
CAPÍTULO 1: El Peso del Silencio en Las Lomas
Antonio Ayala no era un hombre que hubiera nacido con hielo en las venas; el frío se le había metido en el alma poco a poco, como la humedad en una casa abandonada. En los círculos de la alta sociedad de la Ciudad de México, Antonio era una leyenda viviente. “El Rey del Cobre”, lo llamaban en las revistas de negocios como Expansión o Forbes México. Había comenzado desde abajo, hijo de un capataz en una mina olvidada de Zacatecas, con las manos manchadas de tierra y el estómago vacío. Ahora, cuarenta años después, sus manos solo tocaban plumas Montblanc y copas de cristal de Baccarat, y su estómago solo conocía los cortes finos y el whisky de etiqueta azul.
Pero el poder tiene un precio, y Antonio lo había pagado con su humanidad. Aprendió que en el mundo de los negocios, la compasión es una debilidad que los competidores huelen como tiburones a la sangre. Aprendió a firmar despidos masivos sin que le temblara el pulso, a desplazar ejidos enteros para abrir nuevas vetas de mineral y a comprar conciencias con la misma facilidad con la que compraba trajes italianos a medida.
Su refugio, o más bien su fortaleza, era una mansión brutalista en Las Lomas de Chapultepec, la zona más exclusiva de la capital. Era una estructura imponente de concreto, vidrio y acero, rodeada de muros altos coronados con cercas eléctricas y cámaras de seguridad que parpadeaban como ojos rojos en la oscuridad. Adentro, la casa era un museo: pisos de mármol de Carrara que resonaban con el eco de los pasos, obras de arte contemporáneo que nadie entendía pero que costaban millones, y un silencio sepulcral que pesaba más que el concreto.
El personal doméstico se movía por la casa como sombras. Sabían las reglas: no hacer ruido, no mirar al patrón a los ojos, y sobre todo, no interrumpir. El orden de Antonio Ayala era sagrado. Nada debía salir de su lugar.
Nada, excepto Naomi.
Naomi era la mancha en el expediente impecable de Antonio. No era hija de su matrimonio, ni parte de su plan maestro. Era un “desliz”, como él lo llamaba en la privacidad de su mente. Fruto de una relación fugaz con una mujer de su pasado, una maestra rural de ojos tristes que había muerto de una enfermedad rápida y cruel. Cuando la madre de Naomi falleció, no hubo escenas de telenovela, ni promesas en el lecho de muerte. Solo hubo abogados, papeles y una obligación legal que Antonio no pudo esquivar sin manchar su reputación.
—Tráiganla —había ordenado Antonio a su chofer, como si pidiera que recogieran un paquete en la aduana.
El día que Naomi llegó a la mansión, tenía siete años. Llevaba un vestido de algodón barato y una maleta de cartón que contenía toda su vida. Se paró en el vestíbulo monumental, pequeña y asustada, mirando hacia arriba, hacia el techo de doble altura donde colgaba un candelabro que brillaba más que todas las estrellas de su pueblo.
Antonio bajó las escaleras ajustándose los gemelos de la camisa. Se detuvo a tres escalones del final y la miró. No hubo abrazo. No hubo un “¿Cómo estás, hija?”. Solo hubo una inspección fría, como quien revisa un caballo antes de comprarlo.
—Llévenla al cuarto azul, el del fondo del pasillo este —le dijo al ama de llaves, Doña Lupe—. Y cómprenle ropa decente. Que no parezca una pordiosera. Tenemos una cena con los inversionistas japoneses el jueves.
Y se fue.
Desde ese momento, Naomi entendió su lugar. Ella no era una hija; era un inquilino incómodo. Tenía la mejor ropa que el dinero podía comprar, asistía al Colegio Americano, comía tres veces al día platos que nunca había imaginado, pero vivía en un exilio emocional absoluto.
Doña Lupe, la cocinera, era la única que le ofrecía algo parecido al calor humano. Lupe era una mujer robusta, de Oaxaca, que olía a mole y a jabón zote. Ella veía lo que el patrón se negaba a ver: la tristeza infinita en los ojos de la niña.
—Venga, mi niña, siéntese aquí en la cocina —le decía Lupe cuando Antonio no estaba—. Le hice un chocolatito caliente y un pan de elote, ándele, para que agarre color.
Naomi pasaba las tardes en la cocina, haciendo la tarea en la mesa de madera mientras Lupe picaba cebolla. Ahí, entre el vapor de las ollas y el sonido de la radio tocando rancheras, Naomi se sentía casi normal. Pero en cuanto escuchaba el motor del Mercedes Benz de su padre entrando por el portón principal, su cuerpo se tensaba. Corría a su habitación, cerraba la puerta y se volvía invisible.
Aprendió a ser un fantasma en su propia casa. Aprendió que si no hacía ruido, si sacaba dieces en la escuela y si se mantenía fuera del camino, Antonio la toleraba. La tolerancia era lo más cercano al amor que Naomi conocía.
—Buenas noches, señor —le decía si se lo cruzaba en el pasillo.
—Buenas noches —respondía él, sin levantar la vista de su celular.
Esa era toda su relación.
Pero el equilibrio precario de su vida se rompió dos años después con la llegada de Gloria.
Gloria no era como las mujeres con las que Antonio solía salir. No era una modelo joven buscando fama, ni una heredera aburrida. Gloria era una depredadora social. Venía de una familia de “rancio abolengo” que había perdido su fortuna en las crisis económicas de los 80, y estaba decidida a recuperar su estatus a cualquier costo. Era hermosa de una manera afilada: rubia, delgada, siempre impecable, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes y nunca llegaba a sus ojos azules.
Se casó con Antonio no por amor, sino por la seguridad del imperio Ayala. Y Antonio se casó con ella porque necesitaba una esposa trofeo que supiera organizar galas benéficas y sonreír en las fotos de la revista Hola!.
Desde el primer día, Gloria olió la vulnerabilidad de Naomi como un lobo huele a una presa herida. Para Gloria, Naomi no era una niña; era un cabo suelto. Era la prueba viviente de que Antonio tenía un pasado vulgar, un recordatorio constante de que no todo en la vida de su esposo era perfecto. Y lo peor de todo: Naomi era una heredera potencial.
La guerra de Gloria fue sutil, psicológica, diseñada para no dejar moretones pero sí cicatrices profundas.
—Ay, Toño —decía Gloria durante la cena, moviendo su copa de vino con elegancia—, ¿no crees que Naomi debería ir a un internado? En Suiza hay unos maravillosos. Digo, para que aprenda modales que… bueno, que claramente no trae de nacimiento.
Naomi, sentada al otro extremo de la mesa larga, bajaba la cabeza y clavaba la vista en su plato, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos pero negándose a dejarlas caer.
—Está bien aquí, Gloria —respondía Antonio, no por defender a Naomi, sino porque le daba flojera hacer los trámites del internado—. No molestes.
—No es molestia, cariño —insistía ella con voz dulce—. Es solo que… a veces me preocupa que su presencia confunda a nuestros invitados. Ya sabes cómo es la gente de chismosa. No queremos que piensen que recogiste a una huerfanita de la calle.
Esas palabras, “huerfanita de la calle”, se clavaron en el pecho de Naomi.
La crueldad de Gloria escaló con los meses. “Accidentalmente” olvidaba invitar a Naomi a los eventos familiares. Compraba ropa maravillosa para ella misma, pero a Naomi le traía cosas grises, dos tallas más grandes, “para que le duren, ya ves que crece como hierba mala”. Si Naomi entraba a la sala cuando Gloria estaba con sus amigas, la madrastra chasqueaba los dedos.
—Niña, ve a la cocina. Estamos hablando cosas de adultos. Y dile a Lupe que traiga más café. Ándale.
La trataba como a una sirvienta glorificada, y Antonio, ciego por su propia ambición y ocupado en cerrar el trato minero más grande de la década con los canadienses, no veía nada. O peor aún, elegía no ver. La paz en su casa valía más que la dignidad de su hija bastarda.
Pero el verdadero infierno comenzó tres años después, cuando nació Esteban.
El día que nació Esteban, el “Junior”, el heredero varón, la mansión Ayala se transformó. Hubo flores por todos lados, regalos de políticos y empresarios, fotógrafos en el jardín. Antonio Ayala, el hombre de hielo, lloró. Naomi lo vio desde la barandilla de la escalera. Vio a su padre cargar al bebé envuelto en mantas de seda azul con una ternura que ella jamás había recibido. Lo vio besar la frente del niño y susurrarle promesas de imperios y legados.
Naomi sintió que su corazón se rompía en mil pedazos silenciosos. No eran celos de hermana; era la confirmación brutal de que ella era prescindible. Esteban era el sol; ella era la sombra. Esteban era el hijo; ella era “el error”.
A medida que Esteban crecía, la marginación de Naomi se volvió absoluta. En las fotos de Navidad, Gloria colocaba a Naomi en el extremo, casi fuera del encuadre, o le pedía que tomara la foto “porque tú tienes buen ojo, querida”. En los cumpleaños de Esteban, contrataban ferias enteras, ponis y magos; en el cumpleaños de Naomi, Doña Lupe le hacía un pastel en la cocina a escondidas y le regalaba un par de calcetines.
Gloria comenzó a trabajar en la mente de Antonio con la paciencia de una gota de agua que perfora la roca.
—Antonio, tienes que pensar en el futuro —le decía por las noches, mientras él revisaba contratos en la cama—. Esteban es tu legado. Todo esto —señalaba la habitación lujosa— será de él. Pero las leyes en México son complicadas. Si algo te pasa… esa niña podría pelear la herencia. Podría quitarle a nuestro hijo lo que le corresponde por derecho.
—No digas tonterías, Gloria —refunfuñaba Antonio—. Naomi sabe su lugar.
—Ahora sí. ¿Pero cuando crezca? ¿Cuando algún abogado listillo se le acerque y le diga que tiene derecho a la mitad de tu fortuna? Es hija de una… bueno, ya sabes. Esa gente es ambiciosa, Antonio. Llevan el hambre en la sangre.
Antonio dejaba de leer. La duda se plantaba en su mente. Miraba a Naomi, que ahora tenía diez años, y ya no veía a una niña callada. Veía una amenaza. Veía una demanda legal. Veía un riesgo financiero.
Naomi, por su parte, se había vuelto una observadora experta. Los niños ignorados aprenden a escuchar, a leer el ambiente, a predecir tormentas. Sabía que Gloria la odiaba. Sabía que su padre la toleraba cada vez menos.
Una tarde de septiembre, cuando la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión, Naomi bajó a la biblioteca a buscar un libro. La puerta estaba entreabierta. Escuchó la voz de Gloria, no la voz dulce que usaba en público, sino su voz real: fría, calculadora, venenosa.
—Ya no la soporto, Antonio. Me pone nerviosa. Se la pasa mirándonos con esos ojos de vaca a medio morir. Y el otro día la encontré cerca de la cuna de Esteban. ¿Quién te dice que no le haga algo? Los celos son peligrosos.
—Gloria, por favor… —la voz de Antonio sonaba cansada, no enojada.
—No, Antonio, escúchame. Tienes que hacer algo. Esa niña es un lastre. No encaja en nuestra vida, no encaja en la imagen de la familia. Los socios preguntan quién es. Es vergonzoso tener que explicar cada vez que es tu… tu caridad. Necesitamos una solución definitiva.
Hubo un silencio largo. Naomi contuvo la respiración, pegada a la pared de caoba, sintiendo cómo el frío del suelo subía por sus piernas.
—Estoy cerrando el trato de la Mina El Suspiro en la Sierra Madre —dijo Antonio finalmente, su voz baja y reflexiva—. Es una zona remota. Peligrosa. Accidentada.
—Perfecto —susurró Gloria. La palabra flotó en el aire como una sentencia de muerte—. A veces los niños se pierden, Toño. Especialmente en lugares desconocidos. Es una tragedia, claro. Pero las tragedias pasan. Y luego… la vida sigue. Mejor y más tranquila.
Naomi se tapó la boca con ambas manos para ahogar un sollozo. Su mente infantil no quería procesar lo que acababa de escuchar. ¿Estaban hablando de matarla? No, su papá no. Su papá era frío, sí, pero no era un monstruo. ¿O sí?
Corrió a su cuarto, se metió debajo de las cobijas y abrazó sus rodillas. Hunter, el perro callejero que ella había adoptado y que vivía en el jardín trasero (porque Gloria no permitía “bestias” dentro de la casa), ladró a lo lejos, como si supiera que el peligro se acercaba.
Dos días después, Antonio anunció el viaje durante el desayuno.
—Prepara tus cosas, Naomi —dijo, sin levantar la vista de su plato de chilaquiles—. Vamos a ir a la sierra. Tengo que supervisar unos terrenos nuevos y pensé que te gustaría conocer el campo. Aire fresco.
El corazón de Naomi se detuvo un segundo y luego comenzó a latir desbocado. Era la primera vez en su vida que su padre la invitaba a algo. Una parte de ella, la parte lógica que había escuchado la conversación en la biblioteca, gritaba: “¡No vayas! ¡Es una trampa!”. Pero la otra parte, la parte de la niña pequeña que desesperadamente anhelaba que su padre la quisiera, pensó: “Tal vez escuché mal. Tal vez quiere arreglar las cosas. Tal vez quiere pasar tiempo conmigo”.
—¿Solo tú y yo? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Sí. Y llevaremos al perro ese tuyo, el sarnoso. Para que corra —añadió Antonio.
Gloria sonrió desde el otro lado de la mesa. Fue una sonrisa triunfal, la sonrisa del gato que ve al ratón entrar voluntariamente en la trampa.
—Qué buen padre eres, cariño —dijo Gloria, tomando un sorbo de jugo de naranja—. Que se diviertan mucho. Y Naomi… despídete bien de Esteban.
Naomi subió a empacar. No tenía mucho. Metió dos cambios de ropa, una bufanda que Doña Lupe le había tejido, la foto arrugada de su mamá que guardaba bajo el colchón y un pedazo de pan dulce que había escondido de la cena anterior. Bajó al jardín y buscó a Hunter. El perro, un mestizo de color café con manchas negras y ojos inteligentes, movió la cola al verla.
—Vamos a ir de paseo, Hunter —le susurró Naomi, acariciando sus orejas—. Con papá. Dice que va a ser divertido.
Pero Hunter no parecía emocionado. Gimió bajo y se pegó a sus piernas, nervioso. Los animales saben.
Cuando subieron a la camioneta blindada, una Chevrolet Suburban negra con vidrios polarizados, Naomi miró hacia atrás, hacia la mansión. Vio a Gloria en la ventana del segundo piso, sosteniendo a Esteban en brazos. Gloria levantó la mano y agitó los dedos en un gesto de despedida que parecía más una burla.
Antonio arrancó el motor. No puso música. El silencio llenó la cabina, denso y asfixiante. Salieron de la ciudad, dejando atrás el tráfico, el ruido y los rascacielos, adentrándose en las carreteras que llevaban hacia el norte, hacia las montañas, hacia donde la civilización terminaba y la ley de la selva comenzaba.
Naomi miró a su padre de reojo. Tenía el rostro tenso, la mandíbula apretada.
—Papá… —se atrevió a decir después de dos horas de camino.
—Cállate, Naomi. Tengo que concentrarme —ladró él.
Ella se encogió en el asiento, abrazando a Hunter. Se dijo a sí misma que todo estaría bien. Que eran imaginaciones suyas. Que su padre la quería, a su manera extraña y fría, pero la quería. Al fin y al cabo, eran sangre de la misma sangre. Un padre no puede borrar a su hija.
Lo que Naomi no sabía, mientras la camioneta devoraba kilómetros de asfalto y subía hacia las nubes grises de la Sierra Madre, era que Antonio Ayala ya la había borrado en su corazón mucho antes de salir de casa. Para él, ella ya no era una niña en el asiento del copiloto. Era un error contable que estaba a punto de ser corregido. Un archivo que iba a ser eliminado permanentemente.
El viaje hacia la nada había comenzado.
CAPÍTULO 2: La Carretera hacia el Olvido
La Chevrolet Suburban negra blindada cortaba el aire de la autopista como un tiburón nadando en aguas turbias. Adentro, el silencio era tan denso que casi se podía masticar. El aire acondicionado estaba encendido a una temperatura gélida, artificial, que contrastaba con el calor seco y polvoriento que comenzaba a dominar el paisaje exterior a medida que se alejaban de la Ciudad de México y entraban en el Estado de México, y luego hacia el norte, hacia la inmensidad desolada de la Sierra.
Naomi iba sentada en el asiento trasero, abrazada a su mochila como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta. Hunter, su perro mestizo, estaba a sus pies, sobre la alfombra costosa del vehículo. El animal no dormía; tenía las orejas erguidas y los ojos abiertos, fijos en la nuca de Antonio, respirando con una ansiedad que Naomi podía sentir vibrar contra sus piernas.
Antonio Ayala conducía con las manos firmes sobre el volante forrado en cuero. No miraba por el retrovisor. No quería ver los ojos de la niña. Se concentraba en la carretera, en las líneas blancas que pasaban hipnóticamente, una tras otra, marcando la distancia entre su vida perfecta y el “problema” que llevaba atrás.
