La historia de cómo, en nuestro tercer aniversario, encontré a mi esposo con mi mejor amiga en nuestra cama, y después de que le rompí la nariz a ella, él me fracturó la pierna y me encerró en una bodega. Lo que no sabía es que con una sola llamada, desataría el poder de mi padre, un hombre que puede hacer temblar a todo el país. Esta no es una historia de desamor, es la historia de mi venganza.

PARTE 1

Capítulo 1

Después de que le rompí la nariz a la amante de mi esposo, él me fracturó la pierna y me encerró en la bodega.

Así que llamé a mi padre.

—Papá —le dije con un hilo de voz apenas audible—, no dejes a nadie de pie en esa familia.

Era nuestro tercer aniversario de bodas. Una fecha que, hasta esa mañana, yo había considerado sagrada. Quería darle una sorpresa a Alejandro. Él creía que yo estaba atrapada en juntas y eventos del Fashion Week de la Ciudad de México, pero había movido cielo, mar y tierra para terminar mis compromisos antes. Quería una cena romántica, una noche solo para nosotros, para recordarnos por qué nos habíamos elegido. Qué ilusa.

Cuando la puerta de nuestro penthouse en el corazón de Polanco se abrió, el sonido de mis tacones resonó con un eco agudo y seco sobre el mármol italiano que cubría el suelo. El lugar estaba en silencio, un silencio pesado y antinatural. Dejé mi bolso sobre la consola de la entrada, junto a un arreglo de orquídeas que parecía marchitarse ante la atmósfera. Fue entonces cuando lo vi. Un par de medias de seda negras, abandonadas como la piel de una serpiente junto al sofá. Unos metros más allá, un costoso sujetador de encaje.

El rastro de prendas femeninas, que claramente no eran mías, subía por la gran escalera curva que llevaba al segundo piso. Directo a nuestra habitación.

Mi corazón, que segundos antes latía con la emoción de la sorpresa, comenzó a golpear mi pecho con una violencia brutal. Sentí cómo un sudor frío me recorría la nuca y las palmas de las manos. Aun así, en un acto de negación desesperada, una parte estúpida de mí se aferró a un hilo de esperanza. “Quizás es de la chica de la limpieza, se le cayó algo”, me dije. Una mentira tan frágil como el cristal.

Esa esperanza se hizo añicos, se pulverizó hasta convertirse en polvo, en el preciso instante en que escuché los gemidos. Unos gemidos que conocía, pero que nunca había escuchado dirigidos a mí con tanta urgencia.

—Alejandro, mi amor, ¿y si tu esposa regresa de repente?

Era la voz de Clara. Mi mejor amiga desde la universidad. La madrina de mi boda. La voz era asquerosamente dulce, empalagosa, como un veneno cubierto de miel.

—No te preocupes, nena —la respuesta de Alejandro llegó entrecortada, ahogada en una pasión que yo jamás había provocado en él—. Sofía está en un evento en el centro hasta mañana. Tenemos tiempo de sobra.

Hizo una pausa, y luego añadió con una crueldad que me heló la sangre.

—Y aunque volviera, ¿qué podría hacer? No es más que una diseñadora del montón que vive de mi dinero. Una becada con suerte.

Me quedé paralizada fuera de la puerta, temblando de pies a cabeza, no de frío, sino de una rabia pura y visceral. Clara. Mi confidente, mi hermana. Acostándose con mi esposo, en mi cama, en mi casa. Mis últimos tres años, mi dedicación, mi amor, mi apoyo incondicional cuando él no era nadie y su constructora era solo un sueño en un papel, todo reducido a la descripción de una “aparecida”.

Mi paciencia se quebró. Explotó como una bomba de tiempo.

Con toda la fuerza que la furia me dio, empujé la puerta. El golpe contra la pared resonó como un disparo. La imagen que me recibió fue una bofetada. Dos cuerpos pálidos, sudorosos y enredados en mis sábanas de seda egipcia. El olor a sexo y a traición llenaba el aire.

—¡Sofía! —El grito de Alejandro fue de puro pánico. Se quitó de encima a Clara con la torpeza de un animal asustado.

Clara chilló, cubriéndose con la sábana, pero mientras lo hacía, vi una sonrisa de suficiencia, de triunfo, jugar en sus labios. No había arrepentimiento en su mirada, solo desafío.

—Sofía, escúchame. Esto no es lo que parece…

—¡Cállate! —Mi voz no sonó como la mía. Fue un rugido.

Antes de que pudiera procesarlo, mi mano se estrelló contra su cara. El sonido fue sordo y satisfactorio. La cabeza de Clara se giró con violencia, y su nariz, esa nariz perfecta producto de un cirujano carísimo de Bosques de las Lomas, se torció en un ángulo grotesco. Un hilo de sangre comenzó a brotar de la comisura de sus labios.

—¡Sofía! ¿Estás loca?

Alejandro, ya recuperado del shock inicial, saltó de la cama. Estaba desnudo, vulnerable, pero sus ojos ardían de ira. Antes de que pudiera reaccionar, su puño se hundió en mi estómago. El aire abandonó mis pulmones en una exhalación dolorosa. Me doblé, luchando por respirar, pero levanté la cabeza para fulminarlo con la mirada. Las lágrimas de dolor y rabia me quemaban los ojos.

—Alej. ¿Cómo pudiste? —fue lo único que pude susurrar.

—¿Cómo pude yo? —Me agarró del pelo, tirando con una fuerza brutal hasta que sentí que me arrancaba el cuero cabelludo—. ¿Quién carajos te crees que eres? ¡Una simple diseñadora! ¡Casarte conmigo fue lo mejor que le pudo pasar a tu miserable familia! ¿Cómo te atreves a tocar a Clara? ¡Su padre es el dueño del Grupo Valdés!

Me reí. Una risa seca, rota.

—Ah, ya entiendo. Me engañaste porque su familia es más poderosa. ¿Se te olvida quién pagaba la renta de tu primer cuchitril en la Condesa cuando tu “constructora” era solo un chiste? ¿Quién diseñó tu logo, tu marca, quién te presentó a tus primeros clientes?

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA!

En un arrebato de furia ciega, me empujó.

Con la fuerza del impulso y el desequilibrio de los tacones, perdí el balance. Caí hacia atrás, hacia el vacío de las escaleras. Mi cuerpo rodó, golpeando cada escalón de mármol como si fuera un saco de patatas. El golpe final fue contra un pilar de cantera que adornaba la base de la escalera. Mi pierna derecha se estrelló contra él.

Escuché un crujido. Un sonido obsceno, antinatural, como una rama seca partiéndose en dos.

Inmediatamente después, un dolor cegador, blanco y absoluto, explotó desde mi pierna y recorrió todo mi cuerpo. Mi visión se tiñó de negro por un segundo. Grité, o creo que lo hice. El mundo se convirtió en una sinfonía de dolor.

—Deja tu drama y levántate —la voz de Alejandro llegó desde arriba, distante y cruel.

Lo vi bajar, ya con unos bóxers puestos. Se acercó y, sin una pizca de remordimiento, pateó mi pierna rota.

El grito que salió de mi garganta fue animal. Un sudor helado me empapó la espalda por completo. El dolor era una criatura viva, devorándome desde dentro.

—Alejandro, por Dios, creo que sí se la rompiste —la voz de Clara sonaba asustada. Bajó corriendo, envuelta en una de mis batas de seda. Al ver el ángulo imposible de mi pierna, su rostro se volvió del color del papel.

—Maldita sea, qué fastidio —masculló Alejandro, mirándome como si yo fuera un estorbo, un problema que solucionar.

Sin ninguna delicadeza, me agarró de los brazos y comenzó a arrastrarme por el suelo de mármol. Mi cabeza rebotaba contra el piso frío. Me arrastró más allá de la cocina de lujo, pasando por el cuarto de servicio, hasta llegar a una pequeña puerta de acero al fondo de un pasillo. La bodega.

—Métela ahí para que aprenda una lección —le dijo a Clara, quien lo miraba horrorizada—. Necesita entender cuál es su lugar en esta casa.

Estaba a punto de desmayarme, pero me mordí el labio con tanta fuerza que probé el sabor metálico de mi propia sangre. No le daría la satisfacción de escucharme suplicar.

Me arrojó dentro de la bodega como a un saco de basura. El lugar era húmedo, oscuro y olía a polvo y encierro. Mientras caía al suelo de cemento, escuché a Alejandro gritarle a una de las empleadas que había aparecido, atraída por el escándalo.

—¡A esta no se le da ni agua ni comida en 24 horas! ¡Que se quede ahí y piense bien las cosas!

La pesada puerta de acero se cerró con un estruendo metálico y final. La oscuridad me devoró por completo, y el dolor se convirtió en mi único compañero.

Capítulo 2

Me acurruqué en un rincón, temblando incontrolablemente. Mi pierna derecha era una masa hinchada e irreconocible que latía con un dolor tan agudo que me robaba el aliento. Cada segundo en esa oscuridad asfixiante se sentía como una eternidad. El frío del suelo de cemento se filtraba a través de mi vestido de diseñador, ahora sucio y arrugado. Afuera, los sonidos de mi propia casa —los murmullos, los pasos apresurados, el motor de un coche arrancando— se sentían como si vinieran de otro mundo, un mundo al que yo ya no pertenecía.

