LA SOMBRA DE REFORMA: De Limpiadora a Leyenda, La Mujer que Desafió a la Muerte por un Extraño

(PARTE 1 DE 3)

CAPÍTULO 1: La Invisibilidad de los Nadie

La lluvia en la Ciudad de México no limpia; a veces, solo ensucia más. Esa noche, el cielo sobre Paseo de la Reforma parecía una lámina de acero oxidado, soltando un aguacero furioso que golpeaba los ventanales de la imponente Torre Emperador. Sesenta pisos de cristal, dinero y ambición que dominaban el skyline de la capital, brillando como una joya en medio del caos urbano.

Adentro, el lobby era otro mundo. Olía a lavanda cara y a dinero viejo. El mármol italiano de los pisos brillaba tanto que podías ver tus propios pecados reflejados en él. Ejecutivos con trajes que costaban más de lo que Valentina ganaba en dos años cruzaban los arcos de seguridad, hablando por teléfonos satelitales, sus zapatos de suela dura repiqueteando como metrónomos de poder.

Y ahí, en una esquina, invisible para todos ellos, estaba Valentina Rojas.

Empujaba su carrito gris de limpieza con la rutina mecánica de quien ha dejado de soñar hace mucho tiempo. Su uniforme era sencillo: una camisola azul marino de poliéster que le quedaba un poco grande, un gafete blanco que decía “Valentina – Servicios Generales”, y unos zapatos de goma negros que chirriaban suavemente sobre el piso pulido.

—Con permiso, buenas noches —murmuraba cuando alguien pasaba demasiado cerca.

Nadie respondía. Nadie la miraba a los ojos. ¿Para qué? Para ellos, ella era parte del mobiliario. Ruido de fondo. La mujer que vaciaba los botes de basura, reponía las toallas de papel en los baños de mármol y desaparecía antes de que saliera el sol. Era un fantasma en su propia ciudad.

Pero Valentina prefería el silencio. El silencio era seguro. El silencio no hacía preguntas sobre las cicatrices en su espalda, ni sobre por qué una mujer con sus reflejos y su disciplina estaba trapeando pisos por el salario mínimo. El silencio no preguntaba por Marco, ni por la bandera tricolor doblada en triángulo que guardaba en el cajón de su buró en Iztapalapa.

A las 8:41 P.M., las puertas automáticas de cristal se abrieron con un siseo hidráulico. El aire húmedo de la calle se coló por un segundo, trayendo el olor a asfalto mojado y tacos de canasta, antes de que el aire acondicionado lo devorara.

Una caravana de tres Suburbans negras, blindadas hasta los dientes, se detuvo en la bahía de ascenso. Se movieron como tiburones oliendo sangre en el agua.

Cinco hombres bajaron. Impecablemente vestidos con trajes oscuros, pero con esa rigidez en los hombros que delataba que llevaban algo pesado bajo el saco. No eran turistas gringos buscando el Museo de Antropología. Tampoco eran empresarios. Valentina, que estaba limpiando una mancha de café cerca de la recepción, sintió un piquete en la nuca. Ese sexto sentido que creía dormido, enterrado bajo años de cloro y resignación, se despertó de golpe en su torrente sanguíneo.

Depredadores, pensó.

El hombre más alto lideraba la manada. Viktor. Rasgos de Europa del Este, cabeza afeitada, ojos como chips de hielo. El tipo de hombre que nunca sonreía porque el control era la única emoción que se permitía. Escaneó el lobby una vez. Marcó las salidas, las cámaras de seguridad, a los dos guardias privados que bostezaban cerca de los elevadores.

Luego, su mirada cayó sobre Valentina.

Por un segundo, la mano de ella se tensó sobre el mango del trapeador. Sus nudillos se pusieron blancos.

—Sigue moviéndote, Val —se susurró a sí misma, tragando saliva—. Solo sigue moviéndote. No es tu guerra. Ya no.

Al otro lado del lobby, Eduardo Castillo, el fundador multimillonario de NeuroTeck, estaba parado junto a los elevadores revisando mensajes en su iPhone. La luz de la pantalla pintaba su rostro de un azul pálido. Se veía joven para tener tanto dinero, quizás unos treinta y tantos años, con esa vibra de “tech bro” despreocupado. Estaba ahí para una cena privada en el Penthouse con supuestos inversores extranjeros interesados en su nuevo sistema de encriptación cuántica.

Lo que Eduardo no sabía era que cada hombre que acababa de entrar llevaba un arma con silenciador fajada en la cintura. Y que la cena no era para negociar, era para ejecutar.

Viktor se movió primero. Su voz fue tranquila, casi educada, pero cargada de una amenaza letal.

—Señor Castillo —llamó.

Cuando Eduardo levantó la vista, la pistola con silenciador apareció en la mano de Viktor como una sombra conjurada de la nada.

—Esta noche se acaba todo.

El tiempo se detuvo. El guardia de seguridad de la entrada ni siquiera tuvo oportunidad de llevar la mano a su radio. Uno de los hombres de Viktor ya estaba detrás de él, presionando algo afilado contra su riñón.

El aire en el lobby cambió. Ya no olía a lavanda. Olía a ozono y acero pulido. Olía a muerte.

Valentina se quedó helada junto a su carrito. Su cerebro, entrenado en los campos de adiestramiento de la Marina y curtido en la sierra, se dividió en dos mitades violentas. La mitad civil gritaba: “¡Corre! ¡Escondete en el baño de servicio! ¡Piensa en Sofía y Mateo!”. Pero la mitad soldado, la que llevaba la sangre de “Fieles hasta la muerte”, susurraba: “¡Evalúa! ¡Planifica! ¡Ejecuta!”

Viktor dio un paso más cerca. El cañón negro apuntaba directamente a la frente de Eduardo.

—Aléjese del elevador. Sin movimientos bruscos.

La voz de Eduardo salió baja, temblorosa pero intentando mantener la dignidad.

—Lo que sea que les estén pagando… puedo doblarlo. Tengo cuentas en Suiza, cripto…

Viktor sonrió. Una mueca pequeña y cruel.

—Su vida vale más muerto que vivo, señor Castillo. Órdenes de arriba.

Entonces, sus ojos de hielo se desviaron hacia Valentina.

—Oye tú —dijo, haciendo un gesto despectivo con la pistola—. La gata de la limpieza.

Valentina sintió que el estómago se le iba a los pies. Todo el lobby era una cámara de eco ahora. Cada respiración amplificada, cada segundo estirándose como una liga a punto de romperse.

—¿Ves esto? —preguntó Viktor, golpeándose suavemente la sien con el silenciador—. ¿Ves lo que está pasando aquí?

Valentina no habló. Mantuvo la cabeza baja, los hombros encorvados. La postura de la sumisión. El camuflaje perfecto de los oprimidos.

—Lárgate —continuó él, con voz de metal frío—. Mantén esa boca cerrada o te meteré una bala en esa cabeza inútil y dejaré que te pudras aquí mismo.

Uno de sus hombres se rió por lo bajo.

—¿Crees que te entiende, jefe? Parece una india bajada del cerro.

Viktor ni siquiera lo miró.

—Estos animales siempre entienden el miedo —se volvió hacia Valentina—. Desaparece. Sé invisible, como una buena nadie.

El insulto golpeó con precisión quirúrgica. Estaba diseñado para humillar, para recordarle su lugar en la cadena alimenticia. La quijada de Valentina se tensó. Sus manos, ásperas y callosas por años de fregar azulejos y cargar cubetas, apretaron el mango del trapeador con una fuerza que podría haber doblado el metal.

Respira, Rojas. Todavía no.

Los hombres se reposicionaron, formando un semicírculo alrededor de Eduardo. Sus movimientos eran eficientes. Demasiado eficientes. No eran matones de cartel cualquiera. Eran mercenarios, exmilitares. Entrenados. Habían planeado esto. Sabían los horarios, sabían las rutas.

El único sonido era el zumbido de las luces del lobby y el suave chirrido de las ruedas del carrito de Valentina mientras comenzaba a retroceder, lenta y mesuradamente.

Sus ojos oscuros parpadearon hacia la pared de cristal reflectante junto a los elevadores. En el reflejo, vio su propia cara enmarcada contra la de ellos. Su uniforme azul marino barato contra sus trajes de diseñador. Su carrito de limpieza contra sus armas automáticas.

Invisible contra invencible.

O al menos, eso era lo que ellos pensaban.

Viktor la despidió con un movimiento perezoso de la mano.

—Vete antes de que decida que eres un problema.

Valentina empujó su carrito hacia el pasillo de servicio. Cada músculo de su cuerpo gritaba por moverse más rápido, por huir, pero su ritmo cardíaco hizo lo contrario: disminuyó. Se estabilizó en ese ritmo de combate lento y mortal que solo conocen quienes han visto la muerte a los ojos y le han escupido en la cara.

Podía sentirlo. El cambio. El “switch”. La geometría de la habitación se reorganizó en su mente. Ya no veía decoraciones de lujo. Veía ángulos de tiro. Veía distancias. Veía puntos de cobertura. Veía armas improvisadas.

Dobló la esquina, desapareciendo en el pasillo oscuro que conducía a los montacargas. Su reflejo se desvaneció del cristal del lobby.

A sus espaldas, Viktor ladeó la cabeza ligeramente.

—Ya se fue —murmuró—. Bien. No quiero testigos pobres manchando la alfombra.

No tenía idea de lo que acababa de dejar escapar.

CAPÍTULO 2: El Despertar de la Bestia

Valentina llegó al final del pasillo y se recargó contra la pared fría de concreto. Su pecho subía y bajaba en respiraciones controladas, inhalando por la nariz, exhalando por la boca. Su pulso tamborileaba en sus oídos, pero sus manos… sus manos estaban firmes como rocas.

