
CAPÍTULO 1: EL SECRETO EN LA CAJUELA
El olor a gasolina barata y humedad rancia golpeó a la Señora Rentería antes de que pudiera gritar. Un empujón brutal, inhumano, dobló su cuerpo frágil, obligándola a encogerse dentro del espacio asfixiante de la cajuela. Sus huesos, cansados por los años, crujieron contra el metal frío y oxidado.
—¡Quédate quieta, vieja inútil! —siseó Nayeli, su nuera. Aquella mujer que ante la sociedad de Monterrey se presentaba como un ángel de caridad, ahora tenía el rostro desfigurado por una mueca de odio puro.
La Señora Rentería, matriarca de la poderosa dinastía Montoro, intentó hablar, suplicar, preguntar por qué. Pero la cinta adhesiva gris que cruzaba su boca solo le permitió emitir un gemido ahogado, un sonido de animal herido que se perdió en la inmensidad del garaje auxiliar. Sus ojos, desorbitados por el pánico, se clavaron en Nayeli. ¿Por qué? Te di todo… te traté como a una hija, pensó, mientras las lágrimas calientes resbalaban hacia sus sienes.
—Ya me tienes harta con tus sermones y tu control sobre la herencia —masculló Nayeli, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de su mano perfectamente manicurada—. Esta es tu última noche mandando en esta casa.
¡BANG!
La tapa de la cajuela cayó como una lápida. La oscuridad fue absoluta. El sonido metálico resonó como el cierre de un ataúd. Dentro, la anciana se ovilló, temblando no solo por el frío, sino por el terror de saber que la mujer a la que había acogido en su hogar la estaba enviando a la muerte.
Afuera, la noche caía pesada sobre la mansión Montoro. Las luces cálidas de las ventanas principales contrastaban cruelmente con la escena macabra que ocurría en el patio trasero.
Dulcinea, o “Dulce” como la llamaban los pocos que se dignaban a hablarle, estaba terminando su turno en la cocina. Con su uniforme gris desgastado y sus manos enrojecidas por el cloro, apagó las luces. Estaba cansada. Sus pies palpitaban. Solo quería llegar a su casa en la colonia, abrazar a su hermanito y dormir.
Pero un ruido la detuvo.
¡Clang!
Venía del garaje viejo, ese que el Señor Rogelio casi nunca usaba. El instinto de Dulce, afilado por años de crecer en las calles difíciles antes de conseguir este trabajo, se encendió. Algo no está bien, pensó.
Se movió como un gato, en silencio, ocultándose entre las sombras de los setos perfectamente podados del jardín. Sus ojos grandes y expresivos se entrecerraron para enfocar en la penumbra.
Allí estaba Nayeli. Pero no era la Nayeli de las revistas de sociales. Estaba despeinada, nerviosa, mirando hacia todos lados. Y junto a ella estaba “El Tuercas”, Gael, un mecánico de mala muerte que a veces venía a arreglar las podadoras. Un tipo con la mirada turbia y las manos siempre manchadas de grasa.
Dulce contuvo la respiración detrás de un enorme bote de basura. Vio cómo Nayeli sacaba un sobre abultado de su bolso de marca.
—Tómalo —la voz de Nayeli era un susurro afilado que cortó el viento—. Llévatela al Cañón de la Huasteca, a la zona de los barrancos. Quema el coche con ella adentro. Que parezca un accidente o un robo. ¡Pero que no quede nada!
Gael sopesó el sobre, una sonrisa codiciosa revelando sus dientes amarillentos.
—Considérelo hecho, patrona.
—¡Y escúchame bien, imbécil! —Nayeli lo agarró del cuello de la camisa, con los ojos inyectados en sangre—. Si Rogelio se entera, si abres la boca… tú y tu familia amanecen en bolsas. ¿Entendiste?
El hombre asintió, tragando saliva, y se metió al coche. El motor rugió, tosiendo humo negro.
Dulce sintió que el mundo se le venía encima. La señora Rentería. La única que le daba los buenos días, la que una vez le regaló un suéter para su mamá enferma. Estaba ahí dentro. La iban a matar.
El miedo paralizó sus piernas por un segundo. Si salgo, me corren. Si salgo, me matan a mí también, pensó. Pero entonces escuchó un golpe sordo proveniente de la cajuela. Pum, pum, pum. Débil. Desesperado.
Era el sonido de la vida luchando por no apagarse.
—¡No! —el grito salió de su garganta antes de que pudiera pensarlo.
Dulce salió disparada de su escondite. No era una heroína de película; era una chica de veinte años muerta de miedo, pero con un corazón que no le cabía en el pecho. Corrió hacia el coche que ya comenzaba a retroceder.

CAPÍTULO 2: EL PRECIO DE LA VALENTÍA
—¡ALTO! ¡DETENGA EL COCHE! —gritó Dulce, lanzándose al paso del vehículo.
Sus manos golpearon el cofre caliente del auto viejo. ¡Bang! ¡Bang!
—¡La Señora Rentería está ahí! ¡Lo escuché todo! ¡Abran la maldita cajuela!
Gael frenó de golpe, asustado por la aparición repentina. El coche se sacudió violentamente. Nayeli, que observaba desde la entrada del garaje, sintió que la sangre se le helaba. Su plan perfecto se desmoronaba por culpa de una simple sirvienta.
El pánico de Nayeli duró un segundo; luego, se transformó en una furia asesina.
—¡Acelera, idiota! —chilló Nayeli, corriendo hacia el auto—. ¡Atropéllala! ¡Haz que desaparezca también! ¡Te pagaré el doble!
Gael dudó. Matar a una vieja en un barranco era una cosa, pero atropellar a una chica frente a la mansión… sus manos temblaron sobre el volante.
Dulce vio la indecisión en los ojos del chofer y aprovechó el momento. No se quedó frente al auto. Corrió hacia atrás. Sus dedos torpes por la adrenalina buscaron la manija de la cajuela.
—Por favor, virgencita, que abra… —susurró.
El coche era viejo, la cerradura estaba floja. Nayeli, en su prisa, no la había cerrado con llave.
¡Clic!
La tapa se levantó.
Y ahí, bajo la luz amarillenta de las farolas, la verdad quedó expuesta. La Señora Rentería, acurrucada en posición fetal, con el vestido de seda manchado de grasa, los ojos llenos de lágrimas y la boca encintada.
—¡NOOO! —rugió Nayeli, lanzándose sobre Dulce.
La agarró del cabello y tiró con fuerza, tratando de alejarla.
—¡Suéltala, maldita gata! ¡Te vas a arrepentir de haber nacido!
—¡Usted es un monstruo! —gritó Dulce, girándose y empujando a Nayeli con la fuerza que da la indignación. La mujer rica, desacostumbrada al contacto físico real, tropezó con sus tacones altos y cayó de sentón en la grava.
Dulce no perdió tiempo. Se inclinó hacia la cajuela y, con manos temblorosas pero gentiles, arrancó la cinta de la boca de la anciana.
—¡Ayuda! —la Señora Rentería aspiró una bocanada de aire, tosiendo—. ¡Dulce, hija! ¡Ella… ella me quiere matar!
La escena era caótica. La anciana llorando, Dulce abrazándola, Nayeli en el suelo con la mirada de una loca, y Gael, viendo que todo estaba perdido, abrió la puerta del conductor y salió corriendo hacia la oscuridad, saltando la barda trasera como una rata que abandona el barco.
—¡Maldita sea! ¡Lo arruinaste todo! —Nayeli se levantó, buscando algo con qué golpear a Dulce.
Pero entonces, un haz de luz potente barrió el patio. El rugido de un motor fino, potente, llenó el aire. Un Mercedes plateado entró derrapando en la entrada, bloqueando la salida.
