CAPÍTULO 1: EL FRÍO QUE ROMPE HUESOS
El viento aullaba como La Llorona buscando a sus hijos, un lamento agudo y constante que se colaba por mis oídos y me helaba la sangre. Dentro de aquella cueva miserable en la Sierra, jalé a mis niños hacia mí, sintiendo cómo sus cuerpecitos temblaban contra mi pecho.
Sofi y Leo estaban pálidos. Sus labios, usualmente rosados y llenos de risa, se estaban tornando de un tono azul violáceo que me aterraba.
—Mami, me duelen las manos —susurró Sofi, con sus siete años cargando un miedo que ninguna niña debería conocer.
—Pónlas aquí, mi amor, bajo mi brazo —le dije, tratando de que mi voz no sonara quebrada.
Mientras la temperatura caía en picada, un pensamiento terrible y cristalino se formó en mi mente: Esta cueva olvidada en medio de la nada va a ser nuestra tumba. Sentí las lágrimas congelarse en mis mejillas antes de siquiera poder secarlas.
Apenas tres días antes, había empacado todo lo que poseíamos en mi viejo sedán. El divorcio se había finalizado hacía menos de un mes, poniendo fin a años de manipulación emocional, gritos y esa sensación constante de caminar sobre cáscaras de huevo. Este viaje se suponía que era nuestro “borrón y cuenta nueva”. Un trabajo de maestra me esperaba en un pueblo pasando las montañas, una oportunidad para reconstruir esa sensación de seguridad que mi exmarido se había encargado de destrozar.
El pronóstico del clima mencionaba “posibilidad de nieve”, algo común en esta zona del norte en invierno, pero nada como la tormenta bíblica que ahora rugía afuera.
Cuando el coche derrapó en esa curva de la carretera vieja —esa que tomé para ahorrar casetas— y el motor murió con una tos final y lastimera, sentí el primer tentáculo de pánico real apretarme el estómago. Sin señal de celular. Sin autos pasando. Solo un vacío blanco infinito y la noche cayendo sobre nosotros como una manta de plomo.
Al principio, la pequeña cueva pareció una salvación, un refugio contra el viento implacable. Pero conforme pasaban las horas y el frío penetraba la ropa barata que traíamos, me di cuenta con horror creciente de que solo habíamos cambiado una muerte rápida por una lenta y dolorosa.
—Mami, tengo mucho sueño —murmuró Leo, mi pequeño de cinco años. Había dejado de quejarse hacía rato, y ese silencio me asustaba más que su llanto anterior.
—No, mi amor. No te duermas —lo sacudí suavemente—. Quédate con mami. Cuéntame de tus dinosaurios. ¿Cuál era el más fuerte?
—El T-Rex… —susurró, arrastrando las palabras.
Ya les había dado toda mi ropa extra. Mi suéter estaba torpemente envuelto alrededor de Sofi; mi bufanda, dándole tres vueltas al pequeño cuello de Leo. Yo me quedé con una blusa térmica y una chamarra delgada que ya no servía de nada, pero aguantaría cualquier cosa, me arrancaría la piel a tiras si eso les compraba a mis hijos unas horas más de vida.
El divorcio me había quitado casi todo: nuestra casa, nuestra seguridad financiera, incluso algunos “amigos” que eligieron el lado del dinero. Pero tenía a mis hijos, y eso me hacía más rica que nadie. La ironía no se me escapaba: después de pelear como leona para construir una nueva vida para ellos, tal vez no viviríamos para verla.
—Cuéntanos un cuento —pidió Leo de repente, con un hilo de voz.
Tragué saliva, sintiendo la garganta como papel de lija.
—Había una vez… —empecé, y mi voz se rompió—… un caballero valiente y sus dos escuderos que se perdieron en un bosque mágico de invierno.
Mientras inventaba una historia de aventuras donde el frío era solo magia y no un verdugo, revisé mi reloj. Casi medianoche. Llevábamos seis horas en la cueva. La temperatura había bajado al menos diez grados más desde el atardecer.
Mis pies ya no los sentía. Eran bloques de madera ajenos a mi cuerpo. Movía los dedos de las manos frenéticamente, desesperada por mantener la circulación.
—¿Y qué pasó con el caballero? —preguntó Sofi cuando me quedé callada, perdida calculando nuestras probabilidades de supervivencia.
—El caballero… —luché para concentrarme—. El caballero sabía que necesitaban ayuda. Así que envió una llamada mágica, esperando que alguien escuchara.
—¿Como una oración? —preguntó Leo, abriendo sus ojos grandes en su carita pálida.
—Sí, mi vida. Exactamente como una oración.
Los abracé más fuerte, formando un círculo compacto de calor compartido.
—Vamos a enviar todos una llamada mágica, ¿sí?
Para ellos era un juego. Para mí, el ruego susurrado que lancé a la oscuridad llevaba todo el peso de la desesperación de una madre moribunda. Pensé en mi propia madre, que se había ido hacía cinco años por el cáncer.
Perdóname, mamá, pensé. Traté de ser fuerte como me enseñaste. Traté.
Las horas se arrastraron. Los niños entraban y salían de ese sueño peligroso que yo luchaba por evitar. Mi propio cansancio era un peso físico, un ancla jalándome hacia un fondo oscuro y seductor.
—Necesitamos estar despiertos —murmuré, pellizcándome el brazo con fuerza hasta dejar marca—. Solo hasta la mañana. La ayuda vendrá en la mañana.
Pero incluso al decirlo, sabía que era mentira. La tormenta estaba pronosticada para durar otro día. Nadie sabía dónde estábamos. Nuestro coche seguramente ya era un montículo blanco más en el paisaje. La probabilidad estadística de un rescate era prácticamente cero.
—Mami… creo que veo algo —dijo Sofi, sus dedos fríos aferrándose a mi blusa.
—Son solo las sombras, cielo —la consolé, asumiendo que el frío le estaba causando alucinaciones.
—No. Mira la entrada.
Levanté la cabeza lentamente, conservando energía hasta en ese pequeño movimiento. Al principio, solo vi lo mismo que me había atormentado por horas: nieve arremolinándose contra la oscuridad absoluta.
Y entonces, un destello de movimiento. Una forma distinta al caos de la tormenta. Pelaje dorado atrapando la tenue luz de la luna que se filtraba entre nubes. Ojos inteligentes reflejando la luz como dos brasas en la oscuridad.
Un perro.
Un Golden Retriever precioso, robusto, parado en la entrada de la cueva. Su postura era alerta, pero calmada, a pesar del viento que casi nos tiraba. Inclinó la cabeza, estudiándonos con una intensidad que parecía casi humana.
—¡Un perro! —susurré, preguntándome si la hipotermia ya me estaba haciendo ver cosas.
El animal avanzó, sus patas dejando huellas húmedas en el suelo de piedra. Era real. Imposible, maravillosa y cálidamente real.
