PARTE 1: EL REGRESO Y EL GOLPE
Capítulo 1: La Bolsa de Plástico
(00:00) Veinte años de vida reducidos a lo que cabía en una bolsa de plástico transparente. Eso era todo lo que Margarita tenía cuando las puertas de metal pesado del Centro de Reinserción Social Femenil se cerraron a sus espaldas con un golpe seco que resonó en sus huesos.
Llevaba 800 pesos en efectivo, una fotografía descolorida de su boda y un rosario de madera que había usado desde sus quince años. El peso físico era insignificante, pero el peso en su alma era insoportable. No importaba cuánto tiempo había estado encerrada; lo que importaba era quién le había quitado todo mientras ella no estaba.
Margarita no entró a la cárcel siendo una criminal. Entró como una mujer ingenua de 52 años que cometió el error mortal de confiar en la persona equivocada. Dejó atrás a un esposo amoroso, Roberto, una casa en San José de Gracia, Jalisco, que había estado en su familia por tres generaciones, y a una hermana, Diana, que prometió con la mano sobre la tumba de su madre protegerlo todo.
Esa promesa duró exactamente lo que tardó el autobús en alejarse.
Margarita salió libre un viernes 14 de marzo. El cielo de Jalisco estaba gris, inusualmente frío. A los 52 años, todavía tenía cabello negro y fuerza para cargar las bolsas del mandado del mercado sin jadear. Ahora, a los 72, estaba encorvada, su cabello era blanco como la ceniza y la artritis le mordía las rodillas con cada paso. Veinte años le habían robado la salud, la juventud y los últimos años de Roberto.
Roberto murió en 2011. Un infarto fulminante. A Margarita no le permitieron ir al funeral. Diana, su hermana menor, debía encargarse de todo. Margarita era maestra de español en la secundaria del pueblo, un lugar donde todos se conocen, donde los apellidos se repiten en cada esquina.
Ella y Roberto vivían en la casa de la abuela, una casona blanca con portón de hierro y un patio lleno de árboles frutales. La abuela se la dejó a su madre, y su madre a Margarita. Así lo quiso la “amá”, y así fue. Roberto, carpintero de oficio, tenía su taller atrás. Hacía muebles de mezquite que la gente venía a buscar desde Guadalajara. No eran ricos, pero eran gente de bien.
No pudieron tener hijos. Dios no quiso, decían las señoras del pueblo. Pero se tenían el uno al otro, tenían su trabajo, y Margarita tenía a Diana. La hermana pequeña, la bonita, la que tenía “chispa”. Su madre siempre decía que Diana podía convencer al diablo de rezar. Y ese era el problema. Diana podía hacerte creer cualquier cosa, sentir cualquier cosa, mientras tú pensabas que era idea tuya.
Margarita no vio a la víbora, solo vio a su hermanita. La que lloró en sus brazos cuando su primer marido la dejó. La que llamaba a las 2 de la mañana, borracha de miedo o de soledad. Margarita siempre fue su protectora. Nunca vio los colmillos hasta que ya los tenía clavados en el cuello.
Capítulo 2: La Mentira Perfecta
Todo comenzó a desmoronarse una noche de septiembre de 2006. Diana golpeó la puerta de Margarita como si la persiguiera la muerte. Lloraba tanto que apenas podía respirar. Roberto ya dormía; tenía una entrega importante de comedores para un cliente en Zapopan al día siguiente.
—”¡Me van a matar, Mago! ¡Me van a matar!” —gritaba Diana. Mago. Solo ella le decía así.
Margarita le preparó un té de tila, la sentó en la cocina y escuchó. La historia de Diana era aterradora: se había metido en apuestas clandestinas en Guadalajara. Debía dinero a gente peligrosa. “Prestamistas”, dijo, con los ojos desorbitados. Hombres que no perdonan. Debía millones y le habían dado 30 días.
—”Vi lo que le hicieron a un hombre la semana pasada… lo encontraron en una zanja” —susurró Diana.
Margarita le creyó. ¿Por qué no le creería a su propia sangre? Diana le contó entonces su “salida”. Trabajaba como contadora para un desarrollador inmobiliario en Puerto Vallarta, un tal Gerardo Montes. Según Diana, él estaba lavando dinero y robando a inversionistas. Diana tenía las pruebas.
—”Él sabe que yo sé. Por eso me mandó a esos hombres. No son deudas de juego, Mago, es él. Quiere callarme”.
El plan era que Diana iría al FBI (o a la PGR, en ese entonces), pero necesitaba asegurar las pruebas. Le dio a Margarita un USB. “Escóndelo. Si algo me pasa, entrégalo”. Margarita prometió.
Tres semanas después, Gerardo Montes apareció muerto. Dos días después, la policía estatal derribó la puerta de Margarita.
El juicio fue una pesadilla borrosa. El USB no tenía documentos financieros; tenía planos detallados para el asesinato de Montes, horarios, diagramas de seguridad, todo escrito con una letra que parecía la de Margarita. La fiscalía la pintó como la autora intelectual. Dijeron que contrató a un sicario de poca monta.
Y el golpe final: Diana testificó en su contra.
Vestida de negro riguroso, llorando lágrimas de cocodrilo en el estrado, Diana dijo al juez: “Tenía miedo de mi propia hermana. Ella me obligó. Odiaba al Sr. Montes por un negocio de tierras… me dijo que si no le ayudaba, me haría daño”.
Margarita vio a su hermana mentir y destruir su vida desde la mesa de la defensa, y aún así, una parte estúpida de ella pensó: “La están obligando”. Fue condenada a 30 años. Por buena conducta y su edad, salió en 20.
Diana la visitó una sola vez en la cárcel.
—”No tuve opción, Mago. Era tú o yo” —dijo Diana fríamente—. “Pero te prometo, por la memoria de mamá, que cuidaré la casa. Cuando salgas, tendrás todo”.
Esa fue la última vez que la vio.
Ahora, parada frente a su casa en San José de Gracia, Margarita sintió que el mundo giraba. La casa estaba… “bien”. Demasiado bien. Pintura nueva, un auto moderno en la entrada. Y esa mujer joven, embarazada, mirándola con miedo desde el porche.
