Me Vendió al Cartel por Medio Millón, Pero el Jefe Vio mi Collar y Cayó de Rodillas: “Perdón, Patrona”

CAPÍTULO 1: EL PRECIO DE LA INOCENCIA

El sonido de esa puerta de hierro cerrándose fue como un disparo directo a mi corazón. Clang. Un sonido seco, metálico, definitivo. En ese instante, todas las fantasías de caminar de la mano por las calles empedradas de Europa, de beber vino en la Toscana y de ser la “Señora de Ethan”, se hicieron añicos contra el suelo de concreto sucio.

El aire en aquel sótano era pesado, una mezcla asfixiante de humedad, óxido y miedo puro. No estábamos en París. Ni siquiera estábamos cerca de un aeropuerto. Estábamos en algún lugar perdido del Estado de México, tal vez Ecatepec o en los límites de la ciudad, donde las casas grises se amontonan en los cerros y nadie escucha tus gritos.

Ethan, el hombre que hace apenas tres días me juraba amor eterno mientras me preparaba el desayuno, ahora me empujaba con brusquedad hacia el centro de la habitación.

—¡Muévete! —gruñó, y su voz ya no tenía ese tono dulce que me enamoró. Ahora era la voz de un extraño, de un monstruo.

Frente a nosotros estaba “El Comprador”. Le decían el Sr. Russo. Era un tipo alto, impecable, con un traje negro que costaba más que la vida de todos los presentes juntos. Sus ojos eran como los de un halcón: depredadores, fríos, calculadores. Me escaneó de arriba abajo, y sentí una presión en el pecho que casi no me dejaba respirar. Me sentí sucia, expuesta. Me sentí como una cosa.

Ethan, con las manos temblando —no sé si de miedo o de emoción por el dinero—, empujó una maleta pesada tipo Pelican hacia el tal Russo.

—Aquí está, Sr. Russo. Impecable, como acordamos —dijo Ethan. Su voz goteaba una codicia repugnante, una urgencia patética—. Medio millón, todo en efectivo, ¿verdad?

Russo ni siquiera lo miró. Sus ojos seguían clavados en mí. Ethan dio un paso atrás, ansioso, como si la maleta le quemara las manos. Sus ojos bailaban de un lado a otro, evitando mi mirada a toda costa. Cobarde.

Y yo, Ava, la chica que renunció a su empleo de gerente, que vendió su coche y dejó su departamento en la Narvarte para seguir al amor de su vida, estaba ahí parada: un pedazo de mercancía con código de barras en un sótano de mala muerte. El frío del piso de concreto me subía por las piernas, pero mi corazón… mi corazón estaba a temperaturas bajo cero.

¿Cómo llegué aquí?

Hace apenas 72 horas, Ethan me abrazaba en nuestro sofá, pintándome pajaritos en el aire.

—Bebé, cerré el trato del siglo en la firma —me dijo, con esos ojos brillantes que yo amaba—. Los socios me dieron un bono ridículo. Nos vamos a Europa. Quiero llevarte a ver el atardecer más hermoso del mundo. Quiero que empecemos nuestra vida allá.

Me envolvió en sus mentiras dulces como si fuera algodón de azúcar. Yo, hambrienta de amor y validación, me lo tragué todo. Sin dudarlo, mandé mi carta de renuncia. “Al diablo todo, me voy a ser feliz”, pensé.

Llena de ilusiones, me subí con él a la camioneta. “Vamos al aeropuerto privado en Toluca”, dijo. “Es más exclusivo”. Pero después de horas de carretera, cuando el paisaje se volvió árido y hostil, y entramos a una villa remota rodeada de muros altos y alambre de púas, el miedo empezó a picarme la nuca.

—Solo tengo que arreglar unos papeles de los pasaportes —me dijo con esa cara de “yo no rompo un plato”—. Dame tu cel y tu INE, amor, es por seguridad.

Se los di. Le di mi identidad, mi comunicación y mi libertad. No sospeché nada hasta que esa puerta de hierro se cerró. Hasta que vi entrar a los hombres armados. Hasta que el Sr. Russo apareció con esa aura de muerte.

Solo entonces desperté de mi sueño estúpido. Este “viaje romántico” tenía un solo destino: el infierno.

Levanté la vista y miré a Ethan. Ese rostro que había besado mil veces ahora me parecía deforme, grotesco. Tenía la garganta seca, como si hubiera tragado vidrios.

—¿Por qué? —grazné. Fue lo único que pude sacar.

Ethan finalmente se dignó a mirarme. Y lo que vi me rompió más que el secuestro. No había culpa. No había remordimiento. Solo había impaciencia y fastidio, como quien mira un zapato viejo que ya quiere tirar.

—Ay, Ava, por favor. No me vengas con dramas —bufó, rodando los ojos—. No me culpes a mí. Cúlpate a ti misma por ser tan pobre y tan fácil de engañar. Necesito mucha lana, nena. Deudas de juego, ¿sabes? Tú no tienes ni en qué caerte muerta, pero tu “cuerpo”… eso sí vale.

Sus palabras fueron puñaladas directas al alma. Tres años. Tres años de “te amo”, de cenas, de planes, de conocer a mis amigas. Para él, yo no era una persona. Era un cheque al portador que decidió cobrar hoy.

Ethan se giró hacia Russo, cambiando su actitud a la de un perro faldero.

—Sr. Russo, ya vio la mercancía. Está enterita. Ya recibí la transferencia, así que… si no le molesta, yo me pelo.

Russo lo ignoró monumentalmente. Dio un paso hacia mí.

Comenzó a caminar en círculos a mi alrededor, examinándome como quien compra un caballo. Sus pasos resonaban en el silencio mortal del sótano. Me sentí humillada, violada por su mirada. Tenía las manos atadas con cinchos de plástico a la espalda y cinta gris en la boca. Solo podía mirar a Ethan con odio puro, deseando que mis ojos pudieran disparar balas.

Russo se detuvo frente a mí. Extendió una mano enguantada en piel negra y me levantó la cara con brusquedad. Me obligó a mirarlo a los ojos. Eran pozos negros, vacíos. Era la mirada de alguien que ha visto morir a mucha gente y no ha perdido ni un minuto de sueño por ello.

Cerré los ojos. Las lágrimas calientes rodaron por mis mejillas, mezclándose con el sudor frío. “Mamá, perdóname”, pensé. “Perdóname por no escucharte cuando decías que me cuidara”.

En ese momento, sentí que la mano de Russo se tensaba. Se quedó rígido, como piedra.

Abrí los ojos, confundida.

Él no me estaba mirando a la cara. Estaba mirando mi cuello. Específicamente, el dije de plata que colgaba ahí, brillando débilmente bajo la luz de la única bombilla del cuarto.

Era un fénix de plata, un trabajo artesanal intrincado, con un pequeño rubí en el ojo. Lo he llevado puesto desde que tengo memoria. Mi madre me lo dio. “Era de tu abuela”, me decía siempre con esa voz severa que usaba. “Nunca, bajo ninguna circunstancia, te lo quites, Ava. Es tu protección”.

Yo pensaba que era una superstición de vieja. Pero ahora…

La expresión de Russo cambió drásticamente. La frialdad de asesino se desmoronó. Primero fue sorpresa, luego incredulidad absoluta, y finalmente… ¿pánico? Sí, vi terror puro en sus ojos.

Soltó mi barbilla como si le hubiera dado una descarga eléctrica. Su mano temblaba. Quiso tocar el dije, pero se detuvo en el aire, como si fuera una reliquia sagrada que un pecador no tiene derecho a profanar.

—Esto… —su voz salió ronca, irreconocible—. Esto es de usted.

Ya no había hielo en su tono. Había un temblor de incertidumbre.

Yo no podía responder por la cinta en mi boca. Solo lo miré, interrogante. Él pareció darse cuenta de su error y se giró hacia uno de sus gorilas con una furia repentina.

—¡Quítale esa cinta de la boca! ¡AHORA! —rugió.

El subordinado saltó del susto y corrió a arrancarme la cinta. Me dolió, sentí que me arrancaba la piel, pero no me importó. Jalé aire con desesperación.

—Te estoy preguntando… —Russo se acercó de nuevo, su voz urgente, casi suplicante—. ¿De dónde sacaste ese fénix?

Lo miré con recelo. ¿Por qué le importaba mi joyería barata a un narco?

—Me lo dio mi madre —respondí, mi voz quebrada pero firme.

Al escuchar la palabra “madre”, Russo dio un respingo visible. Su respiración se aceleró.

—¿Tu madre? —susurró, acercándose tanto que podía oler su colonia cara mezclada con tabaco—. ¿Su nombre… su nombre es Leonora Valdés?

El mundo se detuvo por un segundo.

—Leonora Valdés —repetí, aturdida—. Sí. Es mi mamá.

CAPÍTULO 2: LA SANGRE PESA MÁS QUE EL DINERO

—¿Cómo sabes el nombre de mi mamá? —pregunté, con la voz llena de confusión y miedo. Mi madre es una señora que vende ropa y se preocupa porque coma verduras. ¿Qué tiene que ver con este criminal?

Al recibir mi confirmación, el temible Sr. Russo pareció desinflarse. Dio dos pasos tambaleantes hacia atrás, como si le hubiera dado un golpe en el pecho. Su rostro, antes bronceado y arrogante, se puso pálido como el papel. Empezó a sudar frío.

La forma en que me miraba había cambiado radicalmente. Ya no era mercancía. Ahora me miraba con una mezcla de terror absoluto y una reverencia casi religiosa. Los sicarios detrás de él intercambiaron miradas nerviosas, sin entender por qué su jefe, el hombre que controlaba la plaza, estaba temblando frente a una chica secuestrada.

Ethan, el imbécil de Ethan, no entendía nada. Estaba ahí parado, con su sonrisa estúpida, pensando que Russo simplemente se había enamorado del collar.

—Sr. Russo, hombre de gustos finos, ¿eh? —dijo Ethan, acercándose con esa actitud servil que ahora me daba asco—. Si le gusta el collar, considérelo un regalo de la casa. Quédese con la joya y haga lo que quiera con la vieja.

Mala elección de palabras.

En cuanto Ethan cerró la boca, Russo giró la cabeza con una violencia que hizo crujir su cuello. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—¡CÁLLATE!

Russo se abalanzó sobre él. No fue un golpe técnico. Fue un revés con toda la mano abierta, cargado de furia y pánico.

¡Plaaaac!

El sonido de la bofetada resonó como un disparo en el sótano. Ethan salió volando, dio un giro y cayó de bruces al suelo. Se llevó la mano a la cara, aturdido, con un hilo de sangre bajando por la comisura de los labios.

—¡Sr. Russo! —gimió Ethan, con voz de niño regañado—. ¿Pero qué le pasa? ¡Tenemos un trato!

—¡Cierra tu maldita boca, imbécil! —Russo le apuntó con un dedo tembloroso—. ¿Tienes una perra idea de a quién acabas de vender? ¿Sabes que casi haces que nos maten a todos, pedazo de animal?

Russo ni siquiera esperó respuesta. Se giró hacia mí, sacó una navaja táctica de su bolsillo y, con manos que temblaban ligeramente, cortó los cinchos que ataban mis muñecas. Lo hizo con una delicadeza extrema, cuidando de no rozar mi piel ni por error.

En cuanto mis manos estuvieron libres, Russo dio un paso atrás, juntó los pies y se inclinó en una reverencia profunda, perfecta, de 90 grados.

—Señorita Valdés… —dijo, mirando al suelo—. Soy Marcus Russo. Fui un ciego y un estúpido al no reconocerla. Mi error es imperdonable. Le suplico, dígame cómo puedo enmendar esta ofensa.

Yo estaba paralizada, frotándome las muñecas doloridas. El hombre que hace dos minutos iba a comprarme como esclava, ahora me pedía perdón como si yo fuera la realeza.

—Tú… ¿tú conoces a mi mamá? —fue lo único que pude articular. Mi cerebro no procesaba la información.

Russo mantuvo la cabeza agachada.

—Más que conocerla, Señorita. La Patrona es mi todo. Sin la Señora Leonora, Marcus Russo estaría muerto en una zanja hace veinte años. Ella me dio vida, me dio poder. Ella es… ella es la Jefa.

—¿La Patrona? —sentí una risa histérica burbujear en mi garganta—. ¿De qué hablas? Mi mamá tiene un negocio de importaciones. Vende tuppers y ropa americana.

