
Yo contra el Mundo: La Defensa de Valeria
Parte 1
Capítulo 1: Pan Quemado y Sirenas
Tres meses antes de que el Juez Benítez me escupiera su desprecio desde el estrado, mi vida olía a café de olla y a pan tostado un poco quemado.
Eran las seis de la mañana en nuestro departamento en la colonia Doctores. Las paredes, pintadas de un color crema que ya se veía gris por el humo de la ciudad, estaban tapizadas con mis reconocimientos de la escuela y, en el centro, como un altar, el título de enfermería de mi mamá. Estaba enmarcado en madera barata, el vidrio un poco opacado, pero mi papá lo limpiaba cada domingo como si fuera una reliquia santa.
Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, que cojeaba de una pata, con mis notas de debate esparcidas sobre el hule de flores. Mi papá, Ramón, servía café en dos tazas que no hacían juego; una era de promoción de una farmacia y la otra decía “El mejor papá del mundo”, un regalo que le di cuando tenía diez años y que él se negaba a tirar aunque ya tuviera el asa pegada con Kola Loka.
—¿Lista para las regionales, mija? —preguntó papá, deslizando un plato con bolillos tostados hacia mí. Tenía esas manos grandes y rasposas de tanto cargar bolsas de basura, pero siempre me servía el desayuno con una delicadeza que no le pegaba a su tamaño.
—Nací lista, pa —le contesté, soltando esa sonrisa que él decía que era igualita a la de mi mamá—. El profe dice que si gano este debate, nos vamos a las estatales en Monterrey.
Ramón se recargó en la barra, mirándome con esos ojos cansados que siempre cargaban una mezcla de orgullo y una preocupación eterna, como si esperara que el techo se nos cayera encima en cualquier momento. Trabajaba doble turno: en el camión de la basura por las mañanas y de voluntario en el centro comunitario de la colonia tres noches a la semana. Aun así, nunca se perdía un debate mío. Nunca faltaba a una junta de boletas. Nunca dejaba de estar.
—A tu jefa le hubiera encantado ver esto —dijo en voz baja, casi para él mismo—. Sacaste su cabeza, Valeria. Afilada como cuchillo de taquero para cortar las mentiras, y terca como una mula para no dejarte vencer.
Soltó una risa grave que retumbó en la cocina pequeña, haciéndome sentir calientita por dentro a pesar del frío que se colaba por la ventana mal sellada.
—La terquedad es lo que nos mantiene vivos, mi niña. No se te olvide.
En ese momento, Mateo, mi hermanito de ocho años, salió del cuarto arrastrando los pies y tallándose los ojos. Inmediatamente cambié el chip. Dejé de ser la estudiante estrella y me convertí en la mamá sustituta, el papel que me tocó heredar hace cuatro años cuando el cáncer se llevó a mi mamá.
Le serví su leche con Choco Milk, revisé que llevara la tarea de matemáticas en la mochila y me aseguré de que trajera su inhalador. Esa era nuestra rutina. Ese era nuestro “normal”. Un papá que se partía el lomo trabajando, una hija que criaba a su hermano mientras sacaba puro diez, y una familia que se mantenía unida con puro amor y frijoles, porque el dinero siempre faltaba.
Afuera se escuchó el rechinido de los frenos del camión de basura. La señal de papá.
—¿Vas al centro comunitario hoy en la noche? —le pregunté mientras él agarraba su gorra.
—Sí, toca el torneo de básquet para los chavos. Alguien tiene que enseñarles que hay otra vida aparte de andar de malandros en la esquina, ¿no?
Yo sabía que sí. Mi papá llevaba diez años tratando de demostrar que en nuestro barrio no todos éramos lo que salía en las noticias rojas. Que un hombre moreno, de barrio, podía ser padre, voluntario y decente. Nos dio un beso en la frente a los dos y salió por la puerta, con sus botas de trabajo resonando en las escaleras del edificio.
No tenía idea de que esa sería la última mañana normal de nuestras vidas.
Esa noche, estaba ayudando a Mateo con las fracciones cuando la puerta de nuestro departamento explotó hacia adentro.
No hubo un “toc, toc”. No hubo un “¿Quién es?”. Solo la madera astillándose, el crujido de las bisagras cediendo y, de repente, nuestra sala estaba llena de policías con armas largas y linternas que nos cegaban.
—¡RAMÓN PÉREZ AL SUELO, AHORA!
Mi papá estaba sentado en el sillón viejo, todavía con la playera del centro comunitario puesta y un balón de básquet bajo el brazo. Lo soltó de inmediato y levantó las manos. Fue un reflejo. En mi barrio aprendes desde chiquito que, si la policía grita, tú te congelas si quieres seguir respirando.
—¡Hay un error! —dijo papá. Su voz estaba firme, pero vi el terror en sus ojos cuando miró a Mateo—. No he hecho na…
—¡Cállese el hocico!
El comandante, un tipo alto de apellido Linares, avanzó y jaló los brazos de mi papá hacia atrás con una violencia innecesaria. Las esposas hicieron ese sonido metálico, clic-clic-clic, que se te queda grabado en el cerebro. Sentí que el piso se me abría.
—Ramón Pérez, queda detenido por el robo a mano armada de la tienda “Abarrotes Don Felipe” y asalto con arma mortal.
—¿Qué? —Salté del a silla y me puse entre los uniformados y mi papá. El miedo me golpeaba el pecho como un tambor, pero la rabia era más fuerte—. ¡Eso es imposible! ¡Papá, diles que tú no fuiste!
Los ojos de Ramón se clavaron en los míos, desesperados, suplicantes.
—Valeria, te lo juro por Diosito santo, yo no fui.
—Sí, sí, todos dicen lo mismo, pinche rata —dijo Linares, empujándolo hacia la puerta—. Tenemos tres testigos que te vieron. La fusca coincide. Ya valiste madre.
—¡Yo estaba en el centro comunitario! —la voz de papá se quebró—. ¡Hay gente que me vio! ¡Firmé la hoja de asistencia! ¡Estaba arbitrando el partido!
—Cuéntaselo al juez, Pérez.
Mateo empezó a llorar a gritos, agarrándose de mi pantalón. Los policías empezaron a revolver todo. Tiraron los cajones de mi ropa interior al suelo, voltearon el colchón de Mateo, trataron nuestro pequeño santuario como si fuera un nido de delincuentes.
Vi a mi papá, el hombre que nunca se había robado ni un chicle, que saludaba a todos los vecinos, que nos había sacado adelante solo, siendo arrastrado fuera de su propia casa como un criminal peligroso. Los vecinos ya estaban asomados, con los celulares grabando. Mañana seríamos la comidilla del barrio. “Otro naco que agarran en la movida”, pensarían. “Otra familia rota”.
En el marco de la puerta destrozada, papá giró la cabeza. Las cadenas sonaron.
—¡Valeria, escúchame! ¡Yo no fui! ¿Me oyes? ¡Yo no fui!
—¡Lo sé, pa! —Grité. No lloré. No podía llorar. Mateo me necesitaba entera—. ¡Lo voy a arreglar! ¡Te lo prometo!
La puerta de la patrulla se cerró de golpe. Las luces rojas y azules bañaron la sala desordenada.
Me quedé parada en medio del desastre, viendo la taza de café de mi papá todavía en la mesa. Y en ese silencio, roto solo por los sollozos de mi hermano, tomé una decisión que cambiaría todo.
Caminé a mi cuarto, saqué mi laptop vieja del gobierno y empecé a investigar.
Porque si el sistema no iba a salvar a mi papá, yo tendría que aprender a hacerlo sola.
