
PARTE 1
Capítulo 1: El estruendo del mármol
La copa de champaña se resbaló de mis dedos como si pesara una tonelada. El sonido del cristal chocando contra el mármol del Museo Soumaya fue seco, cortante, como el estallido de una realidad que ya no podía sostenerse. Pero lo más extraño fue que nadie pareció escucharlo. En ese salón, lleno de quinientos invitados de la crema y nata de México —políticos, empresarios y herederos—, el ruido de las risas falsas y el choque de los cubiertos de plata era más fuerte que cualquier verdad.
Mis ojos estaban fijos en Roberto. Mi esposo. El “Pato” Altamirano, el hombre que las revistas de negocios llamaban “el arquitecto del nuevo México”. Tenía su mano apoyada sobre el vientre de Viviana Marlowe. Su pulgar trazaba círculos lentos, rítmicos. Era un gesto de propiedad, de ternura, de una intimidad que yo reconocería en cualquier lugar del mundo. Era el mismo gesto con el que me juró amor eterno cuando nos enteramos de que yo estaba embarazada.
Viviana soltó una carcajada. Esa risa la conocía bien. No era la risa de una empleada eficiente, era la risa de alguien que se sabe dueña de la situación. En ese instante, una náusea que no tenía nada que ver con mis ocho meses de embarazo me subió por la garganta. Viviana también estaba embarazada. Y por la forma en que Roberto la miraba, él lo sabía. Él lo celebraba.
—¿Estás bien, Carolina? —La voz de mi suegra, Doña Elena, me sacó del trance.
Sentí sus dedos cerrarse sobre mi brazo con una fuerza que me dejaría moratones. Doña Elena era la personificación de la aristocracia mexicana: cabello perfectamente peinado, perlas que valían más que mi casa de la infancia y una mirada que podía congelar el asfalto.
—Roberto… —susurré, señalando con la mirada—, tiene su mano en ella.
Doña Elena ni siquiera parpadeó. Su sonrisa permaneció intacta mientras saludaba con la mano a la esposa de un senador que pasaba cerca.
—No has visto nada, Carolina —me siseó al oído—. Las mujeres de esta familia no hacen escenas. Las mujeres de esta familia saben cuándo mirar hacia otro lado para mantener el apellido. Ahora, límpiate la cara, pide otra copa de agua y vuelve a ser la esposa del heredero Altamirano. No me vuelvas a avergonzar.
Me soltó y se alejó flotando, envuelta en su vestido de diseñador, como si acabara de darme un consejo de cocina en lugar de ordenarme que aceptara mi propia humillación. Me quedé ahí, sola en medio de la multitud, sintiendo el peso de mi hija moviéndose en mi vientre. La pequeña Ruby pateó fuerte, como si ella también quisiera salir de ese lugar infectado de mentiras.
Capítulo 2: El arte de la guerra silenciosa
Caminé hacia la salida. Cada paso pesaba. Pasé junto a Roberto. Estaba tan cerca que pude oler su perfume costoso, el mismo que yo le había regalado en nuestro aniversario. Él ni siquiera se dio cuenta de que yo pasaba a su lado. Estaba demasiado ocupado escuchando lo que Viviana le susurraba al oído.
—Pato, eres demasiado… —la oí decir.
“Pato”. El apodo que solo sus amigos cercanos y yo usábamos. Sentí un fuego frío recorriéndome la espalda. No lloré. No iba a darles ese gusto. Había pasado los últimos tres meses sintiendo que algo andaba mal, escuchando sus excusas sobre “juntas de última hora” y “viajes a Monterrey por la constructora”. Me había llamado loca, me había dicho que mis hormonas me estaban traicionando. Y yo, por un momento, le creí.
Llegué a la puerta principal. El aire frío de la Ciudad de México me golpeó la cara y, por primera vez en años, sentí que podía respirar. Marcus, nuestro chofer de años, ya tenía la puerta de la camioneta abierta.
—¿A la casa, señora? —preguntó Marcus con una nota de preocupación en la voz. Él me conocía. Había visto las noches que me quedaba esperándolo en la entrada.
—No, Marcus. Llévame a Querétaro. A casa de mi madre.
Marcus dudó solo un segundo. Sabía que eso significaba tres horas de carretera en medio de la noche.
—Como usted diga, señora Carolina.
Me subí y cerré la puerta. Mientras la camioneta se alejaba de Polanco, vi por el retrovisor cómo las luces del museo se hacían pequeñas. Mi teléfono empezó a vibrar. Era Roberto. No contesté. Vibró de nuevo. Y de nuevo. Luego un mensaje: “¿A dónde fuiste? Mi madre dice que te fuiste sin despedirte. Estamos por presentar el cheque de la fundación. Regresa ahora”.
“Fundación”. La palabra me provocó una sonrisa amarga. Si él supiera lo que yo tenía en mi carpeta de seguridad del teléfono. No solo fotos de él con ella en hoteles de lujo. No solo recibos de joyas que nunca llegaron a mis manos. Tenía los registros de la Fundación Altamirano. Sabía que el dinero para los hospitales infantiles terminaba en empresas fantasma en las que Viviana figuraba como socia.
Roberto Altamirano pensaba que se había casado con una cara bonita de buena familia que no sabía sumar. Olvidó que mi madre fue la contadora forense más implacable del SAT durante treinta años. Ella me enseñó a leer entre líneas y a encontrar el dinero, sin importar qué tan profundo estuviera enterrado.
—No voy a regresar, Roberto —susurré para mí misma, apagando el teléfono—. Mañana, tu imperio va a ser solo un montón de cenizas.
CAPÍTULO 3: El Juicio en la Cocina de Humo
El sonido de las llaves girando en la cerradura de la puerta principal sonó como una sentencia de muerte. Yo estaba sentado en la silla de madera desvencijada, esa que siempre rechinaba y que mi mamá decía que “tenía alma propia”. La caja de galletas danesas estaba ahí, abierta de par en par, exhibiendo sus tripas de papel amarillento y verdades prohibidas sobre el hule de cuadros de la mesa.
Entró doña Elena. Venía jadeando, con el rostro sudado por el calor húmedo de la tarde en la Ciudad de México y el esfuerzo de cargar las bolsas del mandado. Olía a cilantro fresco y a ese detergente barato que usaba para que los trapos de la cocina siempre estuvieran blancos.
—¡Ay, Beto! —dijo sin verme, soltando las bolsas en el piso—. El metro venía hasta la madre, m’hijo. Ya no respetan ni a las viejas. Ayúdame a sacar el pollo, que se va a apestar con este calor.
Yo no me moví. Ni siquiera parpadeé. Sentía un fuego que me subía desde el estómago, una mezcla de náuseas y una rabia tan pura que me asustaba.
—¿Beto? ¿Qué tienes, mi vida? Te ves todo pálido —dijo ella, finalmente fijando sus ojos en mí.
Fue entonces cuando su mirada bajó a la mesa. Sus manos, que estaban por alcanzar un racimo de plátanos, se quedaron congeladas en el aire. Vi cómo el color se le escapaba del rostro, dejando una palidez ceniza que hacía que las arrugas de su frente se marcaran como grietas en la tierra seca.
—¿De dónde sacaste eso? —susurró. Su voz ya no era la de la jefa autoritaria del puesto de tamales; era la voz de una niña atrapada en una travesura macabra.
—La pared se estaba cayendo, jefa. El salitre, ¿te acuerdas? —mi voz salió ronca, desconocida—. Quise arreglarla para que no pasaras frío este invierno. Y mira tú… lo que me encontré no fue cemento, sino una sarta de mentiras.
Me levanté lentamente. La silla gimió bajo mi peso. Tomé una de las fotografías, la que más me dolía. En ella, mi madre sonreía con una felicidad que yo nunca le conocí. Estaba frente a una fuente de cantera, y un hombre alto, de traje impecable y mirada de dueño del mundo, la rodeaba por la cintura.
