PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Eco del Invierno
La nieve caía sobre la Sierra de Arteaga con esa suavidad engañosa que tienen las tormentas antes de volverse crueles. Era un manto blanco, espeso y silencioso que iba borrando los caminos de terracería, aislando aún más la pequeña cabaña de madera donde Doña Martita veía pasar sus últimos años.
A sus ochenta años, Martita era una institución en la zona, aunque pocos la visitaban ya. Desde que el buen Don Rogelio, su esposo de toda la vida, había fallecido hacía casi dos décadas, ella había decidido quedarse arriba, en el monte, lejos del bullicio de Saltillo y de la prisa de la gente moderna. Su vida era sencilla: el crujido de la leña en la estufa, el olor a café de olla con canela por las mañanas y el rezo del rosario por las tardes.
Pero esa noche de enero era distinta. El frío no solo mordía la piel; calaba en los huesos con una saña particular. El termómetro de lámina clavado en el marco de la ventana marcaba varios grados bajo cero y el viento bajaba por la cañada aullando como si fueran lamentos de almas en pena.
Dentro de la cabaña, la luz dorada de la chimenea luchaba contra las sombras que se alargaban en las esquinas. Martita se ajustó el rebozo de lana gris sobre los hombros y atizó el fuego con un atizador de hierro forjado. Las llamas revivieron, iluminando por un instante la mecedora vacía al otro lado de la sala.
—Ay, viejo… qué frío está haciendo hoy —murmuró al aire, esperando esa respuesta que nunca llegaba, pero que su corazón insistía en escuchar.
El silencio de la sierra suele ser paz, pero esa noche se sentía pesado. Cargado. Martita tomó un sorbo de su té de manzanilla, sintiendo el calor bajar por su garganta, cuando un sonido rompió la monotonía del viento.
Fue algo leve. Casi imperceptible.
Craaack.
Martita detuvo la taza a medio camino. Sus ojos, nublados por las cataratas pero atentos por la experiencia, se clavaron en la puerta principal.
—¿Será el viento? —se preguntó en voz baja.
Entonces lo escuchó de nuevo. No era madera crujiendo. Era un sonido agudo, lastimero. Un llanto.
Auuu… Auuu…
El corazón le dio un vuelco. En estas montañas, los llantos en la noche podían ser muchas cosas: un coyote hambriento, un gato montés, o a veces, según las leyendas de los ejidatarios, cosas que no tenían nombre. Pero este sonido tenía una urgencia, una tristeza que le apretó el pecho.
Dejó la taza sobre la mesita de centro y se levantó con dificultad, sus rodillas protestando por la humedad. Tomó el viejo candil de aceite que guardaba para emergencias, aunque tenía luz eléctrica, la costumbre de la sierra era más fuerte. Se acercó a la puerta y pegó la oreja a la madera helada.
El gemido se repitió, esta vez más cerca, casi arañando la puerta.
—Virgen Santísima, ¿qué será? —susurró, persignándose rápidamente.
La prudencia le decía que no abriera. Una mujer sola, en medio de la nada, no abre la puerta en la madrugada. Pero el llanto se transformó en un chillido desesperado. Era el sonido de algo que se estaba muriendo.
Martita quitó la tranca de seguridad con manos temblorosas. El cerrojo metálico chirrió en la quietud de la sala. Al abrir la puerta, el viento la empujó hacia atrás con violencia, metiendo un remolino de nieve a la sala.
Entrecerró los ojos contra la ventisca, levantando el candil. Al principio, solo vio la oscuridad infinita del bosque de pinos. Pero luego, bajó la vista.
Allí, en el tapete de bienvenida que ya estaba cubierto de escarcha, había dos bultos pequeños. Dos bolas de pelo apelmazado por el hielo que se movían espasmódicamente.
Eran cachorros.
Estaban abrazados el uno al otro, temblando con tal violencia que parecían vibrar. El más grande, de un color pardo sucio, levantó la cabecita y la miró. Sus ojos negros brillaron con el reflejo de la lámpara, y soltó un gemido que a Martita le partió el alma en dos.
—¡Criaturas de Dios! —exclamó, olvidando el frío y el miedo—. ¿Qué hacen aquí solitos?
No había huellas de madre. No había rastro de nadie más. Solo la nieve virgen y estos dos pequeños seres que la miraban como si fuera su única esperanza en el universo.
Martita se agachó, ignorando el dolor en su espalda, y extendió las manos. Los perritos no huyeron. Al contrario, el más pequeño intentó arrastrarse hacia ella, pero sus patitas traseras parecían congeladas.
