PARTE 1: EL EXILIO Y EL REGRESO
Capítulo 1: Al Otro Lado del Alambre
Antes de que me conocieran, antes de que mis palabras hicieran eco en las plazas o desafiaran a los que se creen dueños de la verdad, yo solo fui un niño. No un símbolo, no una estampa de calendario colgada en la pared de la abuela. Fui un niño de carne y hueso que creció en un mundo bravo, inestable y peligroso.
Aprendí rápido, a la mala, que la vida no es justa, que la raza no siempre dice lo que piensa y que la fe, muchas veces, no se parece en nada a Dios. Durante un chorro de tiempo, estos años se quedaron callados. No porque no valieran, sino porque nadie supo cómo contarlos. Aquí no vas a ver magia, ni trucos, ni a un niño predicando como si fuera un viejo sabio. Vas a ver algo más incómodo: a un morrillo que mira demasiado, que pregunta cuando todos agachan la cabeza y que se calla cuando el mundo espera que grite.
Mi historia empieza en la carretera, con el ruido de las llantas sobre el asfalto caliente.
Chepe, mi papá, iba al volante de una camioneta vieja que tosía más de lo que avanzaba. No miraba por el retrovisor. Ya habíamos dejado atrás todo lo que conocíamos y mirar atrás solo servía para que te doliera el cuello. Mi mamá, la Mari, iba de copiloto, aferrada a mí como si fuera su único salvavidas en medio de un naufragio. Yo dormía, o eso parecía, pero en realidad estaba agotado de tanto movimiento. Cuando abría los ojos, no lloraba. Miraba el techo de la cabina, el cielo gris que pasaba rápido por la ventana, sintiendo la vibración del motor en los dientes.
Llegamos al Norte. No nos recibieron con banda ni confeti. El “Gabacho” simplemente estaba ahí, enorme, ruidoso y frío. El aire pesaba distinto, olía a gas y a prisa. Las palabras de la gente eran raras, cortadas, como ladridos que no entendíamos.
—Aquí —dijo mi papá, estacionando en un complejo de departamentos que parecían cajas de zapatos apiladas.
No era el mejor lugar, pero era el único posible. Mi mamá bajó despacio; el cuerpo todavía le dolía del parto. Entramos. Cuatro paredes manchadas, una alfombra vieja y una ventana que daba a un callejón. Chepe consiguió chamba de volada. No de carpintero fino como le gustaba, sino de “milusos”: cargando bultos, mezclando cemento, arreglando lo que otros rompían. Regresaba de noche, con las manos llenas de callos y la espalda doblada, pero nunca se quejaba. Sabía que trabajar duro y callar era la única forma de que no nos echaran, de seguir siendo invisibles.
Mi mamá se pasaba el día encerrada conmigo. Salía lo justo. Tenía miedo. Aprendió a caminar rápido, a no mirar a los ojos a la “migra”, a saber qué calles eran seguras y cuáles te tragaban.
Yo crecí así, observando el miedo en los ojos de mis jefes. No lloraba mucho. A veces mi mamá me miraba mientras yo dormía, buscando algo conocido en mi cara, algo que le dijera que todo iba a estar bien. Pero yo estaba tranquilo, demasiado tranquilo, y eso la ponía nerviosa.
Una tarde, fuimos a la lavandería de la esquina. Mi mamá cargaba la ropa en una bolsa de plástico negra y a mí en el otro brazo. Había otras mujeres ahí, hablando en inglés rápido y golpeado. No nos saludaron. Ni siquiera nos miraron mal; simplemente no nos miraron. Éramos fantasmas.
—Water, please —intentó decir mi mamá para pedir cambio de una moneda.
Nadie le contestó. Yo abrí los ojos y vi a las señoras. Luego miré a mi mamá, con su cara de vergüenza y necesidad. Una de ellas se detuvo un segundo, me vio a mí y luego a mi jefa. Soltó una frase en su idioma que sonó a desprecio, aunque no entendimos las palabras. El tono lo dijo todo: “No pertenecen aquí”.
Esa noche, mi mamá le dijo a Chepe:
—Aquí nadie sabe quiénes somos, Chepe. Somos sombras.
