
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA INVITACIÓN
La música de la orquesta de cámara no se detuvo porque la novia tropezara con su vestido de diseñador. Se detuvo por quien estaba parada bajo el arco de piedra colonial de la entrada.
Caleb Montemayor había enviado la invitación como una broma cruel, una última y mezquina forma de recordarle a su exnovia, Natalia, que ella no era nadie y que él lo era todo. Él esperaba que ella se quedara en su casa llorando, comiendo helado barato y lamentando su suerte. No esperaba que apareciera con un vestido que costaba más que todo el banquete de la boda. Y definitivamente, no esperaba que llegara sosteniendo las manos de tres niños de cuatro años que eran su vivo retrato.
Cuando los ojos del novio se encontraron con los de los niños, la copa de cristal cortado en la mano de su madre, Doña Victoria, se hizo añicos contra el suelo de cantera. La boda no solo se pausó. Se acabó. Pero la venganza… esa apenas comenzaba.
Una semana antes.
El sobre pesaba. Era de papel de lino color crema, con textura gruesa y bordes dorados. Gritaba “dinero viejo”, ese tipo de dinero de San Pedro Garza García que no necesita gritar porque susurra insultos a tus espaldas.
Natalia Benítez lo recogió de la isla de granito de su cocina, dándole la vuelta. Su nombre estaba caligrafiado en una letra cursiva y pretenciosa: Srita. Natalia Benítez.
Sabía de quién era antes de romper el sello de lacre con el escudo de armas (un león rampante que los Montemayor se habían inventado para parecer nobleza europea). Sus manos no temblaron. Hace cinco años, tal vez lo hubieran hecho. Hace cinco años, Natalia habría caído de rodillas, sollozando, pidiéndole al universo una señal de que Caleb Montemayor todavía la amaba.
Pero la Natalia de hace cinco años estaba muerta. Había sido enterrada bajo una montaña de pañales, noches sin dormir y el ascenso despiadado por la escalera corporativa de un imperio tecnológico que ella misma había construido desde cero.
Deslizó una uña perfectamente manicurada —rojo oscuro— bajo la solapa y sacó la invitación.
“Junto con sus familias, Caleb Eduardo Montemayor y Isabela María Landeros solicitan el honor de su presencia…”
Natalia soltó una risa seca, sin humor. Isabela. Claro. La niña tenía 22 años, una “influencer” de estilo de vida con un fideicomiso del tamaño de un pequeño municipio y una personalidad tan delgada como el papel en el que estaba impresa la invitación. Caleb había hecho un “upgrade”, o al menos eso pensaba él.
Pero fue la nota manuscrita escondida detrás de la tarjeta de RSVP lo que hizo que la sangre de Natalia se helara.
Estaba garabateada con la letra picuda y arrogante de Caleb:
“Nat, pensé que deberías ver cómo se ve un futuro de verdad. Siéntete libre de venir. La barra libre va por mi cuenta. Trata de no avergonzarte”.
Era un reto. Era una bofetada con guante blanco entregada por mensajería privada. La estaba invitando para burlarse de ella. Quería que apareciera con su vestido de rebajas, luciendo cansada y sola, para poder señalarla a sus amigos del Club Campestre y decir: “¿Ven? Esa es la bala que esquivé”.
—¿Mamá?
La suave voz rompió su trance.
Natalia se dio la vuelta. De pie en la puerta de la cocina, frotándose el sueño de los ojos, estaba León. Detrás de él, idénticos en todo salvo por el color de sus pijamas de superhéroes, estaban Noé y Matías. Los trillizos.
Tenían cuatro años ahora. Tenían el cabello oscuro y ondulado de Caleb. Tenían la mandíbula marcada de Caleb, que ya empezaba a definir sus rostros infantiles. Y tenían los ojos de Caleb; ese azul intenso que parecía el mar de Cortés justo antes de una tormenta.
Caleb no sabía que existían.
Cuando la echó de su departamento en Polanco hace cinco años, gritándole que era una “naca interesada” que solo buscaba su apellido, Natalia tenía dos semanas de embarazo. Ella aún no lo sabía. Para cuando se enteró, Caleb ya la había bloqueado de WhatsApp, se había ido a “estudiar” a Londres por un año, y los abogados de su familia le habían enviado una carta de cese y desista para evitar que lo contactara.