—”¿Puedo ayudarle?”
—”Esta es mi casa” —dijo Margarita.
—”Lo siento… nosotros vivimos aquí desde hace 16 años. Compramos la propiedad legalmente”.
—”No… mi hermana… Diana Elías…”
La mujer palideció.
—”La señora Diana nos vendió la casa. Nos mostró el acta de defunción. Nos dijo que su hermana había muerto”.
Margarita se agarró del buzón para no caer al suelo polvoriento. Muerta. Para el mundo, y para su propia casa, Margarita Elías había muerto hace 16 años.
PARTE 2: LA VERDAD Y LA REDENCIÓN
CAPÍTULO 3: El Fantasma en la Cocina
La puerta mosquitera se abrió con un chirrido que Margarita reconoció al instante. Era el mismo sonido de hace veinte años, un lamento metálico que solía anunciar la llegada de Roberto después del trabajo. Pero esta vez, el sonido no anunciaba una llegada, sino una invitación a entrar a un mundo que ya no le pertenecía.
—Por favor, pase —dijo la mujer joven, Sara. Su voz temblaba ligeramente, una mezcla de miedo y una compasión instintiva que Margarita no había sentido en décadas—. No se quede ahí en el sol.
Margarita dio un paso vacilante hacia el interior. El cambio de la luz brillante de la tarde jalisciense a la penumbra del recibidor la cegó momentáneamente. Sus ojos, acostumbrados al gris perpetuo del penal y al blanco estéril de las lámparas fluorescentes, tardaron en ajustarse.
Lo primero que la golpeó no fue lo que vio, sino lo que olió.
Su casa solía oler a aserrín de mezquite —el aroma de Roberto— y a suavizante de ropa barato. Ahora, el aire estaba impregnado de vainilla, lavanda y algo dulce, como galletas recién horneadas. Era un olor a hogar, sí, pero no al suyo. Era el olor de la felicidad de otra persona.
—Venga a la cocina, es más fresco —murmuró Sara, guiándola suavemente, aunque manteniendo una distancia prudente, con una mano protegiendo instintivamente su vientre abultado de siete meses.
Margarita caminó sobre la madera. Sus pisos de madera. Alguien los había pulido y barnizado recientemente; brillaban bajo la luz que entraba por las ventanas. Al pasar por la sala, notó que el viejo sofá de terciopelo verde donde su padre solía leer el periódico había desaparecido. En su lugar había un mueble moderno, color crema, frente a una televisión enorme, tan plana como un cuadro.
—Siéntese, por favor —Sara señaló una silla en la cocina.
Margarita se dejó caer. Sus rodillas, castigadas por la artritis y el frío de la celda, crujieron al doblarse. Puso su bolsa de plástico transparente sobre la mesa. La mesa… eso fue lo que le rompió el primer dique de lágrimas. No era la mesa de pino que Roberto había construido con sus propias manos el primer año de casados. Era una mesa de vidrio y metal, fría al tacto.
Sara se movía nerviosamente por la cocina, llenando una tetera con agua, buscando tazas. El tintineo de la porcelana era el único sonido en la casa, aparte de la respiración agitada de Margarita.
—¿Té de manzanilla? —preguntó Sara, girándose. Su rostro, joven y limpio, estaba marcado por la confusión—. Es bueno para los nervios.
—Sí… gracias —la voz de Margarita sonó extraña en sus propios oídos, ronca por el desuso y la emoción.
Sara sirvió dos tazas humeantes y colocó un plato con galletas de avena en el centro de la mesa de vidrio. Se sentó frente a Margarita, cruzando las manos sobre la mesa, pero sin tocarla.
—Señora… —empezó Sara, dudando—. Usted dijo que esta es su casa. Que se llama Margarita Elías.
—Lo es —Margarita levantó la vista y sus ojos se clavaron en un punto fijo en la pared, donde antes colgaba un calendario del Sagrado Corazón y ahora había un reloj moderno—. O lo era. Mi abuela construyó los cimientos. Mi madre plantó el roble de afuera. Yo viví aquí con mi esposo hasta el día que… hasta que me fui.
—¿Se fue? —Sara frunció el ceño—. ¿A dónde se fue?
Margarita tomó un sorbo de té. El calor bajó por su garganta, descongelando algo en su pecho que llevaba años petrificado.
—A la cárcel, niña. Me fui a la cárcel.
Sara contuvo el aliento, sus ojos se abrieron como platos. Hubo un silencio denso, pesado.
—No soy una criminal —se apresuró a decir Margarita, sintiendo la necesidad urgente de limpiarse ante esta desconocida—. No hice lo que dijeron. Fui una tonta, eso sí. Una tonta que confió en su hermana.
—¿Su hermana? —Sara se inclinó ligeramente hacia adelante—. ¿Diana? ¿Se refiere a Diana?
El nombre flotó en el aire como una maldición.
—Sí, Diana —dijo Margarita con amargura—. Ella prometió cuidar mi casa. Prometió esperarme. Salí hoy. Tomé el autobús desde Nashville… bueno, desde allá donde estaba encerrada, hasta aquí. Y pensé… pensé que ella estaría aquí. O que al menos la casa estaría vacía.
Sara palideció visiblemente. Se llevó una mano a la boca, como si estuviera a punto de enfermarse.
—Dios mío… —susurró Sara—. Señora Elías, nosotros… mi esposo David y yo… compramos esta casa en 2009.
—¿2009? —Margarita sintió un zumbido en los oídos—. Pero yo apenas llevaba tres años dentro. Ella no podía venderla. La casa estaba a mi nombre.
Sara se levantó abruptamente, como si la silla quemara. Caminó hacia un pequeño escritorio empotrado en la esquina de la cocina, donde se apilaban correos y papeles. Revolvió nerviosamente hasta encontrar una carpeta azul. Regresó a la mesa y la abrió con manos temblorosas.
—Cuando compramos la casa —explicó Sara, su voz ganando un tono de urgencia—, la vendedora, Diana Elías, nos entregó un expediente completo. El notario revisó todo. Fue una venta directa. Ella… ella nos dijo que era la única heredera viva.