Abrió la puerta del armario de mantenimiento y se deslizó adentro. El pequeño espacio olía a lejía, a trapos húmedos y a soledad. Su carrito quedó estacionado afuera, pero ella todavía llevaba el cinturón de herramientas que siempre usaba, aunque sus compañeros se burlaban de ella por “tomarse el trabajo tan en serio”.

Cinta adhesiva industrial. Un destornillador de punta plana afilado. Una linterna táctica pequeña. Una navaja multiusos. Herramientas que, en las manos correctas, se convertían en sentencias de muerte.

Cerró los ojos por un segundo largo. Las imágenes volvieron como fantasmas viejos y dolorosos.

Las tormentas de arena en el desierto de Sonora durante el adiestramiento. El zumbido en los oídos después de las explosiones en aquel operativo fallido en Tamaulipas. La voz de su difunto esposo, Marco, entregándole esa moneda de plata el día que ambos se graduaron del curso de Fuerzas Especiales.

“Fieles, Vale. Siempre fieles. Aunque nadie nos vea. Aunque nadie nos agradezca.”

Su mano rozó la moneda ahora, guardada en el bolsillo de su pantalón, suave por los años de llevarla consigo.

—Siempre —susurró.

Afuera, la lluvia se intensificó, golpeando contra los altos paneles de vidrio de la Torre Emperador como si la propia Ciudad de México le estuviera advirtiendo lo que venía.

Cinco hombres armados. Un objetivo. Docenas de civiles en los pisos superiores que ni siquiera sabían que estaban parados sobre un barril de pólvora. Podría llamar a la policía, claro. Pero había escuchado lo suficiente para saber que el plan de los rusos era hermético. Respuesta retrasada, cámaras en bucle, distracciones establecidas. Habían construido una trampa perfecta.

Excepto por una variable que no habían tenido en cuenta.

La conserje. Que no era solo una conserje.

Valentina se enderezó. Sus ojos, normalmente bajos y humildes, se endurecieron convirtiéndose en acero templado. En el espejo sucio sobre el lavabo de servicio, su reflejo ya no parecía cansado. Parecía listo. Parecía letal.

De vuelta en el lobby, Viktor revisó su reloj Rolex. 8:43 P.M.

—El transporte de extracción llega en dos minutos —dijo a sus hombres en ruso—. Háganlo limpio. Sin sangre en las paredes si es posible.

El piso de mármol brillaba bajo los candelabros de cristal. Los guardias de seguridad habían sido neutralizados discretamente y arrastrados fuera de vista. El lobby se sentía vacío, estéril, excepto por el zumbido silencioso del peligro colgando en el aire. Eduardo Castillo estaba pálido, temblando ligeramente, sabiendo que su dinero no podía comprarle ni un segundo más de vida.

Valentina entró en el montacargas de servicio, presionó el botón para el “Mezzanine” (el entrepiso técnico que daba a los ductos de ventilación sobre el lobby) y susurró para sí misma:

—Vamos a ver si lo invisible todavía puede pelear.

Las puertas del elevador se cerraron con un siseo metálico, sellándola en la oscuridad. Afuera, un relámpago iluminó la fachada espejada de la torre. Adentro, la muerte estaba tomando posición. Y en algún lugar entre los dos, una mujer olvidada estaba a punto de cambiarlo todo.

El montacargas zumbó suavemente mientras subía. Una pulsación lenta de maquinaria llevando a Valentina a través de capas de silencio. Piso 1, Piso 2… Ella cerró los ojos. Por un momento, el ritmo de las cadenas del elevador sonó demasiado como las aspas de un helicóptero Black Hawk.

Y así, el pasado sangró en el presente.

Doce años antes. Sierra Madre Occidental. El calor había sido brutal ese día. La Teniente Valentina Rojas estaba agachada detrás de un muro de adobe en ruinas. Radio presionado contra su oreja.

“Eco Uno, aquí Fantasma. Paquete asegurado, solicitando extracción inmediata.”

Disparos crepitaron en la distancia. Tres tiros secos, luego silencio. Marco, su esposo, había estado en posición de vigilancia dos cuadras abajo. Él dijo que cubriría su salida. Siempre lo hacía.

La explosión que siguió había convertido el horizonte en un sol blanco y furioso. Recordaba correr, el polvo, el humo, la sangre… y más tarde, el hospital militar en la Ciudad de México. Su pierna en tracción, la cara solemne de su oficial al mando entregando las palabras que congelaron su mundo para siempre.

“Lo sentimos mucho, Teniente. No lo logró.”

Le dieron medallas, una pensión miserable y una bandera doblada. Pero cuando las luces de la ceremonia se apagaron y los aplausos terminaron, nadie preguntó qué pasaba con los soldados cuando la lucha terminaba. Nadie le dio trabajo a una mujer con cojera y pesadillas.

De vuelta al presente, el elevador hizo un ding suave. Las puertas se abrieron en el nivel de mantenimiento del personal, un pasillo estrecho que olía a aceite y cables quemados.

Valentina salió. Las luces fluorescentes parpadeaban como estrellas moribundas. Se apoyó contra la pared, exhaló lentamente. Seis años de anonimato le habían enseñado cómo ser invisible a plena vista. Llevaba el silencio como armadura y la humildad como camuflaje. Pero esa armadura se estaba rompiendo esta noche.

Entró en la bahía de almacenamiento de limpieza. Su pequeño reino de trapeadores, trapos y herramientas olvidadas. Una foto descolorida de sus hijos, Sofía y Mateo, estaba pegada dentro de la puerta del casillero. Debajo yacía una pequeña caja de madera envuelta en un viejo paliacate rojo.

Valentina dudó antes de levantar la tapa.

Dentro descansaban las reliquias de una vida de la que ya no hablaba. Una hoja de cerámica negra diseñada para cortes silenciosos. Un parche bordado de las Fuerzas Especiales. La moneda de desafío de Marco.

Su pulgar rozó la superficie de la moneda.

—Fe —murmuró, en algo que valga la pena salvar.
—Enfoque —dijo, guardándose la moneda en el bolsillo.
—Fuego —respiró, su voz volviéndose acero—, solo cuando no haya otra manera.

Valentina se quitó la camisa de trabajo azul marino y la reemplazó con una camiseta táctica negra ajustada que siempre mantenía oculta debajo de su ropa de repuesto. Los viejos hábitos mueren más difícil que los soldados.

Del fondo del casillero, recuperó su mochila de herramientas preparada: cinta adhesiva, precintos plásticos (zip ties), y una botella de mezcla de humo casera que había creado con amoníaco y ácido muriático. Improvisado, peligroso, pero mortal en las manos correctas.

Su reflejo en el espejo del casillero parecía desconocido ahora. Ya no era la conserje tranquila. Era la soldado que solía despejar habitaciones en 10 segundos planos.

Flexionó la muñeca. La vieja cicatriz de metralla atrapó la luz.

A través de los conductos de aire, podía escuchar estática de radio, voces amortiguadas, acentos rusos. Ya se estaban moviendo a posición abajo.

Revisó su reloj Casio barato. 8:45 PM. Tenía menos de un minuto antes de que ejecutaran al millonario.

Valentina se colgó la mochila al hombro y se movió rápido por el pasillo de mantenimiento. Sus pies eran silenciosos sobre el concreto. Se deslizó por una puerta lateral y emergió en una escalera de servicio que bajaba en espiral hacia el techo falso del lobby.

El sonido de la lluvia sobre el cristal se convirtió en un rugido sordo.

Sus pensamientos derivaron sin invitación hacia Eduardo Castillo, el hombre que ahora caminaba directo hacia una caja de la muerte. Lo había visto docenas de veces. Educado, siempre decía “gracias” al personal, aunque nunca recordaba sus nombres.

Hace dos navidades, cuando la cuenta de la cirugía de apéndice de Mateo había llegado y ella estaba desesperada, alguien anónimo había pagado la cuenta del hospital. Ella tenía sus sospechas. Eduardo le había sonreído diferente al día siguiente. Tal vez por eso no podía darle la espalda esta noche.

Llegó a la rejilla de ventilación que daba justo encima del candelabro central del lobby. A través de las ranuras, podía ver el escenario abajo.

Desde aquí, veía a los depredadores tomando sus posiciones.

Y por primera vez en 6 años, Valentina Rojas no era invisible. Era la cazadora.

—Vamos a bailar, cabrones —susurró.

Sacó el destornillador y comenzó a girar los tornillos de la rejilla. Abajo, Viktor levantaba su arma. El tiempo se acababa.

Valentina respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire viciado del ducto. Era hora de enseñarles a estos extranjeros qué pasa cuando te metes con una madre mexicana.

(PARTE 2 DE 3)

CAPÍTULO 3: El Baile de la Muerte

El lobby de la Torre Emperador era un mausoleo de silencio. Viktor Havl tenía el dedo en el gatillo, la presión aumentando milímetro a milímetro. Eduardo Castillo cerró los ojos, esperando el estruendo final, el calor de la bala, la oscuridad eterna.

Pero lo que llegó fue una gota.

Una simple y solitaria gota de condensación que cayó desde las alturas, atravesando la luz de los candelabros, y aterrizó con un plop frío en el hombro del traje italiano de Viktor.

El ruso parpadeó, rompiendo su concentración por una fracción de segundo. Miró hacia arriba, hacia la oscuridad del techo abovedado.

—¿Qué demo…?

No terminó la frase.

El panel de ventilación sobre la fuente central estalló. No se abrió; estalló. Y de esa nube de polvo y metal descendió una sombra. Valentina no cayó desordenadamente; aterrizó con la gracia pesada y letal de un depredador, flexionando las rodillas para absorber el impacto sobre el mármol.

Llevaba su uniforme de limpieza, pero se movía como un demonio.

