
CAPÍTULO 1: LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS
En las colinas más exclusivas de la Ciudad de México, donde el aire parece más limpio y el silencio se compra con dólares, se alzaba la residencia de la familia De la Vega. No era simplemente una casa; era una declaración de poder. Un monstruo de mármol blanco y cristal templado que brillaba bajo el sol del Pedregal como una joya incrustada en la roca volcánica. Los vecinos, gente de apellidos compuestos y cuentas bancarias en Suiza, la llamaban “El Palacio”.
Don Rogelio de la Vega, conocido en el mundo empresarial como “El Tiburón del Acero”, era el dueño de aquel imperio. Un hombre de cincuenta y tantos años, con el cabello canoso peinado hacia atrás con estricta precisión, trajes italianos hechos a la medida que disimulaban su incipiente barriga y una mirada que podía congelar el infierno. Para el mundo exterior, Rogelio era el epítome del éxito: carismático en las galas de beneficencia, implacable en la sala de juntas y, aparentemente, un patriarca devoto. Pero las puertas de caoba tallada de su mansión guardaban secretos que las revistas de sociedad jamás se atreverían a publicar.
La casa tenía todo lo que un ser humano podría desear para ser feliz: una piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte de la ciudad, un jardín que rivalizaba con los parques de Versalles, cuidado por un ejército de jardineros que podaban cada hoja con precisión quirúrgica, y una sala de cine privada donde los sillones de cuero eran más suaves que la piel de un bebé. Sin embargo, aquel lugar carecía de lo único que no se podía comprar con una tarjeta Black Centurion: paz.
Dentro de esas paredes, el aire era denso, cargado de una electricidad estática hecha de miedo y resentimiento.
La señora de la casa, Doña Adriana, era el fantasma que recorría los pasillos. Una mujer de belleza clásica, pero marchita por la tristeza, como una flor que ha pasado demasiado tiempo sin sol. Adriana había conocido a Rogelio cuando ambos eran estudiantes en la UNAM, comiendo tortas de tamal y soñando con el futuro. Ella lo había amado cuando él no tenía nada, y ahora que lo tenía todo, sentía que lo había perdido por completo. Adriana era devota, de esas madres mexicanas que se quitan el pan de la boca por sus hijos y que creen que el matrimonio es una cruz que se carga hasta el calvario final. Su refugio era una pequeña capilla que había mandado construir en el ala este de la casa, donde pasaba horas arrodillada, desgranando las cuentas de su rosario y pidiendo un milagro que no llegaba.
—Señora, ¿va a querer que le sirva el desayuno en la terraza? —preguntó Lupita, una de las empleadas domésticas más jóvenes, con voz temblorosa.
Adriana levantó la vista de su libro de oraciones, sus ojos enrojecidos pero secos.
—No, Lupita. Gracias. Solo un café negro, por favor. Y asegúrate de que los niños desayunen bien antes de irse al colegio.
—Sí, señora. ¿Y… y la otra señora? —Lupita bajó la voz al decir esto, como si pronunciar su nombre invocara al diablo.
El rostro de Adriana se tensó, una sombra de dolor cruzó su mirada.
—Sírvele lo que pida, hija. No busquemos problemas hoy.
El “problema” tenía nombre, apellido y un cuerpo operado que costaba más que la hipoteca de una casa promedio: Vanessa.
Vanessa no era solo la amante de Rogelio; era la dueña de facto de su voluntad. Había llegado a la vida de Rogelio como una consultora de imagen, pero rápidamente se había convertido en la arquitecta de su destrucción familiar. Vanessa era el estereotipo de la “buchona” refinada a la fuerza: ruidosa, prepotente, obsesionada con las marcas y con una necesidad patológica de atención. No le bastaba con ser la “otra”; ella quería ser la única. Y Rogelio, en medio de una crisis de mediana edad que lo hacía sentir vulnerable ante la juventud de Vanessa, le había abierto las puertas de su hogar, pisoteando la dignidad de su esposa y la estabilidad de sus hijos.
Esa mañana, el conflicto estalló temprano, como solía suceder.
Vanessa bajó las escaleras principales a las diez de la mañana, enfundada en una bata de seda roja que dejaba poco a la imaginación, con sus tacones de aguja repiqueteando sobre el mármol: clac, clac, clac. El sonido era como una cuenta regresiva para la detonación.
—¡Mari! ¡Juana! ¡Lupita! —gritó, su voz chillona rompiendo el silencio sepulcral de la casa—. ¿Dónde se metieron estas indias? ¡Llevo cinco minutos despierta y no huelo mi café!
Las tres empleadas salieron corriendo de la cocina, alineándose como soldados frente a un general tiránico.
—Buenos días, señorita Vanessa —dijo Mari, la cocinera, secándose las manos en el delantal.
—¿Señorita? —Vanessa soltó una carcajada burlona, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Señora! Para ti soy Señora. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? ¿O es que tu cerebro es tan pequeño como tu sueldo?
Mari bajó la cabeza, mordiéndose el labio para no contestar. Llevaba quince años trabajando para la familia De la Vega, había visto crecer a los niños, había consolado a Doña Adriana en sus peores momentos, y ahora tenía que aguantar los insultos de una mujer que no sabía ni dónde estaba el salero.
—Perdón, Señora Vanessa. Su café ya está listo. ¿Quiere que le preparemos unos chilaquiles?
—¿Chilaquiles? —Vanessa hizo una mueca de asco, como si le hubieran ofrecido veneno—. ¿Me ves cara de que quiero engordar? Tráeme fruta picada, yogur griego del que me trajo Rogelio de importación y un jugo verde. Y muévete, que tengo cita en el spa a las once y no quiero llegar tarde por culpa de su lentitud.
Mientras Vanessa se sentaba a la cabecera de la mesa —el lugar que correspondía a Adriana—, los hijos de Rogelio entraron al comedor. Tomás, de diez años, y Sara, de ocho, venían con sus uniformes impecables y sus mochilas a la espalda. Eran niños de ojos tristes, niños que habían aprendido a caminar de puntitas en su propia casa para no despertar a la bestia.
—Buenos días, niños —dijo Vanessa, sin siquiera mirarlos, concentrada en su teléfono celular, revisando cuántos likes tenía su última foto en Instagram.
—Buenos días —murmuraron los niños al unísono, dirigiéndose rápidamente a la cocina para evitarla.
—¡Ey, ey, ey! —los detuvo Vanessa—. ¿A dónde creen que van?
—A la cocina, a desayunar con Mari —respondió Tomás, protegiendo a su hermana menor con su cuerpo.
—Nada de eso. Siéntense aquí. Quiero que vean cómo desayuna una mujer de clase —ordenó Vanessa, señalando las sillas vacías—. Además, me molesta el ruido que hacen allá adentro con las cucharas. Coman aquí y calladitos.
Los niños obedecieron a regañadientes. Sara, la pequeña, tenía los ojos aguados. Odiaba el perfume de Vanessa; era demasiado fuerte, dulce y empalagoso, impregnaba toda la habitación y le daba náuseas.
—Oye, tú, niña —dijo Vanessa de repente, mirando a Sara con desprecio—. Ese moño que traes en el pelo es horrible. Te hace ver como una… pueblerina. Dile a tu madre que te compre algo decente, o mejor, que me pida consejo a mí. Aunque dudo que tenga el gusto para entenderlo.
—Mi mamá me lo hizo —defendió Sara con un hilo de voz—. Es bonito.
—Es naco —sentenció Vanessa, tomando un sorbo de su jugo verde—. Pero bueno, de tal palo, tal astilla.
En ese momento, Doña Adriana entró al comedor. Había escuchado el comentario desde el pasillo. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de furia y miedo.
—Vanessa, por favor —dijo Adriana, manteniendo la compostura con un esfuerzo sobrehumano—. No te metas con los niños. Si tienes algo que decirme, dímelo a mí.
Vanessa giró lentamente en su silla, una sonrisa de suficiencia dibujada en sus labios pintados de rojo carmesí.
—Ay, Adriana. Siempre tan dramática, tan… sufrida. Solo le estaba dando un consejo de moda a la niña. Alguien tiene que hacerlo, ya que tú te vistes como si fueras a un funeral todos los días.
—Esta es mi casa, Vanessa. Y estos son mis hijos —dijo Adriana, aferrándose al respaldo de una silla para no temblar.
—¿Tu casa? —Vanessa soltó una risita cruel—. Ay, ternurita. Esta casa es de quien la disfruta. Y tú… tú solo eres un mueble más, uno que Rogelio olvidó tirar a la basura. Él me adora, ¿sabes? Anoche me prometió que cambiaríamos la decoración de la sala. Esos cuadros viejos tuyos… out. Vamos a poner algo moderno, algo que grite “lujo”, no “depresión”.
Adriana sintió que el aire le faltaba. Quería gritar, quería arrastrar a esa mujer fuera de su casa por los cabellos, pero años de sumisión y el miedo al escándalo la paralizaban. Rogelio le había advertido: “Si le haces un desplante a Vanessa, te corto las tarjetas y te mando a vivir a un departamento en la colonia Doctores”. La amenaza económica y la vergüenza social eran las cadenas que la ataban.
—Vamos, niños. Se les hace tarde para el camión —dijo Adriana, ignorando el veneno de Vanessa y sacando a sus hijos del comedor.
Cuando se fueron, Vanessa se quedó sola, sonriendo triunfalmente. Sacó su teléfono y grabó una historia para sus redes sociales. Enfocó el candelabro de cristal de Baccarat, luego la vista al jardín, y finalmente su propio rostro con un filtro que le alisaba la piel.
“Buenos días, mis amores. Aquí, sufriendo en mi casita. La vida es dura, pero alguien tiene que vivirla siendo fabulosa. #Billonaria #Lifestyle #DueñaDeTodo”.
Pero la crueldad de Vanessa no se limitaba a las palabras. Sus acciones eran pequeñas dagas clavadas en la rutina diaria de la casa.
Esa tarde, Rogelio llegó temprano. Vanessa corrió a recibirlo a la puerta, saltando sobre él como una adolescente enamorada.
—¡Papi! ¡Llegaste! —chilló, besándolo apasionadamente frente a los guardias de seguridad, que desviaron la mirada incómodos.
—Hola, mi reina. ¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Rogelio, con esa sonrisa bobalicona de hombre embrujado.
—Ay, mi amor, agotador. Sabes que dirigir esta casa es un trabajo de tiempo completo. Las sirvientas son unas inútiles, tuve que estar detrás de ellas todo el día. Y Adriana… bueno, ya sabes cómo es. Siempre con esa cara larga que me deprime. Necesito un premio por aguantar tanto.
Rogelio rio, dándole una nalgada juguetona.
—¿Qué quieres, caprichosa?
—Vi unas bolsas en el centro comercial Santa Fe… unas Louis Vuitton edición limitada. Solo quedan dos en todo México. ¿Me la compras? ¿Sí? ¿Por favor?
—Lo que pida mi reina —respondió Rogelio, sacando su cartera sin dudarlo.
Mientras tanto, en la cocina, Mari le servía un plato de sopa a Adriana.
—Señora, el niño Tomás necesita tenis nuevos para el fútbol. Los que tiene ya tienen un agujero.
Adriana suspiró, revisando su aplicación del banco en el celular.
—Tendré que esperar a la próxima semana, Mari. Rogelio me redujo el límite de la tarjeta “para gastos innecesarios”. Dile a Tomás que le ponga un parche por ahora.
La ironía era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Mientras la amante recibía bolsas de cien mil pesos, el hijo legítimo tenía que jugar con zapatos rotos.
La noche cayó sobre la mansión, pero no trajo paz. Vanessa tenía una nueva ocurrencia. Había decidido que el cuarto de juegos de los niños, un espacio lleno de recuerdos, juguetes y dibujos, sería perfecto para su nuevo “vestidor extendido”.
—Rogelio, bebé —le dijo durante la cena, mientras jugaba con su copa de vino—. Estaba pensando… mi ropa ya no cabe en el armario. Necesito más espacio. El cuarto de juegos de los niños es enorme y casi no lo usan. ¿Por qué no lo vaciamos y hacemos un walk-in closet de ensueño?
Tomás soltó el tenedor, que cayó con estrépito sobre el plato.
—¡No! —gritó el niño—. ¡Ahí están mis Legos! ¡Ahí está la casa de muñecas de Sara!
—¡Tomás! —lo reprendió Rogelio—. No le grites a Vanessa.
—Pero papá… es nuestro cuarto.
—Es una casa muy grande, hijo. Pueden jugar en sus recámaras. Vanessa necesita espacio para sus cosas. Es importante para su imagen, y su imagen es importante para mis negocios.
Adriana apretó los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Rogelio, no puedes hacerles esto. Es su espacio.
—Ya está decidido, Adriana. No empieces a contradecirme. Mañana mismo mandaré a los mozos a sacar todo. Lo que no quepa en sus cuartos, se dona o se tira.
Vanessa sonrió, una sonrisa de depredador que acaba de asegurar su presa.
—Gracias, papi. Eres el mejor. —Y luego, mirando a Adriana a los ojos, añadió susurrando—: Te lo dije. Aquí se hace lo que yo digo.
Esa noche, mientras los niños lloraban en sus habitaciones recogiendo sus juguetes apresuradamente para que no los tiraran a la basura, Adriana se encerró en el baño. Se miró al espejo y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Ojerosa, pálida, derrotada.
“¿Hasta cuándo, Dios mío?”, susurró, dejando que el agua del grifo corriera para ahogar sus sollozos. “¿Hasta cuándo voy a permitir que esta mujer destruya lo poco que queda de mi familia?”.
No sabía que la respuesta estaba más cerca de lo que imaginaba. No vendría del cielo, ni de un abogado, ni de un milagro repentino. Vendría caminando, con zapatos gastados y una trenza larga, tocando el timbre de servicio. La justicia divina a veces tarda, pero en la casa de los De la Vega, estaba a punto de entrar por la puerta trasera, armada con un trapeador y un secreto que haría temblar los cimientos de aquel palacio de mentiras.
Pero por ahora, Vanessa dormía tranquila, soñando con su nuevo vestidor, creyéndose intocable, ignorante de que en la vida, como en las telenovelas, la villana siempre ríe más fuerte justo antes de la caída. Y la caída de Vanessa sería desde muy alto.
CAPÍTULO 2: EL TRONO DE ORO Y LA REGLA DEL MIEDO
La transformación del cuarto de juegos de los niños en el vestidor de Vanessa no fue solo una remodelación; fue una profanación. A la mañana siguiente del anuncio, una cuadrilla de cargadores llegó a la mansión. No eran empleados de la casa, sino trabajadores contratados por Vanessa, hombres que no conocían el valor sentimental de un dibujo pegado con cinta adhesiva o de una casa de muñecas construida por un abuelo.
Tomás y Sara observaban desde el marco de la puerta, con los ojos muy abiertos y húmedos, cómo su refugio era desmantelado pieza por pieza.
—¡Cuidado con eso! —gritó Tomás cuando vio a uno de los hombres arrojar su caja de Legos dentro de una bolsa negra de basura industrial, como si fueran desperdicios. El ruido de las piezas de plástico chocando entre sí sonó como huesos rotos.
Vanessa estaba parada en el centro de la habitación, supervisando la operación como una capataz de campo de concentración, pero vestida con un conjunto deportivo de terciopelo rosa marca Juicy Couture y sosteniendo un vaso térmico con café helado.
—Ay, niño, no seas dramático —dijo Vanessa, rodando los ojos detrás de sus gafas de sol oscuras, aunque estaban dentro de la casa—. Son solo plásticos viejos. Además, ya estás muy grandecito para jugar con muñequitos, ¿no? Deberías agradecerme. Te estoy ayudando a madurar.
—No son muñequitos —replicó Tomás, con la voz quebrada por la impotencia—. Es el Halcón Milenario. Tardé tres semanas en armarlo con mi papá… antes de que tú llegaras.
