PARTE 1: La Traición
Capítulo 1: La llamada que lo cambió todo
Cuando levanté el teléfono para preguntarle a mi hijo Max cuándo sería la boda, nunca imaginé que su respuesta rompería algo dentro de mí para siempre. Escuché la voz de mi nuera, Elena, al otro lado de la línea. No sonaba nerviosa, ni apenada. Sonaba fría, con una suficiencia que me heló la sangre.
—Ay, Renata… —dijo, con esa entonación arrastrada que usan las niñas ricas de Polanco, aunque ella no tenía ni un peso—. Ya nos casamos ayer. Fue algo íntimo. Solo invitamos a gente especial.
Las palabras me golpearon como un balde de agua helada. Gente especial.
Yo, Renata, que durante tres años había pagado religiosamente su renta de $15,000 pesos mensuales en ese departamento en la Condesa. Yo, que había amueblado cada rincón de su hogar, desde el sofá italiano hasta la cafetera de diseñador. Yo, que llenaba su refrigerador con cortes de carne y vinos importados cuando ellos se gastaban su sueldo en fiestas.
Yo no era una “persona especial”.
Me quedé parada en la sala de mi casa en Coyoacán, sosteniendo el teléfono como si pesara mil kilos. Al fondo, escuché a Max murmurar algo, evitando tomar el auricular. Mi propio hijo no tenía el valor de decírmelo.
—El vestido… —susurré, mirando hacia el pasillo.
El vestido color palo de rosa que había comprado colgaba inútil en mi clóset. Me había costado $5,000 pesos, una pequeña fortuna para mi pensión, pero quería verme elegante en las fotos. Esas fotos donde nunca aparecería.
—Mamá, entiende —finalmente habló Max, con esa voz ensayada que usaba cuando quería pedirme dinero—. Fue algo muy pequeño, solo los testigos. No queríamos hacer un circo.
Pero yo sabía que era mentira. Mientras él hablaba, mi iPad se iluminó con una notificación de Facebook. Ahí estaban. Las fotos.
Vi a los padres de Elena, el señor y la señora Guzmán, posando orgullosos junto a los novios en un jardín exclusivo en Cuernavaca. Vi a sus hermanos brindando con champagne. Vi el vestido de encaje blanco de Elena, ese que yo ayudé a pagar con los $15,000 pesos que le “presté” el mes pasado para sus “gastos personales”.
Vi todo lo que se suponía que no debía ver.
Capítulo 2: El despertar de la bestia
Pasó una semana. Siete días de silencio absoluto en los que mi tristeza se fue transformando lentamente en una furia fría y calculadora.
Exactamente siete días después de esa humillación, el teléfono sonó. Era Elena. Pero ya no tenía esa voz altanera de “mujer casada y exitosa”. Ahora sonaba desesperada, casi suplicante.
—¡Renata! Qué bueno que contestas. Oye, el rentero nos está presionando. Dice que si no cae la transferencia hoy antes de las 2, nos va a cobrar recargos. Se te olvidó hacer el depósito de la renta.
Su voz temblaba ligeramente, como si el mundo se fuera a acabar por un simple retraso. Guardé silencio unos segundos, recordando todas las veces que corrí al banco bajo la lluvia para que no les faltara nada. Todas las veces que comí atún y arroz para poder darles dinero para sus caprichos.
—Elena —dije, con una calma que incluso a mí me sorprendió—. ¿No te lo dije?
—¿Decirme qué, Renata? —preguntó ella, confundida.
—Que yo solo ayudo a gente especial.
El silencio al otro lado de la línea fue tan profundo que pude escuchar mi propio corazón latiendo. Por primera vez en años, no era yo la que temblaba.
—Renata, no entiendo… —tartamudeó—. Siempre fuimos especiales para ti. Eres como una segunda madre para mí.
—Mentiras —la corté en seco—. Todo mentiras. Envueltas en esa voz dulce que solo usas cuando necesitas dinero. La misma voz con la que me pediste para el vestido, para la luna de miel, para los anillos… anillos que se intercambiaron en una ceremonia donde yo no fui bienvenida.
—¡Pero eso fue un malentendido! —gritó, perdiendo la compostura.
—No, Elena. Fue una decisión. Y hoy yo he tomado la mía.
Colgué.
Me senté en la mesa del comedor, saqué mi libreta de cuentas y mi calculadora. Quería ver la magnitud de mi estupidez en números rojos.
Renta mensual de $15,000 x 36 meses = $540,000 pesos.
Despensa y “ayuditas” mensuales de $4,000 = $144,000 pesos.
Regalos de Navidad, cumpleaños, aniversarios = Al menos $60,000 pesos.
