CAPÍTULO 1: EL GRITO QUE ROMPIÓ EL HIELO
La Ciudad de México no despierta, más bien convulsiona. A las 5:00 de la mañana, el aire es una mezcla ácida de humo de escape y el frío que baja de las montañas, ese frío que no solo te pone la piel de gallina, sino que te muerde los huesos. Mi nombre es Viviana Cross, y para el mundo, yo solo era una mancha de color neón pedaleando una bicicleta oxidada por las avenidas principales. Una “nini” según algunos, una “invisible” para la mayoría.
Ese martes, mis pulmones ardían. Cada bocanada de aire frío se sentía como tragar astillas de vidrio. Llevaba tres capas de ropa, pero el viento de diciembre en la zona alta de la ciudad no conoce de telas baratas. Mis manos, envueltas en guantes de lana con los dedos cortados, apenas podían sentir el manubrio de mi bicicleta. En mi espalda, la mochila térmica pesaba como si llevara piedras, pero dentro solo había café. Veinte cafés de especialidad, ordenados por la servidumbre de una de las casas más ricas del país.
—Vamos, vieja, no me falles hoy —le susurré a mi bicicleta mientras la cadena rechinaba al subir la pendiente hacia la exclusiva zona de las Lomas.
Esa bicicleta era mi único patrimonio, un regalo de mi padre antes de que el mundo se volviera negro en aquella carretera. Cada vez que pedaleaba, sentía que estaba huyendo de la pobreza, aunque la pobreza siempre parecía tener mejores piernas que yo. Tenía 27 años, pero cuando me miraba en los escaparates de las tiendas cerradas, veía a una mujer de cuarenta. Las ojeras eran surcos profundos, cicatrices de un cansancio que no se cura durmiendo, sino dejando de preocuparse por el dinero. Y yo no podía darme ese lujo.
En casa me esperaba Luz, mi hermanita de catorce años. Ella era mi sol y mi tormenta. Luz había nacido con una malformación en la válvula mitral. En palabras simples: su corazón era una bomba que trabajaba al doble para dar la mitad del resultado. Cada vez que la veía batallar para subir un escalón, sentía que me arrancaban un pedazo de piel. Necesitábamos 85,000 dólares para su cirugía. En pesos mexicanos, esa cifra tenía tantos ceros que me mareaba. Después de nueve años de trabajar como mula, de limpiar mesas, de descargar camiones y de entregar comida, solo tenía 12,000 dólares. A este ritmo, Luz cumpliría treinta años antes de que yo tuviera el dinero… si es que llegaba a los quince.
El Umbral del Poder
Llegué a la mansión Blackwood justo cuando los primeros rayos del sol tocaban las copas de los árboles milenarios que rodeaban la propiedad. La casa no era una casa; era una fortaleza de mármol y cristal protegida por muros tan altos que parecían querer mantener a Dios afuera.
Me detuve frente a la entrada lateral, donde siempre me recibía la señora Bennett, la ama de llaves. Ella era la única persona en ese código postal que me trataba como a un ser humano; siempre me daba una propina de cinco dólares y una sonrisa de lástima. Pero hoy, la puerta estaba cerrada.
Toqué el timbre una vez. Nada. Dos veces. Silencio.
—Qué raro —murmuré para mis adentros. Saqué mi teléfono, una pantalla estrellada que apenas funcionaba, y envié un mensaje. Sin respuesta.
Estaba a punto de dejar los cafés en el suelo y marcharme cuando lo escuché. Fue un sonido que me detuvo el corazón. No fue un grito de enojo, ni una orden. Fue un grito de agonía pura, un alarido animal que parecía venir desde las entrañas de la tierra. Venía de adentro de la mansión.
Mi instinto, ese que mi abuela Ruth me cultivó desde niña, se encendió. Ella siempre decía: “Viviana, la gente cree que el destino te toca la puerta, pero la verdad es que el destino grita, y tú decides si te haces la sorda o corres hacia el ruido”.
Solté la bicicleta, olvidándome de que si alguien se la robaba me quedaba sin sustento, y rodeé la casa buscando una entrada. Me detuve bajo un ventanal inmenso en el segundo piso. La luz del sol golpeaba el cristal, pero pude ver sombras moviéndose frenéticamente.
Arriba, en lo que parecía una habitación real, vi a un grupo de personas vestidas de blanco. Conté al menos veinte, tal vez veinticinco. Eran médicos, lo sabía por la forma en que sostenían las carpetas y los estetoscopios de oro que brillaban bajo las lámparas. Pero ninguno de ellos estaba curando a nadie. Parecían fantasmas asustados, corriendo alrededor de una cama donde una mujer se sacudía como si estuviera siendo electrocutada.
Y entonces lo vi a él. Un hombre alto, de hombros anchos, parado contra el ventanal. Tenía las manos enterradas en su cabello oscuro, y aunque estaba de espaldas, su postura irradiaba una desesperación tan pesada que casi podía sentirla a través del vidrio. Era Cassian Blackwood. El hombre que, según los rumores, era dueño de la mitad de los negocios turbios de la ciudad y de la mitad de los legales también. El hombre al que los políticos le pedían permiso para respirar. En ese momento, no parecía un rey. Parecía un náufrago.
El Aroma de la Muerte
De repente, una ráfaga de viento sopló desde la mansión a través de una pequeña rendija que alguien había dejado abierta en el ventanal. El olor me golpeó como un puñetazo.
Era un aroma floral, pero no era el olor de las flores reales que mi abuela cultivaba en su patio. Era un olor empalagoso, metálico, con un trasfondo químico que me picó en la garganta y me hizo lagrimear. Era el mismo olor que había sentido tres años atrás, cuando nuestra vecina, la señora Jenkins, casi muere en el pasillo de nuestro edificio.
—Aceite sintético —susurré, y un escalofrío me recorrió la espalda—. Están usando difusores químicos en una habitación cerrada.
Recordé a mi abuela Ruth, su cabello blanco recogido en un chongo perfecto y sus manos oliendo siempre a romero y tierra. Ella no fue a la universidad. Ella aprendió de los cerros y de los abuelos de los abuelos. “Hija”, me decía mientras me enseñaba a machacar jengibre, “la ciencia moderna es maravillosa, pero a veces los doctores se olvidan de mirar lo más simple. Se concentran tanto en el motor que no se dan cuenta de que el coche solo necesita aire”.
La mujer de la cama estaba teniendo una reacción anafiláctica severa mezclada con una crisis neurotóxica. Su cuerpo no podía metabolizar los compuestos químicos del aceite barato que seguramente usaban para “aromatizar” la mansión. Los médicos estarían inyectándole epinefrina, esteroides, sedantes… y cada droga solo cargaba más su hígado, que ya estaba colapsado. Estaban intentando apagar un incendio con gasolina.
Apreté las correas de mi mochila. En una pequeña bolsa de lona que siempre cargaba conmigo —un amuleto de mi abuela— tenía raíces de jengibre, hojas de menta seca, bálsamo de Vietnam y un frasco pequeño de aceite esencial puro de eucalipto que yo misma había destilado.
“Si no entro ahora, esa mujer muere”, pensé. “Y si entro, probablemente termine en la cárcel”.
Miré hacia el cielo gris de la Ciudad de México. Pensé en Luz, en su corazón cansado, y en lo que ella haría. Ella siempre era la valiente. Corrí hacia la puerta principal.
El Enfrentamiento en la Puerta
La puerta principal era una mole de madera tallada con herrajes de bronce. Antes de que pudiera tocar, se abrió de golpe. Un hombre que parecía un armario empotrado salió disparado. Era Stone, el jefe de seguridad de los Blackwood. Su rostro era de piedra y sus ojos eran dos balas de calibre grueso.
—¡Tú! —rugió—. La repartidora. Te dije que esperaras en la entrada de servicio. ¡Lárgate de aquí ahora mismo! Tenemos una emergencia nacional.
—¡Escúchame bien! —grité, plantando mis pies en el mármol, negándome a retroceder—. La mujer de arriba se está muriendo porque la están envenenando con el aire. ¡Abran las ventanas!
Stone se detuvo un segundo, sorprendido por mi audacia, pero luego su expresión se tornó en un desprecio amargo.
—¿Eres doctora? ¿Tienes algún título que no sea de la primaria? —se burló—. Tenemos a los veinticinco mejores especialistas del país ahí arriba. Doctores que cobran por hora lo que tú ganas en un año. ¿Y crees que voy a dejar que una niña con una mochila de Rappi entre a dar consejos? Muévete.
Me agarró del brazo con una fuerza que me hizo gemir de dolor. Me arrastró hacia las escaleras exteriores.
—¡Suéltame! —luché, intentando zafarme—. ¡Se va a morir! ¡Huelan el aire! Ese aroma floral es sintético. Su madre tiene una deficiencia enzimática, no puede procesarlo. ¡Si le siguen inyectando cosas, su corazón se va a detener!
Stone se detuvo en seco. Se quedó mirándome por un instante, y por primera vez vi una grieta en su máscara de hierro. Quizás era la desesperación en mi voz, o tal vez era que él también amaba a la señora Margaret, quien era conocida por ser la única persona con alma en esa casa.
—¿Cómo sabes lo de la deficiencia enzimática? —preguntó, bajando un poco la guardia.
—Porque mi abuela salvó a tres personas así en el pueblo —mentí un poco, dándole un aire de autoridad a mis conocimientos—. No tengo un título colgado en la pared, pero tengo los ojos abiertos. Los doctores están buscando una enfermedad rara, pero es solo una intoxicación por el aire.
En ese momento, otro guardia salió corriendo de la casa, su rostro estaba pálido como la cera.
—Stone, el doctor dice que ya no hay nada que hacer. El ritmo cardíaco está en 40. Dicen que preparemos al señor Blackwood para lo peor.
Stone me miró. Miró mi mochila vieja, mis zapatos gastados, y luego miró hacia la puerta.
—Si esto es una estafa, te voy a enterrar yo mismo bajo este jardín, ¿entiendes? —amenazó, su voz era un susurro mortal.
—Entendido —dije, sin parpadear.
—Pasa.
El Encuentro con el Rey de la Ciudad
Entrar a la mansión fue como entrar a una catedral dedicada al dinero. El eco de mis tenis sucios en el piso de mármol pulido sonaba como una profanación. Subimos las escaleras a toda prisa. El aire se volvía más denso a cada paso. El olor químico era ahora insoportable para mí; mis sentidos, entrenados por la herbolaria, gritaban peligro.
Llegamos a la puerta de la habitación principal. Stone la abrió y me empujó hacia adentro.
El tiempo pareció detenerse. La habitación era un campo de batalla. Máquinas pitando desesperadamente, médicos discutiendo a gritos, enfermeras llorando en las esquinas. En el centro de todo, sobre una cama de dosel, estaba Margaret Blackwood. Se veía tan pequeña, tan frágil. Su cuerpo se arqueaba en una convulsión que parecía querer romperle la columna.
Y entonces, él se giró.
Cassian Blackwood se separó del ventanal. Su presencia llenaba la habitación. Era más alto de lo que parecía desde afuera. Su traje negro estaba arrugado, la camisa abierta en el cuello, el cabello revuelto. Sus ojos grises, que la prensa describía como “hielo puro”, estaban inyectados en sangre. Parecía un hombre que acababa de mirar al abismo y el abismo le había devuelto la mirada.
—¿Quién es ella? —preguntó Cassian. Su voz no era un grito, era un trueno bajo, cargado de una autoridad que me hizo querer salir corriendo—. Stone, ¿por qué hay una repartidora en el cuarto de mi madre moribunda?
—Señor… ella dice que sabe qué tiene la señora —balbuceó Stone, visiblemente nervioso.
Una mujer de unos cincuenta años, con el cabello plateado cortado con precisión quirúrgica, dio un paso al frente. Era la Dra. Catherine Moore, una eminencia en neurología. Me miró con una mezcla de asco y fatiga.
—Esto es un insulto —dijo la Dra. Moore—. Señor Blackwood, su madre está sufriendo un estatus epiléptico refractario de origen desconocido. Hemos usado cada protocolo del hospital Johns Hopkins. ¿Y usted permite que una… persona de la calle entre aquí? Es una falta de respeto a la ciencia y a la agonía de su madre.
Cassian no dejó de mirarme. Caminó hacia mí con pasos lentos y pesados. Cada paso se sentía como una sentencia de muerte. Se detuvo a centímetros de mí. Podía oler su perfume caro mezclado con el sudor de la angustia. Era intimidante, sí, pero bajo su mirada gélida, vi una grieta de dolor humano. Vi a un hijo que no quería dejar ir a su madre.
—Habla —me ordenó Cassian—. Tienes diez segundos antes de que Stone te saque por la ventana.
Tragué saliva. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, pero recordé a Luz. Recordé por qué estaba ahí. No era por la propina, no era por el dinero. Era porque nadie merece morir en una habitación llena de gente que no sabe escuchar.
—Sus doctores son muy inteligentes, señor Blackwood, pero están ciegos —dije, mi voz sonando más fuerte de lo que esperaba—. Están buscando un virus o un tumor, pero su madre solo está intentando respirar. Ese difusor en la esquina está lanzando partículas de aceite sintético. Ella tiene una reacción alérgica masiva que le está inflamando el cerebro. Sus doctores le están dando medicinas para el cerebro, pero esas medicinas tienen que ser procesadas por el hígado, y su hígado está ocupado tratando de filtrar el veneno del aire.
