Cuando el “Solo es mi compañero de trabajo” destruyó mi matrimonio en una sola noche: La historia de una traición pública que ningún esposo debería soportar y el momento exacto en que decidí dejar de ser el “buen hombre” que todo lo perdona.

PARTE 1

Capítulo 1: El eco del silencio en un departamento de Iztacalco

Alejandro estaba sentado en la orilla de la cama matrimonial, una estructura de madera aglomerada que habían comprado a plazos en Coppel hacía cinco años y que ya empezaba a rechinar con el más mínimo movimiento. Su mirada estaba clavada en el piso de duela laminada, justo en una mancha oscura cerca del zoclo que llevaba meses prometiéndose arreglar, pero que, como tantas cosas en su vida últimamente, había quedado relegada al olvido. Sus manos, callosas y marcadas por años de manipular llaves de tuercas, aceite quemado y motores calientes, sostenían el pantalón de vestir negro. Apretaba la tela barata con una fuerza de la que apenas era consciente, sus nudillos blancos delataban la tensión eléctrica que le recorría el cuerpo, como si hubiera metido los dedos en un enchufe de 220 voltios.

Odiaba estas fechas. Diciembre en la Ciudad de México siempre traía consigo un caos particular: el tráfico imposible en Viaducto, la gente peleándose por pavos en el supermercado y, por supuesto, las malditas fiestas de fin de año de las empresas. Odiaba ese ambiente fingido de camaradería, los abrazos falsos entre compañeros que se apuñalan por la espalda el resto del año para conseguir un bono de productividad, las risas forzadas ante los chistes malos del jefe en turno. Pero, sobre todo, odiaba con cada fibra de su ser en quién se convertía su esposa, Olga, cuando cruzaba esa puerta hacia el “mundo corporativo”.

Era como si al entrar en ese universo de oficinas de cristal en Santa Fe o Polanco, ella mudara de piel como una víbora. Dejaba de ser la Olga de la casa, la mujer sencilla y cariñosa con la que compartía el café de olla y las quesadillas en la mañana, la que se reía de sus tonterías mientras veían series los domingos. Se volvía alguien más: una versión amplificada, ruidosa, “fresa” y excesivamente coqueta de sí misma. Siempre era la misma historia, año tras año, como un disco rayado que le taladraba el cerebro: risitas escandalosas que retumbaban en el salón, toquecitos “inocentes” en el brazo a los gerentes, miradas que duraban un segundo más de lo socialmente apropiado, esa forma de echar la cabeza hacia atrás dejando expuesto el cuello. Alejandro sabía, o quería obligarse a creer desesperadamente, que en el fondo no había malicia real, que era simplemente su forma de “hacer networking”, de caer bien para asegurar su puesto, como ella siempre le explicaba con ese tono condescendiente que usas con un niño que no entiende cómo funciona el mundo de los adultos. Pero esa justificación racional no hacía que el nudo en su estómago doliera menos. Era un dolor sordo, una gastritis emocional que ni el omeprazol podía calmar.

—¿Álex, mi amor, ya estás listo? Se nos va a hacer tarde y ya sabes cómo se pone el Periférico a esta hora —la voz de Olga salió del baño, seguida por el repiqueteo inconfundible de sus tacones sobre el piso de loseta. El sonido era agresivo, seguro, dominante.

Alejandro levantó la vista lentamente, sintiendo que el cuello le pesaba toneladas. Ella apareció en el marco de la puerta girando sobre sí misma como si estuviera en una pasarela de París, aunque solo estuvieran en su pequeña recámara en Iztacalco. Llevaba un vestido rojo entallado, de esos que roban el aliento y marcan cada curva con una precisión casi arquitectónica. El escote era pronunciado, mucho más de lo que Alejandro consideraba cómodo para una cena de trabajo, y su cabello estaba perfectamente peinado en ondas suaves que olían a laca cara y vainilla. Se veía espectacular, objetivamente hermosa, una mujer trofeo. Y eso, irónicamente, hizo que Alejandro se sintiera aún más pequeño, más fuera de lugar, más gris. Ella brillaba con una luz propia y agresiva, como un letrero de neón en la oscuridad; él sentía que solo era la sombra difusa que la acompañaba para cargar su bolso y abrirle la puerta del coche, el accesorio necesario para mantener la fachada de “mujer de familia”.

—Listo —respondió él, seco, con la voz rasposa, sin moverse ni un centímetro de la cama.

Ya se estaba arrepintiendo con cada célula de su cuerpo. Debió haber inventado una excusa. Una gripa fulminante de esas que te tiran tres días, una migraña que te ciega, decir que había llegado una grúa con tres coches desbielados al taller y que tenía que quedarse toda la noche… lo que fuera con tal de no tener que presenciar el espectáculo de cada año. Pero Olga había insistido tanto, con esa mezcla letal de chantaje emocional y dulzura manipuladora que siempre terminaba doblegándolo. “Es importante para mi carrera, Álex”, le había dicho con ojos de cachorro, “necesito que me apoyes, que vean que tengo estabilidad familiar”.

—Ay, no me pongas esa cara de funeral, por favor, Alejandro —dijo ella, acercándose para acomodarle el cuello de la camisa blanca que él ni siquiera se había terminado de abotonar. Sus manos estaban frías, llenas de anillos que brillaban bajo la luz amarilla del foco—. Es solo una cena, mi amor. No es un velorio. Vamos a comer rico, a tomar unos tequilas a cuenta de la empresa y a pasarla bien. Te prometo, te lo juro por mi mamá, que esta vez me voy a portar súper bien. Seré una santa, ni te vas a dar cuenta de que estoy ahí.

Alejandro soltó una risa amarga, casi un bufido que salió de su garganta sin permiso, cargado de sarcasmo y dolor acumulado.

—Eso dijiste el año pasado, Olga. Y el antepasado. “Solo vamos a convivir”, dices. “Relájate, Álex”, dices. Y luego termino yo arrumbado en una esquina con mi vaso de refresco tibio, revisando Facebook en el celular, mientras tú le ríes los chistes al imbécil de contabilidad como si fuera el comediante más gracioso de todo México. ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que soy estúpido?

Olga rodó los ojos, suspirando con esa exasperación teatral que usaba cuando él “se ponía difícil” o intenso. Se alejó un paso, como si su negatividad pudiera mancharle el vestido.

—Eres un exagerado, Alejandro. De verdad, qué hueva contigo. A veces pienso que vives en el siglo pasado, en la época de tus abuelos, o que eres un macho celoso de telenovela barata. Somos gente adulta, es un ambiente laboral relajado, moderno. Así se llevan ahora las cosas. Nadie se toma esas bromas en serio, solo tú con tus inseguridades de siempre. La gente se divierte, baila, platica. No tiene nada de malo ser amable, se llama “soft skills”, habilidades sociales, algo que tú en tu taller encerrado con tus fierros a lo mejor no entiendes.

Esas palabras dolieron más que una cachetada. “Tu taller”, “tus fierros”. El desprecio implícito hacia su trabajo, hacia lo que él era. Él se partía el lomo diez horas diarias, llegaba con las manos negras de grasa que ni el detergente en polvo podía quitar del todo, para pagar la mitad de esa vida que llevaban. Pero para ella, su mundo de reportes, juntas en Zoom y correos en inglés era superior.

Ella se dio la vuelta para retocarse el labial rojo intenso —un tono llamado “Russian Red” que costaba lo que él ganaba en dos días— en el espejo del tocador, dando por terminada la discusión con ese gesto de indiferencia absoluta. Alejandro se puso de pie finalmente, sintiendo el peso del saco negro sobre sus hombros como si fuera una armadura de plomo, pesada, inútil y asfixiante. Se miró al espejo un segundo: vio a un hombre cansado, con ojeras prematuras, un hombre que sentía que su esposa le quedaba grande, o más bien, que él ya no cabía en la vida que ella se había inventado.

Tenía un mal presentimiento. Una sensación fría en la nuca, como un susurro de advertencia, que le erizaba la piel. Le decía que esta noche no iba a ser como las otras. Esta noche no iba a ser solo aburrida o incómoda. Esta noche algo se iba a romper, iba a tronar como un pistón forzado al máximo, y no habría pegamento ni soldadura en el mundo capaz de repararlo.

—Adultos, sí… —murmuró para sí mismo mientras tomaba las llaves del coche de la mesa de entrada, donde se acumulaban recibos de luz y propaganda de pizzas—. Vamos a ver qué tan “adultos” nos comportamos hoy.

Salieron del departamento en silencio. Alejandro cerró la puerta con cuidado, dando doble vuelta a la llave, pero por dentro sentía unas ganas inmensas de azotarla hasta que los vidrios temblaran y los vecinos salieran a ver qué pasaba. Necesitaba liberar esa presión, pero se la tragó, como siempre. Olga, en cambio, iba radiante, sus tacones resonando en las escaleras de concreto del edificio. Iba tarareando una canción de reguetón de moda, ajena completamente a la tormenta que llevaba su marido por dentro. Parecía que vivían en dos realidades paralelas: ella en una comedia romántica llena de éxito, ascenso social y glamour, y él en un drama silencioso, en blanco y negro, que estaba a punto de llegar a su clímax trágico.

Subieron al coche, un Versa gris que Alejandro mantenía impecable mecánicamente, aunque la tapicería ya mostraba el paso de los años. El olor a aromatizante de pino barato llenó la cabina. Mientras manejaba hacia el salón de eventos, sorteando el tráfico habitual de la ciudad —ese río de luces rojas interminable—, Alejandro miraba de reojo a su esposa. La luz azulada de la pantalla de su celular le iluminaba el rostro, mostrándola emocionada, viva, con una sonrisa que él hacía meses no provocaba. Sus dedos volaban sobre el teclado táctil, escribiendo y mandando notas de voz rápidas.

—¿Quién va a ir que te tiene tan contenta? —preguntó él, intentando sonar casual, aunque la garganta le raspaba como si hubiera tragado arena.

—Ay, pues todos, amor. El equipo de ventas, los de marketing, los de recursos humanos… va a estar buenísimo. Ah, y dicen que el nuevo subdirector, Denis, organizó todo para que fuera en este lugar súper exclusivo en Polanco. Dicen que el tipo es un genio para las fiestas, tiene un gusto increíble, nada que ver con las fiestas piteras que hacían antes en la oficina con pizzas frías —comentó ella sin despegar la vista del teléfono, con un tono de admiración que a Alejandro le supo a vinagre puro.

“Denis”.

El nombre se quedó flotando en el aire viciado dentro del coche, pesado y denso como el humo de un escape. Alejandro apretó el volante hasta que los nudillos le dolieron y la piel se le puso blanca. Ya había escuchado ese nombre. Demasiadas veces en las últimas semanas. Era como una letanía: “Denis dijo esto en la junta estratégica”, “Denis propuso aquella campaña viral”, “Denis es súper visionario”, “Denis trajo café de Starbucks para todos hoy”, “Denis es muy gracioso”. Era como un fantasma que ya vivía con ellos en la casa, desayunaba con ellos y se metía en su cama. Un fantasma con nombre de extranjero y sueldo de ejecutivo.

Llegaron a Polanco. Las calles cambiaron; el asfalto era más liso, los árboles estaban podados, las luces eran más brillantes. Al llegar al valet parking, el muchacho del chaleco rojo se llevó su modesto sedán, que desentonaba tristemente entre las camionetas blindadas de lujo, los BMWs y los Audis de los directivos. Alejandro sintió esa punzada de clasismo, esa vergüenza tonta pero real de no tener “el coche adecuado”. Se alisó el saco, respiró hondo buscando paciencia donde no la había, y tomó la mano de Olga, buscando un ancla.

Ella la apretó un segundo, un gesto automático, sin fuerza, casi por compromiso. Pero en cuanto vio la entrada del salón, con sus luces neón moradas, la alfombra roja y la música retumbando desde adentro, soltó su agarre suavemente, como quien se quita algo que le estorba, y aceleró el paso, dejándolo medio metro atrás.

—¡Llegamos! ¡Qué emoción! —exclamó con una alegría genuina que a él le heló la sangre.

En ese momento, viendo su espalda alejarse ligeramente hacia la entrada, viendo cómo sus caderas se movían al ritmo de una música que él aún no escuchaba bien, Alejandro supo con una certeza dolorosa y brutal que la había perdido. No solo por esa noche. Sintió que la estaba perdiendo contra ese mundo de brillo y falsedad al que él nunca pertenecería.

Capítulo 2: El intruso en la tierra de los “Mirreyes”

El salón era impresionante, de esos lugares en la Ciudad de México que gritan “presupuesto ilimitado” y “lavado de dinero” al mismo tiempo. Techos altísimos decorados con telas vaporosas, candelabros de cristal modernos que parecían lluvias de diamantes, meseros vestidos de pingüino circulando con una coreografía perfecta llevando charolas de canapés que parecían obras de arte minimalista y copas de champagne flauta. El aire estaba saturado: olía a perfumes importados —Santal 33, Chanel, Dior—, a madera fina, a laca para el cabello y a esa mezcla particular de alcohol caro y ambición desmedida.

Alejandro cruzó el umbral y se sintió inmediatamente como un intruso, como un alienígena. Se sentía como el mecánico con las manos manchadas de grasa que se coló en un baile de la realeza, aunque esa noche llevara las manos restregadas con piedra pómez y las uñas perfectamente cortadas. Su traje, comprado en una oferta de almacén, se sentía de cartón comparado con las telas italianas que veía a su alrededor.