—Dime quién es él, mamá —le exigí, estrellando la foto contra la mesa—. Y no me salgas con que es un primo lejano de Veracruz. ¡Dímelo en la cara!
Elena soltó un sollozo ahogado. Se dejó caer en la silla de enfrente, como si las piernas ya no pudieran sostener el peso de su pecado. Las bolsas del mandado quedaron olvidadas en el suelo; un limón rodó por el piso de cemento pulido, deteniéndose justo en mis pies.
—Es Aurelio… —dijo ella, casi inaudible.
—¿Aurelio qué? ¿Aurelio Valdez? ¿El que sale en la tele inaugurando puentes y dándose la mano con el presidente? ¿Ese Aurelio? —le grité, y mi voz retumbó en las paredes de bloque sin aplanar.
—No grites, Beto, que tus hermanos están por llegar de la escuela… —me suplicó, juntando las manos como si fuera a rezar.
—¡Que escuchen! ¡Que se enteren de una vez de qué marca es la pobreza que nos recetaste! —me acerqué a ella, invadiendo su espacio—. Me dijiste que mi papá era un trailero. Me hiciste llorar cada 2 de noviembre frente a una cruz de madera que ni siquiera tiene un cuerpo debajo. Me hiciste crecer sintiendo que me faltaba un pedazo de alma porque el destino me lo había quitado en una carretera.
Hice una pausa para tomar aire, pero el aire de esa cocina me asfixiaba. Estaba cargado de la culpa que ella había respirado durante dos décadas.
—¿Cuánto te pagó, jefa? —pregunté con una frialdad que me sorprendió a mí mismo—. ¿Cuánto valió mi silencio? ¿Cuánto costó que yo creciera con los zapatos rotos y que tú tuvieras que pedir prestado al rédito para pagar la secundaria?
Elena levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero ya no eran de miedo, sino de una desesperación defensiva.
—¡No hables de lo que no sabes, Alberto! —me gritó de vuelta, golpeando la mesa con el puño—. ¡Tú crees que fue fácil! ¡Crees que fue llegar y cobrar un cheque! Ese hombre… ese hombre me hubiera quitado a mi hijo si yo no hubiera aceptado desaparecer.
—¡Ah, qué noble! —me burlé con sarcasmo—. ¡La gran protectora! Me quitaste mi nombre para que él no se manchara el suyo. Me condenaste a ser “el hijo de la tamalera” mientras sus otros hijos, mis hermanos de sangre, seguramente estudian en el extranjero y viajan en camionetas blindadas.
—¡Lo hice por tu seguridad! —insistió ella, las lágrimas ya corriendo libremente por sus mejillas—. Aurelio no es el hombre que ves en la tele. Es un hombre que pisa a quien sea para mantener su poder. Cuando se enteró que yo estaba embarazada, mandó gente a la vecindad. Me dijeron que, o aceptaba el trato y me perdía en Iztapalapa para siempre, o tú nunca ibas a llegar a cumplir un año.
—¿Y le creíste? ¿O simplemente te dio miedo seguir siendo pobre y viste en ese fajo de billetes una salida fácil? Porque aquí dice —señalé un recibo bancario viejo, escondido al fondo de la caja— que hubo depósitos mensuales durante cinco años. ¿Dónde está ese dinero, mamá? ¿Dónde quedó la plata del hombre que me negó?
Elena se tapó la cara con las manos, sus hombros sacudiéndose violentamente.
—Se acabó, Beto… se acabó en las medicinas de tu abuelo cuando le dio el cáncer. Se acabó en pagar esta casa, que aunque sea de techos de lámina, es nuestra y nadie nos saca. Se acabó en que nunca te faltara un plato de frijoles, aunque fueran solo frijoles.
—¡Me diste frijoles cuando podía haber tenido el mundo! —el grito me desgarró la garganta—. No es por el dinero, mamá. ¡No es la maldita plata! Es que me viste la cara de idiota durante veinte años. Cada vez que me dabas la bendición para irme a la chamba, sabías que mi padre estaba a unos kilómetros de aquí, viviendo una vida de rey, mientras yo me peleaba por un lugar en el metro para ir a ganar una miseria.
Me alejé de ella, sintiendo un asco profundo. El altar de la Virgen de Guadalupe, con su veladora a medio consumir, parecía observarnos con una indiferencia divina. Siempre pensé que éramos una familia bendecida por su esfuerzo, pero ahora me daba cuenta de que éramos una familia construida sobre un cementerio de verdades.
—¿Él sabe que existo todavía? —pregunté, dándole la espalda.
—Él piensa que nos fuimos a Estados Unidos. Ese fue el pacto. Cambiar de nombre, desaparecer del mapa de su vida —respondió ella, limpiándose la cara con el delantal.
—Pues el mapa acaba de cambiar, jefa —dije, tomando mi chamarra y guardando los documentos más importantes en mi mochila—. Él cree que estoy muerto para su mundo, y tú crees que voy a seguir siendo el buen hijo que se traga sus cuentos.
—¿A dónde vas, Beto? ¡Por favor, no hagas una locura! —ella se levantó y me tomó del brazo. Sus manos estaban frías, como si la sangre se le hubiera detenido.
—Voy a buscar lo que es mío. No el dinero de ese tipo, sino mi nombre. Voy a mirarlo a los ojos y voy a hacer que sepa que el hijo que quiso enterrar en el lodo de Iztapalapa sigue vivo. Y a ti, jefa… a ti no sé si pueda volver a mirarte igual.
—¡Beto, hijo! ¡Perdóname! —gritó ella mientras yo caminaba hacia la puerta.
No volví la vista atrás. Salí a la calle y el aire de la tarde me golpeó la cara. El cielo de la CDMX se estaba tiñendo de un naranja violento, como si el mismo horizonte estuviera sangrando. Caminé entre los puestos de lona rosa, entre el ruido de los camiones y el grito de los vendedores, pero por primera vez en mi vida, no me sentía parte de este caos.
Me sentía como un extraño en mi propia piel. Un heredero sin corona, un bastardo con un plan. Mientras llegaba a la estación del metro, solo una idea martilleaba en mi cabeza: Aurelio Valdez iba a saber quién era yo, aunque tuviera que quemar su imperio para que me escuchara.
La confrontación en la cocina solo había sido el inicio. El olor a cilantro y mentira se quedó pegado en mi ropa, y mientras el tren naranja se cerraba frente a mí, supe que ya no había vuelta atrás. Había dejado de ser el hijo de Elena para convertirme en la peor pesadilla de un hombre poderoso.
En el bolsillo de mi pantalón, apretaba la última foto de la caja: una de mi madre llorando en el hospital el día que nací. Ahora entendía que esas lágrimas no eran de alegría, sino de la primera vez que tuvo que elegir entre mi vida y mi verdad.
Y yo, a diferencia de ella, ya no tenía miedo de elegir la verdad, aunque la verdad nos destruyera a todos.
CAPÍTULO 4: El Muro de Cristal y la Sangre Olvidada
El transbordo en la estación Bellas Artes del Metro se sentía como un viaje entre dos planetas distintos. Dejé atrás el olor a garnachas, el bullicio de los vagoneros gritando ofertas de audífonos y el calor humano de Iztapalapa para subirme a la Línea 7, la que te lleva al “otro México”. Ese México de edificios altos, de calles que huelen a café caro y de gente que camina con prisa, pero sin hambre.
Yo iba apretando las correas de mi mochila como si fuera lo único que me mantenía anclado a la tierra. Dentro de la mochila, la caja de galletas danesas pesaba más que si estuviera llena de piedras. Era mi única arma, mi prueba de existencia.
