CAPÍTULO 1: LA LLEGADA DEL LOBO
El estruendo comenzó bajo, como un trueno distante rodando sobre el valle de México, y luego creció hasta convertirse en algo que hizo temblar los vidrios rotos de su pequeño taller. Una camioneta, luego tres, luego siete, hasta que dejó de contar. Doce vehículos en total, doce portadores de muerte, convergiendo en su taller en ruinas en el lado sur, como un convoy blindado respondiendo a un llamado de guerra.
Las manos de Maya temblaban mientras apretaba la llave inglesa que había estado sosteniendo desde que escuchó el primer motor. El aceite manchaba sus dedos, molido en los pliegues de sus palmas tras una noche entera trabajando hasta que su cuerpo gritó pidiendo piedad. Tenía 28 años y había enfrentado el peligro antes: en Irak, en Siria, en un hospital militar donde había mantenido unidos a los soldados con nada más que gasas y oraciones. Pero esto era diferente.
Estos no eran combatientes enemigos. Este era un imperio al que había desafiado, un padre al que había contradicho. Las SUVs formaron un semicírculo perfecto alrededor de su taller, como lobos rodeando a una presa herida. Las ventanas tintadas no revelaban nada.
Las puertas se abrieron con precisión sincronizada, y hombres emergieron con la tranquila eficiencia de quienes habían hecho esto muchas veces antes. Y liderándolos a todos estaba un hombre conocido solo como el “Zar” en los bajos mundos, Konstantin Volkov. 1.90 de estatura, furia controlada, cabello negro peinado hacia atrás y una cicatriz tenue que corría desde su sien hasta su pómulo, un recordatorio de que incluso los reyes sangran.
Maya observó a través de la ventana rota de la puerta de su garaje cómo Volkov bajaba del vehículo líder. Se movía como alguien que poseía todo lo que veía. ¿Cómo llegué aquí? La pregunta gritaba en la mente de Maya mientras su corazón martilleaba contra sus costillas. ¿Cómo una mecánica en quiebra, con cicatrices de quemaduras arrastrándose por su brazo y pesadillas que nunca paraban, terminó parada entre el hombre más peligroso de la ciudad y el juicio que había venido a impartir?
CAPÍTULO 2: LA MECÁNICA ROTA
Para entender lo que Maya hizo, hay que entender quién era Maya. Su taller, “Reparaciones Reyes”, situado en un barrio olvidado donde las farolas parpadeaban y la renta era barata porque nadie quería vivir ahí, no era solo un negocio. Era su salvavidas.
Maya no tenía recuerdos de sus padres biológicos. Murieron en un accidente cuando ella tenía 8 años, dejándola a ella y a su hermano de tres años, Noah, en el sistema de acogida. Aprendió a proteger a Noah, quien era autista y veía el mundo a través de números y formas. Cuando cumplió 18, se alistó en el ejército, no por patriotismo, sino porque pagaban, y ese dinero mantenía a Noah en un centro decente.
Fue enfermera de campo y mecánica. Allí conoció a Jacob, su esposo. Dos años de felicidad que terminaron con un IED en Damasco. Jacob murió protegiéndola con su cuerpo. Ella sobrevivió con una cicatriz de quemadura, sordera en un oído y culpa. Mucha culpa.
Regresó a casa con las manos vacías. El gobierno le negó la mayoría de sus reclamos. Vivió en la vieja camioneta de Jacob, comió comida enlatada y acarició la pistola de su esposo pensando en terminar con todo. Pero Noah la necesitaba. Así que se levantó. Abrió este pequeño taller donde aplicaba todo lo que sabía: escuchar a las máquinas, ver los problemas antes de que fueran desastres.
Esa mañana del jueves, 24 horas antes de que las camionetas llegaran, Maya despertó en el sofá del taller con una orden de desalojo pegada en la puerta. Tres meses de renta atrasada. Y una llamada del centro de cuidado de Noah: “Si no paga, lo trasladaremos a una instalación pública”.
Estaba en el fondo del pozo. Fue entonces cuando una anciana, Doña Rosa, entró con su silla de ruedas rota. Maya la arregló gratis, porque no podía cobrarle a alguien que necesitaba el dinero para medicinas. “Las máquinas no mienten”, le dijo Doña Rosa. “Si escuchas, te dirán todo”.