Perdí la noción del tiempo. ¿Habían pasado minutos u horas? El dolor era un océano negro en el que me ahogaba. En un momento de lucidez, recordé el teléfono. Con la mano temblorosa, tanteé el bolsillo de mi vestido. Mis dedos, torpes y fríos, rozaron el metal liso del aparato. Milagrosamente, la caída no lo había destruido.

Lo saqué, y la luz de la pantalla fue como un sol en miniatura en medio de la negrura. Me lastimaba los ojos. Deslicé el dedo para desbloquearlo, ignorando las notificaciones de Instagram y los correos de trabajo que ahora parecían ridículamente triviales. Fui a mis contactos. Mi lista era larga: clientes, diseñadores, amigos… no, esos ya no. Seguí bajando, más allá de los nombres familiares, hasta el final.

Allí estaba. Un contacto que no había tocado en veinte años. Un fantasma en mi agenda digital. El nombre guardado era una sola palabra, escueta y poderosa: “Papá”.

Mi dedo tembló sobre el botón de llamar. Un torbellino de emociones me invadió. Miedo, vergüenza, y el recuerdo de la promesa que le hice a mi madre en su lecho de muerte. “Aléjate de él, Sofía. Vive una vida normal”. ¿Qué era una vida normal? ¿Esto? ¿Estar rota y encerrada en una bodega por el hombre que juró amarme? La nobleza de mi promesa se sentía como una estupidez ahora.

Presioné el botón.

Un timbre. Dos timbres. Tres. Justo cuando pensaba que no contestaría, la llamada se conectó. Una voz profunda, resonante y con un inconfundible acento de poder, respondió.

—¿Quién habla?

Se me formó un nudo en la garganta. Intenté hablar, pero solo salió un graznido. Tragué saliva, luchando contra el dolor y las lágrimas.

—Papá… —mi voz fue un susurro ronco, apenas reconocible—. Soy yo. Sofía.

Silencio. Unos segundos de silencio absoluto al otro lado de la línea. Podía imaginarlo, en algún despacho lujoso, frunciendo el ceño. Luego, escuché un ruido violento, el sonido de una silla pesada siendo arrojada contra el suelo, seguido de su voz, ahora transformada por el pánico.

—¡Sofía! ¿Dónde estás? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente brotaron, calientes y amargas.

—Mi esposo… me rompió la pierna —cada palabra era como tragar cristales rotos—. Y me encerró en la bodega. Papá… ayúdame.

—Mándame la dirección. Ahora mismo. Llego en diez minutos.

Antes de que colgara, lo escuché gritar órdenes con una furia helada que atravesó el teléfono. “¡Preparen los coches! ¡Ahora! ¡Quiero a todos listos!”.

Con la mano temblorosa, abrí la aplicación de mapas y envié mi ubicación. Luego, dejé caer el teléfono y empecé a reír. Una risa histérica, demencial, que se mezclaba con mis sollozos. Las lágrimas me corrían por la cara.

El tonto de Alejandro. El estúpido y arrogante Alejandro creía que me había casado con él por su dinero. Creía que yo era una simple diseñadora de una familia de clase media venida a menos. Nunca, en sus sueños más salvajes, se imaginó quién era mi padre.

Mi madre solo me lo había revelado en su lecho de muerte. Mi padre era Don Vicente Moretti. Para el mundo, un empresario multimillonario y esquivo. Para el inframundo, para los políticos, para la gente que realmente movía los hilos de este país, él era “El Don”, la cabeza de “El Consorcio”, un sindicato poderoso que no solo controlaba la Ciudad de México, sino gran parte de los negocios oscuros de la nación.

Mi madre, queriendo una vida lejos de ese mundo para mí, lo había dejado y me había criado sola. Y yo, respetando sus últimos deseos, había jurado vivir una vida libre de la sombra de mi familia. Ni siquiera le había contado a mi padre sobre mi boda. Me había esforzado tanto por ser “normal”. ¿Y de qué había servido toda esa nobleza ahora?

No habían pasado ni diez minutos.

Escuché pasos apresurados en el piso de arriba. Luego, el sonido inequívoco de una lucha. Gritos ahogados. Golpes secos. Y de repente, un estruendo ensordecedor.

La puerta de acero de la bodega fue arrancada de sus goznes de una sola patada.

La luz del pasillo me cegó. En el umbral se recortaba la silueta de un hombre enorme, vestido con un traje negro impecable. Se acercó rápidamente.

—Señorita Sofía, mi nombre es Lucas. El Don me envió a buscarla.

Se arrodilló a mi lado, su rostro impasible se transformó al examinar mi pierna. Una mueca de rabia endureció sus facciones.

—Hijos de puta…

Mientras Lucas me levantaba en sus brazos con una gentileza sorprendente, vi a dos guardaespaldas inconscientes cerca de la puerta. Eran los hombres de Alejandro, los que se suponía que debían vigilarme.

Al subir las escaleras, la escena en la sala era surrealista. Alejandro y Clara estaban de rodillas en el suelo, sometidos por otros hombres de traje negro. Sus rostros eran máscaras de puro terror.

—¡Sofía! ¿Quiénes son ellos? ¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Alejandro, luchando inútilmente.

Apoyada débilmente en el hombro de Lucas, le dediqué una sonrisa ensangrentada.

—Déjame presentarte, mi amor. Él es Lucas, la mano derecha de mi padre. Y en cuanto a quién es mi padre… lo descubrirás muy pronto, Alejandro.

Mientras Lucas me llevaba hacia una limusina negra blindada que esperaba afuera, con la puerta abierta, escuché el grito histérico de Clara.

—¡Imposible! ¡El padre de Sofía murió hace años!

Dentro del coche, un hombre de mediana edad con el pelo canoso y ojos penetrantes esperaba ansiosamente. Cuando vio mi estado lamentable, un brillo asesino destelló en su mirada. Era mi padre.

—Sofía… —Su voz tembló—. A esos animales les romperé las piernas. A todos ellos. Y a la familia Valdés… —su voz se volvió tan fría como el hielo—, no dejes a nadie de pie.

Mi nueva vida, una forjada en el fuego de la traición y la venganza, acababa de comenzar.

Capítulo 3

El viaje al hospital fue una extraña mezcla de agonía y un lujo que nunca había experimentado. Cada bache en el asfalto de la Ciudad de México enviaba una ola de fuego líquido desde mi pierna destrozada hasta la base de mi cráneo. Sin embargo, estaba recostada sobre el cuero más suave que jamás había sentido, en el interior silencioso y blindado de la limusina de mi padre. El olor a poder, a tabaco caro y a una autoridad incuestionable, lo impregnaba todo. Era el olor de mi infancia, un aroma que había intentado olvidar durante dos décadas.

Mi padre no dijo nada durante los primeros minutos. Solo sostenía mi mano, su pulgar trazando círculos suaves sobre mis nudillos. Su toque era áspero, el de un hombre que no estaba acostumbrado a la ternura, pero había una calidez en él que me anclaba, que me impedía disolverme en el dolor y la humillación. Sus ojos, afilados como cuchillas, no se apartaban de mi rostro.

—Cuéntamelo todo, Sofía —dijo al fin, su voz era un murmullo bajo y peligroso—. Desde el principio. No omitas un solo detalle.

Y así lo hice. Con la voz rota, entre jadeos de dolor, le conté sobre la sorpresa arruinada, la lencería de Clara esparcida por la sala como confeti de una fiesta a la que no fui invitada, las palabras crueles de Alejandro que escuché a través de la puerta. Le describí la sonrisa triunfante de Clara, el golpe en mi estómago, la brutalidad con la que Alejandro me arrastró del cabello. Cuando llegué a la parte en que me empujó por las escaleras y pateó mi pierna ya rota, la mano de mi padre se apretó sobre la mía con una fuerza que casi me hace gritar de nuevo, pero por una razón diferente.

Vi cómo una vena se marcaba en su sien. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía tallada en granito.

—Tu madre… —murmuró, y por primera vez vi una grieta en su armadura de acero—. Ella quería protegerte de este mundo. Insistió en una vida normal para ti. Y mira a dónde te ha llevado esa ‘normalidad’. A las manos de un animal que se atrevió a ponerte una mano encima.

Se inclinó y recogió un teléfono satelital de un compartimiento oculto. Marcó un número.

—Quiero un informe completo de dos personas —su voz era puro hielo—. Alejandro Blackwood y Clara Valdés. Quiero saber hasta el último peso que han robado, cada llamada que han hecho, cada negocio sucio en el que han metido las narices. Quiero saber si desayunan huevos o fruta. No dejen piedra sin remover. Tienen una hora.

Colgó y me miró. —¿Por qué nunca llamaste, hija? Después de que tu madre se fue… nunca dejé de buscarte.

—Mamá no quería que me involucrara en… en El Consorcio —respondí suavemente, el nombre sonaba extraño en mis labios—. Fui a la universidad, conseguí un buen trabajo. Creí que podía tener una vida normal, una vida propia. Creí que estaba enamorada.

Una mueca de profundo desprecio torció los labios de mi padre.

—¿Y te casaste con un cobarde que te rompe la pierna por una cualquiera? Eso no es amor, Sofía. Eso es una jaula. Pero todas las jaulas se pueden abrir. Y la suya… la vamos a hacer pedazos.