—Con todo respeto, Señorita —Russo se enderezó, pero seguía sin mirarme a los ojos, como si no fuera digno—, eso es lo que ella quería que usted creyera. Las “Importaciones Valdés” son solo una fachada. El imperio que su madre construyó… es dueño de medio país. Y este fénix —señaló mi pecho— es el sello de la casa. Solo la heredera directa lo porta. Ver ese collar es como ver a la Señora Leonora en persona.

Un imperio. Mi madre. La mujer que me regañaba por no usar suéter y que se quejaba del precio del gas. ¿Una jefa de la mafia? ¿Una magnate? Mi mente daba vueltas.

—Señorita Valdés, este no es lugar para usted —dijo Russo, recuperando su compostura de líder—. Ha pasado por un infierno. Voy a arreglar su traslado inmediato a una zona segura.

Luego, sus ojos se posaron en Ethan, quien seguía en el suelo, tratando de entender qué pasaba. La mirada de Russo cambió instantáneamente de servidumbre a una crueldad helada.

—Y en cuanto a esta basura…

Ethan se puso pálido. Finalmente entendió que la marea había cambiado y que él se estaba ahogando.

—¡Sr. Russo, no! ¡Espere! —Ethan se arrastró de rodillas hacia él, patético, llorando moco y baba—. ¡Yo no sabía! ¡Juro por mi vida que no sabía quién era su madre! ¡Ava! ¡Ava, mi amor, diles algo!

Ethan se giró hacia mí, con los ojos desorbitados de terror.

—¡Ava, por favor! ¡Llevamos tres años juntos! ¡Nos íbamos a casar! ¡No puedes dejar que me maten! ¡Soy tu Ethan!

Lo miré. Miré al hombre que amé. Al hombre por el que dejé todo. Y solo sentí… nada. No, sentí asco. Un asco profundo y visceral.

—¿Tú sabías quién era mi mamá? —le pregunté a Ethan, con voz gélida.

—¡No! ¡Te lo juro! ¡Si hubiera sabido que tu jefa era La Patrona, jamás te hubiera tocado! —gritó él.

Ahí estaba. Su arrepentimiento no era por haberme vendido. Era por haberse metido con la hija de la dueña del circo.

Russo se acercó a mí, con las manos cruzadas respetuosamente.

—Señorita Valdés… ¿cuáles son sus órdenes con respecto a este individuo?

Por primera vez en mi vida, sentí el peso del poder real en mis manos. Era una sensación eléctrica, aterradora y extrañamente seductora. Podía salvarlo. Podía pedir que lo dejaran ir. Era lo que la vieja Ava haría. La Ava tonta y buena.

Pero la Ava que entró a este sótano murió cuando cerraron esa puerta de hierro.

Miré a Ethan una última vez. Recordé su sonrisa cuando recibió la maleta de dinero. Recordé cómo me empujó.

Respiré hondo.

—No quiero volver a ver su cara en mi vida —dije. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

Russo asintió levemente, una sombra de sonrisa aprobatoria en sus labios.

—Entendido.

Hizo una seña casi imperceptible. Dos de sus gorilas levantaron a Ethan del suelo como si fuera un costal de papas.

—¡NO! ¡AVA! ¡MALDITA SEAS! —gritaba Ethan mientras lo arrastraban hacia la oscuridad del pasillo—. ¡ERES UNA VÍBORA IGUAL QUE TU MADRE! ¡TE VAS A ARREPENTIR!

Sus gritos se fueron apagando, seguidos por el sonido sordo de un golpe y luego… silencio.

No pregunté qué le iban a hacer. No quería saberlo. Pero en el fondo, sabía que Ethan Wright acababa de dejar de existir.

—Vamos, Señorita —dijo Russo, ofreciéndome el paso—. La limusina está lista. Su madre ya viene en camino. Y créame… cuando La Patrona se entere de esto, arderá Troya.

Salí del sótano hacia la luz cegadora del sol mexicano. Me dolía el cuerpo, me dolía el alma, pero mientras tocaba el fénix de plata en mi cuello, supe una cosa: Mi vida “normal” había terminado. Bienvenida al negocio familiar.

CAPÍTULO 3: EL PESO DE LA CORONA

El sol de la tarde golpeaba contra el asfalto, pero dentro de la camioneta blindada el aire estaba climatizado a una temperatura gélida. Me hundí en los asientos de cuero italiano, que olían a nuevo y a poder. Era un contraste tan violento con el suelo de concreto lleno de orina y sangre donde había estado hace apenas media hora, que mi mente no lograba procesarlo. Mis manos, todavía con las marcas rojas de los cinchos de plástico, descansaban sobre mis rodillas, temblando involuntariamente.

Russo iba en el asiento del copiloto, hablando en voz baja por un teléfono satelital en un idioma que no logré identificar, aunque sonaba a una mezcla de órdenes militares y códigos financieros. El conductor, un hombre que parecía una pared de ladrillos con traje, manejaba con una suavidad inquietante, esquivando los baches de las carreteras del Estado de México como si el vehículo levitara.

Miré por la ventana polarizada. El paisaje árido y las casas a medio construir pasaban como un borrón.

—Señorita Valdés —la voz de Russo rompió el silencio. Había colgado el teléfono y ahora me miraba a través del espejo retrovisor con esa reverencia que me ponía la piel de gallina—. Hay agua y toallas húmedas en la consola central. Por favor, sírvase.

Tomé una botella de agua de vidrio, de una marca que probablemente costaba más que mi almuerzo habitual, y bebí con desesperación. El agua fría alivió mi garganta rasposa, pero no pudo lavar el sabor amargo de la traición.

—Sr. Russo —dije, y mi voz sonó más fuerte esta vez, menos como la de una víctima y más como la de alguien que exige respuestas—. Deje de llamarme Señorita Valdés y dígame qué demonios está pasando. ¿Quién es realmente mi madre? Y no me venga con cuentos. Quiero la verdad.

Russo suspiró y se giró en su asiento para mirarme mejor. Su rostro, antes una máscara de crueldad, ahora mostraba una extraña mezcla de lástima y admiración.

—Señorita, lo que usted ha visto hoy es solo la punta del iceberg —comenzó, eligiendo sus palabras con cuidado—. No me corresponde a mí contarle la historia completa de la Señora, eso es derecho exclusivo de ella. Pero debe entender algo: el mundo en el que usted vivía, esa vida de oficina, de deudas, de novios mediocres… eso era una burbuja. Una jaula de cristal construida para protegerla.

—¿Protegerme de qué? —repliqué, sintiendo una oleada de ira—. ¡Casi me venden como ganado! ¡Esa “protección” falló miserablemente!

—Falló porque usted salió de la zona de seguridad —dijo él, no como un regaño, sino como un hecho fáctico—. Su madre, Doña Leonora, no es una simple empresaria. Ella es la cabeza de Industrias Valdés. Para el mundo legal, somos un conglomerado que maneja logística, bienes raíces y tecnología. Para el mundo que opera en las sombras… —hizo una pausa y bajó la voz— su madre es la ley. Ella pone y quita reyes. Controla rutas, territorios y mercados que usted ni siquiera sabe que existen.

Apreté el fénix de plata en mi cuello. El metal estaba caliente contra mi piel.

—¿Y esto? —pregunté, levantando el dije—. ¿Por qué te asustaste tanto al verlo?

Russo sonrió levemente, una sonrisa triste.

—Ese fénix no es una joya, Ava. Es una credencial. Es el sello de la sucesión. Hace años, cuando la guerra entre familias estaba en su punto más sangriento, su madre juró que quien portara ese collar era intocable. Tocar a la portadora del Fénix es una declaración de guerra total contra todo el imperio Valdés. Si yo hubiera permitido que le pasara algo… no solo me habrían matado. Habrían borrado mi apellido de la faz de la tierra.

Me quedé en silencio, digiriendo sus palabras. Mi madre, la mujer que me mandaba tuppers con comida y me regañaba si no contestaba el teléfono, era temida por hombres capaces de descuartizar a otros sin pestañear. La dicotomía era absurda.

El viaje continuó durante otra hora hasta que el entorno cambió. Dejamos atrás el caos urbano y nos adentramos en una zona boscosa, exclusiva, donde los muros perimetrales eran altos y estaban coronados con cámaras de seguridad cada cinco metros.

La camioneta se detuvo frente a un portón de hierro forjado monumental, custodiado por hombres con armas largas y uniformes tácticos negros. Al ver la matrícula del auto de Russo, los hombres se cuadraron con una disciplina militar y el portón se abrió lentamente, revelando un camino empedrado flanqueado por árboles centenarios.

La propiedad era obscena. No había otra palabra para describirla. Era una hacienda moderna, una mezcla de arquitectura colonial mexicana y brutalismo contemporáneo. Fuentes de cantera, jardines que parecían cortados con láser y una mansión blanca que se alzaba imponente al fondo.

—Bienvenida a casa, Señorita —dijo Russo mientras el chofer abría mi puerta.

Bajé del auto y mis piernas flaquearon por un segundo. El aire aquí era diferente; olía a pino, lavanda y dinero viejo.

Un ejército de empleados domésticos y guardias de seguridad estaba alineado en la entrada principal. Al verme, todos, sin excepción, inclinaron la cabeza.

—Buenas tardes, Señorita Valdés —dijeron al unísono.

Sentí un vértigo intenso. Hace tres horas era una nadie. Ahora era la princesa de un reino que desconocía.

Russo me guio a través de pasillos con techos de doble altura, decorados con obras de arte que juraría haber visto en libros de historia. Me llevó a una suite de invitados en el ala este.

—Descanse, por favor —dijo, abriendo la puerta—. Hay ropa limpia en el vestidor. He mandado preparar algo ligero para que coma. Su madre ha sido informada de su rescate. Está volando desde Singapur ahora mismo. Llegará mañana por la mañana.

—Gracias, Russo —murmuré, abrumada.

—Ah, y Señorita… —se detuvo en el marco de la puerta—. Sobre el tal Ethan. Tengo un informe preliminar. ¿Quiere verlo ahora o prefiere esperar?

El nombre de Ethan fue como un latigazo. El dolor, la humillación y la rabia se mezclaron en mi pecho.

—Ahora —dije sin dudar.

—Déjeme traer la tableta. Mientras tanto, tome una ducha. Le hará bien.

Cuando Russo salió, cerré la puerta y me apoyé contra ella, exhalando todo el aire que había contenido. Me arrastré hasta el baño. Era más grande que mi antiguo departamento completo. Todo era mármol y grifos dorados.

Me metí bajo la regadera con el agua hirviendo. Necesitaba quemar la sensación de las manos de Ethan, el olor del sótano, el miedo pegajoso. Froté mi piel hasta que quedó roja. Lloré. Lloré no por él, sino por mí. Por la Ava estúpida e ingenua que había muerto hoy. Lloré por los tres años perdidos, por los sueños rotos de París, por la traición más baja que un ser humano puede cometer.

Pero mientras el agua se llevaba mis lágrimas, algo dentro de mí comenzó a endurecerse. Como el acero que se templa al fuego.

Salí del baño envuelta en una bata de seda que encontré colgada. Me senté frente al espejo del tocador. Mis ojos estaban hinchados, pero había un brillo nuevo en ellos. Un brillo oscuro. Toqué el fénix en mi cuello.

Soy hija de Leonora Valdés, me dije a mí misma. Y las Valdés no lloran por hombres mediocres.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos. Era una mucama joven que traía una bandeja con té y fruta, seguida por Russo.

Russo colocó una tableta electrónica sobre la mesa de centro y esperó a que la mucama se retirara.

—Siéntese, por favor —dijo él, su tono ahora era completamente profesional, como si estuviéramos en una junta de negocios.

Me senté y tomé la tableta. En la pantalla aparecía una foto de Ethan, pero no la foto sonriente que yo tenía en mi fondo de pantalla. Era una foto policial, vieja.

—Ethan Wright. Nombre real: Esteban W. Rivas —comenzó a explicar Russo, señalando los datos—. No es graduado de Columbia, como le dijo. Ni siquiera terminó la preparatoria. Sus títulos son falsificados en la plaza de Santo Domingo. Tampoco trabaja en un fondo de inversión. Es un estafador profesional fichado en tres estados.

Deslicé el dedo por la pantalla, leyendo con horror.

—¿Y la deuda? —pregunté—. ¿Dijo que debía dinero de juego?

—Eso es parcialmente cierto. Debe dinero, mucho. Pero no es solo juego. Esteban se dedica a lo que llamamos “pig butchering” o estafas románticas a largo plazo. Su modus operandi es encontrar mujeres con perfiles específicos: trabajadoras, con ahorros, solas o con familias distantes, y emocionalmente vulnerables.