La mención del pasado, de esa época dorada donde Rogelio aún tenía tiempo para sentarse en el suelo a ensamblar naves espaciales con su hijo, pareció molestar a Vanessa. Se bajó las gafas hasta la punta de la nariz y miró al niño con desdén.
—Mira, mijo, lo que hacías antes con tu papá es historia antigua. Ahora tu papá está ocupado haciendo dinero para que yo pueda comprarme las cosas que me merezco. Así que deja de estorbar. —Se giró hacia los cargadores y chasqueó los dedos con impaciencia—. ¡Ándele, muévanse! Quiero esta habitación vacía antes de que llegue mi decorador. Si encuentro un solo carrito de juguete cuando vuelva, no les pago.
Sara, abrazada a su oso de peluche favorito —un oso que ya le faltaba un ojo y tenía el pelaje gastado—, tiró de la manga de Tomás.
—Vámonos, Tomi. No quiero ver.
Los dos hermanos se retiraron al jardín, el único lugar de la casa que Vanessa rara vez pisaba porque le daba miedo que el sol le manchara la piel o que algún insecto se le acercara. Se sentaron bajo la sombra del viejo ahuehuete, escuchando el ruido de los taladros y los martillos que destruían su infancia en el piso de arriba.
—La odio —susurró Sara, enterrando la cara en el peluche.
—Yo también —respondió Tomás, apretando los puños y arrancando pasto del suelo—. Ojalá se largue. Ojalá se caiga por las escaleras y se rompa una uña y se tenga que ir al hospital para siempre.
Pero Vanessa no se iba. Al contrario, cada día ocupaba más espacio, como una hiedra venenosa que asfixia al árbol que la sostiene.
Si la destrucción del cuarto de juegos fue una tragedia, lo que sucedió con el sillón de la sala fue la declaración final de la dictadura.
En la sala principal, un espacio de techos de doble altura con un candelabro que parecía una cascada de diamantes, había un mueble particular. Era un sillón de estilo Luis XV, tapizado en terciopelo color vino y con los reposabrazos tallados en madera dorada con hoja de oro de 24 quilates. Rogelio lo había comprado en una subasta benéfica, más por presumir que por gusto. Era un mueble incómodo, ostentoso y ridículo, pero para Vanessa, era el símbolo máximo de su estatus.
Desde que “formalizó” su estancia en la casa, Vanessa lo reclamó. Nadie más podía sentarse ahí. Ni siquiera las visitas. Si alguien intentaba acercarse, ella carraspeaba o lanzaba una mirada asesina. Lo llamaba “El Trono de la Patrona”.
Una tarde de martes, el calor en la Ciudad de México era sofocante. El aire acondicionado de la casa estaba encendido a toda potencia, pero la atmósfera seguía sintiéndose pesada. Sara había regresado del colegio con dolor de cabeza. Había tenido un día difícil; sus compañeros se habían burlado de ella porque su papá nunca iba a los festivales escolares, y los rumores sobre “la otra mujer” ya habían llegado a los oídos de las mamás del colegio, y de ahí, a los niños crueles.
Cansada, triste y con el cuerpo pesado, Sara entró a la sala. Vio el sillón dorado. Se veía tan grande y suave. En su mente inocente de ocho años, olvidó la regla. Olvidó el miedo. Solo quería sentarse un momento, cerrar los ojos y esperar a que el dolor de cabeza se fuera.
Se subió al sillón. Sus pies colgaban, balanceándose suavemente. Recargó la cabeza en el respaldo de terciopelo y cerró los ojos, suspirando. Por un segundo, sintió paz.
Pero la paz en la mansión De la Vega era un lujo prohibido.
El sonido de los tacones resonó en el pasillo como disparos secos. Tac. Tac. Tac.
Vanessa entró a la sala hablando por teléfono, riendo estruendosamente.
—¡Ay, obvio, mana! Le dije: “Si no son diamantes de Tiffany, ni te molestes en regalármelos”. Jajaja… ¡Espera!
La risa se cortó de golpe. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Vanessa bajó el teléfono lentamente, sus ojos maquillados con sombras oscuras se abrieron desmesuradamente, como los de una villana de caricatura, pero mucho más peligrosa.
Sara abrió los ojos al sentir la presencia. Al ver a Vanessa, se le heló la sangre. Se hizo pequeña contra el respaldo, intentando fundirse con el mueble.
—¿Qué… crees… que… haces? —susurró Vanessa. Su voz era baja, un silbido de serpiente antes de atacar.
—Perdón… me sentía mal… —balbuceó la niña, temblando.
Vanessa estalló.
—¡LEVÁNTATE! —El grito retumbó en las paredes de mármol, haciendo vibrar los cristales de las ventanas.
Sara saltó del susto, tropezando con sus propios pies al intentar bajar. Cayó de rodillas sobre la alfombra persa, raspándose la piel.
—¡Perdón, tía! ¡Perdón, señora! —lloraba la niña, cubriéndose la cabeza con las manos, esperando un golpe.
Vanessa se abalanzó sobre ella, no para pegarle, sino para inspeccionar el sillón. Pasó la mano frenéticamente por el terciopelo, buscando alguna mancha invisible, algún rastro de “suciedad” que la niña hubiera dejado.
—¡Mira lo que hiciste! —chilló Vanessa, señalando una arruga en la tela—. ¡Arrugaste el terciopelo! ¡Este mueble vale más que tu vida, mocosa inútil! ¿Quién te crees que eres para poner tu trasero sucio en mi trono?
—¡Me duele la cabeza! —sollozó Sara, con el rostro bañado en lágrimas.
—¡Me vale madre que te duela la cabeza! —Vanessa se agachó, agarrando a la niña por el brazo con sus uñas largas, clavándoselas en la piel suave—. ¡Escúchame bien, escuincla igualada! Este es MI lugar. En esta casa, yo soy la reina. Tú, tu hermano y tu madre son solo los arrimados que no se han querido ir. ¡Si te vuelvo a ver cerca de mis cosas, te juro que te encierro en el cuarto de servicio con las ratas!
—¡Suéltala!
El grito vino desde la entrada de la sala. Doña Adriana estaba ahí, pálida como un papel, con una bandeja de plata en las manos que acababa de recoger de la mesa. El miedo en sus ojos luchaba contra el instinto maternal.
Vanessa soltó el brazo de Sara con un empujón, haciendo que la niña cayera de nuevo al suelo. Se enderezó, alisándose el vestido y mirando a Adriana con una sonrisa de burla.
—Ay, llegó la salvadora. Enséñale a tu hija a respetar la propiedad ajena, Adriana. Parece que en tu “escuela de valores” no les enseñan que no se toca lo que no es suyo.
Adriana dejó la bandeja sobre una mesa lateral con un golpe metálico. Corrió hacia Sara y la abrazó, revisando su brazo donde las uñas de Vanessa habían dejado marcas rojas en forma de media luna.
—Es una niña, Vanessa. Está enferma. ¿Cómo puedes ser tan cruel? —La voz de Adriana temblaba, no de miedo esta vez, sino de una rabia contenida que apenas podía controlar.
—Cruel es que me obliguen a vivir con mocosos maleducados —respondió Vanessa, cruzándose de brazos—. Y te advierto, Adriana. Si esa niña vuelve a tocar mi sillón, le diré a Rogelio que la mande a un internado. Y sabes que él me hace caso en todo.
Adriana levantó la vista. Por un segundo, hubo fuego en su mirada.
—No te atrevas a amenazar a mis hijos.
—¿O qué? —retó Vanessa, dando un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Adriana. Olía a perfume caro y a maldad pura—. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a rezar? ¿Vas a llorar en tu cuartito? No tienes poder aquí, “señora”. Rogelio ya no te ve. Para él, eres invisible. Yo soy la que brilla. Yo soy la que manda.
Adriana bajó la mirada. La verdad dolía más que los insultos. Vanessa tenía razón en algo: Rogelio le había dado todo el poder. Enfrentarla abiertamente podría significar perder lo poco que le quedaba, tal vez incluso la custodia de los niños si Rogelio se ponía en su contra.
—Vámonos, Sara —susurró Adriana, cargando a la niña en brazos aunque ya estaba grande para eso. Sara escondió su cara en el cuello de su madre, sollozando quedito.
Cuando salieron de la sala, Vanessa sacó un pañuelo desinfectante de su bolso y comenzó a limpiar frenéticamente el lugar donde la niña se había sentado.
—Qué asco —murmuró para sí misma—. Gérmenes de perdedores.
Esa noche, la atmósfera en la mansión era fúnebre. Rogelio llegó tarde, como siempre, oliendo a whisky y tabaco. Encontró a Vanessa en la sala, recostada dramáticamente en su sillón dorado, fingiendo leer una revista de modas al revés.
—Hola, princesa. ¿Por qué esa cara? —preguntó él, aflojándose la corbata.
Vanessa soltó un suspiro largo y teatral.
—Ay, Rogelio. Es que ya no aguanto. Hoy pasé un susto terrible.
—¿Qué pasó? —Rogelio se puso alerta.
—Tu hija, Sara. Entró aquí como loca, saltando en los muebles, gritando, ensuciando todo con sus zapatos del colegio. Traté de calmarla, de decirle con cariño que se bajara, y se me puso al brinco. Me gritó, Rogelio. Me dijo que yo no era nadie. Y luego llegó Adriana y casi me pega.
—¿Qué? —Rogelio frunció el ceño. La mentira era tan absurda que parecía verdad en la boca manipuladora de Vanessa—. ¿Adriana te quiso pegar?
—Sí… bueno, me miró con un odio… Tengo miedo, mi amor. Siento que en esta casa no me quieren. Yo solo trato de poner orden, de que vivamos bonito, pero ellas me hacen la vida imposible.
Vanessa hizo un puchero, sus ojos se llenaron de lágrimas falsas que no arruinaban su maquillaje porque eran de cocodrilo profesional.
Rogelio, cansado del trabajo y sin ganas de investigar la verdad, eligió el camino fácil: creerle a la mujer que lo hacía sentir joven en la cama.
—Ya, ya, tranquila. Voy a hablar con Adriana. Esto no puede seguir así. Tú eres mi mujer y mereces respeto.
Rogelio subió las escaleras hecho una furia. Entró a la habitación de Adriana sin tocar. Ella estaba sentada en la orilla de la cama de Sara, poniéndole fomentos de agua fría en la frente a la niña, que dormía agitada por la fiebre y el llanto.
—¡Adriana! —bramó Rogelio en voz baja pero intensa.
Adriana se levantó de un salto y le hizo señas de que guardara silencio.
—¡Shh! Sara tiene fiebre.
—No me cambies el tema. ¿Qué le hicieron a Vanessa?
Adriana lo miró incrédula.
—¿Qué le hicimos? Rogelio, esa mujer arrastró a tu hija por el suelo porque se sentó en un sillón. ¡Tiene las marcas de sus uñas en el brazo! ¡Mírala!
Adriana intentó mostrarle el brazo de la niña, pero Rogelio apartó la mano con desdén.
—¡No exageres! Seguro se raspó jugando. Vanessa me dijo que Sara estaba brincando como salvaje en los muebles caros. Esos sillones costaron una fortuna, Adriana. Tienes que educar a tus hijos. No pueden andar destruyendo mi patrimonio.
—¿Tu patrimonio? —Adriana sintió que se le rompía el corazón—. ¿Te importa más un maldito sillón que tu hija? ¡Está enferma, Rogelio! ¡Esa mujer la aterroriza!
—Esa mujer, como tú la llamas, está tratando de poner orden en este chiquero. Estás celosa, Adriana, y usas a los niños para atacar a Vanessa. Es patético.
Rogelio se dio la media vuelta y salió del cuarto, azotando la puerta.
Adriana se quedó de pie en la oscuridad, temblando. Las palabras de su esposo resonaban en su cabeza como una sentencia. “Estás celosa”. “Es patético”.
Se dejó caer en el suelo, junto a la cama de su hija, y lloró. No lloró a gritos, porque en esa casa hasta el dolor tenía que ser silencioso para no molestar a “La Patrona”. Lloró hacia adentro, sintiendo cómo cada lágrima era un ácido que le quemaba el alma.
Mientras tanto, en la caseta de vigilancia, la realidad se veía con mucha más claridad.
Don Chucho, el guardia nocturno, calentaba un café en una parrilla eléctrica. Tenía un pequeño televisor portátil encendido con las noticias, pero su atención estaba en la conversación con Mari, la cocinera, que había salido a tirar la basura y se había quedado a desahogarse un momento.
—No sé cuánto más voy a aguantar, Don Chucho —dijo Mari, secándose los ojos con la esquina de su delantal—. Hoy esa bruja hizo llorar a la niña Sara hasta que le dio calentura. Y el patrón… bueno, el patrón está ciego, sordo y pendejo.
—Shh, Mari, baja la voz —dijo Chucho mirando hacia la casa iluminada—. Las paredes oyen.
—Que oigan. Ya me tiene harta. Hoy tiró a la basura un guisado completo de carne en su jugo porque dijo que “olía a grasa de pobre”. ¡Carne de primera, Chucho! Tanta gente con hambre y ella tirando comida. Es pecado. Dios la va a castigar.
Don Chucho asintió, tomando un sorbo de su café negro.
—La justicia divina tarda, pero llega, Mari. Mi abuela decía que “a cada guajolote le llega su Nochebuena”. Esa mujer cree que está en la cima del mundo, pero la vida da muchas vueltas.
—Pues que dé la vuelta rápido, porque Doña Adriana se nos va a consumir. Está en los huesos, Chucho. Ya ni come. Y los niños… esos niños andan como almas en pena. Antes la casa se llenaba de risas, ahora parece un velorio.
—Escuché que mañana viene la nueva muchacha de limpieza —comentó Chucho—. La que va a ayudar a Lupita.
Mari resopló.
—Pobre diabla. No va a durar ni dos días. Vanessa se come a las nuevas vivas. La última salió llorando porque Vanessa le dijo que su uniforme le ofendía la vista. Nadie aguanta aquí, Chucho.
—Quién sabe —dijo el guardia, mirando hacia el portón de hierro forjado—. A veces la ayuda viene en empaques extraños. A lo mejor esta nueva es brava.
—Ojalá —suspiró Mari, mirando al cielo nocturno—. Porque si no, aquí va a haber una desgracia. Yo lo siento en el pecho, Chucho. Algo va a tronar.
En la mansión, las luces se fueron apagando una a una.
En la recámara principal, Vanessa dormía a pierna suelta en sábanas de seda egipcia, con un antifaz para dormir que decía “DIVA” en lentejuelas. Soñaba con yates y diamantes.
En el cuarto de huéspedes —que ahora era su cuarto permanente— Rogelio roncaba, ajeno al dolor que causaba.
En el cuarto de los niños, Tomás sostenía la mano de su hermanita enferma, prometiéndose a sí mismo que cuando fuera grande, se llevaría a su mamá y a Sara lejos de ahí y nunca más dejaría que nadie las lastimara.
Y en el suelo, junto a la cama, Adriana rezaba. No pedía dinero, no pedía que Rogelio volviera a amarla. Pedía fuerza. Pedía una señal.
—Mándame un ángel, Señor —susurró en la oscuridad—. Porque sola ya no puedo.
Lo que Adriana no sabía era que su “ángel” ya estaba preparando su maleta en un cuartito humilde en Iztapalapa. No tenía alas, ni espada de fuego. Tenía un par de zapatos viejos, una trenza negra y una voluntad de hierro forjada en la adversidad.
El reinado de terror de Vanessa estaba en su punto más alto, pero la marea estaba a punto de cambiar. La noche es más oscura justo antes del amanecer, y el amanecer traía un nombre: Alma.
CAPÍTULO 3: UN ÁNGEL CON TRENZAS Y ZAPATOS VIEJOS
El lunes amaneció gris sobre la Ciudad de México, con esa capa de esmog que suele cubrir el valle como una manta sucia, pero para Alma, el día brillaba con una luz diferente.
