
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA ÚLTIMA ENTRADA TRIUNFAL
¿Qué harías si el hombre al que juraste amar por el resto de tu vida apareciera en tu funeral tomado de la mano de la mujer con la que te traicionó? No es una pregunta retórica, es la escena exacta que se estaba desarrollando frente a mis ojos, una escena tan grotesca y dolorosa que hacía que el aire dentro de la Parroquia de San Agustín, en el corazón de Polanco, se sintiera denso, casi irrespirable.
El ataúd de caoba brillaba bajo la luz tenue de las velas, una caja preciosa y obscenamente cara para contener el cuerpo de mi mejor amiga, Raquel Moreno. Tenía solo 32 años. Estaba embarazada de ocho meses cuando murió. Se llevó con ella a la pequeña Esperanza, o al menos eso creíamos todos en ese momento. Raquel, la mujer que había sido mi sombra, mi hermana elegida, mi cómplice desde que teníamos siete años y compartíamos tortas en el recreo de una escuela pública donde soñábamos con un futuro mejor.
Había cerca de doscientas personas sentadas en las bancas de madera tallada. La “crema y nata” de la sociedad mexicana estaba ahí, o al menos, los que fingían serlo. Todos vestidos de negro riguroso, gafas oscuras de diseñador y esa expresión ensayada de “dolor profundo” que se quitan en cuanto suben a sus camionetas blindadas. El olor a nardos y lilis blancas se mezclaba con el aroma dulzón de perfumes importados, creando una atmósfera que mareaba. Pero debajo de la solemnidad, se sentía el morbo. Todos sabían que la muerte de Raquel no tenía sentido. ¿Cómo se muere una mujer sana, llena de vida, de un día para otro? “Fallo orgánico múltiple”, dijeron los médicos, encogiéndose de hombros como si eso explicara por qué una madre joven se apaga como una vela soplada por el viento.
Yo estaba en la tercera fila, apretando un pañuelo empapado hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Me llamo Clara, y ver esa caja ahí enfrente me estaba destrozando por dentro. Pero el dolor pronto se convirtió en una furia fría, una rabia que me subió por la espalda cuando escuché el chirrido de las pesadas puertas de roble al fondo de la iglesia.
El sacerdote, un hombre mayor que hablaba monótonamente sobre la vida eterna y el consuelo divino, se calló de golpe. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de tacones golpeando el mármol con una arrogancia que no pertenecía a un lugar sagrado.
Todos giraron la cabeza. Lo que vimos nos dejó helados.
Marcos de la Fuente entró caminando como si fuera el dueño del mundo, o al menos, dueño de la tragedia. Llevaba un traje hecho a la medida que costaba más de lo que mi papá ganó en toda su vida, el cabello perfectamente peinado con gel, y esa mandíbula cuadrada que alguna vez me pareció atractiva y que ahora solo me provocaba náuseas. No parecía un hombre que acababa de perder a su esposa y a su hija no nacida. Parecía un hombre que llegaba tarde a una junta de negocios aburrida.
Pero no venía solo.
Agarrada de su brazo, con la barbilla en alto y una frialdad que asustaba, venía Yessica. Yessica Serrano. La “otra”. La amante. La mujer que había estado destruyendo el matrimonio de mi amiga mientras Raquel decoraba el cuarto de la bebé. Yessica tenía 28 años, rubia de salón, operada hasta la perfección plástica, envuelta en un vestido negro de Valentino que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Era un vestido para un cóctel, no para un funeral. Sus tacones Louboutin de suela roja resonaban clac, clac, clac en el piso de la iglesia, cada paso un insulto a la memoria de Raquel.
No podía creerlo. Nadie podía creerlo. Un murmullo corrió por las bancas como un incendio forestal. “¿Es ella?”, “¿No tiene vergüenza?”, “¡Qué descaro!”. Vi a varias señoras de Las Lomas sacar sus celulares discretamente —o no tanto— para grabar. El escándalo ya estaba servido en bandeja de plata para los grupos de WhatsApp de toda la ciudad.
Pero lo peor fue el sonido que salió de la primera fila.
Doña Beatriz, la madre de Raquel, soltó un alarido que me partió el alma. Era una mujer pequeña, curtida por el sol y el trabajo duro. Había criado a Raquel sola, trabajando doble turno en una fonda económica cerca de la Central de Abastos para que a su hija no le faltara nada. Doña Beatriz siempre se había sentido fuera de lugar en el mundo de Marcos, con sus cenas de gala y sus viajes a Vail, pero siempre mantuvo la dignidad. Hasta ahora.
Ver al asesino emocional de su hija —porque eso era Marcos para nosotras— entrar con la amante, fue demasiado. Doña Beatriz se desplomó. Sus piernas simplemente dejaron de funcionar. Corrí hacia ella antes de que golpeara el suelo, sosteniendo su cuerpo frágil que temblaba con un llanto incontrolable.
—¡Sáquenla de aquí! —gritó alguien, no supe quién.
Pero Marcos ni se inmutó. Siguió caminando, arrastrando a Yessica hacia la primera fila, el lugar reservado para la familia doliente. Se sentaron justo frente al ataúd, dándole la espalda a Doña Beatriz, dándole la espalda a la decencia. Marcos cruzó la pierna. Yessica sacó un espejo compacto y se revisó el labial.
En ese momento, sosteniendo a la madre de mi amiga mientras el esposo infiel se acomodaba el saco, entendí algo fundamental: cuando alguien te muestra quién es realmente en tu peor momento, créele. Marcos no estaba confundido por el dolor. No estaba en shock. Marcos estaba celebrando. Creía que había ganado. Creía que Raquel, la “pobre y tonta” Raquel, se había muerto llevándose sus secretos a la tumba, dejándole el camino libre y la cuenta bancaria llena.
Lo que Marcos no sabía, mientras revisaba discretamente su reloj Rolex, era que el espectáculo real apenas estaba por comenzar. No tenía idea de que Raquel no era la víctima en esta historia. Ella era la arquitecta. Y el abogado que acababa de ponerse de pie, el Licenciado Villalobos, traía en su portafolio los planos de su destrucción.
