7 MESES DESPUÉS DE FIRMAR EL DIVORCIO, ÉL LA VIO EMBARAZADA EN EL SUPERMERCADO Y SE DIO CUENTA DE LA VERDAD OCULTA: ELLA JAMÁS INTERRUMPIÓ EL EMBARAZO Y AHORA ÉL TENÍA QUE LUCHAR CONTRA EL TIEMPO PARA RECUPERAR A LA FAMILIA QUE DESECHÓ POR COBARDE.

CAPÍTULO 1: El Fantasma en el Pasillo de las Verduras

El zumbido de las lámparas fluorescentes del supermercado “La Comer” parecía taladrar directamente el cráneo de Braulio Juárez. Era un sonido constante, eléctrico y molesto, como el de una mosca atrapada dentro de su cabeza, que le recordaba que eran las nueve de la noche de un martes y que su vida, al igual que su carrito de compras, estaba vacía y con una rueda chueca que se desviaba hacia la izquierda.

Braulio empujó el carrito con desgana por el pasillo de limpieza, ignorando las ofertas de detergente Foca y los suavizantes de telas. No necesitaba mucho. Su lista mental era patética: una cartera de huevos, un paquete de jamón de pavo (del barato), tortillas de harina y, si se sentía con ganas de fingir que le importaba su salud, un par de jitomates.

—Pinche rueda —masculló entre dientes cuando el carrito volvió a chocar contra un estante de galletas Marías.

Se ajustó la gorra de béisbol gastada, tratando de ocultar sus ojos. No quería encontrarse con nadie conocido. La Colonia Del Valle era grande, pero el mundo era un pañuelo, y lo último que Braulio quería era toparse con algún ex-cliente de la constructora, alguien a quien le hubiera quedado debiendo una instalación o un acabado cuando todo se fue al diablo hace ocho meses. O peor aún, encontrarse con algún amigo de ella.

Siete meses.

El número flotaba en su mente como una boya en medio del océano. Siete meses desde que firmó los papeles del divorcio en ese despacho frío y con olor a café quemado en Insurgentes Sur. Siete meses desde que caminó lejos del error más grande de su vida, convencido de que estaba haciendo lo correcto, lo “lógico”. Siete meses de silencio, de cenar cereal frente a la televisión, de dormir en el lado derecho de una cama que ahora le quedaba enorme.

Braulio giró hacia la sección de frutas y verduras. El aire allí siempre era más frío, con ese olor característico a tierra húmeda, cilantro fresco y la cera que le ponen a las manzanas para que brillen bajo la luz artificial.

Estaba concentrado en elegir unos aguacates que no estuvieran duros como piedras ni negros como su suerte, cuando la vio.

Al principio, su cerebro se negó a procesar la información. Era solo una silueta familiar al final del pasillo, parada frente a la pirámide de naranjas. Llevaba un vestido largo de algodón, color azul cielo, y tenía el cabello recogido en ese chongo desordenado que ella solía hacerse cuando no tenía ganas de peinarse pero igual se veía hermosa.

—No puede ser —susurró Braulio, sintiendo cómo se le helaba la sangre.

Era Camila. No había duda. Reconocería la curva de su cuello y la forma en que ladeaba la cabeza al examinar una fruta en cualquier lugar del mundo. Pero había algo diferente. Algo radicalmente, terroríficamente diferente en su silueta.

Camila se giró ligeramente para depositar una bolsa de limones en su carrito, y el mundo de Braulio se detuvo con la violencia de un choque en el Periférico.

No era solo Camila. Era Camila embarazada. Y no era un embarazo incipiente, de esos que apenas se notan con un poco de ropa holgada. No. Su vientre se proyectaba hacia adelante con una redondez innegable, tensando la tela azul de su vestido. Era un vientre bajo, pesado, contundente.

Braulio sintió que las piernas le fallaban. Se aferró al manubrio de su carrito como si fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra. Su mente, entrenada para los cálculos estructurales y los presupuestos de obra, comenzó a hacer matemáticas a una velocidad vertiginosa, aunque el resultado le provocaba náuseas.

Siete meses divorciados.
Ocho meses desde que me fui de la casa.
El tamaño de esa panza… eso son al menos siete meses.
Quizás ocho.

El aire se le escapó de los pulmones. Un sudor frío le perla la frente.

—Ella nunca lo hizo —dijo en voz tan baja que ni él mismo se oyó.

El recuerdo lo golpeó como una bofetada física, transportándolo instantáneamente a la cocina de su antigua casa, esa casita en la Narvarte que habían pintado juntos de color amarillo mantequilla. Recordó la textura del mantel, el ruido del reloj de pared, y sobre todo, la expresión en los ojos de Camila.

Aquella noche, ella había llegado del trabajo con un brillo febril en la mirada. Trabajaba como trabajadora social, lidiando con familias rotas todo el día, pero esa noche parecía iluminada por dentro.
—Braulio, siéntate. Tengo que decirte algo —había dicho, sacando la prueba de embarazo de su bolso con manos temblorosas.

Braulio recordó su propia reacción. No hubo alegría. No hubo el abrazo de película que ella esperaba. En ese momento, Braulio estaba revisando las cuentas de “Constructora Juárez”. Acababa de perder el contrato con el Grupo Hércules por falta de liquidez. Debía la nómina de dos semanas a sus albañiles. El banco le llamaba tres veces al día.

Cuando vio las dos rayitas rosas, no vio a un bebé. Vio gastos. Vio pañales, pediatras, colegiaturas, leche. Vio el fin de su precaria estabilidad económica. Vio el abismo.

—No podemos, Camila —había soltado él, con la voz ronca por el estrés—. Mírame. Mira estos números. Estamos ahogados. Debo la renta del local, debo la camioneta.

—Es un bebé, Braulio. Es nuestro bebé —ella había susurrado, con la sonrisa empezando a desmoronarse en las comisuras de sus labios.

—Es una carga que no podemos soportar —respondió él, palabras que ahora, parados en el supermercado siete meses después, resonaban en su cabeza como una sentencia de muerte—. Quizás… quizás no es el momento. Hay opciones, Camila. No tenemos que tenerlo ahora. Podemos esperar a que la empresa se recupere.

No dijo la palabra “aborto”, pero flotó en el aire entre ellos, pesada y tóxica. Vio cómo la luz se apagaba en los ojos de Camila. No hubo gritos. No hubo una pelea dramática de telenovela. Solo un silencio absoluto, denso, donde se rompió algo fundamental. La confianza. La admiración. El amor.

Tres semanas después, ella puso los papeles del divorcio sobre la mesa.
—No voy a obligarte a ser padre —dijo ella con una frialdad que le heló los huesos—. Pero yo no voy a renunciar a esto. Y no puedo estar con un hombre que ve a su propio hijo como un error financiero. Quédate con tu empresa, Braulio. Quédate con tus miedos.

Él pensó que ella había entrado en razón. Pensó que, al irse, ella había “resuelto el problema”. Que no había bebé. Que se habían separado por diferencias irreconciliables, por dinero, por el estrés. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó esto.

De vuelta en el presente, en el pasillo de las frutas, Camila levantó la vista.

Sus miradas chocaron.

Fue como si el tiempo se congelara. Braulio vio cómo el color desaparecía del rostro de ella. Vio cómo sus pupilas se dilataban por el pánico. Y lo más doloroso de todo: vio cómo su mano derecha volaba instintivamente hacia su vientre, cubriéndolo, protegiéndolo.

No lo estaba protegiendo del frío. Lo estaba protegiendo de él.

Ese gesto lo destruyó. Su propia esposa… su ex esposa, protegiendo a su hijo de su propio padre como si él fuera un monstruo, una amenaza.

—Camila… —Braulio intentó hablar, pero la voz se le quebró. Dio un paso hacia adelante, un movimiento torpe y desesperado.

El instinto de huida de Camila se activó al instante. Dejó caer la bolsa de limones dentro del carrito con un golpe sordo, giró sobre sus talones (con una agilidad sorprendente para su estado) y comenzó a caminar rápidamente hacia la salida, abandonando el carrito lleno de despensa a mitad del pasillo.

—¡Camila, espera! —gritó Braulio, importándole poco que una señora que escogía papayas se le quedara viendo con cara de escándalo.

Braulio abandonó su propio carrito, con su triste jamón y sus huevos, y corrió tras ella. Sus botas de trabajo resonaban pesadamente contra el piso de linóleo.

—¡Camila! ¡Por favor!

Ella no volteó. Caminaba rápido, con esa marcha de pato característica de las mujeres en el tercer trimestre, con una mano en la espalda baja y la otra abriéndose paso entre la gente.

—¡Con permiso, con permiso! —decía ella a los otros clientes, con la voz estrangulada.

Braulio la vio cruzar las cajas registradoras sin comprar nada, pasando por el carril de “sin compra”. El guardia de seguridad le echó una mirada sospechosa a Braulio cuando lo vio correr, pero él lo ignoró.

Salió al estacionamiento subterráneo. El aire estaba viciado por el humo de los escapes y hacía un calor bochornoso.

—¡Camila! —bramó, su voz rebotando en las paredes de concreto.

La vio a unos cincuenta metros. Estaba llegando a su coche. Y Dios, eso fue otra puñalada en el corazón. Todavía manejaba ese viejo Nissan Tsuru blanco, abollado de la puerta del copiloto, el mismo coche que Braulio le había prometido arreglar mil veces cuando estaban casados y que nunca arregló porque “no había tiempo” o “no había lana”.

Camila estaba luchando para abrir la puerta, las llaves temblaban en sus manos. Su vientre le dificultaba maniobrar en el espacio reducido entre su coche y una camioneta enorme estacionada al lado.

—¡No te vayas! —Braulio corrió, sintiendo que el corazón le iba a estallar. Estaba a veinte metros. Diez metros.

Camila logró abrir la puerta y se dejó caer en el asiento del conductor. Azotó la puerta justo cuando Braulio llegaba.

—¡Camila, abre! —Braulio golpeó el cristal con la palma de la mano.

Ella no lo miró. Tenía la vista fija al frente, las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos. Braulio vio lágrimas corriendo por sus mejillas. El motor del Tsuru tosió una, dos veces, antes de arrancar con un rugido asmático y una nube de humo gris.

—¡Camila, tenemos que hablar! ¡Por el amor de Dios! —gritó él, pegando la frente al cristal.

Ella puso la reversa. Braulio tuvo que saltar hacia atrás para que el espejo retrovisor no lo golpeara.

—¡Es mi hijo! —gritó, soltando la verdad que acababa de descubrir—. ¡Camila, ese es mi hijo!

Si ella lo escuchó, no dio señales. El coche salió del cajón, chirriando llantas sobre el piso pintado, y aceleró hacia la rampa de salida. Braulio se quedó parado allí, en medio del carril de circulación, respirando agitadamente, tragando el humo del escape que ella había dejado atrás.

Un claxon sonó detrás de él. Un taxista impaciente le mentaba la madre con el pitido.

Braulio no se movió. Se sentía como si le hubieran sacado todo el aire del cuerpo. Las imágenes pasaban por su mente como una película de terror: Camila sola en las citas médicas, Camila comprando ropa de bebé sola, Camila llorando en la noche, Camila sintiendo las patadas de un bebé que él había rechazado.

Se llevó las manos a la cabeza, jalándose el pelo con desesperación.

—¿Qué hiciste, cabrón? —se dijo a sí mismo, con la voz rota—. ¿Qué chingados hiciste?

Caminó como un zombi hacia su propia camioneta, una Ford Ranger vieja y llena de herramientas. Se sentó dentro, pero no encendió el motor. El silencio de la cabina era aplastante.

Sacó su celular. Buscó el nombre de ella en sus contactos. Todavía la tenía guardada como “Cami ❤️”, aunque hacía meses que no hablaban. El cursor parpadeaba en la pantalla de mensajes.

Escribió: “Te vi.”
Borró.
Escribió: “¿Por qué no me dijiste?”
Borró. Eso era estúpido. Ella se lo había dicho. Él era el que no había querido escuchar.
Escribió: “Perdóname.”

Se quedó mirando esa palabra. “Perdóname”. Cinco sílabas que parecían tan inútiles, tan pequeñas frente a la magnitud de la panza que acababa de ver. ¿Cómo se pide perdón por rechazar la existencia de un ser humano? ¿Cómo se pide perdón por dejar sola a tu mujer en el momento más vulnerable de su vida?

No envió el mensaje. Tiró el teléfono al asiento del copiloto.

Braulio recargó la cabeza en el volante y, por primera vez en años, desde que murió su padre, lloró. Lloró con sollozos secos y dolorosos que le raspaban la garganta. Lloró por el dinero que le preocupaba tanto y que ahora parecía papel sin valor. Lloró por la soledad de su departamento. Pero sobre todo, lloró porque se dio cuenta de que el miedo a la pobreza lo había convertido en el hombre más pobre del mundo: un hombre sin familia.

Esa noche, el departamento de Braulio se sintió más grande y más frío que nunca. No comió. Se sentó en el sofá, mirando la mancha de humedad en el techo, mientras la imagen de Camila en el pasillo de las verduras se repetía en bucle en su mente.

Siete meses. El bebé nacería pronto. Quizás en un mes, quizás en dos.

Braulio se levantó y fue al baño. Se miró en el espejo. Vio las ojeras, la barba de tres días, la mirada de un hombre derrotado.

—No —dijo al reflejo—. Fuiste un cobarde, Braulio Juárez. Fuiste una basura. Pero no vas a ser un padre ausente. Eso no.

Sabía que probablemente ella lo odiaba. Sabía que tenía todo el derecho de odiarlo. Pero también sabía algo más: ese niño o niña llevaba su sangre. Y si tenía que arrastrarse, rogar, o gastarse hasta el último centavo que no tenía para enmendar su error, lo haría.

Mañana no iría a la obra temprano. Mañana tenía que encontrar dónde vivía ella. Sabía que se había ido con la Señora Paty, su madre adoptiva, pero no sabía si seguían allí. Tenía que empezar por algún lado.

Braulio se acostó vestido en la cama. No durmió. Pasó la noche planeando, imaginando escenarios, y sintiendo cómo el miedo, ese viejo enemigo, empezaba a transformarse en otra cosa. Ya no era miedo a perder dinero. Ahora era un terror absoluto a perder la oportunidad de conocer a la persona que estaba creciendo dentro de Camila.

Y en la oscuridad de la madrugada, Braulio hizo una promesa. No a Dios, ni a la Virgen, sino a la oscuridad de su habitación:

—Voy a recuperarlos. Aunque me tome la vida entera.

CAPÍTULO 2: El Eco de un Motor Viejo y la Sombra de un Cobarde

La mañana siguiente llegó como un golpe seco en la nuca. Braulio abrió los ojos a las 5:30 a.m., como lo hacía todos los días desde que tenía veinte años, pero esta vez el despertador no había sonado. No había dormido. Había pasado las últimas seis horas mirando las sombras que las luces de la calle proyectaban en el techo de su habitación, torturándose con una sola imagen en bucle: la mano de Camila protegiendo su vientre en el pasillo del supermercado.

Se sentó en la orilla de la cama. El departamento estaba sumido en ese silencio grisáceo previo al amanecer. Le dolía la cabeza, una punzada constante detrás de los ojos, esa “cruda moral” que, como dicen los viejos, pega más duro que la del mezcal barato.

Se levantó y arrastró los pies hacia la cocina. Abrió el refrigerador solo por costumbre. La luz fría iluminó un cartón de leche caducada y dos cervezas. Cerró la puerta con un suspiro que pareció vaciarle el alma.

Tenía que ir a trabajar. Hoy colaban una losa en la obra de la colonia Narvarte. Don Beto, su capataz, lo estaría esperando para revisar las proporciones del concreto. “El ojo del amo engorda al caballo”, solía decir su padre. Pero hoy, el caballo podía morirse de hambre por lo que a Braulio le importaba.

Sacó el celular y marcó el número de Don Beto.

—¿Bueno? ¿Arqui? —la voz del capataz sonó rasposa, recién despierta.
—Beto, no voy a ir hoy —dijo Braulio, su voz sonando extraña en sus propios oídos, ronca y distante.
—¿Pasó algo, jefe? ¿Está enfermo? Oiga que hoy llega la revolvedora a las ocho…
—Encárgate tú. Sabes qué hacer. Si los de la cementera se ponen roñosos con la remisión, fírmala tú. No voy a ir.

Colgó antes de que Beto pudiera hacer más preguntas. Era la primera vez en diez años que Braulio Juárez faltaba a una colada. Su padre se estaría revolcando en su tumba. La “Constructora Juárez” era sagrada. Pero había algo más sagrado que el concreto, algo que Braulio había olvidado hacía siete meses y que acababa de redescubrir de la peor manera posible.

Se vistió mecánicamente: jeans, botas de trabajo, una camiseta polo azul marino. Agarró las llaves de la Ford Ranger y salió.

La Ciudad de México despertaba con su habitual caos. El tráfico en el Viaducto ya estaba pesado, una serpiente de luces rojas y blancas que avanzaba a vuelta de rueda. Braulio se unió a la fila, pero no tenía un destino fijo. Solo sabía que no podía quedarse encerrado entre cuatro paredes.

Manejó sin rumbo fijo al principio, dejando que el instinto lo guiara. Sus manos apretaban el volante con fuerza, los nudillos blancos. La radio tocaba una canción de banda que hablaba de amores perdidos y tragos amargos. Braulio la apagó de un manotazo. No necesitaba banda sonora para su miseria.

Sin darse cuenta, o tal vez sabiéndolo perfectamente, condujo hacia el sur. Hacia la colonia donde Camila y él habían vivido. Hacia las calles que habían sido su hogar.

