
CAPÍTULO 1: SUEÑOS DE ASFALTO Y LA RUTA HACIA EL CIELO
El despertador sonó a las 4:30 de la madrugada, un chirrido agudo que rompió el silencio denso de la pequeña habitación en Ecatepec. Marcos Rivas no necesitó apagarlo dos veces; ya estaba despierto desde hacía diez minutos, mirando las grietas en el techo de lámina y concreto, trazando con la vista las cicatrices de una casa que había resistido temblores, devaluaciones y tormentas.
Hacía frío, ese frío húmedo y calahueso típico de la periferia del Estado de México antes de que salga el sol. Marcos se levantó con cuidado para no despertar a su madre, Doña Carmen, que dormía en la habitación contigua. El suelo de cemento pulido estaba helado bajo sus pies descalzos.
Mientras el agua se calentaba en la estufa —porque el boiler llevaba meses descompuesto—, Marcos preparó un café soluble. El aroma amargo llenó la cocina. Se sentó a la mesa cubierta con un hule de flores desgastadas y miró su reflejo en la ventana oscura. Veintiséis años. Un título universitario de la UNAM que guardaba como un tesoro en un folder de plástico, y una ambición que le quemaba el pecho más que el café caliente.
Hoy era el día. La entrevista en Corporativo Villalobos & Asociados.
Para la gente de su barrio, Santa Fe no era solo una zona de la ciudad; era otro planeta. Era “El Olimpo Chilango”, un lugar de rascacielos espejados donde la gente no se preocupaba por si les alcanzaba para la quincena, sino por dónde pasarían sus vacaciones en Europa. Marcos había conseguido esa entrevista por puro milagro, o mejor dicho, por pura terquedad. Cientos de correos, llamadas insistentes y un promedio de 9.8 que obligó a Recursos Humanos a mirar su currículum dos veces, a pesar de que su dirección postal gritaba “riesgo” para los prejuiciosos de traje.
Se bañó a jicarazos, midiendo el agua caliente como si fuera oro líquido. Al salir, vio el traje colgado en el marco de la puerta. Un traje azul marino. No era Hugo Boss, ni Armani. Era un “George” que había encontrado en el tianguis de la San Felipe un domingo por la mañana. Le había costado trescientos pesos. Su madre había pasado tres noches enteras descosiendo y volviendo a coser, ajustando la sisa, subiendo el dobladillo, planchando con trapo húmedo hasta que la tela brillara lo menos posible y pareciera, si uno no se fijaba mucho, un traje de sastre.
—Te ves como un licenciado de verdad, mijo —le había dicho ella la noche anterior, con los ojos vidriosos, mientras le entregaba las mancuernillas de plata de su abuelo.
Marcos se vistió con ritualidad casi religiosa. La camisa blanca, almidonada hasta quedar rígida. El nudo de la corbata, Windsor simple, perfecto. Se colocó las mancuernillas. Eran pesadas, viejas, con las iniciales “JR” (José Rivas) grabadas a mano. Su abuelo había sido albañil, pero esas mancuernillas eran su orgullo, compradas con su primer aguinaldo hace cincuenta años. “Para que nunca se te olvide que venimos de abajo, pero miramos pa’ arriba”, solía decir el viejo.
Salió de casa a las 5:15 AM. La calle estaba oscura, iluminada solo por la luz amarillenta y moribunda de una lámpara lejana. El aire olía a carbón, a tierra mojada y a masa de maíz de la tortillería que ya estaba prendiendo máquinas.
Caminó hacia la avenida principal. Sus zapatos, lustrados hasta parecer espejos negros, resonaban en la banqueta rota. Tac, tac, tac. Cada paso era una afirmación. Voy a salir de aquí. Voy a sacar a mi jefa de aquí.
En la parada, la “combi” llegó rugiendo, con la música de banda a todo volumen a pesar de la hora. El chofer, un tipo con gorra y mirada cansada, frenó en seco.
—¡Súbale, súbale, todavía hay lugar! —gritó el “cacharpo”.
No había lugar, por supuesto. Marcos se tuvo que ir de “mosquita”, colgado de la puerta, cuidando con la vida que su saco no rozara la lámina sucia o la grasa de la puerta corrediza. A su lado, una señora cargaba una canasta de tacos de canasta; al otro, un estudiante de prepa dormitaba con la boca abierta. Ese era su mundo: el México que se levanta antes que el sol para mover al país.
El trayecto hacia el paradero de Indios Verdes fue una odisea de frenones, baches y claxonazos. Marcos miraba por la ventanilla empañada cómo la ciudad gris iba despertando. Sentía las miradas de los otros pasajeros. Unos veían su traje con respeto, otros con sospecha. “¿A quién habrá matado o a quién va a defender?”, parecían pensar. En el barrio, el traje es uniforme de problemas o de autoridad, rara vez de éxito empresarial.
Al llegar al Metro, la marea humana lo engulló. El transbordo fue una lucha cuerpo a cuerpo. Permiso, con permiso. Protegía su portafolio contra el pecho como un escudo. Adentro iban sus sueños impresos en papel bond. No podía permitir que se arrugaran.
Se bajó en la estación Auditorio casi una hora y media después. El aire aquí era diferente. Menos smog, más perfume caro y gasolina de alto octanaje. Tomó el camión “Ecobús” hacia Santa Fe. Mientras subía por la carretera, viendo cómo las barrancas pobres llenas de casas de colores daban paso a los muros de contención verdes y, finalmente, a los gigantes de cristal y acero, Marcos sintió ese nudo en el estómago que mezclaba miedo y adrenalina.
El “Síndrome del Impostor” le susurraba al oído: No perteneces aquí. Mira tus zapatos, son de suela de goma pintada. Mira tu piel, morena como la tierra de Chalco. Ellos son blancos, altos, hablan inglés sin acento. Tú aprendiste inglés escuchando canciones y leyendo manuales técnicos.
—Cállate —se dijo a sí mismo en voz baja, apretando la mandíbula—. Yo me lo gané.
Bajó del autobús frente al centro comercial, a unas cuadras del Corporativo Villalobos. Eran las 8:15 AM. Tenía tiempo de sobra. La entrevista era a las 9:00. Todo iba perfecto.
Caminó por la acera amplia y limpia, admirando los jardines perfectamente podados. Se sentía invencible. Sacó su celular para revisar el mensaje de su madre: “Ya prendí la veladora de San Juditas. Échale ganas, mi amor.”
Sonrió. Iba a lograrlo. Iba a entrar ahí, iba a destrozar esa entrevista con su conocimiento sobre mercados emergentes y análisis de riesgo, y les iba a obligar a contratarlo.
Pero entonces, el cielo sobre Santa Fe, que ya estaba encapotado, decidió que la prueba de Marcos Rivas no iba a ser intelectual, sino espiritual.
Un trueno retumbó, no como un sonido lejano, sino como una explosión justo encima de su cabeza. El viento cambió de golpe, volviéndose gélido y violento. Los árboles decorativos se doblaron. Y antes de que Marcos pudiera buscar refugio, el cielo se abrió.
No fue una lluvia gradual. Fue una cortina de agua densa, fría y furiosa. Una tormenta atípica, de esas que colapsan la ciudad en minutos. El “Diluvio de San Isidro” adelantado.
—¡No, no, no! —gritó Marcos, corriendo hacia el toldo de una cafetería Starbucks.
Pero el viento era traicionero; la lluvia caía en diagonal, azotando su cara, mojando las mangas de su saco. Se pegó contra el cristal de la cafetería, viendo a la gente adentro, seca, con sus cafés de cien pesos, mirando la tormenta como un espectáculo curioso. Para él, no era un espectáculo. Era un desastre.
Revisó la hora. 8:25 AM. Faltaban 35 minutos y estaba a cuatro cuadras largas del edificio. El agua en la calle subía rápido, convirtiendo el asfalto en un río turbio. Tenía que tomar una decisión: esperar y llegar tarde, o correr y llegar mojado.
Ninguna opción era buena. En el mundo de las altas finanzas, la imagen es la primera moneda de cambio. Llegar tarde era imperdonable; llegar hecho una sopa era ridículo.
—Piensa, Marcos, piensa —se dijo, limpiándose las gotas de los ojos.
Vio un taxi libre a lo lejos. Era su salvación.
CAPÍTULO 2: LA ENCRUCIJADA DEL DESTINO
El taxi amarillo con blanco avanzaba lento por el carril central, con la luz de “LIBRE” encendida como un faro de esperanza en medio del naufragio urbano. Marcos no lo pensó. Se lanzó a la banqueta, ignorando los charcos que ya le cubrían los tobillos, y agitó la mano con desesperación.
—¡Taxi! ¡Aquí! —gritó, su voz perdiéndose en el estruendo de la lluvia.
El taxista lo vio. Puso las direccionales y comenzó a orillarse. Marcos sintió un alivio inmenso, casi doloroso. Gracias, Dios mío. Dio dos pasos hacia la calle, listo para subir.
Pero la Ciudad de México es una jungla de concreto donde la ley del más fuerte —o el más rápido— impera. Justo cuando el taxi se detuvo, un hombre alto, rubio, enfundado en una gabardina color camello impecable, salió de la nada (o quizás de la salida de valet parking de un restaurante cercano). Con una arrogancia que solo da el dinero y la costumbre de que el mundo se aparte, el hombre se cruzó frente a Marcos, abrió la puerta trasera del taxi y se metió.
—¡Oiga! —bramó Marcos, golpeando la ventana—. ¡Yo lo paré! ¡Tengo una entrevista!
El hombre ni siquiera volteó. Le dijo algo al chofer, el taxi arrancó levantando una ola de agua sucia que bañó a Marcos de la cintura para abajo.
Marcos se quedó petrificado. El agua fría se filtraba por sus pantalones, empapando sus calcetines, enfriando su piel y calentando su sangre con una rabia pura, visceral. Quiso gritar, quiso patear un poste, quiso llorar de pura impotencia.