—¿Única heredera? —Margarita sintió que el mundo se inclinaba peligrosamente—. Yo estaba viva. Estoy viva.
Sara sacó un documento de la carpeta y lo deslizó lentamente sobre el cristal hacia Margarita. Era un papel oficial, con sellos del estado y firmas garabateadas.
—Señora… ella nos dio esto.
Margarita miró el papel. Las letras bailaban ante sus ojos cansados, pero pronto cobraron sentido.
ACTA DE DEFUNCIÓN.
NOMBRE: Margarita Rosa Elías.
FECHA DE FALLECIMIENTO: 12 de noviembre de 2008.
CAUSA: Neumonía atípica.
LUGAR: Hospital Civil de Guadalajara.
Margarita leyó su propia muerte.
El papel temblaba en sus manos, o tal vez eran sus manos las que hacían temblar la mesa entera. Una risa extraña, gorgoteante, escapó de su garganta. No era una risa de alegría, era el sonido de la psique humana rompiéndose un poco más.
—Me mató —susurró Margarita—. No solo me encerró. Me mató. Para el mundo, llevo muerta 16 años.
—Ella lloró —dijo Sara, con los ojos llenos de lágrimas—. Recuerdo el día de la firma. Diana lloró en esta misma cocina. Dijo que extrañaba tanto a su hermana mayor, que no soportaba entrar a la casa porque veía su fantasma en cada rincón. Dijo que necesitaba vender para poder sanar su dolor.
—Su dolor… —Margarita cerró los ojos y vio la cara de Diana, la última vez que la visitó en prisión. “Te prometo que cuidaré todo, Mago”.
La mentira era tan absoluta, tan monstruosa, que Margarita sintió náuseas. Diana no solo había robado una propiedad; había borrado la existencia de Margarita de la faz de la tierra. Había vendido los recuerdos de Roberto, la historia de sus padres, la identidad misma de su hermana, y había usado el dinero para desaparecer.
En ese momento, se escuchó el sonido de un motor en la entrada, seguido por el golpe de una puerta de coche.
—Es David —dijo Sara, limpiándose rápidamente las lágrimas y mirando el reloj—. Llegó temprano.
Margarita se tensó. Una cosa era la empatía de una mujer embarazada en su cocina, y otra muy distinta era enfrentarse al “hombre de la casa”, quien seguramente la vería como una intrusa exconvicta.
La puerta de la cocina se abrió y entró un hombre de unos treinta y tantos años, con gafas de montura gruesa y aspecto de estar agotado mentalmente. Llevaba un maletín y se aflojaba la corbata mientras entraba.
—Sara, amor, el tráfico en la carretera a Chapala estaba horrible, no sabes lo que… —David se detuvo en seco al ver a la anciana sentada a su mesa, con su esposa al lado y un acta de defunción entre ellas.
—David —dijo Sara, poniéndose de pie—. Tenemos que hablar. Siéntate, por favor.
David miró a Margarita, luego a la bolsa de plástico con sus pertenencias, y finalmente a los ojos enrojecidos de su esposa. Su instinto protector se activó, pero también su curiosidad.
—¿Quién es usted? —preguntó, con voz firme pero educada.
—Es la dueña de la casa, David —dijo Sara antes de que Margarita pudiera responder—. Es Margarita Elías.
David frunció el ceño, confundido.
—Margarita Elías murió en 2008. Tenemos el acta. Diana nos la dio.
—No estoy muerta, joven —dijo Margarita, levantándose lentamente. Se sentía frágil, como una hoja seca, pero su voz tenía el acero de quien ha sobrevivido al infierno—. Estuve presa veinte años por un crimen que mi hermana cometió. Y mientras yo pagaba su condena, ella me declaró muerta y les vendió mi vida a ustedes.
David se quedó inmóvil, procesando la información. Era contador, un hombre de lógica y números. Su cerebro buscaba una explicación racional, una estafa, un error. Pero al mirar a la anciana, vio la verdad en sus ojos. Vio el dolor crudo y la dignidad herida que ningún estafador podría fingir.
Se acercó a la mesa y tomó el acta de defunción falsa. La examinó con ojo crítico.
—El sello… —murmuró para sí mismo—. El folio no coincide con la serie estándar de ese año en Jalisco. Es una falsificación de alta calidad, pero… —Miró a Margarita—. Si usted está aquí, esto es un fraude masivo. No solo inmobiliario. Estamos hablando de suplantación de identidad, falsificación de documentos oficiales, fraude procesal…
—Ella se llevó todo —interrumpió Margarita, su voz quebrándose—. No solo la casa. Había… había una caja fuerte.
David y Sara intercambiaron una mirada rápida.
—¿Caja fuerte? —preguntó David—. ¿En el sótano? ¿Detrás del panel de madera?
El corazón de Margarita dio un vuelco.
—Sí. Roberto la instaló ahí. Nadie lo sabía. Solo Diana y yo.
—Cuando nos mudamos —dijo David suavemente, sentándose frente a ella—, encontramos el panel suelto. La caja fuerte estaba abierta.
—¿Y…? —preguntó Margarita, aunque ya sabía la respuesta.
—Vacía —dijo David—. Ni un papel, ni una moneda. Estaba limpia. Incluso parecía que la habían limpiado con un trapo para no dejar huellas.
Margarita se dejó caer de nuevo en la silla.
—Ciento ochenta mil pesos… de los de antes. Eran los ahorros de toda la vida de Roberto. Era para nuestra vejez.
El silencio volvió a llenar la cocina, pero esta vez no era incómodo. Era un silencio compartido de horror y comprensión. David se pasó la mano por el cabello, exhalando ruidosamente.
—Señora Elías —dijo David, cambiando su tono a uno más profesional pero cálido—. Si lo que dice es cierto, y le creo, usted ha sido víctima de un crimen continuado durante dos décadas. La venta de esta casa es nula de pleno derecho. Legalmente… legalmente esto es un desastre.
