“Mi esposo me abandonó por “”inservible”” y regresó cuando la vida me dio la revancha. Me humillaba a diario porque mi vientre no daba frutos. Se fue al gabacho con mis ahorros jurando que allá sí sería hombre, dejándome sin comer y con el alma rota. Pero el destino es caprichoso: entré a servir a una mansión donde el “”patrón”” vio en mí lo que mi esposo despreció. Hoy, el que me llamó estéril no puede creer quién es el padre de mi hijo. “

PARTE 1: EL ABANDONO Y LA PROMESA ROTA

Capítulo 1: Frijoles y Desprecio

Mi nombre es Andrea. Si alguna vez has sentido que el suelo se abre bajo tus pies no por un terremoto, sino por las palabras de quien juró amarte, entonces entiendes mi historia.

Aquella mañana el sol apenas entraba por las rendijas de nuestra casita en el pueblo. Yo me había levantado a las cuatro para poner los frijoles, rezando para que no se hubieran agriado con el calor de la noche. Cuando Gustavo se sentó a la mesa, supe por su mirada que el día iba a terminar mal.

—¿Otra vez frijoles, Andrea? —bramó, aventando la cuchara—. ¡Huelen a acedo! ¿Así quieres que tenga energía para la obra?

—Es para lo que me alcanza, viejo —le contesté con la voz temblorosa—. Si dejaras la bebida…

¡Pum! El golpe en la mesa me hizo saltar.

—¡Cállate! —me gritó—. Si estamos jodidos es por tu culpa. Eres una inútil. Ni administras el dinero, ni sirves para lo único que una mujer debe servir. ¡Mírame! No tengo hijos por tu culpa. Tu vientre está seco, Andrea. Seco como tu cabeza.

Cada palabra era una puñalada. Me dolía más eso que el hambre. Gustavo siempre me culpó de nuestra falta de hijos, y yo, tonta, me lo creí. Me sentía menos mujer, una carga.

Ese día, Gustavo no solo me insultó. Mientras yo lloraba en silencio, él fue al rincón donde escondía el dinero de mis lavadas y planchadas.

—¿Qué haces? —grité al verlo con el “guardadito”.

—Me largo, Andrea. Me voy al gabacho. Allá sí hay futuro y allá sí voy a encontrar a una mujer que me dé una familia de verdad.

Se fue. Así sin más. Se llevó mis ahorros, mi dignidad y mi esperanza, dejándome sola en una casa que se caía a pedazos.

Capítulo 2: La Mansión de los Corcuera

Pasaron semanas. El hambre me obligó a secarme las lágrimas y buscar trabajo. Llegué a la casa grande del pueblo, la mansión de los Corcuera. Dicen que ahí pagaban bien, pero que la señora Pati era el diablo en persona.

No mentían.

—Ay, no, ¿a qué huele? —dijo la señora Pati nada más verme entrar a su cocina inmaculada—. Mari, saca a esta mujer, huele a pobreza.

Mari, la otra empleada, me miró con pena.

—Señora, ella es Andrea, viene por el puesto de lavandera —dijo Mari bajito.

La señora Pati me escaneó de arriba a abajo con una mueca de asco.

—Está bien. Pero te bañas antes de entrar. No quiero piojos en mis sábanas de hilo egipcio. Y te callas, aquí las chachas no opinan.

Acepté. No tenía opción. Empecé a trabajar como burro, de sol a sol. Soporté gritos, humillaciones y que me descontaran dinero por “manchar” cosas que ni tocaba. Pero un día, la puerta principal se abrió y entró él. Iván.

El hijo de la patrona llegaba de Inglaterra. Era alto, olía a madera y tabaco fino, y tenía una mirada triste. Cuando me vio fregando el piso, no me ignoró como su madre.

—Déjame ayudarte con eso, está muy pesado —me dijo, tomando la cubeta.

Yo me quedé helada. ¿Un patrón ayudando a la sirvienta? La señora Pati casi se infarta cuando lo vio.

—¡Iván! ¡Suelta eso! Ella está para servirnos, no al revés. Es una marginal.

Pero Iván me sonrió. Y en esa sonrisa, por primera vez en años, no me sentí “seca”. Me sentí viva.

PARTE 2: EL MILAGRO Y LA TRAICIÓN

Capítulo 3: Un Amor Prohibido

Iván era diferente. Me buscaba en la cocina, me preguntaba por mi vida, por mis sueños. Yo le contaba de mi pueblo, de mis miedos, omitiendo la parte de Gustavo. Me daba vergüenza decirle que era una mujer casada y abandonada.

—Eres hermosa, Andrea —me dijo una tarde en el jardín, mientras yo tendía la ropa—. No dejes que mi madre te haga sentir menos.

Poco a poco, el respeto se volvió cariño, y el cariño, pasión. Sabía que estaba mal. Yo era la criada, él el heredero. Pero el corazón no entiende de clases sociales. Nos enamoramos en silencio, escondidos de la bruja de Pati.

Y entonces, sucedió lo imposible.

Empecé con mareos. La comida me daba asco (irónico, yo que pasé tanta hambre). Mari me encontró vomitando en el baño de servicio.

—Andrea… no me digas que… —Mari abrió los ojos como platos.

—No puede ser, Mari. Gustavo dijo que yo no servía, que estaba seca.

Pero ahí estaba. Una vida creciendo dentro de mí. Un hijo de Iván. La felicidad me duró poco, porque el destino tiene un sentido del humor muy negro.

Capítulo 4: El Regreso del Pasado

Gustavo volvió.

No como el triunfador que prometió ser, sino deportado, sucio y más amargado que nunca. Me encontró en el mercado y me siguió hasta la mansión.

—Mira nomás, la mosquita muerta —dijo, agarrándome del brazo fuerte—. Te veo muy repuestita. Y esa panza… ¿de quién es, eh? Porque mía no es.

—Suéltame, Gustavo. Tú me abandonaste.

—Sigo siendo tu marido ante la ley, estúpida. Y si ese chamaco es de los ricos, aquí hay dinero.

Gustavo se dio cuenta de todo. Vio cómo Iván me miraba. Y su mente retorcida maquinó un plan. Me chantajeó. Me pedía dinero para no decirle a la señora Pati ni a Iván que yo era casada. Yo, por miedo a perder a Iván, le di lo poco que tenía.

Pero Gustavo quería más. Un día, se presentó frente a Iván, fingiendo ser un “primo” lejano, y le soltó veneno.

—Patrón, cuidese de esta. Tiene marido y se ve con él a sus espaldas. Mire.

Le enseñó unas fotos trucadas, sacadas de contexto, donde parecía que yo le daba dinero y lo abrazaba (cuando en realidad él me estaba jaloneando).

CAPÍTULO 5: LA MENTIRA PERFECTA Y EL DERRUMBE DE UN SUEÑO

La atmósfera en la mansión de los Corcuera se sentía extrañamente pesada esa tarde, como si las paredes mismas supieran que la tormenta estaba por estallar. El cielo, que por la mañana había estado de un azul insultante, ahora se teñía de un gris plomizo, amenazando con una de esas lluvias torrenciales que limpian el polvo pero no la conciencia.

Yo estaba en la cocina, tarareando una canción vieja que mi abuela solía cantarme. Mis manos, ásperas por el cloro y el jabón, acariciaban inconscientemente mi vientre bajo el delantal. Apenas se notaba el bulto, pero yo lo sentía. Sentía esa pequeña vida, esa chispa de esperanza que Iván había encendido en mí. Por primera vez en mi vida, me permitía soñar. Soñaba con dejar de ser “la chacha”, “la sirvienta”, “la inútil”. Soñaba con ser madre, con ser amada.

—Te ves muy contentita, Andrea —dijo Mari, entrando con una canasta de ropa sucia, sacándome de mis pensamientos—. Ojalá la señora Pati no te escuche cantar, ya sabes que dice que desafinas y que espantas a la buena suerte.

Sonreí, incapaz de ocultar mi dicha.

—Deja que diga lo que quiera, Mari. Hoy nada me puede quitar esta sonrisa. Iván me dijo esta mañana que hablaría con su madre. Va a decirle lo nuestro. Ya no quiere esconderse.

Mari dejó caer la canasta con un golpe seco sobre la mesa de madera. Sus ojos se abrieron con una mezcla de emoción y terror.

—¿Estás loca, muchacha? —susurró, persignándose rápidamente—. La bruja esa te va a matar. O peor, te va a correr a patadas. Tú sabes cómo es. Para ella, tú eres menos que el polvo de sus zapatos.

—Lo sé, Mari, lo sé. Pero Iván… él es diferente. Él me ama. Y cuando sepa del bebé…

Un ruido en la puerta trasera nos hizo callar. Era el viento golpeando la madera vieja, o eso creí al principio. No sabía que el verdadero huracán ya estaba dentro de la propiedad, reptando como una víbora entre los rosales perfectamente podados del jardín.


Gustavo llevaba horas vigilando desde la reja de servicio. Había logrado colarse con la excusa de entregar un pedido de leña, aunque en realidad, lo único que cargaba era un rencor negro y espeso que le quemaba las entrañas. Ver a Andrea así, tan “señora”, tan limpia, tan ajena a la miseria en la que él vivía, le revolvía el estómago.