Alma vivía en Ecatepec, en una de esas colonias donde el asfalto se acaba y empieza la tierra, donde las casas se amontonan unas sobre otras en un rompecabezas de ladrillo gris y varillas oxidadas. Se despertó a las cuatro de la mañana, como siempre, antes de que cantaran los gallos raquíticos del vecino. Se bañó a jicarazos con agua tibia que había calentado en la estufa, se vistió con su mejor ropa —una falda de mezclilla larga, una blusa blanca planchada con almidón y un suéter beige que había tejido su abuela— y se trenzó el cabello negro y brillante con una precisión casi geométrica.
Antes de salir, se arrodilló frente a una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe pegada en la pared con cinta adhesiva.
—Madrecita —susurró, besando su rosario de madera—, dame fuerza. No sé a dónde voy, pero sé que Tú vas conmigo. Pon gracia en mis manos y prudencia en mi boca. Que donde haya odio, yo ponga amor.
El viaje fue una odisea de dos horas y media. Primero una combi atiborrada de gente adormilada, luego el metro que olía a humanidad y prisas, y finalmente un camión que subía las empinadas calles de Las Lomas, pasando de la grisura del barrio a los verdes jardines de las mansiones amuralladas.
Cuando Alma llegó frente al portón negro de la residencia De la Vega, sintió un hueco en el estómago. La casa era inmensa, intimidante, una fortaleza diseñada para mantener fuera a gente como ella. Pero Alma se alisó la falda, respiró hondo y tocó el timbre de servicio.
Don Chucho, el guardia de seguridad, abrió la ventanilla con cara de pocos amigos. Estaba acostumbrado a lidiar con vendedores ambulantes o gente pidiendo dinero.
—¿Qué quiere? —ladró.
Alma sonrió. No una sonrisa de servilismo, sino una sonrisa genuina, cálida, que le llegó a los ojos.
—Buenos días, señor. Que Dios lo bendiga. Soy Alma, vengo por el trabajo de apoyo doméstico. La señora Mari me espera.
Don Chucho parpadeó. Llevaba diez años trabajando en esa caseta y nadie, absolutamente nadie, le había dicho “que Dios lo bendiga” con tanta sinceridad a las siete de la mañana. El guardia suavizó el gesto, algo poco común en él.
—Ah, sí. Pásale, muchacha. —Abrió la puerta peatonal y, mientras ella entraba, añadió en voz baja—: Persígnate antes de entrar, hija. Vas a entrar a la jaula de las locas.
Alma no entendió del todo la advertencia, pero asintió con respeto.
—Gracias, señor. Con permiso.
Adentro, la cocina era más grande que toda la casa de Alma. Tenía islas de granito, electrodomésticos de acero inoxidable que parecían naves espaciales y un olor a café recién molido que despertaba los sentidos.
Mari, la cocinera principal y jefa de personal, la recibió con una mirada crítica pero no malintencionada. Mari era una mujer robusta, de brazos fuertes y mirada cansada, veterana de mil batallas domésticas.
—Así que tú eres Alma —dijo Mari, secándose las manos—. Te ves muy… tranquila. ¿Cuántos años tienes?
—Veinticuatro, señora.
—Mmm. Muy joven. —Mari negó con la cabeza, como si lamentara el destino de la chica—. Mira, te voy a ser sincera. Aquí pagamos bien, muy bien. Pero el dinero cuesta sangre. La señora Adriana es un pan de Dios, una santa. Los niños, Tomás y Sarita, son unos angelitos, aunque andan tristes últimamente. Pero… —Mari bajó la voz y miró hacia el techo, como si las paredes tuvieran micrófonos—… aquí hay otra señora. La Señora Vanessa.
Alma ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Es la hermana del patrón?
Mari soltó una risa amarga y seca.
—¡Já! Ojalá. No, hija. Es la “amiga” del patrón. La dueña y señora de sus quincenas y de su voluntad. Ella es… complicada. Y cuando digo complicada, quiero decir que es el diablo con extensiones.
Mari se acercó a Alma y la tomó de los hombros, mirándola fijamente a los ojos.
—Escúchame bien, Alma. Regla número uno: No la mires a los ojos. Regla número dos: Nunca le contestes. Regla número tres: Si te grita, te aguantas. Si te insulta, te aguantas. Aquí se viene a trabajar, no a tener dignidad. Si puedes hacer eso, te quedas. Si no, mejor vete ahorita por donde viniste y ahórrate las lágrimas.
Alma sostuvo la mirada de Mari con una calma desconcertante.
—Señora Mari, mi dignidad no me la da nadie más que Dios. Y el trabajo es sagrado. Si esa señora grita, es porque algo le duele en el alma. Yo vengo a limpiar la casa, no a juzgar a las personas.
Mari se quedó callada un momento, sorprendida por la respuesta.
—Vaya… —murmuró—. O eres muy valiente o muy ingenua. Pero me caes bien. Ándale, ponte el uniforme. Tu primera tarea es limpiar la sala principal y el pasillo de arriba. Y por lo que más quieras, no hagas ruido. La “Reina” todavía está dormida y si la despiertas, nos va en feria a todas.
Alma se cambió rápidamente. El uniforme gris le quedaba un poco grande, pero estaba limpio. Tomó la escoba, el trapeador y una cubeta, y comenzó su labor.
Trabajaba con una eficiencia silenciosa. No golpeaba los muebles con la escoba, no arrastraba los pies. Se movía como una brisa suave. Mientras limpiaba el polvo de los marcos de las fotos en el pasillo, observó las imágenes. Había muchas fotos de Rogelio solo, algunas de Rogelio con Vanessa en viajes exóticos, y muy pocas de Adriana y los niños. Las fotos de la familia original estaban relegadas a rincones oscuros o estantes bajos.
“Pobre casa”, pensó Alma. “Tan rica por fuera y tan pobre de amor por dentro”.
Estaba sacudiendo un jarrón chino cuando escuchó unos sollozos queditos provenientes de una puerta entreabierta. Era la habitación de Sara.
Alma dudó un segundo. Mari le había dicho que se enfocara en la limpieza, pero su corazón no le permitía ignorar el llanto de un niño. Empujó la puerta suavemente.
Sara estaba sentada en el suelo, rodeada de libros de texto, con la cabeza entre las rodillas.
—¿Se puede? —preguntó Alma con voz dulce.
Sara levantó la cabeza de golpe, asustada. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
—¿Quién eres? —preguntó la niña, sorbiéndose la nariz.
—Soy Alma. Soy nueva. Vine a ayudar a que tu cuarto brille, pero veo que está lloviendo aquí adentro —dijo Alma, señalando las lágrimas de la niña con una sonrisa tierna.
Sara se limpió la cara con la manga del pijama.
—No estoy llorando. Es que… no entiendo las matemáticas. Y si repruebo, mi papá se va a enojar y Vanessa se va a burlar de mí. Me va a decir burra otra vez.
Alma entró y dejó la escoba a un lado. Se sentó en la alfombra junto a la niña, sin importarle el protocolo.
—Nadie es burra, mi niña. A veces los números se ponen caprichosos y hay que hablarles bonito. A ver, enséñame.
Durante los siguientes quince minutos, Alma le explicó a Sara cómo resolver las fracciones usando ejemplos de rebanadas de pastel. Tenía una paciencia infinita y una claridad pedagógica natural.
—¡Ah! ¡Ya entendí! —exclamó Sara, sus ojos iluminándose por primera vez en días—. ¡Es como repartir pizza!
—Exacto —sonrió Alma—. Eres muy lista, princesa.
—No soy princesa —dijo Sara, bajando la mirada de nuevo, su voz apagándose—. Vanessa dice que soy una niña fea y latosa. Dice que las princesas son bonitas y yo no.
Alma sintió una punzada en el pecho, pero no dejó que se notara en su rostro. Levantó la barbilla de Sara con suavidad.
—Mírame. ¿Ves estos ojos que tienes? Son del color de la miel. ¿Ves esa sonrisa? Ilumina todo el cuarto. Ser princesa no es traer corona ni vestidos caros, mi amor. Ser princesa es tener un corazón noble, ser amable con los demás y ser valiente aunque tengas miedo. Y tú eres todo eso. Así que, digan lo que digan, tú eres una princesa.
Sara la miró con asombro. Nadie le hablaba así. Ni su papá, que siempre estaba ocupado, ni su mamá, que siempre estaba triste.
—¿De verdad?
—De verdad de la buena. Palabra de Alma.
En ese momento, Tomás apareció en la puerta, con su balón de fútbol bajo el brazo, mirando con desconfianza a la nueva empleada.
—¿Qué le estás diciendo a mi hermana?
—Le estoy diciendo que es una campeona en matemáticas —respondió Alma, guiñándole un ojo a Tomás—. Y tú debes ser el famoso Tomás. Mari me dijo que eres el protector de la casa.
Tomás se infló un poco el pecho ante el cumplido.
—Sí, bueno… alguien tiene que cuidar a Sara.
—Y haces un gran trabajo. ¿Me permiten seguir limpiando? Si no, la señora Mari me va a regañar.
Los niños asintieron. Por primera vez en meses, se sentía un aire diferente en esa planta alta. Una calidez que no venía de la calefacción central.
Pero la paz en la mansión De la Vega siempre era el preludio de una tormenta.
A eso de las once, “La Reina” despertó.
Alma estaba trapeando el vestíbulo principal, un espacio enorme de mármol blanco que reflejaba la luz como un espejo. Lo hacía con ritmo, tarareando una alabanza en voz muy baja, casi imperceptible.
De repente, el sonido inconfundible de tacones bajando la escalera rompió su concentración.
Vanessa descendía como si estuviera en una pasarela. Llevaba unos jeans ajustadísimos, una blusa de seda amarilla chillante y gafas de sol, aunque estaba bajo techo. Masticaba chicle con la boca abierta, haciendo ploc, ploc con cada mordida, y sostenía su teléfono en una mano, grabando un mensaje de voz.
—Sí, gordo, ya sé. Pero dile al del taller que si mi camioneta no está lista para hoy, le voy a armar un escándalo que va a salir en las noticias. ¡Me urge! ¡Bye!
Vanessa llegó al final de la escalera y casi tropieza con la cubeta de Alma, aunque estaba claramente colocada a un lado.
—¡Ay! —gritó Vanessa, dando un salto exagerado—. ¡Fíjate, estúpida! ¿Quieres matarme o qué?
Alma detuvo el trapeador inmediatamente, se irguió y juntó las manos al frente, bajando ligeramente la cabeza en señal de respeto, pero sin miedo.
—Buenos días, señora. Disculpe usted. La cubeta está en la orilla para no estorbar, pero tendré más cuidado.
Vanessa se detuvo en seco. Se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz y miró a Alma de arriba abajo con una mueca de asco absoluto. La escaneó como quien mira una cucaracha en un restaurante de lujo.
—Mmm… eres la nueva —dijo Vanessa con voz arrastrada—. Se nota. Hueles a jabón de lavandería barato.
El comentario era hiriente, diseñado para humillar, pero Alma ni se inmutó.
—Es jabón Zote, señora. Limpia muy bien.
—No me contestes —espetó Vanessa, acercándose a ella hasta invadir su espacio personal. El olor a perfume Chanel de Vanessa era tan fuerte que mareaba—. ¿Sabes quién soy yo?
Era la pregunta favorita de Vanessa. La usaba con los meseros, con los valets, con las cajeras y con todo el personal de la casa. Esperaba ver temblar a la gente, esperaba verlos tartamudear y pedir perdón por existir.
Alma levantó la vista y miró a Vanessa a los ojos. Sus ojos oscuros eran lagos tranquilos, profundos, sin una pizca de temor.
—Sí, señora. Sé quién es usted.
Vanessa sonrió con arrogancia, esperando el halago.
—A ver, dímelo. ¿Quién soy?
—Usted es una persona que vive en esta casa. Una hija de Dios, igual que yo, igual que la señora Adriana, igual que todos nosotros.
La sonrisa de Vanessa se congeló. Su boca se abrió ligeramente, dejando caer el chicle al suelo. El silencio que siguió fue absoluto. Nadie, jamás, le había hablado así. No había insulto, no había grosería, pero había una igualdad en las palabras de Alma que Vanessa encontró intolerable.
—¿Hija de Dios? ¿Igual que tú? —Vanessa soltó una carcajada histérica, incrédula—. ¡No te confundas, gata! ¡Tú y yo no somos iguales! ¡Mírame! —Se señaló a sí misma, girando para mostrar su ropa, sus joyas, su figura—. ¡Yo soy la señora de esta casa! ¡Yo soy la dueña de todo esto! ¡Tú eres una sirvienta que viene de quién sabe qué cerro a limpiar mi mugre por el salario mínimo!
Alma miró el chicle rosado pegado en el mármol inmaculado que acababa de limpiar.
—El dinero y la ropa se quedan aquí cuando nos morimos, señora —dijo Alma con voz suave pero firme, como quien le explica una verdad evidente a un niño berrinchudo—. Lo único que nos llevamos es lo que traemos en el corazón. Y ante los ojos de Dios, el patrón y el jardinero valen lo mismo.
Vanessa sintió que la sangre le subía a la cabeza. Estaba acostumbrada a que la gente le tuviera miedo o envidia. No sabía cómo lidiar con alguien que le tenía… ¿lástima? Sí, en los ojos de esa muchacha había compasión, y eso la enfureció más que cualquier insulto.
—¡Cállate! —gritó Vanessa, su rostro contorsionado por la ira—. ¡Cállate la boca! ¿Quién te crees que eres para venir a darme sermones en mi propia casa? ¡Eres una insolente! ¡Te voy a correr! ¡Ahorita mismo le digo a Rogelio que te largue a patadas!
Alma se agachó con calma, tomó un trozo de papel de su bolsillo, recogió el chicle del suelo y lo tiró en la bolsa de basura de su carrito.
—Si el señor Rogelio decide despedirme, me iré, señora. Pero mientras esté aquí, haré mi trabajo con excelencia. Y mi trabajo es mantener esta casa limpia y en paz. Por favor, no pise lo mojado, se puede resbalar y lastimar, y nadie quiere eso.
Dicho esto, Alma tomó su cubeta y se movió hacia el otro extremo del vestíbulo, dándole la espalda a Vanessa para seguir trapeando con el mismo ritmo tranquilo.
Vanessa se quedó parada ahí, temblando de rabia, con los puños apretados. Quería gritar más, quería agarrarla de las trenzas y arrastrarla, pero algo en la dignidad de Alma la paralizó. Era como gritarle a una pared de piedra; la pared no se movía, y la única que terminaba con la garganta dolorida era ella.
—¡Esto no se queda así! —chilló Vanessa al aire—. ¡Ya verás, india igualada! ¡Voy a hacer que te tragues tus palabras y tu Biblia!
Vanessa dio media vuelta y salió taconeando furiosamente hacia el jardín, pateando una maceta en el camino.
Desde la puerta de la cocina, Mari y Lupita habían observado toda la escena, escondidas, con las manos en la boca. Cuando Vanessa salió, Mari se persignó.
—Santa Madre de Dios… —susurró Mari—. ¿Viste eso, Lupita?
—La vio a los ojos, Mari. ¡La vio a los ojos y no parpadeó! —respondió Lupita, con los ojos brillantes de admiración—. Y le contestó… ¡y la dejó callada!
—Esa muchacha tiene agallas de acero —dijo Mari, negando con la cabeza—. O está loca, o es un ángel. Pero me temo que acaba de firmar su sentencia de muerte. Vanessa no perdona. Ahora la va a traer entre ojos.
—Pero, Mari… ¿viste cómo recogió el chicle? Con una elegancia… como si la basura fuera la señora Vanessa y no el chicle.
Mari sonrió levemente, una sonrisa cómplice.
—Sí. Tal vez… solo tal vez… esta casa ya no va a ser la misma.
Esa tarde, cuando Alma estaba terminando de lavar los platos del almuerzo (que Vanessa había despreciado de nuevo), Doña Adriana entró a la cocina por un vaso de agua. Se veía agotada.
—Buenas tardes, señora —saludó Alma, secándose las manos.
