CAPÍTULO 1: ECOS EN LA COCINA
Doña Martina había aprendido que las mañanas más silenciosas a menudo guardaban las tormentas más ruidosas.
A sus 71 años, Martina había enterrado a un marido, criado a dos hijos y, cuando pensaba que su trabajo en esta tierra ya estaba hecho, tuvo que empezar todo de nuevo con dos nietos que llegaron a su puerta una noche de lluvia, con nada más que la ropa puesta y el terror tatuado en los ojos.
Eso había sido hace diez años.
Ahora, esos niños tenían 16 y 14 años. Y esa mañana, como todas las mañanas en su vieja casona a las afueras de Zacatlán de las Manzanas, Martina agudizaba el oído esperando los sonidos que le confirmaban que su mundo seguía girando: el crujido de la madera en el piso de arriba, el golpe sordo de una mochila cayendo al suelo.
Los sonidos llegaron, puntuales como la salida del sol tras la neblina de la sierra. Martina sonrió para sus adentros y prendió la estufa para calentar las tortillas.
La cocina era el corazón de esa casa. La mesa de madera maciza, llena de cicatrices y quemaduras de cigarro de tiempos mejores, era la misma donde había alimentado a sus propios hijos décadas atrás. Ahora, era el lugar donde Laura desplegaba folletos de universidades en la Ciudad de México y donde Marcos discutía por qué debería poder quedarse despierto jugando videojuegos hasta tarde. Las marcas en la madera contaban una historia que abarcaba generaciones.
La puerta trasera se abrió y su perro, un mestizo negro llamado “Solovino” —porque así llegó, solo vino y se quedó el mismo año que los niños—, entró trotando tras su patrullaje matutino por la huerta. Fue directo al punto junto a la estufa donde Martina siempre dejaba caer “accidentalmente” un pedacito de queso o tortilla.
—Todavía nada —le susurró ella—. Ten paciencia, viejo.
Solovino se sentó pesadamente, barriendo el piso de loseta con la cola en arcos lentos y esperanzados.
Laura apareció primero en el umbral, ya vestida con el uniforme de la preparatoria, el cabello oscuro recogido en una coleta restirada que revelaba los ángulos afilados de su rostro. Tenía los pómulos de su madre y los ojos de su padre, una combinación que a veces tomaba a Martina por sorpresa, como si un fantasma del pasado cruzara su cocina buscando sal.
Pero ahí terminaba el parecido. Todo lo demás en Laura —su firmeza, su determinación silenciosa, la forma en que se movía por el mundo con una intención cuidadosa—, eso era todo suyo. Eso era lo que diez años de ser criada por una abuela que nunca faltó ni un solo día habían construido.
—Buenos días, ‘Buelita —Laura besó la mejilla de Martina, que olía a jabón de lavanda y masa de maíz, y buscó el jugo de naranja en el refrigerador.
—¿Dormiste bien, mija?
—Lo suficiente. ¿El flojo de mi hermano ya se levantó?
—La regadera está sonando. Bajará en diez minutos si bien nos va.
Laura puso la mesa con movimientos mecánicos y eficientes. Martina servía los huevos a la mexicana. Solovino se reubicó estratégicamente entre ellas, como un árbitro hambriento.
—¿Tienes ese examen de historia hoy? —preguntó Martina, sirviendo café de olla en dos tazas de barro.
—Fue ayer, ‘Bue. Creo que me fue bien. Mejor que bien, probablemente —Laura sonrió, una expresión pequeña y rápida que no regalaba a cualquiera—. Ya veremos.
Marcos bajó las escaleras como si fuera una manada de búfalos, con el cabello todavía goteando y la camisa del uniforme desfajada de un lado. A los 14 años, había dado el estirón, creciendo diez centímetros en el último año, y su cuerpo parecía permanentemente confundido sobre dónde debían ir sus extremidades.
—Me muero de hambre —anunció, dejándose caer en su silla, que gimió bajo el impacto.
—Buenos días a ti también —dijo Martina con esa sequedad cariñosa que solo las abuelas mexicanas dominan.
—Buenos días, ‘Buelita. Me muero de hambre.
Laura rodó los ojos, pero no había malicia en el gesto. Este era su ritmo. La burla suave, la rutina cómoda, las pequeñas negociaciones de una familia que no se había forjado solo por sangre, sino por elección y compromiso, y por mil mañanas ordinarias como esta.