Los médicos soltaron carcajadas amargas.
—¡Es ridículo! —gritó un doctor joven—. ¡Es una teoría de cuento de hadas!
—Abran las ventanas —insistí, ignorándolos—. Abran las ventanas y déjenme usar mis hierbas para desintoxicar sus pulmones. No tienen nada que perder. Ustedes ya dijeron que se está muriendo, ¿no? Si yo fallo, se muere igual. Pero si yo tengo razón, hoy dormirá tranquila.
Cassian miró a su madre. Ella soltó un quejido ronco, un sonido de alguien que se está ahogando en tierra firme. Sus monitores marcaron una caída estrepitosa. “¡Código azul!”, gritó una enfermera.
La Dra. Moore se lanzó hacia la cama con un desfibrilador.
—¡A un lado! —gritó la doctora.
—¡No! —rugí yo, interponiéndome—. ¡Si le dan una descarga ahora, su corazón colapsará por el estrés químico!
—¡Saquen a esta loca de aquí! —ordenó Moore.
Stone se movió para agarrarme, pero la voz de Cassian cortó el aire como una cuchilla de afeitar.
—¡PAREN! —el grito de Cassian detuvo todo. Los médicos se quedaron congelados. El desfibrilador zumbaba en el aire—. Todos… atrás.
—¿Señor Blackwood? —Moore estaba incrédula.
Cassian se acercó a la ventana y, con una fuerza brutal, tiró de las manijas. El cristal se abrió y el aire frío de la mañana entró como una bendición, barriendo el olor artificial. Luego, se giró hacia mí.
—Haz lo tuyo, repartidora —dijo Cassian, sus ojos fijos en los míos—. Tienes cinco minutos. Si ella muere, tú no sales de esta casa.
La Medicina de la Tierra
No esperé a que se arrepintiera. Me arrodillé junto a la cama. Los médicos me rodeaban como buitres, esperando que fallara. Saqué mi bolsa de lona. Con manos que de repente se volvieron firmes como la roca, saqué las hojas de menta y jengibre.
—Necesito agua caliente, ahora —ordené a una enfermera. Ella miró a Cassian, él asintió, y ella corrió por el agua.
Mientras tanto, tomé el aceite esencial de eucalipto puro y puse una gota en mis palmas. Las froté con fuerza hasta que generaron calor y luego las puse sobre la nariz y boca de la señora Margaret.
—Respira, abuela Margaret —susurré, usando el tono que mi abuela usaba conmigo—. Sigue el olor del bosque. Olvida el plástico. Sigue el aire.
La enfermera llegó con el agua. Sumergí las raíces de jengibre y las hojas de menta, creando una infusión potente y rápida. Mojé un paño limpio en el líquido humeante y lo coloqué sobre su pecho, justo encima del corazón. El calor ayudaría a expandir los bronquios y el aroma natural neutralizaría los receptores nerviosos que estaban disparando las convulsiones.
—¡Esto es brujería! —susurró un doctor detrás de mí.
—No, doctor —dijo Cassian, que no se había movido de mi lado—. Esto es desesperación.
Pasó un minuto. El cuerpo de Margaret seguía tenso. Dos minutos. Las máquinas seguían gritando. Tres minutos. La Dra. Moore miró su reloj con una sonrisa de suficiencia.
—Se acabó el tiempo —dijo Moore—. Déjenme reanimarla legalmente antes de que sea tarde.
—Espera —dije, mis ojos fijos en el rostro de la anciana.
De repente, Margaret soltó un suspiro profundo. No fue un quejido, fue un suspiro de alivio. Sus músculos empezaron a soltarse. La espalda se hundió de nuevo en el colchón. Los espasmos cesaron.
Todos en la habitación miraron el monitor. El ritmo cardíaco, que estaba en un peligroso 38, empezó a subir. 45… 52… 60… 70. Se detuvo en un ritmo perfecto, constante, saludable.
Margaret abrió los ojos lentamente. Miró el techo, luego miró a su hijo.
—Cassian… —susurró, su voz era un hilo, pero era clara—. Saca ese olor de aquí… huele a… flores de panteón.
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Los veinticinco médicos más brillantes de México se quedaron mudos, mirando a una chica con una mochila de café y una bolsa de hojas secas.
Cassian se acercó a su madre y le tomó la mano. Por primera vez, vi su rostro relajarse. Luego, levantó la mirada hacia mí. No había una sonrisa, no había un “gracias” efusivo. Había algo más profundo: un respeto que nacía del asombro.
—Stone —dijo Cassian sin quitarme los ojos de encima—. Asegúrate de que nadie toque a esta mujer. Y tráeme a esos doctores a mi oficina. Tenemos mucho de qué hablar sobre sus “títulos”.
Yo me puse de pie, sintiendo que me temblaban las piernas ahora que la adrenalina estaba bajando. Guardé mis hierbas en la bolsa. Había salvado a la madre del hombre más peligroso de la ciudad.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Cassian.
—Viviana. Viviana Cross —respondí, intentando mantener la dignidad a pesar de mi chaqueta rota.
—Viviana Cross —repitió él, como si estuviera grabando el nombre en su memoria—. Hoy has hecho algo que nadie en esta habitación pudo hacer. Pero no creas que esto termina aquí. Nadie entra a mi casa y salva a mi madre para luego desaparecer.
En ese momento, mi teléfono vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de la enfermera de Luz: “Luz tuvo una crisis. Ven al hospital civil ahora. No tenemos el medicamento”.
El mundo se me vino encima. La victoria de hace un segundo se convirtió en cenizas.
—Tengo que irme —dije, dándome la vuelta frenéticamente.
—Espera, te daré un cheque, lo que necesites —dijo Cassian, extendiendo la mano.
—¡No tengo tiempo para cheques! —le grité, sorprendiéndolo a él y a todos los presentes—. ¡Mi hermana se está muriendo ahora mismo!
Salí corriendo de la habitación, bajé las escaleras de mármol de dos en dos y volé hacia la salida. No escuché los gritos de Cassian llamándome. Solo escuchaba el latido irregular de mi propia sangre. No sabía que esa mañana, mientras yo salvaba a una madre rica, un hombre poderoso decidiría que su misión sería salvar a mi hermana… y quizás, en el proceso, salvarme a mí.
Pero esa historia, la de cómo una repartidora se convirtió en la reina de un imperio médico, apenas estaba empezando a escribirse con el aroma del jengibre y el frío de diciembre.
CAPÍTULO 2: EL PRECIO DEL ORGULLO Y LA SOMBRA DEL PODER
Salí de la mansión Blackwood como si el mismo diablo me viniera pisando los talones. No me detuve a mirar las caras de asombro de los guardias ni el lujo de los jardines que, apenas unos minutos antes, me hacían sentir como una intrusa. Mi mente era un torbellino de pánico. El mensaje en mi teléfono quemaba en mi bolsillo: “Luz tuvo una crisis. Ven al hospital civil ahora”.
Pedaleé mi bicicleta oxidada con una furia que no sabía que poseía. Mis piernas, acostumbradas a las largas jornadas de entregas, ardían por el ácido láctico, pero no sentía el dolor físico. Solo sentía el vacío en el estómago, ese miedo ancestral de perder lo único que me quedaba en el mundo. La Ciudad de México se desplegaba ante mí como una trampa: el tráfico pesado de las 9:00 de la mañana, el humo de los camiones, la gente indiferente que caminaba hacia sus oficinas.
—¡Muévanse! —gritaba mientras esquivaba autos en el Periférico.
Llegué al Hospital Civil, ese gigante de concreto gris que parece alimentarse de la tristeza de los que no tienen nada. El aire allí siempre huele a una mezcla de desinfectante barato, sudor acumulado y desesperanza. Encadené la bicicleta a un poste, rezando para que siguiera ahí cuando saliera, y corrí hacia el área de urgencias.
El Escenario de la Miseria
El hospital estaba a reventar. Había gente sentada en el suelo, familias enteras esperando noticias en sillas de madera rotas, y el eco de los llantos se mezclaba con el sonido de los carritos de metal.
—¡Luz! ¡Busco a Luz Cross! —grité al llegar al mostrador de enfermería.
La enfermera, una mujer de rostro cansado y uniforme amarillento, buscó en una lista sin mucha prisa. —Está en el área de observación C, cama 14 —dijo sin levantar la vista—. Pero el médico dice que necesitan comprar el kit de cateterismo. Aquí no tenemos insumos.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté, sintiendo que el suelo se movía. —Cinco mil pesos, joven. Y tiene que ser ya.
Metí la mano en mi mochila. Tenía el dinero del turno anterior y mis ahorros de la semana. Apenas llegaba a los mil quinientos. La impotencia es un veneno que te corre por las venas cuando sabes que la vida de alguien depende de unos billetes que no tienes.
Llegué a la cama de Luz. Se veía tan pequeña bajo esa sábana blanca raída. Tenía una máscara de oxígeno y su pecho subía y bajaba en un ritmo forzado, como si estuviera subiendo una montaña mientras dormía. Le tomé la mano; estaba helada.
—Aquí estoy, chaparra —le susurré, tratando de que mi voz no temblara—. No te voy a dejar sola.
—Vivi… —susurró ella entre sueños, su voz apenas un suspiro—. Me duele… el pecho me aprieta mucho.
—Ya lo sé, mi amor. Ya lo sé. Voy a conseguir la medicina, te lo prometo por la abuela Ruth.
La Aparición de la Tormenta
De repente, el ambiente en el pasillo cambió. El ruido habitual de los hospitales públicos —los gritos, los pasos apresurados, las quejas— se detuvo de golpe. Fue un silencio antinatural, como el que precede a un terremoto.
Escuché pasos rítmicos, pesados, el sonido de zapatos de cuero fino golpeando el linóleo desgastado. Levanté la vista y ahí estaba él.
Cassian Blackwood caminaba por el pasillo del hospital civil como si fuera el dueño del lugar. A su lado, Stone y otros dos hombres con cara de pocos amigos apartaban suavemente, pero con firmeza, a la gente que bloqueaba el paso. Cassian no miraba a su alrededor; su vista estaba fija en mí. Parecía un ángel exterminador envuelto en un traje de tres piezas.
Se detuvo frente a la cama de Luz. Sus ojos grises recorrieron la habitación: las paredes con humedad, el equipo médico que parecía de hace treinta años, la falta de personal. Vi cómo su mandíbula se apretaba.
—¿Este es el lugar donde traes a tu hermana? —preguntó Cassian. Su voz era baja, pero cargada de una vibración que me erizó la piel.
—Es el lugar que puedo pagar —respondí, poniéndome de pie y cruzando los brazos, tratando de ocultar que mis manos temblaban de agotamiento—. ¿Qué haces aquí, Blackwood? Te dije que no quería tu cheque.
Cassian ignoró mi pregunta. Se acercó un poco más a Luz. La miró con una expresión que no pude descifrar. Por un segundo, su máscara de frialdad se rompió y vi algo parecido a la compasión.
—Stone —dijo sin mirar a su guardaespaldas—. Llama al Dr. Arrieta. Dile que prepare la unidad de cuidados intensivos en el Hospital Santa Fe. Y trae la ambulancia de alta tecnología. Ahora.
—¡Espera un minuto! —me interpuse entre él y la cama de mi hermana—. No puedes llegar aquí y dar órdenes. No sabemos quién eres, y no voy a dejar que te lleves a mi hermana a un hospital de ricos donde no voy a poder ni pagar el aire que respira.
Cassian se inclinó hacia mí. Su sombra me cubrió por completo. —Escúchame bien, Viviana Cross. Tu hermana tiene un fallo valvular inminente. Si se queda en este hospital, morirá antes de que termine el turno de tarde. No porque los médicos sean malos, sino porque no tienen las herramientas que ella necesita.
—¡Yo conseguiré el dinero! —grité, aunque sabía que era una mentira desesperada.
—¿Cómo? ¿Entregando más cafés? ¿Pedaleando hasta que se te rompa el corazón a ti también? —Cassian me tomó de los hombros. No fue un gesto violento, sino uno de una intensidad aterradora—. Tú salvaste a mi madre hoy. Me devolviste lo único que me importa. No voy a permitir que la mujer que hizo ese milagro pierda lo que ella más ama por culpa de unos miserables pesos.
—No quiero deberte nada, Cassian. La gente como tú siempre cobra las deudas de formas que yo no quiero conocer.
Él soltó una risa seca, carente de humor. —No es una deuda, Viviana. Es una compensación. Mi madre está despertando y lo primero que hizo fue preguntar por la “niña de las hierbas”. Si ella se entera de que te dejé aquí, en esta carnicería, me mataría ella misma. Ahora, muévete. Tenemos diez minutos antes de que su ritmo cardíaco caiga de nuevo.
El Traslado y el Choque de Mundos
El traslado fue un despliegue de poder que nunca había visto. Una ambulancia que parecía una nave espacial llegó a la puerta del hospital civil. Paramédicos con uniformes impecables estabilizaron a Luz con una delicadeza que me hizo llorar. Cassian me hizo subir a su camioneta blindada.
