
CAPÍTULO 1: EL FRÍO DEL OLVIDO EN LA CALLE DE LOS SUEÑOS ROTOS
El viento de noviembre en la Ciudad de México tiene una cualidad particular: no es solo aire frío, es una navaja invisible impregnada de smog, humedad y el aliento gélido del concreto que parece odiar a cualquiera que no tenga un techo bajo el cual resguardarse. Para Daniel Soto, ese viento era su único compañero constante, un verdugo que lo visitaba cada madrugada en su refugio improvisado en la zona industrial de Vallejo.
Daniel estaba sentado en posición fetal, con las rodillas pegadas al pecho, sobre un pedazo de cartón que alguna vez fue la caja de un refrigerador de lujo. Su “cama” estaba ubicada en el rincón más oscuro de un taller mecánico abandonado, una estructura esquelética de láminas oxidadas y vigas torcidas que gemían cada vez que una ráfaga de aire golpeaba el norte de la ciudad. Sus manos, esas manos que apenas tres meses atrás eran las herramientas más prometedoras de la dinastía Soto, ahora estaban irreconocibles. La grasa vieja se había incrustado en sus huellas dactilares, mezclándose con la mugre de la calle, creando un mapa de suciedad que ni el agua fría de los grifos públicos lograba borrar.
Se miró las palmas. Estaban llenas de rasguños recientes. El dedo índice de la mano derecha tenía un corte feo, mal cicatrizado, recuerdo de una pelea con un perro callejero por la mitad de una torta de tamal que alguien había tirado cerca del Metro Ferrería.
—Mírate, Dani —susurró, y su voz sonó extraña, rasposa, como si perteneciera a un viejo fumador y no a un niño de catorce años—. Mírate. El heredero del rey de los motores peleando por sobras con un chucho sarnoso.
El hambre era un animal vivo dentro de él. No era ese apetito ligero que sientes cuando se te hace tarde para comer y te ruge la tripa. No. Esto era dolor. Era un vacío ácido que le carcomía las paredes del estómago, enviando calambres que lo hacían doblarse. Llevaba dos días sin una comida decente. Ayer había encontrado una bolsa de papas fritas casi vacía y una botella de refresco con un sorbo caliente y sin gas. Eso fue todo. Su cuerpo, que estaba en pleno crecimiento y acostumbrado a los guisados caseros de su madre —el chicharrón en salsa verde, las albóndigas al chipotle—, se estaba consumiendo a sí mismo. Sentía cómo sus costillas se marcaban cada vez más contra la tela delgada de sus camisetas encimadas.
Llevaba puesta toda su ropa. Una camiseta de tirantes, una playera de la selección mexicana despintada, una camisa de franela que le quedaba grande y una sudadera gris con el cierre roto que había “pescado” de un tendedero en una vecindad de la colonia Obrera antes de que lo corrieran a pedradas. Aún así, temblaba. El frío del suelo de cemento subía por sus piernas, entumiendo sus pies dentro de unos tenis Converse que ya pedían clemencia, con las suelas agujereadas tapadas con cartón doblado.
Pero el frío físico no era lo peor. Lo que realmente amenazaba con congelarle el corazón eran los recuerdos. En la soledad de la noche, cuando el ruido de los tráilers en la Avenida Ceylán disminuía un poco, su mente viajaba al pasado. Un pasado que estaba tan cerca, a solo cuatro meses de distancia, pero que se sentía como si hubiera ocurrido en otra vida, en otro universo donde la justicia existía.
Hace cuatro meses, Daniel no era un niño de la calle. Era Daniel Soto, el hijo de Víctor Soto, el nieto de Don Miguel Soto. Era el príncipe heredero de “Automotriz Soto e Hijo”.
El taller de su padre no era un simple negocio; era un santuario. Ubicado en una calle transversal de Azcapotzalco, el edificio de ladrillo rojo destacaba entre las bodegas grises y las fábricas de plásticos. No era enorme, ni lujoso, pero tenía alma. Al cruzar el portón de hierro verde, te golpeaba un olor inconfundible y maravilloso: una mezcla de aceite de motor virgen, desengrasante cítrico, caucho quemado y el aroma dulce del café de olla con canela que Doña Olga, su madre, preparaba religiosamente todas las mañanas a las siete en punto.
Don Miguel, su abuelo, había fundado el lugar en los años 70. Era una leyenda en el barrio. Decían los viejos taxistas que Don Miguel podía afinar un carburador de vocho usando solo su oído y un desarmador plano, y que podía diagnosticar una falla en la transmisión con solo poner la mano sobre el cofre y sentir la vibración. Víctor, el padre de Daniel, había heredado ese don casi místico, pero le había sumado algo más: ambición y técnica moderna.
Víctor no se conformó con ser un “maistro” de barrio que arreglaba lo que cayera con alambre y cinta de aislar. No. Víctor quería excelencia. Daniel recordaba verlo llegar a casa tarde, con los ojos rojos de cansancio, pero cargando libros gruesos sobre inyección electrónica, sistemas híbridos y diagnósticos computarizados.
—El mundo cambia, Dani —le decía su padre mientras cenaban—. Los coches ya no son solo fierros. Ahora son computadoras con ruedas. Si no aprendemos, nos morimos. Y los Soto no nos morimos.
El día que cambió todo, para bien —o eso creían—, fue un martes de abril. El sol de primavera entraba a plomo por los tragaluces del taller, iluminando el polvo que flotaba en el aire como oro molido. Daniel estaba ayudando a limpiar un cuerpo de aceleración de un Jetta Clásico cuando vio entrar a su padre. Víctor traía una carpeta de piel bajo el brazo y una sonrisa que le partía la cara, una sonrisa tan grande que parecía doler.
—¡Olga! ¡Dani! ¡Don Chucho! —gritó Víctor, llamando también al ayudante más veterano—. ¡Apaguen todo! ¡Vengan acá!
Su madre salió de la pequeña oficina con los lentes en la punta de la nariz y un lápiz en la oreja.
—¿Qué pasó, viejo? ¿Te sacaste la lotería o qué? —preguntó ella, limpiándose las manos en el delantal.
—Mejor que eso, vieja. Mejor que eso. —Víctor puso la carpeta sobre el banco de trabajo, apartando unas llaves inglesas, y la abrió con la delicadeza con la que se trata a un recién nacido.
Eran tres documentos enmarcados en papel de alta calidad, con sellos dorados y firmas en tinta azul.
—Miren nomás —dijo Víctor, con la voz quebrada por la emoción—. Certificación oficial de la Asociación de Ingenieros Automotrices de Alemania para servicio de post-venta independiente. Certificación de Especialista en Sistemas Híbridos Japoneses. Y la joya de la corona: la Licencia de Operación para Vehículos de Alta Gama de la Cámara Nacional.
Daniel, que entonces tenía doce años, se acercó de puntitas para leer los papeles. No entendía todas las palabras técnicas, pero entendía lo que significaban los logotipos: BMW, Mercedes-Benz, Audi, Lexus.
—Papá… ¿eso significa que van a venir los coches de las películas? —preguntó con los ojos abiertos como platos.
Víctor lo cargó en brazos, algo que ya casi no hacía porque Daniel estaba creciendo rápido, y le dio un beso sonoro en la mejilla, dejándole una mancha de grasa que a Daniel no le importó en lo absoluto.
—Así es, campeón. Ya no somos un taller de “talacha”. Ahora somos especialistas. Vamos a tocar motores que valen más que esta casa. Vamos a ver tecnología que la mayoría de los mecánicos de aquí solo ven en revistas. Pero escucha bien lo que te voy a decir, Daniel.
Víctor bajó a su hijo y se puso a su altura, mirándolo fijamente a los ojos. Su rostro se puso serio, solemne.
—Tener estos papeles no es para presumir. Es una responsabilidad. Cuando alguien te trae un coche de dos, tres, cinco millones de pesos, no te está trayendo un juguete. Te está trayendo su seguridad, la vida de su familia. Un error en un coche que corre a 250 kilómetros por hora no es una falla mecánica, Daniel, es un crimen.
—Lo entiendo, papá —dijo Daniel, sintiendo el peso de las palabras.
—Nuestra herramienta más valiosa no es el escáner de cien mil pesos, ni el elevador hidráulico. Nuestra herramienta más valiosa es esto —Víctor se golpeó el pecho, justo sobre el corazón—. La honestidad. La gente rica está harta de que la roben en las agencias, de que les cobren el aire de las llantas a precio de oro. Si nosotros les damos verdad, si les cobramos lo justo y hacemos el trabajo perfecto, nunca nos va a faltar el pan.
Y tenía razón. Durante los siguientes meses, “Soto e Hijo” vivió su época dorada. El rumor se corrió rápido entre los círculos de dueños de autos de lujo.
—”Ve con Soto, en Azcapotzalco. El lugar no es bonito, pero el tipo es un genio y no te roba” —se decían unos a otros en los clubes de golf y en las oficinas de Santa Fe.
Empezaron a llegar. Un desfile de máquinas impresionantes cruzaba el portón verde. Daniel aprendió a diferenciar el ronroneo suave de un V6 alemán del rugido agresivo de un V8 americano. Aprendió a usar el escáner, a interpretar códigos de error, a purgar sistemas de frenos ABS con la paciencia de un monje. Era feliz. Iba a la escuela en la mañana, y en la tarde corría al taller, se ponía su overol azul talla chica y se convertía en la sombra de su padre.
Su futuro estaba trazado. Terminaría la secundaria, estudiaría ingeniería mecánica en el Politécnico y un día, el letrero diría “Soto e Hijos” (en plural, porque él pensaba tener muchos hijos).
Pero la felicidad es frágil en una ciudad donde el dinero manda.
El desastre no llegó como un terremoto, de golpe. Llegó lento, con el ruido de camiones de volteo y excavadoras.
Justo enfrente de su taller, cruzando la calle de doble sentido, había un terreno baldío enorme, lleno de cascajo y hierba mala. Un día, cercaron el terreno con láminas azules.
—Van a hacer bodegas —dijo Víctor, sin darle importancia, mientras ajustaba la cadena de tiempo de una camioneta Lobo—. Es buena señal, más movimiento en la zona.
Pero no eran bodegas.
La construcción fue veloz, casi obscena. En tres meses, se levantó una estructura que humillaba a todo lo que la rodeaba. Paredes de cristal templado de piso a techo, pisos de porcelanato blanco que brillaban tanto que lastimaban la vista, luces LED de última generación que convertían la noche en día.
Y luego, el letrero. Un monstruo de letras cromadas y luz neón azul eléctrico: PREMIUM MOTORS – SERVICE CENTER.
Daniel recordaba la primera vez que vio al dueño. Era el día de la inauguración. Había edecanes en minifalda regalando globos, música de banda a todo volumen y una fila de autos esperando entrar. El dueño salió a la banqueta como si fuera el dueño del mundo.
Valerio Gómez. Un tipo gordo, pero de esa gordura dura, apretada en trajes italianos que costaban más de lo que Víctor ganaba en seis meses. Llevaba anillos de oro en tres dedos y un reloj que parecía un platillo volador. No tenía grasa debajo de las uñas. Sus manos eran suaves, de manicura semanal.
Esa misma tarde, Valerio cruzó la calle. Entró al taller de los Soto con la nariz arrugada, como si oliera a animal muerto.
Víctor estaba debajo de un Audi, apretando el cárter. Salió en el carrito deslizador, limpiándose las manos con una estopa.
—Buenas tardes —dijo Víctor, educado como siempre.
Valerio no saludó. Miró alrededor, observando las paredes de ladrillo manchadas, el calendario de una refaccionaria con una chica en bikini colgado en la pared, el piso de cemento agrietado.
—Soy Valerio Gómez. Dueño de Premium Motors. —Su voz era empalagosa, falsa—. Vine a presentarme con los… vecinos. Aunque veo que esto es más un museo que un taller.
Víctor se puso de pie. A pesar de ser más bajo que Valerio, su presencia era más sólida.
—Víctor Soto. A sus órdenes. Y sí, es un taller de verdad. Aquí trabajamos, no modelamos.
Valerio soltó una risita seca.
—Mire, Soto. Voy a ser directo. Su changarro afea la vista de mi centro de servicio. Mis clientes no quieren ver esto cuando vienen a tomarse un espresso en mi sala VIP. Le ofrezco comprarle el terreno. A precio de terreno, claro, la construcción habrá que demolerla.
Víctor apretó la mandíbula.
—Este “changarro” es mi vida y la de mi padre. No está en venta. Y mis clientes vienen por la mecánica, no por el café.
—Sus clientes… —Valerio miró con desdén el Audi—. Disfrútelos mientras le duren, amigo. La gente con dinero quiere experiencia. Quiere lujo. Quiere que la traten como realeza, no que la llenen de grasa. Se lo advierto, por las buenas le ofrezco dinero. Por las malas… se va a quedar sin nada.
Víctor le señaló la salida.
—Cierre la puerta al salir, que se mete el polvo.
Valerio se fue, pero su amenaza quedó flotando en el aire como un gas tóxico. Y cumplió.
La guerra comenzó al día siguiente. “Premium Motors” tapizó la ciudad con publicidad: “Diagnóstico Gratis”, “2×1 en servicios mayores”, “Lavado y encerado de regalo con cualquier reparación”, “Sala de espera con bar y masajes”.
Los precios que anunciaban eran imposibles. Daniel, que era bueno con los números, hizo las cuentas en su cuaderno escolar.
—Papá, mira. Cobran dos mil pesos por el cambio de aceite sintético y filtros para un BMW. Solo el aceite original cuesta mil ochocientos, y el filtro quinientos. Están perdiendo dinero.
Víctor miró los números y negó con la cabeza.
—Nadie trabaja para perder, hijo. Si cobran eso, es porque no están poniendo lo que dicen que ponen. O el aceite es reciclado, o los filtros son chinos de veinte pesos.
—Hay que decirle a la gente —dijo Daniel, indignado.
—No podemos acusar sin pruebas. Nuestra reputación hablará por nosotros. La calidad siempre gana al final.
Pero Víctor subestimó el poder de la apariencia. Los clientes, deslumbrados por el edificio de cristal y las edecanes, empezaron a cancelar citas con los Soto.
—Lo siento, Víctor —decía un cliente habitual por teléfono—. Es que enfrente me cobran la mitad y me dan el coche lavado en una hora. Tú te tardas todo el día.
—Porque yo reviso todo, señor Martínez. Porque yo desarmo y limpio. Ellos solo cambian piezas por encima.
—Sí, sí, pero la economía está dura. Gracias, Víctor.
El taller se fue vaciando. Tuvieron que despedir a Don Chucho y al otro ayudante. Víctor y Daniel se quedaron solos, sentados en bancos de trabajo vacíos, esperando que sonara el teléfono. Las deudas empezaron a acumularse. La luz, el agua, la renta del equipo. Doña Olga dejó de hacer guisados con carne y empezó a hacer solo frijoles y arroz. El ambiente en la casa se volvió pesado, silencioso.
Y entonces, ocurrió la tragedia.
Fue una noche de lluvia torrencial. Víctor y Daniel estaban cerrando el taller, tristes porque en todo el día solo habían parchado una llanta de bicicleta. De pronto, las luces de varias patrullas iluminaron la calle. Sirenas, gritos, golpes en el portón.
—¡Abran! ¡Policía Judicial!
Víctor abrió, asustado. Entraron cinco agentes empapados, con armas largas.
—¿Víctor Soto?
—Sí, soy yo.
—Queda detenido por el delito de daño en propiedad ajena doloso, lesiones graves y tentativa de homicidio.
—¿Qué? —Víctor se puso pálido—. ¿De qué hablan?
—El vehículo Tesla Model X que usted “reparó” ayer. El dueño se acaba de estrellar en la autopista México-Toluca. Se le salió la dirección a 100 kilómetros por hora. Está en terapia intensiva. El peritaje inicial dice que los pernos de la dirección fueron aflojados intencionalmente. Sabotaje.
—¡Yo no toqué esa dirección! —gritó Víctor mientras lo esposaban contra el cofre de un coche—. ¡Ese coche vino solo para cambio de balatas traseras! ¡Ni siquiera levanté la parte de enfrente!
—Eso dígaselo al juez. Tenemos testigos que dicen que usted amenazó con que los coches de ese tipo fallarían si no venían con usted.
Daniel intentó correr hacia su padre, pero un policía lo empujó.
—¡Papá! ¡Papá!
—¡Cuida a tu madre, Daniel! —gritó Víctor mientras lo metían a la patrulla—. ¡No dejes que se rinda! ¡Yo no hice nada! ¡Es una trampa!
Daniel vio cómo se llevaban a su padre bajo la lluvia. Vio las luces rojas y azules reflejándose en los charcos. Y al girar la vista, vio algo más.
Al otro lado de la calle, detrás del ventanal impecable de “Premium Motors”, estaba Valerio Gómez. Tenía una copa de vino en la mano. Estaba mirando la escena. Y sonreía.
Esa noche, la infancia de Daniel terminó.
Su madre no aguantó. La vergüenza, el miedo, la deuda. Tuvo una crisis nerviosa severa a los tres días. Los servicios sociales se la llevaron a un hospital psiquiátrico público. A Daniel lo mandaron a un albergue del DIF en la colonia Doctores. Un lugar gris, lleno de niños rotos y funcionarios indiferentes.
Duró una semana. Se escapó saltando una barda de tres metros, cortándose las manos con los vidrios de protección, pero no le importó.
Tenía una misión. No tenía dinero, no tenía casa, no tenía familia. Pero tenía la sangre de los Soto. Tenía el conocimiento. Sabía que Valerio Gómez le había tendido una trampa a su padre. Ese Tesla… Daniel recordaba haberlo visto entrar a “Premium Motors” antes de llegar a su taller.
Tenía que probarlo.
Así que regresó a Azcapotzalco. Se instaló en ese garage abandonado frente al imperio de su enemigo. Y comenzó a observar.
Un ruido fuerte sacó a Daniel de sus recuerdos.
Un trueno. O quizás un camión pasando por un bache. El presente lo golpeó de nuevo con su realidad helada.
Se levantó, sacudiéndose el polvo. Sus piernas estaban entumidas. Tenía que moverse o moriría de hipotermia.
Se acercó a la rendija del portón. Eran las siete de la mañana. Las luces de “Premium Motors” seguían encendidas, pero el sol empezaba a teñir de gris el cielo contaminado de la ciudad.
Ya empezaba el movimiento. Los empleados de limpieza llegaban con sus uniformes verdes. Luego, los mecánicos con sus overoles naranjas inmaculados, riendo, fumando, sin una sola mancha de grasa.
Y entonces, la vio llegar.
Una camioneta. Pero no cualquier camioneta.
Era una bestia blanca. Una SUV de ultra lujo, una de esas camionetas europeas que parecen tanques de guerra diseñados por modistas. Brillaba incluso bajo la luz gris de la mañana.
Daniel conocía esa camioneta. La tenía registrada en su cuaderno mental y en las hojas sucias que guardaba en su bolsillo.
Matrícula: PYU-909-C.
Dueña: La señora rubia, elegante, siempre con prisa, siempre furiosa.
Era la cuarta vez en dos meses que esa camioneta regresaba.
Daniel sintió un chispazo en el cerebro. Una idea. Una locura.
Su estómago rugió con fuerza, recordándole que necesitaba comer. Pero su corazón latió más fuerte, recordándole que necesitaba justicia.
—Hoy es el día —susurró Daniel, sintiendo cómo la adrenalina calentaba su sangre por primera vez en semanas—. Hoy se acaba tu suerte, Valerio. Hoy te voy a tirar el teatro, aunque me muera de hambre en el intento.
Se ajustó la sudadera, se frotó la cara para quitarse las lagañas y, con el paso vacilante de quien no ha comido pero tiene la determinación de un soldado kamikaze, empujó la lámina suelta del portón y salió a la calle.
Hacia el frío. Hacia el enemigo. Hacia su destino.