Para Antonio, este viaje no era un crimen. Era una “gestión de crisis”. En su mente de empresario, había racionalizado la situación hasta despojarla de toda culpa. Se decía a sí mismo que Naomi era fuerte, que tenía “sangre de pueblo”, la sangre de su madre. La gente de la sierra sobrevive, pensaba. Están hechos de otra madera. Si la dejo cerca de algún pueblo, alguien la encontrará. Se convertirá en sirvienta, o se casará con algún ranchero. Tendrá una vida sencilla, la vida que le corresponde. Le estoy haciendo un favor al sacarla de un mundo donde nunca encajará.
Era una mentira piadosa, un bálsamo para su conciencia, pero Antonio se la repetía una y otra vez como un mantra mientras el velocímetro marcaba 140 kilómetros por hora.
—¿Tienes hambre? —preguntó Antonio de repente, rompiendo el silencio de dos horas. Su voz sonó extraña, ronca.
Naomi saltó en su asiento por la sorpresa.
—No, papá. Estoy bien —respondió ella rápidamente, queriendo ser la niña buena, la niña que no da problemas—. Traje un pan.
Antonio asintió y volvió al silencio. No le ofreció detenerse. No quería prolongar esto más de lo necesario.
El paisaje comenzó a cambiar. Los campos de cultivo y las fábricas grises de la periferia industrial dieron paso a colinas áridas, cubiertas de cactus y matorrales espinosos. Luego, la carretera comenzó a subir. El motor de la camioneta rugió con fuerza al enfrentar la pendiente. Los pinos empezaron a aparecer, primero escasos y raquíticos, luego altos y oscuros, formando muros verdes a ambos lados del camino.
Estaban entrando en la Sierra Madre. Un lugar de belleza salvaje y peligros antiguos. Aquí, la señal del celular desaparecía y la ley de los hombres se volvía borrosa. Era tierra de nadie. Tierra de barrancas profundas donde se podían esconder secretos para siempre.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Naomi, su voz temblando ligeramente por el cambio de presión en sus oídos.
Antonio dudó un momento.
—A un mirador —mintió—. Hay unos terrenos que quiero comprar para una nueva mina. Quiero que veas la vista. Es… impresionante.
Naomi intentó sonreír. Quería creerle. Quería creer que su padre la estaba incluyendo en sus negocios, que la estaba tratando como a una heredera. Acarició la cabeza de Hunter.
—¿Oíste eso, Hunter? Vamos a ver la vista.
El perro soltó un gemido bajo, un sonido que erizó la piel de los brazos de Naomi.
Antonio giró el volante bruscamente hacia la derecha, sacando la camioneta de la carretera asfaltada para entrar en un camino de terracería. Las llantas crujieron sobre la grava y las piedras sueltas. El vehículo se sacudió violentamente.
—Agárrate —ordenó Antonio.
El camino era estrecho, apenas lo suficiente para un vehículo. De un lado, la pared de roca de la montaña; del otro, un precipicio que caía cientos de metros hacia un valle cubierto de niebla. Naomi miró hacia abajo y sintió vértigo. Estaban muy alto. Demasiado alto. El aire afuera debía estar helado.
Condujeron por el camino de tierra durante cuarenta minutos interminables. No había casas. No había postes de luz. Solo naturaleza brutal e indiferente. Naomi sintió que el estómago se le hacía un nudo. Una sensación de irrealidad se apoderó de ella. Esto no es un paseo, le susurró su instinto. Esto es un viaje de ida.
Finalmente, la camioneta llegó a un claro. Era una especie de meseta rocosa, azotada por el viento, donde el camino terminaba abruptamente. Más allá, solo había picos de montañas que se extendían hasta el horizonte como dientes de un gigante dormido.
Antonio apagó el motor.
El silencio que siguió fue absoluto. No se oían pájaros, solo el silbido del viento entre las rocas y el sonido del motor enfriándose, haciendo tick-tick-tick.
—Llegamos —dijo Antonio. No se quitó el cinturón de seguridad.
Naomi miró a su alrededor a través de la ventana polarizada. El lugar era hermoso de una manera aterradora. Gris, verde y frío.
—Bájate —dijo Antonio—. Quiero ver cómo está el terreno por allá. Baja al perro también. Que corra.
Naomi abrió la puerta. El frío la golpeó como una bofetada física. El aire era delgado y cortante, oliendo a resina de pino y tierra mojada. Se bajó de la camioneta, abrazándose a sí misma. Llevaba solo una chamarra ligera de mezclilla sobre su vestido. No era ropa para la alta montaña.
Hunter saltó tras ella, pero no corrió. Se quedó pegado a su pierna, con el pelo del lomo erizado, gruñendo suavemente hacia la nada.
—Es bonito, papá —dijo Naomi, girándose hacia la camioneta, esperando que su padre bajara con ella.
Pero Antonio no bajó.
A través del parabrisas, Naomi vio los ojos de su padre. Estaban fijos en ella, pero no tenían expresión. Eran dos pozos oscuros, vacíos. Antonio tenía las manos apretadas sobre el volante, los nudillos blancos como el hueso.
—Camina hacia la orilla —le gritó él desde adentro, con la ventanilla apenas bajada unos centímetros—. Ve a ver el barranco. Voy a… voy a buscar una cosa en la cajuela.
Naomi dudó. El miedo, frío y líquido, comenzó a llenarle las venas.
—¿Vienes conmigo? —preguntó, su voz apenas un susurro que el viento se llevó.
—Ve —ordenó él. Fue una orden seca, militar.
Naomi dio un paso atrás, asustada por el tono. Se giró lentamente y caminó unos metros hacia el borde del claro, con Hunter pegado a su talón. Miró hacia la inmensidad de la sierra. Era un abismo verde y azul. Se sintió pequeña, insignificante, una hormiga frente al universo.
Entonces escuchó el sonido.
El sonido inconfundible del motor V8 de la Suburban rugiendo al encenderse de nuevo.
Naomi se giró de golpe, el corazón golpeándole las costillas como un martillo.
Antonio no había ido a la cajuela. Antonio había puesto la camioneta en reversa. Las llantas traseras escupieron piedras y polvo mientras el vehículo giraba bruscamente en el espacio reducido del claro.
—¡Papá! —gritó Naomi. La palabra salió desgarrada, llena de incredulidad.
Corrió.
Corrió hacia la camioneta con una desesperación que nunca había sentido. Sus botas resbalaron en la grava suelta. Cayó de rodillas, raspándose la piel, sangrando, pero se levantó al instante, ignorando el dolor.
—¡Papá, espera! ¡No me dejes! ¡Papá!
La camioneta ya estaba encarando el camino de salida. Antonio no miró. No podía mirar. Pisó el acelerador a fondo. El vehículo pesado se lanzó hacia adelante, levantando una cortina de polvo gris que envolvió a Naomi, cegándola, llenándole la boca de tierra y sabor a pánico.
Hunter ladraba frenéticamente, corriendo al lado de la camioneta, intentando morder las llantas gigantes que giraban a toda velocidad.
—¡Hunter, no! —gritó Naomi, aterrorizada de que atropellaran al único ser vivo que la amaba.
El perro, más rápido que ella, persiguió el vehículo unos cien metros, pero la máquina era más fuerte. La Suburban se alejó, rebotando en los baches, sus luces traseras rojas brillando como ojos demoníacos a través de la nube de polvo.
Naomi corrió hasta que sus pulmones ardieron y sus piernas fallaron. Se detuvo en medio del camino, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente, las lágrimas mezclándose con la tierra en su cara.
Vio cómo la camioneta se hacía pequeña. Vio cómo tomaba la curva. Vio cómo desaparecía detrás de los pinos.
Y luego, el sonido del motor se desvaneció.
Se quedó sola.
El silencio regresó, pero ahora era diferente. Ya no era paz; era una sentencia. Era el silencio de un cementerio.
—¿Papá? —susurró al vacío.
Esperó. Una parte infantil y rota de su cerebro esperaba que fuera una broma cruel, una lección. Esperaba ver las luces de reversa. Esperaba que él volviera, bajara el vidrio y le dijera: “Sube, tonta, te asustaste, ¿verdad?”.
Pasó un minuto.
Pasaron cinco.
Pasaron diez.
El viento comenzó a aullar más fuerte, anunciando la llegada de la tarde y con ella, la caída mortal de la temperatura.
Naomi se dejó caer al suelo, sobre las piedras frías. No lloró inmediatamente. Estaba en estado de shock. Su mente no podía procesar la magnitud de la traición. Su padre, el hombre que le había dado la vida, acababa de condenarla a muerte. La había desechado como se tira una envoltura de dulce por la ventana.
Hunter se acercó a ella. El perro también estaba jadeando, con la lengua fuera, pero ya no ladraba. Entendía lo que había pasado. Los perros entienden el abandono mejor que los humanos. Se acercó a Naomi y le lamió la mano raspada y sangrante.
Ese contacto húmedo y cálido rompió el dique.
Naomi gritó. Fue un grito que nació en el estómago y desgarró su garganta, un grito de dolor puro, de terror absoluto, de orfandad total.
—¡PAPÁAAAA! ¡POR FAVOR! ¡NO ME DEJES AQUÍ! ¡TENGO MIEDO!
Su voz rebotó en las paredes de roca del cañón, devolviéndole su propio eco distorsionado, burlón. Miedo… miedo… miedo…
Nadie la escuchó. Solo los zopilotes que comenzaban a volar en círculos muy arriba, en el cielo gris, puntos negros pacientes que sabían que la noche en la sierra no perdonaba a las niñas solas.
Mientras tanto, en la camioneta, a diez kilómetros de distancia, Antonio Ayala conducía con las manos temblando incontrolablemente. Tuvo que orillarse un momento porque la visión se le nubló.
Respiraba con dificultad, como si hubiera corrido un maratón. Se miró en el espejo retrovisor. Esperaba ver un monstruo, pero solo vio su propio rostro: pálido, sudoroso, envejecido, pero el mismo de siempre.
—Tenía que hacerlo —dijo en voz alta, para llenar el silencio acusador del auto—. Era ella o nosotros. Era ella o Esteban.
Se imaginó a Gloria esperándolo en casa, con una copa de vino y una sonrisa de alivio. Se imaginó la vida tranquila que vendría después. Sin explicaciones incómodas, sin la mirada triste de Naomi persiguiéndolo por los pasillos.
—Va a estar bien —mintió de nuevo—. Alguien la encontrará. Es lista.
Encendió la radio para no escuchar sus propios pensamientos. Una canción de banda sonó a todo volumen, alegre y vulgar. Antonio metió primera y aceleró. No miró atrás ni una sola vez más.
La noche cayó sobre la montaña como una manta de plomo.
Naomi había dejado de gritar. Estaba acurrucada contra una roca grande, intentando protegerse del viento que ahora cortaba como cuchillos. Sus dientes castañeteaban con un ritmo violento que le dolía en la mandíbula.
Hunter estaba enrollado alrededor de ella, compartiendo cada gramo de su calor corporal. Si no fuera por el perro, Naomi ya habría entrado en hipotermia.
La oscuridad en la ciudad nunca es total; siempre hay farolas, luces de edificios, el resplandor del cielo. Pero la oscuridad en la Sierra Madre era absoluta, primitiva. Era una boca negra que se tragaba todo.
Y con la oscuridad, llegaron los ruidos.
Crujidos de ramas. Piedras que rodaban. Aullidos lejanos que no eran de perros, sino de coyotes. Naomi apretó los ojos, visualizando su habitación en la mansión, su cama suave, la luz que entraba por el pasillo. Intentó convocar esos recuerdos para calentarse, pero se le escapaban.
De repente, una verdad cristalina se instaló en su mente, reemplazando el miedo con algo más frío y duro.
Se dio cuenta de que no había sido un error. No se habían olvidado de ella.
La habían borrado.
Su padre había calculado esto. Había conducido horas, había buscado este lugar específico, había esperado el momento.
La tristeza profunda comenzó a mutar. En el fondo de su corazón congelado, una pequeña brasa de ira se encendió. Era diminuta, frágil, pero ardía.
—No me voy a morir —susurró Naomi con los labios azules, hablando contra el pelaje de Hunter—. ¿Me oyes, Hunter? No nos vamos a morir. No le voy a dar ese gusto.
Abrió su mochila con los dedos entumecidos. Sacó la foto de su madre. En la oscuridad apenas podía verla, pero sabía de memoria cómo era.
—Mamá, ayúdame —rezó—. No me dejes sola tú también.
Sacó el pedazo de pan dulce. Estaba duro y frío. Lo partió en dos. Le dio el pedazo más grande a Hunter.
—Come, chico. Necesitamos fuerza.
Comieron en silencio, bajo la indiferencia de las estrellas.
Esa noche, la niña llamada Naomi Ayala comenzó a morir, congelada por el viento de la sierra y la crueldad de su sangre. Pero algo más estaba naciendo en esa oscuridad. Algo salvaje. Algo que aprendería a sobrevivir con piedras y rabia.
La montaña, que Antonio había elegido como verdugo, estaba a punto de convertirse en madre. Pero primero, tendría que sobrevivir a la noche más larga de su vida.
La lluvia comenzó a caer. Gotas heladas, pesadas, que golpeaban la tierra como balas.
Naomi se levantó, jalando a Hunter.
—Tenemos que movernos —dijo, su voz cambiando, perdiendo la inocencia infantil y ganando un tono de supervivencia ronca—. Si nos quedamos aquí, nos morimos. Busca, Hunter. Busca refugio.
El perro olfateó el aire húmedo y jaló hacia la izquierda, hacia una grieta entre las rocas. Naomi lo siguió, cojeando, llorando en silencio, pero caminando. Un paso. Otro paso.
La hija del millonario había desaparecido. La hija de la montaña estaba dando sus primeros pasos en el infierno.
CAPÍTULO 3: El Milagro de San Isidro
El amanecer en la Sierra Madre no llegó con la calidez dorada que Naomi conocía desde los ventanales de su habitación en Las Lomas. Allí, el sol era una caricia; aquí, era una revelación brutal. La luz grisácea se filtró entre los picos dentados, disipando las sombras, pero no el frío. Al contrario, la luz parecía hacer el frío más visible, más afilado.
Naomi abrió los ojos. Sus pestañas estaban pegadas por la escarcha y las lágrimas secas. Durante un segundo, un bendito segundo de amnesia, pensó que estaba en su cama, que el peso sobre sus piernas era su edredón de plumas de ganso y que el sonido del viento era el aire acondicionado central.
Entonces, el olor la golpeó. No olía a lavanda ni a cera para pisos. Olía a tierra húmeda, a resina de pino y a perro mojado.
La realidad cayó sobre ella como una losa de concreto. No había cama. Estaba ovillada en la base de un peñasco, sobre un lecho de agujas de pino podridas y piedras. Su cuerpo era un mapa de dolor: el cuello rígido, las piernas entumecidas, el estómago vacío rugiendo con una violencia que la asustó.
Hunter se movió. El perro, su única familia ahora, levantó la cabeza. Tenía el hocico cubierto de escarcha. Sus ojos color ámbar la miraron con una mezcla de lealtad infinita y preocupación.
—Hunter —croó Naomi. Su voz sonaba como si hubiera tragado vidrios rotos. Tenía la garganta tan seca que le dolía tragar saliva.
Intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron de inmediato. Estaban dormidas, pesadas como troncos. Se obligó a moverse, gateando primero, hasta que la circulación regresó con un hormigueo doloroso, como miles de agujas clavándose en su piel.
Se puso de pie, tambaleándose. Miró hacia el camino por donde se había ido la camioneta. Estaba vacío. Solo las huellas de los neumáticos marcadas en el lodo de la tormenta nocturna probaban que su padre había estado allí.
—No va a volver —dijo en voz alta. Necesitaba escucharlo para creerlo—. No fue un error, Hunter. Nos tiró.
La ira de la noche anterior se había consumido, dejando en su lugar un instinto animal de supervivencia. Naomi miró sus botas de diseñador, ahora raspadas y cubiertas de barro. Miró su chamarra de mezclilla, insuficiente, ridícula para este clima.
—Si nos quedamos aquí, nos morimos —le dijo al perro. Hablaba con él como si fuera una persona, porque si dejaba de hablar, el silencio de la montaña la volvería loca—. Tenemos que encontrar agua. Y gente.
Comenzaron a caminar.
No había un sendero claro. Antonio los había dejado en un “mirador” improvisado, una desviación de caminos madereros antiguos y olvidados. Naomi eligió la dirección descendente por pura lógica: el agua corre hacia abajo, y la gente vive donde hay agua.
La primera hora fue una tortura física. Cada paso era una batalla contra el terreno. La sierra no era un parque; era un enemigo pasivo. Las ramas de los arbustos espinosos se enganchaban en su ropa y rasguñaban su cara. Las piedras sueltas amenazaban con torcerle los tobillos.
El sol comenzó a subir, y con él, la paradoja de la montaña: el aire seguía helado en la sombra, pero bajo la luz directa, el sol quemaba la piel. Naomi sentía la cara arder, pero sus manos seguían congeladas.
—Vamos, Hunter, no te atrases.
El perro cojeaba. Naomi se detuvo y se arrodilló para revisarlo. Una de sus patas delanteras tenía un corte profundo en la almohadilla, probablemente hecho por una roca afilada cuando corrió tras la camioneta. La sangre estaba seca, mezclada con tierra.
