CONTRATÉ A UNA EX-PRESIDIARIA PARA “DOMAR” A MI PERSONAL Y FUE EL PEOR ERROR DE MI VIDA: LA VENGANZA SE SIRVE FRÍA

PARTE 1: LA CAÍDA DEL REY DE PAPEL

CAPÍTULO 1: EL SABOR DE LA RUINA Y EL MOTÍN EN LA COCINA

La lluvia en la Ciudad de México no limpia; ensucia. Esa tarde de jueves, el cielo sobre la colonia Roma se había cerrado con una grisura opresiva, de esa que te aplasta el ánimo y te humedece los huesos. Desde el ventanal de mi oficina en el segundo piso, yo, Antonio Olegovich —aunque ese apellido rimbombante me lo inventé para sonar más “europeo” y justificar los precios de mi carta—, observaba cómo el agua se mezclaba con el aceite del asfalto en la calle Álvaro Obregón. El tráfico estaba desquiciado, un río de luces rojas y cláxones histéricos que parecían gritar lo mismo que mi cuenta bancaria: “¡Ya no avanzas, cabrón!”.

Me pasé la mano por el pelo, cuidando no despeinar el engominado que me costaba quinientos pesos la sesión en la barbería de moda. Suspiré. El vapor de mi aliento empañó el cristal.

—Maldita sea —mascullé, dándole la espalda a la ciudad.

Mi escritorio de caoba, una antigüedad que compré en La Lagunilla haciéndola pasar por una pieza de subasta francesa, estaba cubierto de facturas. Eran como cartas de un amante despechado: “Aviso de embargo”, “Corte de suministro”, “Segunda notificación de la SAT”.

—¿Cómo carajos llegamos a esto? —le pregunté al aire viciado de la oficina, que olía a humedad y a mi propia loción cara, una mezcla que empezaba a revolverme el estómago.

El restaurante, “El Gourmet de Antonio”, había sido mi corona. Hace tres años, las filas daban la vuelta a la cuadra. Venían políticos, actrices de Televisa, influencers de esos que comen gratis a cambio de una historia en Instagram. Pero hoy… hoy el libro de reservas estaba más vacío que la cabeza de mi “gerente”.

Hablando del diablo. La puerta se abrió sin que nadie tocara. Solo había una persona con la desfachatez y la falta de educación suficiente para entrar así: Alina. O como yo le decía cuando estaba de malas: “El gasto innecesario”.

—Toñito, mi amor, ¿sigues aquí arriba encerrado? —su voz era chillona, arrastrando las vocales como si tuviera cinco años en lugar de veinticinco.

Alina entró contoneándose, enfundada en un vestido rojo tan ajustado que dejaba poco a la imaginación y mucho que desear en cuanto a clase. La había conocido en un antro de Polanco hace cuatro meses. Era edecán. Bonita, sí. Tonta, también. Pero en ese momento, yo necesitaba a alguien que no hiciera preguntas y que se viera bien recibida en la entrada. Le inventé el puesto de “Gerente de Relaciones Públicas” para tenerla cerca y, de paso, para que me sirviera de espía.

—No me digas “Toñito”, Alina. Sabes que me purga —dije, sentándome en mi silla de piel, que rechinó protestando bajo mi peso.

Ella hizo un puchero, acercándose para sentarse en el borde del escritorio, cruzando las piernas.

—Ay, qué genio te cargas hoy. Es por la lluvia, ¿verdad? A mí también me pone triste, se me esponja el cabello y…

—Es por el dinero, Alina —la corté en seco, golpeando un estado de cuenta con el índice—. El dinero que no está entrando. ¿Me puedes explicar por qué, siendo jueves de quincena, el salón está al veinte por ciento de su capacidad?

Ella se encogió de hombros, jugando con una uña acrílica decorada con pedrería.

—Pues… la gente anda codo, Toño. Además, ya te dije. Se quejan.

Me quedé helado. Esa era la primera vez que admitía algo así sin culpar al clima o al tráfico.

—¿Qué dijiste? —pregunté, bajando la voz a un tono peligroso.

—Que se quejan —repitió, mirándose las puntas del cabello—. Ayer, la mesa cuatro, los señores esos gordos que siempre piden vino caro… devolvieron el Rib Eye. Dijeron que sabía a “refri viejo”. Y la señora de la mesa ocho dijo que la sopa estaba fría y que el mesero le contestó feo.

Sentí una punzada en la sien. Mi presión arterial debía estar por las nubes.

—¿Y tú qué hiciste? Eres la gerente, carajo.

—Pues les invité el postre, ¿qué querías que hiciera? —respondió ella con naturalidad—. Pero Toño, la neta… sí huele raro allá abajo. Como a trapo sucio.

Me levanté de golpe. La silla salió disparada hacia atrás y golpeó el librero. Alina dio un brinquito del susto.

—¡Estoy harto! —rugí—. ¡Harto de excusas! ¡Harto de mantener a una bola de inútiles que no saben ni servir un plato de sopa caliente!

Me acerqué a ella, invadiendo su espacio. Pude ver el miedo en sus ojos maquillados en exceso.

—Escúchame bien, Alina. Vas a bajar ahora mismo. Quiero a todos en la barra. A todos. Cocineros, garroteros, lavaloza, la señora de la limpieza. Ciérrame la puerta principal. Si queda algún cliente, que termine y se largue. Nadie se va a su casa hoy hasta que yo averigüe quién me está robando o quién está boicoteando mi negocio.

—Pero Toño… ya casi es el cambio de turno, los de la mañana se quieren ir…

—¡Me vale madres lo que quieran! —grité tan fuerte que la vena de mi cuello se hinchó—. ¡Yo pago sus sueldos! ¡Yo soy el dueño! ¡Ahora muévete antes de que te despida a ti también!

Alina salió corriendo, con los tacones repiqueteando en el piso de madera como si el diablo la persiguiera. Me quedé solo un momento, respirando agitadamente. Me serví un trago de whisky barato que había rellenado en una botella de etiqueta azul. Lo bebí de un golpe. Me quemó la garganta, pero me dio el valor que necesitaba.

Iba a bajar y iba a rodar cabezas.


Cuando bajé las escaleras quince minutos después, el ambiente en el restaurante era más tenso que un velorio. Habían juntado las mesas para hacer espacio. Doce personas estaban paradas en fila, con los uniformes manchados y caras largas. El olor a grasa rancia y a limpiador de pino barato flotaba en el aire, mezclándose con la humedad de la calle.

Caminé lentamente frente a ellos, como un general pasando revista a una tropa derrotada. Mis zapatos italianos resonaban en el silencio.

—Buenas noches —dije con sarcasmo—. O bueno, serían buenas si no estuviéramos en la ruina.

Nadie contestó. Carmen, una mesera chaparrita de Iztapalapa que siempre tenía una respuesta para todo, masticaba chicle con la boca abierta, mirándome con desafío. Semión Andreyevich (en realidad se llamaba Simón Andrés, pero yo le cambié el nombre para que sonara a chef internacional), un hombre enorme con brazos como jamones y un delantal que parecía un mapa de manchas de salsa, tenía los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo.

—Los he reunido aquí porque quiero entender algo —empecé, paseándome de un lado a otro—. ¿Me pueden explicar cómo es posible que, teniendo la mejor ubicación de la Roma, estemos perdiendo dinero? ¿Eh? ¿Alguien?

Silencio. Solo el zumbido del refrigerador de postres.

—¿Nadie? —insistí, elevando la voz—. ¿Será que me están robando? ¿Será que se llevan los insumos a sus casas para alimentar a sus familias de muertos de hambre?

Eso fue la gota que derramó el vaso.

—¡Nadie le está robando nada, Don Antonio! —saltó Carmen, escupiendo el chicle en una servilleta que tenía en la mano. Su voz era aguda, pero firme—. Lo que pasa es que usted quiere vender basura a precio de oro.

Me detuve en seco y me giré hacia ella.

—¿Disculpa? ¿Cómo me hablaste, “niña”?

—Lo que oyó —Carmen dio un paso al frente, con esa valentía que da el hartazgo—. Hoy me regresaron siete platos. ¡Siete! La gente no es tonta, patrón. Saben cuando la arrachera es pura suela de zapato. Me dio vergüenza cobrarles.

—¡Cállate, Carmen! —intentó callarla Alina desde un rincón, pero Carmen ya estaba encarrerada.

—No me callo. Y usted, Don Antonio… ¿cree que no nos damos cuenta? —señaló hacia la cocina—. Ese proveedor nuevo que trajo, “El Barato”, nos trae la verdura podrida. Los jitomates vienen aguados. La lechuga negra. Y usted nos obliga a “rescatarla”. “Córtenle lo feo y sírvanlo”, dice. ¡Eso es una cochinada!

Sentí que la cara me ardía. La insolencia de esta mujer no tenía límites.

—¡Eres una malagradecida! —le grité, señalándola con el dedo—. ¡Te saqué de una fonda de mala muerte y te di trabajo en un lugar de lujo! ¡Deberías besar el suelo que piso!

—¿Lujo? —intervino Simón, el chef, con su voz de bajo profundo—. Jefe, con todo respeto… esto ya no es lujo. La semana pasada tuvimos que cocinar con aceite quemado porque usted no autorizó la compra del nuevo. La carne… —Simón hizo una mueca de asco—, esa carne que trajo en su cajuela el martes, venía sin sello de salubridad. Olía mal. Tuve que marinarla en vinagre tres horas para matarle el tufo. Eso no es cocina, eso es crimen.

El murmullo de aprobación recorrió la fila de empleados. Se estaban amotinando. En mi propia casa, estos gatos se estaban levantando contra mí.

—¡Ustedes no saben nada de negocios! —bramé, sintiendo cómo se me cerraba la garganta—. ¡Los precios han subido! ¡La renta, la luz, el gas! ¡Todo está por las nubes! Si busco opciones más económicas es para poder pagarles sus malditos sueldos, ¡que por cierto, no se merecen!

—¿Sueldos? —una voz temblorosa se alzó desde el fondo. Era Doña Chuy, la señora de la limpieza, una mujer de sesenta años que siempre llevaba un suéter tejido—. Don Antonio, hace dos quincenas que no me paga completo. Y yo… yo he traído cloro y jabón de mi casa porque aquí ya no hay. Tengo que limpiar los baños con agua sola. Me da pena con los clientes.

Aquello fue un golpe bajo. Pero en lugar de sentir vergüenza, sentí una ira ciega. Mi ego, inflado y frágil como un globo, no podía soportar la verdad.

—¡Ah, ahora resulta que son las víctimas! —solté una risa histérica—. ¡Pobrecitos! ¡El patrón malo los explota! ¿Saben qué? Me tienen harto. Son unos inútiles, mediocres, que no saben resolver problemas. Un buen chef cocina con lo que haya. Un buen mesero vende hasta piedras. Pero ustedes… ustedes son lastre.

Caminé hasta la caja registradora y la golpeé con la palma abierta.

—Escúchenme bien, porque no lo voy a repetir. A partir de mañana, se acabaron las contemplaciones. Cada plato que regrese un cliente, se les descuenta a ustedes. Cada vaso roto, lo pagan al triple. Y tú, Carmen… te voy a estar vigilando. Si te veo llevándote una sola servilleta, te denuncio por robo. ¿Entendieron?

El silencio que siguió no fue de sumisión, sino de odio. Pude sentirlo. Doce pares de ojos clavados en mí, deseándome lo peor.

—¡Lárguense! —grité—. ¡Fuera de mi vista!

Rompieron filas lentamente, sin correr. Murmurando cosas que no alcancé a oír, pero que imaginé perfectamente. “Pinche viejo loco”, “Ojalá se muera”, “Va a quebrar”.

Alina se acercó a mí, intentando ponerme una mano en el hombro.

—Toño… creo que se te pasó la mano…

Me sacudí su toque como si fuera un insecto.

—Tú también lárgate, Alina. Vete a tu casa. No te quiero ver hoy.

—Pero… íbamos a ir al cine…

—¡Que te largues!

Ella salió llorando, taconeando fuerte.

Me quedé solo en el centro del restaurante vacío. Las luces parpadeaban. Afuera, la lluvia arreciaba, golpeando los cristales como si quisiera entrar a ahogarme. Me serví otro trago directamente de la botella.

—Son ellos —me dije a mí mismo, convencido de mi propia mentira—. Son ellos los que están arruinando mi vida. Necesito mano dura. Necesito a alguien que los haga sufrir.

No sabía que el destino me estaba escuchando y que estaba a punto de mandarme exactamente lo que pedía, pero con un precio que pagaría con sangre.


CAPÍTULO 2: EL PACTO CON EL DIABLO Y LA DAMA DE HIERRO

Salí del restaurante huyendo de mis propios fantasmas. Mi BMW negro estaba estacionado en la acera, brillando bajo la lluvia ácida de la Ciudad de México. Me subí y arranqué quemando llanta, necesitaba velocidad, necesitaba adrenalina para olvidar la mirada de asco de Don Simón.

Manejé sin rumbo fijo por Insurgentes Sur, pasando los monumentos iluminados que me parecían lápidas gigantes. Terminé en Polanco, en un bar llamado “El Refugio del León”. Era un lugar oscuro, pretencioso, lleno de humo de habano y hombres de negocios que mentían sobre sus éxitos. El lugar perfecto para mí.

Me senté en la barra y pedí un whisky doble, sin hielo.

—¿Toño? ¿Eres tú, cabrón?

Me giré. En la penumbra, reconocí una cara familiar, aunque demacrada. Era Iván. Hace cinco años, Iván era el “Rey de los Hoteles Boutique”. Tenía tres propiedades en la Condesa y una esposa que parecía modelo de revista. Ahora… ahora parecía un espectro. Traía la camisa desabotonada, barba de tres días y los ojos inyectados en sangre.

—¡Iván! —exclamé, fingiendo una alegría que no sentía—. ¡Qué milagro, güey! Hace siglos que no te veía. ¿Cómo te trata la vida?

Iván soltó una risa que sonó como vidrio roto.

—¿La vida? La vida me pateó los huevos, Toño. Estoy divorciado.

—No me digas… ¿Alejandra? Pero si se veían tan felices.

—Se veían —Iván apuró su copa—. Me cachó, Toño. Una estupidez. La recepcionista del hotel. Ni siquiera me gustaba tanto, fue… calentura. Pero Alejandra me quitó todo. La casa en Las Lomas, los coches, la custodia de los niños… Hasta el perro se llevó la desgraciada.

Hice una mueca de solidaridad masculina, aunque por dentro pensé: “Pendejo”.

—Lo siento, hermano. Las viejas son así, en cuanto te descuidas, te clavan el diente.

—Pero bueno, dejemos de hablar de mis desgracias —dijo Iván, mirándome con ojos turbios—. Tú te ves de la chingada también. ¿Qué traes?

Suspiré, dejando caer los hombros. La confesión salió de mí como vómito.

—Mi restaurante, Iván. Se está yendo al carajo. Mi personal… son unos animales. Me roban, cocinan mal, tratan mal a los clientes. Hoy casi me agarro a golpes con el chef. Siento que me están haciendo un complot para quebrarme.

Iván asintió lentamente, como si entendiera profundamente mi dolor.

—El cáncer del empleado —murmuró—. Se hacen las víctimas, pero te chupan la sangre. Necesitas extirparlos.

—Lo que necesito es vacaciones —admití, sintiendo el peso del mundo—. Irme lejos, a una playa, olvidarme de todo. Pero no puedo dejar el negocio solo. Si me voy una semana, cuando regrese ya habrán vendido hasta las sillas. No tengo a nadie de confianza. Mi gerente es… bueno, es mi amante y no sabe sumar dos más dos.

Iván se quedó callado un momento, mirando su vaso. Luego, se giró hacia mí con una expresión que me heló la sangre. Sus ojos brillaron con una mezcla de malicia y complicidad.

—Tengo la solución a tu problema, Toño.

—¿Ah, sí? ¿Qué? ¿Un préstamo?

—No. Una persona. Una “limpiadora”.

Me reí.

—¿Una señora de la limpieza? Ya tengo una y se queja del jabón.

—No, imbécil. Una limpiadora de negocios. Alguien que entra, identifica la basura humana y la saca. Alguien que pone orden con mano de hierro.

—Suena a consultor fresa de esos que cobran en dólares y te dan powerpoints.

—Para nada. Esta mujer… es otra cosa. Se llama Elvira. Me ayudó a salvar el último hotel que me quedaba antes de que mi ex me lo quitara. Los empleados le tenían pavor. En una semana, redujo la nómina a la mitad y duplicó la productividad.

Me incliné hacia él, interesado.

—¿Y cuál es el truco?

Iván bajó la voz, mirando a los lados como si fuera a compartir un secreto de estado.

—El truco es que Elvira no aprendió administración en Harvard. Aprendió psicología en Santa Martha Acatitla.

Me atraganté con el whisky. Tosiendo, lo miré con los ojos desorbitados.

—¿Me estás diciendo que contrate a una ex-convicta? ¿Una delincuente? ¡Estás loco! Me va a robar hasta los cubiertos.

