CAPÍTULO 1: EL NIÑO DE HIELO Y LA CHICA DE NADIE
Sesenta minutos pasaron en una habitación donde el único sonido que quedaba era la respiración constante y rítmica del niño. Fernanda “Fer” Castillo estaba sentada en la vieja mecedora de madera importada junto a la cuna, que parecía más una jaula de oro que una cama. Asher seguía acurrucado en sus brazos, sus dedos diminutos y pegajosos aferrados al cuello de su uniforme gris de limpieza como si tuviera miedo de que ella se evaporara si la soltaba.
Fer no se atrevía a moverse. Ni un centímetro. Sentía el calambre subiendo por su pierna derecha, pero lo ignoró. Solo cantaba suavemente, tarareando “La Llorona”, pero no la versión triste que asusta a los niños, sino la versión lenta y dulce que su madre solía cantar en el pequeño cuarto de azotea en Ecatepec antes de que el mundo se les viniera encima.
Gideon Alvarado estaba de pie en el umbral de la puerta. Su espalda ancha se apoyaba contra el marco de madera de caoba, los brazos cruzados sobre un pecho que parecía tallado en piedra bajo la camisa de vestir blanca. No decía una palabra. Solo estaba allí, observando, inmóvil. La miraba como si ella fuera una ecuación matemática compleja que no lograba resolver.
Fer no se dio la vuelta, pero podía sentir sus ojos en la nuca. Pesados. Calientes. Como plomo derretido.
Pero Fer estaba acostumbrada a ser mirada. Estaba acostumbrada a ser medida, pesada y juzgada. Había crecido bajo la mirada de trabajadoras sociales, de madres sustitutas que buscaban defectos, de niños crueles en el patio de la escuela.
Cuando tenía siete años, su madre murió en el baño compartido de la vecindad. Fer la encontró a las seis de la mañana, cuando entró a lavarse los dientes antes de ir a la escuela. Su madre estaba tirada allí, con los labios azules y fríos. La evidencia de su adicción, una jeringa barata y una cuchara quemada, estaba esparcida por el suelo de losetas rotas.
Fer no supo qué hacer. No gritó. No corrió. Simplemente se sentó junto a su madre en el suelo frío, le tomó la mano inerte y esperó. Esperó once horas. Once horas hasta que la vecina, Doña Chole, finalmente golpeó la puerta porque escuchó el agua correr sin parar.
Once horas sentada junto al cuerpo de su madre. Once horas aprendiendo la lección más dura de su vida: nadie viene a salvarte a menos que grites. Y a veces, ni siquiera entonces.
Pero ella no gritó ese día. Solo se sentó y cantó. De la misma manera que le estaba cantando a Asher ahora.
No sabía quién era su padre. Su madre nunca lo dijo, y después de un funeral pagado por el municipio al que nadie asistió, el sistema del DIF se la tragó como se traga una moneda pequeña en una máquina expendedora.
Nueve familias en once años.
Hubo familias “buenas”, que lo hacían por caridad, que le daban tres comidas al día y le compraban uniformes nuevos en agosto, pero que nunca la abrazaban. Hubo familias “malas”, que la encerraban en el cuarto de servicio cuando tenían visitas importantes para que no “estorbara”. Y luego estaba la familia Hernández.
Fer no quería recordar la casa de los Hernández, pero la memoria no pide permiso. Llega como una marea negra, arrastrándola hacia abajo cada vez que empieza a sentirse segura. El Sr. Hernández comenzó a entrar a su habitación por las noches cuando ella tenía doce años. Siguió entrando durante 19 meses.
Diecinueve meses de ella acostada inmóvil, mirando las grietas en el techo, aprendiendo a separar su alma de su cuerpo, a flotar fuera de la ventana mientras su cuerpo se quedaba allí. Cuando finalmente habló con una psicóloga de la escuela, la llamaron “problemática”. Dijeron que los huérfanos mienten para llamar la atención.
—”No hay evidencia física, Fernanda”, le dijo la trabajadora social con cara de cansancio. “El Sr. Hernández es un pilar de la comunidad”.
Y Fer aprendió la lección más importante de su vida: Si no tienes pruebas, tus palabras son basura.
Asher se movió en sus brazos, sacándola de sus recuerdos. Fer bajó la mirada y vio que los ojos del niño estaban abiertos. Grandes, oscuros, profundos. No lloraba. No gritaba. Solo la miraba. Luego, con una lentitud vacilante, levantó una mano regordeta y tocó la mejilla de Fer.
Ella casi se rompe allí mismo.
Este niño, el “monstruo” del que habían huido seis niñeras profesionales con títulos universitarios, el niño que se golpeaba a sí mismo hasta sangrar, la estaba mirando como si ella fuera su mundo entero.
Gideon dio un paso dentro de la habitación. Sus pasos eran pesados, pero los suavizó deliberadamente, como si tuviera miedo de romper el hechizo. Se detuvo a dos metros de ella, mirando a su hijo.
—”¿Puedes quedarte esta noche?” —preguntó. Su voz era baja y rasposa, como grava.
Fer levantó la cabeza.
—”Soy la de la limpieza”, dijo, manteniendo la voz firme. “No soy niñera”.
Gideon no parpadeó.
—”Te estoy contratando como su niñera”, dijo. “Empezando ahora”.
Fer sintió que su corazón se aceleraba, golpeando contra sus costillas, pero mantuvo su rostro tranquilo, una máscara de porcelana fría.
—”¿Cuánto?” —preguntó.
Gideon nombró una cifra. Una cifra en pesos que sonaba ridícula. Una cifra lo suficientemente grande para cambiarlo todo. Lo suficientemente grande para borrar su deuda estudiantil de la carrera técnica. Lo suficientemente grande para conseguir un departamento propio en una zona segura de la ciudad, uno donde el techo no goteara y la puerta tuviera doble cerradura. Lo suficientemente grande para dejar de contar cada moneda cuando compraba tortillas.
Fer no parpadeó, aunque quería hacerlo. Quería gritar.
—”Una semana de prueba”, dijo en su lugar. “Si sigue bien después de una semana, hablamos de nuevo”.
Gideon asintió una vez, seco.
—”Trato hecho”.
Se dio la vuelta y salió, y Fer lo vio irse. Vio la puerta de madera maciza cerrarse. Miró a Asher, que ya estaba dormido de nuevo en sus brazos.
Pensó en la niña de siete años sentada junto al cuerpo de su madre. Pensó en la niña de doce años acostada en la oscuridad en casa de los Hernández. Ella había sido una vez la niña por la que nadie se quedó. Nadie la eligió. Nadie se puso de su lado.
Pero este niño… este niño que respiraba uniformemente en sus brazos… ella se quedaría por él.
Aún no sabía para quién acababa de aceptar trabajar. No sabía que el hombre que acababa de contratarla controlaba la mitad de la ciudad con sangre y silencios comprados. Solo sabía que, por primera vez en veinte años, alguien la necesitaba para quedarse, y ella no se iba a ir a ninguna parte.
CAPÍTULO 2: LA FORTALEZA DE CRISTAL
En su segundo día en la mansión Alvarado, ubicada en lo más alto de Chipinque, dominando todo Monterrey con una vista que costaba millones, Fer empezó a entender dónde estaba realmente.
Esta casa no era una casa. Era una fortaleza.
Había cámaras en cada esquina. Ojos negros y brillantes mirando desde el techo, desde los pasillos, incluso desde lugares donde no pensarías buscar, como detrás de las plantas ornamentales. Los escoltas rotaban cada ocho horas con precisión militar. Llevaban trajes negros mal ajustados, zapatos tácticos y nunca, jamás, la miraban directamente a los ojos.
Fer contó al menos doce hombres diferentes en un solo día. Doce hombres silenciosos moviéndose como fantasmas armados. Y cada uno de ellos bajaba la cabeza, un gesto de sumisión casi feudal, cuando Gideon pasaba. Nadie decía su nombre. Lo llamaban “Patrón” o “Señor Alvarado”.
Incluso Doña Constanza, su propia madre, bajaba el tono de voz cuando él entraba en la habitación. Fer observaba la forma en que la gente miraba a Gideon. No era con la admiración que se le da a un empresario exitoso o a un político famoso.
Era miedo.
El tipo de miedo que hace que la gente trague saliva. El tipo de miedo que te hace querer volverte invisible. Fer conocía ese miedo. Había vivido con él toda su infancia, pero nunca lo había visto en los rostros de hombres tan grandes y peligrosos como los que custodiaban esta casa.
En la noche del segundo día, Asher se despertó a las dos de la mañana exigiendo leche. Fer lo cargó escaleras abajo hacia la cocina, sus pasos tan ligeros como los de un gato sobre el piso de mármol italiano. Había aprendido a moverse sin sonido hacía mucho tiempo, en las noches que tenía que esconderse en la casa de los Hernández para evitar el pasillo.
Al pasar por el corredor que llevaba al despacho de Gideon, escuchó voces. Varias voces masculinas, graves y tensas.
La puerta estaba entreabierta una pulgada estrecha, derramando una luz amarilla cálida y humo de cigarro sobre el piso oscuro. Fer sabía que no debía detenerse. Sabía que no debía mirar. La curiosidad mató al gato, y en esta casa, la curiosidad podía matar algo más grande que un gato.
Pero la supervivencia le había enseñado que la información es un arma, y necesitaba saber con qué clase de bestia estaba viviendo.
A través de la rendija, vio a cinco hombres sentados alrededor de una mesa de roble macizo. Gideon estaba en la cabecera, la columna recta, el rostro frío como el hielo. Un hombre de mediana edad, calvo y sudoroso, estaba hablando. Le temblaba la voz.
—”Salazar nos quitó dos puntos más esta semana, Patrón”, dijo el hombre. “La ruta de Nuevo Laredo y el almacén del Sector 7. Perdimos a dos hombres. Los encontraron en… pedazos”.
Gideon no habló. Solo observó. Y había algo en esa mirada, una quietud absoluta, que hizo que Fer quisiera correr y encerrarse en el baño.
El hombre de mediana edad comenzó a sudar más. El sudor resbalaba desde su frente brillante hasta su cuello, empapando el cuello de su camisa blanca.
—”Lo recuperaré”, dijo el hombre más rápido, casi atropellando las palabras. “Juro por mi madre, Patrón, lo recuperaré todo”.
Gideon permaneció en silencio. Toda la habitación permaneció en silencio. El aire estaba tan tenso que una chispa podría haberlo incendiado.
Entonces Gideon abrió la boca y dijo solo dos palabras.
—”72 horas”.
Su voz no fue fuerte. Fue incluso más suave de lo habitual, pero esas dos palabras cayeron sobre la mesa tan pesadas como una sentencia de muerte. El hombre de mediana edad asintió una y otra vez, con la cara pálida como un cadáver.
Fer retrocedió, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro atrapado. Cargó a Asher rápidamente hacia la cocina, sirvió la leche con manos que temblaban ligeramente y regresó a la habitación sin mirar atrás.
En la oscuridad, puso a Asher en la cuna y se sentó temblando en la silla.
No era que no lo supiera. Lo había sospechado desde la primera noche, desde la mancha de sangre en la manga del chaleco. Pero la sospecha y la certeza son dos animales muy diferentes. Gideon Alvarado no era un empresario de la construcción ni un ejecutivo corporativo. Era algo que ella solo había visto en las noticias rojas.
Era narco. O Mafia. O como quisieran llamarlo los ricos. Era el dueño de la plaza.
A la mañana siguiente, mientras alimentaba a Asher en la cocina, Fer escuchó una conversación entre dos escoltas parados afuera de la puerta ventana del jardín. No sabían que ella podía oír. La gente a menudo olvidaba que el servicio existía; eran invisibles, parte del mobiliario.
—”El viejo Winston Alvarado construyó este imperio en los 80″, dijo uno, encendiendo un cigarro. “Controlaba las aduanas, el transporte. Pero el viejo tenía reglas. Nada de trata, nada de meterse con familias. Gideon heredó hace cinco años cuando al viejo le dio el derrame. Y después de que la Señora Isabel murió… todo se fue al carajo”.
—”¿Accidente de coche, verdad?” —preguntó el otro, más joven.
—”Eso dijeron”, respondió el primero, exhalando humo. “Hace ocho meses. El coche perdió el control en la carretera a Saltillo, en la curva de La Huasteca. Dijeron que fue un accidente, que fallaron los frenos. Pero el Patrón no lo cree. El Patrón no le cree a nadie desde entonces. Por eso estamos en guerra”.
Fer se quedó quieta, fingiendo concentrarse en limpiar la papilla de la boca de Asher.
¿Debería irse? La pregunta giró en su cabeza todo el día como un trompo. Estaba viviendo en la casa de un asesino. Estaba cuidando al hijo de un capo. Si fuera inteligente, empacaría sus pocas cosas en su mochila desgastada y desaparecería antes de que el sol se pusiera.
Pero entonces Asher la miró, con la boca manchada de puré de plátano, y sonrió.
Fue la primera sonrisa que había visto de este niño. Una sonrisa pequeña, tímida, que mostraba dos dientes inferiores.