—Pobrecito —susurró Naomi, acariciando las orejas del animal. Se quitó la bufanda que Doña Lupe le había tejido —su posesión más preciada en ese momento— y con los dientes, rasgó un pedazo de la lana. Vendó la pata de Hunter con cuidado—. Así está mejor. Tú me cuidas, yo te cuido.
Siguieron avanzando. El hambre se transformó en mareo. Naomi empezó a ver puntos negros bailando en su visión periférica.
A mediodía, el cansancio mental comenzó a jugarles trucos.
Naomi vio algo brillar a lo lejos. Parecía el techo de un auto. El corazón le dio un vuelco.
—¡Papá! —gritó, corriendo unos metros, ignorando el dolor de sus piernas—. ¡Aquí estamos!
Pero cuando se acercó, no era un auto. Era una roca de mica que reflejaba el sol despiadado. La decepción fue tan física como un golpe en el estómago. Cayó de rodillas, sollozando sin lágrimas porque su cuerpo no tenía agua que desperdiciar.
—¿Por qué? —gimió—. ¿Qué hice tan malo? ¿Por qué me odian tanto?
Recordó las cenas en la mansión. Recordó a Gloria riéndose. Recordó a Esteban con sus juguetes nuevos. Recordó a su padre firmando papeles, siempre firmando papeles, sin mirarla.
Eres un estorbo, le susurró una voz en su cabeza, una voz que sonaba sospechosamente parecida a la de Gloria. Nadie quiere un estorbo.
—¡Cállate! —gritó Naomi a la montaña vacía—. ¡No soy un estorbo! ¡Soy Naomi!
Hunter le lamió la cara, sacándola de su espiral de locura. El perro gimió y empujó su hombro con el hocico. Levántate, parecía decir. Camina.
Naomi se levantó. Su voluntad era lo único que la mantenía vertical.
Pasaron las horas. La tarde trajo nubes oscuras de nuevo. El miedo regresó. Si pasaban otra noche a la intemperie, sin comida y más débiles que ayer, no despertarían. Naomi lo sabía. Había leído suficientes libros de aventuras para saber cómo termina la hipotermia: primero te da sueño, luego sientes un calor falso y agradable, y luego te duermes para siempre.
—No me voy a dormir —se prometió, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre para mantenerse alerta.
Fue entonces cuando Hunter se detuvo.
El perro alzó la nariz al viento, olfateando frenéticamente. Sus orejas se giraron hacia el oeste, hacia una barranca profunda. Ladró. Un ladrido seco, ronco, pero urgente.
—¿Qué pasa? ¿Es un conejo? —preguntó Naomi, apenas capaz de enfocar la vista.
Hunter ladró de nuevo y comenzó a avanzar hacia la barranca, cojeando pero decidido. Miró hacia atrás, esperando a que ella lo siguiera.
Naomi entrecerró los ojos. Al principio no vio nada. Solo verde, gris y café. Pero luego, ahí estaba.
Humo.
Un hilo delgado, casi transparente, de humo gris azulado subía en línea recta hacia el cielo, contrastando con el verde oscuro de los pinos.
Donde hay humo, hay fuego. Donde hay fuego, hay gente.
—¡Humo! —susurró Naomi. La palabra fue como una inyección de adrenalina.
La bajada hacia el valle fue una pesadilla. No había camino, solo una pendiente llena de grava suelta y raíces traicioneras. Naomi resbaló varias veces, cayendo sobre su trasero, raspándose las palmas de las manos hasta dejarlas en carne viva. Se rompió una uña hasta la raíz, pero apenas sintió el dolor. Sus ojos estaban fijos en ese hilo de humo como si fuera el faro de Alejandría.
Llegaron al fondo de la barranca cuando el sol empezaba a ocultarse tras las montañas, pintando el cielo de un violeta amoratado.
Frente a ellos, en un claro pequeño protegido por árboles viejos y retorcidos, había una construcción. No era una casa de ciudad. Era una choza humilde, hecha de madera, adobe y láminas de metal oxidadas, pero tenía una chimenea de piedra de la que salía aquel humo bendito. Había un pequeño huerto cercado con palos y alambre de gallinero, y unas cuantas gallinas picoteaban la tierra.
Parecía el lugar más hermoso que Naomi había visto en su vida. Más hermoso que la mansión de Las Lomas, más hermoso que los hoteles de cinco estrellas. Era vida.
Naomi intentó correr hacia la cerca, pero su cuerpo finalmente dijo “basta”.
Sus piernas se doblaron como si fueran de trapo. Cayó pesadamente sobre la tierra dura, a unos cincuenta metros de la entrada.
—¡Ayuda! —intentó gritar, pero de su garganta solo salió un gemido patético.
El mundo comenzó a girar. El cielo violeta se volvió negro. Lo último que escuchó fue a Hunter ladrando con desesperación, un sonido que se alejaba, como si estuviera bajo el agua. Y luego, nada.
Doña Ana estaba desgranando mazorcas de maíz en el pórtico de su casa cuando escuchó el alboroto.
Ana María “Nana” Becerra era una mujer de la sierra, una mestiza de setenta años con la piel curtida como el cuero viejo y las manos nudosas pero fuertes. Vivía sola desde que su marido murió de “la tos” hacía diez años y sus hijos se fueron al norte a buscar suerte y nunca volvieron.
La gente del pueblo de abajo, San Isidro, decía que Doña Ana era “rara”, tal vez un poco bruja, porque conocía los secretos de las hierbas y prefería la compañía de sus cabras a la de la gente chismosa. Pero Ana no era bruja; era sabia. Sabía leer el cielo para predecir la lluvia y sabía leer los ojos de los animales.
Cuando escuchó los ladridos, supo inmediatamente que no eran de un coyote ni de un perro cimarrón. Eran ladridos de auxilio.
Se limpió las manos en su delantal, tomó su viejo rifle calibre .22 que guardaba detrás de la puerta —más para espantar pumas que para matar gente— y salió al patio.
—¿Quién anda ahí? —gritó con su voz firme, acostumbrada a arrear ganado.
El perro corrió hacia ella. Era un animal grande, de raza indefinida, con una pata vendada con un trapo sucio de lana fina. El perro no la atacó. Se detuvo a unos metros, ladró, gimió y luego corrió de regreso hacia el camino, deteniéndose para mirar si ella lo seguía.
—¿Qué traes, animal? —murmuró Ana, bajando el rifle.
Siguió al perro. Caminó hasta el límite de su cerca y entonces vio el bulto en el suelo.
Al principio pensó que era un bulto de ropa tirada, basura que a veces los turistas idiotas dejaban caer. Pero al acercarse, vio el cabello negro, largo y enredado. Vio la mano pálida, fina, con dedos largos.
—¡Virgen Santísima! —exclamó, soltando el rifle y arrodillándose junto al cuerpo.
Era una niña. Una niña que no pertenecía a la sierra. Llevaba ropa “de catrina”, de gente de dinero, pero estaba destrozada, sucia, con los labios azules y la piel helada al tacto.
Ana puso su oreja sobre el pecho de la niña. El corazón latía, pero era un aleteo débil, irregular, como el de un pájaro moribundo.
—Está viva, pero apenas —dijo Ana. Miró al perro, que lamía la cara de la niña—. Buen chico. Tú la trajiste.
Ana no era una mujer grande, pero tenía la fuerza de quien ha cargado leña toda su vida. Pasó sus brazos por debajo del cuerpo inerte de Naomi y la levantó. La niña pesaba terriblemente poco, consumida por el frío y la deshidratación.
Caminó lo más rápido que pudo hacia la choza, con Hunter pisándole los talones.
Entró a la casa, que consistía en una sola habitación grande dividida por cortinas. El calor del fogón la golpeó, un contraste bendito con el aire de afuera. Colocó a Naomi sobre su propio catre, cubierto con cobijas de lana de borrego y pieles curtidas.
—A ver, mi hija, vamos a ver si la muerte te quiere o si te la ganamos —murmuró Ana, poniéndose en modo de trabajo.
Le quitó las botas con cuidado. Estaban pegadas a la piel por la sangre seca de las ampollas reventadas. Ana chasqueó la lengua con desaprobación.
—Zapatos inútiles. Zapatos para caminar en alfombras, no en piedras.
Le quitó la ropa mojada y fría, frotando vigorosamente la piel marmórea de la niña con alcohol de caña y ruda para reactivar la circulación. La envolvió en sábanas de franela calientes. Luego, preparó una infusión de hierbas: muicle para la sangre, gordolobo para los pulmones y un toque de aguardiente para el espíritu.
Intentó darle de beber con una cuchara. La mayoría del líquido se derramó por la barbilla de Naomi, pero un poco entró. La niña tosió débilmente.
—Eso es, tose. Saca el frío.
Durante las siguientes horas, Ana no durmió. Se sentó junto al catre, cambiando paños calientes, vigilando la respiración. Hunter se acostó a los pies de la cama, negándose a moverse incluso cuando Ana le ofreció un plato de sobras de guisado. Comió sin levantarse, con los ojos fijos en su pequeña ama.
—Tú eres su ángel de la guarda, ¿verdad? —le dijo Ana al perro—. Pues hiciste buen trabajo, pero ahora me toca a mí.
Naomi entró en un mundo de fiebre y delirio.
Ya no estaba en la choza. Estaba de vuelta en la camioneta.
—Bájate —decía su padre. Pero su cara no era la de Antonio; era una calavera.
La camioneta arrancaba, pero no se alejaba. Daba vueltas en círculos alrededor de ella, levantando polvo, asfixiándola. Gloria estaba en la ventana, riéndose, tirándole migajas de pan.
—Come, perra. Come del suelo.
Naomi gritaba en su sueño, agitándose violentamente.
—¡No! ¡Papá! ¡No me dejes! ¡Soy buena! ¡Prometo ser buena!
Doña Ana la sujetaba con fuerza, limpiándole el sudor frío de la frente.
—Shhh, shhh, mi niña. Ya pasó. Aquí no hay nadie que te deje. Tranquila.
—¡Esteban! —gritó Naomi de repente, abriendo los ojos sin ver nada—. ¡Él tiene la culpa!
—Duerme, chamaca. Saca el veneno —susurraba Ana, meciéndola un poco.
El segundo día, la fiebre subió peligrosamente. Naomi ardía. Ana sabía que sus remedios caseros tenían un límite. Necesitaba penicilina, necesitaba un médico de verdad. Pero el pueblo estaba a tres horas caminando y ella no podía dejar a la niña sola. Tampoco tenía teléfono; la señal no llegaba a esa hondonada.
—Dios aprieta pero no ahorca —dijo Ana, mirando al cielo a través de la ventana—. Mándame ayuda, Señor, porque esta criatura se me va.
Como si fuera una respuesta, escuchó el ruido de un motor viejo acercándose por el camino real. Era una camioneta pickup destartalada que tosía humo negro.
Ana salió corriendo, agitando los brazos.
—¡Doctor! ¡Doctor Alvarado!
Era el Dr. Tomás Alvarado, un médico joven de la capital que hacía su servicio social recorriendo las comunidades más alejadas. Se suponía que pasaba por San Isidro los martes, y hoy era martes.
El Dr. Alvarado frenó, bajando de un salto. Era un hombre alto, con gafas y cara de cansancio crónico, pero con manos gentiles.
—¿Qué pasa, Doña Ana? ¿Le dio el reuma otra vez?
—No soy yo, doctor. Es una niña. La encontré ayer. Se está muriendo.
El rostro del médico cambió instantáneamente. Tomó su maletín y corrió hacia la choza.
Al ver a Naomi, el Dr. Alvarado frunció el ceño.
—¿De dónde salió? —preguntó mientras sacaba su estetoscopio—. Esta ropa… esta niña no es de aquí. Mírele las manos, no tiene callos. Está bien alimentada… o lo estaba.
—Apareció con el perro. Bajaron de la montaña alta.
El doctor revisó los signos vitales.
—Tiene neumonía incipiente. Deshidratación severa. Hipotermia. Y estas heridas en los pies están infectadas. Está en un estado crítico, Doña Ana. Deberíamos llevarla al hospital en la ciudad.
—Si la movemos en su camioneta por ese camino de piedras, se muere en el trayecto —dijo Ana con pragmatismo brutal—. Usted lo sabe, doctor. Su cuerpecito no aguanta los brincos.
Alvarado suspiró, pasándose una mano por el cabello. Sabía que ella tenía razón. El hospital más cercano estaba a cuatro horas de terracería infernal.
—Tiene razón. Tendremos que tratarla aquí. Voy a dejarle antibióticos fuertes y suero. Necesito que la hidrate poco a poco. Si vomita, paramos.
El médico trabajó durante una hora, limpiando heridas, inyectando medicamentos, estabilizando a la paciente.
—¿Quién cree que sea? —preguntó el doctor, mirando la cara pálida y fina de Naomi—. ¿Una turista perdida? ¿Un secuestro?
—No sé —dijo Ana, mirando al perro que no se separaba de la cama—. Pero quien la dejó allá arriba no quería que la encontraran. Esto no fue un accidente, doctor. Los accidentes no te dejan sin agua y sin abrigo en lo más alto de la peña.
El doctor asintió gravemente.
—Voy a reportarlo cuando baje al pueblo.
—No —dijo Ana rápidamente—. Todavía no. Si alguien quiso deshacerse de ella, y se enteran de que está viva… podrían volver para terminar el trabajo. Primero que despierte. Que ella nos diga.
El doctor lo pensó un momento y asintió.
—Está bien. Vendré pasado mañana a ver cómo sigue. Cuídela mucho, Doña Ana.
—Como si fuera mía.
Al cuarto día, la fiebre rompió.
Naomi despertó. Esta vez, no fue un despertar confuso. Fue un despertar lento, como salir a la superficie después de estar mucho tiempo bajo el agua.
Lo primero que notó fue el calor. Un calor real, seco, que venía de una chimenea crepitante. Luego notó la luz. Era una luz dorada de media tarde que entraba por la puerta abierta, donde bailaban partículas de polvo.
Giró la cabeza. Le dolía el cuello, pero era un dolor soportable.
Vio las paredes de madera, las hierbas secas colgadas del techo, un calendario viejo con una imagen de la Virgen de Guadalupe. Y vio a una mujer sentada en una silla baja, cosiendo una camisa.
Naomi intentó hablar, pero solo salió un chillido.
La mujer levantó la vista. Tenía una cara llena de arrugas, como un mapa de carreteras antiguas, pero sus ojos negros eran brillantes y vivos. Sonrió.
—Ya regresaste, dormilona —dijo la mujer. Su voz era rasposa pero amable.
Se levantó y se acercó, trayendo una taza de barro.
—Bebe. Despacio.
Naomi bebió. Era un té dulce, con sabor a canela. Nunca nada le había sabido tan bien.
—¿Dónde estoy? —preguntó Naomi. Su propia voz le sonaba extraña, más vieja.
—Estás en mi casa. Soy Ana. Me dicen Doña Ana, o Nana. Estás en San Isidro, en la sierra.
Naomi procesó la información. San Isidro. Sierra.
—El perro… Hunter… —el pánico la invadió de golpe.
—Aquí está. Míralo.
Doña Ana señaló el suelo. Hunter estaba durmiendo profundamente al lado del fuego, roncando suavemente. Al escuchar su nombre, abrió un ojo y movió la cola sin levantarse, completamente relajado.
Naomi suspiró, cerrando los ojos. Las lágrimas rodaron por sus mejillas hacia sus orejas.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias todavía —dijo Ana, sentándose en el borde del catre—. Estuviste a punto de irte al otro lado. El doctor dijo que eras fuerte. Terca, más bien.
Ana la miró fijamente.
—Niña, tengo que preguntarte algo. Y no me mientas, porque los ojos no saben mentir. ¿Cómo llegaste allá arriba? ¿Te perdiste?
Naomi miró el techo de madera. Recordó la camioneta alejándose. Recordó la cara vacía de su padre. Recordó el hambre.
Podía mentir. Podía decir que se habían perdido en un día de campo. Podía pedir que llamaran a su papá, que seguramente estaba “preocupado”.
Pero luego recordó la verdad que había descubierto en la noche oscura: La habían borrado.
Si llamaba a su casa, ¿qué pasaría? Antonio volvería. ¿Y esta vez? Esta vez no la dejaría en la montaña. Esta vez se aseguraría de que no hubiera testigos.
Naomi Ayala, la hija bastarda del millonario, había muerto en esa montaña.
Giró la cabeza y miró a Doña Ana a los ojos. En ese momento, la niña de doce años desapareció y una sobreviviente tomó su lugar.
—No me perdí —dijo Naomi con una voz fría, carente de la emoción infantil que solía tener—. Mi padre me llevó ahí. Me dijo que bajara a ver el paisaje. Y luego se fue.
Doña Ana no jadeó. No se llevó las manos a la boca. Solo asintió lentamente, con una tristeza antigua.
—Ya me lo temía. Hay gente que tiene el corazón podrido, mi hija.
—Se llama Antonio Ayala —continuó Naomi, pronunciando el nombre como si fuera una maldición—. Es rico. Muy rico. Y no me quería.
