
PARTE 1: LAMENTOS Y MENTIRAS
Capítulo 1: El Olor del Dinero Viejo
Soy Fernanda, tengo 30 años, y en mi último cumpleaños, mi padre me entregó un sobre que haría pedazos todo lo que creía saber sobre mi sangre y mi apellido. Se paró en la entrada de mi pequeño departamento en la colonia Narvarte, la primera vez que se dignaba a visitarme en tres años, y soltó unas palabras que me llevaré a la tumba:
—Tu abuela dejó esto para ti. Murió creyendo que no llegarías a nada, Fernanda. Qué pena.
Pero dentro de ese sobre había una carta. Y la primera línea decía: “Si estás leyendo esto, sobreviviste a tus padres. Sabía que lo harías”. Lo que encontré después —una llave, un secreto y documentos escondidos por cinco años— cambió todo lo que pensaba de mi abuela Leonor, de mi padre Ricardo, y de la herencia que me juraron que no merecía.
Pero antes de contarles cómo destruí la reputación de mi padre en una sola noche, déjenme llevarlos cinco años atrás. Al funeral de mi abuela, donde esta pesadilla realmente comenzó.
La funeraria en Lomas de Chapultepec olía a nardos y a dinero viejo. Mi abuela, Leonor Montes de Oca, yacía en un ataúd de caoba que probablemente costaba más que todo lo que yo ganaba en un año. Flores blancas caían a su alrededor como si durmiera en un jardín eterno, y al fondo, un cuarteto de cuerdas tocaba algo suave y olvidable.
Mi padre, Ricardo Montes de Oca, estaba de pie en el centro de la sala. No estaba de luto; estaba recibiendo. Estrechaba manos de socios comerciales, aceptaba condolencias con una solemnidad ensayada, su Rolex brillando bajo la luz del candelabro cada vez que abrazaba a algún político o empresario importante.
—Gracias por venir, licenciado. Madre lo hubiera apreciado mucho.
Yo observaba desde una esquina, invisible. Mi madrastra, Victoria, flotaba entre la multitud con un vestido negro de diseñador, interpretando a la perfección el papel de la nuera doliente y sofisticada. Guiaba a mi medio hermano Diego, que entonces tenía 19 años y acababa de regresar de su primer año en el Tecnológico de Monterrey, para que se parara junto a nuestro padre.
—Este es Diego —le decía a quien quisiera escuchar—. El nieto adorado de Leonor.
Lo adoraba, claro. A mí, nadie me presentó. Yo tenía 25 años en ese entonces, ya daba clases de tercer grado en una primaria pública en Iztapalapa. Para ellos, yo ya era la decepción de la familia, la hija que eligió un “trabajito” en lugar de una carrera empresarial, la que “no tenía ambición”.
Pero mientras estaba ahí parada, sola junto a los arreglos florales gigantescos, solo podía pensar en una cosa. Mi abuela solía llamarme “mi pequeña estrella”. Ella me enseñó a leer antes del kínder. Me dejó vivir con ella en su casona de San Ángel durante dos años después de que mi mamá murió. Esos fueron los años más felices de mi infancia.
Me escribía cartas, cartas reales a mano, incluso cuando ya era adulta. Siempre tenía papel membretado en su escritorio, color crema con sus iniciales grabadas. No sabía entonces que esas cartas importarían tanto. No sabía que ella había estado preparando algo durante años. Solo sabía que se había ido. Y nadie en mi familia parecía notar que yo también estaba de luto.
Capítulo 2: La Hija Invisible
Para entender lo que vino después, necesitan entender de dónde vengo. Mi mamá, Linda, murió de cáncer cuando yo tenía 12 años. Recuerdo la habitación del hospital, las máquinas pitando, su mano enfriándose en la mía. Recuerdo a mi padre parado junto a la ventana, mirando hacia la nada, como si ya se hubiera ido. Él no sabía ser padre soltero. O tal vez no quería saberlo.
Dos semanas después del funeral, me llevó a la casa de mi abuela en San Ángel, una hermosa propiedad colonial con un jardín lleno de buganvilias, y dijo que necesitaba “tiempo para procesar”. Ese tiempo duró dos años.
Esos dos años con la abuela Leonor fueron todo. Me hacía hot cakes con forma de estrellas. Me leía libros clásicos haciendo todas las voces. Me contaba historias sobre mi madre cuando era niña, historias que mi padre nunca compartió porque hablar de mamá lo incomodaba.
