
PARTE 1
Capítulo 1: El precio de un error
El sonido de la porcelana rompiéndose contra el suelo de mármol resonó como un disparo en el silencio sepulcral de la Villa Vargas. Sentí cómo el té caliente me salpicaba las piernas a través del uniforme, pero el ardor en mi piel no era nada comparado con el frío que me recorrió la espalda al levantar la vista.
Ahí estaba ella. Camila Sánchez, la prometida del señor Alejandro, mirándome desde su trono en el sofá de diseño como si yo fuera una cucaracha que acababa de ensuciar su palacio en una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México.
—¿Estás estúpida o qué te pasa, niña? —su voz era un latigazo, aguda y cargada de un veneno que solo la gente con demasiado dinero y poca empatía sabe usar—. ¡Mis Ferragamo! ¿Tienes idea de lo que cuestan estos zapatos, gata igualada?
Yo temblaba. Mis manos, acostumbradas al trabajo duro desde que era niña en Veracruz, no dejaban de sacudirse mientras sostenía la bandeja vacía.
—Perdón, señora Camila, de verdad, se me resbaló, yo… —intenté explicar, con la voz hecha un nudo en la garganta. Sabía que mis excusas no valían nada aquí.
Camila se levantó de un salto, su vestido de seda Versace ondeando como una bandera de guerra. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio, su perfume caro y empalagoso llenándome la nariz.
—¿Perdón? ¡Tu perdón no paga ni la suela de mis zapatos! Eres una inútil, una resentida social que lo hizo a propósito por envidia. ¡Mírate! Das asco.
Miré de reojo a Doña Sofía, la ama de llaves, que estaba en un rincón apretando las manos con impotencia. Ella había visto cómo Camila había movido el pie a propósito para hacerme tropezar, pero nadie en esta casa se atrevía a contradecir a la futura señora Vargas. Su poder era absoluto, basado en el miedo y la manipulación.
—¡Al suelo! —ordenó Camila, señalando el charco de té y porcelana rota—. ¡Arrodíllate y límpialo con las manos! Quiero que sientas lo que es tu lugar.
Me mordí el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Pensé en mi mamá, allá en el pueblo, esperando mi envío para sus medicinas. Pensé en mi hermanita y su colegiatura. No podía darme el lujo de tener dignidad.
Lentamente, mis rodillas tocaron el suelo frío y húmedo. Saqué el paño blanco de mi delantal y empecé a recoger los fragmentos, cortándome las yemas de los dedos sin emitir sonido. Luego, con una humillación que me quemaba las entrañas, empecé a limpiar la punta de sus zapatos.
De repente, sentí una patada en el hombro. No fue fuerte, pero fue el golpe final a mi orgullo. Caí de costado sobre el té derramado.
—¡Limpia bien, inútil! —gruñó ella—. No quiero que quede ni rastro de tu incompetencia, ni de ese olor a pobreza que traes.
Las lágrimas me nublaron la vista. Quería gritar, quería levantarme y salir corriendo de esa mansión que olía a mentiras, pero estaba atrapada.
En ese momento, escuché pasos pesados. El señor Alejandro entró en la sala. Era un hombre guapo, de esos que salen en las revistas de negocios, pero sus ojos azules siempre estaban apagados, cargados de una tristeza profunda que arrastraba desde la muerte de su primera esposa hace dos años.
Al verlo, la transformación de Camila fue instantánea, digna de una actriz de telenovela. La furia desapareció y en su lugar apareció una fragilidad ensayada. Corrió hacia él, lloriqueando.
—¡Mi amor! —gimió, abrazándose a él—. ¡Mira lo que me hizo esta salvaje! Arruinó mis zapatos favoritos justo antes de la boda. ¡Tengo miedo, Alejandro! Es un mal presagio.
Alejandro miró la escena: yo en el suelo, humillada, y su prometida fingiendo ser la víctima. Suspiró con un cansancio infinito. Se notaba que odiaba el drama, que solo quería paz, aunque fuera una paz falsa.
—Ya, Camila, son solo zapatos. Te compraré otros diez pares, no hagas un escándalo —dijo él, frotándose las sienes.
Luego, me miró. Su mirada no tenía odio, pero era peor: era indiferencia total. Para él, yo no era una persona, era un problema menor que le causaba dolor de cabeza.
—Luna, recoge tus cosas y vete. Estás despedida. No quiero más problemas en esta casa antes de mi boda.
Sus palabras fueron como un balde de agua helada. ¿Despedida? ¿Así nada más? Sin preguntar, sin escuchar.
—Sí, señor —logré susurrar.
Me levanté como pude, con el uniforme manchado y el alma rota. Salí de la sala arrastrando los pies, sintiendo la mirada triunfal de Camila clavada en mi espalda. Había perdido mi trabajo, mi sustento, por el capricho de una mujer cruel.
Capítulo 2: La confesión del diablo
Caminaba por el largo pasillo de servicio hacia la salida trasera, con mi modesta bolsa de tela al hombro y el finiquito miserable que me había dado Doña Sofía en el bolsillo. Sentía una mezcla de rabia y desesperación. ¿Qué le iba a decir a mi mamá? ¿Cómo íbamos a pagar la renta este mes?
Mis pasos resonaban en el silencio de la mansión. Estaba a punto de pasar frente a la pequeña biblioteca de la planta baja, un lugar que el señor Alejandro casi nunca usaba, cuando escuché una voz. Me detuve en seco.
Era Camila. Pero no la Camila llorona que hablaba con Alejandro, ni la Camila gritona que me hablaba a mí. Era una voz fría, calculadora, que hablaba rápido en un español cortante.
La puerta estaba entreabierta unos centímetros. Me pegué a la pared, conteniendo la respiración, sabiendo que si me descubrían, me iría mucho peor que solo despedida.
—…Sí, sigue enamorado de mí como un imbécil —decía, y luego soltó una risita que me puso la piel de gallina—. No te preocupes por eso. El viejo está tan hundido en su depresión que no ve más allá de sus narices. Es fácil de manipular.
Mi corazón empezó a latir con fuerza contra mis costillas. ¿De quién hablaba? ¿Del señor Alejandro?
—Tranquilo. Después de la luna de miel, será historia. Igual que la mustia de Helena.
Me tapé la boca con ambas manos para ahogar un grito. ¿Helena? ¿La difunta primera esposa del señor Alejandro? Todos decían que había muerto de un ataque al corazón fulminante, una tragedia inexplicable en una mujer tan joven y sana.
—Los papeles de la herencia ya están listos, el abogado los redactó tal como pedí. Solo falta que el idiota los firme esta noche con la excusa de “asegurar nuestro futuro” antes de la boda —continuó Camila, bajando la voz a un susurro conspirador—. Y no te preocupes por la “medicina”. Esta nueva fórmula es indetectable. No deja rastro en la autopsia. Unas gotitas más en su café de la mañana y dormirá en paz para siempre.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No era un matrimonio por interés. Era un asesinato planeado. Camila ya había matado a la señora Elena y ahora iba por Alejandro, el hombre que la adoraba ciegamente y que me acababa de echar a la calle.
Escuché que Camila se movía hacia la puerta. El pánico se apoderó de mí. Di la vuelta y corrí de puntitas hacia la cocina, tan rápido como mis piernas temblorosas me lo permitieron.
Choqué de frente con Rosa, una de las pocas amigas que tenía en esa casa, que estaba secando unos platos.
—¡Híjole, Luna! ¿Qué te pasa? Estás blanca como un papel. ¿Viste un fantasma o qué? —me preguntó, sosteniéndome por los brazos.
La arrastré hasta la despensa, el lugar más seguro que se me ocurrió.
—Rosa, tienes que creerme —le susurré, con las lágrimas brotando de mis ojos—. La escuché. Escuché a Camila.
—¿A la bruja? ¿Qué dijo ahora esa gandalla?
—No, Rosa, es peor. La escuché hablando por teléfono. Dijo… dijo que ella mató a la señora Elena. Que le dio algo. Y que le va a hacer lo mismo al señor Alejandro después de la boda para quedarse con toda la herencia.
Los ojos de Rosa se abrieron como platos. Me soltó y se persignó rápidamente.
