Capítulo 1: La Broma Cruel
Las bisagras oxidadas de la cabaña chillaron como si estuvieran sufriendo cuando Itzel empujó la puerta. El sonido hizo que la pequeña Iris, de ocho meses, soltara un llanto agudo en sus brazos. A su lado, Timothy, de apenas ocho años, se aferraba a su abrigo barato como si fuera lo único sólido en el mundo.
Detrás de ellos, la escena era digna de una telenovela de villanos. La familia Blackthornne, los parientes de su difunto esposo Garrett, estaban parados en semicírculo, con sus zapatos italianos manchándose en el camino de tierra. Parecían buitres esperando ver caer a la presa.
—¡Miren esto! —bramó Rodrik, el hermano mayor, echando la cabeza hacia atrás en una carcajada grotesca—. ¡El palacio de nuestra querida cuñada! La gran herencia mexicana.
Cordelia, con sus lentes de sol que costaban más que la vida entera de Itzel, arrugó la nariz oliendo la humedad del bosque.
—Un dólar entero de lujo, querida. Tal vez si le pones ganas, puedas rentarla como establo.
Las risas estallaron. Itzel apretó los labios hasta que se pusieron blancos. No les iba a dar el gusto. Se había gastado hasta el último centavo de sus ahorros para volar desde México hasta Inglaterra, creyendo ingenuamente en la carta del abogado. Pensó que, por la memoria de Garrett, la tratarían con dignidad. Qué estúpida había sido.
—Mamá… —Timothy le jaló la manga, con los ojos llenos de confusión—. ¿De quién es ese castillo?
El niño señalaba a través de la niebla. A lo lejos, imponente y majestuoso, se alzaba el Castillo de Ravenscroft. Sus torres de piedra perforaban las nubes bajas. Era una fortaleza de ensueño, un contraste brutal con la choza de madera podrida frente a ellos.
Marcus, el menor de los hermanos, soltó un bufido.
—Ese es el Castillo Ravenscroft, niño. Pertenece a algún lord inglés que ni siquiera vive ahí. Tu mamá puede saludarlo desde su mansión aquí abajo.
—Bueno, ya nos vamos —dijo Rodrik, mirando su reloj de oro—. Los papeles ya están listos. La cabaña es oficialmente tuya, Itzel. Disfruta tu nuevo reino, “Su Majestad”.
Subieron a sus camionetas negras y arrancaron, lanzando lodo sobre los pantalones de Timothy. El convoy desapareció, dejando a Itzel sola, en un país extraño, sin dinero y con dos niños que dependían de ella.
—¿Mamá? —preguntó Timothy con voz temblorosa—. ¿Aquí vamos a vivir?
Itzel tragó el nudo en su garganta, se agachó y le limpió la cara.
—Solo por un tiempo, mi amor. Tu papá siempre decía que los mexicanos no nos rajamos. Y no nos vamos a rajar.
Capítulo 2: El Sonido Bajo el Piso
La cabaña era un desastre, pero era sólida. “Al menos es roble”, pensó Itzel al empujar la puerta. Adentro, el polvo bailaba en los rayos de luz que entraban por las ventanas rotas. Había telarañas que parecían cortinas de encaje antiguo.
—Parece una casa de pioneros, como en la escuela —dijo Timothy, tratando de ser valiente. Pasó su manita por la pared—. Pero es súper vieja, mamá.
Pasaron la tarde limpiando lo indispensable. Timothy encontró una escoba vieja y atacó las telarañas mientras Itzel improvisaba una cama con los sacos de dormir. Al menos había una bomba de agua afuera que funcionaba. “Pequeñas misericordias”, pensó ella. No morirían de sed.
Al caer la noche, el frío de la campiña inglesa se metió hasta los huesos. Itzel logró encender una fogata en la enorme chimenea de piedra. Era extrañamente grande para una casa tan humilde.
—Mamá, ¿por qué estas piedras son diferentes? —preguntó Timothy, señalando la base de la chimenea.
Tenía razón. Las piedras de la base estaban talladas con símbolos raros, parecidos a los códices o manuscritos antiguos que Itzel había visto en libros.
—No sé, corazón. A lo mejor construyeron la cabaña encima de algo más viejo.
Cenaron galletas saladas y puré de bebé. Itzel contaba mentalmente: dos botellas de agua, una caja de pañales, tres frascos de comida. No durarían ni dos días. Mañana tendría que caminar hasta el pueblo y buscar ayuda, tal vez limpiar casas o lavar platos.