—No lo hará —aseguró Iván, agarrándome del brazo con fuerza—. Elvira estuvo dentro por fraude fiscal y “manejo agresivo de recursos”. Es una genio, Toño. Entiende cómo piensan los ladrones porque ella fue la mejor. Sabe cuándo te mienten. Sabe cómo asustar a la gente sin tocarla. Y lo mejor… necesita chamba. Nadie la contrata por sus antecedentes. Si le das la oportunidad, te será leal como un perro de pelea. Además, trabaja por efectivo. Sin contratos, sin seguro, sin huella.

La idea empezó a germinar en mi mente embotada por el alcohol. Una mujer dura. Una ex-presidiaria. Alguien a quien Carmen y Simón no podrían intimidar. Imaginé sus caras de terror al enfrentarse a una verdadera criminal. La idea me produjo un placer perverso. Sería mi venganza. Yo me iría a Cancún con Alina, a disfrutar del sol, y dejaría a Elvira como mi perro guardián para que mordiera a quien se moviera.

—¿Tienes su número? —pregunté.

Iván sonrió, sacó su celular y me pasó el contacto.

—Dile que vas de mi parte. Pero te advierto, Toño… Elvira no es un juego. Es fuego. Si no tienes cuidado, te puedes quemar.

—Yo soy el diablo, Iván. El fuego no me hace nada.


A la mañana siguiente, la cruda me taladraba el cráneo. Estaba en mi oficina, con las cortinas cerradas, esperando. Había llamado a Elvira a primera hora. Su voz en el teléfono había sido rasposa, directa, sin titubeos. “Estaré ahí a las once”.

Eran las 10:59 cuando tocaron a la puerta.

—Adelante —dije, intentando sonar autoritario mientras me escondía detrás de mis gafas de sol.

La puerta se abrió y entró ella.

No sé qué esperaba. Quizás a una mujer con tatuajes en el cuello, cicatrices visibles o vestida con ropa deportiva barata. Pero Elvira era… impactante. Alta, quizás de mi estatura. Llevaba un traje sastre negro impecable que se ajustaba a un cuerpo fibroso, atlético. Su cabello estaba recogido en un chongo severo, sin un solo pelo fuera de lugar.

Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Eran oscuros, casi negros, y tenían una quietud que daba miedo. No parpadeaba. Me escaneó de pies a cabeza en un segundo, y sentí que ya sabía cuánto dinero traía en la cartera y qué había desayunado.

—Antonio Olegovich —dijo, extendiendo una mano. No fue una pregunta, fue una afirmación.

Me levanté y le estreché la mano. Su piel estaba fría y seca. Su apretón fue firme, casi doloroso.

—Elvira. Gracias por venir tan rápido. Siéntate, por favor.

Ella se sentó, cruzando las piernas con elegancia, pero con una tensión lista para atacar. Puso un portafolio de cuero sobre sus rodillas.

—Iván me contó un poco —dijo, su voz era grave, educada pero con un filo callejero—. Tienes un motín a bordo. Empleados ladrones, irrespetuosos y un negocio que sangra dinero.

—Exacto. Son unos salvajes. Necesito a alguien que los dome. Alguien que no tenga miedo de ser el malo de la película.

Elvira sonrió levemente. No fue una sonrisa cálida. Fue una mueca depredadora.

—El miedo es una herramienta muy útil, Antonio. La gente trabaja mejor cuando tiene miedo de perder lo poco que tiene. Yo puedo darte eso. Puedo limpiar tu casa. Pero mis métodos no son… convencionales.

—No me importan los métodos —respondí rápido, desesperado—. Me importa el resultado. Quiero que cuando regrese de mis vacaciones, este lugar funcione como reloj suizo. Quiero que dejen de robar. Quiero que la comida salga bien. Y si tienes que despedirlos a todos, hazlo.

Ella asintió lentamente.

—Entendido. Yo me encargo. Tú vete tranquilo. Cuando regreses, no reconocerás este lugar.

—Hay un detalle… —dudé un momento—. Iván me dijo sobre tu… pasado.

Elvira se quitó las gafas oscuras (que no me había dado cuenta que traía puestas al entrar, o quizás fue un efecto de mi mente) y me miró directo a los ojos. Sentí un escalofrío.

—Pasé seis años en Santa Martha, Antonio. Aprendí contabilidad con las mejores estafadoras de México. Aprendí gestión de personal con las jefas de los cárteles. Sé detectar una mentira antes de que salga de la boca. ¿Eso te molesta?

—No —mentí, tragando saliva—. Al contrario. Eso es justo lo que necesito. Experiencia… de calle.

—Bien. Entonces tenemos un trato. Mis honorarios son semanales. En efectivo. Y quiero carta blanca. Nadie cuestiona mis órdenes. Ni tú, ni tu noviecita la recepcionista.

—Gerente —corregí automáticamente.

—Lo que sea. Ella también se va contigo, supongo. Mejor. Estorba.

Me extendió un contrato simple, de una sola hoja. Lo firmé sin leer. Estaba vendiendo mi alma, pero en ese momento solo podía pensar en la playa, en las margaritas y en dejar de escuchar las quejas de Carmen.

—Perfecto —dijo Elvira guardando el papel—. Disfruta tu viaje, Antonio. Yo me quedo a cargo del circo.

Esa tarde reuní al personal una última vez.

—Escuchen bien —les dije, con una sonrisa de satisfacción—. Me voy de vacaciones tres semanas. En mi ausencia, la Señora Elvira queda al mando. Ella es la nueva Directora de Operaciones. Lo que ella diga, es ley. Si ella dice que salten, ustedes preguntan qué tan alto. Y les advierto… —bajé la voz para dar efecto dramático—, no la quieran ver la cara. Ella no es tan paciente como yo.

Vi las miradas de confusión entre Simón y Carmen. Elvira estaba parada detrás de mí, inmóvil como una gárgola, observándolos como un halcón observa a los ratones de campo.

Salí del restaurante sintiéndome ligero. Agarré a Alina, las maletas y nos fuimos al aeropuerto. Mientras el avión despegaba rumbo a Cancún, cerré los ojos e imaginé a Elvira gritándole a Simón, a Carmen llorando, a todos pagando por su insolencia.

“Se lo merecen”, pensé. “Que aprendan quién manda”.

No tenía idea de que, abajo, en la ciudad que se hacía pequeña, Elvira ya había reunido al personal. Pero no para gritarles.

—Siéntense todos —les dijo Elvira con una voz suave, irreconocible—. Tenemos mucho trabajo que hacer. Pero primero… vamos a hablar de cómo vamos a recuperar lo que ese infeliz les ha robado.

La trampa estaba puesta. Y yo, el gran Antonio Olegovich, acababa de caer en ella con los dos pies.

PARTE 2: EL CASTILLO DE NAIPES

CAPÍTULO 3: PARAÍSO DE PLÁSTICO Y ECOS DE UNA TRAICIÓN

Cancún tiene una forma muy particular de mentirte. Te promete que el mundo real no existe, que tus problemas se disuelven en el azul turquesa del Caribe y que, si tienes el dinero suficiente, eres intocable. Durante tres semanas, me bebí esa mentira con la misma avidez con la que me bebía las margaritas premium en el bar de la piscina del Grand Velas.

—Toñito, pásame el bloqueador, que siento que me estoy quemando las… ya sabes —Alina estaba tumbada en el camastro de al lado, con un bikini dorado que costaba más que la nómina mensual de mi lavaplatos.

—Ahí está en la bolsa, nena. No me molestes, estoy esperando el reporte —respondí sin abrir los ojos, ajustando mis Ray-Ban para bloquear el sol de mediodía.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de teca. Era el mensaje diario de Elvira.

Desde que aterricé en el paraíso, nuestra rutina era sagrada. Cada noche, o al mediodía, ella me enviaba un resumen por WhatsApp. Nada de llamadas largas, nada de dramas. Solo eficiencia militar.

Abrí el mensaje.

“Día 12. Se implementó el nuevo sistema de control de inventarios. Simón opuso resistencia al principio sobre el cambio de proveedores, pero ya entendió quién manda. La cocina brilla. Se redujo la merma de carne en un 100%. Los clientes de anoche se fueron satisfechos. La recaudación subió un 15% respecto al jueves pasado.”

Sonreí, una sonrisa de tiburón satisfecho.

—¡Eso es! —exclamé, golpeando el reposabrazos—. ¡Esa mujer es una maldita genio!

Alina se incorporó a medias, bajándose las gafas de sol.

—¿La ex-presidiaria? ¿Sigue sin robarte nada?

—Alina, por favor, ten visión. No solo no me roba, ¡está haciendo que esos inútiles trabajen! Dice que Simón “ya entendió”. ¿Sabes qué significa eso en idioma carcelario? Que seguramente lo amenazó con algo pesado. Me encanta.

Me levanté y pedí otra ronda al mesero que pasaba. Me sentía el rey del mundo. Antonio Olegovich, el empresario visionario que sabía delegar. Le había dejado el trabajo sucio a una profesional de la intimidación mientras yo me bronceaba. ¿Qué podía salir mal?

Sin embargo, había noches en las que el whisky no era suficiente para apagar el ruido en mi cabeza. La segunda semana, conocí a un grupo de desarrolladores inmobiliarios de Monterrey en el bar del hotel. Tipos ruidosos, de esos que piden botellas de champaña con bengalas solo para que los vean.

—¿Y tú a qué te dedicas, compadre? —me preguntó uno de ellos, un tal Garza, con un habano entre los dientes.over

—Restaurantero —dije, inflando el pecho—. Tengo el mejor lugar de la Roma. Alta cocina mexicana. Pero ahorita me tomé un break, dejé a mi gerente operativa a cargo. Hay que dejar que la gente crezca, ¿no?

—Eso es todo, brother. El ojo del amo engorda el caballo, pero el descanso del amo engorda el espíritu —rió Garza, chocando su copa con la mía—. Salud por eso.

Brindamos, pero mientras el líquido bajaba, sentí un escalofrío. No por el aire acondicionado, sino por un recuerdo repentino. El nombre “Elvira”. Iván me había dicho que era una ex-convicta, pero nunca me dijo su apellido. Y esa cara… esos ojos oscuros que me escanearon en la oficina. Había algo en ella que me picaba en la nuca, como cuando sientes que alguien te observa en la oscuridad.

Esa noche, tuve la pesadilla otra vez.

Soñé que estaba en la azotea de mi restaurante. Pero el edificio no tenía dos pisos, era un rascacielos infinito que atravesaba las nubes de la Ciudad de México. Abajo, la gente se veía como hormigas. Yo estaba en la orilla, con un traje hecho de billetes de quinientos pesos. De repente, escuchaba una risa. Una risa femenina, ronca y familiar.

Konstantin…

Me giraba, pero no había nadie.

Konstantin, ¿te acuerdas de mí?

El suelo bajo mis pies empezaba a desmoronarse. Los billetes de mi traje se convertían en ceniza. Trataba de agarrarme de algo, pero mis manos resbalaban. Y entonces, caía. Caía hacia el asfalto, gritando, mientras veía las caras de mis empleados asomadas a las ventanas, riéndose, con Carmen comiéndose una de mis arracheras podridas y Simón afilando un cuchillo gigante.

Desperté empapado en sudor, con el corazón martilleando contra mis costillas.

—¿Toño? ¿Qué tienes? —Alina se despertó, asustada—. Estabas gritando.

Me senté en la cama, respirando con dificultad. El aire acondicionado del hotel zumbaba.

—Nada. Pesadillas. Pásame agua.

Bebí con avidez. Konstantin. Hacía seis años que nadie me llamaba así. Desde que me cambié el nombre legalmente, desde que enterré mi pasado en otra ciudad, en otro estado, y renací como Antonio Olegovich.

—Toño… —Alina me tocó el hombro con suavidad—. Ya casi se acaba el viaje. ¿No te da miedo regresar? Digo, esa mujer… Elvira. En los mensajes suena muy seca. ¿Y si le hizo algo de verdad a los muchachos?

La miré con desprecio. Alina empezaba a cansarme. Su “bondad” repentina me daba náuseas.

—Eres una blanda, Alina. Por eso nunca vas a pasar de ser una cara bonita. En los negocios, si quieres omelet, tienes que romper los huevos. Y si Elvira rompió un par de cabezas para que mi restaurante sea rentable, bienvenido sea.

Ella retiró la mano, ofendida, y se dio la vuelta para dormir.

Al día siguiente, decidí llamar a Elvira en lugar de esperar el mensaje. Necesitaba escuchar su voz, asegurarme de que mi paranoia nocturna era solo eso: paranoia.

Timbró tres veces.

—¿Sí? —contestó. Se oía ruido de fondo, platos chocando, voces dando órdenes. El sonido de una cocina viva.

—Elvira, soy Antonio. ¿Cómo va todo?

—Antonio. Todo en orden. Estamos en pleno servicio de comida. Tenemos casa llena.

—¿Casa llena un martes? —me sorprendí—. Vaya, sí que haces milagros. ¿Y el personal? ¿Siguen llorando?

Hubo una pausa breve. Oí a alguien gritar “¡Oído chef!” al fondo.

—El personal está… motivado —dijo ella con un tono indescifrable—. Digamos que encontramos una forma de trabajar en la que todos ganan.

—¿Les descontaste los errores como te dije?

—Hice los ajustes financieros necesarios, sí. No te preocupes por los números, Antonio. Cuando llegues, te tengo una sorpresa. El corte de caja de este mes va a ser histórico.

—Eso quería escuchar. Bien hecho. Te veo el viernes.

Colgué, sintiéndome aliviado. “Motivados”. “Casa llena”. “Corte histórico”. Las palabras mágicas. Mi pesadilla se disipó. Era un genio. Había contratado a una criminal para salvar mi negocio y estaba funcionando.

La última noche en Cancún, llevé a Alina a una cena romántica en la playa. Le pedí matrimonio. No porque la amara, sino porque el escenario lo pedía, porque estaba eufórico y porque un hombre exitoso como yo necesitaba una esposa trofeo para las fotos de las revistas de sociales. Además, el anillo era una imitación muy buena que conseguí en el centro; ella nunca notaría la diferencia.

—¡Ay, Toño! ¡Sí, sí quiero! —chilló ella, besándome con sabor a langosta y mantequilla.

Brindamos con champán. Miré el mar negro, sintiéndome invencible.

—Por nosotros, nena. Y por “El Gourmet de Antonio”, que está a punto de convertirse en el mejor restaurante de México.

No sabía que estaba brindando por mi propio funeral.

El vuelo de regreso fue turbulento. El avión se sacudía mientras descendíamos hacia el valle de México. Alina iba dormida, babeando un poco sobre mi hombro, con el anillo falso brillando en su dedo. Yo miraba por la ventanilla cómo la mancha gris de la ciudad se extendía hasta el horizonte.

Sentí una opresión en el pecho. Esa sensación de “domingo por la tarde” multiplicada por mil. La realidad estaba a punto de golpearme, pero me consolaba pensando en el reporte de Elvira. Imaginaba llegar y ver a Simón con el uniforme limpio, saludándome con respeto (o miedo), y la caja registradora llena de efectivo.

Aterrizamos. El calor húmedo de Cancún fue reemplazado por el aire seco y contaminado de la capital.

—Vamos directo al restaurante —le dije al chofer de Uber Black que pedimos.

—Pero Toño, tengo sueño, quiero ir a dejar las maletas… —se quejó Alina.

—Primero el negocio, Alina. Quiero ver mi imperio. Quiero ver la cara de esos inútiles cuando entre bronceado y triunfante.

El tráfico en el Viaducto estaba imposible, como siempre. Tardamos una hora y media en llegar a la Roma. Eran las siete de la noche de un viernes. La hora pico para la cena.

Mientras el auto daba la vuelta en la calle Orizaba, mi corazón empezó a latir rápido. Esperaba ver el valet parking lleno, gente esperando afuera, el bullicio del éxito.

Pero cuando el auto se detuvo frente al número 45, sentí que la sangre se me iba a los pies.

El estacionamiento estaba vacío. Completamente vacío.

No había valet. No había luces de bienvenida. El letrero de neón de “El Gourmet de Antonio” estaba apagado.

—¿Qué pedo? —murmuró Alina, mirando por la ventana—. ¿Está cerrado? Pero si es viernes.

—No puede ser —bajé del auto casi antes de que se detuviera por completo—. ¡Elvira!

Corrí hacia la entrada. Las puertas de cristal estaban cerradas, pero sin candado. Empujé y se abrieron.

El silencio me golpeó más fuerte que cualquier grito.

Adentro, el restaurante estaba a oscuras, iluminado solo por las luces de la calle que se colaban por los ventanales. Pero no estaba sucio. Al contrario. Estaba impecable. Las mesas estaban puestas con una precisión geométrica que nunca habíamos tenido. Las copas brillaban. El piso parecía un espejo.

Pero no había nadie. Ni un alma.

—¿Hola? —mi voz resonó en el vacío, patética—. ¡Simón! ¡Carmen!

Caminé hacia la cocina. Estaba tan limpia que parecía un quirófano. Las ollas colgaban en perfecto orden. No había olor a comida, ni a gas, ni a nada. Solo olor a limón y cloro.

Regresé al salón principal, sintiendo que la locura me rozaba. Y entonces la vi.