—¡Olga! ¡Güera! ¡Por aquí! —gritó un grupo de mujeres desde una mesa cercana a la pista de baile, agitando las manos como adolescentes en un concierto.

Olga se giró hacia Alejandro, con esa sonrisa brillante, de dientes perfectos, que usaba para las fotos de Instagram.
—Vamos, Álex, no te quedes ahí parado como poste de luz. ¡Acompáñame, no seas tímido!

Él asintió, tragándose su orgullo, y la siguió. Caminar detrás de ella era un ejercicio de humillación sutil. Sentía cómo las miradas de algunos compañeros de ella lo escaneaban rápidamente —zapatos, reloj, corte de pelo— y luego lo descartaban en menos de un segundo, como si él fuera un mueble más, un accesorio poco interesante que Olga había decidido traer porque no tenía dónde dejarlo. Llegaron a la mesa y comenzó el ritual de los saludos, esa danza social que Alejandro detestaba. Besos al aire que no tocan la mejilla, apretones de manos flojos y húmedos, palmadas en la espalda que suenan huecas.

Alejandro se presentó una y otra vez, repitiendo el mismo guion patético:
—Alejandro, mucho gusto.
—¿Tú eres el esposo de Olga? ¡Ay, qué padre! ¿Trabajas en el corporativo también?
—No, yo tengo un taller automotriz, mecánica general —respondía él, tratando de mantener la dignidad.

Y cada vez que mencionaba su oficio, notaba ese pequeño, casi imperceptible, gesto en los rostros de los licenciados, analistas y “Key Account Managers”. Un ligero levantamiento de cejas, una sonrisa congelada, un “Ah, qué interesante, qué útil”, seguido de un silencio incómodo y un giro rápido para hablar con alguien más “importante”. Para ellos, él era “el mecánico”. Un ser de otra casta.

Olga, por su parte, estaba en su elemento, flotando. Se movía entre la gente como pez en el agua, riendo, brindando con su copa de vino blanco, halagando los vestidos de Zara de las otras y los relojes Apple Watch de los otros.
—¡Me encanta tu outfit, amiga!
—¡No manches, qué bueno que cerraste el trato con Bimbo!
—¡Salud por el aguinaldo!

Alejandro se sentó en la silla que le asignaron, en una esquina de la mesa redonda, tomó una copa de agua mineral y se dedicó a observar. Su instinto, agudizado por años de escuchar motores y saber qué pieza estaba fallando solo por el sonido, le decía que estuviera alerta. El ambiente estaba cargado. Había demasiada electricidad estática.

No pasó mucho tiempo antes de que apareciera él. El epicentro del terremoto.

El cambio en la atmósfera fue palpable, casi físico. La música pareció bajar de volumen y las luces enfocarse en un solo punto. Un hombre alto, de unos treinta y cinco años, entró en su campo de visión. Llevaba un traje azul marino hecho a la medida que le quedaba como un guante, camisa blanca inmaculada sin corbata, desabotonada lo justo para mostrar confianza pero no vulgaridad. Tenía esa postura de quien sabe que es el dueño del lugar, de quien nunca ha tenido que preocuparse por si le alcanza para la renta. Caminaba con la seguridad de un depredador alfa.

—¡Buenas noches, equipo! ¡Qué bueno que vinieron! —saludó con una voz potente, carismática, de locutor de radio.

Las cabezas se giraron como girasoles buscando el sol. Las sonrisas se ensancharon hasta parecer dolorosas.
—¡Denis! —exclamaron varios en la mesa al unísono, con una adoración casi religiosa.

Alejandro se tensó, todos sus músculos se pusieron rígidos. Así que este era el famoso Denis. El “visionario”. El hombre que había organizado la fiesta. Lo observó detenidamente, buscándole defectos. Era guapo, tenía que admitirlo con rabia, de tez clara, cabello castaño perfectamente peinado, mandíbula cuadrada y una sonrisa de comercial de pasta de dientes. Pero había algo en sus ojos, una chispa burlona, una mirada de suficiencia que a Alejandro le revolvió el estómago. Era la mirada de alguien que toma lo que quiere porque cree que se lo merece.

Denis fue saludando uno por uno alrededor de la mesa. “Hola, campeón”, “Qué onda, Beto”, “Lau, te ves increíble”. Pero cuando llegó a donde estaba Olga, el saludo cambió. La temperatura cambió. No fue el apretón de manos cordial ni el beso al aire protocolario de oficina.

Denis se detuvo. Le sostuvo la mano a Olga un poco más de tiempo del necesario. Se inclinó ligeramente hacia ella, invadiendo su espacio personal con una naturalidad pasmosa.

—Olga… wow —dijo Denis, haciendo una pausa dramática. Bajó un poco el tono de voz, haciéndolo íntimo, ronco, pero lo suficientemente alto para que Alejandro, sentado a medio metro, lo escuchara perfectamente—. Te ves… espectacular esta noche. Ese color rojo es peligroso. Debería ser ilegal.

Alejandro vio cómo Olga se derretía. Soltó una risita nerviosa, coqueta, se mordió el labio inferior y bajó la mirada un instante —un gesto de falsa sumisión— para luego volver a clavar sus ojos brillantes en los de él.
—Gracias, Denis. Tú tampoco te ves nada mal, eh. Vaya traje, se nota la calidad.

—Trato de estar a la altura de la compañía, y de la belleza presente —respondió él, guiñándole un ojo descaradamente, sin importarle quién estuviera mirando.

Alejandro sintió cómo la sangre le subía a la cara, caliente, pulsante. Sentía que le ardían las orejas. Estaba sentado justo ahí, a distancia de tocarlo, y parecía que para ellos dos él era invisible, un fantasma, una silla vacía. La falta de respeto era tan flagrante que le dieron ganas de pararse y tirarle la mesa encima. Carraspeó fuerte, haciendo un ruido gutural, y dejó su copa de agua sobre la mesa con un golpe seco que hizo tintinear los cubiertos.

Olga pareció despertar de un trance hipnótico, parpadeó y se giró hacia él, como si acabara de recordar que venía acompañada.
—Ah… Denis, perdona. Él es… mi esposo, Alejandro.

La presentación sonó forzada, como si estuviera presentando a un primo lejano que no le cae bien.
Denis despegó la vista del escote de Olga y miró a Alejandro. Su expresión cambió de la seducción a una cortesía aburrida y patronising.
—Alejandro, mucho gusto —dijo Denis, extendiendo la mano.

Alejandro la estrechó. La mano de Denis estaba suave, manicurada, sin callos. Pero su apretón fue firme, dominante.
—He escuchado… bueno, en realidad Olga no habla mucho de su vida personal en la oficina, somos muy profesionales, ya sabes, pura chamba. Pero bienvenido, amigo. Qué bueno que te animaste a venir al mundo de los Godínez. Disfruta la barra libre, es premium, pide lo que quieras, yo invito.

“Amigo”. “Yo invito”. Cada palabra sonó en los oídos de Alejandro como un insulto, como una limosna. Denis le sonrió con esa sonrisita de superioridad, le dio una palmada en el hombro —como se le da a un empleado—, se dio la vuelta y siguió saludando a otros. Pero Alejandro, que no le quitaba la vista de encima, notó cómo, incluso de espaldas, Denis mantenía una atención periférica en Olga. Y lo peor, lo que realmente le clavó un puñal en el pecho, fue que Olga hacía lo mismo. Sus ojos lo seguían por el salón como si fuera un imán.

—¿”Peligroso”? ¿En serio? —preguntó Alejandro en voz baja, inclinándose hacia su esposa, con la voz temblando de coraje—. ¿”Debería ser ilegal”? ¿Qué falta de respeto es esa, Olga?

Ella suspiró, sirviéndose una copa de vino tinto con movimientos nerviosos.
—Ay, Alejandro, por favor, bájale dos rayitas. Es su forma de ser, es así con todas, es súper alivianado. No empieces a armar panchos, te lo pido por favor. Apenas llevamos media hora. No me arruines la noche.

—Me ignoró por completo. Dijo que no hablas de mí. Y te coqueteó en mi jeta, Olga. En mi cara.
—Me saludó y fue cortés. Tú eres el que está buscando problemas donde no los hay porque te sientes inseguro. Relájate, tómate un tequila doble, te hace falta para que se te quite lo amargado.

Alejandro miró la copa de vino de su esposa, viendo cómo el líquido rojo se movía, y luego miró hacia la barra. Ahí estaba Denis, rodeado de gente, riendo a carcajadas, con una copa en la mano, siendo el rey de la fiesta. De pronto, Denis volteó y miró hacia su mesa. Levantó su copa en un brindis silencioso hacia Olga.

Alejandro se sentía como un animal acorralado en un zoológico. La música cambió. El DJ, sabiendo leer a la audiencia, puso un éxito de salsa, algo movido, sensual. Marc Anthony empezó a sonar a todo volumen.

—¡A la pista! ¡Vámonos a bailar! —gritó la compañera de al lado, jalando a su esposo.

Olga se removió en su silla, ansiosa. Sus pies se movían bajo la mesa. Le encantaba bailar, era lo suyo. Alejandro, por el contrario, odiaba bailar. Tenía dos pies izquierdos y se sentía ridículo moviendo las caderas. Ella lo sabía.
—¿Vamos? —preguntó ella, mirándolo, aunque en sus ojos ya sabía la respuesta. Era una pregunta retórica.
—No, ve tú si quieres. Yo paso. No me gusta esta música —murmuró él, cavando su propia tumba.

Fue un error táctico. Lo supo en el momento exacto en que las palabras salieron de su boca. Porque en ese instante, Denis, que parecía tener un radar satelital para estas oportunidades, se desprendió de su grupo de admiradores. Caminó directamente hacia la mesa de Olga, cruzando la pista con paso firme.

Alejandro vio venir la catástrofe en cámara lenta. Denis llegó hasta ellos, ignorando a Alejandro por completo esta vez. Se paró frente a Olga y le extendió la mano con una galantería exagerada, casi de película.

—Si el marido no se anima y prefiere cuidar la mesa, yo no puedo permitir que la mujer más guapa de la noche se quede sentada —dijo Denis, con una voz aterciopelada—. Sería un crimen contra el ritmo. ¿Me concedes esta pieza, Olga?

El tiempo se detuvo. Alejandro apretó los puños debajo del mantel blanco hasta que sintió que las uñas se le clavaban en la palma. Esperó. Rezó, aunque no era creyente. Esperó a que Olga dijera “No, gracias, Denis”, o “Mejor me quedo con mi esposo un ratito”, o “Ahorita no, estoy platicando”. Esperó un gesto de lealtad, un mínimo de respeto hacia él, hacia su matrimonio, hacia su incomodidad evidente.

Pero Olga miró la mano extendida de Denis. Luego giró la cabeza y miró fugazmente a Alejandro. Su expresión no era de duda, ni de culpa. Era una mirada fría, desafiante, que decía claramente: “Tú te lo buscaste por aburrido, ahora aguántate”.

Volvió la vista a Denis, sonrió esa sonrisa que Alejandro pensaba que era solo para él, y tomó la mano del subdirector.
—Claro que sí, vamos a enseñarles cómo se baila —dijo ella, levantándose con entusiasmo.

Alejandro se quedó solo en la mesa, como un náufrago en una isla desierta, rodeado de bolsas de mano de diseñador y sacos vacíos. Vio cómo su esposa caminaba hacia la pista de la mano de otro hombre, un hombre que tenía dinero, poder y la atención de ella. El nudo en su estómago se apretó tanto que sintió náuseas físicas, un sabor metálico en la boca. No eran celos infantiles; era algo peor. Era la certeza humillante, absoluta y devastadora de que, en ese salón lleno de extraños y luces de colores, él era el único que realmente no conocía a la mujer con la que dormía todas las noches.

Y mientras los veía unirse en el centro de la pista y Denis ponía su mano en la cintura de Olga con demasiada confianza, Alejandro supo que la noche apenas comenzaba, y que iba a ser la noche más larga de su vida.

PARTE 2

Capítulo 3: El espectáculo de la humillación

Alejandro se quedó ahí, petrificado en su silla, con las manos aferradas a un vaso de agua mineral que sudaba tanto como él por dentro. El hielo ya se había derretido, dejando un líquido tibio y sin gas, una metáfora perfecta de cómo se sentía su vida en ese momento. Frente a él, la pista de baile se había convertido en un escenario iluminado por luces estroboscópicas moradas y azules, y en el centro de ese universo ajeno, su esposa y su jefe eran los protagonistas indiscutibles.

Sonaba “Llorarás” de Oscar D’León, un clásico de las bodas y fiestas de fin de año en México. La trompeta inicial retumbó en el pecho de Alejandro como una burla. Vio cómo Denis tomaba la mano de Olga con una destreza ensayada. No bailaban como compañeros de trabajo; esa era la primera mentira que Alejandro detectó, y le supo a bilis. Los compañeros de trabajo guardan una distancia de seguridad, un espacio vital de respeto, dejan aire para que pase el Espíritu Santo, como decían las abuelas. Denis y Olga no. Denis la jaló hacia él con un movimiento fluido, eliminando cualquier espacio, y Olga, lejos de poner resistencia, se dejó llevar con una sonrisa que Alejandro no veía en casa desde hacía años.

