PARTE 1: EL ENCUENTRO
Capítulo 1: Olor a Grasa y Desprecio
—Yo te hago caminar de nuevo —dijo el mecánico, limpiándose las manos negras de grasa con un trapo que parecía tener más años que él.
Victoria Sandoval, la mujer más poderosa de la industria farmacéutica en México, soltó una carcajada seca, cruel, que resonó en las paredes de ladrillo desnudo del Taller Hernández. Desde su silla de ruedas de titanio, valorada en más de lo que costaba todo ese tugurio, Victoria lo miró como quien mira a un insecto.
—Ramiro —llamó a su chófer sin dejar de mirar al mecánico con asco—, dile a este… individuo, que no estoy para bromas de mal gusto. Y sácame de este lugar inmundo. Huele a fracaso.
Victoria ajustó el broche de diamantes en su blusa de seda italiana. Hacía un calor infernal en esa parte de la ciudad, lejos de los árboles y la brisa de Las Lomas. Su Bentley Continental había decidido morir justo allí, en medio del caos urbano, obligándola a buscar refugio en el primer taller que encontraron.
—Señora Sandoval —intervino Ramiro con voz temblorosa—, la grúa de la agencia tardará tres horas. El señor… el mecánico dice que puede revisar el sistema eléctrico ahora mismo.
Victoria resopló, sus ojos escaneando el lugar. Tres elevadores hidráulicos oxidados, un calendario de una refaccionaria con una modelo descolorida y música de banda sonando en una radio vieja. Era el infierno.
—Tienes treinta minutos —le escupió al mecánico—. Y si tocas la tapicería de cuero beige con esas manos asquerosas, te demandaré hasta quitarte el apellido.
El mecánico, un hombre de unos 35 años, cabello negro revuelto y una barba de tres días, no se inmutó. Tenía una calma irritante.
—Soy Diego Hernández —dijo él, ignorando el insulto—. Y no se preocupe por su tapicería, señora. Me preocupa más su sistema eléctrico… y su actitud.
Victoria sintió que la sangre le subía a la cara. Nadie, absolutamente nadie, le hablaba así.
—¿Perdón? ¿Sabes quién soy? Soy Victoria Sandoval. Podría comprar esta cuadra entera y convertirla en un estacionamiento solo para no volver a ver tu cara.
—Lo sé —respondió Diego, abriendo el capó del Bentley con una destreza sorprendente—. Lo leí en las noticias. Heredera, empresaria, y famosa por despedir a trescientos empleados el mes pasado para “optimizar costos”.
Diego conectó un escáner genérico al puerto del auto de lujo. Victoria observó, esperando que el aparato explotara o que el mecánico admitiera su incompetencia. Pero Diego se movía con una precisión quirúrgica. Sus dedos, aunque manchados de aceite, eran ágiles, decididos. No había titubeos.
—El módulo de control tiene un corto —dijo Diego después de unos minutos—. Necesita una pieza nueva. Viene de Inglaterra. Tardará una semana.
—¡Imposible! —gritó Victoria, golpeando el reposabrazos de su silla—. ¡La necesito mañana! ¡Paga lo que sea!
—Señora, la física y la logística no aceptan sobornos —dijo Diego, cerrando el capó suavemente—. El auto se queda o se lo lleva en grúa. Usted decide.
Fue entonces cuando sucedió. Victoria, cegada por la furia, intentó girar su silla bruscamente hacia la salida. Una de las ruedas delanteras se trabó en una grieta del piso de concreto mal nivelado. La silla se inclinó violentamente.
Victoria cerró los ojos, esperando el golpe, el dolor, la humillación de caer al suelo sucio. Pero el golpe nunca llegó.
Unos brazos fuertes la sostuvieron en el aire. Diego se había movido con una velocidad inhumana. La había atrapado antes de que tocara el suelo, estabilizando la silla con una mano y sosteniendo su espalda con la otra.
Y en ese segundo, Victoria sintió algo.
Un chispazo.
