PARTE 1: EL FRÍO DEL ABANDONO
CAPÍTULO 1: LA DECISIÓN DE HIELO
La nieve en la Sierra Tarahumara no cae como en las películas de Navidad; cae con rabia, como si el cielo quisiera borrar del mapa todo lo que toca. En una parada de camión olvidada por Dios, en las afueras del pueblo mágico de Creel, Chihuahua, estaba parada Olivia. Tenía 17 años, los labios morados y el alma rota en mil pedazos.
Su chamarra, una imitación barata de marca que había comprado en el tianguis, no servía de nada contra los cinco grados bajo cero que marcaba la noche. Pero el frío físico no era lo que le dolía. Lo que la mataba era el peso en sus brazos: un bulto pequeño envuelto en tres cobijas, su hija Lily, de apenas dos meses de nacida.
—Shhh, mi amor, ya viene el camión, te lo prometo —susurró Olivia, aunque sabía que era mentira. El último camión de la línea “Rápidos Cuauhtémoc” había pasado hace horas.
Tres horas antes, la escena había sido diferente, pero igual de helada. Estaba parada en el porche de la casa de sus padres, una residencia de clase media-alta en la capital, con su padre bloqueando la entrada. Su padre, el diácono, el hombre que se golpeaba el pecho los domingos en misa.
—¡Lárgate! —había gritado él, lanzando la maleta de Olivia hacia la banqueta cubierta de aguanieve—. ¡Ninguna hija mía va a traer esta vergüenza a la casa! ¿Qué van a decir en la congregación? ¿Qué van a decir los socios?
—¡Papá, por favor! ¡No tengo a dónde ir! —suplicó Olivia, abrazando a Lily—. ¡Está helando!
Detrás de él, su madre lloraba en silencio, secándose las lágrimas con un pañuelo bordado, pero no dio un paso adelante. No defendió a su hija. No defendió a su nieta. El miedo al patriarca y al escándalo social pudo más que el instinto maternal. Le habían dado un ultimátum días atrás: dar a la niña en adopción en una casa hogar de monjas o irse para siempre.
Olivia eligió a su sangre. Y ahora, esa sangre se estaba congelando.
Caminó sin rumbo fijo hasta la salida a la carretera. Su mejor amiga, Mackenzie, no contestaba el celular; seguro sus padres le habían prohibido hablar con la “pecadora”. El padre de Lily, un “junior” de universidad privada, la había bloqueado de WhatsApp en el momento en que vio la prueba de embarazo positiva.
Olivia comenzó a caminar por la carretera federal. Sus tenis Converse de tela se hundían en la nieve sucia. Cada paso era una súplica. Virgen de Guadalupe, si existes, no dejes que mi bebé se muera aquí.
El llanto de Lily, que al principio era fuerte y demandante, se había convertido en un gemido débil. Eso aterrorizó a Olivia. Sabía lo que significaba.
—No te duermas, Lily, por favor, no te duermas —rogaba, frotando la espaldita de la bebé con desesperación.
Las luces aparecieron como dos ojos amarillos en la tormenta. El rugido de un motor viejo rompió el silbido del viento. Una camioneta Ford F-150 de los años noventa, despintada y oxidada, se detuvo a su lado. La ventana del conductor bajó con un chirrido metálico doloroso.
Una cara arrugada, enmarcada por un gorro de lana tejido a mano y mechones de cabello gris rebelde, se asomó.
—¡Hey! ¡Ustedes dos! —gritó la mujer. Tenía una voz rasposa, como de alguien que fuma Delicados sin filtro—. ¡Parecen paletas heladas! ¿Qué hacen aquí?
Olivia dudó. La mujer daba miedo. Tenía una mirada penetrante y extraña. Pero Lily dejó de moverse.
—¡Ayúdenos, por favor! —gritó Olivia, vencida.
—¡Súbete, chamaca! ¡El frío no come, pero mata! —ordenó la anciana.
