
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL REGRESO DE LOS REYES
—¡Agarra las maletas, sirvienta! —risas burlonas—. ¡Muévete, que estorbas!
Bebé, soy yo… soy tu mamá.
En el momento en que sus zapatos de marca italiana tocaron el asfalto de aquel hangar privado en el Aeropuerto del Norte, en Monterrey, supe que mi vida estaba a punto de cambiar. Pero nunca, ni en mis peores pesadillas, imaginé que se rompería en mil pedazos, de formas que mi mente ni siquiera podía procesar.
Yo estaba ahí parada, pegada a la reja de seguridad, con el corazón golpeándome las costillas tan fuerte que pensé que me iba a dar un infarto ahí mismo. Mis manos sudaban, mis piernas parecían de gelatina. Llevaba puesto mi mejor vestido, uno azul marino que compré en el mercado de la colonia y que había guardado con naftalina por años, esperando este preciso momento.
Después de décadas de sacrificio, de tallar inodoros hasta que mis huellas dactilares casi desaparecieron, de comer sobras para que ellos comieran carne, mis tres hijos finalmente regresaban a casa. Eran exitosos. Lo habían logrado. Habían cumplido la promesa de darnos una vida mejor. Y yo les creí con cada fibra de mi ser, con esa fe ciega que solo las madres mexicanas tenemos.
—¡Mamá! —imaginé escuchar ese grito.
Mis ojos se llenaron de lágrimas inmediatamente. Di un paso al frente cuando los vi bajar de ese avión plateado, imponente. Eran hermosos. Mauricio, Daniel y Leticia. Mis trillizos. Mis milagros.
Empecé a caminar hacia ellos cuando cruzaron la puerta hacia la sala de espera privada, con los brazos ya abiertos, lista para abrazar los frutos de mi dolor, la evidencia de que todo el sufrimiento había valido la pena. Pero entonces me detuve en seco.
Mauricio, mi primogénito, el que siempre tuvo la sonrisa más dulce, me miró. Pero no había dulzura. Me escaneó de arriba abajo con unos ojos fríos, huecos, llenos de un desprecio que me heló la sangre. Se quitó los lentes oscuros, miró mi vestido barato, mis zapatos desgastados, y dijo algo que nunca olvidaré mientras viva.
—A un lado… Agarra las maletas, sirvienta.
Esa sola palabra me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo que la vida me hubiera dado antes. “Sirvienta”. Ni siquiera “mujer”, ni “señora”. Sirvienta. Como si yo fuera parte del mobiliario, algo sucio que había que limpiar.
—¿Qué? —balbuceé, con la voz quebrada.
—¿Estás sorda? —dijo Leticia, mi niña, ajustándose su bolso Louis Vuitton—. Que agarres las maletas y las subas a la camioneta. Y rápido, que hace un calor del infierno en este rancho.
Mi nombre es Yolanda Valdés y esta es mi historia. No la historia bonita de superación que ves en las novelas de las nueve. Esta es la real. La que te va a enseñar que a veces, la sangre no llama, la sangre traiciona. Y que el sacrificio, si no se valora, es solo un suicidio lento. Déjame llevarte al inicio, a donde todo este calvario comenzó.
CAPÍTULO 2: TRES VIDAS, UN ABANDONO
Hace 28 años, en una colonia popular de Monterrey, yo era una joven llena de ilusiones. Estaba casada con Andrés Becerra, un hombre que, al principio, parecía sacado de un sueño. Era encantador, dicharachero, de esos que te bajan el cielo y las estrellas con palabras. Soñábamos con tener una familia, con salir adelante, con criar hijos que fueran “alguien” en la vida. Yo me bebía cada una de sus mentiras como si fuera agua bendita.
Cuando me enteré de que estaba embarazada, casi me desmayo de la felicidad. Pero cuando el doctor del Seguro Social, con su cara de cansancio eterno, me dijo que eran tres corazones los que latían dentro de mí, la alegría se mezcló con el pánico. ¿Trillizos? ¿Cómo íbamos a mantener a tres bebés con el sueldo de obrero de Andrés y mis trabajitos de costura?
Recuerdo la cara de Andrés ese día. No sonrió. No me abrazó. Se quedó mirando la pantalla del ultrasonido con una mueca que no supe descifrar. Debí haber sabido en ese instante que algo estaba podrido.
