PARTE 1
Capítulo 1: El Martes del Silencio
Doña Refugio guardaría la memoria de ese martes como se guarda una cicatriz de quemadura: con dolor y con la certeza de que la marca nunca se borraría. No lo recordaría por el clima, aunque hacía un calor bochornoso e inusual para octubre en San Gabriel, un pueblo mágico incrustado en las montañas de Guanajuato donde el tiempo parecía caminar más despacio.
Tampoco lo recordaría por lo que estaba cocinando, aunque el olor a chiles tostados y chocolate del mole, que horas más tarde se quemaría irremediablemente en la cazuela de barro, impregnaba toda la casa.
Lo recordaría, hasta el último de sus días, por el sonido que hicieron sus nietos de dos años cuando su madre les dio la espalda.
No fue un llanto de niño berrinchudo. No. Fue algo mucho más oscuro. Fue un aullido seco, primitivo, como si a dos animalitos del monte les hubieran arrancado una extremidad de tajo. Paco y Joaquín, los gemelos, apenas sabían hilar tres palabras seguidas, pero en ese lenguaje secreto que tienen los niños y los perros, entendieron lo que los adultos se negaban a aceptar: Elena se iba. Y esta vez, no era para ir al mercado.
Elena había llegado a las nueve de la mañana en punto. Llevaba puestos a los niños en sus sillitas de coche y un vestido que Refugio no le conocía. Era de seda, color crema, un contraste violento con las calles empedradas y polvorientas del barrio. Llevaba el cabello oscuro peinado de salón, uñas color vino y unos lentes oscuros que ocultaban unos ojos que Refugio conocía bien. Parecía una extraña usando la cara de su nuera.
Afuera, en el portón de madera vieja, esperaba un auto que no pertenecía a ese mundo: un Mercedes plateado, brillante, impoluto, con un hombre al volante que tamborileaba los dedos sobre el cuero del volante con impaciencia.
—Necesito que me cuides a los niños un tiempo, Refugio —dijo Elena. No entró a la casa. Se quedó en el umbral, como si el piso de mosaico antiguo quemara sus zapatillas nuevas—. Solo por un tiempo.
Refugio sintió la mentira en el estómago antes de procesarla con la cabeza. Después de 37 años casada con Adán, después de criar tres hijos y enterrar al más pequeño, Tomás, hacía apenas ocho meses, había desarrollado un sexto sentido para la desgracia.
—¿Qué está pasando, hija? —Refugio se limpió las manos en el delantal y la tomó del brazo cuando Elena intentó dejar a Joaquín en el suelo—. ¿Quién es ese señor?
Por un segundo, la máscara de Elena se rompió. Debajo del maquillaje caro y la ropa de boutique, Refugio vio a la viuda de 26 años que se había desmayado en ese mismo pasillo cuando le avisaron que a Tomás le había caído una viga en la construcción. Vio el hueco inmenso que la pena le había dejado en el pecho.
—Se llama Ricardo Astudillo —dijo Elena, bajando la voz—. Es de Monterrey. Tiene negocios en Estados Unidos. Tiene dinero, Refugio. Mucho dinero. Del que puede darle a los niños oportunidades que Tomás nunca… que nosotros nunca pudimos.
—Los niños necesitan a su madre, Elena —dijo Refugio, apretando el agarre—. No necesitan dinero. Comen frijoles, pero comen con amor.
Elena se soltó con un tirón brusco. Sus ojos se volvieron opacos, como si alguien hubiera bajado la cortina de un negocio en quiebra.
—Yo ya no puedo —susurró, y la voz le tembló—. Cada vez que los miro, veo a Tomás. ¿Entiendes lo que es eso? Ver a tu marido muerto aprendiendo a caminar. Escuchar a tu marido muerto decir “mamá” con dos vocecitas diferentes. Me estoy volviendo loca, Refugio.
—Eres su madre. Dios te dio esa carga y te dio la fuerza.
—¡No soy como tú! —gritó Elena, y el eco retumbó en la calle vacía—. Yo no sé cómo seguir respirando cuando todo lo que soy se murió con él. Ricardo dice que puede ayudarme a empezar de cero. Que puedo ser alguien nuevo. Alguien que no lo perdió todo.
—No lo has perdido todo. Tienes dos hijos hermosos que necesitan…
—Necesitan a alguien que no se derrumbe cada vez que los ve —la cortó Elena, sacando un sobre manila de su bolso de marca—. Aquí están los papeles. Un abogado los redactó. Es una custodia temporal, con provisiones… por si acaso.
—Elena, por Dios… —Refugio, que era una mujer de orgullo, de las que no piden fiado ni agua, suplicó—. No les hagas esto. Te vas a arrepentir cada día de tu vida.
Hubo un destello en los ojos de Elena. ¿Duda? Tal vez. Pero fue reemplazado rápidamente por algo más peligroso: Alivio.
—Diles que los amé —dijo, con la voz rota—. Cuando sean grandes y entiendan, diles que los amé tanto que tuve que irme para no destruirnos a todos.
Dejó a los niños en el suelo del patio y caminó hacia el portón sin mirar atrás.
Refugio corrió a la ventana con los dos niños aferrados a sus piernas. Vio cómo Elena cruzaba la banqueta, cómo el hombre del Mercedes —Ricardo, con su cabello plateado y su traje impecable— se bajaba para abrirle la puerta como si ella fuera de porcelana. El auto arrancó despacio, levantando una nube de polvo que brilló bajo el sol de Guanajuato.
Y entonces, Elena giró la cabeza. Solo un poco. Miró hacia la ventana donde Refugio sostenía a los gemelos que gritaban y golpeaban el vidrio con sus manitas pegajosas.
El Mercedes dobló la esquina de la calle Hidalgo y desapareció.
Capítulo 2: Los Que Se Quedan
Adán llegó de la ferretería media hora después. Encontró a su esposa sentada en el piso de la sala, bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe, con los dos niños dormidos en su regazo, agotados de tanto llorar. Las lágrimas de Refugio caían en silencio sobre el cabello negro de Paco.
Adán no preguntó. Después de casi cuatro décadas compartiendo la cama y la mesa, no hacían falta palabras. Se quitó el sombrero, se sacudió el polvo de las botas y se sentó junto a ella. Abrazó a los tres con sus brazos grandes y fuertes, brazos que habían cargado bultos de cemento y ataúdes de hijos.
—Vamos a salir de esta, Cuquita —dijo, cuando la respiración de los niños se volvió profunda y rítmica—. Siempre salimos.
—Tienen dos años, Adán. Necesitan a su madre.
—Necesitan a alguien que se quede —respondió él. Y había una dureza en su voz que Refugio rara vez escuchaba. Adán era un hombre de paz, de los que sacan las arañas al patio en lugar de matarlas. Pero ese día, su voz sonaba a acero—. Y nosotros nos vamos a quedar. Todos los días. Hasta que Dios nos preste vida.
—Tenemos 62 años, viejo. Ya estamos cansados.
—Pues más nos vale que se nos quite el cansancio —le besó la frente sudada y luego besó a cada nieto—. Estos niños no se van a acordar de este día. Están muy chicos. Para cuando pregunten, ya tendremos respuestas.
Refugio se limpió los ojos con el delantal. —¿Qué respuestas, Adán? ¿Qué les vamos a decir?
Adán miró a los gemelos, idénticos a su hijo Tomás.
—Que su madre los quería. Que a veces la gente se rompe y no tiene arreglo. Y que la familia no se trata de quién se va, sino de quién se queda. Nosotros nos quedamos, mujer. Eso es lo que somos.
El primer año fue un infierno silencioso.
Paco y Joaquín pasaron por una etapa donde despertaban aullando en la madrugada, buscando un olor y un calor que ya no existía. Refugio y Adán se turnaban para mecerlos en la vieja mecedora de mimbre, cantando canciones de Cri-Cri y rezando rosarios hasta que el sueño los vencía.
Las preguntas llegaron a los cuatro años.
—Abuelita, ¿dónde está mi mamá?
Refugio había ensayado la respuesta frente al espejo tantas veces que le salía natural, sin el nudo en la garganta.
—Tu mami los quería mucho, mi cielo, pero se enfermó del corazón. No del corazón de medicina, sino del de los sentimientos. Y tuvo que irse a curar lejos para no contagiarnos su tristeza. Por eso nos pidió que los cuidáramos.
—¿Y va a volver?
—Ojalá, mi niño. Ojalá.
No era mentira del todo. Refugio tenía esperanza. A veces, esperaba que Elena sanara y volviera. Otras veces, en las noches más oscuras, cuando la artritis le mordía los huesos, esperaba que Elena no volviera nunca.
No tienes derecho, pensaba Refugio con una rabia que la asustaba. No tienes derecho a volver cuando ya estén criados, cuando ya no usen pañales, cuando ya hayan pasado las fiebres y los miedos. No vas a venir a cosechar lo que nosotros sembramos con lágrimas.
Pero Elena no volvió. Ni el primer año, ni el quinto.
Los papeles de la custodia, que al principio eran temporales, se volvieron permanentes cuando Elena dejó de contestar las cartas certificadas que Adán enviaba a un apartado postal en Chicago. Todas regresaban con el sello rojo de “DEVOLVER AL REMITENTE”. Refugio guardaba cada sobre en una caja de zapatos debajo de su cama. Evidencia. Pruebas de que ellos habían intentado.
Los niños crecieron bajo el sol de Guanajuato.
Paco era el callado. El que se parecía a Refugio en el carácter. Observador, siempre con un libro bajo el brazo, desarmaba radios viejos y los volvía a armar. A los diez años, ya le arreglaba la computadora a la secretaria de la parroquia a cambio de tamales.
Joaquín era fuego puro. Se parecía a Tomás. Hablaba hasta por los codos, tenía amigos desde el carnicero hasta el alcalde, y vivía con las rodillas raspadas. Se rompió el brazo cayéndose de un árbol a los ocho, se rompió la nariz jugando fútbol a los doce, y le rompió el corazón a Refugio cada vez que lo veía recibir un golpe y levantarse riendo.
Eran un equipo. Se peleaban como perros y gatos por el control de la televisión o por la última pieza de pan dulce, pero ay de aquel que se atreviera a mirar feo a uno de ellos.
Cuando a Paco le hacían burla en la secundaria por ser “ñoño”, Joaquín aparecía como un huracán para dejar claro que meterse con su hermano era un error de salud grave. Cuando Joaquín reprobó matemáticas dos veces, Paco se pasó noches enteras explicándole con paciencia de santo hasta que los números le entraron en la cabeza.
—Somos un equipo —decía Paco—. Como los abuelos.
Adán murió una tarde de jueves, cuando los gemelos tenían 14 años. Un infarto fulminante en el patio, mientras regaba sus jitomates. Se fue como vivió: sin dar lata, trabajando en silencio.
Lo enterraron junto a Tomás. Medio pueblo asistió al velorio. Adán era de esos hombres que prestaban herramienta y no la cobraban, que saludaban a todos por su nombre.
Refugio vio a sus nietos, ya más altos que ella, parados frente a la tumba, con sus trajes negros que les quedaban un poco cortos de las mangas. No lloraron durante el entierro. Se mantuvieron firmes, como dos soldados cuidando a su generala.
Pero esa noche, cuando la última vecina se fue con su olla de pozole vacía, Refugio los escuchó. Estaban en su cuarto, sollozando en la oscuridad. No entró. Se sentó en el pasillo, recargada en la pared fría, y los acompañó desde afuera.
Al amanecer, la puerta se abrió. Salieron los dos, con los ojos hinchados. Se sentaron uno a cada lado de ella en el suelo del pasillo.
—Seguimos siendo un equipo, abuela —dijo Paco, tomándole la mano arrugada—. Tú, nosotros y el abuelo desde arriba.
—Siempre —confirmó Joaquín.
Tres semanas después del funeral, llegó la carta.
Era un sobre blanco, sencillo, sin remitente, pero con el matasellos de alguna oficina postal de Querétaro. Refugio reconoció la letra de inmediato, aunque habían pasado 14 años. Sintió una descarga eléctrica en los dedos.
“Supe lo de Adán. Lo siento tanto. Sé que no tengo derecho a nada, pero pienso en ellos todos los días. Espero que sean felices. Espero que algún día puedan perdonarme. E.”
