre alto, rubio, sí, pero más viejo, con una cara curtida por el sol y una mirada calculadora. Vestía un traje caro pero mal ajustado.
Valentina no lo conocía.
—”¿Valentina de la Rosa?” —preguntó el hombre con un acento extraño, quizás americano o alemán.
—”Soy yo. ¿Quién es usted y por qué dijo que era mi esposo?”
El hombre sonrió, mostrando unos dientes demasiado blancos.
—”Disculpe la mentira, era la única forma de que me dejaran subir rápido. Mi nombre es Hans Muller. Soy representante de una… firma de inversiones privada”.
Sacó una carpeta de su maletín.
—”Vengo a hablarle de Jean-Luc Dubois. Su esposo”.
Valentina sintió un escalofrío.
—”Mi exesposo. Y no tengo nada que hablar de él”.
—”Oh, creo que sí” —dijo Hans, abriendo la carpeta sobre la mesa de acero, sin importarle que hubiera harina esparcida—. “Verá, Jean-Luc nos debe mucho dinero. Dinero que pidió prestado usando el seguro de su restaurante quemado como garantía antes de huir. Pero resulta que el seguro… bueno, el seguro está a nombre de una sociedad conyugal. Lo que significa, querida Valentina, que legalmente… usted también nos debe ese dinero”.
Hans señaló un documento con una cifra que tenía demasiados ceros.
—”Dos millones de euros. Más intereses”.
Valentina miró el papel. Las letras bailaban.
Acababa de salir de la esclavitud de Don Pedro para caer en una deuda millonaria con unos prestamistas internacionales.
Jean-Luc la había jodido otra vez, incluso desde la distancia.
Hans se inclinó hacia ella.
—”Sabemos que ahora tiene un buen trabajo. Un salario jugoso. Y un jefe millonario. No queremos problemas. Solo queremos nuestro dinero. Digamos… el 50% de su sueldo mensual durante los próximos diez años. O tal vez… su nuevo jefe, el Señor Vargas, quiera pagar la deuda por usted para evitar un escándalo antes de la inauguración. ¿Qué dice?”
Era un chantaje. Puro y simple.
Valentina miró el cuchillo Sabatier que tenía al alcance de la mano. La tentación de usarlo fue visceral.
Pero entonces, miró a su equipo. A Sebastián y a los otros chicos, que habían dejado de trabajar y observaban la escena, listos para saltar si ella daba la orden.
Ya no estaba sola.
Valentina cerró la carpeta de golpe, casi atrapando los dedos de Hans.
—”Señor Muller” —dijo con una calma que le heló la sangre al alemán—. “Creo que usted no ha entendido dónde está. Está en mi cocina. Y en mi cocina, el único cuchillo que corta es el mío”.
Tomó el teléfono de pared y marcó una extensión.
—”Seguridad. Tengo a un intruso en la cocina principal. Y avísenle al Señor Vargas que traiga a sus abogados. Tenemos una rata que desollar”.
Hans perdió su sonrisa.
—”Esto es un error, señora…”
—”Chef” —lo corrigió ella—. “Para usted, soy Chef”.
Mientras los guardias entraban para llevarse al hombre que protestaba, Valentina se giró hacia su equipo, que la miraba con los ojos como platos.
—”¿Qué miran?” —gritó—. “¡La salsa se está quemando! ¡Muévanse!”
El equipo corrió a sus estaciones.
Valentina volvió a su olla. Le temblaban las manos, pero por dentro, una sonrisa salvaje empezaba a formarse.
La guerra había llegado a la Torre Reforma. Y ella iba a ganarla.
PARTE 2: LA JUNGLA DE CRISTAL Y ACERO
CAPÍTULO 5: LA CENA DE LOS LOBOS
El silencio en una cocina profesional antes del servicio es un animal extraño. No es paz; es la inhalación profunda antes del grito, la calma tensa antes de que estalle la tormenta.
Faltaban treinta minutos para que las puertas de caoba de Obsidiana se abrieran por primera vez al público. En el piso 50 de la Torre Reforma, la vista de la Ciudad de México al atardecer era un espectáculo de fuego y smog, un mar de luces ámbar que parpadeaban bajo un cielo violeta. Pero nadie en la cocina tenía tiempo para mirar por la ventana.
Valentina estaba de pie en el “Pase”, la larga mesa de granito negro que dividía el mundo de los cocineros del mundo de los comensales. Llevaba su filipina nueva, hecha a medida, de un gris carbón impecable que contrastaba con su piel pálida. Su nombre, Valentina de la Rosa, estaba bordado en hilo plateado sobre el corazón.
Frente a ella, su brigada de veinte cocineros estaba formada en filas militares. Filipinas blancas, mandiles negros, trapos al cinto, cuchillos afilados. Ya no eran los niños ricos arrogantes de hace una semana. Eran soldados. Sebastián, su mano derecha, estaba al frente, con la barba recortada y los ojos fijos en ella.
