PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Peso del Miedo
El sonido del mazo del juez no sonó como en las películas; fue un golpe seco, aburrido, que cortó el aire viciado de la sala como un cuchillo romo. Marisol Vega se levantó lentamente de la silla de madera, sintiendo cómo el cuero gastado de la correa de su bolso se pegaba a su palma sudorosa. Llevaba su abrigo negro abotonado hasta el cuello, no por elegancia, sino porque el frío de febrero en Guadalajara se colaba hasta los huesos, especialmente en los edificios viejos del centro, y porque estar arreglada era la única armadura que le quedaba.
Le ardían los ojos. Parpadeó, luchando contra una lágrima rebelde que insistía en quedarse allí, brillando como una joya que nadie la había invitado a lucir.
Al otro lado del pasillo central, Brent Halloway se puso de pie con la energía de quien es dueño del escenario. Traje azul marino impecable, corbata de seda roja, mandíbula rígida y bien afeitada. No miraba a la jueza; la miraba a ella. Miraba la forma en que Marisol abrazaba su bolso contra el pecho, como si ese pedazo de cuero sintético con el cierre roto fuera un escudo capaz de detener las balas de la injusticia.
La Jueza, la honorable Lorena Rey, ojeaba los papeles en su escritorio con esa calma exasperante de quien ya ha visto todo tipo de desesperación, todo tipo de mentira, y ha aprendido a ignorar el drama para buscar lo único que importa: los detalles técnicos.
Brent se aclaró la garganta. El sonido fue deliberado, casi teatral.
—Señoría, antes que nada, y solo para que conste en actas —su voz retumbó, llena de una certeza arrogante—, la acusada comparece hoy sin representación legal. Por su propia cuenta y riesgo.
Se giró un poco, lo justo para que las pocas personas en la audiencia lo escucharan, y la comisura de su boca se elevó en una sonrisa corta, afilada como un vidrio roto.
—Sin abogado, está perdida.
La palabra perdida golpeó a Marisol más fuerte que cualquier insulto. Sintió que la piel del pecho se le apretaba por dentro, no por falta de aire, sino por el peso aplastante del recuerdo. El recuerdo de cuando era joven y llegó a la ciudad, sin saber defenderse, pidiendo perdón por existir.
Algunas personas en las bancas de atrás respiraron profundo, un murmullo incómodo recorrió la sala. Era como si esa frase hubiera sido un empujón y todos tuvieran miedo de caer al abismo junto con ella. Marisol no respondió. Apretó el cierre de su bolso con el pulgar, buscando nerviosamente la pieza de metal que siempre se atascaba. La mano le temblaba, y odió eso. Odió que él viera su miedo.
—Señora Vega —la voz de la jueza Rey vino firme, sin dureza innecesaria, pero sin calidez—. ¿Entiende la naturaleza de esta audiencia? Estamos aquí para tratar la solicitud de juicio sumario y las sanciones por incumplimiento de contrato y robo corporativo. ¿Entiende lo que eso significa?
Marisol tragó saliva. El micrófono en su mesa parecía demasiado alto, demasiado intimidante para alguien que se sentía tan pequeña en ese momento.
—Sí… sí, Señoría. Yo… yo entiendo.
Brent soltó una risa nasal, rápida, como quien no puede evitar burlarse de la ignorancia ajena.
—Dice que entiende, Señoría, pero no entregó los documentos de prueba. No compareció a la deposición previa y ahora viene con… —abrió las manos, señalándola con desdén— pura emoción. Eso es lo único que trae. Emoción barata.
Marisol sintió otra lágrima bajar caliente por su mejilla. Se la limpió rápidamente con el lateral del dedo, rogando que no cayera sobre el abrigo. No quería dejar marca. No quería darle a ese hombre ni una sola muestra más de su dolor.
La jueza miró por encima de sus gafas de lectura, esta vez clavando los ojos en Marisol.
—¿Desea decir algo en su defensa antes de que escuche los argumentos finales del demandante?
Marisol abrió la boca y la volvió a cerrar. Las palabras se atropellaban dentro de ella, un caos de desesperación y verdad que no sabía cómo ordenar. Podía decir que intentó conseguir un abogado, pero que todos le pedían anticipos que ella no ganaba ni en tres meses de limpieza. Que mandó cartas a la empresa explicando el error, que llamó y nadie respondió. Que faltó al trabajo para venir al tribunal la semana pasada por un error en la fecha y perdió el día de sueldo. Que el camión se atrasó, que no tenía dinero ni para imprimir los correos electrónicos en el cibercafé.
Su hija, allá en el norte, le había mandado unos dólares por la aplicación, apenas para comer, y le pidió disculpas por no poder hacer más. Como si pedir disculpas pagara las cuentas de un juicio corporativo. Pero nada de eso parecía prueba. Nada de eso sonaba a ley.
Respiró hondo, sintiendo el olor a madera antigua, a cera para pisos y a ese desinfectante barato que usan en los edificios de gobierno temprano en la mañana.
