PARTE 1
CAPÍTULO 1: El sabor de la vergüenza
—No nos alcanza, princesa.
La frase salió de la boca de Mateo como si escupiera vidrio molido. El aire acondicionado de la pastelería “Le Grand” en Polanco zumbaba suavemente, pero para Mateo, el silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor.
Sus dedos, callosos y manchados permanentemente por la grasa de motor, temblaban al sostener la vieja billetera de piel. Dentro, la realidad lo golpeaba con crueldad matemática: un billete de cien, uno de cincuenta y tres monedas de diez pesos. Ciento ochenta pesos.
El pastel de fresas con crema chantilly, esa obra de arte culinaria que reposaba tras el cristal inmaculado, tenía una etiqueta dorada y elegante: $850.00 MXN.
—¿Ese no, papi? —Lili presionó su nariz contra el vidrio. El vaho de su respiración empañó brevemente la vista del postre—. ¿El de las fresas grandotas? Tú dijiste que podía escoger el que yo quisiera.
Mateo cerró los ojos un segundo, tragándose el nudo que amenazaba con ahogarlo. El olor a pan recién horneado y café caro, que para cualquier otro cliente sería un deleite, para él era el aroma de su propio fracaso.
—Princesa… —se agachó hasta quedar a la altura de ella. El frío del piso de mármol le traspasó la mezclilla desgastada de su pantalón de trabajo—. Te prometí que podías escoger, pero… papi hizo mal las cuentas.
Lili lo miró con esos ojos grandes y oscuros, idénticos a los de Elena. En ellos no había berrinche, ni la furia caprichosa de otros niños que había visto en el parque. Primero hubo confusión, luego entendimiento y, finalmente, esa terrible aceptación que ningún niño de cuatro años debería conocer.
—¿Ni siquiera uno chiquito? —preguntó ella en un susurro.
Mateo negó con la cabeza, incapaz de hablar. La vergüenza le quemaba las orejas, el cuello, el pecho entero. Sentía las miradas de los otros clientes clavadas en su espalda como agujas. Señoras de las Lomas con bolsos que costaban más de lo que él ganaba en seis meses, ejecutivos con prisa que miraban sus relojes con impaciencia.
—Está bien, papi —Lili soltó el vidrio y tomó la mano áspera de su padre con sus deditos suaves—. Comemos pastel el otro año.
Algo se rompió dentro de Mateo. Un sonido sordo que solo él pudo escuchar. Era la misma grieta que se había abierto la noche que Elena dejó de respirar en el Hospital General, dejándolo solo con una bebé en brazos y un mundo que no perdonaba la pobreza.
—Perdóname, mi amor —la voz le salió rota, humillada—. Papi lo siente tanto.
Detrás de ellos, alguien inhaló bruscamente. Mateo ni siquiera se giró. Solo quería desaparecer, que la tierra se abriera y se lo tragara ahí mismo.
—Disculpe.
La voz era femenina, pulida, educada pero firme. El tipo de voz que nunca ha tenido que pedir fiado en la tiendita de la esquina.
Mateo se puso de pie lentamente, colocando a Lili detrás de sus piernas por instinto protector. Se giró y se encontró con ella.
La mujer era todo lo que él no era. Un traje sastre gris oxford que gritaba “diseñador”, el cabello recogido en un chongo perfecto sin un solo pelo fuera de lugar, y un maquillaje impecable. Pero fueron sus ojos lo que detuvo a Mateo. A pesar de la postura de poder, sus ojos estaban cansados. Un cansancio antiguo, pesado.
—Me llevo ese pastel —dijo ella, señalando el de fresas sin siquiera mirar el precio—. Y lo que sea que la niña quiera.
—No.
La palabra salió de la boca de Mateo más fuerte de lo que pretendía, casi como un ladrido defensivo.
—Gracias, señora, pero no.
La mujer parpadeó, sorprendida. En su mundo, la gente no decía que no.
—Lili, escoge dos cosas más. Lo que quieras, mi vida —insistió ella, ignorando a Mateo y mirando a la niña.
—¿De verdad? —Los ojos de Lili brillaron, esa chispa de esperanza infantil reencendiéndose en un segundo.
—Señora, no es necesario —Mateo dio un paso adelante, su orgullo herido alzándose como un muro—. No acepto caridad.
—No es caridad —replicó ella, su voz endureciéndose un poco—. Es un regalo de cumpleaños. Escoge, pequeña.
Lili, confundida pero emocionada, señaló dos éclairs de chocolate en la vitrina inferior.
—¿Esos? —La mujer ya tenía su tarjeta en la mano. Una tarjeta negra, pesada, de metal. Mateo solo había visto tarjetas así en las películas—. Cóbreme todo, por favor —le dijo a la empleada, que miraba la escena con la boca abierta.
—Señora, no puedo pagarle esto —insistió Mateo, sintiendo la humillación arder como ácido en su estómago.
—Entonces no lo pague —dijo ella cortante, casi enojada—. Considérenlo un regalo para ella, no para usted.
La empleada comenzó a empacar el pastel grande en una caja blanca con lazos dorados. Los éclairs fueron a una bolsa de papel fino. Mateo apretó los puños a los costados. Quería rechazarlo, quería tirar el pastel y salir con la frente en alto, pero luego miró a Lili. Miró cómo ella abrazaba sus piernas, vibrando de felicidad.
¿Quién era él para robarle esa alegría a su hija solo para salvar su propio orgullo de macho herido?
—Le voy a pagar —dijo Mateo, su voz baja y grave—. Cada centavo. Deme su número o dígame dónde.
Ella deslizó la tarjeta por la terminal sin mirarlo.
—Feliz cumpleaños, pequeña.
Lili se soltó de Mateo y, sin previo aviso, corrió hacia la mujer y abrazó sus piernas cubiertas por el pantalón de tela fina.
—¡Gracias, hada madrina!
Por primera vez, la máscara de frialdad de la mujer se rompió. Una sonrisa pequeña, deshilachada en los bordes, apareció en sus labios pintados de rojo discreto.
—De nada, princesa.
La empleada le extendió la caja a Mateo. Pesaba. Pesaba más que su orgullo, más que su vergüenza. Pesaba lo que pesaba el amor que no podía costear.
—Vámonos, Lili.
—¡Adiós, hada madrina!
Salieron a la calle Masaryk. El aire de diciembre en la Ciudad de México era frío y seco. Las luces navideñas ya adornaban los escaparates de las tiendas de lujo. Mateo caminó tres cuadras a paso rápido antes de poder respirar de nuevo. Se detuvo en una esquina, abrazando la caja contra su pecho como si fuera un salvavidas.
Lili saltaba a su lado, tarareando una canción inventada sobre pasteles y hadas.
Mateo sacó su celular con manos temblorosas. La pantalla estaba estrellada, pero funcionaba. Buscó la ubicación de la pastelería en Google Maps y vio las fotos del interior. Hizo zoom en una donde se veía a la gerente.
Tecleó un mensaje rápido al número de WhatsApp del negocio que aparecía en la ficha:
“La mujer que pagó el pastel hace un momento. ¿La conocen? Necesito pagarle.”
La respuesta llegó en segundos, con la frialdad corporativa habitual:
“No podemos dar información de clientes. Lo sentimos.”
Mateo maldijo por lo bajo. Recordó el voucher que la empleada había dejado sobre el mostrador por un segundo antes de tirarlo. Había alcanzado a leer un apellido. Sandoval.
Buscó en Google: “Sandoval empresaria México”.
Cientos de resultados. Pero el primero lo detuvo en seco.
Carolina Sandoval, CEO de Grupo Sandoval, inaugura nuevo complejo residencial en Santa Fe.
La foto mostraba a la misma mujer, parada frente a un edificio moderno, sonriendo para la cámara con esa misma sonrisa triste y deshilachada.
CEO. Millonaria. Intocable. Una de las mujeres más poderosas de México.
—Papi, ¿por qué lloras? —preguntó Lili, jalando su pantalón.
Mateo se limpió los ojos rápidamente con el dorso de la mano manchada de grasa.
—No estoy llorando, princesa. Es el smog.