Me bajé en la estación Auditorio. Al salir a Paseo de la Reforma, el sol de la tarde pegaba de frente contra los cristales de los corporativos. Me sentí pequeño. Mis tenis de marca genérica, un poco gastados de tanto caminar, se veían fuera de lugar sobre el granito impecable de las banquetas de Polanco.
Caminé unas diez cuadras hasta que lo vi: el edificio de “Corporativo Valdez & Asociados”. Era una torre de cristal oscuro, imponente, que parecía querer picar las nubes. En la entrada, dos guardias con uniformes impecables y radios en el hombro vigilaban quién entraba y quién no.
Me detuve frente a la entrada, tratando de calmar los latidos de mi corazón. “¿Qué estoy haciendo aquí?”, me pregunté. “Soy un chavo de barrio queriendo entrar a un castillo”. Pero luego recordé la cara de mi madre, su llanto de culpa y la foto de ese hombre abrazándola, y la rabia me dio el empujón que necesitaba.
—Buenas tardes —le dije al primer guardia, tratando de que no me temblara la voz.
El hombre me barrió de arriba abajo con una mirada fría. Se detuvo en mi playera un poco deslavada y en mi mochila.
—Entregas de paquetería por la puerta de servicio, joven —dijo con un tono seco, sin siquiera mirarme a los ojos.
—No soy repartidor —respondí, enderezando la espalda—. Vengo a ver al licenciado Aurelio Valdez.
El guardia soltó una risita burlona y se comunicó por el radio con su compañero.
—Oye, pareja, aquí tenemos a un joven que dice que viene a ver al “Big Boss”. ¿Tiene cita, joven?
—No, no tengo cita. Pero dígale que Alberto está aquí. Alberto, el hijo de Elena. Él sabrá quién soy.
Los dos guardias se miraron. El ambiente cambió de la burla a la sospecha. Uno de ellos puso la mano sobre su fornitura, un gesto sutil pero amenazante.
—Mira, chavo, no nos hagas perder el tiempo. El licenciado Valdez es un hombre muy ocupado. Si no tienes una cita programada por su secretaría, no puedes pasar ni del vestíbulo. Llégatela tranquila y retírate antes de que tengamos que llamar a una patrulla por alterar el orden.
—¡Solo quiero cinco minutos! —levanté un poco la voz, y un par de ejecutivos que pasaban por ahí se detuvieron a mirar—. ¡Él me conoce! ¡Dígale que tengo las fotos de la casona de las Lomas!
—Ya estuvo bueno —dijo el guardia más robusto, acercándose a mí—. Muévete, chamaco. No queremos broncas aquí.
Me empujó ligeramente del hombro. La rabia, que hasta ese momento era un fuego controlado, explotó. Estaba a punto de gritar algo de lo que me arrepentiría cuando una voz ronca y cansada interrumpió la escena.
—Déjenlo en paz, muchachos. El muchacho no está haciendo nada malo.
Era un hombre mayor, de unos sesenta años, que vestía un uniforme de limpieza. Llevaba un carrito con botes y escobas. Tenía la piel curtida y los ojos pequeños, llenos de una sabiduría que solo te dan los años de observar desde las sombras.
—Don Chucho, no se meta —le dijo el guardia—. Este naco viene a molestar al patrón. Dice que lo conoce.
Don Chucho se acercó a mí. Me miró fijamente a los ojos durante unos segundos que parecieron eternos. Su mirada viajó de mi frente a mi mandíbula, y luego a mis ojos otra vez. Vi cómo sus cejas se arqueaban en un gesto de incredulidad.
—Déjenlo pasar al lobby, por lo menos para que tome agua —dijo Don Chucho, sin dejar de mirarme—. Yo me hago cargo. Si el patrón sale y lo ve, ya será bronca de él. Pero no lo traten así.
Los guardias, a regañadientes, cedieron. Don Chucho tenía años trabajando ahí; era de esos empleados que ya son parte del inventario y a los que nadie se atreve a llevarles la contraria. Me hizo una seña para que lo siguiera hacia un rincón del lujoso vestíbulo, lejos de la recepción de mármol.
—¿Cómo dijiste que te llamas, m’hijo? —me preguntó en voz baja, mientras fingía que sacudía una planta de ornato.
—Alberto. Beto. Soy hijo de Elena… ella trabajaba para los Valdez hace mucho.
Don Chucho dejó de limpiar. Sus manos temblaron un poco.
—Elena… la flaquita de los ojos bonitos. La que desapareció de la noche a la mañana —susurró para sí mismo—. Dios mío… si es que eres su vivo retrato, muchacho. Tienes la misma mirada de Aurelio cuando era joven, pero con el orgullo de tu madre.
—¿Usted la conoció? —el corazón me dio un vuelco.
—Yo era el chofer de la casa en ese entonces, antes de que me mandaran para acá a los servicios de limpieza por “saber demasiado”. Yo vi cómo se querían, Beto. Pero también vi cómo lo obligaron a él a elegir entre su herencia y esa muchacha. Y ya ves qué eligió.
—Eligió el dinero —dije con amargura—. Y me eligió a mí como un secreto que había que enterrar.
—No es tan simple, muchacho —Don Chucho me puso una mano en el hombro—. Aurelio no es un santo, pero la familia de él… ellos son los verdaderos demonios. Si te ven aquí, te van a destruir. Vete, Beto. Vete antes de que sea tarde.
—No me voy a ir sin verlo, Don Chucho. Necesito que me vea. Que sepa que no pudo borrarme del mapa con sus cheques y sus amenazas.
En ese momento, el sonido de varios ascensores llegando al piso principal hizo que el lobby se quedara en silencio. Los guardias se pusieron en posición de firmes. Las puertas de cristal se abrieron y un grupo de hombres de traje oscuro salió caminando con paso firme.
En el centro del grupo estaba él.
Aurelio Valdez. Se veía más imponente que en la televisión. El cabello canoso perfectamente peinado, un traje azul marino que seguramente costaba más que mi casa entera, y una expresión de poder absoluto. Caminaba hablando por un celular, ignorando a todo el mundo a su alrededor como si fueran fantasmas.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Era mi padre. El hombre que me dio la vida y luego me la robó. Estaba a menos de diez metros de mí.
—¡Aurelio! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera pensarlo.
El grupo de ejecutivos se detuvo en seco. Los guardias corrieron hacia mí, pero yo ya me había adelantado unos pasos. Aurelio bajó el celular lentamente y giró la cabeza.
Nuestras miradas se cruzaron. Por un segundo, vi un destello de algo parecido al terror en sus ojos. Fue un instante fugaz, una grieta en su máscara de hierro. Se quedó paralizado, mirando mi rostro, reconociendo en mis facciones el fantasma de un pasado que creía haber sepultado bajo millones de pesos.
—¿Quién es este joven? —preguntó uno de sus asistentes, tratando de empujarme a un lado.
Aurelio no respondió. Seguía mirándome. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido. Estaba viendo a su propio pecado caminar hacia él en pleno Paseo de la Reforma.
—Soy Alberto —dije, con la voz firme, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos—. El hijo de la mujer que mandaste a esconder a Iztapalapa. ¿Me reconoces ahora, o necesitas que te enseñe las fotos que guardó mi mamá?
El silencio en el vestíbulo era tan pesado que se podía sentir en la piel. Los ejecutivos se miraban entre sí, confundidos. Don Chucho, desde lejos, se persignó.
Aurelio recuperó la compostura con una rapidez aterradora. Su rostro se volvió una pared de piedra.
—No sé de qué hablas, muchacho. Debes estar confundido —dijo con una voz fría y profesional, como si estuviera rechazando un contrato—. Guardias, por favor, escolten al joven afuera. Claramente tiene problemas mentales o busca extorsionarnos. Denle algo de dinero para el transporte y que se retire.
