
PARTE 1
Capítulo 1: La Última Lección
Mi nombre es Ana Torres y tengo 28 años. Si me hubieras conocido hace un mes, probablemente no me habrías notado. Soy esa maestra de música que siempre llega puntual, la que nunca levanta la voz, la hija que siempre dice “sí, papá”, “claro, mamá”. Pero hace cuatro semanas, algo dentro de mí se rompió para siempre.
Todo comenzó un martes por la tarde, justo después de mi última clase de piano con mis alumnos de primaria. El teléfono vibró en mi bolsa con el nombre “Papá” en la pantalla. Ricardo Torres no llama para saludar. Ricardo Torres llama para dar órdenes.
—A tu abuela le dio otro infarto —dijo, sin un “hola”, sin un “¿cómo estás?”. Su voz sonaba tan fría como siempre—. Está estable, pero la van a trasladar a cuidados paliativos en Médica Sur. Junta familiar en una hora. No llegues tarde.
Colgó.
Se me heló la sangre. Dejé todo tirado en el salón y manejé temblando por el Periférico, esquivando el tráfico de la Ciudad de México, rogando llegar a tiempo. Cuando entré a la sala de espera, mis padres y mi hermana Mariana ya estaban ahí. Parecían un anuncio de revista de sociales: mi padre con su traje impecable, mi madre Diana aferrada a su bolsa Louis Vuitton como si fuera un salvavidas, y Mariana… Mariana estaba revisando Instagram, aburrida.
Mariana es cuatro años menor que yo. Es la favorita. Siempre lo ha sido. Es la que tiene el carisma, la que sale en las fotos, la novia de Daniel Herrera, el hijo del socio más importante de papá. Yo soy solo Ana. La útil.
—Qué bueno que llegas —dijo mi padre, mirando su reloj—. Tenemos que dividirnos. Alguien tiene que venir diario a ver a madre.
—¿Cómo está ella? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
Él me ignoró.
—Diana y yo tenemos la empresa. Mariana está en una etapa crítica con la familia de Daniel; no puede descuidar su imagen social ahora. —Me miró como quien mira a una empleada doméstica—. Así que, Ana, tú te encargas de las visitas. Tu horario es flexible. Las maestras no trabajan tanto, ¿verdad?
Quise gritarle. Quise decirle que trabajo diez horas al día, que enseño música a cuarenta niños, que mi tiempo vale. Pero no lo hice. Nunca lo hacía.
—Claro —murmuré—. Yo quiero estar con ella de todos modos.
—Perfecto. —Se dio la vuelta—. Avísanos si se muere o si cambia algo.
Mientras caminaba hacia la habitación de la abuela, escuché la voz de mi madre susurrándole a Mariana:
—Al menos sirve para algo, ¿no?
No me detuve. Ya estaba acostumbrada a ser el mueble viejo de la familia.
La habitación de la abuela Leonor no olía a hospital; olía a lavanda y a libros viejos. Ella había insistido.
—Si me voy a morir, Ana, me voy a morir rodeada de cosas bellas, no de olor a cloro —me había dicho.
A sus 76 años, la abuela Leonor seguía teniendo una mente afilada como un cuchillo, aunque su corazón fallaba. Me senté a su lado y le tomé la mano. Estaba fría.
—Ana —susurró, abriendo los ojos—. Necesito que me prometas algo.
—Lo que sea, abuela.
—El Steinway. —Hizo una pausa para tomar aire—. El piano de mi madre. El de 1892.
Lo conocía bien. Era el alma de la casa de la abuela en Coyoacán. Había aprendido mis primeras escalas en esas teclas de marfil cuando tenía siete años. Era el único lugar donde me sentía yo misma.
—Es tuyo —dijo con firmeza—. Ya se lo dije a Ricardo y a Diana el mes pasado. Ese piano es para ti.
Recordé esa cena. La cara de disgusto de mi madre. Mariana rodando los ojos y diciendo: “¿Para qué quiere Ana ese vejestorio?”.