Un eco eléctrico recorriendo su columna, justo donde los médicos habían dicho que había un silencio sepulcral.
—¿Está bien? —preguntó Diego, su rostro a centímetros del de ella.
Victoria se quedó paralizada. No por el miedo, sino por la sensación.
—Tus manos… —susurró ella, temblando—. ¿Dónde pusiste tus manos?
—En sus lumbares. Técnica de estabilización —dijo él, soltándola con cuidado y retrocediendo como si se hubiera quemado.
—Sentí algo —dijo Victoria, su voz rompiéndose—. Sentí calor.
Diego la miró fijamente. Sus ojos oscuros cambiaron. Ya no eran los ojos de un mecánico cansado. Había un brillo de análisis, una inteligencia afilada que evaluaba, calculaba.
—¿Sintió calor o sintió presión? —preguntó Diego. Su tono había cambiado. Ya no era el “maistro” del taller. Era un tono de autoridad.
—¿Qué te importa? —Victoria recuperó su máscara de hierro—. Los médicos dicen que tengo una lesión T6 completa. No siento nada desde la cintura para abajo. Nada.
—Los médicos se equivocan a menudo —murmuró Diego. Se limpió las manos de nuevo y se cruzó de brazos—. Si sintió calor, hay una vía nerviosa activa. Latente, pero viva.
Victoria lo miró, incrédula.
—¿Y tú qué sabes de vías nerviosas? Eres un mecánico. Tu trabajo es cambiar bujías, no diagnosticar paraplejias.
Diego sonrió tristemente y señaló con la barbilla hacia la pequeña oficina de cristal sucio al fondo del taller.
—Mire la pared, señora Sandoval. Detrás del calendario de la modelo.
Victoria entrecerró los ojos. A través del cristal empañado, pudo distinguir unos marcos de madera baratos colgados torcidamente. Diplomas. Se acercó rodando, empujada por una curiosidad que odiaba admitir.
Ahí estaban.
Título de Médico Cirujano – Universidad Nacional Autónoma de México.
Especialidad en Neurocirugía – Mención Honorífica.
Certificado de Investigación en Neuroplasticidad Avanzada.
Todos a nombre de: Dr. Diego Alejandro Hernández Ruiz.
Victoria giró la silla lentamente. El mecánico estaba allí, bajo la luz cruda de una lámpara fluorescente que parpadeaba.
—¿Fuiste neurocirujano? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Fui el mejor —respondió Diego sin arrogancia, solo con un hecho—. Hasta que dejé de serlo para salvar a mi padre. Y ahora, señora Sandoval, le repito lo que le dije: Yo puedo hacer que usted vuelva a caminar.
Capítulo 2: La Apuesta de los Cinco Minutos
La risa de Victoria había muerto. El silencio en el taller era absoluto, solo roto por el sonido distante del claxon de un camión en la avenida.
—Si eras tan bueno, ¿por qué estás aquí arreglando un Bentley viejo en lugar de operar en el Hospital Ángeles? —atacó Victoria. Necesitaba encontrar la falla, la mentira. Su mundo se basaba en realidades duras, no en esperanzas falsas.
—Porque el sistema médico tiene protocolos que a veces condenan a los pacientes antes de intentarlo todo —dijo Diego, acercándose a ella—. Mi padre tuvo un accidente. Dijeron que quedaría vegetal. Yo no acepté eso. Dejé el hospital, monté una UCI en mi casa y trabajé con él dos años. Hoy camina y cobra a los clientes en la entrada.
Victoria miró hacia la entrada. Un señor mayor, sentado en un banco, leía el periódico y saludaba a los vecinos.
—Eso es… anecdótico —dijo Victoria, aunque su corazón latía desbocado—. Mi lesión es diferente. Tengo los mejores especialistas del mundo.
—Deme cinco minutos —dijo Diego—. No necesito un quirófano. Solo necesito mis manos y su columna. Si no siente nada, le arreglo el auto gratis y nunca me vuelve a ver. Si siente algo… usted hace lo que yo diga.