Emergencias médicas de Elena (la supuesta apendicitis en hospital privado) = $25,000 pesos.
El préstamo para el coche que nunca me pagaron = $50,000 pesos.
Total: $819,000 pesos.
Casi un millón de pesos. Dinero de la herencia de mi esposo Roberto, de mi jubilación como maestra, de mis ahorros de toda la vida. Todo tirado a la basura para mantener cómodos a dos adultos que no podían ni invitarme a comer un pastel el día de su boda.
Esa noche no lloré de tristeza. Lloré de rabia. Y a la mañana siguiente, me levanté siendo otra mujer.
PARTE 2: La Guerra
Capítulo 3: Cortando el cordón umbilical
A las 9:00 AM en punto estaba frente a la sucursal de Banorte. El gerente, el Licenciado Castillo, me saludó desde su oficina de cristal. Me conocía bien; él había procesado cada una de esas transferencias que desangraban mi cuenta mes tras mes.
—Buenos días, Señora Renata. ¿Lo de siempre para el joven Max? —preguntó con una sonrisa amable.
—No, Licenciado. Hoy vengo a cancelar todo.
El hombre parpadeó, sorprendido.
—¿Todo? ¿Las transferencias automáticas?
—Todo. Las transferencias, los débitos directos, y quiero revocar la tarjeta adicional que tiene Max. También quiero información sobre cómo blindar mis cuentas. No quiero que nadie, absolutamente nadie más que yo, tenga acceso a un solo centavo.
Mientras firmaba los papeles, mi celular empezó a vibrar como loco en mi bolsa. Max. Elena. Max de nuevo. Era como si hubieran desarrollado un sexto sentido para detectar cuando su fuente de ingresos estaba en peligro.
Apagué el teléfono.
—Señora Renata —dijo el Licenciado Castillo mientras me entregaba los comprobantes—, perdone el atrevimiento, pero… se ve usted diferente hoy. Más tranquila.
—Me siento más ligera, Licenciado. Me acabo de quitar 150 kilos de encima.
Salí del banco y me fui a caminar por el parque de los Viveros. Compré un helado, me senté en una banca y vi a la gente pasar. Por primera vez en tres años, mi dinero era mío. Mi tiempo era mío.
Pero la paz duró poco. Cuando regresé a mi casa, encontré tres autos estacionados frente a mi portón. El coche de Max, el de Elena, y uno negro, grande, que no reconocí.
Podía ver movimiento dentro de mi casa a través de las ventanas. Mi sangre se heló. Tenían llaves. Yo se las había dado “por si acaso”.
Entré y la escena que vi me revolvió el estómago. Max estaba sentado en mi sofá con la cabeza entre las manos. Elena caminaba de un lado a otro como leona enjaulada. Y un hombre mayor, de traje gris, revisaba papeles en MI mesa de comedor.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunté. Mi voz resonó con una autoridad que no sabía que tenía.
Elena fue la primera en hablar.
—¡Renata! Gracias a Dios. Estamos muy preocupados. El Licenciado Flores es un abogado de familia. Vinimos porque… bueno, tu comportamiento no es normal.
—¿Mi comportamiento?
—Mamá —Max levantó la cara. Tenía los ojos rojos, pero no de tristeza, sino de pánico financiero—. Fuimos al banco. Nos dijeron que cancelaste todo. Que bloqueaste las cuentas. Creemos que… creemos que no estás bien de tus facultades.
El abogado, el tal Flores, se acercó con una sonrisa falsa que mostraba demasiados dientes.
—Señora Renata, sus hijos temen que esté sufriendo algún tipo de episodio senil. Tomar decisiones financieras drásticas repentinamente es un síntoma común. Estamos aquí para ayudarla a gestionar esta transición.
¿Transición? Querían declararme incompetente. Querían el control.
Capítulo 4: La expulsión
Me acerqué a la mesa y le arrebaté los documentos de la mano al abogado. Eran mis estados de cuenta, mis pólizas de seguro.
—¡Largo! —grité, señalando la puerta—. ¡Los tres, fuera de mi casa ahora mismo!
—Mamá, no podemos irnos —dijo Max, poniéndose de pie—. Tenemos obligaciones. La tarjeta de crédito que firmaste como aval ya está al tope. Si no pagas, nos van a embargar.
—¡Que los embarguen! —respondí—. He pagado una vida que no es la mía por años. Se acabó.
Elena empezó a llorar, esas lágrimas de cocodrilo que tan bien le salían.
—¡No puedes hacernos esto! Hicimos planes contando con tu apoyo. ¡Compramos muebles a crédito!
—Planes con MI dinero. No con mi bienestar. ¿Querían ser “gente especial”? Pues sean especiales con su propio dinero.