—Yo… yo era un perfil para él —susurré, sintiendo náuseas—. Todo fue mentira. Desde el primer “hola” en la cafetería.

—Absolutamente todo. La supuesta ex-novia enferma de la que le habló, esa por la que a veces le pedía dinero prestado… no existe. El dinero que usted le prestaba se iba directo a casinos clandestinos y burdeles. Cuando sus deudas se volvieron impagables y los acreedores amenazaron con romperle las piernas, él ofreció un “pago alternativo”.

—A mí —completé la frase, con la voz helada.

—Exacto. Él propuso venderla. Los acreedores tienen conexiones con redes de trata en Europa del Este y Medio Oriente. El plan era sacarla del país bajo la excusa del viaje, entregarla aquí a los intermediarios y reportarla como desaparecida en el extranjero. Un plan limpio. Nadie busca a una chica que se fue voluntariamente con su novio.

Al final del archivo había un video.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Mis hombres tuvieron una… conversación con él antes de “despedirlo” —dijo Russo con indiferencia—. Pensé que le gustaría verlo.

Dudé un segundo, pero mi dedo presionó play.

La imagen era oscura, grabada con un celular. Ethan estaba atado a una silla en lo que parecía ser una bodega vacía. Su cara ya no era la del galán de telenovela. Estaba hinchada, llena de moretones, moco y sangre. Lloraba como un niño.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —chillaba Ethan en el video—. ¡Solo quería el dinero! ¡Ava es una estúpida, se cree todo! ¡Era fácil! ¡Por favor, déjenme ir! ¡Les daré a otra! ¡Conozco a más chicas!

Pausé el video. No necesitaba ver más.

“Les daré a otra”.

Esa frase retumbó en mi cabeza. No solo no me amaba. Él era un depredador. Si salía vivo de esta, lo haría de nuevo. Buscaría a otra Ava, la enamoraría, le robaría todo y la vendería como carne.

Levanté la vista hacia Russo. Él me observaba, esperando mi reacción. Quizás esperaba que me desmoronara, que pidiera piedad por el hombre que amé.

—¿Dónde está él ahora? —pregunté. Mi voz no tembló. Ni un poco.

—En la cajuela de un auto, camino al desierto de Sonora —respondió Russo sin rodeos—. Mis órdenes fueron claras: hacerlo desaparecer. Pero… —hizo una pausa— técnicamente sigue respirando. Si usted, por alguna razón sentimental, desea que detenga la operación, solo tiene que decirlo. Puedo ordenar que lo dejen tirado en un hospital con una advertencia.

El silencio llenó la habitación. Era un silencio pesado, denso. Podía escuchar el tic-tac de un reloj antiguo en la pared.

Pensé en sus mentiras. Pensé en mis ahorros de cinco años que él se gastó en apuestas. Pensé en la puerta de hierro cerrándose. Pensé en la otra chica, la próxima víctima que caería en sus redes si él seguía respirando.

Me levanté del sofá y caminé hacia el ventanal que daba a los jardines impecables. Miré mi reflejo en el vidrio. Ya no veía a la niña buena. Veía a alguien más. Veía a la hija de La Patrona.

—Russo —dije, dándole la espalda.

—¿Sí, Señorita?

—No quiero que lo dejen en un hospital.

—Entiendo. ¿Quiere que lo entreguemos a la policía?

Me giré lentamente para mirarlo a los ojos. Mi rostro estaba inexpresivo, frío como el mármol de esta casa.

—No. La policía lo soltará en dos años por falta de pruebas o por un soborno. Y él volverá a hacerlo.

Tomé aire, sintiendo cómo el oxígeno llenaba mis pulmones de una nueva determinación.

—Haz lo que tengas que hacer. Que desaparezca. Que nadie sepa que Ethan Wright existió jamás. No quiero que vuelva a lastimar a nadie. Nunca.

Russo me sostuvo la mirada por un momento largo. Luego, asintió con una lentitud solemne. Había un brillo de respeto en sus ojos que no estaba ahí antes.

—Como ordene, Señorita Valdés. Considere el asunto cerrado.

Russo tomó la tableta, hizo una leve reverencia y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Señorita Ava… su madre tenía miedo de que este mundo la rompiera. Pero al parecer, la sangre Valdés es más fuerte de lo que ella calculó. Descanse. Mañana será un día largo. Doña Leonora querrá explicárselo todo.

La puerta se cerró.

Me quedé sola en la inmensidad de la habitación. Me dejé caer en la cama gigante, con sábanas de hilo egipcio. Debería sentir culpa. Debería sentirme un monstruo por haber sentenciado a muerte a un hombre. Pero mientras cerraba los ojos, solo sentí una cosa: Paz.

Por primera vez en tres días, iba a dormir sin miedo. Y mañana… mañana conocería a la mujer detrás de la leyenda. Mañana conocería a mi madre.

CAPÍTULO 4: LA LLEGADA DE LA REINA

Desperté antes de que sonara cualquier alarma. Mi cuerpo estaba hundido en un colchón que parecía una nube, pero mis músculos seguían tensos, listos para correr o pelear. Durante unos segundos, mirando el techo alto con vigas de madera y la lámpara de araña de cristal, pensé que seguía soñando. Pero luego, el silencio absoluto de la habitación me recordó dónde estaba. No era el silencio tranquilo de una mañana de domingo; era el silencio respetuoso y temeroso de una fortaleza.

Me levanté y caminé descalza sobre las alfombras persas hacia el ventanal. El jardín de la hacienda brillaba bajo el sol de la mañana. Jardineros uniformados trabajaban con una precisión quirúrgica, recortando arbustos y barriendo hojas invisibles. Había guardias armados patrullando el perímetro, sombras negras recortadas contra los muros de piedra.

Me toqué el cuello. El fénix de plata seguía ahí. Frío, pesado, real.

Recordé mi orden de la noche anterior. “Que desaparezca”. Esas dos palabras habían sellado el destino de Ethan. Esperé sentir náuseas, culpa, remordimiento. Esperé sentirme como una asesina. Pero, para mi sorpresa y horror, lo único que sentía era un vacío tranquilo. Había extirpado un tumor maligno de mi vida. Eso era todo.

Alguien llamó a la puerta con suavidad.

—Pase —dije, girándome.

Una mucama diferente a la de ayer entró empujando un carrito con el desayuno. Huevos motuleños, fruta fresca, café de olla y jugo de naranja recién exprimido.

—Buenos días, Señorita Valdés —dijo sin levantar la vista del suelo—. El Sr. Russo me pide informarle que la Señora… su madre… aterrizará en veinte minutos. Le ha dejado ropa preparada en el vestidor para recibirla.

—Gracias —respondí. La chica salió caminando hacia atrás, como si darme la espalda fuera una ofensa capital.

Entré al vestidor. Ya no había ropa casual. Colgado en el centro había un vestido negro de corte midi, elegante, sobrio, de una tela que gritaba “diseñador exclusivo”, y unos zapatos de tacón bajo. Nada de jeans, nada de tenis. Era el uniforme de una heredera.

Me vestí mecánicamente. Al mirarme al espejo, la chica de la Narvarte ya no estaba. El vestido negro me hacía ver mayor, más pálida, más dura. Me recogí el pelo en una coleta alta y tensa. Estaba lista.

Bajé a la sala principal justo cuando un rugido sordo comenzó a vibrar en los cristales de las ventanas. El sonido fue creciendo, un tup-tup-tup rítmico y potente que parecía golpear directamente en el pecho.

Russo estaba en el vestíbulo, revisando su reloj compulsivamente. Se había cambiado de traje; ahora llevaba uno azul marino impecable, pero se le veía nervioso. Se pasaba un pañuelo por la frente. El hombre que ayer había ordenado la muerte de Ethan sin pestañear, hoy parecía un escolar a punto de recibir sus calificaciones finales.

—Señorita Ava —dijo al verme, haciendo una leve inclinación—. Vamos afuera. A la Señora no le gusta esperar.

Salimos al patio principal. El viento provocado por las aspas del helicóptero nos golpeó la cara, desordenando mi peinado y levantando polvo del camino. Era una máquina negra, brillante, enorme, un modelo militar civilizado que descendía como un ave de presa sobre el helipuerto privado marcado en el césped.

Los guardias formaron dos filas perfectas, con las manos cruzadas a la espalda, las miradas fijas al frente. El ambiente estaba cargado de electricidad estática.

El helicóptero tocó tierra. Las aspas comenzaron a desacelerar, cortando el aire con un silbido agudo. La puerta de la cabina se abrió y una escalerilla automática descendió.

Primero bajaron dos guardaespaldas. Eran gigantes, mucho más intimidantes que los hombres de Russo. Escanearon el área con una rapidez profesional, sus manos cerca de las armas ocultas bajo los sacos. Asintieron hacia la cabina.

Entonces, ella bajó.

Leonora Valdés. Mi madre.

Llevaba un abrigo largo color camello sobre un traje sastre negro. Grandes gafas de sol cubrían la mitad de su rostro. Su cabello oscuro, con apenas unos hilos de plata, estaba peinado hacia atrás de manera impecable. Caminaba con una seguridad que no se aprende, se nace con ella. No miró el jardín, no miró la casa, no miró al cielo. Caminaba como si fuera dueña de la tierra que pisaba, y probablemente lo era.

Sentí que se me secaba la boca. La imagen de mi madre haciendo sopa de fideo en nuestra pequeña cocina chocó violentamente con esta mujer que parecía una jefa de estado o una general en tiempos de guerra.

Russo se adelantó, casi corriendo, y se inclinó tanto que casi tocó el suelo.

—Patrona. Bienvenida. Es un honor…

Leonora ni siquiera se detuvo. Pasó de largo frente a él, quitándose las gafas de sol con un movimiento fluido. Sus ojos eran oscuros, profundos, dos abismos insondables.

—Ahórrate la saliva, Marcus —dijo ella. Su voz era tranquila, pero tenía un filo metálico que cortaba el aire—. Hablaremos de tu incompetencia más tarde. Reza para que mis abogados encuentren una forma de justificar por qué mi hija terminó en un sótano de mala muerte bajo tu vigilancia.

Russo palideció, quedándose congelado en su reverencia.

—Sí, Señora. Por supuesto.

Leonora siguió caminando hasta quedar frente a mí. Se detuvo a un metro de distancia. El silencio que se hizo en el patio fue absoluto. Ni los pájaros se atrevían a cantar.

Yo sostuve su mirada. Tenía ganas de llorar, de correr a abrazarla, de gritarle “¡Mamá, tuve tanto miedo!”. Pero algo en su postura me lo impidió. No tenía los brazos abiertos. Me estaba escaneando. Buscaba heridas, buscaba debilidad, buscaba daño.

—Ava —dijo finalmente. No fue un saludo cariñoso. Fue una confirmación.

—Mamá… —mi voz salió más pequeña de lo que quería.

Ella dio un paso adelante y, por un breve segundo, vi una grieta en su armadura. Su mano se levantó y me tocó la mejilla. Su palma estaba fría. Sus ojos recorrieron mi cara, mi cuello, y se detuvieron en el fénix de plata. Exhaló un suspiro casi imperceptible.

—Estás viva —murmuró, más para ella misma que para mí—. Y estás entera.

Retiró la mano rápidamente y recuperó su postura de acero.

—Sígueme. Tenemos que hablar.

Dio media vuelta y entró a la casa sin esperar respuesta. Yo la seguí, pasando junto a los guardias y a un Russo que parecía haber envejecido diez años en dos minutos.

Caminamos por los pasillos en silencio hasta llegar a una puerta doble de caoba maciza al final del ala oeste. Ella la abrió y entró a un despacho que parecía sacado de una película. Estanterías de libros hasta el techo, una chimenea encendida y un escritorio masivo detrás del cual colgaba un mapa antiguo de México.

Leonora se dirigió a un pequeño bar en la esquina.

—¿Whisky o Tequila? —preguntó, sirviéndose un vaso de cristal cortado.

—Son las diez de la mañana —respondí, cerrando la puerta detrás de mí.

—En nuestro mundo no hay horarios, Ava. Hay situaciones. Y esta requiere alcohol.

Se sirvió un tequila solo y se sentó en la silla de cuero detrás del escritorio, indicándome con un gesto que tomara asiento frente a ella.

Me senté, sintiéndome como una niña llamada a la dirección de la escuela, pero también con una curiosidad que me quemaba las entrañas.

—Russo me envió el reporte completo —dijo ella, girando el vaso en su mano—. Sé lo de Ethan. Sé lo de la venta. Y sé lo que ordenaste anoche.

