Canceló su boda con la hija de un millonario un día antes. Nadie se imaginaba que la razón era una de sus sirvientas, y que su decisión cambiaría el destino de cientos de personas para siempre.

Capítulo 1

El sonido de mis botas era una percusión solitaria en la inmensidad de la hacienda. Cada mañana, el ritual era el mismo: el eco hueco de mis pasos sobre los azulejos de Saltillo, fríos como la cripta de una iglesia, era la única fanfarria que anunciaba el inicio de mi día. El sol de Jalisco, aún perezoso, apenas comenzaba a derramar su oro líquido sobre los valles, pero “El Sol de México”, mi feudo, mi imperio de agave azul, ya estaba despierto. A mis treinta y seis años, mi nombre, Coronel Agustín Villaverde, se pronunciaba con una mezcla de envidia y respeto en los salones de Guadalajara y en las cantinas polvorientas de los pueblos cercanos. Decían que era el soltero más codiciado, una frase que me parecía tan vacía y absurda como un título nobiliario comprado. ¿Codiciado por qué? ¿Por mis tierras, que se extendían hasta que el horizonte se rendía, un océano de espadas azules apuntando al cielo? ¿Por mi tequila, “Don Agustín”, cuya fama cruzaba mares? ¿O por esta casona, este palacio de cantera rosa y vigas de cedro que mi abuelo construyó como un monumento a su propia ambición, y que yo habitaba como un fantasma elegante?

Mi fortuna, una bestia insaciable, se alimentaba del sudor de trescientos setenta peones y crecía con cada jima, con cada barril que se embarcaba en el puerto. Había estudiado en Francia, en la Sorbona. Podía debatir sobre filosofía con un embajador, citar a Molière de memoria y distinguir un Borgoña de un Burdeos con los ojos cerrados. Mi sastre era parisino, mis libros llegaban en barco desde Madrid y mis caballos tenían un linaje más antiguo que muchas de las familias que me adulaban. Pero en la quietud de mi despacho, rodeado de mapas de mis tierras y libros de contabilidad que atestiguaban mi éxito, sentía un vacío tan vasto y desolador como el llano en tiempo de sequía. Poseía todo lo que un hombre de mi tiempo podía desear, y sin embargo, el silencio en mi pecho era la única propiedad que verdaderamente sentía mía.

Ese silencio era el enemigo jurado de mi madre, Doña Elena. Viuda desde hacía una década, había hecho del luto su uniforme y de la perpetuación del apellido Villaverde, su única y sagrada misión. Era una matriarca forjada en la vieja escuela, una mujer cuya voluntad era tan inflexible como el acero de Toledo y cuya mirada podía helar el tequila en el vaso. Cada mañana, durante el desayuno, se sentaba a la cabeza de la larga mesa de caoba, recta como un cirio, y lanzaba su ofensiva diaria.

“Agustín”, comenzaba, su voz tan pulcra y afilada como la plata que usábamos, “ayer estuve hablando con Doña Inés, la del Rosario. Su nieta, Carlota, acaba de regresar del convento en la capital. Dicen que es una joven muy fina y devota”.

Yo suspiraba, untando mantequilla en un panecillo con una lentitud deliberada. “Madre, ya hemos hablado de esto”.

“Claro que hemos hablado. Hablamos todos los días, y todos los días te veo más cerca de los cuarenta, sin un heredero que corra por estos pasillos. Esta casa, esta tierra, todo esto”, decía, abarcando con un gesto dramático el comedor, el retrato de mi padre que nos observaba con severidad desde la pared, y el mundo entero más allá de los ventanales, “necesita un futuro. Tu padre no construyó este imperio para que se convirtiera en polvo contigo. El apellido Villaverde no puede, no debe, morir en tu generación”.

Su discurso era una letanía que yo conocía de memoria. Cada palabra, cada inflexión, era una piedra más en la carga de mi deber. “Estoy buscando a la persona correcta, madre”, respondía yo, mi voz sonando cansada hasta para mis propios oídos.

Ella soltaba una risita seca, un sonido sin alegría. “¡Correcta! Agustín, por el amor de Dios, deja de hablar como uno de esos poetas tuberculosos que tanto lees. El amor es un lujo para los pobres, una invención para vender novelas. En nuestro mundo, no se busca lo ‘correcto’, se busca lo ‘adecuado’. Se busca la alianza. El prestigio de una familia no se mantiene con suspiros y sonetos, se consolida con uniones estratégicas. Necesitas una esposa de tu clase, una mujer cuyo linaje sea tan impecable como el nuestro, cuya dote amplíe nuestras fronteras, cuya sangre garantice la continuidad. El matrimonio es el pilar sobre el que descansa nuestra sociedad. No es un capricho, es una responsabilidad”.

Y así, con la lógica implacable de un general planeando una campaña, mi madre arregló mi compromiso. No fue una propuesta romántica a la luz de la luna, fue una reunión en el Club de Banqueros de Guadalajara, un pacto sellado con un apretón de manos entre mi madre y Don Ricardo Montero, un hombre cuya fortuna en la minería y el comercio era legendaria. Un hombre con una sola hija: Beatriz.

Beatriz Montero era, en una palabra, perfecta. Si un escultor hubiera recibido el encargo de crear a la esposa ideal para un hacendado de mi posición, el resultado habría sido ella. A sus veintitrés años, poseía una belleza clásica, serena, casi intimidante. Su piel era de porcelana, su cabello rubio, una rareza en estas tierras, y sus ojos, de un azul pálido que parecía observar el mundo desde una distancia segura. Había sido educada en la capital por monjas belgas, hablaba francés sin acento, tocaba el arpa con una precisión matemática y bordaba manteles con una paciencia que a mí me parecía sobrehumana. Sus conversaciones eran un catálogo de lugares comunes elegantes: el clima, la próxima temporada de ópera, la salud de algún pariente lejano. Todo en ella era mesurado, correcto e impecablemente pulcro. Era, a los ojos de Jalisco y de todo México, la joya más brillante, el broche de oro que aseguraría el futuro de la dinastía Villaverde.

La fiesta de compromiso fue un acto de guerra social, una demostración de poderío que duró tres días y tres noches. La hacienda se vistió de gala. Guirnaldas de flores frescas adornaban cada columna y arco. Los mariachis, traídos desde su cuna en Cocula, no dejaron de tocar. El tequila de mis reservas más antiguas, ese que guardaba bajo llave, corrió como si fuera agua. Los fuegos artificiales, encargados especialmente a los mejores artesanos de Tultepec, pintaron el cielo nocturno con cascadas de luz, ahogando las estrellas. Bailé con Beatriz, sintiendo la rígida estructura de su corsé bajo mi mano, inhalando su perfume de violetas y pensando que estaba abrazando a una hermosa estatua. Le sonreí, le susurré las galanterías que se esperaban de mí y vi cómo las matronas de la sociedad asentían con aprobación desde sus sillas. El evento fue un éxito rotundo. El matrimonio quedaba sellado, la fecha fijada para dentro de seis meses.

En las semanas que siguieron, intenté, con una sinceridad casi desesperada, convencerme a mí mismo de que esto era lo correcto. Me repetía las palabras de mi madre como un catecismo. Beatriz era una buena mujer. Era inteligente, hermosa, de buena cuna. Sería una excelente administradora de la casa, una anfitriona perfecta, una madre digna para mis hijos. El cariño, me aseguraba en la soledad de mi inmensa cama, llegaría con el tiempo, con la costumbre, con la rutina compartida. La pasión, ese arrebato febril del que hablaban los libros, era una ficción, una locura de juventud que un hombre de mi edad y posición ya debía haber superado. Mi vida era un contrato con el deber, y Beatriz era la cláusula más importante.

Pero la mentira pesaba. Cada visita de Beatriz, siempre acompañada por su madre, Doña Isabel —una versión más joven y calculadora de la mía—, era un suplicio de cortesía. Hablábamos de la lista de invitados, de la tela para los vestidos de las damas, del menú para el banquete. Yo asentía, opinaba, sonreía, mientras por dentro gritaba de aburrimiento y de una pavorosa sensación de estar caminando hacia mi propia ejecución. Me escapaba a la biblioteca, mi único santuario, y leía a los románticos, a los poetas malditos, a todos esos hombres que habían preferido la pasión a la prudencia, y sentía una punzada de envidia que era casi un dolor físico.

Fue en medio de esta calma agónica, a tres meses exactos de la fecha de la boda, que llegaron los nuevos trabajadores. La hacienda de los Portillo, en el sur, había caído en bancarrota, y yo había adquirido el resto de su contrato de peonaje, una transacción tan común y desapasionada como comprar una nueva manada de ganado. Eran cincuenta almas, hombres y mujeres, familias enteras atadas a la tierra por deudas impagables de sus antepasados.

Los vi llegar a pie, una caravana de miseria que avanzaba lentamente por el camino polvoriento que conducía a la casona. Yo estaba en la terraza, tomando un café, discutiendo con mi capataz el precio del agave. Se formaron en fila frente a la escalinata principal, una línea de rostros curtidos por el sol, miradas bajas, hombros caídos por el peso de la derrota. Ropa de manta raída, pies descalzos o con huaraches gastados. Eran una mancha de polvo y resignación en el cuidado lienzo de mi propiedad.

Mi capataz, un hombre rudo llamado Ramiro, comenzó a pasar lista, su voz un látigo. Yo observaba la escena con la distancia de un rey mirando a sus súbditos anónimos. Eran herramientas, piezas necesarias para el funcionamiento de la maquinaria. Carmen, la gobernanta, una mujer severa y devota que había servido a mi madre toda su vida, salió para seleccionar a las mujeres que trabajarían en la Casa Grande. Sus ojos, pequeños y agudos, recorrían la fila, evaluando, descartando.

“Esa. Y aquella. Y la joven de allá”, dijo, señalando con su barbilla.

Mi mirada siguió su dedo, sin interés particular. Y entonces, por una fracción de segundo, mis ojos se detuvieron. En medio de la fila, había una mujer joven. No era la más bella, ni la más llamativa. Pero había algo en su postura. Mientras los demás parecían encogidos, ella se mantenía erguida, no con desafío, sino con una especie de dignidad innata, como un árbol solitario que se niega a doblegarse ante el viento. Su rostro, de rasgos finos y piel morena, estaba impasible, pero sus ojos oscuros, cuando se levantaron por un instante y se cruzaron con los míos a través de la distancia, no reflejaban el miedo servil que yo esperaba. Reflejaban una inteligencia quieta, una profundidad insondable.

Fue un momento insignificante, un cruce de miradas que no duró más de un segundo. Aparté la vista de inmediato, volviendo a mi conversación con el capataz. Carmen asignó a la joven, cuyo nombre ni siquiera escuché, a las labores de la cocina y la limpieza. La fila se rompió. El grupo fue conducido hacia las galeras, sus nuevas viviendas. Yo terminé mi café, di mis órdenes y me retiré a mi despacho.

Esa tarde, mientras firmaba documentos y revisaba cuentas, la imagen de esos ojos oscuros volvió a mí, una intrusión inexplicable en el ordenado archivo de mis pensamientos. La sacudí, molesto por la distracción. Era una trabajadora más, una sombra anónima que se movería por los pasillos de mi casa. No tenía nombre, ni historia, ni importancia. Era solo una pieza más en mi tablero. Pero mientras el sol se ponía, tiñendo de rojo las paredes de mi oficina, el silencio de siempre regresó, y por alguna razón, esa noche se sintió más profundo, más pesado, como la calma tensa que precede a una tormenta que cambiará el paisaje para siempre.


Capítulo 2

Los días que siguieron a la llegada de los nuevos trabajadores se deslizaron en la misma monotonía que había llegado a definir mi existencia. Eran como cuentas de un rosario idéntico, desgranándose una tras otra sin variación ni sorpresa. Mis mañanas comenzaban antes del alba, con el sabor amargo del café negro y la soledad del despacho. Luego, el ritual inmutable: montar a “Relámpago”, mi alazán andaluz, y cabalgar por los límites de la hacienda. Era un ejercicio de poder y posesión. Contemplaba los campos de agave, mis ejércitos azules en perfecta formación, escuchaba los informes del capataz, Ramiro, sobre las plagas, la lluvia y el rendimiento de los hombres. Daba órdenes con una voz que había aprendido a hacer sonar más segura de lo que me sentía, y regresaba a la casona justo cuando el sol comenzaba a castigar la tierra.

Las tardes eran un laberinto de números y letras. Me encerraba en el despacho, esa jaula dorada con paredes forradas de caoba y cuero, y me sumergía en libros de contabilidad, correspondencia comercial y los planos de una nueva destilería. Era el trabajo de un rey, pero se sentía como el de un prisionero. Y las noches… las noches eran el peor de los castigos. Cenas en el inmenso comedor, bajo la mirada severa del retrato de mi padre. Mi madre y yo, sentados en los extremos opuestos de una mesa tan larga que nuestras voces parecían viajar kilómetros para encontrarse. La conversación, cuando la había, giraba siempre en torno al mismo eje: la boda.

“Isabel me ha escrito”, decía mi madre, doblando su servilleta con una precisión geométrica. “Está preocupada por el color de los manteles. Quiere que hagan juego con la vajilla de Limoges que traerá como parte de la dote. Le he dicho que no se preocupe, que Carmen se encargará de todo”.

Asentía, moviendo un trozo de carne en mi plato. “Perfecto, madre”.

Las visitas de Beatriz no aliviaban el tedio; lo acentuaban. Llegaba siempre a media tarde, acompañada por Doña Isabel, su madre, una mujer de sonrisa perenne y ojos que calculaban el valor de cada objeto que miraban. Nos sentábamos en el salón principal, ese que se usaba solo para las visitas importantes, y fingíamos una intimidad que no existía. Beatriz me hablaba de su última lectura, una novela francesa que le parecía “un tanto atrevida”, y yo comentaba sobre el clima o la política de la capital. Eran conversaciones que se sentían como un baile ensayado, lleno de pasos correctos pero vacío de toda emoción. Yo le sonreía, le tomaba la mano sintiendo la piel fina y fría a través de sus guantes de encaje, y en mi interior, el silencio se hacía más y más grande, un desierto que amenazaba con devorarme.