Martina puso el plato de huevos frente a Marcos y se sentó en su propia silla, con su café entre las manos. Por un momento, solo los observó comer. Marcos inhalaba la comida como si llevara semanas perdido en el desierto de Sonora. Laura, más mesurada, comía con elegancia.
Estos momentos eran su recompensa. Cada noche de insomnio, cada hora de angustia, cada sacrificio que había hecho en la última década; todo valía la pena por mañanas como esta. Los niños que había criado se estaban convirtiendo en buenas personas. Gente de bien. El tipo de personas que están.
El pensamiento la llevó, como a veces sucedía, a la que no estuvo.
Teresa había sido la única hija de Martina, la bebé de la familia, la que siempre había necesitado más atención, más consuelo, más pruebas de que era amada. Martina se lo había dado todo, a veces a expensas de su hijo mayor, Miguel, aunque no lo vio claramente hasta mucho después.
Teresa se había casado joven, demasiado joven, decían todos en el pueblo, aunque nadie lo dijo lo suficientemente alto. Se casó con David Chen, un contador tranquilo, hijo de inmigrantes, que la adoraba con una intensidad que preocupaba a Martina tanto como la aliviaba. David era firme. David era responsable. David cuidaría de Teresa de formas que Martina ya no podía.
Y lo hizo. Durante nueve años, lo hizo.
Luego, David murió en un accidente de auto en la autopista a Puebla, bajo una lluvia torrencial. Y todo lo que Martina había construido para su hija se deshizo como papel mojado.
Los primeros meses después del funeral, Teresa parecía estar sobrellevándolo. Tenía a los niños en quienes enfocarse, la casa que mantener, el seguro de vida que administrar. Venía a las comidas familiares los domingos. Contestaba el teléfono. Sonreía cuando era apropiado.
Martina debió haber visto las grietas. Ella había criado a la muchacha, después de todo. Sabía cómo Teresa manejaba el dolor: no enfrentándolo, sino huyendo de él, enterrándolo bajo algo que se sintiera mejor, aunque ese “algo” fuera veneno.
El veneno tenía nombre y apellido: Gregorio Holloway.
Apareció en un grupo de apoyo para el duelo. Guapo, con labia, divorciado y con aires de grandeza. Le dijo a Teresa exactamente lo que ella quería oír: que era demasiado joven para pasarse la vida vestida de luto, que merecía ser feliz, que los niños se adaptarían.
Esa última parte, Martina nunca la olvidaría. “Los niños se adaptarán”, como si fueran macetas que cambias de ventana.
A los seis meses de la muerte de David, Teresa ya hablaba de empezar de nuevo. Una ciudad nueva, una vida nueva. Gregorio tenía “negocios” en Arizona, en el otro lado. Decía que allá estaba el futuro. No había nada que la atara a México.
Nada, excepto una niña de seis años y un niño de cuatro que ya habían perdido a su padre.
Martina intentó razonar, luego suplicar. Luego, en una conversación terrible que todavía repetía en su mente durante las noches de insomnio, gritó.
—¡No puedes simplemente dejarlos! Son tus hijos, Teresa.
—No los estoy abandonando, mamá. Tú los vas a cuidar.
—Eso no es lo mismo y lo sabes.
La cara de Teresa había sido una máscara. Hermosa, blanca y totalmente impenetrable.
—No puedo ser lo que necesitan ahora. Apenas puedo cuidarme a mí misma. Tú harás un mejor trabajo. Siempre lo haces.
La última frase aterrizó como una bofetada. Martina escuchó la acusación enterrada en ella: Tú me hiciste así. Tú hiciste que te necesitara demasiado. Ahora arréglalo.
Y entonces, dos semanas después, Teresa se había parado en ese mismo porche con una maleta en la mano y un auto rentado en la entrada. Gregorio esperaba al volante, con lentes oscuros, sin siquiera molestarse en bajar a saludar.
Laura se había aferrado a la pierna de Martina, demasiado pequeña para entender completamente, pero lo suficientemente grande para sentir que el mundo se rompía. Marcos estaba en brazos de Martina, llorando porque su hermana lloraba, porque su madre se iba, porque el universo había dejado de tener sentido.
—Mandaré dinero cuando pueda —había dicho Teresa, evitando mirar a los niños a los ojos—. Llamaré cada semana.