Me tensé.

—¿Vas a regañarme por eso también?

Leonora me miró fijamente y, por primera vez, una leve sonrisa curvó sus labios. No era una sonrisa cálida, era una sonrisa de orgullo depredador.

—Al contrario. Manejaste la situación con una frialdad admirable. La mayoría de las chicas en tu situación habrían llorado pidiendo clemencia para su verdugo. Tú lo sentenciaste. Eso demuestra que tienes mi sangre. Más de la que yo pensaba.

—No lo hice por crueldad —me defendí—. Lo hice porque…

—Lo hiciste porque era necesario —me interrumpió—. No te justifiques. En esta familia no pedimos perdón por sobrevivir.

Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Su expresión se volvió seria de nuevo.

—Ahora, pregúntame. Veo las preguntas quemándote la lengua. Hazlas.

Tomé aire, agarrando los reposabrazos de la silla con fuerza.

—¿Quién eres realmente? Y no me digas “empresaria”. ¿Por qué vivimos mintiendo toda mi vida? ¿Por qué nunca supe que teníamos… todo esto? —hice un gesto abarcando la mansión y el lujo—. Yo comía atún de lata para llegar a fin de mes, mamá. Y tú tienes un helipuerto.

Leonora se recargó en su silla, entrelazando los dedos.

—Todo lo que hice, Ava, fue para mantenerte alejada de esto.

—¿Alejada de qué?

—Del poder. Y del precio que se paga por él.

Se puso de pie y caminó hacia el mapa en la pared.

—Hace treinta años, tu padre y yo empezamos con nada. Unos camiones de carga en la frontera. Pero teníamos ambición. Entendimos que el mundo no se mueve por leyes, se mueve por flujos. Flujos de dinero, de mercancía, de influencia. Construimos Industrias Valdés sobre una premisa simple: nosotros movemos lo que nadie más puede mover, y garantizamos lo que nadie más puede garantizar.

—¿Es ilegal? —pregunté, temiendo la respuesta.

Se giró para mirarme.

—La legalidad es una línea que dibujan los políticos, Ava. Y nosotros financiamos a esos políticos. Operamos en las áreas grises. Tenemos negocios legítimos: construcción, aguacates, tecnología. Y tenemos otros negocios… de logística especializada. Digamos que facilitamos acuerdos entre partes que no pueden sentarse en una mesa pública.

—Eres una criminal —susurré.

—Soy una facilitadora de poder —corrigió con voz dura—. Y gracias a eso, tú fuiste a las mejores escuelas privadas. Gracias a eso, nunca te faltó un médico. Gracias a eso, estás viva hoy. ¿Crees que Russo te habría rescatado si fueras la hija de una cajera de supermercado?

Sus palabras eran duras, pero irrebatibles.

—¿Por qué ocultármelo? —insistí, sintiendo las lágrimas de frustración picar mis ojos—. ¿Por qué hacerme vivir una mentira?

—Porque eras mi debilidad —dijo ella, y su voz se quebró por un microsegundo—. En este mundo, los enemigos huelen el amor como los tiburones huelen la sangre. Si sabían que tenía una hija, te convertirías en un blanco. Te mantuve en el anonimato, viviendo una vida “mediocre” y segura, para que nadie supiera quién eras. Russo era mi ojos en Europa, James era mi ojos en la casa… o eso creía yo.

Su rostro se oscureció al mencionar a James, nuestro mayordomo de toda la vida, el hombre que me había visto crecer.

—¿Qué tiene que ver James? —pregunté, confundida.

—La seguridad alrededor de ti era impenetrable, Ava. Ethan es un estafador de poca monta, un idiota. Jamás habría podido acercarse a ti, mucho menos sacarte del país, sin ayuda interna. Alguien desactivó los protocolos. Alguien miró hacia otro lado.

Me tapé la boca con la mano.

—No… James no. Él me daba galletas a escondidas. Él me enseñó a andar en bici.

—James nos traicionó —dijo Leonora con frialdad absoluta—. Lo compraron. Probablemente una familia rival. Los Donovan, o tal vez los Salazar. Ya lo averiguaremos. Está en el sótano siendo interrogado ahora mismo.

El mundo se me vino abajo por segunda vez. Mi novio me vendió. Mi figura paterna me traicionó. Mi madre era una capo.

—Escúchame bien, Ava —Leonora volvió a su escritorio y sacó un sobre grueso—. Esto ya no es seguro. Mi anonimato se rompió, y el tuyo también. Ahora todos saben que Leonora Valdés tiene una hija y que es vulnerable.

Empujó el sobre hacia mí.

—Aquí tienes pasaportes nuevos, cuentas bancarias en Suiza y un plan de vuelo. Te irás esta noche a Lausana. Internado de alta seguridad, nueva identidad. Vivirás como una reina, pero lejos de México. Lejos de mí. Es la única forma de que tengas esa vida tranquila que querías.

Miré el sobre. Era mi salida. Podía irme a Europa (la verdadera Europa esta vez), vivir con millones de dólares, olvidar a Ethan, olvidar los sótanos y las armas. Podía ser libre.

Pero entonces recordé la mirada de terror de Russo cuando vio el fénix. Recordé el poder que sentí cuando decidí el destino de Ethan. Y recordé a James, el traidor. Si me iba, ellos ganaban. Si me iba, siempre sería la víctima que huye.

Levanté la vista. Mi madre me miraba con expectación, quizás esperando que tomara el sobre y le agradeciera.

Lentamente, empujé el sobre de regreso hacia ella.

Leonora arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Qué haces?

—No me voy a ir —dije. Mi voz sonó firme, resonando en las paredes de madera.

—No seas estúpida, Ava. No tienes idea de lo que dices. Aquí te van a cazar.

—Que lo intenten —respondí, poniéndome de pie—. Me he pasado la vida siendo la tonta que no sabe nada. La chica fácil de engañar. Casi me matan por ser ignorante, mamá. No voy a volver a esconder la cabeza en la arena.

Me incliné sobre el escritorio, apoyando las manos sobre la madera pulida, invadiendo su espacio personal.

—Tú construiste este imperio. Es mi herencia. Es mi sangre. Si tengo enemigos, quiero verlos a la cara. No quiero huir a Suiza a comer chocolate mientras tú peleas mis guerras.

Leonora me miró en silencio durante un largo minuto. Sus ojos escrutaron cada centímetro de mi rostro, buscando miedo, buscando duda. No encontraron nada. Solo encontraron el reflejo de su propia determinación.

—Es un camino sin retorno, Ava —advirtió en voz baja—. Si te quedas, la niña inocente muere hoy. Tendrás que aprender a disparar, a negociar, a mentir y a matar si es necesario. No habrá piedad. No habrá segundas oportunidades.

—La niña inocente murió en ese sótano, madre —dije, tocando el fénix de nuevo—. Enséñame. Enséñame a ser como tú. Enséñame a ser una Valdés.

Una sonrisa lenta, casi imperceptible, se dibujó en el rostro de Leonora. Esta vez no era de orgullo depredador. Era de reconocimiento. Por primera vez, no me miraba como a una hija que hay que proteger, sino como a una sucesora.

Abrió un cajón de su escritorio y sacó una pistola negra, pesada y elegante. La puso sobre el sobre de los pasaportes, como ofreciéndome una última elección: El exilio o la guerra.

Tomé el arma. El metal estaba frío, pero se sentía bien en mi mano. Pesaba, pero podía sostenerla.

Leonora asintió, satisfecha.

—Bien —dijo, sirviéndose otro trago—. Entonces, siéntate. Tu educación empieza ahora. Y la primera lección es sobre la traición. Vamos a bajar al sótano a ver a James. Quiero que veas lo que le pasa a la gente que muerde la mano de una Valdés.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en el estómago, pero no bajé la mirada.

—Vamos —dije.

Y así, con el arma en la mano y mi madre al lado, caminé hacia la oscuridad, dejando atrás la luz del sol para siempre.

CAPÍTULO 5: LA LECCIÓN DE SANGRE Y LA FORJA

El ascensor que llevaba al subsuelo de la hacienda no tenía música ambiental ni espejos dorados. Era una caja de metal fría, industrial, que descendía con un zumbido sordo que resonaba en mis dientes. Mi madre, Leonora, estaba parada a mi lado, impasible, como una estatua de hielo tallada a la perfección. Yo apretaba la pistola que me había dado, no porque pretendiera usarla todavía, sino porque el metal frío en mi palma era lo único que me anclaba a la realidad.

Cuando las puertas se abrieron, el olor me golpeó antes que la imagen. No olía a humedad como en el sótano donde me tuvo Ethan. Aquí olía a productos químicos, a lejía fuerte y a algo metálico que mi cerebro tardó un segundo en identificar como sangre seca.

—Bienvenida al nivel cero, Ava —dijo Leonora, saliendo del ascensor. Sus tacones resonaban con eco en el pasillo de concreto pulido.

Caminamos pasando varias puertas de acero reforzado hasta llegar a la última celda. Un guardia abrió la puerta pesada y se apartó.

Entré. Y mi corazón se detuvo por un segundo.

Atado a una silla metálica, con la camisa del uniforme hecha jirones y el rostro magullado, estaba James. El mismo James que me preparaba chocolate caliente cuando tenía pesadillas de niña. El mismo James que me enseñó a conducir en el estacionamiento del supermercado. El hombre que había sido, a falta de mi padre, la figura paterna más constante de mi vida.

Al vernos entrar, levantó la cabeza. Su ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón, y tenía el labio partido. Cuando me vio, una expresión de dolor puro, más allá de lo físico, cruzó su cara.

—Niña Ava… —gimió, su voz ronca y quebrada—. Gracias a Dios… estás viva. Gracias a Dios.

Sentí una punzada en el pecho, un instinto reflejo de correr a ayudarlo. Pero la mano de mi madre se posó sobre mi hombro, pesada, deteniéndome.

—Ahórrate las plegarias, James —dijo Leonora con una voz tan fría que hizo bajar la temperatura de la habitación—. Dios no tiene jurisdicción en este sótano. Solo nosotras.

James rompió a llorar. No era un llanto digno. Era el llanto de un hombre roto, aterrorizado.

—Señora, por favor… tiene que entenderlo… no tenía opción…

Me acerqué un paso, temblando de rabia y de una tristeza infinita.

—¿Por qué? —pregunté. Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Confiaba en ti, James. Eras mi familia. ¿Cuánto te pagaron? ¿Cuánto valía mi vida para ti? ¿Un millón? ¿Dos?

James negó con la cabeza frenéticamente, salpicando gotas de sangre al suelo.

—¡No fue por dinero, niña Ava! ¡Lo juro por mi vida! ¡Fue por Leo!

Me detuve. Leo era su nieto. Un niño de ocho años con el que yo había jugado a veces en el jardín cuando venía de visita.

—¿Qué tiene que ver Leo en esto? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

—Los Donovan… —sollozó James—. Se lo llevaron saliendo de la escuela. Me mandaron un video… le pusieron una pistola en la cabeza al niño… Dijeron que si no desactivaba los protocolos de seguridad de Ava… que si no dejaba que ese tal Ethan se la llevara… iban a matar a mi nieto.

James me miró con su único ojo bueno, suplicando perdón.

—Perdóname, mi niña. Eres como una hija para mí, pero Leo… Leo es mi sangre. No podía dejar que lo mataran. Pensé… pensé que solo te secuestrarían para pedir rescate. Jamás pensé que te venderían a una red de trata. ¡Si lo hubiera sabido, habría dejado que mataran a Leo antes de entregarte!

La confesión quedó flotando en el aire viciado. James no era un monstruo codicioso. Era un abuelo desesperado. Por un segundo, la duda me asaltó. ¿Qué habría hecho yo en su lugar?

Miré a mi madre, buscando una señal de compasión. Pero el rostro de Leonora era una máscara de piedra.

—Es una historia conmovedora, James —dijo Leonora, caminando lentamente alrededor de la silla—. Y probablemente sea cierta. Los Donovan son conocidos por su crueldad con los niños.

Se detuvo detrás de él y puso una mano sobre su hombro herido, haciéndolo estremecerse.

—Pero aquí está la lección, Ava —dijo, mirándome fijamente—. James tuvo una elección. Podría haber venido a mí. Podría haberme dicho: “Señora, tienen a mi nieto”. Yo habría movido cielo, mar y tierra. Habría enviado a mis mejores hombres a rescatar al niño. Habríamos matado a cada Donovan que se atreviera a tocarlo.

