CAPÍTULO 1: EL LLANTO EN SAN PEDRO
Diego se pasó las manos por el cabello, jalándolo con frustración. Llevaba tres días usando la misma camisa de lino arrugada y las ojeras bajo sus ojos eran tan profundas que parecían tatuadas. Vivía en una de las zonas más exclusivas de San Pedro Garza García, en una mansión inteligente con vista a la Sierra Madre, pero en ese momento, su casa se sentía como una prisión de lujo.
Desde que su esposa falleció en el parto, su vida se había convertido en una pesadilla de biberones rechazados y un desfile interminable de niñeras que no aguantaban ni la semana.
—¡Ya no puedo más, señor Diego! —gritó la última enfermera, bajando las escaleras de mármol con su maleta—. Esos niños no son normales. No duermen, no comen, solo gritan como si los estuvieran matando. ¡Ahí se queda con su dinero!
El portazo retumbó en el vestíbulo. El silencio duró dos segundos antes de que Leo y Mía, los gemelos de apenas tres meses, retomaran su concierto de lamentos en la planta alta.
Diego subió las escaleras sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. Entró a la habitación, decorada con muebles importados y juguetes que costaban más que un auto compacto, pero el ambiente estaba cargado de estrés. Leo estaba rojo como un tomate, arqueando la espalda, y Mía sollozaba con un hipo que sacudía su pequeño cuerpo.
—Por favor, hijos… Papá está cansado —susurró Diego, sintiéndose el hombre más inútil del mundo. Tenía empresas, poder e influencia en Monterrey, pero no podía calmar a sus propios hijos.
El timbre de servicio sonó insistentemente. Al abrir, Diego se encontró con una mujer bajita, de piel morena y rasgos indígenas, que sostenía una carpeta contra su pecho.
—Buenos días, patrón. Soy Rosa. La agencia me mandó de emergencia —dijo con una voz suave, cantadita, típica del sur.
Rosa no esperó. Al escuchar los gritos, sacó de su bolso un par de guantes de limpieza de goma amarilla brillante y se los puso mientras subía las escaleras. Diego la siguió, aturdido.
—Oiga, esos guantes son para el baño, no para… —intentó decir Diego.
Pero Rosa ya tenía a Mía en brazos. El amarillo brillante pareció hipnotizar a la bebé, pero fue el toque de Rosa lo que hizo la magia. No era un toque técnico; era un abrazo de madre. En menos de tres minutos, Mía dormía. Repitió el proceso con Leo.
—¿Cómo lo hizo? —preguntó Diego, incrédulo.
—Los bebés huelen el miedo, señor —respondió Rosa sin mirarlo—. Y en esta casa hay mucho miedo.
Diego se dejó caer en el sofá y, por primera vez en meses, durmió.
CAPÍTULO 2: LA LLEGADA DE LA “SEÑORA”
Diego despertó horas después con la luz dorada del atardecer regio entrando por la ventana. Se levantó asustado, pero lo que vio le estrujó el corazón: Rosa se había quedado dormida sentada en la alfombra, recargada en la cama, y los dos bebés dormían plácidamente sobre ella. Rosa, incluso dormida, mantenía una postura de protección.
Iba a cubrirlos con una manta cuando el sonido agudo de unos tacones rompió la paz.
—¡Diego, mi amor! ¿Dónde te metiste?
Carla entró como un torbellino de perfume caro. Llevaba un vestido rojo ajustado y varias bolsas de compras de Palacio de Hierro.
—¡Shhh! —Diego hizo un gesto desesperado—. Se acaban de dormir.
Rosa despertó de un salto, asustada. Los bebés se removieron. Carla miró a Rosa de arriba abajo con una mueca de asco apenas disimulada.
—Ay, perdón. No sabía que jugabas a la casita con la servidumbre —dijo Carla con una sonrisa fría—. ¿Y esos guantes ridículos? Pareces un payaso, gorda. Es antihigiénico.