Mandó dinero dos veces en el primer año. Luego, paró en seco. Llamó cuatro veces. Luego, seis meses de silencio. Luego, una tarjeta de cumpleaños para Laura que llegó tres semanas tarde y sin remitente. Luego, nada.
Durante diez años, nada.
Martina había contratado a un investigador privado cuando los niños empezaron a hacer preguntas difíciles. Supo que Teresa y Gregorio habían cruzado a Arizona, luego a Nevada, luego a Colorado. Se casaron, se divorciaron, volvieron, se divorciaron de nuevo. Teresa había trabajado en una serie de empleos mediocres: camarera, recepcionista, vendedora, nunca quedándose en ningún lugar mucho tiempo.
Gregorio eventualmente la dejó por otra, y Teresa se fue a la deriva, volviéndose más difícil de rastrear. El último avistamiento confirmado había sido hacía tres años. Una mujer que coincidía con la descripción de Teresa trabajando en un restaurante de carretera a las afueras de Reno. Después de eso, el rastro se enfrió.
Y de alguna manera, imposiblemente, la vida siguió.
Día a día, lo bueno se acumuló, lo malo se suavizó. Los niños dejaron de brincar cada vez que un auto se detenía en la entrada. Dejaron de preguntar cuándo volvería su mamá. Empezaron a llamar a Martina “Mami” o “‘Buelita” con naturalidad. Y habían construido una familia.
No la familia que ninguno de ellos hubiera elegido si les hubieran dado la opción, pero una familia al fin y al cabo. Real, imperfecta y robusta como la vieja casona que los cobijaba.
—¿’Buelita? —la voz de Laura la trajo de vuelta al presente. La miraba con esa mirada perceptiva que veía demasiado—. ¿Estás bien? Te fuiste lejos.
—Lo siento, mi vida. Estaba pensando… tonterías de viejas.
—Estabas pensando en ella, ¿verdad? —Laura no se andaba con rodeos.
Martina suspiró, dejando la taza sobre la mesa.
—A veces. Es difícil no hacerlo cuando veo cuánto han crecido.
—Yo no pienso en ella —dijo Marcos con la boca llena de tortilla—. Bueno, casi no.
—Termina de masticar antes de hablar, por favor —le corrigió Martina automáticamente.
—Se nos va a hacer tarde para el camión —Laura se levantó, recogiendo los platos.
Martina los observó moverse por la cocina, eficientes, vivos. Eran su obra maestra.
—Vayan —les dijo—. O el chófer se va a ir sin ustedes y no pienso llevarlos al pueblo.
Marcos agarró su mochila y le dio un beso rápido en la frente a su abuela. Laura se detuvo un segundo más, apretando el hombro de Martina.
—Te queremos, ‘Buelita.
—Y yo a ustedes, chamacos. Más que a mi vida.
Martina los vio salir por la ventana, subir al transporte escolar que bajaba de la montaña, y suspiró. Solovino se recargó en su pierna.
—Solo nosotros ahora, viejo —le dijo al perro—. Vamos a ver cómo van los tomates.
CAPÍTULO 2: EL RETORNO DE LA EXTRAÑA
El aire de octubre estaba fresco, con ese filo frío típico de la sierra poblana, cuando Martina salió al porche trasero. Solovino trotaba adelante para investigar a una ardilla que había sido lo suficientemente valiente como para aventurarse en el patio.
El jardín ya estaba casi listo para dormir por el invierno. Las plantas de tomate estaban secas, las calabazas cosechadas. A Martina le gustaba esta época del año, la desaceleración, la sensación de tarea cumplida antes del largo sueño del invierno. Estaba arrodillada en la tierra, arrancando hierba mala, cuando escuchó el sonido inconfundible de neumáticos triturando la grava.
Esto era inusual.
No esperaba a nadie. El cartero pasaba por la tarde. Su vecina, Doña Elena, siempre gritaba desde la cerca antes de entrar.
El ladrido de Solovino cambió de juguetón a alerta. Abandonó la ardilla y corrió al lado de Martina, con el cuerpo tenso, el pelo del lomo erizado, la atención fija en el frente de la casa.
Martina se levantó despacio, sacudiéndose la tierra de las rodillas. Sus articulaciones se quejaron —siempre lo hacían ahora—, pero las ignoró. Caminó rodeando la casa, con Solovino pegado a su pierna, gruñendo bajo.