CAPÍTULO 2: MÁSCARAS DE LUJO
Para entender por qué ese hombre estaba sentado ahí con esa mueca de suficiencia, y por qué mi amiga había terminado en una caja de madera antes de tiempo, tenemos que regresar. No mucho, solo unos años. A cuando el cuento de hadas todavía parecía real, aunque las grietas ya estaban ahí si uno sabía dónde mirar.
Raquel no venía de dinero. “Código postal humilde”, como decía la madre de Marcos con esa sonrisita condescendiente. Raquel creció en una unidad habitacional en Iztapalapa, donde el agua faltaba dos veces por semana y la música de los vecinos retumbaba hasta el amanecer. Pero Raquel tenía algo que el dinero de los De la Fuente no podía comprar: un cerebro brillante. Era una genio matemática, becada desde la secundaria hasta la universidad. Se graduó con honores del Tec de Monterrey, campus Ciudad de México, donde entró con una beca del 100% y donde conoció a Marcos.
Marcos era el típico “mirrey”. Hijo de papi, heredero de una cadena de hoteles boutique y consultorías fantasmas. Conoció a Raquel porque ella era la que le hacía las tareas de cálculo para que no lo reprobaran. Al principio, él la veía como una curiosidad, luego como un reto, y finalmente, como un trofeo. Se casaron cinco años después.
La boda fue el evento del año en Cuernavaca. Yo fui la dama de honor, enfundada en un vestido color salmón que odiaba, viendo a mi amiga flotar hacia el altar, convencida de que el amor podía borrar las diferencias de clase. ¡Qué estúpidas éramos!
La madre de Marcos, Doña Diana, una mujer que parecía hecha de hielo y cirugías, nunca aceptó a Raquel. “Esas no son formas”, “Se le nota el barrio”, “Es muy poca cosa para mi hijo”. Lo decía en voz baja, en esas reuniones donde servían canapés que nadie comía, asegurándose de que Raquel la escuchara pero no pudiera reclamar sin parecer una loca.
Durante los primeros años, Raquel intentó encajar. Se alació el cabello, aprendió a distinguir vinos, dejó de decir “ocupo” en lugar de “necesito”. Se convirtió en maestra de una escuela privada exclusiva para niños ricos, pensando que eso le daría estatus. Pero para Marcos, ella seguía siendo su proyecto de caridad. “Yo te saqué de la basura, mi amor”, le dijo una vez en una cena, riéndose como si fuera un chiste cariñoso. Raquel se rio también, pero vi cómo se le apagaban los ojos.
Luego vinieron los problemas reales. El juego.
Marcos tenía un vicio. Le encantaba apostar. No en la Lotería Nacional, sino en mesas de póker clandestinas en Bosques y apuestas deportivas ilegales. La primera vez que perdió una fortuna —dos millones de pesos— Raquel lo salvó. Usó los ahorros de toda la vida de su abuela, dinero que estaba destinado para emergencias, para pagarle a unos tipos que amenazaron con romperle las piernas a su “principito”.
Él lloró. Juró por la Virgen que nunca más lo haría. Se tiró al piso de la sala de su departamento en Santa Fe, suplicando perdón. Y Raquel, con ese corazón enorme y tonto que tenía, lo perdonó.
—Es un bache, Clara —me dijo, mientras tomábamos café en Vips—. Él me ama. Solo necesita apoyo.
—Lo que necesita es un psiquiatra y que lo dejes de solapar —le dije yo, furiosa.
Pero ella no me escuchó. O eso creí.
Poco después, Raquel empezó con su “hobby”. Me contó que estaba haciendo materiales didácticos digitales para maestros. “Cosas sencillas, Clarita. Planeaciones, hojas de trabajo, videos educativos. Los vendo en una plataforma gringa”. Marcos se burlaba de ella.
—Ay, mi vida, jugando a la empresaria con tus dibujitos. Está bien, mientras no descuides la casa, entretente con tus pesitos.
Si Marcos hubiera prestado atención, si hubiera dejado de mirarse al espejo cinco minutos para ver a la mujer que tenía al lado, se habría dado cuenta de que Raquel ya no era la misma. Había algo nuevo en ella. Una determinación de acero. Se levantaba a las 4 de la mañana y trabajaba hasta las 7, antes de irse a la escuela. Se desvelaba “calificando exámenes”, o eso le decía a él.
Seis meses antes del funeral, Raquel me citó en un café en la Roma, lejos de su círculo social. Estaba embarazada de tres meses y radiante, pero sus manos temblaban.
—Mira esto —me dijo, deslizando un estado de cuenta sobre la mesa.
Era de una tarjeta que Marcos juraba haber cancelado. Había cargos en Tiffany, en hoteles de lujo en Acapulco, en restaurantes donde una cena cuesta lo que yo gano en un mes. Y no eran para ella.
—Lo seguí —confesó Raquel, con la voz rota—. Contraté a un investigador privado. Se llama Yessica. Trabaja en su misma oficina. Tienen meses viéndose. Se ríen de mí, Clara. El investigador grabó una conversación. Marcos le dijo que soy una “incubadora aburrida”, que solo espera a que nazca el bebé para ver cómo deshacerse de mí sin darme un centavo.
—¡Maldito infeliz! —grité, golpeando la mesa—. ¡Divórciate ya! ¡Déjalo en la calle!
Raquel se limpió una lágrima, respiró hondo y entonces, vi esa transformación. Su postura cambió. La tristeza dio paso a una frialdad calculadora que nunca le había visto.
—No, Clara. No me voy a divorciar. No todavía. Él cree que soy una estúpida maestra de primaria que depende de su dinero. Cree que tiene el poder. Pero no tiene idea de con quién se casó.
Me miró fijamente y sonrió. No fue una sonrisa bonita. Fue una sonrisa de depredador.
—¿Te acuerdas de mis “dibujitos”? ¿De mi “hobby”?
—Sí… —dije, confundida.
—Bueno, mi “hobby” se convirtió en EduSpark, la plataforma de recursos educativos más grande de Latinoamérica y con expansión en Estados Unidos. Cerré un contrato la semana pasada. Clara, mi empresa vale 47 millones de dólares. Y todo, absolutamente todo, está a nombre de un fideicomiso que Marcos ni siquiera sabe que existe.
Me quedé muda.
—¿Eres millonaria?