El abogado intentó intervenir.
—Señora, si no coopera, sus hijos tienen opciones legales. Un juez puede determinar que usted necesita un tutor si demuestra conductas erráticas.
—¿Me está amenazando en mi propia sala, Licenciado? —le dije, mirándolo a los ojos—. Le sugiero que investigue bien a quién amenaza. He sido maestra durante 40 años. He lidiado con padres furiosos, directores corruptos y sindicatos. Usted y este par de parásitos no me asustan.
Los eché. Tuve que amenazar con llamar a la policía para que se fueran. Pero antes de salir, Max me miró con un odio que nunca había visto en él.
—Te vas a quedar sola, mamá. Y te vas a arrepentir.
—Ya estoy sola, Max —le cerré la puerta en la cara—. La diferencia es que ahora me sale más barato.
Esa misma tarde llamé a un cerrajero para cambiar todas las chapas. También contraté a un técnico para instalar cámaras de seguridad. Si querían guerra, tendrían guerra.
Capítulo 5: El contraataque legal
Pensé que con eso bastaría, que entenderían el mensaje. Qué ingenua fui.
Dos semanas después, recibí una notificación del juzgado familiar. Max y Elena habían presentado una demanda formal para declararme en estado de interdicción (incapacidad mental). Solicitaban la tutela legal de mi persona y, por supuesto, la administración total de mis bienes.
Sentí que el mundo se me venía encima. Mi propio hijo quería anularme como persona para seguir viviendo de mí.
Busqué ayuda. Contacté al Licenciado Villalobos, un viejo amigo de mi difunto esposo y uno de los mejores abogados civiles de la ciudad. Cuando leyó la demanda, soltó una carcajada seca.
—Renata, esto es un intento de extorsión disfrazado de preocupación. Alegan que gastas el dinero irracionalmente y que tienes “lagunas mentales”.
—Tienen testigos —dije, temblando al leer el documento—. Dicen que mi vecino, el Sr. Dávila, y el farmacéutico firmaron declaraciones.
—Entonces vamos a desmontar sus mentiras, una por una.
Fuimos a ver al farmacéutico. Resultó que Elena había ido a la farmacia llorando, diciendo que yo olvidaba tomar mis medicinas (mentira, solo tomo vitaminas) y le pidió que firmara de recibido un historial… que en realidad era una carta manipulada. Cuando el hombre se enteró, casi se desmaya de la vergüenza y nos firmó una retractación inmediata.
El vecino, el Sr. Dávila, era un viejo amargado que odiaba que mis amigas del club de lectura se estacionaran frente a su casa. Declaró que yo tenía “reuniones con extraños a deshoras”. Mis “reuniones” eran café y galletas a las 5 de la tarde.
Pero lo más importante fue mi evaluación médica. Me sometí a tres días de pruebas con un geriatra y un psiquiatra forense. El resultado: mi mente estaba más afilada que la de muchos de 40 años.
Capítulo 6: La visita inesperada
Unos días antes de la audiencia, sonó el timbre. Las nuevas cámaras me mostraron a una mujer joven con un folder institucional.
—Soy la Licenciada Martínez, del DIF y Servicios Sociales —dijo cuando abrí—. Tenemos un reporte de adulto mayor en situación de riesgo.
Max había escalado esto al gobierno.
La dejé pasar. La mujer esperaba encontrar a una anciana senil viviendo entre basura. En su lugar, encontró mi casa impecable, oliendo a lavanda, y a mí, vestida elegantemente, sirviéndole un té.
—Me dicen que sus hijos están muy preocupados porque usted ha cortado contacto con la realidad —dijo ella, mirando alrededor confundida.
—No, licenciada. Corté contacto con mi cuenta bancaria.
Le mostré todo. Las carpetas con los recibos de los $800,000 pesos. Las fotos de la boda donde no fui invitada. Las amenazas de mensajes de texto que Max me había enviado: “Si no depositas, vamos a decir que estás loca”.
La trabajadora social cerró su carpeta con fuerza.
—Señora Renata, he visto muchos casos de abuso. Y aquí, la única víctima de abuso financiero y emocional es usted. Voy a cerrar este reporte como improcedente y, si me permite, me gustaría testificar a su favor si es necesario.
Capítulo 7: El Juicio Final
El día de la audiencia, llegué al juzgado vestida de negro, impecable. Max y Elena estaban ahí. Ella llevaba un vestido modesto, nada que ver con la ropa de marca que solía comprar con mi dinero, intentando parecer humilde.
El abogado de ellos comenzó su discurso, pintándome como una pobre mujer confundida que necesitaba “protección”. Max subió al estrado y lloró. Dijo que extrañaba a su mamá, que el dinero no le importaba.