—No tengo a dónde ir —confesó Margarita, mirando sus manos deformadas por el trabajo y la edad—. No tengo dinero. No tengo familia. Diana era todo lo que me quedaba.
Sara rodeó la mesa y, rompiendo la barrera invisible, puso una mano sobre el hombro huesudo de Margarita.
—No va a ir a ningún lado esta noche —dijo Sara con firmeza. Miró a su esposo, retándolo a contradecirla. David asintió inmediatamente.
—El cuarto de huéspedes está listo —dijo David—. Era… bueno, supongo que era su cuarto de costura, por la luz que tiene.
—Sí —sonrió Margarita con tristeza—. Ahí le hacía los vestidos a Diana.
—Quédese hoy —dijo Sara—. Coma con nosotros. Descanse en una cama de verdad. Mañana… mañana David revisará los papeles. Él sabe de estas cosas. Vamos a averiguar qué pasó.
Margarita miró a esta pareja de extraños. Estaban viviendo en su casa, durmiendo en sus habitaciones, criando a su familia bajo el techo que su abuela levantó. Tenía todo el derecho de odiarlos, de gritarles que se largaran. Pero al mirar sus rostros preocupados, solo vio bondad. Una bondad que su propia hermana le había negado.
—Gracias —susurró Margarita—. Solo por esta noche.
Pero mientras Sara la ayudaba a levantarse y la guiaba hacia el pasillo, Margarita tuvo la extraña sensación de que esa noche duraría mucho más. Al pasar frente al espejo del pasillo, vio su reflejo: una anciana canosa junto a una joven llena de vida.
—Diana me borró —pensó Margarita mientras entraba a la habitación de huéspedes, que olía a limpio y a ajeno—. Pero se le olvidó un detalle. Los muertos no regresan. Y yo… yo acabo de volver a nacer.
David se quedó en la cocina, sacando su teléfono. Marcó un número.
—¿Bueno? ¿Licenciado Torres? Sí, soy David Chen. Necesito que me consiga acceso a los registros de propiedad de 2009 y al registro civil… No, no es para un cliente. Es… es para mi familia. Sí, creo que acabamos de descubrir un crimen perfecto.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre los campos de agave a lo lejos, tiñendo el cielo de un rojo sangre, el mismo color de la traición, pero también el color de la guerra que estaba a punto de comenzar.
CAPÍTULO 4: El Rastro de la Serpiente
Margarita despertó con el sonido de un gallo cantando a lo lejos, un sonido que su memoria había archivado bajo la etiqueta de “vida anterior”. Por un segundo, el terror la paralizó; esperaba abrir los ojos y ver el techo de hormigón gris, sentir el colchón delgado y escuchar los ronquidos de las otras reclusas. Esperaba el grito de la guardia anunciando el pase de lista de las 6:00 AM.
Pero no hubo gritos. Solo el suave zumbido de un ventilador de techo y una luz dorada, limpia, filtrándose a través de unas cortinas blancas que ella no había cosido.
Se sentó en la cama, tocando la colcha acolchada. Estaba en la habitación de huéspedes. Estaba en su casa. Pero al mismo tiempo, era una extraña en un museo de su propio pasado.
Se vistió lentamente con la misma ropa del día anterior —no tenía otra— y alisó las arrugas de su falda con manos temblorosas. Al abrir la puerta, el aroma a café recién hecho y tocino la golpeó. Era un olor tan doméstico, tan normal, que le dieron ganas de llorar de nuevo.
En la cocina, la escena era de una actividad frenética pero silenciosa. David estaba sentado a la cabecera de la mesa de cristal, rodeado de torres de papeles, carpetas y una computadora portátil abierta. Tenía ojeras profundas y una taza de café vacía a su lado. Sara estaba junto a la estufa, volteando unos huevos, pero su atención estaba fija en su esposo.
—Buenos días —dijo Margarita desde el umbral.
David levantó la vista. Se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Buenos días, señora Margarita. Siéntese, por favor. Hay mucho que ver.
Sara le sirvió un plato de desayuno con una sonrisa débil, pero la tensión en la habitación era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Margarita apenas probó bocado. Su estómago estaba cerrado, anudado por el presentimiento de que lo que estaba a punto de escuchar le dolería más que la cárcel.
—No dormí mucho anoche —comenzó David, su voz ronca pero firme—. Tengo un amigo en el Registro Público de la Propiedad y otro en un despacho que maneja auditorías forenses. Les pedí algunos favores de madrugada.
David giró la computadora portátil para que Margarita pudiera verla, aunque para ella las hojas de cálculo y los gráficos eran como un idioma extranjero.
—Lo que hizo su hermana… —David hizo una pausa, buscando la palabra adecuada, pero no la encontró—. Diana no improvisó. Esto no fue un acto de desesperación de último minuto. Fue una demolición controlada de su vida.
—Dígamelo todo —pidió Margarita—. No me proteja. Ya soy vieja, pero no soy de cristal.
David asintió y tomó una hoja de papel impresa.
—Empezamos con la casa. La venta fue fraudulenta, basada en el acta de defunción falsa que vimos ayer. Pero eso fue solo el principio. Rastreé las cuentas bancarias asociadas a Diana en esos años.
El dedo de David recorrió una lista de transacciones.
—Un mes después de que usted fuera sentenciada, Diana organizó una “venta de garaje” masiva. Pero no vendió ropa vieja. Vendió todo el contenido de la casa.
Margarita sintió un frío en el pecho.
—¿Todo?
—Todo —confirmó David, su voz teñida de indignación—. Contactó a un anticuario en Tlaquepaque. Le vendió los muebles del siglo XIX de su abuela. La vajilla de porcelana. Los cuadros.
—¿Y el taller? —preguntó Margarita, con un hilo de voz—. ¿El taller de Roberto?
David bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.
—Vendió la maquinaria industrial y la madera almacenada a una carpintería en Ocotlán. Pero las herramientas de mano… los cinceles, los cepillos que su esposo usaba para los acabados finos…
—¿Qué hizo con ellos? —Margarita apretó el borde de la mesa hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Esas herramientas eran la extensión de las manos de Roberto. Eran sagradas.