Leonora se inclinó hacia el oído de James.

—Pero no confiaste en mí, James. Elegiste traicionarme. Elegiste sacrificar a mi hija para salvar a tu sangre. Y en mi mundo, la traición, sin importar la causa, es un cáncer. Si perdono esto porque tienes una “buena razón”, mañana todos mis empleados tendrán una “buena razón” para venderme.

James bajó la cabeza, derrotado. Sabía que tenía razón.

—Ava —dijo mi madre, dándome la espalda y caminando hacia la puerta—. Tú decides. Es tu vida la que él vendió. ¿Qué hacemos con él?

Miré a James. El hombre que me vio crecer. El hombre que me vendió para salvar a su nieto.

Sentí el peso de la pistola en mi mano. Podía matarlo. Tenía el derecho. O podía perdonarlo.

Pero entonces recordé las palabras de Russo: “La portadora del Fénix es intocable”. Si mostraba debilidad ahora, si lo dejaba ir con una palmada en la espalda, nadie me respetaría. Sería la “niña buena” otra vez. Y la niña buena casi muere violada en un país extranjero.

—¿Dónde está el nieto ahora? —pregunté a Russo, que estaba en la esquina en silencio.

—Nuestra inteligencia localizó al niño hace una hora. Un equipo táctico ya lo recuperó. Está a salvo, camino a casa de su madre —respondió Russo.

Asentí. El niño estaba a salvo. James ya no tenía excusa, ni palanca.

Caminé hacia James. Me agaché para quedar a la altura de sus ojos.

—Salvaste a tu nieto, James. Bien hecho —le susurré—. Pero rompiste mi corazón y mi confianza.

Me levanté y me giré hacia mi madre.

—No lo mates —dije.

James soltó un suspiro de alivio, y Leonora arqueó una ceja, decepcionada.

—¿Piedad, Ava?

—No —respondí con frialdad—. La muerte es demasiado rápida. Es una salida fácil. Él eligió a su familia sobre nosotros. Bien. Que viva con eso.

Miré a Russo.

—Despídelo. Quítale todo. Su pensión, sus ahorros, su casa, su seguro médico. Que se vaya a la calle con lo que trae puesto. Y asegúrate de que nadie en este país le vuelva a dar trabajo, ni siquiera para barrer pisos. Que vea a su nieto crecer sabiendo que nos traicionó y que ahora no puede ni comprarle un helado. Que viva en la miseria absoluta recordando cada día lo que perdió.

El silencio en la habitación fue sepulcral. James me miró con horror. Para un hombre de su edad, la indigencia y la deshonra eran un destino peor que una bala en la cabeza.

—Señorita Ava… —susurró, devastado.

—Sáquenlo de mi vista —ordené, dando media vuelta.

Salí de la celda sin mirar atrás. Escuché los sollozos de James mientras los guardias lo desataban para echarlo a la calle. Entré al ascensor y, solo cuando las puertas se cerraron, dejé escapar el aire que tenía contenido. Mis manos temblaban, pero no de miedo. Temblaban de adrenalina.

Mi madre me miró, y una sonrisa lenta y terrible se dibujó en sus labios.

—Cruel —dijo con aprobación—. Muy cruel. Dejarlo vivir en la vergüenza es un castigo que dura décadas. Has elegido bien, hija mía.

Esa noche, no pude dormir. La imagen de James llorando se mezclaba con la cara de Ethan y la mirada fría de los Donovan. Entendí que la guerra había empezado. Y para ganarla, tenía que dejar de ser Ava Miller.

A la mañana siguiente, mi nueva vida comenzó a las 5:00 AM.

No hubo desayuno en la cama. Hubo un golpe en la puerta y un hombre que parecía esculpido en granito esperándome en el pasillo.

—Soy Ivanov —dijo con un acento ruso marcado—. Tienes tres minutos para vestirte. Ropa deportiva. Vamos a correr.

Durante las siguientes semanas, mi vida se convirtió en un borrón de dolor y aprendizaje.

Las mañanas eran una tortura física. Ivanov, un ex Spetsnaz que no conocía la palabra “descanso”, me llevaba al límite. Corría hasta que mis pulmones ardían como si hubiera tragado ácido. Hacía sentadillas hasta que mis piernas dejaban de responder y caía al suelo, solo para que él me gritara que me levantara.

—¡El dolor es información! —gritaba mientras yo vomitaba en el césped—. ¡Si duele, estás viva! ¡Si te rindes, estás muerta!

Aprendí Krav Maga. Aprendí que no importa si eres más pequeña o más débil; si sabes dónde golpear —garganta, ojos, ingle— puedes derribar a un gigante. Terminé con el cuerpo cubierto de moretones morados y amarillos. Mis nudillos estaban perpetuamente inflamados. Me rompí una uña, luego me rompí un dedo, y Ivanov simplemente me lo entablilló con cinta adhesiva y me ordenó seguir golpeando el saco.

Pero el entrenamiento físico era la parte fácil.

Por las tardes, la tortura era mental.

Me sentaba en el despacho con Leonora y un equipo de asesores financieros que cobraban por hora lo que yo solía ganar en un año.

—Este es el balance de nuestras operaciones en el puerto de Veracruz —decía Leonora, lanzando un documento sobre la mesa—. Encuentra el error. Tienes diez minutos.

Tenía que aprender a leer entre líneas. En los libros contables de Industrias Valdés, “Pérdidas por merma” significaba sobornos a la aduana. “Gastos de consultoría externa” significaba pago a sicarios o seguridad.

Aprendí sobre lavado de dinero, sobre empresas fantasma en las Islas Caimán, sobre cómo mover millones de dólares a través de criptomonedas sin levantar alertas en la interpol. Aprendí quiénes eran nuestros aliados y, más importante, quiénes eran nuestros enemigos.

Los Donovan.

Ese nombre se convirtió en mi obsesión.

Liam Donovan. El patriarca. Un hombre sádico que había intentado destruir a mi madre hace veinte años y falló. Ahora, al enterarse de mi existencia, había ido tras de mí. No por dinero, sino por rencor. Quería romper a Leonora rompiéndome a mí.

—Son parásitos —me explicó mi madre una tarde, mientras me enseñaba a limpiar y desarmar una Glock 19 con los ojos vendados—. No tienen código. Nosotros vendemos vicios, sí, pero mantenemos el orden. Los Donovan venden caos. Trata de personas, extorsión a gente pobre, secuestro. Son animales rabiosos.

—Y voy a cazarlos —dije, encajando el cargador en la pistola con un clac sonoro y satisfactorio. Me quité la venda de los ojos. Lo había hecho en menos de treinta segundos.

Leonora asintió, tomando un sorbo de té.

—Pronto. Pero no todavía. Un león no caza hasta que sabe cómo morder la yugular.

Pasó un mes. Luego dos.

Mi cuerpo cambió. La grasa y la suavidad de la vida sedentaria desaparecieron, reemplazadas por músculo fibroso y cicatrices. Mi postura cambió; ya no caminaba encorvada mirando el celular, caminaba con la barbilla alta, escaneando las salidas de cada habitación, evaluando las amenazas.

Pero el cambio más grande fue en mis ojos. Cuando me miraba al espejo, ya no veía la dulzura de Ava. Veía una frialdad calculadora. Veía los ojos de Leonora Valdés.

Una tarde, Russo entró al gimnasio mientras yo estaba terminando una sesión de sparring con Ivanov. Había logrado derribar al ruso gigante con una llave de pierna, y aunque él me había dejado ganar en parte, vi respeto en su mirada.

Russo traía un teléfono satelital en la mano y una expresión grave.

—Señorita Ava, Patrona —dijo, asintiendo a ambas—. Tenemos movimiento.

Me sequé el sudor de la frente con una toalla y me acerqué.

—¿Los Donovan? —pregunté.

—Sí. Han mordido el anzuelo. Creen que la desaparición de James y el silencio de radio significan que estamos débiles o asustados. Liam Donovan ha convocado a una reunión con sus tenientes principales en una bodega en los muelles esta noche. Planean expandirse a nuestro territorio sur.

Leonora, que estaba observando mi entrenamiento desde un balcón, bajó las escaleras lentamente.

—Es una provocación —dijo ella—. Quieren ver si reaccionamos.

—Es una oportunidad —intervine yo. Mi corazón empezó a latir con fuerza, no de miedo, sino de anticipación.

Miré a mi madre.

—Déjame ir.

Leonora me miró con escepticismo.

—No estás lista para una operación de campo, Ava. Esto no es golpear un saco de arena. Ahí afuera disparan balas de verdad.

—Nunca estaré lista si me tienes encerrada aquí —repliqué, acercándome a ella—. Conozco los planos de esa zona de los muelles. Los estudié la semana pasada en logística. Sé que Russo tiene un equipo de infiltración. Déjame ir con ellos. No a dirigir, solo a observar. Necesito ver a Liam Donovan a la cara. Necesito que sepa que estoy aquí.

Russo intervino con cautela.

—Patrona… la chica tiene buen instinto. Si la mantenemos en el perímetro, con chaleco y bajo mi supervisión directa… podría ser una buena experiencia de fuego real.

Leonora dudó. El silencio se estiró, tenso como una cuerda de violín. Miró mis manos, callosas y firmes. Miró mis ojos, decididos.

Finalmente, suspiró.

—Bien. Irás. Pero si te separas de Russo un solo metro, si desobedeces una sola orden, te juro que te encierro en tu habitación hasta que tengas cuarenta años.

Sonreí. Una sonrisa lobuna.

—Entendido, madre.

—Vístete —ordenó Leonora—. Ponte el equipo táctico. Hoy vas a conocer al diablo, Ava. Más te vale que no parpadees.

Corrí hacia mi habitación. Mientras me abrochaba el chaleco antibalas de kevlar y me ajustaba la pistolera en el muslo, sentí una extraña euforia.

Ethan me había vendido. James me había traicionado. Los Donovan me habían cazado.

Pero esta noche, la presa se convertía en cazador. Esta noche, Ava Valdés iba a salir a jugar.

CAPÍTULO 6: LA PRIMERA SANGRE Y LA LLAMADA DEL INFIERNO

La camioneta táctica avanzaba sin luces por un camino de terracería que bordeaba la zona industrial del puerto. Dentro, el aire estaba viciado, cargado con el olor metálico del aceite de armas, el caucho y la testosterona contenida de seis hombres preparados para matar. Yo iba sentada entre Russo e Ivanov. El chaleco de kevlar me apretaba el pecho, dificultando la respiración profunda que intentaba mantener para calmar mi corazón, el cual latía contra mis costillas como un pájaro enjaulado.

No era un videojuego. No era una simulación en el campo de tiro de la hacienda. Esto era real.

—Tres minutos para el objetivo —anunció el conductor con voz monocorde a través del intercomunicador.

Russo se giró hacia mí. La luz roja tenue del interior de la camioneta le daba a su rostro un aspecto demoníaco, acentuando las sombras bajo sus ojos.

—Repasemos las reglas de enfrentamiento, Señorita Ava —dijo, revisando el seguro de su subfusil MP5—. Usted es “Sombra”. No inicia el fuego. No se separa de Ivanov. Si digo “al suelo”, se tira al suelo. Si digo “corra”, corre hacia el vehículo de extracción. ¿Entendido?

—Entendido —respondí. Mi voz sonó extraña en mis propios oídos, amortiguada por el auricular táctico. Apreté la empuñadura de mi Glock 19 hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

—No se preocupe, pequeña loba —gruñó Ivanov a mi otro lado, dándome una palmada en el hombro que casi me disloca el brazo—. Si las cosas se ponen feas, tú detrás de mí. Yo soy el muro.

La camioneta se detuvo con una sacudida suave. El motor se apagó.

—Despliegue —ordenó Russo.

Las puertas traseras se abrieron y la brisa salada y húmeda del mar nos golpeó. El puerto era un laberinto de contenedores oxidados apilados como rascacielos de metal, grúas gigantes que parecían esqueletos prehistóricos y sombras profundas donde cualquier cosa podía esconderse.

Nos movimos en silencio, una columna de fantasmas negros deslizándose entre la maquinaria pesada. Mis botas tácticas apenas hacían ruido sobre el asfalto sucio. Seguía los pasos de Ivanov, imitando su postura baja, mis ojos escaneando frenéticamente cada esquina oscura. El miedo estaba ahí, sí, un nudo frío en el estómago, pero también había algo más: una claridad mental absoluta. Mis sentidos estaban amplificados. Podía oír el chapoteo del agua contra el muelle, el zumbido de un generador lejano, incluso la respiración rítmica de los hombres a mi alrededor.

