La Historia No Contada de Chuy de Nazario: Por Qué el Silencio y el Hambre Fueron Mis Primeros Maestros Antes de Cambiar el Mundo

PARTE 1: EL EXILIO Y EL REGRESO

Capítulo 1: Al Otro Lado del Alambre

Antes de que me conocieran, antes de que mis palabras hicieran eco en las plazas o desafiaran a los que se creen dueños de la verdad, yo solo fui un niño. No un símbolo, no una estampa de calendario colgada en la pared de la abuela. Fui un niño de carne y hueso que creció en un mundo bravo, inestable y peligroso.

Aprendí rápido, a la mala, que la vida no es justa, que la raza no siempre dice lo que piensa y que la fe, muchas veces, no se parece en nada a Dios. Durante un chorro de tiempo, estos años se quedaron callados. No porque no valieran, sino porque nadie supo cómo contarlos. Aquí no vas a ver magia, ni trucos, ni a un niño predicando como si fuera un viejo sabio. Vas a ver algo más incómodo: a un morrillo que mira demasiado, que pregunta cuando todos agachan la cabeza y que se calla cuando el mundo espera que grite.

Mi historia empieza en la carretera, con el ruido de las llantas sobre el asfalto caliente.

Chepe, mi papá, iba al volante de una camioneta vieja que tosía más de lo que avanzaba. No miraba por el retrovisor. Ya habíamos dejado atrás todo lo que conocíamos y mirar atrás solo servía para que te doliera el cuello. Mi mamá, la Mari, iba de copiloto, aferrada a mí como si fuera su único salvavidas en medio de un naufragio. Yo dormía, o eso parecía, pero en realidad estaba agotado de tanto movimiento. Cuando abría los ojos, no lloraba. Miraba el techo de la cabina, el cielo gris que pasaba rápido por la ventana, sintiendo la vibración del motor en los dientes.

Llegamos al Norte. No nos recibieron con banda ni confeti. El “Gabacho” simplemente estaba ahí, enorme, ruidoso y frío. El aire pesaba distinto, olía a gas y a prisa. Las palabras de la gente eran raras, cortadas, como ladridos que no entendíamos.

—Aquí —dijo mi papá, estacionando en un complejo de departamentos que parecían cajas de zapatos apiladas.

No era el mejor lugar, pero era el único posible. Mi mamá bajó despacio; el cuerpo todavía le dolía del parto. Entramos. Cuatro paredes manchadas, una alfombra vieja y una ventana que daba a un callejón. Chepe consiguió chamba de volada. No de carpintero fino como le gustaba, sino de “milusos”: cargando bultos, mezclando cemento, arreglando lo que otros rompían. Regresaba de noche, con las manos llenas de callos y la espalda doblada, pero nunca se quejaba. Sabía que trabajar duro y callar era la única forma de que no nos echaran, de seguir siendo invisibles.

Mi mamá se pasaba el día encerrada conmigo. Salía lo justo. Tenía miedo. Aprendió a caminar rápido, a no mirar a los ojos a la “migra”, a saber qué calles eran seguras y cuáles te tragaban.

Yo crecí así, observando el miedo en los ojos de mis jefes. No lloraba mucho. A veces mi mamá me miraba mientras yo dormía, buscando algo conocido en mi cara, algo que le dijera que todo iba a estar bien. Pero yo estaba tranquilo, demasiado tranquilo, y eso la ponía nerviosa.

Una tarde, fuimos a la lavandería de la esquina. Mi mamá cargaba la ropa en una bolsa de plástico negra y a mí en el otro brazo. Había otras mujeres ahí, hablando en inglés rápido y golpeado. No nos saludaron. Ni siquiera nos miraron mal; simplemente no nos miraron. Éramos fantasmas.

Water, please —intentó decir mi mamá para pedir cambio de una moneda.

Nadie le contestó. Yo abrí los ojos y vi a las señoras. Luego miré a mi mamá, con su cara de vergüenza y necesidad. Una de ellas se detuvo un segundo, me vio a mí y luego a mi jefa. Soltó una frase en su idioma que sonó a desprecio, aunque no entendimos las palabras. El tono lo dijo todo: “No pertenecen aquí”.

Esa noche, mi mamá le dijo a Chepe:
—Aquí nadie sabe quiénes somos, Chepe. Somos sombras.
—Mejor —dijo él—. Eso nos mantiene vivos.
—¿Crees que el niño lo siente?
—No todavía. Pero lo va a aprender.

Y vaya que lo aprendí. Aprendí que en tierra ajena, tu nombre no importa, importa lo que puedes cargar.

Capítulo 2: El Regreso a la Tierra del Olvido

El tiempo pasó sin que pasara nada bueno. Trabajo, silencio, aguantar vara. Empecé a caminar en ese departamento chiquito. Me caía, me levantaba, y no buscaba aplausos. El suelo era duro, pero yo era más terco.

Un día, el teléfono sonó de madrugada. Era una voz lejana, un pariente. “Ya se calmó la cosa”, dijeron. “Los que andaban buscando bronca ya no están. Pueden volver”.

Chepe colgó el teléfono y se quedó mirando la pared un buen rato. Sentí que algo cambiaba en el aire. No era alegría, era como soltar un saco de cemento que llevas cargando años.
—Nos regresamos —dijo.
—¿Es seguro? —preguntó mi mamá.
—Más que aquí. Pero no va a ser como antes.

Hicimos las maletas esa misma noche. Yo no entendía bien qué pasaba, solo sabía que dejábamos el lugar de los edificios grises para ir a un lugar llamado “casa” que yo no recordaba.

El viaje de regreso fue largo. Cruzamos la frontera al revés, viendo cómo el paisaje cambiaba de autopistas de concreto a carreteras de tierra y baches. El aire se volvió seco, caliente, lleno de polvo.

Llegamos a San Nazario. El pueblo no nos esperaba. No hubo fiesta. Las calles de tierra estaban igual de solas, las casas de adobe y lámina seguían ahí, aguantando el sol como podían.

—¿Aquí es? —pregunté, mirando una casa con la pintura descarapelada.
—Aquí es —dijo Chepe.

Entramos. Olía a tiempo guardado, a polvo viejo. Mi mamá recorrió los cuartos tocando las paredes como si quisiera despertar a la casa. Yo me quedé en la puerta, mirando hacia afuera.

Los días siguientes fueron raros. La gente del pueblo nos miraba. No mal, pero con curiosidad, como se mira al que se fue y regresó diferente.
—Mira, ahí van los que se fueron al Norte —susurraban las vecinas cuando pasábamos.
—Dicen que allá hicieron lana —decía otro, aunque traíamos lo mismo que al irnos: nada.

Un día, un chavito se me acercó en la plaza.
—Tú no estabas —me dijo, acusándome—. Te fuiste.
—Sí —le dije—. Porque estaba peligroso.
El niño se rio y pateó una piedra.
—Aquí siempre está peligroso, güey. ¿Y qué?
Me quedé callado. Tenía razón. El peligro allá era ser invisible; el peligro aquí era que te vieran demasiado.