Victoria dudó. Era una locura. Era peligroso. Pero había sentido ese calor. Ese maldito calor que no había sentido en ocho años de terapias frías y estériles en Suiza.
—Cinco minutos —aceptó Victoria—. Pero si me lastimas, te destruyo.
Diego asintió. Hizo que Ramiro y otro mecánico ayudaran a pasar a Victoria a una camilla de revisión que tenía oculta tras un biombo, limpia y profesional, un contraste extraño con el resto del taller.
—Voy a aplicar presión profunda en los puntos de los dermatomas sacros —explicó Diego. Sus manos, ahora lavadas y calientes, se posaron sobre la espalda baja de Victoria—. Esto va a doler si funciona.
—No va a doler porqu… —¡AH!
Victoria soltó un grito ahogado. No fue un dolor muscular. Fue como un relámpago blanco cruzando la oscuridad de sus piernas.
—¿Qué fue eso? —jadeó ella.
—Eso, Victoria, es su nervio ciático despertando de una siesta de ocho años.
Diego continuó. No era un masaje. Era una tortura calculada. Manipulaba la columna, presionaba puntos gatillo, estiraba fascias que estaban petrificadas. Victoria sudaba. Lágrimas de dolor y shock corrían por su maquillaje perfecto.
—¡Para! ¡Duele! —gritó ella.
—¡Si duele es porque está vivo! —rugió Diego, perdiendo por un momento su calma—. ¡No se rinda!
Hizo un último movimiento, una presión seca en la base del coxis. Victoria sintió una sacudida, y por primera vez en casi una década, vio cómo el dedo gordo de su pie derecho se movía.
Fue un milímetro. Un espasmo. Pero se movió.
Diego se apartó, respirando agitadamente. Victoria se quedó mirando su pie, inmóvil de nuevo, pero la imagen estaba grabada en su retina.
—Se movió —susurró ella. Miró a Diego, sus ojos llenos de lágrimas—. Se movió.
—Le dije que su lesión no era completa —dijo Diego, secándose el sudor de la frente—. Hay puentes rotos, pero los cimientos están ahí.
Victoria se incorporó con dificultad. Su mente de empresaria, siempre calculadora, se había colapsado. Lo que quedaba era una mujer aterrorizada por la esperanza.
—¿Cuánto? —preguntó ella—. ¿Cuánto quieres? Te daré un cheque en blanco. Cierra este lugar. Ven a mi casa. Te pagaré millones.
Diego la miró con una decepción profunda.
—Ese es su problema, señora Sandoval. Cree que todo es una transacción. No quiero su dinero.
—¿Entonces qué quieres? —exigió ella, desesperada—. ¡Hiciste que mi pie se moviera! ¡No puedes dejarme así!
—Quiero que venga aquí —dijo Diego—. Todos los días. A las 7 de la mañana. Hará la rehabilitación aquí, en el taller, con el ruido, el olor a grasa y la gente real. Nada de aire acondicionado, nada de asistentes que le traigan agua Fiji. Si quiere caminar, va a tener que sudar como todos nosotros.
—Estás loco. No voy a venir a este barrio diario. Es peligroso, es sucio.
—Entonces quédese en su silla de titanio en su mansión de marfil —dijo Diego, dándole la espalda para volver a su trabajo—. La elección es suya. Caminar entre la gente o rodar por encima de ella.
Victoria se quedó muda. Ramiro la ayudó a volver a la silla. Mientras salían del taller (el Bentley se quedó), Victoria miró hacia atrás. Diego ya estaba debajo de un taxi, martilleando algo.
Esa noche, Victoria no durmió. Miraba su pie derecho, concentrando toda su voluntad, rogándole que se moviera de nuevo. No lo hizo.
Pero sabía que podía.
A las 6:00 AM del día siguiente, el intercomunicador de Ramiro sonó.
—Prepara la camioneta blindada, Ramiro —dijo Victoria—. Vamos a Iztapalapa.