Refugio leyó la nota tres veces. Sintió el impulso de romperla, de quemarla en la estufa, de gritarle al papel. Pero no lo hizo. La dobló con cuidado y la metió en la caja de zapatos, junto con los sobres devueltos de Chicago.
No les dijo nada a los muchachos. Tenían 14 años, acababan de perder a su abuelo. No necesitaban el fantasma de una madre que solo aparecía para decir “lo siento” desde la distancia.
Pero esa noche, Refugio no pudo dormir. Elena estaba en México. Elena sabía que Adán había muerto. Elena estaba observando. Y por primera vez en años, Refugio sintió miedo. No miedo de que se los llevara —ya eran casi hombres—, sino miedo de algo peor: miedo de que regresara y rompiera la paz que tanto les había costado construir sobre las ruinas que ella misma dejó.
Capítulo 3: El Silencio del Nido y la Mujer de Gris
La ausencia de Don Adán en la casa no se sintió como un vacío, sino como una presencia que había cambiado de estado. Su sombrero seguía colgado en el perchero de la entrada, y su olor a tabaco y aserrín tardó meses en disiparse de los sillones. Pero la vida, con esa terquedad que tienen las malas hierbas y los buenos recuerdos, siguió avanzando.
Refugio aprendió que el duelo no es una línea recta, sino una espiral. Había días en los que se levantaba con la energía de una muchacha, lista para lavar sábanas y hacer tamales, y otros en los que el simple acto de poner el café le costaba el alma entera.
Afortunadamente, no estaba sola. Sus “muchachos”, como ella les decía, se convirtieron en su bastón y su brújula.
Paco y Joaquín, a sus 16 años, tuvieron que madurar de golpe. Se acabaron las tardes de solo jugar fútbol o videojuegos. Joaquín empezó a trabajar los fines de semana cargando cajas en el mercado de abastos para traer “un dinerito extra” a la casa, aunque Refugio le regañaba diciendo que su único trabajo era estudiar. Paco, por su parte, tomó el lugar de su abuelo en las reparaciones del hogar. Con esa mente suya que entendía cómo funcionaban las cosas por dentro, arregló la lavadora cuando el motor se quemó, parchó las goteras del techo antes de la temporada de lluvias y se aseguró de que a su abuela nunca le faltara el gas.
—No te subas a la escalera, abuela, que te me matas —le decía Paco con esa voz grave que le estaba cambiando, quitándole la escoba de las manos—. Yo barro el techo. Tú siéntate y dirígeme.
Los años de preparatoria pasaron volando, entre exámenes, uniformes remendados y el ruido constante de dos adolescentes que llenaban la casa de vida. Y entonces, llegó el día que Refugio tanto temía y anhelaba a la vez: la graduación.
Fue una mañana de julio, bajo el sol inclemente de Guanajuato que hacía brillar el patio cívico de la preparatoria oficial como si fuera un comal caliente. Había sillas de plástico plegables, refrescos tibios en hieleras de unicel y un mar de familias orgullosas con globos y flores.
Refugio se sentó en la primera fila, reservada para los familiares de honor. Llevaba su mejor vestido, uno azul marino con flores blancas que había cosido ella misma, y el relicario de Adán apretado contra el pecho.
Cuando anunciaron los promedios más altos, el director tuvo que hacer una pausa.
—Este año tenemos una situación inusual —dijo el maestro por el micrófono que chillaba un poco—. El Consejo Técnico no pudo desempatar el primer lugar. Ambos alumnos tienen un promedio perfecto de 10. Y curiosamente, comparten el mismo apellido y el mismo cumpleaños.
Un murmullo divertido recorrió el patio. Refugio sintió que el corazón se le inflaba tanto que no le cabía en las costillas.
—Pido un fuerte aplauso para los co-valedictorians de la generación: Francisco y Joaquín Hernández.
Los gemelos subieron al estrado. Ya no eran los niños asustados que Elena había abandonado. Eran dos torres. Paco, delgado y serio detrás de sus lentes; Joaquín, ancho de hombros y con esa sonrisa fácil que desarmaba a cualquiera. Ninguno aceptó dar el discurso solo. Lo hicieron juntos.
Paco se acercó al micrófono primero. Le temblaban un poco las manos, pero su voz salió clara.
—Mi abuelo Adán solía decir que la curiosidad es la única herramienta que no pesa en la caja —empezó Paco, mirando a Refugio—. Él me enseñó que no importa si no tienes dinero o si tu casa es pequeña; si tienes preguntas y buscas las respuestas, el mundo es tuyo. Hoy nos graduamos no solo gracias a los libros, sino gracias a quienes nos enseñaron a leerlos. Gracias a quienes se quedaron cuando era más fácil irse.
Luego, Joaquín tomó el micrófono. Era más natural, más carismático.
—Mi hermano habla de curiosidad, yo hablo de lealtad —dijo, y su voz resonó con fuerza—. En el fútbol, y en la vida, no ganas solo. Ganas porque tienes a alguien que te cubre la espalda. Nosotros tuvimos al mejor equipo. Tuvimos a un abuelo que nos enseñó a ser hombres y a una abuela que nos enseñó a ser humanos. —Joaquín hizo una pausa y se le quebró la voz, solo un segundo—. Esto no es por nosotros. Es por ellos. Y por mi papá Tomás, que sé que está viendo esto desde la mejor butaca del cielo.
Refugio lloró sin vergüenza. Lloró por Adán, que no estaba ahí para verlos. Lloró por Tomás. Y sí, lloró un poco por Elena, imaginando lo tonta que había sido al perderse este momento, al perderse la maravilla de ver en qué se habían convertido esos dos pedazos de su alma.
Después de la fiesta, vino la realidad. Los pájaros tenían que volar.
Paco fue aceptado en la Universidad de Guanajuato, en la capital, para estudiar Ingeniería en Sistemas Computacionales. Joaquín se iría a León, a una hora de distancia, becado por su talento deportivo para estudiar Administración del Deporte.
La casa se quedó en silencio.
Ese primer lunes sin ellos fue terrible. Refugio se levantó a las seis de la mañana por costumbre para hacer el desayuno, y se quedó parada en la cocina con la cafetera en la mano, dándose cuenta de que no había nadie a quien despertar. No había mochilas tiradas en la sala, no había música de rock sonando en el cuarto de arriba, no había peleas por quién se bañaba primero.
Solo estaba ella, el reloj de pared haciendo tic-tac, y el eco de veinte años de ruido que se habían esfumado.
Pero Refugio era dura. “El ocio es la madre de todos los vicios”, decía su madre, y ella se aplicó el cuento. Mantuvo la casa impecable, cuidó el jardín de Adán con devoción religiosa —especialmente esa mata de jitomates que parecía inmortal— y esperó las llamadas de los domingos.
Porque nunca fallaban.
—¿Cómo estás, abuela? ¿Ya te tomaste la pastilla de la presión? —preguntaba Paco, siempre preocupado.
—¿Qué comiste, abuela? ¿Hiciste mole? Guárdame un tupper, que la comida de la cafetería sabe a cartón —decía Joaquín.
Así pasaron cuatro años. Refugio cumplió 75, luego 76, luego 77. Su salud, que siempre había sido de hierro, empezó a mostrar grietas. Las rodillas le rechinaban con la humedad, la presión arterial le jugaba bromas y se cansaba más rápido. Pero su mente seguía afilada como un cuchillo de carnicero.
Tenía 78 años cuando la mujer apareció.
Refugio había desarrollado una rutina inamovible. Se levantaba, rezaba, desayunaba pan tostado y café, y luego se sentaba en el sillón junto a la ventana grande que daba a la calle principal. Desde ahí veía pasar la vida del pueblo: el camión de la basura, las vecinas yendo al mercado, los niños yendo a la escuela. Y justo enfrente de su casa, estaba la parada del autobús que iba hacia la capital y hacia las zonas universitarias.
Al principio, no la reconoció.
Era una figura gris en un paisaje de colores. Una mujer delgada, dolorosamente flaca, que llegaba todos los días a las 6:15 de la mañana para tomar el camión “Ruta 12”. Llevaba un uniforme de trabajo: pantalones azul marino de tela sintética barata y una camisola del mismo color con un logotipo bordado que Refugio no alcanzaba a distinguir desde su ventana.
Lo que le llamó la atención no fue su cara, sino su postura.
La mujer se paraba con los hombros encogidos, como si esperara un golpe, o como si tratara de ocupar el menor espacio posible en el mundo. Llevaba el cabello, antes negro y brillante, recogido en un chongo mal hecho, veteado de canas descuidadas.
—Pobre mujer —pensó Refugio el primer día—. Se ve que la vida le ha pasado por encima como aplanadora.
Pasó una semana. Luego dos. La mujer estaba ahí, puntual como reloj suizo, con su bolsa de plástico donde seguramente llevaba el almuerzo y un termo despintado.
Fue un martes —otra vez un martes— cuando Refugio decidió salir a barrer la banqueta justo a la hora que pasaba el camión. La curiosidad, ese vicio que compartía con su nieto Paco, le picaba. Quería verle la cara a la mujer triste.
Refugio salió con la escoba de vara. El aire de la mañana estaba fresco. La mujer estaba sentada en la banca de concreto de la parada, con la cabeza baja, mirando sus propios zapatos desgastados.
Refugio barrió despacio, acercándose poco a poco. Shhh, shhh, sonaba la escoba contra el cemento.
Cuando estuvo a unos metros, la mujer levantó la vista, alertada por el sonido.
El mundo de Refugio se detuvo.
Se le cayó la escoba de las manos. El ruido de la madera golpeando el suelo sonó como un disparo en el silencio del amanecer.
Esos ojos.
Estaban rodeados de arrugas que no deberían estar ahí. Estaban hundidos en cuencas oscuras por la falta de sueño o de comida. Pero eran esos ojos. Los mismos ojos oscuros y grandes que habían llorado en su cocina hacía veinte años. Los mismos ojos que habían mirado con desprecio su casa humilde antes de subirse a un Mercedes.
Era Elena.
Pero no era la Elena de la seda y el perfume. Era una versión fantasmagórica, una fotocopia borrosa y maltratada.
La mujer sostuvo la mirada de Refugio por un segundo eterno. El terror cruzó por su rostro. No el miedo de quien es descubierto cometiendo un crimen, sino el pánico absoluto de quien es visto cuando deseaba ser invisible.
Elena se levantó de un salto, agarrando su bolsa como escudo. El camión venía doblando la esquina, rugiendo y soltando humo negro.
—¿Elena? —susurró Refugio. Su voz fue apenas un hilo de aire, incapaz de competir con el motor del autobús.
La mujer no contestó. Hizo una señal frenética al chofer, se subió casi tropezando en los escalones y se fue al fondo del vehículo sin voltear.
Refugio se quedó parada en la banqueta, temblando, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro atrapado. ¿Se lo había imaginado? ¿Era posible que la demencia senil le estuviera jugando una broma cruel?
Regresó a la casa, se sentó en su sillón y no se movió en tres horas. El café se enfrió en la mesa.
“No puede ser ella”, se decía. “Elena está en Chicago, o en Nueva York, o en París. Elena es rica. Elena se casó con un millonario. Elena no usa zapatos rotos ni toma el camión de las seis de la mañana”.
Pero en el fondo, sabía que era ella. Una madre conoce a la madre de sus nietos, aunque pasen mil años.
Al día siguiente, Refugio no salió. Espió desde la ventana, oculta tras la cortina de encaje como si fuera una criminal.
A las 6:15, Elena apareció.
Esta vez, Refugio usó los binoculares viejos que Adán usaba para ver los partidos de béisbol. Ajustó el lente con manos temblorosas.
La vio de cerca. Vio las manos de Elena: rojas, hinchadas, con los nudillos deformados por el trabajo duro y el agua fría. Vio la cicatriz pequeña en la ceja izquierda que Elena se había hecho de niña, esa que solía cubrir con maquillaje caro y que ahora estaba expuesta al sol. Vio, sobre todo, la tristeza. Una tristeza tan profunda que parecía ser lo único que mantenía sus huesos unidos.
Y entonces, Refugio vio el logotipo en la camisa del uniforme.