El interior olía a cuero nuevo y a ese aroma a madera cara que lo rodeaba a él. Me senté lo más lejos posible, pegada a la ventana, viendo cómo mi colonia Guerrero se desvanecía para dar paso a las avenidas arboladas de las Lomas.
—¿Por qué haces esto realmente? —pregunté después de un largo silencio—. Podrías haberme enviado el cheque por correo y olvidarte de mí.
Cassian estaba mirando unos documentos en una tableta. Se detuvo y me miró. —Porque me desafiaste —dijo con sencillez—. En mi mundo, todos agachan la cabeza. Todos quieren algo de mí: dinero, protección, miedo. Pero tú entraste a mi casa, le gritaste a veinticinco eminencias médicas, salvaste a mi madre y te fuiste sin pedir ni un peso. Me dio curiosidad saber si eras estúpida o simplemente valiente.
—Soy pobre, Cassian. No estúpida.
—Lo sé. Y por eso estás aquí. He revisado tu expediente. Viviana Cross, segundo año de medicina con honores en la UNAM antes de desertar. Notas perfectas.
Sentí una punzada de dolor. —Tuve que dejarlo. Mis padres murieron y Luz me necesitaba. No se puede estudiar anatomía cuando no tienes para la leche de tu hermana.
—Nueve años —continuó él, ignorando mi interrupción—. Nueve años trabajando en empleos de mierda para ahorrar doce mil dólares. Eres persistente, Viviana. Me gusta la persistencia. Es lo que construye imperios.
Llegamos al Hospital Santa Fe. Era un edificio de cristal que parecía un hotel de cinco estrellas. Al bajar, un equipo de médicos ya esperaba en la entrada. No hubo trámites, no hubo preguntas sobre el seguro médico, no hubo esperas. Luz fue ingresada directamente a una suite privada que tenía más tecnología de la que yo había visto en toda mi vida.
La Conversación en el Jardín
Después de que los médicos aseguraron que Luz estaba estable bajo observación, salí a una pequeña terraza del hospital para intentar respirar. El sol de la tarde bañaba la ciudad, pero yo me sentía como si estuviera flotando en un sueño extraño.
Sentí el aroma de su cigarro antes de escucharlo. Cassian estaba apoyado en la barandilla, mirando hacia el horizonte.
—El Dr. Arrieta dice que la operará el jueves —dijo sin mirarme—. Es el mejor cirujano cardiovascular de Latinoamérica. Si alguien puede arreglar ese corazón, es él.
Me acerqué a él, con los puños cerrados. —¿Cuánto va a costar esto, Cassian? Dime la verdad. La cirugía, la habitación, los especialistas… son cientos de miles de dólares, ¿verdad?
Él se giró lentamente. La luz del atardecer hacía que sus ojos grises parecieran plata líquida. —Cero. Para ti, el costo es cero.
—¡No acepto eso! —exclamé—. No soy una mantenida. Voy a pagarte. No sé cómo, me tomará tres vidas, pero te voy a pagar.
Cassian soltó una carcajada sonora que me sorprendió. Fue la primera vez que lo vi parecer un hombre de su edad y no un capo de la mafia. —¿Eres siempre así de terca, Viviana? ¿Incluso cuando alguien intenta salvar lo que más quieres?
—Soy mexicana, Cassian. Nos enseñan a no deberle nada a nadie, especialmente a hombres con trajes que valen más que mi casa. Mi abuela decía que la libertad de un pobre es su palabra y su falta de deudas. Si te dejo pagar esto sin condiciones, me habrás comprado.
Él dejó de reír. Su expresión se volvió seria, casi sombría. Se acercó a mí hasta que su pecho casi tocaba el mío. Pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. —Nadie puede comprarte, Viviana. Ya me di cuenta de eso. Pero aceptemos un trato, ya que tu orgullo no te deja dormir.
—¿Qué trato? —pregunté con desconfianza.
—No me pagues con dinero. Mi madre quiere aprender de tus hierbas. Dice que lo que hiciste fue “medicina real”. Ven a la mansión dos veces por semana cuando ella esté recuperada. Enséñale. Enséñame a mí también. Enséñanos por qué una chica de la Guerrero sabe más que veinticinco doctores de Harvard. Considera eso tu pago.
Lo miré a los ojos, buscando la trampa. No la encontré. Solo vi una curiosidad genuina y algo más… algo que me hizo sentir un calor extraño en las mejillas.
—Trato —dije finalmente, extendiendo la mano.
Él tomó mi mano. La suya era grande, cálida y firme. No fue un apretón de manos cualquiera; fue un pacto. Al estrecharla, sentí una descarga eléctrica que me recorrió el brazo.
El Encuentro con la Madre
Unos días después, Margaret Blackwood pidió verme. Estaba en una suite de recuperación, sentada en un sillón con una bata de seda. Ya no era la mujer gris y agonizante de la mansión. Tenía un aura de poder y elegancia, pero sus ojos eran dulces.
—Pasa, hija —me llamó con una voz suave—. Cassian me dijo que tu hermanita ya está mejor.
—Sí, señora Margaret. La operaron ayer. Todo salió bien. Ella… ella está viva gracias a ustedes.
Margaret negó con la cabeza y me hizo una seña para que me sentara a su lado. —No, Viviana. Ella está viva porque tú tuviste el valor de entrar a mi casa. Cassian me contó lo que hiciste. Me contó cómo te enfrentaste a la Dra. Moore. Me recordó a mí cuando era joven.
—Solo hice lo que tenía que hacer —dije con humildad.
—Muchos saben qué hacer, pero pocos tienen los pantalones para hacerlo cuando el mundo entero les dice que no —Margaret me tomó de la mano—. Cassian es un hombre difícil, Viviana. Desde que su padre murió, se puso una armadura de hielo. Cree que el dinero y el poder lo protegen de todo. Pero tú… tú lo has descolocado. Hacía años que no lo veía interesarse por alguien que no fuera de su círculo.
—Él solo me está ayudando por la deuda, señora.
Margaret sonrió de una forma misteriosa. —Mi hijo no ayuda a nadie por “deuda”, hija. Él simplemente elimina las deudas. Si se ha tomado la molestia de traerte aquí, de buscar al mejor cirujano y de visitarte cada noche… es porque vio algo en ti que él perdió hace mucho tiempo: esperanza.
Me quedé callada. ¿Visitarnos cada noche? Yo no sabía que Cassian había estado yendo al hospital mientras yo dormía agotada en el sillón de la habitación de Luz.
La Revelación
Esa noche, mientras Luz dormía plácidamente después de su cirugía, decidí bajar a la cafetería por un café negro. Al pasar por la estación de enfermeras, escuché a dos de ellas susurrando.
—…sí, es el paciente de la 502. El señor Blackwood pagó toda la planta para que nadie molestara a la niña. Dicen que es su protegida.
—¿Protegida? Yo escuché que es la única que se le ha enfrentado. El guardia, ese tal Stone, dice que el jefe está obsesionado con que ella regrese a la facultad de medicina.
Me detuve en seco. ¿Regresar a la facultad?
Seguí caminando hacia el jardín interior del hospital, sintiendo que el corazón me latía con fuerza. Ahí estaba él, fumando en la oscuridad, bajo un árbol de jacaranda.
—Sé que estás ahí, Viviana —dijo sin darse la vuelta.
—¿Es cierto? —pregunté, acercándome—. ¿Es cierto que quieres que regrese a la facultad?
Cassian se giró. La luz de la luna iluminaba su rostro, dándole un aspecto casi escultural. —Es un desperdicio de talento que estés entregando cafés, Viviana. El mundo tiene suficientes repartidores. Pero le faltan médicos con alma.
—No tengo dinero para la UNAM, y mucho menos para el tiempo que requiere —dije, sintiendo que la amargura regresaba—. Luz necesita cuidados, y yo necesito trabajar.
Cassian caminó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir su aliento. —Ya te dije que el dinero no es el problema. He creado una beca en la Fundación Blackwood. Es para estudiantes de medicina destacados con dificultades económicas. Tú eres la primera candidata. Cubre todo: libros, manutención para Luz, tu carrera.
—¡Otra vez caridad! —exclamé, aunque esta vez con menos fuerza—. ¿Por qué insistes tanto en cambiar mi vida?
Cassian me tomó por la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos ya no eran de acero; eran profundos, oscuros, como un océano en plena noche. —Porque tú cambiaste la mía en cinco minutos, Viviana Cross. Me recordaste que todavía hay gente que hace lo correcto sin esperar nada a cambio. Me recordaste que hay cosas que mi dinero no puede comprar, pero que sí puede proteger.
—No sé si puedo hacerlo —susurré, sintiendo que mi resistencia se desmoronaba ante su cercanía.
—Puedes —afirmó él con una seguridad aplastante—. Y lo harás. No por mí, ni por Margaret. Por Luz. Por tu abuela. Y porque eres la única mujer que he conocido que no me tiene miedo.
En ese momento, la tensión entre nosotros era casi insoportable. No era solo agradecimiento, no era solo curiosidad. Era algo magnético, una fuerza de la naturaleza que nos empujaba a ambos. Cassian se acercó un poco más, su nariz rozando la mía. Podía ver cada detalle de sus ojos, la intensidad de su deseo y su respeto.
—Mañana te enviaré los papeles de inscripción —dijo, su voz apenas un susurro que me recorrió la columna—. No aceptaré un no por respuesta.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola en el jardín de jacarandas, con el olor de su perfume flotando en el aire frío de la noche. Me di cuenta de que mi vida de repartidora había terminado para siempre. Había entrado en el mundo de los Blackwood, un mundo de peligro, de riqueza y de un hombre que parecía decidido a reconstruir mi destino, pieza por pieza.
Miré hacia la ventana de la habitación de Luz. Por primera vez en nueve años, no sentí el peso del mundo sobre mis hombros. Sentí algo que me asustaba más que la pobreza: sentí que el futuro estaba empezando, y que Cassian Blackwood iba a ser la fuerza que me impulsaría hacia él, quisiera yo o no.

CAPÍTULO 3: EL SANGRE AZUL CONTRA EL SANGRE ROJA
El sol de agosto en la Ciudad de México no calienta, más bien encandila. Me detuve frente a las puertas de la prestigiosa Facultad de Medicina, ajustando los tirantes de mi mochila. Ya no era la mochila térmica de color neón que cargaba cafés; ahora era una de lona gris, cargada de libros de anatomía y bioquímica que pesaban más que mis remordimientos.
Habían pasado tres meses desde que Luz salió del hospital. Su recuperación fue un milagro que veía cada mañana cuando la encontraba desayunando con color en las mejillas. Pero ese milagro tenía un dueño: Cassian Blackwood. Aunque yo intentaba convencerme de que esto era una “beca” de su fundación, sentía el peso de su mano en cada detalle de mi nueva vida.
Vivíamos en un departamento pequeño pero digno cerca de la universidad, pagado por la fundación. Tenía una computadora nueva, ropa que no estaba remendada y, lo más importante, tiempo. Tiempo para estudiar. Pero el miedo no se quita con ropa nueva.
—Tú puedes, Viviana —me dije a mí misma, apretando el carnet de estudiante—. Eres la nieta de Doña Ruth. Sabes de la vida más que todos estos niños ricos.
El Desprecio en el Auditorio
Al entrar al auditorio principal para la primera clase de Anatomía Clínica, el aire cambió. Era un salón inmenso, con bancos de madera pulida y un olor a cera y privilegio. Me senté en la última fila, intentando pasar desapercibida con mis jeans gastados y mi playera sencilla.
A mi alrededor, el murmullo era una sinfonía de apellidos compuestos y anécdotas de veranos en Europa. —¿Ya viste a la nueva? —susurró una chica de cabello rubio perfecto a mi izquierda—. Dicen que entró por una “beca especial” de los Blackwood. —¿Beca especial? —respondió un tipo con un reloj que costaba más que mi antigua bicicleta—. Seguro es la hija de algún chofer o una de las amantes de Cassian. Ya sabes cómo son esos tipos.
Sentí que la sangre me hervía, pero bajé la mirada hacia mi cuaderno. No estaba ahí para hacer amigos. Estaba ahí para ser la mejor.
La puerta se abrió y entró el Dr. Sergio Valenzuela, una eminencia en cirugía y, por desgracia, un hombre conocido por su arrogancia y su desprecio hacia lo que él llamaba “la medicina de la plebe”.
—Buenos días —dijo Valenzuela, lanzando su maletín sobre el escritorio—. Veo muchas caras nuevas. Muchos de ustedes están aquí porque sus padres donaron un ala al hospital. Otros —su mirada se clavó en mí con una precisión quirúrgica— están aquí por caridad. Pero en mi clase, el dinero no compra las respuestas. Aquí, o saben o se largan.
El silencio fue absoluto. Valenzuela encendió el proyector. Apareció la imagen de una tomografía compleja. —Caso uno: Paciente con convulsiones tónico-clónicas refractarias. Veinticinco especialistas fallaron en el diagnóstico inicial. ¿Alguien puede decirme qué estamos buscando aquí?
Nadie levantó la mano. El caso era extrañamente familiar. Era el caso de Margaret Blackwood, pero modificado para ocultar su identidad.
—¿Nadie? —Valenzuela sonrió con suficiencia—. ¿Ni siquiera nuestra “becada estrella”? Señorita Cross, ya que los Blackwood confían tanto en usted, ilústrenos.