—Mejor —dijo él—. Eso nos mantiene vivos.
—¿Crees que el niño lo siente?
—No todavía. Pero lo va a aprender.
Y vaya que lo aprendí. Aprendí que en tierra ajena, tu nombre no importa, importa lo que puedes cargar.
Capítulo 2: El Regreso a la Tierra del Olvido
El tiempo pasó sin que pasara nada bueno. Trabajo, silencio, aguantar vara. Empecé a caminar en ese departamento chiquito. Me caía, me levantaba, y no buscaba aplausos. El suelo era duro, pero yo era más terco.
Un día, el teléfono sonó de madrugada. Era una voz lejana, un pariente. “Ya se calmó la cosa”, dijeron. “Los que andaban buscando bronca ya no están. Pueden volver”.
Chepe colgó el teléfono y se quedó mirando la pared un buen rato. Sentí que algo cambiaba en el aire. No era alegría, era como soltar un saco de cemento que llevas cargando años.
—Nos regresamos —dijo.
—¿Es seguro? —preguntó mi mamá.
—Más que aquí. Pero no va a ser como antes.
Hicimos las maletas esa misma noche. Yo no entendía bien qué pasaba, solo sabía que dejábamos el lugar de los edificios grises para ir a un lugar llamado “casa” que yo no recordaba.
El viaje de regreso fue largo. Cruzamos la frontera al revés, viendo cómo el paisaje cambiaba de autopistas de concreto a carreteras de tierra y baches. El aire se volvió seco, caliente, lleno de polvo.
Llegamos a San Nazario. El pueblo no nos esperaba. No hubo fiesta. Las calles de tierra estaban igual de solas, las casas de adobe y lámina seguían ahí, aguantando el sol como podían.
—¿Aquí es? —pregunté, mirando una casa con la pintura descarapelada.
—Aquí es —dijo Chepe.
Entramos. Olía a tiempo guardado, a polvo viejo. Mi mamá recorrió los cuartos tocando las paredes como si quisiera despertar a la casa. Yo me quedé en la puerta, mirando hacia afuera.
Los días siguientes fueron raros. La gente del pueblo nos miraba. No mal, pero con curiosidad, como se mira al que se fue y regresó diferente.
—Mira, ahí van los que se fueron al Norte —susurraban las vecinas cuando pasábamos.
—Dicen que allá hicieron lana —decía otro, aunque traíamos lo mismo que al irnos: nada.
Un día, un chavito se me acercó en la plaza.
—Tú no estabas —me dijo, acusándome—. Te fuiste.
—Sí —le dije—. Porque estaba peligroso.
El niño se rio y pateó una piedra.
—Aquí siempre está peligroso, güey. ¿Y qué?
Me quedé callado. Tenía razón. El peligro allá era ser invisible; el peligro aquí era que te vieran demasiado.
Esa noche, cenando frijoles y tortillas duras, le dije a mi mamá:
—Aquí la gente habla bajito, ma.
—Sí, mijo.
—En el Norte gritaban, aunque no les entendiera. Aquí se entienden con puras miradas.
—Así es la gente de aquí.
—Saben cosas —insistí—. Cosas que no dicen.
Mi mamá dejó la cuchara y me miró seria.
—Vas a aprender a escucharlas, Chuy. Pero sin que eso te cambie el corazón.
San Nazario no me rechazaba, pero tampoco me abrazaba. Era un lugar duro, de gente curtida por el sol y la falta de dinero. Y sin saberlo, ahí, entre esas calles polvorientas y esas miradas de reojo, empecé a aprender la lección más importante de mi vida: que no todo hogar es refugio, y que a veces, el silencio de los buenos hace más daño que los gritos de los malos.
Me di cuenta de que mi papá, Chepe, ya no era solo el hombre que trabajaba; era un hombre que observaba las injusticias del pueblo y se tragaba el coraje. Y yo, su hijo, estaba empezando a sentir que tragarme el coraje me iba a causar una indigestión de por vida. El mundo estaba roto, y alguien tenía que empezar a señalar dónde estaban las grietas.