Llegamos a una posición elevada, una pasarela de mantenimiento que daba a una bodega abierta, iluminada por reflectores halógenos amarillentos.

Russo levantó el puño y todos nos congelamos. Se llevó unos binoculares térmicos a los ojos.

—Ahí están —susurró—. Confirmado. Liam Donovan está en el sitio.

Me arrastré con cuidado hasta el borde y miré hacia abajo.

En el centro de la bodega, rodeado de hombres armados con rifles de asalto, había una mesa plegable. Y ahí estaba él.

Liam Donovan.

Nunca lo había visto en persona, solo en fotos borrosas de los archivos de inteligencia de mi madre. En vivo, emanaba una repulsión diferente. No era un matón corpulento; era un hombre de unos cincuenta años, delgado, vestido con un traje gris impecable que desentonaba ridículamente con la mugre del puerto. Tenía el cabello peinado hacia atrás con exceso de gel y una sonrisa que parecía una cicatriz en su cara.

Estaba hablando con otro hombre, un tipo con tatuajes en el cuello que reconocí como un teniente de un cártel local rival.

—Activa el micrófono direccional —ordenó Russo a uno de los técnicos del equipo.

Unos segundos después, la voz de Liam Donovan llegó nítida a nuestros auriculares.

—… Leonora está vieja, cansada —decía Liam, con una arrogancia que me hizo hervir la sangre—. Se ha vuelto blanda. Veinte años escondiéndose en su castillo. Y ahora, con la aparición de la hija… es el momento perfecto.

Al escuchar mi mención, me tensé.

—¿La hija es un problema? —preguntó el otro hombre.

Liam soltó una carcajada seca. Sacó una moneda de oro de su bolsillo y empezó a jugar con ella, pasándola entre sus dedos.

—¿La niña? Por favor. Es una mocosa mimada que creció jugando a las muñecas. No sabe nada de este negocio. La “Princesa Ava” es el talón de Aquiles de Leonora. Solo necesito apretarla un poco, hacerla chillar, y la gran Leonora Valdés vendrá a comer de mi mano para salvar a su cría. Y cuando lo haga… —Liam cerró el puño sobre la moneda con violencia— le cortaré la cabeza a la serpiente.

Sentí una oleada de calor subir por mi cuello. Mocosa mimada. Hacerla chillar. La imagen de Ethan vendiéndome se superpuso con la cara de Liam. Todos estos hombres me veían igual: como una debilidad, como una presa fácil, como un objeto para usar contra mi madre.

Levanté mi pistola, apuntando instintivamente hacia abajo, hacia su cabeza brillante.

Una mano de hierro me agarró la muñeca. Ivanov. Me miró y negó con la cabeza lentamente. Disciplina, decían sus ojos.

—El objetivo es la mercancía y la interrupción de la alianza —susurró Russo por el canal privado—. No podemos tocar a Liam hoy. Si lo matamos aquí, se desata una guerra civil en la ciudad mañana. Necesitamos desmantelarlo pieza por pieza.

—Equipo Alpha, en posición. Bravo, flanqueen —ordenó Russo—. ¡Fuego a discreción sobre los sicarios! ¡AHORA!

El infierno se desató en un segundo.

Dos granadas aturdidoras cayeron desde nuestra posición hacia el centro de la bodega.

¡BOOM! ¡BOOM!

La luz blanca cegadora y el estruendo hicieron tambalearse a los hombres de abajo. Inmediatamente, el equipo de Russo abrió fuego. El sonido de los silenciadores era como escupitajos mortales, ftt-ftt-ftt, seguidos por los gritos de dolor y confusión.

—¡Emboscada! —gritó alguien abajo.

Los hombres de Donovan, recuperándose del aturdimiento, empezaron a disparar a ciegas hacia las pasarelas. Las balas repicaban contra el metal a mi alrededor, sacando chispas.

—¡Sombra, muévase! —gritó Ivanov, empujándome hacia la cobertura de una grúa.

Corrí agachada, con el corazón latiendo en la garganta. El aire se llenó de polvo, humo y el olor acre de la cordita. Abajo, era un caos. Los hombres de seguridad de Valdés descendían haciendo rappel con una precisión letal, neutralizando a los enemigos.

Vi a Liam Donovan siendo arrastrado por sus guardaespaldas hacia una camioneta blindada en la parte trasera de la bodega. Iba a escapar.

—¡Se escapa! —grité, frustrada.

—¡Déjalo ir! —ordenó Russo, disparando una ráfaga que abatió a un tirador—. ¡Aseguren el perímetro!

De repente, una figura salió de entre las sombras de los contenedores a mi derecha. No era parte de nuestro equipo. Era un sicario de Donovan que había logrado flanquearnos, subiendo por una escalera lateral.

Ivanov estaba recargando su arma, mirando hacia el otro lado. Russo estaba demasiado lejos.

El hombre me vio. Levantó su AK-47, sus ojos inyectados en sangre fijos en mí. Vi el agujero negro del cañón apuntando a mi pecho. El tiempo pareció ralentizarse. Escuché mi propia respiración. Vi su dedo apretando el gatillo.

No pensé. Mi cuerpo, entrenado durante meses de tortura física y repetición, actuó por su cuenta.

Giré el torso, levanté la Glock con ambas manos, alineé las miras y apreté el gatillo. Dos veces. Doble tap.

¡BANG! ¡BANG!

El retroceso del arma golpeó mis brazos.

El hombre se sacudió violentamente. Una flor roja floreció en su pecho y otra en su garganta. Su rifle cayó al suelo con un estrépito, seguido por su cuerpo, que se desplomó como un títere al que le cortaron los hilos.

Me quedé paralizada, con el arma aún levantada, saliendo humo del cañón.

Lo había matado.

Había matado a un ser humano.

Mis manos empezaron a temblar. Sentí náuseas. El mundo empezó a girar.

Una mano grande me agarró del chaleco y me sacudió.

—¡Sombra! —era Ivanov—. ¡Mírame!

Lo miré. Su rostro estaba sucio de hollín, pero sus ojos azules brillaban con intensidad.

—Respira. Inhala. Exhala. Hiciste lo que tenías que hacer. Era él o tú. ¡Respira!

Hice lo que me dijo. Forcé el aire a entrar en mis pulmones. La realidad volvió de golpe. El tiroteo había cesado. La bodega estaba llena de humo y cuerpos, pero el silencio había regresado.

—Zona despejada —anunció Russo por la radio. Su voz sonaba calmada.

Ivanov me soltó y miró el cuerpo del hombre que yo había abatido. Asintió levemente.

—Buen tiro, niña. Centro de masa. Limpio.

Russo llegó corriendo a nuestra posición. Me miró, evaluando mi estado mental.

—¿Está herida?

—No —dije. Mi voz era firme, aunque por dentro seguía temblando—. Estoy bien.

Russo miró el cadáver a mis pies y luego a mí. Hubo un momento de silencio. Ya no me miraba como a una carga. Me miraba como a un soldado.

—Donovan escapó, pero capturamos a su contador y aseguramos la ruta —informó Russo—. Es una victoria. Vámonos antes de que llegue la policía federal.

Bajamos de la pasarela. Mientras caminábamos hacia los vehículos de extracción, mi teléfono personal, que Russo me había permitido traer (aunque apagado y en una bolsa de Faraday hasta terminar la operación), empezó a vibrar en mi bolsillo. Lo había encendido inconscientemente al terminar el tiroteo.

Me detuve. Era un número desconocido.

Russo se detuvo también, sospechoso.

—No conteste.

—Es… tengo un presentimiento —murmuré.

Contesté.

—¿Bueno?

Hubo un silencio al otro lado, solo se escuchaba una respiración agitada y sollozos ahogados.

—¿Ava? —la voz era un susurro aterrorizado.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Conocía esa voz. Era la voz de las pijamadas, de las sesiones de estudio en la universidad, de las risas en el café.

—¿Chloe? —pregunté, mi voz temblando más que durante el tiroteo—. ¿Chloe, eres tú? ¿Qué pasa? ¿Por qué me llamas de este número?

—Ava… ayúdame, por favor —sollozó Chloe. Su voz se rompió en un grito ahogado—. Me llevaron… unos hombres… entraron a mi departamento… dijeron que te conocían…

—¿Quién? ¡Chloe, dime dónde estás!

De repente, la voz de Chloe fue reemplazada por otra. Una voz masculina, desagradable, con una risa que reconocí al instante.

—Vaya, vaya. La Princesa Ava sí contesta el teléfono.

Era Liam Donovan.

—¡Hijo de perra! —grité, olvidando toda disciplina táctica. Russo e Ivanov se giraron hacia mí, alarmados—. ¡Si le tocas un pelo te juro que te mato!

—Uy, qué miedo. La gatita tiene garras —se burló Liam—. Escuché que interrumpiste mi reunión de negocios hoy. Muy maleducada. Así que ahora yo voy a interrumpir tu vida.

—Déjala ir, Liam. Esto es entre tú y yo. Ella es una civil. No sabe nada.

—Ella es tu mejor amiga, ¿no? Eso la hace parte del juego —dijo Liam con frialdad—. Tienes razón en una cosa: esto es entre tú y yo. Tu mamá no está invitada.

—¿Qué quieres?

—Te quiero a ti, Ava. En persona. Sola. Sin el perro faldero de Russo, sin tu ejército de mercenarios rusos. Solo tú.

—¿Dónde? —pregunté sin dudar.

Russo me hacía señas frenéticas de “corta la llamada”, “es una trampa”. Lo ignoré.

—Hay una bodega vieja, en los límites del río, cerca de la planta de tratamiento abandonada. Te envío la ubicación ahora. Tienes una hora. Si veo un solo coche de seguridad, si huelo a un solo policía… le vuelo la tapa de los sesos a tu amiguita Chloe y te mando el video.

—Voy para allá —dije.

—Tic, tac, Princesa.

La llamada se cortó.

Bajé el teléfono lentamente. Mi mano ya no temblaba. El miedo se había evaporado, reemplazado por una furia fría y blanca, más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido antes.

—Señorita Ava —dijo Russo, acercándose con cautela—. Dígame que no acaba de hacer un trato con Liam Donovan.

Lo miré. Mis ojos debían reflejar algo aterrador, porque Russo dio medio paso atrás.

—Tienen a Chloe —dije—. La tienen como cebo.

—Es una trampa. Es la trampa más vieja del libro —insistió Russo—. Quieren atraerla a una kill box. Si va, morirá. Y la chica morirá de todos modos. Así operan. No negocian.

—Lo sé —dije, revisando el cargador de mi Glock. Faltaban dos balas. Las dos que le había metido al sicario—. Sé que es una trampa, Russo.

—Entonces no puede ir. La Patrona me matará si la dejo ir.

Caminé hacia la camioneta y saqué un fusil de asalto ligero del estante de armas. Lo cargué con un movimiento seco.

—No te estoy pidiendo permiso, Marcus. Y no voy a ir a negociar.

Me giré hacia ellos. La brisa marina movió mi cabello, pero yo me sentía hecha de piedra.

—Dijiste que para cazar al león hay que saber dónde morder. Bueno, Liam acaba de cometer un error. Creyó que usaría a Chloe para hacerme vulnerable. Creyó que iría a llorar y a suplicar.

Miré hacia la oscuridad donde se escondía la ciudad.

—Voy a ir a esa bodega. Y voy a ir sola, como él pidió.

—¡Es un suicidio! —exclamó Ivanov.

—No —sonreí, y fue una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Es un caballo de Troya. Voy a entrar sola para que bajen la guardia. Pero ustedes… —señalé a Russo y a su equipo— ustedes van a estar esperando mi señal. Él quiere a la Princesa Ava. Pues le voy a dar a la Princesa.

Me ajusté el chaleco.

—Y cuando me tenga enfrente, cuando crea que ha ganado… voy a enseñarle quién es realmente una Valdés. Preparen el equipo. Nos vamos de cacería.

CAPÍTULO 7: LA CUEVA DEL LOBO Y EL CABALLO DE TROYA

El aire dentro de la camioneta de comando se sentía denso, casi sólido. Russo ajustaba con precisión quirúrgica un pequeño dispositivo en el botón superior de mi chaqueta negra. Era un micro-transmisor del tamaño de un grano de arroz, una pieza de tecnología de espionaje israelí que costaba más que la casa de mi infancia.