Esa noche, cenando frijoles y tortillas duras, le dije a mi mamá:
—Aquí la gente habla bajito, ma.
—Sí, mijo.
—En el Norte gritaban, aunque no les entendiera. Aquí se entienden con puras miradas.
—Así es la gente de aquí.
—Saben cosas —insistí—. Cosas que no dicen.
Mi mamá dejó la cuchara y me miró seria.
—Vas a aprender a escucharlas, Chuy. Pero sin que eso te cambie el corazón.

San Nazario no me rechazaba, pero tampoco me abrazaba. Era un lugar duro, de gente curtida por el sol y la falta de dinero. Y sin saberlo, ahí, entre esas calles polvorientas y esas miradas de reojo, empecé a aprender la lección más importante de mi vida: que no todo hogar es refugio, y que a veces, el silencio de los buenos hace más daño que los gritos de los malos.

Me di cuenta de que mi papá, Chepe, ya no era solo el hombre que trabajaba; era un hombre que observaba las injusticias del pueblo y se tragaba el coraje. Y yo, su hijo, estaba empezando a sentir que tragarme el coraje me iba a causar una indigestión de por vida. El mundo estaba roto, y alguien tenía que empezar a señalar dónde estaban las grietas.

PARTE 2: LA ESCUELA DE LA CALLE

Capítulo 3: Lo Que Se Rompe y Nadie Arregla

El sol en San Nazario no calentaba, picaba. Caía a plomo sobre las calles de tierra, levantando ese olor a polvo quemado que se te mete hasta en el gusto. Yo caminaba al lado de mi jefa, la Mari. Ya no quería que me cargara; quería sentir la tierra bajo mis propios tenis gastados. Ella me dejaba, aunque no me quitaba el ojo de encima. Caminábamos despacio, ella con su bolsa del mandado y yo con esa manía mía de no perder detalle de nada.

Un sonido ronco frenó mis pasos. No era un grito, era como un quejido bajito, constante, de motor desvielado. Me paré en seco.
—Ándale, Chuy, camina —me dijo mi mamá, jalándome suave del brazo.
Pero yo no me moví. Mis ojos se habían clavado en una esquina, donde la sombra de una barda apenas cubría a un hombre tirado en el suelo.

Era Don Fausto. O así le decían. Un señor ya grande, flaco como un sarmiento, con una pierna estirada y la otra doblada de una forma que nomás de verla te daba dentera. Murmuraba cosas que no se entendían, con la mirada perdida en el suelo, como si buscara algo que se le hubiera caído hace años.
—No mires, vente —susurró mi mamá, apretando el paso.
Pero algo en mí se atoró. Me solté de su mano y di dos pasos hacia él.
Don Fausto alzó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, cansados de ver pasar gente que no lo veía a él. Me sostuvo la mirada un segundo. No sonrió. No pidió nada. Solo estaba ahí, existiendo a pesar de todo.

—¿Duele? —le solté. La palabra salió sola, sin “buenas tardes” ni nada.
Mi mamá sintió un respingo.
—Sí, duele —dijo el hombre, con la voz rasposa.
—¿Por qué? —pregunté. Y no era por metiche, era porque de verdad no me cabía en la cabeza por qué alguien tenía que estar así.
Mi mamá se agachó a mi altura.
—A veces el cuerpo se rompe, mijo, y no hay dinero para el doctor.
—¿Y Dios lo ve? —le pregunté a ella.
—Sí, lo ve.
—Entonces… ¿a Dios también le duele?

Mi jefa se quedó callada. Me agarró la cara con sus manos ásperas de tanto lavar y me miró profundo. No supo qué decirme. Yo saqué de la bolsa del mandado un bolillo que acabábamos de comprar. Me acerqué a Don Fausto, despacito, y se lo dejé al lado de la mano. Él miró el pan, luego a mí. Hubo un brillo en sus ojos que no era lástima, era como si por fin alguien le hubiera dicho “te veo”.

Esa tarde fui a buscar a mi papá a la obra. Chepe no tenía taller propio; trabajaba donde cayera. Ese día estaban levantando una barda en la casa de Don Anselmo, el cacique del pueblo. El ambiente estaba tenso.
—¡Así déjalo ya, Chepe! —gritaba el capataz, un tipo gordo que siempre andaba con prisa—. ¡Ya es tarde y urge terminar!
Chepe no contestó. Estaba quitando unos ladrillos que habían quedado chuecos.
—Te dije que así déjalo, nadie se va a fijar —insistió el otro.
—Yo me fijo —dijo mi papá, sin alzar la voz, pero con ese tono que no admite réplica.
—Vas a tardar el doble y no te voy a pagar más.
—No le hace. Pero esta barda no se va a caer.

Yo estaba sentado en un montón de grava, viendo todo. Vi cómo los otros albañiles se burlaban bajito, cómo el capataz resoplaba y se iba. Y vi a mi papá, sudando la gota gorda, volviendo a mezclar cemento para pegar bien lo que nadie más iba a agradecer.

Cuando íbamos de regreso, con el sol ya bajando y pintando el cielo de morado, le pregunté:
—¿Por qué no le gritaste, apá? El gordo ese te habló feo.
—¿Para qué gritar? El que grita no es el que manda, Chuy. A veces el que grita es el que tiene más miedo de que no lo escuchen.
Caminamos un poco más en silencio.
—¿Y por qué arreglaste lo que no era tu casa?
—Porque alguien tiene que hacer las cosas bien, mijo. Aunque nadie te vea. Si haces cochinadas porque nadie ve, el que se ensucia eres tú.

Esa noche, acostado en mi catre, pensaba en Don Fausto y en la barda de mi papá. El mundo estaba lleno de cosas rotas y de gente que las dejaba así por prisa o por desidia. Y yo, chiquito y todo, sentí unas ganas inmensas de tener las manos grandes para arreglarlo todo.

Capítulo 4: Las Reglas del Juego (y Cómo Romperlas)

En San Nazario, si no jugabas fútbol, no eras nadie. Las tardes eran para la “cascarita” en el llano, un terreno baldío lleno de piedras y vidrios donde dos piedras grandes hacían de portería.
Las reglas eran simples: gana el más fuerte, el que corre más rápido y el que mete más el cuerpo. No había árbitro, así que si te tiraban, te levantabas y te aguantabas.

Yo quería jugar. Me gustaba ver cómo el balón levantaba el polvo. Pero yo era… diferente.
—¡Órale, Chuy, métete! —me gritó el “Tuercas”, un niño más grande que siempre andaba sin camisa.
Entré. Corrí. El aire me pegaba en la cara y me sentía libre. El balón venía hacia mí. Yo iba perfilado para llevármela, pero vi que el “Piojo”, un chavito más chico, venía corriendo del otro lado. El Tuercas venía detrás de él y le metió un empujón por la espalda para quitarle el balón. El Piojo salió volando y cayó de boca contra la tierra dura. Se raspó toda la rodilla y se quedó ahí, apretando los dientes para no llorar, porque llorar estaba prohibido.

Todos siguieron corriendo tras el balón. “¡Sigue, sigue!”, gritaban.
Yo me frené en seco. El balón pasó rodando al lado de mi pie, pero lo dejé ir. Me acerqué al Piojo.
—¿Te duele? —le pregunté, extendiéndole la mano.
El Piojo me miró sorprendido, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Párate, güey —le dije.