—”Escuchen bien” —dijo Valentina. Su voz no era alta, pero tenía una resonancia metálica que llegaba a cada rincón—. “Hoy no estamos aquí para dar de comer. Si quisieran solo comer, irían a los tacos de la esquina. Hoy estamos aquí para contar una historia. Cada plato que salga de esta barra es un capítulo. Si el plato sale frío, la historia se rompe. Si la salsa está cortada, la historia es una mentira. Y yo no cuento mentiras”.
Recorrió la fila con la mirada, deteniéndose en los ojos de cada uno.
—”Afuera hay cien personas que vienen a juzgarnos. Hay críticos que escriben con veneno. Hay socialités que solo vienen a tomarse la foto. Y hay gente que viene a ver al ‘monstruo’, a la mujer quemada. Quieren ver si me quiebro. Quieren ver si la cicatriz me impide cocinar”.
Hizo una pausa dramática. Solo se escuchaba el zumbido de los hornos de convección.
—”No les vamos a dar el gusto. Vamos a cerrarles la boca con sabor. Quiero perfección. Si un plato no es perfecto, no sale. ¿Entendido?”
—”¡SÍ, CHEF!” —el grito unísono hizo vibrar las copas colgadas en la estación de bebidas.
—”A sus estaciones. Que empiece el baile”.
El equipo se dispersó como hormigas atómicas. El ruido de ollas, cuchillos y quemadores encendiéndose llenó el aire.
Valentina respiró hondo.
Aquí vamos.
A las 8:00 PM, el elevador privado comenzó a escupir gente.
La entrada de Obsidiana se convirtió en una pasarela de vanidad. Mujeres con vestidos de diseñador que costaban más que la casa donde Valentina creció, hombres con relojes Patek Philippe y trajes italianos. Políticos, actores de telenovela, influencers de Instagram transmitiendo en vivo. La crema y nata de la sociedad mexicana, los famosos “Whitexicans” y la vieja aristocracia se mezclaban en un cóctel de perfumes caros y risas falsas.
Alejandro Vargas, vestido con un esmoquin de terciopelo azul medianoche, recibía a los invitados con la sonrisa de un tiburón encantador.
—”Bienvenidos, bienvenidos. Prepárense para algo único”.
En la mesa 1, la mesa de honor, se sentó Dante Riquelme.
Valentina lo vio a través de la cámara de circuito cerrado que tenía en una pantalla en la cocina.
Riquelme era “El Verdugo”. El crítico gastronómico más temido de Latinoamérica. Un hombre gordo, calvo, con gafas de pasta gruesa y una lengua tan afilada que había cerrado restaurantes con una sola reseña. No aceptaba sobornos, no sonreía y, según decían, odiaba las “historias tristes” que usaban los chefs para vender.
—”Mierda” —susurró Sebastián, viendo la pantalla—. “Riquelme vino. Estamos fritos si no le gusta el mole”.
—”Olvídalo” —ordenó Valentina, aunque sentía un nudo en el estómago—. “Trátalo como a cualquier otro. Si intentas impresionarlo de más, cometerás errores. Sírvele lo que practicamos”.
La impresora de comandas empezó a escupir papel con su característico sonido chiki-chiki-chiki.
El sonido de la guerra.
—”¡Oído cocina! ¡Mesa 4, dos entradas de Escamoles, un Tiradito de Robalo! ¡Mesa 1, Menú Degustación completo!” —cantó Valentina.
—”¡Oído!” —respondieron los cocineros.
El servicio comenzó.
Era un caos controlado. Valentina era la directora de orquesta. No cocinaba, dirigía. Revisaba cada plato antes de que saliera.
—”Limpia este borde, está sucio”.
—”Falta sal en esta espuma, repítela”.
—”Más altura en los brotes. Así, con delicadeza, carajo”.
Los platos salían volando hacia el salón.
El primer tiempo era “Cenizas”: Una tostada de maíz azul nixtamalizado, con una base de frijol negro, ceniza de tortilla y un tartar de atún aleta azul con una emulsión de habanero negro. Oscuro, misterioso, picante.
En el salón, el silencio empezó a reemplazar al bullicio. La gente dejaba de hablar para comer.
Alejandro paseaba entre las mesas, observando las reacciones. Veía ojos cerrados, veía sonrisas de sorpresa. Veía a la gente asentir.
Pero la prueba de fuego era Riquelme.
El crítico comió la tostada en dos bocados. No hizo gestos. Tomó agua. Escribió algo en una pequeña libreta de cuero.
Impenetrable.
De vuelta en la cocina, el ritmo subía. Una hora de servicio. El calor era infernal.
De pronto, un mesero entró pálido a la cocina. Era Leo, a quien Valentina había traído desde Puebla y entrenado a marchas forzadas para ser runner (corredor de comida).
—”Chef… Chef…” —tartamudeó Leo.
—”¡Habla, Leo! ¡Estoy emplatando!”