Olivia corrió hacia la puerta del copiloto. Al abrirla, una ola de calor intenso la golpeó, junto con un olor peculiar: mezcla de pino, tierra mojada y hierbas quemadas, como copal.
Entró torpemente. El interior de la camioneta era un museo de lo bizarro. El tablero estaba lleno de figuras de barro, santos de cabeza, piedras de río y, colgando del espejo retrovisor, patas de conejo y cristales de cuarzo. En el asiento trasero, apilados hasta el techo, había libros viejos y una caja de cartón donde se asomaba… ¿eso era un búho disecado?
—Cierra la boca o te entrarán moscas, aunque con este frío se congelarían antes de llegar a tu garganta —dijo la mujer, metiendo primera con fuerza—. Soy Magda. Y tú te ves fatal.
—Soy… Olivia —tartamudeó, quitándose los guantes mojados para tocar la carita de Lily. Estaba fría—. Ella es Lily.
Magda miró de reojo al bebé y su expresión dura se suavizó por un microsegundo.
—Esa niña necesita calor ya. Vamos a mi cabaña. No es el Ritz, pero hay fuego.
—Gracias… —susurró Olivia.
—No me des las gracias todavía —masculló Magda mientras la camioneta patinaba un poco sobre el hielo negro—. No has visto dónde vivo. Ni sabes quién soy.
La camioneta se adentró en un camino de terracería que no aparecía en ningún mapa, subiendo hacia lo más profundo y oscuro de la Sierra.
CAPÍTULO 2: LA CABAÑA DE LAS CURIOSIDADES
El trayecto fue silencioso, salvo por los murmullos de Doña Magda, que parecía discutir con la camioneta cada vez que el motor tosía. “Ándale, vieja mula, no me falles ahora”, le decía al volante.
Las luces iluminaban pinos gigantescos cargados de nieve, que parecían fantasmas inclinándose para verlas pasar. Se desviaron de la carretera principal hacia una brecha donde las ramas golpeaban el parabrisas.
—¿No… no nos va a hacer daño, verdad? —preguntó Olivia, abrazando a Lily. La paranoia de haber subido al auto de una desconocida empezaba a ganarle al alivio del calor.
Magda soltó una carcajada seca, como un ladrido.
—Mija, si quisiera hacerte daño, te hubiera dejado allá atrás. La hipotermia es más eficiente que yo y no deja huellas —Magda giró el volante bruscamente para esquivar una roca—. Además, no lastimo niños. Nunca lo he hecho. Nunca lo haré.
Hubo un peso en esa última frase. Un tono de solemnidad que hizo que Olivia le creyera instantáneamente.
De repente, entre los árboles, apareció. Una cabaña de madera estilo “A-frame”, con un techo muy inclinado para que la nieve resbalara. Las ventanas brillaban con una luz ámbar acogedora. Salía humo de una chimenea de piedra.
—Llegamos al palacio —anunció Magda.
Bajar de la camioneta fue una odisea. La nieve les llegaba a las rodillas. Magda caminó primero, abriendo brecha con una fuerza sorprendente para su edad, creando un sendero para Olivia.
Al cruzar el umbral de la puerta, Olivia se quedó paralizada. Si la camioneta era extraña, la cabaña era otro mundo.
No parecía una casa, parecía el laboratorio de un científico loco mezclado con la choza de una curandera. Cada pared estaba cubierta de estantes desbordados. Había frascos con líquidos de colores donde flotaban cosas que Olivia prefería no identificar. Había mapas topográficos antiguos de la Sierra Tarahumara pegados con tachuelas. Había pieles de coyote, cráneos de venado perfectamente limpios y montones de plantas secas colgadas de las vigas del techo, llenando el aire con un aroma intenso a manzanilla, gordolobo y salvia.
En el centro, una estufa de leña de hierro fundido rugía, irradiando un calor bendito.
—Siéntate ahí —ordenó Magda, señalando un sillón de cuero desgastado cerca del fuego—. Voy por leche.