¿Qué había hecho Asher mal? Solo era un bebé de 18 meses que había perdido a su madre y nadie lo entendía. Él no había elegido a su padre. Él no había elegido nacer en una jaula de oro.
Y el dinero… Fer pensó en la cifra que Gideon había nombrado. Ese dinero podía cambiar su futuro. Ese dinero era libertad.
Decidió quedarse. Pero también decidió hacer lo que siempre había hecho desde que era una niña a la que nadie creía. Observaría. Tomaría notas. Y siempre, siempre mantendría una salida de emergencia.
La guerra dentro de la casa comenzó esa misma mañana, cuando Fer se convirtió oficialmente en “la niñera”.
Doña Constanza la estaba esperando en la sala principal a las 6:00 de la mañana, sosteniendo un fajo grueso de papeles impresos con el membrete de la familia Alvarado.
—”Siete reglas”, dijo, con la voz dulce como la miel y los ojos fríos como el hielo seco. “Seguirás cada una de ellas al pie de la letra o te vas a la calle”.
Fer tomó el paquete, asintió y no dijo nada.
Regla número 1: No debe cargar a Asher sin supervisión.
Regla número 12: No debe cambiar el horario sin la aprobación de la Sra. Constanza.
Regla número 37: No debe estar a solas con Asher en una habitación con la puerta cerrada.
Fer leyó las 47 reglas en silencio. Entendió de inmediato. Estas no eran reglas para el cuidado del niño. Eran una soga. Estaban esperando que resbalara, solo una vez, para tener una excusa “legítima” para echarla.
En el segundo día oficial, Felicia apareció en la cocina mientras Fer preparaba el desayuno de Asher. La hermana de Gideon parecía salida de una telenovela: vestido rojo ajustado a las 9 de la mañana, tacones de aguja, diamantes destellando en sus orejas y garganta.
—”Oh”, dijo, como si acabara de recordar algo trivial. “Asher es severamente alérgico a la leche entera. Olvidé mencionarlo ayer”. Miró el vaso de leche en la mano de Fer con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una mirada que la desafiaba a discutir.
Fer dejó el vaso sobre la encimera.
—”Gracias por recordármelo, señorita”, dijo mansamente.
Esperó a que Felicia saliera, sus tacones repiqueteando en el mármol. Luego, Fer sacó su celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada, subió corriendo a la habitación de Asher y buscó el expediente médico que el Dr. Chen, el pediatra de la familia, había dejado en el cajón.
Pasó página tras página.
Alergias conocidas: Ninguna.
Fer fotografió la página. Abrió el cuaderno espiral que guardaba en el bolsillo de su delantal y escribió:
“9:15 AM. Felicia Alvarado afirmó que Asher es alérgico a la leche. El expediente médico del Dr. Chen registra cero alergias.”
Fotografió su propia nota. Subió ambas fotos a la nube, a una carpeta oculta protegida con contraseña.
Luego, bajó a la cocina, tiró la leche por el desagüe mientras miraba directamente a la cámara de seguridad en la esquina del techo, y preparó un vaso fresco.
No le daría leche hoy, solo por si acaso. Pero sabía que era una trampa.
Al cuarto día, Fer encontró un frasco de pastillas para dormir en el bolsillo de su abrigo colgado en el área de servicio. Clonazepam.
Ella no tomaba pastillas para dormir. Nunca había comprado pastillas para dormir.
Sostuvo el frasco, miró la etiqueta, y entendió inmediatamente. La acusarían de drogar a Asher para que durmiera. Dirían que era una abusadora infantil. Tendrían una razón no solo para despedirla, sino para meterla a la cárcel.
Fer no entró en pánico. El pánico era para la gente que tenía algo que perder. Ella no tenía nada más que su astucia.
Sacó su teléfono, encendió la cámara de video y se grabó a sí misma.
—”Son las 2:15 PM del jueves. Acabo de encontrar este frasco en mi abrigo. El sello está intacto. No es mío. No lo compré”.
Luego, accedió al sistema de seguridad de la casa. Había aprendido la contraseña el primer día, mirando por encima del hombro del técnico de seguridad cuando pensaba que la “chica de la limpieza” era demasiado estúpida para entender de tecnología.
Revisó la grabación del pasillo de servicio.
Ahí estaba. Felicia, caminando de puntillas pasadas las 11:00 AM, deslizando el frasco en el bolsillo del abrigo de Fer.
Fer tomó una captura de pantalla. La subió a la nube. Escribió en su cuaderno.
No le dijo a nadie. No todavía.
Había aprendido en la casa de los Hernández que si acusas demasiado pronto, sin suficientes pruebas, el monstruo se da la vuelta y te come. Tienes que esperar. Tienes que dejar que se confíen.
Y a través de todos esos días, Fer se dio cuenta de que alguien más la estaba observando. No Constanza, ni Felicia. Un hombre con el que nunca había hablado. Se movía como si no tuviera peso, apareciendo en las esquinas de las habitaciones sin hacer ruido. Los otros escoltas lo llamaban “El Fantasma”.
Fer entendió al instante que era el hombre de confianza de Gideon, enviado para vigilarla a ella.
No tenía miedo. Estaba acostumbrada a ser vigilada. Solo sería más cuidadosa. Porque en esta casa, la guerra apenas comenzaba, y Fer Castillo no planeaba perder.
CAPÍTULO 3: LA PRUEBA DEL FANTASMA Y LA LLEGADA DEL LOBO
Al quinto día, la casa dejó de ser simplemente una mansión hostil para convertirse en un tablero de ajedrez donde Fer era el peón que todos querían comerse. Pero lo que las fichas grandes no sabían era que el peón es la única pieza que, si sobrevive lo suficiente, puede transformarse en reina.
Fer ya había esquivado las trampas obvias de Doña Constanza y la malicia torpe de Felicia. Sin embargo, había una sombra en la casa que la inquietaba más que los gritos o las reglas absurdas.
Era “El Fantasma”.
Nadie le había dicho su nombre real. Los escoltas más jóvenes, esos que llevaban armas largas y patrullaban el perímetro con la ansiedad de los novatos, se referían a él en susurros. El Fantasma no duerme. El Fantasma ve a través de las paredes. Fer sabía que era la mano derecha de Gideon, su sombra, su ejecutor. Un hombre que no necesitaba mostrar su arma para que la habitación se enfriara diez grados.
La prueba comenzó a media mañana, cuando el sol de Monterrey caía a plomo sobre el jardín, pero dentro de la casa el aire acondicionado mantenía un frío artificial y perfecto.
Fer caminaba desde la habitación de Asher hacia la cocina para buscar un trapo limpio. Asher dormía su siesta (milagrosamente, llevaba 40 minutos dormido), y ella aprovechaba esos segundos de paz. Al pasar por el pasillo del segundo piso, notó algo extraño.
La última puerta del corredor, una puerta de roble macizo que siempre había estado cerrada con doble llave electrónica, estaba entreabierta. Apenas unos cinco centímetros.
Fer disminuyó el paso. Sus instintos de supervivencia, afilados en las calles de Ecatepec y en las casas de acogida donde la curiosidad se pagaba con golpes, le gritaron: Sigue caminando. No mires. Es una trampa.
Pero también sabía que la ignorancia en esa casa era peligrosa. Necesitaba saber qué había detrás de esa puerta para saber qué terreno pisaba. Sin detenerse del todo, giró la cabeza levemente mientras pasaba.
Lo que vio la heló hasta la médula.
No era una habitación de invitados. No era un despacho. Era una armería.
Las paredes blancas estaban cubiertas de estantes metálicos negros, organizados con una precisión enfermiza. Había rifles de asalto AR-15 modificados, subfusiles compactos que parecían juguetes letales, y pistolas relucientes alineadas como libros en una biblioteca. En una mesa central, vio granadas aturdidoras y chalecos tácticos con el emblema de un escorpión, el símbolo que a veces veía en los anillos de los hombres que visitaban a Gideon.
Fer sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cuernos de chivo. Glocks. Equipo militar. Eso no era seguridad privada. Eso era un ejército personal.
Se detuvo exactamente tres segundos. Sabía, con la certeza de quien ha sido cazada antes, que alguien la estaba mirando. Tal vez no había nadie en el pasillo, pero “El Fantasma” estaba allí. Podía sentir sus ojos grises clavados en su nuca, evaluando su reacción.
¿Entraría a curiosear? ¿Gritaría? ¿Saldría corriendo a llamar a la policía?
Fer apretó la mandíbula. No hizo ninguna de las tres cosas. Respiró hondo, fijó la vista al frente y continuó caminando hacia la cocina con el mismo ritmo tranquilo, como si hubiera visto una simple colección de trofeos de golf y no un arsenal capaz de iniciar una guerra en San Pedro.
Escuchó, muy suavemente, el click de la puerta cerrándose a sus espaldas.
El Fantasma estaba allí, en la oscuridad, y acababa de pasar su primera prueba. No se asustó. No tocó nada. Mantuvo la boca cerrada.
Dos horas después, la prueba subió de nivel.
Fer estaba en la cocina, dándole a Asher su almuerzo. El niño estaba de buen humor, golpeando la mesa con su cuchara de plástico, y Fer le sonreía, limpiándole las mejillas con ternura.
—”Una cucharada más, mi amor, por el avión que va a aterrizar… ¡Vrrrooom!” —decía Fer, haciendo ruidos de motor.
De repente, la temperatura de la cocina bajó. Fer no escuchó pasos. No escuchó una puerta abrirse. Simplemente, su piel se erizó.
Se giró lentamente.
El Fantasma estaba recargado contra el refrigerador de acero inoxidable, con los brazos cruzados. Era alto, no tanto como Gideon, pero más compacto, como un resorte a punto de saltar. Tenía el cabello corto, casi militar, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. No llevaba traje, sino ropa táctica negra, funcional y silenciosa.
—”¿De dónde eres?” —preguntó. Su voz no tenía emoción. Era plana, gris, como el asfalto antes de la lluvia.
Fer no se inmutó. Volvió a mirar a Asher y le ofreció otra cucharada de puré.
—”Del sistema”, respondió sin mirarlo. “Ecatepec. Neza. Nueve familias en once años. Ningún lugar al que volver, si eso es lo que te preocupa”.
El Fantasma no dijo nada durante cinco segundos. El silencio se estiró, tenso como una cuerda de violín. Fer podía escuchar el zumbido del refrigerador y la masticación suave de Asher.
—”¿Sabes dónde estás parada, niña?” —preguntó él, dando un paso hacia adelante. No era una amenaza física, era una presión psicológica.
Fer limpió la boca de Asher con una servilleta de tela.
—”Estoy en una casa donde las puertas tienen códigos de seguridad de grado militar y donde el cuarto de invitados tiene más potencia de fuego que la delegación de policía de mi barrio”, dijo Fer, levantando finalmente la vista para clavar sus ojos cafés en los ojos de acero del hombre. “Sé exactamente dónde estoy”.
El Fantasma ladeó la cabeza, apenas un milímetro.
—”La gente que entra aquí suele salir en dos formas: ricos y callados, o en bolsas negras”. Hizo una pausa, dejándola digerir la imagen. “Este lugar se quema rápido. ¿Tú qué haces? ¿Corres o te quedas cuando todo se está incendiando?”
Fer dejó la cuchara sobre la mesa. El recuerdo del incendio en la casa de acogida número cuatro, cuando tenía nueve años, le vino a la mente. El humo, los gritos. Ella no había corrido. Se había quedado para sacar al perro de la familia, aunque el perro la hubiera mordido dos días antes.
—”Llevo viviendo en el fuego desde que tenía siete años”, dijo Fer, y su voz, aunque baja, tenía la dureza del diamante. “Ya no me quemo. Soy parte de la ceniza. Sigo aquí”.
El Fantasma la miró. Realmente la miró. No vio a la chica de la limpieza con el uniforme gris y el cabello recogido en un chongo desordenado. Vio los ojos de alguien que había visto el infierno y había decidido decorarlo.
No asintió. No sonrió. Simplemente se descruzó de brazos y, con un movimiento fluido, se dio la media vuelta.
—”Cierra la boca sobre lo que viste arriba”, dijo mientras caminaba hacia la salida. “Y vigila las ventanas del este. Tienen menos cobertura”.
Y así como apareció, se desvaneció. Fer soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Le temblaban las manos, pero por dentro sentía una extraña calma. No la habían echado. La habían advertido. Y en su mundo, una advertencia era una forma de cuidado.
Esa noche, en la sala de seguridad blindada del sótano, El Fantasma abrió el archivo digital de Fernanda Castillo.
Tenía acceso a todo. Registros del DIF, reportes policiales, evaluaciones psicológicas escolares.
Leyó sobre la casa de los Hernández. Leyó la denuncia que ella había puesto a los 14 años contra su padre de acogida por abuso sexual. Leyó la conclusión del juez: “Desestimada por falta de pruebas físicas. La menor muestra tendencias a la fabulación y busca atención”.
El Fantasma miró la foto de Carl Hernández, un hombre con cara de buen samaritano que seguía recibiendo subsidios del gobierno por “cuidar” niños. Luego miró la foto de Fer a los 14 años: flaca, con ojeras profundas, pero con una mirada de odio puro y resistencia.