Llegamos no a la entrada principal del Hospital Ángeles del Pedregal, sino a un acceso privado subterráneo donde un equipo de médicos, liderado por un hombre mayor de bata impecable, ya nos esperaba.

—Don Vicente —dijo el médico, inclinando la cabeza con respeto—. Dr. Herrera, a sus órdenes. El quirófano está listo.

El Dr. Herrera, el mejor cirujano ortopédico del país, empujó personalmente mi camilla. Mi padre caminó a mi lado, sin soltar mi mano, hasta las puertas dobles del quirófano. Justo antes de que se abrieran, se inclinó y besó mi frente.

—Cuando despiertes, Sofía, el mundo será un lugar diferente para ellos. Te lo juro por la memoria de tu madre.

Mientras la anestesia comenzaba a arrastrarme a la inconsciencia, mi último pensamiento no fue de miedo, sino de una fría y deliciosa anticipación. La venganza tenía un rostro, y estaba a punto de conocer el mío.


Desperté al silencio. No el silencio opresivo de la bodega, sino la calma absoluta de un lujo diseñado para aislar del mundo exterior. Estaba en una suite que hacía que las habitaciones del St. Regis parecieran modestas. A través de un ventanal panorámico que ocupaba toda una pared, la Ciudad de México se extendía a mis pies como una alfombra de luces parpadeantes. Mi pierna derecha, elevada y cubierta por una escayola blanca e inmaculada, descansaba sobre un montón de almohadas de seda.

Mi padre estaba sentado en un sofá de cuero junto a la ventana, leyendo unos documentos bajo la luz de una lámpara de diseño. Su perfil, recortado contra el paisaje nocturno, era el de un depredador en reposo: frío, duro, calculador.

—Papá —llamé, mi voz era un susurro débil.

Dejó los papeles al instante y se acercó a la cama. Sus ojos me examinaron con una preocupación genuina.

—¿Cómo te sientes? El doctor dijo que la operación fue un éxito, pero que necesitarás reposo absoluto por lo menos dos meses.

—Gracias —dudé un momento, y luego hice la pregunta que me quemaba por dentro—. ¿Y Alejandro? ¿Clara?

Una chispa letal cruzó la mirada de mi padre.

—Lucas se encargó de ellos —dijo con simpleza—. Ese bastardo de tu esposo y su amante recibieron una visita. Creían que eran unos matones de esquina. Tuvo el descaro de amenazar con demandarnos mientras se orinaba en los pantalones. Lucas me informó que no paraba de llorar, creía que lo iban a llevar a un terreno baldío en el Ajusco para darle un ‘paseo’. Patético.

Me reí, pero el movimiento hizo que una punzada de dolor recorriera mi cuerpo, convirtiendo la risa en una mueca. El pobre e iluso Alejandro. No tenía la menor idea de con quién se había metido. El Consorcio no era una banda de criminales; era una vasta organización que controlaba la política y la economía del país desde las sombras. Ni los secretarios de estado se atrevían a contradecir a mi padre.

—Sofía, quiero escuchar tu opinión —dijo, sentándose en el borde de la cama—. Según las reglas del Consorcio, ese bastardo de Alejandro ya debería estar alimentando a los peces en el fondo del Lago de Texcoco.

Cerré los ojos. Por un instante, recordé el día que conocí a Alejandro. Tres años atrás, era un joven emprendedor, lleno de encanto y ambición. Esperó fuera de mi oficina durante un mes, diciendo que solo yo podía diseñar el logo para su naciente empresa. Me dijo que mis diseños tenían alma, que nunca había conocido a una mujer tan especial. Pura basura.

—Quiero que experimente un dolor peor que la muerte —dije, y al abrir los ojos, mi voz salió fría, desprovista de toda emoción anterior—. Morir es rápido, papá. Es un final. Yo no quiero que termine. Quiero que vea cómo todo lo que construyó, todo lo que presume, se convierte en cenizas en sus manos. Quiero que se arrodille en medio de la nada, sabiendo que yo lo destruí.

Me incorporé un poco, ignorando el dolor.

—La familia Blackwood, en la superficie, es un gigante de la construcción. Pero por debajo, construyeron su fortuna con préstamos usureros y desalojos ilegales. Durante tres años, escuché sus llamadas, vi sus reuniones. Sé de los desalojos en la colonia Doctores, de los prestanombres que usan. Él creía que yo era una tonta, una esposa trofeo. Nunca se imaginó que estaba prestando atención.

Una sonrisa de profunda satisfacción se dibujó en el rostro de mi padre. Se metió la mano en el saco y sacó una carpeta.

—Esa es mi hija. Qué oportuno. Mis hombres acaban de descubrir que los Blackwood están apostando todo a la licitación para el nuevo desarrollo inmobiliario de Reforma-Norte. Los documentos de la licitación están inflados. —Pasó las páginas y señaló una—. Y lo más divertido, tu querido esposo desvió cien millones de pesos de los fondos de la empresa para lavarlos en un casino clandestino. Aún no ha cubierto ese agujero.

Tomé los documentos, mi corazón comenzando a latir con un ritmo nuevo y emocionante. Con esta evidencia, podía enviarlo a la cárcel y hacer que las acciones de Constructora Blackwood se desplomaran.

—Papá, necesito tiempo —dije, tomando una profunda respiración—. Fingiré que lo he perdonado. Volveré a su casa y reuniré más pruebas. Quiero destruirlo con mis propias manos.

—Es demasiado peligroso —frunció el ceño mi padre.

—Por favor —le tomé la mano—. Me lo debe a mí. Me lo debo a mí.

Tras un largo silencio, mi padre finalmente asintió.

—De acuerdo. Pero Lucas se quedará a tu lado las 24 horas del día. No te dejará ni a sol ni a sombra.

Presionó un botón junto a la cama, y Lucas entró, silencioso como una sombra.

—De ahora en adelante, mi vida le pertenece a la señorita Sofía —dijo Lucas, arrodillándose junto a la cama y entregándome un teléfono especial, pesado y de aspecto militar—. Señorita, esta es mi línea directa y los contactos de emergencia del Consorcio. Este botón rojo no es para emergencias. Es para declarar la guerra. En menos de tres minutos, tendrá un ejército a su disposición.

Tomé el teléfono. Su peso se sentía como la llave a una nueva vida. En ese preciso instante, como si fuera una escena perfectamente orquestada, Alejandro apareció en la puerta de mi habitación.

Su traje de mil dólares estaba arrugado, tenía ojeras profundas y su rostro era una máscara de terror abyecto. Sostenía un pequeño y patético ramo de claveles.

—Sofía… —su voz tembló—. No sabía que tu padre era… Don Vicente Moretti.

Compuse mi rostro en una sonrisa cansada pero indulgente. La mejor actuación de mi vida.

—Yo también me equivoqué, Alejandro. No debí golpear a Clara.

Como si hubiera encontrado un salvavidas en medio de un naufragio, Alejandro corrió hacia la cama.

—¡Sofía, me perdonas! Estaba fuera de mí. Clara me sedujo, te juro que nunca volverá a pasar. ¡Te lo prometo!

Al ver su torpe actuación, sentí ganas de vomitar. Pero el espectáculo debía continuar. Desde mi cama, podía ver el reflejo de la lente de una cámara diminuta, escondida en un detector de humo en el techo. Cada palabra falsa, cada lágrima de cocodrilo, estaba siendo grabada.

—Mi padre ya te dio una buena lección. Olvidémoslo —dije con calma—. Cuando salga del hospital, empezaremos de nuevo. ¿De acuerdo?

Alejandro, abrumado por la alegría, asintió repetidamente, tomando mi mano con sus dedos mentirosos. No tenía idea de que, mientras sostenía mi mano, estaba sellando su propio destino. El telón de mi venganza apenas se había levantado.

Capítulo 4

El día de mi alta hospitalaria no fue un evento discreto. Fue una declaración de poder. Mi padre no envió un coche; envió una caravana. Tres Suburbans negras, con vidrios tan oscuros que parecían devorar la luz del sol, esperaban en la entrada privada del hospital. El director del hospital, un hombre que usualmente caminaba con el aire de un pavo real, se inclinó casi hasta el suelo cuando mi padre salió de la camioneta del medio. Las enfermeras susurraban y nos miraban desde las ventanas, sus rostros una mezcla de asombro y miedo.

Mi padre no me ayudó a subir al vehículo. En su lugar, supervisó cómo Lucas, con la precisión de un cirujano, me transfería de la silla de ruedas al asiento trasero de la limusina, asegurándose de que mi pierna enyesada no sufriera el más mínimo movimiento brusco. Antes de cerrar la puerta, mi padre se inclinó.

—La jaula dorada te espera, Sofía —dijo, su voz era un murmullo bajo—. Recuerda, ahora tú tienes las llaves. Haz que se arrepientan de haberte encerrado.

El viaje de regreso al penthouse en Polanco fue el más largo de mi vida. Lucas conducía con una calma imperturbable, mientras otro vehículo blindado nos escoltaba adelante y otro atrás, abriéndose paso en el caótico tráfico de la Ciudad de México con una eficiencia intimidante. El silencio dentro del coche era absoluto, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado.

