“TU ESPOSA NO MURIÓ, SE LA LLEVARON”: LA CONFESIÓN DEL NIÑO DE LA CALLE QUE DESATÓ LA FURIA DEL CAPO MÁS PELIGROSO DE MÉXICO Y PROVOCÓ UNA GUERRA NACIONAL

PARTE 1: LA REVELACIÓN

CAPÍTULO 1: VOCES EN LA TORMENTA

“Tu esposa sigue viva”.

Cuatro palabras. Eso fue todo lo que bastó para hacer pedazos el mundo de Carmine Ferraro.

El hombre, conocido en los bajos fondos como “El Patrón de San Pedro”, permaneció inmóvil en el Panteón Valle de la Paz, en las afueras de Monterrey. La lluvia caía sin piedad sobre su abrigo negro de diseñador, mezclándose con el silencio sepulcral del cementerio. Frente a él, la lápida de mármol gris llevaba el nombre de Rosalía, su mujer, su vida, muerta hacía exactamente un año.

Pero la voz que había cortado el aire no venía de la tumba. Venía de atrás. Era suave, joven, pero afilada como una navaja de rasurar.

Carmine se giró lentamente. Sus guardaespaldas, sombras letales bajo paraguas negros, ya habían puesto las manos en sus armas.

—Déjenlo —ordenó Carmine con voz grave.

A unos metros, empapado hasta los huesos, estaba un niño. No tendría más de diez años. Moreno, delgado como un alambre, con una playera de fútbol rota y unos tenis que pedían piedad. Sus ojos, sin embargo, eran viejos. Ojos que habían visto demasiada hambre, demasiado miedo.

—¿Qué dijiste? —preguntó Carmine, dando un paso hacia él. El agua escurría por su rostro afilado.

El niño no retrocedió. Temblaba, sí, pero se mantuvo firme.

—La vi. La noche de la tormenta en el puerto. Sacaron su cuerpo del agua. Estaba viva, sangrando, gritaba tu nombre. La metieron a rastras en una camioneta blanca.

La mandíbula de Carmine se tensó tanto que dolió. Su voz bajó a un tono gélido, peligroso.

—Mocoso. Mi esposa se ahogó hace un año cuando su yate se volcó en Tampico. Buscamos por semanas. La Marina dijo que no hubo sobrevivientes. No juegues conmigo.

El niño dio otro paso, sus tenis chapoteando en el lodo.

—Tenía una cicatriz. Una larga, en el brazo izquierdo. Y el pelo corto, rojizo. Peleó con ellos, patrón. Peleó duro.

La sangre de Carmine se heló. Esa cicatriz… era el secreto más oscuro de Rosalía. Se la había hecho ella misma durante sus años en un orfanato de mala muerte, antes de conocerlo. La cubría siempre con maquillaje o mangas largas. Nadie, absolutamente nadie fuera de ellos dos, sabía de su existencia. Él había besado esa cicatriz cada noche durante cuatro años.

—¿Qué más? —exigió, sintiendo que el aire le faltaba.

—Un collar. Dije de oro, corazón partido. Dos letras: C y R.

El mundo se inclinó. Ese dije fue su regalo de bodas. Diseño exclusivo de un joyero en Guadalajara. Sus iniciales entrelazadas. Ella nunca se lo quitaba.

El niño metió la mano en su chamarra de mezclilla y sacó un pañuelo blanco, ahora gris por la mugre, con los bordes deshilachados.

—Esto se le cayó cuando la subían.

Carmine extendió una mano temblorosa. Tomó la tela mojada. Aún se podía ver, bordada en hilo de plata, la letra “R”. El aroma a su perfume, vainilla y jazmín, había desaparecido, reemplazado por el olor a humedad y calle, pero era suyo. Lo sabía en sus huesos.

—¿Dónde? —preguntó Carmine, su voz apenas un susurro.

—Atrás de la vieja empacadora, por los muelles. Yo estaba escondido tras la cerca. Una camioneta blanca, sin placas. Un hombre con un brazo falso daba las órdenes. Tipo militar, barba gris, abrigo largo. Dijo: “Muévanla antes de que alguien vea”.

Carmine se quedó mirando al niño. Esos ojos oscuros no mentían. Solo había verdad y desesperación.

—¿Cómo te llamas?

—Ethan.

—¿Por qué ahora, Ethan? ¿Por qué esperar un año?

—Porque nadie me creyó —gritó el niño, y su voz se quebró por primera vez—. Se lo dije a un policía en la costera. Se rió de mí. Me dio un coscorrón y me dijo que dejara de inventar cuentos para sacar dinero. ¡Pero no miento! ¡Yo lo vi todo!

Bruno, el jefe de seguridad de Carmine, se acercó, nervioso.

—Patrón, tenemos que movernos. Hay prensa en la entrada.

Carmine no lo escuchó. Estaba mirando el pañuelo, mientras los recuerdos lo golpeaban como un tráiler a toda velocidad. La risa de Rosalía. Su fuerza. La forma en que había sobrevivido al infierno antes de que él la encontrara.

—Prepara la camioneta, Bruno. Ahora.

La Suburban negra blindada se acercó, ronroneando como una bestia. Carmine abrió la puerta trasera y miró a Ethan.

—Súbete.

Los ojos del niño se abrieron como platos.

—¿Me cree?

La voz de Carmine fue tranquila, pero cargada de una amenaza implícita para el resto del mundo.

—Te creo lo suficiente para investigar. Y si tienes razón, voy a traerla de vuelta. Si te equivocas… reza para que no te vuelva a ver.

Ethan subió sin dudarlo.

Mientras el convoy salía del cementerio, un hombre con impermeable gris bajó unos binoculares desde detrás de una estatua de ángel, a unos cien metros de distancia. Tocó un auricular en su oreja.

—Hicieron contacto. Pasen a la fase dos.

Dentro de la camioneta, Carmine apretaba el pañuelo como si fuera un salvavidas. Por primera vez en un año, la esperanza arañaba su pecho, dolorosa y violenta. Y nada le había dado más miedo en toda su vida.

CAPÍTULO 2: EL HACKER Y LA VERDAD

La camioneta se deslizaba por las avenidas inundadas de Monterrey, rumbo a la zona alta. Dentro, el silencio pesaba toneladas. Carmine observaba a Ethan. El niño se había acurrucado en una esquina del asiento de piel, dejando un charco de agua sucia. No temblaba. No lloraba. Solo esperaba.

—¿Dónde vives? —rompió el silencio Carmine.

—Donde caiga. A veces bajo los puentes del Santa Catarina, a veces atrás de los mercados.

—¿Tus padres?

—Mi jefa se murió hace tres años. Sobredosis. Llegué de la escuela y la encontré tirada. Ojos abiertos, morada. —Ethan hablaba como quien da el reporte del clima. Esa frialdad le dijo a Carmine que el dolor estaba enterrado tan profundo que ya no dolía—. Del papá no sé nada.

—¿Y luego?

—Me mandaron al DIF. Me escapé a los seis meses.

—¿Por qué?

Ethan se subió la manga, revelando moretones viejos y cicatrices de cigarro.

—Porque hay adultos que no deberían estar cerca de los niños.

Carmine asintió. Entendía. Había visto suficientes heridas así en el cuerpo de Rosalía cuando la conoció.

—Esa noche en los muelles… ¿qué hacías ahí?

—Buscaba techo. La tormenta estaba muy fuerte. Me metí a la empacadora abandonada. Escuché el motor. Vi cómo la sacaban de un bote y la subían a la camioneta. Ella me vio, patrón. Justo antes de que cerraran la puerta. Me vio a los ojos. No gritó pidiendo ayuda. Me miró como diciendo: “Acuérdate de mi cara”.

Carmine sintió un nudo en la garganta. Esa era su Rosalía. Siempre pensando, siempre luchando.

Carmine sacó un teléfono encriptado. Marcó un número.

—Pedro. Te necesito.

—Estoy ocupado, jefe —contestó una voz joven, acompañada del frenético tecleo de una computadora.

—Rosalía podría estar viva.

El silencio al otro lado de la línea duró tres segundos. Luego, el tecleo se duplicó en velocidad.

—Te escucho.

—Necesito que revises todas las cámaras de seguridad en un radio de 5 kilómetros alrededor de la vieja empacadora en el puerto de Tampico, la noche del 17 de marzo del año pasado. Busca una camioneta blanca, cuatro hombres, uno con brazo prostético militar.

—Entendido. Dame unas horas.

—No. Tienes hasta el amanecer. Y Pedro… que nadie se entere. Ni los lugartenientes.

—¿Crees que hay un traidor?

—No sospecho de nadie, pero no confío en nadie. No hasta que mi mujer vuelva a casa.

Colgó y miró a Ethan.

—¿De verdad eres un narco? —preguntó el niño con curiosidad genuina.

—Soy un hombre de negocios —respondió Carmine secamente—. Unos muy complicados.

Llegaron a la Hacienda Ferraro, una fortaleza en medio del bosque de Chipinque. Muros altos, cámaras, guardias armados con rifles de asalto. La madre de Carmine, Doña Teresa, una matriarca italiana de 60 años con mirada de acero, los recibió en la entrada.

Al ver al niño sucio, frunció el ceño, pero al ver el pañuelo en la mano de su hijo, se llevó la mano a la boca.

—Carmine… eso es…

—Está viva, mamá. Creo que está viva.

Esa noche, mientras Ethan dormía limpio y alimentado en una habitación de huéspedes más grande que cualquier casa en la que hubiera vivido, Carmine bajó al sótano.

Ahí estaba el centro de operaciones. Pedro, un genio informático con ojeras profundas y tres latas de bebida energética vacías, señaló la pantalla gigante.

—Lo encontré, jefe. Mira esto.