Cerró la carpeta.
Entendió.
Ella no era una espía. No era una rata enviada por los enemigos. Era una sobreviviente. Y los sobrevivientes reconocen a los suyos. Gideon necesitaba a alguien así cerca de su hijo, no a una niñera con doctorado que se desmayaría al ver una pistola. Gideon necesitaba a alguien que supiera morder cuando la arrinconaban.
Al séptimo día, la realidad de la casa golpeó la puerta principal. Y no pidió permiso para entrar.
Fer estaba en el cuarto de juegos del primer piso, sentada en la alfombra, construyendo una torre de bloques con Asher. Eran las cuatro de la tarde. La luz dorada entraba por los ventanales blindados.
Entonces, el sonido de grava siendo triturada rompió la paz.
No era el motor suave del sedán de Gideon. Eran motores pesados. V8. Camionetas grandes.
Fer se levantó y se acercó a la ventana, manteniéndose pegada a la pared para no ser vista.
Tres Suburbans negras, completamente polarizadas y sin placas delanteras, se detuvieron frente a la escalinata principal. La formación era agresiva, bloqueando la salida.
Las puertas se abrieron al unísono. Bajaron ocho hombres. No llevaban trajes de diseñador como los de Gideon. Estos hombres llevaban botas tácticas, jeans y camisas fajadas que apenas disimulaban los bultos en la cintura. Y del vehículo del centro, bajó él.
Marco Salazar.
Fer reconoció el nombre de la reunión secreta que había escuchado.
Era un hombre de unos cincuenta años, con el cabello canoso peinado hacia atrás y una sonrisa que parecía la de un tiburón oliendo sangre en el agua. Caminaba con la arrogancia de quien sabe que puede comprar al juez y al verdugo.
Fer sintió que el corazón se le subía a la garganta.
Tomó a Asher en brazos inmediatamente.
—”Shhh, mi amor, vamos a jugar a las escondidas”, le susurró, sintiendo cómo el miedo le helaba las manos.
Corrió hacia la parte trasera de la habitación, donde un pesado cortinaje de terciopelo cubría una alcoba. Se sentó en el suelo, con Asher apretado contra su pecho, y le cubrió la oreja con la mano para que no escuchara los gritos, si los había.
Escuchó la puerta principal abrirse. Escuchó el sonido seco de los tacones de Salazar sobre el mármol del vestíbulo. No hubo disparos, lo cual era casi peor. Significaba que esto era una visita de cortesía entre monstruos.
Las voces retumbaron en la entrada, filtrándose hasta el cuarto de juegos.
—”Gideon, muchacho”, la voz de Salazar era rasposa, falsamente amable. “¿No vas a invitar a tu tío Marco a un tequila?”
—”No tienes nada que hacer aquí, Salazar”, la voz de Gideon sonó como un látigo. Fría, controlada, pero cargada de violencia contenida. “Te di mis términos”.
—”Tus términos son… inflexibles”, rió Salazar. Se escucharon pasos caminando por el vestíbulo, acercándose peligrosamente a la puerta del cuarto de juegos. Fer apretó a Asher más fuerte. El niño, sintiendo la tensión de ella, se quedó completamente quieto, con los ojos muy abiertos.
—”Bonita casa”, continuó Salazar. “Sería una lástima que algo… se rompiera. Tienes cosas muy valiosas aquí, Gideon. Muy frágiles”.
Hubo una pausa. Un silencio tan denso que Fer sintió que le faltaba el aire.
—”El niño está aquí, ¿verdad?”, preguntó Salazar. Su tono cambió. Ya no era amable. Era una amenaza directa. “Escuché que tiene los ojos de su madre. Pobre Isabel. Los accidentes en carretera son tan… trágicos”.
Fer sintió ganas de vomitar. Estaba hablando de la esposa muerta de Gideon. Se estaba burlando de su muerte en su propia casa.
—”Largo”, dijo Gideon. Fue un gruñido bajo, animal. Se escuchó el sonido inconfundible de seguros de armas quitándose. No uno, sino varios. Los escoltas de Gideon debían haber desenfundado.
—”Me voy, me voy”, dijo Salazar, con tono divertido. “Pero recuerda, Gideon: 72 horas. O las cosas frágiles empiezan a romperse. Cuida al niño. Los niños se caen tan fácilmente hoy en día”.
Los pasos se alejaron. La puerta principal se cerró con un golpe sordo que hizo vibrar el suelo. Los motores rugieron y las camionetas se alejaron levantando polvo.
Fer se quedó en el suelo, temblando, durante diez minutos completos después de que se fueron. Asher le acarició la cara, confundido por su miedo.
—”Ya pasó, mi vida. Ya pasó”, susurró ella, aunque sabía que era mentira. No había pasado. Apenas empezaba.
Cuando finalmente salió de la alcoba, se encontró con El Fantasma parado en el umbral del cuarto de juegos. La estaba mirando.
—”¿Qué viste?” —preguntó él.
Fer se puso de pie, acomodando a Asher en su cadera. Sus piernas temblaban, pero su voz no.
—”Vi a un hombre amenazar al hijo de mi jefe en su propia casa”, dijo Fer. “Y escuché cómo se burlaba de la muerte de su esposa”.
El Fantasma asintió lentamente.
—”No debiste escuchar eso. Es peligroso saber demasiado”.
—”Ya lo sé”, respondió Fer. “¿Y ahora qué?”
El Fantasma se acercó un paso.
—”Ahora tienes dos opciones. Tomas tus cosas, sales por la puerta de servicio y no vuelves nunca. Nadie te culpará. Salazar no juega. Va a matar a todos en esta casa si Gideon no cede”.
Fer miró hacia la puerta por donde Salazar había salido. Luego miró a Asher. El niño había apoyado la cabeza en su hombro, confiando en ella ciegamente.
Si ella se iba, ¿quién lo escondería detrás de las cortinas la próxima vez? ¿Doña Constanza, que solo se preocupaba por las apariencias? ¿Felicia, que estaba demasiado ocupada drogándose? ¿Gideon, que estaba demasiado ocupado peleando la guerra afuera?
Asher estaría solo. Como ella lo estuvo.
Fer apretó los dientes. Recordó las once horas junto al cuerpo de su madre. Recordó la soledad absoluta. No permitiría que este niño sintiera ese frío.
—”No me voy a ir”, dijo Fer. Y esta vez, lo dijo para sí misma tanto como para El Fantasma.
—”Te pueden matar”, dijo él, brutalmente honesto.
—”Ya me han matado muchas veces antes”, respondió Fer, mirándolo a los ojos. “Solo que mi cuerpo no se ha enterado. Me quedo. Y si ese tal Salazar vuelve a entrar… voy a necesitar que me enseñes dónde guardas las llaves de ese cuarto del segundo piso”.
Por primera vez en la historia de la mansión Alvarado, El Fantasma sonrió. Fue una sonrisa torcida, rápida, casi imperceptible.
—”Mantente callada, Castillo. Y mantente alerta”.
Se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.
Fer se quedó allí, abrazando al heredero del imperio criminal más grande del norte, sabiendo que acababa de firmar un contrato que no estaba escrito en papel, sino en sangre. Pero cuando Asher suspiró en su cuello y cerró los ojos, Fer supo que valía la pena.
La guerra había llegado a su puerta. Y la chica que fregaba pisos acababa de decidir que iba a pelear.
CAPÍTULO 4: EL MILAGRO DE LAS PEQUEÑAS COSAS
Las semanas dos y tres no pasaron con la velocidad de una persecución de coches, sino con la lentitud deliciosa de una herida que finalmente empieza a cerrar.
El cambio en la mansión Alvarado no fue un estallido; fue un deshielo. Lento, goteante y constante.
Para Fer, los días se convirtieron en una rutina de paciencia infinita. Sabía que Asher no era un “niño problema”, como decían los informes de las agencias anteriores. Era un niño en duelo. Un niño que extrañaba el olor de su madre y que no entendía por qué el mundo se había vuelto frío y silencioso.
Primero llegó el sueño.
De despertar cada 45 minutos gritando como si lo estuvieran matando, Asher pasó a dormir una hora seguida. Luego dos. Luego una siesta completa de tarde.
Fer no lo forzaba. No usaba el método de “dejalo llorar” que Doña Constanza sugería con frialdad desde el marco de la puerta. Fer simplemente se sentaba allí. Acercaba la vieja mecedora a la cuna, metía la mano entre los barrotes dorados y dejaba que Asher le agarrara el dedo meñique.
—”Aquí estoy, chaparrito”, le susurraba en la oscuridad. “Aquí estoy y no me voy a ir. El monstruo no entra aquí”.
Y le cantaba. Canciones de cuna, boleros viejos, incluso canciones pop que escuchaba en la radio del transporte público, pero bajitas, convertidas en nanas. La voz de Fer, aunque ella pensaba que sonaba como “gato atropellado”, para Asher era la única ancla en un mar tempestuoso.
Luego vino la comida.
La “guerra de la papilla” terminó el día 14. Fer descubrió que a Asher no le gustaba que le empujaran la cuchara en la boca. Quería hacerlo él mismo. Quería control. Así que Fer hizo algo que horrorizó a las mucamas: puso un plástico en el suelo de mármol inmaculado, sentó a Asher solo con el plato y le dio la cuchara.
El resultado fue un desastre bíblico de puré de zanahoria. Había comida en el pelo del niño, en sus orejas, en la silla. Pero comió. Comió todo el plato él solo, y al final, soltó una carcajada burbujeante que hizo eco en la cocina vacía.
Fer se rió con él. Y por primera vez en meses, la cocina de la mansión no pareció un mausoleo.
Fue en la tarde del día 18 cuando ocurrió el verdadero milagro.
Fer estaba sentada en la alfombra persa (que probablemente costaba más que la casa donde ella creció) en el cuarto de juegos. Tenía la espalda apoyada contra la pared y los ojos cerrados por un momento. La noche anterior se había quedado despierta hasta las 3:00 a.m. revisando los registros de seguridad que El Fantasma le había enseñado a acceder, buscando patrones, buscando amenazas. Estaba agotada.
A unos metros, Asher jugaba.
Fer escuchó el sonido de ruedas rodando sobre la lana suave. Abrió un ojo.
Asher venía gateando hacia ella, empujando un camión de bomberos rojo, pesado y metálico. Se detuvo justo en la rodilla de Fer, se apoyó en ella para levantarse tambaleante y la miró a los ojos con una intensidad seria.
—”Brum”, dijo el niño.
Fer se quedó inmóvil. Su corazón dio un vuelco violento.
—”¿Qué dijiste, mi amor?” —susurró, con miedo a romper el momento.
Asher empujó el camión contra la pierna de Fer, insistente.
—”¡Brum!”
La primera palabra.
Después de tres meses de silencio absoluto, de gritos guturales y llanto, no fue “mamá”, no fue “papá”. Fue el sonido de un motor. El sonido del juego. El sonido más simple y puro de la infancia recuperada.
Los ojos de Fer se llenaron de lágrimas de golpe. No lloró, porque hacía años que había olvidado cómo sollozar, pero la visión se le nubló.
No sabía que tenían audiencia.
Gideon Alvarado estaba parado en el umbral de la puerta doble. Llevaba el saco del traje colgado de un dedo sobre el hombro, la corbata deshecha y la camisa arremangada hasta los codos, revelando antebrazos fuertes marcados por venas y una cicatriz antigua. Acababa de llegar de “la oficina”, eufemismo para decir que venía de negociar rutas y amenazar a socios desleales.
Gideon había escuchado.
Se quedó allí, congelado como una estatua de sal. Miraba a su hijo empujar el camión y decir “Brum”.
Fer levantó la vista y lo vio. Y vio algo que la sacudió más que cualquier arma que hubiera visto en el arsenal secreto.
Los ojos de Gideon Alvarado estaban rojos. Brillaban bajo la luz cálida de la lámpara.
El hombre que decían que no tenía alma, el hombre que había ordenado ejecuciones sin parpadear, estaba allí parado, aferrado al marco de la puerta como si fuera lo único que lo mantenía en pie, viendo a su hijo jugar.
Gideon tragó grueso. Su nuez de Adán bajó y subió. No dijo nada. No entró para arruinar el momento con su energía pesada y oscura. Simplemente miró a Fer, asintió una vez —un gesto de gratitud tan profundo que pesaba toneladas— y se dio la vuelta rápidamente, caminando hacia su despacho antes de que alguien pudiera verlo vulnerable.
Esa noche, Gideon la buscó.
Fer estaba ordenando los juguetes en el cuarto de Asher. El niño ya dormía, respirando con ese ritmo suave que ahora era la música de fondo de la vida de Fer.
Gideon se detuvo en la puerta. No entró. Parecía respetar una línea invisible, como si supiera que esa habitación era un santuario que ella había construido y él no tenía derecho a profanar con su oscuridad.
—”¿Cómo lo hiciste?” —preguntó. Su voz era ronca, baja. Olía a tabaco y a cansancio, pero no a alcohol. Fer había notado que Gideon nunca bebía en casa.
