“CON UNA COMO TÚ NUNCA SERÉ NADIE”: ME ABANDONÓ CON NUESTRO BEBÉ ENFERMO, PERO EL KARMA TIENE MEMORIA…

PARTE 1: LA CAÍDA

Capítulo 1: El Peso del Silencio y la Huida

El pasillo de la clínica del Seguro Social olía a esa mezcla inconfundible de cloro barato, alcohol y desesperanza humana. Era un olor que se te metía en la ropa, en el pelo y, peor aún, en los pensamientos. El zumbido de una lámpara fluorescente que parpadeaba sobre nuestras cabezas marcaba el ritmo de mi ansiedad: zzzt, zzzt, zzzt. Cada parpadeo era un segundo más de tortura.

Yo estaba sentada en una de esas sillas de plástico duro, color naranja desteñido, que parecían diseñadas para incomodar. En mis brazos, envuelto en una cobijita azul pastel que mi mamá me había tejido antes de morir, dormía Esteban. Mi pequeño Esteban. Tan solo tenía un mes de nacido, pero ya cargaba con el peso de un mundo que parecía no quererlo. Su respiración era un silbido tenue, un recordatorio constante de que algo no estaba bien, de que el engranaje de su pequeño cuerpo tenía una pieza suelta.

A mi lado, Maxim revisaba su celular por milésima vez. Su pierna derecha rebotaba frenéticamente, haciendo vibrar toda la fila de sillas. Llevaba puesta su chamarra de imitación de cuero, esa que se compró con su primer aguinaldo y que cuidaba más que a mí. Se había peinado con mucho gel, como si fuera a una entrevista de trabajo y no a recibir el diagnóstico que cambiaría nuestras vidas.

—Ya se tardaron un chingo, ¿no? —resopló, guardando el teléfono con brusquedad en el bolsillo—. Llevamos aquí dos horas, Natalia. Tengo cosas que hacer.

—Es el especialista, Max. Tienen mucha gente —susurré, tratando de no despertar al bebé—. Además, es importante. Dijeron que los resultados de los análisis genéticos ya estaban.

—Pues ojalá se apuren. Quedé de ver a los de la chamba para unas chelas más tarde. Si no llego, van a pensar que soy un mandilón.

Lo miré de reojo, sintiendo una punzada en el estómago que no era hambre. Era decepción. Una decepción vieja, conocida, que había empezado a crecer desde que me embaracé y él dejó de mirarme como a una mujer y empezó a mirarme como a una carga.

—Señores… ¿López?

La enfermera, una mujer robusta con cara de pocos amigos y un uniforme que pedía jubilación, se asomó por la puerta del consultorio 4.

—Aquí —dijo Maxim, levantándose de un salto antes de que yo pudiera siquiera acomodar la pañalera.

Entramos. El consultorio era pequeño, frío y estaba abarrotado de expedientes. Detrás del escritorio, el Dr. Ramírez se frotaba los ojos por debajo de sus lentes. Se veía agotado, como si llevara tres turnos seguidos sin dormir.

—Siéntense, por favor —dijo, señalando las dos sillas frente a él.

El doctor abrió la carpeta beige que tenía frente a él. El sonido del papel al pasar la hoja sonó como un trueno en el silencio de la habitación.

—Bien, seré directo porque no me gusta dar rodeos y ustedes necesitan saber a qué se enfrentan —empezó el Dr. Ramírez, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Los estudios confirman nuestras sospechas. Esteban tiene una condición genética degenerativa poco común.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Apreté a Esteban contra mi pecho, como si pudiera protegerlo de las palabras del médico con mis brazos.

—¿Qué… qué significa eso, doctor? —pregunté, con la voz temblorosa.

—Significa, señora, que el desarrollo motriz de su hijo estará severamente comprometido. Sus músculos no procesan las proteínas de manera normal. Si no intervenimos, se atrofiarán.

Maxim se removió en la silla, incómodo.
—A ver, a ver, doc. Bájeme el balón. ¿Me está diciendo que el niño va a ser… qué? ¿Lento?

El doctor suspiró, claramente acostumbrado a lidiar con todo tipo de reacciones.
—No es un problema cognitivo, señor. Su mente estará bien. Es su cuerpo. Esteban va a necesitar un tratamiento farmacológico intensivo y diario durante los próximos tres años. Inyecciones, terapia física, medicamentos importados que el seguro no siempre cubre.

—¿Tres años? —la voz de Maxim subió de tono.

—Mínimo. Y escúchenme bien: solo si logramos mantener su tono muscular estable durante esos tres años, podremos hablar de una cirugía correctiva. Una operación mayor que, con suerte, le permitirá caminar y llevar una vida relativamente normal. Pero el camino hasta esa operación es… cuesta arriba.

Maxim se puso de pie de golpe. La silla rechinó contra el piso de linóleo gastado.
—¡No manches, doctor! ¿Se volvió loco? ¡Eso es un dineral! ¡Y un chingo de tiempo! ¿Qué no hay una pastilla, una operación rápida, un láser, algo? ¡Estamos en el siglo veintiuno!

—La medicina no es magia, señor —respondió el doctor con firmeza, mirándolo a los ojos—. Es ciencia. Y este es el único camino.

—¡Pues no estoy de acuerdo! —gritó Maxim, manoteando al aire—. ¡Seguro usted no sabe ni qué pedo! Vamos a otra clínica, Natalia. Vámonos. Estos matasanos del gobierno no saben nada.

El Dr. Ramírez me miró a mí, ignorando el berrinche de mi esposo. En sus ojos vi compasión, pero también una advertencia.
—Señora, pueden buscar una segunda opinión, están en su derecho. Pero el diagnóstico no va a cambiar. El tiempo es oro. Si no empezamos el tratamiento la próxima semana, los daños podrían ser irreversibles. Les voy a dar la orden de hospitalización para el lunes.

—¡Que nos vamos le dije! —Maxim me agarró del brazo con fuerza y me jaló hacia arriba. Esteban se despertó y soltó un llanto agudo, asustado por los gritos.

Salimos del consultorio casi a empujones. La gente en la sala de espera nos miraba; las señoras cuchicheaban, los niños nos señalaban. Yo sentía la cara ardiendo de vergüenza y el corazón roto de miedo.

El camino al estacionamiento fue un infierno. Maxim caminaba tres pasos delante de mí, refunfuñando maldiciones entre dientes.
—Pinche doctor, pinche sistema, pinche suerte la mía…

Nos subimos a nuestro Tsuru viejo, ese que siempre olía a gasolina y a los aromatizantes de pino que Maxim colgaba en el retrovisor. Arrancó el motor con violencia, haciendo rugir el escape picado.

—Maxim, por favor, cálmate —le supliqué, tratando de arrullar a Esteban, que no paraba de llorar—. El bebé siente tu enojo.

—¡Que sienta lo que quiera! —gritó, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¡Tú eres la que no entiende, Natalia! ¿Escuchaste al viejo ese? ¡Tres años! ¡Tres putos años de inyecciones y pastillas! ¿Sabes cuánto cuesta eso?

—Buscaremos la forma, Max. Yo puedo volver a trabajar, puedo limpiar casas, hacer pasteles, no sé…

—¡Cállate! No digas estupideces. ¿Quién te va a cuidar al niño si tienes que trabajar? ¿Tu mamá? Ah no, verdad, que ya no está. ¿Y mi jefa? Ni madres, ella ya nos dijo que no quiere broncas. Estamos solos en esto.

El tráfico de la ciudad estaba imposible. El calor del mediodía convertía el coche en un horno. El sudor me bajaba por la espalda, pegando mi blusa a la piel. Miraba por la ventana los puestos de tacos, los camiones echando humo negro, la gente corriendo tras la chuleta diaria, y me sentía más sola que nunca.

—Es nuestro hijo, Max —dije suavemente, casi para mí misma—. Él no tiene la culpa.

Maxim no contestó. Encendió el radio a todo volumen para ahogar el llanto del bebé y mis palabras. Sonaba una cumbia alegre que contrastaba cruelmente con la tragedia que se estaba cocinando dentro de ese coche.

Llegamos a nuestro departamento. Vivíamos en una unidad habitacional en las afueras, un cuarto piso sin elevador. Subir las escaleras con el bebé, la pañalera y el peso del mundo encima fue agotador. Maxim subió corriendo, sin siquiera ofrecerse a cargar la bolsa.

Al entrar, el departamento se sentía asfixiante. Era pequeño, apenas dos recámaras diminutas, una sala-comedor donde apenas cabía una mesa y una cocinita. Pero era nuestro hogar. O eso creía yo.

Maxim empezó a caminar de un lado a otro de la sala, como un león enjaulado. Se pasaba las manos por el cabello engomado, desordenándolo.

—No voy a poder, Natalia. Te lo digo de una vez. No voy a poder.

Dejé a Esteban con cuidado en su cuna, en la recámara, y salí a la sala.
—¿No vas a poder qué? ¿Pagar? Pediremos préstamos, iremos al DIF, haremos rifas… La gente ayuda, Max.

Se detuvo en seco y me miró. Sus ojos, esos ojos cafés que alguna vez me miraron con deseo y promesas de amor eterno, ahora estaban vacíos, fríos como el hielo seco.

—No hablo de dinero, Natalia. Hablo de vida. De MI vida.

Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Olía a sudor agrio y a miedo.
—Tenemos que deshacernos de él.

El tiempo se detuvo. El reloj de pared en forma de gato dejó de mover sus ojos. El ruido de la calle se apagó. Solo escuché el latido atronador de mi propio corazón en mis oídos.

—¿Qué… qué dijiste? —pregunté, sintiendo que las piernas se me convertían en gelatina.

—Que hay que darlo en adopción. Entregarlo al estado. Renunciar a la patria potestad. Como quieras llamarlo.

—¡Estás enfermo! —grité, retrocediendo horrorizada—. ¡Es tu sangre! ¡Es Esteban! ¡Tiene tu nariz, tus ojos! ¿Cómo puedes siquiera pensar eso?

—¡Piensa tú con la cabeza fría por un minuto, chingada madre! —explotó él, su rostro rojo de ira—. Apenas tiene un mes. Todavía no nos encariñamos tanto. Si lo entregamos ahora, dolerá un rato, pero se nos pasará. Somos jóvenes, Nat. Podemos tener otro. Uno sano. Uno que juegue fútbol conmigo, no uno al que tenga que limpiarle el culo hasta los veinte años.

—¡Es un ser humano, no un zapato que devuelves porque te apretó! —Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos sin control—. ¡Si lo tocas, te mato! ¡Te juro que te mato!

Maxim soltó una risa seca, carente de humor. Empezó a caminar hacia la recámara, sacando una maleta deportiva del closet.
—Ah, ¿ahora te pones brava? ¿Ahora sí tienes ovarios? Pues úsalos para mantenerlo tú sola.

Empezó a tirar su ropa dentro de la maleta. Camisas, pantalones, sus tenis de marca. Lo hacía con rabia, como si la ropa tuviera la culpa.

—¿Qué haces? —le pregunté, parada en el marco de la puerta, temblando.

—Me voy. Yo no firmé para esto. Yo quería una familia de comercial de televisión. Una esposa bonita, un hijo campeón, un coche del año. No quiero vivir entre hospitales, oliendo a medicina, gastándome cada centavo en un pozo sin fondo. Yo quiero vivir, Natalia. Quiero viajar, quiero irme de peda con mis compas sin tener que preocuparme si el niño respira o no.

—¡Eres un cobarde! —le grité, sintiendo un dolor en el pecho tan agudo que pensé que me estaba infartando—. ¡Eres poco hombre! Un hombre de verdad se queda y lucha por su familia.

Maxim cerró el cierre de la maleta con fuerza. Se giró hacia mí y me miró con un desprecio tan absoluto que me hizo sentir pequeña, insignificante.

—¿Poco hombre? —se burló—. No, soy inteligente. El tonto aquí serías tú si te quedas con ese problema. Pero allá tú. Quédate con tu cruz. De todas formas…

Se detuvo frente a mí, con la maleta al hombro, y soltó las palabras que se clavarían en mi alma como cuchillos oxidados, esas palabras que recordarían cada noche durante años.

—…De todas formas, con una mujer como tú, tan conformista, tan poquita cosa, nunca voy a salir de pobre. Nunca voy a ser nadie. Contigo solo me hundo. Me merezco algo mejor.

—¡Lárgate! —chillé, ciega de dolor—. ¡Vete y no vuelvas nunca!

—No te preocupes. No pienso volver. Y ni se te ocurra buscarme para pedirme pensión. Para mí, ese niño murió hoy. No quiero saber nada de “enfermitos”. Arréglatelas como puedas.

Caminó hacia la puerta de entrada. Yo me quedé paralizada, incapaz de moverme. Escuché sus pasos pesados en la sala. Escuché el tintineo de las llaves.

—Ah, y la renta de este mes no está pagada —dijo desde la puerta, con una crueldad final—. Suerte con eso.

¡BAM!

El portazo retumbó en las paredes delgadas del departamento. El cuadro de la Virgen de Guadalupe que teníamos colgado cerca de la entrada se ladeó un poco por el impacto.

Silencio.

Un silencio absoluto, terrible, pesado.
Luego, desde la recámara, Esteban empezó a llorar de nuevo. Un llanto hambriento, necesitado.

Me dejé caer al suelo, ahí mismo en el pasillo. Abracé mis rodillas y sentí cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Maxim se había ido. El hombre al que le había entregado mis mejores años, mis sueños, mi confianza, había huido como una rata en cuanto el barco empezó a hacer agua.

Me arrastré hasta la recámara. Me asomé a la cuna. Esteban manoteaba al aire, con su carita roja y arrugada. Lo cargué. Pesaba tan poquito. Olía a talco y a leche.

—Ya mi amor, ya —le susurré, mezclando mis lágrimas con las suyas—. Ya se fue el monstruo. Estamos solos, mi vida. Tú y yo contra el mundo.

Me senté en la mecedora vieja que habíamos comprado en un mercado de pulgas. Mientras le daba el pecho, miré alrededor de la habitación. Las paredes despintadas, los muebles baratos, la luz de la tarde entrando por la ventana y marcando las partículas de polvo que flotaban en el aire.

—¿Y ahora qué vamos a hacer, Estebancito? —le pregunté al aire—. No tengo dinero. No tengo trabajo. No tengo a nadie.

El miedo me invadió como una marea negra. Miedo a no poder comprar sus medicinas. Miedo a que nos echaran a la calle. Miedo a que el doctor tuviera razón y su cuerpecito no resistiera.

Pero entonces, mientras él se alimentaba con avidez, su manita diminuta se cerró alrededor de mi dedo índice. Apretó con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño.

Sentí una chispa. Una brasa ardiente en medio de las cenizas de mi corazón.

Maxim había dicho que con alguien como yo nunca sería nadie. Que yo era poca cosa.

—Vas a ver, infeliz —murmuré, secándome las lágrimas con el dorso de la mano con rabia—. Te vas a tragar tus palabras. Voy a sacar a este niño adelante aunque tenga que sangrar para hacerlo. No te necesitamos. No necesitamos tu lástima ni tu dinero sucio.

Miré a mi hijo a los ojos.
—Te lo prometo, mi amor. Vas a caminar. Vas a correr. Y un día, serás un hombre mil veces mejor que tu padre.

Esa noche no dormí. Me la pasé haciendo cuentas en una libreta, sumando centavos, restando deudas. La realidad era brutal: los números no daban. Necesitaba un milagro. O necesitaba convertirme en una fiera.

Al amanecer, con los ojos hinchados pero secos, tomé una decisión. Iba a vender lo poco que tenía de valor. Mi anillo de bodas (que de todos modos era de oro bajo), la televisión, el estéreo.

Pero sabía que eso solo me daría aire para un mes. Necesitaba un plan a largo plazo. Necesitaba dinero de verdad. Y rápido.

No sabía entonces que mi salvación —y mi condena— vendría de la persona menos esperada, en el pasillo de ese edificio viejo y descascarado. No sabía que el destino ya estaba tejiendo los hilos para cruzar mi camino con el de Baba Liza, y mucho menos imaginaba la propuesta indecente que cambiaría mi destino para siempre.

Pero por ahora, solo éramos Esteban y yo, viendo salir el sol sobre una ciudad de concreto que amenazaba con devorarnos vivos.

—A darle, mijo —dije, levantándome de la silla—. A darle, que aquí no se rinde nadie.

Capítulo 2: La Realidad y la Esperanza de Baba Liza

Los días que siguieron a la partida de Maxim no fueron días; fueron una neblina espesa y gris donde el tiempo se medía en cucharadas de fórmula y pañales sucios. La realidad, esa que Maxim había temido tanto, me golpeó en la cara con la fuerza de un tren de carga, pero sin la misericordia de matarme al instante.

La primera semana aprendí que el orgullo no se come.

Fui al Monte de Piedad un martes por la mañana. Llevaba a Esteban en el rebozo, pegado a mi pecho, porque la carriola tenía una rueda rota y no tenía dinero para arreglarla. El sol pegaba fuerte, pero yo sentía frío. En mi bolsa de mano, envuelta en un pañuelo, llevaba mi argolla de matrimonio y una cadenita de oro que mi abuela me había regalado en mis quince años.