Me puse de pie. Sentía los ojos de trescientos estudiantes clavados en mi espalda como alfileres. —No es un problema neurológico primario, doctor —dije, mi voz firme a pesar de que mis rodillas temblaban—. La tomografía muestra una inflamación perivascular leve que no concuerda con epilepsia idiopática. El paciente está sufriendo una intoxicación exógena por compuestos orgánicos volátiles. Probablemente fenoles sintéticos.
Un murmullo recorrió el salón. Valenzuela arqueó una ceja, visiblemente molesto por mi respuesta. —¿Fenoles? ¿De dónde sacó esa teoría de curandera, señorita? Esto es medicina, no una lectura de cartas en el mercado de Sonora.
—Lo saqué de la observación, doctor —respondí, ganando confianza—. Si trata el síntoma con anticonvulsivos, solo saturará el hígado del paciente, que ya está colapsado tratando de filtrar el aire. Lo que el paciente necesita es aire limpio y una infusión de jengibre y menta para estabilizar los receptores nerviosos.
El auditorio estalló en risas. —¡Jengibre! —gritó el tipo del reloj caro—. ¡Traigan los tamales también!
Valenzuela golpeó el escritorio. —¡Silencio! Señorita Cross, aquí estudiamos ciencia, no supersticiones de pueblo. Siéntese y no vuelva a interrumpir con sus remedios caseros. Si quiere usar hierbas, regrese a la cocina de donde salió.
Me senté con el rostro ardiendo. La humillación era física, un nudo en la garganta que amenazaba con convertirse en lágrimas. Pero no lloré. Doña Ruth decía que las lágrimas son para regar las plantas, no para darles el gusto a los idiotas.
La Sombra en el Pasillo
Al terminar la clase, salí lo más rápido posible. Quería perderme en la biblioteca, pero en el pasillo me cerraron el paso. Eran tres: el tipo del reloj (que se llamaba Mauricio), la rubia (Valeria) y otro secuaz.
—Oye, “hierbitas” —dijo Mauricio, poniéndose en mi camino—. ¿Es cierto que Cassian Blackwood te sacó de un puesto de tacos? ¿O eras su repartidora personal? —Déjenme pasar —dije, intentando rodearlos.
—Ay, pobre cosita —Valeria me miró con fingida lástima—. Debes estar muy agradecida. Pero un consejo: en esta facultad, la gente como tú no dura. No tienes el nivel, no tienes los contactos y, sobre todo, hueles a pobreza desde aquí.
Mauricio me arrebató el libro de anatomía de las manos. —Este libro es demasiado caro para alguien que no sabe ni usar un estetoscopio. Mejor regresa a tu bici, ahí te veías más… natural.
Lanzó el libro al suelo y lo pateó hacia un charco de agua de la limpieza. Sentí que algo dentro de mí se rompía. Era el libro que Cassian me había regalado, el que tenía su firma en la primera página.
Estaba a punto de lanzarme contra Mauricio, sin importarme que me expulsaran el primer día, cuando una voz gélida detuvo el tiempo.
—Recoge el libro, Mauricio.
Todos nos giramos. Cassian Blackwood estaba parado al final del pasillo. No llevaba su traje habitual; vestía un abrigo de cachemira gris y unos lentes oscuros que se quitó lentamente. Su sola presencia parecía succionar el oxígeno del lugar. Los estudiantes que pasaban se detuvieron, reconociendo al hombre cuyo apellido estaba grabado en mármol en el edificio de investigación de la facultad.
Mauricio se puso pálido. Sus manos empezaron a temblar. —Señor Blackwood… yo… estábamos bromeando con la nueva compañera…
Cassian caminó hacia nosotros con una elegancia depredadora. No miró a nadie más que a Mauricio. Se detuvo frente a él, sacándole una cabeza de altura. —He dicho que recojas el libro. Y que pidas disculpas.
Mauricio se agachó rápidamente, recogió mi libro mojado y lo limpió con su propia camisa de marca. —Lo siento, Viviana. De verdad. Perdón.
—Vete —dijo Cassian. Su voz era apenas un susurro, pero sonó como un disparo.
Los tres salieron corriendo como si hubieran visto a la muerte misma. Me quedé sola con él en el pasillo. La rabia que sentía por la humillación se mezcló con la rabia de que él hubiera tenido que intervenir.
—No necesito que me defiendas, Cassian —dije, arrebatándole el libro de las manos—. Puedo cuidarme sola.
—Lo sé —respondió él, mirándome con una intensidad que me hizo retroceder—. Pero no tolero que toquen lo que es mío.
—¡Yo no soy tuya! —exclamé, sintiendo que las paredes se cerraban—. No soy un objeto que compraste con una beca.
Cassian se acercó más. Pude oler su perfume, ese aroma a éxito y peligro. —Esa beca es una oportunidad, Viviana. Pero la forma en que entraste hoy al auditorio y le dijiste a Valenzuela que estaba equivocado… eso no se compra. Eso es lo que me fascina de ti.
—Me humilló frente a todos —dije, sintiendo por fin el escozor de las lágrimas—. Dijo que era una curandera de cocina.
—Valenzuela es un imbécil que cree que el título lo hace Dios —Cassian me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo—. Pero tú sabes algo que él no sabe. Tú tienes la verdad. Y la verdad siempre gana, aunque al principio la insulten. Viniste aquí para ser médico, ¿no? Pues enséñales que un médico no es el que tiene el diploma más grande, sino el que devuelve la vida.
—¿Por qué estás aquí, Cassian? No es solo para defenderme de unos niños ricos.
Él guardó silencio por un momento. Sus ojos grises escanearon mi rostro como si estuviera buscando una respuesta a una pregunta que no se atrevía a hacer. —Mi madre quiere verte. Ha preparado una cena. Y no aceptará un no por respuesta.
La Cena en el Imperio
Llegué a la mansión esa noche sintiéndome como una impostora. Vestía un vestido sencillo que Margaret me había enviado, de un azul profundo que hacía que mis ojos parecieran más grandes.
La cena no fue en el gran comedor frío, sino en una terraza pequeña, iluminada con velas y rodeada de plantas aromáticas. Margaret se veía espléndida. Al verme, se levantó y me abrazó como si fuera una hija perdida.
—Viviana, qué alegría —dijo Margaret—. Cuéntame, ¿cómo fue tu primer día? Sé que Valenzuela puede ser un ogro, me lo dijo Cassian.
Miré a Cassian, que estaba sentado con una copa de vino, observándome en silencio. —Fue difícil, señora. Pero sobreviví.
—Hija, la medicina es un mundo de hombres que creen tener todas las respuestas —Margaret me tomó de la mano mientras nos sentábamos a cenar—. Pero tú tienes el legado de Ruth. Ella curaba con el alma. No dejes que la universidad te quite eso. Úsalo para ser mejor que ellos.
Durante la cena, hablamos de cosas que nunca pensé discutir con multimillonarios. Hablamos de la desigualdad en los hospitales públicos, de las propiedades curativas del epazote y la manzanilla, y de los sueños de Luz.
—Luz quiere ser médico también —dije, sonriendo por primera vez en todo el día—. Dice que quiere trabajar conmigo en una clínica propia.
Cassian dejó su copa. —Esa es una buena meta. Una clínica de integración. Medicina moderna y herbolaria. Un puente entre dos mundos.
—Suena a fantasía —murmuré—. Necesitaría millones para algo así.
—El dinero es lo de menos cuando la idea es sólida —respondió Cassian, y por un momento vi al hombre de negocios, al visionario—. Pero primero, tienes que graduarte. Tienes que ser la mejor. Tienes que hacer que Valenzuela se trague cada una de sus palabras.
Después de la cena, Cassian se ofreció a llevarme a casa. Caminamos hacia su camioneta en silencio. El jardín de la mansión olía a jazmín y a tierra mojada.
—Viviana —me detuvo antes de subir al vehículo—. Sé que te sientes fuera de lugar. Sé que crees que todo esto tiene un precio oculto.
—¿No lo tiene? —pregunté, mirándolo a los ojos.
Él dio un paso hacia mí. La oscuridad de la noche nos rodeaba, pero sus ojos brillaban con una determinación aterradora. —El único precio es que no te rindas. Quiero ver hasta dónde puedes llegar. Quiero ver a esa repartidora de café convertirse en la mujer más poderosa de la medicina en este país.
Me puso la mano en la mejilla. Fue un contacto suave, casi tierno, que contrastaba con su aura de acero. —Y si alguien vuelve a tocar tus libros… si alguien vuelve a decirte que no perteneces a este mundo… diles que este mundo me pertenece a mí, y que tú estás conmigo.
Me quedé helada. No era una declaración de amor, pero era algo más fuerte. Era una declaración de protección absoluta.
El Desafío Final
Al día siguiente, regresé a la facultad con la cabeza en alto. Al entrar al auditorio de Anatomía, el Dr. Valenzuela estaba revisando unos exámenes.
—Señorita Cross —dijo sin levantar la vista—. Ayer interrumpió mi clase con una teoría ridícula. Pero resulta que el departamento de toxicología confirmó que el caso real en el que se basó mi ejemplo tenía, efectivamente, trazas de fenoles sintéticos en sangre.
El auditorio quedó en silencio. Valeria y Mauricio se miraron, incrédulos.
—No piense que eso la hace una experta —continuó Valenzuela, mirándome con desdén—. Fue suerte. Una coincidencia de curandera.
—No fue suerte, doctor —respondí, sentándome en la primera fila, justo frente a él—. Fue observación. Y si me permite, hoy me gustaría explicarle por qué la menta y el jengibre ayudaron a estabilizar los receptores neuroquímicos antes de que el hígado fallara.
Valenzuela apretó la mandíbula. Por primera vez, vi una chispa de duda en sus ojos. —Tiene tres minutos, Cross. No los desperdicie.
Me levanté y caminé hacia el pizarrón. Mientras escribía las fórmulas químicas de los terpenos y su interacción con las sinapsis, sentí que la voz de mi abuela Ruth me guiaba.
A lo lejos, en la puerta del auditorio, vi una sombra conocida. Cassian Blackwood estaba allí, observándome desde la oscuridad. No entró. No dijo nada. Solo asintió levemente y se retiró.
En ese momento supe que la guerra apenas comenzaba. Los Blackwood me habían dado las armas, pero la batalla era mía. Y no iba a detenerme hasta que cada uno de esos estudiantes y doctores supiera que el nombre de Viviana Cross no se escribía con caridad, sino con la sabiduría de la tierra y el fuego de la justicia.
Mi vida como repartidora había quedado atrás, pero la fuerza que usé para pedalear contra el viento ahora la usaba para pedalear contra el mundo. Y esta vez, no iba sola.
CAPÍTULO 4: EL FILO DEL BISTURÍ Y LAS SOMBRAS DEL IMPERIO
El Hospital Central de la Ciudad de México es un laberinto de pasillos blancos que huelen a muerte y esperanza, un lugar donde el tiempo se mide en pulsaciones por minuto. Para mi segundo semestre, gracias a mis notas perfectas y a la influencia apenas disimulada de la Fundación Blackwood, conseguí una plaza como observadora clínica en el área de urgencias.
Esa mañana, el aire estaba cargado. El sonido de las sirenas de las ambulancias era una música constante que ponía a prueba mis nervios. Llevaba mi bata blanca impecable, con el nombre “Viviana Cross” bordado en el pecho. Cada vez que lo leía, sentía un nudo en la garganta. Ya no cargaba una mochila térmica; cargaba la responsabilidad de vidas humanas.
—Señorita Cross, deje de admirar su reflejo y muévase —ladró la Dra. Catherine Moore.
Sí, la misma doctora que me despreció en la mansión ahora era mi jefa de residentes. Cassian lo había planeado así. Según él, necesitaba aprender de “la mejor de las peores”. Moore no me lo ponía fácil. Me asignaba los turnos más pesados, las limpiezas más sucias y las tareas más monótonas.
—Hoy llega un traslado importante —dijo Moore mientras caminábamos a paso veloz por el pasillo—. Un accidente en una de las zonas industriales. Múltiples heridos. Quiero que se quede en la retaguardia y no estorbe. ¿Entendido?
—Entendido, doctora —respondí, aunque mis ojos ya buscaban la entrada de urgencias.
El Caos en Urgencias
Las puertas dobles se abrieron de golpe. Tres camillas entraron volando, empujadas por paramédicos cubiertos de polvo y sangre. El ruido era ensordecedor: gritos de dolor, órdenes médicas y el pitido incesante de los monitores.
—¡Paciente masculino, 45 años, aplastamiento de tórax y posible inhalación de gases tóxicos! —gritó un paramédico.
Me acerqué a la tercera camilla. Era un hombre joven, tal vez de mi edad, con el rostro cubierto de una ceniza grisácea. Su respiración era un silbido agónico. Moore estaba ocupada con un paciente más crítico, así que me acerqué al joven.
—¿Puede oírme? —le pregunté, tomándole el pulso. Su piel estaba pegajosa y fría—. ¡Doctora Moore! Este paciente tiene un edema laringeo severo, pero no es por el trauma. Hay un olor químico… es amoníaco mezclado con algo más.