—Hola, tú debes ser Alma. Mari me dijo que llegaste hoy.
—Sí, señora. A sus órdenes.
Adriana la miró, notando algo diferente en ella. Había una serenidad en su postura que contrastaba con el nerviosismo habitual del resto del personal.
—Gracias por venir. Sé que… sé que el ambiente aquí es difícil.
—No se preocupe, señora Adriana. Las casas grandes a veces tienen ecos grandes. Pero con un poco de amor y paciencia, todo se arregla.
Adriana se detuvo con el vaso a medio camino de sus labios. Esas palabras le tocaron una fibra sensible.
—Amor y paciencia… —repitió Adriana con melancolía—. Creo que se me acabaron hace tiempo, Alma.
—La paciencia se acaba, señora, pero la fe no. La fe se renueva cada mañana, como el sol. Usted es fuerte. Lo veo en sus ojos. Ha aguantado mucho por sus hijos. Eso es fortaleza de guerrera, no debilidad.
Adriana sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Por primera vez en meses, alguien no la miraba con lástima, sino con respeto.
—Bienvenida a la casa, Alma —dijo Adriana, y por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa fue real—. Gracias.
Alma asintió y siguió lavando los platos. Afuera, el cielo empezaba a oscurecerse, pero dentro de la cocina, por un breve momento, se sintió calor de hogar. La guerra había comenzado, pero ahora, el bando de los buenos tenía un nuevo soldado. Y este soldado no peleaba con gritos, peleaba con verdad.
CAPÍTULO 4: LA TRAMPA DE DIAMANTES Y LA VERDAD BAJO EL COJÍN
La paz que Alma trajo a la mansión De la Vega fue como una tregua frágil, de esas que se sostienen con alfileres. Durante una semana, la casa pareció respirar. Los pisos brillaban más, la comida tenía mejor sazón (quizás porque Mari cocinaba con menos rabia sabiendo que tenía una aliada) y, lo más importante, Doña Adriana había empezado a salir de su habitación.
Pero Vanessa no estaba ciega. Detrás de sus gafas de sol Gucci y sus capas de maquillaje, sus ojos de depredadora observaban cada movimiento. Odiaba la calma. Para Vanessa, la paz significaba que estaba perdiendo el control. Ella se alimentaba del caos, del miedo y de la sumisión ajena. Y lo que más odiaba era la extraña inmunidad de Alma.
Esa “gata”, como la llamaba despectivamente en sus llamadas telefónicas con sus amigas plásticas, no caía en provocaciones. Si Vanessa le gritaba, Alma respondía con mansedumbre. Si Vanessa tiraba la ropa al suelo a propósito para que la recogiera, Alma la doblaba con una perfección geométrica. Era como intentar pelear contra el agua; no importa qué tan fuerte golpearas, el agua simplemente te rodeaba y seguía su curso.
—Esa mosca muerta se tiene que ir —masculló Vanessa una mañana de jueves, mirándose al espejo mientras se cepillaba sus extensiones—. Me pone nerviosa. Me mira como si supiera mis pecados. Y lo peor es que Adriana y los mocosos la adoran. Se están haciendo fuertes. Y eso no me conviene.
Vanessa sabía que Rogelio era un hombre débil. Un hombre que odiaba los problemas domésticos. Su estrategia siempre había sido simple: crear un problema y culpar a la esposa o a los hijos. Pero ahora necesitaba una estrategia nueva. Necesitaba un crimen.
La Primera Prueba: El Jugo de la Discordia
El plan comenzó con pequeñas escaramuzas. Vanessa quería romper a Alma, quería verla llorar, gritar o cometer un error.
Era mediodía. El sol entraba a plomo por los ventanales del comedor informal. Alma acababa de terminar de trapear ese piso hasta dejarlo inmaculado; se podía comer sobre él.
Vanessa entró a la cocina, abrió el refrigerador y sacó una jarra de jugo de uva. Se sirvió un vaso lleno hasta el borde. Caminó hacia el comedor, donde sabía que Alma estaba guardando sus utensilios de limpieza.
Con una sonrisa maliciosa, Vanessa fingió tropezar con su propio pie.
—¡Ay!
El vaso voló de su mano. El jugo de uva, oscuro y pegajoso, explotó contra el piso blanco de mármol de Carrara, salpicando las patas de las sillas y extendiéndose como una mancha de sangre morada.
Alma se giró al escuchar el estruendo. Vio el desastre. Vio a Vanessa parada allí, sin una gota de jugo encima, sonriendo con cinismo.
—¡Fíjate lo que me hiciste hacer! —gritó Vanessa, señalando a Alma—. ¡Dejaste el piso mojado y resbaloso! ¡Casi me mato! ¡Eres una inútil!
Cualquier otra persona habría protestado. El piso estaba seco. Alma lo había secado a mano hacía dos minutos. Pero Alma entendió el juego al instante. No era un accidente; era una prueba de resistencia.
—Lo siento, señora —dijo Alma con voz neutra—. ¿Se lastimó?
La pregunta desarmó a Vanessa por un segundo. Esperaba una defensa, no preocupación.
—¡No me lastimé por suerte! Pero mira este cochinero. ¡Límpialo! ¡Y quiero que quede perfecto, si veo una sola mancha morada, te descuento el día!
Vanessa se sentó en una silla cercana, cruzando las piernas y sacando su celular para jugar Candy Crush, esperando disfrutar del espectáculo de ver a la empleada arrodillada a sus pies.
Alma suspiró imperceptiblemente. Fue por la cubeta y el trapeador. Se arrodilló, no como señal de sumisión ante Vanessa, sino como quien se arrodilla ante el trabajo bien hecho. Frotó la mancha con fuerza. El jugo era pegajoso, difícil.
—Más rápido —ordenó Vanessa sin levantar la vista del teléfono—. Pareces tortuga. Con razón eres pobre, no tienes ambición ni para mover la mano.
Alma se detuvo un segundo. Levantó la vista.
—La rapidez no es lo mismo que la eficiencia, señora. Si lo hago rápido, queda manchado. Si lo hago con cuidado, queda limpio para siempre. Como la conciencia.
Vanessa soltó una carcajada burlona.
—¿Conciencia? Ay, por favor. Ahórrate tus frases de calendario de taller mecánico. Solo limpia.
Alma terminó de limpiar. Se levantó, exprimió el trapo y miró a Vanessa.
—Ya quedó, señora. ¿Desea otro vaso de jugo? Con gusto se lo sirvo para que no se vuelva a “resbalar”.
La ironía fue tan sutil, tan elegante, que Vanessa tardó unos segundos en procesarla. Cuando lo hizo, sus ojos chispearon de furia. Esa muchacha se estaba burlando de ella en su cara y no podía probarlo.
—Lárgate de mi vista —siseó Vanessa.
La Gran Trampa: El Collar de la Traición
El incidente del jugo no fue suficiente. Vanessa necesitaba algo definitivo. Algo que hiciera que Rogelio corriera a Alma sin hacer preguntas. Y en el manual de la villana de telenovela, solo hay una carta infalible para deshacerse del servicio doméstico: el robo.
Llegó el viernes. Rogelio había llegado temprano para una cena de negocios que se celebraría en la casa. Había tensión. Todo tenía que estar perfecto.
Vanessa subió a su habitación y abrió su joyero. Sus dedos, llenos de anillos, revolvieron las alhajas hasta encontrar lo que buscaba: un collar de diamantes y oro blanco que Rogelio le había regalado en su último aniversario de “amigos”. Valía una fortuna. Era la pieza perfecta.
Vanessa bajó a la sala principal. Sabía que Alma estaría limpiando ahí en unos minutos, preparando el espacio para los invitados. Miró a su alrededor. Nadie.
Rápidamente, levantó el cojín lateral del gran sofá beige. Metió el collar profundamente en la rendija, asegurándose de que no se viera a simple vista, pero que fuera fácil de encontrar si se buscaba.
Sonrió. Era el plan perfecto. Acusaría a Alma, “encontrarían” la prueba, y la echarían a la calle como a una criminal. Adiós a la “santa”.
Vanessa subió de nuevo a su cuarto y esperó media hora. Luego, comenzó el teatro.
—¡NO! ¡NO PUEDE SER! —El grito se escuchó en toda la casa. Fue un alarido desgarrador, digno de un premio Ariel a la mejor actuación dramática.
Rogelio, que estaba en su despacho revisando unos contratos, salió asustado.
—¿Qué pasa? ¿Vanessa?
Doña Adriana salió de la cocina, limpiándose las manos. Los niños, Tomás y Sara, se asomaron desde la escalera.
Vanessa bajó corriendo las escaleras, llorando desconsoladamente, tocándose el cuello desnudo.
—¡Rogelio! ¡Me robaron! ¡Me robaron!
—¿Qué te robaron? ¡Cálmate! —Rogelio la tomó por los hombros.
—¡Mi collar! ¡El de diamantes que me diste en Acapulco! —sollozó Vanessa, dejando caer lágrimas de cocodrilo sobre la solapa del saco de Rogelio—. Lo dejé en mi tocador hace una hora. Fui a bañarme y cuando salí… ¡ya no estaba!
Rogelio frunció el ceño, su rostro endureciéndose.
—¿Estás segura? ¿No lo guardaste en otro lado?
—¡Segura! ¡Estaba ahí! ¡Alguien entró a mi cuarto y se lo llevó! ¡Hay un ladrón en esta casa, Rogelio! ¡Tengo miedo!
El ambiente se congeló. La palabra “ladrón” en una casa de ricos es más peligrosa que un arma cargada. Rompe la confianza, siembra la paranoia.
Rogelio se giró hacia el personal. Mari, Lupita y Alma estaban paradas cerca de la entrada de la cocina, con caras de preocupación.
—¡Quiero a todo el mundo en la sala! ¡Ahora mismo! —bramó Rogelio. El “Tiburón del Acero” había salido a flote.
Todos se reunieron. El ambiente era sofocante. Vanessa seguía llorando, apoyada en el hombro de Rogelio, pero sus ojos escaneaban la habitación, buscando a su víctima.
—¿Quién entró a la habitación de la señora hoy? —preguntó Rogelio con voz gélida.
Nadie respondió al principio. Mari dio un paso adelante, valiente como siempre.
—Señor, nadie sube a esa planta excepto Lupita y Alma para la limpieza. Yo estuve en la cocina todo el día.
Vanessa levantó la cabeza de golpe y señaló con un dedo acusador, su uña roja apuntando directamente al pecho de Alma.
—¡Fue ella! ¡Fue la nueva!
Alma no se movió. Su corazón latía con fuerza, golpeando sus costillas como un pájaro atrapado, pero su rostro permaneció sereno.
—Señora, yo limpié su baño, pero no toqué su tocador. Jamás tomaría algo que no es mío.
—¡Mentirosa! —chilló Vanessa, separándose de Rogelio y avanzando hacia Alma—. ¡Desde que llegaste me has mirado con envidia! ¡Te he visto cómo ves mis cosas! Eres una muerta de hambre que vio la oportunidad de salir de pobre. ¡Rogelio, revisa sus cosas! ¡Seguro lo tiene en esa bolsa vieja que trae!
Rogelio miró a Alma. Veía a una mujer sencilla, pobre. El prejuicio es un veneno rápido.
—Alma… —dijo Rogelio, dubitativo pero presionado por los gritos de Vanessa—. Vacía tus bolsillos. Y trae tu bolsa.
—¡Papá, no! —El grito vino de Tomás. El niño se puso en medio, entre su padre y Alma—. ¡Alma no robó nada! ¡Ella es buena!
—¡Quítate, Tomás! —ordenó Rogelio—. Esto es asunto de adultos.
—¡No! —insistió el niño, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. ¡Vanessa es la que miente! ¡Siempre miente!
—¡Cállate, mocoso maleducado! —le gritó Vanessa—. ¿Ves, Rogelio? ¡Ya puso a tus hijos en mi contra! ¡Es una bruja! ¡Ratera!
Alma dio un paso adelante, apartando suavemente a Tomás para protegerlo.
—Está bien, Tomás. No te preocupes. El que nada debe, nada teme.
Alma sacó los bolsillos de su delantal. Vacíos. Solo un rosario barato y un pañuelo. Fue por su bolsa de tela al cuarto de servicio y la trajo. La vació sobre la mesa de centro frente a todos.
Un monedero con monedas, una Biblia, un peine y un tupper vacío. Nada más. Ni rastro de diamantes.
Vanessa se puso pálida por un segundo. No esperaba que lo tuviera encima, claro, pero necesitaba mantener el drama.
—¡Lo escondió! —gritó—. ¡Si no lo tiene aquí, lo escondió en la casa para sacarlo después! ¡Hay que buscar!
Doña Adriana, que había permanecido en silencio, temblando junto a la escalera, sintió que algo se rompía dentro de ella. Ver a Alma, esa muchacha que le había recordado su propia dignidad, siendo humillada de esa manera, fue la gota que derramó el vaso.
Adriana caminó hasta el centro de la sala. No caminó encorvada como solía hacerlo. Caminó erguida.
—Ya basta —dijo Adriana. Su voz no fue un grito, pero tuvo tal autoridad que incluso Rogelio se sorprendió.
—Adriana, no te metas —advirtió Rogelio.
—Me meto porque esta es mi casa, Rogelio. Y no voy a permitir que se acuse injustamente a nadie sin pruebas. Vanessa dice que el collar desapareció. Bien. Vamos a buscarlo. Pero lo vamos a buscar todos. Y si no aparece… entonces llamamos a la policía. Pero nadie va a insultar a Alma hasta entonces.
Vanessa tragó saliva. La policía no le convenía. Se descubriría que no hubo robo. Tenía que “encontrar” el collar rápido.
—¡Pues busquen! —dijo Vanessa nerviosa—. ¡Busquen debajo de las alfombras, en los sillones! ¡Seguro lo embutió en algún lado cuando bajó corriendo!
Mari, la cocinera, tenía un instinto afilado. Había visto la mirada de Vanessa desviarse varias veces hacia el sofá grande. Mari conocía a Vanessa; sabía que era floja. Si había escondido algo, no lo había puesto en un lugar difícil.
Mari se acercó al sofá.
—Con permiso —dijo, y con un movimiento brusco, levantó el cojín lateral derecho.
Ahí estaba. Brillando como una estrella maldita sobre la tela oscura del forro del sofá. El collar de diamantes.
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. Pesado.
Todos miraron el collar. Luego miraron a Vanessa.
Vanessa se puso roja, luego blanca, luego roja otra vez.
—¡Ahí está! —gritó, tratando de salvar la situación, pero su voz sonó chillona y falsa—. ¡Lo ven! ¡Lo escondió ahí! ¡Intentó esconderlo!
Alma, que no se había movido, habló con una calma devastadora.
—Señora Vanessa… yo no he limpiado la sala hoy. Mi turno de limpieza en esta área es a las cinco de la tarde. Mari y Lupita han estado aquí sacudiendo. Yo he estado en la cocina y en el comedor todo el tiempo. Hay cámaras, señor Rogelio. Si revisa las cámaras del pasillo, verá que no he entrado a esta sala desde la mañana.
Jaque mate.
Rogelio miró a Alma, luego miró el collar, y finalmente miró a Vanessa. Por primera vez en mucho tiempo, la venda de la lujuria se le resbaló un poco de los ojos. No era tonto. Sabía que Alma decía la verdad sobre los horarios. Y sabía, muy en el fondo, que Vanessa era capaz de hacer berrinches, pero ¿esto? ¿Incriminar a alguien?
—Vanessa… —dijo Rogelio, y su tono no era de amor, era de duda—. ¿Cómo llegó el collar ahí?
—¡Yo qué voy a saber! —tartamudeó Vanessa, retrocediendo un paso—. ¡Seguro se me cayó! ¡Sí, eso fue! Me senté ahí hace rato y… y se me debió soltar el broche. ¡Es un broche muy corriente, Rogelio, deberías comprarme cosas de mejor calidad!
Intentó reír, una risa nerviosa y hueca.