Capítulo 2: El Monstruo de Mil Cabezas
El área de visitas del Reclusorio Oriente olía a cloro barato y a sudor viejo. Era un olor que se te pegaba en la ropa y en el alma. Me senté en una silla de plástico pegada al piso, separada de mi papá por un vidrio grueso y rayado por miles de uñas desesperadas antes que las mías.
Cuando Ramón apareció del otro lado, sentí que me arrancaban el aire de los pulmones.
Llevaba el uniforme beige reglamentario, que le quedaba enorme porque había bajado de peso en solo dos semanas. Pero no fue la flacura lo que me hizo querer vomitar.
Fueron los golpes.
Tenía el ojo izquierdo cerrado, morado e hinchado como una ciruela. El labio partido con una costra oscura. Marcas violáceas le bajaban por el cuello.
—¡Papá! —Pegué la mano al vidrio—. ¿Qué te hicieron?
Ramón levantó el auricular con manos temblorosas. Sus uñas, siempre limpias, estaban negras.
—No es nada, mi hija.
—¡No me mientas!
Suspiró, y el sonido crujió en el auricular.
—Alguien corrió el chisme… dijeron que le hice cosas a unos niños. Ya sabes cómo es aquí adentro. A los que tocan niños no les va bien.
Se me nubló la vista de pura rabia. Sentí un calor subirme por el cuello.
—¡Pero tú no eres eso! ¡Es mentira!
—Aquí no importa la verdad, Valeria. Importa lo que creen. —Su ojo bueno me miró con una tristeza infinita—. La “protección” que dicen que me dan no sirve de nada. No aguanto seis semanas aquí, mija. Simplemente no aguanto.
Vi a mi padre, mi héroe, el hombre más fuerte que conocía, romperse en pedazos frente a mí. Lloraba en silencio, lágrimas gordas cayendo sobre ese uniforme sucio.
—Te voy a sacar —susurré—. Te lo prometo.
—¿Cómo? Tienes quince años, Valeria.
—La abogada de oficio…
—La Licenciada Sara —me interrumpió con amargura—. Es buena gente, pero tiene cinco minutos para mi caso. El sistema no quiere la verdad, quiere culpables para llenar sus cuotas.
—Entonces haré que les importe.
Ramón me miró y vio algo en mis ojos que lo asustó y lo maravilló al mismo tiempo.
—Mija, no puedes pelear contra esto. Son demasiado grandes.
—Mírame.
El teléfono hizo clic. Se acabó el tiempo. Un custodio jaló a papá del brazo.
Lo vi alejarse arrastrando los pies, un hombre que ya había aceptado su muerte.
Pero yo no. Yo me rehusaba a aceptarlo.
Esa noche me fui a un café internet porque nos habían cortado el Wi-Fi en la casa. Me puse a investigar al Fiscal Carlos Villalobos.
Lo que encontré me revolvió el estómago más que el olor del reclusorio.
Villalobos había llevado 47 casos similares en tres años. 43 condenas. Todos, sin excepción, eran acusados de colonias populares: Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Neza. Todos acusados de delitos en zonas de clase media alta. Y lo peor: todos los casos se basaban casi exclusivamente en “testigos oculares”. Cero pruebas de ADN, cero huellas dactilares, solo la palabra de alguien señalando a un “moreno sospechoso”.
Seguí buscando. Encontré una entrevista que dio Villalobos en un club rotario hace dos años.
Leí la frase tres veces: “Hay comunidades que respiran crimen. Hay individuos que lo traen en la sangre. Mi trabajo es limpiar la ciudad de esos elementos que se niegan a ser civilizados”.
No era un silbato para perros; era una sirena antiaérea. Estaba diciendo que ser pobre y moreno era ser criminal.
Luego busqué al Juez Hernán Benítez.
Resultó que Benítez había sido profesor de Villalobos en la universidad. Encontré fotos de ellos en comidas, abrazados, brindando con copas de vino. “Equipo Mano Dura”, decía el pie de foto en una revista de sociales.
No se escondían. Era una maquinaria aceitada.
Crucé los datos: Benítez había presidido 32 de los casos de Villalobos. 31 condenas.
El sistema no estaba roto, como decía la gente. Estaba funcionando perfectamente para lo que fue diseñado: para aplastarnos.
Imprimí todo. Me gasté los últimos cincuenta pesos que tenía en copias. Caminé a casa sintiendo que las calles eran diferentes. Cada patrulla que pasaba me hacía tensar los músculos. El mundo ya no era mi barrio; era un campo de batalla.
Al llegar a casa, la carta de desalojo estaba sobre la mesa. 15 días. Nos quedaban 15 días antes de que nos echaran a la calle. Los cheques de papá se habían detenido. La luz tenía aviso de corte. El inhalador de Mateo estaba casi vacío y costaba setecientos pesos que no teníamos.
Abrí el refri: tres huevos, medio paquete de tortillas duras y un frasco de mayonesa casi vacío.
Mi celular sonó. Era mi tía Paty.
—Mija, ya supe lo de tu papá. Esto es mucho para ti.
—Lo tengo controlado, tía.
—Eres una niña, Valeria. Déjame llevarme a Mateo un tiempo. Tú concéntrate en la prepa. Deja que la abogada haga su trabajo.
—Su trabajo son cinco minutos para sesenta casos, tía.
—Pues deja que haga esos cinco minutos. ¿Qué vas a hacer tú que una abogada titulada no pueda?
La pregunta quedó flotando en el aire viciado del departamento. Miré mis solicitudes para la UNAM y el Poli, todas a medio llenar.
—Me puede importar más —dije bajito—. Me puede importar más que a nadie en ese maldito tribunal.
—El “importar” no gana juicios, mija. Las pruebas sí.
—Entonces voy a encontrar las pruebas. Voy a convertirme en la abogada.
—Estás tirando tu futuro a la basura, Valeria.
Colgué. Me senté a oscuras, escuchando el silbido del pecho de Mateo al respirar en el otro cuarto. Sentí el peso del mundo en mis hombros huesudos.
Podía mandar a Mateo con mi tía, rendirme, dejar que la Licenciada Sara hiciera lo mínimo, ver cómo condenaban a mi papá y cómo mi familia se deshacía en el aire.
O podía pelear.
Abrí la compu de nuevo. Busqué un internado para Mateo, uno de esos del gobierno con beca completa y servicio médico. Mis dedos temblaron sobre el teclado.
—¿Te vas a rendir con papá?
Me di la vuelta de golpe. Mateo estaba en la puerta, chiquito y frágil en su pijama de superhéroes.
—No, chaparro, nunca.
—Mi mamá decía que tú podías hacer todo.
Mateo se trepó a mis piernas.
—Tenía razón, ¿verdad?
Miré a mi hermanito, luego a la foto de mi mamá en la pared. Esa mujer que murió peleando contra un seguro social que no le daba las medicinas a tiempo.
—Sí —susurré, cerrando la solicitud del internado—. Tenía razón.
Abrí una nueva pestaña en el navegador y escribí:
“Código Nacional de Procedimientos Penales: ¿Puede un menor asistir en la defensa técnica?”
Y ahí, entre leyes y artículos aburridos, encontré una grieta en el muro. Una posibilidad minúscula, casi imposible, pero existente.
A la mañana siguiente, cité a la Licenciada Sara en un puesto de tacos cerca de los juzgados. Se veía fatal: ojeras profundas, blusa manchada de café, la mirada de alguien que ha perdido demasiadas veces.
—Tengo que ser honesta contigo, Valeria —me dijo sin rodeos—. El fiscal me ofreció un trato abreviado. 8 años en lugar de los 20 que piden. Si se declara culpable hoy.
—¡Mi papá es inocente!