Ella había respetado la carta. Nunca le pidió un centavo. Había criado a tres niños sola mientras trabajaba de noche terminando su carrera y, eventualmente, lanzando Nébula, una interfaz de software que había sido comprada discretamente por un conglomerado internacional hace seis meses por una suma que haría que la familia Montemayor se ahogara en su propia soberbia.
Natalia miró la invitación. Luego miró a sus hijos.
—¿Tienen hambre, mis amores? —preguntó a León, con voz suave.
—¡Hot cakes! —chilló Matías desde atrás.
—¿Hot cakes? —asintió Natalia, y una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por su rostro.
Caminó hacia el bote de basura, con la intención de tirar la invitación, pero su mano se detuvo en el aire.
Caleb quería que ella viera cómo se veía un “futuro de verdad”. Quería presumir su legado.
—Está bien —susurró para sí misma—. Le mostraré su legado. A los tres.
Sacó su iPhone y marcó un número.
—Rena —dijo cuando la línea se abrió—. Limpia mi agenda para el fin de semana del 24. Y llama al estilista. Necesito un vestido. No, negro no. Quiero rojo. De ese tipo de rojo que parece sangre sobre un vestido de novia.
CAPÍTULO 2: EL PLAN MAESTRO
La semana previa a la boda fue una operación militar. Natalia no solo iba a asistir a una boda; estaba orquestando un golpe de estado.
Rena, su mejor amiga y actual Directora de Operaciones, estaba sentada en el sofá de terciopelo del penthouse de Natalia en Santa Fe, tomando un espresso doble.
—Sabes que esto es una locura, ¿verdad? Esto es guion de telenovela de las 9. Esto no es la vida real.
—Es real para mí —dijo Natalia, parada sobre un podio mientras un sastre ajustaba el dobladillo de un vestido Givenchy hecho a medida.
El vestido era de un rojo sangre profundo, color “oxblood”. Era strapless, estructurado y peligroso. Se ajustaba a ella como una segunda piel, mostrando un cuerpo que horas de Pilates y entrenamiento personal habían esculpido en algo mucho más letal que la chica llenita que Caleb había despreciado.
—Él cree que sigo siendo la barista quebrada, Rena —dijo Natalia, mirando su reflejo—. La última vez que me vio, llevaba un uniforme manchado de café, llorando porque me dijo que yo no era “material de esposa”. Cree que voy a ir a comer sus canapés gratis y a dar lástima.
—¿Y los niños? —preguntó Rena, bajando la voz—. Nat, son… son fotocopias. Va a causar una escena. Va a traumar a la novia.
—Isabela Landeros me hacía bullying en la prepa —dijo Natalia con frialdad—. Se burlaba de mis zapatos de tianguis. No me preocupa Isabela, ni Caleb.
—Él los va a negar.
—Que lo intente —dijo Natalia, bajando del podio—. Tengo las pruebas de ADN. Tengo las actas de nacimiento. Pero no voy a ir a exigir pensión. No necesito su dinero. Tengo tres veces su patrimonio neto sentado en mi fondo de liquidez ahora mismo.
—Entonces, ¿por qué ir?
Natalia se volvió, con los ojos echando chispas.
—Porque él me borró. Le dijo a todos en Monterrey y en México que yo era una cazafortunas y una infiel para justificar que me botaba por orden de su madre. Destruyó mi reputación. Tuve que irme de la ciudad para sobrevivir. Voy a regresar para recordarles que no se quema a una bruja que sabe jugar con fuego.
Caminó hacia una segunda bolsa de ropa colgada en el perchero. Bajó el cierre. Dentro había tres esmóquines miniatura hechos a medida, de seda italiana, impecablemente confeccionados.
—Se van a ver como príncipes —susurró Natalia.
La parte más difícil fue preparar a los niños. No quería asustarlos. Los sentó la noche anterior al vuelo hacia Guanajuato.
—Vamos a ir a una fiesta grande —les dijo, reuniéndolos en un abrazo grupal en la alfombra—. Habrá música y pastel.
—¿Va a estar papá ahí? —preguntó Noé.
La pregunta succionó el aire de la habitación. Natalia nunca les había mentido, pero había sido vaga. Les dijo que su padre vivía lejos y estaba muy ocupado.
—Alguien que ayudó a hacerlos estará ahí —dijo Natalia con cuidado—. Pero no vamos a verlo para saludarlo de abrazo. Vamos a mostrarles a todos lo guapos que son. Y tenemos que portarnos muy bien, como soldaditos. ¿Pueden hacer eso por mamá?
—¡Sí! —corearon.