Era un escudo azul y oro. Decía: “Universidad de Guanajuato – Servicios Generales”.
Refugio bajó los binoculares y sintió que el aire le faltaba.
La Universidad de Guanajuato. Donde estudiaba Paco.
—Dios mío —murmuró Refugio, persignándose con dedos torpes—. No está aquí por casualidad.
Elena no había regresado solo al pueblo. Elena estaba trabajando en la universidad de su hijo.
Durante los siguientes tres días, Refugio se convirtió en detective. Su mente, entrenada por años de telenovelas y sabiduría de pueblo, empezó a atar cabos a una velocidad vertiginosa.
El horario. El camión de las 6:15 la dejaba en la capital justo antes de las 7:30. Paco tenía clases de programación avanzada a las 8:00 en el Edificio Central.
Refugio recordó una conversación telefónica con Paco hacía unas semanas.
“Oye abue, fíjate que qué raro… en el salón de cómputo, alguien siempre me deja las persianas acomodadas como a mí me gusta, para que no refleje el sol en la pantalla. Y el otro día encontré una manzana y una nota que decía ‘Aliméntate bien’ pegada en mi monitor. Los chavos dicen que es la conserje, una señora ya grande que no habla con nadie. Dicen que es media rara, pero a mí me cae bien. Se siente… no sé, bonito.”
En ese momento, Refugio había pensado que era una anécdota tierna. Ahora, el recuerdo le daba náuseas.
Elena estaba ahí. Estaba rondando a Paco. Le dejaba manzanas. Le acomodaba las persianas. Estaba jugando a ser madre desde las sombras, sin pagar el precio de dar la cara.
La furia invadió a Refugio. Una furia caliente, vieja, que pensó que ya había enterrado junto con Adán. ¿Cómo se atrevía? Después de dejarlos llorando, después de perderse las fiebres, los festivales del día de la madre donde Refugio tenía que ir a sentarse entre las mamás jóvenes, después de no estar cuando Adán murió… ¿ahora regresaba para dejar manzanitas y sentirse redimida?
—No —dijo Refugio en voz alta a la casa vacía—. No, señora. Conmigo no juega.
Pero junto a la furia, había otra cosa. Una pregunta que no la dejaba en paz mientras observaba a la mujer encorvada en la parada del camión bajo la lluvia fina del jueves.
¿Qué le había pasado al dinero? ¿Qué le había pasado al Mercedes, a las joyas, al tal Ricardo de Monterrey? ¿Cómo es que la reina que se fue mirando por encima del hombro había regresado convertida en la sirvienta de su propio hijo?
Refugio miró a Elena temblar de frío en la parada, abrazándose a sí misma. Vio cómo contaba unas monedas sacadas del bolsillo para el pasaje. Vio la soledad absoluta que la rodeaba como un aura.
Y Refugio, que era dura pero no de piedra, sintió una punzada traicionera en el pecho. No era perdón. Todavía no. Pero era lástima. Y la lástima es una puerta peligrosa; una vez que se abre, es difícil volver a cerrarla.
Tomó el teléfono. Marcó el número de Paco, pero colgó antes de que sonara. No podía decírselo. No todavía. Si Paco sabía que su madre estaba trapeando los pisos de su facultad, se rompería. Y si Joaquín lo sabía… Joaquín quemaría la universidad entera.
—Tengo que saber —decidió Refugio—. Tengo que verla a los ojos.
Esa noche, preparó su ropa para el día siguiente. No se iba a esconder tras la cortina. Mañana, cuando el camión de las 6:15 pasara, habría dos pasajeras. Y una de ellas iba a exigir respuestas, aunque tuviera que sacarlas a la fuerza.
Capítulo 4: El Fantasma en el Aula 214
A la mañana siguiente, Refugio no se escondió.
A las 6:10 am, ya estaba parada en la banqueta, envuelta en su rebozo negro para protegerse del relente de la madrugada. Llevaba su bolsa de mandado vacía como coartada, por si alguien preguntaba, aunque en el fondo sabía que ese día no compraría ni jitomates ni cebollas. Ese día iba a comprar verdades, y esas suelen salir mucho más caras.
Cuando el camión de la Ruta 12 dobló la esquina con su rugido de motor viejo y frenos chillantes, Refugio vio a Elena acercarse caminando rápido, con la cabeza gacha, intentando fundirse con las sombras de los muros.
Elena subió primero, pagando su pasaje con monedas contadas. No miró hacia los lados. Caminó directo hacia los asientos traseros, buscando el rincón más oscuro.
Refugio subió detrás. Sus rodillas, que solían protestar con la humedad, hoy se sentían firmes, sostenidas por la adrenalina. Pagó al chofer y caminó por el pasillo central. El autobús iba medio vacío: un par de estudiantes dormitando con audífonos, dos señoras con canastos de nopal y un obrero leyendo el periódico Alarma!.
Refugio se detuvo a tres filas de distancia de Elena y se sentó.
No dijo nada. No hizo falta. Vio cómo la espalda de Elena se tensaba, rígida como una tabla. Elena sabía que ella estaba ahí. Podía sentir su presencia como se siente una quemadura en la nuca. Pero ninguna de las dos rompió el pacto de silencio. El camión arrancó, sacudiéndose por los baches de la carretera que serpenteaba hacia la capital, llevando consigo a dos madres y veinte años de rencor acumulado.
El viaje duró cuarenta minutos. Cuarenta minutos en los que Refugio no le quitó la vista de encima a esa nuca donde las canas peleaban con el tinte barato. ¿En qué momento te volviste vieja, Elena?, pensó. ¿En qué momento la altivez se te convirtió en miedo?
Al llegar a la parada de la Universidad, frente a la imponente escalinata de piedra que es orgullo de todo Guanajuato, Elena bajó casi corriendo. Refugio, con una agilidad que creía perdida, la siguió a una distancia prudente.
Elena no subió por la entrada principal, por donde entraban los estudiantes y los catedráticos. Se desvió hacia un callejón lateral, hacia una puerta de metal gris despintada: la entrada de servicio. Refugio esperó a que la puerta se cerrara y luego, acomodándose el rebozo con dignidad, caminó hacia la entrada principal.
—Buenos días, madre —le dijo el guardia de seguridad, un muchacho joven que bostezaba—. ¿Busca a alguien?
—Vengo a la oficina de servicios escolares, hijo. Un trámite de mi nieto —mintió con la fluidez de quien lleva años protegiendo a los suyos.
El guardia la dejó pasar sin pedir identificación. ¿Quién sospecharía de una abuelita con cara de hacer el mejor arroz del mundo?
Una vez dentro, el edificio de la Universidad la recibió con su olor característico: una mezcla de piedra antigua, libros viejos y cera para pisos. Los pasillos eran un laberinto de arcos y escaleras. Refugio caminó despacio, escuchando el eco de sus propios pasos, buscando el uniforme azul.
La encontró en el segundo piso, en el ala de Ingenierías.
Elena estaba trapeando un pasillo largo. No lo hacía con desgano. Lo hacía con una meticulosidad furiosa, tallando cada mosaico como si quisiera borrar sus propios pecados con cloro y agua. Refugio se ocultó detrás de una columna de cantera y observó.
Vio a Elena detenerse frente a un grupo de estudiantes que pasaban riendo, sin siquiera mirarla. Para ellos, ella era parte del mobiliario, un objeto que limpia. Elena se pegó a la pared, bajando la cabeza, haciéndose pequeña para no estorbar.
La mujer del Mercedes, pensó Refugio con amargura. La que decía que merecía más. Mírate ahora.
Pero entonces, vio algo que le cortó la respiración.
Elena llegó al aula 214. La puerta estaba abierta. El salón estaba vacío, aún temprano para la primera clase de las 8:00 am. Esa era el aula de Paco. Refugio lo sabía porque él le había mandado una foto el primer día de clases: “Mira abue, este es mi salón, tiene vista a la ciudad”.
Elena entró. Refugio se acercó sigilosamente hasta el marco de la puerta.
Adentro, Elena no se puso a limpiar de inmediato. Caminó hacia uno de los pupitres de la tercera fila, el que estaba junto a la ventana. El lugar de Paco. Refugio lo sabía. Paco siempre se sentaba ahí por la luz.
Elena sacó algo de la bolsa de su delantal. Era una manzana roja, brillante, y una pequeña nota doblada en cuatro. La puso sobre la paleta del pupitre. Luego, con una delicadeza infinita, acarició el respaldo de la silla. No fue un gesto de limpieza. Fue una caricia. Como si estuviera tocando el hombro de su hijo.
Se quedó ahí parada un momento, mirando la silla vacía, y Refugio vio cómo los hombros de la mujer se sacudían en silencio. Estaba llorando. Llorando en el salón de clases de un hijo que no sabía que ella existía, dejándole una fruta como si fuera una ofrenda a un santo.
Refugio sintió que algo se le quebraba por dentro. La rabia seguía ahí, sí, pero esa imagen —la madre fantasma cuidando al hijo abandonado— era de una tristeza tan aplastante que superaba al odio.
Elena se dio la vuelta para tomar su cubeta y salir.
Y entonces, la vio.
Refugio estaba parada en el umbral, bloqueando la salida, con los brazos cruzados y el rostro ilegible.
Elena soltó la cubeta. El agua jabonosa se derramó por el suelo limpio, empapando sus zapatos gastados. El ruido metálico resonó en todo el pasillo.
—Refugio… —el nombre salió de su boca como un gemido de dolor.
—Levanta eso —dijo Refugio. Su voz no era un grito, era una sentencia—. Antes de que alguien te vea.
Elena, temblando de pies a cabeza, se agachó para recoger la cubeta y comenzó a secar el agua con el trapeador, con movimientos torpes y frenéticos. Parecía una niña regañada, no una mujer de cuarenta y seis años.
Cuando terminó, se levantó despacio, sin atreverse a levantar la vista.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Refugio. Entró al salón y cerró la puerta detrás de sí. El click de la cerradura sonó definitivo.
—Yo trabajo aquí… —balbuceó Elena.
—No me refiero a eso. ¿Qué haces aquí? —Refugio señaló el pupitre de Paco, la manzana, la nota—. ¿Qué es este juego, Elena? ¿Crees que puedes comprar tu conciencia con una fruta?
Elena se recargó en el pizarrón verde, como si las piernas ya no le sostuvieran el cuerpo.
—No es un juego —susurró, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, marcando surcos en el polvo que tenía en la cara—. Es lo único que tengo.
—¿Lo único que tienes? —Refugio dio un paso al frente, implacable—. Te fuiste en un coche de lujo, Elena. Te fuiste a vivir la vida de reina que decías que te merecías. Nos dejaste con dos bebés que gritaban tu nombre hasta quedarse roncos. ¿Y ahora me dices que esto es lo único que tienes?
Elena levantó la cara. Y por primera vez, Refugio vio la devastación completa en sus facciones. No era solo vejez. Era ruina.
—No hay coche, Refugio. No hay dinero. No hay nada.
—¿Y el tal Ricardo? ¿El salvador que te iba a dar todo lo que mi hijo Tomás no pudo?
Elena soltó una risa que sonó a vidrio roto.
—Ricardo… —dijo el nombre como si fuera un veneno—. Ricardo se divirtió dos años. Me vistió, me paseó, me exhibió como un trofeo nuevo. Y luego se aburrió. Los hombres como él siempre se aburren. Empezó a viajar “por negocios”. Empezaron a aparecer otras mujeres. Más jóvenes. Más… nuevas.
Refugio escuchaba, sintiendo una satisfacción oscura y culposa. El que obra mal, se le pudre el tamal, pensó.
—¿Por qué no volviste entonces? —preguntó Refugio—. Cuando te diste cuenta de que era un patán. Tenías casa. Tenías hijos.
—¿Con qué cara? —Elena gritó, y luego se tapó la boca, asustada por el eco—. ¿Con qué cara iba a volver, Refugio? Había quemado los barcos. Los había abandonado por dinero. Si volvía fracasada y pobre… la vergüenza me hubiera matado. Pensé que podía aguantar. Pensé que si ahorraba, que si lograba juntar algo… pero él se aseguró de que no tuviera nada a mi nombre.
Elena se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, bajo el pizarrón.
