Llegué a la Boda de mi Ex en una Hacienda de Lujo como la Esposa Falsa del Capo más Poderoso de México y su Reacción Fue Puro Terror

PARTE 1

Capítulo 1: La Invitación que Quemaba

La invitación descansaba sobre mi buró como una burla silenciosa, un recordatorio impreso en papel de lino color crema de que mi vida se había desmoronado mientras la de él ascendía.

“Marco Wellington tiene el honor de invitarte a presenciar su enlace matrimonial con la Señorita Victoria Ashford”.

Había leído esas palabras tantas veces que sentía que se habían tatuado en mi cerebro, junto con la nota escrita a mano en la esquina inferior: “Espero que puedas venir, Sara. Significaría mucho para mí”.

—No estás pensando en ir en serio, ¿verdad? —preguntó Riley, recargada en el marco de la puerta de mi habitación.

Mi mejor amiga y roomie tenía esa misma expresión de preocupación mezclada con regaño que ponía cada vez que yo estaba a punto de hacer una estupidez monumental. Me dejé caer en la cama, con los pies palpitando después de otro turno doble en la cafetería “Doña Rosa”.

—No lo sé, Riley. Tal vez debería ir y acabar con esto de una vez. Cerrar el ciclo.

—Sara, por Dios. Ese hombre anduvo contigo tres años, vivieron juntos, comieron atún en lata juntos para ahorrar, y te dejó por la hija de su jefe en el segundo en que olió dinero —Riley entró y se sentó a mi lado—. No merece ver tu cara.

Tenía razón. Marco me había dejado hace seis meses sin ninguna advertencia previa. Me enteré de su compromiso por Instagram, igual que el resto del mundo. Lo peor no fue la ruptura en sí, sino cómo lo hizo. Un mensaje de WhatsApp mientras yo trabajaba en el turno de la noche:

“Sara, creo que he superado nuestra relación. Necesito a alguien que encaje con mis ambiciones y mi futuro. Lo siento”.

Dos semanas después, Victoria Ashford apareció colgada de su brazo en una gala de beneficencia en Polanco. Su vestido de diseñador y el imperio inmobiliario de su papi dejaron muy claro a qué se refería Marco con “encajar con sus ambiciones”.

Pasé seis meses reconstruyéndome desde esa humillación. Seis meses de amigas diciéndome que estaba mejor sin él. Seis meses de noches en vela en mi departamento de la colonia Doctores, preguntándome qué tenía de malo yo, qué falla fundamental existía en mí para que tres años de amor se borraran con un mensaje de texto.

Miré la invitación de nuevo. La boda era en una hacienda exclusiva en Cuernavaca.

—Significaría mucho para él —murmuré con amargura.

—Significaría que quiere restregarte su nueva vida en la cara —corrigió Riley—. No vayas. Quédate aquí, pedimos pizza y vemos maratón de Luis Miguel.

Pero el dolor tiene una forma curiosa de motivarte. No quería pizza. Quería que él me viera. Quería que viera que no me había destruido. Aunque, siendo honesta, por dentro sentía que sí lo había hecho.

Capítulo 2: El Cliente de la Medianoche

La cafetería estaba muerta dos noches antes de la boda. El olor a café quemado y a aceite impregnaba el aire. La campana de la puerta sonó, rompiendo el silencio.

Levanté la vista y, por un segundo, todo se detuvo.

El hombre que entró no pertenecía a este lugar. No pertenecía a un diner barato con sillas de vinilo rojo y música de banda sonando bajito en la radio de la cocina.

Era alto, de cabello oscuro, con un rostro que parecía tallado en mármol por un artista enojado. Sus ojos oscuros escanearon el lugar con una precisión militar, calculando, siempre tres pasos por delante. Se movía con esa confianza arrogante que solo tienen los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para nada en su vida. Su traje gritaba dinero, del tipo que no se declara a hacienda.

—Siéntese donde guste —grité desde la barra, tratando de que mi voz no temblara.

Eligió una mesa al fondo, posicionándose de tal manera que podía ver tanto la entrada principal como la salida de emergencia. Esa observación envió un pequeño escalofrío por mi espalda. Agarré un menú y me acerqué, sintiéndome dolorosamente consciente de mi delantal manchado de salsa y la pluma barata atorada en mi chongo despeinado.

—Bienvenido a Doña Rosa. ¿Le traigo algo de tomar?

—Espresso —su voz era profunda, con un ligero acento que no logré identificar de inmediato. Tal vez italiano, tal vez del norte, pero definitivamente autoritario.

—Si la máquina no explota, se lo traigo. ¿Necesita un minuto con el menú?

Esos ojos oscuros se levantaron hacia los míos y me sentí clavada en el piso, como una mariposa en una vitrina.

—Dime qué es lo bueno aquí.

—Honestamente, los chilaquiles. El cocinero hace una salsa verde que revive muertos.

—Chilaquiles a las nueve de la noche —su boca se curvó ligeramente en una mueca que casi era una sonrisa—. Confiaré en ti.

—No confío fácilmente, pero tomaré tu recomendación.

Cuando me di la vuelta para irme, dijo algo que me heló la sangre.

—Te ves triste.

Me congelé. —¿Perdón?

—Alguien te lastimó.

Me giré lentamente. Él me estudiaba con una intensidad que debería haber sido incómoda, pero extrañamente no lo era. Era como si me estuviera viendo de verdad, quitando las capas de cansancio y grasa de cocina.

—Estás aquí, pero no estás realmente aquí. Solo estás pasando por los movimientos.

Debería haberme ido. Debería haberle dicho que no era su asunto. En lugar de eso, admití en voz baja:

—Mala ruptura. Pero estoy bien.

—No estás bien. ¿Cuándo pasó?

—Hace seis meses. Él se casa este sábado.

Las palabras salieron atropelladas antes de que pudiera detenerlas. Había algo en este extraño peligroso que me hacía querer decir la verdad. Quizás porque parecía alguien que entendía el dolor.

—¿Y vas a ir a la boda? —No fue una pregunta, fue una afirmación.

—¿Cómo lo…?

—Es lo que la gente hace cuando trata de probarse algo a sí misma o a la persona que los hirió —sus ojos nunca dejaron los míos—. ¿Cómo te llamas?

—Sara.

—Soy Alejandro —lo dijo como una declaración, como si su nombre llevara un peso que yo debería reconocer—. Alejandro Corsetti.

Le traje su espresso y los chilaquiles. Comió despacio, deliberadamente. Entre bocado y bocado, me hizo preguntas. No las típicas preguntas de ligue barato, sino cosas reales. Sobre mi vida, mis sueños, qué quería ser antes de conformarme con ser mesera.