Pero ambos sabían que era mentira.
Esa noche, después de acostar a Lili, Mateo se sentó en la pequeña cocina de su departamento en Iztapalapa. El pastel costaba $850. Los éclairs, probablemente otros $100. Casi mil pesos.
Sacó el sobre donde guardaba sus ahorros para emergencias, escondido dentro de una lata de café vacía. Contó los billetes arrugados. Tenía $300 pesos que le sobraron de la semana.
Le tomaría meses. Quizás medio año juntar ese dinero extra sin dejar de pagar la renta o la comida. Pero lo haría.
Porque Mateo Flores no aceptaba caridad. Ni siquiera de hadas madrinas millonarias con ojos tan tristes como los suyos.
CAPÍTULO 2: Deudas y decisiones
A quince kilómetros de distancia, en un penthouse de dos pisos en Lomas de Chapultepec, Carolina Sandoval se servía su tercera copa de vino tinto.
Su celular vibraba incesantemente sobre la isla de mármol de la cocina. “Mamá”. “Sebastián”. “Rogelio”. Otra vez Rogelio.
Lo ignoró todo.
En su mente, se repetía en bucle la escena de la pastelería. El hombre arrodillado, susurrle a su hija con esa voz rota: “No nos alcanza, princesa”. Y la forma en que la niña lo aceptó. Sin gritos, sin dramas. Solo un “Está bien, papi”.
¿Cuántas veces le habían dicho “no” a esa niña para que aceptara la decepción con tanta gracia?
Carolina cerró los ojos y se recargó en el gran ventanal que daba hacia las luces infinitas de la Ciudad de México. Mañana tenía junta de consejo a las 8:00 AM. Cena familiar obligatoria a las 7:00 PM. Rogelio probablemente aparecería con un ramo de rosas gigante y esas disculpas ensayadas que no significaban nada.
Todo perfectamente planeado. Todo perfectamente vacío.
—¡Gracias, hada madrina!
La voz de la niña resonó en su memoria. Carolina tomó otro sorbo de vino. No podía olvidar esos ojos cafés llenos de gratitud pura. Ni los ojos del padre, llenos de una dignidad herida que le había provocado un escalofrío. Por exactamente treinta segundos, en esa pastelería, su pecho no se había sentido vacío.
El 24 de diciembre llegó con el caos habitual de la familia Sandoval.
—Ese vestido te hace ver mayor, Carolina. ¿No tienes algo más… alegre? —Su madre, Doña Victoria, ajustaba su collar de perlas sin siquiera mirarla a los ojos.
—El vestido está bien, mamá —respondió Carolina, conteniendo el suspiro.
—Si tú lo dices.
Su madre se alejó para supervisar a los meseros, dejando una estela de perfume Chanel N°5 y desaprobación. La mansión Sandoval brillaba con decoraciones navideñas que costaban más que un auto del año. Un árbol de cuatro metros importado, luces doradas, champagne francés corriendo como agua. Y Carolina nunca se había sentido más sola.
—Prima favorita —Sebastián, su primo y socio, apareció a su lado con dos copas—. Tienes cara de que necesitas esto.
—Necesito cinco de estas.
—¿Mala noche?
—Mala vida —bromeó ella, aunque el chiste tenía demasiado filo—. ¿Siguen presionando con la fusión con Constructora Domínguez?
—No es el momento, Caro.
—Es exactamente el momento. Mamá presiona, el consejo presiona, y Rogelio…
—Hablando del rey de Roma —Sebastián hizo una mueca sutil señalando hacia la terraza.
El estómago de Carolina se hundió.
—¿Qué hace él aquí?
—Tu mamá lo invitó.
—Por supuesto que lo hizo.
Carolina caminó hacia la terraza antes de que Sebastián pudiera detenerla. El aire frío de la noche le golpeó la cara. Rogelio estaba recargado en el barandal, mirando el jardín iluminado. Tan guapo como siempre. Tan falso como siempre.
—Carolina —se giró con esa sonrisa de comercial de pasta de dientes—. Feliz Navidad. Quería verte.
—Deberías irte. Llevamos dos años separados, Rogelio.
—Cometí un error. Te dejé porque no pude manejar tu… intensidad con el trabajo.
—Me dejaste porque no quisiste aceptar que no iba a renunciar a la presidencia de la empresa para ser tu esposa trofeo —corrigió ella.
—He cambiado.
—Yo también. Y la fusión con la empresa de tu papá no va a suceder solo porque vengas a arruinar mi Navidad.
Regresó a la fiesta, donde la cena transcurrió entre conversaciones superficiales sobre inversiones en Tulum, política y chismes de la alta sociedad. A las diez de la noche, Carolina se encerró en el baño de visitas.
Sacó su celular. Instagram estaba lleno de fotos de sus amigas con sus hijos abriendo regalos. Familias en pijamas iguales. Abrazos.
Hace dos años, el doctor le había dicho: “Síndrome de Ovario Poliquístico severo. No es imposible embarazarse, Carolina, pero será muy difícil. Muy, muy difícil”.
Rogelio nunca lo supo. Se había ido antes, frustrado porque ella no encajaba en su molde. Pero Carolina lo sabía. Cada foto de un bebé era un recordatorio de lo que probablemente nunca tendría. Se secó una lágrima rebelde antes de que arruinara su maquillaje.
Salió, sonrió, brindó, fingió.
Mientras tanto, en un pequeño departamento en Iztapalapa, Mateo despertaba con Lili saltando en su cama.
—¡Papi, es mi cumple! ¡Ya tengo cuatro!
25 de diciembre. El día que ganó a Lili y perdió a Elena.
Mateo la abrazó fuerte, oliendo su cabello con aroma a shampoo de manzanilla.
—Feliz cumpleaños, princesa. Vamos a desayunar y luego partimos el pastel.
La tía Lucy llegó a las once con tamales y una mirada inquisitiva cuando vio la caja blanca con lazos dorados sobre la mesa de formica.
—¿De dónde sacaste eso, Mateo? —susurró para que Lili no oyera—. Esa pastelería es carísima.
—Una señora lo pagó —Mateo evitó su mirada, sirviendo café de olla.
—¿Una extraña?
—Le voy a pagar, Lucy. Ya tengo sus datos.
—Mateo, por Dios, acéptalo y ya. Es un milagro de Navidad.
—No acepto limosnas.
A la una llegaron los vecinos. El señor Martínez con globos, la señora Campos con gelatina. Fue una fiesta caótica, ruidosa y perfecta. Lili sopló sus cuatro velitas cerrando los ojos con fuerza. El pastel era tan delicioso como prometía. Tres leches gourmet con fresas naturales.
Mateo comió su rebanada y sintió la culpa y la gratitud mezclarse en cada bocado.
Esa noche, buscó de nuevo en su vieja laptop. “Oficinas Grupo Sandoval”.
Torre Reforma. Piso 25.
Contó sus billetes arrugados. Doscientos pesos que había logrado juntar extra vendiendo unas refacciones viejas. Era un inicio.
Escribió una nota en una hoja de cuaderno escolar:
“Primer pago. Yo pago mis deudas. – Mateo Flores”
Metió el dinero y la nota en un sobre blanco. Lucy tenía razón, era imposible pagarle a alguien así. Probablemente ella ya había olvidado el incidente. Pero él no podía olvidar. No podía olvidar que un extraño tuvo que darle a su hija lo que él no pudo.
A la mañana siguiente, 26 de diciembre, Carolina llegó a su oficina a las 8:00 AM, agradecida de escapar de la mansión familiar. Su asistente, Daniela, entró con un café y una expresión extraña.
—Llegó esto para usted, Licenciada. Un hombre lo dejó en recepción hace rato. Dijo que era urgente pero no quiso esperar.
Le entregó un sobre blanco, barato, ligeramente manchado de grasa en una esquina.
Carolina lo abrió.
Doscientos pesos en billetes de baja denominación cayeron sobre su escritorio de caoba, junto con la nota escrita con letra apretada.
Carolina se quedó mirando los billetes como si fueran joyas.
—¿Licenciada? ¿Está bien?