Sin pensarlo más, los recogió. Eran livianos, puro hueso y pelo mojado. Estaban tan fríos que el hielo de su pelaje le quemó las manos a través de la lana del rebozo.
Cerró la puerta de una patada, dejando fuera la tormenta, y se giró hacia el calor de su hogar. Lo que no sabía Doña Martita en ese momento, mientras apretaba a los cachorros contra su pecho, era que al dejarlos entrar, también había dejado entrar una historia de sangre y peligro que el bosque había estado intentando ocultar.
CAPÍTULO 2: Huéspedes Inquietos
El calor de la chimenea obró milagros casi instantáneos. Martita colocó a los dos cachorros sobre una vieja alfombra de lana frente al fuego, cuidando de que no estuvieran demasiado cerca para no quemarse.
Eran mestizos, de esos perritos “cruzaditos” que abundan en los ranchos de México, pero tenían algo peculiar. El más grande tenía una mancha blanca en el pecho en forma de diamante, y el pequeño era casi negro, con las orejas caídas.
—Pobrecitos, pobrecitos —murmuraba Martita mientras iba y venía de la cocina.
Calentó un poco de leche bronca que le había traído el lechero del ejido días atrás y partió unos pedazos de pan duro. Al poner el plato en el suelo, el instinto de supervivencia de los animales se activó. Comieron con una voracidad que asustaba, tragando casi sin masticar, limpiando el plato hasta dejarlo brillante.
—Despacio, despacio, que les va a doler la panza —les decía ella con una sonrisa tierna, la primera sonrisa verdadera que esbozaba en días.
Cuando terminaron, el cambio fue radical. Ya no eran bultos temblorosos al borde de la muerte. Ahora eran dos perritos curiosos que la miraban fijamente. Martita se sentó en su mecedora, y para su sorpresa, ambos se acercaron y se acurrucaron a sus pies, soltando suspiros profundos, como si por fin pudieran soltar el miedo que traían cargando.
Martita sintió una calidez en el pecho que no venía del fuego.
—Bueno, pues parece que ya no estoy sola, ¿verdad, viejo? —le dijo a la foto de Don Rogelio sobre la repisa—. Mira nomás qué visitas tenemos.
Las horas pasaron y la tormenta afuera parecía calmarse un poco. Martita cabeceaba en su silla, arrullada por la respiración rítmica de los perros. Pero cerca de la medianoche, la atmósfera en la cabaña cambió drásticamente.
De golpe, el perro más grande levantó la cabeza. Sus orejas se pusieron tensas, girando como radares hacia la puerta.
Martita despertó al sentir el movimiento.
—¿Qué pasa, chiquito? —preguntó, adormilada.
El perro no la miró. Se levantó lentamente, con el pelo del lomo erizado, y soltó un gruñido bajo, gutural. No era un gruñido de juego. Era una advertencia.
El cachorro más pequeño corrió a esconderse debajo de la mecedora de Martita, temblando de nuevo.
—¿Qué oyen? —Martita sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se ajustó los lentes y miró hacia la ventana. Todo era oscuridad.
El perro grande caminó hacia la puerta, olfateando la rendija inferior con frenesí. Luego, ladró. Un ladrido seco, cortante.
Y entonces, sucedió.
TOC. TOC. TOC.
Tres golpes. Claros. Fuertes. En la puerta principal.
El corazón de Martita se detuvo un segundo y luego arrancó a galope. Nadie subía a la sierra con este clima. Los caminos debían estar cerrados por la nieve.
Los perros estallaron en ladridos furiosos, una cacofonía que llenó la pequeña cabaña de madera.
Martita se llevó la mano a la boca. Se levantó, sus piernas temblando más que cuando recogió a los perros.
—¿Qui… quién es? —su voz salió como un hilo delgado, quebradiza.
Nadie respondió. Solo el silbido del viento.
El perro grande rasguñaba la madera de la puerta, como si quisiera salir a atacar lo que fuera que estaba del otro lado.
Martita miró el viejo rifle calibre .22 que su esposo tenía colgado en la pared, pero sabía que sus manos artríticas jamás podrían cargarlo, mucho menos dispararlo. Se acercó a la puerta de puntitas, conteniendo la respiración, y miró por la mirilla.
Negro. Todo negro.
—Si busca ayuda, hable —dijo, intentando sonar firme, como la matriarca que alguna vez fue—. Tengo un arma y no estoy sola.