PARTE 2: LA TRANSFORMACIÓN
CAPÍTULO 3: EL INFIERNO HUELE A ACEITE QUEMADO
El amanecer en Iztapalapa no tenía nada que ver con los amaneceres en Lomas de Chapultepec. En Las Lomas, el sol parecía pedir permiso para entrar a través de cortinas de lino importado, despertando el día con el canto de pájaros en jardines privados. Aquí, en el oriente de la ciudad, el sol golpeaba el asfalto gris sin misericordia desde las seis de la mañana, acompañado por una sinfonía caótica de cláxones de microbuses, el grito del vendedor de tamales oaxaqueños y el ladrido de perros callejeros que defendían su territorio.
La camioneta blindada de Victoria Sandoval, una Chevrolet Suburban negra que parecía un tanque de guerra de lujo, se detuvo frente a la cortina metálica del “Taller Mecánico Hernández”. El vehículo desentonaba tanto con el entorno de banquetas rotas y grafitis descoloridos que parecía un error en la Matrix.
Dentro, el aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta de 21 grados, pero Victoria estaba sudando frío.
—Señora —dijo Ramiro, mirando por el retrovisor con ojos preocupados, esas ojeras de lealtad canina marcadas bajo sus párpados—. ¿Está segura de esto? Podemos dar la vuelta. Tengo el número del Dr. Hoffman en Houston. Podríamos volar hoy mismo.
Victoria miró sus manos. Estaban perfectamente manicuradas, las uñas pintadas de un rojo “Chanel” impecable. Apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Odiaba esto. Odiaba el barrio, odiaba el olor a smog que se filtraba incluso a través de los filtros de aire de la camioneta, y sobre todo, odiaba la esperanza irracional que ese mecánico sucio había plantado en su pecho el día anterior.
—Abre la puerta, Ramiro —ordenó ella, con esa voz que usaba para despedir ejecutivos—. Y no me esperes. Regresa en dos horas.
—Pero señora, la zona no es…
—¡He dicho que abras la puerta!
Ramiro obedeció. El golpe de calor y ruido exterior fue como una bofetada. Ramiro bajó la rampa automática y Victoria descendió en su silla de titanio. Apenas las ruedas tocaron el cemento agrietado de la banqueta, la cortina del taller comenzó a subir con un chirrido metálico ensordecedor.
Ahí estaba Diego.
No llevaba bata blanca. No llevaba un estetoscopio colgando del cuello. Llevaba un overol azul marino manchado de grasa en las rodillas y una playera blanca de tirantes debajo que dejaba ver unos brazos fibrosos, marcados por el trabajo físico, no por horas de gimnasio estético. Estaba sosteniendo una taza de café de peltre despostillada.
—Llegas tarde —dijo Diego, sin “buenos días” ni cortesías falsas. Miró un reloj barato en su muñeca—. Son las 7:04. En mi taller, cuatro minutos tarde significa que ya perdiste el calentamiento.
Victoria sintió que la bilis le subía a la garganta.
—El tráfico en Viaducto es impredecible —respondió ella, elevando la barbilla—. Y no soy una de tus empleadas a la que puedes regañar por llegar tarde. Soy tu cliente. Y te recuerdo que te estoy pagando una fortuna.
Diego tomó un sorbo largo de su café, mirándola por encima del borde de la taza con una intensidad que la hizo sentir desnuda.
—Aquí no eres mi cliente, Victoria. Eres un sistema eléctrico fallido que necesita recableado. Y al cableado no le importa tu cuenta bancaria. Pasa.
Victoria rodó hacia el interior. El taller estaba ya en actividad. Tres mecánicos trabajaban al fondo. Reconoció a uno de ellos, un hombre mayor con bigote de morsa al que llamaban “Don Chuy”. Estaba luchando con la transmisión de un Tsuru. Cuando vio entrar a Victoria, se quitó la gorra grasienta y asintió con respeto, murmurando un “buenos días, jefa”. Victoria no respondió.