El valuador, un tipo con cara de aburrimiento y dedos manchados de tinta, ni siquiera me miró a los ojos. Pesó el oro en una báscula digital, lo miró con una lupa y soltó una cifra que me dio ganas de llorar.

—¿Es todo? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. La cadena es de dieciocho quilates, señor. Es antigua.

—Es lo que pesa, reina. El oro es oro, la historia no se paga —respondió seco, empujando el recibo hacia mí—. ¿Lo tomas o lo dejas? Hay fila.

Lo tomé. Salí de ahí con unos billetes que se sentían sucios en mis manos. Fui directo a la farmacia. Entre los medicamentos especiales para el tono muscular de Esteban, las vitaminas y la leche especial, el dinero del empeño se esfumó en veinte minutos. Al llegar a la caja, me sobraban cincuenta pesos. Cincuenta pesos para comer yo toda la semana.

Compré un kilo de arroz, medio de frijol y una bolsa de bolillos. Esa noche, mientras Esteban dormía tranquilo gracias a su medicina, yo cené un taco de frijoles con sal y me prometí que a mi hijo nunca le faltaría nada, aunque yo tuviera que comer piedras.

Pero el dinero se acaba. Y las deudas, como la hierba mala, crecen sin que las riegues.

La renta se venció. El dueño del departamento, el señor Cárdenas, era un hombre que rezaba el rosario todos los domingos pero que no perdonaba un centavo.

—Natalia, entiendo tu situación, de verdad —me dijo parado en la puerta, sin atreverse a entrar, como si la pobreza fuera contagiosa—, pero esto es un negocio. Si para el fin de mes no tienes lo de la renta y los intereses del atraso, voy a tener que pedirte el departamento.

Necesitaba trabajar. Pero, ¿quién contrata a una mujer con un bebé enfermo que necesita cuidados cada tres horas? Fui a restaurantes, a tiendas, a fábricas. En cuanto veían al niño o mencionaba mis “limitaciones de horario”, la sonrisa amable se convertía en un “nosotros te llamamos”.

La desesperación me llevó a hacer lo que nunca imaginé. Empecé a lavar ajeno. Y no solo ropa. Empecé a lavar las escaleras y los pasillos de los edificios vecinos y del mío propio. Era trabajo pesado, mal pagado y sucio, pero era dinero en efectivo al final del día.

Una mañana de diciembre, el frío calaba hasta los huesos. El viento se colaba por los pasillos abiertos del edificio como cuchillos de hielo. Yo estaba en el tercer piso, de rodillas sobre el concreto helado, tallando una mancha de grasa con un cepillo de cerdas duras. Mis manos estaban rojas, agrietadas por el cloro y el frío, y me ardían como si tuviera fuego en la piel.

Esteban estaba a mi lado, en su carriola vieja, envuelto en tres cobijas. Pero el frío era traicionero. El niño empezó a toser. Una tos seca, fea, que retumbaba en el cubo de la escalera.

—Ya, mi amor, ya merito acabo —le decía yo, tratando de apurarme, tallando con furia el piso—. Aguanta tantito, mi vida.

Pero él seguía llorando, un llanto quedito, de esos que duelen más porque suenan a resignación.

De repente, la puerta del departamento 302 se abrió de golpe.

—¡Pero qué escándalo es este! —una voz cascada y potente resonó en el pasillo.

Alcé la vista, asustada, esperando otro regaño, otra amenaza de queja con el dueño.

Ahí parada estaba una mujer mayor. Debía tener unos setenta años, pero se veía fuerte, como un roble viejo. Tenía el pelo blanco recogido en un chongo severo, usaba un vestido de flores deslavado bajo un suéter de lana gris y unas pantuflas de cuadros. Su cara era un mapa de arrugas profundas, y sus ojos, pequeños y oscuros, me miraban con una mezcla de enojo y curiosidad.

Era la famosa “Baba Liza”. Los vecinos decían que era una vieja amargada, una rusa o polaca (nadie sabía bien) que había llegado a México hacía décadas y que no le gustaba la gente.

—Lo siento, señora —me apresuré a decir, bajando la cabeza—. El niño tiene frío, pero ya me voy. Solo termino este pedacito y…

—¿Frío? —interrumpió ella, ignorando mi disculpa—. ¡Claro que tiene frío, mujer! ¡Estamos a cinco grados y tú lo tienes ahí estacionado en la corriente como si fuera una maceta!

Se acercó a la carriola con pasos rápidos. Yo intenté interponerme, el instinto de madre leona despertando, pero ella me apartó con un gesto de la mano. Se asomó a ver a Esteban. El niño, al ver esa cara nueva llena de arrugas, dejó de llorar por la sorpresa.

—Míralo nada más —refunfuñó ella, tocándole la mejilla al bebé con el dorso de su mano—. Tiene la nariz helada. Y tú… —Se giró hacia mí, mirándome las manos rojas y sangrantes—. Tú pareces un cadáver. ¿Qué clase de madre saca a una criatura con este clima?

—No tengo con quien dejarlo —respondí, sintiendo que las lágrimas de impotencia me picaban en los ojos—. Tengo que trabajar, señora. Si no trabajo, no comemos. Y su papá… su papá se fue.

Baba Liza me sostuvo la mirada unos segundos. Sus ojos escrutaron mi ropa desgastada, mi cara demacrada, el balde de agua sucia a mis pies. Algo en su expresión se suavizó, aunque su tono seguía siendo brusco.

—Los hombres son unos inútiles. Todos. Cobardes y acomodaticios —masculló, como si escupiera veneno—. Anda, agarra al chamaco y métete.

—¿Qué? No, señora, no puedo, tengo que terminar de lavar…

—¡Que te metas te digo! —ordenó, abriendo más su puerta—. Yo no voy a ser cómplice de una neumonía. Deja el balde ahí, nadie se lo va a robar. Entra a tomar un té caliente. Y rápido, que se mete el “chiflón”.

Sin saber muy bien por qué, obedecí. Cargué a Esteban y entré a su departamento.

El contraste fue brutal. Afuera era un congelador gris; adentro, el departamento de Baba Liza era un refugio cálido y abigarrado. Olía a hierbabuena, a naftalina y a madera vieja. Las paredes estaban cubiertas de fotos antiguas en blanco y negro, tapetes bordados y repisas llenas de figuritas de porcelana. En un rincón, un pequeño altar ortodoxo con iconos dorados brillaba a la luz de una veladora.

—Siéntate ahí —me señaló un sofá de terciopelo verde que se veía tan antiguo como ella—. Voy a poner agua.

Baba Liza desapareció en la cocina. Yo me quedé ahí, acunando a Esteban, sintiendo cómo el calor de la habitación empezaba a descongelarme los huesos. Por primera vez en meses, sentí que podía bajar la guardia, aunque fuera un poquito.

Regresó con dos tazas humeantes y un plato con galletas Marías.

—Toma. Es té con piquete para el frío. No te hagas la santa, te va a caer bien.

Bebí el té. Quemaba, pero era delicioso. Sentí cómo el líquido caliente recorría mi cuerpo, dándome fuerzas. Baba Liza se sentó frente a mí en una mecedora, observándome mientras Esteban, ya tranquilo y calientito, empezaba a quedarse dormido en mis brazos.

—¿Cómo te llamas, niña?

—Natalia. Y él es Esteban.

—Yo soy Elizaveta. Pero todos me dicen Baba Liza. Baba significa abuela en mi tierra. Aunque yo nunca tuve nietos. Ni hijos. Dios no quiso, o tal vez fue el destino que es un canijo.

Me contó, a retazos y entre sorbos de té, que había llegado a México huyendo de la guerra en Europa cuando era niña, que había enviudado joven y que había aprendido a sobrevivir sola en un país extraño.

—Tú tienes cara de hambre, Natalia —dijo de pronto, rompiendo su propia historia—. Y ese niño necesita carne, no solo leche aguada.

Se levantó y fue a su refrigerador. Sacó un tupper con estofado de pollo y papas. Me lo calentó y me obligó a comer. Yo no sabía que tenía tanta hambre hasta que probé el primer bocado. Lloré mientras comía. Lloré de gratitud, de vergüenza y de alivio.

—Deja de llorar, que se te salan los frijoles —me regañó, pero me pasó una servilleta de tela—. Escucha bien. Tú necesitas trabajar. Yo no tengo nada que hacer más que ver la tele y regar mis plantas. Tráeme al huerco cuando tengas que limpiar.

—Señora, no puedo… no tengo cómo pagarle —dije, limpiándome la boca.

—¿Quién habló de dinero? Me pagas haciéndome el mandado de vez en cuando y limpiándome las ventanas que ya no alcanzo. Además… —miró a Esteban durmiendo en el sofá— hace mucho que no hay vida en esta casa. Me servirá para no volverme loca hablando sola.

Desde ese día, mi vida cambió un poco. No nos volvimos ricos, claro que no. Seguíamos contando los pesos para las tortillas. Pero ya no estaba sola.

Baba Liza se convirtió en la abuela que Esteban necesitaba y en la madre que yo extrañaba. Ella cuidaba de él mientras yo limpiaba tres edificios completos al día. Cuando regresaba, encontraba a Esteban bañado, comido y, lo más milagroso, riendo. Baba Liza le hacía ejercicios en las piernitas, le cantaba canciones en un idioma extraño y gutural, y le contaba historias de nieve y bosques lejanos.

El tiempo pasó. Los meses se volvieron años. Esteban creció rodeado de ese amor peculiar. Aprendió a hablar rápido, era un niño despierto, inteligente, con unos ojos grandes que parecían entenderlo todo. Pero sus piernas… sus piernas seguían siendo su cárcel.

Cuando Esteban cumplió dos años, la sombra que siempre nos acechaba se hizo más oscura.

El Dr. Ramírez nos había dicho: “A los tres años”. Era la fecha límite. La ventana de oportunidad.

Fui a la revisión mensual. Esteban iba en la carriola, saludando a las enfermeras.
El doctor lo revisó, midió el tono muscular, checó sus reflejos. Luego se quitó los lentes y me miró con seriedad.

—Natalia, lo han hecho muy bien. El niño está estable. Has seguido el tratamiento al pie de la letra y eso es admirable.

—Gracias, doctor. Baba Liza me ayuda mucho con los ejercicios.

—Eso es bueno. Pero… el tiempo se agota. Esteban ya tiene dos años. Sus huesos se están endureciendo. La deformación en la cadera está avanzando. Necesitamos programar la operación para dentro de doce meses, a más tardar. Si esperamos más, la cirugía será mucho más compleja y las probabilidades de éxito bajarán al 50%.

Sentí un frío en el estómago.
—¿Y… cuánto va a costar, doctor? Sé que el Seguro cubre una parte, pero…

El doctor hizo una mueca.
—La cirugía en sí, el quirófano, lo cubrimos. Pero los implantes de titanio, los injertos y la rehabilitación post-operatoria especializada no entran en el cuadro básico. Tienes que conseguir el material por tu cuenta.

Me dio un papel con un presupuesto aproximado.
La cifra tenía tantos ceros que me mareé. Eran casi quinientos mil pesos. Medio millón.

Para una mujer que ganaba doscientos pesos al día limpiando escaleras, esa cifra no era dinero; era una fantasía. Era como si me pidieran que bajara la luna a pedradas.

Salí del hospital caminando como autómata. Llegué a casa de Baba Liza. Ella me vio la cara y supo de inmediato que algo andaba mal.
Sentó a Esteban frente a la tele con unas caricaturas y me llevó a la cocina.

—Suéltalo —dijo, poniendo la pava del té.

Le enseñé el papel. Le dije la cifra.
Baba Liza se puso los lentes, leyó el número y soltó una maldición en ruso.

—¡Ladrones! ¡Bandidos! ¿Cómo pueden cobrar eso por la salud de un niño?

—No voy a poder, Baba —le dije, derrumbándome sobre la mesa de hule—. Vendí todo. Trabajo todo el día. Apenas nos alcanza para comer y pagar la renta. ¿De dónde voy a sacar medio millón de pesos en un año? Tendría que robar un banco.

—No digas tonterías, en la cárcel no le sirves a nadie.

—Pues entonces… voy a vender el departamento. Es lo único que me queda.

—¡Bah! —Baba Liza agitó la mano—. Ese cajón de zapatos en este barrio olvidado de Dios no vale ni la mitad de eso. Y si lo vendes, ¿dónde van a vivir? ¿En la calle? No, eso no es solución.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo manchado de humedad, escuchando la respiración de Esteban. Sentía que le estaba fallando. Le había prometido que caminaría, y ahora, por culpa del maldito dinero, esa promesa se me escurría entre los dedos.

Pasaron unos días de angustia sorda. Yo trabajaba el doble, comía la mitad, pero la alcancía no se llenaba.

Una tarde, Baba Liza me llamó.
—¡Natalia, ven acá! ¡Deja el trapeador y ven a ver esto!

Su voz sonaba urgente. Corrí a su departamento pensando que a Esteban le había pasado algo.
Al entrar, vi que Esteban estaba dormido en el sofá. Baba Liza estaba sentada frente a su vieja televisión de cinescopio, con el volumen alto.

—Siéntate y mira —me ordenó, señalando la pantalla.

Era uno de esos programas de chismes y casos de la vida real. En la pantalla, una conductora rubia entrevistaba a una mujer joven que lloraba, pero no de tristeza, sino de emoción. La mujer mostraba un cheque gigante.

“…y gracias a la generosidad de la familia Garza, ahora podré comprar mi casa. Yo les di el regalo de la vida, y ellos me cambiaron la mía,” decía la mujer en la tele.

—¿Qué es esto? —pregunté confundida.

—Escucha —me chistó Baba Liza.

El reportaje explicaba el auge de la maternidad subrogada, o “vientres de alquiler”, entre la clase alta de México. Parejas ricas que no podían tener hijos y pagaban sumas exorbitantes a mujeres sanas para que gestaran a sus bebés. Hablaban de cifras: setecientos mil, un millón de pesos, a veces más, dependiendo de la agencia y la exclusividad.

Baba Liza apagó la tele y se giró hacia mí. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz de la tarde que moría.

—Ahí está tu dinero, Natalia —dijo con voz grave.

Me quedé helada.
—¿Qué? ¿De qué habla, Baba?

—Mírate. —Me señaló con su dedo índice nudoso—. Estás flaca por el hambre y el trabajo, pero eres joven. Eres sana. Tuviste a Esteban sin complicaciones, el problema de él fue genético, de la mezcla con el inútil de tu marido. Pero tu “máquina” funciona bien.

—Baba Liza… eso es… eso es vender un hijo.

—¡No seas mensa! —me regañó—. No es tu hijo. Es el hijo de ellos. Tú solo pones el horno. Ellos ponen la masa. Tú lo cuidas nueve meses, lo entregas, agarras el dinero y operas a Esteban.

—Pero… ¿embarazarme otra vez? ¿Pasar por todo eso para luego… entregarlo? —La idea me revolvía el estómago y al mismo tiempo me aceleraba el corazón.

—¿Qué prefieres? ¿Tu orgullo o las piernas de Esteban? —Baba Liza era brutalmente honesta, como siempre—. Piénsalo. Nueve meses de tu vida a cambio de la vida entera de tu hijo. Es un trato justo.

Me levanté, nerviosa.
—No sé… es peligroso. ¿Y si me encariño? ¿Y si algo sale mal? Además, ¿quién va a querer a una mujer pobre como yo para eso?

—Los ricos quieren hijos sanos, no madres con apellido. Y tú, mi niña, tienes algo que muchas no tienen: un motivo tan fuerte que no vas a fallar. Una madre desesperada es la trabajadora más confiable del mundo.

Esa noche, la idea rondó mi cabeza como un mosquito molesto. Miraba a Esteban. Imaginaba verlo correr en el parque, patear una pelota, ir a la escuela sin que los otros niños se burlaran de su andadera. Imaginaba su sonrisa al decirme “mira mamá, ya no me duele”.

Y luego pensaba en Maxim. En sus palabras venenosas: “Con una como tú, nunca voy a salir de pobre”.

Sentí una rabia fría subir por mi espina dorsal.

Sí. Lo haría. Haría lo que fuera. Me convertiría en envase, en incubadora, en lo que fuera necesario. Vendería mi cuerpo temporalmente para comprar el futuro de mi hijo.

A la mañana siguiente, no fui a trabajar. Me puse mi mejor ropa (una blusa blanca planchada y unos pantalones negros que ya me quedaban grandes), me peiné con cuidado y fui a buscar al Dr. Ramírez. No tenía cita, pero esperé cuatro horas hasta que salió.

—Natalia, ¿pasó algo con Esteban? —preguntó preocupado al verme en el pasillo.

—No, doctor. Esteban está bien. Vengo a hablar de mí.

Entramos al consultorio. Me senté y, sin preámbulos, solté la bomba.

—Doctor, usted conoce a mucha gente. Gente con dinero. Gente que tiene problemas para tener hijos.

El doctor frunció el ceño, confundido. —¿A qué te refieres?

—Necesito dinero para la operación. Mucho dinero. Y tengo un útero sano. —Tragué saliva y lo miré a los ojos con determinación—. Quiero rentar mi vientre. ¿Usted sabe dónde puedo ir? ¿Conoce a alguien?