El embarazo fue un infierno. Cargaba con el peso de tres vidas y mi cuerpo, pequeño y frágil, apenas aguantaba. Andrés “trabajaba” todo el día. Salía de madrugada y volvía de noche, oliendo a alcohol barato y a perfume que no era el mío. Yo me decía a mí misma que era por el estrés, que estaba trabajando doble turno para nosotros. ¡Qué tonta fui! Qué ingenua.
El día del parto, los dolores me llegaron como relámpagos que me partían la espalda en dos. Llamé a Andrés a la fábrica.
—Ya vienen —grité entre jadeos—. ¡Andrés, ya vienen!
Llegó por mí, me llevó al hospital y pensé: “Ves, Yolanda, sí le importas. Aquí está”.
Fueron 16 horas de labor de parto. 16 horas donde sentí que me moría y resucitaba mil veces. Pero cuando escuché esos tres llantos al unísono, todo desapareció. Eran perfectos. Dos niños y una niña. Eran míos.
Estaba en la cama de recuperación, adolorida, sangrando, exhausta, pero no podía dejar de mirarlos en las incubadoras. Andrés se paró en el marco de la puerta.
—Ven, Andrés —le dije con un hilo de voz—. Ven a conocer a tus hijos. Son hermosos.
Él caminó lento, arrastrando los pies. Se asomó a ver a esas tres criaturitas indefensas y luego se giró hacia mí. Sus ojos eran dos pozos negros, sin brillo.
—No son míos —dijo seco.
Pensé que era una broma de mal gusto o que la anestesia me estaba haciendo alucinar.
—¿Qué dices, viejo? —intenté sonreír.
—¡Que no son míos, chingada madre! —gritó, haciendo que una enfermera volteara—. Yo no sé con quién te revolcaste, Yolanda, pero yo no voy a mantener bastardos. Esos escuincles no son Becerra.
El cuarto empezó a dar vueltas.
—Andrés, por Dios, llevamos años juntos, nunca he estado con nadie más… ¡Son tus hijos!
Él ya estaba caminando hacia la salida.
—Tú averigua quién es el padre y que él te mantenga. Yo ya acabé contigo.
Y se fue. Así, sin más. Me dejó ahí, pariendo sangre y lágrimas, con tres bocas que alimentar y el corazón hecho pedazos. Su familia, los Becerra, tampoco aparecieron. Llamé a mi suegra llorando, rogándole ayuda.
—Señora, soy Yolanda… Andrés se fue… los bebés…
—Mira, mujercita —me cortó la vieja con voz venenosa—. Mi hijo dice que eres una cualquiera. En esta casa no queremos saber nada de ti ni de tus hijos regalados. No vuelvas a llamar.
Colgó. El tono del teléfono sonaba como un pitido de muerte. Estaba sola. Completamente sola en una ciudad de millones, con tres recién nacidos y sin un peso en la bolsa.
Salí del hospital cinco días después. Tuve que pedirle al taxista que me fiara el viaje porque no tenía ni para el banderazo. Cuando llegué al cuartito de vecindad que rentábamos, estaba vacío. Andrés se había llevado todo: la tele, la radio, hasta las cobijas buenas. Solo dejó el colchón manchado y la cuna que yo había comprado usada.
Ahí, sentada en el suelo frío, con tres bebés llorando de hambre al mismo tiempo, entendí que nadie iba a venir a salvarme. Me sequé las lágrimas con el reverso de la mano, miré a mis hijos y les juré: “Nadie los va a humillar nunca. Su madre va a ser padre y madre, y van a llegar tan alto que ese infeliz se va a arrepentir de haber nacido”.
Lo que no sabía es que mi sacrificio iba a crear monstruos, no príncipes.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: HAMBRE, CLORO Y LA INVISIBILIDAD
El primer año después de que Andrés nos abandonó no fue vida; fue un simulacro de supervivencia. Si cierro los ojos, todavía puedo sentir el frío calando en los huesos en ese cuarto de azotea de cuatro por cuatro que renté en la colonia Independencia. Las paredes sudaban humedad y el techo de lámina crujía con el viento como si fuera a salir volando en cualquier momento, llevándose consigo lo poco que nos quedaba.
No dormía. La palabra “descanso” desapareció de mi vocabulario. Amamantar a tres bebés no es solo un acto de amor, es un acto de canibalismo involuntario; mis hijos me consumían. Literalmente. Se bebían mis reservas, mi calcio, mi energía. Perdí tanto peso que mis clavículas parecían dos cuchillos bajo la piel pálida. El cabello se me caía a puños en la regadera; cada mañana recogía una bola de pelo negro del desagüe y lloraba en silencio, no por vanidad, sino porque sentía que me estaba desmoronando pedazo a pedazo.