Diego la guió hacia la parte trasera del taller. Victoria esperaba encontrar, quizás, una pequeña oficina limpia, algo adaptado. Lo que encontró la horrorizó.
Era una bodega de almacenamiento que había sido despejada apresuradamente. Las paredes eran de ladrillo desnudo. No había aire acondicionado, solo un ventilador industrial enorme que movía el aire caliente y polvoriento. En el suelo, en lugar de piso clínico amortiguado, había unas colchonetas de hule espuma azul, de esas que usan en las escuelas públicas. Y el “equipo”… Dios mío, el equipo.
Había poleas colgadas de las vigas del techo, pero no eran poleas médicas cromadas. Eran cadenas de distribución de motor adaptadas con manubrios soldados. Había ligas de resistencia que parecían cámaras de llanta cortadas.
—¿Esto es una broma? —preguntó Victoria, su voz resonando en la bodega vacía—. ¿Esperas que me tire en ese suelo? ¿Con esas… cosas? Esto es insalubre. Voy a contraer tétanos solo de respirar aquí.
Diego dejó la taza de café sobre un banco de trabajo y se acercó a ella. Su expresión había cambiado. Ya no había sarcasmo. Había una seriedad profesional, casi aterradora.
—Esas “cosas” son herramientas de resistencia variable —dijo, señalando las cadenas—. Y ese suelo está limpio. Lo limpié yo mismo anoche con cloro hasta que mis manos ardieron. Ahora, tienes dos opciones: te das la vuelta, te subes a tu tanque blindado y te vas a morir lentamente en tu mansión de cristal, o te bajas de esa silla y empezamos a trabajar.
Victoria lo miró con odio. Un odio puro y destilado. Quería irse. Cada célula de su cuerpo le gritaba que huyera. Pero entonces recordó el dedo de su pie. Ese pequeño, minúsculo movimiento de ayer. Ese “click” eléctrico en su columna.
Sin decir una palabra, Victoria accionó los frenos de su silla.
—Ayúdame a bajar —dijo, seca.
Diego no sonrió. No celebró su pequeña victoria. Simplemente se acercó.
—No.
Victoria parpadeó, confundida.
—¿Cómo que no? No puedo bajarme sola. Mis piernas no funcionan, por si no te has dado cuenta, genio.
—Tu tronco superior funciona perfectamente —dijo Diego, cruzándose de brazos—. Tus brazos tienen fuerza. Has estado empujando esa silla por años. Úsalos. Pásate a la colchoneta. Yo estoy aquí por si te caes, pero no voy a cargarte como si fueras un costal de papas. Si quieres recuperar tu dignidad, empieza por dejar de pedir que te carguen.
La cara de Victoria se puso roja de furia.
—Eres un sádico. Un maldito resentido social que disfruta ver sufrir a alguien con dinero.
—Soy tu médico —corrigió Diego—. Y la terapia empieza ahora. Muévete.
Victoria gritó de frustración, un sonido gutural que hizo que Don Chuy, al fondo del taller, dejara caer una llave inglesa. Con movimientos temblorosos por la ira, Victoria se impulsó. Apoyó las manos en los reposabrazos. Sus tríceps, tonificados por años de usar la silla, se tensaron. Se balanceó el cuerpo hacia la colchoneta. Fue un movimiento torpe, feo, carente de gracia. Aterrizó pesadamente sobre el hule espuma, golpeándose la cadera.
—¡Maldita sea! —gritó, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Me lastimé!
Diego se arrodilló a su lado instantáneamente. Revisó su cadera con manos rápidas y expertas.
—No hay lesión. Solo un golpe en el ego. Estás bien. Ahora, boca arriba.
La siguiente hora fue, sin exagerar, la experiencia más humillante y dolorosa de la vida de Victoria Sandoval.
Diego no usaba términos suaves. Usaba una mezcla extraña de jerga médica de alto nivel y analogías mecánicas que, sorprendentemente, tenían sentido.