El Dr. Ramírez se quitó los lentes despacio y me miró largamente. El silencio en el consultorio era absoluto. Podía escuchar el tick-tock de su reloj de muñeca.

—Natalia… —empezó, con tono de advertencia—, ¿tienes idea de lo que estás diciendo? Esto no es donar sangre. Es un proceso legal, físico y emocionalmente devastador. Hay hormonas, contratos, abogados…

—Lo sé. No me importa.

—Tu hijo tiene una enfermedad genética. Eso podría asustar a los posibles… clientes.

—Usted mismo lo dijo. Lo de Esteban es recesivo, fue mala suerte de la combinación con su padre. Mi genética está limpia. Y si es óvulo donado, mi genética ni siquiera importa, ¿verdad?

El doctor asintió lentamente, recargándose en su silla. Empezó a golpear suavemente el escritorio con su pluma, pensativo.

—Tengo un colega… un especialista en fertilidad en una clínica privada de Lomas de Chapultepec. A veces me ha comentado de casos difíciles. Parejas que lo han intentado todo y que buscan… discreción y compromiso.

Se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Hay una pareja en particular. Él es un empresario muy fuerte en el ramo de la construcción. Ella… bueno, ella es complicada. Llevan cinco años intentando. Pagan muy bien, Natalia. Extremadamente bien. Pero son exigentes. Quieren a alguien que no dé problemas.

—Yo no voy a dar problemas, doctor. Yo solo quiero salvar a mi hijo.

El doctor suspiró, tomó un pedazo de papel y garabateó un nombre y un número de teléfono.

—Te advierto una cosa —dijo al extenderme el papel—. Una vez que entras en ese mundo, ya no eres dueña de tu cuerpo. Pasas a ser propiedad del contrato hasta que nace el bebé. Te van a vigilar, te van a controlar lo que comes, lo que respiras. ¿Estás dispuesta a perder tu libertad por nueve meses?

Tomé el papel. Mis manos no temblaban. Ya no.

—Doctor, yo perdí mi libertad el día que me dijeron que mi hijo no podría caminar si yo no hacía algo. Nueve meses no son nada. Yo daría mi vida entera.

Salí del hospital con ese papel ardiendo en mi bolsillo. El sol de la tarde pegaba fuerte sobre la ciudad, iluminando el smog y el caos. Pero yo ya no veía el gris. Veía una oportunidad. Veía un camino.

Llegué a casa de Baba Liza. Ella estaba esperándome en la puerta con Esteban en brazos.
—¿Y bien? —preguntó, escrutándome la cara.

—Ya tengo el contacto —dije, tomando a mi hijo y besándole sus cachetes regordetes—. Mañana llamo.

Baba Liza asintió solemnemente y me hizo la señal de la cruz en la frente.
—Que Dios nos perdone, hija. Pero que también nos ayude.

Esa noche, mientras arrullaba a Esteban, le susurré al oído:
—Prepárate, mi amor. Mamá va a hacer una locura. Pero vas a correr. Te lo juro por mi vida que vas a correr.

No sabía entonces que estaba a punto de firmar un pacto con el diablo, ni que ese pacto me traería el dolor más grande y el amor más inesperado que jamás imaginé. Solo sabía que el miedo se había ido, reemplazado por una determinación fría y dura como el acero.

La leona había despertado.

 

PARTE 2: EL PACTO

Capítulo 3: El Trato con el Diablo (y el Ángel Caído)

El viaje desde mi barrio hasta Santa Fe fue como cruzar una frontera invisible entre dos mundos que no deberían coexistir en el mismo planeta, mucho menos en la misma ciudad.

Salí de casa a las seis de la mañana. Dejé a Esteban con Baba Liza, quien me dio la bendición y me metió un sándwich de queso en la bolsa “para los nervios”. Tomé primero una combi que olía a gasolina y sudor mañanero, donde íbamos todos apretados como sardinas, cuidando nuestras carteras y mirando el reloj. Luego, el metro, un gusano naranja atascado de gente que empujaba y bufaba. Y finalmente, el camión que subía hacia la zona de los rascacielos.

Mientras el camión trepaba las avenidas, el paisaje cambiaba. Las casas de ladrillo gris y techos de lámina desaparecían, reemplazadas por muros altos con buganvilias, agencias de coches de lujo y edificios de cristal que reflejaban un cielo que parecía más azul de ese lado de la ciudad.

Me bajé frente a un edificio corporativo que parecía una nave espacial. Me sentí minúscula. Llevaba mi mejor ropa: el pantalón negro de vestir que usé en mi graduación de la prepa (y que ahora me quedaba un poco flojo por la falta de comida) y una blusa blanca que planché con tanto esmero que casi quemo la tela. Pero al ver a las mujeres que entraban y salían del edificio, con sus trajes sastre impecables, sus tacones de marca y sus bolsas que costaban más que mi vida entera, me sentí como una impostora. Una mancha de mugre en un mantel de seda.

“Es por Esteban. Es por Esteban”, repetí mi mantra mentalmente, apretando los puños para que dejaran de temblarme las manos.

Entré al lobby. El aire acondicionado me golpeó de inmediato, secándome el sudor de la frente. Todo brillaba: el piso de mármol, los torniquetes de cristal, hasta la calva del guardia de seguridad.

—Vengo a ver al Licenciado Montemayor —dije en la recepción, tratando de que mi voz sonara firme.

La recepcionista, una chica que no debía tener más de veinte años pero que me miró con la altivez de una reina, tecleó algo en su computadora sin dejar de mascar chicle discretamente.

—¿Nombre?

—Natalia… Natalia Rivas.

—Piso 24. Despacho 2405. Deje una identificación.

El elevador subió tan rápido que se me taparon los oídos. Cuando las puertas se abrieron, el lujo subió de nivel. Alfombras tan gruesas que se hundían los pies, cuadros abstractos en las paredes y un silencio… un silencio absoluto, pesado, de ese que solo el dinero puede comprar. El dinero no hace ruido; el dinero absorbe el ruido.

Me hicieron esperar en una sala con sillones de piel color crema. No me atreví a sentarme del todo, solo en la orillita, por miedo a ensuciar algo.

Veinte minutos después, una puerta de caoba se abrió.

—Señorita Rivas, pasen por favor.

Entré a una sala de juntas inmensa. Una mesa de vidrio larga dominaba el centro. Y al fondo, con una vista panorámica de la ciudad a sus espaldas, estaban ellos.

Mis compradores.

El abogado, el Licenciado Montemayor, era un hombre bajito y nervioso, con un traje gris impecable. Pero mi atención se fue directo a la pareja sentada frente a él.

El hombre, Iván, se puso de pie en cuanto entré. Era alto, imponente, de espaldas anchas que llenaban un traje azul marino hecho a la medida. Tenía el cabello oscuro, peinado hacia atrás, con algunas canas plateadas en las sienes que le daban un aire distinguido. Pero lo que me golpeó fueron sus ojos. Eran oscuros, profundos y estaban rodeados de sombras moradas. Había una tristeza infinita en su mirada, un cansancio que iba más allá de lo físico. Se veía como un hombre que cargaba el mundo sobre sus hombros y que estaba a punto de doblarse.

A su lado, permaneció sentada ella. Marina.

Si Iván era la noche tormentosa, Marina era el sol artificial que quema la retina. Era rubia, de un rubio nórdico que definitivamente no venía de fábrica pero que se veía espectacular. Su piel era perfecta, sin poros, bronceada al punto exacto. Llevaba un vestido de diseñador que dejaba ver unos brazos tonificados y delgados, y sus dedos estaban cargados de anillos que brillaban con luz propia.

Me miró por encima de sus lentes de sol (que no se quitó aunque estábamos adentro) y torció la boca en una mueca de disgusto, como si hubiera olido leche agria.

—Buenos días —dije, sintiendo que la voz se me atoraba.

—Siéntese —ordenó el abogado, señalando una silla frente a ellos.

Me senté. Iván asintió levemente hacia mí, un gesto educado pero distante. Marina, en cambio, se inclinó hacia el abogado sin bajar la voz.

—¿Esta es la mejor opción, Montemayor? Se ve… muy poca cosa. ¿Estás seguro de que está sana? Se ve flaca.

Sentí que la sangre me subía a la cara. Quise levantarme e irme, mandarla al diablo. Pero la imagen de Esteban en su andadera me clavó a la silla.

—Es la candidata perfecta, señora Marina —respondió el abogado, revisando unos papeles—. El Dr. Georgiy certifica que su útero está en condiciones óptimas. Tiene un hijo propio, el parto fue natural y sin complicaciones. No fuma, no bebe, no tiene antecedentes penales. Y lo más importante: pasó los exámenes psicológicos de estabilidad.

—Hmm —Marina se quitó los lentes finalmente, revelando unos ojos azules fríos y calculadores—. A ver tú, niña. ¿Cuántos años tienes?

—Veinticinco, señora.

—¿Y por qué quieres hacer esto? No me vengas con el cuento de que quieres “dar vida” y ser un ángel. Aquí todos sabemos que es por la lana.

Iván suspiró y se frotó el puente de la nariz.
—Marina, por favor…

—No, Iván, déjame hablar. Es mi hijo el que va a estar ahí adentro. Quiero saber qué clase de incubadora estamos contratando.

Tragué saliva. Decidí que la verdad era mi única arma.
—Tengo un hijo de dos años. Está enfermo. Necesita una operación en la columna y en las piernas para poder caminar. Cuesta medio millón de pesos. No los tengo. Por eso estoy aquí.

Hubo un silencio. Iván me miró, y por primera vez, vi un destello de empatía real en sus ojos. Se inclinó hacia adelante.
—Lo siento mucho por tu hijo, Natalia. ¿Es grave?

—Si no se opera este año, quedará en silla de ruedas para siempre —respondí, sosteniéndole la mirada.

—Vaya historia de telenovela —interrumpió Marina, revisándose las uñas impecables—. Bueno, al menos sabemos que estás desesperada. Eso es bueno. La gente desesperada obedece mejor.

Sentí ganas de vomitar. Era cruel. Era inhumana.
—Marina, basta —la voz de Iván fue grave, un retumbo bajo que hizo vibrar la mesa—. No le hables así. Nos está haciendo un favor enorme.

—¿Favor? Le vamos a pagar una fortuna, Iván. Es una transacción. Yo compro, ella vende. Punto.

El abogado carraspeó, incómodo, y empujó una carpeta hacia mí.
—Natalia, vamos a los términos. Este es un contrato de gestación subrogada. Es estrictamente confidencial.

Empezó a leer las cláusulas. Cada una era un grillete más pesado que el anterior.

  1. Renuncia de derechos: Yo no tendría ningún derecho sobre el niño. Ni de visita, ni de decisión, ni de nada. Al nacer, se entregaría inmediatamente.
  2. Control médico: Debería asistir a todas las citas que ellos dijeran, en las clínicas que ellos eligieran.
  3. Estilo de vida: Nada de alcohol, tabaco, cafeína. Dieta estricta proporcionada por ellos. Nada de relaciones sexuales durante el embarazo (para evitar infecciones o riesgos). Nada de viajes fuera de la ciudad.
  4. Vigilancia: Aceptaba visitas sorpresa en mi domicilio para verificar mis condiciones de vida.

—Y una cosa más —intervino Marina—. Quiero que te mudes.

—¿Qué? —pregunté, alarmada—. No puedo mudarme. Vivo con mi hijo y mi… mi abuela.

—Me refiero a que te mudes a un lugar decente —dijo ella con desdén—. No quiero que mi hijo se geste en un barrio marginal donde hay balazos y smog. Les rentaremos algo cerca de la clínica.

—Pero…

—Está incluido en el pago —atajó Iván suavemente—. Natalia, queremos lo mejor para el bebé. Y para ti. El departamento será cómodo y seguro. Podrás llevar a tu hijo y a quien te ayude.

Asentí, aturdida.
—Está bien.

—Ahora, el pago —dijo el abogado.

Puso una cifra sobre la mesa.
Setecientos cincuenta mil pesos.
Se me secó la boca. Era más de lo que esperaba. Con eso podía operar a Esteban, pagar la rehabilitación y hasta poner un pequeño negocio para no volver a limpiar escaleras nunca más.

—Se te dará un 10% ahora al firmar. Otro 10% al confirmar el embarazo. Luego una mensualidad para gastos durante la gestación. Y el resto, el 70% final, contra entrega del bebé sano y la firma de los papeles de renuncia.

—¿Y si… y si no pega? —pregunté con miedo.

—Intentaremos tres veces —dijo el abogado—. Si después de tres intentos no hay embarazo, el contrato se anula, te quedas con lo que se te haya pagado hasta el momento por las molestias, y buscamos a otra candidata.

Miré los papeles. Las letras negras bailaban frente a mis ojos. Estaba vendiendo mi cuerpo, mi libertad y mi dignidad por nueve meses. Pero luego vi la cara de Esteban en mi mente.

Tomé la pluma. Pesaba una tonelada.
Firmé.

—Excelente —dijo el abogado, guardando los papeles rápidamente, como si temiera que me arrepintiera.

Marina se levantó, alisándose el vestido.
—Bueno, ya está. Iván, paga tú el anticipo. Yo tengo cita en el spa. —Se giró hacia mí una última vez—. Oye, tú. Cuídate los dientes. Y báñate bien. No quiero gérmenes cerca de mi inversión.

Salió taconeando, dejando una estela de perfume caro y desprecio.

Iván se quedó sentado un momento más. Se veía avergonzado.
—Natalia… —empezó, y luego se detuvo. Parecía que quería disculparse por su esposa, pero la lealtad o la costumbre lo detuvieron—. Gracias. De verdad. Esto significa mucho para mí.

—Lo hago por mi hijo, señor Iván. Solo por él.

—Lo sé. Y te prometo que cumpliré mi parte. Tu hijo tendrá su operación.

Me dio un sobre con un cheque. El primer 10%. Setenta y cinco mil pesos. Nunca había tenido tanto dinero en mis manos.
Salí de ahí temblando.


El proceso médico comenzó dos semanas después.
Fue, en una palabra, frío.

La clínica de fertilidad parecía más un hotel de cinco estrellas que un hospital. Música zen, fuentes de agua, enfermeras que parecían modelos. Pero el procedimiento fue humillante.

Me pusieron una bata que dejaba todo al aire. Me subieron a una camilla con estribos. Me sentí como una vaca de cría, expuesta y vulnerable.
Marina estaba ahí, pero no me miraba a mí. Miraba el monitor de ultrasonido con impaciencia, revisando su celular cada dos minutos.

—¿Cuánto va a tardar esto, doctor? Tengo un brunch.

—Solo un momento más, señora Marina. Estamos preparando la transferencia del embrión.

Iván estaba en un rincón, pálido. Me miró y me hizo un gesto de “ánimo” con la cabeza. Al menos él parecía entender que yo era una persona, no un mueble.

El doctor introdujo el catéter. Fue incómodo, invasivo. Sentí una punzada en el vientre y cerré los ojos, rezando. Dios mío, si estás ahí, perdóname por esto. Pero ayúdame a que pegue. Que pegue a la primera, por favor. No quiero pasar por esto tres veces.

—Listo —dijo el doctor—. El embrión está en su lugar. Ahora, Natalia, reposo absoluto por tres días. Nada de esfuerzos.

—¿Y ya? —preguntó Marina, decepcionada—. ¿No hay luces ni nada?

—Ahora hay que esperar quince días para la prueba de sangre —explicó el médico.

Esos quince días fueron los más largos de mi vida.
Baba Liza me tenía en cama, tratándome como a una reina de cristal.
—No te muevas, niña. Deja que se agarre bien esa semilla.

—Baba, me siento inútil.

—Inútil serías si dejaras que se cayera. Tú tranquila. Yo me encargo de Esteban y de la casa. Tú visualiza. Visualiza dinero y piernas sanas para tu hijo.

Me pasaba los días acariciándome el vientre plano, hablándole a esa cosita microscópica que no era mía.
“Agárrate fuerte, chiquito. O chiquita. No sé quién eres, pero tienes una misión importante. Tienes que nacer para que mi Esteban pueda correr. Así que échale ganas, ¿va? Nos ayudamos mutuamente.”

El día de la prueba llegó.
Fui a la clínica. Me sacaron sangre. Esperamos una hora en la sala VIP.
Marina no fue. Dijo que le daba “mala vibra” esperar. Iván sí estaba. Caminaba de un lado a otro, desgastando la alfombra.

—Señor Iván, siéntese, me pone nerviosa —le dije, rompiendo el protocolo.

Él se detuvo y me sonrió, una sonrisa torcida y nerviosa.
—Perdón, Natalia. Es que… hemos intentado esto cinco años. Tres in vitro fallidos con Marina. Dos subrogadas anteriores que no funcionaron.

—¿Dos? —Me sorprendí—. ¿Hubo otras antes que yo?

Iván se sentó y bajó la voz.
—Sí. Pero… Marina es difícil. Las presionó tanto que una renunció y la otra… bueno, tuvo un aborto espontáneo por estrés, creo yo.