—Maldita sea… maldita sea mi suerte —susurró, con los puños cerrados tan fuerte que las uñas se le clavaban en las palmas.
Miró su reloj. 8:38 AM.
El pánico comenzó a arañarle la garganta.
No había más taxis. Las aplicaciones de transporte (Uber, Didi) marcaban “No disponible” o precios de 500 pesos que ni siquiera tenía en la tarjeta de débito, y con tiempos de espera de 20 minutos.
Solo le quedaba una opción: sus piernas.
El Corporativo Villalobos estaba a unas cuadras cuesta arriba. Si corría, si corría como nunca había corrido, podía llegar a las 8:50. Tendría diez minutos para secarse en el baño, peinarse y rezar para que el aire acondicionado lo secara.
Se ajustó el portafolio bajo el saco, protegiéndolo con su propia vida.
—¡Corre, Marcos! —se ordenó.
Y corrió. Corrió con la furia del que no tiene red de seguridad. Sus zapatos resbalaban en el pavimento mojado. El viento le azotaba la cara. Sentía el traje pesando cada vez más, la lana barata absorbiendo el agua como una esponja. Pero no paró.
Una cuadra. Dos cuadras.
Ya veía el edificio. La “Torre V”, majestuosa, impune a la tormenta, brillando con sus luces doradas en el lobby. Estaba ahí. Era real. Su futuro estaba a menos de trescientos metros.
Fue entonces cuando el destino le puso la trampa final.
En una calle lateral, justo antes de llegar a la avenida principal del corporativo, había un auto detenido. No era cualquier auto. Era un Mercedes Benz S-Class negro, blindado, una bestia de ingeniería alemana que costaba más de lo que Marcos ganaría en veinte años.
El auto estaba inclinado de forma grotesca. La llanta trasera derecha estaba destrozada, desgarrada, probablemente por algún bache traicionero oculto bajo el agua.
Y junto a la llanta, había un hombre.
Un anciano.
Tenía el cabello completamente blanco, pegado al cráneo por la lluvia. Vestía un traje gris Oxford que seguramente era seda italiana, ahora arruinado. Estaba agachado, luchando con la llave de cruz. Se le veía tembloroso, frágil. Intentaba aflojar los birlos, pero sus fuerzas no le daban. El paraguas que intentaba sostener se le voló con una ráfaga de viento, rodando calle abajo.
El anciano se quedó ahí, bajo el aguacero, empapado, mirando la llanta con una expresión de desolación absoluta. Se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad, y se apoyó en la cajuela del auto.
Marcos bajó el ritmo.
Su cerebro, en modo de supervivencia, le gritó: ¡No te detengas! ¡No es tu problema! ¡Ese viejo tiene dinero, seguro ya llamó a su seguro, o a su chofer! ¡Tú tienes la entrevista en 15 minutos! ¡Sigue!
Marcos pasó de largo unos metros. Sus pies querían seguir hacia la torre. Sus ojos estaban fijos en la entrada dorada del edificio.
Pero su corazón… su maldito corazón educado por Doña Carmen y su abuelo José, se detuvo.
La imagen del anciano, solo, temblando, agarrándose el pecho, se le quedó grabada en la retina en esa fracción de segundo.
Recordó las palabras de su abuelo, una tarde que encontraron a un perro atropellado en la carretera: “Marquitos, en la vida hay dos tipos de hombres. Los que miran y siguen, y los que se paran y ayudan. El dinero te hace rico, pero solo ayudar te hace hombre.”
Marcos se detuvo en seco, patinando sobre el agua. Cerró los ojos y soltó un gruñido de frustración, mirando al cielo gris.
—¿Por qué? ¿Por qué hoy? —le reclamó a Dios, al universo, a quien fuera que estuviera escribiendo este guion cruel.
Miró su reloj. 8:45 AM.
Si se detenía, adiós entrevista. Adiós sueño. Adiós a sacar a su mamá de Ecatepec.
Pero si seguía, y a ese viejo le daba un infarto ahí mismo… ¿con qué cara se miraría al espejo mañana?
—¡Carajo! —gritó Marcos, dando media vuelta.
Corrió hacia el Mercedes. El agua salpicaba con cada zancada.
—¡Jefe! ¡Señor! —gritó para hacerse oír sobre el ruido de la lluvia.
El anciano levantó la vista. Tenía los labios pálidos, casi azules por el frío. Sus ojos grises lo miraron con sorpresa y confusión.
—¡Joven! —dijo con voz temblorosa—. Se… se me ponchó. Mi chofer está enfermo hoy y… no tengo señal en el celular…
El hombre intentó volver a agacharse, pero las piernas le fallaron. Marcos llegó justo a tiempo para sostenerlo por el brazo.
—Tranquilo, tranquilo. No se agache. Váyase a sentar al auto, por favor.
—Pero la llanta… tengo que llegar… es urgente… —balbuceó el anciano, tiritando violentamente.
—Yo me encargo —dijo Marcos con autoridad, esa que sale cuando la adrenalina toma el control—. Pero métase al carro, le va a dar una neumonía. ¡Ándele!
Abrió la puerta del copiloto y ayudó al anciano a sentarse. El interior del auto olía a cuero nuevo y caoba, un contraste brutal con el olor a alcantarilla de afuera.
Marcos cerró la puerta. Se quedó solo bajo la lluvia.
Miró la llanta. Los birlos estaban apretados a muerte. El gato hidráulico estaba mal puesto, a punto de resbalar y aplastar el eje.
Marcos se quitó el saco. Ya estaba mojado, pero no quería romperlo. Lo dobló con cuidado y lo puso sobre el cofre del auto, junto con su portafolio envuelto en plástico (gracias a Dios por su obsesión de envolverlo).
Se remangó la camisa blanca. El frío le mordió la piel.
Se arrodilló en el asfalto. El agua sucia, mezclada con aceite y lodo, empapó sus pantalones de vestir al instante. Sintió el frío subirle por las piernas hasta la ingle.
—Vamos, vamos —murmuró.
Tomó la llave de cruz. Sus manos resbalaban. Escupió en sus palmas para tener mejor agarre.
—¡Uno! —gruñó, haciendo fuerza con todo su cuerpo para aflojar el primer birlo.
Estaba durísimo. Tuvo que pararse sobre la llave y brincar. Crack. Aflojó.
Así con los cinco.
Sus manos se llenaron de grasa negra y polvo de balatas. Se cortó un dedo con una rebaba de metal, pero ni siquiera sintió el dolor. La sangre se mezcló con la lluvia.
Levantó el auto. Quitó la llanta pesada. Sus músculos ardían.
Miró de reojo hacia la Torre Villalobos. Las luces del lobby parecían burlarse de él.
Adiós, trabajo. Adiós, oficina con vista. Adiós, sueldo de 30 mil pesos.
Una lágrima caliente se le escapó, mezclándose con la lluvia fría en su mejilla. Era una lágrima de rabia, de duelo por el futuro que estaba perdiendo birlo a birlo.
Pero siguió. Puso la refacción. Bajó el auto. Apretó los birlos con la fuerza de la desesperación.
Terminó.
Se levantó, jadeando, empapado, sucio, con las manos negras y la camisa blanca convertida en un trapo gris pegado a su torso.
Miró su reloj.
9:10 AM.
Tarde. Irremediablemente tarde.
La política de Villalobos era estricta: “La puntualidad es el primer indicador de competencia”. Si llegabas un minuto tarde, no te recibían. Él había llegado diez minutos tarde… y parecía un indigente.
El anciano bajó la ventanilla eléctrica. Ya tenía mejor color, la calefacción del auto lo había revivido.
—Joven… —dijo el hombre, mirándolo con una intensidad que a Marcos le erizó la piel—. No tenías que hacer esto. Te arruinaste la ropa.
Marcos se limpió las manos en sus pantalones, ya daba igual. Recogió su saco mojado y su portafolio.
Forzó una sonrisa, aunque por dentro estaba destrozado.
—No se preocupe, jefe. Mi abuelo decía que un traje se lava, pero la conciencia no. Váyase con cuidado.
—Espera —dijo el anciano—. ¿Cómo te llamas?
—Marcos. Marcos Rivas.
—¿A dónde ibas con tanta prisa, Marcos? —preguntó el hombre, mirando el portafolio que Marcos abrazaba.
Marcos miró hacia la torre, luego bajó la vista al suelo.
—Iba a una entrevista de trabajo. Ahí enfrente. En Villalobos. Pero bueno… —se encogió de hombros, sintiendo un nudo gigante en la garganta—. Creo que ya no fui.
El anciano guardó silencio unos segundos. Sus ojos grises brillaron.
—Sube. Te doy un aventón.
—No, no, cómo cree, lo voy a ensuciar todo…
—¡Sube! —ordenó el anciano, con una voz que, de repente, ya no sonaba frágil, sino acostumbrada a dar órdenes que nadie cuestionaba.
Marcos, demasiado cansado para discutir y sin nada más que perder, abrió la puerta trasera y se subió, encogiéndose para no manchar la tapicería inmaculada.
El auto arrancó suavemente hacia la entrada del Corporativo.
Lo que Marcos no sabía, mientras veía pasar el edificio a través de la ventana polarizada, era que el hombre sentado adelante no era un abuelo cualquiera. Y que esa llanta ponchada acababa de ser la entrevista más importante de su vida, aunque él pensara que la había reprobado.
CAPÍTULO 3: EL PASEO DE LA VERGÜENZA EN MÁRMOL Y CRISTAL
El Mercedes Benz se deslizó con una suavidad insultante hasta la bahía de ascenso y descenso del Corporativo Villalobos. El motor apenas emitía un ronroneo, un susurro de ingeniería perfecta que contrastaba con el caos de truenos y cláxones que todavía resonaban en los oídos de Marcos.
