¡ABUELA, ERES IDÉNTICA A LA MUJER DEL MEDALLÓN DE MI MAMÁ! El misterio del geólogo desaparecido y la colección de piedras que reveló una verdad prohibida.

CAPÍTULO 1: LAS CAJAS DEL OLVIDO Y UN ENCUENTRO EN LA BANCA

El aire en el departamento 301 olía a encierro, a pintura barata y, sobre todo, a una soledad tan densa que casi se podía masticar. Doña Valentina cerró la puerta con un suspiro que le nació desde los talones, un suspiro de esos que solo dan las mujeres que han vivido más despedidas que bienvenidas.

A sus setenta y dos años, Valentina Petrovna (aunque de rusa solo tenía el apellido del abuelo lejano, pues era más mexicana que el mole negro) sentía que la vida la había ido reduciendo poco a poco, como una prenda de lana lavada con agua hirviendo. Primero se encogió su familia cuando Víctor, su único hijo, su sol, desapareció en la inmensidad de la Sierra Tarahumara hacía quince años. Luego, su mundo se hizo diminuto cuando Nicolás, su esposo, su compañero de batallas y silencios, cayó fulminado por un infarto hace dos años, dejándola a ella como única capitana de un barco que ya no tenía a dónde navegar.

Y ahora, el espacio físico también se había reducido.

—Ay, Nicolás, si me vieras ahora… —murmuró Valentina, pasando la mano arrugada por la pared fría de la entrada.

Había dejado atrás la casona de Coyoacán. Aquella casa vieja, llena de humedades y grietas, pero también llena de historia. Ahí estaban las marcas de crecimiento de Víctor en el marco de la puerta de la cocina. Ahí estaba el taller de Nicolás en el patio trasero, donde el olor a aserrín y barniz nunca se había ido del todo. Pero la pensión no daba para mantener un monstruo de ladrillo que se caía a pedazos, y la soledad en esos pasillos largos se había vuelto un fantasma insoportable que le arañaba los nervios por las noches.

“Venda la casa, Doña Vale”, le había dicho el agente inmobiliario, un muchacho con traje brilloso y sonrisa de tiburón. “Váyase a algo más práctico, una unidad habitacional moderna, con vecinos, con seguridad”.

Práctico. Valentina odiaba esa palabra. La muerte no es práctica. El dolor no es práctico. Y meter cuarenta años de matrimonio y una maternidad interrumpida en cuarenta cajas de cartón, definitivamente no era práctico; era una carnicería emocional.

Caminó entre el laberinto de cajas apiladas en la sala del nuevo departamento en la Colonia del Valle. Se sentía como una intrusa en su propia vida. El lugar era una “caja de zapatos”, como diría su madre. Las paredes eran tan delgadas que podía escuchar al vecino de arriba arrastrando una silla y a la señora de al lado regañando a un perro que no dejaba de ladrar.

—¡Firulais, ya cállate o te saco al balcón! —se oyó un grito ahogado a través del muro.

Valentina hizo una mueca. En Coyoacán, el único ruido eran los grillos y, de vez en cuando, el camión del gas gritando “¡Gaaaas!”. Aquí, la ciudad se le venía encima.

Se acercó a una caja marcada con un plumón negro que decía: “VÍCTOR – NO TOCAR”. Sus manos, manchadas por la edad y el trabajo, temblaron al rozar la cinta canela. Esa caja no la había abierto en una década. Ahí estaban sus cuadernos de la universidad, su título de Geólogo por la UNAM, y esa colección de piedras que tanto amaba.

—¿Dónde estás, mi niño? —susurró, sintiendo esa punzada familiar en el pecho, ese dolor crónico que no se cura con pastillas.

La versión oficial decía “accidente”. Un deslave en una zona minera no autorizada. “Cuerpo no recuperado”. Pero una madre sabe. Una madre siente el hilo invisible que la une a su hijo, y Valentina sentía que ese hilo estaba tenso, estirado hasta el límite, pero no roto. Nicolás se había ido a la tumba creyendo que su hijo estaba muerto, porque la esperanza duele más que la resignación. Pero ella… ella era terca.

El calor de mayo empezaba a sofocar el pequeño departamento. Necesitaba aire. Necesitaba escapar de las cajas que la miraban como jueces silenciosos.

Agarró su bolsa de tejido, esa vieja bolsa de manta bordada que había sobrevivido a tres sexenios, y sus agujas. Tejer era su yoga, su terapia, su forma de desenredar los nudos de su mente mientras entrelazaba la lana.

Bajó las escaleras despacio. El elevador estaba “fuera de servicio”, según un letrero mal escrito con faltas de ortografía pegado con cinta adhesiva. “Maldita modernidad”, pensó, sintiendo el crujido en sus rodillas.

Al salir al patio central de la Unidad Habitacional, el sol de la tarde la golpeó con fuerza. El lugar bullía de una vida que a ella le resultaba ajena. Había niños corriendo en bicicletas, señoras vendiendo chicharrones preparados en un carrito con ruedas, y un grupo de adolescentes escuchando reguetón en una bocina portátil.

Valentina buscó refugio en una banca de concreto, situada estratégicamente bajo la sombra de un árbol de jacaranda que ya tiraba sus últimas flores moradas, alfombrando el suelo de un lila nostálgico. Se sentó, acomodó su falda y sacó la lana gris. “Gris rata”, hubiera dicho Víctor burlándose. “Mamá, teje algo alegre, un rojo, un amarillo”. Pero ella ya no tenía colores alegres en el alma.

Empezó a tejer: derecho, revés, derecho, revés. El ritmo la calmaba.

—¡Gol! —gritó un niño cerca de ella, y un balón de fútbol pasó zumbando peligrosamente cerca de su cabeza, estrellándose contra el tronco de la jacaranda.

Valentina respingó, llevándose la mano al pecho.

—¡Perdón, seño! —gritó el pequeño futbolista, corriendo a recuperar su balón sin siquiera mirarla a los ojos.

“Seño”. Antes era “Señora”, o “Doña Valentina”. Ahora era una “seño” más, una vieja invisible en una banca, parte del mobiliario urbano.

Suspiró y siguió tejiendo. Pasaron los minutos. El sol comenzó a bajar, tiñendo el cielo de la Ciudad de México de ese tono naranja y grisáceo, mezcla de atardecer y smog.

—¿Usted es la nueva, verdad?

La voz la sacó de sus pensamientos. No era un grito, era una pregunta suave, curiosa, dicha con un tono infantil pero extrañamente serio.

Valentina alzó la vista. Frente a ella, parado con las manos en los bolsillos de un pantalón escolar azul marino que le quedaba un poco corto, estaba un niño. Tendría unos nueve o diez años. Era flaco, “como un silbido”, pensó ella. Tenía el cabello negro, lacio y necio, cayéndole sobre la frente, y unos ojos grandes, oscuros y observadores que parecían demasiado viejos para su cara de niño.

—¿Perdón? —dijo ella, ajustándose los lentes.

—Que si usted es la nueva. La que se mudó al 301. Vi el camión de mudanzas ayer. Traían un buen de cajas.

Valentina sonrió levemente ante la franqueza del muchacho.

—Sí, mijo, soy yo. Me llamo Valentina.

—Yo soy Esteban. Pero mi mamá me dice Estebancito, y mis cuates me dicen “El Piedras”.

—¿”El Piedras”? —Valentina arqueó una ceja—. Vaya apodo. ¿Y eso por qué? ¿Eres muy rudo o qué?

El niño soltó una risita chimuela. Le faltaba un colmillo.

—No, abuela… digo, señora. Es porque me gustan las piedras. Las junto.

El corazón de Valentina dio un vuelco. Un vuelco pequeño, casi imperceptible. “Piedras”.

—Ah, mira tú. A mi… a alguien que yo conocía también le gustaban mucho las piedras.

Esteban se acercó más y, sin pedir permiso, pero con una naturalidad que desarmó a Valentina, se sentó a su lado en la banca. No se sentó como los otros niños, inquietos y ruidosos. Se sentó con calma, balanceando sus tenis desgastados que tenían hoyos en las puntas.

—¿Y qué está tejiendo? —preguntó él, señalando las agujas.

—Una bufanda. Para cuando haga frío.

—Ahorita hace un calorón —observó Esteban, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su suéter verde.

—Uno nunca sabe, mijo. El frío llega cuando menos te lo esperas. A veces llega por fuera, y a veces llega por dentro.

Esteban la miró fijamente. Inclinó la cabeza hacia un lado, como un pajarito estudiando a un insecto extraño.

—Usted habla chistoso. Como de libro.

—Y tú eres muy confianzudo para ser un huerco de diez años —respondió ella, pero sin molestia. Al contrario, le gustaba la compañía. Le recordaba a…

Se detuvo. No quería ir ahí. No quería comparar. Pero era inevitable. La forma en que el niño fruncía el ceño, esa manera de morderse el labio inferior mientras pensaba… era un eco. Un eco lejano de algo que ella conocía muy bien.

—Oiga… —Esteban se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. Sus ojos oscuros se clavaron en el rostro de la anciana, escudriñando cada arruga, cada lunar, cada cabello gris.

—¿Qué pasa? ¿Tengo una araña en la cabeza? —bromeó Valentina, nerviosa ante el escrutinio.

—No… —Esteban dudó. Miró hacia el edificio de enfrente, hacia una ventana en el cuarto piso, y luego volvió a mirarla a ella—. Es que… se me hace que la conozco.

—No creo, mijo. Yo vengo de Coyoacán. Acabo de llegar ayer.

—No, no de conocerla en persona —insistió el niño, rascándose la cabeza—. De foto.

—¿De foto?

—Sí. Usted se parece un chorro a la señora de la foto.

Valentina dejó de tejer. Las agujas quedaron quietas en su regazo.

—¿De qué estás hablando, niño?

Esteban bajó la voz, como si fuera a contar un secreto de estado.

—Mi mamá tiene un relicario. Es de plata, bien bonito, con dibujitos como de hojas. Lo guarda en su cajón de los calzones, hasta atrás, donde cree que yo no busco. Pero yo sé dónde está.

Valentina sintió un frío repentino en la nuca. Un relicario de plata con hojas grabadas. Ella tenía uno igual… no, ella tenía uno igual. Se lo había regalado a Víctor cuando se graduó. Un relicario antiguo que había pertenecido a su propia madre, la abuela rusa.

—¿Y… y qué hay en ese relicario? —preguntó, con la voz convertida en un hilo ronco.

—Una foto —dijo Esteban con total certeza—. Una foto chiquitita, en blanco y negro. Es una señora joven, bonita, con el pelo así como usted, pero sin canas. Y tiene un lunar aquí —el niño señaló un punto cerca de su propia barbilla, exactamente en el mismo lugar donde Valentina tenía un pequeño lunar que ahora se ocultaba entre los pliegues de la piel.

El mundo se detuvo. El ruido de los coches, la música de reguetón, los gritos de los vendedores… todo se apagó. Solo quedó el zumbido de la sangre en los oídos de Valentina.

—¿Quién… quién es esa señora para tu mamá? —preguntó, temiendo la respuesta más que a la muerte misma.

Esteban se encogió de hombros, restándole importancia al terremoto que acababa de provocar.

—Mi mamá dice que es la mamá de mi papá. O sea, mi abuela. Dice que mi papá la quería mucho, que traía esa foto siempre con él. Pero mi mamá nunca la conoció.

Valentina sintió que el aire le faltaba. Se llevó la mano al pecho, apretando la blusa negra.

—¿Y tu papá? —logró articular—. ¿Dónde está tu papá, Esteban?

La expresión del niño cambió. La curiosidad se transformó en una sombra de tristeza que oscureció sus facciones infantiles. Bajó la vista hacia sus tenis rotos.

—No sé. Mi mamá dice que se perdió.

—¿Se perdió?

—Sí. Antes de que yo naciera. Se fue a la montaña, allá al norte, a buscar piedras y cosas de geólogos. Dice mamá que hubo un accidente o algo así, y que ya no pudo regresar. Pero yo creo que no está muerto.

—¿Por qué crees eso? —Valentina sentía que estaba caminando sobre cristal roto. Cada palabra cortaba.

—Porque a veces mi mamá llora en la noche y le habla a la foto. Y porque él me dejó mis piedras.

Esteban metió la mano en el bolsillo abultado de su pantalón y sacó un puñado de tesoros. Había de todo: piedras de río lisas, trozos de cuarzo blanco lechoso que se encuentran en cualquier jardín, y un pedazo de ladrillo pulido por el tiempo.

Pero en medio de esa colección de basura infantil, brillaba algo.

Una piedra verde. Verde intenso, con vetas negras y onduladas que parecían ojos o remolinos.

Malaquita.

Valentina soltó las agujas de tejer, que cayeron al suelo con un tintineo metálico. Sus manos temblorosas se extendieron hacia la mano sucia del niño.

—¿Puedo…?

Esteban asintió y depositó la piedra en la palma arrugada de la anciana.

Estaba fría y pesada. Valentina la acercó a sus ojos, que ya se llenaban de lágrimas. Era una pieza de calidad, no una baratija de mercado. Pero lo que la hizo sollozar no fue el color ni el peso. Fue lo que sintió al darle la vuelta con el pulgar.

En la parte trasera, la parte rugosa de la piedra, había una marca. Una pequeña “V” tallada toscamente con la punta de un clavo o una navaja.

Valentina cerró los ojos y, de repente, viajó quince años al pasado. Vio a Víctor en la mesa de la cocina de Coyoacán, con sus herramientas de geología, clasificando muestras. “Mira, mamá, esta es especial. Le voy a poner mi marca. Esta es la que me va a dar suerte”.

Era la piedra de Víctor. No había duda. No podía ser una coincidencia. El universo podía ser cruel, pero no tan creativo.

—Oiga, abuela… ¿por qué llora? —la voz de Esteban sonó alarmada. El niño le puso una mano en el hombro, un gesto torpe pero lleno de una empatía desgarradora—. ¿Le dolió algo? ¿Quiere que llame a mi mamá?

Valentina abrió los ojos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, perdiéndose en los surcos de su rostro. Miró al niño. Realmente lo miró. Ya no veía a un extraño. Veía la forma de la frente de Nicolás. Veía la barbilla de Víctor. Y veía esa mirada… esa mirada curiosa y terca que había sido la perdición y la gloria de los hombres de su familia.

—No, mijo… no llames a nadie —se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Es que… esa piedra es muy bonita. Me recordó a mi hijo. Él también era geólogo.

—¿A poco? —los ojos de Esteban se iluminaron—. ¡Qué chido! ¿Y él también juntaba malaquitas?

—Sí. Eran sus favoritas. Decía que tenían el color de la esperanza.

Esteban sonrió, satisfecho con la conexión.

—Mi mamá se llama Nadia. Dice que mi papá se llamaba Andrés. Pero que Andrés era un nombre de mentiritas, que él no se acordaba de su nombre de verdad.

Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Andrés? —repitió—. ¿No recordaba su nombre?

—Ajá. Dice que tuvo un golpe en la cabeza y se le borró el cassette.

Amnesia. Víctor había desaparecido, pero ¿y si no murió? ¿Y si sobrevivió al deslave, golpeado, perdido, y olvidó quién era? ¿Y si “Andrés” era Víctor?

La mente de Valentina, que minutos antes estaba sumida en la resignación de la vejez, comenzó a trabajar a mil por hora. Las piezas del rompecabezas imposible empezaban a caer sobre la mesa. El relicario de su madre. La malaquita marcada. El niño con los rasgos de Nicolás. La fecha… diez años. Víctor desapareció hace quince. El niño tiene diez. Las cuentas daban.

—Esteban —dijo ella, agarrando la mano del niño con una fuerza que lo sorprendió—. ¿Tu mamá está en casa?

—No, ‘ta trabajando. Es enfermera en el Hospital General. Llega bien tarde, ya de noche. Ahorita me cuida Doña Chole, la vecina, pero me escapé tantito porque Doña Chole se duerme viendo la novela.

Valentina asintió, devolviéndole la piedra con una reverencia casi sagrada.

—Cuida esa piedra, Esteban. Cuídala mucho. Vale más de lo que crees.

—Sí, ya sé. Es mágica —dijo el niño, guardándola en su bolsillo—. Bueno, ya me voy porque si Doña Chole despierta y no me ve, me va a ir como en feria. ¡Adiós, Doña Valentina!

—Adiós… nieto —susurró ella, pero el niño ya no la oyó.

Esteban salió corriendo, con sus tenis rotos golpeando el pavimento, alejándose hacia el edificio de enfrente. Valentina se quedó ahí, en la banca, mientras la noche caía sobre la Ciudad de México. Ya no sentía frío. Ya no sentía soledad.

Sentía miedo. Un miedo terrible y una esperanza feroz que le quemaba las entrañas.

Se levantó, recogió sus agujas y caminó de regreso a su edificio. Pero ya no caminaba como una anciana derrotada. Caminaba con un propósito. Subió las escaleras ignorando el dolor de rodillas.

Entró a su departamento, encendió la luz y fue directo a la caja marcada “VÍCTOR – NO TOCAR”. Buscó el cúter en el cajón de la cocina y rajó la cinta adhesiva con violencia. Abrió la caja. El olor a papel viejo y a recuerdos la golpeó.

Sacó un álbum de fotos. Pasó las páginas con desesperación hasta encontrar lo que buscaba. Una foto de Víctor a los veintidós años, en su primera expedición. Estaba bronceado, sonriendo, con una mochila enorme a la espalda.

Valentina sacó la foto del álbum y se acercó a la ventana, mirando hacia el edificio de enfrente, hacia la ventana del 402 donde ahora se encendía una luz.

—No estás muerto, mi amor —le dijo a la foto—. No sé quién es Andrés, ni por qué te olvidaste de mí… pero te juro por la memoria de tu padre que voy a averiguar la verdad. Aunque sea lo último que haga.

Esa noche, en el silencio del departamento nuevo, Valentina no durmió. Pasó las horas planeando. Mañana hornearía un pastel. Mañana usaría la excusa más vieja del mundo para tocar la puerta de esa tal Nadia. Mañana, la abuela Valentina dejaría de ser una viuda triste para convertirse en detective.

Porque nadie, absolutamente nadie, le quita un hijo a una madre mexicana y se sale con la suya

CAPÍTULO 2: EL AROMA DEL PASADO Y EL PLATO ROTO

El amanecer en la Ciudad de México no llega con el canto de los gallos, sino con el rugido lejano de los motores de los peseros y el silbido del carrito de los camotes que se retira tras la jornada nocturna. Para Valentina, esa mañana del martes, el sol entró por la ventana de la cocina como un reflector de interrogatorio. No había pegado el ojo en toda la noche. La imagen de la malaquita con la “V” tallada le había taladrado el cerebro durante las horas de oscuridad, compitiendo con los fantasmas habituales de su insomnio.