Sentí un escalofrío. Marina era un monstruo.
—¿Por qué sigue con ella, señor? —La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera frenarla.

Iván miró sus manos, donde brillaba su anillo de bodas de platino.
—Es complicado, Natalia. Marina fue… el trofeo de mi vida. Yo vengo de abajo, ¿sabes? Mi papá era albañil. Yo me maté trabajando para llegar aquí. Y cuando llegué a la cima, pensé que necesitaba a la mujer más hermosa para completar la foto.

Se rió con amargura.
—Me enamoré de su imagen. Y ella se enamoró de mi cartera. Al principio funcionaba. Pero luego… el vacío se hace grande. Quiero este hijo para llenar ese vacío. Para tener a alguien que me quiera por mí, no por lo que le compro.

Me quedé callada. Entendí a Iván perfectamente. Era un hombre atrapado en su propia jaula de oro. Igual que yo estaba atrapada en mi jaula de pobreza. Éramos dos prisioneros mirándonos a través de las rejas.

El doctor entró con un sobre en la mano.
Iván se puso de pie, conteniendo la respiración.
—¿Y bien?

El doctor sonrió de oreja a oreja.
—Felicidades. La prueba de Beta-HCG es positiva. Y los niveles son altos. Muy altos. Estás embarazadísima, Natalia.

Iván soltó un grito que no pegaba con su traje caro.
—¡Sí! ¡SÍ!
Se abalanzó sobre mí y me abrazó. Fue un abrazo impulsivo, fuerte, lleno de alivio. Olía a tabaco fino y a colonia de madera.
—Gracias, Natalia. Gracias, Dios mío.

Me separé suavemente, un poco abrumada.
—De nada, señor.

Él sacó su celular.
—Tengo que avisarle a Marina.

Llamó. Lo puso en altavoz por la emoción.
—¡Marina! ¡Pegó! ¡Estamos embarazados!

Del otro lado, la voz de Marina sonó aburrida, con ruido de secadoras de pelo de fondo.
—Ah, qué bueno, gordito. Oye, ¿me puedes transferir más saldo a la tarjeta? Vi unas botas divinas. Luego celebramos lo del bebé. Bye.

Colgó.
La sonrisa de Iván se apagó lentamente, como una vela a la que le falta oxígeno. Se quedó mirando el teléfono, con la pantalla negra reflejando su decepción.

Sentí una pena inmensa por él. Tenía todo el dinero del mundo, pero era el hombre más pobre que había conocido.
—Señor Iván… —le dije suavemente—. Su bebé va a ser muy afortunado de tener un papá que lo quiera tanto.

Él me miró y sus ojos se aguaron.
—Vamos a comer, Natalia. Invito yo. Tienes que alimentarte bien. Hoy empieza todo.

Salimos de la clínica. El sol brillaba. En mi vientre, una vida ajena empezaba a crecer. En mi cuenta bancaria, caería el segundo depósito esa misma tarde. Esteban estaba un paso más cerca de su operación.

Pero mientras caminaba hacia el auto de lujo de Iván, no pude evitar sentir un peso extraño en el corazón. Había vendido mi cuerpo para crear una vida que iba a nacer en una casa fría, con una madre que prefería unas botas a su hijo.

Y yo… yo tenía que proteger esa vida durante nueve meses, sabiendo que al final, tendría que romperme el corazón para entregarla.

El pacto estaba sellado. Y ya no había vuelta atrás.

PARTE 2: EL PACTO

Capítulo 4: Entre Dos Mundos

La mudanza fue rápida y surrealista. El contrato estipulaba que debía vivir en un ambiente “libre de estrés y contaminación”, así que Iván —o más bien, su asistente personal— organizó todo para trasladarnos a un departamento en la colonia Del Valle.

Dejar mi barrio, con sus perros callejeros ladrando a todas horas, el olor a garnachas en la esquina y los vecinos gritones, se sintió como traicionar mis raíces. Pero cuando entramos al nuevo departamento, se me olvidó la nostalgia.

Era un tercer piso con elevador (¡elevador!, ya no tendría que cargar la carriola cuatro pisos). Tenía piso de duela laminada, ventanales enormes que dejaban entrar luz de verdad y no solo el reflejo de la pared del vecino, y una cocina integral que brillaba tanto que me daba miedo tocarla.

—¡Válgame Dios! —exclamó Baba Liza, entrando con su bolsa de mandado llena de sus santos y sus hierbas—. Aquí se puede patinar en calcetines, muchacha. Pero mira nada más, estufa eléctrica… ¿Cómo voy a quemar mis chiles aquí? No sabe igual.

Esteban, en cambio, estaba fascinado. Gateaba a toda velocidad por el pasillo largo, riéndose al escuchar el eco de su propia voz. Verlo así, con espacio para moverse sin chocar con muebles viejos, me confirmó que había tomado la decisión correcta.

Los primeros meses del embarazo pasaron entre náuseas matutinas y una soledad lujosa.

El contrato decía que Marina supervisaría mi dieta y cuidados. La realidad fue muy distinta. Marina era un fantasma. Un fantasma caro y exigente, pero ausente.

Cada lunes llegaba una camioneta de una empresa de catering orgánico. Bajaban cajas con verduras que yo no sabía ni cómo se llamaban (kale, arúgula, quinoa), jugos prensados en frío que sabían a pasto y suplementos vitamínicos en frascos de vidrio ámbar.

—Instrucciones de la señora Marina —decía el repartidor, dejándome una hoja impresa con el menú de la semana—. Nada de sal, nada de azúcar, nada de grasas saturadas.

Yo obedecía. Comía mis ensaladas insípidas y mi pollo hervido pensando en los tacos al pastor que me estaba perdiendo, pero todo sea por el bebé. O más bien, por el cheque.

Porque los cheques llegaban puntuales. Y con ellos, la esperanza. Abrimos una cuenta de ahorro especial para la operación de Esteban. Cada vez que veía el saldo crecer, las náuseas y el dolor de espalda valían la pena.

Sin embargo, algo no encajaba. Se suponía que esta era la “inversión” de Marina, su proyecto. Pero ella nunca llamaba. Nunca venía.

Quien empezó a venir fue él.

Iván.

Al principio, sus visitas eran formales, casi tímidas. Llegaba los viernes por la tarde, con el pretexto de “traer unos documentos” o “verificar que el servicio de comida estuviera bien”. Se quedaba en la puerta, con su traje impecable y su portafolios, como si tuviera miedo de entrar.

—¿Todo bien, Natalia? ¿Les falta algo?

—Todo bien, señor Iván. Gracias.

Pero poco a poco, las visitas se alargaron.

Un martes lluvioso, llegó empapado. Su chofer se había enfermado y él había manejado. Se veía agotado, con esas ojeras moradas más marcadas que nunca.

—Pásese, señor, se va a enfermar —le dije, abriéndole la puerta.

Entró. El departamento olía a la sopa de fideos que Baba Liza (desobedeciendo las reglas de Marina) había preparado para Esteban. Iván olfateó el aire y cerró los ojos un segundo, como si ese olor le trajera recuerdos.

—Huele a… hogar —murmuró.

—Es sopita aguada. ¿Quiere un plato? Digo, no es orgánica ni nada de eso, pero calienta el cuerpo.

Iván sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
—Me encantaría. Me muero de hambre. Marina está a dieta detox y en mi casa solo hay apio y agua con limón.

Se sentó a la mesa. Se quitó el saco, se aflojó la corbata de seda italiana y se arremangó la camisa blanca. Baba Liza le sirvió un plato hondo con tortillas calientes. Iván comió como si fuera un náufrago. Repitió plato.

Mientras comía, Esteban se acercó a su silla. Mi hijo, que solía ser tímido con los extraños, se quedó mirándolo fijamente. Iván dejó la cuchara y lo miró de vuelta.

—Hola, campeón —le dijo suavemente.

Esteban le extendió su juguete favorito: un carrito rojo sin una rueda.
Iván lo tomó con una delicadeza sorprendente para sus manos grandes.
—Está chido tu coche. Pero le falta una llanta. ¿Tuviste un accidente en la pista?

Esteban soltó una carcajada.
—¡Pum! —gritó el niño, chocando sus manitas.

Iván se rió con él. Y en ese momento, el hielo se rompió para siempre.

A partir de esa tarde, Iván se convirtió en un habitual. Ya no ponía pretextos. Venía dos o tres veces por semana. A veces traía juguetes para Esteban (juguetes caros, educativos, pero también pelotas y carritos simples). A veces traía postres “de contrabando” para Baba Liza y para mí (escondidos de la vista de Marina, claro).

—Señor Iván, Marina se va a enojar si sabe que me trajo conchas de chocolate —le dije un día, mordiendo el pan con placer culposo.

—Lo que Marina no sabe, no le hace daño —guiñó un ojo—. Además, el bebé necesita alegría, no solo quinoa. Mi abuela decía que si la madre no come lo que se le antoja, el niño sale con cara de enojado.

Empezamos a platicar. De verdad.
Me contó de su infancia. De cómo creció en una colonia popular no muy diferente a la mía. De cómo su papá era albañil y su mamá cosía ajeno. De cómo él juró que saldría de la pobreza, y cómo estudió ingeniería con becas y trabajando de noche en una taquería.

—Logré todo lo que quería, Natalia —me confesó una tarde, sentado en la alfombra armando un rompecabezas con Esteban—. Tengo la constructora, tengo casas, tengo coches. Pero a veces… a veces extraño cuando comíamos todos juntos en la mesa de formica de mi mamá. Éramos pobres, pero nos reíamos mucho. Ahora… ahora mi mesa es de mármol importado, pero ceno solo.

—¿Y Marina? —pregunté, doblando ropita de bebé que él había comprado.

Iván suspiró y su rostro se ensombreció.
—Marina está en su mundo. Eventos, gimnasio, Instagram. Ella se casó con el “Empresario del Año”, no con Iván el hijo del albañil. Cuando intento hablarle de mis problemas, se aburre. Dice que soy “denso”.

—Entonces, ¿por qué quiere tener un hijo con ella?

Iván dejó una pieza del rompecabezas en el aire.
—Porque tengo la esperanza, quizás tonta, de que un hijo nos una. De que cuando ella tenga al bebé en brazos, algo cambie. Que se despierte ese instinto maternal y dejemos de ser dos extraños viviendo en la misma mansión. Quiero salvar mi matrimonio, Natalia. Y quiero ser papá. Quiero enseñarle a alguien a andar en bici, a jugar fútbol… todo lo que mi papá no pudo hacer conmigo porque siempre estaba trabajando.

Sentí una punzada de tristeza por él. Era un hombre bueno atrapado en una jaula de oro. Estaba apostando todo a una carta: este bebé.

El embarazo avanzaba. Mi panza crecía. Esteban estaba mejorando mucho con las terapias que ahora podíamos pagar. Ya se paraba solito agarrado de los muebles.

Llegó el sexto mes.
Una tarde, Iván estaba en casa. Había tenido un día terrible en la oficina, problemas con un sindicato, y se le notaba el estrés en los hombros tensos. Estaba sentado en el sofá, con la mirada perdida, mientras yo cosía un botón en su camisa (se le había caído y Baba Liza insistió en que no podía andar “deshilachado” por la vida).

De repente, sentí la patada.
No había sido la primera, pero fue la más fuerte hasta ahora. Fue como una vuelta de campana ahí adentro.

—¡Ay! —exclamé, soltando la aguja.

Iván reaccionó al instante.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Llamo al médico? —Se levantó de un salto, pálido del susto.

—No, no… es el bebé. O la bebé. Está… está bailando zapateado, creo.

Iván se quedó quieto, mirando mi vientre abultado bajo la blusa de maternidad. Había un anhelo tan puro en su mirada que me conmovió.

—¿Puedo…? —preguntó, con la voz temblorosa, levantando una mano—. ¿Se puede sentir?

Dudé un segundo. Era algo íntimo. Pero él era el padre. Él estaba pagando por esto. Y más que eso, él era el único que parecía amar a esta criatura que aún no nacía.

—Claro. Venga.

Tomé su mano grande y callosa (aún conservaba la textura de quien trabajó duro, a pesar de las cremas caras) y la puse sobre mi costado derecho.

—Espere… ahí viene otra vez.

Silencio. Solo se escuchaba el tráfico lejano de la avenida Insurgentes.
Y entonces… ¡Pum!
Una patada seca, firme, directo contra la palma de Iván.

La reacción de él fue algo que nunca olvidaré.
Abrió los ojos desmesuradamente. Su boca se entreabrió en una ‘O’ perfecta. Y luego, sus ojos se llenaron de lágrimas.

No lloró como un niño. Lloró como un hombre que ha estado aguantando la respiración bajo el agua durante años y finalmente sale a la superficie. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla rasurada.

—Está vivo… —susurró, maravillado—. Es real. Hola… hola, aquí está papá.

Se arrodilló frente al sofá, dejando su mano en mi panza, hablándole al ombligo.
—Soy yo. Soy tu papá. Ya te quiero conocer. Te prometo que te voy a cuidar mucho. No voy a dejar que nada malo te pase.

Yo me quedé inmóvil, acariciándole el cabello instintivamente, como si fuera Esteban.
—Va a ser un gran papá, Iván —le dije.

Él levantó la cara. Estábamos muy cerca. Demasiado cerca. Pude ver las motas doradas en sus ojos oscuros. Pude oler su loción mezclada con el aroma natural de su piel.
Por un segundo, el aire se cargó de electricidad. No era solo gratitud. No era solo negocio. Había una conexión humana, profunda, vibrante. Él me miraba no como a la “incubadora”, sino como a la mujer que estaba cuidando su tesoro más preciado. Y yo lo miraba no como al “cliente”, sino como al hombre noble que merecía ser feliz.

Iván carraspeó y se puso de pie rápidamente, rompiendo el hechizo. Se limpió la cara, un poco avergonzado de su vulnerabilidad.

—Perdón. Me… me ganó el sentimiento. Marina nunca… bueno, ella no quiere tocar la panza. Dice que le da impresión, como si fuera algo de la película de Alien.

—Ella se lo pierde —dije, tratando de sonar normal, aunque mi corazón latía rápido—. Es la mejor sensación del mundo.

Iván asintió, recuperando su compostura de empresario.
—Tengo que irme. Marina tiene una cena de beneficencia y tengo que ponerme el smoking. —Hizo una mueca de disgusto—. Odiamos esas cenas, pero hay que ir para la foto.

Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró.
—Gracias, Natalia. Por dejarme ser parte de esto. Por… por hacerme sentir en casa.

—Esta es su casa, Iván. Cuando quiera.

Salió.
Baba Liza salió de la cocina, donde se había escondido prudentemente. Me miró con esa mirada de rayos X que tienen las abuelas rusas.

—Ese hombre tiene el corazón roto, mi niña —dijo, secando un plato—. Y tú tienes el pegamento. Pero ten cuidado.

—¿Cuidado de qué, Baba? Es casado. Es mi jefe.

—El corazón no sabe de contratos, Natalia. Y los ojos no mienten. Él te mira a ti como si fueras agua en el desierto. Y tú… tú lo miras a él como si fuera el héroe de la película.

—¡Ay, Baba, qué cosas dice! —me reí, nerviosa, poniéndome a recoger los juguetes de Esteban—. Él solo quiere a su bebé. Y yo solo quiero el dinero para la operación. Punto.

—Mjm. Sí, claro. Punto. —Baba Liza resopló—. Ya veremos. Los caminos de Dios son torcidos, pero siempre llegan a donde tienen que llegar.

Esa noche me costó dormir. Sentía la zona de mi vientre donde Iván había puesto su mano como si todavía estuviera caliente. Pensé en Marina, en sus vestidos de gala y su frialdad. Pensé en Iván, poniéndose un smoking para ir a sonreír falsamente a un mundo que no lo llenaba.

Y pensé en Maxim. ¿Dónde estaría? ¿Qué pensaría si me viera ahora, viviendo en este departamento, esperando el hijo de un millonario?
“Con una como tú nunca seré nadie”, me había dicho.
Pues resulta que Iván, que lo tenía todo, encontraba en “una como yo” lo que no encontraba en su mundo de oropel: paz.

A la semana siguiente, tuvimos el ultrasonido 4D.
Esta vez Marina sí fue.
Llegó tarde, hablando por celular, con unas gafas oscuras enormes.
—Ay, perdón, el tráfico estaba horrible. ¿Ya acabó?

—No, señora, apenas vamos a empezar —dijo el técnico.

Iván estaba tenso. Se paró a mi lado derecho. Marina se sentó en una silla en la esquina, revisando su Instagram.

—Miren, aquí está la carita —dijo el técnico, señalando la pantalla.

Ahí estaba. Una carita perfecta, con la nariz respingada y los labios bien definidos. Chupándose el dedo.
Iván contuvo el aliento.
—Es hermosa…

—¿Hermosa? —Marina se asomó sin mucho interés—. Se ve aplastada. ¿Seguro que no tiene nada raro? La nariz se ve muy ancha.

—Es el líquido amniótico, señora, distorsiona la imagen —explicó el técnico con paciencia—. Pero anatómicamente está perfecta. Es una niña.