—Sí… —su voz sonó extraña—. El hombre que lo dejó, ¿cómo era?
—Alto, moreno, vestía ropa de trabajo. Se veía… nervioso.
Mateo Flores. El hombre de la pastelería. Había cruzado la ciudad, había entrado a uno de los edificios más intimidantes de Reforma, y había dejado doscientos pesos que seguramente necesitaba para comer.
“Yo pago mis deudas.”
Carolina sintió algo moverse en su pecho. Algo que había estado dormido. Guardó el dinero y la nota en su bolso Hermès.
—Daniela, necesito que investigues algo para mí.
—Sí, dígame.
—Busca a un Mateo Flores. Probablemente es mecánico, vive en la zona oriente o cerca. Tiene una hija de cuatro años.
Daniela anotó sin hacer preguntas, aunque sus cejas estaban levantadas hasta el techo.
Carolina se recargó en su silla giratoria, mirando la ciudad contaminada y hermosa a través del cristal. Un hombre que prefiere endeudarse a aceptar ayuda. Un padre que puso la felicidad de su hija por encima de su ego, pero cuyo orgullo era lo único que le quedaba.
Sonrió por segunda vez en tres días. Y comenzó a planear algo completamente irracional. Algo que su madre desaprobaría, que su consejo directivo vetaría, y que definitivamente cambiaría su vida para siempre.
Iba a encontrar a Mateo Flores. Y no iba a aceptar un “no” por respuesta.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Taller
Carolina estacionó su BMW plateado frente al zaguán despintado y supo inmediatamente que estaba cometiendo una locura. El letrero, pintado a mano en una lámina oxidada, decía: “Mecánica Automotriz Flores – Hojalatería y Pintura”.
Estaba en una calle estrecha de la colonia Doctores. Había tres autos desarmados en la entrada y solo se veían las piernas de un hombre sobresaliendo de debajo de un Tsuru blanco.
Ella bajó del auto. Sus tacones Ferragamo hicieron un clac-clac ajeno y discordante contra el pavimento agrietado.
Las piernas bajo el Tsuru se detuvieron. Una llave de cruz rodó por el suelo y Mateo emergió en un “carrito” con ruedas. Tenía una mancha de grasa en la mejilla, la camisa de trabajo empapada de sudor y la miró como si estuviera viendo un fantasma. O a la dueña del banco venida a cobrar.
—Licenciada Sandoval —dijo él, poniéndose de pie y limpiándose las manos en un trapo rojo que solo ensuciaba más—. ¿Qué hace aquí?
—Tenemos que hablar, Mateo.
—¿De qué?
Carolina sacó el sobre arrugado de su bolso de diseñador y lo extendió hacia él.
—De esto. No puedo aceptarlo.
—Puede y lo hará —la determinación en la voz de Mateo la desarmó por un segundo—. Son doscientos pesos. El pastel costó casi mil. Faltan cinco pagos más.
—¿Y luego qué? ¿Va a dejar de comer para pagarme un pastel? —Carolina alzó la voz, perdiendo la compostura—. Eso es ridículo.
—Ese no es su problema.
—Se vuelve mi problema cuando sé que su hija necesita ese dinero más que yo.
Mateo dio un paso adelante. Había algo peligroso en sus ojos, una dignidad feroz.
—Usted no sabe nada de mi hija ni de mí.
—Sé que tiene demasiado orgullo para su propio bien —replicó ella—. Y usted tiene demasiado dinero para entender lo que significa el orgullo para los que no lo tenemos.
El golpe fue directo. Carolina sintió el ardor en la cara.
—Me equivoqué —dijo ella, bajando la guardia—. Pensé que estaba haciendo algo bueno devolviéndolo. Claramente me equivoqué.
Se giró para irse hacia su auto, la rabia quemándole la garganta.
—Espere.
Carolina se detuvo, mano en la manija de la puerta.
—Perdón —la voz de Mateo se suavizó—. Eso estuvo fuera de lugar. No se merecía que le hablara así. Usted solo quería ayudar.
Ella se volteó.
—No lo entiendo, Mateo. No tengo idea de lo que es no poder darle a alguien que amas lo que necesita.
Algo cambió en la expresión de él. Una grieta en la armadura.
—Entonces… tome el dinero.
—No puedo.
—¿Por qué no?
Porque cuando lo vio arrodillado con su hija, algo en su pecho vacío había despertado. Porque llevaba dos días sin poder dejar de pensar en ellos. Porque ese sobre mugriento la había hecho sentir algo real por primera vez en años.
—Porque fue un regalo —dijo ella en su lugar—. Y los regalos no se devuelven.
—Entonces yo no puedo aceptarlo.
Estaban en un punto muerto. Carolina podía verlo en la mandíbula tensa de Mateo. Terco, orgulloso, imposible.
Una idea cruzó por su mente. Absurda. Perfecta.
—Bien. —Señaló su BMW—. Mi coche ha estado haciendo un ruido extraño. Revísalo. Cóbrame tu tarifa normal y tomamos el costo del pastel como pago adelantado.
Era una mentira descarada. Su auto tenía los servicios de agencia al día y funcionaba como un reloj suizo.
Mateo la miró con sospecha.
—¿Qué tipo de ruido?
—Un… zumbido. Cuando acelero. O un silbido. No estoy segura. —Carolina se sorprendió de lo mala mentirosa que era.
—¿Y no lo llevó a la agencia?
—Prefiero los talleres pequeños. Más… trato personal. —Al menos eso era medio verdad. Bueno, era verdad ahora.
Mateo se cruzó de brazos.
—Sabe que su coche está perfecto, ¿verdad?
—¿Vas a revisarlo o vas a seguir interrogándome?
Un destello de diversión cruzó el rostro de él.
—La revisión cuesta quinientos pesos.
—Perfecto.
—Y probablemente tarde dos horas.
—Perfecto. —Carolina sacó su celular—. Puedo esperar.
Mateo abrió la boca para protestar, pero un grito infantil lo interrumpió.
—¡Papi!
Lili salió corriendo de una puerta lateral que conectaba con unas escaleras. Frenó en seco al ver a Carolina. Abrió los ojos como platos.
—¡Hada madrina!
Y antes de que alguien pudiera reaccionar, se lanzó a abrazar las piernas de Carolina. El impacto casi la tira. Carolina recuperó el equilibrio y miró hacia abajo, a la niña con el cabello alborotado y una sonrisa chimuela.
—Hola, Lili.
—¿Viniste a visitarme?
—Vine a que tu papá revise mi coche.
—¿Puedo ayudar? Soy muy buena ayudante. Le paso las llaves y todo.
Mateo intervino rápidamente.
—Lili, la señora Sandoval está ocupada.
—Carolina —corrigió ella sin pensar—. Y no estoy ocupada en absoluto.
—¿En serio? —Los ojos de Lili brillaban.
Mateo parecía atrapado entre su orgullo y la felicidad de su hija. Carolina casi sintió pena por él. Casi.
—Tengo que ir a buscar unas… cosas para checar el motor —dijo él, rindiéndose—. Tardaré una hora.
—Perfecto. Lili y yo podemos platicar.
Mateo desapareció hacia la parte trasera del taller con una expresión de pura agonía. Lili tomó la mano de Carolina con confianza absoluta.
—Ven, te enseño mis dibujos.
La llevó a una pequeña oficina llena de polvo, con un escritorio viejo y dibujos pegados en las paredes con cinta adhesiva.
—Este es mi papi —señaló un muñeco de palitos—. Y esta soy yo. Y esta era mi mami. Pero ella está en el cielo.
El pecho de Carolina se apretó.
—Lo siento mucho, Lili.
—Está bien. Papi dice que me cuida desde allá. —Señaló otro dibujo—. Mira, las estrellas son sus ojos.
Dios mío, esta niña le iba a romper el corazón.
—Es hermoso.
—¿Quieres dibujar conmigo?
—No soy muy buena dibujando.
—Yo te enseño.
Durante la siguiente hora, Carolina Sandoval, CEO de Grupo Sandoval, se sentó en el piso de linóleo roto de un taller mecánico y dibujó flores chuecas mientras una niña de cuatro años le explicaba pacientemente que los soles siempre llevan lentes oscuros “porque si no les lastima su propia luz”.