PARTE 2: LA ESCUELA DE LA CALLE
Capítulo 3: Lo Que Se Rompe y Nadie Arregla
El sol en San Nazario no calentaba, picaba. Caía a plomo sobre las calles de tierra, levantando ese olor a polvo quemado que se te mete hasta en el gusto. Yo caminaba al lado de mi jefa, la Mari. Ya no quería que me cargara; quería sentir la tierra bajo mis propios tenis gastados. Ella me dejaba, aunque no me quitaba el ojo de encima. Caminábamos despacio, ella con su bolsa del mandado y yo con esa manía mía de no perder detalle de nada.
Un sonido ronco frenó mis pasos. No era un grito, era como un quejido bajito, constante, de motor desvielado. Me paré en seco.
—Ándale, Chuy, camina —me dijo mi mamá, jalándome suave del brazo.
Pero yo no me moví. Mis ojos se habían clavado en una esquina, donde la sombra de una barda apenas cubría a un hombre tirado en el suelo.
Era Don Fausto. O así le decían. Un señor ya grande, flaco como un sarmiento, con una pierna estirada y la otra doblada de una forma que nomás de verla te daba dentera. Murmuraba cosas que no se entendían, con la mirada perdida en el suelo, como si buscara algo que se le hubiera caído hace años.
—No mires, vente —susurró mi mamá, apretando el paso.
Pero algo en mí se atoró. Me solté de su mano y di dos pasos hacia él.
Don Fausto alzó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, cansados de ver pasar gente que no lo veía a él. Me sostuvo la mirada un segundo. No sonrió. No pidió nada. Solo estaba ahí, existiendo a pesar de todo.
—¿Duele? —le solté. La palabra salió sola, sin “buenas tardes” ni nada.
Mi mamá sintió un respingo.
—Sí, duele —dijo el hombre, con la voz rasposa.
—¿Por qué? —pregunté. Y no era por metiche, era porque de verdad no me cabía en la cabeza por qué alguien tenía que estar así.
Mi mamá se agachó a mi altura.
—A veces el cuerpo se rompe, mijo, y no hay dinero para el doctor.
—¿Y Dios lo ve? —le pregunté a ella.
—Sí, lo ve.
—Entonces… ¿a Dios también le duele?
Mi jefa se quedó callada. Me agarró la cara con sus manos ásperas de tanto lavar y me miró profundo. No supo qué decirme. Yo saqué de la bolsa del mandado un bolillo que acabábamos de comprar. Me acerqué a Don Fausto, despacito, y se lo dejé al lado de la mano. Él miró el pan, luego a mí. Hubo un brillo en sus ojos que no era lástima, era como si por fin alguien le hubiera dicho “te veo”.
Esa tarde fui a buscar a mi papá a la obra. Chepe no tenía taller propio; trabajaba donde cayera. Ese día estaban levantando una barda en la casa de Don Anselmo, el cacique del pueblo. El ambiente estaba tenso.
—¡Así déjalo ya, Chepe! —gritaba el capataz, un tipo gordo que siempre andaba con prisa—. ¡Ya es tarde y urge terminar!
Chepe no contestó. Estaba quitando unos ladrillos que habían quedado chuecos.
—Te dije que así déjalo, nadie se va a fijar —insistió el otro.
—Yo me fijo —dijo mi papá, sin alzar la voz, pero con ese tono que no admite réplica.
—Vas a tardar el doble y no te voy a pagar más.
—No le hace. Pero esta barda no se va a caer.
Yo estaba sentado en un montón de grava, viendo todo. Vi cómo los otros albañiles se burlaban bajito, cómo el capataz resoplaba y se iba. Y vi a mi papá, sudando la gota gorda, volviendo a mezclar cemento para pegar bien lo que nadie más iba a agradecer.
Cuando íbamos de regreso, con el sol ya bajando y pintando el cielo de morado, le pregunté:
—¿Por qué no le gritaste, apá? El gordo ese te habló feo.
—¿Para qué gritar? El que grita no es el que manda, Chuy. A veces el que grita es el que tiene más miedo de que no lo escuchen.
Caminamos un poco más en silencio.
—¿Y por qué arreglaste lo que no era tu casa?
—Porque alguien tiene que hacer las cosas bien, mijo. Aunque nadie te vea. Si haces cochinadas porque nadie ve, el que se ensucia eres tú.
