PARTE 1
Capítulo 1: El silencio del hospital
El pasillo del hospital olía a desinfectante y a soledad. Ana avanzaba arrastrando los pies, sintiendo cómo cada paso tiraba de los puntos frescos de su cesárea. Llevaba en brazos a su pequeño, un bulto de apenas tres kilos que dormía ajeno al huracán que estaba por desatarse. “Todo va a estar bien, mi amor”, le susurró, aunque ni ella misma se lo creía.
Llevaba seis años esperando este momento. Seis años de inyecciones hormonales que le hinchaban el cuerpo, de remedios caseros que su abuela le recomendaba, de lágrimas silenciosas cada vez que la prueba salía negativa. Y ahora que por fin lo había logrado, ahora que era madre, Juan no estaba.
—¿Señora Ana? —la enfermera la miró con lástima—. ¿Nadie vino por usted?
—Mi suegra está abajo en el taxi —respondió Ana, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Juan… Juan tuvo una junta muy importante. Cierre de mes, ya sabe.
Mentira. Ana sabía que era mentira. Desde el sexto mes de embarazo, Juan se había vuelto un fantasma. Primero eran llegadas tarde, luego viajes de negocios a Querétaro o Monterrey que duraban más de la cuenta. Ana, cegada por la ilusión del bebé, prefirió no ver las señales. “Es el estrés”, se decía. “Quiere asegurar nuestro futuro”. Qué ingenua.
Al salir del hospital, el sol de la tarde le golpeó la cara, pero no sintió calor. Sintió frío. Su suegra, Doña Carmen, la esperaba con la puerta del taxi abierta. Era una mujer de campo, dura pero leal, que la miró con preocupación.
—¿Y Juan? —preguntó Doña Carmen, seca.
—No contestó el teléfono.
Doña Carmen no dijo nada, solo apretó los labios y ayudó a cargar la pañalera. El trayecto hacia la casa fue un silencio sepulcral, solo roto por los suspiros del bebé. Ana miraba por la ventana las calles de la ciudad, los puestos de tacos, la gente corriendo, sintiendo que regresaba a un mundo que ya no le pertenecía.
Capítulo 2: La intrusa en la sala
El taxi se detuvo frente a la casa, una construcción modesta pero acogedora que habían pagado con los ahorros de Ana cuando trabajaba como arquitecta, antes de que Juan le pidiera que “descansara” para el embarazo.
Doña Carmen abrió la puerta principal. Ana entró lento, protegiendo su vientre. Esperaba encontrar la casa vacía, o quizás a Juan en el sofá viendo el fútbol, con esa excusa barata en la punta de la lengua. Pero lo que encontró fue el aroma. Un perfume dulce, floral, empalagoso. No era el olor a lavanda que ella usaba.
—¡Sorpresa! —no, nadie gritó eso, pero la escena lo gritaba.
En medio de la sala estaba ella. Una mujer joven, de no más de 25 años, con una blusa blanca impecable y una falda roja que gritaba atención. Tenía el cabello castaño claro, perfectamente peinado. Y detrás de ella, Juan.
Juan la miró. No hubo culpa en sus ojos. No hubo remordimiento. Solo una calma aterradora, como quien mira un mueble viejo que ya estorba.
—Madre, Ana… —dijo Juan con voz firme—. Les presento a Julia. Ella es la mujer que amo. Y quiero que lo sepan de una vez.
El aire se volvió de plomo. Doña Carmen, que había ido a la cocina por agua, dejó caer el vaso. El cristal estalló contra el piso de loseta, un sonido agudo que hizo eco en el silencio.
Julia dio un paso al frente. No parecía avergonzada; parecía dueña del lugar.
—Hola, señora —dijo mirando a Ana, barriéndola con la mirada de arriba a abajo, deteniéndose en su ropa holgada de maternidad y su cara lavada—. Solo quiero que sepas que esto no es personal. No te estoy robando a tu marido, solo estoy reclamando lo que me pertenece.