Fue en ese páramo de rutina y aburrimiento que comencé a notar a Ximena. No fue un descubrimiento repentino, sino una serie de impresiones sutiles, casi subliminales, que se fueron acumulando en mi conciencia como el polvo fino que se asienta sobre los muebles. Al principio, ni siquiera asocié esas impresiones a una persona en concreto. Eran solo anomalías, pequeños destellos de algo diferente en el gris uniforme de la vida de la hacienda.

El primer destello fueron las flores. Cada mañana, una de las sirvientas tenía la tarea de colocar flores frescas en el gran jarrón de Talavera que presidía el vestíbulo de entrada. Siempre era un arreglo tosco, un manojo de buganvilias o alcatraces metidos a la fuerza en el jarrón. Pero un día, noté que el arreglo era diferente. No era un simple ramo, era una composición. Junto a las dalias cultivadas del jardín, había pequeñas flores silvestres de color añil y unas espigas de hierba alta que le daban una gracia salvaje y asimétrica. Era hermoso. Pensé que quizás Carmen, la gobernanta, había decidido ponerle más esmero. Pero al día siguiente, el milagro se repitió, esta vez con girasoles y unas delicadas campanillas moradas que parecían danzar en el aire. La mano que creaba aquello tenía un instinto, un alma de artista.

Luego, comencé a percibir su movimiento. En una casa donde la servidumbre se movía con la cabeza gacha y los pies arrastrándose en una coreografía de sumisión, había una figura que se desplazaba con una fluidez y una dignidad que llamaban la atención. No caminaba, se deslizaba. Incluso cuando trapeaba los suelos de piedra o cargaba pesados cubos de agua, había una economía de gestos, una ausencia de torpeza que la distinguía. Una tarde, desde el balcón de mi despacho, la vi cruzar el patio principal. Llevaba un rebozo cubriéndole la cabeza para protegerse del sol y caminaba con la espalda recta, su mirada fija en el frente, ajena a las miradas lascivas de algunos jornaleros. Parecía una princesa exiliada, no una sirvienta.

El tercer detalle fue su silencio. Las otras muchachas de la cocina y la limpieza cuchicheaban y reían tontamente cuando creían que nadie las oía. Ella no. Su silencio no era el silencio temeroso de la obediencia, era un silencio de observación, de introspección. A veces, al pasar por el salón, la encontraba desempolvando los muebles y la sorprendía con la mirada fija en uno de los paisajes al óleo que colgaban de las paredes, o en los lomos de los libros de la estantería. No era una mirada vacía; era una mirada inquisitiva, como si estuviera tratando de descifrar un secreto. Se quedaba absorta por un instante, y al notar mi presencia, volvía a su tarea con una rapidez que denotaba que había sido sorprendida en un acto privado, casi prohibido.

Junté las piezas. La de las flores, la que se movía como una bailarina, la que miraba los libros con anhelo. Era la misma persona. La joven del día de la llegada, la de los ojos profundos. Le pregunté su nombre a Carmen. “¿Cuál de ellas, patrón? Hay varias nuevas”. “La que arregla las flores del vestíbulo”, dije, intentando sonar casual. Carmen frunció el ceño. “Ah, esa. Ximena. Es callada, pero trabajadora. Aunque a veces parece que tiene la cabeza en las nubes”. Ximena. Finalmente, la anomalía tenía un nombre.

El nombre se instaló en mi mente. Ximena. Lo repetía para mis adentros. No sabía nada de ella, pero la curiosidad, una emoción que creía atrofiada en mí, comenzó a desperezarse. ¿De dónde venía esa gracia, ese instinto artístico, esa sed silenciosa en sus ojos? Eran cualidades que no encajaban con la ropa de manta y las manos encallecidas.

Y entonces, una mañana, la tormenta que se había estado anunciando en mi interior finalmente estalló. Estaba en mi despacho, como siempre, ahogándome en un mar de papeles. Era un día pesado y húmedo, el aire espeso con la promesa de una lluvia que no acababa de llegar. Tenía la puerta entreabierta, esperando una corriente de aire que no venía. El zumbido de los insectos y los ruidos lejanos de la hacienda eran el telón de fondo de mi frustración. Estaba revisando un contrato particularmente enrevesado, sintiendo cómo el tedio me aplastaba el espíritu. Fue entonces cuando la escuché.

Al principio, fue un murmullo tan suave que pensé que era el viento jugando en las enredaderas del muro. Pero luego, el sonido tomó forma, se convirtió en una melodía. Era una voz de mujer, cantando a capella, en un susurro. No era un fandango alegre ni una canción popular de las que cantaban los peones en las noches de paga. Era algo más antiguo, más profundo. Una melodía melancólica, una pirekua purépecha que contaba una historia de amor y pérdida junto a un lago.

Mi pluma se detuvo a medio trazo. La sangre se heló en mis venas. Esa canción… esa canción la conocía. Era la misma que me cantaba para dormir mi nana, una vieja mujer purépecha que había muerto cuando yo era niño. Hacía décadas que no la escuchaba, pero la melodía estaba grabada en algún rincón olvidado de mi memoria. Era la voz de mi infancia, un eco de la única ternura incondicional que había conocido.

Me levanté de la silla, movido por un impulso que no comprendía. El contrato cayó al suelo, olvidado. Caminé sin hacer ruido hacia la puerta, asomándome al pasillo. La voz venía del gran comedor. Me acerqué, conteniendo la respiración.

Y allí estaba ella. Ximena.

Estaba de rodillas en el suelo, rodeada de un arsenal de paños y cepillos. Estaba puliendo la colección de plata de mi abuela, una tarea tediosa y repetitiva. Cantaba para sí misma, para hacer más llevadera la faena, con los ojos medio cerrados, completamente absorta en su tarea y en su canción. Su voz era increíblemente pura, un hilo de plata líquida que flotaba en el aire denso de la mañana. No tenía la potencia de una cantante de ópera, sino la claridad íntima de un manantial. Cada nota estaba cargada de una saudade, de una nostalgia que me atravesó el alma.

Me quedé allí, oculto en la sombra del umbral, escuchando. Por un instante, dejé de ser el Coronel Villaverde, el patrón, el prometido de Beatriz Montero. Volví a ser Agustín, el niño pequeño que escuchaba historias de príncipes y colibríes en una lengua que no entendía pero que sentía como propia. La canción de Ximena era un puente hacia un pasado que creía perdido, un bálsamo sobre una herida que no sabía que tenía.

No sé cuánto tiempo estuve allí, hipnotizado. Pudo ser un minuto o una eternidad. Pero entonces, algo en mi postura, una sombra, un crujido del suelo, la alertó. La canción murió en sus labios con un corte abrupto. Levantó la vista y me vio.

El terror transformó su rostro. Fue como si una máscara de pánico cayera sobre sus facciones. Se puso de pie de un salto, con una agilidad felina, tropezando con sus propios pies. Una pesada bandeja de plata que estaba puliendo se le escapó de las manos y cayó al suelo de baldosas con un estruendo metálico y ensordecedor que rompió el hechizo. El sonido fue una profanación, un acto de violencia en la quietud sagrada que su voz había creado.

“¡Patrón!”, balbuceó, su rostro perdiendo todo color. Se agachó frenéticamente para recoger la bandeja, sus manos temblando tan violentamente que apenas podía sujetarla. “Perdón, patrón. Yo… yo no lo vi. No debí… No volverá a pasar. Por favor…”.

Su miedo era abyecto, visceral. Me miraba como un ciervo mira al cañón de un rifle. En ese instante, la distancia entre nuestros mundos se me reveló en toda su brutalidad. Para mí, su canto había sido un momento de epifanía. Para ella, había sido una transgresión, un crimen que merecía un castigo. Y yo, por el simple hecho de ser quien era, era el juez y el verdugo. Una oleada de vergüenza me recorrió. Vergüenza de mi poder, de su miedo, del sistema que nos colocaba en extremos tan opuestos.

Mi intención había sido reprenderla, recordarle su lugar. Pero las palabras que salieron de mi boca fueron otras. Mi voz sonó extraña, más suave de lo que pretendía. “La canción”, dije, avanzando hacia ella. “¿De dónde conoces esa canción?”.

Ella se encogió, como esperando un golpe. No levantó la vista del suelo. “Me la enseñó mi abuela, señor”, susurró, su voz un hilo apenas audible. “Ella era de la ribera del lago de Pátzcuaro. Es de su tierra”.

“Michoacán”, dije yo, más para mí que para ella. Me agaché, ignorando la bandeja abollada, y recogí uno de los pequeños paños que se le habían caído. Se lo tendí. “Tienes una voz hermosa, Ximena”.

Ella levantó la cabeza, por fin. Y nuestros ojos se encontraron. En la profundidad de sus pupilas oscuras vi un torbellino de emociones: sorpresa, incredulidad y, debajo de todo, un atisbo de esa misma alma que había escuchado en su canto, un alma herida pero indómita. El mundo pareció detenerse en ese instante.

Estiró la mano para tomar el paño. Sus dedos, callosos por el trabajo pero sorprendentemente largos y finos, rozaron los míos. Fue un contacto eléctrico, fugaz, que duró menos de un segundo, pero que me quemó la piel. Fue el choque de dos universos. El de su mano, que conocía la lejía, la tierra y el esfuerzo. Y el de la mía, que conocía la tinta, las riendas de cuero fino y la piel enguantada de las damas. En ese roce, sentí toda la injusticia del mundo, y al mismo tiempo, una conexión innegable, una corriente de humanidad pura que desafiaba todas las barreras.

Retiró la mano como si se hubiera quemado y bajó la cabeza de nuevo, el velo de la sirvienta volviendo a cubrirla. “Gracias, patrón”, murmuró.

Me di la vuelta y me alejé sin decir una palabra más. Regresé a mi despacho, pero ya no era el mismo lugar. La habitación se sentía más pequeña, las paredes más cercanas, el aire más irrespirable. Miré los contratos sobre mi escritorio, los números, las firmas. Todo me pareció absurdo, insignificante. Había escuchado algo verdadero, algo real, en medio de mi vida de artificios.

El resto del día, no pude concentrarme. La melodía de la pirekua y la sensación del roce de su piel se repetían en mi mente, una y otra vez. Había cruzado un umbral invisible. Por primera vez en mi vida, no había visto a una sirvienta, un objeto, una parte del inventario de la hacienda. Había visto a una mujer. Y en la revelación de su humanidad, había descubierto la profundidad de mi propia soledad. No sabía qué significaba, ni a dónde me llevaría. Solo sabía que algo fundamental había cambiado. El silencio en mi interior ya no estaba vacío. Ahora, estaba lleno del eco de su voz.

Capítulo 3

A partir de aquella mañana en el comedor, el mundo, mi mundo, se partió en dos. Existía el universo diurno, el del Coronel Agustín Villaverde, un autómata que seguía cumpliendo con sus obligaciones: cabalgaba por sus tierras, firmaba documentos, escuchaba los planes de mi madre para la boda y sonreía a Beatriz con una cortesía que se sentía como una máscara de yeso. Pero luego estaba el universo nocturno, un territorio de anhelo y expectación que giraba en torno a una sola persona: Ximena. Se convirtió en una obsesión silenciosa, un fuego secreto que ardía bajo la superficie de mi compostura.

Mi vida, antes un modelo de disciplina y orden, se desvió de su eje. Comencé a alterar mis rutinas, buscando pretextos para estar donde ella pudiera estar. Me encontraba vagando por los corredores de servicio con la excusa de buscar a la gobernanta, solo para vislumbrarla de espaldas, amasando el maíz para las tortillas, su silueta recortada en el vapor de la cocina. Me demoraba en el jardín más de lo necesario, fingiendo examinar las rosas, con la esperanza de que apareciera para regarlas, anhelando ver la concentración en su rostro mientras cuidaba de cada pétalo. Cada avistamiento era un pequeño triunfo, una bocanada de aire en mi existencia sofocante. La hacienda, que siempre había sido para mí un mapa de posesiones y deberes, se transformó en un tablero de ajedrez donde yo movía mis piezas en una estrategia secreta para lograr un simple cruce de miradas.

La pregunta sobre sus conocimientos me atormentaba. ¿Era solo una coincidencia que cantara esas canciones? ¿Era posible que esa inteligencia que yo percibía en sus ojos fuera real, o era solo una proyección de mis propios deseos? Necesitaba saberlo, pero preguntarle directamente era imposible. Sería una transgresión, una intimidad para la que no teníamos permiso. Tenía que encontrar una manera, una prueba.

La oportunidad se presentó una tarde, de la forma más mundana. Un repartidor del pueblo había dejado el periódico de la capital, “El Siglo XIX”, sobre una mesa del vestíbulo. Normalmente, un sirviente lo habría llevado de inmediato a mi despacho. Pero ese día, vi a Ximena limpiando cerca de allí. Una idea, audaz y arriesgada, se apoderó de mí. En lugar de tomar el periódico, pasé de largo y me dirigí a la biblioteca, dejando la puerta entornada. Me senté en mi escritorio, fingiendo leer, pero mis oídos estaban alerta y mis ojos se desviaban constantemente hacia el espejo antiguo que colgaba en la pared y que me daba un reflejo distorsionado pero útil del pasillo.