—Mírala… —masculló para sí mismo, escupiendo al suelo—. Se cree la gran cosa ahora. Se cree que porque se revolcó con el patroncito ya se le olvidó de dónde viene.

Gustavo apretó el celular barato que tenía en el bolsillo. Ahí tenía su arma. No era una pistola, ni un cuchillo, pero iba a cortar mucho más profundo. Eran unas fotos. Borrosas, mal encuadradas, pero suficientes. Fotos que había tomado días atrás, cuando interceptó a Andrea saliendo del mercado. En las imágenes, él la tenía agarrada del brazo con fuerza, jaloneándola, pero desde el ángulo en que las tomó su compadre el “Tuercas”, parecía otra cosa. Parecía intimidad. Parecía un secreto compartido. Parecía que ella le estaba dando dinero.

Vio a Iván salir al porche, encendiendo un cigarrillo con esa elegancia despreocupada que solo tienen los que nunca han tenido que preocuparse por el precio de las tortillas. Gustavo se acomodó la gorra, se alisó la camisa sucia y puso su mejor cara de “pobre diablo humilde”. Era hora del show.

—Buenas tardes, jovenazo —dijo Gustavo, acercándose con paso cauteloso, como perro callejero que mide el terreno.

Iván dio un respingo y soltó el humo con fastidio.

—¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí adentro? La entrada de proveedores es por allá atrás.

—Sí, sí, disculpe, patrón. No quería molestar. Es que… —Gustavo bajó la mirada, fingiendo nerviosismo—. Es que necesitaba hablar con usted de hombre a hombre. Se trata de… de mi mujer. De Andrea.

El nombre de Andrea hizo que Iván se tensara de inmediato. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con fuerza, clavando sus ojos oscuros en Gustavo.

—¿Tu mujer? Andrea no tiene marido. Ella me dijo que estaba sola.

Gustavo soltó una risa triste, ensayada mil veces frente al espejo roto de su cuarto.

—Ay, patrón… si yo le contara. Esa mujer tiene una boquita muy dulce para las mentiras. Claro que soy su marido. Gustavo, para servirle a Dios y a usted. Llevamos diez años de casados. Diez años luchando, o eso creía yo. Hasta que se le metió en la cabeza que quería dinero fácil.

—No te creo nada —Iván dio un paso atrás, con la voz temblorosa por la duda—. Andrea no es así. Ella es honesta. Vete de mi casa antes de que llame a seguridad.

—Hágalo si quiere, jefe —Gustavo levantó las manos en señal de rendición, pero no se movió ni un centímetro—. Pero antes… nomás dígame una cosa. ¿A poco no le ha pedido dinero? ¿A poco no le ha llorado diciendo que tiene deudas, que su familia está enferma, que necesita ayuda?

Iván se quedó mudo. Sí, Andrea le había pedido un adelanto la semana pasada. Había dicho que era para medicinas de una tía. Una duda gélida empezó a trepar por su espalda.

—Mire, yo no quiero problemas —continuó Gustavo, sacando el celular con movimientos lentos—. Yo nomás quiero que sepa la verdad. Yo amo a mi vieja, patrón. Pero ella… ella es ambiciosa. Me dijo que había encontrado a un “puerquito” aquí en la mansión. Que lo iba a exprimir hasta sacarle el último centavo y luego se iba a regresar conmigo al pueblo para poner un negocio.

—¡Cállate! —gritó Iván, perdiendo la compostura—. ¡No hables así de ella!

—No me crea a mí. Créale a sus propios ojos.

Gustavo le extendió el celular. La pantalla brillaba con intensidad bajo el cielo nublado. Iván no quería ver, pero no pudo evitarlo. Ahí estaba ella. Andrea. Su Andrea. Estaba muy cerca de ese hombre sucio. En una foto, él tenía la mano en su brazo. En otra, ella le estaba entregando unos billetes. En la última, sus rostros estaban tan cerca que parecían besarse.

El mundo de Iván se detuvo. El sonido de los pájaros desapareció. Solo escuchaba el latido furioso de su propio corazón rompiéndose.

—Ella… ella me da dinero a mí, patrón —susurró Gustavo con voz de víbora—. Es lo que le saca a usted. Se ríe de los dos. A mí me dice que soy su amor, y a usted… pues usted sabrá qué le dice para tenerlo así de embobado.

—¡Iván! —La voz chillona de la señora Pati cortó el aire como un cuchillo—. ¿Qué hace este pelado aquí?

La madre de Iván apareció en la terraza, envuelta en una bata de seda, con su habitual expresión de asco. Pero al ver la cara descompuesta de su hijo, su instinto de depredadora se activó. Bajó los escalones rápidamente, sin importarle ensuciar sus pantuflas.

—¿Qué pasa, hijo? ¿Qué te dijo este hombre?

Iván no podía hablar. Solo le pasó el celular a su madre, sintiendo que las piernas le fallaban. Se dejó caer en una de las sillas de jardín, cubriéndose el rostro con las manos.

Pati miró las fotos. Una sonrisa imperceptible, cruel y triunfante, cruzó sus labios pintados de rojo. No necesitaba preguntar si eran reales o no. No le importaba. Eran la munición que había estado esperando.

—¡Lo sabía! —exclamó Pati, con una teatralidad digna de una villana de telenovela—. ¡Te lo dije, Iván! ¡Te lo advertí mil veces! Esa… esa gata igualada no es más que una buscadora de fortunas. ¡Mírala! Revolcándose con este… este criminal, mientras a ti te jugaba el dedo en la boca.

Se volvió hacia Gustavo, no con asco esta vez, sino con una complicidad tácita.

—¿Y tú qué, muerto de hambre? ¿Cuánto quieres por estas fotos? ¿Cuánto quieres por largarte y dejar que mi hijo vea la realidad?

—Pues… lo justo, señora. Lo justo por el mal rato —respondió Gustavo, frotándose las manos imaginariamente.

—Iván, hijo… —Pati se arrodilló junto a él, adoptando su tono de madre protectora y sufrida—. Me duele el alma verte así. Pero tenía que pasar. Esas mujeres no tienen corazón, solo tienen hambre. Hambre de dinero, de estatus. Tú solo eras un escalón para ella. ¿Lo ves ahora? ¿Ves por qué tu madre siempre te cuida?

Iván levantó la cara. Sus ojos estaban rojos, inyectados de dolor y una furia creciente. El amor que sentía por Andrea se estaba transformando, segundo a segundo, en un veneno amargo. Se sentía estúpido. Se sentía utilizado.

—Traedla —dijo Iván con voz ronca—. ¡Que venga ahora mismo!


Yo no sabía nada. Seguía doblando servilletas en la cocina cuando Mari entró corriendo, pálida como un papel.

—¡Andrea! ¡El patrón! ¡Te está llamando en la sala y está… está furioso! Y está la señora Pati… y hay un hombre… un hombre feo con gorra.

El corazón se me detuvo. El plato que tenía en la mano se resbaló y se hizo añicos contra el suelo, el sonido del cristal rompiéndose fue el presagio de lo que venía.

—¿Un hombre con gorra? —pregunté, sintiendo un frío mortal—. ¿Gustavo?

No esperé respuesta. Corrí hacia la sala principal, con el delantal puesto y las manos temblando. Al entrar, la escena me golpeó como una pared de ladrillos.

Iván estaba de pie junto a la chimenea, dándome la espalda. La señora Pati estaba sentada en el sofá, con una copa de jerez en la mano y una sonrisa de satisfacción que me heló la sangre. Y en un rincón, con la cabeza gacha pero los ojos brillosos de malicia, estaba él. Gustavo. Mi verdugo.

—Iván… —susurré, dando un paso adelante.

Iván se giró lentamente. Nunca, ni en mis peores pesadillas, había visto esa mirada en él. No había amor. No había ternura. Solo había un odio frío, decepción y asco.

—No te atrevas a pronunciar mi nombre —dijo Iván, con una voz tan baja y peligrosa que me hizo retroceder—. No con esa boca llena de mentiras.

—¿De qué hablas? No entiendo… Gustavo, ¿qué les dijiste? —Grité, volteando a ver a mi esposo—. ¡Diles la verdad! ¡Diles que me robaste, que me abandonaste!

Gustavo levantó la cara, fingiendo inocencia.

—Ay, Andrea, ya no mientas, mija. Ya le conté todo al patrón. Le conté de nuestro plan. De cómo queríamos sacarle dinero para poner la carnicería en el pueblo. Ya no tiene caso seguir fingiendo. Perdóname, pero ya no aguantaba la culpa.

—¿Qué? —Sentí que el aire me faltaba—. ¡Eso es mentira! ¡Es una maldita mentira! Iván, por favor, mírame. Tú me conoces. Sabes que yo no soy así. Este hombre me golpeaba, me humillaba…

—¡Cállate! —Iván estalló, lanzando un jarrón de porcelana contra la pared. El estruendo nos hizo saltar a todos—. ¡Basta de teatro, Andrea! ¡Basta!