Alejandro observó cada movimiento como si estuviera diagnosticando una falla mecánica fatal en un motor. Vio la mano de Denis posarse en la espalda baja de Olga. No en la cintura, no en el hombro, sino abajo, peligrosamente cerca de la cadera, rozando la tela roja del vestido en una zona que gritaba intimidad. Y Olga no se apartó. Al contrario, se acomodó en ese toque. Sus cuerpos se movían con una sincronía que dolía ver. Ella echaba la cabeza hacia atrás al reírse de algo que él le decía al oído, exponiendo su cuello, y sus ojos brillaban con esa adrenalina barata del coqueteo prohibido.

—¿No bailas, amigo? —preguntó alguien a su lado.

Alejandro giró la cabeza lentamente. Era un tipo de Recursos Humanos, uno de esos que ya llevaban tres tequilas encima y la corbata en la frente. Lo miraba con una mezcla de lástima y curiosidad morbosa.
—No. No es lo mío —respondió Alejandro, con la voz seca.
—Ah, ya veo… —el tipo miró hacia la pista, ubicó a Olga y a Denis, y soltó una risita incomoda—. Pues mejor ponte las pilas, eh. Porque el Denis es bravo. Dicen que donde pone el ojo pone la bala. Y tu señora baila muy bien.

El comentario, dicho con esa imprudencia del alcohol, fue como un golpe en el estómago. “Ponte las pilas”. Como si fuera su culpa. Como si él tuviera que competir por la atención de su propia esposa contra un tipo que ganaba diez veces más que él y usaba trajes de seda. Alejandro no respondió. Se tragó el insulto y volvió a mirar al frente.

El tiempo se estiró de una manera agónica. La canción terminó, pero no regresaron a la mesa. El DJ, en esa conspiración silenciosa de la noche, mezcló inmediatamente con una cumbia de Los Ángeles Azules. “Cómo te voy a olvidar”. La ironía era tan espesa que se podía cortar con cuchillo. Alejandro vio cómo Denis le decía algo a Olga, señalando la barra o la pista, y ella asentía, riendo, abanicándose con la mano por el calor. No tenían intención de volver. Para ellos, la mesa donde él los esperaba no existía.

Alejandro empezó a sentirse observado. Ya no era solo su paranoia. Notó las miradas de las otras mesas. Secretarias cuchicheando detrás de sus manos, gerentes dándose codazos y señalando discretamente con la cabeza hacia la pista y luego hacia él. Se sentía como el payaso de la fiesta, el “cornudo” del que todos hablarían el lunes en la oficina mientras se tomaban el café. “¿Viste al esposo de Olga? Pobre diablo, ahí sentado mientras el jefe se la ligaba en su cara”. Podía escuchar los comentarios en su cabeza con una claridad alucinante.

La humillación tiene un sabor. Sabe a óxido. Sabe a la sangre que te tragas cuando te muerdes la lengua para no gritar. Alejandro miró su reloj. Habían pasado apenas doce minutos desde que se levantaron, pero para él habían sido horas. Doce minutos de ver cómo otro hombre hacía reír a su mujer. Doce minutos de ver cómo ella lo tocaba: una mano en el hombro de Denis, un roce “accidental” en el pecho, un juego de miradas que excluía al resto del planeta.

De repente, la música paró un segundo y Olga y Denis caminaron hacia la mesa. Alejandro sintió un alivio momentáneo, seguido de una tensión defensiva. Se preparó para decir algo, para sugerir irse, para marcar territorio.
Llegaron riendo, con las caras sonrojadas por el esfuerzo y el alcohol. Olga brillaba de sudor y euforia.

—¡Uf! ¡Qué calor hace! —exclamó ella, tomando la copa de Alejandro sin preguntar y bebiéndose el agua de un trago—. ¡Dios mío, Denis, bailas increíble! No sabía que tenías ese ritmo.
—Años de práctica en salsa cubana —dijo Denis, aflojándose el nudo de la corbata imaginaria y guiñándole un ojo a Alejandro—. Tu esposa es una pluma, Alejandro. Se deja llevar perfecto. Deberías sacarla más seguido, se nota que le hace falta divertirse.

“Le hace falta divertirse”. La frase quedó colgando. Implicaba tantas cosas. Implicaba que con Alejandro se aburría. Implicaba que su vida juntos era gris, monótona, insuficiente.
—Nos divertimos a nuestra manera —dijo Alejandro, con voz tensa, mirándolo a los ojos. Trató de sonar firme, pero sonó defensivo, débil.

Denis soltó una carcajada corta, condescendiente.
—Seguro, seguro. Cada quien sus gustos. Oye, Olguita, voy por unos shots de tequila a la barra para brindar. ¿Te traigo uno?
—¡Ay, sí! ¡Uno de Don Julio! —respondió ella entusiasmada.

Denis se alejó con paso triunfal. En cuanto se fue, Alejandro se inclinó hacia Olga. Ella estaba retocándose el maquillaje con la cámara del celular, ignorándolo.

—Olga, ya vámonos —dijo él, bajo y urgente.
Ella dejó de mirarse en la pantalla y lo fulminó con la mirada. El cambio fue instantáneo: de la chica fiestera y alegre a la esposa molesta y regañona.
—¿Qué? ¿Estás loco? Son las diez de la noche, Alejandro. Apenas está empezando lo bueno.
—No me siento bien. No me gusta el ambiente. No me gusta cómo te trata ese tipo.
—Ay, por favor —bufó ella, guardando el celular en el bolso—. Ya vas a empezar con tus celos de inseguro. “Ese tipo” es mi jefe, Alejandro. Es el subdirector. Me estoy relacionando, estoy quedando bien. ¿No entiendes que de esto depende mi bono? ¿Mi ascenso?
—Hay formas de quedar bien sin que te falten al respeto, Olga. Te está manoseando en la pista.
—¡Nadie me está manoseando! —alzó la voz ella, y un par de personas de la mesa de al lado voltearon—. Estamos bailando. Se llama bailar salsa. Así se baila. Si tú aprendieras a moverte un poco en lugar de estar siempre con tu cara de amargado en el sofá viendo el fútbol, a lo mejor entenderías la diferencia.

Alejandro sintió el golpe. No era físico, pero dolió más.
—No se trata de bailar, Olga. Se trata de respeto. Soy tu esposo y estoy aquí sentado viéndote la cara de estúpido mientras todos murmuran.
—Nadie murmura, Alejandro. Eres tú y tu complejo de inferioridad. Deja de arruinarme la noche, por favor. Solo te pido eso. No hagas una escena.

En ese momento regresó Denis con tres caballitos de tequila en la mano y unas rebanadas de limón.
—¡Aquí está la gasolina! —gritó alegremente—. Uno para la bella dama, uno para mí… y uno para el caballero, para que se le quite esa cara de que le deben dinero a Coppel. ¡Salud!

Alejandro miró el vaso de tequila frente a él. Tenía ganas de tirárselo en la camisa inmaculada a ese imbécil. Pero vio la mirada de advertencia de Olga. Una mirada fría, dura, que decía: “Si haces algo, no te lo perdono”.
Alejandro no tomó el vaso.
—Yo no tomo —dijo.
—Más para mí —respondió Denis, encogiéndose de hombros. Chocó su vaso con el de Olga—. ¡Salud por la mejor bailarina de la noche!
—¡Salud! —dijo ella, riendo, y se empinó el tequila de un trago, chupando el limón después con un gesto que a Alejandro le pareció vulgar y provocativo a la vez.

La música cambió de nuevo. Reguetón. “Gasolina” de Daddy Yankee. El ritmo pesado, sexual, llenó el salón.
—¡Esta es mi canción! —gritó Olga, dando un saltito en la silla.
—Pues no se diga más —dijo Denis, extendiéndole la mano de nuevo—. Vamos a perrear un rato, ¿no?

Y Olga se fue. Se levantó sin dudarlo, sin mirar atrás, sin importarle que su esposo se quedara ahí con el orgullo hecho pedazos sobre el mantel blanco. Alejandro la vio irse, vio cómo sus caderas ya se movían al ritmo del bajo antes de llegar a la pista, y sintió que algo dentro de él se quebraba definitivamente. Ya no era tristeza. Era una ira fría, oscura, que empezaba a subir desde sus entrañas como lava negra.

Capítulo 4: Ecos en el baño y la ruptura del silencio

Alejandro aguantó dos canciones más. Dos canciones eternas donde sus ojos no se despegaron de la pareja en la pista. El “perreo” fue, si cabe, peor que la salsa. Denis bailaba detrás de ella, pegado, sus manos simulando no tocar pero tocando, rozando, cercando. Olga reía, echaba la cabeza hacia atrás, chocaba contra el pecho de él. Era un apareamiento vestido de baile. Era una exhibición pública de infidelidad emocional.

La presión en el pecho de Alejandro se volvió insoportable. Necesitaba aire, necesitaba salir de ese ruido infernal. Se levantó bruscamente, tirando la servilleta sobre la mesa, y caminó hacia los baños. Necesitaba mojarse la cara, necesitaba un momento de silencio para decidir si se largaba y la dejaba ahí o si cometía una locura.

El baño de hombres era un refugio de mármol y luz blanca, lejos del estruendo de la fiesta. Alejandro entró y se dirigió a los lavabos. Abrió la llave y se echó agua helada en la cara, tratando de bajar la temperatura de su vergüenza. Se miró al espejo. Vio sus ojos rojos, la mandíbula tensa. “¿Qué estás haciendo aquí, cabrón?”, se preguntó a sí mismo. “¿Por qué permites esto?”.

Estaba secándose las manos con una toalla de papel cuando escuchó la puerta abrirse. Entraron dos hombres, riendo. Alejandro los reconoció por el reflejo del espejo; eran de Ventas, dos tipos jóvenes con trajes brillantes y relojes grandes. Se metieron a los urinarios sin notar —o sin importarles— que Alejandro estaba ahí, medio oculto por la columna del secador de manos.

—No mames, güey, ¿viste al Denis? —dijo uno de ellos, con esa voz pastosa de borracho—. Está desatado el cabrón.
—Sí, güey, se la está comiendo con la mirada. Y la vieja esa, ¿cómo se llama? ¿Olga?
—Sí, Olga. La de Marketing. No manches, esa vieja está puestísima.
—Cañón. ¿Y viste al marido?
—¿El tipo ese con cara de panteonero que está en la mesa 5?
—Ese mero. Pobre güey. Está ahí sentado nomás viendo cómo le pedalean la bicicleta. Qué pinche oso. Yo que él ya le hubiera partido su madre al Denis o me hubiera llevado a mi vieja de las greñas.
—Nah, se ve que es un mandilón. De esos que no dicen nada. Además, el Denis es el jefe, güey. El poder mata carita y mata marido. Ya sabes cómo son estas viejas, ven un puesto directivo y aflojan todo. Te apuesto una botella a que hoy el Denis no duerme solo.

Las risas de los dos hombres rebotaron en los azulejos del baño como disparos. Alejandro se quedó congelado. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era paranoia. No eran “inseguridades”. Era real. Todos lo veían. Todos se burlaban. Era el hazmerreír de la fiesta, el “pobre güey”, el “mandilón”.

La ira que había sentido antes se transformó en algo más peligroso: determinación.

Los dos tipos se lavaron las manos rápido y salieron, siguiendo con su plática sobre fútbol, ajenos a que acababan de destruir lo poco que quedaba de la paciencia de un hombre.

Alejandro salió del baño un minuto después. Ya no caminaba encorvado. Caminaba con paso firme, con los puños cerrados a los costados. Atravesó el salón buscando una sola cosa. La pista de baile estaba llena, pero los encontró rápido. Eran el centro de atención.

Estaban bailando una balada ahora. Algo lento, romántico. Luis Miguel. “La Incondicional”. Denis tenía los brazos alrededor de la cintura de Olga, completamente cerrados en un abrazo. Ella tenía las manos en los hombros de él, y sus frentes estaban casi tocándose. No se movían mucho, solo se mecían. Estaban en su propio mundo.

Alejandro se acercó. Nadie lo detuvo. Llegó hasta el borde de la pista y se quedó ahí, a tres metros de ellos. Vio el momento exacto. Denis se inclinó y le susurró algo al oído a Olga. Algo que hizo que ella se estremeciera, cerrara los ojos y sonriera con una intimidad que a Alejandro nunca le había regalado en los últimos cinco años. Luego, Denis bajó una mano y, con total descaro, le dio una nalgada suave, juguetona, pero posesiva.

Y Olga no se quitó. Olga soltó una carcajada cómplice y se apretó más contra él.

Fue la gota que derramó el vaso. Fue el cerillo en el tanque de gasolina.

Alejandro no pensó. El “hombre adulto y racional” que Olga quería que fuera desapareció. Solo quedó el hombre herido. Entró en la pista, empujando a una pareja que estorbaba.

—¡Ya estuvo suave! —gritó Alejandro. Su voz, aunque no muy potente, cortó el aire por la pura intensidad de la rabia.

La música seguía, pero el círculo alrededor de ellos pareció detenerse. Olga abrió los ojos y vio a su marido parado ahí, rojo de ira, temblando. Denis levantó la vista, con esa sonrisa burlona todavía a medio borrar.

—¿Qué te pasa, Alejandro? —dijo Olga, soltándose un poco de Denis, pero no del todo. Su tono era de molestia, no de culpa—. ¿Qué haces aquí gritando?