—¿Niña? —Iván y Marina hablaron al mismo tiempo.
Iván con voz de asombro y alegría. Marina con voz de decepción.

—¿Niña? —repitió Marina—. Yo quería niño. Iván, quedamos en que sería el heredero varón.

—Marina, es una niña sana. Eso es lo que importa —dijo Iván, sin dejar de mirar la pantalla, hipnotizado.

—Pues qué flojera. Las niñas son más complicadas. Y la ropa es más cursi. En fin. —Se levantó—. Bueno, ya vi que tiene dos ojos y una nariz. Me voy, tengo cita con el decorador para el cuarto del bebé. Quiero todo en gris y blanco, nada de rosa, ¡qué horror!

Salió del consultorio sin despedirse.
El silencio que dejó fue denso. El técnico nos miró incómodo.

Iván me tomó la mano. No la de la panza. Mi mano. Me apretó fuerte.
—Es una niña —susurró, y una lágrima volvió a brillar en su ojo—. Una princesa.

—Una princesa guerrera —le contesté sonriendo—. Patea como futbolista.

Salimos de la clínica. Iván me invitó a comer, pero esta vez no a la casa. Me llevó a un restaurante bonito, de esos con manteles de tela y meseros que te hablan de “usted”.
Estaba nervioso.

—Natalia… tengo que pedirte un favor enorme. Algo fuera del contrato.

Me asusté. —¿Qué pasa? ¿Algo médico?

—No. Es sobre Marina. —Tomó aire—. Ella… ella no quiere hacer el curso psicoprofiláctico. Dice que son “respiraciones de hippies” y que como ella no va a parir, no le interesa. Pero yo quiero ir. Quiero aprender a cambiar pañales, a bañarla, a saber qué hacer si se ahoga.

Me miró suplicante.
—¿Irías conmigo? Sé que es raro. Se supone que van las parejas. Pero… no quiero ir solo y ser el único papá solitario ahí. Además, tú ya tienes experiencia con Esteban. Me sentiría más seguro si tú me ayudas.

Lo miré. Un hombre poderoso, dueño de edificios, pidiéndome ayuda para aprender a ser papá porque su esposa no quería molestarse.
Se me rompió el corazón un poquito más por él.

—Claro que sí, Iván. Vamos. Yo le enseño a cambiar pañales. Y le advierto: la primera vez que le hagan pipí encima, es el bautizo oficial de paternidad.

Iván soltó una carcajada franca, sonora, que hizo que varias personas voltearan a vernos. Se veía guapo cuando reía. Se veía joven.

Así pasaron los meses siete y ocho. Íbamos al curso los jueves por la noche. Las otras parejas pensaban que éramos esposos. Al principio Iván intentó explicar: “Ella es la gestante, yo soy el papá”. Pero era tan complicado y las miradas eran tan raras, que dejamos de explicar.
Simplemente éramos Iván y Natalia, aprendiendo a bañar muñecos de plástico.

Nos reíamos mucho. Una vez, Iván le puso el pañal al muñeco en la cabeza por error y nos dio un ataque de risa tan fuerte que la instructora nos tuvo que callar.
—Parecen adolescentes —nos dijo una señora mayor a la salida—. Se ve que se quieren mucho. Esa bebé va a ser muy feliz.

Nos quedamos helados. Iván me miró, y yo miré al suelo.
No nos corregimos.

Pero la realidad, como siempre, estaba a la vuelta de la esquina, afilando sus garras.
El noveno mes llegó. La cuenta regresiva.
Pronto nacería la niña. Pronto me darían el resto del dinero. Pronto yo regresaría a mi mundo de pobreza (aunque con dinero en el banco) y él a su mansión fría con Marina.

—Ya casi —me dijo Iván una noche, dejándome en la puerta del departamento después del curso.
Estaba serio. Triste.

—Sí. Ya casi.

—Natalia… —Se acercó. Dudó. Parecía que quería decir algo importante. Su mano flotó cerca de mi cara, como si quisiera acariciarme—. Gracias. Estos meses… han sido los mejores de mi vida en mucho tiempo.

—Para mí también, Iván.

—Voy a extrañar esto. Las sopas de Baba Liza. Las risas de Esteban. A ti.

—Usted va a tener a su hija. Ella lo va a llenar todo.

—Ojalá. —Suspiró—. Ojalá sea suficiente.

Se subió a su auto y se fue.
Yo entré al departamento y abracé a Esteban muy fuerte.
—No te encariñes, Natalia —me dije a mí misma frente al espejo—. No te encariñes con el papá, ni con la bebé. Esto es un trabajo. Es un trabajo.

Pero a quién quería engañar.
Ya los quería. A los dos.
Y el presentimiento de que algo terrible iba a pasar se instaló en mi pecho como una piedra pesada.

No sabía que esa había sido la última vez que vería a Iván sano y entero.
No sabía que el destino, caprichoso y cruel, estaba a punto de barajar las cartas de nuevo y cambiar el juego por completo.

La tormenta se acercaba. Y nos iba a golpear a todos.

PARTE 2: EL PACTO

Capítulo 5: La Traición y el Nacimiento

Noviembre llegó a la Ciudad de México con ese clima bipolar que te hiela los huesos por la mañana y te sofoca a mediodía, para terminar con lluvias torrenciales por la noche. Yo estaba en la semana treinta y nueve. Me sentía como una ballena varada en el sofá de la sala, con los tobillos hinchados como tamales mal amarrados y una acidez estomacal que no se me quitaba ni rezándole a San Judas.

Esa tarde, el cielo estaba de un color gris plomo, pesado y bajo, como si estuviera a punto de caerse sobre los edificios.

Iván me había mandado un mensaje a las cinco de la tarde:
“Tengo una reunión urgente con los socios. Marina insiste en ir a una cena en Polanco después. Te marco en cuanto me desocupe. Descansa. Ya falta poco.”

Le contesté con un emoji de pulgar arriba y un “Cuidado con la lluvia”.

No sabía que esas serían las últimas palabras que cruzaríamos en mucho tiempo.

Baba Liza estaba en la cocina, preparando un té de hojas de frambuesa. Según ella, eso ayudaba a “ablandar el camino” para el parto. Esteban jugaba en la alfombra con unos bloques de madera que Iván le había regalado la semana anterior.

—Mamá, ¡torre! —gritó Esteban, aplaudiendo cuando logró apilar tres cubos.

—¡Eso, mi amor! —le sonreí, aunque la sonrisa se me transformó en una mueca de dolor.

Sentí un piquete en la espalda baja. Diferente a los dolores de ciática que había tenido todo el mes. Este era agudo, rítmico, como si alguien me estuviera apretando los riñones con unas pinzas calientes.

—Baba… —llamé, tratando de no sonar alarmada.

Baba Liza asomó la cabeza, con el trapo de cocina en la mano. Me vio la cara y soltó el trapo.
—¿Ya?

—Creo que sí. Se siente… diferente.

Miré el reloj. 7:15 PM.
Otra contracción. Esta vez me cortó la respiración por tres segundos.
—Sí, Baba. Ya es hora.

La maquinaria se puso en marcha. Teníamos todo planeado. La maleta estaba lista junto a la puerta desde hacía dos semanas. El plan era llamar a Iván, quien enviaría al chofer o vendría él mismo, y nos iríamos a la clínica privada en Santa Fe.

Tomé el celular con manos temblorosas. Marqué el número de Iván.
Tuuu… tuuu… tuuu…
Buzón de voz.

“Qué raro”, pensé. Iván nunca apagaba el celular, menos ahora que estábamos en la recta final.
Lo intenté de nuevo.
Buzón.

—No contesta —le dije a Baba Liza, sintiendo un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el clima.

—Llámale a la esposa. A la tal Marina —sugirió Baba, mientras le ponía una chamarra a Esteban.

Marqué el número de Marina. Me contestó al tercer timbrazo, pero no se escuchaba su voz, sino música fuerte y risas de fondo.
—¿Bueno? —gritó ella, sonando irritada—. ¿Quién es?

—Señora Marina, soy Natalia. Ya empezó. Tengo contracciones cada diez minutos.

Hubo un silencio del otro lado, solo roto por el tintineo de copas.
—¿Ahorita? —preguntó, como si yo hubiera elegido el momento para molestarla—. Ay, no inventes. Estamos en medio del brindis. Iván está en el baño o hablando por teléfono, no sé, se paró hace rato.

—Señora, necesito irme a la clínica. El contrato dice que ustedes mandan el transporte.

—Ash, qué lata. Está lloviendo horrible, Natalia. El chofer se llevó a mi mamá a su casa. Pide un Uber y te lo reembolso. Allá nos vemos. Bye.

Y me colgó.

Me quedé mirando el teléfono, incrédula. Iba a parir a su hijo y le daba flojera mandar un coche.
—¿Qué dijo la bruja? —preguntó Baba Liza.

—Que nos vayamos en taxi.

—¡Maldita sea su estampa! —escupió Baba Liza—. Vámonos. Yo me quedo con Esteban aquí. Tú vete. Tienes dinero para el taxi, ¿verdad?

—Sí, Baba.

Pedí un taxi de aplicación. Tardó quince minutos en llegar. Quince minutos eternos bajo la lluvia, esperando en la banqueta, doblándome de dolor cada cinco minutos. El agua caía a cántaros, convirtiendo la calle en un río de lodo y basura.

Cuando por fin llegó el coche, me subí empapada y tiritando.
—A la Clínica Materna de Santa Fe, por favor. Y rápido.

El taxista, un señor mayor con bigote, me vio por el retrovisor y se persignó.
—Híjole, señorita, está lloviendo bien recio y hay un tráfico del demonio en la autopista. Dicen que hubo un accidente feo. Pero haré lo que pueda. No me vaya a parir aquí, ¿eh? Que la tapicería es nueva.

El viaje fue una pesadilla. El tráfico estaba paralizado. Las luces rojas de los coches se extendían como una serpiente infinita bajo la lluvia. Yo cerraba los ojos, apretaba los dientes y respiraba como me habían enseñado en el curso al que Iván me acompañó.
Inhala, exhala. Inhala, exhala. Iván va a llegar. Él va a llegar.

Llegué a la clínica una hora después. Estaba empapada de sudor y lluvia.
En la recepción, la enfermera me miró con desdén por mi aspecto, hasta que di mi nombre.
—Ah, Rivas. Paciente del Dr. Georgiy. Suite 402. Pase, ya la esperan.

Me llevaron en silla de ruedas. Me pusieron la bata. Me conectaron a los monitores.
El corazón del bebé latía fuerte y rápido. Tu-tum, tu-tum, tu-tum.
El mío iba a mil por hora.

—¿Dónde están los padres? —preguntó la enfermera en turno, revisando el expediente—. Aquí dice que el padre, el Sr. Iván Garza, va a cortar el cordón.

—Vienen en camino —dije, tratando de sonar segura, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Había mucho tráfico.

Pasó una hora. Las contracciones eran ya insoportables. Me pusieron la epidural, y el dolor bajó, pero la angustia subió.
Iván no llegaba. Marina no llegaba.
Nadie contestaba el teléfono.

Eran las 10:30 de la noche cuando la puerta de mi habitación se abrió.
Me incorporé un poco, esperando ver a Iván con su sonrisa nerviosa y su traje mojado.

Pero no era él.
Era el Licenciado Montemayor, el abogado.
Entró con el rostro pálido, desencajado. Traía el cabello revuelto y la corbata chueca. Detrás de él venía el Dr. Georgiy con cara de funeral.

—Natalia… —dijo el abogado. Su voz sonaba ronca.

Sentí que el mundo se detenía. El sonido del monitor cardiaco se volvió ensordecedor.
—¿Dónde está Iván? —pregunté. Mi voz salió como un hilo.

El abogado cerró la puerta y se acercó a la cama. Se quitó los lentes y se frotó los ojos.
—Hubo un accidente, Natalia. En la autopista, bajando de Santa Fe. Un tráiler se quedó sin frenos por la lluvia. Se llevó a varios coches.

—No… —Me llevé las manos a la boca.

—La camioneta de Iván fue la más afectada. Él iba manejando. Al parecer discutían… Marina iba de copiloto.

—¿Están…? —No podía terminar la pregunta.

—Marina está bien. Solo golpes y una crisis nerviosa. Las bolsas de aire la protegieron. Pero Iván… —El abogado tragó saliva—. Iván recibió el impacto del lado del conductor. Está en el Hospital Ángeles, en quirófano. Traumatismo craneoencefálico severo, pulmón perforado, múltiples fracturas. Los médicos… los médicos no dan muchas esperanzas para esta noche.

Un grito se atoró en mi garganta. Empecé a llorar, un llanto histérico, incontrolable. Los monitores empezaron a pitar por mi ritmo cardiaco.
—¡No! ¡Iván no! ¡Él tiene que ver a su hija! ¡Me lo prometió!

El Dr. Georgiy se acercó para calmarme.
—Natalia, por favor, piensa en el bebé. Tu presión se está disparando.

Pero el abogado no había terminado. Sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente.
—Hay algo más, Natalia. Y esto… esto es delicado.

Me obligué a calmarme, mirándolo a través de las lágrimas.
—¿Qué?

—Hablé con Marina hace veinte minutos. Está en shock, sí, pero… fue muy clara.

El abogado sacó unos papeles de su portafolios. Le temblaban las manos.
—Marina activó la cláusula de contingencia del contrato. Dice que… dice que si Iván muere o queda incapacitado, ella no se hará cargo del bebé.

Me quedé helada. El frío del quirófano se me metió en los huesos.
—¿Cómo? Es su hijo. Es el hijo de su esposo.

—Ella dice que el trato era con Iván. Que ella nunca quiso esto, que lo hizo para complacerlo. Y que ahora, sin Iván para… “mantener la farsa” —el abogado hizo una mueca de asco al citar las palabras—, ella no piensa arruinar su vida criando a un niño que no es suyo biológicamente y que le recuerda la tragedia.

—¡Es una maldita! —grité, intentando levantarme de la cama, pero mis piernas estaban dormidas por la anestesia—. ¡Iván está luchando por su vida y ella está desechando a su hija como basura!

—Lo sé, Natalia. Es… monstruoso. Pero legalmente, ella ya firmó la renuncia de derechos parentales. Renunció a la patria potestad hace media hora ante el notario del hospital.

—¿Y entonces? —pregunté, sintiendo que me faltaba el aire—. ¿Qué pasa con la niña?

El abogado me miró con una pena infinita.
—El dinero restante del contrato, los seiscientos mil pesos, ya fueron transferidos a tu cuenta. Marina ordenó el pago para “cerrar el negocio” y evitar demandas. Financieramente, tú estás cubierta. Pero legalmente… la niña es, en este momento, huérfana de madre y con un padre en coma que tal vez no despierte.

—¿Y qué van a hacer con ella?

—Si no hay quien la reclame… al nacer, pasará a custodia del DIF. Irá a una casa cuna. Al sistema de adopción.

—¡No! —El grito salió de mis entrañas—. ¡A un orfanato no! Iván me contó… él quería que tuviera familia. ¡No pueden hacerle esto!

En ese momento, una contracción brutal rompió la conversación. Aunque tenía la epidural, la presión fue inmensa.
—¡Doctor! —gemí.

El Dr. Georgiy revisó bajo la sábana.
—Ya está aquí. Corona completa. Natalia, tienes que pujar. Olvida los abogados, olvida a Marina. Puja por esa niña.

Lo que siguió fue una neblina de esfuerzo, sudor y lágrimas.
No había nadie sosteniendo mi mano. No estaba Iván para decirme “tú puedes, guerrera”. No estaba Marina para fingir interés. Estaba sola. Sola con un abogado testigo y un médico preocupado.

Pujé pensando en Iván. En su mano sobre mi panza. En sus ojos llorosos cuando sintió la patada. En su risa nerviosa poniendo pañales a un muñeco.
Por ti, Iván. Por tu princesa.

—¡Una más, Natalia! ¡Largo y fuerte!

Pujé hasta que sentí que me partía en dos. Y entonces, el alivio. Y el silencio. Y luego… un llanto.
Un llanto potente, furioso, lleno de vida.

—Es una niña —anunció el doctor, levantando a la criatura sanguinolenta y morada.

La pusieron sobre mi pecho.
Era tibia. Pesada. Olía a hierro y a vida.
Abrió los ojos. Eran oscuros, profundos. Los ojos de Iván.
Me agarró la piel con sus manitas y dejó de llorar al escuchar los latidos de mi corazón, ese ritmo que la había arrullado nueve meses.

Lloré sobre ella. Lloré por su padre que se estaba muriendo en otro hospital. Lloré por su madre que la había despreciado antes de verla. Lloré por mí, porque sabía que mi vida acababa de complicarse infinitamente.

—¿Cómo se llama? —preguntó la enfermera, con la tarjeta de identificación en la mano.

Se suponía que se llamaría “Isabella”, el nombre que Marina había escogido porque “sonaba regio”.
Miré a la niña. No tenía cara de Isabella. Tenía cara de flor resistente, de algo hermoso que crece en medio de la adversidad.

—Lilya —dije. Recordando que a Iván le gustaban los lirios porque eran las flores favoritas de su mamá.

—¿Apellidos? —insistió la enfermera, mirando al abogado.