La vi acercarse. Vio el periódico sobre la mesa. Su deber era ignorarlo o, a lo sumo, llevarlo a la gobernanta. Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Se detuvo. Miró a ambos lados del pasillo, asegurándose de que nadie la observaba. Luego, con una vacilación que me pareció infinitamente conmovedora, se inclinó sobre la mesa. No lo tocó. Solo se inclinó, y vi cómo sus ojos recorrían el gran titular de la primera plana que hablaba de las tensiones políticas entre liberales y conservadores. Vi su labio inferior moverse ligeramente, como si estuviera pronunciando las palabras para sí misma, en un susurro inaudible. Se quedó así por un largo minuto, bebiendo las noticias del mundo exterior, un mundo que le estaba vedado.

Mi corazón latía con fuerza. Era la confirmación. No era una fantasía. Sabía leer. Esa mente que yo había intuido existía de verdad, atrapada detrás de sus ojos silenciosos. En ese momento, mi curiosidad se transformó en una necesidad imperiosa. Tenía que hablar con ella, no como patrón a sirvienta, sino como una mente a otra.

Esa noche, durante la cena, la decisión se solidificó. Mi madre hablaba de los candelabros de plata que debían ser pulidos para el banquete. Beatriz, que cenaba con nosotros, sonreía y asentía. Y yo solo podía pensar en Ximena y en el periódico. La idea de que una mente como la suya estuviera destinada a pasar sus días puliendo plata y fregando suelos me pareció, de repente, una injusticia cósmica, un desperdicio monstruoso.

Cuando la casa finalmente se sumió en el silencio, cuando el último candil se apagó y solo el canto de los grillos rompía la quietud, me dirigí al ala de la servidumbre. No fui yo mismo, por supuesto. Toqué la campanilla que comunicaba con las habitaciones de servicio y esperé. Fue Carmen, la gobernanta, quien acudió, envolviéndose en un chal, su rostro una máscara de sorpresa y desaprobación.

“¿Patrón? ¿Se le ofrece algo a estas horas? ¿Está usted bien?”, preguntó, su tono insinuando que solo una emergencia médica podría justificar tal llamado.

“Estoy perfectamente, Carmen”, dije con una calma forzada. “Necesito un favor. Los libros de los estantes más altos de la biblioteca llevan meses acumulando polvo. Mañana no tendré tiempo. Quiero que se limpien esta noche”.

Carmen parpadeó, confundida. “¿Esta noche, patrón? Las muchachas ya están durmiendo. Puedo decirle a primera hora a…”

“He dicho esta noche, Carmen”, la interrumpí, mi voz adquiriendo un filo de autoridad que rara vez usaba con ella. “Y no quiero a cualquiera. Quiero a Ximena. Es cuidadosa. Tráigala a la biblioteca. Ahora”.

El nombre la golpeó como una bofetada. Su boca se apretó en una línea delgada. La sospecha y el juicio se arremolinaron en sus pequeños ojos negros. Pude ver las preguntas formándose en su mente. ¿Por qué ella? ¿Por qué a estas horas? Era una mujer leal a mi madre y a las convenciones, y mi petición las violaba todas.

“Como usted ordene, patrón”, respondió finalmente, su voz gélida. Pero mientras se daba la vuelta, añadió: “Doña Elena no estará contenta si se entera de que se hace trabajar a las muchachas hasta la madrugada sin una buena razón”. Era una advertencia, una amenaza velada.

“La salud de mis libros es una excelente razón. Y yo soy el patrón de esta casa, Carmen, no mi madre”, repliqué, cerrando la puerta a cualquier otra objeción.

Esperé en la biblioteca, mi santuario. El único sonido era el tictac del gran reloj de péndulo. La luz de la luna entraba a raudales por los ventanales, bañando las hileras de libros en una luz plateada y fantasmal. El aire olía a cuero viejo, a papel y a cera de abeja. Me serví un brandy, pero el licor no logró calmar el nerviosismo que sentía. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a empezar?

La puerta se abrió y Carmen entró, empujando a Ximena por delante. “Aquí está, patrón”, anunció con la solemnidad de un guardia entregando a un prisionero. Dejó una escalera de mano, un cubo y unos paños en el suelo. Luego, en un último acto de desafío, dejó la puerta de la biblioteca abierta de par en par antes de retirarse, su mensaje era claro: no habría secretos bajo su vigilancia.

Ximena se quedó parada en el umbral, sin atreverse a entrar del todo. Llevaba su sencillo vestido de manta de trabajo y un pañuelo cubriéndole el cabello. Su rostro estaba pálido a la luz de la luna. Estaba temblando visiblemente. “Usted dirá, patrón”, dijo en un susurro, sin levantar la vista del suelo.

Mi plan, tan claro en mi mente, de repente me pareció torpe y transparente. “El polvo”, dije, señalando vagamente los estantes más altos. “Empieza por allá”.

Obedeció en silencio. Subió a la escalera con una agilidad sorprendente y comenzó a limpiar, libro por libro, con una delicadeza metódica. Yo me senté en mi sillón de cuero, fingiendo leer, pero la observaba por encima del borde de mi libro. El silencio se estiraba, cargado de tensión. El único sonido era el suave roce de su paño contra el cuero de los libros. Era una tortura.

Finalmente, no pude más. Cerré el libro con un golpe seco que la hizo sobresaltarse.

“Lees, ¿verdad, Ximena?”, solté. La pregunta quedó suspendida en el aire, directa, sin escapatoria.

Ella se congeló en lo alto de la escalera, su mano suspendida en el aire. Se quedó tan quieta que pareció una estatua. Lentamente, bajó la cabeza. No lo negó. El silencio fue su confesión.

“¿Quién te enseñó?”, continué, mi voz más suave ahora.

Bajó de la escalera y se quedó de pie junto a ella, sus manos retorciendo el paño de limpiar. “Mi antiguo patrón, Don Felipe, tenía una gran biblioteca”, respondió, su voz apenas un murmullo. “Su esposa, Doña Clara, era una mujer amable. Ella enseñó a leer a sus hijos, y a mí… a mí me permitía escuchar. A veces, cuando terminaba mi trabajo, me regalaba libros viejos que ya no querían”.

Mi corazón se conmovió ante la imagen: la niña sirvienta, escondida en un rincón, robando conocimiento mientras los niños ricos recibían sus lecciones.

“¿Y qué te gusta leer?”, pregunté, levantándome y acercándome a las estanterías, tratando de hacer el interrogatorio menos formal.

Hubo una larga pausa. Era una pregunta peligrosa. Una sirvienta no debía tener preferencias. Una sirvienta no debía “gustar” de nada. “Poesía, señor”, confesó finalmente, como si admitiera un pecado.

“¿Poesía?”, repetí, genuinamente sorprendido y encantado. “¿Qué poetas?”.

“A… a Sor Juana”, dijo, su voz ganando un poco de confianza. “Entiendo lo que sentía ella… estar encerrada, tener hambre de saber, y que el mundo te diga que no es tu lugar”. La comparación era tan audaz, tan precisa, que me dejó sin aliento. Ella no solo leía; comprendía. Hacía conexiones. “Y también me gusta Manuel Acuña, señor. Aunque es muy triste”.

“Nocturno a Rosario”, murmuré yo. La pasión, la desesperación, el suicidio por un amor imposible. ¿Qué sabría ella de eso? Quizás más que yo.

Mi mirada recorrió los lomos de cuero hasta que se posó en un volumen especial, uno que había traído de mis viajes. Era una edición de los poemas de Lord Byron, en su idioma original. Lo saqué. El libro se sentía pesado y sagrado en mi mano.

“¿Conoces a este?”, le pregunté, mostrándole el título dorado.

Ella se acercó un paso, sus ojos fijos en el libro con una reverencia casi religiosa. “He leído algunos de sus poemas en una traducción que encontré en un periódico viejo, señor. Hablaba de la libertad y de luchar contra los tiranos. Me pareció… muy valiente”.

“Byron era muchas cosas, pero nunca un cobarde”, dije. Una idea aún más audaz que la anterior cruzó mi mente. “Siéntate”.

El pánico regresó a sus ojos. Retrocedió un paso. “¡No, patrón! ¿Cómo cree? Yo no puedo… No es mi lugar. La señora Carmen…”.

“La señora Carmen no está aquí. Y yo insisto”, dije, mi voz no admitía réplica. Señalé la pequeña silla que estaba frente a mi escritorio. “Por favor”.

Dudó un instante, su cuerpo vibrando de miedo y conflicto. Pero la orden directa del patrón era ley. Con una lentitud agónica, se acercó y se sentó en el borde mismo de la silla, con la espalda rígida como una tabla, las manos entrelazadas sobre su regazo, lista para saltar al menor indicio de peligro.

Abrí el libro. El silencio de la biblioteca nos envolvió de nuevo, pero esta vez era un silencio diferente. Era un silencio de anticipación, un silencio compartido. Comencé a leer. Primero en inglés, dejando que la musicalidad y la cadencia de los versos de Byron llenaran la habitación. Luego, me detenía y traducía, no de forma literal, sino tratando de transmitir el fuego, la ironía y la melancolía del poeta.

“She walks in beauty, like the night / Of cloudless climes and starry skies…”, comencé. “Ella camina en la belleza, como la noche / De climas despejados y cielos estrellados…”.

Mientras leía, la observaba. La rigidez de su cuerpo se fue relajando. Su espalda se apoyó en el respaldo de la silla. Sus manos dejaron de retorcerse y descansaron en su regazo. Escuchaba con una concentración total, sus ojos fijos en mi rostro, su boca ligeramente entreabierta. A veces, cerraba los ojos, como si las palabras fueran un vino que necesitaba saborear con todos los sentidos. No era la escucha pasiva de una alumna. Era la escucha activa de un alma que reconoce a otra. En la poesía de un lord inglés muerto, su espíritu encarcelado encontró un eco.

Leí durante casi una hora. Leí sobre el amor, la libertad, la rebelión y la belleza. Cuando finalmente me detuve, el silencio que quedó era profundo y resonante. Ella permanecía inmóvil, con los ojos cerrados. Y entonces, lo vi. Una única lágrima se desprendió de su párpado derecho y rodó lentamente por su mejilla, un diamante líquido a la luz de la luna. No era un llanto de tristeza, sino de emoción abrumadora. Era la lágrima de alguien que ha estado sediento por mucho tiempo y de repente encuentra un manantial.

Abrió los ojos. Me miró directamente, y por primera vez, no vi miedo en su mirada. Vi una gratitud tan inmensa, tan pura, que me sentí humilde.

“Gracias, señor”, susurró, su voz rota por la emoción. “Es el regalo más hermoso que nadie me ha hecho jamás”.

En ese momento, todas las barreras se derrumbaron. Ya no éramos el patrón y la sirvienta. Éramos dos personas unidas por el amor a las palabras, dos soledades que se habían encontrado en la noche.

Aquella fue la primera de muchas noches. Se convirtió en nuestro ritual, nuestro secreto. La excusa de la limpieza fue olvidada. Simplemente, después de que la casa se dormía, yo la hacía llamar. Carmen dejó de protestar, pero su silencio desaprobador era un grito. Los susurros entre la servidumbre debieron haber comenzado, pero no me importó. La biblioteca se convirtió en un universo paralelo, una isla donde las rígidas leyes de nuestro mundo no aplicaban.

Leía para ella cada noche. Y poco a poco, las lecturas dieron paso a las conversaciones. Ya no hablábamos solo de poesía. Hablábamos de historia, de los héroes de la independencia, de las revoluciones en Europa, de las estrellas. Le mostraba mapas y le hablaba de París, de Roma, de Londres. Y ella, a cambio, me hablaba de su mundo: de las leyendas que le contaba su abuela, del lenguaje de las plantas, de la sabiduría silenciosa de la gente del campo. Descubrí que poseía una inteligencia natural asombrosa, una capacidad para entender conceptos complejos con una rapidez que me dejaba maravillado. Tenía opiniones, ideas, preguntas que me desafiaban y me obligaban a pensar.

Dejé de ser su maestro. Me convertí en su alumno. En sus preguntas sencillas, descubría la arrogancia de mi conocimiento. En su perspectiva, encontraba una sabiduría más profunda que la de todos mis libros. Estaba redescubriendo el mundo a través de sus ojos.

Dos meses antes de mi boda, ya no era solo admiración intelectual lo que sentía. El tiempo que pasaba con ella era el único en que me sentía verdaderamente vivo. Esperaba la noche con una ansiedad casi infantil. El sonido de sus pasos en el pasillo hacía que mi corazón se acelerara. Su rara sonrisa era más valiosa para mí que toda la producción de tequila de un año. Me di cuenta, con una claridad aterradora, de que me estaba enamorando. No, ya estaba enamorado. Perdida, irracional y peligrosamente enamorado de la mujer que, según las leyes de Dios y de los hombres, jamás podría ser mía. Nuestro universo secreto en la biblioteca se había convertido en mi único hogar verdadero, y también, en la antesala de mi propia destrucción.

Capítulo 4

Faltaban dos meses para mi boda. Cincuenta y nueve días, para ser exactos. Llevaba la cuenta como un condenado cuenta los días que le quedan para su ejecución. La hacienda, antes un símbolo de mi poder y mi herencia, se había convertido en un campo de batalla. Pero la guerra no se libraba en mis tierras, ni contra los bandoleros que a veces asolaban los caminos, ni contra las sequías que amenazaban mis cosechas. La guerra se libraba dentro de mí. Era una Guerra Florida, como las de los antiguos aztecas: una contienda ritual y constante, sin más objetivo que capturar prisioneros para el sacrificio. Y el prisionero, el que sería sacrificado en el altar de la razón o en el de la pasión, era mi propio corazón.

Mi amor por Ximena había dejado de ser una simple fascinación intelectual, una curiosidad por una mente brillante atrapada en un cuerpo de sirvienta. Se había transformado en algo mucho más elemental y aterrador. Era una necesidad física, un hambre que nada podía saciar. El aire parecía más puro cuando ella estaba cerca. Su aroma, una mezcla de jabón de campo, de maíz y de algo indefiniblemente suyo, se había convertido en mi fragancia preferida, eclipsando los costosos perfumes franceses de Beatriz. Me encontraba buscando su presencia con la desesperación de un adicto, y cada encuentro fortuito en un pasillo, cada roce accidental de nuestras manos al entregarle un libro, era una descarga eléctrica que me dejaba temblando, anhelando más.

