PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA DANZA DE LAS SOMBRAS Y EL RUGIDO DEL SILENCIO
La Ciudad de México no duerme, simplemente respira con dificultad bajo el peso de sus propias contradicciones. Para Clara Elena, esa respiración se sentía como un silbido asmático que salía de los pulmones de su padre, Don Marcos.
Eran las seis de la tarde en Iztapalapa. El sol se ocultaba tras un velo de esmog y cables de luz enredados, tiñendo el cielo de un naranja sucio que parecía sangre diluida. Clara se miró en el espejo roto del baño, un fragmento de vidrio que apenas le devolvía una imagen completa de su rostro. Sus ojos azules, herencia de una abuela que nunca conoció, resaltaban en su piel pálida, enmarcados por ojeras que ninguna cantidad de maquillaje barato podría ocultar.
—Ya me voy, pa —susurró, entrando al pequeño cuarto que olía a alcohol isopropílico y a la humedad persistente de las paredes.
Don Marcos apenas se movió. La insuficiencia renal lo estaba consumiendo desde adentro, convirtiendo al hombre fuerte que solía cargar bultos en la Central de Abastos en una sombra de hueso y piel amarillenta.
—Ten cuidado, clarita —logró decir él, con una voz que sonaba como papel de lija—. Ese lugar… no me gusta ese lugar.
—Es el que mejor paga, pa. Con las propinas de hoy podré comprar los filtros para la diálisis del lunes. No te preocupes.
Mentía. Siempre mentía. La preocupación era su única constante, un nudo en el estómago que se apretaba cada vez que pasaba frente a la mesa de la cocina, donde las facturas del hospital St. Jude se apilaban como una tumba de papel. Debía miles de pesos. El sistema de salud público estaba colapsado y el privado era una bestia que exigía ser alimentada con dinero que ella no tenía.
Clara salió de la casa, ajustándose su chamarra desgastada. El trayecto desde la periferia hasta las zonas brillantes de la ciudad era un viaje entre dos mundos. Del ruido de los mototaxis y el olor a fritangas, al silencio estéril y el aroma a sándalo de las Lomas de Chapultepec.
El Corazón de la Bestia: La Jaula de Oro
“La Jaula de Oro” no era un bar; era un santuario para los depredadores. Al cruzar la puerta trasera, el aire cambió. Ya no era el aire viciado del metro, sino un ambiente filtrado, frío y cargado de un magnetismo peligroso.
—¡Evans! Llegas dos minutos tarde —rugió Rick, el gerente del club, un hombre cuyo cuello desaparecía entre sus hombros y cuya camisa siempre parecía estar a punto de reventar por el sudor y la tensión.
—Hubo un retraso en la Línea 12, Rick. Ya estoy aquí.
—Me vale un bledo el metro. Hoy es noche de “pacto”. Están todos aquí. Si derramas una gota, no solo estarás despedida, estarás en una fosa. ¿Me oíste?
Clara asintió en silencio mientras se ponía el delantal negro sobre su uniforme impecable. Rick la tomó del brazo, apretando más de lo necesario.
—Escúchame bien, niña de Iztapalapa. Hoy viene el Patrón. Luciano Valente. No lo mires. No le hables a menos que te pregunte. Y por lo que más quieras, mantente a cinco metros de su perro. Ese animal ha matado a hombres más grandes que tú solo porque no le gustó cómo olían.
Clara tragó saliva. Conocía el nombre. En los callejones de la ciudad, el nombre de Luciano Valente se pronunciaba en susurros, como una oración para evitar la desgracia. Era el dueño de las sombras, el hombre que decidía quién vivía y quién desaparecía en el asfalto.
El club estaba a reventar. La música lounge vibraba en las paredes forradas de terciopelo. Políticos, empresarios y hombres con cicatrices en el alma bebían champaña de diez mil pesos como si fuera agua. Clara se movía entre las mesas con la agilidad de un fantasma, sus sentidos alerta, su mente calculando cuánto podría sacar en propinas esa noche.
La Entrada del Diablo
A las once de la noche, el club se detuvo. No hubo un anuncio, ni la música paró de golpe, pero la energía del lugar colapsó hacia la entrada principal.
Luciano Valente entró.
Era más alto de lo que Clara imaginaba. Vestía un traje de tres piezas color carbón que parecía absorber la luz a su alrededor. Su rostro era una máscara de ángulos duros y frialdad absoluta; ojos como esquirlas de obsidiana que escaneaban el lugar sin mostrar ni un rastro de emoción. Pero no era él quien causaba el pavor paralizante que recorría la sala.
A su lado, caminando con una elegancia letal y sin necesidad de correa, iba Titus.
Era un Cane Corso de un tamaño antinatural. Su pelaje era tan negro y brillante que parecía hecho de petróleo. Sus músculos se ondulaban bajo la piel con cada paso, como cables de acero tensados al máximo. Sus orejas recortadas le daban una apariencia demoníaca, y sus ojos ámbar brillaban con una inteligencia salvaje que decía: “Dame una razón y te convertiré en cenizas”.
—Mesa cuatro —ordenó Rick con voz temblorosa—. Es tu turno, Clara. Si fallas ahora, no hay vuelta atrás.
Clara tomó la charola de plata. Sobre ella, una botella de scotch The Macallan de 1926, una pieza de colección que costaba más que la vida entera de su familia. Los vasos de cristal tallado tintineaban levemente.
—Inhala. Exhala —se dijo a sí misma—. Solo es un perro. Solo es un hombre.
Pero no lo eran. Eran fuerzas de la naturaleza.
La Mesa Cuatro: El Epicentro del Peligro
Al acercarse a la mesa VIP, el aire se volvió denso. Luciano estaba sentado frente al Senador Sterling, un hombre que en la televisión hablaba de justicia pero que aquí, frente a Valente, parecía un niño a punto de ser regañado.
—No puedo autorizar ese permiso de construcción en Querétaro todavía, Luciano —decía el senador con la voz quebrada—. La prensa está encima…
Luciano no respondió con palabras. Simplemente golpeó su anillo de sello contra la mesa. Clink. Clink. Clink.
Titus, que estaba echado como una estatua de mármol negro a los pies de Luciano, levantó la cabeza. Emitió un gruñido sordo, una vibración que Clara sintió en sus propios dientes. El perro no le quitaba los ojos de encima al senador, quien empezó a sudar copiosamente.
—El tiempo es un lujo que no tengo, Sterling —dijo Luciano. Su voz era un barítono profundo, suave pero con la textura de una navaja—. Y mi paciencia es aún más escasa.
Clara llegó al borde de la mesa. Sus manos, usualmente estables por sus años de práctica en cirugía veterinaria, empezaron a traicionarla. La presencia de Titus era abrumadora; podía oler el aroma metálico del perro, el calor que emanaba de su cuerpo masivo.
—Su bebida, señor Valente —dijo Clara. Su voz salió sorprendentemente clara.
Luciano levantó la mirada por un segundo. Fue como ser golpeada por una corriente eléctrica. Sus ojos la analizaron, no como a una mujer, sino como a un objeto que estaba invadiendo su espacio personal.
En ese preciso momento, el desastre golpeó.
Un cliente de la mesa contigua, un empresario textil borracho de poder y tequila, se levantó bruscamente para celebrar un brindis. Al echarse hacia atrás, su codo golpeó con fuerza el hombro de Clara.
El tiempo se dilató. Clara sintió cómo la charola perdía el equilibrio. La botella de 60 mil pesos se deslizó sobre la plata pulida. Intentó atraparla, pero el vidrio era liso y el impulso era demasiado grande.
La botella golpeó la esquina de la mesa de mármol.
El estallido fue como un disparo. El líquido ámbar roció el traje impecable de Luciano y sus zapatos de cuero italiano. Pero lo peor fue un fragmento de cristal, una astilla afilada que salió disparada y se clavó profundamente en la almohadilla de la pata delantera de Titus.
El Despertar de la Bestia
Titus no aulló. No hubo un grito de dolor animal. Hubo una explosión de violencia pura.
El perro se lanzó desde su posición de descanso con la velocidad de un depredador que ha estado esperando este momento toda su vida. El senador Sterling gritó y se cayó de la silla. Los guardaespaldas de las otras mesas llevaron sus manos a sus armas.
Titus no fue por el borracho. En su mente de cazador, el ataque venía de la persona que tenía más cerca: Clara.
El animal saltó. Clara vio las fauces abiertas, los colmillos blancos como el marfil, el brillo de odio en sus ojos ámbar. En ese instante de terror absoluto, el mundo se volvió blanco y negro.
“Si corres, mueres”, le gritó su subconsciente.
Clara no gritó. No intentó protegerse la cara con las manos. Recordó sus días en la clínica, tratando con animales que habían sido destrozados por la vida y el odio humano.
Hizo lo impensable.
Se dejó caer de rodillas sobre los vidrios rotos. Ignoró el dolor de los cristales cortando su piel y bajó la cabeza hasta que su frente casi tocaba el suelo. Expuso su nuca, el signo definitivo de rendición en el reino animal. Se quedó completamente inmóvil, como una piedra.
El impacto fue demoledor. Los 70 kilos de músculo de Titus la golpearon en el pecho, lanzándola de espaldas contra el suelo. El perro aterrizó sobre ella, sus patas delanteras inmovilizando sus hombros, su cara a milímetros de la de ella.
El rugido de Titus era un trueno constante que le sacudía el cráneo. Podía sentir la humedad de su nariz, el olor del scotch mezclado con el aroma a sangre del perro. Sus mandíbulas se abrieron justo sobre su garganta.
—¡Titus, detente! —rugió Luciano. Su voz era un trueno, pero el perro, cegado por el dolor de su pata y el instinto de defensa, no obedeció de inmediato.
Luciano ya tenía su pistola fuera, apuntando a la cabeza de su propio perro. Estaba dispuesto a ejecutar a su activo más valioso antes de dejar que matara a una empleada en público.
La Domadora de Demonios
Pero Clara no escuchaba a Luciano. Su mirada estaba fija en un punto neutro debajo del pecho del perro. Su corazón latía a mil por hora, pero su respiración… su respiración se volvió forzadamente lenta.
—Tranquilo… tranquilo, mi guerrero —susurró ella. No era una voz de miedo, era una voz de autoridad materna, de calma absoluta.
Hizo un sonido con la lengua, un chasquido rítmico: Tsk-tsk, tsk-tsk. Era el sonido que usaba con los caballos asustados en el rancho de su tío. Luego, soltó un largo suspiro, una exhalación que liberaba la tensión de su propio cuerpo.
Titus se quedó petrificado. Sus mandíbulas, que estaban a punto de cerrarse sobre el cuello de Clara, se detuvieron. Sus ojos ámbar, dilatados por la adrenalina, empezaron a enfocarse en la mujer que tenía debajo.
Clara, con una lentitud agónica, levantó su mano derecha. La multitud en el club contuvo el aliento. Rick, en la distancia, cerró los ojos, esperando ver sangre salpicando el terciopelo.
Ella no empujó al perro. No lo golpeó. Simplemente puso su mano plana contra el pecho del animal, justo sobre el lugar donde su corazón golpeaba como un martillo contra las costillas.
—Sé que te duele, Titus. Sé que estás asustado —continuó susurrando en un tono bajo, casi un ronroneo—. Estás bien. Eres un buen chico. Déjame ayudarte.