—Tu madre era valiente, Fernanda —me dijo la abuela una vez, arropándome en la cama—. Y tú también eres valiente. No dejes que nadie te diga lo contrario.
Cuando cumplí 14, mi padre se volvió a casar. Victoria era elegante, pulida y diez años más joven que él. Quería que yo volviera a casa, dijo. Quería ser una “familia real”. Así que me mudé a la nueva casa de mi padre en Bosques de las Lomas. Mi habitación era la más pequeña, escondida cerca del área de servicio, lejos de la suite principal. Un año después, nació Diego.
Y así, me volví invisible.
No me di cuenta entonces, pero esos dos años con mi abuela no fueron solo recuerdos felices. Ella ya estaba planeando algo, ya estaba preocupada por en lo que su hijo se estaba convirtiendo.
Para cuando me gradué de la Normal de Maestros, mi padre había dejado de fingir interés en mi vida. No fue a mi graduación. “Junta con clientes importantes”, dijo. “¿Entiendes, verdad?”. Entendí perfectamente. Diego, mientras tanto, tuvo una fiesta enorme cuando lo aceptaron en la universidad. Cincuenta invitados, catering de lujo. Mi padre hizo un brindis sobre el futuro del apellido Montes de Oca.
Yo me senté en la mesa del fondo, bebiendo una copa de vino que costaba más que mi despensa semanal, y vi a mi familia celebrar al hijo que sí importaba.
En cada Navidad, en cada reunión familiar, el patrón era el mismo. Mi padre me arrinconaba en algún momento y preguntaba:
—¿Sigues dando clases?
—Sí, papá.
—¿Y cuánto pagan por eso hoy en día? ¿Diez mil pesos al mes? —Se reía. No con crueldad, sino con desdén, como si yo hubiera contado un chiste malo—. Le doy eso a Diego para sus gastos de fin de semana.
No exageraba. Diego manejaba un BMW que papá le compró. Yo manejaba un Chevy 2012 que compré de segunda mano con mis ahorros.
—Las hijas —dijo mi padre una vez a un socio en la cena de Año Nuevo, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara— no entienden la ambición. Es biológico. Las mujeres piensan en pequeño. Sentimientos, familia, ese tipo de cosas. No tiene nada de malo. Solo no esperes que construyan imperios.
Victoria asentía, dándome palmaditas en la mano con lástima.
—Fernanda es maternal —decía, como si fuera un premio de consolación—. Ese es su don.
Mi don. Enseñar a niños a leer, quedarme tarde para ayudar a alumnos con problemas, ganando una miseria mientras mi padre compraba yates en Acapulco. Nunca discutí. Aprendí temprano que discutir con Ricardo Montes de Oca solo empeoraba las cosas. Así que me quedé callada. Me hice pequeña.
Y creí, por mucho tiempo, que mi abuela también se había decepcionado de mí.
Dos semanas después del funeral, nos reunimos para la lectura del testamento. El despacho del notario estaba en Polanco, todo madera oscura y sillas de piel. Mi padre se sentó en la cabecera como si fuera el dueño del lugar. Victoria a su derecha, Diego a su izquierda. Yo me senté en el extremo más alejado, cerca de la puerta.
El abogado, un hombre joven que no reconocí y que miraba a mi padre con nerviosismo, se aclaró la garganta y comenzó a leer.
—A mi hijo, Ricardo Montes de Oca, le dejo el 90% de mi patrimonio para ser administrado y distribuido entre los miembros de la familia a su discreción.
Mi padre asintió, nada sorprendido.
—A mi nieta, Fernanda Montes de Oca, le dejo la suma de $200,000 pesos para ser utilizados en la compra de un vehículo confiable.
Doscientos mil pesos. Lo suficiente para un coche usado decente, pero nada más. Eso fue todo. Victoria se inclinó y me apretó la mano.
—Qué dulce —susurró—. Quería que estuvieras segura en el tráfico.
Asentí, incapaz de hablar. Diego ni siquiera me miró; ya estaba preguntándole a papá sobre estrategias de inversión para “su parte”. Y mi padre… mi padre sonrió. No una sonrisa feliz, sino satisfecha.
—Madre siempre supo lo que la gente merecía —dijo.
Firmé donde me dijeron que firmara. Estreché la mano del abogado. Salí de esa oficina creyendo que mi abuela, la mujer que me llamaba su pequeña estrella, había mirado mi vida y la había encontrado insuficiente.