Se levantó con los huesos entumidos, pero con una claridad mental que no sentía desde hacía años. Hoy no era un día para lamentarse. Hoy era un día para la acción. Y en la cultura de Valentina, como en la de casi todas las madres mexicanas, la diplomacia y la guerra empiezan en el mismo lugar: la cocina.

—A ver, Nicolás, échame la mano desde allá arriba —murmuró mirando al techo mientras se amarraba el delantal de flores que ya estaba deslavado por el cloro—. Que no me tiemble la mano y que no se me queme el pan.

Iba a hornear un pastel de elote. No cualquier pastel. Era la receta de su abuela, la misma que Víctor le pedía cada cumpleaños, cada día del niño, y cada vez que reprobaba una materia en la facultad y necesitaba consuelo. Era una receta densa, húmeda, dulce pero no empalagosa, que olía a hogar, a campo y a perdón.

Valentina sacó los elotes frescos que había comprado en el tianguis sobre ruedas el domingo. Desgranarlos fue el primer ritual. El sonido de los granos cayendo en el tazón de peltre (tac, tac, tac) era como un mantra. Recordó a Víctor de niño, sentado en la mesa de la cocina en Coyoacán, tratando de robarse los granos crudos.

—¡Deja ahí, escuincle! Te va a doler la panza —le regañaba ella, dándole un leve manazo.
—Ándale, mamá, nomás uno. Están dulces —respondía él con esa sonrisa chimuela que ayer, Dios mío, ayer había visto en la cara de Esteban.

La licuadora rugió, moliendo el maíz con la leche condensada, la mantequilla y ese toque secreto de canela y vainilla que hacía que los vecinos de Coyoacán siempre preguntaran qué estaba cocinando la señora Vale. El aroma comenzó a invadir el pequeño departamento, desplazando el olor a pintura fresca y soledad. Era un olor poderoso, un olor que abría puertas y ablandaba corazones.

Mientras el pastel se horneaba, llenando la casa de calor, Valentina se preparó. Se bañó con jabón de rosas, se peinó su cabello gris en un chongo impecable y se puso su mejor vestido de casa, uno azul marino con botones de nácar. Se miró al espejo. Vio las arrugas, las bolsas bajo los ojos, la piel que colgaba un poco en el cuello.

—Estás vieja, Valentina —se dijo a sí misma—. Pero no estás muerta.

Cuando el horno hizo tíng, sacó el pastel. Estaba perfecto: dorado por encima, firme pero suave al tacto. Lo dejó enfriar un poco y lo cubrió con un paño de cocina bordado con punto de cruz.

Salió del departamento cargando el pastel como si fuera una ofrenda sagrada. Cerró la puerta con llave y caminó hacia el pasillo. El viaje desde el edificio A hasta el edificio B, donde vivían Nadia y Esteban, no eran más de cincuenta metros a través del patio central, pero a Valentina le pareció una peregrinación de kilómetros.

El patio estaba más tranquilo a esa hora. Los niños estaban en la escuela. Solo se veían algunas señoras barriendo la entrada de sus casas y al portero regando las plantas con una manguera que goteaba.

—Buenos días, Doña Vale —saludó el portero, Don Chucho.
—Buenos días, Chucho.
—Huele rico, ¿eh? Va a engordar a los vecinos.
—Es para hacer migas, Chucho. A ver si así me aceptan en el barrio.

Cruzó el patio sintiendo las miradas. En las unidades habitacionales, la privacidad es un mito. Todos saben quién entra, quién sale y qué lleva en las manos. Llegó al edificio B y miró la lista de interfonos.

402 – Srita. Nadia.

El dedo de Valentina se detuvo sobre el botón. El miedo la paralizó un segundo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Y si era una locura? ¿Y si Esteban solo era un niño imaginativo y la piedra era una coincidencia? Iba a irrumpir en la vida de una extraña, una mujer joven y trabajadora, con sus fantasías de vieja loca.

“La malaquita tenía la V”, se recordó. “La V de Víctor”.

Apretó el botón.

El zumbido sonó arriba. Esperó. Un minuto. Dos. Volvió a tocar.

—¿Sí? —contestó una voz femenina, ronca, pastosa de sueño.
—Buenos días… soy Valentina. La vecina del edificio de enfrente. La que platicó ayer con su hijo Esteban.

Hubo un silencio. El interfono estática.

—¿Pasó algo con Esteban? ¿Le hablaron de la escuela? —la voz de la mujer saltó de la somnolencia a la alarma en un segundo. El pánico materno es universal.
—No, no, nada de eso —se apresuró a decir Valentina—. Esteban está bien, supongo que en clases. Es solo que… horneé un pastel de elote y me salió muy grande. Pensé en traerle un pedazo. Ya sabe, para presentarnos bien.

Otro silencio. Valentina podía imaginar a la mujer arriba, frotándose los ojos, decidiendo si abrirle a la vieja o mandarla al diablo para seguir durmiendo.

—Ah… qué amable. Espéreme tantito, ahorita le abro.

El zumbido de la chapa eléctrica sonó (clac). Valentina empujó la pesada puerta de hierro y subió las escaleras. El edificio olía diferente al suyo. Olía a Fabuloso de lavanda y a guisado de ayer. Subió los cuatro pisos despacio, cuidando el pastel, cuidando su corazón que latía desbocado como un tambor de guerra.

Al llegar al 402, la puerta ya estaba entreabierta.

Nadia estaba ahí. Se veía exactamente como Valentina imaginaba que se vería una madre soltera que trabaja turnos dobles: exhausta pero digna. Llevaba unos pantalones de pijama de franela y una camiseta vieja de alguna campaña política de hacía años. Tenía el cabello castaño revuelto en un nudo precario y unas ojeras moradas que ni el mejor maquillaje cubriría. Pero era bonita. Tenía unos ojos grandes, expresivos, inteligentes. Ojos tristes.

—Buenos días, señora Valentina. Disculpe las fachas, acabo de llegar de la guardia en el hospital a las siete y caí como piedra —dijo Nadia, intentando alisarse la camiseta.

—No se preocupe, hija. Yo sé lo que es el trabajo duro. Mi esposo, que en paz descanse, trabajaba en la fábrica y llegaba igual. Perdone usted el atrevimiento de venir sin avisar.

Valentina extendió el pastel. El aroma dulce rompió la barrera de la incomodidad. Nadia sonrió, y su rostro cambió. Se vio más joven, más suave.

—Huele… Dios mío, huele a gloria. Pásale, por favor. Mi casa es un desastre, pero es su casa.

Valentina entró.

El departamento era idéntico al suyo en estructura, pero el alma era diferente. Donde Valentina tenía cajas cerradas, Nadia tenía caos de vida. Había juguetes de Esteban en el suelo (un carrito sin llanta, tazos, un dinosaurio de plástico), libros de medicina apilados en la mesa del comedor, y ropa limpia doblada en los sillones esperando ser guardada.

Era un hogar que luchaba por mantenerse a flote. Valentina reconoció esa lucha. La lucha de la falta de tiempo, la falta de dinero, y el exceso de amor.

—Siéntese en el sofá, nomás mueva esa ropa. Voy por unos platos y cuchillos. ¿Gusta un cafecito? Tengo de olla, lo dejé hecho en la mañana.

—Un cafecito me caería de perlas, gracias.

Nadia desapareció en la cocina, que era un hueco pequeño separado de la sala por una barra. Valentina se quedó sola en la sala.

Este era el momento.

Sus ojos, agudos detrás de los lentes bifocales, empezaron a escanear el lugar como un radar. Buscaba confirmación. Buscaba a Víctor.

Vio la mochila de Esteban colgada en una silla. Vio un dibujo pegado en la pared con cinta adhesiva: un hombre palo y un niño palo parados frente a una montaña triangular. “Papá y yo”, decía con letra infantil torcida.

El corazón de Valentina se estrujó.

Siguió mirando. Una repisa llena de piedras. No solo malaquita. Había piritas, trozos de granito, geodas baratas pintadas de colores brillantes. El niño tenía la fiebre de la tierra, igual que su padre.

Y entonces, lo vio.

En una mesita rinconera, junto a una lámpara barata y una figura de la Virgen de Guadalupe, había un pequeño altar improvisado. Una veladora apagada, un vaso con agua (tradición para las ánimas), y un portarretratos de madera sencillo.

Valentina sintió que la gravedad aumentaba. Sus piernas, aunque estaba sentada, le temblaban. Se levantó, impulsada por una fuerza que no era suya. Se acercó a la mesita.

La foto era vieja, los colores se habían desvanecido hacia tonos rojizos típicos de las impresiones de hace una década. No era una foto de estudio. Era una foto casual, tomada al aire libre. Parecía un día de campo o una excursión. Había montañas de fondo, pinos, cielo azul.

En la foto había tres personas. Dos hombres y una mujer (Nadia, mucho más joven, sonriendo con una inocencia que ya no tenía). Uno de los hombres era desconocido.

El otro…

Valentina se tuvo que agarrar de la orilla de la mesa para no caerse.

El hombre de la foto tenía el cabello castaño claro, alborotado por el viento. Llevaba una camisa de franela a cuadros, arremangada hasta los codos. Tenía barba de unos días. Estaba sonriendo, pero no a la cámara, sino a Nadia. Tenía los ojos entrecerrados por el sol.

Y tenía esa cicatriz. Esa pequeña cicatriz casi invisible sobre la ceja izquierda, donde se había pegado con el columpio cuando tenía seis años.

—Es él —el susurro salió de la boca de Valentina como un rezo o una maldición—. Es mi Vitico.

No era “Andrés”. No era un extraño. Era Víctor. Su hijo. El que había enterrado en una tumba vacía en su corazón durante quince años. Estaba ahí, en esa foto, vivo, cinco años después de que el gobierno le entregara un certificado de defunción.

—Aquí está el café y los platos… —la voz de Nadia sonó a sus espaldas.

Valentina no se volteó de inmediato. No podía. Estaba congelada en el tiempo, tocando el cristal del portarretratos con la yema del dedo, acariciando la cara de su hijo perdido.

—Señora Valentina, ¿está bien?

Valentina giró lentamente. Sus ojos estaban anegados en lágrimas, su rostro pálido, sus manos temblaban violentamente.

Nadia se detuvo en seco a mitad de la sala. Llevaba una charola con dos tazas humeantes y dos rebanadas del pastel de elote. Al ver la expresión de la anciana, la sonrisa hospitalaria de Nadia se borró. Bajó la vista hacia donde Valentina apuntaba. Hacia la foto.

—Ese hombre… —la voz de Valentina se quebró, aguda y dolorosa—. ¿Quién es ese hombre, muchacha?

Nadia tragó saliva. La tensión en el aire era tan densa que podía cortarse con el cuchillo del pastel.

—Es… es Andrés —dijo Nadia, con voz cautelosa, como si hablara con alguien que ha perdido la razón—. El papá de Esteban. Ya le conté a su hijo… desapareció hace tiempo.

—No —Valentina negó con la cabeza, un movimiento brusco y definitivo—. No se llama Andrés.

Nadia frunció el ceño, confundida y un poco asustada.

—¿Cómo dice?

Valentina dio un paso hacia ella. La anciana mansa que tejía en el parque había desaparecido. Ahora había una leona herida en la sala.

—Ese hombre no es Andrés. Ese hombre se llama Víctor Solís. Nació en el Hospital Español el 14 de febrero de 1980. Es alérgico a las fresas. Tiene una cicatriz en la ceja izquierda por un columpio. Y es mi hijo.

El silencio que siguió fue absoluto. Brutal.

Los ojos de Nadia se abrieron desmesuradamente. Miró a la anciana, luego a la foto, luego a la anciana otra vez. Buscaba la locura en los ojos de Valentina, buscaba una señal de demencia senil. Pero solo encontró una verdad demoledora.

La charola se inclinó.

—No puede ser… —susurró Nadia.

—¡Es mi hijo! —gritó Valentina, y el grito desgarró su garganta—. ¡Víctor! ¡Víctor!

CRASH.

La charola cayó al suelo. Las tazas de cerámica barata estallaron en mil pedazos. El café caliente salpicó el suelo y las piernas de Nadia, pero ella no se movió. El pastel de elote quedó desparramado entre los añicos, arruinado.

Nadia se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.

—Pero… pero él me dijo que no tenía familia —balbuceó Nadia, retrocediendo hasta chocar con la pared—. Él me dijo que estaba solo en el mundo. Que no recordaba nada antes de… antes de la montaña.

Valentina, ignorando el desastre en el piso, cruzó la sala pisando los trozos de cerámica y agarró a Nadia por los hombros. No con violencia, sino con desesperación.

—¿Qué montaña? ¿De qué estás hablando? ¡Dímelo todo! ¡Tengo quince años muerta en vida, mujer! ¡Dímelo!

Nadia se derrumbó. Sus piernas fallaron y se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, llorando. Valentina se arrodilló frente a ella, sin importarle que el café manchara su vestido azul.

—Siéntate, Valentina… por favor… —Nadia respiraba con dificultad, el shock le estaba cerrando el pecho—. Es una historia… es una locura. Nadie me creyó nunca.

—Yo te creo —dijo Valentina, tomando las manos frías de la joven—. Porque ese niño que tienes es idéntico a su abuelo. Y porque esa piedra que tiene en el bolsillo era de mi hijo. Habla.

Nadia tomó aire, temblando. Miró hacia la ventana, hacia el cielo gris de la ciudad, y empezó a hablar, transportándose a otro tiempo y lugar.

—Fue hace diez años. Yo estaba haciendo mi servicio social en la Sierra de Chihuahua, en un pueblito perdido cerca de Creel. Era invierno. Hacía un frío que calaba los huesos…

Nadia cerró los ojos, recordando.

—Una noche, los tarahumaras bajaron del monte cargando a un hombre. Lo habían encontrado medio muerto en una cañada, cerca de las minas viejas. Estaba golpeado, deshidratado, y tenía una herida en la cabeza muy fea. No traía identificaciones. Solo traía ropa de montaña hecha jirones y… y un relicario apretado en la mano.

Valentina sintió una punzada en el corazón.

—Lo curamos en la clínica rural —continuó Nadia, las lágrimas corriendo por su cara—. Estuvo inconsciente tres días. Cuando despertó… no sabía quién era. No sabía su nombre, ni de dónde venía, ni qué hacía ahí. Tenía miedo. Un miedo terrible. Decía que alguien lo perseguía, que había escuchado explosiones.

—Amnesia… —susurró Valentina.

—Sí. Amnesia retrógrada postraumática. Como no sabíamos su nombre, la gente del pueblo le empezó a decir “El Forastero”. Pero yo… yo lo cuidé. Y cuando me miró con esos ojos azules… me dijo que sentía que podía confiar en mí. Eligió el nombre de Andrés porque vio un calendario en la pared de la clínica, era el día de San Andrés.

Nadia abrió los ojos y miró a Valentina con una súplica infinita.

—Nos enamoramos, señora. Valentina. Nos enamoramos perdidamente. Él era bueno. Aunque no recordaba su pasado, era un hombre bueno, inteligente, gentil. Sabía mucho de la tierra. Apenas se recuperó, se iba a caminar al monte, a ver las piedras. Decía que la tierra le hablaba, que las rocas le contaban secretos que su mente había olvidado.

—¿Y qué pasó? —preguntó Valentina, temiendo el final de la historia.

—Vivimos juntos dos años en una cabaña. Fuimos felices, a pesar de todo. Él intentaba recordar. Tenía pesadillas horribles. Soñaba con una luz cegadora, con hombres gritando, con una fórmula química escrita en una pizarra verde. Y con un nombre… un apellido que repetía dormido.

—¿Qué apellido? —Valentina apretó las manos de Nadia.

—Carranza —dijo Nadia—. “Cuidado con Carranza”, gritaba.

Valentina se quedó helada. El nombre le cayó como un balde de agua helada.

—Ignacio Carranza… —dijo ella con voz sepulcral—. El mejor amigo de Víctor. Su compañero de tesis.

—¿Lo conoce? —preguntó Nadia.

—Lo conozco —dijo Valentina, y una furia fría empezó a reemplazar su tristeza—. Ahora es el Director del Instituto Nacional de Geología. Sale en la tele. Es millonario.

Nadia asintió frenéticamente.

—Sí… Andrés… Víctor… empezó a tener flashbacks. Un día, encontró una veta de mineral cerca de la cabaña. Se puso como loco. Dijo: “Ya sé qué es. Ya sé por qué me querían matar”. Escribió cosas en un cuaderno. Dijo que tenía que ir al pueblo grande, a Cuauhtémoc, a buscar una computadora y un teléfono para llamar a alguien.

Nadia sollozó más fuerte, cubriéndose la cara.

—Le rogué que no fuera. Tenía un mal presentimiento. Pero él estaba decidido. Me dijo: “Tengo que arreglar esto, Nadia. Tengo una familia que debe pensar que estoy muerto. Tengo una madre”. Me habló de usted, Valentina. Dijo que recordaba el olor a pastel de elote.

Valentina cerró los ojos, dejando que el dolor la atravesara. El pastel. El maldito pastel.

—Se fue en la camioneta de un vecino. Y no volvió. Lo esperé un día, dos días, una semana. Fui a buscarlo a Cuauhtémoc. Encontré la camioneta abandonada en una carretera secundaria. Había… había sangre en el asiento. Y encontré esto tirado en el piso del copiloto.

Nadia se levantó tambaleándose, fue hacia el mueble de la televisión y abrió un cajón pequeño. Sacó un objeto envuelto en un pañuelo.

Se lo entregó a Valentina.

Era un relicario de plata. Viejo, abollado, con un grabado de hojas de acanto desgastado por el tiempo.

Valentina lo tomó. Pesaba toneladas. Sus dedos reconocieron cada curva, cada imperfección. Buscó el cierre. Estaba atascado, pero ella sabía el truco: presionar un poco en la esquina inferior izquierda.

Click.

El relicario se abrió.

Y ahí estaba ella. Una Valentina de cuarenta y cinco años, sonriendo a la cámara, con el cabello negro y ese lunar en la barbilla.

—Me lo dio el día de su graduación —dijo Valentina, llorando abiertamente sobre la foto minúscula—. Me dijo: “Para que me acompañes a donde vaya, jefa”.

—Cuando encontré eso y la sangre… pensé que lo habían matado —dijo Nadia—. Pensé que finalmente “ellos”, los de sus pesadillas, lo habían encontrado. Regresé al pueblo, empaqué mis cosas y huí. Tenía miedo. Y dos semanas después… me enteré de que estaba embarazada de Esteban.

Valentina cerró el relicario y lo apretó contra su pecho, justo donde latía su corazón herido.