—Carla, basta —intervino Diego, aunque con suavidad—. Rosa logró lo que nadie pudo. Los niños la adoran.
Carla cambió su expresión en un segundo. Se acercó a Diego y le acarició la mejilla.
—Tienes razón, bebé. Estoy estresada por la boda. Solo quiero lo mejor para mis futuros hijastros. —Se acercó a la cuna de Mía y miró a la bebé—. Pobrecitos, se ven tan… frágiles.
Rosa, desde la esquina, notó algo que le heló la sangre. La mirada de Carla no era de amor, ni siquiera de lástima. Era la mirada de alguien que ve una cucaracha en su cocina impecable.
—Amor, vete a bañar, hueles a encierro —dijo Carla empujando a Diego—. Yo me quedo vigilando. Y tú, muchacha… ve a prepararme un café descafeinado con leche de almendras. ¡Ándale!
En cuanto Diego salió, la temperatura del cuarto pareció bajar diez grados. Carla se giró hacia Rosa; la sonrisa había desaparecido.
—Escúchame bien, oaxaquita. Yo soy la futura señora de esta casa. No me gusta cómo te mira Diego. Haz tu trabajo y lárgate a la cocina.
Rosa salió, pero su instinto le gritó que se detuviera. Dejó la puerta entreabierta un milímetro. Vio cómo Carla se acercaba a la cuna de Leo y susurraba:
—Malditos mocosos. Disfruten el sueño, porque cuando me ponga el anillo, ustedes van a desaparecer de este mapa.
Y entonces, Carla extendió su mano con uñas de acrílico perfectas y pellizcó con saña el brazo del bebé. Leo soltó un alarido de dolor.
—¡Ay, no! ¡Cállense! —gritó Carla fingiendo sorpresa cuando escuchó a Diego correr de regreso.
CAPÍTULO 3: LA GUERRA FRÍA
La mañana siguiente amaneció con un cielo de plomo sobre la ciudad de Monterrey. Una lluvia fina y persistente golpeaba los ventanales de doble vidrio de la mansión, creando una atmósfera gris que parecía presagiar la tormenta que estaba por desatarse dentro de esas paredes.
En el comedor principal, el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana era el único sonido. Diego intentaba beber su café negro, pero sus manos temblaban ligeramente. Apenas había dormido tres horas. Aunque Rosa había logrado calmar a los gemelos la noche anterior, la madrugada había traído nuevos llantos, esta vez diferentes: no eran de hambre, eran de algo que Diego no sabía identificar.
—Tienes que irte, mi amor —dijo Carla, rompiendo el silencio. Estaba sentada frente a él, impecable como siempre, vestida con un conjunto de seda color crema que contrastaba ridículamente con la idea de cuidar a dos bebés que vomitaban y lloraban—. Si no vas a esa junta con los japoneses, las acciones van a caer. Tú lo dijiste.
Diego se frotó los ojos, sintiendo la arena del cansancio bajo sus párpados.
—No me siento tranquilo dejándolos, Carla. Anoche… anoche Leo me miraba como si tuviera miedo. Y Rosa…
—¿Rosa? —interrumpió Carla con una risita despectiva, dejando su taza sobre el plato con un golpe seco—. Por favor, Diego. No me digas que vas a confiar más en una mujer que acabas de recoger de la calle que en tu futura esposa. Yo estoy aquí. Yo me sacrifico por nosotros. ¿Crees que me gusta limpiar vómito? No. Lo hago porque te amo y porque esos niños necesitan una madre, no una empleada con guantes de payaso.
En ese momento, Rosa apareció por la puerta que conectaba con la cocina. Llevaba una bandeja con biberones recién esterilizados. Sus ojos estaban rojos e hinchados; ella tampoco había dormido, pero no por insomnio propio, sino porque se había pasado la noche en vela rezando y vigilando la puerta de los niños desde el pasillo.