Pasó frente a la casa amarilla. Había un letrero de “SE VENDE” colgado en la reja, ya viejo y descolorido por el sol. La pintura de la fachada se estaba descarapelando. El jardín delantero, que Camila cuidaba con tanto esmero (amaba sus geranios y sus rosales), era ahora una selva de hierba mala y basura acumulada por el viento.

Braulio sintió un hueco en el estómago. Esa casa había sido su sueño. La compraron con un crédito hipotecario que les comía la mitad del sueldo, pero eran felices. Recordó el día que les entregaron las llaves. Camila había bailado en la sala vacía, girando con los brazos abiertos.
—Aquí vamos a poner el árbol de Navidad —había dicho ella—. Y aquí… aquí va a gatear nuestro hijo algún día.

Braulio cerró los ojos un momento, esperando que el semáforo cambiara. El recuerdo de esa felicidad era ahora un cuchillo.

—¿Dónde estás, Camila? —susurró.

Sabía que ella se había ido con Doña Paty, la mujer que la crio cuando salió del sistema de acogida. Doña Paty vivía en Iztacalco, en una unidad habitacional antigua pero bien cuidada.

Braulio giró el volante. Tenía que saber. No iba a tocar la puerta, no iba a molestar. Solo necesitaba ver. Necesitaba saber que estaban bien. O quizás, necesitaba castigarse viendo lo que había perdido.

El tráfico hacia el oriente era brutal. Microbuses peleando el pasaje, motociclistas zigzagueando como kamikazes. Braulio manejó con una paciencia que no sentía. Tardó casi una hora en llegar a la unidad habitacional de Doña Paty.

Se estacionó a dos cuadras de distancia, cerca de un puesto de tamales que humeaba en la esquina. Bajó la visera de la gorra y esperó. Se sentía sucio, como un criminal acechando a su víctima. “Eres un acosador, Braulio”, se dijo a sí mismo con asco. “¿En esto te has convertido? ¿En el ex-marido loco que espía desde la esquina?”.

Pero el miedo era más fuerte que la vergüenza. El miedo de que ella estuviera enferma, de que necesitara algo, de que ese vientre enorme significara un embarazo de alto riesgo que ella estaba enfrentando sola.

Pasaron las horas. El sol subió y el calor dentro de la camioneta se volvió sofocante. Braulio vio salir a mucha gente: niños con uniformes escolares, señoras con bolsas del mandado, hombres con overoles de trabajo. Pero no vio a Camila. Ni a Doña Paty.

A eso de las once de la mañana, un vecino salió a barrer la banqueta. Braulio, impulsado por la desesperación, bajó de la camioneta. Se acercó con paso vacilante.

—Buenos días, jefe —saludó Braulio, tratando de sonar casual.
—Buenos días —respondió el hombre, apoyándose en la escoba.
—Oiga, disculpe la molestia. Busco a la Señora Paty. Doña Patricia Chin. Hace mucho que no la veo, soy… un sobrino lejano.

El hombre torció la boca.
—Uy, joven. Llegó tarde. Doña Paty ya no vive aquí.
El corazón de Braulio se detuvo un segundo.
—¿Cómo? ¿Se mudó?
—La internaron, joven. Se puso muy mala de la diabetes hace como dos meses. Creo que está en una casa de reposo allá por Tlalpan, o algo así. La casa la entregaron.

Braulio sintió que el piso se le movía.
—¿Y… y Camila? —preguntó antes de poder detenerse—. La muchacha que vivía con ella. ¿La que es como su hija?
—Ah, la muchacha embarazada. Sí, pobrecita. Se tuvo que ir cuando internaron a la señora. Se llevó sus cosas en ese cochecito viejo que tiene. No sé a dónde se fue, joven. Se veía muy triste ese día. Solita cargando cajas con esa panza.

La imagen golpeó a Braulio con la fuerza de un mazo. Camila, sola, cargando cajas, embarazada de seis o siete meses, siendo desalojada de su único refugio seguro. Mientras él estaba en su departamento, bebiendo cerveza y sintiendo lástima de sí mismo por su divorcio, ella estaba perdiendo su hogar y a su madre adoptiva al mismo tiempo.

—Gracias, jefe —murmuró Braulio, dando media vuelta antes de que el hombre viera cómo se le llenaban los ojos de agua.

Regresó a la camioneta y golpeó el volante con furia. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! El claxon sonó, asustando a un perro callejero.

—¡Maldita sea! —gritó.

Estaba completamente sola. Doña Paty era su única familia. Camila había crecido en el sistema, saltando de casa hogar en casa hogar hasta que Paty la acogió siendo ya adolescente. Braulio era su familia. La familia de Braulio (sus padres, sus hermanas) la adoraban, pero cuando se divorciaron, Braulio, en su cobardía, había cortado los lazos. Les había dicho a sus padres que “fue mutuo”, que “se acabó el amor”, ocultando la vergonzosa verdad sobre el embarazo. Su familia no sabía nada del bebé. Si su madre supiera que iba a ser abuela y que Camila estaba sola en la calle… Dios, su madre lo desheredaría.

Braulio arrancó la camioneta. Tenía que encontrarla. La ciudad de México era un monstruo de veinte millones de cabezas. Podía estar en cualquier parte.

Pero Braulio conocía a Camila. Era una criatura de hábitos. Y era trabajadora social. Trabajaba en la “Alianza de Desarrollo Comunitario”, una ONG en el centro. Si necesitaba dinero —y vaya que lo necesitaría—, no habría dejado su trabajo.

Manejó hacia el centro. Se estacionó cerca de las oficinas de la ONG, en un estacionamiento público que olía a orina y gasolina. Caminó hasta la esquina y se paró detrás de un puesto de periódicos, con la vista fija en la puerta del edificio viejo donde estaba la Alianza.

Esperó. Una hora. Dos horas. Se compró una Coca-Cola y unos cacahuates para engañar al hambre.

A las 2:15 p.m., la puerta se abrió.

Braulio contuvo la respiración.

Ahí estaba. Salía caminando despacio, con una mano en la espalda baja. Llevaba el mismo vestido azul de ayer, tal vez porque ya no le quedaba otra ropa. Llevaba el cabello suelto hoy, los rizos negros cayendo sobre sus hombros, ocultando un poco su rostro de perfil.

Caminaba hacia la esquina, hacia donde solía estacionar el Tsuru.

Braulio corrió hacia su camioneta. Tenía que seguirla. No para acosarla, se repitió. Para saber dónde dormía. Para saber que tenía un techo.

Salió del estacionamiento justo cuando el Tsuru blanco pasaba frente a él, echando humo azul por el escape. Braulio dejó pasar dos coches para no ser obvio y se pegó a la fila.

El trayecto fue un suplicio. Camila manejaba con una precaución extrema, casi con miedo. Cada bache, cada tope, frenaba casi a cero. Braulio notó que el coche se inclinaba hacia la derecha; los amortiguadores estaban muertos.

Manejaron hacia el norte. Pasaron el circuito interior, pasaron zonas industriales. El paisaje urbano cambiaba, volviéndose más gris, más duro. Menos árboles, más cables de luz enmarañados, más paredes con grafitis.

Finalmente, después de cuarenta minutos, el Tsuru puso la direccional y entró en el estacionamiento de una unidad habitacional llamada “Los Girasoles”. Era un complejo de edificios de interés social, pintados de un color ocre deslavado. No era un lugar peligroso, pero tampoco era bonito. Era un lugar de gente trabajadora que vive al día. Era digno, pero estaba lejos, muy lejos, de la casita amarilla con jardín que habían soñado.

Braulio se estacionó en la acera de enfrente, apagó el motor y observó.

Camila estacionó el coche en un cajón lejano. Le tomó varios intentos salir del auto. Braulio vio desde la distancia cómo ella tenía que balancear su peso, agarrándose del marco de la puerta para impulsarse fuera del asiento bajo. Era una maniobra dolorosa de ver.

Luego, abrió la puerta trasera y sacó dos bolsas del supermercado. Eran las compras que había hecho ayer, o tal vez nuevas compras. Parecían pesadas.

Caminó hacia el Edificio C. Y entonces, Braulio vio el verdadero desafío.

No había elevador.

Eran edificios de cuatro pisos, de esos construidos en los ochenta. Camila vivía en el segundo o tercer piso. Braulio la vio pararse al pie de la escalera exterior de concreto. Soltó las bolsas en el suelo un momento, puso ambas manos en sus caderas y echó la cabeza hacia atrás, tomando aire. Estaba reuniendo fuerzas.

—No puede ser —susurró Braulio, apretando el volante hasta que el cuero rechinó.

Vio cómo ella volvía a tomar las bolsas. Subió un escalón. Dos. Se detuvo. Subió otros tres. Se detuvo de nuevo, apoyando el hombro en la pared descarapelada.

El impulso de bajar de la camioneta, cruzar la calle corriendo y arrebatarle esas bolsas fue tan fuerte que Braulio ya tenía la mano en la manija de la puerta. Su cuerpo entero gritaba ¡Ve! ¡Ayúdala! ¡Es tu mujer!.

Pero se congeló.

¿Y si iba? ¿Qué pasaría? Ella lo vería. Vería al hombre que le dijo “no podemos costear esto”. Vería al hombre que la hizo sentir que su hijo era un error financiero. Ella gritaría. O peor, lo miraría con ese desprecio frío y silencioso, y el estrés le haría daño al bebé.

“Si vas ahora, es por ti”, pensó Braulio. “Es para aliviar tu culpa. Si vas ahora, la vas a alterar. Y ella no necesita que la alteren”.

Así que se quedó sentado. Un cobarde. Un voyerista de su propia tragedia.

La vio subir todo el primer tramo. La vio descansar en el descanso. La vio subir el segundo tramo, paso a paso, lento, doloroso. Finalmente, llegó al segundo piso, abrió una puerta de metal pintada de blanco y desapareció en la oscuridad del departamento 2C.

La puerta se cerró. Y Braulio se quedó mirando esa puerta cerrada como si fuera las puertas del cielo que se le habían negado.

Se quedó ahí una hora más. Vio cómo se encendía una luz en una ventana. Vio una silueta pasar. Imaginó a Camila adentro, tal vez sobándose los pies hinchados, tal vez comiendo sola.

El sol comenzó a bajar, pintando el cielo de la ciudad de un tono anaranjado y smog.

Braulio arrancó la camioneta y manejó de regreso a su departamento. El viaje de vuelta fue diferente. Ya no había pánico frenético. Ahora había una pesadez fría, una resolución de plomo.

Llegó a su casa y, en lugar de tirarse al sofá, fue directo a su pequeño estudio, donde guardaba los papeles de la empresa. Encendió la lámpara de escritorio. La luz amarilla iluminó el desorden: facturas sin pagar, presupuestos a medio hacer, notas de remisión.

Braulio se sentó. Sacó una libreta y una pluma.

Durante los últimos siete meses, se había dicho a sí mismo que no tenía dinero. Que la crisis lo estaba matando. Que el divorcio lo había dejado en la ruina. Y era verdad, en parte. Pero también era verdad que se había dejado caer. Había dejado de buscar clientes grandes por miedo al rechazo. Se había conformado con “chambitas” de remodelación de baños y pintura para sobrevivir y pagar sus cervezas.

—Se acabó la lástima, Braulio —dijo en voz alta a la habitación vacía.

Miró los números. Estaba jodido, sí. Pero sabía trabajar. Sabía construir. Sabía levantar muros donde no había nada.

—Tienes dos meses —se dijo, mirando el calendario en la pared—. Tienes ocho semanas antes de que ese bebé nazca. Ocho semanas para dejar de ser un perdedor.

Empezó a escribir un plan. No un plan para recuperarla románticamente, eso era un lujo que no podía permitirse todavía. Un plan de supervivencia.

  1. El Coche: Ese Tsuru era una bomba de tiempo. Necesitaba arreglarlo sin que ella supiera que era él.
  2. El Dinero: Necesitaba liquidez inmediata. Tenía que cobrar las facturas pendientes, aunque tuviera que ir a pararse afuera de las oficinas de los deudores.
  3. La Presencia: No podía desaparecer. Pero tampoco podía invadir. Tenía que ser un fantasma benigno.

Esa noche, Braulio cenó atún de lata directamente del envase, pero le supo a gloria. Porque ya no estaba paralizado. Tenía una misión.

Sin embargo, el destino, como siempre, tenía un sentido del humor cruel.

Tres días después, el plan de “observación lejana” de Braulio se fue al diablo gracias a la lluvia y a una manguera de radiador vieja.

Había vuelto a los “Girasoles” esa tarde. Estaba lloviendo a cántaros, una de esas tormentas de la Ciudad de México que convierten las calles en ríos y colapsan el drenaje en minutos. Braulio estaba en su punto de vigilancia habitual, al otro lado de la avenida, medio escondido bajo un árbol.

Vio llegar el Tsuru de Camila. Los limpiaparabrisas se movían frenéticamente, luchando contra el aguacero. El coche entró al estacionamiento, salpicando agua sucia.

Y entonces, sucedió.

Justo cuando Camila intentaba estacionarse en batería, el coche dio una sacudida violenta. Un silbido agudo perforó el ruido de la lluvia, seguido inmediatamente por una columna de vapor blanco que salió disparada de la parrilla delantera, envolviendo el cofre. El motor murió al instante.

Braulio vio las luces de freno encendidas, rojas e inmóviles en la neblina.

—No, no, no —murmuró Braulio.

Vio a Camila quedarse dentro del coche un minuto, dos minutos. Probablemente estaba llorando. Probablemente estaba golpeando el volante, maldiciendo su suerte, maldiciendo al coche, maldiciendo a la vida.

Cuando la puerta del conductor se abrió y Camila salió, abriendo un paraguas que el viento casi le arrebata de las manos, Braulio supo que su tiempo de esconderse había terminado.

La vio caminar hacia el frente del coche, levantar el cofre y quedarse mirando el motor humeante con una expresión de total desamparo. El agua la empapaba a pesar del paraguas. Estaba parada en un charco que le cubría los zapatos.

Braulio no lo pensó. No consultó su plan. No pesó las consecuencias.

Abrió la puerta de su camioneta, sacó su paraguas grande de golf (uno que algún cliente rico le había regalado hacía años) y echó a correr.

Cruzó la avenida esquivando un taxi, saltó el camellón y entró al estacionamiento corriendo. Sus botas chapoteaban en el agua.

—¡Camila! —gritó, aunque el trueno se tragó su voz.

Llegó hasta ella jadeando. Ella estaba tan concentrada en el desastre de su motor que no lo vio llegar hasta que él estuvo a dos metros.

Ella levantó la vista. El agua le escurría por la cara, mezclándose con lo que Braulio estaba seguro eran lágrimas.

Al verlo, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Hubo un segundo de incredulidad, seguido de una ola de miedo instintivo. Dio un paso atrás, casi resbalando en el pavimento mojado.

—¿Qué haces aquí? —gritó ella por encima del ruido de la lluvia. Su voz no era de bienvenida; era de acusación.

Braulio se detuvo, levantando las manos en señal de paz, sosteniendo el paraguas sobre ella para cubrirla mejor.

—Te vi desde la calle —mintió, o dijo una verdad a medias—. Pasaba por aquí. ¿Estás bien?

Camila miró el coche, luego a él, luego su propia panza. Se abrazó a sí misma, cerrando su cárdigan sobre el vestido mojado.

—Vete, Braulio —dijo, temblando—. No te quiero aquí. Vete.

—Tu coche está muerto, Camila —dijo él, señalando el motor—. Se reventó una manguera. Huele a anticongelante quemado. No vas a poder moverlo.

—¡No me importa! —gritó ella, y su voz se quebró en un sollozo histérico—. ¡Llamaré a una grúa! ¡Llamaré a alguien! ¡Solo vete!

—No voy a dejarte aquí bajo la lluvia —Braulio dio un paso firme hacia adelante, invadiendo su espacio personal, pero con cuidado—. Estás empapada. Tienes siete meses de embarazo. Por favor, Camila. Usa la lógica. Déjame ayudarte a subir.

Ella lo miró con furia. Una furia que llevaba siete meses acumulándose.
—¿Ahora te preocupas? —escupió las palabras—. ¿Ahora que me ves con la panza? ¿Dónde estabas cuando me desmayé en el trabajo? ¿Dónde estabas cuando tuve que vender mis joyas para pagar el depósito de este departamento?

Cada pregunta era un latigazo. Braulio las recibió todas sin parpadear. Se las merecía.

—Lo sé —dijo él, bajando la voz—. Soy una mierda. Lo sé. Tienes derecho a odiarme. Tienes derecho a gritarme hasta que te quedes sin voz. Pero no aquí. No en la lluvia.

Señaló el asiento trasero del coche.
—Tienes despensa ahí atrás. ¿Leche? ¿Carne? Se va a echar a perder. Déjame subirte las cosas. Te dejo en tu puerta y me largo. Te lo juro. No me vuelves a ver si no quieres.

Camila miró hacia el edificio, luego a sus bolsas, luego a su vientre. Estaba librando una guerra interna: su orgullo contra su necesidad. Su odio contra su agotamiento.

El agotamiento ganó.

Bajó los hombros, derrotada.
—Solo las bolsas —dijo, sin mirarlo—. Y te vas. Si intentas entrar a mi casa, llamo a la policía.

—Trato hecho.

Braulio se movió rápido. Cerró el cofre del Tsuru. Abrió la puerta trasera y cargó las cuatro bolsas pesadas como si fueran plumas. Quería cargarla a ella también, quería envolverla en su chamarra seca, pero sabía que si la tocaba, ella se rompería o explotaría.