Video granulado de una cámara de cajero automático. Una camioneta blanca pasando. Pedro hizo zoom y mejoró la imagen con IA. En la ventanilla trasera, borrosa pero inconfundible, la cara de una mujer gritando. Y un brazo golpeando el vidrio.

—Es ella —susurró Carmine.

—Hay más. Seguí la camioneta. Se encontraron con un convoy en la carretera a la frontera. Cambiaron de vehículo. Un hombre bajó. —Pedro mostró otra foto—. Frederick Shaw. Ex Coronel de las Fuerzas Especiales de EE.UU. Expulsado por “conducta deshonrosa”. Ahora dirige Sentinel Security, una empresa privada con sede en Polanco y oficinas en Houston.

—¿Qué hace un gringo secuestrando a mi mujer?

—No es un secuestro normal, jefe. Investigué a Sentinel. Son fachada. Trata de personas. Pero de alto nivel. Buscan perfiles específicos. Gente con tipos de sangre raros, genética resistente…

Carmine sintió que la bilis le subía a la boca. Rosalía había sobrevivido a un cáncer agresivo años atrás. Los doctores decían que su capacidad de regeneración era un milagro médico.

—Se la llevaron por eso… —murmuró Carmine.

—Y hay algo más en el reporte médico que hackeé de Sentinel, jefe. Algo que no sé si sabías.

—Dilo.

—El reporte de ingreso, fecha 18 de marzo. Dice: “Sujeto femenino, 27 años. Condición: 8 semanas de gestación”.

El mundo de Carmine se detuvo por segunda vez esa noche. Golpeó la pared de concreto con tal fuerza que sus nudillos se abrieron.

—¿Embarazada?

—Sí, jefe.

—¿Y el bebé? —preguntó Carmine, con la voz rota.

Pedro tragó saliva, mirando la pantalla con horror.

—El reporte dice: “Embarazo interrumpido para optimizar la recolección de células madre”.

Carmine cayó de rodillas. Un grito desgarrador, animal, salió de su garganta. Habían matado a su hijo. Esos malditos carniceros habían matado a su hijo para usar a Rosalía como refacción humana.

Se levantó lentamente. Sus ojos ya no eran humanos. Eran los de un demonio.

—Prepara a los hombres, Pedro. Ubica esa oficina en Polanco. No voy a ir a negociar. Voy a ir a quemar la ciudad hasta los cimientos.

PARTE 2: LA CACERÍA Y LA GUERRA

CAPÍTULO 3: SANGRE SOBRE MÁRMOL

La lluvia en Monterrey había cesado, dejando tras de sí una humedad pegajosa que se adhería a la piel, pero en el sótano de la Hacienda Ferraro, el aire estaba seco y cargado de electricidad estática y olor a café quemado.

Carmine Ferraro estaba de pie frente a la pared de monitores, inmóvil como una estatua de granito. Sus ojos grises, normalmente fríos y calculadores, ardían ahora con una mezcla de agotamiento y una furia apenas contenida. Habían pasado cuatro horas desde que Pedro, su hacker de confianza, había descubierto la conexión con Sentinel Security. Cuatro horas en las que Carmine no había parpadeado, repasando mentalmente cada error que había cometido en el último año, cada noche que había dormido pensando que su esposa descansaba en el fondo del mar, cuando en realidad estaba viviendo una pesadilla quirúrgica.

—Ya tengo la arquitectura del edificio, jefe —dijo Pedro, rompiendo el silencio. Su voz sonaba ronca; sus dedos volaban sobre el teclado mecánico iluminado con luces neón—. Torre Arcos Bosques, en la Ciudad de México. El famoso edificio del “Pantalón”. Sentinel Security ocupa todo el piso 42.

—¿Seguridad? —preguntó Carmine, acercándose a la pantalla.

—Nivel militar. No es seguridad privada normal, patrón. Tienen sensores biométricos en los elevadores, cámaras térmicas en los ductos de ventilación y, según los registros de nómina que acabo de vulnerar, su equipo de guardia nocturna está compuesto por exmilitares colombianos y un par de ex-Rangers gringos. Gente que sabe matar sin hacer ruido.

Bruno, el jefe de seguridad de los Ferraro, limpiaba un rifle de asalto sobre una mesa de metal en la esquina. El sonido metálico del cerrojo al deslizarse fue la única respuesta inicial.

—No podemos entrar disparando desde la calle —dijo Bruno, sin levantar la vista—. La policía de la CDMX y la Guardia Nacional estarían encima de nosotros en tres minutos. Es una zona demasiado caliente.

Carmine se giró hacia ellos. Su rostro estaba pálido, pero irradiaba una autoridad letal.

—No vamos a entrar por la puerta principal. Pedro, ¿puedes anular los sensores del montacargas de servicio?

—Puedo hacer un bucle en las cámaras y engañar al sistema de peso del elevador para que piense que está vacío —respondió el hacker, mordiéndose el labio—. Pero solo puedo darles una ventana de nueve minutos. A los nueve minutos, el sistema se reinicia y saltará la alarma silenciosa directo al C5 y a los servidores de Sentinel.

—Nueve minutos es una eternidad —dijo Carmine, ajustándose los gemelos de su camisa, aunque debajo del saco de diseñador ya llevaba puesto un chaleco antibalas de kevlar ligero—. Prepara el jet, Bruno. Nos vamos al Distrito Federal. Y llama al equipo “Sombra”. Quiero a los diez mejores. Nadie con familia, nadie con miedo a morir.

—¿Cuál es la orden de enfrentamiento, patrón? —preguntó Bruno, levantándose y enfundando una pistola calibre .45.

Carmine miró la foto de Rosalía que Pedro había dejado en una de las pantallas auxiliares. Era una foto vieja, de cuando eran felices.

—No dejen a nadie de pie. Pero quiero a uno vivo. Necesito a alguien que pueda hablar.


El vuelo a la Ciudad de México fue un borrón silencioso. Aterrizaron en el aeropuerto privado de Toluca a las 10:45 PM. Tres camionetas negras blindadas, sin placas, los esperaban en la pista. El trayecto hacia la zona de Bosques de las Lomas fue tenso. La ciudad brillaba a lo lejos, un monstruo de luces y smog que escondía millones de secretos, pero Carmine solo iba por uno.

Al llegar a las inmediaciones del edificio, la lluvia volvió a aparecer. Una llovizna fina y fría, típica de la capital.

Carmine observó la torre iluminada. Ahí arriba, a cientos de metros del suelo, hombres con trajes caros jugaban a ser Dios con la vida de su esposa. Sintió una punzada en el pecho al recordar el reporte médico: Embarazo interrumpido. La idea de que le habían robado a su hijo, de que lo habían desechado como basura médica, le inyectaba un veneno en la sangre que solo saldría matando.

—Estamos en posición —dijo Bruno por el auricular.

El equipo entró por la zona de carga y descarga. Dos guardias de seguridad privada fumaban cerca de los compactadores de basura. No tuvieron oportunidad. Dos silbidos secos de las pistolas con silenciador y los cuerpos cayeron al suelo antes de que los cigarrillos se apagaran. El equipo de Carmine los arrastró a las sombras con una eficiencia profesional.

—Pedro, ahora —ordenó Carmine.

—El sistema es suyo, jefe. Tienen nueve minutos contando a partir de… ahora.

El montacargas de servicio comenzó a subir. El zumbido del motor eléctrico era el único sonido. Carmine miró a sus hombres. Rostros cubiertos con pasamontañas tácticos, ojos fijos en la nada, respiración controlada. Eran asesinos, sí, pero eran sus asesinos. Leales hasta la muerte.

El indicador digital de los pisos subía rápido. 20… 30… 40… 42.

Las puertas de acero se abrieron con un siseo hidráulico.

Frente a ellos se extendía un pasillo elegante, con alfombras grises y paredes de cristal esmerilado con el logo de Sentinel: un águila plateada sobre un escudo. Parecía un despacho de abogados o una financiera de alto nivel. El silencio era absoluto.

—Despejen —susurró Bruno.

El equipo se desplegó en abanico. Avanzaron por el pasillo principal. A la derecha, una sala de juntas vacía. A la izquierda, cubículos oscuros.

De repente, una voz resonó al final del pasillo.

—¡Contacto! ¡Sector tres!

El infierno se desató.

Los guardias de Sentinel no eran aficionados. Salieron de las oficinas laterales con subfusiles MP5, moviéndose con tácticas de guerrilla urbana. Las balas comenzaron a destrozar el cristal esmerilado y la madera fina de los escritorios.

Carmine se cubrió tras una columna de mármol. Sacó su propia arma, una Sig Sauer personalizada, y disparó dos veces. Un mercenario con acento colombiano cayó con dos agujeros en el pecho.

—¡Flanqueen por la izquierda! —gritó Bruno, lanzando una granada aturdidora.

El estallido de luz y sonido cegó momentáneamente a los defensores. Los hombres de Ferraro avanzaron como una marea negra, disparando con precisión quirúrgica. No había gritos de guerra, solo órdenes secas y el sonido rítmico de los disparos.

Carmine avanzó entre el humo, disparando a cualquier cosa que se moviera y no fuera de su equipo. Vio a un hombre intentar recargar detrás de un sofá de piel blanca; Carmine no dudó, disparó a través del sofá, y el hombre se desplomó.

Llegaron a la puerta principal de la oficina del director. Era madera de caoba maciza, tallada a mano.

—¡Cúbreme! —gritó Carmine.

Bruno disparó a la cerradura con una escopeta táctica. La puerta cedió.

Carmine entró de una patada, con el arma en alto, barriendo la habitación con la mirada.

La oficina era enorme, con ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada. Pero Carmine no miró la vista. Miró al hombre que estaba detrás del escritorio, intentando meter un disco duro en una trituradora industrial.