Ana sintió como si le hubieran arrancado los puntos de la cesárea uno a uno. Apretó a su hijo contra el pecho tan fuerte que el bebé soltó un gemido.
—¿Qué estás diciendo, Juan? —bramó Doña Carmen, con la cara roja de coraje—. ¡Tu mujer acaba de parir! ¡Tiene dos días de operada!
Juan suspiró, como si su madre fuera una niña berrinchuda.
—Mamá, ya. Sabes que Ana y yo no funcionábamos. Nos casamos, cumplimos con tener al niño, listo. Ya cumplió. Ahora quiero ser feliz.
“Ya cumplió”. Las palabras resonaron en la cabeza de Ana. Como si fuera una incubadora rentada. Una máquina que ya dio el producto y puede desecharse.
PARTE 2
Capítulo 3: La oferta de los 50 mil pesos
Los días siguientes fueron un infierno en vida. Ana se encerró en la recámara de huéspedes, porque Juan y Julia ocuparon la principal. Sí, la amante se quedó en la casa. “Para irnos conociendo”, dijo Juan. Ana no tenía a dónde ir; sus padres habían muerto años atrás y no tenía hermanos. Estaba atrapada.
Tres días después, Ana estaba recostada, intentando amamantar. La leche no bajaba. El estrés, el dolor, la tristeza le habían secado el cuerpo. El bebé lloraba de hambre y Ana lloraba de impotencia.
La puerta se abrió sin tocar. Era Julia. Entró taconeando como si fuera la dueña de la hacienda. Traía un bolso de marca colgado al brazo.
—Hola, Ana. Vine a ver al bebé… y a traerte un regalo.
Ana no levantó la vista. Seguía intentando calmar al niño.
Julia sacó un sobre rosa abultado y lo tiró sobre la cama, junto a los pies de Ana.
—Aquí hay 50,000 pesos. Es mucho dinero. Tómalos y vete. Renta algo lejos. No te aferres a un hombre que no te quiere.
Ana miró el sobre. 50,000 pesos. El precio de su dignidad. El precio de su familia.
—Y el niño… —continuó Julia con voz melosa— no te preocupes. Nosotros nos encargamos. Juan dice que tú no tienes trabajo ni dónde caerte muerta. El niño estará mejor con nosotros.
En ese momento, Doña Carmen entró con una taza de té de canela para Ana. Escuchó lo último.
¡CRAK!
La segunda taza de la semana se rompió, esta vez lanzada con furia cerca de los pies de Julia. El té caliente salpicó sus botas de diseñador.
—¡Lárgate de aquí, zorra! —gritó la suegra, temblando—. ¿Crees que mi nieto es mercancía? ¿Crees que puedes comprar a una madre? ¡Fuera!
Julia retrocedió, asustada por primera vez, pero recuperó la compostura en la puerta.
—Solo quiero evitar sufrimientos. Soy mujer, la entiendo —dijo con cinismo antes de salir.
Ana y su suegra cruzaron miradas. En los ojos de la anciana, Ana vio una disculpa silenciosa por haber parido al monstruo que tenían por esposo e hijo.
Capítulo 4: La firma y la huida
La lluvia comenzó a caer esa noche, una de esas lluvias típicas de julio que inundan las calles. Juan llegó empapado, con un folder bajo el brazo. Entró al cuarto donde Ana, febril por una mastitis incipiente, mecía al bebé.
—Firma —dijo, tirando los papeles sobre la mesa de noche—. Divorcio voluntario. Te dejo al niño. Julia dice que pensándolo bien, un bebé llorando no va con nuestro estilo de vida.
Ana sintió un alivio helado. Querían deshacerse de ella y del niño. Mejor. No quería que su hijo creciera viendo esa basura.
—Firmo con una condición —dijo Ana, con la voz ronca pero firme—. La patria potestad es mía. Total y absoluta. Tú renuncias a todo derecho.
Juan soltó una risa seca.
—Quédate con él. Es todo tuyo. Solo firma y vete.