Fer dejó el oso de peluche en la estantería y se giró para mirarlo.
—”No hice nada, señor”, dijo ella.
—”No me mientas”, Gideon dio medio paso adelante, la intensidad de su mirada quemaba. “He traído a las mejores especialistas de Monterrey. Psicólogas infantiles con doctorados en Suiza. Enfermeras pediátricas. Todas fracasaron. Todas salieron corriendo o él las sacó a golpes. ¿Qué hiciste tú?”
Fer sostuvo su mirada. Ya no le tenía miedo. Respeto, sí. Precaución, siempre. Pero miedo, no.
—”Dejé de tratarlo como un problema que había que arreglar”, dijo Fer con sencillez. “Todos lo miraban y veían un ‘niño traumatizado’. Veían un rompecabezas roto. Yo solo vi a un niño que estaba solo. Me senté con él en la oscuridad hasta que él estuvo listo para encender la luz”.
Gideon la observó en silencio durante cinco largos segundos. Sus ojos recorrieron la cara de Fer, su uniforme sencillo, sus manos enrojecidas por el trabajo.
—”La oscuridad…”, murmuró Gideon, casi para sí mismo. “Sí, hay mucha de esa en esta casa”.
Luego, miró hacia la cuna de su hijo.
—”Gracias”, dijo.
La palabra colgó en el aire, pesada y real. No fue un agradecimiento de cortesía. Fue una deuda de honor.
Fer asintió, sintiendo que las mejillas se le calentaban.
—”Es mi trabajo, señor”.
—”No”, corrigió Gideon, girándose para irse. “Nadie hace esto por un salario. Lo sé. Conozco a la gente que se mueve por dinero. Tú no eres una de ellos”.
Y se fue, dejándola con el corazón latiendo un poco más rápido de lo que quería admitir.
Al día siguiente, ocurrió el segundo milagro. Y este tuvo testigos.
Era sábado. Por “decreto real” de Doña Constanza, la familia debía reunirse en la sala principal para el té de la tarde, una costumbre ridícula que ella intentaba mantener para fingir que eran la realeza británica y no una familia de narcotraficantes en Nuevo León.
Fer estaba allí, sentada en una esquina discreta, sosteniendo un libro de cuentos ilustrados para Asher.
Asher estaba en el suelo, jugando con una hoja de calcomanías de estrellas doradas.
Despegó una con sus deditos torpes, concentrado, con la lengua asomando por la comisura de los labios. Gateó hacia Fer.
Se levantó, agarrándose de su falda, y presionó la estrella dorada en la muñeca de Fer, justo encima de su reloj barato.
Luego, la miró, sonrió con toda la cara y dijo:
—”Fee”.
El salón se quedó en silencio. El tintineo de la cucharilla de plata de Doña Constanza contra la porcelana se detuvo. Felicia, que estaba mensajeando en su celular, levantó la cabeza.
Fer dejó de respirar.
Asher le dio palmaditas en la mano.
—”Fee”, repitió, más fuerte, orgulloso de su nueva palabra.
Era ella. La estaba llamando a ella. No podía pronunciar “Fernanda”, pero “Fee” era suyo. Era su nombre en la boca de ese niño.
Fer sintió una oleada de amor tan fuerte que casi le dolió físicamente. Lo levantó en brazos y escondió la cara en el cuello del niño para que no la vieran con los ojos húmedos.
—”Sí, mi amor. Soy yo. Soy Fee”.
Desde el sillón principal, Gideon observaba. Tenía un libro en la mano que no había leído en media hora. Miraba la escena con una expresión indescifrable, una mezcla de asombro y algo parecido a la envidia, pero una envidia sana, la de quien ve a alguien encontrar agua en el desierto.
Pero no todos miraban así.
Doña Constanza dejó su taza en el plato con un golpe seco.
—”Es inapropiado”, dijo, su voz cortante como hielo picado. “El niño está confundido. Está creando un vínculo de dependencia con la servidumbre. Gideon, esto no es saludable. Necesita estructura, no… esto”.
Felicia soltó una risita cruel.
—”Ay, mamá, déjala. Es lo más cerca que va a estar de tener una familia. Mira cómo se aferra a él. Patético. Cree que es su hijo”.
Gideon cerró su libro de golpe. El sonido fue como un disparo en la sala silenciosa.
Se puso de pie.
—”Asher está feliz”, dijo, mirando a su madre y luego a su hermana. Su voz era baja, pero tenía ese tono peligroso que hacía temblar a sus tenientes. “Ha dicho mi nombre. Ha dicho tu nombre, Fer. Y se está riendo”.
Caminó hacia Fer y Asher. Puso una mano grande y pesada sobre la cabeza de su hijo, acariciándole el pelo.
—”Si él quiere llamarla Fee, la llamará Fee. Y si a alguien en esta sala no le gusta…”, Gideon miró a su madre directamente a los ojos, “…pueden retirarse a sus habitaciones”.
Constanza se puso roja de ira contenida. Se levantó con toda la dignidad que pudo reunir, alisándose la falda.
—”Te vas a arrepentir, hijo. Estás metiendo a una callejera en la cama del rey. Y cuando te muerda la mano, no vengas a llorarme”.
Salió de la sala con la barbilla en alto. Felicia la siguió, lanzándole a Fer una mirada de puro veneno viperino antes de salir.
Esa tarde, Fer escuchó la conspiración.
Estaba en la lavandería, doblando la ropa diminuta de Asher, cuando las voces llegaron a través del conducto de ventilación. La acústica de la casa era traicionera, y Fer había aprendido qué rejillas llevaban el sonido de qué habitaciones. Esta venía del cuarto de costura de Constanza.
—”…se nos está yendo de las manos, mamá”, decía Felicia, sonando ansiosa. “Viste cómo la miró Gideon. Viste cómo la defendió. Si esa gata se queda, perdemos el control sobre el niño. Y si perdemos al niño, perdemos el fideicomiso”.
—”Cállate, estúpida”, siseó Constanza. “No hables de dinero en voz alta”. Hubo una pausa, el sonido de tela rasgándose o siendo cortada. “Gideon está débil. La culpa por lo de Isabel lo tiene blando. Cree que esa muchacha es una salvadora. Necesitamos demostrarle que es un peligro”.
—”¿Cómo? Ya intentamos lo de la leche y las pastillas. Gideon no nos creyó”.
—”Porque fuiste torpe”, regañó Constanza. “Para destruir a alguien como ella, no necesitas trucos baratos. Necesitas autoridad. Necesitas ciencia. Ya hablé con el Doctor Mitchell. Viene mañana”.
—”¿El psiquiatra?”
—”El especialista en desarrollo infantil”, corrigió Constanza con una frialdad que heló la sangre de Fer a través del conducto. “Va a evaluar a Asher. Y por una donación generosa a su fundación… va a encontrar exactamente lo que necesitamos que encuentre. Que el niño tiene un apego patológico. Que la niñera es inestable. Que es un peligro para su psique”.
—”¿Y luego?”
—”Y luego, tenemos el reporte oficial. Con eso, podemos pedir la custodia legal temporal. Gideon no podrá ir contra una recomendación médica y judicial. Le quitaremos al niño, despediremos a la muchacha, y todo volverá a su lugar”.
Fer se quedó quieta en la lavandería, con una camiseta de Asher apretada en sus puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Era un golpe maestro.
No iban a atacarla a ella directamente. Iban a usar el sistema. Iban a usar doctores, jueces y papeles oficiales. Las mismas armas que habían destruido su infancia. Iban a decir que ella era mala para Asher para poder quitárselo y usarlo como llave para acceder a su herencia.
Fer sintió una oleada de náuseas.
Podía irse. Podía tomar sus ahorros de estas tres semanas y correr.
Pero luego miró la estrella dorada que todavía tenía pegada en la muñeca.
“Fee”.
Recordó los ojos de Gideon en la cocina. “Tú no eres una de ellos”.
Recordó a Asher durmiendo sin miedo por primera vez en su vida.
Fer soltó la camiseta y sacó su libreta espiral.
Anotó la hora. Anotó la conversación palabra por palabra.
“Doctor Mitchell. Donación a la fundación. Diagnóstico falso”.
Arrancó la hoja, la dobló y se la metió en el sostén, pegada a su corazón.
—”Vengan por mí, brujas”, susurró en la oscuridad de la lavandería. “Vengan con sus doctores y sus abogados. Yo tengo algo que ustedes no tienen”.
Salió de la habitación con la cabeza en alto.
No sabía que esa misma noche, la amenaza no vendría de adentro, sino de afuera.
No sabía que mientras Constanza planeaba con abogados, los enemigos de Gideon habían decidido que ya no querían negociar.
El infierno estaba a punto de llegar a la mansión Alvarado, y Fer estaba parada justo en el centro del objetivo.
CAPÍTULO 5: CUANDO EL INFIERNO VINO A VISITAR
En la noche del decimonoveno día, el infierno tocó a la puerta de la mansión Alvarado. Y no lo hizo con una llamada de advertencia ni con una amenaza sutil. Entró rompiendo la cerradura.
Eran las 2:00 de la mañana. Fer dormía en su habitación contigua a la de Asher, sumida en ese sueño ligero y vigilante que desarrollan las madres y los sobrevivientes. Un sonido la despertó. No fue un ruido fuerte. Fue el sonido de Asher sollozando suavemente en la habitación de al lado.
Fer se sentó en la cama de un salto, frotándose los ojos, y cruzó descalza hacia el cuarto del niño.
Asher estaba de pie en la cuna, con las manitas aferradas a los barrotes, los ojos medio abiertos y medio cerrados, peleando con una pesadilla.
—”Shhh, mi amor, aquí está Fee. Aquí estoy”, susurró ella, levantándolo en brazos. El niño, al sentir su olor a jabón barato y calor humano, apoyó la cabeza en su hombro y suspiró.
Entonces, la realidad se rompió.
Las luces del pasillo parpadearon. Una vez. Dos veces. Un zumbido eléctrico recorrió las paredes como un animal moribundo, y luego, la oscuridad absoluta se tragó la casa.
Fer se quedó inmóvil en medio de la habitación.
Su corazón dio un vuelco doloroso contra sus costillas.
Un corte de luz en una tormenta era normal. Pero no había tormenta. El cielo afuera estaba despejado. Y en una casa como esta, con generadores de respaldo industriales capaces de alimentar un hospital pequeño, la luz nunca se iba por más de diez segundos.
Diez segundos pasaron. Veinte.
El generador no arrancó.
Alguien había cortado la línea principal y saboteado el respaldo.
—”Cállate, mi vida, por favor cállate”, le susurró a Asher, apretándolo contra su pecho. Su instinto, afilado por años de esconderse de monstruos humanos, se encendió como una bengala roja en su cerebro. Peligro. Escóndete.
Ruidos.
No venían de afuera. Venían de abajo. De la sala principal.
No eran los pasos rítmicos y pesados de los escoltas de Gideon patrullando. Fer conocía el sonido de las botas de cada uno de ellos. Estos pasos eran diferentes. Eran rápidos, urgentes, múltiples. El sonido de gente que corre porque tiene un tiempo límite.
—”Despejen la planta baja. Suban por el niño. Salazar lo quiere vivo”.
La voz subió por el hueco de la escalera, amortiguada pero clara. Era una voz desconocida, áspera.
Fer sintió que la sangre se le helaba en las venas.
Venían por Asher.
Los hombres de Salazar habían entrado. La fortaleza había caído.
Fer no gritó. No corrió hacia el pasillo. Sabía que el pasillo era un campo de tiro.
Retrocedió paso a paso hacia la esquina más oscura de la habitación: el armario empotrado.
Abrió la puerta corrediza con un cuidado infinito, rogando que los rieles no chirriaran. Se deslizó hacia adentro, entre los abrigos de invierno y la ropa de marca que Asher apenas usaba.
Cerró la puerta desde adentro, dejando apenas una rendija milimétrica para que entrara aire.
Se sentó en el suelo, en la oscuridad total, haciéndose un ovillo alrededor del niño.
Era como volver a tener doce años. Como volver al armario de la casa de los Hernández, escondiéndose del “tío Carl”. El olor a cedro de la madera, la oscuridad asfixiante, el miedo que sabe a metal en la boca.
—”Juega a las escondidas, Asher”, susurró tan bajo que fue solo un aliento en la oreja del niño. “Si ganas, te doy todas las estrellas doradas del mundo. Pero tienes que estar calladito”.
Asher, como si entendiera la gravedad mortal del juego, se quedó quieto. Fer le puso la mano sobre la boca, suave pero firme, dejando espacio solo para que respirara por la nariz.
Pasos en el pasillo. Pesados. Rápidos.
La puerta de la habitación de Asher se abrió de una patada.
El golpe retumbó en los oídos de Fer.
—”¡Está vacía!”, gritó una voz masculina dentro del cuarto.
Luz de linternas tácticas barrió la habitación, colándose por la rendija del armario como espadas de luz blanca cortando la oscuridad.
—”Busquen bien. Tienen que estar aquí. La cama está caliente”, dijo otra voz. Más fría. Más profesional.
Pasos rodeando la cuna. Pasos acercándose al baño. Pasos acercándose al armario.