—No está muerto —dijo Valentina con una certeza aterradora—. Si no encontraste cuerpo, no está muerto. Mi hijo es duro. Sobrevivió a un derrumbe, sobrevivió a la sierra, sobrevivió al olvido.

Miró a Nadia, que seguía llorando en el suelo, rodeada de café y pastel. Valentina se agachó y la abrazó. Un abrazo fuerte, incómodo por la posición, pero necesario. Abrazó a la mujer que había amado a su hijo cuando él no era nadie. Abrazó a la madre de su nieto.

—Levántate, hija —le dijo Valentina al oído—. Límpiate esas lágrimas. Tenemos trabajo que hacer.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Nadia, hipando como una niña pequeña.

—Vamos a encontrarlo. Y ese tal Carranza… ese hijo de la gran puta va a desear no haber nacido.

En ese momento, la puerta del departamento se abrió.

—¡Mamá! ¡Ya llegué! Se me olvidó la cartulina para…

Esteban entró corriendo con su mochila a la espalda. Se detuvo en seco al ver la escena: el café derramado, los platos rotos, su madre con los ojos rojos en el suelo, y la vecina nueva, la abuela del parque, de rodillas con el vestido manchado.

El niño miró a una, luego a la otra. Sus ojos se clavaron en el relicario que Valentina sostenía contra su pecho.

—¿Abuela? —preguntó Esteban, con un hilo de voz.

Valentina se giró hacia él. Ya no ocultó nada. Extendió los brazos.

—Ven acá, mi niño. Ven con tu abuela.

Esteban soltó la mochila y corrió hacia ellas. Se fundieron en un abrazo de tres, en el suelo de un departamento de interés social, sobre un charco de café frío y las migajas de un pastel que nunca se comieron.

Afuera, la ciudad seguía rugiendo, indiferente. Pero adentro del 402, la guerra acababa de ser declarada. Y Dios se apiade de quien se interponga entre una abuela mexicana y su familia perdida.

CAPÍTULO 3: EL LICENCIADO DE HIERRO Y LA SOMBRA DEL JAGUAR

El café derramado ya se había secado, dejando una mancha oscura y pegajosa en el piso de loseta vinílica, un mapa improvisado de la tragedia y el reencuentro. Pero en el departamento 402, nadie tenía prisa por limpiar. El tiempo se había suspendido, o mejor dicho, se había rebobinado y acelerado al mismo tiempo.

Valentina estaba sentada en el sofá, con Esteban pegado a su costado como si fuera una extensión de su propio brazo. El niño no la soltaba. Le tocaba la tela del vestido, le acariciaba las manos arrugadas, como queriendo comprobar que la abuela que acababa de materializarse de la nada no se iba a esfumar como el humo.

—Entonces… ¿mi papá era travieso de chiquito? —preguntó Esteban, con los ojos brillosos de curiosidad.

Valentina soltó una risa que sonó a óxido rompiéndose. Hacía años que no se reía con el corazón.

—¡Uy, mijo! Travieso se queda corto. Tu papá era un terremoto con patas. Una vez, se subió a la azotea para “cazar nubes” con una red de mariposas y casi nos mata del susto a tu abuelo Nicolás y a mí. Siempre quiso saber qué había más allá, siempre mirando p’arriba o p’abajo, a las estrellas o a las piedras.

Nadia los miraba desde la silla del comedor, con una taza de té de tila temblándole en las manos. El shock inicial había dado paso a una mezcla de alivio y terror. Alivio, porque ya no estaba loca; su “Andrés” existía, tenía historia, tenía madre. Terror, porque si lo que Valentina decía era cierto, el enemigo no era un fantasma, sino un hombre de carne, hueso y mucho poder.

—Doña Valentina… —interrumpió Nadia, con voz cautelosa—. Si ese hombre, Carranza, era amigo de Víctor… ¿por qué le haría daño? ¿Por qué Víctor le tenía tanto miedo en sus pesadillas?

La sonrisa de Valentina se apagó de golpe. El rostro se le endureció, transformando a la abuela cariñosa en una matriarca de piedra.

—La envidia, hija, es más peligrosa que el hambre —dijo Valentina, mirando hacia la nada—. Ignacio Carranza y mi Víctor eran uña y mugre desde la prepa. Estudiaron Geología juntos en la UNAM. Pero había una diferencia: Víctor tenía el talento, el don natural. Ignacio tenía la ambición y los contactos políticos.

Valentina se levantó, sintiendo la necesidad de moverse. Caminó por la pequeña sala, gesticulando.

—Víctor siempre sacaba las mejores notas, encontraba los yacimientos que nadie veía. Ignacio… Ignacio era bueno para hablar, para vender humo. Se tituló copiándole a mi hijo en más de un examen. Yo siempre le dije a Nicolás: “Ese muchacho Carranza tiene ojos de coyote, no me fío”. Pero Víctor… mi Víctor era noble, confiado. Decía: “Ay, mamá, Nacho es mi hermano, no seas malpensada”.

Valentina se detuvo frente a la ventana, mirando hacia los edificios grises de la ciudad.

—La última vez que vi a Víctor, antes de esa maldita expedición al norte, estaba emocionado. Me dijo que había descubierto algo grande. “Algo que va a cambiar la minería en México, jefa”, me dijo. “Es una forma nueva de separar el litio, más barata, más limpia”. Iba a registrar la patente al regresar. Iba con Ignacio. Supuestamente, Ignacio iba para ayudarlo con los trámites legales.

Nadia dejó la taza en la mesa con un golpe seco.

—El litio… —susurró Nadia—. Andrés… Víctor, cuando deliraba con la fiebre, hablaba de “baterías” y de “oro blanco”.

—Exacto —sentenció Valentina—. Y ahora, prende la tele y busca a Ignacio Carranza. Es el “Zar de la Minería Sustentable”. Director del Instituto, asesor del gobierno, portada de la revista Expansión. Se hizo rico con una patente “revolucionaria” registrada seis meses después de la “muerte” de mi hijo.

—Le robó —dijo Esteban. Su voz infantil sonó cargada de una ira adulta—. Le robó su trabajo y lo quiso matar para que no dijera nada.

—Así es, mi amor —Valentina se agachó frente a él—. Pero cometió un error. Nos dejó vivos a nosotros.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Nadia, sintiendo que el miedo le mordía el estómago—. Ese hombre tiene dinero, seguridad, abogados. Nosotras somos… bueno, somos nadie. Una enfermera y una jubilada. Nos van a aplastar como a cucarachas.

Valentina se irguió, alisándose el delantal.

—Sola, tal vez sí. Pero no estamos solas. En este país, hija, todo se mueve con palancas, pero también con lealtades viejas. Y yo tengo una carta guardada que no he usado en veinte años.

Valentina caminó hacia el teléfono fijo que colgaba en la pared de la cocina, ese aparato viejo color crema que Nadia casi nunca usaba porque todos traen celular.

—¿A quién va a llamar? —preguntó Nadia.

—Al único hombre en esta ciudad que odia a los corruptos más que yo. A Sergio “El Tanque” Mondragón. Fue Fiscal Federal en los tiempos duros. Era compadre de mi Nicolás. Está retirado, viejo y amargado, pero le debe un favor a mi marido. Y hoy se lo voy a cobrar.


El trayecto hacia el Centro Histórico fue una odisea. Valentina insistió en que tenían que ir los tres. “Donde va la gallina, van los pollitos”, dijo, argumentando que no iba a dejar a Esteban solo ni a sol ni a sombra ahora que lo había encontrado.

Tomaron el Metro en la estación Etiopía. Era hora pico. El vagón iba atascado de humanidad sudorosa, vendedores de audífonos a diez pesos y vallenatos a todo volumen. Valentina iba protegida por Nadia y Esteban, quienes formaron una barrera humana para que no la empujaran.

A Valentina le gustaba el Metro. Le recordaba que la ciudad estaba viva, que a pesar de todo, la sangre de México seguía fluyendo por esas venas subterráneas color naranja.

Bajaron en Allende y caminaron por la calle de Donceles, famosa por sus librerías de viejo. El olor a papel antiguo, a polvo y a historia impregnaba el aire. Se detuvieron frente a un edificio colonial de piedra tezontle, con un portón de madera inmenso que parecía la entrada a una fortaleza.

—Es aquí —dijo Valentina, consultando un papelito arrugado—. Despacho 304.

No había elevador. Subieron tres pisos de escaleras de mármol desgastadas por siglos de pasos. Al llegar al 304, vieron una puerta de madera oscura con un cristal esmerilado que decía en letras doradas medio borradas: LIC. SERGIO MONDRAGÓN – ABOGADO Y NOTARIO.

Valentina tocó con los nudillos. Tres golpes secos. Toc, toc, toc.

—¡Pase, si trae dinero! ¡Si trae problemas, también, pero fórmese! —bramó una voz ronca desde adentro, seguida de un ataque de tos de fumador.

Valentina abrió la puerta.

El despacho era una cápsula del tiempo. Estaba atiborrado de expedientes amarrados con hilo cáñamo que se apilaban desde el suelo hasta el techo como estalagmitas de burocracia. El aire estaba azul por el humo de cigarro. Detrás de un escritorio de caoba maciza que parecía un barco encallado, estaba un hombre enorme.

Sergio Mondragón hacía honor a su apodo de “El Tanque”. A pesar de rondar los setenta y cinco años, era una montaña de carne y hueso. Calvo, con un bigote blanco estilo Pancho Villa teñido de amarillo por la nicotina, y unos tirantes rojos que sujetaban unos pantalones que le llegaban casi a las axilas.

—Buenas tardes, Sergio —dijo Valentina, parada en el umbral con la dignidad de una reina.

El hombre levantó la vista de un periódico deportivo. Entrecerró los ojos, miopes y cansados. Luego, sus ojos se abrieron como platos. Soltó el cigarro, que cayó sobre una pila de papeles (Nadia contuvo un grito pensando en un incendio), y se levantó con un esfuerzo sísmico.

—¡Me lleva la…! ¿Valentina? ¿La Vale de Nicolás?

—La misma, aunque con más arrugas y menos paciencia —respondió ella.

Sergio salió de atrás del escritorio y, con una agilidad sorprendente para su tamaño, envolvió a Valentina en un abrazo que olió a tabaco negro y loción Sanborns.

—¡Condenada mujer! ¡No te veía desde el funeral del Nico! Pensé que ya te habías ido a vivir a Cuernavaca o que te habías metido de monja.

—Estaba ocupada sobreviviendo, Sergio. Pero ahora… ahora necesito al “Tanque”.

Sergio se separó y miró a los acompañantes. Sus ojos de fiscal escanearon a Nadia (nerviosa, apretando la bolsa) y a Esteban (curioso, mirando un pisapapeles con forma de calavera).

—¿Y esta tropa? ¿Ya adoptaste?

—Siéntate, Sergio. Y apaga ese cigarro, que hay un niño presente. Tenemos que hablar de un muerto que no está muerto.

La cara de bromista de Sergio desapareció instantáneamente. Se sentó pesadamente, aplastó el cigarro en un cenicero a reventar y señaló las sillas de visita.

—Habla. Soy todo oídos.

Valentina contó la historia. Lo contó todo, sin omitir una coma. Desde el encuentro en la banca, la malaquita, la visita al departamento de Nadia, el relicario, la historia del “Forastero” en la Sierra, la amnesia, la patente del litio y el nombre de Carranza.

Nadia intervino para dar los detalles médicos y las fechas. Esteban, en silencio, sacó su malaquita partida y la puso sobre el escritorio de caoba.

Cuando terminaron, el despacho quedó en silencio. Solo se oía el zumbido de un ventilador viejo en la esquina.

Sergio Mondragón se quedó mirando la malaquita partida. Tamborileó sus dedos gruesos sobre la mesa.

—¿Ignacio Carranza, dices? —gruñó Sergio—. ¿El “Niño de Oro” de la minería?

—El mismo traidor —dijo Valentina.

Sergio soltó un resoplido que movió los papeles del escritorio.

—Ese tipo es intocable, Vale. Tiene fuero político, lana para comprar a medio gabinete y seguridad privada israelí. Si lo que dicen es cierto… si él intentó matar a Víctor y le robó la patente… están picando a un jaguar con una varita muy corta.

—Por eso vinimos contigo —dijo Valentina, inclinándose hacia adelante—. Porque tú eres el único cazador que conozco que no le tiene miedo a los jaguares.

Sergio sonrió, una sonrisa torcida que mostraba dientes manchados pero fuertes.

—Me estás adulando, vieja astuta. Y funciona. Además… —Sergio miró a Esteban—. El chamaco es idéntico al Nico. Es como ver a mi compadre cuando jugábamos canicas. La sangre no miente.

Sergio abrió un cajón y sacó una botella de tequila y cuatro vasitos (uno lo guardó al ver la mirada asesina de Nadia). Se sirvió un trago doble.

—A ver. Legalmente, Víctor está muerto. Hay un acta de defunción. Para reabrir el caso, necesitamos pruebas físicas. La foto y el relicario son buenos, pero circunstanciales. La malaquita… ¿qué había adentro de la piedra, chamaco?

—Una tarjeta de memoria —dijo Esteban—. Pero se la quedó mi mamá en la bolsa.

Nadia sacó la diminuta tarjeta micro SD, envuelta en un kleenex, como si fuera uranio empobrecido.

—Víctor… Andrés… la escondió ahí —explicó Nadia—. Dijo que era su seguro de vida. Nunca pudimos ver qué había porque no teníamos computadora allá en la sierra, y después… después me dio miedo verla.

Sergio tomó la tarjeta con unas pinzas de depilar que sacó de quién sabe dónde.

—Esto, señoras, es la bomba atómica. Si aquí hay pruebas de la autoría de Víctor sobre la patente, o pruebas de las amenazas… Carranza se va a caer. Pero hay un problema.

—¿Cuál? —preguntó Valentina.

—Que en el momento en que metamos esto en una computadora conectada a internet, o hagamos una denuncia formal, Carranza lo va a saber. Ese tipo tiene oídos hasta en el infierno. Y si sabe que Víctor tuvo un hijo y que ese hijo tiene las pruebas…

Sergio no terminó la frase. No hacía falta. Nadia abrazó a Esteban instintivamente.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Nadia, con voz temblorosa.

—Jugamos sucio —dijo Sergio, encendiendo otro cigarro a pesar de la prohibición—. Primero, averiguamos si Víctor sigue vivo. Nadia, dijiste que desapareció cuando fue a Cuauhtémoc a buscar un teléfono. Eso fue hace diez años.

—Sí.

—Si Carranza lo encontró… —Sergio hizo una pausa dolorosa—. Hay dos opciones. O lo mató y lo enterró en el desierto, o lo tiene guardado.

—¿Guardado? —preguntó Valentina.

—Secuestrado. Encerado. Si Víctor es el genio que inventó la fórmula, Carranza lo necesita. Una patente dura veinte años, pero la tecnología avanza. Tal vez lo tiene trabajando forzado en algún laboratorio clandestino, o en un psiquiátrico privado, empastillado hasta las cejas para que no recuerde quién es, pero que siga produciendo ciencia.

La idea era tan macabra que Valentina sintió ganas de vomitar. ¿Su hijo, esclavo de su mejor amigo? ¿Vivo, pero prisionero?

—Tenemos que ir al norte —dijo Nadia—. Al sanatorio donde lo atendieron. O a donde encontraron la camioneta.

—¡Quietas, fieras! —ordenó Sergio—. Ir al norte ahorita es suicidio. Chihuahua está caliente. Si van dos mujeres y un niño a hacer preguntas, no regresan. Primero investigamos aquí. Voy a usar mis contactos. Tengo amigos en la Fiscalía que todavía me deben favores. Voy a rastrear los movimientos de Carranza en esas fechas. Voy a buscar registros de entradas a hospitales psiquiátricos, clínicas privadas… todo lo que huela a podrido.

Sergio se puso de pie y caminó hacia un archivero metálico oxidado.

—Y ustedes… ustedes se van a volver invisibles. Nada de andar contando esto a las vecinas. Nada de Facebook. Si Carranza se entera de que el “hijo” de Víctor existe, vendrá por él.

Esteban, que había estado callado, habló de repente.

—Oiga, Don Sergio…

—Dime, chamaco.

—Esa piedra que tiene ahí, la del pisapapeles… no es una calavera de verdad, ¿verdad? Es obsidiana tallada.

Sergio miró al niño con respeto.

—Buen ojo. Es obsidiana de Teotihuacán.

—Mi papá me enseñó —dijo Esteban con orgullo—. Dijo que la obsidiana corta más que el acero, pero si le pegas mal, se rompe.

Sergio sonrió, esta vez con ternura.

—Tu papá tenía razón. Y nosotros vamos a ser como la obsidiana. Filosos, pero con cuidado de no rompernos.


Salieron del despacho cuando el sol ya se estaba ocultando, tiñendo el Zócalo de sombras largas. La ciudad parecía más amenazante ahora. Cada sirena de patrulla, cada mirada de un extraño en la calle, les hacía saltar el corazón.

Regresaron al departamento en la Colonia del Valle en silencio. Pero al llegar a la entrada de la unidad habitacional, algo los detuvo.

Frente al edificio de Nadia, estacionado en doble fila, había un auto.

No era un auto cualquiera. Era un sedán negro, de vidrios polarizados, impecable, que desentonaba violentamente con los Tsurus y los Chevys polvorientos de los vecinos. El motor estaba encendido, un ronroneo suave y costoso.

Valentina agarró el brazo de Nadia y jaló a Esteban hacia atrás, ocultándose tras un puesto de periódicos cerrado.

—Ese coche no es de aquí —susurró Valentina.

—Nunca lo había visto —confirmó Nadia, pálida.

Se quedaron observando. Un minuto después, la ventanilla trasera del auto negro bajó unos centímetros. Solo se vieron unos ojos oscuros, protegidos por lentes de sol (a pesar de que ya era casi de noche), escaneando la entrada del edificio. Mirando hacia arriba. Hacia las ventanas del 402.

El auto permaneció ahí un momento más, como un depredador olfateando el aire, y luego arrancó suavemente, perdiéndose en el tráfico de la Avenida Universidad.

Nadia estaba temblando incontrolablemente.

—Saben —dijo ella—. Saben que existimos.

—No —dijo Valentina, con la mandíbula apretada—. Saben que alguien vive ahí. Pero no saben que ya sabemos quiénes son.

Valentina miró a su nuera y a su nieto.

—Hoy no duermen ahí. Agarran lo indispensable y se vienen a mi departamento. Nadie toca a mi familia.

Subieron corriendo, con el miedo pisándoles los talones. Mientras Nadia metía ropa en una mochila a toda velocidad, Valentina se quedó en la ventana, vigilando la calle tras la cortina.

Su mente voló hacia Víctor. ¿Dónde estaba? ¿Sentía él también que el peligro se acercaba?