—Murió hace tres años. Un infarto masivo, en un hotel en Cancún, con una “secretaria” de veintidós años.
—Dios castiga sin palo y sin cuarta —murmuró Refugio.
—Sus hijos del primer matrimonio llegaron como buitres —continuó Elena, con la mirada perdida—. Había un acuerdo prenupcial que yo firmé sin leer, porque era una estúpida, porque estaba cegada por el dolor de Tomás y la promesa de una vida fácil. Me dieron una semana para salir de la casa. Me fui con una maleta y la ropa que traía puesta.
—Y viniste aquí.
—Vine a donde estaban ellos.
—¿A qué? —Refugio se agachó, poniéndose a la altura de Elena, obligándola a mirarla—. ¿A qué viniste, Elena? ¿A que te mantengan ahora que ya van a ser profesionistas?
—¡No! —Elena reaccionó con una fiereza que sorprendió a la anciana—. ¡Nunca! No quiero su dinero. No quiero nada de ellos. Solo… solo quería verlos.
Elena se abrazó las rodillas, meciéndose un poco.
—Cuando llegué, busqué sus nombres. Supe que habían entrado a la universidad. Conseguí este trabajo porque nadie revisa los antecedentes de la gente de limpieza. Y el primer día que vi a Paco… —Elena sonrió entre lágrimas, una sonrisa dolorosa—. Se parece tanto a Tomás, Refugio. Tiene sus manos. Tiene su forma de caminar.
—Y Joaquín está en León —dijo Refugio, atando cabos—. Por eso tienes dos trabajos. Por eso te vas corriendo en las tardes.
—Trabajo en la cafetería del polideportivo de la Salle —confesó Elena—. Ahí entrena Joaquín. Lo veo comer. A veces… a veces recojo su bandeja cuando termina. Veo que come mucho, como siempre. Veo que se ríe fuerte, igual que su abuelo Adán.
Refugio sintió que el pecho se le oprimía. La imagen era brutal. La madre convertida en servidumbre, recogiendo las sobras de los hijos que abandonó, alimentándose de migajas de su presencia.
—¿Y las notas? —preguntó Refugio, señalando el papelito en el pupitre—. ¿Qué dice esa?
Elena se limpió la nariz con la manga del uniforme.
—Dice: “Échale ganas, futuro ingeniero. Tu esfuerzo vale la pena”.
—Paco piensa que es una viejita amable. Piensa que es un ángel de la guarda.
—Mejor que piense eso a que sepa la verdad —dijo Elena con voz firme—. Mejor que piense que soy una extraña amable, y no la madre basura que lo tiró.
Refugio se puso de pie, sintiendo el peso de sus años y el peso de este secreto nuevo. Miró el reloj. Faltaban veinte minutos para las ocho. Paco llegaría pronto.
—Tienes que irte —dijo Refugio—. Va a llegar.
—Lo sé. Ya terminé mi turno en este piso.
Elena se levantó, tomó su cubeta y su trapeador. Parecía más pequeña que nunca.
—Refugio… —dijo, deteniéndose en la puerta—. Por favor. No se lo digas. No les digas que soy yo. Ódiame tú. Tienes todo el derecho. Pero déjales su paz. Deja que sigan pensando que su madre se fue por amor, como tú les dijiste, y no por cobarde. Si saben que estoy aquí, limpiando sus excusados… se van a morir de vergüenza. O de odio. Y no sé qué sería peor.
Refugio la miró. Vio las arrugas, el pelo gris, las manos callosas. Vio el castigo que Elena se había impuesto a sí misma, una penitencia diaria y silenciosa que duraba ya tres años.
—Adán hubiera querido que hablaras con ellos —dijo Refugio, y vio cómo Elena se estremecía al oír el nombre de su suegro—. Pero Adán era un santo, y yo no.
Refugio caminó hacia la puerta y la abrió.
—Vete, Elena. Antes de que lleguen los muchachos.
Elena asintió, bajó la cabeza y salió apresurada, arrastrando sus herramientas de limpieza, desapareciendo por el pasillo justo cuando el sonido de las primeras voces de estudiantes comenzaba a subir por la escalera.
Refugio se quedó sola en el aula 214. Caminó hacia el pupitre de Paco. Tomó la nota. Leyó la letra de Elena, temblorosa pero clara.
“Échale ganas, futuro ingeniero.”
Refugio dejó la nota donde estaba, junto a la manzana.
Salió del salón con el corazón latiéndole desbocado. Tenía una decisión que tomar. Una decisión imposible. Podía callar y ser cómplice de esta farsa dolorosa, permitiendo que Elena siguiera siendo un fantasma. O podía decir la verdad y detonar una bomba nuclear en la vida de sus nietos, justo cuando empezaban a volar.
Mientras bajaba las escaleras de la universidad, cruzándose con jóvenes llenos de futuro que no sabían nada de pasados rotos, Refugio se dio cuenta de algo aterrador: Ya no odiaba a Elena.
Lo que sentía era algo mucho más pesado. Sentía responsabilidad.
Porque ahora, el secreto ya no era solo de Elena. Ahora, el secreto también era suyo. Y Refugio Hernández nunca había sabido mentirle a sus muchachos.
Dios mío, rezó mientras salía a la luz cegadora de la calle. Ilumíname, porque esta oscuridad está muy grande para una sola vieja.
Capítulo 5: La Sombra en el Comedor y la Mentira que Pesa
El regreso a San Gabriel después de encontrar a Elena en el aula 214 fue un borrón. Refugio no recordaba haber tomado el camión de vuelta, ni haber caminado las calles empedradas hasta su casa. Solo recordaba el portón de madera cerrándose tras ella y el silencio sepulcral que la recibió en la sala.
Esa noche, el insomnio se instaló en su cama como un perro viejo y molesto.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen: Elena acariciando la silla vacía de Paco. Elena dejando una manzana como ofrenda. Elena, la mujer que había despreciado la pobreza, ahora arrodillada limpiando la suciedad de otros para estar cerca de lo que perdió.
Refugio se levantó a las tres de la mañana. Se preparó un té de tila que no se tomó y se sentó frente al retrato de Adán en la mesita de la sala.
—Me dejaste con el paquete completo, viejo —le reclamó a la foto, donde Adán sonreía con ese bigote que siempre olía a cera de campeche—. Tú estás allá muy a gusto descansando, y yo aquí cargando con secretos que no son míos.
Durante dos días, Refugio funcionó en automático. Iba al mercado, regaba las plantas, saludaba a las vecinas, pero su mente estaba en otro lado. Estaba armando un rompecabezas macabro.
Elena había dicho que trabajaba en las tardes en León, cerca de Joaquín.
—Tengo que verlo —se dijo Refugio el viernes por la mañana—. Si no lo veo, no lo creo.
Tomar el autobús a León era más pesado que ir a la capital. Era una hora y cuarto de camino, pasando por curvas y zonas industriales que olían a cuero curtido y pegamento. Refugio llegó al Polideportivo de la Universidad La Salle a la hora del almuerzo, tal como Elena había descrito en su confesión.
El lugar era un hervidero de juventud. Muchachos altos, atléticos, con ropa deportiva de marca, risas estruendosas y esa energía inagotable que tienen los que nunca les ha dolido la espalda. El comedor olía a guisados, a sudor limpio y a desinfectante.
Refugio se sentó en una mesa apartada, cerca de la salida, compró una botella de agua para justificar su presencia y esperó.
A las 2:15 pm, entró Joaquín.
Era imposible no verlo. Joaquín llenaba la habitación. Entró riendo con tres compañeros del equipo de fútbol, dándole palmadas en la espalda a uno, saludando de mano a otro. Llevaba la camiseta de entrenamiento empapada, el cabello revuelto y esa sonrisa que había heredado de su padre Tomás, una sonrisa que hacía que la gente quisiera estar cerca de él.
Refugio sintió el orgullo de siempre al verlo, pero hoy el orgullo venía mezclado con un terror frío.
Joaquín se formó en la barra de alimentos, sirviéndose porciones gigantescas de arroz y pechuga de pollo. Se sentó en una mesa central, siendo, como siempre, el alma de la fiesta.
Y entonces, apareció ella.
Elena salió de las puertas batientes de la cocina. Llevaba una redecilla en el cabello y un delantal blanco manchado de salsa roja. Empujaba un carrito de limpieza gris, lleno de trapos húmedos y botellas de spray.
Refugio contuvo el aliento.
Elena comenzó a recoger las bandejas de una mesa vacía cerca de donde estaba Joaquín. Se movía rápido, con la eficiencia de quien no quiere ser notada.
—¡Oiga, seño! —gritó uno de los amigos de Joaquín, levantando la mano—. ¿Nos regala unas servilletas, porfa?
Refugio vio cómo Elena se congelaba. Vio cómo sus nudillos se ponían blancos al aferrar el carrito.
Elena tomó un paquete de servilletas del carrito y se acercó a la mesa. No levantó la cara. Mantuvo la vista clavada en los tenis deportivos de los muchachos.
—Gracias, madre —dijo el amigo, tomando las servilletas sin mirarla realmente.
Joaquín estaba a medio metro de ella. Tan cerca que Elena podría haber estirado la mano y tocarle el cabello sudado. Tan cerca que podría haber olido su loción.
Joaquín estaba contando una anécdota, gesticulando con el tenedor en la mano.
—…y entonces el entrenador me dijo que si no corría más rápido me iba a poner a limpiar los baños… —Joaquín soltó una carcajada.
Elena, parada justo detrás de él recogiendo un vaso tirado, se estremeció al oír su risa. Por un segundo, un segundo aterrador, Refugio pensó que Elena iba a hacer algo. Que iba a gritar, o a abrazarlo, o a desmayarse ahí mismo.
Pero no hizo nada.
Elena terminó de limpiar la mesa contigua, puso las bandejas sucias en su carrito y se alejó empujándolo hacia la cocina, arrastrando los pies, mientras su hijo seguía riendo a carcajadas, ignorante de que la mujer que le dio la vida acababa de recoger su basura.
Refugio sintió ganas de vomitar.
No era asco por Elena. Era asco por la situación. Era una crueldad casi bíblica. El hijo pródigo no volvió, pensó Refugio. Volvió la madre pródiga, y nadie mató el becerro gordo para ella. Al contrario, ella es la que limpia los platos del banquete.
Salió del comedor antes de que Joaquín pudiera verla. No tenía fuerzas para fingir una visita sorpresa y sonreír como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.
El viaje de regreso fue decisivo.
Refugio miraba por la ventana del autobús cómo pasaban los campos de maíz secos y los cerros pelones de Guanajuato.
—No puedo callarme —murmuró.
Si se callaba, estaba protegiendo a Elena. Estaba permitiendo que Elena siguiera con su penitencia masoquista. Pero también estaba mintiéndole a los muchachos. Y peor aún: estaba permitiendo que vivieran en una fantasía.
Paco creía que una extraña le dejaba notas por amabilidad. Joaquín vivía su vida sin saber que era observado.
¿Qué pasaría si un día se enteraban por otra persona? ¿Qué pasaría si Elena se enfermaba, o moría, y ellos descubrían la verdad entre sus cosas? El odio que sentirían hacia su abuela por no haberles dicho sería imperdonable.
—La verdad duele una vez —decía siempre Adán—. La mentira duele cada vez que te acuerdas.
Llegando a casa, Refugio fue directo al teléfono. Marcó el número de Paco. Era miércoles. No era día de llamada.
—¿Bueno? —contestó Paco al segundo timbrazo. Se oía el tecleo de una computadora de fondo—. ¿Abuela? ¿Pasó algo? ¿Estás bien?
—Estoy bien, hijo. No te asustes.
—Me asustas porque nunca llamas en miércoles a menos que se rompa una tubería o algo.
—No se rompió nada. Pero necesito verte.
—Ah, claro. El domingo voy. Ya quedé con Joaquín que…
—No —lo cortó Refugio—. Necesito verte mañana. A ti solo.
El tecleo se detuvo. Hubo un silencio denso en la línea. Paco, con su mente analítica, ya estaba calculando probabilidades de desastre.
—¿Es grave?
—Es importante, Francisco.
Paco tragó saliva. Su abuela nunca lo llamaba Francisco a menos que fuera muy serio.