Un auto de alquiler estaba parado en la entrada. Un sedán gris genérico, limpio, de esos que rentan en el aeropuerto de la Ciudad de México. Y parada junto a él, mirando la fachada de la vieja casona con una expresión que Martina no pudo descifrar, estaba una mujer que no había visto en diez años.
Teresa.
El corazón de Martina se detuvo, luego arrancó de nuevo con una sacudida dolorosa.
Su hija se veía diferente. Mayor, más delgada, con líneas alrededor de los ojos y la boca que no estaban allí antes. Su cabello, antes teñido de rubio para “encajar” en el norte, ahora era castaño oscuro, recogido en una coleta simple. Llevaba jeans de marca y una chaqueta negra de cuero, y se paraba con una tensión que sugería que esperaba que le soltaran los perros.
Debería hacerlo, pensó Martina salvajemente. Debería soltarle a Solovino y decirle que nunca vuelva.
Pero sus pies no se movían.
Teresa la vio. Algo parpadeó en su rostro. ¿Esperanza? ¿Miedo? ¿Cálculo? Martina no pudo decirlo.
—Mamá.
La palabra aterrizó como una piedra en agua estancada.
Solovino gruñó, un sonido bajo y peligroso que vibraba en su pecho. Nunca había conocido a esta mujer, pero sentía la angustia de Martina, y no le gustaba.
Se quedaron allí, madre e hija, separadas por diez metros de grava y diez años de silencio.
—Regresé —dijo Teresa, como si eso explicara todo. Como si aparecer pudiera deshacer una década de ausencia—. Puedo ver que sigues aquí.
—Esta es mi casa, Teresa. ¿Dónde más iba a estar? —la voz de Martina salió más firme de lo que se sentía.
—Necesito hablar contigo. Sobre los niños.
Algo frío se asentó en el pecho de Martina. Supo, repentina y completamente, que la conversación tranquila de esa mañana con Laura no había sido coincidencia. Que Laura había estado presintiendo algo, como los animales presienten los temblores antes de que la tierra se mueva.
La tormenta había llegado.
—Entonces habla —dijo Martina, cruzándose de brazos—. Pero no vas a entrar.
Teresa parpadeó, sorprendida por la barrera física. Dio un paso hacia el porche, pero Solovino dio un paso adelante, mostrando los dientes. Teresa se detuvo.
—¿Es en serio, mamá? ¿En la calle?
—No te has ganado el derecho a sentarte en mi mesa. Habla.
Teresa suspiró, sacando un paquete de cigarros de su bolso, luego lo volvió a guardar al ver la mirada de Martina.
—He estado yendo a terapia —dijo Teresa, soltando las palabras rápido—. Los últimos dos años. Trabajando en todo. La muerte de David, mis errores… por qué hice lo que hice.
—¿Terapia? —Martina soltó una risa seca, sin humor—. ¿Y tu terapeuta te dijo que vinieras aquí a perturbar a dos niños que finalmente encontraron paz?
—Mi terapeuta me ayudó a entender que no puedo avanzar sin enfrentar lo que dejé atrás —las manos de Teresa temblaban—. Necesito verlos, mamá. A Laura y a Marcos. Necesito que sepan que lo siento.
Martina sintió algo caliente y peligroso subir por su garganta.
—No necesitan tus disculpas. Necesitaban a su madre. Hace diez años, te necesitaban a ti.
—¡No podía! Estaba rota…
—¡Elegiste no estar! —la voz de Martina cortó el aire como un machete—. Hay una diferencia, Teresa. Yo tenía 61 años. Tu padre ya estaba enfermo del corazón. Nos habíamos ganado nuestro descanso. Pero tomamos a esos niños porque alguien tenía que hacerlo, y tú dejaste muy claro que ese alguien no ibas a ser tú.
Teresa empezó a llorar. Lágrimas silenciosas que resbalaban por un maquillaje impecable.
—Me fui porque me estaba muriendo aquí. Todo me recordaba a David. Gregorio dijo…
—Gregorio —Martina escupió el nombre—. Te fuiste con un hombre que apenas conocías a una vida que no incluía a tu propia sangre. ¿Sabes lo que Laura me preguntaba cada noche durante el primer año? Preguntaba qué había hecho mal. Tenía seis años y pensaba que su madre se había ido por su culpa.
Teresa soltó un sollozo.