CAPÍTULO 2: EL DIABLO VISTE DE SEDA
Daniel Soto cruzó la Avenida Ceylán con la cautela de un gato callejero. El tráfico a esa hora de la mañana ya era denso; camiones de carga pesada rugían escupiendo humo negro, combis atestadas de trabajadores tocaban el claxon con desesperación, y motociclistas se jugaban la vida serpenteando entre los carriles. El ruido era ensordecedor, una sinfonía de motores y frustración urbana que para Daniel, paradójicamente, era música conocida. Era el latido de su mundo, el mundo de los fierros y la gasolina.
Se detuvo en el camellón central, ocultándose detrás de una palmera seca y un anuncio espectacular de “Préstamos Rápidos sin Aval”. Desde ahí, tenía una visión perfecta de la entrada de Premium Motors. El edificio era un insulto brillante en medio de la grisura de la zona industrial. Mientras los talleres vecinos tenían fachadas despintadas y portones abollados, el reino de Valerio Gómez resplandecía como una clínica privada suiza. Los cristales estaban tan limpios que parecían invisibles, y el piso de la entrada estaba pintado con epóxico gris perla, sin una sola mancha de aceite.
«Un taller sin manchas es un taller donde no se trabaja», solía decir su padre. «La grasa es la sangre del oficio, Dani. Si no te ensucias, no estás arreglando nada, solo estás cambiando piezas como si fueran legos».
Daniel observó cómo se abría la pluma automática de la entrada. Un guardia de seguridad privado, con uniforme táctico y cara de pocos amigos, saludó militarmente. La camioneta blanca, la SUV de lujo matrícula PYU-909-C, se deslizó hacia el interior con la majestuosidad de un transatlántico entrando a puerto. Pero había algo mal. Daniel aguzó el oído. A pesar del ruido de la avenida, su oído entrenado captó la disonancia.
Chirr… clac… chirr… clac…
Un sonido rítmico, metálico, agudo. Venía de la rueda delantera izquierda.
—Frenos —murmuró Daniel para sí mismo—. O balero de masa. Pero suena más a disco alabeado rozando con la pastilla.
La camioneta se detuvo frente a la recepción de cristal. La puerta del conductor se abrió con violencia y bajó una mujer. Daniel ya la conocía bien de sus vigilancias anteriores. Se llamaba Alina Cortés. Lo sabía porque una vez escuchó al guardia llamarla “Licenciada Cortés” y, en otra ocasión, encontró un recibo de tintorería con su nombre que se le había caído al salir del auto.
Alina era una fuerza de la naturaleza. Alta, delgada, siempre vestida con trajes sastre impecables que costaban lo que un mecánico promedio gana en un año. Su cabello rubio estaba peinado en un bob perfecto que no se movía ni con el viento. Pero lo más notable de ella era su energía. Caminaba como si el suelo le debiera dinero. Y hoy, esa energía era pura furia nuclear.
Daniel vio cómo azotaba la puerta de la camioneta, un gesto que hizo estremecer el chasis de la máquina de tres toneladas. Se quitó los lentes de sol y los sostuvo como si fueran un arma punzocortante. Entró a la recepción de Premium Motors como un huracán, ignorando a la recepcionista que intentó ofrecerle un café.
Daniel necesitaba acercarse. Tenía que escuchar.
Cruzó el segundo tramo de la avenida, esquivando un tráiler de doble remolque que le tocó el claxon tan fuerte que sintió la vibración en los dientes. Llegó a la acera de Premium Motors y se pegó a la pared lateral, oculto por unos arbustos ornamentales que Valerio había mandado plantar para darle “clase” al lugar. Se arrastró entre las ramas secas hasta quedar agazapado cerca de las puertas corredizas de cristal, que estaban abiertas para dejar entrar el aire fresco de la mañana.
Desde ahí, tenía palco de primera fila.
—¡Valerio! —El grito de Alina resonó en todo el lobby, haciendo que dos clientes que esperaban sentados en sillones de cuero blanco saltaran de susto—. ¡Sal de tu maldita cueva ahora mismo!
La recepcionista, una chica joven con demasiado maquillaje que parecía aterrorizada, balbuceó algo por el intercomunicador.
—Señor Gómez… la Licenciada Cortés está aquí… y está… eh… muy alterada.
Segundos después, las puertas de la oficina principal, ubicadas al fondo del lobby detrás de un mostrador de mármol, se abrieron. Salió Valerio Gómez.
Si el diablo tuviera una franquicia de talleres, Valerio sería el gerente regional del mes. Llevaba un traje azul eléctrico brillante, una camisa blanca desabotonada en el cuello para mostrar una cadena de oro gruesa, y zapatos de charol puntiagudos. Su cabello estaba engominado hacia atrás, duro como un casco. Sonreía, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos pequeños y calculadores; era una mueca ensayada, la sonrisa del vendedor que sabe que te está estafando pero confía en que eres demasiado tonto para notarlo.
—¡Mi querida Licenciada Cortés! —exclamó Valerio, abriendo los brazos como si quisiera abrazarla—. ¡Qué placer verla tan temprano! ¿Vino por el lavado de cortesía? Hoy tenemos cera de carnaúba importada de Brasil…
—¡Cállate, Valerio! —lo cortó Alina, señalándolo con el dedo—. ¡Ahórrate tu discurso de ventas barato! ¡Casi me mato! ¿Me oyes? ¡Casi me mato en el Segundo Piso del Periférico!
Valerio bajó los brazos lentamente, su sonrisa flaqueó por un milisegundo, pero se recuperó rápido. Adoptó una postura de falsa preocupación, juntando las manos en gesto de rezo.
—¿Cómo dice? Dios mío, Licenciada, no me asuste. ¿Qué pasó? Si su camioneta salió de aquí hace apenas dos semanas, revisada de pies a cabeza. Está impecable.
—¿Impecable? —Alina soltó una risa histérica, sin humor—. ¡Impecable mis ovarios, Valerio! Iba a ochenta kilómetros por hora, tuve que frenar de emergencia porque un idiota se me cerró, ¿y sabes qué hizo mi camioneta “impecable”? ¡El volante empezó a sacudirse como si tuviera epilepsia! ¡El pedal del freno me rebotó en el pie y el coche se jaló a la izquierda! ¡Casi me estampo contra el muro de contención!
Daniel, escondido entre los arbustos, asintió levemente. Alabeo de discos y descalibración del ABS, pensó. Clásico síntoma de material de baja calidad que se deforma con el calor.
—Licenciada, por favor, baje la voz —susurró Valerio, mirando nerviosamente a los otros clientes que ahora observaban la escena con fascinación—. Hablemos en mi oficina, le ofrezco un espresso, un agua Perrier…
—¡No quiero tu agua! —gritó Alina—. ¡Quiero explicaciones! Te pagué cuarenta mil pesos hace dos semanas. Cuarenta. Mil. Pesos. Por el cambio de discos y balatas delanteras. Me juraste, me juraste por la vida de tu madre que eran refacciones originales alemanas, importadas directamente de la planta de Stuttgart.
—Y lo eran, Licenciada, lo eran —insistió Valerio, con esa suavidad aceitosa que daba náuseas—. Tengo las facturas, los pedimentos de importación…
—¡Papelitos! —escupió Alina—. ¡Tus papeles no frenan mi coche! Si eran originales, ¿por qué fallaron en quince días? ¿Eh? ¿Por qué mi camioneta suena como una matraca vieja cada vez que toco el freno?
Valerio suspiró, como un maestro paciente lidiando con un alumno lento. Se acercó un paso a ella, invadiendo su espacio personal con su colonia cara y empalagosa.
—Mire, Alina… permítame llamarla Alina. Usted es una mujer de negocios, entiende que a veces… hay factores externos. Tal vez pasó por un charco profundo con los frenos calientes. Eso templa el acero, lo dobla. O tal vez cayó en uno de esos baches lunares que tiene esta ciudad. Eso no es culpa de la refacción, es culpa del gobierno, de las calles…
—¡No caí en ningún bache! —gritó ella, aunque su voz titubeó un poco. Valerio era experto en sembrar duda, en hacer sentir al cliente que el idiota era él—. Manejo con cuidado. Es mi camioneta, la cuido más que a mi casa.
—Lo sé, lo sé —Valerio le puso una mano en el hombro, con condescendencia—. Pero las máquinas son caprichosas. Deje que mis muchachos la revisen. Seguro es un ajuste menor, una rectificación. Se la tenemos lista para la tarde. Y por las molestias… le hago un 20% de descuento en la mano de obra. ¿Le parece justo?
Alina se quedó callada, respirando agitadamente. Daniel veía la lucha en su rostro. Sabía que la estaban engañando, lo sentía en las entrañas, pero no tenía los conocimientos técnicos para probarlo. Y Valerio lo sabía. Valerio contaba con eso. Contaba con que la gente rica no se ensucia las manos, no se tira al piso a revisar números de serie. Contaba con su ignorancia.
—No sé, Valerio… —dijo Alina, bajando la voz, derrotada—. Ya he gastado demasiado. Mi socio dice que mejor la venda, que me salió mala.
—¡No! ¡Jamás! —exclamó Valerio, alarmado. Perder a un cliente recurrente era perder una mina de oro—. Esa camioneta es una joya. Solo necesita… cariño. Déjemela. Yo personalmente voy a supervisar la reparación. Le prometo que quedará como nueva. Confíe en mí.
«Confíe en mí». Esas palabras fueron el detonante para Daniel. Eran las mismas palabras que Valerio le había dicho a su padre antes de arruinarlo. Las mismas palabras que usaba para vender su veneno.
El hambre de Daniel desapareció por un segundo, reemplazada por un fuego frío que le subió por la columna vertebral. No podía permitirlo. No otra vez. No a esta mujer. No mientras él estuviera respirando a diez metros de distancia.
Daniel miró su reflejo en el cristal oscuro de la ventana. Vio a un niño sucio, con el pelo revuelto, ojeras profundas y ropa que parecía sacada de la basura (porque lo era). Vio a un “nadie”. Un fantasma urbano. ¿Quién le iba a creer? ¿Quién iba a escuchar a un pordiosero por encima de un empresario con traje y reloj de oro?
«El miedo es útil, Dani», le decía su padre cuando él tenía miedo de bajar a la fosa del taller por primera vez. «El miedo te mantiene alerta. Pero no dejes que te paralice. Si sabes que tienes la razón, empuja. Empuja hasta que se rompa el miedo o se rompa el problema».
Daniel cerró los ojos un segundo. Inhaló el aire contaminado de la mañana. Exhaló.
—Empuja —se susurró a sí mismo.
Salió de los arbustos. Se sacudió las hojas secas de la sudadera, se subió el cierre roto lo más que pudo para ocultar la playera sucia, y caminó hacia la entrada principal.
El guardia de seguridad lo vio venir. Era un tipo grandote, con cara de aburrido, recargado en el marco de la puerta.
—Órale, escuincle, aquí no se piden limosnas. Circúlale —dijo el guardia, moviendo la mano como si espantara una mosca.
Daniel no se detuvo. Siguió caminando, mirando fijo hacia el interior, hacia donde Alina y Valerio seguían hablando.
—¡Te dije que le llegues! —El guardia dio un paso al frente, interponiéndose en su camino y poniendo una mano en su macana.
Daniel se detuvo a un metro de él. Levantó la vista.
—No vengo a pedir limosna —dijo Daniel. Su voz le tembló un poco, pero se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo, más fuerte—. Vengo a hablar con la dueña de la camioneta blanca.
El guardia soltó una carcajada ronca.
—¿Tú? ¿Hablar con la Licenciada? Estás drogado, chamaco. Lárgate antes de que te de una patada que te mande de regreso a tu coladera.
El ruido de la conmoción en la entrada llamó la atención de los de adentro. Alina volteó hacia la puerta. Valerio también, con cara de fastidio.
—¿Qué pasa ahí, Ramírez? —gritó Valerio—. ¡Saca a ese indigente, espantas a la clientela!
Ramírez, el guardia, agarró a Daniel por el brazo. Su agarre era fuerte, doloroso. Los dedos se le clavaron en el bíceps flaco.
—¡Ya oíste al patrón! ¡Vámonos! —y lo jaló con violencia hacia la calle.
Daniel sintió el dolor, pero también sintió la oportunidad escapándose. Si lo echaban ahora, nunca volvería a entrar. Alina se iría, dejaría su camioneta, Valerio la seguiría estafando, y su padre seguiría pudriéndose en la cárcel.
Tenía que hacer algo drástico.
Se aferró al marco de la puerta con la mano libre, resistiendo el jalón del guardia.
—¡Oiga! ¡Señora! —gritó Daniel con todas sus fuerzas, ignorando al guardia que ahora lo jaloneaba de la camisa—. ¡Señora de la camioneta blanca! ¡No le crea! ¡Le está mintiendo!
Alina se detuvo en seco. La desesperación en la voz del chico atravesó el cristal y el ruido ambiental. Había algo en ese grito que no sonaba a locura, sino a urgencia.
—¡Cállate, maldito mocoso! —El guardia levantó la macana para soltarle un golpe en las costillas.
—¡Ramírez, alto! —La voz de Alina cortó el aire como un látigo.
El guardia se congeló con la macana en el aire. Miró a Alina, luego a Valerio, buscando instrucciones.
Valerio puso los ojos en blanco.
—Licenciada, disculpe este espectáculo lamentable. Es la plaga de esta zona, niños de la calle, drogadictos… Ramírez, sácalo, pero sin pegarle aquí enfrente, llévatelo a la esquina.
—¡Dije alto! —Alina caminó hacia la puerta. Sus tacones resonaron en el piso de epóxico: clac, clac, clac. Se detuvo frente a Daniel y el guardia.
Miró al chico. De cerca, el olor a suciedad era evidente, una mezcla de sudor viejo y polvo. Pero Alina también vio sus ojos. Eran ojos grandes, oscuros, inteligentes. Y estaban fijos en los suyos, sin miedo, sin pedir compasión.
—Suéltalo —ordenó Alina.
El guardia soltó el brazo de Daniel de mala gana. Daniel se sobó el músculo dolorido, pero no retrocedió. Se quedó ahí, plantado, respirando agitado.
—¿Qué dijiste? —preguntó Alina, cruzándose de brazos—. Dijiste que me está mintiendo. ¿Quién? ¿Y por qué debería escucharte a ti?
Daniel tragó saliva. Su garganta estaba seca.
—El señor Gómez —dijo Daniel, señalando a Valerio con un dedo sucio de grasa—. Le está mintiendo sobre sus frenos. No son originales. Son chinos. Y son peligrosos.
Valerio soltó una carcajada, una risa fuerte y teatral que buscaba ridiculizar el momento. Se acercó a ellos, sacudiendo la cabeza.
—¡Esto es increíble! ¡El colmo! Ahora resulta que un pordiosero que huele a thinner es experto en mecánica automotriz. —Valerio se dirigió a Alina, sonriendo—. Licenciada, por favor. Este niño seguro quiere sacarle dinero para una mona de guayaba. Le inventa un cuento y espera que usted le dé cien pesos. Es un truco viejo.
—No quiero dinero —dijo Daniel, firme. Miró a Valerio directo a los ojos, y por primera vez, Valerio sintió una punzada de incomodidad. La mirada del niño era demasiado intensa, demasiado acusadora—. Solo quiero que no maten a la señora.
—¿Matarme? —Alina levantó una ceja, intrigada y alarmada a la vez.
—Sí —continuó Daniel—. Escuché su camioneta cuando entró. El rechinido es de metal blando. Los discos originales de esa marca tienen una aleación de carbono y cerámica que no suena así, ni aunque estén calientes. Lo que usted trae puesto son discos de hierro fundido barato, recuperados y torneados. Se deforman con el calor. Por eso le vibró el volante. Por eso se le fue el coche de lado. El sistema ABS de su camioneta está diseñado para discos de alta fricción. Con esos discos chafas, el sensor se vuelve loco y suelta el freno para no patinar. Por eso sintió que no frenaba.
El silencio que siguió a la explicación de Daniel fue denso, pesado. No fue la explicación de un niño que pide limosna. Fue una cátedra técnica. Usó términos precisos: “aleación”, “torneados”, “ABS”, “fricción”.
Alina miró a Daniel con otros ojos. Ya no veía solo la mugre. Veía conocimiento.
Valerio, en cambio, dejó de sonreír. Su rostro se puso rojo, una mezcla de ira y pánico repentino.
—¿Quién te enseñó a hablar así, eh? —gruñó Valerio, dando un paso amenazante hacia Daniel—. ¿De qué taller de mala muerte te escapaste? ¡Seguro te mandó la competencia para difamarme! ¡Ramírez, llama a la patrulla! ¡Esto es allanamiento y calumnias!
—Llama a quien quieras —retó Daniel. El miedo se había ido. Ahora estaba en su terreno—. Pero la verdad está ahí, en las llantas de esa camioneta.
—Valerio, espera —dijo Alina, levantando una mano. Su voz era fría, calculadora. Su mente de empresaria estaba conectando puntos. La vibración, las fallas constantes, las explicaciones vagas de Valerio… y ahora, este chico que describía exactamente lo que ella había sentido al volante—. ¿Por qué tienes tanto miedo de lo que dice un niño?
—¿Miedo? —Valerio soltó una risa nerviosa—. No es miedo, Licenciada, es indignación. ¡Es una ofensa a mi profesionalismo! Tengo certificaciones, tengo premios…
—Entonces demuéstralo —dijo Alina—. Si todo es original y perfecto como dices, no te importará que revisemos, ¿verdad?
—¡Pero por supuesto que podemos revisar! —dijo Valerio, abriendo los brazos—. Mis técnicos pueden subirla ahora mismo y…
—No —interrumpió Daniel—. No sus técnicos. Ellos saben el truco. Ellos lo hicieron.
—¿Entonces quién? —preguntó Valerio, burlón—. ¿Tú? ¿Vas a revisar una SUV de tres millones de pesos con esas manos mugrosas? ¡Por favor! Vas a manchar la tapicería solo con mirarla.
Daniel miró sus manos sucias. Sintió una punzada de vergüenza, pero la aplastó rápido.
—Yo puedo demostrarle que son falsos sin desarmar nada. Solo necesito una linterna de luz negra. De esas que usan para ver billetes falsos.
Alina se volvió hacia el mostrador de recepción.
—Señorita —dijo a la recepcionista—. Présteme su detector de billetes. Sé que tienen uno, yo misma lo he visto cuando pago en efectivo.
La recepcionista miró a Valerio, dudando. Valerio asintió levemente, con un gesto rígido. Estaba acorralado. Si se negaba, confirmaba la sospecha. Si aceptaba, apostaba a que el niño no supiera de qué hablaba.
—Dáselo —gruñó Valerio.
La chica le entregó el pequeño aparato de luz ultravioleta a Alina.
—Bien —dijo Alina, entregándole la lámpara a Daniel—. Sorpréndeme, niño. ¿Cómo te llamas?
—Daniel. Daniel Soto.
Al escuchar el apellido, Valerio tuvo un espasmo en el ojo izquierdo. Soto. El apellido del mecánico de enfrente. El hombre al que había destruido. Miró al niño con más atención. Sí, había un parecido. La misma nariz, la misma terquedad en la mandíbula.
—Tú eres el hijo de Víctor —murmuró Valerio, y su voz destiló veneno puro—. El hijo del presidiario.
—El hijo del hombre inocente que usted metió a la cárcel —corrigió Daniel, y su voz sonó tan dura como el acero—. Y hoy voy a probar que usted es el criminal, no él.
Valerio sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esto no era una casualidad. Era una vendetta. Y estaba ocurriendo frente a su cliente más rica y conectada. Tenía que destruir al niño. Tenía que humillarlo tan profundamente que nadie creyera una palabra de lo que saliera de su boca.
—¡Ah, ya entiendo! —gritó Valerio, dirigiéndose a Alina y a los demás clientes que se habían acercado a ver el show—. ¡Escuchen todos! Este es el hijo del mecánico que sabotéo el Tesla hace unos meses. ¿Recuerdan la noticia? ¡El tipo que casi mata a una familia! Y ahora el hijo viene aquí a tratar de manchar mi reputación por venganza. ¡Es patético!
Los clientes murmuraron. Alina miró a Daniel con duda renovada.
—¿Es cierto eso? —preguntó ella—. ¿Tu padre es ese mecánico?