—Soy multimillonaria —corrigió ella—. Y él cree que no tengo ni para pagar la renta. Voy a dejar que siga creyéndolo. Voy a dejar que siga con su Yessica, que siga gastando dinero que no tiene, que siga cavando su propia tumba. Y cuando nazca mi hija, cuando Esperanza esté segura… voy a destruir su mundo.
Pero el destino, o la maldad humana, tenía otros planes. Raquel no llegó a ver nacer a Esperanza en sus propios términos. La enfermedad llegó demasiado rápido, demasiado conveniente. Y ahora, mientras veía al Licenciado Villalobos caminar hacia el atril, interrumpiendo el silencio sepulcral de la iglesia, supe que el plan de Raquel no había muerto con ella.
Villalobos, un hombre mayor, canoso, con cara de pocos amigos y un traje gris impecable, se aclaró la garganta. No estaba en el programa. El sacerdote intentó decir algo, pero Villalobos lo ignoró y tomó el micrófono.
—Buenas tardes —su voz retumbó en las paredes de piedra—. Soy el representante legal de la Señora Raquel Moreno. Tengo instrucciones precisas de dar lectura a su última voluntad y testamento aquí, ahora, frente a todos ustedes, antes de que el cuerpo sea trasladado al cementerio.
Marcos se removió en su asiento, incómodo.
—¡Este no es el momento! —gritó desde la primera fila—. ¡Respeten mi dolor!
Villalobos lo miró por encima de sus lentes. Una mirada que podría congelar el infierno.
—Siéntese, Señor De la Fuente. Su esposa insistió. Y créame, usted va a querer escuchar esto.
Marcos bufó, pero se sentó, tomando la mano de Yessica con fuerza. Ella rodó los ojos, aburrida.
Villalobos sacó un sobre grueso, sellado con lacre rojo. Rompió el sello. El sonido del papel rasgándose fue lo único que se escuchó en toda la iglesia.
—”Yo, Raquel Moreno, estando en pleno uso de mis facultades mentales…” —comenzó a leer Villalobos.
La trampa se había activado. Y yo, apretando la mano de Doña Beatriz, contuve el aliento, esperando el primer golpe.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA INCUBADORA Y LA HUIDA
El Licenciado Villalobos hizo una pausa dramática, sosteniendo el documento como si fuera una espada a punto de caer sobre el cuello de Marcos. Pero antes de que pudiera soltar la primera bomba, mi mente voló hacia atrás, hacia esa tarde gris de septiembre, apenas dos meses antes, cuando Raquel terminó de entender que su matrimonio no era solo una farsa, sino una sentencia de muerte financiera.
Habíamos descubierto la infidelidad, sí. Pero Raquel, con esa mente brillante que nunca descansaba, sabía que había algo más. Marcos estaba nervioso. Se comía las uñas, algo que no hacía desde la universidad. Recibía llamadas a deshoras y se encerraba en el baño para contestar. Raquel activó lo que ella llamaba “Protocolo Sombra”.
—Instalé un keylogger en su laptop, Clara —me confesó una tarde, mientras doblaba mamelucos amarillos con una calma que daba miedo—. Hace tres años. Cuando lo perdoné por las apuestas, decidí que nunca más volvería a estar ciega.
Lo que encontró no fueron cartas de amor a Yessica. Bueno, sí las había, llenas de cursilerías baratas que le daban risa. Pero lo verdaderamente alarmante estaba en las carpetas ocultas bajo nombres falsos como “Recetas de Cocina” o “Manuales de Auto”.
Marcos estaba robando. Y no estaba robando poco.
Estaba desviando fondos de la empresa de su padre, “Inversiones De la Fuente”, hacia cuentas en las Islas Caimán y Panamá. Pero eso no era lo peor. Había vaciado las cuentas mancomunadas que tenía con Raquel. Los ahorros para la universidad del bebé, el fondo de emergencias, incluso había pedido préstamos a nombre de ella falsificando su firma.
Y había un archivo PDF que lo explicaba todo: boletos de avión. Dos boletos de ida a San José, Costa Rica. Fecha de salida: tres días después de la fecha probable de parto de Raquel.
—Se va a ir, Clara —me dijo, con la cara pálida iluminada por la pantalla de la computadora—. Planea dejarme aquí, sola, con una recién nacida, endeudada hasta el cuello y con problemas legales por los fraudes que está cometiendo a mi nombre. Se va a largar con Yessica a vivir la gran vida con el dinero que ha estado robando.
Esa noche, Raquel decidió confrontarlo. No le dijo todo lo que sabía, solo lo suficiente para medir su reacción. Yo no estaba ahí, pero ella grabó el audio. Escuchar esa grabación días después fue lo que terminó de matar cualquier cariño que alguna vez sentí por Marcos.
Se escuchaba el ruido de los platos en la cocina. Raquel le preguntó suavemente sobre un retiro de 50 mil pesos que había “desaparecido” de la cuenta.
—¿Otra vez con eso? —la voz de Marcos sonaba arrastrada, fastidiada—. Eres insoportable, Raquel. Desde que te preñaste no haces más que joder con el dinero.
—Es nuestro dinero, Marcos. Y necesitamos comprar cosas para la bebé.
Se escuchó un golpe seco, como una mano pegando en la mesa.
—¡Estoy harto! —gritó él—. ¡Harto de tus quejas, de tu panza, de tus estrías y de tu mentalidad de pobre! ¿Crees que me importa ese bebé? Lo único que has hecho bien en estos años es servir de incubadora. Eso es lo que eres para mí ahora. Una incubadora que habla.
Hubo un silencio terrible en la grabación. Luego, la voz de Marcos bajó de tono, volviéndose un susurro venenoso, de esos que duelen más que un grito.
—Mírate, Raquel. Eras una mesera de pueblo. Yo te hice. Te vestí, te enseñé a comer con cubiertos, te di un apellido. Sin mí, no eres nada. Si te dejo mañana, ¿qué vas a hacer? ¿Volver a vender quesadillas con tu mamá? No tienes dinero, no tienes clase, no tienes a nadie. Si intento divorciarme, mis abogados te van a quitar hasta las ganas de vivir y te aseguro que a esa niña no la vuelves a ver. Así que cállate la boca, siéntate y deja de preguntar por el dinero. El dinero es cosa de hombres.
La grabación terminaba con el sonido de una puerta cerrándose de un portazo.