Empezó a tararear. Una melodía sin nombre, una frecuencia baja que imitaba el ronroneo de un gato grande. Era una técnica de relajación para animales con estrés postraumático.
La transformación fue un milagro oscuro.
La tensión en los músculos de Titus se evaporó. Sus orejas, que estaban pegadas al cráneo, se relajaron. El perro bajó la cabeza y, en lugar de morder, inhaló profundamente el aroma de Clara. Olía a miedo, sí, pero también a algo que Titus no había sentido en mucho tiempo: compasión.
El “diablo de Chicago”, el perro que había despedazado sicarios, soltó un gemido lastimero. Bajó la lengua y, con una delicadeza asombrosa, lamió una gota de sangre que bajaba por la frente de Clara, producto de un pequeño corte con un vidrio.
El silencio en “La Jaula de Oro” era tan pesado que se podía escuchar el goteo del whisky desde la mesa.
El Encuentro de Dos Monstruos
Luciano Valente bajó su arma lentamente. Su rostro seguía siendo una máscara, pero en sus ojos brillaba algo nuevo: una fascinación letal.
—Titus… abajo —dijo Luciano. Esta vez, su voz no era un grito, sino un comando seco.
El perro obedeció al instante. Se bajó de encima de Clara, pero no se alejó. Se sentó a su lado, pegando su flanco al hombro de ella, mirando desafiante a cualquiera que intentara acercarse. Estaba marcando territorio. Estaba reclamándola.
Clara se sentó en el suelo, rodeada de vidrios rotos y scotch de 3,000 dólares. Su uniforme estaba arruinado, sus rodillas sangraban y sus manos temblaban violentamente ahora que la adrenalina empezaba a abandonar su sistema.
—Yo… lo siento mucho, señor —dijo ella, mirando los zapatos manchados de Luciano—. La botella… se la pagaré. No me despida, por favor. Necesito este trabajo. Mi padre…
Luciano se acercó. Se detuvo a unos centímetros de ella. El aroma de su perfume, una mezcla de tabaco, cuero y algo peligrosamente metálico, la envolvió.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Luciano. Su voz era un susurro que cortaba el aire—. He visto a expertos en comportamiento canino terminar en el hospital intentando lo que tú acabas de hacer con un susurro.
Clara levantó la mirada. Sus ojos azules chocaron con la oscuridad de los de él.
—No es un objeto, señor Valente. Es un ser vivo que tiene dolor. Usted lo entrena para ser un monstruo, pero él solo quiere saber que no está solo en el caos.
Luciano se quedó inmóvil. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a cuestionar sus métodos. Rick, el gerente, corrió hacia ellos, pálido como un muerto.
—¡Señor Valente! Mil disculpas. Esta estúpida será despedida de inmediato y procesada. ¡Clara, lárgate de aquí antes de que llame a la policía!
—Cállate, Rick —dijo Luciano sin quitarle la vista a Clara.
El gerente se quedó mudo, con la boca abierta.
—Ella no se va a ningún lado —continuó Luciano—. Trae el botiquín. Ahora.
Luciano se agachó frente a Clara. Por primera vez, ella vio una grieta en su armadura. No era bondad, era respeto. Un respeto nacido de reconocer a alguien que, a pesar de estar muerto de miedo, tenía el control total de la situación.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Clara Elena Evans.
—Bien, Clara Elena. Has arruinado mi bebida, has manchado mis zapatos y has dejado a mi perro herido. En mi mundo, eso se paga con sangre.
Clara sintió que el frío volvía a su cuerpo. Pero Luciano continuó, su voz bajando a un tono que solo ella podía escuchar.
—Pero también has hecho algo que nadie en esta ciudad ha logrado: has calmado a la bestia. Y eso, para mí, vale mucho más que una botella de scotch.
Luciano extendió su mano. No para golpearla, sino para ayudarla a levantarse. Clara dudó un segundo, mirando la mano del hombre más peligroso de México. Al final, la tomó. Sus dedos se cerraron sobre la mano de él; su piel estaba caliente y su agarre era como hierro.
Al ponerse de pie, Titus se levantó con ella, apoyando su cabeza en la mano de Clara, buscando consuelo por el vidrio que aún tenía clavado en la pata.
—Rick —llamó Luciano sin mirar al gerente—. Págale el triple de su turno de hoy. Y tú, Clara… mañana a las ocho de la mañana una camioneta pasará por ti a tu casa.
—¿A mi casa? ¿Cómo sabe dónde vivo?
Luciano soltó una pequeña y gélida sonrisa.
—Sé cuántas veces parpadeas al minuto, Clara Elena. Mañana vendrás a mi hacienda. Titus necesita un médico, y parece que tú eres la única a la que no quiere degollar.
—Pero mi padre… tengo que cuidarlo.
—Tu padre recibirá la mejor atención médica de este país a partir de esta noche. Considéralo un anticipo de tus servicios.
Luciano se dio la vuelta y salió del club con la misma elegancia con la que entró. Titus lo siguió, pero justo antes de salir por la puerta principal, el perro se detuvo y miró hacia atrás, a la mesera que lo había salvado de sí mismo.
Clara se quedó sola en medio de la pista de baile. El silencio del club era absoluto. Sabía que acababa de firmar un pacto con el diablo, pero mientras miraba la sangre en sus manos y recordaba la calidez del corazón de Titus, supo que su vida nunca volvería a ser la misma.
Había domado a la bestia, pero ahora tenía que sobrevivir al hombre que sostenía la correa.
CAPÍTULO 2: EL PACTO DE SANGRE Y LA JAULA DE MÁRMOL
La noche en la Ciudad de México no es oscura; es de un gris cenizo que se te pega a la piel. Eran pasadas las tres de la mañana cuando el turno en “La Jaula de Oro” terminó finalmente. Clara Elena caminaba a paso veloz hacia la parada del camión, con el frío calándole hasta los huesos a través de su chamarra delgada. Sus manos, aún con restos de la adrenalina del ataque de Titus, se hundieron en sus bolsillos. En uno de ellos, sus dedos rodearon el bote de gas pimienta; era una defensa patética contra los monstruos de esta ciudad, pero era lo único que tenía.
El eco de sus propios pasos sobre el pavimento mojado la ponía nerviosa. Tenía esa sensación punzante en la nuca, el instinto de ser cazada que había desarrollado en los últimos dos años. De repente, una camioneta SUV negra con los vidrios polarizados avanzó lentamente a su lado, igualando su paso con una precisión mecánica.
Clara no se detuvo, pero su corazón empezó a martillear contra sus costillas. “No mires, no te detengas”, se dijo a sí misma. Pero el cristal del copiloto bajó con un zumbido eléctrico.
—Súbase, señorita Evans —dijo una voz que sonaba como grava siendo triturada.
No era Luciano. Era Rocco, su jefe de seguridad, un hombre con una cicatriz en el labio y un cuello tan ancho como el tronco de un encino.
—Tomaré el camión, gracias —respondió Clara, tratando de que su voz no temblara, aunque sus piernas se sentían como gelatina.
—No fue una petición —sentenció Rocco. La puerta trasera se abrió con un “click” metálico que sonó como el cerrojo de una celda.
Desde la penumbra del asiento trasero, emergió un gruñido bajo y vibrante. Era Titus. Clara se congeló. Sabía que un perro como él no gruñía así a alguien a quien quisiera dar la bienvenida, pero también sabía que si Luciano hubiera querido hacerle daño, ya estaría muerta en ese callejón. El perro no le gruñía a ella; estaba impaciente, sus ojos ámbar brillando en la oscuridad del vehículo, exigiendo su presencia.
—El señor Valente quiere hablar con usted —añadió Rocco, ajustándose los lentes oscuros a pesar de la madrugada—. Él sabe de su padre. Él está pagando sus facturas médicas y el tratamiento de diálisis.
Clara sintió que el mundo se detenía. Un frío glacial, más intenso que el viento de la ciudad, le recorrió la espalda. Nadie sabía lo de su padre. Había sido tan cuidadosa, ocultando su rastro, usando nombres falsos para los depósitos.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó con un hilo de voz.
—El señor Valente lo sabe todo —respondió Rocco con una frialdad mecánica—. Súbase o mañana el hospital detiene el tratamiento debido a “irregularidades en el pago”.
Era una amenaza envuelta en terciopelo negro. Clara Elena, sin más opciones, entró en la boca del lobo.
La Revelación del Verdugo
El interior de la camioneta olía a cuero nuevo, a perfume caro y al aroma metálico del perro. Luciano Valente estaba sentado en el extremo opuesto, sumergido en la luz azulada de una tableta electrónica. No levantó la mirada cuando ella entró. Titus, por el contrario, no perdió el tiempo; en cuanto Clara se sentó, el enorme animal apoyó su pesada cabeza en el regazo de la joven, soltando un suspiro de satisfacción que hizo vibrar las piernas de Clara.
—Buenas noches, Clara Elena —dijo Luciano finalmente, su voz era suave pero cargada de una autoridad letal.
—Usted amenazó a mi padre —lo acusó ella, el miedo transformándose en una ira desesperada—. ¿Quién se cree que es? ¿Un dios que puede decidir quién vive y quién muere?.
Luciano dejó la tableta a un lado y la miró. En la penumbra del vehículo, sus ojos parecían esquirlas de hielo bajo las luces de los postes que pasaban a toda velocidad.
—Soy el hombre que va a resolver todos sus problemas —respondió él con una calma aterradora—, siempre y cuando usted resuelva uno de los míos.
—Soy una mesera, señor Valente. Sirvo tragos, no resuelvo problemas de la mafia —replicó Clara, tratando de apartar la mirada.
—Usted no es una mesera —la corrigió Luciano, inclinándose hacia adelante, invadiendo su espacio—. Usted es un fantasma.
Clara tragó saliva. El aire en la SUV parecía haberse agotado.
—Clara Elena Evans, ex estudiante de veterinaria en la Universidad Cornell, la mejor de su clase —recitó Luciano como si leyera una sentencia—. Abandonó la carrera dos meses antes de graduarse cuando su padre, Marcus Evans, fue diagnosticado con insuficiencia renal crónica. Ha estado trabajando en tres empleos distintos, viviendo en condiciones deplorables, solo para mantenerlo conectado a una máquina.
Clara se sintió desnuda, expuesta ante el hombre más peligroso de la ciudad. Sus secretos, los muros que había construido para protegerse, se habían desmoronado con unas pocas frases.
—¿Qué quiere de mí? —susurró.
Luciano señaló al gigante negro que dormitaba en el regazo de Clara.
—Titus es… difícil —admitió Luciano—. Ha sido entrenado para matar, para proteger y para intimidar. Pero últimamente se ha vuelto inmanejable. Mordió a mi ama de llaves la semana pasada y casi le arranca el brazo a mi consigliere ayer. Mi equipo de seguridad me presiona para que lo sacrifique. Dicen que es un cabo suelto.
Clara ahogó un grito de horror y, de forma instintiva, cubrió las orejas de Titus con sus manos, como si el perro pudiera entender la sentencia de muerte que pesaba sobre él.
—¡No puede hacer eso! —exclamó ella—. Él no está loco, está estresado. Está trabajando demasiado duro, bajo una tensión constante. Mírelo, sus niveles de cortisol deben estar por las nubes.