Caminó hacia mí, acorralándome. Me mostró el celular con las fotos.

—¡Explícame esto! —Me gritó en la cara—. ¡Dime que no eres tú! ¡Dime que no le estabas dando MI dinero a este imbécil!

Miré las fotos. Las lágrimas me nublaban la vista.

—Sí… sí soy yo, pero… Iván, tú no entiendes. Él me estaba extorsionando. Me amenazó con hacerte daño, con decirle a tu mamá… Yo solo quería protegerte, proteger lo nuestro…

—¿Proteger lo nuestro? —Iván soltó una carcajada amarga, histérica—. ¿Qué “nuestro”, Andrea? No existe “lo nuestro”. Todo fue un juego para ti. Una inversión. Yo fui tu boleto de lotería.

—¡No! —Caí de rodillas, agarrándome de sus pantalones—. ¡Te amo! ¡Te juro por mi vida que te amo! ¡Y hay algo más… Iván, estoy embarazada! ¡Vamos a tener un hijo!

El silencio que siguió a mi confesión fue aterrador. Gustavo abrió los ojos con sorpresa real por un segundo, pero luego su expresión se volvió aún más oscura. Pati soltó un grito ahogado y se levantó de un salto.

—¡Lo que faltaba! —chilló Pati—. ¡Ahora quiere endilgarte un bastardo! ¡Seguro es de este muerto de hambre! Iván, por Dios, no seas ingenuo. Míralos. Son tal para cual. Esa cría es de su marido, solo quiere asegurase la pensión.

Iván me miró desde arriba. Yo esperaba ver un destello de duda, de esperanza al saber que iba a ser padre. Pero el veneno de su madre y las mentiras de Gustavo ya habían llegado a su corazón.

—¿Es de él? —preguntó Iván, señalando a Gustavo con desprecio—. Contéstame. ¿Es de él?

—¡No! ¡Es tuyo, Iván! ¡Es tuyo! Gustavo es estéril, él nunca pudo…

—¡Miente! —interrumpió Gustavo rápidamente, acercándose—. Claro que podemos tener hijos, patrón. De hecho, llevábamos meses intentándolo. Andrea me dijo que ya había pegado el chicle antes de venir a trabajar aquí. Ese chamaco es mío.

Sentí que me moría. La mentira era tan grande, tan monstruosa, que me aplastaba. Gustavo, el hombre que me había humillado por no poder darle hijos, ahora reclamaba la paternidad de un bebé que no era suyo solo para destruirme.

Iván cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban vacíos.

—Levántate —dijo seco.

—Iván…

—¡Que te levantes! —Me agarró del brazo y me puso de pie con brusquedad—. Lárgate. Lárgate de mi casa. Lárgate de mi vida. No quiero volver a verte nunca más.

—Pero Iván, tu hijo…

—¡Ese niño no es mi hijo! —rugió—. ¡Es un bastardo! ¡Vete con tu marido y revuélquense en su miseria, pero lejos de mí!

La señora Pati se acercó, triunfante, y me empujó hacia la puerta.

—¿Escuchaste al patrón? ¡Fuera! Y agradece que no llamamos a la policía por ladrona y estafadora. ¡Mari! ¡Saca las garras de esta mujer a la calle!

Gustavo se acercó a mí mientras me arrastraban hacia la salida. Se inclinó y me susurró al oído, con ese aliento a alcohol y maldad:

—Te dije que te ibas a arrepentir, Andrea. Nadie se burla de Gustavo. Ahora sí, a ver quién te mantiene, inútil.

Me sacaron a empujones. La puerta de roble macizo se cerró en mi cara con un golpe definitivo, dejándome fuera, bajo la lluvia que por fin había empezado a caer.

Caí en el lodo, empapada, temblando no de frío, sino de un dolor que me desgarraba el alma. Me abracé el vientre, llorando a gritos, gritando el nombre de Iván, pero nadie respondió. Solo se escuchaba el trueno y la risa lejana de Gustavo, que se alejaba contando los billetes que Pati seguramente le había dado.

Estaba sola. Completamente sola. Pero en medio de esa tormenta, sentí una patadita. Un movimiento sutil en mi interior.

—No estás sola, mi amor —susurré entre sollozos, limpiándome el lodo de la cara—. No estás solo. Tu papá nos negó, tu “padre” falso nos vendió… pero yo estoy aquí. Y te juro, por esta lluvia que me moja, que tú y yo vamos a salir adelante. Y un día… un día ellos se van a arrepentir. Se van a arrepentir de cada lágrima.

Me levanté con dificultad. La mansión se veía enorme y oscura a mis espaldas, una fortaleza inexpugnable. Di media vuelta y comencé a caminar hacia la nada, sin dinero, sin casa, con el corazón roto, pero con una fuerza nueva naciendo en mis entrañas. La fuerza de una madre que no tiene nada que perder, y todo por ganar.

CAPÍTULO 6: UN NACIMIENTO ENTRE LOBOS Y TORMENTAS

La lluvia no caía; castigaba. Era como si el cielo mismo hubiera decidido unirse al desprecio de la familia Corcuera, lanzando aguaceros helados que convertían la tierra en fango y la esperanza en un recuerdo borroso.

Yo caminaba, o más bien me arrastraba, por la vereda de piedra que llevaba a la salida de servicio de la mansión. Cada paso era una batalla perdida contra la gravedad. Mi vientre, duro como una roca, se contraía con una violencia que me cortaba la respiración. No era solo el dolor del parto; era el dolor del abandono. Iván me había mirado con asco. El hombre que juró protegerme me había echado como a un perro sarnoso, creyendo las mentiras del ser más despreciable que he conocido: Gustavo.

—¡Ahhh! —Un grito se me escapó de la garganta, ahogado por el estruendo de un trueno.

Me doblé por la mitad, aferrándome a la reja de hierro forjado que separaba el lujo de la mansión de la miseria de la calle. El agua me empapaba el vestido sencillo, pegándolo a mi piel, y sentí cómo el frío se me metía hasta los huesos. Pero entonces, sentí otro líquido, caliente y abundante, correr por mis piernas.

Se había roto la fuente.

—No… no ahora, por favor… —supliqué al vacío, llorando—. Virgencita, no dejes que nazca aquí, en el lodo. Mi hijo no merece esto.

Intenté dar un paso más, salir a la carretera para buscar ayuda, pero las piernas me fallaron. Caí de rodillas sobre la grava mojada. El dolor era enceguecedor, una garra de fuego que me desgarraba las entrañas. El mundo empezó a girar. Veía las luces de la mansión a lo lejos, cálidas, inalcanzables, mientras yo me desangraba de frío en la oscuridad.

—¡Andrea! ¡Andrea!

Una voz lejana. Una luz de linterna bailando en la negrura.

—¡Muchacha, por el amor de Dios!

Era Mari. Mi única amiga en ese infierno. La vi correr hacia mí, cubriéndose con un plástico, sus chanclas chapoteando en los charcos. Cuando llegó a mi lado y vio mi estado, soltó la linterna y se arrodilló en el barro sin importarle nada.

—¡Mari, ya viene! —gemí, apretando su brazo con tanta fuerza que seguro le dejé marcas—. ¡Ya viene y no tengo a dónde ir!

—¡Cállate la boca, no digas tonterías! —me regañó con esa voz firme pero temblorosa de miedo—. No vas a parir aquí como un animalito de campo. ¡Levántate!

—No puedo… la señora Pati… ella dijo que me largara…

—¡Al diablo con la bruja esa! —bramó Mari, pasándome mi brazo por sus hombros—. Que me corra a mí también si quiere, pero yo no voy a dejar que tú y esa criatura se mueran de frío. ¡Vamos!

Me arrastró. Literalmente me arrastró de vuelta hacia la casa, pero no por la entrada principal, sino hacia el cuarto de lavado, un anexo pequeño y húmedo pegado a la cocina, donde el ruido de las lavadoras industriales solía ahogar cualquier sonido.

El cuarto olía a jabón Zote y a suavizante barato, un contraste irónico con la suciedad y la sangre que yo traía encima. Mari cerró la puerta con pestillo y me ayudó a acostarme sobre un montón de sábanas viejas que usábamos para secar a los perros.

—Mari, me duele… siento que me parto en dos… —lloré, mordiéndome el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre.

—Respira, Andrea, respira como te enseñé. Inhala, exhala. —Mari corría de un lado a otro, buscando toallas limpias, tijeras, alcohol. Sus manos temblaban, pero su determinación era de acero—. Voy a poner agua a calentar en la parrilla eléctrica. Tú aguanta, mi niña, aguanta.

Las contracciones venían una tras otra, sin descanso. Eran olas gigantescas que me arrastraban al fondo del mar. En mi delirio, llamaba a Iván.

—¡Iván! ¡Ayúdame!

—¡Shhh! —Mari me tapó la boca con un paño húmedo—. No grites su nombre, Andrea. Él ya no está. Se fue. Si la señora Pati te escucha, nos mata a las dos.

Tenía razón. Iván se había ido. Me había dejado. Esa realidad dolió más que la contracción que vino después. Estaba sola. Solo tenía a Mari y a mi fuerza de voluntad.