—Abuela, no tienes que…
—Quiero hacerlo. —Me apretó la mano con una fuerza sorprendente—. Prométeme que lo cuidarás. Hay cosas más valiosas que el dinero, mija. Y hay gente en esta familia que necesita aprender esa lección a la mala.
No sabía a qué se refería entonces. Pero pronto lo averiguaría.
Capítulo 2: El Robo
Dos semanas después, el mundo se me vino encima.
La abuela me había pedido que fuera a su casa por unas fotos antiguas. Todavía tenía llave, así que fui después de la escuela. La casa en Coyoacán siempre había sido mi refugio, un lugar lleno de historia, de arte, de música.
Entré y caminé directo a la sala principal. Me detuve en seco.
El espacio donde el Steinway había estado por treinta años estaba vacío.
Solo quedaba la marca rectangular en la alfombra persa, como una cicatriz. Un fantasma. Sentí que me faltaba el aire. Corrí por las habitaciones pensando que tal vez lo habían movido, pero en el fondo sabía que no.
Saqué mi celular y marqué a mi madre.
—¿Mamá? —mi voz temblaba—. ¿Dónde está el piano de la abuela?
Hubo un silencio al otro lado. Luego, su voz casual, como si le preguntara por el clima.
—Tu padre se encargó. Cosas de adultos, Ana. No te preocupes.
—¿Se encargó? ¿Qué significa eso? ¡Ese piano es mío! ¡La abuela me lo dio!
—No seas dramática. Hablamos luego. —Y me colgó.
Me quedé parada en la sala vacía, llorando de rabia. Esa noche manejé hasta la casa de mis padres en Lomas de Chapultepec. Mi padre abrió la puerta con un whisky en la mano, molesto por la interrupción.
—El piano —dije, entrando sin permiso—. ¿Qué le hiciste?
—Lo vendí —dijo, tomando un trago—. Nos dieron 95,000 dólares. Unos dos millones de pesos. Buen precio para un mueble viejo.
—¿Lo vendiste? —Sentí que iba a vomitar—. ¡La abuela dijo que era mío!
—La abuela se está muriendo, Ana. No necesita un piano. Y tú tampoco. Vives en un departamento en la Del Valle donde apenas cabes tú. ¿Dónde ibas a meter un piano de cola?
—No tenías derecho…
En ese momento escuché risas. Mariana bajó las escaleras corriendo, agitando unas llaves nuevas en el aire.
—¡Ya lo vi! ¡Es hermoso, papi! —Gritó y lo abrazó—. ¡Gracias, gracias, gracias!
Me quedé helada.
—¿Le compraste un coche? —pregunté, atando cabos—. ¿Con el dinero del piano de la abuela?
Mi padre se encogió de hombros.
—Un Mercedes Benz. Mariana necesita dar la impresión correcta con los Herrera. La familia de Daniel es muy especial con las apariencias, Ana. Tú no entiendes de eso.
—¡Ese piano era mi herencia!
Mi madre apareció, cruzada de brazos.
—Ana, por favor. Mariana tiene un futuro brillante por delante. Ese coche es una inversión. Tú eres… bueno, tú eres maestra. No necesitas lujos.
Miré a mi hermana. Me sonrió con esa sonrisa burlona que usaba desde niñas.
—No tengas envidia, hermanita. Se te hacen arrugas. Además, piénsalo: el piano solo juntaba polvo. El Mercedes me va a llevar lejos.
La ira que sentí no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Era fría, dura.
—¿La abuela lo sabe? —pregunté en voz baja—. ¿Sabe que vendieron su piano para comprar un coche?
El silencio cayó en la sala.
—No —dijo mi madre, acercándose a mí con una mirada amenazante—. Y no se lo vas a decir. Está en sus últimos días. Si le das un disgusto y se muere por tu culpa, Ana, te juro que nunca te lo perdonaré. ¿Quieres ser la responsable de matar a tu abuela?