—El dueño de la tienda lo identificó en la fila. Tres testigos lo ubican ahí. El jurado… bueno, aquí no hay jurado como en las películas, pero el Juez Benítez es durísimo. Y Villalobos es un perro de presa.
Sara finalmente me miró a los ojos.
—Llevo 12 años en esto. He aprendido a reconocer qué batallas puedo ganar. Y la de tu papá no es una de ellas.
Su silencio fue una losa.
—¿Y si le digo que encontré inconsistencias en la línea de tiempo? —solté—. ¿Qué tal si la rueda de reconocimiento estaba contaminada? Mi papá era el único moreno que coincidía con la edad. ¿Qué tal si Villalobos tiene un patrón de atacar acusados de mi colonia con pruebas basura?
Sara se inclinó hacia adelante, frunciendo el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Saqué mis carpetas. Organizadas por colores, meticulosamente investigadas. Reportes policiales con contradicciones subrayadas en neón. Declaraciones de testigos que no cuadraban. Datos del GPS del camión de basura de papá (que usaba a veces para ir al centro). La hoja de asistencia del centro comunitario con su firma a las 9:18 PM, cuando el robo fue a las 9:52 PM.
Sara hojeó las páginas. Su expresión pasó del escepticismo a la sorpresa, y luego a algo parecido a la esperanza.
—¿Cómo conseguiste todo esto?
—Leí todo. Cada papel que me dio, cada registro público, cada caso que Villalobos ha llevado en cinco años.
La miré fijamente.
—Sé que está saturada, licenciada. Pero yo tengo cada minuto que estoy despierta hasta el juicio.
Sara se recargó en la silla de plástico, estudiando a esta niña de 15 años que acababa de hacerle la chamba de un mes en tres noches.
—Valeria, aunque esto sea válido, tú no puedes presentarlo. No eres abogada.
—Artículo 121 del Código Nacional de Procedimientos Penales —recité de memoria—. Sobre la libertad probatoria y la coadyuvancia. Y hay un precedente: Estado contra Morales, 2019. Un familiar pudo asistir en la defensa técnica bajo circunstancias extraordinarias cuando se demostró indefensión.
Sara parpadeó.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque es la única forma de salvar a mi papá.
—Es una tecnicidad que casi nunca otorgan. Y aunque yo meta la moción, el Juez Benítez te va a humillar. Te va a usar de ejemplo.
—Que lo intente.
Sara vio en mí el fuego que ella había perdido hacía años. Esa convicción peligrosa de que la justicia no es un mito.
—Si hago esto, Benítez te va a destrozar al primer error. Te va a callar, probablemente te multe o te arreste por desacato si abres la boca de más.
—Sé que mi papá puede pasar 20 años encerrado si perdemos. ¿Qué pasa si no hacemos nada?
—8 años en una celda por algo que no hizo.
Mi voz no tembló.
—Al menos así caemos peleando.
Sara recogió las carpetas y me miró con algo cercano a la admiración.
—O eres muy valiente o estás muy loca.
—Tal vez las dos —dije—. Pero soy todo lo que mi papá tiene.
Sara sacó su laptop.
—Entonces vamos a darles una pelea que no se les olvide nunca.
Parte 2
Capítulo 3: La Sala de Guerra en la Doctores
Esa misma noche, mi recámara dejó de ser el cuarto de una adolescente para convertirse en el cuartel general de una guerra imposible.
Eran las dos de la mañana. Mis ojos ardían como si tuviera arena en los párpados por las horas de lectura, pero no podía parar. Esparcí los archivos del caso sobre el piso de linóleo desgastado. Cada página que leía revelaba otra grieta en la historia de la Fiscalía, otra mentira mal contada que, por pura flojera o malicia, nadie se había molestado en revisar.
El reporte policial oficial decía que el robo ocurrió a las 9:47 PM.
Pero el testigo número uno, un tal Tomás Paredes, declaró que vio todo suceder “alrededor de las 9:30”.
El testigo número dos dijo que fue “cerca de las 10:00”.
Y la marca de tiempo de la cámara de seguridad de la tienda —la única prueba “dura”— marcaba las 9:52 PM.
Diecisiete minutos de diferencia entre las versiones. En un juicio real, eso es una eternidad. Pero nadie parecía notarlo, o peor, a nadie le importaba.
Saqué mis plumones de la escuela y empecé a marcar.
Rojo para las contradicciones de tiempo.
Amarillo para las descripciones físicas que no cuadraban.
Azul para la evidencia que gritaba la inocencia de mi papá.
El dueño de la tienda describió al asaltante como un hombre de 1.85 metros. Mi papá medía 1.70 rascándole.
Un testigo dijo que el arma era una escuadra negra. Otro dijo que era un revólver plateado. El tercero dijo que era “una pistola oscura”.
La cantidad robada cambiaba en cada declaración: $2,000 pesos, $3,500, $1,800.
Y ahí, enterrado entre cientos de hojas burocráticas, ignorado por todos, estaba el reporte del GPS del camión de la basura. Mi papá a veces usaba la camioneta de la cuadrilla para moverse al centro comunitario con permiso de su jefe.
El GPS lo ubicaba estacionado afuera del Centro Comunitario “Esperanza” desde las 9:15 hasta las 10:30 PM.
La lista de asistencia, firmada con su letra inconfundible, lo confirmaba: Ramón Pérez, entrada 9:18 PM.
Me recargué contra la base de mi cama, sintiendo el frío del suelo en la espalda.
Una contradicción puede ser un error humano. Dos, un descuido. Pero cinco… cinco contradicciones y una coartada ignorada no eran casualidad.
Esto no era evidencia. Esto era un cuento que alguien necesitaba que fuera verdad para cerrar un expediente y salir temprano el viernes.
Durante las siguientes tres semanas, mi vida se redujo a esas cuatro paredes.
Mi entrenamiento de debate escolar se convirtió en práctica de interrogatorio penal. Mi maestra de Civismo, la profesora Rodríguez, aceptó ayudarme después de clases. Ella jugaba a ser el “testigo hostil” mientras yo afilaba mis preguntas.
—¡Objeción! —gritaba la maestra Rodríguez golpeando su escritorio—. Estás divagando, Valeria. Ve al punto.
—No estoy divagando. Estoy estableciendo el contexto —respondía yo, frustrada.
—En un juicio oral no tienes tiempo para contextos aburridos. El Juez Benítez te va a comer viva si no controlas el ritmo. Nunca hagas una pregunta de la que no sepas ya la respuesta. En el contrainterrogatorio no buscas información, Valeria; estás contando tu historia a través de la boca de ellos.
Escribí y reescribí mis esquemas de interrogatorio. Practiqué frente al espejo del baño hasta que mi voz dejó de sonar como la de una niña asustada y empezó a sonar como la de alguien que exige respuestas. Me grabé con el celular para detectar mis tics nerviosos: me tocaba el pelo cuando dudaba, subía el tono al final de las frases como si pidiera permiso.
Eliminé cada uno de ellos. Me obligué a ser de piedra.
Los fines de semana, me iba a la tienda “Abarrotes Don Felipe”. Cronometré la caminata desde el centro comunitario: 12 minutos a paso normal, 9 minutos corriendo. Tomé fotos de los ángulos de las cámaras de seguridad que la policía no incluyó. Hablé con los vecinos, las doñitas que vendían elotes y los chavos que lavaban coches.
Tres personas me dijeron que vieron a dos hombres irse juntos después del robo, caminando tranquilos.
El reporte policial solo mencionaba a un asaltante huyendo solo.
En mi casa, armé un tablero en la pared con hilo rojo conectando las fotos, los mapas y las declaraciones, como en las series de detectives, pero con recortes pegados con diurex. Estaba construyendo una narrativa alternativa, la verdad que la Fiscalía había decidido borrar.