—¡Virgen Santísima! Luna, ¿estás segura de lo que dices? Eso es muy grave. Si te escucha alguien…
—¡Te juro por mi madre que es verdad! Habló de una “medicina” que no deja rastro. Rosa, van a matarlo. El señor Alejandro es un buen hombre, está triste, no se merece esto.
Rosa me miró con terror. Ella también era pobre, también tenía familia que dependía de ella. El miedo a los poderosos es algo que traemos en la sangre.
—Luna, escúchame bien —me dijo, tomándome las manos con fuerza—. Olvida lo que escuchaste. Vete a tu casa. Esa mujer es el diablo. Si se entera que sabes algo, no se va a tentar el corazón. Te va a desaparecer a ti y a tu familia. Los ricos tienen formas de hacer que la gente como nosotros deje de existir. ¡No te metas!
Rosa tenía razón. Era lo más sensato. Irme, esconderme, proteger a los míos. Pero esa noche, en mi cuartito húmedo de la pensión en la colonia Doctores, no pude pegar el ojo.
La imagen del señor Alejandro, con su mirada triste y cansada, me perseguía. Me había tratado mal, sí, pero porque estaba cegado por el dolor y por esa mujer. No podía dejar que lo mataran como a un perro. Mi conciencia no me lo permitiría. Aunque me costara la vida, tenía que hacer algo. Tenía que encontrar pruebas.
PARTE 2
Capítulo 3: La habitación prohibida
Esa misma noche, tomé la decisión más estúpida y valiente de mi vida. Regresé a la Villa Vargas. Sabía que la seguridad era más relajada por la noche y conocía un punto ciego en la reja del jardín trasero, cerca de los rosales que Camila había mandado arrancar porque eran las flores favoritas de la difunta señora Elena.
Me colé como una sombra, con el corazón en la garganta. Mi objetivo era claro: la antigua habitación de la señora Elena. Alejandro la había mantenido cerrada a cal y canto desde su muerte, como un santuario intocable. Si había alguna prueba de lo que Camila había hecho hace dos años, tenía que estar ahí.
Subí las escaleras de servicio de puntitas, rezándole a todos los santos para que nadie me viera. El pasillo del segundo piso estaba en penumbras. Llegué a la puerta de roble y giré el pomo con cuidado. Estaba sin llave.
Al entrar, el aire olía a encierro, a polvo y a un perfume floral antiguo que me dio nostalgia. Todo estaba intacto: la cama hecha, la ropa en el armario, las fotos de una pareja feliz que ya no existía sobre la cómoda.
Empecé a buscar frenéticamente. Cajones, debajo del colchón, detrás de los cuadros. Nada. Mis manos sudaban. En cualquier momento podía entrar alguien.
Me arrodillé frente al tocador de caoba. Al pasar la mano por detrás, mis dedos tocaron algo frío y metálico atorado entre el mueble y la pared. Tiré con fuerza.
Era una pequeña grabadora de casete antigua y un diario de piel desgastada.
Mis manos temblaban tanto que casi se me cae. Abrí el diario en la última página escrita. La letra era temblorosa, débil, como de alguien que apenas podía sostener la pluma:
“No son vitaminas. Camila me las cambia. Me siento cada día más débil, la cabeza me da vueltas. Tengo miedo, Alejandro. Ella te quiere a ti, quiere todo lo nuestro. Ten cuidado, mi amor. Ella presionó al Dr. Ruiz. Me estoy apagando…”
Sentí un escalofrío terrible. Era la confirmación. La señora Elena sabía que la estaban envenenando.
Tomé la grabadora y presioné ‘play’ con un dedo tembloroso. La cinta chirrió un poco y luego, una voz débil, rota por el llanto y el miedo, llenó el silencio de la habitación:
“Alejandro… es Camila. Ella… ella cambió mis suplementos. Me estoy muriendo, lo sé. Tengo miedo por ti…”
¡Clic!
El sonido de la puerta abriéndose a mis espaldas me paralizó el corazón. La luz del pasillo me golpeó de lleno, cegándome por un segundo.
Rápidamente, me metí la grabadora y el diario dentro del escote del uniforme, sintiendo el metal frío contra mi piel ardiendo.
—¿Qué demonios haces aquí?
La voz de Alejandro era profunda y estaba cargada de una furia gélida. Entró en la habitación y cerró la puerta de un golpe que me hizo saltar. Sus ojos azules, que siempre estaban tristes, ahora echaban chispas.
—Te despedí esta tarde. ¿Y te atreves a volver? ¿A entrar en el santuario de mi esposa? —se acercó a mí, su sombra cubriéndome. Yo retrocedí hasta chocar contra la cama.
—Señor Alejandro, por favor, escúcheme… yo… no es lo que parece —balbuceé. Sabía que estaba en problemas graves. Invasión de propiedad privada. Allanamiento. Me podía ir a la cárcel.
—¿No es lo que parece? ¡Te encuentro husmeando como una rata en las cosas de Elena! ¿Qué buscabas? ¿Joyas? ¿Dinero para robar?
—¡No! Señor, por Dios, créame. Vine porque usted está en peligro. La señora Camila… ella no es quien usted cree. Ella…
La puerta se abrió de nuevo y ahí estaba ella. Camila. Parecía un fantasma con su bata de seda blanca, pero sus ojos verdes eran los de una víbora lista para atacar. Había visto mi movimiento al esconder las cosas.
—¡Mi amor! —chilló, corriendo a abrazar a Alejandro y fingiendo un llanto histérico—. ¡Ay, Dios mío! Sentí un ruido y vine corriendo. ¡Mira! Es esa gata otra vez. ¡La vi! ¡La vi saliendo de mi vestidor hace un momento!
Me señaló con un dedo acusador, con lágrimas de cocodrilo rodando por sus mejillas perfectas.
—Se ha robado el collar de perlas de tu madre, el que me regalaste. ¡Sabe que es lo que más valoro en el mundo! ¡Es una ladrona!
—¿Qué? —Alejandro me miró, su furia mezclándose con una decepción profunda—. ¿Es cierto eso, Luna? ¿Caíste tan bajo?
—¡No! ¡Es mentira! Ella miente, señor, ¡ella quiere matarlo! —grité, desesperada.
Pero Camila fue más rápida. Se abalanzó sobre mí como una fiera, fingiendo buscar en los bolsillos de mi delantal.
—¡A ver qué traes ahí, ratera! —gritó mientras forcejeábamos. Yo intentaba proteger mi pecho, donde estaban las pruebas reales.
Y entonces, en un movimiento digno de una maga, Camila sacó de mi propio bolsillo delantal un collar de perlas que brilló bajo la luz.
—¡Aquí está! ¡Lo sabía! ¡Mírala, Alejandro! ¡Mírala con tus propios ojos!
Yo me quedé helada. ¿En qué momento me lo metió? Debió ser cuando me empujó al entrar. Era una trampa perfecta.
Alejandro miró el collar —una reliquia familiar invaluable— en manos de Camila. Luego me miró a mí. La poca duda que podía haber en sus ojos desapareció. Ahora solo había un desprecio frío y absoluto.
—Pensé que eras una buena chica, Luna. Pobre, pero honesta. Me equivoqué —dijo, con una voz que cortaba como hielo—. No solo eres una ladrona, sino que te atreves a inventar calumnias enfermas sobre mi prometida para cubrir tus crímenes.
—¡Señor, le juro que es una trampa! ¡Escuche la grabación, por favor! —supliqué, llevándome la mano al pecho.
—¡Basta! —rugió él—. ¡Largo de mi casa! Si vuelvo a ver tu cara cerca de aquí, te juro que te refundiré en la cárcel. ¡Seguridad!
Dos gorilas de traje negro aparecieron al instante. Me agarraron de los brazos como si fuera un animal peligroso. Me arrastraron escaleras abajo, mientras yo gritaba y pataleaba, intentando desesperadamente que Alejandro me escuchara.
Me sacaron a empujones por la puerta principal y me tiraron a la calle. Estaba lloviendo a cántaros. Caí de rodillas sobre el asfalto mojado, el agua fría empapándome hasta los huesos, mezclándose con mis lágrimas de rabia e impotencia.