—¡No quiero tu dinero! —le grité mientras los guardias me agarraban de los brazos, levantándome del suelo—. ¡Mírame! ¡Mírame a los ojos y dime que no sabes quién soy! ¡Dime que no te acuerdas de Elena!
Aurelio se dio la vuelta sin decir una palabra más. Siguió caminando hacia la salida, donde una camioneta blindada ya lo esperaba con la puerta abierta. No volvió a mirar atrás, ni siquiera cuando mis gritos empezaron a atraer a la gente de la calle.
Los guardias me arrastraron hacia la salida lateral y me aventaron a la banqueta como si fuera basura. Mi mochila se abrió y algunos papeles volaron por el suelo.
—Vete de aquí, pendejo, antes de que te refundamos en el tambo por intento de extorsión —me escupió uno de ellos antes de cerrar la puerta pesada de cristal.
Me quedé ahí, tirado en el suelo de Polanco, mientras la gente me rodeaba para no pisarme, mirándome con lástima o con asco. Me sentía humillado, destrozado. Pero mientras recogía las fotos del suelo, vi a Don Chucho a través del cristal. Me hizo una seña rápida, señalando un papel que había dejado caer cerca de mi mochila.
Lo recogí rápidamente. Era una servilleta de papel con una dirección escrita a mano y un mensaje corto: “Él no puede hablar aquí. Ve a esta dirección mañana a las 7 am. Es la casa de su madre, tu abuela. Ella es la única que tiene lo que necesitas para doblarlo. Ten cuidado, Beto. Ya despertaste al diablo.”
Me levanté, limpiándome el polvo de los pantalones. La humillación se estaba transformando en algo más fuerte: una determinación ciega. Aurelio pensó que me había desechado de nuevo, pero no sabía que me acababa de dar la pieza que me faltaba.
Si mi padre no quería darme mi lugar, iría con la mujer que lo controlaba a él. La dinastía Valdez estaba a punto de descubrir que la sangre de Iztapalapa no se limpia tan fácil, y que un hijo con hambre de verdad es más peligroso que cualquier rival de negocios.
Caminé hacia el metro, pero ya no era el mismo chico que llegó hace una hora. El muro de cristal se había rajado, y yo iba a encargarme de que terminara de caer, pieza por pieza.
CAPÍTULO 5: El Trono de Piedra y la Matriarca del Silencio
El despertador de mi celular sonó a las cinco de la mañana, pero yo ya llevaba horas con los ojos pelones, mirando las sombras que el alumbrado público proyectaba en el techo de lámina de mi cuarto. No podía dejar de pensar en la cara de Aurelio. Esa mirada de terror disfrazada de asco me perseguía.
Me levanté sin hacer ruido para no despertar a mi jefa, pero al llegar a la cocina, la encontré sentada frente a una taza de café frío. Tenía los ojos hinchados. No me dijo nada, solo me puso un plato con un par de huevos estrellados y una tortilla calientita.
—No vayas, Beto —me dijo con una voz que parecía venir de un pozo muy hondo—. Esa gente no tiene corazón. Te van a deshacer.
—Ya estoy deshecho, mamá —le respondí mientras me colgaba la mochila—. Ahora solo quiero saber por qué.
Salí de la casa cuando el cielo todavía era de ese color gris rata que tiene la ciudad antes de que salga el sol. Siguiendo la dirección que Don Chucho me había dado, me dirigí hacia San Ángel. Es un mundo aparte. Mientras más me acercaba, las calles dejaban de ser de pavimento bacheado y se convertían en empedrados perfectos, rodeados de muros altos cubiertos de jacarandas y buganvilias que parecían cascadas de color púrpura.
Llegué a la dirección: una casona colonial con un portón de madera maciza y herrajes de bronce que brillaban con una luz arrogante. Se sentía el peso de los siglos en esas piedras. Toqué el timbre y, tras unos segundos, una voz pequeña y monótona salió por el interfón.
—¿Quién busca a la señora Matilde?
—Dígale que es su nieto —solté sin pensar, y el silencio que siguió fue tan largo que pensé que me habían colgado—. Dígale que tengo la caja de galletas danesas.
Se escuchó un clic metálico y el pesado portón se abrió apenas lo suficiente para que pasara. Un hombre viejo, vestido con un chaleco gris y guantes blancos, me esperaba con una expresión de absoluto desconcierto.
—Acompáñeme, por favor. La señora lo recibirá en el jardín de invierno —dijo el hombre, cuya etiqueta contrastaba violentamente con mis jeans rotos y mi sudadera de los Pumas.
Caminamos por un pasillo largo, decorado con cuadros de tipos que seguramente eran mis ancestros, todos con la misma nariz aguileña y la misma mirada de superioridad. Al fondo, entramos a un espacio lleno de plantas exóticas y ventanales enormes que dejaban entrar la luz pálida de la mañana.
Sentada en una silla de mimbre, rodeada de orquídeas que parecían garras blancas, estaba doña Matilde Valdez. Era una mujer pequeña, de unos ochenta años, pero su presencia llenaba toda la habitación. Tenía el cabello blanco perfectamente peinado en un moño y vestía un traje de sastre negro que la hacía parecer un cuervo elegante.
—Acércate, muchacho —dijo ella, sin dejar de acariciar un rosario de plata que tenía entre las manos—. Genaro, tráele un té. Se ve que el frío de allá afuera le ha calado hasta los huesos.
Me senté frente a ella, tratando de mantener la mirada firme. Ella me observaba como si fuera una pieza de museo que no lograba clasificar.
—Tienes los ojos de tu abuelo —sentenció finalmente—. Pero esa forma de apretar la mandíbula… esa es de la mujer esa. De la tamalera.
—Se llama Elena —le dije, sintiendo cómo se me subía la sangre a la cara—. Y no es “esa mujer”, es la madre de su nieto, por si ya se le olvidó.
Doña Matilde soltó una risa seca, que sonó como hojas secas crujiendo.
—No se me ha olvidado nada, Alberto. En esta casa, las cuentas se llevan con una precisión que te asustaría. Aurelio cree que él es quien manda, pero fue aquí, en esta mesa, donde decidimos que tú no podías existir para el mundo.
—¿Decidimos? —me levanté, golpeando accidentalmente la mesita de cristal—. ¿O sea que usted también estuvo metida en esto? ¿Usted dio la orden de que me borraran?
—Siéntate —ordenó ella con una autoridad que me obligó a obedecer—. La familia Valdez no es solo un apellido, es una institución. Cuando Aurelio se enredó con esa muchacha, estaba a punto de cerrar la fusión más importante de la década. Un hijo fuera del matrimonio, con una mujer de… digamos, de otra extracción social, hubiera sido un suicidio financiero.
—¡Me sacrificaron por una fusión de empresas! —grité, y mi voz hizo eco en los cristales del jardín—. ¡Ustedes me robaron mi vida por un fajo de acciones!
—No seas melodramático, muchacho —ella tomó un sorbo de té con una calma exasperante—. Se le dio a tu madre lo suficiente para que vivieran bien. Si ella decidió quedarse en ese agujero llamado Iztapalapa por orgullo, eso no es responsabilidad nuestra.
—¿Vivir bien? —me burlé, sintiendo las lágrimas de rabia quemarme los ojos—. ¿Usted sabe lo que es bañarse con agua calentada en la estufa porque no hay para el gas? ¿Sabe lo que es caminar tres kilómetros porque no tienes ni para el pesero? Mi jefa nunca tocó ese dinero por culpa, por asco a lo que ustedes representan.
Doña Matilde dejó de acariciar su rosario. Sus ojos, que hasta entonces eran fríos, se clavaron en los míos con una intensidad nueva.