—”Es la Mesa 8. La señora… la señora de las perlas. Devolvió el plato”.
La cocina se congeló un instante. Devolver un plato en la noche de apertura era un insulto mortal.
—”¿Qué dijo?” —preguntó Valentina, sintiendo que la sangre se le subía a la cabeza.
—”Dijo… dijo que la carne ‘sabe a quemado’. Que el sabor ahumado es ‘corriente’. Y que… que espera que la cocinera no haya dejado caer pedazos de su piel en la comida”.
El silencio fue absoluto. Sebastián soltó el cuchillo con estruendo.
—”Hija de puta…” —gruñó Sebastián—. “Voy a salir y le voy a…”
—”¡Quieto!” —gritó Valentina.
Valentina cerró los ojos un segundo. Recordó los insultos de Don Pedro. Recordó las miradas de asco en la calle. Esa mujer de la Mesa 8 no estaba criticando la comida; estaba atacando su existencia. Quería humillarla. Quería recordarle que, aunque vistiera de seda, seguía siendo la “monstruo”.
Valentina abrió los ojos. Estaban fríos como el hielo seco.
—”¿Sabe a quemado?” —dijo con una sonrisa torcida—. “Perfecto. Quiere quemado, le daremos fuego”.
Tomó un sartén.
—”Sebastián, pásame el tuétano. Y el mezcal más fuerte que tengamos. El de 55 grados”.
Valentina preparó un plato nuevo frente a los ojos atónitos de su equipo. Huesos de tuétano asados al carbón, agresivos, primitivos. Los cubrió con una salsa borracha de pasilla y mezcal.
—”Voy a salir” —dijo.
—”Chef, no es protocolo…” —advirtió uno de los cocineros.
—”A la mierda el protocolo”.
Valentina tomó el plato y salió de la cocina.
Al cruzar las puertas batientes, el ruido del salón la golpeó. La luz tenue, la música de jazz suave.
Caminó entre las mesas con la cabeza alta. Su uniforme gris era una armadura. La gente se giraba a verla. Murmullos. “Ahí va”, “Mira su cara”, “Pobrecita”.
Ella no miró a nadie. Sus ojos estaban fijos en la Mesa 8.
Ahí estaba. Una mujer rubia, operada hasta la inexpresividad, cargada de joyas, con una copa de champán en la mano, riéndose con desprecio.
Valentina llegó a la mesa y depositó el plato con un golpe suave pero firme.
—”Buenas noches, señora” —dijo Valentina. Su voz interrumpió la risa de la mujer.
La mujer la miró con disgusto mal disimulado.
—”Ah, la cocinera. Le dije al mesero que esto sabía a quemado. No pago precios de Polanco para comer carbón”.
Valentina la miró fijamente.
—”Tiene razón. El primer plato era una invitación sutil. Pero veo que su paladar exige algo más… honesto”.
Valentina sacó un encendedor de soplete de su bolsillo.
—”Este plato se llama ‘Fuego Fatuo’. El sabor a quemado no es un error, señora. Es memoria. Es lo que queda cuando todo lo superfluo se consume”.
Encendió el soplete y prendió el mezcal que bañaba el tuétano.
¡FWOOSH!
Una llamarada azul y naranja se alzó medio metro sobre la mesa, iluminando el rostro de la mujer y, más importante, iluminando la cicatriz de Valentina con un resplandor demoníaco y hermoso.
El salón entero se quedó en silencio mirando el espectáculo.
—”Cómalo mientras arde” —susurró Valentina—. “O deje que se enfríe y pierda su alma. Como usted prefiera”.
Dio media vuelta y regresó a la cocina sin esperar respuesta.
Detrás de ella, escuchó un “¡Bravo!” solitario.
Era Dante Riquelme. El crítico estaba aplaudiendo desde su mesa.
El resto de la noche pasó como un sueño febril.
La anécdota del fuego se corrió como pólvora. De repente, todos querían el plato “quemado”. La cocina tuvo que improvisar para sacar veinte órdenes más de tuétano.
Valentina no paró. Corrigió, gritó, emplató, probó.
A la 1:00 AM, el último plato salió. Un postre de mamey con hueso quemado y chocolate amargo.
El servicio había terminado.
El equipo estaba exhausto, sudado, manchado, pero eufórico.
—”¡Lo hicimos, carajo!” —gritó Sebastián, abrazando a uno de los pasantes.
Hubo choques de manos, tragos de agua bebidos con desesperación, risas histéricas.
Valentina se recargó en la mesa de pase, sintiendo que las piernas le temblaban.
Alejandro entró a la cocina. Traía una botella de Champán Dom Pérignon y dos copas.
Tenía la cara iluminada.
—”Valentina…” —dijo, acercándose—. “Riquelme se acaba de ir. Me dijo dos palabras antes de subir a su auto”.
—”¿Qué dijo?” —preguntó ella, temiendo lo peor.