—Vamos —dijo él.

Caminaron hacia la escalera. Braulio iba un paso atrás, protegiéndola con el paraguas, cuidando cada paso que ella daba.

Verla subir esas escaleras de cerca fue peor que verla de lejos. Escuchaba su respiración agitada. Veía cómo se detenía en cada descanso, con la mano en la espalda, haciendo una mueca de dolor que trataba de ocultar.

—¿Estás bien? —preguntó él en el primer piso.
—Cállate y camina —respondió ella.

Llegaron al segundo piso. Ella sacó las llaves con manos temblorosas y abrió la puerta del 2C.

Braulio se quedó en el umbral. No intentó cruzar la línea. Desde ahí, pudo ver el interior. Era un departamento pequeño, limpio, pero austero. Había un sofá que reconoció (era el viejo sofá de la sala de TV de su casa anterior), una mesa pequeña con dos sillas, y en la esquina, una cuna de madera barata, sin pintar todavía.

La cuna lo golpeó fuerte. Estaba vacía, esperando.

Dejó las bolsas en el suelo, justo dentro de la entrada.

—Ahí está —dijo, enderezándose. El agua le escurría por la nariz.

Camila se quedó parada junto a la puerta, agarrando la perilla como si fuera un escudo. Lo miró a los ojos por primera vez en esa tarde. Sus ojos oscuros estaban rojos, hinchados, pero había un fuego en ellos que Braulio no había visto antes.

—Gracias —dijo ella, seca y cortante—. Ahora cumple tu palabra. Vete.

Braulio asintió. Dio un paso atrás, hacia la lluvia.
—Camila… —empezó, sabiendo que no debía decir nada, pero incapaz de detenerse—. El coche… necesitas arreglarlo.

—Ese es mi problema.
—Conozco a un mecánico cerca. Don Pepe. Es bueno.
—No tengo dinero para mecánicos, Braulio. Y no voy a aceptar tu dinero. Así que déjalo así.

Ella empezó a cerrar la puerta.

—Perdóname —soltó él, desesperado, poniendo una mano en el marco para detener el cierre un segundo—. Por favor, solo… perdóname por ser tan estúpido. Tenía miedo. Me estaba ahogando en deudas y sentí que… sentí que me hundía.

Ella lo miró a través de la rendija de la puerta. Su expresión se suavizó un milímetro, solo para endurecerse de nuevo al instante.

—Tú te estabas ahogando en un vaso de agua, Braulio —dijo ella en voz baja—. Yo me tuve que aprender a nadar en medio del océano. Esa es la diferencia.

Y cerró la puerta en su cara. El clic del cerrojo resonó como un disparo.

Braulio se quedó parado frente a la puerta cerrada del 2C, empapado, humillado, y con el corazón hecho pedazos. Pero extrañamente, mientras bajaba las escaleras de regreso a su camioneta, sintió algo nuevo.

Ya no era solo culpa. Era admiración.

Esa mujer ahí arriba, sola en su departamento barato, era más fuerte que cualquier cimiento de concreto que él hubiera colado en su vida. Ella había construido un hogar de la nada. Ella estaba protegiendo la vida.

—Aprendiste a nadar —murmuró Braulio, subiéndose a su camioneta y mirando hacia la ventana iluminada del segundo piso—. Pues yo voy a aprender también, Camila. Y voy a construirte un barco, aunque me tarde la vida entera.

Sacó su celular y marcó el número del taller mecánico.
—¿Don Pepe? Soy Braulio Juárez. Necesito un favor urgente. Mañana temprano, quiero que vaya por un Tsuru a la unidad Los Girasoles. Sí, con grúa. Y escúcheme bien: usted no me conoce. Usted va de parte de un… “programa de asistencia vial para madres solteras” o lo que se le ocurra inventar. Yo pago todo. Todo.

Colgó el teléfono. El motor de su camioneta rugió al arrancar. La lluvia seguía cayendo, pero Braulio Juárez ya no sentía frío. Tenía trabajo que hacer.

CAPÍTULO 3: Aceite Quemado, Orgullo y una Botella de Agua Tibia

El taller mecánico “Don Pepe” era una institución en la colonia Doctores, un lugar donde el tiempo se medía en manchas de grasa y calendarios de refaccionarias con modelos de los años noventa que ya habían perdido el color por el sol. Olía a thinner, a tacos de suadero del puesto de la esquina y a ese aroma metálico inconfundible de los motores abiertos. Para Braulio Juárez, ese olor solía ser reconfortante, sinónimo de problemas mecánicos que tenían solución lógica: una tuerca, un empaque, un cambio de aceite.

Pero ese miércoles por la tarde, el taller olía a fracaso.

Braulio estaba sentado en su camioneta, estacionado a una cuadra del taller, golpeando rítmicamente el volante con el pulgar. Su plan maestro, su gran estrategia de “El Benefactor Anónimo”, se estaba desmoronando más rápido que un muro sin castillos.

Todo había comenzado bien. O eso creía él.

El martes por la mañana, la grúa de Don Pepe había ido por el Tsuru de Camila a la unidad habitacional “Los Girasoles”. Braulio había observado la operación desde su puesto de vigilancia (su camioneta, con una gorra calada hasta las cejas y lentes oscuros), sintiéndose como un agente de la CIA región 4. Vio a Camila entregar las llaves al chofer de la grúa con una expresión de desconfianza absoluta. Vio cómo ella sacaba la silla de bebé del asiento trasero, como si temiera no volver a ver el coche nunca más.

Braulio había pagado todo por adelantado. Le dio a Don Pepe un fajo de billetes que le dolió en el alma soltar (eran los ahorros para la nómina de la siguiente semana), pero era necesario.
—Cambie todo, Pepe. Radiador, mangueras, frenos, amortiguadores. Quiero que ese coche sea un tanque. Que sea el lugar más seguro del mundo.

—¿Y qué le digo a la doña? —había preguntado Pepe, limpiándose las manos en una estopa sucia.
—Dígale que entró en un sorteo del taller. O que hay un fondo de ayuda para madres solteras. Invéntese algo, Pepe, usted es bueno para el choro.

Pero Don Pepe era mecánico, no actor de teatro.

A las dos de la tarde del miércoles, el teléfono de Braulio sonó.
—Arqui, tenemos bronca —dijo Pepe, y se escuchaba nervioso—. La señora vino por el coche. Quedó una chulada, ronronea como gatito. Pero cuando le dije que “la casa invitaba”, se me puso fúrica.
—¿Cómo que fúrica?
—Enojadísima, jefe. Dijo que ella no es limosnera. Que no cree en sorteos donde no compró boleto. Me exigió ver la factura. Me exigió saber quién pagó. Le dije que fue un programa anónimo y me dijo: “Mire, señor, o me dice la verdad o ahorita mismo llamo a la policía porque esto me huele a trampa”. Arqui, la señora está sentada en la oficina. Dice que no se mueve y no se lleva el coche hasta que salga el “donador”. Y la neta, me está espantando a la clientela.

Braulio cerró los ojos y soltó una maldición que hizo vibrar el vidrio de su camioneta.
—Voy para allá.

Y ahora estaba aquí, reuniendo el valor para bajarse. Sabía que Camila era inteligente. Sabía que era orgullosa. Pero había subestimado cuánto daño le había hecho. Ella prefería quedarse a pie, embarazada y cargando bolsas, antes que aceptar un favor que oliera a lástima. O peor, a él.

Braulio respiró hondo, se acomodó la camisa (se había puesto una limpia, por si acaso) y bajó de la camioneta. Caminó hacia el taller sintiéndose como un niño que va a la dirección de la escuela por haber roto una ventana.

Al entrar al taller, el ruido de las pistolas neumáticas cesó por un momento. Los chalanes lo saludaron con un movimiento de cabeza, pero Braulio no tenía ojos para ellos. Su mirada se clavó en la pequeña oficina de cristal sucio al fondo del galerón.

Ahí estaba ella.

Sentada en una silla de plástico blanca, de esas que te marcan la espalda si te quedas mucho tiempo. Llevaba el mismo pantalón negro de maternidad que le había visto antes y una blusa roja holgada que hacía resaltar su vientre de manera imposible de ignorar. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, una postura defensiva, y la mirada fija en un punto de la pared, como si quisiera taladrarla con la mente. Se veía agotada. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, oscuras, contrastando con la palidez de su piel.

Braulio empujó la puerta de la oficina. La campanita de la entrada sonó con un tintineo ridículamente alegre para la tensión del momento.

Camila giró la cabeza lentamente. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, no hubo sorpresa. Solo una confirmación amarga, una especie de “lo sabía” mezclado con decepción.

—Debí imaginarlo —dijo ella. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una navaja—. El “programa de ayuda anónimo”. Qué creativo, Braulio.

Braulio cerró la puerta detrás de él, silenciando un poco el ruido del taller. Don Pepe, que estaba detrás del mostrador fingiendo revisar unas facturas, se puso rojo y murmuró:
—Los dejo… voy a ver si ya quedó la afinación del Vocho.
Y salió disparado como alma que lleva el diablo.

Quedaron solos en la pecera de cristal. El aire acondicionado zumbaba asmáticamente en la esquina, pero hacía calor.

—Camila, por favor, escúchame —empezó Braulio, levantando las manos en señal de rendición.

Ella se puso de pie. Fue un movimiento difícil. Tuvo que impulsarse con los brazos en los descansabrazos de la silla, y soltó un pequeño gemido involuntario al enderezar la espalda. Ese sonido fue como un piquete en el corazón de Braulio.

—No quiero escuchar nada —dijo ella, tomando su bolso—. No quiero tu dinero. No quiero tus arreglos por debajo del agua. No quiero que juegues al héroe salvador siete meses tarde.

—No estoy jugando al héroe. Ese coche era una trampa mortal, Camila. Los frenos estaban al 20%, la dirección tenía juego, el radiador estaba podrido. ¿Piensas subir a un recién nacido ahí?

—Eso no es tu problema —replicó ella, dando un paso hacia la salida—. ¿Cuánto es, Pepe? —gritó hacia el taller, aunque Pepe ya no estaba—. ¡Voy a pagar! Tengo tarjeta de crédito.

—La tarjeta está topada, Camila —dijo Braulio suavemente.

Ella se detuvo en seco. Giró para mirarlo con una mezcla de furia y vergüenza.
—¿Revisaste mi crédito?
—No tuve que hacerlo. Sé cuánto ganan en la Alianza. Sé cuánto cuesta la renta, la comida, los médicos. Sé que estás haciendo milagros, pero las matemáticas son frías. No puedes pagar esta reparación, y necesitas el coche.

Camila apretó los labios hasta que se pusieron blancos.
—Eres un miserable —susurró—. Usar mi pobreza para controlarme. Eso es bajo, incluso para ti.

—No es control, es seguridad —Braulio dio un paso hacia ella, desesperado por hacerse entender—. ¡Entiéndelo, por favor! No lo hago para que me perdones. No lo hago para que vuelvas conmigo. Sé que eso está muerto. Lo hago porque… porque si algo les pasa en ese coche por mi culpa, por no haber intervenido, me voy a pegar un tiro. Así de simple.

—¿”Les” pasa? —Camila soltó una risa seca, sin humor—. Ahora hablas en plural. Ahora sí existe el bebé. Qué conveniente. Cuando te enseñé la prueba de embarazo, solo veías un signo de pesos negativo. Ahora ves a una persona. ¿Qué cambió, Braulio? ¿Te sobró dinero este mes y decidiste comprar una conciencia tranquila?

—Cambió que te vi —dijo él, y la voz se le quebró. Ya no le importaba verse débil—. Te vi en el súper y se me cayó el mundo encima. Fui un estúpido, un cobarde y un miedoso. Tenía pánico de no poder proveer, de fallar como mi papá falló cuando se enfermó. Y por ese miedo, terminé fallando peor. Te dejé sola. Y no hay día, ni hora, que no me arrepienta.

Camila lo miró. Sus ojos brillaron con lágrimas que se negó a derramar. Respiró hondo para contestar, para gritarle, para echarlo de su vida de nuevo.

Pero entonces, su rostro cambió.

Fue una transformación repentina y aterradora. La ira desapareció, reemplazada por una mueca de dolor puro. Se llevó una mano al vientre y la otra buscó desesperadamente algo de qué sostenerse.

—¡Ah! —exclamó, doblándose hacia adelante.

Braulio reaccionó por puro instinto. Cruzó los dos metros que los separaban en una fracción de segundo. La atrapó justo antes de que sus rodillas cedieran, sosteniéndola por los codos.

—¡Camila! ¿Qué pasa? ¿Es el bebé? —el pánico en su voz era real, crudo.

Ella se aferró a los antebrazos de él con una fuerza sorprendente. Tenía los ojos cerrados, la respiración entrecortada.
—Me… me mareé. Se movió muy fuerte… está… está presionando algo.

—Siéntate, siéntate.
Braulio la ayudó a volver a la silla de plástico, maniobrando con una delicadeza que no sabía que poseía. Se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de su vientre abultado.
—Respira, Camila. Despacio. Uno, dos. Uno, dos.

Ella obedeció, tomando bocanadas de aire temblorosas. Braulio vio una gota de sudor correr por su sien.
—¿Llamo a una ambulancia? ¿Al doctor? —preguntó él, sacando su celular con manos torpes.

—No… no —dijo ella, abriendo los ojos. Estaba pálida como el papel—. Ya pasó. Es que… no he comido bien hoy. Y el estrés… la discusión…

—¡Don Pepe! —gritó Braulio hacia el taller con una voz que hizo que dos mecánicos soltaran las llaves—. ¡Un agua! ¡Rápido!

Uno de los chalanes corrió hacia el refrigerador y regresó en diez segundos con una botella de agua purificada. Braulio la abrió y se la ofreció a Camila.

—Toma. Despacio.

Ella bebió. Sus manos temblaban tanto que Braulio tuvo que ayudarla a sostener la botella. Sus dedos rozaron los de ella. Estaban helados.
Braulio se quedó ahí, arrodillado en el piso sucio de grasa, mirando a la mujer que alguna vez había jurado proteger y a la que había fallado tan espectacularmente. Estando tan cerca, podía oler su perfume, ese aroma suave a vainilla que ella usaba, ahora mezclado con el olor a sudor frío y miedo.

Y podía ver el movimiento.

Debajo de la blusa roja, el vientre de Camila se movía. No era un movimiento sutil. Era como una ola, un desplazamiento visible de vida. Algo —un pie, un codo, una cabeza— empujó la tela hacia afuera, justo a centímetros de la cara de Braulio.

Él se quedó hipnotizado.
—Se mueve mucho —susurró, incapaz de contener el asombro.

Camila bajó la botella de agua. Lo miró mirando su panza. Por un momento, el silencio en la oficina fue absoluto, roto solo por el zumbido del aire acondicionado. Ella no se apartó. No se cubrió. Tal vez estaba demasiado débil para pelear, o tal vez, solo tal vez, necesitaba que alguien más fuera testigo de la realidad de su carga.

—Es una niña —dijo ella.

Tres palabras. Tres simples palabras que cayeron sobre Braulio como bombas atómicas.

—¿Una… una niña? —repitió él, con los ojos llenos de lágrimas instantáneas.
—Sí. Y es muy inquieta. Especialmente cuando su madre se enoja.

Braulio soltó una risa nerviosa, entrecortada, limpiándose los ojos con el dorso de la mano manchada de polvo.
—Una niña… Dios mío.

Hubo una tregua en ese momento. Una tregua frágil, sostenida por la sorpresa y la biología. Pero Camila, siendo Camila, no dejó que durara demasiado. Se enderezó en la silla, recuperando un poco de su compostura y de su muralla.

—Estoy mejor —dijo, dejando la botella en el escritorio—. Me voy.

Braulio se puso de pie, sacudiéndose las rodillas. La magia del momento se disipó, pero algo había cambiado. El aire ya no estaba cargado de odio puro, sino de algo más complejo: tristeza y realidad.

—Camila, el coche —insistió él, pero esta vez sin gritar, sin imponer—. Por favor. Acéptalo. No como un regalo. Considéralo… considéralo el pago retroactivo de la pensión alimenticia de estos siete meses que no di un peso. Es lo justo legalmente.

Ella lo estudió. Era una mujer pragmática. Sabía que no podía caminar hasta la parada del camión en su estado. Sabía que necesitaba el coche para ir al hospital cuando llegara el momento.

—Solo el arreglo mecánico —dijo ella firmemente—. Nada más. Y esto no nos hace amigos. Esto no borra nada.

—Lo sé.

—Y te voy a pagar. No sé cuándo, ni cómo, pero te voy a devolver cada centavo. No quiero deberte nada.

—No me debes nada, Camila. Yo soy el que está en números rojos contigo. De por vida.

Ella suspiró, un sonido profundo que parecía venir desde el fondo de sus pulmones cansados.
—Dame las llaves.

Braulio fue al mostrador, tomó las llaves del Tsuru (que ahora tenía un llavero nuevo que Pepe le había puesto de cortesía) y se las entregó. Evitaron tocarse esta vez.

—Te acompaño al coche —dijo él.
—Puedo sola.
—Lo sé. Sé que puedes sola con todo. Me lo has demostrado. Pero déjame abrirte la puerta. Por favor.

Salieron al patio del taller. El sol de la tarde pegaba fuerte, haciendo brillar el Tsuru recién lavado y encerado. Se veía casi nuevo. Pepe había hecho un milagro; incluso le habían pulido los faros opacos.

Camila caminó alrededor del auto, inspeccionando las llantas nuevas. Asintió levemente, aprobando el trabajo. Braulio le abrió la puerta del conductor.