Moore se giró un segundo, estresada. —¡Cross, le dije que no estorbara! Debe ser humo del incendio. Póngale oxígeno al máximo y espere al interno.
—¡No es humo! —insistí, acercándome más al paciente. El olor era penetrante, amargo—. Sus pupilas están dilatadas y tiene espasmos musculares. Esto es una intoxicación por pesticidas organofosforados. El oxígeno solo no va a servir, necesita atropina y necesitamos lavarle la piel con algo que neutralice el químico antes de que lo absorba por completo.
Un interno se acercó y trató de apartarme. —Quítate, becada. Yo me encargo.
—¡Si le pones el sedante que tienes en la mano, vas a detener su diafragma! —le grité, bloqueándole el paso—. ¡Miren su cuello! Los ganglios están inflamados.
En ese momento, el paciente empezó a convulsionar. El monitor marcó una taquicardia ventricular. El caos se apoderó de la pequeña bahía de urgencias.
—¡Se nos va! —gritó el interno—. ¡Desfibrilador!
—¡No! —mi mente voló a las enseñanzas de mi abuela Ruth—. ¡Traigan carbón activado y vinagre blanco de la cocina del hospital, ahora! ¡Y preparen la atropina!
Moore llegó a mi lado, furiosa. —¡Cross, retírese o llamo a seguridad!
—¡Huela su aliento, doctora! —le grité en la cara—. ¡Huela! Huele a ajo podrido. Es malatión. Está en shock colinérgico. Si usan el desfibrilador con el corazón saturado de acetilcolina, lo van a freír.
Moore se detuvo. Se acercó al paciente y olfateó. Su rostro cambió de la furia al asombro en un segundo. —Tiene razón… ¡Maldita sea! ¡Traigan la atropina y cancelen el desfibrilador! ¡Cross, traiga ese carbón y prepárese para lavar al paciente!
Durante los siguientes veinte minutos, trabajé codo a codo con Moore. No hubo jerarquías, solo la lucha por la vida. Usamos los protocolos modernos mezclados con la rapidez de diagnóstico que mi abuela me había tatuado en el cerebro: “Mira los ojos, huele el aliento, siente la piel. El cuerpo siempre confiesa lo que lo está matando”.
Cuando el paciente finalmente se estabilizó y su ritmo cardíaco volvió a la normalidad, me desplomé contra la pared, empapada en sudor y con la bata manchada de ceniza.
Moore se acercó a mí. Se limpió la frente con el antebrazo y me miró por un largo rato. —Fue una buena observación, Cross. Muy buena. Salvó a ese hombre. Pero —su voz volvió a ser fría— volvió a saltarse la cadena de mando. Si vuelve a gritarme así frente a los internos, la expulso aunque Cassian Blackwood sea el dueño del hospital.
—Lo entiendo, doctora. Pero él iba a morir.
—Lo sé —susurró Moore, y por primera vez vi una chispa de respeto real en sus ojos—. Váyase a descansar. Mañana tiene turno doble.
La Sombra Detrás del Accidente
Salí del hospital al atardecer, con el cuerpo molido pero el espíritu encendido. Me senté en una banca del parque exterior, esperando a que el temblor de mis manos desapareciera. Fue entonces cuando vi la noticia en la televisión de un puesto de periódicos cercano.
“Explosión en almacén de Industrias químicas ‘Valle de México’. Se reportan 10 heridos graves. La empresa asegura cumplir con todas las normas de seguridad”.
Fruncí el ceño. El logo de la empresa me resultaba familiar. Saqué mi teléfono y busqué en los registros de la Fundación Blackwood que Cassian me había dado para mi estudio. Mi corazón se detuvo.
Industrias ‘Valle de México’ era una subsidiaria de una empresa matriz propiedad de Cassian Blackwood.
—No puede ser —murmuré.
El paciente que acababa de salvar, el joven que casi muere intoxicado por pesticidas prohibidos, trabajaba para el hombre que me estaba pagando la carrera. El hombre que decía estar “cambiando el mundo”.
El Enfrentamiento en la Mansión
Esa noche, no fui a mi departamento. Tomé un taxi directo a la mansión. No me importó que fuera tarde, no me importó que no tuviera cita. Entré por la puerta principal como un torbellino. Stone intentó detenerme, pero le lancé una mirada que lo dejó clavado en su sitio.
—¿Dónde está él? —le pregunté.
—En el estudio, señorita Viviana, pero tiene una reunión…
No escuché. Empujé las puertas dobles del estudio de Cassian. Él estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, hablando con tres hombres que parecían abogados salidos de una película de terror. Cassian levantó la vista, sorprendido por mi entrada, pero no se inmutó.
—Caballeros, dennos un momento —dijo con esa calma que siempre me ponía los pelos de punta.
Los hombres salieron en silencio. Cassian se levantó, se quitó el saco y caminó hacia el bar para servirse un whisky. —Llegas tarde para la cena, Viviana. Y pareces haber pasado por una guerra. ¿Quieres una copa?
—Hoy salvé a un hombre en urgencias —dije, mi voz temblando de rabia—. Se llama Roberto. Tiene 24 años. Casi muere porque inhaló químicos que están prohibidos por la ley sanitaria desde hace cinco años.
Cassian bebió un sorbo, mirándome por encima del borde del vaso. —Me alegra saber que tus estudios están dando frutos. Moore me envió un mensaje diciendo que estuviste brillante.
—¡No te atrevas a usar ese tono conmigo! —grité, acercándome a él—. Ese hombre trabaja en una de tus fábricas. ¿Sabías que están usando pesticidas ilegales? ¿Sabías que los trabajadores no tienen equipo de protección real? ¿O es que tu “caridad” con mi hermana es solo una forma de limpiar la sangre de tus manos?
Cassian dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Su rostro se volvió de piedra. —Cuidado con tus palabras, Viviana. Estás hablando de cosas que no entiendes. Mi imperio es vasto. No puedo controlar cada almacén y cada supervisor.
—¡Eres Cassian Blackwood! —le reproché—. Tú sabes hasta cuántas hormigas caminan en tus jardines. No me digas que no sabías lo de ‘Valle de México’. Me usas para salvar a tu madre, me pagas la carrera para sentirte buen hombre, pero afuera, la gente que trabaja para ti se muere porque ahorras unos pesos en filtros de aire.
Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Sentí su calor, su poder, pero no retrocedí. —¿Crees que el mundo es blanco y negro? ¿Crees que puedes ser un “santo” en este país y construir un imperio? —su voz era un susurro peligroso—. He estado limpiando mis negocios desde el día en que te conocí. He cerrado operaciones que te harían vomitar. Pero los cambios toman tiempo.
—Roberto no tiene tiempo, Cassian. Su hígado está destrozado. Sus pulmones nunca volverán a ser los mismos.
—Ya me encargué de eso —dijo él, volviendo a su escritorio—. Sus facturas médicas están pagadas. Su familia recibió una indemnización que no ganarían en veinte años. Y el supervisor de esa planta… digamos que ya no trabaja para mí, ni para nadie más.
Un escalofrío me recorrió la espalda. —¿Qué significa eso de que “ya no trabaja para nadie más”?
Cassian me miró fijamente. Sus ojos grises eran dos abismos de oscuridad. —Significa que yo me encargo de mi gente a mi manera. Tú te encargas de curarlos en el hospital. Yo me encargo de los responsables. No vuelvas a cuestionar mi integridad frente a mis empleados.
—Si este es el dinero que paga mi carrera… —empecé a decir, sintiendo que la bata me pesaba como si fuera de plomo.
—Es el mismo dinero que salvó a tu hermana —me interrumpió él, cruelmente—. Es el mismo dinero que te permite dormir sin preocuparte por el alquiler. No te hagas la mártir ahora, Viviana. Sabías quién era yo cuando aceptaste el trato.
Me quedé en silencio, con las lágrimas ardiendo en mis ojos. Tenía razón. Pero el dolor de Roberto, su silbido al respirar, me perseguía.
El Pacto de Sangre y Menta
Salí del estudio y caminé hacia el jardín de hierbas que yo misma había ayudado a Margaret a plantar. La noche estaba fresca. Me senté en el suelo, tocando las hojas de menta, buscando consuelo en la tierra.
Unos minutos después, sentí que alguien se sentaba a mi lado. No tuve que mirar para saber quién era.
—Lo que viste hoy en el hospital… —empezó Cassian, su voz sonando más humana en la oscuridad—. Me dolió. Aunque no lo creas.
—Entonces cambia las cosas, Cassian —dije sin mirarlo—. No solo des indemnizaciones. Cambia las fábricas. Usa tu poder para que Roberto sea el último.
Él suspiró. Fue un sonido cansado, cargado de años de batallas que yo apenas empezaba a comprender. —Lo haré. Pero necesito que tú sigas adelante. Necesito que seas la doctora que no se calla, incluso cuando el dueño del hospital está frente a ella. Eres mi brújula moral, Viviana. Aunque a veces me den ganas de encerrarte para que dejes de cuestionarme.
Se acercó y me tomó la mano. Sus dedos estaban manchados de tinta, los míos de hospital. Éramos dos mundos que chocaban, dos fuerzas que se necesitaban pero que no sabían cómo coexistir sin lastimarse.
—Mañana iré a ver a Roberto —dije finalmente—. Le llevaré una infusión especial para sus pulmones. No le diré quién soy, ni quién me envía.
—Dile que lo envía alguien que está aprendiendo a ser mejor —susurró Cassian.
En ese momento, bajo la luna de México, me di cuenta de que mi misión no era solo ser médico. Mi misión era transformar la oscuridad de Cassian Blackwood en algo que pudiera sanar a otros. Él era el bisturí: afilado, peligroso, capaz de matar. Yo era la hierba: lenta, persistente, capaz de curar la herida que el bisturí dejaba.
Me apoyé en su hombro, y por un instante, el imperio y el hospital desaparecieron. Solo quedábamos nosotros dos, intentando encontrar la dosis correcta entre el poder y la compasión.
—Viviana —dijo él antes de que nos levantáramos—. Nunca dejes de gritarme. El día que dejes de hacerlo, estaré perdido.
—No te preocupes, Cassian —respondí con una sonrisa triste—. Apenas estoy empezando a calentar la garganta.
Regresé a casa esa noche sabiendo que el camino sería largo y peligroso. Pero mientras tuviera mis hierbas en la bolsa y a un hombre como Cassian dispuesto a escuchar, sentía que podía enfrentarme a cualquier epidemia, incluso a la de la injusticia.
CAPÍTULO 5: EL RASTRO DEL VENENO EN LA COLONIA
La colonia Guerrero es un lugar donde el asfalto parece tener memoria. Es un barrio de vecindades ruidosas, puestos de tacos que huelen a gloria y gente que se parte el lomo todos los días. Para el mundo, es una zona “brava”; para mí, era el hogar donde la abuela Ruth me enseñó que la dignidad no tiene nada que ver con lo que tienes en el banco.
Ese sábado, decidí volver. Necesitaba escapar del aire acondicionado del Hospital Santa Fe y del silencio opresivo de la mansión. Llevaba una bolsa llena de medicamentos básicos, gasas y, por supuesto, mis frascos de tinturas de hierbas. Quería visitar a Doña Carmen, nuestra antigua vecina, pero al bajar del taxi, el aire me supo a hierro.
Había algo mal. El ambiente no era el de un sábado común. No había música saliendo de las ventanas, y en la esquina, frente a la farmacia de la cuadra, había una fila de gente que se veía enferma.
—¡Viviana! ¡Vivi, qué bueno que viniste! —gritó el joven Toño, un chico que antes me ayudaba a reparar mi bicicleta. Estaba pálido, con los ojos hundidos.
—¿Qué pasa, Toño? ¿Por qué se ven todos así?
—Es el agua, Vivi. O el aire. No sabemos. Desde hace tres días, los niños empezaron con vómitos y manchas rojas en la piel. Mi hermanito no para de toser y dice que le arden los ojos.
Mi instinto de médico se encendió como una bengala. No dejé ni que terminara de hablar cuando ya estaba corriendo hacia la vecindad número 42.
La Epidemia de los Olvidados
Al entrar al patio central de la vecindad, la imagen me desgarró. Había colchones en el suelo. Madres desesperadas bañaban a sus hijos con trapos húmedos. El olor… era el mismo olor metálico y amargo que sentí en el paciente Roberto en el hospital.
—¡Amoníaco y arsénico! —susurré para mis adentros.
Me acerqué a un niño que apenas tendría seis años. Su piel estaba cubierta de sarpullido y sus pulmones silbaban con cada aliento. —Doña Carmen, necesito que traiga todas las tinas que tenga. Necesitamos agua purificada, no de la llave. ¡Nadie tome agua del grifo!
—Pero Vivi, la de garrafón está carísima y no hay en la tienda —dijo Carmen, llorando—. Dicen que los camiones no han pasado porque la calle está cerrada por las obras de la fábrica nueva.
¿La fábrica nueva? Mi corazón dio un vuelco. A solo tres cuadras de la colonia, se alzaba el nuevo complejo logístico de la Fundación Blackwood. Se suponía que era un “proyecto verde” para revitalizar la zona.
—¡Maldita sea, Cassian! —rugí, apretando los puños.