—Recuerde, Señorita Ava —murmuró Russo, sus ojos fijos en el botón mientras aseguraba la costura—. Esto no es solo un micrófono. Es un localizador de pulso cardíaco y GPS de grado militar. Sabremos dónde está cada segundo. Sabremos si su ritmo cardíaco sube… o si se detiene.

—No se va a detener —dije, mi voz sonando extrañamente calmada en mis propios oídos.

Me quité el chaleco táctico pesado. Para que el plan funcionara, tenía que parecerme a la Ava de antes: vulnerable, asustada, desesperada. No podía entrar vestida como un soldado de fuerzas especiales. Me dejé los pantalones cargo negros y las botas, pero arriba solo llevaba una camiseta térmica y la chaqueta donde ocultaba mi Glock 19 en la parte baja de la espalda, en una funda interior.

—Es una locura —gruñó Ivanov desde el asiento del conductor. Golpeó el volante con frustración—. Deberíamos entrar arrasando. Tenemos la potencia de fuego.

—Si entramos disparando, matan a Chloe antes de que crucemos la puerta —repliqué, revisando mi arma por última vez antes de ocultarla—. Liam Donovan quiere un espectáculo. Quiere humillarme. Ese ego es su debilidad, y voy a explotarlo.

Russo me miró con una mezcla de preocupación paternal y respeto profesional.

—Tiene diez minutos desde que entre. Nos posicionaremos en el perímetro ciego, detrás de los contenedores del lado norte. A mi señal, o si detectamos que su vida corre peligro inminente, derribaremos las paredes.

—No —lo corregí, mirándolo a los ojos—. Entren cuando yo lo diga. Necesito que él confiese. Necesito que se sienta ganador. Solo cuando baje la guardia, atacamos.

Bajé de la camioneta. La noche era oscura, sin luna, como si el cielo mismo hubiera decidido cerrar los ojos ante lo que iba a suceder. Me subí a un sedán negro, un coche “limpio” sin blindaje, y conduje sola hacia la ubicación que Liam había enviado.

El trayecto fue corto, pero se sintió eterno. Mis manos apretaban el volante mientras el paisaje urbano se degradaba. Edificios de oficinas dieron paso a fábricas abandonadas, y luego a estructuras esqueléticas de acero y concreto cerca del río. El olor a salitre y podredumbre se filtraba por las ventilaciones.

Pensé en Chloe. Mi amiga dulce, que lloraba con las películas de perros y que me traía sopa cuando me enfermaba. Ella no pertenecía a este mundo de sangre y balas. Ella era inocente. Y si algo le pasaba, yo quemaría el mundo entero para vengarla.

La bodega apareció frente a mí como una boca negra abierta lista para tragarme. Era una estructura enorme de lámina oxidada, rodeada de maleza y basura. Había dos hombres armados en la entrada, fumando bajo la luz parpadeante de un poste.

Detuve el coche. Apagué el motor. Respiré hondo.

Es hora de actuar, Ava. Actúa como la víctima.

Salí del coche con las manos en alto, temblando visiblemente. No tuve que fingir mucho el temblor; la adrenalina se encargaba de eso.

—¡Soy Ava! —grité, mi voz quebrándose a propósito—. ¡Estoy aquí! ¡No tengo armas!

Los dos guardias se acercaron. Eran tipos grandes, con tatuajes de prisión y miradas lascivas. Me agarraron con brusquedad, empujándome contra el capó del coche.

—Vaya, la princesita llegó —se burló uno, pasándome las manos por los costados en un cacheo rápido y torpe.

Me tensé. Si encontraban la Glock en mi espalda, todo terminaba aquí. El guardia bajó las manos por mi cintura, pero se detuvo antes de llegar a la zona lumbar, distraído por su propio deseo de intimidarme.

—Está limpia —gruñó, quitándome las llaves del coche y lanzándolas a los arbustos—. Y está muy buena. El jefe se va a divertir.

Me empujaron hacia la entrada.

El interior de la bodega era cavernoso. El techo estaba tan alto que se perdía en la oscuridad, y el suelo estaba cubierto de manchas de aceite y escombros. En el centro, iluminado por un reflector de construcción que creaba un círculo de luz dramático, estaba el escenario que Liam había preparado.

Chloe estaba atada a una silla de metal. Tenía cinta adhesiva gris en la boca, el rímel corrido por las lágrimas y los ojos desorbitados de terror. Cuando me vio entrar, empezó a negar con la cabeza frenéticamente, emitiendo gemidos ahogados que me partieron el alma.

—¡Mmmm! ¡Mmmmpgh!

A su lado, como un maestro de ceremonias del infierno, estaba Liam Donovan. Llevaba el mismo traje gris impecable, jugando con esa maldita moneda de oro entre sus dedos. A su alrededor, conté a doce hombres armados. Doce fusiles de asalto apuntándome.

—Bienvenida a la fiesta, Ava —dijo Liam, su voz resonando en el eco de la bodega. Sonreía como un tiburón que acaba de oler sangre—. Debo admitir que tienes agallas. O eres muy estúpida. Todavía no decido cuál.

Caminé lentamente hacia el centro, manteniendo las manos visibles.

—Déjala ir, Liam —dije, inyectando miedo en mi voz—. Estoy aquí. Soy yo a quien quieres. Ella no tiene nada que ver con esto.

Liam soltó una carcajada seca y caminó alrededor de Chloe, acariciando su cabello con una familiaridad asquerosa. Chloe se estremeció violentamente.

—¿Dejarla ir? —Liam hizo una mueca burlona—. Ay, Ava. Sigues pensando como una civil. En este negocio no se sueltan las piezas hasta que el juego termina. Y el juego apenas empieza.

Se acercó a mí, deteniéndose a un metro de distancia. Podía oler su colonia cara y el hedor rancio de su maldad.

—¿Sabes por qué te hice venir? —preguntó, bajando la voz—. No es solo para matarte. Eso sería aburrido. Quiero que tu madre vea esto. Quiero grabar cómo su preciosa heredera, la niña que escondió durante veintidós años, ruega por su vida. Quiero romper el espíritu de Leonora Valdés antes de romper su cuerpo.

—Mi madre te destruyó una vez —dije, permitiendo que un poco de mi verdadero yo se filtrara—. Y lo hará de nuevo.

La sonrisa de Liam desapareció. Su rostro se contorsionó en una máscara de odio puro.

—¡Tu madre me robó! —gritó, su voz perdiendo la compostura—. ¡Ese territorio era mío! ¡Esa ruta era de mi familia! Ella usó a sus abogados y a sus políticos comprados para aplastarnos como insectos. Mi padre se pegó un tiro por su culpa.

Dio un paso más, invadiendo mi espacio personal. Estaba tan cerca que podía ver los poros dilatados de su nariz.

—Pero hoy, la deuda se salda. Voy a disfrutar esto. Y luego, voy a enviar tus pedazos a la hacienda Valdés en una caja de regalo.

Liam levantó la mano para tocarme la cara, un gesto de posesión y desprecio.

—Eres bonita —murmuró—. Una lástima que tengas que morir tan…

Ese fue el error.

En el momento en que su mano rozó mi piel, dejé de ser la víctima. El interruptor en mi cerebro cambió de “negociación” a “ejecución”.

No pensé. Reaccioné.

Con un movimiento fluido que había practicado mil veces con Ivanov hasta que mis codos sangraban, giré el torso hacia la izquierda, desviando su mano. Al mismo tiempo, lancé mi codo derecho con toda la fuerza de mi rotación, impactando directamente en sus costillas flotantes.

CRACK.

El sonido del hueso rompiéndose fue audible. Liam soltó un jadeo de aire, doblándose por el dolor y la sorpresa.

Aprovechando su momento de inestabilidad, me deslicé detrás de él. Mi mano derecha fue a mi espalda, mis dedos encontraron la empuñadura texturizada de la Glock. Desenfundé en menos de un segundo.

Pasé mi brazo izquierdo alrededor de su cuello, haciendo una llave de estrangulamiento, y pegué el cañón frío de la pistola contra su sien.

Todo sucedió en tres segundos.

—¡NADIE SE MUEVA O LE VUELO LA CABEZA! —grité. Mi voz ya no temblaba. Era un rugido de autoridad.

El silencio cayó sobre la bodega como una losa de plomo.

Los doce sicarios se quedaron congelados, con las armas a medio levantar, mirándose unos a otros con confusión. No esperaban esto. Esperaban a una niña asustada, no a una operadora táctica que acababa de neutralizar a su jefe.

Liam jadeaba, con el dolor y el cañón del arma presionando su piel.

—¡Dispárenle! —gritó Liam, escupiendo saliva—. ¡Mátenla!

—¡Si alguien mueve un dedo, su jefe muere antes de tocar el suelo! —advertí, presionando más fuerte el arma, hundiendo el metal en su piel—. ¡Diles que bajen las armas, Liam! ¡AHORA!

—Pequeña perra… —jadeó Liam—. No tienes las agallas. Vas a morir aquí. Aunque me mates, mis hombres te harán pedazos. No vas a salir viva.

—No planeo salir sola —le susurré al oído—. ¿Crees que vine sola, idiota? ¿Crees que soy tan estúpida como para confiar en tu palabra?

Liam se puso rígido en mis brazos.

—¿Qué?

En ese instante, hablé claro y fuerte, directo al micrófono en mi chaqueta.

—¡AHORA, RUSSO!

El infierno llegó desde el exterior.

¡BOOM!

La puerta principal de la bodega no se abrió; explotó hacia adentro, arrancada de sus bisagras por la embestida de un camión blindado negro que entró derrapando en medio de una nube de polvo y escombros.

Simultáneamente, las ventanas superiores estallaron bajo una lluvia de cristales cuando cuatro figuras negras descendieron haciendo rappel desde el techo, disparando ráfagas controladas.

—¡AL SUELO! ¡POLICÍA FEDERAL NO, SOMOS VALDÉS! —La voz amplificada de Russo tronó a través de un megáfono, llenando el espacio con terror psicológico—. ¡SUELTEN LAS ARMAS O MUEREN TODOS!

El caos fue absoluto. Los hombres de Donovan, superados en táctica y sorpresa, entraron en pánico. Algunos soltaron las armas y levantaron las manos al instante, reconociendo la superioridad del equipo de asalto. Otros, más estúpidos o leales, intentaron apuntar hacia el camión.

Fueron abatidos al instante por los tiradores del techo. Bang. Bang. Bang. Tres cuerpos cayeron al suelo.

En el centro del torbellino, yo seguía sosteniendo a Liam, usándolo como escudo humano. Él miraba con ojos desorbitados cómo su operación, su venganza perfecta, se desmoronaba en segundos.

—Tus hombres son basura, Liam —le dije al oído—. Son matones de calle. Los míos son profesionales. Perdiste.

Russo saltó del camión blindado, flanqueado por Ivanov y otros tres operadores fuertemente armados. Avanzaron hacia nosotros formando un muro de protección impenetrable.

—¡Aseguren a la chica! —ordenó Russo, señalando a Chloe.

Dos operadores corrieron hacia Chloe, cortaron sus ataduras y la rodearon, protegiéndola con sus cuerpos. Chloe lloraba, temblando incontrolablemente, pero estaba a salvo.

Cuando el último hombre de Donovan fue desarmado y puesto de rodillas, Russo se acercó a mí. Bajó su arma, pero sus ojos seguían en modo de combate.

—Señorita Ava —dijo, asintiendo—. Zona asegurada.

Solté a Liam, empujándolo violentamente hacia adelante. Cayó de rodillas, sujetándose las costillas rotas, tosiendo y mirando el suelo con incredulidad.

Me quedé de pie frente a él, con la pistola aun en la mano, bajándola lentamente a mi costado. Mi respiración era agitada, pero mi mente estaba clara como el cristal.

Liam levantó la vista. Ya no había arrogancia. Había miedo. El miedo puro y primitivo de un animal que sabe que está acorralado.

—Tú… —murmuró—. Eres un monstruo. Igual que ella.

Me agaché frente a él, tal como mi madre lo había hecho con James. Pero esta vez, no había piedad en mi corazón.

—No, Liam —dije suavemente—. Yo soy peor. Mi madre te dejó vivir hace veinte años. Ese fue su error. Yo no cometo los mismos errores que ella.

Me levanté y miré a Russo.

—Súbanlo a la camioneta. Mi madre querrá tener unas palabras con él antes de que terminemos.

—¡Ava! —gritó Chloe desde atrás.

Me giré. Chloe estaba siendo sostenida por un médico del equipo. Me miraba con los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas, pero también de una profunda confusión y terror. Estaba viendo a su mejor amiga, la chica con la que compartía memes y ropa, sosteniendo un arma, dando órdenes a un escuadrón de la muerte y amenazando a un capo de la mafia.