—Está bien, abuela. Tengo clase temprano, pero salgo a las dos. ¿Quieres que vaya a San Gabriel?
—No. Yo voy a tu departamento. Llego a las tres. Espérame y compra pan dulce, que tenemos que platicar largo.
Colgó antes de que él pudiera hacer más preguntas. Le temblaban las manos.
Al día siguiente, Refugio llegó al pequeño departamento de estudiante que Paco rentaba cerca de la Valenciana. Era un lugar sencillo, pero Paco lo tenía impecable, a su manera. Había cables por todos lados, monitores desmontados sobre la mesa del comedor y torres de libros de programación que servían como mesitas de noche.
Pero estaba limpio. Y olía a café recién hecho.
—Pásale, abue —Paco la recibió con un abrazo que casi le saca el aire. Estaba preocupado. Se le notaba en la arruga entre las cejas—. Ya compré las conchas que te gustan. Y el café está listo.
Se sentaron en el pequeño sofá que había visto mejores tiempos. Refugio tomó la taza de café caliente entre sus manos, buscando calor, buscando valor.
Miró alrededor. En la pared, Paco tenía colgadas fotos. Una de Adán y Refugio en su boda de oro. Una de los tres (Adán, Paco y Joaquín) pescando en la presa. Una de Joaquín metiendo un gol.
No había fotos de Elena. Nunca las hubo. Las pocas que existían, Refugio las tenía guardadas bajo llave en el armario, en una caja prohibida. Para Paco y Joaquín, su madre era una silueta sin rostro, una historia triste contada antes de dormir.
—Bueno, abuela —dijo Paco, sentándose frente a ella en una silla de madera—. Ya estás aquí. Ya tengo el pan. No me tengas en ascuas. ¿Estás enferma? ¿Es el dinero? Sabes que mi beca llega la próxima semana y…
—No es dinero, hijo. Y estoy sana, gracias a Dios.
Refugio dejó la taza en la mesa. Respiró hondo.
—Paco, ¿te acuerdas lo que me contaste la otra vez? ¿De la señora de la limpieza en tu facultad?
Paco parpadeó, confundido por el cambio de tema.
—¿La conserje? Sí. ¿Qué tiene?
—Me dijiste que te dejaba notas. Que te cuidaba.
Paco sonrió, una sonrisa inocente y un poco avergonzada.
—Ah, sí. Es curioso. Ayer me dejó otra. Un chocolate y una nota que decía “Descansa la vista”. Jack dice que es espeluznante, que seguro es una viejita loca que se cree mi abuela, pero… no sé. A mí me da ternura. Se ve que es una señora solitaria. Nadie la pela, abue. Los chavos pasan y ni la ven. Yo creo que solo quiere sentirse útil.
Refugio sintió que el corazón se le partía en dos. Quiere sentirse madre, pensó.
—Paco —dijo Refugio, y su voz se quebró un poco—. Necesito que me escuches bien y no me interrumpas hasta que termine.
Paco se puso serio de inmediato. Se inclinó hacia adelante, con los codos en las rodillas.
—¿Qué pasa?
—Fui a tu universidad el martes. No fui a servicios escolares como te hubiera dicho si me hubieras visto. Fui a buscarla a ella.
—¿A la conserje? —Paco frunció el ceño—. ¿Por qué? ¿La conoces? ¿Es alguien del pueblo?
Refugio sostuvo la mirada de su nieto. Vio en sus ojos la inteligencia, la bondad, y la total ignorancia de la tormenta que estaba a punto de caerle encima.
—Sí, la conozco. La conozco desde hace muchos años.
—¿Quién es? —Paco ladeó la cabeza—. ¿Es alguna pariente lejana? ¿Alguna tía de la que no me contaste?
Refugio estiró la mano y tomó la de Paco. Sus manos eran grandes, como las de Adán, pero suaves por el trabajo de oficina, no como las lijas de su abuelo.
—Hijo… esa mujer no es una tía lejana. Y no te deja notas porque sea una viejita solitaria.
El silencio en el departamento se volvió espeso. Se podía escuchar el zumbido del refrigerador y el tráfico lejano de la ciudad. Paco miraba a su abuela, y Refugio vio el momento exacto en que su cerebro de ingeniero empezó a procesar los datos, a buscar la variable que faltaba, la única respuesta lógica que explicaba la angustia en los ojos de Refugio.
—No… —susurró Paco. Soltó la mano de su abuela y se echó hacia atrás, golpeando el respaldo de la silla—. No puede ser.
—Ella lleva ahí tres años, Paco —dijo Refugio, soltando la verdad como quien suelta un animal salvaje—. Trabajando de intendente. Limpiando tus salones. Viéndote todos los días.
—¿Quién es? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta. Su voz era un hilo de voz, aguda, como cuando era niño.
—Es Elena —dijo Refugio. Pronunciar el nombre en esa habitación se sintió como una maldición—. Es tu madre.
Paco se quedó inmóvil. Se puso pálido, de ese color cera que tienen los muertos. Se levantó de golpe, tirando la silla al suelo con un estruendo que hizo saltar a Refugio.
Caminó hacia la ventana y se quedó ahí, de espaldas, mirando hacia la calle sin ver nada. Sus hombros subían y bajaban rápido, muy rápido.
—¿Mi madre? —repitió, y la palabra sonó extraña en su boca, como si estuviera hablando en un idioma extranjero—. ¿La mujer que limpia los baños del edificio C es mi madre?
—Sí.
—¿La que me dejó una manzana el lunes?
—Sí.
Paco se giró. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su expresión no era de tristeza. Era de horror.
—¿Tú lo sabías?
—Lo supe el martes. La vi en el pueblo, tomando el camión. La seguí.
—¿Y ella? —Paco se pasó las manos por el pelo, jalándoselo con desesperación—. ¿Ella sabe que yo soy su hijo?
—Paco, ella está ahí por ti. Consiguió ese trabajo para verte. Trabaja en las tardes en La Salle para ver a Joaquín. Vive para verlos de lejos.
Paco soltó una risa histérica. Una risa que daba miedo.
—¿Para vernos? ¿Después de veinte años? ¿Después de dejarnos tirados con ustedes? —Paco empezó a caminar de un lado a otro del pequeño cuarto, como un león enjaulado—. Abuela, esto es… esto es enfermizo. Esto es acoso. ¡Es mi madre y no ha tenido el valor de decirme “hola” en tres años! ¡Me deja notitas anónimas como si fuera una psicópata!
—Tenía miedo, Paco. Tiene miedo de que la odien.
—¡Pues lo está logrando! —gritó él, y fue la primera vez en su vida que le levantó la voz a Refugio—. ¡Dios mío, abuela! He hablado con ella. Le he dicho “gracias, seño” cuando limpia cerca de mí. Le he sonreído. ¡Y ella no me dijo nada! ¡Me miró a la cara y no me dijo nada!
Paco se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos.
—Se siente sucio —dijo, con la voz ahogada—. Se siente como una burla. Yo me imaginaba… no sé qué me imaginaba. Que vivía en Europa. Que era feliz. Que se había olvidado de nosotros. Pero esto… ¿que ha estado trapeando mis huellas todo este tiempo?
Refugio se acercó y se sentó a su lado. Lo abrazó, sintiendo cómo el cuerpo de su nieto temblaba de rabia y de dolor.
—Tengo una carta —dijo Refugio suavemente—. Ella escribió una carta. Le costó un mes escribirla. Me la dio para ustedes.
Paco negó con la cabeza sin destaparse la cara.
—No quiero leerla. No quiero saber nada de ella.
—Tienes derecho a no querer —dijo Refugio, acariciándole el pelo—. Pero la carta está aquí, en mi bolsa. Y la verdad ya está sobre la mesa. Ya no hay más mentiras, mi niño. Se acabaron los secretos.
Paco se quedó en silencio un largo rato. Finalmente, bajó las manos. Tenía los ojos rojos e hinchados. Miró a su abuela con una intensidad devastadora.
—¿Joaquín lo sabe?
—No. Quise decírtelo a ti primero. Tú piensas antes de actuar. Joaquín… tú sabes cómo es Joaquín.
—Joaquín la va a matar —dijo Paco, sin rastro de broma—. O va a quemar la universidad.
—Por eso necesito tu ayuda —Refugio le tomó la cara entre las manos—. Necesitamos decidir cómo decírselo. Y necesitamos decidir qué vas a hacer tú con esa carta.
Paco miró el bolso de su abuela, donde descansaba el sobre que contenía veinte años de explicaciones tardías.
—Dámela —dijo, extendiendo la mano con un temblor visible—. No prometo leerla. Pero dámela.
Refugio sacó el sobre blanco. Se lo entregó. Paco lo sostuvo como si pesara una tonelada.
Afuera, el sol empezaba a ponerse sobre Guanajuato, tiñendo el cielo de un rojo sangre. Adentro, el mundo de Paco acababa de cambiar para siempre, y el eco de la verdad resonaba más fuerte que cualquier mentira piadosa que Refugio hubiera contado jamás.
La caja de Pandora estaba abierta. Y ya no había forma de cerrarla.
Capítulo 6: La Carta y el Huracán
Cuando Refugio cerró la puerta del departamento, dejó tras de sí un silencio que pesaba más que el concreto.
Paco se quedó sentado en el sofá desgastado, con el sobre blanco descansando sobre la mesa de centro como si fuera un artefacto explosivo sin desactivar. Afuera, la ciudad de Guanajuato empezaba a encender sus luces ámbar, iluminando los callejones y las fachadas coloniales, pero dentro del pequeño cuarto, el tiempo parecía haberse detenido en un invierno perpetuo.
Paco miró sus propias manos. Eran las manos de un ingeniero, acostumbradas a resolver problemas lógicos, a encontrar el error en el código, a soldar circuitos rotos. Pero esto no tenía arreglo. No había un algoritmo para procesar que la señora que limpiaba sus huellas cada mañana era la misma mujer que lo había parido y abandonado.
—Elena Vázquez —leyó en el remitente. La letra era cursiva, elegante pero temblorosa, como la de alguien que ha perdido la práctica de escribir cosas bonitas.
Durante una hora, no hizo nada. Solo miró el papel. Su mente, traicionera, reproducía una y otra vez los últimos tres años: cada vez que la saludó en los pasillos, cada vez que ella bajó la cabeza para no mirarlo, cada manzana, cada nota anónima.
“Échale ganas, futuro ingeniero”.
Sintió una náusea repentina. No era ternura lo que sentía ahora; era una violación a su intimidad. Ella lo había estado espiando. Había estado consumiendo su vida como una voyerista, robando momentos, mientras él vivía en la ignorancia feliz de creerse huérfano de madre pero rico en amor de abuelos.
Finalmente, con la rabia dándole valor, rasgó el sobre.
La carta no era larga. Eran dos hojas de cuaderno rayado, escritas con pluma azul, con borrones y manchas que parecían lágrimas secas.
“Queridos Paco y Joaquín:
Si están leyendo esto, es porque su abuela Refugio, que es más santa de lo que yo merezco, decidió que tenían derecho a saber que existo. Mi nombre es Elena. Hace veinte años, fui su madre.
Les escribo esto no para pedir perdón, porque sé que lo imperdonable no se borra con tinta. Les escribo porque merecen la verdad, por fea que sea. Cuando su padre murió, algo dentro de mí se apagó. No fue tristeza, hijos. Fue una oscuridad total. Los miraba a ustedes, tan chiquitos, tan idénticos a Tomás, y sentía que me ahogaba. No tenía aire.
Fui una cobarde. Esa es la única verdad. Me convencí de que el dinero de un extraño podía tapar el agujero que tenía en el pecho. Me convencí de que ustedes estarían mejor con Refugio y Adán, que eran fuertes, mientras yo era de cristal. Me fui buscando una vida que no existía, y encontré un infierno disfrazado de lujo.
Hace tres años regresé. No tengo nada. El hombre por el que los dejé murió y me dejó en la calle, que es donde merezco estar. Conseguí trabajo en la Universidad y en La Salle solo para verlos. Sé que suena enfermo. Sé que no tengo derecho. Pero verlos crecer, ver en qué hombres tan maravillosos se han convertido, ha sido lo único que me ha mantenido viva.