—¡Ay, qué tonta soy! ¡Tanto escándalo por nada! Bueno, ya apareció. Todo bien. Pueden volver a trabajar. —Se acercó para tomar el collar de las manos de Mari, pero Mari se lo entregó a Rogelio.
Rogelio sostuvo la joya fría en su mano. Miró a su amante. Se le cayó. ¿Debajo del cojín? ¿Tan profundo?
—Dijiste que te lo robaron del tocador, Vanessa —dijo Rogelio lentamente—. Dijiste que lo viste ahí hace una hora. Si se te cayó aquí… significa que lo traías puesto. O que lo trajiste tú.
—¡Me confundí! —chilló Vanessa, poniéndose a la defensiva—. ¡Ay, Rogelio, no me interrogues como si fuera una criminal! ¡Estoy estresada! ¡Tengo las hormonas revueltas! ¿Me vas a culpar a mí por un error?
Rogelio no dijo nada. Simplemente suspiró, un suspiro largo y cansado de un hombre que empieza a darse cuenta de que compró un problema muy caro.
—Vete a tu cuarto, Vanessa —dijo él en voz baja.
—¿Qué?
—¡Que te vayas a tu cuarto! —gritó Rogelio, perdiendo la paciencia—. ¡Deja de hacer el ridículo frente al servicio y frente a mis hijos!
Vanessa abrió la boca indignada, pero al ver la cara de Rogelio, supo que había estirado la liga demasiado. Dio un pisotón en el suelo, soltó un bufido y subió las escaleras corriendo, taconeando con furia.
Cuando Vanessa desapareció, la tensión en la sala se disipó, pero dejó un sabor amargo.
Rogelio se frotó las sienes. No miró a Adriana. Le daba vergüenza mirarla. Se giró hacia Alma.
—Alma… —Rogelio carraspeó, incómodo—. Disculpa el malentendido. Vanessa es… impulsiva.
No fue una disculpa real. Fue una excusa de hombre rico. Pero Alma asintió.
—No se preocupe, señor. La verdad siempre sale a la luz, tarde o temprano.
Rogelio asintió bruscamente y se encerró en su despacho.
En cuanto la puerta del despacho se cerró, los niños corrieron hacia Alma.
—¡Alma! —Sara la abrazó por la cintura—. ¡Sabía que no fuiste tú!
—Eres valiente, Alma —dijo Tomás, dándole una palmada torpe en el brazo, tratando de hacerse el hombrecito—. Mi papá casi se la cree, pero nosotros no.
Alma se agachó y abrazó a los dos niños.
—Gracias, mis niños valientes. Ustedes fueron mis ángeles guardianes hoy.
Doña Adriana se acercó. Tenía los ojos brillantes. No de tristeza, sino de una extraña mezcla de alivio y orgullo.
—Perdónanos, Alma —dijo Adriana, tomándole las manos—. No te mereces esto. Esa mujer está loca.
—Señora Adriana —dijo Alma, apretando sus manos con cariño—, no tiene que pedir perdón por los pecados de otros. Pero hoy pasó algo importante.
—¿Qué? —preguntó Adriana.
—Hoy el señor Rogelio dudó. Y la señora Vanessa tuvo miedo. La mentira tiene patas cortas, señora. Y hoy se tropezó.
Mari, desde la esquina, soltó una risita.
—Se tropezó y se dio de hocico, diría yo. ¡Vieron su cara! Parecía que se había tragado un limón entero.
Lupita y Mari empezaron a reír. Los niños también rieron. Y de pronto, Doña Adriana, la mujer que llevaba años sin sonreír de verdad, soltó una carcajada. Una risa liberadora, nerviosa al principio, pero luego genuina.
Arriba, en su cuarto, Vanessa escuchaba las risas. Se tapó los oídos con la almohada y gritó de frustración.
“¡Se están riendo de mí! ¡De MÍ!”, pensó con horror.
Su poder se estaba resquebrajando. Había intentado destruir a la sirvienta y solo había logrado unir a la familia en su contra. Y lo peor de todo: Rogelio la había mirado con desprecio.
Vanessa se levantó de la cama y se miró en el espejo. Sus ojos inyectados en sangre reflejaban una determinación oscura.
—Esto no se acabó, gata igualada —susurró a su reflejo—. Ganaste una batalla, pero la guerra es mía. Si no puedo sacarte por las malas… voy a tener que hacer que te vayas por miedo. Voy a hacer de tu vida un infierno tan caliente que vas a rogar por irte.
Pero lo que Vanessa no sabía era que Alma venía del infierno de la pobreza y la pérdida. Ya había caminado por el fuego. Y el fuego no quema a quien ya es ceniza y ha renacido.
Abajo, en la cocina, Alma servía café para todos. No se sentía victoriosa, se sentía alerta. Sabía que la bestia estaba herida, y las bestias heridas son las más peligrosas.
—Dios mío —rezó mentalmente mientras servía el azúcar—, cúbrenos con tu manto. Porque lo que viene va a ser duro.
La noche cayó sobre la mansión De la Vega, pero esta vez, la oscuridad no se sentía tan absoluta. Había una pequeña vela encendida en la cocina, y su luz, aunque tenue, era suficiente para mantener a raya a los monstruos. Por ahora.
CAPÍTULO 5: LA INVASIÓN DEL SANTUARIO Y EL ESCUDO DE TRENZAS
Los días posteriores al incidente del collar de diamantes transcurrieron en una calma tensa, similar a la atmósfera eléctrica que precede a un terremoto. Vanessa no había sido expulsada, por supuesto. Su poder sobre Rogelio era una mezcla tóxica de chantaje emocional y seducción que no se rompía tan fácilmente. Sin embargo, algo había cambiado. Los empleados ya no bajaban la mirada cuando ella pasaba; la miraban de reojo, murmurando entre ellos. Los niños, Tomás y Sara, la evitaban como si tuviera una enfermedad contagiosa. Y Rogelio… Rogelio pasaba más tiempo en la oficina, huyendo del ambiente irrespirable de su propia mansión.
Vanessa se sentía acorralada. Y una fiera acorralada no busca la paz; busca sangre.
—Me están perdiendo el respeto, Chela —le gritaba Vanessa a su mejor amiga por teléfono, mientras se limaba las uñas en la terraza—. Esa gata de la limpieza me hizo quedar como una loca. Y Adriana… la mosca muerta de Adriana anda muy altanera. Ayer me sostuvo la mirada en el desayuno. ¡Ella! Que siempre tiembla como gelatina. Necesito recordarles quién manda aquí.
La estrategia de Vanessa cambió. Si no podía destruir a Alma directamente porque era demasiado lista, destruiría a la persona que Alma intentaba proteger: Adriana. Sabía que si lograba que Adriana se quebrara por completo, si lograba que la esposa se fuera o se encerrara en un manicomio, Alma no tendría a quién defender y se largaría.
La Escena del Chantaje
Antes de atacar a la esposa, Vanessa necesitaba asegurar su territorio con el marido. Una noche de miércoles, Rogelio llegó a casa agotado. Se encerró en su estudio, aflojándose la corbata y sirviéndose un whisky doble.
Alma estaba cerca, limpiando el polvo de los libreros del pasillo, haciéndose invisible como sabía hacerlo.
Vanessa irrumpió en el estudio sin tocar. Llevaba un vestido negro ajustado y una expresión de exigencia.
—Rogelio, tenemos que hablar.
—Ahora no, Vanessa. Estoy cansado —respondió él, frotándose los ojos.
—¡No me importa! —Vanessa cerró la puerta de un golpe y se plantó frente al escritorio—. Me prometiste la camioneta nueva. La Range Rover blanca. Y hoy vi que tu secretaria ni siquiera ha hecho el pedido.
Rogelio suspiró, el sonido de un hombre derrotado.
—Vanessa, acabas de gastar doscientos mil pesos en ropa la semana pasada. La empresa está pasando por una auditoría. No puedo estar sacando dinero así nada más. Espérate al mes que viene.
—¿Esperarme? —Vanessa soltó una risa histérica—. ¡Yo no soy de las que esperan, Rogelio! ¡Eso déjaselo a tu esposa, que lleva veinte años esperando que la quieras! Yo soy Vanessa. Y si no tengo esa camioneta para el lunes, voy a empezar a hablar.
Rogelio levantó la vista, alarmado.
—¿Hablar de qué?
—De tus “negocitos” con los permisos de construcción en la Delegación. De las cuentas que tienes en Panamá. Sé muchas cosas, papi. No se te olvide que yo era tu asistente antes de ser tu reina.
Alma, al otro lado de la puerta, sintió un escalofrío. No estaba escuchando a una amante caprichosa; estaba escuchando a una extorsionadora. Comprendió entonces que Vanessa no solo era mala por naturaleza, era peligrosa. Rogelio no la mantenía solo por deseo; la mantenía por miedo.
—Está bien, está bien —dijo Rogelio, bajando la voz—. Tendrás la camioneta. Pero déjame en paz hoy.
—Así me gusta. —Vanessa sonrió, se inclinó sobre el escritorio y le dio un beso frío en la mejilla—. Ves qué fácil es cuando cooperas.
Vanessa salió del estudio con una sonrisa triunfal. Al ver a Alma en el pasillo, le lanzó una mirada de desprecio.
—¿Qué miras, chismosa? Sigue limpiando. Pronto esa camioneta va a brillar más que tu futuro.
Alma no respondió, pero su mente trabajaba a mil por hora. “El dinero compra silencio, pero no compra lealtad”, pensó. “Este castillo de naipes se va a caer, y va a hacer mucho ruido”.
La Invasión del Santuario
El viernes por la tarde, la oportunidad perfecta se presentó para Vanessa. Rogelio se había ido a jugar golf. Los niños estaban en sus clases de natación. La casa estaba en silencio.
Doña Adriana estaba en su recámara, el único lugar de la casa que Vanessa aún no había conquistado del todo. Era su refugio. Allí, Adriana doblaba ropa limpia sobre la cama, escuchando música instrumental suave. Era su momento de paz.
Vanessa subió las escaleras con decisión. Se había tomado dos copas de vino para darse valor y veneno. Abrió la puerta de la habitación de Adriana sin llamar.
El sonido de la puerta abriéndose hizo que Adriana saltara. Al ver a Vanessa parada en el umbral, con las manos en la cintura y una sonrisa torcida, Adriana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Adriana, abrazando una pila de sábanas contra su pecho como escudo.
—Ay, qué aburrida es tu recámara —dijo Vanessa, ignorando la pregunta y entrando como si fuera un museo público—. Huele a viejo. A tristeza. A mujer dejada.
Vanessa caminó alrededor de la cama, tocando los muebles con desdén.
—Vanessa, por favor, salte. Esta es mi habitación privada —dijo Adriana, intentando sonar firme, pero su voz temblaba.
—¿Privada? —Vanessa soltó una carcajada—. Nada en esta casa es privado para mí, querida. Rogelio y yo lo compartimos todo. Bueno… casi todo. Porque a ti ya no te comparte nada, ¿verdad?
El comentario fue un golpe bajo, directo al autoestima de Adriana.
—Vete. No quiero discutir contigo.
—No vengo a discutir. Vengo a informarte. —Vanessa se detuvo frente al tocador de Adriana y tomó un frasco de crema—. Vengo a decirte que dejes de hacerte ilusiones con la “nueva sirvienta”. Esa tal Alma te está llenando la cabeza de ideas tontas, te hace creer que tienes dignidad. Pero la realidad, Adriana, es que tú perdiste hace mucho tiempo.
Vanessa se acercó a Adriana, invadiendo su espacio vital.
—Mírate. —La señaló de arriba abajo—. Estás acabada. Tienes ojeras, te vistes como monja, no tienes chispa. Rogelio es un hombre de mundo, necesita una mujer de verdad, no una sombra. Yo soy el presente. Tú eres el pasado. Y por más que reces tus rosarios, él nunca va a volver a esta cama contigo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Adriana. Eran verdades crueles, dichas con la intención de matar el espíritu.
—¿Por qué eres tan mala? —susurró Adriana—. Tienes el dinero, tienes su atención… ¿por qué necesitas lastimarme?
—Porque me estorbas —siseó Vanessa—. Porque mientras sigas aquí respirando, haciéndote la víctima, la gente me ve a mí como “la otra”. Y yo quiero ser la Señora de la Vega. Quiero que te largues. Divórciate. Vete con tu madre. Desaparece.
En ese momento, la mirada de Vanessa cayó sobre la mesita de noche. Allí había un marco de plata con una fotografía antigua. Era la foto de la boda de Rogelio y Adriana. En ella, ambos eran jóvenes, delgados y sonreían con una esperanza infinita. Adriana llevaba su vestido blanco de encaje y Rogelio la miraba con adoración.
Vanessa tomó el marco.
—Ay, ternurita. —Miró la foto con burla—. Mira nada más esta cursilería. ¿En serio guardas esto? Es patético. Mírate, sonriendo como una estúpida, creyendo que iba a ser para siempre.
—¡Deja eso! —gritó Adriana, soltando las sábanas y dando un paso adelante.
—¿Esto? —Vanessa sostuvo la foto en alto, fuera del alcance de Adriana—. Esto es basura. Igual que tu matrimonio.
Vanessa hizo el ademán de dejar caer el marco al suelo, sabiendo que el cristal se haría añicos.
—¡NO!
La voz no fue de Adriana.
Fue una orden seca, cortante, que vino desde la puerta.
Vanessa se giró. Alma estaba allí.
No tenía la escoba en la mano. No tenía el uniforme manchado. Estaba parada con los pies firmes en el suelo, la espalda recta y una mirada que podría haber cortado acero. Había estado pasando por el pasillo y escuchó los gritos.
—Suelta la foto, señora Vanessa. Y póngala en la mesa. Con cuidado.
Vanessa parpadeó, sorprendida por la interrupción.
—¿Tú otra vez? ¿Es que no te cansas de meterte donde no te llaman? Lárgate a limpiar baños, gata.
—Esta es la habitación de la Señora Adriana. Usted no tiene derecho a estar aquí. Y mucho menos tiene derecho a insultarla —dijo Alma, avanzando paso a paso dentro de la habitación. No caminaba con miedo. Caminaba con la autoridad de quien tiene la razón moral.
—¡Yo hago lo que se me da la gana! —gritó Vanessa.
—No. Usted hace lo que le permiten. Y hoy se acabó el permiso —respondió Alma. Se colocó entre Adriana y Vanessa, formando una barrera humana—. Entrégueme la foto.
Vanessa miró a Alma con odio puro.
—¿Me estás retando?
—La estoy corrigiendo. Hay una diferencia. El respeto no se compra con bolsas de marca, señora. Se gana. Y usted está en números rojos.
La mano de Vanessa tembló de ira. Apretó el marco de fotos con fuerza, sus nudillos blancos.
—Eres una insolente. Debería romperte la cara.
—Inténtelo —dijo Alma en voz baja, sin desafiar, solo constatando un hecho—. Pero sepa que la violencia es el recurso de los que no tienen razón.
Vanessa levantó la mano libre, dispuesta a soltar una bofetada sonora en la mejilla de Alma. Adriana gritó: “¡No!”.
La mano de Vanessa se quedó suspendida en el aire. No porque Alma la detuviera físicamente, sino porque la mirada de Alma no vaciló. Ni un milímetro. No cerró los ojos. No se encogió. La miró con una mezcla de lástima y firmeza tan profunda que Vanessa se sintió, por primera vez en su vida, pequeña. Diminuta.
—Si me pega —dijo Alma suavemente—, solo demostrará quién es usted en realidad. Y esa mancha no se quita con maquillaje.
En ese instante de tensión suspendida, unas voces infantiles rompieron el hechizo.
—¿Mamá?
Tomás y Sara estaban en la puerta. Acababan de llegar de natación, con el cabello mojado y las mochilas al hombro.
Vieron la escena: Su madre llorando en un rincón. Vanessa con la mano levantada amenazando a Alma. Alma protegiendo a su madre.