Pero algo me molestaba. El abogado. Había titubeado antes de leer ciertas secciones. Sus ojos habían saltado hacia mi padre y luego se habían desviado. No pensé mucho en ello en ese momento. Debí haberlo hecho.
Pasaron cinco años. Seguí enseñando. Me mudé a ese pequeño departamento en la Narvarte, 40 metros cuadrados de independencia que realmente podía pagar. Dejé de ir a la mayoría de las reuniones familiares. Nadie pareció notarlo.
Entonces llegó mi cumpleaños número 30.
Me había comprado un pequeño pastel en la pastelería de la esquina. Chocolate con fresas, mi favorito. Estaba sentada sola en mi diminuta mesa de cocina, con una sola vela encendida, cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie.
Cuando abrí la puerta, mi padre estaba ahí. Vestía un abrigo de lana que gritaba “caro” y sostenía un sobre amarillento.
—Encontré esto entre las cosas de tu madre —dijo, sin molestarse en saludar—. Se debió haber mezclado con papeles viejos. Imaginé que lo querrías.
Me lo tendió. Lo tomé.
—No te hagas ilusiones —añadió, dándose la vuelta para irse—. Lo escribió antes de morir. Probablemente alguna tontería sentimental.
Se detuvo en el pasillo del edificio.
—Murió creyendo que no llegarías a nada, ya sabes. Me lo dijo ella misma. Dijo que estaba preocupada por ti.
Y se fue.
Me quedé parada en la puerta sosteniendo el sobre. Mi pastel derritiéndose a mis espaldas. El papel era viejo, ligeramente quebradizo. La letra de mi abuela en el frente: “Para Fernanda. Entregar en su cumpleaños número 30”.
El sello de lacre rojo con sus iniciales estaba intacto. Mi padre no lo había abierto.
Caminé lentamente hacia adentro, me senté y rompí el sello. Dentro había una carta doblada alrededor de una pequeña llave de latón.
La carta comenzaba:
“Mi queridísima Fernanda, si estás leyendo esto, significa que sobreviviste a tus padres. Sabía que lo harías…”
Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el papel. Leí las palabras de nuevo. “Sobreviviste a tus padres”. Plural. Como si mi abuela supiera exactamente en qué tipo de infierno había crecido.
Seguí leyendo.
“Mi niña dulce, necesito que entiendas algo. Nunca, ni por un solo día, he creído que fueras menos que extraordinaria. Si tu padre te dijo lo contrario, estaba mintiendo. Él miente sobre muchas cosas. Es un hábito que aprendió de su padre y que yo fallé en romper”.
Las lágrimas corrían por mi cara. Cinco años creyendo que ella se había rendido conmigo. Cinco años cargando esa vergüenza.
“La llave adjunta abre una caja de seguridad en el Banco Nacional, la sucursal del Centro. Caja número 1247. Te he nombrado como la única persona autorizada. No tu padre, no su esposa, no su hijo. Solo tú. Dentro de esa caja, encontrarás todo lo que intentaron esconderte. Documentos, pruebas, y tu herencia. La real. No las sobras que Ricardo quería que tuvieras”.
Dejé la carta, la volví a tomar. Leí ese párrafo tres veces más. “Tu herencia, la real”.
“No dejé estas cosas con mi abogado habitual. Ricardo las habría encontrado. Las dejé donde solo tú pudieras alcanzarlas cuando fueras lo suficientemente mayor para saber qué hacer. También hay una tarjeta en la caja para Margarita Huerta. Es una vieja amiga y ella sabe todo. Llámala si necesitas ayuda. Recuerda, mi estrella, no eres lo que ellos te hicieron creer. Nunca lo fuiste. Con todo mi amor, siempre, Abuela Leonor”.
La llave estaba fría en mi palma. Latón viejo con el número 1247 grabado.
No dormí esa noche. A la mañana siguiente, llamé al trabajo para decir que estaba enferma —la primera vez en tres años— y manejé hacia el Centro Histórico.
PARTE 2: LA LLAVE MAESTRA
Capítulo 3: El Secreto de la Calle Madero
Esa mañana, el sol de la Ciudad de México salió pálido y filtrado a través de la capa de smog habitual, pero para mí, todo se sentía dolorosamente nítido. Había pasado la noche en vela, sentada en la orilla de mi cama con la llave de latón apretada en mi puño hasta que el metal se calentó contra mi piel. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de mi padre: “Murió creyendo que no llegarías a nada”. Y luego, como un contraataque susurrado desde el más allá, la voz de mi abuela en la carta: “Sobreviviste”.