Adentro, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración agitada de Marcos y el goteo rítmico de su ropa sobre los tapetes de lana virgen del auto. Se sentía como un intruso, una mancha de grasa y agua sucia en un lienzo inmaculado. Miró de reojo al anciano en el asiento del conductor. El hombre, cuyo nombre aún desconocía, miraba fijamente hacia el frente, con las manos aferradas al volante forrado en piel. Ya no temblaba. Había recuperado una compostura pétrea, casi intimidante.
—¿Estás seguro de que quieres entrar ahí así, muchacho? —preguntó el anciano sin voltear a verlo. Su voz era grave, calmada, pero cargaba una advertencia implícita.
Marcos miró su reflejo en la ventanilla polarizada. Era un desastre. El cabello, que había peinado con tanto cuidado esa mañana con gel “Moco de Gorila”, ahora era una maraña aplastada sobre su frente. La camisa blanca era translúcida y grisácea, pegada a su pecho como una segunda piel fría. El saco… el pobre saco azul que su madre había ajustado con tanto amor, escurría agua negra de charco.
—Parezco un perro callejero —pensó Marcos, sintiendo la bilis subirle por la garganta.
Pero luego miró la entrada del edificio. Las puertas giratorias de cristal, los guardias de seguridad con trajes que costaban más que su vida entera, el logo dorado de “Villalobos & Asociados” brillando con arrogancia. Había luchado demasiado. Había estudiado con velas cuando cortaban la luz en la colonia. Había comido atún y galletas saladas durante semanas para pagar las copias de su tesis.
—Tengo que intentarlo, jefe —respondió Marcos, con la voz rota pero firme. Apretó su portafolio húmedo contra su pecho—. Si no entro, nunca sabré qué hubiera pasado. Ya perdí la dignidad, no quiero perder también la esperanza.
El anciano giró la cabeza lentamente. Sus ojos grises, agudos como navajas, se suavizaron por un instante imperceptible. Asintió una sola vez. Un gesto seco, de respeto militar.
—Suerte, Marcos Rivas.
Marcos abrió la puerta y el aire frío de la tormenta, que ya empezaba a amainar, lo golpeó de nuevo. Bajó del auto con las piernas entumecidas.
—Gracias por el aventón —dijo, cerrando la puerta con cuidado para no mancharla con sus dedos llenos de grasa.
El Mercedes arrancó suavemente y se perdió en la rampa que llevaba al estacionamiento ejecutivo subterráneo. Marcos se quedó solo frente al gigante de cristal.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire húmedo y miedo, y caminó hacia la entrada.
Al cruzar las puertas giratorias, el mundo cambió de golpe.
El ruido de la ciudad desapareció, reemplazado por una música ambiental suave, casi hipnótica, y el zumbido distante del aire acondicionado central. El lobby era una catedral del capitalismo. Techos de triple altura, muros de mármol de Carrara blanco, esculturas abstractas de acero cromado y un olor… ese olor específico de los edificios corporativos de Santa Fe: una mezcla de limpiador cítrico caro, café de grano y dinero viejo.
Marcos dio el primer paso sobre el piso de granito pulido.
Squeak. Squish.
Sus zapatos empapados hicieron un ruido obsceno, como de esponjas mojadas siendo aplastadas. El sonido rebotó en las paredes acústicas del lobby.
El silencio se hizo denso.
Un grupo de ejecutivos que esperaban el elevador, todos con trajes impecables, relojes de marca y peinados de salón, voltearon al unísono.
Las miradas. Esas malditas miradas.
No eran de curiosidad. Eran de escaneo. Lo barrieron de arriba abajo, notando el lodo en los pantalones, la grasa en las manos, el agua escurriendo. Vio cómo una mujer arrugaba la nariz con disgusto y susurraba algo al oído de su compañero, quien soltó una risita burlona y se ajustó su corbata de seda.
Marcos sintió el calor subirle a las mejillas, ardiendo bajo su piel morena y mojada. Quería desaparecer. Quería fundirse con el suelo. El “Síndrome del Impostor” le gritaba: Te lo dije. Eres un naco en Disneylandia. Vete.
Pero siguió caminando. La cabeza en alto, Rivas. La cabeza en alto.
Llegó al mostrador de seguridad. Una estructura blanca, futurista, que parecía sacada de una película de ciencia ficción. Detrás, un guardia de seguridad con un blazer azul marino y un auricular en la oreja tecleaba en una tablet.
—Buenos días —dijo Marcos. Su voz salió más aguda de lo que hubiera querido. Se aclaró la garganta—. Soy Marcos Rivas. Tengo una entrevista a las 9:00 AM con el departamento de Finanzas.
El guardia levantó la vista lentamente. Lo miró con esa prepotencia burocrática que a veces tienen los que cuidan las puertas del poder. Sus ojos recorrieron el traje arruinado de Marcos con desdén.
—¿A las 9:00? —preguntó el guardia, mirando el reloj en la pared. Eran las 9:15 AM—. Llega tarde, joven. Y… —hizo una pausa, señalando vagamente el estado de Marcos— viene en condiciones no apropiadas para el código de vestimenta del edificio.
—Hubo una tormenta… un incidente… —comenzó a explicar Marcos, sintiendo la desesperación arañarle el pecho.
—Identificación —interrumpió el guardia, extendiendo la mano con fastidio.
Marcos sacó su INE con manos temblorosas y manchadas de tizne. El guardia la tomó por una esquina, como si estuviera contaminada, y la escaneó.
La máquina pitó en verde.
El guardia suspiró, decepcionado de no tener una excusa técnica para echarlo.
—Piso 14. Finanzas. Pero le advierto, joven… —le devolvió la INE— aquí la puntualidad es religión. No creo que lo reciban.
—Gracias —murmuró Marcos.
Caminó hacia los elevadores. El trayecto se sintió eterno. Cada paso dejaba una pequeña huella húmeda en el piso perfecto, un rastro de su desgracia. Un empleado de limpieza que pasaba con una mopa lo miró con furia, negando con la cabeza. Marcos susurró un “perdón” que nadie escuchó.
Entró al elevador. Por suerte, iba vacío. Las puertas se cerraron y se vio rodeado de espejos.
Fue brutal.
Ahí, bajo la luz blanca e implacable de los LEDs, vio la realidad sin filtros. No se veía como un candidato a analista financiero. Se veía como alguien que acababa de salir de una pelea callejera en un canal de desagüe. Tenía una mancha de grasa negra en la mejilla que no había notado. Su corbata parecía una lengua de perro colgando.
—¡Qué pendejo eres, Marcos! —se gritó a su reflejo, golpeando suavemente el cristal—. ¡Por jugar al héroe! ¡Por querer ser el buen samaritano!
El elevador hizo ding en el piso 14.
Las puertas se abrieron.
La recepción de Finanzas era aún más intimidante que el lobby. Maderas oscuras, sillones de piel blanca, ventanales de piso a techo que mostraban la ciudad gris bajo la lluvia. Detrás de un escritorio curvo de cristal, una recepcionista rubia, con un maquillaje perfecto y un auricular bluetooth, tecleaba a la velocidad de la luz.
Levantó la vista cuando escuchó los zapatos mojados de Marcos chirriar sobre la madera.
Sus ojos se abrieron con sorpresa genuina, luego se entrecerraron en una máscara de “servicio al cliente” gélido.
—Buenos días… —empezó Marcos, tratando de esconder las manos sucias detrás de su espalda.
—¿Sí? —preguntó ella, sin dejar de teclear. Tono seco. Cortante.
—Soy Marcos Rivas. Tenía cita con el Licenciado Callaway a las 9:00.
La recepcionista dejó de teclear. Miró su monitor, luego el reloj de pared, luego a Marcos.
—Señor Rivas. Son las 9:19. El Licenciado Callaway tiene una agenda muy apretada. Su tolerancia es de diez minutos. Ya pasó al siguiente candidato.
—Señorita, por favor —suplicó Marcos, dando un paso adelante. Ella se echó hacia atrás instintivamente, como si temiera que él fuera a asaltarla o a ensuciarla—. Hubo una emergencia. Ayudé a una persona mayor en la calle, se le ponchó la llanta bajo la tormenta y…
—Mire, señor Rivas —lo cortó ella, con esa voz dulce pero venenosa que usan para decirte que no vales nada—. Entiendo que haya tenido contratiempos. Todos tienen contratiempos. El tráfico, la lluvia, el perro. Pero en este nivel, la capacidad de prever y resolver problemas es lo que buscamos. Llegar así… —hizo un gesto vago hacia su ropa— y llegar tarde, es una falta de respeto al tiempo de la firma.
—Solo dígale que estoy aquí. Solo entréguele mi currículum. Por favor. Vengo desde Ecatepec, me levanté a las cuatro…
—Lo siento. No puedo interrumpirlo.
El silencio que siguió fue el sonido de un corazón rompiéndose.
Marcos sintió cómo se le doblaban las rodillas. Todo el esfuerzo. Los años de estudio. Los sacrificios de su madre. La comida que se saltaron para comprar libros. Todo se estrellaba contra un escritorio de cristal y una recepcionista llamada “Vanessa” (según su gafete) que ni siquiera lo miraba a los ojos.
Marcos asintió lentamente, tragándose las lágrimas. No iba a llorar ahí. No les daría ese gusto.
Sacó su portafolio. El cuero sintético estaba deformado por el agua. Lo abrió. El currículum de arriba tenía las orillas mojadas y la tinta corrida en una esquina.
Lo sacó con cuidado.
—Tenga —dijo Marcos, poniendo el papel húmedo sobre el escritorio inmaculado—. Por si… por si se le ofrece un analista que sepa ensuciarse las manos.
Vanessa miró el papel mojado con asco, pero lo tomó con dos dedos.
—Lo pondré en la pila —dijo. Mentira. Ambos sabían que iría a la basura en cuanto él se diera la vuelta.
—Gracias.
Marcos dio media vuelta.
El camino de regreso al elevador fue la caminata más larga de su vida. Sentía el peso del fracaso en la espalda, físico y aplastante. Presionó el botón. Las puertas se abrieron. Entró.