Luciano enarcó una ceja, una pequeña chispa de interés brilló en su mirada gélida.
—Exactamente —dijo él—. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, este maldito perro cree que usted es la Virgen María. Así que le ofrezco un empleo: usted se mudará a mi propiedad. Será la manejadora principal de Titus. Lo alimentará, lo paseará y se asegurará de que no se coma a mis socios de negocios.
Clara lo escuchaba con incredulidad. El trato era simple, pero el costo era su libertad.
—¿Y a cambio? —preguntó.
—A cambio, pagaré la deuda médica de su padre en su totalidad, incluyendo el trasplante que necesita con urgencia. Él tendrá a los mejores cirujanos, el mejor postoperatorio y una vida tranquila.
Era un pacto con el diablo. Entrar en el mundo de los Valente significaba sumergirse en un océano de silencio, violencia y lealtades sangrientas. Una vez que entrabas, no salías caminando.
—¿Y si me niego? —desafió ella.
Luciano se recostó en su asiento, la sombra ocultando su rostro nuevamente.
—Entonces la dejo en la parada del camión —dijo con una indiferencia que le heló la sangre—. Y Titus recibirá una inyección letal mañana por la mañana, porque no puedo permitirme tener una responsabilidad inestable vigilando mi casa.
Clara miró al perro. Titus abrió sus ojos ámbar y la miró con una profundidad conmovedora, presionando su nariz húmeda contra la palma de su mano. Para el mundo, era un asesino; para ella, era un alma herida necesitada de guía.
—Tengo condiciones —sentenció Clara, tratando de recuperar un poco de control sobre su destino.
Luciano soltó una risa seca, un sonido carente de alegría.
—Todo el mundo tiene condiciones. Dígalas.
—Quiero un contrato para el cuidado de mi padre. Irrevocable. Incluso si yo… si algo me pasa o si decido irme —comenzó ella.
—Hecho.
—Y no quiero participar en sus “negocios” —añadió Clara con firmeza—. Yo manejo al perro. No cocino para su gente, no limpio sus armas y no veo nada que no deba ver.
Luciano se inclinó de nuevo, esta vez tan cerca que Clara pudo oler el tabaco y el sándalo de su loción. El aire vibraba con una tensión eléctrica.
—Clara Elena, en mi casa, usted verá lo que yo le permita ver —susurró él con una voz que era una advertencia y una promesa a la vez—. Pero acepto. Usted está ahí por el perro, nada más.
Luciano golpeó el cristal divisorio.
—Conduce, Rocco.
La Entrada a la Fortaleza
Mientras la camioneta se alejaba de la ciudad y se adentraba en las lujosas zonas residenciales de las afueras, Clara Elena sintió que el corazón se le hundía en el pecho. Había cometido un error terrible, lo sabía en sus entrañas. No solo estaba intentando domar a un animal salvaje; estaba entrando en la guarida del lobo más alfa de todos.
Lo que Luciano Valente no sabía, lo que su investigación exhaustiva no había detectado, era la verdadera razón por la que Clara era tan buena con los animales. No era solo su talento en Cornell. Ella también estaba huyendo. Al ponerse bajo el reflector de la mafia más poderosa de México, acababa de pintarse un blanco en la espalda que su perseguidor no tardaría en encontrar.
La camioneta se detuvo frente a unas enormes puertas de hierro forjado. Era la Hacienda Valente, un lugar que parecía más una fortaleza militar que una casa familiar. Cámaras de seguridad, sensores de movimiento y hombres armados patrullaban los muros de piedra volcánica.
—Bienvenida a casa, Clara —dijo Luciano suavemente.
Titus soltó un ladrido alegre que resonó en la oscuridad del jardín. Pero para Clara, el sonido del pesado portón cerrándose detrás de ellos sonó ominosamente como el cerrojo de una celda de máxima seguridad.
El Mausoleo de Mármol
La Hacienda era una estructura imponente, construida con mármol blanco y maderas oscuras que absorbían la luz. Era hermosa, sí, pero también fría y silenciosa como una tumba.
Durante los primeros tres días, Clara no vio a Luciano. Su mundo se redujo al ala oeste de la casa y a los inmensos jardines amurallados. Solo veía a las empleadas domésticas, mujeres silenciosas con uniformes grises que limpiaban superficies que ya brillaban de limpias, y a Rocco, quien la observaba con la sospecha de un hombre que espera que una granada explote en cualquier momento.
Pero su verdadero trabajo estaba con Titus. La transformación del perro fue sutil pero profunda. Sin la presencia constante de la energía agresiva y dominante de Luciano, Titus comenzó a descomprimirse.
Clara estableció una rutina estricta: calma, precisión y previsibilidad. Lo alimentaba de su mano, obligándolo a hacer contacto visual para pedir permiso antes de comer. Lo paseaba con una correa floja, corrigiéndolo con un suave siseo en lugar de un tirón violento. No lo trataba como a un monstruo, sino como a un perro de trabajo que se había quedado sin propósito.
—Eres un buen muchacho, Titus —le decía mientras lo cepillaba bajo la sombra de un enorme jacaranda—. Solo estás un poco confundido, ¿verdad? Como yo.
El perro respondía apoyando su cabeza en el hombro de ella, cerrando los ojos con una confianza que le dolía a Clara. Ambos eran prisioneros en esa jaula de oro, cada uno con sus propias cicatrices, cada uno esperando que el pasado no terminara por alcanzarlos.
En la cuarta noche, una tormenta eléctrica bajó de la sierra, azotando la hacienda con una lluvia que sonaba como metralla contra los ventanales. Clara sabía que el trueno era un disparador común para la ansiedad en perros de guardia.
Se sentó en el suelo de su habitación, un cuarto más grande que todo su departamento en Iztapalapa, tratando de leer un diario de medicina veterinaria. Pero Titus no la dejaba concentrarse. El perro caminaba de un lado a otro, sus garras haciendo un “click, click, click” rítmico sobre la madera fina. Estaba jadeando, con las pupilas dilatadas por el pánico.
—A tu lugar, Titus —susurró Clara, señalando el tapete frente a la chimenea.
El perro vaciló. Un trueno especialmente fuerte sacudió los cimientos de la casa. Titus soltó un gruñido vibrante, dirigido hacia la ventana, hacia el enemigo invisible que hacía tanto ruido.
—Titus. A tu lugar.
Su voz era firme pero baja, sin rastro de miedo. El perro la miró, sus ojos pidiendo permiso para ser vulnerable, y finalmente se echó en el tapete. Clara se acercó y se sentó junto a él, apoyando su espalda contra un sillón, simplemente existiendo en su espacio.
Después de diez minutos, el gigante soltó un suspiro largo y apoyó su barbilla en el tobillo de Clara. Fue un avance, un momento de paz en medio de la tormenta.
Pero la paz se hizo pedazos cuando la manija de la puerta giró. Titus se puso en pie de un salto, un rugido naciendo en su pecho. La puerta se abrió y Luciano Valente apareció en el umbral. No traía saco, su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello y las mangas enrolladas mostraban antebrazos marcados por el ejercicio y tatuajes crípticos. Se veía exhausto, y por lo mismo, más peligroso que nunca.
—Tranquilo —le dijo Clara al perro, sin levantarse. No le ordenó que se detuviera; simplemente le recordó que ella estaba ahí.
Titus dejó de avanzar, pero no se sentó. Se colocó exactamente entre Clara y Luciano, convirtiéndose en un escudo viviente.
—Te protege de mí —observó Luciano, su voz áspera por el whisky y el cansancio —. En mi propia casa.
—Él protege a la persona vulnerable del depredador —replicó Clara, sosteniendo la mirada—. Es su instinto. Él siente que usted es una amenaza.
Luciano entornó los ojos, entrando finalmente en la habitación. El aire pareció volverse más pesado con su sola presencia.
—¿Soy una amenaza para ti, Clara Elena?.
—Usted es una amenaza para todo el mundo, señor Valente. Es su descripción de puesto, ¿no?.
Titus se erizó, una línea de pelo se levantó sobre su columna como una cuchilla.
—Abajo —ordenó Luciano al perro. Titus lo ignoró por completo.
El Patrón miró al animal y luego a la joven. Hubo un destello de algo parecido al respeto, o quizá a la envidia, en su rostro.
—Vine a entregarte esto —dijo Luciano, sacando un sobre grueso de su bolsillo trasero —. Son los papeles del traslado de tu padre. Ya está en el ala privada del hospital. Su nombre ha sido puesto al principio de la lista de trasplantes.
Clara sintió un nudo en la garganta. Tomó el sobre con dedos temblorosos.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias. Es una transacción —cortó él con frialdad—. Tú estás cumpliendo con tu parte.
Luciano caminó hacia la ventana, observando la lluvia.
—Rocco me dice que no has salido de la propiedad ni una vez. No has pedido un día libre. No has llamado a nadie. La mayoría de las mujeres en tu posición estarían vaciando la tarjeta de crédito que te di o intentando escabullirse para ver a un novio.
Se giró, su mirada penetrante como un bisturí.
—Pero tú… tú te escondes. Te escondes en este cuarto, en el jardín. Caminas de puntitas, como si tuvieras miedo de que el suelo fuera a gritar.
Dio un paso hacia ella. Clara retrocedió instintivamente hasta que su espalda golpeó el sillón.
—¿De quién te escondes, Clara Elena?.
La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y asfixiante. Clara sabía que ese era el comienzo de una nueva batalla. No solo tenía que domar a la bestia de cuatro patas, sino que tenía que mantener sus propios demonios ocultos del hombre que acababa de comprar su lealtad.

PARTE 2: LA GUERRA DE LOS MONSTRUOS
CAPÍTULO 3: El Marcado por la “X”
Habían pasado dos semanas desde que puse un pie en la Hacienda Valente, y en ese tiempo, mi mundo se había transformado en una rutina de disciplina, silencio y una extraña paz que sabía que no podía durar. Había progresado más con Titus de lo que Luciano jamás imaginó. Ya no era el animal que gruñía a cada sombra; ahora caminaba por la casa principal sin mostrar los colmillos al personal, respondiendo a mis comandos de “habla” y “quieto” con una precisión que rozaba lo militar.
Luciano, por su parte, se había vuelto una presencia constante en mi periferia. Ya no era solo el hombre que me daba órdenes desde una oficina oscura. Ahora tomaba su café matutino en el solárium, justo donde yo entrenaba a Titus. Se sentaba ahí, con sus papeles de negocios y su café negro, observándome sobre el borde de su taza con una mirada que no lograba descifrar. Era una mezcla de respeto táctico y algo más… algo que me hacía sentir más expuesta que cuando me apuntaba con un arma.
—Le estás enseñando a ser un perro de nuevo —me dijo una mañana, su voz rompiendo el silencio de la sesión de entrenamiento.
—Le estoy enseñando que no necesita ser un arma las veinticuatro horas del día —respondí sin mirarlo, ajustando el collar de Titus—. Él solo quiere saber cuándo es momento de trabajar y cuándo es momento de descansar.
Luciano soltó una risa seca.
—En este mundo, Clara, el momento de descansar suele ser cuando ya estás bajo tierra.
Esa frase se quedaría grabada en mi mente, porque el destino decidió darnos una lección de realidad apenas unas horas después.