Rogelio Montoro había vuelto antes de su viaje de negocios.
Nayeli sintió que el corazón se le detenía. Se acabó, pensó. Pero al ver bajar a su esposo, su instinto de supervivencia, ese instinto reptiliano y frío, tomó el control. Se desgarró la manga de su blusa. Se revolvió el cabello. Se pellizcó el brazo hasta hacerse sangre.
Y empezó a llorar. Un llanto perfecto, desgarrador.
—¡¡ROGELIO!! —gritó, corriendo hacia la cajuela y empujando brutalmente a Dulce lejos de la anciana—. ¡Quítale las manos de encima a mi suegra!
Rogelio bajó del auto, aturdido por el viaje y la escena dantesca. Vio a su madre temblando en la cajuela, a su esposa llorando y “protegiéndola”, y a la mesera, sucia y despeinada, parada ahí.
—¿Qué demonios pasa aquí? —tronó Rogelio.
—¡Es ella, mi amor! —Nayeli señaló a Dulce con un dedo acusador—. ¡Llegué justo a tiempo! ¡Esta loca y el chofer intentaron secuestrar a mamá! ¡Le inyectaron algo! ¡Me pidieron dinero! ¡Mira, mira cómo la tienen!
La mentira fue tan rápida, tan audaz, que Dulce se quedó paralizada.
—¿Qué? —Rogelio se giró hacia Dulce. Sus ojos, normalmente tranquilos, ahora eran dos pozos de furia negra—. ¿Tú…?
—¡No! ¡Señor Rogelio, no! —Dulce dio un paso adelante, con las manos extendidas—. ¡Es mentira! ¡Fui yo quien la salvó! ¡Ella la metió ahí! ¡Su esposa quería matarla!
—¡CÁLLATE! —el grito de Rogelio hizo temblar a Dulce.
Él no vio a la salvadora. Vio a una empleada pobre acusando a su esposa de alta sociedad. El clasismo, el prejuicio y la manipulación perfecta de Nayeli le nublaron el juicio en un segundo.
Rogelio corrió hacia su madre, sacándola con cuidado de la cajuela.
—Mamá, mamá, soy yo. Ya estás a salvo.
La Señora Rentería intentó hablar, intentó señalar a Nayeli.
—Hijo… es… Na… Nayeli…
Pero Nayeli, rápida como una víbora, se acercó con un pañuelo y fingió limpiarle la cara, presionando sutilmente sobre su boca para callarla, mientras le susurraba al oído con una amenaza velada:
—Si hablas, lo mato a él también.
La anciana se congeló. El miedo por la vida de su hijo fue más fuerte que su deseo de justicia. Guardó silencio, sollozando en el pecho de Rogelio.
Para Rogelio, ese silencio fue la confirmación de la culpa de Dulce.
Se levantó y caminó hacia la mesera. Dulce retrocedió, asustada por la violencia que emanaba de su patrón.
—Señor, por favor, escúcheme… —suplicó ella, con lágrimas de impotencia marcando surcos en su cara sucia de hollín.
—¡Eres una escoria! —escupió Rogelio. La miró de arriba abajo con un desprecio absoluto—. Mi familia te dio trabajo, te dimos de comer… ¿y así nos pagas? ¿Secuestrando a mi madre?
—¡Yo no fui! —gritó Dulce, desesperada.
—¡Seguridad! —bramó Rogelio.
Dos guardias aparecieron corriendo.
—Saquen a esta basura de mi casa. Y den gracias a Dios que mi prioridad ahora es la salud de mi madre, porque si no, te mataba aquí mismo con mis propias manos.
—¡Se va a arrepentir! —gritó Dulce mientras los guardias la agarraban violentamente de los brazos—. ¡Está durmiendo con el enemigo! ¡Ella la va a matar!
—¡Lárgate! —Rogelio se quitó el saco y lo tiró al suelo, furioso—. ¡Y no creas que esto se queda así! Mañana mismo te refundiré en la cárcel. ¡A ti y a toda tu maldita familia de delincuentes!
Los guardias arrastraron a Dulce por la grava. Sus zapatos viejos se salieron. Sus pies descalzos sangraban, pero no le dolía tanto como la injusticia. La arrastraron hasta el portón principal y la lanzaron a la calle mojada.
Dulce cayó en un charco de lodo. El agua helada de la lluvia empapó su ropa al instante.
El portón de hierro negro se cerró con un estruendo final frente a su nariz.
Adentro, Nayeli abrazaba a Rogelio, ocultando una sonrisa macabra en su hombro. Había ganado. La vieja estaba callada por miedo, y la testigo estaba en la calle, desacreditada y a punto de ser cazada.
Dulce se levantó con dificultad, temblando de frío y de rabia. Se abrazó a sí misma bajo la lluvia torrencial. No tenía dinero, no tenía teléfono, y el hombre más poderoso de la ciudad la quería en la cárcel.
Pero mientras caminaba hacia la oscuridad de la avenida, Dulce levantó la cabeza.
—Esto no se acaba así —susurró a la tormenta—. No voy a dejar que esa bruja gane.
Lo que Dulce no sabía, y lo que Rogelio había olvidado en su furia, era que la nueva cámara de seguridad de alta definición que habían instalado en el garaje la semana pasada… tenía grabación de audio y visión nocturna.
Y en ese preciso momento, en el silencio de su despacho, una pequeña luz roja parpadeaba, guardando cada segundo de la traición de Nayeli.
CAPÍTULO 3: LA VÍBORA EN LA ALCOBA
Mientras la silueta de Dulce desaparecía bajo la lluvia torrencial, tragada por la oscuridad de la calle, Nayeli observaba desde la ventana del segundo piso. En su mano sostenía una copa de vino tinto, cuyo contenido se agitaba al ritmo de su pulso acelerado.
Una sonrisa torcida, propia de una villana de telenovela, se dibujó en sus labios.
—Lárgate, mugrosa —murmuró contra el cristal frío—. Nadie te va a creer. Eres nadie.
Pero la sonrisa se desvaneció rápido. Su mano comenzó a temblar. Nayeli sabía que había dejado cabos sueltos. Esa niña lo había visto todo. Sabía lo de Gael. Sabía que la anciana no estaba enferma, sino secuestrada. Si Rogelio se calmaba y decidía investigar… si la vieja despertaba y hablaba… todo su imperio de mentiras se vendría abajo.
Nayeli dejó la copa con fuerza sobre el tocador, manchando el mantel blanco con gotas que parecían sangre. Sacó un teléfono desechable de un cajón secreto bajo su ropa interior. Sus dedos, con uñas perfectas, marcaron un número que no estaba en sus contactos.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca al otro lado. Era Gael, el chofer cobarde que había huido minutos antes.
—Escúchame bien, imbécil —siseó Nayeli, su voz destilando veneno—. El plan cambió. Esa gata vio demasiado. Si abre la boca, tú y yo nos hundimos. Pero tú te hundes primero, porque yo tengo abogados y tú solo tienes deudas.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Qué quiere que haga, patrona? Ya me fui…
—¡Regresa! —ordenó ella—. Va caminando hacia la colonia, por la zona de las bodegas viejas. Está sola, sin dinero y sin abrigo. Es un blanco fácil. Haz que parezca un asalto que salió mal. O un accidente por la lluvia. No me importa cómo, ¡pero quiero que esa boca se calle para siempre esta misma noche! Te daré el doble. No, el triple.
—Está hecho —dijo Gael, con la codicia venciendo al miedo.
Nayeli colgó y se miró al espejo. Se acomodó el cabello, se alisó el vestido de seda y respiró hondo.
—Una menos —se dijo a sí misma—. Ahora falta la otra.
Salió de su habitación y caminó por el pasillo silencioso hacia la recámara principal de la planta baja, donde habían llevado a la Señora Rentería.