Esa fue la gota que derramó el vaso. Durante 28 años bajé la cabeza. Durante 28 años dejé que me pisotearan. Pero al verlos ahí, tan arrogantes, tan seguros de su impunidad, algo cambió.
—La abuela merece la verdad —dije, y mi voz sonó extraña, firme—. Y no voy a mentirle más.
Salí de esa casa mientras mi madre me gritaba que volviera. No dormí esa noche. Pensaba en la abuela, sola en el hospital, creyendo que su familia respetaba sus deseos. Pensaba en mi padre vendiendo sus recuerdos como si fueran basura.
A las 7 de la mañana estaba en el hospital. La abuela estaba despierta, mirando el amanecer sobre la ciudad.
—Te ves terrible, mija —me dijo suavemente.
—Abuela… —Me senté y tomé su mano. Las lágrimas empezaron a caer antes de que pudiera hablar—. Tengo que decirte algo. Algo horrible.
—Dímelo.
Y se lo conté. Le conté del piano. De los 95,000 dólares. Del Mercedes plateado estacionado en la cochera de mis padres. De cómo se burlaron de mí. De la amenaza de mamá.
Esperaba verla llorar. Esperaba verla romperse.
Pero la abuela Leonor no lloró.
Soltó un suspiro largo, profundo, pero no de tristeza. Era un suspiro de… confirmación.
—Lo sabía —murmuró—. Sabía que Ricardo sería capaz.
—¿Lo sabías?
—Conozco a mi hijo, Ana. He visto en lo que se ha convertido. La avaricia es una enfermedad y él la tiene avanzada. —Su mirada se endureció—. Esperaba equivocarme. De verdad esperaba que, por una vez, hiciera lo correcto. Pero me preparé para que no lo hiciera.
—¿Te preparaste?
La abuela señaló su mesita de noche.
—Pásame mi celular.
Se lo di. Marcó un número de memoria y lo puso en altavoz.
—¿Licenciado? —dijo con una voz que de repente sonaba mucho más fuerte—. Soy Leonor. Es hora.
—¿Ocurrió? —preguntó una voz masculina grave al otro lado.
—Sí. Vendieron el piano. Ejecute la cláusula del domingo.
—Entendido, señora Leonor. Tendré los papeles listos para la fiesta.
La abuela colgó y me miró con una sonrisa que me dio escalofríos. No era la sonrisa de una anciana dulce. Era la sonrisa de una matriarca que estaba a punto de dar jaque mate.
—¿Qué va a pasar el domingo? —pregunté—. Es el cumpleaños de mamá.
—Exacto —dijo la abuela—. Van a hacer una fiesta en mi casa, ¿verdad? Esa casa que creen que es suya.
—Sí…
—Bien. Quiero que vayas, Ana. Cómprate un vestido bonito. Y prepárate.
—¿Para qué?
—Para ver caer el telón.
PARTE 2
Capítulo 3: El Abogado Fantasma y la Torre de Cristal
Los cuarenta y ocho horas siguientes a mi confesión en el hospital transcurrieron en una especie de neblina gris, similar al smog que cubría la Ciudad de México esa semana. Seguí con mi rutina, moviéndome como un autómata. Me levantaba, me bañaba, manejaba mi pequeño y abollado Nissan March hasta la escuela primaria donde daba clases, y sonreía a mis alumnos. Pero mi mente no estaba en las escalas de Do Mayor ni en las canciones infantiles; mi mente estaba atrapada en las palabras de mi abuela: “Ejecute la cláusula del domingo”.
El miércoles por la tarde, mientras revisaba unos exámenes de teoría musical en la sala de maestros, mi celular vibró sobre la mesa. Un mensaje de Mariana.
“Oye, naca. Mamá dice que no se te ocurra ir vestida con tus garras de tianguis el domingo. Van a ir los socios de papá y la familia de Daniel. Trata de parecer alguien con dinero, por fa. 😘”
Leí el mensaje dos veces. La vieja Ana, la Ana de la semana pasada, se habría sentido humillada, habría corrido a una tienda departamental a gastar dinero que no tenía en un vestido para complacerlas. Pero la nueva Ana sintió algo diferente: una calma fría, casi divertida. Si supiera que el “dinero” del que tanto presumía estaba a punto de evaporarse, no usaría tantos emojis.