—Yo… yo solo… —su voz salió baja, quebradiza. Se obligó a levantar la barbilla, buscando una dignidad que creía perdida—. Yo solo quiero que escuchen la verdad.
Brent inclinó la cabeza, teatralmente exasperado.
—¿Escuchar qué, señora Vega? ¿Una historia triste? Aquí no es la iglesia, ni un programa de televisión. Esto es un tribunal de justicia.
Hubo un murmullo más fuerte. Un hombre mayor al fondo negó con la cabeza, indignado.
La jueza levantó la mano y el murmullo murió al instante.
—Señor Halloway, cuide su tono —advirtió, y luego volvió a Marisol—. Señora Vega, escuchar no sustituye a los documentos legales, pero permitiré que hable. Sea breve y objetiva.
Marisol agarró el bolso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La punta de la correa se le clavaba en el hombro, pero ese dolor la mantenía despierta.
—Yo trabajé… yo trabajé siete años en Corporativo Halloway. Yo limpiaba los pasillos, los baños, las oficinas de los gerentes… yo hacía lo que pedían, sin quejarme. —Sintió el rostro arder, consciente de su acento sencillo, de pueblo—. Cuando me enfermé de la espalda por cargar los botes, pedí… pedí mi pago correcto. Yo pedí que me pagaran las horas extras que me debían. Ellos… ellos dijeron que yo estaba mintiendo.
Brent dio un paso al frente, con el dedo índice apuntando como una lanza.
—¡Mintiendo! Exactamente. No, Señoría. Ella firmó sus hojas de asistencia. Ella aceptó sus pagos. Ella recibió todo conforme a la ley. Después decidió que quería más dinero fácil y empezó a amenazar con difamar a la empresa. Y cuando la descubrimos robando insumos, inventó esta historia. Y ahora, sin abogado, cree que puede venir aquí y…
La enorme puerta de madera maciza al fondo del tribunal crujió.
No fue un crujido suave. Fue un sonido pesado, autoritario, de esos que interrumpen pensamientos y giran cabezas. El oficial de justicia, un hombre robusto que dormitaba de pie, giró la cabeza por puro instinto. La jueza Rey levantó la vista un milímetro, curiosa.
La audiencia se giró como un solo cuerpo.
CAPÍTULO 2: La Llegada
Entonces entraron.
Un hombre y una mujer. Ambos vestían trajes oscuros, de corte impecable, de esos que gritan poder y dinero sin necesidad de logotipos visibles. Su postura era recta, sus pasos sincronizados, no porque lo hubieran ensayado, sino porque el mundo entero los había entrenado para moverse como uno solo desde que tenían memoria.
Eran dos gotas de agua, a pesar de ser hombre y mujer. Dos rostros hermosos, de piel oscura y rasgos finos, con esa misma forma decidida en la barbilla y la misma manera intensa de fruncir el ceño. Él parecía escanear la sala como quien calcula riesgos en milisegundos; sus ojos eran un radar. Ella parecía sentir el ambiente, como quien lee una historia invisible en el aire; sus ojos eran profundidad pura.
Cada uno traía un maletín de cuero y un pequeño volumen de papeles sujetos con clips dorados. La mujer llevaba también un sobre manila abultado bajo el brazo.
Marisol se quedó inmóvil. Su cuerpo, por un segundo, olvidó cómo respirar. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que le dolió el pecho. El bolso se le resbaló un poco de las manos sudorosas y tuvo que apretarlo contra su costilla para no dejarlo caer.
Brent Halloway se detuvo a mitad de su frase. Su dedo acusador quedó congelado en el aire, apuntando a la nada. Su boca quedó entreabierta, una mueca de confusión rompiendo su perfecta máscara de arrogancia.
La mujer de traje dio un paso al frente, cruzando la pequeña valla de madera que separa al público de los abogados. Se detuvo respetuosamente antes del área del mostrador de la jueza y habló con una claridad que resonó en cada rincón de la sala.
—Señoría, disculpe la interrupción. Mi nombre es Amina Kersy. Él es mi hermano, Amari Kersy. Estamos aquí en representación y apoyo total a la señora Marisol Vega.
El sonido del apellido resonó como una campana en la memoria de Marisol. Kersy. El nombre que no decía en voz alta hacía años, como si pronunciarlo fuera invocar a los fantasmas del dolor.
Amina continuó, su voz controlada, sin drama, pero con una potencia innegable.
—Acabamos de aterrizar desde la Ciudad de México. Hubo un retraso en la autopista debido a un accidente en la entrada de la ciudad. —Extendió el sobre manila hacia el oficial de justicia—. Solicitamos anoche, a través de la oficina virtual del tribunal, la entrada formal de representación legal y una extensión de emergencia para responder a la solicitud de juicio sumario. Tenemos copia del protocolo digital aceptado. También traemos documentos relevantes que no fueron considerados previamente porque la señora Vega no tenía las condiciones, ni el conocimiento técnico, para acceder al sistema electrónico ella sola.