—El señor Blackwood ha estado… ansioso —dijo Lucas de repente, sus ojos fijos en el espejo retrovisor—. Ha llamado a la oficina del Don seis veces esta mañana. Sus hombres informan que no ha dormido. Ha estado bebiendo.

—Bien —respondí, mi voz sonaba extrañamente ajena, metálica—. Déjalo que se marine en su propio miedo. Es un buen aperitivo para lo que viene.

Lucas asintió levemente, una casi imperceptible señal de aprobación.

Al llegar al edificio, Alejandro ya estaba esperando en la entrada del lobby, flanqueado por sus padres, Victoriao y Leticia Blackwood. Sus sonrisas eran tan falsas y tensas que parecían a punto de romperse. Victoriao, un hombre corpulento con la cara permanentemente enrojecida por el alcohol y la arrogancia, se apresuró a abrir mi puerta.

—¡Sofía, querida! ¡Bienvenida a casa! ¡Estábamos tan preocupados! —exclamó Leticia, una mujer esquelética cubierta de joyas, cuyo perfume caro no lograba ocultar el olor a naftalina de su alma.

Me recibieron como si fuera la realeza perdida y recién encontrada, no la mujer que su hijo había golpeado y encerrado días antes. La hipocresía era tan densa que casi podía tocarla. Lucas me colocó en una silla de ruedas que Alejandro había comprado, y mi “amoroso” esposo comenzó a empujarme hacia el elevador privado, su mano temblando visiblemente sobre el respaldo.

—Si la señorita Sofía sufre siquiera un rasguño —susurró Lucas en el oído de Alejandro, su voz tan baja que solo yo pude oírla, pero con la claridad de una sentencia de muerte—, El Don me ha dado instrucciones personales de usar tus huesos para construir un cenicero.

Alejandro tragó saliva con tanta fuerza que el sonido resonó en el elevador. Empezó a sudar profusamente, y por el resto del camino hasta el penthouse, no se atrevió a mirarme.

Regresar al lugar que había llamado “hogar” me provocó una oleada de náuseas. Cada rincón, cada objeto de arte, cada mueble de diseñador, estaba manchado por la mentira. Especialmente la habitación principal. Aunque Alejandro había sido lo suficientemente inteligente como para cambiar las sábanas y ventilar el cuarto, el aire todavía estaba viciado con el fantasma de su traición. Podía oler a Clara, oler su perfume barato mezclado con el sudor de mi esposo.

—Descansa, Sofía. Debes estar agotada —dijo Alejandro, evitando mis ojos a toda costa.

—Sí, estoy cansada. Sube mis maletas, por favor —ordené, disfrutando del poder en mi voz.

Él obedeció al instante, como un perro entrenado. Mientras subía las escaleras, tropezando con su propio pánico, sus padres se acercaron a mí.

—Mi hijo es un idiota, Sofía —dijo Victoriao, intentando una sonrisa paternal—. Pero te ama. Todos cometemos errores. Lo importante es que la familia permanezca unida, ¿verdad? Y ahora que sabemos… bueno, que tu familia es tan… prominente, es más importante que nunca.

La palabra “familia” en su boca sonaba como una obscenidad.

Cuando Alejandro bajó, visiblemente alterado, me entregó un vaso de agua.

—Toma, mi amor. Para que te hidrates. Yo… tengo que ir a la oficina. Surgió algo urgentísimo, una junta que no puedo posponer.

—Claro, cariño —sonreí, una sonrisa dulce como el veneno—. El trabajo no espera. Pero vuelve pronto, te extrañaré.

Observé cómo prácticamente huía del departamento. En cuanto escuché la puerta cerrarse, rodé en mi silla de ruedas hasta la maceta de una orquídea moribunda y vacié el contenido del vaso en la tierra. No confiaría en él ni para darme un vaso de agua. El veneno podía venir de muchas formas.

Lucas, que había permanecido en silencio junto a la puerta principal como una estatua de granito, se acercó.

—¿Señorita?

—Es hora de trabajar, Lucas. Trae mi maletín.

Abrió mi laptop sobre la mesa de centro de la sala y me entregó un teléfono desechable y una unidad de memoria encriptada.

—Línea segura y almacenamiento imposible de rastrear. Órdenes del Don.

Asentí. Como la esposa de Alejandro, conocía las contraseñas de todos sus dispositivos, sus cuentas bancarias, sus correos electrónicos. Él, en su arrogancia, nunca pensó en cambiarlas. Creía que yo era demasiado estúpida o demasiado enamorada para usarlas en su contra.

Acceder a su cuenta en la nube fue un juego de niños.

Durante la siguiente hora, me sumergí en la sórdida alcantarilla digital que era la vida secreta de mi esposo. Creé carpetas en la unidad encriptada: “INFIDELIDAD”, “FRAUDE”, “LAVADO DE DINERO”, “TRAICIÓN”.

Encontré de todo. Reservaciones de hoteles de fin de semana en Valle de Bravo y San Miguel de Allende a nombre de Clara. Transferencias bancarias por sumas exorbitantes a sus cuentas, etiquetadas como “regalo” o “apoyo”. Recibos de bolsas de Chanel y joyas de Cartier que yo nunca vi. Y luego, los videos. Decenas de videos, grabados por él mismo, tan explícitos que me hicieron sentir sucia solo por verlos. No solo con Clara, sino con al menos otras tres mujeres. Modelos, asistentes, la hija de un socio comercial. Era un depravado.

Sonreí con frialdad mientras guardaba cada archivo, cada prueba, cada pedazo de su mugre. Estaba construyendo su ataúd, clavo por clavo.

Justo entonces, una notificación de un nuevo mensaje apareció en la pantalla de su computadora, sincronizada con su teléfono. Era de un número guardado como “Mi Reina 👑”. Clara.

El mensaje era una daga directa a lo que quedaba de mi corazón herido.

“La pendeja se lo creyó todo. Me llamó llorando para disculparse por lo de la nariz. Jajaja. ¿Ves? Te dije que la tenías comiendo de tu mano. Voy para nuestro nido, mi rey. Te extraño tanto, bebé.”

Leí el mensaje una, dos, tres veces. La ira que sentí fue tan fría y pura que me aclaró la mente por completo. Alejandro. Mi Alejandro. Ni siquiera había podido esperar tres días. Mientras me suplicaba perdón en el hospital, ya estaba planeando su siguiente encuentro con ella.

Muy bien. Eso lo hacía todo mucho más fácil.

Levanté el teléfono seguro que Lucas me había dado y marqué el único número en la memoria. Mi padre contestó al primer timbre.

—Papá, es hora —dije, mi voz firme como el acero—. Quiero que empieces a comprar acciones de Constructora Blackwood. De forma silenciosa, a través de empresas fantasma. Que nadie, absolutamente nadie, sepa que somos nosotros. Compra todo lo que puedas.

Hubo una pausa al otro lado, y luego la voz de mi padre, llena de un orgullo oscuro y profundo.

—Considera hecho. ¿Cuál es el siguiente paso, jefa?

Colgué el teléfono y miré la luz del sol que se filtraba por los ventanales. Solía creer que el amor lo era todo. Había atenuado mi propia luz, había renunciado a partes de mí misma para ser la sombra perfecta de Alejandro, la esposa solidaria que aplaudía desde la barrera. Creía que esa era mi función.

Esa Sofía, la ingenua, la que perdonaba, la que creía en los cuentos de hadas, se había roto en mil pedazos junto con el hueso de su pierna.

El dolor en mi pierna era un recordatorio constante, un ancla a mi nueva realidad. De ahora en adelante, el mundo entendería muy claramente cuál era el precio de meterse con la hija de Don Vicente Moretti. Esa Sofía estaba muerta, enterrada bajo los escombros de un matrimonio falso. Y de sus cenizas, la hija del Don estaba lista para quemar su mundo hasta los cimientos.

Capítulo 5

Las dos semanas siguientes a mi regreso a casa fueron una obra de teatro magistral, y yo era la actriz principal, la guionista y la directora. Cada mañana, interpretaba el papel de la esposa arrepentida y amorosa. Desayunaba con Alejandro, le preguntaba por su día, le ajustaba el nudo de la corbata antes de que se fuera, todo bajo la atenta y silenciosa mirada de Lucas, quien siempre estaba presente, una sombra protectora que recordaba a Alejandro que su vida pendía de un hilo muy delgado.

—¿Te gustaría que fuéramos a cenar al Contramar este fin de semana, mi amor? —me preguntó Alejandro una mañana, su voz cargada de una esperanza patética. Me servía jugo de naranja como si fuera el sirviente más devoto—. Podríamos… podríamos intentar volver a la normalidad.

—Me encantaría, cariño —respondí, dándole una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Pero el doctor dijo que debo guardar reposo. Quizás en unas semanas. No quiero ser una molestia con esta pierna.

Mi pierna. La muleta de metal finamente elaborada que ahora usaba era mi recordatorio constante, mi combustible. Cada vez que me apoyaba en ella, sentía el eco del dolor, el fantasma del crujido de mi hueso, y mi determinación se afilaba. Alejandro, por su parte, evitaba mirarla. Para él, era el recordatorio de su error, el símbolo del poder que ahora me respaldaba.