Era un martes gris. El aire de la Ciudad de México se sentía cargado, eléctrico. Rocco, el jefe de seguridad, entró al solárium con el rostro tenso, una expresión que en él solía significar que alguien iba a morir pronto.
—Patrón, tenemos que revisar el perímetro —anunció Rocco—. Los sensores de la zona norte están fallando de nuevo. Podría ser un animal, pero las lecturas son inconsistentes.
—Iré yo mismo —sentenció Luciano, levantándose.
—Yo llevaré a Titus —me ofrecí, sintiendo un impulso repentino de salir de las paredes de mármol—. Necesita ejercicio y el aire libre le ayudará a enfocarse.
Luciano asintió. Salimos a las diez de la mañana. El grupo era pequeño pero letal: Luciano y Rocco al frente, yo diez pasos atrás con Titus en una correa larga, y dos guardaespaldas cerrando la retaguardia.
Caminamos hasta el borde norte de la propiedad, donde el jardín perfecto se rendía ante la densidad del bosque. La cerca de metal, de tres metros de alto y coronada con alambre de púas, se alzaba como una frontera entre la civilización y lo salvaje.
—Aquí —dijo Rocco, señalando una sección del conjunto de sensores—. Los cables están cortados. No parece obra de un animal. Son cortes limpios, de pinzas profesionales.
Luciano se agachó para inspeccionarlos. En ese momento, sentí un tirón violento en la correa. Titus había dejado de jadear. Su cuerpo se puso rígido, cada músculo tensado como una cuerda de violín. Su nariz apuntaba directamente hacia la densa línea de árboles más allá de la cerca.
—Titus… —susurré.
El perro emitió un “woof” bajo y seco. No era un ladrido de juego; era una alerta de combate.
—¡Señor Valente! —llamé con la voz cortada por la urgencia—. ¡Algo anda mal! El perro tiene algo.
Luciano se puso de pie y se giró justo cuando el infierno se desataba.
Un estallido seco resonó desde el bosque. No fue un disparo común; fue el chasquido supersónico de un proyectil de alta velocidad. Antes de que pudiera procesar el sonido, vi cómo el hombro de Rocco explotaba en una nube roja. El hombre giró sobre sí mismo y cayó al suelo, gritando de dolor.
—¡A cubierto! —rugió Luciano.
No corrió hacia la casa. Se lanzó hacia mí, derribándome justo cuando una segunda bala levantaba la tierra donde yo había estado parada un segundo antes. Rodamos hacia una zanja de drenaje poco profunda que corría paralela a la cerca.
El caos era total. Los dos guardaespaldas de la retaguardia abrieron fuego hacia los árboles con sus subfusiles, pero el fuego de respuesta era preciso, controlado y suprimido. Vi caer al primero con un disparo en la frente. El segundo no duró mucho más.
—Es un francotirador —gritó Luciano, presionando mi cabeza contra el lodo mientras sacaba su propia pistola—. ¡Maldita sea, no podemos ver de dónde vienen los tiros!.
Rocco estaba a diez metros de nosotros, desangrándose en el pasto abierto. Intentaba gatear hacia la zanja, pero cada vez que se movía, una bala impactaba a centímetros de su cabeza. El tirador estaba jugando con él, usándolo como cebo para que Luciano saliera de su escondite.
—¡Tengo que ir por él! —gruñó Luciano, preparándose para correr en una misión suicida.
—¡No! —lo agarré del brazo con todas mis fuerzas—. Te van a matar. Es una trampa profesional. Están esperando a que te muevas.
—¡Es mi hombre, Clara! ¡Yo no dejo a mi gente atrás!.
—Mande al perro —dije, y mis propias palabras me sorprendieron por su frialdad táctica.
Luciano me miró como si hubiera perdido el juicio.
—Titus no es a prueba de balas.
—Es rápido y corre bajo. Ellos apuntan a la altura del pecho. Él puede llegar antes de que lo fijen.
Miré a Titus, que estaba a mi lado en la zanja, vibrando con la necesidad de atacar. Agarré su cara entre mis manos, obligándolo a mirarme.
—Titus, mira —señalé hacia la línea de árboles, específicamente hacia un gran roble donde había visto un destello de luz—. Busca.
No fue un comando para matar; fue un comando para cazar. Solté su collar y el perro salió disparado como un proyectil negro. No corrió en línea recta; zigzagueó por puro instinto, convirtiéndose en un blanco casi imposible.
Escuché el rifle: ¡Crack! Falló. ¡Crack! Otro fallo. Titus llegó a la cerca, trepó por la malla con una agilidad asombrosa, ignorando el alambre de púas, y desapareció en la maleza.
Cinco segundos de un silencio absoluto y aterrador.
Luego, un grito. No fue un grito de dolor, fue un grito de puro terror primario. Una voz de hombre, alta y aguda. Luego el sonido de ramas rompiéndose, el golpe sordo de un cuerpo contra un tronco y ese sonido húmedo de desgarro que solo un animal de ese tamaño puede hacer.
Los disparos cesaron de inmediato.
—¡Rocco, ahora! —gritó Luciano.
Luciano salió de la zanja, agarró a Rocco por el chaleco y lo arrastró hacia la seguridad de la depresión. Yo no podía apartar la vista del bosque.
—¡Titus! —grité con los pulmones ardiendo—. ¡Titus, aquí!.
Tenía que detenerlo. Si la policía llegaba y encontraba a un perro devorando a un hombre, lo sacrificarían sin dudarlo.
El arbusto se movió. La sombra negra emergió del bosque. Titus regresó trotando, con el pecho cubierto de una sangre que no era suya. Cojeaba un poco de la pata delantera izquierda. Encontró el agujero que el francotirador había cortado en la cerca y regresó a mi lado, colapsando junto a mí en la zanja, jadeando con la lengua fuera.
Inmediatamente empecé a revisarlo, con las manos manchadas de lodo y sangre ajena.
—¿Le dieron? —preguntó Luciano mientras le aplicaba un torniquete a Rocco, pero sus ojos estaban fijos en mí.
—Es solo un rozón en el flanco. Y se cortó la pata con la cerca. Pero está bien… está bien —dije, y mi voz empezó a romperse ahora que el peligro inmediato había pasado.
Luciano miró hacia donde los gritos habían cesado y luego me miró a mí, que estaba abrazando a la bestia mientras lloraba sobre su pelaje. En ese momento, vi algo en sus ojos que nunca había estado ahí: una chispa de asombro puro. Me había subestimado. Pensaba que solo era una mujer suave que sabía tratar a los animales, pero acababa de presenciar cómo ejecutaba una maniobra táctica bajo fuego.
—Clara —dijo Luciano suavemente cuando llegaron los refuerzos de la hacienda.
Levanté la vista, con la cara llena de lodo.
—Me salvaste la vida —afirmó él.
—Salvé al perro —lo corregí—. Si tú morías, a él lo sacrificarían.
Luciano me sostuvo la mirada. Se acercó y, con un gesto casi tierno, limpió una mancha de sangre de mi mejilla. Esta vez, no me estremecí. Estaba demasiado agotada para tener miedo.
—Regresemos a la casa —dijo él—. La guerra ha comenzado.
Mientras ayudaban a subir a Rocco a la camioneta, algo brilló en el lodo de la zanja. Me agaché y recogí un casquillo de bala que debió haber rodado desde la posición del tirador o de una misión de reconocimiento previa.
Era un proyectil .308 Winchester de punta hueca. Pero lo que me hizo dejar de respirar no fue el calibre. Fue la marca grabada a mano en la base de la pieza de bronce. Una pequeña “X” toscamente tallada.
Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies. Conocía esa marca. La había visto cientos de veces en el banco de recarga de un garaje en el sur de la ciudad.
—Clara, ¿qué pasa? —preguntó Luciano con la mano en su arma.
Cerré el puño con fuerza sobre el casquillo, escondiéndolo.
—Nada —mentí, y el sabor de la falsedad fue como ceniza en mi boca—. Solo basura.
Pero mientras subía al coche, la fría realidad se asentó en mi estómago como un bloque de plomo. El francotirador no era un mafioso rival. Era el Detective Gerardo Bahena. Mi ex prometido. El hombre que me había roto las costillas y que ahora estaba cazando a Luciano Valente para recuperarme.
Estaba atrapada. Si le decía la verdad a Luciano, él iría a la guerra contra la Policía de la Ciudad de México. Y en esa guerra, nadie sobreviviría. Ni Luciano, ni mi padre… ni Titus.
CAPÍTULO 4: El Callejón de los Lobos
El regreso a la casa principal de la Hacienda Valente fue un desfile de sombras y silencio sepulcral. La adrenalina de la emboscada había dejado paso a una pesadez asfixiante que se sentía en cada columna de mármol y en cada rincón oscuro del inmueble. Los portones de hierro se cerraron con un estruendo metálico que resonó en mis oídos como el cierre de un ataúd. Parejas de hombres armados, con sus rostros ocultos por el frío de la noche, patrullaban el perímetro con una urgencia que no habían mostrado antes.
Dentro de la enfermería privada de la hacienda —un lugar que olía a yodo, alcohol y a la muerte que intentaban evitar—, las luces fluorescentes zumbaban con una frecuencia irritante. Bajo esa luz cruda, la sangre en mis manos no parecía roja, sino de un negro viscoso que se negaba a desaparecer por más que me tallara.
—Mantenlo quieto, Luciano —susurré, y mi propia voz me sonó ajena, endurecida por el trauma.
Luciano Valente estaba frente a mí, al otro lado de la mesa de acero inoxidable. Ya no llevaba su saco de tres piezas; su camisa blanca, la que costaba más que mi antigua vida, estaba manchada de lodo y de la sangre de Rocco. Tenía las mangas arremangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos poderosos cubiertos de tatuajes que parecían cobrar vida bajo la luz blanca. Sus manos, que yo sabía capaces de una violencia inimaginable, estaban posadas con una ternura casi dolorosa sobre la cabeza de Titus, manteniendo al gigante tranquilo mientras yo trabajaba.
—Está temblando —notó Luciano, con una voz baja que vibraba en el pequeño cuarto.
—Está bajando de la euforia del combate —expliqué, mientras enhebraba una aguja quirúrgica con movimientos que mi cuerpo recordaba de sus días en Cornell.— Su cuerpo está inundado de cortisol. No siente dolor físico ahora mismo, solo está procesando que sobrevivió.
Me enfoqué en la herida. Era un tajo feo en el flanco donde la bala del francotirador lo había rozado, y un corte profundo en la almohadilla de su pata izquierda provocado por el alambre de púas de la cerca. Trabajé con la precisión de la cirujana que debí ser. Limpiar, irrigar, suturar, anudar. Cada vez que la aguja perforaba la piel endurecida de Titus, el perro soltaba un quejido bajo, casi humano.
Y cada vez, Luciano se inclinaba y le susurraba algo en un italiano fluido, con su frente apoyada contra el cráneo masivo del perro.
—Tranquillo, amico mio. Ci sono io qui —decía Luciano.
Era una contradicción que me quemaba el pecho. El hombre que probablemente había ordenado ejecuciones esa misma mañana estaba consolando a su perro como si fuera su único hijo. Pero ese dolor en mi pecho fue rápidamente reemplazado por el peso gélido en mi bolsillo: el casquillo marcado con la “X”. Se sentía como si el metal estuviera perforando mi piel, recordándome la mentira que estaba sosteniendo frente al hombre más perceptivo de la ciudad.