No era Frederick Shaw. Era más joven, con una cicatriz horrible que le cruzaba la cara desde la ceja hasta la barbilla, deformando su labio superior. Lo llamaban “El Carnicero”, el segundo al mando.

El Carnicero levantó una pistola dorada, pero Carmine fue más rápido. Disparó una sola vez. La bala atravesó la mano del hombre, destrozando los huesos y enviando la pistola dorada a volar por la habitación.

El Carnicero gritó y cayó al suelo, agarrándose la mano destrozada.

—¡Aseguren el perímetro! —rugió Carmine—. ¡Que nadie entre!

Caminó lentamente hacia el hombre herido. El Carnicero se arrastró hacia atrás, dejando un rastro de sangre sobre la alfombra persa, hasta que su espalda chocó contra el ventanal.

Carmine se agachó frente a él. No había emoción en su rostro. Solo un vacío aterrador.

—¿Dónde está ella? —preguntó Carmine. Su voz era tranquila, lo cual era mucho más aterrador que si hubiera gritado.

El Carnicero escupió sangre y soltó una risa gorgoteante.

—Vete al diablo, Ferraro. Llegas tarde. Siempre llegas tarde.

Carmine no parpadeó. Apuntó su arma a la rodilla izquierda del hombre y apretó el gatillo.

El disparo fue ensordecedor en la oficina cerrada. La rótula del Carnicero estalló. El alarido de dolor fue tan agudo que pareció vibrar en los cristales.

—Te lo voy a preguntar una vez más —dijo Carmine, acercando su rostro al del hombre que se retorcía—. Y si no me respondes, la siguiente bala va a tu estómago. Tardarás horas en morir. Horas en las que te voy a hacer sentir cada gramo de dolor que mi esposa sintió en el último año. ¿Dónde está Rosalía?

El Carnicero jadeaba, con los ojos desorbitados por el dolor y el shock. Sabía quién era Carmine Ferraro. Sabía que no estaba amenazando en vano.

—La movieron… —gimió el hombre—. Ayer. Shaw ordenó moverla.

—¿A dónde?

—Sierra Madre… Durango… hay una instalación. “Delta”. Es un laboratorio subterráneo.

—¿Para qué? —presionó Carmine, presionando el cañón caliente de la pistola contra la herida de la mano—. ¿Para qué la quieren?

—Su sangre… —jadeó el Carnicero, con la voz quebrada—. Ella se regenera. Es una mina de oro biológica. Shaw… Shaw la está cosechando. Médula, plasma…

Carmine sintió náuseas, pero las tragó.

—¿Y el niño? —preguntó, temiendo la respuesta más que a la muerte—. El reporte decía que estaba embarazada.

El Carnicero dejó de gemir por un segundo y una sonrisa macabra, llena de dientes manchados de sangre, se dibujó en su rostro deforme.

—Ah… el feto. Eso fue lo más interesante.

Carmine le puso la pistola en la frente. El dedo se le tensó en el gatillo.

—Dime que lo mataron. Dímelo y te juro que te mato rápido.

—No… —susurró el Carnicero, disfrutando el momento a pesar de su agonía—. Shaw es un hombre de negocios, igual que tú. No desperdicia nada. Vio potencial. La sacaron a los cuatro meses. Incubadora artificial. Tecnología de punta.

El mundo de Carmine se detuvo. El ruido de la ciudad, la lluvia golpeando el cristal, todo desapareció.

—¿Sobrevivió?

—Es una niña —dijo el Carnicero, riendo entre toses—. Fuerte. Igual que su madre.

—¿Dónde está? —gritó Carmine, agarrando al hombre por las solapas de su traje caro y sacudiéndolo—. ¿Está en Durango con su madre?

—No… —El Carnicero negó con la cabeza—. Eso ya se vendió. Mercancía premium. Un cliente especial en la Ciudad de México pagó dos millones de dólares en efectivo hace dos semanas.

—¿Quién? ¡Dame un nombre!

—Un político… —el hombre tosió sangre—. Haroldo Villalobos. Senador. Presidente de la Comisión de Seguridad. Su esposa no puede tener hijos… querían uno que saliera bonito.

Carmine soltó al hombre, dejándolo caer contra el suelo. Se puso de pie, tambaleándose ligeramente como si hubiera recibido un golpe físico.

Su hija estaba viva. Su esposa estaba viva.

Pero estaban separadas. Una siendo torturada en un laboratorio en la sierra, la otra vendida como mascota a un político corrupto en esta misma ciudad.

Bruno entró en la oficina. Tenía un corte en la ceja, pero parecía tranquilo.

—Perímetro asegurado, jefe. Tenemos los discos duros. La policía viene en camino. Tenemos tres minutos para salir.

Carmine miró al Carnicero, que yacía en el suelo respirando con dificultad, creyendo que su confesión le había comprado la vida.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó Bruno.

El Carnicero alzó la mano sana.

—Hablé… tenemos un trato… soy prisionero de guerra…

Carmine se ajustó el saco. Volvió a ser el Patrón de San Pedro. Frío. Intocable.

—Tú no eres un soldado. Y esto no es una guerra —dijo Carmine mirándolo con asco—. Eres un traficante de carne. Y yo soy el esposo de la mujer que torturaste.

Carmine se giró hacia la puerta.

—Bruno. Termina.

Carmine salió al pasillo. A sus espaldas, escuchó al Carnicero empezar a suplicar, un sonido agudo y patético que fue cortado abruptamente por el estruendo final de un disparo de escopeta.

Mientras caminaba hacia el montacargas, Carmine sacó su teléfono satelital y marcó a Pedro.

—¿Jefe? —respondió el hacker al instante.

—Cambio de planes. Prepara dos equipos. Quiero la ubicación exacta de esa instalación en Durango para el amanecer. Y Pedro…

—Dime.

—Busca todo lo que tengas sobre el Senador Haroldo Villalobos. Dónde vive, dónde come, a qué escuela van sus sobrinos. Quiero saber hasta qué marca de papel higiénico usa.

—¿Vamos por el político?

Carmine entró en el elevador mientras sus hombres lo rodeaban, recargando sus armas. La sangre de sus enemigos manchaba sus botas italianas de piel.

—Vamos a recuperar a mi familia —dijo Carmine mientras las puertas se cerraban—. Y luego, vamos a quemar este país hasta que no quede ni una sola rata escondida.

El ascensor comenzó a descender, llevándolos de vuelta a la oscuridad de la noche, donde Carmine Ferraro ya no era solo un hombre buscando a su esposa. Ahora era un padre buscando venganza. Y el Diablo mismo tendría miedo de interponerse en su camino.

CAPÍTULO 4: EL INFIERNO BAJO TIERRA

La Sierra Madre Occidental no perdona. Es un vasto océano de pinos negros, barrancos sin fondo y un silencio tan antiguo como el mundo. A las tres de la mañana, la temperatura había descendido bajo cero, congelando el lodo bajo las botas del equipo de asalto.

Carmine Ferraro avanzaba a la cabeza, ignorando el frío que intentaba morder a través de su ropa táctica. No sentía el viento helado en la cara; solo sentía el fuego que le quemaba las entrañas.

—Estamos a quinientos metros del objetivo, patrón —susurró Bruno a través del comunicador. Su voz era apenas un fantasma en la frecuencia encriptada.

El convoy de camionetas había quedado oculto tres kilómetros atrás, camuflado bajo redes térmicas en una brecha maderera abandonada. Ahora, los veinte “Lobos” —la guardia pretoriana de la organización Ferraro— se movían como sombras entre los árboles, guiados por visores de visión nocturna que pintaban el bosque de un verde espectral.

—Quiero silencio absoluto —ordenó Carmine, ajustando la correa de su rifle de asalto—. Si un conejo se asusta, quiero saberlo. Si un guardia respira, quiero que deje de hacerlo.

Llegaron al borde de un claro. En el centro, iluminada por reflectores halógenos que cortaban la niebla, había una estructura que parecía inofensiva a simple vista: una serie de bodegas de lámina y una cabaña grande, estilo alpino. Parecía un campamento forestal o un rancho de caza de lujo.

Pero Pedro, desde su búnker en Monterrey, había visto lo que los ojos no podían: el consumo eléctrico de ese lugar rivalizaba con el de un hospital general. Y el calor… las ventilas ocultas entre la maleza escupían columnas de aire caliente que brillaban como balizas en los visores térmicos de Carmine.

Ahí abajo, en las entrañas de la montaña, estaba el infierno. Y ahí estaba Rosalía.

—Tango uno y dos en la entrada norte. Tango tres patrullando el perímetro este con un perro —informó el francotirador del equipo, posicionado en una cresta elevada.

—Elimínenlos —dijo Carmine. No hubo vacilación. No hubo piedad.

Dos siseos secos cortaron el aire, seguidos por el sonido sordo de cuerpos cayendo sobre la tierra húmeda. El perro ni siquiera ladró; el tercer disparo fue tan preciso que el animal cayó dormido para siempre junto a su dueño.

—Avanzando.

El equipo cruzó el claro corriendo bajo, pegados al suelo. Carmine llegó a la puerta de la cabaña principal. Bruno colocó una carga explosiva lineal en las bisagras.

—Tres, dos, uno…

La explosión fue contenida, un golpe seco que empujó la puerta hacia adentro. Entraron como una marea de violencia controlada. Dentro, tres hombres en batas de laboratorio que tomaban café se quedaron paralizados. No tuvieron tiempo de gritar. Los culatazos de los rifles los dejaron inconscientes antes de que sus tazas tocaran el suelo.

—El acceso al nivel inferior —exigió Carmine, agarrando a uno de los hombres por el cuello de la bata y levantándolo del suelo como si fuera un muñeco de trapo.

El hombre, aterrorizado, señaló con un dedo tembloroso hacia una despensa industrial de acero inoxidable.