Dentro, la anciana yacía en la enorme cama, hundida entre almohadas de plumas. El sedante aún la tenía aturdida, pero el terror la mantenía despierta. Cuando vio entrar a Nayeli, su cuerpo se tensó. Quiso gritar, llamar a su hijo, pero su garganta estaba seca como lija.
Nayeli cerró la puerta con suavidad y echó el cerrojo. Se acercó a la cama con esa falsa dulzura que daba más miedo que sus gritos.
—Ay, suegrita… —susurró, sentándose al borde del colchón y acariciando el cabello plateado de la anciana con sus manos heladas—. Nos diste un susto terrible. Rogelio está destrozado.
La Señora Rentería la miró con ojos llenos de pánico. Nayeli metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó una jeringa pequeña. El líquido ámbar en su interior brilló bajo la luz tenue de la lámpara.
—¿Sabes? A tu edad, el corazón es muy traicionero —dijo Nayeli, golpeando la jeringa para sacar el aire—. Un infarto masivo por el estrés del “secuestro” sería tan… creíble. Rogelio llorará unos meses, pero se le pasará. Y yo cuidaré de su fortuna mucho mejor que tú.
La anciana negó con la cabeza, llorando en silencio, intentando inútilmente mover sus brazos pesados. Nayeli agarró la muñeca de su suegra con fuerza, buscando la vena donde estaba conectado el suero.
—Quédate quieta, vieja. Solo es un piquete y luego… a dormir con los angelitos.
La aguja estaba a milímetros del puerto del suero cuando la perilla de la puerta giró.
Clic. Clic. Alguien intentaba entrar.
Nayeli dio un respingo y escondió la jeringa detrás de su espalda justo cuando la puerta se abrió. Había olvidado poner el seguro interior, solo el pestillo simple.
Era Miguel, el fiel mayordomo de la familia, un hombre que llevaba 30 años sirviendo a los Montoro. Traía una charola con agua y medicinas.
—¡Señora Nayeli! —exclamó Miguel, sorprendido—. ¿Qué hace con la puerta cerrada? El Señor Rogelio pidió que dejáramos la puerta abierta para que circulara el aire.
—¡Miguel! —Nayeli gritó, tratando de ocultar el temblor en su voz—. ¡Qué falta de respeto! ¿Quién te dio permiso de entrar así? ¡Lárgate! Yo estoy cuidando a mi madre.
Miguel, perro viejo de la casa, notó la tensión. Vio el terror en los ojos de la Señora Rentería y la mano oculta de Nayeli en su espalda. Algo olió muy mal.
—El patrón me ordenó traer esto y quedarme aquí —dijo Miguel con firmeza, entrando y colocándose estratégicamente entre Nayeli y la cama—. Dijo que él vendría en un momento a revisar a su madre personalmente.
La mención de Rogelio fue como agua helada para Nayeli. Si Rogelio entraba ahora y la veía nerviosa, o si encontraba la jeringa…
—Bien —masculló ella, levantándose de golpe—. Cuídala. Si le pasa algo será tu culpa.
Salió de la habitación hecha una furia, guardando la jeringa en su bolsillo. “Ya habrá otro momento”, pensó.
Mientras tanto, en el despacho principal, Rogelio se servía un whisky doble. Sus manos temblaban. La imagen de su madre en la cajuela no se le borraba de la cabeza. Estaba furioso con Dulce, esa malagradecida. Quería destruirla. Quería verla en la cárcel por años.
—Voy a llamar al fiscal ahora mismo —murmuró Rogelio—. Pero necesito pruebas sólidas. El testimonio de Nayeli es bueno, pero necesito más para que no salga bajo fianza.
Sus ojos se posaron en el monitor de seguridad sobre su escritorio.
—Las cámaras —recordó—. El sistema nuevo graba audio y video en 4K. Ahí debe estar todo. El momento en que esa salvaje atacó a mi esposa.
Rogelio se sentó frente a la computadora. Sus dedos teclearon la contraseña.
Accediendo al sistema… Cámara 04: Garaje Trasero.
—Vamos a ver cómo te pudres en la cárcel, Dulce —dijo con rencor.
Le dio play al archivo de hace 30 minutos.
Lo que vio hizo que el vaso de whisky se le resbalara de la mano y se hiciera añicos contra el suelo.
No vio a Dulce atacando.
Vio a Nayeli.
Vio a su esposa, la mujer con la que dormía, empujando a su madre dentro de la cajuela.
Escuchó el audio nítido: “Quédate tranquila en ese compartimento… solo eres un estorbo para mi herencia”.
Vio a Dulce salir de los arbustos, arriesgando su vida, golpeando el cofre, gritando para salvar a su madre.
Rogelio sintió que el mundo se detenía. La bilis le subió a la garganta.
—Dios mío… ¿Qué he hecho? —susurró, horrorizado. Se llevó las manos a la cabeza, jalándose el pelo.
Había echado a la calle a la única persona leal. Había protegido al verdugo de su madre.
Y entonces, escuchó en la grabación la orden final de Nayeli a Gael: “Haz que desaparezca esa camarera”.
Rogelio miró el reloj. Habían pasado 15 minutos.
Dulce estaba sola en la calle. Y el asesino andaba suelto.
—¡NO! —Rogelio saltó de su silla, derribándola. No llamó a la policía; no había tiempo.
Corrió hacia la salida, ignorando los gritos de Nayeli que bajaba las escaleras. Se subió a su auto deportivo, un Maybach blindado, y arrancó haciendo rechinar las llantas, saliendo disparado hacia la noche como un misil.
CAPÍTULO 4: CACERÍA BAJO LA LLUVIA
La lluvia caía como cuchillos sobre la espalda de Dulce. Caminaba por una calle solitaria de la zona industrial, tiritando, con los pies entumecidos y sangrando. Cada paso era una tortura.
Lloraba, no de dolor, sino de rabia. La imagen de Rogelio mirándola con asco se repetía en su mente una y otra vez.
De pronto, un sonido a sus espaldas la hizo detenerse.
Un motor.
Dulce se orilló para dejar pasar el auto, pero el vehículo no la rebasó. Aminoró la marcha. Se puso a su paso.
Era un sedán negro. Viejo. Con los vidrios polarizados.
El corazón de Dulce dio un vuelco. Lo reconoció por el sonido del escape roto.
Era el auto del garaje.
—No puede ser… —susurró.
El coche aceleró. Dulce no esperó. Echó a correr con todas sus fuerzas, ignorando el dolor en sus pies.
—¡Ayuda! ¡Auxilio! —gritó, pero la lluvia ahogaba su voz y la calle estaba desierta.
El coche rugió detrás de ella, persiguiéndola como un depredador juega con su presa. Dulce vio un callejón estrecho entre dos fábricas abandonadas y se lanzó hacia él. El coche no cabe por aquí, pensó.
Pero se equivocaba. Gael, loco por el dinero y el miedo a Nayeli, metió el coche en el callejón, llevándose por delante botes de basura y raspando las paredes. Los faros iluminaron la espalda de Dulce, proyectando su sombra alargada contra un muro de ladrillos al final del pasillo.
¡Era un callejón sin salida!
Dulce llegó al muro y trató de trepar, pero el ladrillo mojado era jabón. Se resbaló y cayó de rodillas en el lodo.
El coche frenó a dos metros de ella.
Gael bajó. Llevaba una navaja en la mano y una sonrisa macabra en el rostro lleno de cicatrices.
—¿A dónde vas, ratoncita? —se burló, acercándose despacio—. Viste lo que no debías ver. La patrona manda saludos.
Dulce retrocedió hasta que su espalda tocó la pared fría.
—¡Aléjate! ¡Por favor! ¡No diré nada!