Pero las contradicciones no eran suficientes. Necesitaba autoridad.
Pasé horas en la biblioteca pública leyendo jurisprudencia. Leí la sentencia de Estado contra Morales hasta que me la aprendí de memoria.
“El órgano jurisdiccional podrá permitir la intervención de familiares en la defensa técnica cuando se acredite una indefensión material y se cumplan los requisitos de idoneidad…”
Había pasado antes. La ley estaba de mi lado. Solo necesitaba un juez que no fuera un tirano. Y eso era lo único que no tenía.
Una semana antes del juicio, llegué al despacho de la Licenciada Sara —que en realidad era un cubículo compartido en la Defensoría de Oficio— con tres cajas de archivo muerto llenas de mi investigación.
Sara levantó la vista, con el café congelado a medio camino de su boca.
—¿Qué es todo esto, Valeria?
—Todo lo que se les pasó —dije, soltando las cajas sobre su escritorio—. Contradicciones de tiempo, inconsistencias de los testigos, la coartada digital y el precedente legal para que me deje participar.
Sara abrió la primera caja. Vio las carpetas de colores, cada una etiquetada con términos jurídicos precisos: Cadena de Custodia, Vicios en la Identificación, Geolocalización.
Sacó una carpeta: Rueda de Reconocimiento.
—Mire la foto, licenciada —le dije—. Mírela de verdad.
Eran seis hombres frente a la pared de medición. Cinco eran de tez clara, con ropa de calle normal. Mi papá era el único moreno, el único con ropa de trabajo, el único que parecía, según los prejuicios de la gente, un “delincuente”.
—Contaminación de libro de texto —susurró Sara—. Inducción al testigo. Y nadie objetó.
Saqué otra carpeta.
—Los datos del GPS ponen a mi papá en el centro comunitario. La línea de tiempo del Fiscal Villalobos ignora esto por completo. Todo su caso se basa en testigos que no se ponen de acuerdo ni en la hora, ni en el arma, ni en la lana.
Sara hojeaba los documentos, y su expresión cambiaba. Ya no era lástima lo que sentía por mí; era enojo. Enojo consigo misma por no haber visto esto. Enojo contra un sistema que hacía que “no verlo” fuera lo normal cuando tienes 60 casos encima.
—¿Cómo encontraste todo esto?
—Tuve tiempo, miedo y nada que perder.
Sara se echó hacia atrás en su silla.
—Tenemos que presentar esto bien. Un error, y Benítez excluye todo por “impertinente”.
—Entonces no cometamos errores.
—Esto no es un concurso de la escuela, Valeria. Benítez va a buscar cualquier excusa para sacarte.
—Lo sé. —Saqué mi última carpeta—. Por eso necesito interrogar a Tomás Paredes yo misma.
—¡Absolutamente no! —Sara casi gritó—. Benítez nunca…
—Lo hará si usted se lo plantea bien. Apele a su ego. Dígale que es una petición desesperada de la familia. Él va a querer verme fracasar. Va a querer darme una lección pública para que nadie más se atreva a cuestionar su tribunal.
Sara se me quedó viendo. Estaba procesando la estrategia.
—Quieres que te subestime.
—Ya lo hace. Todos lo hacen. Esa es mi única ventaja.
—Si esto sale mal, tu papá se va 20 años al Reclusorio Norte.
—¿Y qué pasa si no hacemos nada? —Mi voz se endureció—. 20 años de todos modos, o 8 que no se merece. Al menos así, caemos tirando golpes.
Sara cerró la carpeta. Recordó por qué se había hecho defensora pública antes de que la burocracia le aplastara el alma.
—Está bien. Pero lo hacemos bien. Yo meto la moción mañana. Te voy a preparar para cada objeción posible.
Hizo una pausa y me miró seria.
—Benítez va a intentar destruirte emocionalmente ahí dentro.
—Lo sé —respondí, sintiendo el peso de la decisión—. Con eso cuento.
La moción se presentó a la mañana siguiente: “Solicitud de coadyuvancia técnica de familiar en defensa penal”.
El chisme corrió por los pasillos de los juzgados como pólvora. Los abogados se reían en la máquina de café. “El caso Pérez se está volviendo un circo”, decían. El Fiscal Villalobos lo llamó “un truco publicitario patético”.
Benítez citó a Sara en su despacho esa misma tarde. Yo esperé afuera, sentada en una banca de madera dura, escuchando los gritos a través de la puerta.
—¡¿Perdió la razón, licenciada?! —bramaba Benítez—. ¡Esto es un tribunal de justicia, no una guardería!
—El precedente es claro, Su Señoría. Artículo 121.
—¡La niña no es abogada!
—Pero conoce los hechos mejor que nadie. Y ha encontrado discrepancias que la defensa técnica requiere exponer.
Hubo un silencio tenso. Luego, la voz de Benítez bajó a un tono peligroso, casi sibilante.
—Muy bien. Voy a permitir que se siente en la mesa de la defensa. Pero escúcheme bien: al momento en que esa mocosa abra la boca fuera de turno, la arresto a ella y a usted la sanciono por desacato. ¿Entendido?
—Cristalino, Su Señoría.
Cuando Sara salió, estaba pálida pero sonreía.
—Estás dentro —me dijo—. Pero va a intentar hacerte pedazos.
Me levanté y me alisé el saco viejo.
—Que lo intente.
Sara me estudió un segundo.
—¿De verdad estás lista?
Pensé en la cara golpeada de mi papá a través del vidrio. En la respiración silbante de Mateo. En el título de mi mamá llenándose de polvo. En cada persona que me había mirado y solo había visto a una “pobre niña prieta” de la Doctores.
—Llevo toda mi vida lista —dije—. Solo que no lo sabía.
Capítulo 4: El Video que Nadie Debía Ver
Faltaban 48 horas para el juicio.
Estaba en la biblioteca “Vasconcelos”, escondida en uno de los cubículos del fondo, repasando mis notas de contrainterrogatorio. El edificio, con sus estanterías colgantes y su estructura de metal, parecía una jaula gigante. Ya era tarde, casi el cierre.
Fui al baño a lavarme la cara para espantar el sueño. Cuando regresé a mi lugar, había un sobre manila sobre mis libros.
Sin nombre. Sin remitente. Sin sellos.
Miré a mi alrededor. Los pasillos estaban desiertos. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.
Mi instinto de barrio se activó: No lo toques. Es una trampa. Podía ser evidencia plantada, algo para acusarme de manipulación. Debería dárselo a Sara.
Pero la curiosidad me ganó.
Abrí el sobre con cuidado. Adentro solo había una memoria USB negra, genérica.
Me fui a una de las computadoras públicas, no usé mi laptop por si tenía virus. La conecté.
Un solo archivo de video: TIENDA_CAM_02_FULL.mp4.
Mis manos temblaban cuando le di doble clic.
Era el video de seguridad en blanco y negro de la tienda, con la fecha del robo.
Pero no era el clip de 30 segundos que la Fiscalía nos había entregado. Eran 15 minutos continuos.
9:35 PM. Un hombre entra a la tienda. Complexión media, gorra de béisbol, revisando los pasillos como cualquier cliente.
Se me heló la sangre. Reconocí la postura. Era Tomás Paredes, el testigo estrella.
9:45 PM. Paredes sigue ahí. Mira revistas cerca de la entrada. Mira su reloj. Espera. No parece asustado, parece impaciente.
9:52 PM. Entra el segundo hombre. El asaltante. Va directo a la caja, agresivo.
9:54 PM. El asalto. El segundo hombre saca el arma.