En la mesa central, la mesa reservada para VIPs, había una sola persona sentada. Había una botella de mi vino más caro, un Vega Sicilia que guardaba para ocasiones especiales, abierta sobre el mantel blanco. Una sola copa servida.

Elvira estaba sentada de espaldas a la entrada, mirando hacia la cocina vacía. El humo de un cigarrillo subía en espirales azules sobre su cabeza.

—Bienvenido a casa, Antonio —dijo sin girarse. Su voz era tranquila, aterradoramente tranquila.

—¿Qué significa esto? —grité, caminando hacia ella—. ¿Dónde está mi gente? ¿Dónde están los clientes? ¡Me dijiste que tenías casa llena!

Elvira se giró lentamente en la silla. Llevaba el mismo traje sastre negro, pero ahora se había soltado el cabello. Caía en ondas oscuras sobre sus hombros. Me miró y sonrió. Y en esa sonrisa, vi el final de mi vida.

—Tuvimos casa llena toda la semana, Antonio. Fue espectacular. La mejor despedida que pudieron tener.

—¿Despedida? ¿De qué hablas?

—Siéntate, Konstantin —dijo ella, señalando la silla frente a ella.

El nombre me golpeó como un balazo. Me detuve en seco, agarrándome del respaldo de una silla para no caerme. Alina acababa de entrar, arrastrando una maleta Louis Vuitton, y se quedó paralizada al escuchar el nombre.

—¿Cómo me llamaste? —susurré.

Elvira se levantó. Se quitó las gafas que llevaba colgadas del cuello y me miró con una intensidad que me quemó la retina.

—Konstantin Volkov. O “Kostik”, como te decía tu madre. ¿De verdad pensaste que un poco de tinte, una rinoplastia y un cambio de ciudad iban a borrar lo que hiciste?

Retrocedí un paso. Los recuerdos, esos que había enterrado bajo capas de alcohol y dinero, emergieron como cadáveres en un lago.

Hace seis años. Guadalajara. Una empresa fantasma. Un desfalco de veinte millones de pesos. Yo era el cerebro, pero necesitaba un chivo expiatorio. Alguien que firmara los papeles. Alguien enamorada de mí que confiara ciegamente.

—Eva… —musité, el nombre saliendo de mis labios con horror.

—Elvira, Eva… nombres, etiquetas —dijo ella, caminando lentamente hacia mí, taconeando sobre el piso impoluto—. Me cambiaste el nombre en los papeles, ¿recuerdas? Falsificaste mi firma. Me dejaste cargando con tu culpa mientras tú huías con el dinero para abrir este… antro.

—Yo… yo pensé que te darían libertad condicional —balbuceé, buscando una excusa, cualquier cosa—. No sabía que te darían seis años.

—Seis años, tres meses y cuatro días —corrigió ella con frialdad—. Tiempo suficiente para pensar. Para planear. Para estudiar. Y sobre todo, para buscarte.

Alina soltó la maleta. El golpe seco resonó en el salón.

—Toño… ¿de qué está hablando? —preguntó Alina con voz temblorosa.

—¡Cállate! —le grité—. ¡Esto es una trampa! ¡Llama a la policía!

Elvira soltó una carcajada.

—¿A la policía? Adelante. Hazlo. Tengo aquí —señaló una carpeta gruesa sobre la mesa— todas las pruebas de tu “gestión” actual. Evasión de impuestos, compra de facturas, violaciones a la ley laboral, y… oh, sí, el uso de ingredientes caducados que atentan contra la salud pública. Si llamas a la policía, el que sale esposado eres tú, cariño.

Me dejé caer en una silla. Mis piernas ya no me sostenían.

—¿Qué hiciste con mi restaurante? —pregunté, derrotado.

—¿Tu restaurante? —Elvira tomó un sorbo de vino—. Lo arreglé. Tal como me pediste. Durante tres semanas, fui la mejor gerente que has tenido. Traté a tu personal como seres humanos. Les pagué los sueldos atrasados con el dinero de la “caja chica” que tenías escondida en el falso techo de tu oficina. Sí, la encontré el primer día.

Gemí. Ahí tenía casi medio millón de pesos en efectivo. Mi fondo de emergencia.

—Compramos insumos de calidad —continuó ella, disfrutando cada palabra—. Simón es un excelente cocinero cuando no le das basura para cocinar. Carmen es una vendedora nata cuando la tratas con respeto. Hicimos noches temáticas. El lugar se llenó. Ganamos mucho dinero estas tres semanas, Konstantin. Mucho.

—¿Y dónde está ese dinero? —pregunté, con un hilo de esperanza.

—Se repartió —dijo ella simplemente—. Como liquidación.

—¿Qué?

—Despedí a todos esta mañana. Despido injustificado, según los papeles que tú firmaste en blanco antes de irte. Les pagué sus indemnizaciones conforme a la ley, más un bono por “daños morales” y “explotación”. Se llevaron todo, Antonio. Hasta el último centavo de las ganancias y de tu fondo secreto.

—¡Me robaste!

—No. Ejecuté tu presupuesto. Tú me diste poder notarial para administrar los recursos. Todo es legal.

Elvira sacó un documento de la carpeta y me lo deslizó por la mesa.

—Y esto… esto es el regalo final.

Lo leí con manos temblorosas. Era una notificación de demanda colectiva. Y otra de Sanidad. Y otra del SAT.

—Tus empleados no solo se fueron con dinero. Se fueron con pruebas. Fotos de la carne podrida. Grabaciones de tus gritos. Testimonios de tu acoso laboral. Y ¿sabes qué es lo mejor? —Elvira se inclinó sobre la mesa, su rostro a centímetros del mío—. Todos ya tienen trabajo nuevo. Un inversionista amigo mío, uno que sí valora el talento, va a abrir un lugar a dos cuadras. Se los llevó a todos. Simón, Carmen, Lupe… todos. Te quedaste solo, Kostik. Tienes el cascarón limpio, pero por dentro estás podrido.

Hubo un silencio largo. Miré a mi alrededor. Mi imperio. Mi sueño. Todo destruido en tres semanas por la mujer a la que traicioné.

Me giré hacia Alina, buscando apoyo.

—Nena, vámonos. Esto… esto lo arreglo con abogados. Tengo contactos.

Alina miraba a Elvira con una mezcla de miedo y admiración. Luego miró el anillo falso en su dedo. Se lo quitó lentamente.

—Sabes qué, Toño… creo que el “nena” se acabó —dejó el anillo sobre la mesa, junto a la botella de vino—. Yo no me meto en problemas legales. Y la verdad… siempre me caíste gordo.

Alina agarró su maleta y se dio la media vuelta, saliendo del restaurante sin mirar atrás. El sonido de sus tacones alejándose fue el último clavo de mi ataúd.

Me quedé solo con Elvira.

Ella terminó su vino, tomó su bolso y su carpeta.

—Aquí tienes las llaves —las dejó caer sobre el mantel. El tintineo fue agudo y metálico—. Ah, y dejé la puerta de servicio abierta. Creo que vi entrar a unas ratas hace rato. Se sentirán como en casa contigo.

Elvira caminó hacia la salida con la elegancia de una reina que acaba de ordenar una ejecución. Se detuvo en la puerta, recortada contra la luz de la calle.

—Si te sirve de consuelo, Konstantin… la cena de anoche estuvo deliciosa. Simón preparó tu platillo favorito. Lástima que no llegaste a probarlo.

Salió y la oscuridad del restaurante me tragó por completo. Me serví la copa que ella había dejado. El vino sabía a vinagre. O tal vez era el sabor de mi propia bilis.

Afuera, empezó a llover otra vez.


EPÍLOGO: EL MENÚ DEL DÍA

(Seis meses después)

En la esquina de Álvaro Obregón y Orizaba, hay un nuevo restaurante que es la sensación de la colonia Roma. Se llama “La Justicia”. La comida es espectacular, el servicio impecable y siempre hay fila para entrar.

En la cocina, el Chef Simón canta mientras prepara un mole que huele a gloria. En el salón, Carmen es la gerente de piso, y maneja a los meseros con una sonrisa firme pero amable.

Y en una mesa del rincón, una mujer elegante de traje sastre revisa los números con una sonrisa satisfecha.

A tres cuadras de ahí, en un callejón trasero, un hombre demacrado, con un traje que alguna vez fue caro pero ahora está sucio y raído, intenta venderle unos relojes falsos a unos turistas.

Buy a watch, amigo? Rolex, Cartier… good price… —dice con acento desesperado.

Nadie le hace caso. Antonio Olegovich, o Konstantin, o como se llame hoy, mira hacia el cielo gris y recuerda que alguna vez fue rey. Pero en la jungla de asfalto, cuando un rey cae, los que eran sus súbditos no lo levantan… se lo comen.

CAPÍTULO 3: EL SILENCIO ANTES DE LA TORMENTA

El rugido del BMW de Antonio alejándose por la calle Orizaba dejó tras de sí un silencio denso, pegajoso, como el aceite quemado que incrustaba las campanas de la cocina. Eran las once de la mañana de un martes, esa hora muerta en la hostelería donde el desayuno ya pasó y la comida es todavía una promesa lejana.

Dentro de “El Gourmet de Antonio”, doce personas contenían la respiración.

Carmen, la mesera que el día anterior había tenido la audacia de encarar al patrón, estaba recargada contra la barra de granito falso, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse sangre. Sus manos, resecas por el detergente barato y el frío de las mañanas, temblaban ligeramente mientras acomodaba los saleros una y otra vez.

—Ya se fue —susurró Beto, el lavaloza, un chico de apenas diecinueve años que había llegado de Puebla hacía dos meses y que todavía miraba el suelo cuando alguien le hablaba. Se asomó por la cortina de la entrada como si esperara ver un monstruo—. Se llevó a la “Licenciada” Alina.

—Que se larguen y no vuelvan —gruñó Don Simón desde la cocina abierta.

Simón Andrés, el jefe de cocina, era una montaña de hombre. Sus brazos, marcados por quemaduras de aceite y cortes de cuchillo, cruzaban sobre un pecho amplio que subía y bajaba con agitación. Pero no era rabia lo que dominaba el ambiente esa mañana; era miedo. Un miedo primal, visceral.

Antonio había sido claro antes de irse: “Viene una mujer. Una ex-presidiaria. Y ella manda”.

—Oigan… —la voz de Carmen rompió el estupor—, ¿qué saben de esa tal Elvira? ¿De verdad estuvo en el bote?

—Yo escuché a Don Antonio hablar por teléfono —dijo Lalo, el barman, mientras limpiaba una copa con un trapo grisáceo—. Dijo que era una “especialista”. Que estuvo en Santa Martha por fraude y extorsión. Dicen que era la contadora de un cártel o algo así. Que le cortaba los dedos a los que no pagaban.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del grupo. La leyenda urbana de la “nueva jefa” había crecido exponencialmente en las últimas doce horas. De ser una administradora estricta, en la mente de los empleados había pasado a ser una sicaria sedienta de sangre.

—A mí me vale madre quién sea —dijo Simón, golpeando una tabla de picar con su cuchillo cebollero. El sonido metálico hizo saltar a todos—. Si viene a joder, yo me largo. Ya aguanté mucho al imbécil de Antonio y sus carnes podridas. No voy a aguantar a una delincuente que me diga cómo hacer un sofrito.

—Pero Don Simón… la liquidación —murmuró Doña Lupe, abrazando su escoba como si fuera un salvavidas—. Si nos vamos, perdemos la antigüedad. Y yo necesito las medicinas de mi viejo.

Simón bajó la mirada, derrotado. Esa era la trampa. Antonio lo sabía. Todos necesitaban ese maldito trabajo mal pagado. Estaban atrapados en una jaula, y ahora el dueño había metido a un lobo para cuidarlos.

En ese momento, el sonido de la puerta principal abriéndose cortó la conversación de tajo. No fue un portazo, como los que solía dar Antonio. Fue un sonido suave, controlado, el clic preciso de la cerradura cediendo.

Todos giraron la cabeza hacia la entrada.

La luz de la calle recortó una silueta. No era el monstruo que esperaban. No traía tatuajes en la cara, ni una navaja en la mano. Era una mujer. Alta. Impecable.

Elvira entró al restaurante con la seguridad de quien entra a su propia casa después de un largo viaje. Sus tacones de aguja golpeaban el piso de madera con un ritmo hipnótico: clac, clac, clac. Llevaba un traje sastre negro que parecía esculpido sobre su cuerpo, y unas gafas oscuras que ocultaban sus intenciones.

Caminó hasta el centro del salón, justo frente a la barra donde el personal se había agrupado instintivamente, como un rebaño ante el depredador.

Se detuvo. Se quitó las gafas lentamente y las colgó en el escote de su blusa. Sus ojos negros recorrieron la fila, uno por uno. No parpadeaba. Su mirada no era de odio, ni de desprecio. Era de análisis. Frío, clínico, absoluto. Se sentía como si te estuvieran pasando por un escáner de rayos X.

—Buenos días —dijo. Su voz era grave, con una textura rasposa, como terciopelo arrastrado por grava. No gritó, pero se escuchó en cada rincón del local.

Nadie respondió. El miedo les había robado la voz.

—Me llamo Elvira —continuó, dejando su bolso de piel sobre una mesa cercana—. Y a partir de este segundo, soy la única autoridad en este edificio.

Empezó a caminar, rodeando al grupo.

—Sé lo que están pensando —dijo, pasando detrás de Beto, quien se encogió visiblemente—. “Ahí viene la bruja”. “Ahí viene la ex-convicta”. “El patrón nos trajo al verdugo”.

Se detuvo frente a Carmen. La mesera intentó sostenerle la mirada, pero sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias.

—Tú eres Carmen, ¿verdad? —preguntó Elvira.

Carmen asintió, incapaz de hablar.

—Tienes veintiocho años. Vives en Iztapalapa. Tienes dos hijos y mantienes a tu mamá. Llegas tarde los martes porque llevas a tu niño a terapia. Y… —Elvira se inclinó un poco, bajando la voz— te llevas las sobras de comida en tuppers escondidos en el fondo de tu mochila para un refugio de perros que tienes cerca de tu casa.

Carmen palideció. Se llevó las manos a la boca.

—Yo… señora, yo no robo, es basura, se iba a tirar… —empezó a balbucear, aterrorizada. Antonio la había amenazado con la policía por eso mismo.

Elvira levantó una mano, pidiendo silencio. No la regañó. Simplemente se giró hacia la cocina.

—Simón Andrés —llamó.

El chef salió de detrás de la barra, con el cuchillo aún en la mano, como un acto reflejo de defensa.

—Aquí estoy.

—Chef ejecutivo. Treinta años de experiencia. Trabajaste en “Pujol” y en “Quintonil” como jefe de partida antes de que tu adicción al juego te hiciera perder tus ahorros y terminaras aquí, aceptando un sueldo miserable porque nadie más te contrataba con tus deudas.

Simón apretó la mandíbula. La vergüenza le tiñó las orejas de rojo.

—Eso es personal.

—Todo es personal en la cocina, Simón —replicó Elvira, implacable—. Sé que diluyes las salsas con agua para que rindan. Sé que usas vinagre y bicarbonato para quitarle el olor a la carne pasada porque Antonio te obliga a usarla. Y sé que odias cada plato que sale de esa ventana porque va en contra de todo lo que amas de la cocina.

Simón bajó el cuchillo. Sus hombros se hundieron. Era verdad. Cada palabra era una verdad dolorosa que él trataba de ignorar cada mañana al ponerse el delantal.

Elvira continuó su ronda, exponiendo secretos con la precisión de un cirujano. Sabía quién robaba propinas. Sabía quién dormía en el almacén porque no tenía para el pasaje. Sabía quién bebía a escondidas en el baño.

Cuando terminó, el silencio en el restaurante era absoluto. Ya no era solo miedo; era desnudez. Estaban expuestos. Esa mujer, en cinco minutos, los había desarmado por completo.

Elvira caminó de regreso al centro del salón y se cruzó de brazos.

—Antonio me contrató para ser su perro guardián —dijo, y por primera vez, una sonrisa torcida asomó en sus labios—. Me dijo: “Elvira, destrúyelos. Hazlos sufrir. Córtales el sueldo y exprime cada centavo”.

Hubo un sollozo ahogado de Doña Lupe.

—Según el contrato que firmé —Elvira sacó un papel de su bolsillo—, tengo poder absoluto para despedirlos, denunciarlos y arruinarles la vida. Antonio cree que soy un monstruo. Y tiene razón. Lo soy.

Hizo una pausa dramática. El aire se sentía eléctrico.

—Pero… —dijo, arrastrando la palabra— hay una cosa que Antonio olvidó. Algo que se aprende en la cárcel y que los “empresarios” como él nunca entenderán.

Elvira se acercó a una de las mesas, tomó una silla y se sentó al revés, con los brazos apoyados en el respaldo, rompiendo toda la formalidad y protocolo. Su postura cambió. Ya no era la jefa ejecutiva; ahora parecía la líder de una banda planeando un golpe.

—En la cárcel —dijo, mirando a Simón a los ojos—, hay dos tipos de personas: las que se comen a los demás, y las que hacen manada. Antonio es de los que comen. Él cree que está arriba de la cadena alimenticia. Pero yo… yo soy de las que cuidan a la manada.