El mundo se había reordenado en torno a ella. Los colores parecían más vivos en el jardín que ella cuidaba. La comida, cuando sabía que ella la había preparado, me sabía mejor. Empecé a odiar mi propia vida con una intensidad que me sorprendió. Odiaba las cenas formales, odiaba las conversaciones vacías con los otros hacendados, odiaba la forma en que Beatriz me miraba, con esa confianza serena y propietaria de quien sabe que el premio ya es suyo.

Una tarde, Beatriz vino a la hacienda para mostrarme unas muestras de encaje de Bruselas para el velo de novia. Estábamos en el salón, bajo la atenta mirada de Doña Isabel y mi madre. Beatriz desplegó la delicada tela sobre una mesa, sus dedos pálidos y perfectos acariciando el intrincado diseño.

“¿No es una maravilla, Agustín?”, dijo, sus ojos azules brillando con una emoción genuina y superficial. “Parece tejido con hilos de luna”.

Yo miré el encaje, y luego miré sus manos. Y solo pude pensar en las manos de Ximena, encallecidas por la lejía y la tierra, pero que se movían con tanta gracia y sabiduría. Imaginé las manos de Beatriz en las mías por el resto de mi vida, y sentí un frío glacial, un pavor existencial.

“Es muy hermoso, Beatriz”, mentí, forzando una sonrisa. “Serás la novia más bella que Jalisco haya visto jamás”.

Ella se sonrojó, complacida. Me tomó la mano, su piel suave y fría. “Estoy tan feliz, Agustín. Cuento los días”.

Su tacto me provocó un escalofrío de repulsión que tuve que disimular con todas mis fuerzas. Me sentí un fraude, un actor en una farsa grotesca. Aparté la mano con la excusa de examinar el encaje más de cerca. En ese momento, Ximena entró en el salón para avivar el fuego de la chimenea. Se movió en silencio, como una sombra, manteniendo la vista en el suelo. Pero yo sentí su presencia como un golpe físico. El aire de la habitación cambió, se cargó de electricidad. Seguí cada uno de sus movimientos con el rabillo del ojo mientras fingía admirar la tela. Y cuando ella se fue, una parte de mí se fue con ella, dejando solo un cascarón vacío que asentía y sonreía.

Las noches en la biblioteca eran mi único respiro, mi única verdad. Pero también se habían vuelto un suplicio de contención. El espacio entre nuestras sillas parecía haberse encogido. El aire estaba espeso con lo no dicho. Ya no hablábamos de historia o de mundos lejanos. Hablábamos de poesía, y cada poema era un pretexto para hablar de nosotros. Elegíamos versos que hablaban de amores imposibles, de almas gemelas separadas por el destino, de pasiones que desafiaban al mundo.

Yo para todo el mundo soy un loco,” leía yo en voz alta, citando a un poeta español, “y ella para mí sola es un tesoro”.

Ella me miraba desde su silla, sus ojos oscuros brillando a la luz de las velas, y yo sabía que entendía. Sabía que esas palabras eran mías, dirigidas a ella. Un día, le leí un fragmento del Cantar de los Cantares, que encontré en una vieja biblia familiar. “Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor”. Cuando terminé, el silencio era tan profundo que podíamos oír el latido de nuestros propios corazones.

Luchaba contra el impulso de cruzar la distancia que nos separaba, de tomar su rostro entre mis manos y besarla. Luchaba con cada fibra de mi ser. Me repetía a mí mismo las consecuencias: el escándalo, la ruina, el honor de mi familia, el dolor que le causaría a Beatriz, una mujer inocente en todo esto. Y sobre todo, el peligro para Ximena. Sabía que en una confrontación, la sociedad me juzgaría, pero a ella la destruiría. La culparían, la llamarían seductora, la castigarían de formas que no quería ni imaginar. Mi amor, si se desataba, podía ser su sentencia de muerte. Y ese pensamiento me contenía, me encadenaba.

La situación llegó a su punto de quiebre una noche de tormenta, exactamente un mes antes de la fecha de la boda. El cielo había estado plomizo todo el día y, al anochecer, se desató el diluvio. Relámpagos lívidos rasgaban el cielo, seguidos por truenos que hacían vibrar los cristales de la casona. El viento aullaba como un alma en pena. Era una noche violenta, una noche que reflejaba la tempestad en mi interior.

Como cada noche, la hice llamar a la biblioteca. Llegó empapada, su cabello negro pegado a la frente, con un chal sobre los hombros que no había logrado protegerla del aguacero mientras cruzaba el patio. Le ofrecí un trago de jerez para que entrara en calor, un gesto que cruzaba otra línea invisible, y ella lo aceptó, sus dedos fríos rozando los míos al tomar la copa.

Esa noche, no sabía qué leer. Mi mente era un caos. Mis manos se movían por los estantes hasta que, por un impulso funesto, tomaron un pequeño volumen encuadernado en piel oscura. Era una antología de poetas mexicanos. Lo abrí al azar y mis ojos cayeron sobre el título más trágico y famoso de nuestra literatura: “Nocturno a Rosario”, de Manuel Acuña. El poema de un hombre al borde del suicidio, escrito para la mujer que amaba y que iba a casarse con otro.

Era una elección demencial, una forma de jugar con fuego. Pero me sentía temerario, empujado por la tormenta de afuera y la de adentro.

“¿Conoces este?”, le pregunté, mi voz sonaba ronca.

Ella asintió. “Dicen que es el poema más triste de México”.

“Leámoslo”, dije.

Y comencé a leer. Mi voz se unió al sonido de la lluvia golpeando los ventanales.

¡Pues bien! yo necesito / decirte que te adoro, / decirte que te quiero / con todo el corazón…”.

Cada palabra era un eco de mis propios sentimientos, una confesión velada. Seguí leyendo, mi voz quebrándose a ratos, desgranando la desesperación del poeta, su dolor, su adoración, su renuncia. Ximena escuchaba en silencio, inmóvil, su copa de jerez olvidada en una mesita.

Llegué a los versos finales, los más terribles y hermosos.

…Comprende que yo nunca / podré vivir sin ti”.

Cuando la última palabra murió, el silencio en la habitación fue absoluto, roto solo por la furia de la tormenta. Cerré el libro. No me atrevía a mirarla. Sabía que había ido demasiado lejos. Había puesto mi corazón desnudo sobre la mesa, disfrazado con las palabras de otro hombre.

Finalmente, levanté la vista. Ella me estaba mirando, y sus ojos estaban llenos de un dolor tan profundo, de una comprensión tan completa, que sentí que me ahogaba.

“Ximena”, dije, y mi nombre sonó como el de un extraño. “Necesito decirte algo”.

Mi voz temblaba. Ella no respondió, solo esperó, su rostro una pálida luna en la penumbra.

La batalla dentro de mí terminó. La prudencia fue aniquilada. El deber se hizo cenizas. Solo quedó una verdad, una verdad tan poderosa que exigía ser dicha.

“Te amo”.

Las palabras salieron de mi boca, un susurro ronco, apenas audible por encima de la tormenta. Pero en el silencio de la biblioteca, resonaron como un disparo.

El efecto fue instantáneo y devastador. Ximena se quedó petrificada por un segundo, como si la hubieran apuñalado. Luego, un temblor la recorrió. Se levantó de la silla con tal brusquedad que esta cayó hacia atrás con un golpe seco. El libro que había estado sosteniendo se deslizó de su regazo y cayó al suelo, sus páginas abiertas como las alas de un pájaro herido.

“No”, susurró, retrocediendo, negando con la cabeza. “No puede decir eso, patrón. No tiene derecho”. Su voz era un hilo de pánico. “Usted se casa en un mes. Su prometida está en esta misma casa, durmiendo bajo su techo. Esto es una crueldad”.

“No es crueldad, es la verdad”, dije, levantándome también, dando un paso hacia ella. Quería tocarla, pero temía que se rompiera. “Es la única verdad que me queda. No puedo seguir fingiendo. No puedo respirar si no estás cerca. Pienso en ti a cada instante. Sueño contigo. Amo tu inteligencia, amo tu risa, amo la forma en que ves el mundo. Amo todo de ti”.

Ella siguió retrocediendo hasta que su espalda chocó contra una estantería. Se abrazó a sí misma, como para protegerse de mis palabras. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, lágrimas de rabia y de miedo.

“¿Y qué espera que yo haga con esa verdad?”, siseó, su voz ganando una fuerza inesperada. “¿Qué se supone que signifique para mí? Usted vive en un mundo, y yo en otro. Para usted, estas palabras pueden ser un desahogo, un arrebato romántico. Para mí, son veneno. Es darme alas para luego cortármelas. Es mostrarme un cielo que nunca podré tocar. Usted se casará con la señorita Beatriz, vivirá su vida de rico, tendrá sus hijos. ¿Y yo? Yo seguiré aquí, fregando sus suelos, sirviendo su mesa, viendo a su esposa lucir sus joyas. ¡Decir que me ama no me libera, señor, me encadena más! ¡Hace que mi realidad sea una tortura insoportable!”.

Sus palabras eran puñales, y cada uno daba en el blanco. Tenía razón. Mi confesión era un acto de egoísmo. Pero la desesperación me impedía retroceder.

“Dime que no sientes nada por mí”, le supliqué, mi voz rota. “Mírame a los ojos y dime que estas noches no han significado nada para ti, y te juro que nunca volveré a molestarte”.

Ella giró el rostro, pero no lo suficientemente rápido. Vi la agonía en su expresión, la lucha interna que la desgarraba. “Lo que yo sienta no importa”, dijo con los dientes apretados.

“Para mí, importa más que nada en el mundo”, insistí, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. “Dímelo, Ximena. Por favor. Necesito saberlo”.

La tomé suavemente por los hombros. Su cuerpo estaba tenso como la cuerda de un arco. Por un largo momento, se quedó en silencio, luchando. La tormenta afuera alcanzó su clímax, un trueno hizo vibrar toda la casa. Y entonces, se derrumbó. Su cabeza cayó hacia adelante, su frente apoyada en mi pecho. Un sollozo la sacudió.

“Sí”, confesó en un susurro ahogado contra la tela de mi camisa. “Sí, lo amo. Que Dios me perdone, pero lo amo”. Levantó su rostro bañado en lágrimas, y su mirada era una mezcla de adoración y desesperación. “Lo he amado desde la primera noche que me leyó un poema, desde la primera vez que me miró como si yo fuera una persona y no una sombra. Lo amo con cada parte de mi ser. Pero este amor es imposible, Agustín. Es nuestra sentencia”.

Había pronunciado mi nombre. Agustín. No “patrón”, no “señor”. Mi nombre de pila. El sonido de esa palabra en sus labios fue la revelación final. En ese instante, supe que no había vuelta atrás. Las reglas, las clases, las convenciones, todo se hizo polvo. Ya no era el Coronel Villaverde. Era Agustín. Y ella era Ximena. Y nos amábamos. Era la única verdad que importaba en el universo.

La abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su cabello húmedo que olía a lluvia y a tierra mojada. “Entonces no es imposible”, declaré, mi voz vibrando con una nueva y temeraria determinación. “Si me amas, nada es imposible. No me casaré con Beatriz. Mañana mismo hablaré con ella y con su padre. Cancelaré la boda”.

Ella se separó de mí, mirándome con horror, como si hubiera perdido el juicio. “¡No! ¿Estás loco?”.

“Sí, loco por ti”, dije, tomando su rostro entre mis manos. “Y haré lo que sea necesario. Te daré tu libertad, Ximena. Te compraré tu carta de libertad mañana mismo. Y cuando seas una mujer libre, te pediré delante de todo el mundo que te cases conmigo”.

Mi propuesta, nacida de la pasión y la desesperación, flotó en el aire entre nosotros. Pero en lugar de la alegría que esperaba ver en su rostro, vi un pavor aún mayor.

“No, Agustín, no lo entiendes”, dijo, su voz urgente, tomando mis manos entre las suyas. “El mundo no funciona así. El escándalo te destruiría. Perderías tu posición, tus negocios, el respeto de todos. Tu madre no lo soportaría. Y Don Ricardo… él te arruinaría, te perseguiría hasta el fin del mundo. Y a mí… ¿qué crees que pasaría conmigo?”. Su mirada se volvió intensa, dura. “No sería la pobre sirvienta que se casó por amor. Sería la puta trepadora, la india que embrujó al patrón. Tu libertad no me protegería. El odio de la gente me encontraría dondequiera que fuera. Si de verdad me amas, Agustín, si sientes una mínima parte del amor que yo siento por ti, tienes que hacer lo que debes. Tienes que casarte con la señorita Beatriz. Tienes que proteger tu nombre, tu familia. Y tienes que olvidarte de mí. Será nuestro sacrificio. La única prueba de que nuestro amor, aunque imposible, fue real”.

Se quedó mirándome, sus ojos oscuros suplicando y ordenando al mismo tiempo. Y en su lógica aterradora, en su sacrificio supremo, la amé más que nunca. Y comprendí que estaba atrapado.


Capítulo 5

La súplica desesperada de Ximena, su ruego de que me sacrificara por el bien de ambos, se convirtió en mi carcelero. Sus palabras, nacidas de un amor tan profundo que prefería la aniquilación a mi ruina, se grabaron en mi mente y se repetían en un eco incesante durante las semanas más agónicas y solitarias de mi vida. Cada amanecer me encontraba enredado en las sábanas de mi cama, el cuerpo empapado en un sudor frío, exhausto a pesar de no haber dormido. El sueño se había convertido en un territorio hostil, poblado por pesadillas en las que veía a Ximena siendo arrastrada por caminos polvorientos, su rostro volviéndose hacia mí con una acusación silenciosa. O soñaba con mi boda con Beatriz, un evento lúgubre en el que todos los invitados vestían de negro y el “sí, acepto” salía de mi boca como un estertor de muerte.