—Estás muy callada, Clara —dijo Luciano sin mirarme, observando mis manos trabajar.
—Estoy concentrada —mentí, terminando la última puntada en el flanco.
—Lo hiciste bien hoy —continuó él, y esta vez sus ojos se levantaron para chocar con los míos.— Cualquiera se habría congelado. Tú analizaste la trayectoria y desplegaste al perro. Te moviste como un soldado, Clara.
Tragué saliva, sintiendo la boca seca como el desierto.
—Crecí en un barrio bravo, Luciano. Aprendes a agacharte cuando escuchas los balazos —respondí, intentando quitarle importancia.
—Eso no fue agacharse. Eso fue conciencia táctica —Luciano rodeó la mesa, cerrando el espacio entre nosotros hasta que pude oler el sándalo y la pólvora en su piel .— Y en el bosque, encontraste algo.
Mi corazón saltó un latido. Seguí vendando la pata de Titus, negándome a encontrar su mirada.
—Ya te dije que era basura.
—Hiciste una pausa —presionó él, bajando el tono de su voz a una octava letal—. Estábamos expuestos. Los segundos contaban y te detuviste a recoger algo. Lo priorizaste sobre tu propia vida. ¿Por qué?.
Terminé de vendar a Titus y le di una palmadita. El perro se sacudió, el sonido de sus orejas aleteando llenó el tenso silencio antes de que recargara todo su peso contra mis piernas.
—Pensé que era evidencia —solté la mentira, y me supo a ceniza en la boca—. Pero solo era un pedazo de metal oxidado. Lo tiré de nuevo al lodo.
Luciano me estudió la cara. Sabía que estaba buscando las microexpresiones, los delatores que indicaran mi traición. Se acercó más, invadiendo mi espacio personal de una forma que hacía que mi piel hormigueara.
—Eres una pésima mentirosa, Clara Elena —dijo él, extendiendo su mano.
Contuve la respiración. Luciano tomó mi mentón con su mano, inclinando mi rostro hacia la luz blanca de la enfermería. Su pulgar rozó una mancha de lodo en mi mandíbula con una suavidad que me aterraba más que su ira.
—Quien sea que nos esté cazando, es un profesional —dijo suavemente—. Si sabes algo, lo que sea que me ayude a matarlo, tienes que decírmelo. No por mí, sino por él.
Señaló a Titus. Si le decía que el tirador era el Detective Gerardo Bahena, Luciano iría a la guerra contra la Policía de la Ciudad de México y perdería. Bahena tenía a toda la fuerza detrás de él. Pintaría a Luciano como un asesino de policías, asaltaría la hacienda con equipos tácticos y Titus sería el primero en recibir un balazo en el fuego cruzado.
—No sé nada —susurré.
Luciano me sostuvo la mirada un segundo más y luego me soltó. El calor de su mano quedó grabado en mi piel como una marca de hierro al rojo vivo.
—Vete a descansar —dijo abruptamente, dándose la vuelta—. Tengo un consejo de guerra que convocar.
Observé cómo se marchaba. En cuanto la puerta hizo “click”, me desplomé contra la mesa de acero, mis rodillas cediendo por el peso de la culpa. Titus gimió y empujó mi mano con su nariz húmeda.
—Lo siento, gordo —le susurré, hundiendo mi cara en su cuello—. Lo siento tanto.
Fui a mi habitación en el ala oeste. Cerré la puerta con llave y arrastré una silla pesada frente a ella, una paranoia que no sentía desde que vivía en Iztapalapa. Saqué el casquillo de mi bolsillo y lo puse bajo la lámpara de la mesa de noche. La “X” marcada parecía burlarse de mí.
En ese momento, mi teléfono vibró. No era el teléfono encriptado que Luciano me había dado; era mi viejo teléfono desechable, el que guardaba escondido en el fondo de mi maleta envuelto en calcetines. El que nadie tenía, excepto mi padre.
—¿Papá? —respondí, con las manos temblando violentamente.
—Hola, primor —la voz no era la de mi padre. Era una voz suave, oscura y que me aterraba más que cualquier tiroteo.
—Gerardo —logré pronunciar.
—Te extrañé, Clara Elena —dijo el Detective Bahena. Sonaba casual, como si estuviera llamando para preguntar qué había de cenar.— Te ves bien. Un poco flaca, tal vez, pero el aire del campo te sienta bien.
Me giré frenéticamente revisando las ventanas, aunque las persianas estaban cerradas.
—¿Cómo conseguiste este número?.
—Soy detective, Clara. Encontrar cosas es lo que hago. Fue fácil una vez que rastreé el repentino ascenso de tu padre a una habitación privada en el St. Jude. Muy elegante, muy caro.
—Déjalo en paz, Gerardo —siseé.
—Todavía no lo he tocado —respondió él—. Pero hoy le tiré a tu nuevo novio. Lástima que fallé; el viento estaba traicionero.
—Él no es mi novio. Es un criminal, Gerardo.
—¿Y tú? Estás viviendo en su casa, lavándole el perro. Está por debajo de ti, Clara —la voz de Bahena se endureció—. Quiero que vuelvas a casa.
—¿A casa? —me eché a reír, un sonido histérico y roto—. Me rompiste las costillas, Gerardo. Me mandaste al hospital.
—Estaba estresado. Podemos arreglarlo. He cambiado. La mentira era tan fluida que casi parecía verdad.— Escucha el trato. Vas a abrir el portón de servicio de la muralla norte esta noche a las 2:00 a.m. Tengo un equipo listo.
—No —dije, sintiendo que el mundo se desmoronaba.
—Si no lo haces —la voz de Bahena bajó a un susurro amenazante— , voy a hacerle una visita a tu viejo al St. Jude. Puedo desconectar su máquina de diálisis muy fácilmente. O tal vez lo arresto por fraude al seguro. Está débil, Clara; no sobreviviría ni una noche en los separos.
Sentí que la habitación daba vueltas.
—Eres un monstruo.
—Soy un hombre que quiere a su mujer de vuelta. A las 2 a.m., Clara Elena, o tu papá muere.
La línea se cortó. Dejé caer el teléfono y me hundí en el suelo, abrazando mis rodillas. Estaba atrapada. Si le decía a Luciano, Bahena lastimaría a mi padre antes de que Luciano pudiera detenerlo. Si ayudaba a Bahena, Luciano y Titus morirían.
Miré el reloj. Eran las 11:00 p.m.. Tenía tres horas para tomar una decisión que destruiría mi vida.
A la 1:45 a.m., la casa estaba en un silencio que vibraba en las paredes. Me moví por los pasillos como un fantasma, vestida de negro, con el corazón martilleando en mis oídos. Había dejado a Titus en mi cuarto, dándole un abrazo de despedida que duró demasiado, sintiendo sus ojos tristes y confundidos sobre mí.
Llegué a la cocina, que conectaba con la entrada de servicio. Mi mano temblaba sobre el teclado numérico de la puerta trasera.
“¡Hazlo!”, gritaba una voz en mi cabeza. “Salva a tu papá”. “¡No lo hagas!”, susurraba mi corazón. “Vas a matar a Luciano”.
Marqué el código. La luz cambió a verde.
—¿Vas a algún lado?.
La voz vino de las sombras de la despensa. Di un salto, girándome aterrorizada. Luciano estaba sentado en la penumbra del antecomedor, con un vaso de whisky en la mano. No había encendido las luces; era solo una silueta de hombros anchos y una intención letal.
—Yo… no podía dormir —tartamudeé—. Quería un poco de leche caliente.
—¿Con chamarra y botas? —preguntó él, poniéndose de pie con un movimiento fluido—. Dejé pasar tu mentira en la enfermería porque pensé que tenías miedo, Clara. Pero ahora, intentando escabullirte a las 2 a.m. mientras mi casa está bajo asedio….
Caminó hacia mí. Ya no era el hombre que consolaba al perro; era el Patrón, el depredador.
—Rocco encontró tu teléfono desechable —dijo suavemente—. Los rastreadores detectaron una señal no autorizada a las 11 p.m. Una llamada de dos minutos.
Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra el refrigerador. No había escape.
—¿Quién te llamó, Clara?.
—Nadie. Fue un número equivocado.
Luciano golpeó el refrigerador con la palma de su mano, justo al lado de mi cabeza, con una violencia que me hizo saltar. No me tocó, pero me dejó enjaulada.
—¡No me mientas! —rugió, perdiendo finalmente el control—. ¡Mis hombres están sangrando! Tengo un francotirador en el bosque y la mujer que traje a mi casa, la única en la que confié con lo que más quiero, está haciendo llamadas secretas en la madrugada. ¿Eres el topo? ¿Tú diste la señal hoy?.
—¡No! —grité entre lágrimas—. ¡Yo salvé a Titus! ¡Te salvé a ti!.
—¡Entonces dime la maldita verdad! ¿Quién llamó?.
—¡Si te digo, va a matar a mi padre! —sollocé.
Luciano se quedó helado. Su furia no desapareció, pero se transformó en algo enfocado, casi quirúrgico.
—¿Quién?.
—Es intocable en la ciudad, Luciano. Por favor….
—El único intocable aquí soy yo —gruñó él—. Dame el nombre.
Saqué el casquillo del bolsillo. Mi mano temblaba tanto que casi se me cae. Luciano lo tomó y miró la marca de la “X”.
—No conozco esta marca. ¿Es un sicario?.
—No —susurré—. Es un policía. El Detective Gerardo Bahena. Fue mi prometido. Me golpeó durante dos años y por eso huí. Me encontró, Luciano. Me dijo que si no abro el portón norte a las 2:00, va a matar a mi papá en el hospital. Está afuera ahora mismo con un equipo de asalto.
Luciano se quedó muy quieto. Miró el reloj: 1:55 a.m.. Cerró el puño alrededor del casquillo.
—¿Él te hizo daño? —preguntó, y no era una pregunta sobre el pasado, era la aclaración de una deuda—. ¿Y amenazó a tu padre?.
—Sí.
Luciano se alejó de mí y sacó su radio.
—Seguridad. Todas las unidades. Condición Black —ordenó—. Tenemos una brecha inminente en el portón norte. No es una familia rival, es un elemento policial corrupto. No disparen a menos que abran fuego; los quiero vivos, especialmente al líder.
—Luciano, es un policía… —supliqué, agarrando su brazo—.
Él cubrió mi mano con la suya. Su piel estaba caliente y firme.
—Dejó de ser policía en el momento en que amenazó a mi familia —sentenció Luciano.
¿Familia? Mis ojos se llenaron de lágrimas nuevas.
—Estás bajo mi protección, Clara. Eso significa que tu padre también lo está.
Sacó su celular y marcó un número.
—Manden un equipo al St. Jude, ala privada. Aseguren a Marcus Evans. Si alguien con una placa intenta tocarlo, rómpanle las manos. Muévanlo a la casa de seguridad ahora.
Colgó y me miró con una sonrisa cruel.
—Está esperando que el portón se abra. No lo decepcionemos.
Luciano soltó un silbido agudo. Segundos después, el estruendo de patas pesadas resonó por el pasillo y Titus derrapó en la cocina, con los músculos en tensión y las orejas alerta.