Mentira piadosa. O quizás no, pensó, mirando al perro que mostraba los dientes con una ferocidad impropia de su tamaño.
Esperó un minuto. Dos. Cinco.
No hubo más golpes. Ni voces. Ni pasos crujiendo en la nieve.
Lentamente, la tensión en el aire comenzó a disiparse, pero el miedo se quedó pegado a las paredes. Los perros no volvieron a dormir. Se quedaron sentados frente a la puerta, montando guardia como soldados, con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad.
Martita tampoco durmió. Se quedó en su mecedora, con el rosario en la mano, rezando avemarías hasta que la luz gris del amanecer empezó a colarse por las cortinas.
Pensó que lo peor había pasado. Pensó que, quienquiera que hubiese sido, se había marchado con la tormenta.
Pero cuando el sol finalmente iluminó la nieve, Martita se dio cuenta de que la pesadilla apenas comenzaba.
El sonido de un motor potente rompió la mañana. Luego otro. Y otro más.
Se acercó a la ventana, esperando ver al camión del gas o al vecino trayendo leña. Pero lo que vio la hizo soltar el rosario.
Luces. Luces rojas y azules girando, rebotando en la nieve blanca y lastimando la vista. Cuatro patrullas de la Policía Estatal estaban estacionadas de cualquier manera en su entrada, bloqueando el camino. Hombres uniformados, con chalecos antibalas y armas largas, corrían desplegándose por su patio, pisoteando sus macetas congeladas.
Un oficial con un megáfono se paró detrás de la puerta de una patrulla.
—¡ATENCIÓN! ¡ESTA ES LA POLICÍA ESTATAL! —la voz amplificada retumbó en el valle—. ¡SALGA DE LA VIVIENDA CON LAS MANOS VISIBLES!
Martita sintió que las piernas le fallaban. ¿La policía? ¿En su casa? En ochenta años jamás había tenido ni una multa de tránsito.
Los perros, al oír las sirenas, comenzaron a aullar, un sonido lúgubre que se mezcló con la orden policial.
—¡Virgencita de Guadalupe, ampáranos! —gritó Martita.
Con manos temblorosas, abrió la puerta. El frío de la mañana la golpeó, pero más frío fue ver docenas de ojos mirándola, y docenas de cañones apuntando hacia su hogar.
—¡Soy yo! ¡Solo soy yo, Marta! —gritó, levantando sus manos arrugadas—. ¡No disparen!
El comandante, un hombre alto de bigote poblado, bajó el arma al ver a la anciana indefensa. Hizo una seña a sus hombres para que bajaran la guardia, pero no se relajaron.
—Señora, acérquese despacio —ordenó el comandante, caminando hacia ella con cautela—. ¿Está usted sola en la casa?
—Sí… sí, oficial. Solo yo… y los perritos.
—¿Perritos? —El oficial se detuvo en seco. Su mirada cambió de severa a alarmada—. ¿Qué perritos, señora? ¿Desde cuándo los tiene?
—Llegaron anoche… se estaban congelando y…
El oficial sacó su radio inmediatamente, sin dejarla terminar.
—Central, aquí Comandante Rivas. Tenemos visual de la residente. Confirma presencia de caninos en el lugar. Repito, los objetivos podrían estar dentro. Solicito equipo forense inmediato.
Martita no entendía nada. ¿Objetivos? ¿Equipo forense?
—Oiga, oficial, ¿qué está pasando? —preguntó, con la voz quebrada por el llanto inminente—. ¿Qué hicieron estos animalitos?
El Comandante Rivas la miró con una mezcla de lástima y gravedad.
—Señora Marta, esos perros no llegaron a su casa por casualidad. Creemos que son la clave para encontrar algo que se perdió anoche en la sierra… algo que dejó un rastro de sangre desde el pueblo hasta su puerta.
Martita sintió un nudo en el estómago. Miró hacia abajo, a los cachorros que ahora se asomaban entre sus piernas, gruñendo suavemente a los policías. En la luz del día, notó algo que la oscuridad de la noche había ocultado.
En el pelaje del perro más grande, justo en la mancha blanca de su pecho, había una costra oscura y seca.
No era suciedad.
Era sangre seca. Y no parecía ser suya.
PARTE 2: El Secreto de la Montaña
CAPÍTULO 3: El Visitante de Medianoche
El Comandante Rivas no dejó de mirar la mancha cobriza en el pecho del perro. El viento silbaba entre las patrullas, levantando remolinos de nieve que golpeaban los rostros de los oficiales, pero nadie se movía. La tensión era tan densa que parecía que el aire se había congelado de golpe.