—Sí —dijo Daniel, sin bajar la mirada—. Pero mi padre no saboteó nada. Fue una trampa. Y usted está cayendo en la misma trampa con su camioneta.
Valerio vio la duda en Alina y atacó.
—Mire, Licenciada, acabemos con este circo. Le propongo algo. Una apuesta. Para que vea cuán seguro estoy de mi calidad.
Valerio se ajustó el saco, inflando el pecho. Su arrogancia era su escudo y su espada.
—Deje que el “niño genio” revise la camioneta. Si encuentra una sola pieza falsa, una sola… —Valerio hizo una pausa dramática, mirando a todos—. Yo le regalo el taller. Así es. Le cedo las llaves, el equipo, el inventario. Todo. Cierro el negocio y me voy.
Hubo jadeos de asombro entre los empleados y clientes.
—Pero… —Valerio levantó un dedo, sonriendo con malicia—. Si no encuentra nada, si todo es original como yo digo… usted me deja la camioneta. Me firma la factura aquí mismo. Como compensación por el daño moral y el escándalo. Y este delincuente juvenil se va directo a la correccional por invasión de propiedad y amenazas. Yo mismo llamo al comandante.
Era una locura. Una apuesta desquiciada. Ocho millones de pesos contra un negocio millonario. Todo pendiendo del juicio de un niño de la calle de catorce años.
Alina miró su camioneta. Luego miró a Valerio, vio el brillo sudoroso en su frente, la tensión en su cuello. Y luego miró a Daniel.
El niño no temblaba. No dudaba. Estaba parado ahí, pequeño, sucio, pero con una dignidad que Valerio jamás tendría en su vida.
Alina era una jugadora. En los negocios, a veces hay que confiar en el instinto más que en los datos. Y su instinto le gritaba que el niño decía la verdad.
—Acepto —dijo Alina, y su voz resonó clara en el taller—. Trato hecho, Valerio. Ante testigos.
Valerio parpadeó. No esperaba que aceptara. Esperaba que se retractara y corriera al niño. Pero ya no había vuelta atrás.
—¡Excelente! —exclamó Valerio, con una risa nerviosa—. ¡Adelante, Sherlock Holmes de la basura! ¡Ilumínanos!
Daniel tomó la lámpara UV. Sus manos, por primera vez, temblaron un poco. No por miedo a equivocarse, sino por el peso del momento. La vida de su padre, su propio futuro, la justicia… todo se reducía a un haz de luz violeta.
Caminó hacia la camioneta. Se arrodilló frente a la rueda delantera.
Todos contuvieron el aliento. Valerio se acercó, secándose el sudor con un pañuelo de seda.
Daniel encendió la lámpara.
El haz de luz golpeó el disco de freno a través de los rayos del rin deportivo.
El metal brilló opaco, gris, muerto.
Daniel movió la luz lentamente por toda la superficie visible del disco. Buscaba el sello. El famoso “Sello de Autenticidad Fantasma” que la marca alemana grababa con láser invisible. Debería aparecer un pequeño escudo brillante, un código QR luminoso.
Nada.
Solo rayones y polvo.
Daniel levantó la vista hacia Valerio.
—No está —dijo Daniel.
Valerio soltó el aire que tenía contenido. Sonrió, triunfante.
—¡Por supuesto que no está! ¡Porque seguramente está del lado interno! ¡O cubierto de polvo! ¡Eso no prueba nada!
—El sello se pone en el borde exterior para inspección rápida —dijo Daniel con calma—. Y no se tapa con polvo porque es reactivo. Pero si quiere estar seguro… quitemos la llanta.
—¡No voy a dejar que toques mi herramienta! —gritó Valerio.
—Yo lo hago —dijo uno de los mecánicos de Valerio. Era un tipo joven, con cara de buena gente, que había estado observando todo desde atrás. Se llamaba Beto. Había trabajado un tiempo con el padre de Daniel antes de irse a Premium Motors por necesidad.
Beto trajo el gato y la pistola de impacto. Valerio lo miró con odio, pero no pudo detenerlo.
En dos minutos, la llanta estaba fuera.
El disco quedó expuesto completamente.
Daniel volvió a pasar la luz. Nada. Absolutamente nada.
Pero entonces, Daniel señaló algo más. Algo que no necesitaba luz negra.
—Miren aquí —dijo, señalando el borde del disco con su dedo mugroso—. ¿Ven estas letras estampadas en el metal?
Alina se agachó, sin importarle ensuciar su traje sastre de marca. Entrecerró los ojos.
Había unas letras pequeñas, casi borradas, troqueladas en el metal: “CHN-XG-2022”.
—¿Qué significa eso? —preguntó Alina.
—Significa China – XingGuang – 2022 —tradujo Daniel—. Es la marca de una fundidora genérica en Shenzhen. Hacen copias baratas para taxis y camiones ligeros. No es una pieza alemana de alto rendimiento. Es un pedazo de hierro que cuesta trescientos pesos. Y a usted se lo cobraron en veinte mil cada uno.
Valerio se puso blanco como el papel.
—Eso… eso debe ser un error de mi proveedor… yo no sabía…
—Y hay más —dijo Daniel, implacable. Se levantó y abrió el cofre del motor. La palanca estaba dura, pero lo logró—. Miren el filtro de aceite.
El filtro era un cilindro negro, aparentemente normal.
—Parece original, ¿no? Tiene el logo de la marca.
Daniel tomó un trapo sucio que colgaba del bolsillo de Beto y frotó el logotipo del filtro.
La pintura blanca del logo se corrió, dejando una mancha gris.
—Los originales tienen el logo impreso en serigrafía horneada. No se borra con un trapo. Esto es una calcomanía o pintura barata. Es un filtro falso, rellenado.
Daniel miró a Alina.
—Señora, su motor está lleno de basura. Si sigue usando esto, en un mes se desbiela. Y el señor Gómez lo sabe. Él compra estas piezas. Yo lo he visto recibir las cajas sin marca por la puerta trasera en las noches.
Alina se levantó lentamente. Se sacudió las rodillas. Su rostro ya no tenía furia histérica. Ahora tenía una calma fría, mortal. La calma del verdugo antes de bajar el hacha.
Se giró hacia Valerio.
Valerio estaba temblando visiblemente. Sus manos aleteaban inútilmente.
—Alina… Licenciada… escúcheme… esto es un complot… mis empleados me robaron… yo soy una víctima…
—Cállate, Valerio —dijo Alina, y su voz sonó tan definitiva como un portazo—. La apuesta fue clara. Encontró piezas falsas. Encontró muchas.
—¡La apuesta era una broma! —chilló Valerio, retrocediendo—. ¡No tiene validez legal! ¡Usted no puede quitarme mi taller!
Alina sacó su celular.
—Tal vez no pueda quitarte el taller con una apuesta de palabra… aunque tengo veinte testigos y cámaras de seguridad grabando. Pero ¿sabes qué sí puedo hacer?
Marcó un número y puso el altavoz.
—¿Bueno? —contestó una voz masculina grave al otro lado.
—Fiscal Andrade, habla Alina Cortés. Necesito que mandes una unidad de Delitos Financieros y Fraude a la Avenida Ceylán número 450. Ahora mismo. Tengo evidencia flagrante de fraude al consumidor, uso de marcas falsificadas y… —Alina miró a Daniel, y luego a Valerio—… y posible intento de homicidio por negligencia criminal. Ah, y trae a los de Hacienda. Creo que al señor Gómez se le “olvidó” declarar de dónde saca sus refacciones.
Valerio Gómez, el tiburón de los negocios, el hombre que creía que el dinero podía comprarlo todo, se desplomó en uno de sus sillones de cuero blanco italianos. Se veía pequeño, patético, sudando a través de su maquillaje bronceador.
Daniel lo miró. No sintió alegría. No sintió euforia. Sintió un alivio profundo, como si se quitara una mochila llena de piedras.
Alina colgó el teléfono y se acercó a Daniel.
Se agachó para quedar a su altura. No le importó el olor, ni la grasa. Puso sus manos cuidadas sobre los hombros flacos del chico.
—Lo hiciste —le dijo, y había admiración genuina en sus ojos—. Ganaste.
—No, señora —dijo Daniel, y una lágrima solitaria, limpiando un camino de piel blanca en su mejilla sucia, rodó por su cara—. Todavía no gano. Esto no saca a mi papá de la cárcel.
Alina sonrió, una sonrisa feroz y protectora.
—Oh, créeme, Daniel. Esto es solo el comienzo. Con lo que acabamos de descubrir, vamos a sacar a tu papá. Y Valerio va a desear no haber nacido. —Alina se puso de pie y miró alrededor del lujoso taller—. Y sobre la apuesta… Valerio tiene razón, legalmente es complicado quitarle el negocio así. Pero voy a demandarlo hasta por la risa. Lo voy a dejar en la calle. Y cuando rematen este lugar… —Alina guiñó un ojo—. …creo que conozco a los futuros dueños.
Las sirenas de la policía empezaron a escucharse a lo lejos, acercándose como la promesa de un nuevo amanecer. Daniel respiró hondo. Por primera vez en cuatro meses, el aire no olía a smog y derrota.
Olía a justicia.
Y a gasolina.
CAPÍTULO 3: LA CAÍDA DE LA CASA DE CRISTAL
El sonido de las sirenas en la Ciudad de México es parte del paisaje sonoro habitual, un ruido de fondo que la gente aprende a ignorar. Pero esa mañana, en la zona industrial de Vallejo, las sirenas no sonaban a rutina. Sonaban a sentencia.
Para Daniel Soto, el aullido creciente de las patrullas acercándose por la Avenida Ceylán era la música más dulce que había escuchado en su corta vida. Estaba de pie junto a la camioneta blanca de Alina, con las manos aún manchadas de grasa y polvo, pero con la espalda recta. A su lado, Valerio Gómez parecía encogerse con cada decibelio que aumentaba el volumen de la autoridad aproximándose. El “Rey del Servicio Premium” se estaba desmoronando, su traje azul eléctrico ya no parecía una armadura de éxito, sino un disfraz ridículo en medio de una tragedia griega.
—Esto es un malentendido… una confusión administrativa… —balbuceaba Valerio, secándose el sudor que le corría por las sienes y le manchaba el cuello de la camisa—. Licenciada Cortés, por favor, detenga esto. Podemos llegar a un arreglo. Le doy el taller. ¡Se lo doy ahora mismo! Firmamos los papeles. Pero no deje que entren.
Alina ni siquiera lo miró. Estaba ocupada enviando un mensaje de voz en su celular, con esa eficiencia fría que aterrorizaba a sus competidores inmobiliarios.
—Andrés, trae al notario también. Y quiero que prepares una querella por asociación delictuosa. Sí, esto va a ser grande.
En ese momento, tres patrullas de la Policía de Investigación (PDI) y una camioneta negra blindada de la Fiscalía frenaron bruscamente frente a la entrada de Premium Motors. Los frenos rechinaron, las puertas se abrieron y bajaron una docena de agentes armados, con chalecos tácticos y placas colgando del cuello.
Al frente del grupo caminaba un hombre de unos cincuenta años, con traje gris, corbata roja y una mirada que podría pelar pintura de la pared. Era el Fiscal Andrade, conocido en los círculos legales por ser uno de los pocos funcionarios que no aceptaba “mordidas” ni intimidaciones.
—¡Nadie se mueva! —gritó uno de los agentes, levantando su arma larga—. ¡Manos donde pueda verlas!
El guardia de seguridad, el tal Ramírez que minutos antes había intentado golpear a Daniel, levantó las manos tan rápido que se le cayó la macana. Los mecánicos de Valerio se quedaron congelados junto a los elevadores hidráulicos. La recepcionista se escondió debajo del escritorio.
Valerio intentó sonreír, una mueca grotesca de pánico.
—Fiscal Andrade… qué sorpresa… a qué debemos el hon…
El Fiscal lo ignoró olímpicamente y caminó directo hacia Alina.
—Licenciada Cortés. Recibí su llamada. Dice que tiene una situación de flagrancia y riesgo vital.
—Así es, Fiscal —respondió Alina, señalando su camioneta y luego a Daniel—. Este joven acaba de descubrir que el señor Gómez me vendió e instaló refacciones falsificadas en el sistema de frenos, poniéndome en riesgo de muerte. Y no solo eso. Creemos que es una práctica sistemática.
El Fiscal se volvió hacia Daniel. Lo examinó de arriba abajo, deteniéndose en la ropa sucia, los tenis rotos y la cara manchada. Luego miró a los ojos del chico.
—¿Tú eres el perito? —preguntó, con un tono neutro, ni de burla ni de credulidad.
—Soy el hijo de Víctor Soto —dijo Daniel. Su voz era firme, aunque las piernas le temblaban por la falta de comida—. Y sé dónde esconden la basura.
Valerio intervino, desesperado.
—¡Oiga, Fiscal! ¡Ese niño es un indigente! ¡Un resentido social! ¡Está inventando todo! Tengo mis papeles en regla, mis facturas…
—Cállese —dijo el Fiscal Andrade sin levantar la voz, pero con una autoridad tal que Valerio cerró la boca de golpe—. Si tiene facturas, las veremos. Agentes, aseguren el perímetro. Nadie entra ni sale. Quiero a todos los empleados en la pared del fondo. Peritos, revisen esa camioneta. Y tú, muchacho… —miró a Daniel—. Muéstranos.
LA AUTOPSIA DEL FRAUDE
Lo que siguió fue una carnicería técnica.
Los peritos de la Fiscalía, hombres y mujeres con guantes de látex y maletines llenos de equipo forense, rodearon la camioneta de Alina. Daniel se convirtió en el director de orquesta de aquella operación.
A pesar de su apariencia, su conocimiento era enciclopédico. Se movía alrededor del vehículo señalando puntos clave con una precisión que dejó a los expertos oficiales boquiabiertos.
—Revisen el código de barras en la caja de la dirección asistida —instruyó Daniel—. El escáner va a leer un código genérico de supermercado, no el de la planta de Múnich.
Uno de los peritos pasó el lector. Bip.
—Código inválido —confirmó el perito—. No corresponde a la base de datos de la marca.
—Ahora miren los amortiguadores traseros —continuó Daniel—. Parecen nuevos porque los pintaron con aerosol negro brillante. Pero si raspan con una navaja cerca del buje inferior, van a encontrar óxido y el número de serie original limado. Son recuperados de un deshuesadero.
El perito sacó una navaja y rascó la pintura. Debajo del brillo negro apareció una capa de metal carcomido y viejo.
—Confirmado. Pieza reacondicionada vendida como nueva.
Valerio Gómez se estaba poniendo cada vez más pálido, su piel adquiriendo un tono grisáceo similar a la ceniza de cigarro.
—¡Me engañaron! —gritó Valerio de repente—. ¡Fueron mis proveedores! ¡Yo soy una víctima! ¡Yo compraba de buena fe!
Daniel se giró hacia él. La rabia que sentía no era caliente y explosiva, sino fría y cortante.
—¿De buena fe? —preguntó Daniel—. Entonces, ¿por qué los registros de entrada de almacén que tiene en su computadora privada no coinciden con las facturas que le da al SAT?
—¿De qué hablas? —Valerio retrocedió.
—Hablo de la “Contabilidad B” —dijo Daniel.
Todos miraron al niño. Incluso Alina estaba sorprendida.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó ella.
Daniel señaló hacia la oficina de cristal de Valerio, ubicada en un mezzanine que dominaba el taller.
—Porque durante dos meses, desde mi garage enfrente, vi cómo llegaba una camioneta tipo van sin logotipos todos los martes a las once de la noche. Bajaban cajas marrones sin etiquetas. Y usted, señor Gómez, siempre salía con una laptop gris, diferente a la que usa en el escritorio. Esa laptop la guarda en la caja fuerte detrás del cuadro del paisaje marino. Ahí está la verdad.
El Fiscal Andrade chasqueó los dedos.
—Agentes, a la oficina. Abran esa caja fuerte. Si no tienen la combinación, tráiganme un soplete o un cerrajero.
—¡No tienen orden de cateo para mi caja fuerte! —chilló Valerio.
—Tengo causa probable en flagrancia y riesgo inminente, además de la declaración de un testigo presencial —respondió el Fiscal—. Y si no la abres tú, la abro yo y te cargo obstrucción de la justicia. Tú decides.
Valerio, derrotado, bajó la cabeza. Entregó la combinación.
Diez minutos después, un agente bajó con la laptop gris y varios libros de contabilidad manuales.
El Fiscal abrió uno de los cuadernos al azar.
—”Compra de lote de balatas genéricas (Lote 77-B), costo unitario: $150 pesos. Precio de venta al cliente: $4,500 pesos”. —El Fiscal cerró el libro y miró a Valerio con asco—. Margen de ganancia del 3000%. Vaya negocio, Gómez.
EL ESLABÓN PERDIDO
Pero Daniel no había terminado. Faltaba lo más importante. Lo único que realmente le importaba.
Se acercó al Fiscal, tirando suavemente de la manga de su saco.
—Señor Fiscal… hay algo más.
—Dime, hijo.
—Mi papá. Víctor Soto. Está en el Reclusorio Norte por el accidente del Tesla Model X hace cuatro meses.
El Fiscal asintió.
—Recuerdo el caso. Fue muy sonado. Sabotaje en la dirección.
—No fue él —dijo Daniel, con la voz quebrada—. Ese Tesla vino aquí primero. Yo lo vi. Entró un día antes del accidente. El dueño se quejaba de un ruido. Valerio… el señor Gómez… mandó a sus mecánicos a aflojar algo para que el cliente regresara y le pudieran cobrar una reparación mayor. Pero el cliente no regresó aquí. Se fue con mi papá porque le quedaba de paso o porque desconfió. Y cuando se rompió la dirección… culparon al último que lo tocó.
El Fiscal miró a Valerio, quien ahora estaba sudando a chorros, temblando incontrolablemente.
—¿Es cierto eso, Gómez? —preguntó el Fiscal.
—¡No! ¡Mentira! ¡Yo nunca toqué ese Tesla!
—¡Beto! —gritó Daniel, buscando entre la fila de empleados detenidos contra la pared—. ¡Beto, tú estabas ahí! ¡Tú trabajabas con mi papá antes! ¡Tú sabes la verdad!
Beto, el mecánico joven que había ayudado a quitar la llanta de Alina, levantó la vista. Tenía los ojos llenos de miedo. Miró a Valerio, que le lanzó una mirada de amenaza pura. Luego miró a Daniel, pequeño, sucio, pero valiente. Y finalmente miró a Alina y a la policía.
Beto dio un paso al frente.
—Jefe… ya estuvo —dijo Beto con voz temblorosa.
—¡Cállate, imbécil, o te hundo conmigo! —gritó Valerio.
—¡Agentes, amordacen a ese hombre si vuelve a amenazar a un testigo! —ordenó el Fiscal.
Beto respiró hondo y empezó a hablar, y sus palabras fueron como martillazos rompiendo las cadenas de Víctor Soto.
—El Tesla vino aquí. Era un jueves. El cliente era un tipo prepotente. El señor Gómez se enojó porque el cliente no quería pagar el “paquete premium”. Nos ordenó… nos ordenó aflojar la tuerca de seguridad de la bieleta de dirección. Dijo: “Que le suene un rato para que aprenda y regrese llorando”. No queríamos matarlo. Solo queríamos que hiciera ruido. Pero el cliente se fue al taller de Don Víctor porque le quedaba cerca cuando el ruido empezó. Don Víctor solo le cambió balatas traseras, ni siquiera miró adelante. Cuando el coche se estrelló… el señor Gómez nos dijo que si abríamos la boca, nos cargaría el muertito a nosotros. Que él tenía dinero y abogados y nosotros no éramos nadie.
El silencio que siguió a la confesión fue sepulcral.
Daniel sintió que las rodillas le fallaban. El mundo empezó a dar vueltas. La tensión de meses, el hambre acumulada, la adrenalina quemándose de golpe… todo colapsó sobre él.
Lo último que vio antes de que la oscuridad se lo tragara fue al Fiscal Andrade poniéndole las esposas a Valerio Gómez, y a Alina corriendo hacia él con los brazos abiertos.
—¡Daniel!