—¿Leche? Pero yo le doy pecho… bueno, le doy fórmula a veces… —balbuceó Olivia.
—Para la niña, no. Para ti. Necesitas calorías o te vas a desmayar y no me sirves desmayada —Magda desapareció en una cocina que se veía al fondo.
Olivia desenvolvió a Lily. La bebé empezó a moverse, sus mejillas rojas por el cambio de temperatura. Estaba viva. Estaban a salvo. Olivia sintió que las lágrimas que había contenido se descongelaban y empezaban a caer.
Magda regresó no con leche para Olivia, sino con un biberón tibio.
—¿Cómo…? —Olivia miró el biberón.
—Tengo fórmula en la alacena. No preguntes —cortó Magda, entregándole el biberón—. Dale de comer.
Mientras Olivia alimentaba a su hija, observó más detalles de la cabaña. Había una mesa de trabajo enorme llena de papeles, lupas y lo que parecían ser fragmentos de cerámica Paquimé. Era un caos, pero un caos organizado. Era la guarida de una mente brillante y solitaria.
Entonces, sus ojos se posaron en algo que desentonaba con el resto de la decoración rústica y científica.
Al fondo, a la derecha de la chimenea, había una puerta pintada de un azul celeste perfecto, inmaculado. Contrastaba violentamente con la madera oscura del resto de la cabaña. Tenía un letrero pintado a mano con caligrafía elegante que decía:
“Cuarto de Leonora. PROHIBIDO ENTRAR.”
Y debajo, un cerrojo pesado de hierro.
Magda notó la mirada de Olivia. El ambiente en la habitación cambió instantáneamente. La temperatura pareció bajar diez grados a pesar del fuego.
—Esa puerta —dijo Magda con voz baja y peligrosa, mientras atizaba el fuego con un fierro—, permanece cerrada. Siempre.
—¿Quién es Leonora? —preguntó Olivia, la curiosidad ganándole al miedo.
Magda se giró lentamente. Sus ojos, detrás de los lentes de montura metálica, eran como dos trozos de hielo.
—Nadie que te importe. Dormirás en el catre de la esquina. Yo duermo en el tapanco de arriba. Si necesitas algo, grita. Pero ni se te ocurra tocar esa puerta azul si quieres seguir bajo este techo.
Olivia asintió, tragando saliva. Abrazó a Lily más fuerte.
—Gracias, señora Magda. De verdad.
—No soy “señora”. Soy Magda a secas. Y descansa, porque mañana, si deja de nevar, te pondré a trabajar. Aquí nadie come de gratis.
Magda apagó la lámpara de petróleo principal, dejando la cabaña iluminada solo por el resplandor rojizo de la estufa de leña.
Esa noche, mientras Lily dormía plácidamente por primera vez en días, Olivia no podía apartar la vista de la puerta azul. El resplandor del fuego bailaba sobre la pintura, y por un momento, Olivia juró escuchar algo del otro lado. No un ruido de miedo, sino algo suave. Como el chirrido de una mecedora. O una canción de cuna tarareada muy bajito.
¿Quién era Leonora? ¿Y por qué una mujer que vivía sola en medio de la nada, rodeada de huesos y plantas, tenía fórmula para bebé lista en su alacena?
El aullido de un coyote afuera le recordó a Olivia que, aunque estaba a salvo del frío, había entrado en un misterio mucho más profundo. Y la tormenta apenas comenzaba.
PARTE 2: EL REFUGIO EN LA TORMENTA
CAPÍTULO 3: LECCIONES DE FUEGO Y HIELO
La primera mañana en la cabaña de Magda no comenzó con el canto de los gallos, sino con el sonido metálico y agresivo de una cacerola golpeando una estufa de hierro. Olivia despertó sobresaltada en el catre, con el corazón martilleando contra sus costillas. Por un segundo, la desorientación fue total: el techo de vigas oscuras, el olor penetrante a hierbas secas y leña quemada, y el frío que se colaba por las rendijas invisibles de la madera le recordaron que su vida anterior había dejado de existir.