Me encontré contándole cosas que no le había dicho a nadie. Sobre mis planes abandonados de estudiar diseño de modas, sobre cómo Marco me había convencido de que necesitábamos ser “prácticos” y ahorrar dinero para su negocio, lo que de alguna manera siempre significó que mis sueños se postergaran.

Se quedó dos horas, tomando café y escuchando como si cada palabra que yo decía fuera vital. Otros clientes entraron y salieron, borrachos buscando bajón, parejas peleando, pero él seguía ahí, inamovible como una montaña.

Finalmente, pidió la cuenta. Dejó cinco billetes de mil pesos sobre la mesa por una cuenta de doscientos cincuenta.

—No puedo aceptar esto —dije, mirando el dinero azul.

—Puedes. Y lo harás.

Se puso de pie, elevándose sobre mí. Olía a colonia cara, tabaco y peligro.

—¿A qué hora sales de trabajar?

—A medianoche. ¿Por qué?

—Estaré afuera.

—Eso no…

—Sara —la forma en que dijo mi nombre hizo que mi respiración se detuviera—. Tengo una propuesta que podría cambiarlo todo, si eres lo suficientemente valiente para escucharla.

Salió del local, dejándome parada allí con cinco mil pesos en la mano y la sensación de que mi vida acababa de dar un giro de 180 grados.

El resto de mi turno se pasó volando. Miraba el reloj constantemente, alternando entre la anticipación y el terror absoluto. ¿Quién era este tipo? ¿Un narco? ¿Un político corrupto? ¿Un empresario excéntrico?

Fiel a su palabra, Alejandro estaba recargado en un Mercedes negro cuando salí a las 12:07 AM.

—Esperaste —dije, acercándome con cautela, aferrando mi bolsa contra mi pecho.

—Dije que lo haría. Sube.

—No te conozco.

—No, no me conoces. Pero creo que una parte de ti quiere hacerlo. Y no voy a lastimarte, Sara. Eso te lo puedo prometer por mi vida.

Contra todo instinto de supervivencia que me gritaba que corriera hacia el metro, abrí la puerta y subí al auto. El interior olía a cuero nuevo y aire acondicionado. Música clásica sonaba suavemente.

—¿A dónde vamos? —pregunté mientras él se incorporaba suavemente al tráfico de la Avenida Cuauhtémoc.

—A mi casa. Necesitamos privacidad.

Mi estómago dio un vuelco.

—Nada sórdido, si eso es lo que estás pensando —me miró de reojo, divertido—. Necesitas ir a esa boda y demostrarle a tu ex que dejarte fue el error más grande de su miserable existencia. Y yo necesito una acompañante para el sábado.

—Tú podrías tener a cualquiera. ¿Por qué me necesitas a mí?

—Quiero que seas tú.

Frenó en un semáforo rojo y me miró.

—Te vi esta noche. Realmente te vi. Y sé exactamente lo que podrías ser. Lo que deberías ser. Vamos a ayudarnos mutuamente. Tú obtienes tu venganza, y yo obtengo lealtad.

—¿Lealtad para qué? —susurré.

—Para sobrevivir en mi mundo, piccola.

El auto aceleró hacia la zona de Reforma, hacia los rascacielos que tocaban el cielo, llevándome lejos de mi vida y directo a la boca del lobo.

PARTE 2

Capítulo 3: El Pacto en el Penthouse

Condujimos hasta uno de los edificios más exclusivos en Paseo de la Reforma. El tipo de lugar donde no entras si no tienes un apellido compuesto o una cuenta bancaria en Suiza. Un portero apareció de inmediato, abriendo la puerta de Alejandro con una reverencia que rozaba el miedo puro.

—Buenas noches, Don Corsetti.

—Buenas noches, Roberto. Nadie sube.

El penthouse era masivo. Todo líneas limpias, mármol frío y minimalismo costoso. Ventanales de piso a techo ofrecían una vista de la Ciudad de México que parecía un mar de luces infinitas. Había arte en las paredes que reconocí de mis clases de historia del arte; originales, seguramente.

Me giré para encontrarlo observándome. Se había quitado el saco y aflojado la corbata, lo que lo hacía ver aún más peligroso, más humano.

—Déjame ser claro, Sara —dijo Alejandro, acercándose. Caminó hacia la barra y sirvió dos copas de vino tinto—. Te llevaré a esta boda como mi pareja. Pero primero, te transformaré. Vestido nuevo, zapatos, cabello, maquillaje, todo. Me aseguraré de que todos en esa hacienda sepan que estás prosperando. Entrarás de mi brazo y él se dará cuenta del imbécil que fue.

Tomé la copa que me ofrecía, mis dedos rozando los suyos. Su piel estaba caliente.

—¿Por qué harías esto por una extraña? —pregunté, bebiendo un sorbo para darme valor. El vino sabía a frutos rojos y madera, infinitamente mejor que el que compraba en el Oxxo.

—Entiendo lo que es ser subestimado. Y detesto a los abusadores.

Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Su toque fue sorprendentemente suave para un hombre que parecía capaz de romper huesos con esas mismas manos.

—Pero necesito algo también. Discreción. Lealtad. Cuando estés conmigo, me representas. La gente en esta boda… están conectados a círculos peligrosos, socios comerciales, rivales potenciales. Necesito que proyectes fuerza, incluso si estás aterrorizada por dentro. ¿Puedes hacer eso?

Pensé en la sonrisa engreída de Marco. Pensé en las fotos de Victoria con sus hashtags #Bendecida y #AmorVerdadero. Pensé en todas las veces que me sentí menos.

—Sí —dije.

La sonrisa de Alejandro se ensanchó. Era la sonrisa de un depredador que acaba de asegurar su cena, o quizás, de un rey que acaba de encontrar a su reina.

—Bien. Empezamos mañana.

—Espera, ¿quién eres realmente? ¿Qué tipo de “negocios” requieren este tipo de actuación?

Él se recargó en la barra, cruzando los brazos. Los músculos de sus antebrazos se tensaron bajo la camisa blanca.

—Soy lo que algunos llamarían un “hombre de negocios”. Lo que otros llamarían algo menos halagador. Mi familia ha estado en este país por cuatro generaciones, aunque nuestras raíces son sicilianas. Tenemos propiedades, empresas de transporte, constructoras. Y… resolvemos problemas para gente que no puede ir a la policía.

Sentí que el aire se salía de mis pulmones.

—Estás hablando de la mafia. Del narco.

—Estoy hablando de poder, Sara —me interrumpió suavemente—. Poder real. No el que viene de un título universitario o de papi, como el de tu ex. El tipo de poder que moldea esta ciudad desde las sombras.

Me miró fijamente, evaluando mi reacción.