—”Dijo: ‘Brutal y sublime’. Va a publicar mañana. Dice que es la mejor apertura de la década. Dice que tu comida duele, pero que es un dolor que quieres repetir”.
Valentina soltó el aire.
—”Brutal y sublime…” —repitió. Le gustaba.
Alejandro sirvió las copas.
—”Salud, Chef. Eres una estrella”.
Bebieron. El champán frío le supo a gloria.
Pero la paz duró poco.
Un guardia de seguridad, un hombre enorme con traje negro y auricular, entró por la puerta de servicio con cara de urgencia. Se acercó a Alejandro y le susurró algo al oído.
La sonrisa de Alejandro desapareció instantáneamente. Su rostro se volvió de piedra.
—”¿Qué pasa?” —preguntó Valentina, sintiendo que su instinto de alerta se disparaba de nuevo.
Alejandro miró al guardia y luego a Valentina. Dudó un segundo.
—”Es sobre Hans Muller. El alemán que vino hace unos días”.
—”¿Volvió?” —Valentina agarró instintivamente el cuchillo que tenía cerca.
—”No. Él no. Pero envió algo”.
El guardia trajo una caja pequeña, envuelta en papel de regalo elegante.
—”Llegó con un mensajero en moto hace diez minutos. Pasó por los rayos X, no es una bomba. Pero tiene una nota”.
Valentina dejó la copa. Sus manos volvieron a temblar.
Abrió la caja.
Dentro, sobre una cama de terciopelo negro, había una vieja muñeca de porcelana. Estaba chamuscada. Tenía la mitad de la cara quemada con un encendedor, imitando exactamente la cicatriz de Valentina.
Era grotesca. Cruel.
Junto a la muñeca, una nota escrita a mano con caligrafía elegante:
“Felicidades por el éxito, querida esposa. Me alegra ver que nuestro activo se revaloriza. Pronto iré a cobrar mis dividendos. El 50% luce poco ahora que eres una estrella. Digamos que hablaremos del 70%.
Con amor,
J.L.”
Valentina leyó la nota.
J.L.
Jean-Luc.
No estaba escondido en Brasil. No estaba muerto.
Estaba viendo. Sabía todo. Había visto las noticias. Hans Muller no era solo un cobrador; era un mensajero. Jean-Luc estaba cerca.
Valentina sintió náuseas. El champán se le agrió en el estómago.
Alejandro leyó la nota por encima de su hombro. Arrugó el papel con furia.
—”Hijo de perra…” —masculló Alejandro—. “Está vivo”.
—”Está aquí” —susurró Valentina—. “Me está viendo”.
Alejandro la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.
—”Escúchame, Valentina. No estás sola en la carretera federal. Estás en mi torre. Y en mi torre, nadie toca a mi gente. Si Jean-Luc quiere guerra, le daremos guerra. Tengo los mejores abogados y, si hace falta, tengo amigos que no son abogados. ¿Me entiendes?”
Valentina miró la muñeca quemada.
El miedo inicial se transformó en algo más frío. Más duro.
Tomó la muñeca y la lanzó al bote de basura con un movimiento seco.
—”No, Alejandro” —dijo ella, con una voz que sorprendió incluso al magnate—. “No quiero abogados. Este hombre me quitó mi vida una vez. Me quemó. Me vendió. Y ahora quiere vivir de mi trabajo”.
Caminó hacia la estación de carnicería y tomó el cuchillo más grande, un hacha de golpe. La clavó en la tabla de madera con un sonido sordo que hizo callar a toda la cocina. ¡THUMP!
—”Jean-Luc piensa que sigo siendo la esposa sumisa que lloraba en el rincón. Piensa que me va a extorsionar con miedo”.
Valentina miró a Alejandro, y sus ojos brillaban con una determinación asesina.
—”Que venga. Que venga a cobrar. Lo voy a estar esperando. Y le voy a servir el plato más frío de su vida”.
—”¿Qué vas a hacer?” —preguntó Alejandro, fascinado y un poco asustado por la transformación de su chef.
—”Voy a cocinar, Alejandro. Voy a hacer que este restaurante sea tan famoso, tan ruidoso y tan brillante, que él no pueda resistirse a venir en persona. Y cuando entre por esa puerta… yo misma me encargaré de cerrar la cuenta”.
Valentina se quitó el mandil.
—”Equipo, descansen. Mañana doblamos turno. La guerra apenas empieza”.
Mientras salía de la cocina hacia su camerino, Valentina de la Rosa ya no cojeaba. Caminaba firme.
La “Cena de los Lobos” había terminado.
Ahora comenzaba la cacería.
PARTE 2: LA JUNGLA DE CRISTAL Y ACERO
CAPÍTULO 6: LA MIEL Y EL VENENO
La mañana siguiente a la inauguración, la Ciudad de México amaneció gris y lluviosa, un manto de smog y llovizna ácida que cubría los rascacielos de Reforma. Pero dentro de las oficinas corporativas de Grupo Horizonte, en el piso 51, justo encima del restaurante, el ambiente estaba eléctrico.