Timothy se quedó dormido rápido, pero Itzel no podía. El silencio del bosque era abrumador. Se levantó para revisar a Iris y fue entonces cuando lo notó.
El piso en el centro de la habitación.
Las tablas no eran del mismo color que las de los bordes. Eran ligeramente más nuevas, como un parche.
Y entonces, un sonido.
Tump… tump…
No era el crujido de la madera asentándose. Sonaba como eco. Como pasos lejanos en piedra, retumbando desde las entrañas de la tierra.
Timothy se sentó de golpe en su saco de dormir.
—Mamá… ¿qué fue eso?
—No sé —susurró Itzel, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—. Pero lo vamos a averiguar.
Capítulo 3: La Escalera hacia la Oscuridad
La luz de la mañana se filtraba por las ventanas rotas de la cabaña como lanzas de polvo dorado, pero no traía calor. El frío de la campiña inglesa era húmedo, de esos que se meten debajo de la ropa y se instalan en los huesos. Itzel se frotó los brazos, tratando de generar fricción sobre su suéter desgastado, mientras observaba a sus hijos.
Iris dormía en su portabebé, ajena a la miseria que los rodeaba, pero Timothy estaba despierto, sentado en su saco de dormir con las rodillas pegadas al pecho. Sus ojos oscuros, idénticos a los de su padre, estaban fijos en el centro de la habitación.
—No se ha escuchado nada más, ¿verdad, mamá? —preguntó el niño en un susurro, como si temiera despertar a la casa misma.
Itzel negó con la cabeza, aunque ella tampoco había pegado el ojo. Ese sonido de la noche anterior… ese tum-tum hueco y rítmico bajo el suelo, no había sido el viento. Tampoco había sido un animal. Sonaba a espacio vacío. A secreto.
—Seguro fue la madera asentándose, mi amor. Las casas viejas tienen sus propios ruidos —mintió Itzel, forzando una sonrisa tranquilizadora mientras le pasaba una galleta salada, el triste desayuno que les quedaba—. Come. Necesito que tengas energía.
—¿Para qué? —preguntó él, mordisqueando la galleta con desgano.
—Porque hoy vamos a averiguar qué hay ahí abajo.
La curiosidad había vencido al miedo. O tal vez no era curiosidad, sino desesperación. Itzel sabía que no tenían dinero para regresar a México, ni para un hotel, ni siquiera para comida decente más allá de dos días. Si esa cabaña escondía algo —lo que fuera, cobre viejo, herramientas, antigüedades—, ella tenía que encontrarlo y venderlo.
Dejó a Timothy vigilando a la bebé y salió al cobertizo trasero. El aire olía a tierra mojada y pino. El cobertizo estaba a punto de colapsar, lleno de macetas rotas y herramientas agrícolas oxidadas que parecían instrumentos de tortura medieval. Itzel revolvió entre la basura, apartando telarañas pegajosas que se le adherían al cabello, hasta que sus dedos se cerraron alrededor de algo frío y pesado.
Una barreta. Estaba cubierta de óxido naranja, pero el acero se sentía sólido.
—Con esto bastará —murmuró para sí misma, sopesando el arma improvisada.
Regresó a la sala principal. El sol iluminaba ahora perfectamente la sección del piso que la había mantenido despierta. Eran cuatro tablas, ligeramente más anchas y de un tono de madera sutilmente diferente al resto del roble envejecido. Si uno no prestaba atención, parecían normales. Pero Itzel, hija de un carpintero en Iztapalapa, sabía reconocer un trabajo posterior. Esas tablas no eran originales. Habían sido puestas allí para tapar algo.
—Timothy, agarra a tu hermana y vete al rincón más alejado, cerca de la chimenea —ordenó Itzel, su voz tensa pero controlada.
—¿Vas a romper el piso? —Los ojos del niño se abrieron con alarma—. ¿Y si nos regañan los tíos? Dijeron que la casa era nuestra, pero…
—Es nuestra casa, Tim. Y si quiero romper el piso, lo rompo. Hazme caso.
El niño obedeció, cargando el portabebé con una responsabilidad que no le correspondía a su edad. Itzel se arrodilló frente a las tablas desiguales. Rezó un Ave María rápido, más por costumbre que por fe en ese momento, y clavó el extremo plano de la barreta en la ranura entre dos tablones.