El desconcierto se pintó en las caras del personal. ¿Qué estaba diciendo?

—Levanten la mano los que odian a Antonio —ordenó Elvira.

Nadie se movió. El miedo a las represalias seguía ahí.

—¡Carajo! —gritó Elvira, golpeando la silla—. ¡Dije que levanten la mano! ¿O son tan cobardes que ni siquiera pueden admitir que odian al hombre que los humilla a diario?

Simón fue el primero. Levantó su mano enorme, temblando de rabia. Luego Carmen. Luego Beto. En segundos, todas las manos estaban arriba. Incluso Doña Lupe levantó tímidamente un dedo.

Elvira asintió, satisfecha.

—Bien. Eso es honestidad. Ahora escúchenme bien, porque esta es la única vez que lo voy a decir. Antonio me trajo para ser su verdugo. Pero yo tengo otros planes.

Se levantó y caminó hacia la entrada principal. Giró el letrero de “ABIERTO” a “CERRADO” y echó el cerrojo.

—Hoy no abrimos —anunció.

—Pero… —Lalo, el barman, balbuceó— perdemos la venta del día.

—Hoy vamos a limpiar —dijo Elvira, ignorándolo—. Pero no vamos a limpiar el piso. Vamos a limpiar este negocio de la podredumbre de Antonio.

Se dirigió a Simón.

—Chef, ve al refrigerador. Saca toda la carne que huela mal. Toda la verdura marchita. Todo lo que Antonio te obligó a guardar “para que rinda”.

—Es… es casi todo, señora —dijo Simón, incrédulo—. Si tiramos eso, nos quedamos sin inventario.

—Tíralo. Todo a la basura. No, mejor aún… Carmen, llama a tu refugio de perros. Diles que vengan por la carne. Si vamos a darla, que sea a alguien que la aprecie y no se enferme. A los clientes humanos no se les da basura.

Carmen abrió los ojos como platos. Una sonrisa incrédula empezó a formarse en su rostro.

—¿De verdad?

—De verdad. Beto, Lalo, quiero que bajen al almacén de vinos. Antonio tiene una reserva privada, ¿cierto? Esas botellas que guarda para sus “amigos especiales” y que a ustedes les prohíbe tocar.

—Sí, hay unas cajas de Vega Sicilia y Dom Pérignon en la jaula del fondo —dijo Lalo.

—Sáquenlas. Vamos a venderlas.

—¡Pero nos va a matar! —exclamó Lalo.

—No las vamos a vender por copa —dijo Elvira con una mueca maliciosa—. Las vamos a usar para hacer la mejor promoción que esta colonia ha visto. Vamos a recuperar la clientela, pero no con los precios inflados de Antonio. Vamos a dar calidad.

Se paró en medio de todos, irradiando una energía que ya no era de miedo, sino de rebelión.

—Antonio se fue tres semanas. Cree que al volver va a encontrar a un grupo de esclavos asustados y más dinero en su cuenta. Y tendrá razón en una cosa: va a encontrar más dinero. Porque vamos a demostrarle a ese imbécil que este restaurante no funciona por él. Funciona a pesar de él. Funciona por ustedes.

Caminó hacia Simón y le puso una mano en el hombro.

—Simón, ten, toma —le extendió un fajo de billetes que sacó de su bolso. Eran billetes de quinientos pesos, una cantidad considerable.

Simón miró el dinero, confundido.

—¿Qué es esto?

—Es para el mercado. Vete a la Central de Abasto. Compra lo que tú quieras. Lo que  cocinarías si este fuera tu restaurante. Quiero un menú nuevo para mañana. Nada de pretensiones francesas mal hechas. Quiero comida de verdad. Comida que sepa a México, no a cartón.

Simón miró los billetes y luego a Elvira. Sus ojos se aguaron. Por primera vez en años, alguien le daba libertad. Alguien respetaba su arte.

—¿Y si Antonio se entera? —preguntó Carmen, aunque su voz ya sonaba esperanzada.

—Yo me encargo de Antonio —dijo Elvira, y su tono se volvió oscuro otra vez—. Ustedes ocúpense de cocinar y servir. Yo me ocupo de los números y de las mentiras. Antonio tiene muchos cadáveres en su armario, chicos. Y yo tengo la llave de todos ellos.

Se dirigió a la oficina de arriba.

—Ah, y una cosa más —dijo desde la escalera—. A partir de hoy, se acabaron los descuentos por errores. Si se rompe un plato, se rompió. Si un cliente devuelve algo, es porque fallamos nosotros, no porque el cliente sea tonto. Vamos a trabajar con dignidad. ¿Entendido?

—¡Sí, jefa! —respondieron todos al unísono. Fue un grito espontáneo, liberador.

Elvira subió las escaleras. Entró a la oficina de Antonio, esa cueva de ego y mal gusto. Se sentó en la silla de piel, giró un poco y miró la foto de Antonio con Alina en el escritorio.

—Disfruta tu sol, Konstantin —murmuró, tomando la foto y poniéndola boca abajo—. Porque cuando vuelvas, no vas a tener ni dónde caerte muerto.

Abrió el cajón del escritorio. Estaba cerrado con llave, por supuesto. Elvira sacó una horquilla de su pelo. En tres segundos, la cerradura hizo clic.

Adentro estaban los libros de contabilidad “reales”. La libreta negra donde Antonio anotaba los sobornos a los inspectores, el dinero lavado, las compras fantasmas.

Elvira pasó el dedo por las páginas.

—Bingo —susurró.

Pero su trabajo apenas comenzaba. Tenía que ganarse la lealtad absoluta de la tropa. El dinero y las palabras bonitas servían para empezar, pero la lealtad se forja en el fuego.

Bajó de nuevo a la cocina una hora después. El lugar era un caos organizado. Estaban sacando bolsas negras de basura llenas de carne grisácea. El olor a podrido era nauseabundo, pero para ellos olía a limpieza.

—Simón —llamó Elvira.

—Dígame, jefa.

—Necesito que hagas una llamada. Tienes amigos en otros restaurantes, ¿no? Meseros, cocineros que conocen a los proveedores de verdad.

—Sí, claro.

—Corre la voz. Di que “El Gourmet” está bajo nueva administración. Di que estamos contratando proveedores honestos. Y di… —sonrió— di que Antonio Olegovich se ha vuelto loco y está regalando la casa. Quiero que mañana tengamos fila afuera.

Esa noche, no abrieron al público. Pero adentro, se celebró un banquete.

Simón preparó tacos de guisado con lo poco rescatable y algunas cosas que compró en la tienda de la esquina. Se sentaron todos juntos en la mesa principal, la mesa VIP donde a Antonio le gustaba sentarse a humillarlos.

Elvira se sentó en la cabecera. Se quitó el saco y se arremangó la camisa blanca.

—Brindemos —dijo, alzando una copa de vino barato (el Vega Sicilia lo guardarían para los clientes que pagaran).

—¿Por qué brindamos, jefa? —preguntó Beto, con la boca llena de tortilla.

—Por el motín —dijo Elvira, guiñando un ojo—. Y porque en tres semanas, vamos a ser leyendas.

Mientras bebían y reían, por primera vez en meses, Elvira los observaba. No veía empleados. Veía piezas de ajedrez. Peones que se convertirían en torres y alfiles. Ella era la reina negra. Y el rey blanco estaba a dos mil kilómetros de distancia, bronceándose, sin saber que ya estaba en jaque mate.

Pero había algo que Elvira no les había dicho. Algo que descubrió en la libreta negra hacía unos minutos.

Antonio no solo lavaba su propio dinero. Lavaba dinero de alguien más. Alguien peligroso. Un nombre aparecía recurrentemente en los márgenes: “El Ruso”.

Elvira conocía ese apodo. Lo había escuchado en Santa Martha.

—Esto se va a poner interesante —pensó, dando un sorbo a su vino mientras Carmen contaba un chiste sobre un cliente que pidió “quesadillas sin queso”.

La puerta del restaurante sonó. Un golpe seco. Pesado.

El silencio volvió de golpe. Eran las once de la noche. Estaban cerrados.

Elvira se levantó, haciendo una seña a todos para que se quedaran quietos. Caminó hacia la entrada de cristal.

Afuera, bajo la lluvia que había vuelto a caer, había dos hombres parados. Llevaban chamarras de cuero y no parecían clientes hambrientos.

Elvira abrió la puerta solo un poco.

—Está cerrado —dijo.

—Buscamos a Toño —dijo uno de ellos, un tipo con una cicatriz en la ceja—. Venimos por el pago de la mensualidad.

—Toño no está. Se fue de vacaciones.

El hombre de la cicatriz puso una bota en la puerta para impedir que se cerrara.

—A nosotros nos vale madres sus vacaciones. El Ruso quiere su dinero hoy. Y si Toño no está… —miró hacia adentro, viendo al personal asustado— alguien tiene que pagar.

Elvira no retrocedió. Al contrario, dio un paso adelante, saliendo a la lluvia, quedando cara a cara con el matón.

—Quita tu pie de mi puerta —dijo ella, con una voz tan fría que el hombre parpadeó.

—¿O qué, muñeca?

—O te voy a romper la rodilla en tres partes y le voy a decir al Ruso que sus cobradores son unos incompetentes que molestan a la nueva administración.

El hombre dudó. Miró a su compañero. Nadie le hablaba así a la gente del Ruso.

—¿Quién eres tú?

—Soy la pesadilla de Antonio —respondió Elvira—. Y ahora, soy su problema. Dile a tu patrón que si quiere su dinero, venga a hablar conmigo mañana a mediodía. Yo no trato con mensajeros. Y mucho menos con mensajeros que ensucian mi entrada.

Empujó al hombre con una fuerza sorprendente, quitó su pie y cerró la puerta. Echó el cerrojo.

Se giró hacia el personal, que la miraba con los ojos desorbitados. Simón tenía un cuchillo en la mano otra vez.

—¿Quiénes eran esos, jefa? —preguntó Carmen, temblando.

—Nadie importante —dijo Elvira, secándose las gotas de lluvia de la frente—. Solo unas ratas más grandes.

Caminó hacia la mesa y tomó su copa.

—Bueno, ¿en qué estábamos? Ah, sí. El postre. Simón, ¿qué hay de postre?

Nadie se movió por un segundo. Luego, una risa nerviosa rompió la tensión. Simón negó con la cabeza, sonriendo con incredulidad y admiración.

—Hay flan, jefa. El mejor flan de la ciudad.

—Pues sírvelo. Mañana tenemos una guerra que ganar.

Afuera, los dos hombres se quedaron mirando el restaurante cerrado, confundidos. No sabían que adentro, la manada acababa de encontrar a su líder alfa. Y una manada unida es capaz de devorar a cualquier depredador.

El plan de Elvira acababa de complicarse, pero también de volverse mucho más divertido. Antonio no solo perdería su dinero y su reputación. Iba a perder la protección que lo mantenía vivo.

Y ella sería quien abriría la puerta para que los lobos entraran.

CAPÍTULO 4: EL ARTE DE LA GUERRA EN LA COCINA Y EL PACTO DE SANGRE

El amanecer en la Ciudad de México tiene un color peculiar, un tono entre gris y naranja quemado, filtrado por el esmog. Para Simón Andrés, ese miércoles a las cinco de la mañana, el cielo se veía diferente. Se veía limpio.

Estaba parado frente a la entrada de la Central de Abasto, el monstruo comercial más grande del mundo, un laberinto de concreto, camiones de carga y gritos donde se mueve el estómago de toda la capital. Hacía años que no pisaba este lugar. Antonio le prohibía venir; decía que era “de nacos”, que un chef de su categoría debía pedir todo por teléfono a proveedores “gourmet” (que en realidad eran intermediarios careros que le daban su comisión por debajo de la mesa).

Simón apretó el fajo de billetes que Elvira le había dado. Sentía el papel moneda caliente contra su palma sudorosa.

—¡Pásele, jefe! ¡Bara bara la sandía! ¡Jitomate riñón, pura sangre, madre! —los gritos de los diableros y marchantes lo envolvieron como una ola.

El chef respiró hondo. Olía a cilantro fresco, a cebolla, a tierra mojada, a fruta madura y a gasolina. Olía a vida.

—Vamos a cocinar, chingada madre —murmuró para sí mismo, y se internó en los pasillos de la nave I-J.

Recorrió los puestos tocando, oliendo, probando. Compró chiles secos que olían a humo y madera; jitomates que al apretarlos soltaban un jugo dulce y ácido; carne de cerdo fresca, rosada, que había llegado esa misma madrugada de los rastros de Michoacán. Nada de congelados. Nada de etiquetas en francés.

Cuando regresó al restaurante a las nueve de la mañana, la camioneta de flete que contrató venía llena hasta el tope. Carmen, Beto y Lalo lo esperaban en la puerta. Al ver las cajas de madera repletas de color, sus caras cambiaron.

—No manches, Don Simón… —susurró Beto, cargando un huacal de aguacates que parecían piedras preciosas—. ¿Todo esto es para nosotros?

—Es para los clientes, Beto —respondió Simón, con una sonrisa que no le cabía en la cara—. Pero hoy, nosotros vamos a comer primero.

Elvira observaba la escena desde la mesa del fondo, con una taza de café negro en la mano. No dijo nada. No dio instrucciones. Solo miró cómo la “manada” trabajaba. Estaban descargando, riendo, sudando. Ya no eran empleados cumpliendo un horario; eran cómplices construyendo algo propio.

Pero Elvira sabía que la euforia dura poco si no tienes con qué defenderla. Miró su reloj. Las doce del día se acercaban. El plazo que le había dado al matón de la noche anterior.

—Carmen —llamó Elvira sin levantar la voz.

La mesera se acercó, limpiándose las manos en el delantal.

—¿Mande, jefa?

—A las doce va a venir gente. Quiero que cierres la cortina a la mitad. Que parezca que estamos en remodelación. Si alguien pregunta, estamos en inventario.

—¿Son los de anoche? —la voz de Carmen tembló un poco.

—Sí. Pero no te preocupes. Tú ocúpate de que Simón tenga listo ese mole del que tanto presume. A los hombres malos se les ablanda el corazón con la panza llena.

A las doce en punto, una camioneta Suburban negra, blindada, se estacionó en doble fila frente al restaurante, bloqueando el paso del metrobús y generando un concierto de cláxones. Bajaron tres hombres. Dos eran los gorilas de la noche anterior. El tercero era diferente.

Era un hombre bajo, calvo, con una camisa de seda abierta hasta el pecho que dejaba ver una cadena de oro gruesa como un dedo. No parecía ruso. Parecía un contador de Tepito que había tenido mucha suerte. Pero sus ojos… sus ojos eran de hielo.

Elvira estaba sentada sola en la mesa central. Había quitado todos los cubiertos. Solo había una botella de tequila, dos vasos y una carpeta negra.

Los hombres entraron. Carmen y el resto del personal se replegaron hacia la cocina, observando desde la ventanilla de entrega con el aliento contenido.

—¿Tú eres la que amenazó a mis muchachos? —preguntó el hombre calvo, arrastrando una silla y sentándose frente a Elvira sin pedir permiso.

—Y tú debes ser “El Ruso” —respondió Elvira, sirviéndose un trago con pulso firme—. Aunque de ruso tienes lo que yo de monja.

El hombre soltó una carcajada seca.

—Me dicen el Ruso porque me gusta el vodka y porque cuando me enojo, se me olvida el español. ¿Dónde está Antonio? Me debe doscientos mil pesos de la “protección” de este mes y los intereses del préstamo que le hice para su cochecito.

—Antonio está en Cancún —dijo Elvira tranquilamente—. Gastándose el dinero que te debe en putas y bloqueador solar.

El Ruso golpeó la mesa. La botella de tequila tintineó.

—¡Me estás viendo la cara de pendejo! ¡Si ese infeliz se fue, voy a quemar este tugurio con ustedes adentro!

Elvira no se inmutó. Tomó un sorbo de su tequila y luego abrió la carpeta negra.

—Podrías quemarlo —dijo—. Pero entonces perderías mucho más que doscientos mil pesos.

Giró la carpeta hacia él. Adentro había copias de las hojas de contabilidad “reales” de Antonio. Las que estaban escondidas.

—¿Sabes leer libros contables, Ruso? —preguntó ella—. Porque yo sí. Tuve seis años de práctica intensiva en Santa Martha Acatitla. Y lo que veo aquí es muy interesante.

El Ruso bajó la vista a los papeles. Frunció el ceño.

—Antonio te paga doscientos mil al mes por “seguridad” y lavado —explicó Elvira, señalando una columna de cifras—. Pero aquí… mira esta columna. Él reporta a sus “otros socios” que te paga trescientos cincuenta mil.

El Ruso levantó la vista, los ojos entrecerrados.

—¿Qué?

—Antonio te está robando, cariño. Le dice a sus inversionistas fantasma que tú cobras más caro para quedarse con la diferencia. Se está embolsando ciento cincuenta mil pesos mensuales a tu nombre. Te usa de excusa para robarle a su propia empresa.

El silencio en el salón se volvió pesado. Los gorilas detrás del Ruso intercambiaron miradas nerviosas.