—Tarde para eso —Gael levantó el cuchillo. El acero brilló con la luz de los faros—. Despídete.
Dulce cerró los ojos y gritó, cubriéndose la cara con las manos.
El sonido del motor de un monstruo mecánico rompió la noche.
¡BBBRROOOOM!
No fue un golpe de cuchillo. Fue el estruendo de metal contra metal.
Un auto de lujo entró al callejón a una velocidad suicida y embistió la parte trasera del coche de Gael.
El impacto fue brutal. El coche viejo de Gael salió disparado hacia adelante, casi aplastando al propio sicario, quien tuvo que saltar al lodo para no morir prensado.
El Maybach de Rogelio quedó con el frente destrozado, humeando bajo la lluvia.
La puerta del conductor se abrió de una patada. Rogelio bajó. No traía paraguas, ni saco. Su camisa blanca de diseñador se empapó al instante, pegándose a su cuerpo. Pero no parecía un empresario; parecía un demonio vengador.
—¡Maldito infeliz! —rugió Rogelio.
Gael, aturdido, intentó levantarse y buscar su navaja en el fango. Pero Rogelio fue más rápido. Se lanzó sobre él y le propinó un derechazo en la mandíbula que resonó como un trueno. Gael cayó, escupiendo sangre y dientes.
Al ver la furia asesina en los ojos del millonario, el valor de Gael se esfumó. Se levantó como pudo y echó a correr hacia la salida del callejón, cojeando y desapareciendo en la oscuridad.
Rogelio no lo siguió. Se giró bruscamente hacia el fondo del callejón.
Dulce seguía ahí, pegada a la pared, temblando violentamente, con los ojos cerrados, esperando el golpe final.
—No… no me hagas daño… —gimió ella cuando sintió unos pasos acercarse.
Rogelio se detuvo. Verla así, indefensa, sucia, aterrorizada por su culpa, le rompió el alma en mil pedazos. El hombre arrogante de hace una hora murió en ese instante.
Lentamente, sin importarle su pantalón de 50 mil pesos, Rogelio se arrodilló en el charco de lodo sucio frente a ella.
—Dulce… —su voz se quebró—. Perdóname. Por Dios, perdóname.
Dulce abrió los ojos poco a poco. No podía creer lo que veía. El “Señor Rogelio”, el dueño de todo, estaba de rodillas ante ella, llorando bajo la lluvia.
—Soy un imbécil. Soy un ciego —continuó Rogelio, golpeando el suelo con su puño—. Vi el video. Lo vi todo. Tú salvaste a mi madre. Y yo… yo te traté como basura.
Dulce lo miraba, incapaz de hablar. El miedo aún no se iba, pero la sinceridad en los ojos de aquel hombre era innegable.
—Mi madre está viva gracias a ti —dijo él, levantando la vista. Sus ojos estaban rojos—. Nayeli… esa mujer es un monstruo. Y casi te mata por mi culpa.
Rogelio se quitó lo que quedaba de su camisa mojada para cubrirla, pero se dio cuenta de que estaba empapada. Se levantó, corrió a su auto destrozado y sacó una manta seca de emergencia del asiento trasero.
Regresó y envolvió a Dulce con una ternura que nadie hubiera esperado de él.
—No merezco tu perdón —dijo Rogelio, mirándola a los ojos—. Pero necesito tu ayuda. Nayeli sigue en la casa. Mi madre sigue en peligro. Y Gael va a volver a llamar a Nayeli. Tenemos que detenerlos.
Le extendió la mano. Una mano grande, temblorosa, manchada de barro y sangre de sus nudillos.
—Por favor, Dulce. Déjame enmendar mi error. Déjame protegerte y destruir a quienes nos hicieron esto. Por mi madre.
Dulce miró esa mano. Podía huir. Podía irse a su casa y olvidar a esa gente loca de dinero. Pero pensó en la anciana indefensa. Pensó en la injusticia.
Respiró hondo, tragándose el miedo.
—No lo hago por usted, Rogelio —dijo ella con voz ronca pero firme—. Lo hago por la Señora Rentería.
Y tomó su mano.
Rogelio la ayudó a levantarse.
—Te juro por mi vida —dijo él, apretando su mano— que Nayeli va a pagar cada lágrima que has derramado esta noche. Vamos a casa. La cacería empieza ahora.
Se subieron al auto, que aún funcionaba milagrosamente, y dieron la vuelta.
Dulce miró por la ventana. Ya no era la víctima. Ahora regresaba como la testigo clave, protegida por el león que había despertado. Nayeli no tenía idea de la tormenta que se le venía encima.
CAPÍTULO 5: LA TRAMPA DEL LEÓN
El Maybach destrozado entró por la puerta de servicio de la mansión. La lluvia había cesado, dejando un silencio tenso, eléctrico.
Miguel, el mayordomo, los esperaba en las sombras con el rostro pálido. Al ver a Dulce sana y salva junto a Rogelio, el anciano soltó un suspiro que pareció quitarle diez años de encima.
—Gracias a Dios… —susurró—. Señor, la Señora Nayeli está en el despacho. Cree que usted sigue buscando a… ya sabe. Está celebrando.
Rogelio apretó la mandíbula.
—Que celebre. Será su última fiesta. Miguel, lleva a Dulce al cuarto de seguridad. Nadie debe saber que está aquí.
Rogelio se giró hacia Dulce. Le puso las manos en los hombros.
—Escucha bien. Voy a entrar y fingir que soy el esposo estúpido que ella cree que soy. Haré que confiese. Tú vigila los monitores. Cuando tengas la prueba final, da la señal a la policía. El Comandante Huerta ya está posicionado afuera con sus hombres.
Dulce asintió, secándose las lágrimas. Ya no temblaba. Sus ojos brillaban con la determinación de un soldado.
—Tenga cuidado, Rogelio. Ella es capaz de todo.
Rogelio subió las escaleras, aflojándose la corbata y desordenando su cabello para parecer agotado. Entró a la recámara principal.
Nayeli estaba ahí, tarareando mientras revisaba unos documentos legales sobre la cama. Al ver entrar a Rogelio, cambió su expresión instantáneamente a una de preocupación maternal.
—¡Mi amor! —corrió a abrazarlo—. ¿Dónde estabas? Estaba muerta de miedo. ¿Encontraste a esa criminal?
Rogelio sintió asco al tocarla, pero la abrazó con fuerza.
—No… se escapó —mintió él, con voz ronca—. Pero no importa. Ya no nos hará daño. Lo importante ahora es mamá.
Nayeli ocultó una sonrisa en el pecho de su esposo. Perfecto. Gael cumplió su trabajo y desapareció el cuerpo, pensó.
—Rogelio… —dijo ella suavemente—. Sé que es un momento terrible, pero el abogado Rodrigo está abajo. Dice que los papeles del fideicomiso deben firmarse hoy. Si mamá… ya sabes… si mamá no mejora, necesitamos proteger el patrimonio.
Rogelio se separó y la miró a los ojos.
—Tienes razón. Mamá está muy mal. El médico dice que quizás no pase de esta noche. Vamos a hacerlo. Que Rodrigo suba a la habitación de mamá.
Los ojos de Nayeli brillaron con codicia pura. El pez había mordido el anzuelo.
CAPÍTULO 6: LA FIRMA DE LA MUERTE
En la habitación de la Señora Rentería, el ambiente era fúnebre. La anciana yacía inmóvil, fingiendo estar inconsciente como Miguel le había susurrado que hiciera.
El abogado Rodrigo (quien en realidad estaba coludido con Rogelio desde hacía una hora) entró con un portafolios. Nayeli entró detrás, empujando a Rogelio.
—Mamá… —Nayeli sacudió el hombro de la anciana con rudeza disimulada—. Despierta. Tienes que firmar esto para que Rogelio esté tranquilo.