Los periódicos estaban desplegados sobre la mesa de caoba de Alejandro Vargas.
Reforma: “Obsidiana: El renacer gastronómico de México”.
El Universal: “Valentina de la Rosa: La alquimista de las cicatrices”.
Quién: “¿Quién es la misteriosa chef que hizo llorar a Dante Riquelme?”.
Alejandro leía los titulares con una taza de café en la mano, pero su rostro no reflejaba celebración. Estaba tenso. Su mandíbula apretada delataba que su mente no estaba en las ventas récord ni en la lista de espera de seis meses que se había llenado en una hora. Su mente estaba en la caja negra que reposaba en el centro de la mesa, abierta como una herida infectada.
La muñeca quemada.
Valentina estaba de pie frente al ventanal, mirando la ciudad bajo la lluvia. Llevaba ropa casual, jeans y un suéter de cuello alto, pero se sentía desnuda. Sabía que, en algún lugar de esa inmensidad de concreto, Jean-Luc la estaba mirando. Quizás estaba leyendo los mismos periódicos, riéndose con esa risa suave y francesa que alguna vez ella amó y ahora le provocaba náuseas.
—”El mensajero era de una aplicación genérica” —rompió el silencio Alejandro, dejando el periódico—. “No hay rastro. La cuenta se abrió con una tarjeta prepagada comprada en un OXXO. El rastro digital termina ahí”.
Valentina no se giró.
—”Es inteligente, Alejandro. Siempre lo fue. Jean-Luc no comete errores torpes. Si envió esto, es porque quería que supiéramos que está cerca, pero no dónde”.
Alejandro golpeó la mesa con el puño.
—”¡Es un cobarde! Te está acechando. Valentina, no puedes quedarte sola. He asignado dos guardaespaldas a tu puerta. ‘El Oso’ y ‘Sombra’. No te dejarán ni para ir al baño si es necesario”.
Valentina se dio la vuelta. Sus ojos estaban oscuros, rodeados de ojeras, pero brillaban con una intensidad peligrosa.
—”No quiero esconderme, Alejandro. Si me rodeo de guardias, si me encierro en la torre, él gana. Él se alimenta de mi miedo. Si me ve asustada, sabrá que tiene el control”.
Caminó hacia la mesa y tomó la muñeca. Acarició la porcelana quemada con su pulgar.
—”Vamos a cambiar el juego”.
—”¿De qué hablas?” —preguntó Alejandro, frunciendo el ceño.
—”Él quiere dinero, ¿verdad? Quiere el 70% de mis ganancias. Quiere ordeñar la vaca. Pues bien… vamos a enseñarle que la vaca da mucha leche. Vamos a hacer que se vuelva loco de codicia”.
Valentina sacó su celular. Tenía cincuenta llamadas perdidas de medios de comunicación. BBC, CNN en Español, TV Azteca, revistas de moda.
—”Acepta todas las entrevistas” —ordenó Valentina—. “Todas. Portadas de revista, programas de mañana, podcasts. Quiero estar en su sopa. Quiero que cuando prenda la tele, me vea. Que cuando camine por la calle, vea mi cara en los espectaculares. Voy a ser tan famosa, tan inmensamente visible, que su avaricia le gane a su prudencia”.
Alejandro la miró con admiración y un poco de miedo.
—”Te vas a poner de carnada”.
—”Soy la carnada y soy el anzuelo, Alejandro. Y tú… tú vas a ser el pescador. Mientras yo lo distraigo con luces y fama, tú vas a encontrar dónde se esconde esa rata”.
La semana siguiente fue un torbellino mediático.
Valentina de la Rosa se convirtió en “La Novia de México”. Su historia —la tragedia, el incendio, la resurrección— era perfecta para el consumo masivo. Omitió la parte de la traición del esposo para no alertarlo legalmente, pero dejó caer migajas.
En una entrevista en vivo con Adela Micha, Valentina miró directamente a la cámara. El primer plano mostraba su cicatriz sin maquillaje, brutal y hermosa.
—”Dicen que el fuego purifica, Valentina” —dijo la entrevistadora—. “¿Sientes que perdonaste a quienes te hicieron daño?”.
Valentina sostuvo la mirada al lente de la cámara, sabiendo que Él estaba viendo.
—”El fuego no purifica, Adela. El fuego revela. Quema lo falso y deja solo lo que es real. Y sobre el perdón… yo no perdono deudas. El pasado siempre vuelve para cobrar, y a veces, la factura es muy alta. Estoy lista para pagar… o para cobrar”.
Fue un mensaje directo. Un reto.
Sé que estás ahí. Ven por mí.
Mientras tanto, en las sombras, Alejandro trabajaba.
Contrató a un investigador privado que operaba al margen de la ley, un ex agente de inteligencia israelí radicado en México llamado “El Gato”.
