RECIÉN PARIDA Y HUMILLADA: MI ESPOSO ME OBLIGÓ A LIMPIAR SU FIESTA, PERO MI SUEGRA LLEGÓ PARA DARLE EL CASTIGO MÁS BRUTAL DE SU VIDA

PARTE 1

Capítulo 1: El estruendo de la indiferencia

La casa, que se suponía debía ser mi santuario durante la cuarentena, se había convertido en una cantina de mala muerte. El “tum-tum” del bajo de la música de banda hacía vibrar los vidrios de la ventana de mi recámara, y cada golpe se sentía como un martillazo directo en mi cabeza. Eran las dos de la mañana en una colonia tranquila de la Ciudad de México, pero dentro de mis cuatro paredes, el caos reinaba.

Yo estaba sentada en la orilla de la cama, con los ojos ardiendo por el cansancio y el cuerpo temblando. Hacía apenas una semana que me habían hecho la cesárea. Sentía la herida tirar con cada movimiento, una punzada caliente y constante que me recordaba que mi cuerpo estaba abierto, sanando, vulnerable. En mis brazos, mi bebé, mi pequeño Mateo, se sobresaltaba con cada carcajada estruendosa que subía desde la sala como una burla.

El olor a cigarro barato, mezclado con el aroma grasoso de las carnitas frías y el alcohol rancio, se colaba por debajo de la puerta, invadiendo el único espacio seguro que me quedaba. Intenté convencerme de que ya casi terminaban. “Es viernes”, pensé, tratando de justificar lo injustificable. “Carlos trabajó duro toda la semana en el taller, merece distraerse”. Pero la distracción se había convertido en un infierno para mí y para nuestro hijo.

De repente, la música se detuvo. Hubo un silencio breve, seguido del ruido de sillas de plástico arrastrándose contra el piso de loseta y despedidas balbuceantes, típicas de borrachos que ya no coordinan bien. —¡Ahí nos vemos, compadre! —gritó alguien desde la calle. —¡Cierras bien, güey! —respondió la voz de Carlos, pastosa y arrastrada.

Suspiré aliviada. Por fin. Por fin se habían ido. Acomodé a Mateo en su cuna, moviéndome despacio, protegiendo mi vientre con una mano. Me imaginé que Carlos subiría, tal vez se disculparía por el ruido y caería rendido. Qué ingenua fui al pensar que la noche había terminado.

Capítulo 2: La orden cruel

La puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando la pared y haciendo saltar un poco de tirol del techo. Carlos estaba ahí, parado en el umbral, recortado por la luz del pasillo. Tenía la camisa desabotonada, manchada de salsa, los ojos inyectados en sangre y esa sonrisa torcida que le salía cuando llevaba demasiadas cervezas encima.

—Ya se largaron —dijo, su voz era pesada, arrastrando las palabras—. ¿Qué haces acostada todavía?

Lo miré confundida, sintiendo un nudo en el estómago que nada tenía que ver con el hambre. —Carlos… son las dos de la mañana. Mateo apenas se durmió. —Me vale madres la hora —escupió, tambaleándose un poco hacia adentro—. Abajo es un chiquero. Dejaron todo hecho un desastre. Baja a limpiar.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. —¿Qué? —pregunté en un susurro, incrédula—. Carlos, tengo una semana de operada. No puedo estar bajando escaleras, no puedo cargar cosas. Me duelen los puntos. —¡Ay, por favor! —se burló, soltando una risa cruel que me heló la sangre—. Ya vas a empezar con tus dramas. Mi abuela paría en el monte y seguía trabajando. Tú por una cortadita ya te sientes la reina de Inglaterra.

Se acercó a la cama. El olor a alcohol era insoportable, una mezcla de tequila y cerveza quemada. —Esta es mi casa, Lucía. Yo invito a quien quiero y mi mujer mantiene la casa limpia. Si mis amigos comen aquí, mi esposa recoge. ¿O qué? ¿Creíste que por parir ya te ibas a tirar a la hamaca todo el día?