—¿Eso te asusta?

Debería haberme asustado. Debería haber salido corriendo y llamar a mi mamá. Pero todo lo que sentí fue una extraña emoción eléctrica, como cuando estás en la cima de una montaña rusa a punto de caer.

—No —dije honestamente—. No me asusta.

Sus ojos se oscurecieron con aprobación.

—Entonces bebe tu vino. Mañana te reconstruimos.

Capítulo 4: La Cenicienta de Masaryk

Las siguientes 36 horas fueron un torbellino de lujo y excesos que jamás imaginé vivir.

El jueves por la mañana, una camioneta Suburban me recogió a las 8:00 AM en mi edificio de la Doctores. Los vecinos miraban desde las ventanas, seguramente pensando que me habían secuestrado o que andaba en malos pasos.

La primera parada fue un salón exclusivo en Polanco. Me metieron en una sala privada. Una mujer llamada Mariana, con manos rápidas y mirada crítica, transformó mi cabello. Dejó atrás mi color apagado y me dio unas ondas castañas ricas y brillantes, con luces color miel que iluminaban mi cara.

—El Señor Corsetti tiene un gusto excelente —murmuró Mariana—. Dijo que sacara tu belleza natural, no que la escondiera. Tenía razón. Eres preciosa, niña. Solo te faltaba brillo.

Luego vino la ropa. Fuimos a Avenida Masaryk, la calle más cara de México. Entramos a boutiques donde no había precios en las etiquetas y te ofrecían champaña al cruzar la puerta.

Alejandro estaba ahí, sentado en un sofá de terciopelo como un rey en su trono, revisando su celular mientras yo salía con vestido tras vestido.

—No —decía sin siquiera levantar la vista completa—. Muy vulgar.

—No. Muy simple.

—No. Ese color te hace ver pálida.

Me estaba frustrando. Pero entonces, salí con un vestido de seda color azul medianoche. Era sencillo al frente, pero tenía un escote en la espalda que llegaba peligrosamente bajo, abrazando cada curva de mi cuerpo antes de caer hasta el suelo como agua líquida.

Salí del probador. Alejandro dejó su teléfono. Se puso de pie lentamente.

—Ese —dijo, su voz más ronca que antes. Caminó hacia mí, deteniéndose a un paso. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de abajo hacia arriba—. Ese es el indicado. ¿Te ves a ti misma?

Me giré hacia el espejo de tres cuerpos. La mujer que me devolvía la mirada no era Sara la mesera. Era una mujer sofisticada, poderosa, sensual.

—Zapatos —ordenó Alejandro a la dependienta, chasqueando los dedos.

Compramos tacones que costaban más que mi renta de un año. Joyas discretas pero que pesaban por el oro y los diamantes reales. Una bolsa clutch de marca italiana.

—¿Por qué haces todo esto? —le pregunté mientras salíamos de la cuarta tienda, con un guardaespaldas cargando las bolsas detrás de nosotros.

—Porque puedo. Porque quiero. Y porque cuando invierto en algo, lo hago bien —me abrió la puerta de la camioneta—. Y porque ver cómo descubres tu propio poder es… notablemente satisfactorio.

Esa noche me quedé en su penthouse. En la habitación de huéspedes, claro.

El viernes fue entrenamiento. Alejandro me enseñó a caminar.

—Barbilla arriba —instruyó, caminando a mi alrededor en la sala—. No estás pidiendo permiso para existir, Sara. Estás anunciando tu llegada. Hombros atrás. Así.

—Me siento ridícula.

—Es una armadura. La mayoría de la gente regala su poder a través de su lenguaje corporal. Tú has estado pidiendo perdón por existir durante tanto tiempo que no sabes hacer otra cosa.

Se detuvo frente a mí, poniendo sus manos sobre mis hombros. El calor de sus palmas atravesó la tela de mi blusa.

—No necesitas convertirte en otra persona. Solo necesitas dejar de esconder quién eres. Mañana, cuando entremos a esa boda, quiero que Marco sienta en el pecho lo que perdió. Quiero que se arrepienta cada día de su vida.

—¿Tú eres peligroso, Alejandro? —pregunté, envalentonada por la cercanía.

Hubo un silencio. Se escuchaba el tráfico lejano de la ciudad abajo.

—Muy peligroso. Pero no para ti. Nunca para ti.

—¿Por qué yo?

Su mano subió por mi cuello, su pulgar rozó mi labio inferior. Mi corazón latía tan fuerte que temí que él lo escuchara.

—Porque cuando te vi sirviendo café con sombras en los ojos, reconocí a un espíritu afín. Alguien que sabe lo que es ser descartado. Y decidí en ese momento que te mostraría lo que podrías ser.

Su pulgar rozó mi labio de nuevo y por un segundo pensé que me besaría. El aire estaba cargado de electricidad.

—Descansa. Mañana vamos a la guerra.

Capítulo 5: Territorio Enemigo

El sábado llegó con un cielo despejado y un sol brillante, típico de las bodas en jardín que pretenden ser perfectas.

Tres horas de preparación con estilistas profesionales me dejaron irreconocible. Cuando salí a la sala del penthouse, Alejandro estaba esperando. Llevaba un smoking negro hecho a la medida, sin corbata, con el cuello de la camisa abierto, estilo italiano. Se veía devastadoramente guapo y letal.

Me miró y algo oscuro y posesivo brilló en sus ojos.

—Magnífica —dijo. Me tomó de la mano y me hizo dar una vuelta—. ¿Lista para enfrentarlos?

—Contigo, estoy lista para lo que sea.

El viaje a Cuernavaca duró una hora. La hacienda era inmensa, con jardines cuidados, pavorreales caminando libres y una estructura colonial que gritaba “dinero viejo”.

Cuando la camioneta blindada se detuvo en el valet parking, sentí náuseas.

—Respira —susurró Alejandro, apretando mi mano—. Eres mía esta noche. Y nadie toca lo que es mío.

Bajamos. Los invitados, vestidos con lino y colores pastel, se giraron a vernos. El silencio se extendió como una ola. Murmullos empezaron a seguirnos. ¿Quién era yo? ¿De dónde había salido? ¿Y quién era ese hombre que caminaba como si fuera el dueño del lugar?

Alejandro mantuvo su mano en la parte baja de mi espalda, un gesto propietario y protector.

Nos sentamos en las filas traseras para la ceremonia. Vi a Marco en el altar. Se veía nervioso, sudando en su traje gris. Luego entró Victoria, flotando en un vestido que parecía un pastel de merengue, lleno de encaje y cristales, gritando desesperación por ser notada.