El Gato no buscaba huellas digitales; buscaba dinero.
—”Jean-Luc Dubois no existe en México” —informó El Gato tres días después, en una reunión secreta en el sótano de la torre—. “No hay entradas migratorias, no hay cuentas bancarias a ese nombre. Es un fantasma”.
—”Tiene que estar gastando dinero” —insistió Alejandro—. “Vive bien. Le gustan los lujos. No está comiendo tacos en la calle”.
—”Exacto” —dijo El Gato, encendiendo un cigarro barato—. “Seguí la pista de Hans Muller, el alemán que fue a la cocina. Muller es un abogado de poca monta que se especializa en crear empresas fantasma. Tiene una oficina virtual en la Colonia Roma. Lo presioné un poco… digamos que le hice una visita nocturna”.
Valentina, que estaba presente, cruzó los brazos.
—”¿Y qué cantó el pajarito?”
—”Muller representa a una sociedad anónima llamada ‘Fénix Inversiones’. Irónico nombre, ¿no? Esa sociedad paga la renta de un penthouse en Polanco. Calle Tres Picos. Renta mensual de ocho mil dólares. Pagada por adelantado un año en efectivo”.
Valentina sintió un golpe en el pecho. Polanco.
Estaba a diez minutos de ahí.
—”¿Quién vive ahí?”
—”Oficialmente, nadie. Pero el conserje dice que hay un inquilino. Un hombre europeo, discreto. Sale poco. Pide mucha comida a domicilio de lugares caros. Y siempre pide vino francés. Chablis Grand Cru“.
Valentina cerró los ojos. Chablis. Era el vino favorito de Jean-Luc.
—”Es él” —susurró.
Alejandro se levantó de la silla.
—”Voy a mandar a mi equipo de seguridad. Lo sacaremos de ahí y lo…”
—”¡No!” —gritó Valentina—. “Si vas con matones, él escapará antes de que toquen el timbre. Tiene planes de contingencia, pasaportes falsos, dinero escondido. Si se escapa ahora, desaparecerá otros tres años. No quiero asustarlo. Quiero atraparlo”.
—”¿Entonces qué hacemos?”
Valentina sonrió, una sonrisa fría y calculadora.
—”Él quiere dinero, ¿no? Le vamos a dar dinero. O al menos, la promesa de dinero. Vamos a invitarlo a cenar”.
El plan se puso en marcha.
Valentina sabía que Jean-Luc era arrogante. Su narcisismo era su mayor debilidad. Creía que Valentina seguía siendo la mujer dócil que él manipuló. Creía que sus amenazas con la muñeca la tenían aterrorizada.
Si ella mostraba sumisión, él mordería el anzuelo.
Valentina escribió una carta. A mano. En papel membretado de Obsidiana.
La metió en un sobre junto con un estado de cuenta bancario falsificado que mostraba un saldo de diez millones de pesos en la cuenta personal de Valentina.
Texto de la carta:
“Jean-Luc,
Ganaste. Tienes razón. No puedo vivir con miedo. La muñeca me dejó claro que estás cerca y que puedes alcanzarme cuando quieras. No quiero pelear. No quiero abogados. Solo quiero que me dejes en paz.
El restaurante es un éxito. Hay dinero. Mucho dinero. Estoy dispuesta a darte lo que pides, pero necesito verte. Necesito cerrar este ciclo para poder seguir cocinando.
Ven a Obsidiana este viernes por la noche. Después del servicio, cuando el restaurante esté vacío. Prepararé tu plato favorito. Sole Meunière. Como en los viejos tiempos.
Hablemos de negocios. Solo tú y yo.
V.”
El Gato se encargó de deslizar el sobre por debajo de la puerta del penthouse en Tres Picos, burlando la seguridad del edificio.
Ahora, solo quedaba esperar.
El viernes llegó con una tensión insoportable.
El servicio de la cena fue impecable como siempre, pero el equipo notaba que “La Jefa” estaba distraída. Valentina miraba el reloj cada cinco minutos.
Alejandro había vaciado el restaurante a las 11:30 PM. Los comensales se fueron, felices y borrachos.
Valentina ordenó a su brigada que se fuera.
—”Pero Chef, la limpieza…” —protestó Sebastián.
—”Váyanse. Hoy limpio yo. Es una orden. Fuera todos”.
El equipo salió, extrañado, murmurando.
Solo se quedaron Valentina en la cocina y Alejandro escondido en la oficina de arriba, monitoreando las cámaras de seguridad con El Gato y tres guardias armados listos para bajar por el elevador de servicio.
A las 12:00 AM, el restaurante estaba en silencio. Las luces del salón estaban atenuadas, creando un ambiente íntimo y espectral. La vista de la ciudad brillaba al fondo.
Valentina preparó la Mise en place. Mantequilla, limón, perejil, lenguado fresco.
Encendió el fuego.
Esperó.
12:15 AM.
Nadie.
12:30 AM.