—Pues él se lo pierde —dijo Ana con firmeza, alisando las cobijas—. Porque si sobreviviste a la noche de la sierra sin abrigo y con los coyotes rondando, es porque Dios te tiene guardada para algo grande. La gente rica tira lo que cree que no sirve, pero a veces tiran semillas que se convierten en árboles que les tapan el sol.
Naomi miró sus manos. Estaban ásperas, con las uñas rotas, vendadas. Ya no eran manos de princesa. Eran manos de alguien que se había arrastrado por la tierra para vivir.
—No tengo a dónde ir —dijo Naomi, sintiendo un vacío inmenso en el pecho.
—Tienes aquí —dijo Doña Ana—. No es mucho. Hay que trabajar. Hay que acarrear agua, hay que cuidar las gallinas, hay que moler el maíz. Aquí no se come de gratis. Pero aquí nadie te va a dejar atrás. Y ese perro tuyo… ese perro vale más que diez hombres.
Naomi miró a Hunter, luego a la anciana que le había salvado la vida.
—Me llamo Naomi —dijo.
—Mucho gusto, Naomi —Ana sonrió, y su cara se llenó de arrugas amables—. Yo soy Ana. Y desde hoy, esta es tu casa.
Naomi cerró los ojos. El dolor seguía ahí, la traición seguía ardiendo como un carbón encendido en su estómago, pero por primera vez en cuatro días, sintió algo más.
Sintió seguridad.
Y en la oscuridad de sus párpados cerrados, hizo una promesa silenciosa, no a Dios, sino a sí misma y a Antonio Ayala:
Creíste que me matabas, papá. Pero solo me plantaste. Y voy a crecer. Voy a crecer y mis raíces van a romper tus cimientos.
—Descansa —dijo Doña Ana, apagando la lámpara de aceite—. Mañana empieza otra vida.
Y así fue. La vida de Naomi Ayala terminó, y la vida de la “Niña de la Sierra” comenzó. Una vida de trabajo duro, de frío y sol, pero una vida libre de la sombra de Las Lomas. Una vida que, gota a gota, año tras año, la prepararía para el regreso.
CAPÍTULO 4: La Muerte de la Niña de Cristal
La primera lección que Naomi aprendió en San Isidro fue que el tiempo no se mide en horas, sino en dolor.
En Las Lomas, el tiempo se medía por las clases de piano, la hora de la cena y los programas de televisión. Aquí, el tiempo lo dictaba el sol, el hambre y el peso de la leña.
Su primera semana como “habitante” de la choza de Doña Ana fue un infierno silencioso. Su cuerpo, mimado por años de sábanas de hilo egipcio y aire acondicionado, se rebeló contra la brutalidad de la vida en la sierra.
—¡Levántate, chamaca! —la voz de Doña Ana resonaba a las cuatro de la mañana, cuando la oscuridad todavía era absoluta y el frío calaba hasta los huesos—. El nixtamal no se muele solo.
Naomi se levantaba del catre, con los músculos gritando de dolor, los pies todavía vendados y el alma entumecida.
El metate. Ese instrumento de piedra volcánica, negro y rugoso, se convirtió en su primer enemigo y su primer maestro. Doña Ana le enseñó a arrodillarse frente a él, a tomar la “mano” de piedra y a moler el maíz hervido con cal hasta convertirlo en masa.
Parecía fácil cuando lo hacía la anciana. Un movimiento rítmico, casi una danza de los brazos y la espalda. Pero cuando Naomi lo intentó, sintió que los brazos se le iban a desprender. La piedra pesaba una tonelada. El maíz se le escapaba. Sus rodillas contra el suelo de tierra dura ardían.
—No llores —le regañó Doña Ana el tercer día, cuando vio las lágrimas de frustración caer sobre la masa—. Si le echas sal a la masa con tus chillidos, las tortillas van a saber a tristeza. Y aquí no comemos tristeza. Aquí comemos rabia o comemos alegría, pero no lástima.
Naomi se limpió la cara con el antebrazo, dejando una mancha blanca de masa en su mejilla.
—Me duelen las manos —susurró, mostrando las ampollas rojas y vivas en sus palmas, donde la piel de “niña rica” se había levantado.
Doña Ana suspiró, pero no se ablandó. Tomó las manos de Naomi entre las suyas, que eran como cuero viejo.
—Mira mis manos —dijo la anciana—. Están chuecas, están duras, están feas. Pero estas manos levantaron esta casa, enterraron a mi marido y sacaron a mis hijos adelante. Tus manos de princesa no sirven aquí, Naomi. Tienen que morir para que nazcan las manos de mujer. Dale otra vez.
Y Naomi le dio. Molió hasta que las ampollas se reventaron y sangraron. Molió hasta que la sangre se mezcló con el maíz. Molió hasta que sus brazos dejaron de doler por el simple hecho de que ya no los sentía.
Esa noche, cuando cayó rendida en el petate, Hunter se acurrucó contra su espalda. Naomi miró sus manos a la luz de la vela. Estaban hinchadas, rojas, palpitantes.
—Ya no soy esa niña —le susurró al perro—. La niña que tocaba el piano se murió, Hunter.
El perro lamió sus dedos heridos, sellando el pacto.
La transformación física fue rápida y despiadada.
A las dos semanas, la piel pálida de Naomi comenzó a dorarse bajo el sol implacable de la montaña. Su cabello negro, siempre cepillado y brillante gracias a los tratamientos de salón, ahora estaba trenzado apretadamente hacia atrás, a veces opaco por el polvo, pero práctico.
Aprendió a cargar agua del pozo. Al principio, apenas podía con media cubeta, derramando la mitad en el camino y llegando a la casa jadeando como un animal herido.
—El agua pesa porque es vida —le decía Doña Ana—. Si la tiras, tiras tu vida.
Un mes después, Naomi cargaba dos cubetas llenas, subiendo la pendiente con la espalda recta y la mandíbula apretada, sin derramar una gota. Sus hombros se ensancharon ligeramente. Sus piernas, antes delgadas como popotes, se volvieron fibrosas y fuertes, capaces de trepar por las rocas como las cabras de Ana.
Pero el cambio más grande no fue en sus músculos, sino en su mirada.
Los ojos de Naomi, antes grandes, líquidos y siempre suplicando afecto, se volvieron secos y observadores. Aprendió a matar.
Sucedió una tarde en que Doña Ana le entregó un cuchillo viejo pero afilado como una navaja de rasurar.
—Agarra esa gallina, la pinta —ordenó Ana—. Hoy vamos a hacer caldo.
Naomi miró al animal, que picoteaba inocente en el patio.
—¿Yo? —preguntó, horrorizada.
—Si quieres comer carne, tienes que saber de dónde viene. En tu casa de ricos la carne venía en bandejas de plástico, limpia, sin ojos. Aquí la vida se paga con vida. Agárrala.
Naomi persiguió a la gallina, tropezando, hasta que logró acorralarla contra la cerca. El animal aleteaba, cacareando con pánico. Naomi sintió el corazón del ave latiendo frenéticamente contra sus palmas.
—No puedo —dijo Naomi, con el cuchillo temblando en su mano.
—Piensa en tu hambre —dijo Ana desde el pórtico, cruzada de brazos—. O piensa en quien te dejó morir de hambre. Es lo mismo. La piedad es un lujo que no tenemos.
La imagen de Antonio Ayala cruzó la mente de Naomi. La frialdad con la que aceleró la camioneta.
Naomi apretó los dientes. Dejó de ver a la gallina como una mascota y la vio como supervivencia. Cerró los ojos, pidió perdón en silencio, y ejecutó el movimiento rápido que Ana le había enseñado.
Esa noche, mientras comían el caldo caliente bajo la luz de las estrellas, Naomi no sintió culpa. Sintió fuerza. Entendió una ley fundamental de la naturaleza que su padre había olvidado: Para que uno viva, algo tiene que morir. Él intentó matarme para vivir él tranquilo. Ahora yo vivo, y algo de él tendrá que morir algún día.
El Dr. Tomás Alvarado regresó dos semanas después. Llegó en su camioneta ruidosa, trayendo medicinas y algo más importante: curiosidad.
Encontró a Naomi en el patio, desgranando frijoles. Se detuvo en seco. La “niña catrina” moribunda había desaparecido. Frente a él había una muchacha delgada pero recia, con la piel tostada y una mirada que lo escaneó con la precisión de un halcón.
—Buenas tardes, doctor —dijo Naomi, poniéndose de pie y sacudiéndose el delantal.
—Naomi —dijo él, sorprendido—. Casi no te reconozco. Doña Ana ha hecho un milagro.
—El trabajo hizo el milagro —respondió ella.
El doctor se sentó en un tronco. Doña Ana les sirvió café de olla.
—Tengo que revisar tus pulmones —dijo Alvarado—. La neumonía es traicionera.
La revisó con respeto y profesionalismo. Mientras guardaba el estetoscopio, la miró fijamente.
—Estás sana. Físicamente, al menos.
—Estoy bien, doctor.
—Naomi… —Alvarado dudó. Era un hombre inteligente, leído. Sabía que las niñas de clase alta no aparecen en la sierra por generación espontánea. Había escuchado los rumores en el pueblo de abajo, aunque nadie había subido hasta la casa de Ana—. No he reportado tu aparición a las autoridades. Doña Ana me pidió tiempo. Pero no puedes quedarte aquí para siempre. Tienes doce años. Necesitas ir a la escuela. Necesitas… volver a tu vida.
Naomi soltó una risa corta, seca, carente de humor.
—No tengo vida a la cual volver, doctor. Mi vida anterior se acabó en el kilómetro 40 de la carretera vieja.
Alvarado se ajustó los lentes.
—¿Sabes quién eres? Quiero decir, legalmente.
—Soy Naomi Ayala. Hija de Antonio Ayala.
El doctor se quedó helado. El nombre “Ayala” era conocido incluso en la sierra. Las minas, las carreteras, el poder.
—¿El dueño de Grupo Ayala?
—El mismo.
—Dios mío… —susurró Alvarado—. Si eso es verdad, debe haber una búsqueda nacional. Debe haber policías, helicópteros… Tu padre debe estar moviendo cielo y tierra.
Naomi lo miró con una lástima infinita por su ingenuidad.
—Mi padre no está buscando nada, doctor. Porque él sabe exactamente dónde me dejó.
El silencio que siguió fue pesado. Alvarado entendió. No era un secuestro; era un intento de filicidio.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó él, bajando la voz—. Puedo llevarte a la ciudad. Puedo ir a la policía, a un juez…
—No —interrumpió Naomi con ferocidad—. Un juez come de la mano de mi padre. Un policía cobra de su nómina. Si bajo ahora, soy una niña loca que se escapó. O peor, un “accidente lamentable” que ocurrirá en el camino de regreso. Nadie me va a creer. No tengo dinero, no tengo poder, no tengo voz.
Se acercó al doctor, mirándolo con una intensidad que lo asustó.
—Para vencer a un monstruo, no puedes ser una niña asustada. Tienes que ser otro monstruo más grande. O más listo.
—¿Y qué planeas? —preguntó él, fascinado y horrorizado a la vez.
—Planeo crecer. Planeo aprender. Doña Ana me enseña a sobrevivir a la tierra. Yo necesito que usted me enseñe a sobrevivir al mundo.
—¿Yo?
—Usted tiene libros —dijo Naomi, señalando la mochila del médico—. Vi uno en su camioneta la otra vez. De matemáticas.
Alvarado sonrió levemente.
—Sí, tengo libros.
—Tráigalos. Todos. Matemáticas, historia, leyes, inglés. Todo lo que tenga. No tengo dinero para pagarle, pero le prometo que no voy a desperdiciar ni una página.
El pacto se selló con un apretón de manos. A partir de ese día, el Dr. Alvarado se convirtió en su tutor clandestino. Cada martes subía a la montaña con su maletín médico y una pila de libros usados.
Naomi devoraba el conocimiento con un hambre voraz. Leía a la luz de las velas hasta que los ojos le ardían. Aprendió álgebra mientras cuidaba las cabras. Memorizó la Constitución mientras deshierbaba el huerto. Aprendió inglés recitando verbos a Hunter, que la escuchaba con paciencia infinita.
El conocimiento se convirtió en su refugio y en su arma. Cada ecuación resuelta era una pequeña victoria sobre el caos de su vida. Cada ley aprendida era un ladrillo en la fortaleza que estaba construyendo alrededor de su corazón.
Pasaron seis meses.
El invierno llegó a la sierra, cubriendo los picos de nieve y matando los pastos. La vida se volvió más dura. El frío se metía por las rendijas de la choza. Naomi y Doña Ana dormían abrazadas para no congelarse, con Hunter a sus pies como una estufa viviente.
Un día, un comerciante ambulante, “El Güero”, subió con su mula hasta San Isidro para vender sal, azúcar y baterías. También traía periódicos viejos de la capital, que usaba para envolver las mercancías o para prender el fuego.
Naomi estaba ayudando a Ana a escoger unos hilos cuando vio una cara conocida en una hoja de periódico arrugada que servía para envolver un kilo de jabón en polvo.
Su corazón se detuvo.
Sus manos temblaron al alisar el papel sobre la mesa de madera.
Era una página de sociales del periódico Reforma. La fecha era de hacía dos meses.
El titular decía: “LA FAMILIA AYALA INAUGURA CENTRO CULTURAL EN MONTERREY”.
La foto era a color, nítida, cruel.
Antonio Ayala estaba en el centro, cortando un listón rojo con unas tijeras doradas. Se veía un poco más delgado, tal vez, pero impecable en su traje gris. A su derecha estaba Gloria, radiante, con un vestido de seda color esmeralda y un collar de diamantes que brillaba como hielo. Y a su izquierda, sosteniendo la mano de su padre, estaba Esteban.
El niño había crecido. Llevaba un trajecito azul y sonreía a la cámara con la inocencia de quien no sabe que su felicidad está construida sobre un cadáver.
Naomi leyó el pie de foto una y otra vez, buscando su nombre. Buscando una mención. “A pesar de la tragedia…”, “En memoria de…”.
Nada.
El texto hablaba del compromiso de Grupo Ayala con la cultura, de los millones invertidos, del futuro brillante del heredero Esteban.
Naomi buscó en las otras páginas del periódico. Buscó en la sección de obituarios. Buscó en las noticias nacionales.
No había nada sobre una niña perdida.
No había nada sobre una hija muerta.
No había nada sobre una búsqueda.
Simplemente, ella nunca había existido.
Antonio Ayala no solo la había matado; la había borrado de la historia. Había limpiado su existencia con la eficacia de quien borra una mancha de vino en un mantel blanco. Para el mundo, la familia Ayala siempre había sido de tres.
Naomi sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Esto dolía más que el frío de la primera noche. Esto dolía más que las ampollas. Era la anulación total de su ser.
—Maldito… —susurró.
Doña Ana, que estaba guardando el jabón, se acercó al ver la palidez de la muchacha.
—¿Qué pasa, hija?
Naomi señaló la foto con un dedo tembloroso y sucio de tierra.
—Ahí están. Felices. Como si yo nunca hubiera nacido.
Las lágrimas, que Naomi pensó que se habían secado para siempre, brotaron de nuevo. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas calientes, ácidas, lágrimas de odio puro.
—Pensé que al menos… pensé que al menos inventaría una mentira —sollozó Naomi, golpeando la mesa con el puño—. Que diría que me enfermé, que me secuestraron. ¡Pero ni eso! ¡Para él soy basura! ¡Soy menos que basura!
Doña Ana miró la foto y luego miró a Naomi. No la abrazó. En lugar de eso, tomó el periódico y lo arrancó de la mesa.
—¿Te duele? —preguntó Ana con dureza.
—¡Sí!
—Bien. Que te duela. Guarda ese dolor —Ana arrugó el periódico con la cara de Antonio Ayala y caminó hacia el fogón—. Míralos bien, Naomi.
Ana tiró el papel al fuego.
Las llamas lamieron la cara de Antonio, luego la de Gloria, y finalmente la de Esteban. El papel se ennegreció, se retorció y se convirtió en ceniza gris que voló por la chimenea hacia el cielo.
—Ya no existen para ti como familia —dijo Ana, girándose hacia ella con los ojos brillando a la luz del fuego—. Ahora son tu objetivo.
Naomi se secó las lágrimas bruscamente. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el olor a humo y a pino.
Salió de la choza hacia el frío de la tarde. Hunter la siguió.
Caminó hasta el borde del cañón, donde la vista se extendía por kilómetros de montañas salvajes. El viento le azotó la cara, desordenando su cabello trenzado.
—Hunter —dijo, su voz firme, resonando contra las rocas—. Mírame.
El perro se sentó y la miró.
—Hoy se murió Naomi Ayala, la niña que quería que su papá la quisiera. Hoy se quemó en ese fuego.
Naomi levantó la vista hacia el horizonte, hacia donde las luces de la ciudad brillaban muy, muy a lo lejos, como brasas de otro mundo.
—Voy a bajar de esta montaña —juró, y el viento llevó sus palabras como una profecía—. No hoy. No mañana. Pero voy a bajar. Y cuando lo haga, no voy a ser una niña pidiendo permiso. Voy a ser una tormenta. Voy a ser el deslave que se lleva todo.
Se agachó y tomó un puñado de tierra de la sierra. Tierra negra, fértil y dura. Apretó el puño hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Me borraste, papá —susurró—. Pero te olvidaste de una cosa. Los fantasmas siempre regresan. Y yo voy a ser tu peor pesadilla.