La Señora Rentería abrió los ojos apenas un milímetro. Vio a su hijo al pie de la cama. Rogelio le hizo una señal imperceptible con la cabeza: Confía en mí.
—No… no quiero… —balbuceó la anciana.
Nayeli perdió la paciencia. Se inclinó sobre ella, tapando la vista de Rogelio con su cuerpo, y le clavó las uñas en el brazo.
—Firma, vieja estúpida —susurró con veneno—, o te juro que la próxima inyección no será para dormir.
Desde el cuarto de seguridad, Dulce veía y escuchaba todo en alta definición gracias a los micrófonos ocultos.
—¡Lo dijo! —exclamó Dulce—. ¡Grabado!
En la habitación, la Señora Rentería garabateó su nombre con mano temblorosa. Nayeli arrebató el papel, triunfante.
—¡Listo! —exclamó Nayeli, entregando el documento al abogado—. Todo es nuestro… digo, todo está seguro, mi amor.
Rogelio asintió, mirando al suelo.
—Gracias, Nayeli. Ahora, por favor, déjanos solos un momento. Quiero despedirme de mamá. Y llévate al abogado.
Nayeli dudó, pero la victoria la había embriagado.
—Claro, amor. Iré a prepararle una leche caliente a mamá. Para que duerma… para siempre —pensó ella.
Nayeli bajó a la cocina. Rogelio se quedó en la habitación. Minutos después, Nayeli regresó con un vaso de leche humeante. Pero no era solo leche. Había vaciado el contenido de tres cápsulas de un potente depresor cardíaco.
—Aquí tienes, mamá —dijo Nayeli entrando sola. Rogelio se había ocultado en el baño contiguo, dejando la puerta entreabierta.
Nayeli se acercó a la cama. La máscara se le cayó por completo. Su rostro era el de un demonio.
—Bebe, suegra. Es hora de irse. Ya tengo tu firma. Ya no me sirves.
La Señora Rentería se negó, cerrando la boca.
—¡Que te lo tomes! —gritó Nayeli, agarrándola del cuello e intentando forzar el líquido en su garganta—. ¡Muérete de una vez! ¡Muérete y déjame disfrutar mi dinero!
En el cuarto de seguridad, Dulce apretó el botón rojo del intercomunicador.
—¡AHORA!
CAPÍTULO 7: EL JUICIO FINAL
¡BANG!
La puerta de la habitación se abrió de golpe, pero no fue Rogelio quien salió del baño. Fue un escuadrón de policías armados que entraron desde el pasillo, seguidos por Dulce y el Comandante Huerta.
—¡ALÉJESE DE ELLA! —gritó el Comandante, apuntando su arma.
Nayeli soltó el vaso, que se rompió en mil pedazos contra el suelo. Se giró, pálida como un cadáver.
—¿Qué… qué hacen aquí? —tartamudeó—. ¡Rogelio! ¡Ayuda! ¡Han entrado ladrones!
Rogelio salió del baño, caminando despacio. Su rostro ya no tenía tristeza, solo una frialdad glacial. Se paró junto a Dulce y su madre.
—No son ladrones, Nayeli —dijo Rogelio—. Son tu escolta hacia el infierno.
—¿De qué hablas? —Nayeli intentó reír, nerviosa—. ¡Esa gata! ¡Ella trajo a esta gente! ¡Es una trampa!
Rogelio sacó su celular y lo conectó a la pantalla gigante de la habitación.
En el video se veía a Nayeli, minutos antes, confesando: “Firma vieja estúpida… la próxima inyección no será para dormir… ¡Muérete de una vez!”.
Nayeli retrocedió, chocando contra la pared.
—Eso… eso es trucado. ¡Es Inteligencia Artificial! ¡Yo amo a tu madre!
—¿Y también amas a Gael? —preguntó Rogelio, lanzando sobre la cama el teléfono desechable que sus hombres habían encontrado en el bolso de Nayeli—. Acaban de detenerlo en la carretera. Cantó como un canario. Dijo cuánto le pagaste para secuestrar a mamá y cuánto le ofreciste por matar a Dulce esta noche.
Nayeli miró a Dulce. La chica a la que había humillado, la “nadie”, estaba parada ahí, con la cabeza en alto, protegida por su esposo y la ley.
La realidad golpeó a Nayeli como un tren. Se acabó.
Entonces, la máscara se rompió por completo. Nayeli soltó una carcajada histérica, demente.
—¡SÍ! —gritó, con los ojos desorbitados—. ¡Sí, yo lo hice! ¡Odiaba a esta vieja rancia! ¡Me tenían harta! ¡Yo merezco esa fortuna, yo me la gané aguantándolos a ustedes! ¡Son unos patéticos!
Se lanzó hacia Dulce con las manos como garras.
—¡Y TÚ, MUGROSA! ¡TÚ LO ARRUINASTE TODO!
Dos oficiales la interceptaron en el aire, inmovilizándola contra el suelo. El sonido de las esposas cerrándose fue la música más dulce que Dulce había escuchado jamás.
—Nayeli Montoro —dijo el Comandante—, queda arrestada por secuestro, intento de homicidio, fraude y conspiración.
Mientras se la llevaban arrastrando, gritando maldiciones y prometiendo venganza, Rogelio se acercó a su madre y la abrazó, llorando como un niño.
—Perdóname, mamá. Perdóname por no ver.
Luego, se giró hacia Dulce.
—No hay dinero en el mundo que pague lo que hiciste hoy —le dijo Rogelio.
Dulce, agotada pero en paz, sonrió levemente.
—No quiero su dinero, Rogelio. Solo quería que se supiera la verdad.
CAPÍTULO 8: EL RENACER
La noticia sacudió a todo México. “La Viuda Negra de Monterrey”, como bautizaron a Nayeli, fue condenada a 40 años de prisión sin derecho a fianza. Gael recibió 20 años.
La Mansión Montoro dejó de ser un lugar frío.
Una semana después, Rogelio citó a Dulce. Le entregó un cheque en blanco.
—Pon la cifra que quieras. Te lo ruego.
Dulce tomó el cheque y lo rompió frente a él.
—No, Rogelio. Mi dignidad no tiene precio. Pero… —dudó un momento—. Siempre quise estudiar Derecho. Quise defender a gente como yo, que no tiene voz. Pero nunca tuve el dinero.
Rogelio sonrió. Fue la primera vez que Dulce lo vio sonreír de verdad.
—Consideralo hecho. No solo pagaré tu carrera. Crearé la “Fundación Dulce” para dar becas a jóvenes como tú.
DOS AÑOS DESPUÉS
El auditorio de la Universidad Autónoma estaba repleto.
—¡Dulcinea Hernández! —anunció el rector.
Dulce subió al estrado, con su toga y birrete, graduada con honores. Al bajar, entre los aplausos, vio a dos personas en primera fila.
La Señora Rentería, totalmente recuperada y radiante, y Rogelio, sosteniendo un enorme ramo de girasoles.
Dulce corrió a abrazarlos.
—Lo lograste, licenciada —dijo Rogelio, mirándola con una admiración profunda que iba más allá de la gratitud.
—Lo logramos —corrigió ella.
Esa noche, Rogelio la invitó a cenar. No en un restaurante de lujo, sino en los tacos favoritos de Dulce.
—¿Sabes? —le dijo Rogelio mientras comían—. Aprendí dos cosas esa noche lluviosa.
—¿Cuáles? —preguntó Dulce.
—Que el dinero te hace rico, pero solo la lealtad te hace humano. Y que nunca, jamás, debes juzgar a alguien por su uniforme, porque debajo puede estar el ángel que te salvará la vida.
Dulce sonrió, brindando con su refresco.