Mientras él jugaba a ser el esposo modelo, yo trabajaba en las sombras. Cada noche, cuando él dormía (un sueño intranquilo, lleno de pesadillas, según me informaba Lucas), yo me encerraba en el estudio. Con la ayuda de los contactos de mi padre, había adquirido, a través de una red de empresas fantasma en paraísos fiscales, el 3% de las acciones de Constructora Blackwood. Además, había establecido contacto con dos accionistas minoritarios, viejos enemigos de Victoriao Blackwood, quienes estaban más que dispuestos a venderme su 8% combinado cuando llegara el momento adecuado. La red se estaba tejiendo.

La noche antes del aniversario de la fundación de la empresa, el teléfono seguro vibró. Era un mensaje de mi padre.

“Mateo Reed ha llegado a la ciudad. Asistirá a la fiesta de mañana como mi representante. Es el mejor en lo que hace. Confía en él. Te llevará lo que necesitas para el siguiente acto.”

Una esquina de mi boca se curvó en una sonrisa. Mateo Reed. El hijo de un viejo amigo de mi padre, un genio financiero formado en las entrañas de Wall Street y el cerebro detrás de todas las inversiones legales y legítimas del Consorcio. Con su ayuda, mi plan no solo funcionaría; sería una obra de arte de la destrucción corporativa.

Aquella tarde, me preparé para la guerra. Lucas entró en mi vestidor, donde yo estaba frente a un espejo de cuerpo entero, con una docena de vestidos de alta costura esparcidos a mi alrededor.

—Señorita Sofía, ¿está segura de esto? —preguntó Lucas, su rostro normalmente impasible mostraba un atisbo de preocupación—. La prensa estará ahí. Todos los enemigos de su padre… y de los Blackwood. Será un nido de víboras.

Me estaba probando un vestido rojo sangre, de seda, que se adhería a mi cuerpo como una segunda piel. Tenía una abertura lateral alta, que dejaba ver deliberadamente el sofisticado aparato ortopédico de metal que sostenía mi pierna. No era un signo de debilidad, sino una declaración.

—Por supuesto que estoy segura, Lucas —me giré para mirarlo, ajustándome un pendiente de diamantes—. Es la fiesta de aniversario de la empresa de mi esposo. Es nuestro aniversario de bodas. ¿Cómo podría yo, la anfitriona, la esposa amorosa y perdonadora, estar ausente? Sería una grosería.

Lucas comprendió la ironía en mi voz. Dejó de discutir y me entregó una pequeña caja de terciopelo negro.

—El video que solicitó. Ha sido procesado y editado. Calidad 4K. El audio es… impecable.

Deslicé la pequeña unidad USB de plata en mi bolso de mano. El metal frío se sentía como el gatillo de un arma. Estaba lista.


La fiesta de aniversario se celebraba en el Hotel St. Regis de la Ciudad de México, en el gran salón con vistas a Reforma. En el momento en que entré en el salón del brazo de Alejandro, sentí el peso de cientos de miradas sobre mí. El murmullo de la sala se detuvo por un instante, y luego resurgió, más fuerte, como el zumbido de un enjambre de avispas. Curiosidad, sorpresa, pero sobre todo, una anticipación morbosa, como si estuvieran esperando el siguiente acto de un circo de fenómenos. Después de todo, el chisme de que la nuera de un magnate había sorprendido a su marido con su mejor amiga se había extendido como la pólvora por la alta sociedad mexicana.

—Sofía, te ves… deslumbrante esta noche —susurró Alejandro en mi oído. Su aliento cálido en mi cuello me provocó arcadas.

Reprimí mi asco y le dediqué la más dulce de mis sonrisas.

—Es una noche importante, mi amor. No puedo hacerte quedar mal.

Alejandro exhaló un suspiro de alivio. Mi actitud dulce y comprensiva de las últimas dos semanas, y el hecho de que (según él) había convencido a mi padre de perdonarlo, lo habían convencido de que todo estaba olvidado. Qué tonto.

Mis suegros se acercaron, sus rostros cubiertos con sonrisas forzadas que no llegaban a sus ojos muertos. Después de descubrir mi verdadera identidad, la actitud de esta pareja de arribistas había dado un giro de 180 grados.

—¡Querida! ¿Cómo sigue esa pierna? —preguntó Leticia, tocando mi brazo con sus dedos huesudos—. ¡Alejandro ha sido un niño tan tonto! Estamos tan agradecidos por tu comprensión y tu enorme corazón.

—La familia es lo primero, ¿no es así, papá? —le dije a Victoriao, con una dulzura empalagosa.

Él asintió vigorosamente, su papada temblando. —¡Exactamente! ¡La familia! Brindemos por la familia.

Escaneé el salón, lleno de la flor y nata de la sociedad mexicana: políticos corruptos, empresarios evasores de impuestos y sus esposas operadas. Y entonces la vi. Clara. Estaba de pie junto a una pirámide de copas de champán, con un vestido de encaje blanco que la hacía parecer un merengue barato a punto de derretirse. Me lanzaba una mirada llena de resentimiento y veneno. La muy cínica había tenido el descaro de venir.

—Voy a saludar a una vieja amiga —dije, soltando el brazo de Alejandro. Apoyándome ligeramente en mi bastón, que era más un accesorio de poder que una necesidad, me abrí paso entre la multitud.

El rostro de Clara palideció cuando me vio acercarme. Instintivamente, dio un paso atrás.

—Clara. Cuánto tiempo sin verte —dije, mi voz ni demasiado alta ni demasiado baja, justo lo suficiente para que la gente a nuestro alrededor pudiera oír—. El blanco te sienta de maravilla. Te ves igual que cuando interpretaste a ese fantasma en la obra de teatro de la universidad. ¿Recuerdas? La que moría sola y olvidada.

Algunas personas a nuestro alrededor no pudieron evitar soltar una risita. El rostro de Clara pasó del blanco al rojo carmesí.

—Sofía, no seas tan arrogante. Alejandro solo está contigo porque le tiene miedo a tu padre.

—Shhh… —puse un dedo sobre sus labios pintados de rojo—. En un día tan importante, no digamos cosas que arruinen el ambiente. —Me incliné cerca de su oído y susurré, con una voz que solo ella pudo escuchar—: Hay un espectáculo muy divertido preparado para más tarde. Será el evento de la temporada. Intenta no arruinarte el maquillaje cuando llores.

Antes de que pudiera responder, me di la vuelta con elegancia y me encontré cara a cara con un hombre que acababa de llegar. Alto, con un traje azul marino perfectamente entallado y unos ojos que, detrás de sus gafas de montura dorada, brillaban con la inteligencia de un águila. Mateo Reed.

—Señorita Moretti. He oído hablar mucho de usted —dijo, tomando mi mano y depositando un beso formal en el dorso.

—El Don también habla maravillas de usted, señor Reed —sonreí, reconociendo el código.

—Por favor, llámeme Mateo.

—Sofía. Después de la fiesta, ¿tendrá tiempo para hablar de negocios?

—Será un honor —respondió, y en esa simple frase, sellamos nuestra alianza.

Nos separamos. La fiesta comenzó oficialmente. Victoriao subió al escenario para presumir de los logros de Constructora Blackwood, omitiendo convenientemente el agujero de cien millones de pesos en sus finanzas. Yo, sentada en la mesa principal, jugué mi papel a la perfección, manteniendo una sonrisa digna y ajustando ocasionalmente la corbata de mi marido, quien se aferraba a la farsa como a un salvavidas. El escenario estaba listo. Las luces estaban en su punto. El público esperaba. Y yo tenía el guion que cambiaría sus vidas para siempre. La función estaba a punto de comenzar.

Capítulo 6

El clímax de la fiesta llegó justo después de los postres. Victoriao Blackwood, mi suegro, subió al escenario con la confianza de un emperador romano. Su rostro estaba enrojecido por la champaña y la autocomplacencia. Tomó el micrófono y el salón, lleno de los hombres y mujeres más influyentes del país, guardó un silencio respetuoso.

—¡Amigos, familia, colegas! —comenzó, su voz retumbando—. Cincuenta años. Medio siglo construyendo no solo edificios, sino un legado. El legado de la familia Blackwood. Un legado de integridad, trabajo duro y visión.

Escuché en silencio desde la mesa principal, mi copa de champaña intacta en la mano. Alejandro, a mi lado, me apretó la mano bajo la mesa, buscando consuelo, reafirmación. Le devolví el apretón con dedos inertes, mi mente a kilómetros de distancia, preparándose para el golpe.

—Pero ningún legado se construye solo —continuó Victoriao, y entonces sus ojos se posaron en mí—. Y esta noche, quiero agradecer especialmente a mi nuera, Sofía. —Una pausa dramática. Todas las cabezas se giraron en mi dirección—. Todos los matrimonios tienen pruebas. La gente joven comete errores. Pero lo que importa es la capacidad de perdonar, la generosidad de espíritu. Sofía nos ha demostrado a todos que tiene un corazón de oro y la fortaleza de una verdadera Blackwood. ¡Y ahora, un brindis por esta hermosa pareja y por el futuro!

El salón estalló en aplausos. La ironía era tan espesa que casi me ahogo con ella. Bajé la cabeza para ocultar la mueca de desprecio en mis labios. Cuando volví a levantarla, llevaba puesta la máscara de una sonrisa amorosa y conmovida.

Alejandro se inclinó hacia mí, sus ojos brillaban con lágrimas de alivio.

—Sofía, gracias. De verdad. Pasaré el resto de mi vida compensándote por todo. Te lo juro por mi vida.