—Buenos días, patrón. Buenos días, señorita —saludó Rosa con voz bajita, bajando la cabeza.
Diego la miró. Quería preguntarle qué opinaba, quería pedirle que no se separara de los niños, pero la mirada penetrante de Carla lo detuvo. Se sentía atrapado entre la necesidad y la culpa.
—Rosa —dijo Diego, poniéndose de pie y tomando su maletín de cuero—. Tengo que irme. Es una emergencia en la empresa. Carla se quedará a cargo de los niños hoy para intentar… conectar con ellos.
Rosa sintió un nudo frío en el estómago. Apretó la bandeja con sus manos enguantadas en amarillo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Pero, señor… los niños están muy inquietos. Tal vez sea mejor que yo me quede arriba y la señorita descanse.
—¡Basta! —intervino Carla, levantándose bruscamente—. ¿Quién te crees que eres para decirme cuándo descansar? Diego, dile a esta igualada cuál es su lugar.
Diego suspiró, derrotado. No tenía energía para una pelea doméstica antes de una negociación millonaria.
—Rosa, por favor. Haga lo que la señorita Carla diga. Hoy su prioridad es la limpieza profunda de la casa. El sótano está hecho un desastre con las cajas de la mudanza. Quiero todo ordenado para cuando regrese.
—¿El sótano? —repitió Rosa, sintiendo que el aire le faltaba. El sótano estaba dos pisos abajo, tras puertas de seguridad insonorizadas. Si los niños lloraban, jamás los escucharía—. Señor, por favor…
—Es una orden, Rosa —cortó Diego, dándole un beso rápido en la mejilla a Carla—. Confío en ti, amor. Llámame si pasa algo grave.
Diego salió al vestíbulo. El sonido de la puerta principal cerrándose y el motor de su auto alejándose bajo la lluvia marcó el inicio del horror.
Durante unos segundos, nadie se movió en el comedor. Luego, lentamente, la postura de Carla cambió. La sonrisa de novia comprensiva se derritió como cera caliente, dejando ver una expresión de aburrimiento y malicia pura. Se giró hacia Rosa, quien seguía paralizada con la bandeja.
Carla caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal. El perfume caro de la mujer se mezcló con el olor a leche tibia de los biberones, creando una combinación nauseabunda.
—¿Eres sorda o te haces la estúpida, oaxaquita? —susurró Carla. Su voz ya no era dulce; era veneno destilado—. Diego dijo el sótano. Y cuando Diego dice el sótano, significa que te quiero fuera de mi vista y lejos de esos mocosos.
—Los niños necesitan comer en media hora —dijo Rosa, intentando mantener la dignidad, aunque le temblaban las piernas.
Carla soltó una carcajada seca y le arrebató la bandeja de las manos con un movimiento brusco. Uno de los biberones se tambaleó y cayó al suelo, derramando la leche sobre la alfombra persa.
—¡Ups! —dijo Carla con sarcasmo—. Qué torpe eres. Ahora limpia eso antes de bajar. Y escúchame bien: si te veo asomar tu nariz chata por el segundo piso antes de que yo te llame, le diré a Diego que te robaste mi anillo de compromiso. Y créeme, entre tú y yo, él me creerá a mí. Él siempre me cree a mí.
Rosa se agachó para limpiar la leche, tragándose las lágrimas de impotencia. Sabía que Carla era capaz de cumplir su amenaza. Si la despedían, ¿quién protegería a Leo y Mía? Nadie. Tenía que obedecer para sobrevivir, para seguir dentro de la casa.
—Sí, señorita —murmuró Rosa.
—Lárgate. Y cierra la puerta del sótano con llave desde dentro. No quiero verte rondando.
Rosa bajó las escaleras hacia la oscuridad del sótano. Cada escalón la alejaba más de los ángeles que había jurado proteger.
Arriba, la atmósfera cambió drásticamente. Carla subió las escaleras tarareando una canción de moda, pero no una de cuna. Entró al cuarto de los gemelos y cerró la puerta con pestillo.