Mateo regresó noventa minutos después. Encontró a su hija dormida en el viejo sofá de la oficina, acurrucada contra el costado de Carolina, quien le leía un cuento en voz baja desde su celular.
Se detuvo en el marco de la puerta, incapaz de moverse. La imagen lo golpeó con la fuerza de un tren.
Carolina alzó la vista. Sus miradas se cruzaron. Ella se llevó un dedo a los labios, se deslizó con cuidado fuera del sofá y salió de la oficina sin despertar a Lili.
—Se quedó dormida hace diez minutos —susurró ella ya afuera—. No quise moverla.
—Gracias… —Mateo no sabía cómo terminar la frase. Gracias por quedarse. Gracias por tratarla así—. Gracias.
—Es una niña maravillosa, Mateo.
—Lo es.
Se quedaron parados en el pasillo estrecho, demasiado cerca. El aire olía a gasolina y al perfume caro de ella.
—Revisé tu coche —Mateo se aclaró la garganta—. Está absolutamente perfecto. Ni un ruido.
—Qué alivio.
—Pero le ajusté la presión de las llantas y rellené el líquido de frenos que estaba un poco bajo.
—¿Cuánto te debo?
—Nada. Considere saldada la cuenta del pastel.
—Trato hecho.
Carolina sacó las llaves de su auto. Sus dedos rozaron los de él al tomarlas. Una corriente eléctrica, absurda y adolescente, les recorrió el brazo a ambos. Los dos retrocedieron como si se hubieran quemado.
—Debería irme.
—Sí, probablemente.
Pero ninguno se movió.
—Carolina… —Su nombre en la voz de él sonaba diferente. Íntimo, sin el “Licenciada”, sin la barrera social—. ¿Por qué hizo esto realmente?
Ella podría haber mentido. Debería haber mentido.
—Porque cuando los vi en la pastelería… fue la primera vez en meses que sentí algo más que… vacío.
La confesión quedó flotando entre el olor a aceite y polvo.
—No sé qué hacer con esa información —dijo Mateo finalmente.
—Yo tampoco.
Se miraron un momento largo. Luego, Carolina se obligó a caminar hacia su auto.
—Carolina —la detuvo él.
Ella se giró. Mateo tenía las manos en los bolsillos, tratando de verse casual y fallando miserablemente.
—Mi coche… a veces también hace ruidos raros. Digo, por si necesita una segunda opinión experta de vez en cuando.
Una sonrisa lenta se extendió por el rostro de ella.
—Supongo que tendré que estar atenta a los ruidos entonces.
—Supongo que sí.
Condujo de regreso a Las Lomas con el corazón latiendo demasiado rápido y la certeza creciente de que acababa de complicarse la vida de la manera más hermosa posible.
CAPÍTULO 4: Cruzando Mundos
Enero trajo un frío inusual a la Ciudad de México y una nueva rutina que Carolina no sabía que necesitaba.
El lunes, apareció en el taller a la hora de la comida con una bolsa de tacos de canasta.
—¿Es en serio? —Mateo se rio, limpiándose la grasa de los brazos—. ¿La dueña de media ciudad comiendo tacos de chicharrón en la banqueta?
—Son los mejores de la ciudad y si te burlas no te doy el de adobo.
Comieron sentados en la defensa de una camioneta vieja. Él le contó sobre el cliente que juraba que su vocho estaba poseído por el espíritu de su suegra. Ella le contó sobre la junta donde su hermano casi se queda dormido frente a los inversionistas japoneses.
Lili interrumpía cada cinco minutos. “¿Caro, por qué el cielo es azul?”, “¿Caro, los perros sueñan?”, “¿Cuándo vienes a mi casa a ver mis juguetes?”.
Porque ahora era solo “Caro”.
El miércoles, regresó con el pretexto de que un foquito del tablero se había prendido.
—Es el indicador del cinturón de seguridad, Carolina —dijo Mateo, recargado en la ventanilla—. Tienes que ponértelo.
—Oh. Qué tecnología tan avanzada.
Mateo soltó una carcajada que hizo que a ella le temblaran las rodillas.
—Ven, te voy a enseñar a checar el aceite para que tengas excusas más creíbles.
Le enseñó a sacar la bayoneta. Sus manos guiando las de ella, mostrando dónde debía estar la marca.
—Así, ¿ves? El nivel está bien.
Carolina no veía nada excepto la forma en que los brazos de él la rodeaban. El calor de su pecho contra su espalda, el olor a jabón Zote y motor.
—Carolina…
—¿Qué?
—Pregunté si entendiste.
—Sí, totalmente. Aceite. Bayoneta. Entendido.
Mateo se rio suavemente, el sonido vibrando contra su oído.
—No escuchaste ni una palabra.
—En mi defensa, es difícil concentrarse cuando estás así de cerca.
Las palabras se le escaparon antes de poder frenarlas. Mateo se quedó quieto. Lentamente, la soltó y dio un paso atrás.
—Debería… ir a ver a un cliente.
Desapareció debajo de un auto tan rápido que Carolina se preguntó si se lo había imaginado todo.
El sábado por la tarde, Carolina llegó al taller no con comida, sino con una invitación impresa en papel grueso color crema.
—Necesito que vengas a un evento conmigo mañana.
Mateo alzó la vista, escéptico.
—¿Qué tipo de evento?
—Inauguración de un proyecto de vivienda social en Ecatepec. Es… importante para mí. —Hizo una pausa—. Y no quiero ir sola.
—Yo no tengo ropa para eso, Caro. No encajo en tu mundo.
—No es una gala. Es al aire libre. Es gente real. Solo ven, por favor.
La vulnerabilidad en su voz lo detuvo.
—¿Puedo llevar a Lili?
—Por supuesto.
El domingo, Mateo se paró frente a su espejo, alisándose la única camisa de vestir decente que tenía. Lucy apareció en el marco de la puerta.
—¿Me vas a decir qué está pasando con la millonaria?
—No pasa nada, Lucy.
—Te he visto sonreír más en dos semanas que en dos años. —Lucy le acomodó el cuello de la camisa—. Ten cuidado, hermano. Lili ya se está encariñando. ¿Qué va a pasar cuando Carolina se aburra de jugar a la familia feliz?
—Esto no es un juego.
—¿Entonces qué es?
Mateo no tuvo respuesta.
El evento era en una zona árida, donde Grupo Sandoval había construido condominios dignos y coloridos. Carolina los recibió en jeans y una blusa blanca sencilla, sin tacones, sin maquillaje pesado. Más real que nunca.
—Vinieron. —Lili corrió hacia ella y Carolina la cargó sin dudarlo, sin importarle ensuciar su ropa.
—Caro, ¿tú hiciste estas casas? —preguntó Lili, maravillada.
—Mi empresa ayudó. Pero mucha gente trabajó aquí.
Mateo observó cómo Carolina hablaba con las familias que recibían sus llaves. Se sabía sus nombres, preguntaba por los abuelos, escuchaba de verdad. Esta no era la mujer de la revista Forbes. Esta era Carolina sin armadura.
—Es increíble lo que haces —le dijo él cuando se apartaron un momento por un refresco.
Ella se encogió de hombros, incómoda con el halago.
—Es lo único que hago que realmente importa. El resto son números y egos.
—¿Por qué sigues ahí entonces?
—Porque mi papá construyó esto. Y renunciar se siente como traicionarlo… aunque a veces siento que me traiciono a mí misma quedándome.
Durante el evento, Mateo notó las miradas. Los susurros. La forma en que algunos directivos evaluaban su ropa barata y sus zapatos gastados.
Un hombre en un traje azul marino impecable se acercó.
—Carolina. No sabía que traerías… invitados personales.
El desdén en su voz era apenas velado.
—Rogelio, él es Mateo Flores y su hija Lili. Mateo, él es Rogelio Fuentes, miembro del consejo.
—Un placer. —Mateo extendió la mano. Rogelio la estrechó brevemente, como si la pobreza fuera contagiosa, y se limpió disimuladamente en el pantalón después.