El mundo perdió su color y su sabor. La comida se convertía en ceniza en mi boca. El tequila, mi orgullo y mi herencia, me sabía a hiel. Dejé de cabalgar por placer; mis recorridos a caballo se volvieron una huida frenética, un intento inútil de dejar atrás mis propios pensamientos, galopando hasta que el sudor del caballo se mezclaba con el mío y el agotamiento físico me ofrecía un breve momento de vacío mental. Me movía por mi propia casa como un espectro, un autómata ejecutando los movimientos de una vida que ya no sentía como mía. Los preparativos para la boda, que antes eran un murmullo de fondo, ahora eran un estruendo ensordecedor que magnificaba mi miseria. Cada vez que escuchaba a mi madre dar una orden sobre las flores o el banquete, sentía una náusea física. Estaba atrapado en un engranaje que avanzaba inexorablemente hacia el precipicio, y yo era el único que veía el abismo.

La lógica de Ximena me perseguía. Era una lógica impecable, cruel y verdadera. Un escándalo me mancharía, pero yo sobreviviría. Era un hombre, un hacendado, un Villaverde. Mi poder, aunque disminuido, me protegería como un escudo. Pero ella… ella sería una mujer sola, una ex-sirvienta marcada por el oprobio, una presa fácil para la malicia de la sociedad y la lujuria de los hombres. Su argumento no era una súplica, era una estrategia de supervivencia, un sacrificio preventivo para salvarse de un destino peor que la servidumbre. ¿Cómo podía yo, en nombre del amor, arrastrarla a esa destrucción? Me sentía un monstruo egoísta por haberlo siquiera considerado.

Fiel a su palabra, y con una disciplina que me partía el alma, Ximena se volvió invisible. Desapareció de mi vida como si se la hubiera tragado la tierra. Ya no había encuentros en los pasillos. Si por una casualidad remota nuestros caminos se cruzaban, ella giraba sobre sus talones y huía antes de que yo pudiera siquiera encontrar su mirada. Las noches en la biblioteca cesaron por completo. La puerta de aquel santuario permanecía cerrada. Una noche, incapaz de soportarlo más, fui allí solo. La habitación estaba fría y muerta. El olor a cuero y papel, que antes me reconfortaba, ahora me olía a tumba. Me senté en mi sillón y miré la silla vacía frente a mí. La ausencia de Ximena era una presencia física, un vacío que tenía peso y forma. Podía verla allí, con los ojos brillantes, escuchando un poema. La tortura de su ausencia era mil veces peor que la tortura de tenerla cerca y no poder tocarla. Apoyé la cabeza en mis manos y una desesperación sin lágrimas, seca y ardiente, se apoderó de mí.

Mi deterioro no pasó desapercibido. Mi madre, con sus ojos de halcón, notó el cambio. Las ojeras que amorataban mis ojos, la ropa que comenzaba a colgarme del cuerpo, la palidez cerosa de mi piel.

“Agustín, te ves demacrado”, me dijo una mañana durante el desayuno, dejando su taza de chocolate a un lado. “No estás comiendo. Anoche te escuché caminar por tu cuarto hasta el amanecer. ¿Es la presión de la boda? Si es así, puedo encargarme de todo. No tienes que preocuparte por nada”.

“Solo es cansancio, madre. Mucho trabajo”, mentí, removiendo un café que no tenía intención de beber.

“No, no es trabajo”, insistió, su mirada perforándome. “Conozco esa mirada. Es la misma que tenía tu padre cuando sus negocios estaban a punto de colapsar. Es una mirada de tormento. ¿Hay algo que no me estés contando? ¿Algún problema de dinero? ¿Alguna amenaza?”.

Negué con la cabeza. ¿Cómo explicarle que la amenaza no venía de fuera, sino que vivía en mi propio corazón? ¿Cómo decirle que estaba enamorado de una de sus sirvientas y que ese amor me estaba matando? Ella lo interpretaría como una locura, una enfermedad, una traición. Y tenía razón. Lo era. “Solo son nervios, madre. Se me pasará después de la boda”. La ironía de mis palabras me quemó la garganta.

A una semana de la ceremonia, la hacienda se rindió al caos. Era una invasión. Carruajes y volantas llegaban a todas horas, levantando nubes de polvo en el camino de entrada. Los parientes lejanos, los amigos de la familia, los socios comerciales, todos acudían a la cita como polillas a una llama. Las habitaciones de la casona se llenaron de risas, de perfumes, del crujido de vestidos de seda. Se improvisaron alojamientos en las fincas vecinas para los invitados de menor categoría. Los pasillos, antes silenciosos, ahora eran un torbellino de gente. Los mariachis ensayaban día y noche en el quiosco del jardín, sus trompetas y guitarrones creando una banda sonora festiva para mi funeral en vida. La cocina era un infierno de actividad, el olor a chiles asados, a chocolate y a carne en adobo impregnaba el aire.

Yo me sentía como un extranjero en mi propia casa. Me movía entre los grupos de invitados, sonriendo, aceptando felicitaciones, brindando con copas de tequila que apenas rozaba con mis labios. Cada “¡Felicidades, Coronel!” era una puñalada. Cada “¡Qué suerte tienes, Agustín, te llevas a la joya de Jalisco!” era un insulto. Veía a Beatriz, radiante, flotando entre los invitados, su risa como un carillón de plata, y la envidiaba. La envidiaba por su inocencia, por su felicidad ignorante. Ella creía estar en el umbral de una vida perfecta, sin saber que el hombre con el que iba a casarse era un cascarón hueco, un hombre cuyo corazón había sido entregado a otra. La culpa era un veneno lento que me paralizaba.

Tres días antes de la boda, llegaron los Montero. Su llegada no fue una simple visita, fue un desembarco real. Una caravana de tres carruajes, lacados en negro y blasonados con el escudo de armas de la familia, avanzó por la avenida principal de la hacienda. Del primero descendió Don Ricardo, un hombre corpulento y de rostro enrojecido, cuya riqueza se manifestaba en la prepotencia de sus gestos. Del segundo, Beatriz, hermosa como un ángel, seguida por un séquito de primas y sirvientas personales. Y del tercero, como una emperatriz descendiendo de su palanquín, emergió Doña Isabel.

La madre de Beatriz era una mujer temible. Menuda y delgada, siempre vestida con sedas oscuras de corte europeo, pero poseía una presencia que dominaba cualquier estancia. Su rostro, surcado por finas arrugas, era impasible, pero sus ojos, pequeños y negros como cabezas de alfiler, lo veían todo. No miraban, inspeccionaban. No observaban, evaluaban. Y no evaluaban la belleza o el carácter, sino el valor, el poder y la posición. Desde el momento en que puso un pie en mi casa, sentí su mirada recorrerlo todo, tasando mis muebles, juzgando a mi servidumbre, calculando la rentabilidad de la alianza que estaba a punto de sellar.

Su presencia elevó la tensión a un nivel insoportable. Doña Isabel se instaló en la hacienda como una generala en territorio conquistado. Daba órdenes a mi servidumbre, cambiaba la disposición de los muebles a su antojo y supervisaba cada detalle de los preparativos con un ojo crítico que no dejaba pasar el más mínimo error. Carmen, mi gobernanta, que normalmente era la autoridad indiscutible, se veía reducida a una teniente que recibía órdenes con la cabeza gacha.

Al día siguiente de su llegada, durante la cena, ocurrió el incidente que lo cambió todo. La mesa del comedor, extendida a su máxima capacidad, albergaba a más de treinta personas. Era un espectáculo de opulencia: candelabros de plata, vajilla importada, copas de cristal de Bohemia. Ximena era una de las jóvenes sirvientas encargadas de servir el vino. Yo la había evitado con éxito durante días, pero en ese espacio público, era imposible. Sentí su presencia antes de verla. Un sexto sentido, una aguja imantada en mi pecho que apuntaba siempre hacia ella.

Se movía con su gracia silenciosa, rellenando las copas, su rostro una máscara inexpresiva de eficiencia. Cuando llegó a mi lado, contuve la respiración. Sus dedos rozaron la copa al servir el vino, y ese simple gesto, invisible para todos los demás, fue para mí un grito en medio del silencio. Levanté la vista instintivamente y mis ojos se encontraron con los suyos. Fue solo una fracción de segundo. Un instante robado. Pero en esa mirada compartida hubo un universo de dolor, de anhelo y de resignación. Vi en sus ojos el reflejo de mi propia miseria.

Fue un momento imperceptible para el mundo, pero no para Doña Isabel. Sentada frente a mí, al otro lado de la mesa, no se le escapó nada. La vi entrecerrar los ojos, su conversación con el invitado de al lado interrumpiéndose a media frase. Su mirada de reptil saltó de mi rostro al de Ximena, y luego de vuelta a mí. No dijo nada. Simplemente, tomó nota. Una leve e imperceptible inclinación de su cabeza, un minúsculo fruncimiento de sus labios. Había visto la grieta en mi armadura. Había olido la sangre.

A la mañana siguiente, el día antes de la víspera de la boda, me hizo llamar a la biblioteca. No, no me hizo llamar. Simplemente, entró sin tocar, una violación de mi espacio más sagrado. Yo estaba intentando leer, pero las palabras bailaban sin sentido en la página.

“Agustín, querido, un momento a solas, si eres tan amable”, dijo con una voz que era como terciopelo cubriendo una cuchilla.

Cerré el libro. “Doña Isabel. ¿En qué puedo servirla?”.

Se sentó en la silla frente a mi escritorio, la misma silla donde Ximena se había sentado tantas noches. El sacrilegio me revolvió el estómago. Desplegó un abanico de encaje negro y comenzó a moverse con un ritmo lento y deliberado.

“Una hacienda magnífica”, comenzó, su tono casual. “Un patrimonio impresionante. Mi Beatriz será muy feliz aquí. Siempre y cuando el ambiente sea… adecuado”. Hizo una pausa. “Y he notado algo que no me parece adecuado”.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. “¿A qué se refiere?”.

Dejó de abanicarse. Sus ojos se clavaron en los míos. “Anoche, en la cena. Noté a una de tus sirvientas. Esa morena alta y delgada que servía el vino”. Hizo una pausa, esperando a que yo dijera el nombre.

“Ximena”, dije, mi voz sonaba hueca.

“Ah, sí. Ximena”, repitió, saboreando el nombre como si fuera un sabor desagradable. “No me gusta cómo te mira, Agustín. Con una familiaridad insolente. Y, francamente”, se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro sibilante, “no me gusta en absoluto cómo la miras tú. No quiero ese tipo de distracciones en el hogar de mi hija. Una esposa joven es sensible, y no necesita la sombra de una sirvienta bonita rondando a su marido”.

La sangre me subió al rostro, una oleada de furia impotente. “Con todo respeto, señora, creo que está usted imaginando cosas. Ximena es solo una sirvienta, y mi relación con ella es estrictamente la de un patrón”.

Doña Isabel soltó una risita seca, condescendiente. “Querido, he vivido lo suficiente para no imaginar cosas. Y he vivido lo suficiente para saber que estas ‘distracciones’ se deben cortar de raíz antes de que se conviertan en problemas. Antes de que den lugar a chismes. Antes de que produzcan bastardos que luego reclamen un apellido que no les corresponde”.

La crudeza de sus palabras me golpeó como una bofetada.

“Por lo tanto”, continuó, su voz volviéndose fría y ejecutiva, “tengo una pequeña petición. Más bien, una condición para mi tranquilidad y la futura felicidad de mi hija. Quiero que vendas a esa mujer”.

La palabra “vendas” cayó en el silencio de la biblioteca como una piedra en un pozo. No “despide”. No “traslada”. Vende. La palabra que se usaba para el ganado, para los sacos de grano. La palabra que borraba la humanidad y la convertía en mercancía.

“No veo la necesidad de…”, comencé a protestar, pero ella me cortó.

“No te estoy pidiendo tu opinión, Agustín. Te estoy informando de mi decisión. Quiero que la vendas. Y no a una hacienda vecina donde puedas ir a visitarla en tus paseos a caballo. Quiero que la vendas lejos. A las plantaciones de henequén de Yucatán, o a las minas de Zacatecas. Un lugar del que nunca pueda volver. Y lo quiero hecho antes de la boda. Hoy mismo, si es posible”.

El ultimátum quedó suspendido en el aire, brutal y absoluto. Me quedé mirándola, viendo en su rostro impasible la crueldad fría y pragmática de mi clase. Para ella, Ximena no era una persona. Era un objeto defectuoso que había que desechar. Un mueble que desentonaba y que debía ser retirado.

En ese momento, la niebla de mi indecisión se disipó. El conflicto en mi alma cesó. La voz suplicante de Ximena pidiendo sacrificio se apagó, reemplazada por la imagen aterradora de su destino en manos de gente como Doña Isabel. Su lógica de sacrificio era noble, pero suicida. Me había pedido que la salvara de mí mismo, pero no había previsto que tendría que salvarla de otros.

La elección ya no era entre mi felicidad y mi deber. Ya no era entre el amor y el honor. Se había convertido en algo mucho más primitivo y fundamental. Era la elección entre la vida de Ximena y su destrucción. Entre su dignidad y su aniquilación. Doña Isabel, en su arrogancia, me había dado la respuesta. Me había mostrado el verdadero rostro del mundo al que estaba a punto de entregarme por completo. Y yo no podía hacerlo. No podía sacrificar a Ximena en ese altar.

Levanté la vista y la miré, a esta mujer que estaba a punto de convertirse en mi suegra. Una calma helada se apoderó de mí. La calma que precede a las decisiones irrevocables.

Asentí lentamente. “Entiendo”, dije, mi voz desprovista de toda emoción. “Ha sido usted cristalinamente clara”.