—Y yo aprendí que la verdad, aunque tarde, siempre encuentra su camino.
FIN
TÍTULO: LA SOMBRA DE LA VÍBORA: EL JUICIO DEL SILENCIO
INTRODUCCIÓN
Mientras el mundo creía que el arresto de Nayeli Montoro había sido el fin de la pesadilla, para Rogelio y Dulce apenas comenzaba una guerra silenciosa y mucho más peligrosa. Las rejas de la prisión de Santa Martha Acatitla eran frías, pero la mente de Nayeli ardía con un fuego que no se apagaba. Ella no era una mujer que aceptara la derrota; era una estratega que había perdido una batalla, pero no la guerra.
Esta es la historia de lo que nadie vio: los meses de terror psicológico, la corrupción legal y el viaje a un pueblo olvidado en la sierra de Hidalgo donde se escondía el secreto final que podía liberar a la “Viuda Negra” o hundirla para siempre.
CAPÍTULO 1: LA REINA DE LAS RATAS
Penal Femenil de Santa Martha Acatitla – 3 meses después del arresto.
El sonido de los barrotes cerrándose ya no asustaba a Nayeli. Se había convertido en la música de fondo de su nueva vida. Sin embargo, Nayeli no era una reclusa común. A pesar del uniforme beige opaco y desgastado, caminaba por el patio con la barbilla en alto, como si todavía pisara las alfombras persas de la mansión Montoro.
—¿Qué me ves, mugrosa? —espetó a una reclusa nueva que la miraba demasiado. La mujer bajó la mirada.
Nayeli había usado los últimos fondos que tenía escondidos en cuentas de criptomonedas (que la policía cibernética no había rastreado a tiempo) para comprar protección y privilegios. Tenía un celular de contrabando y, lo más importante, tenía al Licenciado Valenzuela.
Valenzuela, conocido en el bajo mundo como “El Tiburón”, era un abogado obeso, de traje brilloso y moral inexistente, famoso por sacar a narcotraficantes y políticos corruptos de situaciones imposibles por “errores técnicos”.
Esa tarde, en el locutorio, Valenzuela sonrió mostrando unos dientes blanqueados artificialmente.
—Tengo noticias, señora Nayeli. Buenas y malas.
—Ahórrate las malas, Tiburón. Dime cómo me vas a sacar de este chiquero.
—La grabación —dijo Valenzuela, bajando la voz—. La grabación que hizo su marido es ilegal. Según el Artículo 16 constitucional y la Ley de Responsabilidad Civil, grabar a una persona en su ámbito privado sin su consentimiento, incluso si confiesa un crimen, puede ser desestimado como prueba si se argumenta violación a la intimidad.
Los ojos de Nayeli brillaron.
—¿Estás diciendo que el video donde confieso… no vale?
—Si el juez es… accesible a nuestros argumentos, podemos anularlo. Y sin el video, ¿qué tienen? El testimonio de una sirvienta analfabeta y de una anciana senil que apenas sabe su nombre. No hay cuerpo del delito porque la vieja no murió. Solo es su palabra contra la tuya.
Nayeli soltó una carcajada seca.
—Rogelio… pobre idiota. Creyó que con un video de celular me ganaría. Hazlo, Valenzuela. Destrúyelos. Y cuando salga… —su rostro se ensombreció—… Dulce no tendrá tanta suerte la próxima vez.
CAPÍTULO 2: EL MIEDO REGRESA
Biblioteca Vasconcelos, Ciudad de México.
Dulce estaba rodeada de libros de Derecho Penal. Llevaba tres horas intentando entender el concepto de “Amparo Indirecto”, pero las letras bailaban ante sus ojos. A pesar del apoyo de Rogelio, la transición de mesera a estudiante universitaria era brutal. Se sentía pequeña, fuera de lugar entre estudiantes que venían de colegios privados y hablaban con palabras que ella tenía que buscar en el diccionario.
Su teléfono vibró. Era Rogelio.
—Hola, Rogelio. ¿Pasó algo con la Señora Rentería?
La voz de Rogelio sonaba quebrada, al borde del pánico.
—Dulce… tienes que venir a la casa. Ahora. El abogado Rodrigo acaba de llamarme. Valenzuela interpuso un amparo.
—¿Qué? Pero si la vimos confesar.
—Dicen que es “fruto del árbol envenenado”. Una prueba ilícita. Dulce… hay una posibilidad real de que el juez le conceda la libertad bajo fianza mientras dura el juicio. Si Nayeli sale…
Dulce sintió un frío helado en la espalda. Si Nayeli salía, no solo la herencia estaba en peligro. Sus vidas corrían peligro. Recordó la mirada de Gael en el callejón, el cuchillo, la lluvia.
—Voy para allá —dijo Dulce, cerrando el libro de golpe. El miedo se había ido; la rabia había vuelto.
Al llegar a la mansión, el ambiente era lúgubre. La Señora Rentería estaba en su habitación, rezando el rosario con manos temblorosas. Rogelio caminaba de un lado a otro en el despacho, con el cabello desordenado y ojeras marcadas.
—No entiendo las leyes, Dulce —dijo Rogelio, sirviéndose un vaso de agua con mano inestable—. Tengo el dinero, tengo el poder, pero parece que el sistema está hecho para proteger a los demonios.
Dulce se sentó frente a él. Ya no era la empleada asustada. Estudiar leyes le había dado una nueva perspectiva.
—Rogelio, cálmate. Si anulan el video, necesitamos otra cosa. Algo físico. Algo que no dependa de la privacidad.
—¿Como qué? Revisamos toda la casa. La policía se llevó todo.
—Nayeli era meticulosa, pero arrogante —reflexionó Dulce—. La arrogancia te hace cometer errores. Ella compró veneno. Ella falsificó firmas. ¿Quién le consiguió el veneno?
—Seguramente Gael. Y él no va a hablar más de lo que ya habló.
—No… —Dulce negó con la cabeza—. Gael era el músculo, no el cerebro. Para conseguir medicamentos controlados como los que usó con tu madre, se necesita una receta. O un médico corrupto. O una farmacia clandestina.
Dulce cerró los ojos, intentando recordar los meses que trabajó en la casa antes del incidente. Recordó algo trivial. Una discusión.
—Rogelio, ¿te acuerdas de Matilde?
—¿La cocinera anterior? Nayeli la despidió dos meses antes de contratarte a ti. Dijo que robaba comida.
—Matilde no robaba —dijo Dulce con firmeza—. Matilde encontró algo. Una vez la vi llorando en el lavadero. Me dijo: “La patrona está haciendo cosas raras con unos frascos que llegan de Hidalgo”. Al día siguiente, la corrieron.
Rogelio se detuvo en seco.
—¿Hidalgo? Nayeli no tiene familia en Hidalgo.
—Pero Matilde sí. Era de un pueblo llamado Real del Monte. Si encontramos a Matilde, tal vez ella vio algo antes que yo. Tal vez ella sepa de dónde venían los frascos.
Rogelio la miró. En sus ojos vio una chispa de esperanza que él creía extinta.
—Es una locura, Dulce. Ir a buscar a una cocinera a la sierra basándonos en un chisme de hace medio año.
—Es eso o esperar a que el juez libere a tu esposa —sentenció Dulce.
Rogelio tomó las llaves de su camioneta.
—Vámonos.
CAPÍTULO 3: EL VIAJE A LA NIEBLA
El viaje hacia Real del Monte fue silencioso al principio. La camioneta blindada devoraba la carretera mientras la ciudad de México quedaba atrás, reemplazada por paisajes verdes y montañosos.
Rogelio manejaba con tensión. Dulce, en el asiento del copiloto, revisaba mapas en su celular.