Fer dejó de respirar.
Podía oír la respiración del hombre al otro lado de la puerta de madera. Podía oír el roce de su ropa sintética. Estaba a medio metro.
Si abría la puerta, ¿qué haría ella? No tenía armas. No sabía pelear. Solo tenía su cuerpo. Se giraría. Pondría su espalda contra las balas. Cubriría a Asher con su propia carne y hueso y rezaría para que su cuerpo fuera suficiente escudo para que el niño sobreviviera.
El hombre agarró la manija de la puerta del armario.
Fer cerró los ojos y apretó a Asher. Perdóname, mamá. Ya voy contigo.
Pfft. Pfft.
Dos sonidos. Secos. Como alguien escupiendo con fuerza o abriendo una lata de refresco. No fueron los estruendos de disparos de película. Fueron susurros letales.
El sonido de algo pesado y blando golpeando el suelo. Pum.
Luego un gorgoteo húmedo.
Luego silencio.
Un silencio absoluto, denso y aterrador.
Fer abrió los ojos en la oscuridad. ¿Qué había pasado?
La puerta del armario se abrió de golpe.
Fer casi gritó, el sonido trepando por su garganta, pero se lo tragó de vuelta.
Una silueta negra se recortaba contra la poca luz que entraba del pasillo.
Era alto. Tenía un arma en la mano, un cañón largo con silenciador que humeaba invisiblemente.
Gideon.
Estaba manchado. Incluso en la penumbra, Fer podía ver las salpicaduras oscuras en su camisa blanca inmaculada. Había sangre en su cara. Sangre en sus manos.
—”Ven conmigo”, dijo.
Su voz no era la voz del padre que leía cuentos. Era la voz de la muerte. Fría, eficiente, desprovista de cualquier emoción humana.
Fer trató de levantarse, pero sus piernas eran de gelatina. Gideon se agachó, la tomó del brazo con una fuerza que casi le dolió y la ayudó a ponerse de pie.
—”No mires abajo”, ordenó.
Fer salió del armario, con Asher pegado a ella como una segunda piel.
Gideon caminó delante de ella, cubriéndola.
Fer intentó obedecer. Intentó no mirar. Pero los ojos humanos buscan el horror por instinto.
En el suelo, junto a la alfombra de ositos, había dos hombres. Vestidos de negro táctico. Uno estaba boca arriba, con un tercer ojo rojo y oscuro abierto en medio de la frente, mirando al techo con sorpresa eterna. El otro estaba boca abajo, y un charco negro se expandía rápidamente debajo de él, manchando la lana azul de la alfombra.
El olor.
Fer conocía el olor a cloro y café. Pero nunca había olido esto. Olor a pólvora quemada, a cobre, a heces. El olor de la muerte violenta.
Caminó por encima de las piernas del hombre muerto, siguiendo a Gideon.
Bajaron por la escalera de servicio. Gideon se movía con una precisión letal, barriendo cada esquina con su arma antes de dejarla avanzar.
Llegaron a la biblioteca. Gideon empujó una estantería pesada llena de enciclopedias falsas. La pared giró.
Detrás había una puerta de acero. Gideon tecleó un código, puso su palma en un escáner biométrico y la puerta siseó al abrirse.
—”Adentro”, dijo.
Era un cuarto de pánico. Paredes de hormigón reforzado, monitores de seguridad cubriendo toda la pared, provisiones, catres.
—”Quédate aquí. Cierra la puerta por dentro. No abras a menos que escuches mi voz o la de El Fantasma. ¿Entendiste?”
Fer asintió, incapaz de hablar.
—”¿Estás bien?” —preguntó ella de repente, con la voz rota.
Gideon se detuvo en el umbral. Se tocó la mejilla, donde tenía un corte fresco que sangraba. Pareció sorprendido por la pregunta.
—”Yo lo manejo”, dijo. “Cuida a mi hijo”.
La puerta de acero se cerró. Fer echó los cerrojos.
Estaba a salvo.
Se deslizó por la pared hasta el suelo y, por primera vez en toda la noche, empezó a temblar sin control.
Pasaron tres horas.
Tres horas eternas en el búnker.
Fer acostó a Asher en uno de los catres y lo tapó con una manta térmica. El niño se durmió casi de inmediato, agotado por el estrés.
Fer se sentó frente a los monitores. No quería ver, pero no podía dejar de mirar.
Vio el horror en blanco y negro a través de las cámaras de visión nocturna que seguían funcionando con baterías independientes.
Vio a Gideon y a El Fantasma moviéndose por la casa como depredadores. Vio cómo arrastraban cuerpos. Vio cómo limpiaban. Vio a Gideon hablando por teléfono en el vestíbulo, con el rostro impasible, mientras uno de sus hombres limpiaba una mancha del suelo.
Era una operación militar.
Era la casa de un asesino.
No el asesino romántico de las novelas. Un asesino real. Eficiente. Brutal.
A las 5:30 de la mañana, la luz verde de la puerta parpadeó.
—”Soy yo. Gideon”.
Fer abrió los cerrojos con manos temblorosas.
Gideon entró.
Se había cambiado de ropa. Llevaba una camiseta negra limpia y pantalones de mezclilla. Se había lavado la sangre de la cara y las manos, pero el olor a jabón no lograba ocultar del todo el olor metálico que parecía emanar de sus poros.
Tenía un moretón oscureciéndose en el pómulo y los nudillos de la mano derecha estaban en carne viva.
—”Ya es seguro”, dijo. Se dejó caer sentado en el suelo, contra la pared opuesta a Fer, como si las piernas ya no le sostuvieran. “Los sacamos. La casa está limpia”.
Fer lo miró.
—”Esos hombres…”, empezó a preguntar.
—”Ya no son un problema”, cortó Gideon. Su tono fue definitivo. Como quien dice que ya sacó la basura.
El silencio se estiró entre ellos. No el silencio cómodo de antes, sino un silencio cargado, espeso.
Estaban sentados en el suelo, al mismo nivel. No eran el jefe y la sirvienta. Eran dos animales que acababan de sobrevivir a un incendio.
Gideon apoyó la cabeza contra la pared de acero y cerró los ojos un momento. Parecía mayor. Parecía humano.
—”¿Te quieres ir?” —preguntó sin abrir los ojos.
Fer parpadeó.
—”¿Qué?”
Gideon abrió los ojos y la miró. Sus iris eran oscuros, tormentosos.
—”Viste lo que soy esta noche, Fer. No lo que dicen las revistas, no lo que dicen los chismes. Viste la realidad. Viste los cuerpos. Viste lo que hago para mantener lo que es mío”. Hizo una pausa dolorosa. “Te daré el dinero. Te daré un boleto a donde quieras. Puedes irte y olvidar que esta casa existe. No te culparía. De hecho… creo que deberías hacerlo”.
Fer miró a Asher durmiendo en el catre. Luego miró sus propias manos, entrelazadas sobre su regazo.
Pensó en Carl Hernández.
Carl Hernández, el “padre ejemplar”. El hombre que iba a la iglesia los domingos. El hombre que la lastimó noche tras noche y que nunca vio un arma en su vida, pero que destruyó su alma con sonrisas y silencio. Carl Hernández era un “buen ciudadano” a los ojos de la ley.
Y frente a ella estaba Gideon Alvarado.
Un hombre que acababa de matar a dos personas. Un hombre con las manos manchadas de sangre. Pero un hombre que había entrado en el infierno para sacarla a ella y a su hijo. Un hombre que había matado para proteger.
¿Quién era el verdadero monstruo?
¿El que mata para proteger a los suyos o el que lastima a los indefensos bajo el amparo de la ley?
Fer levantó la barbilla.
—”¿Usted quiere que me vaya?” —preguntó ella.
Gideon la miró fijamente. Hubo un momento de vulnerabilidad desnuda en su rostro que le partió el alma a Fer.
—”No”, dijo él. Una sola palabra. Ronca. Honesta.
Fer asintió lentamente.
—”Entonces no me voy”.
Gideon frunció el ceño, confundido.
—”Fer, soy un criminal. Acabo de matar a hombres frente a ti”.
—”Lo sé”, dijo Fer con calma. “Pero en mi vida, la gente que se hacía llamar ‘buena’ fue la que más daño me hizo. Y los que admitían tener cuernos… a veces eran los únicos que me ofrecían una mano”.
Se inclinó hacia adelante, mirándolo intensamente.
—”Usted me salvó esta noche. Usted salvó a Asher. No me importa lo que diga la ley. Me importa quién se queda cuando se apaga la luz. Y usted se quedó”.
Gideon la miró como si nunca la hubiera visto antes. Como si ella fuera un enigma que acababa de resolverse.
Estiró la mano a través del espacio que los separaba. No la tocó, solo dejó la mano abierta, palma arriba, sobre el suelo frío. Una oferta. Una pregunta.
Fer extendió su mano y tomó la de él.
La mano de Gideon era grande, callosa, caliente. La mano de un asesino.
Pero cuando sus dedos se entrelazaron con los de ella, Fer no sintió miedo. Sintió seguridad.
—”Estamos en esto”, susurró Gideon. “Si te quedas, te quedas para todo. La guerra no ha terminado”.
—”Nunca he tenido miedo a pelear”, respondió Fer. “Solo tenía miedo de pelear sola”.
Se quedaron así, tomados de la mano en el búnker de acero, mientras arriba el sol comenzaba a salir sobre una casa que ya nunca volvería a ser la misma.
Fer sabía que no había vuelta atrás. Había elegido su bando. Y por primera vez en su vida, sentía que estaba en el bando correcto, aunque fuera el bando de los “malos”.
Porque a veces, para proteger algo puro como Asher, necesitas a alguien capaz de ensuciarse las manos. Y Fer estaba lista para ensuciarse las suyas también.
CAPÍTULO 6: SERPIENTES CON BATA BLANCA
La semana cuatro comenzó no con disparos, sino con un veneno mucho más sutil y peligroso.
Doña Constanza no perdió el tiempo después del asalto. Mientras Gideon estaba ocupado reconstruyendo la seguridad perimetral, lidiando con policías comprados para que no reportaran los cuerpos y gestionando la guerra abierta con Salazar, su madre movió sus fichas en el tablero doméstico.
Fer sabía que algo iba mal cuando vio llegar el Mercedes plateado a las 10:00 de la mañana del martes.
Del auto bajó un hombre que parecía diseñado en un laboratorio para inspirar confianza y, al mismo tiempo, terror. El Doctor Lawrence Mitchell. Llevaba un traje gris hecho a medida que costaba más que la educación de Fer, gafas de montura dorada sin marco y esa sonrisa ensayada de quien sabe que su factura se pagará automáticamente, sin importar el resultado.
Fer estaba en el vestíbulo con Asher cuando entraron. El niño se escondió detrás de sus piernas al ver al extraño.
—”Bienvenido, Doctor”, dijo Constanza, apareciendo con una elegancia que desmentía la tensión de los últimos días. Su voz era dulce, pero tenía ese regusto metálico de la sangre seca. “Gracias por venir con tanta urgencia”.
Miró a Fer como si fuera una mancha en la alfombra.
—”Este es el Doctor Mitchell, un eminente psicólogo infantil. Lo he invitado para evaluar a Asher. Después del… incidente de la otra noche, estoy muy preocupada por el trauma que mi nieto pueda haber sufrido”.
Fer sintió que se le helaba la sangre.
Conocía este juego. Lo había visto docenas de veces en el sistema de acogida. Traen a un “experto”. El experto usa palabras grandes y complicadas. El experto escribe un informe que dice exactamente lo que la persona que paga quiere que diga. Y al final, el niño es la víctima de palabras escritas en un papel membretado.
—”Por supuesto”, dijo el Doctor Mitchell, su voz suave y untuosa. Miró a Asher con la frialdad de un biólogo observando a un insecto. “¿Es este el paciente?”
—”Asher”, corrigió Fer, dando un paso adelante instintivo para cubrir al niño. “Se llama Asher, no ‘el paciente'”.
Mitchell sonrió, una mueca condescendiente que no llegó a sus ojos.
—”Claro. Asher. Un poco a la defensiva, ¿no es así?” Sacó una libreta de cuero negro y una pluma Montblanc. Escribió algo sin dejar de mirar a Fer.
Fer apretó los dientes. Ya había empezado. Su defensa sería interpretada como agresividad. Su protección sería interpretada como posesividad. Estaba atrapada.
La “evaluación” duró veinticinco minutos eternos en la sala de juegos.
El Doctor Mitchell no se sentó en el suelo. No intentó jugar. Se sentó en un sillón, con las piernas cruzadas, y observó.
Doña Constanza estaba presente, sentada como una reina viuda supervisando una ejecución.
—”Póngalo en el suelo”, ordenó Mitchell.
Fer bajó a Asher. El niño, sintiendo la tensión en la habitación —la ansiedad de Fer, la frialdad de su abuela, la mirada clínica del extraño—, hizo lo que cualquier niño de su edad haría: se echó a llorar y se agarró a la pierna de Fer pidiendo brazos.
—”Mmm”, murmuró Mitchell, escribiendo furiosamente. “Incapacidad para la independencia. Ansiedad de separación severa”.