Esa noche, acostado en mi catre, pensaba en Don Fausto y en la barda de mi papá. El mundo estaba lleno de cosas rotas y de gente que las dejaba así por prisa o por desidia. Y yo, chiquito y todo, sentí unas ganas inmensas de tener las manos grandes para arreglarlo todo.
Capítulo 4: Las Reglas del Juego (y Cómo Romperlas)
En San Nazario, si no jugabas fútbol, no eras nadie. Las tardes eran para la “cascarita” en el llano, un terreno baldío lleno de piedras y vidrios donde dos piedras grandes hacían de portería.
Las reglas eran simples: gana el más fuerte, el que corre más rápido y el que mete más el cuerpo. No había árbitro, así que si te tiraban, te levantabas y te aguantabas.
Yo quería jugar. Me gustaba ver cómo el balón levantaba el polvo. Pero yo era… diferente.
—¡Órale, Chuy, métete! —me gritó el “Tuercas”, un niño más grande que siempre andaba sin camisa.
Entré. Corrí. El aire me pegaba en la cara y me sentía libre. El balón venía hacia mí. Yo iba perfilado para llevármela, pero vi que el “Piojo”, un chavito más chico, venía corriendo del otro lado. El Tuercas venía detrás de él y le metió un empujón por la espalda para quitarle el balón. El Piojo salió volando y cayó de boca contra la tierra dura. Se raspó toda la rodilla y se quedó ahí, apretando los dientes para no llorar, porque llorar estaba prohibido.
Todos siguieron corriendo tras el balón. “¡Sigue, sigue!”, gritaban.
Yo me frené en seco. El balón pasó rodando al lado de mi pie, pero lo dejé ir. Me acerqué al Piojo.
—¿Te duele? —le pregunté, extendiéndole la mano.
El Piojo me miró sorprendido, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Párate, güey —le dije.
De repente, el juego se paró. No porque hubiera gol, sino porque yo había roto el ritmo.
—¡No manches, Chuy! —gritó el Tuercas, regresando enojado—. ¡Era gol! ¿Qué haces?
—Se cayó —dije, señalando al Piojo.
—¿Y qué? Es fútbol, no enfermería. ¡Hay que meter cuerpo! Si se cae, que se levante.
—No es justo —dije yo.
Los otros niños se empezaron a reír.
—”No es justo”, dice la nena —se burló uno—. Eres bien raro, Chuy. Mejor vete a jugar con las muñecas.
Me quedé ahí, parado en medio del llano, con el polvo en los tenis y el corazón latiéndome rápido. No estaba enojado, estaba confundido. Intenté seguir jugando un rato más, pero cada vez que veía que iban a empujar a alguien, me frenaba. Y cada vez que me frenaba, mi equipo perdía.
—Ya, sácate —me dijo el Tuercas al final—. No sirves para esto.
Me fui a sentar a la banqueta de mi casa, sobándome las manos sucias. No entendía qué había hecho mal. Si alguien se cae, lo levantas. ¿No es eso lo lógico?
Mi mamá salió y se sentó a mi lado. Me pasó un trapo húmedo por la cara.
—¿Qué traes?
—No juegan como yo, ma.
—No todos juegan igual, mijo.
—Si juego como ellos, siento feo. Siento que… que no soy yo. Y si juego como yo, me sacan.
—Y juegas solo.
—Sí. ¿Está mal ser así?
—No, Chuy. No está mal. Pero duele.
Me abrazó y recargué mi cabeza en su hombro. Olía a jabón y a tortillas.
—A veces, mijo —me dijo al oído—, encajar no es lo importante. Lo importante es que cuando te vayas a dormir, no te des vergüenza a ti mismo.
—Pero dicen que soy raro.
—Que digan misa. Lo raro es ver a alguien caer y no sentir nada. Eso sí es estar enfermo.
Esa tarde entendí algo difícil. Entendí que la verdad y la mayoría casi nunca van de la mano. Y que si quería seguir siendo yo, iba a tener que acostumbrarme a que me llamaran “raro” muchas veces más. El mundo tiene sus reglas, sí. Pero yo empezaba a sospechar que había venido a escribir unas nuevas.