—¿Y qué buscas aquí, Alberto? ¿Dinero? ¿Una parte de la herencia? Porque si es eso, llegas tarde. Aurelio ha blindado todo. Legalmente, no eres nadie.
—No quiero su maldito dinero —dije, sacando de mi mochila el acta de nacimiento original y el recorte de periódico que había encontrado en la caja—. Quiero que el mundo sepa quién es Aurelio Valdez. Quiero que esa “institución” de la que tanto presume se caiga a pedazos cuando vean que el gran empresario es un cobarde que abandonó a su hijo.
Matilde suspiró y, por primera vez, vi una grieta en su armadura de hierro. Se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Aurelio no solo te abandonó por el dinero, Alberto. Hay algo que Elena nunca te dijo, porque seguramente ella misma no quería creerlo.
El silencio se volvió espeso. Un colibrí se estrelló contra el cristal del ventanal, provocando un ruido sordo que me hizo saltar.
—¿De qué está hablando? —pregunté con un hilo de voz.
—Tu abuelo, mi marido, dejó una cláusula en su testamento —explicó Matilde, mirando hacia sus cuadros—. El heredero universal de la constructora no sería Aurelio, sino el primer varón de la siguiente generación.
Me quedé helado. Mi mente empezó a trabajar a mil por hora.
—Aurelio solo tiene hijas en su matrimonio legal —continuó ella—. Tres niñas preciosas, pero según el testamento de mi marido, que era un hombre de ideas muy antiguas, ellas no pueden heredar el control total. Si tú apareces, Alberto… si tú eres reconocido legalmente como el hijo mayor, Aurelio pierde el trono. Pasas a ser el dueño legítimo de todo lo que él ha construido.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies. No era solo un secreto familiar; era una guerra por el imperio.
—Por eso te escondieron con tanto ahínco —añadió la anciana—. No era por la vergüenza del qué dirán. Era por miedo. Aurelio te tiene miedo desde el día en que naciste. Eres el único que puede quitarle su corona de cristal.
—Entonces… ¿por qué me cuenta esto ahora? —la miré con sospecha—. Si usted ayudó a ocultarme, ¿por qué traicionar a su hijo ahora?
Doña Matilde sonrió de una manera que me dio escalofríos. Era la sonrisa de alguien que está jugando una partida de ajedrez muy por encima de mi nivel.
—Porque Aurelio se ha vuelto arrogante. Se ha olvidado de quién le puso los cimientos a su imperio. Cree que puede tomar decisiones sin consultarme. Y además… —hizo una pausa, mirando mis manos, que eran idénticas a las del hombre del cuadro principal—… ya estoy vieja, Alberto. Y no quiero morirme viendo cómo este apellido se diluye en las manos de un hombre que no supo defender a su propia sangre.
Se levantó de la silla con dificultad, apoyándose en un bastón de madera de ébano.
—Genaro te dará una llave —dijo, dándome la espalda—. Es de una caja de seguridad en el centro. Ahí está el testamento original y las pruebas de ADN que Aurelio mandó a hacer en secreto cuando tenías tres años. Con eso, puedes destruirlo. O puedes negociar.
—¿Usted qué haría? —le pregunté cuando ya se iba.
Ella se detuvo y giró la cabeza lo justo para que viera su perfil de piedra.
—Yo soy una Valdez, muchacho. Nosotros no negociamos con el enemigo… lo aniquilamos. Demuéstrame que realmente tienes nuestra sangre.
Se fue, dejándome solo en ese jardín que olía a flores muertas y a traición. Genaro apareció de la nada y me extendió un sobre pequeño con una llave de latón.
Salí de la casona con la cabeza dándome vueltas. El sol ya estaba en lo alto, iluminando las calles de San Ángel con una claridad que lastimaba. Tenía el poder de destruir a mi padre, de reclamar una fortuna que nunca soñé y de cambiar el destino de mi familia para siempre.
Pero mientras caminaba hacia el metro, recordé las manos de mi madre, llenas de cicatrices por el trabajo diario. Ella no quería un imperio; ella quería a su hijo a salvo. Y ahora, yo estaba a punto de entrar en una cueva de lobos de la que, tal vez, no saldría vivo.
Saqué mi celular y vi que tenía diez llamadas perdidas de un número desconocido. Justo cuando iba a guardar el teléfono, llegó un mensaje de texto:
“Sabemos que estuviste con la vieja. Aléjate de esto, Alberto. Iztapalapa es un lugar muy peligroso para alguien que quiere jugar a ser rico. Esta es tu última advertencia.”
Sentí un frío glacial en la espalda. La guerra ya no era solo de papeles y abogados. Acababan de amenazar mi hogar. Apreté la llave en mi mano hasta que me dolió. Aurelio acababa de cometer su error más grande: pensó que amenazarme me detendría, cuando lo único que hizo fue darme una razón más para no tener piedad.
CAPÍTULO 6: El Laberinto de Sombras en el Centro Histórico
El mensaje en la pantalla de mi celular parecía quemarme los ojos. “Iztapalapa es un lugar muy peligroso”. No era una advertencia, era una declaración de guerra. Mi primer impulso fue salir corriendo de regreso a la vecindad, abrazar a mi jefa y a mis hermanos, y pedirles perdón por haber levantado la tapa de esta alcantarilla. Pero el miedo, ese miedo que te paraliza las piernas, se transformó de pronto en una adrenalina fría. Si me echaba para atrás ahora, Aurelio Valdez sabría que podía pisotearnos para siempre.
—No les vas a tocar ni un pelo, cabrón —susurré para mí mismo, apretando el teléfono hasta que los nudillos me quedaron blancos.
Marqué el número de mi casa. Sonó una, dos, tres veces. Cada tono era un martillazo en mis sienes.
—¿Bueno? —la voz de mi madre se escuchaba agitada, se oía de fondo el ruido de la radio y el chillar de la olla exprés.
—Jefa, escúchame bien —traté de sonar calmado, aunque el corazón me galopaba en la garganta—. Necesito que cierres bien la puerta. Ponle la tranca de madera y no le abras a nadie. Ni al de la leche, ni a la vecina, a nadie. ¿Me oyes?
—Beto, ¿qué pasa? Me estás asustando, m’hijo. Vinieron unos hombres hace un rato… andaban preguntando por ti en el puesto de tamales. Unos tipos de traje, muy catrines, pero con una cara de pocos amigos.
Se me heló la sangre. Ya estaban ahí.
—No salgas, mamá. Quédate ahí con mis hermanos. Si alguien intenta entrar, grita, llama a la policía, haz un desmadre. Yo voy por lo que necesito y regreso por ustedes. Te lo juro por mi vida que esto se acaba hoy.
—¡Beto, deja eso! —me suplicó ella, empezando a llorar—. ¡Quédate con la verdad, pero quédate vivo! ¡No vale la pena!
—Para mí sí vale, jefa. Ya no es por la lana, es porque no voy a dejar que nos sigan tratando como basura. Te quiero, mamá. Cierra todo.
Colgué antes de que sus sollozos me quebraran la voluntad. Me subí al metro en dirección al Zócalo. El Centro Histórico de la Ciudad de México es un monstruo de mil cabezas; si sabes moverte, puedes desaparecer entre la multitud, pero si alguien te busca con recursos, cada cámara de seguridad es un ojo de Aurelio.
Bajé en la estación Allende y caminé hacia la calle de Isabel la Católica. El aire aquí olía a historia, a piedra vieja y a escape de microbús. Me detuve frente a un edificio de arquitectura francesa, un banco antiguo que parecía un búnker de elegancia. La llave de latón que me dio mi abuela pesaba en mi bolsillo como si fuera de plomo.
Al entrar, el silencio me golpeó. El mármol del piso reflejaba las luces amarillentas del techo alto. Me acerqué al mostrador de las cajas de seguridad.