—Vaya cambio de compañía, Caro. —Rogelio sonrió con malicia—. Usualmente tus gustos son más… sofisticados.
—Y usualmente tú eres más educado, pero veo que hoy no es el día —respondió ella cortante—. Vámonos, Mateo.
Esa noche, después de dejar a Lili dormida en el asiento trasero del BMW (habían ido en el coche de Carolina porque el Tsuru de Mateo “tosía”), Carolina manejó hasta el taller en silencio.
—Perdón por lo de Rogelio —dijo ella al estacionarse—. Es un idiota.
—Tiene razón, ¿sabes? —Mateo miró por la ventana—. No pertenezco ahí. Todos me veían como si fuera el chofer.
—A mí no me importa lo que ellos piensen.
—A mí sí. Porque es tu mundo, Carolina. Y yo soy solo el mecánico que arregló tu “ruido imaginario”.
Carolina apagó el motor y se giró hacia él en la oscuridad del auto.
—¿Eso es lo que crees que eres para mí?
—No sé qué soy. —Mateo se pasó las manos por la cara, frustrado—. Sé que cuando estoy contigo se me olvida que tengo la renta vencida y que mi cuenta de banco está en ceros. Pero luego viene alguien como ese tipo y me recuerda la realidad.
—La realidad… —Carolina soltó una risa amarga—. ¿Quieres saber mi realidad, Mateo? Tengo una mansión de doce habitaciones donde nadie me espera. Tengo “amigos” que solo quieren mi influencia. Y tengo un exnovio que me dejó porque mi cuerpo no funciona como debería.
Mateo la miró, frunciendo el ceño.
—¿A qué te refieres?
Ella miró sus manos sobre el volante.
—Hace dos años me diagnosticaron un problema de fertilidad. Es casi imposible que tenga hijos. Rogelio quería herederos para su imperio. Cuando supo que tal vez no podría dárselos… se fue. Dijo que necesitaba a una “mujer completa”.
El silencio en el auto fue denso. Mateo sintió una furia caliente subirle por el pecho, ganas de bajar del auto, buscar a Rogelio y romperle la cara.
—Es un imbécil —dijo Mateo con voz ronca—. Un cobarde y un imbécil.
—Tal vez. Pero tenía razón en algo. Vengo con complicaciones.
Mateo se desabrochó el cinturón y se giró para quedar frente a ella.
—Mírame, Carolina.
Ella alzó la vista. Sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas.
—Tú vales mil veces más que cualquier bebé que puedas o no tener. Y cualquiera que no vea eso, no te merece. Eres completa. Eres increíble.
—Nadie me había dicho eso nunca… de verdad.
—Pues has estado rodeada de puros ciegos. —Mateo le acarició la mejilla con el pulgar, quitando una lágrima—. Lili tiene suerte de tenerte cerca. Y yo… yo también.
—Me da miedo, Mateo.
—¿Qué?
—Que esto sea un sueño. Que despierte mañana y esté sola otra vez en esa casa fría.
—No estás soñando.
Sus rostros estaban a centímetros. El aire se sentía pesado, eléctrico.
—Bésame —susurró ella.
Y él lo hizo.
Fue suave al principio, tentativo, como si ella fuera de cristal. Pero cuando Carolina respondió, enredando sus dedos en el cabello de él, el beso se profundizó. Años de soledad de ella, años de duelo de él, todo fundiéndose en ese contacto desesperado en un asiento de piel de un auto de lujo estacionado en una calle de la Doctores.
Sabían a café y a anhelo.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Mateo recargó su frente contra la de ella.
—Esto es una mala idea —dijo él—. La peor.
—Pésima —coincidió ella, sonriendo con los ojos cerrados—. ¿Lo repetimos?
Se besaron de nuevo, y por un momento, la diferencia de sus cuentas bancarias, el código postal y los prejuicios de la gente dejaron de existir.
Pero el mundo real seguía ahí afuera, esperando para cobrarles la factura de su atrevimiento. Y la factura sería cara.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: El Escándalo
El lunes por la mañana, Sebastián entró a la oficina de Carolina sin tocar, azotando la puerta de cristal esmerilado.
—Tenemos que hablar.
Carolina ni siquiera levantó la vista de su laptop.
—Buenos días a ti también, primo.
—¿Es cierto? —Lanzó una revista de sociales sobre el escritorio. En la portada, una foto borrosa tomada con celular: Carolina y Mateo comiendo tacos en la banqueta, riendo. El titular gritaba: “¿EL NUEVO ROMANCE DE LA REINA DE POLANCO? CAROLINA SANDOVAL CAPTADA CON UN MISTERIOSO HOMBRE EN LA DOCTORES”.
Carolina se congeló.
—¿Quién tomó esto?
—Eso no importa. Lo que importa es lo que dice mamá. Está furiosa, Caro. Dice que estás arrastrando el apellido por el fango.
—Estoy comiendo tacos, Sebastián. No estoy robando un banco.
—Es un mecánico, Carolina. Un mecánico. —Sebastián se aflojó la corbata, exasperado—. Y no cualquier mecánico. Es el tipo de la pastelería, ¿verdad? El de la deuda.
—Se llama Mateo. Y sí.
—Por Dios, te está estafando. Es el truco más viejo del libro: el pobre padre soltero con ojos de cachorro que conmueve a la rica heredera solitaria.
La furia le subió a Carolina por la columna vertebral.
—Sal de mi oficina.
—Mamá quiere verte esta noche. Cena familiar. Y esta vez no es opcional. Si no vas, amenaza con congelar tus fideicomisos personales.
Esa noche, el comedor de la mansión Sandoval parecía una sala de juicios. Doña Victoria presidía la cabecera, cortando su filete con una precisión quirúrgica que daba miedo. A su derecha, Sebastián miraba su plato. Y a la izquierda de Carolina… Rogelio.
—¿En serio, mamá? —Carolina soltó los cubiertos—. ¿Una emboscada con mi ex?
—Rogelio es amigo de la familia y está preocupado por ti —dijo su madre sin mirarla—. Todos lo estamos.
—Claramente estás pasando por una crisis, Caro —dijo Rogelio, sirviéndole vino con esa falsa galantería que ahora le repugnaba—. Ese tipo… Mateo. Es obvio que te está manipulando.
—Mateo no me pide nada. De hecho, intentó pagarme hasta el último peso.
—Entonces es más listo de lo que pensé —intervino Doña Victoria—. Se gana tu confianza haciéndose el digno para luego sacarte la mitad de la fortuna.
Carolina se puso de pie tan rápido que su silla cayó hacia atrás con un estruendo.
—No voy a escuchar esto.
—¡Siéntate! —El grito de su madre resonó en las paredes de caoba—. No hemos terminado. Si sigues viendo a ese naco, habrá consecuencias, Carolina. La fusión con Domínguez está en riesgo por tus escandalitos de barrio.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy protegiendo de ti misma.
Carolina soltó una risa seca, sin humor.
—¿Saben qué? Tal vez tengan razón. Tal vez Mateo me esté usando. —Tomó su bolso—. Pero al menos cuando estoy con él me siento viva, no como un peón en sus juegos de ajedrez corporativo.
Salió del comedor dejando a su madre con la palabra en la boca.
Tres días después, Carolina tomó la peor decisión de su vida, impulsada por la rebeldía y el deseo de demostrarles que estaban equivocados.
—Quiero que vengas conmigo a la Gala del Museo Soumaya —le dijo a Mateo mientras él revisaba el aceite de un cliente.
Mateo se limpió el sudor de la frente.
—Caro, ya viste las revistas. Tu familia me odia. La prensa está como buitre.
—Quiero hacerlo bien. Presentarte oficialmente. Que vean que no me avergüenzo de ti. Que vean que eres un hombre decente y trabajador.
—No pertenezco ahí.
—Entonces cambiemos las reglas. —Le tomó las manos, manchando sus dedos de grasa—. Por favor. Hazlo por mí.
Mateo suspiró, vencido por esos ojos tristes que ahora lo miraban con esperanza.
—Está bien.