La mañana de la boda, el aire en San Miguel de Allende era fresco y olía a lavanda y tierra mojada. La ceremonia se celebraba en la “Hacienda Los Arcángeles”, uno de los lugares más opulentos y exclusivos del país. Era un lugar de declaración. Costaba una fortuna solo abrir las puertas.
Natalia rentó una Suburban negra blindada con vidrios polarizados. Nada de limusinas. Las limusinas eran nacas. Ella quería sigilo hasta el momento del impacto.
Mientras vestía a los niños, sintió una extraña sensación de calma. El miedo se había ido. El dolor se había ido. Todo lo que quedaba era la fría precisión de un verdugo.
Se puso sus aretes de diamantes, unos broqueles que se había comprado ella misma para celebrar su primer millón de dólares. Se recogió el cabello en un chongo elegante y severo. Se aplicó el labial: rojo mate, oscuro.
Se miró al espejo. La chica que le había rogado a Caleb que no la dejara había desaparecido. La mujer que le devolvía la mirada era una CEO, una madre y una advertencia de tormenta.
—Vámonos, niños —dijo—. Es hora de arruinar una fiesta.
Los jardines de la Hacienda eran un mar de lino blanco y vestidos color pastel. La “wedding planner” claramente había buscado un tema de “Realeza Mexicana”. Había cisnes en la fuente. Un cuarteto de cuerdas tocaba Debussy. Los invitados eran el Quién es Quién de la alta sociedad mexicana: hijos de políticos, herederos de tequileras y socialites que no habían trabajado un día en sus vidas.
Caleb estaba en el altar, luciendo engreído. Llevaba un saco de esmoquin blanco, una elección que solo alguien con el ego del tamaño de Caleb haría. Se reía con su best man, mirando a la multitud, revisando su reloj Patek Philippe. Escaneaba las filas traseras.
La buscaba a ella. Quería verla sentada atrás, sola. Quería la satisfacción de saber que había vuelto arrastrándose para presenciar su gloria.
Doña Victoria Montemayor, la madre de Caleb, estaba sentada en la primera fila. Llevaba un vestido plateado y un tocado que parecía una escultura moderna. Ella era la que había diseñado esta unión. Ella era la que le había dicho a Caleb que Natalia no era “de nuestra clase”.
La ceremonia estaba a punto de comenzar. Los invitados se acomodaron en sus sillas Tiffany blancas. El cuarteto hizo la transición al Canon de Pachelbel.
Las pesadas puertas de madera tallada al fondo de la terraza del jardín, usualmente reservadas para la novia, permanecieron cerradas. Los invitados miraban hacia adelante, esperando a Isabela.
Pero la entrada lateral, el gran arco de piedra que conducía desde la casa principal a la terraza, hizo un clic al abrirse.
No era la novia.
El sonido de los tacones golpeando el camino de piedra fue agudo y rítmico. Clac, clac, clac.
Las cabezas comenzaron a girar. Empezó con la última fila, un murmullo de confusión. ¿Quién llegaba tan tarde? ¿Y de rojo? Nunca vistes de rojo en una boda mexicana, es una regla no escrita. Es un color agresivo. Significa que te acostaste con el novio o que quieres matarlo.
Natalia salió a la luz del sol. El jadeo fue audible. Onduló a través de la multitud como una ola en el estadio. Se veía magnífica. El vestido abrazaba sus curvas y se abría en la parte inferior, moviéndose como rubí líquido. Llevaba gafas de sol oversized que se quitó lentamente y guardó en su bolso clutch. Su barbilla estaba en alto, su expresión ilegible.
Pero no fue el vestido lo que detuvo la música.
Caminando junto a ella, dos a su izquierda y uno a su derecha, sosteniendo sus manos, iban tres niños pequeños.
Vestían esmóquines negros miniatura con pajaritas. Su cabello estaba peinado hacia atrás con gel. Caminaban con una disciplina que era extraña para niños de cuatro años.
Cuando pisaron la alfombra blanca, la destinada a la novia, Natalia se detuvo. Estaba a diez filas de distancia.
Caleb, al oír la conmoción, miró por encima del tocado de su madre. Entrecerró los ojos. El sol estaba detrás de Natalia, creando una silueta. Entonces ella dio un paso más hacia adelante, poniendo su rostro y a los niños bajo la luz clara.
Caleb se congeló.
Su sonrisa murió instantáneamente, reemplazada por un horror de boca abierta que lo hacía ver repentinamente muy estúpido. Miró a los niños. Miró a Natalia. Miró de nuevo a los niños.