Abrió la mano y dejó que el viento se llevara la tierra.
—Vamos, Hunter. Tenemos que estudiar.
Dio media vuelta y caminó de regreso a la choza, con la espalda recta y la cabeza alta. Ya no caminaba como una niña de ciudad. Caminaba como la dueña de la montaña.
Adentro, a la luz de una vela de sebo, abrió el libro de Derecho Mercantil que el Dr. Alvarado le había traído.
—Capítulo uno: Sociedades Anónimas y Responsabilidad Limitada —leyó en voz alta.
Cada palabra era una bala. Cada página era un paso hacia la venganza. Y Naomi Ayala tenía todo el tiempo del mundo para cargar el arma.
CAPÍTULO 5: La Estrategia del Coyote
El tiempo en la Sierra Madre no corre en línea recta; da vueltas en círculos como los zopilotes sobre la carroña. Pasaron las estaciones: la sequía que agrieta la tierra, las lluvias que convierten los caminos en ríos de lodo, el frío que congela el aliento. Y con cada ciclo, Naomi Ayala se afilaba más.
Habían pasado seis años desde la noche del abandono.
Naomi ya no tenía doce años. Tenía dieciocho. Su cuerpo había cambiado, estirándose y endureciéndose. Ya no quedaba rastro de la niña regordeta de Las Lomas. Ahora era una mujer alta, fibrosa, con hombros moldeados por cargar leña y piernas capaces de caminar treinta kilómetros sin fatiga. Su piel tenía el color del barro cocido y su cabello negro, que siempre llevaba en una trenza gruesa, brillaba con la salud de quien come lo que la tierra da.
Pero si su cuerpo era el de una campesina, su mente era la de una ejecutiva de Wall Street atrapada en el siglo XIX.
La choza de Doña Ana había cambiado. Las paredes de adobe estaban ahora cubiertas de estantes improvisados hechos con cajas de fruta, y en esos estantes no había conservas, sino libros. Cientos de ellos.
El Dr. Tomás Alvarado había cumplido su palabra, y más. Al principio traía libros escolares. Luego, al ver la voracidad de Naomi, empezó a traer textos universitarios, códigos penales, tratados de economía, biografías de magnates y manuales de ingeniería de minas.
Naomi leía con la obsesión de un prisionero que estudia los planos de su cárcel para escapar.
Una tarde de agosto, el calor era sofocante. Las cigarras cantaban con un zumbido ensordecedor. Naomi estaba sentada bajo la sombra del mezquite viejo, con un libro grueso sobre las rodillas: “Derecho Corporativo y Fideicomisos en México”.
Hunter, ahora un perro anciano con el hocico completamente blanco y los ojos nublados por las cataratas, dormía a sus pies. Ya casi no caminaba largas distancias, pero siempre, siempre, se mantenía a menos de dos metros de ella.
—Mira esto, Hunter —murmuró Naomi, subrayando un párrafo con un lápiz que tenía la punta chata—. “La responsabilidad de la empresa matriz se diluye si las subsidiarias operan como entidades autónomas”. Es lo que hacen. Por eso nadie puede demandar a Grupo Ayala cuando una mina colapsa. Culpan a la “Subsidiaria Minera del Norte S.A.” y mi padre se lava las manos.
El perro suspiró en sueños.
Naomi cerró el libro de golpe. Entendía la teoría. Pero la teoría no servía de nada sin un arma para aplicarla. Necesitaba salir de la montaña. Necesitaba entrar en la boca del lobo.
—¡Naomi! —la voz de Doña Ana la sacó de sus pensamientos.
La anciana salía de la choza, secándose las manos. Doña Ana también había envejecido. Su espalda estaba más encorvada y caminaba más despacio, apoyándose en un bastón de encino.
—Viene gente —dijo Ana, señalando el camino real.
Naomi se puso de pie, alerta. Su vista de águila distinguió la camioneta del Dr. Alvarado subiendo penosamente la cuesta. Pero no venía solo. Había alguien más en el asiento del copiloto.
Naomi sintió un pinchazo de desconfianza. En seis años, nadie ajeno a su pequeño círculo había subido hasta allí.
—Quédate con Hunter, Nana —dijo Naomi. Su voz tenía ahora una autoridad natural.
Caminó hacia la entrada, cruzada de brazos, esperando.
La camioneta se detuvo envuelta en una nube de polvo. El Dr. Alvarado bajó primero, con su eterno maletín y una sonrisa nerviosa.
—Hola, Naomi. Perdón por no avisar, pero… el teléfono del pueblo estaba muerto.
—¿Quién es él? —preguntó Naomi, ignorando el saludo y mirando fijamente al hombre que bajaba del otro lado.
Era un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje barato que había visto mejores días, zapatos polvorientos y una corbata aflojada. Tenía cara de perro de pelea: cicatrices de acné, nariz chueca y unos ojos oscuros, inteligentes y profundamente cansados.
—Naomi, él es el Licenciado Carlos Mendoza —presentó Alvarado—. Es abogado. Trabaja con una ONG en la capital. Defiende a ejidatarios contra… bueno, contra empresas abusivas.
Mendoza se sacudió el polvo del pantalón y miró a Naomi. No la miró como a una niña, ni como a una campesina ignorante. La miró con curiosidad analítica.
—Tomás me ha contado cosas interesantes sobre ti —dijo Mendoza. Su voz era ronca, de fumador—. Dice que tienes una biblioteca mejor que la de la Facultad de Derecho en medio de la nada.
—El doctor habla de más —respondió Naomi secamente—. ¿A qué vino, licenciado? Aquí no tenemos dinero para pleitos.
Mendoza sonrió, una mueca torcida.
—No vengo a cobrar. Vengo buscando información. Tomás dice que tú conoces la zona mejor que nadie. Y que sabes cosas sobre la Mina El Suspiro.
Al escuchar el nombre de la mina, Naomi sintió una corriente eléctrica en la espalda. “El Suspiro”. Era uno de los proyectos más grandes de Grupo Ayala en la región. Estaba a veinte kilómetros de allí, al otro lado de la cresta.
—¿Qué quiere saber?
—Hubo un derrumbe hace tres días —dijo Mendoza, poniéndose serio—. Oficialmente, fue un “deslizamiento natural por lluvias atípicas”. Extraoficialmente, mis fuentes dicen que usaron explosivos en una zona inestable para acelerar la extracción antes de la visita de los auditores. Murieron cuatro mineros. La empresa dice que eran “contratistas independientes” y que entraron sin permiso.
Naomi apretó los labios. Era el modus operandi clásico de su padre. Culpar a la víctima. Acelerar la producción. La vida humana como un costo operativo deducible de impuestos.
—¿Y usted qué quiere hacer? —preguntó ella.
—Quiero demandarlos. Quiero sacarles hasta el último centavo para las viudas. Pero necesito pruebas. Necesito a alguien que sepa dónde tiran los escombros, por dónde entran los camiones sin registro.
Naomi lo estudió. Carlos Mendoza olía a tabaco barato y a desesperación, pero sus ojos ardían con la misma rabia que ella sentía. Era un hombre que odiaba a los poderosos tanto como ella.
—Pase —dijo Naomi, haciéndose a un lado—. Pero si va a entrar a mi casa, límpiese los pies. No quiero lodo de abogado en mi piso.
Esa tarde, la mesa de madera de Doña Ana se convirtió en un cuarto de guerra.
Mendoza desplegó mapas topográficos y copias de actas constitutivas. Naomi los miró y, para sorpresa del abogado, comenzó a corregirlo.
—Este mapa es viejo —dijo ella, señalando una línea azul—. El río ya no pasa por aquí. La mina desvió el cauce hace dos años para lavar el mineral. Por eso se secaron los pozos de San Pedro.
Mendoza levantó una ceja.
—¿Desviaron un río federal? Eso es un delito ambiental grave.
—Claro que es un delito. Pero ¿quién va a denunciar? ¿El alcalde? El alcalde tiene una camioneta nueva que le regaló la constructora de la mina.
Naomi tomó un cuaderno escolar, de esos de pasta dura y cuadrícula, que guardaba celosamente. Lo abrió. Las páginas estaban llenas de anotaciones en letra pequeña y precisa. Fechas, números de placas de camiones, horarios de detonaciones, nombres de ingenieros que bajaban al pueblo a emborracharse y soltaban la lengua.
—Tengo esto —dijo Naomi, empujando el cuaderno hacia Mendoza.
El abogado comenzó a leer. Al principio con escepticismo, luego con asombro.
—Dios santo… —murmuró—. Tienes aquí el registro de los turnos dobles ilegales. Tienes los nombres de los capataces que venden el equipo de seguridad. ¿Cómo conseguiste esto?
—La gente habla —dijo Naomi encogiéndose de hombros—. Las cocineras de la mina bajan a comprarle hierbas a Doña Ana. Los choferes paran a descansar en la sombra del camino. Nadie se fija en una “indita” que está barriendo o cargando agua. Soy invisible, licenciado. Y los invisibles vemos todo.
Mendoza cerró el cuaderno y miró a Naomi con un respeto nuevo.
—Esto vale oro, muchacha. Con esto puedo armar un caso no solo por el accidente, sino por negligencia criminal sistemática. Pero…
—¿Pero qué?
—Si uso esto, van a saber que alguien los está vigilando desde adentro. Van a buscar la fuente.
—Que busquen —dijo Naomi. Sus ojos brillaron—. Ya es hora de que sepan que la sierra tiene ojos.
Mendoza se echó hacia atrás en la silla de paja.
—Tomás me dijo que eras lista, pero no me dijo que eras peligrosa. ¿Quién eres realmente, Naomi? No eres una campesina. Hablas como si hubieras desayunado códigos civiles.
Naomi miró al Dr. Alvarado. El médico asintió levemente. Era hora de reclutar al primer soldado de su ejército.
—Me llamo Naomi Ayala —dijo ella.
Mendoza frunció el ceño, procesando el apellido.
—¿Ayala? Como… ¿Antonio Ayala?
—Él es mi padre biológico. Y el hombre que me tiró en esta montaña hace seis años para que me muriera de frío.
Mendoza se quedó en silencio. Miró a Alvarado buscando confirmación. El doctor asintió con gravedad. El abogado soltó un silbido largo y bajo.
—Madre mía… —se pasó la mano por la cara—. Esto no es un caso legal. Esto es una novela griega. Si esto es verdad, eres la heredera desaparecida. Podrías reclamar…
—No quiero su dinero —le cortó Naomi con frialdad—. No quiero una pensión alimenticia ni que me reconozca llorando en televisión. Eso es para los débiles.
—¿Entonces qué quieres?
Naomi se inclinó sobre la mesa, invadiendo el espacio personal del abogado.
—Quiero que pierda todo. Quiero que vea cómo su imperio se desmorona ladrillo por ladrillo. Quiero que se quede solo, pobre y encerrado, sabiendo que fui yo quien lo hizo. Y para eso, necesito salir de aquí.
Mendoza la miró fijamente durante un minuto entero. Vio el fuego en sus ojos, pero también vio la inteligencia fría, calculadora. Vio el potencial.
—Bien —dijo Mendoza, sacando un cigarro pero sin encenderlo por respeto a Doña Ana—. Si quieres destruir a un hombre como Antonio Ayala, no puedes hacerlo tirando piedras desde la montaña. Tienes que entrar en su mundo. Tienes que ser más lista, más rápida y más despiadada que él.
—Estoy lista —dijo Naomi.
—Necesitas papeles. Necesitas una identidad. Necesitas educación formal. Ese cuaderno es bueno, pero un título universitario es mejor. Es un escudo y una espada.
—Tengo el conocimiento. He leído todos los libros que el doctor trajo.
—No basta con saber, Naomi. Necesitas el papelito. El mundo de allá abajo es un mundo de burocracia. Sin un título, eres nadie. Con un título, eres una amenaza.
Mendoza sacó una tarjeta arrugada de su cartera.
—Tengo contactos en la UNAM. Puedo conseguirte una beca si pasas el examen de admisión. Y sé que lo pasarás con los ojos cerrados. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Tu identidad. Si te inscribes como Naomi Ayala, las alarmas van a sonar en alguna base de datos. Tu padre tiene ojos en todos lados.
—No me voy a cambiar el nombre —dijo Naomi con terquedad—. Es mi nombre. No se lo voy a regalar.
Mendoza sonrió. Le gustaba esa terquedad.
—Está bien. Mantendremos el nombre. Pero necesitamos un acta de nacimiento nueva. Una que diga que naciste en… digamos, en un municipio perdido de Oaxaca. Un registro extemporáneo. Es ilegal, claro. Pero luchar contra el diablo requiere tridente.
—Hágalo —dijo Naomi—. Consígame los papeles. Consígame el examen. Yo me encargo del resto.
Las semanas siguientes fueron de una actividad febril.
Mendoza y Alvarado bajaban y subían de la montaña, trayendo formularios, guías de estudio y documentos falsificados con una maestría artística.
Naomi estudiaba dieciséis horas al día. Mientras tanto, Doña Ana la observaba con una mezcla de orgullo y tristeza infinita. Sabía lo que venía. Los pájaros tienen que volar, y los jaguares tienen que salir a cazar.
La noche antes del examen de admisión, que Naomi presentaría en una sede regional a cuatro horas de distancia, la atmósfera en la choza era de despedida, aunque nadie pronunciara la palabra.
Hunter estaba inquieto. El viejo perro parecía sentir que el equilibrio de su mundo estaba a punto de romperse. Seguía a Naomi a todos lados, apoyando su cabeza pesada en las rodillas de ella cada vez que se sentaba.
Naomi cerró el libro de Historia Universal. La vela estaba casi consumida.
—Nana —dijo suavemente.
Doña Ana estaba junto al fogón, removiendo las cenizas.
—Dime, hija.
—Si me voy… si paso el examen y me voy a la Ciudad de México…
—No digas “si”. Di “cuando”. Vas a irte.
—¿Qué va a pasar contigo? ¿Con Hunter?
Ana se giró. Sus ojos brillaban a la luz de las brasas.
—Yo soy como los encinos, Naomi. Aquí nací y aquí me voy a secar. No te preocupes por mí. Y Hunter… —miró al perro, que dormía a los pies de Naomi—. Hunter ya está cansado. Él te esperó, te cuidó y te vio crecer. Su misión está casi cumplida.
Naomi sintió un nudo en la garganta.
—No quiero dejarlo. Es lo único que me queda de… de antes.
—No lo dejas —dijo Ana, acercándose y poniendo una mano sobre el hombro de la joven—. Lo llevas aquí —se tocó el pecho—. Y aquí —se tocó la cabeza—. Pero no puedes llevarte a un perro viejo a la ciudad de los lobos. Él pertenece a la montaña ahora, igual que tú perteneces a la guerra que vas a pelear.
Naomi abrazó a la anciana. Fue un abrazo fuerte, desesperado, el abrazo de una hija a su madre verdadera.
—Gracias, Nana. Gracias por no dejarme morir.
—Tú te salvaste sola, mi niña. Yo solo te di sopa y cobija. Pero recuerda una cosa, Naomi Ayala.
Doña Ana la tomó por la barbilla, obligándola a mirarla a los ojos.
—Vas a bajar a un mundo de gente mala. De gente que miente, que roba y que mata con una sonrisa. No te conviertas en uno de ellos. No dejes que el odio te pudra el corazón. Úsalo como gasolina, no como veneno. Destruye a quien tengas que destruir, pero no te destruyas a ti misma en el camino.
—Lo prometo —dijo Naomi.
El día de la partida llegó un mes después.
La carta de aceptación de la universidad había llegado. Naomi había obtenido uno de los puntajes más altos en la historia del examen de admisión. Tenía una beca completa, un cuarto pequeño en una pensión de estudiantes gestionada por un contacto de Mendoza, y una nueva acta de nacimiento que decía que era Naomi Ayala, hija de madre soltera, nacida en la sierra.
Tenía una maleta pequeña. La misma maleta con la que había subido, más remendada, y ahora llena no de juguetes, sino de ropa sencilla y libros.
La camioneta del Dr. Alvarado esperaba en el camino.
Naomi se vistió. Pantalones de mezclilla limpios, una camisa blanca planchada con esmero, y sus viejas botas de montaña, ahora lustradas. Se trenzó el cabello con fuerza.
Salió al patio. El sol de la mañana bañaba la montaña en oro, como burlándose de su tristeza.
Doña Ana estaba parada junto a la puerta, seca y firme como un árbol. No lloraba. Las mujeres de la sierra lloran hacia adentro.
—Vete ya —dijo Ana—. Que se hace tarde y el tráfico en la entrada de la ciudad es el infierno.
Naomi la besó en la frente.
—Voy a volver. Cuando termine, voy a volver y te voy a construir una casa de ladrillo con piso de madera.
—Vuelve tú —dijo Ana—. La casa no me importa. Vuelve tú entera.
Naomi se giró hacia Hunter.
El perro estaba echado bajo el mezquite. Intentó levantarse, pero sus patas traseras le fallaron. Gimió, frustrado.
Naomi corrió hacia él y se arrodilló en la tierra.
—No, no, quieto. No te levantes, chico.