De repente, el teléfono celular de Nadia, que estaba sobre la mesa, vibró.

Era un número desconocido. Lada de la Ciudad de México.

Nadia y Valentina se miraron. Nadia estiró la mano, dudando.

—Contesta —ordenó Valentina—. Pon el altavoz. Pero no digas nada.

Nadia deslizó el dedo.

—¿Bueno? —dijo con voz temblorosa.

Hubo un silencio al otro lado. Un silencio que no estaba vacío. Se escuchaba una respiración. Y de fondo, muy, muy a lo lejos, se escuchaba una música clásica. Piano. Chopin.

—Nadia… —dijo una voz masculina. No era la voz de Víctor. Era una voz suave, educada, metálica—. Qué lindo niño tienes. Sería una lástima que se cayera jugando en el parque. Las piedras son peligrosas, ¿sabes?

Click. La llamada se cortó.

Nadia soltó el teléfono como si quemara. Esteban empezó a llorar en silencio.

Valentina sintió que la sangre le hervía, pero al mismo tiempo, una calma gélida la invadió. Ya no había dudas. Ya no había vuelta atrás. La guerra había comenzado.

—Sécate esas lágrimas, Esteban —dijo Valentina, tomando al niño por los hombros—. Ese hombre cree que nos asustó. Y tiene razón. Pero lo que no sabe es que una abuela asustada es capaz de quemar el mundo entero.

—¿Qué vamos a hacer, abuela? —preguntó el niño.

—Vamos a ver qué hay en esa tarjeta de memoria —dijo Valentina—. Y luego, vamos a llamar al Tío Sergio. Si quieren guerra, les vamos a dar guerra.

Valentina cerró las cortinas. La noche en la Ciudad de México nunca había sido tan oscura.

CAPÍTULO 4: EL CÓDIGO DE LA SIERRA Y LA HUIDA NOCTURNA

La noche había caído sobre la Ciudad de México como una manta pesada y asfixiante, atrapando el calor del día y el miedo en el pequeño departamento de Valentina. Las cortinas estaban cerradas a cal y canto. Nadia había pegado con cinta adhesiva un pedazo de cartón en la ventana de la cocina que daba al pasillo, por si acaso.

En la sala, la única luz provenía de la pantalla de una vieja laptop que Valentina había rescatado de una de las cajas de mudanza. Era la computadora de Nicolás, lenta y ruidosa como un tractor, pero funcional.

—¿Segura que no tiene virus, abuela? —preguntó Esteban, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, mordiéndose las uñas.

—Tiene más años que tú, mijo, pero tu abuelo la cuidaba mucho. A ver, Nadia, pásame el adaptador.

Nadia, con las manos temblorosas, conectó el lector de tarjetas USB. Insertó la diminuta memoria micro SD que habían sacado de la malaquita falsa. El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por el zumbido del ventilador de la laptop que sonaba como si fuera a despegar.

La pantalla parpadeó. Una ventana se abrió.

CARPETA: PROYECTO X – EVIDENCIA

Valentina hizo clic. Dentro había tres archivos de video y una carpeta llena de documentos PDF con nombres técnicos incomprensibles como “Extracción_Li_Fase3.pdf” y “Patente_Borrador_Original.pdf”.

—Pon el primer video —susurró Nadia.

Valentina hizo doble clic en VIDEO_01.mp4.

La imagen apareció granulada y oscura al principio. Luego, una mano ajustó el lente y la cara de un hombre llenó la pantalla.

Valentina contuvo el aliento. Nadia soltó un gemido ahogado.

Era Víctor. Pero no el Víctor joven y radiante de las fotos de graduación, ni el “Andrés” barbudo y montañés de la foto de Nadia. Este era un Víctor intermedio, una versión rota pero lúcida de su hijo. Estaba delgado, con pómulos marcados y ojeras profundas. Tenía una cicatriz reciente en la frente, todavía roja. Estaba sentado en lo que parecía ser una cabaña de madera, con una lámpara de queroseno iluminando su rostro desde abajo, dándole un aspecto espectral.

Si están viendo esto… —la voz de Víctor salió por las bocinas, ronca, cansada—. Significa que recuperé la memoria. O que estoy muerto.

Valentina se llevó la mano a la boca. Escuchar su voz después de quince años fue como recibir una descarga eléctrica directa al corazón.

Soy Víctor Solís. Ingeniero Geólogo. Fecha: 12 de noviembre de 2014. Lugar: Sierra Tarahumara, cerca de Batopilas. —Víctor miró hacia la puerta de la cabaña, nervioso, y luego volvió a la cámara—. Tengo poco tiempo. Nadia fue al pueblo por comida y no quiero que ella sepa esto. Es demasiado peligroso.

En el video, Víctor sacó un cuaderno de notas lleno de fórmulas y diagramas.

Hace dos años, sufrí un “accidente” en la mina La Prieta. No fue un accidente. Fue un intento de homicidio. Ignacio Carranza… mi socio, mi amigo… él provocó el derrumbe. Lo vi. Vi cómo detonaba los explosivos antes de que yo saliera del túnel 4.

—¡Maldito! —gruñó Valentina, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.

Él quería esto —Víctor golpeó el cuaderno—. El proceso de lixiviación de litio en arcillas mediante ultrasonido. Mi descubrimiento. Una forma de extraer litio diez veces más barato y sin contaminar el agua. Vale miles de millones de dólares. Ignacio me ofreció vendérselo a una empresa extranjera por una miseria a cambio de acciones. Yo me negué. Dije que esto debía ser para México, para la universidad.

Víctor se pasó la mano por el cabello, un gesto tan familiar que a Valentina le dolió el alma.

Sobreviví de milagro. Quedé atrapado tres días. Cuando salí… mi mente estaba en blanco. Caminé hasta que me encontraron los rarámuris. Nadia me salvó. Me dio una vida nueva cuando yo no tenía nombre. Pero hace una semana… vi una noticia en un periódico viejo que usaban para envolver tortillas. Vi la cara de Carranza. Vi que anunciaba “su” descubrimiento. Y todo volvió. La memoria, el dolor, la rabia.

Víctor se acercó a la cámara, sus ojos azules brillando con intensidad.

No voy a dejar que se salga con la suya. Voy a ir a Chihuahua capital. Voy a buscar a un periodista. Voy a exponerlo. Pero sé que él me está buscando. He visto camionetas negras rondando el pueblo. Si algo me pasa… Mamá, perdóname. Perdóname por no volver antes. No sabía quién era. Te amo, jefa. Dile a papá que lo siento.

Valentina lloraba en silencio, lágrimas gordas rodando por sus mejillas.

Y Nadia… mi amor… perdóname por meterte en esto. Si no vuelvo, huye. Vete lejos. Y si… si resulta que estoy embarazada… —Víctor soltó una risa triste—. Digo, si tú estás embarazada… cuida a nuestro hijo. Que no se acerque a las minas. Que sea feliz.

La imagen se fue a negro.

El silencio en el departamento era sepulcral. Esteban estaba pálido, mirando la pantalla negra.

—Mi papá sabía —susurró el niño—. Sabía que yo iba a nacer.

—Sabía que te amaba antes de conocerte —dijo Valentina, abrazándolo con fuerza.

—Tenemos que mandar esto a la policía —dijo Nadia, secándose las lágrimas con rabia—. Es la confesión, es la prueba. Carranza es un asesino.

—No —dijo Valentina, cerrando la laptop de golpe—. A la policía no. La policía de allá arriba come del mismo plato que Carranza. Si entregamos esto a la PGR, la memoria se “pierde” en cinco minutos y nosotros aparecemos suicidados en un hotel de paso.

—¿Entonces qué? —preguntó Nadia desesperada—. ¿Nos quedamos de brazos cruzados esperando a que nos maten? ¡Ya nos amenazaron, Valentina! ¡Saben dónde vivimos!

El teléfono celular de Valentina sonó. Un timbre estridente que las hizo saltar a las dos.

Era un número privado.

Valentina miró el teléfono como si fuera una serpiente venenosa.

—No contestes —dijo Nadia.

—Tengo que saber —dijo Valentina.

Descolgó.

—¿Bueno?

Valentina Solís —dijo una voz. No era la voz metálica de antes. Era una voz conocida. Una voz que ella había escuchado en fiestas de cumpleaños, en cenas de Navidad, brindando con su marido.

Era Ignacio Carranza.

Hola, Nacho —dijo Valentina, con una frialdad que heló la sangre de Nadia—. Tanto tiempo. ¿Cómo van tus millones?

Veo que sigues igual de brava, Valentina. Eso siempre me gustó de ti. Escucha, no tengo mucho tiempo y tú tampoco. Sé que la “enfermera” y el niño están contigo. Sé que tienen la piedra.

—No sé de qué hablas, Nacho. Estoy viendo la novela.

Corta el teatro, Valentina. Mi gente los vio salir del despacho del gordo Mondragón. Sé que Mondragón es un viejo zorro, pero ya no tiene dientes. Escucha bien: quiero la tarjeta. La que estaba adentro de la malaquita. Si me la das, te juro por la memoria de Nicolás que no les pasará nada. Les daré dinero, mucho dinero. Podrán irse a vivir a Europa, a donde quieran. Víctor… Víctor incluso podría recibir atención médica de primer nivel.

El corazón de Valentina se detuvo.

—¿Atención médica? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Está vivo?

Digamos que está… descansando. En un lugar seguro. Pero necesita cuidados especiales. Su mente… ya sabes, el accidente dejó secuelas. Si cooperas, podrías verlo. Podrías abrazarlo otra vez.

Era la tentación máxima. El anzuelo perfecto para una madre desesperada. Entregar la prueba, olvidar la justicia, a cambio de ver a su hijo.

Valentina miró a Esteban. Miró sus ojos limpios, su inocencia. Miró a Nadia, joven, con toda una vida por delante. Si entregaba la tarjeta, Carranza ganaba. Víctor seguiría siendo su prisionero, su esclavo intelectual. Y ellos… ellos vivirían siempre bajo la bota de un monstruo, esperando el día en que decidiera que eran cabos sueltos.

—Nacho —dijo Valentina, con voz suave—. ¿Te acuerdas cuando venías a comer a la casa y te servía doble plato de pozole?

Sí, Valentina, me acuerdo. Eras como una madre para mí.

—Pues como madre te digo: chinga a tu madre, traidor.

Valentina colgó.

—¡Vámonos! —gritó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Agarren todo! ¡Ya!

—¿Qué le dijiste? —gritó Nadia, aterrada.

—Le declaré la guerra. Y él va a responder en… —Valentina miró su reloj—. En diez minutos. Tenemos diez minutos antes de que sus gorilas tumben esa puerta.

El caos se apoderó del departamento. Nadia metió la laptop en la mochila de Esteban. Valentina corrió a su cuarto y sacó de debajo del colchón una vieja caja de galletas. Adentro no había galletas, sino fajos de billetes envueltos en ligas. Los ahorros de toda una vida, el dinero de la venta de la casa de Coyoacán que no había metido al banco por desconfianza.

—¡Esteban, ponte los tenis! ¡Nadia, las chamarras!

—¿A dónde vamos? —lloraba Esteban.

—Lejos, mi amor. A donde los jaguares no nos alcancen.

Salieron del departamento dejando la luz prendida y la televisión encendida a todo volumen para despistar. Bajaron por las escaleras de servicio, las que usaban para bajar la basura, evitando el elevador y la entrada principal.

Llegaron al sótano, al estacionamiento. El viejo vocho de Valentina, un Volkswagen Sedán modelo 94 color crema que Nicolás había cuidado como a un hijo, estaba ahí, cubierto de una lona gris.

—Súbanse —ordenó Valentina, quitando la lona con un tirón.

—¿Arranca esa cosa? —preguntó Nadia, dudosa.

—Esa cosa es alemana y mexicana, hija. Es indestructible.

Valentina se sentó al volante, metió la llave y giró. El motor tosió. Chucu-chucu-chucu. Nada.

—¡Por favor, Nicolás, ayúdame! —rezó Valentina.

Giró la llave otra vez y pisó el acelerador a fondo. El motor rugió con un estruendo glorioso, soltando una nube de humo negro.

—¡Vámonos!

El vocho salió disparado del estacionamiento, rechinando las llantas. Justo cuando salían a la calle, vieron por el retrovisor que dos camionetas negras, idénticas a la que habían visto antes, bloqueaban la entrada principal del edificio. Hombres armados bajaban corriendo.

—¡Acelérele, abuela! —gritó Esteban desde el asiento de atrás.

Valentina metió segunda, luego tercera. El vocho se incorporó al tráfico de Avenida Cuauhtémoc, zigzagueando entre taxis y metrobuses.

—¿A dónde vamos? —preguntó Nadia, agarrada del tablero de plástico como si fuera un salvavidas—. Si vamos con Mondragón, nos van a encontrar. Seguramente vigilan su despacho y su casa.

—Lo sé —dijo Valentina, con la vista fija en el camino—. No vamos con Sergio. Vamos al único lugar donde Carranza no tiene poder.

—¿A dónde?

—A la UNAM. A la Facultad de Ingeniería.

—¿Qué? —Nadia la miró como si estuviera loca—. ¿A la universidad? ¿Para qué?

—Porque ahí está el único hombre que odia a Carranza tanto como nosotros. El Profesor Lázaro Cárdenas (no el presidente, el geólogo). Fue el mentor de Víctor y de Ignacio. Él sabe la verdad. Él sabe que Víctor era el genio y que Ignacio era un fraude. Y él tiene acceso a los laboratorios para analizar los documentos de la memoria y certificarlos. Si logramos que la Universidad respalde el descubrimiento de Víctor, Carranza no podrá tocarlo. La autonomía universitaria es sagrada, hija. O al menos eso quiero creer.

Manejaron hacia el sur, hacia Ciudad Universitaria. La noche los envolvía, pero las luces de la ciudad parecían ojos que los vigilaban.

Al llegar a Insurgentes Sur, cerca del Estadio Olímpico, el vocho empezó a fallar. El motor tosía.

—No me hagas esto, chiquito… —suplicó Valentina.

Pero el vocho no obedeció. Con un último estertor, el motor se apagó justo frente a la Biblioteca Central, ese majestuoso edificio cubierto de murales de Juan O’Gorman que brillaban bajo la luna.

—Se calentó —dijo Valentina, golpeando el volante.

—¡Tenemos que correr! —dijo Nadia.

Bajaron del auto. El campus estaba desierto a esa hora, oscuro y silencioso, solo patrullado por las unidades de Auxilio UNAM.

Caminaron rápido hacia el Anexo de Ingeniería. Valentina conocía el camino de memoria; cuántas veces había venido a traerle tortas a Víctor cuando se quedaba estudiando toda la noche.

Llegaron al edificio I. Estaba cerrado con cadena.

—¡Maldición! —Nadia pateó la reja.

—Por atrás —susurró Valentina—. Víctor me dijo una vez que había una ventana en el sótano que siempre dejaban sin seguro para que los estudiantes entraran a fumar a escondidas.

Rodearon el edificio entre los arbustos. Efectivamente, una ventanita a ras de suelo estaba entreabierta.

—Esteban, tú primero —dijo Valentina—. Eres el más flaco. Entra y abre la puerta de servicio que está al lado.

El niño se deslizó por la ventana como una lagartija. Segundos después, oyeron el clac de la puerta metálica abriéndose.

Entraron. El olor a químicos, a piedra cortada y a café rancio los recibió. Era el olor de la ciencia.

Subieron al tercer piso, al despacho del Profesor Lázaro.

Valentina tocó la puerta. Estaba oscuro.

—No está —dijo Nadia, desilusionada—. Son las diez de la noche, Valentina. Los profesores duermen.

—Lázaro no —dijo Valentina—. Lázaro vive aquí. Dice que su esposa no lo aguanta.

Tocó más fuerte.

—¡Lázaro! ¡Soy Valentina, la mamá de Víctor Solís!

Se oyó un ruido adentro. Pasos arrastrados. La puerta se abrió.

Un hombre anciano, con bata blanca manchada de reactivos, cabello blanco alborotado tipo Einstein y unos lentes gruesos como fondos de botella, asomó la cabeza.

—¿Valentina? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Es un fantasma o me pasé con los vapores de mercurio?

—Soy yo, Lázaro. Y traigo a mi nieto. Y traigo la prueba de que Ignacio Carranza es un ladrón.

El viejo profesor abrió la puerta de par en par.

—Pasad, pasad rápido.

El despacho de Lázaro era un museo del caos. Rocas por todos lados, mapas geológicos, tazas de café con moho.

Valentina le entregó la memoria USB y le explicó todo en dos minutos. Lázaro escuchaba en silencio, acariciándose la barba.

—Siempre lo supe —murmuró Lázaro—. El trabajo de Víctor… tenía una elegancia que el bruto de Carranza jamás podría imitar. Cuando Carranza publicó el “paper”, vi errores de sintaxis geológica que Víctor jamás cometería. Pero nadie me escuchó. Carranza traía dinero, traía políticos…

Lázaro conectó la memoria a su supercomputadora.

—Vamos a ver…

Abrió los archivos PDF. Sus ojos recorrieron las fórmulas a una velocidad vertiginosa.

—¡Ajá! —gritó Lázaro—. ¡Aquí está! La firma isotópica. Víctor incluyó una “marca de agua” en la fórmula química. Un error intencional en el cálculo del tercer decimal que no afecta el resultado, pero que identifica al autor. Es como una firma invisible. Y Carranza… ¡ese idiota copió el error!

Lázaro soltó una carcajada triunfal.

—¡Lo tenemos! Esto es plagio industrial nivel federal. Con esto, la UNAM puede demandar la titularidad de la patente y meter a Carranza a la cárcel por fraude.

—Pero necesitamos proteger esto —dijo Nadia—. Carranza viene por nosotros.

—No se preocupen —dijo Lázaro, tecleando furiosamente—. Voy a subir esto al servidor seguro de la Universidad, y lo voy a copiar a los servidores de la Universidad de Tokio y del MIT. Tengo colegas allá. En cinco minutos, esta información estará en tres continentes. Si Carranza quiere borrarla, tendrá que apagar el internet mundial.

La barra de carga avanzaba en la pantalla. Subiendo… 45%… 60%…

De repente, las luces del edificio se apagaron. Todo quedó en tinieblas.

—¿Qué pasó? —gritó Esteban.

—Cortaron la luz —dijo Lázaro, maldiciendo—. Deben haber hackeado el sistema de seguridad del campus.

—Están aquí —susurró Valentina.

Se oyeron pasos pesados en el pasillo. Botas militares. Y el sonido inconfundible de armas cargándose. Clack-clack.

—¡Salgan por la escalera de incendios! —susurró Lázaro—. Yo los distraigo.

—¡No te vamos a dejar, Lázaro! —dijo Valentina.