—¡Déjalas en paz! —gritó Tomás, tirando la mochila al suelo y corriendo hacia ellas. El niño se puso frente a Alma y su madre, extendiendo sus brazos delgados como un escudo—. ¡Eres mala! ¡Vete!
Sara corrió a abrazar las piernas de Adriana, llorando.
—¡Mami! ¡Mami, no llores!
Vanessa bajó la mano lentamente. Miró a los niños. Tomás la miraba con un odio puro, adulto. Sara la miraba con terror.
Se dio cuenta de lo que acababa de pasar. Había cruzado una línea invisible. Hasta entonces, podía fingir ser la “madrastra estricta”. Ahora, ante los ojos de los niños, era el monstruo.
Vanessa soltó una risa nerviosa, tratando de recomponer su máscara. Dejó el marco de fotos sobre la cama con un movimiento brusco.
—Ay, qué drama hacen todos. Son insoportables. Me largo de este cuarto de locos.
Vanessa se dio la media vuelta y caminó hacia la salida. Al pasar junto a Alma, le susurró venenosamente:
—Esto te va a costar caro, sirvienta. Te lo juro.
Alma no contestó. Solo se aseguró de que saliera.
La Curación
Cuando Vanessa se fue, el cuarto quedó en un silencio roto solo por los sollozos de Adriana. Se dejó caer en la cama, abrazando la foto de su boda como si fuera un salvavidas en medio del océano.
—Mami, ya se fue —dijo Sara, acariciándole el pelo.
—Perdónenme, mis amores —sollozó Adriana—. Perdónenme por ser tan débil. Perdónenme por no poder sacarla.
Alma se acercó. Se sentó en la orilla de la cama, rompiendo una vez más la barrera invisible entre patrona y empleada.
—Señora Adriana, míreme —dijo Alma.
Adriana levantó la vista, con el rostro hinchado y rojo.
—Usted no es débil —dijo Alma con firmeza—. Débil es la que necesita humillar a otros para sentirse grande. Débil es la que necesita robar maridos ajenos porque no puede construir su propia felicidad. Usted está aquí, aguantando por sus hijos. Eso es amor. Y el amor es la fuerza más grande que existe.
—Pero ya no puedo más, Alma. Me siento rota.
—Pues nos pegamos, señora. Pieza por pieza. —Alma tomó las manos de Adriana entre las suyas, sus manos ásperas de trabajo cubriendo las manos suaves y cuidadas de la patrona—. Mi papá murió cuando yo tenía doce años. Mi mamá se quedó sola con tres hijos y sin un peso. Lloraba todas las noches. Yo la escuchaba. Pero cada mañana, se levantaba, se hacía sus trenzas y salía a vender tamales para darnos de comer. Ella me enseñó que se vale llorar, pero no se vale rendirse.
Tomás miraba a Alma con admiración.
—¿Tu papá murió? —preguntó el niño.
—Sí, mi niño. Era albañil. Un hombre bueno. Él me decía: “Hija, la cabeza siempre en alto, no por orgullo, sino para ver el cielo”. —Alma sonrió con nostalgia—. En esta casa hay mucho techo de lujo, pero se nos olvida ver el cielo.
Adriana se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Respiró hondo. La presencia de Alma, sólida como un roble, le daba una extraña sensación de seguridad.
—Gracias, Alma. Por defenderme.
—No tiene nada que agradecer. Las mujeres tenemos que cuidarnos entre nosotras, sobre todo cuando los hombres olvidan cómo ser hombres.
Alma se levantó y alisó su delantal.
—Ahora, voy a bajar a preparar un chocolate caliente con canela. De ese que cura el susto. Y quiero ver a todos en la cocina en diez minutos. En esta casa se acabaron los llantos por hoy. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Tomás, esbozando una pequeña sonrisa.
—Sí, Alma —dijo Sara.
Cuando Alma salió de la habitación, Adriana se levantó. Fue al baño y se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo. Seguía viendo tristeza, sí, pero también vio algo más. Una chispa. La chispa de alguien que acaba de darse cuenta de que no está sola en la trinchera.
El Enemigo en la Sombra
Mientras tanto, en su habitación, Vanessa lanzaba botellas de perfume contra la pared. El cristal se rompía con estruendo, llenando el aire de fragancias costosas y asfixiantes.
—¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita! —gritaba.
Se sentía humillada. Ella, Vanessa, la reina de la manipulación, había sido derrotada por una sirvienta con zapatos viejos y frases de iglesia.
Tomó su celular y marcó un número. No era el de Rogelio. Era el de un contacto antiguo, un hombre con el que solía salir antes de conocer al millonario, un tipo turbio que hacía “trabajos” que nadie quería hacer.
—Bueno… ¿El Brayan? —dijo Vanessa, bajando la voz—. Sí, soy yo. Necesito un favor. No, no es de dinero. Es personal. Hay una gatita en mi casa que se cree leona. Necesito que le des un susto. No, no la mates, estúpido. Solo… que sepa que con la patrona no se juega. Que le dé miedo salir a la calle. Sí. Te paso sus datos y su horario.
Vanessa colgó el teléfono y sonrió. Una sonrisa fea, oscura.
—A ver si con tus rezos paras una navaja, Alma —murmuró.
Vanessa no entendía algo fundamental: Alma no estaba sola. Alma tenía a la familia, tenía su fe, y tenía algo que Vanessa nunca tendría: la verdad. Pero la oscuridad se cernía sobre la mansión De la Vega, y el próximo golpe no sería emocional. Sería real, físico y peligroso.
La guerra había dejado de ser fría. Ahora, iba a correr sangre.
CAPÍTULO 6: LA GENERALA Y EL SECRETO DE LA SANGRE
La amenaza de Vanessa no fue en vano. Esa misma noche, cuando Alma salió de la mansión para tomar su camión de regreso a Ecatepec, sintió que la observaban. Las calles de Las Lomas son solitarias y oscuras, diseñadas para coches, no para peatones. Un auto con vidrios polarizados la siguió despacio durante dos cuadras. Alma, que había crecido en el barrio y tenía el instinto de supervivencia a flor de piel, no corrió. Se metió rápidamente en una tienda de conveniencia OXXO y esperó allí, junto a la máquina de café, durante cuarenta minutos hasta que el auto se aburrió y se fue.
Alma sabía que era un mensaje. “Ten miedo”. Pero el miedo, para alguien que ha perdido tanto como ella, no es un freno; es gasolina.
Al día siguiente, sábado, la mansión amaneció en un estado de histeria colectiva. No por el miedo de Alma, sino porque Rogelio había recibido una llamada a las siete de la mañana que lo hizo saltar de la cama pálido como un fantasma.
—¡Viene mi madre! —anunció Rogelio en la cocina, con el teléfono aún en la mano y temblando—. ¡Llega en dos horas! ¡Quiero todo impecable! ¡Mari, prepara cochinita pibil, es su favorita! ¡Lupita, que no haya ni una mota de polvo!
El pánico de Rogelio estaba justificado. Doña Clemencia de la Vega no era una simple abuela que tejía chambritas. Era “La Generala”. La matriarca que había levantado el imperio familiar con mano de hierro cuando su esposo murió joven. Una mujer que olía las mentiras a kilómetros de distancia y que tenía una lengua más afilada que un machete de carnicero. Vivía en su hacienda en Guadalajara y rara vez venía a la capital, pero cuando lo hacía, la tierra temblaba.
Vanessa, al escuchar la noticia, no se asustó. Al contrario, vio una oportunidad.
—¡Ay, qué emoción! —chilló, bajando las escaleras con una mascarilla facial puesta—. Por fin voy a conocer a mi suegrita. Tengo que ponerme guapísima. Seguro me va a adorar. Las señoras mayores siempre me aman porque soy muy simpática.
Adriana, en cambio, se encerró en el baño a vomitar de los nervios. Doña Clemencia siempre había sido dura con ella, exigiéndole perfección, y ahora… ahora tendría que ver en qué se había convertido su hogar.
La Llegada de la Matriarca
A las once en punto, una camioneta blindada negra se detuvo frente al portón. El chofer, un hombre mayor de uniforme gris, bajó y abrió la puerta trasera.
De ella descendió Doña Clemencia. Ochenta años de pura dignidad. Llevaba un traje sastre de lino color crema, un collar de perlas auténticas (no como las baratijas brillantes de Vanessa) y un bastón de madera de caoba con empuñadura de plata. Su cabello blanco estaba peinado en un chongo perfecto, inamovible.
Rogelio salió a recibirla, sudando frío.
—¡Mamá! Qué sorpresa. Bienvenida.
Doña Clemencia no sonrió. Le ofreció la mejilla para un beso seco y luego miró la fachada de la casa.
—La pintura de la fachada está descascarada en la esquina superior derecha, Rogelio. Se ve corriente. Arrglalo.
Entró a la casa como quien entra a inspeccionar un cuartel. El servicio estaba alineado en el vestíbulo: Mari, Lupita, el jardinero y, al final, Alma.
Doña Clemencia pasó revista. Saludó a Mari con un leve asentimiento (Mari llevaba años con ellos). Cuando llegó a Alma, se detuvo un segundo. Sus ojos grises, agudos como los de un halcón, se clavaron en los ojos oscuros de la muchacha.
Alma sostuvo la mirada con respeto, bajando ligeramente la cabeza.
—Bienvenida, Señora Clemencia.
La anciana frunció el ceño, como si un recuerdo lejano le picara en la memoria, pero no dijo nada. Siguió caminando.
Y entonces, apareció el espectáculo.
Vanessa bajó las escaleras. Se había puesto lo que ella consideraba “elegante”: un vestido rojo fuego con un escote pronunciado, tacones de plataforma dorados y tantas joyas que tintineaba al caminar como un árbol de Navidad.
—¡Suegrita! —gritó Vanessa con esa confianza falsa que da la ignorancia—. ¡Qué gusto conocerla! ¡Bienvenida a nuestra casa!
Vanessa se lanzó a abrazarla.
Doña Clemencia no retrocedió. Simplemente levantó su bastón y lo puso en el pecho de Vanessa, deteniéndola en seco a medio metro de distancia. El golpe de la madera contra el esternón de Vanessa sonó seco: Toc.
El silencio en el vestíbulo fue sepulcral. Mari tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada nerviosa.
Vanessa parpadeó, confundida, con las manos en el aire.
—¿Perdón?
Doña Clemencia la miró de arriba abajo, escaneando el escote, las uñas postizas, el maquillaje excesivo. Su expresión era de pura repugnancia antropológica.
—¿Quién es usted? —preguntó Clemencia con una voz gélida y perfecta dicción.
—Soy Vanessa… la… la pareja de Rogelio.
Clemencia giró lentamente la cabeza hacia su hijo. Rogelio quería que la tierra se lo tragara.
—Rogelio, ¿desde cuándo contratamos payasos para animar las fiestas infantiles? Porque asumo que esta señorita disfrazada es parte del entretenimiento.
Vanessa se puso roja como su vestido.
—¡No soy un payaso! —chilló, ofendida—. ¡Soy la mujer de esta casa!
—La mujer de esta casa —interrumpió Clemencia, elevando la voz— se llama Adriana. Y no la veo por aquí. ¿Dónde está mi nuera?
En ese momento, Adriana apareció en lo alto de la escalera. Vestía un pantalón negro sencillo y una blusa blanca. Se veía pálida, delgada, consumida por la tristeza. Bajó despacio, con miedo.
—Buenos días, Doña Clemencia.
La anciana miró a Adriana. Vio los huesos marcados en sus clavículas, las ojeras profundas, la postura derrotada. Por primera vez, la dureza de Clemencia se quebró un poco.
—Adriana… —susurró—. Te ves terrible, hija. Pareces un cadáver.
Vanessa aprovechó el momento.
—¡Eso le digo yo, suegrita! Se la pasa deprimida, no se arregla, tiene la casa hecha un desastre. Yo trato de ayudar, de ponerle alegría al hogar, pero…
—¡Cállese! —La orden de Clemencia fue un latigazo—. No le he dado permiso para hablar. Y no me diga “suegrita”. Para usted, soy la Señora De la Vega. Y usted, por lo que veo, es solo una visita muy mal educada que se ha quedado demasiado tiempo.
El Café de la Verdad
La tensión se trasladó a la sala. Doña Clemencia se sentó en el sillón principal (el mismo que Vanessa reclamaba como suyo, pero que no se atrevió a pelear ante la anciana).
—Quiero café. De olla. Y pan dulce —ordenó Clemencia.
Alma corrió a la cocina. Sabía preparar café de olla perfecto, con canela, piloncillo y un toque de piel de naranja, como lo hacía su abuela.
Mientras preparaba la bandeja, Mari le susurró:
—¡Viste eso! La Generala llegó con la espada desenvainada. Vanessa está temblando.
—La justicia divina tiene bastón —respondió Alma con una sonrisa leve.
Alma llevó la bandeja a la sala. Sirvió el café en tazas de porcelana fina. Sus movimientos eran elegantes, precisos. No derramó ni una gota.
Doña Clemencia tomó un sorbo. Cerró los ojos.
—Exquisito. Hace años que no probaba un café así. Ni en mi propia casa lo hacen tan bien. —Abrió los ojos y miró a Alma, que esperaba de pie con las manos entrelazadas—. ¿Cómo te llamas, muchacha?
—Alma, señora. Alma Morales.
—Morales… —Doña Clemencia dejó la taza en el plato. Sus ojos se entrecerraron, enfocándose en el rostro de Alma. Se fijó en la forma de sus pómulos, en esa mirada serena y profunda—. Acércate.
Alma dio dos pasos al frente.
Vanessa, sentada en un sofá lateral, rodó los ojos.
—Ay, señora, cuidado. Esa gata es una ratera. El otro día se robó mi collar.
—¡Silencio! —bramó Clemencia sin mirar a Vanessa—. Dije que te acercaras, niña. Más. A la luz.
Alma se puso bajo la luz del ventanal. Doña Clemencia se levantó, apoyándose en su bastón, y caminó hacia ella. La examinó como quien examina una obra de arte.
—Esos ojos… —murmuró la anciana—. Esa mirada yo la conozco. Nunca olvido una cara, y mucho menos unos ojos tan nobles.
Clemencia giró hacia Rogelio.
—Rogelio, ¿sabes quién es esta muchacha?
Rogelio se encogió de hombros, nervioso.
—La sirvienta nueva, mamá. Llegó hace dos semanas.
—¡Imbécil! —gritó Clemencia, golpeando el suelo con el bastón—. ¡Eres un ignorante!
La anciana volvió a mirar a Alma, su voz se suavizó, temblando ligeramente.
—Dime, hija… ¿tu padre se llamaba Anselmo? ¿Anselmo Morales?
Alma sintió un vuelco en el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas de sorpresa.
—Sí, señora… Mi papá era Anselmo. Falleció hace doce años.
Un silencio denso cubrió la sala. Doña Clemencia, la mujer de hierro, la Generala que nunca lloraba, se llevó una mano a la boca.
—Dios mío… Anselmo. —Miró a Alma con una ternura que nadie creía posible en ella—. Tú eres la niña. La de las trenzas. Él me hablaba de ti. Decía que eras su “Almita”, su tesoro.
—¿Usted… usted conoció a mi papá? —preguntó Alma, con la voz quebrada.
—¿Que si lo conocí? —Clemencia se irguió y miró a todos los presentes, su voz resonando con autoridad—. Hace quince años, yo viajaba sola por la carretera a Toluca. Era de noche, llovía a cántaros. Mi coche se descompuso en medio de la nada, en una zona peligrosa. Un camión casi me saca del camino. Estaba aterrada. Nadie se paraba. Pensé que me iban a asaltar o a matar ahí mismo.
Clemencia hizo una pausa, recordando.
—Y entonces paró un hombre en una camioneta vieja, llena de herramientas de albañilería. Era tu padre, Anselmo. Se bajó bajo la lluvia, empapándose. No me pidió dinero. No me preguntó quién era. Simplemente cambió mi llanta, revisó el motor y me escoltó hasta la ciudad para asegurarse de que llegara segura. Cuando quise pagarle, se negó. Me dijo: “Señora, hoy por usted, mañana por mí. Solo le pido que si algún día ve a alguien que necesita ayuda, ayude”.