La reja de hierro de la Villa Vargas se cerró con un estruendo definitivo frente a mí. Estaba sola, mojada, acusada de robo y con la certeza de que el hombre al que intentaba salvar iba a casarse con su asesina en menos de 24 horas.
Capítulo 4: Contra el reloj y el sistema
Corrí bajo la lluvia hasta mi pensión, aferrándome al diario y la grabadora que, milagrosamente, Camila no había descubierto en el forcejeo. Eran mi único salvavidas.
Llegué a mi cuartito temblando, no solo de frío, sino de terror puro. Conecté la vieja grabadora a la corriente con manos torpes. Volví a escuchar la voz de Elena. Una, dos, tres veces. Cada palabra era un clavo en el ataúd que Camila estaba preparando para Alejandro.
“Ella presionó al Dr. Ruiz…”
El Dr. Ruiz. Ese era el eslabón. El médico de la familia. Si lograba encontrarlo, tal vez podría hacerlo confesar. Pero eran las 3 de la mañana. La boda era a las 10. No tenía tiempo de buscar a un doctor corrupto.
Tenía que ir a la policía. Era mi única opción legal.
Me puse una chamarra seca y salí corriendo de nuevo a la noche lluviosa de la Ciudad de México. La delegación de policía más cercana estaba vacía, con esas luces fluorescentes blancas que te dan dolor de cabeza.
El oficial de guardia era un hombre gordo, con cara de pocos amigos, que estaba cabeceando sobre un escritorio lleno de papeles.
—Quiero denunciar un intento de asesinato —dije, golpeando la grabadora sobre su mesa. Mi voz me temblaba, pero traté de sonar firme.
El policía levantó una ceja, me miró de arriba abajo —mi ropa mojada, mi pelo escurrido— y soltó un bufido.
—A ver, güerita, cálmate. ¿Qué película te montaste ahora?
—No es una película. La señora Camila Sánchez planea matar a su prometido, el señor Alejandro Vargas, mañana después de la boda. Y ya mató a su primera esposa. Tengo pruebas aquí.
Al escuchar los nombres “Camila Sánchez” y “Alejandro Vargas”, el oficial se despertó de golpe. Su expresión cambió de aburrimiento a una burla descarada.
—Ah, caray. ¿Estás acusando a la prometida de uno de los hombres más ricos de México de asesinato? ¿Tú? ¿Una… qué eres? ¿Sirvienta?
—Soy camarera. Y soy una ciudadana que viene a denunciar un crimen. Tiene que escuchar esta cinta. Es la voz de la difunta esposa.
El oficial tomó la grabadora con dos dedos, como si estuviera sucia, le dio una vuelta y la soltó con desdén sobre la mesa.
—Mira, niña. Esto es México. No puedes venir aquí a las 3 de la mañana con un casete viejo a acusar a gente poderosa. ¿Sabes el papeleo que implica esto? Necesitamos verificar la autenticidad de la cinta, identificar las voces, abrir una investigación previa… Eso toma semanas, meses.
—¡Pero la boda es en siete horas! ¡Lo van a matar!
—Si es verdad, ya lo investigaremos cuando haya un cuerpo —dijo, con una frialdad que me dio náuseas—. Ahora vete a dormir la mona y deja de hacer escándalo, o te encierro por alterar el orden público.
Salí de la delegación con el alma en los pies. El sistema estaba podrido. La justicia no era para gente como yo. Estaba sola. Completamente sola contra el poder y el dinero.
El amanecer llegó pintando el cielo de un gris triste. Miré el reloj. Las 8 de la mañana. En dos horas, Alejandro Vargas firmaría su sentencia de muerte en el altar.
Me miré al espejo. Mis ojos estaban hinchados, tenía ojeras profundas. Parecía un fantasma. Pero dentro de mí, el miedo había dado paso a una determinación feroz. Si la ley no lo iba a proteger, yo lo haría. A mi manera.
Tomé mi celular y llamé a Rosa.
—Rosa, necesito un último favor. Sé que tienes miedo, pero es de vida o muerte. Necesito un uniforme de camarera. Limpio. Déjalo en el callejón detrás de la Catedral de San Miguel antes de las 9:30.
—¡Estás loca, Luna! —chilló Rosa al otro lado—. ¡Te van a matar!
—Tal vez. Pero si no hago nada, él morirá seguro. Por favor, Rosa. Por la memoria de la señora Elena.
Hubo un silencio tenso.
—Está bien, güey. Pero cuídate mucho. Que Diosito te acompañe.
Colgué. Era hora de vestirme para la batalla más importante de mi vida.
Capítulo 5: El asalto a la catedral
A las 9:45, los alrededores de la Catedral de San Miguel eran un desfile de autos de lujo blindados, guardaespaldas con cara de perro y la crema y nata de la sociedad mexicana vestida de gala. Yo me sentía como un ratón intentando colarse en una fiesta de gatos.
Me había puesto el uniforme que Rosa me dejó escondido en un bote de basura. Me trencé el pelo para que no me estorbara y me aseguré de que la grabadora y los viejos audífonos estuvieran bien sujetos dentro de mi sostén, contra mi corazón acelerado.
Intenté entrar por la puerta lateral de servicio, la que usan los floristas y el personal. Pero me topé con una pared humana.
Era “El Zorro”, un tipo que trabajaba para Camila. Un matón con una cicatriz en la ceja y cara de pocos amigos que había visto un par de veces en la villa. Camila no era tonta; sabía que yo podía intentar algo.
—¿A dónde crees que vas, ratoncita? —me dijo, bloqueándome el paso con una sonrisa burlona.
No lo pensé. El miedo me dio alas. Di media vuelta y eché a correr entre los puestos de un mercado callejero cercano, tirando cajas de fruta para bloquearle el paso. Él me perseguía, maldiciendo.
Me metí en una tienda de abarrotes. El dueño, Don José, un viejito que conocía de la colonia, me vio entrar pálida y jadeando.
—¡Escóndame, Don José! ¡Por favor!
Sin hacer preguntas, me empujó detrás del mostrador y me cubrió con unos costales de arroz vacíos. Justo a tiempo. El Zorro entró como un toro embravecido.
—¿Vio a una rubia con uniforme? —le gritó al viejo.
Don José, con una calma impresionante, señaló hacia la puerta trasera.
—Salió hecha la mocha por allá, joven.
El Zorro salió corriendo. Le di las gracias a Don José con la mirada y salí disparada de nuevo hacia la catedral. Ya no podía entrar por la puerta de servicio. Solo me quedaba una opción. La más loca de todas.
Las campanas de la catedral empezaron a sonar. Las 10 en punto. La marcha nupcial empezó a retumbar desde el interior.
Me paré frente a las gigantescas puertas principales de madera tallada. Mis manos sudaban sobre el metal frío de las manijas. Sabía que al abrir esas puertas, mi vida como la conocía se acababa. Iba a ser la loca, la criminal, la vergüenza nacional. Pero la imagen de Alejandro, triste y condenado, me dio la fuerza que necesitaba.
Con un grito ahogado, empujé las puertas con todo el peso de mi cuerpo.
¡BAM!
Las puertas se abrieron de par en par, dejando entrar un torrente de luz solar que cortó la penumbra solemne de la iglesia. La música del órgano se detuvo en seco. Cientos de cabezas se giraron al unísono hacia mí.
Ahí estaba yo. Luna, la camarera de Veracruz, parada en el umbral, con mi uniforme rojo brillante destacando como una mancha de sangre en un mar de trajes negros y vestidos de diseñador.
El silencio era total. Podía sentir las miradas de desprecio, de shock.
Miré hacia el altar. Alejandro estaba ahí, guapísimo en su esmoquin, pero con esa cara de resignación profunda. A su lado, Camila, espectacular en un vestido Vera Wang que debía costar más que mi casa entera.
La cara de Camila al verme fue un poema. Su sonrisa de novia perfecta se transformó en una máscara de odio puro. Se olvidó del protocolo, de la elegancia, de todo.
—¡Seguridad! —gritó con una voz chillona que resonó en toda la iglesia—. ¡Saquen a esa loca de aquí! ¡Es una ladrona! ¡No dejen que se acerque!
Su grito rompió el hechizo. Tres gorilas de seguridad empezaron a correr hacia mí desde los pasillos laterales.
No lo pensé. Corrí.