Cuando dijeron “Sí, acepto”, no sentí nada. Ni dolor, ni ira. Solo un vacío. Ya no me importaba. Había escapado de una vida de mediocridad junto a un hombre cobarde.

Pasamos a la recepción en el jardín principal. Meseros pasaban con copas de champaña.

—Ahí está —dijo Alejandro tranquilamente.

Marco estaba cerca de la barra de cócteles, con la mano en la cintura de Victoria, riendo falsamente con un grupo de señores mayores.

—Vamos a saludar.

Mi estómago cayó al piso, pero asentí.

Cuando nos acercamos, Marco me vio. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se le cayó la copa de la mano, literalmente, rompiéndose en el pasto.

—¿Sara? —su voz fue un chillido—. ¿Qué haces aquí?

—Me invitaste, ¿recuerdas? —dije con una calma que no sentía, canalizando a Alejandro—. Dijiste que significaría mucho para ti.

Victoria se giró, su sonrisa de plástico falilando al verme. Me escaneó de arriba abajo, buscando algo que criticar, pero no encontró nada. Mi vestido era mejor, mis joyas eran reales, y el hombre a mi lado… bueno, el hombre a mi lado hacía que Marco pareciera un niño jugando a disfrazarse.

—Cariño, ¿quiénes son? —preguntó Victoria, tensa.

—Soy Sara. Y él es Alejandro… mi prometido.

La palabra “prometido” explotó en el aire.

—¿Prometido? —Marco estaba pálido—. ¿Estás comprometida?

—Desarrollo reciente —dije, levantando mi mano para mostrar el anillo de zafiro que Alejandro me había deslizado en el dedo en el coche—. Cuando sabes, sabes.

Alejandro extendió la mano hacia Marco.

—Alejandro Corsetti. Un placer finalmente conocer al hombre que fue lo suficientemente tonto para dejar ir a esta mujer.

La cara de Marco pasó de pálida a gris.

—¿Corsetti? —tartamudeó—. ¿De… de Grupo Corsetti? ¿Los de la construcción y… transporte?

Algo pasó entre los dos hombres. Reconocimiento. Miedo.

—Los mismos —sonrió Alejandro, mostrando todos los dientes—. Creo que uno de los proyectos de tu suegro, el desarrollo en Lomas Verdes, está en terrenos que mi familia… protege. Mundo pequeño.

Vi el momento exacto en que Marco se dio cuenta de su error. No solo me había perdido. Había insultado indirectamente a un hombre que podía aplastarlo como a un insecto.

—No sabía que… no sabía que Sara estaba con usted, Señor Corsetti.

—Hay muchas cosas que no sabes, Marco —dijo Alejandro, su tono suave pero amenazante—. Por ejemplo, no sabías valorar lo que tenías. Pero quiero agradecerte personalmente. Tu estupidez entregó a Sara directamente a mis brazos. Y voy a pasar cada día asegurándome de que ella sepa exactamente cuánto vale.

Victoria jaló a Marco del brazo, visiblemente incómoda por la tensión que emanaba Alejandro. Se excusaron y huyeron. Literalmente huyeron.

Me giré hacia Alejandro, con el corazón latiendo a mil por hora.

—¿Prometido? Dijiste que solo era una cita.

—Una cita no era suficiente impacto. Además, deja que hablen. El miedo es una herramienta útil.

Me tocó la mejilla frente a todos.

—Lo hiciste bien, bella. Ahora, bailemos.

Capítulo 6: Poder y Deseo

El resto de la noche fue surrealista. Gente se nos acercaba constantemente. Socios del papá de Marco, figuras de la sociedad, gente que me había ignorado cuando era “la novia pobre” de Marco. Ahora querían saber quién era yo, cómo había conocido a Corsetti, felicitándonos por el compromiso.

Alejandro jugó su papel a la perfección. Atento, pero no empalagoso. Posesivo. Cada vez que otro hombre me miraba demasiado, Alejandro le devolvía una mirada que lo hacía retroceder.

Bailamos. Su mano en mi cintura era firme, guiándome.

—Están aterrorizados de ti —susurré en su oído mientras la música lenta sonaba.

—Deberían estarlo. Saben quién soy. Saben lo que hago.

—¿Y qué haces, Alejandro?

—Mantengo el orden. A mi manera.

Me miró a los ojos.

—Hoy fingimos un compromiso, Sara. Pero hay algo que no estoy fingiendo. No he podido dejar de pensar en ti desde que entraste en mi radar.

—Esto era un trato comercial.

—Al principio. Pero los mejores negocios son los que evolucionan.

Cuando salimos de la fiesta, ya entrada la noche, Marco estaba sentado solo en una banca, con la corbata desecha, viéndonos partir. Victoria estaba gritándole a alguien por teléfono a lo lejos. Su noche perfecta arruinada.

En el coche de regreso, el silencio era diferente. Cargado. Pesado.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—Ligera. Como si me hubiera quitado una mochila de piedras de la espalda. Gracias, Alejandro.

—El placer fue mío.

Llevó el coche a un mirador en la carretera, con vista a toda la ciudad iluminada. Apagó el motor.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté—. ¿Vuelvo a mi vida? ¿A servir mesas?

Se giró hacia mí en la oscuridad de la cabina.

—¿Quieres volver a eso?

—No. Quiero… quiero más.

—Entonces no vuelvas. Quédate conmigo.

—Alejandro, apenas nos conocemos. Eres… eres mafioso, o algo parecido. Yo soy una chica normal de la Doctores.

—No eres normal, Sara. Eres extraordinaria. Tienes fuego dentro de ti, solo necesitabas a alguien que le echara gasolina en lugar de agua.

Me tomó la cara con ambas manos y me besó. Fue un beso hambriento, desesperado, sabor a victoria y a peligro.

—Quédate conmigo —murmuró contra mis labios—. Déjame darte el mundo. Déjame enseñarte lo que es ser adorada.

—Tengo condiciones —dije, jadeando.

—Nómbralas.

—Quiero seguir viendo a mi amiga Riley. Quiero honestidad. Y quiero ir despacio.

—Hecho. Nos moveremos a tu ritmo. Pero ten por seguro una cosa: ya no te voy a soltar.

Capítulo 7: Consecuencias

Me mudé al penthouse esa misma semana. La vida con Alejandro Corsetti no era sencilla. Había guardaespaldas. Había cenas con hombres que tenían cicatrices y pistolas bajo los sacos. Había noches en las que él llegaba tarde, oliendo a pólvora y alcohol, y solo me abrazaba fuerte sin decir nada.

Tres meses después de la boda, estábamos cenando cuando su teléfono sonó. Contestó, escuchó y colgó con una expresión sombría.

—¿Problemas?