Llamé a la escuela a las 6:30 a.m. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el celular.
—Directora, no podré ir hoy. Es… una emergencia familiar. —No mentía. Mi familia entera era la emergencia.
Me vestí con lo más formal que tenía, un traje sastre gris que solía usar para las juntas de padres de familia, intentando armarme de valor con la ropa. Tomé el metro en la estación Etiopía y me dirigí hacia el Centro Histórico. No quería manejar; sentía que mis reflejos estaban adormecidos por la ansiedad y no confiaba en mi viejo Chevy para una misión tan crucial.
El trayecto fue un borrón de caras cansadas y vendedores ambulantes, pero mi mente estaba en otro lado. Estaba repasando cada interacción, cada desprecio, cada Navidad en la que me sentí como una intrusa en mi propia sangre. ¿Y si era una broma cruel? ¿Y si la llave no abría nada? ¿Y si mi padre tenía razón y yo estaba loca por aferrarme a la esperanza de una muerta?
Bajé en Bellas Artes y caminé por la Avenida Madero. El Banco Nacional, la sucursal antigua, era un edificio imponente de la época del Porfiriato, con puertas de bronce gigantescas y una fachada de piedra que parecía diseñada para intimidar a cualquiera que no tuviera un apellido compuesto. Entrar ahí se sentía como entrar a una catedral dedicada a un dios que mi padre adoraba y que a mí me había rechazado: el dinero.
El aire acondicionado en el interior me golpeó de inmediato, frío y con ese olor particular a papel viejo, cera para pisos y silencio. Mis tacones resonaban demasiado fuerte en el suelo de mármol mientras me acercaba al mostrador de atención a clientes.
Una mujer joven, con el cabello recogido en un chongo perfecto y una pañoleta de seda en el cuello, me miró por encima de sus lentes.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenos días —mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Necesito acceder a una caja de seguridad.
Saqué la llave y la puse sobre el mostrador de cristal. El número 1247 brillaba bajo las luces halógenas.
La mujer tomó la llave, la examinó con una mezcla de aburrimiento y curiosidad, y tecleó algo en su computadora. Se detuvo. Frunció el ceño. Tecleó de nuevo, esta vez con más fuerza, como si la máquina se hubiera equivocado.
El silencio se alargó. Sentí un sudor frío bajando por mi espalda. Aquí viene, pensé. Me van a decir que no existo. Que la caja está vacía. Que mi padre ya se llevó todo.
—Un momento, por favor, señorita —dijo la empleada. Su tono había cambiado; el aburrimiento había desaparecido, reemplazado por una alerta profesional—. Necesito llamar al gerente.
—¿Hay algún problema? —pregunté, sintiendo que las rodillas me fallaban.
—No, no es un problema. Es solo… protocolo.
Se levantó y desapareció tras una puerta de madera oscura. Me quedé sola frente al mostrador, sintiendo las miradas de los guardias de seguridad en mi nuca. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Empecé a considerar seriamente dar la media vuelta y correr. Esto era demasiado grande para mí. Yo era una maestra de primaria, no la heroína de una novela de misterio.
Entonces, la puerta se abrió de nuevo. No salió la empleada, sino un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje azul marino impecable, con canas en las sienes y una expresión grave pero amable tras sus gafas de montura metálica.
—¿Señorita Montes de Oca? —preguntó, extendiendo una mano.
—Sí, soy yo. Fernanda.
—Soy Tomás Calvillo, el gerente de la sucursal. Por favor, acompáñeme a mi oficina.
Lo seguí. Su oficina era un santuario de cuero y madera, aislada del ruido del banco. Me indicó que me sentara en una silla que parecía tragarse mi cuerpo pequeño. Se sentó frente a mí, entrelazó los dedos sobre su escritorio y me miró fijamente durante un momento que pareció eterno.
—Señorita Fernanda —dijo suavemente—, esta caja de seguridad, la número 1247, tiene una alerta especial en nuestro sistema. Una alerta “Roja”, por así decirlo.
Mi corazón se detuvo.
—¿Alerta roja? ¿Hice algo malo?
El señor Calvillo sonrió levemente, una sonrisa triste.
—No, usted no. La alerta fue puesta por la titular original, la señora Leonor Montes de Oca, en 2019. Las instrucciones eran muy claras: ‘Nadie, bajo ninguna circunstancia, absolutamente nadie excepto mi nieta Fernanda, puede saber que esta caja existe. Si alguien más pregunta, incluso mi hijo Ricardo, la caja no existe’.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Mi padre preguntó?