Corrí por el pasillo central alfombrado de rojo, esquivando a los invitados que se levantaban escandalizados. Corrí con la desesperación de quien se juega la última carta.
—¡Deténganla! —gritaba Camila, bajando del altar para interceptarme.
Pero yo era más rápida. La adrenalina me quemaba las venas. Esquivé la mano de un guardia, salté sobre la cola del vestido de una señora rica y llegué al altar.
Alejandro me miraba con una mezcla de furia y confusión.
—¿Qué demonios haces aquí? —me siseó.
No dije nada. Lo agarré de la muñeca con todas mis fuerzas, clavándole las uñas.
—¡Venga conmigo! —le grité, con la voz rota por el esfuerzo.
Intenté arrastrarlo, pero él era un hombre fuerte y estaba furioso. Se plantó en el suelo y tiró de su brazo para soltarse. El tirón casi me hace caer de boca al suelo.
—¡Suéltame, estás demente! —rugió Alejandro, rojo de ira—. ¿Te atreves a arruinar mi boda? ¡Seguridad!
Los guardias ya estaban sobre nosotros en el altar. Camila venía corriendo, lista para golpearme.
—¡Si no quiere terminar como la señora Elena, venga conmigo ahora! —le grité, mirándolo directo a esos ojos azules atormentados.
Esa frase lo paralizó. “Terminar como la señora Elena”. El nombre de su esposa muerta en medio de su boda. Su resistencia flaqueó por un segundo.
Fue todo lo que necesité. Aproveché su confusión, tiré de su brazo con una fuerza que no sabía que tenía y lo arrastré fuera del altar, corriendo hacia una puerta lateral que daba a la sacristía.
Escuchaba los gritos de Camila detrás de nosotros, los pasos de los guardias, el caos total en la iglesia. Pero no me detuve. Corrimos, conmigo jalándolo y él siguiéndome a tropezones, hasta que cruzamos la puerta lateral y la cerré de un portazo, dejando el escándalo del siglo del otro lado.
Capítulo 6: Cinco segundos de verdad
El silencio en la pequeña sacristía era asfixiante después del caos de la catedral. Alejandro se soltó de mi agarre con un tirón brutal que me mandó de espaldas contra la pared.
—¿Qué carajos te pasa, Luna? —me gritó, su pecho subiendo y bajando por la carrera y la furia—. ¡Acabas de destruir mi vida! Me humillaste frente a toda la ciudad. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Venganza por haberte despedido? ¡Dime!
Yo estaba temblando, sin aliento, con el sudor pegándome el pelo a la frente. No tenía fuerzas para discutir. Sabía que no me creería con palabras.
Con manos temblorosas, metí la mano en mi escote y saqué la vieja grabadora y los audífonos enredados.
—No quiero su dinero, señor —le dije, con la voz entrecortada por las lágrimas que amenazaban con salir—. Solo quiero que siga vivo.
Me acerqué a él, ignorando su mirada asesina que parecía querer fulminarme ahí mismo. Le extendí los audífonos baratos.
—Solo cinco segundos. Se lo suplico. Escuche esto. Si después de escucharlo todavía quiere volver allá afuera y casarse con ella, yo misma desaparezco de su vida para siempre. Me voy de México. Se lo juro por mi madre.
Alejandro miró los audífonos, luego me miró a mí. En mis ojos no había mentira, solo desesperación pura. Algo en mi mirada, o quizás el recuerdo del nombre de Elena, lo hizo dudar.
Con un gesto de rabia e impaciencia, me arrebató los audífonos y se los puso bruscamente.
—Cinco segundos. Y luego te largas al infierno.
Presioné ‘play’.
El chirrido de la cinta vieja llenó el silencio. Y luego, la voz. Esa voz que él conocía mejor que nadie, pero que sonaba tan débil, tan rota.
“Alejandro… es Camila. Ella cambió mis suplementos. Me estoy muriendo… Tengo miedo… Ella quiere todo… Ten cuidado, mi amor… Ella presionó al Dr. Ruiz… Sálvame…”
Vi cómo el color abandonaba el rostro de Alejandro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se quedó petrificado, como una estatua de sal. Su respiración se detuvo.
Pasaron cinco segundos. Diez. Veinte. La cinta terminó en un siseo estático, pero él no se quitaba los audífonos.
Era como ver a un hombre morir por dentro. Todas las piezas del rompecabezas que su mente se había negado a armar durante dos años, de repente encajaron. La muerte repentina de Elena. La “bondad” excesiva de Camila justo después. Su propio cansancio reciente. Las advertencias que yo había intentado darle.
¡BAM!
La puerta de la sacristía se abrió de golpe, golpeando la pared. Camila entró como un huracán, seguida por los dos guardias de seguridad, jadeando.
Ya no parecía una novia. Su peinado estaba deshecho, su cara roja de furia, el vestido blanco arrastrándose por el suelo sucio.
—¡Maldita gata de basurero! —gritó al verme con la grabadora en la mano. Su instinto de supervivencia se activó. Reconoció la grabadora de Elena.
Se lanzó sobre mí con las uñas por delante, lista para desfigurarme la cara.
—¡Te voy a matar!
Cerré los ojos, esperando el golpe. Pero nunca llegó.
Una mano fuerte interceptó la muñeca de Camila en el aire.
Alejandro.
Se había quitado los audífonos. Apretó la muñeca de Camila con tal fuerza que ella soltó un chillido de dolor.
—¡Alejandro! ¡Suéltame! ¿Qué haces? —gritó ella, tratando de zafarse, volviendo a su papel de víctima—. ¡Es una ladrona! ¡Te está lavando el cerebro con mentiras!
Pero Alejandro no la soltó. Giró la cabeza lentamente para mirarla. Ya no había amor en sus ojos. Ni siquiera había la furia caliente de antes. Solo había un vacío helado, una mirada muerta que daba más miedo que cualquier grito.
—Tú… —su voz era un gruñido profundo, gutural—. ¿Qué le hiciste a Elena?
Camila se congeló. El pánico reemplazó a la rabia en sus ojos verdes. Sabía que la había descubierto.
—¿Qué? ¡Yo no hice nada! ¡Es una grabación falsa! ¡Esa estúpida la editó! ¿Le vas a creer a una sirvienta antes que a mí, tu futura esposa?
Alejandro la soltó con un asco profundo, como si hubiera tocado algo podrido. Retrocedió, poniéndose entre ella y yo, protegiéndome con su cuerpo.
Se giró hacia los guardias de seguridad, que miraban la escena sin entender nada.
—Se cancela la boda —dijo Alejandro. Cada palabra fue una sentencia de muerte para los planes de Camila—. Salgan y anuncien que se acabó todo. Echen a todos los invitados. Ahora.
—¡NO! —Camila se tiró al suelo, agarrándose de las piernas de Alejandro, llorando a gritos—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Yo te amo! ¡Yo te salvé de tu depresión! ¡Me lo debes!
Alejandro miró las manos de ella aferradas a su pantalón. Con una frialdad que nunca le había visto, le quitó los dedos uno por uno, con repugnancia.
—Tú no me salvaste. Tú me mataste en vida. Mataste a la única mujer que me amó de verdad y luego intentaste matarme a mí para quedarte con mi dinero.
La empujó lejos de él. Camila quedó tirada en el suelo, un amasijo de seda blanca y desesperación.
Alejandro miró a uno de los guardias. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su voz era firme.
—Llamen a la policía. Y reténganla aquí. Si esta mujer sale de este cuarto antes de que lleguen las autoridades, juro que los destruyo a todos.
Camila soltó un alarido de horror puro. Su mundo de mentiras, lujo y poder se acababa de derrumbar en un segundo, a los pies del altar donde pensaba coronarse reina.
El sonido de las sirenas de policía empezó a escucharse a lo lejos, acercándose rápidamente a la catedral. El juego había terminado.
PARTE 3
Capítulo 7: El asedio en la colonia
El caos que siguió a la cancelación de la boda fue indescriptible. Alejandro estaba en shock, sentado en un banco de piedra bajo la lluvia en el jardín trasero de la iglesia, incapaz de moverse. Tuve que sacarlo de ahí. No podíamos volver a su mansión; ese lugar era territorio enemigo ahora.