—¿Que qué hago? —Alejandro se rió, una risa maníaca—. Hago lo que debí hacer hace dos horas. Me largo. Y tú… tú das asco.

La música se detuvo de golpe. El DJ debió notar el altercado o alguien le hizo señas. El silencio cayó sobre el salón como una manta pesada. Cientos de ojos se clavaron en el trío.

—Oye, tranquilo, amigo —dijo Denis, levantando las manos en un gesto de paz fingida, como quien calma a un perro rabioso—. Solo estamos bailando. No te pongas agresivo. Estás haciendo el ridículo.

Alejandro dio un paso hacia Denis. Por un segundo, pensó en golpearlo. Pensó en romperle esa nariz perfecta de un puñetazo. Imaginó el sonido del hueso rompiéndose, la satisfacción de borrarle esa sonrisa. Pero vio a Olga. Vio cómo ella se ponía instintivamente delante de Denis, protegiéndolo. Protegiendo a su jefe de su esposo.

Ese gesto lo detuvo más que cualquier golpe. Ella había elegido bando. Y no era el suyo.

—¿El ridículo? —dijo Alejandro, bajando la voz, mirándola fijamente a los ojos—. El ridículo lo estás haciendo tú, Olga. Tú y tu falta de dignidad. Todo el mundo aquí se está burlando de ti, de lo fácil que eres. “Puestísima”, eso dicen en el baño. ¿Eso querías? ¿Ser la comidilla de la oficina? Felicidades, ya lo lograste.

Olga se puso pálida. Abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. La verdad cruda, dicha frente a todos, la desarmó.

—Alejandro, vete —susurró ella, con lágrimas de humillación empezando a brotar—. Vete, por favor. Estás borracho.

—No he tomado ni una gota, Olga. Estoy más sobrio que nunca. Y veo todo clarito.

Alejandro miró alrededor. Vio las caras de los compañeros de trabajo. Ya no había risas. Había shock, había celulares grabando, había silencio. Se sintió repentinamente agotado. Toda la adrenalina se esfumó, dejándolo vacío.

—Quédate con él —dijo Alejandro, señalando a Denis con asco—. Se merecen el uno al otro. Son tal para cual. De plástico los dos.

Dio media vuelta. Sintió que las piernas le pesaban, pero caminó. Cruzó la pista de baile que ahora parecía un mar Rojo abriéndose a su paso. Nadie dijo nada. Nadie intentó detenerlo. Escuchó a Denis decir algo a sus espaldas, intentando recuperar el control de la situación: “Bueno, ya, no pasa nada, sigamos la fiesta”. Pero la magia se había roto.

Alejandro empujó las puertas de cristal y salió a la terraza del salón. El aire frío de la noche de diciembre le golpeó la cara, pero no lo sintió. Sentía que se estaba quemando por dentro. Caminó hasta el barandal y se aferró a él, respirando bocanadas grandes de aire contaminado de la ciudad, tratando de que el corazón dejara de golpearle las costillas.

Le temblaban las manos. Sacó una cajetilla de cigarros que tenía guardada para emergencias, aunque llevaba seis meses sin fumar. Intentó prender uno, pero el encendedor no funcionaba o sus dedos no respondían.

—Maldita sea… maldita sea… —susurró, y luego gritó, un grito ahogado, ronco, hacia la oscuridad de la calle—. ¡Maldita sea!

Allá adentro, la música volvió a empezar, dudosa al principio, luego más fuerte. La fiesta continuaba. El mundo seguía girando. Pero para Alejandro, parado solo en esa terraza fría, mirando las luces de la ciudad que se extendían como un océano indiferente, todo había terminado. Su matrimonio, su vida como la conocía, su futuro… todo se había quedado en esa pista de baile, pisoteado por los tacones de su esposa y los zapatos italianos de un extraño.

Se quedó ahí, mirando al vacío, esperando. ¿Esperando qué? ¿A que ella saliera corriendo detrás de él? ¿A que le pidiera perdón? Una parte estúpida y esperanzada de su corazón todavía lo deseaba. Pero pasaron los minutos. Cinco. Diez. Quince. La puerta de la terraza no se abrió.

Nadie salió.

Alejandro encendió finalmente el cigarro con manos temblorosas, dio una calada profunda que le quemó la garganta, y soltó el humo lentamente.
—Está bien —dijo al aire—. Está bien. Si así lo quieres, así va a ser.

Se abrochó el saco, se dio la vuelta y caminó hacia la salida del recinto, sin mirar atrás, dejando la puerta abierta para que el frío entrara y congelara lo que quedaba de esa fiesta maldita. Iba a irse. Pero no a casa. Esa casa ya no era un hogar.

Capítulo 5: El frío de la banqueta y la confirmación final

Alejandro salió del salón de fiestas como si lo persiguiera el mismo diablo, empujando la pesada puerta de cristal con el hombro. El aire de la noche de diciembre en la Ciudad de México lo golpeó en la cara, frío, seco y cargado de smog, pero para él se sintió como la bocanada de oxígeno más pura que había respirado en años. Sus pulmones ardían, no por el esfuerzo físico, sino por la humillación tóxica que se había tragado allá adentro, trago a trago, baile tras baile.

Caminó sin rumbo fijo los primeros metros, alejándose de la entrada iluminada con luces neón moradas donde los valets corrían de un lado a otro trayendo camionetas blindadas y deportivos alemanes. Se sentía mareado, con esa sensación irreal de desconexión, como cuando te bajas de una montaña rusa y el suelo todavía parece moverse bajo tus pies. El ruido de la música —el bajo retumbando a través de las paredes del recinto— se fue apagando, pero el eco de las risas de Olga y los susurros de sus compañeros seguía taladrándole el cerebro.

Llegó a la esquina, donde la luz de las farolas era más tenue y el glamour de Polanco empezaba a mezclarse con la realidad de la calle. Se recargó contra la pared de ladrillo de un edificio de oficinas cerrado, sintiendo la textura rasposa contra su saco barato. Le temblaban las manos. Sacó la cajetilla de cigarros que tenía en el bolsillo interior. Llevaba meses sin fumar, una promesa que le había hecho a Olga porque a ella le molestaba el olor en las cortinas, pero en ese momento, esa promesa le pareció tan ridícula como su matrimonio.

Intentó encender el cigarro, pero el encendedor de plástico barato falló dos veces.
—¡Puta madre! —gritó, aventando el encendedor contra el suelo. El plástico se rompió con un chasquido seco.

Alejandro se dejó caer sentado en la banqueta fría. Ahí estaba él: Alejandro, el mecánico, el “buen hombre”, el esposo fiel, sentado en el suelo de una de las zonas más ricas de la ciudad, con un traje que no le quedaba bien, solo, mientras su esposa se frotaba contra su jefe a unos metros de distancia. Se tapó la cara con las manos y respiró hondo, tratando de contener las lágrimas de rabia que amenazaban con salir. No iba a llorar. No por ella. No ahí.

—¿Tienes fuego, carnal?

Alejandro levantó la vista, sobresaltado. Un hombre estaba parado a unos pasos de él, fumando. No era un indigente, ni un desconocido cualquiera. Era Igor, un viejo amigo de la preparatoria que, por azares del destino, trabajaba en el área de logística de la misma empresa que Olga, aunque en una bodega lejana, no en el corporativo “fresa”. Igor llevaba la camisa desabotonada y el saco colgado al hombro, con esa cara de cansancio de quien solo fue a la fiesta por la comida gratis.

—Igor… —murmuró Alejandro, reconociéndolo apenas en la penumbra.
—¿Qué pedo, Álex? —Igor se acercó, le extendió su encendedor Zippo y se sentó a su lado en la banqueta, sin importarle ensuciarse el pantalón—. Te vi salir hecho la madre. Pensé que te ibas a vomitar o algo.

Alejandro prendió el cigarro con manos temblorosas y dio una calada profunda. El humo le llenó el pecho, raspando, doliendo, calmando.
—No, güey. No voy a vomitar. Bueno, sí, pero del asco.
—Ya me imagino —dijo Igor, mirando hacia la entrada del salón a lo lejos—. Está cabrón el ambiente ahí adentro. Mucha pose, mucho mirrey. No es lo tuyo, cabrón.

Hubo un silencio incómodo. Alejandro sabía que Igor había visto algo. En esas fiestas todos veían todo. El chisme corría más rápido que la luz.
—¿La viste? —preguntó Alejandro, sin mirar a su amigo, concentrado en la brasa naranja de su cigarro.

Igor suspiró, echando el humo hacia arriba.
—Sí, güey. La vi. Y vi al pendejo ese del Denis.
—¿Y?
—¿Y qué quieres que te diga, Álex? —Igor dudó un momento, buscando las palabras, pero luego optó por la brutal honestidad que solo te da un amigo de verdad—. Se pasaron de verga. Así, al chile. Yo estaba en la barra con los de almacén y hasta nosotros nos quedamos de “no mames”. No son imaginaciones tuyas, si es lo que te preocupa. La neta, se vio muy mal.

La confirmación de Igor fue como un bálsamo y un puñal al mismo tiempo. Bálsamo porque confirmaba que no estaba loco, que no era un celoso paranoico como Olga le había dicho mil veces. Puñal porque hacía real la traición. Ya no era una sospecha; era un hecho público, testificado y validado.

—Me dijo que estoy loco —dijo Alejandro, con la voz quebrada—. Me dijo que soy un inseguro, que así se baila ahora, que son “soft skills”.
—”Soft skills” mis huevos —escupió Igor con desprecio—. Eso se llama calentura, Álex. Y se llama falta de respeto. Ese güey, el Denis, es un depredador. Se sabe que se ha chingado a la mitad de las de Recursos Humanos. Pero tu vieja… —Igor se detuvo, dándose cuenta de que estaba cruzando una línea, pero siguió—. Tu vieja le dio entrada, cabrón. Y le abrió la puerta de par en par. No la obligó. Ella estaba risa y risa.

Alejandro asintió lentamente.
—Lo sé. Eso es lo peor. Que ella quería.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Igor, girándose para verlo.
—Me voy. Ya me fui.
—¿Te vas a tu casa?
—No sé. Supongo. Tengo que sacar mis cosas. No puedo dormir ahí hoy. Si la veo llegar borracha y oliendo a la loción de ese pendejo, soy capaz de hacer una estupidez. De verdad, Igor, siento que si la veo ahorita le arranco la cabeza a alguien.

Igor le puso una mano en el hombro y apretó fuerte.
—Tranquilo, Rambo. No vale la pena que te vayas al bote por una vieja que no te valora. Mira, espérate tantito. Baja el coraje. Fúmate otro cigarro. Si quieres te doy un aventón o nos vamos en Uber, no manejes así.

Se quedaron ahí sentados unos veinte minutos más. Alejandro fumó tres cigarros seguidos, sintiendo cómo la nicotina le adormecía un poco los nervios. Veía pasar los coches de lujo, escuchaba las risas lejanas de la gente que salía a fumar a la terraza. Se preguntaba si Olga lo estaría buscando. Si habría salido corriendo detrás de él, arrepentida, dejándolo todo por su marido.

“Si sale ahorita”, pensó Alejandro, negociando con el destino, “si sale ahorita y me pide perdón, a lo mejor podemos hablar. A lo mejor vamos a terapia. A lo mejor…”

La esperanza es lo último que muere, dicen, pero también es lo que más te tortura.

De pronto, las puertas de cristal del salón se abrieron de par en par. Un grupo grande de gente salió, ruidoso, tambaleándose. Alejandro se tensó. Entrecerró los ojos.

Ahí estaba.

Era Olga. Pero no estaba sola. Y no estaba buscándolo.

Olga salía del brazo de Denis. Iba riéndose a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás, casi colgando del hombro de él. Denis la sostenía por la cintura con una propiedad absoluta, guiándola no hacia la zona de taxis, sino hacia el valet parking donde acababan de traer un BMW negro convertible.

Alejandro sintió que el corazón se le detenía. Se levantó de golpe, ocultándose instintivamente detrás de un poste de luz, aunque sabía que ellos estaban demasiado borrachos y ensimismados para verlo en la oscuridad. Igor se levantó también, poniéndose tenso a su lado.

—No mames… —susurró Igor.

Alejandro vio la escena como en cámara lenta. El valet le abrió la puerta del copiloto a Olga. Ella, antes de entrar, se giró hacia Denis. Él le dijo algo, le apartó un mechón de pelo de la cara con una suavidad que Alejandro reconoció: era el mismo gesto que Denis usaba para cerrar tratos, para seducir. Olga se puso de puntitas y le dio un beso en la mejilla, pero fue un beso lento, pegado a la comisura de los labios, un beso que prometía todo. Luego se dejó caer en el asiento de cuero beige del coche.

Denis rodeó el auto, le dio una propina al valet que hizo sonreír al muchacho, se subió, arrancó el motor con un rugido potente y salieron disparados por la avenida Masaryk, perdiéndose entre las luces rojas de la ciudad.

Alejandro se quedó parado, viendo el espacio vacío donde había estado el coche. Sentía un frío mortal en los huesos. Ya no había dudas. No había “quizás”. No había terapia que arreglara eso. Se habían ido juntos. Su esposa se había ido con otro hombre frente a sus narices, sabiendo que él se acababa de ir furioso y dolido. Le importó un carajo.