—Tu ex. Marco. Ha estado haciendo preguntas. Tratando de averiguar sobre mis negocios “menos legales”. Quiere apalancamiento. Cree que puede chantajearme para recuperar su reputación.

Suspiré.

—Es un idiota.

—Es un hombre desesperado. Y los hombres desesperados cometen errores. Si sigue presionando, tendré que responder.

—No lo mates, Alejandro —dije, poniendo mi mano sobre la suya.

Él me miró, y vi la oscuridad en sus ojos, esa parte de él que yo aceptaba pero que aún me daba miedo.

—No lo mataré. Pero deseará estar muerto. Voy a asegurarme de que entienda que eres intocable.

Un mes después, el mundo de Marco colapsó. Sus socios se retiraron. El proyecto inmobiliario de su suegro fue clausurado por “irregularidades en los permisos” (irregularidades que estoy segura Alejandro facilitó que encontraran). Victoria le pidió el divorcio alegando diferencias irreconciliables.

Marco perdió su trabajo, su esposa trofeo y su reputación. Todo porque intentó jugar ajedrez con un hombre que inventó el juego.

No sentí culpa. Él había elegido su camino.

Capítulo 8: Inevitable

Un año después.

Estaba sentada en el balcón del penthouse, dibujando bocetos. Alejandro me había inscrito en la mejor escuela de diseño de la ciudad. “Cumple tus sueños, Sara”, me había dicho.

Escuché sus pasos detrás de mí.

—Hola, amore —dijo, besando mi cuello.

—Hola, Patrón —bromeé.

Se sentó a mi lado. Sacó una cajita de terciopelo del bolsillo. Mi corazón se detuvo.

—La última vez te di un anillo como parte de un acto. Una mentira para salvar tu orgullo.

Abrió la caja. Un diamante solitario, puro y brillante, descansaba allí.

—Este es real. No hay audiencia. No hay ex novios a los que impresionar. Solo tú y yo. Y la pregunta es real esta vez. Sara, te amo más que a mi propia vida. ¿Te casarías conmigo? De verdad.

Miré al hombre que me había recogido cuando estaba rota. El hombre peligroso, complicado, letal, que me trataba como si fuera la cosa más preciosa del universo.

Pensé en mi vida segura y aburrida de antes. Y pensé en esta vida, llena de adrenalina, pasión y amor incondicional.

—Sí —dije, con lágrimas en los ojos—. Sí, Alejandro.

Me puso el anillo. Nos besamos con el horizonte de la Ciudad de México como testigo.

Dicen que la venganza no es buena, que mata el alma y la envenena. Pero yo digo que depende. A veces, la venganza es solo el primer paso para encontrar tu verdadero destino.

Llegué a la boda de mi ex como una farsa, y salí con una vida que es más real y maravillosa de lo que jamás soñé.

FIN.

HISTORIA LATERAL: LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS EN POLANCO

CAPÍTULO 1: EL PESO DEL ORO

La frialdad del metal contra mi muslo no era algo a lo que me hubiera acostumbrado, a pesar de los meses viviendo en el penthouse de Alejandro Corsetti.

Me miré en el espejo de cuerpo entero. El vestido era una obra maestra de la ingeniería textil francesa: terciopelo negro que absorbía la luz, con una abertura en la pierna izquierda que subía hasta el límite de la decencia. A simple vista, yo era la novia trofeo perfecta: maquillada por profesionales, enjoyada con diamantes que valían más que la colonia entera donde crecí, y envuelta en un aura de misterio.

Pero bajo el terciopelo, sujeta con una liga de encaje reforzado en mi muslo derecho, descansaba una pequeña Sig Sauer compacta.

—¿Te incomoda? —la voz de Alejandro resonó desde la puerta.

Lo vi a través del reflejo. Estaba terminando de abotonarse los puños de la camisa. Llevaba ese aire de depredador relajado que tanto me fascinaba y aterraba a partes iguales.

—Pesa —admití, girándome—. No físicamente. Pesa lo que significa.

Alejandro cruzó la habitación en tres zancadas largas y se detuvo frente a mí. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron en mi cintura.

—Esta noche es diferente, Sara. La Gala de la Fundación Velasco no es una fiesta. Es una medición de fuerzas. Dante Velasco ha estado invadiendo rutas en el norte de la ciudad. Esta noche, en su propio territorio, en el corazón de Polanco, vamos a recordarle quién manda en la capital.

—¿Y yo soy el mensaje?

—Tú eres la reina —corrigió él, besando mi frente—. Y la reina nunca va desprotegida. Recuerda lo que practicamos en el campo de tiro la semana pasada.

—Seguro quitado, apuntar al centro de masa, exhalar, disparar —recité como una lección escolar.

—Exacto. Pero rezo para que no tengas que tocarla. Mi equipo de seguridad estará en cada esquina. Dante es arrogante, pero no es estúpido. No iniciará una guerra en un evento lleno de políticos y prensa.

—¿Entonces por qué la pistola?

Los ojos de Alejandro se oscurecieron.

—Porque en mi mundo, la paz es solo el tiempo que tardan en recargar las armas. Y yo no confío en la suerte.

Me tendió el brazo.

—¿Lista para entrar a la boca del lobo, mia cara?

Respiré hondo, canalizando a la mujer en la que me había convertido en estos ocho meses. Ya no era la mesera que temblaba por una propina. Era la mujer de Alejandro Corsetti.

—Vamos a arruinarles la fiesta.

CAPÍTULO 2: TERRITORIO HOSTIL

El evento se celebraba en un salón exclusivo de un hotel cinco estrellas en Campos Elíseos. Desde que la limusina blindada se detuvo, sentí la tensión en el aire. No era la típica ansiedad social; era una vibración eléctrica, como la estática antes de una tormenta.

Los flashes de los paparazzi estallaron cuando bajamos. Alejandro me mantuvo pegada a su costado, su mano en mi espalda baja no solo guiándome, sino marcando territorio.

—Sonríe —susurró—. Que vean que no tienes miedo.

Entramos al salón. Era un despliegue obsceno de riqueza. Candelabros de cristal gigantes, meseros con guantes blancos sirviendo champaña Dom Pérignon, y la élite de la Ciudad de México fingiendo que su dinero era limpio.

Pero yo había aprendido a ver.

Gracias a las lecciones de Alejandro, ya no veía solo trajes caros. Veía los bultos bajo los sacos de los hombres de seguridad perimetral. Veía las miradas nerviosas de los empresarios que debían dinero. Y veía a los tiburones.

—Ahí está —murmuró Alejandro.

Al final del salón, rodeado de aduladores, estaba Dante Velasco. Era más joven que Alejandro, quizás de mi edad, con una sonrisa demasiado blanca y una energía nerviosa, casi maníaca. Heredero de un imperio rival que trataba de desestabilizar el control de los Corsetti en el sector de importaciones.