—¡Vayanse! —el viejo profesor agarró un frasco de ácido clorhídrico de la mesa—. Soy viejo, Valentina. Ya viví. Pero ese niño… ese niño tiene que contar la historia. ¡Corran!

Lázaro empujó a Valentina, Nadia y Esteban hacia la puerta trasera del despacho que daba a la escalera exterior.

Justo cuando cerraban la puerta tras de sí, oyeron cómo la puerta principal del despacho volaba en pedazos.

—¡¿DÓNDE ESTÁN?! —bramó una voz.

—¡Estudiando la litosfera, imbéciles! —gritó Lázaro.

Luego se oyó un ruido de cristal rompiéndose, un siseo, y gritos de dolor. Lázaro había lanzado el ácido.

Valentina, Nadia y Esteban bajaron las escaleras metálicas a toda velocidad, bajo la lluvia que empezaba a caer, mezclándose con sus lágrimas.

Estaban en el jardín botánico de la UNAM, en medio de la oscuridad, perseguidos por mercenarios, sin coche y sin refugio.

—¿Y ahora? —lloró Nadia, abrazando a Esteban.

Valentina miró hacia el sur, hacia la zona de pedregales, donde las rocas volcánicas formaban laberintos naturales.

—Ahora nos volvemos piedra —dijo Valentina—. Nos escondemos en el Pedregal. Víctor jugaba ahí de niño. Conozco las cuevas.

Se internaron en la vegetación, desapareciendo en la noche, mientras las sirenas de la policía universitaria empezaban a aullar a lo lejos, tarde, siempre tarde.

CAPÍTULO 5: EL ECO EN LA CAVERNA Y LA TRAICIÓN DE LA SANGRE

La lluvia en la Ciudad de México no limpia; a veces, solo ensucia más. Esa noche, el agua caía mezclada con el hollín de millones de escapes, volviéndose una cortina negra y ácida que empapaba la ropa y congelaba los huesos.

Valentina, Nadia y Esteban corrían hacia el corazón de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel. Para cualquier capitalino, el Pedregal es solo un paisaje de fondo, piedras negras que se ven desde el Periférico. Pero para quienes lo conocen, es un laberinto prehistórico. Es la cicatriz de lava que dejó el volcán Xitle hace mil seiscientos años, un mar de roca basáltica afilada como cuchillos, lleno de grietas, cuevas y vegetación espinosa que ha aprendido a sobrevivir sin agua.

—¡Cuidado! —gritó Nadia, agarrando a Esteban de la capucha de su sudadera justo antes de que el niño metiera el pie en una grieta profunda.

—No se detengan —ordenó Valentina. Su respiración era un silbido agónico. Sus pulmones de setenta años ardían como si hubiera tragado brasas, pero sus piernas seguían moviéndose. La adrenalina es una droga potente, y el miedo por un nieto es la sobredosis.

Dejaron atrás los edificios de la Facultad de Química y se internaron en la zona salvaje. El suelo era traicionero. La roca volcánica, mojada por la lluvia, era jabón y lija al mismo tiempo. Un paso en falso significaba una rodilla rota o la piel desgarrada.

A lo lejos, hacia la zona cultural, se veían luces azules y rojas de patrullas. Sirenas. Gritos. Lázaro había cumplido su palabra: había armado un escándalo lo suficientemente grande como para darles ventaja. Pero esa ventaja se estaba acabando.

—Abuela, me duele el lado —gimió Esteban, doblándose sobre sí mismo.

Valentina se detuvo junto a un gran cactus órgano que se alzaba como un centinela en la oscuridad. Miró a su alrededor. Estaban en una hondonada, protegidos del viento, pero expuestos si alguien traía lámparas potentes.

—Escúchame, Estebancito —dijo Valentina, tomándole la cara con sus manos heladas—. Sé que duele. Sé que tienes miedo. Pero eres un Solís. Tu papá jugaba aquí de niño. Estas piedras… estas piedras son familia. No te van a lastimar si las respetas.

Esteban asintió, tragándose el llanto.

—¿A dónde vamos? —preguntó Nadia, tiritando. Su uniforme de enfermera estaba empapado y manchado de lodo.

—A la “Cueva del Coyote” —dijo Valentina—. Víctor la encontró cuando tenía doce años. Es una tubo de lava colapsado. Nadie sabe que existe, no aparece en los mapas de la Reserva. Ahí estaremos seguros hasta que amanezca.

—Y luego, ¿qué? —insistió Nadia, con la histeria arañando su voz—. No tenemos coche. No tenemos dinero a la mano, se quedó en la mochila en el vocho. No tenemos a dónde ir. Carranza tiene comprada a la policía.

Valentina miró hacia el cielo nublado, donde el resplandor naranja de la ciudad se reflejaba en las nubes bajas.

—Tengo un plan —mintió. No tenía un plan. Solo tenía instinto—. Pero primero, hay que sobrevivir a la noche.

Siguieron avanzando. Esteban, sorprendentemente, tomó la delantera. El niño parecía tener un radar para el terreno. Donde Nadia resbalaba, él saltaba. Donde Valentina dudaba, él señalaba el camino firme.

—La piedra me dice dónde pisar —susurró Esteban.

Nadia lo miró con preocupación, pensando que el shock lo estaba haciendo delirar, pero Valentina sonrió en la oscuridad. La sangre llama, pensó.

Después de veinte minutos de caminata infernal, llegaron a una formación rocosa que parecía una boca abierta llena de dientes negros. Esteban se agachó y se deslizó por un agujero apenas visible entre dos bloques de basalto.

—¡Es aquí! —susurró el niño desde adentro.

Nadia y Valentina lo siguieron. Se arrastraron por un túnel estrecho que olía a tierra húmeda y guano de murciélago, hasta desembocar en una pequeña cámara seca. El ruido de la lluvia se apagó, reemplazado por un silencio antiguo y pesado.

Esteban sacó de su bolsillo una pequeña linterna de llavero que siempre cargaba (hábito de niño explorador). El haz de luz iluminó las paredes rugosas.

Y ahí estaba.

En una de las paredes, rayado con una piedra más blanca hace muchos años, había un dibujo infantil: Un astronauta y un dinosaurio dándose la mano. Y abajo, una firma: VÍCTOR Y NACHO 1992.

Nadia se llevó la mano a la boca.

—Víctor y Nacho… —leyó—. Víctor y Carranza. Venían aquí juntos.

—Eran hermanos, Nadia —dijo Valentina, sentándose pesadamente en el suelo y recargando la espalda contra la roca fría—. Eso es lo que más duele. No es que un extraño te robe. Es que tu hermano te apuñale por la espalda por unas monedas de oro. Caín y Abel, versión mexicana.

Esteban pasó el dedo por el dibujo.

—¿Por qué el dinosaurio le da la mano al astronauta? —preguntó.

—Porque Víctor decía que el pasado y el futuro tenían que ser amigos —respondió Valentina—. Él era el astronauta. Carranza siempre quiso ser el dinosaurio, el depredador grande y fuerte.

Se quedaron en silencio un rato. Nadia revisó el tobillo de Valentina, que estaba hinchado como un melón.

—Es un esguince —diagnosticó Nadia—. Necesitas hielo y reposo, no andar escalando volcanes.

—Necesito que mi hijo aparezca, eso es lo que necesito —replicó Valentina, haciendo una mueca de dolor cuando Nadia le apretó las agujetas de los tenis para inmovilizar el pie.

De repente, un sonido se filtró desde el exterior.

No eran sirenas. No eran gritos.

Era un zumbido. Bzzzzzzzt. Como un mosquito gigante y enojado.

—¿Qué es eso? —susurró Esteban, apagando la linterna de inmediato.

El zumbido se hizo más fuerte. Pasó justo por encima de la entrada de la cueva, se alejó y luego regresó.

—Drones —dijo Nadia, con los ojos abiertos de terror—. Tienen drones.

—Con cámaras térmicas, seguro —añadió Valentina—. Carranza no está jugando a las escondidillas. Está cazando. Si nos quedamos aquí, nos van a detectar por el calor corporal. La roca está fría, nosotros somos antorchas para esa cámara.

—Pero dijiste que este lugar era seguro —reclamó Nadia.

—Era seguro en 1992, cuando no había robots voladores —Valentina intentó levantarse, pero el tobillo le falló y soltó un gemido—. ¡Maldita sea!

—No puedes caminar, Valentina —dijo Nadia—. Si salimos, nos van a ver. Si nos quedamos, nos van a encontrar. Estamos ratones en una trampa.

Valentina cerró los ojos, buscando una salida en el laberinto de su mente. Necesitaban extracción. Necesitaban un vehículo. Pero no podían llamar a un Uber, y Sergio Mondragón estaba seguramente vigilado.

Entonces, se acordó.

—El celular —dijo Valentina—. Nadia, pásame tu celular. El mío lo apagué y le quité la batería antes de entrar al Pedregal.

Nadia se lo dio. Valentina lo encendió. Tenía 12% de batería y una rayita de señal.

—¿A quién vas a llamar? —preguntó Nadia.

—A la única familia que me queda que no está muerta o desaparecida. A mi sobrino Rogelio.

—¿Rogelio? ¿El que maneja un microbús? —Valentina había mencionado a Rogelio algunas veces, el hijo de su hermana fallecida, la oveja negra que siempre le pedía dinero prestado.

—El mismo. Es un desastre, debe hasta la risa en Coppel, pero tiene una cosa buena: conoce estas calles como la palma de su mano y odia a la policía porque le quitan la “mordida” diario. Y lo más importante: Carranza no sabe que existe.

Valentina marcó. Uno, dos, tres timbrazos.

—¿Qué transa, tía? —contestó una voz adormilada y rasposa—. ¿Sabes qué hora es? Si es para cobrarme lo de la tanda, ahorita ando bruja.

—Cállate y escucha, Rogelio —dijo Valentina con autoridad—. No es la tanda. Es vida o muerte. Necesito que vengas por mí. Ahorita.

—¡No manches, tía! Estoy jetón. Mañana tengo ruta a las 5.

—Rogelio, escúchame bien. Tengo diez mil pesos en efectivo aquí en mi bolsa. Son tuyos si llegas en quince minutos.

Hubo un silencio al otro lado. El sonido de un colchón rechinando. El dinero mueve montañas, y mueve microbuseros más rápido.

—¿Diez mil varos? —la voz de Rogelio cambió, ahora estaba despierto—. ¿En dónde estás? ¿Mataste a alguien o qué?

—Estoy en el Pedregal. Del lado de Avenida del Imán, por la planta de asfalto. Hay una reja rota cerca del paradero de los camiones. ¿Ubicas?

—Simón. Ahí tirábamos cascajo antes. Llego en diez. Pero tía… si es bronca de narcos o algo así, yo no le entro.

—Es bronca de familia, Rogelio. Solo sácanos de aquí.

Valentina colgó.

—Tenemos que movernos —dijo—. Hacia la orilla. Hacia la avenida.

—Con ese pie no vas a llegar —dijo Nadia.

—Entonces me arrastro. O me cargas. Pero no me voy a morir en esta cueva.

Salieron de la cueva bajo la lluvia. El zumbido del drone se oía lejos, hacia el sur. Tenían una ventana de oportunidad.

El trayecto hacia Avenida del Imán fue un calvario. Nadia servía de muleta humana para Valentina, mientras Esteban iba adelante, explorando. Cada paso de Valentina era una punzada de dolor agudo, pero no se quejó. Pensaba en Víctor. Si él había aguantado un derrumbe y dos años de amnesia en la sierra, ella podía aguantar un paseo por las piedras.

Llegaron a la orilla de la reserva. Una reja ciclónica oxidada y cubierta de enredaderas los separaba de la civilización. A través de los huecos, se veía la avenida solitaria, iluminada por lámparas amarillentas que parpadeaban.

—Ahí —señaló Esteban—. Hay un hoyo abajo.

Se agazaparon entre la maleza, esperando.

Cinco minutos después, vieron un par de faros acercándose. No era un coche lujoso. Era una pesera verde con gris, vieja, con luces de neón moradas debajo del chasis y una calcomanía gigante en el parabrisas que decía “EL REY DE CORAZONES”.

El microbús se detuvo frente a la reja. La puerta se abrió con un chirrido neumático.

—¡Es él! —dijo Valentina, sintiendo un alivio inmenso—. ¡Vamos!

Se arrastraron por debajo de la reja, raspándose la espalda y llenándose de lodo. Corrieron (o cojearon) hacia el microbús.

Rogelio estaba al volante. Era un hombre gordo, con camiseta de tirantes y tatuajes mal hechos en los brazos. Los miró subir con ojos desorbitados.

—¡Ay, güey! Tía, pareces Rambo después de la guerra. ¿Y estos quiénes son?

—¡Arranca, Rogelio! —gritó Valentina, cayendo en el primer asiento—. ¡Dale!

Rogelio metió primera y el microbús arrancó, tosiendo humo.

—¿A dónde los llevo? ¿Al hospital?

—No. Llévanos a la salida a Cuernavaca. O a Toluca. Lejos. Solo maneja y piérdete entre las calles.

Valentina se recargó en el asiento, cerrando los ojos. Estaban a salvo. Estaban en un vehículo anónimo, con familia. Nadia abrazaba a Esteban en el asiento trasero.

—Gracias, Rogelio —dijo Valentina, buscando en su sostén el fajo de billetes—. Eres un buen muchacho, aunque seas un vago. Aquí está tu dinero.

Sacó los billetes y se los tendió.

Rogelio no tomó el dinero. Tenía las manos apretadas en el volante. Miraba por el espejo retrovisor, nervioso. Sudaba frío, a pesar de que la ventanilla estaba abierta.

—Tía… —dijo Rogelio, con la voz quebrada—. Perdóname.

Valentina abrió los ojos. El tono de voz de su sobrino le heló la sangre más que la lluvia.

—¿Qué dices?

—Perdóname, neta. Pero me hablaron.

—¿Quién te habló?

—Unos tipos. Dijeron que sabían que te iba a llamar a mí. Dijeron que sabían de mis deudas. Que sabían dónde estudia mi hija, la Lupita.

Valentina sintió que el mundo se detenía.

—Rogelio… ¿qué hiciste?

El microbús frenó de golpe. No estaban en la salida a Cuernavaca. Rogelio se había desviado hacia una calle cerrada, una zona industrial oscura llena de bodegas vacías.

—No tuve opción, tía. Dijeron que matarían a la Lupita.

Frente al microbús, tres camionetas negras bloquearon el paso. Encendieron faros cegadores de alta intensidad.

Por atrás, otra camioneta cerró la calle.

Estaban rodeados.

—¡Bájate, Rogelio! —gritó una voz amplificada por un megáfono desde afuera—. ¡Bájate y déjalos ahí!

Rogelio abrió la puerta del conductor. Lloraba.

—Lo siento, tía. Lo siento un chingo.

Saltó del microbús y corrió hacia la oscuridad, dejando a Valentina, Nadia y Esteban atrapados en la caja de metal con luces de neón.

—¡Traidor! —gritó Nadia, golpeando el vidrio—. ¡Maldito traidor!

Esteban empezó a gritar.

Valentina no gritó. Se quedó sentada, mirando las luces cegadoras que se acercaban. Sintió una calma extraña. La calma del final. Había subestimado a Carranza. Había subestimado el alcance de su poder. Había creído que la sangre era más espesa que el miedo, pero se equivocó.

La puerta de pasajeros se abrió desde afuera.

Hombres vestidos de negro, con pasamontañas y armas largas, subieron al microbús. No eran policías. Eran profesionales. Mercenarios.

—¡Abajo! —gritó uno, apuntándole a Nadia a la cabeza—. ¡Todos abajo o los reviento aquí mismo!

Bajaron del microbús con las manos en alto. La lluvia los golpeaba. Las luces los cegaban.

De una de las camionetas, bajó un hombre. No llevaba pasamontañas. Llevaba un traje impecable, protegido por un paraguas que sostenía un guardaespaldas.

Ignacio Carranza caminó hacia ellos, sorteando los charcos con sus zapatos italianos. Se veía mayor que en la televisión, más cansado, pero con la misma mirada de depredador.

Se detuvo frente a Valentina.

—Te dije que cooperaras, Vale —dijo Carranza, negando con la cabeza como un padre decepcionado—. ¿Por qué siempre tienes que hacerlo todo tan difícil?

—¿Dónde está mi hijo? —escupió Valentina.

—Pronto lo verás. Vamos a tener una reunión familiar. Una muy privada.

Carranza hizo un gesto con la mano.

—Súbanlos. Sepárenlos. A la vieja en la camioneta 1. A la chica y al niño en la 2.

—¡No! —gritó Nadia, aferrándose a Esteban—. ¡No me separen de mi hijo!

—¡Mamá! ¡Abuela!

Los hombres los separaron a la fuerza. Valentina luchó, mordió la mano de un guardia, pateó con su pie lastimado, pero era inútil. Eran demasiado fuertes.

Vio cómo arrastraban a Nadia y a Esteban hacia una camioneta. Vio la cara de terror de su nieto, pegada al vidrio mientras cerraban la puerta.

—¡Si les tocas un pelo te mato! —gritó Valentina mientras la empujaban al interior de la otra camioneta.

Carranza se asomó antes de que cerraran la puerta.

—No les voy a hacer nada, Valentina. No soy un monstruo. Solo necesito recuperar lo que es mío. Y necesito convencer a Víctor de que vuelva a trabajar. Y no hay mejor motivación para un padre… que saber que su hijo está mirando.

La puerta se cerró de golpe. Oscuridad. El motor arrancó.

Valentina estaba sola en la parte trasera, con dos guardias armados que la miraban sin expresión. Sintió que el vehículo aceleraba.

Se llevó la mano al pecho, buscando el relicario. Se lo habían quitado. Le habían quitado el celular. Le habían quitado a su familia.

Rogelio los había vendido. Lázaro quizás estaba muerto o arrestado. Sergio Mondragón no sabía dónde estaban.

Estaban solos. Y se dirigían a la boca del lobo.

Pero mientras la camioneta avanzaba por la noche, Valentina notó algo. Uno de los guardias, el más joven, la miraba de reojo. No con odio, sino con… ¿duda?

El guardia tenía un tatuaje en el cuello. Una pequeña balanza.

Valentina cerró los ojos y se concentró. No iba a llorar. Llorar no servía de nada. Tenía que pensar. Carranza había cometido un error: los había llevado juntos (aunque en diferentes autos) al mismo lugar. Donde estuviera Víctor.

Iban a reunir a la familia. Y Carranza no sabía que reunir a los elementos de una reacción química inestable… siempre provoca una explosión.


La caravana de camionetas salió de la ciudad, tomando la carretera hacia Toluca. Pasaron la Marquesa, pasaron Lerma. Se desviaron hacia una zona boscosa, privada, llena de muros altos y cámaras de seguridad.