Antes de que los hombres de Viktor pudieran procesar que una mujer acababa de caer del cielo, Valentina ya estaba en movimiento.

Lanzó la botella de mezcla química —amoniaco y ácido— contra el suelo, justo a los pies del grupo. El vidrio se rompió con un estruendo agudo. La reacción fue instantánea: una nube de humo blanco, denso y corrosivo, se expandió violentamente, silbando como una serpiente gigante.

—¡Gas! ¡Gas! —gritó uno de los mercenarios en ruso, tosiendo violentamente mientras el vapor químico le quemaba la garganta y los ojos.

El caos se apoderó del lobby.

Valentina se sumergió en el humo. Para ellos, la niebla era confusión; para ella, era su elemento. La niebla es amiga, le había dicho su instructor en el adiestramiento de selva en Chiapas. En la niebla, el miedo es tu única brújula.

El primer hombre, el que se había burlado de ella llamándola “gata”, estaba agitando su subfusil a ciegas. Valentina surgió de la blancura a su derecha. No usó un arma de fuego; usó el mango de metal reforzado de su trapeador, que había modificado minutos antes.

Con un giro de cadera brutal, conectó el tubo de acero contra la muñeca del sicario. Se escuchó el crujido seco del hueso rompiéndose. El hombre gritó y soltó el arma. Valentina no se detuvo. Giró sobre sus talones y le clavó el codo en la garganta, colapsando su tráquea. Cayó al suelo boqueando, inútil.

—¡Uno abajo! —se dijo mentalmente. Su corazón no latía rápido; latía fuerte, como un tambor de guerra.

Viktor disparó a ciegas hacia el humo. ¡Pum! ¡Pum! Las balas rebotaron en las columnas de mármol, sacando chispas y esquirlas de piedra que volaron como metralla.

—¡Mátenla! —rugió Viktor, retrocediendo y cubriéndose la boca con el brazo—. ¡Encuentren a esa maldita bruja!

Eduardo Castillo seguía congelado junto al mostrador de recepción, tosiendo, con los ojos llorosos por los químicos. No entendía nada. Solo veía sombras bailando en la niebla y escuchaba golpes secos, gemidos de dolor y el sonido de cuerpos pesados golpeando el suelo.

Valentina rodó por el piso, esquivando una ráfaga de disparos que barrió la zona donde había estado parada un segundo antes. Se deslizó hasta quedar detrás de una enorme maceta de cerámica.

Ahí estaba el segundo hombre. Un gigante con cicatrices en la cara que intentaba flanquearla. Él la vio. Sonrió, levantando su pistola.

Pero Valentina fue más rápida. No tenía balas, pero tenía la lámpara de latón pesado que había arrancado del escritorio del concierge. La lanzó con la precisión de un pitcher de grandes ligas. La base de la lámpara golpeó al hombre directamente en el puente de la nariz. La sangre brotó y él se tambaleó hacia atrás, aturdido.

Valentina cerró la distancia en dos zancadas. Saltó, usando la maceta como trampolín, y le propinó una patada voladora en el pecho que le sacó el aire de los pulmones. Cuando cayó, ella ya estaba encima, aplicando una llave de sumisión al brazo hasta que el hombro se dislocó con un chasquido nauseabundo.

—¡Quédate abajo! —le siseó al oído en español—. O te rompo el cuello.

El gigante se desmayó del dolor.

El humo comenzaba a disiparse, revelando la carnicería. Dos hombres fuera de combate. Tres activos, incluido Viktor.

El líder ruso miraba la escena con una mezcla de furia y reconocimiento. Ya no veía a una limpiadora. Veía la postura, el control, la violencia económica.

—Spetsnaz… —murmuró Viktor, y luego corrigió en inglés—: No… Fuerzas Especiales. ¿Quién demonios eres?

Valentina se puso de pie lentamente, limpiándose un hilo de sangre que le bajaba por la frente donde una esquirla de mármol la había cortado. Se veía terrorífica: uniforme sucio, cabello suelto y empapado de sudor, ojos negros brillando con una intensidad letal.

—Soy la que saca la basura —respondió ella.

Viktor levantó su arma, apuntando con frialdad.

—Eres buena. Pero sigues siendo una contra tres. Y no tienes armas.

Valentina miró a su alrededor. Él tenía razón. El elemento sorpresa se había acabado. Ahora venía la fuerza bruta. Y en un tiroteo abierto, ella perdería.

Sus ojos buscaron a Eduardo. El millonario estaba agazapado detrás del mostrador, mirándola como si fuera una aparición divina.

—¡Muévete! —le gritó Valentina—. ¡Al pasillo de servicio! ¡AHORA!

Viktor disparó. La bala pasó zumbando tan cerca de la oreja de Valentina que sintió el calor. Ella se lanzó en una barrida, agarró una bandeja de plata de una mesa auxiliar y la lanzó como un frisbee hacia la cara de Viktor. Él se agachó por instinto, perdiendo el tiro.

Ese segundo fue todo lo que necesitaban.

Valentina agarró a Eduardo de la solapa de su traje de diseñador y lo arrastró casi en vilo hacia las puertas dobles detrás de la recepción.

—¡Corra, carajo! ¡Si quiere vivir, corra!

Salieron al pasillo trasero justo cuando las balas empezaban a astillar la madera de la puerta. Valentina cerró la pesada puerta de metal de servicio y bajó la tranca de seguridad.

Bang. Bang. Bang.

Los impactos resonaron al otro lado del metal.

Valentina se dejó caer contra la pared, respirando hadamente. Su adrenalina estaba al máximo. Se miró las manos; temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la descarga química de la batalla.

Eduardo estaba en el suelo, pálido como un papel, aflojándose la corbata como si se estuviera asfixiando.

—¿Quién… quién eres? —balbuceó, mirándola con los ojos desorbitados—. Dijiste que te llamabas Valentina… la de limpieza…

Valentina se arrancó el gafete de “Servicios Generales” y lo tiró al suelo.

—Valentina Rojas. Y será mejor que guarde el aliento, señor Castillo. Esto apenas empieza.

Del otro lado de la puerta, la voz de Viktor se escuchó amortiguada pero clara.

—No pueden salir. He bloqueado las salidas de emergencia. Todo el edificio está cerrado. Vamos por ustedes.

Valentina miró el largo pasillo de servicio, lleno de tuberías y cables. Conocía este edificio mejor que los ingenieros que lo construyeron. Había limpiado cada rincón, cada ducto, cada cuarto de máquinas.

Sonrió. Una sonrisa loba.

—Cree que estamos atrapados aquí con él —dijo Valentina, sacando su navaja y cortando un cable de teléfono en la pared—. Pero no sabe que él está atrapado aquí conmigo.

CAPÍTULO 4: La Oscuridad es mi Aliada

El pasillo de servicio vibraba con el zumbido de los generadores. Valentina se movía rápido, cojeando levemente —su vieja herida de guerra empezaba a molestar con la humedad—, pero sin bajar el ritmo. Eduardo trotaba detrás de ella, sus zapatos de cuero italiano resbalando en el concreto pulido.

—¿A dónde vamos? —preguntó él, con la voz quebrada por el pánico—. ¿A la azotea? ¿Hay un helicóptero?

Valentina soltó una risa seca, sin humor.

—Esto no es una película de James Bond, señor Castillo. En la azotea somos blancos fáciles. Francotiradores en los edificios contiguos, drones… si estos tipos son tan buenos como parecen, ya tienen el perímetro aéreo cubierto.

—¿Entonces?

—Vamos abajo. Al corazón de la bestia.

Llegaron a una sala de control de mantenimiento intermedio. Valentina abrió la puerta de una patada. Adentro había paneles eléctricos, medidores de presión y planos del edificio pegados en las paredes.

—Escuche —dijo ella, girándose hacia él y agarrándolo por los hombros. Sus manos manchadas de grasa y sangre contrastaban con la tela fina del traje de él—. Necesito que se calme. Si entra en pánico, nos matan a los dos. ¿Entendido?

Eduardo asintió, tragando saliva.

—Entendido. Pero… ¿por qué haces esto? Podrías haber huido. Ellos no te buscaban a ti.

Valentina se detuvo un segundo. Sus dedos rozaron inconscientemente el bolsillo donde guardaba la moneda de Marco.

—Porque una vez, alguien no me dejó atrás a mí —dijo suavemente. Luego, su voz volvió a endurecerse—. Y porque odio a los abusivos. Ahora, deme su teléfono.

—¿Mi celular? Pero no hay señal aquí abajo…

—Démelo.

Eduardo se lo entregó. Valentina lo estrelló contra el suelo y lo pisó con su bota hasta que la pantalla quedó hecha polvo.

—¡Oye! ¡Ahí tenía mis claves de…!

—Tienen rastreadores —le cortó ella—. Si Viktor es ex-inteligencia rusa, ya hackearon su GPS. Saben dónde estamos por ese aparato. Ahora somos fantasmas analógicos.

Valentina se acercó al panel principal de electricidad. Era un monstruo de interruptores y luces parpadeantes que controlaba la energía de los primeros veinte pisos de la torre.

—¿Sabe qué es lo que más odian los hombres como Viktor? —preguntó ella, sacando su navaja multiusos.

—¿Perder dinero?

—Perder el control. Están acostumbrados a tecnología, a visión nocturna, a tener la ventaja táctica. Vamos a quitarles todo eso.

Valentina clavó la navaja en los cables principales de iluminación. Hubo un chispazo azul, un olor a ozono quemado, y luego… oscuridad total.

Las luces del pasillo murieron. El zumbido de los aires acondicionados se detuvo, dejando un silencio repentino y pesado. Solo las luces rojas de emergencia, alimentadas por baterías independientes, bañaban el corredor en un resplandor sangriento y parpadeante.