Entonces, el Licenciado Villalobos comenzó el interrogatorio.
—Señor Max, ¿cuánto gana usted al mes?
—Ehh… es variable. Soy emprendedor.
—Según el SAT, usted no ha declarado ingresos en dos años. ¿Quién pagaba su renta de $15,000 pesos?
—Mi mamá… nos ayudaba.
—¿Ayudaba? ¿O los mantenía? Señor Max, ¿es cierto que usted excluyó a su madre de su boda porque, y cito textualmente, “solo invitaron a gente especial”?
—¡Eso fue un malentendido!
—¿Sí o no?
—Sí, pero…
—No más preguntas.
Luego me tocó a mí. Subí al estrado y miré al juez, un hombre serio de gafas gruesas.
—Señora Renata —dijo el juez—, ¿por qué dejó de apoyar a su hijo?
Respiré hondo.
—Porque me di cuenta de que estaba comprando su amor, Señor Juez. Y el amor que se compra no es real. Durante tres años fui su cajero automático. El día que decidieron que no era lo suficientemente “especial” para compartir su felicidad, entendí que tampoco debía ser lo suficientemente “especial” para financiarla. No estoy loca, Señor Juez. Estoy decepcionada. Y por primera vez en mi vida, soy libre.
El silencio en la sala fue absoluto. Elena tenía la mirada clavada en el suelo. Max no paraba de temblar.
Capítulo 8: La Sentencia y el Renacer
El juez no tardó ni una hora en deliberar.
—Este tribunal encuentra que la Señora Renata está en pleno uso de sus facultades mentales. La solicitud de interdicción es denegada. Además —el juez miró a Max y Elena con desprecio—, debido a la evidencia de mala fe y abuso del sistema legal, condeno a los demandantes a pagar la totalidad de los gastos legales de la Señora Renata.
¡Ganamos! 🎉
Al salir, Max intentó acercarse.
—Mamá, por favor, esto se nos fue de las manos. El abogado nos convenció…
Levanté la mano para detenerlo.
—No, Max. Tú tomaste tus decisiones. Ahora vive con ellas. Y por cierto, el Licenciado Villalobos ya tramitó el desalojo de mi departamento en la Condesa, ya que el contrato estaba a mi nombre. Tienen 30 días para irse.
—¿A dónde vamos a ir? —gritó Elena, perdiendo la máscara de víctima—. ¡No tenemos dinero!
—Pues busquen a la “gente especial” que fue a su boda. Seguro ellos les pueden ayudar.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida, donde mis amigas del club de lectura me esperaban para ir a celebrar con margaritas.
Han pasado seis meses. Vendí la casa grande de Coyoacán y me compré un departamento más chico y moderno cerca de Bellas Artes. Con lo que me sobró, me fui de viaje a Europa, algo que siempre quise hacer con mi esposo y nunca pudimos.
No sé dónde viven Max y Elena. Me dijeron que tuvieron que irse a vivir con los padres de ella, en una casa pequeña en Iztapalapa donde son cinco personas y un solo baño. Dicen que Max tuvo que conseguir trabajo de chofer de aplicación.
A veces, cuando tomo mi café en mi balcón mirando la Torre Latinoamericana, pienso en ellos. Pero ya no duele. Aprendí que la familia no es la sangre, es la lealtad. Y que mi dignidad no tiene precio, ni se negocia.
Soy Renata, tengo 72 años, y apenas estoy empezando a vivir. 🍷✨
CRÓNICA DE UN DESALOJO: LOS 30 DÍAS DE OSCURIDAD
“No solo me querían muerta en vida, también querían vender mi sofá”
PRÓLOGO: LA VICTORIA AMARGA
Cuando el juez golpeó su mazo dictando sentencia a mi favor, sentí que el aire regresaba a mis pulmones después de meses de asfixia. Max y Elena habían perdido. No habría tutela, no habría control sobre mis cuentas, y mucho menos habría impunidad. Sin embargo, mientras salía del juzgado rodeada de mis leales amigas del club de jardinería y mi abogado, el Licenciado Villalobos, sabía que la guerra no había terminado. Solo habíamos ganado una batalla importante, pero faltaba la limpieza del campo de batalla.
Y esa limpieza tenía un nombre y una dirección: El departamento 402 en la Colonia Condesa.
—Tienen 30 días, Renata —me recordó Villalobos mientras subíamos a mi coche—. La ley es clara. El contrato de arrendamiento está a tu nombre. Tú eres la titular. Ellos son, legalmente, ocupantes precarios ahora que has revocado el permiso. Pero te advierto algo: la gente acorralada suele morder.
—Que muerdan —respondí, ajustándome las gafas de sol para ocultar una lágrima rebelde—. Yo ya tengo la vacuna contra la rabia.