Ella se detuvo antes de entrar. Se giró hacia él, apoyando una mano en el techo del auto. El sol le daba en la cara, revelando cada línea de preocupación, cada mancha de paño por el embarazo.

—Braulio —dijo ella.
—¿Dime?

—Me preguntaste si tenía miedo.

Braulio asintió, recordando la pregunta que no había podido formular bien antes.

—Tengo terror —confesó ella, y su voz tembló—. Tengo miedo de que llegue el día y no pueda. Tengo miedo de no saber qué hacer cuando llore. Tengo miedo de que le pase algo y yo sea la única responsable.

Braulio sintió el impulso de abrazarla, de decirle que él estaría ahí, que él cargaría el peso. Pero sabía que no tenía derecho. Aún no.

—Vas a poder —le dijo con convicción—. Eres la mujer más valiente que conozco. Esa niña tiene suerte. Tiene a la mejor mamá del mundo.

Camila lo miró a los ojos, buscando algo. Tal vez sinceridad. Tal vez al hombre con el que se había casado hace años, antes de que la crisis económica lo convirtiera en un extraño amargado.

—¿Sabes por qué no te dije nada? —preguntó ella—. ¿Por qué no te busqué cuando supe que iba a ser niña? ¿O cuando tuve la amenaza de aborto al tercer mes?

Braulio negó con la cabeza, tragando saliva.
—Porque pensé que no te importaba.
—Pensé que te enojarías —corrigió ella—. Pensé que me dirías “te lo dije”. Pensé que verías a tu hija como un problema más en tu lista de deudas. Y preferí… preferí estar sola y asustada, que estar contigo y sentirme decepcionada otra vez.

La frase golpeó a Braulio en el pecho como un mazo de demolición. “Preferí estar sola y asustada que decepcionada”.

—Tener miedo es mejor que estar decepcionada —repitió ella, casi para sí misma—. Al menos el miedo es mío. La decepción… esa me la das tú.

Se metió en el coche con dificultad, acomodando el vientre contra el volante. Giró la llave. El motor arrancó al instante, suave, potente, silencioso. Un sonido perfecto.

Bajó la ventanilla eléctrica (que Pepe también había arreglado).

—Gracias por el coche, Braulio. Adiós.

Braulio se quedó parado en el patio de maniobras, oliendo a aceite y gasolina, viendo cómo el Tsuru blanco salía a la avenida y se perdía en el tráfico de la Ciudad de México.

—Adiós no —susurró él, mientras un perro callejero se acercaba a olisquear sus botas—. Hasta pronto.

Se quedó ahí hasta que el coche desapareció por completo. Luego, sacó su cartera. Estaba casi vacía. Había gastado lo de la nómina, lo de la renta y lo de su propia comida del mes en ese coche. Sus empleados iban a tener que esperar unos días. Él iba a tener que comer arroz y frijoles el resto de la semana.

Pero por primera vez en siete meses, Braulio Juárez se sentía rico. Sabía que era una niña. Sabía que su hija estaba segura en un coche con frenos nuevos. Y sabía que la puerta, aunque solo fuera una rendija milimétrica, no estaba cerrada con doble candado.

Regresó a su camioneta con paso firme. Sacó la libreta donde había escrito su plan.
Tachó el punto 1: El Coche.

Miró el punto 3: La Presencia.

—Muy bien, chamaca —le dijo al aire, imaginando a la niña inquieta que había visto moverse bajo la blusa roja—. Tu papá es un pendejo, pero es un pendejo terco. Y ahora, vamos a ver cómo hacemos para que tu mamá deje de tener miedo.

Arrancó la camioneta y puso la radio. Sonaba una canción de Juan Gabriel. “No tengo dinero, ni nada que dar…”.

Braulio soltó una carcajada irónica, casi dolorosa.
—Cállate, Juanga —dijo, metiendo primera—. Dinero no tendré, pero tengo un plan.

Manejó hacia la obra. Tenía que explicarle a Beto por qué no les iba a pagar completo el viernes, y luego tenía que trabajar el doble para reponerlo. Pero mientras manejaba, pasó frente a un puesto de flores. Girasoles. Enormes, amarillos, mirando al sol.

Frenó de golpe, provocando un claxonazo del coche de atrás.

Se bajó y compró tres. Solo tres. No tenía para el ramo completo.

—¿Para la novia, joven? —preguntó la vendedora.
—Para la jefa —respondió Braulio, sonriendo con tristeza—. Para la mera jefa, que me tiene a prueba.

Esa tarde, antes de ir a su departamento, Braulio pasó por la unidad “Los Girasoles”. Esperó a que no hubiera nadie en el pasillo, subió corriendo al segundo piso y dejó los tres girasoles en el tapete de bienvenida del 2C, con una nota escrita en una hoja de cuaderno arrancada:

“Gracias por dejarme ayudar ayer. Espero que estos te hagan sonreír, aunque sea un poquito. B.”

No esperó a ver si salía. No quería presionar. Bajó las escaleras y se fue, sintiendo que, por primera vez, estaba construyendo algo que valía la pena, ladrillo por ladrillo, flor por flor.

CAPÍTULO 4: Ensalada de Frutas, Concreto Armado y un Ángel en Polanco

El viernes llegó con el peso de una losa de concreto mal colada. Para un contratista independiente como Braulio Juárez, el viernes no era día de fiesta; era “día de raya”. El día sagrado en que los albañiles, los fierreros y los ayudantes se alineaban con las manos llenas de cal y polvo para recibir el fruto de su semana bajo el sol.

Braulio estacionó su camioneta frente a la obra en la colonia Narvarte. Eran las cinco de la tarde. El sol pegaba de lado, pintando de naranja los esqueletos de varilla de la construcción.

Bajó del vehículo sintiendo un nudo en el estómago del tamaño de un balón de fútbol. En la bolsa del pantalón traía los sobres con el dinero. Pero no estaban completos. Faltaba un 30% en cada sobre. Se había gastado la diferencia en la suspensión, los frenos y el radiador del Tsuru de Camila.

Don Beto, su capataz, lo esperaba en la entrada, limpiándose el sudor con una paliacate rojo.
—¿Qué pasó, Arqui? La raza ya está inquieta. Quieren sus chelas y su fin de semana.

Braulio asintió y caminó hacia la mesa improvisada con tablones donde solía pagar. Reunió a los seis hombres que le quedaban. Eran buenos hombres. Chuy, el “Maestro” Salinas, el joven Kevin. Hombres que habían aguantado con él cuando la “Constructora Juárez” empezó a hundirse hace meses.

—Muchachos —empezó Braulio, sin quitarse los lentes oscuros porque no tenía el valor de mirarlos a los ojos—. Tengo una mala noticia.

El silencio que siguió fue más pesado que un bulto de cemento Tolteca.
—No les traigo la raya completa hoy. Les traigo el setenta por ciento. El resto se los doy el martes, sin falta. Se los juro por mi madre.

Un murmullo de descontento recorrió el grupo.
—No chingue, Arqui —dijo el Chuy, tirando su cuchara de albañil al suelo—. Yo tengo que pagar la renta mañana. La doña me va a matar si llego con menos.
—Lo sé, Chuy. Y me da mucha vergüenza. Pero tuve una emergencia familiar. Una… una cuestión médica urgente.

No era mentira. La seguridad de su hija no nata era una emergencia médica para él.
—Les pido paro, muchachos —suplicó Braulio, quitándose la gorra—. Saben que nunca les he fallado así. El martes les repongo todo y les invito las cocas y las tortas de la semana.

Don Beto, que conocía a Braulio desde que era un niño que acompañaba a su padre a las obras, lo miró fijamente. Vio las ojeras, la ropa un poco más holgada de lo normal, la desesperación contenida.
—Está bueno, Arqui —dijo Beto, rompiendo la tensión—. El martes. Pero no nos falle, porque el hambre no espera.
—Gracias, Beto. Gracias, muchachos.

Braulio entregó los sobres adelgazados, sintiéndose la persona más pequeña del mundo. Verlos irse con cara de decepción fue un castigo brutal, pero necesario. Había sacrificado su reputación laboral por la seguridad de Camila. Y si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría sin pensarlo.


El fin de semana fue una prueba de resistencia mental. Braulio se quedó en su departamento, comiendo Maruchan y haciendo cuentas en servilletas, tratando de ver cómo estirar los pocos pesos que le quedaban para gasolina.

Pero no podía dejar de pensar en ella.

El sábado por la mañana, tuvo una idea. Recordó los sábados de antaño, cuando iban juntos al mercado de Coyoacán. Camila siempre se paraba en el mismo puesto de frutas. Le encantaba la fruta picada, pero tenía sus reglas estrictas: mango (si era temporada), jícama, pepino, mucha sal, mucho limón, pero nada de chilito en polvo del que pica feo, solo del “Miguelito” dulce.

Braulio fue al mercado de su colonia. Gastó sus últimos billetes en la fruta más fresca que encontró. Regresó a su cocina y pasó una hora picando todo con la precisión de un cirujano. Los cubos de jícama eran perfectos, simétricos.

Empacó la ensalada en un tupper grande, puso una bolsita de limón y otra de chilito dulce aparte (para que no se aguadara la fruta), y manejó hacia “Los Girasoles”.

Aplicó la “Operación Fantasma”. Estacionó lejos, esperó a ver que el Tsuru no estuviera (ella solía ir a misa o al súper los sábados en la mañana) y subió corriendo. Dejó el tupper en una hielera desechable de unicel frente a la puerta del 2C, con una nota:

“Antojito de sábado. Tiene Miguelito del que no pica. Come sano. B.”

El domingo, dejó una planta. Una “Cuna de Moisés”, pequeña y resistente, porque recordaba que Camila decía que esas plantas purificaban el aire.
“Para que respiren aire limpio las dos. B.”

El lunes, dejó un libro que encontró en una librería de viejo en el centro: Cuentos para dormir a niñas rebeldes.
“Para que sueñe en grande desde ahorita. B.”

Eran gestos pequeños. Gestos de un hombre que no tiene dinero pero tiene tiempo y arrepentimiento de sobra. Braulio no esperaba respuesta. Le bastaba con pasar por la tarde y ver que los regalos ya no estaban en el tapete. Significaba que los había metido. Significaba que no los había tirado a la basura.

Pero la cuerda se tensó el jueves por la tarde.

Braulio estaba saliendo de la obra (había logrado pagar lo que debía gracias a un anticipo milagroso de un cliente pequeño) cuando su teléfono sonó.

Número desconocido.

—¿Bueno?
—Basta.

La voz de Camila lo golpeó como una cubetada de agua fría. Sonaba cansada, irritada.
—¿Camila?
—Braulio, deja de dejar cosas en mi puerta. Deja de seguirme. Deja de jugar a la casita.
—No estoy jugando…
—¡Sí, lo estás haciendo! —interrumpió ella, y Braulio pudo escuchar que estaba al borde del llanto—. Crees que con fruta picada y libros viejos vas a borrar lo que hiciste. Crees que son “detalles románticos”. Pero para mí, cada vez que abro la puerta y veo algo tuyo, es un recordatorio de que estás ahí afuera, vigilando, esperando a que yo caiga.

Braulio se orilló y puso las intermitentes.
—No vigilo para que caigas. Vigilo para que no te caigas tú.
—No necesito un guardián, Braulio. Necesitaba un esposo. Y ese puesto quedó vacante hace mucho.

Hubo un silencio doloroso en la línea.
—Lo siento —dijo él—. No quería invadirte.
—Pues lo estás haciendo. Me siento presionada. Siento que tengo que darte las gracias, y no quiero darte las gracias. Quiero estar tranquila antes de que nazca la bebé.

—Entendido —dijo Braulio, sintiendo cómo se le cerraba la garganta—. Nada de regalos. Nada de notas.
—Si quieres ayudar, paga la manutención cuando nazca. Eso es todo lo que la ley te exige y todo lo que yo voy a aceptar.
—Camila… ¿puedo pedirte una cosa?
—¿Qué?
—No me odies tanto. Odiame lo necesario, pero no tanto que le pases ese coraje a la niña.

Ella guardó silencio unos segundos.
—No te odio, Braulio. El odio requiere energía, y yo ya no tengo energía para ti. Solo tengo decepción. Y eso es peor.

Colgó.

Braulio se quedó mirando el teléfono. “Solo tengo decepción”. Esa frase dolía más que cualquier insulto. La decepción es el cementerio del amor.

Regresó a su departamento sintiéndose derrotado. Había intentado acercarse y solo había logrado alejarla más. Tal vez tenía razón. Tal vez debía rendirse, esperar a que naciera la niña, mandar el cheque mensual y ser el “papá de fin de semana” que visita cada quince días.

Pero esa noche, mientras miraba el techo, Braulio supo que no podía conformarse con eso. No después de haber sentido esa patada en el taller mecánico.


El viernes por la mañana, el destino decidió barajar las cartas de nuevo.

Braulio estaba desayunando un café negro cuando recibió una llamada.
—¿Arquitecto Braulio Juárez?
—Sí, soy yo —respondió con desgana.
—Le hablo de la oficina del Ingeniero Ricardo Montemayor, de “Desarrollos Montemayor”.

Braulio casi escupe el café. “Desarrollos Montemayor” era un gigante. Construían rascacielos en Santa Fe, centros comerciales en el norte, fraccionamientos de lujo en Querétaro. Eran las grandes ligas. Braulio era un jugador de llanera comparado con ellos.

—A sus órdenes —dijo, tratando de que no le temblara la voz.
—El Ingeniero quiere verlo hoy a las once en sus oficinas de Polanco. Tenemos un proyecto en puerta y nos gustaría que cotizara.

Braulio pensó que era una broma. ¿Alguien de sus amigos le estaba jugando una “carrilla”?
—Señorita, ¿es en serio? Mi empresa es pequeña. Hacemos residencial y remodelaciones, no rascacielos.
—El Ingeniero sabe quién es usted. ¿Puede venir o no?

—Ahí estaré.

Braulio corrió a su closet. Sacó su único traje bueno, el que había usado en su boda con Camila. Le quedaba un poco flojo ahora que había bajado de peso por el estrés y la mala comida. Lo planchó con cuidado. Boleó sus zapatos hasta que parecieron espejos.

Manejó su camioneta vieja hacia Polanco. Se sentía como un impostor entrando a esa zona de la ciudad donde los coches valían más que su casa. El edificio de Montemayor era una torre de cristal azul que tocaba el cielo.

Dejó la camioneta en un valet parking, sintiendo la mirada de desdén del acomodador al ver el polvo de cemento en la batea.
—Cúidemela, jefe, es mi caballo de batalla —le dijo Braulio, dándole una propina.

Subió al piso 25. La oficina olía a dinero. Madera de caoba, alfombras persas, arte moderno en las paredes. La secretaria lo hizo pasar a una sala de juntas con vista a todo el Bosque de Chapultepec.

Minutos después, entró Ricardo Montemayor. Era un hombre de unos sesenta años, canoso, imponente, pero con una sonrisa franca. No le dio la mano con delicadeza, se la estrechó con fuerza, mano de trabajador.

—Braulio Juárez. Me da gusto conocerte. Siéntate.
—El gusto es mío, Ingeniero. Y la verdad, también la sorpresa.

Montemayor rio.
—Vamos al grano. Estamos desarrollando un complejo habitacional mediano en la zona de Azcapotzalco. Cincuenta casas, un parque, un centro comunitario. Mis contratistas habituales están ocupados con las torres de Reforma. Necesito a alguien que sepa trabajar el detalle, que no me robe material y que entregue a tiempo. Alguien con hambre, pero con ética.

Desplegó unos planos sobre la mesa de cristal.
—Es un contrato de dieciocho meses. Si lo haces bien, te puede dejar utilidad suficiente para renovar esa camioneta vieja que vi que dejaste en la entrada.

Braulio miró los números del presupuesto preliminar. Era más dinero del que había facturado en los últimos tres años juntos. Era la salvación. Era la universidad de su hija. Era la estabilidad.

—Ingeniero… yo puedo hacer esto. Tengo la gente, tengo el conocimiento. Pero… ¿por qué yo? ¿Quién le dio mi nombre? En este negocio las referencias lo son todo, y yo he estado… un poco fuera del radar últimamente.

Montemayor se recargó en su silla de piel.
—Tienes razón. Las referencias son todo. Y tú tienes una referencia impecable.
—¿De quién?
—De la Licenciada Patricia Chin.

Braulio se quedó helado.
—¿Patricia Chin? ¿La directora de la Alianza de Desarrollo Comunitario?
—Exacto. Ella trabaja con nosotros en los programas de responsabilidad social. Le pregunté si conocía a un contratista honesto, de esos que ya no hay. Me dijo: “Braulio Juárez. Es el hombre más honesto que conozco con los materiales, aunque sea un bruto para otras cosas”. Esas fueron sus palabras.

Braulio sintió que se le doblaban las rodillas, incluso estando sentado. Patricia Chin era la madre adoptiva de Camila. La mujer que seguramente lo odiaba por haber abandonado a su “hija”.

—¿Cuándo habló con ella? —preguntó Braulio, con un hilo de voz.
—Hace tres días. Me insistió mucho. Dijo que tu calidad de trabajo es garantía.

Braulio firmó el pre-contrato con la mano temblorosa. Salió del edificio de cristal caminando como un sonámbulo. El sol de mediodía de la Ciudad de México lo cegaba.

Patricia Chin estaba en un asilo, enferma. No estaba teniendo reuniones de negocios.
Alguien más había hablado por él. Alguien más había usado el nombre de Patricia o había gestionado esto a través de ella.