—Ahora estamos jugando en mi cancha —susurró Valentina en la penumbra. Sus ojos se adaptaron rápido. Años de misiones nocturnas.

Tomó a Eduardo de la mano.

—No se separe de mí. Ni un metro.

Caminaron en la oscuridad, guiándose por la memoria de Valentina. Subieron por una escalera de caracol estrecha que los empleados usaban para evitar ser vistos por los huéspedes. Llegaron al Piso 3, una zona de oficinas administrativas que ahora estaba desierta.

De repente, el sistema de megafonía del edificio cobró vida con un chirrido de estática. La voz de Viktor resonó por los pasillos oscuros, distorsionada y ecoica, como la voz de un dios enojado.

“Valentina… Sé que me escuchas. Muy inteligente lo de las luces. Pero solo estás retrasando lo inevitable.”

Eduardo se estremeció.

—¿Cómo sabe tu nombre?

—Vio mi gafete antes de que empezara el baile —susurró ella, haciéndole señas para que se agachara detrás de un escritorio de recepción.

“Tengo a mis hombres barriendo piso por piso,” continuó la voz de Viktor. “Entrégame a Castillo y te prometo una muerte rápida. Sigue jugando a la heroína… y voy a averiguar dónde vive tu familia. Sé que tienes hijos. Las mujeres como tú siempre tienen debilidades sentimentales.”

El rostro de Valentina se transformó. Si antes había determinación, ahora había una furia fría, volcánica. Mencionó a sus hijos. Mencionó a Sofía y Mateo.

Ese fue su último error.

Valentina vio un panel de intercomunicación en la pared. Lo arrancó, peló dos cables y presionó el botón de “hablar” que conectaba a todo el sistema de audio del edificio.

Su voz salió tranquila, pero cargada de una amenaza tan palpable que Eduardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Viktor —dijo ella. Su voz resonó en todo el rascacielos oscuro, en el lobby, en las escaleras, en los oídos de los asesinos—. Escúchame bien. No soy una heroína. No soy una policía. Soy una madre mexicana que está muy encabronada porque interrumpiste su turno de trabajo.

Hubo un silencio en la línea.

—Entraste a mi edificio —continuó Valentina—. Amenazaste a mi gente. Y ahora amenazaste a mis hijos. Ya no se trata de dinero, Viktor. Ahora es personal.

—Sal y enfréntame —respondió Viktor, su voz tensa.

—No voy a salir —dijo Valentina, mirando hacia el techo oscuro con una sonrisa depredadora—. Voy a ir por ti. Apagué las luces no para esconderme… sino para que no me vean llegar cuando les corte el cuello uno por uno.

Soltó el botón del intercomunicador.

Eduardo la miraba con los ojos muy abiertos.

—¿De verdad vas a cazarlos?

Valentina se ajustó el cinturón de herramientas. Encontró un rollo de cinta de aislar y un par de tijeras industriales en el escritorio.

—Ellos tienen armas automáticas y chalecos antibalas —dijo ella, comenzando a vendar sus manos como un boxeador antes de la pelea—. Yo tengo rabia y conozco este edificio mejor que nadie. Vamos a ver quién gana.

De repente, escucharon pasos pesados en la escalera de emergencia al final del pasillo. Las botas crujían sobre los cristales rotos. Vieron el haz de luz de una linterna táctica cortando la oscuridad roja.

—Ahí viene uno —susurró Valentina.

—¿Qué hacemos? —preguntó Eduardo, buscando algo con qué defenderse y agarrando una engrapadora ridículamente pequeña.

Valentina negó con la cabeza y señaló hacia arriba, hacia el falso techo de plafón.

—Usted se esconde ahí arriba. Yo voy a darle la bienvenida.

—Pero…

—¡Suba!

Ayudó a Eduardo a trepar a un escritorio y meterse en el espacio entre el techo y las tuberías. Luego, ella se quedó abajo. No se escondió. Se paró en medio del pasillo, bajo la luz roja parpadeante, completamente expuesta.

Comenzó a silbar. Una melodía infantil, lenta y espeluznante. “Duérmete niño, duérmete ya…”

El haz de luz de la linterna se agitó y enfocó en ella.

—¡Aquí está! —gritó el mercenario en inglés, levantando su rifle.

Valentina no se movió. Solo levantó la mano, mostrando que sostenía un cable grueso que colgaba del techo. El cable principal de los rociadores contra incendios que había cortado y pelado mientras Eduardo subía.

—¡Fuego! —gritó el hombre.

Valentina sonrió y tocó el cable vivo contra el riel metálico del piso.

¡CRACK!

El sistema de rociadores se activó, no con agua, sino con una descarga eléctrica que viajó por el charco de agua que se había filtrado de la lluvia y que el mercenario estaba pisando.

El hombre convulsionó violentamente mientras la electricidad recorría su cuerpo, iluminando el pasillo como un árbol de navidad grotesco. Su rifle se disparó hacia el techo, trazando agujeros inofensivos en el concreto. Finalmente, cayó al suelo, humeante e inconsciente.

Valentina se acercó a él, le quitó el rifle de asalto, revisó el cargador y se lo colgó al hombro.

—Ahora sí —dijo, mirando hacia el techo donde Eduardo espiaba temblando—. Ahora estamos armados.

Eduardo bajó, mirando el cuerpo del mercenario con horror y admiración.

—Me recordaste que tengo que darte un aumento de sueldo si salimos de esta —dijo él.

Valentina no sonrió.

—Vamos por el líder. Vamos a terminar esto.

Caminaron hacia la oscuridad profunda de los pisos superiores, donde Viktor y los dos hombres restantes esperaban. La Torre Emperador ya no era un hotel de lujo. Era una jungla de concreto y cristal. Y la leona andaba suelta.

(PARTE 3 DE 4)

CAPÍTULO 5: Fantasmas en la Escalera

La Torre Emperador, privada de luz eléctrica, se había convertido en un monolito de sombras y ecos. Afuera, la tormenta sobre la Ciudad de México rugía con más fuerza, lanzando relámpagos que, por breves instantes, iluminaban los pasillos con destellos espectrales de luz blanca azulada.

Valentina avanzaba con el rifle de asalto pegado al hombro, barriendo cada esquina. No era su arma preferida —demasiado ruidosa, demasiado tosca para un espacio cerrado—, pero pesaba en sus manos con la familiaridad de un viejo amigo. Eduardo iba pegado a su espalda, respirando con dificultad, aferrando una barra de metal que había arrancado de un estante roto.

—¿Cuántos quedan? —susurró él, su voz temblando apenas lo suficiente para ser audible.

—Viktor y dos más —respondió Valentina sin voltear—. El gigante de la nariz rota está fuera de combate en el lobby. El de la parrilla eléctrica en el piso 3 no se va a levantar pronto. Pero los que quedan… esos son los peligrosos. Porque ahora tienen miedo. Y un hombre con miedo y un arma dispara a todo lo que se mueve.

Llegaron al descanso de la escalera de emergencia del piso 15. Valentina levantó el puño, indicando alto total.

Crrric. Crrric.

El sonido era leve, casi imperceptible. Vidrios rotos siendo triturados bajo suelas tácticas dos pisos arriba.

—Están bajando —murmuró ella—. Viktor se cansó de esperar. Nos están cazando en pinza. Uno por arriba, otro seguramente subiendo por los elevadores de carga si lograron reactivarlos manualmente.

Valentina miró a Eduardo. El millonario estaba empapado en sudor frío, su traje de 50 mil pesos arruinado, manchado de grasa y polvo. Pero había algo en sus ojos que no estaba ahí hace una hora. Ya no era solo una víctima. Estaba enojado.

—Señor Castillo, necesito que confíe en mí una vez más.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él, viendo cómo ella dejaba el rifle en el suelo y sacaba dos botellas de limpiador químico de su cinturón.

—Química básica de secundaria —dijo Valentina con una media sonrisa sombría—. Cloro y alcohol. Si se mezclan en las proporciones correctas bajo presión… bueno, no es una bomba, pero hace suficiente ruido y humo para que piensen que el infierno se les vino encima.

Valentina preparó la trampa en el descanso de la escalera. Ató las botellas con cinta adhesiva al barandal y tensó un hilo de pescar —parte de su kit de reparaciones— a través del escalón.

—Subamos al 16. Rápido y en silencio.

Apenas llegaron al siguiente nivel, la puerta de abajo se abrió de golpe. Un haz de luz cortó la oscuridad. Pasos rápidos. Una voz en ruso ladró una orden.

El primer mercenario tropezó con el hilo.

El sonido fue seco, seguido de un siseo violento y una pequeña explosión de vapor blanco que llenó el hueco de la escalera.

—¡Contacto! ¡Granada! —gritó el hombre, disparando una ráfaga ciega hacia abajo, hacia la nada.

El eco de los disparos fue ensordecedor en el espacio confinado. El mercenario, cegado por el humo químico y el pánico, retrocedió tosiendo, buscando aire.

Valentina no dudó. Se deslizó por el barandal como una sombra, cayendo justo detrás de él. Antes de que el hombre pudiera girarse, ella le barrió las piernas con una patada baja y precisa. El sicario cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra el concreto de los escalones. Quedó aturdido.

Valentina se inclinó sobre él, con la rodilla presionando su pecho.

—¿Dónde está Viktor? —gruñó.

El hombre escupió sangre y rió. Una risa gorgoteante.

—Él… él ya ganó. Tú solo eres… basura.

Valentina lo noqueó con un golpe seco de la culata de su pistola en la sien.

—Basura que te acaba de patear el trasero —murmuró, levantándose.

Miró hacia arriba. Eduardo la observaba desde el descanso, pálido pero asintiendo con respeto.

—Uno menos —dijo él.

—Quedan dos. Y Viktor. Pero hay un problema.