EL DESPERTAR EN EL CIELO
Cuando Daniel abrió los ojos, no sintió el frío del concreto. Sintió algo suave, increíblemente suave, debajo de su espalda. Olía a limpio. A lavanda y antiséptico caro.
Parpadeó, tratando de enfocar. Estaba en una habitación blanca, iluminada por una luz cálida. Había una ventana enorme con persianas cerradas.
Intentó sentarse, pero una mano suave lo detuvo.
—Tranquilo, campeón. No te levantes tan rápido.
Era Alina. Estaba sentada en un sillón junto a la cama, sin su saco, con las mangas de la camisa arremangadas. Parecía cansada, pero sonreía.
—¿Dónde estoy? —preguntó Daniel. Su voz sonaba lejana.
—En el Hospital Español —dijo ella—. Te desmayaste en el taller. El paramédico dijo que estabas deshidratado y con hipoglucemia severa. Básicamente, te morías de hambre, Daniel.
Daniel se tocó el brazo. Tenía una vía intravenosa conectada.
—¿Y Valerio? —preguntó, con el pánico volviendo a su pecho—. ¿Se escapó?
Alina soltó una risita suave y le acarició el pelo, que ahora estaba limpio y lavado.
—Valerio Gómez está en los separos de la Fiscalía Central. Le dictaron prisión preventiva oficiosa hace una hora. No va a salir, Daniel. Fraude, falsificación, asociación delictuosa y tentativa de homicidio. Le cayó todo el peso de la ley. Y créeme, me aseguré de que el Fiscal tuviera todo lo que necesitaba.
Daniel se dejó caer en la almohada, suspirando.
—¿Y mi papá?
La expresión de Alina se volvió seria, pero esperanzadora.
—Mi abogado, Andrés, está en el Reclusorio Norte ahora mismo. Con la confesión de Beto grabada en video y las pruebas de la contabilidad de Valerio, ya presentaron un recurso de “desvanecimiento de datos”. Es un trámite rápido cuando la evidencia es tan contundente. El juez ya firmó la orden de liberación inmediata.
—¿Inmediata? —Daniel sintió que el corazón se le salía del pecho.
—Bueno, “inmediata” en términos legales significa un par de días de papeleo burocrático. Pero sí. Va a salir, Daniel. Lo lograste.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y entró una enfermera con una bandeja. El olor que inundó el cuarto hizo que el estómago de Daniel rugiera como un león.
—Sopa de fideo, pechuga de pollo a la plancha y gelatina —anunció la enfermera—. Comida de hospital, pero para alguien que lleva días sin comer, va a saber a gloria.
Alina ajustó la mesa sobre la cama.
—Come —ordenó ella, con ese tono maternal que estaba empezando a desarrollar—. Despacio. No queremos que te enfermes.
Daniel tomó la cuchara. Le temblaba la mano. Probó el caldo. Estaba caliente, salado, perfecto. Sintió cómo el calor bajaba por su garganta y se expandía por su cuerpo, descongelando los meses de frío en la calle. Empezó a llorar mientras comía, lágrimas silenciosas que caían en la sopa.
Alina no dijo nada. Solo puso su mano sobre la de él y apretó suavemente.
LA DAMA DE HIERRO Y EL NIÑO DE HOJALATA
Dos horas después, ya con el suero desconectado y vestido con ropa limpia que alguien (probablemente Alina) había comprado de urgencia —unos jeans Levi’s, una playera blanca y unos tenis Nike que le quedaban un poco grandes pero eran mil veces mejores que sus Converse rotos—, Daniel recibió una visita.
Era Andrés, el abogado de Alina. Un tipo joven, de unos treinta y tantos, con lentes de montura gruesa y aspecto de ser muy listo.
—Hola, Daniel —dijo Andrés, sacando una carpeta—. Eres famoso en la Fiscalía. Los peritos dicen que nunca habían visto a alguien diagnosticar un fraude masivo a simple vista. Dicen que tienes “ojo absoluto” para la mecánica.
Daniel se encogió de hombros, incómodo con los halagos.
—Solo me fijo en los detalles. Mi papá dice que el diablo está en los detalles.
—Tu papá es un hombre sabio —dijo Andrés—. Y pronto será un hombre libre. Aquí está la copia de la orden judicial. —Le entregó un papel con sellos oficiales—. La liberación está programada para el viernes en la mañana. Pasado mañana.
—¿Y qué va a pasar conmigo hasta entonces? —preguntó Daniel. La realidad de su situación golpeó de nuevo. No tenía casa. Su madre seguía en el psiquiátrico. El taller de su padre estaba clausurado.
Alina se levantó del sillón.
—Esa es la otra parte del plan —dijo ella—. Legalmente, eres un menor en situación de vulnerabilidad. El protocolo dicta que deberías ir al DIF hasta que tu padre salga.
Daniel se tensó.
—¡No! Al DIF no. Ya estuve ahí. Es horrible. Me voy a escapar otra vez. Prefiero la calle.
—Lo sé —dijo Alina, levantando las manos para calmarlo—. Y no voy a permitir que vuelvas ahí. Andrés hizo unos arreglos. Solicitó una “custodia temporal de emergencia” basada en tu estatus como testigo protegido clave en el caso contra Valerio Gómez. Como tu vida podría correr peligro si estás en la calle o en una institución pública donde Valerio pudiera tener contactos, el juez autorizó que te quedes bajo la custodia de un tercero responsable y solvente.
Daniel la miró, sin entender del todo.
—¿Tercero responsable?
Alina sonrió, un poco nerviosa por primera vez.
—Yo. Te vas a venir a mi casa, Daniel. Solo son dos días. Tengo una habitación de huéspedes. Hay comida, hay agua caliente, y hay una consola de videojuegos que mi sobrino dejó ahí la última vez que vino.
Daniel no sabía qué decir. Miró a esta mujer rubia, rica, poderosa, que hace unas horas era una extraña gritando por unos frenos y ahora le ofrecía refugio.
—¿Por qué? —preguntó Daniel—. ¿Por qué hace esto por mí? Solo soy un mecánico.
Alina se acercó y se agachó frente a él, mirándolo a los ojos.
—Porque tú me salvaste la vida, Daniel. Literalmente. Si no hubieras hablado, yo estaría muerta en una zanja del Periférico. Y porque… —Alina dudó un momento, dejando ver una grieta en su armadura de mujer de negocios—… porque yo sé lo que es estar solo y tener miedo. Y nadie debería pasar por eso a los catorce años.
EL REGRESO A LA REALIDAD
Salir del hospital fue como entrar a otro mundo. Alina no manejaba su camioneta blanca (que seguía siendo evidencia en la escena del crimen). Un chofer los recogió en un sedán negro blindado.
El viaje hacia Polanco fue silencioso. Daniel miraba por la ventana, viendo la ciudad pasar. Ya no veía la ciudad desde la perspectiva de la basura, a nivel de suelo. Ahora la veía desde la comodidad del aire acondicionado y los vidrios polarizados. Era la misma ciudad, pero se sentía diferente. Menos hostil.
Llegaron al departamento de Alina. Era un penthouse en un edificio que tocaba las nubes. El elevador abría directo en la sala. Todo era blanco, minimalista, moderno. Había esculturas abstractas y cuadros que parecían manchas de pintura pero que Daniel intuía que costaban más que todo el taller de su padre.
—Bienvenido a tu casa temporal —dijo Alina, dejando las llaves en una consola de vidrio—. Siéntete libre. La cocina está allá. El baño allá. Tu cuarto es el de la puerta gris.
Daniel caminó por la sala con miedo a romper algo. Se sentía como un extraterrestre.
—Gracias —murmuró.
—No tienes que agradecer. Ah, y una cosa más —Alina sacó algo de su bolsa. Era un iPhone, un modelo no muy nuevo pero en perfecto estado—. Toma. Tiene mi número, el de Andrés y el de emergencias. Úsalo si necesitas algo. Y… puedes llamar al hospital donde está tu mamá. Averigüé el número.
Daniel tomó el teléfono como si fuera una reliquia sagrada.
—¿Puedo hablar con ella?
—Los doctores dicen que está mejorando, pero sigue sedada. Pero puedes dejarle un recado. Dile que su esposo va a salir. Eso la va a curar más rápido que cualquier medicina.
Daniel se fue a su habitación. Se sentó en la cama, que era más grande que el garage donde había dormido los últimos meses. Marcó el número del hospital psiquiátrico Fray Bernardino.
—¿Sí? —contestó una voz cansada.
—Quiero dejar un recado para la paciente Olga Soto —dijo Daniel, tratando de que no se le quebrara la voz—. Díganle que… díganle que Daniel y Víctor ya van a casa. Que ganamos.
Colgó el teléfono y se quedó mirando por el ventanal. La ciudad brillaba abajo, millones de luces como estrellas caídas.
En algún lugar de esa mancha urbana, Valerio Gómez estaba en una celda fría, probando un poco de su propia medicina.
En otro lugar, Víctor Soto estaba soñando con la libertad.
Y ahí, en una torre de marfil, Daniel Soto, el niño mecánico, cerró los ojos y durmió. Durmió de verdad. Sin frío. Sin hambre. Sin miedo.
Pero la historia no había terminado. Daniel sabía que sacar a su padre era solo el primer paso. El taller “Soto e Hijo” estaba destruido, embargado y con la reputación por los suelos. Valerio había caído, pero el daño estaba hecho.
El verdadero reto empezaría el viernes: reconstruir las ruinas.
Y Daniel tenía un plan. Siempre tenía un plan.
Mientras se dejaba llevar por el sueño, su mente de ingeniero ya estaba dibujando esquemas, calculando costos y diseñando el futuro.
«Prepárate, papá», pensó. «Cuando salgas, no vamos a empezar de cero. Vamos a empezar a lo grande».
CAPÍTULO 4: EL SILENCIO DE LAS TORRES DE MARFIL
Despertar en el penthouse de Alina Cortés fue una experiencia traumática para Daniel, de una manera extraña y silenciosa.
Durante los últimos tres meses, su reloj biológico se había sincronizado con el ritmo brutal de la calle. Se despertaba a las 4:30 de la mañana, no por elección, sino por el frío que calaba los huesos o por el ruido de los camiones de basura que iniciaban su ruta en la zona industrial. Se despertaba con la adrenalina a tope, con los músculos tensos, listo para correr o pelear por su espacio.
Pero aquí, en el piso 25 de una torre en Polanco, no había ruido. El silencio era absoluto, casi pesado. Las ventanas de doble acristalamiento aislaban el caos de la Ciudad de México, convirtiendo el rugido de la metrópolis en una película muda que se proyectaba allá abajo.
Daniel abrió los ojos y vio un techo blanco, impoluto, con molduras elegantes. Sintió la suavidad de las sábanas de algodón egipcio contra su piel, una sensación tan ajena a la aspereza del cartón y el concreto que por un segundo pensó que estaba muerto. “¿Es esto el cielo?”, se preguntó. Pero luego su estómago gruñó, recordándole que seguía vivo y que la biología no perdona.
Se sentó en la cama King Size. Se vio en el espejo del armario: un niño pequeño en una cama gigante, usando una playera prestada que le quedaba como camisón. Se bajó de la cama, sus pies hundiéndose en una alfombra que parecía hecha de nubes.
Caminó hacia el ventanal. La ciudad se extendía ante él bajo la capa habitual de smog matutino, pero desde esa altura, incluso la contaminación parecía tener cierta belleza, un filtro dorado que cubría los edificios. Allá abajo, muy lejos, estaba la realidad: el tráfico, los vendedores ambulantes, la gente luchando por el día a día. Y en algún lugar de esa mancha gris, hacia el norte, estaba el Reclusorio, donde su padre despertaba en una celda de concreto.
La culpa lo golpeó. ¿Cómo podía él disfrutar de esta suavidad mientras Víctor Soto dormía en un catre duro rodeado de criminales?
—Ya casi, papá —susurró Daniel, pegando la frente al cristal frío—. Aguanta un día más.
DESAYUNO CON DIAMANTES (Y CHILAQUILES)
Salió de la habitación con timidez. El departamento olía a café recién hecho, pero no al café de olla con piloncillo de su madre, sino a un aroma más ácido y tostado, café de máquina italiana.
Encontró a Alina en la cocina, que era más grande que todo el departamento donde Daniel vivía antes con sus padres. Ella estaba sentada en una barra de granito negro, tecleando furiosamente en una laptop mientras hablaba por teléfono a través de unos audífonos inalámbricos.
—…No, Andrés, no me importa lo que diga el banco. Congela las cuentas de Valerio. Quiero que cuando intente pagar a su abogado, la tarjeta rebote. Sí. Y asegúrate de que la prensa tenga la foto de su arresto. Quiero que salga en la sección de sociales, no en la nota roja, para que le duela más a su ego. Bye.
Alina colgó y se quitó los audífonos. Al ver a Daniel, su expresión de tiburón de negocios se suavizó.
—Buenos días, “niño genio”. ¿Dormiste algo?
—Sí, señora. Gracias. Es… muy silencioso aquí.
—El silencio es el lujo más caro de esta ciudad —dijo ella, cerrando la laptop—. Siéntate. No cocino, soy un desastre en la cocina, pero Lupe, mi asistente doméstica, dejó algo antes de irse al mercado.
Alina destapó un refractario sobre la barra. El olor golpeó a Daniel como un abrazo: chilaquiles verdes con pollo, crema espesa, queso cotija y cebolla morada. Al lado, unos bolillos crujientes.
—Siéntate y come. Tienes que recuperar peso. Pareces un fantasma.
Daniel se sentó. Tomó el tenedor, sintiéndose torpe. Alina se sirvió solo una taza de café negro y lo observó.
—¿Sabes qué va a pasar hoy? —preguntó ella.
—Andrés dijo que hoy tramitan la liberación.
—Exacto. Pero hay algo más. —Alina tomó un sorbo de café—. Valerio está acabado. Mis abogados y la Fiscalía destaparon la cloaca. No solo era tu caso y el mío. Encontraron una bodega en Iztapalapa llena de refacciones robadas y falsificadas. Valerio tenía una red completa. Lavaba dinero, evadía impuestos… le van a dar veinte años, mínimo.
Daniel asintió mientras masticaba un bocado de chilaquiles que le supo a gloria.
—Se lo merece.
—Sí. Pero eso nos deja un problema, Daniel. O más bien, una oportunidad disfrazada de problema.
Daniel dejó el tenedor.
—¿Qué pasa?
—El taller de Valerio, Premium Motors, está asegurado por la Fiscalía. Es una escena del crimen. Pero el equipo… los elevadores, los escáneres, la herramienta… eso es propiedad de la empresa, no de Valerio como persona física, y la empresa está en quiebra técnica por las demandas que le acabo de meter.
Alina se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con esa intensidad que Daniel había visto cuando confrontó a Valerio.
—Voy a pedir el remate judicial anticipado de los bienes para cubrir la reparación del daño a las víctimas. O sea, a mí y a tu padre.
Daniel no entendía mucho de leyes, pero entendía de justicia.
—¿Quiere decir que nos van a dar dinero?
—Mejor que eso. Nos van a dar los fierros. —Alina sonrió—. Pero de eso hablaremos cuando tu padre esté aquí. Ahora, termina de comer. Tenemos que ir de compras.
—¿De compras? —Daniel miró su ropa prestada—. No tengo dinero, señora.
—Yo invito. Es una inversión. Mañana vas a recoger a tu padre a la puerta del penal. No vas a ir vestido con ropa prestada. Vas a ir como lo que eres: el hombre que salvó a su familia. Y un hombre de negocios necesita un buen traje. O al menos, unos buenos jeans y una camisa que no tenga agujeros.
EL CENTRO COMERCIAL Y LA MIRADA AJENA
Ir a un centro comercial en Polanco fue otra prueba de fuego. Daniel caminaba junto a Alina, sintiendo las miradas de la gente. Aunque ya estaba bañado y peinado, sentía que llevaba un letrero de neón en la frente que decía “NIÑO DE LA CALLE”. Se sentía un impostor entre los escaparates de marcas de lujo y la gente que paseaba perros que comían mejor que él.
Entraron a una tienda departamental. Alina no escatimó. Le compró ropa interior nueva, calcetines, dos pantalones de mezclilla de marca, tres playeras, una camisa blanca de botones y una chamarra azul marino que le quedaba perfecta.
—Pruébatelo todo —ordenaba ella, sentada en el sillón de los probadores como una reina supervisando a sus súbditos.
Cuando Daniel salió con la ropa nueva, se miró en el espejo de tres cuerpos. El chico que le devolvía la mirada ya no era el indigente del garage. Se veía mayor. Se veía… capaz.
—Te ves bien —dijo Alina, asintiendo con aprobación—. Ahora pareces el dueño del taller, no el aprendiz.
—Gracias, señora Alina. De verdad. No sé cómo pagarle.
—Ya me pagaste, Daniel. Me ahorraste un accidente mortal. Y además… —Alina se puso de pie y le acomodó el cuello de la camisa—. Me recordaste algo que se me había olvidado entre tantos contratos y dinero.
—¿Qué cosa?
—Que la verdad importa. Y que a veces hay que pelear sucio para defender lo limpio.
LA NOCHE INTERMINABLE
Esa noche, Daniel no pudo dormir. La anticipación era una corriente eléctrica bajo su piel. Mañana. Mañana vería a su papá.
Se pasó la noche repasando mentalmente lo que le diría.
“Hola, papá. Perdón por no visitarte”. No, eso sonaba culpable.
“Hola, papá. Ya saliste”. Muy seco.
“Papá, atrapé al malo”. Demasiado infantil.
Al final, decidió que no diría nada. Solo lo abrazaría.
A las tres de la mañana, se levantó y sacó su viejo cuaderno, el que había rescatado de la basura y donde había anotado los movimientos de Valerio. Lo hojeó. Estaba lleno de grasa, de manchas de comida, de notas frenéticas escritas con mala letra por el frío.
Lunes: BMW azul, humo negro.
Martes: Camioneta blanca, rechinido.
Ese cuaderno era su diploma. Su tesis. Cerró el cuaderno y lo metió en la bolsa de su nueva chamarra. Quería dárselo a su padre. Quería que Víctor viera que no había perdido el tiempo, que había seguido siendo un mecánico incluso en el infierno.
VIERNES: EL PORTÓN GRIS
El Reclusorio Norte es una bestia de concreto ubicada en la orilla de la ciudad. Es un lugar donde la esperanza y la desesperación se mezclan en el aire, que huele a drenaje, a tacos de canasta y a sudor.
La camioneta blindada de Alina se estacionó lejos de la entrada principal, entre el caos de familiares que hacían fila con bolsas de comida, abogados apresurados y vendedores ambulantes gritando “¡Cigarros, tarjetas, dulces!”.
Daniel bajó del auto. El sol de la mañana pegaba fuerte, pero él sentía frío. Andrés, el abogado, estaba esperándolos junto a la pluma de acceso vehicular.
—Ya está todo listo —dijo Andrés, saludando a Alina con un beso en la mejilla y a Daniel con un apretón de manos firme—. Firmaron la boleta de libertad a las ocho. Están haciendo el último cotejo de huellas. Debería salir por esa puerta pequeña en unos veinte minutos.
Veinte minutos. Mil doscientos segundos.
Daniel se quedó clavado mirando la puerta de metal gris. Era una puerta pequeña, insignificante, incrustada en el muro perimetral de cinco metros de altura coronado con alambre de púas. Por esa puerta salía la gente que recuperaba su vida.
Alina se paró junto a él, poniéndose unos lentes oscuros para ocultar la emoción.
—Respira, Daniel. No te desmayes otra vez.
—Estoy bien —dijo él, aunque sentía que iba a vomitar los chilaquiles.
Los minutos pasaban como horas. Salieron dos hombres antes. Uno, un chico tatuado que fue recibido por una mujer llorando y tres niños. Otro, un anciano con una bolsa de plástico que salió solo, miró al cielo y se persignó antes de caminar hacia el paradero de microbuses.
Y entonces, la puerta se abrió por tercera vez.
Primero salió una bota de trabajo desgastada. Luego, unos pantalones de mezclilla que le quedaban grandes. Y finalmente, Víctor Soto.