—Detrás… detrás del refrigerador.

Bruno y dos hombres movieron el pesado aparato. Detrás había una puerta de seguridad de acero reforzado, con un panel biométrico.

—Pedro, es tu turno —dijo Carmine al micrófono.

—Dame diez segundos, jefe… Rompiendo encriptación de Sentinel… Listo. Código 77-Alpha-Muerte.

La luz del panel cambió de rojo a verde. Los cerrojos hidráulicos se liberaron con un gemido metálico que sonó como el suspiro de una bestia despertando. La puerta se abrió, revelando una escalera de concreto que descendía hacia la oscuridad, iluminada por tiras de luz LED blanca, clínica y cegadora.

Y entonces les golpeó el olor.

No olía a bosque ni a pino. Olía a ozono, a blanqueador industrial, y debajo de eso, el inconfundible y dulzón aroma de la carne enferma y la sangre vieja.

—Máscaras de gas, por precaución —ordenó Bruno.

—No —dijo Carmine, comenzando a bajar los escalones—. Quiero olerlos. Quiero oler el miedo de estos bastardos cuando me vean.

El descenso parecía interminable. Tres pisos bajo tierra. Al llegar al final de la escalera, se encontraron en un pasillo largo, blanco y esterilizado, que se extendía en ambas direcciones.

Lo que vieron a continuación hizo que incluso los hombres más duros de Carmine, veteranos de guerras de carteles y sicarios endurecidos, bajaran la mirada.

A ambos lados del pasillo había habitaciones con paredes de cristal.

En la primera, un hombre joven, esquelético, caminaba en círculos, murmurando números sin parar. Le faltaba un brazo.

En la segunda, una mujer flotaba en un tanque de inmersión lleno de un líquido ámbar, conectada a tubos que entraban por su nariz y garganta.

En la tercera… había niños. Tres de ellos, sentados en el suelo, con las cabezas rapadas y códigos de barras tatuados en la nuca. No jugaban. No hablaban. Solo miraban la pared blanca con ojos vacíos, desprovistos de alma.

—Dios mío… —susurró uno de los “Lobos”, persignándose instintivamente.

—Esto no es una prisión —dijo Carmine, con la voz temblando de una furia tan fría que quemaba—. Es una carnicería. Una granja de repuestos humanos.

—Jefe —la voz de Pedro sonó urgente en el oído de Carmine—. Estoy en el sistema de cámaras interno. Sector D. Es al final del pasillo a la izquierda. Habitación 12. Veo movimiento de guardias dirigiéndose hacia allá. Saben que están dentro.

—¡Bruno, contén el pasillo! —gritó Carmine, echando a correr—. ¡Que nadie me siga!

Carmine corrió. Sus botas tácticas golpeaban el piso de linóleo inmaculado, un ritmo frenético que se sincronizaba con los latidos de su corazón.

Sector A… Sector B… Sector C…

Disparos empezaron a sonar a sus espaldas. Los guardias de seguridad interna de la instalación estaban enfrentando a los hombres de Bruno. El ruido de las armas automáticas retumbaba en el espacio cerrado, ensordecedor, pero a Carmine no le importaba.

Llegó al Sector D.

Habitación 10… Habitación 11…

Se detuvo en seco frente a la Habitación 12.

La pared era de cristal reforzado. Y ahí estaba ella.

El mundo se detuvo. El sonido de los disparos se desvaneció. Su respiración se detuvo.

Rosalía yacía sobre una cama de hospital en el centro de la habitación.

Apenas la reconoció.

La mujer vibrante, de curvas peligrosas y risa contagiosa que había amado, había desaparecido. En su lugar había una figura frágil, casi transparente. Su piel tenía un tono grisáceo, translúcido, como el papel de arroz. Le habían rapado su hermoso cabello rojizo, dejando ver la forma delicada de su cráneo.

Estaba conectada a tres máquinas diferentes. Una bombeaba su sangre fuera de su cuerpo, la filtraba y la devolvía. Otra goteaba un líquido transparente en su brazo. Y en su brazo izquierdo… el brazo de la cicatriz… había múltiples vías intravenosas clavadas directamente sobre el tejido marcado.

Carmine sintió que las piernas le fallaban. Puso una mano sobre el cristal, dejando una huella de sudor.

—Rosalía…

Buscó el panel de control de la puerta. Estaba bloqueado.

—¡Pedro! ¡Abre la maldita puerta!

—¡Estoy intentándolo, jefe! ¡Tienen un bloqueo manual desde adentro! ¡Tienes que romperlo!

Carmine no lo pensó. Retrocedió dos pasos, levantó su rifle y disparó una ráfaga completa contra el mecanismo de cierre electrónico. Chispas y pedazos de metal volaron por el aire. Pateó la puerta con toda la fuerza de su desesperación.

La puerta cedió.

Carmine entró, tirando el rifle al suelo, y corrió hacia la cama. El olor a antiséptico era sofocante aquí adentro.

—Mi amor… —su voz se quebró. Cayó de rodillas junto a la cama, tomando su mano. Estaba helada. Sus dedos eran hueso puro.

Rosalía no se movió. Sus ojos estaban cerrados, hundidos en cuencas oscuras y amoratadas.

—Rosalía, por favor… soy yo. Soy Carmine.

Durante un segundo eterno, nada pasó. Luego, un leve estremecimiento recorrió el cuerpo de ella. Sus párpados se agitaron, luchando contra el peso de sedantes y agotamiento.

Lentamente, dolorosamente, abrió los ojos.

Eran verdes. Apagados, vidriosos, pero eran sus ojos.

Tardó un momento en enfocar. Miró el techo, luego las máquinas, y finalmente, giró la cabeza hacia el hombre que lloraba arrodillado a su lado.

—¿Carmine? —su voz fue un susurro áspero, como hojas secas arrastrándose—. ¿Estoy muerta?

—No, mi vida, no —Carmine se llevó la mano de ella a los labios, besando los nudillos lastimados, las marcas de agujas, la piel fría—. Estás viva. Estoy aquí. Te encontré.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Rosalía.

—Soñé que venías… —susurró ella, cerrando los ojos de nuevo—. Soñé tantas veces… pero siempre despertaba aquí.

—Esto no es un sueño. Mírame. —Carmine le acunó el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo—. Siente mis manos. Estoy aquí. Vine por ti. Te voy a sacar de aquí.

La realidad pareció golpearla de repente. Sus ojos se abrieron más, llenos de pánico repentino. Intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas.

—¡La bebé! —jadeó, el monitor cardíaco a su lado comenzó a pitar más rápido—. Carmine… se la llevaron. Se llevaron a nuestra niña.

—Lo sé. Lo sé todo —la tranquilizó él, aunque por dentro estaba ardiendo—. Sé que está viva. Sé quién la tiene. La vamos a recuperar, te lo juro por mi vida, pero primero tengo que sacarte a ti.

De repente, una voz metálica resonó por los altavoces de la habitación y de todo el complejo.

“Atención. Código Omega activado. Brecha de contención en Sector D. Protocolo de esterilización iniciado. Detonación en T-minus cinco minutos.”

—¡Jefe! —gritó Bruno entrando en la habitación, con el rostro manchado de hollín y sangre—. ¡Shaw activó la autodestrucción! ¡Van a colapsar la montaña encima de nosotros!

—¡Sáquenla de las máquinas! —ordenó Carmine, poniéndose de pie.

—¡Si la desconectamos de golpe podría entrar en shock! —advirtió uno de los médicos del equipo que había bajado con ellos.

—¡Si no la desconectamos, va a morir enterrada! ¡Hazlo!

El médico y Bruno comenzaron a arrancar las vías y los tubos. La sangre manchó las sábanas blancas. Rosalía gimió de dolor, un sonido que se clavó en el corazón de Carmine como un cuchillo.

—Ya pasó, ya pasó —le susurraba él, envolviéndola en una manta térmica que sacó de un gabinete—. Agárrate a mí, Rose. No te sueltes.

Carmine la levantó en brazos. Se sorprendió con horror de lo ligera que era. Pesaba menos que un niño. Podía sentir cada costilla, cada hueso de su columna a través de la delgada bata de hospital.

—¡En marcha! ¡Todos fuera! ¡Corran! —rugió Carmine.

Salieron al pasillo. El combate había terminado, pero ahora el enemigo era el tiempo. Las luces blancas habían cambiado a una luz estroboscópica roja de emergencia. Sirenas aullaban, taladrando los oídos.

—¡Tres minutos! —gritó Pedro por el auricular—. ¡Salgan de ahí ya!

Corrieron. Carmine apretaba a Rosalía contra su pecho, protegiéndola con su cuerpo y su chaleco antibalas. Ella había escondido la cara en su cuello, sollozando silenciosamente.

Al llegar a las escaleras, el suelo comenzó a temblar. Pequeñas explosiones controladas empezaron a detonar en los niveles inferiores, derrumbando los laboratorios de pruebas para borrar la evidencia.

—¡Suban! ¡No se detengan! —gritó Bruno, empujando a sus hombres.

Subir los tres pisos con Rosalía en brazos, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el aire viciado, fue la prueba física más dura de la vida de Carmine. Pero no bajó el ritmo. No podía. Ella era su vida entera.

Llegaron a la puerta de acero superior. Cruzaron la cocina destrozada. Salieron a la noche fría de la sierra.

—¡A los vehículos! —ordenó Carmine.

Apenas habían cruzado la mitad del claro hacia el bosque cuando el suelo bajo sus pies se sacudió violentamente. Un sonido profundo, gutural, como si la tierra misma estuviera gritando, emanó desde abajo.

—¡Al suelo!

Carmine se lanzó al lodo, cubriendo a Rosalía completamente con su cuerpo.