La noche de la gala, Mateo se sentía como un pingüino en el desierto. Llevaba un traje rentado que le quedaba un poco grande de los hombros y los zapatos le apretaban. Carolina, en cambio, brillaba con un vestido azul noche que costaba lo que él ganaba en tres años.
Al entrar al museo, los flashes de las cámaras lo cegaron.
—¡Carolina! ¡Carolina, una foto con tu acompañante!
—¿Es cierto que es su chofer? —gritó un reportero.
Mateo apretó la mandíbula y siguió caminando, sintiendo cómo Carolina le apretaba el brazo para darle fuerza.
Adentro, el ambiente era aún más hostil. Las miradas no eran discretas; eran dagas. Murmullos detrás de copas de champagne. “Mira, ahí va el de la Doctores”, “Dicen que ella le paga la renta”, “Pobrecita, está desesperada”.
Mateo aguantó la cena. Aguantó los discursos aburridos. Incluso aguantó bailar una pieza lenta, pisando a Carolina dos veces. Pero no pudo aguantar a Rogelio.
Lo encontraron cerca de la barra libre.
—Vaya, vaya. El Cenicieto llegó al baile —dijo Rogelio, ya con varias copas encima, rodeado de sus amigos del club de golf.
—Rogelio, déjanos en paz —advirtió Carolina.
—Solo soy honesto. —Rogelio se acercó a Mateo, invadiendo su espacio personal—. Dime, campeón, ¿cuánto tiempo crees que le dure el capricho? ¿Un mes? ¿Dos? En cuanto se aburra de jugar a la pobreza, te va a botar como a una llanta vieja.
—Al menos yo la trato como a una mujer, no como a una cuenta bancaria —respondió Mateo, con voz tensa pero firme.
Rogelio soltó una carcajada cruel.
—Tú no puedes darle nada. Mírate. Ese traje rentado huele a naftalina. Ella necesita viajes a París, joyas, futuro. Tú solo puedes ofrecerle… ¿qué? ¿Cambios de aceite gratis y una vida de contar monedas?
Mateo dio un paso adelante, los puños cerrados.
—Mateo, no —Carolina lo detuvo del brazo—. Vámonos.
Pero el daño estaba hecho. Un fotógrafo había captado el momento exacto: Mateo con cara de furia, Rogelio riendo con desdén, Carolina angustiada.
A la mañana siguiente, las redes sociales ardían.
Twitter era un campo de batalla.
#LadyMecánico era tendencia.
“El novio naco de Carolina Sandoval casi golpea a empresario en el Soumaya”.
Los memes eran crueles. Comparaban el Tsuru de Mateo con los autos de lujo de Rogelio. Se burlaban de su ropa, de su colonia, de su vida.
Pero lo peor ocurrió a la salida del kínder de Lili.
Mateo llegó a recogerla y la encontró llorando en una banca, con la maestra consolándola.
—¿Qué pasó, mi amor? —Mateo corrió hacia ella, el pánico helándole la sangre.
—Unos niños grandes… —Lili sollozó, hipando—. Me dijeron que… que mi papá es un ladrón. Que le robas dinero a la señora rica.
El mundo de Mateo se detuvo.
—¿Qué?
—Me enseñaron una foto en el celular de su mamá. Dijeron que eras un “trepador” y que yo era una “hija de nadie”.
Mateo abrazó a su hija con tanta fuerza que temió lastimarla. Sintió cómo algo dentro de él se quebraba, esta vez de manera irreparable. Su orgullo podía aguantar los insultos de Rogelio. Podía aguantar las miradas de desprecio. Pero no esto. No las lágrimas de Lili. No que su hija pagara el precio de su “cuento de hadas”.
Esa misma noche, Mateo fue al edificio de Carolina. No subió. Le pidió que bajara.
Carolina salió corriendo del elevador, con cara de alivio al verlo.
—¡Mateo! Gracias a Dios. He estado llamándote todo el día. Lo de las redes es una estupidez, no les hagas caso, ya puse a mis abogados a…
—Se acabó, Carolina.
Ella se frenó en seco en medio del lobby de mármol.
—¿Qué?
—No puedo seguir con esto.
—Mateo, es solo chisme. Se les va a olvidar en una semana.
—Lili llegó llorando de la escuela hoy. —La voz de Mateo se rompió—. Le dijeron que su papá es un ladrón. Que le robo dinero a su “novia rica”.
Carolina palideció.
—Oh, Dios mío… Mateo, lo siento tanto. Hablaré con la escuela, yo…
—¿Y qué vas a hacer? ¿Comprar la escuela? ¿Comprar a los niños para que se callen? —Mateo negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas—. Tu familia tenía razón. No pertenezco a tu mundo. Y no voy a permitir que mi hija sufra por mi egoísmo de querer estar contigo.
—No es egoísmo, es amor.
—El amor no paga la terapia de mi hija cuando la humillen por ser pobre en un mundo de ricos.
—Entonces luchamos juntos. No te rindas.
—Tengo que rendirme. Soy padre antes que hombre, Carolina. Antes que nada.
Se dio la vuelta para irse.
—¡Mateo! —gritó ella, sin importarle que el guardia de seguridad y los vecinos la miraran—. Si te vas ahora, le das la razón a ellos. A mi madre, a Rogelio.
Mateo se detuvo en la puerta giratoria. No volteó.
—Ellos siempre tuvieron la razón, Carolina. Solo fuimos nosotros los que fuimos demasiado tontos para verlo.
Salió a la noche lluviosa de Reforma, dejando atrás a la mujer que amaba para salvar lo único que amaba más que a ella.
CAPÍTULO 6: Mundos Aparte
Catorce días. Trescientas treinta y seis horas.
Carolina contaba el tiempo no en juntas ni en contratos, sino en el vacío que sentía en el pecho.
Su oficina en el piso 25 se sentía como una jaula de cristal. Desde ahí arriba podía ver toda la ciudad, pero no podía ver lo único que quería: un taller despintado en la colonia Doctores.
—Licenciada, la junta de fusión empieza en diez minutos —anunció Daniela, entrando con cautela. Todos en la oficina caminaban de puntitas alrededor de Carolina últimamente.
—No voy a ir.
—Licenciada… es la firma final. Su madre está ahí. El señor Rogelio está ahí.
—Diles que empiecen sin mí.
Mientras tanto, en el taller, Mateo trabajaba como un poseso. Había arreglado seis transmisiones en tres días. Sus manos estaban llenas de cortes y grasa, su espalda gritaba de dolor, pero era la única forma de no pensar.
—Papi… —Lili estaba sentada en un banco, dibujando triste—. ¿Cuándo va a venir Caro?
Mateo cerró los ojos bajo el cofre de un Chevy. Era la décima vez que preguntaba.
—Ya te dije que no va a venir, princesa.
—¿Está enojada con nosotros?
—No, mi amor. Ella… ella tiene mucho trabajo. En su mundo.
—No me gusta su mundo —murmuró Lili—. Me gusta cuando está aquí.
—A mí también, princesa. A mí también.
Lucy llegó esa tarde con un tupper de caldo de pollo y una mirada que mataba.
—Te ves fatal, hermano.
—Gracias, Lucy. Siempre tan motivadora.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con este martirio?
—Hasta que deje de doler. O sea, nunca.
—¿Y vas a dejar que ganen? —Lucy se cruzó de brazos—. ¿Vas a dejar que esa bola de estirados decida tu vida?
—Estoy protegiendo a Lili.
—Estás protegiendo tu miedo, Mateo. Lili llora porque extraña a Caro, no por lo que dijo un niño tonto en el recreo. Eso ya lo arreglamos con la maestra. Pero lo de extrañarla… eso solo lo puedes arreglar tú.
En la Torre Reforma, Carolina entró a la sala de juntas. El silencio se hizo instantáneo.
Su madre estaba sentada en la cabecera, triunfante. Rogelio le sonrió con esa arrogancia de quien sabe que ha ganado la guerra.
—Llegas tarde, querida. Pero no importa. Los papeles están listos.
Rogelio deslizó la carpeta de cuero hacia ella.