El abogado suspiró.
—Ponga… ponga los de la madre por ahora. Rivas. Hasta que resolvamos el lío legal.

Lilya Rivas.

Me la llevaron para limpiarla y revisarla. Me quedé sola en la habitación de lujo, con la televisión apagada y el sonido de la lluvia golpeando la ventana.

A la mañana siguiente, el abogado regresó.
Yo apenas había dormido. Tenía a Lilya en una cuna de acrílico junto a mi cama. No había dejado que se la llevaran a los cuneros. Tenía miedo de que Marina apareciera y se la llevara, o peor, que vinieran los de servicios sociales.

—¿Cómo está Iván? —fue lo primero que pregunté.

El Licenciado Montemayor negó con la cabeza. Se veía aún peor que la noche anterior.
—Sigue en coma. Lo operaron dos veces durante la madrugada. Está en terapia intensiva, con soporte vital. Los médicos dicen que las próximas 72 horas son críticas. Si sobrevive… es probable que tenga secuelas graves.

—¿Y Marina?

—Marina ya se fue. Tomó un vuelo a Miami esta mañana. Dijo que necesita “espacio para sanar su trauma”. —El abogado soltó una risa amarga—. Dejó instrucciones claras: no quiere saber nada del bebé. Nada.

Se sentó en la orilla de la cama y sacó una carpeta azul.
—Natalia, aquí está la situación. Tienes el dinero. Son casi setecientos mil pesos libres. Es suficiente para la operación de tu hijo Esteban y para vivir tranquila un tiempo. Hiciste tu trabajo. Cumpliste.

Puso los papeles sobre la mesa de noche.
—Estos son los documentos para entregar a la niña al Estado. Como Marina renunció y Iván no puede firmar reconocimiento… técnicamente la niña no tiene a nadie. Yo puedo agilizar el trámite para que entre en el sistema de adopción rápida. Es una bebé blanca, sana, bonita. Encontrará familia rápido.

Miré los papeles. “Cesión de Derechos”. “Entrega voluntaria”.
Luego miré a Lilya. Estaba dormida, con los puños cerrados junto a sus orejas. Hacía un ruidito suave al respirar. Fiuu… fiuu…

Pensé en Esteban. En cómo lo habían rechazado por estar enfermo.
Pensé en Maxim. “Con una como tú nunca seré nadie”“No quiero hijos defectuosos”.
Pensé en Marina. “Qué flojera, es niña”.

El mundo estaba lleno de gente que tiraba a los niños a la basura cuando no eran perfectos o cuando estorbaban. Gente que solo se quería a sí misma.

Si entregaba a Lilya, ¿quién me aseguraba que la querrían? ¿Y si la adoptaba alguien como Marina? ¿O alguien que la maltratara? Ella tenía la sangre de Iván. Iván, el hombre que se tiró al suelo a jugar con mi hijo discapacitado. Iván, que lloró al sentir una patada.

No podía fallarle a él. No mientras él estuviera luchando por su vida en una cama fría.

Sentí una fuerza nacer en mi pecho. Una fuerza antigua, volcánica. Era la misma fuerza que me hizo enfrentar el mundo sola con Esteban.
No era lógica. Era locura. Una madre soltera, pobre, con un hijo discapacitado, ¿ahora con una recién nacida ajena?

Pero el corazón no sabe de matemáticas.

Tomé la carpeta azul.
—Licenciado —dije, con voz firme.

—¿Sí, Natalia? ¿Necesitas una pluma?

—No.

Agarré los papeles y los partí por la mitad. El sonido del papel rasgándose sonó delicioso en el silencio del cuarto.

El abogado abrió los ojos como platos.
—Natalia, ¿qué haces? ¡Esos son documentos legales!

—No voy a entregarla.

—¿Qué? Natalia, sé razonable. Tienes un hijo enfermo. No tienes casa propia. No tienes marido. ¿Cómo vas a criar a dos? Y esta niña… esta niña acostumbra pañales caros, fórmula especial…

—Tengo dos manos y tengo un corazón que funciona, no como el de esa mujer —señalé hacia donde Marina supuestamente estaría—. Tengo el dinero que me pagaron. Con eso opero a Esteban y me sobra para empezar.

—Pero no es tuya. Genéticamente…

—La parí yo. Comió de mi sangre nueve meses. Escuchó mi voz. Y ahora, su madre la tiró y su padre no puede defenderla. Así que es mía. Es mi hija hasta que Iván despierte y me la pida. Y si no despierta… —se me quebró la voz— entonces será mía para siempre. Le contaré que su papá fue un rey que la amó tanto que murió queriendo llegar a ella.

El abogado se quedó callado un largo rato. Me miró, evaluándome. Luego, una pequeña sonrisa apareció en su rostro cansado.
—Eres brava, Natalia. Muy brava. Iván siempre dijo que tenías agallas.

Se guardó los papeles rotos en el portafolios.
—Está bien. Si te la quedas, técnicamente es tu hija biológica ante la ley mexicana porque tú la pariste y no hay otro reclamo. Yo me encargaré de que el acta de nacimiento salga solo con tus apellidos. Marina no va a pelear. Al contrario, le estás haciendo el favor de desaparecer la evidencia.

—Hágalo, licenciado.

—Y Natalia… —El abogado se puso de pie—. Voy a intentar proteger algo de los activos de Iván. Marina va a intentar saquear todo, pero conozco algunos fideicomisos que ella no puede tocar. Si Iván despierta… necesitará ayuda. Y si no… veré qué puedo hacer por la niña.

—Gracias. Pero no lo hago por el dinero.

—Lo sé. Por eso eres la única que merece tenerla.

Salió de la habitación.
Me levanté con dolor, arrastrando el suero, y me asomé a la cuna.
Cargué a Lilya. Se despertó y me miró con esos ojos negros, serios, inquisitivos.

—Hola, Lilya —le susurré—. Bienvenida al mundo, mi amor. Tu mamá Natalia está aquí. Y tu hermano Esteban te está esperando. No somos ricos, mi vida. No vas a tener cuna de oro. Pero te juro por Dios que nunca, nunca te va a faltar amor. Y nunca te voy a soltar.

La besé en la frente. Ella suspiró y se volvió a dormir en mis brazos.
Afuera, la lluvia había parado. Un rayo de sol tímido se colaba entre las nubes grises, iluminando las gotas de agua en la ventana como si fueran diamantes.

Tenía medio millón de pesos en el banco. Tenía dos hijos. No tenía marido. Y el hombre del que me estaba enamorando estaba muriendo a diez kilómetros de distancia.
Mi vida era un desastre.
Pero era mi desastre. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía el control.

“Con una como tú nunca seré nadie”, resonó la voz de Maxim en mi cabeza.
Sonreí con ironía.
—Mírame ahora, imbécil. Soy madre de dos. Soy rica en lo que importa. Y soy invencible

PARTE 2: EL PACTO

Capítulo 6: La Nueva Realidad (y los Milagros Cotidianos)

Salir del hospital con Lilya en brazos fue una sensación agridulce. No había chofer esperándome, ni marido emocionado con globos y flores. Solo estaba yo, con mi maleta, una bebé envuelta en una cobija amarilla que me regaló una enfermera porque la ropa gris “aesthetic” que había comprado Marina me parecía demasiado triste, y el cielo despejado de una mañana de noviembre.

El Licenciado Montemayor cumplió su palabra. El acta de nacimiento decía: Lilya Rivas. Madre: Natalia Rivas. Padre: —. Ese espacio vacío en el papel pesaba, pero era mejor que un espacio vacío en el corazón.

Tomé un taxi directo al departamento de Baba Liza. No regresé al departamento de lujo en la Del Valle. Ese lugar, con sus muebles fríos y su silencio perfecto, ya no era para nosotras. Además, el contrato había terminado. Ese dinero era para Esteban, no para pagar rentas estratosféricas.

Cuando Baba Liza abrió la puerta, casi se le cae el bastón.
—¡Dios bendito! —exclamó, persignándose tres veces seguidas—. ¿Te la trajiste?

—No me la traje, Baba. Ella se vino conmigo. Su mamá… su mamá no la quiso.

Baba Liza se asomó al bultito amarillo. Lilya dormía plácidamente, ajena al drama de su existencia.
—¡Malhaya sea esa mujer! —escupió Baba con rabia, pero luego su cara se transformó al ver a la niña—. Pero bendita seas tú, Natalia. Donde comen dos, comen tres. Pásale, que hace frío.

Esteban estaba sentado en su sillita alta, comiendo puré de manzana. Al verme, soltó la cuchara y estiró los brazos.
—¡Mamá!

Lo abracé con cuidado, protegiendo a Lilya entre nosotros.
—Mira, Teba. Mira quién llegó. Es tu hermanita.

Esteban se inclinó, curioso. Tocó la manita de Lilya con su dedo pegajoso de manzana. Lilya se removió.
—Bebé —dijo Esteban, maravillado.

—Sí, mi amor. Bebé. Y ahora somos nosotros tres. Y Baba Liza.

Esa noche, hicimos un consejo de guerra en la cocina.
—Tengo el dinero, Baba —dije, poniendo el estado de cuenta sobre la mesa de hule—. Setecientos mil pesos.

Baba Liza silbó.
—Es mucho dinero, niña. Pero se va rápido si no se cuida.

—Lo sé. El plan es este: primero, la operación de Esteban. Ya hablé con el Dr. Ramírez, la programó para la próxima semana. Eso se va a llevar casi medio millón entre la cirugía, los clavos de titanio, el hospital y la rehabilitación.

—¿Y el resto? —preguntó Baba, sirviéndome té.

—El resto es para vivir mientras me recupero del parto y cuido a Esteban en su postoperatorio. Pero no podemos quedarnos aquí, Baba. Este departamento es muy chico y… —Dudé—. Y tengo miedo. Miedo de que Marina cambie de opinión. O de que Maxim aparezca oliendo dinero. Necesitamos desaparecer un poquito. Irnos a un lugar más tranquilo, más barato, donde nadie nos conozca.

Baba Liza asintió lentamente, mirando sus macetas en la ventana.
—Yo tengo unos ahorritos debajo del colchón. No es mucho, pero sirve. Y la verdad… ya estoy vieja para subir tres pisos. Mis rodillas ya no dan para más.

—¿Se vendría con nosotros? —pregunté, esperanzada. No me imaginaba la vida sin ella.

—¿Y quién te va a cuidar a esos dos chamacos mientras tú trabajas? ¿El Espíritu Santo? Claro que voy. Además, ya me encariñé con el “Teba”. No lo voy a dejar solo ahora que le van a arreglar sus patitas.

Lloré. Otra vez. Las hormonas del postparto me tenían como llave abierta, pero era llanto de gratitud.


La operación de Esteban fue el día más largo de mi vida. Ocho horas. Ocho horas caminando de un lado a otro en la sala de espera del Hospital de Ortopedia, con Lilya en un canguro pegada a mi pecho y Baba Liza rezando el rosario en voz alta en ruso.

Cada vez que salía un doctor, mi corazón se detenía.
Finalmente, salió el Dr. Ramírez. Se veía agotado, con el gorro quirúrgico chueco.
—Natalia.

Corrí hacia él.
—¿Cómo está? ¿Salió bien?

El doctor sonrió. Una sonrisa cansada pero triunfal.
—Fue un éxito. Fue complicado, tuvimos que reconstruir los tendones y alinear la cadera, pero quedó perfecto. Va a dolerle mucho al principio, Natalia. La recuperación será dura. Pero te prometo algo: ese niño va a caminar. Y va a correr.

Me dejé caer en una silla y sollocé de alivio. Lilya se despertó y empezó a llorar conmigo, como solidarizándose.

Los meses siguientes fueron una prueba de fuego.
Nos mudamos a una casita pequeña en las afueras de la ciudad, casi llegando al campo. Era una casa vieja, con techo de teja y un patio grande con un limonero. La renta era barata porque estaba lejos de todo, pero eso era justo lo que queríamos.

La rutina era brutal.
Esteban tenía yesos en ambas piernas, desde la cadera hasta los pies. Lloraba mucho por el dolor y la comezón. Yo tenía que cargarlo (y pesaba), bañarlo con esponja, darle sus medicinas.
Y Lilya… Lilya era una bebé demandante. Comía cada dos horas. Tenía cólicos. Lloraba si la soltaba.

Dormía dos o tres horas al día, a retazos. Mis ojeras llegaron al suelo. Perdí todo el peso del embarazo en un mes de puro ajetreo.
Pero cada vez que sentía que no podía más, miraba a mis hijos.
Miraba a Esteban tratando de moverse con sus yesos, sonriéndome a pesar del dolor.
Miraba a Lilya, creciendo sana y fuerte, con esos ojos negros que me seguían a todos lados.

Y pensaba en Iván.
Llamaba al hospital todos los viernes, desde un teléfono público para no dejar rastro.
—¿Estado del paciente Iván Garza? —preguntaba con el corazón en la garganta.
—Estable, pero crítico. Sigue en coma inducido —me decían las enfermeras con voz monótona.

Al menos seguía vivo. Eso me daba fuerzas. “Aguanta, Iván”, le susurraba al teléfono antes de colgar. “Tu hija está preciosa. Ya se ríe. Aguanta”.


Pasó un año.
Un año de lucha, de fisioterapias dolorosas donde yo tenía que ser la mala del cuento y obligar a Esteban a estirar sus músculos recién operados aunque gritara.
—¡Me duele, mamá! —lloraba él.
—Lo sé, mi amor, lo sé. Pero tienes que hacerlo. Es para que seas fuerte como Hulk. —Yo lloraba con él por dentro, pero por fuera era de piedra.

Y funcionó.
El día que le quitaron los últimos aparatos ortopédicos, Esteban tenía tres años y medio.
Estábamos en el patio de la casa nueva. El sol de la tarde se filtraba entre las hojas del limonero.
Esteban estaba agarrado de la barda. Sus piernas se veían flaquitas, con cicatrices largas, pero rectas. Por fin rectas.

—A ver, Teba. Ven con mamá —le dije, arrodillada a dos metros de él, con los brazos abiertos.

Esteban me miró con miedo. Siempre había dependido de algo: andaderas, yesos, muletas. Soltarse era aterrador.
—No puedo —dijo.

—Claro que puedes. Eres un campeón. Mira a tu hermana.
Lilya, que ya tenía un año y era un torbellino de energía, estaba gateando cerca, persiguiendo a una lagartija. Se sentó y aplaudió.
—¡Ven, Teba! —balbuceó en su media lengua.

Esteban respiró hondo. Soltó una mano de la barda. Luego la otra. Se tambaleó.
Mi corazón se detuvo. Quise correr a agarrarlo, pero me contuve. Tenía que hacerlo él.

Dio un paso. Tembloroso.
Dio otro. Más firme.
Y otro.
Y entonces, se soltó a reír. Una risa de pura libertad. Dio tres pasos rápidos y se lanzó a mis brazos.

—¡Caminé, mamá! ¡Caminé!

Lo abracé tan fuerte que casi lo asfixio. Rodamos por el pasto, llorando y riendo. Baba Liza salió corriendo de la cocina con el cucharón en la mano, y al vernos, se puso a bailar una danza rusa extraña, levantando las piernas y gritando “¡Opa! ¡Opa!”.

Ese día hicimos fiesta. Compramos un pastel y refrescos.
Fue el día más feliz de mi vida. Le había ganado al destino. Le había ganado al diagnóstico. Y le había ganado a Maxim.

“Nunca serás nadie”.
Já. Era la madre de un niño que acababa de aprender a volar.


Con el tiempo, el dinero del contrato se fue acabando, como era natural. Pero yo no tenía miedo.
Había descubierto que tenía talento para la costura. Empecé arreglando la ropa de los vecinos. Luego, una señora rica que tenía una casa de fin de semana cerca de ahí vio un vestido que le hice a Lilya (con retazos de tela vieja, pero con un diseño bonito) y me encargó uno para su nieta.

Se corrió la voz. “La muchacha de la casa del limón cose divino”.
Empecé a tener clientes. Compré una máquina de coser industrial usada. Baba Liza me ayudaba a hilvanar y a cuidar a los niños.
Convertimos la sala en un taller.

Nuestra vida era sencilla, pero rica.
Lilya crecía rodeada de amor. Era una niña especial. Sensible, inteligente. A veces, cuando se quedaba mirando al vacío con esa expresión seria, veía tanto a Iván en ella que me dolía el pecho.

Nunca le oculté la verdad, bueno, no toda. Le decía que su papá era un hombre muy bueno que tuvo un accidente y se durmió un sueño muy largo.
—¿Como la Bella Durmiente? —preguntaba ella a los dos años.
—Sí, mi amor. Como el Bello Durmiente.
—¿Y cuándo va a despertar?
—Solo Dios sabe, Lily. Pero él te quiere mucho. Me lo dijo antes de dormirse.

Yo seguía llamando al hospital.
Pero un día, cuando marqué, me dijeron algo diferente.
—¿El paciente Iván Garza? Fue dado de alta hace dos semanas.

—¿Alta? —Casi se me cae el teléfono—. ¿Despertó? ¿Está bien?

—No puedo darle detalles, señorita. Solo sé que fue trasladado a su domicilio. Es información confidencial.