El parecido no era solo cercano. Era una fotocopia. Era la biología gritando a todo pulmón.
Doña Victoria se dio la vuelta en su asiento para ver qué miraban todos. Cuando vio a los trillizos, la copa de cristal con champaña que había estado bebiendo ilícitamente durante la espera, se resbaló de sus dedos enguantados.
¡CRASH!
El sonido del vidrio rompiéndose resonó en el jardín silencioso.
—Dios mío —susurró alguien en la tercera fila—. Esos son… esa es la cara de Caleb.
Natalia no dijo una palabra. No gritó. No objetó. Simplemente se quedó allí mirando directamente a Caleb, con sus ojos taladrando su alma. Ofreció una pequeña y educada sonrisa, el tipo de sonrisa que da un tiburón antes de arrastrarte al fondo.
El sacerdote oficianate tosió nerviosamente.
—Ehm, ¿podemos continuar?
Pero Caleb no podía moverse. Sentía que el suelo se abría. La había invitado para burlarse de su pobreza. En cambio, ella había entrado pareciendo una reina, trayendo tres herederos que él no sabía que tenía.
Entonces uno de los niños, Matías, vio los cisnes en la fuente cerca del altar. Señaló con un dedo pequeño.
—Mira, mami. Patitos.
Su voz, pura e inocente, cortó la tensión como un cuchillo caliente en mantequilla.
El rostro de Caleb pasó de pálido a un rojo profundo y sofocante. Bajó del altar, tropezando ligeramente.
—¿Natalia? —logró decir, con la voz quebrada. El micrófono en su solapa seguía encendido. El nombre retumbó en los altavoces, amplificado para que todos lo escucharan.
Natalia inclinó la cabeza.
—Hola, Caleb. Gracias por la invitación. Los niños querían ver de dónde venía su papá.
La palabra “papá” golpeó a la multitud como una granada.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA EVIDENCIA
En ese momento exacto, las puertas principales de la casa grande se abrieron de par en par. La Marcha Nupcial comenzó a sonar, triunfal y ajena al desastre que ocurría en el jardín.
Isabela Landeros apareció, velada y sonriente, aferrando su ramo de orquídeas blancas importadas, lista para su gran momento. Dio dos pasos, una visión de encaje francés y expectativas millonarias, y entonces se dio cuenta de que nadie la miraba a ella.
Se detuvo.
Vio a Caleb fuera del altar, con la cara descompuesta. Vio a la mujer del vestido rojo que opacaba a todo el jardín. Y vio a los tres niños.
Isabela se levantó el velo lentamente, su sonrisa desvaneciéndose como la niebla.
—¿Caleb? —preguntó, su voz temblorosa pero audible—. ¿Quién es ella? ¿Y por qué esos niños tienen tu nariz?
El cuarteto de cuerdas se apagó gradualmente, terminando en un chirrido desafinado de un violín. El silencio que siguió fue más pesado que el calor del mediodía.
Natalia miró a la novia, luego de vuelta a Caleb.
—No dejes que te interrumpamos —dijo Natalia, su voz suave y educada, proyectándose perfectamente en el silencio—. Solo nos sentaremos atrás, como se solicitó en la invitación.
Comenzó a moverse hacia los asientos vacíos de la última fila, y la multitud se apartó para dejarla pasar como si fuera la realeza o una enfermedad contagiosa; aterrorizados y fascinados a la vez.
Pero Doña Victoria Montemayor ya estaba de pie. La matriarca bajó por el pasillo central como un tanque de guerra con lentejuelas, con la cara torcida por la furia. Ignoró a la novia. Ignoró las miradas. Marchó directamente hacia Natalia, bloqueándole el paso.
—¡Tú! ¡Pequeña arribista! —siseó Victoria, lo suficientemente alto para que las primeras diez filas, llenas de tías chismosas de Monterrey y Guadalajara, escucharan—. ¿Cómo te atreves a mostrar tu cara aquí? ¿De quién son esos bastardos? ¿Los rentaste para hacer un show?
Natalia se detuvo. Le entregó su bolso clutch a Rena, quien se había deslizado detrás de ella como una sombra protectora. Natalia miró hacia abajo a Victoria, quien era una cabeza más baja que ella.
—Cuidado, Victoria —dijo Natalia, bajando el tono a una calma mortal—. Yo no usaría esa palabra. Especialmente porque esos “bastardos” son la única razón por la que tu familia no va a estar viviendo en la calle para el próximo martes.