—¡Ahhhhh! —El grito se me escapó, desgarrador.

—¡Ya veo la cabeza! —exclamó Mari, abriendo mis piernas y mirando con asombro y terror—. ¡Ya viene, Andrea! ¡Tienes que pujar! ¡Puja con todas tus fuerzas, puja por tu vida y la de él!

—¡No puedo, Mari, no tengo fuerzas! —Sollocé, sintiendo que me desmayaba.

—¡Claro que puedes! —Mari me cacheteó suavemente—. Eres una mujer de rancho, eres fuerte. ¡No dejes que ese viejo maldito de Gustavo gane! ¡Demuéstrales quién eres! ¡Puja!

Esa mención de Gustavo encendió una furia dentro de mí. Una furia antigua y poderosa. No, no iba a dejar que ganaran. No iba a dejar que mi hijo muriera antes de respirar.

Tomé aire, llenando mis pulmones con el olor a humedad y jabón, y empujé. Empujé con el alma. Sentí cómo mi cuerpo se abría, cómo la vida se abría paso a través de mí.

—¡Eso es! ¡Otra vez! ¡Ya casi sale! —animaba Mari, llorando y riendo a la vez.

Un último esfuerzo. Un último grito que pareció detener el tiempo y la tormenta afuera. Y entonces, el silencio se rompió.

Guaaa… guaaa…

El llanto. Fuerte. Vigoroso. Un reclamo a la vida.

Mari levantó al bebé, resbaladizo y pequeño, y me lo puso en el pecho.

—Es un niño, Andrea… es un varoncito.

Lo miré. A pesar de la sangre y el vernix, era hermoso. Tenía los ojos cerrados, pero sus manitas buscaban calor. Y ahí, en ese instante, supe que todo el sufrimiento había valido la pena.

—Ángel… —susurré, besando su cabecita húmeda—. Te vas a llamar Ángel, porque me salvaste.

Mari estaba cortando el cordón umbilical con las tijeras de costura desinfectadas con alcohol cuando la puerta del cuarto de lavado empezó a sacudirse violentamente.

—¡Abran esa maldita puerta! —La voz de la señora Pati retumbó como un cañonazo.

Mari y yo nos miramos con terror. El bebé seguía llorando, delatándonos.

—¡Abran o llamo a la policía!

Mari corrió a quitar el pestillo antes de que lo rompieran. La puerta se abrió de golpe y la señora Pati entró como un torbellino, con la cara desfigurada por la ira. Detrás de ella, para mi horror, venía Gustavo, tambaleándose, con una botella de tequila a medio terminar en la mano y una sonrisa torcida.

—¡¿Qué significa esto?! —chilló Pati, mirando la escena con una repugnancia absoluta. Se tapó la nariz con su chal de cachemira—. ¡Qué asco! ¡Sangre por todos lados! ¡Han convertido mi casa en un chiquero de paridera!

—Señora, por piedad —intervino Mari, poniéndose frente a mí como una leona—. Acaba de dar a luz. No podía dejarla en la calle con este clima. Tenga un poco de corazón cristiano.fermos.

—¡A mí no me hables de caridad, sirvienta igualada! —Pati dio un paso adelante, sus ojos clavados en mí y en el bebé—. Te dije que te largaras, Andrea. Te lo dije claramente. No quiero bastardos en mi propiedad. ¡Sácalo de aquí ahora mismo!

—No puedo moverme… —susurré, abrazando a Ángel contra mi pecho desnudo—. Por favor, solo déjeme descansar esta noche. Mañana me iré. Se lo juro.

—¡Ni un minuto más! —gritó Pati—. ¡Esto apesta! ¡Apesta a pobreza y a pecado!

Entonces, Gustavo se adelantó, empujando a Pati levemente.

—A ver, a ver, háganse a un lado —balbuceó, con la lengua traposa—. Ese… hic… ese chamaco es mío. Yo soy el padre. Tengo derechos.

Se acercó a mí, con los ojos inyectados en sangre y codicia. No miraba a Ángel con amor; lo miraba como quien mira un billete de lotería o un objeto de cambio.

—Dámelo, Andrea —dijo, extendiendo sus manos sucias—. Dámelo. Seguro los Corcuera pagan bien por el silencio, ¿verdad, patrona? O capaz puedo venderlo a alguna pareja gringa que quiera un niño blanquito.

—¡No me toques! —Grité, encogiéndome—. ¡Este hijo no es tuyo, Gustavo! ¡Tú sabes que no es tuyo!

—¡Es mío ante la ley, estúpida! —Gustavo se abalanzó sobre mí. Sus manos ásperas me agarraron de los hombros, sacudiéndome—. ¡Suéltalo! ¡Me voy a llevar al chamaco y tú te vas a quedar aquí pudriéndote!

—¡Gustavo, déjala! —Mari intentó jalarlo, pero él le dio un empujón que la mandó contra las lavadoras.

—¡Quítese, vieja metiche!

La señora Pati observaba la escena sin mover un dedo, con una frialdad que helaba la sangre.

—Llevátelo si quieres —dijo Pati con desdén—. Haz lo que quieras con esa cosa, pero sácalos a ambos de mi vista. No quiero escándalos. Si ese niño se queda aquí, la gente va a empezar a hablar, van a decir que se parece a Iván… y no voy a permitir esa mancha en mi apellido.

—¿Escuchaste, Andrea? —Gustavo se rió, una risa macabra—. La patrona ya dio permiso. Dame al niño.

Sentí sus dedos tirando de la manta que envolvía a Ángel. Mi bebé empezó a llorar más fuerte, un llanto de terror. Yo no tenía fuerzas para pelear físicamente contra un hombre, y menos en mi estado, pero el instinto materno es una fuerza sobrenatural. Le mordí la mano a Gustavo con todas mis fuerzas.

—¡Ahhh! ¡Perra maldita! —Gustavo retrocedió, agarrándose la mano sangrante.

En ese momento de confusión, Mari se levantó. Ya no tenía miedo. En su mano derecha empuñaba las tijeras de costura, grandes y afiladas, apuntando directamente al cuello de Gustavo. Y luego, giró la mirada hacia Pati.

—¡Basta! —El grito de Mari fue tan potente que hasta la lluvia pareció detenerse—. ¡Si alguien toca a ese bebé o a Andrea, juro por mi madre santa que aquí va a haber una desgracia!

—¿Me estás amenazando a mí, en mi propia casa? —Pati la miró incrédula—. Estás despedida, insolente. Te voy a meter a la cárcel.

—Hágalo —dijo Mari, con la voz temblando de adrenalina pero firme—. Llame a la policía. Pero cuando lleguen, les voy a contar todo. Les voy a contar cómo el “respetable” difunto señor Corcuera lavaba dinero. Les voy a contar de sus cuentas en el extranjero que usted esconde del fisco. Y les voy a contar cómo usted, una “dama de sociedad”, echó a la calle a una mujer parturienta y a su propio nieto en medio de una tormenta.

La cara de Pati se transformó. El color huyó de sus mejillas. El escándalo financiero y social era su mayor terror.

—Tú no te atreverías… —susurró Pati.

—Pruébeme —desafió Mari, dando un paso hacia ella con las tijeras en alto—. No tengo nada que perder, señora. Pero usted… usted tiene mucho que perder. Su reputación, sus amigas del club, su libertad. ¿Quiere que hable?

Hubo un silencio tenso, solo roto por el llanto de Ángel y la respiración agitada de Gustavo.

Pati apretó los labios hasta que se pusieron blancos. Miró a Gustavo con asco renovado.

—Lárgate —le siseó a Gustavo—. ¡Fuera de mi casa, borracho asqueroso! ¡Si vuelves a acercarte, te juro que hago que te maten!

Gustavo miró las tijeras de Mari, miró la furia asesina en los ojos de Pati y entendió que había perdido.

—Estás loca… todas están locas —masculló, retrocediendo hacia la puerta—. Me voy, pero esto no se queda así, Andrea. Te voy a encontrar. Y me vas a pagar cada centavo que me debes.

Salió tropezando hacia la lluvia, desapareciendo en la oscuridad como la rata que era.

Pati se quedó parada en el umbral, temblando de rabia contenida.

—Tú ganas, criada —dijo, mirando a Mari con odio—. Pero las quiero fuera. A las dos. Ahora mismo. Si al amanecer siguen aquí, llamo a la guardia y asumo las consecuencias. No quiero verlas nunca más.

Dio media vuelta y se marchó, azotando la puerta, dejándonos en la penumbra del cuarto de lavado.

Mari soltó las tijeras, que cayeron al suelo con un estrépito metálico, y se derrumbó a mi lado, llorando.

—Lo hiciste, Mari… nos salvaste… —le dije, tomándole la mano.

—Tenemos que irnos, Andrea. Esa mujer es capaz de cualquier cosa si nos encuentra aquí mañana.

—Pero, ¿a dónde? No tengo nada.

Mari se secó las lágrimas y se levantó. Empezó a buscar en sus bolsillos y sacó un rollito de billetes y unas monedas.