—Vamos a hacer Facilitación Neuromuscular Propioceptiva —dijo Diego, tomando la pierna derecha de Victoria, que se sentía pesada e inerte como un tronco mojado—. Tu cerebro ha olvidado la dirección IP de tus piernas. El cableado está ahí, pero la señal no llega. Vamos a forzar un reinicio del sistema.
Diego comenzó a manipular su pierna en diagonales forzadas, estirando músculos que llevaban años atrofiados.
—¡Empuja! —gritaba él—. ¡Empuja mi mano con tu talón!
—¡No puedo! —chillaba Victoria, empapada en sudor. Su blusa de diseñador estaba arruinada, pegada a su espalda—. ¡No siento nada!
—¡No me importa lo que sientes, me importa lo que intentas! —rugía Diego, presionando su mano contra la planta del pie de ella—. ¡Visualízalo! ¡Manda la orden! ¡Carajo, Victoria, eres una CEO! ¡Das órdenes a diez mil empleados! ¡Dale una maldita orden a tu pie derecho!
La presión era insoportable. No era dolor muscular. Eran calambres fantasmas, chispazos eléctricos que la hacían jadear.
—¡Me duele! ¡Me estás quemando! —Victoria intentó apartarlo, golpeando el pecho de Diego con sus puños cerrados—. ¡Suéltame! ¡Te ordeno que me sueltes! ¡Te voy a demandar! ¡Voy a cerrar este chiquero!
Diego no la soltó. Ni siquiera parpadeó ante los golpes. Mantuvo la presión, obligando a la cadera de Victoria a rotar.
—El dolor es información —dijo él, respirando agitadamente por el esfuerzo físico de contenerla—. Si te quema, es porque los nervios están gritando. Están despertando, Victoria. Están encendiendo las luces de la casa después de ocho años de oscuridad. ¡Aguanta!
De repente, una sacudida violenta recorrió la pierna de Victoria. Un espasmo incontrolable. Su rodilla se flexionó bruscamente, golpeando a Diego en el hombro.
Ambos se congelaron.
Victoria jadeaba, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Diego se sobor su hombro, hizo una mueca de dolor, y luego, lentamente, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro barbudo.
—Eso… —jadeó Diego—… fue una contracción de los isquiotibiales. Grado 2.
Victoria estaba llorando. No lágrimas discretas y elegantes. Lloraba abiertamente, con mocos y sollozos, tirada en una colchoneta sucia en Iztapalapa.
—Me dolió… —gimió ella—. Sentí como si me clavaran un cuchillo caliente en el muslo.
—Bienvenida de regreso al mundo de los vivos —dijo Diego suavemente. Se levantó y fue hacia una pequeña hielera en la esquina. Sacó una botella de agua barata y se la lanzó. Victoria la atrapó en el aire por instinto.
—Descansa dos minutos. Luego vamos con la izquierda.
—¿Estás loco? —Victoria se limpió la cara con el dorso de la mano, manchándose de grasa que había en la colchoneta—. No puedo más. Me tiembla todo el cuerpo. Mira mis manos.
Sus manos temblaban incontrolablemente.
—Es fatiga del sistema nervioso central —explicó Diego, sentándose en un banco de metal frente a ella—. Es normal. Tu cerebro está consumiendo tanta glucosa ahora mismo como si hubieras corrido un maratón. Tómate el agua.
Mientras Victoria bebía, notó algo. El ruido del taller había cambiado. Ya no solo se escuchaban herramientas. Se escuchaban voces. Risas.
Miró hacia la entrada de la bodega, que no tenía puerta.
Había gente.
No eran mecánicos.
Había una señora mayor sentada en una silla de plástico, con las piernas hinchadas y vendadas, tejiendo algo. Había un joven, no mayor de veinte años, en una silla de ruedas mucho más vieja y destartalada que la de Victoria; le faltaba una pierna. Y había un niño con muletas, jugando con un perro callejero que movía la cola felizmente entre las manchas de aceite.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó Victoria, sintiéndose expuesta, vulnerable en su estado lamentable.