De repente, el juego se paró. No porque hubiera gol, sino porque yo había roto el ritmo.
—¡No manches, Chuy! —gritó el Tuercas, regresando enojado—. ¡Era gol! ¿Qué haces?
—Se cayó —dije, señalando al Piojo.
—¿Y qué? Es fútbol, no enfermería. ¡Hay que meter cuerpo! Si se cae, que se levante.
—No es justo —dije yo.
Los otros niños se empezaron a reír.
—”No es justo”, dice la nena —se burló uno—. Eres bien raro, Chuy. Mejor vete a jugar con las muñecas.

Me quedé ahí, parado en medio del llano, con el polvo en los tenis y el corazón latiéndome rápido. No estaba enojado, estaba confundido. Intenté seguir jugando un rato más, pero cada vez que veía que iban a empujar a alguien, me frenaba. Y cada vez que me frenaba, mi equipo perdía.
—Ya, sácate —me dijo el Tuercas al final—. No sirves para esto.

Me fui a sentar a la banqueta de mi casa, sobándome las manos sucias. No entendía qué había hecho mal. Si alguien se cae, lo levantas. ¿No es eso lo lógico?
Mi mamá salió y se sentó a mi lado. Me pasó un trapo húmedo por la cara.
—¿Qué traes?
—No juegan como yo, ma.
—No todos juegan igual, mijo.
—Si juego como ellos, siento feo. Siento que… que no soy yo. Y si juego como yo, me sacan.
—Y juegas solo.
—Sí. ¿Está mal ser así?
—No, Chuy. No está mal. Pero duele.

Me abrazó y recargué mi cabeza en su hombro. Olía a jabón y a tortillas.
—A veces, mijo —me dijo al oído—, encajar no es lo importante. Lo importante es que cuando te vayas a dormir, no te des vergüenza a ti mismo.
—Pero dicen que soy raro.
—Que digan misa. Lo raro es ver a alguien caer y no sentir nada. Eso sí es estar enfermo.

Esa tarde entendí algo difícil. Entendí que la verdad y la mayoría casi nunca van de la mano. Y que si quería seguir siendo yo, iba a tener que acostumbrarme a que me llamaran “raro” muchas veces más. El mundo tiene sus reglas, sí. Pero yo empezaba a sospechar que había venido a escribir unas nuevas.

PARTE 3: LA LEY Y LA JUSTICIA

Capítulo 5: El Hambre No Sabe de Permisos

El camino a la casa pasaba junto a las tierras de Don Anselmo. Eran hectáreas de maíz que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, verdes y altas, moviéndose con el viento como un mar de hojas.

Esa tarde, el sol ya iba de bajada, pintando el cielo de naranja quemado. Yo iba con mi mamá, pateando piedras, cuando vimos algo entre los surcos. Era Doña Cata, una señora del pueblo que vivía en una casita de cartón cerca del arroyo. Estaba agachada, recogiendo las mazorcas que las máquinas o los jornaleros habían dejado tiradas en la tierra. Lo que sobraba, “el rebusco”, le decían.

No estaba robando. Estaba juntando lo que ya nadie quería. Mazorcas chiquitas, golpeadas, llenas de tierra.

De repente, una camioneta se frenó en seco en la orilla del camino. Bajó un hombre con sombrero y botas limpias, el capataz nuevo, un tipo que se sentía dueño de lo ajeno.
—¡Eh! ¡Tú! —le gritó—. ¡Sácate de ahí!

Doña Cata se levantó asustada, apretando su rebozo lleno de elotes contra el pecho.
—Nomás estoy juntando lo que tiraron, patrón —dijo ella con la voz temblorosa—. Es pa’ mis nietos.
—¡Me vale! —bramó el hombre—. Estas tierras son privadas. Todo lo que está aquí es del patrón. Si quieres maíz, cómpralo.

Yo sentí un calor que me subía desde la panza hasta la cara.
—¡Pero si se va a podrir ahí! —grité. No pude aguantarme.

El hombre se volteó y me miró como si fuera un mosquito molesto.
—¿Y tú qué, escuincle? Las reglas son las reglas. Si dejo que una entre, al rato tengo a todo el pueblo aquí metido robando. ¡Órale, vámonos!

Doña Cata no discutió. Bajó la cabeza, abrió el rebozo y dejó caer las mazorcas al suelo, una por una. El sonido sordo de los elotes golpeando la tierra se sintió como pedradas. Se dio la media vuelta y se fue caminando despacio, con las manos vacías y la espalda doblada por algo más pesado que los años.

Mi mamá me agarró fuerte de la mano porque vio que yo ya iba a correr hacia el alambre de púas.
—No, Chuy. Así no.
—Pero tiene hambre, ma. Y ese maíz es basura para ellos.
—Lo sé.
—¡Es injusto! —le reclamé al aire—. ¿De qué sirven las leyes si la gente no come?
—Sirven para cuidar lo que tienen los que tienen mucho —dijo ella con tristeza—. Pero a veces, mijo, la ley se olvida de que somos personas.

Llegamos a la casa y yo estaba que echaba chispas. Mi papá estaba en el patio, limpiando sus herramientas. Me vio la cara y supo que traía bronca. Le conté todo. Le conté del capataz, del maíz tirado, de Doña Cata yéndose sin nada.

—¿Por qué nadie hace nada, apá? —le reclamé—. ¿Por qué no fuiste tú a decirle algo?
Chepe dejó el martillo y se sentó en un banco de madera. Se limpió las manos con un trapo sucio y me miró serio.
—Si voy y le grito, Chuy, mañana no le dan trabajo a Doña Cata ni para lavar ajeno. El capataz se enoja y se desquita con ella, no conmigo.
—¿Entonces nos quedamos cruzados de brazos? —dije, sintiendo que las lágrimas de coraje me picaban los ojos.
—No. Escucha bien: hacer escándalo no siempre es ayudar. A veces, el que hace ruido lo hace para sentirse bien él, no para arreglar el problema.

Se levantó y fue a la cocina. Regresó con una bolsa de papel. Adentro había tortillas, un poco de frijol y unos huevos.
—Ten —me dijo—. Llévaselo. Pero escúchame: no vas a ir ahorita que todos te vean. Vas a ir cuando oscurezca. Y no se lo vas a dar en la mano para que te dé las gracias. Se lo dejas en la puerta y te vas.
—¿Por qué?
—Porque la ayuda que humilla no sirve. Si ella te ve, le va a dar vergüenza. Si se lo dejas sin que sepa quién fue, va a cenar tranquila pensando que Dios se acordó de ella.

Esa noche, me escabullí hasta la casita del arroyo. Dejé la bolsa en la entrada, toqué la puerta y corrí a esconderme detrás de un mezquite. Vi salir a Doña Cata. Vio la bolsa. Miró a los lados. No vio a nadie. Se persignó y metió la comida.