Se veía diferente. Más delgado, mucho más delgado. Su cabello, antes negro con algunas canas, ahora era casi completamente gris. Tenía la piel pálida de quien no ha visto el sol directo en meses. Llevaba una bolsa de plástico transparente con sus pocas cosas: un cepillo de dientes, una muda de ropa sucia y unos papeles.
Víctor parpadeó ante la luz, desorientado. Miró a la multitud de gente, buscando una cara conocida, pero con el miedo de no encontrar a nadie. Su postura era encorvada, como si esperara un golpe.
—¡Papá!
El grito de Daniel rompió el aire.
Víctor giró la cabeza. Sus ojos, hundidos y cansados, tardaron un segundo en enfocar. Vio al chico limpio, con ropa nueva, corriendo hacia él.
—¿Dani?
Daniel se estrelló contra él. No fue un abrazo de película; fue un choque. Daniel enterró la cara en el pecho de su padre, sintiendo el olor rancio del penal en su ropa, pero debajo de eso, el olor familiar de su padre.
Víctor soltó la bolsa de plástico y envolvió a su hijo con sus brazos, cayendo de rodillas al suelo de tierra pisada.
—Dani… mi niño… mi muchacho… —Víctor sollozaba, un sonido ronco y doloroso—. Perdóname. Perdóname por dejarte. Pensé que… pensé que te había perdido.
—No, papá. Aquí estoy. —Daniel lloraba también, sin importarle quién lo viera—. Te saqué. Te dije que eras inocente. Te saqué.
Estuvieron así un largo rato, padre e hijo, arrodillados en la tierra, ignorando al mundo. Alina, a unos metros de distancia, se limpió una lágrima discreta bajo sus lentes oscuros. Andrés miraba al suelo, respetuoso.
Finalmente, Víctor se separó un poco y tomó la cara de Daniel entre sus manos callosas. Lo examinó como si fuera una pieza de motor delicada.
—Estás… estás bien. Estás limpio. ¿Quién te…?
—Fue ella, papá —Daniel señaló hacia Alina—. La licenciada Cortés. Ella me ayudó. Ella y yo atrapamos a Valerio.
Víctor miró hacia arriba. Vio a la mujer rubia, elegante, que lo miraba con una sonrisa triste. Se puso de pie, ayudando a Daniel a levantarse. Caminó hacia ella, tambaleándose un poco.
—Señora… —dijo Víctor, con la voz quebrada—. No sé quién es usted, pero le debo la vida. Le debo la vida de mi hijo.
—No me debe nada, señor Soto —dijo Alina, extendiéndole la mano—. Su hijo me salvó a mí primero. Digamos que estamos a mano. Soy Alina Cortés. Y tenemos mucho de qué hablar. Pero primero… creo que necesita salir de aquí. Este lugar tiene mala vibra.
EL RETORNO A LAS RUINAS
El viaje de regreso a la ciudad fue extraño. Víctor iba en el asiento trasero de la camioneta de lujo, tocando la tapicería de piel con incredulidad, mirando a Daniel como si temiera que fuera a desaparecer.
—¿A dónde vamos? —preguntó Víctor.
—A casa —dijo Daniel—. Bueno… al taller.
La cara de Víctor se ensombreció.
—El taller está clausurado, hijo. Embargado. No tenemos llaves. No tenemos nada.
—Déjeme eso a mí —dijo Andrés desde el asiento del copiloto—. El embargo precautorio se levantó ayer en cuanto se acreditó la inocencia. Técnicamente, las llaves están en mi portafolio.
Cuando llegaron a la calle de Azcapotzalco, el contraste era brutal.
El edificio de Premium Motors estaba rodeado de cinta amarilla que decía “ASEGURADO – FISCALÍA GENERAL DE JUSTICIA”. Había sellos en las puertas de cristal. El palacio de Valerio estaba muerto, oscuro y vacío.
Enfrente, el viejo taller de ladrillo rojo, “Soto e Hijo”, se veía triste. Había graffiti en el portón verde. Hierba creciendo en la banqueta. Los sellos de clausura estaban rotos y colgando.
Bajaron del auto. Víctor caminó hacia el portón. Acarició el metal frío.
—Está arruinado —murmuró Víctor—. Se llevaron todo lo de valor para pagar la fianza que nunca me dieron. No hay herramientas. No hay escáner. No hay clientes. Nuestra reputación está muerta, Dani. Todos creen que soy un saboteador.
—Ya no —dijo Daniel—. Salió en las noticias, papá. Todos saben que fue Valerio. Eres famoso. Pero… tienes razón. No tenemos herramientas.
Alina se aclaró la garganta. Se paró en medio de la calle, justo en la línea divisoria entre el taller viejo y el moderno edificio clausurado.
—Víctor —dijo ella—. Soy una mujer de negocios. No hago caridad. Hago inversiones.
Víctor la miró, confundido.
—¿Inversiones? Señora, no tengo ni para pagarle la gasolina de este viaje.
—Lo sé. Pero tienes dos cosas que el dinero no puede comprar: unas manos honestas y un hijo genio. —Alina señaló el edificio de Premium Motors—. Ese lugar va a ir a remate. Nadie lo va a querer. Tiene mala fama, está “maldito”. Pero el equipo adentro vale millones.
—¿Y eso qué? —preguntó Víctor.
—Yo voy a comprar la deuda de Valerio —explicó Alina—. Voy a quedarme con los activos. Con los elevadores, los escáneres, las computadoras. Todo.
Daniel abrió los ojos como platos. Víctor negó con la cabeza.
—Yo no puedo trabajar ahí, señora. Ese lugar es… es del enemigo. Es demasiado lujoso para nosotros.
—No estoy diciendo que te mudes ahí —dijo Alina—. Estoy diciendo que vamos a vaciarlo. Vamos a traer todo ese equipo de primera generación aquí, a tu taller de ladrillo. Vamos a tirar esa pared del fondo y ampliar. Vamos a combinar la tecnología alemana con el corazón mexicano.
Alina sacó una tarjeta de presentación y se la dio a Víctor.
—Te propongo una sociedad. “Soto y Cortés”. Yo pongo el capital, el equipo y la administración financiera para que nunca más te falte un papel o una factura. Tú pones el trabajo, la técnica y la enseñanza. Y Daniel… Daniel será el Jefe de Diagnóstico.
—¿Yo? —Daniel sonrió—. Pero si ni he terminado la secundaria.
—Pues la vas a terminar mientras trabajas —dijo Alina—. Pero nadie toca un coche en mi taller sin que tú le des el visto bueno.
Víctor miró la tarjeta. Miró a su hijo, limpio, vivo, orgulloso. Miró su viejo taller, imaginándolo lleno de equipo nuevo, pintado, vivo otra vez.
—¿Por qué? —preguntó Víctor, con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué arriesgar su dinero con un ex convicto?
—Porque odio que me estafen —dijo Alina sonriendo—. Y porque quiero que cada vez que alguien en esta ciudad tenga un coche de lujo y piense en arreglarlo, venga con nosotros y no con charlatanes. Quiero el mejor taller de México. ¿Puede dármelo?
Víctor se enderezó. Por primera vez en meses, su espalda no estaba encorvada. Era el Maestro Soto otra vez.
Extendió su mano, sucia de la tierra del penal, hacia la mano manicurada de Alina.
—Señora… vamos a hacer que ese equipo alemán hable español.
Alina estrechó su mano.
—Trato hecho.
Daniel miró al cielo. El viento soplaba, pero ya no sentía frío.
Sacó las llaves que Andrés le había dado. Se acercó al portón verde.
—¿Abres tú o abro yo, papá?
Víctor puso su mano sobre la de Daniel en la llave.
—Abrimos los dos, hijo.
Giraron la llave. El mecanismo, oxidado, se quejó pero cedió. Clack.
El portón se abrió, revelando la oscuridad del taller vacío, donde el polvo bailaba en los rayos de luz. No había nada adentro, solo espacio. Espacio para llenar. Espacio para el futuro.
—Bueno —dijo Daniel, entrando primero y respirando el olor a aceite viejo que aún persistía—. Hay mucha chamba. Hay que barrer antes de que traigan los juguetes nuevos.
Víctor rió, una risa verdadera, libre.
—Pásame la escoba, jefe.
Y así, con una escoba en la mano y ocho millones de pesos en equipo esperando cruzar la calle, la dinastía Soto renació de las cenizas.
PARTE 2: EL RENACER DEL FÉNIX DE HIERRO
CAPÍTULO 5: MOTORES, MIEDOS Y LA BESTIA ITALIANA
Han pasado tres meses desde el día en que Valerio Gómez salió esposado de su palacio de cristal. Tres meses en la Ciudad de México pueden parecer tres años o tres segundos, dependiendo de si estás atrapado en el tráfico del Viaducto o si estás corriendo contra reloj para reconstruir una vida.
Para Daniel Soto, el tiempo se había convertido en una masa extraña y acelerada. Su rutina había cambiado drásticamente. A las siete de la mañana, ya no se despertaba en un garage frío rodeado de ratas. Se despertaba en su propia habitación, en el departamento que Alina le había rentado a él y a su padre en la colonia Clavería, a solo unas cuadras del taller. Se ponía el uniforme de una secundaria privada (pagada por Alina como parte del “contrato de sociedad”) y se enfrentaba a un mundo que le resultaba más ajeno que los motores de combustión interna: los adolescentes ricos.
En la escuela “Instituto Vanguardia”, Daniel era el bicho raro. El chico becado que llegaba con las uñas a veces todavía manchadas de aceite que ni el jabón en polvo podía sacar. No hablaba de videojuegos, ni de viajes a Vail, ni de influencers de TikTok. Él pensaba en torques, en reprogramación de ECUs y en la inauguración inminente.
—Soto, ¿es cierto que tu papá estuvo en el bote? —le preguntó un día un tal Santiago, el típico bully con peinado de libro abierto y tenis de diez mil pesos.
Daniel, que había sobrevivido a las calles de Vallejo y a las noches heladas sin comida, simplemente lo miró con una calma que daba miedo.
—Sí. Y también es cierto que sé cómo desarmar los frenos de tu moto en tres segundos sin que te des cuenta.
Santiago no volvió a molestarlo.
Pero la verdadera vida de Daniel empezaba a las 2:30 de la tarde, cuando sonaba la campana de salida. Corría, literalmente corría, quitándose la corbata mientras esquivaba gente en la banqueta, hasta llegar a la calle de Azcapotzalco donde el milagro estaba ocurriendo.
LA FUSIÓN DE DOS MUNDOS
El viejo taller “Soto e Hijo” había dejado de existir. O mejor dicho, había evolucionado.
Alina Cortés no bromeaba cuando dijo que hacía inversiones, no caridad. Con la ferocidad de un general en campaña, había gestionado el remate judicial de los bienes de Premium Motors. Había comprado la deuda, movido influencias legales y, en un tiempo récord, había logrado que todo el equipo de Valerio cruzara la calle.
Ahora, el edificio de ladrillo rojo tenía un aspecto imponente. Alina había decidido mantener la fachada original —”le da carácter, historia, storytelling“, decía ella—, pero había restaurado el ladrillo, pintado el portón de un negro mate elegante y colocado un letrero de acero corten iluminado desde atrás con luz cálida:
SOTO Y CORTÉS – INGENIERÍA AUTOMOTRIZ.
Por dentro, el lugar era una catedral de la mecánica. Habían tirado la pared del fondo para ampliar la nave principal. El piso de cemento agrietado había sido recubierto con resina epóxica gris, tan brillante que podías peinarte en tu reflejo, pero con textura antiderrapante. Alineados como soldados de élite, estaban los cuatro elevadores hidráulicos de doble columna que antes pertenecían a Valerio, ahora repintados y calibrados.
En una esquina, acristalada y con aire acondicionado, estaba la “Sala de Diagnóstico”, el dominio de Daniel. Allí rugían las computadoras, los escáneres de última generación y las impresoras 3D para fabricar piezas de plástico inconseguibles.
Pero a pesar de la tecnología, el alma del lugar seguía oliendo a Víctor Soto. Aún había calendarios (aunque ahora más discretos), aún olía a café de olla por las mañanas, y la virgen de Guadalupe tenía su nicho, ahora iluminado con LEDs, cuidando la entrada.
Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Y el brillo del nuevo taller ocultaba sombras largas.
EL FANTASMA DE LA CELDA
Esa tarde de martes, a tres días de la Gran Inauguración Oficial, el ambiente estaba tenso.
Daniel entró al taller aventando la mochila en la oficina.
—¡Ya llegué! ¿Dónde están?
Encontró a su padre debajo de un Porsche 911 clásico que estaban restaurando. O al menos, se suponía que estaba trabajando.
Víctor estaba sentado en el banco de mecánico, con una llave española en la mano, mirando al vacío. Su mano temblaba ligeramente. Tink, tink, tink. La llave golpeaba rítmicamente contra el metal del elevador.
—¿Papá? —Daniel se acercó despacio.
Víctor dio un respingo, como si lo hubieran despertado de una pesadilla. Se le cayó la llave al suelo con un estruendo metálico que resonó en la nave.
—¡Ah! Dani… perdón, hijo. No te oí entrar.
Daniel recogió la llave. Notó el sudor en la frente de su padre, a pesar de que el sistema de ventilación mantenía el taller fresco.
—¿Estás bien, pa? Te ves pálido.
—Sí, sí… es solo… —Víctor se pasó la mano por el cabello canoso—. Es el ruido, mijo. A veces, cuando encienden el compresor de aire de golpe… suena como las rejas del penal cerrándose. Se me mete el frío en los huesos.
La cárcel había dejado marcas en Víctor que no se veían en la piel. Había perdido diez kilos que no recuperaba, pero sobre todo, había perdido la confianza. El “Maestro Soto”, que antes atacaba cualquier motor con la seguridad de un cirujano, ahora dudaba. Revisaba cada tuerca cinco veces. Le temblaban las manos al tocar coches caros. Sentía, en el fondo, que no merecía esta segunda oportunidad, que en cualquier momento entraría la policía y se lo llevaría todo otra vez.
—Papá, ya pasó. Estamos seguros. Alina puso cámaras, tenemos seguridad privada. Nadie nos va a tocar.
Víctor sonrió tristemente.
—La seguridad no está en las cámaras, Dani. Está aquí —se tocó la sien—. Y aquí adentro, todavía escucho los gritos de la noche.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió y entró Alina. Llevaba un casco de obra blanco (estaban terminando detalles del techo) que contrastaba cómicamente con su traje sastre Chanel.
—¡Señores! Menos charla y más acción. Tenemos un problema. O una oportunidad gigante, depende de cómo lo vean.
Alina se quitó el casco y sacudió su melena rubia.
—Acaba de llamar Don Fausto Mondragón.
Víctor se puso rígido.
—¿El dueño de la cadena de hoteles? ¿El coleccionista?
—El mismo. Y el chisme en el club de golf es que estamos por abrir. La mitad de la gente dice que somos unos genios que desenmascararon a Valerio. La otra mitad dice que somos… bueno, “un ex convicto y su hijo callejero jugando a ser empresarios”.
Daniel frunció el ceño.
—Que digan lo que quieran.
—Exacto —dijo Alina—. Pero para callarles la boca, necesitamos un golpe de autoridad. Don Fausto tiene un problema. Tiene una “bestia” que nadie ha podido domar. Ha pasado por tres agencias y dos especialistas. Nadie lo arranca.
—¿Qué coche es? —preguntó Daniel, sintiendo esa cosquilla de curiosidad técnica.
—Un Lamborghini Aventador SVJ. Edición limitada. Doce cilindros. Setecientos setenta caballos de fuerza. Una nave espacial.
Víctor negó con la cabeza, limpiándose las manos compulsivamente en un trapo.
—No, señora Alina. No estamos listos. Un Aventador es… es demasiada electrónica. Si le fallamos a Mondragón, nos quemamos antes de abrir. Mejor sigamos con los cambios de aceite y los frenos.
Alina caminó hacia Víctor. No con lástima, sino con firmeza.
—Víctor, no invertí ocho millones de pesos para cambiar aceite. Invertí en el mejor mecánico de México. Don Fausto trae el coche en una hora.
—¡En una hora! —Víctor casi se cae del banco.
—Sí. Y lo vamos a arreglar. Porque si no lo hacemos, Valerio gana. Aunque esté en la cárcel, si logra que tengas miedo, él gana.
Alina se giró y salió hacia la oficina, dejando un rastro de perfume y determinación.
Víctor miró a Daniel, aterrorizado.
—Dani… yo nunca he tocado un Aventador. Eso es fibra de carbono y computadoras. Si rompo un tornillo, cuesta más que la casa.
Daniel le puso una mano en el hombro. Ahora, extrañamente, él parecía el adulto y Víctor el niño.
—Papá, es un motor. Tiene pistones, tiene bujías, necesita aire, gasolina y chispa. Es lo mismo que un Vocho, solo que más apretado y en italiano. Lo hacemos juntos. Yo veo la compu, tú ves los fierros. Como antes.
Víctor respiró hondo, tratando de controlar el temblor.
—Como antes —repitió, sin mucha convicción.
LA LLEGADA DE LA BESTIA
Una hora después, una grúa de plataforma cerrada se estacionó frente al taller. Bajaron la rampa y, con cuidado extremo, descendieron al monstruo.
El Lamborghini Aventador SVJ era color verde mantis mate. Era bajo, ancho, agresivo. Parecía un depredador agazapado listo para saltar. Pero estaba mudo. Muerto. Lo tuvieron que empujar entre cuatro personas para meterlo al elevador principal.
Detrás del coche bajó Don Fausto Mondragón. Un hombre de setenta años, con guayabera de lino y sombrero panamá, acompañado por dos guardaespaldas y un asistente que cargaba un maletín.
—Así que este es el famoso taller “Soto y Cortés” —dijo Don Fausto, mirando el techo industrial y el piso brillante—. Bonito. A ver si funciona tan bien como se ve.
Víctor se adelantó, secándose las manos en el overol nuevo (azul marino con el logo bordado).
—A sus órdenes, Don Fausto. Soy Víctor Soto.
—Soto… sí. Escuché su historia. Dramática. —Don Fausto rodeó el coche—. Mire, Soto. Este coche es mi bebé. Hace un mes dejó de arrancar. En la agencia me dijeron que hay que cambiar todo el arnés eléctrico principal. Me quieren cobrar un millón de pesos y tardan seis meses. Otro “experto” me dijo que la computadora del motor está frita.
Don Fausto se acercó a Víctor, invadiendo su espacio.
—Le voy a ser sincero. No confío en usted. Pero Alina es muy persuasiva y dice que su hijo hace milagros. Tienen 48 horas para decirme qué tiene. Si lo arreglan, les pago el doble de lo que cobra la agencia y les mando toda mi colección. Si le hacen un rasguño… me encargaré de que no arreglen ni triciclos en esta ciudad. ¿Entendido?
Víctor tragó saliva. El fantasma de la cárcel le susurró al oído: “Vas a fallar. Te van a demandar. Vas a volver a la celda”.
Pero entonces vio a Daniel. El chico ya estaba con la laptop en la mano, conectado al puerto OBD del Lamborghini, con los ojos brillando de emoción, ignorando completamente la amenaza del millonario.
—Entendido, Don Fausto —dijo Víctor, enderezando la espalda—. Venga en dos días.
NOCHE DE DIAGNÓSTICO
Cuando cayó la noche y Don Fausto y Alina se fueron, el taller se quedó en silencio. Solo se escuchaba el zumbido de las lámparas LED y el tecleo frenético de Daniel.
Habían pedido pizza. La caja estaba abierta sobre una mesa de trabajo, junto a esquemas eléctricos impresos en tamaño gigante.
—Es un desastre, papá —dijo Daniel, mordiendo una rebanada de pepperoni—. La computadora arroja treinta códigos de error. Falla en inyección, falla en la bomba de alta presión, fallo en el sensor de árbol de levas… es como si el coche tuviera un infarto masivo.
Víctor estaba debajo del auto, con la lámpara de mano.
—No puede fallar todo al mismo tiempo, Dani. Eso es imposible. A menos que le haya caído un rayo.
—La agencia dice que es el arnés. Que hay un corto general.