Leo extendió una mano temblorosa.
—Buen perrito…
El perro se acercó con cautela, permitió que los dedos de Leo rozaran su pelaje, y luego dio media vuelta hacia la entrada. Nos miró por encima del hombro, dio unos pasos hacia la tormenta y volvió a mirar atrás.
—Creo… —dijo Sofi lentamente—. Creo que quiere que lo sigamos.
—Eso es una locura —murmuré, aunque una chispa de esperanza se encendió en mi pecho—. Probablemente es un perro callejero o se escapó de alguna granja lejana.
Pero el comportamiento del perro era demasiado deliberado. Regresó a nosotros, jaló suavemente mi manga con un cuidado sorprendente, y se movió de nuevo hacia la salida.
—Quiere ayudarnos, mamá —insistió Sofi con esa certeza absoluta que tienen los niños.
Pesé mis opciones, que eran brutalmente pocas. Quedarnos y ciertamente morir congelados antes del amanecer, o seguir a este animal misterioso hacia la tormenta con la mínima posibilidad de salvación.
—Está bien —decidí, luchando por ponerme de pie y jalando a los niños—. Vamos a seguirlo. Pero no me suelten la mano. Jamás me suelten.
CAPÍTULO 2: LA CASONA EN LA NIEBLA
El primer paso fuera de la cueva fue como caminar contra una pared de hielo sólido. El viento me robó el aliento y por un segundo dudé de mi decisión, pero el Golden Retriever se movía con confianza a través de la nieve, deteniéndose ocasionalmente para asegurarse de que lo seguíamos.
Cada paso era una agonía. La nieve nos llegaba hasta las rodillas en algunos tramos. Tuve que cargar a Leo casi todo el trayecto, mis brazos ardiendo por el esfuerzo, mis pulmones quemando con el aire helado. Sofi caminaba a mi lado, su carita enterrada en mi suéter, mostrando una determinación que me partía el corazón.
—Ya no puedo… —jadeé después de lo que pareció una eternidad. Mis piernas temblaban violentamente. Habíamos seguido al perro por casi treinta minutos. Mi cuerpo se estaba apagando.
El perro regresó al instante, empujando su cuerpo caliente contra mis piernas, ladrando una vez, fuerte y claro.
—¡Mira, mami! —gritó Sofi, señalando al frente—. ¡Mira!
A través de la cortina de nieve, unas luces parpadearon. No eran estrellas. Eran rectángulos dorados y cálidos. Ventanas.
Un edificio, uno enorme, se alzaba a menos de cien metros.
—Dios mío… —suspiré, encontrando una reserva de fuerza que no sabía que tenía—. Vamos, niños. Ya casi llegamos.
Empujamos contra el viento. Conforme nos acercábamos, la silueta del edificio emergió de la tormenta. No era una cabaña, ni una granja. Era una casona inmensa, una hacienda de piedra antigua con la grandeza inconfundible del dinero viejo, imposiblemente ubicada en este desierto helado.
Para cuando llegamos a los escalones de piedra de la entrada principal, yo prácticamente arrastraba a los niños. Mi visión se estaba cerrando, un túnel oscuro cerrándose en los bordes. El perro saltó hacia adelante y desapareció por un costado de la casa.
—¡Espera! —llamé débilmente, el miedo a perder a nuestro guía compitiendo con el alivio.
Subí los escalones y, con lo último de mis fuerzas, golpeé la enorme puerta de madera tallada.
Nadie respondió.
Golpeé de nuevo, desesperada. Nada.
Sofi estiró su manita y probó la manija dorada. Para mi asombro, giró sin resistencia.
—Está abierta —dijo ella, como si fuera lo más natural del mundo.
La pesada puerta se abrió hacia adentro, revelando un vestíbulo cavernoso bañado en luz cálida. Una ola de calor salió para abrazarnos. El contraste con el frío fue tan repentino que casi dolió físicamente.
—¿Hola? —llamé, mi voz haciendo eco—. ¿Hay alguien aquí? ¡Necesitamos ayuda!
Solo el silencio respondió, roto por el tic-tac rítmico de un reloj invisible.
Entramos y cerré la puerta contra la tormenta, dejando al monstruo blanco afuera. El vestíbulo era magnífico. Pisos de mármol, una escalera doble, muebles antiguos que gritaban historia y riqueza. Pero fue el calor lo que me hizo querer llorar de gratitud. Bendito calor.
—¿Dónde están todos? —preguntó Leo, su voz pequeñita en el gran espacio.
—No lo sé —admití, ayudándoles a quitarse las capas mojadas—. Pero estamos fuera del frío. Eso es lo que importa.
Mientras la sensación regresaba dolorosamente a mis dedos, observé bien el lugar. La casona estaba impecable, ni una mota de polvo. Sin embargo, se sentía… vacía. No abandonada, sino como si sus ocupantes hubieran salido hace un minuto.
—Mami, mira los cuadros —dijo Sofi, caminando hacia la pared más cercana.
Retratos al óleo colgaban en las paredes. La mayoría mostraban al mismo hombre en diferentes edades: guapo, de mirada inteligente y postura de autoridad. En el retrato más grande, él estaba de pie junto a un perro.
El mismo Golden Retriever que nos había traído aquí.
Leí la placa dorada debajo del marco: “Ricardo Cantú – 2018”.
—¿Quién es usted, Señor Cantú, y por qué su casa está abierta en medio de la nada durante una tormenta? —murmuré.
Un ladrido repentino nos hizo saltar.
El Golden Retriever había reaparecido, sentado tranquilamente al pie de la escalera, como si hubiera estado esperándonos todo el tiempo.
—¡Ahí estás! —exclamó Leo, corriendo para abrazarlo—. Gracias por salvarnos, perrito.
El perro movió la cola una vez y luego trotó hacia la oscuridad del pasillo, deteniéndose para mirarnos.
—Quiere que lo sigamos otra vez —dijo Sofi.
—Esperen —dije, mi instinto maternal peleando con mi gratitud—. No podemos simplemente…
Pero antes de que pudiera terminar, el sonido de pasos pesados resonó desde el piso de arriba. Pasos lentos, de botas sobre madera.
Jalé a mis hijos detrás de mí, enfrentando la escalera con el corazón en la garganta.
Un hombre apareció en el descanso. Alto, imponente, con cabello oscuro veteado de plata y un rostro marcado por líneas profundas de experiencia o amargura. Vestía un suéter grueso y sostenía algo en la mano derecha que no logré identificar al principio, hasta que la luz le dio de lleno. Una linterna pesada… ¿o algo más?
Su expresión al vernos fue de shock absoluto, que rápidamente se transformó en sospecha.
—¿Quién demonios son ustedes? —su voz era un trueno grave—. ¿Y qué hacen en mi casa?
Apreté los hombros de mis hijos.
—Lo siento… nuestro auto se descompuso… estábamos muriendo allá afuera… —balbuceé, temblando no solo de frío ahora—. Su perro… su perro nos trajo aquí.