Ella sonrió, una sonrisa de triunfo apenas perceptible. Se levantó, alisó su vestido y se dirigió a la puerta. “Excelente. Me alegro de que nos entendamos. Un hombre sensato sabe cuándo una pequeña molestia debe ser eliminada”.

Se fue, dejándome solo en el silencio de la biblioteca. Pero ya no era el silencio de la indecisión. Era el silencio de la certeza. La guerra había terminado. Había perdido muchas batallas, pero ahora sabía, con una claridad absoluta, lo que tenía que hacer para ganar la única que importaba.


Capítulo 6

La puerta de la biblioteca se cerró tras Doña Isabel con un suave clic, un sonido insignificante que selló su victoria y, sin que ella lo supiera, su derrota definitiva. Me quedé de pie en medio de la habitación, inmóvil, escuchando el eco de sus palabras, frías y afiladas como fragmentos de obsidiana. “Véndela lejos”. “Un lugar del que nunca pueda volver”. “Una pequeña molestia que debe ser eliminada”. Cada frase era un latigazo que despertaba en mí una furia glacial, una rabia lúcida y serena que nunca antes había experimentado. La niebla de angustia e indecisión que me había envuelto durante semanas se disipó de golpe, barrida por el viento helado de la certeza.

Ya no había conflicto. La lucha entre el amor y el deber, entre la pasión y la convención, se había resuelto de la manera más brutal. Doña Isabel, en su arrogancia, me había mostrado la verdadera naturaleza del contrato que estaba a punto de firmar. No era solo un matrimonio; era una alianza con un mundo donde las personas podían ser tratadas como objetos, donde la vida de un ser humano podía ser descartada para evitar una “pequeña molestia”. La súplica de Ximena de que me casara con Beatriz para protegerla se reveló en toda su trágica inocencia. Ella creía que el matrimonio me alejaría de ella y la dejaría en paz. Pero la realidad era que mi matrimonio con Beatriz la pondría directamente bajo el poder de Doña Isabel, una mujer que ya la había sentenciado. Casarme con Beatriz no sería el sacrificio de Ximena; sería su entrega.

Me acerqué a la ventana y miré hacia afuera. El sol de la mañana bañaba los campos de agave, haciendo que las hojas parecieran de plata. La hacienda funcionaba con su ritmo habitual: los jornaleros se movían por los surcos, el humo salía de las chimeneas de la cocina, los niños jugaban en el polvo cerca de las galeras. Un mundo ordenado, jerárquico, donde cada uno conocía su lugar. Un mundo construido sobre cimientos de injusticia que yo, hasta ahora, había aceptado sin cuestionar. Pero la amenaza a Ximena había resquebrajado esos cimientos. Ya no podía ser el rey benévolo de un reino injusto. Tenía que destruirlo.

Esa noche, el sueño no me fue esquivo; lo rechacé. No podía permitirme el lujo de la inconsciencia. La noche era para planear, para afilar mis armas. Mientras la hacienda dormía, ajena a la revolución que estaba a punto de estallar, yo me paseaba por mi despacho como un general antes de la batalla decisiva. Repasé mi vida, mis decisiones, el camino que me había llevado a este punto. Pensé en mi padre, un hombre duro y pragmático que me habría llamado loco. Pensé en mi madre, cuyo amor por mí estaba intrínsecamente ligado a su orgullo por nuestro apellido y nuestra posición. Su decepción sería inmensa, un abismo entre nosotros. Pensé en Don Ricardo Montero, un hombre cuyo poder residía en su capacidad para intimidar y destruir. Su venganza sería terrible y sistemática.

Y pensé en Beatriz. En su belleza serena, en su bondad convencional, en su ignorancia de las corrientes oscuras que se movían bajo la superficie de nuestras vidas. Ella era una víctima en todo esto, una pieza en el juego de su familia. Cancelar la boda en la víspera sería una humillación pública de una magnitud catastrófica para una mujer de su clase. La marcaría, la convertiría en objeto de lástima y burla. La culpa me atenazó, pero fue una culpa clara y definida, no la niebla paralizante de antes. El dolor que le causaría a Beatriz era un daño agudo y visible, pero era un daño que el tiempo y otro matrimonio ventajoso podrían reparar. El daño que mi inacción le causaría a Ximena era la aniquilación, un mal irreparable y absoluto. Entre dos males, la elección era dolorosa, pero evidente.

Finalmente, pensé en Ximena. En su inteligencia atrapada, en su dignidad silenciosa, en su amor sacrificial. Me había pedido que la olvidara para salvarme a mí. Pero el verdadero amor no era obedecer su ruego de mártir. El verdadero amor era protegerla, incluso de sí misma. Era honrar su valía como ser humano, una valía que ella misma, condicionada por una vida de servidumbre, no se atrevía a reclamar. La única forma de salvarla no era vendiéndola lejos, ni manteniéndola como mi amante secreta a merced de los caprichos de mi futura suegra. La única forma de salvarla era elevándola, poniéndola a mi lado, dándole mi nombre y el escudo de mi protección. Era una solución radical, una declaración de guerra contra mi mundo entero, pero era la única honorable.

A las tres de la mañana, la hora de los fantasmas y las decisiones irrevocables, mi plan estaba trazado. Cada paso, cada consecuencia, estaba asumida. Salí de mi despacho y me dirigí a los aposentos de mi madre. La puerta de roble macizo parecía la entrada a un confesionario. Toqué, no con la urgencia de la otra noche, sino con una serie de golpes firmes y deliberados que hablaban de una determinación inquebrantable.

La puerta se abrió y mi madre apareció, su rostro demacrado por el sueño interrumpido, una vela en la mano proyectando sombras danzantes sobre sus facciones. “Agustín, ¿qué ocurre ahora? ¿No puedes dormir?”.

“Madre, necesito hablar contigo”, dije, mi voz tranquila pero cargada de una gravedad que la hizo retroceder y darme paso.

Entré en la habitación, el santuario de su viudez, lleno de reliquias del pasado y del retrato de mi padre. Ella se sentó en el borde de su cama, envolviéndose en un pesado chal de lana. La luz de la vela era la única iluminación.

“No voy a casarme con Beatriz”, dije sin preámbulos. Las palabras cayeron en el silencio de la habitación, desprovistas de la angustia de mi confesión anterior. Ahora eran una declaración de hechos.

Mi madre me miró, y su rostro pasó de la somnolencia a la incredulidad, y de ahí a una ira fría. “Ya hemos tenido esta conversación, Agustín. Creí que habías entrado en razón. La boda es pasado mañana. Los invitados están aquí. ¿Te has vuelto completamente loco?”.

“Quizás por primera vez en mi vida estoy completamente cuerdo”, repliqué, mi calma desarmándola. “No puedo casarme con ella, madre. No la amo. Y lo que es más importante, no puedo formar parte de su familia”.

“¿Qué ha pasado? ¿Discutiste con Don Ricardo? ¿Te ofendió Doña Isabel? Lo que sea, se puede arreglar. Estas alianzas son delicadas…”.

“Doña Isabel me ha pedido que venda a Ximena”, la interrumpí.

Mi madre parpadeó. El nombre de la sirvienta en medio de esa conversación sobre alianzas sonó discordante. “¿Que la vendas? ¿Y por qué querría ella tal cosa?”.

“Porque no le gusta cómo nos miramos. Porque me ha dicho que es una ‘molestia que debe ser eliminada’ para asegurar la felicidad de su hija”.

Una comprensión lenta y horrorizada amaneció en los ojos de mi madre. Empezó a ver las piezas del rompecabezas. “¿Y qué le has dicho tú?”, preguntó en un susurro.

“Le he dicho que entendía. Y lo entiendo, madre. Entiendo perfectamente la clase de mundo en el que vivimos. Un mundo que tú me enseñaste a navegar. Pero no puedo. No puedo sacrificar a una persona inocente por conveniencia. No puedo entregar a esa mujer a un destino de miseria para asegurar mi propia comodidad”.

Mi madre se levantó. Su rostro era una máscara de tragedia. “Agustín, por el amor de Dios. Es una sirvienta. Hay cientos como ella. Tu deber es con tu familia, con tu nombre, con la mujer con la que te comprometiste”.

“Mi deber es ser un hombre decente. Y un hombre decente no envía a la mujer que ama a la esclavitud en las minas de Zacatecas”. La confesión final, la palabra “ama”, salió sin esfuerzo. Ya no había nada que ocultar.

El silencio que siguió fue absoluto. Mi madre me miró como si nunca me hubiera visto antes. Y entonces, se derrumbó sobre la cama, no con la ira de la otra vez, sino con un sollozo ahogado de derrota. “Vas a destruirnos”, gimió, su rostro entre las manos. “Vas a convertir el nombre de Villaverde en sinónimo de escándalo y locura”.

Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos frías. “Madre, no quiero destruirte. Te amo. Pero tampoco puedo vivir una mentira que me pudriría el alma. Si me caso con Beatriz, me convertiré en un hombre amargado y cruel. Y esa amargura nos envenenaría a todos. ¿Es esa la vida que quieres para mí? ¿Es ese el legado que quieres dejar?”.

Ella levantó su rostro bañado en lágrimas. “¿Y qué piensas hacer? ¿Cuál es tu plan demencial?”.

“Mañana, al amanecer, solicitaré una reunión con los Montero. Les comunicaré mi decisión. Seré honesto. Asumiré toda la culpa y ofreceré una compensación económica tan generosa que les sea imposible rechazarla, para mitigar el escándalo. Y después, madre, después le daré a Ximena su libertad y le pediré que se case conmigo”.

“Te repudiarán. Te escupirán. Perderás todo lo que tu padre y tu abuelo construyeron”, susurró, su voz rota.

“No, madre. No perderé lo más importante. No me perderé a mí mismo”. Me levanté. “Sé que te estoy pidiendo algo imposible. Pero te pido que intentes comprender. Y si no puedes, te pido que al menos recuerdes que soy tu hijo, y que estoy haciendo lo que creo, ante Dios, que es lo correcto”.

Salí de su habitación, dejándola con su dolor. No sentí triunfo, solo el peso sombrío de la necesidad.

Al primer rayo de sol, envié un recado a los aposentos de los Montero. Solicité una reunión privada y urgente con Don Ricardo, Doña Isabel y Beatriz en mi despacho. Debieron pensar que se trataba de algún regalo de última hora, algún detalle de la ceremonia. Entraron los tres, Don Ricardo con aire de suficiencia, Doña Isabel con su sonrisa gélida, y Beatriz, hermosa y tímida.

Les pedí que tomaran asiento. Permanecí de pie, detrás de mi escritorio, que se sentía como el banquillo de un juez.

“Don Ricardo, Doña Isabel, Beatriz”, comencé, mi voz firme y clara, resonando en el silencio de la mañana. “Les he pedido que vengan porque tengo algo de suma importancia que comunicarles. Después de una larga y dolorosa reflexión, he llegado a la conclusión de que no puedo seguir adelante con esta boda. El matrimonio, por lo tanto, queda cancelado”.

El efecto fue como arrojar una piedra en un estanque helado. Don Ricardo se quedó con la boca abierta, su rostro congestionándose de sangre. Doña Isabel se puso rígida, su abanico deteniéndose a medio movimiento. Beatriz dejó escapar un pequeño jadeo y su mano voló a su pecho.

“¿Es usted un payaso, Villaverde? ¿O un demente?”, rugió Don Ricardo, poniéndose de pie de un salto. “¡Esto es un insulto! ¡Una afrenta a mi familia, a mi nombre!”.

“No es ninguna broma, se lo aseguro”, dije con calma. “Y es un insulto, lo reconozco. Un insulto por el cual estoy dispuesto a pagar. Pero es mejor un insulto ahora que una vida de engaño después”.

Beatriz, que se había quedado pálida como la cera, levantó la vista. Sus ojos azules, por primera vez, no tenían esa expresión serena, sino que estaban llenos de una dolorosa confusión. “¿Por qué, Agustín?”, susurró. “¿Hay otra persona?”.

Era la pregunta clave. No podía mentir. No más. “Sí, Beatriz. La hay”.

“¿Quién?”, preguntó ella, su voz apenas un hilo.

La miré directamente, con toda la honestidad y el pesar de que era capaz. “Es Ximena, una de las sirvientas de esta casa. La amo. Y tengo la intención de casarme con ella”.

Si mi primera declaración había sido una piedra, esta fue una bomba. Don Ricardo explotó en una furia apoplética. “¡Una sirvienta! ¡Una india! ¡Cancela su compromiso con mi hija, con Beatriz Montero de Santa Rita, por una pelada! ¡Usted no está loco, está enfermo! ¡Es una deshonra para su clase, para su sangre! ¡Juro por Dios que lo voy a arruinar! ¡Haré que su nombre sea borrado de todos los libros! ¡Haré que los perros le ladren por la calle!”.

Doña Isabel, por primera vez, parecía haber perdido la compostura. Estaba lívida, su boca abierta en una mueca de horror e incredulidad.

En medio de la tormenta de gritos de su padre, Beatriz se levantó. Su movimiento fue tan digno, tan lleno de una autoridad inesperada, que Don Ricardo se calló.

“Padre, por favor”, dijo con una voz sorprendentemente firme. “Déjame hablar con Agustín. A solas”.

Don Ricardo la miró, luego a mí, y con un bufido de desprecio, salió del despacho dando un portazo que hizo temblar los libros en los estantes. Doña Isabel lo siguió, lanzándome una mirada que prometía el infierno.

Beatriz y yo nos quedamos solos en el despacho. Ella caminó hacia la ventana, dándome la espalda.

“Siempre lo supe, ¿sabes?”, dijo en voz baja, mirando hacia el jardín. “En el fondo de mi corazón, siempre supe que no me amabas. Había un muro de cristal entre nosotros. Podía verte, pero no podía tocarte. Esperaba que con el tiempo, con el matrimonio, el muro se derritiera”. Se giró para mirarme, y en sus ojos no vi odio, sino una profunda y devastadora tristeza. “¿De verdad la amas tanto?”.