—”Tiene miedo porque usted es un extraño y lo está mirando fijamente”, dijo Fer, tratando de mantener la calma. “Cualquier niño de dos años reaccionaría así”.
—”Señorita Castillo, por favor, no interfiera con el diagnóstico clínico”, la cortó Mitchell sin mirarla. “¿Observa cómo busca refugio en usted en lugar de explorar el entorno? Es un signo clásico de apego patológico”.
Luego, Mitchell sacó un juguete de su maletín. Un payaso de colores brillantes que hacía un ruido estridente. Se lo acercó a la cara de Asher de golpe.
Asher gritó y le dio un manotazo al payaso para alejarlo.
—”Comportamiento agresivo”, dictó Mitchell en voz alta mientras escribía. “Reacción violenta ante estímulos sociales. Posible indicador de tendencias antisociales heredadas o… aprendidas por un entorno hostil”.
Fer sintió ganas de gritar. Ganas de arrancarle la libreta y metérsela por la garganta. Estaba provocando al niño. Estaba creando los síntomas que quería encontrar.
—”Ya basta”, dijo Fer, levantando a Asher y abrazándolo para calmarlo. “Lo está asustando a propósito”.
Mitchell cerró su libreta con un chasquido satisfactorio.
—”He visto suficiente, Señora Alvarado. Mi diagnóstico preliminar es preocupante. Muy preocupante”.
El veredicto se entregó una hora más tarde en el despacho de Gideon. Fer no fue invitada a entrar, pero la puerta era de madera vieja y, si te parabas en el ángulo correcto del pasillo, las voces se filtraban. Además, Fer había dejado la puerta apenas mal cerrada cuando sirvió el café minutos antes.
Dentro estaban Gideon, Constanza, Felicia y el Doctor.
—”El niño sufre de un Trastorno de Apego Reactivo severo”, decía la voz de Mitchell. Sonaba grave, profesional, indiscutible. “Ha formado un vínculo no saludable, casi obsesivo, con la cuidadora actual. Ella no tiene las credenciales para manejar su trauma. De hecho, su propia inestabilidad emocional —basada en su historial, que la Señora Constanza me ha compartido— está proyectándose en el niño”.
—”¿Qué sugiere, Doctor?” preguntó Gideon. Su voz era baja, ilegible.
—”Separación inmediata”, sentenció Mitchell. “Asher necesita un entorno profesional y neutro. Recomiendo internarlo en la clínica ‘Sendero de Luz’ en Suiza durante seis meses para una reprogramación conductual. O, como mínimo, cambiar su tutela legal a un miembro de la familia con más… estabilidad, como su abuela, y contratar enfermeras psiquiátricas”.
Fer se tapó la boca con la mano para ahogar un sollozo de rabia. Suiza. Querían exiliarlo. Querían enviarlo lejos para “arreglarlo”.
—”Ya ves, hijo”, dijo Constanza, su voz goteando falsa preocupación. “Yo solo quiero lo mejor para él. Esa muchacha lo está arruinando. Es una salvaje criando a un príncipe. La ciencia lo confirma”.
Hubo un silencio largo. Fer esperó a que Gideon gritara. Esperó a que los echara a todos.
Pero Gideon no gritó.
—”Déjenme el informe”, dijo Gideon. Su voz sonaba cansada. Derrotada. “Lo leeré y tomaré una decisión mañana”.
Fer se alejó de la puerta con el corazón roto. Gideon era un hombre de guerra, sabía pelear con balas y estrategias. Pero no sabía pelear contra doctores y palabras médicas. Estaba siendo acorralado por la “ciencia”. Estaba empezando a dudar.
Esa noche, Fer hizo una llamada.
Se encerró en el baño de servicio, abrió el grifo de la ducha para crear ruido blanco y marcó el número de la Profesora Wells. Era la única maestra del instituto técnico que había creído en ella. La mujer que le había enseñado que la documentación es la única arma de los pobres.
—”Están armando un expediente, Profe”, susurró Fer, con la voz temblorosa. “Trajeron a un médico comprado. Dicen que tengo apego patológico. Quieren quitarle la custodia a Gideon para dársela a la abuela”.
La Profesora Wells escuchó en silencio durante un minuto.
—”Es un juego viejo, Fernanda”, dijo la voz rasposa de la mujer al otro lado. “Quieren controlar al niño para controlar la herencia. Siempre es por el dinero”.
—”Pero el informe parece real. Usan palabras médicas. Gideon está dudando”.
—”Entonces necesitas pruebas más fuertes que sus palabras”, dijo Wells. “Si ellos tienen una opinión, tú necesitas hechos. Necesitas encontrar el rastro del dinero. Nadie hace esto gratis. Ese doctor recibió algo. La abuela tiene un motivo financiero. Encuentra el papel, Fernanda. El papel siempre existe”.
—”No tengo acceso a las cuentas de la familia”, dijo Fer, desesperada.
Wells respondió con una sola frase antes de colgar:
—”Entonces encuentra a alguien que sí lo tenga”.
Fer miró el teléfono apagado.
Alguien que tuviera acceso. Alguien que viera todo. Alguien que sospechara de todos.
Salió del baño y caminó directamente hacia el segundo piso. Hacia el pasillo oscuro donde solía pararse la sombra de la casa.
El Fantasma estaba allí, mirando por la ventana hacia el jardín oscuro, vigilando el perímetro como un gárgola de piedra.
Fer se detuvo a tres pasos de él.
—”Necesito tu ayuda”, dijo Fer. Sin preámbulos. Sin rodeos.
El Fantasma se giró lentamente. Sus ojos grises brillaron en la penumbra.
—”¿Ayuda para qué? ¿Para hacer las maletas?”
—”Constanza y Felicia están tramando un golpe”, dijo Fer, ignorando su sarcasmo. “No un golpe con armas. Un golpe legal. Compraron al doctor. Quieren quitarle a Asher a Gideon mañana. Y si le quitan al niño, le quitan el control del fideicomiso”.
El Fantasma la miró sin parpadear.
—”Eso es un asunto familiar. Yo soy seguridad”.
—”Tú eres lealtad”, corrigió Fer, dando un paso valiente hacia él. “Tú eres el único en esta casa que es leal a Gideon, no a su dinero. Y sabes que tengo razón. Has visto cómo miran al niño. Has visto cómo Felicia se pone nerviosa cuando hablan de dinero. Sabes que hay una rata en la casa”.
El Fantasma se quedó inmóvil.
Fer lanzó su última carta.
—”Tú has estado buscándome fallos durante cuatro semanas. Me has investigado. Sabes que no miento. Sabes que no quiero nada de esta familia más que proteger a ese niño. Ayúdame a protegerlo de ellas”.
El hombre de hielo pareció evaluar la situación. Miró a Fer, esa chica pequeña y terca con uniforme de limpieza, desafiándolo en la oscuridad.
—”¿Qué necesitas?” preguntó finalmente.
—”Pruebas”, dijo Fer. “Correos, cuentas bancarias, transferencias. La profesora dijo que siguiera el dinero”.
El Fantasma asintió una vez, casi imperceptiblemente.
—”Voy a investigar. Pero si te equivocas… si me haces perder el tiempo mientras hay una guerra afuera… tú misma te sacas de aquí”.
—”Trato hecho”, dijo Fer.
Pasaron tres días de tensión insoportable.
El ambiente en la casa era tóxico. Constanza actuaba como si ya hubiera ganado, dando órdenes sobre cómo redecorarían la habitación de Asher cuando Fer se fuera. Felicia se paseaba con una sonrisa nerviosa, bebiendo más de la cuenta.
Fer seguía cuidando a Asher, aferrándose a cada minuto como si fuera el último, grabando en su memoria el olor de su cabello y el peso de su cuerpo.
En la madrugada del tercer día, Fer estaba en la cocina calentando leche (de almendra, por si acaso) cuando El Fantasma apareció.
No hizo ruido. Simplemente se materializó junto a la mesa y dejó caer una carpeta azul gruesa sobre la superficie de granito.
—”Tenías razón”, dijo. Su voz sonaba más grave de lo habitual. Peligrosa.
Fer abrió la carpeta. Sus manos temblaban.
Pasó las páginas y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Página 1: Correos electrónicos entre Constanza Alvarado y el Dr. Lawrence Mitchell.
“Asunto: Honorarios de Consultoría. Necesito una evaluación que se ajuste a nuestro objetivo de custodia. La Fundación Morrison reconocerá su contribución con una donación de $50,000 USD al día siguiente del fallo judicial.”
Era un soborno. Claro y documentado.
Página 2: Registros de préstamos de Felicia Alvarado.
Fer leyó la cifra y tuvo que leerla dos veces.
$2,700,000 USD.
Los acreedores no eran bancos. Eran casinos en Macao y Atlantic City. Y prestamistas privados con nombres que sonaban a mafia rusa.
Pero lo que hizo que Fer sintiera náuseas fue la línea de “Garantía”.
Colateral: Fideicomiso Futuro de Asher Alvarado. Autorizado por firma de tutor legal (Pendiente).
—”Dios mío”, susurró Fer. “Ella falsificó papeles de tutela futura para pedir préstamos. Están usando al niño como hipoteca para sus deudas de juego”.
Si le quitaban el niño a Gideon, Felicia tendría acceso al fideicomiso para pagar sus deudas. Si no, los rusos la matarían. Estaban vendiendo a Asher para salvar el pellejo de la tía.
—”Hay más”, dijo El Fantasma.
Fer levantó la vista. El hombre de seguridad parecía perturbado, algo que Fer no creía posible.
—”¿Qué más?”
—”No está todo en la carpeta. No tengo la prueba física al 100% todavía, pero los patrones están ahí”. El Fantasma dudó. “¿Sabes quién es Brendan?”
Fer asintió. Brendan Cole. El sub-jefe. El hombre alto y carismático que Gideon llamaba “hermano”. Llevaba quince años con la familia.
—”¿Qué pasa con Brendan?”
—”Brendan se ha reunido con Constanza en secreto siete veces en los últimos dos meses. Hay transferencias de una cuenta offshore que no he podido rastrear hasta la fuente, pero que coinciden con las fechas de los ataques de Salazar”.
Fer sintió un escalofrío.
—”¿Crees que Brendan es el traidor?”, preguntó.
El Fantasma apretó los puños.
—”Brendan maneja la seguridad perimetral. Él diseñó los protocolos que fallaron la noche que entraron. Él sabía que el generador no tenía vigilancia esa noche”.
—”Entonces él dejó entrar a los hombres de Salazar”, concluyó Fer.
—”Sí. Pero si se lo digo a Gideon sin una prueba irrefutable… Gideon me matará a mí. Brendan es como su sangre. Gideon está ciego con él”.
Fer cerró la carpeta de golpe.
Tenían el soborno del médico. Tenían el fraude de Felicia. Y tenían la sospecha casi confirmada de que el mejor amigo de Gideon estaba vendiéndolos a todos.
—”Tenemos suficiente para detener la audiencia de mañana”, dijo Fer, con una determinación nueva brillando en sus ojos. “Los papeles son un escudo, Fantasma. Y mañana los vamos a usar como una espada”.
El Fantasma la miró con algo parecido al respeto.
—”Ten cuidado, Castillo. Estás a punto de acorralar a animales salvajes. Y van a morder”.
—”Que muerdan”, dijo Fer, agarrando la carpeta contra su pecho. “Yo también sé morder”.
Se dio la vuelta y salió de la cocina, llevando consigo la bomba que haría volar por los aires a la familia Alvarado. El juicio era mañana. Y Fer estaba lista para ser la fiscal, el jurado y, si era necesario, el verdugo.
CAPÍTULO 7: EL JUICIO DE LOS LOBOS
La noche antes del juicio final, la mansión estaba tan silenciosa que parecía un mausoleo.
Fer no podía dormir. Había acostado a Asher, revisando tres veces que la ventana estuviera cerrada y bloqueada, y luego bajó a la cocina por un vaso de agua. Sus pasos descalzos apenas hacían ruido sobre el mármol frío.
Al entrar en la cocina, se detuvo en seco.
Gideon estaba allí.
Estaba sentado en la isla de granito, todavía con el traje del día puesto, aunque se había quitado la corbata y desabotonado el cuello de la camisa. Frente a él, sobre la superficie pulida, había una botella de whisky Blue Label sin abrir. Y un vaso vacío.
Gideon miraba la botella con una intensidad que daba miedo, como si fuera un enemigo al que quería estrangular o un amante al que quería besar.
Fer hizo el ademán de retroceder, de volverse invisible, pero Gideon levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, cansados, cargados con el peso de mil guerras.
—”No te vayas”, dijo. Su voz era ronca.
Fer entró y se sirvió el agua, luego se sentó en el taburete frente a él, dejando la botella de licor entre los dos como una frontera.
—”¿Por qué no la abre?” —preguntó Fer suavemente.
Gideon pasó un dedo por el sello intacto de la botella.