—Los de la agencia son unos “cambia-piezas” —gruñó Víctor, recuperando un poco de su viejo desdén por los mecánicos de concesionario—. Si ven un error, cambian todo. Nosotros diagnosticamos.
Víctor salió de debajo del auto. Estaba manchado de grasa en la mejilla, y por primera vez en semanas, se veía vivo. El miedo seguía ahí, pero el reto mecánico era más fuerte.
—A ver, piensa como la máquina, hijo. Si la computadora dice que todo está mal, ¿qué es lo más probable?
—Que la computadora mienta —dijo Daniel.
—O que lo que alimenta a la computadora esté mal. ¿Revisaste las tierras?
—Sí, todas las tierras principales del chasis están limpias. Voltaje estable en 12.8 volts.
Víctor se frotó la barbilla. Miró el motor V12 expuesto como una joya bajo el cristal trasero.
—Sabes… este coche tiene un sistema de desconexión de cilindros para ahorrar gasolina, ¿verdad?
—Sí, desactiva una bancada cuando vas despacio.
—Y tiene un sistema de Start-Stop. Mucha electrónica para un motor que solo quiere correr.
Víctor se acercó al motor. Cerró los ojos. Pasó sus manos por encima de las mangueras y cables, como un ciego leyendo braille.
—Dani, dale al botón de encendido. Solo el switch, no el arranque.
Daniel presionó el botón rojo estilo avión de combate en la consola central.
El tablero se iluminó como arbolito de navidad. Se escucharon los clics y zumbidos de las bombas de gasolina cebándose.
—¡Ahí! —gritó Víctor—. ¡Apágalo!
—¿Qué?
—Escuché algo. Un soplido. Muy leve.
—Papá, con todo respeto, estás sordo de un oído por las explosiones del escape. Yo no oí nada.
—Tengo sordo el oído para la gente, no para los fierros. Dale otra vez.
Lo hicieron diez veces. A la décima, Daniel lo escuchó. Un fssszt casi imperceptible cerca de la pared de fuego, detrás de los asientos.
—Suena a… ¿vacío? —preguntó Daniel.
—O a arco eléctrico saltando —dijo Víctor—. Trae el estetoscopio y la cámara endoscópica.
Pasaron las siguientes cuatro horas jugando a ser cirujanos. Metieron la pequeña cámara por rincones imposibles del motor italiano.
Y entonces, a las tres de la mañana, lo encontraron.
—¡No mames! —exclamó Daniel, rompiendo su promesa de no decir groserías—. ¡Mira esto, papá!
En la pantalla de la tablet se veía la imagen granulada de un mazo de cables que pasaba peligrosamente cerca del múltiple de escape derecho.
—Está mordido —dijo Víctor, ajustándose los lentes—. No, no mordido. Roído.
—¿Ratas? —preguntó Daniel.
—No. Mira el plástico. Está derretido y cortado.
Víctor se metió de nuevo al motor, retorciéndose como un contorsionista.
—¡Lo tengo! —gritó, su voz retumbando en el taller—. ¡Es un puto tornillo!
Salió triunfante, con un tornillo pequeño en la mano y un pedazo de soporte de metal.
—Mira esto. Alguien, probablemente en el último servicio, instaló mal el soporte de la tolva térmica. Dejaron este tornillo muy largo apuntando hacia el arnés. Con la vibración del motor V12, el tornillo fue aserrando el protector del cableado poco a poco.
—Y cortó la línea de datos CAN-BUS —completó Daniel, mirando el esquema—. Por eso la computadora se vuelve loca. La línea de comunicación principal está haciendo tierra con el chasis a través de este tornillo.
—Exacto. Cada vez que el motor vibra, el tornillo toca el cobre, manda un corto a la red, y la computadora piensa que el mundo se acaba.
Daniel miró a su padre. Víctor estaba sucio, despeinado, con ojeras, pero sonreía. Sonreía de verdad.
—Papá… eres un genio.
—No, hijo. Somos un equipo. Tú encontraste dónde buscar. Yo encontré qué buscar. Ahora, a soldar.
LA RESURRECCIÓN
Reparar un cable de datos en un Lamborghini no es como poner cinta de aislar en un Chevy. Requiere precisión quirúrgica. Daniel soldó los microcables bajo una lupa, mientras Víctor aislaba la zona con cinta térmica de grado aeroespacial y corregía el soporte metálico para que no volviera a pasar.
Terminaron a las seis de la mañana. El sol empezaba a salir, iluminando el taller a través de los tragaluces.
Ambos estaban agotados, sentados en el suelo junto a la llanta trasera del Aventador.
—¿Lo probamos? —preguntó Daniel.
Víctor dudó un segundo. El miedo regresó brevemente. ¿Y si no era eso? ¿Y si quemaban la computadora al arrancar?
Miró el coche. Luego miró a su hijo.
—Dale tú, Dani. Tú tienes la mano santa.
Daniel se subió al asiento del conductor. El cuero olía a caro.
Pisó el freno. Levantó la tapa roja del botón de encendido.
—Por favor, bestia. Despierta —susurró.
Presionó el botón.
El motor de arranque gimió una vez. Whirrr.
Y luego…
¡BROOOOOM!
El sonido fue visceral. Un rugido ronco, metálico y poderoso que hizo vibrar los vidrios de la oficina y el pecho de Víctor. Los doce cilindros cobraron vida al instante, estabilizándose en un ralentí agresivo pero perfecto.
No había luces de error en el tablero. Ni una sola.
Víctor levantó los brazos al cielo y gritó, un grito de victoria que se mezcló con el rugido del motor. Daniel aceleró un poco, y el coche aulló como un lobo.
Se abrazaron a través de la ventanilla abierta.
—¡Está vivo, carajo! ¡Está vivo!
LA INAUGURACIÓN Y EL JUICIO FINAL
El día de la inauguración, la calle de Azcapotzalco parecía un desfile de moda. Alina había convocado a la prensa, a sus socios, a clientes potenciales y, por supuesto, a Don Fausto Mondragón.
Había meseros ofreciendo canapés de foie gras y tacos de suadero gourmet (una idea de Daniel que fue un éxito). Había música jazz suave. El taller brillaba.
Pero toda la atención estaba centrada en el centro de la nave, donde el Lamborghini Aventador estaba cubierto con una sábana de seda negra.
Víctor estaba parado junto al coche, con un traje que Alina le había obligado a comprar. Se sentía incómodo, como un pingüino en el desierto. Daniel estaba a su lado, también de traje, pero con sus tenis Converse (su única rebelión).
Alina tomó el micrófono.
—Bienvenidos a Soto y Cortés. Muchos han escuchado rumores. Muchos han dudado. Pero en este taller no vendemos promesas. Vendemos resultados. Don Fausto, su auto.
Alina hizo una señal. Daniel y Víctor tiraron de la sábana.
El Lamborghini verde brilló bajo los reflectores. Se veía espectacular.
Don Fausto se acercó, escéptico.
—Se ve bonito, Soto. Pero, ¿camina?
Víctor le tendió las llaves. Su mano no temblaba. Ni un milímetro.
—Compruébelo usted mismo, Don Fausto. Y le sugiero que tenga cuidado al salir, tiene toda la potencia disponible ahora.
Don Fausto subió. Arrancó el motor. El rugido perfecto silenció la música y las conversaciones. Aceleró en vacío un par de veces, escuchando la sinfonía de la ingeniería italiana funcionando como reloj suizo.
Apagó el motor y bajó. Se hizo un silencio sepulcral.
Don Fausto caminó hacia Víctor. Lo miró a los ojos.
Luego, extendió la mano.
—Maestro Soto… mis respetos. La agencia quería cambiarme el coche entero. Usted le devolvió el alma.
—Fue un trabajo de equipo, Don Fausto. Mi hijo hizo el diagnóstico digital.
Don Fausto asintió hacia Daniel.
—Mañana les mando el Ferrari y el Aston Martin. Y le diré a todos mis amigos: si quieren que sus juguetes funcionen, tráiganlos con el Mago de Azcapotzalco.
Los aplausos estallaron. Alina brindó con champán. Los flashes de las cámaras dispararon.
Víctor sonreía, saludando, pero buscó la mirada de Daniel.
“Lo logramos”, decían sus ojos.
LA SOMBRA EN EL ÉXITO
La fiesta terminó tarde. Daniel estaba ayudando a recoger las copas vacías, cansado pero feliz. Alina estaba en la oficina contando cheques (Don Fausto había pagado por adelantado y con una propina generosa).
Víctor estaba cerrando el portón principal.
De pronto, un motociclista de Uber Eats se detuvo frente a él.
—¿Entrega para Víctor Soto? —preguntó el repartidor.
—Soy yo. Pero no pedimos nada. Ya comimos tacos.
—Es un sobre. Ya está pagado el envío.
Víctor tomó el sobre manila. No tenía remitente.
El motociclista se fue.
Víctor abrió el sobre bajo la luz de la calle.
Adentro había una sola hoja de papel. Era una copia fotostática de un artículo de periódico viejo, de hace veinte años.
El titular decía: “TRÁGICO ACCIDENTE EN CARRETERA. FALLA MECÁNICA MATA A FAMILIA. MECÁNICO HUYE”.
En el margen, escrito con pluma roja, había una nota:
“Tú y yo sabemos que no eres tan santo, Víctor. La gente olvida, pero yo no. Disfruta tu fama mientras dure. – V.G.”
Víctor sintió que la sangre se le helaba. Valerio Gómez. Incluso desde la cárcel, tenía brazos largos.
Pero lo que más le aterrorizó no fue la amenaza de Valerio. Fue el artículo. Porque ese accidente… ese accidente era una sombra de su pasado que él creía enterrada para siempre. Un secreto que ni siquiera Daniel conocía.
Daniel se acercó.
—¿Papá? ¿Qué es eso?
Víctor arrugó el papel rápidamente y se lo metió en el bolsillo.
—Nada, hijo. Publicidad basura. Vamos a casa. Mañana tenemos tres Porsches y un Ferrari esperando.
Daniel notó la tensión en la mandíbula de su padre, pero no dijo nada.
La “Bestia Italiana” había sido domada, pero una nueva bestia, una hecha de pasado y secretos, acababa de despertar.
Víctor apagó las luces del taller. El letrero de neón parpadeó una vez antes de morir, dejando la calle en oscuridad.
El Fénix de Hierro había renacido, sí. Pero el fuego que lo creó también podía consumirlo.
CAPÍTULO 6: ENGRANAJES DE SANGRE Y LA SOMBRA DEL PASADO
El éxito tiene un sonido muy particular. En el taller “Soto y Cortés”, ya no sonaba al martilleo desesperado de una herramienta vieja golpeando metal oxidado. Ahora sonaba al zumbido agudo y preciso de las pistolas de impacto neumáticas de marca alemana, al bip-bip-bip rítmico de los escáneres diagnosticando cerebros electrónicos, y al ronroneo satisfecho de motores que costaban más que un edificio de departamentos en la colonia Doctores.
Habían pasado dos semanas desde la inauguración y la resurrección del Lamborghini de Don Fausto. Dos semanas en las que la vida de Daniel y Víctor Soto había dado un giro de 180 grados a una velocidad vertiginosa. El taller estaba lleno. Literalmente. Había lista de espera de tres semanas. Los dueños de Ferraris, McLarens y Mercedes-AMG hacían fila —bueno, sus choferes hacían fila— para que el “Mago de Azcapotzalco” y su “Niño Genio” tocaran sus máquinas.
El dinero entraba a raudales. Alina, fiel a su palabra, manejaba las finanzas con una transparencia de cristal y una eficiencia despiadada. Cada viernes, Víctor recibía un depósito bancario que lo hacía mirar la pantalla del celular con incredulidad. Ganaba en una semana lo que antes ganaba en seis meses de trabajo duro.
—Es mucha lana, papá —le había dicho Daniel al ver el saldo—. Deberíamos ahorrar.
—Sí, hijo. Ahorrar. Para cuando… para cuando se acabe la suerte —había respondido Víctor, con esa sombra en los ojos que no se le quitaba ni con el sol más brillante.
Daniel notaba el cambio. Su padre trabajaba como un poseso. Llegaba a las seis de la mañana y se iba a las diez de la noche. Revisaba cada tornillo tres veces. Si un mecánico apretaba una tuerca y Víctor no escuchaba el “clic” del torquímetro, lo hacía desarmar todo y empezar de cero.
—Papá, relájate. Beto sabe lo que hace —le decía Daniel.
—La confianza mata, Daniel. Un error, uno solo, y volvemos al agujero. O peor.
Daniel pensaba que era el trauma de la cárcel. El miedo a perder la libertad de nuevo. Pero había algo más. Víctor sobresaltaba cada vez que sonaba el teléfono de la oficina. Se ponía pálido cuando llegaba el correo. Y esa hoja de papel arrugada que Daniel lo vio esconder la noche de la inauguración seguía siendo un misterio que le picaba la curiosidad como una comezón inalcanzable.
LA PORTADA DE LA DISCORDIA
Ese miércoles por la mañana, la tensión estalló por algo que debería haber sido una buena noticia.
Alina entró al área de trabajo caminando con ese repiqueteo de tacones que anunciaba negocios. Venía acompañada de un fotógrafo con un equipo enorme y una mujer joven con una grabadora.
—¡Atención a todos! —gritó Alina, haciendo que los mecánicos levantaran la vista—. Les presento a Sofía, de la revista Expansión. Van a hacernos un reportaje de seis páginas. “El Renacer de la Industria: De la Cárcel al Éxito Empresarial”. Quieren foto de portada. Víctor, Daniel, pónganse guapos. Quiero una foto de ustedes dos junto al elevador principal.
Daniel sintió un golpe de orgullo. ¿Una portada? Eso era grande. Se limpió las manos en el overol y se acomodó el cabello.
Pero Víctor reaccionó como si le hubieran apuntado con un arma.
Estaba debajo de un Audi R8, cambiando el aceite de la transmisión. Al escuchar a Alina, salió disparado en el carrito deslizador y se puso de pie de un salto, golpeándose la cabeza con el espejo retrovisor.
—¡No! —gritó Víctor.
El taller se quedó en silencio. El fotógrafo bajó la cámara.
—¿Perdón? —Alina frunció el ceño, confundida—. Víctor, es publicidad gratis. Expansión es la revista de negocios más importante del país. Esto nos va a consolidar.
—Dije que no —Víctor estaba rojo, sudando, con los ojos desorbitados—. Yo soy mecánico, no modelo. No quiero fotos. No quiero entrevistas. Que salga el taller, que salgan los coches. Yo no.
—Víctor, no seas ridículo —Alina intentó mantener la calma frente a los periodistas—. La historia eres tú. El hombre injustamente encarcelado que regresa triunfante. La gente ama esas historias de redención.
—¡Pues que amen otra cosa! —rugió Víctor, tirando el trapo al suelo con violencia—. ¡No voy a salir en ninguna revista! ¡No quiero mi cara en los puestos de periódicos de todo el país! ¡Es mi última palabra!
Y sin decir más, dio media vuelta y se encerró en el baño de empleados, azotando la puerta tan fuerte que el marco de aluminio vibró.
Alina se quedó de una pieza. Sofía, la reportera, miró a Alina incómoda.
—Eh… licenciada Cortés, si el socio no quiere…
—Denme un minuto —dijo Alina, con una sonrisa forzada que daba miedo—. Daniel, ven conmigo.
CONSEJO DE GUERRA EN EL PASILLO
Daniel siguió a Alina hacia la oficina, lejos de los oídos de la prensa. Alina estaba furiosa.
—¿Qué le pasa a tu padre? —siseó ella, cerrando la puerta—. Estamos construyendo una marca, Daniel. La marca necesita una cara. ¿Por qué tiene tanto miedo de una foto?
Daniel se sentó en el borde del escritorio. Él también estaba confundido, pero su instinto le decía que no era simple timidez.
—Tiene miedo, Alina. La cárcel lo dejó mal. Siente que si se expone mucho, alguien va a venir a tirarlo de nuevo.
—¿Quién? ¿Valerio? Valerio está en el Reclusorio Oriente peleando para que no lo linchen los otros reos. Sus cuentas están congeladas. No tiene poder.
—No sé… —Daniel bajó la voz—. La noche de la inauguración, un repartidor le trajo un sobre. Papá se puso muy raro después de leerlo. Dijo que era publicidad, pero… mentía. Yo sé cuando miente.
Alina se detuvo. Su mente de abogada y empresaria empezó a trabajar a mil por hora.
—¿Un sobre? ¿Qué tipo de sobre?
—Manila. Sin remitente. Papá lo escondió. Desde entonces, revisa el correo antes que nadie. Y si llega un coche negro, se esconde hasta ver quién baja.
Alina suspiró, cruzándose de brazos.
—Daniel, tu padre es un hombre bueno, pero los hombres buenos a veces tienen pasados complicados. Si alguien lo está chantajeando, necesito saberlo para proteger la inversión… y para protegerlo a él.
—Voy a averiguar —prometió Daniel—. Pero por favor, cancela la entrevista. Si lo presionas ahora, se va a romper.
Alina asintió, derrotada.
—Está bien. Le diré a Sofía que nos enfoquemos en la “tecnología” y en el “niño prodigio”. Tú serás la cara hoy. Ve a lavarte la cara y sonríe.
EL CLIENTE FANTASMA
La semana transcurrió con una calma tensa. Víctor salió del baño eventualmente, pidió disculpas murmuradas y volvió al trabajo, pero evitaba mirar a Alina a los ojos.
Y entonces, el viernes por la tarde, llegó el “trabajo especial”.
No llegó en grúa. Llegó rodando, pero apenas.
Era un auto que desentonaba completamente con el desfile de deportivos de lujo que habitualmente llenaban el taller.
Un Ford Grand Marquis modelo 1998, color vino. Un coche grande, pesado, antiguo, de esos que usaban los políticos y los judiciales hace veinte años. La pintura estaba quemada por el sol, tenía un golpe en la defensa trasera y el motor sonaba como si tuviera piedras adentro.
El coche entró al taller tosiendo humo gris. Se detuvo justo en la entrada.
Beto, uno de los mecánicos, se acercó.
—Oiga, jefe, creo que se equivocó. Aquí es puro alta gama. El taller de hojalatería está a tres cuadras.
La ventanilla del conductor bajó. No había nadie al volante más que un chofer joven con gorra, que ni siquiera miró a Beto. Le extendió unas llaves y un sobre blanco.
—Servicio completo. Pago por adelantado en la guantera. El dueño dice que el Maestro Soto sabe qué hacer con este coche. Específicamente el Maestro Soto.
El chofer se bajó, se subió a una moto que lo venía siguiendo y se fue sin decir más.
Víctor estaba al fondo del taller, revisando un Mercedes. Al escuchar el motor del Grand Marquis, se giró.
Daniel vio cómo el color desaparecía de la cara de su padre. Fue como si le hubieran sacado la sangre con una jeringa gigante. Víctor se quedó paralizado, con la llave de cruz en la mano, mirando ese viejo coche color vino como si fuera un monstruo salido del infierno.
—Papá, ¿estás bien? —Daniel corrió hacia él.
Víctor no respondió. Caminó hacia el Grand Marquis como un sonámbulo. Sus ojos estaban fijos en la placa delantera. Estaba abollada y vieja, pero se leía claramente: LXZ-404.
Víctor llegó al coche. Tocó el cofre caliente. Le temblaba la mano tanto que tuvo que apoyarse en la carrocería para no caerse.
—No puede ser… —susurró Víctor—. Lo desguazaron. Dijeron que lo habían hecho cubo.
—¿De qué hablas, pa? ¿Conoces este coche?
Víctor se volvió hacia Daniel. Tenía los ojos llenos de terror puro.
—Saca este coche de aquí, Daniel. ¡Sácalo ya! ¡Que no lo toque nadie!
—Pero el cliente…
—¡Me vale madre el cliente! —gritó Víctor, asustando a todos en el taller—. ¡Sácalo a la calle! ¡Tápalo! ¡Quémalo! ¡No lo quiero aquí!
Antes de que Daniel pudiera reaccionar, Alina salió de la oficina, atraída por los gritos.
—¿Qué pasa ahora? Víctor, por Dios, ¿no podemos tener un día sin dramas?