Era una fortaleza escondida en el bosque. “El Santuario”, le llamaba Carranza en sus círculos íntimos. Un centro de investigación privado donde la ética no existía y la ley no entraba.

Las camionetas se detuvieron en un patio interior. Bajaron a Valentina a empujones. Vio que bajaban a Nadia y a Esteban al otro lado del patio. Estaban vivos. Bien.

Los llevaron hacia un edificio de concreto gris, sin ventanas. Un búnker.

—Bienvenida a casa, Valentina —dijo Carranza, apareciendo a su lado—. O mejor dicho, a la casa de Víctor de los últimos tres años.

Entraron. Pasillos blancos, luces fluorescentes, olor a antiséptico. Parecía un hospital, pero se sentía como una prisión.

Llegaron a una puerta de acero con cerradura biométrica. Carranza puso su mano. La puerta se abrió.

—Adelante.

Valentina entró.

Era una habitación amplia, amueblada como un departamento cómodo pero artificial. Había libros, una televisión, una caminadora. Y un escritorio lleno de papeles y rocas.

Sentado en el escritorio, de espaldas a la puerta, había un hombre. Tenía el pelo canoso, largo, atado en una coleta. Estaba encorvado sobre un microscopio.

—Víctor —dijo Carranza—. Tienes visitas.

El hombre se tensó. Giró la silla lentamente.

Valentina se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.

Era él. Pero no era él.

Estaba envejecido. Tenía una cicatriz larga que le cruzaba la mejilla. Y sus ojos… sus ojos azules estaban apagados, vacíos, como si alguien hubiera apagado la luz por dentro. Estaba drogado. Sedado.

—¿Mamá? —preguntó Víctor, con voz pastosa, arrastrando las palabras—. ¿Eres tú? ¿O es otra alucinación de la medicina?

Valentina corrió hacia él y se arrodilló a sus pies, abrazando sus piernas.

—Soy yo, mi vida. Soy yo. Soy real.

Víctor levantó una mano temblorosa y le tocó el pelo.

—Mamá… estás vieja.

—Y tú estás vivo —lloró ella—. ¡Nacho, qué le has hecho!

Carranza observaba desde la puerta, impasible.

—Le he dado paz, Valentina. Le he dado un propósito. Su mente es brillante, pero frágil. Aquí lo cuidamos. Aquí él sigue creando el futuro.

En ese momento, metieron a Nadia y a Esteban en la habitación.

Víctor levantó la vista. Vio a Nadia.

Algo pasó en sus ojos. Una chispa. Un destello de reconocimiento que atravesó la niebla de los sedantes.

—¿Nadia? —su voz se hizo más firme.

Luego vio al niño. A Esteban, que lo miraba con los ojos abiertos de par en par, apretando su piedra de malaquita rota en el bolsillo.

Víctor miró al niño. Miró sus ojos. Miró su postura.

Se levantó de la silla, tambaleándose un poco, pero manteniéndose en pie.

—¿Quién… quién es él? —preguntó Víctor.

Nadia dio un paso adelante, con lágrimas en los ojos pero con la cabeza alta.

—Es Esteban, Víctor. Es tu hijo.

El silencio en la habitación fue absoluto. Carranza sonrió, una sonrisa cruel y triunfante.

—Ahí lo tienes, Víctor —dijo Carranza—. La familia completa. Ahora, escúchame bien. Tienes una nueva fecha límite para estabilizar la fórmula del Litio-7. Si trabajas bien, ellos comen bien. Si te rebelas… bueno, el bosque es muy grande y los accidentes pasan.

Carranza se dio la vuelta para salir.

—Los dejaré un momento para que se saluden. No intenten nada. Hay cámaras y micrófonos hasta en el inodoro.

La puerta de acero se cerró con un clank pesado.

Estaban encerrados. Atrapados en el corazón de la bestia.

Pero Valentina, abrazada a las piernas de su hijo drogado, sintió algo. Sintió que el cuerpo de Víctor cambiaba. La tembladera paró. Los músculos se tensaron.

Víctor miró a la puerta cerrada. Luego miró a Esteban. Y cuando volvió a mirar a Valentina, la niebla en sus ojos se había disipado. Ya no había vacío. Había furia.

Se inclinó hacia su madre y susurró, tan bajo que ni los micrófonos podrían captarlo:

—No me tomé las pastillas hoy, mamá. Las escupí.

Valentina alzó la vista, sorprendida. Víctor le guiñó el ojo.

—Llevo meses fingiendo que estoy peor de lo que estoy —susurró él—. Esperando una oportunidad. Y tú… tú me la acabas de traer.

Víctor se agachó frente a Esteban.

—Hola, hijo —dijo, con la voz clara—. ¿Te gustan las piedras?

Esteban asintió, mudo.

—Bien —dijo Víctor—. Porque vamos a usar estas piedras para derribar estos muros.

La traición de Rogelio los había metido ahí. Pero la sangre de los Solís los iba a sacar. El Búnker de Carranza acababa de encerrar a un Caballo de Troya, y ni siquiera se había dado cuenta.

CAPÍTULO 6: EL SABOTAJE DEL LITIO Y LA REBELIÓN DEL BÚNKER

El interior del búnker, o “El Santuario” como Carranza lo llamaba con sorna, era un monumento al ego y la paranoia. Construido bajo tierra en una zona boscosa cerca de La Marquesa, estaba diseñado para resistir terremotos, bombas y espionaje industrial. Pero, como todo sistema perfecto, tenía una falla: subestimaba el factor humano. Especialmente el factor de una madre mexicana enojada y un hijo que llevaba años fingiendo demencia.

La “habitación familiar” donde los habían encerrado era amplia, pero claustrofóbica. Las paredes blancas zumbaban con la electricidad de las luces LED que nunca se apagaban del todo. No había ventanas, solo ductos de ventilación que soplaban aire reciclado con olor a ozono y desinfectante.

Víctor estaba arrodillado frente a Esteban. Era la primera vez que padre e hijo se tocaban. Víctor le acarició la mejilla al niño con sus manos callosas, manos de geólogo que habían picado piedra y ahora picaban muros de prisión.

—Eres grande —susurró Víctor, con la voz quebrada—. Eres enorme.

—Me llamo Esteban —dijo el niño, tímido pero valiente—. Me dicen “El Piedras”.

Víctor sonrió, y esa sonrisa iluminó su rostro demacrado, borrando por un segundo los años de encierro.

—”El Piedras”. Me gusta. A mí me decían “El Topo” en la facultad.

Nadia se acercó y puso una mano en el hombro de Víctor. Él se levantó y la abrazó. Fue un abrazo desesperado, hambriento, un abrazo de dos náufragos que se encuentran en la misma isla desierta.

—Pensé que estabas muerto —sollozó Nadia en su pecho.

—Estaba muerto —respondió Víctor—. Hasta que llegaste tú. Y luego… luego estuve dormido. Pero ya desperté.

Valentina, siempre pragmática, vigilaba la puerta y las cámaras que parpadeaban con una luz roja en las esquinas del techo.

—A ver, Romeo y Julieta —interrumpió Valentina en voz baja—. Déjense los besos para cuando seamos libres. Ahorita tenemos que salir de este ataúd de concreto. Víctor, dijiste que no te tomaste las pastillas. ¿Qué tan lúcido estás?

Víctor se separó de Nadia y miró a su madre. Sus ojos azules estaban claros, afilados.

—Al cien por ciento, jefa. Me han estado dando haloperidol y sedantes fuertes para mantenerme dócil y confuso. Pero hace tres meses, encontré una forma de no tragarlas. Las escondo bajo la lengua y las escupo en el inodoro cuando no me ven. He estado acumulando fuerzas. Y observando.

Víctor caminó hacia su escritorio y tomó un plano geológico que parecía inofensivo.

—Carranza me necesita. Su “fórmula milagrosa” para el litio es inestable. Funciona en el papel, pero en la práctica, a escala industrial, el litio se sobrecalienta y explota. Él no sabe cómo arreglarlo. Yo sí.

—¿Y por qué no lo has arreglado? —preguntó Esteban.

—Porque mientras la fórmula falle, sigo vivo —explicó Víctor—. Si se la doy corregida, ya no me necesita. Me mata y vende la patente a los chinos o a los gringos.

—Pero ahora nos tiene a nosotros —dijo Nadia, sintiendo un escalofrío—. Si no cooperas, nos lastima.

—Exacto. Por eso cambió el juego. Ya no puedo seguir estancando el proyecto. Tengo que darle algo. O al menos, hacerle creer que le doy algo.

Víctor sacó un papel y un lápiz. Empezó a dibujar un esquema rápido.

—Escuchen bien. Este lugar tiene tres niveles. Nosotros estamos en el Nivel 3, el más profundo. Arriba están los laboratorios (Nivel 2) y en la superficie (Nivel 1) están las barracas de los guardias y la salida. Las puertas son biométricas, pero el sistema de ventilación… —Víctor señaló el techo—. El sistema de ventilación conecta todo.

—¿Vamos a gatear por los ductos como en las películas? —preguntó Esteban, emocionado.

—No, tú no cabes, y la abuela menos —dijo Víctor—. Pero el gas sí cabe.

—¿Gas? —preguntó Valentina.

—En el laboratorio del Nivel 2, hay tanques de Ácido Sulfhídrico y Cianuro. Si logro mezclar ciertos reactivos en el sistema de ventilación, puedo noquear a todo el edificio en diez minutos. No matarlos, solo dormirlos. O al menos, obligarlos a evacuar.

—Pero nosotros también nos dormiríamos —dijo Nadia.

—No si nos encerramos en el cuarto de seguridad del laboratorio. Tiene suministro de oxígeno independiente. El problema es llegar al Nivel 2.

—¿Cómo salimos de aquí? —preguntó Valentina, mirando la puerta de acero.

Víctor sonrió, una sonrisa traviesa que le recordó a Valentina al niño que robaba galletas.

—Carranza quiere una demostración, ¿no? Mañana vendrá por mí para que haga una prueba de la nueva fórmula. Le diré que necesito ayudantes. Que necesito manos pequeñas para limpiar los crisoles y manos firmes para pesar los reactivos.

—Nosotros —dijo Esteban.

—Exacto. Le diré que solo trabajaré si ustedes están conmigo en el laboratorio. Él aceptará, porque es arrogante y cree que tiene el control. Una vez arriba… empieza el show.


La noche en el búnker fue larga. Durmieron (o intentaron dormir) amontonados en el único colchón, formando una pila de cuerpos que se daban calor y valor.

A las 7:00 AM, la puerta se abrió. Entraron cuatro guardias armados y un hombre en bata blanca: el Dr. Arreola, el “celador científico” de Víctor.

—Arriba, Solís —dijo Arreola—. El jefe quiere resultados hoy.

Víctor se levantó, adoptando de nuevo su postura encorvada y su mirada perdida.

—Necesito… necesito a mi equipo —balbuceó Víctor—. La niña… la mujer… para las mezclas. El niño… para los filtros.

Arreola lo miró con desdén.

—¿Estás loco? No pueden entrar al laboratorio.

—Sin ellos… no hay fórmula —dijo Víctor, babeando un poco—. Mis manos tiemblan. Mira. —Levantó las manos, fingiendo un temblor parkinsoniano incontrolable—. No puedo… no puedo medir los isótopos así.

Arreola dudó. Sabía que Carranza estaba desesperado.

—Bien. Pero si hacen un movimiento en falso, los guardias tienen orden de disparar a las piernas.

Los sacaron de la celda y los llevaron por un elevador de carga al Nivel 2.

El laboratorio era impresionante. Mesas de acero inoxidable, campanas de extracción, brazos robóticos y filas de matraces burbujeantes. Pero también había guardias en cada esquina.

Carranza estaba ahí, observando desde una cabina de vidrio blindado en la parte superior. Su voz sonó por los altavoces.

—Adelante, Víctor. Sorpréndeme.

Víctor se acercó a la mesa principal. Nadia y Esteban se pusieron batas que les quedaban enormes. Valentina se sentó en un banco, vigilada por un guardia, fingiendo estar exhausta.

—Nadia, pásame el Cloruro de Litio —ordenó Víctor en voz alta.

Empezaron a trabajar. Para los guardias y para Carranza, parecía una rutina científica aburrida. Pero Víctor les susurraba instrucciones entre dientes.

Esteban, ¿ves ese frasco rojo allá al fondo? Cuando yo te diga, tíralo al suelo. Que se rompa.

Nadia, abre la válvula de gas del mechero Bunsen, pero no lo prendas todavía.

Víctor mezclaba químicos. Sus movimientos eran precisos. Estaba fabricando algo, pero no era estabilizador de litio. Estaba creando una bomba de humo químico. Una reacción exotérmica violenta con magnesio y azufre.

—Listo —dijo Víctor en voz alta, levantando un matraz con un líquido azul brillante—. La fase uno está completa. Ahora necesitamos calentarlo a 400 grados.

Carranza, desde su pecera, sonrió.

—Excelente. Procede.

Víctor miró a Esteban.

Ahora, hijo.

Esteban fingió tropezar. Corrió hacia el estante del fondo y “sin querer” empujó el frasco rojo.

CRASH.

El frasco se rompió. Un líquido ámbar se derramó, soltando un olor picante inmediato.

—¡Niño estúpido! —gritó Arreola, corriendo hacia él.

—¡Cuidado! —gritó Víctor—. ¡Es reactivo al aire!

En ese momento, Víctor vertió el líquido azul sobre el derrame del piso y Nadia abrió el gas a todo lo que daba.

¡BOOM!

No fue una explosión de fuego, fue una explosión de niebla. Una nube blanca, densa y expansiva llenó el laboratorio en segundos. Era humo de magnesio, cegador y sofocante.

—¡Alarma! ¡Alarma! —gritaban los guardias.

El caos se desató. Los guardias dispararon al azar, pero no veían nada.

—¡Al suelo! —gritó Víctor, agarrando a Nadia y a Esteban.

Gatearon bajo el humo. Víctor conocía el laboratorio de memoria, incluso a ciegas. Llegaron a donde estaba Valentina. Víctor le dio un golpe seco en la garganta al guardia que la vigilaba, quien se dobló tosiendo y cayó inconsciente por el humo.

—¡Vamos! —Víctor levantó a su madre.

Corrieron hacia la puerta de emergencia del fondo, no la salida principal, sino la que llevaba al cuarto de residuos peligrosos.

Víctor tecleó un código en el panel: 140280 (su fecha de nacimiento). La puerta se abrió.

Entraron y la cerraron justo cuando las balas empezaban a repiquetear contra el metal.

Estaban en un pasillo de servicio estrecho.

—El sistema de ventilación —jadeó Víctor—. Hay una escotilla aquí.

Abrió una rejilla en la pared.

—Por aquí llegamos al cuarto de control de aire. Si logro invertir los ventiladores, puedo mandar este humo a la cabina de Carranza y a las barracas.

Víctor ayudó a Esteban a subir al ducto. Luego a Nadia.

—Mamá, tú no vas a poder subir —dijo Víctor, mirando el ducto alto.

—Vete tú, hijo —dijo Valentina—. Yo los distraigo aquí. Tengo un bisturí que le robé a la mesa.

—¡Ni madres! —Víctor miró a su alrededor. Vio un carrito de transporte de cilindros de gas—. Súbete ahí.

Subió a Valentina al carrito y la empujó por el pasillo hasta un montacargas de servicio.

—Nos vemos arriba. Nadia, Esteban, sigan el ducto hasta ver una luz roja. Ahí espérenme. Yo subo con mamá por el montacargas.

Se separaron.

Víctor y Valentina subieron en el montacargas viejo y ruidoso. Víctor sacó un encendedor de su bolsillo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Valentina.

—Voy a quemar el reino de Carranza.

El montacargas se detuvo en el Nivel 1. La puerta se abrió. Estaban en la cocina de la instalación.

Estaba vacía. Los cocineros habían huido al oír la alarma.

Víctor agarró botellas de aceite y alcohol de cocina. Hizo molotovs improvisadas con trapos.

—Mamá, quédate aquí detrás de la estufa industrial.

Víctor salió al pasillo principal. Los guardias corrían hacia el elevador, bajando al laboratorio. Nadie esperaba que el problema subiera.

Víctor lanzó las molotovs. Una, dos, tres. El pasillo se llenó de fuego, bloqueando el acceso de los guardias a la salida.

Regresó a la cocina.

—¡Víctor! —Nadia y Esteban cayeron de una rejilla en el techo, tosiendo y cubiertos de hollín.

—¡Lo logramos! —dijo Esteban—. Le moví a la palanca que decía “Inversión de Flujo”.

—¡Eso es mi hijo! —Víctor lo abrazó—. Ahora todo el humo de abajo se está yendo al cuarto de Carranza. Debe estar ahogándose como una rata.

—Tenemos que salir —dijo Nadia—. La salida está por el lobby, pero está lleno de fuego.

—Hay otra salida —dijo Víctor—. El garaje privado de Carranza. Está detrás de esa puerta.

Corrieron hacia una puerta blindada. Estaba cerrada.

—Necesitamos una huella digital —dijo Víctor, frustrado—. La mía no sirve, me quitaron los accesos.

De repente, la puerta se abrió desde el otro lado.

Ahí parado, con una pistola en la mano, estaba el guardia joven. El del tatuaje de la balanza en el cuello.

Víctor se puso delante de su familia, listo para recibir la bala.

El guardia los miró. Miró el fuego que avanzaba por el pasillo. Miró a Esteban.

Bajó el arma.

—Váyanse —dijo el guardia—. Rápido. Tienen dos minutos antes de que lleguen los refuerzos externos.

—¿Por qué? —preguntó Valentina.

El guardia se tocó el tatuaje.

—Mi hermano murió en la mina La Prieta hace tres años. En el mismo derrumbe donde usted “murió”, Ingeniero Solís. Carranza nos dijo que fue un error humano. Que mi hermano tuvo la culpa. Pero yo siempre sospeché.

El guardia les lanzó unas llaves.

—Es la camioneta blindada del jefe. Una Suburban negra. Está cargada de gasolina. ¡Lárguense!

—Gracias, hijo —dijo Valentina, tocándole el brazo al pasar.

Corrieron al garaje. Ahí estaba la bestia negra de Carranza. Subieron. Víctor al volante.

Arrancó el motor V8.

—Sujétense —dijo Víctor—. Vamos a abrir nuestra propia puerta.

Aceleró a fondo. La camioneta embistió el portón del garaje. El metal crujió, se dobló y cedió ante las tres toneladas de acero blindado.

Salieron disparados hacia la luz del día. El bosque los recibió.

Manejaron por el camino de tierra, rebotando en los baches. Detrás de ellos, una columna de humo negro salía de las ventilas del búnker oculto.