Ana tomó el bolígrafo. Le temblaba la mano, no de miedo, sino de rabia. Firmó. El trazo rasgó el papel.
—Vete hoy mismo —añadió Juan, guardando el folder—. Mañana Julia quiere redecorar este cuarto para su yoga.
A las 11 de la noche, Ana metió en una mochila lo poco que le cabía: pañales, dos cambios de ropa, los documentos del bebé y su vieja laptop, su herramienta de trabajo de otra vida.
Doña Carmen la interceptó en la cocina. Le dio un rollito de billetes arrugados.
—Es del gasto, mija. Perdóname. Perdónalo.
—No tengo nada que perdonarle a usted, Doña Carmen. Pero a él… a él la vida le cobrará la factura.
Ana salió a la calle. La lluvia se mezclaba con sus lágrimas. Caminó hasta la avenida y paró un taxi.
—¿A dónde, señorita?
—A donde me alcance con esto —dijo, apretando los billetes de su suegra. Terminó en un cuarto de azotea cerca del mercado de la Merced. Paredes húmedas, techo de lámina, frío. Pero era suyo. Y ahí, abrazada a su hijo, juró que nadie nunca más la volvería a humillar.
Capítulo 5: Avena y planos
La vida en el cuarto de azotea era dura. Ana contaba cada peso. Comía avena con agua para que el dinero alcanzara para la fórmula especial del bebé, que había nacido delicado del estómago.
Una mañana, salió a comprar un huevo y un bolillo. La vendedora del puesto la vio pálida, sudorosa.
—Mija, ¿estás bien? Pareces papel.
—Acabo de parir… hace dos semanas —murmuró Ana.
La señora le regaló un atole. —Tómatelo caliente. Te va a hacer bien.
Ese gesto de amabilidad de una extraña le dio fuerzas. Regresó al cuarto, acostó al bebé y abrió la laptop. Era lenta, vieja, pero tenía el software de arquitectura.
Ana recordó quién era. Ana Torres. La mejor de su generación.
Empezó a contactar a viejos amigos. Nadie contestaba. Todos sabían que Juan la había dejado y no querían problemas. Excepto Clara.
—¿Ana? —contestó Clara—. Supe lo de Juan. Es un imbécil. ¿Qué necesitas?
—Trabajo. Lo que sea. Dibujo planos, hago renders, diseño interiores.
—Tengo un proyecto pequeño. Una remodelación de unos departamentos de interés social. Pagan poco.
—Lo tomo.
Ana trabajaba de madrugada. De 1 a 4 am, mientras el bebé dormía, ella diseñaba espacios llenos de luz, soñando con la casa que algún día le daría a su hijo. Sus manos, agrietadas por lavar ropa a mano, volaban sobre el teclado.
Capítulo 6: El renacer
Pasaron los meses. El bebé crecía sano gracias a los sacrificios de Ana. Ella seguía delgada, pero sus ojos habían recuperado el brillo. El proyecto de Clara fue un éxito. Los diseños de Ana eran funcionales, hermosos y económicos.
Un día, recibió un correo. “Has recibido una transferencia de $40,000 pesos”.
Ana lloró frente a la pantalla. No era una fortuna, pero era SU dinero. Dinero que nadie le había dado por lástima.
Clara la llamó.
—Ana, a los dueños les encantó. Quieren más. Y hay una revista digital que quiere entrevistarte. Les conté un poco de tu historia… “La arquitecta que diseña hogares desde la adversidad”. ¿Te molesta?
—No —dijo Ana, mirando a su hijo que gateaba en el piso de cemento—. Que se sepa.
El artículo salió. “Una casa con sol, diseñada por una madre soltera”. La foto mostraba a Ana trabajando en su mesita plegable, con el bebé a un lado. La historia se hizo viral. La gente conectó con su dolor y su resiliencia. Los clientes empezaron a llegar. Primero pequeños, luego medianos.
Un año después, Ana se mudó. Dejó el cuarto de azotea y rentó un departamento decente, con una habitación para su hijo llena de luz.
Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, las cosas no iban bien para Juan.