“La amo de una forma que no creía que existiera”, confesé.

Ella asintió lentamente. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla perfecta. “Entonces, de una manera extraña, te lo agradezco, Agustín. Gracias por no construir mi vida sobre una mentira. Me has humillado, sí. Pero también me has liberado. Prefiero la vergüenza de una boda cancelada a la miseria de un matrimonio sin amor”.

Se acercó a mí, su dignidad intacta. “Vete con ella. Sé feliz, si es que este mundo te lo permite. Pero tenlo claro: mi padre no perdona. El precio de tu amor será tu mundo entero”.

Extendió su mano, no para una despedida de amante, sino como una reina concediendo una última audiencia. Besé su mano con un respeto que nunca antes había sentido por ella. “Adiós, Beatriz. Mereces a alguien que te ame por completo”.

“Adiós, Agustín”, respondió. Y salió del despacho, con la cabeza alta, dejando atrás las ruinas de nuestro futuro y el comienzo de mi guerra.


Capítulo 7

El portazo de Don Ricardo fue la primera clarinada de la guerra, el estallido que anunció el fin de un mundo y el comienzo de otro. La salida digna y melancólica de Beatriz fue el último vestigio de orden antes de que el caos, como una inundación largamente contenida, rompiera todos los diques y arrasara la hacienda. Lo que siguió no fue una simple partida; fue una evacuación furiosa, una retirada de campo de batalla llena de improperios y amenazas.

Don Ricardo, con el rostro de un púrpura apoplético, parecía un toro de lidia buscando a quién embestir. Sus gritos resonaban por toda la casona, una letanía de insultos dirigidos a mí, a mi apellido y a la memoria de mi padre. “¡Traidor!”, “¡Miserable!”, “¡Bastardo sin honor!”. Ordenó a sus sirvientes que empacaran sus pertenencias con una prisa frenética, como si el aire de mi casa se hubiera vuelto tóxico. Los baúles que habían sido subidos con tanto cuidado eran ahora arrojados por las escaleras. Un jarrón de la dinastía Ming, parte de la dote anticipada, fue hecho añicos contra el suelo del vestíbulo por uno de sus lacayos, un acto de vandalismo deliberado que no me molesté en detener.

Doña Isabel, habiéndose recuperado de su shock inicial, se transformó en una furia helada. No gritaba. Su arma era el desprecio sibilante. Mientras supervisaba la caótica retirada, se movía por los salones, lanzando sentencias como si fueran dardos envenenados. “Esta casa está maldita”, la oí decir a un grupo de primas horrorizadas. “El linaje de los Villaverde se ha podrido desde la raíz”. A mi madre, que había salido de sus aposentos, atraída por el escándalo, y que ahora se encontraba paralizada por la vergüenza en lo alto de la escalera, le espetó: “¡Has criado a un monstruo, Elena! Un loco que prefiere la suciedad del petate a la seda de un lecho decente. ¡Disfruta de tu nuera la sirvienta!”.

Beatriz fue la única que mantuvo una compostura regia en medio del pandemonio. Con el rostro pálido pero la cabeza alta, se movía entre el caos dando órdenes a sus doncellas con una voz queda y firme. No me dirigió la palabra ni una sola vez, pero antes de subir a su carruaje, su mirada se cruzó con la mía a través del patio. Fue una mirada larga, insondable, llena de una tristeza que trascendía la humillación. Era la mirada de alguien que ve un futuro que pudo ser y que ahora se ha convertido en cenizas. Sentí una punzada de profundo pesar por ella, pero no de arrepentimiento por mi decisión.

La partida de los Montero fue el éxodo que inició todos los demás. La noticia, sazonada con los detalles más escandalosos y venenosos por la propia Doña Isabel, se extendió entre los invitados como una plaga. Los carruajes que habían llegado con tanta fanfarria ahora se agolpaban en la salida, sus ocupantes ansiosos por abandonar la escena del desastre. Las sonrisas y felicitaciones de los días anteriores se transformaron en miradas de reojo, en susurros horrorizados, en un ostracismo inmediato y brutal. Pasé de ser el anfitrión admirado a ser el leproso del que todos huían.

Vi a viejos amigos de mi padre, hombres que me habían visto crecer, evitar mi mirada y apresurar el paso para no tener que hablar conmigo. Vi a las matronas de la sociedad hacer la señal de la cruz a mi paso, como si mi sola presencia fuera una blasfemia. Nadie me preguntó mi versión. Nadie intentó comprender. El veredicto había sido dictado y la sentencia era el exilio social. En menos de tres horas, la hacienda, que había sido un hervidero de actividad, quedó sumida en un silencio antinatural, un silencio de campo de batalla después de la masacre, lleno de los fantasmas de la fiesta que nunca sería.

En medio de ese silencio sepulcral, mi madre permanecía en lo alto de la escalera, una estatua de dolor y vergüenza. Cuando el último carruaje de invitados desapareció en una nube de polvo, bajó lentamente los escalones. Su rostro era una máscara de mármol, sus ojos estaban secos pero llenos de una desolación infinita.

“¿Estás satisfecho, Agustín?”, dijo, su voz desprovista de emoción. “Has convertido nuestro hogar en un circo y nuestro apellido en un chiste. Tu padre se revolvería en su tumba”.

“Hice lo que tenía que hacer, madre”, respondí con calma.

“¿Y ahora qué?”, preguntó, su mirada perdida en el vestíbulo desierto, donde los restos del jarrón roto aún yacían en el suelo. “¿Qué sigue en tu gran plan de autodestrucción?”.

“Ahora”, dije, mi voz resonando con una determinación que la sorprendió, “hago lo que debí haber hecho desde el principio”.

Sin decir una palabra más, la dejé allí, en medio de las ruinas de su mundo, y salí de la casona. El sol de la media mañana era implacable. Ordené que me ensillaran el caballo. No el elegante “Relámpago”, sino un robusto caballo de trabajo. No me puse mi traje de hacendado, sino ropa sencilla de faena. Cabalgué hacia el pueblo, sintiendo las miradas curiosas de mis propios trabajadores, que ya debían estar al tanto del cataclismo que había ocurrido en la Casa Grande.

El notario del pueblo, un hombrecillo calvo y nervioso llamado Don Evaristo, casi se cae de su silla cuando entré en su polvorienta oficina. Estaba acostumbrado a tratar con mi capataz o mis administradores, no conmigo en persona.

“¡Coronel Villaverde! ¡Qué honor! ¿A qué debo…?”.

“Don Evaristo”, lo interrumpí, “vengo a tramitar una carta de manumisión”.

El notario palideció. Las manumisiones no eran algo común. Requerían impuestos elevados y un papeleo que la mayoría de los hacendados consideraba una molestia innecesaria.

“¿Una… una carta de manumisión, Coronel? ¿Para quién, si se puede saber?”.

“Para una de mis sirvientas. Su nombre es Ximena. Ximena…”, me detuve. Me di cuenta, con una punzada de vergüenza, de que no conocía su apellido. Nunca me había molestado en saberlo. “Solo Ximena. Trabaja en la Casa Grande”.

Don Evaristo me miró con una mezcla de sorpresa y sospecha. La noticia de mi ruptura con los Montero aún no habría llegado al pueblo, pero mi petición era, en sí misma, un evento inusual que seguramente alimentaría los chismes.

“Por supuesto, Coronel. Necesitaré algunos datos, la edad aproximada, su lugar de origen si se conoce, y por supuesto, el pago del impuesto de liberación, que como usted sabe, el gobierno ha elevado considerablemente…”.

“Haga lo que tenga que hacer”, dije, sacando una pesada bolsa de monedas de oro de mi cinturón y dejándola sobre el escritorio con un golpe sordo. “Quiero el documento hoy mismo. Y quiero que sea incondicional. Libertad total y absoluta. Sin condiciones de servicio futuro”.

La vista del oro aceleró milagrosamente la burocracia. Don Evaristo se movió con una celeridad que nunca le había visto, desempolvando libros de registro, preparando sellos y redactando el documento con su pluma temblorosa. Mientras esperaba, miré por la ventana hacia la plaza del pueblo. Vi el mundo que estaba desafiando: la iglesia, el ayuntamiento, las tiendas, la gente moviéndose en sus roles asignados, un universo de reglas no escritas que yo estaba a punto de hacer estallar. No sentí miedo, solo una impaciencia feroz por empezar.

Con el documento oficial en mi chaqueta, un trozo de papel sellado que valía más que cualquier escritura de propiedad, regresé a la hacienda. El sol estaba en su cénit. El aire vibraba de calor. No fui a la casona. Me dirigí directamente a la parte trasera, al área de las cocinas y los lavaderos, el dominio de la servidumbre.

La encontré allí, en la lavandería, un cobertizo húmedo y caluroso donde el olor a lejía y a ropa mojada era abrumador. Estaba de pie frente a una gran tina de madera, sus brazos hundidos hasta los codos en el agua jabonosa, fregando unas sábanas con una energía brutal, casi violenta. Su rostro estaba congestionado por el esfuerzo y el vapor. No me vio llegar.

Las otras mujeres que trabajaban allí sí lo hicieron. Al verme entrar en su dominio, un lugar que el patrón nunca pisaba, se quedaron paralizadas, enmudeciendo de golpe. Su silencio repentino alertó a Ximena. Se giró, secándose el sudor de la frente con el dorso del brazo, y me vio.

Su rostro se transformó. La sorpresa dio paso al pánico, y luego a una profunda vergüenza al verse sorprendida en medio de esa tarea tan humilde. Las otras sirvientas, incluyendo a Carmen, la gobernanta, que había aparecido como por arte de magia, nos miraban con los ojos desorbitados, conteniendo la respiración.

“Ximena”, dije, mi voz sonando extrañamente alta en el silencio húmedo. “Ven conmigo. Tengo que hablar contigo”.

Ella no se movió. Estaba clavada al suelo, sus ojos fijos en mí, llenos de miedo y confusión. Sabía que algo terrible había pasado. Probablemente pensaba que mi visita era el preludio de un castigo, de su venta, de la materialización de todos sus miedos.

“¡He dicho que vengas conmigo!”, repetí, mi voz más dura de lo que pretendía, fruto de mi propia tensión.

Lentamente, se secó las manos en su delantal y salió de detrás de la tina. Caminó hacia mí con la cabeza gacha, como una prisionera caminando hacia el patíbulo. La tomé del brazo, un gesto posesivo y público que provocó un jadeo colectivo entre las espectadoras. Ignorándolas, la conduje fuera de la lavandería, a través del patio de servicio y hacia el jardín principal de la casona.

La llevé al rosal que ella misma había plantado, el único rincón de la hacienda que sentía verdaderamente vivo. La solté y ella se quedó allí, temblando, sin atreverse a mirarme.

“He roto mi compromiso con Beatriz”, le dije sin rodeos.

Levantó la cabeza de golpe, sus ojos desorbitados por el horror. “¿Qué? No… ¿Por qué? ¡Te dije que no lo hicieras! ¡Te rogué que no lo hicieras!”.

“Tenía que hacerlo. Su familia exigió que te vendiera. Lejos. A un lugar del que nunca pudieras volver”.

La noticia la golpeó como una bofetada. Su rostro palideció. La idea de que su destino había sido negociado, de que su vida pendía de un hilo tan frágil, la dejó sin palabras.

“Pero eso no volverá a pasar”, continué, sacando el documento de mi chaqueta. “Nunca más. Porque a partir de este momento, nadie puede venderte. Nadie puede darte órdenes. Nadie es tu dueño”.

Le tendí el papel. Lo tomó con manos temblorosas, aún húmedas por el agua de la tina. Sus ojos recorrieron las palabras caligrafiadas, el sello oficial, la firma del notario. Lo leyó una, dos, tres veces, como si el lenguaje le fuera ajeno, como si no pudiera procesar el significado de lo que decía: “Por la presente, se declara a la mujer conocida como Ximena… libre de toda servidumbre, obligación o deuda… una ciudadana libre de esta República…”.

El papel se arrugó en su mano. Sus rodillas parecieron fallarle y se habría derrumbado si no la hubiera sujetado. Levantó su rostro hacia mí, y estaba descompuesto por una emoción tan violenta que me asustó. Era una mezcla de incredulidad, de alivio y de un miedo aún más profundo.

“¿Por qué?”, susurró, su voz rota. “Has destruido tu vida. El escándalo… Don Ricardo… Tu madre…”.

“Porque una vida sin ti ya estaba destruida”, respondí, tomando su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme. “Porque te amo. Y porque el amor no es esconderse ni sacrificarse en silencio. El amor es luchar. Es construir. Es declarar ante el mundo que la persona que amas es digna de honor y respeto”.

La acerqué a mí. Podía sentir el latido frenético de su corazón contra mi pecho. “Ximena”, dije, mi voz ahora un susurro lleno de toda la convicción de mi alma. “Esto no es suficiente. No quiero solo que seas libre. Quiero que seas mi esposa. Cásate conmigo. No como el patrón que se casa con la sirvienta liberada. Cásate conmigo como un hombre libre que le pide a la mujer libre que ama que construya un mundo nuevo con él, aquí mismo, sobre las ruinas del viejo”.

Ella levantó la vista, sus ojos oscuros, profundos como pozos, llenos de lágrimas que finalmente comenzaron a desbordarse. Lágrimas no de miedo ni de tristeza, sino de una emoción tan abrumadora que no tenía nombre.

“Estás loco, Agustín Villaverde”, sollozó, una risa rota escapando de sus labios. “Estás completa, absoluta y hermosamente loco”.

“¿Eso es un sí?”, pregunté, mi corazón deteniéndose, esperando su veredicto.