El hombre frunció el ceño, bajando lentamente los escalones. Sus ojos se movieron de mí a los niños, y luego, con una extraña mezcla de confusión y miedo, se posaron en el Golden Retriever que estaba sentado junto a nosotros.
—¿Mi perro? —repitió, y un escalofrío me recorrió la espalda al notar el tono en su voz—. Señora, yo no tengo perro.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Todos miramos al animal, que se sacudía la nieve tranquilamente, completamente ajeno a la tensión.
—Pero… está ahí en la pintura —dijo Sofi, señalando el retrato de Ricardo Cantú—. Con ese señor.
El hombre miró la pintura, luego al perro, y su rostro palideció visiblemente.
—Ese no soy yo —dijo con voz ronca—. Ese es Ricardo Cantú. El dueño de esta casa.
—¿Es su jefe? —pregunté, desesperada por entender.
El hombre me miró directo a los ojos, y vi un abismo de dolor en su mirada.
—Ricardo Cantú desapareció hace cinco años —dijo secamente—. Y ese perro… ese perro murió el mismo día que él.
CAPÍTULO 3: EL GUARDIÁN DEL OLVIDO
La afirmación del hombre cayó sobre nosotros con el peso de una lápida. Ese perro murió el mismo día que él.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el silbido del viento que intentaba colarse por las rendijas de la inmensa puerta de roble y el sonido húmedo del Golden Retriever sacudiéndose la nieve restante de su pelaje. Las gotas de agua salpicaron las botas gastadas del desconocido y el suelo de mármol inmaculado, rompiendo la tensión sobrenatural con un acto tan mundano y vivo que casi solté una carcajada histérica.
—Señor —dije, mi voz temblando no solo por el frío, sino por la mezcla de miedo y agotamiento—, con todo respeto, no sé de fantasmas, pero ese perro está respirando, huele a perro mojado y acaba de salvarnos la vida. Si no fuera por él, mis hijos y yo seríamos cadáveres en esa cueva.
El hombre parpadeó, saliendo de su estupor. Sus ojos oscuros, rodeados de arrugas profundas que hablaban de años de insomnio, bajaron de nuevo hacia el animal. El perro, lejos de amedrentarse, se sentó sobre sus cuartos traseros y emitió un ladrido corto y seco, como si saludara a un viejo camarada.
El desconocido dio un paso atrás, aferrando con fuerza el barandal de la escalera. Vi cómo sus nudillos se ponían blancos.
—Imposible… —murmuró para sí mismo, con un tono que mezclaba incredulidad y un dolor antiguo—. Scout… ¿eres tú?
Al escuchar el nombre, las orejas del perro se levantaron. Se acercó al hombre y le dio un leve empujón con el hocico en la mano que colgaba a su costado. El hombre, Arturo —como pronto sabríamos—, dejó caer la mano sobre la cabeza del animal, acariciando el pelaje dorado con una torpeza nacida del shock.
—Mami, tengo hambre —la vocecita de Leo rompió el momento místico. Mi hijo se tambaleaba de sueño y frío, sus labios aún con ese tinte azulado que me aterraba.
El hombre levantó la vista de golpe, como si hubiera olvidado que estábamos ahí. Su mirada recorrió a mis hijos, y la máscara de hostilidad se agrietó. Sus ojos se suavizaron, y por un segundo, vi al ser humano detrás del guardián amargado.
—No pueden quedarse aquí abajo —dijo, su voz recuperando esa gravedad ronca, pero sin la amenaza de antes—. Están empapados. Van a pescar una neumonía si no entran en calor.
Bajó los últimos escalones, guardando lo que parecía ser una linterna pesada en el bolsillo de su pantalón de lana.
—Soy Arturo Lagos —dijo, extendiendo una mano callosa pero firme—. Cuido la propiedad. O lo intento.
—Jenna Miller —respondí, estrechando su mano. Estaba caliente, un contraste brutal con mis dedos helados—. Ellos son Sofi y Leo.
—Señora Miller, sígame. No tengo ropa de niño, pero encontraré algo seco. Y hay agua caliente, gracias a Dios y al generador industrial que tenemos atrás.
Nos hizo un gesto para que subiéramos. Mientras mis hijos y yo ascendíamos por la majestuosa escalera de caracol, no pude evitar notar cómo Arturo echaba miradas furtivas hacia atrás, hacia el perro que trotaba alegremente a nuestro lado, como si temiera que el animal se desvaneciera en humo si dejaba de mirarlo.
—Dijo que esta casa era de Ricardo Cantú —me atreví a preguntar mientras caminábamos por un pasillo largo, decorado con tapices que parecían valer más que todo lo que yo había perdido en el divorcio—. ¿El empresario? Recuerdo haber leído sobre él en las noticias.
—Sí —respondió Arturo sin detenerse—. El mismo que construyó medio Monterrey y donó el otro medio.
—¿Y dónde está ahora? Usted dijo que desapareció.
Arturo se detuvo frente a una puerta de madera tallada. Su expresión se ensombreció.
—Nadie lo sabe. Un día estaba aquí, revisando planos en su estudio, y al siguiente… —hizo un gesto vago con la mano—. Se esfumó. La policía buscó por meses. Helicópteros, rastreadores, videntes… nada. Oficialmente, el caso está frío.
—¿Y usted sigue aquí? —pregunté, sorprendida.
—Alguien tiene que cuidar que no se caiga a pedazos —dijo, abriendo la puerta—. Además… le hice una promesa.
No preguntó qué promesa, ni a quién. El tono de su voz dejaba claro que esa puerta estaba cerrada.
La habitación que nos asignó era obscenamente lujosa. Una cama con dosel que parecía sacada de un castillo europeo, una chimenea de gas que Arturo encendió con un control remoto, y un baño contiguo con una tina de patas de garra.
—Usted y la niña pueden dormir aquí. Abriré la habitación de al lado para el niño.
—¡No! —gritó Leo, aferrándose a mi pierna húmeda—. Quiero estar con mami.
—Está bien, campeón —dijo Arturo, levantando las manos en señal de paz—. Hay espacio de sobra en esa cama. Buscaré unas camisetas viejas de Ricardo… digo, del señor Cantú. Servirán de pijama.
Salió de la habitación, dejándonos solos. O casi solos. Scout, el perro milagroso, entró con paso señorial, dio tres vueltas frente a la chimenea y se dejó caer con un suspiro dramático, cerrando los ojos.
—Creo que él también se queda —dijo Sofi, con una sonrisa cansada pero genuina.
La siguiente hora fue borrosa. Llené la tina con agua hirviendo y metí a los niños. Ver el color regresar a sus mejillas, escucharlos reírse un poco mientras jugaban con la espuma del jabón de lavanda que encontré, fue el primer momento en que sentí que el nudo en mi pecho se aflojaba. Habíamos estado tan cerca… tan aterradoramente cerca de no salir de esa montaña.