Colgué con las manos temblorosas.
Estaba vivo. Estaba en casa.
¿Me buscaría? ¿Se acordaría de mí? ¿De la bebé?
¿O el daño cerebral lo habría borrado todo? ¿O peor, habría vuelto con Marina y ella le habría prohibido buscarnos?

Pasaron los meses. Nadie vino.
La esperanza se fue enfriando, convirtiéndose en una resignación melancólica.
Tal vez era mejor así. Él en su mundo, nosotras en el nuestro. Él tenía su dinero y sus problemas. Nosotras teníamos nuestra paz y nuestro limonero.


Lilya cumplió dos años. Esteban ya tenía cinco y corría como gacela. Iba al kínder del pueblo y era el más rápido en las carreras. Nadie diría que alguna vez le dijeron que no caminaría.

Un domingo de primavera, el aire olía a jacarandas. Estábamos en el jardín. Yo estaba cosiendo un dobladillo en la mesa del patio. Baba Liza tejía en su mecedora.
Los niños jugaban a las “traes”.
—¡Te atrapé! —gritaba Esteban, tocando el hombro de Lilya.
—¡No se vale, tienes patas largas! —reclamaba ella, riendo y corriendo con sus piernitas regordetas.

Era una escena perfecta. De esas que quieres congelar en un frasco para cuando seas vieja.

De repente, escuché un coche detenerse en el camino de tierra frente a la casa.
No era común. Por ahí solo pasaban tractores o las camionetas de los vecinos. Este sonaba diferente. Un motor suave, caro.

Levanté la vista.
Un auto negro, elegante pero polvoriento, estaba parado frente a la reja de madera.
La puerta del conductor se abrió. Bajó un hombre.
Usaba un bastón. Caminaba con dificultad, arrastrando un poco la pierna izquierda. Llevaba ropa sencilla, unos jeans y una camisa blanca arremangada, no los trajes italianos de antes.
Estaba más delgado. Tenía el cabello más gris. Y una cicatriz pálida le cruzaba la frente cerca del nacimiento del pelo.

Pero eran ellos. Esos ojos.

Me puse de pie tan rápido que tiré la silla.
—¡Iván! —El nombre salió de mi garganta como un suspiro, un rezo y un grito al mismo tiempo.

Él se detuvo al escuchar mi voz. Se apoyó en el bastón y miró hacia el jardín. Entrecerró los ojos, como si le costara enfocar o como si no pudiera creer lo que veía.

Corrí hacia la reja. Mis manos temblaban tanto que no podía quitar el pasador.
—¡Natalia! —gritó Baba Liza, levantándose también—. ¡Es él! ¡El Bello Durmiente!

Finalmente abrí la reja.
Salí al camino. Me detuve a dos metros de él.
El tiempo se congeló.
Lo vi. Realmente lo vi. Las huellas del dolor, de la lucha por volver a la vida, estaban grabadas en su cara. Pero su mirada… su mirada estaba limpia. Lúcida. Y llena de una emoción indescriptible.

—Te encontré —dijo. Su voz era rasposa, como si no la hubiera usado en mucho tiempo—. Dios mío, Natalia. Te encontré. Pensé que las había perdido.

—Iván… —Di un paso y él soltó el bastón para recibirme.

Lo abracé. No fue un abrazo romántico de película. Fue un choque de dos sobrevivientes. Me aferré a él oliendo su aroma a madera y lluvia, sintiendo sus costillas bajo la camisa, sintiendo que por fin, después de dos años de sostener el mundo sola, podía soltar el aire.

—Estás vivo —sollocé en su pecho.

—Apenas —susurró él, acariciándome el pelo—. Me costó volver. Estuve en la oscuridad mucho tiempo, Natalia. Pero escuchaba tu voz. Te juro que escuchaba tu voz diciéndome “aguanta, tu hija te espera”. Eso fue lo que me trajo de vuelta.

Se separó un poco y miró hacia el jardín.
Lilya se había detenido. Estaba parada junto al limonero, agarrada de la mano de Esteban, mirando con curiosidad al extraño que hacía llorar a su mamá.
Llevaba un vestidito azul que yo le había hecho. Tenía el cabello negro y rizado, igual al de él.

Iván se llevó la mano a la boca. Sus rodillas flaquearon.
—¿Es…? —preguntó, con lágrimas corriendo libremente por su cara cicatrizada.

—Es Lilya —dije, sonriendo entre lágrimas—. Tu princesa.

—Lilya… —repitió el nombre como si fuera sagrado.

Se agachó con dificultad, apoyando una rodilla en la tierra. Extendió los brazos.
—Hola… —dijo, con la voz rota.

Lilya, que solía ser desconfiada con los extraños, soltó la mano de Esteban. Dio un paso adelante. Ladeó la cabeza, observándolo.
Algo en su instinto, algo en la sangre, o tal vez las historias que yo le contaba todas las noches, hizo clic.

Caminó hacia él. Despacito.
Iván no se movió, apenas respiraba, temiendo asustarla.
Lilya llegó frente a él. Estiró su manita pequeña y tocó la cicatriz en su frente.
—¿Pupa? —preguntó con inocencia.

Iván cerró los ojos y besó la manita de su hija.
—Sí, mi amor. Pupa. Pero ya no duele. Ya no duele nada.

—¿Papá? —preguntó ella, mirándome a mí para confirmar.

Asentí, incapaz de hablar.
—Sí, Lily. Es papá. Despertó.

Lilya sonrió, una sonrisa luminosa que iluminó la tarde, y se lanzó a sus brazos.
Iván la atrapó y la apretó contra él, enterrando la cara en su cuello de bebé, sollozando con una mezcla de dolor y felicidad absoluta.

Esteban se acercó a mí y me jaló el pantalón.
—Mamá, ¿él es el rey del cuento?

Acaricié la cabeza de mi hijo, el niño que caminaba gracias al dinero de ese hombre, el niño que ahora tenía una familia completa.
—Sí, Teba. Es el rey. Y ha vuelto a casa.

Baba Liza nos miraba desde el porche, secándose los ojos con su delantal.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta.
En ese camino de tierra, en medio de la nada, una familia rota, remendada con pedazos de otros lados, se unía por fin.

No éramos la familia de comercial que Maxim quería. Ni la familia de portada de revista que Marina fingía.
Éramos una familia real. Con cicatrices, con deudas, con pasado. Pero con un futuro que brillaba más que cualquier oro.

La promesa no estaba rota. Estaba cumplida.

PARTE 2: EL PACTO

Capítulo 7: La Verdad Detrás de la Cicatriz

La tarde del reencuentro se convirtió en una noche larga, llena de té caliente, lágrimas y silencios que decían más que mil palabras.

Baba Liza, con su sabiduría infinita, se llevó a los niños a dormir temprano.
—Vamos, mis pollitos, que los grandes tienen que hablar cosas de grandes —dijo, guiñando un ojo a Iván mientras cargaba a una Lilya adormilada que no quería soltar el cuello de su padre recién descubierto.

Nos quedamos solos en la pequeña sala, iluminada solo por una lámpara de pie y la luz de la luna que entraba por la ventana. Iván estaba sentado en el sofá viejo que habíamos comprado en una venta de garaje. Se veía fuera de lugar y, al mismo tiempo, como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Le serví una taza de café de olla. Sus manos todavía temblaban un poco al sostenerla.

—Perdóname por tardar tanto, Natalia —dijo, mirando el vapor que subía de la taza—. Perdóname por dejarte sola con todo esto.

Me senté a su lado, lo suficientemente cerca para sentir su calor, pero respetando su espacio.
—No tienes nada que perdonar, Iván. Estabas luchando por tu vida. Lo importante es que estás aquí.

—No fue solo el coma —dijo, y su voz se endureció—. Fue… lo que pasó después.

Iván dejó la taza en la mesa y se pasó las manos por la cara, como si quisiera borrarse los recuerdos.

—La última imagen que tengo antes del impacto es la cara de Marina. Estábamos discutiendo. Ella me confesó algo en ese coche, Natalia. Algo que me heló la sangre más que la lluvia.

Me incliné hacia él, sintiendo un escalofrío.
—¿Qué te dijo?

—Me dijo que el bebé no era lo único que quería de mí. Me dijo que estaba harta. Que tenía un amante desde hacía dos años. Un tipo de su círculo, un “junior” con apellido pero sin cerebro.

—Dios mío… —susurré.

—Pero eso no fue lo peor. En medio de la tormenta, me gritó que el divorcio ya estaba planeado. Que solo estaba esperando a que naciera la niña para usarla como moneda de cambio en la demanda. Quería pedirme la mitad de todo por la custodia, aunque ni siquiera la quería criar.

Iván apretó los puños. Los nudillos se le pusieron blancos.
—Me distraje. Por su culpa, por mi rabia… no vi el tráiler a tiempo. Giré el volante, pero… el pavimento estaba resbaloso.

Se quedó callado un momento, respirando con dificultad.

—Cuando desperté del coma, dos meses después, estaba en mi casa. No en el hospital. Marina me había trasladado. Había contratado enfermeras privadas y seguridad. Estaba… prisionero en mi propia mansión.

—¿Prisionero? —pregunté, horrorizada.

—Sí. Ella controlaba quién entraba y quién salía. A mis socios les decía que yo seguía “inestable mentalmente”. A mis amigos, que yo no quería ver a nadie. Me tenía drogado, Natalia. Los medicamentos que me daban… me mantenían sedado, confuso. A veces despertaba y preguntaba por ti, por la bebé. Y ella se reía.

Imitó la voz de Marina con un tono amargo: “Ay, Iván, sigues delirando. Esa mujer se fue. Abortó, ¿no te acuerdas? El bebé murió en el accidente. Supéralo”.

—¡Maldita! —grité, incapaz de contenerme—. ¡Cómo pudo mentirte así! ¡Lilya estaba viva! ¡Yo estaba esperándote!

—Lo sé. —Iván me tomó la mano—. Pero en mi confusión, yo le creía a medias. Sentía un dolor en el pecho que me decía que era mentira, pero mi cerebro no funcionaba. Hasta que…

—¿Hasta que qué?

—Hasta que un día, una de las enfermeras nuevas cometió un error. Dejó su celular en mi buró. Yo aproveché que fue al baño. Tenía poca fuerza en los dedos, pero logré entrar a internet. Busqué mi nombre. Busqué noticias. Y encontré un artículo viejo, una nota roja sobre el accidente.

Iván sacó su propio celular del bolsillo y me mostró una captura de pantalla guardada.
Era una nota sensacionalista: “Empresario se debate entre la vida y la muerte. Esposa renuncia a bebé gestado en vientre de alquiler”.

—Ahí supe la verdad —dijo Iván, con los ojos brillando de furia contenida—. Supe que Lilya había nacido. Y supe que Marina la había abandonado.

—¿Y qué hiciste?

—Fingí. —Iván sonrió, una sonrisa fría y calculadora que me recordó al empresario poderoso que había conocido en la oficina—. Fingí que seguía sedado. Dejé de tomar las pastillas, las escupía cuando no me veían. Recuperé fuerzas en secreto. Hice ejercicio en la cama por las noches.

—¿Y Marina?

—Marina estaba muy ocupada gastándose mi dinero con su amante. Ni siquiera entraba a verme. Pensaba que yo era un vegetal conveniente. Un cajero automático con pulso.

—Hasta que… hace tres meses. Logré contactar a mi abogado, a Montemayor. Él vino a verme con el pretexto de unas firmas urgentes que Marina no podía falsificar.

—Montemayor… —recordé al abogado nervioso—. Él me ayudó con el acta de nacimiento.

—Lo sé. Él me contó todo. Me dijo dónde estabas. Me dijo lo que hiciste. Que rompiste los papeles. Que te quedaste con Lilya aunque no tenías obligación. Que operaste a tu hijo.

Iván me miró con una adoración que me hizo sonrojar.
—En ese momento, Natalia, supe dos cosas. Una: que Marina iba a pagar cada lágrima. Y dos: que tenía que encontrarte, costara lo que costara.

—¿Y Marina? —pregunté, temiendo que esa mujer apareciera en nuestra puerta.

—Marina está donde debe estar —dijo Iván con tranquilidad—. En la cárcel.

Abrí los ojos como platos. —¿En la cárcel?

—Fraude, administración fraudulenta, intento de homicidio por negligencia médica… la lista es larga. Montemayor y yo armamos el caso en silencio. Cuando reunimos las pruebas, la policía llegó a la casa en medio de una de sus fiestas. Se la llevaron esposada frente a todos sus amigos “vip”.

Sentí un alivio inmenso. La bruja del cuento no solo había perdido, sino que estaba encerrada.
—¿Y el amante?

—Huyó a Tulum en cuanto vio las patrullas. Pero ya lo agarrarán. No me importa. Lo que me importa es que ya no puede hacernos daño. Recuperé el control de mis empresas, de mis cuentas… de mi vida.

Iván suspiró y miró alrededor de la sala humilde.
—Pero cuando recuperé todo… me di cuenta de que no tenía nada. La casa se sentía vacía. El dinero no me calentaba por las noches. Me faltaba mi hija. Y me faltabas tú.

Se levantó del sofá, apoyándose en su bastón, y caminó hacia mí. Yo me puse de pie.
Quedamos frente a frente.

—Natalia… —Su voz se suavizó—. Tú salvaste a mi hija. Tú le diste un hogar, un nombre, una familia. Tú hiciste lo que su propia madre biológica, lo que mi esposa, no quiso hacer. Eres… eres la mujer más valiente y generosa que he conocido.

—Lo hice porque la quiero, Iván. Y porque… porque tiene tus ojos.

Iván soltó el bastón. Se tambaleó un poco, pero me agarró de los hombros para sostenerse. O quizás para sostenerme a mí.
—He perdido dos años de su vida. Me perdí sus primeros pasos, sus primeras palabras. No quiero perderme ni un segundo más.

—No tienes por qué hacerlo. Ella sabe quién eres. Eres su papá.

—¿Y tú? —preguntó, mirándome intensamente a los labios—. ¿Qué soy yo para ti, Natalia? ¿Solo el “señor Iván”, el cliente, el papá de Lilya?

Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él podía escucharlo.
—Tú sabes lo que eres, Iván. Desde aquel día que sentiste la patada. Desde que te vi llorar. Tú eres… tú eres el hombre que esperé sin saber que llegaría.

Iván no dijo nada más. Se inclinó lentamente y me besó.
Fue un beso suave al principio, tentativo, con sabor a café y a anhelo contenido. Pero luego se profundizó. Fue un beso de reencuentro, de promesa, de pacto sellado no con tinta, sino con almas.
Sentí sus manos en mi espalda, atrayéndome hacia él. Sentí que todas las piezas rotas de mi vida se unían de golpe.

Nos separamos por falta de aire, con las frentes unidas.
—Cásate conmigo, Natalia —susurró contra mis labios.

Me reí, una risa nerviosa y feliz.
—¿Estás loco? Acabas de llegar. Ni siquiera te has divorciado legalmente.

—El divorcio sale en dos semanas. Montemayor es muy eficiente. Pero hablo en serio. No quiero perder tiempo. Quiero que seamos una familia. De verdad. Quiero adoptar a Esteban. Quiero que Lilya tenga a sus papás juntos. Quiero despertar contigo cada mañana y comer sopita de Baba Liza.

—Iván… vivo en una casa rentada, coso ropa ajena y tengo un hijo que apenas está aprendiendo a correr bien. No encajo en tu mundo.

—Mi mundo es donde estén ustedes —dijo con firmeza—. Vendí la mansión de la Del Valle. Me traía malos recuerdos. Compré un terreno no muy lejos de aquí. Quiero construir algo nuevo. Contigo.

—¿Y qué dirá la gente? “El millonario y la costurera”. “La sirvienta y el patrón”.

—Que digan misa. —Me besó la frente—. Que digan que soy el hombre más suertudo del planeta por haber encontrado a la única mujer real en un mundo de plástico.

Me abracé a él.
—Sí —le dije al oído—. Sí quiero.

Esa noche, Iván durmió en el sofá (Baba Liza era muy estricta con las “decencias” antes de la boda), pero yo dormí mejor que en años, sabiendo que él estaba al otro lado de la pared, respirando el mismo aire que nosotras.


A la mañana siguiente, la realidad nos alcanzó de una forma inesperada.
Estábamos desayunando en el patio. Esteban le enseñaba a Iván cómo comer un taco de huevo sin que se le cayera el relleno. Lilya estaba sentada en las piernas de su papá, jugando con los botones de su camisa.

De repente, alguien tocó la campana de la reja.
Baba Liza fue a ver.
Regresó con la cara pálida y los labios apretados.

—Natalia… hay alguien buscándote.

—¿Quién es? —pregunté, limpiándole la boca a Lilya.

—Dice que es el padre de Esteban.

Sentí que se me helaba la sangre.
Maxim.
Maxim estaba aquí.

Iván notó mi cambio de color. Me tomó la mano por debajo de la mesa.
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.

—Es mi ex —susurré—. El hombre que me abandonó cuando Esteban nació. El que dijo que con una como yo nunca sería nadie.