—Ese hijo de perra… —susurró el Ruso. Su cara pasó del rojo al morado.

—Exacto. Es un hijo de perra. Y un estúpido. Porque dejó las pruebas en su cajón.

Elvira cerró la carpeta.

—Ahora, aquí está mi propuesta. Yo estoy a cargo ahora. El negocio va a cambiar. Ya no vamos a lavar dinero de la forma estúpida y obvia que hacía Antonio. Vamos a hacer dinero de verdad. Dinero limpio, o al menos, lo suficientemente limpio para que el SAT no nos cierre.

—¿Y qué gano yo? —preguntó el Ruso, todavía procesando la traición de Antonio.

—Ganas tu dinero. El de verdad. —Elvira sacó un sobre grueso de debajo de la mesa—. Aquí hay doscientos mil pesos. Es el pago de este mes. Salió de la caja fuerte de Antonio. De SU reserva personal. Básicamente, él se está pagando a sí mismo la deuda.

El Ruso tomó el sobre, lo sopesó y miró el contenido. Asintió.

—¿Y Antonio? —preguntó el mafioso—. Cuando regrese, lo voy a matar.

—No —dijo Elvira firmemente—. No lo vas a tocar. Todavía.

—¿Por qué? ¿Lo proteges?

—No. Lo estoy cocinando. —Elvira sonrió, y esa sonrisa fue más aterradora que cualquier amenaza del Ruso—. Si lo matas ahora, se convierte en víctima. Su seguro de vida paga las deudas, su familia llora, y tú te quedas sin tu “chivo expiatorio”. Déjalo vivir. Déjalo que regrese. Yo me voy a encargar de que, cuando vuelva, no tenga ni un peso, ni un amigo, ni un lugar donde esconderse. Y entonces… entonces será todo tuyo.

El Ruso la miró con una mezcla de respeto y miedo. Se levantó, guardando el sobre en su chaqueta.

—Me caes bien, flaca. Tienes huevos.

—Más que Antonio, seguro —respondió ella.

—Está bien. Tienes mi protección. Nadie va a molestar a este lugar mientras tú estés al mando. Pero si me entero de que me mientes…

—Si te miento, puedes usarme de abono para las plantas.

—Trato hecho.

El Ruso hizo una seña a sus hombres. Se dieron la media vuelta para salir. Antes de cruzar la puerta, el Ruso se detuvo y olfateó el aire.

—Oye… huele cabrón. ¿Qué es?

—Mole negro oaxaqueño. Receta de la abuela de mi chef —dijo Elvira.

—Guárdame un litro para llevar la próxima vez.

—Cuenta con ello.

Cuando la Suburban arrancó, un grito de alivio estalló en la cocina. Carmen salió corriendo y abrazó a Elvira impulsivamente. Se detuvo en seco, dándose cuenta de lo que había hecho, y retrocedió apenada.

—Perdón, jefa… es que… pensamos que nos iban a matar.

Elvira se arregló la solapa del saco, ocultando que sus propias manos temblaban ligeramente.

—Nadie va a morir hoy, Carmen. Hoy vamos a dar de comer. Abran la cortina. Es hora del show.


La transformación de “El Gourmet de Antonio” en las siguientes 48 horas fue algo digno de un estudio sociológico.

Elvira mandó quitar los manteles blancos almidonados que intimidaban a la gente. Dejó las mesas de madera desnuda, rústicas y honestas. Cambió la iluminación: fuera las luces frías de oficina, adentro velas y luz cálida. Puso música, no el jazz genérico de elevador que le gustaba a Antonio, sino boleros, rancheras suaves, música que te invitaba a pedir otro tequila.

Pero el verdadero cambio estaba en la actitud.

—Escúchenme bien —les dijo a los meseros antes del servicio de la cena—. Olviden el protocolo de “sirviente” que les enseñó Antonio. No son sirvientes. Son anfitriones. Si un cliente no sabe qué pedir, no le vendan lo más caro. Pregúntenle qué le gusta. Háganlo sentir en casa de su abuela. Si la cagan, pidan perdón y arréglenlo. Y sonrían, carajo, que la comida es alegría.

Esa noche, el restaurante se llenó.

No fue por magia. Fue por estrategia. Elvira había usado las redes sociales del restaurante (que Antonio tenía abandonadas) para lanzar una campaña agresiva: “¿Cansado de comida pretenciosa? Ven a probar la verdad. Nueva administración. Cocina de barrio, calidad de reyes. Si no te gusta, no pagas.”

La gente de la Roma, siempre hambrienta de “autenticidad” y novedades, mordió el anzuelo.

Simón estaba en su elemento. Elvira lo observaba desde la barra. El hombre gigante se movía con una gracia de bailarín entre los fogones. Gritaba órdenes, pero no con ira, sino con pasión.

—¡Sale cochinita pibil para la mesa cinco! ¡Dos órdenes de esquites con tuétano para la barra! ¡Venga, equipo!

La comida salía humeante, hermosa, abundante. Nada de porciones microscópicas decoradas con espuma de aire.

Elvira probó los esquites. El sabor del epazote, el tuétano graso y el limón le explotó en la boca. Cerró los ojos un segundo. Hacía años, antes de la cárcel, antes de Antonio, ella disfrutaba comer. Había olvidado lo que se sentía.

—Está buenísimo, jefa —dijo Lalo, sirviendo cervezas artesanales a un ritmo frenético.

—Está decente —dijo ella, manteniendo la fachada dura, pero guiñándole un ojo—. Cóbrale bien a los hipsters de la entrada, esos dejan buena propina.

A mitad de la noche, el caos controlado era hermoso. El ruido de los cubiertos, las risas, el brindis. La caja registradora no paraba de sonar. Pero esta vez, el sonido no era para el bolsillo de Antonio.

Elvira sacaba dinero de la caja cada hora. Lo guardaba en sobres.
“Liquidación Simón”. “Liquidación Carmen”. “Bono de productividad”.

Estaba creando el rastro de papel perfecto. Legalmente, estaba vaciando la empresa. Moralmente, estaba haciendo justicia.

Cerca de la una de la mañana, cuando el último cliente se fue (tambaleándose y feliz), el equipo se reunió para limpiar. Estaban agotados, sudados, con los pies palpitando. Pero nadie se quejaba.

Simón salió de la cocina con una cerveza en la mano. Se sentó en una silla, exhausto.

—Ciento veinte cubiertos —dijo, incrédulo—. Rompimos el récord histórico del lugar. Y sin una sola devolución.

—Hubo una —corrigió Carmen—. El señor de la mesa ocho dijo que el mole estaba “demasiado picante”.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Elvira.

—Le traje un vaso de leche y le dije: “Así se come en México, güero. Si quiere dulce, pida postre”. Se rio y me dejó quinientos pesos de propina.

Todos estallaron en carcajadas. Elvira sonrió. La manada estaba fuerte.

En ese momento, su celular vibró en la mesa. La pantalla se iluminó con un nombre: “Antonio (Jefe)”.

El silencio cayó de golpe. La risa se cortó como si hubieran bajado un switch. Todos miraron el teléfono como si fuera una bomba.

Elvira levantó la mano pidiendo calma. Deslizó el dedo y contestó, poniendo el altavoz.

—¿Bueno?

—¡Elvira! —la voz de Antonio sonaba pastosa, arrastrada. Se oía música de fiesta de fondo y viento—. ¡No me contestabas los mensajes! ¿Qué pasa? ¿Por qué no me has mandado el reporte de hoy?

—Estoy cerrando caja, Antonio —dijo Elvira con voz neutra, profesional—. Fue una noche… complicada.

—¿Complicada? —el tono de Antonio cambió a pánico instantáneo—. ¿Qué pasó? ¿Se quemó algo? ¿Me robaron?

Elvira miró a Simón y a Carmen. Simón apretaba los puños.

—No, no. Complicada por el volumen. Tuvimos casa llena, Antonio. Reventamos la venta. No me doy abasto contando el efectivo.

—¿En serio? —la voz de Antonio volvió a la euforia borracha—. ¡Te lo dije! ¡Sabía que eras buena! ¡Eres una máquina, Elvira! ¡Una pinche máquina!

—Hay un detalle —interrumpió Elvira—. Vinieron unos amigos tuyos hoy. Un tal… Ruso.

Al otro lado de la línea se escuchó un ruido, como si a Antonio se le hubiera caído el teléfono o el vaso. El silencio duró cinco segundos eternos.

—¿El… el Ruso? —su voz era un susurro aterrorizado—. ¿Qué… qué quería? ¿Qué le dijiste?

—Estaba muy molesto, Antonio. Dijo que le debías dinero. Mucho dinero. Quería quemar el lugar.

—¡No, no, no! Elvira, escúchame, tienes que… tienes que decirle que le pago el lunes, que…

—Tranquilo. Ya lo arreglé.

—¿Qué?

—Le pagué. Usé el fondo de reserva que tenías en la oficina. Doscientos mil pesos. Se fue contento. Dijo que no te molestaría.

Se escuchó una exhalación profunda, un sonido de alivio casi doloroso.

—¡Dios mío! ¡Elvira, eres un ángel! ¡Me salvaste la vida! Te juro que… te voy a dar un bono enorme cuando regrese. ¡Ese dinero era intocable, pero hiciste bien! ¡Joder, qué alivio!

—Solo hago mi trabajo, Antonio. Disfruta tus vacaciones. Tómate otra margarita. Aquí todo está bajo control.

—¡Sí, sí! ¡Eres la mejor! ¡Nos vemos en una semana! ¡Sigue así, exprímelos a todos!

Elvira colgó.

Miró a sus compañeros. La cara de asco de Carmen era evidente.

—”Exprímelos a todos” —repitió Simón con amargura—. Eso es lo que somos para él. Jugo.

—Ya no —dijo Elvira, guardando el celular—. Él cree que lo salvé. Cree que el Ruso ya no es un problema. Cree que tiene un negocio exitoso esperándolo.

Se levantó y caminó hacia la pizarra de corcho donde estaban los turnos. Arrancó el calendario de Antonio y lo tiró a la basura.

—La realidad es que el Ruso ahora sabe que Antonio le robaba. Que el dinero que usé para pagarle ya no existe en sus cuentas. Y que el negocio exitoso… bueno, el negocio es nuestro espíritu, no sus paredes.

Elvira tomó un plumón y escribió en la pizarra limpia: “DÍA 1 DE LA LIBERTAD”.

—Señores —dijo, girándose hacia ellos—. Nos quedan dos semanas y media. Tenemos que facturar como locos. Tenemos que sacar hasta el último peso de este lugar legalmente. Quiero que sus liquidaciones sean tan grandes que puedan poner su propio restaurante si quieren. ¿Están conmigo?

—¡Hasta la muerte, jefa! —gritó Beto, levantando su cerveza.

—No, hasta la muerte no —corrigió Elvira con una sonrisa de lobo—. Hasta la quiebra de Antonio. Que es mucho más doloroso.

Esa noche, Elvira durmió en la oficina de Antonio, en el sofá de cuero. No podía ir a su casa; sentía que debía vigilar el fuerte.

Mirando el techo en la oscuridad, pensó en el plan. Todo iba perfecto. Demasiado perfecto.

Pero había un cabo suelto. Alina. La novia tonta.

Si Alina sospechaba algo, si veía las redes sociales, si notaba el cambio radical en las fotos de los clientes… podía alertar a Antonio antes de tiempo.

Elvira sacó su propio teléfono (uno desechable) y buscó el perfil de Alina en Instagram. Estaba lleno de historias: fotos de sus piernas en la playa, fotos de cócteles, selfies con filtros exagerados.

En una de las historias, Alina decía: “Aquí sufriendo con mi amorcito, aunque él anda medio paranoico. ¡Necesitamos vibras positivas!”.

Elvira sonrió.

Le dio “Like” a la foto desde una cuenta falsa. Y escribió un comentario: “Se ven hermosos. Disfruten, que la vida da muchas vueltas y a veces se acaba la fiesta de golpe.”

Bloqueó la pantalla y cerró los ojos.

Soñó con fuego. No el fuego que quema edificios, sino el fuego de los fogones cocinando a fuego lento la caída de un hombre que se creía intocable.

La trampa estaba puesta. El cebo era el éxito. Y la presa venía volando en primera clase, directo hacia la boca del lobo.

CAPÍTULO 5: LA DANZA DE LOS PAPELES Y EL INFIERNO EN EL PARAÍSO

La segunda semana de la ausencia de Antonio comenzó con un olor que “El Gourmet” no había conocido en años: el aroma del éxito honesto. No ese éxito prefabricado de las relaciones públicas y las fotos retocadas, sino el que huele a carbón de mezquite, a tortillas hechas a mano y a salsa borracha hirviendo en el molcajete.

El restaurante vibraba. Era martes por la noche y había fila de espera de cuarenta minutos.

Elvira observaba desde su puesto de mando en la barra. Llevaba una libreta Moleskine negra donde anotaba todo, no para Antonio, sino para su propia bitácora de demolición.

—¡Sale una sopa de lima y dos tacos de Rib Eye (del bueno) para la seis! —gritó Simón desde la cocina. Su voz ya no tenía ese tono de perro apaleado; ahora rugía como un capitán de barco en medio de la tormenta perfecta.

Beto pasaba corriendo con una charola llena de cervezas artesanales, sudando la gota gorda, pero sonriendo.

—¡Voy, voy, que se calienta la chela! —decía, esquivando a los comensales con una destreza que antes no tenía.

Elvira dio un sorbo a su agua mineral. Todo iba demasiado bien. Y en la cárcel aprendes que cuando todo está muy tranquilo, es porque el custodio está afilando la macana o porque se está armando un motín en el bloque C.

Su teléfono vibró. Era el “patrón”.

Antonio llamaba a deshoras, siempre borracho, siempre paranoico. Elvira dejó que sonara tres veces antes de contestar. Hay que educar al perro, pensó.

—Diga, jefe.

—¡Elvira! —la voz de Antonio se oía distorsionada por el viento y el alcohol—. Oye, ¿qué chingados pasa con las cámaras? Llevo media hora tratando de conectarme desde la tablet y me sale “Error de conexión”. ¿Me las apagaste?

Elvira arqueó una ceja, aunque él no podía verla.

—Antonio, aquí cayó una tormenta eléctrica ayer que parecía el fin del mundo. Se tronó el módem principal. Estamos operando con los datos de mi celular para la terminal bancaria.

—¿Y por qué no le has hablado al técnico? —bramó él.

—Porque el técnico cobra tres mil pesos la visita de urgencia y tú me dijiste que cuidara los centavos —mintió con una fluidez pasmosa—. Además, si arreglo las cámaras, tengo que dejar de supervisar el piso. Y créeme, con la gente que tenemos hoy, necesitas mis ojos aquí, no en una pantalla en Cancún.

—¿Hay mucha gente? —el tono de Antonio cambió de la ira a la codicia en un segundo.

—A reventar. Estamos facturando el doble que la semana pasada.

Se escuchó el sonido de hielos chocando en un vaso al otro lado de la línea.

—Eso… eso es bueno. Muy bueno. Oye, Elvira… —su voz bajó, volviéndose conspirativa—. Necesito que me hagas un depósito extra mañana. A mi cuenta personal, no a la de la empresa.

—¿Problemas en el paraíso?

—No, no… es que… Alina vio un collar de diamantes y ya sabes cómo se pone. Y perdí un poco en el casino anoche. Nada grave. Solo mándame cincuenta mil varos. Sácalos de la caja chica.

Elvira sonrió. La rata estaba mordiendo el queso.

—No se puede, Antonio.

—¿Cómo que no se puede? ¡Es mi dinero!

—La caja chica está vacía. La usé para pagarle al Ruso, ¿recuerdas? Y para comprar los insumos de esta semana. Todo el efectivo que entra lo estoy depositando en la cuenta fiscal para que cuadre con el SAT. Si saco cincuenta mil pesos así nomás, va a saltar una alerta de lavado de dinero. Y con tu historial… no creo que quieras eso.

Hubo un silencio tenso. Elvira sabía que le estaba dando donde más le dolía: en el miedo a volver a ser pobre y en el miedo a la cárcel.

—Mierda… —susurró Antonio—. Está bien, está bien. Hazlo legal. Pero necesito liquidez. Vende más vino. Sube los precios si es necesario.

—Estoy en eso. Descansa, jefe. Te ves tenso.

Colgó sin esperar respuesta.

—¿Quiere más dinero? —preguntó Carmen, que se había acercado a dejar unos vasos sucios.

—Quiere diamantes para la muñeca inflable —dijo Elvira, guardando el teléfono—. Pero se va a quedar con las ganas.

La verdadera tormenta, sin embargo, llegó el miércoles a mediodía.

El restaurante estaba en plena preparación para la comida. Simón estaba probando una salsa de habanero con mango cuando la puerta se abrió.

No eran clientes.

Entró un hombre bajo, rechoncho, con un traje gris que le quedaba chico y brillaba por el desgaste en los codos. Llevaba un portafolios de piel sintética bajo el brazo y sudaba copiosamente a pesar de que el aire acondicionado estaba encendido.