Leo y Mía estaban despiertos en sus cunas. Al ver entrar a alguien, Mía hizo un sonido suave, esperando ser cargada. Pero al reconocer el aura agresiva de Carla, el sonido se transformó en un gemido de miedo.
—Cállense, ratas —dijo Carla, mirándolos con profundo asco desde el umbral—. Su padre cree que soy una santa, pero ustedes saben la verdad, ¿no? Ustedes saben que me estorban. Quiero viajar a París, quiero fiestas, no estar aquí oliendo sus pañales sucios.
Carla caminó hacia el sistema de sonido de alta fidelidad. Conectó su celular y puso música heavy metal industrial. No al máximo volumen para que no se escuchara en la calle, pero lo suficientemente alto dentro de esas cuatro paredes para aturdir los oídos sensibles de los recién nacidos. El estruendo de guitarras y gritos guturales llenó la habitación de paz color pastel.
Leo comenzó a llorar inmediatamente, un llanto agudo y desesperado.
—Eso es, griten —se rio Carla, sentándose en el cómodo sillón de lactancia y sacando su celular para ver Instagram—. Griten hasta que se les revienten los pulmones. Así, cuando llegue Diego, estarán tan histéricos que él querrá tirarlos por la ventana.
Pero el ruido no era suficiente castigo para Carla. Sentía calor. Se levantó y caminó hacia el termostato digital en la pared. La temperatura estaba en unos agradables 24 grados centígrados. Carla presionó el botón de “bajar” repetidamente hasta que la pantalla marcó 16°C, el mínimo posible del potente aire acondicionado central industrial de la mansión.
El zumbido del aire se intensificó, soplando una ráfaga helada directamente sobre las cunas.
Carla no se detuvo ahí. Se acercó a las cunas y, con un movimiento rápido y cruel, arrancó las mantas térmicas que cubrían a los bebés. Los dejó expuestos, vestidos solo con sus delgados mamelucos de algodón.
—A ver si el frío los congela un poco y dejan de moverse tanto —murmuró. Luego, sacó unos tapones para los oídos de su bolsillo, se los puso, y volvió a su celular, completamente ajena al sufrimiento que había desatado a dos metros de ella.
Habían pasado cuatro horas. Cuatro horas eternas.
En el sótano, Rosa había limpiado hasta la última mancha de polvo de las cajas, pero su mente estaba en el segundo piso. Su instinto maternal, ese que no necesitaba lazos de sangre, le gritaba que algo estaba terriblemente mal. No escuchaba nada. El aislamiento de la casa era perfecto, y eso era lo que más la aterraba.
—No puedo más —dijo en voz alta, tirando el trapo al suelo.
Subió las escaleras de servicio con sigilo, quitándose los zapatos gastados para no hacer ruido. Al llegar al pasillo del segundo piso, sintió algo extraño en sus pies descalzos.
El piso de madera de ingeniería, que solía ser cálido, estaba helado. Un frío antinatural se filtraba por debajo de la puerta del cuarto de los bebés.
Rosa se acercó. Pegó la oreja a la madera. Nada. Silencio absoluto. No había música (Carla la había apagado hacía unos minutos, calculando la hora), pero tampoco había balbuceos, ni respiraciones, ni el movimiento típico de los bebés.
Intentó girar el pomo. Cerrado con llave.
El pánico se apoderó de ella. Golpeó suavemente con los nudillos.
—¿Señorita Carla?
Se escuchó un ruido sordo dentro, como algo cayendo, y luego pasos apresurados. La voz de Carla sonó irritada desde el otro lado.
—¿Qué quieres? Te dije que no subieras.
—Traigo… traigo toallas limpias que encontré —improvisó Rosa, con la voz temblorosa.
—Déjalas ahí. Lárgate.