Diego siguió su mirada.
—Son mis pacientes de las 8:00 AM. Tú eres el turno previo.
—¿Pacientes? —Victoria frunció el ceño—. ¿Tienes una clínica aquí? ¿Es legal esto?
—Es tan legal como la necesidad —respondió Diego encogiéndose de hombros—. La señora es Doña Refugio. Tiene insuficiencia venosa crónica y artritis. El seguro social le da paracetamol y la manda a casa. Aquí le damos terapia de compresión y movilización. El chico de la silla es Beto. Le dispararon en un asalto para robarle su moto. Quedó parapléjico incompleto. No tiene dinero para terapias privadas.
Victoria miró a Beto. El chico estaba riéndose de algo que le decía el mecánico Don Chuy. Se veía… feliz. ¿Cómo podía estar feliz? Le faltaba una pierna, estaba en un taller sucio, su ropa era desgastada.
—¿Y cuánto les cobras? —preguntó Victoria, su mente de negocios tratando de encajar las piezas—. No pueden pagarte lo que vale tu tiempo. Eres un neurocirujano. Tu hora vale miles de dólares.
En ese momento, Doña Refugio se levantó con dificultad, caminó hacia Diego y le entregó un tupper de plástico.
—Doctor Diego, le traje unos chilaquiles verdes. Están picositos, como le gustan. Para que aguante la jornada.
Diego recibió el tupper como si fuera un lingote de oro.
—Gracias, Doña Cuquita. Huele a gloria.
Diego se giró hacia Victoria, sosteniendo el tupper en alto.
—Esa es mi tarifa, Victoria. Chilaquiles. A veces tamales. A veces un “Dios se lo pague”. Ellos pagan con lo que tienen, y pagan con algo que tú no conoces: gratitud y esfuerzo. Beto, el chico de la silla, hace tres horas de transporte público para llegar aquí. Nunca llega tarde. Nunca se queja. Y nunca me dice “no puedo”.
Diego se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. Su olor a aceite, café y sudor era penetrante, pero extrañamente, ya no le parecía tan repulsivo a Victoria. Le parecía… real.
—Tú me ofreciste un cheque en blanco ayer. Pero aquí, en esta colchoneta, tu dinero no vale nada. Aquí, la moneda de cambio es cuánto dolor estás dispuesta a soportar para recuperar tu vida. Así que te pregunto, Victoria Sandoval: ¿Eres tan fuerte como Doña Refugio? ¿O eres solo una niña rica que llora cuando se raspa la rodilla?
Victoria sintió las palabras como bofetadas. Quiso responderle. Quiso insultarlo, recordarle sus seis empresas, sus portadas en revistas de negocios, su poder. Pero miró a Beto, que ahora intentaba levantarse de su silla apoyándose en una barra oxidada, sudando, mordiéndose el labio, pero sin dejar de sonreír.
Victoria miró su propia pierna. La pierna que había tenido un espasmo. La pierna que había estado “muerta” ocho años.
Se tragó su orgullo. Fue un trago amargo, rasposo, como tragar vidrio.
—Vamos con la pierna izquierda —dijo Victoria. Su voz sonó ronca, pero firme.
Diego sonrió. Esta vez fue una sonrisa genuina, que le llegó a los ojos. Dejó los chilaquiles sobre el banco.
—Esa es la actitud —dijo Diego, volviendo a arrodillarse junto a ella—. Pero te advierto, la izquierda siempre duele más.
—Cállate y trabaja, mecánico —replicó Victoria, acostándose de nuevo y cerrando los ojos para prepararse para el dolor.
—A la orden, jefa —respondió él.
Y mientras Diego tomaba su tobillo izquierdo, y el primer latigazo de dolor recorría su nervio ciático, Victoria Sandoval tuvo un pensamiento extraño, casi alienígena: por primera vez en ocho años, no se sentía como una víctima. Se sentía como si estuviera en una guerra. Y pensaba ganarla.