—”Isabel odiaba el olor”, dijo. “Decía que cuando bebía, me convertía en otra persona. Le prometí que lo dejaría. Llevo ocho meses y cuatro días sin probar una gota”. Apretó la mandíbula. “La noche que ella murió… yo estaba en una reunión. Mi teléfono vibró diecisiete veces. No contesté. Pensé: ‘Llamaré cuando termine’. Cuando llamé… la policía ya estaba sacando el coche del agua”.
Miró sus manos grandes, manos capaces de matar, que ahora temblaban ligeramente.
—”Fallé en protegerla, Fer. Y ahora siento que estoy fallando en proteger a mi hijo. Mi propia madre dice que soy incapaz. Los doctores dicen que soy tóxico. Tal vez tengan razón”.
Fer sintió una punzada en el pecho. Este hombre, el temido “Patrón” de San Pedro, se estaba rompiendo frente a ella.
—”Usted no es tóxico”, dijo Fer con firmeza. “Usted está herido. Son cosas diferentes”.
Gideon levantó la mirada y la sostuvo.
—”¿Por qué sigues aquí, Fer? Podrías haber tomado el dinero. Podrías haber huido la noche de los disparos”.
—”Porque sé lo que es ser el niño que nadie quiere”, respondió Fer, y por primera vez, contó su propia verdad en voz alta. “Crecí sin nadie que me creyera. Hubo un hombre… en una de mis casas. Me hizo daño durante diecinueve meses. Y cuando hablé, me llamaron mentirosa. Me dijeron que los huérfanos inventan historias”.
El aire en la cocina cambió. La tristeza de Gideon se transformó instantáneamente en una furia fría y protectora.
—”¿Dónde está él ahora?” —preguntó.
—”Libre”, dijo Fer. “El sistema dice que es un buen ciudadano”.
Gideon extendió la mano a través de la mesa y cubrió la mano de Fer con la suya. Su piel estaba caliente.
—”Mañana vamos a entrar en esa sala llena de lobos”, dijo Gideon. “Y te prometo una cosa, Fer. No importa lo que digan los papeles, no importa lo que diga mi madre… tú eres la única persona en esa habitación que es real. Eres la única que no quiere robarme nada”.
—”Quiero que Asher esté a salvo”, dijo ella. “Eso es querer algo”.
Gideon sonrió, una sonrisa triste pero genuina.
—”Eso es lo único que vale la pena querer”.
Se quedaron así, tomados de la mano sobre la mesa de la cocina, hasta que el cielo empezó a ponerse gris. Él no abrió la botella. Y ella no soltó su mano.
Las oficinas de Morrison & Asociados ocupaban el piso 32 de la torre más alta de Valle Oriente. Todo era cristal, acero y vistas panorámicas de la ciudad que Gideon controlaba desde las sombras.
La sala de conferencias era intimidante. Una mesa de caoba tan larga como una pista de aterrizaje dividía la habitación.
En un lado: El “Equipo de la Familia”. Doña Constanza, vestida de Chanel de pies a cabeza, perlas en el cuello y el cabello plateado peinado como una corona. Felicia, con gafas de sol oscuras para ocultar los ojos rojos de la resaca, y el Doctor Mitchell, con su expediente grueso y su pluma lista.
En el centro: Catherine Aldridge, la tutora independiente designada por la corte. Una mujer de unos cincuenta años, con cara de no tolerar tonterías y un traje sastre barato. Ella era la única variable desconocida.
En el otro lado: Gideon. Solo.
Y en la esquina, en una silla plegable pegada a la pared (el lugar para el servicio), estaba Fer, con Asher en su regazo. El niño abrazaba su peluche y miraba a los extraños con recelo.
El Fantasma estaba de pie junto a la puerta, inmóvil como una gárgola, con las manos cruzadas delante del cuerpo.
—”Empecemos”, dijo Constanza con su voz de miel envenenada. “Todos queremos lo mejor para Asher, pero la situación actual es insostenible. Mi hijo está bajo mucha presión… de sus ‘negocios’, y la cuidadora actual no tiene las cualificaciones”. Asintió hacia Mitchell. “Doctor”.
Mitchell se puso de pie, se aclaró la garganta y comenzó a leer.
—”El sujeto muestra un trastorno de apego reactivo grave. La cuidadora, Fernanda Castillo, ha fomentado una dependencia enfermiza para asegurar su empleo. Recomiendo la remoción inmediata del niño y su traslado a un centro especializado”.
Felicia se quitó las gafas de sol y lanzó su golpe.
—”Además”, dijo, sacando una hoja de papel, “esta mujer tiene antecedentes. Viene del sistema del DIF. Tiene historial de inestabilidad mental y acusaciones falsas contra sus padres adoptivos. Difamó a un buen hombre, un tal Señor Hernández. ¿Queremos a una mentirosa patológica criando al heredero Alvarado?”
Fer sintió que la cara le ardía. Estaban usando sus cicatrices como armas. Estaban desnudando su dolor frente a todos para desacreditarla.
Gideon apretó los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—”Suficiente”, dijo Gideon. Su voz fue baja, pero resonó como un trueno lejano. “Asher duerme. Asher come. Asher habla. Y todo eso lo hizo ella, no ustedes”.
—”Gideon, por favor”, suspiró Constanza. “Estás cegado. Necesitamos pensar en el futuro financiero y emocional del niño. La tutora Aldridge necesita ver la realidad”.
Catherine Aldridge miró los papeles de Mitchell y frunció el ceño.
—”El informe es contundente, Señor Alvarado. Sin una contra-evidencia profesional…”
—”Yo tengo la evidencia”, dijo Fer.
Se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero sostuvo a Asher con firmeza en un brazo. Con la otra mano, sacó su teléfono y lo puso sobre la mesa, grabando.
—”Esta es una reunión oficial sobre la custodia de un menor. Tengo derecho a presentar pruebas”.
Constanza soltó una risa despectiva.
—”¿Qué vas a mostrar? ¿Fotos de él comiendo papilla? Siéntate, niña”.
Fer no se sentó. Sacó la carpeta azul gruesa de su bolso de tela. La carpeta que El Fantasma le había entregado.
Caminó hacia la mesa y la deslizó suavemente hacia Catherine Aldridge.
—”Señora Aldridge”, dijo Fer con voz clara. “Ahí está todo. El rastro del dinero. Los correos. Las fechas. Léalo, por favor”.
Aldridge abrió la carpeta. Se ajustó las gafas.
La habitación se quedó en silencio.
—”Anexo A”, leyó Aldridge en voz alta. “Correo electrónico entre Constanza Alvarado y el Dr. Lawrence Mitchell. Asunto: Donación de $50,000 dólares a la Fundación Morrison tras el fallo favorable”.
El Doctor Mitchell se puso pálido como el papel.
—”Eso… eso está fuera de contexto. Es una donación filantrópica habitual…” tartamudeó.
Aldridge pasó la página. Su expresión cambió de curiosidad a disgusto.
—”Anexo B. Registros de deuda de juego de Felicia Alvarado. Total: $2.7 millones de dólares”. Levantó la vista hacia Felicia. “¿Y la garantía del préstamo es el fideicomiso de un niño de dos años?”
Felicia se puso de pie de un salto, tirando su silla.
—”¡Yo iba a pagarlo! ¡Era un préstamo puente! ¡No pueden probar nada!”
—”Está aquí, Felicia”, dijo Fer, señalando el papel. “Falsificaste la firma de tutoría tres meses antes de que yo llegara a la casa. Planearon esto mucho antes de que ‘se preocuparan’ por Asher. Querían quitarle el niño a Gideon para usarlo como cheque en blanco”.
Gideon se giró lentamente hacia su madre y su hermana. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos ardían.
—”¿Ustedes… vendieron a mi hijo?”
Constanza se mantuvo erguida, aunque sus manos temblaban sobre su regazo.
—”Hice lo que tenía que hacer para salvar a la familia, Gideon. Tú estabas fuera de control con tu guerra contra Salazar. Felicia tenía problemas. Necesitábamos liquidez. El niño estaría bien cuidado en Suiza”.
—”¿En Suiza?” gritó Gideon, golpeando la mesa. “¡Lo iban a exiliar para pagar deudas de ruleta!”
La sala era un caos. Mitchell trataba de recoger sus papeles para huir. Felicia lloraba histéricamente.
Pero Fer sabía que faltaba el golpe final.
La puerta de la sala de conferencias se abrió de nuevo.
El Fantasma entró. Pero no venía solo.
Dos escoltas arrastraban a un hombre hacia adentro. Un hombre alto, bien vestido, que ahora lucía aterrorizado y sudaba a mares.
Brendan Cole. El mejor amigo de Gideon. El “tío” Brendan.
El Fantasma lanzó otra carpeta sobre la mesa, esta vez frente a Gideon.
—”Hay más”, dijo El Fantasma con voz sepulcral. “Sobre Isabel”.
El nombre de la esposa muerta cayó en la sala como una bomba atómica.
Gideon se quedó helado. Miró la carpeta. Miró a Brendan.
—”¿Qué significa esto?” susurró Gideon.
El Fantasma habló, mirando directamente a Brendan.
—”Brendan Cole salió de la mansión a las 9:00 PM la noche que Isabel murió. Dijo que iba a los almacenes del sur. Pero el GPS de su camioneta lo ubica en el Puente de la Unidad a las 10:15 PM. La hora exacta del accidente”.
Brendan empezó a negar con la cabeza frenéticamente.
—”No, Gideon, hermano, no… es un error…”
—”Hay una transferencia”, continuó El Fantasma implacable. “$50,000 dólares desde una cuenta fantasma de Marco Salazar a la cuenta personal de Brendan, tres días después del funeral”.
Gideon abrió la carpeta. Vio los mapas. Vio los estados de cuenta.
Se levantó muy despacio. Caminó hacia Brendan.
—”Tú…”, dijo Gideon. “¿Tú cortaste los frenos?”
Brendan rompió a llorar, cayendo de rodillas.
—”¡No tuve opción! ¡Salazar dijo que me mataría! ¡Dijo que Isabel estaba haciendo demasiadas preguntas sobre el lavado de dinero! ¡Tenía que hacerlo!”
Gideon sacó una pistola.
Nadie lo vio desenfundar. Fue un movimiento tan rápido que pareció magia. De repente, el cañón negro estaba apuntando a la frente de su mejor amigo.
Mitchell gritó y se tiró al suelo. Aldridge se quedó petrificada.
—”¡Gideon, no!” gritó Brendan. “¡Tu madre lo sabía!”
El tiempo se detuvo.
Gideon no disparó. Giró la cabeza mecánicamente hacia Constanza.
—”¿Qué?”
Brendan, desesperado por vivir un segundo más, vomitó la verdad.
—”¡Ella lo sabía! ¡Isabel descubrió que Constanza estaba robando del fondo de caridad! ¡Isabel iba a decírtelo! Constanza habló con Salazar. Ella no dio la orden, pero sabía que iba a pasar. ¡Ella nos dejó hacerlo para proteger su secreto!”
Gideon bajó el arma. Pero no porque se hubiera calmado. La bajó porque el dolor era tan grande que sus brazos ya no funcionaban.
Miró a su madre. La mujer que le dio la vida. La mujer que se sentaba a tomar el té.
—”¿Madre?” preguntó, con la voz rota de un niño pequeño.
Constanza Alvarado, acorralada, levantó la barbilla.
—”Isabel era un peligro, Gideon. Iba a destruirnos. Iba a mandarme a la cárcel por un error contable. Yo protegí el apellido. Protegí el legado”.
—”¡Isabel era mi esposa!” rugió Gideon. El grito fue tan fuerte que los cristales de la sala vibraron. “¡Era la madre de mi hijo! ¡Era mi familia! ¡Y tú la dejaste morir!”
Gideon lloró.
Allí, frente a sus enemigos, frente a sus abogados, el jefe de la mafia lloró lágrimas de pura agonía.
—”Me viste sufrir ocho meses. Viste a tu nieto golpearse la cara porque extrañaba a su madre. Y no dijiste nada. Te sentaste a cenar conmigo y no dijiste nada”.
Fer, con lágrimas corriendo por su propia cara, vio cómo el hombre fuerte se desmoronaba.
Le entregó a Asher a El Fantasma, quien lo tomó con sorprendente delicadeza.
Fer caminó hacia Gideon y le puso una mano en el brazo. No dijo nada. Solo lo tocó para recordarle que no estaba solo en el abismo.
Gideon respiró hondo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Su rostro se volvió de hielo.
Miró a Catherine Aldridge.
—”¿Tiene suficiente evidencia, Señora Aldridge?”
Aldridge, temblando, asintió.
—”Recomendaré custodia total para el padre. Y abriré una investigación criminal sobre… sobre todo lo demás”.
Gideon asintió. Se giró hacia El Fantasma.
—”Saca a mi madre de aquí. Llévala a la casa de huéspedes. Enciérrala. No sale nunca más. Si pone un pie en la casa principal, dispárale”.
—”¿Y Brendan?” preguntó El Fantasma.
Gideon miró a su ex mejor amigo, que sollozaba en el suelo.
—”Llévatelo”, dijo Gideon. “Al estilo viejo”.
Los gritos de Brendan mientras lo arrastraban fuera de la sala (“¡Gideon, por favor! ¡Somos hermanos!”) resonarían en las pesadillas de Fer por años.