Y aquí venía lo que la policía había cortado: Mientras el asaltante gritaba, Tomás Paredes, el “testigo aterrorizado”, se quedó parado mirando, tranquilo. No se escondió detrás del exhibidor de papas como dijo en su declaración. Se quedó vigilando la puerta.
9:56 PM. Ambos hombres salen juntos. Caminan hombro con hombro hacia el estacionamiento. Se suben al mismo coche, un sedán gris, y se van.
Reproduje el video tres veces. Sentí náuseas.
La policía había entregado solo el fragmento de 9:52 a 9:53. Habían cortado la entrada de Paredes. Habían cortado la salida conjunta.
Esto no era “evidencia incompleta”. Era evidencia manipulada.
Tomás Paredes no era un testigo. Era el cómplice.
Y luego, tuvo el descaro de regresar al día siguiente, hacerse la víctima e identificar a mi papá en una rueda de reconocimiento arreglada para culpar al primer inocente que encajara en el perfil.
Hice zoom en los últimos cuadros del video. El coche. Se alcanzaba a ver parte de la placa: JKT-3.
Busqué en mis notas. Ese prefijo… correspondía a flotillas de renta.
Crucé los datos en la computadora. No era un error de identidad. Era un montaje. Paredes y el asaltante real cometieron el robo, y usaron a mi papá de chivo expiatorio para cerrar el caso rápido.
Me recargué en la silla, con el corazón latiéndome en la garganta.
Tenía la prueba absoluta. La “bala de plata”.
Pero tenía un problema enorme: Fuente anónima. Sin cadena de custodia. No podía probar quién me dio esto ni que no estaba alterado.
Si se lo daba a Sara ahora, el Juez Benítez lo excluiría por procedencia ilícita. “Fruto del árbol envenenado”, le dicen. Podrían acusarnos de fabricar pruebas.
Tenía tres opciones:
- Dárselo a Sara y arriesgar que lo rechacen y nos quedemos sin nada.
- Ir a la prensa y arriesgar que declaren juicio nulo (y mi papá siga preso).
- Usar la información para destruir a Paredes en el estrado sin mostrar el video.
Saqué la USB y la guardé en la bolsa interna de mi saco.
No iba a mostrar el video. Todavía no.
Iba a usar lo que sabía para hacer que Paredes mintiera bajo juramento sobre detalles que solo alguien que vio el video completo sabría. Lo iba a orillar al precipicio y dejar que él solito saltara.
Copié el archivo a mi nube personal y borré el historial de la computadora de la biblioteca.
Mañana, Tomás Paredes se iba a sentar en esa silla de testigos sintiéndose intocable.
No tenía idea de que yo lo estaba esperando.
El día del juicio, la explanada de los juzgados orales estaba llena.
Había camionetas de noticias —algo raro para un robo simple, pero el morbo de la “niña abogada” había atraído a los buitres. Había gente con carteles: “Justicia para Ramón” de un lado, y “Mano dura contra el crimen” del otro.
Caminé entre la gente con la cabeza baja, apretando mis carpetas contra el pecho. Sara iba a mi lado, abriéndome paso.
—No contestes nada, Valeria. Vista al frente.
Adentro, la sala de audiencias estaba llena.
Del lado izquierdo, mis vecinos, la gente del mercado, los del centro comunitario. Del lado derecho, gente trajeada, pasantes de derecho y amigos del Fiscal Villalobos, todos con esa expresión de superioridad que ya conocía bien.
Trajeron a papá. Cuando me vio sentada en la mesa de defensa, sus ojos se llenaron de lágrimas. Le hice un pequeño gesto con la cabeza. Aguanta, pa.
El Fiscal Villalobos estaba en la mesa contraria, revisando su celular, relajado. Traía un traje que costaba más de lo que mi papá ganaba en un año.
—¡Todos de pie!
El Juez Hernán Benítez entró. Su toga negra ondeaba como las alas de un cuervo. Se sentó, miró a la multitud con fastidio y luego sus ojos cayeron sobre mí.
—Licenciada Sara —dijo, ignorándome directamente—. ¿Esta es la… asistente de la que hablamos?
—Sí, Su Señoría. Valeria Pérez, hija del acusado.
Benítez hizo una mueca.
—Dejemos algo claro. Esta es mi sala. Cualquier interrupción, cualquier drama de telenovela de esta niña, y la saco con la fuerza pública. ¿Entendido?
—Entendido, Su Señoría.
—Bien. Comencemos con los alegatos de apertura.
El Fiscal Villalobos se levantó. Se abotonó el saco y caminó hacia el centro de la sala, dirigiéndose al Tribunal con la confianza de quien ya ganó.
—Su Señoría, este caso es simple. La noche del 15 de octubre, Ramón Pérez entró a la tienda Don Felipe, armado y peligroso. Aterrorizó a un anciano honesto. Robó el fruto de su trabajo.
Señaló a mi papá.
—Ese hombre que ven ahí es el rostro de la inseguridad que nos asfixia. Tenemos testigos. Tenemos identificación positiva. La justicia debe ser implacable.
Se sentó, satisfecho.
Sara se levantó. Sus manos temblaban un poco, pero su voz no.
—Su Señoría, la Fiscalía quiere que crean que esto es simple. Pero nada aquí lo es. Ramón Pérez es un padre, un trabajador y un voluntario sin antecedentes. Esa noche estaba arbitrando un partido de básquet. Vamos a demostrar que la línea de tiempo de la Fiscalía es imposible. Que sus testigos se contradicen. Y que a veces, la prisa por encontrar un culpable destruye la verdad.
Villalobos soltó una risita burlona, lo suficientemente alta para que se oyera.
El Juez Benítez miró a Sara con impaciencia.
—Al grano, licenciada.
Llamaron al primer testigo. Don Felipe, el dueño de la tienda.
Un señor mayor, nervioso pero simpático. Villalobos lo llevó de la mano con preguntas suaves. Don Felipe narró el robo, lloró un poco.
—Nunca olvidaré esa cara —dijo, señalando a mi papá—. Me dijo que me mataría.
Era devastador. La sala estaba conmovida.
Sara se levantó para el contrainterrogatorio. Fue respetuosa.
—Don Felipe, ¿cuánto duró el robo?
—Unos dos, tres minutos.
—¿Y la iluminación?
—Buena.
Sara no podía atacar a la víctima sin vernos mal. Pero yo le pasé una nota discretamente. Sara la leyó, dudó un segundo, y preguntó:
—Don Felipe, ¿cuándo llamó al 911?
—En cuanto se fue.
—¿Y cuánto tardó la patrulla?
—Como 20 minutos.
—En esos 20 minutos… ¿entró alguien más a la tienda?
Don Felipe parpadeó, confundido.
—No… no creo. Estaba muy asustado.
—¿No cree o está seguro?
—¡Objeción! —gritó Villalobos—. ¡Ya contestó!
—Sustentada —ladró Benítez.
Sara se sentó. Habíamos sembrado una duda chiquita, pero ahí estaba.
El juez decretó un receso para la comida.
Mientras la sala se vaciaba, el Fiscal Villalobos pasó junto a nuestra mesa. Traía un café en la mano.
“Accidentalmente” tropezó y derramó un poco de líquido sobre mis carpetas perfectamente ordenadas.
—Uy, perdón, niña —dijo, con una sonrisa cruel—. No te vi. Estás muy chiquita.
La gente alrededor se quedó callada. Algunos sacaron el celular.
Yo no grité. No lloré.
Saqué unos pañuelos desechables y empecé a secar mis hojas con calma. Levanté la vista y miré a Villalobos directo a los ojos.
—No se preocupe, Fiscal —le dije, con una voz que heló a Sara—. Entiendo que cuando uno está tan ocupado fabricando culpables, se vuelve torpe con las cosas reales.