Solo había una persona que tenía esa conexión.

Camila.

Braulio corrió al valet parking, se subió a su camioneta y salió quemando llanta hacia “Los Girasoles”. Sabía que era hora de trabajo, pero tenía la corazonada de que hoy, viernes, ella salía temprano. O tal vez solo necesitaba buscarla hasta encontrarla.

No estaba en su departamento.
Braulio manejó hacia el parque que estaba a unas cuadras de la unidad habitacional. Era un parque modesto, con columpios oxidados y bancas de cemento pintadas de verde.

Y ahí estaba.

Sentada en una banca, bajo la sombra de un pirul. Estaba comiendo un elote en vaso, mirando a unos niños jugar fútbol en la cancha de tierra.

Braulio se estacionó y caminó hacia ella. Se aflojó la corbata del traje. Sentía el sudor bajando por su espalda.

Camila lo vio venir. No se levantó. No huyó como en el supermercado. Solo lo esperó, con la cuchara del elote a medio camino de su boca.

—¿Te dieron el contrato? —preguntó ella cuando él estuvo cerca. Ni “hola”, ni “¿qué haces aquí?”. Directo a la yugular.

Braulio se detuvo frente a ella, jadeando un poco.
—Sí. Me lo dieron. Es… es enorme, Camila. Salva a la empresa. Salva todo.

—Qué bueno —dijo ella, y siguió comiendo su elote.

Braulio se sentó en el otro extremo de la banca, respetando esa distancia invisible pero eléctrica que había entre ellos.
—Montemayor dijo que fue recomendación de Patricia. Pero Patricia está internada. Fuiste tú. Tú hablaste con la oficina de Montemayor usando los contactos de la Alianza.

Camila se encogió de hombros, mirando a los niños correr tras el balón.
—Patricia me dio su agenda antes de que se pusiera mal. Me dijo que te recomendara si salía algo. Ella siempre te tuvo fe profesionalmente.

—Pero tú pudiste no haberlo hecho —insistió Braulio, girando el cuerpo para mirarla—. Después de cómo te traté. Después de que te dije que no teníamos dinero. Después de todo el dolor… me diste el contrato de mi vida. ¿Por qué?

Camila suspiró y dejó el vaso de elote a un lado. Se frotó la espalda baja con una mueca de cansancio.
—No te confundas, Braulio. No lo hice por ti. No lo hice porque te extrañe o porque quiera que volvamos.

—¿Entonces?

Ella giró la cara y sus ojos negros lo atravesaron.
—Lo hice por ella —se tocó el vientre—. Porque mi hija merece un padre que no sea un fracasado. Merece un padre que pueda pagar su escuela, sus doctores, sus zapatos. Merece un padre que no tenga que vivir con miedo al dinero.

Braulio sintió las lágrimas picarle en los ojos. La pragmática, brutal y hermosa honestidad de Camila lo desarmaba. Ella había puesto el bienestar de su hija por encima de su rencor personal. Era una lección de madurez que lo hacía sentirse como un niño berrinchudo.

—Me devolviste la vida, Camila —dijo él, con la voz ronca—. Económicamente, me devolviste la vida.

—Úsala bien. No la desperdicies en tonterías. Ahorra. Invierte. Porque los pañales son caros.

Se quedaron en silencio unos minutos. El viento movía las ramas del pirul. Los gritos de “¡Pásala, pásala!” de los niños llenaban el aire. Era un momento de paz extraña.

Braulio miró el perfil de Camila. Se veía hermosa, a pesar del cansancio. La maternidad le había dado una especie de gravedad, una fuerza que antes no tenía.

—¿Puedo pedirte algo? —preguntó él, temiendo la respuesta.
—Ya te dije que nada de regalos.
—No es un regalo. Es… una oportunidad.

Ella lo miró de reojo, desconfiada.
—¿Qué quieres?

—Déjame ir a una cita. Con el doctor. Solo una.
Camila negó inmediatamente con la cabeza.
—No. Esas son mis citas. Es mi espacio.
—Por favor, Camila. Montemayor me dijo que soy un hombre honesto pero bruto. Quiero dejar de ser bruto. Quiero entender qué está pasando ahí adentro. Quiero verla en el ultrasonido. Prometo que no hablaré. Prometo que me sentaré en la esquina y seré invisible. Solo quiero… quiero saber que es real.

Camila lo estudió. Vio al hombre con el traje de su boda, un poco arrugado, mirándola con una súplica desesperada en los ojos. Vio que ya no había miedo en él, solo un anhelo profundo.

En ese momento, como si estuviera escuchando la conversación y quisiera votar, la bebé se movió. Fue un movimiento brusco, visible a través de la tela del vestido.

Camila soltó un pequeño jadeo y puso ambas manos sobre la panza.
—Está inquieta hoy.
—Debe saber que su papá ganó un contrato —bromeó Braulio, tímidamente.

Camila esbozó una media sonrisa, la primera en siete meses. Fue fugaz, pero existió.
—No te hagas ilusiones. Probablemente solo tiene hipo.

Suspiró y miró al cielo.
—Tengo cita el próximo jueves a las dos. Con la Doctora Martínez. Clínica del Valle.
Braulio sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Puedo ir?

—Puedes ir —concedió ella—. Pero estas son las reglas: Llegas puntual. No hables a menos que la doctora te pregunte. No intentes tomarme la mano. No intentes pagar la consulta enfrente de la gente para lucirte. Y después de la consulta, cada quien se va a su casa. ¿Entendido?

—Entendido. Jueves a las dos. Puntual como un reloj inglés. Callado como una tumba.

Camila tomó su vaso de elote vacío y se levantó con esfuerzo. Braulio se puso de pie de un salto para ayudarla, pero se detuvo a medio camino, recordando las reglas. Ella se impulsó sola y se enderezó.

—Gracias por el contrato, Camila —dijo él—. No tienes idea de lo que significa.
—No me des las gracias a mí. Dale las gracias a Patricia. Y asegúrate de que esa obra quede perfecta. No me hagas quedar mal.

—Quedará perfecta. Será la mejor obra de la historia de la Ciudad de México.

Ella rodó los ojos, pero ya no había veneno en su gesto.
—Adiós, Braulio.

Se alejó caminando despacio hacia su coche nuevo-viejo. Braulio se quedó en el parque, con el traje de novio, viendo cómo la madre de su hija se alejaba.

Sacó el teléfono y miró la fecha. Jueves. Faltaban seis días.

Seis días para prepararse. Seis días para demostrar que no solo podía ser un buen constructor de casas, sino que podía empezar a reconstruir los cimientos de algo mucho más importante.

Esa noche, Braulio fue a la librería. Compró un libro: Qué esperar cuando se está esperando. Se pasó el fin de semana leyéndolo, subrayando cosas, aprendiendo términos como “preclamsia”, “dilatación” y “borramiento”.

Ya no tenía miedo. Tenía una misión. Y tenía una fecha: Jueves a las dos.

CAPÍTULO 5: El Sonido de los Caballos Galopando y el Pacto de la Cuarentena

La semana previa al jueves de la cita médica pasó con una lentitud exasperante, como cuando esperas que seque el concreto en un día húmedo. Braulio Juárez, sin embargo, aprovechó cada segundo. Se convirtió en un hombre poseído por dos demonios: la perfección en el trabajo y la obsesión por la paternidad teórica.

En la obra de Azcapotzalco, sus albañiles no lo reconocían. El “Arqui” que antes llegaba tarde, ojeroso y gritando por cualquier desperdicio de material, ahora llegaba a las 7:00 AM con café y pan dulce para todos. Revisaba los niveles con láser, verificaba los amarres de varilla uno por uno y, lo más extraño de todo, en sus descansos no se ponía a ver videos de fútbol en el celular. Se sentaba en un bulto de cemento a leer un libro grueso de tapa amarilla titulado Qué esperar cuando se está esperando.

—Oiga, jefe —le dijo el Chuy el martes, mientras comían unos tacos de chicharrón prensado—, ¿qué tanto lee? ¿Son los planos nuevos del Inge Montemayor?

Braulio cerró el libro, marcando la página sobre “La dieta en el tercer trimestre”.
—No, Chuy. Estoy estudiando ingeniería… ingeniería de pañales.

La cuadrilla soltó una carcajada, pero Braulio no se molestó. Sonrió.
—Voy a ser papá, cabrones. Es una niña.

El silencio que siguió fue de respeto absoluto. En el mundo de la construcción, la paternidad es un grado militar.
—Eso es todo, Arqui —dijo Don Beto, dándole una palmada en la espalda que casi le saca el aire—. Hay que echarle ganas, que las niñas salen caras pero son las que lo cuidan a uno de viejo.

Esa validación de sus hombres le dio una fuerza extraña. Ya no era el divorciado fracasado. Era un padre en construcción.


El jueves llegó. Braulio se despertó a las 5:00 AM, aunque la cita era a las 2:00 PM. Se rasuró con tanto cuidado que tardó media hora. Eligió su ropa como si fuera a una audiencia con el Papa: camisa blanca recién planchada (sin una sola arruga), pantalones caqui y zapatos boleados. Se lavó las manos tres veces con cepillo para asegurarse de que no quedara ni un rastro de tierra o grasa bajo las uñas. Quería que sus manos estuvieran limpias por si… bueno, por si acaso.

Llegó a la Clínica del Valle a la 1:30 PM.

Se sentó en la sala de espera, una habitación pintada de color salmón suave, con revistas de Hola! y Vanidades de hace dos años en la mesita central. Había otras tres parejas. Todas se veían insultantemente felices. Un hombre joven le sobaba la espalda a su esposa mientras le susurraba cosas al oído. Otro estaba mostrándole fotos de cunas en el celular a su pareja.

Braulio se sintió como un intruso. Un espía en la tierra de la felicidad conyugal. Se sentó en una esquina, con las manos sudadas apretadas entre las rodillas, rogando no hacer nada estúpido.

A la 1:55 PM en punto, la puerta de cristal se abrió.

Entró Camila.

Llevaba el vestido de maternidad morado que él le había visto el domingo en la iglesia (desde lejos). Caminaba despacio, con esa dignidad agotada que ahora la caracterizaba. Al verla, el corazón de Braulio dio un vuelco violento. Se veía enorme. Mucho más grande que la semana pasada. Su vientre era el centro de gravedad de la habitación.

Braulio se puso de pie de un salto, casi tirando la revista que tenía en las piernas.
—Hola —dijo, tratando de sonar calmado.
—Hola —respondió ella, seca.

Se acercó a la recepción. La secretaria, una mujer mayor con lentes de cadena, la saludó con familiaridad.
—¡Sra. Camila! Qué gusto verla. ¿Cómo sigue esa acidez?
—Mejor, Doña Mari, gracias al té de jengibre.
—¿Viene sola hoy o…? —la secretaria miró por encima del hombro de Camila y vio a Braulio parado como un poste.

Camila dudó un segundo. Un segundo que a Braulio le pareció eterno.
—Viene él conmigo. Es… el papá de la bebé.

“El papá de la bebé”. No “mi esposo”, no “mi pareja”. Solo una descripción biológica funcional. Pero a Braulio le supo a gloria. Era un título. Un reconocimiento.

Se sentaron juntos, pero dejando una silla vacía en medio. El espacio negativo donde cabían todas sus peleas, sus silencios y los siete meses de ausencia.
—Te ves bien —se atrevió a susurrar él.
—Me siento como una ballena varada —respondió ella sin mirarlo—. Me duelen los pies, la espalda y tengo ganas de orinar cada cinco minutos.

—Leí que eso es normal. Por la presión en la vejiga.
Ella giró la cabeza lentamente y lo miró con una ceja levantada.
—¿Leíste?
—Compré el libro. El amarillo.
—Vaya. Sabes leer. Es un avance.

Braulio sonrió levemente. Aceptaba el sarcasmo. Se lo merecía.

—Camila Juárez —llamó una enfermera con uniforme azul.

Camila se levantó con esfuerzo. Braulio hizo el ademán de ayudarla, pero ella ya estaba de pie. La siguió por el pasillo, sintiendo que caminaba hacia un juicio final.

El consultorio de la Dra. Martínez estaba tapizado de fotos de bebés. Cientos de ellos. Gordos, calvos, sonrientes. Trofeos de vida. La doctora era una mujer de unos cincuenta años, de aspecto maternal pero profesional, con una bata impecable.

—¡Camila! —la doctora la saludó con un beso en la mejilla—. ¿Cómo vamos en esta semana 36? Ya casi estamos en la recta final.

Luego, miró a Braulio. Su expresión cambió ligeramente. Había curiosidad, y tal vez un poco de protección hacia su paciente habitual.
—¿Y quién nos acompaña hoy?

—Él es Braulio —dijo Camila, sentándose en la camilla—. El padre biológico.
La distinción “biológico” fue otro golpe, pero Braulio aguantó.
—Mucho gusto, doctora. Gracias por permitirme estar aquí —dijo él, extendiendo la mano y recordando la regla número uno: No hables a menos que te pregunten.

—Bienvenido, Braulio. Más vale tarde que nunca —dijo la doctora con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos. Claramente sabía la historia, o al menos la versión de Camila—. Muy bien, mamá. Vamos a checar presión, peso y luego… a ver a esa niña.

El chequeo fue rutina. Braulio observaba desde una silla en la esquina, fascinado y horrorizado al mismo tiempo. Vio cómo le tomaban la presión (estaba un poco alta, notó con preocupación), cómo la pesaban, cómo la doctora palpaba el vientre con manos expertas.

—Está en posición cefálica —anunció la doctora, presionando la parte baja del abdomen de Camila—. Ya está encajada, lista para salir. Eso explica por qué sientes tanta presión abajo.

—Siento que se me va a caer —admitió Camila.
—Es normal. Ahora, vamos a escucharla. Acuéstate y levántate la blusa.

Braulio contuvo la respiración. Vio a Camila recostarse y descubrir su vientre. Era… impresionante. Una montaña de piel estirada, brillante, con una línea oscura (la línea nigra, recordó del libro) que la atravesaba verticalmente. El ombligo había desaparecido, reemplazado por un botón que sobresalía.

La doctora aplicó un gel azul frío. Camila se estremeció. Luego, colocó el transductor del Doppler sobre la piel.

Al principio, solo hubo estática. Shhh… shhh…
Braulio sintió pánico. ¿Por qué no se oye?

Y entonces, llenó la habitación.

Tu-tum, tu-tum, tu-tum, tu-tum.

Era un sonido rápido, urgente, poderoso. Como un caballo galopando a toda velocidad. Como una locomotora pequeña y perfecta.

Braulio sintió que las lágrimas le subían a los ojos sin permiso. Se llevó la mano a la boca, mordiéndose el nudillo para no hacer ruido. Era el sonido más hermoso que había escuchado en su vida. Más hermoso que el motor de una revolvedora nueva, más hermoso que la música de su boda. Era el sonido de la vida que él había negado, y que a pesar de él, insistía en existir con una fuerza brutal.

Miró a Camila. Ella tenía los ojos cerrados y una sonrisa beatífica en el rostro. En ese momento, no había dolor, ni rencor, ni pobreza. Solo ella y el ritmo de su hija.

—Frecuencia cardíaca de 145 —dijo la doctora, satisfecha—. Un corazón muy fuerte.

La doctora movió el aparato y encendió el monitor de ultrasonido. La pantalla en blanco y negro cobró vida.
—A ver, papá —dijo la doctora, rompiendo la regla de silencio de Camila—. Acércate. No muerdo.

Braulio miró a Camila, pidiendo permiso con los ojos. Ella asintió levemente, sin abrir los ojos.
Él se levantó y se acercó a la pantalla.

—Aquí está la cabeza —señaló la doctora con el cursor—. Aquí la columna vertebral… se ven perfectas las vértebras. Y aquí… mira eso.

En la pantalla, una mancha gris se movió hacia lo que parecía ser la boca.
—Se está chupando el dedo —susurró Braulio, con la voz quebrada.
—Exacto. Es un reflejo de succión. Se está entrenando para comer.

Braulio no pudo más. Las lágrimas rodaron libremente por sus mejillas. Extendió la mano hacia la pantalla, como queriendo tocar esa imagen fantasmal.
—Es hermosa —murmuró—. Es… es real.

Camila abrió los ojos y lo vio. Vio al hombre duro, al contratista que peleaba con albañiles y cargaba bultos de cemento, llorando como un niño frente a un monitor. Vio la vulnerabilidad absoluta en su rostro. Y por primera vez en siete meses, la muralla de hielo alrededor de su corazón se derritió un poco. Solo un poco.

—Sí, Braulio —dijo ella suavemente—. Es muy real.


Salieron de la clínica media hora después. El sol de la tarde en la Avenida Universidad era cegador. Caminaron en silencio hacia el estacionamiento. Braulio se sentía agotado emocionalmente, como si hubiera corrido un maratón.

Llegaron al Tsuru de Camila. Ella se detuvo antes de abrir la puerta.
—Te portaste bien —dijo ella.
—Me costó trabajo —admitió él, limpiándose los restos de lágrimas con un pañuelo—. No sabía… no tenía idea de que se sentía así.

—No se puede explicar. Tienes que vivirlo.

Se quedaron parados ahí, en medio del ruido de los cláxones y los camiones. El momento incómodo de “¿y ahora qué?” flotaba en el aire.

—¿Tienes hambre? —preguntó Braulio—. Hay unos tacos de canasta buenísimos aquí a la vuelta. O te invito algo mejor. Un Vips, un Sanborns. Lo que quieras.
—No tengo hambre —dijo ella. Pero su estómago rugió audiblemente, traicionándola.