—Toma. Son mis ahorros. No es mucho, pero te servirá para el pasaje y algo de comida.

—No, Mari, no puedo…

—¡Tómalo! —me ordenó, poniéndomelo en la mano—. Tienes un hijo ahora. Ya no piensas por ti, piensas por él. Yo tengo una comadre en el pueblo vecino, doña Chuy. Ella te puede rentar un cuartito barato. Vete allá. Escóndete. Cría a ese niño lejos de esta gente podrida.

Me ayudó a levantarme. Me dolía todo el cuerpo, sentía que las caderas se me habían desencajado, pero el miedo era un motor poderoso. Envolvimos a Ángel en toallas secas y luego en mi propio rebozo, pegándolo a mi pecho para darle calor. Mari me puso una chamarra suya encima.

Salimos por la puerta trasera. La lluvia había amainado un poco, convirtiéndose en una llovizna triste y constante.

—Vete por el camino viejo, el que bordea el río, para que nadie te vea —me instruyó Mari en un susurro, abrazándome fuerte—. Cuídate mucho, mi niña. Y cuida a ese angelito.

—Gracias, Mari. Nunca voy a olvidar esto. Te juro que voy a volver algún día y te voy a pagar todo.

—Solo sé feliz, Andrea. Vete.

Empecé a caminar. Cada paso era un suplicio. Sentía la sangre caliente manchando mis piernas, mezclándose con el lodo. Pero no me detuve. No miré atrás hacia la mansión que se alzaba como un monstruo de piedra en la colina. Miré hacia adelante, hacia la oscuridad del camino.

Bajé la vista hacia el bulto en mi pecho. Ángel dormía, ajeno al peligro, ajeno a que su padre lo había rechazado, ajeno a que su abuela lo quería muerto y a que el hombre que decía ser su padre quería venderlo.

—Naciste en la tormenta, mi amor —le susurré al oído, mientras mis lágrimas se mezclaban con la lluvia en su carita—. Pero tú vas a ser mi sol. Te prometo, Ángel, te juro por mi vida, que nunca nadie te volverá a hacer sentir menos. Vamos a salir de esta. Tú y yo contra el mundo.

Y así, con el corazón roto pero el espíritu intacto, me adentré en la noche, dejando atrás a la sirvienta humillada para convertirme en la madre guerrera que mi hijo necesitaba. La historia de Andrea la sumisa había terminado; la historia de Andrea la madre acababa de comenzar.

CAPÍTULO 7: EL TIEMPO DE LA COSECHA Y EL JUICIO FINAL

Dicen que el tiempo pone a cada quien en su lugar, pero a veces el tiempo se toma su calma, saboreando cada segundo antes de soltar el golpe. Habían pasado nueve años. Nueve largos años desde aquella noche de tormenta en la que salí huyendo con mi hijo en brazos, dejando atrás la mansión de los Corcuera y la vida que creí que tendría.

Nueve años donde mis manos, antes suaves, se llenaron de callos por el trabajo duro. Nueve años donde mi espalda aprendió a cargar no solo sacos de harina y cajas de verdura, sino también el peso de ser madre y padre a la vez. Pero no me quejaba. Cada vez que miraba a Ángel, veía la recompensa.

Escena 1: El Pequeño Hombre de la Casa

Estábamos en nuestro pequeño local de antojitos, “El Sazón de Andrea”. No era un palacio, era un puesto con techo de lámina y mesas de plástico en la plaza del pueblo vecino, pero era nuestro. Olía a masa fresca, a salsa roja hirviendo y a dignidad.

—¡Mamá! Ya terminé de limpiar las mesas del fondo —gritó Ángel, corriendo hacia mí con esa energía inagotable de los nueve años.

Limpié mis manos en el delantal y lo miré. Dios mío, era como ver un fantasma. Tenía el mismo cabello castaño oscuro, la misma nariz perfilada y, sobre todo, esos ojos. Los ojos de Iván. Unos ojos profundos que a veces me miraban con una sabiduría que no correspondía a su edad.

—Muy bien, mi amor. Anda, siéntate que ya te serví tus enchiladas. Tienes que comer bien para que crezcas fuerte.

Ángel se sentó, pero noté que no tenía su alegría habitual. Jugaba con el tenedor, picando la tortilla sin ganas.

—¿Qué pasa, mijo? —Me acerqué, acariciándole el pelo—. ¿Te peleaste con alguien en la escuela?

Ángel levantó la vista y vi una lágrima contenida en su lagrimal.

—Mamá… hoy en el recreo, el Brayan me dijo cosas feas.

—¿Qué te dijo ese huerco? —Sentí que la sangre me hervía. Mi instinto de leona siempre estaba alerta.

—Dijo… dijo que soy un “pastel de tres leches”.

—¿Un pastel? ¿Por qué?

—Dijo que porque estoy hecho de “leche de diferentes papás”. Que por eso no tengo papá, porque tú eres una… una mujer fácil y nadie sabe quién es mi verdadero padre.

El corazón se me estrujó. El veneno de la gente no tiene límites, y los niños repiten lo que escuchan en sus casas. Me agaché hasta quedar a su altura y le tomé las manos con fuerza.

—Escúchame bien, Ángel. Mírame a los ojos. Tú no eres ningún pastel, ni ningún chiste. Tú eres el niño más deseado y amado del mundo. Y sobre tu padre… ya te lo he dicho.

—Que se llamaba Marco, que era muy bueno y que se fue al cielo antes de que yo naciera —recitó Ángel de memoria, con un tono de duda—. Pero mamá, nunca me has enseñado una foto. Todos mis amigos tienen fotos de sus papás, aunque estén muertos. Yo no tengo nada.

Tuve que tragarme el nudo en la garganta. La mentira de “Marco” fue necesaria para protegerlo. ¿Cómo le iba a decir que su padre biológico nos echó a la calle? ¿Cómo le iba a explicar que el hombre que aparecía en mi acta de matrimonio, Gustavo, era un monstruo que intentó venderlo?

—Tu papá… Marco… no le gustaban las fotos, mi amor. Pero te amaba. Y desde el cielo nos cuida. Él me mandó la fuerza para que pusiéramos este negocio. Él está en tu sonrisa. No necesitas una foto cuando tienes su corazón latiendo en tu pecho.

Ángel me abrazó fuerte.

—No me importa lo que diga el Brayan. Tú eres mi mamá y mi papá, y con eso me basta. Te quiero, jefa.

—Y yo a ti, mi cielo. Ahora come, que se enfría.

Me di la vuelta para volver a la parrilla, limpiándome una lágrima traicionera. Había logrado darle paz por hoy, pero sabía que las preguntas volverían. La sangre llama, y la sangre de los Corcuera corría fuerte por sus venas.

Escena 2: El Infierno de Gustavo

Mientras nosotros luchábamos por salir adelante con amor, al otro lado del pueblo, el destino cobraba sus facturas con intereses moratorios.

La cantina “El Último Trago” olía a orines, aserrín viejo y desesperanza. En una mesa del rincón, casi en las penumbras, estaba una sombra de lo que alguna vez fue un hombre.

Gustavo tosía, y cada tos era un estertor que sacudía su cuerpo esquelético. Ya no quedaba nada de aquel hombre robusto y violento que me aterrorizaba. El alcohol, las drogas baratas y la vida en la calle lo habían consumido. Su piel tenía un tono amarillento, casi verdoso, y sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras.

—¡Epa, Gustavo! —gritó el cantinero, golpeando la barra con un trapo sucio—. Ya te dije que si no tienes para pagar, te me largas. Aquí no es beneficencia.

—Espérate, Chuy… espérate… —graznó Gustavo, con la voz rota—. Ahorita… ahorita viene un compadre… me va a prestar…

—¡Puras mentiras! Llevas tres días diciendo lo mismo y nomás espantas a la clientela con esa tos de perro tuberculoso. ¡Órale, para afuera!

El cantinero salió de la barra y lo agarró del cuello de la camisa grasienta, arrastrándolo hacia la salida. Gustavo intentó resistirse, pero no tenía fuerzas. Cayó de bruces en la banqueta, levantando una nube de polvo.

—¡Malditos! —gritó Gustavo desde el suelo, escupiendo una flema con sangre—. ¡No saben quién soy yo! ¡Yo tenía dinero! ¡Yo estuve en la casa de los Corcuera! ¡Mi mujer… mi mujer trabaja ahí!

Un par de borrachos que pasaban se rieron de él.

—Ya cállate, “Venado”. Tu mujer te dejó por otro hace años porque no servías pa’ nada —se burló uno.

La palabra “Venado” le taladró el cerebro. Así le decían. El cornudo. El inútil.

Gustavo se quedó tirado, mirando al cielo gris. En su delirio febril, mi imagen se le apareció. No la Andrea sumisa que él golpeaba, sino la Andrea que vio la última vez: fuerte, con un hijo en brazos, protegida por Mari y sus tijeras.