Valentina señaló hacia el hueco de la escalera. El humo se estaba disipando, y en el silencio que siguió, escucharon algo que heló la sangre de ambos.

No eran pasos. Era el sonido de un teléfono satelital sonando. Venía del bolsillo del mercenario inconsciente.

Valentina lo sacó. La pantalla brillaba con un mensaje de texto entrante.

“El plan B está activado. Tienes 5 minutos para salir antes de que incendiemos el edificio. No dejar testigos.”

Valentina miró a Eduardo.

—Van a quemar la torre. Con nosotros adentro.

—¿Qué? —Eduardo se llevó las manos a la cabeza—. ¡Hay sistemas contra incendios! ¡Rociadores!

—Viktor no es estúpido. Si activan cargas incendiarias en los cimientos o en los ductos de gas… los rociadores no servirán de nada. Quieren borrar la evidencia. Y la evidencia somos nosotros.

Valentina tomó una decisión en ese instante. Correr hacia arriba ya no era una opción. Si subían, quedarían atrapados por el fuego y el humo. La única salida era abajo. A través de Viktor.

—Tenemos que volver al lobby —dijo ella, cargando el rifle de nuevo—. Tenemos que terminar esto antes de que enciendan la mecha.

—¿Volver? —Eduardo parecía a punto de vomitar—. ¿Estás loca? Es donde él quiere que estemos.

—Exacto. Es el último lugar donde espera que ataquemos. Cree que estamos huyendo como ratas hacia la azotea. Vamos a llevarle la guerra a su puerta.

Valentina le extendió la mano al millonario.

—¿Listo para el segundo round, Castillo?

Eduardo se ajustó lo que quedaba de su corbata, tomó aire y asintió.

—Detrás de ti, Valentina.

CAPÍTULO 6: El Rey en su Trono de Cenizas

El descenso fue una pesadilla de tensión. Bajaron por los ductos de ventilación para evitar las escaleras principales, arrastrándose sobre codos y rodillas a través de túneles de metal que olían a polvo y miedo.

Llegaron a la rejilla que daba al Mezzanine, el balcón que sobremiraba el lobby.

Valentina se asomó con cuidado.

El lobby ya no estaba oscuro. Viktor había encendido bengalas de emergencia, bañando el mármol en una luz roja parpadeante y siniestra, como si estuvieran en la antesala del infierno.

Viktor estaba parado en el centro, cerca de la fuente destrozada. Se veía diferente. Su traje impecable estaba desgarrado en el hombro, y caminaba con una ligera cojera. Pero lo más aterrador era su rostro. Ya no tenía la máscara de frialdad profesional. Estaba furioso. Desesperado.

A su lado estaba el último de sus hombres, un tipo bajo y robusto que estaba colocando bloques de C4 plástico en las columnas principales de carga.

—¡Acelera! —gritó Viktor, su voz rebotando en las paredes—. ¡Quiero este lugar convertido en escombros en tres minutos!

Valentina se volvió hacia Eduardo en el ducto.

—Están minando el edificio. Si detonan eso, la torre se viene abajo. No solo moriremos nosotros; los escombros caerán sobre la avenida. Matarán a gente en la calle, en los coches…

—¿Qué hacemos? —susurró Eduardo.

—Yo me encargo de Viktor. Tú tienes que detener al que pone las bombas.

—¿Yo? —Eduardo abrió los ojos desmesuradamente—. Valentina, yo diseño software. Yo no… yo no peleo con terroristas.

Valentina lo agarró del brazo, fuerte.

—Escúchame. No necesitas ser Rambo. Solo necesitas ser valiente por diez segundos. Él está distraído con los cables. Solo tienes que golpearlo fuerte, una vez, y quitarle el detonador. ¿Puedes hacer eso?

Eduardo miró hacia abajo, al hombre manipulando los explosivos. Vio la muerte empaquetada en bloques grises. Pensó en su vida, en sus millones, en lo vacío que se sentía todo comparado con la intensidad brutal de esta noche.

—Diez segundos —repitió él.

—Diez segundos. Yo te cubro.

Valentina pateó la rejilla. El metal cayó al suelo del Mezzanine con un estruendo metálico que hizo que Viktor y su hombre giraran sus armas hacia arriba.

Pero Valentina ya no estaba ahí. Había saltado, rodando sobre la alfombra del balcón y disparando una ráfaga de cobertura hacia el candelabro gigante que colgaba sobre el centro del lobby.

¡CRASH!

Cristales del tamaño de dagas llovieron sobre Viktor, obligándolo a cubrirse.

—¡AHORA, CASTILLO! —gritó Valentina.

Eduardo salió del ducto, no con gracia, sino con pura desesperación. Cayó sobre el Mezzanine y corrió hacia las escaleras laterales que bajaban al lobby, gritando como un loco para darse valor.

Valentina se levantó y disparó hacia Viktor, obligándolo a mantenerse detrás de una columna.

—¡Se acabó, Viktor! —gritó ella—. ¡Tus hombres cayeron! ¡La policía viene en camino!

—¡La policía trabaja para quien les paga más, estúpida! —respondió Viktor, disparando a ciegas—. ¡No puedes ganar! ¡Soy intocable!

—Nadie es intocable —murmuró Valentina.

Vio a Eduardo llegar al piso de abajo. El experto en demoliciones estaba a punto de dispararle al millonario, pero Valentina fue más rápida. Apuntó su rifle, respiró, exhaló… y disparó.

No al hombre. A la bolsa de bengalas que tenía colgada en la cintura.

La bala impactó el fósforo. La bolsa se encendió en una bola de fuego blanco intenso. El hombre gritó, soltando el detonador y tratando de quitarse el cinturón en llamas.

Eduardo no lo dudó. Corrió, tomó un extintor de la pared y se lo estrelló en la cabeza al hombre en llamas con todas sus fuerzas. El mercenario cayó seco.

Eduardo miró el detonador en el suelo y lo pateó lejos, hacia la fuente de agua.

—¡Sí! —gritó Eduardo, levantando los brazos—. ¡Toma eso, hijo de…!

—¡Cuidado! —gritó Valentina.

Viktor había salido de su cobertura. Ignoró a Valentina. Apuntó su pistola directamente al pecho de Eduardo.

—Despídete, millonario.

El tiempo se alentó. Valentina estaba demasiado lejos para llegar a Eduardo. Tenía un tiro, pero Viktor estaba medio cubierto. Si fallaba, Eduardo moría.

No pensó. Actuó.

Valentina soltó el rifle, saltó sobre el barandal del Mezzanine y se lanzó al vacío, agarrándose de una de las largas cortinas de terciopelo que adornaban los ventanales de dos pisos.

La tela se rasgó con un sonido agudo, frenando su caída lo suficiente. Valentina aterrizó sobre una mesa de exhibición de vidrio, haciéndola añicos, pero el impulso la llevó rodando justo entre Viktor y Eduardo.

Viktor disparó.

Valentina sintió el impacto. Un golpe caliente, como un martillazo, en su hombro izquierdo. El dolor la cegó por un instante, pero la adrenalina era más fuerte.

Rodó, sacó la navaja de cerámica de su bota y la lanzó con un movimiento fluido de muñeca.

La hoja voló girando a través del aire rojo y humeante.

Se clavó profundamente en el hombro derecho de Viktor, justo en el músculo que controlaba su brazo armado.

El ruso gritó, soltando la pistola. Se agarró el hombro, mirando con incredulidad la empuñadura negra que sobresalía de su carne.

Valentina se puso de pie, sosteniéndose el brazo sangrante. Respiraba con dificultad. Su uniforme estaba hecho jirones, su cuerpo era un mapa de moretones y cortes, pero estaba de pie.

Viktor, herido y acorralado, la miró con una mezcla de odio puro y… ¿respeto?

—Eres… una plaga —escupió él, sacando un cuchillo de combate con su mano izquierda—. ¿Por qué no te mueres?

—Porque tengo hijos que me esperan para desayunar —dijo Valentina, adoptando una postura de combate, ignorando el dolor en su hombro—. Y tú no vas a hacer que llegue tarde.

Viktor rugió y cargó contra ella.

La batalla final no sería con balas. Sería con sangre, sudor y acero. Mano a mano. El depredador contra la protectora.

Afuera, las sirenas de la policía de la CDMX finalmente comenzaron a aullar, acercándose como una manada de lobos. Pero Valentina sabía que llegarían tarde.

Esto se decidía aquí y ahora.

(PARTE 4 Y FINAL)

CAPÍTULO 7: La Verdad Sangra, Pero No Muere

El lobby de la Torre Emperador se convirtió en una arena de gladiadores moderna. Viktor atacó con el cuchillo de combate, un movimiento rápido y vicioso buscando el estómago. Valentina, a pesar de la herida de bala en su hombro que palpitaba como un hierro al rojo vivo, no retrocedió.

Giró el torso en el último segundo. La hoja cortó el aire, rozando su costado.

—¡Eres lenta! —gritó Viktor, lanzando un revés con el puño cerrado que impactó en la mandíbula de Valentina.

El golpe la hizo trastabillar. Saboreó sangre. Su visión se nubló por un instante. Viktor aprovechó para patearla en el pecho, lanzándola contra los restos de la mesa de vidrio que había destruido al caer. Valentina aterrizó sobre los cristales rotos. El dolor fue agudo, punzante.

Viktor se abalanzó sobre ella para el golpe final.

—¡Muere de una vez!

Pero Valentina no estaba vencida. Estaba esperando.

Cuando Viktor bajó el cuchillo, Valentina levantó ambas piernas y las cerró alrededor del brazo armado del ruso, atrapándolo en una palanca de brazo desde el suelo. Era una técnica de Jiu-Jitsu que había practicado mil veces en el tatami, pero nunca sobre vidrios rotos.

Gritó de esfuerzo, arqueando la espalda, ignorando los cortes en su piel.