Calvillo asintió lentamente.
—El señor Ricardo vino aquí tres veces después del fallecimiento de su abuela. Vino con abogados. Vino con órdenes judiciales genéricas para “buscar activos”. Gritó bastante, si me permite la indiscreción. Quería saber si su madre tenía cuentas ocultas.
—¿Y qué le dijeron?
—Lo que la señora Leonor nos ordenó decir: que no había nada a su nombre en esta sucursal. —Calvillo se inclinó hacia adelante—. Su abuela fue muy específica, Fernanda. Me dijo personalmente: “Llegará el día en que mi nieta entre por esa puerta. Probablemente estará asustada. Probablemente le habrán dicho que no vale nada. Cuando llegue, dígale que yo nunca dejé de esperar este momento”.
Sentí las lágrimas picar en mis ojos, calientes y rápidas. Me cubrí la boca con una mano para no sollozar. Este extraño, este banquero, me estaba dando el mensaje de amor que mi propia familia me había negado.
—Estoy lista —susurré, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—Bien. Vamos a la bóveda.
El camino hacia la bóveda fue como descender a las entrañas de la tierra. Pasamos por una reja de acero pesado que requería dos tarjetas magnéticas y un código numérico. El aire allí abajo era más frío, seco y cargado de secretos. Calvillo me guio por un pasillo flanqueado por cientos de pequeñas puertas metálicas hasta llegar a la número 1247.
—Usted tiene la llave del usuario —dijo, señalando la ranura superior—. Yo tengo la llave maestra del banco. Debemos girarlas al mismo tiempo.
Inserté mi llave. Él insertó la suya. A la cuenta de tres, giramos. El mecanismo hizo un clic satisfactorio y pesado. Calvillo deslizó la caja metálica larga y negra hacia afuera.
—La dejaré sola. Tómese el tiempo que necesite. Hay un cubículo privado al final del pasillo. Solo cierre la puerta cuando termine.
Me llevé la caja al pequeño cuarto privado. Era apenas una mesa y una silla bajo una luz blanca intensa. Puse la caja sobre la mesa. Mis manos sudaban. Levanté la tapa.
No había joyas deslumbrantes ni lingotes de oro, al menos no a primera vista. Lo que había era papel. Montañas de papel ordenado meticulosamente. Había un portafolios de piel color vino con el logo de un despacho legal que no reconocía: “Huerta & Asociados”. Y debajo, un sobre grueso manila.
Empecé con el portafolios. Lo abrí y la primera página me golpeó como un puñetazo en el estómago.
ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO DE LEONOR GRACE MONTES DE OCA.
Fecha de ejecución: 15 de Marzo de 2019.
2019.
Mi cerebro hizo la matemática frenéticamente. El testamento que mi padre leyó, el que me dejó solo 200 mil pesos para un coche usado, estaba fechado en 2015. Este documento era cuatro años más reciente. Cuatro años en los que mi abuela había cambiado todo.
Pasé las páginas con dedos torpes, mis ojos escaneando el lenguaje legal denso hasta encontrar mi nombre.
CLÁUSULA CUARTA: A mi nieta, Fernanda Montes de Oca, le lego lo siguiente:
1. La totalidad de mi Fideicomiso Educativo y Patrimonial, número de cuenta 8890-MX en Banco Internacional, actualmente valuado en aproximadamente $45,000,000.00 (Cuarenta y cinco millones de pesos mexicanos).
2. La propiedad inmueble ubicada en Calle de la Amargura, San Ángel, Ciudad de México, libre de gravamen.
3. La colección de arte y joyería depositada en la caja de seguridad anexa.
Cuarenta y cinco millones.
La casa de San Ángel. La casa donde crecí, la que mi padre juró que había tenido que vender para “pagar impuestos y deudas de la abuela”.
Seguí leyendo, jadeando como si me faltara el aire.
CLÁUSULA QUINTA: A mi hijo, Ricardo Montes de Oca, le dejo la suma de $500,000.00 (Quinientos mil pesos) y mi sincera esperanza de que algún día comprenda que la familia no es un negocio.
Quinientos mil pesos. No el 90% del imperio. Quinientos mil. Era una bofetada desde la tumba. Una lección de humildad que él había borrado y reescrito a su conveniencia.