Victoria parpadeó, confundida por la insolencia.
—¿Disculpa?
—Me escuchaste —dijo Natalia. Levantó la vista hacia Caleb, quien ahora caminaba por el pasillo hacia ellas, luciendo como si fuera a vomitar sobre su esmoquin blanco—. ¿Le contaste a tu madre sobre las malas inversiones en criptomonedas y bienes raíces fantasma, Caleb? ¿O pensaste que casarte con el fideicomiso de Isabela taparía el agujero en el barco antes de que se hundiera?
El giro no eran solo los niños. Era la palanca.
—¿De qué estás hablando? —exigió Caleb al llegar a ellas. Miró a los niños, con terror puro en los ojos. Trataba de no mirarlos, pero no podía evitarlo. Era como mirarse en un espejo de hace 25 años.
—La invitación decía que viniera a ver un “futuro de verdad” —dijo Natalia, sacando un documento doblado del escote de su vestido—. Así que traje el futuro… y también traje el pasado.
Extendió el papel. No era un acta de nacimiento.
—Verás, Caleb —sonrió ella, una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Cuando me botaste, no solo lloré. Invertí. Y la semana pasada, mi compañía, Nébula Ventures, adquirió la deuda mayoritaria de Grupo Montemayor.
Jadeos ahogados estallaron de nuevo entre los invitados. Alguien murmuró: “¡No puede ser!”
—Soy dueña de la hipoteca de esta Hacienda, Caleb —susurró Natalia, inclinándose cerca, tan cerca que solo él, su madre y la novia petrificada podían oír—. Soy dueña de su acción en el Club Campestre. Soy dueña del yate en Acapulco. Y soy dueña de ti.
Alisó la solapa del pequeño esmoquin de León con ternura maternal.
—Ahora —dijo, mirando al sacerdote atónito—. Por favor, continúen. Me encantan las bodas, especialmente las que yo pagué.
El silencio que había caído sobre el jardín de la Hacienda Los Arcángeles fue destrozado por la risa aguda e histérica de Isabela Landeros.
Era un sonido que bordeaba la locura. Estaba de pie al inicio del pasillo, con el velo echado hacia atrás, mirando entre su prometido y la mujer de rojo que acababa de reclamar la propiedad de su vida.
—Esto es una broma, ¿verdad? —gritó Isabela, su voz chillona rompiendo el protocolo—. Señaló con un dedo enguantado a Caleb. —¡Caleb, dime que esto es un sketch! ¡Dime que contrataste actores! ¿Por qué dice que es dueña de tu casa?
Caleb parecía un hombre despertando de una cirugía que no sabía que necesitaba. Sudaba profusamente. Miró a Natalia, luego al documento en su mano, luego a su madre.
—Es… no es posible —tartamudeó Caleb—. Madre, dile que el fideicomiso es impenetrable. Los holdings están seguros en Panamá. Dile.
Victoria Montemayor se recuperó de su shock, su rostro endureciéndose en una máscara de puro veneno clasista. Dio un paso más cerca de Natalia, invadiendo su espacio personal. El olor a ginebra cara y desesperación emanaba de ella.
—Estás mintiendo —escupió Victoria—. Eres una codificadora de tercera de una colonia popular. ¿Crees que puedes entrar aquí con tres niños rentados y un documento legal falso y asustarnos? ¡Seguridad!
Victoria se giró, agitando la mano frenéticamente hacia el perímetro donde dos hombres corpulentos en trajes negros estaban parados.
—¡Saquen a esta mujer! ¡Está invadiendo propiedad privada! Y llévense esas… esas cosas que trajo con ella.
Los guardias de seguridad intercambiaron una mirada. No se movieron.
—Dije que la saquen —chilló Victoria, su voz quebrándose.
Natalia ni se inmutó. Simplemente levantó su mano, haciendo una señal al jefe de seguridad, un hombre llamado Don Paco, que había trabajado en la Hacienda por 20 años y conocía todos los secretos de la familia.
—Don Paco —dijo Natalia con calma—. ¿Quién firma los cheques de la agencia de personal que administra esta finca desde las 9:00 a.m. de esta mañana?
Don Paco dio un paso adelante, luciendo apenado pero firme. Se quitó la gorra ante Victoria.
—Lo siento mucho, Doña Victoria. Recibimos un memorándum del banco esta mañana. El título de propiedad de la Hacienda fue transferido a Nébula Ventures en lugar de ejecución hipotecaria. La Señorita Benítez es, técnicamente, la anfitriona de este evento.