La sala se quedó en silencio.
Constanza estaba sentada, convertida en una estatua de cera derritiéndose. Felicia estaba en posición fetal en su silla. Mitchell había huido.
Gideon se volvió hacia Fer. La tomó de la mano.
—”Vámonos a casa”, dijo.
Y salieron de la torre de cristal, dejando atrás los restos de una familia que había estado podrida desde la raíz, listos para intentar construir algo nuevo sobre las cenizas.
CAPÍTULO 8: EL AMANECER DESPUÉS DE LA TORMENTA
Cuarenta y ocho horas después de la reunión en la torre de cristal, Brendan Cole desapareció de la faz de la tierra.
No hubo noticias en el periódico El Norte, no hubo reporte de personas desaparecidas, nadie preguntó por él en los clubes exclusivos de San Pedro. Su departamento de lujo quedó vacío, como si nunca hubiera vivido nadie allí. Su camioneta fue encontrada en el estacionamiento de larga estancia del Aeropuerto de Monterrey, pero no había registro de que hubiera abordado ningún vuelo.
Brendan Cole simplemente dejó de existir.
Fer supo lo que había pasado. No necesitó que nadie se lo dijera. Solo tuvo que ver a El Fantasma regresar a la mansión a las 4:00 de la madrugada del tercer día.
Fer estaba en la cocina, incapaz de dormir, preparándose un té de manzanilla para calmar los nervios. El Fantasma entró por la puerta de servicio. Sus botas pesadas no hacían ruido, pero su presencia llenaba la habitación. Se dirigió al fregadero y se lavó las manos con jabón desengrasante.
Fer observó el agua que corría por el desagüe. Era de un color rosa pálido.
Se miraron durante tres segundos eternos. Los ojos grises de él, generalmente fríos, mostraban un cansancio antiguo.
—”Ya no hay deuda”, dijo El Fantasma.
Fer asintió y se giró hacia su taza. El Fantasma se secó las manos y se desvaneció en la oscuridad del pasillo. Eso era todo lo que necesitaba saber sobre el destino del hombre que había traicionado a su hermano.
Para Marco Salazar, el destino fue diferente. Gideon no lo tocó. En lugar de iniciar una guerra sangrienta en las calles que habría puesto en peligro a Asher, Gideon jugó al ajedrez.
Cada pieza de evidencia que El Fantasma había recopilado sobre Salazar —el lavado de dinero, las rutas de contrabando, la conexión con el asesinato de Isabel— fue enviada anónimamente a la DEA y a la Fiscalía General de la República a través de un bufete de abogados en Houston.
Dos semanas después, un operativo conjunto reventó la hacienda de Salazar en Tamaulipas a las 5:00 de la mañana. Lo sacaron en pijama, esposado, frente a sus hijos y esposa. La imagen dio la vuelta a todos los noticieros nacionales. El gran capo del sur, humillado.
Gideon observó la noticia en la televisión de su despacho, con una copa de agua mineral en la mano.
—”A veces, dejar que un enemigo se pudra en una celda federal es peor que la muerte”, le dijo a Fer, que estaba parada en la puerta. “Allí dentro, sin su poder, es vulnerable. Vivirá con miedo cada día del resto de su vida. Es un infierno que una bala rápida no puede igualar”.
La justicia doméstica fue más silenciosa, pero igual de brutal.
Doña Constanza no fue arrestada. No había pruebas directas de que ordenara la muerte de Isabel, solo de su silencio cómplice, y el silencio moral no siempre es un crimen legal. Pero para Gideon, era imperdonable.
La instaló en la casa de huéspedes, una construcción pequeña en el límite de la propiedad.
—”Tienes techo y comida”, le dijo Gideon el día de la mudanza, mientras los escoltas llevaban sus maletas Louis Vuitton. “Pero no tienes familia. No verás a Asher. No entrarás a la casa principal. Si te veo cerca de mi hijo sin supervisión, olvidaré que eres mi madre”.
Constanza intentó protestar, intentó llorar, intentó usar la culpa.
—”¡Soy tu sangre, Gideon!”
—”Isabel también era mi familia”, respondió él, dándole la espalda. “Y tú la dejaste morir”.
Por primera vez, Fer vio a Constanza no como la reina malvada, sino como lo que realmente era: una anciana sola, rodeada de lujos que no podían abrazarla, prisionera en su propio reino.
En cuanto a Felicia, Gideon pagó su deuda de 2.7 millones de dólares. Fue el último cheque que firmó por ella. La envió a una clínica de rehabilitación en Arizona, una con muros altos y sin salida.
—”Si sales limpia, te ayudaré a buscar trabajo”, le dijo Gideon por teléfono. “Si te escapas, estás sola. No habrá más rescates”.
Tres semanas después del juicio, la casa comenzó a cambiar.
No fue un cambio mágico de película de Disney. Fue lento, como la tierra mojada secándose al sol.
Primero fue la luz. Alguien —tal vez Gideon, tal vez El Fantasma— dio la orden de abrir las cortinas pesadas de terciopelo que habían mantenido la mansión en penumbra durante ocho meses. La luz del sol de Monterrey inundó el vestíbulo, revelando partículas de polvo bailando en el aire.
Luego, la seguridad cambió. Ya no había hombres armados en cada esquina de la sala. La seguridad se volvió invisible, perimetral. La casa dejó de sentirse como un búnker y empezó a sentirse, tímidamente, como un hogar.
Pero el cambio más grande fue Gideon.
Empezó a cenar en casa todas las noches. Aprendió a sentarse en la alfombra y jugar a los coches sin sentirse ridículo con su traje de tres piezas. Aprendió a decirle “no” a Asher sin gritar, y aprendió a abrazarlo sin miedo a romperlo.
Una tarde, Fer estaba limpiando el despacho y vio una tarjeta de presentación sobre el escritorio de caoba.
Dr. Samuel Varela – Psicólogo Clínico y Especialista en Duelo.
Había una cita agendada para el martes siguiente.
Gideon Alvarado, el hombre de hielo, iba a ir a terapia.
Fer no dijo nada. Dejó la tarjeta exactamente donde estaba. Pero sintió un calor en el pecho que ninguna estufa podía igualar. Él estaba intentando sanar. No por él, sino para no ser el monstruo que su padre fue.
El momento decisivo llegó un martes por la noche.
Fer estaba en la habitación de Asher, meciéndolo para dormir. Cantaba esa vieja canción de su madre, “La Llorona”, pero muy bajito.
Cuando Asher finalmente cerró los ojos, Fer lo depositó en la cuna con la delicadeza de quien desactiva una bomba y se dio la vuelta.
Gideon estaba en el umbral.
Llevaba una camiseta blanca simple y pantalones de pijama. Se veía más joven, menos peligroso, más humano.
—”Cantas bien”, dijo en voz baja.
Fer se sonrojó hasta la raíz del pelo.
—”Canto como gato chillando”, replicó ella con una sonrisa tímida.
—”A mi hijo le gusta el canto de los gatos, entonces”, sonrió Gideon.
Entró en la habitación y cerró la puerta suavemente tras de sí. El aire se cargó de electricidad.
—”Quiero que te quedes, Fer”, dijo.
Fer sintió que el corazón se le aceleraba.
—”Ya me quedé. Tengo el contrato…”
—”No como niñera”, la interrumpió Gideon. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, oliendo a jabón limpio y a madera de cedro. “Quiero ofrecerte un puesto nuevo. Directora de Desarrollo de Asher. Salario oficial, beneficios, contrato a largo plazo”.
Nombró una cifra. Fer tuvo que parpadear para asegurarse de que no estaba alucinando. Era suficiente para comprar una casa propia en cinco años.
—”Tengo que pensarlo”, mintió ella, porque el pánico a la felicidad es real cuando nunca la has tenido.
Gideon asintió.
—”¿Qué necesitas para decir que sí?”
Fer lo miró a los ojos. Esos ojos oscuros que habían visto la muerte y ahora la miraban a ella con una esperanza desesperada.
—”Necesito saber que esto no es gratitud”, dijo Fer, con la voz temblorosa. “Necesito saber que usted me ve a mí. No a la chica que salvó a su hijo. No a la ‘niñera milagrosa’. A mí. A Fernanda”.
Gideon levantó la mano y le acarició la mejilla con el pulgar, un toque tan suave que contrastaba con la fuerza brutal que ella sabía que poseía.
—”Te vi desde la primera noche”, susurró. “Te vi cuando te enfrentaste a mi madre con tu uniforme barato y tu dignidad intacta. Te vi cuando te escondiste en el armario dispuesta a morir por un niño que no era tuyo. No necesito gente buena, Fer. El mundo está lleno de gente ‘buena’ que hace cosas terribles. Necesito gente real. Y tú eres la persona más real que he conocido”.
Se inclinó hacia ella.
—”¿Puedo?” preguntó, deteniéndose a un centímetro de sus labios.
Fer no retrocedió. Cerró los ojos y asintió.
—”Sí”.
El beso no fue de película. No hubo música de violines. Fue un beso lento, tentativo, con sabor a menta y a promesas. Fue el beso de dos náufragos que se encuentran en la orilla después de casi ahogarse.
Cuando se separaron, Gideon apoyó su frente contra la de ella.
—”Quédate”, repitió.
—”Sí”, dijo Fer.
Esa noche, Fer fue a su departamento alquilado por última vez para empacar.
Se sentó en el suelo de la cocina, rodeada de cajas de cartón con sus pocas pertenencias: ropa vieja, libros de texto, la foto de su madre.
Y lloró.
Lloró durante una hora. No de tristeza. Lloró porque, por primera vez en 27 años, tenía un lugar al que pertenecía. Lloró porque dejaba de ser “la chica del sistema”, “la huérfana”, “la mentirosa”. Ahora era Fer. Era Fee. Y tenía una manada.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
El jardín de la mansión estaba verde y recién cortado.
Fer estaba de pie en la terraza, con una taza de café en la mano, observando.
Asher corría por el césped. Sus piernas ya eran fuertes y seguras. Perseguía a un perro Golden Retriever que Gideon había adoptado (ironías de la vida, el perro se llamaba “Tanque”).
El niño tropezó con sus propios pies y cayó de boca en el pasto.
Gideon, que estaba sentado en los escalones del porche leyendo el periódico, no corrió a levantarlo.
Bajó el periódico y miró.
—”¡Arriba, campeón!”, gritó con voz animada. “¡Tú puedes!”
Asher se sentó, se frotó la rodilla sucia de tierra, hizo un puchero, pero no lloró. Miró a su papá, luego a Fer.
Fer le sonrió y le levantó el pulgar.
Asher se puso de pie, se sacudió las manos y siguió corriendo tras el perro, riendo a carcajadas.
Gideon miró a Fer y le guiñó un ojo.
Fer sintió esa calidez en el pecho otra vez. No estaban casados. No había anillos ni grandes anuncios en la sociedad. Fer seguía teniendo su propia habitación, aunque la mayoría de las noches amanecía en la de Gideon. Estaban construyendo algo nuevo, ladrillo a ladrillo, sin etiquetas.
Fer no solo cuidaba a Asher. Había usado su nuevo salario y la influencia de Gideon para abrir la “Fundación Castillo”. Un fondo legal y educativo para niñas que salían del sistema de acogida a los 18 años.
Les daban becas. Y lo más importante: les daban abogados.
El mes pasado, la fundación había financiado la reapertura del caso contra Carl Hernández. Nuevas víctimas habían hablado, empoderadas por la historia de Fer. Esta vez, con los abogados de Morrison & Asociados (ahora bajo nueva y estricta dirección ética) de su lado, Hernández no se saldría con la suya. Iba a caer.
La justicia a veces tarda. A veces llega con traje y corbata, y a veces llega con la ayuda de un hombre que tiene las manos manchadas de sangre pero el corazón limpio.
Fer miró hacia la casa de huéspedes. Vio una cortina moverse.
Constanza estaba allí, mirando. Viendo a su nieto correr, viendo a su hijo sonreír, viendo a la “sirvienta” beber café en su terraza. Estaba viva, segura y cómoda. Pero estaba completamente sola.
Ese era su castigo. Ver la felicidad desde la ventana y saber que nunca podría tocarla.
Gideon se levantó, caminó hacia Fer y la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.
—”¿En qué piensas?” preguntó.
Fer miró el atardecer sobre las montañas de Monterrey.
Pensó en las pastillas plantadas. Pensó en la leche tirada. Pensó en los hombres muertos en la alfombra. Pensó en el miedo.
—”En que valió la pena”, dijo ella.
—”¿Todo?”
—”Todo. Cada miedo, cada lágrima. Todo me trajo aquí”.
Gideon le besó la sien.
—”A mí también”.
Asher gritó desde el jardín:
—”¡Fee! ¡Papá! ¡Miren!”
Y Fer corrió hacia él. No porque le pagaran. No porque fuera su trabajo. Sino porque esa era su familia.
La familia no es siempre sangre. A veces, la familia son las personas que te encuentran en la oscuridad y se sientan contigo hasta que sale el sol.
Y para Fer, el sol había salido para quedarse.