Paco, eres tan inteligente como tu padre. Joaquín, tienes su risa. Son lo mejor que Tomás dejó en este mundo, y yo soy la peor parte de su historia.
No espero que me busquen. No espero que me quieran. Solo quería que supieran que no me fui porque no los amara. Me fui porque no supe cómo amarlos sin romperme en pedazos.
Siempre suya, desde lejos,
Elena.”
Paco terminó de leer. No lloró. De hecho, sintió una sequedad árida en los ojos. Dobló la carta con precisión milimétrica, marcando los pliegues con la uña hasta casi romper el papel, y la volvió a meter en el sobre.
—Cobarde —susurró a la habitación vacía.
La palabra rebotó en las paredes. No sentía alivio. Sentía un peso nuevo, una responsabilidad asfixiante. Ahora él sabía. Y el saber lo convertía en cómplice.
Los siguientes dos días fueron una tortura psicológica. Paco fue a la universidad, pero caminaba como un espía en territorio enemigo. Entraba al edificio de Ingenierías mirando hacia todos lados, con el corazón desbocado, temiendo ver el uniforme azul.
El viernes, vio el carrito de limpieza estacionado fuera del baño de hombres. Vio el trapeador húmedo recargado en la pared. Pero no la vio a ella. Se encerró en un cubículo del baño y se quedó ahí diez minutos, respirando agitado, sintiéndose un niño asustado de nuevo.
—No puedo hacer esto —pensó—. No puedo fingir que no existe.
Y luego estaba Joaquín.
Joaquín había llamado el jueves y el viernes. Paco no contestó. Le mandó mensajes breves: “Estoy full con un proyecto final, te marco luego”. Mentirle a Joaquín era como mentirse a sí mismo; eran dos mitades de un mismo huevo, compartían hasta los presentimientos.
El sábado por la mañana, la mentira se acabó.
Paco estaba en su cocina, intentando arreglar una tostadora vieja solo para mantener las manos ocupadas, cuando escuchó golpes en la puerta. No eran toquidos normales. Eran golpes con ritmo, el código secreto que usaban desde niños: Tum-tum-pa-tum-tum.
Joaquín.
Paco cerró los ojos y soltó el desarmador. No había escapatoria.
Abrió la puerta y allí estaba su hermano. Joaquín venía sudado, con una camiseta de tirantes que dejaba ver sus brazos fuertes, cargando una mochila deportiva y una bolsa de plástico que olía a carnitas.
—¡Qué onda, desaparecido! —gritó Joaquín, entrando como un torbellino, llenando el pequeño departamento con su energía caótica—. Te estuve marcando y nada. Pensé que ya te habías vuelto un robot o que te habías conseguido novia y no querías presentarla.
Joaquín dejó la bolsa de comida en la mesa, apartando los cables y los libros sin ceremonia.
—Traje carnitas de León, las mejores. Y salsa de la que pica rico. ¿Qué tienes? Tienes cara de funeral.
Paco se quedó parado junto a la puerta, incapaz de componer la sonrisa. Joaquín, que tenía la sensibilidad emocional de un radar, dejó de sacar los envases de unicel y se giró lentamente. Su sonrisa se borró.
—¿Qué pasa? —preguntó Joaquín, y su voz cambió. Ya no era el hermano bromista; era el hermano protector—. ¿Es la abuela? ¿Le pasó algo a Refugio?
—La abuela está bien —dijo Paco rápido, para no asustarlo—. Físicamente está bien.
—¿Entonces? ¿Te reprobaron? ¿Te metiste en broncas? Habla, Francisco. Me estás poniendo nervioso.
Paco caminó hacia la mesa. Ahí, entre el desorden de su vida académica y las carnitas que se enfriaban, estaba el sobre blanco. Paco había intentado guardarlo en un cajón mil veces, pero siempre terminaba sacándolo, leyéndolo, volviéndolo a dejar ahí. Era un imán de desgracias.
—Vino la abuela el jueves —dijo Paco, con la voz ronca.
—¿Y no me avisaron? Qué gachos. ¿A qué vino?
—A traerme esto.
Paco señaló el sobre.
Joaquín frunció el ceño. Se limpió las manos en el pantalón y tomó el papel.
—¿Qué es? ¿Una herencia? ¿Encontraron papeles del abuelo?
Leyó el remitente.
Paco vio el momento exacto en que la comprensión golpeó a su hermano. Vio cómo las pupilas de Joaquín se dilataban.
—Elena Vázquez… —susurró Joaquín. Levantó la vista, y sus ojos eran dos carbones encendidos—. Vázquez era el apellido de soltera de mamá.
—Léela, Joaquín.
Joaquín sacó la carta con violencia, rasgando el sobre que Paco había cuidado tanto. Leyó de pie, con los músculos del cuello tensos como cuerdas de violín. Su respiración se aceleró, volviéndose ruidosa, errática.
A la mitad de la carta, Joaquín soltó una risa. Una risa corta, seca y fea.
—”Servicios Generales”… —leyó en voz alta, con un tono de incredulidad burlona—. “La Salle”…
Cuando terminó, arrugó la hoja en su puño hasta convertirla en una bola compacta.
—¿Es un chiste? —preguntó, mirando a Paco. Sus ojos estaban rojos, inyectados de sangre y lágrimas contenidas—. ¿Es una broma enferma de alguien?
—No es una broma. La abuela la vio. La siguió.
—¿Ella sabía? —Joaquín dio un paso hacia Paco, amenazante—. ¿La abuela sabía y no nos dijo?
—Se enteró apenas esta semana. La vio tomando el camión en el pueblo. Joaquín… ella trabaja en mi facultad. Es la conserje. La que limpia mi salón.
—¿Y en la mía? —Joaquín se llevó las manos a la cabeza, caminando en círculos por la sala—. Dice que trabaja en La Salle. ¿Es la señora de la limpieza? ¿La que recoge las bandejas? ¡Mierda!
Joaquín pateó una silla. La silla voló dos metros y se estrelló contra la pared, rompiéndose una pata. El estruendo fue liberador y aterrador al mismo tiempo.
—¡Estuvo ahí todo el tiempo! —gritó Joaquín, y ahora sí, las lágrimas brotaron, furiosas, calientes—. ¡Yo he comido ahí todos los días durante tres años! ¡Seguro me vio! ¡Seguro se rió de mí!
—No se rió, Joaquín. Dice que solo quería vernos.
—¡Me vale madre lo que ella quería! —rugió Joaquín, girándose hacia su hermano—. ¡Nos abandonó, Paco! ¡Nos dejó chillando en la banqueta! Y ahora resulta que lleva tres años jugando a la mamá escondida, espiándonos, viéndonos la cara de pendejos. ¿Tú sabías?
—Me enteré el jueves.
—¿Y por qué no me llamaste? —Joaquín lo empujó por el pecho. No fue un golpe fuerte, fue un reclamo de contacto, de dolor—. ¿Por qué me dejaste venir aquí a traer carnitas como un idiota mientras tú sabías que nuestra madre es la gata de nuestras escuelas?
—¡Porque no sabía cómo decírtelo! —Paco le devolvió el empujón. Necesitaban pelear. Necesitaban sacar el veneno—. ¡Porque sabía que te ibas a poner así! ¡Mírate, estás loco!
—¡Tengo derecho a estar loco! —Joaquín agarró la bola de papel arrugado y se la lanzó a la cara a Paco—. ¡Es nuestra vida, cabrón! ¡Es la mentira más grande de nuestra vida!
Ambos se quedaron respirando agitados, frente a frente, en la cocina minúscula. El olor a carnitas y salsa se mezclaba con la tensión eléctrica del ambiente.
Joaquín se pasó el brazo por los ojos, limpiándose las lágrimas con furia.
—¿Dónde está? —preguntó, con voz baja y peligrosa.
—No lo hagas, Joaquín.
—¡Dime dónde chingados está!
—No vas a ir a armar un escándalo a la universidad. Te van a quitar la beca.
—Hoy es sábado. No está trabajando. ¿Dónde vive? ¿Dónde se esconde?
Paco dudó. Sabía que darle la información a Joaquín en este estado era como darle un cerillo a un pirómano en una gasolinera. Pero también sabía que su hermano no pararía. Voltearía Guanajuato piedra por piedra hasta encontrarla.
—La abuela dijo que va a una iglesia —murmuró Paco, derrotado—. San Judas Tadeo, la que está por la Alhóndiga. Dice que va ahí todos los días antes de su turno o en sus días libres. A rezar.
—A rezar… —Joaquín soltó una carcajada amarga—. Pues ojalá rece mucho, porque va a necesitar ayuda divina.
Joaquín agarró su mochila. No tocó la comida. Caminó hacia la puerta con pasos pesados, pasos de hombre que va a la guerra.
—Joaquín, espera —Paco intentó detenerlo—. Voy contigo. No puedes ir solo.
—No —Joaquín se giró en el umbral. Su rostro estaba transformado. Ya no quedaba rastro del muchacho alegre que había entrado diez minutos antes—. Tú ya sabías y te callaste. Tú leíste la carta y la guardaste. Yo no quiero leer cartitas, Paco. Yo quiero verla a los ojos y que me explique por qué carajos valimos tan poco para ella.
—Joaquín, por favor…
—No me sigas.
Joaquín salió y azotó la puerta. El golpe hizo vibrar las ventanas y tiró al suelo la foto enmarcada de los tres pescando con el abuelo Adán.
Paco se quedó solo otra vez. Miró la foto rota en el suelo, el vidrio astillado sobre la cara sonriente de su abuelo muerto.
—Perdóname, abuelo —susurró, sintiendo que el equipo invencible que eran su hermano y él acababa de fracturarse por primera vez—. No supe cómo pararlo.
Paco corrió a la ventana. Vio salir a Joaquín del edificio, subirse a su viejo Chevy abollado y arrancar quemando llanta, bajando por la calle empinada hacia el centro de la ciudad, hacia la iglesia de San Judas, hacia el pasado que los estaba esperando para cobrarles la factura.
Paco tomó sus llaves y salió corriendo detrás de él. Sabía que no alcanzaría al coche, pero tenía que intentarlo. Porque Joaquín era fuego, y el fuego, si no se controla, quema todo lo que toca. Incluso a sí mismo.
Capítulo 7: Santos, Pecadores y el Eco de un Grito
Joaquín condujo su Chevy abollado como si el diablo lo persiguiera por los túneles subterráneos de Guanajuato. Las paredes de piedra, húmedas y oscuras, pasaban como un borrón a su alrededor, amplificando el rugido del motor y el de su propia respiración.
No pensaba. Sentía.
Sentía el fuego en el estómago, ese que le había servido para ganar campeonatos de fútbol, para defender a su hermano de los bravucones, para levantar pesas cuando los músculos le ardían. Pero esta vez, el fuego no era combustible; era un incendio forestal descontrolado.
Ella está aquí.
La frase se repetía en su cabeza con el ritmo de los neumáticos sobre el empedrado. Ella está aquí. Ella nos vio. Ella nos limpió la mesa y no dijo nada.
Joaquín golpeó el volante con el puño cerrado. El dolor físico fue un alivio momentáneo.
Llegó a la zona de la Alhóndiga, frenando bruscamente en una zona prohibida. No le importó. Bajó del coche dejando la puerta medio abierta y corrió hacia la iglesia de San Judas Tadeo. Era una construcción antigua, de cantera rosa desgastada por los siglos, famosa en la ciudad por ser el refugio de los casos difíciles y desesperados.
Qué irónico, pensó Joaquín con amargura. La patrona de los imposibles.
Empujó la pesada puerta de madera. El cambio fue instantáneo. El ruido del tráfico, de los vendedores ambulantes y de la vida turística se cortó de tajo, reemplazado por un silencio denso que olía a incienso rancio, cera derretida y madera vieja.
Sus ojos tardaron unos segundos en ajustarse a la penumbra. La iglesia estaba casi vacía a esa hora de la tarde. Solo había unas cuantas ancianas rezando el rosario en las primeras filas y un par de turistas tomando fotos discretas.
Joaquín caminó por el pasillo central, sus pasos resonando demasiado fuerte en el suelo de piedra. Buscó con la mirada. Buscó el uniforme azul. Buscó al monstruo que había imaginado durante veinte años.
Y la encontró.