La multitud jadeó, una toma de aire colectiva que succionó el oxígeno del jardín.
—¿Ejecución… hipotecaria? —susurró Isabela. Dejó caer su ramo. Golpeó la alfombra blanca con un sonido sordo—. Caleb, me dijiste que tu familia valía 300 millones de pesos.
Caleb se volvió hacia Isabela, con los ojos desorbitados y frenéticos.
—¡Lo valemos! ¡Lo valíamos! Son solo problemas de flujo de caja, Bella. Solo una crisis de liquidez temporal. Íbamos a arreglarlo después de… después de la fusión.
—Después de la boda —lo corrigió Natalia, su voz cortando como una navaja—. Quieres decir, después de que pusieras tus manos en la dote de los Landeros para pagar las tasas de interés que no podías manejar.
Dio un paso más cerca del altar, sus tacones hundiéndose ligeramente en la costosa alfombra.
—Por eso me enviaste la invitación, ¿verdad? —preguntó Natalia, bajando la voz a un volumen conversacional que de alguna manera pesaba más que un grito—. No estabas presumiendo, Caleb. Estabas alardeando porque creías que habías encontrado un nuevo salvavidas. Querías restregarme en la cara que habías asegurado una nueva cuenta bancaria para drenar.
Señaló a Isabela con un movimiento elegante de su cabeza.
—Ella no es una novia para ti, Caleb. Ella es un rescate financiero.
La cara de Isabela se puso pálida. Miró a Caleb, el horror amaneciendo en sus ojos.
Mientras tanto, los trillizos se estaban inquietando. La tensión era palpable, y los niños son como barómetros para la ansiedad adulta. Noé, el sensible, enterró su cara en la falda del vestido rojo de Natalia.
—Mami, la señora está gritando —gimoteó.
Caleb miró hacia abajo a Noé. Por primera vez, realmente lo miró. Vio la forma en que el cabello de Noé se rizaba detrás de sus orejas, exactamente como lo hacía el suyo. Vio la forma de la nariz del niño. Era la nariz de su abuelo, el fundador de la dinastía.
—¿Natalia? —susurró Caleb, la lucha drenándose de él—. ¿Son… son de verdad?
—¡No te atrevas a contestar eso! —intervino Victoria, agarrando el brazo de Caleb con sus uñas—. ¡Es una fraude, Caleb! Probablemente se embarazó de algún mesero y está tratando de colgarte el milagrito para sacar pensión. Mírala. Es… es chusma.
Los ojos de Natalia destellaron. La fachada de calma se agrietó solo por un segundo, revelando a la madre leona debajo.
—Noé, Matías, León —dijo Natalia gentilmente—. Vayan con la tía Rena. Vayan por un cupcake de la mesa de allá.
Rena intervino de inmediato, pastoreando a los tres niños lejos de la zona de explosión tóxica. Una vez que estuvieron fuera del alcance del oído, Natalia se volvió hacia Victoria. El aire a su alrededor pareció bajar 10 grados.
—¿Quieres hablar de chusma, Victoria? —preguntó Natalia—. Hablemos de la basura que sacaste hace cinco años.
—¡Exijo una prueba de paternidad! —gritó Victoria, actuando para la multitud. Sabía que estaba perdiendo la sala. Los invitados murmuraban. Los celulares estaban fuera, grabando todo. Este era el escándalo de la década en San Miguel, y nadie quería perderse un segundo. —¡No dejaré que el legado de mi hijo sea manchado por tus bastardos sin pruebas!
Sin inmutarse, Natalia metió la mano en la elegante carpeta de cuero que Rena le había pasado. No sacó un papel. Sacó un fajo grueso.
—Me imaginé que dirías eso —dijo Natalia—. Así que vine preparada.
Subió los escalones del altar improvisado y entregó el fajo, no a Caleb, y no a Victoria, sino a Isabela.
—Léelo —le dijo Natalia a la novia.
Isabela, temblando, tomó los documentos.
—Prueba A —narró Natalia, su voz proyectándose a los invitados—. Una prueba de paternidad prenatal no invasiva realizada hace cinco años. Guardé los resultados. 99.99% de coincidencia con Caleb Eduardo Montemayor.
—¡Pudiste haber falsificado eso! —chilló Victoria.
—Prueba B —continuó Natalia, ignorando a la mujer mayor—. Una declaración jurada del Dr. Elizondo, el médico de cabecera de la familia Montemayor. El que despediste, Victoria, porque se negó a falsificar los registros médicos de Caleb para ocultar sus supuestos problemas de fertilidad. Resulta que Caleb es perfectamente fértil. Solo necesitaba a la pareja correcta.