Mientras las puertas se cerraban, vio por última vez la oficina de sus sueños. Tan cerca. Tan imposiblemente lejos.
Bajó al lobby. Cruzó la seguridad sin mirar al guardia, que seguramente se estaba riendo por dentro.
Salió a la calle.
La lluvia había parado. El sol empezaba a salir entre las nubes, brillante, radiante.
Era la burla final. Ahora hacía sol. Ahora que su vida estaba arruinada, el día se ponía bonito.
Marcos se paró en la acera, empapado, humillado y desempleado.
Y por primera vez en años, no supo qué hacer.
CAPÍTULO 4: EL REGRESO AL BARRIO Y EL PESO DEL FRACASO
El regreso a casa siempre es más largo cuando llevas la derrota de copiloto.
Marcos no tenía dinero para un taxi, y aunque lo tuviera, su orgullo estaba tan herido que sentía que no merecía ni siquiera la comodidad de un asiento seco. Caminó hasta la parada del “Ecobús” en Santa Fe.
La gente en la parada lo miraba. Un oficinista comiendo una torta de tamal lo observó con lástima. Unos estudiantes de la Ibero pasaron en su coche convertible, riéndose, ajenos al dolor del muchacho del traje mojado en la banqueta.
El autobús llegó. Marcos subió y pagó con sus últimas monedas. Se fue al fondo, al último asiento, arrinconándose contra la ventana. El autobús olía a humanidad, a sudor y a humedad. Un vendedor subió gritando: “¡Le vengo ofreciendo, le vengo trayendo, la rica palanqueta, el dulce de amaranto, para el niño, para la niña!”.
El ruido le taladraba la cabeza.
Marcos recargó la frente contra el cristal vibrante. Veía pasar los edificios de Santa Fe, alejándose. Adiós, rascacielos. Adiós, sueños de grandeza.
El autobús comenzó a bajar hacia la realidad. Las barrancas, las casas sin terminar con varillas saliendo de los techos como brazos pidiendo auxilio, el grafiti en las paredes grises.
Bajó en el Metro Auditorio y repitió el viaje inverso. Metro, transbordo, calor, empujones. Pero ahora no llevaba la adrenalina de la esperanza. Llevaba el cansancio plomizo de la resignación. Su traje se iba secando con el calor del cuerpo, volviéndose rígido, acartonado y apestoso a humedad.
Llegó a Ecatepec a la 1:00 PM.
El sol caía a plomo. El vapor subía del asfalto mojado creando una bruma sofocante.
Caminó las calles de su colonia. Los mismos baches. Los mismos perros flacos ladrando desde las azoteas. El mismo puesto de tamales, ahora vacío.
Al llegar a su cuadra, sintió el impulso de dar la vuelta y no entrar. ¿Cómo iba a mirar a su madre a los ojos? Ella, que le había planchado el traje, que le había dado las mancuernillas del abuelo, que le había prendido la veladora a San Judas Tadeo.
¿Cómo le dices a la mujer que dio su vida por ti que fallaste porque te detuviste a cambiar una llanta? Sonaba estúpido. Sonaba a excusa de perdedor.
Abrió la puerta de metal oxidado de su casa. El chirrido de las bisagras le pareció un lamento.
Entró.
La casa olía a “Fabuloso” de lavanda y a frijoles refritos. Estaba limpia, humilde pero impecable, como siempre la mantenía Doña Carmen.
—¿Mijo? ¿Ya llegaste? —La voz de su madre vino desde la cocina. Se escuchaba emocionada, ansiosa.
Marcos se quedó parado en la salita, goteando los últimos restos de dignidad en el piso de cemento.
Doña Carmen salió secándose las manos en el delantal. Su sonrisa se congeló en el momento en que lo vio.
Sus ojos recorrieron el traje arrugado, manchado de grasa y lodo seco. Vio el cabello despeinado, los zapatos arruinados, y finalmente, los ojos rojos y apagados de su hijo.
—¡Virgen Santísima! —exclamó, llevándose las manos a la boca—. ¿Qué te pasó, mi niño? ¿Te asaltaron? ¿Te pegaron?
Corrió hacia él, revisándolo con manos temblorosas, buscando heridas, sangre.
—No, mamá, no… estoy bien —dijo Marcos, apartándola suavemente. No quería que tocara la ropa sucia, no quería mancharla a ella también con su fracaso.
—¿Entonces? ¿Qué pasó? ¿Por qué vienes así?
Marcos se dejó caer en una de las sillas del comedor. El plástico crujió bajo su peso. Puso el portafolio sobre la mesa.
—Llovió, ma. Llovió muy fuerte allá. No había taxis.
—¿Y la entrevista? —preguntó ella, bajando la voz, temiendo la respuesta.
Marcos miró el mantel de flores. Siguió con el dedo el contorno de una rosa descolorida.
—No llegué, ma.
—¿Cómo que no llegaste?
—Se me hizo tarde. Hubo… cosas. Y cuando llegué, ya no me recibieron. Me dijeron que no había tolerancia.
Doña Carmen se sentó frente a él. El silencio en la cocina era pesado, solo roto por el zumbido del refrigerador viejo. Marcos esperaba el regaño. Esperaba el “Te lo dije, debiste salir antes” o el “Tanto esfuerzo para nada”.
Pero Doña Carmen suspiró y le tomó la mano sucia entre las suyas. Sus manos estaban calientes y ásperas por años de lavar ropa ajena.
—Ay, mijo… Lo siento tanto. Sé cuánto querías ese trabajo.
Marcos sintió que se quebraba.
—Perdóname, ma. Te fallé. Te juro que quería… quería sacarte de aquí. Quería comprarte una casa donde no se meta el agua. Quería que dejaras de lavar ajeno. Y la cagué. La cagué por pendejo.
—¡No hables así! —le reprendió ella suavemente—. No eres ningún pendejo. Eres el Licenciado Marcos Rivas. Y si no fue ahí, será en otro lado. Dios sabe por qué hace las cosas. A lo mejor ese trabajo no era para ti. A lo mejor el jefe era un ogro.
—No, ma, no entiendes —Marcos sacudió la cabeza, frustrado—. No fue Dios. Fui yo. Me paré a ayudar a un viejo a cambiar una llanta. Por eso llegué tarde. Por hacerme el héroe. Si hubiera seguido de largo, ahorita tendría trabajo.
Doña Carmen lo miró fijamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero sonrió. Una sonrisa triste pero llena de orgullo. Apretó la mano de su hijo.
—¿Ayudaste a alguien que lo necesitaba?
—Sí, pero me costó el trabajo.
—Entonces no fallaste, Marcos —dijo ella con firmeza—. Tu abuelo José estaría orgulloso. Yo estoy orgullosa. Un trabajo va y viene. Pero ser un hombre de bien… eso no se compra con ningún sueldo de Santa Fe. Hiciste lo correcto, aunque te duela ahorita.
Marcos quería creerle, pero el estómago le dolía de hambre y de coraje. Se levantó.
—Voy a cambiarme, ma. Este traje ya no sirve.
Entró a su cuarto y se quitó la “piel” del ejecutivo fallido. Tiró el saco en un rincón. Se puso unos pants viejos y una playera de algodón. Se sentó en la orilla de su cama, mirando sus zapatos arruinados.
Su celular vibró en la mesita de noche.
Lo ignoró.
Vibró otra vez.
Y otra vez.
—Seguro es cobranza de Coppel —pensó.
Pero la insistencia era molesta. Tomó el teléfono.
Número desconocido. Lada 55.
Podría ser cualquier cosa. Una encuesta, el banco, o quizás… ¿quizás Recursos Humanos para decirle que ni se molestara en volver a aplicar?
Contestó con desgana.
—¿Bueno?
—¿Hablo con el señor Marcos Rivas? —preguntó una voz de mujer. No era Vanessa, la recepcionista grosera. Era una voz diferente. Madura, profesional, con una dicción perfecta y un tono de autoridad tranquila.
Marcos se enderezó un poco.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Buenas tardes, señor Rivas. Mi nombre es Natalie Quinn. Soy la asistente ejecutiva personal del Licenciado Richard Villalobos, CEO de Corporativo Villalobos & Asociados.
El mundo se detuvo un segundo. El corazón de Marcos dio un vuelco violento contra sus costillas.
—¿Disculpe? —balbuceó—. ¿Del señor Villalobos?
—Así es. El Licenciado Villalobos me ha pedido personalmente que lo localice.
La mente de Marcos corrió a mil por hora. ¿Lo llamaban para regañarlo por dejar el currículum mojado? ¿Para boletinarlo por llegar sucio al edificio?
—Mire, señorita, ya sé que no debí dejar el papel así, y que llegué tarde, pero no es necesario que…
—Señor Rivas —lo interrumpió ella, pero con amabilidad, no con grosería—. El Licenciado quiere verlo. Hoy mismo.
—¿Verme? Pero si fui en la mañana y me batearon. Me dijeron que ya no había vacantes.
—La situación ha cambiado —dijo Natalie, con un tono que sugería una sonrisa al otro lado de la línea—. El Licenciado tiene un interés particular en hablar con usted. ¿Podría regresar al corporativo a las 4:00 PM?
Marcos miró su reloj. Eran las 2:15 PM.
—Pero… estoy en Ecatepec. Y… —miró el traje tirado en el rincón, hecho una bola de arrugas y lodo— no tengo ropa. Mi traje se arruinó en la mañana. No puedo ir presentable.
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.
—El Licenciado Villalobos fue muy específico, Marcos. Dijo: “Dígale que venga como pueda, pero que venga. Y dígale que no se preocupe por el traje, que yo sé perfectamente por qué se ensució”.
Un escalofrío recorrió la espalda de Marcos, desde la nuca hasta los talones.
Las piezas del rompecabezas empezaron a chocar en su cerebro, pero no encajaban del todo.