No contesté.
El jueves, justo a las 2:00 PM, mi teléfono sonó de nuevo. No era mi familia. Era un número desconocido con lada de la Ciudad de México.
—¿Bueno? —contesté, saliendo al pasillo para evitar el ruido de los niños.
—¿Hablo con la señorita Ana Torres? —preguntó una voz masculina, grave, profunda y educada. Una voz que sonaba a madera caoba y decisiones importantes.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Buenas tardes, Ana. Mi nombre es Haroldo Jiménez. Soy el abogado personal y albacea testamentario de su abuela, la señora Leonor.
Sentí que el piso se movía. Mi primer pensamiento fue el pánico absoluto.
—¿Pasó algo? —pregunté con la voz estrangulada—. ¿La abuela…?
—Ella está estable, dentro de la gravedad de su situación —me interrumpió con suavidad—. De hecho, hablé con ella esta mañana. Me ha dado instrucciones precisas de contactarla hoy mismo. Necesitamos reunirnos antes del domingo. Hay documentos que usted debe ver y entender para que lo que va a suceder tenga sentido legal y, sobre todo, moral.
—¿Reunirnos? ¿Hoy?
—Es imperativo. ¿Puede venir a mi despacho en Polanco a las 5:00 de la tarde?
—Ahí estaré.
Colgué el teléfono con las manos temblorosas. Polanco. Por supuesto. El abogado de la abuela no iba a tener su oficina en una colonia cualquiera.
El trayecto fue una pesadilla típica de la ciudad. El Periférico estaba convertido en un estacionamiento gigante. Mientras avanzaba a vuelta de rueda, rodeada de cláxones y vendedores ambulantes, no podía dejar de pensar en mis padres. Ellos creían que la abuela era solo una viejita adorable y un poco senil que vivía de sus recuerdos. Nunca se imaginaron que Leonor, la mujer que había recorrido los escenarios de Europa en su juventud, tenía su propia vida secreta, sus propias conexiones y, evidentemente, su propio abogado tiburón.
Llegué al edificio en Campos Elíseos con diez minutos de retraso y el estrés a tope. Era una torre de cristal imponente. El valet parking miró mi cochecito humilde con desdén al recibir las llaves, pero no me importó. Alisé mi falda, respiré hondo y entré al lobby de mármol.
La oficina de “Jiménez & Asociados” estaba en el piso 18. Al abrirse las puertas del elevador, el olor a dinero antiguo me golpeó. No era el olor a “nuevo rico” de la casa de mis padres, que olía a perfume caro y estrés. Esto olía a cuero, a libros viejos, a café de grano y a poder silencioso.
—La señorita Torres —dijo la recepcionista sin necesidad de preguntarme—. El Licenciado la espera. Pase, por favor.
La oficina de Haroldo Jiménez era una biblioteca con vista panorámica al Bosque de Chapultepec. Las paredes estaban forradas de títulos de leyes y, para mi sorpresa, había varios cuadros al óleo de paisajes mexicanos que reconocí inmediatamente: eran del mismo estilo que los que la abuela tenía en su casa.
Haroldo se puso de pie detrás de un escritorio inmenso de madera oscura. Era un hombre de unos sesenta y tantos años, con el cabello completamente plateado peinado hacia atrás y unos lentes de montura dorada. Vestía un traje gris que gritaba sastrería italiana, pero su sonrisa era cálida, casi paternal.
—Ana —dijo, extendiendo la mano. Su apretón fue firme—. Es un placer conocerla finalmente. Su abuela habla de usted constantemente. Dice que tiene las manos de pianista de su bisabuelo.