—Firma aquí, aquí y aquí. Con esto, Grupo Sandoval y Constructora Domínguez son uno solo. Y… —hizo una pausa dramática— podemos anunciar nuestro compromiso oficial el fin de semana.
Carolina miró los papeles. Letras pequeñas, cláusulas, millones de dólares. Una vida entera ya escrita, planeada, empaquetada. Una vida segura. Una vida fría.
—Es lo mejor para todos —dijo su madre—. Ya tuviste tu aventurita rebelde. Ya lloraste. Ahora sé una adulta y asume tu responsabilidad. El amor no paga las cuentas, Carolina. El estatus sí.
Carolina levantó la pluma Montblanc. El metal frío en sus dedos.
Pensó en Mateo. En sus manos rasposas pero gentiles. En cómo la miraba como si fuera magia y no una cuenta bancaria.
Pensó en Lili. En sus dibujos de soles con lentes oscuros. En cómo la llamaba “mamá Caro” por accidente y luego se reía.
Pensó en la felicidad imperfecta, caótica y pobre que había sentido en ese taller.
Y luego miró a Rogelio. Perfecto. Rico. Vacío.
—Tienes razón, mamá —dijo Carolina suavemente—. El amor no paga las cuentas.
Doña Victoria sonrió, satisfecha.
—Pero el dinero no compra una vida que valga la pena vivir —terminó Carolina.
Y soltó la pluma sobre la mesa. Clac.
—No voy a firmar.
El caos estalló.
—¡¿Qué demonios dices?! —Rogelio se puso de pie.
—¡Estás loca! —gritó su madre—. ¡Si sales por esa puerta te quedas sin nada! ¡Te desheredo! ¡Te quito la presidencia!
—Adelante —dijo Carolina, y por primera vez en semanas, sintió que podía respirar—. Quédatelo todo. La presidencia, las acciones, la mansión, las galas hipócritas. Quédatelo.
—Carolina, sé razonable —intentó Sebastián—. ¿Qué vas a hacer? ¿Irte a vivir a un taller mecánico?
—Si eso significa ser feliz… sí.
—¡Eres una vergüenza para esta familia! —bramó su madre.
Carolina se detuvo en la puerta de caoba. Se giró y miró a esas personas con trajes de mil dólares y almas de descuento.
—No, mamá. La vergüenza es vivir una vida fingiendo ser alguien que no eres solo para complacer a gente que ni siquiera te agrada.
Abrió la puerta.
—Renuncio. Sebastián, te quedas a cargo. Felicidades, es lo que siempre quisiste.
Salió al pasillo. Daniela la miraba con los ojos desorbitados.
—¿Licenciada? ¿A dónde va?
Carolina sonrió. Una sonrisa real, grande, luminosa.
—Voy a pagar una deuda, Daniela. Y a recuperar mi vida.
Corrió hacia el elevador, presionando el botón de planta baja desesperadamente. Sacó su celular mientras las puertas se cerraban.
No tenía señal. Maldición.
Salió del edificio corriendo. Estaba lloviendo. Una de esas lluvias torrenciales de la Ciudad de México que inundan todo en minutos. No le importó. No pidió su auto al valet. Corrió hacia la avenida y levantó la mano para parar un taxi, porque su BMW estaba en el sótano 4 y no tenía tiempo que perder.
—A la Doctores —le dijo al taxista—. Y rápido, por favor. Es cuestión de vida o muerte.
El taxista la miró por el retrovisor: una mujer empapada en un traje de diseñador, llorando y riendo a la vez.
—Usted manda, jefa. Agárrese.
Mientras el taxi surcaba el tráfico de Reforma, Carolina sabía que estaba cometiendo la locura más grande de su historia. Iba sin plan, sin dinero (probablemente su madre ya había bloqueado las tarjetas), y sin certeza de que él la quisiera de vuelta.
Pero por primera vez, no tenía miedo. Tenía esperanza.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: La Elección
El taxi se detuvo frente al zaguán de “Mecánica Flores”. La lluvia caía como una cortina gris sobre la colonia Doctores.
Mateo estaba cerrando el candado de la reja. Llevaba su impermeable amarillo desgastado y lucía derrotado. Sus hombros, usualmente fuertes, estaban caídos.
Carolina bajó del taxi sin esperar el cambio. Sus tacones de suela roja chapotearon en un charco de agua sucia y aceite. No le importó.
—¡Mateo!
Él se giró, sobresaltado. Entrecerró los ojos por la lluvia.
—¿Carolina? —Dio un paso hacia ella, incrédulo—. ¿Qué haces aquí? ¡Estás empapada!
—No vine a que me salves —gritó ella para hacerse oír sobre el ruido del aguacero y los truenos—. Vine a que me salves tú a mí.
—¿De qué hablas?
—Sálvame de esa vida, Mateo. De la soledad en esa mansión gigante. De fingir que el dinero me abraza por las noches. Sálvame de creer que el apellido Sandoval es más importante que ser feliz.
Mateo negó con la cabeza, el agua escurriendo por su rostro.
—Carolina, por favor. Vete a casa. No puedes estar aquí. Tu familia…
—Renuncié.
La palabra cortó el aire más fuerte que un trueno. Mateo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Renuncié a la presidencia. Sebastián es el nuevo CEO. Yo solo me quedé con mi asiento en el consejo y mis acciones, pero ya no tomo las decisiones. Ya no soy la jefa. Soy libre.
Ella dio un paso más, quedando frente a él. Temblando de frío, pero con la mirada ardiendo.
—Voy a buscar un departamento cerca de aquí. Algo normal. Voy a usar mi dinero para cosas que importan. Quiero invertir en tu taller, Mateo. No como caridad. Como socia. Quiero que crezcamos juntos.
—Espera… ¿estás hablando en serio?
—Te amo.
La confesión lo golpeó de lleno. Mateo soltó el candado.
—Amo a Lili. Los amo a los dos tanto que estuve dispuesta a perder todo lo demás. Y sé que tienes miedo. Yo también estoy aterrorizada. Pero tengo más miedo de pasar el resto de mi vida preguntándome qué hubiera pasado si hubiera sido valiente.
Mateo la miraba como si fuera una aparición divina en medio del diluvio.
—No tengo nada que ofrecerte, Caro —su voz se quebró—. Solo soy yo. Yo y Lili y una vida de trabajo duro. Nunca habrá galas en París ni joyas de diamantes.
—Qué bueno —lo interrumpió ella, sonriendo entre lágrimas—. Porque odio las galas. Y los diamantes son fríos.
—Carolina, dime que te vayas. —Mateo dio un paso, rompiendo la distancia—. Dímelo y te juro que me alejo. Pero si hay una sola parte de ti que todavía quiera esta vida complicada…
No pudo terminar. Carolina se lanzó a sus brazos, rodeándole el cuello. Mateo la atrapó, levantándola del suelo mojado, y la besó. Fue un beso desesperado, hambriento, mezclado con lluvia y lágrimas. Un beso que sabía a promesa cumplida.
—Te amo —susurró él contra sus labios—. Dios, te amo tanto que duele. Pero si hacemos esto, es para siempre. Lili… ella no va a aguantar que te vayas otra vez.
—No me voy a ir. Nunca.
—¿Y tu dinero?
—Es mi dinero. —Ella se encogió de hombros, acariciando el rostro mojado de él—. Hacemos bienes separados si quieres, para proteger tu orgullo. Pero en todo lo demás, somos socios. 50 y 50.
—Eres increíble.
—Estoy empapada y tengo frío. Hay una diferencia.
Mateo soltó una carcajada, un sonido puro de felicidad que había estado ausente demasiado tiempo.
—Tenemos que ir por Lili. Está con Lucy.
—¿Ahora?
—Ahora.
Subieron al viejo Tsuru de Mateo (el taxi ya se había ido) y manejaron hasta la unidad habitacional donde vivía Lucy. Carolina seguía escurriendo agua, arruinando la tapicería, pero a nadie le importó.
Lucy abrió la puerta y al verlos ahí, sonriendo como idiotas bajo la lluvia, suspiró aliviada.
—Ya era hora, par de tercos.