La cabaña principal se desintegró. Una columna de fuego y escombros salió disparada hacia el cielo nocturno, iluminando el bosque como si fuera de día. La onda expansiva pasó sobre ellos, arrancando ramas de los árboles y levantando una nube de polvo y nieve.

El estruendo rodó por las montañas, un eco de destrucción que duró varios segundos.

Luego, el silencio volvió.

Carmine levantó la cabeza, sacudiéndose la tierra del cabello. Miró debajo de él.

Rosalía lo miraba. Tenía la cara sucia de lodo, estaba temblando incontrolablemente por el frío y el shock, pero estaba viva. Estaba fuera.

—¿Estamos… estamos libres? —preguntó ella, con los dientes castañeteando.

Carmine miró la columna de humo que subía desde donde antes estaba su prisión.

—Estamos libres, mi amor —dijo él, limpiándole una mancha de sangre de la mejilla con su pulgar—. Pero esto no ha terminado.

Bruno se acercó, cojeando levemente.

—Todos presentes, jefe. Dos heridos leves. El objetivo ha sido extraído.

Carmine asintió, su rostro endureciéndose de nuevo. Ayudó a Rosalía a levantarse, cargándola de nuevo hacia la camioneta que se acercaba.

—Llévala a la casa segura en Cuernavaca. Que los mejores médicos la atiendan. Nadie duerme hasta que ella esté estable.

—¿Y usted, patrón? —preguntó Bruno, abriendo la puerta trasera de la Suburban blindada.

Carmine acomodó a Rosalía en el asiento, besó su frente y luego se giró hacia el sur, hacia donde las luces de la Ciudad de México manchaban el horizonte lejano. Hacia donde un Senador dormía tranquilo con una niña que no era suya.

—Yo tengo una cita con un político —dijo Carmine, y la promesa de violencia en su voz fue más aterradora que cualquier explosión—. Tengo que ir a recoger a mi hija.

CAPÍTULO 5: LA NEGOCIACIÓN DEL DIABLO

El sol de la mañana en Cuernavaca era engañosamente suave. Entraba por los ventanales de la casa de seguridad —una mansión modernista escondida tras muros de tres metros y buganvilias fucsias— iluminando el polvo que flotaba en el aire. Pero dentro de la habitación principal, el ambiente era de una gravedad clínica.

Rosalía dormía.

Carmine estaba sentado en un sillón de piel junto a la cama, con la ropa táctica aún puesta, manchada de lodo seco y sangre ajena. No se había duchado. No había comido. Solo observaba el pecho de su esposa subir y bajar rítmicamente. Los mejores médicos privados de la organización Ferraro la habían estabilizado, bombeando fluidos, nutrientes y antibióticos en su cuerpo devastado.

—Está fuera de peligro inmediato, patrón —dijo el Dr. Arriaga, un hombre canoso que había curado más heridas de bala que un cirujano de guerra—. Pero el daño… es profundo. Desnutrición severa, atrofia muscular, traumas psicológicos que ni siquiera puedo empezar a medir. Va a necesitar meses, tal vez años.

Carmine asintió lentamente, sin apartar la vista de ella. Le habían quitado tanto. Su fuerza, su cabello, su brillo. Pero no le habían quitado la vida. Eso lo había recuperado él.

—Cuídela con su vida, doctor —dijo Carmine con voz ronca—. Si su corazón deja de latir, el suyo también lo hará.

Se puso de pie, sus articulaciones crujiendo por el esfuerzo de la noche anterior en la Sierra Madre. Se inclinó y besó la frente de Rosalía. Su piel ya no estaba helada; tenía una calidez tenue, la promesa de un retorno.

—Voy por ella, Rose —susurró en su oído—. Voy por nuestra hija. Descansa. Cuando despiertes, la pesadilla habrá terminado.

Salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad. En el pasillo, Bruno lo esperaba con un traje colgado en una funda y un teléfono en la mano.

—El objetivo está confirmado, jefe —dijo Bruno—. El Senador Haroldo Villalobos está en el Hotel Camino Real de Polanco. Es la Gala Benéfica “Futuro Seguro”. Irónico, ¿no?

—Muy irónico —murmuró Carmine, tomando el traje—. ¿Seguridad?

—Estado Mayor Presidencial en el perímetro, seguridad privada adentro. Pero usted tiene invitación. Mesa 4, donante platino. Compramos el lugar de un empresario constructor que decidió tomarse unas vacaciones repentinas esta mañana después de que le explicamos amablemente la situación.

—Bien. Prepara el helicóptero. Quiero estar en la Ciudad de México en treinta minutos.


El Gran Salón del Hotel Camino Real era un océano de esmóquines, vestidos de diseñador y joyas que costaban más de lo que una familia promedio ganaba en diez años. La élite política y empresarial del país se mezclaba bajo candelabros de cristal, bebiendo champaña y felicitándose mutuamente por su supuesta filantropía.

Carmine Ferraro entró como un tiburón deslizándose en un estanque de peces dorados.

Llevaba un esmoquin negro de corte italiano hecho a medida, que ocultaba la pistola compacta Walther PPK en su sobaquera. Su cabello estaba peinado hacia atrás, su rostro afeitado y limpio, aunque sus ojos grises conservaban la frialdad del depredador. Nadie lo reconoció como el hombre que había volado un laboratorio clandestino hacía menos de 24 horas. Para ellos, era solo otro rostro rico, otro inversor anónimo.

Carmine tomó una copa de champaña de una bandeja que pasaba y escaneó el salón.

Ahí estaba.

El Senador Haroldo Villalobos. Cincuenta y tantos años, con sobrepeso, calvicie incipiente y una sonrisa de dientes demasiado blancos. Estaba rodeado de admiradores, riendo fuerte, con una mano en el hombro de un joven diputado y la otra sosteniendo un whisky. Era la imagen del éxito y la respetabilidad. El hombre que presidía la Comisión de Seguridad Nacional. El hombre que hablaba de valores familiares en la televisión.

El hombre que había comprado a una niña humana por dos millones de dólares.

Carmine sintió un asco visceral, más intenso que el que sentía por los sicarios o los narcos. Los criminales, al menos, sabían lo que eran. Villalobos era un parásito disfrazado de santo.

Esperó. La paciencia era el arma más letal de un Capo.

Treinta minutos después, Villalobos se disculpó con su círculo y se dirigió hacia la salida lateral, rumbo a los baños VIP. Dos guardaespaldas, tipos grandes con auriculares, lo siguieron a una distancia discreta. Se quedaron plantados fuera de la puerta de caoba del baño, bloqueando el paso a cualquiera que intentara entrar.

Cualquiera que no fuera Carmine Ferraro.

Carmine se acercó. Los guardias se tensaron, bloqueando el camino.

—Baño privado, señor —dijo uno de ellos, poniendo una mano en el pecho de Carmine.

Carmine no se detuvo. Le sonrió al guardia, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Dígale al Senador que traigo un mensaje de Frederick Shaw. Es sobre la “mercancía” especial.

El nombre de Shaw actuó como una llave maestra. Los guardias intercambiaron una mirada nerviosa. Sabían quién era Shaw. Sabían que sus jefes tenían tratos oscuros.

—Espere aquí —dijo uno, entrando al baño. Salió diez segundos después, pálido—. Pase. Rápido.

Carmine entró y el guardia cerró la puerta tras él, dejándolos solos.

El baño era lujoso, todo mármol negro y grifos dorados. Villalobos estaba lavándose las manos, mirándose al espejo con vanidad. Cuando vio a Carmine reflejado detrás de él, su sonrisa se desvaneció. Se secó las manos con una toalla de tela, intentando mantener la compostura.

—¿Usted es el mensajero de Shaw? —preguntó Villalobos con voz altanera—. Dígale que no es prudente mandarme gente a eventos públicos. Tenemos protocolos.

Carmine caminó despacio hasta quedar a un metro del político.

—No soy mensajero de Shaw, Senador.

Villalobos frunció el ceño, confundido.

—¿Entonces quién demonios es usted? ¿Seguridad?

—Soy el padre de la niña que compró hace diez meses.

El silencio que siguió fue absoluto. El color desapareció del rostro de Villalobos tan rápido que parecía que le hubieran drenado la sangre. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Retrocedió hasta chocar contra el lavabo.

—No… no sé de qué habla —tartamudeó, su arrogancia colapsando como un castillo de naipes—. Eso es… eso es absurdo. Seguridad… ¡SEGURIDAD!

Carmine dio un paso rápido hacia adelante, invadiendo su espacio personal, y con un movimiento fluido agarró al Senador por la solapa de su costoso saco, empujándolo contra el espejo.

—No grite, Haroldo. Si sus gorilas entran, tendré que matarlos. Y luego tendré que romperle a usted los dedos, uno por uno, antes de que me diga lo que quiero saber. Y créame, no quiere que lleguemos a eso aquí, con toda la prensa afuera.

—Usted está loco… Soy un Senador de la República… tengo fuero… —gimoteó Villalobos, sudando profusamente.

—El fuero lo protege de la policía, Senador. No lo protege de mí —dijo Carmine con una calma terrorífica—. Mi nombre es Carmine Ferraro.

Los ojos de Villalobos se desorbitaron. Conocía el nombre. Todo el mundo en las esferas de poder conocía el nombre, aunque se susurraba con miedo. El fantasma del norte.

Carmine soltó al Senador, alisándole la solapa con un gesto burlón de cortesía. Sacó su teléfono celular, desbloqueó la pantalla y se lo puso frente a la cara a Villalobos.

En la pantalla se reproducía un video de seguridad granulado pero claro. Era la oficina de Sentinel Security. Se veía a Villalobos sentado frente a Frederick Shaw, revisando un catálogo en una tableta. Se le oía decir claramente: “Quiero la opción genética A. La niña. Mi esposa quiere una niña que sea bonita e inteligente. ¿Dos millones? Hecho. Transfiérelo a la cuenta en las Islas Caimán.”