—Mucho gusto, Licenciado —respondí, sintiéndome pequeña en aquel sillón de piel—. No sabía que mi abuela tenía… bueno, todo esto. Un equipo legal tan sofisticado.
Haroldo se sentó y entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Su abuela es una mujer de muchos secretos, Ana. Y de muchas virtudes. La prudencia es una de ellas. —Se quitó los lentes y me miró fijamente—. Leonor me contrató hace treinta años, cuando su abuelo falleció. Ella sabía que su hijo Ricardo, su padre, tenía… digamos, una relación complicada con la realidad financiera y una ambición que superaba a su talento.
Tragué saliva. Escuchar a un extraño describir a mi padre con tanta precisión era doloroso pero validante.
—Ella me pidió que la citara hoy porque el domingo se ejecutará una serie de acciones legales irreversibles. Y ella no quiere que usted esté a ciegas. Quiere que sea su aliada.
—La abuela me dijo que me preparara para “ver caer el telón”. Pero no entiendo qué significa eso realmente.
Haroldo asintió y abrió un cajón de su escritorio. Sacó una carpeta de piel negra y la deslizó suavemente hacia mí.
—Dígame, Ana, ¿cuál es la versión oficial sobre la casa de Coyoacán? Esa casona hermosa donde viven sus padres y donde será la fiesta.
—Pues… —dudé—. Es de ellos. La abuela se las dio hace diez años. Papá siempre dice que es su mayor activo, que vale millones de dólares. Incluso creo que la usan como garantía para los préstamos de su negocio.
Haroldo soltó una risa breve, seca, sin humor.
—Eso es lo que Ricardo le dice al banco, y me temo que eso constituye fraude crediticio, pero ese es otro tema. —Haroldo abrió la carpeta y señaló un documento con sello oficial y holograma—. Lea esto, por favor. Es el certificado del Registro Público de la Propiedad, expedido ayer.
Me incliné. Mis ojos recorrieron las líneas legales hasta llegar al apartado de “Propietario”.
TITULAR REGISTRAL: LEONOR VALDÉS VDA. DE TORRES.
ESTADO: LIBRE DE GRAVAMEN. SIN TRASLADO DE DOMINIO.
Me quedé helada.
—No entiendo —susurré—. Ellos llevan viviendo ahí una década. Han remodelado la cocina, cambiaron los pisos, mi madre incluso tiró una pared el año pasado…
—Y todo eso lo hicieron sin permiso —dijo Haroldo, recuperando el documento—. Verá, Ana, legalmente sus padres no son dueños. Ni siquiera son inquilinos formales. Están bajo una figura jurídica llamada comodato precario.
—¿Comodato?
—Es un préstamo de uso. Su abuela les permitió vivir ahí gratis, por generosidad, para que pudieran ahorrar y comprar su propia casa. Pero nunca les firmó las escrituras. Ricardo intentó presionarla varias veces hace unos años, le llevó notarios a la casa, pero Leonor siempre se negó con excusas: “me duele la cabeza”, “luego lo vemos”, “no encuentro mis lentes”.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo que el mundo giraba—. ¿Por qué dejarles creer que era suya?
Haroldo se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia el bosque.
—Porque era una prueba, Ana. Una prueba de diez años. Su abuela quería ver cómo trataban el patrimonio familiar. Quería ver si el hecho de vivir en una mansión los hacía más generosos, más humildes, o si simplemente inflaba su ego. —Se giró hacia mí—. Usted sabe la respuesta.
—Se volvieron insoportables —admití—. Creen que se lo merecen todo.
—Exacto. Y el incidente del piano… —Haroldo suspiró y su rostro se ensombreció—. Eso no fue solo un robo, Ana. Fue una violación flagrante de la confianza. Vender un bien mueble que no les pertenece, dentro de una propiedad que no les pertenece, para financiar un lujo innecesario… fue la gota que derramó el vaso.
Regresó a su silla y su tono cambió. Se volvió profesional, afilado.
—El domingo voy a presentarme en esa fiesta. Y voy a notificarles la terminación del contrato de comodato. Tienen que desalojar.