—No necesitas toda una vida, mi amor —le susurré, y le di una sonrisa enigmática—. Puedes empezar ahora mismo.

Dejándolo con una expresión de confusión, me levanté. Apoyándome con una elegancia deliberada en mi bastón de metal pulido, caminé lentamente hacia el escenario. Cada paso era medido, y el ligero clic metálico de mi aparato ortopédico sobre el mármol era el único sonido que rompía el murmullo de los aplausos que se extinguían.

Tomé el micrófono que el maestro de ceremonias me ofrecía.

—Gracias a todos por venir esta noche. Su presencia significa mucho para nuestra familia —dije, mi voz clara y resonante, llenando cada rincón del salón—. Como esposa de esta familia, y en honor a un aniversario tan especial, he preparado un regalo. Un pequeño video para celebrar… la verdad.

Señalé a Mateo, que estaba discretamente en la parte trasera del salón con su laptop. Las luces principales se atenuaron y una pantalla gigante, que había estado oculta en el techo, descendió lentamente. El rostro de Alejandro se puso rígido. Vi el pánico florecer en sus ojos.

—No, Sofía… por favor… no… —se levantó de su silla y corrió hacia el escenario para detenerme.

Pero Lucas, saliendo de la nada como un fantasma, se interpuso en su camino. No lo tocó. Simplemente se paró frente a él, un muro de traje negro e intenciones letales. Alejandro se congeló, atrapado entre el miedo a mí y el terror a la mano derecha de mi padre.

—Tranquilo, cariño. Solo mira el espectáculo —dije, y presioné el botón del control remoto que tenía en la mano.

En la pantalla de alta definición, apareció la imagen nítida de Alejandro y Clara, revolcándose en mi cama. El audio, capturado por los micrófonos que mi padre había hecho instalar, era explícito, grotesco. En la esquina inferior derecha, un sello de tiempo mostraba la fecha y la hora: el día después de que me rompieran la pierna, mientras yo estaba en el hospital.

Un jadeo colectivo recorrió el salón. Se escuchó el sonido de una copa rompiéndose. Clara, en su rincón, soltó un grito ahogado y corrió hacia la salida, solo para ser bloqueada discretamente por dos hombres de Lucas que parecían parte de la decoración. Mi suegra, Leticia, se llevó una mano al pecho y se desmayó en su silla, su collar de perlas rebotando contra la mesa. Mi suegro, Victoriao, estaba lívido, su rostro de un color purpúreo que no auguraba nada bueno.

—Y eso —dije al micrófono, mi voz gélida cortando el caos—, es solo el comienzo.

Cambié la pantalla.

Aparecieron estados de cuenta bancarios, transferencias, documentos internos.

—Mi esposo, el visionario Alejandro Blackwood, no solo me fue infiel mientras yo me recuperaba de su agresión. También malversó cien millones de pesos de los fondos de la empresa para apostar en casinos clandestinos. Debido a este… pequeño desfalco, el proyecto de Reforma-Norte se ha estancado, dejando a cientos de familias que fueron desalojadas para ese proyecto en la calle, sin compensación y sin hogar.

Cambié de nuevo. Ahora, la pantalla mostraba imágenes de las cámaras de seguridad de un casino, donde se veía a Alejandro intercambiando maletines con conocidos miembros de un cártel local.

Finalmente, reproduje una grabación de audio. La voz de Alejandro, clara y despiadada.

No me importa si alguien muere. ¡Solo limpien ese maldito lugar para mañana! ¡Quiero esas familias fuera!

Un silencio sepulcral, ensordecedor, cayó sobre el salón. Los periodistas, que hasta ahora habían estado tomando fotos discretamente, ahora disparaban sus flashes como si fuera una tormenta eléctrica.

Caminé lentamente hacia el borde del escenario, hacia donde Alejandro estaba parado, ahora un desastre arrugado, sostenido solo por el miedo.

—Durante nuestros tres años de matrimonio, mi trabajo te consiguió siete proyectos importantes. Mis diseños ganaron premios que elevaron las acciones de Constructora Blackwood en un 30% —mi voz era suave, una caricia de seda que cortaba como el acero—. Y a cambio, tú me diste traición, violencia y humillación.

Las piernas de Alejandro cedieron. Se derrumbó de rodillas en el suelo.

—Sofía… estaba equivocado… perdóname… me perdonas, ¿verdad? —sollozó, con el rostro bañado en lágrimas y mocos.

Levanté la voz de repente, dirigiéndome a los invitados atónitos.

—¡Por supuesto que te perdono! ¡Porque soy una esposa que te ama tanto!

El salón se llenó de susurros de nuevo, esta vez de shock e incredulidad. Mi suegro, como si encontrara un salvavidas, corrió al escenario y me arrebató el micrófono.

—¡Un malentendido! ¡Todo es un malentendido! —gritó, sudando profusamente—. ¡Como pueden ver, mi nuera ya ha perdonado a Alejandro! ¡Es una prueba de la fortaleza de nuestra familia! ¡Por favor, disfruten de la fiesta!

Bajé elegantemente del escenario, atravesando un bosque de miradas complejas, y me dirigí a la esquina donde Mateo me esperaba. Me ofreció una copa de champán, sus ojos detrás de las gafas brillando con admiración.

—Una actuación magistral, Sofía.

—Es solo el principio, Mateo —tomé un sorbo de la bebida burbujeante—. ¿Trajiste los documentos?

Mateo sacó una carpeta de su maletín.

—La estructura de propiedad completa de Constructora Blackwood y los estados financieros reales de los últimos tres años. Mucho más interesante que los informes públicos. Su deuda real es tres veces mayor de lo que declaran.

Abrí el archivo. —Esto es suficiente para una venta en corto masiva.

—Más que suficiente —sonrió Mateo—. Ya he contactado a tres fondos de cobertura especializados. Solo esperan tu señal. En cuanto abra el mercado, la acción se desplomará.

La fiesta continuó en una atmósfera surrealista. Alejandro me seguía como un perro callejero, disculpándose constantemente. Yo mantenía una sonrisa digna en todo momento, pareciendo una esposa indulgente. Mi suegro me apartó, secándose el sudor frío de la frente.

—Mi querida Sofía… sobre la junta directiva… y las acciones… Tu padre…

—No se preocupe, suegro —le tomé el brazo afectuosamente—. Ya hablé con mi padre. Le he pedido que detenga la compra de acciones de Blackwood. Somos una familia, ¿verdad?

Victoriao respiró aliviado. No tenía idea de que, a través de una compañía offshore, yo ya poseía el 5% de las acciones, y con el 8% prometido por dos pequeños accionistas, ahora era la cuarta mayor accionista.

Al final de la fiesta, Mateo me llevó a casa. Lucas iba en el asiento del copiloto, sin bajar la guardia ni un segundo.

—La próxima semana, las acciones de Blackwood Construction se hundirán —analizó Mateo—. Con el escándalo que desataste esta noche y la ayuda de nuestros fondos, alcanzarán su caída máxima durante al menos tres días consecutivos.

—Bien —dije, viendo pasar las luces de la ciudad—. Cuando toquen fondo, compraremos todo.

El coche se detuvo frente a la casa. Mateo se giró hacia mí.

—¿De verdad lo has perdonado?

Sonreí y señalé mi pierna derecha, que todavía necesitaba el soporte.

—Señor Reed, ¿usted cree en poner la otra mejilla?

—No.

—Curioso. Yo tampoco.

Capítulo 7

Dentro de la casa, la atmósfera era gélida. La gran farsa de la fiesta se había desvanecido, dejando tras de sí un silencio tenso y quebradizo. Alejandro estaba arrodillado en medio de la sala, justo sobre el costoso tapete persa, llorando como un niño al que le han quitado su juguete favorito. Su esmoquin de diseñador estaba arrugado y manchado de lágrimas y champán. Mirándolo desde arriba, apoyada en mi bastón, la situación me pareció completamente ridícula. Este era el hombre al que una vez amé con una devoción ciega. Este cobarde, esta criatura patética y sin espina dorsal.

—Sofía… me equivoqué… de verdad, de verdad me equivoqué —sollozó, arrastrándose de rodillas para aferrarse a mi pierna buena, manchando el dobladillo de mi vestido rojo con su miseria—. Haré lo que sea. ¡Lo que sea! Pero no me dejes, por favor. No dejes que tu padre…

Le di unas palmaditas suaves en la cabeza, como se hace con un perro que ha aprendido un truco. El contacto le hizo estremecerse, pero no se atrevió a moverse.

—Está bien, Alejandro. Tranquilo. Empezaremos de nuevo —dije, mi voz era un susurro calmado.

Levantó la cabeza, un destello de esperanza incrédula en sus ojos enrojecidos e hinchados. —¿De verdad? ¿Lo dices en serio?

—Completamente —asentí—. Pero… —me incliné, mi rostro a centímetros del suyo—, quiero ver tu sinceridad. Quiero ver un gesto de buena fe. He oído que el padre de Clara, el señor Valdés, también está compitiendo por la licitación del nuevo desarrollo de Santa Fe. Un proyecto muy importante, ¿no crees?

Alejandro, aunque no era un genio, entendió mi intención al instante. Su mente, aunque nublada por el pánico, funcionaba a la perfección cuando se trataba de traición y supervivencia. Vio la oportunidad de sacrificar a una pieza para salvar a su rey.