Las lágrimas empezaron a brotar sin que pudiera detenerlas. No era solo el dolor físico; era la humillación. Era ver al hombre que juró protegerme transformado en un extraño cruel y machista, inflado por las palabras de sus amigos.

—Carlos, por favor… te lo suplico. Mañana temprano viene tu mamá, ella me puede ayudar. Ahorita no puedo… me duele mucho.

Su rostro cambió. La mención de su madre pareció molestarlo más, hiriendo su frágil ego de “hombre de la casa”. —¡No metas a mi madre en esto! —gritó, y vi a Mateo removerse en la cuna—. ¡Te estoy dando una orden! Bajas ahorita, lavas las tres mesas, recoges la basura y trapeas. Y te me largas a comer a la cocina lo que sobró, porque no quiero que subas ni un plato sucio a mi recámara.

Me quedé paralizada. —¿A la cocina? —repetí, sintiéndome pequeña. —Sí. Como lo que eres ahorita: la que limpia.

Carlos salió de la habitación azotando la puerta tan fuerte que el llanto de Mateo estalló en la cuna. Me quedé ahí, temblando, escuchando sus pasos pesados bajar las escaleras. Sabía que si no bajaba, la discusión seguiría y despertaría a los vecinos. Sabía que estaba borracho y que razonar era inútil. Con un dolor que me partía el alma y el cuerpo, me levanté. Me puse la bata, me sequé las lágrimas y, agarrándome del barandal como si fuera mi salvavidas, comencé a bajar los escalones, uno por uno.

PARTE 2

Capítulo 3: El infierno en la cocina

La planta baja parecía zona de guerra. Habían juntado la mesa del comedor con dos mesas plegables de plástico para acomodar a todos sus amigos. El piso estaba pegajoso; charcos de cerveza seca atrapaban mis pantuflas con cada paso. Había platos de unicel con restos de grasa roja, huesos de costilla tirados en la alfombra, y una montaña de latas de cerveza aplastadas que brillaban bajo la luz fría de la cocina.

El dolor de la cesárea era punzante, como si alguien me estuviera clavando agujas calientes en el vientre. Cada vez que me agachaba para recoger una lata, tenía que contener un gemido. Sentía que los puntos se me iban a botar.

Lloraba en silencio. No de tristeza, sino de una rabia impotente que me quemaba la garganta. Abrí la llave del fregadero y el agua fría golpeó mis manos, pero no lograba despertar de esa pesadilla. Empecé a lavar los platos de cerámica que habían sacado, los vasos pesados de vidrio.

—Más rápido, que se escucha el ruido hasta arriba —gritó Carlos desde la escalera, sin dignarse a bajar.

Mordí mi labio hasta que sentí el sabor metálico de la sangre. Lavaba, enjuagaba, secaba. Mi espalda gritaba de dolor. Me sentía mareada, débil por la falta de sueño y la mala alimentación de los últimos días, ya que Carlos “olvidaba” comprar lo que necesitaba para mi dieta.

De pronto, escuché un ruido en la puerta principal. El cerrojo giró. Me congelé. ¿Habían regresado sus amigos? ¿Venían a seguir la fiesta? El reloj marcaba las 3:30 de la mañana.

La puerta se abrió y una figura entró con paso decidido. Traía una maleta pequeña y una bolsa de pan dulce. Era Doña Rosa. Mi suegra.

Se suponía que llegaría hasta el mediodía siguiente, pero ahí estaba, mirándome con los ojos muy abiertos desde la entrada. Al ver la escena —yo pálida como un fantasma, encorvada sobre el fregadero, rodeada de inmundicia— soltó la bolsa de pan al suelo.

—¿Lucía? —preguntó, con voz temblorosa—. Hija, ¿qué haces ahí?

Capítulo 4: La llegada de la matriarca

Me giré despacio, apoyándome en la barra para no caer. Al ver la cara de preocupación genuina de Doña Rosa, me rompí. —Carlos… Carlos me dijo que limpiara —logré decir entre sollozos—. Dijo que era mi obligación.

El rostro de Doña Rosa pasó de la sorpresa a una furia que jamás le había visto. Era una mujer de campo, bajita pero recia, de esas que no le tienen miedo ni al diablo. Sus ojos oscuros recorrieron la sala, las mesas sucias, y finalmente se posaron en mí, viendo mi mano sobre la herida de la operación.