Raquel no lloró cuando me puso el audio. Me miró con esos ojos oscuros, ahora secos y duros como el pedernal.
—Me llamó incubadora, Clara. Dijo que no soy nada.
—Es un monstruo —le dije, llorando yo por las dos.
—No —respondió ella—. Es un hombre asustado. Un hombre mediocre que sabe que la única forma de sentirse grande es haciéndome sentir pequeña. Pero cometió un error de cálculo.
—¿Cuál?
—Olvidó que las incubadoras dan vida… pero también pueden ser muy calientes. Y él se va a quemar.
Fue ahí cuando Raquel aceleró sus planes. Se reunió con Villalobos en secreto. Blindó EduSpark aún más. Transfirió sus activos personales a fideicomisos intocables. Y preparó el golpe final. Pero el estrés le cobró factura.
Dos días después de esa pelea, Raquel colapsó en la escuela. Preeclampsia severa. La llevaron de urgencia al Hospital Ángeles. Esperanza nació por cesárea de emergencia, sietemesina, pesando apenas un kilo ochocientos gramos. Era una guerrera, igual que su madre. La metieron a la incubadora —la ironía no se me escapó— llena de tubos y monitores.
Raquel sobrevivió a la cirugía, pero estaba débil. Muy débil. Y ahí fue cuando la segunda desgracia ocurrió. O mejor dicho, la segunda fase del plan de Marcos y su familia.
Porque mientras Raquel luchaba por recuperarse en esa cama de hospital, vulnerable y semiinconsciente, los buitres comenzaron a circular.
CAPÍTULO 4: EL TÉ DE LA SUEGRA Y LA CAJA DE PANDORA
La habitación 405 del hospital olía a antiséptico y a las flores caras que Doña Diana, la suegra, había mandado poner. No porque quisiera a Raquel, sino porque “se veía bien” que la habitación estuviera decorada.
Raquel no mejoraba. Los médicos estaban desconcertados. Su presión arterial subía y bajaba sin control, tenía dolores abdominales horribles y se le caía el cabello a mechones. “Efectos postparto atípicos”, decían. “Una infección resistente”.
Yo iba todos los días después del trabajo. Y todos los días me encontraba a Doña Diana ahí, sentada junto a la cama como una gárgola de Chanel, con una sonrisa plástica y un termo de plata.
—Ay, Clarita, qué bueno que llegas —me decía—. Le traje a Raquelito un té especial. Es una receta de mi abuela, buenísima para recuperar las fuerzas después del parto. Las medicinas de estos doctores solo la atontan más. Lo natural es mejor.
Y veía cómo le servía el líquido humeante en una taza de porcelana que ella misma traía. Raquel, pálida y ojerosa, lo bebía sumisamente.
—Gracias, señora Diana —susurraba—. Sabe un poco amargo hoy.
—Es por las hierbas, hija. Tómalo todo, te va a hacer bien.
Un martes por la tarde, llegué antes de lo habitual. Doña Diana no estaba en la silla. Estaba de pie junto al buró, revisando la bolsa de mano de Raquel. Tenía el celular de mi amiga en la mano y estaba intentando desbloquearlo.
—¿Qué hace? —pregunté desde la puerta, con voz fuerte.
Diana saltó como si le hubieran dado un toque eléctrico. Soltó el teléfono, que cayó sobre las sábanas.
—¡Ay, Clara! Me asustaste. Solo… solo quería ver la hora. Mi reloj se paró.
Miré su muñeca. Llevaba un Cartier de oro que probablemente costaba más que mi coche.
—Su reloj funciona perfectamente, señora. Y hay un reloj gigante en la pared.
Diana recuperó la compostura en un segundo. Se alisó la falda y me miró con desdén.
—No seas impertinente, niña. Mejor cuida que Raquel se tome su té. Ya me voy, tengo una cena.
Salió de la habitación dejando una estela de perfume caro y mala vibra. Me acerqué a Raquel. Estaba despierta, mirándome con una lucidez que no había tenido en días.
—Clara —dijo, y su voz sonaba rasposa—. Cierra la puerta.
Obedecí.
—Escúchame bien. No estoy enferma por el parto.
—¿De qué hablas, Raque? Los doctores dicen…
—Los doctores no saben lo que buscan. Diana… ese té.
Me señaló la taza que estaba en la mesita, todavía con un poco de líquido oscuro en el fondo.
—Cada vez que lo tomo, siento que me quema por dentro. Al principio pensé que era sugestión. Pero hoy… hoy la vi, Clara. La vi ponerle unas gotas de un frasquito antes de darme la taza. Cree que estaba dormida.
Sentí un frío helado en el estómago.
—¿La estás acusando de…?
—Me están matando, Clara. Me están envenenando. Quieren que muera antes de que pueda cambiar el testamento, antes de que pueda divorciarme. Saben que si muero ahora, Marcos se queda con todo. Con la niña, con el dinero… con todo.
—¡Tenemos que llamar a la policía! —grité, agarrando el teléfono.
—¡No! —Raquel me detuvo con una fuerza sorprendente para su estado—. No tenemos pruebas. Si los acusamos ahora, dirán que estoy loca, que son delirios postparto. Diana tiene a los mejores abogados. Se van a llevar a Esperanza y a mí me van a encerrar en un psiquiátrico.
—¿Entonces qué hacemos? ¡No puedes seguir tomando eso!
—Ya no importa, Clara. Siento… siento que mis riñones ya no funcionan. Me conozco. Sé que no voy a salir de esta cama.
—No digas eso, por favor…
—Escucha. Toma la taza. Guárdala en una bolsa Ziploc. Llévatela. Y necesito que me traigas a Villalobos. Mañana mismo. Y necesito grabar un video.
—¿Un video?
—Sí. Mi declaración final. Si voy a morir, Clara, me voy a llevar a todos conmigo al infierno.
Raquel murió tres días después. Oficialmente fue un paro cardíaco provocado por insuficiencia renal aguda. Marcos lloró en el hospital, un llanto seco y ruidoso que convenció a las enfermeras pero no a mí. Diana le daba palmaditas en la espalda, con esa cara de “misión cumplida”.
Y así llegamos al día de hoy. Al funeral. Al momento en que Villalobos, siguiendo las instrucciones de una muerta, se aclaró la garganta y miró a Marcos.