Cuando nos vio, Dante abrió los brazos como si fuéramos viejos amigos.

—¡Alejandro! —gritó, atrayendo miradas—. Qué honor que el “Padrino de Reforma” nos honre con su presencia. Y veo que trajiste a tu… adquisición más reciente.

El insulto fue sutil, pero cortante. Sentí a Alejandro tensarse a mi lado, un músculo en su mandíbula saltando.

—Cuidado, Dante —dijo Alejandro con una voz suave que era mucho más aterradora que un grito—. Sara no es una adquisición. Es mi pareja. Y te sugiero que midas tus palabras si quieres que esta noche termine con brindis y no con funerales.

Dante soltó una carcajada forzada.

—Siempre tan dramático, Corsetti. Es una broma. Sara, un placer. He oído mucho de ti. La Cenicienta que salió de la cafetería. Es una historia inspiradora, de verdad.

Me tendió la mano. Sabía que era una prueba. Si mostraba debilidad, insultaba a Alejandro. Si era grosera, escalaba el conflicto.

Tomé su mano con firmeza, mirándolo directamente a los ojos, sin parpadear.

—El placer es mío, Señor Velasco —dije con una sonrisa gélida—. Y la historia es cierta. Aprendí mucho sirviendo café. Sobre todo, aprendí a identificar cuando alguien me está ofreciendo algo podrido disfrazado de postre.

Dante retiró la mano, su sonrisa vacilando por una fracción de segundo. Alejandro soltó una risa corta y genuina.

—Disfruta tu fiesta, Dante. Mientras dure.

Nos alejamos hacia la barra. Alejandro se inclinó hacia mi oído.

—Eso fue perfecto. Creo que me enamoré un poco más de ti en este segundo.

—Es un imbécil —murmuré, tomando una copa de champaña para calmar mis nervios.

—Es un imbécil peligroso. Mantente alerta. Tengo que saludar a un par de jueces que están en la nómina. No te alejes de la vista de Marco… digo, de Leo —se corrigió, refiriéndose a su jefe de seguridad, un ex militar que parecía una pared de ladrillos. (La mención de mi ex, Marco, fue un desliz freudiano; mi ex ya era historia antigua, un fantasma irrelevante).

Alejandro se alejó unos metros para hablar con un grupo de hombres canosos. Yo me quedé cerca de una columna de mármol, escaneando el salón.

Fue entonces cuando la vi. Una mujer alta, vestida de rojo sangre, me observaba desde el otro lado de la pista. No la conocía, pero su mirada destilaba odio puro.

Se acercó.

—Así que tú eres la famosa Sara —dijo, arrastrando las palabras. Tenía un acento norteño marcado—. La que tiene a Alejandro comiendo de su mano.

—¿Nos conocemos?

—Soy Valeria. Estuve con Alejandro dos años antes de que decidiera jugar a la casita contigo.

Ah. La ex. O mejor dicho, la ex “oficial” del mundo criminal.

—Un placer, Valeria —dije, aburrida. Ya había lidiado con las ex novias celosas de Marco en el pasado, y aunque el contexto era diferente, la inseguridad olía igual—. Si me disculpas…

—No te va a durar —me cortó, bloqueándome el paso—. Este mundo te va a comer viva, niña. No tienes la piel para esto. Cuando empiecen los disparos, vas a correr a esconderte bajo tu cama en la Doctores. Alejandro necesita una mujer de hierro, no una de porcelana.

Antes de que pudiera responder, las luces del salón parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Y luego, oscuridad total.

CAPÍTULO 3: OSCURIDAD Y CAOS

El silencio duró un segundo, seguido inmediatamente por gritos de confusión.

—¿Leo? —llamé, buscando al jefe de seguridad.

—¡Al suelo! —rugió una voz que reconocí como la de Alejandro, aunque sonaba lejos.

El sonido inconfundible de disparos rompió el aire. Pam, pam, pam. No eran ráfagas de ametralladora, eran tiros precisos, silenciados.

Alguien me empujó violentamente. Caí sobre el mármol frío, raspándome las rodillas. Mi copa de champaña estalló a mi lado.

—¡Agárrenla! —gritó una voz masculina cerca de mí.

Sentí manos ásperas agarrándome de los brazos, jalándome hacia arriba.

—¡Suéltame! —grité, pataleando.

—Cállate, perra. Dante te manda saludos.

El pánico intentó apoderarse de mí, paralizarme como lo hubiera hecho hace un año. Valeria tenía razón, susurró una voz en mi cabeza. Eres de porcelana.

No, rugió otra parte de mí. La parte que Alejandro había despertado. Soy de hierro.

Recordé el entrenamiento.

Si te agarran, no tires. Acércate.

En lugar de alejarme, di un paso hacia el hombre que me sujetaba, rompiendo su equilibrio. Aproveché su confusión para clavar el tacón de aguja de mi zapato derecho con toda mi fuerza en su empeine.

El hombre aulló de dolor y aflojó el agarre un milímetro. Fue suficiente.

Me agaché, mi mano subió por mi muslo bajo el vestido. Mis dedos encontraron el metal frío de la Sig Sauer.

Arranqué la pistola de la liga, quité el seguro con el pulgar tal como habíamos practicado mil veces, y apunté hacia la sombra.

—¡Atrás! —grité.

El hombre se lanzó hacia mí de nuevo, ignorando el arma, probablemente pensando que no tendría el valor de usarla.

No dudé.

Disparé.

El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado. El fogonazo iluminó brevemente la cara de mi atacante: un tipo con una cicatriz en la ceja. La bala le dio en el hombro, haciéndolo girar y caer.

El caos alrededor se intensificó. Las luces de emergencia rojas se encendieron, bañando el salón en una atmósfera infernal.

—¡Sara! —escuché la voz de Alejandro. Sonaba desesperada, una emoción que nunca le había escuchado.

—¡Aquí! —respondí, retrocediendo hacia la pared, manteniendo el arma alzada.

Vi a Alejandro abriéndose paso entre la multitud aterrorizada. Tenía su propia arma en la mano, y su rostro era una máscara de furia asesina. Dos hombres intentaron interceptarlo. Alejandro ni siquiera se detuvo; disparó dos veces al pecho del primero y golpeó al segundo con la culata de su pistola con tal fuerza que escuché el crujido de huesos a diez metros de distancia.

Llegó hasta mí, escaneándome en busca de heridas.

—¿Estás bien? ¿Te tocaron?

—Estoy bien —dije, temblando por la adrenalina, pero firme—. Le disparé. A ese de ahí.