—¿Puedes controlarlo? —me preguntó Luciano—. ¿Puedes hacer que lo sujete sin matarlo?.
Me sequé las lágrimas y miré a la bestia. Mi bestia.
—Sí —dije con firmeza.
—Bien. Abre el portón, Clara. Confía en mí.
Presioné el botón. En el monitor de la pared, vi cómo las pesadas puertas de hierro se abrían lentamente hacia la oscuridad de la lluvia. Sombras con equipo táctico empezaron a moverse hacia la luz de la cocina.
—Titus —dije, y mi voz encontró su acero—. Guardia.
El perro soltó un gruñido que hizo vibrar el piso y se colocó frente a mí como una barricada viviente. Luciano desapareció en las sombras de la cocina.
—Que entren al matadero —susurró Luciano desde la oscuridad.
Yo me quedé sola bajo la luz blanca de la cocina, con Titus a mi lado. Yo era la carnada, pero esta vez, la carnada tenía colmillos.
La puerta de la cocina se abrió. El Detective Gerardo Bahena entró con una pistola con silenciador en la mano. Al verme, sonrió de esa forma posesiva que solía hacerme temblar.
—Buena niña —ronroneó—. Sabía que entrarías en razón. ¿Dónde está el chucho?.
—Justo aquí —la voz de Luciano retumbó desde las sombras.
Bahena se giró, pero fue demasiado tarde. Luciano salió de la oscuridad con su arma en alto, pero no disparó. No era necesario.
—¡Titus! —grité.
La sombra negra se lanzó desde debajo de la mesa. Pero no fue la furia ciega de un animal salvaje; fue pura precisión quirúrgica. Titus golpeó a Bahena en el pecho con sus 70 kilos de músculo, derribándolo contra el piso de mármol. Antes de que Gerardo pudiera alcanzar su arma, Titus ya tenía sus mandíbulas cerradas alrededor de su antebrazo.
Bahena gritaba de puro terror mientras la bestia lo inmovilizaba, aplicando la presión justa para quebrar el hueso si intentaba moverse, pero sin desgarrar la carne.
—¡Quítamelo! ¡Mátalo! —chillaba Bahena.
—Titus, sujeta —ordené, con una voz absoluta.
El perro se quedó inmóvil, mirándolo fijamente a los ojos, con un gruñido profundo naciendo en su pecho. Luciano se acercó, pateó el arma de Bahena y miró al detective con un asco infinito.
—Pensaste que venías por una mascota —dijo Luciano, acuclillándose frente a él—. Pero entraste a una guarida de lobos. No vas a salir por la puerta principal.
Rocco entró con dos guardias más.
—Llévenselo al sótano y llamen al comisionado —ordenó Luciano—. Creo que le interesará saber que uno de sus detectives estrella dirige una red de extorsión.
Mientras se llevaban a Bahena, me desplomé de rodillas.
—Libera —sollocé, y Titus me soltó de inmediato para venir a lamerme las lágrimas.
Horas después, cuando el sol empezaba a pintar el cielo de la Ciudad de México de naranja y rosa, Luciano me encontró en el balcón.
—Tu padre está a salvo —dijo él—. Bahena está acabado. No volverá a tocarte jamás.
—Debo irme —dije, mirando el horizonte—. El trato terminó. El perro está curado.
Luciano se acercó y puso su mano suavemente en mi nuca. Esta vez, no me estremecí; me incliné hacia su contacto.
—El perro está bien —susurró él—. ¿Pero qué hay del dueño? Le enseñaste a amar a un monstruo, Clara Elena. ¿No crees que yo también necesito aprender?.
Lo miré a los ojos y vi la vulnerabilidad que ocultaba del mundo. No buscaba una entrenadora; buscaba una compañera.
—No sé si puedes ser domado, Luciano —susurré.
Él me besó, una promesa de protección y fuego.
—Entonces no me domes —dijo él—. Corre conmigo.
A nuestros pies, Titus soltó un suspiro de satisfacción y se volvió a dormir. La jaula de oro estaba abierta, pero por primera vez, nadie quería escapar. Y así fue como Clara Elena Evans pasó de ser una mesera aterrada a la mujer que gobernaba junto al diablo de la capital. Porque al final, incluso las bestias más feroces necesitan una mano gentil que les recuerde que vale la pena luchar por alguien.
CAPÍTULO 5: El Amanecer de la Reina
El sol comenzó a asomarse sobre el horizonte del Lago de Chapala, pintando el cielo con pinceladas de un naranja violento y un rosa suave que parecía burlarse de la carnicería que acababa de ocurrir horas antes. En la Hacienda Valente, el aire todavía olía a lluvia, pólvora y al aroma metálico de la sangre que se negaba a evaporarse del patio de piedra. Los hombres de Luciano, sombras armadas que se movían con una eficiencia fantasmal, terminaban de limpiar los restos del “incidente” en el portón norte.
Yo estaba de pie en el balcón del ala oeste, con las manos apoyadas en la barandilla de cantera fría. Mis dedos aún temblaban levemente, no por el frío de la mañana, sino por la descarga de adrenalina que se negaba a abandonar mi sistema. A mi lado, Titus, el enorme Cane Corso de 70 kilos que el mundo creía poseído por un demonio, soltó un suspiro profundo y se echó a mis pies, recargando su enorme cabeza sobre mis botas. Para cualquier otra persona, Titus era una máquina de matar; para mí, en ese momento, era el único ser que entendía el peso de ser un sobreviviente.
—Tu padre está a salvo, Clara Elena —la voz de Luciano Valente rompió el silencio, surgiendo de las sombras de la habitación detrás de mí.
Me giré lentamente. Luciano se veía impecable, a pesar de que no había dormido ni un segundo. Se había cambiado la camisa manchada de lodo y sangre por una de seda negra que lo hacía ver aún más imponente, más como el “Diablo de la Capital” que todos temían. Se acercó a mí con pasos lentos, calculados, y se detuvo a solo unos centímetros. Podía oler su perfume, ese aroma a tabaco caro y sándalo que ahora asociaba no con el peligro, sino con una seguridad que nunca antes había conocido.
—Bane… Bahena está bajo custodia —continuó Luciano, su voz bajando a un tono que vibraba en mi pecho.— Mis hombres lo tienen en una casa de seguridad. El Comisionado de la Policía ya recibió los archivos. No solo por lo que te hizo a ti, sino por los años de extorsión y asesinatos que cubrió con su placa. Nunca volverá a tocarte. Ni a ti, ni a tu padre.
—¿Cómo lo lograste tan rápido? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—En esta ciudad, Clara, la información es la única moneda que nunca se devalúa —respondió Luciano, extendiendo su mano para acariciar suavemente mi cuello.— Bahena cometió el error de creer que su placa lo hacía invisible. Olvidó que las sombras siempre ven más que la luz.
Sentí el calor de su mano sobre mi piel. Por primera vez en mi vida, no sentí el impulso de huir. No sentí ese “clic” interno que me decía que el golpe estaba por venir. Luciano me miraba con una intensidad que me desarmaba, buscando la vulnerabilidad que yo había intentado ocultar tras las paredes de mi formación científica y mi vida de mesera en Iztapalapa.
—Me dijiste que querías irte una vez que el trato terminara —dijo él, recordando mis palabras de la noche anterior.— El perro está “arreglado”, como tú dices. Tu padre tiene el mejor equipo médico y su trasplante está asegurado en el Hospital San Judas Tadeo. Ya no me debes nada, Clara Elena. La puerta está abierta.
Miré hacia el portón de la hacienda, ese “Gilded Cage” (Jaula de Oro) en el que me había sentido prisionera apenas unas semanas atrás. Podía irme. Podía intentar volver a una vida normal, a ser una veterinaria, a vivir sin el miedo de que un sicario irrumpiera en mi sala. Pero mientras miraba a Luciano y sentía el peso protector de Titus a mis pies, me di cuenta de una verdad aterradora: el mundo exterior ya no me pertenecía.
Afuera estaba la ley que me había fallado, los detectives que como Bahena usaban su poder para destruir. Aquí, en el centro del caos, en el corazón del imperio de Luciano, había encontrado una lealtad que era absoluta.
—Dijiste que el perro confía en mí porque reconoce a una sobreviviente —dije, recordando nuestra conversación en la enfermería.— Pero tú también eres uno, Luciano. Sobreviviste a la calle, a la ambición y al peso de esa corona de espinas que llevas.
Luciano soltó una risa seca, un sonido cargado de una melancolía que rara vez mostraba.
—No soy un sobreviviente, Clara. Soy un producto de lo que me hicieron. Aprendí a ser el monstruo para que nadie más pudiera lastimarme. Pero tú… tú me mostraste que incluso los monstruos necesitan una mano gentil.
Dio un paso más, reduciendo la distancia hasta que nuestras respiraciones se mezclaron en el aire frío de la mañana.
—Titus está bien —susurró, rozando con sus labios mi frente.— Pero, ¿qué hay del dueño? Me enseñaste que no todo se resuelve con fuerza, Clara. Me enseñaste que la lealtad es más fuerte que el miedo. No sé si puedo ser domado, pero sé que no quiero caminar solo en esta oscuridad.
Me quedé en silencio, mirando sus ojos, esas esquirlas de hielo que ahora parecían arder con una promesa de protección total.
—¿Qué estás sugiriendo, Luciano? —pregunté, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
—No te pido que seas mi empleada, Clara Elena —dijo él, y por primera vez, vi una grieta de vulnerabilidad en el hombre más poderoso de México.— Te pido que seas mi socia. Mi reina. Que manejes no solo al perro, sino el corazón de esta casa. El mundo piensa que somos monstruos, pues bien, seamos los monstruos que cuidan de los suyos.
Me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada.
—No me domes, Clara —pidió con una voz cargada de pasión y peligro.— Corre conmigo.
En ese momento, comprendí que la jaula de oro no era una prisión, sino una fortaleza. Había dejado de ser la víctima de Gerardo Bahena para convertirme en algo mucho más poderoso. Miré hacia abajo, donde Titus movía su cola pesadamente contra el suelo de cantera, emitiendo un sonido como el de un libro pesado al caer.
—Acepto —susurré, y el peso de esa palabra selló mi destino.— Pero bajo mis condiciones, Luciano. Este imperio no se construirá solo sobre el miedo. Se construirá sobre la lealtad que le enseñamos a Titus. Si vamos a ser lobos, seremos los que protegen a la manada.
Luciano sonrió, una expresión de triunfo que iluminó su rostro de una forma que nunca había visto. Me besó, un beso que sabía a café, a lluvia y a una promesa de sangre y fuego que me mantendría a salvo por el resto de mis días.
Titus soltó un gruñido satisfecho, una vibración que sentí en las plantas de mis pies, y volvió a cerrar los ojos. El sol terminó de salir, iluminando la Hacienda Valente. La mesera de Iztapalapa había muerto, y en su lugar, una reina había nacido de las cenizas. Había aprendido la lección más importante de todas: cuando amenazas lo que un lobo ama, no recibes su piedad, recibes sus dientes.