Lo que no sabía era que esos 30 días serían, quizás, más reveladores que los tres años anteriores. Fueron 30 días donde descubrí que la maldad de mi nuera y la debilidad de mi hijo no tenían fondo.
CAPÍTULO 1: EL ESPÍA EN EL LOBBY
Esa misma tarde, llegué a mi casa —mi santuario recién recuperado— y lo primero que hice fue llamar a Don Goyo.
Don Goyo es el portero del edificio en la Condesa donde vivían Max y Elena. Un hombre mayor, originario de Oaxaca, que siempre me recibía con una sonrisa y me ayudaba a cargar las bolsas de despensa cuando yo iba a llenarles el refrigerador a los “niños”. Durante años, Max lo había tratado con esa indiferencia clasista que tanto me avergonzaba, ni siquiera le daba los buenos días. Yo, en cambio, siempre le llevaba un tamalito o un café en Navidad.
—¿Bueno? ¿Don Goyo? Habla la señora Renata.
—¡Doña Renata! —su voz sonó bajita, casi un susurro—. Qué milagro. Oiga, aquí la cosa está que arde. Los muchachos llegaron del juzgado hace rato y se oían los gritos hasta la calle.
—Lo sé, Don Goyo. Escúcheme bien. Van a tener que irse en un mes. Pero necesito que usted sea mis ojos. No quiero que saquen nada que no sea ropa o cosas personales pequeñas. Los muebles, los electrodomésticos, todo eso es mío. Tengo las facturas.
—No se preocupe, Doña Renata. Aquí yo vigilo. De hecho… —hizo una pausa y bajó aún más la voz—, hace rato bajó la señora Elena hecha una furia preguntando si el edificio tenía cámaras de seguridad en los pasillos de servicio. Le dije que no, que estaban descompuestas, aunque sí sirven.
—Hizo usted bien, Don Goyo. ¿Por qué preguntaba?
—Porque subió a dos muchachos con pinta de cargadores. Sacaron unas cajas.
Sentí un piquete en el estómago.
—¿Cajas de qué tamaño?
—Grandes. Como de… como de la pantalla plana esa grandota que usted les trajo el Buen Fin pasado.
La sangre me hirvió. Esa televisión de 65 pulgadas me había costado $28,000 pesos.
—Gracias, Don Goyo. Manténgame informada. Y si ve que intentan sacar muebles grandes, llámeme a cualquier hora.
Colgué y miré el reloj. Eran las 7 de la noche. Max y Elena no estaban perdiendo el tiempo. Sabían que el desalojo era inminente y estaban decididos a rapiñar todo lo que pudieran antes de que yo cambiara las cerraduras. Era el inicio de la “Operación Hormiga”: robarse mi patrimonio poco a poco.
CAPÍTULO 2: MARKETPLACE Y LA TRAMPA ITALIANA
Dos días después, mi amiga Sonia, una experta en redes sociales (a pesar de tener 68 años), llegó a mi casa con su iPad en mano y una cara de detective de novela negra.
—Renata, deja ese café y ven a ver esto. No vas a creer el descaro.
Me puso la pantalla frente a los ojos. Era una publicación en Facebook Marketplace.
Título: “Sala Italiana de Lujo + Comedor Minimalista. URGENTE por mudanza al extranjero.”
Vendedor: “Elena G.”
Ubicación: Condesa, CDMX.
Precio: $45,000 pesos (Remate).
Ahí estaba. Mi sofá. Ese sofá de piel color crema que importamos y que tardó tres meses en llegar. El mismo sofá donde Max se sentaba a jugar videojuegos mientras yo le cocinaba. Y el comedor de mármol donde tantas veces cenamos en silencio.
—”Mudanza al extranjero” —leí con sarcasmo—. Si Iztapalapa cuenta como extranjero, entonces no mienten.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sonia—. ¿Llamamos a la policía?
—No. La policía tardará horas y pedirán facturas y harán un lío. Para cuando lleguen, ya habrán vendido todo. Vamos a comprarlos.
—¿Qué? ¿Les vas a dar dinero?
—No, Sonia. Tú los vas a “comprar”.
Creamos un perfil falso. Sonia se convirtió en “Marcela”, una señora adinerada de Interlomas interesada en los muebles para el departamento de su hijo. Contactamos a Elena. La respuesta fue inmediata. Estaba desesperada por efectivo.
Acordamos la cita para el día siguiente a las 11 de la mañana. “Marcela” iría a ver los muebles y pagaría en efectivo.