El silencio pesaba como plomo. Valentina empezó a dudar. ¿Y si era demasiado listo? ¿Y si sabía que era una trampa?
—”No va a venir” —se dijo a sí misma, sintiendo una mezcla de decepción y alivio.
De repente, el sonido del elevador principal rompió el silencio. Ding.
Las puertas doradas se abrieron.
Valentina, desde la cocina abierta, contuvo la respiración. Aferró el cuchillo que tenía oculto bajo un trapo en la mesa de pase.
Un hombre salió del elevador.
Caminaba con una elegancia despreocupada, con las manos en los bolsillos de un pantalón de lino blanco. Llevaba un saco azul cielo y mocasines sin calcetines.
Estaba bronceado. Más guapo que antes, si eso era posible. El dinero robado le había sentado bien.
Jean-Luc Dubois entró en Obsidiana como si fuera el dueño.
Miró a su alrededor, apreciando la decoración, asintiendo con aprobación.
—”Nada mal, chérie. Nada mal” —dijo. Su voz retumbó en el salón vacío. Tenía ese acento suave, seductor, que una vez le había prometido amor eterno.
Caminó hacia la cocina, deteniéndose justo al otro lado de la barra de granito, a dos metros de Valentina.
La miró.
Sus ojos recorrieron la cicatriz de su cara. No hubo culpa en su mirada. Solo una curiosidad morbosa.
—”El cirujano hizo un trabajo decente, pero deberías haber gastado un poco más en los injertos del cuello” —dijo con una sonrisa cruel—. “Aun así, te ves… interesante. El drama te sienta bien. Vende”.
Valentina sintió una oleada de odio tan pura que casi la marea. Pero mantuvo la máscara. Bajó la cabeza, fingiendo sumisión.
—”Hola, Jean-Luc”.
—”Hola, mi amor. Recibí tu carta. Me alegra que hayas entrado en razón. Sabía que al final entenderías que somos un equipo. Tú cocinas, yo administro. Como siempre”.
Se sentó en uno de los taburetes altos de la barra del chef.
—”Huele a mantequilla avellanada. ¿Mi lenguado está listo?”
—”Lo estoy terminando” —dijo Valentina.
Se giró hacia la estufa. Puso el sartén al fuego. La mantequilla empezó a espumar.
Jean-Luc seguía hablando a su espalda, relajado, confiado.
—”He visto los números, Valentina. Este lugar es una mina de oro. Con mi 70%, podré invertir en un viñedo en Baja California. Tú seguirás aquí, trabajando, siendo la estrella sufrida. Y yo vendré a visitarte de vez en cuando. Será perfecto”.
Valentina echó el lenguado a la sartén. Sshhhhlp.
—”¿No tienes miedo, Jean-Luc?” —preguntó ella sin voltear—. “¿No tienes miedo de que llame a la policía?”
Jean-Luc soltó una carcajada.
—”¿Policía? Por favor, Valentina. Estamos en México. Con el dinero que te robé… digo, que tomé prestado, compré a media fiscalía. Y además, si me arrestan, el escándalo destruirá tu carrera. ‘La Chef estrella y su esposo estafador’. Los inversionistas huirán. Tu jefe, ese tal Vargas, te despedirá para proteger su marca. Me necesitas libre. Me necesitas en secreto”.
Era cierto. O al menos, lo era en parte.
Valentina exprimió el limón sobre el pescado. El olor cítrico y mantecoso llenó el aire.
—”Siempre tienes una respuesta para todo” —dijo ella.
—”Soy un hombre de recursos. Ahora, sirve la cena. Tengo hambre”.
Valentina emplató el lenguado.
Le puso el perejil.
Y luego, metió la mano en su bolsillo. Sacó un pequeño frasco. No era veneno. Ella no era una asesina.
Era algo peor.
Era un ingrediente que Jean-Luc odiaba con toda su alma, algo a lo que era alérgico psicológicamente, algo que representaba todo lo que él despreciaba: la pobreza.
Pero no lo usó todavía. Lo guardó.
Tomó el plato y caminó hacia la barra.
Lo puso frente a Jean-Luc.
Él sonrió, tomó los cubiertos. Inhaló el aroma.
—”Exquisito. Siempre fuiste una genio, Valentina. Lástima que fueras tan aburrida como esposa”.
Cortó un trozo de pescado y se lo llevó a la boca.
Cerró los ojos, disfrutando.
—”Delicioso”.
—”Me alegro” —dijo Valentina.
De repente, Jean-Luc dejó de masticar. Abrió los ojos.
Algo estaba mal.
Miró a Valentina. Ella ya no tenía la cabeza baja. Ella lo estaba mirando con una sonrisa que le heló la sangre.
—”¿Qué… qué le pusiste?” —preguntó Jean-Luc, sintiendo un sabor extraño.
—”Nada tóxico, Jean-Luc. Solo… un poco de ceniza. De la muñeca que me enviaste. La molí y la puse en la salsa”.