—Buenas tardes. Tengo una llave para la caja 402-B —le dije a un empleado que parecía haber trabajado ahí desde la época de la Revolución.
El hombre revisó mis papeles y la llave. Me miró por encima de sus lentes de media luna con una mezcla de sospecha y curiosidad.
—¿Alberto Valdez? —preguntó.
—Alberto… —hice una pausa. El nombre me supo amargo—. Sí, Alberto Valdez.
Me escoltó por una escalera de caracol hacia el sótano. El aire se volvió frío y seco, con ese olor metálico característico de las bóvedas. El empleado insertó su llave maestra, luego yo inserté la mía. El mecanismo giró con un chasquido pesado, como el de una celda abriéndose.
Dentro de la caja no había lingotes de oro ni fajos de billetes. Había un sobre de cuero desgastado. Lo saqué con manos temblorosas y lo abrí ahí mismo, bajo la luz mortecina del sótano.
Lo primero que vi fue el resultado de la prueba de ADN. Tenía fecha de hace veintidós años. El sello de un laboratorio privado de Houston, Texas. “Probabilidad de paternidad: 99.99%”. Aurelio siempre lo supo. Nunca hubo duda. Me negó sabiendo que yo era su sangre.
Luego, el testamento de mi abuelo. Mis ojos escanearon las cláusulas legales hasta que encontré el párrafo que mi abuela mencionó:
“…y en caso de existir descendencia masculina directa del heredero universal, el control total de las acciones de Constructora Valdez pasará irrevocablemente al primer varón al cumplir la mayoría de edad, quedando el heredero original como fiduciario temporal…”
Sentí un escalofrío. Yo no era solo un hijo perdido. Yo era el dueño legal del imperio que Aurelio estaba manejando. Él solo era el cuidador de mi trono, y por eso me odiaba. Por eso me quería borrar. Si yo aparecía, él se convertía en un empleado de su propio hijo “bastardo”.
Guardé todo en mi mochila. Al salir de la bóveda, el empleado del banco me detuvo un momento.
—Joven… —dijo en voz baja, mirando hacia la escalera—. Tenga cuidado. Unos hombres preguntaron por esta caja hace unos días. Dijeron que el titular había fallecido y que la cuenta debía cancelarse.
—¿Y qué les dijo?
—Que solo el portador de la llave física y la identificación correcta podía acceder. Pero son gente poderosa, muchacho. No se van a quedar de brazos cruzados.
—Gracias, jefe. Se la debo.
Salí del banco y la luz del sol me deslumbró. Caminé rápido hacia la calle Madero, intentando mezclarme con los turistas y los trabajadores. Pero entonces lo vi.
Una camioneta negra, de cristales polarizados, estaba estacionada justo en la esquina, en un lugar prohibido. Dos tipos de complexión robusta, con lentes oscuros y cortes de pelo militares, estaban recargados en el cofre, observando la salida del banco.
Mi corazón dio un vuelco. Me habían seguido. No sé cómo, pero sabían que estaba ahí.
En lugar de correr, lo que me delataría, giré en sentido contrario y me metí en un callejón estrecho que conectaba con la calle de Bolívar. Mis sentidos estaban al límite. Escuché el rugido del motor de la camioneta detrás de mí. Estaban maniobrando para cortarme el paso.
Empecé a correr. Esquivé a una señora que vendía merengues y salté sobre unos huacales de fruta. Mi mente trabajaba a mil por hora. Si me atrapaban con estos papeles, no solo yo estaba muerto; mi madre y mis hermanos serían los siguientes.
—¡Ahí va el escuincle! —escuché un grito detrás de mí.
Me metí a una de esas plazas de tecnología, llenas de locales de celulares y videojuegos. El ruido de la música a todo volumen y los gritos de los vendedores me sirvieron de cobertura. Subí por las escaleras eléctricas, bajé por las de servicio, confundiendo a mis perseguidores.
Logré salir por la puerta trasera, que daba a una calle peatonal llena de gente. Me detuve un segundo para recuperar el aliento, pegado a una pared de piedra. Saqué mi celular y grabé un video rápido, mostrando los documentos y la prueba de ADN.
—Si algo me pasa —dije a la cámara, con la voz entrecortada—, busquen a Aurelio Valdez. Estos papeles prueban quién soy y por qué me quiere muerto. Lo voy a subir a la nube ahora mismo.
Le di a “enviar” justo cuando sentí una mano de hierro cerrarse sobre mi cuello.
—Ya nos hiciste correr mucho, pinche chamaco —me susurró una voz cargada de tabaco y odio.
Me estrellaron contra la pared. Era uno de los tipos de la camioneta. Su cara estaba a centímetros de la mía. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja y unos ojos que no sentían nada.
—Danos la mochila y tal vez el patrón te deje caminar de nuevo —dijo, metiéndome el cañón de una pistola en las costillas.
En ese momento, el rugido de la ciudad pareció detenerse. Estábamos en un rincón oscuro, a plena luz del día, pero nadie miraba. En México, a veces la gente aprende a no ver para seguir viva.
—El video ya se subió —le dije, escupiendo un poco de sangre que me salía del labio—. Si me matas aquí, el mundo entero va a ver la cara de tu patrón en cinco minutos. Ya no puedes enterrar la verdad.
El tipo dudó. Vi la duda en sus ojos por una fracción de segundo. Fue suficiente. Le di un rodillazo en la entrepierna con todas mis fuerzas. El hombre se dobló con un quejido ahogado y la pistola cayó al suelo.
No esperé a que se recuperara. Tomé la mochila y corrí como nunca en mi vida hacia la entrada del Metro San Juan de Letrán. Me salté el torniquete, bajé las escaleras de tres en tres y me metí en un vagón que estaba a punto de cerrar sus puertas.
Mientras el tren arrancaba, vi al tipo de la cicatriz parado en el andén, mirándome con una promesa de muerte en los ojos. Pero yo ya estaba lejos.
Me senté en el piso del vagón, temblando, abrazando mi mochila. Tenía las pruebas. Tenía la verdad. Pero también tenía un blanco pintado en la espalda. Ya no podía volver a Iztapalapa, no sin poner en peligro a mi familia.
Tenía que atacar. Y solo conocía a una persona que odiaba a Aurelio tanto como yo, y que tenía el poder para protegerme.
Saqué el papel que Don Chucho me había dado. No era solo la dirección de mi abuela. Al reverso, había otro número. Un número de un periodista de investigación famoso por tumbar políticos y empresarios.
—Es hora de que Constructora Valdez tenga un nuevo dueño —dije en voz baja, mientras el metro se hundía en el túnel oscuro.
La guerra acababa de escalar, y yo estaba decidido a que, si caía, me llevaría todo el imperio de mi padre conmigo.
CAPÍTULO 7: El Grito de la Verdad y el Pacto en las Sombras
El taxi serpenteaba por las calles de la colonia Roma, esquivando baches y charcos que reflejaban las luces de neón de los bares de moda. Yo iba hundido en el asiento trasero, con la mochila abrazada contra el pecho como si fuera un escudo. Sentía que cada par de luces que aparecía detrás de nosotros era la camioneta negra regresando para terminar el trabajo.
—Aquí es, joven. Son ochenta pesos —dijo el taxista, mirándome con desconfianza por el espejo retrovisor. Seguramente mi labio partido y la ropa sucia no gritaban “cliente distinguido”.
Le pagué y bajé frente a un edificio antiguo, de esos que sobrevivieron al sismo del 85, con grietas que parecían cicatrices de guerra. El lugar no tenía letrero, solo una puerta de madera pesada y un timbre desgastado. Este era el refugio de Ricardo Méndez, el periodista que le había quitado el sueño a más de un político corrupto en México.
Toqué tres veces, como me indicó Don Chucho. Pasaron unos segundos eternos hasta que una mirilla se abrió.