Acarició la cabeza blanca del perro, hundiendo los dedos en el pelaje suave detrás de las orejas, justo donde a él le gustaba. Hunter cerró los ojos y suspiró, lamiendo la mano de Naomi con su lengua áspera y caliente.
—Te tienes que quedar, Hunter —le susurró, con la voz rota—. Tienes que cuidar a Nana. Ella te necesita más que yo ahora.
El perro la miró con esos ojos ámbar que habían visto su peor momento y su renacimiento. Naomi supo que él entendía. Sabía que era una despedida.
—Fuiste mi mejor amigo —dijo Naomi, dejando caer una lágrima sobre la nariz del perro—. Fuiste mi único amigo. Gracias por calentarme esa noche. Gracias por no dejarme sola.
Besó la cabeza del perro una última vez, impregnándose de su olor. Se levantó rápidamente, porque sabía que si se quedaba un segundo más, no tendría la fuerza para irse.
Tomó su maleta y caminó hacia la camioneta sin mirar atrás.
—Vámonos, doctor —dijo, cerrando la puerta del vehículo.
El Dr. Alvarado arrancó el motor. La camioneta comenzó a descender por el camino de terracería, alejándose de San Isidro, alejándose de la choza, alejándose de la única paz que Naomi había conocido.
Naomi miró por el espejo retrovisor. Vio la figura pequeña de Doña Ana levantando la mano. Y vio, acostado bajo el árbol, al perro que no podía seguirla.
Apretó los puños sobre sus rodillas. El dolor era agudo, físico, como si le estuvieran arrancando un miembro. Pero lo transformó. Tomó ese dolor y lo empujó hacia abajo, hacia el horno de su estómago donde guardaba su odio contra Antonio Ayala.
—¿Estás bien? —preguntó el doctor suavemente.
Naomi miró hacia el frente, hacia el horizonte donde la contaminación de la Ciudad de México manchaba el cielo azul.
—Estoy lista —dijo. Su voz era hielo—. Lléveme a la ciudad, doctor. Tengo un imperio que quemar.
La camioneta aceleró, dejando atrás la sierra. Naomi Ayala bajaba de la montaña. Y Dios se apiade de los que la esperaban abajo.
CAPÍTULO 6: La Piel del Camaleón en la Ciudad de los Monstruos
La Ciudad de México no recibe a nadie con los brazos abiertos; te recibe con un golpe de smog en la cara y el rugido de cinco millones de motores. Para Naomi Ayala, que bajaba del silencio sagrado de la Sierra Madre, la capital fue un asalto a los sentidos.
El ruido era constante. El metro, esa serpiente naranja que corría por las entrañas de la ciudad, olía a sudor, a humanidad comprimida y a electricidad quemada. Las calles eran ríos de gente que caminaba rápido, siempre mirando el reloj, siempre tarde, siempre con miedo.
Pero Naomi no se asustó.
—Si sobreviví a los coyotes de cuatro patas —pensó mientras se abría paso a empujones en la estación Pantitlán—, puedo sobrevivir a los de dos piernas.
Se instaló en un cuarto de azotea cerca de Copilco, en la zona sur, cerca de la Ciudad Universitaria. Era un cubo de cemento de tres por tres metros, con un baño compartido que siempre olía a cloro y humedad. Tenía una parrilla eléctrica, un colchón en el suelo y sus libros. No necesitaba más.
Durante cuatro años, Naomi Ayala fue un fantasma en la UNAM.
Era la estudiante que siempre se sentaba en la primera fila, la que nunca iba a las fiestas de los viernes en “Las Islas”, la que no tenía novio, ni amigos, ni pasatiempos. Sus compañeros la llamaban “La Máquina”.
—Esa chava no duerme, se conecta a la luz —bromeaban a sus espaldas.
No sabían que Naomi trabajaba turnos dobles los fines de semana mesereando en una cantina del centro para pagar su renta y mandarle dinero a Doña Ana. No sabían que cada vez que tenía hambre y no tenía dinero, recordaba el sabor del pan duro en la montaña y el hambre se le quitaba por pura fuerza de voluntad.
Estudió Derecho y Finanzas simultáneamente. Devoraba los códigos civiles como si fueran novelas de misterio. Encontraba los huecos legales, las trampas, las letras chiquitas.
Carlos Mendoza, el abogado que la había sacado de la sierra, se convirtió en su único contacto humano real. Se veían una vez al mes en una cafetería de chinos en el centro, donde el café era malo pero barato y nadie escuchaba las conversaciones ajenas.
—Estás muy flaca —le dijo Mendoza una tarde de lluvia, empujándole un plato de bisquets con mermelada—. Necesitas comer. Tu cerebro consume mucha glucosa con tanto odio.
Naomi sonrió levemente. Era una de las pocas veces que sonreía.
—El odio alimenta más que el pan, licenciado.
Mendoza la miró con preocupación. Había creado un arma, y ahora el arma estaba cargada y apuntando.
—Ya casi terminas la carrera. ¿Cuál es el plan? —preguntó él.
—Entrar —dijo Naomi. Sacó un recorte de periódico de su carpeta—. “López & Asociados”. Son la consultora externa que audita a Grupo Ayala. Buscan pasantes para el área de cumplimiento normativo.
Mendoza silbó.
—Te vas a meter a la boca del lobo. López & Asociados son los que le lavan la cara a tu papá. Son los que maquillan los informes ambientales. Si entras ahí, vas a ver la suciedad de cerca.
—Exacto. Y voy a documentar cada mancha.
La entrevista de trabajo fue una actuación digna de un Óscar.
Naomi se presentó en las oficinas de la consultora, un rascacielos de cristal en Paseo de la Reforma. Llevaba un traje sastre barato que había comprado en un bazar, pero lo había ajustado ella misma para que le quedara perfecto. Su cabello estaba recogido en un chongo severo. No usaba maquillaje, salvo un poco de labial discreto.
El entrevistador era un tal Licenciado Gamboa, un hombre joven, prepotente, con un reloj que costaba más que la vida entera de Doña Ana.
—Naomi… Ayala —dijo Gamboa, leyendo su currículum con desdén—. Promedio perfecto en la UNAM. Mmm. Pero no veo experiencia en empresas grandes. ¿Dónde hiciste tu servicio social? ¿En un despacho de barrio?
—En la Defensoría de Oficio, licenciado —respondió Naomi con voz neutra—. Aprendí a procesar quinientos expedientes a la semana. Sé trabajar bajo presión. No tengo vida social. No tengo familia que me distraiga. Vivo para trabajar.
Gamboa la miró por encima de sus lentes. Le gustaba eso. Las empresas grandes aman a los empleados sin vida propia; son baterías fáciles de exprimir.
—Tu apellido… Ayala. ¿Alguna relación con Don Antonio? —preguntó Gamboa con una risita burlona, como si fuera el chiste más gracioso del mundo.
El corazón de Naomi no cambió de ritmo. Había ensayado esta respuesta mil veces frente al espejo roto de su cuarto.
—Ojalá —dijo ella, permitiéndose una pequeña sonrisa cínica—. Si fuera pariente de Don Antonio, no estaría aquí pidiendo trabajo de pasante, estaría en un yate en Acapulco. Ayala es un apellido muy común en el norte, licenciado. Como Pérez o López.
Gamboa se rió.
—Cierto, cierto. Bueno, tienes el perfil. Pero te advierto: aquí se entra a las 8 y se sale cuando se acaba la chamba. A veces a medianoche. Y la paga es una miseria al principio.
—No tengo problema con el horario.
—Contratada. Empiezas el lunes. Te voy a asignar al archivo muerto. Nadie quiere estar ahí, pero es donde se aprende a callar y obedecer.
Naomi salió del edificio y caminó hasta la glorieta del Ángel de la Independencia. Miró hacia arriba, hacia el cielo gris de la ciudad.
—Archivo muerto —susurró—. Pobre idiota. Me acabas de dar las llaves del cementerio.
El “Archivo Muerto” era un sótano inmenso, lleno de cajas de cartón apiladas hasta el techo, que olía a polvo viejo y secretos. Para cualquier otro pasante, hubiera sido un castigo. Para Naomi, era una mina de oro.
Durante seis meses, fue la empleada invisible. Llegaba antes que nadie, preparaba el café, sacaba copias, archivaba documentos. No hablaba con nadie más de lo necesario. Se volvió indispensable por su eficiencia robótica.
—Pídele a la chica nueva que busque el expediente del 98 —decían los gerentes—. Esa chava encuentra todo.
Y lo encontraba. Pero también leía.
Naomi desarrolló una memoria fotográfica para los fraudes. Mientras organizaba las cajas, su mente conectaba puntos.
Caja 402: Proyecto “Río Verde”. Permisos ambientales denegados en enero. Aprobados en febrero después de una “donación” a la fundación del gobernador.
Caja 515: Lista de raya de la Mina La Esperanza. Nombres repetidos. Nombres de gente muerta cobrando sueldos. Lavado de dinero.
Naomi no sacaba los documentos. Eso sería estúpido; había cámaras. En su lugar, memorizaba los números de folio y las fechas. Luego, por las noches, en su cuarto de azotea, transcribía todo en cuadernos codificados que escondía bajo una tabla suelta del piso.
Estaba armando el rompecabezas de la corrupción de su padre. Y era un rompecabezas manchado de sangre.
Pero el destino, que tiene un sentido del humor macabro, decidió acelerar las cosas un martes de noviembre.
Naomi fue enviada al piso 40, la “planta noble”, para entregar unos contratos urgentes que requerían la firma de los socios principales. El piso 40 era otro mundo. Alfombras mullidas, aire perfumado, silencio de iglesia.
Naomi caminaba por el pasillo con la carpeta en la mano cuando las puertas del elevador privado se abrieron.
Y salió él.
Antonio Ayala.
El tiempo se congeló. El sonido del aire acondicionado desapareció. El mundo se redujo a ese hombre de traje azul marino que caminaba hacia ella, flanqueado por dos asistentes y el director de la consultora.
Había envejecido. Su cabello, antes negro azabache, ahora era plateado en las sienes. Tenía bolsas bajo los ojos y una ligera cojera que intentaba disimular. Pero la mirada… la mirada seguía siendo la misma. Esos ojos de tiburón, fríos, calculadores, que miraban a las personas como si fueran muebles.
Naomi se quedó quieta, pegada a la pared para dejarlos pasar. Su corazón golpeaba contra sus costillas con tanta fuerza que temió que se escuchara en el pasillo.
Es él. El hombre que me dejó en la montaña. El hombre que me borró.
Sintió una oleada de náuseas. Sus manos sudaron frío sobre la carpeta de piel. Quería gritar. Quería saltar sobre él y clavarle un bolígrafo en la yugular. Quería escupirle.
Pero no hizo nada. Se convirtió en estatua. Bajó la mirada, en una muestra de sumisión fingida, pero observó todo a través de sus pestañas.
Antonio pasó frente a ella. Estaba hablando por celular.
—…no me importa lo que diga el sindicato, ciérrales el acceso. Que se mueran de hambre un par de días, ya verás cómo firman…
De repente, Antonio se detuvo.
Algo le hizo parar. Un olor, una sensación, una sombra.
Se giró lentamente y miró a Naomi.
Naomi levantó la vista. Sus miradas chocaron.
Fue un segundo. Un segundo eterno donde el pasado y el presente colisionaron. Naomi sostuvo la mirada. No podía evitarlo. Sus ojos eran los ojos de su madre, pero también eran los ojos de Antonio.
Antonio frunció el ceño. Hizo un gesto de confusión, como quien intenta recordar el nombre de una canción vieja que suena en la radio.
—¿Nos conocemos? —preguntó Antonio. Su voz era grave, autoritaria.
El director de la consultora se puso nervioso.
—Es una de las pasantes, Don Antonio. Trae los papeles de la fusión.
Antonio no dejó de mirar a Naomi. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Naomi olió su loción. Era la misma que usaba cuando ella era niña. Sándalo y tabaco. El olor de su infancia robada.
—Tienes una mirada muy pesada para ser una pasante —dijo Antonio, estudiándola con sospecha—. Me recuerdas a alguien.
Naomi apretó los dedos sobre la carpeta hasta que los nudillos se pusieron blancos. Este era el momento. Podía decir: “Soy tu hija. Soy la niña que dejaste en el kilómetro 40. Soy tu fantasma”.
Pero si lo decía, perdía. Si lo decía, sería una escena dramática, la sacarían de seguridad, y él borraría sus huellas de nuevo.
Naomi tragó saliva y dejó que la “Niña de la Sierra” tomara el control. Esa parte de ella que sabía cazar, que sabía esperar.
—Me dicen mucho que tengo cara de gente conocida, señor —dijo Naomi con una voz firme, profesional, sin una pizca de miedo—. Pero soy nueva en la ciudad.
Antonio la escaneó una vez más. Buscó miedo en sus ojos. No lo encontró. Buscó súplica. No la encontró. Solo encontró un vacío oscuro.
—Mmm. Quizás —murmuró Antonio, perdiendo el interés. Su ego era demasiado grande para imaginar que su pasado pudiera volver—. Tienes ojos de gente del norte.
—Soy de Oaxaca, señor —mintió ella sin parpadear.
Antonio asintió, despectivo, y se giró para seguir caminando.
—Vámonos. Tengo prisa.
El grupo se alejó por el pasillo. Naomi se quedó allí, temblando. No de miedo, sino de adrenalina. Una descarga eléctrica le recorría la columna vertebral.
No la había reconocido.
Para él, Naomi Ayala estaba muerta y enterrada bajo seis años de olvido. No podía concebir que esa mujer joven, eficiente y fría fuera la niña llorona que había abandonado.
Naomi entró al baño de mujeres. Se miró en el espejo. Estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una luz terrible.
—No sabes quién soy —le susurró a su reflejo—. Perfecto. Mejor así. Cuando el cuchillo entre, ni siquiera vas a saber quién lo empuja.
Semanas después, Naomi conoció a la otra pieza del tablero.
Esteban.
El “Heredero Dorado” llegó a la consultora para una práctica profesional. Por supuesto, no empezó en el archivo muerto. Empezó en una oficina con vista panorámica, con el título de “Analista Junior Adjunto”.
Naomi lo vio en la cafetería corporativa.
Esteban tenía ahora diecisiete años. Era alto, guapo, con el cabello castaño perfectamente peinado y esa seguridad relajada de quien nunca ha tenido que preocuparse por pagar la renta. Reía con un grupo de jóvenes ejecutivos que le reían las gracias no porque fueran divertidas, sino porque era un Ayala.
Naomi se sentó en una mesa lejana, observándolo por encima de su tupperware con arroz y frijoles.
Sentía una curiosidad morbosa. Esteban era su hermano. Compartían la mitad del ADN. Pero él era el príncipe y ella la mendiga. Él era el hijo del amor (o de la conveniencia) y ella la hija del pecado.
Un día, coincidieron en la máquina de café.
Esteban estaba batallando con la máquina, que se había tragado su moneda.
—Maldita sea —murmuró el chico, golpeando el aparato.
Naomi se acercó.
—Tienes que pegarle aquí —dijo ella, dándole un golpe seco en el costado derecho a la máquina. La moneda cayó y el café comenzó a salir.
Esteban se giró, sorprendido. Sonrió. Tenía una sonrisa abierta, encantadora. No tenía la maldad de Gloria ni la frialdad de Antonio. Parecía… normal.
—Wow. Gracias. Tienes el toque mágico. Soy Esteban.
Extendió la mano.
Naomi miró esa mano. Era una mano suave, sin callos, con manicura. La mano de alguien que nunca ha tocado un metate ni desollado una gallina.
Naomi tomó su mano brevemente.
—Naomi.
—¿Naomi qué?
—Naomi A. —dijo ella, evitando el apellido.
—Mucho gusto, Naomi A. Oye, ¿tú eres la famosa pasante que encuentra todo? Mi papá mencionó algo de una chica “con mirada pesada”. Creo que le caíste bien, lo cual es raro, porque mi papá odia a todo el mundo.
Naomi sintió un escalofrío. Antonio había hablado de ella.
—Solo hago mi trabajo.
—Pues lo haces bien. Oye, ¿no te gustaría trabajar en mi equipo? Estamos revisando unos proyectos de responsabilidad social y necesito a alguien que no sea un lamebotas. Todos aquí me dicen que sí a todo. Es aburrido.
Naomi lo analizó. Esteban no era malo. Era ingenuo. Vivía en una burbuja de cristal blindado. Creía en la “responsabilidad social” de la empresa de su padre porque eso es lo que le habían enseñado. No sabía que los cimientos de su vida estaban hechos de huesos.
—Lo siento —dijo Naomi—. Estoy ocupada en auditoría.
—Qué lástima. Bueno, si cambias de opinión, búscame. Me caiste bien. Eres… intensa.
Esteban tomó su café y se fue, silbando.
Naomi lo vio alejarse. Sintió una punzada extraña. No era odio. Era pena.
—Pobre niño —pensó—. Eres bueno, Esteban. Y eso va a ser tu perdición. Porque cuando yo tire la casa, tú también vas a estar adentro. Y no sé si voy a poder salvarte.
El momento de quiebre llegó seis meses antes de que Naomi terminara su pasantía.
Encontró el documento.