Pero el hambre de ellos era mi motor. Ese llanto triple, coordinado, agudo, era la alarma que no me dejaba rendirme.
Cuando se acabaron los ahorros —que en realidad eran las monedas que Andrés había olvidado en un pantalón viejo— tuve que salir a buscar chamba de lo que fuera. Nadie quería contratar a una mujer con tres bebés colgados como llaveros, así que tuve que recurrir a lo único que el mundo reserva para las mujeres desesperadas: limpiar la mugre de los ricos.
Empecé a lavar ajeno en las casonas de San Pedro Garza García. Para llegar allá, tenía que tomar dos camiones. Imaginen la escena: yo, cargando una pañalera remendada con cinta canela, una cangurera con Leticia al frente, y a Mauricio y Daniel en un carrito doble que una vecina me vendió en pagos. La gente en el camión me miraba con lástima o con fastidio.
—Señora, calle a esos huercos —me gritó una vez un chofer malencarado—. Llevan todo el camino berreando.
—Tienen hambre, señor —le contesté con la voz rota, mientras intentaba meterle el chupón a Daniel—. Tienen la misma hambre que usted y que yo, nada más que ellos no saben aguantarse.
El incidente que marcó mi alma ocurrió en la residencia de los Rangel. Era una mansión que olía a lavanda y dinero viejo. La señora Rangel, doña Inés, era de esas mujeres que te hablan con un tono dulce pero que nunca te miran a los ojos, como si tuvieras una enfermedad contagiosa llamada pobreza.
—Yolanda, hoy necesito que limpies los ventanales de la sala principal y talles las juntas de los azulejos del baño de visitas con cepillo de dientes. Quiero que brillen —me ordenó mientras se arreglaba unos aretes de perlas frente al espejo.
—Sí, señora. Oiga… disculpe la molestia, ¿puedo dejar a los niños en el cuarto de servicio? Les traje una cobijita para que no toquen el piso. Prometo que no harán ruido.
Doña Inés suspiró, como si le pidiera permiso para meter tres tigres a su casa.
—Ay, Yolanda… Bueno, pero que no salgan de ahí. Y si rompen algo, te lo cobro al triple.
Me pasé cuatro horas de rodillas en el baño, inhalando vapores de ácido muriático y cloro, tallando hasta que mis nudillos sangraron. Mis manos, que alguna vez fueron suaves, ahora parecían lijas, rojas y agrietadas. Pero cada vez que me dolía la espalda, pensaba: “Son tres latas de leche. Son pañales. Aguanta, Yola”.
De repente, escuché gritos en la cocina. El corazón se me detuvo. Solté el cepillo y corrí.
Ahí estaba Paulina, la hija de la patrona, una niña de unos doce años con uniforme de colegio privado. Estaba parada frente a mis trillizos, que gateaban torpemente sobre la cobija vieja que les puse. La niña tenía una cara de asco absoluto, como si hubiera encontrado una cucaracha en su ensalada.
—¡Guácala! —gritó Paulina—. ¡Mamá! ¡Ven a ver esto!
Entré corriendo, secándome las manos en el delantal.
—Perdón, señorita Paulina, perdón… ya los voy a guardar.
—¿Por qué huelen así? —me preguntó la niña, tapándose la nariz—. Huelen a… a humedad. A pobre. ¿Por qué trajiste a tus crías a mi casa? ¡Van a llenarnos de piojos!
Esas palabras… “Tus crías”. Como si fueran animales. Como si mis hijos, mis ángeles, fueran una plaga.
Sentí una furia caliente subirme por la garganta, ganas de gritarle que mis hijos estaban limpios, que ese olor a humedad era porque no teníamos secadora y la ropa tardaba días en secarse en el cuarto frío. Pero me tragué el orgullo. Me lo tragué entero, con todo y espinas.
Doña Inés entró a la cocina, alertada por los gritos.
—¿Qué pasa aquí?
—Mamá, dile a esta gata que quite a sus hijos de mi vista. Me dan asco. Estaba a punto de comer y ya se me quitó el hambre.
Doña Inés me miró, no con disculpa, sino con fastidio.