Regresé a casa caminando despacio bajo las estrellas. No me sentía un héroe. Me sentía… raro. Entendí que la justicia no siempre se hace en los tribunales ni a gritos en la plaza. A veces, la justicia es un kilo de tortillas entregado en silencio para que nadie pase vergüenza.

Capítulo 6: La Deuda y la Dignidad

Días después, era domingo de plaza. El centro de San Nazario estaba lleno. Puestos de fruta, música de banda sonando en alguna radio, gente paseando. Pero en una esquina, cerca de la presidencia municipal, se había hecho una bola de gente.

Curioso como siempre, me metí entre las piernas de los adultos hasta llegar al frente.
Ahí estaba Don Beto, el carpintero. Era un hombre bueno, siempre me regalaba pedacitos de madera para jugar. Pero hoy no se veía bien. Estaba pálido, sudando frío, frente a un escritorio que habían sacado a la calle. Detrás del escritorio estaba el Licenciado Morales, el que prestaba dinero a rédito.

—La cuenta es clara, Beto —decía el Licenciado con voz fuerte, para que todos oyeran—. Debes tres meses más los intereses. Y los intereses de los intereses.
—Licenciado, ya le dije —suplicaba Don Beto en voz baja—. No he tenido jale. Mi mujer enfermó, se me fue lo poco que tenía en medicinas. Deme chance este mes.
—Ya te di chance. Y no pagaste.

La gente alrededor murmuraba. Algunos decían “pobre Beto”, otros decían “pues para qué pide si no tiene”. Nadie se movía.
El Licenciado se ajustó los lentes y dio el veredicto como si fuera un juez.
—Como no pagas, me voy a llevar tu herramienta. La sierra, el taladro, todo. A cuenta de la deuda.
—¡No, oiga! —Don Beto casi se pone de rodillas—. Si me quita la herramienta, ¿cómo voy a trabajar? Y si no trabajo, ¿cómo le voy a pagar?
—Eso hubieras pensado antes. Muchachos, carguen todo.

Dos tipos grandotes empezaron a subir las cosas de Don Beto a una camioneta. Él se quedó ahí, parado, viendo cómo se llevaban su vida entera. No lloró, pero vi cómo se le moría la mirada. Era la humillación pública. El Licenciado no quería solo su dinero; quería dar un ejemplo. Quería que todos vieran quién mandaba.

Sentí una patada en el estómago.
—¡Eso es robo! —pensé, pero esta vez no grité. Me acordé de lo que dijo mi papá. Gritar solo me metería en problemas a mí y no ayudaría a Don Beto.

Miré a la gente. Todos bajaban la mirada. Tenían miedo. Miedo de ser los siguientes en la lista del Licenciado. Miedo de deberle un centavo a ese hombre.
Don Beto se dio la media vuelta y empezó a caminar. La gente se abría a su paso como si tuviera una enfermedad contagiosa. La pobreza y la deuda apestan, y nadie quiere que se le pegue el olor.

Lo seguí a distancia. Se sentó en una banca lejos de la plaza, se tapó la cara con las manos y se quedó muy quieto.
Me acerqué. Me senté a su lado sin decir nada. Estuvimos así un rato, viendo pasar los coches.
—No es justo, Don Beto —dije al fin.
Él se quitó las manos de la cara. Tenía los ojos rojos.
—La vida no es justa, Chuy. El pez grande se come al chico. Así ha sido siempre.
—Pero si le quitan con qué trabajar, lo matan.
—Así es. Me mataron sin enterrarme.

Esa tarde, en el taller improvisado de mi papá, le pregunté:
—Apá, ¿por qué la ley deja que el Licenciado haga eso?
—Porque la ley la escriben los que tienen la pluma, mijo. Y el Licenciado tiene la pluma y el papel.
—¿Y Dios? ¿De qué lado está Dios?
Chepe dejó de lijar una tabla y me miró.
—Dios está del lado del que sufre, Chuy. Pero Dios no baja a firmar cheques ni a parar embargos. Dios nos dio manos y cabeza para que nosotros no dejemos que esas cosas pasen.
—Pero nadie hizo nada. Todos miraron.
—Porque el miedo paraliza. Y porque nos han enseñado que si alguien debe, es “malo”. Nos han enseñado a culpar al que cae en lugar de ayudarlo a levantarse.

Me quedé pensando.
—Yo no quiero ser así, apá. Yo no quiero tener miedo.
—Tener miedo es normal. Lo que no puedes ser es indiferente. Si ves una injusticia y no te duele, entonces ya estás muerto, aunque camines.

Esa noche soñé que yo tenía un látigo. Pero no para pegar, sino para sacar a los prestamistas de la plaza. Soñé que tiraba las mesas y que le devolvía la herramienta a Don Beto. Desperté sudando, con el corazón acelerado. Sabía que era solo un sueño de niño, pero también sabía que esa rabia que sentía no se iba a ir. Se estaba acumulando, como el agua en una presa, esperando el día en que pudiera romper el muro.

PARTE 4: EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

Capítulo 7: Donde Dios No Habla, Pero Se Siente

Los sábados íbamos al templo. No era una iglesia grande con vitrales de colores, era una construcción sencilla de ladrillo con techo de lámina que sonaba cuando llovía. Adentro olía a cera quemada y a ropa de domingo.

Me gustaba ir, al principio. Me gustaba escuchar las historias antiguas, las de profetas que abrían mares y hacían llover fuego. Pero últimamente, algo no me cuadraba.

Ese sábado, el Don que leía las escrituras era el mismo Licenciado Morales, el que le había quitado la herramienta a Don Beto. Se paró en el atril, muy peinado, con su traje limpio y su voz potente.
—”Amarás a tu prójimo como a ti mismo” —leyó con solemnidad—. “Y no oprimirás al pobre ni al indigente”.

Sentí que la sangre me hervía. Miré alrededor. ¿Nadie más se daba cuenta? La gente escuchaba con la cabeza agachada, asintiendo devotamente. Don Beto no estaba ahí, claro. Seguramente le daba vergüenza venir con las manos vacías.

—Padre —susurré, jalándole la manga a Chepe—. ¿Cómo puede leer eso él?
—Shh, calla —me dijo mi papá, pero vi que él también apretaba la mandíbula.

Cuando salimos, el sol me lastimó los ojos. La gente saludaba al Licenciado Morales con respeto. “Qué bonita lectura, Licenciado”, le decían. “Muy inspiradora”. Él sonreía, dándose baños de pureza.

No aguanté más. Me acerqué a mi mamá mientras caminábamos de regreso.
—Ma, si Dios es justo, ¿por qué permite que ese señor hable en su nombre? Es un hipócrita.
Mi mamá se detuvo bajo la sombra de un árbol.
—Chuy, baja la voz.
—¡Es que es verdad! Hablan de amor y justicia ahí adentro, pero afuera se comen vivos a los demás. Dios no puede estar ahí. No en esa lectura.
—Dios está en todas partes, mijo.
—Pues ahí se estaba tapando los oídos —repliqué.

Esa tarde me fui solo al monte. Necesitaba aire. Me senté en una piedra alta desde donde se veía todo el pueblo: las casas ricas cerca de la plaza, las casas pobres en las orillas, el polvo flotando sobre todo como una manta sucia.