Pero había más. Debajo del testamento, encontré estados de cuenta bancarios impresos. Eran del fideicomiso. Del fideicomiso que ahora sabía que era mío.
Mis ojos recorrieron las columnas de débitos y créditos, y de repente, la tristeza se convirtió en una furia fría y volcánica.
Septiembre 2021: Retiro – $850,000.00 MXN. Concepto: Colegiatura Semestral ITESM – Diego Montes de Oca.
Enero 2022: Retiro – $850,000.00 MXN. Concepto: Colegiatura Semestral ITESM – Diego Montes de Oca.
Junio 2022: Transferencia – $1,200,000.00 MXN. Concepto: Compra Vehículo BMW Serie 3 – Agencia Polanco.
Diciembre 2022: Retiro – $400,000.00 MXN. Concepto: Viaje Graduación Europa – Diego M.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un grito.
Todo. Absolutamente todo.
El coche de Diego. Su carrera prestigiosa. Sus viajes a Europa. Sus fiestas.
Mi padre no lo había pagado con su “duro trabajo”. Lo había pagado robándome a mí.
Habían estado drenando mi dinero, el dinero que la abuela me dejó para asegurarme un futuro, para financiar la vida de príncipe de mi hermano, mientras a mí me miraban con lástima por comer atún de lata y contar monedas para el transporte.
—Malditos —susurré en la soledad de la bóveda—. Malditos sean todos.
Las lágrimas que caían ahora no eran de dolor. Eran de rabia. Pura, destilada y justificada rabia. Imaginé a mi padre en las cenas familiares, preguntándome con esa sonrisa condescendiente cuánto ganaba como maestra, sabiendo todo el tiempo que él estaba gastando millones de mis pesos en vinos caros y en los caprichos de su nueva familia. Me habían hecho sentir una fracasada, una inútil, cuando en realidad yo era la dueña de todo lo que ellos disfrutaban.
Al fondo de la caja, había una nota manuscrita más pequeña, doblada en forma de triángulo, como las que nos pasábamos en la secundaria.
La desdoblé.
“Fernanda,
Sé lo que estás sintiendo ahora. Traicionada. Furiosa. Quizás rota. Pero no estás rota, mi estrella. Nunca lo estuviste. No te dejé indefensa. Lee todo. Llama a Margarita. Ella tiene las copias certificadas. Y recuerda: la verdad siempre encuentra la luz, a veces solo necesita que alguien tenga el coraje de encender el interruptor.
Ellos te subestimaron. Ese será su mayor error.
Te ama, Abuela.”
Guardé los papeles en el folder. Sentí un cambio físico en mi postura. Mis hombros, que habían estado encorvados por años bajo el peso de la decepción de mi padre, se enderezaron. Mi barbilla se levantó.
La Fernanda que había entrado a esa bóveda era una maestra asustada que buscaba la aprobación de un fantasma.
La Fernanda que estaba guardando esos documentos era una millonaria a la que le habían robado, y que estaba a punto de cobrar cada centavo de esa deuda.
Cerré la caja de metal con un golpe seco. El sonido resonó como un disparo en el pequeño cuarto.
Salí al pasillo donde el señor Calvillo esperaba discretamente leyendo un archivo. Al verme, se enderezó. Me miró a los ojos y debió ver el cambio, porque asintió con respeto.
—¿Encontró lo que buscaba, señorita Montes de Oca?
Apreté el folder contra mi pecho.
—Encontré mucho más que eso, señor Calvillo. Encontré la cuenta. Y voy a ir a cobrarla.
El gerente sonrió, esta vez ampliamente.
—Su abuela estaría orgullosa. ¿Necesita usar el teléfono de mi oficina?
—Sí —dije, sacando la tarjeta de presentación que venía en el portafolios—. Tengo que llamar a una abogada. Su nombre es Margarita Huerta.
—Ah, la licenciada Huerta —Calvillo soltó una pequeña risa—. Temible en los tribunales. Excelente elección. Pase por aquí.
Mientras caminaba de regreso a la oficina acolchada, saqué mi celular. Tenía tres llamadas perdidas de Victoria y un mensaje de texto de mi padre:
“Espero que no estés haciendo drama por el sobre que te di. Recuerda que la fiesta es el sábado. Compórtate.”
Miré la pantalla y sentí una calma helada.
—Oh, no te preocupes, papá —murmuré para mí misma mientras marcaba el número de Margarita—. Me voy a comportar. Voy a darte el espectáculo de tu vida.