Lily dormía a su lado, hecha un ovillo dentro de las cobijas de lana pesada que olían a naftalina y humo.
—¡Arriba, Bella Durmiente! —gritó Magda desde la cocina. Su voz tenía la textura de la grava—. El sol salió hace una hora y la leña no se va a cortar sola.
Olivia se frotó los ojos, sintiendo la rigidez en el cuello. Se sentó, tiritando en cuanto la piel salió de debajo de las mantas.
—Buenos días… —murmuró, con la voz pastosa.
Magda apareció en el marco de la puerta que separaba la cocina de la sala principal. Llevaba un chaleco de lana grueso sobre una camisa de franela a cuadros y sostenía dos tazas de peltre humeantes.
—No soy un hotel, ni tú eres turista —dijo Magda, dejando una taza sobre la mesa de trabajo llena de huesos y papeles, empujando un cráneo de coyote para hacer espacio—. Aquí rige la ley de la montaña: el que no trabaja, no se calienta y no come.
Olivia se acercó a la mesa, envolviéndose en su propia chamarra. El café era negro, espeso, de olla, con un toque de canela y piloncillo que le golpeó el olfato de manera reconfortante.
—¿Sigue nevando? —preguntó Olivia, mirando hacia la ventana. Todo lo que se veía era un muro blanco.
—Peor que ayer. La carretera a Creel está cerrada. Los federales no pasarán por aquí en días, y la barredora de nieve menos. Estamos solas, niña. Tú, yo, la bebé y los lobos.
La mención de los lobos hizo que Olivia diera un sorbo rápido al café, quemándose la lengua.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía.
—Primero, aprender a mantener vivo el fuego —Magda señaló la estufa de leña en el centro de la sala—. Si eso se apaga, en dos horas esta cabaña será un congelador. Y tu hija no aguantará eso.
Durante las siguientes dos horas, Magda se transformó de una anciana gruñona a una instructora militar implacable. Le enseñó a Olivia la diferencia vital entre las maderas.
—¡No! —ladró Magda cuando Olivia intentó meter un tronco grande y húmedo al fuego—. ¿Quieres matarnos de humo? Eso es pino verde. El pino tiene resina, arde rápido y sucio, tapa la chimenea. Necesitas encino.
Magda tomó un leño rugoso y pesado.
—El encino es lento, es noble. Mantiene la brasa —explicó, su tono suavizándose ligeramente al hablar de la madera—. Tienes que hacer una cama. Primero las astillas de ocote para el arranque, luego el pino para la llamarada, y al final el encino para la noche. Es química básica, niña. Combustión y oxigenación.
Olivia, con las manos manchadas de hollín y astillas clavadas en los dedos, logró estabilizar la llama. Había algo primitivo y satisfactorio en ver el fuego rugir bajo su cuidado.
—Bien —asintió Magda, limpiándose las manos en sus pantalones—. No eres tan inútil como pareces. Ahora, barre.
Mientras Olivia barría el suelo de madera, tratando de esquivar las pilas de libros y cajas sin etiquetar, no pudo evitar observar los objetos que llenaban la cabaña. A la luz del día, el lugar parecía menos una casa de bruja y más un gabinete de curiosidades victoriano trasplantado a la sierra mexicana.
Había frascos con formol conteniendo lagartijas y fetos de roedores. Había prensas de madera para secar flores. Y libros. Cientos de libros. Biología Evolutiva, Flora del Desierto Chihuahuense, Tratados de Micología.
—Usted… usted no es una bruja, ¿verdad? —preguntó Olivia, deteniéndose frente a un diploma enmarcado, medio oculto por una piel de zorro, que decía Universidad Nacional Autónoma de México.
Magda, que estaba pelando papas con un cuchillo que parecía más un arma de caza, soltó una risa seca.