—Uno, dos… ¡y tres!
Empujó con todo su peso. La madera gimió. Fue un sonido agudo, como un chillido de protesta. El clavo viejo que sujetaba la tabla estaba calcificado, resistiéndose a salir. Itzel gruñó, el sudor perlando su frente a pesar del frío.
—¡Vamos… muévete! —siseó.
Cambió el ángulo y volvió a hacer palanca, esta vez usando el hombro. Hubo un estallido seco, como un disparo, que hizo que Timothy diera un respingo. La madera cedió. Astillas volaron por el aire y el olor a encierro, un olor almizclado y antiguo, brotó de la grieta recién abierta.
Itzel jadeó, recuperando el equilibrio. Con las manos temblorosas, agarró la tabla suelta y la arrancó de un tirón.
Lo que vio la dejó paralizada.
No había tierra compactada. No había vigas podridas ni nidos de ratas. Había un vacío negro, profundo.
—¿Mamá? —la voz de Timothy sonó lejana.
Itzel no respondió de inmediato. Arrancó la segunda tabla, luego la tercera, con una urgencia frenética. El hueco se hizo lo suficientemente grande para que pasara un hombre adulto. Se inclinó con cuidado sobre el borde, esperando ver el fondo, pero la oscuridad era absoluta.
Sin embargo, algo reflejó la poca luz que entraba por la ventana.
—Piedra —susurró Itzel—. Es piedra tallada.
No era un pozo. Era el inicio de una escalera. Escalones de granito gris, cortados con precisión, descendían en espiral hacia las entrañas de la tierra.
—Timothy —dijo ella, sin apartar la vista del abismo—, pásame la linterna que traes en tu mochila. La de Batman.
El niño corrió y se la entregó. Era una linterna pequeña, de juguete, con pilas baratas, pero era todo lo que tenían. Itzel la encendió y apuntó hacia abajo. El haz de luz amarilla cortó la oscuridad, revelando escalón tras escalón. Las paredes del túnel vertical no eran de tierra, sino de mampostería antigua, bloques de piedra unidos con una técnica que Itzel nunca había visto en construcciones modernas.
—Parece… parece la entrada a una mazmorra, mamá —dijo Timothy, acercándose con cautela pero fascinado.
—O un sótano —dijo Itzel, tratando de sonar pragmática—. Tal vez ahí guardaban comida o vino.
Pero su instinto le gritaba que eso no era una bodega de papas. El aire que subía no olía a podrido. Era un aire frío, pero extrañamente limpio, con un leve aroma a cera y papel viejo.
Itzel se puso de pie y se sacudió el polvo de las rodillas. Miró a sus hijos. La opción sensata, la opción de una madre “buena”, hubiera sido tapar el hueco, poner un mueble encima y salir corriendo al pueblo a pedir ayuda. Pero la ayuda no existía. Estaban solos. Y si ahí abajo había algo de valor, cualquier cosa que pudiera vender para comprar boletos de regreso a casa, tenía que bajar.
—Vamos a bajar —anunció.
—¿Con Iris? —preguntó Timothy, horrorizado.
—No la voy a dejar aquí arriba sola, y no te voy a dejar a ti tampoco. Somos un equipo, ¿recuerdas? Donde va uno, van todos.
Itzel tomó su rebozo, ese trozo de tela mexicana que había viajado con ella cruzando el océano, y ató a Iris firmemente contra su pecho. La bebé, sintiendo el calor de su madre, se quedó tranquila. Luego, Itzel se volvió hacia su hijo mayor.
—Escúchame bien, Timothy Blackthornne. Vas a ir detrás de mí. Vas a agarrar mi cinturón con una mano y no me vas a soltar por nada del mundo. Si te digo “corre”, subes estas escaleras y no paras hasta llegar a la carretera. ¿Entendido?
El niño asintió solemnemente, tragando saliva. Sus manitas se aferraron al cinturón de mezclilla de Itzel con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Está bien, mamá. Estoy listo.
Itzel puso un pie en el primer escalón de piedra. Estaba firme. Sólido como una montaña.
Comenzaron el descenso.
Uno. Dos. Tres.
Itzel contaba mentalmente. La luz de la linterna de Batman bailaba sobre las paredes curvas de piedra. A medida que bajaban, la temperatura descendía, pero el silencio se volvía más pesado, casi reverente.
Diez. Once. Doce.