Ella no respondió con palabras. Se puso de puntillas y unió sus labios con los míos. Fue nuestro primer beso. No fue un beso tierno ni romántico. Fue un beso desesperado, salado por las lágrimas, un beso de náufragos que finalmente encuentran tierra firme. Fue el beso que selló nuestro destino y declaró nuestra propia guerra al mundo.

Nos casamos una semana después, en la vieja y humilde capilla de la hacienda. No hubo invitados, ni banquetes, ni música. Solo estábamos nosotros, el anciano padre del pueblo, que aceptó oficiar la ceremonia después de que le hice una “donación” a su iglesia que le aseguró su jubilación, y dos testigos mudos: un viejo vaquero y su esposa, la cocinera, las únicas dos almas en toda la hacienda que nos miraban con genuino afecto en lugar de miedo o desprecio.

Mi madre se negó a asistir. Observó la ceremonia desde la ventana de su habitación, una figura solitaria vestida de luto, añadiendo otra capa de dolor a su colección.

Cuando el padre pronunció las palabras y deslicé un sencillo anillo de oro en el dedo de Ximena, un dedo aún marcado por el trabajo, supe que había firmado mi sentencia a ojos del mundo. Pero al mirar su rostro, iluminado por una sonrisa tímida y radiante, también supe que acababa de salvar mi alma.


Capítulo 8

Nuestro matrimonio no fue una celebración, fue una declaración de intenciones. La pequeña capilla de la hacienda, con sus santos de madera agrietados y su olor a cera vieja e incienso, se convirtió en la fortaleza desde la cual lanzamos nuestro desafío al mundo. No hubo luna de miel, no hubo viaje a la capital ni a Europa. Nuestro viaje fue hacia adentro, hacia la construcción de una vida juntos en el ojo del huracán que nosotros mismos habíamos desatado. Las consecuencias, tal como Beatriz había advertido con su triste sabiduría, no tardaron en llegar. Y fueron brutales.

Don Ricardo Montero, fiel a su palabra, desató sobre mí una guerra de desgaste. No fue una guerra de pistolas y espadas, sino una de susurros en los lugares correctos, de puertas que se cerraban y de créditos que se negaban. Era un enemigo mucho más peligroso que un bandolero, porque su campo de batalla era el mismo en el que yo había construido mi poder: el mundo de las finanzas, las influencias y la reputación.

El primer golpe fue comercial. Los compradores de Guadalajara y de la Ciudad de México, hombres con los que mi familia había hecho negocios durante generaciones, comenzaron a cancelar sus contratos de compra de mi tequila y mi agave. Al principio, daban excusas vagas: una caída inesperada en la demanda, problemas con el transporte, una repentina falta de liquidez. Pero pronto, el mensaje se volvió explícito. Un viejo socio de mi padre me lo dijo sin rodeos en una carta: “Agustín, lo siento, pero no puedo arriesgar mi relación con Don Ricardo. Su influencia en los bancos es demasiado grande. Entiéndelo, son negocios”. Mi tequila, antes codiciado, ahora se acumulaba en las bodegas. Mis campos de agave, listos para la jima, corrían el riesgo de pudrirse sin un comprador.

El segundo golpe fue financiero. Fui al Banco de Avío, del cual era accionista, para solicitar un crédito que me permitiera sortear la crisis. El director del banco, un hombre que me había adulado en innumerables cenas, me recibió con una frialdad glacial. Mi solicitud fue denegada. “El consejo considera que su situación personal, Coronel, ha creado un clima de inestabilidad que lo convierte en un prestatario de alto riesgo”, me dijo, sin poder sostenerme la mirada. Sabía que Don Ricardo se sentaba en el consejo de ese banco y de casi todos los demás. Me habían cortado las arterias financieras.

El tercer golpe, y quizás el más doloroso, fue el social. El ostracismo fue total y absoluto. Nos convertimos en apestados. Las invitaciones cesaron por completo. Si íbamos al pueblo, la gente se apartaba a nuestro paso como si tuviéramos la plaga. Los hombres que antes se quitaban el sombrero a mi paso, ahora escupían al suelo cuando yo pasaba. Las mujeres cuchicheaban detrás de sus abanicos, sus miradas llenas de una mezcla de desprecio y curiosidad morbosa. Nos convertimos en una leyenda local, en una historia de advertencia para los niños díscolos. “El Coronel Loco”, me llamaban. Y a Ximena… a ella le reservaron los peores epítetos. “La India Trepadora”, “La Bruja”, “La Calientapiernas”. Vi el dolor que estos insultos le causaban, la forma en que se encogía cuando salíamos, y sentí una rabia impotente.

Los primeros años fueron una prueba de fuego. La opulencia de la hacienda se desvaneció. Tuvimos que reducir drásticamente los gastos. Despedí a la mitad de la servidumbre de la casona. El oro y la plata de la familia comenzaron a venderse, pieza por pieza, para pagar los salarios de los peones que aún dependían de nosotros. Las cenas en el gran comedor se volvieron frugales. Yo trabajaba día y noche, buscando desesperadamente nuevas rutas comerciales, nuevos mercados, cualquier cosa que nos mantuviera a flote.

Pero mientras el mundo exterior se desmoronaba, nuestro mundo interior florecía de una manera que nunca habría creído posible. En medio del asedio, encontramos una felicidad profunda y genuina. La casona, antes un mausoleo de silencio y formalidad, se llenó de vida. Ximena, mi esposa, mi coronela, se negó a ser la señora ociosa que la sociedad esperaba. Se arremangaba y trabajaba codo a codo conmigo y con la servidumbre que nos quedaba. Su risa, ahora libre y sin miedo, resonaba en los pasillos vacíos. Su canto volvía a escucharse mientras cocinaba o cuidaba de su jardín, ya no como un susurro secreto, sino como una afirmación de alegría.

Las noches en la biblioteca continuaron, pero ya no eran un escape, eran el centro de nuestro universo. Le enseñé latín y filosofía; ella me enseñó el nombre de las estrellas y el lenguaje de la tierra. Descubrimos que nuestras mentes y nuestras almas encajaban como dos piezas de una cerradura perfecta. Ella me desafiaba, me cuestionaba, me hacía reír. Con ella, yo no era el Coronel, era simplemente Agustín. Y con ella, aprendí que la verdadera riqueza no estaba en las arcas ni en las tierras, sino en compartir una mirada de comprensión al final de un día difícil.

Mi madre fue el territorio más difícil de conquistar. Durante los primeros seis meses de nuestro matrimonio, vivió en un exilio autoimpuesto dentro de la misma casa. Comía sola en sus aposentos. Se negaba a dirigirle la palabra a Ximena, refiriéndose a ella, si era necesario, como “esa mujer”. Su dolor era un muro de hielo entre nosotros. Yo respeté su duelo, pero me mantuve firme. Ximena era mi esposa, la señora de la casa, y exigía que se le tratara con respeto, aunque fuera un respeto frío y distante.

El deshielo ocurrió una tarde, de forma inesperada. Mi madre sufría de unas migrañas terribles que a veces la postraban en cama durante días. El médico del pueblo le recetaba láudano, que la dejaba aturdida pero no aliviaba el dolor. Ese día, mi madre estaba sufriendo uno de sus peores ataques. Yo estaba desesperado. Fue entonces cuando Ximena, que había observado en silencio, se acercó a mí. “Yo puedo ayudarla”, dijo en voz baja.

Con una mezcla de escepticismo y desesperación, la dejé pasar a la habitación de mi madre. Ximena entró con una bandeja que contenía un té humeante y unas compresas de hierbas. Mi madre, en su cama, la miró con hostilidad. “¡Fuera de aquí! ¡No quiero nada de ti!”.

Ximena no se inmutó. Se acercó a la cama con una calma serena. “Por favor, Doña Elena”, dijo con una voz suave pero firme. “Permítame intentarlo. Es un remedio que me enseñó mi abuela. No tiene nada que perder”.

Quizás fue la autoridad tranquila en su voz, o el insoportable dolor, pero mi madre, para mi asombro, cedió. Dejó que Ximena le aplicara las compresas frías en la frente y le ayudó a beber el té de hierbas amargas. Se sentó a su lado, en silencio, cambiándole las compresas, sin decir una palabra. Yo observaba desde la puerta, sin atreverme a respirar. Después de una hora, la tensión en el rostro de mi madre comenzó a relajarse. La respiración se le hizo más profunda. Por primera vez en días, el dolor parecía estar remitiendo. Finalmente, se quedó dormida, un sueño pacífico y sin la pesadez del opio.

Esa noche, mi madre bajó a cenar. Se sentó a la mesa, su rostro aún pálido, pero sus ojos habían perdido parte de su dureza. Durante la cena, por primera vez, se dirigió directamente a Ximena. “¿Qué hierbas tenía ese té?”, preguntó. Ximena le explicó con sencillez: valeriana, tila, pasiflora. Hablaron de remedios caseros, de las propiedades de las plantas. Fue una conversación tentativa, frágil, pero fue un comienzo. La sabiduría ancestral de Ximena había logrado lo que mi amor no había podido: abrir una grieta en el muro de hielo de mi madre.

Un año después de ese día, Ximena me dio el regalo más grande. Después de un parto largo y difícil, dio a luz a una niña sana y hermosa, con mi cabello oscuro y sus ojos profundos y sabios. La llevé a los aposentos de mi madre. “Madre, quiero presentarte a tu nieta”, dije. Mi madre, que había envejecido diez años en los últimos dos, se acercó a la cuna. Miró a la bebé y las lágrimas que había contenido por tanto tiempo finalmente brotaron. Eran lágrimas de dolor, de pérdida, pero también de un amor nuevo e inesperado. “¿Cómo se llama?”, susurró. “Elena”, respondimos al unísono Ximena y yo. “Se llama Elena, como su abuela”. En ese momento, la paz, una paz verdadera y duradera, se instaló en nuestra casa.

Los años pasaron. Nuestro hogar se llenó con las risas de Elena y, dos años después, de nuestro hijo, Gabriel. La situación financiera, lentamente, comenzó a cambiar. Mi insistencia dio frutos. Encontré un comerciante estadounidense en el puerto de Manzanillo, un hombre pragmático al que no le importaban los escándalos de la alta sociedad jalisciense, sino la calidad de mi tequila. Comenzamos a exportar directamente a Estados Unidos, abriendo un mercado nuevo y mucho más lucrativo. La hacienda, poco a poco, recuperó su prosperidad, pero era una prosperidad diferente, construida sobre nuevas bases.

La mayor transformación, sin embargo, no fue económica, sino humana. Influenciado por Ximena, que nunca olvidó su pasado, comencé a ver la injusticia del sistema de peonaje que yo había heredado y perpetuado. Ella me hablaba de las deudas impagables que ataban a las familias por generaciones, de la falta de esperanza, de la humanidad de esas personas que yo siempre había visto como parte del inventario.

Comencé a hacer cambios. Instauré un sistema de salarios justos. Cancelé las deudas hereditarias de todas las familias. Construí una pequeña clínica y una escuela en los terrenos de la hacienda. Y un día, años antes de que el gobierno de Juárez lo convirtiera en ley, reuní a todos mis trabajadores y quemé los libros de deudas en una gran hoguera en el patio principal. “A partir de hoy”, declaré, “nadie en esta hacienda es un peón. Son trabajadores libres. Libres de quedarse, con un salario justo, o libres de marcharse y buscar su propio destino”. La mayoría se quedó. La lealtad y la productividad se dispararon. La hacienda “El Sol de México” se convirtió en un experimento, en una isla de progreso en un mar de feudalismo.

Ximena fue el alma de esa transformación. Se convirtió en la maestra de la escuela, enseñando a leer y a escribir a niños y adultos por igual, usando los libros de mi biblioteca, esos mismos libros que habían sido el puente entre nosotros. Vio en cada niño un potencial que debía ser nutrido, una mente que merecía ser liberada.

Vivimos juntos cuarenta y tres años. Una vida entera. El mundo a nuestro alrededor cambió. Don Ricardo Montero murió de un ataque de apoplejía, su imperio carcomido por las disputas entre sus herederos. Beatriz, según supimos, se casó con un diplomático extranjero y se mudó a Europa, donde encontró una felicidad tranquila y distante. Mi madre vivió lo suficiente para ver a sus nietos crecer, y murió en paz, sosteniendo la mano de Ximena.

Yo morí a los setenta y nueve años, en mi propia cama, con Ximena a mi lado. Ella me siguió seis meses después, como si su corazón, simplemente, hubiera decidido que su viaje en este mundo sin mí carecía de sentido. Nos enterraron juntos, bajo el gran árbol de pirul en el pequeño cementerio de la hacienda, nuestras tumbas marcadas por una simple cruz de cantera con nuestros nombres y una sola frase grabada: “Donde el mundo vio un escándalo, nosotros encontramos el amor”.

Nuestro legado no fueron las tierras ni el dinero, que nuestros hijos, Elena la maestra y Gabriel el médico rural, administraron con justicia. Nuestro legado fue la historia. La historia del Coronel Loco que tiró un imperio por la borda por amor a una sirvienta. Una historia que se contaba en las noches alrededor del fuego.

La escuela que Ximena fundó sigue en pie. En el vestíbulo, hay un retrato al óleo que nos pintaron en nuestra vejez. Yo estoy sentado, y ella está de pie detrás de mí, su mano en mi hombro. Ambos miramos al frente, con una sonrisa serena en los labios. Bajo el retrato, una placa de bronce reproduce un fragmento de una carta que le escribí a un amigo en mis últimos años: “A menudo me preguntan si me arrepiento. Si me arrepiento de la fortuna que perdí, de los amigos que me abandonaron, del mundo que me dio la espalda. Mi respuesta es siempre la misma: el único arrepentimiento verdadero es el de una vida no vivida. Yo tuve el coraje de vivir la mía. Amé de verdad, construí algo que importaba y fui feliz hasta el último de mis días. ¿Cómo podría un hombre arrepentirse de eso?”.

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