La sonrisa de Villalobos se borró.
—Ten cuidado, mocosa.
—Téngalo usted —le contesté—. Porque mañana le toca a Tomás Paredes. Y usted no tiene idea de lo que viene.
Villalobos se fue, pero ya no caminaba tan confiado.
Mañana sería el día. Mañana, Tomás Paredes se sentaría en esa silla y yo le iba a quitar la máscara frente a todo el mundo.
Parte 3
Capítulo 5: El Miedo tiene Olor a Jabón Rosa
Durante el receso del almuerzo, me encerré en el baño de mujeres del tribunal.
Por fin sola, dejé que el peso del mundo me cayera encima. Mis manos temblaban tanto que tuve que agarrarme del lavabo para no caerme. El espejo me devolvía la imagen de una niña disfrazada de adulto: el saco grande, las ojeras marcadas, el miedo en los ojos.
Las palabras del Juez Benítez retumbaban en mi cabeza: “Cualquier drama y la saco”. ¿Y si tenían razón? ¿Y si solo era una escuincla de 15 años jugando a ser abogada, apostando la vida de su papá en una corazonada? ¿Qué pasaba si mi inteligencia no era suficiente?
La puerta del baño se abrió. Entraron dos señoras platicando, secretarias de algún juzgado. Me metí rápido a un cubículo.
—Pobrecita niña —dijo una—. El Juez Benítez no debería hablarle así.
—No debería ni estar ahí —contestó la otra—. Es vergonzoso.
—¿Vergonzoso para quién? —replicó la primera—. Esa niña está peleando por su papá. Eso requiere más ovarios que los que tiene cualquier juez de este edificio.
Se fueron.
Salí del cubículo y me miré al espejo otra vez. Me lavé la cara con el jabón rosa corriente del dispensador.
—Puedes hacer esto, Valeria —me dije a mí misma, imitando la voz de mi mamá—. Tienes la verdad. Ellos solo tienen miedo.
Salí. La Licenciada Sara me esperaba en una salita vacía.
—Debí prepararte mejor para la hostilidad de Benítez —me dijo Sara, preocupada.
—Está bien. De hecho, es perfecto.
—¿Cómo va a ser perfecto que te humillen públicamente?
—Porque ahora el jurado lo ve como un bully. Y cuando yo demuestre mi punto, se van a acordar de eso.
Sara me estudió un segundo.
—Estás pensando tres jugadas adelante.
—Tengo que hacerlo. Ellos tienen el poder; yo tengo que ser más lista.
Regresamos a la sala. Estaba a reventar. El rumor de la “niña contra el sistema” había llenado las bancas.
El Juez Benítez entró, visiblemente molesto por la multitud.
—Licenciada Sara, ¿tiene alguna otra moción ridícula antes de seguir?
Sara se puso de pie.
—Sí, Su Señoría. La defensa solicita que se permita a la señorita Valeria Pérez conducir el contrainterrogatorio del siguiente testigo, el señor Tomás Paredes.
El tribunal estalló en murmullos. Risitas.
La cara de Benítez se puso roja de furia.
—¿Es una broma?
—Conozco el precedente, Su Señoría. Estado contra Morales. Es mi derecho constitucional coadyuvar en mi defensa técnica.
Benítez me miró como si fuera un insecto en su sopa.
—¿Quiere que esta niña interrogue a un testigo clave?
—Sí, Su Señoría.
Benítez se recargó en su silla de piel, y una sonrisa cruel se formó en sus labios.
—Muy bien. Dejemos que la niña tenga su momento. Cuando se tropiece y haga el ridículo, procederemos con los adultos.
Miró al público.
—Les pido paciencia ante esta… irregularidad.
Golpeó el mazo.
—La Fiscalía puede llamar a su testigo.
El Fiscal Villalobos se levantó, radiante de confianza.
—El Estado llama al señor Tomás Paredes.
Las puertas se abrieron. Tomás Paredes entró. 34 años, camisa planchada, peinado de lado. Parecía el ciudadano modelo, el vecino perfecto. Caminó al estrado con una confianza ensayada. Juró decir la verdad y se sentó, cruzando las manos con calma.
Villalobos lo llevó suavemente por el interrogatorio directo.
Paredes describió cómo entró a la tienda a las 9:50 PM. Cómo vio a un hombre moreno que coincidía con la descripción de mi papá. Habló del terror que sintió al ver el asalto, cómo se escondió detrás de un exhibidor.
—Nunca olvidaré esa cara —dijo Paredes, señalando a mi papá—. Esos ojos… es definitivamente él.
Era perfecto. Justo lo suficientemente nervioso para parecer real.
Villalobos terminó.
—Su testigo, señorita Pérez.
Benítez me miró con sorna.
—Su turno, jovencita. Trate de no avergonzarse.
La galería contuvo el aliento.
Me levanté despacio. Agarré mis notas. Caminé hacia el atril, que me quedaba un poco alto. Ajusté el micrófono hacia abajo. El rechinido resonó en el silencio.
Tomás Paredes me sonrió levemente. Una sonrisa condescendiente.
No tenía ni la menor idea de que estaba a punto de entrar en la boca del lobo.
Capítulo 6: La Trampa Perfecta
Mi voz salió firme, sin temblar.
—Buenas tardes, señor Paredes.
Paredes se echó hacia atrás, relajado.
—Buenas tardes… mija.
Un murmullo recorrió la sala. La condescendencia fue obvia. No reaccioné.
—Usted testificó que entró a la tienda alrededor de las 9:50 PM, ¿correcto?
—Sí.
—No a las 9:45, ni a las 9:55. Específicamente a las 9:50.
—Bueno, por ahí. Pero le dije a la policía 9:50 en mi declaración.
—¿Estaba seguro entonces?
—Supongo que sí.
—¿Entonces está menos seguro ahora que hace tres meses?
Villalobos se levantó de un salto.
—¡Objeción! Argumentativa.
—Señorita Pérez —dijo Benítez—, haga preguntas, no discuta.
—Sí, Su Señoría. —Me giré hacia Paredes—. Dijo que se escondió detrás de un exhibidor. ¿Cuál exhibidor?
—El de las papas, junto a los refrescos.
—¿Así que estaba escondido, temiendo por su vida?
—Sí. Aterrorizado.
—Pero pudo ver la cara del asaltante lo suficientemente claro para identificarlo meses después.
—Estaba a solo unos metros.
Saqué un diagrama gigante impreso en cartón.
—Su Señoría, ¿puedo acercarme?
Benítez hizo un gesto de desdén con la mano.
—Proceda.
Le mostré el diagrama a Paredes. Los jueces del tribunal se inclinaron para ver.
—¿Es este un plano preciso de la tienda Don Felipe?
Paredes lo estudió, menos confiado ahora.
—Parece que sí.
—Aquí está el exhibidor de papas. Y aquí está la caja registradora. Hay siete metros de distancia y tres pasillos de anaqueles entre ellos.
Paredes dudó.
—Supongo.
—¿Estaba escondido, agachado, aterrorizado, con tres pasillos de mercancía bloqueando su vista, pero vio su cara “claramente”?
Paredes se removió en la silla.
—Tengo muy buena vista.
Un miembro del tribunal tomó notas.
—Señor Paredes, ¿cuándo dio su declaración a la policía?
—Al día siguiente.
—¿Regresó a la tienda esa noche después del robo?
—No. Me fui directo a mi casa. Estaba en shock.
—¿Cómo llegó a la estación de policía al día siguiente?
Paredes parecía confundido por el cambio de tema.
—Manejé.
—¿En su propio auto?
—Sí.
—¿No en un auto rentado?
Paredes se congeló. Sus ojos, antes tranquilos, parpadearon rápido.
—¿Qué?