—¡Lo logramos! —gritó Esteban.

Pero la celebración duró poco.

Por el espejo retrovisor, vieron luces. Dos camionetas más los perseguían. Y un helicóptero apareció sobre las copas de los árboles.

—Carranza tiene un helicóptero —maldijo Víctor—. No vamos a poder dejarlos atrás en carretera.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Nadia.

—Vamos a donde no pueden seguirnos —dijo Víctor, girando el volante bruscamente hacia un camino secundario que se adentraba en la espesura—. Vamos a la Mina del Diablo.

—¿Estás loco? —gritó Valentina—. ¡Esa mina está clausurada desde los 80! ¡Se está cayendo a pedazos!

—Exacto —dijo Víctor—. Yo sé cómo entrar y salir. Ellos no. Si entran, la montaña se los traga.

La persecución se volvió una carrera contra la muerte en el lodo. Las balas del helicóptero golpeaban el techo blindado de la Suburban (ding, ding, ding).

Llegaron a la entrada de la vieja mina. Una boca oscura en la ladera del cerro.

Víctor no frenó. Encendió las luces altas y metió la camioneta en la oscuridad del túnel.

—¡Agárrense fuerte!

La oscuridad los tragó.


Dentro de la mina, el mundo era polvo y eco. Víctor conducía con una habilidad sobrenatural, esquivando vigas caídas y rocas gigantes.

—¡Víctor, se acaba el camino! —gritó Nadia, viendo un abismo al frente.

—No se acaba, baja —dijo Víctor.

Giró a la derecha en el último segundo, tomando una rampa de caracol que descendía a las profundidades.

Las camionetas de los perseguidores no tuvieron tanta suerte. La primera, cegada por el polvo, no vio la curva. Siguió derecho. Sus faros iluminaron el vacío un segundo antes de caer al precipicio. El estruendo del choque resonó en las paredes de roca.

La segunda camioneta frenó, pero no se atrevió a seguir.

El helicóptero no podía entrar.

Estaban solos en la oscuridad, kilómetros adentro de la tierra.

Víctor detuvo la camioneta en una galería amplia. Apagó el motor.

El silencio volvió.

—Estamos a salvo —dijo Víctor, recargando la frente en el volante. Respiraba agitado, temblando por la adrenalina que bajaba.

Valentina, desde el asiento de atrás, estiró la mano y le acarició el pelo.

—Manejaste como tu padre cuando se le hacía tarde para el fútbol.

Todos se rieron. Una risa nerviosa, histérica, pero liberadora.

Esteban miró por la ventana.

—Papá… mira.

En las paredes de la cueva, iluminadas por los faros tenues de la camioneta, algo brillaba.

Eran cristales. Cristales gigantes de selenita. Estaban en una geoda natural enorme.

—Es hermoso —susurró Nadia.

—Es nuestra casa por ahora —dijo Víctor—. Conozco una salida por el otro lado, que da a un pueblo cerca de Chalma. Pero tenemos que esperar a que anochezca otra vez.

Víctor se giró para ver a su familia.

—Perdónenme. Perdónenme por todo esto.

—Cállate, Víctor —dijo Valentina—. No pidas perdón. Pide justicia. Y eso es lo que vamos a conseguir.

—Tengo la fórmula —dijo Víctor, tocándose la cabeza—. La verdadera. La que funciona. Y tengo algo más.

—¿Qué? —preguntó Nadia.

—Antes de salir del laboratorio, me robé el disco duro principal de Carranza.

Víctor sacó de su bata un disco duro externo negro.

—Aquí están las cuentas bancarias, los sobornos a los políticos, los registros de mi secuestro. Todo.

Valentina sonrió en la oscuridad. Una sonrisa de tiburón.

—Entonces no solo vamos a escapar, hijo. Vamos a hundirlo. Vamos a hacer que desee haberse quedado enterrado en esa mina.

Descansaron unas horas. Comieron unas barras de energía que encontraron en la guantera de la camioneta.

Al caer la noche, salieron por la boca sur de la mina.

El aire fresco olía a pino y libertad.

Estaban sucios, heridos, cansados y perseguidos por el hombre más poderoso de la minería. Pero tenían la verdad en un disco duro y la fuerza de una familia que había regresado de la muerte.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Esteban.

—A la televisión —dijo Valentina—. Vamos a darle a México el show que se merece. Vamos a interrumpir la mañanera si es necesario. Pero todo el mundo va a saber quién es Ignacio Carranza.

Subieron a la camioneta y tomaron la carretera hacia la Ciudad de México. La batalla final no sería con balas, sería con la verdad. Y Valentina Solís estaba lista para dar el golpe de gracia.

CAPÍTULO 7: EL JUICIO MEDIÁTICO Y LA CAÍDA DEL ÍDOLO

El amanecer los sorprendió bajando por la carretera de La Marquesa, esa serpiente de asfalto rodeada de pinos y neblina que conecta el Estado de México con la capital. La camioneta Suburban blindada, que alguna vez fue el orgullo de Ignacio Carranza, ahora parecía un tanque de guerra que regresaba del frente: abollada, cubierta de lodo de mina, con un espejo lateral colgando de un cable y el parabrisas estrellado en una esquina por una bala que no logró penetrar el cristal reforzado.

Adentro, el silencio era denso, cargado de una electricidad estática mezcla de agotamiento y terror. Víctor manejaba con los nudillos blancos sobre el volante de piel, sus ojos fijos en el camino, escaneando cada curva, cada patrulla, cada sombra.

—Ya casi llegamos —dijo Víctor, su voz ronca rompiendo el silencio—. Ahí está la ciudad.

Abajo, en el valle, la Ciudad de México se despertaba. Una alfombra gris y ocre que se extendía hasta el infinito, cubierta por la eterna boina de smog que, curiosamente, a Víctor le pareció el paisaje más hermoso del mundo. Era su hogar. El lugar que le habían robado hace quince años.

Valentina iba en el asiento del copiloto, con el rifle de asalto que habían encontrado en la cajuela apoyado entre las piernas. No sabía usarlo, pero la imagen de la abuela armada era suficiente para mantener la moral alta.

—¿Cuál es el plan, hijo? —preguntó ella—. No podemos llegar a tu casa. No podemos ir con Sergio. Nos van a cazar antes de que pasemos Santa Fe.

Víctor miró el reloj del tablero. Eran las 6:45 AM.

—A esta hora, medio México está despertando. Las señoras prenden la tele para ver las noticias mientras hacen el desayuno. Los taxistas escuchan el radio. Es la hora pico de la información.

—¿Y?

—Y nosotros tenemos la exclusiva del siglo.

Víctor señaló con la cabeza hacia el asiento trasero, donde Nadia intentaba limpiar la cara de Esteban con una toallita húmeda que encontró en la guantera. Junto a ellos, conectado a la consola central de la camioneta, estaba el disco duro negro. La caja de Pandora.

—No vamos a la policía, mamá. La policía es empleada de Carranza. Vamos a donde no pueden callarnos. Vamos a “Despierta México”.

Valentina abrió los ojos como platos.

—¿Al noticiero de Alejandro Silva? ¿A la Torre de Televisión en Periférico?

—Exacto. Silva es sensacionalista, le encanta el drama, pero tiene algo que nos sirve: transmite en vivo y tiene un ego más grande que el de Carranza. Si le llevamos una historia que le garantice el Premio Nacional de Periodismo, nos pondrá al aire antes de que Carranza pueda hacer una llamada.

—Es una locura —dijo Nadia desde atrás—. Esa torre es una fortaleza. Hay seguridad privada, plumas, detectores de metal. No nos van a dejar entrar así, parecemos indigentes armados.

Víctor sonrió, y por un momento, Valentina vio al joven intrépido que se iba de mochilazo a la selva sin mapa.

—No vamos a pedir permiso, Nadia. Traemos tres toneladas de acero blindado y la verdad de nuestro lado. Vamos a entrar hasta la cocina.


El tráfico en Constituyentes estaba a vuelta de rueda. Era esa hora maldita en la que todos los chilangos intentan llegar a sus trabajos al mismo tiempo. La Suburban negra, con sus vidrios polarizados y luces estroboscópicas (que Víctor descubrió cómo activar), se abría paso como un tiburón en un banco de sardinas. Los coches se apartaban, pensando que era algún político o un narco importante. La ironía no se le escapó a Valentina.

—Prende la tele —dijo Víctor.

Valentina presionó el botón de la pantalla multimedia de la camioneta. Sintonizaron el canal de noticias.

Ahí estaba. Alejandro Silva, con su traje impecable, su peinado perfecto y esa voz de barítono que inspiraba confianza a las abuelas y deseo a las solteras.

—…y en otras noticias, el Ingeniero Ignacio Carranza, Director del Instituto Nacional de Geología, presentará hoy al mediodía los avances de su revolucionario proyecto “Litio Verde”. Se espera que anuncie una inversión histórica extranjera…

—Míralo —gruñó Víctor—. Sigue vendiendo mi trabajo. Sigue vendiendo humo.

—Disfrútalo mientras puedas, Nacho —murmuró Valentina—. Porque te vamos a tirar el teatro.

De repente, el teléfono de la camioneta sonó. El sistema Bluetooth interrumpió el audio de la tele.

LLAMADA ENTRANTE: DESCONOCIDO.

Víctor y Valentina se miraron.

—Contesta —dijo Valentina—. Que sepa que venimos.

Víctor presionó el botón del volante.

—¿Bueno?

Víctor, Víctor, Víctor… —la voz de Carranza llenó la cabina. Sonaba tranquila, casi divertida, pero con ese trasfondo metálico de la psicopatía—. Me decepcionas. Pensé que eras más inteligente. Escaparte de la mina fue un buen truco, lo admito. Pero, ¿a dónde crees que vas?

—Voy a tu funeral, Nacho —respondió Víctor con frialdad—. O al menos, al funeral de tu carrera.

Por favor. No seas melodramático. Tengo bloqueadas las salidas de la ciudad. El aeropuerto, las centrales de autobuses. Mis amigos de la Guardia Nacional tienen tu descripción: “Terrorista peligroso, armado, secuestró a una familia”. Tienen orden de tirar a matar, Víctor.

Nadia soltó un grito ahogado y abrazó a Esteban.

Entrégame el disco duro —continuó Carranza—. Y te dejaré ir. Te daré dinero. Pasaportes. Podrás irte con tu enfermera y tu bastardo a donde quieras. Pero si intentas entrar a la ciudad… te juro que los van a acribillar en pleno Periférico.

Víctor miró por el retrovisor. A lo lejos, dos patrullas de la policía estatal encendieron sus torretas y empezaron a zigzaguear entre el tráfico, acercándose.

—Guárdate tus amenazas, Nacho. Y prende la tele. No te vas a querer perder el show.

Víctor colgó.

—¡Nos vienen siguiendo! —gritó Esteban, mirando hacia atrás—. ¡Son dos patrullas!

—Sujétense —dijo Víctor—. Vamos a ver qué tan blindada está esta madre.

Víctor pisó el acelerador a fondo. El motor V8 rugió. La Suburban embistió a un Tsuru que estorbaba (lo empujó suavemente, lo suficiente para pasar) y se lanzó al carril confinado del Metrobús.

Las patrullas aceleraron detrás de ellos. Las sirenas aullaban.

—¡Atención unidad negra! —se oyó por un altavoz—. ¡Deténgase o abrimos fuego!

—¡No paren! —gritó Valentina—. ¡Sigue, Víctor!

Una bala impactó en la puerta trasera. CLANG. Esteban gritó.

—¡Abajo! —Nadia empujó al niño al suelo de la camioneta y se cubrió con su cuerpo.

Víctor manejaba con una precisión quirúrgica, esquivando autobuses y peatones que saltaban aterrorizados. Estaban en Periférico Sur. La torre de la televisora se veía a lo lejos, un monolito de cristal reflejando el sol.

—¡Ahí está! —señaló Valentina.

Pero la entrada estaba bloqueada. Tres patrullas más estaban cruzadas en la lateral, formando una barricada. Policías con armas largas apuntaban hacia ellos.

—Están bloqueando la entrada —dijo Nadia, llorando—. Nos van a matar aquí.

Víctor no desaceleró. Al contrario.

—Mamá, ¿confías en mí?

—Siempre, hijo.

—Agárrense fuerte. Vamos a entrar por la puerta VIP.

Víctor giró el volante bruscamente a la izquierda. La camioneta saltó el camellón, destrozando las jardineras, y cruzó los carriles centrales de Periférico en sentido contrario. Los cláxones de los coches sonaron como una sinfonía de pánico.

La camioneta se dirigió directamente hacia la barda perimetral de la televisora, una sección de rejas decorativas y vidrio grueso.

—¡Víctor, no! —gritó Nadia.

—¡Sí! —gritó Esteban, contagiado por la locura del momento.

¡CRAAAAASH!

La Suburban impactó la barda a ochenta kilómetros por hora. El metal chilló, el cristal estalló en mil pedazos, los airbags se desplegaron golpeándoles la cara con fuerza bruta.

La camioneta se detuvo en medio del jardín principal de la televisora, humeando, con el frente destrozado pero el habitáculo intacto.

Estaban adentro.

—¡Afuera! ¡Todos afuera! —gritó Víctor, cortando el cinturón de seguridad con una navaja que traía en el bolsillo.

Salieron de la camioneta aturdidos. Valentina tenía sangre en la nariz por el golpe del airbag. Víctor cojeaba. Nadia cargaba a Esteban.

Un escuadrón de seguridad privada de la televisora corrió hacia ellos, desenfundando armas.

—¡Alto! ¡Al suelo! —gritaban.

Valentina, con el pelo gris revuelto y la cara ensangrentada, levantó las manos. Pero en una mano no tenía un arma. Tenía el disco duro.

—¡Soy Valentina Solís! —gritó con una voz que resonó en todo el patio—. ¡Traigo la prueba de que Ignacio Carranza es un asesino! ¡Quiero ver a Alejandro Silva! ¡Ahora!

Los guardias dudaron. No todos los días una anciana estrella una camioneta blindada en su jardín y exige ver al conductor estelar.

—¡Señora, al suelo! —insistió el jefe de seguridad.

En ese momento, las puertas de cristal del lobby se abrieron.

Alejandro Silva salió, rodeado de su equipo de producción y maquillistas. Habían escuchado el estruendo. Las cámaras que transmitían el clima en el jardín se giraron instintivamente hacia el caos.

—¡Corten! ¡Corten! —gritaba un productor.

—¡No corten! —gritó Víctor—. ¡Sigan grabando!

Víctor avanzó hacia Alejandro Silva. Se veía terrible: sucio, con la cicatriz en la cara, la ropa de prisionero del búnker. Parecía un loco.

Pero Alejandro Silva era un periodista de instinto. Vio los ojos de Víctor. Vio la camioneta destrozada. Vio las patrullas que intentaban entrar por el hueco de la barda.

—¿Quién eres? —preguntó Silva, haciendo una seña a sus camarógrafos para que siguieran grabando.

—Soy el hombre muerto —dijo Víctor—. Soy Víctor Solís. El verdadero creador del Litio Verde. Y vengo a recuperar mi nombre.

El jefe de seguridad intentó tacklear a Víctor.

—¡Déjalo! —ordenó Silva—. ¡Que nadie lo toque!

Silva se acercó, micrófono en mano. Estaban en vivo. Millones de personas en sus casas acababan de ver cómo una camioneta irrumpía en el set del jardín. El rating se disparó verticalmente.

—¿Víctor Solís? —dijo Silva a la cámara, improvisando—. Damas y caballeros, esto no estaba planeado. Un hombre que se presume muerto desde hace quince años acaba de… entrar en nuestras instalaciones.

Silva le puso el micrófono a Víctor.

—Tienes la atención de México, Víctor. Habla.

Víctor tomó el micrófono. Le temblaba la mano, pero no la voz.

—Mi nombre es Víctor Solís. Hace quince años, descubrí un método para extraer litio sin dañar la tierra. Mi socio, Ignacio Carranza, intentó matarme en la mina La Prieta para robarme la patente. Sobreviví, pero perdí la memoria. Durante tres años he estado secuestrado en un búnker privado, obligado a trabajar para él.

Un murmullo recorrió a los presentes. Las redes sociales empezaron a arder. #VictorSolis #CarranzaAsesino #DespiertaMexico.

—¡Miente! —gritó una voz desde la entrada.

La policía había logrado entrar. Un comandante, claramente nervioso (y probablemente en la nómina de Carranza), apuntó su arma a Víctor.

—¡Detengan la transmisión! ¡Ese hombre es un terrorista buscado!

—¡Nadie corta nada! —rugió Valentina, poniéndose frente a su hijo—. ¡Si quieren disparar, dispárenle a una abuela en televisión nacional! ¡Ándenle, cobardes!

La cámara hizo un zoom a la cara de Valentina. La imagen de la anciana digna, ensangrentada, defendiendo a su hijo, se convirtió instantáneamente en la imagen del año.

Nadia dio un paso al frente y conectó el disco duro a una de las laptops de la producción que estaba en una mesa cercana.

—¡Proyecten esto! —gritó Nadia—. ¡Si es un terrorista, que se vea!

El productor miró a Silva. Silva asintió.

—¡Ponlo en la pantalla gigante! —ordenó Silva.

En la pantalla gigante del estudio, que se veía detrás de ellos, apareció la imagen del escritorio de la laptop. Nadia abrió la carpeta “EVIDENCIA_FINAL”.

Video 1. Víctor en la cabaña, hace diez años.
“Si ven esto, Carranza intentó matarme…”

Documento 2. Transferencias bancarias.
“Cuenta en Islas Caimán a nombre de Ignacio Carranza. Depósitos de ‘La Hermandad’.”

Documento 3. La bitácora del búnker.
“Paciente: Sujeto V. Estado: Sedado. Producción de fórmulas: Constante.”

El silencio en el set se rompió. Los teléfonos de los periodistas empezaron a sonar como locos. La verdad se derramaba sobre el país como ácido.

Alejandro Silva miraba la pantalla, pálido. Se volvió hacia la cámara.

—Señor Carranza… si nos está viendo… creo que tiene mucho que explicar.


A diez kilómetros de ahí, en su oficina de Santa Fe, Ignacio Carranza miraba la televisión gigante de su despacho. Tenía una copa de cognac en la mano, aunque eran las siete de la mañana.

Vio los documentos. Vio las caras de sus socios políticos expuestas. Vio el video de Víctor.

Su imperio, construido sobre mentiras y cadáveres, se desmoronaba en tiempo real, en alta definición.

El teléfono rojo de su escritorio sonó. Era el Secretario de Gobernación.

Carranza no contestó.

Lanzó la copa contra la pantalla, rompiéndola.

—Maldita vieja —susurró—. Maldito geólogo de mierda.