—Maldita Andrea… —susurró con odio, apretando los puños contra la tierra—. Todo es tu culpa. Si me hubieras dado ese dinero… si no te hubieras embarazado de ese riquillo… yo sería el rey. Diosito te va a castigar… te va a castigar…

Pero en el fondo, en ese rincón de conciencia que le quedaba antes de desmayarse por el dolor en su hígado, Gustavo sabía la verdad. Dios no estaba castigando a Andrea. Dios estaba terminando de ajustar cuentas con él.

Escena 3: El Ocaso de la Reina

Si la miseria de Gustavo era ruidosa y pública, la de la señora Pati era silenciosa y dorada, pero igual de terrible.

La mansión Corcuera, antes impecable y llena de vida, ahora parecía un mausoleo. El jardín estaba descuidado, con la hierba creciendo entre las estatuas de mármol. Dentro, el polvo cubría los muebles Luis XV.

Pati estaba sentada en su sillón favorito, mirando por la ventana hacia la nada. Había adelgazado terriblemente. El cáncer la estaba devorando por dentro, comiéndose su orgullo célula por célula. No tenía cabello; una pañoleta de seda cubría su cabeza calva, un último intento de vanidad ante la muerte.

—¡Mari! —gritó con voz débil—. ¡Mari, tráeme mis pastillas! ¡Me duele!

Nadie respondió. Mari se había ido hace nueve años, esa misma noche tormentosa. Después de ella, ninguna empleada duraba. Pati las corría a todas o ellas se iban, hartas de sus gritos y su veneno. Ahora estaba sola. Completamente sola en una casa de catorce habitaciones.

Intentó levantarse para ir por agua, pero las piernas le fallaron. Cayó al suelo, golpeándose la cadera. El dolor fue agudo, humillante. Ahí estaba la gran Patricia Corcuera, arrastrándose por la alfombra persa como un gusano.

—¿Por qué? —gimió, llorando de rabia—. ¿Por qué a mí? Yo soy buena… yo solo protegí mi apellido… protegí a mi hijo de esa arribista…

Miró hacia la mesita donde tenía una foto de Iván. Su hijo. No lo veía desde hace meses. Iván vivía viajando, pilotando aviones, huyendo de esa casa y de ella. Le mandaba dinero, pagaba las facturas, los médicos carísimos, pero no le daba lo único que el dinero no puede comprar: su presencia. Su perdón.

El teléfono sonó en la otra habitación. Pati se arrastró, jadeando, hasta alcanzar el auricular que colgaba de la mesita baja.

—¿Bueno? —dijo, esperando que fuera Iván.

—Señora Corcuera, le hablamos del banco. Le recordamos que tiene un pago vencido de la hipoteca de la propiedad en Valle de Bravo y…

Pati colgó. Deudas. Problemas. Soledad.

De pronto, un recuerdo la asaltó. La cara de aquella muchacha, Andrea, la noche del parto. Su mirada de terror, pero también la dignidad con la que se fue bajo la lluvia. Y ese bebé… su nieto.

—Mi sangre… —susurró Pati, sintiendo un escalofrío—. Eché a mi propia sangre a la calle.

Por primera vez en nueve años, el remordimiento pudo más que la soberbia. No porque se hubiera vuelto buena, sino porque se dio cuenta de que iba a morir sola, y que toda su maldad no le había servido para nada.

Escena 4: El Regreso del Hijo Pródigo

El vuelo de Madrid acababa de aterrizar en la Ciudad de México. Iván caminó por la terminal con su uniforme de piloto impecable, arrastrando su maleta de cuero. Las azafatas lo miraban y cuchicheaban; era guapo, maduro, con esa aura de misterio que dan las canas prematuras en las sienes. Pero Iván no veía a nadie.

Estaba cansado. Cansado de hoteles de lujo, de camas vacías, de mujeres pasajeras que solo querían al Capitán Corcuera, no a Iván.

Tomó un taxi hacia el pueblo. No quería ir, pero los abogados le habían dicho que la salud de su madre era crítica y que había asuntos legales que firmar.

Al llegar a la mansión, el impacto fue brutal. Ver el deterioro de la casa fue como verse en un espejo. Él también estaba así por dentro: lujoso por fuera, ruinas por dentro.

Entró con su llave. El silencio era sepulcral.

—¿Madre? —llamó, su voz haciendo eco en el vestíbulo vacío.

La encontró en la sala, dormida en el sillón, con una manta cubriéndole las piernas. Parecía un pajarito frágil. Iván sintió una mezcla de lástima y rencor.

Pati abrió los ojos lentamente. Al verlo, intentó sonreír, pero solo logró una mueca dolorosa.

—Iván… viniste.

—Vine a arreglar lo de la venta de los terrenos, mamá. Y a ver cómo sigues.

—Me muero, hijo. Eso es lo que pasa. Me estoy muriendo y tú sigues tratándome como a una extraña.

Iván se sentó frente a ella, sin tomarle la mano.

—Tú me hiciste un extraño, mamá. Desde aquel día… desde aquella noche que nunca quisiste explicarme bien qué pasó después de que me fui.

—Ya vas a empezar con eso… —Pati tosió, cubriéndose la boca con un pañuelo que quedó manchado de hilos de sangre—. Esa mujer te engañaba. Te lo demostré.

—Me demostraste lo que tú querías que viera. Pero, ¿sabes? He pensado mucho en estos años. Andrea no era una actriz. Nadie llora así. Nadie me mira como ella me miraba si solo busca dinero. Y tú… tú siempre odiaste que yo fuera feliz con alguien que no fuera de tu “nivel”.

—Lo hice por ti…

—¡Lo hiciste por ti! —Iván se levantó, frustrado—. Siempre por ti. Y mírame ahora. Tengo 40 años, tengo dinero, y no tengo nada. No tengo familia. No tengo hijos.

La mención de “hijos” hizo que Pati temblara. Cerró los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

—Necesito salir —dijo Iván, sintiendo que se asfixiaba en ese mausoleo—. Voy al pueblo. Necesito aire que no huela a medicina y a polvo.

Salió de la casa dejando a su madre con la palabra en la boca. Necesitaba caminar por las calles donde alguna vez fue feliz, aunque fuera una mentira. O tal vez, solo tal vez, su corazón buscaba algo que su cabeza se negaba a aceptar.

Escena 5: El Encuentro en el Parque

El pueblo había cambiado poco. La iglesia seguía pintada de amarillo, el quiosco del parque necesitaba una mano de pintura y los niños seguían corriendo alrededor de la fuente.

Iván se sentó en una banca de hierro forjado, aflojándose la corbata. Compró un helado de limón a un vendedor ambulante, solo por recordar el sabor de su infancia. Mientras lo comía, observaba a la gente. Familias. Parejas.

De pronto, una pelota de fútbol rodó hasta sus pies, golpeando sus zapatos lustrados.

—¡Perdón, señor! —gritó una voz infantil.

Iván se agachó para tomar el balón. Al levantar la vista, se quedó paralizado.

Frente a él había un niño. Un niño de unos nueve años, con una playera de fútbol desgastada y las rodillas raspadas. El niño extendió las manos esperando el balón, pero Iván no podía moverse.

Era como viajar en el tiempo. Era como verse a sí mismo en las fotos viejas que su madre guardaba en el álbum familiar. La forma de la cara, el remolino en el cabello, la barbilla partida… y los ojos. Esos ojos eran suyos.

—¿Señor? ¿Me da mi balón? —insistió el niño, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Tú… —Iván apenas pudo susurrar. Se le secó la boca—. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Ángel —respondió el niño con una sonrisa chimuela—. ¿Usted es piloto? Lo digo por su uniforme.

—Sí… sí, soy piloto. Me llamo Iván.

—¡Órale! Mi mamá dice que los pilotos tocan las nubes. Debe ser bien chido.

Iván sintió un mareo. El mundo a su alrededor se desvaneció. Solo existía ese niño. Ángel. Un nombre que resonó en su memoria… ¿Andrea no había mencionado algo de un ángel alguna vez?

—Ángel… ¿y tu papá? —La pregunta salió sin permiso.

La sonrisa del niño se apagó un poco.

—Mi papá está en el cielo. Se llamaba Marco. Pero mi mamá es la mejor, ella me cuida.

—¿Tu mamá?

—Sí, ella trabaja allá —Ángel señaló hacia los portales de la plaza, donde unos puestos de comida humeaban—. Vende los mejores sopes del mundo. ¿Quiere uno? Si le digo que es mi amigo, a lo mejor le hace descuento.

Iván se puso de pie, como un autómata. Necesitaba verla. Necesitaba saber quién era esa madre. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho.

—Llévame. Llévame con tu mamá.

Caminaron juntos. El hombre alto y elegante y el niño humilde que era su viva imagen. La gente se les quedaba viendo, el parecido era innegable, casi grosero.

Al llegar al puesto, el vapor de las ollas cubría la vista.

—¡Mamá! —gritó Ángel—. ¡Traje a un cliente! ¡Es piloto de aviones de verdad!

La mujer que estaba de espaldas, volteando unas tortillas en el comal, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.

—Ay, hijo, no andes molestando a los señores… —dijo, dándose la vuelta con una sonrisa cansada.

Y entonces, el tiempo se detuvo.

La cuchara cayó de su mano, golpeando el metal caliente. El ruido fue sordo, lejano.