—Vengo de parte de la señora Matilde y del “viejo del carrito” —dije, tratando de que no me castañearan los dientes.
La puerta se abrió con un chirrido que me erizó la piel. Ricardo Méndez no era como los periodistas de la tele. Era un hombre de unos cincuenta años, con ojeras profundas, una barba de tres días y el olor a tabaco impregnado en su camisa a cuadros. Me hizo pasar a una oficina inundada de papeles, carpetas y monitores que parpadeaban con noticias de última hora.
—Pásale, Beto. O debería decir… Alberto Valdez —dijo Ricardo, cerrando con tres cerrojos—. Don Chucho me avisó que vendrías caliente. ¿Te siguieron?
—Me emboscaron en el Centro. Casi no la cuento —solté la mochila sobre una mesa llena de ceniceros—. Pero tengo lo que me pidió.
Saqué el sobre de cuero. Ricardo se puso unos lentes y empezó a revisar los documentos. El silencio en la habitación era tan denso que podía escuchar el tic-tac de un reloj de pared. Vi cómo sus ojos se abrían de par en par al leer el testamento de mi abuelo. Luego, pasó a la prueba de ADN. Soltó un silbido largo y bajo.
—Hijo de su… —murmuró, dejando caer los papeles sobre el escritorio—. Sabía que Aurelio era un tiburón, pero esto… esto es una bomba atómica, chamaco. No solo eres su hijo; eres el dueño legítimo de todo el emporio Valdez. Legalmente, Aurelio ha estado robándote desde que cumpliste los dieciocho.
—No me importa el dinero, Ricardo —le dije, acercándome a él—. Quiero que mi madre pueda salir a la calle sin miedo. Quiero que ese hombre sienta lo que es ser nadie, como me hizo sentir a mí toda la vida.
Ricardo se recargó en su silla, mirándome con una mezcla de lástima y admiración.
—¿Sabes en lo que te estás metiendo, Beto? En México, la verdad no siempre te hace libre; a veces te hace un blanco. Aurelio no va a dejar que esto salga a la luz. Mañana es la Gran Gala de la Construcción en el Museo Soumaya. Todo el mundo empresarial va a estar ahí. El presidente, los gobernadores, los inversionistas extranjeros… Aurelio planea anunciar la expansión internacional de la empresa.
—Esa es nuestra oportunidad —interrumpí, sintiendo una chispa de fuego en el pecho.
—Es una misión suicida —replicó Ricardo, encendiendo un cigarro a pesar de que había un letrero de “No fumar”—. Pero es la única forma. Si soltamos la nota ahorita en redes, sus abogados la van a bloquear en diez minutos. Dirán que los documentos son falsos, que eres un extorsionador de Iztapalapa. Pero si lo confrontamos en vivo, frente a las cámaras de todo el país… ahí no hay marcha atrás.
—¿Cómo entramos? —pregunté, mirando mis tenis sucios.
Ricardo sonrió con una mueca cínica.
—Tengo un contacto en el servicio de banquetes. Y tu abuela… la señora Matilde me envió esto para ti.
Sacó una bolsa de una tienda de lujo. Dentro había un traje negro hecho a medida, una camisa blanca de seda y unos zapatos que brillaban más que mi futuro hace dos días.
—El traje de tu abuelo —dijo Ricardo—. Matilde dice que es hora de que el verdadero heredero se vista como tal.
Pasamos el resto de la noche planeando el golpe. Ricardo preparó un servidor externo para transmitir en vivo desde mi celular en cuanto yo diera la señal. Me explicó cómo moverme, cómo hablar, cómo evitar que los guardias me sacaran antes de llegar al escenario.
Pero en medio de la estrategia, el miedo regresó. Recordé el mensaje de texto.
—¿Y mi familia? —pregunté, con la voz quebrada—. Si hago esto, Aurelio va a ir por ellos.
Ricardo puso una mano en mi hombro. Sus ojos se suavizaron por un momento.
—Ya me encargué de eso. Tengo a dos ex-policías de mi confianza cuidando la vecindad en Iztapalapa. Tu mamá y tus hermanos están en un lugar seguro desde hace dos horas. Don Chucho los sacó por la puerta de atrás.
Sentí que un peso enorme se me quitaba de encima, pero la angustia no desaparecía del todo. Saqué mi celular y vi una foto de mi jefa en su puesto de tamales, sonriendo con su delantal manchado. “¿Valdrá la pena arriesgar todo este orden por una justicia que tal vez nunca llegue?”, pensé.
—Beto —me llamó Ricardo, sacándome de mis pensamientos—. En este país, la gente como nosotros siempre pierde porque tenemos miedo de romper las reglas de los que mandan. Mañana, tú vas a romper el cristal de esa pecera. No solo por ti, sino por todos los que han sido pisoteados por apellidos como el tuyo.
—¿Usted por qué me ayuda? —le pregunté, mirándolo directamente—. Esto también le puede costar la vida.
Ricardo guardó silencio un momento, mirando hacia la ventana, donde las primeras luces del alba empezaban a teñir el cielo de la ciudad de un color violeta.
—Hace diez años, Aurelio Valdez construyó un paso a desnivel en Veracruz. Usó materiales de baja calidad para quedarse con la mitad del presupuesto. El puente se cayó tres meses después. Mi hermano iba pasando por ahí en su coche. Nunca hubo justicia, Beto. El peritaje dijo que fue “causa de fuerza mayor”.
El dolor en su voz era antiguo, pero seguía vivo. Comprendí que no estaba solo en esta lucha. Éramos dos sobrevivientes de la ambición de un hombre que se creía dios.
—Mañana pagará por todo —dije, estrechando su mano.
El resto de la madrugada fue un ensayo frenético. Ricardo me enseñó a usar un micrófono oculto y a activar la cámara de mi solapa. Cada vez que me miraba al espejo con el traje puesto, no me reconocía. Ya no era el Beto de la vecindad; era el rostro de una traición que exigía cuentas.
A las seis de la mañana, sonó el teléfono de Ricardo. Su rostro se puso serio.
—Entendido. Gracias —colgó y me miró—. La camioneta negra acaba de ser vista cerca de aquí. Alguien dio el soplo. Tenemos que movernos ya. No podemos esperar a la noche en este lugar.
—¿A dónde vamos?
—Al hotel que está frente al Soumaya. Nos infiltraremos desde temprano con el personal de limpieza. Si nos quedamos aquí, somos blancos fáciles.
Salimos por la azotea, brincando hacia el edificio contiguo mientras el eco de unas llantas chirriando se escuchaba en la calle de abajo. La persecución no se había detenido, solo se había vuelto más silenciosa y letal.
Mientras bajábamos por una escalera de incendios, vi mi reflejo en un vidrio: el traje de mi abuelo, los documentos de mi identidad en el pecho y una mirada que ya no tenía rastro de duda.
Aurelio Valdez pensaba que Iztapalapa era un lugar peligroso. Tenía razón. Pero no sabía que lo más peligroso de Iztapalapa no eran sus calles, sino la gente que, después de haberlo perdido todo, ya no tiene nada que temer.
—Prepárate, “papá” —susurré mientras nos subíamos a un coche destartalado que Ricardo tenía listo—. Mañana vas a conocer al hijo que no pudiste matar.
CAPÍTULO 8: El Derrumbe del Imperio de Cristal
El Museo Soumaya brillaba bajo los reflectores como una inmensa armadura de plata en medio de Polanco. Afuera, las camionetas blindadas y los autos de lujo formaban una fila interminable. Los flashes de los fotógrafos iluminaban la alfombra roja, capturando las sonrisas falsas de la élite mexicana.
Yo estaba a unos metros de ahí, dentro de una camioneta de entregas de flores, ajustándome el nudo de la corbata de seda. El traje de mi abuelo me quedaba como una segunda piel, dándome una elegancia que se sentía extraña, pero poderosa. Ricardo Méndez estaba a mi lado, revisando su computadora.