—¿Dónde está ese cabrón? —preguntó en voz baja, pero con un tono que hizo vibrar el aire.

Antes de que pudiera responder, la voz de Carlos sonó desde la sala. Al parecer, no se había subido a dormir, sino que se había quedado con dos de sus amigos más necios, Javier y Miguel, que se habían quedado dormidos en el sofá y acababan de despertar con el ruido.

—Mamá, ya llegaste —dijo Carlos, asomándose a la cocina con una cerveza en la mano, tan borracho que no notó la atmósfera mortal—. Lucía es bien lenta, ¿verdad? Le dije que se apurara.

Javier, desde el sofá, soltó una risita estúpida. —Buenas noches, Doña Rosa. Ya sabe cómo son las mujeres, hay que ponerlas a trabajar para que no se entuman. Miguel añadió, arrastrando la lengua: —Sí, si no, luego el marido se cansa y busca en otro lado.

El silencio que siguió fue absoluto. Lucía apretó los puños, esperando el regaño de su suegra hacia ella, esperando que le dijera que “así son los hombres”. Pero Doña Rosa no dijo nada. Caminó lentamente hacia la puerta principal.

Sacó su llavero. Cerró la puerta con doble llave. Luego, fue a las ventanas y bajó las persianas metálicas. Puso el pasador de seguridad.

—¿Qué haces, mamá? —preguntó Carlos, frunciendo el ceño, confundido—. ¿Por qué cierras?

Doña Rosa se dio la vuelta. Tenía las llaves apretadas en su puño. Su postura era la de un general antes de la batalla.

—Porque de aquí no sale nadie —dijo con una calma terrorífica—. Hasta que todo brille.

Capítulo 5: Machismo contra autoridad

Los tres hombres soltaron una carcajada nerviosa. —¿Nosotros? —se burló Carlos, dando un trago a su cerveza—. Mamá, no digas tonterías. Somos hombres. Nosotros trabajamos, traemos el dinero. Lucía está en la casa, es su chamba.

Doña Rosa caminó hasta quedar frente a su hijo. A pesar de ser más baja, parecía gigante. De un manotazo, le tiró la cerveza de la mano. El vidrio se rompió contra el suelo, salpicando los zapatos de Carlos.

—¡Tú no eres ningún hombre! —gritó ella, y su voz retumbó en las paredes—. Un hombre cuida a su familia. Un hombre protege a su mujer, y más cuando acaba de darle un hijo. ¡Tú eres un niño malcriado que cree que tener pito lo hace rey!

Se giró hacia Javier y Miguel, que se habían quedado mudos. —Y ustedes… par de inútiles. Vienen a tragar y a ensuciar a una casa donde hay un bebé recién nacido y una mujer convaleciente. ¿No tienen madre? ¿Así tratan a sus esposas?

—Doña Rosa, bájela, es broma… —empezó a decir Javier, levantándose. —¡Siéntate! —ordenó ella, señalándolo con un dedo acusador—. Nadie se va.

Carlos intentó hacerse el fuerte. —Mamá, dame las llaves. Ya me cansé de tus juegos. Voy a abrir. Avanzó hacia ella para quitarle las llaves a la fuerza.

Doña Rosa no retrocedió. Sacó de su bolsa el celular y marcó un número. —Adelante, tócame —lo retó—. Tócame y llamo a tu papá y a tus tíos del rancho. Sabes que están a media hora. Y sabes lo que te van a hacer si se enteran de que tienes a tu mujer recién operada lavando tus porquerías.

Carlos palideció. Su padre era un hombre de la vieja escuela, pero de los que respetaban a la mujer como algo sagrado. Si se enteraba, la paliza no se la quitaba nadie.

—Mamá… no es para tanto. —Lucía, siéntate —me dijo ella con dulzura, ignorando a su hijo—. Dame a mi nieto, si está despierto, o vete a descansar. Ellos se encargan.