Lo llevé a lo único que tenía: mi cuartito en la pensión de Nana Juana, en una de las colonias bravas de la ciudad.
Ver a Alejandro Vargas, el magnate, sentado en mi cama de resortes viejos, envuelto en una cobija que picaba, comiendo sopa de frijoles en un plato de plástico, fue surrealista. Estaba roto. Había perdido a su esposa dos veces: una por la muerte y otra por la verdad.
Pero Camila no se iba a rendir tan fácil. Era una víbora acorralada y todavía tenía veneno.
A la mañana siguiente, el infierno se desató.
—¡Prende la tele, hija! —me gritó Nana Juana, entrando en el cuarto sin aliento.
En las noticias, Camila estaba dando una conferencia de prensa. Lloraba desconsoladamente ante las cámaras, con un aspecto frágil y demacrado.
—Mi prometido, Alejandro, sufre de un brote psicótico desde la muerte de su exesposa —sollozaba—. Esa mujer, Luna Ramírez, es una estafadora profesional, una cazafortunas que se aprovechó de su estado mental. Lo secuestró en plena boda. ¡Les ruego que lo ayuden! ¡Es peligroso!
La pantalla se llenó con mi foto de la identificación, ampliada y borrosa, con titulares rojos que decían: “LA CAMARERA SECUESTRADORA”, “CAZAFORTUNAS ROBA A MILLONARIO EN EL ALTAR”.
Sentí que me faltaba el aire. Estaban volteando todo. Yo era la mala.
—¡Mienten! —grité a la televisión—. ¡Yo lo salvé!
De repente, mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
“Lárgate de México hoy mismo o tu madre y tu hermanita en Veracruz van a tener un ‘accidente’ muy feo. No estamos jugando. Z.”
El Zorro.
Se me cayó el teléfono de las manos. Me derrumbé en el suelo, llorando. Había puesto en peligro a lo que más amaba.
—¡Perdón, perdón! —sollozaba, tapándome la cara.
Sentí una mano en mi hombro. Era Alejandro. Había leído el mensaje. La tristeza en sus ojos había desaparecido, reemplazada por una furia fría y lúcida.
—Esto se acabó —dijo, con una voz que hizo vibrar las paredes de cartón—. No voy a permitir que te hagan daño por mi culpa.
Intentó usar su teléfono para transferir dinero, para contratar seguridad para mi familia. Pero sus cuentas estaban bloqueadas. Camila se había movido rápido con los poderes notariales que él le había firmado ciegamente días antes.
Alejandro Vargas, el millonario, no tenía ni un peso para comprar una recarga telefónica. Golpeó la pared con frustración, haciéndose sangre en los nudillos.
—Soy un inútil —gruñó.
—No —le dije, secándome las lágrimas y poniéndome de pie. El miedo se convirtió en coraje—. No necesitamos su dinero sucio. Tenemos la verdad. Y no estamos solos.
Salí al pasillo y llamé a Rosa. Y Rosa llamó a otros.
En media hora, la calle frente a la pensión estaba llena. No eran policías ni guardaespaldas. Eran las cocineras despedidas de la villa, los jardineros que Camila humilló, Don José el de la tienda, los vecinos de la colonia que sabían quién era yo. Traían palos, piedras, lo que encontraran.
Cuando llegaron los primeros reporteros morbosos y algunos matones pagados por Camila para armar alboroto, se toparon con un muro de gente pobre pero digna.
—¡Aquí no entra nadie! —gritó Don José, blandiendo un bate de béisbol—. ¡A Luna y al señor se les respeta!
Alejandro miraba desde la ventana, incrédulo. Nunca había visto algo así. Gente que no tenía nada, arriesgándose por alguien que lo tenía todo y lo había perdido.
—He sido un ciego toda mi vida —me dijo, mirándome con una intensidad nueva—. Pensé que el poder era el dinero. Pero el verdadero poder es esto. La lealtad.
Se quitó el saco de esmoquin arrugado que llevaba desde ayer y lo tiró a un rincón.
—Consígueme ropa de verdad, Luna. Ropa de trabajo. Se acabó el señorito Vargas. Vamos a pelear.
Capítulo 8: La caída de la reina y un nuevo amanecer
Alejandro, vestido con unos jeans prestados y una camiseta vieja, parecía otro hombre. Ya no había miedo en él.
Teníamos la grabación, pero necesitábamos más. Sabíamos que Camila usaba a un abogado transa y a prestamistas en una oficina de mala muerte en el centro para sus negocios sucios. Ahí debía estar el Zorro, coordinando la campaña en mi contra.
Fuimos para allá. No con abogados, sino con Don José y un par de vecinos fuertes de la colonia.
Fue una batalla campal. Entramos a la fuerza en la oficina. El Zorro estaba ahí, rodeado de computadoras. Cuando vio a Alejandro, sacó una navaja.
Alejandro no se acobardó. Se lanzó contra él. No sabía pelear, pero tenía la rabia de dos años de engaños. Recibió golpes, le cortaron el brazo, pero logró derribar al Zorro. Mientras se daban de golpes en el suelo, yo vi una memoria USB conectada a la computadora principal. La pantalla mostraba correos abiertos con el Dr. Ruiz y transferencias a cuentas en paraísos fiscales.
Agarré la USB justo antes de que llegara la policía, que había sido alertada por el escándalo. Tuvimos que huir por la escalera de incendios, con Alejandro sangrando pero con una sonrisa de triunfo en la cara.
Esa USB fue la clave. Tenía todo: los planes para envenenar a Elena, los sobornos al Dr. Ruiz, el plan para la muerte de Alejandro.
Con esa evidencia, y la presión mediática que ahora empezaba a cambiar de bando gracias a que filtré parte de la información a una periodista honesta, la policía no tuvo opción.
Arrestaron al Dr. Ruiz cuando intentaba huir del país con una maleta llena de efectivo. El cobarde cantó como un canario en cuanto le ofrecieron un trato. Confesó todo e implicó a Camila como la autora intelectual.
La cacería final fue en el aeropuerto.
Camila intentaba abordar un vuelo privado a Europa, disfrazada con peluca y lentes oscuros. Pero sus pasaportes ya estaban boletinados.
Cuando la policía la rodeó en la terminal, Alejandro y yo estábamos ahí. Quería verla caer.
Al verse acorralada, Camila perdió la cabeza. Se arrancó la peluca, gritando insultos. Cuando me vio, sus ojos destilaron puro odio.
—¡Tú! ¡Maldita sirvienta! —me gritó, intentando lanzarse sobre mí, detenida por los agentes—. ¡Tú arruinaste todo! ¡Yo debería ser la reina de esta ciudad!
Alejandro se puso frente a mí, infranqueable.
—Tú misma te arruinaste, Camila —le dijo con una calma helada—. Tu codicia te pudrió el alma.
Cuando le pusieron las esposas, Camila se derrumbó. Lloraba, pataleaba en el suelo del aeropuerto, una imagen patética de la soberbia caída. Las cámaras que ella tanto amaba ahora grababan su desgracia.
Me sentí aliviada, pero no feliz. Había mucho dolor detrás de todo esto. Alejandro me miró y, por primera vez en todo este tiempo, me tomó de la mano. Su agarre era cálido y firme.
—Vámonos a casa, Luna.
…
Pasaron tres meses. Camila fue condenada a cadena perpetua. El Dr. Ruiz y el Zorro también cayeron. El escándalo fue mundial.
A mí me ofrecieron entrevistas, dinero por mi historia, hasta salir en una telenovela. Rechacé todo. No quería ser famosa por esto.
Alejandro tomó una decisión radical. Vendió todo. La Villa Vargas, la empresa, los coches. Donó casi toda su fortuna a fundaciones que ayudan a víctimas de violencia y abuso.
—Ese dinero está manchado —me dijo el día que firmó los papeles—. Necesito empezar de cero. Limpio.
Se quedó con lo justo para comprar un terreno en una playa virgen de Veracruz, cerca de mi pueblo, y una vieja camioneta.
Un día, mientras yo estaba ayudando a mi mamá a desgranar maíz en el patio de nuestra casita, vi llegar esa camioneta polvorienta.
Alejandro bajó. Estaba bronceado, con barba de tres días y ropa sencilla. Sus ojos azules ya no estaban tristes; brillaban con la paz del mar.