Rosa sabía que no podía irse. Ese frío que sentía en los pies no era normal. Tenía que entrar. Recordó una mentira piadosa, la única carta que tenía.
—Señorita, es que el señor Diego llamó al teléfono fijo de la cocina. Dice que está llegando, que la junta terminó antes.
Fue como pronunciar una palabra mágica. Se escuchó un grito ahogado dentro de la habitación.
—¡Mierda!
El sonido de la cerradura girando fue música para los oídos de Rosa. La puerta se abrió apenas una rendija. Carla asomó la cara; tenía el cabello un poco desordenado y se notaba que había estado durmiendo o distraída.
—¿Ya viene? ¿Estás segura? —preguntó Carla con pánico en los ojos.
—Sí, señorita. Está entrando al fraccionamiento.
Carla abrió la puerta de par en par y corrió hacia el baño privado de la habitación.
—¡Dios mío, tengo que arreglarme! ¡No puede verme así! ¡Entra y vigílalos, pero no toques nada!
Rosa entró en la habitación y el golpe de aire frío la golpeó en la cara como una bofetada física. Era como entrar en un refrigerador industrial. Miró el termostato: alguien lo había subido a 24°C hacía segundos, pero la temperatura real del cuarto seguía siendo gélida.
Corrió hacia las cunas. Lo que vio le rompió el corazón en mil pedazos.
Leo y Mía no lloraban. Estaban demasiado débiles para hacerlo. Estaban acurrucados en posición fetal, hechos una pequeña bola apretada, temblando violentamente. Sus labios tenían un tinte azul violáceo y su piel estaba pálida, con un patrón moteado que Rosa reconoció de inmediato: hipotermia.
Las mantas estaban tiradas en el suelo, en una esquina lejana, como si fueran basura.
—¡Dios santo! ¡Mis niños! —exclamó Rosa.
Sin pensarlo dos veces, se quitó su suéter de lana gruesa que llevaba sobre el uniforme y envolvió a Leo. Luego agarró la manta del suelo y cubrió a Mía. Los sacó de las cunas, cargando a los dos al mismo tiempo, apretándolos contra su propio cuerpo para transferirles calor.
—Ya pasó, ya pasó, la tía Rosa está aquí… —susurraba frenéticamente, frotando sus espalditas rígidas por el frío. Mía soltó un gemido ronco, débil, que sonó como un cristal rompiéndose.
En ese preciso momento, escuchó la puerta principal abrirse abajo.
—¡Carla! ¡Ya llegué! —La voz de Diego resonó en la casa.
Rosa tomó una decisión. No iba a esconderse. No esta vez. Con los dos bebés casi congelados en brazos, esperó a que Diego subiera.
Diego entró en la habitación con una sonrisa cansada, esperando ver la escena idílica que Carla le había prometido. Pero su sonrisa se borró al instante. El frío de la habitación lo golpeó, y luego vio a Rosa, despeinada, en medio del cuarto, sosteniendo a sus hijos como si fueran náufragos.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué hace tanto frío? —preguntó Diego, frunciendo el ceño.
—¡Señor, mire esto! —gritó Rosa, acercándose a él y mostrándole las manitas moradas de Mía—. ¡Están hipotérmicos! ¡Alguien puso el aire al máximo y les quitó la ropa! ¡Mire sus labios, señor Diego, por el amor de Dios!
Diego tocó la frente de su hija. Estaba helada, como un bloque de hielo. El pánico lo invadió, un terror primario.
—¡CARLA! —rugió Diego—. ¡CARLA, VEN AQUÍ AHORA MISMO!
Carla salió del baño, perfectamente maquillada, perfumada y con una expresión de inocencia teatral digna de un Óscar.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué gritas así? Me asustas.
—¡Los niños están congelados! —le espetó Diego—. Rosa dice que el aire estaba al máximo. Se suponía que estabas cuidándolos. ¿Qué demonios sucedió?