A la mañana siguiente, Sonia llegó al edificio en la Condesa, vestida con sus mejores joyas y un bolso de marca. Yo esperé en el coche, una cuadra abajo, con el duplicado de las llaves del departamento (que legalmente seguía siendo mío) y con el Licenciado Villalobos, que se había prestado para el “show”.
Sonia subió. A través de una llamada abierta en su celular, yo escuchaba todo.
—Ay, están divinos —decía Sonia con voz fingida—. ¿Y por qué los venden tan baratos?
—Nos vamos a Canadá —mintió Elena. Su voz sonaba nerviosa—. A mi esposo le ofrecieron un puesto directivo allá. Nos vamos en dos días, por eso la urgencia.
—Entiendo. Bueno, aquí traigo el dinero.
Esa fue la señal.
Bajé del coche y caminé hacia el edificio. Don Goyo me abrió la puerta guiñándome un ojo. Subí al elevador con el corazón a mil, pero no de miedo, sino de adrenalina.
Cuando Sonia (o “Marcela”) estaba contando los billetes falsos (simples recortes de periódico en un sobre abultado para hacer bulto), abrí la puerta del departamento.
El sonido de la llave girando congeló la habitación.
Elena saltó del susto. Max, que estaba empacando unas lámparas, se puso pálido como un papel.
—¡Buenos días! —dije, entrando con paso firme.
—¡Tú! —gritó Elena—. ¡No puedes entrar aquí! ¡Es allanamiento!
—Corrección, querida —intervino el Licenciado Villalobos, entrando detrás de mí—. Este departamento está a nombre de la Señora Renata. Ustedes tienen una orden de desalojo en proceso, lo cual les da derecho de uso, pero no de disposición de bienes. Y mucho menos de venta de activos que no les pertenecen.
Elena miró a “Marcela”, buscando apoyo.
—Señora, por favor, saque a esta loca…
Sonia soltó una carcajada, dejó el sobre en la mesa y se quitó las gafas oscuras.
—Hola, Elena. ¿Te acuerdas de mí? Soy Sonia, la amiga de Renata que te regaló la vajilla de porcelana en tu boda. Esa que nunca agradeciste.
La cara de Elena fue un poema. Se dio cuenta de la trampa.
—Esto es ilegal —balbuceó Max—. Son nuestros muebles.
—No, Max —saqué las facturas de mi bolsa—. Aquí dice: “Comprador: Renata Richter”. “Método de pago: Tarjeta de Crédito de Renata Richter”. Intentar vender bienes ajenos es fraude. ¿Llamamos a la patrulla o dejamos las cosas en paz?
Max se dejó caer en una silla (mi silla). Elena empezó a llorar de rabia.
—Lárguense —siseó ella—. Quédense con sus malditos muebles viejos.
—No son viejos, tienen dos años —corrigió Sonia—. Y están un poco manchados, por cierto. Qué mal gusto.
Salimos de ahí triunfantes, pero antes de irme, me acerqué a Max.
—Si falta una sola cuchara cuando venga a la inspección final, Max, te juro que te denuncio penalmente por robo. Y esta vez no será un juicio familiar. Será penal. ¿Entendiste?
Max asintió, derrotado.
CAPÍTULO 3: EL COCHE DE LA DISCORDIA
Creí que con lo de los muebles se calmarían, pero subestimé su necesidad de mantener las apariencias.
Una semana después, me llegó una multa de tránsito. Foto-infracción por exceso de velocidad en el Segundo Piso del Periférico. El coche: Un Mazda CX-5 rojo.
Ese coche era un tema delicado. Yo había dado el enganche de $150,000 pesos y pagaba las mensualidades. Sin embargo, por una estupidez burocrática y exceso de confianza maternal, la tarjeta de circulación estaba a nombre de Max, pero la factura original la tenía yo en resguardo porque el crédito estaba domiciliado a mi cuenta.
Al cortarles el dinero, dejé de pagar el seguro y la mensualidad del coche. Pero ellos seguían usándolo, gastando gasolina que seguramente pagaban con tarjetas de crédito al tope.
La multa fue la gota que derramó el vaso. No iba a pagar sus infracciones.
Llamé al banco.
—Quiero reportar la ubicación de una unidad con adeudo —dije. Pero el proceso de embargo del banco tardaría meses. Yo necesitaba el coche fuera de sus manos ya.
Recordé que tenía el duplicado de la llave.
Ese viernes, mis “espías” (Sonia y sus contactos) localizaron el coche. Estaba estacionado afuera de un restaurante de moda en la Roma. Max y Elena estaban cenando ahí, seguramente gastando el último dinero que les quedaba para aparentar normalidad frente a sus amigos.
Llegué al lugar con mi amiga Carmen, que manejaba su camioneta.