—Este coche es una trampa, Alina —dijo Víctor, respirando agitadamente—. Es… es un mensaje.
—¿Un mensaje de quién? —preguntó ella, acercándose al viejo auto—. Es una chatarra. Seguro algún nostálgico quiere restaurarlo. Mira, dejaron dinero.
Alina abrió la guantera. Sacó un fajo de billetes grueso, atado con una liga. Eran dólares. Y debajo de los billetes, había una foto vieja, en blanco y negro.
Alina tomó la foto. Daniel se asomó por encima de su hombro.
La foto mostraba ese mismo coche, el Grand Marquis, pero nuevo, brillante. Estaba estacionado al lado de una carretera nocturna. El frente del coche estaba destrozado. Había humo. Y en el suelo, junto a la llanta delantera, se veía un cuerpo cubierto con una sábana.
Al reverso de la foto, una sola frase escrita con máquina de escribir:
“¿Te acuerdas cómo sonaba cuando se rompió la dirección, Víctor? Arréglalo. O la próxima foto será de tu hijo.”
Alina soltó la foto como si quemara.
Víctor se recargó en el coche y se deslizó hasta el suelo, cubriéndose la cara con las manos.
—Se acabó —gimió—. Nos encontraron. Se acabó todo.
LA VERDAD A MEDIAS
Cerraron el taller temprano. Alina mandó a los empleados a casa con la excusa de una fumigación urgente. Bajaron la cortina metálica, dejando al Grand Marquis en el centro de la nave, como un cadáver en una sala de autopsia.
Estaban en la oficina. Alina sentada detrás del escritorio, Daniel de pie junto a la puerta, y Víctor sentado en una silla, mirando al suelo, con una copa de brandy que Alina le había servido para calmar los nervios.
—Habla, Víctor —dijo Alina. Su voz no era de enojo, sino de urgencia profesional—. Si vamos a pelear contra esto, necesito saber qué es. ¿Quién murió en esa foto?
Víctor tomó un trago largo. El alcohol pareció darle un poco de valor.
—Fue hace veinte años —empezó Víctor, con la voz ronca—. Yo tenía veinticinco. Trabajaba en el taller de mi papá, Don Miguel. Éramos buenos, pero no teníamos dinero. Un día, llegó un tipo. Un político. O narco. O las dos cosas, no sé. Traía ese Grand Marquis. Quería que lo modificáramos para correr. Quería que le quitáramos el limitador de velocidad, que modificáramos la suspensión.
Víctor hizo una pausa, mirando el líquido ámbar en su copa.
—Mi papá no quiso. Dijo que el chasis de ese coche no aguantaba esas modificaciones, que era peligroso. Pero el tipo ofreció mucho dinero. Y mi mamá estaba enferma, necesitábamos la operación. Así que… yo lo hice. Lo hice a espaldas de mi papá. Modifiqué la dirección, bajé la suspensión, le moví a la computadora.
Daniel escuchaba fascinado y horrorizado. Su padre, el hombre que le enseñó que la honestidad era sagrada, había cometido el pecado capital de la mecánica: hacer una modificación insegura por dinero.
—El tipo se llevó el coche —continuó Víctor—. Una semana después… salió en las noticias. Accidente en la carretera a Cuernavaca. El coche perdió el control a 180 kilómetros por hora. La dirección se partió. El coche se volcó y se llevó a otro auto que venía de frente. Una familia. Murieron todos. El dueño del Marquis sobrevivió, pero quedó cojo.
—¿Y qué pasó? —preguntó Daniel.
—La policía vino al taller. Buscaban al responsable de la modificación. El dueño del coche les dijo que había sido un “error mecánico”. Yo… yo tuve miedo. Sabía que iría a la cárcel por homicidio imprudencial. Mi papá… —Víctor sollozó—. Mi papá se echó la culpa. Dijo que él había supervisado el trabajo. Dijo que fue su error. Él ya estaba viejo, cansado. Lo arrestaron a él. Murió en la cárcel dos años después, de un infarto. Yo me quedé libre, con el taller, con la culpa… y con el secreto.
El silencio en la oficina era denso. Daniel sentía como si el piso se hubiera abierto bajo sus pies. Su abuelo, el legendario Don Miguel, no había muerto en su cama como le habían contado. Había muerto en prisión, pagando el crimen de su hijo.
—Nadie sabía esto —susurró Víctor—. Solo yo y el dueño del coche. Pero el dueño desapareció. Pensé que se había olvidado.
—Valerio lo sabe —dijo Daniel de repente.
—¿Cómo? —preguntó Alina.
—Valerio Gómez. Él investigó todo sobre nosotros para destruirnos la primera vez. Seguro encontró el expediente viejo, vio las inconsistencias. Él mandó esto. O le vendió la información a alguien.
Alina se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro.
—A ver, analicemos. Legalmente, el caso está cerrado. El “culpable” (tu padre) ya pagó y falleció. Non bis in idem, nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito, y menos si ya hubo sentencia. No te pueden meter a la cárcel por eso, Víctor.
—No es la cárcel lo que me asusta, Alina —dijo Víctor, levantando la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Es Daniel. Es… que si esto se sabe, la reputación de “Soto y Cortés” se muere. ¿Quién va a traer su Ferrari con un mecánico que mató a una familia por dinero y dejó que su padre muriera en prisión? Y la nota… la nota amenaza a Daniel.
EL SABUESO DIGITAL
Esa noche, Víctor se quedó dormido en el sofá de la oficina, vencido por el alcohol y la angustia. Alina se fue a su departamento a consultar con sus abogados penalistas.
Pero Daniel no durmió.
Se sentó en su estación de diagnóstico, frente a sus tres monitores.
Miró el Grand Marquis a través del cristal de la oficina. Ese coche era un fantasma. Pero los fantasmas dejan rastros.
—Si Valerio está en la cárcel, no pudo traer el coche él mismo —razonó Daniel en voz alta—. Tuvo que usar un intermediario.
Daniel sacó el sobre donde venía el dinero. Lo examinó bajo la luz UV (su fiel compañera). No había huellas dactilares evidentes, pero había algo más. Un pequeño código de barras impreso en la esquina inferior del sobre, casi invisible. Era un sobre de paquetería interna de alguna empresa.
Escaneó el código.
Bip.
La pantalla arrojó una serie de números. Daniel empezó a rastrear la procedencia. Era un sobre de la proveeduría de una firma legal: “Bufete Jurídico Monroy & Asociados”.
Daniel tecleó el nombre en Google.
Bufete prestigioso. Especialistas en defensa corporativa… y defensa de crimen organizado. Sus oficinas estaban en Santa Fe.
—Monroy —susurró Daniel—. El abogado de Valerio.
Pero había algo que no cuadraba. Valerio estaba en quiebra. Alina le había congelado las cuentas. ¿Cómo pagaba un bufete de lujo? ¿Y de dónde sacó el dinero para comprar y restaurar esa chatarra vieja solo para asustar a Víctor? Restaurar ese Grand Marquis y dejarlo en condiciones de rodar costaba dinero. Y el fajo de dólares en la guantera eran al menos diez mil.
Daniel hackeó (o mejor dicho, usó sus habilidades de “investigación profunda” en bases de datos públicas y algunas no tan públicas que había aprendido a usar en foros de internet) el registro vehicular del Grand Marquis.
Placa LXZ-404.
Baja del padrón en 2004 por “Pérdida Total”.
Alta nueva en el padrón hace una semana.
Propietario actual: “Inversiones Fénix S.A. de C.V.”
Dirección fiscal: Un lote baldío en Iztapalapa.
Representante legal: Valerio Gómez.
—Imposible —dijo Daniel—. Valerio no tiene un peso. A menos que…
Siguió rascando. Buscó a los socios de “Inversiones Fénix”.
Y ahí apareció un nombre. Un nombre que no le decía nada, pero que lo cambiaba todo.
Socio mayoritario: Fausto Mondragón Jr.
Daniel se quedó helado.
¿Mondragón? ¿El hijo de Don Fausto, su mejor cliente?
Buscó fotos. Fausto Mondragón Jr. Un tipo de 45 años, con fama de playboy y de tener deudas de juego.
Y entonces Daniel vio la conexión. En una foto de sociales de hace cinco años, Fausto Jr. estaba abrazado con Valerio Gómez en una fiesta en Acapulco.
—Son amigos —comprendió Daniel—. Valerio está usando al hijo de nuestro mejor cliente para atacarnos. Y el hijo debe estar robándole al padre para financiar esto.
LA DECISIÓN DEL HIJO
Daniel miró a su padre dormido. Víctor parecía un niño viejo, asustado y roto. Había cargado con ese secreto veinte años. Había sacrificado a su propio padre. Era una historia terrible, sí. Pero Daniel sabía algo que Víctor a veces olvidaba: el pasado no se puede arreglar, pero el presente sí se puede blindar.
Daniel tomó una decisión. No le diría a Alina todavía. No le diría a su padre.
Él iba a arreglar esto.
Se acercó al Grand Marquis. Abrió el cofre.
El motor V8 estaba sucio, maltratado.
—¿Quieres que te arregle? —le susurró Daniel al coche—. Va. Te voy a arreglar. Pero a mi manera.
Daniel fue a su caja de herramientas. Sacó un localizador GPS satelital, del tamaño de una moneda, que usaban para los coches de alta gama de los clientes VIP.
Lo escondió profundamente dentro del chasis del Grand Marquis, detrás del tanque de gasolina, donde nadie lo encontraría sin desarmar el coche.
Luego, tomó la foto del accidente. Le sacó una copia digital de alta resolución.
Y escribió una nota propia. La metió en la guantera, junto al dinero (que no tocó).
Su nota decía:
“El coche está listo. Funciona mejor que nunca. Pero cuidado con los frenos, a veces la historia se repite. Saludos a tu papá, Junior.”
A la mañana siguiente, Daniel despertó a Víctor.
—Papá, levántate.
Víctor saltó del sofá.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Vino la policía?
—No. Vamos a arreglar el Marquis.
—¿Qué? ¡Estás loco! ¡No voy a tocar esa maldición!
—Sí lo vas a hacer —dijo Daniel con una voz que Víctor no reconoció. Era una voz de mando, de jefe—. Lo vamos a dejar impecable. Lo vamos a dejar mejor que nuevo. Y cuando vengan por él, se lo van a llevar.
—¿Por qué haríamos eso?
—Porque si demostramos miedo, ellos ganan. Y porque quiero ver la cara del chofer cuando le entreguemos las llaves y le digamos: “Dígale a su patrón que los Soto no le tienen miedo a los fantasmas. Nosotros los arreglamos”.
Víctor miró a su hijo. Vio la determinación en sus ojos. Vio que el niño que había criado entre tuercas y aceite se había convertido en un hombre mucho más valiente que él.
Víctor se secó la cara. Asintió.
—Está bien. Pásame la llave de 13 milímetros. Vamos a sacar a este demonio de mi taller.
Trabajaron dos días seguidos. Sin descanso. Alina, al ver la determinación de ambos, canceló las otras citas y se unió a ellos, pasando herramientas y consiguiendo refacciones imposibles.
El Grand Marquis quedó irreconocible. El motor ronroneaba suavemente. La suspensión estaba perfecta. La abolladura desapareció.
El viernes, el mismo chofer de la moto regresó.
Se sorprendió al ver el coche listo, brillante.
Daniel le entregó las llaves y el sobre con su nota adentro.
—Todo listo —dijo Daniel—. Dígale al dueño que no vuelva. Ya no trabajamos clásicos.
El coche se fue.
Víctor suspiró, sintiendo que se le iba un peso de encima, aunque el miedo seguía ahí.
—¿Crees que se acabó? —preguntó Víctor.
Daniel sacó su celular. Abrió una aplicación de rastreo. Un punto rojo parpadeaba en el mapa, moviéndose hacia el sur de la ciudad, hacia una zona residencial de lujo en el Pedregal.
—No, papá —dijo Daniel, mirando el punto rojo—. Apenas empieza. Ahora sabemos dónde viven los monstruos. Y vamos a ir a cazarlos.
CAPÍTULO 7: EL SILENCIO DE LOS MOTORES Y LA TRAICIÓN DE SANGRE
El punto rojo en la pantalla del celular de Daniel no era solo un píxel parpadeante sobre un mapa digital de la Ciudad de México. Era el latido de un corazón enemigo.
Daniel estaba sentado en la oscuridad de la sala de diagnóstico, iluminado únicamente por el resplandor azul de tres monitores. Eran las dos de la mañana del sábado. El taller estaba en silencio, ese silencio pesado y aceitoso que queda después de una semana de trabajo frenético. Olía a desengrasante cítrico y a la ansiedad rancia que su padre había dejado flotando en el aire antes de irse a dormir (o a intentarlo) al departamento.
—¿A dónde vas, maldito? —susurró Daniel, haciendo zoom en el mapa.
El Grand Marquis color vino, el “Coche Fantasma” que cargaba con los pecados de Víctor Soto y un micrófono oculto instalado por Daniel, se movía hacia el sur. Había dejado la zona industrial, cruzado el Viaducto, tomado el Periférico Sur y ahora se adentraba en el laberinto de piedra volcánica y mansiones amuralladas de Jardines del Pedregal.
Jardines del Pedregal. La zona donde el dinero viejo de México vive detrás de muros de cinco metros con alambre electrificado y guardias privados. Un lugar donde las calles tienen nombres de elementos: Agua, Fuego, Lava, Roca. Y donde los secretos se entierran profundo bajo la piedra negra.
El punto rojo se detuvo.
Calle del Risco. Número 404.
Daniel sintió un escalofrío. El número de la placa del coche era LXZ-404. No era una coincidencia. Era un fetiche. El dueño de ese coche tenía una obsesión enfermiza.
Daniel se puso los audífonos grandes de cancelación de ruido. Abrió el software de audio en su laptop.
Cuando estaba “restaurando” el Grand Marquis con su padre, Daniel no solo había arreglado el motor. Había desarmado el tablero para “revisar el cableado” y, en el proceso, había instalado un viejo smartphone Android con una tarjeta SIM de datos ilimitados, conectado directamente a la batería del auto y escondido dentro del ducto de aire acondicionado central. El micrófono del teléfono estaba configurado para transmitir audio en tiempo real en cuanto detectara voz.
En la pantalla apareció una onda de sonido verde.
Estática. Ruido de motor apagándose. El sonido de una puerta pesada de garaje cerrándose.
Luego, voces.
—…Ya quedó, jefe. —Era la voz del chofer de la moto—. Los mecánicos esos hicieron un milagro. El motor ni se oye.
—Déjame ver.
Una segunda voz. Joven, arrogante, arrastrando las palabras con ese acento “fresa” característico de los niños ricos de la ciudad. Daniel reconoció el tono, aunque nunca lo había escuchado en persona. Era la voz de la impunidad.
—Vaya, vaya. —Se escuchó el sonido de una mano golpeando el cofre—. El Maestro Soto todavía tiene el toque. Mi papá tenía razón, el viejo es un genio… un genio cobarde.
—¿Y la nota, jefe? —preguntó el chofer—. El niño le dejó esto en la guantera.
Hubo un silencio de unos segundos. Solo se escuchaba el tic-tic-tic del metal del motor enfriándose.
—”Saludos a tu papá, Junior” —leyó la voz arrogante. Una risa seca, sin humor—. Qué tierno. El hijo del convicto tiene garras. Me gusta. Hace el juego más divertido.
—¿Qué hacemos, Señor Fausto? ¿Le aviso al Licenciado Valerio?
Daniel apretó los puños. Confirmado. Fausto Mondragón Jr., el hijo de su mejor cliente, estaba coludido con Valerio Gómez.
—Sí, mándale un mensaje a su abogado. Dile que el anzuelo ya está puesto y el pez mordió. Soto está asustado. Ahora que sabe que tenemos el coche “del accidente”, hará lo que sea.
—¿Y si van a la policía?
—¿A la policía? —Fausto Jr. soltó una carcajada—. ¿Con qué pruebas? ¿Van a confesar que Víctor Soto mató a una familia hace veinte años y dejó que su propio padre se pudriera en la cárcel por él? No, Beto. El miedo es el mejor pegamento. Soto va a trabajar para nosotros. Necesitamos a alguien que modifique los coches para los envíos del norte, y los mecánicos de Valerio son unos inútiles. Soto es un artista. Va a ser nuestro esclavo de oro.
La transmisión se cortó cuando Fausto Jr. se alejó del coche.
Daniel se quitó los audífonos. Le zumbaban los oídos.
No solo querían chantajear a su padre por dinero. Querían convertirlo en un criminal. Querían esclavizarlo para modificar autos para el crimen organizado, probablemente para esconder drogas o dinero en compartimentos secretos, algo que requiera una ingeniería invisible.
Si Víctor caía en eso, no habría redención. Sería la cárcel para siempre, o una bala en la cabeza.
Daniel miró el reloj. 2:45 AM.
No podía despertar a su padre. Víctor se rompería si supiera esto.
Necesitaba a la Dama de Hierro.
Tomó su celular y marcó el número de Alina.
Contestó al segundo tono. Voz clara, alerta. Esa mujer nunca dormía.
—¿Daniel? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Sé quién es —dijo Daniel—. Sé quién es el dueño del Marquis. Y sé lo que quieren.
—Voy para allá. No te muevas.
CONSEJO DE GUERRA AL AMANECER
Alina llegó al taller a las 3:30 AM. Venía en pants y tenis, sin maquillaje, pero con la mente afilada como una navaja. Traía dos cafés del OXXO.
Se sentaron en la oficina. Daniel reprodujo la grabación.
Alina escuchó con los ojos cerrados, bebiendo su café. Su rostro no mostraba miedo, sino una furia fría y calculadora.
Cuando terminó el audio, Alina abrió los ojos.
—Fausto Mondragón Jr. —dijo ella, negando con la cabeza—. El “Junior” de oro. Siempre supe que era un inútil, pero no sabía que era un delincuente.
—Quiere que mi papá trabaje para ellos —dijo Daniel—. Modificando coches para “envíos del norte”. Narcotráfico, Alina.
—Lo sé. Y Valerio es el cerebro desde la cárcel. Necesitan a alguien con el talento de tu padre porque sus mecánicos son chapuceros.
Alina se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la calle desierta.
—Esto es delicado, Daniel. Muy delicado.
—Tenemos la grabación —dijo Daniel—. Podemos ir a la policía.
—Esa grabación es ilegal —corrigió Alina—. Ningún juez la aceptará como prueba directa porque no tenías orden judicial para intervenir comunicaciones. Sirve para saber, no para condenar. Además… si vamos a la policía y arrestan a Junior, su padre, Don Fausto, se enterará.
—¿Y?
—Don Fausto es nuestro cliente principal. Es el hombre más poderoso de este círculo. Si arrestamos a su hijo, nos destruirá. Un padre siempre protege a su hijo, aunque sea una oveja negra. Don Fausto tiene abogados que comen fiscales para desayunar. Si atacamos a Junior de frente, nos aplastan.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
—¿Entonces qué? ¿Dejamos que ganen? ¿Dejamos que chantajeen a mi papá?
—No —Alina se giró. Sus ojos brillaban—. No atacamos al hijo. Vamos con el padre.
—¿Estás loca? —Daniel se levantó de la silla—. Acabas de decir que nos destruirá.
—Dije que nos destruiría si lo arrestamos. Pero si le damos la oportunidad de “limpiar la casa” él mismo… eso es diferente. Don Fausto es un hombre de honor. Un hombre de la vieja escuela. Odia la mentira. Odia la debilidad. Si le mostramos que su hijo no solo es un criminal, sino que está asociado con Valerio Gómez —el hombre que intentó estafarlo a él también—, la lealtad de sangre se pondrá a prueba.
Alina tomó las llaves de su coche.
—Es una apuesta arriesgada, Daniel. Quizás la más grande que hemos hecho. Si Don Fausto decide proteger a su hijo y encubrirlo, estamos muertos. Tú, yo y tu padre. Pero si decide ser justo… Junior se va a arrepentir de haber nacido.
—¿Cuándo vamos?