“¿Dónde estás?”, pregunté en voz alta, mirando al cielo vacío.
Nadie contestó, obvio. Pero entonces, bajando la vista, vi algo.

Vi a la mujer del otro día, Doña Cata, compartiendo las pocas tortillas que tenía con un perro flaco que se le acercó. Vi a unos chavos cargándole la leña a una abuelita que no podía con el tercio. Vi a mi papá, allá lejos en el patio de la casa, arreglando gratis la silla de ruedas de la hija de la vecina.

Y entendí.
Dios no estaba en el atril del Licenciado Morales. No estaba en las palabras bonitas ni en los trajes de domingo. Dios estaba ahí abajo, en el polvo, en el hambre compartida, en las manos sucias de mi papá arreglando una rueda.

Dios no era una idea. Era una acción. Era lo que pasaba cuando decidías que el dolor del otro te importaba más que tu propia comodidad.

Regresé a casa con una calma nueva.
—¿Ya se te pasó el coraje? —me preguntó mi mamá.
—No —le dije—. Pero ya sé qué hacer con él. No voy a buscar a Dios donde dicen que está. Lo voy a buscar donde hace falta.

Capítulo 8: El Fin de la Infancia

Los años pasaron como pasan en los pueblos: lentos, pesados, marcados por las temporadas de lluvia y de sequía. Yo crecí. Me estiré, la voz me cambió, las manos se me pusieron fuertes como las de Chepe. Ya no era un niño que miraba; empezaba a ser un hombre que entendía.

San Nazario seguía igual, pero el aire se sentía distinto. Se hablaba de cambios, de gente que se organizaba, de rumores que venían de la capital. Se acercaba la Pascua, la fiesta grande donde todos iban a la ciudad, a Jerusalén… bueno, a la capital, donde estaba el poder, el templo grande, donde se decidían las cosas.

—Este año vamos a ir todos —dijo mi papá una noche, contando las monedas que tenía guardadas en un bote de café—. Ya tienes edad, Chuy. Ya es hora de que veas el mundo más allá de este polvadero.

Yo sentí un hueco en el estómago. No miedo, sino vértigo. Sabía que ir a la capital no era un paseo. Era enfrentarse a la realidad, salir de la burbuja.
—¿Para qué vamos? —pregunté—. Si allá tampoco nos quieren.
—Vamos porque es nuestra tradición —dijo mi mamá, doblando ropa—. Y porque a veces hay que ir al centro del huracán para entender por qué sopla el viento.

La noche antes de irnos, no pude dormir. Me levanté y salí al patio. La luna estaba llena, iluminando el taller de mi papá, las herramientas ordenadas, la viruta en el suelo.
Mi mamá salió detrás de mí.
—¿No tienes sueño?
—No. Pienso.
—¿En qué?
—En que tengo miedo, ma.
—¿De qué?
—De que cuando vea el mundo de verdad… no me guste. Y de que no pueda quedarme callado.
Ella se acercó y me puso la mano en el hombro. Ya casi le sacaba una cabeza de altura.
—Ese es tu destino, mijo. No viniste a quedarte callado. Viniste a decir lo que otros piensan pero no se atreven a soltar.
—Eso trae problemas.
—Sí. Muchos. Pero callarse trae enfermedades del alma. Y prefiero que tengas problemas afuera a que te pudras por dentro.

Me miró con esos ojos oscuros que habían visto tanto: el exilio en el Norte, la pobreza, el regreso, las miradas de desprecio.
—Solo prométeme una cosa, Chuy.
—¿Qué?
—Que no vas a caminar solo. Que vas a buscar a los otros locos que creen que el mundo se puede arreglar.
—Te lo prometo.

A la mañana siguiente, salimos temprano. El sol apenas pintaba el cerro. Llevábamos lo indispensable. Caminamos por la carretera junto con otras familias. Había ruido, risas nerviosas, gente compartiendo agua.
Al salir de San Nazario, me detuve un segundo. Miré hacia atrás, hacia las calles de tierra donde aprendí a caminar, hacia la esquina donde vi a Don Fausto, hacia los campos donde Doña Cata recogía maíz.

Ahí dejaba mi infancia. Dejaba al niño que observaba en silencio.
Di un paso al frente, hacia la carretera.
Lo que venía no iba a ser fácil. Iba a haber gritos, iba a haber mesas volcadas, iba a haber traiciones y dolor. Pero también iba a haber verdad.

Y por primera vez en mi vida, supe que estaba listo. No porque fuera santo, ni perfecto, ni mágico. Sino porque había aprendido a amar este mundo roto lo suficiente como para querer arreglarlo, aunque me costara la vida.

Caminé hacia adelante, sin volver la vista atrás. La historia del niño había terminado. La otra historia, la que cambiaría todo, acababa de empezar.

HISTORIA PARALELA: LA SED Y LA SANGRE

Una crónica de los años olvidados en San Nazario

CAPÍTULO 1: EL CIELO DE PLOMO

Aquel año, el cielo sobre San Nazario se cerró como un puño. No era esa sequía normal que llega en mayo y se va en junio con los primeros aguaceros de San Juan. No. Esta era una sequía mala, una de esas que tienen nombre y apellido, que se sienten personales, como si Dios hubiera decidido voltear la cara y mirar hacia otro lado.

Tenía yo diecisiete años. Mis manos ya no eran las de un niño; se habían ensanchado cargando bultos de cemento y lijando madera en el taller de mi jefe, Chepe. Mi espalda ya conocía el peso del día y mi piel se había curtido con ese sol inclemente que blanqueaba los huesos de las vacas muertas en los potreros.

Todo empezó con el silencio. Primero se callaron los grillos, luego los pájaros se fueron yendo a buscar mejor suerte al sur. Al final, hasta la gente dejó de hablar. El calor te robaba las palabras de la boca, te secaba la garganta antes de que pudieras terminar una frase. En el pueblo, el polvo lo cubría todo: las camionetas paradas por falta de gasolina, la ropa tendida que se tiesaba en segundos, las pestañas de los niños que miraban al horizonte esperando una nube que no llegaba.

El pozo comunal, el que estaba detrás de la iglesia, empezó a toser lodo. Primero salía agua chocolatosa, luego un hilo café y apestoso, y finalmente, solo el ruido de la bomba jalando aire, un gemido mecánico que sonaba a muerte.

—Se acabó —dijo Don Tiburcio, el encargado del agua, limpiándose el sudor de la frente con un paliacate que ya no absorbía nada—. El manto se secó, muchachos. No hay más.

La noticia corrió como fuego en pastizal seco. En mi casa, la cena fue silenciosa. Mi mamá, la Mari, partió las tortillas con cuidado, como si fueran hostias consagradas. Había puesto una jarra de agua en el centro de la mesa. Estaba turbia, pero era lo que había.
—Dicen que en el ejido de Los Sauces ya se están peleando —dijo Chepe, masticando despacio—. Ayer machetearon a uno por una cubeta.
Mi mamá se persignó.
—Dios nos ampare.
—Dios está ocupado, mujer —respondió Chepe, no con rabia, sino con ese cansancio infinito que le pesaba en los hombros—. Aquí nos toca rascarnos con nuestras propias uñas.