Detrás de él, entraron dos inspectores con chalecos que decían “VERIFICACIÓN ADMINISTRATIVA”.

Elvira, que estaba revisando facturas en una mesa, sintió que se le tensaba el estómago. Conocía a este tipo de parásitos. Los había visto merodear los negocios de Iván y de sus antiguos socios.

Se levantó lentamente, abrochándose el botón del saco.

—Buenas tardes. ¿En qué podemos ayudarles?

El hombre del traje gris se secó la frente con un pañuelo sucio y sonrió, mostrando unos dientes amarillentos.

—Buenas, buenas. Soy el Licenciado Gordillo, de la Alcaldía. Venimos a una inspección de rutina. Ya sabe, Protección Civil, uso de suelo, sanidad… lo de siempre.

“Lo de siempre” significaba: “Vengo por mi soborno o te clausuro”.

Elvira extendió la mano, fría y profesional.

—Mucho gusto, Licenciado. Soy Elvira, la gerente operativa. El señor Antonio no se encuentra.

—Uy, qué caray —Gordillo hizo una mueca teatral de decepción—. Toñito siempre me atiende personalmente. Tenemos… digamos, un “entendimiento”. Hace tres meses que no paso por aquí y pues… se han acumulado ciertos “trámites”.

Los dos inspectores detrás de él ya estaban sacando libretas y mirando con desaprobación un extintor que, ciertamente, estaba caducado desde el 2019.

—Entiendo —dijo Elvira. Sabía exactamente lo que estaba pasando. Antonio no había pagado la “cuota” de protección burocrática. Probablemente se gastó ese dinero en su viaje—. ¿De cuánto estamos hablando para regularizar los trámites, Licenciado?

Gordillo se acercó, invadiendo su espacio personal con un olor a tabaco rancio y loción barata.

—Pues mire, señorita… Toñito suele colaborar con veinte mil pesitos trimestrales para el “fondo de mejoramiento urbano”. Pero como ya se atrasó, y veo que tienen personal nuevo, y seguro los papeles no están al día… digamos que con treinta mil lo dejamos pasar por hoy. En efectivo, claro, para agilizar el papeleo.

Treinta mil pesos. Era casi la nómina de la semana.

Elvira miró al Licenciado Gordillo. Miró a los inspectores que ya estaban midiendo la distancia entre las mesas (que seguramente no cumplía la norma).

En ese momento, tuvo una epifanía maquiavélica.

Podría pagarle. Tenía el dinero en la caja fuerte. Sería lo fácil. Sería lo que haría cualquier gerente que quiere evitar problemas.

Pero ella no quería evitar problemas. Ella quería enterrar a Antonio.

—Treinta mil pesos… —repitió Elvira pensativa—. Es mucho dinero, Licenciado. No tengo autorización para sacar esa cantidad sin firma del dueño.

La sonrisa de Gordillo desapareció.

—Mire, reinita. Si no hay colaboración, tengo que proceder a la verificación exhaustiva. Y le aseguro que voy a encontrar algo. Una cucaracha, un cable pelado, una licencia vencida… y entonces no va a ser una multa de treinta mil. Va a ser clausura temporal y una multa de cien mil. Usted decide.

Elvira fingió dudar. Miró hacia la cocina, donde Simón y los demás observaban aterrados. Si cerraban el lugar, el plan se acababa. Pero si pagaba el soborno, Antonio se salvaba de una multa oficial.

Necesitaba una tercera vía.

—Hagamos algo, Licenciado —dijo Elvira, bajando la voz—. No tengo los treinta mil en efectivo ahorita. Ya hicimos el corte y se lo llevaron al banco.

—Mal asunto… —Gordillo empezó a hacer señas a sus hombres.

—Pero… —interrumpió Elvira— tengo algo mejor. Tengo botellas.

Gordillo se detuvo.

—¿Botellas?

—Antonio tiene una colección privada en la bodega. Vega Sicilia, Château Margaux, cognac Hennessy del caro. Botellas que valen diez, quince mil pesos cada una en el mercado negro. Usted sabe dónde venderlas.

Los ojos del burócrata brillaron. El alcohol caro era moneda de cambio corriente en la corrupción administrativa.

—A ver… enséñeme —dijo, bajando la guardia.

—Lalo —llamó Elvira—, acompaña al Licenciado y a sus compañeros a la bodega. Que escojan tres botellas de la reserva especial.

Lalo abrió los ojos como platos, pero al ver la mirada imperceptible de Elvira, asintió.

—Pásenle, caballeros.

Mientras los inspectores y Gordillo entraban a la bodega como niños en dulcería, Elvira sacó su celular. Puso la cámara en modo video, escondió el teléfono entre unos menús en la barra, dejando el lente apuntando hacia la salida de la bodega.

Cinco minutos después, Gordillo salió con dos botellas de vino tinto bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja. Los inspectores traían una botella de tequila cada uno.

—Un placer hacer negocios con usted, señorita Elvira —dijo Gordillo, palmeando el portafolios—. Dígale a Toñito que estamos a mano por este trimestre. Y que me salude a la playa.

—Se lo diré, Licenciado. Que tenga buen día.

Gordillo salió del restaurante sintiéndose victorioso. No se dio cuenta de que acababa de ser grabado saliendo con mercancía robada (técnicamente) y aceptando un soborno en especie.

Elvira recuperó el teléfono y detuvo la grabación.

—¿Qué acaba de hacer, jefa? —preguntó Simón, acercándose—. Esas botellas valían más de cincuenta mil pesos.

—Lo sé —dijo Elvira, guardando el video en una carpeta en la nube llamada “EVIDENCIA”—. Pero acabamos de comprar algo más valioso que el vino.

—¿Qué cosa?

—Acabamos de comprar la garantía de que, cuando Antonio quiera renovar su licencia el próximo año, el Licenciado Gordillo no va a poder ayudarlo. Porque si lo hace, este video llega a la Contraloría Interna.

Elvira miró la puerta por donde había salido el corrupto.

—Antonio construyó su negocio sobre cimientos de lodo y sobornos. Yo solo estoy documentando cómo se hunde. Además… —sonrió— esas botellas ya las había reportado como “rotas” en el inventario de ayer. Para Antonio, ya eran pérdida.


Mientras tanto, en Cancún, el paraíso se estaba convirtiendo en una celda de lujo para Antonio.

Estaba sentado en el balcón de su suite, mirando el mar turquesa, pero no sentía paz. Sentía una picazón constante en la nuca.

Alina estaba en la ducha, cantando desafinadamente alguna canción de reguetón.

Antonio miró su celular. La app del banco.

Saldo: $12,450.00 pesos.

—No puede ser —murmuró, refrescando la pantalla con el dedo tembloroso—. Tenía casi ochenta mil hace tres días.

Entró al detalle de movimientos.

Cargo: Proveedor “Carnes Selectas del Bajío” – $25,000
Cargo: Proveedor “Vinos y Licores de Ultramar” – $18,000
Cargo: Reparación Mantenimiento General – $15,000
Retiro en Cajero Automático (Caja Chica) – $9,000

—¡Me está desangrando! —gritó, tirando el teléfono sobre la cama.

Entró Alina, envuelta en una toalla, con el pelo goteando.

—¿Qué pasa, amor? ¿Por qué gritas?

—¡Esa maldita ex-convicta! —Antonio caminaba de un lado a otro de la habitación como león enjaulado—. ¡Está gastando como si el dinero fuera infinito! Dice que está invirtiendo, que está comprando calidad… pero mira esto. ¡Me quedan doce mil pesos en la cuenta operativa!

—Pero… tú dijiste que ella sabía lo que hacía —dijo Alina, poniéndose crema en las piernas con una calma irritante—. Además, dijo que estaban vendiendo mucho, ¿no? Ese dinero va a regresar multiplicado.

—¡El dinero no regresa tan rápido, estúpida! —le gritó, y Alina se encogió—. Hay flujo de caja, hay tiempos de retorno… ¡Agh, tú no entiendes nada!

Antonio se sirvió un whisky del minibar. Le temblaba la mano.

Lo que más le aterraba no eran los gastos. Era el silencio del Ruso.

Normalmente, cuando se atrasaba un día en el pago, recibía una llamada amenazante, una foto de su coche rayado, algo. Pero habían pasado cuatro días desde la fecha de pago y nada. Elvira dijo que le había pagado. Pero ¿y si mentía? ¿Y si el Ruso estaba callado porque estaba preparando algo peor?

Antonio tomó el teléfono y marcó el número de Iván, su amigo que le había recomendado a Elvira.

—¿Bueno? —contestó Iván, con voz adormilada.

—Iván, soy Toño. Necesito que me digas la verdad. ¿Quién carajos es Elvira realmente?

—Ya te dije, güey. Es una chingona. ¿Por qué? ¿Te está robando?

—No… o sea, sí gasta mucho, pero… Iván, siento algo raro. Siento que me conoce. El otro día me dijo algo sobre mi “historial”. ¿Tú le contaste algo de mis… problemas legales pasados?

—¿Yo? Para nada. Yo solo le dije que tenías un restaurante en problemas. Toño, estás paranoico. Relájate. Disfruta el sol. Esa mujer te está salvando el culo.

—No sé, Iván… tengo un mal presentimiento.

—Mira, si tanto te preocupa, cae de sorpresa. Regresa antes.

Antonio colgó. Regresar antes.

Miró el calendario. Faltaba una semana para su vuelo de regreso. Si regresaba ahora, admitiría derrota. Admitiría que no confiaba en su propia decisión. Y el ego de Antonio era más grande que su miedo.

—No —dijo en voz alta—. Voy a esperar. Voy a dejar que termine el mes. Y cuando llegue, voy a hacer una auditoría que la va a hacer llorar sangre. Si falta un solo peso… la voy a refundir en la cárcel de donde salió.

No sabía que la auditoría ya estaba hecha, y que el resultado era su propia sentencia de muerte.


De vuelta en la Ciudad de México, esa misma noche, Elvira tuvo un momento de debilidad.

El servicio había terminado. El personal se había ido, eufórico con sus propinas (que ahora Elvira repartía equitativamente, cocina y piso por igual, algo revolucionario que tenía a todos felices).

Elvira se quedó sola en el restaurante a oscuras. Se sirvió una copa de ese Vega Sicilia que había “desaparecido” del inventario.

Se sentó en la mesa donde solía sentarse con Konstantin hace seis años.

Los recuerdos la asaltaron como fantasmas.

Recordó la primera vez que él la besó, en la parte trasera de un taxi. Recordó cómo la convenció de firmar esos papeles. “Es solo un tecnicismo, mi amor. Tú eres la representante legal porque yo tengo un problema con el buró de crédito, pero la empresa es de los dos”.

Qué estúpida había sido. Eva. La dulce e ingenua Eva.

Recordó el día del arresto. La policía entrando a su departamento a las seis de la mañana. Los gritos. Ella buscando a Konstantin, llamándolo por teléfono.

Y él… él estaba al otro lado de la calle. Lo vio desde la patrulla. Estaba en su coche, con las ventanillas arriba, mirándola ser esposada. Y cuando sus miradas se cruzaron, él se puso las gafas de sol y arrancó.

Seis años. Seis años en una celda de tres por tres, aprendiendo a defenderse con un cepillo de dientes afilado, aprendiendo a no llorar, aprendiendo a odiar.

Elvira apretó la copa con tanta fuerza que el cristal crujió. Una grieta fina apareció en el vidrio, y una gota de vino rojo, oscuro como la sangre, se deslizó por su mano.

—No es por dinero, Konstantin —susurró a la oscuridad—. Es por el tiempo. Me robaste mi juventud. Me robaste mi nombre. Me robaste mi fe en la gente.

Se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo, lavando la ciudad.

Un coche se detuvo lentamente frente al restaurante. Un auto negro, sencillo.

Elvira se tensó. Llevó la mano a su bolso, donde guardaba un gas pimienta (una costumbre de la cárcel, estar siempre armada).

La ventanilla del auto bajó. Era el Ruso.

Elvira abrió la puerta y salió bajo el toldo.

—Buenas noches, Ruso. Ya cerramos.

El mafioso la miró con una expresión indescifrable.

—No vengo a comer, flaca. Vengo a traerte un regalo.

Le extendió una memoria USB.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

—Investigué un poco lo que me dijiste. Sobre los dobles libros de contabilidad. Mis contadores confirmaron que Antonio me ha estado robando casi dos millones de pesos en los últimos tres años.

Elvira asintió.

—Te lo dije.

—Sí. Y yo pago mis deudas. En esa memoria tienes algo que te va a gustar. Son grabaciones. Antonio, borracho, presumiendo con sus amigos de cómo usó a una tal “Eva” de chivo expiatorio hace años. De cómo planeaba hacer lo mismo contigo si las cosas salían mal con el restaurante.

El corazón de Elvira se detuvo un segundo.

—¿Planeaba… hacerme lo mismo?

—Dijo: “Esa ex-convicta es perfecta. Si el SAT cae, ella firma todo. Si el negocio quiebra, es culpa de su mala gestión. Yo siempre salgo limpio”.

El Ruso escupió en el suelo.

—Odio a las ratas, Elvira. Pero odio más a los cobardes que usan a las mujeres para cubrir sus porquerías. Esa memoria es tuya. Úsala cuando llegue el momento.

—Gracias —dijo ella, apretando el USB en su mano.

—Ah, y una cosa más —el Ruso sonrió, mostrando un diente de oro—. Cuando ese pendejo regrese… avísame. Quiero estar en primera fila cuando lo destruyas. Y luego… luego hablamos de negocios tú y yo. Me gusta cómo manejas este lugar. La comida ha mejorado un chingo.

El auto arrancó y se perdió en la lluvia.

Elvira regresó al restaurante. Conectó el USB en la laptop de la oficina y escuchó.

Ahí estaba. La voz de Antonio. Su risa burlona.

“…sí, güey, la pobre Eva se comió seis años de cárcel por mí. Y ni siquiera se dio cuenta. Fue la estafa perfecta. Y ahora con esta Elvira… es pan comido. Las viejas enamoradas o necesitadas son el mejor escudo fiscal…”

Elvira cerró la laptop.

Ya no había dudas. Ya no había piedad. Cualquier rastro de culpa que pudiera haber sentido por dejar a un hombre en la ruina se evaporó.

Tomó su celular y envió un mensaje al grupo de WhatsApp que había creado con el personal, titulado “LA MANADA”.

“Preparen todo. Mañana empezamos la Fase 3: La Liquidación Total. Quiero que todo lo que no esté clavado al piso se venda o se regale. Y Simón… prepara el menú especial para la bienvenida de Antonio. Vamos a darle una última cena que nunca olvidará.”

Las respuestas empezaron a llegar con emojis de fuego, cuchillos y caritas felices.

Elvira se recostó en la silla del jefe. Faltaban cinco días para el regreso de Antonio. Cinco días para convertir su palacio en un mausoleo.

Y ella sería la sepulturera más elegante de la historia.

PARTE 2: LA JAULA DE ORO

CAPÍTULO 6: EL GRAN DESPOJO Y LA QUIEBRA EN EL TRÓPICO

Faltaban tres días para el regreso de Antonio. Setenta y dos horas.

En el mundo de los negocios legítimos, tres días no son nada. Apenas da tiempo de procesar una factura o agendar una junta. Pero en el mundo de Elvira, el tiempo se medía de otra forma. En la cárcel, tres días pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte, entre que te aprueben un amparo o te trasladen al “hoyo”.

Y en “El Gourmet de Antonio”, esos tres días iban a ser una cirugía a corazón abierto sin anestesia.

—Muy bien, equipo, escuchen —dijo Elvira. Eran las ocho de la mañana del jueves. El restaurante estaba cerrado al público, pero adentro la actividad era febril.

El personal estaba reunido alrededor de la mesa central, que ahora estaba cubierta de papeles, calculadoras y una caja fuerte portátil que Elvira había traído.

—Entramos en la Fase 3 —anunció ella con la solemnidad de un general—. La llamaremos: “Operación Tierra Quemada”.

Simón se cruzó de brazos, una sonrisa nerviosa cruzando su rostro curtido.

—Suena a película de guerra, jefa.

—Es una guerra, Simón. Y estamos ganando. Pero para asegurar la victoria, tenemos que dejar el campo de batalla estéril. Antonio tiene que regresar a un cascarón vacío.

Elvira tomó un marcador rojo y se giró hacia la pizarra blanca que habían instalado.

—Punto uno: Inventario líquido. Lalo, Beto, Carmen… quiero que vendan todo el alcohol premium que queda. No por copa. Por botella cerrada.

—¿A quién? —preguntó Lalo—. No podemos vender botellas cerradas al público, no tenemos licencia de vinatería.

—No al público —corrigió Elvira—. A “amigos”. Llama a los gerentes de los bares de la zona. Diles que estamos rematando la cava por “renovación de concepto”. Vende el Vega Sicilia al 50% de su valor comercial. Que paguen en efectivo. Hoy mismo.

Lalo silbó.

—Se van a pelear por ellas.

—Exacto. Quiero esa bodega vacía para las seis de la tarde. Punto dos: La cocina.

Simón se enderezó.

—¿Qué pasa con mi cocina?