CAPÍTULO 3: EL ENCUENTRO
Esa tarde, el aire en el taller “Reparaciones Reyes” se sentía pesado, cargado con esa humedad pegajosa típica del final del verano en los barrios bajos de la ciudad. El sol comenzaba a descender, pintando de naranja sucio las paredes de ladrillo agrietado y filtrándose a través de los cristales rotos de los ventanales altos del garaje. Maya se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando un rastro de grasa negra sobre su piel pálida. Sus músculos gritaban en protesta; había pasado las últimas seis horas debajo de un viejo sedán del 98 que se negaba a morir, intentando resucitar una transmisión que debería haber sido chatarra hace una década.
Estaba a punto de cerrar. La idea de una ducha fría y una lata de frijoles era lo único que la mantenía en pie. Se limpió las manos con un trapo que ya estaba más sucio que limpio y se dirigió hacia la puerta metálica enrollable para bajarla.
Fue entonces cuando lo escuchó.
No era el tosido asmático de los taxis viejos que solían frecuentar su calle, ni el rugido agresivo de las motocicletas de los repartidores. Era un ronroneo. Un sonido bajo, profundo y depredador. El sonido de un motor V8 perfectamente afinado, contenido bajo capas de ingeniería alemana de precisión. En este barrio, ese sonido no significaba clientes; significaba problemas.
Maya se detuvo, con la mano en la cadena de la puerta. Una camioneta SUV negra, inmensa y reluciente, giró en la esquina y se deslizó frente a su entrada con la gracia de un tiburón en aguas profundas. Los vidrios estaban tan tintados que parecían espejos de obsidiana, reflejando la decadencia de la calle pero ocultando los secretos de su interior.
El instinto de supervivencia de Maya, forjado en los desiertos de Siria y templado en las salas de triaje bajo fuego de mortero, se encendió instantáneamente. Su respiración se ralentizó. Su cuerpo se tensó, listo para correr o pelear, aunque sabía que contra lo que sea que viajara en ese vehículo, una llave inglesa no serviría de mucho.
La puerta del copiloto se abrió primero. Un hombre bajó. Era una montaña de músculos embutida en un traje negro que costaba más de lo que Maya ganaba en dos años. Llevaba el cabello gris cortado al ras, estilo militar, y tenía un auricular en la oreja. Sus ojos escanearon el perímetro —los techos, las esquinas oscuras, la calle vacía— con la eficiencia mecánica de un profesional. No era un pandillero local; era seguridad privada de alto nivel. O algo peor.
Luego, la puerta trasera se abrió. El hombre del traje gris hizo una señal y otros dos hombres, igual de grandes y amenazantes, bajaron de una segunda camioneta que Maya no había notado hasta ese momento. Se movieron con rapidez hacia la puerta trasera de la primera SUV.
—Tú —ladró el hombre del traje gris, señalando a Maya con un dedo que parecía un cañón de pistola—. No te muevas.
Maya no dijo nada. Solo observó. Vio cómo los hombres desplegaban una rampa automatizada desde la parte trasera del vehículo. Y entonces, la vio a ella.
No era un jefe de la mafia, ni un político corrupto, ni un traficante de armas. Era una niña.
Una niña de unos catorce años, pálida como la porcelana, con el cabello negro recogido en una coleta severa que tiraba de su piel. Estaba sentada en una silla de ruedas que parecía más una nave espacial que un dispositivo médico. El chasis brillaba con el gris mate del titanio de grado aeroespacial; las ruedas tenían un diseño sin radios, levitando magnéticamente sobre los ejes; un panel de control digital parpadeaba en el reposabrazos derecho con gráficos complejos. Maya calculó el costo en un segundo: setenta, ochenta, quizá cien mil dólares. Era una obra maestra de la tecnología.
Y sin embargo, la niña que iba en ella parecía la criatura más miserable sobre la faz de la tierra.
Los hombres empujaron la silla hacia el interior del taller, sus zapatos de cuero italiano resonando de forma incongruente contra el concreto manchado de aceite. El hombre del traje gris, a quien los demás llamaban Alexei, entró al final, inspeccionando el taller de Maya con una mueca de disgusto absoluto, como si temiera contraer una enfermedad solo por respirar el mismo aire.