—¿Desalojar? —Me llevé las manos a la boca—. ¿Los vas a echar a la calle? ¿En el cumpleaños de mi mamá?
—No yo. Ellos mismos se echaron a la calle con sus acciones. Yo solo soy el mensajero. Pero hay algo más. —Sacó un segundo sobre, este sellado con lacre rojo—. Esto es lo más importante.
Lo puso frente a mí, pero puso su mano encima, impidiéndome tomarlo todavía.
—Hace cinco años, cuando su abuela fue diagnosticada con la insuficiencia cardíaca, redactamos un Fideicomiso de Administración y Garantía. Ella sacó la casa de su testamento personal y la metió al fideicomiso. Hizo lo mismo con sus cuentas bancarias y con sus bienes muebles de valor histórico, incluyendo el piano Steinway.
—¿Qué significa eso? —pregunté, sintiéndome perdida entre tanta terminología.
—Significa que esos bienes ya no son heredables de la manera tradicional. No entran en la repartición entre hijos. Pertenecen al fideicomiso. Y ese fideicomiso tiene una regla muy estricta: si Ricardo o Diana intentaban vender, gravar o dañar cualquier bien de la abuela antes de su muerte, quedaban automáticamente excluidos como beneficiarios.
Haroldo retiró la mano del sobre.
—Al vender el piano la semana pasada, sus padres activaron esa cláusula de exclusión. Se desheredaron a sí mismos, Ana. Automáticamente. Sin que yo tuviera que mover un dedo.
Miré el sobre con terror y fascinación.
—Entonces… ¿quién es el beneficiario? ¿Quién se queda con la casa? ¿Con todo?
Haroldo sonrió, y por primera vez vi un brillo de travesura en sus ojos grises.
—Esa es la sorpresa del domingo. Pero creo que usted es una mujer inteligente, Ana. Su abuela me dijo que usted era la única que realmente amaba esa casa, no por lo que valía en dólares, sino por los recuerdos que guardaba.
Me quedé muda. Las piezas del rompecabezas encajaron con un sonido estruendoso en mi cabeza. La insistencia de la abuela en que cuidara el piano. Sus palabras: “Hay cosas más valiosas que el dinero”.
—Ana —dijo Haroldo, sacándome de mis pensamientos—. El domingo va a ser un día difícil. Va a haber gritos. Va a haber llanto. Sus padres van a intentar manipularla, van a intentar destruir la reputación de su abuela. Necesito saber si está lista.
Pensé en mi padre burlándose de mi trabajo. Pensé en mi madre colgándome el teléfono. Pensé en Mariana y su Mercedes manchado con la traición. Y luego pensé en la abuela Leonor, sola en esa cama de hospital, confiando en mí.
Me enderecé en la silla. Me sequé una lágrima que se había escapado y miré al abogado a los ojos.
—Estoy lista —dije. Y me sorprendió lo firme que sonó mi voz—. ¿Qué tengo que hacer?
—Solo una cosa —dijo Haroldo, recostándose en su silla—. Llegue puntual. Póngase ese vestido bonito. Y cuando empiece el espectáculo, no diga nada. Déjemelo todo a mí. Ah, y una cosa más…
—¿Sí?
—Cuando su padre pregunte quién es el dueño de la casa… trate de no sonreír.
Salí del despacho de Haroldo media hora después. Ya había anochecido y la Ciudad de México brillaba abajo como un mar de luces infinitas. El aire estaba frío, pero ya no me molestaba. Me subí a mi pequeño Nissan March, puse las manos sobre el volante y miré mis propios dedos. Eran, en efecto, los dedos de mi abuela.
Arranqué el motor. El tráfico de regreso iba a ser brutal, pero no me importaba. Tenía el arma más poderosa del mundo en el asiento del copiloto, escondida en un sobre lacrado.
El domingo llegaría pronto. Y por primera vez en mi vida, no podía esperar a que empezara la fiesta.