Cuando salieron del baño, envueltos en toallas mullidas que olían a cedro, Arturo ya había dejado una pila de ropa en la cama. Eran camisetas de algodón fino, enormes para ellos, pero secas y limpias.
En menos de diez minutos, ambos estaban profundamente dormidos bajo un edredón de plumas. Me quedé mirándolos un largo rato, acariciando el cabello húmedo de Leo, asegurándome de que sus pechos subían y bajaban rítmicamente.
Scout levantó la cabeza desde la alfombra y me miró. Sus ojos ámbar parecían decirme: Descansa, yo hago la guardia.
Pero yo no podía dormir.
La adrenalina es una droga traicionera; te mantiene de pie cuando deberías colapsar, pero te deja con un zumbido eléctrico en la mente cuando el peligro pasa. Me di una ducha rápida, me puse un pants de algodón y una sudadera gris que Arturo había dejado —probablemente suya, a juzgar por el olor a tabaco y madera vieja— y salí al pasillo.
La casa estaba en silencio, pero era un silencio denso, cargado de historia. Mis pies descalzos se hundían en las alfombras persas mientras bajaba la escalera, guiada por una luz tenue que venía del fondo del pasillo principal.
Encontré la cocina siguiendo el aroma. No olía a comida, sino a café recién hecho y algo más fuerte.
Era un espacio inmenso, una mezcla extraña de hacienda rústica y tecnología de punta. Ollas de cobre colgaban del techo sobre una isla de granito negro. Y ahí estaba Arturo, sentado en un taburete alto, con un vaso de cristal en la mano y una botella de tequila Reserva de la Familia frente a él.
—No puede dormir, ¿verdad? —dijo sin voltear, como si hubiera sentido mi presencia.
—El silencio aquí es… ruidoso —respondí, acercándome con cautela.
Él empujó un segundo vaso vacío hacia mi lado de la barra y sirvió una medida generosa del líquido ámbar.
—Bébalo. Ayuda con el frío. Y con los sustos.
Tomé el vaso. El tequila bajó quemando, un fuego agradable que se asentó en mi estómago.
—Gracias —dije—. Por todo. Sé que aparecimos de la nada y…
—No me agradezca todavía —me interrumpió, girando su vaso—. Mañana, cuando la tormenta pase, tendrá que lidiar con la grúa, el seguro y ver cómo saca ese coche de la zanja. Pero por esta noche, están a salvo.
Me senté frente a él, observándolo mejor bajo la luz ámbar de las lámparas colgantes. Tenía cicatrices en las manos, pequeñas líneas blancas que contaban historias de violencia. Y su postura… estaba sentado, pero sus hombros estaban tensos, listos para saltar.
—Usted no es solo un cuidador, ¿verdad, Arturo? —lancé la pregunta al aire.
Él soltó una risa seca, sin humor.
—¿Qué la delata? ¿Mi encanto natural o mi habilidad para servir tragos?
—Su forma de pararse. La manera en que miró la entrada antes de abrirnos. Y esa linterna que traía… la sostenía como si fuera un arma, no una herramienta.
Arturo me miró a los ojos por primera vez en esa conversación, evaluándome.
—Observadora. Eso es bueno. Ayuda a sobrevivir.
Dio un trago largo a su bebida.
—Fui policía. Detective en la división de homicidios en la Ciudad de México. Hace mucho tiempo, en otra vida.
—¿Y cómo termina un detective de homicidios cuidando la mansión vacía de un millonario desaparecido en la Sierra de Arteaga?
—Todos huimos de algo, señora Miller. Usted huye de un mal divorcio en un coche viejo. Yo huyo de mis propios fantasmas en una casa ajena.
La franqueza de sus palabras me golpeó. Tenía razón. Ambos éramos náufragos esa noche.
—¿El perro? —pregunté suavemente—. ¿Scout? Dijo que estaba muerto.
La mano de Arturo se cerró alrededor del vaso con tanta fuerza que temí que lo rompiera.
—Ricardo amaba a ese perro. Decía que era su conciencia. El día que Ricardo desapareció, Scout también se esfumó. Encontramos su collar cerca del río, manchado de sangre. Asumimos que… bueno, que los coyotes o algo peor lo habían atrapado.
—Pero está aquí. Está arriba, cuidando a mis hijos.
—Lo sé —susurró Arturo, y vi un brillo de humedad en sus ojos duros—. Y eso es lo que no me deja dormir. Scout no es un perro normal. Nunca lo fue. Si ha vuelto después de cinco años… es porque algo va a pasar. O porque Ricardo…
Se detuvo en seco, como si hubiera dicho demasiado.
—¿Porque Ricardo qué? —presioné.
—Porque tal vez Ricardo no está tan lejos como pensábamos.
Un escalofrío que nada tenía que ver con la nieve recorrió mi espalda.
—¿Cree que está vivo?
Arturo se puso de pie bruscamente, terminando su trago de un golpe.
—Creo que es tarde, Jenna. Debería intentar descansar. Mañana será un día largo.
Sabía que me estaba corriendo, cerrando la cortina sobre su vulnerabilidad momentánea. Asentí, terminando mi tequila.
—Gracias de nuevo, Arturo. Buenas noches.
—Buenas noches.
Caminé de regreso hacia la escalera, sintiendo su mirada en mi nuca. Pero antes de salir de la cocina, me detuve y volteé.
—Por cierto… mis hijos dicen que Scout nos eligió. Que nos estaba esperando en la cueva.
Arturo me miró, su rostro medio oculto en las sombras.
—Scout nunca hace nada por accidente —dijo en voz baja—. Si los trajo aquí, a mi puerta, en la peor noche del año… Dios nos ayude, porque significa que la tormenta que traen ustedes es más peligrosa que la que está allá afuera.
Subí las escaleras con el corazón latiendo desbocado. Al entrar en la habitación, vi a Scout levantando la cabeza. Movió la cola suavemente, golpeando el suelo alfombrado: pum, pum, pum.
Me metí en la cama junto a mis hijos, abrazándolos fuerte. Pero mientras miraba las llamas danzar en la chimenea, no podía sacarme de la cabeza las palabras de Arturo.
No habíamos llegado a un refugio. Habíamos entrado en un misterio. Y tenía la inquietante sensación de que, al cruzar ese umbral, habíamos cerrado la puerta a nuestra vida anterior para siempre.
CAPÍTULO 4: EL HUECO EN LA ESTANTERÍA
El amanecer llegó no como una explosión de luz, sino como una caricia tímida que se filtró a través de las pesadas cortinas de terciopelo. Abrí los ojos, desorientada por un segundo, hasta que el techo alto con molduras de yeso y el crepitar suave de las brasas remanentes en la chimenea me recordaron dónde estábamos.
No estábamos en una cueva. No estábamos muriendo.