CAPÍTULO 6: El Reflejo de la Bestia
La tormenta que se desató sobre la Hacienda Valente no era una lluvia común. Era una de esas tormentas mexicanas que parecen querer arrancar los árboles de raíz y limpiar los pecados de la tierra con la fuerza del granizo. El viento golpeaba los ventanales de la mansión con un sonido que recordaba a grava siendo lanzada contra el cristal, un eco constante que hacía que la estructura de mármol y caoba se sintiera más como una prisión que como un hogar.
En mi habitación del ala oeste, el aire estaba cargado de electricidad. Yo estaba sentada en el suelo, rodeada de diarios de medicina veterinaria que Luciano me había conseguido para que mi mente no se oxidara en el encierro. Pero mi atención no estaba en los artículos sobre cirugía equina. Estaba en Titus.
El enorme Cane Corso estaba fuera de sí. El trueno es un disparador de ansiedad masivo para perros con un pasado de violencia, y Titus no era la excepción. Caminaba de un lado a otro sobre el piso de madera fina, y el sonido de sus garras —click, click, click— era el metrónomo de mi propio nerviosismo. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando los relámpagos que iluminaban el cuarto cada pocos segundos.
—A tu lugar, Titus —le dije con voz firme pero baja, señalando el pesado tapete frente a la chimenea.
El animal vaciló. Un estruendo especialmente fuerte sacudió los cimientos de la casa y Titus soltó un gruñido vibrante, una amenaza dirigida a un enemigo invisible que estaba afuera, en el cielo.
—Titus. Lugar. Ahora —repetí.
Finalmente, el gigante se rindió. Bajó su cuerpo de 70 kilos sobre la alfombra y soltó un suspiro que pareció vaciarle el alma. Me acerqué a él con cuidado. No lo acaricié de inmediato; simplemente me senté a su lado, pegando mi espalda al sillón de terciopelo, ofreciéndole mi presencia sin exigencias. Después de unos minutos, sentí el peso de su barbilla sobre mi tobillo. Por un momento, en medio del caos del cielo, hubo paz.
Esa paz se rompió con el giro de una manija.
Titus se puso en pie en un segundo, con un rugido que hizo vibrar las paredes. La puerta se abrió y ahí estaba él. Luciano Valente.
No era el hombre impecable del club “La Jaula de Oro”. Vestía pantalones de vestir negros y una camisa blanca desabrochada en el cuello, con las mangas enrolladas hasta los codos. Sus antebrazos, cubiertos de tatuajes y venas marcadas por el esfuerzo, revelaban a un hombre que acababa de salir de una batalla, aunque fuera una de negocios. Se veía exhausto, con los ojos inyectados de sangre y una aura de peligro que ni siquiera la lluvia podía lavar.
—Tranquilo —le susurré a Titus, recordándole que yo estaba ahí.
El perro se detuvo, pero no se relajó. Se colocó exactamente entre Luciano y yo, convirtiéndose en un escudo viviente.
—Te protege de mí —observó Luciano, su voz áspera por el whisky y la fatiga. Se apoyó en el marco de la puerta, sin entrar del todo a mi espacio personal.— En mi propia casa, mi perro me marca el alto.
—Él protege a la presa del depredador, señor Valente —respondí, sosteniendo su mirada.— Es instinto. Él siente que usted es una amenaza.
Luciano entrecerró los ojos y finalmente entró en la habitación. La presión del aire pareció cambiar, volviéndose más pesada, más densa. Titus se erizó, una línea de pelo se levantó en su columna como una cuchilla.
—Abajo —ordenó Luciano al perro.
Titus lo ignoró por completo, manteniendo sus ojos fijos en los de su dueño. Luciano miró al animal y luego a mí. Hubo un destello de algo que no pude identificar: ¿celos? ¿respeto?.
—Vine a entregarte esto —dijo, sacando un sobre grueso de su bolsillo trasero. Lo lanzó sobre la cama.— Es la documentación del traslado de tu padre. Ya está en el ala privada del hospital St. Jude. Su nombre ha sido puesto al principio de la lista de trasplantes.
Sentí que el mundo se detenía. El trasplante. El riñón que mi padre necesitaba para no morir.
—Gracias —susurré, y mis dedos temblaron cuando alcancé el sobre.
—No me des las gracias. Es una transacción —cortó Luciano con frialdad.— Tú estás cumpliendo con tu parte del trato.
Se acercó a la ventana, observando la lluvia caer sobre sus jardines perfectos.
—Rocco me dice que no has salido de la propiedad ni una vez —comentó sin girarse.— No has pedido un día libre. No has llamado a nadie. La mayoría de las mujeres en tu posición estarían gastando la tarjeta de crédito que te di o intentando escabullirse para ver a algún novio.
Se giró hacia mí, y su mirada era como un escalpelo que buscaba mis secretos más profundos.
—Pero tú te escondes, Clara Elena —continuó, dando un paso hacia mí.— Te escondes en este cuarto. Te escondes en el jardín. Caminas como si tuvieras miedo de que el suelo fuera a gritar bajo tus pies.
Se acercó más. El aroma a tabaco, lluvia y sándalo me envolvió.
—¿De quién te escondes? —preguntó Luciano con una suavidad que me aterraba más que sus gritos.
—Ya se lo dije —mentí, sintiendo que mi corazón golpeaba mis costillas como un pájaro enjaulado.— Debía dinero. Los cobradores pueden ser muy agresivos.
—Pagué todas tus deudas, Clara —respondió Luciano, su voz bajando una octava.— Todas. Pero sigues mirando sobre tu hombro.
Extendió la mano hacia mí. Por un segundo, mi mente me traicionó. No vi a Luciano Valente. Vi a Gerardo. Vi el destello de la luz sobre un anillo de graduación policial. Vi el movimiento que precedía al dolor.
Reaccioné por puro instinto condicionado. Me estremecí violentamente, girando la cabeza y levantando el brazo para bloquear un golpe que no existía.
El silencio que siguió fue absoluto, terrible.
La mano de Luciano se congeló en el aire. Sus ojos bajaron a mi brazo levantado, luego regresaron a mi cara. En ese instante, su expresión cambió. La arrogancia desapareció, reemplazada por una furia fría, oscura y letal. Pero la furia no era contra mí.
—¿Quién fue? —preguntó. Su voz era apenas un susurro, pero cargaba más violencia que el trueno que acababa de estallar afuera.
—No sé de qué habla —respondí, bajando el brazo mientras la vergüenza me inundaba las mejillas.
—Te estremeciste —dijo Luciano, dando un paso atrás para darme espacio.— Como si esperaras que te golpeara. Yo soy un asesino, Clara. He hecho cosas imperdonables. Pero jamás toco a una mujer. Nunca.
Su mandíbula se tensó hasta que los músculos de su cuello resaltaron.
—¿Fue tu padre? —preguntó.
—No —dije rápidamente—. Mi papá es un santo.
—Entonces un amante —sentenció él .— ¿Tiene nombre?.
Aparté la mirada. No podía decirle que estaba huyendo del Detective Gerardo Bahena, un hombre que usaba su placa como escudo para sus abusos. Si Luciano lo sabía, iría tras él y la policía de la CDMX vendría por nosotros.
—No importa —susurré—. Él es el pasado.
—Nada es el pasado, Clara —respondió Luciano, su mirada volviéndose sombría .— El pasado es solo algo que espera a que te des la vuelta para alcanzarte.
Miró a Titus, quien nos observaba con una atención casi humana.
—Al perro le agradas porque reconoce a un sobreviviente igual a él —dijo Luciano, cambiando el tema aunque su tono seguía siendo pesado.— Era un perro de carnada antes de que lo encontrara. Lo usaban para entrenar a otros perros a pelear. Sobrevivió porque aprendió a matar antes de que lo mataran a él.
Miré a Titus con ojos nuevos. Las cicatrices en su hocico, el miedo al ruido… todo tenía sentido ahora. Éramos lo mismo. Criaturas rotas intentando encontrar un rincón donde el dolor no nos alcanzara.
—Todos somos productos de lo que nos han hecho, Clara —dijo Luciano, caminando hacia la puerta.— Duerme bien. Y ponle seguro a la puerta. No por mí, sino porque te hará sentir mejor.
Se fue, cerrando la puerta con una suavidad que me dolió más que un portazo. Me quedé ahí, con el sobre de mi padre en la mano, escuchando la tormenta amainar.
Fui al baño y me quité la camisa para ducharme. Me miré en el espejo. Las líneas plateadas de mis viejas cicatrices cruzaban mis costillas, recuerdos de una “caída por las escaleras” que en realidad fue un golpe con una vara policial.
Luciano tenía razón. Me estaba escondiendo. Pero no solo de Gerardo. Me estaba escondiendo de la realidad aterradora de que me sentía más segura con el monstruo de Chicago de lo que jamás me sentí con el brazo de la ley.
CAPÍTULO 7: EL ULTIMÁTUM DEL DEMONIO
El silencio en la Hacienda Valente era una entidad física, una manta pesada que me robaba el aire mientras caminaba por los pasillos de mármol. Tras la emboscada en el bosque, el lugar se había convertido en una fortaleza bajo “Condición Black”. Los hombres de Luciano patrullaban en parejas, sus siluetas recortadas por la luna, pero mi verdadera pesadilla no estaba afuera. Estaba en mi bolsillo derecho, quemando mi piel: el casquillo de bala .308 marcado con esa maldita “X” grabada a mano.
Esa marca era la firma de Gerardo Bahena, el detective de la Vice que una vez juró amarme antes de demostrarme que su amor se medía en costillas rotas y moretones que ninguna base de maquillaje podía ocultar. Él me había encontrado.
A las 11:00 p.m., el sonido más aterrador del mundo rompió el aire de mi habitación. No fue un trueno, sino el vibrar de mi viejo teléfono quemador, el que tenía escondido en el fondo de mi maleta entre calcetines. Solo mi padre tenía ese número.
—¿Papá? —respondí, con el corazón queriendo salirse por la garganta.
—Hola, primor —la voz no era la de mi viejo. Era esa voz sedosa, cargada de una autoridad enferma que me hizo caer de rodillas—. Te extrañé, Clara Elena. Te ves muy bien desde mi mira telescópica.
Sentí que el estómago se me llenaba de plomo. Gerardo estaba ahí afuera, acechando.
—Gerardo… déjame en paz —logré decir, mi voz apenas un hilo—. ¿Cómo me encontraste?
—Soy detective, nena. Rastrear el repentino flujo de efectivo para las diálisis de tu padre en el St. Jude fue un juego de niños. Muy elegante esa habitación privada, por cierto.
Me puse de pie de un salto, revisando que las persianas estuvieran cerradas.
—No lo toques —siseé.
—Todavía no lo he hecho. Pero hoy le tiré a tu nuevo dueño. Lástima que el viento estaba de su lado. Escucha bien, Clara: quiero que vuelvas a casa. Mañana a las 2:00 a.m. vas a abrir el portón de servicio de la muralla norte. Tengo un equipo listo para limpiar la basura de los Valente.
—No lo voy a hacer —respondí, aunque mis piernas temblaban.
—Si no lo haces —su voz bajó a un susurro letal—, voy a hacerle una visita a tu papá. Puedo desconectar su máquina muy fácilmente, o tal vez arrestarlo por fraude al seguro. No sobreviviría ni una noche en los separos. Tienes tres horas, Clara. A las 2:00 a.m. abres esa puerta o tu viejo muere.