Alejandro miró al hombre que se retorcía en el suelo agarrándose el hombro, y luego me miró a mí. Había orgullo en sus ojos, pero también un terror profundo.

—Tenemos que irnos. Ahora. Esto es una trampa de Velasco. Cerraron las salidas principales.

—La cocina —dije, recordando mis años de mesera—. En los hoteles, la salida de proveedores siempre está detrás de las cocinas y nunca la vigilan tanto como el lobby.

Alejandro asintió.

—Guíame.

CAPÍTULO 4: LA HUIDA

Corrimos hacia las puertas de servicio. El salón era un campo de batalla confuso. Los guardaespaldas de Alejandro estaban intercambiando fuego con los hombres de Dante, creando una barrera para que pudiéramos salir.

Entramos en la cocina industrial. Ollas de vapor hirviendo, chefs escondidos bajo las mesas de acero inoxidable.

—¡Por allá! —señalé un pasillo estrecho al fondo—. Da al muelle de carga.

Justo cuando íbamos a cruzar, la puerta del pasillo se abrió de golpe.

Dante Velasco entró, acompañado de dos gorilas armados con rifles de asalto.

Nos detuvimos en seco. Alejandro me empujó detrás de él, usando su cuerpo como escudo humano.

—Bravo —aplaudió Dante lentamente—. Pensé que las ratas correrían hacia la salida.

—Se acabó, Dante —gruñó Alejandro—. Acabas de firmar tu sentencia de muerte. Atacar un evento civil… la Comisión no te perdonará esto.

—La Comisión me agradecerá cuando tome tu territorio —Dante sonrió y levantó la mano para dar la orden a sus hombres.

Estábamos superados. Dos rifles contra dos pistolas. No había salida.

Sentí la espalda de Alejandro tensarse contra mi pecho. Sabía lo que iba a hacer. Iba a lanzarse contra ellos para darme tiempo de correr. Iba a sacrificarse.

No.

Miré alrededor frenéticamente. Estábamos en la zona de preparación de alimentos. A mi derecha, había una válvula roja grande en la pared, conectada a los sistemas de extinción de incendios de la cocina industrial.

Mientras Dante disfrutaba su monólogo de villano, me moví.

—¿Sara? —susurró Alejandro.

Me lancé hacia la pared y giré la válvula con todas mis fuerzas.

Nada pasó por un segundo.

Luego, un silbido agudo.

El sistema de supresión de incendios se activó, pero no con agua. Una nube densa y blanca de químico en polvo explotó desde el techo, llenando la habitación en un instante, cegando a todos y haciendo el aire irrespirable.

—¡Ahora! —grité.

Los hombres de Dante empezaron a toser y a disparar a ciegas. Las balas rebotaron en las mesas de acero, sacando chispas.

Alejandro no necesitó que se lo dijeran dos veces. Me agarró de la mano y nos agachamos, moviéndonos bajo la nube química hacia una puerta lateral que yo había visto antes.

Salimos al aire fresco de la noche, en un callejón trasero de Polanco, tosiendo polvo blanco y con los pulmones ardiendo.

El Mercedes de Alejandro derrapó en la esquina segundos después. Leo, su jefe de seguridad, estaba al volante, con la cara ensangrentada pero vivo.

—¡Suban! —gritó Leo.

Nos lanzamos al asiento trasero justo cuando la puerta de la cocina se abría de nuevo y los hombres de Dante salían disparando.

El coche arrancó, las llantas chillando contra el asfalto, alejándonos del infierno.

CAPÍTULO 5: LA CALMA DESPUÉS DE LA TORMENTA

El silencio en el coche era absoluto, solo roto por nuestras respiraciones agitadas. Alejandro se pasó la mano por el pelo, manchado de polvo blanco. Se giró hacia mí y empezó a revisarme de nuevo, sus manos temblando ligeramente.

—¿Estás herida? Dime la verdad.

—Solo raspones —dije, mirando mis rodillas ensangrentadas y mi vestido arruinado—. Y creo que se me rompió un tacón.

Alejandro soltó una carcajada. Fue un sonido roto, histérico, de puro alivio. Me jaló hacia él y me abrazó con una fuerza que casi me trituró las costillas. Enterró su cara en mi cuello.

—Pensé que te perdía —murmuró contra mi piel—. Cuando se apagaron las luces y no te tenía de la mano… sentí un frío que nunca había sentido en mi vida.

Me aparté un poco para mirarlo a los ojos. El gran capo, el hombre de hielo, tenía los ojos brillantes.

—Me subestimaste —le dije suavemente, limpiando un poco de polvo de su mejilla—. Y Dante también.

—Nunca volveré a cometer ese error. Lo del sistema de incendios… fue brillante.

—Ventajas de haber trabajado en cocinas industriales. Sé dónde están los botones de pánico.

Alejandro tomó mi mano, entrelazando sus dedos con los míos. Miró mis nudillos blancos, todavía tensos.

—Hoy viste la realidad de mi vida, Sara. Sin filtros. Sin glamour. Violencia, suciedad, miedo. Tienes la oportunidad de irte. Te dejaré en tu casa, te daré dinero suficiente para que desaparezcas y vivas segura donde nadie te encuentre. Nadie te juzgaría.

Era la salida fácil. La salida sensata.

Recordé la sensación del arma en mi mano. El miedo, sí. Pero también el poder. La certeza de que no era una víctima. Y luego miré a este hombre, que había estado dispuesto a recibir balas por mí hace cinco minutos.

—Ya no quiero estar segura, Alejandro —le respondí, usando las mismas palabras que le dije la primera noche, pero ahora cargadas de un peso real—. Quiero estar viva. Y solo estoy viva contigo.

Él me miró con una intensidad devota.

—Entonces, juro que quemaré el mundo entero antes de dejar que alguien vuelva a ponerte una mano encima. Dante Velasco es hombre muerto. Mañana al amanecer, no quedará nada de su organización.

—Bien —dije, sorprendiéndome de mi propia frialdad—. Porque arruinó mi vestido favorito.

CAPÍTULO 6: LA VENGANZA SE SIRVE AL AMANECER

No fuimos al penthouse. Fuimos a una casa de seguridad en las afueras, en el Ajusco. Una fortaleza rodeada de bosque.

Mientras Leo y el resto del equipo organizaban la contraofensiva, Alejandro me llevó al baño principal. Llenó la tina con agua caliente y sales.

Me ayudó a quitarme el vestido destrozado. Limpió mis rodillas con una delicadeza infinita, aplicando antiséptico en los raspones. No hubo nada sexual en ese momento; fue un acto de cuidado puro, casi religioso.

—Descansa —me dijo—. Yo tengo trabajo que hacer.

—No me dejes sola —pedí.