Giré la cabeza. Sofi y Leo seguían dormidos, desparramados en la inmensa cama como estrellas de mar, con las bocas entreabiertas y una placidez que me hizo nudar la garganta. Estaban vivos. Estábamos vivos.
Al pie de la cama, sobre la alfombra persa, Scout levantó la cabeza. No parecía haber dormido; sus ojos ámbar estaban claros y alertas. Al ver que yo despertaba, movió la cola con un thump-thump-thump rítmico y suave, como si intentara no despertar a los niños.
—Buenos días, héroe —susurré, bajando los pies al suelo frío.
Scout se estiró, una larga curva de pelo dorado, y se acercó para lamer mi mano. Su lengua era rasposa y cálida. Me vestí en silencio con la ropa prestada del día anterior, que Arturo había tenido la delicadeza de dejar cerca del fuego para que estuviera tibia, y decidí bajar antes de que los niños despertaran. Necesitaba café. Necesitaba pensar.
La mansión, a la luz del día, era una mezcla impresionante de fortaleza y museo. Mientras bajaba la escalera, noté detalles que el pánico de la noche anterior me había ocultado: el polvo bailando en los haces de luz que entraban por los ventanales de doble altura, el olor a cera de madera y limón, y el silencio absoluto.
La cocina estaba vacía. Sobre la isla de granito, encontré una nota escrita en una hoja de libreta con una caligrafía angulosa y apretada:
> “Fui a revisar el generador y a despejar la entrada para la grúa. Hay huevos, leche y pan en el refrigerador. Coman. No me esperen. —A.L.”
—A.L. —murmuré—. Arturo Lagos. El hombre que vive con fantasmas.
Scout se sentó junto al refrigerador y soltó un pequeño gemido.
—¿Tú también tienes hambre, eh? —le pregunté.
Abrí el refrigerador. Estaba sorprendentemente bien surtido para una casa supuestamente vacía. Huevos de granja, tocino grueso, leche entera, jugo de naranja de marca premium. Preparé el desayuno con una sensación de irrealidad. Batir huevos en una cocina que costaba más que todas las casas que yo había habitado en mi vida se sentía como un sueño febril.
El olor a tocino atrajo a los niños poco después. Bajaron las escaleras con los ojos lagañosos y el cabello revuelto, vistiendo las enormes camisetas que les llegaban a los tobillos.
—Huele rico —dijo Leo, trepando a uno de los taburetes altos con dificultad.
—Hot cakes y huevos revueltos —anuncié, sirviendo los platos—. Coman todo, necesitamos energía.
—¿Dónde está el señor enojón? —preguntó Sofi, pinchando un pedazo de tocino.
—El señor Arturo salió a trabajar —corregí suavemente—. Y no es enojón, Sofi. Solo está… triste. Y preocupado. Nos dejó quedarnos, recuérdalo.
Scout, sentado con la postura perfecta de un caballero inglés junto a la silla de Leo, recibió discretamente un trozo de tocino que mi hijo dejó caer “accidentalmente”. El perro lo atrapó en el aire sin hacer ruido, masticó delicadamente y volvió a su posición de estatua vigilante.
—Es muy listo —observó Sofi—. Mamá, ¿viste cómo nos trajo? Él sabía dónde estaba la casa.
—Sí, amor. Arturo dijo que este era su hogar antes.
—Pero Arturo dijo que el perro estaba muerto —insistió ella, con esa lógica implacable de los siete años—. ¿Cómo puede estar muerto y comer tocino al mismo tiempo?
Me detuve con la espátula en el aire.
—Los adultos a veces se equivocan, cielo. O a veces… a veces dicen cosas porque están confundidos por la tristeza. Arturo perdió a su amigo, el dueño de Scout. Verlo regresar debe haber sido un shock muy fuerte.
Terminamos el desayuno mientras la luz del sol inundaba la cocina, revelando un paisaje exterior que me robó el aliento. A través de los ventanales, la Sierra de Arteaga se extendía majestuosa, cubierta por un manto blanco impoluto. Los pinos, cargados de nieve, brillaban como cristal. Era una belleza letal, la misma que casi nos mata horas antes.
—¿Podemos explorar? —preguntó Leo, limpiándose la miel de maple de la barbilla con el dorso de la mano.
Dudé. Éramos intrusos, huéspedes por caridad. Pero mantener a dos niños encerrados en una habitación todo el día era imposible.
—Solo en la planta baja —sentencié—. Y no tocamos nada que parezca frágil, caro o que pueda romperse. ¿Entendido?
—¡Sí! —gritaron al unísono.
Scout ladró una vez y trotó hacia la puerta del pasillo, deteniéndose para mirarnos.
—Creo que él quiere ser el guía —dijo Sofi, saltando del taburete.
Seguimos al perro. No deambulaba al azar; tenía un propósito. Nos llevó por un pasillo largo decorado con armaduras decorativas (que a Leo le fascinaron) y mapas antiguos de la región. Finalmente, empujó una puerta doble de madera oscura con el hocico y entró.
Nos quedamos parados en el umbral, maravillados.
Era la biblioteca.
No era un cuarto con libros; era una catedral dedicada a la lectura. Dos pisos de estanterías de caoba oscura, repletas de volúmenes empastados en piel, se alzaban hasta un techo abovedado pintado con un fresco de constelaciones. Una escalera de caracol de hierro forjado conectaba los niveles, y en el centro, una chimenea masiva de piedra presidía el lugar, flanqueada por sillones de cuero Chester que se veían gastados por el uso constante.
El olor era embriagador: vainilla, papel viejo, tabaco y cuero.
—Wow… —susurró Leo, su voz haciendo eco en la inmensidad del salón.
—Mami, es como la biblioteca de La Bella y la Bestia —dijo Sofi, girando sobre sí misma para verlo todo.
Caminamos lentamente, respetuosos, como si estuviéramos en una iglesia. Me acerqué a uno de los estantes. Había de todo: clásicos de la literatura, tratados de arquitectura, enciclopedias botánicas, novelas de misterio. No eran libros de adorno comprados por metro para llenar espacio; eran libros leídos. Tenían los lomos quebrados, marcadores de páginas, notas al margen visibles si abrías uno.
Ricardo Cantú, el desaparecido, había sido un hombre culto. Un hombre curioso.
—¡Mami, mira a Scout! —me llamó Leo.
El Golden Retriever estaba en el extremo opuesto de la sala, frente a una sección específica de estanterías que parecía estar dedicada a la historia local y… ¿criminología? Me acerqué, leyendo los títulos: Historia del Crimen Organizado en México, Lavado de Dinero: Técnicas y Rastreo, Códigos y Cifrados.
Títulos extraños para un magnate de la construcción.
Scout estaba sentado sobre sus patas traseras, mirando fijamente un punto en el tercer estante, a la altura de mis ojos. Emitió un gemido agudo, ansioso.
—¿Qué pasa, chico? —pregunté, acercándome.