Vanessa soltó un bufido burlón.
—Ay, qué historia tan conmovedora. Un mecánico le cambió la llanta. ¿Y eso qué? Sigue siendo una sirvienta.
Doña Clemencia giró la cabeza lentamente hacia Vanessa. Si las miradas mataran, Vanessa habría caído fulminada en el acto.
—Ese “mecánico”, mujer estúpida, me salvó la vida. Y no solo eso. Cuando Anselmo enfermó años después, yo intenté buscarlo para pagarle el mejor hospital, pero llegué tarde. Ya había fallecido. Me quedé con esa deuda en el alma. Le prometí a Dios que si algún día encontraba a su familia, pagaría esa deuda con creces.
Clemencia tomó la mano de Alma. No la mano de una empleada, sino la mano de una igual.
—Alma, en esta casa tú no eres servicio. Eres familia. Tu padre fue un héroe anónimo, un caballero de los que ya no existen. Y no voy a permitir que nadie, ¡NADIE!, te trate con menos respeto del que se le daría a una princesa.
Alma lloraba silenciosamente. Sentía que su padre, desde el cielo, le estaba guiñando un ojo.
—Gracias, señora. Mi papá era un hombre bueno.
Vanessa, viendo que perdía terreno, intentó atacar de nuevo.
—Pues será hija del Papa si quiere, pero aquí es una criada. Y además, es una igualada que se mete con mi marido… digo, con Rogelio.
—¡Ya cállate! —Clemencia golpeó la mesa de centro con el bastón, tirando una figura de porcelana que se hizo añicos—. He estado aquí una hora y ya he visto suficiente.
El Juicio de la Generala
Doña Clemencia caminó hacia el centro de la sala. Parecía crecer en estatura.
—Rogelio, siéntate. Adriana, siéntate. Alma, quédate aquí a mi lado. Tú, mujerzuela —señaló a Vanessa con la punta del bastón—, quédate parada porque no mereces asiento en esta mesa.
—¡Rogelio! —chilló Vanessa—. ¿Vas a dejar que me hable así? ¡Es una vieja loca!
—¡Vanessa, cállate por favor! —suplicó Rogelio, hundido en el sofá. Le tenía más miedo a su madre que a cualquier cártel.
Clemencia comenzó su juicio.
—He entrado a esta casa y huele a podredumbre. No a suciedad física, porque Alma y las muchachas la tienen limpia. Huele a podredumbre moral. —Miró a su hijo con decepción infinita—. Rogelio, te entregué una educación de primera. Te di valores. Y te has convertido en un hombre cobarde, dominado por la lujuria y la vanidad. Has metido a una amante bajo el mismo techo que tus hijos. Has permitido que humillen a tu esposa. Has permitido que traten mal a la hija del hombre que salvó a tu madre.
—Mamá, es complicado… —intentó excusarse Rogelio.
—No es complicado. Es vergonzoso. —Clemencia miró a Adriana—. Y tú, hija. Me dueles. Te has dejado pisotear. Has olvidado que eres una De la Vega por matrimonio y una mujer de Dios por derecho. ¿Por qué permites que esta… advenediza… se pasee por tu casa como si fuera la dueña?
Adriana levantó la cabeza. Las lágrimas corrían por su rostro, pero por primera vez, había fuego en su voz.
—Porque tuve miedo, Doña Clemencia. Miedo de perder a mis hijos. Miedo de quedarme sola. Pero Alma me enseñó algo ayer. Me enseñó que el miedo es el peor consejero.
—Bien —dijo Clemencia—. Entonces se acabó el miedo.
La anciana se giró hacia Vanessa, que estaba temblando de rabia y nervios.
—Tú. Vanessa. Te he observado. Eres vulgar, eres cruel y eres codiciosa. Crees que Rogelio te ama, pero Rogelio solo ama cómo lo haces sentir joven. Pero la juventud se acaba, mi vida. Y el dinero… —Clemencia sonrió con malicia—… el dinero es mío.
Vanessa palideció.
—¿Qué?
—Oh, ¿Rogelio no te lo dijo? —Clemencia soltó una risita seca—. La casa, las acciones de la constructora, las cuentas principales… todo está a nombre del fideicomiso familiar. Y la albacea soy yo. Rogelio solo tiene una asignación mensual y un puesto directivo. Si yo quiero, mañana mismo Rogelio se queda en la calle, sin un centavo. Y tú, querida, sin dinero, no duras ni cinco minutos con él.
Rogelio bajó la cabeza. Era verdad. Era un secreto que guardaba para mantener su imagen de magnate, pero en realidad, su madre tenía el control financiero total.
Vanessa sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Todo su plan, todo su esfuerzo, todos sus gritos y humillaciones… dependían de un hombre que no era el dueño real de la fortuna.
—Pero… él me compró cosas… la camioneta…
—Con mi dinero —cortó Clemencia—. Dinero que se acabó. A partir de hoy, corto el flujo. Se congelan las tarjetas. Se auditan los gastos.
Doña Clemencia dio un paso hacia Vanessa.
—Tienes 24 horas para largarte de esta casa. No quiero ver ni un rastro de tus extensiones baratas ni de tus perfumes corrientes. Si para mañana a esta hora sigues aquí, llamaré a la policía y te sacaré por invasión de propiedad privada. Y créeme, tengo amigos en la policía que estarán encantados de hacerte pasar un mal rato.
Vanessa miró a Rogelio, buscando salvación.
—¡Papi! ¡Di algo! ¡Defiéndeme!
Rogelio miró a su madre. Miró a su esposa. Miró a Alma. Y finalmente miró a Vanessa. Vio el maquillaje corrido, la vulgaridad, la maldad. Y vio que el barco se hundía.
—Haz lo que dice mi mamá, Vanessa —murmuró Rogelio—. No puedo ir contra ella.
El grito de Vanessa fue agudo, inhumano.
—¡Son unos malditos! ¡Los odio! ¡Me las van a pagar!
—Guarda tus amenazas para alguien que le importen —dijo Clemencia, dándose la vuelta—. Ahora, retírate. Me estás quitando el oxígeno.
Vanessa salió corriendo de la sala, llorando de rabia, subiendo las escaleras para encerrarse en su cuarto. Se escucharon portazos y cosas rompiéndose.
La Nueva Alianza
En la sala, el ambiente cambió. Se sentía como si hubieran abierto todas las ventanas después de un incendio.
Doña Clemencia se sentó de nuevo, visiblemente cansada por el esfuerzo, pero satisfecha.
—Alma, tráeme otro café, por favor. Se me enfrió este con tanto drama.
—Sí, señora —dijo Alma, sonriendo.
—Y Alma… —añadió Clemencia—. Mañana hablaremos de tu futuro. No vas a seguir limpiando pisos toda tu vida. Tienes cabeza y tienes corazón. Vamos a ver qué hacemos contigo. Quizás la universidad.
Alma sintió que las piernas le flaqueaban. ¿Universidad? ¿Su sueño imposible?
—Gracias, señora… muchas gracias.
Clemencia miró a Adriana.
—Y tú, mija. Sécate esas lágrimas. Mañana vamos al salón de belleza. Te vas a cortar el pelo, te vas a comprar ropa nueva y vas a recuperar tu dignidad. Y tú, Rogelio… —miró a su hijo con severidad—. Tú vas a dormir en el cuarto de huéspedes hasta que tu esposa decida si te perdona o te manda al diablo. Y si te manda al diablo, te vas tú, no ella. ¿Entendido?
—Sí, mamá —dijo Rogelio, humillado.
Parecía el final. Parecía la victoria.
Pero arriba, en la habitación llena de maletas de marca y ropa tirada, Vanessa no estaba haciendo las maletas para irse pacíficamente.
Estaba hablando por teléfono, con los ojos inyectados en sangre y una navaja en la mano rasgando las fotos familiares que había robado.
—¿Bueno? ¿El Brayan? —su voz era un susurro psicótico—. Cambio de planes. Ya no quiero solo un susto. Quiero que quemes la casa. Sí. Con todos adentro. Si no es mía, no es de nadie. Mañana en la noche. Prepárate.
La Generala había ganado la batalla legal y moral, pero Vanessa estaba dispuesta a jugar sucio, muy sucio. La guerra estaba a punto de convertirse en un infierno literal.
CAPÍTULO 7: LA VENGANZA DE LA REINA DESTRONADA
El domingo amaneció en Las Lomas con una pesadez extraña en el aire, como si el cielo mismo estuviera conteniendo la respiración. Dentro de la mansión De la Vega, el reloj marcaba las horas hacia el plazo final. El ultimátum de Doña Clemencia colgaba sobre la cabeza de Vanessa como una guillotina afilada: tenía hasta las 12 del mediodía para desaparecer, o la policía se encargaría de ella.
Desde la habitación de huéspedes —que Vanessa había ocupado como su trinchera final— se escuchaban ruidos violentos. No era el sonido ordenado de alguien empacando maletas; era el sonido de la furia. Objetos rompiéndose, cajones siendo arrancados, tacones golpeando el suelo.
Abajo, en la cocina, el ambiente oscilaba entre el alivio y el nerviosismo.
—Ya se va —susurró Mari, removiendo la olla de los frijoles refritos para el desayuno—. Bendito sea Dios y la Virgen de Zapopan. Ya se va la plaga.
Alma, que estaba picando cebolla, no sonrió. Tenía un nudo en el estómago que no se le quitaba ni con té de manzanilla.
—No bajen la guardia —advirtió Alma—. Las víboras son más peligrosas cuando las pisan. Tiran la mordida final aunque ya no tengan veneno.
El Desfile de la Vergüenza
A las 11:45 AM, la puerta de la habitación de Vanessa se abrió de golpe.
Doña Clemencia, Rogelio, Adriana y los niños esperaban en el vestíbulo. Querían ser testigos. Necesitaban verla salir para creer que la pesadilla había terminado.
Vanessa apareció en lo alto de la escalera. Se veía devastada, pero intentaba mantener una fachada de dignidad que ya nadie compraba. Llevaba unas gafas de sol enormes para ocultar los ojos hinchados por el llanto y la falta de sueño. Arrastraba dos maletas gigantescas de marca Louis Vuitton, tan pesadas que raspaban los escalones de mármol con un sonido chirriante que daba dentera.
—¡No me ayuden! —gritó cuando uno de los mozos hizo el amago de acercarse—. ¡No quiero que nadie de esta casa asquerosa toque mis cosas!
Bajó los escalones con dificultad, tropezando con sus propias plataformas. Cada paso era una humillación. No había chofer esperándola. No había camioneta blindada. Había un Uber X, un sedán gris y modesto, esperando afuera del portón. La caída de estatus era brutal.
Al llegar al vestíbulo, se detuvo frente a Rogelio.
—Eres un poco hombre —le escupió—. Un cobarde que se esconde detrás de las faldas de su mamá. Me das lástima, Rogelio. Ojalá te pudras con tu esposa aburrida.
Rogelio, por primera vez, la miró sin el filtro del deseo. Vio las arrugas de amargura alrededor de su boca, la vulgaridad de sus gestos.
—Adiós, Vanessa. Que te vaya bien.
—¡No me va a ir bien, me va a ir excelente! —chilló ella—. ¡Voy a encontrar a alguien más rico, más guapo y menos idiota que tú!
Luego se giró hacia Adriana.
—Y tú… disfruta las sobras. Porque eso es lo que te dejo. Un hombre usado y una casa que siempre olerá a mi perfume.
Adriana, con su nuevo corte de cabello y una postura erguida, la miró con calma.
—El perfume se va con cloro y ventanas abiertas, Vanessa. Pero la dignidad, una vez que la pierdes como tú, no regresa nunca.
Vanessa soltó un bufido de rabia.
—¡Váyanse al diablo todos!
Se dio la vuelta bruscamente hacia la puerta. Pero el destino tenía preparada una última broma cruel. En su prisa y furia, el tacón de su zapato se atoró en el borde de la alfombra persa. Vanessa trastabilló, agitó los brazos como un espantapájaros en un huracán y cayó de rodillas.
El movimiento brusco hizo que su peluca —una cabellera larga, rubia y costosa— se deslizara hacia un lado, revelando una malla negra y su cabello natural, corto y oscuro, aplastado debajo.
El silencio duró un segundo. Y luego, la risa infantil rompió el protocolo.
Sara y Tomás no pudieron aguantarse. Se taparon la boca, pero las risitas se escaparon.
—¡Se le cayó el pelo! —susurró Tomás.
—¡Es pelona! —rio Sara.
Vanessa se ajustó la peluca frenéticamente, roja de ira y vergüenza. Se levantó como pudo, agarró sus maletas y salió corriendo hacia la puerta, huyendo de las risas, huyendo de la mirada severa de Doña Clemencia, huyendo de la mirada compasiva de Alma.
Cuando el Uber arrancó y se perdió calle abajo, un suspiro colectivo recorrió la mansión. Fue como si hubieran sacado una bolsa de basura que llevaba días apestando.
—Se acabó —dijo Rogelio, dejándose caer en una silla.
—No —corrigió Doña Clemencia, golpeando el suelo con su bastón—. Apenas empieza la limpieza. Mari, trae cloro, salvia y agua bendita. Vamos a limpiar esta casa de malas vibras.
La Calma Engañosa
El resto del domingo fue una celebración silenciosa. Comieron en familia. Rogelio pidió perdón, torpemente, pero lo hizo. Adriana aceptó escucharlo, aunque dejó claro que el camino a la reconciliación sería largo. Alma fue invitada a sentarse a la mesa por insistencia de Doña Clemencia, algo inaudito en los círculos de la alta sociedad mexicana, pero que en esa casa se sentía correcto.
—A tu salud, Anselmo —brindó Doña Clemencia, alzando su copa hacia Alma—. Donde quiera que estés, tu hija está a salvo.
La noche cayó.
Alma se quedó en la casa. Doña Clemencia le había pedido que no regresara a Ecatepec tan tarde y le asignaron una habitación de huéspedes (una real, no el cuarto de servicio).
Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.
A las 2:00 de la madrugada, la mansión dormía.
Afuera, el viento movía las ramas de los árboles, creando sombras danzantes.
En la caseta de vigilancia, Don Chucho estaba cabeceando. Había bebido un café que le regaló un repartidor de comida que pasó más temprano. No sabía que el café tenía pastillas para dormir. Ahora roncaba profundamente sobre su escritorio.
Una sombra saltó la barda perimetral. Luego otra.
Eran dos hombres. Uno alto y flaco, con tatuajes en el cuello y una sudadera con capucha. Era “El Brayan”. El otro era “El Tuercas”, su cómplice.
Llevaban garrafas de gasolina y una instrucción clara de Vanessa: “Que les duela. Quema la cocina, quema la sala. Que salgan corriendo como ratas”.
Vanessa no quería matarlos (o eso se decía a sí misma para calmar su conciencia), solo quería destruir su santuario, arruinar su paz, hacerles sentir el miedo que ella sentía. Pero el fuego es una bestia que no obedece órdenes.
El Infierno se Desata
Alma tenía el sueño ligero. Años de vivir en un barrio peligroso le habían enseñado a despertar con el crujido de una rama.
Estaba soñando con su padre cuando un olor la despertó.
No era olor a comida. Era un olor químico, acre. Gasolina.
Abrió los ojos en la oscuridad. Su corazón se aceleró.
Se levantó descalza y abrió la puerta de su habitación. El pasillo estaba en silencio, pero el olor era más fuerte. Bajó las escaleras sigilosamente, como un gato.
Al llegar a la planta baja, vio un resplandor anaranjado que venía de la cocina. Y escuchó voces susurradas.
—¡Échale más ahí, güey! ¡En las cortinas! —decía una voz rasposa.
—¡Ya vámonos, pinche Brayan, ya prendió! —decía otra.