—Depende de a quién le preguntes en el pueblo. Para el cura, soy una atea peligrosa. Para las señoras chismosas, soy una bruja que habla con los animales. Para la comunidad académica… —Magda hizo una pausa, y su cuchillo golpeó la tabla con fuerza—… para ellos soy una “excéntrica retirada” que desperdició su talento.
—¿Era profesora?
—Era investigadora. Bióloga. Especialista en ecosistemas de alta montaña. Pasé veinte años en la Ciudad de México peleando por becas, publicando papers que nadie leía y lamiendo botas de rectores. —Magda escupió las palabras con desprecio—. Me cansé. La ciencia verdadera no está en un escritorio de la UNAM, está aquí. En el lodo. En cómo cambia el ciclo de migración de la mariposa monarca o por qué los pinos están muriendo por la plaga.
Señaló la mesa llena de caos.
—Llevo quince años documentando el cambio climático en esta sierra, mucho antes de que fuera un tema de moda en las noticias.
Olivia miró a la mujer con nuevos ojos. Debajo de la ropa vieja y la actitud hostil, había una mente brillante.
—¿Y vive aquí sola? ¿Siempre?
La pregunta quedó flotando en el aire. La mirada de Magda se desvió involuntariamente hacia la puerta azul cerrada con candado, la del “Cuarto de Leonora”. Fue un movimiento rápido, casi imperceptible, pero Olivia lo captó.
—La soledad es un precio bajo por la libertad —dijo Magda secamente—. Termina de barrer.
La tarde cayó rápido, trayendo consigo una oscuridad azulada y un descenso brutal de la temperatura. Y con la noche, llegó el miedo.
Lily, que había estado tranquila la mayor parte del día, empezó a llorar. No era su llanto normal de hambre o pañal sucio. Era un llanto agudo, doloroso.
Olivia la cargó, meciéndola. Al tocar su frente, sintió un golpe de terror frío en el estómago.
—Está ardiendo —susurró Olivia—. Magda… ¡Magda!
Magda salió de su habitación (un pequeño cuarto anexo a la cocina) y se acercó rápidamente. Puso su mano callosa y grande sobre la frente de la bebé, luego en su pecho.
—Tiene fiebre. Y alta.
—Tenemos que ir al doctor. Hay que llevarla al hospital en Creel —dijo Olivia, con la voz quebrándose, buscando ya sus botas.
—No seas estúpida —dijo Magda con dureza, deteniéndola del brazo—. Mira por la ventana.
Afuera, la tormenta se había convertido en una ventisca ciega. El viento aullaba como un animal herido golpeando las paredes de madera.
—Si salimos ahí, nos morimos las tres antes de llegar a la carretera principal. La camioneta no pasará esos montones de nieve.
—¡Pero es una bebé! ¡Puede convulsionar! —gritó Olivia, las lágrimas brotando de sus ojos—. ¡No puedo dejar que se muera! ¡Usted dijo que me ayudaría!
—Y te voy a ayudar, pero vas a tener que confiar en mí y dejar de gritar, porque la pones nerviosa —Magda tomó el mando con una autoridad absoluta. Ya no era la anciana ermitaña, era la científica resolviendo un problema.
—Pon agua a hervir. No mucha. Tráeme la tina de plástico azul que está en el baño. Y pásame ese frasco de ahí, el que tiene hojas largas y secas.
—¿Qué es eso? —preguntó Olivia, temblando mientras obedecía.
—Sauce blanco y borraja. El sauce tiene ácido salicílico, lo mismo que la aspirina, pero natural. Y vamos a usar compresas de agua tibia con vinagre para bajar la temperatura por evaporación. La medicina moderna es buena, niña, pero la humanidad sobrevivió milenios con lo que da la tierra.
Durante las siguientes cuatro horas, la cabaña se convirtió en una sala de urgencias improvisada. El tiempo pareció estirarse. Olivia sentía que cada minuto duraba una hora.
Magda preparó un baño tibio, infusionado con las hierbas. El olor era fuerte, mentolado y terroso. Con manos sorprendentemente gentiles, desvistió a Lily y la sumergió en el agua.