El perro se levantó, puso sus patas delanteras sobre la madera de la estantería y rascó suavemente el estante.
Miré hacia donde señalaba.
Había un hueco.
Entre un libro titulado Justicia Ciega y otro llamado La Arquitectura del Poder, había un espacio vacío. El polvo en la madera era más claro en ese rectángulo, indicando que el libro que faltaba había estado allí durante mucho tiempo y había sido removido recientemente… o que el polvo se había limpiado de forma selectiva.
—Falta uno —dijo Sofi, poniéndose de puntitas.
Scout ladró de nuevo, esta vez más fuerte, mirando alternativamente el hueco y luego a mí, con una intensidad que me puso la piel de gallina. No era un comportamiento animal normal. Era comunicación.
—¿Qué libro falta, Scout? —susurré, sintiéndome ridícula por hablarle como a una persona, pero incapaz de evitarlo.
—Veo que encontraron la colección privada.
La voz de Arturo nos hizo saltar a los tres.
Estaba parado en la entrada de la biblioteca, con su chaqueta de exterior aún puesta, salpicada de nieve derretida. Su rostro era ilegible, pero sus ojos estaban fijos en Scout y en el hueco de la estantería.
Instintivamente, puse una mano sobre el hombro de Leo y otra sobre el de Sofi.
—Lo siento —dije rápido—. Los niños querían caminar un poco. No tocamos nada.
Arturo entró en la sala, sus botas resonando en el piso de madera encerada. Se quitó los guantes de trabajo lentamente.
—No se preocupe, Jenna. Los libros son para leerse, no para mirarse. Ricardo siempre decía que un libro cerrado es un cadáver de papel.
Caminó hacia nosotros, pasando la mano por el respaldo de uno de los sillones de cuero con un gesto casi cariñoso.
—Parecía un hombre interesante —dije, tratando de disipar la tensión—. Por los títulos que veo aquí… leía de todo.
—Tenía una mente inquieta —concedió Arturo, deteniéndose a unos pasos de nosotros—. Ingeniero de formación, pero detective de corazón. Siempre buscando patrones, siempre tratando de entender cómo funcionan las cosas… y las personas.
Su mirada se desvió hacia el estante donde Scout seguía sentado, vigilante.
—¿Qué pasa con el perro? —preguntó Arturo, aunque su tono sugería que ya sabía la respuesta.
—Parece obsesionado con ese hueco —señalé el espacio vacío—. Como si quisiera decirnos que falta algo importante.
Vi un músculo tensarse en la mandíbula de Arturo. Fue un movimiento minúsculo, un tic nervioso que su cara de póker no pudo ocultar.
—Ah —dijo, restándole importancia con un encogimiento de hombros—. Probablemente se llevó ese libro consigo el día que… se fue.
—¿Qué libro era? —preguntó Sofi.
Arturo miró a la niña, y por un segundo vi una sombra de duda en sus ojos.
—No lo recuerdo. Probablemente alguna novela aburrida. O algún manual técnico.
—Scout no cree que sea aburrido —dijo Leo, señalando al perro, que seguía gimiendo bajito frente al espacio vacío.
Arturo suspiró, un sonido que pareció venir de lo profundo de su pecho cansado.
—Scout tiene muchas opiniones para ser un perro que no debería estar aquí. —Se acercó a la estantería y, con un movimiento brusco, empujó los libros para cerrar el hueco, ocultando el espacio vacío—. Listo. Ya no falta nada.
El gesto fue tan definitivo, tan cargado de una finalidad agresiva, que los niños se quedaron callados. Scout dejó de gemir, pero no se movió. Se sentó y clavó sus ojos ámbar en Arturo, una mirada de reproche silencioso.
—La grúa no vendrá hoy —dijo Arturo, cambiando de tema abruptamente—. Hubo un deslave menor en la carretera principal por el deshielo. El camino de acceso está bloqueado.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Qué? Pero… tengo que irme. El trabajo en Mayfield…
—Llamé desde la radio de onda corta —interrumpió él—. Las líneas celulares siguen muertas, pero pude contactar a la policía local. Saben que están aquí. Están a salvo. Pero nadie entra y nadie sale hasta que limpien el camino. Tal vez mañana por la tarde.
—¿Estamos atrapados? —preguntó Leo, con un tono que oscilaba entre el miedo y la emoción de la aventura.
—Estamos seguros —corrigió Arturo, aunque su mirada seguía fija en el perro—. Tienen comida, calor y techo. Podría ser peor.
—Gracias por avisarnos —dije, tratando de ocultar mi ansiedad. Quedarnos otro día en esta casa llena de secretos y con un hombre que claramente ocultaba algo no era mi plan ideal.
—Voy a estar en el Ala Este —dijo Arturo, dándose la vuelta—. Hubo una fuga de agua por el hielo. Les pediría que mantengan a los niños y al perro fuera de esa zona. Es peligroso.
—Entendido —dije.
Arturo asintió una vez, secamente, y salió de la biblioteca.
Nos quedamos en silencio unos segundos, escuchando sus pasos alejarse.
—Miente —dijo Sofi de repente, con voz clara y firme.
La miré, sorprendida.
—¿Qué dices, Sofi?
—El señor Arturo miente, mami. Cuando dijo que no recordaba qué libro era. Le tembló el ojo. Y cerró el espacio muy rápido.
Miré el estante donde los libros ahora estaban apretados, ocultando el secreto.
—Sí, mi amor —admití, sintiendo un nudo en el estómago—. Yo también creo que miente.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Leo.
Scout se levantó, sacudió su pelaje y nos miró, luego caminó hacia la puerta que daba al jardín trasero, donde la nieve brillaba bajo el sol. Ladró una vez, un sonido invitante y urgente.
—Creo —dije, sintiendo que estaba a punto de cruzar una línea de la que no podría regresar—, que vamos a ver qué es lo que Scout quiere mostrarnos en realidad. Si no está aquí adentro… debe estar allá afuera.
El perro pareció sonreír, con la lengua de fuera, y salió trotando hacia el vestíbulo.
—Vamos por las chamarras —les dije a mis hijos, con el corazón latiendo con una mezcla de miedo y una curiosidad voraz—. Pero no nos separamos. Ni un metro.
Mientras subíamos por los abrigos, no pude evitar mirar atrás, hacia la biblioteca silenciosa. Arturo había cerrado el hueco en el estante, pero había abierto uno mucho más grande en mi confianza. Y Scout, el perro fantasma, estaba decidido a llenarlo con la verdad.
CAPÍTULO 5: LA VERDAD BAJO LA NIEVE
El aire exterior era tan puro que dolía al respirarlo, una inyección de vida helada que contrastaba violentamente con la atmósfera cargada y polvorienta de la biblioteca. Afuera, el mundo era blanco y brillante, un lienzo virgen que la tormenta nos había regalado a cambio del terror de la noche anterior.