Capítulo 6: La lección a puerta cerrada

Me senté en una silla del comedor, incrédula. Doña Rosa se acomodó en el sillón principal, cruzó las piernas y los brazos, y los miró con una frialdad absoluta.

—Tienen tres mesas de desastre. Tienen vómito en el baño de visitas. Tienen grasa en el piso. Quiero todo limpio. Y cuando digo todo, es todo.

—Estás loca, yo me voy —dijo Miguel, caminando hacia la puerta. Intentó abrir, pero estaba cerrada con llave y pasador. —¡Ábranos! —gritó, golpeando la madera. —Rompan la puerta si quieren —dijo Doña Rosa tranquila—. Y luego se las verán con la policía por allanamiento y daños. Porque esta es mi casa, Carlos solo vive aquí de arrimado. Las escrituras están a mi nombre.

El golpe de realidad fue brutal. Carlos agachó la cabeza. Sabía que había perdido. —Ya, güey, vamos a limpiar rápido para largarnos —murmuró Javier, avergonzado.

—No, no, no —interrumpió Doña Rosa—. Nada de “rápido”. Lo quiero bien hecho. Hay estropajos, jabón y cloro en el patio. Y quiero que lo hagan calladitos, porque mi nieto duerme.

Lo que siguió fue una escena surrealista. Tres hombres que minutos antes se jactaban de su machismo, ahora estaban arrodillados, tallando el piso. Carlos, con su camisa de marca manchada, lavaba los platos con torpeza. Javier recogía los huesos de costilla con asco. Miguel trapeaba, refunfuñando por lo bajo.

Doña Rosa era implacable. —¡Ese plato tiene grasa todavía! ¡Lávalo otra vez! —le gritaba a Carlos. —¡Ahí en la esquina quedó mugre, Javier! ¡Tállale bien!

Yo los miraba desde la silla, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba sola. Sentí una satisfacción profunda al ver sudar a Carlos, al verlo experimentar una fracción del trabajo que él despreciaba tanto.

Capítulo 7: Sudor y lágrimas

Pasaron dos horas. El sol empezaba a querer salir. Los tres hombres estaban empapados en sudor, con las manos rojas por el detergente y el cloro, y las espaldas adoloridas. La borrachera se les había bajado de golpe, reemplazada por el cansancio y la humillación.

—Ya está… ya terminamos —dijo Carlos, dejándose caer en una silla, respirando agitado. La cocina brillaba. La sala estaba ordenada. La basura estaba en bolsas negras cerradas.

Doña Rosa se levantó e hizo su inspección. Pasó el dedo por la mesa. Revisó el baño. Asintió lentamente. —Bien. Así se ve una casa decente.

Se dirigió a la puerta y abrió los cerrojos con calma. Javier y Miguel salieron disparados como ratas, sin decir adiós, sin mirar atrás. Probablemente no volverían en un buen tiempo.

Carlos se quedó ahí, sentado, mirando sus manos arrugadas por el agua. —¿Ya estás contenta, mamá? —preguntó con voz ronca—. Me humillaste frente a mis amigos. —Tú te humillaste solo —respondió ella, seca—. Al tratar a tu esposa como sirvienta. Al no respetar a la madre de tu hijo.

Doña Rosa se acercó a mí y me ayudó a levantarme con una delicadeza infinita. —Sube a dormir, hija. Yo me quedo con el bebé un rato. Descansa.

Miré a Carlos una última vez antes de subir. No me sostuvo la mirada. Tenía la cabeza gacha, derrotado. Esa noche, él durmió en el sofá.

Capítulo 8: Un nuevo amanecer

Al día siguiente, la casa estaba en un silencio bendito. Bajé cerca del mediodía. El olor a alcohol había desaparecido, reemplazado por el aroma a café de olla y chilaquiles.

Doña Rosa estaba en la cocina, tarareando una canción mientras mecía a Mateo en su carreola. Carlos estaba sentado en la mesa, sobrio, ojeroso y visiblemente avergonzado.

Cuando entré, él se puso de pie rápidamente. Algo había cambiado en su postura. Ya no había arrogancia.