Se acercó a la cerca, me miró con esa intensidad que me derretía las rodillas y sonrió. Una sonrisa de verdad.
—Hola, Luna —me dijo—. Estoy construyendo unas cabañas ecológicas cerca de aquí. Es mucho trabajo para un solo hombre. Necesito una socia. Alguien valiente, honesta y que no le tenga miedo a empezar de nuevo. ¿Conoces a alguien?
Sonreí, sintiendo cómo el sol de mi tierra me calentaba la cara y el corazón.
—Creo que sí, señor Vargas. Creo que sí.
Dejé el maíz, me sacudí las manos en el delantal y salí a su encuentro. No sabía qué nos deparaba el futuro, pero sabía que, por primera vez, sería un futuro de verdad, construido con nuestras propias manos y sin mentiras. Y eso valía más que todos los millones del mundo.
HISTORIA PARALELA: EL ARCHIVO SOMBRA Y LA BATALLA DE TEPITO
CAPÍTULO 1: LA VICTORIA DE PAPEL
La adrenalina del aeropuerto se había disipado, dejando tras de sí una resaca emocional que pesaba más que el concreto de la Ciudad de México. Habían pasado 48 horas desde que vimos a Camila Sánchez ser arrastrada por la Policía Federal, gritando amenazas y maldiciones.
Yo, Luna Ramírez, estaba de vuelta en mi pequeño cuarto de la pensión en la Colonia Doctores. Debería estar feliz. Debería estar celebrando. Pero había un silencio inquietante en el aire.
Alejandro se había quedado en un hotel modesto cerca de la fiscalía, negándose a pisar la Villa Vargas hasta que la policía terminara el peritaje. Pero esa mañana, el cielo estaba gris, de ese gris contaminado y opresivo que solo la capital conoce, cuando mi teléfono sonó.
Era Alejandro.
—Luna, necesito que vengas a la oficina de Miguel. Ahora. —Su voz no tenía el tono de alivio que yo esperaba. Sonaba tenso, como una cuerda de violín a punto de romperse.
—¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a mi familia? —pregunté, sintiendo que el corazón se me subía a la garganta.
—No. Pero algo huele mal. Ven, por favor. Trae a Rosa si puedes.
Llegamos al despacho de Miguel, el abogado, una hora después. El ambiente olía a café rancio y a miedo. Miguel, que siempre mantenía la compostura, estaba desabrochándose la corbata con nerviosismo, caminando de un lado a otro frente a una pizarra llena de notas.
Alejandro estaba sentado en una silla de cuero, mirando un documento con el ceño fruncido. Llevaba la misma ropa sencilla de los últimos días, pero su postura volvía a ser rígida.
—Siéntate, Luna —dijo Alejandro, señalando la silla a su lado—. Tenemos un problema.
—¿Problema? —Rosa intervino, cruzándose de brazos—. La bruja está en el bote. El doctor corrupto cantó. El Zorro está entambado. ¿Qué más quieren?
Miguel se detuvo y nos miró por encima de sus lentes.
—En México, la justicia tiene precio, Rosa. Y al parecer, Camila Sánchez todavía tiene la chequera abierta, aunque sus cuentas estén congeladas.
Miguel puso un documento sobre la mesa. Era una notificación judicial urgente.
—El equipo de defensa de Camila, un bufete de tiburones que cobra en dólares, acaba de presentar un amparo. Alegan que la detención fue ilegal, que se violó el debido proceso y, lo más peligroso… alegan que la evidencia digital, la USB que sacaron de la oficina del Zorro, fue obtenida mediante un “acto ilícito de particulares”. O sea, un robo.
—¡Pero si nos estaban matando! —grité, indignada—. ¡Era defensa propia!
—Lo sabemos —dijo Alejandro, pasándose la mano por el cabello—. Pero el juez que le tocó el caso… es el Juez Barrientos. Un tipo conocido por tener bolsillos profundos y moral distraída. Si declara inadmisible la USB, solo nos queda el testimonio del Dr. Ruiz. Y Ruiz es un cobarde; si ve que el caso se cae, se retractará para salvar su propio pellejo.
El silencio cayó sobre la habitación como una lápida. Todo por lo que habíamos luchado, el riesgo, la sangre, el miedo de mi familia… ¿todo podía irse a la basura por un tecnicismo legal y un juez corrupto?
—Camila podría salir bajo fianza en 72 horas —sentenció Miguel.
Alejandro golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar las tazas de café.
—No. No lo voy a permitir. Ella no va a volver a ver la luz del sol.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté. Me sentía pequeña otra vez, aplastada por un sistema diseñado para proteger a los poderosos.
Alejandro se levantó y se acercó a la ventana.
—Camila cometió un error en el aeropuerto. Cuando la detuvieron, gritó algo. Dijo: “¡Ustedes no saben! ¡Yo tengo el seguro de vida! ¡Si caigo yo, caen todos!”
—Pensé que eran gritos de loca —dijo Rosa.
—Yo también. Pero anoche, mientras revisaba los archivos de la USB antes de que la fiscalía se los llevara, encontré una carpeta encriptada que no pudimos abrir. El nombre del archivo era Tepito_Black.
—¿Tepito? —Rosa soltó una risa nerviosa—. ¿La rubia de Polanco metida en el Barrio Bravo? No me hagas reír. Esa mujer no aguanta ni cinco minutos en la Morelos.
—Ella no. Pero sus socios sí —Alejandro se giró, y vi en sus ojos ese brillo de determinación que había nacido en la pensión de Nana Juana—. Camila no solo lavaba dinero. Ella chantajeaba. Ese archivo Tepito_Black debe ser su “seguro de vida”. Información sobre gente poderosa, políticos, tal vez incluso sobre el Juez Barrientos. Si encontramos el original, no solo la hundimos a ella, sino que neutralizamos al juez.
—¿Y dónde está ese original? —pregunté.
Alejandro señaló un punto en el mapa de la ciudad pegado en la pared. Un punto rojo en el corazón de uno de los barrios más peligrosos y legendarios de la Ciudad de México.
—Según los metadatos de los correos del Zorro, hay una ubicación recurrente. Una bodega en la calle de Tenochtitlán. En el corazón de Tepito.
Miguel, el abogado, se puso pálido.
—Alejandro, no estarás pensando en ir. Eso no es la oficina de unos abogadillos corruptos en el centro. Eso es Tepito. Ahí la policía no entra si no es con tanquetas. Es territorio de cárteles, de fayuqueros pesados. Si vas ahí vestido así, no sales.
Alejandro me miró. No me estaba pidiendo permiso, pero tampoco me estaba dando una orden. Me estaba invitando a la última batalla.
—Ya no tengo guardaespaldas, Miguel. Pero tengo algo mejor.
Me miró a mí y luego a Rosa.
—Tengo barrio.
CAPÍTULO 2: LA INFILTRACIÓN EN EL BARRIO BRAVO
La operación “Reina Roja” no se planeó en una sala de juntas con aire acondicionado. Se planeó en la cocina de la pensión de Nana Juana, entre tortillas calientes y salsa de molcajete.
Don José, el tendero, escuchó el plan de Alejandro con el ceño fruncido, limpiándose los lentes con su camisa.
—A ver si entendí, muchacho —dijo Don José, que ya trataba a Alejandro como a un hijo descarriado—. ¿Quieres entrar a una bodega controlada por la gente del “Buitre” (el contacto del Zorro en Tepito), buscar un libro negro o un servidor, y salir caminando?
—Básicamente, sí —dijo Alejandro.
—Estás loco. Me cae bien.
—No podemos ir en bola como la otra vez —dijo el Tuercas, el líder de la pandilla de nuestra cuadra, mientras jugaba con una navaja—. Si entramos cincuenta cabrones a Tepito, van a pensar que es una invasión de territorio y nos van a recibir a plomazos. Tiene que ser discreto.
—Iremos solo cuatro —dijo Alejandro—. Luna, Rosa, el Tuercas y yo.
—¿Tú? —Rosa lo miró de arriba abajo—. Mi rey, con todo respeto, tú hueles a jabón caro a tres cuadras de distancia. Te van a asaltar antes de que llegues al Eje 1 Norte.