Yo miré el agua en mi vaso. Veía las partículas de tierra flotando en el fondo. Pensé en el cuerpo humano, en cómo somos casi pura agua, y en qué pasa cuando eso se nos niega. No solo te secas por dentro; te secas del alma. La sed te pone animal, te quita la vergüenza, te hace mirar al vecino no como a un hermano, sino como a una bolsa de líquido que te puede salvar la vida.

—Chuy —me dijo mi papá, sacándome de mis pensamientos—. Mañana no vamos a la obra. Vamos a tener que ir al río seco, a ver si cavando hondo encontramos algo.
—Sí, apá.

Esa noche no dormí. El calor era una bestia echada sobre mi pecho. Escuchaba los ruidos de la noche: un perro ladrando ronco, una botella rompiéndose a lo lejos, y el zumbido constante de los mosquitos que, milagrosamente, sobrevivían chupando la poca sangre que nos quedaba. Salí al patio. El cielo estaba despejado, lleno de estrellas brillantes e indiferentes. Me parecían crueles. Tan lejos, tan frías, mientras aquí abajo nos cocinábamos en nuestro propio jugo.

“Si estás ahí”, pensé, “más te vale que tengas una buena razón para esto”.

No hubo respuesta, claro. Solo el viento caliente que levantaba remolinos de polvo en la calle vacía. Pero en ese viento, creí oler algo. No olía a lluvia. Olía a humedad, a tierra mojada, a vida. Pero venía del norte, de donde estaban las tierras cercadas, las tierras de “La Hacienda”, el dominio de Don Braulio, el cacique que había comprado medio pueblo hacía una década.

Olía a agua. Y ese olor, en medio de la muerte, era más peligroso que la sequía misma.

CAPÍTULO 2: EL RUMOR DEL VERDE

A la mañana siguiente, Chepe y yo agarramos las palas y los picos. Caminamos hacia el lecho del río, que ahora era una cicatriz de piedras blancas y lagartijas muertas. Ya había otros hombres ahí, cavando pozos artesanales, “norias” les decían. Eran agujeros desesperados en la arena, buscando la humedad del subsuelo.

Trabajamos horas bajo el sol. El pico rebotaba contra la piedra. Mis manos sangraban, pero las ampollas ya eran viejas amigas. De vez en cuando, alguien gritaba “¡Agua!” y todos corríamos a ver. Casi siempre era una falsa alarma, o apenas un charquito de lodo que no llenaba ni media cubeta.

Cerca del mediodía, se acercó el Rolas. Era un chavo de mi edad, pero la vida lo había tratado a patadas desde chiquito. Tenía una cicatriz en la ceja y una mirada que siempre estaba calculando distancias, como si esperara un golpe.
—Quihubo, Chuy —me dijo, recargándose en su pala como si no le pesara el mundo.
—Quihubo, Rolas.
—¿Sacan algo?
—Puro sudor.
El Rolas escupió al suelo. Su saliva era espesa.
—Están perdiendo el tiempo, valedores. Aquí no hay nada. El agua no se fue. Se la llevaron.

Chepe levantó la vista, entrecerrando los ojos por el sol.
—¿De qué hablas, muchacho?
El Rolas bajó la voz, aunque estábamos en medio de la nada.
—Ayer me fui de pinta hacia los cerros, allá por las tierras de Don Braulio. Me brinqué la cerca, nomás pa’ ver. ¿Y qué creen?
Nos quedamos callados.
—Tienen los aspersores prendidos, Don Chepe. Tienen el pasto verde. Verde, cabrón. Tienen una presa privada allá arriba, desviaron el arroyo hace meses, antes de que pegara duro el calor. Tienen alberca llena.

Sentí un golpe en el estómago. Alberca. La palabra sonaba obscena en medio de aquel desierto. Mientras Doña Cata hervía trapos para sacarles humedad, Don Braulio nadaba.
—Eso es cuento —dijo mi papá, volviendo a golpear la tierra—. Don Braulio es cabrón, pero no tanto.
—Vaya y vea —lo retó el Rolas—. Tienen guardias armados en la compuerta. Si el agua fuera de Dios, no necesitarían rifles para cuidarla.

La noticia, igual que la de la sequía, no tardó en infectar a los hombres. Dejaron las palas. Se formaron grupitos. Los murmullos empezaron a subir de tono. Ya no eran quejas; eran planes.
—Es nuestra agua —decía uno de los albañiles, un tipo grandote al que le decían el Oso—. El arroyo bajaba pa’l pueblo de toda la vida. Si la taparon, nos la están robando.
—Hay que ir a abrir la compuerta —sugirió otro.
—Tienen armas —dijo el Rolas, con una sonrisa torcida—. Pues nosotros tenemos machetes. Y somos más.

Yo miré a mi papá. Chepe tenía la cara de piedra, ilegible. Sabía lo que estaba pensando. Sabía que tenía razón, que era un robo, una injusticia que clamaba al cielo. Pero también sabía que enfrentar machetes contra rifles solo terminaba de una forma: con viudas.

—Chuy, vámonos —dijo mi papá de repente, echándose la pala al hombro.
—¿Cómo que vámonos? —saltó el Rolas—. ¿Le vas a sacar, Don Chepe? Tú que siempre andas de “el justo” y la madre.
Mi papá se detuvo y lo miró con una calma que daba miedo.
—Justicia no es venganza, Rolas. Y yo no voy a llevar a mi hijo a que lo maten por un rumor.
—No es rumor —gritó el Rolas—. ¡Es verdad! ¡Y si no vas tú, vamos nosotros!

Caminamos de regreso en silencio. Pero el silencio había cambiado. Ya no era el silencio del cansancio; era el silencio de la pólvora antes de la chispa. Yo sentía la rabia del Rolas como si fuera mía. Me ardía en el pecho. ¿Por qué tenían derecho ellos a tener verde mientras nosotros nos poníamos grises?
—¿Es cierto, apá? —pregunté cuando ya no nos oían.
—Probablemente —dijo Chepe—. Don Braulio siempre ha querido comprar los terrenos de abajo. Si nos seca, nos vamos. Y si nos vamos, compra barato.
—¡Entonces hay que hacer algo! —exploté, parándome en medio del camino—. ¡No podemos dejar que nos maten de sed!
Mi papá se volteó y me puso una mano en el hombro. Pesaba.
—Hacer algo, sí. Pero no lo que ellos quieren. La violencia es como el agua salada, Chuy. Entre más tomas, más sed te da. Si subimos con machetes, bajamos con ataúdes. Y el agua se va a teñir de rojo. ¿Te la tomarías así?

No contesté. Pero por dentro, una parte de mí, una parte oscura y nueva, pensó: “Si me salva la vida, sí. Me la tomo roja”.

CAPÍTULO 3: EL PROFETA DEL MACHETE

Dos días después, la situación era insostenible. Un niño de la colonia La Esperanza murió. Dijeron que fue “golpe de calor”, pero todos sabíamos que fue deshidratación. Se llamaba Toñito. Tenía cuatro años.
El velorio fue en la calle porque en la casa no cabían. No había café, no había té. Solo rezos secos y el llanto de la madre que sonaba como si se estuviera rasgando una tela vieja.