Caleb se estremeció.
—¿Hablaste con Elizondo?
—Contraté a Elizondo —sonrió Natalia—. Ahora dirige el ala médica de mi compañía.
Isabela pasó la página. Sus manos temblaban tanto que el papel crujía.
—Y finalmente —dijo Natalia, su voz suavizándose hacia algo más oscuro, más triste—. Prueba C: registros telefónicos.
Se giró para encarar a Caleb.
—Hace cinco años, dos semanas después de que me echaras, te llamé. Te llamé 14 veces. Dejé correos de voz diciéndote que estaba embarazada. Envié cartas certificadas. Quería que supieras, no por dinero, solo porque eras su padre.
Caleb sacudió la cabeza, luciendo genuinamente confundido.
—Nunca recibí ninguna llamada. Nunca recibí una carta. Cambié mi número.
—Pero no cambiaste tu número por un mes —dijo Natalia—. Te fuiste a Londres. Dejaste tu celular “mexicano” en la casa.
Natalia señaló con un dedo acusador a Victoria.
—Ella contestó el teléfono, Caleb.
La multitud se giró para mirar a Victoria Montemayor. La matriarca se quedó congelada, con la boca ligeramente abierta.
—Saqué los registros de Telcel —dijo Natalia—. Llamada entrante de Natalia Benítez. Duración: 4 minutos. Seguida de la eliminación de tres correos de voz. Seguida de una llamada al abogado de la familia para redactar una orden de restricción contra mí antes de que yo siquiera hubiera amenazado con demandar.
Caleb miró fijamente a su madre. La traición lo golpeaba en oleadas.
—¿Madre? —graznó—. ¿Lo sabías? ¿Sabías que estaba embarazada?
Victoria enderezó la columna, tratando de recuperar su compostura. Se ajustó el tocado, aunque sus manos temblaban.
—Hice lo que era necesario, Caleb —espetó ella—. Ella era una distracción. Tú estabas destinado para la política, para… para la grandeza. No podías estar atado a una “nadie” con una camada de niños. Te salvé.
—Me robaste a mis hijos —susurró Caleb. La realidad lo golpeó como un golpe físico. Miró hacia la mesa de postres donde los tres niños reían, ajenos a que su abuela había tratado de borrar su existencia—. Me perdí… me perdí todo. Sus primeros pasos, sus primeras palabras.
—Elegiste perdértelos —dijo Natalia, su voz desprovista de simpatía—. Elegiste dejar que tu madre manejara tu vida. Elegiste creer que yo era una interesada en lugar de la mujer que te amaba. Y ahora… ahora no puedes ser un padre. Solo eres un donante de esperma con un pésimo historial crediticio.
CAPÍTULO 4: EL COLAPSO
—Puedo arreglar esto —dijo Caleb, dando un paso hacia ella, extendiendo una mano—. Nat, por favor. Podemos arreglar esto. Míranos. Tenemos una familia. Podemos ser una familia. Dejaré a Isabela. Me iré contigo. Podemos criarlos juntos.
La audacia de la petición hizo que la multitud murmurara de nuevo. Estaba cambiando de bando en segundos.
Natalia miró su mano. Miró su rostro desesperado y débil.
—Todavía no lo entiendes —dijo en voz baja—. No vine aquí para recuperarte, Caleb. Vine aquí para asegurarme de que nunca lastimes a nadie más de la manera en que me lastimaste a mí.
Se volvió hacia Isabela, quien seguía leyendo el informe financiero como si fuera su sentencia de muerte.
—Isabela —dijo Natalia—. Ve a la última página.
Isabela Landeros era joven. Estaba protegida por su familia. Había sido criada para ser una esposa trofeo, para verse bonita en las revistas de sociales y organizar galas benéficas. Pero no era estúpida.
Miró la última página del expediente que Natalia le había entregado. Era un resumen de los pasivos de la familia Montemayor.
Préstamos pendientes: $450 millones de pesos.
Liquidez: -$120 millones de pesos.
Fecha proyectada de bancarrota: 30 días.
Y luego, una cláusula resaltada en amarillo, un borrador de acuerdo prenupcial que Victoria Montemayor había estado presionando para que se firmara, uno que los abogados de Isabela no habían visto aún.