—Yolanda, te dije que no quería problemas.
—Señora, no están haciendo nada, solo están sentaditos…
—Están molestando a Paulina. Mira, mejor ten —sacó unos billetes de su bolso sin contarlos y me los extendió—. Vete ya. Terminaste lo del baño, ¿no? Pues déjalo así. Y para la otra, si no tienes con quién dejarlos, mejor no vengas.
Me pagó 150 pesos. Menos de lo acordado. Y me corrió.
Salí de esa mansión arrastrando el carrito, con las lágrimas nublándome la vista, mientras escuchaba la risa de Paulina a mis espaldas. Ese día, mientras esperaba el camión bajo la lluvia, le prometí a mis hijos dormidos: “Nunca más. Juro por mi vida que nunca más los van a ver hacia abajo”.
Con el tiempo, logré meterlos a una guardería pública y conseguí un trabajo de planta limpiando la Torre Financiera Goodwin en el centro de Monterrey. Era un edificio de cristal azul inmenso, un monstruo de acero donde se movían millones de dólares al día.
Yo era el fantasma del piso 15.
Mi turno empezaba a las 6 de la tarde y terminaba a las 2 de la mañana. Mi trabajo era borrar las huellas de los ejecutivos: vaciar sus papeleras llenas de vasos de Starbucks, limpiar las manchas de café en sus escritorios de caoba, dejar los inodoros inmaculados para que, al día siguiente, pudieran sentarse a hacer negocios sin pensar en quién limpió su suciedad.
Nadie me veía. Pasaban a mi lado hablando por celular, casi atropellándome con sus maletines, y ni un “buenas noches”. Yo era parte de la infraestructura, como el aire acondicionado o la alfombra.
Pero yo los veía a ellos. Veía sus vidas. Leía los papeles que tiraban. Aprendí términos: acciones, rendimientos, mercados emergentes. Mientras trapeaba los pasillos interminables, soñaba. Me imaginaba sentada en una de esas sillas ergonómicas, no limpiándolas.
Una noche, mientras sacaba la basura cerca de los elevadores, vi un cartel pegado en el corcho de avisos. Era un papel sencillo, blanco con letras negras:
“PROGRAMA DE CAPACITACIÓN: TALENTO OCULTO GOODWIN”
Buscamos personas comprometidas. No se requiere experiencia previa en finanzas. Requisitos: Preparatoria terminada (o equivalente), ganas de aprender y disponibilidad de horario. ¿Quieres cambiar tu futuro?
Dejé la bolsa de basura en el suelo. Leí el cartel tres veces. Mis manos, enguantadas en hule amarillo y oliendo a cloro, temblaban.
—¿Cambiar mi futuro? —susurré.
Miré mi reflejo en el vidrio de la ventana: una mujer de 28 años que parecía de 40, con ojeras profundas y un uniforme gris dos tallas más grande. ¿Yo? ¿En finanzas?
“Estás loca, Yolanda”, me dijo mi voz interna. “Tú sirves para tallar, no para sumar”.
Pero luego pensé en Mauricio, que ya empezaba a hablar. En Leticia, que miraba los aviones pasar y los señalaba con su dedito. En Daniel, que siempre tenía hambre.
Arranqué una de las pestañas con el número de teléfono y la guardé en mi sostén, cerca del corazón.
Al día siguiente, fui a Recursos Humanos en mi hora de descanso. La recepcionista, una mujer joven con uñas acrílicas larguísimas, ni siquiera levantó la vista de su revista.
—Disculpe, señorita… vengo por lo del anuncio del Talento Oculto.
Ella levantó la vista y me escaneó. Vio mi uniforme de limpieza. Hizo una mueca de burla.
—¿Tú? —se rió por lo bajo—. Señora, eso es para gente de… bueno, gente que quiera ser analista. Usted es de intendencia. Creo que se equivocó de piso.
—Sé leer, señorita —le contesté, irguiéndome todo lo que mi metro y medio me permitía—. Y ahí dice “no se requiere experiencia”. ¿Me da la solicitud o tengo que hablar con su jefe?
Me aventó la hoja como si fuera basura. La llené ahí mismo, recargada en la pared, con mi letra redonda y clara, cuidando no manchar el papel con mis manos ásperas.
Pasaron dos semanas. Yo seguía limpiando, pero cada vez que sonaba el teléfono de la oficina de intendencia, saltaba. Hasta que un día, el jefe de mantenimiento me gritó:
—¡Yolanda! Te buscan en la línea 2. Es un tal Licenciado Torres. ¿Qué rompiste ahora?