—¡Suéltalo! —gruñó ella.

Viktor resistió, su fuerza bruta contra la técnica de ella. Pero Valentina tenía algo que él no: desesperación.

Con un tirón final y un crujido repugnante, el codo de Viktor cedió. El cuchillo cayó al suelo. Viktor aulló de dolor, rodando lejos de ella.

Valentina se levantó tambaleándose, respirando como una locomotora. Recogió el cuchillo de Viktor. Por un segundo, la oscuridad la tentó. Podía acabar con él aquí. Nadie la culparía. Defensa propia. Un corte limpio y se acababa la pesadilla.

Miró a Viktor, que se arrastraba por el mármol manchado de sangre, derrotado, sosteniendo su brazo roto. Sus ojos se encontraron. Él esperaba la muerte.

Pero entonces, Valentina escuchó algo más fuerte que su odio.

—¡Valentina! —era la voz de Eduardo. El millonario estaba de pie, con el extintor aún en la mano, mirándola con terror y asombro.

Valentina bajó el cuchillo. Recordó la moneda en su bolsillo. Fieles. Fieles a la justicia, no a la venganza.

—No —dijo ella, tirando el arma lejos—. Eso sería demasiado fácil para ti. Vas a vivir, Viktor. Y vas a hablar.

En ese momento, las puertas de cristal del lobby estallaron hacia adentro. No fueron balas, fueron botas. Un equipo SWAT de la policía de la CDMX irrumpió con escudos y rifles, gritando órdenes.

—¡AL SUELO! ¡MANOS ARRIBA!

Valentina levantó las manos lentamente. La sangre le bajaba por el brazo, goteando desde las yemas de sus dedos al piso inmaculado que ella misma había limpiado tantas veces.

—¡No disparen! —gritó Eduardo, corriendo para ponerse entre la policía y ella—. ¡Ella nos salvó! ¡Ella es la víctima!

Los paramédicos entraron segundos después. Mientras atendían a Valentina, poniéndole un vendaje compresivo en el hombro, ella vio cómo esposaban a Viktor. El ruso la miró mientras se lo llevaban, con una sonrisa torcida y sangrienta.

—Esto no se acaba en la cárcel, limpiadora —le gritó en español roto—. Tengo amigos. Gente poderosa. Te van a destruir. No con balas. Con mentiras.

Valentina lo vio desaparecer entre las luces azules y rojas de las patrullas.

Afuera, la tormenta había amainado, dejando una llovizna fina. Cuando sacaron a Valentina en la camilla hacia la ambulancia, el mundo estalló en flashes. Decenas de reporteros, alertados por los disparos y el humo, se habían congregado tras el cordón policial.

Alguien, un chico con un celular, transmitía en vivo. Enfocó la cara de Valentina: sucia, herida, con la mirada de las mil yardas.

Esa imagen recorrió el mundo en minutos.

#LaLimpiadoraDeReforma. #HeroínaAnónima.

Pero Viktor tenía razón. La batalla física había terminado. La guerra por la verdad apenas comenzaba.

CAPÍTULO 8: El Peso de la Corona Invisible

Las semanas siguientes fueron un borrón de hospitales, interrogatorios federales y una tormenta mediática que Valentina no podía controlar.

Tal como Viktor prometió, la maquinaria se puso en marcha. Bots rusos y granjas de trolls inundaron las redes sociales.

“¿Heroína o montaje? La verdad detrás de la limpieza.”
“Ex-militar inestable inicia tiroteo en hotel de lujo.”
“Valentina Rojas: ¿Salvadora o cómplice?”

Decían que tenía estrés postraumático no diagnosticado. Que ella había planeado el ataque para pedir rescate. Que era amante de Eduardo Castillo.

Valentina veía las noticias desde su pequeño departamento en Iztapalapa, donde se había refugiado con sus hijos. Sofía y Mateo no iban a la escuela; los periodistas acampaban afuera del edificio como buitres.

—Dicen mentiras, mamá —decía Sofía, llorando de rabia al ver un TikTok que se burlaba de su madre.

—La mentira corre rápido, mija —le contestaba Valentina, abrazándola con su brazo bueno—. Pero la verdad aguanta más.

La agente federal Camila Torres, asignada a su caso, le trajo la realidad en una carpeta manila una tarde lluviosa.

—El juicio es en tres días —dijo Camila, sentándose en la mesa de la cocina—. Los abogados de Viktor son los más caros del mundo. Van a intentar destrozar tu credibilidad. Van a decir que eres una máquina de matar desquiciada.

—Que digan lo que quieran —dijo Valentina—. Yo sé lo que vi.

El día del juicio, el tribunal estaba a reventar. Parecía el estreno de una película. Valentina subió al estrado vestida de civil, con una blusa blanca sencilla y pantalón negro. Se veía pequeña en esa silla de madera, pero cuando habló, su voz llenó la sala.

Narró todo. La entrada de los sicarios. Las amenazas. El miedo.

El abogado de Viktor, un hombre con traje de tres piezas y sonrisa de tiburón, se levantó para el contrainterrogatorio.

—Señora Rojas, usted admite que mató o incapacitó a cinco hombres entrenados con herramientas de limpieza. ¿Eso le parece el comportamiento de una conserje normal? ¿O el de alguien que extraña la violencia de la guerra?

Un murmullo recorrió la sala.

Valentina miró al abogado a los ojos.

—No extraño la guerra, licenciado. Nadie extraña ver morir a sus amigos. Pero esa noche, no peleé como soldado. Peleé como madre. Y si usted cree que una madre defendiendo la vida es “violencia innecesaria”, entonces nunca ha visto a una mujer mexicana protegiendo lo que es justo.

El silencio fue absoluto.

Entonces, la fiscalía presentó la evidencia final. No fue el testimonio de Valentina lo que selló el destino de Viktor. Fue Eduardo Castillo.

El millonario subió al estrado. Pero no solo para hablar. Traía algo más.

—Su Señoría —dijo Eduardo—, logré recuperar el servidor de seguridad de la Torre Emperador. Los hombres de Viktor intentaron borrarlo, pero… bueno, soy ingeniero de software.

Se proyectó el video en las pantallas del tribunal.

Granuloso, en blanco y negro, pero innegable. Se veía a Viktor ordenando la ejecución. Se veía a Valentina, pequeña y valiente, cayendo del techo. Se veía, cuadro por cuadro, cómo ella arriesgaba su vida para salvar a un extraño, sin usar fuerza letal innecesaria, desarmando, protegiendo.

La narrativa de “militar loca” se desmoronó en segundos.

Viktor fue condenado a tres cadenas perpetuas. Cuando leyeron el veredicto, no miró a Valentina. Miró al suelo, derrotado no por una bala, sino por la verdad grabada en un disco duro.

EPÍLOGO: Manos Invisibles

Seis meses después.

La Torre Emperador había sido remodelada. El lobby brillaba de nuevo, pero ahora, en la entrada, había una pequeña placa de bronce discreta: “En honor a aquellos que protegen desde las sombras”.

Valentina ya no trabajaba allí.

Estaba parada frente a un edificio antiguo en la colonia Roma, recién pintado. Sobre la puerta colgaba un letrero: FUNDACIÓN MANOS INVISIBLES.

Eduardo Castillo estaba a su lado, cortando el listón inaugural.

—¿Estás lista, directora? —preguntó él, sonriendo.

—Todavía me suena raro ese título —rió Valentina.

La fundación, financiada por Eduardo, se dedicaba a dar becas, defensa legal y apoyo médico a trabajadores de servicios: conserjes, guardias, repartidores. La gente invisible que movía a la ciudad.

Adentro, había bullicio. Gente llenando formularios, niños jugando en una guardería, abogados atendiendo casos pro-bono.

Valentina caminó por los pasillos, saludando por su nombre a cada persona. Ya no era invisible. Y se aseguraría de que ellos tampoco lo fueran.

Salió al balcón para tomar aire. La tarde caía sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Sacó la moneda de Marco de su bolsillo. Brillaba más que nunca.

—Cumplimos, viejo —susurró al viento—. Fieles.

Guardó la moneda y se dio la vuelta para entrar. Había mucho trabajo por hacer. Pisos que nivelar, techos que romper, y un mundo que limpiar, pero esta vez, no de polvo, sino de injusticia.

Valentina Rojas sonrió, cerró la puerta y, por primera vez en años, el futuro no le dio miedo.

FIN

HISTORIA PARALELA: LA NOCHE DE LOS COYOTES

CAPÍTULO 1: El Silencio que Grita

La “seguridad” es un concepto relativo. Para un civil, seguridad es una puerta cerrada con doble cerrojo. Para un político, es un convoy de camionetas blindadas. Pero para Valentina Rojas, sentada en la oscuridad de una sala desconocida en los límites de Xochimilco, la seguridad era una mentira. Una ilusión frágil que se rompía con el sonido de una rama crujiendo afuera.

Habían pasado dos semanas desde el incidente en la Torre Emperador. Dos semanas desde que su rostro, sucio de hollín y sangre, se había convertido en el fondo de pantalla de millones de teléfonos. Dos semanas de ser llamada “heroína” por la mañana y “farsante” por la noche en los noticieros.

La Casa de Seguridad “Nido 4” era una construcción gris, sin terminar, escondida entre canales y chinampas, lejos del bullicio del centro. Olía a humedad, a ladrillo expuesto y a ese aroma inconfundible del miedo estancado.

Valentina miró el reloj en la pared: 02:14 A.M.

No podía dormir. Su hombro izquierdo, donde la bala de Viktor la había rozado, ardía bajo el vendaje. Pero el dolor físico era manejable; el dolor que la mantenía despierta era el sonido de la respiración agitada de Mateo en la habitación contigua.