“Yo sé perfectamente por qué se ensució”.
Recordó al anciano. El Mercedes Benz. La mirada aguda. El “aventón” hasta la puerta.
—No puede ser… —susurró Marcos, sintiendo que las piernas le fallaban. Se tuvo que sentar de golpe en la cama.
—¿Señor Rivas? ¿Sigue ahí?
—Sí… sí, aquí sigo —su voz era un hilo—. ¿El Licenciado Villalobos… es un señor mayor? ¿Pelo blanco? ¿Tiene un Mercedes negro?
Natalie soltó una pequeña risa suave.
—Creo que ya se conocieron, ¿verdad? Entonces, ¿podemos contar con su presencia a las 4:00 PM? Le enviaré un Uber Black a su domicilio para que no tenga problemas de traslado.
—¿Un Uber Black hasta Ecatepec? —Marcos no daba crédito.
—Sí, señor. Llegará en 15 minutos. Esté listo.
La llamada se cortó.
Marcos se quedó mirando el teléfono como si fuera un artefacto alienígena. El silencio de la habitación fue roto por el grito de su madre desde la cocina:
—¿Quién era, mijo? ¿Malas noticias?
Marcos se levantó lentamente. Caminó hacia el rincón, recogió el saco sucio y lo miró. Las manchas de grasa seguían ahí, pero ahora parecían medallas de guerra.
Salió a la cocina. Tenía la cara pálida, pero los ojos le brillaban con una mezcla de terror y euforia.
—Ma… —dijo, con la voz temblorosa—. No vas a creer quién era.
—¿Quién?
—Me mandaron un chofer. Tengo que volver a Santa Fe.
—¿Qué? ¿Para qué? —Doña Carmen dejó caer el trapo de cocina.
—Creo… —Marcos tragó saliva, tratando de asimilar la locura que estaba a punto de decir—. Creo que el viejito al que ayudé a cambiar la llanta… creo que es el dueño de todo el edificio.
Doña Carmen abrió los ojos como platos y se persignó rápidamente.
—¡Sangre de Cristo! ¡Te lo dije, Marcos! ¡Te dije que Dios sabe lo que hace!
—Me quiere ver a las cuatro.
—¡Pues corre! —gritó ella, recuperando el mando—. ¡Ponte el pantalón negro de los domingos! ¡Yo te plancho una camisa ahorita en cinco minutos! ¡Rápido!
El caos estalló en la pequeña casa, pero esta vez no era un caos de desesperación. Era el caos de la esperanza.
Mientras Marcos se vestía a toda prisa, con el corazón martilleando en el pecho, solo podía pensar en una cosa: El anciano lo sabía. Lo había llevado hasta la puerta. Lo había visto ser rechazado. Lo había dejado irse.
¿Por qué?
¿Qué clase de juego era este?
¿O acaso…?
Marcos se ajustó la corbata (una diferente, prestada de su tío) frente al espejo.
Ya no se veía como el ejecutivo perfecto que intentó ser en la mañana. Se veía cansado, con los ojos hinchados, con ropa que no combinaba del todo.
Pero cuando se miró a los ojos, vio algo diferente.
Ya no había miedo.
Había pasado la prueba más difícil, y ni siquiera sabía que lo estaban evaluando.
—Ahí voy, Licenciado Villalobos —susurró—. A ver qué tiene que decirme.
Afuera, un claxon sonó. No era el claxon de una combi. Era el sonido grave y elegante de una camioneta de lujo esperando en la calle de tierra de Chalco.
CAPÍTULO 5: UNA CAMIONETA BLINDADA EN CALLES DE TIERRA
El contraste era tan violento que parecía una alucinación. Frente a la casa de Marcos, una construcción humilde con la fachada a medio terminar y varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores, estaba estacionada una camioneta Chevrolet Suburban negra, impecable, de esas que solo se ven en las noticias cuando llevan políticos o empresarios escoltados.
Los vidrios eran tan oscuros que parecían tinta negra. Los rines cromados brillaban bajo el sol de la tarde, reflejando de manera grotesca los baches y la basura de la calle sin pavimentar.
Los vecinos ya estaban asomados. Doña Lupe, la de la tiendita, se había salido con el trapo en la mano. Los niños que jugaban fútbol con una botella de plástico se detuvieron con la boca abierta. En Ecatepec, cuando llega una camioneta así, la gente suele correr para esconderse, pensando que es “la maña” o un operativo federal. Pero esta camioneta no traía esa vibra de peligro sucio; traía un aura de poder corporativo, limpio y silencioso.
Marcos salió de su casa. Llevaba el pantalón negro de vestir que usaba para las misas de difuntos y una camisa blanca que su mamá había planchado con tanta furia y vapor que parecía nueva, aunque el cuello ya estaba un poco desgastado. No tenía saco; el azul marino seguía tirado en el rincón, inservible.
Doña Carmen lo acompañó hasta la puerta, echándole la bendición tres veces.
—Ve con Dios, mijo. Y no te achiques. Acuérdate quién eres.
El chofer de la Suburban bajó. No era un chofer cualquiera. Era un tipo de dos metros, traje negro corte slim, lentes oscuros y un chícharo de comunicación en el oído. Caminó hacia Marcos ignorando el entorno, como si estuviera caminando sobre alfombra roja y no sobre tierra suelta.
—¿Señor Marcos Rivas? —preguntó el chofer. Su voz era grave, profesional.
—Sí, soy yo —respondió Marcos, sintiendo que las piernas le temblaban.
El chofer asintió y abrió la puerta trasera de la camioneta.
—El Licenciado Villalobos lo espera. Por favor.
Marcos subió. El interior olía a piel nueva y a aire acondicionado purificado. Se sentó en el asiento de cuero, que era más cómodo que cualquier mueble que hubiera en su casa. La puerta se cerró con un sonido sólido, hermético, bloqueando el ruido de los perros ladrando y la cumbia que sonaba en la casa del vecino.
La camioneta arrancó, deslizándose sobre los baches con una suspensión tan suave que Marcos apenas sintió el movimiento. Miró por la ventana polarizada. Vio a sus vecinos, a su calle, a su mamá parada en el marco de la puerta limpiándose una lágrima con el delantal. Se veía pequeña desde ahí adentro. El mundo de afuera se veía lejano, como una película muda.
—¿Gusta agua, señor Rivas? —preguntó el chofer, señalando una consola central con botellas de agua Fiji.
—No, gracias. Estoy bien —dijo Marcos. Tenía la boca seca, pero tenía miedo de que si tomaba algo, le temblara la mano y tirara el agua sobre la alfombra.
El viaje fue surrealista.
Ver cómo el paisaje urbano cambiaba era como ver un documental sobre la desigualdad en México en cámara rápida. Pasaron de las casas grises y los cables enmarañados de Ecatepec a la autopista urbana. De ahí, a las zonas residenciales de Lomas de Chapultepec, donde las bardas eran altas y los árboles frondosos. Y finalmente, la subida hacia Santa Fe.
Los rascacielos aparecieron de nuevo.
Esta mañana, Marcos los había visto desde abajo, corriendo bajo la lluvia, sintiéndose una hormiga a punto de ser aplastada. Ahora, los veía desde la comodidad de un vehículo blindado, acercándose a ellos no como un suplicante, sino como un invitado.
Pero el miedo no se iba.
“¿Y si es una broma?”, pensaba Marcos. “¿Y si llego y el viejo se ríe de mí? ¿Y si me dice: ‘Te traje para que veas lo que nunca vas a tener’?”
El Síndrome del Impostor le golpeaba las sienes. Tú no eres de aquí. Tú eres de la combi, no de la Suburban.
Llegaron al Corporativo Villalobos.
La camioneta no se detuvo en la calle donde Marcos había sido humillado horas antes. Entró directamente a la rampa privada del lobby ejecutivo. Los guardias de la pluma, que en la mañana seguramente ni lo hubieran dejado acercarse, vieron la placa de la camioneta y saludaron militarmente, levantando la barrera al instante.
La Suburban se detuvo frente a unas puertas de cristal exclusivas, separadas de la entrada general. El chofer bajó rápido y le abrió la puerta a Marcos.
—Hemos llegado, señor.
Marcos bajó. Sus zapatos viejos pisaron el granito inmaculado.
Esta entrada era diferente. No había multitud, no había ruido. Solo silencio y elegancia.
Caminó hacia la recepción privada. Y ahí estaba él. El mismo guardia de seguridad de la mañana. El que le había pedido la INE con asco. El que le había dicho que llegaba tarde y sucio.
El guardia estaba parado junto al elevador, revisando unos papeles. Al escuchar pasos, levantó la vista, listo para ejercer su pequeña cuota de poder.
Sus ojos se encontraron con los de Marcos.
El guardia parpadeó. Reconoció la cara, reconoció el porte, pero no le cuadraba el contexto. ¿Ese es el chico mojado de la mañana? ¿El que venía escurriendo lodo? ¿Por qué se bajó de la camioneta del jefe?
Marcos sintió un impulso de decirle algo. Una frase de película, un “mírame ahora”. Pero recordó al anciano bajo la lluvia. Recordó la humildad.
Solo asintió levemente con la cabeza.
—Buenas tardes —dijo Marcos.
El guardia se puso pálido. Se enderezó de golpe, casi tirando su tabla de apoyo.
—B-buenas tardes, señor… joven… señor Rivas —tartamudeó, abriendo la puerta de cristal que daba acceso a los elevadores privados—. Pase, por favor. Lo están esperando arriba.
Marcos cruzó el umbral. No hubo satisfacción vengativa, solo una extraña calma. Entendió algo en ese momento: el poder no necesita gritar. El poder verdadero es silencioso.
El elevador no tenía botones. Solo un panel táctil que ya marcaba su destino: Piso 82 – Presidencia.
Las puertas se cerraron. El elevador comenzó a subir a una velocidad vertiginosa, tanto que a Marcos se le taparon los oídos.