Tomé el auricular con las manos sudadas.
—¿Bueno?
—¿Hablo con Yolanda Valdés? —era una voz masculina, firme pero amable.
—Sí, servidor… sí, soy yo.
—Yolanda, soy Roberto Torres, Director de Desarrollo de Goodwin. Tengo tu solicitud aquí. Me llamó mucho la atención tu carta de motivos. Escribiste: “Quiero este trabajo porque mis hijos merecen una madre que no huela a cloro, sino a éxito”.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Sí, señor. Eso escribí.
—Quiero verte mañana a las 9 AM. Trae tus papeles.
Esa entrevista cambió mi vida, pero el entrenamiento casi me mata.
Me aceptaron. Pero había una condición: el programa no pagaba sueldo los primeros tres meses, solo viáticos. Y era de tiempo completo, de 8 de la mañana a 4 de la tarde.
¿Cómo iba a mantener a mis hijos si dejaba de limpiar? No podía.
Así que hice lo imposible.
Me despertaba a las 4:00 AM. Preparaba frijoles, bañaba a los niños dormidos y los llevaba con Doña Chuy, una vecina santa que me cobraba barato por cuidarlos.
De 8:00 AM a 4:00 PM, era Yolanda la estudiante. Me sentaba en un aula con aire acondicionado, rodeada de chicos universitarios que olían a loción cara y hablaban inglés. Ellos llevaban laptops; yo llevaba un cuaderno de espiral y un lápiz mordido.
Al principio se reían de mí. “¿Y esta señora qué?”, murmuraban. Pero cuando el instructor preguntaba algo sobre tasas de interés compuesto, yo levantaba la mano. Había leído los libros que tiraban a la basura los ejecutivos. Sabía las respuestas.
A las 4:00 PM salía corriendo, me cambiaba en el baño de un McDonald’s cercano, me ponía mi uniforme gris y entraba a mi turno de limpieza en otro edificio cercano (tuve que dejar Goodwin para que no hubiera conflicto de interés) de 6:00 PM a 11:00 PM.
Dormía tres horas. Comía una vez al día.
Hubo días en que me quedaba dormida parada en el autobús. Hubo días en que mis manos temblaban tanto por la falta de azúcar que no podía escribir. Una vez, en clase, me desmayé.
—Yolanda, ¿estás bien? —me preguntó el Licenciado Torres, ayudándome a levantarme.
—Sí, señor. Es que… no desayuné bien —mentí. No había desayunado nada.
Pero aguanté. Aguanté seis meses de infierno. Estudiaba en los camiones, repetía fórmulas mientras lavaba inodoros ajenos.
Al final del programa, éramos 50. Solo contratarían a 5.
El día de la selección, nos reunieron en el auditorio. Yo estaba sentada atrás, con mi traje sastre que compré en una tienda de segunda mano, zurcido por mí misma para que no se notaran los agujeritos.
—Los seleccionados para el puesto de Analista Junior son… —anunció Torres.
Nombró a tres chicos del Tec. Mi corazón se hundía. Nombró a una chica de la UDEM. Quedaba un lugar.
—Y finalmente… por obtener el puntaje más alto en la historia de este programa, con un promedio perfecto en el examen final… Yolanda Valdés.
El auditorio se quedó en silencio un segundo. Luego, Torres empezó a aplaudir. Y poco a poco, los demás lo siguieron.
Yo no me podía mover. Estaba clavada en la silla, llorando. No lloraba de alegría, lloraba de alivio. Lloraba porque esa noche mis hijos iban a comer carne. Lloraba porque, por primera vez en años, alguien me veía. No veían a la sirvienta, no veían a la madre soltera abandonada. Veían a Yolanda, la analista.
Esa noche llegué a casa con un pollo asado entero, con papas y tortillas de harina.
—¡Pollo! —gritaron los trillizos, que ya tenían cuatro años, bailando alrededor de la mesa coja.
—Sí, mis amores. Coman —les dije, sirviéndoles los muslos y las pechugas, quedándome yo con el huacal—. Coman, porque mamá ya no va a limpiar más baños. Mamá ahora trabaja en una oficina con clima.
Los vi comer con esa voracidad inocente, con la grasa escurriéndoles por la barbilla, y sentí que era la mujer más poderosa del mundo.