—Las vendió por kilo a un chatarrero —dijo David suavemente—. Por 800 pesos.
Margarita cerró los ojos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, siguiendo el camino de una arruga profunda. 800 pesos. La vida de trabajo de Roberto, su arte, su pasión, vendida como basura por menos de lo que cuesta una cena.
—Es una bestia —susurró Sara desde la estufa, con la voz quebrada por la rabia—. ¿Cómo pudo hacer eso? Era su familia.
—No —dijo Margarita, abriendo los ojos. Ya no había tristeza en ellos, solo una claridad helada—. No era mi familia. Era un parásito.
—Hay más —continuó David, sabiendo que debía arrancar la curita de un solo tirón—. El dinero. Entre la venta de la casa, los terrenos, el coche, el taller y el contenido de la caja fuerte… Diana acumuló cerca de 4 millones de pesos de aquel entonces. Con la inflación, es una fortuna hoy en día.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó Margarita—. ¿Se lo gastó en el juego? Ella dijo que debía dinero a la mafia.
David negó con la cabeza y aquí fue donde su expresión cambió de lástima a algo más oscuro, más analítico.
—Esa fue la mentira que le contó a usted para que aceptara el USB. No había deudas de juego, señora Margarita. Revisé sus antecedentes crediticios de 2006. Estaba limpia. Tenía tarjetas de crédito, sí, pero nada fuera de lo normal. No había prestamistas. No había mafia.
—Entonces… ¿por qué? —Margarita estaba perdida—. ¿Por qué inventar todo eso? ¿Por qué matar a ese hombre, Gerardo Montes?
David sacó otra carpeta, esta mucho más gruesa. Tenía el logotipo de una agencia de investigadores privados.
—Anoche también contraté a un investigador, un ex federal llamado Marcos Colmenares. Es caro, pero es el mejor encontrando fantasmas. Le mandé todo lo que tenía. Me devolvió este reporte hace una hora.
David abrió la carpeta y sacó una foto granulada, impresa de un periódico viejo. En la foto se veía a Gerardo Montes, el hombre asesinado, en una gala benéfica. A su lado, colgada de su brazo, no estaba su esposa. Estaba una mujer más joven, rubia, despampanante.
Margarita se inclinó y soltó un grito ahogado.
—Es Diana. Se tiñó el pelo, pero es ella.
—Exacto —dijo David—. Según los informes policiales que fueron ignorados o enterrados durante su juicio, Diana no era solo la contadora de Montes. Era su amante. Llevaban casi un año viéndose.
—Dios mío… —Margarita se llevó la mano a la boca—. Ella me dijo que él la acosaba. Que la quería matar porque ella sabía de sus fraudes.
—Él no la quería matar —corrigió David—. Él la quería dejar. Marcos encontró correos electrónicos recuperados de una vieja investigación de la empresa. Montes estaba planeando volver con su esposa. Iba a cortar con Diana. Iba a despedirla.
Margarita empezó a ver la imagen completa, como un rompecabezas macabro que finalmente encajaba.
—Si él la despedía… ella se quedaba sin nada. Sin trabajo. Sin amante rico.
—Y sin el premio mayor —añadió David, sacando el documento final. Una póliza de seguro—. Gerardo Montes tenía un seguro de vida corporativo de 2 millones de dólares. La beneficiaria principal era su esposa. Pero había una cláusula de “hombre clave”. Si la esposa estaba inhabilitada para cobrar, o si era sospechosa del crimen, el dinero pasaba a un fideicomiso administrado por… adivine quién.
—Diana —susurró Margarita.
—Diana Marie Wilson —leyó David—. Una identidad falsa que su hermana creó usando el número de seguro social de una niña que murió en 1970. Ella falsificó los documentos para ser la administradora del fideicomiso.
La habitación quedó en silencio. El zumbido del refrigerador parecía ensordecedor.
—Entonces… —Margarita intentó ordenar sus pensamientos, que giraban como un torbellino—. Ella mató a Montes porque él la iba a dejar. Pero necesitaba a alguien a quien culpar para que el caso se cerrara rápido y ella pudiera cobrar el seguro con su identidad falsa.
—Necesitaba un chivo expiatorio perfecto —dijo Sara, sentándose junto a Margarita y tomando su mano—. Alguien que la amara tanto que no hiciera preguntas. Alguien que, si la atrapaban, nunca la delataría.
—Yo —dijo Margarita. La palabra salió como una piedra—. Su hermana mayor. La tonta que siempre la protegió.
—Usted no fue una tonta —dijo David con firmeza—. Usted fue leal. Ella usó su mejor cualidad, su amor incondicional, y lo convirtió en un arma contra usted. Eso es lo que hacen los psicópatas.
Margarita se levantó y caminó hacia la ventana. Miró hacia el patio, hacia el viejo roble que su madre había plantado. Veinte años. Veinte años pudriéndose en una celda pensando que había fallado como hermana, cuando en realidad había sido la víctima de una conspiración maestra.
La tristeza se evaporó. En su lugar, algo caliente y duro comenzó a formarse en su estómago. No era odio, era algo más útil. Era determinación.
—¿Dónde está ella? —preguntó Margarita, sin apartar la vista del árbol.
—Eso es lo más interesante —dijo David, tecleando algo en su computadora—. Marcos, el investigador, siguió el rastro del dinero. Fue difícil. Pasó por cuentas en las Islas Caimán, luego a una empresa fantasma en Delaware, y finalmente reapareció en México hace seis años.
—¿México? —Margarita se giró—. ¿Está aquí?
—En Los Cabos —dijo David—. Vive en una comunidad cerrada llamada “Paraíso del Mar”. Es una de las zonas más exclusivas de Baja California Sur.
—¿Cómo se llama ahora? —preguntó Margarita.
—Diana Hartley —respondió David—. Se casó con un cirujano estadounidense retirado, Richard Hartley. Él tiene mucho dinero. Ella vive como una reina.
Margarita miró la foto actual que el investigador había enviado. Diana se veía mayor, por supuesto, pero la cirugía plástica y el dinero la habían conservado bien. Llevaba diamantes en el cuello y una copa de champán en la mano. Se veía feliz. Se veía libre.