—Vámonos, Álex —dijo Igor, con voz suave, jalándolo del brazo—. Vámonos de aquí. Ya viste lo que tenías que ver. Ya no hay nada más que hacer aquí.

Alejandro asintió, con la mirada vacía.
—Sí. Ya vi lo que tenía que ver.

Caminaron hacia el coche de Igor, un Chevy viejo pero confiable estacionado a tres cuadras para no pagar valet. Alejandro no volteó atrás ni una sola vez. El salón de fiestas, con su música y su brillo, se quedó a sus espaldas como un monumento a su antigua vida, una vida que acababa de morir atropellada por un BMW en Polanco.

Capítulo 6: Cenizas de un hogar y la huida silenciosa

El trayecto en el coche de Igor fue silencioso. Solo sonaba la radio a bajo volumen, una estación de baladas viejas que parecía burlarse de la situación con canciones de José José. Alejandro iba mirando por la ventana, viendo pasar la ciudad. Todo le parecía ajeno, distorsionado. Los puestos de tacos, las parejas caminando de la mano, los semáforos. Sentía que él ya no pertenecía a ese mundo de gente normal con problemas normales. Él estaba en una dimensión de dolor nueva.

—¿A dónde te llevo? —preguntó Igor cuando entraron al Viaducto.
—A mi casa —dijo Alejandro, mirando al frente—. Necesito sacar mis cosas. No puedo dejar nada ahí. Si me voy, me voy bien.
—¿Estás seguro que quieres ir ahorita? ¿Y si ella llega?
—No va a llegar —respondió Alejandro con una certeza gélida—. No va a llegar hoy, Igor. Y si llega… pues que llegue. Ya no me importa.

Llegaron al edificio de departamentos en Iztacalco. Era un bloque de concreto gris, modesto, donde habían vivido los últimos cinco años. Alejandro miró hacia arriba. La ventana de su departamento estaba oscura. “Claro que está oscura”, pensó. “La luz de mi vida se fue a brillar a otro lado”.

—¿Quieres que suba contigo? —ofreció Igor, apagando el motor.
—No, güey. Gracias. Espérame aquí. No me tardo. Necesito hacer esto solo.
—Aquí te espero. Tómate tu tiempo. Si necesitas que suba a madrear a alguien, me echas un grito.

Alejandro bajó del coche y subió las escaleras. Cada escalón pesaba. Sacó las llaves. Esas llaves que había usado miles de veces, que significaban “hogar”, “descanso”, “familia”. Ahora solo eran pedazos de metal frío. Abrió la puerta.

El olor del departamento lo golpeó. Olía a suavizante de telas, al perfume de vainilla de Olga que flotaba en el ambiente, y a un rastro de la cena que habían dejado a medias el día anterior. Era el olor de una mentira. Encendió la luz de la sala. Todo estaba inmaculado. Los cojines ordenados, las fotos en las repisas.

Ahí estaban ellos, sonriendo en la foto de la boda. Olga vestida de blanco, él con un traje alquilado pero con la sonrisa más genuina del mundo. Parecían felices. “Parecíamos”, se corrigió. Se acercó a la foto. Recordó ese día. Recordó cómo ella le juró amor eterno frente al altar, cómo le dijo que él era su roca. “Tu roca se rompió, Olga”, susurró. Tomó el portarretratos y, en lugar de romperlo contra la pared como le pedía el cuerpo, lo colocó boca abajo sobre la repisa. Fue un gesto silencioso, definitivo. Una lápida sobre su matrimonio.

Caminó hacia la recámara. La cama estaba tendida, con el edredón que habían comprado juntos en oferta. Se sentó un momento en el borde, en el mismo lugar donde había estado horas antes esperando para salir a la maldita fiesta. Parecía que habían pasado diez años, no cuatro horas.

Se levantó de golpe, sacudiéndose la nostalgia como si fuera polvo. Fue al clóset y sacó una maleta deportiva grande, la que usaba para ir al gimnasio cuando todavía tenía ganas de vivir. Empezó a meter ropa indiscriminadamente. Pantalones de mezclilla, camisetas, ropa interior, calcetines. No doblaba nada, solo aventaba puñados de tela dentro de la bolsa.

Abrió el cajón de sus cosas importantes. Sacó su pasaporte, los papeles del coche, una pequeña caja con los ahorros en efectivo que guardaba para emergencias. Esta era la emergencia.

Su celular vibró en su bolsillo. Se detuvo. El corazón le dio un vuelco. Lo sacó.

Era un mensaje de WhatsApp de Olga.
01:15 AM – Olga:
“¿Dónde estás? Te fuiste como loco. Me dejaste sola y en ridículo frente a todos. Eres un inmaduro.”

Alejandro leyó el mensaje y soltó una carcajada seca en la soledad de la habitación. “Inmaduro”. Ella se va con su jefe en un coche de lujo y el inmaduro es él por no quedarse a aplaudir.
Vibró de nuevo.

01:16 AM – Olga:
“Denis me va a dar un aventón a casa porque tú te llevaste el coche (o eso creo, ni vi). Espero que cuando llegue ya se te haya bajado el berrinche y podamos hablar como adultos. No pienso aguantarte tus escenas de celos hoy.”

La mentira era tan descarada que dolía. “Me va a dar un aventón”. Claro. Un aventón que pasaba por algún motel o por el departamento de soltero de lujo de Denis. Alejandro sabía leer entre líneas. Sabía que ella estaba tratando de cubrirse las espaldas, creando una narrativa digital por si él reclamaba después. “Solo fue un aventón”.

Alejandro empezó a escribir una respuesta. Sus dedos temblaban de furia. Escribió: “Te vi irte con él. Te vi besándolo. No vuelvas.”
Pero luego se detuvo. Borró el mensaje. No. No le iba a dar el gusto de saber que él estaba herido. No le iba a dar material para que ella se hiciera la víctima.
Guardó el teléfono sin contestar. El silencio sería su respuesta. El silencio es lo único que no pueden manipular los mentirosos.

Volvió a su tarea. Fue al baño, tomó su cepillo de dientes, su rasuradora, su desodorante. Vio el cepillo de Olga al lado del suyo, sus cremas, sus maquillajes esparcidos por el lavabo. Sintió una punzada de dolor agudo, físico, en el pecho. Recordó cuántas veces la había visto maquillarse ahí, cuántas veces la había abrazado por la espalda mientras se miraban en ese espejo.

—Ya basta —se dijo en voz alta, cerrando el cierre de la maleta con fuerza—. Ya basta, Alejandro. Esa mujer ya no existe.

Salió a la sala con la maleta al hombro. Pesaba poco. Cinco años de matrimonio reducidos a diez kilos de ropa y artículos de aseo.
Se paró frente a la mesa del comedor. Se quitó el anillo de matrimonio. Era una banda de oro simple, ya un poco rayada por el trabajo en el taller. Le quedó la marca blanca en el dedo anular, una cicatriz de piel pálida donde el sol no había tocado en años.

Puso el anillo sobre la mesa de centro, justo encima de un posavasos. Brillaba bajo la luz cenital. Era un punto final dorado.
Sacó las llaves del departamento de su bolsillo. Las puso al lado del anillo. El tintineo del metal contra la madera resonó en el silencio sepulcral.

Dio una última mirada alrededor.
—Adiós —dijo a la nada.

Salió y cerró la puerta. No le dio doble vuelta. Ya no era su responsabilidad cuidar lo que había adentro.

Bajó las escaleras rápido, sintiendo que si se detenía, se rompería en mil pedazos ahí mismo. Salió a la calle donde Igor lo esperaba recargado en el cofre del Chevy, fumando otro cigarro.
Igor vio la maleta, vio la cara de Alejandro —pálida, con los ojos vidriosos pero secos— y entendió todo. No hizo preguntas estúpidas.

—Súbete —dijo Igor, tirando el cigarro y pisándolo.
Alejandro aventó la maleta en el asiento trasero y se subió al lugar del copiloto. Se dejó caer en el asiento como si le hubieran cortado los hilos que lo mantenían de pie.
—¿A dónde vamos? —preguntó Igor, arrancando el coche.
—No sé. A un hotel. O a… no sé. No tengo a dónde ir, cabrón. Mis papás viven en Toluca y no quiero llegar allá a estas horas a dar lástima.

Igor manejó en silencio unos segundos y luego negó con la cabeza.
—Ni madres. Qué hotel ni qué nada. Te vienes a mi cantón. Tengo el sofá cama en la sala. No es el Ritz, pero hay chelas frías y nadie te va a joder. Y mañana vemos. Mañana resolvemos el mundo. Hoy solo necesitas dormir y no pensar.

Alejandro sintió un nudo en la garganta, pero esta vez era de gratitud.
—Gracias, carnal. Te debo una.
—No me debes ni madres. Para eso estamos.

El Chevy se alejó por las calles vacías de Iztacalco. Alejandro recargó la cabeza en el vidrio frío de la ventana. Vio pasar su colonia, su panadería, su parque. Todo se quedaba atrás.
El celular volvió a vibrar. Y otra vez. Y otra vez.
Olga estaba llamando.
La pantalla se iluminaba con su nombre y una foto de ellos dos en la playa, felices, bronceados, enamorados.
Alejandro miró la foto mientras el teléfono vibraba en su mano como un insecto moribundo.
Llamada entrante: Mi Amor ❤️

Alejandro deslizó el dedo. Pero no para contestar.
Apagó el teléfono.
La pantalla se fue a negro. La foto desapareció. La voz de ella, sus mentiras, sus excusas, su manipulación, todo quedó silenciado.

—¿La apagaste? —preguntó Igor.
—La apagué.
—Bien hecho.

Llegaron al departamento de Igor veinte minutos después. Era un lugar de soltero, un poco desordenado, con cajas de pizza y ropa en las sillas, pero se sentía honesto. Se sentía seguro.
Igor sacó dos cervezas Victoria del refrigerador y le pasó una a Alejandro. Se sentaron en el sofá, sin encender la televisión.
—Salud —dijo Igor, levantando la botella.
—¿Salud por qué? —preguntó Alejandro, mirando la botella ámbar—. Mi vida es una mierda.
—Salud porque te diste cuenta a tiempo —dijo Igor, muy serio—. Salud porque no tienes hijos con ella. Salud porque te quitaste un peso de encima que no te dejaba caminar, aunque ahorita sientas que te arrancaron una pierna. Créeme, Álex. Te hiciste un favor. Esa vieja no te merecía. Eras mucha pieza para tan poco motor.

Alejandro sonrió tristemente ante la analogía mecánica. Chocó su botella contra la de Igor.
—Salud.

Dio un trago largo a la cerveza helada. El alcohol le entumeció un poco el dolor. Se acomodó en el sofá, cerró los ojos y, por primera vez en toda la noche, dejó de temblar. El silencio del departamento de su amigo era infinitamente mejor que el ruido de la fiesta.
Afuera, la ciudad seguía su curso. En algún lugar de Polanco o Lomas, su esposa estaba con otro hombre, probablemente pensando que Alejandro estaba en casa llorando, esperando a que ella llegara para perdonarla como siempre.
Pero Alejandro ya no estaba ahí. Alejandro se había ido. Y esa era la única victoria que podía reclamar esa noche. Mañana dolería. Mañana sería el infierno de los abogados, las explicaciones, la familia. Pero esa noche, en ese sofá viejo, Alejandro empezó a recuperar lo único que ella no había podido quitarle: su dignidad.

Se quedó dormido con la ropa puesta, con la botella de cerveza a medio terminar en la mano, agotado por el peso de una libertad que no había pedido, pero que ahora tenía que aprender a usar.

Capítulo 7: La cruda moral y el bombardeo digital

Alejandro abrió los ojos con dificultad. Una franja de luz solar implacable se colaba por las persianas mal cerradas de la sala de Igor, golpeándole directamente en la cara como un juicio sumario. Por un segundo, ese instante bendito de desorientación matutina, no supo dónde estaba. El techo tenía una mancha de humedad con forma de mapa que no reconocía, y el sofá olía a tela vieja y a perro, aunque Igor no tenía perro.

Luego, la realidad le cayó encima como una losa de concreto.

El salón de fiestas. El vestido rojo. Denis. La mano en la cintura. La huida.

Se sentó de golpe en el sofá cama, sintiendo una punzada aguda en las sienes. No había tomado tanto —apenas dos cervezas con Igor antes de caer rendido—, pero tenía una cruda. No de alcohol, sino esa “cruda moral” y emocional que te deja el cuerpo como si te hubiera atropellado un microbús en Calzada de Tlalpan. Sentía la boca seca, pastosa, con sabor a ceniza de cigarro y a amargura.

Miró a su alrededor. El departamento de Igor estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano del refrigerador y el ruido habitual de la Ciudad de México despertando: el silbido del carrito de los camotes que pasaba tarde, el claxon de un taxista desesperado, el grito lejano de “¡Gas, el gaaaaas!”. Era sábado por la mañana. En su otra vida, la que había muerto hacía unas horas, él estaría preparando café mientras Olga dormía un poco más, recuperándose de la fiesta para luego ir a desayunar barbacoa a algún mercado.

Pero esa vida ya no existía.

Su mirada cayó sobre la mesa de centro. Ahí estaba su celular, negro, inerte, apagado. Lo miró con desconfianza, como si fuera una granada sin seguro. Sabía que encenderlo sería abrir la puerta del infierno, pero también sabía que no podía esconderse para siempre.