La jueza Rey arqueó una ceja, interesada ahora de una manera casi palpable. Se ajustó las gafas y miró a Marisol, quien parecía una estatua de sal a punto de desmoronarse.
—Señora Vega —dijo la jueza—, usted no me dijo que alguien la representaría. Dijo que estaba sola.
Marisol abrió la boca y solo salió aire. La garganta se le cerró por completo. Miró a los dos jóvenes. Miró la forma en que Amari sostenía la carpeta, como si fuera una extensión de su propio brazo. Miró a Amina, y en esa mujer segura y poderosa, vio de repente el fantasma de la niña de ocho años que escondía el miedo detrás de una valentía fingida.
—Yo… yo no pedí… —Marisol susurró, más para sí misma que para ellos. Las lágrimas finalmente se desbordaron, imparables.
Amari dio un paso al frente, colocándose suavemente entre Marisol y el agresivo abogado de la empresa. Su voz salió baja, grave, pero lo suficientemente firme para cruzar el espacio sin necesidad de gritar.
—Usted no pidió, Doña Marisol. Usted nunca pide nada. Fue precisamente eso lo que nos trajo aquí.
Brent recuperó el habla como quien muerde un limón amargo. Su cara se había puesto roja de ira contenida.
—¡Señoría, esto es un teatro! —exclamó, manoteando—. Dos extraños entran al tribunal con carpetas y se creen que pueden interrumpir un proceso en curso. ¿Quiénes son estas personas? ¿Tienen licencia para litigar en este estado?
La jueza levantó la mano, y la sala se congeló de nuevo.
—Señor Halloway, ¡siéntese! —ordenó con autoridad. Volvió la mirada penetrante hacia Amina—. Usted dice que ya hay una solicitud de representación. ¿Están colegiados en Jalisco?
Amina respondió sin dudar un segundo.
—Ambos tenemos licencia federal y estamos asociados para este caso con el bufete local ‘Méndez & Asociados’. El licenciado Méndez está en el vestíbulo pasando por el detector de metales; el sistema de seguridad está lento hoy, pero ya hay confirmación en el sistema.
El oficial de justicia miró hacia atrás, como si pudiera ver a través de la puerta, y asintió levemente hacia la jueza.
La jueza Rey respiró hondo, y el peso de esa respiración parecía decidir el destino de todos en esa sala.
—Muy bien. Concederé un receso de 15 minutos para revisar sus credenciales y permitir que el licenciado Méndez se una a nosotros. —Miró fijamente a Brent Halloway, con una advertencia en los ojos—. Y recordaré a todos los presentes: aquí nadie está “perdido” solo porque no tiene dinero para un abogado de lujo. Pero tampoco permitiré maniobras de última hora si no están justificadas. ¿Entendido?
Brent apretó los labios hasta que desaparecieron.
—Entendido, Señoría.
—Receso —dictaminó la jueza golpeando el mazo.
Marisol no se movió. La sala comenzó a agitarse a su alrededor: sillas crujiendo, papeles siendo recogidos, murmullos de curiosidad. El sonido de los pasos parecía distante, como si estuviera bajo el agua.
Amina se acercó primero. Lo hizo con cuidado, como quien se acerca a un animal herido que aún puede morder por miedo. Tocó la mano de Marisol, que seguía aferrada al bolso, muy suavemente. Su piel era cálida.
—Está bien, mamá Marisol. Estamos aquí.
Marisol la miró, y en el rostro de la exitosa abogada vio a la niña de trenzas deshechas sosteniendo una mochila más grande que su cuerpo en una noche lluviosa de hace catorce años. Vio a la niña preguntando en un español entrecortado: “¿Nos quedaremos?”. Y se vio a sí misma respondiendo con una sonrisa que dolía: “Sí, lo prometo”.
La palabra prometo nunca había salido de su cuerpo con tanta verdad como esa noche.
—Ustedes… —Marisol habló, y el sonido salió rasgado, como un trozo de vidrio—. Ustedes no debían venir. Esto es peligroso. Él es poderoso.
Amari inclinó la cabeza. Su mirada cargaba una calma aprendida a la fuerza en la vida adulta, pero sus ojos seguían teniendo el brillo de aquel niño que jugaba con carritos rotos.
—Usted nos enseñó a hacer lo correcto, Doña Marisol, incluso cuando cuesta. Incluso cuando da miedo. Nosotros solo estamos siguiendo su ejemplo.
Y allí, en el frío pasillo del tribunal de Guadalajara, Marisol sintió que el costo de su pasado llegaba antes de la cuenta. No sabía si sentía alivio o un terror absoluto, porque sabía algo que ellos no: la verdadera razón por la que Brent Halloway la odiaba tanto no era por unos botes de limpieza robados. Era por un secreto que ella había guardado durante catorce años para proteger precisamente a esos dos gemelos que ahora la miraban con amor.