—Se lo gastó todo —dijo Margarita—. Mi casa, el trabajo de Roberto, mi libertad. Se lo gastó en diamantes y champán.
—Hay un detalle más —dijo David, y su tono de voz bajó, volviéndose sombrío—. El investigador encontró algo en los registros médicos privados de la señora Hartley. No me pregunte cómo lo hizo, Marcos tiene sus métodos.
—¿Qué cosa?
David miró a Margarita directamente a los ojos.
—Diana tiene cáncer. Cáncer de páncreas, etapa 4.
El mundo se detuvo por un segundo.
—¿Se está muriendo?
—Los médicos le dan seis meses —dijo David—. Tal vez menos.
Margarita sintió una mezcla de emociones tan compleja que no pudo nombrarla. ¿Alivio? ¿Justicia? ¿Pena? No. Sentía urgencia.
—Se va a morir —dijo Margarita—. Se va a ir de este mundo sin pagar por lo que hizo. Se va a ir pensando que ganó.
—Podemos demandarla —dijo David—. Podemos llevar esto a la fiscalía. Pero el proceso tardará años. Ella estará muerta mucho antes de que un juez firme una orden de arresto.
Margarita volvió a la mesa. Miró el acta de defunción falsa, la foto de Diana sonriendo con sus diamantes, y la lista de las herramientas de Roberto vendidas como chatarra.
—No tengo años, David —dijo Margarita—. Y ella tampoco. No quiero que un juez me diga que tengo razón cuando ella ya esté bajo tierra. Quiero que ella me lo diga.
—¿Qué quiere hacer? —preguntó Sara, con miedo en la voz.
Margarita levantó la barbilla. Por primera vez en veinte años, no parecía una prisionera, ni una anciana derrotada. Parecía la matriarca que debió haber sido.
—Quiero ir a Los Cabos —declaró—. Quiero verla a los ojos. Quiero que me vea viva. Y quiero que confiese. No ante un juez, sino ante mí.
—Es peligroso —advirtió David—. Ella tiene seguridad, dinero, poder. Y no tiene nada que perder.
—Yo tampoco tengo nada que perder —respondió Margarita—. Ya me quitó todo. Lo único que me queda es la verdad. Y voy a ir a buscarla.
David miró a su esposa, luego a Margarita. Suspiró, cerró su laptop con un golpe seco y se puso de pie.
—Bueno —dijo David, aflojándose el nudo de la corbata como quien se prepara para una pelea—. Voy a buscar vuelos. Y voy a llamar a Marcos. Si vamos a entrar a la boca del lobo, no vamos a ir solos.
—¿Vamos? —preguntó Margarita, sorprendida.
—Usted dijo que Roberto era un hombre bueno y honesto —dijo David—. Yo trato de serlo también. No la voy a dejar ir sola a enfrentar a esa mujer. Sara se queda, es muy arriesgado para el bebé. Pero yo voy con usted.
Margarita sintió que las lágrimas volvían, pero se las tragó. Asintió una vez, firmemente.
—Gracias, hijo —dijo.
David sonrió levemente ante el término.
—Vamos a hacer las maletas, doña Margarita. Vamos a cazar a una serpiente.
El capítulo terminó con el sonido de David tecleando furiosamente, reservando dos boletos de ida a San José del Cabo, mientras Margarita acariciaba el rosario de madera en su bolsillo, rezando no por el alma de su hermana, sino por la fuerza necesaria para destruirla.
CAPÍTULO 5: Cara a Cara en el Paraíso
El vuelo de Guadalajara a San José del Cabo duró apenas una hora y media, pero para Margarita fue un viaje a través de dimensiones. Pasó la mayor parte del trayecto con la frente pegada a la ventanilla, observando cómo el paisaje verde y marrón de Jalisco daba paso al azul profundo del Mar de Cortés y a la aridez ocre del desierto de Baja California.
Era la primera vez que subía a un avión. Durante veinte años, su horizonte había estado limitado por muros de hormigón de seis metros de altura coronados con alambre de púas. Ahora, flotando a 30,000 pies de altura, la inmensidad del cielo no le provocaba euforia, sino un vértigo existencial. Se sentía pequeña, frágil, una partícula de polvo suspendida en el aire.
David, sentado a su lado en el asiento del pasillo, revisaba documentos una y otra vez, aunque Margarita sospechaba que no estaba leyendo realmente. Su pierna rebotaba nerviosamente.
—¿Está bien, doña Margarita? —preguntó él cuando el capitán anunció el descenso.
Margarita apartó la vista de las nubes.
—Estoy volando hacia la mujer que me mató en vida, David. No sé si “bien” es la palabra. Pero estoy lista.
Aterrizaron a las 2:15 de la tarde. El calor de Los Cabos los golpeó en cuanto salieron de la terminal climatizada hacia la zona de alquiler de autos. No era el calor húmedo y pegajoso del pueblo; era un calor seco, agresivo, que quemaba la piel y secaba la garganta al instante. El aire olía a sal, a polvo y a algo más sintético: a bloqueador solar caro y combustible de jet privado.
Alquilaron un sedán discreto. David condujo por la carretera transpeninsular, pasando frente a hileras interminables de hoteles de lujo, campos de golf de un verde antinatural en medio del desierto y centros comerciales con marcas que Margarita no sabía pronunciar.
—Todo esto es mentira —murmuró Margarita, mirando a los turistas gringos en camisas floreadas que cruzaban la calle despreocupados—. Es un decorado.
—Es el lugar perfecto para alguien que quiere esconderse a plena vista —respondió David, ajustando el aire acondicionado—. Aquí nadie pregunta de dónde viene tu dinero, siempre y cuando tengas suficiente.
El GPS los guio hacia las colinas, alejándose del bullicio turístico hacia una zona más silenciosa y exclusiva. “Paraíso del Mar”. El nombre estaba escrito en letras doradas sobre un muro de piedra volcánica que parecía extenderse por kilómetros.
La entrada era una fortaleza. Una garita de seguridad con vidrios blindados y dos guardias armados bloqueaba el paso. David bajó la ventanilla. El aire caliente invadió el coche de nuevo.