Villalobos miró el video como si fuera su sentencia de muerte. Temblaba incontrolablemente.

—Eso… eso es falso… es IA… es un montaje…

—No insulte mi inteligencia —cortó Carmine, guardando el teléfono—. Tengo los registros bancarios. Tengo los correos. Tengo el testimonio grabado de su intermediario antes de que… dejara de estar disponible.

Carmine se acercó a su oído, bajando la voz a un susurro letal.

—Escuche bien. Tiene a mi hija. Se llama Esperanza. Quiero que me la entregue.

—No puedo… mi esposa… ella la ama… cree que es una adopción legal de Ucrania… —Villalobos estaba al borde del llanto, una masa de nervios y cobardía.

—No me importa su esposa. Me importa la mía, a la que torturaron durante un año para crear a esa niña. Me importa mi hija, que está viviendo una mentira en su mansión de Las Lomas.

Carmine miró su reloj, un Patek Philippe que valía más que la vida del hombre frente a él.

—Son las 9:00 PM. Tiene 24 horas. Mañana a esta hora, quiero a mi hija. Sin policía. Sin trucos. Le enviaré una ubicación.

—¿Y si me niego? —preguntó Villalobos, intentando recuperar un fragmento de dignidad, aunque sonó patético.

Carmine sonrió. Fue una sonrisa que prometía el fin del mundo.

—Si se niega, o si veo una sola patrulla cerca… este video llega a todos los noticieros nacionales e internacionales en cinco minutos. Su carrera, su reputación, su libertad… todo se hará cenizas. Y después de que lo pierda todo, después de que su esposa lo odie y el país lo escupa… iré a visitarlo a su celda. Y entonces no hablaré.

Carmine se apartó y se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo y miró hacia atrás.

—Mire a su alrededor, Senador. Todo este lujo, todo este poder… pende de un hilo. Y yo tengo las tijeras. 24 horas.

Carmine salió del baño. Los guardias lo miraron, pero él pasó de largo, mezclándose de nuevo con la multitud, tomando otra copa de champaña como si nada hubiera pasado.

Dentro del baño, Haroldo Villalobos se derrumbó en el suelo de mármol. Se aflojó la corbata porque sentía que se asfixiaba. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho.

¿Entregar a la niña? Su esposa, Marcela, se volvería loca. Era su adoración. Destruiría su matrimonio.

¿No entregarla? Ferraro lo destruiría todo.

El pánico, frío y viscoso, se apoderó de su cerebro. No podía pensar con claridad. El miedo lo hacía irracional.

Con manos temblorosas, sacó su teléfono privado, el que usaba para sus negocios sucios. Solo había una persona que podía ayudarlo. Una persona que odiaba a Ferraro tanto como él le temía.

Marcó.

—¿Bueno? —contestó una voz al otro lado. Sonaba débil, distorsionada por el dolor y la estática.

—Soy yo. Villalobos —susurró el Senador, mirando a la puerta paranoicamente—. Ferraro estuvo aquí. Sabe lo de la niña. Me dio 24 horas. ¡Tienes que hacer algo, maldita sea! ¡Te pagué protección!

Hubo un silencio al otro lado. Luego, una risa seca, seguida de una tos húmeda.

—¿Ferraro está en la ciudad? —preguntó Frederick Shaw.

—Sí. Me tiene acorralado.

—Tranquilo, Senador —dijo Shaw, y su voz adquirió un tono sádico—. No le entregues a la niña.

—¿Estás loco? ¡Va a publicar los videos!

—No lo hará si está muerto. Escúchame bien. Acepta el trato. Dile que le entregarás a la niña. Cítalo en un lugar aislado. Yo me encargo del resto.

—¿Tú? —Villalobos dudó—. Me dijeron que tu laboratorio explotó. Creí que estabas muerto.

—No es tan fácil matarme. Tengo quemaduras en la mitad del cuerpo y perdí a muchos hombres… pero sigo teniendo a la niña.

Villalobos se confundió.

—¿Qué? No, la niña está en mi casa, con mi esposa.

—Ya no —dijo Shaw con frialdad—. Mis hombres acaban de llegar a tu casa en Las Lomas mientras tú estás en tu fiestecita. Acabamos de recuperar el “activo”.

Villalobos sintió que el vómito le subía a la garganta.

—¡No! ¡Marcela! ¡No toques a mi familia!

—Cállate y escucha. Ahora yo tengo el control. Ferraro quiere a su hija. Tú quieres tu carrera. Yo quiero la cabeza de Ferraro. Todos ganamos… si haces exactamente lo que te digo.

La llamada se cortó.

Villalobos dejó caer el teléfono. Se miró al espejo. Vio a un hombre muerto caminando. Había intentado jugar con el diablo, y ahora el diablo había venido a cobrar, trayendo el infierno consigo.

CAPÍTULO 6: LA EMBOSCADA EN LA NIEBLA

El teléfono de Carmine vibró sobre la mesa de caoba de la casa de seguridad en Cuernavaca. No era una llamada. Era un mensaje de texto.

Eran las 11:45 PM. El silencio en la casa era absoluto, solo roto por el zumbido lejano de los grillos en el jardín y la respiración entrecortada de Carmine, que llevaba una hora mirando la pantalla negra, esperando.

El mensaje provenía de un número desconocido. Carmine lo abrió.

“Tengo a la niña. Muelle 4 del Puerto de Veracruz. Medianoche. Ven solo. Si veo un solo policía, o si intentas algo estúpido, te la devuelvo en pedazos. Tienes tres horas para llegar en tu jet.”

Y debajo, una foto.

El corazón de Carmine se detuvo un instante y luego volvió a latir con la fuerza de un martillo hidráulico. Era una foto de un bebé envuelto en una manta rosa sucia, llorando, sostenido por una mano que Carmine reconoció al instante: una mano con quemaduras recientes, piel roja y ampollada, dedos deformados.

No era Villalobos. El Senador no tenía las agallas para esto.

Era Frederick Shaw.

—Es una trampa, jefe —dijo Bruno, que había leído el mensaje por encima del hombro de Carmine. Su rostro, normalmente impasible, mostraba una mueca de preocupación—. Shaw sobrevivió a la explosión. Quiere que vaya para matarlo. Es un suicidio ir solo.

—Lo sé —dijo Carmine, poniéndose de pie y ajustándose la pistolera. Su voz era tranquila, pero sus ojos eran dos pozos de oscuridad—. Pero es la única jugada que tenemos. Si no voy, la mata. Shaw ya no tiene nada que perder. Es un animal herido.

Carmine caminó hacia la habitación de Rosalía. Entró sin hacer ruido. Ella estaba despierta, mirando el techo con ojos vacíos. Al verlo entrar vestido con ropa táctica negra, se incorporó con esfuerzo, gimiendo por el dolor de sus músculos atrofiados.

—¿Te vas? —preguntó ella. Su voz era débil, pero la intensidad de su mirada no había disminuido.

—La tienen en Veracruz. Shaw la tiene.

Rosalía cerró los ojos y una lágrima se escapó. Apretó las sábanas con sus manos esqueléticas hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Es una trampa, Carmine. Él te odia.

—Sí. Pero tengo que ir.

Rosalía extendió la mano. Carmine se acercó y la tomó. Ella tiró de él con una fuerza sorprendente, obligándolo a inclinarse hasta que sus frentes se tocaron.

—No te mueras —susurró ella, con una ferocidad que le puso la piel de gallina a Carmine—. No te atrevas a dejarme sola otra vez. Tráela a casa. A las dos.

—Te lo juro —prometió él, besando sus labios secos—. Volveré.


El equipo se movilizó en cuestión de minutos. El jet privado de la familia Ferraro despegó de Cuernavaca rompiendo las regulaciones de velocidad aérea. Aterrizaron en una pista clandestina cerca de Veracruz, donde tres vehículos esperaban.

Mientras cargaban las armas en las camionetas, nadie notó una sombra pequeña y ágil deslizándose entre la oscuridad.

Ethan, el niño de la calle que había iniciado todo esto, observaba desde detrás de unos barriles de combustible. Había escuchado la conversación. Sabía que Carmine iba a enfrentar al monstruo. Y sabía algo que los adultos a veces olvidaban: los monstruos no juegan limpio.

Carmine le había ordenado quedarse con Rosalía. “Es asunto de hombres”, le había dicho. Pero Ethan había sobrevivido en las calles porque sabía ser invisible.

Aprovechando que Bruno discutía con el piloto sobre las coordenadas de extracción, Ethan corrió agachado y se metió en la cajuela abierta de la segunda camioneta, cubriéndose con una lona manchada de grasa. Su corazón latía rápido, pero no tenía miedo. Tenía una piedra en el bolsillo. Una piedra afilada que había recogido en el jardín. Era su arma.

El convoy arrancó, devorando la carretera hacia el puerto.


El Puerto de Veracruz a las 3:00 AM era un escenario fantasmagórico. La niebla del Golfo de México había entrado, espesa y salada, cubriendo los contenedores oxidados y las grúas gigantes que parecían esqueletos de dinosaurios metálicos.

Carmine ordenó que el convoy se detuviera a un kilómetro de la entrada del Muelle 4.

—Hasta aquí —dijo por la radio—. Bruno, posiciona a los tiradores en el perímetro, pero no disparen a menos que yo dé la señal o que yo esté muerto. Shaw tendrá ojos en todas partes. Si ven movimiento, él mata a la niña.

—Entendido, patrón. Suerte.

Carmine bajó del vehículo. La humedad se le pegó a la ropa al instante. Caminó solo hacia la entrada del muelle, con las manos levantadas a la altura de los hombros, mostrando que no llevaba armas largas. Su pistola estaba en la espalda, oculta bajo la chaqueta, pero sabía que probablemente no tendría tiempo de usarla.