—Entonces transfórmenme —dijo Alejandro, abriendo los brazos—. Quítenme lo “fresa”. Enséñenme.
Las siguientes dos horas fueron una clase intensiva de supervivencia urbana. El Tuercas le consiguió a Alejandro una gorra de los Yankees pirata, una sudadera holgada y unos tenis desgastados.
—Camina así, no tan derecho. Encorva los hombros. No mires a los ojos a nadie, pero tampoco mires al suelo. Mira al horizonte, como si estuvieras buscando a alguien que te debe varo.
Alejandro practicaba frente al espejo roto del pasillo. Era cómico y trágico a la vez ver al hombre que había salido en la portada de Forbes intentando imitar el tumbao de un chavo banda. Pero aprendía rápido. Su motivación no era el dinero, era la justicia.
—Y tú, Luna —me dijo Rosa, pasándome un labial rojo intenso y una chamarra de mezclilla—. Tienes que verte brava. Si alguien te dice algo, no te achiques. Tú eres la jefa.
Salimos hacia Tepito al mediodía. Es la hora en que el mercado está en su apogeo. Un mar de lonas amarillas y rosas cubría las calles, creando un laberinto infinito donde se vendía de todo: desde tenis clonados hasta licuadoras, desde películas piratas hasta cosas que es mejor no preguntar.
El olor era una mezcla intensa de garnachas fritas, basura, perfume barato y marihuana. El ruido era ensordecedor: reggaetón a todo volumen compitiendo con salsa y cumbia sonidera.
—No se separen —susurró el Tuercas, que iba al frente como nuestro guía. Aquí, él era el general.
Alejandro caminaba a mi lado. Iba tenso, con las manos en los bolsillos de la sudadera.
—Relájate —le susurré, tomándolo del brazo—. Si te ven con miedo, eres presa.
—Es increíble —murmuró él, mirando de reojo los puestos—. He vivido en esta ciudad cuarenta años y nunca había pisado estas calles. Es como otro país.
—Es el México real, Alejandro. El que sostiene al otro.
Llegamos a la calle de Tenochtitlán. El ambiente aquí cambiaba. Había menos puestos de ropa y más “halcones”: chavos en motonetas con radios, vigilando las esquinas.
—La bodega es esa —dijo el Tuercas discretamente, señalando un edificio de tres pisos pintado de un verde despintado, con una puerta de acero reforzada y cámaras de seguridad que apuntaban a la calle.
—Hay dos gorilas en la entrada —dijo Rosa—. Y seguro están armados.
—No podemos entrar por el frente —analizó Alejandro—. Tuercas, ¿ves esa vecindad de al lado?
—Simón. Conozco a la doña que vende micheladas ahí.
—Necesitamos subir a la azotea. Desde ahí podemos saltar al techo de la bodega.
—Es arriesgado, carnal.
—Es la única opción.
Entramos a la vecindad con la excusa de comprar cervezas. El Tuercas saludó a la dueña, distrajo a los vecinos, y logramos escabullirnos hacia las escaleras traseras.
Subir a la azotea fue fácil. Lo difícil fue ver el salto. Había una separación de metro y medio entre los edificios, y una caída de tres pisos hacia un patio lleno de chatarra y perros que ladraban.
—Las damas primero —dijo Rosa, nerviosa, pero saltó con una agilidad sorprendente.
Alejandro me miró.
—¿Confías en mí?
—Más que en nadie —le dije.
Salté. Aterricé mal, torciéndome un poco el tobillo, pero Alejandro saltó justo detrás de mí y me sostuvo antes de que cayera.
Estábamos en el techo de la guarida del lobo. Encontramos un tragaluz viejo. Alejandro sacó una navaja multiusos que le había prestado Don José y empezó a botar los remaches con una paciencia quirúrgica.
—Abajo hay gente —susurró Alejandro, mirando por la rendija.
Era una bodega llena de cajas de electrodomésticos, probablemente robados. Pero al fondo, había una pequeña oficina con paredes de cristal sucio. Adentro, un hombre gordo contaba fajos de billetes mientras hablaba por teléfono.
Y sobre el escritorio, junto al dinero, había lo que buscábamos: una laptop robusta conectada a un servidor externo y un libro de contabilidad negro. El “Archivo Sombra”.
—Ese es el Buitre —susurró el Tuercas—. Es peligroso. Dicen que le cortó la oreja a un soplón la semana pasada.
—Tenemos que bajar, tomar el libro y la laptop, y salir antes de que se dé cuenta —dijo Alejandro.
—¿Y cómo hacemos eso sin que nos mate? —preguntó Rosa.
Alejandro miró alrededor en el techo. Vio la caja de fusibles principal del edificio.
—Vamos a cortarles la luz. En la confusión, entramos.
CAPÍTULO 3: OSCURIDAD Y CAOS
El plan era sencillo, pero los planes sencillos son los que más rápido se tuercen.
El Tuercas manipuló la caja de fusibles. ¡CHISPAZO! La bodega quedó en tinieblas. Se escucharon gritos abajo.
—¡¿Qué pasó?! ¡Prende la planta, inútil! —gritó la voz del Buitre.
—Ahora —dijo Alejandro.
Rompimos el resto del tragaluz y bajamos por una pila de cajas de cartón. El ruido fue amortiguado por los gritos de los hombres abajo.
Nos movimos como sombras. Alejandro iba directo a la oficina. Yo lo cubría. Rosa y el Tuercas vigilaban la puerta que daba al almacén principal.
Entramos a la oficina. El Buitre estaba golpeando su teléfono, intentando usar la linterna.
Alejandro no dudó. Se abalanzó sobre él en la oscuridad. El Buitre era fuerte y pesado, pero Alejandro tenía la ventaja de la sorpresa. Lo empujó contra la pared y le aplicó una llave al cuello que le había enseñado el Tuercas esa misma mañana.
—¡Duérmete! —gruñó Alejandro.
El Buitre pataleó unos segundos y luego se desplomó, inconsciente.
—¡Rápido! —me dijo Alejandro.
Agarré el libro negro. Alejandro desconectó el disco duro externo.
—¡Vámonos! ¡Ya!
Pero justo cuando salíamos de la oficina, las luces de emergencia rojas se encendieron, bañando la bodega en una luz sangrienta.
Y ahí estaban. Tres hombres armados bloqueando la salida hacia las cajas por donde bajamos. Nos vieron.
—¡Ahí están! ¡Son ratas! —gritó uno, sacando una pistola.
—¡Corran! —gritó el Tuercas.
No podíamos volver a subir. La única salida era la puerta principal de carga, al otro lado de la bodega.
Empezó la carrera más larga de mi vida. Corrimos entre pasillos de lavadoras y televisores. Escuché un disparo. BANG. La bala impactó en una caja de refrigerador a centímetros de mi cabeza, soltando una nube de polvo de unicel.
—¡Abajo! —gritó Alejandro, empujándome detrás de un montacargas.
Estábamos atrapados. Eran tres hombres armados contra nosotros, que solo traíamos navajas y bates.
—Estamos fritos —dijo Rosa, respirando agitadamente—. No vamos a salir de esta.
Alejandro miró a su alrededor. Sus ojos analizaban el entorno no como un peleador, sino como el ingeniero y empresario que era. Vio estantes industriales llenos de mercancía pesada. Vio el montacargas.
—Tuercas, ¿sabes manejar eso? —señaló el montacargas.
—Simón, trabajé en la Central de Abastos.
—Arráncalo. Y embiste ese estante.
—¿Qué? Nos va a caer encima.
—No, caerá sobre ellos. ¡Hazlo!
El Tuercas saltó al asiento del conductor y giró la llave que, por suerte, estaba puesta. El motor rugió. Los matones se acercaban, disparando con cautela.
El Tuercas aceleró a fondo. El montacargas chocó contra la base del estante metálico gigante.
¡CRAAAASH!
Fue como un terremoto. Toneladas de cajas, microondas y equipos de sonido se vinieron abajo como una avalancha, creando una barrera de escombros entre los pistoleros y nosotros, y de paso, sepultando a uno de ellos (o al menos dejándolo fuera de combate).
—¡A la puerta! —gritó Alejandro.