Braulio sonrió.
—Tu hija dice que es mentira.
—Mi hija es una glotona. Y yo tengo antojo de… no te burles… de esquites. Pero de los de Coyoacán.

—No se diga más. Vamos a Coyoacán.

Fueron en coches separados. Braulio la siguió como escolta presidencial hasta el centro de Coyoacán. Encontraron una banca cerca de la fuente de los Coyotes. Braulio fue corriendo y regresó con dos vasos grandes de esquites, con mucho limón, mayonesa y queso, y dos aguas de jamaica.

Se sentaron a comer mientras la tarde caía y el cielo se ponía violeta. La gente paseaba perros, parejas se besaban, vendedores de globos pasaban frente a ellos. Parecían una pareja normal. Pero no lo eran.

—Braulio —dijo Camila de repente, dejando el vaso a medio terminar—. Tengo que decirte algo. Algo que no le dije a la doctora porque no quería que me regañara por el estrés.

El tono de su voz hizo que Braulio dejara su vaso inmediatamente.
—¿Qué pasa? ¿La bebé está bien?
—La bebé está bien. El problema soy yo. O mejor dicho, mi situación.

Tomó aire, como si fuera a sumergirse bajo el agua.
—Fui a ver a Doña Paty ayer. A la casa de reposo.
—¿Cómo está?
—Mal. La diabetes se complicó. Le van a tener que amputar un dedo del pie la próxima semana. Y su demencia senil… ya no es solo olvidos, Braulio. Ayer no me reconoció. Me preguntó quién era y por qué estaba tan gorda.

Braulio sintió un escalofrío. Doña Paty había sido la roca de Camila. Su madre, su consejera, su todo.
—Lo siento mucho, Camila. De verdad.

—El punto es… —la voz de Camila empezó a temblar— que yo contaba con ella. Mi plan era que cuando naciera la bebé, Paty vendría a quedarse conmigo un par de semanas. Para ayudarme a bañarme, para cargar a la niña mientras yo duermo un par de horas, para enseñarme a ser mamá.

Se giró hacia él, y Braulio vio el terror puro en sus ojos.
—Ahora no tengo a nadie, Braulio. A nadie. Estoy completamente sola. No tengo mamá, no tengo hermanas, no tengo tías. Mis amigas del trabajo tienen sus propias vidas y sus propios hijos. Voy a llegar del hospital con una recién nacida a un departamento vacío, y no sé si voy a poder. Tengo miedo de quedarme dormida y no oírla. Tengo miedo de desmayarme en la regadera. Tengo miedo de volverme loca de cansancio.

Las lágrimas empezaron a caer sobre sus esquites.
—Esa es la verdad. Soy una mujer fuerte, sí. Pero estoy aterrorizada de estar tan sola.

Braulio sintió que el pecho se le abría. Quería abrazarla, pero sabía que eso no solucionaría el problema. Ella no necesitaba un abrazo; necesitaba logística. Necesitaba manos. Necesitaba seguridad.

—No estás sola —dijo él con firmeza.

Camila negó con la cabeza.
—No empieces, Braulio. No somos pareja. No puedes simplemente…

—Escúchame —la interrumpió él, tomando sus manos. Ella intentó retirarlas, pero él las sostuvo con suavidad pero con fuerza—. No te estoy pidiendo que seamos pareja. No te estoy pidiendo que vuelvas a mi cama. Te estoy ofreciendo un trato de negocios. Un pacto de supervivencia.

Ella lo miró, sorbiendo la nariz.
—¿Qué pacto?

—La cuarentena —dijo Braulio—. Cuarenta días. Déjame mudarme a tu departamento durante los cuarenta días después del parto.

Camila abrió los ojos como platos.
—¿Estás loco? ¿Vivir juntos?
—Escucha las condiciones:
Uno: Yo duermo en el sofá. O en el suelo. Me vale madre. No toco tu cama ni entro a tu cuarto a menos que tú me llames.
Dos: Yo me encargo de todo lo que no sea dar pecho. Yo cocino, yo limpio, yo lavo la ropa, yo voy al súper.
Tres: Yo hago las guardias nocturnas. Cuando la niña llore, yo me levanto, te la llevo a la cama para que coma, le saco el aire, le cambio el pañal y la vuelvo a dormir. Tú solo tienes que alimentar y descansar.
Cuatro: Yo pago todos los gastos de la casa durante ese tiempo.

Camila lo miraba como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—Braulio… tú nunca has cambiado un pañal en tu vida. Ni siquiera te sabes hacer un huevo estrellado sin quemarlo.

—Aprenderé —dijo él con una convicción de acero—. Ya aprendí a hacer ensalada de frutas, ¿no? Aprenderé a cambiar pañales viendo videos en YouTube si es necesario. Aprenderé a cocinar caldos de pollo. Aprenderé a planchar ropita de bebé.

—¿Y tu trabajo? ¿La obra de Montemayor?
—Don Beto puede manejar la obra en el día. Yo iré un par de horas en las mañanas cuando la niña duerma, y trabajaré desde tu mesa del comedor. Me organizaré.

Camila retiró sus manos y se abrazó el vientre. Miró hacia la fuente de los Coyotes. Estaba pensando. Calculando. Era una oferta tentadora. La idea de tener ayuda 24/7, de tener a alguien que le trajera agua, que cargara a la bebé… era como un oasis en el desierto de su miedo.

Pero era Braulio. El hombre que la había roto.

—¿Y si te cansas? —preguntó ella en voz baja—. ¿Y si a la semana te das cuenta de que la niña llora mucho y huele feo y no te deja dormir? ¿Y si te sale lo cobarde y te vas a media noche? Eso me destruiría, Braulio. Preferiría estar sola desde el principio que ser abandonada dos veces.

Braulio se arrodilló frente a la banca, ignorando a la gente que pasaba. Quedó a la altura de su vientre.
—Mírame, Camila.

Ella bajó la vista.
—Fui un cobarde porque tenía miedo al futuro. Pero ya vi el futuro. Lo vi en esa pantalla hoy. Escuché su corazón galopando. Ese sonido… ese sonido cambió mi ADN. Te juro, por la memoria de mi padre, y por la vida de esa niña que se llama Esperanza…

Camila dio un respingo.
—¿Cómo sabes el nombre?
—Escuché cuando se lo dijiste a tu panza en el taller mecánico. Murmuraste “Tranquila, Esperanza”. Es un nombre hermoso.

Braulio tragó saliva y continuó.
—Te juro por Esperanza que no me voy a ir. Aunque llore toda la noche. Aunque la casa se caiga. Voy a ser el mejor roomie, el mejor sirviente y el mejor padre que hayas visto. Solo dame esos 40 días. Si al día 41 quieres que me largue, me largo. Sin reclamos.

Camila miró al hombre arrodillado en el concreto de Coyoacán. Vio las manchas de sudor en su camisa blanca. Vio la desesperación y el amor en sus ojos.
Y, por primera vez, pensó que tal vez, solo tal vez, él decía la verdad.

En ese momento, Esperanza se movió. Fue una patada monumental, visible, fuerte.
Camila jadeó y tomó la mano de Braulio, colocándola sobre el punto exacto de la patada.
—Siente eso.

Braulio sintió el golpe contra su palma. Una vida reclamando su espacio.
—Está votando a favor —dijo él, sonriendo entre lágrimas.

Camila soltó un suspiro largo, rindiéndose ante la necesidad y la esperanza.
—Está bien. Cuarenta días. Ni uno más.
—Cuarenta días.

—Pero hay reglas extra —advirtió ella, levantando un dedo—. Cero alcohol. Ni una cerveza.
—Hecho. Soy abstemio desde hoy.
—Y nada de visitas de tu familia. No quiero que tu mamá venga a opinar sobre cómo cargo a la niña o cómo tengo la casa. Ahorita no tengo fuerzas para lidiar con tu familia.
—Hecho. Solo nosotros tres. Una isla desierta.

—Y… —Camila dudó— Braulio, esto es co-paternidad. No intentes besarme. No intentes abrazarme por la espalda mientras cocinas. No confundas las cosas. Si intentas algo romántico, te echo a la calle.

Braulio asintió solemnemente. Aunque en su corazón deseaba con toda el alma recuperarla como mujer, sabía que primero tenía que ganarse el derecho a estar en la misma habitación que ella.
—Entendido. Respeto total. Soy un monje tibetano que cambia pañales.

Camila soltó una pequeña risa. Fue un sonido oxidado, pero genuino.
—Un monje tibetano… ya quiero ver eso.

Se levantó de la banca. Braulio se levantó también y le ofreció el brazo para apoyarse. Ella lo miró un segundo, evaluando. Finalmente, aceptó su brazo.
Caminaron juntos hacia el estacionamiento. No iban tomados de la mano, pero iban conectados.

—Mañana voy a empezar a traer algunas cosas —dijo Braulio—. Un colchón inflable. Mis cosas de aseo. Y voy a llenar tu refrigerador. ¿Qué se te antoja?
—Gelatina de limón —dijo ella—. Y helado de chocolate. Y tengo que comprar los pañales de recién nacido, todavía no tengo.

—Mañana vamos a Costco. Compramos pañales por mayoreo. Compramos el mundo entero si quieres.

Llegaron a los coches.
—Gracias por los esquites —dijo ella.
—Gracias por la oportunidad —respondió él.

Camila subió a su Tsuru. Braulio esperó a que arrancara y la escoltó todo el camino hasta “Los Girasoles”, cuidando su retaguardia como un perro guardián fiel.

Cuando la vio entrar a salvo en su edificio y encender la luz del 2C, Braulio golpeó el volante de su camioneta y gritó:
—¡SÍ! ¡SÍ, CARAJO!

Tenía 40 días. 40 días para demostrar que había dejado de ser un niño asustado y se había convertido en un hombre. 40 días para enamorar a su hija. Y, si Dios y la Virgen de Guadalupe le hacían el milagro, 40 días para empezar a sanar el corazón de la mujer que amaba.

El juego había cambiado. Ya no estaba en la banca. Estaba en la cancha, y se iba a jugar la vida en este partido.

CAPÍTULO 6: El Caos de Costco, un Colchón Inflable y el Susto de Medianoche

El sábado por la mañana, la “Operación Cuarentena” comenzó oficialmente con una visita al infierno, también conocido como Costco un fin de semana de quincena.

Braulio pasó por Camila a las 9:00 AM. Ella lo esperaba en la banqueta, luciendo un overol de mezclilla que la hacía ver adorablemente redonda y unos tenis blancos sin agujetas porque hacía semanas que no alcanzaba a amarrárselos.

—Buenos días, socia —saludó Braulio, bajando de la camioneta para abrirle la puerta.
—Buenos días, roomie —respondió ella, aceptando su mano para subir—. ¿Trajiste la lista que te mandé?
—La traigo tatuada en el cerebro. Pañales, toallitas, detergente hipoalergénico y suficientes víveres para sobrevivir un apocalipsis zombi.

Llegar a Costco fue la primera prueba de fuego. El estacionamiento era una jungla de asfalto donde señoras en camionetas blindadas peleaban por un lugar como si fuera el último vaso de agua en el desierto. Braulio, con su experiencia de conductor de obra, logró agandallar un lugar cerca de la entrada con una maniobra quirúrgica.

—Bien hecho —aprobó Camila.
—Son años de experiencia esquivando camiones de volteo.

Adentro, el caos era total. Braulio empujaba el carrito gigante mientras Camila navegaba entre los pasillos como una capitana de barco, señalando productos con autoridad imperial.
—Esos pañales no, Braulio. Tienen perfume. A los recién nacidos les irrita. Agarra los de la caja blanca. Etapa 1 y Etapa 2.
—¿Cuántas cajas?
—Dos de cada una. Los bebés son máquinas de hacer popó. No tienes idea.

Braulio cargó las cajas como si fueran bultos de cal. Luego pasaron a la sección de limpieza. Detergente especial, suavizante especial, jabón de trastes para mamilas. Braulio veía cómo el carrito se llenaba y su cuenta bancaria temblaba, pero no dijo nada. Había prometido proveer.

En la sección de comida, la dinámica cambió.
—Quiero esas galletas —dijo Camila, señalando una caja de galletas con chispas de chocolate del tamaño de un ladrillo.
—¿No tienen mucha azúcar? El libro amarillo dice que…
Camila le lanzó una mirada que habría congelado el infierno.
—El libro amarillo no está cargando tres kilos de bebé en la vejiga. Echa las galletas.
—A la orden, jefa. Galletas adentro.

Salieron de la tienda una hora después, con el carrito desbordándose y una pizza entera para comer en el departamento. Braulio sentía una extraña satisfacción doméstica. Era la primera vez que hacían el súper juntos en un año, y aunque no eran pareja, se sentía… correcto. Se sentía como un equipo.


La mudanza fue rápida. Braulio solo llevó dos maletas deportivas y su caja de herramientas.
—Bienvenido a la suite presidencial —dijo Camila, abriendo la puerta del 2C y señalando la sala.

La “suite” era un espacio de tres por cuatro metros. Braulio apartó la mesa de centro y desplegó su colchón inflable matrimonial.
—Espero que no rechine mucho —dijo él, conectando la bomba de aire.
El colchón se infló con un zumbido ruidoso, ocupando casi todo el espacio libre.
—Va a ser acogedor —comentó Camila, mordiendo un pedazo de pizza sentada en el sofá—. Recuerda las reglas: Camiseta puesta siempre. Nada de andar en calzones por la casa. El baño se limpia después de cada uso. Y si roncas, te tiro una almohada.

—Entendido. Soy un fantasma silencioso y aseado.

Esa tarde se dedicaron a armar el “Nido”. Braulio sacó su taladro y sus desarmadores y se puso a trabajar en la cuna. Era una cuna de segunda mano que Camila había conseguido, y le faltaban un par de tornillos, pero para un contratista eso era juego de niños.

Camila doblaba ropita diminuta en el sofá. Pañaleros del tamaño de la mano de Braulio, calcetines que parecían de muñeca, gorritos de algodón.
Braulio la miraba de reojo mientras apretaba las tuercas. Verla doblar esa ropa con tanta ternura le provocaba un nudo en la garganta. Se dio cuenta de lo mucho que se había perdido. Los primeros ultrasonidos, la revelación del sexo, la compra de la primera prenda. Esos momentos eran irrecuperables, y el peso de su ausencia le dolía.

—Quedó firme —dijo Braulio, sacudiendo la cuna—. Aguanta un terremoto.
—Gracias —dijo Camila—. Se ve bonita ahí.

—¿Falta algo?
—Falta instalar el monitor de bebé, pero no le entiendo a las instrucciones. Y… —dudó un momento— me gustaría colgar ese cuadro.

Señaló un cuadro envuelto en papel craft que estaba en el suelo. Braulio lo desenvolvió. Era una acuarela sencilla de un campo de girasoles con una niña corriendo.
—Lo pintó Doña Paty —dijo Camila con voz suave—. Me lo dio hace meses, antes de que su mente empezara a fallar. Dijo que era para que su nieta siempre tuviera sol.

Braulio sintió que se le aguadaban los ojos.
—Es hermoso. Lo voy a poner justo en el centro, para que sea lo primero que Esperanza vea.

Braulio midió, niveló y taladró. Colgó el cuadro con precisión milimétrica. Cuando terminó, Camila se acercó a ver. Se paró junto a la cuna vacía, mirando la pintura.
—Ya casi está todo listo —susurró ella—. Solo falta ella.

Braulio se paró a su lado, respetando la distancia, pero compartiendo el silencio.
—Va a ser muy feliz aquí, Camila. Aunque el departamento sea chico. Tiene mucho amor en estas cuatro paredes.

Camila giró la cabeza y lo miró. Sus ojos estaban húmedos.
—Tengo miedo, Braulio.
—Lo sé. Yo también.
—No… tengo miedo físico. Me siento rara.
Braulio se puso alerta de inmediato.
—¿Rara cómo?
—Me duele la cabeza desde la mañana. Pensé que era el sol de Costco. Pero no se me quita. Y veo… veo como lucecitas. Como cuando te aprietas los ojos muy fuerte.

La alarma interna de Braulio se disparó. Había leído el capítulo de “Señales de Alarma” tres veces. Dolor de cabeza persistente. Fosfenos (ver luces). Hinchazón.
Miró los pies de Camila. Estaban tan hinchados que la piel parecía a punto de estallar sobre el borde de los tenis.

—Siéntate —dijo él, con voz firme pero calmada—. Ahora mismo.
—Es solo cansancio…
—Camila, siéntate. Voy por el baumanómetro.

Camila obedeció, asustada por la seriedad en la voz de él. Braulio corrió a buscar el aparato para medir la presión que Camila tenía en una caja. Le colocó el brazalete en el brazo izquierdo. Sus manos temblaban un poco, pero se obligó a controlarlas.
Apretó la perilla. Fush, fush, fush. Soltó el aire despacio, mirando la aguja y escuchando con el estetoscopio.

Tum… tum…

Braulio frunció el ceño. Volvió a inflar.
—¿Qué? —preguntó Camila—. ¿Cuánto tengo?
—Espera.

Escuchó de nuevo. 150 sobre 95.
Alta. Muy alta para una embarazada.

—¿Braulio? Me estás asustando.
Él se quitó el estetoscopio y la miró a los ojos.
—Tienes la presión alta, Camila. 150/95. Y los síntomas que dices… las luces, el dolor de cabeza… pueden ser preclamsia.
—Oh, Dios.
—No entres en pánico. Eso sube la presión más. Vamos a ir a la clínica. Ahora mismo.