Iván se tensó. Su mandíbula se apretó.
—¿Quieres que salga yo?

—No. —Me puse de pie, sintiendo una fuerza nueva. Ya no era la Natalia asustada de hace cuatro años. Era Natalia, la madre leona, la sobreviviente, la futura esposa de un hombre que sí valía la pena—. Tengo que enfrentarlo yo. Pero quédate cerca.

Caminé hacia la reja.
Ahí estaba.
Maxim.
Se veía terrible. Había envejecido diez años en cuatro. Estaba gordo, con la cara hinchada por el alcohol, vestido con ropa sucia y desgastada. Se notaba que la vida le había cobrado cada una de sus palabras.

Al verme, intentó sonreír, mostrando unos dientes amarillentos.
—Hola, Naty. Tanto tiempo.

—¿Qué quieres, Maxim? —pregunté, sin abrir la reja. Cruzada de brazos.

—Ay, qué modales. ¿Así recibes al padre de tu hijo? —Se asomó por encima de mi hombro, tratando de ver hacia la casa—. Supe… supe que le operaste las piernas. Que quedó bien. Que ya camina.

—Corre —lo corregí secamente—. Corre y es muy feliz. Sin ti.

—Bueno, eso es bueno. Oye… también me contaron por ahí, en el barrio, que te fue bien. Que conseguiste un “padrino” rico. Que tienes lana.

Ahí estaba. El verdadero motivo. El dinero.
—Vete, Maxim. Aquí no tienes nada.

—Espérate, espérate. —Se puso agresivo, agarrando los barrotes de la reja—. Tengo derechos. Soy su padre. Si no me das algo… una ayudita, digamos… puedo demandarte por negarme las visitas. Puedo quitarte al niño.

Solté una carcajada. Una carcajada genuina, de incredulidad.
—¿Tú? ¿Quitarme a Esteban? Maxim, ni siquiera lo reconociste legalmente cuando nació. No tienes derechos. Solo tienes tu miseria.

—¡No me hables así, pendeja! —gritó, intentando abrir la reja a la fuerza—. ¡Abre o tumbo esta madre!

En ese momento, sentí una presencia a mi espalda.
Iván.
Salió caminando con su bastón, pero con una elegancia y una autoridad que hicieron que Maxim se detuviera en seco.
Iván se paró a mi lado. Era más alto que Maxim, más ancho de hombros, y aunque estaba recuperándose, su presencia era imponente.

—¿Hay algún problema aquí, caballero? —preguntó Iván con voz tranquila pero peligrosa.

Maxim lo miró, evaluándolo. Vio la ropa sencilla, el bastón.
—¿Y tú quién eres? ¿El cojo que la mantiene?

Iván sonrió. Una sonrisa de tiburón.
—Soy el prometido de Natalia. Y el futuro padre adoptivo de Esteban. Y tú… tú debes ser el error del pasado.

Maxim bufó.
—Mira, cojito, esto es entre ella y yo. Quiero dinero. Sé que tienen. Si me dan… digamos, cien mil pesos, me desaparezco. Si no…

Iván sacó su celular.
—Estoy marcando al comandante de la policía estatal. Es amigo mío. Le estoy diciendo que hay un intento de extorsión y allanamiento en mi propiedad. Están a cinco minutos.

Maxim palideció. Miró el celular de Iván, luego miró la casa, luego me miró a mí.
Vio que ya no era la mujer sumisa que él conocía. Vio que estaba protegida. Y vio que había perdido.

—Estás loca si crees que este tipo te va a aguantar —me escupió Maxim con veneno—. Al rato te deja, como todos. Con una como tú…

—Cállate —lo interrumpió Iván, con voz de trueno—. Con una mujer como ella, cualquier hombre se sacaría la lotería. Tú fuiste tan estúpido que tiraste el billete premiado a la basura. Y ahora te toca ver desde afuera cómo nosotros cobramos el premio. Lárgate. Antes de que suelte a los perros… o a mi suegra rusa, que es peor.

Baba Liza apareció en el porche, agitando un rodillo de amasar amenazadoramente.
Maxim dio un paso atrás. Murmuró una maldición, se dio la media vuelta y se fue caminando por el camino de tierra, arrastrando los pies, derrotado, pequeño, insignificante.

Lo vi alejarse hasta que se convirtió en un punto en el horizonte.
Sentí que un peso enorme se me quitaba de encima. El fantasma de sus palabras, ese “nunca serás nadie”, se disolvió en el aire de la mañana.

Iván me rodeó con un brazo.
—¿Estás bien?

—Mejor que nunca —le contesté, recargando mi cabeza en su hombro—. Gracias.

—No tienes que agradecer. Defender a mi familia es mi trabajo favorito.

Regresamos a la mesa. Esteban seguía comiendo su taco, ajeno al drama. Lilya reía, embarrada de frijoles. Baba Liza servía más café.
El sol brillaba. El limonero olía a gloria.
Y yo supe, con certeza absoluta, que la vida, a veces, después de quitarte todo, te devuelve el doble.

PARTE 2: EL PACTO

Capítulo 8: La Cosecha de lo Sembrado

Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero en nuestro caso, no llegó la calma. Llegó la fiesta. Llegó la construcción. Llegó la vida a borbotones.

Iván cumplió su palabra. No regresamos a la mansión fría de la ciudad. En su lugar, construimos una casa en el terreno cerca del pueblo, ahí donde el aire olía a pino y tierra mojada. Pero no fue una construcción cualquiera.

—Quiero que sea nuestra —me dijo Iván un día, parado entre montones de grava y bultos de cemento—. No quiero contratar a una constructora gigante que me entregue llaves de algo que no siento. Quiero sudarla.

Y vaya que la sudamos. Aunque Iván seguía usando el bastón para distancias largas, su fuerza regresó con una vitalidad asombrosa. Verlo dirigir la obra, discutir con los albañiles (no como patrón déspota, sino como compañero que sabía del oficio por su padre), y verlo manchado de cal al final del día, me enamoraba más que cuando lo veía de traje italiano.

Yo no me quedé atrás. Mientras Baba Liza cuidaba a la tropa (Esteban y Lilya eran inseparables y traviesos como ellos solos), yo me encargué de los interiores. Cosí cortinas, tapicé sillones viejos que compramos en bazares, pinté paredes.

Cada ladrillo de esa casa tenía una historia. Cada ventana estaba puesta con la esperanza de que, a través de ella, solo entrara luz y buenas noticias.


La Boda

Nos casamos seis meses después del divorcio oficial de Iván.
No fue en una catedral. No hubo prensa ni socialités de nariz respingada.
Nos casamos en el jardín de la casa nueva, bajo el limonero que nos vio reunirnos.

Fue una boda muy “a la mexicana”, de esas que duran hasta que el cuerpo aguante.
Baba Liza, vestida con un traje tradicional ruso que sacó de quién sabe dónde, fue la encargada de entregarme.
—No llores, vieja loca —me dijo mientras me acomodaba el velo (que yo misma bordé)—. Se te va a correr el rímel y vas a parecer mapache.

—Estoy feliz, Baba.

—Ya lo sé. Anda, ve con tu Bello Durmiente.

Esteban llevó los anillos. Caminaba con orgullo, con su trajecito beige, sin cojear ni un poquito. Verlo caminar derecho hacia el altar improvisado fue, para mí, el verdadero milagro de la ceremonia.
Lilya iba tirando pétalos de rosa. Bueno, más bien se los comía y luego tiraba los tallos, pero se veía hermosa con su vestido de encaje.

Cuando llegué frente a Iván, él lloraba. Otra vez. Ese hombre tenía el corazón a flor de piel y ya no le daba vergüenza mostrarlo.
—Te ves… te ves como el sueño de toda mi vida —me susurró cuando le tomé la mano.

El juez nos casó. Luego vinieron los mariachis. Hubo mole poblano, arroz rojo, tortillas hechas a mano por las señoras del pueblo que invité, y tequila. Mucho tequila.
Bailamos “Si nos dejan”. Iván dejó el bastón a un lado y me sostuvo fuerte. Giramos bajo las estrellas, rodeados de la gente que nos quería de verdad: mis clientes de costura, los amigos reales de Iván (los pocos que se quedaron cuando él “perdió” todo), y nuestra extraña y maravillosa familia.

En medio del baile, miré hacia una de las mesas.
Ahí estaba el Dr. Georgiy y el Dr. Ramírez (el que operó a Esteban), brindando con el Licenciado Montemayor.
Mis tres ángeles guardianes.
Me acerqué a ellos.

—Gracias —les dije, con una copa en la mano—. Sin ustedes, nada de esto existiría.

El Licenciado Montemayor, ya un poco alegre por el tequila, me abrazó.
—Natalia, tú hiciste el trabajo duro. Nosotros solo movimos papeles. Por cierto… tengo un regalo de bodas para ti. O más bien, una noticia.

Se puso serio un momento y bajó la voz.
—El juicio de Marina terminó ayer.

Sentí un piquete en el estómago al oír ese nombre.
—¿Y bien?

—Culpable de todo. Fraude fiscal, desfalco, abandono de persona incapaz… Le dieron veinte años. Y como no tiene dinero para pagar la fianza ni los abogados caros (porque Iván le congeló todo), se va directo a Santa Martha Acatitla.

Suspiré. No sentí alegría. No sentí ganas de celebrar su desgracia. Solo sentí paz. Una paz profunda de saber que ya no podía hacernos daño. El karma había llegado, lento pero implacable.

—Que Dios la perdone —dije—, porque yo ya no tengo tiempo para odiarla. Tengo mucho que amar.

Regresé a la pista de baile. Iván me cargó y me dio vueltas hasta que me mareé.
Esa noche, por fin, fui la Sra. Garza. Pero en mi corazón, siempre sería Natalia, la leona que aprendió a rugir.


El Imperio de la Aguja

La felicidad doméstica estaba muy bien, pero yo tenía una espinita clavada. Las palabras de Maxim. “Nunca serás nadie”.
Ya era madre. Ya era esposa. Pero quería ser algo más. Quería ser Natalia la empresaria.

Mi negocio de costura creció. Iván, con su visión de tiburón de los negocios (pero ahora con corazón), me ayudó a estructurarlo.
—No vendas ropa, Nat. Vende historias —me dijo—. Tu ropa tiene alma. Eso es lo que la gente busca.

Fundamos la marca “Lilya & Esteban”.
Empezamos con ropa para niños. Ropa cómoda, resistente, para niños que juegan, que se ensucian, que viven. Nada de trajes rígidos como los que le gustaban a Marina.
Luego, lancé una línea de vestidos de novia sencillos, bordados a mano, inspirados en el mío.

El “boom” llegó cuando una influencer famosa (que resultó ser prima de una de mis clientas del pueblo) usó uno de mis diseños para una portada de revista.
“Diseño mexicano, hecho por manos mágicas”, decía el titular.

De pronto, tenía pedidos de Monterrey, de Guadalajara, hasta de Estados Unidos.
Tuvimos que contratar gente. Habilitamos un taller grande en el pueblo. Le dimos trabajo a veinte mujeres de la zona, muchas de ellas madres solteras como yo lo fui.
Me llenaba de orgullo verlas llegar, dejar a sus hijos en la guardería que Iván construyó junto al taller, y ponerse a trabajar con dignidad, sabiendo que ganarían un sueldo justo.

Yo ya no cosía tanto, ahora diseñaba y dirigía. Pero de vez en cuando, me sentaba en la máquina, solo para no olvidar el sonido del motor y la sensación de la tela bajo mis dedos. Ese sonido era mi música de guerra.

Iván, por su parte, regresó a la construcción, pero cambió el giro. Ya no hacía rascacielos de lujo. Fundó “Cimientos de Esperanza”, una constructora dedicada a hacer vivienda digna y accesible, y clínicas de rehabilitación para niños con discapacidad.
La primera clínica la inauguramos tres años después de la boda. Se llamaba “Clínica Esteban”.
Cuando cortamos el listón, Esteban (que ya tenía ocho años) estaba a nuestro lado, radiante.

—Esto es para que todos los niños puedan correr como yo —dijo al micrófono, con una seguridad que sacó lágrimas a todos los presentes.


El Tiempo Pasa

Pasaron cinco años más.
La vida, como el agua del río, siguió su curso, puliendo las piedras ásperas hasta dejarlas suaves.

Baba Liza nos dejó un invierno. Se fue dormidita, en su cama, con una foto de nosotros cuatro en su buró y oliendo a hierbabuena.
Fue duro. La casa se sintió vacía sin sus regaños en ruso y sus tés milagrosos.
Pero en su funeral no hubo ropa negra. Hubo música de acordeón y vodka, como ella quería.
—¡Salud por la Baba! —brindó Iván, con los ojos rojos—. La abuela que me adoptó sin preguntas.

Heredamos sus íconos y su fuerza. Y supimos que, desde donde estuviera, seguía mandando en la cocina.

Lilya creció sabiendo la verdad. Nunca le mentimos.
A los diez años, era una niña inteligente y curiosa.
Un día, me preguntó por Marina.
—Mamá, ¿mi otra mamá… ella me odiaba?

Estábamos doblando ropa. Me detuve y me senté con ella.
—No, mi amor. Ella no te odiaba. Ella no se amaba a sí misma. Estaba tan vacía por dentro que no tenía nada para darte. No fue tu culpa. Fue su pérdida. Ella se perdió conocer a la niña más maravillosa del mundo.

Lilya asintió, seria. Luego me abrazó.
—Tú eres mi mamá de verdad. Porque tú te quedaste.

—Y me quedaría mil veces, mi vida.


El Final del Cuento (y el principio de la leyenda)

Era la graduación de primaria de Esteban.
El auditorio de la escuela estaba lleno. Iván estaba a mi lado, sosteniendo mi mano, con más canas pero más guapo que nunca. Lilya estaba al otro lado, grabando con el celular.

Llamaron su nombre.
—Esteban Garza Rivas. Mención honorífica en deportes y excelencia académica.

Esteban subió al escenario. Caminaba fuerte, seguro. Sus piernas, aquellas que los médicos dijeron que serían inútiles, lo llevaron hasta el diploma.
Sonrió a la cámara. Nos buscó en el público y alzó el diploma.

En ese momento, vi a alguien en la puerta trasera del auditorio.
Era un hombre que limpiaba el piso, con un uniforme gris de conserje.
Se detuvo a mirar la ceremonia, recargado en su escoba.
Entrecerré los ojos.
Era Maxim.

Había envejecido mal. Estaba calvo, encorvado. Se veía amargado.
Nuestras miradas se cruzaron por un segundo a través de la multitud.
Yo iba vestida con un traje sastre de mi propia marca, rodeada de mi familia exitosa y amorosa. Él estaba ahí, sosteniendo una escoba, mirando al hijo que despreció siendo ovacionado por cientos de personas.

Vi en sus ojos el reconocimiento. Y luego, la vergüenza.
Bajó la mirada, agarró su carrito de limpieza y salió del auditorio, desapareciendo en la sombra de la que nunca debió haber salido.

Iván notó mi distracción.
—¿Qué pasa, amor?

—Nada —sonreí, apretándole la mano—. Solo vi un fantasma. Pero ya se fue.

—¿Estás lista para la fiesta?

—Lista.

Salimos del auditorio al sol brillante del mediodía.
Esteban corrió hacia nosotros y nos abrazamos los cuatro. Una masa compacta de amor, risas y futuro.

—Mamá, papá, ¿vieron? ¡Gané! —gritaba Esteban.
—Vimos, campeón. Vimos.

Miré al cielo azul. Miré a mi esposo, a mis hijos, a mi vida.
Recordé aquella tarde gris en el hospital, con un bebé enfermo en brazos y un esposo gritándome que nunca sería nadie.

Tenía razón, Maxim.
Esa Natalia, la Natalia miedosa y sumisa, dejó de existir ese día.
Pero la mujer que nació de sus cenizas… esa mujer llegó más lejos de lo que él jamás podría soñar.

EPÍLOGO

A veces, la vida te rompe las piernas para que te crezcan alas.
A veces, te quitan el suelo para que aprendas a volar.

Me llamo Natalia. Fui esposa abandonada, madre desesperada, vientre de alquiler y costurera.
Hoy soy dueña de mi destino.
Tengo un esposo que me adora por mis cicatrices, no a pesar de ellas.
Tengo un hijo que corre maratones.
Tengo una hija que tiene el corazón de un rey y la fuerza de una leona.

Y si estás leyendo esto y sientes que el mundo se te cae encima, que no tienes salida, que alguien te dijo que “no vales nada”… escúchame bien:
Nadie tiene el poder de definir quién eres, excepto tú.
El dolor es combustible. Úsalo.
La traición es una maestra. Aprende.
Y el amor… el amor verdadero, ese que se queda cuando el barco se hunde, ese es el único tesoro por el que vale la pena pelear.

Maxim quería riquezas y acabó barriendo suelos.
Marina quería estatus y acabó en una celda.
Yo solo quería salvar a mi hijo… y acabé ganando el mundo entero.

Así que levántate. Sécate las lágrimas. Y sal a demostrarles a todos, pero sobre todo a ti misma, de qué estás hecha.
Porque créeme: el karma tiene memoria, pero el éxito es la mejor venganza.

FIN

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