—La silla está rota —dijo Alexei. Su voz tenía un acento ruso espeso, áspero como grava triturada—. Arréglala. Ahora.
Maya parpadeó, saliendo de su estupor.
—¿Disculpa?
—¿Eres sorda? —Alexei dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Olía a tabaco caro y a una loción que picaba en la nariz—. El jefe dice que la silla falla. El panel de control no responde a veces. Se detiene sola. Arréglala. No hagas preguntas. No mires a nadie. Solo trabaja.
Cualquier otro mecánico en ese barrio habría agachado la cabeza, habría dicho “sí, señor” y se habría puesto a trabajar con las manos temblorosas. Pero Maya Reyes había sostenido las entrañas de hombres mientras morían; había mirado a la muerte a los ojos tantas veces que ya no le impresionaban los matones con trajes caros.
Ignoró a Alexei. Dio un paso lateral, esquivando su imponente figura, y se acercó a la silla. Se arrodilló. No para inspeccionar las ruedas o el motor, sino para quedar a la altura de los ojos de la niña.
La niña, Mila, se sobresaltó. Sus ojos grises, grandes y acuosos, se abrieron con sorpresa. Estaba acostumbrada a que la gente mirara la silla, a que admiraran la tecnología, o a que la miraran con esa mezcla de lástima y repulsión que la gente reserva para “lo roto”. Pero esta mujer, esta mecánica con grasa en la cara y una cicatriz fea que le bajaba por el brazo derecho, la estaba mirando a ella.
—Hola —dijo Maya. Su voz cambió, suavizándose hasta convertirse en ese tono tranquilo y firme que usaba con los soldados en shock o con su hermano Noah cuando tenía una crisis—. Soy Maya. ¿Cómo te llamas?
Alexei gruñó y avanzó para interponerse.
—¡No le hables! Te dije que revisaras el sistema electrónico. ¡Conecta el diagnóstico!
Maya levantó una mano, la palma abierta hacia Alexei, en un gesto universal de “alto”, pero sus ojos no se apartaron de la niña.
—Le estoy preguntando a ella, no a ti —dijo Maya con una calma helada.
El silencio que siguió fue absoluto. Los dos guardaespaldas detrás de Alexei llevaron sus manos a las solapas de sus sacos. El aire se cargó de electricidad estática. Nadie le hablaba así a Alexei Petrov. Nadie que quisiera conservar sus dientes.
Pero antes de que Alexei pudiera destrozarla, una voz pequeña, casi inaudible, rompió la tensión.
—Mila… —susurró la niña—. Me llamo Mila.
Maya sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas una curva en sus labios, pero llegó a sus ojos.
—Hola, Mila. Es un placer conocerte, aunque me gustaría que fuera en mejores circunstancias. —Maya ignoró los gruñidos de fondo de los hombres—. Dime, ¿qué es lo que está mal con tu silla?
—El sistema de control… —empezó a decir Alexei de nuevo, impaciente.
—¡Cállese! —La voz de Maya restalló como un látigo, girando la cabeza bruscamente hacia el ruso. Sus ojos destellaron con una furia repentina—. Usted no está sentado en esa silla. Usted no vive en ella doce horas al día. Ella sí. Así que si quiere que la arregle, va a dejar que ella me diga qué está mal.
Alexei se quedó petrificado, con la boca medio abierta. La audacia era tal que no supo cómo procesarla por un segundo.
Maya volvió su atención a la niña.
—Mila —dijo suavemente—. Olvida lo que dicen ellos. Olvida los diagnósticos y las luces parpadeantes. Tú eres la piloto. Tú conoces esta máquina mejor que nadie. Dime, ¿dónde duele?
La pregunta quedó flotando en el aire. ¿Dónde duele? No ¿qué falla? No ¿qué ruido hace?
Los ojos de Mila se llenaron de lágrimas. Sus labios temblaron. Miró de reojo a Alexei con terror, luego bajó la vista a sus manos, que estrujaban la tela de sus pantalones sobre sus piernas inmóviles.
—No es el control… —susurró, tan bajo que Maya tuvo que inclinarse más para oírla—. El control funciona bien.