Ahí estaba el Mazda. Sucio, con un golpe en la defensa trasera que no tenía antes. Me dolió ver cómo trataban las cosas que tanto esfuerzo me costaron.
—¿Estás lista? —preguntó Carmen.
—Lista.
Bajé de la camioneta. Me acerqué al Mazda. Saqué mi llave duplicada. Mi corazón latía fuerte. ¿Y si le habían cambiado la codificación?
Presioné el botón. Bip-bip. Los seguros se abrieron.
Me subí al asiento del conductor. Olía a cigarro y a comida rápida. Qué asco. Max sabía que yo odiaba que fumaran en el coche. En el asiento del copiloto había tickets de estacionamiento y envolturas.
Arranqué el motor.
Justo en ese momento, la puerta del restaurante se abrió. Max salió, riendo con un amigo. Se congeló al ver las luces de “su” coche encenderse.
—¡Eh! ¡Eh! —gritó, corriendo hacia la calle—. ¡Se están robando mi coche! ¡Policía!
Aceleré un poco, pero me detuve justo a su lado. Bajé la ventanilla.
Max se detuvo en seco al verme.
—¿Mamá?
—Hola, Max. Vengo a recuperar mi inversión.
—¡No puedes llevarte el coche! ¡Es mi medio de transporte! ¿Cómo voy a ir a trabajar?
—¿Trabajar? —arqueé una ceja—. Max, tú no tienes trabajo. Y si consigues uno, te sugiero que uses el Metro. Es muy eficiente y te ayudará a desarrollar carácter.
—¡Bájate o llamo a la policía! —gritó Elena, que acababa de salir, con una copa de vino en la mano.
—Llama, Elena —le reté—. Llama y explícales por qué conducen un vehículo con tres mensualidades vencidas cuyo crédito está a nombre de la persona a la que están demandando. A ver a quién le dan la razón.
Elena golpeó el cofre con la mano abierta, llena de impotencia.
—¡Eres una bruja! ¡Nos estás dejando sin nada!
—No, Elena. Ustedes se quedaron sin nada el día que decidieron que una madre es desechable.
Subí el vidrio, puse primera y arranqué. Por el retrovisor vi a Max pateando una maceta de la banqueta y a Elena gritando improperios al aire.
Manejé directo a un lote de autos usados de confianza. Lo vendí esa misma tarde para liquidar la deuda con el banco. Perdí dinero en la transacción, sí, pero gané una paz mental inigualable.
CAPÍTULO 4: LA BATALLA DE LAS CONSUEGRAS
Faltaban cinco días para que se cumpliera el plazo del desalojo. Yo estaba en mi casa, empacando unas donaciones para un albergue, cuando sonó el teléfono. Número desconocido.
Contesté.
—¿Bueno?
—¿Renata? Habla Consuelo. La mamá de Elena.
Suspiré. Consuelo y yo nunca fuimos amigas. Ella era una mujer que siempre presumía de apellidos y abolengo, pero que curiosamente nunca tenía liquidez. En la boda (la famosa boda donde no fui invitada), ella había sido la protagonista.
—Consuelo. Qué sorpresa. ¿A qué debo el honor?
—Mira, Renata, voy a ser directa. Los muchachos llegaron ayer a mi casa con maletas. Dicen que tú los echaste a la calle como perros.
—Los eché de mi departamento porque llevan meses tratándome como a un perro a mí, Consuelo. Pero supongo que ya te contaron su versión.
—Me contaron que te has vuelto loca. Que estás vengativa. Pero ese no es el punto. El punto es que… bueno, mi casa es pequeña. Y tú sabes que mi pensión no es mucha. No puedo mantenerlos, Renata.
Ahí estaba la verdad. La “gente especial” tampoco quería hacerse cargo del problema.
—Pues bienvenida al club, Consuelo. Yo los mantuve tres años. Te toca tu turno. Son tu hija y tu yerno.
—¡Pero Max es TÚ hijo! —chilló ella—. Es tu obligación.
—Mi obligación terminó cuando cumplió 18 años. O quizás cuando cumplió 30. O definitivamente cuando me demandó. Ahora es problema de ellos. Y si están en tu casa, te sugiero que escondas tu tarjeta de crédito y vigiles tus joyas. Elena tiene gustos caros.
—¡No hables así de mi hija! Ella es una víctima de tu hijo inútil.
—¡Ja! —no pude evitar reírme—. Consuelo, abre los ojos. Tu hija y mi hijo son tal para cual. Son un par de vampiros. Yo ya me quité los colmillos del cuello. Ahora te toca a ti. Suerte con la renta, la comida y los caprichos. Ah, y cuidado con el vino, a Elena le gustan las botellas de más de $500 pesos.