Andrea se quedó petrificada. Tenía el cabello recogido en un chongo desordenado, un delantal manchado de salsa y no llevaba maquillaje. Pero para Iván, en ese momento, era la mujer más hermosa y dolorosamente real que había visto en su vida.

Sus miradas se cruzaron. En los ojos de Andrea había pánico, sorpresa y un amor antiguo que se negaba a morir. En los de Iván, había incredulidad y una verdad que le caía encima como una tonelada de ladrillos.

—¿Andrea? —susurró él.

Ella retrocedió, chocando contra la mesa de trabajo. Instintivamente, jaló a Ángel hacia ella, protegiéndolo con su cuerpo, cubriéndolo como si Iván fuera un peligro.

—Vete… —dijo ella con voz temblorosa—. Vete de aquí. No tienes nada que hacer aquí.

Iván miró a Andrea. Miró a Ángel, que los observaba confundido. Y luego volvió a mirar a Andrea.

—Es mi hijo… —No fue una pregunta. Fue una afirmación que le salió del alma—. Andrea… ese niño es mi hijo.

—¡No! —gritó Andrea, con lágrimas brotando de golpe—. ¡Es hijo de Marco! ¡Tú no tienes hijos! ¡Tú me echaste! ¡Tú dijiste que era un bastardo! ¡Vete!

La gente del mercado empezó a voltear. El drama estaba servido.

Iván dio un paso adelante, ignorando los gritos, ignorando todo. Cayó de rodillas en el suelo sucio del mercado, frente a ella y frente al niño.

—Andrea… mírame. Míralo a él. No puedes negarlo. Tiene mi cara. Tiene mi sangre.

Ángel miraba a su madre, asustado.

—¿Mamá? ¿Por qué lloras? ¿Quién es este señor? ¿Por qué dice que soy su hijo? ¿Y mi papá Marco?

Andrea miró a su hijo, a ese niño que había criado con mentiras piadosas para protegerle el corazón. Y supo que el tiempo de las mentiras había terminado. La verdad estaba ahí, arrodillada frente a ellos, pidiendo clemencia.

—Hijo… —Andrea sollozó, cayendo también de rodillas para abrazar a Ángel—. Perdóname, mi amor. Perdóname.

—¿Es él? —preguntó Iván, con los ojos llenos de lágrimas, extendiendo una mano temblorosa hacia el niño—. ¿Es el bebé que esperabas cuando te fuiste?

Andrea levantó la vista, con los ojos llameantes de dolor y dignidad.

—Sí, Iván. Es el hijo que tú y tu madre quisieron tirar a la basura. Es el hijo que Gustavo quiso vender. Es Ángel. Y es mío. Solo mío. Porque tú perdiste el derecho de llamarte padre el día que me diste la espalda.

El silencio en la plaza era absoluto. Iván bajó la cabeza, derrotado por la culpa, mientras Ángel lo miraba con una mezcla de miedo y fascinación, sintiendo en su pequeño corazón que ese extraño no era tan extraño después de todo.

Las piezas del rompecabezas finalmente se habían unido, pero la imagen que formaban era dolorosa y complicada. El destino los había reunido, pero ¿sería suficiente el amor para sanar nueve años de heridas?

CAPÍTULO 8: EL PERDÓN, LA JUSTICIA Y EL RENACER

El silencio en el mercado era absoluto, solo roto por el borboteo de la salsa verde en la olla de barro y el zumbido lejano de una mosca. La gente, que segundos antes comía sus sopes y quesadillas entre risas, ahora observaba la escena como si fuera el capítulo final de la telenovela estelar.

Yo seguía de rodillas abrazando a Ángel, sintiendo cómo su corazoncito latía desbocado contra mi pecho. Frente a mí, Iván, el hombre que amé y odié con la misma intensidad, permanecía hincado en la tierra sucia, con los pantalones de traje arruinados y el alma expuesta en la mirada.

—Andrea… —suplicó él, con la voz rota, extendiendo una mano que temblaba—. Por favor, no me alejes. Necesito… necesito entender. Necesito que me expliques por qué.

Me puse de pie, secándome las lágrimas con rabia. El miedo inicial se había transformado en una furia fría, sedimentada por nueve años de soledad.

—¿Que te explique? —le espeté, levantando a Ángel y poniéndolo detrás de mí—. ¿Tú necesitas explicaciones? El que se fue fuiste tú. El que creyó en las mentiras de un borracho antes que en la mujer que juraba amarlo, fuiste tú. No tienes derecho a nada aquí, Iván. Ni a explicaciones, ni a mirarlo a él.

—¡Mamá! —Ángel me jaló la falda—. ¿Por qué le gritas al piloto? Él… él se parece a mí.

Esa frase fue como un balde de agua fría. Me agaché para mirar a mi hijo. No podía seguir mintiéndole. Ya no.

—Ángel, mi amor… ve con doña Chuy un momento. Compra un refresco. Necesito hablar con este señor.

—Pero mamá…

—¡Obedece, Ángel! —le ordené, más brusca de lo que quería.

El niño obedeció a regañadientes, mirando a Iván por encima del hombro con esa curiosidad magnética que da la sangre. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, me giré hacia Iván.

—Tienes cinco minutos. Y más te vale que no te acerques más.

Iván se levantó, sacudiéndose el polvo de las rodillas, pero sin apartar la vista de mí.

—Andrea, perdóname. Sé que “perdón” es una palabra muy chica para un daño tan grande. Pero tienes que saber lo que pasó después de que te fuiste.

—¿Qué pasó? ¿Seguiste con tu vida de rico mientras yo paría en un cuarto de lavado con tu madre gritando que me largara?

Iván palideció.

—¿Qué? ¿Mi madre estaba ahí?

—Sí, Iván. Tu madre y Gustavo. Gustavo quería vender al niño. Tu madre quería echarme a la calle para evitar el escándalo. Me fui bajo la lluvia, con Ángel recién nacido, gracias a que Mari los amenazó con unas tijeras. Si no fuera por ella, tu hijo y yo estaríamos muertos.

Iván se llevó las manos a la cabeza, horrorizado. Se tambaleó como si le hubieran dado un golpe físico.

—Ella me dijo… ella me dijo que te habías ido con Gustavo. Que habías abortado al bebé para irte al norte con él. Me mostró una carta supuestamente tuya…

—Falsificaciones. Mentiras. Todo fue una trampa, Iván. Gustavo me extorsionaba. Esas fotos que viste… él me estaba amenazando. Me quitaba el dinero que tú me dabas. Yo nunca te traicioné. Yo te amaba más que a mi vida.

Iván empezó a llorar. No un llanto discreto, sino sollozos profundos que le sacudían el pecho.

—Fui un imbécil. Un cobarde. Me dejé envenenar por los prejuicios de mi madre y por mis propios celos. Andrea… he vivido muerto estos nueve años. Tengo dinero, tengo aviones, viajo por el mundo… y estoy vacío. Cada vez que veía a un niño en la calle, pensaba en el que pudimos tener. Y ahora… ahora sé que existe. Que está ahí, comprando un refresco, y que tiene mis ojos.

Lo miré. Vi las arrugas en su frente, las canas en su sien. Ya no era el joven patrón despreocupado. Era un hombre cargado de culpas. Y aunque mi cabeza me decía que lo odiara, mi corazón, ese traidor, empezaba a ablandarse.

—No se trata de ti, Iván —dije, más suave—. Se trata de él. Ha crecido creyendo que su padre murió. ¿Cómo voy a decirle ahora que su padre lo rechazó porque pensó que era un bastardo?

—Déjame arreglarlo. Por favor. Déjame conocerlo. Déjame ganarme mi lugar. No te pido que me ames de nuevo, sé que eso lo perdí. Pero déjame ser su padre.

En ese momento, Ángel regresó corriendo.

—Mamá, doña Chuy dice que si ya vas a cerrar el puesto.

Iván se arrodilló de nuevo, quedando a la altura de Ángel.

—Hola, campeón.

Ángel lo miró, ladeando la cabeza.

—Hola. Oiga… ¿por qué mi mamá estaba llorando? ¿Usted es malo?

Iván sonrió entre lágrimas, negando con la cabeza.

—No, no quiero ser malo. Fui tonto. Muy tonto. Ángel… tu mamá te dijo que tu papá se llamaba Marco y que estaba en el cielo, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno… a veces los adultos cometemos errores y decimos cosas para proteger a los que amamos. Tu mamá te protegió. Pero tu papá no está en el cielo.

Ángel abrió los ojos como platos. Soltó el refresco, que cayó al suelo derramándose.

—¿Entonces dónde está?

Iván tragó saliva, mirándome, pidiéndome permiso con los ojos. Yo asentí levemente, sintiendo que el mundo se recomponía.

—Está aquí, Ángel. Soy yo.


Escena 2: La Confesión en la Penumbra

La reconciliación no fue inmediata. No podía serlo. Pero esa tarde, Iván no se fue. Se sentó en una de las mesas de plástico y comió sopes con nosotros, escuchando a Ángel hablar de fútbol, de la escuela y de sus sueños. Veía a Iván devorar cada palabra de su hijo como si fuera agua en el desierto.