Se levantó, fue al baño, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Se veía fatal. Tenía los ojos hinchados, ojeras profundas y la barba de un día que le daba un aspecto descuidado. “Te ves como te sientes, cabrón”, se dijo. “Derrotado”.

Regresó a la sala y, con un suspiro que le vació los pulmones, presionó el botón de encendido del teléfono.

La pantalla se iluminó con el logo de la marca. Tardó unos segundos en arrancar, segundos que parecieron horas. Y entonces, comenzó la vibración.

Bzzt. Bzzt. Bzzt. Bzzt.

El teléfono empezó a convulsionar en su mano. Las notificaciones entraban en cascada, una tras otra, solapándose, sin dar tregua.
47 llamadas perdidas.
12 mensajes de voz.
35 mensajes de WhatsApp.
5 SMS (porque Olga, desesperada, intentó por todos los medios).

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa y lo vio vibrar solo, bailando sobre la madera por la intensidad de las notificaciones. Esperó a que se calmara un poco antes de desbloquearlo.

Abrió WhatsApp. El chat con “Mi Amor ❤️” estaba hasta arriba, con un punto verde que marcaba decenas de mensajes no leídos. Alejandro respiró hondo y abrió la conversación. Leerlos fue como ver una radiografía de la psique de su esposa, pasando por todas las etapas del duelo y la manipulación en tiempo real.

01:30 AM: “¿Ya llegaste? Avísame.” (Fingiendo normalidad).
01:45 AM: “Denis me trajo. Gracias por dejarme sin coche. Eres increíble.” (Ataque pasivo-agresivo).
02:10 AM: “Llegué al depa. No estás. ¿Dónde estás? Esto ya no es gracioso, Alejandro.” (Preocupación mezclada con enojo).
02:30 AM: “Vi que te llevaste ropa. ¿Es en serio? ¿Por una fiesta? ¿Por un baile? Estás exagerando cañón.” (Gaslighting, minimizando sus sentimientos).
03:00 AM: “Contéstame, carajo. Me estás asustando.”
03:45 AM: “Alejandro, por favor. Hablemos. No quiero que estemos así. Te amo.” (La carta del amor, la manipulación emocional).
04:20 AM: “Seguro estás con ese idiota de Igor. Ya sé que le llenaste la cabeza de ideas. Eres un influenciable.” (Culpar a terceros).
05:00 AM: “Ok, haz lo que quieras. Si quieres comportarte como un niño, adelante. Cuando se te baje el berrinche, aquí voy a estar.” (Falsa superioridad).
08:15 AM: “Llamé a tu mamá. No sabe nada. ¿Dónde chingados estás, Alejandro? Ya me estoy preocupando de verdad.”

Alejandro leyó el último mensaje y sintió una oleada de furia caliente. ¿Había llamado a su madre? ¿Había metido a su madre, una señora hipertensa de sesenta años, en esto?

—Maldita sea… —susurró.

En ese momento, Igor salió de su recámara, rascándose la barriga y con el pelo revuelto. Llevaba una playera vieja de Pumas y unos boxers holgados.
—Buenos días, bella durmiente —dijo Igor con voz ronca—. ¿Cómo amaneció el soltero más codiciado de la colonia?

Alejandro no sonrió. Le mostró el teléfono.
—Llamó a mi jefa, güey. A las ocho de la mañana.
Igor frunció el ceño, su sonrisa desapareció al instante. Fue a la cocina, abrió el refri y sacó jugo de naranja.
—Se pasó de lanza. Eso es juego sucio. ¿Qué le dijo?
—No sé, no he hablado con mi mamá. Pero seguro se hizo la víctima. “Ay, suegrita, Alejandro no llegó a dormir, estoy tan preocupada, no sé qué le pasa”. Ya me la sé.

Igor sirvió dos vasos de jugo y se los llevó a la mesa.
—Tómatelo. Necesitas azúcar. Y luego vamos por unos chilaquiles bien picosos para que revivas. Mira, Álex, esto confirma lo que te dije anoche. Esa vieja es manipuladora. Está tratando de acorralarte, de usar a tu familia para que regreses con la cola entre las patas. No caigas.

—No voy a caer —dijo Alejandro, tomando el jugo. Le supo ácido, pero refrescante—. Pero tengo que hablar con mi mamá antes de que Olga le cuente una telenovela donde yo soy el villano.

—Hazlo. Pero ni se te ocurra contestarle a Olga. Ley del hielo, papá. Contacto cero. Si le contestas, aunque sea para mentarle la madre, ya le diste entrada. Y esa mujer es abogada de pleitos de oficina, sabe cómo darle la vuelta a las palabras.

Alejandro asintió. Igor tenía razón. Marcó el número de la casa de sus padres en Toluca. Su madre contestó al primer timbre, con la voz temblorosa.
—¿Bueno? ¿Alejandro? ¿Eres tú, hijo?
—Sí, ma. Soy yo. Tranquila.
—¡Ay, hijo! ¡Bendito sea Dios! Olga me habló tempranito, estaba llorando, dijo que te fuiste de la casa, que no sabe dónde estás. Me dijo que te pusiste muy mal en una fiesta. ¿Estás bien? ¿Estás borracho? ¿Te pasó algo?

Alejandro cerró los ojos, imaginando la escena de Olga fingiendo llanto al teléfono. Qué buena actriz. Debería estar en Televisa, no en un corporativo.
—No, mamá. No estoy borracho. Y no me puse mal. Estoy bien. Estoy en casa de Igor.
—¿Pero qué pasó? Olga dice que te dio un ataque de celos por nada, que te imaginaste cosas.
—Mamá, escúchame bien —dijo Alejandro, con voz firme y calmada—. No me imaginé nada. Olga me faltó al respeto. Delante de todos. Se fue con otro tipo. Me salí de la casa porque ya no voy a vivir con ella. Me voy a divorciar.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Su madre, Doña Rosa, era de la vieja escuela. Para ella, el matrimonio era hasta que la muerte los separe, y el divorcio era una palabra tabú.
—¿Divorciar? Ay, hijo… pero… ¿estás seguro? A lo mejor pueden hablarlo. Las parejas tienen problemas, a veces uno comete errores… Tu papá y yo…
—No, mamá. Esto no es como tú y mi papá. Esto se acabó. No voy a regresar. Solo te llamo para que sepas que estoy bien y para que no le creas nada a Olga. Si te vuelve a llamar, dile que hable conmigo, que a ti te deje en paz.

—Pero hijo…
—Te quiero, ma. Voy a estar bien. Luego te voy a ver y te explico todo con calma. Pero por favor, no le des información mía. No le digas dónde estoy.
—Está bien, mijo. Si tú lo dices… Cuídate mucho. Come algo.

Alejandro colgó. Sintió que se quitaba una mochila de piedras de la espalda. Ya estaba dicho. La palabra “divorcio” había salido de su boca y no había sonado aterradora. Había sonado a liberación.

Igor lo miraba desde la cocina, friendo unos huevos.
—¿Listo?
—Listo. Ya sabe.
—Chido. Ahora, lo siguiente. Necesitas un abogado. Y no cualquier abogado. Necesitas un perro. Uno de esos que huelen sangre y no sueltan. Porque Olga se va a poner perra cuando vea que va en serio. Te va a querer quitar hasta las herramientas del taller.

Alejandro se sentó en la barra de la cocina.
—No tenemos bienes mancomunados, gracias a Dios. El depa es rentado. El coche está a mi nombre. El taller es mío, herencia de mi abuelo.
—Mejor. Pero igual te va a querer joder por el lado emocional o pedir pensión compensatoria o alguna mamada así. Conozco a un Licenciado. El Licenciado Morales. Tiene su despacho en el Centro, arriba de una zapatería. No es elegante, huele a archivo viejo, pero ese ruco es una pistola para los divorcios. Divorció a mi primo el que se casó con la loca aquella que le quemó la ropa, ¿te acuerdas? Y la dejó en la calle.

—No quiero dejarla en la calle, Igor. No quiero venganza. Solo quiero que se acabe. Quiero que desaparezca de mi vida.
—El “divorcio incausado”, güey. “Divorcio exprés”. En la CDMX es rápido. Solo necesitas notificarle y ya. Pero necesitas que Morales redacte la demanda bien para que no haya pedos. ¿Te late si le marco? Trabaja los sábados hasta mediodía.

Alejandro miró su teléfono, donde seguían entrando mensajes de Olga. Ahora eran fotos. Fotos de ellos dos abrazados. Fotos de su perro (que se había quedado con ella). Golpes bajos.
—Márcale —dijo Alejandro—. Márcale ahorita.

Mientras desayunaban unos chilaquiles verdes que Igor preparó —picantes, espesos, con mucha crema y cebolla—, Alejandro sintió que la sangre le volvía al cuerpo. El picante le despertó los sentidos. Estaba en crisis, sí. Su vida era un desastre, sí. Pero tenía un amigo, tenía un plan y tenía chilaquiles. Podía sobrevivir a esto.

Capítulo 8: El refugio de grasa y la visita indeseada

Después del desayuno y de la llamada al Licenciado Morales —quien les dio cita para el lunes a primera hora con la promesa de “sacar ese trámite en chinga”—, Alejandro sintió la necesidad imperiosa de hacer algo con sus manos. No podía quedarse en el departamento de Igor viendo la televisión y pensando. Necesitaba ocupar la mente, y su terapia siempre había sido la mecánica.

—Voy al taller —le dijo a Igor mientras se ponía sus jeans y sus botas de trabajo, que había sacado de la maleta.
—¿En sábado? ¿No ibas a cerrar?
—Sí, pero tengo la transmisión de la camioneta del Señor Gutiérrez a medias. Y si me quedo aquí me voy a volver loco revisando el celular. Necesito ensuciarme las manos, güey. Necesito arreglar algo que sí tenga solución.

—Va. Te llevo. Pero aguas, ¿eh? Olga sabe dónde está el taller. Si te va a buscar, te va a buscar ahí.
—Que me busque. En mi terreno es diferente. Ahí no soy el “esposo accesorio”. Ahí soy el maestro Alejandro. Ahí mando yo.

Igor lo dejó frente a la cortina metálica del taller, un local amplio en una calle transitada de la colonia Doctores. El letrero, pintado a mano, decía “Mecánica General Hnos. Ruiz”. Era el legado de su abuelo y de su padre. Alejandro levantó la cortina haciendo ruido, ese estruendo metálico que para él sonaba a “abierto por negocios”.

El olor lo recibió como un abrazo familiar: una mezcla de gasolina, aceite 40, caucho quemado y desengrasante cítrico. Era un olor honesto. Aquí no había perfumes caros que ocultaran intenciones podridas. Aquí, si algo olía a quemado, es porque algo estaba quemado. Las cosas eran lo que eran.

Alejandro se puso su overol azul, manchado de batallas anteriores. Se sintió protegido, como si se pusiera una armadura. Caminó hacia la Ford Lobo desarmada que ocupaba la rampa principal. Acarició el metal frío del motor.
—Hola, grandota —murmuró—. A ver qué te duele.

Se puso a trabajar. Durante las siguientes cuatro horas, Alejandro desapareció. Su mente entró en ese estado de flujo que solo los artesanos y los mecánicos conocen. Desarmó el cuerpo de válvulas, limpió cada pieza con meticulosidad quirúrgica, revisó los empaques. Sus manos se movían con memoria propia, apretando tuercas, ajustando birlos. El esfuerzo físico, la fuerza necesaria para aflojar tornillos oxidados, le servía para canalizar la rabia. Cada vez que daba un golpe con el martillo de goma, imaginaba que rompía un eslabón de la cadena que lo ataba a Olga.

Era feliz ahí. Recordó cuántas veces Olga le había dicho que debería vender el taller, que debería buscar un trabajo “de oficina”, algo más “limpio”, más “manager”. Que le daba vergüenza decir que su esposo era mecánico. “Di que eres empresario automotriz”, le corregía ella cuando iban a reuniones. Él siempre se había sentido menos por eso. Pero ahora, viendo el motor brillante y listo para ser reensamblado, se dio cuenta de que él tenía algo que Olga y su mundo de plástico nunca tendrían: él sabía cómo funcionaban las cosas por dentro. Él sabía arreglar lo que estaba roto. Ella solo sabía aparentar.

Eran las dos de la tarde cuando el sol pegaba fuerte sobre la lámina del techo. Alejandro estaba debajo de la camioneta, apretando el cárter, cuando vio unos zapatos entrar al taller.
No eran las botas de sus chalanes (que no iban los sábados). No eran los tenis de algún cliente.
Eran tacones. Tacones negros, de punta fina.
Y los reconoció al instante.

El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas. Se quedó inmóvil un segundo, con la llave de media pulgada en la mano, respirando el polvo del suelo.
—Alejandro —la voz de Olga retumbó en el taller vacío. Sonaba diferente a los mensajes. Sonaba cansada, quebrada, pero con ese deje de autoridad de siempre.

Alejandro cerró los ojos, maldijo en silencio, y se deslizó hacia afuera en la camilla de mecánico.
Salió a la luz. Desde el suelo, la vio. Llevaba unos jeans ajustados, una blusa blanca sencilla y unas gafas de sol enormes que le cubrían media cara. Se las quitó al verlo. Tenía los ojos hinchados, sin maquillaje. Se veía devastada, sí, pero también se veía hermosa. Y eso le dio más coraje a Alejandro.