—Continuamos —dijo el abogado, ignorando la tensión que cortaba el aire—. “A mi hija, Esperanza De la Fuente Moreno, le dejo la totalidad de mis acciones en la empresa EduSpark Digital, compañía que fundé hace seis años y de la cual soy propietaria única”.
Marcos soltó una risita nerviosa.
—¿Acciones? ¿De qué habla? Raquel vendía dibujitos en internet. Eso no vale nada.
Villalobos sonrió. Fue una sonrisa depredadora.
—Señor De la Fuente, EduSpark Digital no es una venta de “dibujitos”. Es la plataforma líder en recursos educativos en América Latina. Al momento de la muerte de la señora Raquel, la empresa fue valuada por auditores externos en 47 millones de dólares.
El silencio en la iglesia fue tan profundo que se podría haber escuchado caer un alfiler.
—¿Qué? —susurró Marcos. Se puso pálido, como si le hubieran sacado toda la sangre del cuerpo.
—Cuarenta y siete millones de dólares —repitió Villalobos, disfrutando cada sílaba—. Y según la cláusula 4 del fideicomiso, estos activos están protegidos y serán administrados por un albacea hasta que la niña cumpla 25 años.
—¡Eso es mentira! —gritó Diana, poniéndose de pie—. ¡Esa mujer no tenía nada! ¡Era una muerta de hambre! ¡Seguro robó ese dinero de mi hijo!
—El dinero es 100% legítimo, señora Diana —respondió Villalobos—. Generado por el trabajo intelectual de Raquel. Y, por cierto, el fideicomiso especifica claramente que bajo ninguna circunstancia el padre de la menor, el Señor Marcos De la Fuente, tendrá acceso a un solo centavo, ni podrá tomar decisiones sobre la educación o crianza de la niña utilizando estos fondos.
Marcos estaba temblando. Yessica le soltó la mano como si quemara. 47 millones de dólares. Y él no podía tocar ni uno.
—Pero eso no es todo —dijo Villalobos, y su voz bajó un tono, volviéndose más grave—. Raquel sabía que ustedes intentarían impugnar el testamento. Sabía que dirían que ella estaba loca. Por eso, dejó un mensaje.
El abogado sacó un control remoto de su bolsillo y apuntó hacia una pantalla blanca que el equipo de proyección había bajado discretamente detrás del ataúd, tapando el retablo dorado de la iglesia.
—Por favor, presten atención.
La pantalla parpadeó y se encendió. Y ahí estaba ella. Raquel.
No la Raquel vibrante de las fotos. Sino la Raquel del hospital. Pálida, con ojeras profundas, conectada a monitores, pero con una mirada de fuego. Estaba sentada en la cama, mirando directamente a la cámara.
—Hola, Marcos. Hola, Diana. Hola, Yessica —dijo la Raquel de la pantalla. Su voz, aunque débil, resonó en toda la iglesia gracias a los altavoces—. Si están viendo esto, es que estoy muerta. Y seguramente están ahí, en primera fila, fingiendo que les importa.
La gente en la iglesia soltó un grito ahogado. Marcos se quiso levantar para detener el video, pero dos hombres de seguridad, tipos grandes y serios que habían entrado por los costados, se le pararon enfrente bloqueándole el paso.
—Siéntese —ordenó uno de ellos.
—Marcos —siguió hablando Raquel desde el más allá—, siempre me dijiste que sin ti yo no era nada. Que era una tonta. Que tú eras el genio de los negocios. Bueno, mi amor, resulta que la “tonta” construyó un imperio mientras tú te gastabas el dinero de tu papá en apuestas y amantes.
En la pantalla, Raquel sonrió.
—Sé lo de Costa Rica, Marcos. Sé de los boletos. Sé de las cuentas en Panamá. Y, ¿adivina qué? La policía también lo sabe.
Marcos giró la cabeza hacia la puerta de la iglesia. Ahí, parados bajo el arco de entrada, había cuatro agentes de la Fiscalía General de Justicia.
—Y Diana —la voz de Raquel se volvió gélida—. Querida suegra. Ese té… ese remedio de la abuela. Guardé la última taza. Y guardé muestras de mi sangre. Mi abogada Clara tiene los resultados de toxicología. Talio. Un veneno para ratas, ¿verdad? Muy efectivo. Lento. Doloroso.
Diana se llevó las manos a la boca. Sus ojos se desorbitaron.
—Bienvenidos a mi funeral —dijo Raquel—. Espero que disfruten el espectáculo. Porque esto apenas empieza. Y hay una última cosa… sobre Esperanza.
La pantalla se fue a negro por un segundo. Y yo sabía lo que venía. La estocada final. El secreto que Raquel había guardado hasta el último segundo y que iba a destrozar lo poco que quedaba del orgullo de Marcos.
El abogado Villalobos miró a la congregación, que estaba en estado de shock total.
—El video continúa —dijo—. Y les sugiero que no se muevan.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: LA SANGRE NO MIENTE
La imagen de Raquel en la pantalla gigante parpadeó levemente, pero su mirada seguía fija, taladrando el alma de todos los presentes en la iglesia. Marcos estaba petrificado, con la boca entreabierta, como si el oxígeno se hubiera acabado de repente en Polanco.
—Marcos —dijo la Raquel de la pantalla, con una calma que contrastaba con el caos que estaba provocando—, te llenas la boca hablando de “linaje”, de “apellidos”, de que los De la Fuente son una casta superior. Bueno, tengo una noticia que quizás lastime ese ego inflado tuyo más que la pérdida de los millones.
Raquel levantó un documento frente a la cámara. Se veían logotipos de un laboratorio genético muy prestigioso de la Ciudad de México.
—Hice una prueba de ADN prenatal, Marcos. No porque dudara de mí, sino porque necesitaba estar segura de que mi hija no tendría nada de tu sangre podrida. Y adivina qué…
La cámara hizo un zoom al papel.
—Probabilidad de paternidad: 0%.
El grito colectivo en la iglesia fue ensordecedor. Fue como si hubiera caído un rayo en medio del altar.
—¡Eres una zorra! —gritó Marcos, poniéndose rojo de furia, olvidando que estaba en un lugar sagrado—. ¡Lo sabía! ¡Siempre fuiste una cualquiera!
Pero la Raquel del video no se inmutó, claro, era una grabación, pero parecía responderle en tiempo real.