Piso 20… Piso 40… Piso 60…
Estaba subiendo al cielo. Literalmente y metafóricamente. Estaba dejando atrás el suelo, la lluvia, los camiones, la tierra.
Pero mientras los números subían, Marcos apretó los puños. Se prometió a sí mismo, ahí encerrado en esa caja de metal y espejos, que no importaba qué tan alto subiera, nunca olvidaría cómo se sentía estar abajo, mojado y desesperado.
CAPÍTULO 6: LA VISTA DESDE LA CIMA Y EL CONTRATO DEL ALMA
El elevador se detuvo con un timbre suave, casi musical. Las puertas se deslizaron y Marcos contuvo el aliento.
No era una oficina. Era un santuario.
El piso 82 era un espacio abierto, bañado por la luz dorada del atardecer que entraba por ventanales de piso a techo que abarcaban los 360 grados. Se veía toda la Ciudad de México: la mancha gris interminable, los volcanes a lo lejos, el tráfico convertido en ríos de luz roja y blanca.
El suelo era de madera oscura, pulida. Las paredes tenían obras de arte que Marcos solo había visto en libros de historia del arte. Un silencio respetuoso llenaba el aire.
En el centro de una antesala elegante, detrás de un escritorio minimalista, estaba una mujer de unos cuarenta años, con el cabello recogido en un chongo perfecto y una sonrisa inteligente.
—Señor Rivas —dijo ella, poniéndose de pie—. Soy Natalie Quinn. Hablamos por teléfono.
—Mucho gusto, señorita —dijo Marcos, sintiéndose cohibido por la elegancia de la mujer.
—Por favor, dígame Natalie. El Señor Villalobos lo está esperando. ¿Gusta dejar algo aquí? ¿Su saco?
Marcos se dio cuenta de que no traía saco. Solo su camisa blanca y su pantalón de poliéster. Se sintió desnudo por un segundo.
—No… así estoy bien. Gracias.
Natalie sonrió, una sonrisa cálida que le quitó un poco de peso de encima.
—No se preocupe, Marcos. Aquí adentro lo que importa es lo que trae en la cabeza, no lo que trae puesto. Pase.
Señaló una puerta doble de madera maciza, enorme, al fondo del pasillo.
Marcos caminó hacia ella. El sonido de sus pasos fue absorbido por una alfombra persa que parecía costar más que toda su colonia.
Llegó a la puerta. Levantó la mano para tocar.
Dudó un segundo.
¿Estás listo para esto, Rivas?
Tocó tres veces.
—Adelante —respondió una voz desde el interior. La misma voz del anciano de la calle, pero ahora resonaba con autoridad, amplificada por la acústica del poder.
Marcos giró la perilla y empujó la puerta.
La oficina principal era inmensa. Podría caber su casa entera ahí dentro. En un extremo, había una sala de juntas con sillones de cuero. En el otro, un escritorio de caoba gigantesco, limpio, sin papeles desordenados, solo una laptop cerrada y…
…y un portafolio de cuero sintético, deformado y manchado de agua.
Su portafolio.
Detrás del escritorio, dándole la espalda y mirando hacia el ventanal que daba hacia el poniente, estaba Richard Villalobos.
Llevaba un traje gris, seco, impecable. Su cabello blanco brillaba con la luz del sol. Estaba de pie, con las manos cruzadas detrás de la espalda, observando la ciudad a sus pies como un capitán observa el mar.
—La ciudad se ve diferente desde aquí arriba, ¿verdad, Marcos? —dijo Villalobos sin voltear.
Marcos dio unos pasos hacia el centro de la habitación y se detuvo.
—Sí, señor. Se ve… tranquila.
Villalobos se giró lentamente.
Ya no era el anciano frágil y desesperado bajo la lluvia. Su rostro tenía líneas duras, marcadas por décadas de tomar decisiones difíciles. Sus ojos grises eran penetrantes, analíticos. Pero había algo en su mirada que seguía siendo humano.
—Siéntate, por favor —señaló una silla frente al escritorio.
Marcos se sentó, rígido, en la orilla del asiento. Villalobos se sentó frente a él, recargando los codos en el escritorio y entrelazando los dedos.
Hubo un silencio largo. Villalobos lo estudiaba. Marcos aguantó la mirada, aunque por dentro quería salir corriendo.
—¿Por qué no me dijo quién era? —preguntó Marcos de repente. La pregunta se le escapó antes de que pudiera filtrarla.
Villalobos sonrió levemente.
—¿Hubiera cambiado algo si te lo decía?
—Pues… sí. No le hubiera hablado de tú. Y… no sé, hubiera estado más nervioso.
—Exacto. Y probablemente me hubieras ayudado por las razones equivocadas —Villalobos se inclinó hacia adelante—. Marcos, en este edificio trabajan tres mil personas. Todos tienen MBAs, doctorados, hablan tres idiomas y visten trajes de cuarenta mil pesos. Todos saben hacer dinero. Pero muy pocos saben ser humanos.
Villalobos estiró la mano y tocó el portafolio maltratado que estaba sobre el escritorio.
—Leí tu análisis sobre los mercados emergentes en Latinoamérica mientras se secaba.
El corazón de Marcos se detuvo.
—¿Lo leyó? Pero estaba todo mojado… la tinta se corrió…
—Se leía lo suficiente. Tienes buena intuición. Tu proyección sobre el riesgo cambiario es agresiva, pero sólida. Te falta pulir la metodología, usas modelos un poco anticuados… los que enseñan en la universidad pública, supongo.
Marcos sintió un golpe de vergüenza.
—Hice lo que pude con los libros que tenía en la biblioteca.
—No me estoy quejando —dijo Villalobos, levantando una mano—. Al contrario. Hacer ese análisis con recursos limitados demuestra ingenio. Los chicos que contrato de Harvard tienen acceso a terminales Bloomberg y bases de datos de millones de dólares. Tú hiciste esto con, ¿qué?, ¿internet gratis y periódicos viejos?
—Y muchas noches sin dormir, señor.
Villalobos asintió, impresionado.
—Eso vale más que el título. Pero no te llamé para hablar de tu análisis. Eso cualquiera lo aprende.
Villalobos se puso de pie y caminó hacia la ventana de nuevo.
—Esta mañana, mi chofer se enfermó. Decidí manejar yo mismo. Quería sentirme normal un rato. Hacía años que no cambiaba una llanta. Cuando se ponchó y empezó la tormenta… me sentí inútil. Pasaron diez personas antes que tú. Diez. Gente con prisa, gente importante. Uno incluso me salpicó con su coche deportivo.
Marcos escuchaba, hipnotizado.
—Tú tenías más que perder que cualquiera de ellos —continuó Villalobos, volteando a verlo—. Vi tu cara cuando miraste el reloj. Vi cómo mirabas el edificio. Sabías que ibas a perder la entrevista. Sabías que te ibas a arruinar el traje. Y aun así, te paraste.
—Mi mamá dice que no se deja a nadie tirado, señor.
—Tu mamá es una mujer sabia. Y tú eres un hombre de principios. Y en este negocio, Marcos, los principios son más escasos que el oro.
Villalobos regresó al escritorio y abrió un cajón. Sacó una carpeta de piel negra, nueva, con el logo de la empresa grabado en plata. La deslizó sobre la caoba hasta que quedó frente a Marcos.
—No te voy a dar el puesto de analista junior —dijo Villalobos, seco.
Marcos sintió un balde de agua fría. El estómago se le fue al suelo.
—Ah… entiendo —murmuró, bajando la vista—. Bueno, gracias por la oportunidad de…
—No has abierto la carpeta —lo interrumpió Villalobos.
Marcos levantó la vista, confundido. Con manos temblorosas, abrió la carpeta de piel.
Adentro había un contrato.
Sus ojos recorrieron el papel rápidamente, buscando las palabras clave. Puesto, salario, departamento.
Se detuvo en el título del puesto.
“Asistente Ejecutivo de Presidencia & Enlace de Estrategia”.
Sus ojos bajaron a la cifra del salario.
Tuvo que leerla tres veces. Contó los ceros.
Era más dinero al mes de lo que su madre ganaba en tres años lavando ropa. Más de lo que su padre, que los abandonó hace años, había ganado en toda su vida.
—¿Qué… qué es esto? —preguntó Marcos, con la voz ahogada.
—Necesito a alguien a mi lado, Marcos. No necesito a otro “Yes-man” que me diga que sí a todo para escalar puestos. Necesito a alguien que tenga los pies en la tierra. Alguien que me recuerde cómo es el mundo real ahí abajo. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos cuando las cosas se pongan difíciles.
Villalobos se sentó de nuevo, mirándolo fijamente.
—Vas a ser mi sombra. Vas a aprender cómo manejo este imperio. Vas a estar en reuniones donde se deciden los destinos de empresas internacionales. Va a ser difícil. Te voy a exigir más que a nadie. Vas a tener que aprender inglés de negocios, protocolo, finanzas avanzadas… y vas a tener que comprarte trajes nuevos. Muchos.
Marcos seguía mirando el papel, paralizado.
—Señor Villalobos… yo… yo no sé si pueda. Yo vengo de Ecatepec. Yo estudié en la pública. No sé comer con tres tenedores. No sé hablar con gente rica.
Villalobos soltó una carcajada fuerte, genuina.
—¿Tú crees que yo nací en cuna de oro, muchacho?
El CEO se desabrochó el botón de la manga de su camisa de seda y se la subió un poco, mostrando una cicatriz vieja en el antebrazo.
—Yo crecí en la colonia Doctores. Mi papá era mecánico. Yo empecé cargando cajas en la Merced. Todo esto… —hizo un gesto abarcando la oficina y la vista— lo construí porque tuve hambre y porque alguien me dio una oportunidad cuando no la merecía.
Villalobos se inclinó, sus ojos brillando con intensidad.
—El código postal no define tu capacidad, Marcos. Solo define tu punto de partida. La pregunta es: ¿tienes el valor para correr la carrera?