Jean-Luc escupió el bocado en la servilleta, con cara de asco absoluto.
—”¡Estás loca! ¡Puta loca!”
—”Tal vez” —dijo Valentina—. “Pero la locura es contagiosa”.
Jean-Luc se levantó de un salto, tirando el taburete.
—”¡Se acabó el juego! ¡Dame el dinero! ¡Hazme la transferencia ahora mismo o te juro que quemo este edificio contigo adentro!”
Metió la mano en su saco, como si buscara un arma.
—”¡AHORA!” —gritó Valentina.
Las luces de la cocina se encendieron al máximo, cegando a Jean-Luc.
Desde el elevador de servicio y las puertas laterales, salieron cuatro hombres armados con rifles de asalto. Eran el equipo de seguridad de Alejandro.
Y desde la oficina, bajó Alejandro Vargas, seguido por El Gato y… dos agentes federales uniformados.
Jean-Luc se quedó paralizado. Miró a los lados. Estaba rodeado.
—”¿Qué es esto? ¡Es una trampa!” —gritó, perdiendo su compostura elegante. Su acento francés se volvió agudo y chillón.
Alejandro se acercó, caminando con calma hasta quedar al lado de Valentina.
—”Te equivocaste en una cosa, Jean-Luc” —dijo Alejandro—. “Dijiste que habías comprado a la fiscalía. Pero resulta que yo soy dueño del edificio donde están las oficinas de la fiscalía. Y tengo amigos que no se venden por un viñedo en Baja”.
Uno de los agentes federales se adelantó, mostrando una placa.
—”Jean-Luc Dubois, o debería decir, Hans Gruber, o Pierre LeBlanc… tiene una orden de aprehensión internacional emitida por la Interpol por fraude, lavado de dinero y provocación de incendio intencional en Francia. Las autoridades francesas han estado buscándolo. Gracias a la denuncia de la señora Valentina y a la evidencia que nos proporcionó el señor Vargas hoy mismo, se acabó la fiesta”.
Jean-Luc miró a Valentina. Sus ojos estaban llenos de odio puro.
—”Tú… maldita cara quemada… ¡Yo te hice! ¡Sin mí no eres nada! ¡Eras una cocinera de pueblo!”
Los agentes lo esposaron. Lo empujaron contra la barra, aplastando su cara contra el plato de lenguado a medio comer. La salsa de mantequilla manchó su traje de lino blanco.
Valentina se acercó a su oído.
—”Disfruta la comida de la cárcel, mon amour. Escuché que el menú de hoy es sopa de piedras”.
Jean-Luc empezó a gritar insultos en francés y español mientras lo arrastraban hacia el elevador.
—”¡Esto no se va a quedar así! ¡Volveré! ¡Te mataré!”
Las puertas del elevador se cerraron, ahogando sus gritos.
El silencio regresó a Obsidiana.
Valentina se quedó de pie frente a la barra, mirando el plato sucio.
Sus manos temblaban, pero esta vez no era de miedo. Era la descarga de adrenalina de tres años de pesadillas que se disolvían.
Alejandro se acercó y le puso una mano en el hombro.
—”¿Estás bien?”
Valentina respiró hondo. El aire olía a mantequilla, a limón y a victoria.
—”Estoy bien, Alejandro. Estoy… libre”.
Tomó el plato sucio de Jean-Luc y lo tiró al bote de basura con un estruendo definitivo.
—”¿Y ahora qué?” —preguntó Alejandro.
Valentina se quitó el trapo de la cintura. Miró la ciudad iluminada a sus pies. La jungla de cristal y acero ya no parecía amenazante. Parecía un buffet libre.
—”Ahora…” —dijo Valentina, sonriendo—. “Ahora vamos por la Estrella Michelin. Tengo un menú de primavera que diseñar”.
EPÍLOGO DE LA PARTE 2
Tres meses después.
La portada de la revista TIME mostraba el rostro de Valentina de la Rosa. El título rezaba: “THE PHOENIX CHEF” (La Chef Fénix).
En la foto, ella no ocultaba su cicatriz. La mostraba con orgullo, como una medalla de guerra.
Obsidiana fue nombrado el “Mejor Nuevo Restaurante del Mundo”.
Jean-Luc fue extraditado a Francia, donde enfrentaba una condena de 15 años.
Valentina estaba en su cocina. Era viernes por la noche. El restaurante estaba lleno.
Sebastián le pasó un plato para inspección.
—”Chef, ¿está bien el término del venado?”
Valentina lo tocó suavemente.
—”Perfecto. Sácalo”.
Miró a su equipo. Su familia.
Había pasado por el fuego, por la traición, por el lodo y por la cima.
Y seguía ahí. De pie.
Cocinando.
Porque al final del día, el fuego puede quemarte, pero si sabes controlarlo, también puede alimentarte.
Y Valentina de la Rosa tenía mucha hambre.
FIN