El Muelle 4 era una explanada de concreto agrietado que se adentraba en el mar negro. Al final, bajo la luz amarillenta y parpadeante de un poste de luz solitario, había una figura.

Carmine caminó. Sus pasos resonaban en el silencio, un clac-clac-clac rítmico que marcaba la cuenta regresiva.

Al acercarse, la figura de Shaw se hizo clara. Y era terrorífica.

La explosión en la sierra le había cobrado un precio alto. La mitad derecha de su rostro era una masa de tejido quemado y cicatrices rojas. Le faltaba una oreja. Su traje, antes impecable, estaba sucio y roto. Pero sus ojos… el ojo sano brillaba con una locura lúcida, y el ojo del lado quemado no tenía párpado, miraba fijamente, inyectado en sangre.

En su brazo izquierdo, sostenía el bulto rosa. La bebé.

—Ferraro —dijo Shaw. Su voz sonaba húmeda, como si tuviera líquido en los pulmones—. Eres puntual. Siempre admiré eso de ti.

—Dame a mi hija, Shaw —dijo Carmine, deteniéndose a diez metros. Podía escuchar el llanto suave de la niña, un sonido que le desgarraba el alma—. Tu guerra es conmigo. Ella es inocente.

Shaw soltó una risa que terminó en un ataque de tos. Escupió algo oscuro al suelo.

—¿Inocente? —graznó—. Nadie es inocente en nuestro mundo, Carmine. Tú mataste a mis hombres. Quemaste mi imperio. Destruiste mi vida. ¿Crees que me importa la inocencia?

Shaw alzó el brazo derecho. Tenía una pistola automática apuntando directamente a la cabeza del bebé.

—Arrodíllate —ordenó Shaw.

Carmine no lo dudó. Se hincó sobre el concreto húmedo y sucio de aceite.

—Saca tu arma. Despacio. Con dos dedos.

Carmine sacó la Walther de su espalda y la deslizó por el suelo hacia Shaw. El arma se detuvo a los pies del exmilitar.

—Bien. Muy bien —Shaw sonrió, y la cicatriz de su cara se estiró horriblemente—. Mira lo que el gran Carmine Ferraro hace por amor. Es patético.

—Ya tienes lo que querías. Me tienes a mí, desarmado y de rodillas. Déjala ir. Ponla en el suelo y déjala gatear lejos. Luego puedes matarme.

Shaw negó con la cabeza, saboreando el momento.

—No. Ese sería un final demasiado rápido para ti. Quiero que veas. Quiero que veas cómo se apaga su luz. Quiero que sientas lo que yo sentí cuando vi mi vida arder. Voy a matarla primero, Carmine. Y luego te voy a disparar en el estómago para que te desangres escuchando el silencio.

Carmine sintió un frío absoluto. Shaw no iba a negociar. Shaw quería dolor. Carmine tensó los músculos de las piernas, calculando la distancia. Diez metros. Imposible llegar antes de que apretara el gatillo.

Shaw amartilló el arma. El click resonó como un trueno.

—Dile adiós, papá.

En ese instante, una sombra se movió en lo alto de una pila de contenedores oxidados, justo detrás y encima de Shaw.

Nadie había mirado arriba.

Ethan estaba allí, temblando por el frío y la adrenalina, a cinco metros de altura. En su mano no tenía la piedra del jardín. Había encontrado algo mejor en el suelo del contenedor: un perno de acero industrial, pesado, del tamaño de un puño, oxidado y brutal.

—¡Oye, cara de pizza! —gritó Ethan con toda la fuerza de sus pulmones.

Shaw, sorprendido por la voz infantil que venía del cielo, instintivamente alzó la vista y giró el arma hacia arriba.

Fue un error de medio segundo.

Ethan dejó caer el perno. No lo lanzó; lo dejó caer con la precisión de quien ha aprendido a tirar basura a los policías desde los techos.

El perno golpeó a Shaw en el hombro derecho, justo en la clavícula, cerca del cuello. El sonido del hueso rompiéndose fue seco y repugnante.

Shaw aulló de dolor. El impacto hizo que su brazo derecho se entumeciera y el disparo saliera desviado hacia el cielo.

Pero el golpe también lo desequilibró. Tambaleó hacia el borde del muelle. Su brazo izquierdo, el que sostenía a la bebé, se abrió por el espasmo del dolor.

El bulto rosa resbaló.

—¡NO! —el grito de Carmine desgarró su garganta.

El tiempo se ralentizó. Carmine vio a su hija caer hacia el vacío, hacia el agua negra y aceitosa del puerto.

Carmine se impulsó desde el suelo con una potencia explosiva. No corrió hacia Shaw. Corrió hacia el borde.

Se lanzó al aire en un clavado suicida.

Su cuerpo impactó contra el de la bebé en el aire, atrapándola contra su pecho milisegundos antes de golpear el agua.

El impacto fue brutal. El agua helada les quitó el aliento. Se hundieron en la oscuridad. Carmine pataleó frenéticamente, una mano aferrada a un barrote oxidado del muelle bajo el agua, la otra apretando a su hija contra su cuello para que su cabeza quedara fuera.

Emergió a la superficie, tosiendo agua salada.

—¡¡Guaaaa!! —el llanto de la niña estalló. Estaba viva.

Arriba, en el muelle, Shaw se recuperaba, jadeando, sosteniendo su hombro roto. Vio a Carmine en el agua, un blanco fácil. Levantó su arma con la mano izquierda temblorosa.

—¡Muere, maldito! —gritó Shaw, apuntando al agua.

Pero antes de que pudiera disparar, la niebla se iluminó con destellos.

BAM. BAM. BAM.

Tres disparos resonaron desde la oscuridad de la entrada del muelle.

Bruno y los Lobos habían llegado.

El primer disparo le dio a Shaw en la pierna buena. El segundo le atravesó el estómago. El tercero le dio en el centro del pecho, empujándolo hacia atrás.

Shaw cayó de espaldas, golpeando el concreto con un sonido sordo. Su arma cayó al mar.

Bruno corrió hacia el borde, seguido por dos hombres.

—¡Jefe!

Lanzaron una cuerda. Carmine se aferró a ella con una mano, sosteniendo a su hija con la otra. Lo subieron con fuerza bruta.

Carmine cayó sobre el concreto, empapado, temblando, respirando como si acabara de correr un maratón.

Revisó el bulto rosa. La niña estaba mojada y lloraba furiosa, pero no tenía heridas. Sus pequeños ojos grises lo miraban, confundidos pero vivos.

Carmine la abrazó, enterrando su cara en la manta mojada, y sollozó. Un solo sollozo, profundo y doloroso, que liberó toda la tensión de los últimos meses.

Bruno se acercó a Shaw. El exmilitar seguía vivo, tosiendo sangre negra, mirando al cielo nublado con su único ojo bueno.

Carmine se puso de pie, con la niña en brazos, y caminó hacia él. El agua escurría de su ropa, mezclándose con la sangre de Shaw en el suelo.

Shaw intentó hablar, pero solo salió un gorgoteo.

—Se acabó, Shaw —dijo Carmine. No había triunfo en su voz, solo cansancio—. Perdiste.

Shaw sonrió con los dientes manchados de rojo.

—El infierno… te espera… Ferraro…

—Tal vez —dijo Carmine, mirando a su hija—. Pero hoy no.

Shaw exhaló por última vez y sus ojos se quedaron fijos en la nada.

Carmine se giró. Buscó con la mirada.

—¿Dónde está el niño? —preguntó con urgencia.

Desde arriba de los contenedores, una cabecita se asomó. Ethan bajaba por una escalerilla oxidada, con las manos sucias de óxido.

Carmine caminó hacia él. Cuando Ethan llegó al suelo, miró a Carmine con miedo, esperando un regaño por haber desobedecido.

—Dije que te quedaras —dijo Carmine severamente.

Ethan bajó la mirada, pateando una piedrita.

—No podía dejarlo solo, patrón. Usted es lo único que tengo.

Carmine se agachó frente al niño, equilibrando a la bebé en un brazo. Con el brazo libre, agarró a Ethan por la nuca y lo atrajo hacia sí, abrazándolo con fuerza contra su pecho mojado.

—Me salvaste la vida, hijo —susurró Carmine en el pelo sucio del niño—. Nos salvaste a todos.

Ethan se quedó rígido un momento, sorprendido, y luego abrazó a Carmine, llorando en silencio.

Bruno observaba la escena, con el rifle bajo. La niebla comenzaba a disiparse con los primeros rayos del amanecer sobre el Golfo de México.

—Vámonos a casa, Bruno —dijo Carmine, levantándose con sus dos hijos, uno de sangre y otro de elección—. Rosalía nos está esperando.

CAPÍTULO 7: ORO Y CENIZAS

El otoño llegó a la Sierra Madre Oriental no con frío, sino con un cambio de luz. El sol, antes abrasador sobre Monterrey, ahora bañaba los picos de Chipinque con un tono dorado y suave, tiñendo de ocre las hojas de los encinos que rodeaban la reconstruida Hacienda Ferraro.

Seis meses.

Habían pasado ciento ochenta días desde la noche en el muelle de Veracruz. Ciento ochenta días de cirugías reconstructivas, de terapias físicas dolorosas, de pesadillas que despertaban a la casa entera a las tres de la mañana, y de un silencio que, poco a poco, se fue llenando de música.

Carmine Ferraro estaba de pie en el balcón de su despacho. Desde allí, podía ver el jardín trasero. Ya no había guardias armados con rifles de asalto patrullando cada metro cuadrado de césped visible. La seguridad seguía ahí, por supuesto —Carmine no era ingenuo—, pero ahora era invisible, discreta, integrada en el paisaje.