—Pero no tengo dolores de parto. No he roto fuente.
—No importa. Agarra tu bolsa. Yo llevo la maleta del hospital por si acaso. Vámonos.

Braulio tomó el control total. Ayudó a Camila a levantarse, apagó las luces, cerró el gas (hábito de constructor) y la escoltó hasta el Tsuru. Decidió manejar el Tsuru porque estaba más cómodo para ella que su camioneta vieja.

El trayecto a la clínica fue tenso. Braulio manejaba con una concentración absoluta, esquivando baches como si llevara nitroglicerina. Camila iba callada, con la mano en el vientre, respirando hondo.
—¿Se mueve? —preguntó Braulio.
—Sí. Se está moviendo mucho.
—Eso es bueno. Eso es muy bueno. Ya casi llegamos.

Llegaron a urgencias de la Clínica del Valle. Braulio estacionó en la entrada, bajó y consiguió una silla de ruedas en diez segundos.
—Mi esposa tiene 37 semanas y presenta síntomas de preclamsia. Presión 150/90 —le dijo a la enfermera de triage con voz de mando. Ni siquiera pensó en corregir lo de “esposa”. Ahorita no había tiempo para tecnicismos.

La enfermera actuó rápido. Pasaron a Camila inmediatamente. A Braulio lo dejaron en la sala de espera.

Esos cuarenta minutos de espera fueron peores que los siete meses de divorcio. Braulio caminaba de un lado a otro, desgastando la suela de sus botas. Rezó. Le prometió a la Virgen que iría de rodillas a la Villa. Le prometió a Dios que donaría la mitad de sus ganancias del contrato de Montemayor a la beneficencia. Le prometió al universo que nunca más volvería a ser un cobarde.

Finalmente, la Dra. Martínez salió. Se veía seria, pero no trágica.
—Braulio.
—¿Cómo están? ¿Cómo está la niña?
—Están estables. La presión de Camila efectivamente subió mucho. Es un principio de preclamsia leve. Afortunadamente, llegaste muy a tiempo. Si hubieran esperado a mañana, estaríamos hablando de una urgencia grave.

Braulio soltó el aire que llevaba reteniendo.
—¿Qué sigue? ¿Van a hacer cesárea?
—Todavía no. La bebé está bien, el líquido amniótico está bien. Queremos que aguante al menos una semana más para que sus pulmones maduren al 100%. Pero las reglas cambian, papá.
—Dígame qué hay que hacer.

—Reposo absoluto. Y cuando digo absoluto, es absoluto. Cama. Solo levantarse para ir al baño. Nada de cocinar, nada de limpiar, nada de estrés, nada de corajes. Medicamentos para la presión y monitoreo tres veces al día. Si la presión vuelve a subir o si deja de sentir al bebé, corren para acá y operamos. Pero lo ideal es parto natural si logramos controlarlo.

—Entendido. Reposo absoluto.
—La voy a dar de alta en un par de horas, en cuanto baje la presión con el medicamento. Pero necesita vigilancia 24/7. ¿Puedes con eso?
Braulio enderezó la espalda.
—Para eso estoy ahí, doctora. No va a mover un dedo.


Regresaron al departamento a las 10:00 de la noche. Camila venía agotada, con la cara lavada y los ojos hinchados de llorar un poco en el hospital por el susto.
Braulio la ayudó a entrar.
—Directo a la cama —ordenó él—. Ni se te ocurra pasar a la cocina.

La llevó a su habitación. Era la primera vez que Braulio entraba a la recámara de Camila. Era un espacio íntimo, sencillo. Una cama matrimonial con una colcha lila, una cómoda con fotos de Doña Paty y un crucifijo en la pared. Olía a ella.
Braulio le acomodó las almohadas para que quedara semisentada, como había indicado la doctora. Le quitó los tenis con una delicadeza extrema. Sus pies seguían hinchados como tamales.

—Voy a traerte un té y tu medicina —dijo él.
—Braulio… —la voz de Camila era un hilo.
—¿Qué pasó? ¿Te duele algo?
—Tengo hambre. La comida del hospital era asquerosa y no me la comí.

Braulio sonrió.
—Tengo caldo de pollo. Lo hice ayer en la noche para practicar. No es como el de tu mamá, ni como el de la mía, pero… es comestible.
—Quiero caldo.

Diez minutos después, Braulio entró con una charola. Un tazón de caldo humeante (con verduras picadas finamente y pechuga deshebrada), unas tortillas calientes y un vaso de agua de limón. Se sentó en la orilla de la cama, rompiendo la regla de “no entrar al cuarto”, pero la emergencia lo ameritaba.

Camila comió con avidez. Braulio la observaba, listo para alcanzarle la servilleta o el agua.
—Está bueno —dijo ella, sorprendida—. Le falta sal, pero está bueno.
—La doctora dijo cero sodio. Así que te aguantas. Es caldo “cardiosaludable”.

Cuando terminó, Camila se recargó en las almohadas, visiblemente más tranquila.
—Gracias, Braulio.
—No me des las gracias. Es mi trabajo.

—No. Gracias de verdad. —Ella lo miró fijamente—. Si no hubieras estado ahí… si yo hubiera estado sola cuando empecé a ver las luces… tal vez me hubiera ido a dormir pensando que era cansancio. Y tal vez… tal vez algo malo hubiera pasado.

Braulio sintió un escalofrío.
—Pero no pasó. Y no va a pasar. Porque ya no estás sola.

Camila bajó la vista a sus manos entrelazadas sobre el cobertor.
—Me asusté mucho, Braulio. En la camilla, mientras me ponían el suero… pensé que la iba a perder. Y me di cuenta de que no tengo nada más importante en el mundo. El trabajo, el dinero, el orgullo… todo eso vale madre.

—Vale madre —confirmó él—. Lo único que importa es que ese corazón siga galopando.

—Braulio…
—¿Mande?
—¿Me puedes… me puedes sobos los pies? Me duelen horrible.

Braulio parpadeó. Era una petición íntima. Física.
—Claro.

Se movió al pie de la cama. Tomó uno de los pies hinchados de Camila entre sus manos grandes y callosas. La piel estaba tensa, caliente. Empezó a masajear suavemente, usando los pulgares para drenar el líquido hacia arriba, como le habían enseñado en un video de YouTube la noche anterior.

Camila soltó un gemido de alivio y cerró los ojos.
—Oh, Dios. Eso se siente bien.
—Tengo manos de albañil, pero trato de ser suave.
—Tienes manos de papá —murmuró ella, ya medio dormida.

Braulio se congeló por un segundo al oír eso. Manos de papá. Siguió masajeando en silencio, escuchando la respiración de Camila volverse más profunda y rítmica.

Estuvo ahí media hora, masajeando sus pies, sus tobillos, sus pantorrillas. Cuando estuvo seguro de que ella dormía, la cubrió con la colcha con cuidado extremo. Apagó la luz de la mesita de noche, dejando solo la luz del pasillo.

Se quedó parado en la puerta un momento, vigilando. Vigilando que su pecho subiera y bajara. Vigilando que no hubiera gestos de dolor.

Se fue a la sala, se tiró en su colchón inflable y miró al techo. Estaba exhausto. Le dolía la espalda. Tenía hambre porque él no había cenado. Pero se sentía extrañamente pleno.

Había pasado la primera prueba. Había estado ahí. Había protegido a su manada.


Los siguientes tres días fueron una rutina de enfermería y servicio doméstico.
Braulio se levantaba a las 6:00 AM. Iba a la obra de Montemayor dos horas, dejaba instrucciones precisas a Don Beto (“Si un muro queda chueco, lo tiran y lo vuelven a hacer, no me importa cuánto cueste”) y regresaba al departamento a las 9:00 AM para darle el desayuno y las medicinas a Camila.

Ella se aburría horrores.
—Me voy a volver loca aquí acostada —se quejaba el martes, viendo la tele—. Ya me chuté toda la temporada de The Crown y tres novelas turcas.
—Pues ve otra. O lee. O teje. Pero no te levantas.

Braulio limpiaba la casa. Aprendió que el cloro mancha la ropa (echó a perder una camiseta suya, por suerte no de ella). Aprendió que si mezclas ropa blanca con roja, todo sale rosa (sus calzones ahora eran rosa pastel). Aprendió a cocinar arroz sin que se batiera (al tercer intento).

Camila, desde su prisión de almohadas, lo escuchaba trajinando en la cocina, hablando solo, maldiciendo a la lavadora. Y aunque no se lo decía, le daba una paz inmensa saber que él estaba al otro lado de la pared.

El miércoles por la noche, Braulio estaba sentado en el suelo de la sala, revisando unos presupuestos en su laptop, cuando escuchó un ruido en la recámara.
Fue de inmediato.
—¿Todo bien?

Camila estaba sentada en la orilla de la cama, agarrándose la espalda baja.
—No sé…
—¿Te duele la cabeza? ¿Luces?
—No, la cabeza está bien. La presión está bien, me la tomé hace rato. Es… la espalda. Y siento como… cólicos. Como cuando me va a bajar la regla, pero más fuertes.

Braulio miró el reloj. 11:45 PM.
—¿Son rítmicos?
—No sé. Empezaron hace como una hora. Van y vienen.
—Vamos a tomarnos el tiempo.

Sacó su celular y abrió la aplicación de “Contracción Timer” que había descargado (sí, también tenía una app).
Se sentó a su lado.
—Avísame cuando empiece uno.

Pasaron diez minutos.
—Ahí viene —dijo Camila, tensándose y apretando la sábana.
Braulio presionó “Inicio”.
El dolor duró 40 segundos. Camila respiró hondo, sacando el aire por la boca.
—Ya pasó —dijo ella, relajándose.
Braulio presionó “Fin”.

Esperaron. Ocho minutos después. Otra vez.
—Ahí va.
45 segundos de dolor.

Estuvieron así una hora. Las contracciones eran irregulares. A veces cada 8 minutos, a veces cada 12.
—Son contracciones de Braxton Hicks —dijo Braulio, consultando su enciclopedia mental—. O pródromos de parto. El cuerpo está ensayando.
—Pues qué ensayo tan doloroso —gruñó Camila.

—¿Te traigo una bolsa de agua caliente para la espalda?
—Sí, por favor.

Braulio calentó la bolsa en el microondas y se la puso en la espalda baja. Se quedó ahí sentado, frotándole la espalda suavemente.
—Braulio…
—¿Dime?
—Si esto es solo el ensayo… no sé si voy a aguantar el estreno. Duele mucho.

Braulio la miró a través del espejo del tocador. Se veía pequeña y asustada.
—Vas a aguantar. Estás hecha de roble, Camila. Y aparte, vas a tener la mejor epidural del mundo si la pides. Y me vas a tener a mí para que me aprietes la mano hasta rompermela si quieres.

Ella sonrió débilmente en el espejo.
—Gracias por estar aquí. De verdad. No sé qué haría sin ti ahorita.
—No tienes que saberlo. Porque aquí estoy.

—Braulio…
—¿Mande?
—Creo que ya te perdoné.

El tiempo se detuvo en la habitación. El reloj dejó de hacer tic-tac. Braulio sintió que el corazón se le salía por la boca.
—¿Qué?
—No significa que olvide —aclaró ella rápido—. Y no significa que volvamos a ser pareja mañana. Pero… ya no siento el rencor quemándome la panza. Veo lo que estás haciendo. Veo cómo me cuidas. Veo cómo le hablas a la panza cuando crees que estoy dormida. Y… te perdono por haber tenido miedo. Porque ahora yo también tengo miedo, y entiendo lo que es paralizarse.

Braulio bajó la cabeza, apoyando la frente en el hombro de ella. Sintió las lágrimas calientes salir de sus ojos. El peso de siete meses de culpa, esa mochila llena de piedras que cargaba a todos lados, se soltó de golpe.
—Gracias, Camila —sollozó en silencio—. Gracias. Te juro que no te voy a fallar nunca más.

Ella recargó su cabeza sobre la de él.
—Más te vale, Juárez. Porque si me fallas ahora, te corto los huevos.

Ambos rieron entre lágrimas. Una risa nerviosa, cansada, pero sanadora.

—Ahí viene otra —anunció Camila, tensándose.
—Respira —dijo Braulio, volviendo a su modo coach—. Inhala… exhala…

Pasaron la noche así, entre contracciones falsas, bolsas de agua caliente y una intimidad renovada que era más profunda que cualquier sexo que hubieran tenido. Era la intimidad de la trinchera.

A las 4:00 AM, las contracciones pararon. Camila se quedó profundamente dormida.
Braulio se fue a su colchón inflable, pero no durmió.
Sabía que el “ensayo” había terminado. La próxima vez sería el show real.
Y por primera vez, se sentía listo.

Miró hacia la ventana, donde el cielo empezaba a clarear sobre la Ciudad de México.
—Ven cuando quieras, Esperanza —susurró—. Tu papá ya está en casa.

CAPÍTULO 7: La Danza de la Lluvia, Gritos en la Madrugada y el Primer Llanto

El jueves por la tarde, el cielo de la Ciudad de México se puso negro, de ese color morado-grisáceo que presagia no una lluvia, sino un diluvio bíblico. Braulio estaba en la cocina del departamento, intentando hacer una sopa de fideo que no quedara masuda, cuando un trueno hizo vibrar las ventanas del 2C.

—Se va a caer el cielo —comentó Camila desde el sofá, donde estaba “revisando” (es decir, criticando constructivamente) el doblado de toallas de Braulio.

—Que se caiga lo que quiera, mientras este techo aguante —respondió él, probando el caldillo—. Oye, creo que ya le agarré el truco al fideo. Tienes que dorarlo hasta que se vea café, pero no negro. Es un arte.

—Felicidades, Chef Juárez. Te ganaste una estrella Michelin de barrio.

Cenaron tranquilos, viendo las noticias. El pronóstico del tiempo anunciaba tormentas eléctricas toda la noche. Camila se veía inquieta. Se frotaba la panza constantemente y cambiaba de posición cada dos minutos.
—¿Te duele? —preguntó Braulio, con el radar encendido.
—No. Solo… se siente apretado. Como si ella estuviera buscando la salida de emergencia y no encontrara la manija.

Se fueron a dormir temprano. Braulio infló su colchón (que ya tenía una fuga lenta y amanecía medio desinflado todos los días) y se acostó escuchando la lluvia golpear contra el cristal.

A las 2:30 AM, el grito lo despertó antes de que su cerebro registrara qué pasaba.
—¡BRAULIO!

No fue un llamado. Fue un alarido de dolor puro, animal.
Braulio saltó del colchón, enredándose en la sábana y cayendo de boca al suelo. Se levantó como resorte y corrió a la recámara.
Encendió la luz.

Camila estaba de pie junto a la cama, agarrándose del buró con una mano y del vientre con la otra. Había un charco de agua clara a sus pies, mezclado con un poco de sangre.
—Se rompió —dijo ella, jadeando, con los ojos desorbitados por el pánico—. Se rompió la fuente. Y duele… Braulio, duele mucho más que la otra vez.

Braulio entró en “Modo Emergencia”. Su cerebro desconectó el miedo y conectó la logística.
—Ok. Rompiste fuente. Es hora. Respira.
Fue al clóset y sacó la maleta del hospital (que ya estaba empacada y revisada tres veces).
—Ponte estos tenis. ¿Puedes caminar?
—Creo que sí… ¡AHHH!

Una contracción la dobló a la mitad. No era como las de la semana pasada. Esta era violenta, una ola de marea que la golpeaba contra las rocas. Braulio la sostuvo, dejando que ella le clavara las uñas en el antebrazo. Contó mentalmente. 45 segundos. 50 segundos.

—Ya pasó —dijo ella, sudando frío—. Vámonos. Ya.

Braulio le puso una chamarra grande encima de la pijama (no había tiempo de cambios de vestuario). La ayudó a caminar hacia la puerta.
El elevador no servía. Por supuesto que no servía. Era un clásico de la unidad habitacional.

—Vamos por las escaleras. Despacio. Yo te cargo si es necesario.
—No me cargues, me voy a caer. Solo agárrame.

Bajaron los dos pisos en una eternidad. Cada escalón era una negociación con la gravedad y el dolor. En el descanso del primer piso, otra contracción la paralizó. Camila soltó un gemido gutural que resonó en el cubo de la escalera.
—No puedo… no puedo…
—Sí puedes. Mírame. Faltan diez escalones. El coche está ahí enfrente. Tú puedes. Eres una chingona, Camila. Vamos.

Llegaron al Tsuru bajo una lluvia torrencial. Braulio la metió en el asiento del copiloto, reclinó el respaldo y corrió al lado del conductor. Arrancó el coche y salió del estacionamiento quemando llanta, pero con control.

La ciudad a las 3:00 AM estaba vacía, gracias a Dios. Braulio se pasó tres semáforos en rojo (con precaución) y tomó el Eje Central como si fuera pista de carreras.
—¡Otra! —avisó Camila.
Braulio le dio la mano derecha mientras manejaba con la izquierda. Ella se la apretó tan fuerte que él sintió crujir sus nudillos.
—Respira, amor. Respira.
Se le escapó el “amor”. Ni cuenta se dio. Ella tampoco.

Llegaron a la Clínica del Valle en tiempo récord: 18 minutos. Braulio dejó el coche tirado en la entrada de urgencias con las intermitentes puestas y entró corriendo por una silla de ruedas.

—¡Parto en proceso! ¡Rompió fuente y tiene contracciones cada 3 minutos! —le gritó al guardia de seguridad.

Salieron enfermeros. Subieron a Camila a la silla.
—Braulio, no me dejes —suplicó ella mientras se la llevaban.
—Voy a estacionar el coche y te alcanzo. Dos minutos. Te lo juro.