—¡Mami, mira! —gritó Leo, lanzando una bola de nieve deforme que se deshizo en el aire antes de tocar a su hermana.
Sofi respondió con una risa cristalina, agachándose para armar su propia munición. Scout, contagiado por la alegría infantil, saltaba entre ellos, hundiendo el hocico en la nieve profunda y lanzando ladridos cortos y felices al viento. Por un momento, permití que la imagen me engañara: parecíamos una familia normal en unas vacaciones de invierno, lejos de divorcios, deudas y misterios de millonarios desaparecidos.
Pero la realidad siempre tiene una forma cruel de regresar.
Me senté en el borde de una banca de piedra que alguien había limpiado parcialmente, ajustándome la bufanda prestada. Desde mi posición, podía ver las ventanas de la cocina y, más allá, la silueta oscura de Arturo moviéndose dentro de la casa. Dijo que iría al Ala Este, pero lo vi pasar por el pasillo principal, con el teléfono de radio en la mano y una postura rígida.
—¿Qué escondes, Arturo Lagos? —murmuré para mí misma, frotándome las manos enguantadas.
Scout, que hasta ese momento había estado persiguiendo copos de nieve imaginarios, cambió repentinamente de actitud. Se detuvo en seco cerca de unos arbustos densos, cubiertos casi por completo por la nevada, en el lado oeste de la mansión. No era un lugar de paso; era un rincón olvidado del jardín, donde las sombras de los pinos eran más largas.
—¿Qué encontró? —preguntó Sofi, bajando su bola de nieve.
El perro comenzó a escarbar. No con el entusiasmo juguetón de antes, sino con una determinación frenética. La nieve volaba detrás de él en arcos blancos.
—¡Scout, no! —llamé, poniéndome de pie—. ¡Vas a ensuciarte todo y Arturo nos va a matar!
Pero Scout me ignoró. Siguió cavando hasta llegar a la tierra congelada, mordiendo y jalando algo que estaba enterrado bajo las raíces de un arbusto viejo.
—¡Ayúdenlo! —gritó Leo, corriendo hacia él.
—¡Leo, espera! —Me adelanté, mis botas crujiendo en la nieve compacta, pero mis hijos fueron más rápidos.
Cuando llegué junto a ellos, Scout ya había logrado sacar su premio. No era un hueso, ni una raíz.
Era un objeto rectangular, envuelto en lo que parecía ser una bolsa de plástico gruesa, de esas industriales, sellada con cinta adhesiva gris que el tiempo y el frío habían comenzado a despegar.
Scout soltó el paquete a los pies de Sofi y se sentó, mirándome fijamente. Soltó un gemido ansioso, empujando el objeto con la nariz hacia mí.
—¿Qué es eso, mami? —preguntó Leo, con los ojos muy abiertos.
Me agaché, sintiendo un nudo en el estómago. Mis dedos, torpes por los guantes, rasgaron el plástico quebradizo. Debajo de las capas de protección, apareció una cubierta de cuero marrón, manchada por la humedad pero intacta.
Era un libro. Un diario.
En la esquina inferior derecha, grabadas en oro desvanecido, estaban las iniciales: R.C.
—Es el libro que faltaba —susurró Sofi, llevándose las manos a la boca—. El de la biblioteca.
Mi corazón dio un vuelco. El tamaño coincidía perfectamente con el hueco en el estante que Arturo había cerrado con tanta prisa.
—¿Por qué estaba enterrado aquí? —preguntó Leo.
—Porque alguien no quería que lo encontraran —respondí, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura—. O porque alguien lo escondió para que solo un buscador muy especial pudiera hallarlo.
Miré a Scout. El perro movió la cola una sola vez, lento y solemne.
—Vamos adentro —dije, escondiendo el diario bajo mi chamarra—. Rápido. Antes de que Arturo nos vea.
De vuelta en la seguridad relativa de nuestra habitación, con la puerta cerrada con seguro —algo que jamás pensé que haría en casa de un anfitrión—, me senté en el borde de la cama. Los niños se sentaron a mi lado, en silencio, conscientes de que esto ya no era un juego.
El diario estaba frío al tacto. El cuero crujió cuando lo abrí. Las primeras páginas estaban llenas de notas técnicas: planos de construcción, cálculos de materiales, citas de proveedores. La letra de Ricardo Cantú era precisa, angulosa, de un hombre acostumbrado al orden.
Pero a medida que avanzaba, la caligrafía cambiaba. Se volvía más apresurada, más presionada contra el papel.
Llegué a una entrada fechada hace cinco años. El 15 de abril.
Leí en voz alta, mi voz apenas un susurro:
“El mundo de Arturo se ha roto hoy. Laura y Clarita se han ido. Los hombres de Mercer cumplieron su amenaza. Fue un accidente, dijeron las noticias. Un conductor ebrio. Pero Arturo sabe la verdad. Yo sé la verdad. Fue una ejecución. Un mensaje. Arturo está destrozado, es un hombre hueco. Tengo miedo de lo que pueda hacer. El dolor lo está convirtiendo en algo peligroso, en una bomba de tiempo que solo busca venganza.”
Me detuve, sintiendo las lágrimas picar mis ojos. Arturo había mencionado que perdió a su familia, pero leerlo así, en tiempo real, era devastador.
—¿Quiénes eran Laura y Clarita? —preguntó Sofi suavemente.
—Su esposa y su hija, mi amor.
Pasé las páginas, buscando más respuestas. Las entradas se volvían más paranoicas. Ricardo hablaba de sentirse vigilado, de teléfonos intervenidos, de socios que dejaban de contestar sus llamadas.
Entonces, encontré la entrada del 30 de mayo.
“Mis fuentes confirman lo peor. Víctor Mercer sabe que fui yo quien financió la investigación privada de Arturo. Sabe que tengo los libros contables. Ha puesto precio a mi cabeza. Si me quedo, me matarán. Y si me matan, Arturo será el siguiente, porque no descansará hasta encontrar a mis asesinos. Tengo que hacer algo radical. Algo que nadie, ni siquiera Arturo, pueda saber.”
Mis manos temblaban. Ricardo Cantú no había desaparecido por accidente. Lo había planeado.
La última entrada, fechada el 20 de junio, era la más reveladora y la más críptica.
“Todo está listo. Mi desaparición está programada para mañana en la noche. Dejaré pistas falsas hacia la frontera. La evidencia real contra Mercer, la que puede hundirlo de por vida y limpiar el nombre de Arturo, está segura. No puedo llevarla conmigo y no puedo dejarla en el banco. Está aquí, en la propiedad. En el único lugar donde Scout puede encontrarla. Mi fiel conciencia, mi guardián. Cuando sea el momento, cuando sea seguro, él sabrá a quién guiar hasta ella. Arturo me odiará por dejarlo solo en este infierno, pero es la única forma de mantenerlo con vida. Perdóname, hermano.”