—Nunca te he preguntado… —rompió el silencio Rogelio, sin quitar la vista del camino— ¿Por qué estudias tanto? Podrías vivir tranquila con la beca, sin matarte en los libros.
Dulce miró por la ventana, viendo pasar las casitas humildes a la orilla de la carretera.
—Porque no quiero que nadie me vuelva a humillar, Rogelio. Esa noche, cuando me tiraste al lodo… lo que más me dolió no fue el golpe. Fue saber que no tenía palabras para defenderme. Que mi verdad valía menos que la mentira de Nayeli porque ella hablaba “bonito” y yo no.
Rogelio apretó el volante, la culpa punzándole el pecho.
—Lo siento. Nunca dejaré de sentirlo.
—Lo sé. Por eso estoy aquí. Pero quiero ser abogada para que, cuando llegue otra “Dulce” ante un juez, haya alguien que hable su idioma y pelee por ella.
Rogelio la miró de reojo. Admiración. Eso era lo que sentía. No lástima, no gratitud. Admiración pura por la fuerza de esa mujer pequeña.
Llegaron a Real del Monte al atardecer. La niebla bajaba espesa por las calles empedradas, haciendo honor al ambiente fantasmagórico del pueblo minero.
Preguntar por “Matilde” fue difícil. “Aquí todas se llaman Matilde o María”, les dijo un vendedor de pastes. Pero Dulce recordó un detalle: Matilde tenía una cicatriz en la mano derecha por una quemadura de aceite.
—Ah, la Mati. La que regresó de la ciudad asustada —dijo una señora mayor—. Vive allá arriba, en la casa azul que está por caerse, cerca de la mina vieja.
Subieron a pie. El camino era lodoso y empinado. Rogelio, con sus zapatos de diseñador, resbalaba, pero no se quejaba. Dulce iba delante, ágil.
Al llegar a la choza, un perro flaco ladró. Una mujer salió secándose las manos en el delantal. Al ver a Rogelio, su rostro palideció.
—¡No! —gritó Matilde, intentando cerrar la puerta—. ¡Váyase! ¡Dije que no diría nada!
—¡Matilde, espera! —Dulce puso el pie en la puerta—. Soy yo, Dulce. La que entró después de ti.
Matilde se detuvo, mirando a Dulce.
—¿La chavita? ¿Sigues viva? Pensé que esa bruja te había matado.
—Casi —dijo Dulce—. Pero necesitamos tu ayuda para que no mate a nadie más.
CAPÍTULO 4: EL SECRETO DEL CURANDERO
Dentro de la humilde casa, con una taza de café de olla en las manos, Matilde les contó la verdad.
—Yo no robé nada, señor Rogelio —dijo Matilde, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. La señora Nayeli… ella traía cosas raras. No eran medicinas de farmacia. Eran hierbas y líquidos de un curandero de aquí, de la sierra. Un tal “Don Goyo”.
—¿Brujería? —preguntó Rogelio, escéptico.
—Peor. Venenos naturales. —Matilde bajó la voz—. Un día encontré un frasco en la basura de la cocina. Olía a almendras amargas. Lo saqué porque me dio curiosidad y la señora me vio. Se puso como loca. Me dijo que si decía algo, le diría a la policía que yo le robé las joyas. Me dio dinero y me echó.
—¿Dónde está ese frasco, Matilde? —preguntó Dulce, inclinándose hacia adelante.
Matilde dudó. Miró un pequeño altar a la Virgen de Guadalupe en la esquina de la sala.
—Me dio miedo tirarlo. Pensé que si algún día me acusaba de robo, eso podría servirme para probar que ella era la mala. Lo enterré en el patio.
Rogelio y Dulce intercambiaron una mirada eléctrica.
—Matilde —dijo Rogelio—, si nos das ese frasco, te prometo que nunca te faltará nada. Y pondré protección policial en tu puerta esta misma noche.
Diez minutos después, Rogelio, el millonario de la ciudad, estaba cavando en la tierra húmeda del patio trasero con una pala oxidada, mientras la niebla los envolvía.
Cloc. La pala golpeó algo.
Era una caja de galletas de metal, oxidada. Dentro, envuelto en plástico, había un frasco de vidrio sin etiqueta, con un líquido oscuro y viscoso.
—Cianuro casero —susurró Dulce—. O algo parecido. Extracto de hueso de mamey o chabacano concentrado. Suficiente para provocar un paro cardíaco que parezca natural.
—Esto es —dijo Rogelio, levantando el frasco como si fuera el Santo Grial—. Con esto, y el análisis químico, podemos probar premeditación desde hace meses. El video ya no importa. Esto es intento de homicidio premeditado con alevosía.
Pero la victoria duró poco.
Unas luces de faros rompieron la oscuridad del cerro. Dos camionetas negras subían por el camino estrecho hacia la casa.
El teléfono de Dulce sonó. Número desconocido.
—¿Bueno?
—Sé que están ahí —era la voz de Valenzuela, el abogado. Su tono ya no era profesional, era siniestro—. Mi cliente tiene amigos en todos lados, incluso en los pueblos mugrosos. Entreguen lo que encontraron y nadie saldrá herido.
—¡Nos siguieron! —gritó Dulce—. ¡Rogelio, son ellos!
Rogelio miró las camionetas acercándose. No tenían salida. Estaban atrapados en una choza en medio de la nada.
—Matilde, ¿hay otra salida? —preguntó Rogelio.
—Por atrás, hacia la mina vieja. Pero es peligroso, señor. El suelo está inestable.
—¡No importa! ¡Vamos!
CAPÍTULO 5: LA HUIDA EN LA MINA
Corrieron hacia la oscuridad. La lluvia comenzó a caer, haciendo eco de aquella noche fatídica meses atrás. Esta vez, sin embargo, Rogelio no era el enemigo; era el protector.
Rogelio tomó la mano de Dulce y ayudó a Matilde. Se adentraron en el bosque, escuchando los portazos de las camionetas y las voces de hombres armados detrás de ellos.
—¡Ahí van! ¡Que no lleguen a la carretera!
El terreno era traicionero. Rocas resbaladizas y abismos invisibles en la niebla.
—¡Por aquí! —gritó Matilde, señalando una entrada de mina clausurada con tablas podridas.
Se metieron en la boca del túnel justo cuando una bala zumbó cerca de la cabeza de Rogelio, incrustándose en un árbol.
—¡Están disparando! —Rogelio empujó a las mujeres hacia adentro—. ¡Adentro, rápido!
La mina olía a humedad y azufre. Estaba totalmente oscuro. Dulce encendió la linterna de su celular.
—Tenemos que salir por el otro lado del cerro, sale a la carretera federal —dijo Matilde, jadeando—. Pero hay que tener cuidado con los pozos.
Caminaron durante lo que parecieron horas, escuchando los pasos de sus perseguidores resonar en la entrada del túnel. Rogelio se quitó el saco y se lo dio a Matilde, que temblaba de frío.
—Rogelio —susurró Dulce en la oscuridad—, si nos atrapan…
—No nos atraparán —la interrumpió él, apretando su mano—. Y si lo hacen, tú corre con el frasco. Yo los detendré.
—No te voy a dejar.
—Dulce, tú eres el futuro. Yo soy el pasado que necesita redimirse. Prométeme que llevarás esa prueba al juez.
Dulce lo miró a los ojos bajo la luz tenue del celular. Vio al hombre que había cambiado. Ya no había arrogancia, solo un deseo desesperado de hacer lo correcto.
De repente, un ruido sordo. El techo del túnel detrás de ellos, viejo y podrido, comenzó a ceder por las vibraciones de los disparos que los sicarios hacían al aire para asustarlos.
—¡CORRAN! —gritó Rogelio.
El derrumbe fue ensordecedor. Rocas y tierra cayeron bloqueando el túnel a unos veinte metros detrás de ellos, separándolos de los perseguidores, pero también sellando su regreso. El polvo los cubrió por completo.