Pasé las siguientes seis horas trabajando sin descanso. Usé todo lo que sabía. Preparé compresas de caléndula y manzanilla para las quemaduras químicas de los niños. Hice infusiones de carbón activado para los que habían bebido el agua contaminada. Atendí a más de treinta personas, sintiendo que mis conocimientos médicos y la sabiduría de mi abuela se fusionaban en una danza desesperada contra el tiempo.
Pero no era suficiente. Los casos más graves necesitaban hospitalización inmediata, y las ambulancias del estado decían que no tenían unidades disponibles para “una zona de conflicto”.
El Rugido del León
Saqué mi teléfono con las manos manchadas de ungüento. Mis dedos temblaban de rabia mientras marcaba el número privado de Cassian.
—Viviana, estaba por llamarte para cenar… —empezó él con su tono aterciopelado.
—¡Cállate, Cassian! ¡Cállate y escúchame! —le grité, y el patio de la vecindad quedó en silencio al oír mi voz—. Estoy en la Guerrero. Tus obras de la nueva planta perforaron un ducto de desechos químicos o algo peor. Tengo a cincuenta personas envenenándose. Hay niños que no van a llegar a la mañana si no reciben atención.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio pesado, como el de una tormenta a punto de estallar. —Viviana, mi equipo me aseguró que todos los protocolos…
—¡Tus protocolos no sirven de nada cuando los niños están escupiendo sangre, Cassian! —mi voz se quebró por las lágrimas de impotencia—. Si de verdad te importa lo que estamos construyendo, si de verdad me respetas, manda ambulancias. Manda camiones de agua. Ahora mismo. O juro por la tumba de mi abuela que mañana mismo voy a la prensa y hundo tu nombre aunque sea lo último que haga.
—Diez minutos, Viviana —dijo él, y colgó.
El Despliegue del Imperio
Diez minutos exactos después, el sonido de las sirenas rompió el aire de la colonia. Pero no eran las ambulancias destartaladas del gobierno. Eran unidades privadas del Hospital Santa Fe, seguidas por camiones cisterna con el logo de Blackwood.
Y en medio de todo el caos, una camioneta blindada negra se detuvo frente a la vecindad. Cassian bajó, vestido con una camisa blanca remangada y unos jeans, algo que nunca le había visto puesto. Detrás de él, Stone y diez hombres cargaban cajas de suministros médicos.
Cassian entró al patio de la vecindad. La gente se apartó, intimidada por su presencia, por ese aura de poder absoluto que emanaba de él. Sus ojos recorrieron la miseria, los niños enfermos, y finalmente se posaron en mí. Yo estaba cubierta de hollín, con el cabello deshecho y los ojos rojos de tanto llorar.
—¿Dónde están los más graves? —preguntó, ignorando las miradas de odio de los vecinos.
—En el tercer cuarto a la izquierda —dije, señalando con el dedo—. Cassian, esto es tu culpa.
Él no respondió. Se acercó a la habitación y vio a un anciano que apenas podía respirar. —Stone, que el Dr. Arrieta reciba a todos en el área de urgencias privadas. Yo pagaré cada cama, cada medicina y cada indemnización. Y quiero que los ingenieros de la planta estén aquí en veinte minutos revisando los ductos. Si alguien mintió en el reporte de seguridad, quiero sus cabezas en mi escritorio mañana.
La Batalla Entre Dos Mundos
Durante toda la noche, la colonia Guerrero se convirtió en un hospital de campaña de lujo. Cassian se quedó allí. No se escondió en su camioneta. Ayudó a cargar cajas, habló con los líderes del barrio y, por primera vez, lo vi enfrentarse a las consecuencias reales de su mundo de negocios.
Cerca de las 4:00 de la mañana, cuando el último niño fue estabilizado y subido a una ambulancia, nos quedamos solos en el patio, sentados en unos escalones de piedra fría.
—Me odias ahora mismo, ¿verdad? —preguntó él, mirando sus manos, que estaban manchadas de la misma tintura de hierbas que yo usaba.
—No te odio, Cassian. Estoy decepcionada —respondí, sintiendo un vacío en el pecho—. Tú dices que estás cambiando, que quieres un futuro conmigo, pero sigues permitiendo que tu sombra aplaste a los que no tienen voz.
—He delegado demasiado —susurró él, y por primera vez sentí una grieta de verdadera humildad en su voz—. Pensé que con dinero y abogados podía hacerlo todo bien. No sabía que mi “progreso” olía a arsénico.
—Esa es la diferencia entre nosotros, Cassian. Yo huelo el veneno antes de que llegue. Tú solo lo ves cuando te detiene los negocios. Si quieres estar conmigo, si quieres que este “nosotros” funcione, tienes que empezar a mirar el mundo con mis ojos, no con tus balances financieros.
Él se giró hacia mí. En la penumbra del patio, sus ojos grises brillaban con una intensidad febril. —Enséñame, Viviana. No me dejes volver a la oscuridad. Sé que soy un hombre difícil, que tengo las manos manchadas, pero tú eres la única que puede lavarlas.
Me tomó de la mano. Sus dedos estaban calientes, llenos de una energía desesperada. —Mañana voy a cerrar la construcción de la planta. No se abrirá hasta que tú misma revises los planos de impacto ambiental con los expertos que elijas. Y voy a crear un fondo permanente para esta colonia. No como caridad, sino como reparación.
—Es un buen inicio —dije, apoyando mi cabeza en su hombro—. Pero no creas que esto se cura con un cheque. Vas a tener que venir aquí, mirar a estas madres a los ojos y pedirles perdón.
—Lo haré —dijo él, y por la forma en que apretó mi mano, supe que hablaba en serio.
El Despertar de la Esperanza
Al amanecer, la señora Carmen salió con dos tazas de café de olla, de ese que tiene canela y piloncillo. Se las ofreció a Cassian y a mí. —Gracias, joven —le dijo a Cassian con una sonrisa tímida—. No sabemos quién es usted, pero gracias por no dejarnos morir.
Cassian tomó la taza de barro con una delicadeza extraña. Bebió un sorbo y vi cómo sus facciones se relajaban. —Este café… sabe a algo que había olvidado —murmuró.
—Sabe a México, Cassian —le dije, sonriendo por primera vez en toda la noche—. Sabe a la gente que tú creías que no importaba.
Esa noche cambió algo entre nosotros. La dinámica de poder se invirtió. Él ya no era el salvador y yo la protegida. Ahora, yo era su guía. Habíamos pasado por el fuego y habíamos salido quemados, pero vivos.
Mientras caminábamos hacia su camioneta para regresar a la otra realidad, la de las mansiones y las universidades, miré hacia atrás. La colonia Guerrero estaba despertando. Los pájaros cantaban y el olor a veneno se estaba desvaneciendo, reemplazado por el aroma del café de Carmen.
—Viviana —me detuvo Cassian antes de subir—. Gracias por gritarme. Gracias por no tener miedo de decirme lo monstruo que puedo llegar a ser.
—No eres un monstruo, Cassian. Solo eres un hombre que ha vivido demasiado tiempo en una torre de cristal. Pero recuerda: el cristal se rompe, la tierra no.
Él asintió, me abrió la puerta y, por primera vez, no sentí que estaba entrando a su mundo, sino que él estaba tratando de entrar al mío. Un mundo donde el corazón de Luz, el legado de la abuela Ruth y el futuro de México se tejían con hilos de menta, jengibre y una justicia que no se podía comprar con oro, sino con acciones.
La guerra contra la enfermedad y la injusticia apenas comenzaba, pero esa noche en la Guerrero, habíamos ganado la batalla más importante: la de la conciencia de un hombre que podía cambiar el destino de miles, si tan solo seguía escuchando el susurro de la hierba.
CAPÍTULO 6: EXÁMENES DE SANGRE Y FUEGO CRUZADO
El aire en la biblioteca de la facultad era denso, saturado de cafeína y el aroma a papel viejo de los libros de texto. Eran las tres de la mañana y me encontraba en la recta final de mi tercer año. Mi vista se nublaba sobre las páginas de “Fisiopatología Cardiovascular”, pero no podía permitirme un segundo de debilidad. El examen final con el Dr. Valenzuela era en doce horas, y sabía que él estaba afilando sus garras para humillarme una última vez.
—Vivi, tienes que comer algo —susurró Luz, quien me había traído un termo con café y un par de tacos de canasta—. No has dormido en dos días. Si te desmayas frente a Valenzuela, él va a decir que las “curanderas” no aguantan la presión.
Miré a mi hermana. Estaba sana, fuerte, con un brillo en los ojos que me daba la fuerza necesaria para seguir. —No le daré ese gusto, Luz. Este examen no es solo por el título. Es para demostrar que la sabiduría de la abuela Ruth tiene un lugar en la ciencia.
El Acecho de las Sombras
Al salir de la biblioteca para tomar un poco de aire fresco, sentí que el vello de mi nuca se erizaba. La universidad estaba desierta, iluminada solo por lámparas amarillentas que proyectaban sombras alargadas sobre los murales de piedra.
Un auto negro, con los cristales blindados, estaba estacionado cerca de la salida. No era la camioneta de Cassian. Era un modelo antiguo, un Mercedes que emanaba un aura de peligro oxidado. La puerta se abrió y bajó un hombre que no había visto nunca. Era delgado, con el rostro surcado por una cicatriz que le atravesaba el ojo izquierdo, y vestía un traje gris que le quedaba grande.
—Doctora Cross, supongo —dijo el hombre. Su voz sonaba como dos piedras frotándose entre sí—. Mi nombre es Elías “El Cuervo” Salazar. Un viejo conocido de su… benefactor.
Mi sangre se heló. El nombre “El Cuervo” era una leyenda urbana en los barrios bajos, un hombre que Cassian había desplazado años atrás cuando decidió limpiar sus negocios.
—No tengo nada que hablar con usted —dije, tratando de caminar hacia la avenida principal.
—Oh, creo que sí —Salazar se interpuso en mi camino. Su olor a tabaco barato y colonia rancia me revolvió el estómago—. Cassian cree que puede volverse un santo porque usted le lee cuentos de hierbas y flores. Pero el pasado no se borra con becas universitarias. Tenemos información sobre el accidente de sus padres, doctora. ¿Nunca se preguntó por qué ese camión se saltó el semáforo exactamente ese día?
Me detuve en seco. El mundo pareció desvanecerse a mi alrededor. —¿De qué está hablando? Fue un accidente.
—En este negocio, nada es un accidente. Cassian era joven y ambicioso. Estaba marcando territorio. Sus padres estaban en el lugar equivocado en el momento en que él decidió dar un mensaje —El Cuervo sonrió, mostrando unos dientes amarillentos—. Piénselo. La misma mano que hoy le paga los libros, es la que hace diez años le quitó todo.
—¡Es mentira! —grité, aunque una semilla de duda, negra y fría, se instaló en mi pecho.
—Venga conmigo. Tengo los registros. O quédese aquí y siga viviendo en su fantasía de cristal. Si Cassian se entera de que hablamos, me matará. Pero usted merece saber quién es el hombre que duerme a su lado.
Antes de que pudiera responder, una luz cegadora iluminó el callejón. El rugido de un motor potente rompió el silencio. La camioneta de Stone frenó en seco, levantando polvo. Stone bajó con el arma en la mano, su rostro transformado en una máscara de furia.
—¡Aléjate de ella, Salazar! —rugió Stone.
El Cuervo levantó las manos, riendo entre dientes, y subió a su auto. —Nos vemos en el examen, doctora. Espero que pueda concentrarse.
El Descenso al Abismo
Stone me llevó a casa en un silencio sepulcral. Yo no podía dejar de temblar. Al llegar al departamento, Cassian estaba allí, esperándome con una expresión de preocupación que nunca le había visto.
—Viviana, ¿estás bien? Stone me dijo que ese animal se acercó a ti.
Me solté de su agarre cuando intentó abrazarme. —¿Es verdad, Cassian? —mi voz salió como un hilo roto—. ¿Es verdad que el accidente de mis padres tuvo algo que ver con tus inicios?
Cassian se quedó petrificado. Sus ojos grises se oscurecieron, volviéndose dos pozos de tormenta. El silencio en la habitación era tan pesado que me costaba respirar. —Elias Salazar es un mentiroso que busca destruir lo que he construido.
—¡No me mientas tú también! —le grité, golpeando su pecho—. ¡Dímelo a la cara! ¿Tuviste algo que ver?
Cassian bajó la cabeza. Cuando volvió a mirarme, vi una culpa tan antigua y profunda que me hizo retroceder. —Yo no di la orden, Viviana. Yo no sabía que ellos estaban ahí. Pero era mi gente. Era mi guerra. Durante años, cargué con eso en secreto… hasta que te conocí. Cuando vi tu nombre en la lista de repartidores, cuando vi quién eras… decidí que te protegería hasta mi último aliento para compensar una deuda que no se puede pagar con dinero.
Me desplomé en el sofá, cubriéndome la cara con las manos. El hombre que amaba, el hombre que salvó a mi hermana, era el mismo que, de alguna manera indirecta, había causado la tragedia que definió mi vida.
—Lárgate —le dije, sin mirarlo—. Mañana es mi examen final. Si no me voy de aquí, voy a perder la cabeza. Lárgate, Cassian.
Él no discutió. Salió del departamento, dejando un rastro de su perfume y una tristeza que llenó cada rincón.