—¿Entonces? —insistió Maya, bajando aún más la voz, creando una burbuja de intimidad en medio de ese garaje hostil.
—Soy yo —sollozó Mila—. El problema soy yo. Me duele… me duele todo.
Maya asintió lentamente, como si confirmara algo que ya sabía.
—¿Dónde, pequeña? Sé específica.
—En la espalda baja. Es como… como si tuviera fuego en la columna. Y en las caderas. Siento que se me desencajan. Cada vez que la silla pasa por un bache, aunque sea pequeño, siento como si alguien me clavara un cuchillo en la nuca. —Mila levantó la vista, y la desesperación en sus ojos grises le rompió el corazón a Maya—. Pero no puedo decirlo. Mi papá… él pagó tanto dinero. Los ingenieros de Alemania dijeron que era ergonómicamente perfecta. Si me duele, es porque mi cuerpo está mal, porque soy débil. No quiero que mi papá gaste más dinero por mi culpa. Ya perdió a mamá por mi culpa.
Maya sintió un nudo en la garganta, familiar y doloroso. La culpa del sobreviviente. La conocía bien. La veía en el espejo cada mañana.
—Mila, escúchame —dijo Maya, tomando suavemente las manos frías de la niña entre las suyas, manchadas de aceite—. Las máquinas se construyen con matemáticas. Las personas no. No eres tú la que está mal. Es la silla.
Maya se puso de pie y comenzó a moverse alrededor de la silla. Ya no miraba con los ojos de una mecánica común, sino con los de una experta en anatomía y trauma. Sus dedos recorrieron la estructura de titanio, buscando no fallas mecánicas, sino fallas humanas.
—Mira esto —murmuró para sí misma, tocando el respaldo—. La curvatura lumbar es estándar. Demasiado pronunciada para una lesión en T4. —Bajó la mano hacia el asiento—. El ángulo de inclinación… está a cero grados. Debería estar a menos tres para compensar la falta de tono muscular en el torso. —Revisó la suspensión—. Hidráulica rígida. Diseñada para estabilidad en terrenos lisos, no para absorción de impacto real. Dios mío…
Se volvió hacia Alexei, quien la miraba con impaciencia y desdén.
—Esta silla es una trampa mortal —dijo Maya sin rodeos—. Es una maravilla tecnológica, sí. Pero es una tortura médica. Quien diseñó esto midió a tu jefa con una regla, no con empatía. El centro de gravedad está mal. El soporte lumbar está forzando su columna a una posición antinatural cada segundo que pasa sentada ahí. No es que el control falle; es que el cuerpo de Mila está luchando contra la silla, y sus espasmos involuntarios por el dolor hacen que el joystick se mueva erráticamente.
Alexei soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Terminaste tu discurso? Estás hablando de ingenieros con doctorados, mujer. ¿Tú qué tienes? ¿Un taller que se cae a pedazos y herramientas oxidadas? Arregla el maldito control o te juro que quemaré este lugar contigo dentro.
Maya no retrocedió. Agarró su llave inglesa con más fuerza, sus nudillos poniéndose blancos.
—No voy a tocar el control porque no tiene nada malo. Voy a reconfigurar la estructura del asiento y la suspensión. Pero me llevará tiempo. Y necesito que dejen de respirarme en la nuca.
Alexei sacó su teléfono. Su rostro se oscureció.
—Creo que no entiendes con quién estás tratando. El Jefe no tiene paciencia para incompetentes.
Marcó un número. Habló en ruso, rápido y cortante. Maya solo captó la palabra “problema” y “mujer estúpida”. Colgó y miró a Maya con una sonrisa cruel.
—Viene para acá. Reza a lo que sea que creas, mecánica. Porque si no puedes convencerlo a él mejor que a mí, hoy será tu último día en la tierra.
Veinte minutos después, la atmósfera cambió. Si antes había tensión, ahora había terror puro.
Tres camionetas más llegaron, bloqueando completamente la calle. Las luces de los faros cortaron la penumbra del crepúsculo como reflectores de una prisión.
Cuando Konstantin Volkov bajó del vehículo central, el aire pareció enfriarse diez grados.