—¡Renata, por favor! No me hagas esto. No tengo espacio. Mi marido está enfermo…
Por un segundo, sentí lástima. Consuelo era una mujer mayor, como yo. Probablemente también había sido manipulada por Elena toda su vida. Pero luego recordé la foto de la boda. Consuelo sonriendo, brindando, ocupando mi lugar.
—Lo siento, Consuelo. De verdad lo siento. Pero “solo la gente especial” fue invitada a esa boda. Y supongo que la gente especial debe ayudarse entre sí. Yo soy solo la cajera, y la caja está cerrada.
Colgué. Me temblaban las manos, pero no de miedo, sino de una extraña mezcla de culpa y liberación. Había pasado la estafeta. Ahora la carga era de otro.
CAPÍTULO 5: EL DÍA CERO
El día 30 llegó.
A las 10 de la mañana, llegué al edificio de la Condesa con el Licenciado Villalobos, un notario público para dar fe del estado del inmueble y un cerrajero.
Don Goyo nos esperaba en la entrada.
—Ya se fueron, Doña Renata. Salieron anoche como a las 3 de la mañana. Hicieron mucho ruido.
Subimos. El cerrajero taladró el bombín porque, por supuesto, no me dejaron las llaves.
Al abrir la puerta, el olor me golpeó. Olía a humedad, a basura y a encierro.
El departamento estaba devastado.
No se habían llevado los muebles (gracias a mi intervención anterior), pero se habían asegurado de arruinarlos.
El sofá de piel color crema tenía una mancha enorme de vino tinto, deliberadamente derramada en el centro.
Las cortinas estaban rasgadas, como si un gato gigante hubiera jugado con ellas (y ellos no tenían gato).
En las paredes, habían escrito con plumón permanente mensajes infantiles: “Madre tóxica”, “Vieja bruja”, “Te vas a morir sola”.
Caminé por el pasillo. En la recámara principal, el colchón estaba tajado con navaja. En el baño, habían roto el espejo.
El notario tomaba fotos y notas frenéticamente. Villalobos negaba con la cabeza, indignado.
—Esto es vandalismo, Renata. Podemos ampliar la demanda. Podemos ir tras ellos por daños en propiedad ajena.
Me detuve frente a lo que solía ser el cuarto de visitas, el cuarto que yo soñaba que algún día sería de mis nietos. Había basura en el suelo. Cajas de pizza, botellas vacías.
Miré todo el desastre. $700,000 pesos en efectivo, más los daños materiales que veía ahora. Probablemente otros $100,000 pesos en reparaciones.
Pero, extrañamente, sentí paz.
El daño estaba hecho, sí. Pero era físico. Las cosas se reparan. Las paredes se pintan. Los muebles se retapizan o se tiran.
Lo que no tenía reparación era el vínculo con mi hijo. Y ver esa destrucción, esa saña infantil y cruel, terminó de matar la última esperanza que me quedaba. Ya no había duda. No había “malentendido”. Era odio puro.
—¿Renata? —Villalobos me tocó el hombro—. ¿Estás bien? ¿Quieres que procedamos legalmente por esto?
Respiré profundo, inhalando el aire viciado de ese departamento que alguna vez fue un sueño.
—No, Luis.
—¿No? Pero mira lo que hicieron…
—Si los demando, tendré que verlos otra vez. Tendré que ir a audiencias. Tendré que escuchar sus mentiras. Tendré que pensar en ellos.
Caminé hacia la ventana y la abrí de par en par. El ruido de la calle, de la vida en la Ciudad de México, entró de golpe, limpiando el silencio tóxico.
—Que se queden con su odio, Luis. Yo me quedo con mi departamento. Voy a contratar a un equipo de limpieza industrial. Voy a tirar todo lo que tocaron. Voy a pintar las paredes de blanco. Y luego, voy a vender este lugar. No quiero nada que me recuerde a ellos.
Me di la vuelta y miré un grafiti en la pared que decía: “Nadie te va a querer”.
Saqué mi lápiz labial de la bolsa, me acerqué a la pared y taché el “Nadie”. Escribí abajo: “Yo me quiero”.
—Vámonos, Luis. Invítame ese tequila que me prometiste.
Salimos del departamento dejando la puerta abierta para que se ventilara. Mientras bajaba por el elevador, sentí que por fin, después de tres años de cargar con un hijo de 35 años en mi espalda, caminaba erguida.
El departamento se vendió dos meses después. Con ese dinero remodelé mi casa y financié mi viaje a Italia.
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. Yo digo que la mejor venganza no es servir ningún plato, sino levantarse de la mesa e irse a comer a un restaurante donde sí te valoren.
Y eso, queridos amigos, fue exactamente lo que hice.
FIN DE LA HISTORIA PARALELA