—Ahora. Don Fausto juega golf todos los sábados a las 6:00 AM en punto en el Club Campestre. Le gusta ver amanecer en el campo. Es el único momento en que está solo, sin guardaespaldas pegados a la oreja.
Daniel miró su ropa.
—¿Vamos a ir a un campo de golf?
—Tú no. Tú te quedas a cuidar el taller y a tu padre. Esto lo hago yo.
—No —dijo Daniel, firme—. Es mi papá. Es mi guerra. Yo voy.
Alina lo miró. Vio al niño que había desafiado a un magnate por unos frenos. Sonrió.
—Está bien. Pero límpiate los tenis. En el Campestre no dejan entrar con lodo.
EL CAMPO DE BATALLA VERDE
El Club Campestre de la Ciudad de México es un oasis de silencio y exclusividad amurallado contra el caos urbano. A las 5:45 AM, la niebla aún cubría los fairways, dándole al paisaje un aspecto fantasmal.
Alina tenía membresía (por supuesto que la tenía). Entraron en su auto sin problemas.
Estacionaron cerca del Hoyo 1.
Ahí estaba. Don Fausto Mondragón. Un hombre de setenta años que se mantenía erguido como un roble. Vestía un suéter color crema y pantalones a cuadros. Estaba practicando su swing con un hierro 7, golpeando el aire con un sonido sibilante: Swish… swish…
Estaba solo, tal como Alina predijo. Sus escoltas estaban a unos cien metros, en la casa club, tomando café.
Alina y Daniel bajaron del auto y caminaron por el sendero de cemento. El rocío mojaba el pasto.
Don Fausto escuchó los pasos y se giró, con el palo de golf en la mano. Al verlos, frunció el ceño.
—Licenciada Cortés. Joven Soto. —Su voz era grave, no precisamente amigable—. Son las seis de la mañana de un sábado. O se está quemando mi Lamborghini, o tienen una razón muy poderosa para interrumpir mi práctica.
Alina se detuvo a tres metros de él. No bajó la mirada.
—Su Lamborghini está perfecto, Don Fausto. El problema es otro modelo. Un Grand Marquis 1998.
La expresión de Don Fausto no cambió, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente.
—No sé de qué me habla.
—Creo que sí sabe —dijo Alina—. O al menos, sabe que su hijo, Fausto Jr., está usando una empresa fantasma llamada “Inversiones Fénix” para comprar chatarra y financiar operaciones con Valerio Gómez desde la cárcel.
El nombre de Valerio fue el detonante. La cara de Don Fausto se puso roja.
—¡Cuidado con lo que dice, Alina! —gruñó, dando un paso adelante con el palo de golf—. Acusar a mi hijo de asociarse con ese estafador es una ofensa grave. Fausto Jr. es un idiota a veces, le gusta la fiesta, gasta dinero… pero no es un socio de delincuentes.
—Lo es —intervino Daniel. Su voz salió un poco aguda, pero clara—. Y está chantajeando a mi papá.
Don Fausto miró al niño.
—¿Chantajeando?
—Saben de un accidente que mi papá tuvo hace veinte años —dijo Daniel—. Un error del pasado. Están usando eso para obligarlo a trabajar para ellos. Quieren que modifique coches para transportar “mercancía” al norte.
Don Fausto soltó una risa incrédula.
—¡Por favor! Mi hijo tiene un fideicomiso de diez millones de dólares. ¿Para qué se metería a contrabandear? Eso es ridículo. Váyanse antes de que llame a seguridad y les cancele todos los contratos.
—Porque quiere demostrarle que él puede hacer dinero sin usted —dijo Daniel. Había leído suficiente sobre psicología o quizás era pura intuición—. Valerio le prometió que sería su propio jefe. Que no dependería de “papito”.
Don Fausto se quedó callado. Eso le dolió. Conocía la debilidad de su hijo por sentirse importante.
—Pruebas —dijo Don Fausto, secamente—. Si van a destruir a mi hijo frente a mí, más les vale tener pruebas irrefutables. O los destruyo yo a ustedes.
Daniel sacó su celular.
—Anoche instalé un micrófono en el coche de su hijo. Escuche.
Daniel reprodujo el audio. El sonido de la voz de Junior, nítido y arrogante, rompió la paz del campo de golf.
…”El Maestro Soto todavía tiene el toque… Soto va a trabajar para nosotros… Soto es un artista, va a ser nuestro esclavo de oro…”
Y luego, la parte más condenatoria:
…”Mi papá es un viejo anticuado. Cuando este negocio con Valerio explote, voy a tener más lana que él y sin tener que aguantar sus sermones…”
Don Fausto escuchó todo. No se movió. No parpadeó. Parecía una estatua de sal.
Cuando el audio terminó, el silencio fue aterrador. Un pájaro cantó a lo lejos, sonando ajeno a la tragedia familiar que se acababa de desarrollar.
Don Fausto bajó lentamente el palo de golf. Miró al horizonte, donde el sol empezaba a romper la niebla. Se veía diez años más viejo que hace un minuto.
—Inversiones Fénix… —murmuró—. Hace un mes firmé un cheque para “un proyecto de emprendimiento” de Junior. Me dijo que era bienes raíces.
Don Fausto se volvió hacia Alina y Daniel. Sus ojos ya no tenían ira, tenían una tristeza infinita y una frialdad mortal.
—Borren esa grabación.
—Don Fausto… —empezó Alina, poniéndose a la defensiva.
—Dije que la borren —repitió él—. No la necesitan. Yo me encargo.
—¿Se encarga cómo? —preguntó Daniel—. Si usted lo protege, mi papá sigue en peligro.
Don Fausto miró al niño con un respeto nuevo.
—Joven Soto, en mi familia tenemos un código. La basura se barre en casa, pero se barre. Nadie toca a Víctor Soto. Nadie toca su taller. Tienen mi palabra. Y la palabra de un Mondragón vale más que la ley.
Don Fausto sacó su teléfono. Marcó un número.
—Jefe de Seguridad. Quiero que localicen a Fausto Jr. Tráiganlo a la casa del Pedregal. A la biblioteca. Sí, ahora. Y quiero que le quiten el teléfono, las tarjetas y las llaves de todos los coches. De todos.
Colgó.
—Váyanse a trabajar —dijo Don Fausto—. Tienen coches que arreglar. Y díganle a Víctor… díganle que el pasado está pagado. Que duerma tranquilo.
Alina asintió. Hizo una reverencia leve.
Daniel miró al viejo millonario.
—Gracias.
—No me des las gracias, niño —dijo Don Fausto, dándole la espalda y preparando su siguiente tiro—. Acabas de dejarme sin hijo. Ahora lárguense.
EL GOLPE DE LA SERPIENTE
El regreso al taller fue silencioso. Alina manejaba con las manos apretadas al volante.
—Estuvo cerca —dijo ella—. Muy cerca.
—Pero ganamos —dijo Daniel—. Don Fausto lo va a detener.
—Sí. Junior está acabado. Le van a cortar el dinero y lo van a mandar a un internado en Suiza o a un monasterio. Pero…
—¿Pero qué?
—Valerio —dijo Alina—. Valerio sigue en la cárcel. Y acaba de perder a su “banco”. Junior era su fuente de dinero y su boleto de salida. Cuando Valerio se entere de que le tiramos el negocio… se va a poner muy peligroso. Un animal acorralado muerde.
Llegaron al taller a las ocho de la mañana.
Víctor ya estaba ahí, con las cortinas arriba, atendiendo a un cliente con un BMW M4. Se veía nervioso, mirando a la calle cada cinco segundos.
Al ver llegar a Daniel y Alina, corrió hacia ellos.
—¿Dónde estaban? Me desperté y no había nadie. Pensé que…
—Está arreglado, papá —dijo Daniel, abrazándolo—. El dueño del Marquis no va a volver a molestar. Don Fausto se encargó.
—¿Don Fausto? —Víctor se puso pálido—. ¿Le dijeron?
—Tuvimos que hacerlo. Era él o nosotros. Pero prometió protegerte. El secreto está a salvo.
Víctor se dejó caer en una silla de la recepción.
—Dios mío… gracias.
Parecía que la pesadilla había terminado.
Pero el destino tiene un sentido del humor macabro.
A las once de la mañana, llegó un paquete.
No era un sobre manila. Era una caja grande, pesada, traída por una mensajería legítima (DHL).
Venía dirigida a: “Daniel Soto – Jefe de Diagnóstico”.
Daniel estaba en la sala de espera, tomando un refresco.
—Llegó esto para ti, jefe —bromeó Beto, dejando la caja en la mesa.
—¿Para mí? —Daniel frunció el ceño. No había pedido nada.
Miró el remitente.
“Tech Solutions S.A.”
Parecía una empresa de refacciones.
Daniel tomó una navaja y cortó la cinta adhesiva.
Abrió la caja.
Adentro, envuelto en papel burbuja, había algo metálico y negro.
Lo sacó.
Era una pieza de automóvil. Una bieleta de dirección rota, doblada y oxidada.
Y pegada a la bieleta, una tablet barata.
La tablet se encendió automáticamente al detectar movimiento.
Apareció un video.
En la pantalla, se veía el interior de una celda. Una celda VIP, con televisión y alfombra.
Valerio Gómez estaba sentado en una silla, vistiendo un uniforme beige de recluso, pero impecable. Sonreía a la cámara.
—Hola, Daniel —dijo Valerio desde la pantalla. Su voz sonaba metálica—. Hola, “Niño Genio”.
Daniel sintió que se le helaba la sangre. Los mecánicos se acercaron a ver. Víctor salió de la oficina.
—Veo que fuiste con papi Mondragón —continuó Valerio en el video, jugando con un encendedor de oro—. Muy listo. Le quitaste el juguete a Junior. Me quitaste mi flujo de efectivo. Bravo. De verdad, bravo. Te subestimé.
Valerio se inclinó hacia la cámara. Sus ojos estaban inyectados de odio puro.
—Pero cometiste un error, niño. Pensaste que el dinero era mi única arma. Pensaste que Junior era mi único socio.
Valerio se rió.
—Tengo muchos amigos aquí adentro, Daniel. Amigos que hacen cosas muy feas por muy poco dinero. Tú me quitaste mi futuro. Yo te voy a quitar lo que más amas.
La imagen cambió.
Ya no era Valerio.
Era una toma temblorosa, grabada desde un coche en movimiento.
Se veía la calle de una escuela. Una preparatoria pública.
La cámara hizo zoom.
En la banqueta, saliendo de la escuela con una mochila rosa, había una mujer joven. Tenía el cabello castaño y una sonrisa amable.
Daniel no la reconoció al principio. Pero escuchó el grito ahogado de su padre detrás de él.
—¡Lucía! —gritó Víctor.
Daniel se giró.
—¿Quién es?
—Es… es tu prima —dijo Víctor, temblando—. La hija de mi hermano que vive en Iztapalapa. No la vemos hace años, pero… ¡Dios mío!
El video volvió a la cara de Valerio.
—Bonita chica, ¿verdad? Estudia enfermería. Sería una pena que tuviera un “accidente” mecánico al cruzar la calle. O que alguien la visitara.
Valerio dejó de sonreír.
—Escúchame bien, Víctor Soto. Sé que estás viendo esto. Tienes 24 horas. 24 horas para transferir la propiedad del taller “Soto y Cortés” a nombre de la persona que te voy a indicar. Y quiero que tú, Víctor, te entregues a la policía confesando que tú fuiste el cerebro detrás del fraude de las refacciones, y que yo, Valerio, fui una víctima engañada.
—¡Está loco! —gritó Alina.
—Si no lo haces —dijo Valerio—, la familia se hace más pequeña. Tienes 24 horas. El reloj corre. Tic, tac.
La pantalla se fue a negro.
La tablet empezó a emitir un pitido agudo y luego mostró un cronómetro en cuenta regresiva: 23:59:50… 49… 48…
El taller quedó en un silencio de tumba.
Víctor estaba hiperventilando.
—Lucía… es inocente… no tiene nada que ver…
Alina tomó la tablet, buscando apagarla, pero el software estaba bloqueado.
—Es un farol —dijo Alina, aunque su voz temblaba—. No puede hacerlo.
—Sí puede —dijo Daniel. Su voz era la única que no temblaba, pero sonaba muerta, vacía de esperanza—. Valerio ya no tiene nada que perder. Quiere vernos destruidos o muertos.
Víctor se agarró la cabeza.
—Tengo que hacerlo. Tengo que firmar. No puedo dejar que le hagan daño a la niña.
—¡No! —Alina lo agarró de los hombros—. ¡Si firmas, te matará de todas formas para no dejar cabos sueltos! ¡Y se quedará con el taller! ¡Es un suicidio!
—¡Entonces qué hago! —gritó Víctor, llorando—. ¡No puedo pelear contra esto! ¡Soy un mecánico, no un sicario!
Daniel miró el cronómetro.
23:58:10
Miró la bieleta oxidada en la caja. Era una amenaza simbólica. “Te voy a romper”.
Daniel cerró los ojos un segundo. Pensó en todo lo que habían logrado. El taller. La dignidad recuperada. El olor a limpio. La risa de su padre al arreglar el Lamborghini.
Y ahora, un psicópata desde una celda quería arrebatárselo todo.
Daniel abrió los ojos.
—No vamos a firmar —dijo Daniel.
—Daniel, es tu prima… —empezó Víctor.
—La vamos a salvar —dijo Daniel—. Pero no vamos a negociar con terroristas. Alina, llama a tu jefe de seguridad. Necesitamos escoltas para mi prima, ¡ya!
—¿Y luego? —preguntó Alina—. ¿Cómo paramos a Valerio? Mientras tenga un teléfono en la cárcel, es peligroso.
Daniel caminó hacia su estación de diagnóstico. Se sentó frente a las computadoras. Sus dedos volaron sobre el teclado.
—Valerio cree que la tecnología es solo para robar o espiar —murmuró Daniel—. Pero se le olvidó algo.
—¿Qué? —preguntó Víctor.
—Que él me mandó una tablet conectada a internet. Me abrió una puerta digital directa a su celda.
Daniel miró a su padre y a Alina.
—Voy a hackear al diablo. Y esta vez, no lo voy a mandar a otra celda. Lo voy a mandar al infierno.
LA CARRERA CONTRA EL TIEMPO
La tarde se convirtió en una operación militar.
Alina movió cielo, mar y tierra. Envió a dos camionetas blindadas con ex-militares a Iztapalapa para “secuestrar” amablemente a Lucía y a su familia y llevarlos a una casa de seguridad.
Mientras tanto, Daniel se sumergió en el código de la tablet.
El dispositivo estaba conectado a una red privada virtual (VPN). Daniel rastreó la IP. Venía, efectivamente, del Reclusorio Oriente, pero rebotaba en un servidor en Rusia.
—Es listo —admitió Daniel—. Pero no es un hacker. Compró este software en el mercado negro y no cambió la contraseña de administrador predeterminada.
Daniel ingresó al sistema de la tablet. Desde ahí, hizo un “backdoor” (puerta trasera) para infectar la red a la que estaba conectada la tablet.
Accedió al teléfono de Valerio.
Activó la cámara y el micrófono del celular de Valerio sin que él lo supiera.
En la pantalla grande de la sala de diagnóstico, apareció la imagen en vivo de la celda.
Valerio estaba comiendo unas papas fritas, riendo con otro recluso, un tipo tatuado con cara de asesino.
—Ya los tengo cagados —decía Valerio—. Mañana firman. Y luego… luego mandamos a los muchachos a saludar a la primita de todos modos. Para que aprendan.
Víctor, al escuchar eso, apretó los puños hasta sangrar.
—Maldito animal.
Daniel no se detuvo ahí.
Buscó en el teléfono de Valerio. Cuentas bancarias en las Islas Caimán. Listas de contactos de sicarios. Nombres de guardias del penal sobornados.
Todo estaba ahí. La arrogancia de Valerio era su debilidad. Se sentía tan intocable que guardaba su vida entera en la nube.
—Alina —dijo Daniel—. Tengo todo. Tengo la nómina de los guardias corruptos. Tengo la orden de ataque a Lucía. Tengo las cuentas ocultas.
—Mándamelo —dijo Alina—. Se lo enviaré al Fiscal General y al Secretario de Seguridad Pública. Con esto, no solo le aumentan la sentencia. Lo van a trasladar a un penal de máxima seguridad. Al Altiplano. A una celda de aislamiento sin enchufes ni ventanas.
—Espera —dijo Víctor—. Si hacemos eso, ¿qué pasa con sus sicarios afuera? ¿Los que están vigilando a Lucía? Si Valerio cae incomunicado, podrían atacar por venganza.
Tenía razón. Cortar la cabeza de la serpiente no siempre detiene al cuerpo de morder.
Daniel miró la pantalla.
—Tenemos que hacer que Valerio los detenga él mismo.
—¿Cómo? —preguntó Alina.
—Vamos a usar su propio juego —dijo Daniel—. “Deepfake”.
Daniel tomó fragmentos de la voz de Valerio de la grabación que acababan de hacer. Usó un software de inteligencia artificial (el mismo que usaba para simular voces de motores para diagnósticos acústicos, pero modificado).
Escribió un texto.
Generó un audio.
Sonaba exactamente como Valerio.
Daniel marcó el número del jefe de sicarios desde el teléfono virtual de Valerio (que había clonado).
En la pantalla, vieron cómo el teléfono del sicario contestaba.
—¿Qué pasó, patrón? —dijo una voz ronca.
Daniel reprodujo el audio generado por la IA:
“Se cancela todo. Aborten la misión. Repito, aborten. La policía me cayó. Están rastreando todo. Quemen los teléfonos y desaparezcan. Si tocan a la familia, caemos todos. ¡Lárguense ya!”
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Entendido, patrón. Nos abrimos.
La llamada se cortó.
Daniel soltó el aire.
—Se fueron.
Víctor se dejó caer en la silla, llorando de alivio.
EL FIN DE LA PARTIDA
Una hora después, Alina envió el paquete de datos reales a las autoridades federales.
Esa misma noche, un operativo sorpresa de la Guardia Nacional irrumpió en el Reclusorio Oriente.
Daniel, Víctor y Alina vieron las noticias en la televisión de la oficina.
“Operativo masivo en el penal. Desmantelan red de extorsión y crimen organizado dirigida por el ex-empresario Valerio Gómez. Se incautaron teléfonos, drogas y listas de nómina de corrupción. Gómez será trasladado esta misma noche al Penal Federal de Máxima Seguridad del Altiplano, donde permanecerá en régimen de aislamiento total.”
En la pantalla, se vio una toma lejana de Valerio siendo arrastrado por agentes federales, esposado de pies y manos, gritando como un loco. Ya no tenía su uniforme impecable. Se veía roto, desesperado. Acabado.
Víctor apagó la televisión.
El silencio volvió al taller. Pero esta vez, no era un silencio de miedo. Era un silencio de paz.
—Se acabó —dijo Víctor—. Ahora sí. Se acabó de verdad.
Alina se sirvió un tequila.
—Por la familia —brindó ella.
—Por la familia —dijo Víctor.
Daniel levantó su lata de refresco.
—Y por la tecnología.
Daniel miró a través del cristal hacia el taller oscuro. Los coches brillaban en las sombras.
Había aprendido mucho en estos meses. Había aprendido que los motores se arreglan con llaves, pero la vida se arregla con valor.
Había pasado de ser un niño de la calle a ser el guardián de su legado.
Miró sus manos. Ya no estaban sucias. Tenían cicatrices, sí. Pero eran manos fuertes. Manos que podían construir, reparar… y proteger.
—Bueno —dijo Daniel, bostezando—. Mañana tenemos que entregar el Porsche de las ocho. Y tengo examen de Historia en la escuela.
Víctor se rió, abrazando a su hijo.
—Vete a dormir, jefe. Yo cierro.
Daniel caminó hacia la salida. Se detuvo en la puerta y miró el letrero neón: SOTO Y CORTÉS.
Sonrió.
La leyenda del Niño Mecánico apenas comenzaba. Pero la parte más difícil, la de sobrevivir, ya estaba escrita.
Salió a la calle fresca de la noche. El viento soplaba, pero ya no le molestaba.
Porque ahora, él era el dueño de la tormenta.
FIN