No estaba en el archivo muerto. Estaba en una carpeta encriptada en el servidor central, al que Naomi había logrado acceder usando la contraseña del Licenciado Gamboa (quien, siendo un idiota arrogante, usaba su fecha de cumpleaños como clave: 150985).
El archivo se llamaba “Incidencias Logísticas – Zona Norte – 201X”.
Naomi lo abrió con el corazón en la garganta.
Era una hoja de cálculo de gastos “varios”. En la fecha exacta de su abandono, había una entrada:
- Concepto: Transporte especial / Limpieza de terreno.
- Ubicación: Km 40, Carretera San Isidro.
- Monto: $50,000 pesos.
- Beneficiario: “Contratista externo” (Sin nombre).
- Nota al pie: “Disposición de activo no reclamado. Asunto cerrado.”
Naomi tuvo que leerlo tres veces.
“Disposición de activo no reclamado”.
Así le llamaban. Así la había clasificado su padre en los libros de contabilidad. No era un asesinato; era una disposición de activos. Un ajuste de inventario.
Esa frase fría, burocrática, inhumana, fue la gota que derramó el vaso.
Naomi copió el archivo en una memoria USB.
Salió de la oficina a las diez de la noche. La ciudad brillaba a su alrededor, indiferente. Caminó hasta una cabina telefónica (no usaba su celular para estas cosas) y marcó el número de Carlos Mendoza.
—¿Bueno? —contestó el abogado, con voz de dormido.
—Lo tengo —dijo Naomi.
—¿Qué tienes?
—Tengo la prueba de que no soy una persona para él. Soy un activo desechado. Y tengo los números de las cuentas en Suiza donde esconde el dinero que se ahorra en seguridad minera.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Se escuchó el sonido de un encendedor.
—¿Estás segura, Naomi? Si usamos esto, no hay vuelta atrás. Vas a declarar la guerra total.
—La guerra empezó hace seis años, Carlos. Yo solo voy a disparar el primer cañón.
—¿Cuándo?
—Pronto. Se acerca la Asamblea Anual de Accionistas. Va a estar toda la prensa. Va a estar la junta directiva. Va a estar Gloria.
—Va a ser un suicidio mediático.
—No —dijo Naomi, mirando su reflejo en el cristal de la cabina. Ya no veía a la niña asustada. Veía a la mujer que había matado gallinas, que había molido maíz hasta sangrar, que había estudiado hasta casi quedarse ciega—. Va a ser una ejecución.
Colgó el teléfono.
Esa noche, Naomi soñó con la montaña. Pero en su sueño, no tenía frío. Ella era el fuego que bajaba por la ladera, quemando los pinos, quemando la carretera, quemando la mansión de Las Lomas. Y en medio del fuego, Antonio Ayala gritaba su nombre, pero ella no se detenía.
La infiltración había terminado. La destrucción estaba a punto de comenzar.
CAPÍTULO 7: La Cena de los Caníbales
El Hotel Camino Real de Polanco es una fortaleza de color rosa y amarillo diseñada por Legorreta, un ícono de la arquitectura mexicana que grita “dinero viejo” y “poder institucional”. Sus muros gruesos aíslan el ruido de la calle Mariano Escobedo, creando un oasis de silencio y lujo donde se cierran los tratos que mueven a México.
Era el lugar perfecto para un asesinato. O al menos, para una ejecución social.
Era la noche de la Asamblea Anual de Accionistas de Grupo Ayala.
Naomi llegó tres horas antes. No entró por la puerta principal, donde los valet parking ya estaban acomodando las vallas de terciopelo para recibir a los Mercedes y BMWs blindados. Entró por la puerta de servicio, cargando una caja de cables HDMI y adaptadores, con un gafete que decía “STAFF TÉCNICO / APOYO LOGÍSTICO”.
Nadie mira al personal de soporte. Son como los muebles: necesarios, pero invisibles.
Naomi vestía de negro riguroso: pantalones de vestir cómodos, camisa negra arremangada y unos auriculares colgados al cuello. Parecía una más del equipo de producción audiovisual. Pero bajo la camisa, pegada a su piel con cinta adhesiva, llevaba la memoria USB que contenía la dinamita.
—¡Hey, tú! —gritó el jefe de piso, un tipo estresado con una tablet—. ¿Eres de López & Asociados?
—Sí —respondió Naomi, masticando chicle para parecer desinteresada—. Me mandaron a revisar la presentación del Licenciado Ayala. Dice que los gráficos del tercer trimestre no se veían bien.
—Pásale a la cabina. Pero rápido, que ya van a empezar a llegar los de seguridad para el barrido.
Naomi caminó hacia la cabina de control, ubicada al fondo del gran salón de baile. Desde allí, tenía una vista panorámica del escenario. Había una pantalla gigante LED de alta definición, podios de acrílico transparente y arreglos florales que costaban más de lo que Doña Ana ganaría en diez vidas.
Se sentó frente a la consola principal. El técnico de video, un chico joven con cara de aburrimiento, estaba comiendo unos tacos de canasta a escondidas.
—¿Qué onda? —dijo él—. ¿Vienes a cargar la nueva versión?
—Sí. El jefe se puso necio con las transiciones —dijo Naomi, sacando la USB de su bolsillo (no la que llevaba pegada al cuerpo, sino una idéntica).
—Adelante. La máquina es tuya. Yo voy al baño antes de que empiece el show.
En cuanto el técnico salió, Naomi cambió. Su postura relajada desapareció. Sus dedos volaron sobre el teclado.
Insertó la USB falsa. Abrió la presentación oficial: “GRUPO AYALA: CONSTRUYENDO EL FUTURO 2024”. Eran diapositivas perfectas: gráficos de barras ascendentes en azul corporativo, fotos de mineros sonrientes (actores contratados, por supuesto) y renders de nuevos proyectos ecológicos.
Luego, sacó la USB real. La que quemaba contra su piel.
Naomi no borró la presentación original. Eso sería un error de novata; se darían cuenta al probar el sonido. Lo que hizo fue insertar un “Caballo de Troya”.
Programó una macro. Una secuencia de comandos oculta. La presentación correría normal durante los primeros veinte minutos: el discurso de bienvenida, los números financieros, el video institucional. Pero cuando llegaran a la diapositiva número 15, titulada “NUESTROS VALORES: FAMILIA Y COMPROMISO”, la macro se activaría.
Naomi cargó los archivos secretos: las fotos de la devastación ambiental en la mina El Suspiro, las copias de los cheques de soborno a los inspectores y, finalmente, la joya de la corona: el acta de “Disposición de Activo” del kilómetro 40 y la foto de ella, Naomi, de niña, abandonada.
—Listo —susurró.
Sacó la USB, borró el historial de conexiones recientes y se recargó en la silla justo cuando el técnico regresaba.
—¿Quedó? —preguntó él.
—Quedó —dijo Naomi. Su pulso estaba acelerado, pero sus manos estaban firmes—. Va a ser una presentación inolvidable.
A las 8:00 PM, el salón era un mar de trajes oscuros y vestidos de diseñador.
El aire olía a perfume Santal 33, a whisky caro y a hipocresía. Los meseros circulaban con bandejas de canapés de salmón y copas de champaña Moët & Chandon.
Naomi salió de la cabina y se mezcló entre las sombras de los laterales, fingiendo revisar conexiones de audio. Quería verlos de cerca.
Antonio Ayala estaba en el centro del salón, recibiendo elogios como un emperador romano. Se veía pletórico. Su traje italiano le quedaba como un guante. Reía, palmeaba espaldas, estrechaba manos. A su lado, Gloria brillaba con un vestido plateado que la hacía parecer una estatua de hielo. Sonreía, pero sus ojos escaneaban el salón buscando defectos, buscando enemigos.
Y luego estaba Esteban.
El “príncipe heredero” estaba en una esquina, rodeado de un grupo de jóvenes inversores, pero se le veía incómodo. Se aflojaba el cuello de la camisa constantemente.
Naomi se acercó un poco más. Esteban la vio. Sus ojos se iluminaron de reconocimiento.
—¡Naomi! —se excusó de su grupo y caminó hacia ella—. ¿Qué haces aquí? Pensé que eras de auditoría, no de eventos.
—Soy multiusos —dijo Naomi—. Faltaba gente en la cabina. ¿Estás nervioso?
Esteban soltó un suspiro largo.
—Estoy aterrado. Mi papá quiere que dé el discurso de cierre. Dice que es mi “presentación en sociedad” ante los socios mayoritarios. Tengo que hablar sobre el futuro ético de la empresa.
Naomi sintió una punzada en el estómago. El futuro ético. La ironía era tan espesa que daba ganas de vomitar.
—Lo harás bien —dijo ella, y por primera vez, sintió que le estaba mintiendo a alguien que no lo merecía—. Tienes buena presencia, Esteban. La gente te cree porque tú te lo crees.
Esteban la miró con vulnerabilidad.
—A veces siento que no encajo aquí, Naomi. Todo esto… —señaló el lujo excesivo— se siente falso. Mi papá habla de legado, de familia, pero… no sé. A veces siento que hay cosas que no me dicen.
Naomi lo miró fijamente. Estuvo a punto de decirle: “Vete. Sal de aquí ahora mismo. Finge que te duele el estómago y vete a tu casa, porque lo que va a pasar te va a destruir”.
Pero no lo hizo. La guerra requiere daños colaterales. Y Esteban, por muy inocente que fuera, era parte del escudo de Antonio.
—La verdad siempre sale a la luz, Esteban —dijo ella suavemente—. A veces tarda, pero sale. Solo asegúrate de estar del lado correcto cuando eso pase.
—¿De qué hablas?
Antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó sobre ellos.
—Esteban, querido, no molestes al personal.
Era Gloria.
La mujer se acercó con la elegancia de una cobra. Miró a Naomi de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatos de suela de goma y su ropa de trabajo. No la reconoció como la niña de hace años —Naomi había cambiado demasiado—, pero reconoció algo que le desagradaba profundamente: la inteligencia en los ojos de la empleada.
—No la molesto, mamá. Naomi es pasante en la consultora. Es brillante.
—Pasante —repitió Gloria con desdén, como si la palabra tuviera mal sabor—. Bueno, señorita pasante, supongo que tiene cables que conectar en otro lado. Mi hijo tiene que saludar al Secretario de Economía.
Naomi sostuvo la mirada de Gloria. No bajó la cabeza. No pidió perdón.
—Claro, señora Ayala. Disfruten la función.
Gloria frunció el ceño. Esa insolencia… esa falta de miedo… le recordó a algo. Una sensación de déjà vu incómoda le recorrió la nuca.
—¿Cómo dijiste que te llamabas? —preguntó Gloria, deteniéndola.
—Naomi —dijo ella, dándose la vuelta para irse—. Naomi A.
Gloria se quedó parada, mirando la espalda de la chica mientras se alejaba.
—Naomi… —murmuró. El nombre le trajo un eco lejano, un recuerdo molesto que creía haber enterrado junto con un viaje a la sierra.
—Mamá, vámonos —insistió Esteban.
Gloria se sacudió la sensación. Imposible, pensó. Esa niña está muerta o pidiendo limosna en algún pueblo. Se alisó el vestido y volvió a sonreír. Esta era su noche. Nada la iba a arruinar.
A las 9:00 PM, las luces del salón se atenuaron.
Una voz en off anunció:
—Damas y caballeros, con ustedes, el Presidente del Consejo de Administración de Grupo Ayala, el Licenciado Antonio Ayala.
Aplausos. Un reflector siguió a Antonio mientras subía al escenario. La pantalla gigante detrás de él se encendió con el logo dorado de la empresa.
Naomi estaba de vuelta en la cabina, de pie detrás del técnico.
—Todo listo —le susurró al chico—. Cuando él diga la frase “El valor de la familia”, sueltas la diapositiva 15.
—Va.
Antonio se aclaró la garganta ante el micrófono. Se veía presidencial. Poderoso.
—Amigos, socios, familia —comenzó Antonio, su voz resonando en las bocinas Bose—. Hace cuarenta años, empecé con una pala y un sueño. Hoy, Grupo Ayala no es solo una empresa minera. Es un pilar de México.
Más aplausos.
Naomi miraba la pantalla de la computadora. El cursor parpadeaba. Su corazón latía al ritmo de un tambor de guerra. Recordó el frío. Recordó a Hunter lamiendo sus heridas. Recordó la cara de Doña Ana quemando el periódico.
—Sigue hablando, papá —murmuró—. Cava tu tumba un poco más profunda.
Antonio continuó. Habló de cifras récord. Habló de expansión internacional. Y luego, llegó al momento cumbre.
—Pero nada de esto importa —dijo Antonio, bajando el tono para parecer emotivo— si no tenemos cimientos morales. Se ha dicho mucho de nosotros en la prensa, ataques infundados de gente envidiosa. Pero yo les digo hoy: mi conciencia está tranquila. Porque cada decisión que he tomado, la he tomado pensando en proteger a los míos.
Gloria, sentada en primera fila, se secó una lágrima falsa. Esteban miraba a su padre con admiración.
—Porque para Grupo Ayala —Antonio alzó la voz, llegando al clímax—, no hay nada más sagrado, nada más intocable, que el valor de la familia y el compromiso con la verdad.
—¡Ahora! —ordenó Naomi en la cabina.
El técnico presionó Enter.
La diapositiva de la familia feliz (Antonio, Gloria y Esteban en un jardín) apareció en la pantalla gigante.
Pero solo duró un segundo.
La pantalla parpadeó. Hubo estática digital.
—¿Qué pasa? —murmuró el técnico, golpeando el teclado—. ¡No responde!
—Déjalo —dijo Naomi, alejándose de la consola—. Está haciendo lo que tiene que hacer.
En el escenario, Antonio se giró al ver que la luz cambiaba.
La pantalla se puso negra. Y luego, en letras rojas gigantes, apareció una fecha:
15 DE OCTUBRE DE 2018
Un murmullo recorrió el salón. Esa no era la fecha de fundación de la empresa.
Luego, apareció un documento escaneado. Era una hoja de contabilidad interna. Estaba ampliada para que hasta el último miope de la fila de atrás pudiera leerla.
La línea resaltada en amarillo brillaba como neón:
CONCEPTO: DISPOSICIÓN FINAL DE ACTIVO / TRASLADO ZONA SIERRA.
MONTO: $50,000.
OBSERVACIONES: NIÑA (12 AÑOS). ABANDONO PROGRAMADO. NO REGISTRAR.
El silencio en el salón fue sepulcral. Se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Antonio se quedó congelado. Su boca se abrió, pero no salió sonido.
—¿Qué es esto? —gritó Gloria desde la primera fila, poniéndose de pie—. ¡Quiten eso! ¡Es un hackeo!
Pero la presentación no se detuvo.
La siguiente imagen fue una fotografía. Una foto granulada, tomada con un celular viejo, pero clara.
Era Naomi de niña. Estaba sucia, con la ropa rota, sentada junto a un perro mestizo con una pata vendada, en medio de la nada. Tenía los ojos hinchados de llorar.
Y debajo de la foto, un texto:
“ANTONIO AYALA NO PERDIÓ A SU HIJA. LA BORRÓ.”
El salón estalló. Gritos, jadeos. Los teléfonos celulares se alzaron en el aire como luciérnagas para grabar el momento. Los periodistas que estaban al fondo corrieron hacia el escenario.
—¡Apágalo! —gritaba Antonio al micrófono, perdiendo la compostura—. ¡Corten la luz! ¡Seguridad!
En la cabina, el técnico estaba en pánico.
—¡No puedo! ¡El sistema está bloqueado! ¡Alguien encriptó el archivo!
La presentación siguió. Ahora aparecían documentos bancarios. Cuentas en las Islas Caimán a nombre de Gloria Ayala. Transferencias a inspectores federales el día después de accidentes mineros.
Era una carnicería de datos.
Esteban estaba de pie, pálido como un fantasma, mirando la pantalla. Miró la foto de la niña. Miró los ojos de la niña. Y luego miró a su padre.
—Papá… —se leyó en sus labios.
Antonio no miraba a su hijo. Antonio miraba hacia la cabina de control. Sus ojos de depredador buscaban al culpable. Y la encontró.
Naomi había salido de la cabina y estaba parada en el balcón superior, iluminada tenuemente por las luces de emergencia. Se había quitado la gorra y soltado el cabello. Ya no se encorvaba. Estaba erguida, con los brazos cruzados sobre la barandilla, mirando el caos con una calma absoluta.
Antonio la vio.
Y esta vez, la reconoció.
No por su cara de niña, sino por la mirada. Esa mirada de odio puro, de justicia bíblica.
—Naomi… —susurró Antonio, y el micrófono captó el nombre.
Todo el salón volteó a ver hacia donde él miraba.
Naomi no huyó. Tomó un micrófono inalámbrico que había “tomado prestado” de la cabina.
Su voz resonó en el salón, cortando el caos.
—Buenas noches, papá —dijo ella. Su voz era tranquila, fría, educada—. Perdón por interrumpir tu discurso sobre la familia. Pero pensé que te habías olvidado de mencionar a un miembro.
—¡Seguridad! —chilló Gloria—. ¡Arréstenla! ¡Es una terrorista!
—No soy una terrorista, Gloria —respondió Naomi—. Soy la auditora. Y acabo de terminar mi reporte.
Dos guardias de seguridad corrieron hacia las escaleras del balcón. Naomi sabía que tenía menos de un minuto antes de que la alcanzaran.