Fue hacia su caja fuerte. Sacó un pasaporte falso y un fajo de dólares. Tenía un helicóptero en la azotea. Todavía podía huir. Todavía podía llegar a Belice.

Corrió hacia el elevador privado.

Pero cuando las puertas se abrieron en el helipuerto, no encontró a su piloto.

Encontró a Sergio Mondragón.

El viejo abogado estaba sentado en una silla plegable, fumando un puro, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Detrás de él, dos agentes de la Fiscalía General de la República (de los pocos honestos que quedaban, amigos de Sergio) esperaban con esposas.

—¿A dónde vas tan rápido, Nacho? —preguntó Sergio, soltando el humo—. El show apenas empieza.

—¡Quítate, viejo gordo! —gritó Carranza, sacando una pistola de su saco.

Pero antes de que pudiera levantarla, se oyó un disparo. BANG.

Carranza gritó y soltó el arma. Se agarró la mano, sangrando.

Desde las escaleras de emergencia, apareció Rogelio, el sobrino microbusero de Valentina. Tenía una pistola vieja en la mano, temblando, pero con la mirada firme.

—Nadie amenaza a mi tía y se sale con la suya —dijo Rogelio—. Y nadie amenaza a mi hija.

Carranza cayó de rodillas. Los agentes se abalanzaron sobre él, esposándolo.

—¡Saben quién soy! —gritaba Carranza mientras lo sometían—. ¡Soy un héroe nacional! ¡Yo les di el litio!

—Tú eres un ladrón de poca monta con un traje caro —dijo Sergio, acercándose y quitándole el pasaporte falso—. Y vas a pasar el resto de tu vida picando piedra en Almoloya. A ver si ahí encuentras litio.


De vuelta en la televisora, la situación se había calmado, o al menos, la violencia había cesado. La policía corrupta se había retirado al ver que el viento político cambiaba de dirección. Ahora, la Guardia Nacional (la verdadera) rodeaba el edificio para proteger a los testigos.

Víctor, Valentina, Nadia y Esteban estaban sentados en un sofá del set, siendo entrevistados por Alejandro Silva.

—Víctor —dijo Silva, con un tono mucho más respetuoso—. Todo México se pregunta… ¿cómo sobreviviste? ¿Qué te mantuvo cuerdo en ese búnker?

Víctor miró a su madre, que le sostenía la mano. Miró a Nadia, que le sonriía con lágrimas en los ojos. Y miró a Esteban, que jugaba con el trozo de malaquita en su regazo.

—No fueron las piedras —dijo Víctor a la cámara—. Fue la promesa. La promesa de que algún día volvería a comer el pastel de elote de mi mamá. Y la esperanza de conocer al hijo que no sabía que tenía.

La cámara hizo un close-up a la cara de Esteban.

—¿Y tú, Esteban? —preguntó Silva—. ¿Qué se siente recuperar a tu papá?

El niño pensó un momento. Miró a Víctor, sucio, herido, pero ahí, real, sólido.

—Se siente… —dijo Esteban—. Se siente como encontrar una geoda. Por fuera parece una piedra fea y rota. Pero por dentro… por dentro tiene cristales que brillan.

Valentina se echó a reír, una risa que rompió la tensión y contagió a todo el estudio.

—Ese es mi nieto —dijo ella—. Geólogo y poeta.

La transmisión terminó entre aplausos del equipo técnico.

Cuando las luces se apagaron, Valentina se dejó caer en el respaldo del sofá. Le dolía todo el cuerpo. El tobillo, la nariz, el alma. Pero se sentía ligera.

Sergio Mondragón entró al set, caminando con bastón pero con paso firme.

—Ya está —dijo Sergio—. Carranza está detenido. La Fiscalía ya aseguró el búnker y los laboratorios. Rogelio está declarando, pero le van a dar trato de testigo protegido por ayudar en la captura. Todo acabó, Vale.

Valentina miró a su familia. Víctor abrazaba a Esteban. Nadia le besaba la frente a Víctor.

—No, Sergio —dijo Valentina, cerrando los ojos con una sonrisa—. No acabó. Apenas empieza. Ahora tenemos que recuperar quince años de cumpleaños perdidos.

Se levantó con dificultad y caminó hacia la salida.

—¿A dónde vas, abuela? —preguntó Esteban.

—A casa, mijo. A poner a remojar los frijoles. Que hoy comemos en familia.

Salieron de la televisora hacia el sol del mediodía. La pesadilla había terminado. El ídolo había caído. Y los Solís, rotos pero unidos, caminaban hacia el futuro, dejando atrás las sombras del pasado y las piedras del camino.

CAPÍTULO 8: EL JARDÍN DE LAS PIEDRAS (EPÍLOGO)

Había pasado un año.

En el calendario, un año son trescientos sesenta y cinco días. Pero para la familia Solís, ese año había durado una década. Había sido un año de abogados, de juicios interminables que se transmitían por televisión, de médicos, de terapias, y de aprender a respirar de nuevo sin sentir que el aire estaba envenenado.

Estamos en Coyoacán, pero no en la vieja casona llena de grietas que Valentina tuvo que vender. Gracias a la compensación millonaria que el Estado y las empresas privadas tuvieron que pagar por el robo de la patente del litio, la familia había comprado una casa amplia en la calle Francisco Sosa. Una casa antigua, de muros gruesos de piedra volcánica y un jardín inmenso lleno de buganvilias, helechos y, por supuesto, rocas.

Era domingo. El sol de mediodía caía a plomo sobre el jardín, filtrándose entre las hojas de los árboles de aguacate. Olía a tierra mojada, a carbón encendido y a chiles en nogada.

Valentina estaba en la cocina, supervisando la operación. A sus setenta y tres años, se movía un poco más lento, el bastón de madera de cedro era ahora su compañero inseparable, pero su voz de mando seguía intacta.

—¡Nadia, esa nuez de castilla no se va a pelar sola! —gritó Valentina con cariño, agitando una cuchara de palo—. Y dile a Rogelio que deje de comerse la granada o lo voy a dejar sin postre.

Nadia se rió. Ya no tenía ojeras. Había terminado su especialidad en Enfermería Geriátrica y ahora dirigía una pequeña clínica comunitaria financiada por la Fundación Víctor Solís. Llevaba el pelo suelto, brillante, y un vestido ligero de verano.

—Ya voy, Valentina. Rogelio dice que está “catando la calidad del producto”.

Rogelio, el sobrino microbusero que los había traicionado y luego salvado, había sido perdonado. No fue fácil. Hubo gritos, hubo llanto, y hubo un mes entero en el que Valentina no le dirigió la palabra. Pero la sangre es la sangre, y Rogelio había testificado contra Carranza con una valentía que le costó su ruta de microbuses (quemada por matones antes de que cayeran). Ahora, Rogelio era el chofer y jefe de seguridad de la familia, y conducía una camioneta híbrida con la prudencia de una monja.

—¡Ya está el carbón! —gritó una voz desde el jardín.

Era Víctor.

Valentina se asomó por la ventana. Ver a su hijo ahí, de pie junto al asador, con un mandil que decía “El Rey del Litio” (regalo de broma de Sergio Mondragón), todavía le provocaba un vuelco en el corazón. Víctor había cambiado. Su pelo estaba completamente blanco, aunque apenas rozaba los cuarenta y cinco años. La cicatriz en su mejilla se había desvanecido un poco, convirtiéndose en una línea fina que le daba un aire de pirata intelectual.

Pero lo más importante eran sus ojos. Ya no estaban vacíos. Tenían sombras, sí. Tenían momentos de pánico cuando oía un ruido fuerte o cuando se sentía encerrado en un baño pequeño. Pero estaban vivos.

Junto a él estaba Esteban, que había pegado el estirón. A los once años, ya le llegaba al hombro a su madre. Llevaba unos lentes de armazón grueso (herencia de la miopía de los Solís) y sostenía unas pinzas para la carne con la seriedad de un cirujano.

—Papá, la arrachera ya está en su punto. Tres cuartos, como le gusta al Tío Sergio.

—Sácala, hijo. Y pon las cebollitas.

La escena era tan normal, tan dolorosamente cotidiana, que Valentina tuvo que secarse una lágrima furtiva con el delantal. Habían recuperado lo que Carranza les robó: no el dinero, no la fama, sino los domingos.


La comida fue un banquete ruidoso en el jardín.

Sergio Mondragón estaba ahí, ocupando dos sillas con su inmensa humanidad, contando anécdotas de sus tiempos de fiscal mientras devoraba tacos de chicharrón. También estaba el Profesor Lázaro, que había sido reinstalado con honores en la UNAM y ahora, a sus ochenta años, seguía dando cátedra y coqueteando inútilmente con Valentina.

—Entonces el juez le dice a Carranza: “¿Tiene algo que declarar antes de la sentencia?”. Y el muy cínico se ajusta la corbata y dice: “La historia me absolverá”. —Sergio soltó una carcajada que espantó a los pájaros—. ¡Pobre diablo! Le dieron cuarenta años por secuestro, fraude, intento de homicidio y daño a la nación. Va a salir con los pies por delante.

La mesa se quedó en silencio un momento. El nombre de Carranza todavía traía una sombra fría, incluso bajo el sol.

Víctor dejó su taco en el plato. Sus manos temblaron levemente. Esteban, que estaba sentado a su lado, lo notó. Por debajo de la mesa, el niño le puso la mano en la rodilla a su padre y le apretó suavemente.

—Respira, papá —susurró Esteban.

Víctor cerró los ojos, inhaló el olor a humo y especias, y asintió.

—Estoy bien —dijo Víctor, tomando un trago de agua de jamaica—. Estoy aquí.

—Estás aquí y ganaste —dijo Lázaro, levantando su copa de tequila—. Por cierto, Víctor, mañana es la ceremonia en la Facultad. ¿Estás listo?

Víctor dudó.

—No sé, Lázaro. No me gustan las multitudes. Me siento… expuesto.

—Tienes que ir, hijo —intervino Valentina—. No por vanidad. Sino para cerrar el ciclo. Ese auditorio lleva tu nombre ahora. Tienes que ir a reclamar tu sitio.

Víctor miró a Nadia. Ella le sonrió y le guiñó un ojo.

—Yo voy contigo. Y Esteban también. Y si te sientes mal, salimos corriendo. Ya tenemos práctica escapando.

Todos rieron. La risa era su mejor medicina.


La tarde cayó suavemente, pintando el cielo de Coyoacán de tonos violetas y naranjas. Mientras los adultos recogían la mesa y preparaban el café de olla para la sobremesa, Víctor llamó a Esteban.

—Hijo, ven. Quiero enseñarte algo.

Caminaron hacia el fondo del jardín, donde Víctor había construido un pequeño taller. Era su refugio. Ahí no había tecnología de punta, ni fórmulas secretas, ni seguridad biométrica. Solo había mesas de madera, martillos, cinceles y piedras. Muchas piedras.

El “Jardín de las Piedras”, le llamaban.

Víctor abrió la puerta y encendió una luz cálida. Las repisas estaban llenas de minerales etiquetados con la caligrafía perfecta de Esteban.

—Siéntate —dijo Víctor.

Esteban se sentó en un banco alto. Víctor se recargó en la mesa de trabajo y sacó una caja de madera vieja, tallada a mano.

—¿Qué es eso? —preguntó Esteban.

—Esta caja —dijo Víctor, pasando la mano por la madera gastada—, me la dio tu abuelo Nicolás cuando yo tenía tu edad. Adentro guardaba mis canicas, mis estampas de luchadores y mis secretos.

Víctor abrió la caja. Adentro, sobre un cojín de terciopelo azul descolorido, había una sola piedra.

No era una piedra preciosa. No era un diamante ni un rubí. Era una piedra gris, rugosa, del tamaño de un puño, con vetas de un metal plateado que brillaba tímidamente.

Esteban la miró con ojo crítico de geólogo en entrenamiento.

—Es… ¿plata nativa? —preguntó, ajustándose los lentes—. En matriz de calcita.

—Cerca —sonrió Víctor—. Es plata, sí. Pero viene de la mina de Real del Monte. Me la dio mi padre. Me dijo: “Víctor, esta piedra es como tú. Por fuera parece dura, gris, común. Pero si rascas un poquito, si tienes paciencia, encuentras la plata pura. La nobleza”.

Víctor tomó la piedra y la puso en las manos de Esteban.

—Cuando estuve en el búnker… cuando me inyectaban cosas para que olvidara mi nombre… yo me aferraba a esta piedra en mi memoria. Pensaba en su textura. En su peso. Y eso me recordaba quién era. Me recordaba que, aunque por fuera estaba roto, por dentro seguía siendo plata.

Esteban apretó la piedra.

—Tú me salvaste, Esteban —dijo Víctor, y su voz se quebró—. Tú y tu mamá y la abuela. Pero fuiste tú, con tu colección de piedras y tu curiosidad, el que me trajo de vuelta. Si no hubieras encontrado esa malaquita… yo seguiría siendo un fantasma.

—Tú eres mi héroe, papá —dijo Esteban, con los ojos llenos de lágrimas—. Más que Iron Man. Porque Iron Man es un dibujo, y tú eres de verdad.

Víctor abrazó a su hijo. Fue un abrazo largo, silencioso, donde se dijeron todo lo que las palabras no alcanzan a cubrir.

—Esta piedra es tuya ahora —dijo Víctor, separándose—. Es la primera piedra de tu propia colección de “cosas importantes”.

Esteban miró la piedra como si fuera el Tesoro de Moctezuma.

—Gracias, papá. La voy a poner junto a la malaquita.

—Oye… —dijo Víctor, cambiando de tono—. ¿Te acuerdas de la geoda gigante que vimos en la Mina del Diablo?

—¡Sí! ¡Estaba increíble!

—Bueno… estuve hablando con Lázaro. La UNAM compró los terrenos alrededor de la mina vieja. Vamos a convertirla en un santuario geológico. Un museo natural. Y necesito un asistente para catalogar esa cueva. ¿Te interesa el trabajo? Paga poco, pero incluye sándwiches y refrescos.

Los ojos de Esteban brillaron más que la plata.

—¡Sí! ¡¿Cuándo empezamos?!

—El próximo fin de semana. Pero no le digas a tu abuela que vamos a entrar a una mina o le da el infarto. Le diremos que vamos a la biblioteca.

—Trato hecho —dijo Esteban, chocando la mano con su padre.


Al día siguiente, el Auditorio Principal de la Facultad de Ingeniería de la UNAM estaba a reventar. Había estudiantes sentados en los pasillos, profesores eméritos en las primeras filas, y cámaras de televisión al fondo.

Cuando anunciaron su nombre, Víctor sintió que las piernas se le doblaban. El pánico, ese viejo amigo, le susurró al oído: “Corre. Escóndete. No estás seguro”.

Pero entonces sintió una mano en su brazo derecho. Nadia. Y otra mano en su brazo izquierdo. Valentina.

—Ándale, mijo —susurró Valentina—. Endereza la espalda. Eres un Solís. Y los Solís no se agachan ante nadie.

Víctor respiró hondo. Caminó hacia el estrado. El aplauso fue ensordecedor. No era un aplauso de cortesía. Era una ovación de pie, un reconocimiento a la supervivencia, a la justicia.

Víctor se paró frente al micrófono. Miró a la multitud. Vio rostros jóvenes, llenos de esperanza. Vio a sus viejos maestros. Vio a Sergio Mondragón llorando abiertamente en la tercera fila.

Y vio a Esteban, en primera fila, levantando el pulgar.

—Buenas tardes —dijo Víctor. Su voz resonó clara y fuerte—. Durante mucho tiempo, fui un hombre sin nombre. Fui un número en un experimento. Fui una víctima. Pero hoy… hoy solo soy un geólogo que ama las piedras.

Víctor sacó de su bolsillo el trozo de malaquita que Esteban le había dado.

—Esta piedra —dijo, mostrándola al público— tiene una fractura. Está rota. Pero es precisamente en esa fractura donde se ven los cristales más hermosos. La geología nos enseña que la presión, el calor y el tiempo pueden rompernos… o pueden transformarnos en algo precioso.

Hizo una pausa.

—A los jóvenes que están aquí estudiando, les digo: la ciencia no es solo fórmulas y patentes. La ciencia es verdad. Y la verdad, como el agua, siempre encuentra su camino a la superficie, por más rocas que le pongan encima. Defiendan su verdad. Defiendan su trabajo. Y nunca, nunca dejen que nadie les diga que no valen nada.

El auditorio estalló en aplausos otra vez.

Desde el palco de honor, Valentina miraba a su hijo. Sentía una paz profunda, una calma que no había sentido en quince años. Nicolás, donde quiera que estuviera, debía estar sonriendo con esa sonrisa ladeada suya.

—Lo hicimos, viejo —murmuró Valentina, mirando al techo—. Lo trajimos a casa.


Esa noche, de regreso en la casa de Coyoacán, Valentina salió al jardín. La noche estaba fresca. Se sentó en su mecedora, cubierta con un rebozo.

El cielo de la ciudad estaba inusualmente despejado. Se podían ver algunas estrellas, luchando contra la contaminación lumínica.

Víctor salió con dos tazas de chocolate caliente.

—Ten, mamá. Para el frío.

—Gracias, hijo.

Se quedaron en silencio, mirando el jardín iluminado por la luna. Las piedras que Víctor y Esteban habían colocado formando senderos brillaban pálidamente.

—¿Eres feliz, Víctor? —preguntó Valentina de repente.

Víctor tomó un sorbo de chocolate. Pensó la respuesta.

—Feliz… es una palabra grande, mamá. Tengo días malos. Días en los que sueño que sigo en el búnker. Pero luego despierto y veo a Nadia dormida a mi lado. Oigo a Esteban preparándose para la escuela. Huelo tu café.

Víctor miró a su madre.

—No sé si soy feliz todo el tiempo. Pero soy libre. Y tengo paz. Y creo que eso es suficiente.

Valentina asintió, satisfecha.

—La paz es buena. La paz es el cimiento. Sobre eso se construye la felicidad.

De repente, una estrella fugaz cruzó el cielo. Rápida, brillante, efímera.

—¡Pide un deseo! —dijo Víctor, con voz infantil.

Valentina sonrió.

—Ya no necesito pedir deseos, mijo. Ya se me cumplieron todos.

Se mecieron suavemente en la oscuridad, madre e hijo, sobrevivientes de una guerra silenciosa. En la casa, las luces se iban apagando una a una. Esteban dormía soñando con minas de cristal. Nadia leía un libro en la sala.

Y en el jardín, las piedras, testigos mudos de la historia de la tierra y de la familia Solís, descansaban bajo el sereno, guardando el secreto de que, a veces, los corazones más duros son los que esconden los tesoros más grandes.

La vida seguía. Y era buena.

FIN

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