—Señora Marta —dijo el oficial, con un tono de voz inusualmente suave pero firme, como quien habla con alguien que está parado sobre una mina sin saberlo—. Necesito que retroceda lentamente hacia la pared de la cabaña. No toque a los perros.
Martita sintió un frío que no tenía nada que ver con el invierno.
—¿Son… son peligrosos? —preguntó, con la voz temblorosa, mirando a los dos pequeños animales que minutos antes le lamían las manos agradecidos.
—No ellos, señora. Pero lo que traen encima sí —respondió Rivas mientras se ponía unos guantes de látex azul chillón que contrastaban violentamente con la blancura del paisaje—. Anoche, a eso de las diez, hubo un asalto a mano armada en una casa de seguridad en las afueras de Saltillo. Fue brutal. Hubo disparos. El sospechoso huyó hacia la sierra en una camioneta robada que encontramos abandonada a tres kilómetros de aquí, en la entrada de la brecha.
Martita se llevó una mano a la boca, sus ojos llenos de espanto.
—¿Aquí? ¿En mi ejido?
—El sujeto está herido, señora. Perdió mucha sangre. Y creemos que no venía solo. Testigos dijeron que el hombre arrastró a dos perros con él cuando robó el vehículo, tal vez para usarlos como coartada o simplemente porque estaban en el lugar equivocado. —El comandante señaló al cachorro más grande—. Esa sangre que ve ahí… muy probablemente pertenece al fugitivo. O a una de sus víctimas.
La revelación cayó sobre Martita como un balde de agua helada. Los recuerdos de la noche anterior se reordenaron en su mente con una claridad aterradora. Los ladridos nerviosos. La ansiedad de los animales. Y, sobre todo, aquellos tres golpes secos en la puerta.
—Tocaron… —susurró ella, casi para sí misma.
El Comandante Rivas giró la cabeza bruscamente hacia ella.
—¿Qué dijo?
—Que anoche… tocaron a mi puerta —repitió Martita, alzando la voz, sintiendo cómo las piernas le flaqueaban—. A medianoche. Tres golpes. Los perros se pusieron como locos, querían atacar la puerta. Yo… yo pregunté quién era, pero nadie contestó.
Los oficiales intercambiaron miradas alarmadas. Un murmullo recorrió el grupo de policías armados. Rivas se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de la anciana, su rostro endurecido por la gravedad de la situación.
—¿Abrió usted la puerta, señora? Piense bien su respuesta.
—¡No! —exclamó Martita—. Me dio miedo. Puse la tranca y me fui a rezar.
El comandante soltó el aire que contenía en los pulmones, un suspiro que se convirtió en una nube de vapor en el frío matutino.
—Gracias a Dios, señora. Gracias a Dios. Si hubiera abierto esa puerta, ahora mismo no estaríamos teniendo esta conversación.
Rivas se giró hacia sus hombres y comenzó a ladrar órdenes.
—¡García, Pérez, aseguren el perímetro! ¡Quiero un barrido de 360 grados alrededor de la cabaña! ¡Busquen huellas, sangre, casquillos, lo que sea! ¡El sospechoso estuvo aquí, en este mismo porche!
Mientras el caos controlado de la operación policial se desplegaba a su alrededor, Martita no podía dejar de mirar a los perros. Ellos no parecían entender el alboroto. El más pequeño, el negrito, se había sentado sobre sus patas traseras y observaba a los policías con una curiosidad casi humana. El más grande, sin embargo, estaba tenso. Su nariz no dejaba de moverse, olfateando el aire, apuntando hacia el bosque denso que se extendía detrás de la cabaña.
—Comandante —llamó uno de los oficiales jóvenes, que estaba agachado cerca de la pila de leña, a unos metros de la entrada—. ¡Aquí! ¡Tienen que ver esto!
Rivas y Martita, guiada por una curiosidad morbosa que superaba su miedo, miraron hacia donde señalaba el oficial. En la nieve, justo donde terminaba el piso de madera del porche y comenzaba la tierra, había una marca. No era una huella normal. Era una mancha roja, brillante y fresca, que había derretido la nieve formando un pequeño cráter carmesí.
Y junto a ella, la huella profunda de una bota militar, con un patrón de suela que no pertenecía a nadie del ejido.