—Buenos días, hija —sonrió Doña Rosa—. Siéntate, te serví desayuno. Carlos carraspeó. —Lucía… —empezó, y su voz se quebró un poco—. Perdón. Lo miré fijamente. No iba a ponérselo fácil. —¿Perdón por qué, Carlos? —Por ser un idiota. Por no cuidarte. Mamá… mamá me hizo ver cosas anoche. Mientras tallaba el piso, pensé en ti. Pensé en cómo lo haces todos los días, y yo… yo solo llego a ensuciar.

Doña Rosa lo miró desde la estufa, cuchara en mano, vigilando. —Le dije a mi hijo —intervino ella— que la próxima vez que te falte al respeto o te ponga a trabajar estando enferma, yo misma vengo y me lo llevo de las orejas al rancho. Y tú y el bebé se quedan con la casa.

Carlos asintió. Se acercó a mí y, con timidez, tomó mi mano. —No va a volver a pasar. Te lo juro. Javier y Miguel ya no son bienvenidos si no respetan. Voy a contratar a alguien que nos ayude con la limpieza hasta que te recuperes bien.

Suspiré, sintiendo que un peso enorme se levantaba de mis hombros. Sabía que el camino no sería perfecto, que el machismo es una enfermedad difícil de curar, pero también sabía que ya no estaba indefensa. Tenía a Doña Rosa. Y Carlos ahora sabía que su madre era mi mejor aliada.

—Te doy una oportunidad —le dije, retirando mi mano suavemente pero con firmeza—. Pero recuerda que los platos se lavan con agua y jabón, no con lágrimas de tu esposa.

Doña Rosa soltó una carcajada sonora y sirvió el café. —Así se habla, mijita. Y ahora, a comer, que necesitas fuerzas.

La casa volvió a sentirse hogar, pero esta vez, las reglas habían cambiado para siempre.

HISTORIA PARALELA: LA CACERÍA DE LOS NAHUALES URBANOS

(Continuación extendida solicitada – Contexto adicional y nuevos eventos)

El grito de Gabriel rompió el trance. No era solo valentía; había técnica en sus movimientos. Mientras el “hombre” de traje se retorcía soltando humo negro, los otros dos desenfundaron armas que parecían hechas de hueso afilado.

—¡Al suelo! —rugió Gabriel.

Me tiré al piso justo cuando una de esas astillas de hueso pasó zumbando y se clavó en la pared, derritiendo la pintura. Gabriel pateó la mesa de centro hacia los atacantes y me arrastró hacia el pasillo.

—¡Saca a tu madre de aquí! —me ordenó, con una autoridad que no cuadraba con el chico asustado de hace unos minutos. —¿Y tú qué vas a hacer? —le grité. —¡Ganar tiempo! ¡Ellos no pueden cruzar sal si no son invitados!

¿Sal? ¿De qué estaba hablando? Gabriel sacó de su bolsillo un puñado de sal de grano mezclada con tierra roja y la lanzó al umbral del pasillo. Los seres de traje frenaron en seco, como si hubiera una pared invisible. Gruñían como perros rabiosos.

Agarré a mi mamá y a mis hermanos. Salimos por la puerta trasera, cruzamos el patio y nos subimos a la camioneta de mi hermano menor. —¡Arranca! ¡Vámonos lejos! —le grité. —¡No puedo dejarlo ahí! —dije, mirando hacia la casa. Se escuchaban golpes y muebles rompiéndose.

Dejé a mi familia en el coche. —Vayan a la iglesia del centro. No salgan de ahí. Voy por él.

Regresé. Tenía que hacerlo. Ese desconocido me había salvado. Entré con la pistola de mi papá, aunque sabía que no servía de mucho. La sala estaba destrozada. Los dos entes estaban acorralando a Gabriel contra la chimenea. Él tenía una herida fea en el brazo, pero sostenía un frasco con un líquido ámbar.

—¡Hey, feos! —grité. Voltearon. Gabriel aprovechó la distracción y lanzó el frasco contra ellos. Al romperse, el líquido estalló en llamas azules. Fuego fatuo. Los seres ardieron con un chillido que me reventó los tímpanos. Se consumieron en segundos, dejando solo trajes vacíos y un olor a azufre insoportable en la alfombra de mi mamá.