—Ava… —sollozó—. ¿Quién eres? ¿Qué es esto?

Sentí una punzada de dolor en el pecho. Sabía que en ese momento, había perdido a Chloe para siempre. No podía explicarle. No podía volver atrás.

Caminé hacia ella. Me detuve a unos pasos, sin atreverme a abrazarla porque estaba cubierta de polvo y pólvora, y ella parecía tan frágil.

—Soy Ava —dije, tratando de suavizar mi voz, pero sonó hueca—. Pero no la Ava que conocías. Lo siento mucho, Chloe. Te sacaré de aquí. Te daré dinero, pasaportes, una vida nueva donde nadie te encuentre. Pero… ya no podemos ser amigas.

Chloe negó con la cabeza, sin entender, retrocediendo un paso. Me tenía miedo.

Ese miedo fue la confirmación final. La Ava Miller que soñaba con París estaba muerta y enterrada en esta bodega.

Me giré hacia Russo, endureciendo mi expresión para que nadie viera las lágrimas que amenazaban con salir.

—Limpien el lugar. No quiero testigos. Y lleven a Liam a la hacienda. La Patrona tiene una cita.

Salí de la bodega caminando hacia la noche, dejando atrás los sollozos de mi amiga y los gritos de mi enemigo. El fénix de plata en mi pecho ardía, como si finalmente hubiera renacido de las cenizas de mi inocencia.

CAPÍTULO 8: EL ASCENSO DEL FÉNIX

El camino de regreso a la hacienda fue silencioso, pero no era un silencio vacío. Era el silencio denso y respetuoso que sigue a una batalla ganada. Iba sentada en la parte trasera de la camioneta blindada, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad se desvanecían, reemplazadas por la oscuridad segura de nuestro territorio.

Mis manos ya no temblaban. Me miré las palmas; estaban sucias de pólvora, grasa y polvo, pero nunca las había sentido tan mías. Había entrado en la boca del lobo, sola, y había salido con la cabeza de la bestia entre las manos.

Al llegar al portón principal, la escena fue diferente a mi primera llegada. No hubo curiosidad en las miradas de los guardias. Esta vez, cuando el vehículo pasó, se cuadraron con una rigidez marcial, golpeando sus talones y llevando la mano al pecho. Ya no saludaban a la “hija de la jefa”. Saludaban a una comandante.

La camioneta se detuvo frente a la entrada principal. Leonora Valdés estaba allí, de pie en el escalón más alto, envuelta en un chal de lana negra contra el frío de la madrugada. No dijo nada mientras bajábamos. Sus ojos oscuros escanearon primero mi cuerpo buscando heridas, y luego se posaron en mi rostro. Lo que vio la hizo asentir, un movimiento casi imperceptible de barbilla.

—Tráiganlo —ordenó ella, su voz cortando el aire nocturno.

Russo e Ivanov arrastraron a Liam Donovan fuera del vehículo de apoyo. El hombre que horas antes se burlaba de mí y amenazaba con enviarme en pedazos, ahora era un guiñapo. Tenía las costillas rotas, la cara hinchada y caminaba arrastrando los pies, derrotado no solo físicamente, sino espiritualmente.

—Al despacho —dijo Leonora, dándose la vuelta.

Entramos en esa habitación que ahora conocía tan bien. El lugar donde se decidían destinos y se firmaban sentencias. Leonora se sentó detrás de su escritorio masivo, pero esta vez, señaló la silla a su derecha. No la silla de visitas frente a ella, sino la silla lateral. El lugar de la mano derecha.

Me senté.

Liam fue arrojado de rodillas en el centro de la alfombra persa. Levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre saltando de Leonora a mí.

—Leonora… —graznó, intentando invocar una dignidad que ya no tenía—. Hablemos de negocios. Puedo… puedo ofrecerte las rutas del norte. Puedo darte nombres. Tengo dinero en cuentas offshore que ni te imaginas.

Leonora ni siquiera parpadeó. Se sirvió un trago de tequila con calma exasperante.

—¿Negocios? —preguntó ella, como si la palabra le resultara curiosa—. Liam, intentaste secuestrar a mi hija. Intentaste usarla para humillarme. Cruzaste una línea que no se borra con dinero.

Ella se giró hacia mí.

—Ava —dijo—. Este es tu prisionero. Tú lo capturaste. Tú lo trajiste. Es tu derecho decidir su final.

El peso de la sala cayó sobre mis hombros. Miré a Liam. Hace unos meses, la antigua Ava habría sentido lástima. Habría pensado en la moralidad, en la ley, en el “qué dirán”. Pero la antigua Ava estaba muerta. La mujer sentada en esa silla sabía que dejar vivir a una serpiente solo garantiza que te muerda otro día.

Me puse de pie y caminé hacia él. Liam se encogió, esperando un golpe.

—No quiero tu dinero, Liam —dije suavemente—. Mi familia tiene suficiente para comprar tu vida mil veces. No quiero tus rutas. Ya son nuestras.

—Entonces, ¿qué? —escupió él con desesperación—. ¿Me vas a matar? Hazlo ya. Ten los ovarios de tu madre.

Sonreí, y vi cómo el terror real inundaba sus ojos.

—La muerte es fácil. Un disparo y se acabó. No sufres más. —Me agaché para quedar a su altura—. No, Liam. Tú vas a desaparecer.

Me giré hacia Russo.

—Quiero que entreguen toda la información de sus operaciones a la DEA y a la Interpol. Nombres, cuentas, ubicaciones. Quiero que su organización sea desmantelada públicamente, que sus socios sepan que fue él quien “cantó”. Destruyan su reputación. Que pase a la historia no como un capo temido, sino como un soplón cobarde.

Liam palideció. En nuestro mundo, la reputación lo es todo. Morir como un traidor era peor que la muerte misma.

—¡No! ¡No puedes hacer eso! —gritó—. ¡Mátame! ¡Mátame, maldita sea!

—Y luego —continué, ignorando sus gritos—, entréguenlo a las autoridades. Pero no en una cárcel de lujo. Quiero que vaya a una prisión federal de máxima seguridad, en población general. Sin protección. Sin privilegios. Que viva el resto de sus días sabiendo que una “niña mimada” le quitó todo.

—¡NO! ¡LEONORA! ¡DILE ALGO! —chilló Liam mientras los guardias lo levantaban.

Leonora me miró con una sonrisa que iluminó sus ojos por primera vez en años. Levantó su vaso en mi dirección.

—La decisión está tomada. Llévenselo.

Mientras los gritos de Liam se desvanecían por el pasillo, sentí una extraña paz. No había sangre en mis manos, pero había destrucción absoluta. Había aprendido la lección más importante de mi madre: la verdadera crueldad no es la violencia, es el olvido.


A la mañana siguiente, me ocupé del último cabo suelto de mi vida anterior.

Chloe estaba en la sala de estar de la casa de huéspedes. Estaba limpia, vestida con ropa nueva, y tenía una taza de té en las manos que no dejaba de temblar. Cuando entré, se puso de pie de un salto, retrocediendo instintivamente.

Ese pequeño paso hacia atrás fue como un puñal en mi corazón.

—Hola, Chloe —dije, manteniendo la distancia.

—Ava… —su voz era un hilo—. Esos hombres… las noticias… dicen que hubo un operativo antidrogas en el puerto. Dicen que…

—No creas todo lo que dicen las noticias —la interrumpí suavemente—. Estás a salvo. Eso es lo único que importa.

Russo entró con un maletín y unos documentos.

—Señorita Davis —dijo Russo con tono profesional—. Aquí tiene un pasaporte nuevo, un boleto de avión a Canadá y una cuenta bancaria con fondos suficientes para que empiece de cero y termine su maestría sin trabajar un solo día.

Chloe miró el maletín y luego a mí. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Me estás echando?

—Te estoy salvando —le dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Mi mundo es tóxico, Chloe. Ya viste lo que pasa cuando estás cerca de mí. Casi mueres. No puedo permitir que eso vuelva a pasar.

—Pero eres mi mejor amiga… —sollozó—. Podemos irnos. Vámonos juntas. Deja todo esto. Tú no eres así. Tú eres Ava, la que ama el café con vainilla y odia las películas de terror.

Negué con la cabeza lentamente.

—Esa Ava ya no existe, Chloe. Murió en un sótano hace meses. La mujer que ves ahora… pertenece aquí.

Me acerqué y la abracé por última vez. Sentí su cuerpo rígido, su miedo. Ella ya no me reconocía. Olía a pólvora y a peligro, y ella olía a inocencia perdida.

—Vete —le susurré al oído—. Vive una vida feliz. Cásate, ten hijos, pasea por el parque sin mirar atrás. Hazlo por las dos.

Me separé y le hice un gesto a Russo.

—Llévala al aeropuerto.

Chloe salió llorando, sin mirar atrás. La vi irse desde la ventana hasta que el auto desapareció entre los árboles. Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. La limpié con furia. Fue la última lágrima que derramé por mi pasado.


UN AÑO DESPUÉS

El salón de eventos del Hotel St. Regis en la Ciudad de México brillaba con el resplandor de mil cristales de Swarovski y los flashes de las cámaras. Era la Gala Anual de Inversionistas de Industrias Valdés. La élite empresarial, política y social del país estaba reunida, bebiendo champán y murmurando rumores.

Los rumores decían que Leonora Valdés estaba enferma. Que el imperio estaba débil. Que era momento de que los buitres atacaran.

Las luces se atenuaron. Una voz resonó en los altavoces.

—Damas y caballeros, con ustedes, la Presidenta de Industrias Valdés, Leonora Valdés.

El aplauso fue cortés, expectante.

Leonora salió al escenario. Llevaba un vestido de terciopelo verde esmeralda y se apoyaba ligeramente en un bastón de ébano. Se acercó al micrófono. Su mirada barrió la sala, silenciando los murmullos al instante.

—Muchos de ustedes se preguntan sobre el futuro de esta compañía —comenzó, su voz firme como siempre—. Se preguntan qué pasará cuando yo ya no esté al frente. Han escuchado rumores de debilidad.

Hizo una pausa dramática.

—La debilidad no es un rasgo de la familia Valdés. La evolución sí lo es. Durante el último año, he estado preparando el siguiente capítulo de nuestra historia. Un capítulo más fuerte, más audaz y más implacable.

Leonora extendió una mano hacia el lateral del escenario.

—Les presento a la Vicepresidenta Ejecutiva y mi única heredera: Ava Valdés.

Salí a la luz.

Llevaba un vestido rojo sangre, entallado, que caía hasta el suelo como una cascada de fuego líquido. Mi cabello estaba suelto, cayendo en ondas sobre mis hombros. No llevaba joyas ostentosas. Solo una pieza.

El fénix de plata, brillando furiosamente en mi pecho.

Caminé hacia el centro del escenario con la cabeza alta. Los flashes estallaron como una tormenta eléctrica. Vi las caras de los socios, de los rivales, de los políticos. Vi sorpresa. Vi miedo. Vi respeto.

Me paré junto a mi madre. Ella me miró, y en sus ojos vi el reflejo de mi propia fuerza. Me cedió el micrófono.

Miré a la multitud. Miles de ojos clavados en mí. Recordé el sótano frío. Recordé a Ethan rogando. Recordé a Liam de rodillas. Recordé el miedo. Y lo aplasté.

—Buenas noches —dije. Mi voz resonó clara, potente, sin un ápice de duda—. Durante años, Industrias Valdés ha sido un pilar. Bajo mi liderazgo, se convertirá en una fortaleza.

Hice contacto visual con un competidor que sabía que había estado intentando robar nuestras rutas. Le sostuve la mirada hasta que él bajó la vista, nervioso.

—A nuestros aliados, les prometo prosperidad —continué—. A nuestros enemigos… —dejé que una leve sonrisa fría curvara mis labios— les prometo que no habrá lugar en la tierra donde puedan esconderse.

El salón estalló en aplausos, algunos genuinos, otros motivados por el terror puro.

Leonora puso una mano en mi hombro y susurró, solo para que yo la escuchara:

—Larga vida a la Reina.

Toqué el fénix en mi cuello. Estaba caliente, pulsando al ritmo de mi corazón.

Mi historia no terminó en ese sótano. Ese sótano fue solo el útero oscuro del que tuve que salir a la fuerza. Ethan fue solo una piedra en el camino. Liam fue solo una prueba de fuego.

Soy Ava Valdés. Soy la hija de la tormenta. Y mi reinado apenas comienza.

FIN

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