La Prueba de Fuego: El Síncope de Valenzuela
Llegué a la facultad con el alma en pedazos y el cerebro a punto de estallar. El auditorio estaba lleno para el examen oral público. El Dr. Valenzuela estaba sentado en el centro del estrado, como un juez de la inquisición.
—Señorita Cross —dijo Valenzuela con una sonrisa cruel—. Veo que tiene ojeras. ¿La medicina natural no tiene remedio para el insomnio de los culpables?
Pasé la primera hora del examen respondiendo preguntas técnicas con una frialdad mecánica. Describí la circulación mayor, la farmacocinética de los digitálicos y la estructura histológica de las arterias. Valeria y Mauricio miraban desde las gradas, esperando que cometiera un error.
De repente, a mitad de una pregunta sobre insuficiencia renal, el Dr. Valenzuela se llevó la mano al pecho. Su rostro, antes rosado de soberbia, se volvió gris ceniza. Empezó a sudar frío y su respiración se volvió corta, errática.
—Doctor, ¿se siente bien? —preguntó un adjunto.
Valenzuela intentó hablar, pero solo emitió un gemido sordo. Sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó sobre el escritorio. El caos estalló en el auditorio. Los estudiantes gritaban, los adjuntos corrían sin saber qué hacer.
—¡Es un infarto! —gritó Mauricio—. ¡Llamen a una ambulancia!
Corrí hacia el estrado. Aparté a los dos internos que intentaban moverlo. —¡No lo toquen! —grité con la autoridad que me daba haber crecido en las urgencias de la vida—. No es un infarto. ¡Miren sus venas yugulares! Están distendidas. Sus manos están cianóticas pero su pecho está caliente. Es un taponamiento cardíaco. Tiene líquido en el pericardio.
—¿De qué hablas, Cross? —gritó un adjunto—. ¡Hay que hacerle RCP!
—¡Si le hacen compresiones, van a romper el corazón contra el líquido y lo van a matar! —me arrodillé junto a Valenzuela. Recordé lo que la abuela Ruth decía sobre el “pulso de agua”: cuando el corazón se ahoga en su propia sangre—. ¡Necesito una jeringa de 20cc y una aguja larga! ¡Ahora!
—¡No tienes autorización! ¡Eres una estudiante! —me gritó Valeria.
Miré a mi alrededor. Nadie se movía. Todos tenían miedo de la responsabilidad. En ese momento, vi a Cassian parado en la puerta del auditorio. Me miraba fijamente. No había guardias, no había armas. Solo su mirada, dándome el permiso que el mundo me negaba. “Hazlo”, parecieron decir sus ojos.
Arrebaté un kit de emergencia del maletín de un adjunto. —Si muere, la responsabilidad es mía —dije.
Inserté la aguja en el ángulo subxifoideo, apuntando hacia el hombro izquierdo, tal como lo había leído mil veces y como mi abuela me había enseñado a “drenar el exceso” en los animales del pueblo con espinas de maguey. Sentí la resistencia del tejido y luego, el vacío. Aspiré.
Una sangre oscura y espesa llenó la jeringa. Instantáneamente, el pecho de Valenzuela se elevó en una bocanada de aire profunda. Sus ojos se abrieron, desenfocados, pero vivos. El monitor de presión, que alguien había conectado, empezó a subir.
—Lo… lo hiciste —susurró el adjunto, dejando caer el desfibrilador.
El Veredicto y la Verdad
Dos horas después, Valenzuela estaba estable en la ambulancia. Antes de subir, me tomó débilmente de la bata. —Cross… —susurró—. El jengibre… tenías razón… no solo en eso. El instinto… no se enseña en Harvard. Aprobada… con honores.
Me quedé en las escaleras de la facultad, viendo cómo se alejaba la ambulancia. Estaba exhausta, vacía. Cassian se acercó a mí.
—Viviana —dijo, su voz cargada de una humildad que me dolió—. Salazar está bajo custodia. No volverá a molestarte. Y lo que dijo sobre tus padres… He pasado toda la mañana buscando los registros reales. El Cuervo provocó ese accidente para culparme a mí y sacarme del negocio. Yo no lo sabía, pero fue bajo mi nombre. Nunca me perdonaré haber sido el motivo indirecto de tu dolor.
Lo miré. Vi al hombre que era ahora y al hombre que había sido. Vi la sangre y vi la menta. —No sé si puedo perdonarte hoy, Cassian —le dije, limpiándome una lágrima—. Pero hoy salvé a un hombre que me odiaba. Supongo que la vida se trata de eso: de sanar lo que otros rompieron, incluso si esos otros somos nosotros mismos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó él.
—Voy a terminar mi carrera. Voy a abrir mi clínica. Y tú —le puse una mano en el pecho, sintiendo su corazón latir— vas a dedicar cada segundo de tu vida a asegurarte de que ningún otro niño en este país pierda a sus padres por culpa de un “negocio”.
Cassian asintió, con los ojos empañados. —Lo que tú digas, Doctora Cross. Lo que tú digas.
Caminamos juntos hacia el horizonte de la ciudad. El examen había terminado, pero la verdadera práctica clínica, la de curar las almas rotas y los pasados sangrientos, apenas estaba comenzando.
CAPÍTULO 7: EL JURAMENTO SOBRE LAS CENIZAS
El aroma a pintura fresca se mezclaba con el perfume penetrante del romero y la ruda que yo misma había plantado en la entrada. El edificio, una estructura de tres pisos con ventanales amplios en el corazón de la colonia Guerrero, lucía un letrero de hierro forjado que brillaba bajo el sol de la tarde: “Centro Médico Integral Ruth Cross”.
Habían pasado dos años desde aquel examen final donde le salvé la vida a Valenzuela. Dos años de estudios extenuantes, de guardias sin dormir y de una lucha constante por limpiar el nombre de Cassian y construir un legado propio. Hoy, finalmente, el sueño de mi abuela y el mío se hacía realidad.
—Se ve hermoso, Vivi —dijo Luz, acomodándose su bata blanca de estudiante de enfermería. Sus mejillas tenían un color rosado saludable y su corazón, aquel que una vez estuvo a punto de rendirse, latía ahora con la fuerza de una guerrera—. La abuela estaría presumiendo esto con todo el barrio.
—Ella es la cimentación de este lugar, Luz —respondí, acariciando la placa de bronce en la entrada—. Nosotros solo pusimos los ladrillos.
La Sombra en la Celebración
La inauguración fue discreta pero significativa. Estaba Doña Carmen, los vecinos de la vecindad 42, y por supuesto, Margaret Blackwood, que lucía un vestido de seda verde y una sonrisa de orgullo maternal. Cassian estaba allí, pero se mantenía en la periferia, como una sombra protectora que ya no necesitaba imponer miedo para ser respetada.
—Lo lograste, Viviana —dijo Cassian, acercándose con una copa de agua mineral. Había dejado el alcohol y los negocios turbios; ahora su imperio se centraba en energías limpias y suministros médicos—. Nunca dudé de ti, ni siquiera cuando tú dudabas de mí.
—Gracias por respetar mi espacio, Cassian —le dije, mirándolo a los ojos—. Sé que querías poner mármol de Carrara y traer equipos de Alemania, pero este lugar necesitaba alma, no solo lujo.
—Este lugar te tiene a ti. No necesita nada más.
Pero la paz duró poco. Justo cuando Margaret se disponía a cortar el listón, el chirrido de unas llantas quemando asfalto rompió la armonía de la calle. Una camioneta vieja, abollada y con impactos de bala en la carrocería, frenó de golpe frente a la clínica.
La puerta del copiloto se abrió y un hombre joven, apenas un adolescente, cayó al suelo. Estaba cubierto de sangre. Detrás de él, un hombre desesperado bajó del auto gritando:
—¡Ayuda! ¡Por favor, dijeron que aquí curan a todos! ¡Se está muriendo!
Cassian se tensó de inmediato. Stone dio un paso al frente, con la mano en la cintura, listo para desenfundar. Yo corrí hacia el herido.
—¡Viviana, espera! —gritó Cassian, interceptándome—. Mira quién es el que conduce.
Levanté la vista. El hombre que gritaba era el hermano menor de Elías “El Cuervo” Salazar. Y el joven que se desangraba en el suelo era el hijo único de El Cuervo, el mismo hombre que había provocado el accidente de mis padres y que seguía intentando destruir a Cassian desde la cárcel.
El Dilema del Sanador
El silencio que cayó sobre la calle fue sepulcral. Los vecinos retrocedieron. Cassian tenía el rostro transformado en una máscara de hielo.
—No —dijo Cassian, su voz vibrando con una furia contenida—. En este lugar no. Ese hombre destruyó tu vida, Viviana. Su familia ha derramado suficiente sangre. Stone, sácalos de aquí ahora mismo. Que se vayan a un hospital público si es que llegan.
—¡Por favor! —suplicó el hombre, arrodillándose ante mí—. El niño no tiene la culpa de lo que hizo su padre. Le dispararon en un asalto… no tiene a donde ir. ¡Se está vaciando!
Miré al joven. Tendría unos dieciséis años. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de un terror puro que no conocía de venganzas ni de imperios criminales. Su abdomen presentaba una herida de entrada con sangrado arterial. Estaba entrando en shock hipovolémico.
—Viviana, vámonos adentro —insistió Cassian, tomándome del brazo—. No ensucies tu inauguración con la sangre de un Salazar. Es el destino cobrando la factura.
Me solté de su agarre. Sentí la placa de bronce con el nombre de mi abuela quemándome en la espalda. “Si puedes ayudar, tienes que ayudar. No importa quién sea”, decía siempre ella.
—¡Luz, trae el kit de trauma y prepara el quirófano dos! —grité.
—¡Viviana, es una locura! —rugió Cassian—. ¡Si ese chico muere en tu mesa, su familia quemará este lugar! Y si vive, habrás salvado al heredero de tu peor enemigo.
—Yo no veo a un enemigo, Cassian —respondí, arrodillándome en el asfalto y presionando la herida del chico con mis manos desnudas—. Veo a un paciente. Y si hoy decido quién vive y quién muere basándome en el odio, entonces no soy mejor que El Cuervo. No soy mejor que el hombre que mató a mis padres.
Miré a Cassian con una determinación que lo hizo retroceder. —Tú cambiaste tu imperio para ser un hombre mejor. Déjame a mí demostrar que la medicina es el único territorio donde el odio no tiene fronteras. Ayúdame a subirlo a la camilla o quítate del camino.
Cassian apretó los dientes tanto que creí que se le romperían. Miró a su madre, Margaret, quien asintió levemente con lágrimas de orgullo en los ojos. Finalmente, Cassian suspiró, se arremangó la camisa y se agachó.
—Stone, ayuda a cargar —ordenó Cassian—. Y aseguren el perímetro. Si alguien viene a terminar el trabajo, no pasará de la esquina.
Entre la Ciencia y la Tradición
La cirugía fue una batalla épica. El proyectil había lacerado la arteria mesentérica. En cualquier otro hospital, con los protocolos rígidos, habrían intentado una sutura directa que, dado el estado de desnutrición del chico, probablemente habría fallado.
—Se está descompensando, doctora —dijo Luz, monitoreando los signos—. La presión está en 60/40. No va a aguantar la anestesia general mucho más tiempo.
—Necesitamos sellar la hemorragia, pero el tejido está demasiado débil —dije, sudando frío—. Luz, trae la tintura de milenrama y el extracto concentrado de tepezcohuite que preparamos ayer.
—Pero doctora —susurró un anestesista joven que habíamos contratado—, eso no está en el protocolo quirúrgico.
—En este hospital, mi palabra es el protocolo —respondí sin levantar la vista—. El tepezcohuite acelerará la formación de fibrina y la milenrama detendrá el sangrado capilar periférico mientras termino la anastomosis. ¡Háganlo!
Combiné la técnica quirúrgica más avanzada con el conocimiento ancestral. Apliqué el extracto directamente sobre el área de la sutura. Milagrosamente, el sangrado comenzó a ceder. El tejido, que antes parecía papel mojado, empezó a recuperar su tono.
—Presión subiendo a 90… 100… —cantó Luz—. Lo estamos recuperando, Vivi.
Tres horas después, salí del quirófano. Cassian estaba sentado en la sala de espera, solo, con la mirada perdida en un cuadro de un paisaje de Oaxaca que colgaba en la pared.
—Está vivo —le dije, dejándome caer en el asiento a su lado.
Él se cubrió la cara con las manos y soltó un suspiro largo. —Eres increíble, Viviana. Realmente eres increíble. Estaba ahí sentado pensando en todas las razones por las que ese chico no merecía tu esfuerzo. Y luego recordé cómo me miraste tú el día que nos conocimos. Con el mismo desprecio, pero con la misma disposición de salvarme.
—Nadie es una causa perdida, Cassian. Ni siquiera un Salazar.
El Perdón es la Medicina Más Amarga
A la mañana siguiente, el hijo de El Cuervo despertó. Su tío, el hermano del criminal, estaba sentado junto a él. Cuando entré a revisarlo, el hombre se puso de pie, temblando.
—Doctora… yo… nosotros sabemos quién es usted. Sabemos lo que mi hermano le hizo a su familia. No tenemos cómo pagarle esto. Mi hermano nos daría por muertos si supiera que aceptamos su ayuda.