—Mañana —dijo, su voz temblorosa pero firme—. Mañana a primera hora cortaré todos los lazos comerciales con el Grupo Valdés. Le diré a mi padre que filtraremos a la prensa información sobre sus prácticas monopólicas. Los arruinaré por ti, Sofía. Te lo juro.

—Buen chico —le di unas palmaditas en la mejilla, disfrutando de su humillación—. Ahora, ve a dormir. Tienes que ir a trabajar mañana y salvar tu empresa, ¿no es así?

Subió las escaleras, tropezando varias veces, dándome las gracias entre sollozos. Era un espectáculo patético.

En cuanto desapareció, entré en el estudio y cerré la puerta con llave. La farsa había terminado por esa noche. Saqué el teléfono seguro y marqué.

—Papá.

—El espectáculo de esta noche fue… educativo —dijo mi padre. Podía oír una nota de diversión en su voz grave—. Tienes el talento de tu madre para el drama.

—Es hora del siguiente paso, papá. Necesito toda la evidencia que tengas sobre las actividades ilegales del Grupo Valdés. No solo negocios, todo. Sobornos, extorsiones, lo que sea que tengas guardado. Es hora de que las dos familias que me hicieron esto se devoren mutuamente.

—Tus deseos son órdenes, hija. Lo tendrás en tu escritorio por la mañana.

Después de colgar, abrí mi laptop y volví a ver el video de la fiesta que un contacto de Mateo ya había subido a redes sociales de forma anónima. La imagen se detuvo en Alejandro, arrodillado y suplicando perdón. Su rostro descompuesto, su dignidad hecha añicos frente a cientos de personas. Presioné la tecla de borrar sin dudarlo. Esto era solo el principio, mi querido esposo. Estás a punto de aprender que perderlo todo es el verdadero dolor, uno mucho peor que cualquier herida física. El dolor que se instala en el alma y nunca se va.


A la mañana del tercer día después del escándalo de la fiesta, la ciudad era un hervidero. Los periódicos financieros y las columnas de chismes estaban en llamas. #BlackwoodScandal era tendencia número uno en Twitter. Las acciones de Constructora Blackwood se habían desplomado un 30% en la apertura del mercado, una caída en picada que activó los disyuntores de la bolsa para detener la hemorragia. Pero era inútil; era como intentar detener un tsunami con un balde.

Yo, mientras tanto, estaba sentada en la mesa del desayuno, comiendo tranquilamente un tazón de yogur griego con frutos rojos y miel. El aparato ortopédico de mi pierna había sido reemplazado por un modelo más ligero y discreto. Me sentía más fuerte, más ligera.

Alejandro bajó las escaleras. Parecía un fantasma. Su corbata estaba torcida y tenía unas ojeras tan profundas que parecían moratones. No había dormido. Bien.

—¿Café? —le ofrecí una taza de latte caliente, que yo misma había preparado.

Miró la taza con una desconfianza tan evidente que casi me hizo reír.

—No… no, gracias. Tengo que irme a la oficina. Hay… hay muchas crisis que atender.

Me encogí de hombros y tomé un sorbo. Su miedo era delicioso. En público, era mi esclavo. En privado, no tocaría ninguna comida que yo hubiera manejado. El susurro de Lucas había tenido un efecto duradero.

—Ah, por cierto —lo detuve cuando estaba a punto de huir—. Esta noche hay una subasta de caridad en el Club de Industriales. He donado tu Patek Philippe. ¿No hay problema, verdad?

El rostro de Alejandro se puso rígido. Ese reloj había pertenecido a su abuelo, una pieza de edición limitada que valía una fortuna.

—Sé que es una edición de coleccionista —sonreí con dulzura—. Por eso alcanzará un precio más alto para ayudar a los niños necesitados, ¿no crees? La noticia ya está en todos los periódicos. “El joven heredero de Constructora Blackwood dona una reliquia familiar”. Un gesto tan noble después del… malentendido del otro día.

Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Luego, forzó una sonrisa que era más una mueca de dolor.

—Por supuesto, mi amor. Es… es una excelente idea.

Mientras lo veía huir, saqué mi teléfono y revisé las cámaras de seguridad que había hecho instalar en su coche. En el momento en que se subió, empezó a hacer una llamada. Nueve de cada diez veces, era para quejarse con Clara. Oficialmente habían roto, pero en secreto, el drama continuaba.

Mi teléfono vibró. Un mensaje de Mateo.

“Los fondos están listos. El mercado abrió esta mañana con las acciones de Blackwood en caída libre. Ejecutaremos la venta en corto al mediodía. La carnicería comenzará.”

Una esquina de mi boca se curvó en satisfacción. Lucas apareció silenciosamente en la puerta.

—Señorita Sofía, el coche está listo. Hoy tenemos primero la cita en la clínica para su revisión y luego nos dirigiremos a la agencia de investigación que el Don recomendó.

En el pasillo de la clínica, mientras esperaba mi turno, me topé con una persona inesperada. Clara. Oculta tras unas gafas de sol gigantes y un cubrebocas, salía furtivamente del consultorio de ginecología. Me agaché rápidamente detrás de una columna y, fingiendo revisar mi teléfono, tomé una foto del recibo que estaba pagando en la recepción. “Prueba de embarazo, positiva”. Hice zoom en la foto. No pude evitar sonreír. Parecía que la penitencia de Alejandro la noche de la fiesta había dado sus frutos. Un pequeño bastardo estaba, efectivamente, creciendo en el vientre de Clara.

Después de la revisión, donde el Dr. Herrera me confirmó que mi hueso estaba sanando “milagrosamente bien”, le dije a Lucas que condujera a un discreto edificio de oficinas en las afueras de la ciudad. El lugar no tenía nombre, solo un número. Un ascensor nos llevó al último piso. Cuando las puertas se abrieron, apareció una oficina llena de equipos electrónicos. Un hombre flaco con una camisa a cuadros estaba mirando fijamente seis monitores a la vez, sus dedos volando sobre un teclado.

—Señorita Moretti. Soy Caín —dijo, sin darse la vuelta—. Las cosas que El Don me pidió que encontrara están aquí.

Caín reprodujo unas grabaciones de cámaras de seguridad. Los videos mostraban a Alejandro y Clara reuniéndose en un motel de mala muerte en la carretera a Toluca. Había ocurrido apenas la tarde anterior.

—Pero hay algo más interesante —dijo Caín, cambiando de pantalla.

Ahora mostraba al padre de Clara, George Valdés, y a mi suegro, Victoriao Blackwood, reuniéndose en secreto en un club privado exclusivo.

—Se reúnen aquí regularmente, el día 15 de cada mes. Llevan haciendo esto al menos cinco años.

Entrecerré los ojos. —¿Es posible grabar sus conversaciones?

—Un poco difícil —dijo Caín, rascándose la cabeza—. La seguridad en ese lugar es de nivel gubernamental.

—Usa esto —saqué una pluma fuente que mi padre me había dado de mi bolso—. En su próxima reunión, soborna a un camarero y haz que la deslice en el bolsillo del saco de George Valdés.

Caín tomó la pluma, sus ojos se iluminaron de repente. —Un dispositivo de espionaje de última generación. No sabía que El Don tenía acceso a estas cosas.

Al salir de la agencia, llamé a mi padre.

—Papá, Clara está embarazada.

Hubo un silencio.

—No, no la toques todavía. Ese niño podría ser útil. Ah, y George Valdés y mi suegro se reúnen regularmente. Algo es sospechoso.

Hubo otro silencio del otro lado de la línea.

—Sofía, la relación entre las familias Valdés y Blackwood podría ser más complicada de lo que piensas. Hace veinte años…

—¿Hace veinte años? ¿Qué pasó hace veinte años?

Cuando presioné, mi padre respondió con una voz inusualmente vacilante. —Investigaré más a fondo y te lo haré saber. Esta noche, en la fiesta, ten cuidado con Clara.

Al colgar, me quedé pensativa. Mi padre ocultaba algo. E instintivamente, sentí que estaba relacionado con mi madre.

Capítulo 8

Esa noche, para la subasta de caridad, elegí un vestido de Chanel de la última colección, de un color azul noche tan oscuro que parecía absorber la luz. Le pedí a mi maquillista un look “trágicamente hermoso”: elegante, etéreo, pero con un toque de fragilidad en los ojos. Quería parecer una víctima, no una depredadora. Quería que la gente sintiera lástima por mí, que susurraran sobre la pobre esposa traicionada que, a pesar de todo, mantenía la compostura con una gracia admirable. La lástima es un arma poderosa; hace que tus enemigos bajen la guardia.

Justo antes de salir, Lucas me entregó un joyero de terciopelo.

—El Don envió esto. Dijo que complementaría su atuendo.

Dentro, sobre un lecho de satén, había un collar de diamantes con una perla negra rara y perfecta en el centro. La reconocí al instante. Era la joya favorita de mi madre. La había visto en una fotografía suya, una de las pocas que conservaba de ella. Tocar la perla, fría y suave, fue como tocar un fantasma.

—En la entrada del club, Lucas preguntó:

—Señorita Sofía, ¿quiere que entre con usted? El ambiente estará… cargado.