Braulio estacionó el Tsuru en un lugar prohibido (ya pagaría la multa después) y corrió de regreso. Entró a la sala de admisión.
—Soy el esposo de Camila Juárez. Bueno, ex-esposo. El papá. Estoy en el parto.

La recepcionista, acostumbrada al drama, le dio una bata quirúrgica, un gorro y unos cubre-zapatos.
—Póngase esto. Rápido. Están en la Sala 2 de Tococirugía.

Braulio se cambió en el pasillo, luchando con los lazos de la bata. Entró a la Sala 2.

El ambiente era clínico, frío, brillante. Camila ya estaba en la cama de parto, conectada a monitores. La Dra. Martínez estaba lavándose las manos.
—Llegaste justo a tiempo, papá —dijo la doctora—. Tiene 8 centímetros de dilatación. Esto va rápido.

Braulio se acercó a la cabecera de la cama. Camila estaba pálida, con el pelo pegado a la frente por el sudor. Tenía los ojos cerrados.
—Estoy aquí —le susurró al oído, tomándole la mano.
Ella abrió los ojos. Había miedo en ellos, pero también alivio al verlo.
—Duele como el infierno, Braulio. Siento que me parte en dos.
—¿Quieres la epidural?
—Ya la pedí. Dijeron que viene el anestesiólogo.

El anestesiólogo llegó cinco minutos después. Un hombre bajito con cara de sueño pero manos mágicas. Le puso el bloqueo en la espalda.
Quince minutos después, el rostro de Camila se relajó. El dolor agudo se convirtió en presión.
—Bendita sea la ciencia médica —murmuró ella.

Pero la paz duró poco.
A las 5:00 AM, la doctora revisó.
—Diez centímetros. Borramiento completo. Es hora de pujar, Camila. Cuando sientas la presión fuerte, como ganas de ir al baño, vas a empujar con todo hacia abajo. Braulio, tú le sostienes la espalda y la pierna izquierda. Enfermera, la pierna derecha.

Empezó el maratón.
—¡Puja! ¡Uno, dos, tres, cuatro… diez! —contaba la enfermera.
Camila pujaba con la cara roja, las venas del cuello saltadas.
—¡Descansa!

Braulio le limpiaba la frente con una toalla húmeda. Le daba hielo picado.
—Lo estás haciendo increíble. Ya casi.
—No puedo… estoy cansada… —lloraba ella entre pujos—. No baja.
—Sí baja. Ya le veo el pelo —mintió Braulio para animarla, aunque solo veía sangre y fluidos que, honestamente, le revolvían el estómago, pero se aguantó como los machos.

Pasó una hora. El efecto de la anestesia empezaba a disminuir un poco, lo suficiente para que Camila sintiera la presión brutal de la cabeza del bebé contra sus huesos pélvicos.
—¡Braulio, me duele! ¡Sácamela ya!
—Ya viene, ya viene. ¡Puja con todo! ¡Por Esperanza!

En el siguiente pujo, la doctora dijo:
—¡Ahí está! ¡Ya coronó! ¡No pujes, no pujes, respira cortito!

Camila jadeaba je-je-je-je.
—¡Ahora, un pujo suave!

Camila dio un grito final, un sonido de liberación y esfuerzo supremo. Braulio vio cómo los hombros del bebé se deslizaban fuera, seguidos por el resto del cuerpo, resbaladizo y morado.

Y entonces, el silencio se rompió.

¡WAAAAAA! ¡WAAAAAA!

Un llanto potente, enojado, vital.
La Dra. Martínez levantó al bebé. Era una niña. Una niña cubierta de vernix blanco, con una cabeza llena de pelo negro empapado y los puños cerrados peleando contra el aire.

—Es una niña preciosa —anunció la doctora—. Hora de nacimiento: 6:14 AM.

Colocaron a la bebé directamente sobre el pecho de Camila.
El llanto de la niña se calmó un poco al sentir el calor de su madre y escuchar el latido del corazón que conocía desde adentro.

Camila rompió a llorar. Un llanto de alegría, de alivio, de amor instantáneo y demoledor. Tocó la espaldita de su hija con dedos temblorosos.
—Hola… hola mi amor… hola Esperanza… soy mamá.

Braulio estaba llorando abiertamente. No le importaba quién lo viera. Se inclinó sobre ellas, abrazando a Camila por los hombros y mirando a esa criatura minúscula que acababa de cambiar su universo para siempre.
—Es perfecta —sollozó Braulio—. Camila, es perfecta. Gracias. Gracias por esto.

—Papá, ¿quieres cortar el cordón? —ofreció la doctora, extendiéndole unas tijeras quirúrgicas.
Braulio miró las tijeras, luego el cordón pulsante que unía a madre e hija. Le temblaban las manos.
—Sí.

Con cuidado infinito, cortó el vínculo físico para dar paso al vínculo emocional eterno.
Se llevaron a la bebé a la cuna térmica para revisarla. Braulio se quedó con Camila mientras la doctora terminaba de “limpiar” y suturar un pequeño desgarre.
Camila estaba exhausta, casi dormida, pero con una sonrisa que iluminaba el quirófano.
—Lo hicimos —susurró.
—Lo hiciste tú —corrigió él, besándole la frente sudada—. Tú hiciste todo el trabajo pesado. Yo fui tu porrista.

—Fuiste un buen porrista.


Dos horas después, ya en la habitación de recuperación. La tormenta afuera había pasado, y un sol tímido de mañana entraba por la ventana.
Camila estaba en la cama, limpia, con una bata fresca. Esperanza estaba en sus brazos, envuelta como un taco en una cobija rosa del hospital, durmiendo plácidamente.

Braulio estaba sentado en el sillón al lado de la cama, mirándolas. No podía dejar de mirarlas. Sentía que si parpadeaba, desaparecerían.
—Se parece a ti —dijo Camila, acariciando la mejilla de la bebé—. Tiene tu nariz. Y tu ceño fruncido.
—Ojalá tenga tu corazón. Y tu inteligencia. Porque si saca mi cerebro para las finanzas, estamos fritos.

Camila soltó una risita suave.
—Braulio.
—¿Mande?
—Ven. Cárgala.
Braulio se tensó.
—No… mejor no. Estoy muy grandote, soy torpe. Me da miedo lastimarla.
—No la vas a lastimar. Siéntate aquí en la orilla.

Braulio obedeció con terror reverencial. Se sentó en la cama. Camila le pasó el bultito rosa.
Pesaba tan poco. Como un bulto de azúcar. Pero al mismo tiempo, pesaba una tonelada de responsabilidad.
Braulio acomodó la cabecita en el hueco de su brazo. La miró a la cara. Esperanza abrió los ojos un momento. Eran ojos oscuros, profundos, que parecían contener secretos antiguos. Hizo un puchero con la boca y volvió a dormir.

—Hola, Esperanza —susurró Braulio, con la voz más suave que había usado en su vida—. Soy papá. Perdón por tardar tanto en llegar. Pero ya no me voy a ir. Te lo prometo.

Sintió una mano sobre su hombro. Era Camila.
—Se ve bien en tus brazos.
Braulio levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Ya no había muros. Ya no había deudas. Solo había tres personas en una habitación, unidas por algo indestructible.

—Camila… —empezó Braulio—. Sé que el pacto es de 40 días. Sé que esto es co-paternidad. Pero… tengo que decírtelo. Te amo. Te amo más que cuando nos casamos. Te amo por lo que eres, por lo que aguantaste, por cómo eres mamá. No espero que me contestes. Solo… tenía que decirlo.

Camila no retiró la mano de su hombro. Lo miró largamente, con cansancio pero con ternura.
—El amor se demuestra, Braulio. No se dice. Tienes 40 días para demostrármelo. El reloj empieza a correr hoy.

—Desafío aceptado.

En ese momento, la puerta se abrió y entró una enfermera.
—Hora de checar signos vitales y de intentar la lactancia. Papá, necesito que salga un momentito.
—Claro.

Braulio devolvió a Esperanza a los brazos de su madre con renuencia. Salió al pasillo.
Se recargó en la pared y suspiró profundamente.
Sacó su celular. Tenía 20 llamadas perdidas de su mamá y sus hermanas (a las que había avisado cuando nació la niña).

Marcó el número de su madre.
—¿Bueno? ¿Braulio? —la voz de su madre sonaba angustiada.
—Mamá. Ya nació. Es una niña. Se llama Esperanza. Y está preciosa.

Escuchó los gritos de alegría al otro lado de la línea.
—¿Y Camila? ¿Cómo está mi nuera?
—Está bien, ma. Es una guerrera.
—¿Podemos ir?
—No, ma. Todavía no. Necesitan descansar. Yo les aviso. Ahorita… ahorita somos solo nosotros tres.

Colgó. Caminó hacia la ventana del pasillo y miró la Ciudad de México despertando. El tráfico, el ruido, el smog. Todo seguía igual, pero todo era diferente.
Braulio Juárez ya no era solo un contratista. Era el padre de Esperanza. Y tenía 40 días para convertirse en el esposo de Camila de nuevo.

—A darle —se dijo a sí mismo, abrochándose el botón de la camisa—. A construir el mejor edificio de mi vida.

CAPÍTULO 8: Cuarenta Días y Cuarenta Noches en el Desierto (de Pañales)

Los primeros días en el departamento 2C fueron, para decirlo suavemente, un choque frontal contra la realidad. Si Braulio pensaba que la obra de construcción más difícil de su vida había sido el edificio de departamentos en la colonia Roma con cimientos hundidos, estaba muy equivocado. Eso era juego de niños comparado con una recién nacida con cólicos a las tres de la mañana.

Día 3:
Llegaron del hospital. Braulio cargó a Esperanza en su portabebé como si llevara una bomba nuclear desactivada, subiendo las escaleras paso a pasito. Camila subió despacio, adolorida por la episiotomía, apoyándose en el barandal.

—Bienvenidas a casa —dijo él al abrir la puerta. El departamento olía a limpio (gracias a su limpieza frenética previa) y a flores (los girasoles que había comprado).

La primera noche fue un desastre. Esperanza lloró desde las 11:00 PM hasta las 4:00 AM. Camila intentaba darle pecho, pero la niña no se agarraba bien, Camila lloraba de frustración y dolor en los pezones, y la niña lloraba de hambre.

Braulio entró en acción.
—A ver, dame acá.
—No quiere, Braulio, no le sale leche, soy una inútil…
—No eres inútil. Estás cansada y tensa. Dame a la niña. Ve a bañarte con agua caliente. Relájate. Yo la calmo.

Braulio tomó a la niña, que estaba roja como un tomate de tanto berrear. La puso boca abajo sobre su antebrazo (la técnica “El Tigre en la Rama” que vio en YouTube) y empezó a pasearla por la sala, cantándole bajito una canción de Los Tigres del Norte porque no se sabía ninguna de cuna.
“En la mesa del rincón, una cerveza se tomó…”

Milagrosamente, a los diez minutos, Esperanza se calló. Camila salió del baño, secándose el pelo, y los vio.
—¿Qué le hiciste?
—Le gusta la música norteña. Tiene buen gusto, salió a su papá. Intenta darle de comer ahora.

Esta vez, relajada y limpia, la leche fluyó. Esperanza comió y se durmió.
Braulio 1 – Caos 0.

Día 10:
Braulio aprendió que “cambiar pañal” es un deporte extremo. Esperanza tenía la habilidad de hacer pipí justo cuando le quitaban el pañal sucio, creando una fuente que mojaba todo alrededor.
—¡Otra vez! —gritó Braulio desde el cambiador—. ¡Me orinó la camisa limpia!
Camila se rió desde el sofá, donde estaba tomando una siesta.
—Bienvenido a la paternidad, roomie. Ponle una toallita encima antes de abrir el pañal. Novato.

Día 21:
El cansancio era brutal. Braulio dormía en intervalos de dos horas. Iba a la obra de Montemayor en la mañana, regresaba a mediodía a hacer la comida, lavaba ropa en la tarde y hacía guardia nocturna. Tenía ojeras que le llegaban a la barbilla. Había bajado tres kilos.
Pero el departamento funcionaba como un reloj suizo. Camila estaba recuperándose bien. Comía tres veces al día (comida casera hecha por Braulio, que ya dominaba el arte del arroz rojo y las albóndigas). La casa estaba limpia.

Esa noche, mientras Braulio doblaba ropa en la sala a la 1:00 AM, Camila salió de su cuarto.
—¿Qué haces despierta?
—No puedo dormir. Y te oí suspirar.
Se sentó en el sofá frente a él.
—Te ves horrible, Braulio.
—Gracias. Tú te ves hermosa, como siempre.
—En serio. Estás agotado. ¿Por qué no te tomas una noche libre? Duerme corrido hoy. Yo me encargo.
—El pacto es el pacto. Faltan 19 días. Yo aguanto. Soy de concreto armado.

Camila lo miró con una suavidad que le derritió el corazón.
—Ya no tienes nada que demostrar, Braulio. Ya te creo.
—No lo hago por demostrar. Lo hago porque quiero. Porque son mi equipo.

Camila se estiró y le tomó la mano por encima de la montaña de ropa doblada.
—Gracias por las albóndigas de hoy. Sabían a las de mi abuela.
—El secreto es el cilantro picado finito.
—Braulio…
—¿Mande?
—Te extraño.

El corazón de Braulio se detuvo.
—¿Cómo?
—Extraño a mi mejor amigo. Extraño reírme contigo. Extraño… extraño que me abraces.
Braulio tragó saliva.
—El pacto dice “cero contacto romántico”.
—Al diablo el pacto. Abrázame, por favor.

Braulio rodeó la mesa de centro y se sentó junto a ella. La abrazó con cuidado, como si fuera de cristal. Ella recargó la cabeza en su pecho y suspiró. Se quedaron así un largo rato, oliendo a suavizante de bebé y a cansancio compartido. No hubo beso. No hubo sexo. Pero hubo una conexión eléctrica que recargó las baterías de ambos.

Día 35:
La prueba de fuego. Doña Paty murió.
La llamaron del asilo en la mañana. Camila se derrumbó. Gritó, lloró, rompió un vaso contra la pared. Braulio la sostuvo mientras ella se deshacía en sus brazos.
—Se fue… se fue sin conocerla…
—Ella la conoce, mi amor. La está viendo desde arriba. Ella te mandó los girasoles.

Braulio se encargó de todo. Trámites funerarios, velatorio, entierro. Llevó a Camila y a Esperanza al panteón. Sostuvo a Camila mientras despedía a su madre. Cargó a Esperanza para que Camila pudiera tirar el puño de tierra sobre el ataúd.
A la salida, una tía lejana de Camila se le acercó.
—Qué buen marido tienes, mija. Se ve que te adora.
Camila miró a Braulio, que estaba a unos metros meciendo la carriola bajo el sol.
—Sí, tía. Es un buen hombre. Cometió errores, pero es un buen hombre.

Día 40:
El último día del pacto.
Braulio se despertó con una sensación agridulce. Había cumplido. Había sobrevivido. Pero hoy tenía que empacar su colchón inflable y regresar a su departamento vacío.
Se levantó temprano, hizo chilaquiles verdes (los favoritos de Camila) y sirvió el desayuno.
Camila salió del cuarto con Esperanza en brazos.
—Buenos días.
—Buenos días. Último desayuno del roomie.
Camila se sentó a la mesa. No dijo nada. Comieron en silencio.
—Bueno —dijo Braulio, levantándose para lavar los platos—. Voy a empezar a guardar mis cosas. El colchón ya se desinfló solo, creo que sabía que era hora de irse.

Camila seguía callada, dándole de comer a la niña con una cuchara.
Braulio fue a la sala, dobló sus cobijas, guardó su ropa en la maleta. Cada prenda que guardaba era una despedida. Sentía un hueco en el pecho. Quería quedarse. Quería ver a Esperanza despertar mañana. Quería ver a Camila tomar café en pijama.

Cerró la maleta. Se puso su gorra.
—Listo. Todo limpio, todo en orden. El refrigerador está lleno. Te dejé una lista de teléfonos de emergencia en el refri. Y… bueno, vendré el fin de semana a ver a la niña, si me das permiso.

Camila se levantó, dejó a Esperanza en su columpio mecedor y se paró frente a él.
—¿A dónde vas?
—A mi casa. Se acabó el pacto. 40 días. Misión cumplida.
—¿Y quién te dio permiso de irte?

Braulio parpadeó.
—El trato era…
—El trato era que si al día 40 yo quería que te fueras, te ibas. Pero no quiero que te vayas.
Braulio soltó la maleta. Cayó al suelo con un golpe sordo.
—¿Qué?

Camila dio un paso hacia él. Le quitó la gorra y le acarició el pelo, que ya necesitaba un corte.
—Eres un idiota, Braulio Juárez. Pero eres mi idiota. Y eres el mejor padre que Esperanza podría tener. Y… —le tembló la voz— eres el amor de mi vida, aunque me hayas hecho sufrir como un perro.

—Camila…
—No te vayas. Quédate. No en el colchón inflable. En la cama. Conmigo. Con nosotras. Seamos una familia. De verdad. Con los miedos, con las deudas (que ya vamos pagando), con los pañales sucios.

Braulio la agarró de la cintura y la levantó en el aire, girando con ella en la pequeña sala del departamento.
—¡Sí! ¡Sí, me quedo! ¡Me quedo toda la vida!

La besó. Fue un beso que sabía a chilaquiles, a café y a promesas cumplidas. Un beso que selló la grieta que se había abierto siete meses atrás.
Esperanza, desde su columpio, soltó un gorgorito feliz, como aplaudiendo el final de la telenovela.

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