Estaba en una de las bancas laterales, cerca de la imagen de San Judas. No llevaba el uniforme. Llevaba una blusa blanca sencilla y una falda gris, ropa de tianguis, ropa de nadie. Estaba arrodillada, con la espalda encorvada en una postura de sumisión total, con la frente apoyada en las manos entrelazadas sobre la madera del reclinatorio.
Se veía pequeña. Se veía frágil.
Eso fue lo que más enfureció a Joaquín. Él venía a pelear con un dragón, con la villana de telenovela que se había ido en un Mercedes Benz, y se encontraba con una mujer que parecía hecha de polvo y arrepentimiento.
Se detuvo a dos metros de ella. Su sombra cayó sobre la espalda de Elena.
—¿Tienes el descaro de rezar? —preguntó Joaquín. Su voz salió ronca, cargada de veneno, rompiendo la paz del recinto.
Elena se congeló. No se levantó de inmediato. Se quedó inmóvil, como si esperara que el techo se derrumbara sobre ella. Lentamente, muy lentamente, levantó la cabeza y giró el torso.
Cuando sus ojos se encontraron, Joaquín sintió un golpe en el pecho. Eran los ojos de Paco. Eran sus propios ojos mirándolo desde un rostro ajeno, devastado por el tiempo.
—Joaquín… —susurró ella. El nombre salió de sus labios como una oración prohibida.
—No —Joaquín dio un paso atrás, levantando un dedo acusador—. No digas mi nombre. No tienes derecho a usarlo. Tú perdiste ese derecho el día que te subiste a ese coche y nos dejaste tirados como basura.
Elena se levantó. Le temblaban las piernas. Se agarró del respaldo de la banca para no caerse.
—Tienes razón —dijo ella, con una voz que temblaba pero no se quebraba—. No tengo derecho a nada. Ni siquiera a mirarte.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste? —Joaquín alzó la voz, y una señora en la primera fila se giró para chistarle. A Joaquín no le importó—. ¿Por qué volviste? ¿Por qué te metiste en mi escuela? ¿Por qué te metiste en mi comida, en mi vida? ¡Llevo tres años comiendo a dos metros de ti y tú no tuviste los ovarios de decirme quién eras!
—Porque tenía miedo —confesó Elena, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, libres y silenciosas—. Tenía miedo de este momento, Joaquín. De ver el odio en tu cara.
—¿Odio? —Joaquín soltó una risa incrédula que rebotó en la cúpula de la iglesia—. No, señora. Esto no es odio. El odio requiere esfuerzo. Esto es asco. Asco de saber que mi madre prefiere limpiar mis sobras que hablar conmigo.
Elena recibió las palabras como latigazos. No se defendió. No puso excusas. Simplemente asintió, absorbiendo el golpe.
—Fui una cobarde —dijo ella—. Lo fui hace veinte años y lo sigo siendo. Cuando regresé, solo quería verlos. Quería saber si estaban bien. Quería saber si… si Adán y Refugio habían logrado hacer de ustedes hombres de bien, a pesar de lo que yo hice.
—¡Claro que lo hicieron! —gritó Joaquín, y ahora sí, la iglesia entera estaba escuchando—. ¡Ellos lo hicieron todo! El abuelo se murió trabajando para darnos lo que tú nos quitaste. La abuela se rompió la espalda lavando ajeno para que yo pudiera jugar fútbol. ¿Y tú? ¿Tú dónde estabas mientras yo aprendía a rasurarme? ¿Dónde estabas cuando Paco ganó su primer concurso de matemáticas?
Joaquín se acercó más, invadiendo su espacio personal, imponiendo su estatura y su fuerza física.
—Estabas jugando a la casita con tu millonario.
—No fue un juego —susurró Elena, bajando la mirada—. Fue una cárcel. Una cárcel dorada que yo misma construí. Y pagué el precio, Joaquín. Lo pagué con cada día de mi vida.
—¿Y crees que eso me importa? —Joaquín sintió que las lágrimas de rabia le quemaban los ojos—. ¿Crees que me importa si sufriste? Tú elegiste irte. Nosotros no elegimos que nos dejaras. Yo tenía dos años. ¡Dos años! Me pasé la primaria inventando que mi mamá era una heroína que estaba enferma, porque eso fue lo que la abuela nos dijo para que no nos sintiéramos una mierda. “Tu mamá está enferma del corazón”. ¡Mentira! Tu única enfermedad es que no tienes corazón.
Elena cayó de rodillas de nuevo. No porque estuviera rezando, sino porque las piernas le fallaron. Se cubrió la cara con las manos y sollozó. Fue un sonido feo, gutural, el sonido de algo que se rompe por dentro.
—Perdóname —gimió ella—. Perdóname, hijo mío. Perdóname por no ser fuerte. Perdóname por romperme cuando tu padre murió. Perdóname por no saber cómo quedarme.
Joaquín la miró desde arriba. Ver a su madre así, derrumbada en el suelo de piedra, debería haberle dado satisfacción. Debería haber sentido el triunfo de la justicia. Pero no sentía triunfo. Sentía un vacío inmenso, un agujero negro en el estómago.
—Levántate —dijo Joaquín, con voz dura—. No hagas una escena. Levántate.
Elena, obediente como una niña, intentó ponerse de pie, limpiándose la cara con el dorso de la mano.
—Leí tu carta —dijo Joaquín, bajando un poco el volumen, pero manteniendo la intensidad—. Dices que nos amas. Dices que siempre nos amaste.
—Es la verdad.
—El amor no se va, Elena. El amor se queda. El amor aguanta. El abuelo se quedó. La abuela se quedó. Eso es amor. Lo tuyo… lo tuyo es culpa. Estás aquí por culpa, no por amor. Estás limpiando pisos en mi universidad para lavar tu conciencia, no para cuidarme a mí.
Elena levantó la vista. Tenía los ojos hinchados y rojos, pero había una claridad repentina en su mirada.
—Tal vez tengas razón —dijo ella suavemente—. Tal vez empezó como culpa. Tal vez soy egoísta hasta en mi arrepentimiento. Pero Joaquín… cada vez que recojo tu bandeja, cada vez que te veo reír con tus amigos, cada vez que veo que te convertiste en un hombre fuerte y leal como tu padre… siento algo que no es culpa. Siento gratitud. Gratitud de que no te parezcas a mí.
Joaquín se quedó mudo. La honestidad brutal de ella lo desarmó. Esperaba excusas, esperaba que ella culpara a la abuela, o a la pobreza, o a la juventud. Pero ella se estaba culpando solo a sí misma.
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Joaquín, agotado de repente. La adrenalina se estaba desvaneciendo, dejándolo con un cansancio infinito—. ¿Dinero? ¿Que te mantengamos ahora que estás vieja y sola?
—Nada —Elena negó con la cabeza vehementemente—. No quiero nada. No quiero su dinero. No quiero que me digan mamá. Sé que no me gané ese título. Solo… solo quería que supieran que estoy aquí. Que si algún día, por alguna razón, necesitan algo… un riñón, sangre, o simplemente alguien a quien gritarle como estás haciendo ahorita… aquí estoy. Y no me voy a volver a ir.
—¿Aunque te diga que no te quiero volver a ver?
—Aunque me lo digas. Me quedaré en la ciudad. Seguiré limpiando. Seguiré viéndolos de lejos si eso es lo que piden. Pero no me voy a ir de Guanajuato. Aquí están mis hijos. Y aquí está la tumba de mi esposo. Ya corrí demasiado.
Joaquín la miró fijamente. Buscó la mentira en su rostro. Buscó la falsedad de la mujer del Mercedes. Pero solo vio a una mujer de la limpieza con las manos ásperas y el alma en los huesos.
Retrocedió un paso.
—No te perdono —dijo Joaquín. Necesitaba decirlo. Necesitaba establecer ese límite—. No sé si algún día pueda perdonarte. Lo que nos hiciste… eso no se arregla con una charla en una iglesia.
—Lo sé —dijo Elena.
—Y no quiero que te me acerques en la universidad. No quiero que mis amigos sepan que la señora de la limpieza es mi madre. Me da vergüenza.
La crueldad de la frase flotó en el aire. Elena bajó la cabeza, aceptando el golpe.
—Entiendo. Seré invisible. Te lo prometo.
Joaquín sintió un nudo en la garganta. Verla aceptar su vergüenza fue más doloroso que cualquier grito.
—Adiós, Elena —dijo él.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida. Sus pasos ya no resonaban con furia, sino con pesadez. Sentía que llevaba piedras en los bolsillos.
Cuando empujó la puerta para salir a la luz de la tarde, el aire fresco le golpeó la cara.
Allí, sentado en los escalones de la entrada, estaba Paco.
Su hermano había llegado en algún momento, quizás había escuchado los gritos desde afuera, o quizás acababa de llegar. Paco se levantó al verlo. Tenía la cara pálida y los lentes empañados.
—¿La mataste? —preguntó Paco, intentando bromear, pero con la voz temblorosa.
Joaquín se dejó caer en el escalón junto a él, ocultando la cara entre las manos.
—No —dijo Joaquín, y su voz se quebró—. Está ahí adentro. Está… Paco, está rota. No es la bruja que pensábamos. Es solo una pobre mujer que no tiene nada.
—¿Hablaste con ella?
—Le grité. Le dije cosas horribles. Le dije que me daba vergüenza.
—¿Y ella qué hizo?
—Me dio la razón.
Joaquín levantó la cara. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Se siente de la chingada, Paco. Pensé que si le gritaba me iba a sentir mejor. Pensé que iba a sacar todo este veneno. Pero me siento peor. Es como patear a un perro que ya está atropellado.
Paco le puso una mano en el hombro y apretó fuerte. El gesto de siempre. El equipo.
—Vámonos a casa, carnal —dijo Paco suavemente—. Vámonos con la abuela. Ella es la única madre que tenemos.
—Sí —Joaquín se puso de pie, limpiándose los ojos con la camiseta—. Vámonos.
Caminaron hacia el coche. Pero antes de subir, Joaquín miró hacia la puerta de la iglesia una última vez. No entró de nuevo. No la perdonó. Pero por primera vez en veinte años, la imagen de su madre no era un hueco vacío ni una villana de cuento. Era una realidad humana, dolorosa y tangible, que se había quedado rezando sola en la penumbra.
Y eso, aunque dolía como una herida abierta, era mejor que la mentira.
Capítulo 8: Los Jitomates de Adán y el Arte de Reparar lo Roto
El invierno llegó a Guanajuato con una crueldad que los huesos de Refugio ya no pudieron ignorar. No fue una caída dramática, ni un evento de película. Fue el desgaste lento de una maquinaria que ha trabajado sin descanso por casi ochenta años.
Primero fue la fatiga al subir las escaleras. Luego, la falta de aire al barrer el patio. Finalmente, un desmayo en la cocina, justo cuando intentaba alcanzar el frasco de azúcar en la alacena alta.
Despertó en una cama de hospital en León, con el pitido rítmico de un monitor cardíaco y las caras pálidas de sus dos nietos mirándola desde arriba.
—No me miren así, que todavía no me muero —susurró Refugio, aunque la voz le salió rasposa y débil.
—Nos diste un susto de muerte, abuela —dijo Paco, apretándole la mano con cuidado, como si fuera de cristal—. El doctor dice que es insuficiencia cardíaca. Tu corazón está… cansado.
—Mi corazón está harto, que es diferente —bromeó ella, intentando sonreír.
Pero la realidad médica no entendía de bromas. El doctor fue claro horas más tarde, hablando con los tres en el pasillo: Refugio no podía volver a vivir sola en la casa de San Gabriel. Necesitaba cuidados las 24 horas, ayuda para moverse, control estricto de medicamentos.
El silencio que siguió a la noticia fue denso. Paco y Joaquín se miraron. Ambos tenían trabajos absorbentes, vidas que apenas despegaban en ciudades distintas. Pagar una enfermera de planta era costoso; meterla en un asilo era impensable, una traición a la mujer que les dio todo.
—Podemos turnarnos —sugirió Joaquín, rascándose la nuca con desesperación—. Yo voy los fines de semana, tú vas entre semana…
—Joaquín, trabajo diez horas diarias —lo cortó Paco, pragmático pero angustiado—. Y tú viajas con el equipo cada quince días. No es realista. Y vender la casa para pagar un asilo… la mataría de tristeza antes que el corazón.