—Estuvo aquí parado… —murmuró el oficial joven, desenfundando su arma corta—. Estuvo escuchando detrás de la puerta.
Martita sintió un vértigo repentino. Se imaginó al hombre, herido y desesperado, respirando al otro lado de la madera, separado de ella solo por unos centímetros de pino viejo y un cerrojo oxidado. Si los perros no hubieran ladrado tan furiosamente, tal vez él habría intentado forzar la entrada. Tal vez los ladridos le hicieron pensar que no era una anciana sola, sino alguien con defensa.
—Los perros… —dijo Martita, con la voz quebrada por la emoción—. Ellos me salvaron. Ladraron como si fueran fieras grandes. Por eso no entró.
El Comandante Rivas asintió lentamente, mirando a los animales con un nuevo respeto.
—Es muy probable, señora. Los depredadores prefieren presas fáciles. El ruido lo disuadió.
De repente, el perro grande, el de la mancha de sangre, soltó un ladrido seco y echó a correr. No hacia la casa, ni hacia los policías. Corrió directo hacia el bosque, hacia la espesura de los pinos donde la nieve era más profunda.
—¡Hey! —gritó un oficial—. ¡Atrápalo!
El perro se detuvo en el borde del bosque. Se giró, miró a Martita y luego a los policías. Ladró de nuevo, un sonido imperativo, urgente. Dio unos pasos hacia los árboles y volvió a mirar atrás, como si los estuviera invitando.
—¿Qué hace? —preguntó el oficial joven.
Martita, que había convivido con animales de campo toda su vida, entendió el lenguaje corporal al instante. Se limpió una lágrima de la mejilla y se irguió, recuperando la compostura de la mujer fuerte que había sobrevivido inviernos y soledades.
—No está huyendo, oficial —dijo Martita con firmeza—. Nos está diciendo a dónde fue. Nos está guiando.
Rivas miró al perro, luego al rastro de sangre en la nieve, y finalmente a la inmensidad blanca y peligrosa de la Sierra de Arteaga.
—Bien —dijo el comandante, ajustando su chaleco—. Parece que tenemos nuevos rastreadores. ¡Equipo Alfa, prepárense! ¡Vamos a entrar al bosque!
CAPÍTULO 4: Los Pequeños Rastreadores
Entrar en la sierra en pleno invierno es un acto de fe. Los pinos, cargados de nieve, se inclinan como gigantes dormidos, y el silencio es tan absoluto que uno puede escuchar el latido de su propio corazón. Pero esa mañana, el silencio estaba roto por la urgencia de la cacería.
El grupo se adentró en el bosque. Al frente, iba el perro grande, a quien los oficiales habían empezado a llamar “Sargento” medio en broma, medio en serio. El cachorro avanzaba con una determinación impropia de su tamaño, hundiendo sus patas en la nieve, con la nariz pegada al suelo, siguiendo un rastro invisible para los humanos pero evidente para él. Detrás de él, el perrito negro, al que Martita llamaba mentalmente “Sombra”, trotaba nervioso, asegurándose de que nadie se quedara atrás.
Martita iba en medio del grupo, flanqueada por el Comandante Rivas y el oficial joven. Habían intentado convencerla de que se quedara en la cabaña, segura y caliente, pero ella se había negado rotundamente.
—Esos animales confiaron en mí cuando nadie más lo hizo —había dicho ella mientras se ponía sus botas de lluvia y tomaba un bastón de madera—. No voy a dejar que se metan solos en la boca del lobo. Además, si se asustan, solo me obedecerán a mí.
Rivas, reconociendo la terquedad de la gente de la sierra, no tuvo más opción que aceptar, aunque le asignó dos escoltas personales.
Llevaban veinte minutos caminando cuando el terreno se volvió más difícil. La nieve era más profunda aquí, llegando casi a las rodillas. El rastro de sangre, que al principio era visible gota a gota, había desaparecido bajo la nevada reciente. Ahora dependían totalmente del olfato de Sargento.
—Comandante, ¿estamos seguros de esto? —susurró uno de los policías—. El perro podría estar siguiendo a un conejo o un venado. Hemos perdido el rastro visual hace cien metros.
—Mantengan la formación —respondió Rivas sin detenerse—. Miren al animal. No está jugando.
Sargento se detuvo de golpe frente a un barranco pequeño, una grieta en la tierra oculta por matorrales congelados. El perro gruñó, el pelo de su lomo erizado como púas de alambre. Empezó a escarbar frenéticamente en la base de un árbol viejo, cuyas raíces sobresalían como dedos retorcidos.