Carla se llevó las manos al pecho, abriendo los ojos desmesuradamente. Miró a Rosa y luego a Diego, y sus ojos se llenaron de lágrimas falsas al instante.
—Diego… yo no sé de qué habla esta mujer —sollozó Carla, acercándose a él—. Yo bajé a la cocina solo cinco minutos para prepararte un sándwich de bienvenida porque sabía que vendrías con hambre. Dejé a Rosa aquí. Ella… ella insistió en que el cuarto estaba muy caliente. Me dijo que los niños sudaban. Ella abrió las ventanas, ella tocó el termostato mientras yo no veía.
—¡Eso es mentira! —gritó Rosa, olvidando su lugar, olvidando el miedo—. ¡Usted me mandó al sótano! ¡Usted tenía la llave! ¡Usted los quería congelar!
Carla se lanzó a los brazos de Diego, clavando sus uñas suavemente en su camisa.
—¡Mi amor, mírame! ¿Crees que yo dañaría a estos angelitos que tanto quiero? Llevo todo el día cantándoles. Esta mujer… —Carla señaló a Rosa con un dedo tembloroso y acusador—. Esta mujer está obsesionada contigo, Diego. La he visto cómo te mira. Tiene celos de que nos vamos a casar. Quiere hacerme quedar mal. ¡Es una psicópata! Seguro bajó la temperatura cuando escuchó tu auto para culparme.
Diego estaba atrapado en el fuego cruzado. Miró a Rosa, quien sostenía a sus hijos con un amor feroz y desesperado, con sus guantes amarillos chillones. Luego miró a Carla, su prometida, la mujer de sociedad, llorando en su pecho.
La lógica de Diego estaba nublada por el cansancio extremo y la manipulación constante. ¿Por qué una empleada humilde desafiaría a su futura esposa? La explicación de los celos de Carla parecía tener un sentido retorcido en su mente agotada. Además, quería creer en Carla. Necesitaba creer que la mujer con la que se iba a casar no era un monstruo.
Diego tomó a los bebés de los brazos de Rosa. Al sentir sus cuerpos fríos, una lágrima de frustración cayó por su mejilla.
—Rosa… —dijo Diego con voz severa—. Vaya a la cocina.
—¡Pero señor! —suplicó Rosa—. ¡Ella miente! ¡Mire el termostato!
—¡He dicho que vaya a la cocina! —gritó Diego, perdiendo el control—. ¡Ahora!
Carla escondió una sonrisa maliciosa detrás del pañuelo con el que se secaba las lágrimas falsas. Rosa sintió cómo el mundo se le venía encima. La injusticia le quemaba la garganta como ácido. Miró a Diego una última vez, esperando ver un rastro de duda, pero solo vio enojo y confusión.
—No la voy a despedir hoy porque es tarde y está lloviendo, y necesito ayuda esta noche para calentarlos —dijo Diego fríamente, sin mirar a Rosa a los ojos—. Pero escúcheme bien, Rosa: una sola cosa más… un solo error, una sola acusación falsa contra Carla, y se va a la calle sin un centavo. Y le pondré una denuncia policial por negligencia que hará que se pudra en la cárcel. ¿Entendido?
Rosa bajó la cabeza, derrotada pero no vencida. Vio a Carla detrás del hombro de Diego. La villana le dedicó una mirada gélida y movió los labios sin emitir sonido, formando una sola palabra: Gané.
—Entendido, señor —susurró Rosa.
Salió de la habitación con el corazón roto. Mientras bajaba las escaleras, se secó las lágrimas con el dorso de sus guantes amarillos. Diego estaba ciego, sí. Pero ella no. Y ahora sabía que no se enfrentaba a una simple madrastra mala; se enfrentaba a una asesina en potencia.
—Si él no me cree con palabras —pensó Rosa, deteniéndose en el rellano y apretando los puños—, tendré que mostrarle la verdad. Aunque me cueste la vida.
La guerra había dejado de ser fría. Ahora era personal.