—Simón, tú conoces al dueño del restaurante “La Olla de Barro” en la Narvarte, ¿verdad? Me dijiste que estaba buscando equipo.

—Sí, el compadre Ramiro. Se le descompuso su horno racional la semana pasada.

—Véndele el nuestro.

Simón abrió los ojos como platos.

—¿Qué? Jefa, ese horno cuesta doscientos mil pesos. Es el corazón de la cocina. Si lo vendemos, ¿cómo cocinamos?

—No lo vamos a sacar hoy —explicó Elvira con paciencia—. Vas a firmar un contrato de compra-venta con fecha de hoy. Le dices que se lo puede llevar el lunes a primera hora. Que nos lo “preste” el fin de semana. Cobra el 40% de anticipo hoy. En efectivo. Dile que es una “oferta relámpago por cierre fiscal”.

Simón asintió lentamente, entendiendo la jugada. Estaban vendiendo los activos antes de que Antonio pudiera siquiera tocar el suelo de la CDMX.

—Punto tres: El dinero —Elvira puso la mano sobre la caja fuerte portátil—. Hemos tenido dos semanas de ventas récord. Tenemos el dinero de la venta del vino y el anticipo del equipo. Sumado a lo que rescatamos de las cuentas secretas de Antonio… tenemos un botín considerable.

Miró a cada uno de los empleados a los ojos. A Doña Lupe, con sus manos artríticas. A Carmen, con su mirada de luchadora cansada. A Beto, el chico que soñaba con estudiar.

—Este dinero no es mío —dijo Elvira suavemente—. Es de ustedes. Son sus sueldos caídos, sus horas extras no pagadas, sus humillaciones y su liquidación por despido injustificado.

Sacó una pila de sobres manila gruesos.

—Carmen.

La mesera se acercó, temblando. Elvira le entregó un sobre.

—Cuéntalo. Hay cincuenta mil pesos ahí. Debería alcanzar para poner al día tus deudas y pagarle un buen médico a tu mamá.

Carmen tomó el sobre. Lo apretó contra su pecho y empezó a llorar en silencio. No dijo gracias. No hacía falta. Se abrazó a Elvira con una fuerza desesperada.

—Simón.

El chef recibió su sobre. Era más grueso.

—Ochenta mil. Sé que querías poner un puesto de tacos de guisado en tu colonia. Con esto compras el carrito, los permisos y los insumos para tres meses. Hazlo bien, cabrón. Cocina como sabes.

Simón, el gigante que parecía hecho de piedra, se limpió una lágrima furiosa con el dorso de la mano.

—Jefa… no sé qué decir.

—No digas nada. Solo firma aquí.

Elvira les pasó unas hojas.

—¿Qué es esto? —preguntó Lalo, mirando el documento.

—Son sus demandas laborales ante la Junta de Conciliación y Arbitraje. Ya están redactadas. Dicen que Antonio los despidió verbalmente sin causa justificada el día que regrese. También dicen que los obligaba a trabajar en condiciones insalubres.

—Pero… si nos está dando el dinero ya… —dudó Beto.

—Este dinero es “por debajo del agua”. Es un regalo. La demanda… la demanda es para rematarlo. Cuando Antonio regrese, se va a encontrar con que les debe oficialmente millones de pesos en indemnizaciones legales. Y como no va a tener con qué pagar porque ya vaciamos las cuentas… el juez embargará el local.

Elvira sonrió, una sonrisa fría y perfecta.

—Y adivinen quién va a comprar el local en el remate judicial a precio de ganga, usando prestanombres.

Simón soltó una carcajada que retumbó en las paredes.

—Usted es el diablo, señora Elvira.

—Soy el karma, Simón. Solo que el karma a veces tarda mucho, y yo prefiero el servicio express.


Mientras tanto, a mil quinientos kilómetros de distancia, el karma estaba empezando a morder los talones de Antonio.

Eran las dos de la tarde en Cancún. El sol caía a plomo sobre las playas de arena blanca, pero Antonio sentía un frío glacial recorriéndole el cuerpo.

Estaba en la recepción del hotel Grand Velas, envuelto en una bata de baño, haciendo un escándalo.

—¡Le digo que debe haber un error! —gritaba, golpeando el mostrador de mármol—. ¡Soy Antonio Olegovich! ¡Llevo tres semanas aquí gastando una fortuna! ¿Cómo se atreve a decirme que mi tarjeta fue rechazada?

El recepcionista, un joven impecable con una paciencia entrenada para lidiar con nuevos ricos, tecleó algo en su computadora sin perder la sonrisa.

—Señor Olegovich, lo entiendo perfectamente. Pero el sistema indica “Fondos Insuficientes” en su tarjeta Platinum. Y también en la Gold que intentamos pasar hace un momento. Y en la de débito.

—¡Es el banco! —Antonio sacó su celular con manos temblorosas—. ¡Seguro bloquearon las tarjetas por “movimientos inusuales”! ¡Son unos idiotas! Ahorita mismo lo arreglo.

Antonio se alejó unos pasos, marcando al banco. Su corazón latía desbocado. “Fondos insuficientes”. Esas dos palabras eran su peor pesadilla, el fantasma que lo perseguía desde que era un estafador de poca monta en Guadalajara.

—Bienvenido a Banca Premium… —dijo la voz robótica.

Antonio navegó el menú con desesperación. “Saldo de cuenta”.

“Su saldo actual es de: Cero pesos con cincuenta centavos”.

Sintió que las rodillas se le doblaban. Se tuvo que recargar en una columna falsa de estilo maya.

—No… no puede ser… —balbuceó.

Revisó la otra cuenta. La de ahorros.

“Su saldo actual es de: Doce pesos”.

—¡Me robaron! —gritó, atrayendo las miradas de unos turistas gringos—. ¡Me hackearon!

Marcó el número de Elvira. Sonó una vez. Dos veces.

—¿Bueno? —la voz de Elvira sonaba tranquila, con el ruido ambiental de platos y cubiertos de fondo.

—¡Elvira! —chilló Antonio, al borde del llanto—. ¡Mis cuentas! ¡Están en ceros! ¡Alguien me vació las cuentas! ¡Bloquea todo allá! ¡Cierra el restaurante! ¡Llama a la policía cibernética!

—Cálmate, Antonio. Baja la voz —dijo ella con una calma que, en ese momento, le pareció sospechosa—. Nadie te robó.

—¿Cómo que nadie? ¡No tengo dinero! ¡La tarjeta no pasa! ¡Estoy en el lobby del hotel haciendo el ridículo!

—Antonio, escúchame. ¿Recuerdas que me pediste que pagara a los proveedores de contado para conseguir mejores precios? ¿Y que liquidara la deuda con el Ruso? ¿Y los sobornos de la alcaldía?

—Sí, pero… ¡no todo! ¡No me podías dejar en ceros!

—Hubo un… imprevisto fiscal —mintió Elvira con suavidad—. El SAT nos congeló una parte del flujo ayer por una discrepancia en las facturas viejas, las de tu época. Tuve que mover todo el capital operativo a cuentas puente para protegerlo. El dinero está seguro, pero no está en tus tarjetas personales ahorita.

—¿Cuentas puente? ¿De qué hablas? —Antonio se pasaba la mano por el pelo sudado—. ¡Necesito pagar el hotel! ¡Me van a echar!

—Tranquilo. ¿Cuánto es la cuenta del hotel?

—No sé… como cuarenta mil pesos de los extras y el servicio al cuarto de estos días.

—Está bien. Voy a ver si puedo hacerte una transferencia desde la cuenta de Simón. Él me prestó su cuenta para mover el efectivo y que no lo rastree el SAT.

—¿Simón? ¿El cocinero? —Antonio estaba incrédulo—. ¿Mi dinero está en la cuenta del cocinero?

—Era eso o que te lo embargara Hacienda, Antonio. Tú dime.

—¡Maldita sea! —pateó una maceta—. ¡Está bien, está bien! ¡Mándame el dinero ya! ¡Tengo a Alina aquí pidiendo un masaje de piedras calientes y no tengo con qué pagarlo!

—Dame dos horas. Estamos en pleno servicio y no puedo salir al banco. Aguanta un poco. Dile al hotel que hubo un error del sistema bancario nacional.

—¡Dos horas! ¡Ni un minuto más, Elvira! ¡Si esto no se arregla, te juro que…!

—¿Que qué, Antonio? —lo cortó ella, y por un segundo, su tono se endureció—. ¿Me vas a despedir? Recuerda quién te está salvando el pellejo del SAT y del Ruso.

Antonio se quedó callado, respirando agitadamente.

—Solo… mándame el dinero, por favor —suplicó, su arrogancia colapsando.

—Lo intentaré. Nos vemos el sábado, jefe.

Elvira colgó.

Antonio se quedó mirando el teléfono muerto. Alina apareció por el pasillo, envuelta en una toalla blanca, con una copa de champaña en la mano.

—Amor, la masajista dice que necesita que firmes el voucher antes de empezar.

Antonio la miró. Miró la copa de champaña que costaba quinientos pesos. Miró el anillo falso en su dedo. Y sintió un odio profundo, no hacia ella, sino hacia su propia impotencia.

—No va a haber masaje, Alina —dijo con voz ronca.

—¿Qué? Pero si ya estoy lista…

—¡Dije que no! —le arrebató la copa y la estrelló contra el suelo. El cristal estalló y el líquido dorado se derramó sobre el mármol pulido—. ¡No hay dinero! ¡Se acabó! ¡Esa maldita tarjeta no pasa!

Alina retrocedió, asustada.

—Toño… estás loco.

—Sí, estoy loco. Loco por traerte a este viaje de mierda. ¡Vete al cuarto y empaca! Nos vamos hoy.

—¿Hoy? Pero el vuelo es el sábado.

—¡No tengo para pagar dos noches más de hotel, estúpida! ¡Nos vamos a ir a dormir al aeropuerto si es necesario!

Alina lo miró con una mezcla de lástima y asco.

—Yo no voy a dormir en ningún aeropuerto —dijo fríamente—. Tengo mi propia tarjeta. La que me dio mi papá. Me voy a pagar mi boleto de regreso. Sola.

—¿Me vas a dejar aquí? —Antonio la agarró del brazo.

—Suéltame —ella se soltó con un tirón—. Dijiste que eras un millonario, Toño. Que eras un “tiburón”. Y ahorita pareces un pez globo desinflado. Bye.

Alina se dio la vuelta y caminó hacia los elevadores. Antonio se quedó solo en el lobby, con el recepcionista mirándolo fijamente y dos guardias de seguridad acercándose discretamente.

—Señor Olegovich —dijo el recepcionista—, si no puede cubrir el saldo, tendremos que llamar a las autoridades.

Antonio buscó en sus bolsillos. Sacó un reloj. Una imitación “AAA” de un Rolex Daytona.

—Tome —lo puso sobre el mostrador—. Vale diez mil dólares. Quédese con él como garantía hasta que pase la transferencia.

El recepcionista tomó el reloj. Lo miró un segundo. Lo sopesó. Y con una sonrisa de pena ajena, se lo devolvió.

—Señor… esto es falso. El segundero “salta”. Los Rolex originales tienen movimiento continuo.

El mundo de Antonio se oscureció.


En la Ciudad de México, la noche del viernes cayó como un telón final.

El restaurante estaba vacío de clientes. Elvira había puesto el letrero de “CERRADO POR EVENTO PRIVADO”.

Adentro, las luces estaban bajas. El equipo de sonido tocaba una lista de reproducción de José Alfredo Jiménez.

El personal estaba sentado en el piso, formando un círculo sobre cojines improvisados. No había mesas. Las mesas “finas” de Antonio habían sido desmontadas y apiladas en el almacén trasero, listas para ser “embargadas”. Las sillas de diseño estaban vendidas.

En el centro del círculo, había cajas de pizza y caguamas. La última cena.

—Salud, raza —dijo Simón, levantando su botella de cerveza familiar—. Por nosotros. Por la mejor quincena de nuestras perras vidas.

—¡Salud! —respondieron todos al unísono.

El ambiente era una mezcla extraña de funeral y fiesta de graduación. Había risas, pero también esa nostalgia anticipada de saber que algo único estaba terminando.

Elvira estaba sentada con ellos, con las piernas cruzadas, comiendo una rebanada de pepperoni. Ya no llevaba el saco ejecutivo. Estaba en mangas de camisa, con el pelo suelto. Se veía más joven. Se veía como Eva.

—Oiga, jefa… —dijo Carmen, limpiándose salsa de tomate de la comisura de la boca—. ¿Qué va a pasar mañana? Digo, cuando llegue el ogro.

Todos callaron para escuchar la respuesta.

Elvira dejó su pizza en la caja. Tomó un trago de cerveza.

—Mañana… mañana va a ser teatro, Carmen. Puro teatro.

Miró alrededor del local semivacío.

—Antonio va a llegar directo del aeropuerto. Viene humillado. Alina lo dejó en Cancún, tuvo que vender su laptop y su celular bueno en una casa de empeño allá para pagar el hotel y el boleto de avión de regreso. Viene con hambre de venganza. Viene a gritar.

—¿Y nosotros qué hacemos? —preguntó Beto.

—Ustedes no van a estar aquí —dijo Elvira—. Bueno, no trabajando. Quiero que estén… cerca. Simón, tú en la cocina, pero sin cocinar. Carmen, tú en el piso, pero sin uniforme. Cuando él entre, quiero silencio.

—¿Y usted?

—Yo voy a estar esperándolo. En su mesa. Con el vino que le gusta. Y con la cuenta.

Simón se río por lo bajo.

—La cuenta final.

—Exacto. Pero necesito pedirles un último favor. El más difícil.

—Lo que sea, jefa —dijo Doña Lupe.

—Cuando él empiece a gritar… cuando empiece a insultarlos y a despedirlos… no quiero que bajen la cabeza. Quiero que lo miren a los ojos. Quiero que sonrían. Y quiero que se den la media vuelta y se vayan. Sin decir una palabra. Déjenmelo a mí.

—¿Y si se pone violento? —preguntó Lalo, preocupado.

Elvira sacó su celular (el desechable) y lo puso en el centro del círculo.

—Si se pone violento… tengo al Ruso en marcación rápida. Y créanme, el Ruso está ansioso por tener una excusa para visitar a su viejo amigo Antonio.

Un escalofrío recorrió el grupo, pero asintieron. Se sentían protegidos. Por primera vez en la historia de ese maldito restaurante, los empleados tenían el poder.

Terminaron las cervezas. Recogieron la basura.

—Vayan a descansar —les dijo Elvira a la medianoche—. Mañana el show empieza a las siete de la tarde. Lleguen puntuales. Ropa de civil. Y traigan sus cartas de renuncia firmadas, las que preparamos con el abogado.

Uno por uno, se fueron despidiendo. Abrazos fuertes. Palmadas en la espalda.

—Gracias, señora Elvira —le dijo Simón en la puerta—. Gracias por devolverme la dignidad.

—Tú te la devolviste solo, Chef. Yo solo te di el cuchillo.

Cuando el último se fue, Elvira cerró la puerta.

Se quedó sola en la inmensidad del local desmantelado. Las paredes tenían marcas rectangulares más claras donde antes colgaban cuadros pretenciosos que Lalo había vendido en el mercado de la Lagunilla esa mañana. La barra estaba desnuda, sin botellas.

Parecía un lugar abandonado. Un barco fantasma.

Elvira subió a la oficina. Abrió la caja fuerte. Vacía. Solo quedaba un objeto adentro: una foto vieja, arrugada.

Era una foto de hace siete años. Konstantin y Eva, abrazados en una playa de Puerto Vallarta. Él sonreía con esa sonrisa encantadora que escondía al monstruo. Ella lo miraba con adoración absoluta.

Elvira tomó un encendedor. Prendió la esquina de la foto.

Observó cómo el fuego consumía la cara sonriente de Konstantin, cómo el papel se ennegrecía y se curvaba hasta convertirse en ceniza que cayó sobre el escritorio de caoba.

—Adiós, mi amor —susurró—. Bienvenido al infierno.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Antonio, enviado desde un número desconocido (probablemente un teléfono prestado o un prepago barato).

“Ya aterricé en CDMX. Voy para allá. prepárate para explicarme dónde está mi dinero.”

Elvira miró la hora. Eran las seis de la tarde del sábado. Se había adelantado.

—Perfecto —dijo.

Se arregló el cabello. Se pintó los labios de un rojo intenso, color sangre. Bajó las escaleras.

Se sentó en la única mesa que quedaba armada en el centro del salón. Sirvió dos copas de vino (del barato, rellenado en una botella de Vega Sicilia).

Y esperó.

Diez minutos después, un taxi se detuvo afuera. No era un Uber Black. Era un taxi rosa y blanco, de los viejos, abollado.

Antonio bajó. Traía la misma ropa con la que se fue, pero arrugada y sucia. No traía maletas (probablemente las perdió o las dejó en empeño). Caminaba arrastrando los pies, pero con los puños cerrados.

Empujó la puerta de entrada.

La campanilla sonó. Un sonido alegre para un momento fúnebre.

Antonio entró. Se detuvo en seco al ver el vacío. Su mirada recorrió las paredes desnudas, la barra vacía, la oscuridad.

Y finalmente, sus ojos se posaron en Elvira.