—Mamá —susurró Timothy—, mira las paredes.
Itzel movió el haz de luz. Grabado en la piedra, a la altura de sus ojos, había un símbolo repetido cada cierto tramo: Un cuervo con las alas extendidas, sosteniendo una corona en sus garras.
—Es un escudo —murmuró ella—. Como los que vimos en el aeropuerto, en los folletos turísticos.
Al llegar al escalón número diecisiete, sus pies tocaron suelo plano. Itzel barrió la habitación con la linterna y el aliento se le atoró en la garganta.
No era un sótano pequeño. Era una cámara abovedada, tallada directamente en la roca viva. El techo se arqueaba sobre ellos, alto y majestuoso. A lo largo de las paredes, había soportes de hierro oxidados donde alguna vez debieron haber antorchas. Pero lo más impresionante eran los tapices. Colgaban en jirones, descoloridos por los siglos y roídos por el tiempo, pero aún se distinguían los hilos de oro y plata que formaban escenas de batallas, caballeros y castillos.
—¡Wow! —exclamó Timothy, su voz haciendo eco en la cámara—. Es como una película de caballeros. ¿Crees que aquí vivía un rey?
—No lo sé, mi amor. Pero esto no es una bodega.
Itzel avanzó lentamente hacia el centro de la habitación. El suelo estaba libre de escombros, como si alguien lo hubiera barrido hace décadas y luego cerrado la puerta para siempre. Y allí, justo en el medio, descansando sobre una plataforma de piedra baja, había un objeto que no encajaba con la antigüedad del lugar.
Un cofre.
No era un cofre medieval de hierro bruto. Era un baúl de madera noble, oscura y pulida, reforzado con bandas de plata que, aunque empañadas, denotaban una calidad exquisita. Lo más extraño era que no tenía la capa gruesa de polvo gris que cubría el resto de la habitación. Parecía haber sido colocado allí… recientemente. Quizás hace cincuenta años, no quinientos.
El corazón de Itzel latía tan fuerte contra sus costillas que temía despertar a Iris.
—Quédate atrás, Tim —advirtió ella, soltándose suavemente del agarre de su hijo.
Se acercó al cofre. Tenía una cerradura plateada, pero no había candado. Itzel pasó sus dedos callosos por la madera suave. ¿Qué habría adentro? ¿Oro? ¿Joyas? ¿O simplemente ropa vieja y polillada?
“Por favor, Diosito, que sea algo que valga dinero”, suplicó internamente.
Puso ambas manos bajo la tapa pesada y tiró hacia arriba.
Las bisagras estaban increíblemente bien aceitadas; la tapa se levantó sin un solo ruido, revelando un interior forrado en terciopelo azul oscuro.
No había monedas de oro.
Itzel sintió una punzada inicial de decepción, pero esta se desvaneció rápidamente al ver lo que sí había.
El cofre estaba repleto de documentos. Rollos de pergamino amarillento atados con cintas de seda deshechas, libros encuadernados en cuero que olían a historia, y mapas plegados con precisión militar. Todo estaba envuelto en cuero aceitado para protegerlo de la humedad.
—¿Son solo papeles? —preguntó Timothy, asomándose por encima de su codo, decepcionado—. Eso no sirve para comprar comida.
—A veces los papeles valen más que el oro, hijo —respondió Itzel, aunque no estaba segura de creerlo ella misma.
Con cuidado extremo, como si estuviera desactivando una bomba, Itzel tomó el primer documento de la pila. Era un pergamino grueso, hecho de piel de animal, no de papel. Colgaba de él un sello de cera roja, pesado y agrietado, con la impresión de un escudo real. Aunque Itzel no sabía mucho de historia británica, reconocía la autoridad cuando la veía.
Debajo de ese pergamino, había planos. Mapas detallados dibujados a mano con tinta china negra y roja. Itzel desplegó uno sobre el suelo de piedra.
—Mira esto, Tim —señaló con el dedo tembloroso.
Era un mapa del valle. Ahí estaba el bosque, el río… y el castillo. Pero había una línea roja, una línea punteada que salía del castillo y cruzaba todo el valle hasta terminar en un pequeño dibujo cuadrado.
El dibujo de su cabaña.
Y debajo del dibujo de la cabaña, una palabra escrita en caligrafía elegante: “La Puerta”.
—La cabaña está conectada al castillo —susurró Itzel, la comprensión empezando a amanecer en su mente—. Por eso el túnel.