No sabía, pobres de nosotros, que ese mismo edificio que nos salvó del hambre sería el escenario de mi mayor desgracia años después. No sabía que el éxito tiene un precio que a veces se paga con el alma. Pero esa noche… esa noche fuimos felices.
CAPÍTULO 4: LA TRAMPA DE LA FRESA Y EL PRECIO DEL ÉXITO
Trabajé como Analista Junior en Goodwin Capital durante dos meses. Solo sesenta días. Pero si me preguntan, esos fueron los únicos días en diez años donde sentí que respiraba aire puro, no vapores de amoníaco.
Tener un escritorio propio, con una silla giratoria que no rechinaba y una computadora con mi nombre en la pantalla de inicio (“Bienvenida, Yolanda Valdés”), era algo que me hacía llorar de emoción cada mañana. Ya no era la sombra que vaciaba los botes de basura; ahora yo generaba los reportes que iban a esos botes.
Mis hijos notaron el cambio. Llegaba a casa a las 6:30 de la tarde, no a las 11 de la noche. Tenía energía para revisar sus tareas. El sábado íbamos al supermercado y, por primera vez, pude comprarles cereal de caja de marca, de ese que tiene un tigre en la portada, y no el de bolsa genérica que sabía a cartón.
—Mamá, ¿ya somos ricos? —me preguntó Daniel una tarde, con la boca llena de leche y azúcar.
—No, mi amor —le acaricié el pelo—. Pero ya no somos invisibles.
Sin embargo, en la oficina, mi presencia era una anomalía. Yo tenía 29 años, pero la vida me había marcado el rostro como si tuviera 40. Mis compañeros eran jovencitos de 23 años, egresados del Tec de Monterrey o de la UDEM, que llegaban en BMWs regalados por sus papás y hablaban mezclando inglés y español.
—Dude, la fiesta de ayer estuvo super cool, pero me dio una cruda mortal —decían en los pasillos.
Yo me concentraba en mi trabajo. Era meticulosa. Mi miedo a volver a la pobreza me hacía revisar cada celda de Excel tres veces. Y eso, mi eficiencia silenciosa, fue lo que firmó mi sentencia.
Mi némesis tenía nombre y apellido: Carmen Goodwin.
Hija del dueño, sobrina del director general. Una chica de 24 años, rubia de salón, con la nariz operada y una actitud que gritaba que el mundo le debía pleitesía solo por respirar. Carmen había entrado como “Gerente de Proyectos”, un puesto inventado para justificar su sueldo, pero la realidad era que no sabía distinguir un bono de una acción.
El problema empezó un martes por la tarde. Carmen me arrojó una carpeta sobre mi escritorio con desdén.
—Ten, revísame esto. Es el reporte trimestral para mi papá. Que se vea bonito.
Lo abrí. Era un desastre. Había errores de cálculo básicos que le costarían millones a la empresa si se presentaban así.
Me acerqué a su oficina de cristal. Ella estaba limándose las uñas mientras hablaba por teléfono.
—Disculpe, Licenciada Carmen…
Ella colgó y me miró por encima de sus lentes de marca.
—¿Qué quieres?
—Es sobre el reporte. En la página 4, la proyección de rendimientos está invertida. Si lo presentamos así, va a parecer que la empresa perdió dinero en lugar de ganar. Hice las correcciones aquí en lápiz para que usted…
No me dejó terminar. Se puso roja de furia. Se levantó de golpe, haciendo rechinar su silla de piel italiana.
—¿Tú me estás corrigiendo a mí? —preguntó con una voz chillona que atrajo las miradas de todo el piso—. ¿Quién te crees que eres? ¿La experta?
—No, licenciada, solo quería ayudar para que no…
—¡Tú no estás aquí para pensar, estás para capturar datos! —me gritó, acercándose a mí—. Que te quede claro, Yolanda: aunque te vistas de seda, mona te quedas. Todos aquí sabemos de dónde vienes. Hueles a barrio. Así que no te sientas la gran cosa por haber pasado un examencito.
Me quedé helada. Todos mis compañeros miraban. Algunos con pena, otros con risitas burlonas. Bajé la cabeza, dije “perdón” y regresé a mi lugar. Sentí la humillación quemándome las orejas.
A partir de ese día, empezó el infierno.
Archivos que yo guardaba en la red desaparecían. Documentos físicos que dejaba en mi cajón aparecían en la trituradora. Mis reportes llegaban manchados de café a las juntas.