Al anochecer, Iván me pidió algo difícil.

—Mi madre se está muriendo, Andrea. Sé que no se lo merece… pero ella necesita saber esto. Y creo que tú necesitas cerrar ese ciclo para poder ser libre de verdad. Vamos a la casa.

Dudé. Volver a esa mansión era volver a mis pesadillas. Pero miré a Ángel, feliz con su “papá piloto”, y supe que tenía que enfrentar mis demonios.

Llegamos a la mansión Corcuera. Ya no imponía respeto; daba lástima. Las enredaderas se comían las paredes y el olor a humedad era penetrante.

Subimos a la habitación principal. Allí, en una cama inmensa que parecía devorarla, estaba Patricia Corcuera. Estaba irreconocible. La quimioterapia se había llevado su cabello y su soberbia. Solo quedaba un esqueleto asustado.

—¿Iván? —susurró ella al vernos entrar—. ¿Quién… quiénes son?

—Soy yo, señora Pati —dije, acercándome a la luz de la lámpara.

Pati entrecerró los ojos. Al reconocerme, intentó incorporarse, pero no tuvo fuerzas. El monitor cardíaco aceleró su pitido.

—Andrea… —Su voz era un hilo ronco—. ¿Vienes a burlarte? ¿Vienes a ver cómo me pudro?

—No —respondí con calma—. Vengo a que conozca a alguien. Ángel, ven.

Mi hijo se asomó tímidamente detrás de mí. Pati abrió los ojos desmesuradamente. Vio al niño y fue como si le hubiera caído un rayo. Vio a su hijo Iván cuando tenía esa edad. La sangre, esa que tanto defendía, estaba ahí, innegable, acusadora.

—Dios mío… —Pati empezó a llorar, lágrimas secas que surcaban su piel arrugada—. Es… es él.

—Es su nieto, señora. El que usted echó a la calle. El “bastardo” que no merecía su apellido. Mírelo. Está sano, es bueno y es noble. Todo lo que usted pensó que no sería.

Pati extendió una mano huesuda hacia Ángel. El niño, asustado, me miró. Yo le hice un gesto de que estaba bien. Ángel, con ese corazón enorme que no heredó de los Corcuera, se acercó y le tocó la mano.

—Hola —dijo él.

Pati sollozó, un sonido gutural de arrepentimiento puro.

—Perdóname… perdóname, niño. Perdóname, Andrea. Fui una estúpida. Una vieja estúpida y orgullosa. Creí que el dinero era lo único que importaba… y mírenme ahora. Me muero sola. Tengo millones en el banco y nadie me había tocado la mano en meses hasta que llegaste tú.

Miró a Iván.

—Hijo… no cometas mis errores. No dejes que el orgullo te robe la vida. Sé feliz con ellos. Si ella te perdona… si ella tiene la misericordia que yo no tuve… no la sueltes nunca.

—Ya la perdoné, mamá —dijo Iván, tomándole la otra mano—. Descanse. Ya no tiene que luchar más con su odio.

Esa noche, Patricia Corcuera murió. No murió en paz, porque el peso de sus acciones era mucho, pero murió sabiendo la verdad. Murió sabiendo que su linaje continuaría, no gracias a ella, sino a pesar de ella.


Escena 3: El Final del Villano

Mientras la mansión se preparaba para un funeral, en las calles frías del pueblo, otra vida se apagaba, pero sin lujos ni despedidas.

Gustavo había escuchado los rumores. “El piloto regresó”. “La Andrea anda con el patrón”. “El niño es un Corcuera”.

La envidia y el alcohol eran una mezcla venenosa. Esa noche, borracho hasta la inopia, Gustavo decidió que haría algo. Iría a la mansión. Exigiría dinero. O mataría a alguien. No sabía bien qué, su cerebro ya no procesaba lógica, solo rencor.

Caminaba tambaleándose por la carretera oscura que llevaba a la casa grande. Llevaba una botella rota en la mano.

—Me las van a pagar… todos… —balbuceaba—. Yo soy el hombre… yo soy el macho…

De pronto, las luces de un camión de carga aparecieron en la curva. Gustavo, cegado por el alcohol y las luces altas, no se quitó. Al contrario, levantó la botella amenazando al vehículo, confundiendo la máquina con sus enemigos imaginarios.

—¡Vengan! ¡No les tengo miedo!

El claxon sonó, un bramido largo y aterrador. El conductor intentó frenar, pero el pavimento estaba mojado.

El golpe fue seco. Brutal.

Gustavo salió volando hacia la cuneta. Cayó entre la hierba alta y la basura. No murió al instante. Se quedó ahí, boca arriba, mirando las estrellas que tantas veces había ignorado. Sentía frío. Mucho frío. No podía mover las piernas.

Por su mente pasaron imágenes. Andrea preparándole el desayuno. Andrea sonriendo antes de que él la golpeara. El llanto de un bebé que pudo haber criado como suyo si hubiera tenido un corazón noble.

Nadie se detuvo. El camión siguió, pensando que había atropellado a un animal. Y en cierto modo, así fue.

Gustavo murió solo, en la oscuridad, ahogado en su propia sangre y amargura. Nadie reclamó su cuerpo al día siguiente. Terminó en la fosa común, olvidado, tal como él había olvidado sus promesas de amor y protección. La justicia divina no necesitó abogados; solo necesitó tiempo.


Escena 4: Un Nuevo Amanecer

Pasaron seis meses desde la muerte de Pati y el accidente de Gustavo. El invierno había dado paso a una primavera explosiva. Los jacarandas pintaban de morado las calles del pueblo.

Iván había cumplido su palabra. No se fue. Vendió el departamento en la ciudad y se mudó a una casa más modesta cerca del pueblo, aunque seguía restaurando la mansión para convertirla en una escuela, “La Escuela Ángel”, decía él, para que ningún niño sufriera lo que su hijo sufrió.

Yo seguía con mi puesto de sopes, pero ahora tenía ayuda. Iván iba todas las tardes, se quitaba el saco de piloto, se ponía un delantal y se ponía a lavar platos o a cobrar. La gente del pueblo al principio chismeaba, pero al ver el amor con el que se miraban padre e hijo, los chismes se convirtieron en admiración.

Esa tarde, Iván nos llevó de picnic al campo, cerca del río donde yo solía ir a llorar mis penas.

Ángel corría persiguiendo un papalote que Iván le había traído de uno de sus viajes.

—¡Vuela alto, papá! ¡Mira! —gritaba Ángel.

La palabra “papá” todavía me causaba un vuelco en el corazón, pero ahora era de alegría.

Iván se sentó a mi lado en la manta, tomándome la mano. Sus dedos entrelazaron los míos, encajando perfectamente, como si los nueve años de separación no hubieran existido.

—Andrea… —empezó, con ese tono nervioso que usaba cuando éramos jóvenes y nos escondíamos en la cocina.

—¿Qué pasa, güero? —le dije, sonriendo.

Iván sacó una cajita de terciopelo de su bolsillo. No era un anillo ostentoso como los que usaba su madre. Era sencillo, de oro blanco, con una pequeña piedra brillante.

—Sé que nos saltamos muchos pasos. Sé que empezamos al revés. Primero el hijo, luego la separación, luego el reencuentro… Pero quiero hacerlo bien. Quiero pasar el resto de mi vida compensándote por cada lágrima que derramaste. Quiero que seas mi esposa, no mi sirvienta, no mi amante. Mi compañera. La dueña de mi casa y de mi vida.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran dulces.

—Iván… yo soy una mujer sencilla. Vendo sopes. No sé de etiqueta ni de aviones.

—Tú eres la mujer más valiente y digna que conozco. Tú me enseñaste qué es el amor verdadero. ¿Qué dices? ¿Te quieres casar con este piloto arrepentido y viejo?

Miré a Ángel, que luchaba con el viento y el papalote, riendo a carcajadas. Miré a Iván, que me esperaba conteniendo la respiración. Y finalmente, me miré a mí misma. Ya no veía a la víctima. Veía a una sobreviviente. Veía a una mujer amada.

—Sí, Iván. Sí acepto.

Iván me besó. Fue un beso largo, pausado, con sabor a promesa cumplida.

—¡Ei! ¡Qué asco! —gritó Ángel desde lejos, tapándose los ojos pero riéndose—. ¡Ya bésense en la casa!

Nos reímos. Nos reímos hasta que nos dolió la panza.

La vida da muchas vueltas. A veces te arrastra por el lodo, te quita todo, te humilla. Pero si aguantas, si mantienes la fe y el corazón limpio, la vida también sabe recompensar.

Mi esposo Gustavo me humillaba por no darle un hijo. Me decía que mi vientre estaba seco. Hoy, tengo un hijo maravilloso, un hombre que me adora y un futuro brillante. Mi vientre no estaba seco; solo estaba esperando la semilla correcta, el amor correcto y el momento correcto.

Y así, bajo el sol de la tarde, supe que nuestra historia no tenía un final feliz. Tenía un comienzo feliz. Porque lo mejor, estaba apenas por venir.

FIN

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