—Nunca. Dejaré la puerta abierta. Estaré en la habitación de al lado. Vas a escuchar llamadas telefónicas desagradables. Vas a escuchar órdenes que no te gustarán.

—Soy parte de esto ahora.

Alejandro salió. Desde la tina, escuché su voz transformarse. Ya no era el amante preocupado. Era el General en guerra.

—Quiero cada propiedad de Velasco marcada… Sí, bloqueen sus cuentas… No, no quiero negociar. Quiero su cabeza en una bandeja, metafóricamente hablando… Bueno, quizás no tan metafóricamente. Que entienda que tocó a mi mujer. Que todo México sepa lo que pasa cuando tocan a la mujer de Alejandro Corsetti.

Me sumergí en el agua caliente, cerrando los ojos. Podía ver las imágenes de la noche repitiéndose. El disparo. La sangre.

Debería estar llorando. Debería estar en shock. Pero sentía una extraña calma. Había cruzado un umbral. La inocencia se había ido, reemplazada por una armadura de acero templado.

Horas más tarde, Alejandro entró. Olía a tabaco y whisky. Se quitó la camisa manchada de sangre seca (no suya) y se sentó en el borde de la cama donde yo estaba acostada, despierta.

—Está hecho —dijo simplemente.

—¿Dante?

—Ya no es un problema. Y Valeria… digamos que ha decidido tomar unas vacaciones permanentes fuera del país.

Se acostó a mi lado, encima de las sábanas, y me atrajo hacia su pecho.

—Lamento que tuvieras que pasar por esto. Quería darte el mundo, no una guerra.

—El mundo incluye guerras, Alejandro. Lo importante es con quién las peleas.

Hubo un largo silencio. Escuchábamos el viento golpear contra los árboles del Ajusco.

—Cásate conmigo —dijo de repente.

Me levanté sobre un codo para mirarlo.

—¿Qué?

—Sé que acordamos esperar. Sé que llevamos ocho meses. Pero después de esta noche… no quiero perder ni un segundo más llamándote mi “novia”. Quiero que seas mi esposa. Quiero que legalmente, espiritualmente y físicamente no haya dudas de que somos uno mismo.

Acaricié su rostro, trazando la línea dura de su mandíbula.

—Alejandro, acabamos de sobrevivir a un tiroteo. Estás lleno de adrenalina.

—Estoy lleno de claridad. Vi cómo manejaste esa situación. Vi cómo me salvaste en la cocina. No eres solo mi pareja, Sara. Eres mi igual. Y eso es algo que un hombre en mi posición encuentra una vez en la vida, si tiene suerte.

—Pídemelo bien —sonreí—. Cuando no estemos oliendo a pólvora y escondidos en una casa de seguridad. Pídemelo con el anillo que prometiste, en nuestro balcón, cuando todo esté en paz.

Él sonrió, esa sonrisa arrogante y encantadora que me había cautivado en la cafetería.

—Trato hecho. Pero considera esto un pre-aviso. Tus días de soltería están contados, piccola.

CAPÍTULO 7: LA TRANSFORMACIÓN FINAL

Dos semanas después, la vida había vuelto a una extraña normalidad. Pero Polanco había cambiado. Se sentía en el aire. Cuando entrábamos a un restaurante, el silencio era más respetuoso, más temeroso. La gente sabía.

Sabían que Dante Velasco había intentado algo y había desaparecido del mapa en menos de 12 horas. Y sabían que la mujer del brazo de Alejandro Corsetti no era un adorno.

Rumores corrían. Decían que yo había matado a tres hombres con mis propias manos. Decían que yo era la hija secreta de un capo siciliano. Dejamos que hablaran. La leyenda era una mejor protección que cualquier chaleco antibalas.

Estaba en la escuela de diseño, terminando un boceto, cuando mi teléfono sonó. Era Riley.

—¡Amiga! —gritó—. ¡Vi las noticias! Dicen que hubo un “incidente con fugas de gas” en el hotel donde fue la gala. ¿Estás bien?

Sonreí ante el eufemismo que la prensa pagada por Alejandro había usado. “Fuga de gas”.

—Estoy bien, Riley. Mejor que nunca.

—¿Segura? Tu voz suena diferente.

—¿Diferente cómo?

—Más… fuerte. Menos como la Sara que lloraba por Marco y más como… no sé, como la jefa.

Miré por la ventana del aula. Abajo, en la calle, la camioneta negra de seguridad estaba esperando. Leo estaba recargado en la puerta, y al verme en la ventana, asintió respetuosamente.

—Crecí, Riley. Eso es todo.

Colgué y recogí mis cosas.

Al salir, Alejandro estaba ahí, esperándome personalmente, algo que rara vez hacía a mitad del día.

—¿Todo bien? —pregunté, subiendo al coche.

—Perfecto. Solo quería verte.

Me tomó la mano y besó mis nudillos, justo donde la piel se había raspado esa noche y ahora sanaba.

—Tengo una sorpresa para ti esta noche —dijo mientras el coche avanzaba por Reforma.

—¿Otra gala? —pregunté con sarcasmo—. Espero que esta vez incluya menos disparos y más postre.

—No. Cena en casa. Solo nosotros. Y… tengo una pregunta importante que hacerte.

Mi corazón dio un vuelco. Sabía lo que venía. Recordé la promesa en la casa de seguridad.

Miré la ciudad pasando por la ventana. La Ciudad de México, monstruosa y bella, peligrosa y llena de oportunidades. Hace un año, yo era una víctima de esta ciudad, aplastada por sus engranajes. Ahora, iba sentada en la cima, de la mano del hombre que la controlaba.

Apreté la mano de Alejandro.

—Estoy lista —dije, y no me refería solo a la cena.

Estaba lista para el anillo. Para el título. Para el poder. Y para cualquier otra noche de cuchillos largos que el destino quisiera lanzarnos. Porque ahora sabía que no importaba cuánta oscuridad nos rodeara; nosotros éramos el fuego que ardía más fuerte.

EPÍLOGO DE LA HISTORIA LATERAL

Esa noche, en el penthouse, Alejandro me pidió matrimonio oficialmente, con el diamante solitario y la ciudad a nuestros pies, tal como se narró al final de la historia original. Pero solo nosotros dos sabíamos que el verdadero compromiso no fue con el anillo.

El verdadero “sí” ocurrió en una cocina llena de humo químico, con una pistola en la mano y la decisión irrevocable de salvarnos mutuamente.

Esa fue la noche en que Sara la mesera murió definitivamente, y nació Sara Corsetti, la Reina de la Ciudad.

FIN DE LA HISTORIA LATERAL.

Related Posts

Our Privacy policy

https://topnewsaz.com - © 2026 News