—Yolanda, estás muy distraída últimamente —me decía mi supervisor directo, un hombre que no se atrevía a contradecir a Carmen—. Ponte las pilas.
Yo sabía que era ella. La veía sonreír maliciosamente desde su pecera de cristal cada vez que algo me salía mal. Estaba jugando conmigo como un gato con un ratón herido.
El golpe final llegó un viernes de quincena.
Estaba terminando un análisis de riesgo cuando dos guardias de seguridad se pararon detrás de mi silla.
—Señora Valdés, acompáñenos a Recursos Humanos. Ahora.
El piso entero se quedó en silencio. El “clic-clic” de los teclados cesó. Caminé escoltada como una delincuente, sintiendo las miradas clavadas en mi nuca.
Al entrar a la oficina de RH, vi la escena preparada. El director, Terrence Watson, un gringo que apenas hablaba español, estaba sentado con cara de pocos amigos. Y a su lado, Carmen Goodwin, con una sonrisa de triunfo apenas disimulada.
Sobre el escritorio había unos papeles.
—Siéntese —ordenó Watson.
Me senté, temblando.
—Señora Valdés, hemos notado la desaparición de varios bonos al portador de la caja fuerte del departamento. Una suma considerable.
—Yo no tengo acceso a la caja fuerte, señor —dije, con la voz quebrada.
—Lo sabemos. Pero curiosamente, encontramos esto en su bolso personal mientras usted estaba en el baño.
Watson levantó un sobre manila. Lo abrió y dejó caer sobre la mesa tres láminas de bonos.
—No… —susurré—. Eso no es mío. Alguien lo puso ahí. Yo jamás robaría. ¡Tengo tres hijos, señor! ¡Este trabajo es mi vida!
—¡Por favor! —interrumpió Carmen, soltando una risa seca—. Deja el drama de telenovela. Sabemos que tienes deudas. Sabemos que vives en una colonia horrible. La gente como tú siempre tiene hambre de lo ajeno. Es su naturaleza.
Me levanté de la silla, furiosa.
—¡No me insulte! —grité, olvidando la jerarquía—. Seré pobre, pero soy honrada. Usted me odia porque le corregí su trabajo mediocre, porque sé más de finanzas yo, que limpiaba sus baños, que usted con todos sus títulos comprados. ¡Esto es una trampa!
Carmen se puso de pie, fingiendo estar asustada.
—¿Ven? Es agresiva. Terrence, llama a la policía. Me siento amenazada.
Watson suspiró, claramente incómodo, pero obediente al poder de los Goodwin.
—Yolanda, estás despedida. Por consideración a tus hijos, no presentaremos cargos penales hoy, siempre y cuando firmes esta renuncia voluntaria y te largues ahora mismo. Si no firmas, llamo a la patrulla y te vas a la cárcel por robo corporativo. ¿Qué prefieres? ¿Desempleada o presa?
El mundo se me vino encima. Pensé en mis trillizos esperándome en la escuela. Si iba a la cárcel, se irían al sistema del DIF. Los separarían. Los perdería.
Llorando de impotencia, agarré la pluma.
—Dios todo lo ve —le dije a Carmen, mirándola a los ojos mientras firmaba mi propia sentencia de muerte—. Y algún día, la vida le va a cobrar esta lágrima.
—Sí, sí, lo que digas. Lárgate, ratera —dijo ella, volviendo a mirar su celular.
Los guardias me sacaron del edificio. No me dejaron ni recoger la foto de mis hijos que tenía en el escritorio. Me dejaron en la banqueta, con mi caja de cartón vacía y el alma rota.
Me senté en la orilla de la calle, viendo el edificio de cristal donde había sido feliz dos meses. Ahora volvía a ser un monstruo inalcanzable.
Volví a limpiar casas. No tenía opción. Con una mancha de “robo” en mi expediente laboral (aunque no fuera oficial, Goodwin se encargó de boletinarme), ninguna empresa me quería contratar.
—¿Referencias? —me preguntaban.
—No… no tengo —decía yo, bajando la mirada.
—Entonces solo te puedo ofrecer limpieza, sin seguro y pagando el mínimo.
Y así pasaron los años. Diez años de amargura. Mis manos se deformaron por la artritis prematura causada por el agua fría y los químicos. Mi espalda se encorvó.