—Pregunta simple. ¿Manejó un auto rentado a la estación de policía?
—Yo… no, mi propio auto.
—¿Y la noche del robo? ¿Qué auto manejaba?
Villalobos se levantó.
—¡Objeción! Relevancia. ¿Qué importa el auto?
—Estoy estableciendo credibilidad, Su Señoría —dije rápido.
Benítez, para mi sorpresa, se inclinó hacia adelante. La curiosidad le ganó al desprecio.
—Lo permitiré. Responda, señor Paredes.
La frente de Paredes brillaba de sudor.
—No me acuerdo.
—¿No se acuerda de si rentó un auto hace tres meses?
—Tal vez sí. Mi coche estaba en el taller.
Saqué un documento de mi carpeta.
—Su Señoría, prueba de la defensa “A”.
Sostuve un contrato de arrendamiento.
—Este es un contrato de Renta-Fácil, con fecha del 14 de octubre. El día antes del robo. El arrendatario es Tomás Paredes.
La galería soltó un grito ahogado.
Villalobos se puso pálido. —¿De dónde sacó eso?
—Registro público, fiscal. —Benítez tomó el documento y lo leyó con los ojos entrecerrados—. Continúe.
Me volví hacia Paredes, que ya estaba pálido como un fantasma.
—Señor Paredes, ¿por qué necesitaba un auto rentado?
—Mi coche estaba en el taller.
—¿En serio? —Saqué otro papel—. Tengo los registros de su mecánico de confianza. Ningún servicio esa semana.
Paredes apretó la mandíbula.
—Se me olvida. Tal vez fue otra semana.
—¿Dónde está ese auto rentado ahora?
—Lo devolví.
—¿La policía lo examinó?
—No sé.
—¿No sabe si la policía examinó evidencia relacionada con un crimen del que fue testigo clave?
—Solo lo devolví y ya.
Saqué una fotografía ampliada. Era una captura de pantalla del video de seguridad, mejorada, mostrando la placa del auto en el estacionamiento.
—¿Reconoce esta placa? JKT-385.
Paredes miró la foto y se quedó mudo.
—Esa es la placa del auto que usted rentó. Y esta foto muestra ese auto estacionado afuera de la tienda Don Felipe a las 9:36 PM.
Hice una pausa dramática.
—Dieciséis minutos antes del robo.
El tribunal estalló.
—¡Orden! —gritó Benítez, golpeando el mazo, pero sin quitarme la vista de encima.
—Y esta otra foto —saqué la última imagen, la del auto yéndose— muestra el mismo vehículo saliendo a las 9:58 PM.
Me acerqué al estrado, invadiendo su espacio personal.
—Con dos personas a bordo.
Paredes se levantó de golpe, tirando el micrófono.
—¡Esto es una locura! ¡Yo soy la víctima aquí!
—¡Siéntese, señor Paredes! —ordenó Benítez con voz de trueno.
—¡Ella está torciendo todo!
—¡Siéntese ahora! —Benítez lo fulminó con la mirada. Paredes se desplomó en la silla, respirando agitado como un animal acorralado.
Yo me mantuve en calma, fría como el hielo.
—¿Conocía al asaltante real antes de esa noche?
—No…
—¿Se coordinó con él? ¿Lo esperó adentro para darle la señal?
—Esto es…
—¿Alguien le pagó para identificar a Ramón Pérez en esa rueda de reconocimiento?
La cara de Paredes se deformó en una mueca de pánico. Miró a Villalobos buscando ayuda, pero el Fiscal estaba mirando al suelo, derrotado.
—¡Quiero un abogado! —gritó Paredes—. ¡No voy a contestar nada más! ¡Me acojo a la Quinta… a mi derecho a no autoincriminarme!
El caos fue total. La gente gritaba, los periodistas flasheaban sus cámaras.
Benítez golpeó el mazo una, dos, tres veces.
—¡ORDEN! ¡QUIERO ORDEN!
Cuando el ruido bajó un poco, la Licenciada Sara se puso de pie.
—Su Señoría, el caso de la Fiscalía descansa enteramente en este testigo. Si está invocando su derecho contra la autoincriminación en el estrado…
Benítez levantó la mano para callarla. Luego giró la cabeza lentamente hacia el Fiscal Villalobos. Su mirada era de pura furia.
—Señor Fiscal… ¿tiene alguna otra evidencia que vincule al acusado con este crimen?
Villalobos se levantó, parecía que se había encogido diez centímetros.
—La… la identificación del dueño…
—Basada en una rueda de reconocimiento contaminada por este testigo —interrumpió Benítez—. ¿Alguna evidencia física? ¿Huellas? ¿ADN?
El silencio de Villalobos fue la respuesta.
Benítez se volvió hacia Paredes.
—Señor Paredes, queda bajo custodia de este tribunal. No salga del edificio. Alguacil, vigílelo.
Luego miró al jurado.
—Desestimen el testimonio de este testigo por completo.
Y entonces, el Juez Hernán Benítez hizo algo que nadie esperaba.
Me miró a mí.
Realmente me miró. Ya no veía a la niña de la paca, ni a la “chiva” de la Doctores. Veía a una igual.
—Señorita Pérez… —dijo, y su voz resonó en la sala silenciosa—. Ese fue un trabajo excepcional.
Las palabras quedaron flotando en el aire. El juez que me había humillado hacía unas horas, ahora me reconocía frente a todos.
—Se levanta la sesión hasta mañana a las 9:00 AM.
Miró a Villalobos con asco.
—Y más le vale traer respuestas, abogado. Porque si no, las voy a buscar yo mismo.
Parte 4
Capítulo 7: La Caída del Telón
Esa noche, el video de mi contrainterrogatorio se volvió viral.
Alguien en la audiencia lo grabó con su celular (a pesar de las reglas) y lo subió a Twitter. Para cuando llegamos a casa, tenía dos millones de vistas.
Los noticieros hablaban del “Momento del Año”. Expertos legales analizaban cada una de mis preguntas. Profesores de la UNAM decían que usarían el video en sus clases de Derecho Penal.
Pero yo no vi nada de eso.
Estaba sentada en la mesa de la cocina con Mateo, ayudándole a pegar recortes para su tarea de historia, fingiendo que mis manos no seguían temblando.
—¿Va a volver papá mañana? —preguntó Mateo, sin levantar la vista de su cuaderno.
—Sí, chaparro. Va a volver.
A la mañana siguiente, la entrada de los juzgados era un manicomio.
Había tres veces más gente que el día anterior. Cuando caminé hacia el detector de metales, la multitud estalló en aplausos.
—¡Justicia para Valeria! —gritaban—. ¡Sí se pudo!
Agaché la cabeza y entré rápido, agarrada del brazo de Sara.
Adentro, la energía había cambiado por completo. Los policías que antes me miraban feo ahora me abrían paso. Los secretarios me sonreían. Ya no era la niña jugando a disfrazarse; era la que había destapado la cloaca.
Trajeron a mi papá. Se veía más tranquilo, como si hubiera dormido por primera vez en semanas.
El Juez Benítez entró. La sala se quedó muda.
Se veía diferente. La arrogancia había desaparecido, reemplazada por algo que parecía vergüenza o, al menos, una profunda seriedad.
—Antes de comenzar —dijo Benítez, con voz más suave—, necesito abordar algo.
Se giró hacia mí.
—Señorita Pérez, acérquese al estrado, por favor. Usted también, licenciada.
Caminamos hacia él. Mi corazón latía a mil por hora.
Benítez se inclinó hacia nosotras, hablando bajo para que el micrófono no captara todo.