—Buenas tardes —dijo David con su voz de abogado, proyectando una autoridad que Margarita sabía que estaba forzando—. Venimos a ver a la señora Diana Hartley.
El guardia, un hombre joven con rostro impasible, revisó una tablet.
—¿Tienen cita? La señora Hartley no recibe visitas no anunciadas.
—No tenemos cita, pero dígale que su hermana está aquí —intervino Margarita desde el asiento del copiloto. Su voz sonó clara, cortante.
El guardia la miró. Vio su ropa sencilla, comprada en un supermercado de descuento el día anterior por Sara. Vio su cabello blanco y sus manos trabajadas. Luego miró el coche modesto. No encajaban en “Paraíso del Mar”.
—Lo siento, señora, pero sin autorización no puedo…
—Dígale que es Margarita —insistió ella, clavando sus ojos en los lentes oscuros del guardia—. Dígale que “Mago” vino a devolverle algo. Si no nos deja pasar, me quedaré aquí en la pluma hasta que ella salga o hasta que usted llame a la policía. Y créame, a su jefa no le va a gustar el escándalo.
El guardia dudó. Algo en la determinación de esa anciana le hizo pausar. Tomó el teléfono de la garita y marcó. Murmuró algo, esperó, asintió y colgó. Su expresión había cambiado de indiferencia a sorpresa.
—La señora las espera —dijo, levantando la barrera—. Calle Vista Real, número 8. Es la última casa en el acantilado.
David condujo despacio. Las calles estaban impecables, bordeadas de palmeras y cactus esculturales. Las casas no eran casas; eran palacios modernos de vidrio y acero, fortalezas de privacidad.
Llegaron al final de la calle. La casa número 8 era una estructura blanca, minimalista, que parecía desafiar la gravedad al asomarse sobre el océano. Había una fuente en la entrada, un chorro de agua cristalina que brotaba de una esfera de mármol negro.
David apagó el motor. El silencio era absoluto, solo roto por el sonido distante de las olas rompiendo contra las rocas muy abajo.
—¿Quiere que entre con usted? —preguntó David.
—Sí —dijo Margarita—. No quiero estar sola con ella. No sé de qué soy capaz si estoy sola con ella.
Bajaron del auto. La puerta principal, una inmensa placa de madera tropical, se abrió antes de que pudieran tocar el timbre. Una empleada doméstica, vestida con un uniforme gris impecable, les hizo un gesto para que entraran. No dijo una palabra.
El interior de la casa estaba helado. El aire acondicionado estaba tan fuerte que Margarita sintió un escalofrío inmediato. Todo era blanco, crema o gris pálido. Los pisos de mármol brillaban como espejos de agua. Las paredes estaban adornadas con arte abstracto que no decía nada, cuadros enormes de manchas de color que costaban millones pero valían cero en sentimiento.
No había fotos. Ni una sola. Ni de bodas, ni de hijos, ni de padres. Era una casa sin memoria. Un mausoleo habitado.
La empleada los guio a través de un pasillo largo hasta una sala de estar con ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica del mar. La luz de la tarde inundaba el espacio, pero no lograba calentarlo.
Y allí estaba ella.
Sentada en un sillón de cuero blanco, mirando hacia el horizonte, había una figura que Margarita tardó unos segundos en reconocer.
Diana siempre había sido “la bonita”. La de las curvas peligrosas, el cabello castaño brillante, la sonrisa que desarmaba. La mujer en el sillón era un espectro.
Estaba extremadamente delgada, su cuerpo consumido se perdía dentro de una túnica de seda color turquesa. No tenía cabello; un pañuelo de seda cubría su cabeza. Su piel tenía ese tono amarillento, casi traslúcido, característico de la falla hepática avanzada.
Pero cuando giró la cabeza al escuchar sus pasos, Margarita vio lo único que quedaba de su hermana: los ojos. Esos ojos azules, fríos y calculadores, que brillaban con una inteligencia maliciosa a pesar de la morfina y el dolor.
Diana no se levantó. No podía. Pero tampoco sonrió. Solo observó a Margarita de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatos viejos, en su falda barata, en las arrugas de su rostro.
—Mago —dijo Diana. Su voz era un susurro rasposo, como papel de lija frotando contra piedra—. Sabía que vendrías. Eres tan predecible.
Margarita se quedó de pie en el centro de la sala, con David un paso detrás de ella, como una sombra protectora.
—Hola, Diana.
—Siéntate —dijo Diana, señalando el sofá frente a ella con una mano esquelética llena de anillos—. Te ves cansada. La cárcel te ha tratado mal.
Margarita no se movió.
—No vine a sentarme. Y no vine a hablar de cómo me veo.
—Siempre tan seria —Diana soltó una risa seca que terminó en una tos dolorosa. Tomó un sorbo de agua de un vaso con pajilla—. ¿Quién es tu amigo? ¿Tu abogado? ¿Tu nuevo marido?
—Es el dueño de mi casa —dijo Margarita—. De la casa que vendiste diciendo que yo estaba muerta.
Diana alzó una ceja, perfectamente dibujada sobre su rostro demacrado.
—Ah. Los compradores. Sabía que ese cabo suelto me molestaría algún día. Pero bueno, ya no importa mucho, ¿verdad? —Diana se tocó el abdomen con un gesto instintivo de dolor—. El tiempo se encarga de cerrar todos los casos.
—¿Por qué? —La pregunta salió de la boca de Margarita con una fuerza que sorprendió a David. No fue un grito, fue un disparo—. No quiero tus sarcasmos, Diana. No quiero tus juegos. Quiero saber por qué. Me diste un beso en la mejilla, me diste ese USB y me mandaste al infierno por veinte años. ¿Por qué?
Diana suspiró, como si explicarlo fuera una tarea aburrida. Miró hacia el mar, evitando la mirada de su hermana por un momento.
—Porque tú siempre fuiste la elegida, Mago. La santa. La perfecta.
—¿De qué estás hablando? —Margarita dio un paso adelante, temblando de rabia—. Yo te cuidé. Te di dinero. Te saqué de problemas mil veces.