Era un hombre que no necesitaba gritar para ser escuchado. Vestía un traje de tres piezas color carbón que se ajustaba a sus hombros anchos como una armadura. Su rostro era anguloso, hermoso de una manera severa y aterradora, con esa cicatriz pálida cruzando su pómulo.
Caminó hacia el taller con pasos lentos y deliberados. Sus hombres se apartaron como el Mar Rojo.
Alexei se acercó y le susurró al oído, señalando a Maya y luego a la silla. Volkov no cambió de expresión. Sus ojos, del color del hielo sucio, se clavaron en Maya.
Se detuvo a un metro de ella. Maya pudo oler su colonia: madera, cuero y algo metálico, como sangre seca.
—Así que tú eres la experta —dijo Volkov. Su voz era suave, casi un susurro, lo cual la hacía infinitamente más aterradora que los gritos de Alexei—. Mi hombre me dice que te niegas a obedecer una orden simple. Me dice que crees saber más que los mejores ingenieros de Europa.
Maya sintió que le temblaban las piernas, pero clavó los talones en el suelo. Miró más allá del hombro de Volkov y vio a Mila. La niña estaba encogida en su silla, llorando silenciosamente, aterrorizada no por el dolor, sino por lo que su padre pudiera hacer.
Esa visión le dio a Maya el acero que necesitaba.
—No me niego a arreglarla —dijo Maya, sosteniendo la mirada del Capo—. Me niego a ponerle un parche a una herida que necesita cirugía.
—¿Te atreves a dictar términos? —Volkov dio un paso más. Ahora estaba tan cerca que Maya podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo—. He gastado una fortuna en esa silla. Es perfecta.
—Es perfecta para un robot —espetó Maya—. No para su hija.
—¡Cuidado! —advirtió Alexei, desenfundando su arma.
Maya ni siquiera parpadeó ante el arma.
—Mire a su hija —dijo Maya, señalando a Mila—. No la mire como un problema que hay que resolver con dinero. Mírela como su hija. ¿Ve cómo tiene el hombro izquierdo más alto? Eso es porque el reposabrazos está mal calculado y ella trata de compensar el dolor alejándose del punto de presión. ¿Ve cómo sus piernas tiemblan? No es frío. Son espasmos musculares porque la suspensión es tan rígida que cada vibración del suelo le golpea la médula espinal.
Volkov giró la cabeza lentamente hacia Mila. La niña bajó la mirada, incapaz de sostener la de su padre.
—Mila… —dijo él—. ¿Es cierto?
Mila sollozó, un sonido roto y agudo.
—Sí, papá. Duele mucho. Pero no quería que te enojaras. Los doctores dijeron que era lo mejor… pensé que yo estaba mal.
La cara de Volkov sufrió una transformación sísmica. La máscara de indiferencia se agrietó, revelando por una fracción de segundo una angustia y una culpa tan profundas que Maya casi sintió lástima por él. Pero la máscara volvió a su lugar rápidamente. Se volvió hacia Maya.
—Dices que puedes arreglar lo que los expertos no pudieron.
—No digo que pueda hacer milagros. Digo que puedo escuchar lo que la silla y su hija dicen.
—¿Cuánto tiempo?
—Toda la noche. Doce horas. Necesito desarmarla por completo y reconstruirla ajustada a su anatomía real, no a los planos.
Volkov la estudió. Era como ser examinada por un lobo decidiendo si valía la pena el esfuerzo de atacar.
—Doce horas —dijo finalmente—. Tienes una noche.
Arrastró una silla de plástico vieja y sucia que estaba en una esquina y la plantó en medio del taller, justo frente a la mesa de trabajo. Se sentó, cruzó las piernas y sacó un cigarrillo de una pitillera de plata.
—Me quedaré aquí. Observaré cada tornillo que muevas.
Encendió el cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo agrietado.
—Si al amanecer mi hija sigue sufriendo… —bajó la mirada hacia Maya, y sus ojos eran dos pozos negros de promesa letal—. Entonces entenderás el verdadero significado del dolor. Empieza.
Maya tragó saliva, sintiendo el peso de su propia vida y la de la niña en sus manos. Asintió una vez, se giró hacia su caja de herramientas y sacó su juego de llaves de precisión. La noche iba a ser muy, muy larga.