—Señorita Pérez, lo que hizo ayer… Llevo 23 años en este tribunal. He visto a miles de abogados con maestrías y doctorados. Muy pocos han demostrado la habilidad, la preparación y el valor que usted mostró.
Hizo una pausa, tragando saliva.
—Le debo una disculpa. Una disculpa pública. La subestimé severamente. Dejé que mis prejuicios nublaran mi juicio, y eso es imperdonable en un impartidor de justicia. Eso estuvo mal.
No supe qué decir. Solo asentí, sintiendo un nudo en la garganta.
Benítez se enderezó y su tono cambió al dirigirse al Fiscal Villalobos.
—Y usted, licenciado… más le vale tener una explicación muy buena de cómo ese testigo criminal terminó siendo la base de su acusación.
Villalobos se levantó. Parecía haber envejecido diez años en una noche. Tenía ojeras profundas y el traje arrugado.
—Su Señoría… —su voz temblaba—. Tras revisar la evidencia que salió a la luz ayer, y después de… interrogar al señor Paredes esta mañana bajo custodia…
Tomó aire, como si le doliera respirar.
—La Fiscalía retira todos los cargos contra Ramón Pérez.
La sala explotó.
Fue como si una bomba de alegría hubiera detonado. Mi papá se derrumbó hacia adelante, con la cabeza entre las manos, llorando a carcajadas. Sara me abrazó tan fuerte que casi me rompe una costilla, llorando también.
Benítez golpeó el mazo, pero sin mucha fuerza.
—Orden… pido orden.
Cuando el ruido bajó, Benítez habló.
—Señor Ramón Pérez, póngase de pie.
Mi papá se levantó, las cadenas de los pies tintineando. Apenas podía sostenerse.
—Los cargos en su contra quedan desestimados con perjuicio de la Fiscalía. Eso significa que no pueden volver a acusarlo por esto nunca más. Usted es libre.
Miró al alguacil.
—Quítele esos grilletes. Ahora.
El alguacil desbloqueó las esposas. Cayeron al suelo con un clanc metálico que sonó a gloria.
Mi papá se miró las muñecas libres, incrédulo.
—¡Papá!
Corrí hacia él. Me atrapó en el aire. Nos abrazamos llorando, temblando, aferrándonos el uno al otro como náufragos que tocan tierra firme.
La gente en la galería estaba de pie, aplaudiendo. Incluso vi a un par de jurados secándose las lágrimas.
Las puertas de atrás se abrieron de golpe. Era mi tía Paty con Mateo.
Mi hermanito corrió por el pasillo central, esquivando abogados, y se lanzó a nuestras piernas. Los tres nos fundimos en un solo abrazo, mientras los flashes de las cámaras iluminaban la sala.
Benítez no los detuvo. Se recargó en su silla y dejó que el momento sucediera.
Cuando finalmente nos separamos un poco, Benítez habló por última vez.
—Señorita Pérez. —Me miró a los ojos—. La abogacía sería muy afortunada de tenerla algún día en sus filas. No desperdicie ese talento.
El aplauso regresó.
Benítez miró a Villalobos con frialdad absoluta.
—En cuanto a usted, licenciado… el Consejo de la Judicatura recibirá un reporte completo hoy mismo. También estoy ordenando una revisión inmediata de cada caso que usted ha procesado en los últimos cinco años donde la condena dependió de testigos oculares.
Villalobos no dijo nada. Bajó la cabeza. Su carrera estaba terminada y él lo sabía.
—Se levanta la sesión.
Capítulo 8: La Justicia no pide Permiso
Afuera, en las escalinatas del tribunal, los reporteros eran un enjambre.
—¡Valeria! ¡Valeria! ¿Cómo te sientes? —gritaban.
Mi papá contestó por mí, pasándome el brazo por los hombros, orgulloso como un pavorreal.
—Mi niña me acaba de salvar la vida. Así es como se siente.
—¿Qué sigue para ti, Valeria? —preguntó una reportera de la tele.
Miré a mi papá, a Mateo, a Sara.
—Voy a terminar la prepa —dije sonriendo—. Pero también voy a seguir peleando. Hay mucha gente como mi papá ahí adentro. Gente que el sistema trata de tirar a la basura.
—¿Vas a estudiar Derecho?
Sonreí, recordando las palabras del juez.
—Ya soy abogada. Solo me falta el papelito.
La multitud vitoreó.
Más tarde, lejos de las cámaras, Sara me llevó aparte.
—Voy a renunciar a la Defensoría Pública —me dijo—. Voy a abrir mi propio despacho. Defensa penal para gente que no puede pagar.
Hizo una pausa, mirándome con seriedad.
—Me gustaría que fueras mi pasante el próximo verano. Si te interesa.
—Me interesa.
—Qué bueno, porque ya recibimos 43 llamadas de familias que dicen que sus parientes fueron condenados injustamente por Villalobos. Al parecer, empezaste una revolución, Valeria.
Miré hacia atrás, al imponente edificio de los juzgados. El lugar donde me habían humillado, donde me habían dicho que no valía nada.
—Qué bueno —dije—. Ya era hora de que alguien lo hiciera.
Epílogo
Seis meses después, la familia Pérez cenaba junta.
Pollo rostizado (del bueno, no del que estaba de oferta), tortillas calientes y refresco.
Ramón había sido ascendido a supervisor en la ruta de recolección. La carta de desalojo era un mal recuerdo. El asma de Mateo estaba controlada.
Pero el cambio más grande sucedió afuera de esas paredes.
Tomás Paredes fue arrestado esa misma semana. “Cantó” para reducir su condena: confesó que le pagaron $5,000 pesos por señalar a mi papá.
El Fiscal Villalobos renunció antes de que lo corrieran. Ahora enfrenta tres investigaciones por corrupción y obstrucción de la justicia.
El Juez Benítez pidió su cambio a juzgados civiles, admitiendo públicamente que necesitaba “reexaminar sus sesgos”.
El refrigerador ahora tenía una carta nueva junto al título de mamá.
Era de la Facultad de Derecho de la UNAM. Una invitación especial para un programa de pre-ingreso para jóvenes talentos.
“Su caso nos convenció de que necesitamos voces como la suya en nuestras aulas”, decía la carta.
Mi papá entró a la cocina, secándose las manos.
—Salvando al mundo cuando deberías estar durmiendo, ¿eh?
Sonreí, cerrando la laptop. Estaba contestando un correo de una señora en Ecatepec cuyo hijo había sido incriminado.
—Alguien tiene que hacerlo, pa.
Me dio un beso en la frente.
—Tu mamá estaría soñada.
Cuando salió, me quedé mirando la foto de mi mamá. Esa mujer que peleó y perdió, pero que crio a una hija que se negó a aceptar la derrota.
—Apenas estoy empezando, ma —susurré.
MENSAJE FINAL
Así que aquí está la pregunta para ti. Sí, para ti que estás leyendo esto.
¿Cuándo te han dicho que eres demasiado pequeño para importar?
¿Qué verdad te da miedo decir?
¿Qué injusticia estás ignorando porque piensas que “alguien más” la va a arreglar?
Yo tenía 15 años. Un saco de la paca y una laptop vieja.
No tenía título, ni dinero, ni palancas.
Y cambié todo.
No porque fuera especial. Sino porque me negué a creer que no lo era.
Tu voz importa. Tu coraje cuenta.
Alguien necesita que seas valiente hoy. Alguien necesita que te levantes.
Alguien necesita que demuestres que la justicia no se trata de quién tiene el poder, sino de quién tiene los pantalones para exigirla.
Si esta historia te movió, compártela.
Porque cada vez que contamos estas historias, le recordamos a alguien más que no está solo.
El tribunal está en todos lados. El juez está mirando.
Es tu turno de hablar.
(FIN DE LA HISTORIA)