Ella levantó su copa.

—Hola, Konstantin —dijo con una sonrisa dulce—. Llegaste justo a tiempo para el postre.

Antonio dio un paso adelante, su cara contorsionada por una mezcla de confusión, miedo y una furia volcánica que estaba a punto de estallar.

El telón había subido. El acto final había comenzado.

CAPÍTULO 7: LA CENA DE LOS ACUSADOS

Antonio Olegovich —o Konstantin, como su pasado lo reclamaba— se quedó paralizado en el umbral de lo que alguna vez fue su reino. La puerta de cristal se cerró tras él con un suspiro hidráulico, aislándolo de la calle y encerrándolo en una penumbra que olía a polvo y a final.

Llevaba la misma camisa de lino con la que se había ido a Cancún, pero ahora estaba gris, arrugada y con una mancha de café rancio en la pechera. Su bronceado no parecía de playa, sino de suciedad. Le faltaba un botón. Sus mocasines italianos estaban raspados.

Pero lo peor eran sus ojos. Eran los ojos de un animal acorralado que todavía cree que tiene garras.

—¿Dónde están mis cosas? —su voz salió rasposa, un graznido que rebotó en las paredes desnudas—. ¿Dónde están los cuadros? ¿Dónde están las mesas importadas?

Elvira, sentada en la única mesa iluminada por una vela solitaria en el centro del salón, dio un sorbo lento a su copa. El líquido rojo brilló como sangre en la oscuridad.

—Liquidación por cierre, Antonio —dijo con una calma que helaba la sangre—. Todo se vendió. Al contado. A muy buen precio, debo añadir.

Antonio avanzó tambaleándose hacia ella. La furia empezaba a ganarle al shock.

—¿Vendiste mi restaurante? —gritó, golpeando la mesa con el puño. La copa de Elvira ni siquiera tembló—. ¡Tú no tienes derecho! ¡Eres una empleada! ¡Eres una gata!

—Soy tu apoderada legal —corrigió ella, sacando un documento de la carpeta que tenía al lado—. Aquí está el poder que firmaste antes de irte. “Poder amplio y suficiente para actos de administración y dominio”. ¿No leíste las letras chiquitas, Konstantin? Ah, no. Nunca lees lo que firmas. Solo haces que otros lo firmen por ti.

Antonio le arrebató el papel y lo rompió en pedazos, lanzando el confeti al aire.

—¡Me vale madre el papel! —bramó, con la saliva saliendo de su boca—. ¡Quiero mi dinero! ¡El dinero de las ventas! ¡El dinero de los muebles! ¡Dámelo ahora o te juro que te mato aquí mismo!

Se abalanzó sobre ella, rodeando la mesa.

—¡Alto! —tronó una voz desde la oscuridad de la cocina.

Antonio se frenó en seco.

De las sombras emergieron figuras. No eran fantasmas. Eran sus empleados. Pero ya no se veían como él los recordaba.

Simón Andrés salió primero, con los brazos cruzados sobre su pecho enorme. Ya no llevaba el delantal sucio. Vestía una guayabera limpia y pantalón de mezclilla. Se veía digno. Inmenso.

Detrás de él salieron Carmen, Beto, Lalo, Doña Lupe. Doce personas. Doce pares de ojos clavados en Antonio. No había miedo en sus miradas. Había asco.

—¿Qué hacen aquí? —balbuceó Antonio, retrocediendo un paso—. ¡Lárguense! ¡Están despedidos!

—Ya lo sabemos —dijo Carmen, dando un paso al frente. En su mano sostenía un sobre manila—. De hecho, venimos a notificarle nuestra demanda.

—¿Demanda? —Antonio soltó una risa histérica—. ¿Ustedes? ¿Muertos de hambre? ¿Con qué abogado?

—Con el mejor —dijo Elvira, poniéndose de pie—. Con el abogado que pagué con el dinero de la venta de tu camioneta.

Antonio miró hacia el estacionamiento a través del ventanal. Su lugar reservado estaba vacío.

—¿Vendiste mi BMW?

—Fue necesario —explicó Elvira como si hablara del clima—. Para cubrir las indemnizaciones constitucionales. Despido injustificado, falta de pago de horas extras, daño moral, acoso laboral… La cuenta es larga, Antonio. Entre todos, suman casi tres millones de pesos. El coche apenas cubrió el anticipo.

Antonio se llevó las manos a la cabeza, jalándose el pelo.

—¡Esto es una pesadilla! ¡Esto es ilegal! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Al Ruso! ¡Sí, voy a llamar al Ruso y él los va a matar a todos!

Elvira sonrió. Fue una sonrisa triste, cargada de una piedad cruel.

—Adelante, Antonio. Llama al Ruso. De hecho… —sacó su celular y lo deslizó sobre la mesa—. Yo ya le avisé que estabas aquí. Debe estar por llegar.

El color desapareció del rostro de Antonio. Se puso blanco como el papel.

—¿Qué… qué le dijiste?

—Le dije la verdad —Elvira caminó lentamente alrededor de la mesa, como un depredador acechando—. Le entregué tus libros de contabilidad reales. Los que tenías escondidos en el falso plafón. Le mostré cómo le has estado robando durante tres años. Ciento cincuenta mil pesos mensuales que te embolsabas a su nombre.

Antonio cayó de rodillas. Fue un colapso físico, como si le hubieran cortado las cuerdas que lo sostenían.

—No… no… —lloriqueaba—. Me va a matar. Elvira, por favor… me va a destazar.

—Probablemente —dijo ella—. O tal vez solo te rompa las piernas. El Ruso es un hombre de negocios, después de todo.

Antonio se arrastró hacia ella, agarrándose de sus tobillos. El hombre soberbio, el “rey de la Roma”, ahora se arrastraba por el suelo sucio.

—Eva… —gimió, usando su nombre real por primera vez—. Eva, mi amor… perdóname. Sé que fui un cabrón. Sé que te dejé sola. Pero podemos arreglarlo. Todavía te amo. Podemos irnos lejos. Tengo… tengo contactos en Panamá. Empezamos de cero. Tú y yo. Como antes.

Elvira bajó la mirada hacia él. Sintió el contacto de sus manos sudorosas en sus piernas. Recordó esas mismas manos acariciándola hace seis años, prometiéndole el cielo mientras la empujaban al infierno de una celda.

Recordó el frío de los barrotes. La comida rancia. Los gritos en la noche. La soledad absoluta mientras él vivía la gran vida con su dinero.

Se soltó de su agarre con un movimiento brusco, retrocediendo.

—No, Konstantin —dijo con voz firme—. Esa Eva murió en Santa Martha Acatitla. La mataste tú el día que no contestaste mis llamadas. La mataste el día que dejaste que me condenaran por tus crímenes.

Se agachó para quedar a la altura de sus ojos.

—Yo soy Elvira. Y Elvira no perdona. Elvira cobra.

Se levantó y miró a Simón.

—Chef, ¿queda algo en la cocina?

Simón asintió.

—Queda un plato, jefa. Lo que pidió para la ocasión.

—Sírvelo.

Simón fue a la cocina y regresó con un plato hondo de peltre despostillado. Lo puso sobre la mesa frente a Antonio.

Antonio miró el contenido.

Eran sobras. Huesos de pollo roídos, cáscaras de papa, un pedazo de carne grisácea y maloliente.

—¿Qué es esto? —preguntó Antonio, con náuseas.

—Es lo que nos obligabas a servir, patrón —dijo Carmen con veneno en la voz—. ¿No reconoce su propia “calidad gourmet”? Es la merma. La basura que nos hacía rescatar para no perder dinero.

—Buen provecho —dijo Elvira.

Antonio miró la comida podrida, luego miró a sus empleados, y finalmente rompió en llanto. Un llanto feo, ruidoso, de niño malcriado que ha perdido su juguete.

En ese momento, las luces de unos faros potentes iluminaron el interior del restaurante, atravesando el ventanal. Una camioneta Suburban negra se detuvo en la entrada.

El llanto de Antonio se cortó de golpe.

—Llegaron —susurró Elvira.

Antonio se levantó, temblando incontrolablemente. Miró hacia la puerta trasera, la de la cocina.

—¡La salida de emergencia! —gritó, corriendo hacia allá.

—Está cerrada con cadena —dijo Simón, bloqueándole el paso con su cuerpo masivo—. Y yo tengo la llave. Y fíjese, patrón, que se me perdió.

Antonio miró a Simón, midiendo sus posibilidades. No tenía ninguna.

La puerta principal se abrió.

Entró el Ruso. No venía solo. Venían tres hombres más.

El mafioso vestía un traje deportivo de terciopelo azul y cadenas de oro. Caminó tranquilamente hacia el centro del salón, ignorando a Antonio, y se dirigió a Elvira.

—Buenas noches, flaca —dijo el Ruso con una sonrisa cordial—. ¿Todo listo?

—Todo listo, Ruso —Elvira señaló la mesa—. Aquí tienes tu entrega.

El Ruso miró a Antonio, quien estaba pegado a la pared, hyperventilando.

—Toñito, Toñito… —el Ruso negó con la cabeza, como un padre decepcionado—. Me decepcionas, cabrón. Yo confiaba en ti. Te traté como a un hermano. Y tú me robas. A mí.

—Ruso, te lo juro… es una trampa… ella miente… —balbuceó Antonio.

—Cállate —dijo el Ruso sin alzar la voz. Antonio cerró la boca—. Los números no mienten. Y esta mujer tiene más huevos que tú y que todos mis contadores juntos.

El Ruso hizo una seña a sus hombres. Dos de ellos avanzaron hacia Antonio.

—No lo maten aquí —pidió Elvira—. No quiero manchar el piso. Acabamos de trapearlo.

El Ruso soltó una carcajada.

—No te preocupes, reina. No lo vamos a matar. Todavía. Primero va a trabajar. Tiene una deuda de dos millones de pesos conmigo. Y va a pagarla centavo a centavo. Tengo unos amigos en la sierra que necesitan a alguien para limpiar letrinas y cargar bultos. Creo que Toñito tiene el perfil perfecto.

Los hombres agarraron a Antonio por los brazos. Él intentó resistirse, pataleando y gritando.

—¡Elvira! ¡Eva! ¡Ayúdame! ¡Por lo que más quieras!

Elvira lo miró una última vez. No sintió satisfacción. No sintió alegría. Solo sintió un vacío inmenso, como cuando termina una tormenta y queda el silencio.

—Adiós, Konstantin —dijo.

Arrastraron a Antonio hacia la salida. Sus gritos se fueron apagando mientras lo metían a la fuerza en la camioneta. “¡No! ¡Soy Antonio Olegovich! ¡Tengo derechos! ¡Suéltenme!”.

La puerta de la Suburban se cerró. El vehículo arrancó y desapareció en la noche de la Ciudad de México.

El Ruso se quedó un momento más.

—Un placer hacer negocios contigo, Elvira. —Sacó una tarjeta y la dejó en la mesa—. Si algún día necesitas chamba… o capital para abrir tu propio lugar… llámame. Eres buena.

—Gracias, Ruso. Pero creo que voy a tomarme un descanso del crimen.

—Como quieras. Pero el talento se nota. Cuídate.

El Ruso salió.

El silencio volvió al restaurante. Pero esta vez era un silencio limpio.

Elvira se giró hacia su “manada”. Estaban todos ahí, de pie, mirándola con admiración y respeto.

—Se acabó —dijo ella, exhalando todo el aire que había contenido durante tres semanas.

Simón se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Se acabó, jefa. Lo logramos.

—No me digan jefa —sonrió ella, y por primera vez, la sonrisa le llegó a los ojos—. Díganme Eva.

Carmen corrió y la abrazó. Luego Doña Lupe. Luego todos. Fue un abrazo grupal en medio de la nada, un nudo de brazos y lágrimas de alivio.

—Vámonos —dijo Eva—. Este lugar huele a pasado.

Salieron uno por uno. Eva fue la última.

Miró el local vacío una última vez. Apagó la vela de la mesa.

Salió a la calle Orizaba. La lluvia había parado. El aire estaba fresco.

Cerró la puerta de cristal. Sacó el juego de llaves del bolsillo. Las miró un segundo. Y luego, con un movimiento fluido, las lanzó a la alcantarilla de la esquina.

Plop.

El sonido del metal cayendo al agua negra fue el punto final de su historia con Konstantin.

Eva se dio la media vuelta, se ajustó el saco y empezó a caminar junto a sus amigos, perdiéndose en las luces de la ciudad, libre por primera vez en seis años.


CAPÍTULO 8: EPÍLOGO – CENIZAS Y NUEVO FUEGO

(Seis meses después)

La colonia Santa María la Ribera no es tan pretenciosa como la Roma, pero tiene alma. Tiene árboles viejos, kioscos moriscos y gente que saluda por las mañanas.

En una casona vieja restaurada, pintada de un azul intenso, hay un letrero de madera tallada a mano que cuelga sobre la entrada:

“LA MANADA”
Cocina de Hogar y Justicia

Es viernes por la noche y no cabe ni un alfiler.

En la cocina, que es abierta y visible para todos, el Chef Simón comanda a un equipo de cuatro cocineros jóvenes. Se ve feliz. Prepara su famoso mole negro, pero ahora lo sirve con orgullo, en platos de barro hechos por artesanos locales.

En el piso, Carmen vuela entre las mesas. Es la Gerente de Servicio. Lleva un vestido bordado y una flor en el pelo. Saluda a los clientes por su nombre, recomienda vinos mexicanos y regala sonrisas que son cien por ciento genuinas.

Beto está en la barra, preparando cócteles de autor con mezcal. Ya no mira al suelo. Estudia administración de empresas por las mañanas y es el mejor mixólogo del barrio por las noches.

Y en una mesa del rincón, cerca de la ventana, está Eva.

Lleva el cabello suelto, rizado y natural. Ha ganado un poco de peso, se ve saludable. Revisa unas facturas en una tablet, pero de vez en cuando levanta la vista para ver su creación.

El restaurante es cooperativa. Todos son socios. Todos ganan lo mismo en proporción. No hay dueños déspotas, no hay comida podrida, no hay miedo.

La puerta se abre y entra Iván, el antiguo amigo de Antonio. Se ve nervioso.

Eva lo ve y le hace una seña para que se acerque.

—Hola, Elvira… digo, Eva —dice Iván, sentándose—. Qué lugar tan increíble tienes.

—Gracias, Iván. ¿Vienes a comer o a traer chismes?

Iván sonríe débilmente.

—Un poco de las dos. La comida huele espectacular.

—Pídete las enchiladas de la casa. Invita la dueña. —Eva cierra su tablet—. ¿Qué sabes de él?

Iván suspira y mira a los lados.

—Lo vi. La semana pasada. Fui a un pueblo perdido en la sierra de Hidalgo, a ver unos terrenos.

—¿Y?

—Está… irreconocible, Eva. El Ruso lo tiene “trabajando” en una bodega de desperdicios industriales. Clasificando basura. Vive en un cuarto de lámina. Le faltan dos dientes. Está flaco, quemado por el sol.

Eva no dice nada. Juega con el borde de su servilleta.

—Me vio —continúa Iván—. Me reconoció. Trató de acercarse a mi camioneta, pidiéndome dinero, pidiéndome que lo sacara de ahí. Decía que era un error, que él era un empresario importante.

—¿Y qué hiciste?

—Subí el vidrio —dice Iván, avergonzado pero firme—. Y aceleré. Ese hombre… ese hombre está roto, Eva. Ya pagó.

Eva asiente lentamente.

—El karma es un cobrador muy eficiente, Iván. A veces tarda, pero siempre llega con intereses.

Llega Carmen con dos platos humeantes de enchiladas de mole.

—Aquí tiene, Don Iván. Cuidado que el plato quema. —Le guiña un ojo a Eva—. Jefa, la mesa cuatro pregunta si puede felicitar al chef.

—Diles que pasen. A Simón le encanta que le inflen el ego.

Eva toma su tenedor. Prueba un bocado. El sabor del mole es profundo, complejo, picante y dulce a la vez. Sabe a victoria.

Mira a través de la ventana hacia la calle. Ve pasar a una pareja joven, tomados de la mano, riendo bajo la lluvia ligera.

Por un momento, recuerda a la Eva de hace años, la que creyó en cuentos de hadas y príncipes azules. Siente una punzada de compasión por ella.

“Tranquila”, piensa. “Ya estás a salvo”.

Su celular vibra. Es un mensaje de un número desconocido. Solo dice:

“Gracias por no matarlo. Pero si cambia de opinión, avisa. Atte: R.”

Eva borra el mensaje y sonríe.

Levanta su copa de vino tinto.

—Por las segundas oportunidades —dice en voz baja.

—¿Dijiste algo? —pregunta Iván con la boca llena.

—Dije que está bueno el mole. Come, que se enfría.

En la pared del fondo, hay un mural pintado por un artista local. Muestra a una manada de lobos corriendo libres bajo la luna llena. El lobo alfa, al frente, es una loba. Y tiene los ojos de Eva.

La música sube de volumen. Es una canción alegre. La gente ríe. Las copas chocan.

Y en medio del ruido y la vida, Eva finalmente, verdaderamente, respira.

FIN

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