—Ahórrate los insultos, mi amor. Sí, tuve una aventura. Una sola vez. Hace tres años, justo después de que me enteré de tu primera deuda de juego millonaria, esa que pagué con la herencia de mi abuela. Estaba destrozada, sola, y conocí a alguien en una conferencia de educación en Guadalajara. Un hombre bueno. Un hombre que me escuchó, que me trató como a una persona, no como a un mueble o una incubadora.
Raquel suspiró en el video, una mezcla de nostalgia y tristeza.
—No estoy orgullosa de haber roto mis votos, pero tampoco me arrepiento. Porque gracias a eso, Esperanza no lleva tu carga genética. No tiene tu egoísmo, ni tu crueldad. Y legalmente, Marcos, eso significa que no tienes ningún derecho sobre ella. Ni custodia, ni visitas, y mucho menos acceso al fideicomiso. El padre biológico ya ha sido contactado por el Licenciado Villalobos. Es un hombre íntegro que sí quiere a su hija, no al dinero que ella trae bajo el brazo.
Marcos se desplomó en la banca. Parecía un muñeco de trapo al que le hubieran cortado los hilos. Había perdido el dinero. Había perdido el control. Y ahora, había perdido la única ficha de cambio que le quedaba: la niña.
Pero Raquel no había terminado. Sus ojos se movieron en la pantalla, como si buscara a alguien más en la primera fila.
—Yessica —dijo.
La rubia saltó en su asiento. Hasta ese momento, Yessica había estado mirando a Marcos con una mezcla de asco y pánico, tratando de alejarse físicamente de él.
—Ay, Yessica, Yessica —susurró Raquel con una sonrisa burlona—. La “influencer”, la mujer perfecta, la que sube fotos con frases motivacionales mientras se acuesta con maridos ajenos. Tú crees que ganaste, ¿verdad? Te quedaste con el hombre rico.
Yessica se cruzó de brazos, desafiante, aunque le temblaba el labio inferior.
—Tengo un regalito para ti también —continuó Raquel—. Sé que no estás con Marcos por amor. Por favor, nadie se cree eso. Estás por la tarjeta Black ilimitada. Pero, ¿sabes qué es lo más gracioso? Que tú eres más lista de lo que pareces. O más traicionera.
En la pantalla aparecieron capturas de pantalla de correos electrónicos y mensajes de WhatsApp.
—Marcos, ¿reconoces estos correos? Son de Yessica. Pero no son para ti. Son para Rodrigo Montalvo. ¿Te suena?
Marcos levantó la cabeza de golpe.
—¿Montalvo? —balbuceó—. ¿Mi competencia directa?
—Exacto —confirmó Raquel—. Tu “noviecita” ha estado enviándole a Montalvo todos los secretos de tu empresa. Las licitaciones, los clientes VIP, los proyectos futuros… Yessica te ha estado vendiendo, Marcos. Le pasa información a tu rival a cambio de depósitos en efectivo. Ella ha sido el topo que ha estado hundiendo a “Inversiones De la Fuente” durante el último año.
Marcos giró lentamente la cabeza hacia Yessica. La mirada que le lanzó era de puro odio asesino.
—¿Qué hiciste? —le gruñó—. ¡Maldita sea, Yessica! ¿Le vendiste mis clientes a Montalvo?
Yessica se puso de pie, histérica.
—¡Tú estabas quebrado, Marcos! —gritó, sin importarle ya la audiencia—. ¡Siempre llorando que no tenías liquidez! ¡Yo necesitaba asegurarme! ¡Montalvo paga en dólares y al contado! Además, tú me dijiste que ibas a dejar a tu esposa, ¡pero te tardaste años! ¡Yo tenía que ver por mí!
La bofetada resonó en toda la iglesia. Marcos, el caballero de alta sociedad, le cruzó la cara a su amante frente a Dios y a todo el jet set mexicano.
El caos estalló. La gente gritaba. Los de seguridad intentaban separar a la pareja que minutos antes había entrado tomada de la mano.
Y en la pantalla, Raquel soltó una carcajada suave, triste, final.
—Nunca subestimes a una mujer callada —dijo Raquel, y su imagen comenzó a desvanecerse—. Creían que era débil. Creían que era tonta. Espero que les gusten sus nuevas vidas. Porque la mía… la mía terminó para que la de mi hija pudiera empezar limpia. Adiós.
La pantalla se fue a negro. Pero la realidad estaba a punto de ponerse mucho más oscura para la familia De la Fuente.
CAPÍTULO 6: ESPOSAS, LLANTO Y UNA TAZA DE TÉ
El silencio que siguió al final del video duró apenas un segundo antes de romperse con el sonido de sirenas. No sirenas lejanas. Sirenas afuera, en la calle, rodeando la iglesia. Luces rojas y azules rebotaban en los vitrales góticos, pintando a los santos de colores policiales.
El Licenciado Villalobos, impasible en el atril, hizo un gesto hacia la entrada.
—Señores oficiales, pueden proceder.
Los cuatro agentes de la Fiscalía que habían estado esperando en la puerta avanzaron por el pasillo central. Sus botas pesadas resonaban con autoridad. No venían solos; detrás de ellos entraron agentes de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF).
Dos agentes se dirigieron directamente hacia Marcos, que seguía de pie, respirando agitadamente después de golpear a Yessica.
—Marcos De la Fuente —dijo el oficial al mando, mostrándole una orden de aprehensión—, queda usted detenido por los delitos de fraude fiscal, lavado de dinero, falsificación de documentos y delincuencia organizada. Tenemos evidencia de sus transferencias a paraísos fiscales y de los desfalcos a las cuentas de su difunta esposa.
—¡Esto es un error! —gritó Marcos mientras lo esposaban con las manos en la espalda—. ¡Soy Marcos De la Fuente! ¡Llamen a mi abogado! ¡No saben con quién se están metiendo!
—Sabemos perfectamente quién es usted —respondió el oficial, empujándolo hacia la salida—. Y el SAT también lo sabe. Créame, en el Reclusorio Norte no les va a importar su apellido.
Mientras arrastraban a Marcos, que pataleaba como niño berrinchudo, otros dos agentes se acercaron a la primera fila, donde Doña Diana intentaba hacerse invisible, encogida en su abrigo de piel.