Su hijo de ocho años tenía pesadillas. Soñaba con hombres de negro que entraban por la ventana. Y lo peor era que Valentina no podía decirle, como hacen otras madres: “No te preocupes, mi amor, son solo sueños”. Porque en su caso, los monstruos eran reales. Tenían nombres, cuentas bancarias en las Islas Caimán y órdenes de ejecución activas.

La agente Camila Torres entró en la sala, rompiendo la vigilia de Valentina. La federal se veía agotada. Tenía círculos oscuros bajo los ojos y llevaba la misma ropa táctica desde hacía dos días.

—Deberías dormir, Rojas —susurró Camila, dejando una taza de café soluble sobre la mesa de plástico—. Mañana viene el equipo de preparación para el testimonio. Necesitas estar lúcida.

Valentina no tocó el café.

—No me gusta este lugar, Torres.

—Es el lugar más seguro de la lista. Ni siquiera el Fiscal General sabe que están aquí. Solo mi equipo directo.

—Demasiadas ventanas —murmuró Valentina, señalando las cortinas baratas que cubrían los vidrios—. Y el perímetro es una coladera. Hay perros ladrando en la calle desde hace veinte minutos. Los perros no ladran al viento en esta zona. Ladran a lo que no conocen.

Camila suspiró, frotándose las sienes.

—Es paranoia, Valentina. Es normal después del trauma de combate. Tenemos dos patrullas en la entrada del camino de tierra y un dron térmico sobrevolando cada hora. Nadie puede acercarse a menos de un kilómetro sin que lo sepamos.

Valentina se levantó y caminó hacia la ventana, apartando la tela apenas un milímetro para espiar hacia afuera. La niebla de los canales cubría el paisaje como una sábana sucia.

—En la sierra —dijo Valentina con voz baja—, cuando cazábamos narcos, ellos no usaban tecnología. No usaban drones. Usaban “halcones”. Niños en bicicletas. Vendedoras de tamales con radios. El enemigo no siempre llega en un tanque, Camila. A veces llega caminando, sonriendo, y te corta la garganta antes de que el dron detecte su calor.

—Viktor está en una celda de máxima seguridad —insistió Camila—. Su red está congelada.

—Viktor es solo la mano. El cerebro sigue afuera. Y el cerebro sabe que si yo hablo en tres días, se les acaba el negocio.

De repente, el teléfono encriptado de Camila vibró sobre la mesa. No fue una llamada. Fue una alerta del sistema perimetral.

PÉRDIDA DE SEÑAL – UNIDAD ALPHA (ENTRADA PRINCIPAL).

Camila frunció el ceño y tomó el aparato.

—¿Alpha Uno? Aquí Torres. Reporten estado.

Silencio. Solo estática blanca.

—¿Alpha Uno? —repitió, su voz subiendo una octava.

Valentina ya no estaba en la ventana. En el momento en que escuchó la estática, su cuerpo reaccionó. El “switch” se encendió de nuevo. Ese interruptor mental que apagaba el miedo y encendía la supervivencia.

Corrió hacia la habitación donde dormían Sofía y Mateo.

—¡Arriba! —susurró con urgencia, sacudiendo a Sofía—. ¡Despierten, ahora!

—¿Mamá? —Sofía se frotó los ojos, confundida—. ¿Qué pasa?

—Juego del silencio, Sofí. Como practicamos. Agarra a tu hermano. Al baño. ¡Ya!

Mientras los niños corrían descalzos hacia el baño —la habitación más segura por no tener ventanas exteriores—, Valentina regresó a la sala principal. Camila estaba desenfundando su arma de cargo, una Glock 9mm, pero sus manos temblaban ligeramente. Era una buena analista, una investigadora brillante, pero no era infantería.

—Perdí contacto con los dos perímetros —dijo Camila, pálida—. El dron no responde. Nos han cegado.

—No solo cegado —dijo Valentina, agachándose para apagar la única lámpara encendida—. Nos van a asaltar.

—¿Cómo lo sabes?

Valentina señaló la puerta principal. Por debajo del umbral, una sombra se movió, bloqueando la tenue luz de la luna que se filtraba. Alguien estaba parado justo al otro lado.

—Porque ya están aquí.

CAPÍTULO 2: La Casa de Cristal

El primer disparo no sonó como en las películas. No hubo un estruendo dramático. Fue un pop sordo y seco, seguido inmediatamente por el sonido de la cerradura de la puerta principal estallando en pedazos de metal y madera.

—¡Cúbrete! —gritó Valentina, empujando a Camila detrás del sofá volteado.

La puerta se abrió de una patada.

No entraron gritando. Entraron en silencio. Tres hombres vestidos con ropa táctica negra, pero sin insignias. Llevaban pasamontañas y se movían con la fluidez letal de quienes han hecho esto muchas veces.

Camila disparó dos veces desde su cobertura. Bang, bang. Los disparos fueron altos, presas del pánico. Los intrusos ni siquiera se inmutaron; respondieron con fuego de supresión controlado. Las balas de sus subfusiles compactos atravesaron el sofá, levantando nubes de relleno sintético y polvo.

Valentina, desarmada, rodó hacia la cocina.

La casa de seguridad no tenía armas para ella. “Protocolo civil”, habían dicho. “No podemos armar a un testigo protegido”. Estupidez burocrática que ahora podía costarles la vida.

Pero Valentina Rojas no necesitaba un arma de fuego para ser peligrosa. Necesitaba un entorno.

En la cocina, sus ojos escanearon las opciones en microsegundos. Cuchillos de mesa (inútiles, sin filo). Una sartén de hierro fundido (pesada, lenta). Un hervidor de agua eléctrico que acababa de usarse para el café.

El agua aún estaba hirviendo.

Uno de los asaltantes se separó del grupo para flanquear la sala y entrar a la cocina. Valentina escuchó sus botas sobre el linóleo barato. Se pegó a la pared, junto al refrigerador, conteniendo la respiración.

El cañón del arma asomó primero. Luego, la cabeza cubierta por el pasamontañas.

Valentina no dudó. Agarró el hervidor por el asa y lanzó el contenido hirviendo directamente a la cara del hombre.

El grito fue gutural, horrible. El agua a casi 100 grados empapó la tela del pasamontañas, pegándola a la piel y quemando los ojos instantáneamente. El hombre disparó su arma al techo por reflejo, soltándola para llevarse las manos a la cara.

Valentina se movió. Un paso, rodillazo en la ingle, golpe de palma abierta en la nariz (o lo que quedaba de ella bajo la tela quemada). El hombre cayó convulsionando.

Valentina recogió su arma. Un subfusil MP5 modificado. Pesado, frío, hermoso.

Revisó el cargador. Lleno.

—Ahora estamos hablando —susurró.

Regresó a la sala deslizándose por el suelo. La situación era crítica. Camila estaba inmovilizada bajo fuego intenso. Los otros dos atacantes avanzaban hacia ella, cerrando el ángulo.

Valentina se levantó por detrás de la barra de la cocina y abrió fuego.

No disparó a lo loco. Tres disparos controlados. Dos al pecho del hombre más cercano, uno a la cabeza cuando cayó. El blindaje corporal del atacante absorbió los primeros, pero el impacto lo derribó. El tercer asaltante giró sorprendido, pero Valentina ya se había movido de posición.

—¡Torres! ¡Al pasillo! —ordenó Valentina con voz de mando. Ya no era la testigo; era la Sargento Rojas de nuevo.

Camila obedeció, arrastrándose hacia la oscuridad del corredor que llevaba a las habitaciones. Valentina soltó una ráfaga de cobertura para mantener al último hombre agachado y corrió tras ella.

Se encerraron en el pasillo, usando un viejo armario de madera como barricada improvisada.

—¿Estás herida? —preguntó Valentina, revisando a la agente.

—Un roce en el brazo. Nada grave —Camila estaba hiperventilando—. ¿Quiénes son? No son los rusos del hotel. Se mueven diferente.

—No, no son rusos —dijo Valentina, recargando el MP5—. Son “Coyotes”. Mercenarios locales. Ex-policias o ex-militares comprados por el cartel que trabaja para Viktor. Conocen las tácticas de la federal porque ellos eran federales.

De repente, las luces de la casa se cortaron. Oscuridad total.

—Cortaron la luz —susurró Camila—. Tienen visión nocturna. Nosotras no.

—Error —dijo Valentina, sacando su viejo encendedor del bolsillo (un hábito de cuando fumaba en el servicio)—. Ellos dependen de la tecnología. Creen que la oscuridad es su amiga. Pero la oscuridad en Xochimilco no es como la de la ciudad. Aquí hay sombras dentro de las sombras.

Valentina miró hacia la puerta del baño donde estaban sus hijos. Escuchó un sollozo ahogado. Mateo.

Su corazón se apretó, pero lo transformó en combustible. Nadie iba a tocar esa puerta mientras ella respirara.

—Camila, dame tu radio.

—Está muerto, ya te dije. Inhibidores de señal.

—No lo quiero para pedir ayuda. Lo quiero para hacer ruido.

Valentina encendió el radio y subió el volumen de la estática al máximo. Luego, lo lanzó con fuerza hacia el otro extremo del pasillo, lejos de donde ellas estaban. El aparato golpeó la pared y cayó al suelo, emitiendo un chirrido blanco y constante: SHHHHHHHHHHHH.

—El ruido blanco confunde los amplificadores de sonido de los cascos tácticos —explicó Valentina—. Les va a zumbar la cabeza.

Segundos después, vieron dos haces de luz infrarroja (visibles apenas como puntos rojos tenues) barriendo la oscuridad del pasillo. Los Coyotes venían por la presa.

Valentina se quitó los zapatos.

—Quédate aquí. Dispara a todo lo que cruce esa línea —le dijo a Camila.

—¿A dónde vas?

—A cazar.