—¡Alto! —ordenó Rivas, levantando el puño. Todo el escuadrón se congeló. El sonido de los cerrojos de los rifles alistándose llenó el aire.
El oficial joven se acercó con cuidado al árbol, apartando al perro suavemente. Con la punta de su bota, movió la nieve que el perro había escarbado.
—¡Madre santa! —exclamó.
Debajo de la nieve y la tierra suelta, había algo metálico y negro. Un arma. Una pistola automática de grueso calibre, tirada como si alguien hubiera querido deshacerse de un peso muerto. Y junto a ella, un teléfono celular con la pantalla estrellada y manchado de sangre coagulada.
—Es el arma del asalto —confirmó Rivas, agachándose para examinarla sin tocarla—. Coincide con la descripción. El seguro está quitado. Estaba listo para disparar.
Martita sintió un escalofrío. El hombre había estado armado cuando tocó a su puerta. Si hubiera abierto…
—El perro tenía razón —dijo el oficial joven, mirando a Sargento con admiración—. No seguía un conejo. Seguía la pólvora y la sangre.
Pero Sargento no había terminado. Ignorando el hallazgo del arma, corrió hacia el borde del barranco y comenzó a ladrar hacia abajo, hacia la espesura oscura donde la luz del sol apenas llegaba. Sus ladridos eran diferentes ahora: agudos, insistentes, casi dolorosos.
Sombra, el perrito negro, se unió a él, aullando hacia el abismo.
—Está ahí abajo —dijo Martita, apretando su bastón con fuerza—. Puedo sentirlo. Los perros dicen que está ahí.
Rivas se asomó al borde del barranco. Era una caída de unos diez metros, llena de rocas afiladas y arbustos espinosos cubiertos de hielo. Al fondo, se veía una especie de cueva natural formada por el derrumbe de unas rocas grandes.
—¡Atención! —gritó Rivas hacia el fondo del barranco, su voz rebotando en las paredes de piedra—. ¡Sabemos que está ahí! ¡Está rodeado! ¡Salga con las manos en la cabeza o enviaremos a la unidad canina!
Era un farol. No tenían unidad canina oficial, solo a dos cachorros valientes y a una abuela con un bastón. Pero el eco de su voz sonó formidable.
Nadie respondió. Solo el viento moviendo las ramas secas.
—Puede que esté inconsciente por la pérdida de sangre —sugirió el oficial joven—. O puede que nos esté esperando para emboscarnos.
Sargento, impaciente, intentó bajar por la pendiente resbaladiza. Martita soltó un grito ahogado.
—¡No, chiquito! ¡Ven acá!
Pero el perro resbaló unos metros y se quedó atorado en una saliente, ladrando con más furia hacia la cueva oscura.
De repente, desde la oscuridad de la cueva, algo se movió. Una piedra rodó. Luego, una tos seca y rasposa rompió el silencio.
—¡Ayuda… por favor…! —una voz débil, apenas un susurro, subió desde las profundidades.
Los oficiales se miraron. Rivas hizo una señal táctica.
—Dos hombres conmigo, bajamos por el flanco izquierdo. El resto, cúbranos desde arriba. Señora Marta, quédese detrás de ese pino grande y no se mueva por nada del mundo.
Mientras los policías comenzaban el descenso táctico, deslizándose con dificultad por la pendiente helada, Martita vio algo que los demás no. Sombra, el perro pequeño, no estaba ladrando a la cueva donde se escuchaba la voz. Estaba mirando hacia otro lado. Hacia un matorral denso a la derecha de los oficiales que descendían, un punto ciego que nadie estaba cubriendo.
Sombra gruñía en silencio, con los dientes apretados, fijo en ese punto.
Martita entornó los ojos. Vio un destello. No era nieve. Era el reflejo del sol en metal.
El hombre de la cueva era un señuelo. O quizás había dos.
El instinto de Martita gritó antes que su garganta.
—¡CUIDADO A LA DERECHA! ¡HAY OTRO! —gritó con todas sus fuerzas, señalando el matorral con su bastón.
El Comandante Rivas giró la cabeza justo cuando una figura se alzaba de entre la nieve, apuntando con algo que no era una pistola, sino una escopeta recortada.
El bosque, que había estado en silencio durante años, estaba a punto de estallar. Y en medio de todo, dos cachorros y una anciana eran la única línea de defensa entre la justicia y la tragedia.