Pero mis hijos crecieron. Eran mi única luz. Eran inteligentes, guapos, ambiciosos. No sabían la verdad de mi despido. Yo les dije que había renunciado porque “extrañaba estar en casa”, una mentira piadosa para que no crecieran odiando al mundo.
Ellos estudiaban en escuelas públicas, pero sacaban dieces. Yo ahorraba cada centavo. No me compraba ropa, no iba al cine, comía lo mínimo. Todo era para sus libros, sus uniformes, sus pasajes.
Hasta que llegó el día que selló mi destino.
Mis trillizos tenían 18 años. Estaban terminando la preparatoria técnica.
Una tarde, Mauricio entró corriendo al departamento, con los ojos brillantes de emoción.
—¡Mamá! ¡Mamá, siéntate!
—¿Qué pasó, mijo? —pregunté, asustada, secándome las manos en el delantal.
—¡Me dieron la beca! ¡La beca completa internacional!
—¿Qué?
—¡Y a Daniel y a Leticia también! Aplicamos los tres en secreto. ¡Nos vamos a Londres, mamá! ¡Nos vamos a estudiar Negocios Internacionales!
Me abracé a él, llorando de felicidad.
—¡Bendito sea Dios! ¿Qué fundación es? ¿El gobierno?
Mauricio sacó la carta dorada del sobre.
—No, mamá. Es de la empresa más grande de Monterrey. Mira.
Me puso el papel en la cara.
El logotipo brillaba en la parte superior. Un león dorado sobre un fondo azul.
FUNDACIÓN GOODWIN CAPITAL – PROGRAMA DE LIDERAZGO GLOBAL.
Sentí que me daban un puñetazo en el estómago. El aire se me fue.
—¿Goodwin? —susurré, con ganas de vomitar.
—Sí, ma. Es la empresa donde trabajaste un tiempo, ¿te acuerdas? Tienen un programa para jóvenes de bajos recursos. Vieron nuestras calificaciones y nos aceptaron. Pagan todo: universidad, estancia, comida, viajes. ¡Es nuestra oportunidad de salir de este agujero!
Miré a mi hijo. Estaba radiante. No sabía que esa empresa había humillado a su madre, que la habían tratado de ladrona, que nos habían condenado a la pobreza.
Tuve un dilema moral en ese segundo. Podía decirles la verdad. Podía decirles: “No acepten dinero de esa gente, son el diablo”. Podía prohibirles ir.
Pero si lo hacía, los condenaba a quedarse aquí, trabajando en maquiladoras, repitiendo mi historia.
Maldita sea mi suerte. La misma mano que me había golpeado ahora le ofrecía caricias a mis hijos.
Tragué saliva. Tragué el bilis que me quemaba la garganta. Miré el logotipo del león que tanto odiaba y luego miré los ojos llenos de esperanza de Mauricio.
El amor de madre es eso: comer vidrio y sonreír para que tus hijos no se preocupen.
—¡Qué maravilla, hijo! —mentí, forzando la sonrisa más dolorosa de mi vida—. ¡Qué orgullo! Esa empresa… esa empresa es muy buena.
A la semana siguiente, vendí mi televisión, mi refrigerador y los pocos muebles buenos que tenía para comprarles las maletas y ropa de invierno.
El día que los llevé al aeropuerto, yo no tenía ni para el camión de regreso, pero ellos iban vestidos con abrigos nuevos.
Leticia me abrazó antes de cruzar seguridad.
—Mamá, te juro que esto va a valer la pena. Vamos a regresar siendo millonarios. Te vamos a sacar de trabajar. Vas a ser una reina.
—Solo no se olviden de quién son —les dije, aguantando el llanto—. No se olviden de dónde vienen.
—Nunca, mamá. Te amamos.
Los vi cruzar la puerta de vidrio. Se iban hacia la vida que yo soñé y que me robaron. Se iban financiados por mis verdugos.
Me quedé sola en el aeropuerto, con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de una esperanza que, con el tiempo, se convertiría en mi peor veneno. Porque mis hijos se fueron siendo Valdés, humildes y buenos… pero regresarían siendo otra cosa. Algo que yo no reconocería.
Y Carmen Goodwin… ella seguía ahí, en su torre de cristal, sin saber que al becar a mis hijos, había puesto en marcha el engranaje que, diez años después, la destruiría a ella y me reivindicaría a mí de la forma más inesperada posible. Pero para eso, todavía faltaba mucho dolor por recorrer.