Ahí apareció el Caimán. No era del pueblo. Era un tipo que venía de la sierra, decían que había sido militar o narco, o las dos cosas. Se juntaba con el Rolas y los más bravos. Se paró en medio del velorio, no a rezar, sino a hablar.
—¿Cuánto más van a aguantar? —gritó. Su voz era potente, rasposa—. ¡Están llorando por un niño muerto mientras allá arriba le dan agua a los caballos de carreras!
La gente levantó la cabeza. El dolor se estaba transformando en odio, y el odio es gasolina de alto octanaje.
—Esta noche —dijo el Caimán—. Esta noche vamos a recuperar lo que es nuestro. No vamos a pedir permiso. Vamos a tirar la cerca y vamos a reventar la presa. ¡El que tenga pantalones, que me siga!

Se oyó un rugido de aprobación. Hombres que nunca habían peleado en su vida, padres de familia, abuelos, todos levantaron el puño. El Rolas me miró desde el otro lado de la calle y me hizo una seña: “¿Vienes o qué?”.

Yo sentí que el corazón se me salía. Era lo justo, ¿no? Ojo por ojo. Agua por sangre. Miré a mi papá. Estaba consolando al padre de Toñito. No miró al Caimán. Parecía triste, infinitamente triste.
Me acerqué a él.
—Apá, van a ir.
—Lo sé.
—Si van solos, los van a matar. Don Braulio tiene guardias de seguridad privada, ex policías. Tienen automáticas.
—Lo sé.
—Tenemos que detenerlos.
—No puedes detener una inundación con las manos, hijo. La ira ya se desbordó.
—Entonces… ¿voy con ellos?
Chepe me miró.
—Tú decides quién eres, Chuy. Eres el que sigue a la manada o eres el que abre camino. Pero ten cuidado: el camino del Caimán termina en el panteón.

Me fui a mi casa confundido, enojado con mi papá por ser tan pasivo, enojado con el Caimán por usar el dolor de la gente, enojado con Dios por no hacer llover.
Me encerré en mi cuarto. Agarré un pedazo de madera y empecé a tallarlo con mi navaja, sacando virutas con furia. Pensaba en Toñito. Pensaba en la alberca azul de Don Braulio.
Y entonces, se me ocurrió.
No podía pararlos. No podía pelear contra los guardias. Pero tal vez, solo tal vez, había otra puerta. Una que no necesitaba machetes.

Recordé que Don Braulio tenía una hija. Regina. Había ido a la escuela conmigo antes de que la mandaran a estudiar a Europa. Había regresado hacía poco. La había visto en su camioneta con aire acondicionado, inalcanzable. Pero recordaba algo de ella. Una vez, de niños, encontró un pájaro herido en el patio de la escuela y lloró hasta que lo curamos.
Era una apuesta estúpida. Una locura. Pero era mejor que el machete.

CAPÍTULO 4: LA VISITA NOCTURNA

Salí de casa cuando el sol se ponía. No fui al punto de reunión del Caimán. Fui hacia el norte, campo a través, brincando cercas de piedra y esquivando nopales. Subí la loma jadeando, con la garganta seca y el polvo pegado al sudor.
Llegué a la barda perimetral de La Hacienda. Era alta, de piedra, coronada con vidrios rotos y alambre de púas. Se escuchaban los perros ladrando a lo lejos.

Busqué un árbol viejo, un pirul que crecía pegado al muro y cuyas ramas colgaban hacia adentro. Trepé. Me raspé los brazos, me rompí la camisa, pero logré descolgarme hacia el jardín.
El cambio fue brutal.
Afuera era el infierno: tierra gris, espinas, muerte.
Adentro era el paraíso. El pasto era un tapete verde y esponjoso. Había rosales floreciendo, bugambilias explotando en colores fucsia. Y el olor… olía a tierra mojada, a frescura. El sonido de un aspersor girando —chk-chk-chk-shhh— me pareció el sonido más hermoso y más cruel del mundo.

Avancé agachado entre los setos. La casa grande brillaba con luces cálidas. Se oía música suave, risas, tintineo de copas. Estaban cenando. Mientras en el pueblo velaban a un niño muerto de sed, aquí brindaban.

Me acerqué a la terraza. Ahí estaba Don Braulio, un hombre gordo con cara de bulldog, riéndose con un puro en la mano. Y ahí estaba Regina, sentada en la orilla, mirando su celular, aburrida.
Tenía que acercarme a ella sin que me vieran los guardias.
Esperé. La suerte, o la providencia, quiso que ella se levantara y caminara hacia el jardín, alejándose de la luz.
—Regina —susurré desde los arbustos.
Ella saltó del susto y soltó un gritito.
—¡Shhh! Soy yo. Chuy. El hijo de Chepe.
Ella entornó los ojos, tratando de ver en la oscuridad.
—¿El carpintero? ¿Qué haces aquí? ¡Si te ven te matan!
Salí de las sombras. Me vio la ropa sucia, la cara manchada de tierra, los labios partidos por la sed. Retrocedió un paso, asustada.
—No vengo a robar —dije rápido—. Vengo a pedirte algo.
—¿Dinero?
—No. Agua.
—¿Agua? —se rió nerviosa—. Ve a la cocina, diles que te den un vaso.
—No para mí, Regina. Para el pueblo.
Su cara cambió. Se puso seria.
—Mi papá dice que hay sequía general. Que nosotros apenas tenemos para mantener el huerto.
La agarré del brazo y la jalé —sin fuerza, solo para que mirara— hacia la barda.
—Asómate —le dije—. Súbete a esa piedra y mira hacia afuera.
Dudó, pero lo hizo. Se asomó por encima del muro.
Desde ahí se veían las luces mortecinas de San Nazario. Y se veía algo más: las antorchas. Una línea de fuego que subía por la ladera. Los hombres del Caimán.
—¿Qué es eso? —preguntó temblando.
—Es la sed, Regina. Es la rabia. Vienen para acá. Vienen a romper la presa.
—¡Los guardias los van a matar! —exclamó, bajándose de un salto.
—Sí. Y ellos van a matar a los guardias si pueden. Y tal vez entren aquí. Y tal vez quemen todo este pasto verde que tanto cuidan.
—¿Qué quieres que haga? Yo no mando aquí.
—Tú eres su hija. Él te escucha. Tienes que decirle que abra la compuerta. Ahora. Antes de que lleguen.
—No va a querer. Dice que es su agua. Que él pagó la concesión.
—Dile que Toñito murió hoy. Dile que si corre sangre esta noche, va a ser sobre su pasto. Dile… dile que el agua no tiene dueño cuando la gente se muere.
Me miró a los ojos. Vi el miedo, pero también vi aquel recuerdo del pájaro herido.
—Espérame aquí —dijo.

Regresó corriendo a la terraza. La vi hablar con su padre. Vi a Don Braulio manotear, negar con la cabeza, señalar hacia afuera. Regina gritó. Nunca la había visto gritar. Señaló hacia el pueblo, hacia las antorchas que ya estaban a medio cerro. Don Braulio se quedó quieto. Miró hacia la oscuridad. Se apagó la música.