CAPÍTULO 3: El Depredador Descalzo

Valentina se movió por la casa como un espectro. Sin zapatos, sus pasos eran inaudibles sobre el piso frío. Conocía la distribución de la casa de memoria; había pasado las últimas 48 horas memorizando cada tabla suelta que rechinaba para evitar pisarla.

Se trepó al marco de la puerta de una habitación vacía, sosteniéndose con fuerza de brazos y piernas contra el marco superior, como una araña esperando en su red.

El primer mercenario pasó por debajo de ella, su arma apuntando hacia el radio que emitía estática al fondo del pasillo. Su atención estaba focalizada en el ruido.

Valentina se dejó caer.

No sobre el suelo, sino sobre él.

Sus piernas rodearon el cuello del hombre, usando la gravedad y el peso de su cuerpo para derribarlo hacia atrás. El mercenario intentó gritar, pero el brazo de Valentina ya estaba cerrando una llave “mata-león” alrededor de su garganta, cortando el flujo de sangre al cerebro.

El hombre se sacudió violentamente durante seis segundos. Luego, se quedó flácido.

Valentina rodó lejos del cuerpo antes de que el segundo hombre, que venía detrás, se diera cuenta de que su compañero había caído.

—¿Bravo Dos? —susurró el último atacante en la oscuridad—. Reporta.

Silencio. Solo el SHHHHHHHHH de la radio.

Valentina estaba en el suelo, pecho a tierra, reptando. Podía oler el miedo del último hombre. Podía oler su loción barata y el aceite de su arma.

El mercenario encendió una linterna acoplada a su arma, rompiendo la disciplina de luz. Estaba asustado. El haz de luz barrió las paredes, iluminando fotos familiares ajenas, manchas de humedad, y finalmente, el cuerpo de su compañero inconsciente.

—¡Sal, maldita sea! —gritó, girando sobre su eje.

Valentina estaba detrás de un sillón viejo a solo dos metros. Tenía el MP5 que había robado en la cocina, pero no disparó. Disparar delataría su posición exacta si había más enemigos afuera.

En su lugar, tomó un frasco de vidrio decorativo que había en una mesa lateral y lo lanzó hacia la ventana opuesta.

¡CRASH!

El mercenario giró y disparó una ráfaga hacia la ventana rota, pensando que Valentina entraba por ahí.

Ese fue su error final.

Valentina se levantó, corrió los dos metros que los separaban y usó la culata del subfusil como un martillo. El golpe conectó con la nuca del hombre, justo debajo del casco. Cayó como un costal de papas.

La casa quedó en silencio de nuevo.

Valentina no se relajó. Revisó el pulso de los caídos. Vivos, pero fuera de combate. Los ató con los propios cables de las lámparas y cortinas de la casa. Nudos de marinero, apretados, imposibles de soltar.

Regresó al pasillo.

—¿Limpio? —preguntó Camila desde la oscuridad, con la voz temblorosa.

—La casa está limpia. Pero afuera…

Valentina se acercó a la ventana rota. A lo lejos, escuchó el motor de un vehículo arrancando a toda velocidad y alejándose. El equipo de apoyo o extracción de los Coyotes. Habían decidido que el costo era demasiado alto. Habían subestimado a la presa.

—Se fueron —dijo Valentina, dejando caer el arma sobre el sofá—. Cobardes.

Fue entonces cuando la adrenalina comenzó a bajar y el dolor regresó. Su hombro sangraba de nuevo, manchando su camiseta gris. Sus pies estaban cortados por vidrios que no había sentido al pisar.

Caminó hacia el baño. Abrió la puerta suavemente.

Sofía estaba sentada en la bañera vacía, abrazando a Mateo, tapándole los oídos con sus manos pequeñas. Mateo tenía los ojos cerrados, temblando.

—¿Mamá? —susurró Sofía.

Valentina se arrodilló frente a ellos. No quería tocarlos con sus manos manchadas de pólvora y sangre ajena, pero no pudo evitarlo. Les acarició las caras.

—Ya pasó, mis amores. Ya se fueron.

—¿Eran los monstruos? —preguntó Mateo, abriendo un ojo.

Valentina sonrió, una sonrisa triste pero feroz, iluminada por la luz de la luna.

—Sí, mi vida. Eran los monstruos. Pero se les olvidó que en esta casa vive la mamá de los monstruos. Y yo muerdo más fuerte.

CAPÍTULO 4: Cenizas y Acero

El amanecer llegó con el sonido de helicópteros. Esta vez eran los federales de verdad. Un equipo de reacción rápida enviado por el Fiscal General después de que Camila lograra restablecer las comunicaciones usando el radio de uno de los mercenarios capturados.

La casa estaba llena de peritos forenses. Los tres atacantes estaban siendo subidos a camionetas blindadas, esposados y con bolsas en la cabeza.

Valentina estaba sentada en la parte trasera de una ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros. Un paramédico le limpiaba los cortes de los pies.

Eduardo Castillo llegó media hora después. Bajó de su auto deportivo (que se veía ridículo en el camino de tierra de Xochimilco) y corrió hacia ella, saltándose el cordón policial.

—¡Valentina! —gritó—. ¡Vi el reporte! ¡Dios mío! ¿Estás bien? ¿Los niños?

—Están en la camioneta blindada, comiendo galletas —dijo Valentina con calma—. Están bien.

Eduardo miró la casa, luego a los detenidos, y finalmente a Valentina. Vio algo nuevo en ella. En el hotel, había sido reactiva. Había peleado por instinto. Pero aquí… aquí había sido una guerra calculada.

—Esto fue mi culpa —dijo Eduardo, bajando la voz—. Mi seguridad… alguien de mi lado debió filtrar la ubicación de la casa segura. No hay otra forma.

—No te culpes, Castillo. El dinero compra lealtades. Y Viktor tiene mucho dinero.

Camila Torres se acercó. Tenía el brazo vendado y sostenía un teléfono satelital.

—Tengo noticias, Valentina. Buenas y malas.

—Dame las malas primero.

—La mala es que ya no hay “casas seguras”. Esta era la mejor y la quemaron en minutos. No podemos esconderte en ningún lugar de México sin riesgo.

—¿Y la buena?

—La buena es que capturamos vivo al líder del escuadrón. El tipo del agua hirviendo. Cantó antes de que le pusieran la morfina. Nos dio un nombre. No de un sicario, sino del contador que paga la nómina de esta operación. Estamos cateando su oficina en Polanco ahora mismo.

Valentina asintió, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a quemar la bruma.

—Eso significa que tenemos más evidencia para el juicio.

—Sí —dijo Camila—. Pero Valentina… el juicio es en 48 horas. Si te quedas en la ciudad, te van a matar. Te ofrezco un vuelo a una base militar en Texas. Puedes testificar por video. Es más seguro.

Eduardo intervino rápidamente.

—Tiene razón. Te saco del país en mi jet ahora mismo. Te llevo a Suiza, a donde quieras. No tienes que pararte en ese tribunal.

Valentina miró a sus hijos a través de la ventana de la camioneta blindada. Mateo reía por algo que un oficial le decía. Sofía comía una galleta con la mirada perdida.

Habían intentado matarla en su trabajo. Habían intentado matarla en su refugio. Habían aterrorizado a sus hijos.

Si huía ahora, si testificaba desde una pantalla en otro país, estaría enviando un mensaje. El mensaje de que el miedo ganó. De que Viktor, incluso desde su celda, tenía el poder de desterrarla de su propia tierra.

Valentina se quitó la manta térmica y se puso de pie. A pesar de los vendajes, a pesar del cansancio infinito que sentía en los huesos, se veía indestructible.

—No —dijo Valentina.

—¿No? —preguntó Eduardo—. Valentina, es un suicidio.

—No voy a ir a Texas. Y no voy a esconderme en Suiza.

Caminó hacia Camila y la miró fijamente a los ojos.

—Quiero que me lleves al tribunal. Quiero entrar por la puerta principal. Quiero que Viktor me vea en persona. Quiero que vea que envió a sus mejores perros de caza a mi casa… y que yo los saqué en bolsas.

—Es demasiado arriesgado —insistió Camila.

—Entonces consígueme un chaleco antibalas mejor y más munición. Porque no me voy a ir a ninguna parte. Esta es mi ciudad. Y ya me cansé de correr.

Valentina se giró hacia Eduardo.

—Y tú, Castillo. Necesito un favor.

—Lo que sea. Tienes mi fortuna a tu disposición.

—No quiero tu dinero. Quiero que le compres a Sofía un vestido bonito y a Mateo un traje. Y quiero que consigas a los mejores estilistas que tengas.

Eduardo parpadeó, confundido.

—¿Para el juicio? ¿Quieres ir… elegante?

Valentina sonrió, y por primera vez en semanas, la sonrisa llegó a sus ojos.

—Viktor me llamó “gata”. Me llamó “nadie”. Dijo que era basura. Pues bien. El día del juicio, no voy a ir vestida como una víctima que huye. Voy a ir vestida como la mujer que derribó su imperio. Quiero que cuando me vea, no vea a la limpiadora que despreció. Quiero que vea a la reina que lo va a enterrar.

Eduardo sonrió también, entendiendo finalmente.

—Hecho. Te conseguiré un traje que hará que los abogados de Viktor parezcan vagabundos.

Valentina volvió a mirar la casa de seguridad destrozada. Ya no le daba miedo. Era solo otro campo de batalla del que había salido caminando.

—Vámonos —dijo, subiendo a la camioneta con sus hijos—. Tengo una cita con la justicia.

La caravana de vehículos blindados se puso en marcha, levantando polvo en el camino de terracería. Atrás quedaba la noche de los Coyotes. Adelante, esperaba el día del juicio. Y Valentina Rojas, con el corazón blindado y la frente en alto, estaba lista para la guerra final.

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