Alma se congeló. Intrusos. Fuego.
Su primer instinto fue gritar, pero sabía que eso alertaría a los hombres y podrían subir a buscar a la familia. Tenía que actuar rápido.
Corrió hacia la alarma de incendios del pasillo y la activó.
El sonido fue ensordecedor. ¡WEEE-OOO! ¡WEEE-OOO!
En la cocina, los delincuentes se asustaron.
—¡La alarma! ¡Vámonos!
El fuego, alimentado por la gasolina y las cortinas de seda, creció con una velocidad aterradora. En segundos, las llamas lamían el techo de la cocina y empezaban a devorar el marco de madera de la entrada al comedor.
Alma no corrió hacia la salida. Corrió hacia arriba.
—¡Fuego! ¡Despierten! ¡Señora Adriana! ¡Niños!
Rogelio salió de su cuarto en ropa interior, desorientado.
—¿Qué pasa?
—¡Fuego, señor! ¡Saque a su madre! ¡Rápido!
El humo empezaba a subir por la escalera como una serpiente negra y asfixiante.
Adriana salió del cuarto de los niños, arrastrando a Tomás y cargando a Sara, que lloraba aterrorizada.
—¡Abajo! ¡Hay que bajar! —gritó Adriana.
Pero la escalera principal ya no era una opción. El fuego había alcanzado el vestíbulo. Las llamas bloqueaban la salida principal. El calor era insoportable.
—¡Estamos atrapados! —gritó Rogelio, entrando en pánico.
—¡Por la terraza! —ordenó Alma. Su voz cortó el caos—. ¡La habitación de la señora Clemencia tiene balcón que da al jardín trasero!
Corrieron hacia la habitación de la abuela. Doña Clemencia estaba despierta, sentada en la cama, tosiendo por el humo, pero tranquila.
—¿Qué alboroto es este? —preguntó.
—¡Hay que salir, señora! —Alma la cargó. A pesar de ser delgada, Alma tenía la fuerza de quien ha cargado cubetas de agua toda su vida. Levantó a la anciana como si fuera una pluma.
Llegaron al balcón. Estaban en el segundo piso. Abajo estaba el césped, pero la caída era de tres metros.
—¡Yo no puedo saltar! —gritó Rogelio, mirando hacia abajo.
—¡No sea cobarde, Rogelio! —le gritó Alma—. ¡Baje primero y reciba a los niños!
Rogelio, avergonzado por la sirvienta, se colgó del barandal y se dejó caer. Cayó mal, torciéndose el tobillo, pero se levantó.
—¡Aviéntenlos!
Adriana bajó a Sara. Rogelio la atrapó. Luego a Tomás.
Luego Adriana saltó.
Solo quedaban Alma y Doña Clemencia.
El humo ya llenaba la habitación. Las llamas empezaban a consumir la puerta.
—Déjame aquí, hija —dijo Clemencia, tosiendo—. Soy vieja. Tú sálvate.
—Ni lo piense —dijo Alma.
Alma buscó sábanas. Las amarró con nudos rápidos y fuertes de marinero (algo que le enseñó su padre). Ató un extremo al barandal de hierro forjado y el otro alrededor de la cintura de Doña Clemencia.
—La voy a bajar despacio, señora. Agárrese fuerte.
Con una fuerza sobrehumana, alimentada por la adrenalina, Alma fue bajando a la matriarca poco a poco hasta que Rogelio pudo alcanzar sus piernas.
—¡Ya la tengo! —gritó Rogelio.
Alma soltó la sábana. Estaba a punto de saltar cuando escuchó un ruido detrás de ella.
El Brayan.
No habían huido. Al escuchar la alarma, El Brayan, drogado y violento, había decidido subir para ver “qué se podía robar” antes de irse. Estaba en la puerta de la habitación, con un pañuelo en la cara y una navaja en la mano.
El fuego iluminaba su silueta.
—¿A dónde vas, chula? —dijo El Brayan, tosiendo—. Tu patrona me debe un trabajo.
Alma estaba acorralada en el balcón. Abajo, la familia gritaba.
—¡Alma! ¡Salta!
El Brayan avanzó. Alma miró la navaja. Miró el fuego que ya devoraba las cortinas. Miró hacia abajo.
No tenía armas. Solo tenía su fe y una lámpara pesada de bronce que estaba en una mesita del balcón.
—No te acerques —advirtió Alma. Su voz no temblaba.
—¿O qué? —El Brayan se lanzó hacia ella.
Alma no retrocedió. Esquivó el navajazo con un movimiento rápido de barrio, agarró la lámpara de bronce y, con toda la fuerza de su alma y la memoria de su padre, se la estrelló en la cabeza al intruso.
¡C R A C K!
El Brayan cayó seco al suelo, inconsciente.
Alma no esperó a ver si se levantaba. Se trepó al barandal y saltó.
Cayó sobre el pasto, rodando para amortiguar el golpe. Sintió un dolor agudo en el hombro, pero estaba viva.
Doña Adriana corrió hacia ella y la abrazó.
—¡Alma! ¡Alma! ¿Estás bien?
Las sirenas de los bomberos y la policía se escuchaban a lo lejos, acercándose como música celestial.
Las Cenizas de la Verdad
Una hora después, el incendio estaba controlado. La cocina y la sala estaban destruidas, negras y humeantes, pero la estructura de la casa se había salvado. Y lo más importante: todos estaban vivos.
La policía sacó a El Brayan y a El Tuercas esposados. El Brayan, aturdido por el golpe y con sangre en la cabeza, cantó como un canario en cuanto vio a los oficiales.
—¡Fue la vieja! —gritó El Brayan mientras lo subían a la patrulla—. ¡La tal Vanessa! ¡Ella nos pagó! ¡Ella nos dijo que quemáramos la casa! ¡Tengo los mensajes en el celular!
Rogelio escuchó eso y se puso blanco. Adriana se llevó las manos a la boca. Doña Clemencia, sentada en una silla de jardín con una manta térmica encima, cerró los ojos y asintió.
—Maldad pura —murmuró la abuela—. Gracias a Dios que ya no es parte de esta familia.
El comandante de policía se acercó a Rogelio.
—Señor De la Vega, con esta confesión y la evidencia en el teléfono del sujeto, tenemos suficiente para emitir una orden de aprehensión inmediata contra la señora Vanessa. Es tentativa de homicidio calificado y daño en propiedad ajena. Se va a ir a la cárcel por muchos años.
Rogelio miró las ruinas de su sala. Miró a su esposa y a sus hijos, sucios de hollín pero abrazados.
—Hagan lo que tengan que hacer, oficial. Que pague.
Alma estaba sentada en el pasto, siendo atendida por un paramédico que le revisaba el hombro dislocado. Sara y Tomás no se separaban de ella.
—Eres una superheroína, Alma —dijo Tomás, mirándola con adoración absoluta.
—Le diste con la lámpara —dijo Sara, imitando el gesto—. ¡Pum!
Alma sonrió, aunque le dolía el cuerpo.
—No soy héroe, niños. Solo soy alguien que cuida lo que ama.
Doña Clemencia se acercó a Alma, apoyándose en Adriana.
—Alma —dijo la anciana.
Alma intentó levantarse, pero Clemencia la detuvo.
—Quédate ahí, hija. Hoy has salvado mi vida por segunda vez. Primero mi alma, al traerme la memoria de tu padre, y ahora mi cuerpo.
La anciana se quitó un anillo de su dedo. Un anillo antiguo, con un rubí familiar.
—Esto no es un pago —dijo, poniéndolo en la mano sana de Alma—. Es una promesa. A partir de hoy, tu vida cambia. Ya no vas a limpiar pisos, Alma. Vas a estudiar. Vas a ser lo que tú quieras ser. Y esta familia va a estar contigo, así como tú estuviste con nosotros en el fuego.
Alma miró el anillo, luego miró las estrellas que brillaban sobre el humo de la mansión.
—Gracias —susurró—. Papá, espero que estés viendo esto.
La Caída Final
A kilómetros de distancia, en un hotel barato cerca del aeropuerto, Vanessa esperaba noticias. Estaba nerviosa, bebiendo tequila de la botella.
Esperaba ver en las noticias “Incendio trágico en mansión de Las Lomas”.
En su lugar, vio luces azules y rojas reflejándose en la ventana de su habitación.
Golpes en la puerta.
—¡Policía Federal! ¡Abra la puerta!
Vanessa corrió al baño, intentando escapar por la ventanita, pero era demasiado pequeña.
La puerta se rompió. Los oficiales entraron con armas desenfundadas.
—¡Vanessa R., queda detenida por autoría intelectual de intento de homicidio!
Mientras la esposaban y la sacaban a la fuerza, Vanessa gritaba y pataleaba, perdiendo la peluca, perdiendo el zapato, perdiendo la dignidad.
—¡Soy inocente! ¡Soy la señora De la Vega! ¡Suéltenme!
Pero nadie la escuchó. La “Reina” había caído, y esta vez, no había trono de oro esperándola, solo una celda fría de concreto y muchos años para pensar en cómo el orgullo precede a la caída.
CAPÍTULO 8: LAS CENIZAS QUE SE HICIERON JARDÍN
El amanecer después del incendio trajo consigo una luz diferente. No era solo el sol saliendo por el este; era la claridad que llega después de una tormenta devastadora. La mansión De la Vega, aunque herida por el fuego en su planta baja, seguía en pie. Las paredes chamuscadas y el olor a humo eran cicatrices visibles, pero extrañamente, la casa se sentía más sólida que nunca. Porque lo que se había quemado era lo superficial: las cortinas de seda, los muebles ostentosos, la vanidad. Lo que había quedado intacto eran los cimientos y, por primera vez en años, el amor.
Doña Clemencia tomó el mando de la reconstrucción, no solo de la casa, sino de la familia. Se instaló en un hotel cercano mientras duraban las reparaciones, y se llevó a todos con ella: a Rogelio, a Adriana, a los niños y, por supuesto, a Alma.
—Nadie se queda atrás —sentenció la matriarca.
La Justicia Terrenal
El proceso legal contra Vanessa fue rápido y brutal. Las pruebas en el celular de “El Brayan” eran irrefutables: mensajes de voz, transferencias bancarias y amenazas explícitas. Vanessa, acostumbrada a manipular hombres débiles, intentó seducir al juez, llorar ante el jurado y fingir locura. Pero nada funcionó.
El día de la sentencia, Alma y Adriana asistieron al juzgado. No por venganza, sino por cierre.
Vieron entrar a Vanessa. Ya no era la mujer glamorosa de Las Lomas. Llevaba el uniforme beige del reclusorio, sin maquillaje, con el cabello corto y descuidado, y una expresión de amargura que le había envejecido diez años en dos meses.
Cuando el juez dictó la sentencia —veinticinco años de prisión sin derecho a fianza por tentativa de homicidio calificado y asociación delictuosa— Vanessa no gritó. Simplemente se desplomó en la silla, mirando al vacío.
Al salir de la sala, sus miradas se cruzaron. Vanessa miró a Alma con odio, pero luego, ese odio se transformó en algo más triste: envidia. Envidia de la paz que Alma irradiaba, una paz que Vanessa, con todo su dinero y belleza artificial, nunca había logrado comprar.
—Que Dios la perdone —susurró Alma mientras la llevaban esposada—. Porque va a necesitar mucho perdón para sobrevivir ahí adentro.
Adriana tomó la mano de Alma.
—Ya pasó. El monstruo ya no está debajo de la cama. Ahora está tras las rejas. Vámonos a casa.
La Reconstrucción del Alma
Seis meses después, la mansión De la Vega estaba lista. Pero no era la misma casa.
Doña Adriana había dirigido la remodelación. Adiós al mármol frío y a los muebles dorados e incómodos que tanto le gustaban a Vanessa. La casa ahora tenía pisos de madera cálida, ventanales que dejaban entrar la luz natural, y colores suaves: cremas, azules, verdes.
El “Trono de la Patrona”, aquel sillón maldito, había terminado en la basura el día después del incendio. En su lugar, había un sofá grande, suave y resistente, donde cabían todos: los niños, los papás, la abuela y hasta el perro que acababan de adoptar.
Rogelio había cambiado. El susto de casi perder a su familia y la vergüenza pública del escándalo de Vanessa lo habían humillado profundamente. Pero la humillación fue su medicina. Doña Clemencia le había puesto una condición para no desheredarlo: terapia psicológica y trabajo real.
Ahora, Rogelio no solo firmaba cheques. Iba a las obras, se ensuciaba las botas, hablaba con los albañiles (recordando con respeto al padre de Alma) y llegaba a casa temprano para cenar.
Adriana y él dormían en habitaciones separadas al principio. La confianza es un vaso que, una vez roto, tarda en pegarse. Pero Rogelio la cortejaba de nuevo. No con joyas caras, sino con detalles: flores del jardín, escucharla cuando hablaba, ir a los partidos de fútbol de Tomás. Poco a poco, el hielo se derretía.
El Vuelo de Alma
Pero el cambio más grande fue para Alma.
Doña Clemencia cumplió su palabra. Alma dejó el uniforme de empleada doméstica para siempre.
—Tienes manos para curar, no solo para limpiar —le había dicho la abuela.
Alma se inscribió en la Universidad Nacional para estudiar Enfermería. Era la mayor de su clase, pero también la más dedicada. Devoraba los libros con hambre atrasada.
Los fines de semana, seguía visitando la casa De la Vega. No para trabajar, sino como invitada de honor. Ayudaba a Sara con sus tareas (ahora Sara era la mejor de su clase en matemáticas) y platicaba horas con Doña Clemencia en el jardín.
Un domingo por la tarde, en el jardín recién florecido, se celebró una pequeña fiesta. Era el cumpleaños de Alma.
Había pastel, globos y risas.
Tomás, que ya había dado el estirón, le entregó un regalo envuelto torpemente.
—Es de todos —dijo el niño, sonrojado.
Alma abrió la caja. Adentro había un estetoscopio profesional, grabado con su nombre: Lic. Alma Morales.
Alma lloró. Lloró de esa manera bonita que limpia el alma, rodeada de la gente que alguna vez fueron sus patrones y ahora eran su familia.
—Gracias —dijo con la voz entrecortada—. Nunca pensé que la vida pudiera ser tan buena.
—La vida es lo que uno hace de ella, hija —dijo Doña Clemencia, dándole palmaditas en la mano—. Tú sembraste bondad en tierra seca, y mira el jardín que creció.
Epílogo: Un Año Después
La escena final ocurre un año después del incendio.
Es Navidad. La casa está decorada con luces cálidas y un árbol enorme lleno de esferas que los niños hicieron a mano.
Rogelio y Adriana están en la cocina, cocinando juntos. Se ríen porque a Rogelio se le quemó un poco el pavo. Se besan, un beso tierno, de compañeros de vida que han sobrevivido a la guerra.
El timbre suena.
Es Alma. Viene vestida con su uniforme blanco de enfermera, radiante. Acaba de terminar sus prácticas en el Hospital General.
—¡Alma! —gritan los niños y corren a abrazarla.
Cenan todos juntos. La mesa es larga y abundante. No hay teléfonos celulares en la mesa. No hay gritos. Solo hay historias, bromas y gratitud.
Al final de la noche, Alma sale al balcón (el mismo balcón desde donde saltó para salvar su vida). Mira hacia el cielo estrellado de la Ciudad de México.
Saca de su bolsillo una foto vieja y arrugada de su padre, Anselmo.
—Lo logramos, papá —susurra al viento—. No solo sobrevivimos. Vivimos. Y tenías razón: la cabeza siempre en alto, para ver el cielo.
Desde adentro, la voz de Sara la llama:
—¡Alma, ven! ¡Vamos a romper la piñata!
Alma guarda la foto cerca de su corazón, sonríe y entra de nuevo al calor del hogar.
La cámara se aleja, mostrando la casa iluminada en la colina. Ya no es el “Palacio de las Mentiras”. Ahora es un faro. Y aunque la noche sea oscura afuera, adentro, la luz es invencible.
FIN