Marcos levantó la vista. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, pero no las dejó caer. Pensó en su mamá. Pensó en las goteras de su techo. Pensó en las miradas de desprecio de la mañana.
Y luego pensó en el futuro.
Tomó la pluma Montblanc que estaba sobre el contrato. El peso de la pluma se sentía como el peso de una espada.
—Sí, señor —dijo Marcos, con la voz firme—. Tengo el valor. Y le juro por mi madre que no le voy a fallar.
—No me jures —dijo Villalobos—. Firma. Y mañana a las 7:00 AM te quiero aquí. Y Marcos…
Marcos, con la pluma sobre el papel, levantó la vista.
—¿Sí, señor?
—Dile a Natalie que te dé el contacto de mi sastre. No puedes venir a trabajar a Presidencia sin un traje a la medida. Va por cuenta de la empresa. Considéralo tu bono de contratación por “servicios mecánicos de emergencia”.
Marcos sonrió. Una sonrisa real, amplia, que le iluminó la cara.
Firmó el contrato. Su firma, un garabato rápido que había practicado en sus cuadernos de la secundaria, ahora estaba plasmada en papel membretado de la empresa más importante del país.
Cerró la carpeta.
—Bienvenido a Villalobos & Asociados, Marcos —dijo Richard, extendiendo la mano a través del escritorio.
Marcos estrechó la mano del CEO. Fue un apretón firme, de hombre a hombre. No de jefe a empleado, sino de mentor a pupilo.
—Gracias, Don Ricardo… digo, Licenciado Villalobos.
—Ricardo está bien cuando estemos solos. Ahora vete. Tu mamá te debe estar esperando para celebrar. Y llévate la Suburban, el chofer te va a llevar a cenar a donde tú quieras con tu familia.
Marcos se puso de pie, con la carpeta bajo el brazo. Ya no pesaba. Se sentía como si llevara alas.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y volteó.
Villalobos ya estaba mirando su laptop, trabajando de nuevo, como si acabara de hacer una transacción rutinaria y no acabara de cambiarle la vida a un ser humano.
—Licenciado —dijo Marcos.
Villalobos levantó la vista.
—¿Mande?
—La próxima vez que se le ponche una llanta… llámeme a mí primero. No intente hacerlo usted solo, ya no tiene veinte años.
Villalobos sonrió, negando con la cabeza.
—Lárgate, Marcos. Hasta mañana.
Marcos salió de la oficina.
Cruzó la antesala donde Natalie le guiñó un ojo. Entró al elevador.
Cuando las puertas se cerraron y se quedó solo, Marcos Rivas, el chico de Ecatepec, el hijo de Doña Carmen, soltó un grito. No un grito de euforia descontrolada, sino un grito profundo, gutural, de liberación.
Se recargó en la pared de espejos y empezó a llorar. Lloró y rió al mismo tiempo.
El elevador bajaba rápido, pero esta vez, Marcos no sentía que caía. Sentía que estaba aterrizando.
CAPÍTULO 7: EL BANQUETE DE LOS HUMILDES EN CARROZA REAL
El elevador descendió desde el piso 82 con la suavidad de una pluma cayendo en el vacío, pero el estómago de Marcos seguía allá arriba, flotando entre las nubes y los rascacielos. Al abrirse las puertas en el lobby privado, el aire acondicionado le golpeó la cara, pero ya no sentía frío. Sentía un calor interno, una brasa encendida de pura adrenalina y gratitud.
El chofer, aquel gigante de traje negro y lentes oscuros, lo esperaba en posición de firmes junto a la puerta trasera de la Suburban.
—¿Listo, señor Rivas? —preguntó, con un respeto que no era fingido, sino profesional. Ya no era el “joven” que subió en Ecatepec; ahora era el “Señor Rivas”, el protegido del patrón.
—Listo —respondió Marcos, aferrando la carpeta de piel negra contra su pecho como si contuviera los códigos nucleares.
Subió a la camioneta. El aislamiento acústico cortó de tajo el mundo exterior. Se hundió en el asiento de piel.
—¿A dónde lo llevo, señor? —preguntó el chofer, mirándolo por el retrovisor.
—A casa, por favor. A Ecatepec. Pero… —Marcos dudó un segundo. Recordó lo que le dijo Villalobos: “El chofer te va a llevar a cenar a donde tú quieras”.
Pensó en los restaurantes de lujo de Polanco, en los steakhouses de Insurgentes donde un corte de carne costaba lo que él gastaba en comida en un mes. Podría ir ahí. Podría pedir langosta. Podría pedir champagne.
Pero luego pensó en Doña Carmen. Pensó en su vestido de domingo, en sus manos curtidas, en cómo se sentiría ella en un lugar donde los meseros la mirarían por encima del hombro por no saber qué tenedor usar.
No. Ese no era su triunfo. Su triunfo era del barrio.
—Oiga… ¿cómo se llama usted? —preguntó Marcos al chofer.
—Rogelio, señor. Para servirle.
—Rogelio, ¿le gustan los tacos?
Los ojos del chofer se abrieron ligeramente tras los lentes oscuros. Una media sonrisa rompió su máscara de estoicismo.
—Pues… a quién no, señor.
—Entonces no me lleve directo a la casa. Lléveme a la Avenida Central, a los Tacos “El Paisa”. Mi mamá me va a esperar ahí. Voy a invitarle la cena a ella… y a usted también, si no le molesta cenar con nosotros.
Rogelio soltó una pequeña risa, relajando los hombros por primera vez.
—Será un honor, jefe. Dicen que el suadero de ahí es legendario.
El trayecto de regreso fue diferente. Ya no había angustia. Marcos veía pasar la ciudad iluminada y sentía que, por primera vez, la ciudad no intentaba devorarlo. Sacó su celular. Tenía que avisarle a su madre.
Marcó el número de casa.
—¿Bueno? —contestó Doña Carmen al primer timbrazo. Se escuchaba la preocupación en su respiración.
—Ma… ya voy para allá.
—¿Cómo te fue, mijo? ¿Qué te dijo el señor? ¿Te regañó? —Su voz temblaba.
Marcos sonrió, con lágrimas picándole los ojos.
—No, ma. No me regañó. Ponte guapa, jefa. Y no cocines. Te veo en “El Paisa” en cuarenta minutos. Vamos a celebrar.
—¿Celebrar? ¿Marcos, qué pasó?
—Te cuento allá. Confía en mí.
La Suburban negra entró a Ecatepec como una nave espacial aterrizando en otro planeta. Las luces de xenón cortaban la oscuridad de las calles mal iluminadas. Los baches, que usualmente eran una tortura para la suspensión de las combis, eran imperceptibles en este tanque de lujo.
Al llegar a la taquería “El Paisa”, el contraste fue brutal y maravilloso.
La taquería era un local abierto, con lonas rojas, mesas de plástico de la Coca-Cola y el olor inconfundible a carne asada, cilantro y cebolla que es el perfume de la noche mexicana. Había humo, había ruido, había vida.
Cuando la camioneta blindada se estacionó frente al puesto, la música de la rocola pareció detenerse. Los taqueros, con sus cuchillos en mano, se quedaron pasmados. La gente en las mesas dejó de masticar. Todos esperaban que bajara un político corrupto o un narco local.
Rogelio bajó primero, abrió la puerta trasera y bajó Marcos.
Un murmullo recorrió el lugar.
—¡Es el Marcos! —gritó el hijo de la vecina—. ¡El hijo de Doña Carmen!
Doña Carmen ya estaba ahí, parada en la banqueta, con su rebozo puesto y las manos entrelazadas, nerviosa. Al ver bajar a su hijo de ese monstruo negro, se llevó las manos a la boca.
Marcos caminó hacia ella. No le importó que la gente mirara. No le importó que sus zapatos viejos pisaran la grasa de la banqueta.
Abrazó a su madre con una fuerza que le sacó el aire.
—Mijo… ¿de quién es esa camioneta? —susurró ella, asustada.
Marcos se separó un poco, la miró a los ojos y sacó la carpeta negra.
—Es del trabajo, ma.
Abrió la carpeta y le mostró el contrato. Señaló la cifra del sueldo con el dedo.
Doña Carmen entrecerró los ojos bajo la luz neón de la taquería. Leyó. Volvió a leer. Sus labios se movieron contando los ceros.
Se le fueron las rodillas. Marcos tuvo que sostenerla.
—¡Ay, Dios mío! ¡San Judas Tadeo! —gritó ella, y luego rompió a llorar. Un llanto fuerte, sonoro, de esos que liberan años de angustia acumulada, años de tronarse los dedos para pagar la luz, años de humillaciones silenciosas.
La gente se acercó. Los curiosos, los amigos.
—¿Qué pasó, doña Carmen? ¿Se sacó la lotería?
Marcos levantó la vista, sonriendo entre lágrimas.
—Algo así. Me dieron el trabajo. Y no cualquier trabajo. Soy el asistente del dueño.
Esa noche, la taquería “El Paisa” vivió una fiesta improvisada.
Marcos pidió tacos para todos. “¡Yo invito!”, gritó, y por primera vez en su vida, sabía que podía pagarlo sin tener que preocuparse por el pasaje del día siguiente.
Rogelio, el chofer, se quitó el saco, se remangó la camisa y se sentó en una mesa de plástico con Doña Carmen, comiendo tacos de tripa y escuchando las historias de cuando Marcos era niño.
—Su hijo es un buen hombre, señora —le dijo Rogelio a Doña Carmen entre bocado y bocado—. El patrón no contrata a cualquiera. Y menos le presta la blindada.
Marcos miraba la escena desde la orilla de la mesa. Veía a su madre reír como hacía años no la veía. Veía a sus vecinos felicitarlo, algunos con envidia, sí, pero la mayoría con un orgullo genuino, porque cuando uno del barrio sube, todos sienten que suben un poquito.
Sintió el peso del contrato en su mano.