Llegamos al portón de acero. Estaba cerrado con un pasador electrónico, pero sin luz principal, el sistema magnético estaba débil. Entre Alejandro y el Tuercas forzaron la puerta hasta abrirla lo suficiente para que pasáramos.
Salimos a la luz cegadora de la tarde de Tepito.
Pero no habíamos terminado.
—¡Agárrenlos! —se escuchó detrás de nosotros. Los otros dos matones habían logrado sortear los escombros y salían por una puerta lateral.
—¡Al mercado! —grité.
Nos zambullimos en el laberinto de puestos.
CAPÍTULO 4: LA PERSECUCIÓN Y EL ESCUDO HUMANO
Correr por Tepito es un arte. Tienes que esquivar maniquíes, diablitos de carga, señoras con bolsas de mandado y motos que pasan rozándote.
Los matones venían detrás. No podían disparar tan fácilmente porque había demasiada gente, pero eran rápidos.
Alejandro jadeaba. Su herida del hombro, la que le había hecho el Zorro días antes, se había vuelto a abrir. Su sudadera gris tenía una mancha oscura que crecía.
—No puedo… correr mucho más —dijo, apoyándose en un puesto de discos piratas.
—Sí puedes. No te voy a dejar aquí —le dije, jalándolo.
Llegamos a una intersección del mercado conocida como “La Fortaleza”. Estábamos acorralados. Los matones nos cerraban el paso por atrás, y por delante venía otro grupo en motonetas, alertados por radio. Eran la gente del Buitre.
Alejandro se detuvo. Miró a los hombres que se acercaban con tubos y cadenas. Miró a la gente del mercado que observaba con curiosidad y miedo, preparándose para huir de la violencia.
Entonces, Alejandro hizo algo que nadie esperaba.
Se subió a un banco de plástico de un puesto de tacos. Se quitó la gorra y la sudadera, revelando su rostro golpeado pero digno, y la camiseta ensangrentada.
Levantó el Libro Negro y el Disco Duro en alto.
—¡Gente de Tepito! —su voz, entrenada para salas de conferencias, resonó con una autoridad sorprendente sobre el ruido del reggaetón—. ¡Mi nombre es Alejandro Vargas! ¡Me están cazando porque tengo esto!
Los matones se detuvieron, confundidos. Esperaban una presa que huyera, no a un loco dando un discurso.
—¡En este libro están los nombres de los policías corruptos que les cobran piso a ustedes! —gritó Alejandro, improvisando, pero basándose en lo que habíamos sospechado—. ¡Están los nombres de los políticos que permiten que el Buitre y su gente extorsionen a las familias trabajadoras de este barrio!
El murmullo de la multitud cambió. De curiosidad pasó a enojo. El Buitre no era querido; era temido. Y en el Barrio Bravo, el respeto se gana, no se impone.
—¡Ellos quieren recuperar esto para seguir robándoles! —continuó Alejandro, señalando a los matones—. ¡Yo solo quiero entregarlo para que los dejen en paz! ¿Van a dejar que se lo lleven?
Un silencio tenso se apoderó de la calle. Los matones del Buitre miraron a la multitud. Vieron a las señoras de las quesadillas agarrando sus cuchillos. Vieron a los estibadores soltando sus cargas y tronándose los dedos. Vieron que ya no eran los depredadores. Eran minoría.
—Bájate de ahí, fresa, y danos el libro —gruñó el líder de los matones, pero su voz temblaba.
—Ven por él —desafió Alejandro.
El matón dio un paso.
—¡Ey! —gritó una señora robusta, dueña del puesto de micheladas—. El joven tiene razón. Ya estamos hartos de ustedes.
Y entonces, voló la primera caguama.
Una botella de cerveza vacía se estrelló a los pies del matón. Luego otra. Luego una lluvia de frutas, hielos y basura. La gente del mercado, cansada de la extorsión, encontró en ese momento una válvula de escape.
—¡Sáquense! ¡Fuera!
Los matones, viéndose superados por cientos de comerciantes furiosos, retrocedieron. Subieron a sus motos y huyeron entre rechiflas.
Alejandro bajó del banco, temblando por el esfuerzo y la pérdida de sangre.
Me acerqué y lo abracé.
—Estás loco —le dije al oído—. Completamente loco.
—Aprendí de la mejor —me contestó, sonriendo con los labios partidos.
CAPÍTULO 5: EL FIN DE LA PARTIDA Y LA DESPEDIDA
Esa noche, frente a la Fiscalía General, la escena era muy distinta a la de Tepito.
Habíamos entregado el Libro Negro y el Disco Duro directamente al Inspector Ruiz, asegurándonos de que hubiera prensa presente para que no pudieran “perder” la evidencia.
Miguel salió de la oficina del fiscal con una sonrisa de oreja a oreja.
—Se acabó, Alejandro. El Juez Barrientos acaba de renunciar “por motivos de salud”. El amparo de Camila fue denegado. Con la información de ese libro, tienen evidencia para encerrarla a ella y a media docena de políticos corruptos por cincuenta años. No hay fianza que valga. Es jaque mate.
Nos sentamos en la banqueta, fuera del edificio. Rosa y el Tuercas se habían ido a celebrar con unas cervezas. Solo quedábamos Alejandro y yo.
La ciudad nocturna brillaba a nuestro alrededor. Alejandro miraba las luces de los rascacielos de Reforma a lo lejos, ese mundo al que él pertenecía pero que ahora le parecía ajeno.
—Gracias, Luna —dijo suavemente—. No solo me salvaste la vida en la iglesia. Me salvaste el alma hoy.
—Usted se salvó solo, Alejandro. Yo solo le di un empujón.
—Alejandro —me corrigió—. Solo Alejandro.
Hubo un silencio cómodo entre nosotros. Sabía que este era el final del capítulo. Él había recuperado el control de su destino, pero había perdido su imperio. Y yo… yo tenía que volver a mi realidad. Mi mamá y mi hermana me esperaban en Veracruz. Mi misión había terminado.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunté, temiendo la respuesta.
—Tengo que irme, Luna. —Me miró con una tristeza profunda—. Tengo que vender todo. Tengo que deshacerme de la Villa, de las empresas, de todo lo que huele a Camila y a mi vida anterior. Necesito purgarme. Necesito estar solo un tiempo para entender quién soy cuando no soy “el millonario Vargas”.
Sentí un piquete en el corazón, pero asentí. Entendía. Él necesitaba sanar, y yo no podía ser su muleta para siempre.
—¿Y tú? —me preguntó.
—Yo me regreso a mi pueblo. La ciudad… la ciudad cansa mucho. Extraño el mar. Extraño no tener que correr por mi vida.
Alejandro metió la mano en su bolsillo y sacó un sobre.
—Esto no es pago —dijo rápidamente al ver mi cara—. Es la recompensa oficial que ofrecía la policía por la captura del Zorro. Es tuya. Úsala para tu mamá. Para los estudios de Sofía. Por favor.
Tomé el sobre. No era caridad. Era justicia.
—Gracias.
Nos pusimos de pie. El momento de la despedida había llegado.
—No te voy a decir adiós, Luna —dijo él, acercándose. Me tomó la mano y la besó, no como un caballero a una dama, sino como un hombre a su igual—. Te voy a decir… hasta luego.
—Hasta luego, Alejandro.
Me di la vuelta y caminé hacia la parada del autobús, con el sobre en la mano y el corazón lleno. No miré atrás. Sabía que si volteaba, correría a sus brazos, y ambos sabíamos que no era el momento. Él tenía que encontrarse a sí mismo en la soledad, y yo tenía que volver a mis raíces.
Pero mientras el autobús se alejaba por la avenida mojada, y veía la silueta solitaria de Alejandro haciéndose pequeña en la distancia, supe algo con certeza.
El hilo rojo que nos unía no se había roto. Solo se había estirado. Tepito, la iglesia, la persecución… todo eso nos había forjado.
Tres meses. Me prometí a mí misma. Le daría tres meses.
Y si el destino era justo, y si las historias de amor verdadero existen fuera de las telenovelas, esa camioneta verde llegaría a Veracruz.
Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, dormí tranquila, soñando con el mar y con un hombre que aprendió a pelear por lo correcto.
FIN DE LA HISTORIA PARALELA.