—Diana Iturbide viuda de De la Fuente —dijo una agente mujer, con voz firme—. Queda detenida como sospechosa principal del homicidio calificado de Raquel Moreno.
Diana soltó un chillido agudo, indigno de su alcurnia.
—¡¿Qué?! ¡Eso es absurdo! ¡Soy una señora respetable! ¡Esa mujer estaba loca, lo inventó todo! ¡Es un video manipulado!
—Tenemos el reporte de toxicología, señora —dijo la agente, sacando unas esposas—. Y tenemos la taza. La taza que usted le dio en el hospital. El laboratorio confirmó residuos de talio. Y encontramos recibos de compra de raticida a su nombre en una ferretería industrial hace tres meses. Usted la envenenó sistemáticamente.
La “Gran Dama” de la sociedad perdió los estribos. Empezó a lanzar manotazos, arañando a la oficial.
—¡Suéltame, gata igualada! ¡No me toques! ¡Mi hijo es inocente! ¡Todo es culpa de esa trepadora que se murió!
La sacaron a la fuerza, arrastrando los pies, gritando obscenidades que harían sonrojar a un marinero. La gente en la iglesia, sus “amigos” de toda la vida, se apartaban a su paso, mirándola con horror y morbo, grabando todo con sus iPhones. Nadie movió un dedo para ayudarla. En ese mundo, cuando caes, caes solo.
Y finalmente, quedaba Yessica.
Estaba parada en medio del pasillo, con la mejilla roja por el golpe de Marcos y el maquillaje corrido por las lágrimas de rabia. Pensó que se había salvado. Pensó que, como ella no había matado a nadie ni robado al fisco, podría salir caminando. Empezó a caminar hacia la salida lateral, intentando escabullirse.
—Señorita Serrano —la voz de Villalobos la detuvo en seco.
Un agente se le interpuso.
—Yessica Serrano, queda detenida por complicidad en fraude financiero, espionaje industrial y asociación delictuosa. El señor Montalvo ya está declarando en el Ministerio Público y le entregó a la policía todas las conversaciones donde usted le vendía información confidencial robada de la computadora del señor De la Fuente.
Yessica se soltó a llorar. No lloraba de arrepentimiento. Lloraba porque se le había acabado el juego.
—¡Yo solo quería asegurar mi futuro! —sollozó mientras le ponían las esposas—. ¡Él me prometió que nos iríamos a Costa Rica!
—El único viaje que va a hacer es a Santa Martha Acatitla —le dijo el agente.
La iglesia quedó en un silencio extraño después de que se llevaron a los tres. El ataúd de Raquel seguía ahí, al frente, tranquilo, victorioso. Me acerqué al féretro, con Doña Beatriz a mi lado. La madre de Raquel ya no lloraba. Tenía una expresión de paz en el rostro, una mezcla de dolor y satisfacción.
—Lo hiciste, mi niña —susurró Doña Beatriz, acariciando la madera pulida—. Los acabaste a todos.
Me giré hacia la congregación. Esas doscientas personas que habían venido a “cumplir”, a murmurar y a juzgar, ahora estaban pálidas, avergonzadas. Habían sido testigos de la justicia más brutal y perfecta que jamás se hubiera visto en México.
El Licenciado Villalobos cerró su carpeta.
—El funeral ha terminado —anunció—. La familia agradece su presencia. Y les recuerda que la lealtad y la honestidad… no tienen precio, pero la traición se paga muy caro.
Salimos de la iglesia bajo el sol de la tarde. El aire se sentía más limpio. Raquel se había ido, sí. Pero nos había dejado a Esperanza, nos había dejado un imperio educativo, y nos había dejado la lección más importante de todas: nunca, jamás, hagas enojar a una mujer inteligente que tiene mucho tiempo para pensar y nada que perder.
Pero la historia no terminó ahí. Faltaba conocer al verdadero padre de Esperanza y ver qué pasaría con los millones. Y, por supuesto, faltaba la última carta que Raquel había dejado escondida para mí.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: EL VERDADERO PADRE Y LA HERENCIA DE AMOR
Dos semanas después del funeral, la tormenta mediática seguía en su punto más alto. Las caras de Marcos, Diana y Yessica estaban en todas las portadas de los periódicos y en todos los noticieros. “El Viudo Negro de Polanco”, “La Suegra Envenenadora”, “La Amante Espía”. Era el escándalo de la década.
Yo estaba en la oficina del Licenciado Villalobos, revisando papeles del fideicomiso. Ahora yo era la tutora legal de Esperanza y la administradora temporal de EduSpark. La responsabilidad pesaba, pero sentía a Raquel guiándome en cada firma.
La puerta se abrió y entró un hombre. No era guapo en el sentido tradicional, como Marcos. No llevaba un traje italiano brillante ni un reloj ostentoso. Vestía una camisa sencilla, jeans oscuros y una chamarra de piel un poco gastada. Tenía ojos amables y manos de quien trabaja de verdad.
—Buenas tardes —dijo, con voz suave—. Soy Daniel. Daniel Torres.
Era él. El hombre de la aventura. El padre biológico de Esperanza.
Me puse de pie, evaluándolo con el instinto protector que había desarrollado hacia la bebé.
—Así que tú eres el misterioso hombre de Guadalajara.
Daniel sonrió con tristeza.
—No tan misterioso. Soy maestro rural. Conocí a Raquel en ese congreso hace tres años. Nos sentamos juntos en una ponencia aburridísima sobre reformas educativas. Empezamos a platicar… y no paramos en tres días.
—Ella nunca te mencionó por nombre —le dije.
—Lo sé. Acordamos que sería un paréntesis. Un momento de paz en medio de nuestras vidas complicadas. Ella amaba a su esposo, o eso creía entonces, y quería intentar salvar su matrimonio. Yo respeté eso. Pero nunca la olvidé.
Daniel sacó una foto de su cartera. Era una polaroid vieja. Raquel y él comiendo tortas ahogadas en un puesto callejero, riéndose con esa risa franca que a Raquel se le había olvidado años atrás.
—Cuando el abogado me contactó y me dijo que tenía una hija… y que Raquel había muerto… —se le quebró la voz—. No me importa el dinero, Clara. Sé que hay millones de por medio. No quiero ni un peso. Renuncio a cualquier derecho sobre la empresa. Solo quiero conocer a mi hija. Quiero… quiero contarle quién era su mamá cuando era feliz.