Negué con la cabeza, jugando con la perla negra que ahora colgaba de mi cuello. Su peso era un ancla, un recordatorio de por quién estaba haciendo todo esto.

—No, Lucas. Espera en el coche. El espectáculo de esta noche lo puedo manejar sola.

La subasta benéfica en ese exclusivo club de Las Lomas era siempre uno de los eventos más importantes para la alta sociedad mexicana. Era un desfile de vanidades, una competencia para ver quién podía ser más generoso públicamente. En cuanto entré, el ruidoso salón se quedó en silencio por un instante. Luego, los susurros estallaron desde todos los rincones, como un incendio forestal.

Es ella… la nuera de los Blackwood…

Dicen que su padre es un mafioso que controla medio país…

Pobre mujer, qué humillación… pero mírala, qué elegancia…

Ese Alejandro debe haber estado ciego para caer con alguien como Clara Valdés…

Fingí no oír nada y, con una sonrisa serena, me dirigí a mi asiento reservado en la primera fila. En el momento en que me senté, un fuerte olor a perfume floral y desesperación asaltó mis fosas nasales.

—Sofía. Qué sorpresa verte aquí.

Clara se acercó. También llevaba un vestido blanco, ceñido, mostrando intencionadamente una incipiente redondez en su vientre. Su rostro, aunque maquillado a la perfección, no podía ocultar la hinchazón de haber llorado ni la malicia en sus ojos.

—He oído que tu pierna todavía no está mejor. Qué lástima. Supongo que te perderás la temporada de esquí en Vail.

Sonreí y mi mirada se deslizó deliberadamente hacia su vientre.

—Debes tener unas diez semanas, ¿no? Dicen que los primeros tres meses son los más delicados. Deberías tener cuidado con el estrés. Y con los tropiezos.

El rostro de Clara se puso rígido. No esperaba que yo supiera de su embarazo, y mucho menos que lo mencionara con tanta frialdad. Su plan de usarlo como un arma se había vuelto en su contra.

—Alejandro está encantado con este bebé —bajó la voz, sus ojos brillando con malicia—. Dice que en cuanto nazca, te pedirá el divorcio para casarse conmigo. Dice que un heredero lo cambia todo.

—¿De verdad? —saqué mi tablet de mi bolso y reproduje un video. La grabación de seguridad del motel de la tarde anterior—. Entonces, ¿cómo explicas esta conversación?

En el video, se veía a Alejandro, neurótico, pasándose las manos por el pelo. Su voz, distorsionada pero clara, llenó el aire entre nosotras.

¿Por qué tenía que venir un niño ahora, Clara? ¡¿Por qué ahora?! ¡Mi padre no te quiere ver ni en pintura! ¡Las acciones de la compañía se han derrumbado! Si esa loca… —se refería a mí— …descubre que todavía nos vemos, se acabó. ¡Me destruirá a mí, a mi padre, a todos!

La cara de Clara se volvió cenicienta. Sus labios, antes curvados en una sonrisa triunfante, temblaban.

—¿Cómo… cómo conseguiste eso?

—Las cortinas de la habitación 308 de ese motel de carretera no cerraban bien, querida —suspiré, fingiendo decepción—. Si vas a ser infiel y conspirar, al menos aprende lo básico. La discreción es clave.

La gente a nuestro alrededor no entendía nuestra conversación, pero la expresión de Clara, al borde del desmayo, atrajo la atención de todos. Me levanté y, deliberadamente, alcé la voz para que todos pudieran oírme.

—Clara, ¿te encuentras bien? No te ves nada bien. Con tu estado, deberías cuidarte más. ¿Quieres que llame a un médico por el bebé que esperas?

Un jadeo colectivo. “¿Qué?” “¿Clara Valdés está embarazada?” “¿Es de Alejandro Blackwood?” “¡Qué descaro!” “¡La pobre Sofía!”. Los susurros se convirtieron en una ola de indignación y morbo.

Clara, en pánico, intentó huir. Pero en su prisa, tropezó con su propio vestido y cayó pesadamente al suelo, justo en medio del salón, frente a todos. Mientras se levantaba temblando, ayudada por un par de conocidos horrorizados, una gran mancha de un rojo brillante comenzó a extenderse por la parte trasera de su vestido blanco.

—¡Ah! ¡Mi bebé! —gritó, su voz desgarrada por la histeria y el dolor.

Observé la escena con ojos fríos y calculadores. El plan había funcionado mejor de lo que esperaba. Saqué mi teléfono y marqué al 911 con una calma que me sorprendió a mí misma. No solo Clara había sido humillada en público, sino que había revelado su propio embarazo, y ahora, lo estaba perdiendo frente a la élite de la Ciudad de México. Mañana, los columnistas de sociales tendrían material para un mes.

Antes de que llegara la ambulancia, me aseguré de llamar a Alejandro.

—Alejandro, tienes que venir al Club de Industriales. Clara… tuvo un accidente.

Su primera reacción, antes de preguntar si ella estaba bien, fue un susurro ahogado por el pánico: “Maldita sea. Mi padre me va a matar ahora”.

Al escuchar esas palabras, supe que había ganado la batalla de esa noche. Clara, al oír la reacción de su amante por el teléfono que yo sostenía cerca de ella, se desmayó por completo.

Por supuesto, no me quedé a la subasta. De vuelta en la casa de los Blackwood, encontré a Alejandro en el estudio, destrozando furiosamente todo a su paso. Libros, premios, fotografías… todo volaba por los aires. Cuando me vio, corrió hacia mí con los ojos inyectados en sangre.

—¡¿Qué le hiciste?! ¡Tú le hiciste algo!

Parpadeé inocentemente. —Yo no hice nada, Alejandro. Todos lo vieron. Se cayó sola. Por cierto, tus palabras en ese motel fueron verdaderamente conmovedoras.

Alejandro se congeló, como si un rayo lo hubiera partido en dos.

—Tú… tú me espiaste.

—Eso no importa ahora —dije, sentándome elegantemente en el sofá que aún estaba intacto—. Lo que importa es que he decidido ayudaros a estar juntos. Divorciémonos.

Dejé caer la palabra con la misma naturalidad con la que se pide un café. Estoy cansada de este matrimonio falso.

Un destello de avaricia se encendió en los ojos de Alejandro, rápidamente reemplazado por la sospecha.

—¿Bajo qué términos?

—Por los viejos tiempos, no seré cruel. Solo tomaré lo que es mío —abrí un documento que había preparado—. Esta casa será mía, y me cederás el 5% de las acciones de la compañía a mi nombre.

—¡En tus sueños! —Alejandro se puso de pie—. ¿Sabes que esta casa vale millones de dólares? ¿Y las acciones? ¡Ni lo pienses!

Suspiré y saqué una pequeña pila de fotos de un cajón.

—Entonces, estas fotos estarán en cada periódico y blog de chismes mañana por la mañana.

Las fotos no solo lo mostraban a él con Clara, sino con al menos otras tres mujeres en situaciones comprometedoras. La más dañina era una foto suya apostando en el casino clandestino con miembros de un conocido sindicato criminal.

—Tú… tú… —el rostro de Alejandro se volvió del color de la ceniza.

—Tienes tres días para pensarlo. O me das lo que pido, o me aseguro de que no solo vayas a la cárcel por fraude, sino que todos en este país vean la clase de basura que eres. Ah, y por cierto… —añadí mientras guardaba las fotos—, aunque Clara perdió al bebé, creo que tu padre estará complacido. Parece que desprecia a la familia Valdés.

—No… —Alejandro levantó la cabeza de repente—. ¿Cómo sabías que mi padre odia a los Valdés?

—Solo una suposición —sonreí—. Si no, ¿por qué te prohibiría verla?

Alejandro me miró con una nueva sospecha en sus ojos, luego salió furioso, dando un portazo.

Inmediatamente, llamé a mi investigador.

—Caín, quiero que caves más profundo en la relación entre Victoriao Blackwood y George Valdés. Especialmente, en los eventos de hace veinte años.

Después de la llamada, abrí mi computadora. Tenía el informe médico de Clara. No solo había abortado, sino que el shock y la caída habían dañado su útero, haciendo muy difícil un futuro embarazo. Un bono inesperado.

Mi teléfono seguro vibró. Un archivo de audio de mi padre. Me puse los auriculares. Escuché la voz furiosa de George Valdés, grabada por la pluma espía.

Victoriao, ¿has olvidado lo que pasó hace veinte años? Si yo no me hubiera deshecho de ese cuerpo por ti…

La grabación se cortó bruscamente, pero el contenido era impactante. Victoriao. El nombre de mi suegro. La palabra “cuerpo” me heló la columna vertebral.

Luego llegó un mensaje de texto de mi padre.

“Sofía, ven a verme mañana. Hay cosas que necesito contarte.”

Me quedé mirando la pantalla del teléfono, mi corazón latiendo con fuerza. ¿Qué pasó hace veinte años? ¿De quién era ese cuerpo? ¿Estaba relacionado con la repentina muerte de mi madre?

Afuera, un relámpago partió el cielo nocturno. Mi reflejo en la ventana era pálido y frío. En mis ojos, el fuego de la venganza ardía más brillante que nunca. Alejandro, ¿creías que el divorcio era el final? No, era solo la señal para que comenzara el siguiente acto de mi venganza. Y este, este sería sangriento.

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