—Y Marcos… —la voz de Martina se quebró—. Dejó de hablar. Tres meses, Teresa. Tres meses sin decir una palabra. La escuela quería reprobarlo. Pensaban que tenía retraso. No tenía nada, excepto que su madre lo tiró como basura.
—Mandé dinero…
—¡Mandaste dinero dos veces! —Martina dio un paso adelante, ignorando el dolor en sus rodillas—. ¿Crees que eso es lo que necesitaban? ¿Un cheque? Necesitaban que estuvieras ahí. Y no estuviste.
Las palabras flotaron en el aire entre ellas. Brutales y verdaderas.
Teresa se limpió la cara con el dorso de la mano. Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado. Era más dura, más desesperada. Ya no era la hija pidiendo perdón. Era otra cosa.
—Quiero ser parte de sus vidas ahora. Sé que no puedo deshacer el pasado, pero puedo estar aquí para su futuro. Yo quiero… —se detuvo, pareció reunir valor—. Quiero la custodia.
El mundo se detuvo. Los pájaros dejaron de cantar. El viento dejó de mover los pinos.
—¿Qué dijiste?
—Quiero a mis hijos de vuelta —Teresa se enderezó, enfrentando a su madre con algo que parecía desafío—. Soy su madre. Tengo derechos. He estado estable por dos años. Tengo un trabajo, un departamento en la Ciudad de México. Puedo mantenerlos.
—¿Quieres la custodia? —Martina repitió las palabras como si fueran un idioma extranjero—. Después de diez años de nada, ¿quieres arrancarlos del único hogar que han conocido?
—Este no es su hogar. Es el tuyo. Ellos deberían estar con su madre.
—¡Yo soy su madre! —el grito salió de lo más profundo de las entrañas de Martina—. Yo soy la que se sentó con ellos cuando tenían fiebre. Yo soy la que ayudó con la tarea y fue a los festivales del día de las madres. Yo soy la que estuvo. Cada. Maldito. Día. Tú no puedes entrar aquí y reclamar un título que tiraste a la basura.
La mandíbula de Teresa se tensó.
—Legalmente, sigo siendo su madre. Nunca terminé mis derechos. Nunca firmé papeles de adopción contigo.
—Porque no te importó lo suficiente ni para hacer el papeleo.
—Mis intenciones no importan. La ley sí —la voz de Teresa se había vuelto fría ahora. Las lágrimas se secaron. Algo calculador entró en su expresión—. Ya consulté con un abogado. Si pido la custodia y demuestro que soy apta, tengo un caso fuerte. Especialmente porque nunca hubo una adopción formal.
Martina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Nunca había adoptado formalmente a los niños. Ella y su difunto esposo lo habían discutido al principio, pero parecía innecesario. Teresa había desaparecido. No había disputa. ¿Para qué gastar dinero en abogados que no tenían?
Por esto, se dio cuenta Martina ahora. Porque algún día el fantasma podía regresar y exigir lo que había desechado.
—¿Harías eso? —susurró Martina—. ¿Arrastrarías a esos niños por una batalla legal? ¿Los sacarías de su escuela, de sus amigos, de todo lo que conocen?
—Haré lo que tenga que hacer para ser su madre otra vez.
—Nunca fuiste su madre. No realmente. Ser madre no es biología, Teresa. Es estar presente.
Teresa sonrió entonces, una sonrisa terrible, fina y afilada.
—Díselo al juez.
Dio media vuelta, se subió a su auto rentado y salió del camino levantando una nube de polvo que cubrió las hortensias que Martina cuidaba con tanto esmero.
Martina se quedó sola en el porche. Solovino gimió suavemente, empujando su cabeza contra la mano de ella.
Los niños llegarían a casa en seis horas. Tenía seis horas para averiguar qué decirles, cómo prepararlos para el huracán que acababa de anunciarse.
Pero Martina sabía algo que Teresa había olvidado: las madres de la sierra no se rompen. Se endurecen.
Sacó su celular y marcó un número que no había usado en tres años.
—¿Agencia de Investigaciones Ramírez? Habla Martina Hartley. Contraté sus servicios hace años para localizar a mi hija… Sí. Necesito que la investiguen de nuevo. Y esta vez, quiero todo. Dónde ha estado, con quién se acuesta, y sobre todo… por qué diablos quiere a mis nietos de vuelta después de diez años. Algo huele mal, y voy a descubrir qué es.