—¿Dónde está? —preguntó Mateo.
—En la sala, viendo la tele. ¡Lili! —gritó Lucy—. ¡Te buscan!
Se escucharon pasitos rápidos corriendo por el pasillo. Lili apareció en la entrada, con su pijama de unicornio. Al ver a Carolina, se detuvo en seco. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas.
—¿Mami Caro?
Carolina se arrodilló en el piso de linóleo, sin importarle su traje de treinta mil pesos. Abrió los brazos.
—Hola, princesa.
Lili corrió y se estrelló contra ella en un abrazo que casi le saca el aire.
—¡Pensé que ya no me querías! —sollozó la niña en su cuello.
—Perdóname, mi amor. Perdóname por irme. Tuve que arreglar unas cosas para poder regresar. Pero ya estoy aquí. Y te prometo, te juro por las garras, que no me voy a ir a ningún lado.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
Mateo se arrodilló junto a ellas, envolviéndolas a ambas en sus brazos enormes.
—¿Esto significa que vamos a ser una familia de verdad? —preguntó Lili, con la voz mormada.
Mateo miró a Carolina sobre la cabeza de su hija. Ella asintió, con el rímel corrido y la sonrisa más hermosa que él había visto jamás.
—Sí, princesa. Una familia de verdad.
Lili gritó de emoción y los abrazó más fuerte.
Lucy, recargada en el marco de la puerta, se limpió una lágrima discreta con el borde de su delantal.
—Bueno, ya. Mucho drama —dijo con voz ronca—. Pasen a secarse antes de que me mojen todo el piso o les dé neumonía. Hice pozole.
Entraron los tres, juntos. Y por primera vez en toda su vida, Carolina Sandoval sintió que llegaba a casa. No a una estructura de concreto, sino a un lugar donde era amada no por lo que tenía, sino por quién era.
EPÍLOGO: Una Nueva Familia
10 meses después
Carolina se limpió una mancha de harina de la nariz y evaluó el desastre en su cocina.
El pastel estaba chueco. El betún de chocolate se escurría peligrosamente por el lado izquierdo. Las velas estaban clavadas en ángulos extraños. Y había más masa en el piso que en el molde.
Era perfecto.
—Papi dice que parece que explotó una bomba en la cocina —anunció Lili desde la puerta, sonriendo con una ventana en los dientes frontales.
—Dile a tu papá que se calle y venga a lavar los trastes si tantas quejas tiene.
—¡Te escuché! —gritó Mateo desde el pequeño jardín trasero.
—¡Esa era la idea! —respondió Carolina riendo.
Lili corrió hacia ella y le abrazó las piernas.
—Es el pastel más bonito del mundo, mamá.
Mamá. Llevaba nueve meses escuchándolo y todavía sentía un vuelco en el corazón cada vez que la niña lo decía. Ya habían iniciado los trámites de adopción legal.
—Claro que es bonito. Lo hicimos nosotras. Y los pasteles feos saben más rico porque tienen más amor.
Vivían en una casa amplia pero antigua en la colonia Narvarte. No era una mansión en Las Lomas, pero tenía un jardín, techos altos y vecinos que saludaban por el nombre y no por el apellido.
Mateo entró por la puerta trasera, oliendo a carbón y carne asada. Tenía una mancha de salsa en la camiseta.
—Los invitados ya están llegando. Lucy trajo tostadas como para alimentar a un batallón. El señor Martínez ya se está peleando con los niños por la música.
—Suena a una fiesta perfecta.
Mateo se acercó, le rodeó la cintura y le dio un beso rápido.
—Te amo. Incluso llena de harina.
—Especialmente llena de harina —corrigió ella.
—¡Guácala! —Lili hizo cara de asco—. ¡Ya dejen de besarse!
—Nunca —dijeron los dos al mismo tiempo.
El timbre sonó.
—¡Yo abro! —Lili salió corriendo.
Carolina y Mateo se quedaron un momento solos en la cocina.
—¿Feliz? —preguntó él.
—Más de lo que creí posible. Ni un solo arrepentimiento.
Y era verdad. Los últimos meses habían sido caóticos. La reestructuración de su vida no fue fácil. Su madre seguía sin hablarle (aunque enviaba regalos caros a Lili que devolvían o donaban). Rogelio se había casado con otra heredera a los tres meses.
Pero el taller “Flores & Sandoval” (sí, le había obligado a cambiar el nombre) prosperaba. Habían contratado a dos mecánicos más y estaban planeando abrir una segunda sucursal. Carolina manejaba las finanzas y el marketing; Mateo, la operación. Eran un equipo imparable.
Salieron al jardín. Estaba lleno. Lucy servía pozole. Los amigos mecánicos de Mateo platicaban con un par de ex-colegas de Carolina que habían demostrado ser verdaderos amigos.
Y en una esquina, para sorpresa de todos, estaba Sebastián con su esposa y sus dos hijos.
Carolina se acercó con cautela.
—No sabía que vendrías.
Sebastián se encogió de hombros, con una cerveza en la mano.
—Soy tu hermano. Puedo ser lento, pero no tonto para siempre. Te ves… feliz, Caro. De verdad.
—Lo soy.
—Mamá… dale tiempo. Ya sabes cómo es.
—Si quiere venir, la puerta está abierta. Si no, es su pérdida.
Sebastián sonrió y chocó su botella con la de ella.
—¡Hora del pastel! —gritó Lili.
Todos se reunieron alrededor de la mesa de plástico en el jardín. Carolina y Mateo trajeron el pastel deforme con las cinco velitas encendidas.
—Estas son las mañanitas… —cantaron todos a coro, desafinados y felices.
Lili sopló las velas con una intensidad dramática, cerrando los ojos con fuerza.
—¿Qué pediste, princesa? —preguntó Mateo.
—No se dice, o no se cumple.
Cortaron el pastel. Estaba un poco seco de un lado y crudo del otro, pero nadie se quejó.
Mientras el sol de la tarde caía sobre la Ciudad de México, pintando el cielo de naranja y violeta, Carolina se sentó en el pasto junto a Mateo, viendo a Lili jugar con sus primos.
—¿En qué piensas? —preguntó él, pasándole un brazo por los hombros.
—En que hace un año estaba sola en una mesa de caoba de diez metros, brindando con gente que no me quería. Y ahora estoy sentada en el pasto, comiendo pastel crudo, y nunca me he sentido tan rica.
Mateo le besó la sien.
—¿Sabes qué es lo más loco?
—¿Qué?
—Que todo esto pasó por un pastel de $850 pesos.
—Técnicamente fueron mil con los éclairs.
—Una ganga. Conseguí a la mujer de mi vida, una mamá para Lili y una socia que salvó mi negocio.
—Y tú me salvaste la vida, Mateo. Trato justo.
Se besaron mientras la risa de Lili llenaba el aire.
Esa noche, después de que el último invitado se fue y la casa quedó en silencio, acostaron a Lili.
—Buenas noches, princesa —susurró Mateo.
—Las mejores noches —añadió Carolina.
Cerraron la puerta con cuidado. En el pasillo, Mateo detuvo a Carolina.
—¿Sabes qué le dije a Lili que pidiera de deseo?
—Creí que era secreto.
—Hice trampa. —Mateo sonrió en la penumbra—. Le dije que pidiera que nuestra familia se quede así para siempre.
Carolina se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.
—Ese deseo ya se cumplió.
Y tenía razón. Porque un año después de aquel día en la pastelería de Polanco, donde un padre roto susurró “No nos alcanza, princesa”, tres personas perdidas se habían encontrado.
No se encontraron en la riqueza, ni en el estatus, ni en la aprobación social. Se encontraron en el amor, en la elección diaria de estar juntos, y en la valentía de mandar al diablo las expectativas del mundo.
Y eso… eso valía más que cualquier herencia, más que cualquier mansión y más que cualquier apellido.
Porque al final, lo único que importaba era esto: Un mecánico que aprendió que aceptar ayuda no es debilidad. Una mujer que aprendió que la verdadera riqueza no tiene signo de pesos. Y una niña que ganó una familia completa, todo por el precio de un pastel de fresas.