—No lo hice por él —dije, revisando el drenaje del joven—. Lo hice por este chico. Dígale a su hermano, la próxima vez que hable con él en la cárcel, que la hija de los Cross le devolvió a su hijo. No para pedirle una tregua, sino para demostrarle que su odio es impotente frente a nuestra capacidad de sanar.
El hombre lloró en silencio. El joven me tomó la mano con debilidad. —Gracias… doctora —susurró.
Salí de la habitación y encontré a Cassian hablando por teléfono. Su expresión era seria. —Era el alcaide de la prisión —dijo al colgar—. El Cuervo se enteró. Dicen que se desplomó en su celda cuando supo que tú salvaste a su hijo. Ha pedido hablar con los fiscales. Va a entregar las ubicaciones de las fosas clandestinas y los nombres de los políticos que lo protegían. Dice que es su forma de… pagar la vida de su hijo.
Me apoyé en el hombro de Cassian. —Viste, Cassian. La medicina no solo cura cuerpos. A veces, cura ciudades enteras.
La Clínica del Pueblo
La noticia se corrió como pólvora. El “Centro Médico Ruth Cross” no solo se hizo famoso por su éxito clínico, sino por su ética inquebrantable. Pronto, la fila de pacientes daba la vuelta a la manzana.
Veníamos gente de todas las clases sociales. Los ricos de las Lomas, que habían escuchado de la “médico milagrosa”, pagaban consultas costosas que servían para financiar las cirugías de los pobres de la Guerrero. Habíamos creado un sistema donde el equilibrio no lo dictaba el gobierno, sino la compasión.
Margaret Blackwood se convirtió en la presidenta del voluntariado. Valenzuela, ya jubilado de la universidad, venía dos veces por semana a dar consultas gratuitas, regañando a los internos con el mismo vigor de siempre, pero ahora con una sonrisa escondida.
Una noche, después de cerrar la clínica, Cassian y yo caminamos por el jardín de la azotea, donde cultivábamos las hierbas más delicadas.
—¿Eres feliz, Viviana? —preguntó él, rodeándome con sus brazos mientras mirábamos las luces de la Ciudad de México.
—Soy más que feliz, Cassian. Siento que finalmente el círculo se cerró. Luz va a graduarse el próximo año, la clínica está llena y tú… tú finalmente tienes paz en los ojos.
Él me besó en la frente. —Todavía me falta algo para que el círculo sea perfecto.
Se arrodilló entre las plantas de lavanda y menta. Sacó una pequeña caja de terciopelo negro. Dentro, no había un diamante ostentoso, sino un anillo de plata antigua con una pequeña esmeralda incrustada, rodeada por dos hojas de laurel grabadas.
—No es el anillo de una reina de la mafia —dijo, su voz temblando por primera vez—. Es el anillo para la mujer que me enseñó que la vida es más que sobrevivir. Viviana Cross, ¿me dejarías pasar el resto de mis días siendo el hombre que te ayude a curar este mundo?
Lágrimas de alegría nublaron mi vista. Recordé a la repartidora de 27 años con la bicicleta oxidada. Recordé el frío de aquel diciembre y el grito en la mansión. Todo lo que había sufrido, cada café entregado, cada hora de sueño perdida, me había llevado a este momento.
—Sí, Cassian. Un mil veces sí.
Nos abrazamos bajo el cielo de México, un hombre de sombras y una mujer de luz, unidos por un pacto que nació del dolor y floreció en la esperanza. La clínica Ruth Cross seguiría abierta, sus puertas siempre dispuestas para quien necesitara alivio, demostrando que, al final del día, no importa qué tan profundo sea el invierno, la primavera siempre encuentra el camino a través de la medicina más poderosa de todas: el perdón.
CAPÍTULO 8: EL LEGADO DE LAS FLORES Y EL ACERO
Veinte años han pasado desde que el primer “gracias” susurrado por Margaret Blackwood cambió el rumbo de mi destino. Hoy, la Ciudad de México luce distinta, más rápida, más ruidosa, pero el aire en la azotea del Hospital Universitario “Ruth Cross” sigue oliendo a lo mismo: a esperanza, a tierra mojada y a esa mezcla mágica de menta y eucalipto que mi abuela me enseñó a amar.
Ya no soy la chica de la bicicleta oxidada. A mis 47 años, el espejo me devuelve la imagen de una mujer con algunas hebras de plata en el cabello y arrugas que son mapas de las batallas ganadas a la muerte. Pero mis manos… mis manos siguen siendo las mismas. Siguen teniendo esa sensibilidad para detectar la fiebre antes que el termómetro y para sentir el alma de las plantas.
La Boda del Siglo y de la Tierra
Mi mente viaja a la tarde de nuestra boda, un evento que la prensa mexicana llamó “La unión de dos mundos”. No fue en una catedral opulenta, sino en el jardín de la mansión Blackwood, el mismo lugar donde Cassian y yo aprendimos a entendernos entre plantas de jengibre.
Recuerdo a Luz, caminando a mi lado, radiante en su vestido de dama de honor. Ya no era la niña pálida que se asfixiaba por un soplo; era una mujer fuerte, a punto de convertirse en la jefa de enfermería de nuestra clínica.
—¿Estás nerviosa, Vivi? —me preguntó Luz mientras me ajustaba el velo, que tenía pequeños bordados de flores de azahar. —No es nervios, Luz. Es… plenitud. Siento que la abuela Ruth está sentada en la primera fila.
Cassian me esperaba frente al altar improvisado bajo un sauce llorón. Cuando me vio llegar, el hombre que una vez hizo temblar a la ciudad entera tuvo que limpiarse una lágrima traicionera. No hubo joyas ostentosas. El intercambio de votos fue un pacto de redención.
—Viviana —dijo él, tomando mis manos frente al juez—, tú entraste a mi vida con una bolsa de lona y me devolviste el corazón. Prometo pasar cada día de mi existencia asegurándome de que tu luz nunca se apague por culpa de mi sombra.
—Y yo prometo —respondí— ser tu brújula, incluso cuando el camino sea oscuro. Porque juntos, Cassian, somos la prueba de que nada está tan roto que no pueda sanar.
El Círculo Completo: El Caso del Nieto
Hoy, en mi oficina, recibo una llamada de urgencia desde el área de pediatría. —Dra. Cross, tenemos un caso extraño. Un niño de ocho años, ingresado con un cuadro de insuficiencia hepática aguda. Los laboratorios no cuadran. Los especialistas están desconcertados.
Bajé de inmediato. Al llegar a la habitación 304, me detuve en seco. Sentada junto a la cama, una mujer joven lloraba desesperadamente. Al verme, se puso de pie de un salto.
—¿Dra. Viviana? Por favor… mi hijo… —la mujer era Rosie Salazar, la hija de aquel joven que operé el día de la inauguración de la clínica. El nieto de “El Cuervo”.
El destino, con su ironía habitual, me ponía de nuevo frente a la estirpe que me quitó a mis padres. Pero esta vez no sentí ni un ápice de duda. Me acerqué al pequeño, que se llamaba Adrián. Tenía la piel ictericia y sus ojos vagaban sin rumbo.
—Dígame, Rosie, ¿qué ha comido? ¿Ha estado cerca de alguna construcción o fábrica? —pregunté mientras le palpaba el abdomen.
—No, doctora. Vivimos en el campo ahora, lejos de la ciudad, como usted nos recomendó hace años. Pero hace una semana empezó a tomar un “tónico milagroso” que nos vendieron en el pueblo para que creciera fuerte. Huele muy fuerte, como a… flores químicas.
Me acerqué al frasco que estaba sobre la mesa de noche. Lo destapé y el olor me golpeó como un fantasma del pasado. Era el mismo compuesto de fenoles sintéticos que casi mata a Margaret Blackwood hace dos décadas. El veneno había evolucionado, se disfrazaba ahora de medicina barata para engañar a los pobres.
—Es lo mismo —susurré—. El mismo veneno, diferente víctima.
La Batalla Final contra la Ignorancia
Llamé a mis residentes, un grupo de jóvenes brillantes de todas las clases sociales de México. Entre ellos estaba mi propio hijo, Mateo, que a sus 21 años estaba terminando sus prácticas.
—Escuchen bien —les dije, señalando el frasco—. La ciencia nos dice que es una falla hepática. La sabiduría nos dice que es una intoxicación por acumulación. Vamos a usar el protocolo de lavado peritoneal, pero quiero que preparen una infusión concentrada de alcachofa silvestre y cardo mariano. Necesitamos reactivar los hepatocitos antes de que el daño sea irreversible.
—Pero mamá… —intervino Mateo, olvidando por un segundo el protocolo profesional—, los libros dicen que el cardo mariano tarda semanas en hacer efecto.
—Los libros no conocen la dosis que la abuela Ruth usaba cuando el ganado bebía de los pozos contaminados —le respondí con una sonrisa cómplice—. Confía en la tierra, Mateo. La química de la naturaleza es la madre de toda tu farmacología.
Trabajamos durante toda la noche. Cassian llegó al hospital cerca de la medianoche, como siempre lo hacía cuando yo tenía una crisis. Se quedó en la puerta de la habitación, observando cómo su esposa y su hijo luchaban por la vida del nieto de su antiguo enemigo.
—Es poético, ¿no crees? —me dijo Cassian cuando salí a tomar un respiro—. El círculo del perdón nunca deja de girar.
—Es justicia, Cassian. La verdadera justicia no es la cárcel, es ver cómo la vida florece donde antes solo había cenizas.
El Atardecer de los Gigantes
Adrián se salvó. Tres días después, estaba sentado en la cama pidiendo una gelatina y dibujando flores en una libreta. Su madre me abrazó tanto que creí que me rompería las costillas. No me dio dinero; me regaló una canasta de tunas y nopales de su cosecha. Ese fue el pago más valioso que recibí en todo el año.
Esa tarde, Cassian y yo fuimos a visitar a Margaret al cementerio. Ella había muerto en paz unos años atrás, a los 85 años, rodeada de amor y agradecimiento. Su tumba siempre estaba llena de flores reales, nunca de plástico.
—Ella estaría muy orgullosa de Mateo —dijo Cassian, pasando su brazo por mis hombros—. Y de ti. Mira lo que has construido, Vivi. Ya no es solo una clínica. Es un movimiento. Hay centros como este en todo el país.
—Lo hicimos juntos, Cassian. Sin tu acero, mi medicina no habría tenido un escudo. Y sin mi medicina, tu acero solo habría servido para herir.
Nos quedamos en silencio, viendo cómo el sol se ocultaba detrás de los volcanes, tiñendo el cielo de México de un naranja ardiente y un violeta profundo.
El Mensaje a la Siguiente Generación
Al regresar al hospital, me encontré con un grupo de nuevos estudiantes de primer ingreso que venían de visita. Eran chicos con sueños en los ojos y miedos en el corazón. Me pidieron unas palabras.
Me paré frente a ellos, en el mismo auditorio donde Valenzuela casi muere. —Jóvenes —les dije—, van a aprender mucha ciencia aquí. Van a memorizar huesos, músculos y reacciones químicas. Pero nunca olviden que el paciente que tienen enfrente no es un número de cama. Es un padre, una hermana, un hijo.
Tomé mi vieja bolsa de lona, la misma que usé hace veinte años, ahora desgastada pero intacta. —En esta bolsa no hay títulos, hay raíces. La medicina no es solo el bisturí; es la capacidad de oler el miedo del paciente y calmarlo. Sean valientes. Desafíen a sus profesores si ven que olvidan la humanidad. Y sobre todo, nunca permitan que el brillo del dinero nuble la claridad de su propósito.
Los chicos aplaudieron, y entre ellos vi a una niña de rasgos humildes, con una bicicleta estacionada afuera. Me recordó tanto a mí que sentí un nudo en la garganta. Me acerqué a ella y le entregué un pequeño frasco de aceite de menta.
—Para el camino —le dije—. A veces el aire es pesado, pero si llevas esto contigo, siempre encontrarás la forma de respirar.
El Cierre de la Historia
La historia de la repartidora que salvó a una nación empezó con un grito de dolor y termina con un suspiro de paz. Cassian y yo caminamos hacia nuestra casa, una extensión de la clínica donde la puerta siempre está abierta.
Luz nos esperaba para cenar. Mateo estaba discutiendo con ella sobre un nuevo método de enfermería integrativa. El sonido de sus risas llenaba el aire.
Entré a mi pequeño despacho y saqué el diario de mi abuela Ruth. Escribí la última entrada: “Abuela, la cosecha ha sido abundante. Las flores que plantaste en mi corazón ahora cubren toda la ciudad. El veneno se ha ido, y en su lugar, hay una nueva generación que sabe que curar es el acto de amor más grande del universo”.
Cerré el libro. Afuera, la Ciudad de México seguía su curso frenético, pero dentro de estas paredes, y en los miles de corazones que habíamos tocado, el aire era puro. Había cumplido mi misión. Había pasado de ser una repartidora de café a ser la guardiana de la vida.
Y mientras Cassian me tomaba de la mano para cenar, supe que nuestra historia no tenía un final, sino un eterno renacer, tan persistente y poderoso como el aroma del jengibre después de la lluvia.
FIN