Gabriel cayó de rodillas, respirando agitado. Me acerqué a él. —¿Qué carajos eres? —le pregunté. Me miró. Sus ojos eran idénticos a los míos. —Soy tu hermano. Y llevo toda mi vida entrenando para limpiar el desastre de nuestro padre.

El Refugio en Iztapalapa

Salimos de la casa antes de que llegara la policía o más de “ellos”. Gabriel me dirigió. —No podemos ir a hoteles. Nos huelen. El miedo tiene olor para ellos, Mateo. Y tú apestas a pánico.

Manejé siguiendo sus instrucciones hasta una zona de Iztapalapa que no conocía, un laberinto de callejones estrechos donde la policía no entra. Nos detuvimos frente a un taller mecánico cerrado. Gabriel abrió el candado. Adentro, entre coches desmantelados, había un cuarto acondicionado como búnker. Libros, armas extrañas, hierbas colgadas secándose.

—Bienvenido a mi casa —dijo Gabriel, limpiándose la sangre del brazo—. Papá te dejó la lana y la casa bonita. A mí me dejó la verdad.

Me senté en una llanta vieja, procesando todo. —¿Sabías de mí? —Siempre. Papá iba a verme los martes. Me enseñaba a pelear, a rezar en latín, a usar amuletos. Me decía que el “Diablo” vendría algún día y que yo tenía que protegerte. Sentí una punzada de celos y culpa. —En la nota decía que tú eras el sacrificio. Gabriel sonrió con amargura. —Esa era la mentira que le dijo al Patrón para ganar tiempo. Papá creía que podía engañar al diablo. Me entrenó para ser un cazador, no una víctima. Pero subestimó la deuda.

La Revelación del Mapa

Gabriel sacó un mapa de la Ciudad de México y lo extendió sobre el cofre de un vocho. Estaba lleno de tachaduras rojas. —La “Casa 4” en Puebla es solo una sucursal —explicó Gabriel—. El Patrón opera una red. Usan deudas de juego, de enfermedad, de poder. Tu papá era el recolector en la zona centro. Señaló un punto en el mapa, justo en el centro histórico, cerca del Templo Mayor. —Aquí está la fuente. El contrato original. Si quemamos el libro mayor, la deuda se cancela. Para ti, para mí, y para todas las familias que papá condenó.

—¿Y cómo entramos ahí? —No entramos caminando. Mañana es Día de Muertos. Los velos son delgados. La entrada se abre en las catacumbas debajo de una cantina vieja en la calle Donceles.

El Plan Suicida

Pasamos la noche preparando el equipo. Gabriel me dio un cuchillo de obsidiana. —Corta el espíritu, no la carne —dijo. Yo le conté sobre mi vida “normal”. La universidad, las novias, los domingos de fútbol. Él escuchaba fascinado, como si le contara un cuento de hadas. Él nunca tuvo eso. Su vida fue prepararse para una guerra invisible.

Al día siguiente, la ciudad estaba llena de cempasúchil y gente pintada de calavera. Era el camuflaje perfecto. Llegamos a la cantina “El Último Trago”. Estaba llena de borrachos y mariachis. Gabriel habló con el cantinero, un tipo sin una oreja. Le enseñó una moneda de plata vieja. El cantinero asintió y nos señaló la puerta de la bodega.

Bajamos. Las escaleras parecían interminables. El sonido de la fiesta arriba se fue apagando, reemplazado por un zumbido grave, como de electricidad estática. Llegamos a una puerta de hierro. Gabriel la empujó.

Lo que vimos no era una bodega. Era una réplica distorsionada de la Ciudad de México, pero subterránea y en ruinas. El cielo era de roca negra. Había edificios invertidos colgando como estalactitas.

—El Mictlán Urbano —susurró Gabriel—. No te separes.

Caminamos por calles de polvo gris. Sombras pasaban a nuestro lado, susurrando cosas ininteligibles. Llegamos a lo que parecía el Palacio Nacional, pero hecho de huesos y obsidiana. En la entrada, estaba él. El ciego de Puebla. Pero aquí no era un viejo decrépito. Aquí medía dos metros, estaba rodeado de un aura negra y tenía ojos de fuego.