La línea se cortó. Me hundí en el suelo, abrazando mis rodillas. Estaba atrapada en una jaula de decisiones imposibles. Si ayudaba a Gerardo, Luciano y Titus morirían en una masacre. Si no lo hacía, mi padre pagaría el precio.
A la 1:45 a.m., me moví por la casa como una sombra. Había dejado a Titus en mi habitación, dándole un abrazo que sabía a despedida. El perro me miró con ojos tristes, gimiendo como si pudiera oler mi traición.
Llegué a la cocina, el corazón latiendo tan fuerte que dolía. Mis dedos rozaron el teclado del portón de servicio. “Hazlo por tu papá”, gritaba mi cabeza. “No los traiciones”, susurraba mi alma. Tecleé el código. La luz se puso verde.
—¿Vas a algún lado, Clara?.
La voz surgió de la oscuridad absoluta de la despensa. Di un salto, el aire escapando de mis pulmones. Luciano estaba sentado en el antecomedor, con un vaso de whisky en la mano. No había encendido las luces; era solo una silueta cargada de una intención letal.
—Yo… no podía dormir. Quería leche tibia —mentí, sintiendo que las lágrimas empezaban a brotar.
—¿Con chamarra y botas?. Luciano se puso de pie, su presencia llenando la cocina como una tormenta inminente—. Sé que me mentiste hoy en la enfermería. Dejé que pasara porque pensé que tenías miedo. Pero ahora, intentando escabullirte a las 2:00 a.m. mientras mi casa está bajo asedio….
Caminó hacia mí, acorralándome contra el refrigerador de acero inoxidable.
—Rocco encontró tu teléfono quemador. Los rastreadores detectaron una señal a las 11:00 p.m.. ¿Quién te llamó, Clara? ¿Eres el topo? ¿Tú diste la señal para el francotirador hoy?.
Luciano golpeó la puerta del refrigerador justo al lado de mi cabeza. El estruendo me hizo saltar, pero él no me tocó. Sus ojos eran dos pozos de furia helada.
—¡No! —grité, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. ¡Yo salvé a Titus! ¡Te salvé a ti!.
—¡Entonces dime la maldita verdad! ¿Quién llamó?.
—¡Si te digo, va a matar a mi padre!.
Luciano se congeló. Su ira no se evaporó, pero se enfocó. Se convirtió en algo mucho más peligroso: cálculo frío.
—¿Quién? —preguntó, su voz ahora un susurro letal.
Saqué el casquillo del bolsillo. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae. Luciano lo tomó y miró la marca de la “X” bajo la tenue luz de la campana de la estufa.
—No es un narco, Luciano. Es un policía. El Detective Gerardo Bahena —mi voz se rompió—. Fue mi prometido. Me golpeó durante dos años y por eso huí. Él me encontró. Me dijo que si no abro este portón a las 2:00, desconectará a mi papá en el hospital. Está afuera ahora mismo con un equipo de asalto.
Luciano apretó el casquillo en su puño hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Miró el reloj: 1:55 a.m..
—¿Él te hizo daño? —preguntó. No era una pregunta sobre el pasado, era la aclaración de una deuda de sangre.
—Sí —susurré.
—Y amenazó a tu padre. Luciano se alejó de mí y sacó su radio del cinturón. Su voz volvió a ser la del “Patrón”—. Seguridad. Todas las unidades. Condición Black. Tenemos una brecha inminente en el portón norte. No es un cartel rival. Es un elemento policial corrupto. No disparen a menos que abran fuego; quiero al líder vivo.
Me miró fijamente. Sus ojos ya no eran de hielo, sino de fuego.
—Luciano, es un policía… si lo tocas… —comencé a decir, agarrándolo del brazo.
Él puso su mano sobre la mía. Estaba caliente, firme.
—Dejó de ser policía en el momento en que amenazó a mi familia —sentenció. Mi corazón dio un vuelco. Familia.
Sacó su celular y marcó un número.
—Manden un equipo al St. Jude, ala privada. Aseguren a Marcus Evans. Si alguien con una placa intenta tocarlo, rómpanle las manos. Muévanlo a la casa de seguridad ahora.
Colgó y me miró con una sonrisa que me erizó la piel.
—Él espera que el portón se abra. No lo decepcionemos.
Luciano soltó un silbido agudo, un sonido que cortó el aire como un látigo. Segundos después, el estruendo de patas pesadas resonó por el pasillo y Titus derrapó en la cocina, con los músculos en tensión y los ojos brillando de una inteligencia salvaje.
—¿Puedes controlarlo? —me preguntó Luciano—. ¿Puedes hacer que lo sujete sin matarlo?.
Me sequé las lágrimas y miré a la bestia. Mi bestia.
—Sí —dije con firmeza.
—Bien —dijo Luciano, desenfundando su arma—. Abre el portón, Clara. Confía en mí.
Presioné el botón de apertura. En el monitor de seguridad, vi cómo las pesadas hojas de hierro se abrían lentamente hacia la lluvia. Sombras con equipo táctico empezaron a moverse hacia la cocina.
—Titus —dije, y mi voz encontró su acero—. Guardia.
El perro soltó un gruñido que hizo vibrar el piso y se colocó frente a mí, una montaña de 70 kilos de lealtad y furia. Luciano desapareció en las sombras del pasillo. Yo me quedé sola bajo la luz de la cocina, con la bestia a mi lado. Era la carnada, pero esta vez, la carnada tenía colmillos.
CAPÍTULO 8: EL REINO DE LOS LOBOS
El aire en la cocina de la Hacienda Valente estaba tan cargado de electricidad que sentía que el vello de mis brazos se erizaba. Estaba sola bajo la cruda luz blanca de las lámparas colgantes, o al menos eso parecía para cualquiera que mirara desde afuera. A mi lado, Titus era una presencia sólida y vibrante. El Cane Corso, que hace apenas unas semanas era una máquina de odio ciego, ahora esperaba mis órdenes con una disciplina que me recordaba por qué había sido la mejor de mi clase en veterinaria.
El sonido de la lluvia contra el pavimento exterior era un murmullo constante, un sudario que ocultaba el avance de los hombres que venían a destruir mi refugio. De repente, la puerta de servicio crujió. El sonido de botas sobre el azulejo rompió la calma artificial.
Gerardo Bahena entró primero. Llevaba una pistola con silenciador y una sonrisa que me revolvió el estómago; esa sonrisa de propiedad que usó durante dos años para recordarme que yo không phải era nada sin él. Se veía tan seguro de sí mismo, tan convencido de que su placa y su equipo táctico lo hacían invulnerable.
—Buena niña —ronroneó Gerardo, apuntando directamente a mi pecho—. Sabía que entrarías en razón. ¿Dónde está el chucho?
Sentí el gruñido de Titus naciendo desde lo más profundo de su pecho, un trueno contenido que hizo vibrar mis propias costillas. Gerardo lo vio entonces, pero không phải pareció preocupado. Creía que un animal không phải era rival para su plomo.
—Justo aquí —la voz de Luciano Valente surgió de las sombras de la despensa, tan fría y afilada como un bisturí quirúrgico.
Bahena se giró con una velocidad sorprendente, nhưng Luciano ya estaba allí, emergiendo de la oscuridad con la elegancia de un depredador que ya ha ganado la partida. No disparó; không phải necesitaba hacerlo. Luciano sabía que esta noche, la justicia không phải vendría de una bala, sino de una promesa.
—¡Titus! —grité, y mi voz encontró una fuerza que không phải sabía que poseía.
El perro không phải esperó. Fue un relámpago negro de 70 kilos que cruzó la habitación. Gerardo intentó disparar, nhưng el impacto fue tan brutal que su arma salió volando antes de que pudiera apretar el gatillo. Titus lo golpeó en el pecho, derribándolo contra el piso de mármol con un estruendo que pareció sacudir la casa entera.
Bahena gritaba, un sonido agudo y patético que llenó la cocina. Titus estaba sobre él, sus mandíbulas cerradas alrededor de su antebrazo. Pero không phải hubo sangre. Titus không phải estaba desgarrando; estaba sujetando. La presión era exacta, la necesaria para inmovilizarlo và recordarle que, al menor movimiento, el hueso se convertiría en astillas.
—¡Quítamelo! ¡Mátalo! —chillaba Gerardo, retorciéndose bajo el peso de la bestia.
—Titus, sujeta —ordené, mi voz firme và absoluta.
El perro se quedó inmóvil, mirando fijamente a los ojos de Bahena con un gruñido que nunca cesó. Luciano se acercó, pateó el arma de Gerardo lejos de su alcance và se acuclilló frente a él con una mirada de asco infinito.
—Pensaste que venías a cazar una mascota —dijo Luciano suavemente—, nhưng entraste a una guarida de lobos. En este territorio, la única ley que importa es la mía, và tú acabas de violar el santuario de mi gente.
Rocco và otros dos guardias entraron en la cocina, con sus rostros tensos và listos para el final. Luciano se puso de pie và se ajustó los puños de su camisa blanca, la que yo misma había visto manchada de lodo horas antes.
—Llévenselo al sótano và llamen al comisionado —ordenó Luciano—. Creo que le interesará saber que uno de sus “héroes” está dirigiendo una red de extorsión và amenazas.
Mientras se llevaban a un Gerardo suplicante, me desplomé de rodillas sobre el frío azulejo. La tensión que me había mantenido en pie se evaporó, dejándome vacía và temblando.
—Libera —sollocé.
Titus me soltó de inmediato. El perro trotó hacia mí và comenzó a lamerme las lágrimas, su cola moviéndose en un ritmo lento và pesado, recordándome que él también era libre ahora. Luciano se acercó và puso su mano sobre mi hombro, un toque cálido và protector.
Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a pintar el cielo de la Ciudad de México con tonos de un naranja violento và un rosa suave, Luciano me encontró en el balcón principal.
—Tu padre está a salvo —dijo él, parándose a mi lado—. Bahena está manejado. Nunca volverá a tocarte.
—Debería irme —dije, mirando el horizonte—. El trato terminó. El perro está curado.
Luciano se giró hacia mí và puso su mano suavemente en la nuca de mi cuello. Esta vez, không phải me estremecí; me incliné hacia su toque, buscando la seguridad que solo él podía darme.
—El perro está bien —murmuró Luciano, acercándose hasta que nuestras respiraciones se mezclaron en el aire frío de la mañana—. ¿Pero qué hay del dueño? Le enseñaste a amar a un monstruo, Clara Elena. ¿No crees que yo también necesito aprender?
Lo miré và vi la vulnerabilidad que ocultaba del resto del mundo. El “Diablo de Chicago” không phải buscaba una entrenadora; buscaba una compañera.
—No sé si puedes ser domado, Luchiano —susurré.
Él me besó, un beso que sabía a una promesa de protección và pasión eterna. Cuando se separó, sonrió de una forma que iluminó sus ojos de hielo.
—Entonces không phải me domes —dijo él—. Corre conmigo.
A nuestros pies, Titus soltó un suspiro de satisfacción và volvió a dormirse. La jaula de oro estaba abierta, nhưng por primera vez, nadie quería escapar. Había dejado de ser una mesera de Iztapalapa para convertirme en la mujer que gobernaba junto al diablo. Porque al final, aprendí que los verdaderos monstruos không phải son los que tienen colmillos, sino los que không phải tienen nada por lo que luchar.