Estaban en ese callejón sin salida, discutiendo en voz baja fuera de la habitación 304, cuando vieron llegar a Elena.
No llevaba el uniforme de conserje. Llevaba unos pantalones de mezclilla viejos y un suéter gris que le quedaba grande. Se había enterado por los rumores en la universidad, o tal vez por ese instinto maternal que se le había despertado tarde pero con fuerza. Se quedó parada al final del pasillo, sin atreverse a acercarse al círculo familiar.
Joaquín se tensó de inmediato, cuadrando los hombros. Paco suspiró.
Refugio, desde su cama, los vio a través de la puerta abierta. Y tomó la decisión que definiría el final de su vida.
—Háganla pasar —ordenó Refugio con un hilo de voz que no admitía réplica.
Cuando Elena entró, temblando como una hoja, los muchachos se apartaron para dejarle espacio, aunque Joaquín mantuvo la mirada fija en la pared, negándose a verla.
—Me enteré… —empezó Elena—. Solo quería saber si…
—Necesito ayuda, Elena —dijo Refugio, yendo directo al grano. Su tiempo se acababa y no quería desperdiciarlo en rodeos—. El médico dice que no puedo estar sola. Mis muchachos tienen que trabajar. No tengo dinero para pagar una enfermera de lujo.
Elena abrió los ojos desmesuradamente. Entendió la oferta implícita antes de que Refugio la terminara.
—Yo lo hago —dijo Elena, dando un paso adelante. La desesperación y la esperanza se mezclaron en su voz—. Yo te cuido, Refugio. Me mudo a la casa. Duermo en el sofá si es necesario. Sé cocinar, sé limpiar, aprendo a poner inyecciones. Lo que sea.
—¡No! —Joaquín saltó, girándose bruscamente—. ¡Ni de chiste! No vas a entrar a esa casa. Esa casa es sagrada. Es la casa del abuelo.
—Es mi casa, Joaquín —interrumpió Refugio, levantando la mano débilmente para callarlo—. Y es mi decisión.
—¡Abuela, te abandonó! —Joaquín señaló a Elena con un dedo acusador—. ¡Nos abandonó! Y ahora quiere jugar a la enfermera caritativa para sentirse menos miserable. No lo hace por ti, lo hace por ella.
—Lo sé —dijo Refugio, mirando a Elena a los ojos—. Sé que lo hace por ella. Para pagar sus deudas con Dios o con la vida. Y eso me sirve. Necesito a alguien que me cuide como si su salvación dependiera de ello. Y Elena necesita salvarse.
Hubo un silencio largo. Paco miraba el suelo, calculando. Joaquín respiraba agitado, furioso. Elena lloraba en silencio.
—No es perdón, Elena —advirtió Refugio—. Si entras a esa casa, vas a trabajar duro. Vas a limpiar el culo de una vieja enferma, vas a aguantar mis malos humores y vas a ver las fotos de mis nietos en las paredes sabiendo que te perdiste sus vidas. Es un purgatorio, no un premio.
—Acepto —dijo Elena. No dudó ni un segundo.
—Joaquín, Paco —Refugio miró a sus nietos—. Si su madre cuida de mí, ustedes pueden seguir con sus vidas. Pueden venir a visitarme sin la angustia de encontrarme muerta en el piso. Es un trato práctico. Tómenlo o déjenlo.
Paco fue el primero en asentir.
—Está bien, abuela. Si tú quieres.
Joaquín apretó los dientes tan fuerte que le dolió la mandíbula. Miró a Elena con un desprecio que poco a poco se transformó en resignación impotente.
—Si le haces daño… —amenazó Joaquín entre dientes—. Si te vuelves a ir cuando las cosas se pongan feas… te juro que te encuentro.
—No me voy a ir —prometió Elena—. Esta vez me quedo hasta el final.
La mudanza fue silenciosa. Elena llegó a la casa de San Gabriel con una maleta pequeña. Se instaló en el cuarto de costura, un habitáculo pequeño en la planta baja.
La dinámica de la casa cambió. Se volvió un ecosistema frágil y extraño.
Elena se convirtió en la sombra de Refugio. Aprendió a medirle la presión, a triturar las pastillas en el puré de manzana, a ayudarla a ir al baño manteniendo la dignidad de la anciana intacta. Cocinaba los caldos que le gustaban a Adán. Barría el patio con una obsesión casi religiosa.
Los primeros meses, cuando Paco y Joaquín visitaban los fines de semana, el ambiente era cortante como un cuchillo recién afilado.
Elena se retiraba a su cuarto o a la cocina cuando ellos llegaban. Se volvía invisible para no incomodarlos. Les servía la comida y se iba.
Pero poco a poco, la invisibilidad se volvió imposible.
Un domingo de abril, Paco entró a la cocina buscando agua y encontró a Elena llorando frente a la estufa. El mole se le había quemado. Otra vez. El olor a humo llenaba la casa, un eco cruel de aquel martes de hacía veinte años.
—No me sale —sollozó ella, tallándose los ojos con el delantal—. Quiero hacerlo como ella lo hacía, pero no me sale. Soy una inútil.
Paco se quedó parado en la puerta. Podría haberse ido. Podría haberla dejado llorar. Pero vio en ella una frustración que él conocía bien cuando un código no compilaba.
Se acercó, tomó una cuchara y probó la salsa negra y amarga.
—Le falta chocolate —dijo Paco—. Y lo pusiste a fuego muy alto. La abuela lo hace a fuego lento, casi apagado, por tres horas.
Elena lo miró, sorprendida de que le dirigiera la palabra para algo que no fuera una orden.
—¿Tú sabes hacerlo?
—Yo la veía hacerlo —Paco se quitó el reloj y se remangó la camisa—. Quítate. Vamos a arreglarlo. Tira eso y empieza a tostar los chiles otra vez. Yo te digo cómo.
Cocinaron juntos en silencio. No hablaron del pasado. Hablaron de chiles mulatos y de la cantidad exacta de canela. Y cuando sirvieron la comida ese día, y Joaquín probó el mole y dijo: “Sabe casi igual al de la abuela”, Paco vio una pequeña sonrisa tímida en la cara de su madre. Fue el primer ladrillo del puente.
Con Joaquín fue más difícil. Mucho más difícil.
Joaquín la ignoraba activamente. Si ella entraba a un cuarto, él salía. Si ella le preguntaba algo, él respondía con monosílabos.
El cambio llegó en verano, con los jitomates.
La mata de jitomates de Adán, esa planta legendaria que parecía revivir cada año por pura terquedad, estaba llena de plaga. Joaquín, en una de sus visitas, estaba en el patio intentando salvarla, maldiciendo y arrancando hojas secas con brusquedad.
—Los vas a matar si les quitas tanta hoja —dijo una voz detrás de él.
Elena estaba parada en el umbral del patio, con una jícara de agua con jabón y tabaco.
—No te metas —gruñó Joaquín.
—Tu padre… —Elena se corrigió rápido—. Tu abuelo Adán usaba esto. Agua con jabón y colillas de cigarro. Es lo único que mata al pulgón sin quemar la planta.
Joaquín se quedó quieto, con las manos llenas de tierra. Miró la planta moribunda. Era el legado de Adán. No podía dejarla morir por orgullo.
Se hizo a un lado sin decir nada.
Elena se arrodilló en la tierra. Con una paciencia infinita, empezó a limpiar hoja por hoja con el remedio casero. Joaquín la observó. Vio sus manos maltratadas, sus rodillas en el suelo, el sudor en su frente. Vio la misma dedicación que ponía al cuidar a Refugio.
—¿Él te enseñó? —preguntó Joaquín, brusco.
Elena no levantó la vista de la planta.
—Sí. Cuando nos casamos. Adán amaba estas plantas más que a nada… bueno, después de a ustedes. Me enseñó a cuidarlas porque decía que las plantas son como la familia: si no las riegas y les quitas la plaga a tiempo, se secan. Yo… yo dejé que la mía se secara.
Joaquín miró los jitomates. Luego miró a su madre.
—Pues esta todavía tiene unos verdes —dijo él, señalando una rama baja—. A lo mejor se salvan.
No fue un “te quiero”. No fue un “te perdono”. Pero fue una tregua. Se sentaron juntos en la tierra y terminaron de limpiar la planta mientras el sol caía sobre San Gabriel.
Refugio duró un año y medio más.
Fueron dieciocho meses de regalo. Dieciocho meses donde vio lo imposible hacerse realidad bajo su techo. Vio a sus nietos y a su nuera convivir. Vio cómo las aristas afiladas del rencor se iban limando con el roce de la rutina diaria. Vio risas tímidas en la sobremesa. Vio a Elena recuperar peso y color en las mejillas, vio cómo dejaba de encorvarse.
La muerte llegó un martes —siempre los martes—, pero esta vez no trajo dolor.
Refugio se quedó dormida durante la siesta y simplemente olvidó despertar. Su corazón cansado dio un último latido y se detuvo.
La encontraron Elena y Paco. Elena le estaba leyendo una novela en voz alta mientras Paco trabajaba en su laptop en el sillón de al lado.
—Se fue —dijo Elena, cerrando el libro suavemente. Le tomó el pulso, le besó la frente y luego se giró hacia Paco—. Ya descansa.
El funeral fue multitudinario, como el de Adán. Pero en la primera fila, junto a la tumba abierta donde ya esperaba el espacio junto al abuelo, solo había tres personas.
Paco, a la derecha. Joaquín, a la izquierda. Y Elena, en el centro, un paso atrás, vestida de negro riguroso.
Cuando el sacerdote terminó y la gente empezó a dispersarse, Elena se quedó mirando la lápida.
—Misión cumplida, Refugio —susurró—. Gracias.
Se dio la vuelta para irse. No hacia el coche de los muchachos, sino hacia la salida del cementerio. Tenía su maleta hecha desde la noche anterior. Había cumplido su promesa: quedarse hasta el final. Ahora, suponía, le tocaba desaparecer de nuevo. La casa era de ellos. Su función había terminado.
Caminó por el sendero de tierra, sintiendo el vacío inmenso de no tener a quién cuidar.
—¿A dónde vas?
La voz de Joaquín la detuvo.
Elena se giró. Los dos hermanos estaban parados junto a la tumba, mirándola. El sol del atardecer les daba en la espalda, creando halos de luz alrededor de sus siluetas.
—Ya terminé —dijo Elena, bajando la cabeza—. Refugio ya no está. La casa es suya. Yo… voy a buscar un cuarto en León. Seguiré en la universidad, no se preocupen.
—La abuela dejó dicho que hiciéramos mole hoy —dijo Paco, ajustándose los lentes—. Para el novenario.
—Y nadie sabe hacerlo como ella —añadió Joaquín. Hizo una pausa, rascándose la nuca, incómodo—. Bueno, tú sabes. Paco dice que ya te sale bien.
Elena los miró, confundida. El corazón le latía desbocado.
—¿Quieren… quieren que vaya a cocinarles?
—Queremos que vayas a comer —corrigió Joaquín. Dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad—. No te voy a decir mamá todavía, Elena. A lo mejor nunca te lo digo. Pero los jitomates ya dieron fruto otra vez. Y sería una estupidez que se pudrieran porque nadie se los come.
Paco sonrió.
—Vamos a casa, Elena. El equipo está incompleto sin la cocinera.
Elena soltó la maleta. Las lágrimas le brotaron, pero esta vez no eran de dolor, ni de culpa, ni de vergüenza. Eran lágrimas de algo que se parecía mucho a la redención.
Caminaron los tres hacia la salida. No iban abrazados. Iban caminando juntos, con espacio entre ellos, respetando las cicatrices que aún estaban frescas.
No era un final de cuento de hadas. No habían borrado el pasado. Las grietas seguían ahí, visibles como en una vasija reparada con oro, al estilo kintsugi japonés. Pero mientras salían del cementerio y se dirigían a la vieja casa donde el fantasma de Adán y Refugio seguramente ya los esperaba con la mesa puesta, Elena supo que, por primera vez en veinte años, no estaba huyendo.
Estaba volviendo a casa.
Y tal vez, solo tal vez, eso era suficiente.
FIN.