—La señal está lista, Beto —dijo Ricardo, sin quitar los ojos de la pantalla—. En cuanto entres al salón principal y actives el botón de tu puño, estaremos transmitiendo en vivo a través de mis tres canales y diez redes aliadas. Tenemos a cincuenta mil personas esperando en el “pre-stream”. No hay vuelta atrás.
—No quiero volver atrás —respondí, mirando mi reflejo en el cristal oscuro. Mis ojos ya no eran los del niño asustado de la vecindad. Eran los ojos de un hombre que venía a cobrar una deuda histórica.
Bajé de la camioneta por la puerta trasera. Gracias al contacto de Ricardo, entramos por el área de servicio. Caminamos entre meseros que corrían con charolas de caviar y copas de champaña. Nadie me miró dos veces; con ese traje, yo parecía ser uno más de los invitados VIP, no el hijo de la tamalera de Iztapalapa.
Llegué a las puertas del gran salón. El eco de los violines y el murmullo de las risas refinadas me golpearon los oídos. Al fondo, en un escenario iluminado con luces blancas y azules, estaba él. Aurelio Valdez, el hombre que me negó el nombre, estaba de pie junto a un enorme podio, sonriendo mientras estrechaba la mano de un alto funcionario.
—Damas y caballeros —la voz de Aurelio retumbó por los potentes altavoces del museo—, hoy no solo celebramos el éxito de Constructora Valdez. Celebramos el futuro de México. Nuestra expansión a mercados europeos es un testimonio de que la perseverancia y el apellido Valdez no conocen fronteras.
Sentí una náusea profunda. “¿Perseverancia?”, pensé. “¿Llamas perseverancia a vender a tu hijo para no perder tus acciones?”.
—Ahora —susurró la voz de Ricardo por el chícharo en mi oído—. Entra ya.
Empujé las puertas dobles de madera y caminé por el pasillo central. Mis pasos sobre el mármol sonaban como disparos. Algunos invitados empezaron a girar la cabeza, confundidos por mi presencia solitaria y decidida. Aurelio seguía hablando, pero cuando sus ojos se encontraron con los míos a mitad del salón, su voz se quebró.
Se quedó mudo a mitad de una frase sobre “integridad empresarial”. El silencio se propagó por el salón como una mancha de aceite.
—¡Ese joven no tiene invitación! —gritó un guardia de seguridad que venía hacia mí, pero yo ya estaba frente al escenario.
—No necesito invitación para entrar a mi propia casa, “padre” —dije, y mi voz, amplificada por el micrófono que Ricardo había hackeado en el sistema del museo, resonó en cada rincón.
Subí los escalones del escenario. Aurelio retrocedió un paso, su rostro antes bronceado ahora se veía gris, casi traslúcido.
—Alberto, por favor… —susurró él, intentando alejar el micrófono de su cara—. No hagas esto. Podemos hablar en privado. Te daré lo que quieras.
—¿Lo que yo quiera? —me reí, una risa amarga que se escuchó en todo el salón y en las miles de pantallas que ya seguían el en vivo—. Me quieres dar dinero ahora que tengo el cuchillo en el cuello, pero me negaste el aire durante veinte años.
Saqué el sobre de cuero de mi saco y lo puse sobre el podio, justo frente a las cámaras de televisión que cubrían el evento.
—Buenas noches, México —dije, mirando directamente a la lente principal—. Mi nombre es Alberto Valdez. Soy el hijo de Elena, la mujer a la que este hombre abandonó en una vecindad de Iztapalapa para no perder su herencia.
La multitud soltó un jadeo colectivo. Los celulares de los invitados se levantaron al unísono, grabando el momento.
—Aquí tengo la prueba de ADN que este hombre ocultó —continué, mostrando el documento—. Y aquí tengo el testamento de mi abuelo, el verdadero fundador de esta empresa. Un testamento que dice que Aurelio Valdez solo es un administrador temporal, porque el control total de la constructora me pertenece a mí, su primer hijo varón.
Aurelio intentó arrebatarme los papeles, pero yo fui más rápido. Dos guardias de seguridad subieron al escenario, pero se detuvieron cuando vieron que varios invitados y periodistas se interponían. El escándalo era demasiado grande para ser silenciado por la fuerza.
—¡Es un impostor! —gritó Aurelio, recuperando un poco de su arrogancia—. ¡Es un montaje de mis enemigos políticos! ¡Saquen a este delincuente de aquí!
—¿Delincuente? —lo encaré, acortando la distancia entre nosotros—. Delincuente es el que manda sicarios a amenazar a una familia en Iztapalapa. Delincuente es el que construye puentes que se caen porque prefiere robarse el dinero del cemento. Mírame, Aurelio. Mira mis ojos. Son los mismos que ves en el espejo cada mañana. No puedes negar la sangre por más que la laves con champaña.
En ese momento, las pantallas gigantes del museo, que antes mostraban renders de edificios, empezaron a mostrar el video que yo había grabado en el Centro Histórico, junto con fotos de mi madre joven y de Aurelio en la antigua casona. Ricardo había tomado el control total del sistema.
La humillación de Aurelio era absoluta. Los inversionistas extranjeros empezaron a abandonar el salón, murmurando entre ellos. Su imperio, ese muro de cristal que tanto cuidó, se estaba haciendo añicos frente a sus ojos.
—Se acabó, Aurelio —le dije en voz baja, para que solo él me escuchara—. Ya no tienes poder sobre nosotros. Mañana, mis abogados presentarán la demanda por el control de la empresa. No quiero tu dinero, quiero que cada peso que te robaste regrese a la gente que realmente construyó este país.
Él se hundió en el podio, derrotado. La seguridad del museo ya no sabía qué hacer. Yo me di la vuelta y bajé del escenario. Caminé por el pasillo central, pero esta vez la gente se abría a mi paso con respeto, incluso con algo de miedo.
Salí del museo hacia la noche fresca de la ciudad. Ricardo me esperaba afuera, en el mismo coche destartalado de la mañana.
—Lo hiciste, muchacho —dijo Ricardo, dándome un abrazo—. Mañana no se va a hablar de otra cosa en todo el país. Eres tendencia mundial.
—No lo hice por la tendencia, Ricardo —respondí, sintiendo cómo la tensión abandonaba finalmente mi cuerpo—. Lo hice por ella.
Saqué mi celular y marqué a mi casa. Mi madre contestó al primer tono.
—¿Beto? ¿Estás bien, hijo? Lo vi… lo vi todo en el Face de la vecina. Todo el barrio está gritando tu nombre.
—Estoy bien, jefa. Ya terminó todo. Mañana paso por ustedes para llevarlos a un lugar mejor. Ya no tienes que esconderte de nada. Somos libres.
Escuché a mi madre llorar del otro lado de la línea, pero esta vez eran lágrimas de alivio, lágrimas que lavaban veinte años de silencio y de miedo.
Miré hacia atrás, hacia el imponente edificio del Soumaya. Se veía tan pequeño desde lejos. Entendí que la verdadera riqueza no estaba en los títulos ni en las acciones, sino en poder caminar por la calle sin tener que agachar la cabeza ante nadie.
Me quité el saco de mi abuelo y lo puse en el asiento trasero. Mañana empezaría una batalla legal larga y agotadora, pero esa noche, por primera vez en mi vida, Alberto Valdez de Iztapalapa iba a dormir en paz.
La historia de la tamalera y el magnate había terminado, pero la historia del hijo que reclamó su lugar apenas estaba comenzando. México tenía un nuevo nombre que aprender, y esta vez, no sería por un escándalo, sino por una justicia que tardó veinte años, pero que finalmente llegó a casa.