Miró a Esteban, que estaba llorando en silencio en el escenario.
—Lo siento, Esteban —dijo—. Pero tú merecías saber la verdad.
Luego miró a Antonio, que parecía haber envejecido veinte años en cinco minutos. Se agarraba el pecho.
—Dijiste que me habías borrado, Antonio. Pero los fantasmas no se borran. Los fantasmas espantan.
Naomi soltó el micrófono. Cayó al suelo con un golpe sordo que retumbó en las bocinas.
Se dio la vuelta y corrió hacia la salida de emergencia del nivel superior, que ya había dejado desbloqueada previamente.
Salió a las escaleras de servicio, bajando los escalones de dos en dos. La adrenalina le quemaba las venas. Escuchaba los gritos detrás de ella, las sirenas que empezaban a sonar a lo lejos.
Llegó a la calle lateral, donde una moto negra estaba esperando con el motor encendido.
Carlos Mendoza estaba al manubrio, con dos cascos.
—¡Sube! —gritó el abogado.
Naomi saltó a la parte trasera de la moto y se puso el casco.
—¿Lo hiciste? —preguntó Mendoza, acelerando mientras las patrullas comenzaban a llegar al hotel.
—Está hecho —dijo Naomi, abrazándose a la cintura del abogado—. El rey está desnudo.
La moto se perdió en el tráfico de la noche de la Ciudad de México, convirtiéndose en una luz roja más en el río de luces.
Atrás, en el Hotel Camino Real, la fiesta había terminado. El imperio Ayala estaba ardiendo. Y Naomi Ayala, la niña de la sierra, acababa de encender el cerillo más caro de la historia.
Pero mientras el viento le golpeaba la cara, Naomi no sonrió. Sabía que esto no era el final. Antonio Ayala era un animal herido, y los animales heridos son los más peligrosos. La verdadera guerra apenas comenzaba.
CAPÍTULO 8: El Regreso de la Reina de la Sierra
La caída del Grupo Ayala no fue un derrumbe silencioso; fue un terremoto que sacudió los cimientos de la élite mexicana.
En las 48 horas siguientes a la “Noche del Camino Real”, el nombre de Naomi Ayala fue la tendencia número uno en Twitter (X), superando al fútbol y a la política. El video de su interrupción, grabado por cien celulares, se reproducía en bucle en los noticieros de la noche. Aristegui, Ciro, Loret; todos hablaban de lo mismo: “El Escándalo Ayala: Intento de Filicidio y Fraude Millonario”.
Naomi vio el incendio desde la seguridad de un departamento en la colonia Roma, propiedad de un amigo de confianza de Carlos Mendoza.
—Mira esto —dijo Carlos, lanzando el periódico Reforma sobre la mesa de centro—. “El SAT congela las cuentas de Antonio y Gloria Ayala”. “La UIF abre investigación por lavado de dinero”. “Acciones de Grupo Ayala caen un 60% en la apertura de la Bolsa”.
Naomi estaba sentada en el sillón, con una taza de café en la mano. No se veía triunfante. Se veía agotada, vacía, como un soldado que acaba de ganar la guerra pero ha visto demasiada sangre.
—¿Y ellos? —preguntó. Su voz era un hilo.
—Antonio está bajo arresto domiciliario en la mansión, solo porque sus abogados soltaron millones en amparos médicos alegando problemas cardíacos. Pero tiene un brazalete electrónico. No puede salir ni al jardín.
—¿Y Gloria?
Carlos soltó una risa seca.
—A Gloria la detuvieron en el Aeropuerto de Toluca. Intentaba abordar un jet privado rumbo a Panamá con dos maletas llenas de joyas y efectivo. Está en el penal de Santa Martha Acatitla. Sin fianza.
Naomi asintió lentamente. Justicia. Fría, burocrática y brutal.
—¿Y Esteban? —preguntó por último.
Carlos se sentó frente a ella, poniéndose serio.
—Esteban es el único que está limpio. Renunció públicamente a la herencia ayer en la noche. Está colaborando con la Fiscalía. Entregó discos duros, contraseñas, todo. Ese chico… ese chico tiene agallas, Naomi.
Naomi cerró los ojos.
—Él no tenía la culpa.
—No. Pero él eligió de qué lado estar. Y eligió el tuyo.
Tres días después, Naomi recibió una llamada. Era el abogado de su padre. Antonio Ayala solicitaba verla.
—No tienes que ir —le dijo Carlos—. Es una trampa emocional. Quiere manipularte.
—No —dijo Naomi, levantándose y alisándose la ropa—. Quiere ver si soy real. Y necesito que me vea. Necesito que vea que no soy un fantasma.
Llegar a la mansión de Las Lomas fue surrealista. La casa estaba rodeada de cinta amarilla de “ASEGURADO POR LA FISCALÍA”, patrullas y periodistas acampando en la banqueta.
Cuando la camioneta de Carlos se detuvo, los flashes estallaron como relámpagos. Naomi bajó con la cabeza en alto, sin lentes oscuros. Quería que la vieran. Quería que vieran a la sobreviviente.
Entró a la casa. El silencio sepulcral había vuelto, pero ahora era un silencio de muerte, no de orden. Los muebles estaban cubiertos con sábanas. Los cuadros habían sido descolgados por las autoridades.
Encontró a Antonio en su despacho.
Estaba sentado en su silla de piel, mirando hacia el jardín. Se veía pequeño. El traje impecable había sido reemplazado por una bata de dormir. Su cabello estaba despeinado.
—Naomi —dijo él, sin girarse.
—Antonio —respondió ella. No “papá”. Nunca más “papá”.
Él giró la silla lentamente. Sus ojos estaban rojos, hundidos. La miró con una mezcla de odio, miedo y, extrañamente, admiración.
—Me destruiste —dijo él. Su voz temblaba—. Cuarenta años de trabajo. Cuarenta años construyendo un legado. Y tú lo quemaste en veinte minutos con una memoria USB.
—Tú lo quemaste hace seis años en el kilómetro 40 —dijo Naomi, caminando por la habitación, tocando los lomos de los libros que él nunca leía—. Yo solo soplé sobre las cenizas.
—¿Por qué no pediste dinero? —preguntó él, genuinamente confundido—. Podría haberte dado millones. Podría haberte mandado a Europa. ¿Por qué la cárcel?
Naomi se detuvo frente a él.
—Porque el dinero se acaba, Antonio. Pero la memoria no. Quería que el mundo supiera quién eres. Quería quitarte lo único que amabas más que a ti mismo: tu nombre.
Antonio se rió, una risa amarga que terminó en tos.
—Eres igual a mí —dijo, mirándola fijamente—. Esa crueldad… esa paciencia… la sacaste de mí. Esteban es blando, como su madre. Pero tú… tú eres un lobo, Naomi. Eres mi verdadera hija.
Naomi sintió un escalofrío, pero no retrocedió.
—No —dijo ella suavemente—. Yo tengo tu sangre, sí. Tengo tu inteligencia. Pero no soy como tú. Porque yo usé esa fuerza para salvar a gente, no para enterrarla. Yo tengo algo que tú nunca tuviste.
—¿Qué? —escupió él.
—Lealtad. A la gente que me cuidó cuando tú me tiraste.
Naomi sacó un documento de su bolso. Lo puso sobre el escritorio.
—¿Qué es esto?
—Es la cesión de derechos de la Mina El Suspiro y los terrenos adyacentes en la Sierra Madre. Vas a firmarlo. Se los vas a entregar a la comunidad de San Isidro como reparación de daños.
—¿Y si no firmo?
—Si no firmas —dijo Naomi, inclinándose sobre él—, publicaré el “Archivo B”. Las fotos de los cuerpos que tus capataces enterraron en las fosas clandestinas del norte. Y entonces no será arresto domiciliario, Antonio. Será una celda común en el Reclusorio Norte, con los mismos hombres a los que explotaste.
Antonio palideció. Le temblaron las manos. Tomó la pluma Montblanc, la misma con la que había firmado sentencias de muerte financiera, y firmó su rendición.
Naomi tomó el papel.
—Adiós, Antonio.
Se dio la vuelta para irse.
—Naomi —la llamó él una última vez. Su voz sonaba rota, infantil—. ¿Alguna vez pensaste en mí? ¿En esos años?
Naomi se detuvo en el marco de la puerta.
—Cada día —dijo—. Pensaba en ti cada vez que tenía frío. Gracias a eso sobreviví. Tu odio me mantuvo caliente.
Salió del despacho y cerró la puerta. Dejó a su padre solo con sus fantasmas.
En el vestíbulo, Esteban la esperaba.
Se veía cansado, pero aliviado. Llevaba una maleta pequeña.
—¿Te vas? —preguntó Naomi.
—Sí. Me voy a Canadá. Tengo unos tíos allá. Quiero estudiar… no sé, Filosofía o Letras. Algo que no tenga que ver con dinero.
Naomi se acercó a él. Por primera vez, lo vio no como el príncipe rival, sino como otra víctima de Antonio y Gloria.
—Perdóname por arrastrarte en esto, Esteban.
—No —dijo él, negando con la cabeza—. Me liberaste. Vivía en una mentira dorada. Ahora duele, pero al menos es verdad.
Esteban metió la mano en su bolsillo y sacó un juego de llaves.
—Son las llaves de la camioneta blindada de mi papá. La que está en el garaje. Él ya no la va a usar. Tómala. La necesitas para donde vas.
Naomi tomó las llaves.
—Gracias, hermano.
Esteban sonrió tristemente al escuchar la palabra.
—Cuídate, hermana. Sé buena.
Se abrazaron. Fue un abrazo torpe, rápido, pero sincero. El fin de una dinastía y el comienzo de dos vidas separadas.
El viaje de regreso a la Sierra Madre no fue una huida; fue una peregrinación.
Naomi manejaba la camioneta Suburban blindada, pero esta vez no iba en el asiento de atrás como una víctima. Iba al volante. La camioneta estaba cargada hasta el techo: medicinas, cobijas, herramientas, paneles solares, libros y comida.
Carlos Mendoza iba de copiloto.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó él—. Con los terrenos que recuperaste, podrías venderlos y vivir como reina en París.
—Ya soy una reina, Carlos —dijo Naomi, mirando las montañas que aparecían en el horizonte—. Soy la Reina de la Sierra. Y mi reino me necesita.
Subieron por la misma carretera de terracería. Pasaron el kilómetro 40. Naomi frenó un momento en el “mirador” donde había sido abandonada.
Bajó de la camioneta. El viento soplaba igual que hace seis años. El precipicio seguía ahí, indiferente.
Pero ya no le daba miedo.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire frío y limpio.
—Gané —le susurró al viento—. Ganamos, Hunter.
Volvió a subir y condujo el último tramo hacia San Isidro.
Al llegar al pueblo, algo había cambiado. La gente no se escondía. Salían de sus casas al ver la camioneta. Al principio con miedo, pensando que eran los matones de la mina, pero luego, al ver a Naomi bajar, los rostros se iluminaron.
—¡Es la niña! —gritó alguien—. ¡Es Naomi!
Naomi no se detuvo en el pueblo. Siguió subiendo hacia la choza de Doña Ana.
Su corazón latía desbocado. Habían pasado seis meses desde que se fue a la ciudad. Seis meses sin noticias directas.
La camioneta se detuvo frente a la cerca de palos.
La choza se veía igual. El humo salía de la chimenea.
Naomi bajó corriendo.
—¡Nana! —gritó—. ¡Nana, ya llegué!
La puerta se abrió. Doña Ana salió, apoyándose pesadamente en su bastón. Se veía más vieja, más frágil, como una hoja seca a punto de caer. Pero sus ojos brillaron con lágrimas al ver a Naomi.
—¡Mi niña! —la voz de la anciana se quebró—. ¡Volviste!
Naomi corrió y la abrazó, levantándola casi del suelo. Olía a humo y a hogar.
—Te prometí que volvería. Y traje todo. Traje los papeles. La tierra es tuya, Nana. La tierra es del pueblo. Ya nadie los va a sacar.
Doña Ana lloraba, acariciando la cara de Naomi con sus manos temblorosas.
—Bendita seas… bendita seas…
Entonces, Naomi miró hacia el mezquite viejo.
—¿Y Hunter? —preguntó, con un nudo en la garganta.
La cara de Doña Ana se ensombreció, pero con una paz dulce.
—Me esperó, hija. Te lo juro que te esperó.
Ana señaló hacia el árbol.
Debajo del mezquite, sobre una manta vieja, estaba Hunter.
No se movió cuando Naomi se acercó. Estaba echado de lado, respirando muy despacio, con un silbido suave en el pecho. Estaba flaco, solo piel y huesos bajo el pelaje blanco.
Naomi se tiró al suelo, sin importarle la tierra en su ropa cara.
—Hunter… —susurró—. Hunter, soy yo. Soy Naomi.
La oreja del perro se movió. Lentamente, muy lentamente, abrió un ojo. La catarata lo hacía ver azulado, ciego, pero su nariz, esa nariz fiel que la había salvado de la muerte, se movió al reconocer su olor.
El perro soltó un suspiro profundo. Su cola golpeó la tierra una vez. Pum. Una sola vez.
Naomi acarició su cabeza, llorando.
—Ya estoy aquí, amigo. Ya volví. Lo logramos. Le ganamos al malo.
Hunter pareció sonreír. Relajó el cuerpo completamente. Había estado aguantando, peleando contra la muerte día tras día, sentado frente al camino, esperando verla volver. Su misión estaba completa. La niña estaba a salvo. La niña estaba en casa.
El perro exhaló un último aliento largo, cálido, contra la mano de Naomi. Y luego, se quedó quieto.
El silencio de la sierra los envolvió. Pero no era un silencio triste. Era un silencio sagrado.
Naomi lloró, abrazada al cuerpo de su amigo, con Doña Ana acariciándole la espalda y Carlos mirando desde lejos con respeto.
—Descansa, guerrero —dijo Naomi entre sollozos—. Ya no tienes que cuidarme. Ahora yo los cuido a todos.
EPÍLOGO: Un Año Después
San Isidro ya no era un pueblo fantasma.
Donde antes había chozas cayéndose, ahora había casas reforzadas con techos nuevos. Había una escuela pequeña, pintada de azul brillante, que llevaba un letrero en la entrada: “ESCUELA RURAL HUNTER”.
La clínica, financiada por la Fundación Ayala (ahora bajo control total de Naomi), estaba atendida permanentemente por el Dr. Tomás Alvarado, quien había renunciado a la ciudad para vivir donde se sentía útil.
Naomi no vivía en la mansión de Las Lomas. Esa casa se había vendido para pagar las indemnizaciones a los mineros.
Naomi vivía en una casa de adobe y piedra, sencilla pero cómoda, construida al lado de la choza original de Doña Ana. Tenía internet satelital, paneles solares y una oficina llena de mapas y proyectos.
Era la mañana de su cumpleaños número veinte.
Naomi salió al pórtico con una taza de café. El aire era frío, pero a ella ya no le molestaba. Llevaba botas de trabajo, jeans y una camisa de franela.
Caminó hasta el mezquite viejo.
Ahí, al pie del árbol, había una tumba pequeña rodeada de piedras de río y flores silvestres siempre frescas. Una placa de madera tallada decía:
HUNTER
El guardián de la montaña.
Salvó una vida y cambió el mundo.
Naomi se sentó junto a la tumba.
—Hola, viejo —dijo—. Hoy vamos a inaugurar el sistema de agua potable en el valle de abajo. Carlos dice que los abogados de la competencia están furiosos porque no pueden comprar los terrenos. Dice que soy una “cacica”. —Naomi sonrió—. Que digan lo que quieran.
Miró hacia el horizonte. Allá, muy lejos, la Ciudad de México era una mancha gris bajo el smog. Sabía que Antonio seguía allí, solo en un departamento pequeño, enfermo y olvidado. Sabía que Gloria estaba en una celda, aprendiendo lo que es no tener a nadie que te sirva.
No sentía lástima. Tampoco sentía ya ese odio ardiente que la había impulsado durante años. El odio se había consumido, dejando tras de sí algo más duradero: propósito.
Doña Ana salió de la casa con un pastel de elote recién hecho.
—¡Feliz cumpleaños, mi niña! —gritó la anciana, que parecía haber rejuvenecido diez años con la buena alimentación y la tranquilidad.
—Gracias, Nana.
Naomi se puso de pie. El sol salió por encima de los picos, bañando el valle en luz dorada.
Había sido abandonada para morir. Había sido borrada. Había sido nada.
Ahora, miraba su reino de montañas y gente libre.
—¿Estás feliz? —preguntó Carlos, saliendo con unos planos bajo el brazo.
Naomi respiró hondo. Miró la tumba de su perro, la casa de su madre adoptiva, y la tierra que había defendido con uñas y dientes.
—No sé si la felicidad es la palabra, Carlos —dijo Naomi, con una sonrisa serena que le llegaba a los ojos—. Pero estoy en paz. Y estoy donde pertenezco.
Se sacudió el polvo de los pantalones.
—Vámonos. Hay mucho trabajo que hacer.
Naomi Ayala, la Reina de la Sierra, dio la espalda al pasado y caminó hacia el futuro, dejando huellas profundas en la tierra que la había visto morir y renacer.
FIN