“En el caso de matrimonio, los activos del Fideicomiso Landeros se fusionarán con Grupo Montemayor para asegurar inversiones conjuntas…”
Isabela levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero su mandíbula estaba apretada.
—Ibas a liquidar mi fideicomiso —dijo Isabela, su voz temblando—. No te estabas casando conmigo. Te estabas fusionando conmigo.
—Bella, mi amor. No —suplicó Caleb, girando para enfrentarla—. Son finanzas complicadas, no lo entiendes.
—Entiendo que esta mujer —Isabela señaló a Natalia— acaba de comprar tu deuda, lo que significa que ella es tu dueña. Y si me caso contigo, ella será mi dueña también.
Isabela miró a Natalia. Por un momento, hubo una comunicación silenciosa entre las dos mujeres: la exnovia y la novia, la que sobrevivió y la que estaba a punto de ser sacrificada.
Natalia le dio un pequeño asentimiento. Corre.
Isabela respiró hondo. Se llevó la mano a la cabeza y se desprendió el velo. Cayó al suelo en un montón de tul blanco. Luego se quitó el anillo de compromiso, un zafiro masivo que había pertenecido a la abuela de Caleb.
—¿Sabes cuál es la peor parte, Caleb? —preguntó Isabela, su voz firme ahora—. Yo realmente te quería. Te defendí cuando mis amigas decían que eras un arrogante. Te defendí cuando mi papá dijo que eras una “apuesta riesgosa”.
Lanzó el anillo. Golpeó a Caleb en el pecho y rebotó, rodando por el pasto.
—Pero no seré tu cajero automático. Y ciertamente no seré la madrastra de tres niños que fuiste demasiado cobarde para reclamar.
Isabela se volvió hacia Victoria.
—Señora Montemayor —dijo Isabela, goteando desdén—. Usted es una vieja bruja, seca y odiosa. Espero que disfrute del desalojo. Escuché que los albergues en el centro son encantadores en esta época del año.
Con eso, Isabela recogió su falda. No corrió. Caminó de regreso por el pasillo, con la cabeza alta, pasando junto a los invitados atónitos.
Al pasar por la mesa de cupcakes, se detuvo. Miró a León, Noé y Matías. Se arrodilló por un segundo, sin importarle su costoso vestido.
—Ustedes son muy guapos —les dijo—. Sean buenos con su mamá. Ella es una superheroína.
Luego, Isabela Landeros salió de la boda, dejando la puerta abierta detrás de ella.
La boda había terminado oficialmente. Pero Natalia no había terminado aún. Tenía un último clavo que poner en el ataúd.
Caminó de regreso a donde Caleb estaba parado, derrotado y solo en el altar.
—Ahora —dijo Natalia, sacando un juego de llaves de su bolso—. Sobre la casa.
Caleb levantó la vista, con lágrimas corriendo por su cara.
—¿Nos vas a echar hoy? ¿Frente a todos?
—No —dijo Natalia—. No soy tan cruel como tú. Tienen una semana.
Le lanzó las llaves a Don Paco, el jefe de seguridad.
—Don Paco, por favor asegúrese de que la propiedad esté desocupada para el próximo domingo. Cualquier cosa que dejen atrás será subastada para caridad, específicamente para una fundación de madres solteras.
Se volvió hacia la multitud, dirigiéndose a los cientos de socialites estupefactos.
—Les sugiero a todos que se vayan a casa —anunció—. No habrá recepción. Sin embargo, la barra libre sigue activa por la próxima hora. Beban todo lo que quieran. Es la última cosa que Caleb les invitará en su vida.
Caminó hacia sus hijos.
—Muy bien, mis amores —dijo, levantando a Matías en sus brazos—. ¿Quién quiere ir por tacos?
—¡Yo! —gritaron.
Natalia no miró atrás. Caminó por el pasillo, su vestido rojo ardiendo como una bandera de victoria, sus tres hijos saltando a su lado.
Detrás de ella, escuchó a Victoria comenzar a gritar; un sonido primario de una mujer que había perdido su estatus, su casa y a su hijo en el lapso de 20 minutos. Caleb simplemente se sentó en los escalones del altar y puso su cabeza entre sus manos.
Al llegar a la camioneta blindada, Natalia sintió una vibración en su bolsillo. Era un mensaje de texto de Rena.
“¿Viste el ticker de la bolsa? Las acciones de Grupo Montemayor acaban de desplomarse. Acabas de ganar un 20% en la venta en corto.”
Natalia sonrió. La venganza no solo era dulce. Era rentable.