Cerré el diario de golpe.
—Está vivo —susurré, mirando a la nada—. Ricardo Cantú está vivo. O al menos lo estaba cuando escribió esto.
—¿Y el hombre malo? ¿Mercer? —preguntó Leo, abrazando a Scout.
—Ese hombre debe ser la razón por la que Arturo vive con una escopeta cerca de la puerta —deduje, conectando los puntos—. Ricardo fingió su muerte para proteger a Arturo. Y escondió la evidencia aquí.
—¿Y Scout sabe dónde está? —Sofi acarició la cabeza del perro.
Scout emitió un ladrido bajo y se dirigió a la puerta de la habitación, rascando la madera.
—Quiere salir otra vez —dijo Leo.
—Quiere mostrarnos el resto —corrigió Sofi.
Escondí el diario en el bolsillo interior de mi chamarra, sintiendo su peso contra mis costillas como una piedra caliente.
—Está bien. Vamos. Pero tienen que prometerme que, si vemos a Arturo, actúan normal. No mencionamos el libro. No mencionamos a Mercer. ¿Trato?
—Trato —dijeron al unísono.
Bajamos las escaleras con el corazón en la garganta. La casa parecía más grande, más llena de sombras ahora que conocía la historia de sangre que cimentaba sus muros.
Scout no nos llevó a la biblioteca, ni a la cocina. Nos llevó de vuelta al vestíbulo y luego hacia una puerta lateral que daba a un patio de servicio. Al abrirla, el viento nos golpeó de nuevo, pero Scout no dudó.
Corrió hacia una estructura baja de piedra, casi completamente cubierta por la nieve acumulada de la noche anterior. Parecía una caseta de herramientas antigua o la entrada a un sótano.
—Ahí —señaló Leo.
Nos acercamos. Scout estaba parado frente a una puerta de metal oxidado, inclinada contra el suelo, cerrada con un candado grueso. El perro gemía y rascaba el metal, sus uñas haciendo un sonido chirriante que me destempló los dientes.
—Es un sótano —dije, limpiando un poco de nieve—. Parece que nadie ha entrado aquí en años.
—Scout quiere entrar —insistió Sofi.
Me agaché para inspeccionar el candado. Era viejo, pero sólido.
—No podemos abrirlo, niños. Necesitamos una llave o…
—¡Aléjense de ahí!
El grito fue tan repentino y feroz que Leo soltó un chillido y se escondió detrás de mí.
Me giré rápidamente, poniendo mi cuerpo como escudo entre mis hijos y la figura que avanzaba hacia nosotros desde la esquina de la casa.
Arturo venía caminando a zancadas largas, con la nieve llegándole a las pantorrillas. Su rostro estaba rojo, no por el frío, sino por una furia que apenas contenía. En su mano derecha llevaba una pala de nieve, y la apretaba con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Les dije que no se alejaran de la casa —gruñó al llegar frente a nosotros, su respiración formando nubes de vapor agresivas—. Les dije que era peligroso.
—Solo estábamos jugando, Arturo —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque el corazón me latía en la garganta—. Scout nos trajo aquí.
Arturo miró al perro, y su furia pareció vacilar por un segundo, reemplazada por una mezcla de miedo y dolor.
—Ese perro… —murmuró entre dientes—. Ese perro no sabe cuándo dejar las cosas en paz.
Se interpuso entre nosotros y la puerta del sótano, bloqueando el acceso con su cuerpo amplio.
—Es solo un viejo pozo séptico —mintió. La mentira era tan obvia que insultaba mi inteligencia—. Gases tóxicos. Estructura inestable. Si los niños caen ahí, no la cuentan.
Miré a Arturo a los ojos. Vi al hombre cansado, al detective roto que había perdido a su familia y a su mejor amigo. Y supe que no podía seguir fingiendo.
Saqué el diario de mi chamarra.
El color drenó del rostro de Arturo tan rápido que pensé que se desmayaría. Soltó la pala, que cayó en la nieve con un sonido sordo.
—¿Dónde…? —su voz era un hilo.
—Scout lo desenterró —dije, dando un paso hacia él, con el diario extendido como una ofrenda o un arma—. Ricardo no murió ese día, Arturo. Él lo planeó todo. Para protegerte.
Arturo miró el diario como si fuera una granada sin seguro. Sus manos temblaban visiblemente.
—No… —negó con la cabeza—. Yo vi la sangre. Vi su coche en el barranco.
—Leelo —insistí suavemente—. La entrada del 20 de junio. Habla de Mercer. Habla de ti. Y habla de algo que escondió aquí.
Señalé la puerta de metal a sus espaldas.
—”La evidencia está donde solo Scout puede encontrarla” —cité de memoria—. Scout no está rascando un pozo séptico, Arturo. Está rascando la puerta a la verdad.
Arturo se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos con fuerza. Cuando me miró de nuevo, la máscara de cuidador gruñón se había roto. Solo quedaba un hombre desesperado que había pasado cinco años de luto por alguien que tal vez no estaba muerto.
—Si abrimos esa puerta… —dijo, y su voz se quebró—. Si abrimos esa puerta y no hay nada, Jenna… no creo que pueda soportarlo. No puedo perderlo dos veces.
Sofi se acercó a él y, con una valentía que me dejó sin aliento, tomó su mano grande y callosa entre las suyas pequeñas y enguantadas.
—No está solo, señor Arturo —le dijo—. Scout está aquí. Y nosotros también.
Arturo miró a la niña, luego al perro que seguía sentado pacientemente frente a la puerta de metal, y finalmente a mí. Soltó un suspiro largo, tembloroso, que se convirtió en vapor en el aire helado.
Metió la mano en su bolsillo y sacó un llavero con docenas de llaves oxidadas.
—Ricardo tenía una llave que nunca supe para qué era —murmuró, buscando entre el metal—. Siempre la llevaba en el cuello. La encontré en su escritorio el día que… el día que se fue.
Seleccionó una llave pequeña y plateada, que contrastaba con las demás por lo limpia que estaba.
—Vamos a ver qué demonios nos dejó —dijo Arturo.
Se arrodilló en la nieve, junto a Scout. El perro le lamió la oreja, un gesto de consuelo y ánimo. Arturo insertó la llave en el candado.
Hubo un clic seco.
Arturo quitó el candado, agarró la manija helada y tiró con fuerza. El metal gimió, el óxido protestó, pero la puerta se abrió, revelando una escalera de concreto que descendía hacia una oscuridad profunda y silenciosa.
Scout no esperó. Bajó corriendo las escaleras y desapareció en la negrura, ladrando para que lo siguiéramos.
Arturo me miró una última vez, encendió su linterna y asintió.
—Quédense detrás de mí —ordenó, recuperando por un instante su tono de policía.
Y así, descendimos hacia las entrañas de la tierra, dejando atrás la luz del sol y la nieve, hacia un secreto que había esperado cinco años para ser descubierto.