Lo miré a los ojos y supe que decía la verdad. No había codicia en él, solo un dolor genuino y una esperanza tímida.
—Bienvenido a la familia, Daniel —le dije, extendiéndole la mano—. Esperanza tiene los ojos de su mamá, pero creo que tiene tu barbilla.
La integración de Daniel fue lenta pero natural. Se mudó a la Ciudad de México y consiguió trabajo en una escuela pública. Iba a ver a Esperanza todos los días. Aprendió a cambiar pañales, a sacar el aire, a cantar canciones de cuna desafinadas que hacían que la bebé sonriera. Doña Beatriz lo adoraba. “Este sí es un hombre”, decía ella, “no como el payaso ese de Marcos”.
EduSpark siguió creciendo. Con la publicidad gratuita (aunque trágica) del escándalo, las suscripciones se dispararon. Pero ahora, bajo mi dirección y siguiendo los manuales que Raquel había dejado, la empresa empezó a donar millones a escuelas rurales y becas para madres solteras. El “Imperio de la Maestra” se convirtió en una leyenda.
Un año después, celebramos el primer cumpleaños de Esperanza. Fue una fiesta sencilla en el jardín de la casa que compramos con el fideicomiso para Doña Beatriz. Había piñata, pastel de tres leches y niños corriendo por todos lados.
Cuando cayó la tarde, reuní a los más cercanos: Doña Beatriz, Daniel, Villalobos y yo.
—Hay algo más —les dije—. Raquel dejó un último video. Para hoy.
Puse la televisión en la terraza. La cara de Raquel apareció de nuevo, pero esta vez no estaba en el hospital. Estaba en su estudio, meses antes de morir, cuando todavía tenía color en las mejillas y el embarazo apenas se le notaba.
—Hola, mi niña preciosa —dijo Raquel desde la pantalla, sonriendo—. Feliz primer cumpleaños.
Daniel se cubrió la boca con la mano, llorando en silencio mientras sostenía a Esperanza en su regazo. La bebé miraba la pantalla, fascinada por la voz de su madre.
—Si estás viendo esto, es que Clara y tu abuela han hecho un buen trabajo. Y si mi intuición no falla, tu papá Daniel está ahí también. Hola, Dani. Gracias por venir.
Daniel asintió hacia la pantalla, como si ella pudiera verlo.
—Hija, te dejé dinero. Mucho dinero. Pero eso no es lo importante. El dinero va y viene. Lo que te dejé es la verdad. Te dejé una historia. La historia de que nadie tiene derecho a hacerte sentir menos. Nunca dejes que un hombre, o una amiga, o el mundo entero te diga quién eres. Tú eres Esperanza. Eres el sueño que yo no pude terminar de vivir.
Raquel se acercó a la cámara.
—Sé valiente. Sé amable. Pero sobre todo, sé lista. Y si alguna vez alguien intenta pisarte… recuerda que llevas mi sangre. Y nosotras no nos rompemos, mi amor. Nosotras contraatacamos.
El video terminó con Raquel mandando un beso.
CAPÍTULO 8: EL EPÍLOGO DE FUEGO
Creí que ahí terminaba todo. Con la paz, la fiesta y el recuerdo. Pero Raquel era Raquel. Siempre tenía un as bajo la manga.
Al día siguiente, recibí un paquete en mi oficina. Era un sobre manila sin remitente, pero reconocí la letra de Raquel. Dentro había una llave de una caja de seguridad bancaria y una nota adhesiva que decía: “Por si acaso Marcos intenta salir antes de tiempo”.
Fui al banco con el corazón en la garganta. En la caja de seguridad había una memoria USB y una carpeta gruesa.
La abrí.
Eran pruebas. Más pruebas. Pero no de fraudes fiscales. Eran videos de seguridad de la oficina de Marcos. Videos donde se le veía reuniéndose con gente muy peligrosa. Gente del crimen organizado. Marcos no solo lavaba dinero para él; lavaba dinero para un cartel local.
Había grabaciones de audio donde Marcos ofrecía “rutas seguras” a través de los hoteles de su padre para transportar “mercancía”.
Me quedé helada. Esto no era delito de cuello blanco. Esto era federal y de alto riesgo. Con esto, Marcos no saldría de la cárcel en 20 años. Se quedaría ahí de por vida, o lo extraditarían a Estados Unidos.
Y entonces lo entendí. Raquel no había usado esto en el funeral. Se lo había guardado. ¿Por qué?
Leí la última carta que venía en la carpeta.
“Clarita:
Si estás leyendo esto, es porque Marcos está intentando apelar su sentencia o salir por buena conducta. Lo conozco. Es una cucaracha que sobrevive a todo. Si eso pasa, si ves que existe la mínima posibilidad de que salga y se acerque a Esperanza, entrega esto a la DEA. No a la policía local. A la DEA. Esto lo enterrará para siempre.
Pero si él se queda tranquilo en la cárcel, guardalo. Es tu seguro de vida. Es el botón nuclear. Úsalo con sabiduría.
Te quiero, hermana. Cuida a mi niña.”
Sonreí, con lágrimas en los ojos, acariciando la carpeta.
Marcos estaba en el Reclusorio Norte, quejándose de la comida y planeando su apelación. Diana estaba en el penal femenil de Santa Martha, envejecida y sola, rechazada por las otras reclusas que despreciaban a las “matahijos” o “matafamilias”. Yessica había salido bajo fianza pero estaba en la ruina, vetada de cualquier trabajo decente, vendiendo ropa usada en internet para sobrevivir.
Tenían lo que merecían.
Guardé la carpeta en mi caja fuerte personal. No la necesitaba hoy. Pero saber que estaba ahí me daba una paz infinita.
Salí de la oficina y caminé por Reforma. El sol brillaba, los oficinistas comían en las bancas, la vida seguía. Pensé en Raquel, en su risa, en sus planes, en su venganza perfecta.
Había convertido su tragedia en un escudo para su hija. Había transformado el dolor en un imperio.
Miré al cielo, donde un avión cruzaba las nubes, y susurré:
—Descansa, Raque. Aquí abajo, todo está bajo control. Jaque mate, amiga. Jaque mate.
FIN