CAPÍTULO 5: EL ENCUENTRO EN LA PRESA

No esperé. Corrí hacia el portón principal. Tenía que interceptar al Caimán antes de que empezaran los disparos.
Los guardias estaban nerviosos, cortando cartucho detrás de las rejas.
—¡Atrás! —me gritaron cuando me vieron salir de los arbustos—. ¡Te vuelo la cabeza, cabrón!
—¡No disparen! —grité, levantando las manos—. ¡Soy del pueblo! ¡Vengo a hablar con ellos!

Salí por un hueco en la reja que usaban los jardineros. Corrí cuesta abajo hasta toparme con la marcha.
Eran como cincuenta hombres. Traían machetes, palos, piedras y botellas con gasolina. El Rolas iba al frente, con los ojos inyectados de humo y coraje. El Caimán traía una escopeta vieja.
—¡Chuy! —gritó el Rolas—. ¡Quítate!
—¡Párense! —les grité, abriendo los brazos—. ¡No sigan!
—¡Se acabó el tiempo de hablar, carpintero! —bramó el Caimán—. ¡Ese gordo nos robó el agua y la vamos a recuperar!
—¡Ahí arriba hay rifles automáticos! —les dije—. ¡No van a llegar ni a la puerta! ¡Nos van a masacrar!
—¡Prefiero morir de un plomazo que de sed! —gritó alguien atrás.
—¡Toñito no murió para que ustedes mueran también! —grité con todas mis fuerzas. El nombre del niño hizo que algunos bajaran las armas un poco—. ¡Toñito murió porque le faltó agua, no porque le sobrara plomo! ¡Si entran ahí, van a matar a gente inocente también! ¡A las cocineras, a los jardineros, que son raza como nosotros!

El Caimán me apuntó con la escopeta.
—Te estás poniendo del lado del patrón, Chuy. Eso se paga caro.
Sentí el frío del cañón, aunque estaba a cinco metros. Tuve miedo. Un miedo líquido que me recorrió las piernas. Pero me acordé de mi papá: “Justicia no es venganza”.
—No estoy de su lado —dije, mirándolo a los ojos—. Estoy de su lado —señalé a los hombres—. Si suben, pierden. Aunque ganen, pierden. Porque el agua con sangre no quita la sed, la envenena.

En ese momento de tensión, donde un suspiro podía disparar un gatillo, se oyó un ruido.
Un ruido sordo, profundo.
Glug-glug-glug.
Venía del cauce seco del arroyo, a nuestra derecha.
Todos voltearon.
Primero fue un hilo de espuma sucia. Luego un chorro. Y luego, un torrente. El agua bajaba con fuerza, arrastrando ramas, piedras y polvo. Agua café, revuelta, pero agua. Mucha agua.

Se oyó un grito colectivo. Pero no de guerra. De asombro.
Los hombres corrieron hacia la orilla. El Caimán se quedó solo con su escopeta, mirando cómo su ejército se disolvía ante el milagro.
El Rolas tiró el machete y se metió al agua con todo y zapatos. Se hincó y se echó agua en la cara, riendo y llorando al mismo tiempo.
—¡Agua! —gritaba—. ¡Es agua, cabrones!

Miré hacia arriba, hacia la casa grande. En la terraza, a lo lejos, se veían dos siluetas pequeñas. Un hombre gordo y una muchacha. Don Braulio había abierto las compuertas.
No sé qué le dijo Regina. No sé si fue miedo a la turba o si, por un segundo, el corazón de piedra del cacique se ablandó. Pero el agua corría.

CAPÍTULO 6: EL SABOR DEL LODO

La fiesta en el río duró toda la noche. La gente llenó tambos, cubetas, ollas. Bebían, se mojaban, celebraban como si hubiéramos ganado el mundial. El Caimán desapareció en la oscuridad; sin conflicto, su poder se evaporaba.

Yo me senté en una piedra, mojado hasta los huesos, viendo correr el arroyo. Mi papá llegó un rato después. Traía dos vasos de plástico. Se sentó a mi lado. Llenó los vasos con el agua del río, que ya empezaba a aclararse un poco, aunque seguía sabiendo a tierra.
—Salud —dijo.
Chocamos los vasos. Bebí. Sabía a lodo, a raíces, a victoria.
—Me contaron que te vieron salir de La Hacienda —dijo Chepe, sin mirarme—. Que brincaste la barda.
—Alguien tenía que pedirlo por las buenas antes de que lo tomaran por las malas.
—Pudieron matarte.
—Sí.
—Pero no lo hicieron. Y evitaste una matanza.
Me miró y vi en sus ojos algo que nunca había visto. No era solo orgullo de padre. Era respeto. Respeto de hombre a hombre.
—Hoy aprendiste algo importante, Chuy.
—¿Qué?
—Que el poder no siempre está en el arma. A veces está en la palabra justa dicha en el momento exacto. Y que hasta el corazón más duro tiene una grieta por donde le entra la luz… o el miedo.

Me quedé callado, mirando el agua. Pensé en Regina. Pensé en el Caimán. Pensé en la delgada línea que separa al monstruo del héroe.
—Apá —dije—. El agua calmó la sed hoy. Pero mañana volveremos a tener sed. Y el año que viene habrá otra sequía. Y Don Braulio volverá a cerrar la llave.
—Seguramente.
—Entonces, esto no se acabó.
—No. La lucha por la justicia nunca se acaba, mijo. Es de todos los días. Como comer. Como beber.
Se levantó y se sacudió el pantalón.
—Pero por hoy, nadie murió. Y eso basta. Vámonos a dormir. Mañana hay que ayudar a limpiar el lodo de las casas.

CAPÍTULO 7: EL AGUA VIVA

Esa experiencia me cambió. Dejé de ser el niño que solo observaba las injusticias y empecé a entender que mi papel no era solo verlas, sino meterme en medio de ellas. Entendí que la paz no es la ausencia de conflicto; la paz es la presencia de justicia. Y que a veces, para traer la paz, tienes que saltarte una barda llena de alambres de púas y hablar con el enemigo.

Años después, mucho años después, cuando estaba sentado junto a otro pozo, muy lejos de San Nazario, en tierras de Samaria, y le pedí agua a una mujer que también era marginada, me acordé de esa noche.
Me acordé del sabor del lodo. Me acordé de la sed que te quema el alma.
Y entendí por qué tenía que ofrecer algo más que agua de pozo.
“El que beba de esta agua volverá a tener sed”, le dije a la samaritana. Y me acordé de mi pueblo, de la sequía cíclica, de la sed infinita del ser humano por algo que no se evapore con el sol.
“Pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”.

Porque el agua que yo descubrí esa noche en San Nazario no fue la que salió de la presa de Don Braulio. Fue la que brotó de la compasión, de la valentía, de la fe en que incluso en el desierto más seco, si golpeas la roca correcta con la verdad, la vida se abre paso.

Y esa es un agua que ningún cacique puede embotellar.

[FIN DE LA HISTORIA PARALELA]

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

© 2026 News - WordPress Theme by WPEnjoy