Él se puso de pie lentamente, limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo rojo que colgaba de su cinturón. No se acercó. Se quedó junto a la camioneta, usándola como barrera.
—¿Qué haces aquí, Olga? —preguntó. Su voz salió firme, ronca, sin temblar.

Olga dio un paso hacia él, pero se detuvo al ver su postura defensiva.
—Te estuve marcando toda la mañana. Fui al depa y vi que te llevaste cosas. Fui con tu mamá y no me quiso decir nada. Supuse que estarías aquí, escondiéndote entre tus fierros.
—No me estoy escondiendo. Estoy trabajando. Algo que tú no conoces, porque lo tuyo es la grilla y el coqueteo.

Olga hizo una mueca de dolor.
—Alejandro, por favor. No seas cruel. Vine a hablar. Tenemos que hablar. No puedes terminar un matrimonio de cinco años por WhatsApp y luego desaparecer. Eso es de cobardes.

—¿Cobarde? —Alejandro soltó una risa incrédula—. Cobarde es lo que hiciste tú anoche. Cobarde es faltarme al respeto enfrente de todos y luego irte con el tipo ese en su coche mientras tu esposo se iba caminando solo. Eso es ser cobarde, Olga. Y es ser una cínica.

—¡No pasó nada! —gritó ella, desesperada. Su voz rebotó en las paredes de ladrillo—. ¡Me dio un aventón! ¡Estaba borracha, Alejandro! ¡No sabía lo que hacía! Me llevó a la casa, me dejó en la puerta y se fue. ¡Te lo juro por lo más sagrado! ¡No me acosté con él!

Alejandro la miró a los ojos. Buscó la verdad en ellos. Tal vez decía la verdad sobre el sexo. Tal vez no habían cogido anoche. Pero eso ya no importaba.
—Me vale madre si te acostaste con él o no —dijo Alejandro, bajando la voz a un tono letal—. Me vale madre si solo te dio un aventón o si te llevó a la Luna. El problema no es el sexo, Olga. El problema es que me humillaste. El problema es que lo preferiste a él. El problema es que cuando te pedí que nos fuéramos, te quedaste. Cuando te dije que me sentía mal, te burlaste. Rompiste todo, Olga. No fue un error de borracha. Fue una elección. Tú elegiste quedarte con él. Pues ahora quédate con él.

Olga empezó a llorar. Lágrimas gordas, reales. Se le descompuso el rostro.
—Léxa, perdóname. Por favor. Fui una estúpida. Me dejé llevar por el ambiente, por la presión, por querer encajar. Sé que la cagué. Pero te amo. No quiero perderte. Podemos arreglarlo. Iré a terapia. Renuncio a ese trabajo si quieres. No vuelvo a ver a Denis en mi vida. Pero regresa a la casa. No puedo estar sin ti.

Verla así, suplicando, rota, en medio de su taller sucio, movió algo dentro de Alejandro. Era la mujer que había amado. Verla llorar siempre había sido su debilidad. Sintió el impulso de ir a abrazarla, de decirle que estaba bien, que la perdonaba, que olvidarían todo.

Dio un paso adelante.
Olga vio el movimiento y sus ojos se iluminaron con esperanza. Estiró la mano hacia él.
—Mi amor…

Pero Alejandro se detuvo. Miró su mano extendida. Luego miró sus propias manos, negras de grasa, sucias, honestas. Y recordó las manos de Denis. Manicuradas. Suaves. Tocándola.
Recordó la risa de los tipos en el baño. “El mandilón”. “Pobre güey”.
Si regresaba ahora, si la perdonaba con unas cuantas lágrimas, eso es lo que sería para siempre. El pobre güey que perdona todo. El tapete.

Se enderezó. Endureció la mandíbula. El mecánico acababa de diagnosticar que esta pieza ya no tenía reparación. Era pérdida total.

—No —dijo Alejandro. La palabra cayó como un martillazo.

Olga se quedó congelada, con la mano en el aire.
—¿Qué?
—Dije que no. No voy a regresar. No quiero que renuncies a tu trabajo. Ese es tu mundo, Olga. Quédatelo. Disfrútalo. Sé la reina de la fiesta. Cásate con Denis si quieres. Pero yo ya no juego. Yo me bajo de ese barco.

—Alejandro, estás tomando una decisión precipitada…
—Llevo cinco años tomando decisiones precipitadas para complacerte. Esta es la primera decisión que tomo para mí. Quiero el divorcio, Olga. Ya hablé con un abogado. Te va a llegar la notificación la próxima semana.

El rostro de Olga cambió. El dolor dio paso al miedo, y luego a la ira defensiva.
—¿Abogado? ¿Tan rápido? ¿Ya tenías esto planeado o qué? ¿Tienes a otra?
—Ves… —Alejandro negó con la cabeza, triste—. Ves cómo piensas. Siempre buscando culpables, siempre pensando mal. No tengo a nadie. Tengo dignidad, Olga. Algo que tú perdiste anoche en esa pista de baile.

Caminó hacia la cortina metálica.
—Vete, por favor. Tengo trabajo. Y tú no perteneces aquí. Te vas a ensuciar los zapatos.

Olga lo miró con odio, con incredulidad. No podía creer que el Alejandro sumiso, el Alejandro tranquilo, la estuviera corriendo.
—Te vas a arrepentir, Alejandro —dijo ella, con veneno en la voz, recuperando su postura altiva—. Te vas a arrepentir de tirar todo a la basura por un orgullo estúpido. Vas a volver rogando. Y a lo mejor ya no voy a estar.

—Ese es el plan —respondió él, dándole la espalda y volviendo a meterse debajo de la camioneta.

Escuchó los tacones golpear el cemento con fuerza, alejándose. Escuchó el motor de su coche arrancar acelerado. Y luego, silencio.
Alejandro se quedó debajo de la camioneta, en la oscuridad, oliendo a aceite.
Una lágrima solitaria se le escapó y trazó un camino limpio sobre la grasa de su mejilla. Solo una.
Se la limpió con el hombro, agarró la llave de tuercas y siguió apretando.

Cric. Cric. Cric.

El sonido del metal ajustándose fue lo único que se escuchó en el taller. Alejandro estaba roto, sí. Pero por primera vez en mucho tiempo, era dueño de sus propias piezas.

PARTE 3: EL DESENLACE

Capítulo 9: El despacho en el Centro y la guerra de los bienes

El lunes llegó con un cielo gris plomo, de esos que amenazan con lluvia ácida sobre la Ciudad de México pero que nunca terminan de romper. Alejandro se despertó en el sofá cama de Igor antes de que sonara la alarma. No había dormido bien; las pesadillas sobre Olga, Denis y un tribunal donde el juez era un payaso de rodeo lo habían mantenido en un estado de duermevela ansioso. Pero al abrir los ojos, la ansiedad se transformó en una determinación fría. Hoy era el día.

Se vistió con su mejor camisa, una blanca que planchó con cuidado sobre la mesa de la cocina de Igor usando una toalla como base, y unos pantalones de vestir oscuros. No iba a ir al taller. Iba a la guerra. O mejor dicho, a firmar el tratado de paz que pondría fin a la guerra.

Igor, que se había pedido el día libre en la bodega con la excusa de un “trámite personal urgente” (que técnicamente era cierto, aunque el trámite no fuera suyo), lo esperaba en la puerta con las llaves del Chevy en la mano.
—¿Listo, carnal? —preguntó, notando la palidez en el rostro de su amigo.
—Listo es una palabra muy grande —respondió Alejandro, ajustándose el cinturón—. Digamos que estoy presente.
—Con eso basta. El Licenciado Morales hace el resto. Ese viejo es un tiburón.

El trayecto hacia el Centro Histórico fue lento y caótico. El tráfico en Eje Central estaba paralizado por una manifestación, así que tuvieron que rodear por calles estrechas llenas de puestos ambulantes, olor a garnacha frita y cláxones desesperados. Alejandro miraba por la ventana, viendo la ciudad pasar como una película en cámara rápida. Pensó en cuántas veces había caminado por esas calles de la mano de Olga, comprando chucherías en la Plaza de la Tecnología o buscando ropa en las tiendas de liquidación. Cada esquina tenía un fantasma. Pero hoy, los fantasmas se sentían menos aterradores y más como sombras de alguien que ya no existía.

Llegaron al despacho del Licenciado Morales, ubicado en el segundo piso de un edificio antiguo en la calle de Bolívar, justo arriba de una zapatería de remates que tenía reguetón a todo volumen desde las diez de la mañana. El edificio olía a humedad, a cera para pisos vieja y a papel rancio. Subieron las escaleras de mármol desgastado y entraron en una oficina que parecía detenida en el tiempo: muebles de madera pesada, archiveros metálicos de los años 80, una secretaria que tecleaba en una computadora beige y diplomas amarillentos en las paredes.

El Licenciado Morales salió a recibirlos. Era un hombre bajo, robusto, con un bigote canoso bien recortado y un traje gris que brillaba por el uso. Tenía esa mirada de “colmillo retorcido”, la mirada de quien ha visto lo peor de la humanidad en los juzgados familiares y ya nada lo espanta.

—Pásenle, jóvenes, pásenle —dijo con voz rasposa de fumador—. Siéntense. ¿Gustan un café? Es de cafetera, pero despierta hasta a los muertos.
—No, gracias, Licenciado —dijo Alejandro, sentándose en una silla de vinipiel que soltó un suspiro de aire—. Vamos al grano.

Morales se sentó detrás de su escritorio, que era una trinchera de expedientes.
—Bueno, muchacho. Ya redacté la demanda de divorcio incausado. Como te dije por teléfono, aquí en la ciudad no necesitas probar nada. No necesitas fotos de la infidelidad, ni testigos, ni nada. Con que tú digas “ya no quiero estar casado”, el juez te divorcia. Es la maravilla del progreso.

Alejandro asintió.
—Eso quiero. Rápido y sin dolor.
—Sin dolor… eso está más difícil —rio Morales, una risa seca—. Pero rápido, sí. Ahora, el tema es notificarle. Necesitamos su dirección actual.
—Sigue en el departamento donde vivíamos —dijo Alejandro—. Yo me salí.
—Perfecto. Le mandamos al actuario hoy mismo. Pero… —Morales hizo una pausa dramática, tamborileando los dedos sobre la mesa—. Lo ideal es que firmemos un convenio de mutuo acuerdo. Si ella se pone brava y contesta la demanda pidiendo pensión o peleando bienes, esto se puede alargar meses. ¿Crees que quiera pelear?

Alejandro lo pensó. Recordó la mirada de odio de Olga en el taller. Recordó su orgullo herido.
—Va a querer pelear —dijo Alejandro—. No por dinero, porque no tenemos mucho. Sino por joder. Por orgullo.
—Mmm. Ya veo. La clásica “si no eres mío, no eres de nadie” o “te voy a hacer la vida imposible por dejarme”. Bueno, déjamelo a mí. Yo sé cómo tratar con esas fieras.

En ese momento, el celular de Alejandro vibró. Era un número desconocido.
Contestó con recelo.
—¿Bueno?
—Alejandro, soy yo. No cuelgues.
Era Olga. Pero no estaba llamando de su celular.
—¿De quién es este número? —preguntó él, frío.
—Es del trabajo. Me bloqueaste de todos lados. Alejandro, esto es ridículo. Estoy afuera del taller y está cerrado. Necesito hablar contigo.

Alejandro miró a Morales, quien le hizo señas para que pusiera el altavoz. Alejandro obedeció.
—No estoy en el taller, Olga. Estoy con mi abogado.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio denso, pesado.
—¿Abogado? —la voz de Olga tembló, mezclando incredulidad y furia—. ¿Es en serio? ¿Ya metiste la demanda?
—La estamos firmando ahorita. Te va a llegar la notificación mañana o pasado.
—¡Eres un maldito! —gritó ella. Se escuchó el eco de su voz, como si estuviera en un pasillo vacío—. ¿Cómo puedes hacerme esto? ¡Soy tu esposa!
—Eras —corrigió Alejandro—. Eras mi esposa hasta que decidiste que tu jefe era más divertido.
—¡Ya te dije que no pasó nada! ¡Alejandro, por el amor de Dios! ¡Estás tirando cinco años a la basura por un berrinche!

El Licenciado Morales se inclinó hacia el teléfono y habló con una voz calmada pero autoritaria que sorprendió a todos.
—Señora, buenos días. Habla el Licenciado Morales, representante legal del Señor Alejandro. Le sugiero que se calme. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra. Si quiere hablar, búsquese un abogado y nos vemos en el juzgado. O mejor aún, venga a mi despacho en la calle Bolívar número 45. Aquí arreglamos esto como gente civilizada antes de que se gaste su aguinaldo en un pleito que va a perder.

Olga se quedó callada. Se escuchaba su respiración agitada.
—¿Calle Bolívar? —preguntó finalmente, con voz de niña regañada.
—Sí, señora. Aquí la esperamos. Traiga su INE.

Morales colgó la llamada antes de que ella pudiera responder.
—Va a venir —dijo el abogado, sonriendo y mostrando unos dientes amarillentos—. La curiosidad y el miedo son poderosos. Prepárate, muchacho. Viene el último round.

Pasó una hora. Una hora eterna en la que Alejandro se tomó tres vasos de agua y se comió las uñas. Igor leía una revista de chismes de hace dos años que estaba en la mesita de espera. Morales revisaba papeles, tarareando un bolero.