—Shhh, pequeña flor, shhh… —canturreaba Magda. Su voz rasposa se transformó en un arrullo grave y melódico. Cantaba en una lengua que Olivia no reconocía, tal vez rarámuri, tal vez algo inventado—. El calor sale, el fresco entra. El río fluye, la fiebre se va.
Olivia sostenía la manita de su hija, rezando cada oración que conocía, prometiendo a Dios que si Lily se salvaba, ella sería la mejor madre del mundo, que aguantaría cualquier cosa, incluso el rechazo de sus padres.
—Mírala —dijo Magda suavemente después de un rato—. Ya no llora.
La respiración de Lily, que había sido rápida y superficial, se volvió rítmica. El color rojo alarmante de sus mejillas empezó a ceder a un tono rosado natural.
Magda sacó a la bebé del agua, la envolvió en una toalla caliente y se la entregó a Olivia.
—La fiebre rompió —sentenció Magda, secándose las manos en su delantal—. Seguirá débil, pero el peligro pasó. Fue un golpe de frío, nada más. Su cuerpo está aprendiendo a pelear.
Olivia se dejó caer en el sillón frente al fuego, con Lily dormida en su pecho. El alivio fue tan intenso que se sintió mareada.
—Gracias… —sollozó Olivia—. Gracias, Magda. Usted la salvó.
Magda estaba de espaldas, guardando los frascos de hierbas. Se detuvo un momento, con la mano suspendida en el aire.
—Los bebés son resistentes. Más de lo que creemos —dijo Magda, y su voz sonó extrañamente frágil—. Son como las semillas de pino. Pueden aguantar el fuego y el hielo y aun así brotar.
Se giró y se sentó en una silla de madera frente a Olivia. La luz del fuego iluminaba su rostro, marcando cada arruga, cada cicatriz de tiempo. Se veía agotada, mucho más vieja que en la mañana.
—¿Cómo sabía qué hacer? —preguntó Olivia—. No solo las hierbas… sino cómo cargarla, cómo calmarla. Usted nunca mencionó tener hijos.
El silencio que siguió fue denso. Solo se escuchaba el crepitar del encino consumiéndose lentamente.
Magda miró hacia la oscuridad del pasillo, donde la puerta azul permanecía cerrada, guardando sus secretos.
—He visto muchos principios y muchos finales, Olivia —respondió finalmente, evadiendo la pregunta directa—. En la naturaleza, la vida y la muerte bailan muy pegadas. Uno aprende los pasos, quiera o no.
Se levantó con un crujido de rodillas.
—Voy a dormir. Tú quédate con ella aquí, cerca del fuego. Si vuelve a subir la fiebre, me despiertas. No intentes ser una heroína.
—Magda… —la detuvo Olivia—. Mis padres… ellos me dijeron que era una inútil. Que no podría cuidar de ella. Hoy sentí que tenían razón.
Magda se detuvo en el umbral de su cuarto. No se dio la vuelta, pero su postura se enderezó.
—Tus padres son unos idiotas con miedo al qué dirán —dijo con firmeza—. Tú te quedaste. Tú peleaste. Tú buscaste ayuda. Eso es ser madre. Lo demás es solo biología.
Magda cerró la puerta de su habitación, dejando a Olivia sola con el fuego y el sonido del viento.
Olivia miró a su hija, luego miró la puerta azul al fondo de la cabaña. Magda la había salvado, sí. Pero Olivia empezaba a sospechar que Magda necesitaba ser salvada también. Había un dolor antiguo en esa casa, atrapado entre los frascos de formol y los libros de ciencia. Un dolor que tenía nombre: Leonora.
Y mientras la tormenta rugía afuera, Olivia juró que descubriría la verdad. No por curiosidad, sino porque sentía que sus destinos —el de la adolescente expulsada y la anciana solitaria— estaban entrelazados por algo más fuerte que la nieve.