—¡Exacto! —gritó Diana, y el esfuerzo la hizo encogerse de dolor. Recuperó el aliento y continuó, su voz llena de veneno—. Siempre eras tú la que salvaba el día. Mamá te adoraba. “Margarita es tan responsable”, “Sé como tu hermana”. Papá te dejó a cargo del taller cuando enfermó. Y cuando murieron… tú te quedaste con la casa. Con la tierra. Con la historia.
—Mamá te dejó el seguro de vida —replicó Margarita—. Te dejó dinero en efectivo. Yo solo recibí la casa vieja.
—¡Tú recibiste el hogar! —siseó Diana—. Yo recibí un cheque que me gasté en seis meses. Tú tenías raíces. Tenías a Roberto, ese carpintero aburrido que te adoraba como si fueras la Virgen María. Tenías respeto. Yo solo era la hermana desastre. La que necesitaba ayuda. Odiaba tu “ayuda”, Mago. Odiaba tu caridad.
—Entonces me destruiste por envidia —dijo Margarita, sintiendo una náusea profunda—. ¿Mataste a un hombre y destruiste a tu hermana porque querías… qué? ¿Esta casa fría? ¿Estos cuadros vacíos?
—Quería ganar —dijo Diana, mirándola fijamente—. Por una vez en mi vida, quería ser la lista. La que se lleva todo. Gerardo… Gerardo iba a dejarme. Iba a volver con su esposa y dejarme en la calle, como siempre. No iba a permitirlo. Vi la oportunidad. El seguro, la cláusula, tú… todo encajaba. Fue… elegante.
—¿Elegante? —David habló por primera vez, incapaz de contener su repulsión—. Señora, usted es una sociópata. Asesinó a su amante y condenó a su propia sangre.
Diana miró a David con desdén.
—Y tú eres un intruso en una conversación familiar. Cállate.
Volvió su mirada a Margarita.
—Sobreviví, Mago. Viví veinte años como una reina. Viajé por el mundo. Comí en los mejores restaurantes. Me casé con hombres ricos que me dieron todo lo que quise. ¿Tú qué hiciste? ¿Rezaste el rosario en una celda? ¿Te hiciste vieja esperando una justicia que no existe?
—Yo dormí tranquila —dijo Margarita suavemente—. Todas las noches, a pesar del frío y del miedo, yo dormía sabiendo que no le debía nada a nadie. ¿Tú puedes decir lo mismo?
La expresión de Diana se endureció. Una sombra pasó por sus ojos.
—Yo duermo con pastillas. Y pronto voy a dormir para siempre. Así que ahórrate el sermón moral.
—No es un sermón —Margarita se acercó hasta quedar a un metro de ella. Podía oler la enfermedad emanando de los poros de su hermana, un olor dulzón y podrido debajo del perfume caro—. Es lástima.
—¿Lástima? —Diana se rió, pero sonó frágil—. Mírame. Vivo en un palacio.
—Vives en una tumba —corrigió Margarita—. Estás muriendo sola, Diana. Tu marido no está aquí, ¿verdad? Probablemente está jugando golf o esperando a que te mueras para heredar. No tienes hijos. No tienes amigos. Y la única familia que tenías… la única persona en el mundo que te hubiera cuidado, que te hubiera limpiado el vómito y te hubiera sostenido la mano mientras te ibas… tú misma la echaste de tu lado.
El rostro de Diana se crispó. Por primera vez, la máscara de arrogancia se agrietó.
—No te necesito —dijo Diana, pero su voz tembló—. Tengo enfermeras. Tengo dinero.
—El dinero no te ama —dijo Margarita—. El dinero no va a llorar en tu funeral. Nadie va a llorar en tu funeral, Diana. Vas a desaparecer como si nunca hubieras existido. Igual que intentaste hacerme a mí.
Diana cerró los ojos. Una lágrima solitaria, traicionera, escapó de su párpado y rodó por su mejilla hundida. La limpió furiosamente con el dorso de su mano llena de diamantes.
—Vete —susurró Diana—. Vete de mi casa.
—Me voy —dijo Margarita—. Pero no porque tú me lo digas. Me voy porque ya vi lo que necesitaba ver. Pensé que venía a buscar venganza, o respuestas. Pero solo encontré a una mujer pobre. Eres la mujer más pobre que he conocido, hermana.
Margarita se dio la vuelta.
—Vámonos, David. Aquí huele a muerte.
—¡Espera! —gritó Diana, con una urgencia repentina en la voz. Margarita se detuvo, pero no se giró—. ¿Me vas a denunciar? ¿Vas a ir a la policía?
Margarita miró a David. David se tocó el bolsillo de la camisa, donde su teléfono había estado grabando cada palabra, cada confesión sádica, cada justificación torcida.
—La justicia llegará, Diana —dijo Margarita sin voltear—. Tal vez en esta vida, o tal vez en la otra. Pero tú ya estás en tu propia prisión. Y a diferencia de mí, tú no tienes fecha de salida.
Margarita caminó hacia la salida. Sus pasos resonaron firmes en el mármol, alejándose de aquel paraíso infernal. Al salir al calor abrasador de la tarde, respiró hondo. El aire del desierto quemaba, pero se sentía limpio. Se sentía real.
David caminó a su lado, en silencio, hasta que llegaron al auto. Antes de subir, David sacó el teléfono y detuvo la grabación.
—Lo tenemos todo —dijo David, con la voz temblorosa por la adrenalina—. Confesó el móvil, la ejecución, el fraude. Doña Margarita, con esto… con esto le devolvemos su vida.
Margarita miró la casa blanca una última vez. Imaginó a su hermana pequeña dentro, rodeada de silencio y oro, consumiéndose en su propio veneno.
—Mi vida ya me la devolví yo misma al entrar ahí y no matarla —dijo Margarita—. Vámonos a casa, David. Tengo ganas de ver a Sara y a mi nieto postizo.
El motor del coche rugió y se alejaron, dejando atrás el mar, el lujo y a la mujer que, teniéndolo todo, terminó sin nada.