Sus ojos, que durante un año solo habían buscado amenazas, ahora buscaban algo más simple.

Abajo, en el pasto recién cortado, un niño corría.

Ethan había cambiado. Los seis meses de buena alimentación, vitaminas y, sobre todo, la ausencia de miedo constante, habían transformado su cuerpo. Ya no era el esqueleto andante que se escondía tras las lápidas. Había crecido cinco centímetros. Su piel morena brillaba bajo el sol, y su cabello, antes una maraña sucia, ahora estaba cortado con un estilo moderno que Bruno le había recomendado.

Ethan reía. Corría detrás de un perro Golden Retriever cachorro que Carmine le había regalado la semana anterior.

—Se ve feliz, ¿verdad? —dijo una voz suave a espaldas de Carmine.

Él se giró. Rosalía estaba en el umbral de la puerta francesa.

Carmine sintió que el aire se le escapaba, como le sucedía cada vez que la veía últimamente. Su recuperación había sido un milagro médico y una prueba de su voluntad de acero. Su cabello había crecido, un corte ‘pixie’ rojizo que enmarcaba sus pómulos. Había ganado peso, y aunque sus brazos aún mostraban las tenues cicatrices blancas de las vías intravenosas, ya no las escondía.

—Se ve como un niño —respondió Carmine, acercándose a ella y rodeándole la cintura con los brazos—. Como debería ser.

Rosalía apoyó la cabeza en el pecho de su esposo. Llevaba en brazos a Esperanza. La bebé, de ahora 16 meses, jugaba con el botón de la camisa de Carmine, balbuceando sílabas que sonaban sospechosamente a “Papá”.

—¿Estás listo para esta tarde? —preguntó Rosalía, mirando hacia el jardín.

—Llevo listo desde el momento en que ese niño me dio tu pañuelo en el cementerio —dijo Carmine, besando la coronilla de su hija—. Solo espero que él lo esté.


La cocina de la Hacienda Ferraro olía a albahaca, tomate asado y ajo. Era territorio sagrado de Doña Teresa. La matriarca, vestida de negro impecable pero con un delantal lleno de harina, estaba enseñando a Ethan el arte secreto de los ñoquis caseros.

—No, no, bambino —le corregía Teresa con una paciencia infinita, mezclando italiano y español—. No los aplastes. Tienes que tratarlos con cariño. La masa siente tu estado de ánimo. Si estás enojado, salen duros. Si estás feliz, salen suaves como nubes.

Ethan, con la nariz manchada de harina, intentaba moldear la masa con una concentración absoluta.

—¿Así, abuela? —preguntó Ethan, y luego se detuvo, congelado. Se mordió el labio, mirando de reojo a Teresa, temiendo haber cruzado una línea al llamarla “abuela”.

Teresa se detuvo. Dejó el rodillo sobre la mesa de madera. Sus ojos oscuros, que habían visto guerras de mafias y funerales de hijos, se llenaron de lágrimas.

Se acercó al niño, le tomó la cara entre sus manos arrugadas y le plantó un beso sonoro en la frente.

—Exactamente así, nieto mío. Exactamente así.

Ethan sonrió, una sonrisa tímida que iluminó la cocina entera.

Carmine y Rosalía observaban desde la puerta, invisibles para los cocineros.

—Nunca pensé que vería a mi madre cocinar con alguien que no fuera yo —susurró Carmine.

—Ethan tiene ese efecto —dijo Rosalía—. Él repara cosas que no sabíamos que estaban rotas.


Al atardecer, la familia se reunió en el porche principal. El sol comenzaba a esconderse tras las montañas de la Huasteca, pintando el cielo de violeta y naranja.

Bruno, vestido de civil por primera vez en meses (aunque se notaba el bulto de la pistola en la cintura), trajo una botella de vino tinto y jugo de uva para Ethan.

—Siéntate, Ethan —dijo Carmine, señalando la silla a su derecha.

El niño obedeció, dejando su avión de papel sobre la mesa. Se notaba un poco nervioso. A pesar de los meses de paz, sus instintos de la calle seguían ahí, susurrándole que lo bueno nunca dura, que en cualquier momento le dirían que las vacaciones habían terminado y que tenía que volver al orfanato.

Carmine colocó una carpeta de cuero negro sobre la mesa.

—¿Hice algo malo? —preguntó Ethan rápidamente, sus ojos escaneando la cara de Carmine en busca de señales de enojo.

—Al contrario —dijo Carmine. Su voz, la voz que podía ordenar la muerte de hombres, ahora temblaba ligeramente—. Ethan, tú me devolviste la vida. Me devolviste a mi esposa. Me devolviste a mi hija. No hay dinero en el mundo que pueda pagar eso.

—No quiero dinero —dijo Ethan, bajando la vista—. Solo quiero… quedarme. Si se puede. Puedo ayudar en el jardín, o lavar los coches.

Rosalía soltó un sollozo ahogado y se cubrió la boca con la mano.

Carmine empujó la carpeta hacia el niño.

—Ábrelo.

Ethan abrió la carpeta con manos temblorosas. Dentro había documentos legales con sellos oficiales del Estado de Nuevo León y timbres federales. Ethan sabía leer bien —había devorado libros en la biblioteca pública para escapar del frío—, pero las palabras legales eran confusas.

Sin embargo, al final de la página, leyó un nombre en letras negritas.

ETHAN FERRARO.

Levantó la vista, confundido.

—¿Qué significa esto?

—Significa —dijo Carmine, inclinándose hacia adelante— que ya no eres Ethan, el niño del puente. Significa que legalmente, ante Dios, ante la ley y ante nosotros, eres mi hijo.

—Significa que nunca más vas a tener que buscar dónde dormir —añadió Rosalía, tomando la mano del niño—. Que esta es tu casa. Para siempre.

—¿Para siempre? —preguntó Ethan, con la voz rota, como si la palabra fuera demasiado grande para caber en su boca.

—Hasta que seas viejo y tengas tus propios hijos —dijo Teresa, poniendo su mano sobre la de él—. Eres un Ferraro. Y los Ferraro cuidamos a los nuestros. Sangre de nuestra sangre, o alma de nuestra alma. Es lo mismo.

Ethan miró los papeles. Luego miró a Carmine.

El niño que no lloraba cuando le pegaban, el niño que no lloraba cuando tenía hambre, el niño que había visto a su madre morir sin derramar una lágrima porque el shock lo había secado… ese niño se rompió.

Se lanzó a los brazos de Carmine.

Carmine lo atrapó, envolviéndolo en un abrazo férreo. Sintió las lágrimas calientes de su hijo mojar su camisa. Sintió los espasmos de un cuerpo pequeño que finalmente se permitía soltar tres años de soledad acumulada.

Rosalía se unió al abrazo, con Esperanza en medio de todos, riendo al ver a su hermano llorar, sin entender nada pero feliz de estar en el centro de todo.

—Bienvenido a casa, hijo —susurró Carmine.


Más tarde esa noche, cuando los niños dormían y la casa estaba en silencio, Carmine salió al jardín con una copa de whisky.

Bruno apareció de entre las sombras de los árboles, como siempre lo hacía.

—Todo está tranquilo, jefe —informó Bruno.

—Gracias, viejo amigo. Ve a descansar.

—Hay una cosa más, patrón.

Carmine se tensó.

—Dime.

—Llegó el reporte de la Ciudad de México. Del Reclusorio Norte.

—¿Villalobos?

—Sí. Lo encontraron esta mañana en las duchas. Parece que se resbaló y se cayó sobre un cepillo de dientes afilado. Diecisiete veces.

Carmine tomó un sorbo de whisky, mirando la luna llena.

—Qué accidente tan desafortunado.

—La policía dice que fue un ajuste de cuentas interno. Pero dejaron un mensaje escrito en la pared con… fluidos. Decía: “Por los niños”.

Carmine no sonrió. No sentía alegría por la muerte, pero sentía la satisfacción del equilibrio restaurado.

—Que se pudra. ¿Y lo otro?

—Las empresas de Shaw han sido desmanteladas. Sus cuentas en las Islas Caimán fueron vaciadas por un hacker anónimo —Bruno hizo una pausa significativa—. Pedro se compró un auto nuevo ayer, por cierto.

—Déjalo. Se lo ganó.

—Jefe… ¿cree que se acabó? —preguntó Bruno, mirando hacia la oscuridad del bosque—. Gente como Shaw… siempre tienen socios.

Carmine miró hacia la ventana del segundo piso, donde la luz de la habitación de Ethan brillaba tenuemente. Luego miró hacia la habitación donde Rosalía y Esperanza dormían.

Recordó el peso de su hija en el agua. Recordó el sonido del hueso de Shaw rompiéndose.

—No, Bruno. Nunca se acaba —dijo Carmine, terminando su trago—. El mundo está lleno de monstruos. Siempre habrá otro Shaw, otro Villalobos.

Carmine se giró hacia su jefe de seguridad. Sus ojos grises brillaron a la luz de la luna, no con la furia asesina de antes, sino con una determinación tranquila y protectora.

—Pero ahora ellos saben algo que antes no sabían.

—¿Qué cosa, jefe?

—Saben que si tocan a mi familia, no vendré por ellos con abogados o policías. Saben que vendré con fuego.

Carmine dejó la copa en la barandilla de piedra y se dirigió hacia la puerta.

—Cierra el perímetro, Bruno. Mañana vamos a llevar a Ethan a ver el mar. Quiero que conozca el océano sin tenerle miedo.

Carmine entró en la casa, cerrando la puerta tras de sí, dejando fuera la oscuridad y el frío.

Adentro había luz. Había calor. Había una familia.

Y por primera vez en toda su vida, Carmine Ferraro no soñó con guerras. Soñó con el futuro.

FIN

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