Finalmente, se escucharon tacones en el pasillo. Tacones rápidos, agresivos.
La puerta se abrió sin tocar. Olga entró como un huracán. Llevaba el mismo outfit de oficina de siempre: falda lápiz, blusa de seda, saco. Pero su maquillaje estaba un poco corrido y el pelo, usualmente perfecto, tenía frizz. Se veía alterada, sudorosa por haber caminado en el Centro.

Al ver a Alejandro sentado ahí, tan tranquilo (o aparentándolo), su cara se transformó en una máscara de dolor y rabia.
—No puedo creer que me hicieras venir a este… cuchitril —escupió, mirando con asco los muebles viejos.
—Siéntese, señora —dijo Morales, señalando la silla frente a él—. Y más respeto, que este cuchitril ha divorciado a gente más importante que usted.

Olga se sentó, cruzando las piernas y los brazos, en una postura defensiva total. No miraba a Alejandro. Miraba al abogado como si fuera un insecto.
—No voy a firmar nada —dijo ella tajantemente—. No me quiero divorciar. Lo que Alejandro tiene es una crisis de los treinta. Se le va a pasar.

—No es una crisis, Olga —dijo Alejandro, hablando por primera vez. Su voz sonó cansada—. Se acabó. Entiéndelo. No te amo. O bueno, tal vez te amo todavía, pero ya no me agradas. Ya no te respeto. Y no puedo estar con alguien a quien no respeto.

Olga se giró hacia él, con los ojos llenos de lágrimas de frustración.
—¿Por un baile? ¿Por una noche? ¿Vas a destruir nuestra vida por eso?
—No fue el baile, Olga. Fue cómo me miraste. Fue cómo me trataste. Fue que te fuiste con él sabiendo que me estabas rompiendo el corazón. Esa noche solo me mostró la verdad: que yo soy un accesorio en tu vida. Y yo merezco ser el protagonista de mi propia vida.

—¡Pero Denis no significa nada! —gritó ella—. ¡Es un idiota!
—Ah, ¿ahora es un idiota? —Alejandro sonrió con tristeza—. El sábado era un genio, un visionario. ¿Qué pasó? ¿Ya no te contestó los mensajes hoy en la mañana?

La cara de Olga palideció. Alejandro supo que había dado en el clavo.
—Eso no te importa —murmuró ella, bajando la mirada.

—Mire, señora —intervino Morales, sacando una carpeta—. Aquí está la propuesta de convenio. Es muy generosa. Alejandro no pide nada. Se queda con su coche, usted se queda con los muebles del departamento. Cada quien sus deudas. No hay hijos, no hay propiedades. Es firmar y listo. En quince días están solteros.

Olga tomó el papel y lo leyó rápido. Sus manos temblaban.
—¿Y el perro? —preguntó, con voz chillona—. ¿Y Bruno?
—Quédatelo —dijo Alejandro rápido. Le dolía. Amaba a ese perro. Pero sabía que si peleaba por el perro, ella lo usaría para mantener contacto. Para chantajearlo. “Ven a ver a Bruno”, “Bruno está triste”. No. Necesitaba cortar de raíz—. Quédatelo. Tú pagaste las vacunas. Es tuyo.

Olga pareció decepcionada. Esperaba pelea. Esperaba que él rogara por el perro para ella poder negárselo. Al ceder tan rápido, Alejandro la desarmó.
—¿Y la pantalla de 60 pulgadas? —intentó ella de nuevo—. La compramos con mi tarjeta, pero tú diste la mitad en efectivo.
—Es tuya.
—¿El microondas?
—Tuyo.
—¿Los cuadros de la sala?
—Tuyos, Olga. Llévatelos todos. Véndelos. Quémalos. Me da igual. Solo firma.

Olga se quedó sin argumentos. Se dio cuenta de que a Alejandro no le importaban las cosas. Le importaba irse. Y eso la hirió más que cualquier insulto. Su indiferencia era el golpe final.
Se quedó mirando el papel. Una lágrima cayó sobre la hoja, manchando la tinta fresca.
—¿De verdad ya no me quieres? —preguntó en un susurro, esta vez con una vulnerabilidad real, la de una mujer que se da cuenta de que perdió lo único seguro que tenía.

Alejandro se levantó. Se acercó a ella, pero no la tocó. Se mantuvo a una distancia de seguridad.
—Te quise mucho, Olga. Te quise más que a nadie. Pero te quise a ti, a la Olga con la que me casé. Esa mujer ya no está. Tú eres otra persona. Y esa persona… esa persona no me cae bien.

Olga sollozó. Agarró la pluma que le ofrecía Morales. La sostuvo en el aire unos segundos, temblando. Luego, con un gesto brusco, firmó. Rayó el papel con fuerza, casi rompiéndolo.
—Ahí está —dijo, aventando la pluma—. Ahí está tu maldita libertad. Espero que seas muy feliz solo y amargado en tu taller mugroso.

Se levantó, se alisó la falda con dignidad fingida, se puso sus gafas de sol para ocultar los ojos rojos y caminó hacia la salida. Antes de abrir la puerta, se detuvo.
—Denis es un imbécil, por cierto —dijo sin voltear—. Tenías razón. Solo quería un trofeo para la noche. Hoy ni siquiera me saludó en la junta.

Y salió. El portazo resonó en la oficina vieja, haciendo vibrar los diplomas en la pared.

Alejandro se quedó de pie, mirando la puerta cerrada. Sintió un vacío inmenso en el pecho, como si le hubieran sacado un órgano vital. Pero al mismo tiempo, sintió que podía respirar.
—Listo, muchacho —dijo Morales, recogiendo el papel firmado como si fuera un tesoro—. Lo más difícil ya pasó. Ahora a vivir.

Igor se acercó y le dio un abrazo fuerte, de esos que te acomodan las vértebras.
—Lo hiciste, cabrón. Lo hiciste. Vámonos por una cerveza. Te la ganaste.

Capítulo 10: Renacer entre grasa y cenizas

Pasaron tres meses. Noventa días que se sintieron como noventa años al principio, y luego como un suspiro.

El invierno en la Ciudad de México dio paso a una primavera calurosa y contaminada. Las jacarandas empezaron a florecer, pintando las calles de morado, un color que a Alejandro antes le recordaba a la decoración de su boda, pero que ahora simplemente le parecía bonito.

Alejandro vivió en el sofá de Igor durante el primer mes, hasta que juntó lo suficiente para rentar un pequeño departamento tipo estudio a tres cuadras de su taller. No era gran cosa: una sola habitación, una cocineta y un baño diminuto. Pero era suyo. No había cojines decorativos que no pudiera tocar, no había velas aromáticas que le dieran alergia. Había silencio. Y había paz.

Se compró un colchón nuevo, firme, ortopédico. La primera noche que durmió ahí, solo, estirándose en diagonal sobre la cama sin chocar con nadie, durmió diez horas seguidas. Se despertó sintiéndose renovado.

El taller prosperaba. Al dedicarle más horas —ya que no tenía que salir corriendo para “llegar temprano a cenar” o para acompañar a Olga a eventos sociales—, Alejandro empezó a tomar más trabajos. Contrató a un ayudante fijo, un chavo llamado Beto que tenía ganas de aprender. Limpiaron el lugar, pintaron la fachada. El letrero de “Mecánica General Hnos. Ruiz” ahora brillaba bajo el sol.

Alejandro también cambió. Se metió a un gimnasio de barrio, uno de esos donde huele a sudor y fierro oxidado, no a los gimnasios fresas a los que quería ir Olga. Empezó a levantar pesas para sacar la frustración que le quedaba. Su cuerpo, acostumbrado al trabajo físico, respondió rápido. Bajó la panza de “hombre casado”, sus brazos se definieron, su espalda se ensanchó. Se dejó la barba, pero bien recortada, y empezó a vestirse con ropa que a él le gustaba: camisetas negras, botas, chamarras de mezclilla. Se veía más rudo, más serio, pero también más vivo.

De Olga supo poco, y todo fue a través de Igor, que seguía siendo su corresponsal de guerra en la empresa.

Una tarde de viernes, estaban en el taller terminando de afinar un taxi cuando Igor llegó con un cartón de cervezas y una sonrisa maliciosa.
—¡Paren máquinas! —gritó Igor—. Traigo noticias del frente.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó Alejandro, limpiándose las manos. Ya no le dolía preguntar. Ahora era solo curiosidad morbosa, como ver un accidente de tráfico.
—Pues agárrate. Corrieron a Denis.
Alejandro soltó una carcajada.
—¿Neta? ¿Al “visionario”?
—Simón. Al parecer, el “visionario” estaba desviando fondos de las campañas de marketing para pagar sus fiestas y sus “viajes de negocios”. Le cayó una auditoría y pum, cuello. Lo sacaron con seguridad y todo. Dicen que salió llorando.

—El karma tiene placas de tráiler —dijo Alejandro, abriendo una cerveza—. Tarda en llegar, pero cuando te pega, te deshace.
—Espérate, que falta lo mejor —dijo Igor, dándole un trago a su Victoria—. ¿Y a qué no sabes quién quedó embarrada en el chisme?
—¿Olga?
—Exacto. Como era la que más se le pegaba, la que siempre andaba con él en los eventos, todos asumieron que sabía algo o que estaba metida. No la corrieron, porque no encontraron pruebas de fraude contra ella, pero la “congelaron”. La movieron de su oficina con vista a la calle a un cubículo al fondo, cerca de los baños. Le quitaron las cuentas importantes. Ahora se dedica a hacer reportes en Excel que nadie lee.

Alejandro sintió una punzada extraña. No era alegría. No le alegraba que Olga sufriera profesionalmente, porque sabía que su carrera era todo para ella. Pero tampoco sentía lástima. Era una sensación de justicia poética. Ella había apostado todo a la carta del estatus y la apariencia, y esa misma carta se había quemado.
—Pobre —dijo Alejandro, y lo decía en serio—. Se debe estar muriendo de vergüenza.
—Se ve acabada, güey —continuó Igor—. Bajó de peso, pero mal. Anda ojerosa. Ya no se arregla tanto. Y lo peor es que en la oficina le hacen el vacío. Nadie quiere juntarse con la “favorita del jefe caído”. Come sola en el comedor.

Alejandro miró hacia la calle. El sol de la tarde iluminaba el polvo que flotaba en el aire. Pensó en Olga comiendo sola, ella que siempre necesitaba ser el centro de atención.
—Ojalá aprenda algo de esto —dijo Alejandro—. Ojalá entienda que lo que brilla no siempre es oro.

Dos semanas después, Alejandro tuvo su cierre definitivo.
Estaba en un supermercado, comprando despensa para la semana. Iba empujando el carrito por el pasillo de los cereales, distraído, decidiendo si llevar Zucaritas o avena, cuando la vio.

Olga estaba al final del pasillo. Llevaba ropa deportiva, el pelo recogido en una coleta simple y sin maquillaje. Se veía más joven, pero también más triste. Estaba comparando precios de cajas de leche, algo que la Olga de antes jamás hacía; ella siempre agarraba la marca más cara sin mirar.

Alejandro se detuvo. El corazón le latió un poco más rápido, un reflejo condicionado. Ella levantó la vista y lo vio.
Se quedaron mirando unos segundos. Cinco metros de distancia y un abismo de historia entre ellos.

Alejandro vio que ella hacía el amago de sonreír, un gesto tímido, casi de disculpa. Vio que sus ojos recorrían su nueva apariencia: los brazos fuertes, la ropa limpia, el semblante tranquilo. Vio sorpresa en su mirada. Quizás esperaba verlo destruido, sucio, borracho. Verlo bien, verlo mejor que nunca, pareció golpearla.

Olga abrió la boca, como para decir “Hola”. Dio un pequeño paso hacia adelante.
Alejandro tuvo una elección en ese milisegundo. Podía saludarla. Podía ser “civilizado”. Podía abrir la puerta un centímetro.

Pero recordó el taller. Recordó la humillación. Y recordó la paz que sentía al despertar solo.
Alejandro no sonrió. Asintió con la cabeza, un gesto breve, seco, de reconocimiento. Un saludo de un extraño a otro. Y luego, giró el carrito y se metió al pasillo de las pastas, dándole la espalda.

No miró atrás.
Siguió caminando, sintiendo que con cada paso se alejaba kilómetros de su pasado. Llegó a la caja, pagó sus cosas y salió al estacionamiento. El aire estaba fresco. Se subió a su coche, puso música —rock clásico, nada de baladas— y arrancó.

Mientras manejaba de regreso a su departamento, Alejandro sonrió. No una sonrisa eufórica, sino una sonrisa tranquila, serena. La historia con Olga había terminado. El libro se había cerrado y él lo había puesto en la estantería de “lecciones aprendidas”.

Ahora tenía un lienzo en blanco. Tenía su taller, tenía a sus amigos, tenía su salud. Y lo más importante: se tenía a sí mismo. Y por primera vez en su vida, eso era suficiente.

“A veces”, pensó mientras veía el atardecer sobre los edificios de la ciudad, “tienes que perderte para encontrarte. Y a veces, tienes que perder a quien más amas para darte cuenta de que a quien debías amar primero era a ti mismo”.

Aceleró, perdiéndose en el tráfico de la ciudad, un hombre más entre millones, pero un hombre libre.

FIN

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

© 2026 News - WordPress Theme by WPEnjoy