Tosieron, ahogándose en la nube de tierra.
—¿Están bien? —preguntó Rogelio.
—Sí… —respondió Dulce, abrazando la caja de metal contra su pecho—. El derrumbe nos salvó. No pueden pasar.
Salieron por la boca opuesta de la mina justo cuando el amanecer comenzaba a pintar el cielo de morado. Estaban sucios, agotados y raspados, pero vivos. Y tenían la prueba.
Llegaron a la carretera federal y, por suerte, una patrulla de la Guardia Nacional pasaba por ahí. Al ver a Rogelio Montoro, un empresario famoso, en ese estado, los auxiliaron de inmediato.
CAPÍTULO 6: EL JUICIO DE LAS SOMBRAS
Juzgado Penal de la Ciudad de México – 48 horas después.
La sala estaba abarrotada. La prensa se agolpaba en la entrada. El “Caso Montoro” era el escándalo del año.
Nayeli estaba sentada junto a Valenzuela. Lucía impecable, maquillada, con una expresión de víctima sufrida. El juez, un hombre con cara de pocos amigos, revisaba los documentos.
—Señor Fiscal —dijo el juez—, la defensa ha argumentado violación al debido proceso respecto a la prueba videográfica A-1. Este tribunal tiende a coincidir. Sin esa prueba, la solicitud de prisión preventiva oficiosa se debilita. ¿Tiene algo más que presentar?
Valenzuela sonrió, guardando su pluma de oro en el bolsillo. Nayeli se giró hacia el público y buscó a Rogelio con la mirada, sonriendo con burla. Ganamos, decían sus ojos.
El Fiscal, un hombre honesto pero abrumado, miró hacia la puerta.
—Su Señoría… la parte acusadora solicita presentar una nueva prueba material y un testigo protegido que acaba de llegar bajo custodia federal.
Las puertas se abrieron.
Un murmullo recorrió la sala. Rogelio entró primero, con el mismo traje sucio de la mina (una estrategia de imagen brillante, pensó Dulce). Detrás de él, Matilde, escoltada por policías.
Y junto al Fiscal, entró Dulce. No como abogada todavía, sino como asistente técnica. Llevaba una carpeta en la mano y la caja de metal oxidada.
Nayeli se puso pálida. Al ver a Matilde, su compostura se rompió.
—¿Qué hace esa gata aquí? —susurró a su abogado.
—Silencio —ordenó el juez.
Dulce se acercó al estrado con permiso del Fiscal. Aunque sus manos temblaban ligeramente, su voz fue clara.
—Su Señoría, presentamos ante usted un frasco conteniendo concentrado de glucósidos cianogénicos, recuperado del domicilio de la testigo Matilde Pérez. Las huellas dactilares en el frasco, preservadas por el plástico, corresponden, según el análisis preliminar de la perito, a la acusada Nayeli Montoro.
Valenzuela se puso de pie de un salto.
—¡Objeción! ¡Cadena de custodia! ¡Esa prueba apareció de la nada!
—La prueba fue recuperada ante la presencia de la Guardia Nacional tras un intento de homicidio contra el Señor Montoro y la testigo en el estado de Hidalgo anoche —intervino el Fiscal con fuerza—. Un atentado ordenado, según los teléfonos incautados a los atacantes, por el despacho de la defensa.
El juez miró a Valenzuela con ojos de hielo. La sala enmudeció.
—Además —continuó Dulce, mirando directamente a Nayeli—, la testigo Matilde Pérez declarará que la acusada compró estos venenos hace seis meses. Esto prueba que el ataque a la Señora Rentería no fue un arrebato de momento, sino un plan orquestado fríamente durante medio año. Es homicidio calificado en grado de tentativa, con premeditación, alevosía y ventaja.
Nayeli no pudo más. La presión, el cansancio, la visión de su derrota inminente ante la “sirvienta” y la “cocinera” la hicieron estallar.
Se levantó de golpe, tirando la silla.
—¡Malditas sean! —gritó, su voz descompuesta resonando en la sala—. ¡Ustedes no son nadie! ¡Yo soy una Montoro! ¡Esa vieja merecía morir! ¡Todos ustedes merecen morir!
El silencio que siguió fue sepulcral. Incluso Valenzuela se llevó la mano a la frente, sabiendo que todo había terminado.
—¿El taquígrafo tomó nota de eso? —preguntó el juez con calma letal.
—Sí, Su Señoría.
—Se revoca cualquier posibilidad de fianza. La acusada será trasladada a un penal de máxima seguridad debido a sus conexiones y al riesgo de fuga y atentados contra los testigos. Licenciado Valenzuela, se abre una investigación contra su despacho por obstrucción de justicia y tentativa de homicidio.
El martillo golpeó. ¡Toc!
Nayeli fue arrastrada fuera de la sala, gritando y pataleando, una imagen grotesca de la elegancia que solía fingir.
Rogelio abrazó a Matilde, quien lloraba de alivio. Luego, se giró hacia Dulce.
En medio del caos de la sala, se miraron. No hubo necesidad de palabras. Lo habían logrado. Habían vencido al monstruo.
CAPÍTULO 7: LA PROMESA BAJO LA LLUVIA (EPÍLOGO DE LA HISTORIA PARALELA)
Dos meses antes de la graduación.
La vida había vuelto a una extraña normalidad. Rogelio se había enfocado en limpiar la empresa y crear la fundación. Dulce estaba en exámenes finales.
Una tarde, llovía en la Ciudad de México. Dulce salía de la biblioteca y vio el Maybach (uno nuevo) estacionado frente a la universidad. Rogelio estaba afuera, con un paraguas, esperándola.
—¿Vienes a secuestrarme para otra aventura en la mina? —bromeó Dulce, acercándose.
Rogelio rió. Su risa era más ligera ahora.
—No. Vengo a entregarte esto.
Le dio un sobre. Dentro había un documento legal. Era la escritura de una casa. La casa de Matilde en Hidalgo, pero remodelada y escriturada a nombre de la cocinera, y una oficina pequeña en el centro de la Ciudad de México a nombre de “Dulce Hernández, Abogada”.
—Rogelio, no puedo aceptar…
—No es un regalo, es una inversión —dijo él, poniéndose serio—. Esa oficina estará vacía hasta que te gradúes. Pero quiero que sepas que ya tienes un lugar. Y Matilde… bueno, ella ahora tiene una granja de pollos y vive feliz.
Dulce acarició el papel.
—Gracias.
Se quedaron en silencio bajo la lluvia. La tensión entre ellos era palpable. Habían sobrevivido a la muerte, a la traición y al miedo. Eso creaba un lazo que ni el dinero ni el tiempo podían romper.
—¿Sabes? —dijo Rogelio, mirando las gotas caer—. Mucha gente me dice que debería buscarme una esposa de “mi nivel” para olvidar a Nayeli.
Dulce sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué les dices?
—Les digo que el nivel de una persona no se mide por su apellido o su cuenta de banco. Se mide por la altura a la que pueden volar cuando el mundo los tira al suelo. Y no conozco a nadie que vuele más alto que tú, Dulce.
Rogelio se acercó un paso. No la besó. No era el momento. Ella todavía era su protegida, y él todavía estaba sanando. Pero tomó su mano y la besó suavemente, con una reverencia antigua, llena de respeto absoluto.
—Termina tu carrera, Dulcinea. El mundo te necesita. Y yo… yo estaré esperando para aplaudirte en primera fila.
Dulce vio alejarse el auto bajo la lluvia, pero esta vez no sentía frío. Sentía que el futuro era brillante, cálido y, por primera vez en su vida, completamente suyo.
FIN DE LA HISTORIA PARALELA