—Los hijos de Rogelio —retumbó su voz—. Vinieron a pagar juntos. Qué conmovedor.

La Batalla Final

Gabriel no esperó. Se lanzó al ataque con dos machetes benditos. El Ciego lo recibió con un golpe de aire que lo mandó a volar contra una columna de cráneos. —¡Mateo! ¡El Libro! —gritó Gabriel, escupiendo sangre.

El libro estaba en un altar al fondo. Corrí. El piso se movía, intentando atrapar mis pies con manos esqueléticas que salían del suelo. Corté las manos con la obsidiana. Slash. Slash. Llegué al altar. El libro era enorme, hecho de piel humana. Lo abrí. Busqué la página de “Rogelio”. Ahí estaba. Mi nombre estaba empezando a aparecer, escribiéndose solo con sangre fresca.

Saqué el encendedor que Gabriel me dio. No funcionaba. La humedad del lugar lo había estropeado. —¡Maldita sea!

El Ciego tenía a Gabriel agarrado del cuello, asfixiándolo. —¡Tu hermano muere primero! —se burló el monstruo.

Miré el libro. Miré a Gabriel. Recordé lo que dijo el Ciego en Puebla: “El Patrón quiere linaje. Quiere voluntad”. Si no podía quemar el libro, tenía que reescribirlo. O anularlo.

Agarré la pluma de hueso que estaba junto al libro. Me corté la palma de la mano para tener tinta fresca. Y escribí sobre el nombre de mi padre. No mi nombre. Escribí: “DEUDA SALDADA. YO SOY EL DUEÑO AHORA”.

Un trueno sacudió la caverna. El Ciego soltó a Gabriel y gritó, llevándose las manos a la cabeza. —¡¿Qué hiciste, imbécil?! ¡No puedes usurpar al Patrón! —El contrato dice que quien ofrece más sangre gana —grité, levantando mi mano sangrando—. ¡Yo ofrezco mi propia voluntad, no para servir, sino para mandar!

Era un blofeo. No sabía si funcionaría. Pero había leído suficientes cómics legales para saber que los contratos demoníacos son literales. El Ciego comenzó a desintegrarse. El libro se cerró de golpe, atrapando mi mano por un segundo, quemándome la piel con una marca en forma de llave. La caverna empezó a colapsar.

—¡Vámonos! —Gabriel me agarró y corrimos hacia la salida mientras el inframundo se derrumbaba a nuestras espaldas.

El Epílogo Inquietante

Despertamos en la bodega de la cantina, entre cajas de cerveza Victoria. Estábamos llenos de polvo y moretones, pero vivos. Subimos a la cantina. Era de día otra vez. Salimos a la calle Donceles. El sol me lastimaba los ojos.

—¿Se acabó? —preguntó Gabriel, sobándose el cuello. Miré la palma de mi mano. La herida había cicatrizado, pero la marca de la llave seguía ahí, negra como un tatuaje. Sentí una vibración extraña. Podía escuchar los pensamientos de la gente que pasaba. Podía ver las “sombras” pegadas a sus espaldas. Había tomado el lugar de mi padre, pero no como sirviente. Había cambiado las reglas, pero ahora yo era parte del juego.

—No, hermano —dije, sintiendo un poder oscuro y frío correr por mis venas—. Apenas empieza. Ahora nosotros somos los que cobramos. Pero vamos a cobrarle a ellos. A los monstruos.

Gabriel sonrió, por primera vez, una sonrisa real. —Cazadores de demonios en CDMX. Suena a buen negocio. —Mejor que la ferretería —contesté.

Mi papá me dejó una maldición. Yo la convertí en un arma. Y si estás leyendo esto y sientes que alguien te mira desde la oscuridad de tu cuarto… no te preocupes. Tal vez somos Gabriel y yo, cuidándote la espalda. O tal vez, es algo más. Solo recuerda: las deudas siempre se pagan.

(Fin de la historia… por ahora)

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