Sabía que mañana empezaría la guerra. Sabía que tendría que aprender rápido, que tendría que soportar miradas de desprecio en la oficina, que tendría que demostrar que valía cada centavo de ese sueldo absurdo.
Pero esa noche… esa noche era el Rey de Ecatepec.
A la medianoche, la Suburban los dejó en la puerta de su casa.
Antes de que Rogelio se fuera, Marcos le dio la mano.
—Gracias, Rogelio. De verdad.
—Mañana paso por usted a las 6:00 AM, jefe. Descanse. Se lo merece.
Entraron a la casa. Se sentía diferente. Las mismas paredes despintadas, los mismos muebles viejos, pero el aire era distinto. Ya no olía a desesperanza. Olía a futuro.
Doña Carmen puso el contrato junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe y la veladora de San Judas.
—Nunca te olvides de dónde vienes, Marcos —le dijo ella, acariciándole la cara.
—Nunca, ma. Por eso acepté. Para que nunca más tengas que agachar la cabeza.
Marcos se acostó en su cama. El techo de lámina crujía con el enfriamiento de la noche.
Cerró los ojos.
No soñó con dinero. No soñó con oficinas de lujo.
Soñó con un anciano bajo la lluvia, con una llanta ponchada y con un momento de decisión que duró un segundo pero cambió una vida.
CAPÍTULO 8: ZAPATOS NUEVOS, PISADAS DE GIGANTE
La mañana siguiente no tuvo alarma estridente. Marcos despertó a las 5:00 AM por costumbre, pero esta vez, al abrir los ojos, no sintió el peso aplastante de la incertidumbre en el pecho. Sintió, en cambio, una descarga eléctrica de propósito.
Se bañó rápido. El agua fría seguía siendo fría, pero ahora la sentía revitalizante, no como un castigo de la pobreza.
Al vestirse, tuvo un momento de crisis. Su único traje, el azul marino, seguía hecho un desastre en el rincón. El pantalón negro de ayer estaba sucio de grasa de tacos.
Solo le quedaba un pantalón gris de lana, un poco pasado de moda, y una camisa azul cielo que le quedaba ligeramente grande.
Se miró al espejo.
—No pareces un ejecutivo —se dijo—. Pareces el que saca las copias.
Pero luego recordó las palabras de Villalobos: “Aquí adentro importa lo que traes en la cabeza”. Y recordó también la promesa del sastre.
Se vistió con dignidad. Boleó sus zapatos viejos hasta que casi se podía ver en ellos. Se puso las mancuernillas de su abuelo.
—Vamos a chingarle, abuelo —susurró, besando la plata gastada.
Salió a la calle a las 5:55 AM.
La Suburban negra ya estaba ahí, ronroneando como un felino grande y peligroso.
Rogelio le abrió la puerta.
—Buenos días, Señor Rivas. ¿Listo para el primer día?
—Más puesto que un calcetín, Rogelio. Vámonos.
El tráfico de la mañana fue un trámite irrelevante desde el asiento trasero, con una laptop nueva que Rogelio le había entregado (cortesía de la empresa) y un café de Starbucks caliente esperándolo en el portavasos. Marcos aprovechó el viaje no para ver el paisaje, sino para leer. Villalobos le había mandado por correo electrónico a las 3:00 AM un dossier con la agenda del día y los perfiles de los directivos con los que se reunirían.
Marcos leía vorazmente. Memorizaba nombres, cifras, proyectos. Su cerebro, entrenado en la supervivencia y el “resuelve como puedas” de la universidad pública, absorbía la información como una esponja seca.
Llegaron a Santa Fe a las 7:00 AM en punto.
La entrada al corporativo fue, nuevamente, un ejercicio de surrealismo.
Marcos bajó de la camioneta. Caminó hacia la entrada de empleados, no la de visitas.
Sacó su tarjeta de acceso provisional que venía en la carpeta.
Al pasar por los torniquetes, la luz se puso verde. Beep.
Era un sonido simple, pero para Marcos sonó como una fanfarria de victoria. Estaba dentro. Legalmente.
Caminó hacia los elevadores. El lobby ya tenía movimiento. Ejecutivos madrugadores, asistentes corriendo con cafés.
Nadie lo miró mal. Nadie lo escaneó. Caminaba con tal seguridad, con la barbilla tan en alto, que su ropa humilde se volvía invisible ante su actitud.
Pero el destino le tenía reservada una pequeña escena final para cerrar el ciclo.
Mientras esperaba el elevador, las puertas de otro ascensor se abrieron.
Salió Vanessa, la recepcionista del piso 14. La que lo había corrido ayer. La que había tomado su currículum con dos dedos como si fuera basura.
Venía con un café en la mano y hablando por celular. Casi choca con Marcos.
—¡Fíjate por don…! —empezó a reclamar ella, levantando la vista.
Se quedó congelada.
Reconoció la cara. Reconoció los ojos oscuros. Pero algo no cuadraba.
Ayer era un chico mojado, sucio, suplicante.
Hoy estaba parado en el área de elevadores ejecutivos (los que solo usaban los directores), con una laptop corporativa bajo el brazo, limpio, rasurado y con una mirada de acero.
—Buenos días, Vanessa —dijo Marcos, con una calma absoluta.
Ella bajó el teléfono lentamente.
—Tú… tú eres el chico de ayer. El de la lluvia.
—Marcos Rivas. Asistente de Presidencia —corrigió él suavemente—. Por cierto, gracias por recibir mi currículum ayer. Aunque creo que ya no será necesario que se lo pases al Licenciado Callaway.
Vanessa palideció. Se le fue el color del rostro tan rápido que el rubor de sus mejillas pareció pintado por un payaso.
—¿Presidencia? —susurró—. Pero si… el Señor Villalobos no contrata a… quiero decir…
—¿A gente como yo? —Marcos sonrió. No era una sonrisa burlona, sino una sonrisa de alguien que ya perdonó porque ganó—. A veces, Vanessa, el Señor Villalobos valora más la actitud que la etiqueta del traje. Que tengas buen día.
El elevador privado llegó. Marcos entró.
Las puertas se cerraron, dejando a Vanessa con la boca abierta en el lobby, replanteándose probablemente toda su filosofía de vida.
El piso 82 estaba en silencio. Natalie ya estaba ahí, fresca como una lechuga.
—Buenos días, Marcos. Tienes cita con el sastre a las 11:00. Pero primero, el jefe te quiere ver. Ah, y te llegó esto.
Le entregó una caja de regalo envuelta en papel plateado.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Marcos abrió la caja.
Adentro había un par de zapatos. Unos Oxford negros, de piel italiana, hechos a mano. Olían a riqueza. Y junto a ellos, una nota escrita a mano con tinta pluma fuente.
“Para que pises fuerte. Pero nunca olvides lo que se siente caminar con los zapatos mojados. – RV”
Marcos se tragó el nudo en la garganta. Se quitó sus zapatos viejos, los que habían corrido bajo la lluvia, los que habían pisado el lodo de Chalco y el mármol de Santa Fe. Los guardó en la caja con cariño. No los tiraría. Los guardaría como un recordatorio.
Se puso los zapatos nuevos. Le quedaban perfectos.
Entró a la oficina de Villalobos.
Richard estaba al teléfono, hablando en un inglés fluido y agresivo. Al ver entrar a Marcos, le hizo una seña para que se sentara.
Colgó el teléfono y lo miró.
—Llegas a tiempo. Bien. ¿Leíste el informe de la fusión con el grupo asiático?
—Lo leí, señor. Y creo que hay un error en la valoración de los activos en Tailandia. El riesgo político no está factorizado correctamente.
Villalobos arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y tú qué sabes de Tailandia?
—Nada, señor. Pero sé de inestabilidad política. Y los patrones en las gráficas se parecen mucho a lo que pasó aquí en el 94. Si ellos estornudan, nosotros nos enfermamos.
Villalobos se quedó callado unos segundos. Luego sonrió. Una sonrisa de tiburón orgulloso.
—Natalie —gritó hacia la puerta—. ¡Tráele un café a este muchacho! ¡Y que sea doble! Vamos a tener un día largo.
Villalobos se levantó y caminó hacia un pizarrón blanco lleno de números.
—Ven acá, Rivas. Explícame tu teoría. Y no me hables bonito. Háblame con la verdad.
Marcos se levantó. Sus zapatos nuevos golpearon la madera del piso con un sonido sólido, autoritario.
Se paró junto al hombre más poderoso del edificio, tomó un marcador y empezó a escribir.
Por un momento, mientras dibujaba números y explicaba estrategias, Marcos miró de reojo hacia el ventanal.
La ciudad se extendía abajo, infinita y caótica. Allá a lo lejos, donde la bruma gris se mezclaba con el cerro, estaba Ecatepec. Estaba su casa. Estaba su pasado.
Pero él estaba aquí.
No por suerte. No por caridad.
Estaba aquí porque cuando la vida le puso una prueba disfrazada de desgracia, él eligió ser humano antes que ser exitoso. Y esa elección, irónicamente, le había dado ambas cosas.
—Rivas, ¿te quedaste dormido? —ladró Villalobos—. ¡Ese margen de ganancia no se va a calcular solo!
—No, señor. Aquí estoy —respondió Marcos, volviendo a la realidad con una sonrisa—. Solo estaba viendo que va a llover.
—Que llueva —dijo Villalobos sin mirar—. Nosotros estamos bajo techo. Y si se nos poncha una llanta…
—La cambiamos, jefe —completó Marcos—. En menos de diez minutos.
Villalobos soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda.
—Bienvenido al juego, hijo. Ahora demuéstrame de qué estás hecho.
Marcos Rivas respiró hondo, llenando sus pulmones de aire acondicionado y futuro.
—Estoy hecho de barrio, señor. Y el barrio nunca se raja.
Y así, con un marcador en la mano y el mundo a sus pies, Marcos comenzó a escribir el primer capítulo de su propia leyenda.
FIN