Siguió buscando en el cofre. Había libros de contabilidad, árboles genealógicos con nombres que se remontaban al año 1300, y títulos de propiedad con sellos oficiales. Pero fue lo que encontró al fondo del cofre lo que hizo que el mundo se detuviera.
Era un sobre moderno. Un sobre blanco, común y corriente, que desentonaba violentamente con los pergaminos medievales.
En el frente, escrito con bolígrafo de tinta azul, había una sola línea. Una letra que Itzel conocía mejor que la suya propia. Una letra que había visto en tarjetas de cumpleaños, en listas del supermercado y en notas de amor dejadas en el refrigerador.
Decía: “Para mi amada Itzel”.
Itzel soltó el aire de sus pulmones en un sollozo ahogado. Cayó de rodillas sobre la piedra fría, apretando el sobre contra su pecho.
—¿Mamá? —Timothy se asustó, tocándole el hombro—. ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
—Es… es letra de tu papá —logró decir ella, con la voz rota.
Con manos que temblaban violentamente, rasgó el sobre. Sacó una hoja de papel rayado, arrancada de un cuaderno cualquiera, y la desdobló bajo la luz de la linterna.
“Mi vida,” comenzaba la carta, y al leerlo, Itzel pudo escuchar la voz suave y firme de Garrett en su cabeza, tan clara como si estuviera parado a su lado en esa cripta fría.
“Si estás leyendo esto, significa que mis peores temores se hicieron realidad y mi familia te ha tratado como basura. Seguramente te dieron la cabaña del abuelo Thomas pensando que era una broma cruel, una ruina sin valor para humillarte.”
Itzel se tuvo que detener para limpiarse las lágrimas que caían sobre el papel.
“Pero ellos no saben la verdad, Itzel. Nadie la sabe. Solo el abuelo Thomas y yo. Cuando el abuelo compró esta tierra en los años 50, no compró una cabaña vieja. Compró la entrada original. Compró la prueba.”
Itzel leyó más rápido, sus ojos devorando las palabras.
“Rodrik y Cordelia creen que son los dueños del mundo, pero son unos impostores. Los documentos en este cofre prueban que el linaje real se rompió hace tres generaciones para ellos, pero no para nosotros. La cabaña es la llave, mi amor. Todo lo que ves aquí, los títulos, las concesiones reales de 1398, los mapas de los túneles… todo demuestra que Ravenscroft no les pertenece a ellos.”
La última frase de la carta estaba subrayada con fuerza, el bolígrafo casi rompiendo el papel.
“Pertenece a nuestros hijos. Pertenece a Timothy y a Iris. No tengas miedo, mi amor guerrera. Toma estos papeles y ve a la ciudad. Destrúyelos con la verdad. Te amaré por siempre, Garrett.”
Itzel bajó la carta lentamente. El silencio de la cámara subterránea ya no parecía aterrador. Parecía expectante. Se sentía como si los fantasmas de los antiguos caballeros en los tapices estuvieran conteniendo la respiración, esperando ver qué haría la pequeña mujer mexicana con el destino de su legado.
Ella levantó la vista y miró a Timothy. El niño la observaba con miedo y esperanza.
—¿Qué dice papá? —preguntó él en voz baja.
Itzel se secó las lágrimas con la manga de su suéter. Una nueva fuerza, caliente y feroz, empezó a correr por sus venas, borrando el frío, el hambre y el miedo. Se puso de pie, guardando la carta en su bolsillo como si fuera un arma cargada.
—Dice que tenías razón, mijo —dijo Itzel, y por primera vez en semanas, su voz sonó poderosa—. Dice que ese castillo allá arriba… ese castillo es tuyo.
—¿Mío?
—Tuyo y de tu hermana. Y dice que vamos a ir a reclamarlo.
Itzel se agachó y comenzó a meter los documentos más importantes en su mochila: los pergaminos con sellos reales, el mapa de los túneles y el árbol genealógico. Cerró el cofre con un golpe seco que resonó como un cañonazo en la cámara de piedra.
—Vámonos, Timothy. Tenemos mucho trabajo que hacer.
Mientras subían la escalera de caracol hacia la luz del día, Itzel ya no se sentía como la viuda pobre a la que le habían dado una limosna. Se sentía como una reina que regresaba del exilio, lista para prenderle fuego al reino de mentiras de los Blackthornne.
